Índice: [I], [II], [III], [IV], [V], [VI], [VII], [VIII], [IX], [X], [XI], [XII].
La opinión ajena
Nota de transcripción
- Los errores de imprenta han sido corregidos.
- La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.
- Las rayas intrapárrafos han sido espaciadas según los modernos usos ortotipográficos.
LA OPINIÓN AJENA
DEL MISMO AUTOR
(PUBLICADAS POR ESTA CASA EDITORIAL)
NOVELAS
- El Otro (segunda edición).
- La Cita.
EDUARDO ZAMACOIS
LA OPINIÓN AJENA
(NOVELA)
RENACIMIENTO
SOCIEDAD ANÓNIMA EDITORIAL
Calle de Pontejos, núm. 3, 1.º
MADRID
Es propiedad.
Queda hecho el depósito que marca la ley.
Establecimiento tipográfico, Campomanes, 4.
LA OPINIÓN AJENA
I
Contra su costumbre, aquella mañana don Higinio Perea se levantó tarde. Le despertaron las nueve argentinas campanadas del reloj del recibimiento, el testarudo piar de los pollitos que correteaban por el patio, entre el verde terciopelo de las macetas, y el rayo de sol otoñal tendido en la penumbra del dormitorio como un florete de similor. Por dos veces don Higinio bostezó ruidosamente; después encendió un cigarrillo, y mientras fumaba acarició la posibilidad de que le hubiese tocado la lotería. Luego, ágilmente, saltó fuera del lecho, ciñose unos raídos calzones, deslizó sus pies desnudos en unas pantuflas amarillas y, chancleteando, aproximose al armario de luna. A pesar de la holgachona indulgencia con que cada individuo a sí propio se reconoce y aprecia, su talle carnoso, demasiado esferoidal para la cortedad de su estatura, no le satisfizo. La grasa le aviejaba; treinta y seis años había cumplido en agosto y representaba cuarenta. Era pescozudo, ancho de espaldas, rollizo de brazos y de piernas; y además, el vientre, aquel vientre duro, redondo, dilatado por el trajín expansivo de las digestiones laboriosas, abandonado siempre a sí mismo en la amplitud cómoda de los pantalones sujetos con tirantes...
—Estoy convirtiéndome en un verdadero mamarracho —murmuró.
Lo dijo fríamente, cruelmente, con esa ruda y leal honradez que usan los hombres cuando están solos. Se miró de frente, de perfil; suspiró...
—¡Cómo ha de ser!...
Aquel espejo, ante cuya luz, catorce años antes, se había endosado su levita de boda, era inexorable en sus afirmaciones, como una conciencia hecha cristal. Y la conciencia, a veces, tiene la franqueza bárbara del sol. Don Higinio examinó su coramvobis abermejado, noble y mollar; sus dientes caballunos, descarnados, pajizos, bajo el bigote frondoso y áspero; sus cabellos negros, cortados al rape, entre los cuales algunas canas se erguían como agujas de plata; sus cejas peludas y fuertes; sus ojos de un azul claro: ojos grandes, candorosos, buenos, en los que parecía flotar una tristeza de hazañas incumplidas o el dolor de algún alto destino no realizado...
Pero tales desmoronamientos y resquebrajaduras carecían de gravedad sustantiva. Allí lo único importante era el desarrollo incipiente de su barriga oronda, caricaturesca, sobre cuya tersura feliz no habían gemido nunca las hebillas opresoras de ningún cinturón.
—Tendré que hacer gimnasia —pensó.
Ordinariamente calzaba botas rústicas de cuero y vestía trajes de pana confeccionados por Antolín, el mejor sastre de Serranillas, y prefería, sin embargo, las elegancias jerarcas del charol y del frac; adoraba el deporte sedentario y comodón de la pesca, y hubiera querido ser cazador y alpinista; descuidaba su belleza y era grande y romántico admirador de la ajena; tenía los valimientos necesarios para ser la figura más notable del pueblo, y procuraba vivir oscurecido; amaba a su mujer, a la cual ni siquiera una vez había traicionado, y persistía en él, no obstante, una especie de coquetería inocente, un deseo pinturero, limpiamente artístico y como a flor de piel, de ser agradable a las muchachas; no esperaba nada, y la llegada del cartero producíale diariamente intensa alegría; no era capaz de matar una hormiga y llevaba consigo siempre un cuchillo de monte. Y este leve desequilibrio interior, este sigiloso desacuerdo entre la voluntad y la imaginación, entre el ademán y el pensamiento; esta callada y sostenida disonancia entre lo que era y lo que hubiera querido ser, llenaba toda la psicología y perfilaba todo el carácter noblote, ecuánime y fantasioso a la vez de don Higinio.
Muy entonado, muy rígido, tieso como en un pedestal sobre la amarillez de sus pantuflas, don Higinio Perea repitió algunas flexiones de brazos. Era necesario ser joven, ser ágil, reprimir el grosero incremento de su bandullo, destruir el tejido adiposo donde, a traición, los males fermentan: para ello realizaría largas excursiones a pie, compraría una escopeta...
En el patio resonó imperativa la voz de doña Emilia, la esposa de don Higinio, llamando a su hermana.
—¡Teresa!... ¡Teresa!...
Y había en la brevedad impaciente con que las sílabas de este nombre fueron pronunciadas un indecible aceleramiento, una loca vehemencia de angustia. Hubo después bisbiseos ininteligibles, murmullos de regocijo y agonía, inquietud de pies infantiles, palabras jubilosas, interjecciones, frases de hiperbólica salutación y agradecimiento a los poderes celestiales. A dúo doña Emilia y Teresita improvisaban una jaculatoria fervorosa y vibrante:
—¡Gracias, San Antonio bendito!... ¡Virgen de la Salud, Madrecita mía, que el Señor te lo pague!...
Doña Emilia gritaba en tiple, Teresita en soprano, y a sus voces apremiantes uniose el estridente vocerío de los niños. Anselmito, el primogénito, exclamó:
—¡Hay que decírselo a papá!...
La ocurrencia tuvo la eficacia de una orden: fue un revuelo de faldas, de pisadas diligentes, de cuerpos que rozaban las paredes y se manchaban de cal al apretujarse en la estrechez de los pasillos.
Al principio, don Higinio Perea estúvose quieto, un tanto sobresaltado, pero sin que su alboroto le determinase a la acción; en el tedio sempiterno de su vida, de su existencia sin altibajos, emborronada en la uniformidad del mismo apacible color, no concebía que pudiese ocurrir nada insólito. No obstante, proyectando una sombra perpleja sobre la bondad de los ojos azulinos, sus cejas densas se contrajeron: aquel apasionado hablar, aquella bulliciosa alegría de enjambre, aquel estremecimiento de domingo...
Iba hacia la puerta cuando esta, con recio ventoleo, se abrió de par en par. Doña Emilia, su hermana Teresa, los tres niños, Vicenta la cocinera, el ama de llaves, las dos azafatas que asistían a la mesa, el jardinero, estaban allí. La esposa de don Higinio, roja de emoción, avanzó la primera, tremolando victoriosamente un número de El Faro.
—¡Nos ha tocado la lotería! ¡Higinio de mi alma, Dios ha venido a vernos!...
Perea balbuceó:
—¿Nos ha tocado la lotería?...
La sorpresa producía en su ánimo sedentario el efecto del sueño; lejos de despabilarle, le amodorraba, y entumecía el entendimiento. Tomó el periódico que su mujer le ofrecía y no pudo leer. De pronto experimentó en las rodillas una gran flaqueza, una especie de íntimo temblor, y hubo de sentarse sobre el objeto que halló más próximo: un arcón roblizo, que crujió bajo sus anchas posaderas. Momentáneamente el buen hombre permaneció alelado, la boca lacia y estúpida, las piernas colgantes, las babuchas suspendidas de los pulgares de los pies...
Recobrándose un poco, buscó en El Faro la ratificación de su buena ventura.
—¿Nuestro número es el siete mil cuarenta y cinco? —preguntó.
—Sí.
Perea miró el sitio donde estaban los diferentes siete mil agraciados por la suerte. Doña Emilia exclamó colérica, celosa de que nadie dudase de su fortuna:
—¡No es ahí, tonto, más que tonto!... Si tenemos un segundo premio...
—¿Un segundo premio?...
El asombro había convertido a don Higinio en eco.
—Sí, mira bien; aquí está; aquí... Siete mil cuarenta y cinco... ¿Ves?... Siete mil cuarenta y cinco; cien mil pesetas.
—¡Cien mil pesetas! —repitió don Higinio absorto.
—¿De las cuales —agregó Teresita— le corresponden a don Gregorio Hernández cincuenta mil?...
—Cincuenta mil —afirmó Perea.
Teresita interpeló a su hermana:
—¿No te lo dije?... ¡Si había comprado el número a medias con el médico!...
—A medias —musitó don Higinio.
Doña Emilia, tan hacendosa, tan defensora de lo suyo, aguijoneada en aquellos momentos por la codicia, dardeó sobre su esposo una ojeada homicida.
—Es tonto; no sabe ir solo a ninguna parte.
Don Higinio asintió con la cabeza; tu mujer tenía razón: él «no sabía ir solo a ninguna parte». Un impreciso malestar le invadía, una especie de calor que le abarcaba desde la nuca a las sienes, una sensación invasora de plétora que le congestionaba y aturdía, cual si dentro de su cerebro acabara de introducirse una idea demasiado grande. Así estábase coartado, las manos inactivas sobre la blandura de los muslos rollizos y cortos; sus pantuflas habían caído al suelo, y los morenos pies oscilaban en el aire, huesudos y grotescos. A su alrededor, sus familiares componían un grupo expectante y risueño: los criados cuchicheaban bajo el dintel de la puerta; Teresita y doña Emilia se habían abrazado cual si necesitaran favorecerse mutuamente para resistir el choque de una dicha tan impensada y crecida; Anselmo y Carmencita sonreían ante un Eldorado de juguetes.
—A mí me comprarán un sable.
—Yo quiero una muñeca y un pliego de calcomanías...
Joaquinito, el menor de los hermanos, había ido acercándose poco a poco a su padre y le observaba atentamente, metiéndose hasta la primera falange un dedo en la nariz.
Una voz clarineante, timbrada nerviosamente por el júbilo, resonó en el patio:
—¿No hay nadie en casa?...
