BIBLIOTECA de LA NACIÓN
ENRIQUE DE VEDIA
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TRANSFUSIÓN
BUENOS AIRES
1914
Derechos reservados.
Imp. de La Nación.—Buenos Aires
PRÓLOGO
La novela cuya publicación iniciamos hoy significa un triunfo para su autor y una conquista para las letras nacionales. Don Enrique de Vedia, acreditado ya como escritor didáctico y publicista vigoroso, también había hecho apreciar en varias ocasiones sus cualidades de narrador y sus dotes de inventiva. Con todo, en el género puramente artístico y literario, no había producido aún la obra que era dable esperar y que hoy llega con Transfusión, como un resumen de energías y una síntesis de belleza.
Es una novela autóctona en la más estricta acepción del vocablo, pero lo es a la manera de las que soportan traslaciones a idiomas extraños y ello merced a la universalidad del asunto. Este es muy original. Lo constituye un problema de psicología individual. En su desarrollo el autor muestra el descenso de un alma virtualmente generosa y, como contraste, el renacer de otras embebidas en la substancia de aquélla. Y en la notación de este doble proceso moral, el señor Vedia aguza el análisis hasta sorprender los movimientos menos perceptibles del espíritu en su crisis progresiva. Los personajes no se ocultan a sus atisbos de observador, que sin abstraerse jamás, logra adueñarse a veces de todo un carácter, merced a un sólo rasgo distintivo.
De ahí que el novelista llegue a objetivarlos con intenso calor de humanidad. Se animan y andan, y a medida que accionan y discurren se advierte en ellos las modalidades de sus tendencias, de sus estados de alma, según las condiciones que los determina. Son seres reales, por eso viven en la novela, porque antes vivieron en la realidad, donde fueron sorprendidos. De pronto parece que se va a dar con ellos. Tal es la impresión de su verdad esencial. No nos referimos sólo a los caracteres centrales de la novela, a los que forman el núcleo de su acción íntima, sino también a las figuras de segundo término, o episódicas.
El señor Vedia ha matizado Transfusión con algunos trozos descriptivos que pueden citarse como páginas de primer orden. Y cuando del diálogo que tiene el sesgo de la frase hablada, el novelista pasa a describir y eleva la forma, pone en ello gradaciones tan armónicas que la transmisión se efectúa insensiblemente. Y ora evoque el despertar de la ciudad o los vastos panoramas agrestes o los cuadros de costumbres camperas, siempre ajusta a su naturaleza el estilo.
Y ello en una forma ágil y fácil, siempre viva, animada siempre. De ahí que el interés no decae un solo instante, sostenido aquí por la ternura, allí por lo patético, allá por el drama íntimo, acullá por un revuelo lírico y en todas partes por un perfecto acuerdo entre el mundo evocado y la energía evocadora.
La Nación.
Junio 10 de 1908.
Entre los juicios que esta obra mereció, cuando vio la luz pública, se encuentra el siguiente, que expresa, con particular acierto, el concepto ideológico y la finalidad moral a que «Transfusión» responde:
«Rosario, julio 15 de 1908.—Señor Enrique de Vedia.—Buenos Aires.—Mi distinguido amigo: Su bella concepción dramática, publicada en forma de romance, ha terminado de una manera original y novedosa, dejándonos con ganas. Efectivamente, acostumbrados en este género de producciones a que se aten todos los cabos para cerrar el ciclo de los acontecimientos referidos (artificio más que verdad), uno no se resigna a que deje de contársele que Anastasio vino una noche a matar a Melchor, por ejemplo; que Clota, desesperada, entró en un convento; que los padres del protagonista murieron en un hospital porque éste les derrochó toda su fortuna, concluyendo él mismo sus días en el manicomio, degenerado e imbécil, en un acceso de delirium tremens o maniatado por la parálisis general progresiva.
»La fuerza del hábito hace que uno espere el número siguiente para continuar la fácil y agradable lectura que se realiza como si se oyera un fonógrafo invisible que reproduce para el oído lo que los cuadros admirablemente trazados reproducen cinematográficamente en la imaginación y casi diríamos en la pantalla retiniana.
»Ese final, en que queda Melchor, afirmado en la tranquera, con su simbólico ramito de fresco cedrón, viendo partir a sus amigos, que se llevan jirones de su psicología, es de una naturalidad tal, que recuerda a los grandes maestros del arte literario cuando con los más sencillos elementos realizan verdaderas creaciones.
»Tan cierto es que un simple gesto, o una pose revelan muchas veces todo un mundo interno oculto al ojo vulgar que sólo ve la superficie.
