MEMORIAS DE UN VAGÓN
DE FERROCARRIL

OBRAS COMPLETAS
DE
EDUARDO ZAMACOIS

I.—La alegría de andar. (Croquis de un viaje por
tierras de Puerto Rico y Cuba, Estados Unidos, Centro
América y América del Sur.
)
II.—Europa se va... (Novela.)
III.—El otro. (Idem.)
IV.—Duelo a muerte. (Idem.)
V.—Memorias de una cortesana. (Idem.)
VI.—La opinión ajena. (Idem.)
VII.—Punto-Negro. (Idem.)
VIII.—El seductor. (Idem.)
IX.—Sobre el abismo. (Idem.)
X.—Confesiones de «un niño decente». (Autobiografía.)
XI.—Tik-Nay «el payaso inimitable». (Novela.)
XII.—Memorias de un vagón de ferrocarril. (Idem.)
XIII.—El misterio de un hombre pequeñito. (Idem.)
XIV.—Para tí... (Libro I.) (Novelas.)
EN PRENSA
Para ti... (Libro II.) (Novelas.)
Una vida extraordinaria. (Novela.)

EDUARDO ZAMACOIS
OBRAS COMPLETAS
XII

MEMORIAS DE UN
VAGÓN DE FERROCARRIL

NOVELA
(TERCERA EDICIÓN)
RENACIMIENTO
SAN MARCOS, 42
MADRID
ES PROPIEDAD
SERÁ ILEGAL TODO EJEMPLAR QUE
NO ESTÉ SELLADO POR EL AUTOR
Imp. J. Pueyo, Luna, 29.
Teléf, 14-30.—MADRID

MEMORIAS DE UN VAGÓN
DE FERROCARRIL

[I, ] [II, ] [III, ] [IV, ] [V, ] [VI, ] [VII, ] [VIII, ] [IX, ] [X, ] [XI, ] [XII, ] [XIII, ] [XIV, ] [XV, ] [XVI, ] [XVII, ] [XVIII, ] [XIX, ] [XX, ] [XXI, ] [XXII, ] [XXIII, ] [XXIV, ] [XXV, ] [XXVI, ] [XXVII, ] [XXVIII.]

I

Nací, por fortuna mía, vagón de primera clase, y mi ejecutoria acredita la reciedumbre y nobleza de mi origen. En las buenas estaciones provincianas, y más aún en las fronterizas, donde abundan los tipos cosmopolitas acostumbrados a viajar, mi aspecto prócer y la pátina obscura que me dieron, primero mis barnizadoras y luego la cruda intemperie y el polvo de los caminos, dicen mi largo historial vagabundo y atraen la curiosidad de las gentes.

Procedo de Francia, de los famosos talleres de Saint-Denis, pero fuí construído con materiales oriundos de diferentes países, y esta especie de “protoplasma internacional”—llamémoslo así—que me integra, unido a mi vivir errático, me vedan sentir fuertemente ese “amor a la patria”, en cuyo nombre la ciega humanidad se ha despedazado tantas veces.

La Compañía que me trajo a España pagó—con arreglo al cambio de aquel día—veinte mil duros por mí. Los merezco. Casi en totalidad estoy hecho con piezas de caoba y encina que, tras de perder toda el agua de sus fibras leñosas durante varios años de estadía en los secaderos, fueron severamente endurecidas bajo la llama del soplete; únicamente ciertos pormenores y adornos de mi individuo son de roble, y me cubre una tablazón de “teak”, madera muy semejante al pino que viene del Norte europeo, y es inaccesible a los cambios atmosféricos. Mi peso neto—quiero decir—cuando estoy vacío, excede de treinta y seis toneladas. Tengo más de diez y ocho metros de longitud y tres metros y cincuenta centímetros de altura, y la amplitud de mi techumbre cóncava posee una majestad de bóveda. Durante muchos meses numerosos forjadores, carpinteros, ebanistas, tapiceros, fontaneros, lampistas, electricistas, estufistas y cristaleros habilísimos, trabajaron en mi fabricación, y sus manos diestras maravillosamente fueron infundiéndome una solidez excepcional y una rara armonía de proporciones. Con justicia mis camaradas de ruta, a poco de conocerme, empezaron a llamarme El Cabal. Soy ancho, cómodo, y, no obstante la gravedad de mi armazón, tiemblo ágilmente, con sacudidas ligerísimas, sobre mi rodaje de cuatro ejes. No todos los coches de mi rango podrían jactarse de otro tanto. Existe entre nosotros una aristocracia que, sin vacilaciones, acusaré de advenediza: figuran en ella los vagones más jóvenes que yo, fabricados con tablas secadas imperfectamente. Yo les llamo vagones “de bazar”. Su aspecto es bueno, pero carecen de resistencia: pronto sus miembros se resienten del trabajo; crujen, gimen, sus puertas no cierran bien, sus ventanillas cesan de ajustar, sus muelles fatigados se desmoralizan... Además, por haber sido construídos de prisa y sin amor, les faltan ciertos detalles complementarios indispensables a su ornamentación y a la perfecta comodidad de los viajeros; y la verdadera distinción está en “el detalle”...

Las unidades de “primera clase” se dividen en dos categorías: yo pertenezco a la mejor, a la de más rancia y pura aristocracia, y las letras A A. que exornan mis portezuelas pregonan mi alcurnia. El “cuarto-tocador” ocupa uno de mis extremos, y en el centro—lugar el menos trepidante—llevo un “departamento-cama”. Mi interior, dividido en seis compartimientos, es bello y blando, acariciador, confortador, lleno de previsiones; femenino, en suma: los asientos, que fácilmente pueden ancharse y convertirse en lechos; los almohadones mullidos; la curvatura, propicia al descanso, de los respaldos; las abrazaderas, sobre las que el viajero podrá descansar un brazo; los ceniceros; la mesita que adorna la entreventana; las cortinas, que modifican la luz solar; los tubos de la calefacción; los timbres de alarma; los espejos biselados; los anuncios polícromos y las fotografías de lugares célebres, que exornan mi tránsito; el silencio y precisión con que las puertas se cierran y ajustan a sus marcos...; todo, en fin, descubre en mí un alma “de hogar”. En invierno, especialmente y de noche, cuando el frío escarcha los cristales y la máquina me envía a raudales generosos su calor, y todos mis inquilinos duermen, y las manos de los enamorados se buscan enceladas y febriles bajo las mantas, entonces mis compartimientos parecen alcobas sobre cuya tonalidad gris mis linternas, medio cerradas, semejantes a párpados indolentes, vertiesen una casi imperceptible llovizna de luz. ¡Bello y rotundo contraste!... Fuera de mí, el movimiento, la lucha, el peligro, la obscuridad, el fragor tronitronante de los puentes, el estrépito ensordecedor de los túneles, la lluvia, el granizo, la nieve, los vientos helados, la interminable conquista de la tierra; y, dentro, la paz, el reposo, el bienestar de las actitudes cómodas, el aire tibio, “la alegría de llegar”, con que cada alma viajera se echó a dormir. ¡Ah!... Cuando me autoinspecciono y me escucho vivir así, con esta doble vida tan plena, tan útil, pienso que yo, todo “mi yo”, acogedor y bueno, es un corazón.

No sabría determinar exactamente en qué momento mi personalidad comenzó, pues mi conciencia surgió, como en los niños, por grados insensibles. Con arreglo a un modelo, de los mejores, empezaron a construirme, pero sin ensamblar mis miembros, porque la vía francesa es veinte centímetros más angosta que la española, y mis constructores necesitaban transportarme a la Península, que era donde yo debía servir. Este es el período que podemos denominar fetal. Ya completamente terminado, pero inconexo, desarticulado y amorfo, traspuse la frontera sobre dos “trucks”, y llegué a Irún. Allí organizaron mis piezas, las unieron, las empalmaron y trabaron solidísimamente unas a otras, me encolaron, me enclavijaron, me barnizaron, me vistieron; allí mi figura adquirió la silueta, el equilibrio de perfiles, que habían de constituir mi personalidad. Soy, de consiguiente, español, puesto que “nací” en España, pero de origen francés.

Cuando, lentamente, con la suavidad de un lento despertar, fuí comprendiéndome separado de los cuerpos que me rodeaban y distinto a ellos; cuando la idea milagrosa del “Yo” me iluminó, semejante a una antorcha, y pude decir “soy... existo...” ya me hallaba montado sobre los recios mecanismos de ejes, ruedas, cojinetes y frenos, con que había de caminar después, y las entrañas capitales de mi forzudo corpachón, así como la techumbre y las ventanas, hallábanse acopladas y concluídas. Evidentemente—no puedo explicar de otro modo el veloz incremento de mi sentido íntimo—los dedos inteligentes de los herreros y carpinteros que construyeron mis piezas más robustas, minuto a minuto fueron dejando en mí latidos de pensamiento y de voluntad, y temblores de carne. Cada martillazo que me asestaban, era como un llamamiento que hacían a mi sensibilidad, embotada aún; las sierras me libraban de los trozos inútiles; las garlopas y las escofinas que pulían mi tablaje, me elegantizaban, y los tornillos de bronce con que aseguraban mis miembros eran como ideas que fuesen clavándose en mí.

Durante el impreciso amanecer de mi inteligencia, aquellos obreros me eran aborrecibles. Les odiaba y al propio tiempo les temía, porque según iban formando mi conciencia lo que hacían conmigo me causaba mayores sufrimientos. Muy de mañana ocho o diez de ellos penetraban en mí, armados de diversos instrumentos torturadores: éstos esgrimían sierras, aquél un escoplo, estotro un berbiquí, un formón, una repasadera, unas tenazas, un taladro o un martillo. El serrín, que es mi sangre, lo ensuciaba todo. Para ir encajando bien entre sí las diversas partes de mi armazón, mis verdugos me mutilaban, me oprimían y atarazaban de innumerables modos. Los repeledores ahondaban los clavos de suerte que sus cabezas desaparecían en mí; las garlopas insaciables me arrancaban la piel, que caía en virutas; las barrenas me traspasaban como remordimientos. Herido, raspado, tundido a golpes, mi cuerpo vibraba, y a cada nuevo martillazo mis entrañas magulladas parecían romperse. Así, a fuerza de porrazos y de dolor—como la conciencia en los hombres—nació mi conciencia.

Luego, aquellos bruscos jayanes de anchas espaldas y entrecejo hosco, fueron substituídos por obreros más minuciosos, silenciosos y pulidos, y menos crueles. Eran los ebanistas, los electricistas, los fumistas, los tapiceros, los cristaleros, los fontaneros, los broncistas y los pintores, de que antes hablé. Todos, a porfía, me raspaban, me limaban, me clavaban, me mordían... ¡no acababan de corregirme!... y cuando parecía que ya nada tenían que añadir, volvían a empezar: quién para “rectificar” una línea, me quitaba unas virutas, quién me ahincaba un tornillo... Todos, en una palabra, me hacían daño; pero yo comprendía que asimismo todos me hacían bien, y esta convicción me enfervorizaba. Más que el ansia de vivir, el noble deseo de ser bello iba encendiéndome como a esas mujeres que, a trueque de parecer bonitas, aceptan las peores torturas de la moda: el calzado estrecho, los pesados sombreros que dificultan en las sienes la circulación...

De día en día reconocíame más completo, más firme, más adornado y hermoso, en fin; y también más consciente. Yo era como un cerebro que va llenándose de ideas. Cada uno de aquellos obreros me daba—sin él saberlo—una partícula de su alma; estos elementos inteligentes y vibrantes, llenos de radioactividad, se acoplaban unos a otros y así mi espíritu, en estado de nebulosa todavía, iba surgiendo de la síntesis de todos ellos.