Todos la reconocieron: era doña Lucía, la esposa del médico. Don Higinio reaccionó súbitamente; comprendía la ridiculez de su actitud; acababa de verse barrigón, en camiseta y sin pantuflas, encaramado sobre el arcón como en un altar.
—No la dejéis entrar —exclamó levantándose de un salto—; vendrá a hablar de la lotería; yo necesito vestirme...
Seguida de su prole doña Emilia escapó, empujando a su hermana; los criados salieron delante.
—¡Estamos aquí, Lucía, estamos aquí!...
Perea cerró la puerta, y acercando un oído al agujero de la llave púsose a escuchar. Las mujeres se abrazaban, se besuqueaban apasionadamente, y su nerviosidad era tan pronto risa estridente como gozoso llanto: fue una algarabía ornitológica, una trepidación de golpes, de taconeos, de muebles removidos. De súbito doña Lucía sintiose indispuesta; empezó a suspirar: era la emoción, quizás el corsé...
Teresita gritaba:
—¡Que traigan vinagre!...
Y doña Emilia:
—¡Mejor es el azahar!... Ahí, en el comedor, está la botella. ¡Vicenta, Julia, ayuden aquí!...
Hubo voces belísonas, jadeos, empellones, carreras, y luego un silencio y el roce de algo muy pesado. Indudablemente, entre todas las mujeres se llevaban a doña Lucía hacia las habitaciones interiores de la casa, y como la señora de Hernández era muy altona y opulenta no pudieron tomarla bien en brazos, y sus pies inertes iban arrastrando por el solado. Después, casi de súbito, cual si acabasen de cerrar una puerta, el ruido decreció; la algarabía trocose en murmullo. Don Higinio, sonriendo, dejó su observatorio.
—Sería gracioso que a mí también me diera un ataque de nervios...
Pero, ¡quia!, no había cuidado; él era fuerte. No obstante, sentía miedo, un raro temblequeo interior que parecía enfriarle el estómago y le aceleraba el pulso. Terminó de lavarse, se puso otro pantalón y con el recién quitado, viejo y muy traído, se frotó las botas. Esparrancado ante el espejo, los tirantes colgando sobre los fondillos, iba anudándose la corbata, absorto, indeciso, vapuleado por un oleaje de jamás conocidas emociones. Sentíase desarraigado, desposeído del sereno dominio que tuvo siempre sobre sí mismo. No era porque necesitase aquellos diez mil duros con que la suerte, loca y próvida, acababa de exornarle el bolsillo: sus asuntos marchaban ricamente; su mina de Serranillas y las heredades que poseía en otros pueblos de Ciudad Real le rendían anualmente mucho más de cuanto él, emperezado y metódico, hubiera podido gastar; las dos cosechas últimas fueron excelentísimas, cual si la lluvia y el sol hubiesen maniobrado de acuerdo para lozanear los trigales y madurar la uva; a su muerte sus hijos serían terratenientes por valor de más de ciento treinta mil pesetas cada uno...
Aquel recóndito alboroto que su ánimo desinteresado y artista no acertaba a clasificar bien, reconocía orígenes de otra muy noble y alquitarada raigambre espiritual. Era, sencillamente, lo Imprevisto, la Incógnita anónima y sin perfil que su alma ingenua esperaba desde que sus dieciocho años le dieron, con el primer ensueño, el zumo voluptuoso de la primera melancolía; el Azar farandulero, la alondra de la Ilusión, la bruja Aventura que le salía al camino, un antifaz sobre los ojos y una canción sobre los labios. ¡La lotería!... Perea no podía admitir que diez mil duros, ganados así, de sopetón, no fuesen motivo sobrado para desquiciar una existencia tan suave, mansurrona y encarrilada como la suya. Detrás de aquel segundo premio, que haría palidecer de envidia a la sociedad más apersonada y lucida de Serranillas, algo nuevo, muy grande, muy trascendental, le acechaba: quizás un largo viaje, acaso una mujer...
Don Higinio concluyó de vestirse; se atusó pulcramente las guías rebeldes de su bigote; colocose su sombrero de fieltro blando, color café, más inclinado que de ordinario, sobre la oreja izquierda; tosió fuerte, estirose los puños de la camisa y, pisando con majeza y aplomo, salió del dormitorio. Iba feliz. Los hombres son como los días: hay siempre en la historia de aquellos un momento de máxima ventura, de suprema prosperidad, semejante a esos segundos de plena luz en que el sol toca al meridiano. Don Higinio acababa de comprenderlo así; por primera vez en el fastidio de su vida llana y uniforme, eran las doce.
Llegó al comedor: habitación espaciosa, alegre, con su larga mesa familiar cubierta por un hule blanco, su sillería vienesa de rejilla y dos ventanas abiertas sobre la luminosidad reverberante de un jardín. Allí estaban doña Lucía, ya vuelta y casi olvidada de su ataque; doña Emilia, Teresa y doña Benita, la esposa de don Cándido, el boticario. La aparición de don Higinio fue saludada con un jubiloso garbullo de risas y cordialísimas frases de salutación, enhorabuena y alabanza. Doña Lucía se permitió abrazarle: era una mujerona de carnes exuberantes y apretadas, recia de voz y de ademanes, colorada, saludable y vehemente, cuyos negros ojazos de harén siempre estaban húmedos.
—Es usted el hombre de la dicha —exclamó—, y mañana, en Ciudad Real, será usted «el hombre del día». Bien dicen que el dinero tira del dinero, y que los bienes, como los males, siempre van en traílla. ¿Pero qué le ha hecho usted a la suerte para que le quiera tanto?...
Doña Emilia intervino:
—Pues, ¿y tú?...
—¡Es verdad! Mi pobre Gregorio está como loco; hoy no receta. Cuando leyó en el periódico que el siete mil cuarenta y cinco había obtenido el segundo premio, se quedó blanco como un muerto. ¡Figúrense ustedes!... Aquí se puede decir: ¡Cincuenta mil pesetas!... Es la primera vez que vamos a ver tanto dinero junto.
Don Higinio permanecía aturrullado, sin palabras que oponer a la ardiente filatería de su interlocutora. Al cabo declaró que iba a afeitarse. Estaba rojo y un ligero mador bruñía su frente. Doña Emilia se levantó para manosearle las mejillas.
—¿Te sientes mal? Me parece que sí... ¿Quieres beber un poco de tila?...
Perea sonrió baladrón. ¡Ni que fuese una señorita! Aseguró hallarse tranquilo, ecuánime, dueño absoluto de sus nervios; para mayores emociones estaba templado su ánimo. Además, no convenía abandonarse al regocijo sin poseer la definitiva certidumbre de la fausta nueva. Aquellas cien mil pesetas adjudicadas, según el periódico, al número siete mil cuarenta y cinco, podía ser un error de imprenta.
—Eso mismo pensamos nosotros —interrumpió doña Lucía—, y ya Gregorio ha telegrafiado a Madrid pidiendo informes. Hoy recibiremos contestación.
Don Higinio saludó a su amiga con una cariñosa palmadita en el hombro, dio la mano a doña Benita, agradeciendo sus parabienes con frases urbanas, y salió a la calle. Eran las once. Parsimoniosamente, encaminose a la peluquería de Nicanor. En la esquina saludó al cura don Tomás Murillo, que volvía de la iglesia: un hombre alto, muy delgado, muy pálido y muy bueno.
—Ya me lo han dicho, don Higinio; de salud sirva...
—Gracias, don Tomás..., y que usted lo vea.
Siguió adelante, muy terne. Desde una ventana, Manolita, la esposa de Pepe Martín, el carpintero, le siseó con una cordialidad amistosa llena de afecto.
—¡Don Higinio!...
—Hola, mujer.
—¡Ya lo sé! ¡Que sea enhorabuena!...
—Gracias, recuerdos...
Al pasar por delante del Casino, Julio Cenén, secretario del Ayuntamiento y varios amigachos suyos, acudieron diligentes a saludarle. Perea se dejó regalar y luego obsequió generoso a los que le habían convidado. Así, invitando unas veces y comprometido otras a beber, trasegó nueve o diez copitas del mejor aguardiente que producen las destilerías famosas de Cazalla, con lo que su carácter, habitualmente mustio y reservón, adquirió una verbosidad muy picante y simpática. Cuantas personas le veían se apresuraban a felicitarle. Don Higinio estaba asombrado; conocida la envidia social, jamás hubiese creído que una buena noticia pudiera divulgarse tan pronto; sin duda era el deseo que los hombres tienen de mortificarse unos a otros, refiriéndose la dicha ajena, lo que la servía de vehículo.
Acompañado de Cenén, prosiguió hacia la peluquería su camino; una verdadera marcha triunfal: desde los zaguanes y en los comercios, parados sobre los mostradores, mujeres y hombres le saludaban. El alarife don Nicolás salió de la zapatería, donde estaba probándose unas alpargatas, a darle la mano.
—Eso de echar de largo, don Higinio, no está bien. A la noche nos veremos en la fonda de Justo y tendrá usted que convidarme...
En la plaza, don Cándido Recio, parado ante la puerta de su botica, mostrando su vientre petulante y jocundo más redondo que el globo de bermejo cristal que regocijaba de noche el empolvado escaparate de la farmacia, también le reverenció y festejó tremolando un pañuelo. Llegó a la peluquería. Nicanor dejó la navaja que afilando estaba contra un suavizador, y acudió a estrecharle las manos. Él era uno de los vecinos de Serranillas que primero tuvo conocimiento de la fausta noticia; la supo minutos después de llegar el correo de Madrid por boca de Pablo el ciego.
—Piensa visitarles a usted y a don Gregorio —agregó—; porque, según parece, fue él quien les vendió el número premiado.
—Efectivamente.
Don Higinio ocupó uno de los dos sillones que había en el establecimiento. Cenén se marchó a despachar diligencias urgentes que Arribas, el notario, le había encomendado. Nicanor, arrastrando sus zapatillas en chanclas, se acercó a Perea.
—¿Afeitamos, don Higinio?
Y como este hiciese un gesto afirmativo, Nicanor prosiguió:
—¿Damos el jabón con brocha o a mano?... Mi opinión, ya la conoce usted: estoy por lo antiguo; la brocha, como dice don Gregorio, será más limpia, más higiénica; pero la mano trabaja la barba mucho mejor.
—Pues... ¡como usted quiera!
—Entonces, a mano.