Al artístico prurito de ser bello, añadióse muy pronto otro de alcurnia moral superior: el de ser bueno, el de ser útil... Nació porque yo, desde el lugar en que me hallaba, veía pasar muchas veces al día los trenes que llegaban o salían de la estación; y al advertir que todas sus unidades, fuesen de primera, de segunda o de tercera clase, se parecían bastante a mí, deduje que en lo futuro mi misión sería, al igual de la suya, transportar gentes de un lado a otro.

Cuando los cristaleros ocuparon el vano de mis ventanas con magníficos cristales de una pieza, vibré de júbilo:

—Ya tengo ojos—me dije—y el polvo no podrá entrar en mí.

Cuando los estufistas tendieron a lo largo del corredor y bajo mis asientos los tubos de la calefacción, y los tapiceros me alfombraron y revistieron mi interior de mollares colchonetas, pensé:

—Los que viajen conmigo ya no sentirán frío.

Cuando me proveyeron de “aparatos de alarma”, sentí el consuelo de no hallarme desamparado; y cuando el electricista me impuso el dinamo y los hilos magos repartidores de la luz, parecióme que dentro de mí acababa de entrar el sol. Tengo mucho de humano: los conductos de la calefacción, verbigracia, son mis arterias; las tuberías y desagües de mi “cuarto-tocador”, mis intestinos; los hilos de la electricidad, mis nervios; mi voz, el traqueteo de mis músculos.

Un día cesaron de martillear en mí y de añadirme adornos. Mis fabricantes y “servidores”, puedo calificarles así, barrieron y sacudieron mi interior escrupulosamente, abrillantaron mis bronces, fregaron mis cristales hasta dejarlos tan impolutos que se confundían con el aire límpido, bruñeron el barniz de mis revestimientos y silenciaron, con grasas especiales, mis herrajes. ¡Divina juventud! Todo, dentro de mí, mostraba una alegría: el suave tinte gris-claro de los asientos; la blancura inmaculada de la sencilla labor de “crochet” que cubría los respaldos; las barras de acero de las redecillas destinadas a equipajes; los picaportes y las paredes relucientes, la densa alfombra roja y azul que tendía a lo largo de mi pasillo una lozanía de pradera...

Yo también estaba alegre; vibraba; tenía miedo. ¿Por qué?... ¿A qué?...

—Has empezado a vivir—me decía secretamente una voz.

Transcurrió otra noche. Amaneció; ¡oh, con qué sobresalto esperé aquella aurora! A mi alrededor se armaban otros muchos vagones traídos de Francia y el trajín de operarios era grande. De pronto varios hombretones, colocados detrás de mí, me empujaron, y, por primera vez...—¡oh, hechizo excelso de “la primera vez”!—mis ruedas voltearon poderosas y calladas sobre los rieles fulgentes. Un sol admirable de junio encendía el paisaje. Según avanzaba, todo en torno mío comenzó a cambiar: cuanto hasta allí me fué familiar se descomponía, y perspectivas nuevas surgieron ante mí.

La sensación de moverme, que todavía ignoraba, me produjo pasmo y regocijo delirantes. Hasta entonces yo había estado quieto, y ahora me movía. Aprecié mi fuerza. ¡El movimiento!... ¿Qué es el movimiento?... Yo era, en aquellos instantes, el mismo que había sido; y, sin embargo, era “otro”. Sin cambiar, tenía lo que nunca había tenido, y “siendo” con todo el imperio de un presente de indicativo, “me iba”. ¡Paradoja inexplicable!... Evidentemente los tagarotes que me impelían me transmitían su fuerza... ¡Luego la fuerza es algo capaz de separarse de la materia, ya que pasa de unos cuerpos a otros sin deformarlos! ¡Luego si el espíritu es fuerza, puede gozar de un vivir independiente y aparte!...

Advirtiéndome desligado de la tierra, recibí la revelación de mi destino, que era el de andar, sin echar raíces nunca. Yo, mientras mi vida vagabunda durase, sería a manera de protesta o de constante reacción contra la quietud de aquellos árboles que me dieron su madera; frente a su eterno reposo, mi eterno vagar; frente a su silencio, mi escándalo. Dentro de mí, ni los tornillos ni las caobas y encinas centenarias, gemían; todo estaba felizmente acoplado y justo; nada sobraba, nada tampoco permanecía ocioso; mi rodar era callado y elástico, y experimenté el orgullo de mi salud fuerte, de mi organismo bien constituído, de mi euritmia perfecta.

Continué alejándome de los talleres, y, por instantes, la alegría de existir y “de sentirme”, me embriagaba. Ya cerca de la Estación, y dispuestos junto a las líneas ferroviarias principales, había algunos viejos vagones sin ruedas, clavados en la tierra y convertidos en casetas de guardavías.

—Son coches inservibles—pensé.

Y no tuve para ellos ni una compasión.

Estremecimientos fortísimos de inquietud y de júbilo me sacudían y me impedían meditar. El aire era fresco, perfumado, y como empapado de luz. En torno mío, campos verdes inmensos, árboles... ¡muchos árboles!... que bajo la lumbrarada riente del sol parecían esmeraldas; caseríos blancos, techumbres rojas... un puente... y, al fondo, lejos, recortándose sobre el purísimo zafiro celeste, una procesión de montañas obscuras—los Pirineos—y al otro lado el mar...

—Pronto—me dije—conoceré todo eso... porque todo ello pasará junto a mí...

Sentíame vibrar, orgulloso, contento, dueño del mundo. Las rutas del horizonte iban a ser mías. Mi alegría, desbordante de vigor, era la del caballo de carreras que entra en un hipódromo.

II

Demasiado adivino la sorpresa que estas “confesiones” mías han de producir.

—¿Cómo?—exclamarán los hombres—¿Es posible que los objetos que estimamos inanimados gocen de una vida consciente y razonadora, análoga a la nuestra?

Así es, efectivamente; y yo procuraré explicar cómo la noción precisa de que “existo” nació en mí, y cómo vive cuanto parece muerto.

La Vida y la Muerte son los dos gestos, las dos máscaras, de una fuerza absoluta; y la Creación, como una serpiente de tres anillos correspondientes a los tres reinos de la Naturaleza. De consiguiente—y esto lo sé bien porque yo vengo de abajo, de los árboles y de las minas de hierro—la Muerte, realmente, no existe; la Muerte no es más que un “cambio de forma”, un “cambio de actitud”, que la Energía Única adopta para continuar viviendo. De otro modo: para la Vida—este substantivo debemos escribirlo siempre con mayúscula—morir es... mudarse de traje...

Desde la estructura de una piedra, a la estructura y composición del cerebro de Einstein, la inteligencia traza una escala con más peldaños que la célebre de Jacob; pero no dudemos de que el cerebro de Einstein tiene algo de piedra, ni tampoco de que en las piedras existen partículas infinitesimales, “micras” de luz, de la gran luz que brilla bajo el cráneo del famoso alemán. Mi cosmogonía es muy sencilla:

El Universo es una Fuerza infinita que ocupa lo infinito, e incesantemente trabaja sobre sí misma para mejorarse, con lo cual va acercándose a la Luz. Cuando todo el universo sea Luz, es decir: Inteligencia, Equilibrio, Serenidad, cesará el movimiento, y la Vida se inmergirá en el deleite de mirarse a sí misma, y entonces la Muerte “morirá”, porque nada sentirá la necesidad de renovarse.

Dicha Fuerza está formada por las miríadas de millones de astros que pueblan el espacio, cada uno de los cuales representa “una idea”, del cerebro infinito. Esas, que llamaré Ideas-Mundos, van y vienen, y se atraen y se encienden o apagan en el espacio, exactamente lo mismo que las pequeñas ideas del cerebro del hombre. Y, según transcurre el tiempo, esas Ideas-Mundos, gracias al constante trajín de la Muerte y de la Vida, van depurándose. Porque la Vida, en su concepto más alto—que es el que yo explico aquí—se reduce a la eterna aspiración de la materia a convertirse en espíritu.

Examinemos la historia de nuestro planeta, semejante, sin duda, a la de otros mundos:

En sus principios la geología lo presenta como una ingente hoguera. Todo él era fuego, es decir, verbo, acción, anhelo de ser, voluntad; una voluntad no es más que una antorcha. Cuando los vapores de aquel portentoso incendio se convirtieron en aguaceros torrenciales y la corteza terrestre empezó a solidificarse, nacieron los primeros minerales. La materia es la base, lo más torpe; y este cimiento, inseguro aún, tiembla, se resquebraja, vuelve a licuarse en las llamas, y de nuevo torna a enfriarse y resurge. Estos fueron los gestos rudimentarios, los balbuceos iniciales de la Muerte; la Muerte apareció la primera vez que una piedra perdió su forma. Millones de siglos después—el Tiempo prodiga su caudal—se inicia la aurora del reino vegetal. El organismo telúrico imperceptiblemente se complica, se enmaraña, se subdivide; la evolución cósmica marcha siempre de lo indefinido a lo rotundo, de lo nebuloso y homogéneo a lo heterogéneo y preciso. Lo que llamamos “inorgánico”—que no lo es “absolutamente”—se convierte en planta, y, a su vez, las plantas vuelven a la tierra. Es evidente que, conforme la Vida adelanta, la Muerte se perfecciona en su oficio. Tras el reino vegetal, que ha de servirle de alimento, llega el reino animal. La Muerte ríe, está contenta. Más tarde, infinitamente más tarde, nace el primer hombre; el hombre rudimentario, el instintivo, que se mueve dentro de las fronteras de la animalidad. La idea de civilización florece mucho después, y se exasperará de día en día, porque la Vida—como antes dije—es el anhelo insaciable que sufre la Materia de hacerse Espíritu.

Aclararé mi teoría con un ejemplo:

En el hombre—tuve ocasión de observarlo mil veces—la parte física declina con la edad. Admitiendo que un viejo y un joven posean idénticos grados de inteligencia, siempre el viejo demostrará en sus gustos mayor espiritualidad que el joven. La desorganización, la ruina, vienen de abajo, de la tierra: la vida que antes se extingue en el individuo es la sexual; luego, la estomacal o vegetativa; y cuando ya en él todo está derrumbado y casi a obscuras, el cerebro resplandece aún.

Lo propio acontece en el mundo: la materia se transmuta en vegetal, los vegetales en carne animal, y los elementos nutritivos de ésta, en actividad cerebral; una ostra puede ser inspiración en el cerebro de un ingeniero. Luego cuando ese cerebro, esa materia, que vivió en íntimo trato con el pensamiento, vuelva a la tierra, perfeccionará a la tierra, porque descomponiéndose en ella la transmitirá algo de su distinción. Y así yo afirmo que un aparato construído con tierra del cementerio del Padre La Chaise, ha de ser mejor, más sensible y preciso, más inteligente—para decirlo de una vez—que otro, al parecer igual, fabricado con elementos de un campo cualquiera.

La Tierra era, indiscutiblemente, en sus remotísimos comienzos, más torpe, “más bruta”, que lo es hoy. Hace veinte mil años Edison no hubiera podido inventar el fonógrafo, ni las ondas hertzianas se hubiesen producido, porque entonces la materia vibraba mal. Afortunadamente, esa materia ha muerto y resucitado millares de millones de veces, y cada una de sus existencias ayudó a sutilizarla y ennoblecerla.

Repetidas veces oí hablar a los hombres de “la clemencia” actual de sus costumbres.

—Antes—dicen—la humanidad era más cruel.

Ellos atribuyen esa mayor bondad a un mayor grado de cultura. Cierto: pero ¿no es la cultura una exasperación de la sensibilidad?... Poco a poco la materia—toda la materia—se ha vuelto más sensible: los animales, las plantas... ¡hasta las piedras!... sienten más que antaño. A la Civilización coopera todo: la Civilización no es más que el resultado de nuestro miedo a sufrir.

Las victorias milagrosas de la física y de la biología aflojan los nudos más apretados del Supremo Misterio, y poderes insospechados surgen timoneando el dinamismo de los átomos. Yo me hallo muy bien situado en la Vida para disertar acerca de todo esto, pues conozco a los hombres, y recuerdo asímismo el alma de los bosques y de las minas de donde procedo. Nada se pierde, nada es estéril, y hasta el ruido levísimo que una hoja seca produce al caer, repercute en el cosmos, porque un movimiento no concluye sin que otro movimiento empiece. ¿Quién no oyó hablar del vigor “intraatómico” de los cuerpos?... ¿Conocéis cuanto la psicometría enseña acerca de las “emanaciones de alma o de pensamiento”—las designaré así—que los seres vivos dejan en los objetos que parecen muertos? ¿Y las cábalas del coronel Rochas relativas a la llamada por él “exteriorización de la sensibilidad”?... ¿Habéis leído lo que el doctor Carlos Russ ha dicho respecto a la fuerza magnética de la mirada; o a la capacidad que, según el profesor Russell, tienen ciertas maderas, particularmente el pino escocés, la encina, el haya, el sicomoro y el ébano, de impresionar “en la obscuridad” las placas fotográficas?... ¿Y no sabemos también que los grabados en acero, transcurrido cierto tiempo, comunican su imagen al cristal que los cubre?...

En un día, lejano aún, pero que llegará, el hombre obtendrá la posesión de lo Absoluto; y ese día la humanidad traducirá la canción de los ríos, y el idioma de las montañas. ¿Cómo dudar de la Ciencia? Edison sujeta en un cilindro la voz de los muertos, y gracias a él los labios que ya no se mueven siguen hablando; Marconi lanza la palabra humana sobre los mares sin necesidad de hilos conductores; Friesse Greeve se apodera del movimiento y lo sujeta—¡oh paradoja!—en una cinta de celuloide, y Curie demuestra científicamente la posibilidad de que Moisés apareciese ante su pueblo con la profética frente orlada de luz.

Y si las vibraciones sonoras se detienen en los discos fonográficos, y las investigaciones de Russell prueban que los objetos fijan su imagen sobre aquella pared en que su sombra se proyectó durante varios años—lo que serviría para explicarnos la tristeza de los espejos antiguos—¿por qué asombrarse de que yo haya recogido algo de la vida de los incontables millares de personas que vivieron en mí?... ¿Visteis la expresión, rotundamente humana, que adquieren los guantes con el uso? Un guante, caído en el suelo, es como una mano cortada; la mano le transmitió su nerviosidad y su elocuencia, su alma...

Este es mi caso. A la sensibilidad inherente a las maderas de que estoy formado, debe añadirse la que recibí, por contagio, de los operarios que me construyeron. Yo retengo las imágenes, como las placas fotográficas, y recojo los sonidos al igual de los cilindros fonográficos, y asímismo soy accesible a las emociones del olfato, del tacto y del gusto. En mí, sin embargo, los órganos de la percepción no se hallan circunscriptos y delimitados, como en el hombre. En lugar de cinco sentidos, poseo un sentido que resume el funcionalismo de aquéllos: un sentido que, semejante a una epidermis, cubre todo mi cuerpo; un sentido que es mi alma, mi conciencia, mi Yo; y con el cual, a la vez, oigo, veo, huelo, palpo... y así “todo mi Yo” se halla íntegro y simultáneamente en cada una de mis partes. Mi psicología, aunque elemental, me satisface. Evidentemente la vida de relación en los animales es más activa, más intensa, pero esto mismo les agota y obliga a dormir; mientras yo, salvo momentos contadísimos, nunca tengo sueño, y así, viviendo menos que ellos, acaso viva más.

Todo lo que sé—muy poco—lo aprendí oyendo conversar a mis viajeros, y leyendo en los periódicos y en los libros que ellos leían. Cada persona que entraba en mí—y fueron muchas en los cuarenta años que llevo de existencia—era para mí una “idea nueva”. Espiaba sus actitudes, atendía a todas sus palabras, procuraba, en fin, aprendérmela de memoria... Y este estudio perseverante fué acercándome a ellas, e inculcándome una vida muy semejante a la humana.

Los hombres no sospechan nada de esto. Si en la paz de la noche, y hallándonos detenidos en cualquiera estación, alguno de mis miembros cruje, ellos nunca imaginan que en ese ruido pueda haber un dolor, un recuerdo o un comentario; ellos “oyen el silencio”, pero su sensibilidad no recoge lo que dice el silencio. A veces quieren comprender... pero no pasan de ahí. Muchas veces dos amantes, al hallarse solos, se han besado; y luego de besarse miraron a su alrededor, pareciéndoles que alguien podía haberles visto. ¡Lo cual era cierto, porque yo les había visto!... Pero esta emoción no pasó en ellos de la categoría de adivinación o presentimiento, y se borró en seguida.

Los autores gustan de escribir sus “Memorias” al empezar a sentirse viejos; en esa edad, delicadamente melancólica, en que la Vida, separándose un poco de ellos, se hace recuerdo.

Los présbitas no ven bien de cerca; a distancia, sí; y la presbicia no se presenta, en los hombres de vista normal, antes de los cuarenta años. Se la creería una compañera de la experiencia y del desengaño. Con lo cual la Naturaleza—ironista sutil—parece decirles:

—¡La Vida!... ¡No es que sea mala!... Pero, ya que no puedes seguirla, mírala desde lejos. Es mejor...

Yo, no hice esto: mi vida está escrita a trozos, rápidamente, desordenadamente, según la viví. Como ella, estas páginas son una improvisación.

III

Ha transcurrido mucho tiempo desde mi primer viaje, y mentiría si dijese que he sido feliz. La vida me maltrató bastante, trabajé sobrado y la realidad estuvo siempre en déficit doloroso con el ensueño. Vivir es echar a perder una ilusión.

Como nací aristócrata, detesto al populacho, en quien la inclinación a lo feo es instintiva. Aborrezco esos individuos, enriquecidos por una pirueta de la Fortuna, pero desprovistos de cultura social, que ensucian con el betún o el barro de sus botas y la grasa de sus meriendas la pulcritud de mis divanes, y tiran sus colillas encendidas, y escupen en mi alfombra. ¡Oh! La primera vez que recibí un salivazo, hubiese querido descarrilar, romperme en mil pedazos, morir...

También soy caprichoso y un poco artista, y por serlo me molestan la fiscalización que sobre mí ejercen los relojes de las estaciones, el automatismo invariable de mis movimientos y la monotonía de mis itinerarios prefijados y de mis caminos “oficiales”, anchos de un metro seiscientos setenta milímetros...

Porque mi vagar libérrimo es sólo aparente: la libertad es algo precioso que yo llevo y traigo, pero que no me pertenece; la libertad es para mí lo que el dinero para esos cobradores de los Bancos, que a diario manejan millones y andan medio descalzos; lo que el amor para las pobres “desnudables” que viven del amor y en el amor... ¡y sin amor!... Por eso, desde muy mozo, me hice fatalista, y los hombres, a examinar mejor los mecanismos íntimos de su vida, lo serían también, pues todas las voluntades, aun las más díscolas, recorren trayectorias inmutables, y hasta las mismas razas tienen—como nosotros—en su Destino, una locomotora que las arrastra.

En cambio, y esto me alivia y desquita de los sinsabores que dejo apuntados, he gustado plenamente las emociones turbadoras de los viajes, y el cariño abnegado, la solidaridad fraternal que liga a todas las unidades de un convoy, y es un derivativo de aquel otro inmenso amor sumiso que todos profesamos a la máquina.

Este cariño de sierva enamorada—cariño todo esclavitud—empecé a sentirlo aquel hermoso día de junio en que me llevaron a formar parte del expreso Madrid-Hendaya; distinción que—más tarde lo supe—me captó el odio de varios colegas que, aunque de clase distinguida, trabajaban en trenes de menos categoría. Lo cual demuestra que por todas partes hay envidias y celos, a pesar del gran consumo que de estas dos suciedades hacen los hombres...

A poco de hallarme fuera de los talleres, una de esas máquinas-pilotos, pequeñas, activas, que cuidan de ordenar los convoyes y son como las amas de llaves de las estaciones, apoderóse de mí y a través de un dédalo de rieles entrecruzados como los hilos de una malla, me arrastró hasta dejarme colocado sobre la ruta internacional. En seguida lanzó un silbido corto y se marchó resoplando; parecía regañar. Yo la miraba; me hacían gracia sus movimientos, su cuerpo achaparrado, en el que latía una vivacidad de mujer chiquita y hacendosa. Me quedé solo, junto al andén. En mi misma vía, detrás de mí, había otros vagones; delante, lejos, estaba la locomotora, la mía, “mi dueña”, la que debía guiarme hacia el horizonte. Hallábase al lado de un depósito de aguas, bebiendo: la acompañaban un furgón de equipajes y un sleeping-car. Su aspecto infundía miedo: era gigantesca, poderosísima y su dorso negro y sudoroso, bruñido por el sol, descollaba sobre la pirámide de carbón del “ténder”. Me pareció sentir el calor de sus entrañas incendiadas y latientes. Pertenecía a los colosos de la “serie cuatro mil”. La oí palpitar: respiraba autoridad, impaciencia, ímpetu...

—¿Me hará daño?—pensé.

Como a los niños, al nacer, la primera impresión que me daba la vida era de dolor.

Esperé largo tiempo; la tarde declinaba y mi interior iba poblándose de sombras. La máquina había desaparecido. De pronto la reví: se acercaba rodando hacia atrás, empujando al coche-cama que debía chocar conmigo. La prudencia de su marcha me tranquilizó: sin embargo, cuando comprendí que el golpe iba a producirse, temblé de pavura; hubiese querido huir... pero ¿cómo moverme?... Cuando recibí la topetada—breve, seca, como una orden—retrocedí varios metros; luego el vagón que me había empujado volvió a alcanzarme con un segundo empellón más suave, y continué retirándome hasta dar con los coches situados a mi espalda. Así, repentinamente, me reconocí colocado en el centro del convoy, compuesto de nueve unidades. Inmediatamente varios mozos de andén, con singular presteza acudieron a ligarme a mis dos compañeros de viaje más próximos, y entonces comprendí la utilidad de algunos miembros cuyo empleo desconocía. Las planchas metálicas que, al amparo de un fuelle, especie de túnel de cuero, establecían un tránsito entre ellos y yo, me produjeron, al cruzarse, la emoción de un apretón de manos; y los hierros y cadenas que, al sujetarnos unos a otros, parecían fortalecer nuestra amistad, fueron expresivos para mí como raíces o como dedos. No obstante, me sentía inquieto; aquellas compresiones, cada vez más enérgicas, me desazonaban; temía morir aplastado y, al propio tiempo, nacía en mí el orgullo de mi fuerza que, alternativamente, resistía y reaccionaba. La máquina—después supe que la llamaban “La Recelosa” por el miedo con que entraba en las curvas—comenzó a apretar los frenos; en seguida los aflojó y volvió a apretarlos, cerciorándose de su obediencia. Todas estas operaciones inesperadas y nuevas para mí, me sobresaltaban. Luego un calor, un terrible calor, me invadió, y otras extrañas sacudidas me estremecieron.