Era un viejecillo que ovillaron el trabajo y la edad, y cuya cabeza reducida y peliblanca, alargada por una barbilla quijotesca, movíase con temblor de epilepsia a un lado y otro, como si el largo espectáculo de todo lo hediondo, de todo lo ruin, de todo lo injusto que había visto en la vida, hubiese enseñado a sus pobres nervios aquel ademán de reprobación. Nunca se movió de Serranillas. La mayoría de los mozos estaban abonados a su establecimiento, y por un duro al año tenían derecho a un afeitado semanal, por cuanto este les costaba diez céntimos y aún salían beneficiados en dos servicios. Su clientela era numerosa; todas las cabezas que conoció jóvenes fueron blanqueando bajo sus tijeras; veinte años atrás, el mismo don Higinio había dejado sobre la navaja de Nicanor el terciopelo inocente de su primera barba.
De aquel episodio el buen Perea se acordaba aún: fue un domingo, después de misa mayor, mientras su padre y otros vecinos de viso iban a la estación a recibir al señor gobernador de Ciudad Real. ¡Cuántos años huyeron desde entonces! Por señas que la peluquería, con su largo espejo sin marco y sus paredes enjalbegadas, adornadas de cromos chillones, no había cambiado. Ahora, adormecido bajo los sobajeos rítmicos y suaves del barbero, don Higinio, los ojos medio cerrados y los soplados carrillos cubiertos de jabón, veía pasar su historia: una de esas vidas horizontales que, por muy dilatadas que sean, se abarcan de una sola mirada, como las llanuras.
Si la dicha es aquel difícil estado de beatitud espiritual producido por la venturosa simultaneidad y ayuntamiento de una recia salud, de una familia honorable, numerosa y bien avenida, y de rentas pingües y seguras, don Higinio Perea tuvo a mano cuanto hubiese podido menester para ser dichoso. Acaso por esto mismo no lo fue del todo, que la felicidad, con aquella quietud y radical cesación de apetitos que trae consigo, empacha como la miel y produce una especie de sofoco íntimo, muy semejante a la congestión. Todo hombre, aun el más sencillo, es paradójico. Así, cabalmente, porque era muy feliz don Higinio considerose siempre un poco desgraciado. El deseo no es solamente algo adjetivo, inseparable del objeto que lo provoca y merece, sino que suele también producirse de modo espontáneo, en cuyo caso su impulso es el más truculento y aflictivo de todos, pues no adquiere orientación fija ni hay medio, por consiguiente, de definirlo. ¡Desear!... Pero, «desear» ¿qué?... A la agonía sedienta del sujeto ninguna realidad aplacadora responde; querer... y no saber lo que se quiere; anhelar... y que ese anhelo roedor carezca de nombre; sentir en lo arcano de la conciencia un flujo de energías y no poder encauzarlas y llevarlas al goce de la acción. ¡Desear!... Es un infinitivo que destriza las almas, las enerva, las entumece, las viste con harapos de aburrimiento, las infiltra ese horrible frío espiritual, peor que el de la nieve, que ningún termómetro podría medir, y unas veces se resuelve en egoísmo feroz, y otras en suicidio.
Don Higinio, a pesar de su empaque cordial y rollizo, padecía esa inquietud romántica. Don Salvador, su padre, uno de los caciques más adinerados de aquel sexmo, había nacido en Serranillas; su abuelo, don Huberto, también, y ambos fueron labradores laboriosos y de costumbres comedidas. Su madre, doña Pastora Alcañiz, era natural del inmediato pueblo de Almodóvar del Campo, y su familia de las más acomodadas y queridas de la región, tanto que cuando doña Pastora y don Salvador unieron santamente sus voluntades ante el altar, la fiesta adquirió visos de holgorio público, y como los padres de los contrayentes regalasen a sus Ayuntamientos respectivos mil pesetas para los pobres, hubo música en la plaza, fuegos artificiales, bailes, columpios, carreras de burros y otros divertimientos rústicos y sencillos a los que concurrió todo el mocerío de ambos pueblos.
Si conocido y apreciado era el linaje de los Perea, de Serranillas, no menos valimiento, estimación y notoriedad tenían los Alcañiz, de Almodóvar. Ni una línea de bastardía, ni una acción vituperable, ni siquiera un rumor de galantes andanzas, ensombrecía la limpia progenie de aquellas dos familias que supieron mantenerse ajenas a cuantos desastres civiles asolaron a España durante la última centuria, y donde todas las mujeres fueron devotas, caseras y fecundas, y los hombres trabajadores y nada aficionados a emprender viajes ni a correr peligros. La honradez más escrupulosa, el culto al hogar, la fidelidad, la economía, el orden, el miedo burgués al porvenir, vinculados aparecían a la historia de ambas desde muy antiguo. La de los Perea, especialmente, anquilosada a lo largo del tiempo por la secular monotonía pueblerina, perpetuaba de generación en generación, con el mismo tipo moral, la misma figura. Don Higinio se parecía a don Salvador, como este se asemejó a don Huberto, como don Huberto fue el asombroso trasunto de don Miguel, su padre, cuyo retrato al óleo honraba la Sala capitular de aquel Ayuntamiento; de unos en otros repetíase la primitiva cabeza crecida y redonda, el coramvobis placentero, ingenuo y canonjil, el pestorejo magro, el cuerpo cuadrado y ventrudo, sin alborotos nerviosos, sin arbitrariedades ni crispamientos de pasión, cual sumido en esa dulce modorra que extiende la grasa sobre los caracteres.
Por tanto, la frágil semilla de rebeldía que a espaciados intervalos conturbaba bordonera el ánimo de don Higinio, debía referirse a su madre; era algo cognático, pero tan efímero, impreciso y lontano, que ni aun el etógrafo más sutil hubiera podido determinarlo. El semblante bello y fosco de doña Pastora lo señalaba así: fue una hermosura genuinamente castellana, pálida y enjuta, con la tiniebla de los ojos muy bruñida y los finos labios rezumando misticismo, elación y desdén, y sobre la aguileña nariz un entrecejo reconcentrado, duro como un ramalazo tardío de violencia medieval.
Don Salvador hubo de doña Pastora Alcañiz tres hijos, de los cuales solo medró el primero: aquel Higinio que luego había de dar a la lucida estirpe de los Perea nuevos retoños llenos de sanidad.
Don Higinio fue un niño estudioso, reflexivo, incapaz de mentir, que pasó por la escuela sin conocer la vergüenza de ser castigado. Diríase que el prestigio de su apellido le obligaba a ser bueno. Hablaba en voz baja y sus ademanes, recogidos, expresaban una timidez simpática. Era amable, modesto, callado, un poco melancólico, con esa leve nostalgia de ausencia que embellece la fisonomía de los distraídos; mas no pecaba por ello de cobardón, que una y muchas veces, puesto a reñir con otros muchachos de su edad, supo acreditarles reciamente el neto temple manchego de su voluntad y el áspero esfuerzo y diligencia de sus puños. Algo había, sin embargo, dentro de él que renegaba de aquella ejemplar bondad. Si sus maestros otorgaban premios a su aplicación, se avergonzaba de sus honores como de una falta; si su padre le felicitaba por su laborioso comportamiento, sus mejillas enrojecían y cerraba los ojos: él hubiera querido ser díscolo, revoltoso, peleador. De noche, en su casa, acordándose del compañero a quien el profesor había puesto de rodillas o encerrado en un calabozo, experimentaba estremecimientos agudos de envidia. ¡Si hubiese tenido el desparpajo necesario para ser travieso!... Pero le faltaban originalidad, gracia y arrestos. Una vez, ¡solo una vez!, que se decidió a cometer una inconveniencia, sus maestros le perdonaron. El director del colegio le dijo: «Eso no es digno de usted, señor Perea...». Y no sucedió más. Aquella noche, el muchacho lloró amargamente: comprendía que dejaba la niñez sin haber sido niño; le hablaban como a un hombrecito porque sus expansiones carecían del atolondramiento frívolo, lleno de ingenuidades graciosas, que distingue a la infancia, y reconociéndose obligado a ser reflexivo, circunspecto, mesurado en sus palabras y acciones, lloró como nunca. Su dolor era el inmenso dolor de los buenos arrepentidos de su virtud.
La pubertad corroboró esta inclinación a la melancolía; persistía en aquel jovenzuelo, habitualmente silencioso, una laxitud de fracaso, la tristeza noble de un viejo jardín señorial, algo semejante al remordimiento de un destino incumplido. Era la sangre cálida de su madre; savia inquieta de guerreros, de místicos, de cruzados, tal vez. Como su hijo, doña Pastora, al declinar el sol, contemplando los alcores breñosos que circundaban el árido valle de Serranillas, sin razón ninguna, se quedaba triste.
Una cometa lanzada al viento desde el hondo cauce de un barranco asciende muy mal; en cambio, subirá fácilmente si la remontan a orillas del mar o desde la altura de algún puente. Y como ese juguete son los individuos: el hombre, para medrar y manifestarse en la gloriosa plenitud de sus facultades, necesita aire, ambiente, espacio; la ráfaga de perdición o de victoria que la alegre Fortuna levantó en cada vida una vez...
Don Higinio no recibió nunca la eficacia novelesca de aquel impulso. Su niñez fue deslizándose entre el cariño fraternal de sus compañeros de colegio y la indulgencia protectora de los amigos de su padre. Este ambiente familiar anquilosaba y reducía las propensiones fantaseadoras del muchacho. Como era un terrible imaginativo se aficionó a leer novelas, y pareciéndole poco esto y queriendo mezclarse en algo raro, inventaba cartas folletinescas donde hablaba de homicidios o raptos cometidos o por cometer; y luego, puestas en sobres dirigidos a un nombre cualquiera, las tiraba a la calle. Nunca faltaban transeúntes curiosos que las recogiesen, y si por azar empezaban a leerlas, su autor, oculto tras las persianas de su cuarto, sufría inexpresables emociones de regocijo y de miedo. Aquellas personas quizás entregasen su hallazgo al juez; era la pista de un crimen; se incoaría un proceso, se detendría a los individuos de vivir sospechoso; él mismo, acaso, tuviese que declarar...
La segunda enseñanza la estudió libremente, merced a una nueva disposición del Ministerio de Instrucción pública que dispensaba a los alumnos de la asistencia universitaria durante el período lectivo, y aunque en los meses de junio y septiembre hubo de ir a examinarse al Instituto de Ciudad Real, siempre fue custodiado, más que acompañado, por sus familiares. Jamás salió a la calle solo. El cariño vigilante de los suyos había levantado a su alrededor una especie de reducto carcelario: ni una hora de sabroso aislamiento, ni un resquicio de libertad por donde llegase a él un olor de aventura y paganía. A los dieciocho años terminó el grado, y como no mostrase inclinación hacia ninguna carrera, y, de otra parte, sus padres creyeran granada la ocasión de adiestrarle en el gobierno de su hacienda, el flamante bachiller se quedó en Serranillas.
Poco a poco, Higinio, redondeado por las grasas del vivir ocioso, iba convirtiéndose en don Higinio. La figura lucia y pequeña de su padre reproducíase exactamente en él: tenía los ojos azules y suaves de los Perea, el caminar tranquilo, la mandíbula fuerte, la cabeza grande y juiciosa, bajo los cabellos cortados a máquina. Su juventud, sin pecar de taciturna, fue siempre prudente y ordenada, cual si todos los ensueños dramáticos de su niñez hubieran ido resolviéndose en nostalgia cortés, ecuanimidad y suave pereza interior. Su espíritu valiente, equilibrado, compacto, ofrecía la apretada solidez de la llanura manchega; su alma era firme y maciza, como su cuerpo. Hablaba poco, reía de tarde en tarde, y jamás, ni aun por inocente donaire o pasatiempo, dijo un embuste. Era triste porque era sincero; tenía la calma doliente de la vida. De esta misma sencillez un observador hubiera deducido que si aquel hombre bueno, noble y bravo, alguna vez, por obra de cualquier imprevisto impulso, se decidiese a mentir, su mentira cristalizaría y se haría realidad.
Con la figura de su padre heredó Higinio Perea las dos grandes aficiones de don Salvador: el dominó y la pesca. También jugaba al billar, aunque la cortedad y gordura de su talle le impedía dominar cómodamente la mesa, y en el Casino nadie descifraba charadas como él, ni supo fabricar mejores caramelos con los terrones de azúcar que derretía en una llama de alcohol sobre el mármol de las mesas. Nunca montó a caballo ni disparó un arma de fuego, y la única vez que llevado del ejemplo de sus amigos fue a cazar perdices, regresó con las manos vacías.
Por parecerse a sus progenitores, heredó de ellos hasta el reúma.
A los veinte años sufrió un ataque de artritismo que le tuvo encamado mucho tiempo y pareció contribuir a uniformar y sentar su carácter. Dos años después celebró matrimonio con la señorita Emilia Álvarez, una de las mayorazgas más ricas y mirladas del pueblo. Aquella boda, asistida secretamente por los padres de los novios, fue tranquila, inocente, como esos festivales donde la gravedad burguesa adjudica premios a la virtud. Ni un momento de lucha, ni un barrunto de celos. Los mozos aspirantes a la hacienda de Emilia, al saber que el hijo de don Salvador la pretendía, depusieron su empeño, y Emilia aceptó a Higinio sin darse exacta razón de su sentimiento, sin paladearlo apenas, como esas medicinas que los enfermos, medio dormidos, beben de noche. Era una belleza voluntariosa, gorda y trigueña, que tocaba al piano valses de Strauss y sabía hacer dulces.
Don Higinio vio en su matrimonio y en el nacimiento de su primer hijo los dos golpes decisivos dados por el prosaísmo de la realidad a aquella especie de asimetría espiritual, tímidamente aventurera, que antaño había tremolado como un penacho sobre su alma infantil. Ya su porvenir quedaba trazado definitivamente; era diáfano, sosegado, horizontal: viviría en Serranillas, mejoraría sus tierras, asistiría vestido de negro al entierro de sus amigos, y cuando su última hora fuese llegada, iría a ocupar su lecho de piedra en el panteón familiar.
Esta reflexión, devolviéndole todo su reposo, acrecentó su afición a la pesca. Muchas mañanas, y aun por las tardes, unas veces vestido de dril y provisto de un blanco panamá, otras encapotado y metido en altas botas marineras, don Higinio requería sus trebejos de pescador y marchábase a guerrear contra los pececillos del Guadamil, cuyas aguas tersas y azules, de un azul heráldico, rodaban platicadoras a medio kilómetro del pueblo. Para él las riberas del Guadamil no encerraban misterios: conocía los secretos de la hoya del Jabalí, muy difícil de vadear en la estación de las lluvias, su fuerza de atracción según la altura de las aguas y los sitios por donde podía pasarse de una orilla a otra a caballo o a pie; sabía también los lugares en que la corriente se amansaba y era así más propicia a la pesca, los remansos arbolados buenos para dormir las siestas estivales, y aquellas hondonadas, horras del viento y sin escobos, inmejorables para gozar en invierno plenamente del sol.
Don Higinio dedicaba a su deporte favorito muchas horas. Generalmente iba solo y cuando llegaba cerca del paraje donde había de instalarse, caminaba de puntillas para no intimidar con el ruido de sus pasos al enemigo. Seguidamente encebaba los anzuelos, armaba dos cañas que ponía sobre horquillas, y luego, sentado en un catrecillo de lona, las piernas cruzadas, el cigarro puro entre los labios gruesos y tranquilos, hundía sus miradas en la linfa azul donde las cañas proyectaban dos rayas amarillas y paralelas; los corchos que sostenían las carnazas vibraban inquietos en la tersura filante del agua. De súbito, uno de ellos se hundía, indicando que un pez había mordido el engaño. Inmediatamente Perea requería la caña levantándola con gesto victorioso, y el prisionero, arrancado a su elemento, convulsionado por la asfixia, pintaba sobre el gran telón verde y cobalto del paisaje una interrogación de plata. Don Higinio, fuera de sí, raras veces podía reprimir un grito de júbilo, fiero y ancestral. Era algo sádico, removedor, misteriosamente carnal, que le obligaba a entornar los ojos, y le producía una laxitud semejante a la que dejan en el ánimo las corridas de toros. Después iba al Casino, donde, jugando al dominó, esperaba a que fuesen a llamarle de su casa para cenar. De noche no salía a la calle casi nunca.
El tiempo, entretanto, proseguía su eternal labor renovadora. Ya Anselmito, el primogénito de don Higinio, tenía cuatro años cuando falleció don Salvador; al año siguiente doña Pastora siguió a su marido, que es notorio cómo los viudos se sobreviven poco, y la rápida desaparición de aquellas dos cabezas blancas y amadas, al erigir a don Higinio en jefe supremo del hogar solariego, impuso a su natural reflexivo y grave una austeridad nueva. El buen hombre sintió que el amor a su casa, a la pesca y al dominó se acrecentaban. Pensó: «No pasaré de ahí». Fue aquello como una ratificación decisiva de su carácter. Pausadamente las viejas heridas cruentas se cerraban. Nació Carmen. Tres años más tarde, doña Emilia perdió a su madre, y Teresita, su hermana menor, que seguía soltera, prefirió quedarse con ella en Serranillas a vivir en Almodóvar con su padre. Después nació Joaquinito.
Doña Emilia era uno de esos temperamentos enérgicos que florecen y frutecen pronto y saben mandar. Su actividad belicosa, su instinto práctico, su fortaleza, beneficiaron su hacienda tantas veces, que Perea jamás se determinaba en asuntos de riesgo sin antes aconsejarse de ella. Madrugaba con las claridades prístinas del amanecer y se dormía tarde, luego de ver que las puertas estaban bien cerradas, los perros sueltos, el fuego de la cocina apagado, la servidumbre recogida y todo en su sitio. Durante el día trabajaba febrilmente: guisaba, zurcía, regañaba a sus hijos, vigilaba la salpresa de los tocinos, examinaba las ropas que las criadas tendían a secar en el jardín, y todo había de pasar por sus manos escrupulosas y a todo sabía poner reparo con una diligencia sin sueño y sin oasis. Ya no tocaba el piano; una madre de familia se debe a obligaciones más altas, y ella, dentro de su hogar y sobre su marido, ejercía una jefatura omnímoda. Este atrafagamiento mantenía su belleza y su salud. A los treinta y cuatro años doña Emilia era una mujer embarnecida, de negros cabellos y ojos vivísimos, en cuyo rostro, grueso y moreno, lucía el almendrado regocijo de unos dientes pequeños y blancos.
Teresita, doncellona, dulce y un poco sorda, constituía el reverso de su hermana.
La bonitura de sus años primaverales se marchitó y arrugó tempranamente, cual roída por el fuego de un temperamento demasiado emotivo quizás. Alta, flaca, los cabellos de color tabaco, la sonrisa fácil, los ojos reservados y amables, sus pies apacibles recorrían las habitaciones sin ruido. Sus sobrinos la adoraban. Ella les ayudaba a vestir por las mañanas, les llevaba de paseo, les defendía de las cóleras maternales, y en la mesa les ponía la servilleta al cuello. Su timidez buscaba la sociedad de los niños. Era buena, callada, dócil y jamás tuvo verdadera personalidad. Teresita carecía de valor sustantivo; para los vecinos nunca fue Teresita: unas veces era «la hermana de doña Emilia»; otras, «la cuñada de Perea» o «la tía de Anselmito...». Ella no protestaba de este emborronamiento, un tanto despectivo, en que la dejaba la opinión; acaso no lo advirtió siquiera. Su cuidado único era no parecer sorda, y en disimular tal defecto cifraba todo su empeño. Muchas veces decía:
—¡Voy!... ¡Voy!...
Y echaba a correr hacia donde creía que la habían llamado. Sus sobrinos, advertidos de su debilidad, la burlaban:
—Tía Teresa, ¿no oyes que mamá pregunta por ti?
Ella respondía:
—Ya lo sé, ya lo he oído... ¿Creéis que soy sorda?...
¡Qué éxito! La chiquillería, ineducada y cruel, se desarticulaba de risa.