El jefe de tren vino a inspeccionarme seguido de un fontanero, de un electricista y de uno de esos empleados que en la jerga ferroviaria llaman “rutas”. Empezaron a reconocerme. La tubería de la calefacción quemaba; no podían poner en ella los dedos, y esto les satisfizo. El “aparato de alarma” funcionaba perfectamente; lo sentí en la violencia súbita con que las zapatas oprimieron mis ruedas. Mis examinadores hicieron girar las llavecitas de la luz, y me llené de claridad blanca; todos los cristales de mis ventanas subían y bajaban sin tropiezos; todas las puertecillas, de corredera, de mis compartimientos, cerraban bien; un torrente de agua limpia había invadido las cañerías y depósitos del cuarto-tocador.

—¡Bonito coche!—recuerdo que exclamó uno de aquellos hombres al marcharse.

Yo todavía no había osado comunicarme con ninguno de los camaradas entre quienes estaba; su edad, sus cuerpos cubiertos de cicatrices, su fatigada experiencia, me cohibían. Yo era un niño; yo, recién llegado, no tenía derecho a importunar a aquellos veteranos de los caminos. Ellos tampoco demostraban deseos de hablar. Un grave silencio pesaba sobre el convoy, iluminado y vacío. Al cabo—¡cuánto se lo agradecí!—el sleeping me habló:

—¿Qué dice el bisoño?...

—Tengo miedo—repuse.

Al coche que iba a la zaga mía, le interesó el diálogo.

—¿Qué ha contestado el novato?—interrogó.

Repetí.

—Digo que tengo miedo.

—¡Más miedo tendrás—exclamó el sleeping—cuando echemos a andar: tú no sabes lo que es ir aquí!... ¡Y ya puedes alegrarte de que te hayan puesto en el comedio del tren: es donde se camina mejor!...

Los viajeros iban llegando y repartiéndose a lo largo del convoy. Mi primer pasajero fué una mujer, lo que me pareció de buen agüero. Tras ella subieron otras muchas personas, y en pocos minutos mis redecillas para bagajes y mis asientos fueron ocupados. Pasaban diablas cargadas de baúles... Yo me sentía mal: la calefacción, la electricidad, el calor que irradiaban mis inquilinos, me causaban un desasosiego congestivo. Con impaciencia, aguardé la señal de marcha; ¡necesitaba aire!... A las siete, en punto, partimos. La máquina silbó.

—Ya nos vamos—observó el sleeping.

¡Irse!... Palabra divina y terrible en la que los conceptos de “ser” y de “no ser”, se dieron cita. Irse es convertir el Espacio en Tiempo, porque quien camina conforme va llegando va marchándose, y así realiza el milagro de no estar completamente en ningún sitio. ¡Y yo caminaba! Vi los andenes, que parecían resbalar hacia atrás; el arco de la marquesina de la estación que dibujaba una ceja enorme sobre el cielo crepuscular, los discos de señales en cada uno de cuyos cristales, blancos, verdes o rojos, había una advertencia...

Desde entonces, ¡cuántas enseñanzas y cuántas aventuras, me aportaron los años!... Conozco bien las principales regiones españolas, he atravesado todas las cordilleras, desde la Cantábrica a la Mariánica, y bajo mis ruedas han pasado todos sus ríos, desde el Bidasoa al Guadalquivir. Cerca de diez años consecutivos trabajé en la línea Madrid-Hendaya, una de las más bellas y más duras de la Península; luego pasé al “correo” de Galicia, y después de rodar una breve temporada sobre la vía de Asturias, la Compañía “Madrid, Zaragoza y Alicante” me compró y trabajé ocho años en la línea de Sevilla. Más tarde conocí la de Valencia. Ultimamente, y durante dos lustros, fuí uno de los nueve vagones del expreso Madrid-Barcelona. Asímismo he rodado por el litoral catalán hasta Cerbere. Tengo, pues, motivos sobradísimos para conocer el tumultuoso trajín de los caminos de hierro.

Hablaré primeramente de la máquina:

Antes las compañías ferroviarias imponían a sus locomotoras nombres de ciudades o de ríos. Con el ansia de velocidad que distingue a la vida moderna, aquella costumbre pintoresca se extinguió y los primitivos nombres fueron substituídos por números; los números hablan más de prisa que las letras. Pero nosotros, los vagones, continuamos designando a las máquinas con quienes hemos trabajado por medio de remoquetes o apodos inspirados en el carácter de aquéllas. Además de “La Recelosa”, cuyo miedo invencible a los abismos hacía sonreir al convoy, recordaré a “La Fanfarrona”, que murió en el terrible choque de Venta de Baños; “La Tirones”, llamada así por los muy fuertes que nos daba al arrancar, y los encontronazos que nos infligía al detenerse; la pobre frenaba mal y también finó trágicamente; “La Caliente”, que abrasaba, como ninguna otra, nuestros tubos de calefacción; “La Económica”, que sorprendía a los maquinistas y fogoneros por el poco carbón que gastaba; “La Impetuosa”, a quien desde un verano en que llevó a los Reyes a Santander la apodamos “La Casa Real”; aunque vieja, todavía trabaja; “La Regadera”, “La Enanita”, “La Millanes”, “La Sin-Miedo”...

No ofrecen los diccionarios palabras que expresen el aplomo ufano, la confianza optimista, que inspira a los vagones una de esas enormes locomotoras alemanas o yanquis cuyo precio no baja de doscientas mil pesetas, y que con su fuerza y sus ciento veinte toneladas de peso, así pueden inmovilizar al tren casi instantáneamente, como arrastrarlo a una velocidad de noventa y aun de cien kilómetros por hora. La máquina es el alma del convoy, su voluntad embestidora, su verbo. Todas las iniciativas y todas las responsabilidades, suyas son. Ella silbará pidiendo “vía libre”, ella sabrá si debe avanzar o detenerse, y de noche sus ojos enormes—uno blanco, otro púrpura—aclararán el misterio entintado de los caminos. Ella nos envía el calor sagrado y escucha los llamamientos de nuestros aparatos de auxilio. Ella nos impulsa y con sus frenos nos agarrota. Un espíritu heroico de sacrificio la obliga a marchar siempre delante, como venteando los riesgos de la ruta; muchas veces, al tomar una curva, se despeñó ella sola. En cambio, por donde pase, su séquito puede avanzar también. En los choques—más de uno he sufrido—ella fué la primera víctima, y en el acto su despedazada mole, bermeja y humeante, se irguió ante el convoy como un escudo. Ella es la unidad y los coches los ceros; los coches son “hembras”, aunque la gramática los incluya en el género masculino. Cuando ella emprende alguna carrera vertiginosa, nosotros la seguimos contentos y dóciles, transmitiéndonos fielmente el vigor que nos manda, y la retorcida columna de humo de su chimenea tiene, a nuestros ojos, la petulancia retadora de un airón. Desobedecerla equivaldría a morir. Pero, ¿quién discutiría sus órdenes cuando su fuerza es la del Destino. La locomotora es el macho, es el sol...

El cariño de unos vagones para con otros no reviste este aspecto admirativo: es tan sincero como aquél, pero más llano, más íntimo, más “de igual a igual”; que, al cabo, aunque los sleepings creen merecer más que nosotros, los de “primera clase”, como nosotros desdeñamos a nuestros camaradas de “segunda”, y éstos a los de “tercera”, y los “tercera” a los furgones, quienes a su vez entre sí se invectivan y desprecian según la calidad de las cargas que suelen transportar—pues nuestra vanidad, como la de los hombres, aun a lo mínimo se agarra para papelonear y empinarse—, lo cierto es que todos somos hermanos, pues ante el peligro valemos lo mismo, y que nuestra vulgaridad y pasividad nos obliga a constantes armonía y obediencia.

Las unidades de los trenes llamados “de lujo”, no se desenganchan casi nunca; tanto por efecto de la natural desidia de los individuos encargados de su limpieza, como por aquella escasez de “material rodante” de que frecuentemente se lamentan las Compañías. De manera que el convoy llegado a Madrid por la mañana, procedente, verbigracia, de Barcelona, será el mismo que, anochecido, tras nueve o diez horas de descanso, salga para la ciudad condal. Esto, indudablemente, aprieta los lazos de nuestro mutuo afecto, y una convivencia diaria de meses y aun de años, nos permite conocernos íntimamente. Sabemos cuándo vamos bien o mal frenados, cuándo las cañerías del vapor de agua están expeditas, cuándo la vía ofrece peligros y si alguno de nosotros, al subir una pendiente o al coger una curva, necesita ayuda... Yo, viajando en el “expreso” de Hendaya, llegué a conocer los cambios atmosféricos en los crujidos del vagón que rodaba delante de mí. Lo apodábamos “Doña Catástrofe”, por haber descarrilado varias veces, y todos, aunque le queríamos, nos burlábamos de él: era un viejo coche a quien las humedades norteñas afligieron mucho. Su tablazón se hinchaba, y en las épocas lluviosas el infeliz gemía y tenía, de derecha a izquierda, un vaivén particular que nunca me engañaba.

Los convoyes de los “mixtos” y de los “mercancías”, se reforman a cada momento: en unas estaciones les añaden coches, en otras se los quitan; son organismos de aluvión, desprovistos de majestad y pergeñados exclusivamente para servir al comercio y a los pobres viajeros de “tercera clase”. Su aspecto abúlico y cobarde de rebaño, siempre me ha inspirado pena. Sus locomotoras son viejas y las gobiernan los maquinistas menos hábiles; cada vagón tiene un color y un tamaño, y los destinados al acarreo de ganados exhalan olores pestilenciales. Cuando el tren hace alto, los coches, mal ligados, chocan violentamente entre sí. ¡Bien se advierte que son los parias de la Compañía y que, sobre trabajar sin gusto, no se quieren!...

Por el contrario, nosotros, los “distinguidos”, fraternizamos bien y somos aventureros y alegres, como una compañía de comediantes. Por tales se tenían mis excelentes compañeros de la ruta de Sevilla, y con términos de la amable farándula nos burlábamos en nuestros breves ratos de descanso. La locomotora era “La Empresa”; el furgón de cola, por ser el más viejo, lo llamábamos “El Barba”; un “primera” era “El Barítono”, y el sleeping, testigo presencial de innumerables escenas de alcoba, “La Primera Actriz”. A mí, aunque conocían mi verdadero nombre, por lo nuevo y buen mozo, me apodaron “El Representante”.

En las estaciones del tránsito cuchicheábamos:

—La Empresa parece cansada; hoy llegamos con treinta minutos de retraso.

—Quien está fatigadísima es La Primera Actriz.

—No habrá dormido.

—¿Cómo iba a dormir, si anoche subieron a ella, en Córdoba, unos recién casados?

Mucho he peleado, pero también mucho reí sobre todos los caminos de España. Sin embargo, el convoy que recuerdo con cariño más férvido, es el primero; el del expreso Madrid-Hendaya. Lo componían el coche-correo—el coche de las almas, porque en él sólo viajan ideas—; los dos furgones para equipajes, dos sleeping-cars, apellidados los “Hermanos Sommier”, y cuatro vagones de primera clase: “El Tímido”, que no podía curarse de su miedo a los túneles y años después acabó en el mismo descarrilamiento en que “La Tirones” halló la muerte; “Doña Catástrofe”, el decano; “El Presumido”, que se movía mucho, particularmente en la tierra llana; “El Misántropo”, a quien adjudicamos este epíteto por su escasísima inclinación a hablar, y yo. Todos ellos viven en mi memoria, y no puedo evocarlos sin emoción. Son mi infancia y a su lado, fortalecido por ellos—todos eran más viejos que yo—afronté los primeros riesgos.