Pausadamente don Higinio envejecía sujeto a los cuidados de su hacienda, viéndose engordar mientras el tiempo movedizo, maestro de toda farándula, le quitaba unos afectos y le traía otros. Todo cambiaba a su alrededor y todo, sin embargo, continuaba igual. A través de los años las distintas generaciones de los Perea se copiaban, repitiendo tenazmente iguales caracteres y tipos; diríase que la uniformidad de la llanura y la semejanza de impresiones y de alimentos eternizaban en ellas los rasgos aborígenes. Carmencita, aún no tenía nueve años, y ya su perfil recordaba el rostro aguileño de su abuela doña Pastora; Anselmo, del cual todos creyeron que iba a ser alto, repentinamente dejó de crecer y su figurilla comenzó a adquirir carnosidades precoces. Evidentemente, la linfa pacifista de los Perea era inmortal. Don Higinio, siempre algo poeta, solía desesperarse ante aquel existir imbécil de rebaño. La sangre bulliciosa de los Alcañiz, aunque de tarde en tarde, resucitaba en él, desazonándole. En tanto tiempo, ni un viaje, ni una fuga al mundo de la quimera, ni un misterio donde poder sembrar la semilla de una poesía. Don Higinio reconocíase seguido, espiado, por la afectuosa vigilancia de sus conterráneos. Ellos le vieron nacer, ir a la escuela, casarse; año tras año asistieron a los menores incidentes de su breve historia; recordaban las fechas en que perdió a sus padres, y hubieran dicho de memoria la edad exacta de cada uno de sus hijos. También detallaban su hacienda: lo que le redituaba la mina, el número de olivos que poseía y cuánto producíale anualmente la recolección de la aceituna; las sacas de trigo que guardaba en el pósito, cuando ya sus trojes rebosaban; si binaba o no sus tierras, y en cuantos pegujales las tenía divididas y arrendadas para mayor comodidad; y qué bancales destinaba a maíz y cuales a heno, y qué predios languidecían cubiertos de breñas y amarillas retamas. En el Casino se murmuraba todo: si trabajaba su aceña, si se le murió un caballo o si la noche antes rodó mucha agua por las caceras de su huerto... Inútilmente don Higinio procuraba aislarse, recogerse: no había en toda la comarca un rincón, un solo rincón, que fuese completamente suyo. Unas veces los criados, otras su propia mujer, o su cuñada, o sus hijos, lanzaban a la calle cuanto en la intimidad de su hogar sucedía; nunca hallaba esos instantes de aislamiento que todo hombre tiene; diríase que su notoriedad poseía la molesta virtud de mudar en transparentes los cuerpos opacos. Angustia horrible; dentro de su casa, aunque hablase en voz baja y las puertas y resquicios estuviesen herméticamente cerrados, don Higinio experimentaba la desagradable sensación de hallarse en cueros y metido en un globo de cristal.
A este punto de sus acedas rememoraciones y fantasías llegaba Perea cuando Nicanor, el peluquero, que concluía de afeitarle, le interpeló.
—¿Ponemos algo en la cabeza?
Don Higinio abrió los párpados y sus ojos, sus buenas pupilas azules, en las que había un místico desasimiento de cuantas raspaduras de malicia o de odio llevan consigo las almas vulgares, posáronse afectuosas en su interlocutor, cuyo rostro, de líneas enjutas, repetía sobre la delgadez del cuello un eterno movimiento negativo. El barbero creyó que no había comprendido su pregunta, y repitió:
—¿Quiere usted algo en el pelo?
—Écheme colonia.
Las manos de Nicanor, frotando ahincadamente la cabeza de su cliente, aligeraron el curso de sus meditaciones; su ánima sencilla orientose hacia el optimismo. Si los placeres de un domingo bastan a aromar el agrio y seco transcurso de la semana, ¿no bastará también un hecho cualquiera notable a embellecer una vida? Pensó en la lotería. ¡Aquellas cincuenta mil pesetas caídas así, como de una nube, en la aridez de su existencia cotidiana!... ¿No vendría con ellas el viaje novelesco, el amor imprevisto, la aventura trastornadora y violenta, que luego, al deshacerse a lo largo de los días futuros, dejaría en su historia el perfume de algo hazañoso y distante?...
Don Higinio salió de la peluquería muy colorado; el aguardiente que Cenén le obligó a beber empezaba a turbarle, y además la seguridad de que durante muchos meses todo el vecindario tendría puestos en él los ojos contribuía a aturdirle. Ya cerca de su casa, encontró a Pablo. El ciego le reconoció por los pasos.
—Vaya con salud mi señor don Higinio, y colmado se vea siempre de satisfacciones, y viva más años buenos que penas tiene un pobre.
Gitano parecía por lo zalamero del acento y lo bronceado de la color. Perea echose mano al bolsillo y le dio quince pesetas.
—No llevo más dinero suelto —dijo—; pero otro día llégate a casa, mi mujer te hará un regalo.
El ciego, poco acostumbrado a que usaran con él de tanta largueza, deshízose en férvidas alabanzas, bendiciones y optimistas augurios hacia quien así le socorría; en el silencio de la calle desierta, inundada de sol, su jaculatoria resonaba ardiente. Don Higinio aceleró el paso, con ese delicado rubor de los hombres superiores a quienes los inciensos del aplauso molestan.
—En verdad —iba pensando irónico— que si como dice don Tomás los buenos deseos llegan al cielo, acabo de obtener la bienaventuranza por sesenta reales. ¡Ha sido un gran negocio!...
II
Eran las doce cuando llegó a su casa. Doña Emilia le examinó inquieta. ¿De dónde venía tan colorado?...
—Media hora hace —exclamó— que don Gregorio y don Cándido están aguardándote. Hoy almuerzan con nosotros.
Don Higinio entró en el comedor, donde fue ovacionado. Antes de que pudiera trasponer la puerta, Anselmo, Carmen y Joaquinito le detuvieron, aferrándose a sus rodillas. El boticario le abrazó cordialmente, con una efusión sencilla reveladora de una leal amistad. El médico también arremetió a él, mostrándole victorioso un papel azul.
—Aquí está el telegrama que mi Lucía y yo esperábamos; ya nuestra felicidad es indiscutible. ¡Cincuenta mil pesetas para cada uno de nosotros, Perea de mi alma!... ¡Somos ricos!...
Y a don Gregorio Hernández, a pesar de su corpachón de jayán y aquella voz terrible con que aturdía a sus enfermos, se le aguaron los ojos. El benemérito don Higinio se sintió oprimido, aplastado, sobre el pechazo del médico como contra un muro. Al fondo, en la penumbra suave del comedor, los rostros de su cuñada, de doña Lucía y de doña Benita, componían una especie de coro sonriente y acogedor. Al fin, pudo desasirse, respirar libremente.
—¿Cuándo cobramos?
—En seguida —replicó Hernández—; hoy mismo o mañana. Como la cantidad es importante, necesitaremos ir a Ciudad Real.
Acababan de servir la sopa y todos se sentaron a la mesa. Don Higinio ocupó la presidencia, teniendo a su derecha a doña Lucía y a doña Benita a su izquierda. Los muchachos, bajo la vigilancia indulgente y regañona de Teresita, invadían la cabecera opuesta. Doña Emilia, que no quitaba ojo de su marido, preguntó:
—¿No les parece a ustedes que está muy colorado?...
Todas las miradas claváronse en Perea, quien, de súbito, por obra de un fenómeno nervioso reflejo, se sintió enrojecer. Don Cándido declaró que le hallaba como siempre; pero doña Emilia, maternal y vehemente, levantose para examinarle los pulsos.
—Tiene la cabeza muy caliente; ¿será calentura?...
Teresa y doña Benita se habían quedado serias; pensaban lo mismo; raras son las grandes alegrías que no van seguidas de algún grave dolor, y si don Higinio muriese... Doña Emilia quiso ponerle un termómetro. Tanta solicitud irritó a Perea. No padecía de nada, estaba bien, mejor que nunca...
—Es que he estado bebiendo aguardiente con Cenén, y la bebida me hace daño.
—Naturalmente —exclamó don Gregorio—; una pequeña sofocación sin importancia, que desaparecerá apenas los primeros alimentos bajen al estómago. Vaya, Emilia, no sea usted aprensiva; siéntese usted.
Ancho, alto, recio como un púgil clásico, el médico era un comedor formidable y regocijado que, sin cesar de alabar cuantos platos le ponían delante, mascaba a dos carrillos; trituraba los huesos de pollo y dejaba la huella grasienta de sus labios en el cristal de su copa de vino. En sus manos, terribles y oscuras, cualquiera cuchara parecía pequeña. Los huesos que doña Lucía colocaba intactos al borde de su plato don Gregorio los miraba con avidez salvaje.
—¿Pero dejas esto? —exclamaba.
Concluía por chuparlos glotonamente, y luego los rompía como si fuesen galleta; el fragor de sus mandíbulas de gigante sorprendía a los niños y les daba risa. Cuando comía se cegaba, se transfiguraba; respiraba ordinariez...
«Es un hombre, decía Cenén, que lleva el cerebro en la barriga».
El almuerzo fue largo y tuvo alegre y bulliciosa sobremesa. Mientras los muchachos se llenaban los bolsillos de pasas, los adultos discutían el empleo de su nueva fortuna. Los hombres razonaban juiciosamente; don Gregorio pensaba mercar un perro y pedir a Éibar una escopeta: estas serían las únicas frivolidades que adquiriese; el resto del capital lo invertiría íntegro en tierras y aperos de labranza.
—Desciendo de agricultores —agregó— y adoro el campo; ¡ojalá no me hubiesen enviado a la Universidad nunca! Ya lo verán ustedes; yo, más que un médico metido a labrador, soy un labrador metido a médico.
El boticario y don Higinio asentían. ¡Nada de fábricas ni de negocios expuestos a huelgas y a competencias suicidas! Dinero empleado en tierras es salvo: la tierra es la fuente de todo, la verdad suprema, la madre que nunca engaña al hombre. Perea, por su parte, deseaba adquirir a orillas del Guadamil la hacienda denominada Los Cipreses, lugar muy a propósito para instalar un molino.
En cambio, las mujeres, más pintorescas, más imaginativas, anhelaban algo superfluo, pero bonito, raro, que orease sus espíritus con una ráfaga de novela: un viaje, por ejemplo... ¿Pero era posible que sus maridos quisieran reducir a tierra un dinero tan frívolo, tan riente como el de la lotería?...
Doña Emilia exclamó, golpeando en un plato con la cucharilla del café:
—¡Un viaje sería lo mejor!... Un viaje de un mes; nos iríamos los cuatro. ¿Digo bien, Lucía?...