¡Cuánta experiencia—que es sabiduría de “primera clase”—acumulé en el transcurso de mis largos éxodos!... ¡Cómo aprendí a conocer la vida y a desmenuzarla!... Yo he sido hostal ambulante de militares, de curas, de monjas, de comediantes, de estudiantes, de toreros, de ministros, de ladrones, de enamorados, de ricachos holgazanes, de hastiados que huían de sí mismos...; y tanto convivieron conmigo, tantas veces me rozó el aliento de sus lacerías y de sus ansias, que ahora la envidia, la ambición, la traición, la avaricia, la hipocresía, el disimulo... todo ese venenoso manojo de víboras que dormitan en el fondo del alma humana, me son familiares y... ¿a qué negarlo?... casi son mías también. Además, en esa “velocidad”, en esa inquietud perpetua, rasgo-cumbre de mi arquitectura moral, hay mucho de ansiedad, de impaciencia, de pavura, de furor...

No me sorprendería, pues, que a veces mis lectores se olvidasen de que es un vagón quien habla: porque mis confesiones son tan humanas, corren por ellas tantos jugos de maldad y de dolor, que obra de hombre parecen.

IV

¡Cuánto envejecen la lucha y el miedo a morir! Las emociones que nos da el peligro, ¡cuán hondamente se clavan en el alma!... Yo, al emprender mi primer viaje, era un niño, y al arribar a Madrid, catorce horas después, podía considerarme mayor de edad. Estaba cansado, cubierto de humo y de polvo, trágicamente sucio por fuera y por dentro, pero engreído de mi aguante. Toda una noche mis rodajes trabajaron sin recalentarse, y mi dínamo, mi calefacción y mis tuberías para la limpieza, funcionaron bien. Por tanto, mi valor, como el de los militares que fueron a campaña, estaba “probado”; lo que otro vagón hiciese, podía hacerlo yo. Mi personalidad, congestionada de amor propio, se había puesto en pie.

Todavía el furgón de cola corría bajo la marquesina de la estación de Irún, cuando El Tímido, que iba detrás de mí, comenzó a temblar. Su miedo me turbó.

—¿Sucede algo?—le pregunté.

—Los túneles—balbuceó—; ya empiezan... ¡horribles!... No puedo con ellos...

Callé: yo no sabía lo que eran túneles, ni lo que eran puentes... Además, no podía pensar: la locomotora aceleraba su marcha y yo ponía toda mi atención en rodar bien. La oí silbar; entre los ribazos acantilados, cada vez más altos, que bordeaban el camino, su grito tableteó ensordecedor. Inquirí:

—¿Por qué silba La Recelosa?...

El Tímido repitió:

—Los túneles... los túneles... ¡Hazte cuenta de que has muerto y de que te entierran!...

No pude oir sus últimas palabras, porque súbitamente vi, bajo mis ruedas, un vacío, lleno de claridad. Me sentí en el aire; me pareció volar...; sin embargo, allí el estrépito del expreso era mayor.

—¡Estamos sobre el Oyarzun!—gritó un sleeping.

Casi al mismo tiempo aquella claridad extraña, que venía de abajo, y la otra claridad, la del crepúsculo, se apagaron instantáneamente. Una horrible tiniebla nos envolvió; el ruido ensordecía; el humo de la máquina nos envolvía y lo sentíamos deslizarse sobre nuestras techumbres arremolinado, pegajoso y caliente. De pronto, también cual por arte de magia, el fragor que se apacigua, el soplo refrescante del aire libre, la alegría del cielo que empieza a estrellarse...

—¡Ya sabes lo que es un túnel!—me dijo el sleeping que iba a mi lado, y a quien mi inocencia divertía.

El Hermano Sommier se equivocaba: yo ignoraba aún lo que fuera un túnel; había penetrado en él tan inesperadamente y lo recorrí en un estado de aturdimiento tal, que “no lo vi”; mi conciencia acongojada no pudo apoderarse de la impresión. La imagen del puente tampoco reaparecía en mi espíritu diáfanamente. Preocupado con cuanto dentro de mí sucedía, las estaciones de Pasajes y San Sebastián me escaparon inadvertidas. En los diez y seis kilómetros que separan Tolosa de Beasaín, atravesamos cuatro túneles y cruzamos quince veces el Oria. Pero yo continuaba medio inconsciente: nuestra marcha era demasiado rápida, las sensaciones, todas, fuertes y nuevas, se sucedían y, acumulándose, se emborronaban. Mi mismo ahinco por entender, me impedía entender. Apenas veía, apenas oía. Añádase a esto que el miedo a descarrilar ocupaba todo mi espíritu: me sucedía lo que a los malos jinetes, que embarazados con el rendaje y los estribos, y temerosos de que la cabalgadura les tire al suelo, no atienden al paisaje.

Hasta más allá de Miranda de Ebro no empecé a serenarme. Desgraciadamente, con la serenidad me vino el miedo. Muchas veces llamamos heroísmo a una ceguera, y miedo a una mayor comprensión. ¡Y yo iba comprendiendo! Cruzar un puente era lanzar sobre dos cintas de hierro las trescientas toneladas que pesaba nuestro convoy; bordear un abismo confiándonos a la gracia resbaladiza y felona de una curva, era exponerse a despeñarnos; atravesar un túnel equivalía a echarse una montaña a cuestas. En los puentes, el expreso, cuya sombra temblaba allá abajo, sobre el cristal de algún río o el árido carrascal de una hondonada, tenía algo de pájaro; y, cuando se soterraba, algo de reptil: bajo la tierra, donde todo es negro, rezumante y húmedo, parecía un gusano; y en los viaductos, donde todo es luz, aire y libertad, parecía una saeta. En el horror de los túneles, se compadece a los mineros; en la alegría de los puentes, se envidia a los pájaros...

Ya en Castilla, a la sazón llena de luna—era próxima la media noche—la tranquilidad me volvió. Con su enorme horizonte sin ecos, la meseta ibérica invita a la contemplación. Por ella los trenes corren silenciosamente, el humo se va y el augusto reposo de la planicie satura las almas de equilibrio.

Al salir de Medina del Campo, donde un empleado, provisto de un farol, me examinó y aceitó las ruedas, yo me hallaba bien. Había recorrido, casi sin detenerme, más de cuatrocientos kilómetros y, sin embargo, no estaba cansado.

El sleeping se interesaba por mí; lo aprecié en la ayuda que, más de una vez, me prestó en los momentos difíciles del camino.

—¿Cómo marchas, chaval?—indagó.

—Bien.

—¿Te duele el cuerpo?

—No.

—Duro eres, muchacho, porque La Tirones, que nos arrastra desde Miranda, tiene muy brusco el trato.

Yo no me había percatado de que en Miranda de Ebro La Recelosa había sido substituída por La Tirones, más ligera y mejor corredora. El Hermano Sommier me informó de que este cambio era obligatorio, y de que en Avila volveríamos a cambiar de máquina.

—De Avila a Madrid—agregó—nos llevará La Caliente, que, como La Recelosa, pertenece a la “serie cuatro mil”. Es una de las locomotoras de mayor arrastre de la Compañía.

Enfrentábamos la estación de Ataquines, último pueblo de la provincia de Valladolid. El Tímido terció en el diálogo; mostrábase jovial:

—En pasando de Burgos—exclamó—lo mismo me da una máquina que otra. Yo adoro en Castilla; adoro esta tierra noble y franca—tierra sin dobleces—donde se camina en línea recta; en Castilla ves llegar el peligro, y puedes evitarlo. Pero en los países montuosos la muerte te hiere a traición: la montaña es el disimulo, la celada... Y no soy yo solo quien discurre así: pregúntaselo a El Presumido, que viene detrás, y que en cuanto pasamos de los tres túneles de La Brújula y cruzamos el Arlanzón, empieza a cimbrearse más que una tonadillera.

El Tímido y yo llegamos a ser camaradas fraternos. Procedía también de los talleres de Saint-Denis, y aunque llevaba más de veinte años en España, suspiraba por Francia, donde apenas hay túneles. Había sido reparado y barnizado varias veces, hasta que la intemperie y el humo lo pintaron de negro definitivamente.

Nuestros compañeros le creían neurasténico, pero no era la neurastenia, sino el reuma, lo que le afligía, y de ahí su miedo a viajar bajo tierra. Yo le quise mucho; tenía el andar ágil y nunca se hizo el remolón en las cuestas arriba.

Traspuesta Avila, la reliquia de las nueve puertas y de las noventa y seis torres, El Tímido me habló con terror evidente del viaducto de la Lagartera, al que seguían tres túneles de los cuales el último, llamado de Navalgrande, medía más de mil metros. Según mi colocutor, era un paso peligroso. Tanto dijo, que consiguió preocuparme.

—¡Calla ya!—le supliqué—; ¿qué mejoras con asustarme?

No me hizo caso: como todos los aprensivos, hallaba placer en transmitir su miedo.

—Tú has de verlo—repetía—, tú has de verlo; un día ese maldito nos tragará a todos.

Empezaba a clarear. Sin saber por qué, las agorerías de mi compañero me colmaron de espanto. ¿Y si su vaticinio se cumpliese? Me sentí roto, condenado a eterna podredumbre y a eterna sombra, bajo la montaña ingente, y quise huir. Di un tirón, para arrancarme de los rieles.

—¿Qué haces?—murmuraron malhumorados los sleeping.

Sin responder, realicé un segundo esfuerzo; prefería descarrilar a seguir. Ibamos a lanzarnos sobre el viaducto y La Caliente empezó a silbar; luego apretó los frenos y mis ruedas patinaron. Tuve un nuevo arranque de rebeldía, sin embargo.

—¿Qué haces, muchacho?—repitió el sleeping.

Y El Tímido:

—Sigue, sigue... En este oficio, se obedece o se muere. ¡Sigue!...

Un sleeping tiraba de mí; El Tímido me empujaba; La Caliente acababa de quitarme la voluntad. Furioso, convulso, arrastrado por el invencible imperativo de la inercia, crucé el viaducto; pero al entrever la boca del primer túnel inicié—no me explico cómo—un ademán de retroceso que se extendió desapaciblemente a todo el convoy. Merced a mi rebeldía hubo un tempestuoso entrechocar de topes. Detrás y delante de mí, un murmullo de desconfianza y de cólera se produjo: rezongaban el coche-correo, los furgones, Los Hermanos Sommier, El Tímido, El Presumido, Doña Catástrofe. Hasta El Misántropo protestó:

—¿Qué sucede? ¿Quién se para?...

Así, impelido, magullado, indefenso, me hundí en el túnel de Navalgrande, y cuando salí de él una alegría, que instantáneamente se resolvió en resignación y obediencia, me poseyó. Tuve vergüenza de mi cobardía. “Nunca más volveré a rebelarme”—decidí. Reanimado por esta noble determinación, me lancé a través del Puerto de Avila, gané las alturas de Herradón y a las siete exactamente de la mañana llegaba a Madrid.

Mientras nuestros pasajeros se marchaban, y los mozos de andén descargaban nuestros furgones, Los Hermanos Sommier me interrogaron:

—¿Cómo te sientes?...

—Bien—repuse.

Todo el convoy se preocupaba de mí.

—¿Estás cansado?

—No.

—¿Nada te duele?

—Nada.

¡Y era verdad! Mi salud era perfecta. En mi organismo atlético ni un solo tornillo se había movido. Mis compañeros me observaban, me admiraban.

—Propongo—dijo un sleeping—que a este buen mozo le llamemos El Cabal.

Todos asintieron; y así, sin otra ceremonia, quedé bautizado.