Los circunstantes permanecieron callados, y la mujer de Hernández hizo con sus labios, enrojecidos por la digestión, un mohín de desagrado. ¡Un viaje! ¿Y adónde y para qué? ¿A pasar trabajos?... Lo que no hubiese en Serranillas, respecto a comodidades, señorío y buen trato, no había que buscarlo en parte ninguna. Años atrás ella y su marido fueron a Ciudad Real a comprar un aparato ortopédico para el hijo del notario Arribas, que se había roto una pierna, y a poco mueren de sed: en ninguna parte hallaban agua fresca. Y en un viaje más largo, a Madrid, verbigracia, era absurdo pensar; Gregorio no podía dejar a sus enfermos tanto tiempo...
Este rio a carcajadas y descargó sobre los débiles omoplatos del boticario un vigoroso puñetazo.
—No les puedo dejar libres mucho tiempo porque se curarían todos. ¡Yo no debo cerrarle la botica a don Cándido!
Teresa y doña Benita, acariciadas un instante por la idea de viajar, miraban ahora con horror la posibilidad de moverse de Serranillas: los negocios no se abandonan así; cerrar una casa cuesta mucho trabajo; la humedad de las habitaciones deshabitadas es fatal para los muebles, y la polilla hace estragos en las ropas que no se remueven y solean. Además, ¿quién iba a cuidar de las gallinas y de las flores? Un viaje del que nadie sabe cuándo volverá, porque no se tiene la salud comprada, puede ser la ruina de una hacienda.
Doña Emilia, sin embargo, no renunciaba totalmente a su idea. Primero pensó salir del pueblo: fue una curiosidad noble, una atracción de cosas lontanas, nunca vistas; seguidamente aquel impulso artista se desdibujó y avillanó bajo una simulación práctica. Ella había oído decir que en el extranjero las ropas son tan baratas que lo mucho que en ellas se economiza equivale holgadamente a los gastos de viaje. Ahora que el invierno estaba cercano, doña Emilia pensó en un abrigo de pieles: uno de esos magníficos sobretodos de pantera o de marta, donde las grandes heteras parisinas se arrebujan, semidesnudas, para que las retrate Reutlinger. Fue un deslumbramiento: viose en la iglesia, asistiendo los domingos a misa mayor, pasando con la solemnidad de una imagen ante sus amigas humilladas; y luego, por la tarde, en el andén, esperando la llegada del correo de Madrid, que se detiene en Serranillas dos minutos...
Encarose con don Higinio, y de sopetón, como quien tira a quemarropa:
—Tú —dijo— debías ir a París a comprarme un abrigo.
El saludable semblante de Perea adquirió la alelada expresión del que sueña.
—¿Yo?... ¿Yo solo a París?...
—¿Y qué?... Total, con seis o siete mil pesetas realizas la excursión, te distraes, descansas un poco, que bien lo necesitas, y me regalas un abrigo como yo te diga. ¿Quieres?...
Don Higinio sonreía; la sorpresa del primer momento había declinado; ahora estaba alegre, suspenso, trémulo de emoción ante aquel camino que la suerte acababa de tender generosa bajo sus pies, como una alfombra de hechicería y aventura. Para disimular la pueril algazara de sus sentimientos, juzgó oportuno oponer objeciones:
—Como yo no sé francés...
—¡Bah!... Llevando buenos billetes de Banco en el bolsillo —arguyó don Gregorio— crea usted que para comprar no precisa conocer el idioma del que vende. Además, en esos grandes hoteles extranjeros siempre habrá intérpretes que le acompañen a usted a todas partes.
Y tras una pausa:
—Yo, en el pellejo de usted, sin esa cadena que me tienen echada al pie mis enfermos, tomaba el tren mañana mismo.
Don Higinio no respondió; parecía dudar y sus ojos miraban al mantel, mientras sus dedos amasaban nerviosamente una miguita de pan. En su ánimo, ingenuo y poltrón, Tartufo insinuaba su perfil hipócrita: deseaba que le rogasen, que le empujasen hacia aquel lance, mojado en mieles dulcísimas de zozobra; quería gozar de la aventura sin asumir probables responsabilidades. Era algo quintaesenciado, refinadamente voluptuoso y femenino, como aquel embustero ademán de sacrificio que, para salvar su recato, las mujeres dan siempre a sus favores.
El boticario insinuó:
—Si fuese usted a París me haría un altísimo favor trayéndome un tratado de Química vegetal que necesito. No recuerdo ahora el nombre del autor...
Las pieles con que doña Emilia pensaba engalanarse suscitaron en doña Lucía y en la esposa de don Cándido ambiciones paralelas.
—Si va usted a París —exclamó doña Lucía—, no le pido más que una cosa: un corsé del Louvre; yo le daré las medidas.
—¡Qué ocurrencia! Mejor es un reloj —interrumpió doña Benita.
—O una sortija —agregó Teresa.
—Tengo sortijas y relojes, Emilia lo sabe: dos relojes que no sirven para nada, porque no andan. ¡Ah! Prefiero el corsé: un corsé recto, elegante, de color malva; un verdadero corsé francés...
Don Higinio intentó defenderse. Él era un temperamento metódico, casero, que quizás no pudiera alterar sus viejas costumbres; echaría de menos su hogar, sus zapatillas, sus trebejos de pesca, sus duelos al dominó, el aliño y sazón que Vicenta daba a los guisos; ¡todo, en fin!... Por añadidura tenía faenas agrícolas que debía dirigir personalmente: siembras, riegos, podas, rotura de tierras...
Hernández le atajó.
—¡Nada, no es cierto, no, señor! ¡Pretextos!... El campo, como la pesca, es para usted un deporte.
A las voces estentóreas de don Gregorio se aunaron las demás. Doña Emilia, su hermana, doña Lucía y doña Benita, rodearon a don Higinio que permanecía sentado, dándole en la cabeza y el cogote amistosos golpecitos.
—¡Sí, señor; tiene usted que marcharse!... ¡Hombre más roñoso!... Y todo por no obsequiarnos...
—¡Si yo estuviese en su pellejo! —repetía don Gregorio.
Los niños gritaban también, estimulados por el ejemplo de las mujeres: desde el quicio de las puertas la servidumbre asistía sonriente a la escena. Perea creyó llegada la ocasión de ceder.
—En fin —exclamó—, como ustedes quieran; yo no tengo voluntad...
Y en seguida, cual si lo que le proponían fuese madurando en su ánimo y ganándole:
—Verdaderamente siempre he tenido grandísimos deseos de conocer París, y miren ustedes por qué casualidad ahora...
Un muchacho que vino a buscar a don Gregorio para un alumbramiento desenlazó la sobremesa. El médico y el boticario se marcharon juntos; a poco doña Lucía y doña Benita se fueron también, y don Higinio, descalzo y libre de la opresora tiranía del cuello y de los tirantes, pudo dormir, según su costumbre, una horita de siesta. Despertó a las seis. Inmediatamente, con una diligencia nerviosa, nueva en él, se vistió y salió a la calle. Pepe Fernández, director de El Faro, bisemanario, defensor de los intereses de Serranillas, acudió a saludarle.
—Hablo de usted —dijo— en el próximo número de mi periódico y anuncio su viaje a París.
Don Higinio se ruborizó; aquella inesperada popularidad, aquella exhibición constante, le quemaban las mejillas. Cuando llegó al Casino todos los jugadores de dominó se pusieron de pie para aplaudirle, y Julio Cenén tocó al piano los primeros acordes de la Marcha Real. A pesar de la infantil sencillez de tal agasajo, don Higinio avanzó descubierto y conmovido, agitando sobre su cabeza cuadrada su sombrero color café.
—¡Gracias, señores, gracias!...
El portero del Casino, que caminaba tras él, le abordó con una reserva que Perea halló misteriosa.
—Don Gregorio necesita verle a usted; él volverá en seguida; no vaya usted a marcharse...
A las siete apareció el médico. Su corpachón macizo y su rostro broncíneo, cubierto de espesas barbazas y sombreado por un fieltro de alas crecidísimas, erguíanse prepotentes sobre la multitud de parroquianos instalados alrededor de las mesas. Don Higinio hízole señas acogedoras.
—¿Qué hay? ¿Tenía usted algo que anunciarme?
—Que mañana temprano, en el tren de las siete, nos vamos los dos a Ciudad Real a cobrar «lo nuestro».
Perea tardó en responder; su haronía se rebelaba contra aquel propósito de acción.
—¿Y no sería mejor escribir diciendo que lo enviasen?
—¡No, hombre! ¿Pero le cuesta a usted trabajo recibir dinero? Nosotros salimos para Ciudad Real en el tren de las siete; luego almorzaremos donde yo disponga... ¡Ya sabe usted que a mi lado nadie se muere de hambre!... Pasamos un gran día, y a las nueve y media o diez de la noche estaremos de regreso. ¿Conformes?...
Don Higinio cedió; no había modo de esquivarse.
—Entonces —dijo Hernández— hasta mañana. Ahora me voy porque están aguardándome. Mañana a las seis y media espéreme usted en su casa, vestido; yo iré a recogerle.
Aquella noche, tendido en su amplio lecho matrimonial a la izquierda de su mujer, que no podía dormir, don Higinio batalló inútilmente por conciliar el sueño. Su ánimo pusilánime, abandonado siempre a la inercia cobarde de la costumbre, hallábase desarraigado y como precipitado en un torbellino. La Fortuna invadía su vida, desarticulándola. Horas nada más transcurrieron desde que le notificaron su ventura, y parecíale que hubiese pasado mucho tiempo: el sobresalto de aquella mañana, las copas de aguardiente bebidas con Cenén, su almuerzo en compañía de don Gregorio y de don Cándido, la afectuosa ovación que le tributaron en el Casino, la perspectiva del viaje que a la mañana siguiente debía emprender... todo, atropelladamente, se barajaba en su memoria. ¿Cómo podían caber tantos proyectos, tanto trajín, tantas emociones, en el abreviado espacio de un día?... Y terminado aquel paseo a Ciudad Real, los cuidados, los preparativos, los encargos de su excursión a París, la metrópoli inmensa donde ningún vecino de Serranillas, que él supiese, había estado.
Al fin, la carne tarda y poltrona se sobrepuso al imaginativo y despabilado espíritu de don Higinio, cuyos párpados comenzaron a cerrarse; bajo las gasas sutiles del sueño, su inquietud se aletargaba dulcemente. De pronto, el temor de que pudiesen robarle en Ciudad Real, le estremeció; los ladrones no duermen. Dio un codazo a doña Emilia que ya roncaba:
—Mañana —ordenó— recuérdame que lleve el revólver...
Por dicha, estos prudentes resquemores fueron inútiles. Perea y don Gregorio llegaron a la capital, desayunaron con chocolate y picatostes en el café de la estación, cobraron sus veinte mil duros en hermosos billetes de quinientas y de mil pesetas, almorzaron opíparamente en una taberna, cuya dueña, rolliza y deseable todavía a pesar de los años, fue muy amiga del médico cuando este era estudiante, y, por no dilatar más su ausencia, regresaron a Serranillas en el mixto de las siete y cuarenta. Cargados iban de juguetes: pelotas, cornetas, soldados de plomo, un ferrocarril mecánico, una linterna mágica, un teatro guignol... Y con todo dieron en casa de don Higinio, donde doña Lucía, rodeada de sus cuatro hijos, doña Emilia con los suyos, Teresa, doña Benita y don Cándido, les esperaban. La ovación que la infancia tributó a los expedicionarios fue atronadora; Perea se quedó sordo; hubo momentos en que el techo del comedor, con su magnífica lámpara de bronce, pareció resquebrajarse y venir abajo.
Desde el día siguiente, y fortalecido por su mujer y su cuñada, emprendió don Higinio los prolegómenos de su éxodo. Su primer cuidado fue marcar para su partida una fecha. Con gravedad que disimulaba cierto vago temorcillo interior, había dicho:
—Me iré el sábado...
Y apenas lo declaró cuando lo supo y repitió el vecindario.
«Perea se marcha el sábado...».
Hacia ese día, llamado a ser memoratísimo en la historia de Serranillas, todo se disponía y enderezaba. Antolín recibió órdenes apremiantes de confeccionar dos trajes, un «completo» negro, de americana, y otro de chaquet, color gris. También juzgó prudente don Higinio reforzar el número de sus camisas y encargó media docena a Manolita, la mujer de Pepe Martín, que las aderezaba muy bien. Los calzoncillos se los hacían en casa, no por bajuna tacañería ni ridículo prurito de ahorro, sino porque Teresita sabía cortarlos y disponerlos a maravilla: eran unos calzoncillos, «antiguo régimen», con pretinas bordadas en colores y cintas para sujetar y afirmar las perneras sobre los calcetines. Doña Emilia, en el exiguo vacar que sus quehaceres domésticos la permitían, le repasaba las camisetas y los pañuelos, y como su marido jamás supo anudarse la corbata, pidió al bazar de ropas del señor Feliciano varios lazos hechos. Don Higinio, por su parte, no estaba ocioso: había comprado dos sombreros; un hongo, que debía «rimar» con el traje de chaquet, y otro blando, color perla, para ponérselo con su «completo» de americana. También mercó un baúl: un legítimo cofre lugareño de recia tablazón, blindado de hojalata amarilla y con cantoneras azules de metal, que vacío pesaba los treinta kilos de equipaje que las Compañías ferroviarias otorgan a cada viajero.
Aquel baúl, abierto siempre en medio del dormitorio de don Higinio, parecía una boca. Con la preocupación de cuanto habían de meter en él, nadie se acordaba de cerrarlo, y su tapa erecta tenía la elocuencia de una amenaza. Acarreados por Teresita y doña Emilia, los calcetines de hilo de Escocia «para vestir», y los de lana para el reúma; las camisetas rusas, densas, blandas, capaces de resistir los fríos polares; los calzoncillos de abigarradas pretinas, la media docena de camisas que Manolita había traído, los pañuelos... todo iba desapareciendo en la panza insaciable del cofre. La flamante ola blanca crecía. En la mañana del jueves, dos días antes del señalado para la partida, se vio que el baúl era pequeño y fue necesario cambiarlo por otro mayor.
Entretanto llovían sobre Perea recomendaciones y encargos: hubiera podido llenar un cuaderno de solicitudes. Todos sus amigos querían algo de París: para don Gregorio, una escopeta; para doña Lucía un corsé del Louvre; para doña Emilia, un abrigo de pieles. Teresa deseaba un reloj; doña Benita, un sombrero; don Cándido, un tratado de Química vegetal y algún pisapapeles o cachivache artístico con que adornar su mesa de trabajo; Julio Cenén le pidió una pitillera con algún desnudo en esmalte que ruborizase a las muchachas; el cura, don Tomás, quería unos espejuelos; el notario, don Jerónimo Arribas, una pianola; don Justo, el dueño de la fonda, una motocicleta. Hubo quien le encargó un juego de ajedrez...
Cansado de no hallar en el Casino un momento de tregua, don Higinio hacia frecuentes escapatorias al campo. Allí respiraba. Iba despacio, mirando a todos lados detenidamente, cual si en vísperas de emprender un viaje que estimaba larguísimo quisiera despedirse con los ojos de aquellos paisajes familiares, y si saludaba a alguien deslizaba en su reverencia una suave melancolía de «adiós». Bajo su grasa, los pruritos aventureros de su niñez se desentumecían cautelosos. Antaño su alma quimerista se fue muchas noches de fiesta, mientras su pobre cuerpo, aburrido y esclavo, quedaba en casa; pero ahora iba a ser él, tanto o más que ella, quien saliese a rondar. ¡Aquel premio, aquella fuga a París!... ¿Qué lances el Destino le tendría reservados? Hasta sentía miedo; se acordaba de la pantera dantesca:
Nel mezzo del cammin di nostra vita
mi ritrovai per una selva oscura
ché la diritta vía era smarrita...
En sus últimas batallas al dominó la suerte le fue adversa; estaba ausente, no llevaba cuenta de las fichas jugadas y siempre perdía; para no comprometer su fama de campeón, tuvo que retirarse. Una mañana salió a pescar y volvió con las manos vacías; si algún pececillo mordisqueó la carnaza, él no lo advirtió; pensaba en el Sena.
Ya tarde, al tramontar del sol, iba a la estación, como si el sitio de donde en breve había de marcharse le atrajera. El mozo de andén Juan Pantaleón, a quien por su bordonera juventud de juglar don Higinio dedicó siempre disimulado cariño y aprecio, le daba palique.
—¿Conque el sábado, don Higinio?
—El sábado.
—¿Por mucho tiempo?
—¡Psch!... ¡Allá veremos!...
Y esta posibilidad de dilatar su ausencia o de acortarla, de ir o volver según su gusto y albedrío, de hallarse horro, siquiera fuese efímeramente, de lazos sentimentales y de sociales miramientos, de ser «él», por fin, causábale en el diafragma un frío estremecimiento de histeria. Muy apesarado, los ojos en el suelo, Juan Pantaleón suspiraba:
—¡Quién pudiera irse con usted!
Era un payo cuarentón, de talla vulgar, metido en carnes, con el lleno y rasurado semblante canonjil sombreado por una boina vasca. Su empaque cándido interesaba; era lento, redondo, suave, y corregía su rusticidad la nostalgia inteligente de sus ojos apaciguados. Al caminar balanceándose sobre sus piernas un poco abiertas, los flecos de la manta con que de noche se abrigaba los hombros, barrían el andén.
Juan Pantaleón tenía su historia, y en ella una desilusión y una lágrima: una historia humilde, a la vez cómica y triste, como un cuento de Daudet.
De pequeño cantaba en las iglesias; su voz dulce, vibrante, de tenor, llenando desde las alturas del coro la oquedad armoniosa del templo, distraía la devoción rezadora de las mujeres; las más jóvenes levantaban la cabeza para mirar... Y Juan Pantaleón, que apenas escribía su nombre, quiso cambiar la iglesia por el teatro, ser artista. El tábano de la codicia le picó cruelmente; fue un derramamiento alborozado de orgullo que, a no exteriorizarse, le hubiera enloquecido. No sabía música, pero su memoria auditiva era excelente: tonadilla que oía repetíala inmediatamente sin vacilaciones, y fiado en esto emprendió la lucha. La farándula cascabelera le llevó consigo muy lejos, de pueblo en pueblo, sobre las carreteras polvorientas de la Mancha y de la vieja Castilla; a veces de meritorio, otras con un jornal miserable.
Pero Juan Pantaleón era dichoso: las piruetas del vivir errante, la existencia de bastidores, la alegría de los afeites, el prestigio versallesco de las pelucas blancas, la policromía grotesca de los trajes que se endosaba para salir en el coro, distraían su impaciencia ambiciosa. Transcurrieron varios años y siempre igual: comiendo malamente hoy, ayunando mañana, y, entretanto, la desaprensiva juventud que se va, el corazón que se enfría y depone su optimismo, los pies que olvidan el regocijo de caminar... Hasta que Juan Pantaleón perdió definitivamente aquel funesto hilillo de voz que a tan descabelladas andanzas le había llevado, y sintiendo por primera vez el imperio aplastante de la realidad, sus pobres ojos vertieron llanto amarguísimo sobre la esperanza muerta. Tespis le despedía de su carreta: ya nunca iría a Madrid, Eldorado de su alma ingenua; jamás los periódicos hablarían de él. Roto, afónico, sin oficio, regresó a Serranillas, su pueblo, donde los caritativos oficios del alcalde y de don Tomás Murillo, el cura, lograron emplearle en la estación. Catorce pesetas semanales tenía de jornal.
Allí le conoció don Higinio. No obstante su derrota y el total hundimiento de su pasado, Juan Pantaleón mostrábase contento. El trabajo era corto, las responsabilidades de su cargo, poco graves; bastante más comprometido veíase el guardagujas que custodiaba la boca del túnel. Mientras él podía leer periódicos y vivir sobre el andén, cerca de aquellos trenes que, viniendo de muy lejos, tenían para su imaginación andariega una elocuencia poderosa. En esos expresos de lujo que ora están en Lisboa, ora en Berlín, viajan los artistas que un tiempo fueron «sus hermanos»: los músicos célebres, los tenores millonarios, bellos y famosos, las grandes divas de renombre mundial...
Por lo mismo, Juan Pantaleón no siempre arrojaba al viento de igual modo el nombre de su pueblo:
—¡Serranillas... dos minutos!...