Sorprenden la unión en el esfuerzo y la comunidad de destinos, de los vagones; pero, indudablemente, lo mejor del viaje, a pesar de su fatigoso traqueteo, es el viaje mismo, y lo más dilecto de éste, su principio. Esa “primera estación” tiene para mí un interés turbador inexpresable. ¡Cómo la recuerdo!... Es de noche: un remusgo frío barre el bruñido asfalto del andén; algunos viajeros corren con sus bagajes, otros charlan en pequeños corrillos ante mis portezuelas abiertas. Dos guardias civiles pasan jaques bajo sus sombreros charolados; un viejo empuja un carricoche con almohadas que evocan sensaciones de fatiga y de sueño, y un farol donde se lee la palabra “Telégrafos”, trae al ánimo el temor de las malas noticias. Después pasan las sacas bicolores del Correo: allí van los periódicos, difundidores de la actualidad, y las cartas, con sus palpitaciones de amor o de ambición, que el tren irá luego dejando en las estaciones del tránsito cual si repartiendo fuese apretones de manos. Yo observo: la congoja de tantos corazones me atrae; todos los semblantes están emocionados, los ojos brillan enternecidos, la melancolía parece endurecer todas las bocas: es el momento más patético de los viajes que, separando a los hombres, parodian a la muerte.

Al dejar la estación de partida, el expreso se despereza malhumorado: siempre oímos alguna madera que cruje, algún gozne entumecido que protesta. Pero, a poco, los movimientos todos van acordándose: sin advertirlo los vehículos establecen un ritmo tan cadencioso, tan armónico, que a veces modula una canción; la luz puesta a la izquierda del furgón de zaga, nos anima; parece decirnos: “Vamos todos”. Rápidamente las ruedas se calientan y callan, y el convoy entero vibra con esa alegría aventurera—ansia instintiva de desplazamiento—que yo llamaría “el placer de irse”.

Los lectores de hábitos sedentarios quizás no aprecien estas divagaciones mías, y a fe que nada haré para que me entiendan, pues fracasaría; que, al cabo, se nace andariego como se nace artista: pero los vagabundos, mis hermanos, sí me comprenderán, y su adhesión me basta.

En su evolución mi alma ha seguido igual trayectoria que el alma de los niños. Como a éstos, primero me interesaron los paisajes, que poblaban mi memoria de imágenes sencillas y cuya psicología rudimentaria me impresionó en seguida: por romas y distraídas que fuesen mis dotes de observador, yo no podía confundir la desolación amarillenta—palidez de drama—de Castilla, con la alegría verde de la región vasca. Más tarde, mi curiosidad investigadora se orientó hacia los individuos. Yo he visto en esas pequeñas estaciones por donde los expresos pasan sin detenerse, caras rústicas sorprendentes, caras representativas, caras-síntesis que compendiaban toda la historia de una región. Esos rostros, esas siluetas, espumas de siglos, me traspasaron el ánimo y los recordaré mientras viva.

Declaro, no obstante, que el estudio del paisaje es asímismo trabajoso y difícil, y que mi conocimiento de las provincias hispanas, aunque limitado a lo poquísimo que desde una vía férrea puede divisarse, supone muchos años de labor. Los hombres—en su mayoría frívolos y fatuos—raras veces van más allá de la epidermis de las cosas. De esto me he persuadido oyendo charlar a mis huéspedes. Quién, por el mero hecho de haber vivido en Buenos Aires, habla de América, de toda América, como si “toda América” fuese Buenos Aires; quién, que aprendió trescientas palabras inglesas, dice: “Yo sé inglés”; y el turista que, por segunda vez, va a Madrid desde Hendaya, no se acerca a las ventanillas porque “ya conoce el camino”...

Exaspera tanta petulancia. Durante nueve o diez años—antes lo dije—he recorrido yo esa ruta, y aun no estoy cierto de conocerla completamente. En las personas, lo que nos impresiona más pronto son los rasgos; el análisis de las almas comenzará luego. De los paisajes, por el contrario, lo que primero nos cautiva es lo general, las grandes líneas: la montaña, la llanura, el mar... El atisbo de los pormenores—los pormenores son el puente, el túnel, el caserío que blanqueará, de súbito, detrás de un monte—viene después. ¿Cuándo los hombres reconocerán el misterio de exégesis que hay en todo?

Una memoria feliz puede asimilarse fácilmente los detalles de un itinerario. Cualquiera recuerda, por ejemplo, que viniendo de Irún y a la salida de un túnel, azulea la bahía de Pasajes; que más allá de San Sebastián está Hernani, cuna del soldado Juan de Urbieta, y que la célebre Garganta de Pancorbo es uno de los rincones agrestes más bellos del mundo: reconoceremos, desde muy lejos, las torres de la catedral burgalesa; y los perfiles de Dueñas, la triste, a pesar de la lozanía de sus aledaños; y el nutrido vaivén de viajeros que alienta los andenes de Miranda de Ebro, Venta de Baños y Medina del Campo; y la historia del Castillo de la Mota, donde César Borgia estuvo preso y acabó sus días Isabel la Católica; y cómo, desde antes de llegar a Pozuelo, la silueta—que forma horizonte—de Madrid, nos saldrá al camino. Muchos millares de personas saben todo esto; lo dicen las Guías...

Lo arduo y lo meritorio es acercarse al alma de las cosas, para lo cual necesitaremos escrutarlas innumerables veces, ya que “una vez” sólo podrá revelarnos “un aspecto” de la cosa estudiada. Dentro de cada paisaje, la indagación menos escrupulosa sorprenderá tres... cuatro... ocho paisajes desemejantes: según el lugar donde nos coloquemos, según sea de día o de noche, invierno o verano; según lo hallemos empapado en lluvia o bañado en sol, el panorama será otro. Más aún: habremos de sorprenderlo en circunstancias análogas de tiempo y de luz, y nuestras impresiones tampoco se reproducirán fielmente, debido a que los estados de alma del observador nunca son iguales. Véase, pues, cuán lejos vivimos de todo.

Al otorgarme la experiencia una distinción mental mayor, fué la humanidad la que me atrajo. Empecé mi examen por “el personal” de los expresos: el maquinista, el fogonero, el jefe de tren, que va en el furgón delantero y es responsable de cualquier accidente; el vigilante-directo, cuyo puesto es el furgón de cola; los vigilantes de ruta, y el interventor. Cuando creí conocerles bien, me apliqué al escrutinio y clasificación de los viajeros.

Así formé mi alma.

Mucho recibí de mis autores, de los que me hicieron; el subsuelo primitivo de mi conciencia suyo es: pero infinitamente más debo a ciertos individuos que peregrinaron conmigo. Las personas vulgares, al igual de los libros vulgares, nada enseñan, y, al par que su imagen se nos quita de delante, se nos ausenta del magín su recuerdo. Pero de otras me acordaré siempre, y el fuego de sus almas violentas me muerde aún. Yo he llegado a contagiarme de la “fiebre de oro” de los grandes agiotistas que he transportado de una ciudad a otra; y he conocido la inquietud sin sueño de cierto cajero que escapaba a Francia con medio millón de pesetas robadas a un Banco, y que, al ser detenido en Hendaya, se suicidó y manchó con su sangre uno de mis estribos. Y he vibrado carnalmente con algunos amantes que en las altas horas de la madrugada, cuando todos mis inquilinos dormían, hicieron de su compartimiento cámara nupcial; y también he tremado de dolor con la desesperación de un celoso que me tomó en Oviedo para ir a matar a una mujer que le había engañado. ¡Cómo sufría aquel hombre! Iba solo, y esta circunstancia me permitió acercarme mejor a su pena. A veces derramaba llanto copiosísimo, y era tan fuerte su congoja que parecía ahogarle; otras se mordía las manos y se apuñaba el rostro; a ratos permanecía inmóvil, y en la obscuridad sus ojos, terriblemente desorbitados, sus ojos que parecían estar contemplando un cadáver, eran fosforescentes...

La vida social ha cubierto a la humanidad de monotonía y de fastidio. ¡Ah! Pero yo aseguro que los hombres son interesantísimos cuando se creen solos. La soledad les viste de luz. Ningún libro maestro vale lo que un alma desnuda.

V

Yo apenas siento el fastidio de las largas caminatas, de que tanto suelen lamentarse mis compañeros, y es el cuidado que pongo en llevar siempre ocupada la atención, lo que me libera de él. Cuando me canso de mirar hacia fuera, hacia el paisaje, me aíslo en mí mismo para conocerme y oir lo que se charla dentro de mí.

La vida brinda, ciertamente, horas solemnes, momentos trágicos de primer orden: pero, en general, me parece altamente bufa; la trivialidad de la farsa debía corresponder a la pequeñez de las figuras, y no podía ser de otro modo. Todo esto me divierte. A veces, si me pudiese reir de lo que observo, lo haría a carcajadas. Mi propio yo, está impregnado de comicidad. Esta fuerza hilarante mía no procede de mi constitución—yo tengo toda la seriedad de un real mozo—, sino de la alogía que los hombres sembraron en mí.

Voy a explicarme:

Todas las noches, al salir de Madrid o de Irún, un empleado colgaba sobre las puertas de mis compartimientos unas láminas de metal que decían: “No fumadores” y “Reservado de señoras”. Cuando la afluencia de viajeros era corta, el empleado solía añadir un tercer rótulo, con esta única palabra misteriosa: “Alquilado”.

En los albores de mi vida, yo, inocente, reconocía gran importancia a estos detalles. Holguéme mucho, desde luego, de llevar conmigo un lugar donde no se fumase, porque el humo de los cigarrillos se adhería a mi tapicería y me molestaba casi tanto como el de la máquina. También aquel departamento para señoras solas me satisfizo, pues las mujeres no escupen y son, generalmente, más limpias y delicadas que los hombres. En cuanto al “Alquilado”, me llenó de inquietud novelesca. ¿Quién iría a viajar allí? ¿Un rey?... ¿Un millonario fugitivo?... ¿Un ladrón?... ¿Un enfermo?...

Poco a poco y graciosamente, estas bellas imaginaciones fueron resquebrajándose.

Una noche de invierno recogí en el andén de Briviesca a un caballero, de porte distinguidísimo. Se abrigaba con un gabán de pieles nuevecito, y llevaba en las manos un pequeño maletín. Este último detalle acabó de granjearle mis simpatías; yo aborrezco a esos viajeros tacaños que, para no abonar “exceso de equipaje”, abruman mis redecillas con portamantas, sombrereras y maletas pesadísimas. Aquel señor, después de mirar a un lado y a otro, penetró en el compartimiento de “No fumadores”, que iba vacío, y cerró la puerta. Después corrió las cortinillas y debilitó un poco la luz. Su semblante, barbado y aguileño, expresaba una honda satisfacción.

—Le gusta viajar solo y procura aislarse—meditaba yo—; ¡bien se advierte en él a un refinado!...

¡Cuál no sería mi sorpresa al verle abrir el maletín, sacar un “Londres”, largo de una cuarta, y encenderlo!... Indudablemente aquel caballero padecía un error. A serme posible, yo le hubiera gritado:

—¡Caballero, está usted mal colocado: ahí no se puede fumar!...

El viaje continuó monótono. Mis huéspedes dormían, o procuraban dormir. Yo corría con todas mis luces apagadas. La escarcha había plateado mis cristales y mi techumbre sentía el peso de la nieve. Hacía un frío terrible. Por suerte, con La Recelosa la calefacción trabajaba bien. Sin embargo, Doña Catástrofe, que rodaba a la zaga mía, se quejaba:

—Estoy helado—gemía—; todavía no he conseguido que mis ruedas entren en calor...

En Burgos recogí otros dos viajeros, también de traza principal. Les vi ambular por el pasillo, indecisos ante la impresión hostil de las puertecillas cerradas.

—Podemos meternos aquí—propuso uno de ellos—; no hay nadie.

Aludía al “Reservado de señoras”. Yo me estremecí; me sentía desobedecido y aquel atropello me removía la cólera. El otro replicó:

—Ahí, no; puede venir una viajera y... Oye: este “No fumadores” debe de ir vacío.

Yo pensé:

—¡Me alegro!... Porque así el señor del gabán tendrá que renunciar a su tabaco...

Abrieron la puerta y adelantaron, casi a tientas, en la penumbra. Entonces el caballero del gabán de pieles, que continuaba fumando, reanimó la luz. Los tres hombres se saludaron:

—Buenas noches...

Los recién llegados empezaron a desdoblar sus mantas; colocaron sus almohadas respectivas en los sitios que estimaron mejores; tenían sueño. Hubo un buen silencio, durante el cual unos y otros se observaban de reojo. “El caballero del gabán” creyó que la buena crianza le obligaba a decir:

—Si a ustedes les molesta el humo, dejaré de fumar.

Me quedé turulato al oir responder a los interpelados:

—¡De ninguna manera! Nosotros también somos fumadores.

Se sonreían mutuamente; se reconocían; el vicio que compartían les hermanaba. El señor del gabán y del rostro aguileño y barbado, continuó:

—Yo, siempre que viajo de noche, elijo el departamento de “No fumadores”, para poder tenderme y dormir, porque, en España, esa prohibición espanta al público.

Sus oyentes se echaron a reir, y cada cual encendió una “breva”.

—¡La misma cuenta nos hacemos nosotros!—exclamó el más viejo—. ¡Y ya ve usted cómo nos equivocamos todos!... En España lo prohibido es un adorno que les colgamos a ciertas acciones para hacerlas más dulces...

—En Italia—comentó “el señor del rostro barbado y aguileño”—es “vietato fumare” hasta en los cementerios—a cuyos pobres huéspedes parece que ya ningún daño había de hacérseles—y en los trenes a los “fumatori” se les obliga a cerrar la puerta de su departamento para que el humo no trascienda al pasillo. Esto da idea de la pésima calidad del tabaco italiano: ¡el nuestro es distinto!... Además, a nuestras mujeres—y esto es decisivo—las gustan los fumadores...

Minutos después se presentó el interventor: precisamente cuando llegó, el humo era tan denso que podía mascarse. Bajo la claridad de mis dos luces el aire aparecía azul. Uno de los viajeros, mientras le picaban su billete, preguntó burlón:

—¿Podemos seguir fumando?

El interventor sonrió y aceptó el tabaco que le ofrecían:

—Mientras a ustedes no les haga daño...

Al marcharse, volvió a cerrar la puerta y descolgó el rótulo de “No fumadores”, que deslizó en uno de sus bolsillos. Era un hombre comprensivo; un hombre “que se hacía cargo”... Yo estaba asombrado y furioso: pero después, ante tanta incongruencia, acabé por echarme a reir.

El “Reservado de señoras” también me dió otra desilusión.

A este departamento había subido en Madrid una joven alta cuya belleza—y acaso más que su belleza, su elegancia provocativa—llamaba fuertemente la atención de los hombres. Al subir mis estribos descubrió, adrede, tal vez, una pierna impecable, vestida de seda; un perfume raro, distinguido y fuerte, la seguía como una estela sensual. Iba a Hendaya; era francesa. Apenas el convoy emprendió su marcha, un camarero del dining-car empezó a recorrer el tren informando al público de que “la primera mesa iba a empezar”. No bien oyó el aviso mi huéspeda dejó sobre su asiento la novela que leía y con un andar fácil y elástico, se dirigió al comedor.

En más de una ocasión, los Hermanos Sommier, cuya experiencia en lances galantes nadie discutía, me habían asegurado que el coche-comedor, con las ocasiones que ofrece al coqueteo y la embriaguez de sus licores, era un tracero excepcional, maestro único en el arte piadoso de amañar voluntades.

—Un cinco por ciento de los matrimonios provisionales que ocupan nuestras camas—decían—se conocieron en él.

Según supe después—los vagones nos lo contamos todo—la protagonista del episodio que voy narrando acertó a sentarse en una de las mesitas llamadas “para dos”, frente a un tipo arrogante, rubio y joven metido en un traje de deporte. Parecía yanqui, y tenía ese rostro tranquilo, al par enérgico y dulce, de los grandes actores de film. Hubieron, sin duda, de simpatizar los dos mucho y aprisa, porque terminada la cena él acompañó a ella hasta su departamento. En seguida se despidieron cambiando algunas palabras que nadie podía oir si no era yo, que—según expliqué en otro lugar—veo y oigo por todos mis poros.

—En pasando Segovia—murmuró ella—puede usted venir...

Instantes después, Doña Catástrofe, malicioso y experto, me decía:

—Oye, Cabal: ¿viaja contigo una señorita francesa, rubia, muy bien perfumada?

—Sí; acaba de volver del comedor.

—¡La misma! ¿Reparaste en si la acompañaba un mocetón americano, con hechuras de boxeador?...

Mi respuesta afirmativa regocijó a Doña Catástrofe.

—¡Bravo!—exclamó jovial—; me juego una rueda a que esta noche le tienes ahí, de visita. ¡Ya me contarás!...

Efectivamente, más allá de Ontanares, el joven rubio reapareció. Al ver mi tránsito desierto, se le regocijaron y encandilaron los ojos. Con aire indiferente y aplomado llegó a la puerta donde la Aventura le esperaba.

—Entre...—susurró desde dentro una voz.

Admiré su juventud, su belleza saludable; admiré también su fortuna.

—Un hombre como él—pensé, jugando con la frase—es siempre un “reservado para señoras”...

Este enredo y otros muchos de análoga índole, me han cerciorado de que el “Reservado de señoras” es el lugar menos a propósito para que viaje una mujer sola.

En cuanto al “Alquilado”, diré que, habitualmente, es un compartimiento que los interventores procuran conservar vacío para, después de terminada la requisa de billetes, echarse a dormir tranquilos.

¿Y qué diré de mi cuarto-tocador, o de aseo, sino que es, de todas mis dependencias, la más sucia?...

Por lo que concierne a la limpieza, yo tengo divididos a los viajeros en tres categorías: los que se acicalan, pulen y friegan, como si estuviesen en un establecimiento de baños; los que con humedecerse el rostro ligeramente y enjabonarse las manos, tienen bastante; y los que ni siquiera se acuerdan de lavarse.

Del grupo primero hay uno—casi siempre hombre—que, no bien comienza a despuntar el día, sale de su departamento provisto de toda clase de utensilios de aseo, y se encierra—se atrinchera, mejor dicho—en el cuarto-tocador. Va, según costumbre, dispuesto a lavarse escrupulosamente, a afeitarse, a cambiarse de corbata y de ropa interior, y a pulirse las uñas.

Momentos después otro pasajero, animado de las mismas intenciones y provisto de un “neceser”, deja su “butaca”, llega al Water-Closet y al cerciorarse de que está ocupado, resuelve aguardar. Piensa: “Tengo el uno”... Y esta consideración le alivia. Pronto aparece un tercer viajero, luego otro, en seguida dos más... y todos, con igual aire cohibido, se acercan a la puertecilla del “tocador”, forcejean unos instantes con la cerradura, murmuran un “Está ocupado”, maquinal, y dócilmente van a tomar el número que les corresponde en la fila de los que esperan. Todos llevan algo en las manos: éste un peine, aquél una toalla, estotro una pastilla de jabón; quién lleva un periódico... y la necesidad que a cada cual mortifica pone en los rostros, soñolientos aún, una aflicción cómica. Transcurren diez, quince minutos; “la cola” comienza a impacientarse. Una voz interroga:

—¿Pero todavía no ha salido nadie?

Y los comentarios, de gusto dudoso, empiezan:

—El que esté dentro, debe de haberse muerto. Yo, hace un cuarto de hora que espero y soy “el quinto”...

—¡Quién sabe si es alguna señora la que se ha encerrado ahí para dar a luz!...

Al señor que ocupa la vanguardia de la fila, le divierte el mal humor general; no le importa que los descontentos sean muchos: él, siempre es “el uno”... Corren cinco minutos más; alguien habla de ir en busca del vigilante para despejar el misterio, que empieza a parecer folletinesco, del Water-Closet. De súbito, la puerta—¡oh!—del cuarto-tocador se abre y aparece un joven que mira a sus sucesores desapaciblemente, como reprochándoles la prisa, que, por causa suya, ha tenido que darse. Todos le observan de reojo con envidia, con odio. Aquel caballerete va perfectamente peinado, limpio y quitándose, con un pañuelo que acaba de desdoblar, los polvos con que, después de afeitarse, se secó la cara. Tras él, un fuerte olor a Agua de Colonia queda flotando, semejante a una ráfaga vernal, en la atmósfera densa—ambiente de alcoba—del pasillo.

VI

Los viajeros hablan frecuentemente, unos con otros, de “lo que se han divertido en el teatro”. No sé, fijamente, lo que es un teatro, ni lo sabré nunca: pero de cuanto he oído colijo que no me hace falta, pues yo mismo soy “un teatro”; porque toda la vida social es farsa, y dondequiera que haya dos hombres, o un hombre y una mujer, o dos mujeres, habrá un escenario.

Mediaba el mes de septiembre, el verano había sido lluvioso y frescachón, y la dispersión de bañistas empezó temprano.

En San Sebastián habían subido a mí el dramaturgo Ricardo Méndez-Castillo y una tonadillera, muy célebre entonces, llamada Conchita “la Bruja”. Vivían juntos desde hacía tiempo; yo les conocía por haberles transportado diferentes veces, y tanto ella, por graciosa y por linda, como él, por ocurrente y endiablado, me eran muy agradables. Les veía casi todos los años varias veces; ora en Madrid, o en Medina del Campo, esperando algún tren, o en Venta de Baños, cuando iban a Galicia, o en Miranda, porque sus asuntos teatrales les obligaban a desplazarse mucho. Cuando subían a mi convoy, antes de instalarse recorrían todos los vagones, buscando lugar a su gusto, y al cabo se quedaban conmigo. ¿Por qué? ¿Me reconocían acaso?... No, seguramente. Era porque yo, sin que ellos se percatasen, magnéticamente les atraía. Los hombres suelen decir: “Yo tengo la costumbre de ir a tal o cual sitio”. Y creen que la costumbre es una inclinación subconsciente de su espíritu que, arbitrariamente, les lleva a la realización de ciertos actos. No hay tal: la costumbre no nace en el hombre; la costumbre es una acción que le llega de fuera; es la captivación que ejercen sobre él los objetos—paredes, muebles, árboles—entre quienes vivió unas horas y a los que fué simpático. Una costumbre—señores psicólogos—no es más que la simpatía que el hombre deja en las cosas...

Sucedió, pues, que, como siempre, llamados sigilosamente por mí, Ricardo Méndez-Castillo y Conchita “la Bruja”, se instalaron en mí. Tras ellos subieron al mismo compartimiento una muchacha, bastante bonita y vestida modestamente, y un joven al que una frondosa guedeja negra, una chalina y un traje de pana con bolsillos “de fuelle”, daban un clásico perfil de artista montmartrés. Apenas sentados, pusiéronse a platicar en francés y con exaltación: felices de hallarse juntos, reían, se decían palabras al oído, se apretaban las manos...

Conchita “la Bruja” que, como todas las solteras, concedía al matrimonio mucha importancia, quiso saber la opinión del dramaturgo:

—¿Tú les crees—dijo—marido y mujer?