Si el convoy que salía de las tinieblas del túnel era un mercancías, el antiguo artista apenas se molestaba en lanzar su pregón. ¿Para qué? En los mixtos las personas adineradas y distinguidas no viajan, y él, Juan Pantaleón, no se incomodaba por la muchedumbre de tercera clase. El trabajador, el campesino, los «sin patria», a quienes importase el nombre de aquella estación, podían preguntarlo. En cambio, cuando el tren era un rápido, uno de esos grandes expresos internacionales que llevan y traen a los reyes del dinero y del arte, Juan Pantaleón no decía el nombre de Serranillas, sino que lo cantaba, alargándolo, modulándolo amorosamente, cual deslizando una lágrima de su alma triste entre aquellas cuatro sílabas melódicas y amadas:
—¡Serraniiiillas... dos minutos!...
La i estirada, interminable, que alternativamente bajaba o subía con raros acrobatismos musicales, era algo lancinante, muy personal, muy hondo, que nadie comprendía. En el frío silencio nocturno, ante la impasibilidad de los vagones herméticos, oscuros, impenetrables como ataúdes tras el misterio de sus cortinillas corridas, Juan Pantaleón lanzaba al espacio su grito de costumbre:
—¡Serraniiiillas... dos minutos!...
En el empleado de hoy florecía el artista de ayer. Entonces cantaba para los inteligentes, o solo, tal vez, para sí mismo, cual evocando tiempos pretéritos y mejores: era una especie de arrullo interior, de coquetería, de placer narcisista:
—¡Serraniiiillas... dos minutos!...
Lo decía varias veces y siempre con el mismo brioso ahinco; los mozos de la estación admiraban su voz ilusionada y dulce, y él lo sabía; aquel andén era su tribuna, su escenario; aquellos viajeros invisibles constituían su público. Juan Pantaleón pensaba:
«Ahora me oyen; quizás mi voz les impresione y sorprenda; acaso se lleven su timbre en la memoria...».
Si por casualidad algún viajero, hombre o mujer, se asomaba a una ventanilla y distraía los ojos en él, Juan Pantaleón se turbaba, enrojecía, bajaba los párpados... ¡Estaban mirándole!... ¿Por qué?... ¡Si fuese Anselmi! ¡Si fuese la De Lerma... o la Storchio!...
Hasta que el tren seguía, dejando el andén en silencio y en sombras: era su teatro que se cerraba, su público que se iba...
Secretamente, a pesar de su crédito, de su nombre y del amor a sus hijos, don Higinio envidiaba a Juan Pantaleón. El antiguo siervo de la farándula había viajado, pasado riesgos, tenido amoríos en encrucijadas y mesones; Juan Pantaleón, con sus días de ayuno y sus noches sin techo, llevaba a su espalda una linda historia de juglar. Como anduvo fuera de Serranillas muchos años podía referir lances ignorados de todos o inventarlos, refugiándose en el misterio de la distancia, para allí, con abundante espacio y gusto, bordar una mentira. ¡Él, en cambio, que una vez solo, cuando fue a graduarse Bachiller en Ciudad Real, perdió de vista la torre de la iglesia donde le bautizaron!... ¿Qué llegaría a contar que sus conterráneos no supiesen de memoria?... Por eso ahora, que la suerte le empujaba al extranjero, la compañía de aquel hombre que había corrido mundo producíale el efecto animador de un buen consejo.
Juan Pantaleón, que todo sabía explicarlo con sugestivo aplomo, le informaba de la fiebre de velocidad que tienen las comidas servidas en las estaciones; de su emoción al trasponer la frontera y sentir que repentinamente todas las personas hablaban otro idioma; de la alegría que sazona los almuerzos en las mesitas ambulantes de los dining-car; del extraordinario lujo y comodidades de los coches-dormitorio, donde el amor suele ofrecer a los hombres que viajan solos la sonrisa de una aventura...
El viernes, por la tarde, don Higinio también estuvo en la estación; le gustaba la casa, con su techumbre puntiaguda sombreada por un grupo de eucaliptos; la melancolía de los vagones olvidados sobre las vías de descarga; el andén pequeño, asfaltado, limpio, donde el ir y venir de los trenes parecía dejar estremecimientos de cosmopolitismo. Al marcharse, Juan Pantaleón le abordó:
—¿Así que, mañana, don Higinio?
—Sí, hombre, todo llega, mañana. ¿A qué hora pasa el rápido?
—A las nueve y cuarenta y cinco de la noche. ¡Quién pudiera irse en él!
Fue una lágrima disuelta en una exclamación. Sin poder contenerse, atropellando distancias y categorías, Juan Pantaleón dio su mano callosa a don Higinio. Ante el alborozado sobresalto del viaje, sus almas se acercaron, fraternizaron; era «un compañero». Don Higinio, que nunca le había dicho «adiós» a nadie, salió de la estación conmovido. Iba alegre, aunque su ufanía disimulaba una tristeza; su emoción recordábale historias de políticos desterrados que él antaño leyó; ahora, que se expatriaba, comprendía el dolor de aquellos hombres al pasar la frontera.
Perea comió poco, no tenía apetito, la inquietud llenaba su estómago como un manjar fuerte. Inútilmente procuraba mantener la conversación; su espíritu no estaba allí; entre bocado y bocado o de un plato a otro, quedábase suspenso, la rubia empanadilla de escabeche o el trozo de pollo clavados en la punta del tenedor. Doña Emilia, que le avizoraba atenta y se imponía a él con ese ascendiente que las voluntades activas ejercen siempre sobre las mollares, indecisas o perezosas, se lo reprochó. ¿En qué diablos estaba cavilando?...
—¡Nunca —exclamó— has hecho tantas bolitas de pan!
Por la noche, ya acostados, la esposa sufrió la angustia de la separación que iba acercándose, y su pena tuvo acentos de simplicidad infantil. El alma de la mujer es exagerada y primitiva; los tonos medios de la pasión se dan en ella confusamente; cuando no es niña, es madre.
—Te cuidarás mucho, Higinio —decía—, te cuidarás mucho, ¿verdad?
—Sí, mujer.
—Te abrigarás bien y no te asomarás a las ventanillas del vagón, ni te apearás en ninguna estación hasta que el tren esté quietecito...
—No, mujer.
—Y en cuanto llegues a París me telegrafías; y si te enfermas, ¡no lo permita Dios!, me lo escribes para que yo vaya a cuidarte.
Acariciándose el bigote, los ojos muy despabilados bajo la tiniebla del dormitorio, don Higinio repetía, distraído:
—Sí, mujer...
Tras un silencio, lleno de supersticiones, doña Emilia agregó:
—Estoy arrepentida de ser la iniciadora de este viaje; a Teresa se lo decía; en el cuarto de costura ha estado volando toda la tarde un moscardón negro...
Don Higinio se estremeció; en esas agorerías, como en todo, puede haber algo cierto. ¿Le amenazaría un peligro?... Callado, heroico, volviose hacia su mujer y la abrazó estrechamente; su erudición le permitió acordarse de Héctor despidiéndose de Andrómaca. Era aquella la última noche que pasaba a su lado...
—Por si no volviese a verla... —pensó.
La mañana siguiente fue agitadísima; en los rostros el insomnio había dejado huellas de palidez; doña Emilia amaneció con un ojo hinchado; al salir de su cuarto vio a Teresita y las dos hermanas cuchichearon; ninguna había podido dormir.
A las nueve se levantó don Higinio, y casi al mismo tiempo llegó el sastre, con los trajes. El pobre Antolín estaba lívido, lacio y desbaratado, como un difunto.
—Aún no me he acostado —declaró.
Ante el espejo del armario y en presencia de su mujer, de su cuñada y de los niños, don Higinio se endosó los dos trajes: el de americana estaba bien, pero el chaquet le hacía sobre la espalda una arruga oblicua y el pantalón le apretaba el vientre. Antolín aseguró que aquello no era nada, señaló con tiza las indispensables correcciones y llevose las prendas, prometiendo traerlas a media tarde.
Después de almorzar y ya un poco reanimado por los optimismos de la comida, concluyó Perea de arreglar su equipaje. Dentro del baúl colosal, cubierto de hojalata y bruñido y resplandeciente como una armadura, la ropa interior, pulcramente doblada y planchada, componía una especie de bloque macizo y lapidario: ni un intersticio quedó vacío; los calcetines y los pañuelos, sagazmente distribuidos rellenaban los huecos. Los cuellos y puños y los trajes fueron colocados arriba, en la bandeja, para evitar que se arrugasen. Los sombreros ocuparon una gran caja de cartón, blanca y cilíndrica, cuya tapa en caracteres dorados, decía: «Modas de París, Ciudad Real». El paraguas y todos los bastones, menos uno de estoque que el expedicionario quiso llevar a mano por lo malo que pudiera sucederle, iban en el portamantas. Los enseres de tocador, toallas, cepillos, frascos de esencias, navajas de afeitar, y el botiquín, con su botellita de alcohol, su papel aglutinante para heridas y sus puñaditos de té, hierbabuena y manzanilla, distribuidos en sacos, llenaron un maletín.
Perea no quería llevar merienda. ¿Para qué, si en todos los rápidos, según Juan Pantaleón le había dicho, hay coche-comedor? Pero su mujer le atajó con una suposición irrebatible:
—¿Y si a media noche tuvieses ganas de comer?...
El caso, efectivamente, podía ocurrir, y don Higinio se dejó convencer. La tarde la pasó en su despacho revolviendo papeles; luego, cuando ya no veía, metódico siempre y con una tristeza de despedida, fue dando cuerda a todos los relojes de la casa.
La hora de cenar Teresita y su hermana la adelantaron un poco, temerosas de que alguien fuese a interrumpirles; querían estar solas, libres, en la deliciosa independencia del aislamiento. Doña Emilia tenía los ojos anegados en llanto; no podía olvidar que aquella noche era «la última», y, a cada momento, por encima de los platos, dejaba una caricia en las manos del esposo. A los postres llegaban cuando se presentaron don Gregorio y doña Lucía, seguidos de su prole, y tras ellos el boticario y doña Benita. No habían querido ir antes por no molestar.
—¿Vienen ustedes a la estación? —preguntó Perea.
—¿Lo duda usted? —gritó el médico—, allí estaremos todos; según dicen, va «medio Casino» a despedirle a usted. ¡No faltará ni el cura!... ¿Ha leído usted El Faro de hoy?... Fernández le dedica a usted una crónica.
Ruborizado el viajero bajó los párpados. Sus amigos eran muy buenos. ¿Por qué se molestaban así? Él, francamente, no merecía tanto...