Sin vacilar, Ricardo repuso:

—Me parece que no.

A pesar de esta afirmación categórica, ella vacilaba; en su cerebro pueril, la indumentaria sencilla y el matrimonio, eran ideas similares. Para Conchita “la Bruja”, ser casada o ser virtuosa era algo así como andar sin corsé...

Con esta curiosidad, que sin razón la obsesionaba, la tonadillera no apartaba sus negros ojos de sus compañeros de viaje. Advirtió que representaban igual edad: este descubrimiento y su inclinación—muy frecuente entre mujeres descalificadas—a creer que fuera de la legalidad el amor no existe, la animaron a decir:

—Pues... yo te aseguro que esta muchacha es casada.

—Si lo es—interrumpió Ricardo que no tenía ganas de charlar—lo estará con otro.

Conchita “la Bruja” se echó a reir. Cuando ella y Méndez-Castillo volvieron de cenar, hallaron que en su compartimiento no había otra claridad que la muy exigua que llegaba del tránsito. La otra pareja no había ido al coche-comedor: acaso porque no anduviesen sobrados de dinero; quizás porque evitasen ser vistos. Conchita y Ricardo se alargaron en el asiento, el uno cerca del otro, dispuestos a dormir. Entretanto el galán del “completo” de pana y su compañera, insomnes, se despicaban. Para estar más juntos, ella, ladeando un poco el cuerpo, colocó ambas piernas sobre las rodillas de él. Creyendo a Ricardo y a Conchita dormidos, se besaban vorazmente; llegaron a cambiar más besos que palabras. Conchita “la Bruja” les observaba a través de la celosía que, entre sus párpados medio cerrados, tejían sus pestañas de ébano. Parecióla que sus espiados, a pesar del fervoroso cariño que se demostraban, discutían algo: él proponía, rogaba, insistía. Ella, cuyas pupilas tenían un brillo sensual, rehusaba. El porfiaba con tenacidad abrumadora:

—Sí, sí... ¡Un momento!... Sí...

Y ella:

—No me atrevo; calla... Serénate...

Hablaban bebiéndose los alientos, sin apenas mover los labios; como en éxtasis. Ya de madrugada él salió al tránsito, llegó hasta un departamento que iba vacío; volvió: sus ojos fulguraban felinamente.

—Ven—murmuró desde la puerta.

Ella hizo un ademán negativo, en el que había angustia. Comprendíase que su decisión de resistir se agotaba. El prosiguió, en voz imperceptible, casi con el aliento:

—No tengas miedo... no hay nadie...

Y ella:

—No me atrevo...

Tenía las manos frías, y estaba tan agitada que yo la sentía temblar en su asiento. El suplicaba, incansable, la voz turbia:

—Ven... ven...

La solicitada, lívida, los labios entreabiertos, rehusaba con la cabeza, y la penumbra infundía a su rostro una hermosura mística, fuerte, casi dramática; una bella expresión alucinante y fantasmal. Aunque agotado por el deseo, él aun pudo balbucir:

—Ven... Julieta... ¡en nombre de lo que nos hemos amado!... Julieta...

Estas palabras fueron victoriosas. La mujer se levantó, de puntillas, y salió al pasillo. Cogidos del brazo se marcharon.

Méndez-Castillo, que entre sueños había oído todo el diálogo, se incorporó:

—¡Gracias a Dios!—exclamó entre festivo y malhumorado—que el joven de la chalina llevó adelante su gusto: así, cuando vuelvan, no tendrán de qué hablar y nos dejarán tranquilos.

Con un azote despertó a Conchita “la Bruja”, que dormía:

—¿Ves?...

Ella abrió los ojos, asustada, buscando a los ausentes:

—¿Se han ido?...

—Sí—replicó el dramaturgo—; pero volverán. ¿Te convences ahora de que se quieren demasiado para ser matrimonio?...

A la mañana siguiente, al llegar a El Escorial, el joven del traje de pana y de la melena abundosa, se despidió de su compañera con un abrazo y un beso, algo ceremoniosos, saludó a Méndez-Castillo y a Conchita quitándose el sombrero, y bajó al andén. Concha que, siempre curiosa, se había asomado a una ventanilla para examinarle mejor, se maravilló de verle subir al vagón que venía a la zaga mía. La tonadillera dióse prisa en comunicarle a Ricardo su descubrimiento. Había tenido una revelación.

—Se ha despedido de ella y de nosotros—dijo—para despistarnos: pero sigue ahí detrás. ¡Ahora es cuando me convenzo de que no están casados!...

—Me figuro—contestó él—que la comedia no ha terminado aún: adivino una última escena.

Conchita “la Bruja” estaba interesadísima, y yo tanto como ella, o más... Cuando arribamos a Madrid, entre las muchas personas que esperaban al expreso Méndez-Castillo divisó en seguida, casi delante de mí y con la cara expectante del hombre que aguarda, que busca, al escultor Pedro Guisola, a quien yo también conocía por haberle llevado a Vitoria una vez. El dramaturgo, con agilidad juvenil, saltó al andén; los dos artistas se abrazaron; mediaba entre ellos una amistad antigua y fraternal.

—¡Pedro!...

—¡Querido Ricardo!... ¿De dónde vienes?

—De San Sebastián, con Conchita. ¿Tú qué haces aquí?

—Espero a mi mujer.

Pedro Guisola se adelantó cortés a estrechar la mano, sobrecargada de gemas, que Concha “la Bruja” le tendía desde una de mis ventanillas. Detrás de la tonadillera, Julieta, rígida, lívida, sonreía al escultor con una mueca indefinible, glacial...

—Pero... ¿qué es esto?—exclamó Guisola—; ¡oh, casualidad!...

La joven hacía signos afirmativos. Rápidamente Ricardo y Conchita “la Bruja” se miraron: en la mirada de ella había una risa; en la de él, que era un sentimental y quería a su amigo, había una lágrima.

—¡Pero si hicieron ustedes el viaje con mi mujer!...—concluyó el escultor.

Pedro Guisola ofreció a Concha una mano para ayudarla a bajar por mis estribos. A Julieta la recibió entre sus brazos, y mientras la besaba, repetía:

—¡Qué casualidad!... Las dos personas con quienes has viajado, son como hermanos para mí. ¡Qué casualidad!... Pero... ¿cómo no reconociste a Ricardo?... ¡Un escritor célebre, cuyo retrato está en todas partes!...

Con cierto entono—aquel hombre fué toda su vida un poco teatral—procedió a presentar a sus amigos. Para hacerlo, se descubrió ceremonioso:

—El célebre dramaturgo Méndez-Castillo...

Ricardo se inclinó.

—La famosísima Conchita “la Bruja”... Y, no digo más, porque su nombre, hecho de aplausos y de luz, no necesita elogios.

Y agregó, gravemente:

—Mi señora...

Concha y Julieta cambiaron un apretón de manos en el que, más que un saludo, latía una complicidad. Julieta comprendió: la tonadillera no diría nunca lo que había visto.

Todos reían; todos se mostraban encantados de conocerse. Pero, el único que en aquel momento era feliz y reía de corazón, era Pedro Guisola.

VII

Pronto hará seis años que recorro, casi a diario, la ruta Madrid-Hendaya, y a pesar de hallarme todavía adolescente, he corregido mucho aquel concepto pintoresco que, allá en los comienzos de mi oficio, me formé de la vida. Desde luego, al sentirme colocado inflexiblemente entre un vagón que me impele—y que, a su vez, es empujado—y otro vagón que me arrastra—porque a él también lo arrastran—he perdido la fe, tan bella, que tuve en el libre albedrío. ¡Hermosa y engañosa quimera!... Quien, por primera vez, habló de ti, ¿no comprendió que todo marcha concatenado; no vió que el hombre, la oruga, la estrella, son eslabones de una cadena, unidades del universal convoy?...

Convencido estoy de que todos los seres, así los de hábitos sedentarios, como los de existencia errática, viven lo mismo, poco más o menos: porque viajar no es sólo desplazarse físicamente, sino también aspirar, soñar, pues más que nuestro cuerpo es nuestra alma la que peregrina; de donde despréndese que muchos seres, sin moverse de su sitio, andan por todas partes, según a los astrónomos y a los artistas les sucede; y otros, aun estando en perpetuo movimiento, apenas se mueven, porque van y vienen con las lámparas del entendimiento apagadas. Lo cual demuestra, una vez más, que fuera de nosotros no queda nada, o queda muy poco.

Mi mocedad, sin embargo, se impone al monorritmo de las sensaciones: todavía me interesan los discos que avisan la contingencia peligrosa de las estaciones y de los cruces; el diferente modo de silbar de las locomotoras; la gracia con que la vía férrea contornea los montes; la febril comezón de correr, de llegar, que nos inspira la llanura; para nosotros un camino recto es como una estocada dada al horizonte: y, por encima de todo esto, la poesía alucinante, el embrujamiento folletinesco, de la niebla—la divina musa de los ojos cerrados—que en la tierra, como sobre el mar, cada dos pasos levanta ante nosotros la alquitarada angustia de una indecisión...

Continúo al servicio de La Caliente, de La Tirones y de La Recelosa; las quiero, y mis camaradas tanto o más que yo. Muéstranse fuertes, abnegadas, trabajadoras; sin ellas, nosotros valdríamos muy poco: nos falta la iniciativa, la decisión: por lo mismo, cuando en alguna estación del tránsito la locomotora nos deja para irse a realizar alguna maniobra, el convoy, solo y sin guía, experimenta la emoción de aislamiento de la mujer abandonada por su amante en un camino.

—Yo—suele decirme Doña Catástrofe—necesito saber que tenemos máquina; “sentirla”; su nombre no me importa. Soy como esas viudas que, con tal de no estar solas, se casan con cualquiera.

Doña Catástrofe y El Misántropo son los eruditos de la Compañía: por ellos supe las regias aventuras que dieron celebridad a la isla de Los Faisanes; y que Legazpi, el conquistador del archipiélago Filipino, nació en Zumárraga; y que Arévalo y Olmedo fueron, en los siglos medioevales, “las llaves de Castilla”...

Las pláticas de El Presumido que, a fuer de viejo, había elevado el modo de narrar anécdotas a la categoría de arte, tenían un cautivador interés pintoresco. El Presumido era uno de los primeros coches “de corredor” que llegaron a España.

—¡Si ustedes hubiesen conocido aquellos tiempos!—decía—; las locomotoras caminaban a paso de jumento, y los trenes descarrilaban o chocaban cada veinticuatro horas. Yo me desesperaba. En una ocasión viajó conmigo un señor ministro... o senador—no recuerdo bien—a quien todos sus amigos llamaban familiarmente “don José”. Salimos de Madrid y poco antes de llegar a Segovia don José, que fumaba asomado a una ventanilla, saludó a un señor—que luego supe le administraba varias haciendas—y que había ido a esperarle a caballo en un paso a nivel. A la salutación del prohombre correspondió el jinete descubriéndose con urbana reverencia, hecho lo cual reguló el andar de su cabalgadura a la marcha del tren. “¿Cómo van las sementeras?”—indagaba don José. Su colocutor contestaba:—“Da gozo verlas: si sigue lloviendo lo justo, como hasta aquí, tendremos buena cosecha.”—“¿Y la langosta?”—“No se ha presentado todavía, ni quiera Dios...” Así continuaron durante media hora, preguntando el uno y el otro respondiendo, hasta que, agotado el diálogo, el rústico exclamó:—“Bueno, don José: deme licencia para marcharme, porque la noche se nos viene encima y yo llevo prisa.” Y quitándose el sombrero y metiéndole las espuelas al caballo, salió delante.