»Hay tal revelación de recóndita onomatopeya entre este sujeto así plasmado en aquel ambiente todo nuestro, y el estado de su ánimo ante la metamorfosis que el alcohol por una parte, el contagio moral por otra y su indudable receptividad psíquica han producido en él, que al terminar uno la lectura del capítulo, se queda inconscientemente en una actitud análoga, con la vista clavada en un punto del espacio y una sonrisa de aplomo dibujándose en los labios.
»La transfusión está hecha, ¿para qué más? Sutil e inadvertidamente la salud espiritual de Melchor ha sido absorbida por Ricardo y por Lorenzo, los que a su vez le han dado a respirar sus almas enfermas, como las flores, que al ampararse del oxígeno, que es la vida, exhalan el ácido carbónico, que es la muerte.
»El lector pudiera exigir que el fenómeno hubiese ido produciéndose ocasionalmente a su vista y con casos concretos que le documenten, como en un boletín clínico en que se anotan todas las modalidades de un padecimiento cuyo curso insidioso o normal se sigue prolijamente, catalogando epifenómenos y detalles de escrupulosa minuciosidad, pero ¿podría hacerse eso sin menoscabo del arte, generalizados por excelencia, para producir el efecto emocional y convincente que se busca?
»El alcohol y la Venus son, por otra parte, auxiliares eficaces de consumo orgánico y de degeneración, de que el autor echa mano con hábil ingenio para producir el caso clínico observado y existente, sin duda alguna en gran número, en este inmenso nosocomio del mundo.
»Pinturas que son verdaderas fotografías con movimiento hay en su romance, y Baldomero, representante genuino de nuestros hombres de campo, de verba pintoresca y tranquilo razonar ecuánime, ha sido arrancado de la realidad él mismo, en medio de aquella naturaleza genuinamente argentina, de horizontes dilatados y soberana magnificencia.
»No tengo por delante su trabajo; el folletín vuela y muchas bellezas escapan al ojear los recuerdos. Dejo, además, como usted ve, correr la pluma en el natural desaliño epistolar, como que estamos conversando familiarmente sobre las facciones de su primogénito.
»Espero ver pronto en forma de libro su bella concepción, tan sencilla y eficazmente presentada, para decirle en letras de molde todo lo que creo debe decirse de ella al público. Desde luego, el deseo de verla hecha carne y hueso en la escena de un teatro, me obsesiona desde el primer momento.
»¿La va a teatralizar? Bien lo merece. Aquel: «Yo estoy con Dios así»... vale un Perú. Su afectísimo amigo,
»Alejandro V. Murguiondo.»
TRANSFUSIÓN
[Publicada, por primera vez, en el folletín de «La Nación» en los meses de junio y julio de 1908.]
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—¿Suicidarte? ¿Pero comprendes bien lo que dices?
—Y en definitiva, ¿para qué debo vivir? ¿Qué misión me espera? ¿Qué ideal puede estimularme ya?...
—No te diré cuál es la razón filosófica de tu existencia, porque la ignoro; pero, puesto que vives, ¡vive! qué diablos.
—Como cualquier animal...
—¡Supongámoslo!... ¿y quién te ha dicho que los animales sufren en su condición de tales?...
—Tú echas todo a la broma y a la jarana, porque eres feliz.
—No, Ricardo, yo no soy feliz en el concepto en que tú y todos entienden la felicidad, porque la felicidad comprende un cúmulo de circunstancias que jamás se encuentran reunidas; lo que hay es que yo no quiero ser desgraciado y... ¡no lo soy!
—Porque la desgracia no te agarra...
—¡Me agarra a cada rato! ¡Me ha agarrado mil veces! pero la desgracia se aburre conmigo.
—No te entiendo.
—¡Pues es claro! La desgracia es como una persona seria que se fastidia en compañía de quien ríe constantemente.
—Lo difícil, lo imposible es eso; reír siempre...
—¡Qué ha de ser difícil! Todo es cuestión de resolverse, no sólo en defensa propia, te diría, sino en homenaje a la risa que es, sin disputa, nuestra patente de racionales.
—Tampoco te entiendo.
—¡Sí, hombre! Nosotros, los humanos, somos los únicos animales que reímos y observa que la diferencia positiva que nos distingue de los demás bichos de la creación es la de reír.
—¿Y la de sufrir?...
—¿Y quién te ha dicho que las gallinas de tu casa no sufren horriblemente cuando se hace guiso de pollos? ¿O que los gatos de nuestros tejados no se sumergen en un mar de tristeza cada vez que nuestros fonderos ofrecen a sus clientes el «civet de liebre»?... ¿Sabes lo que sucede?...
—No sé adonde vas.
—A esto: los animales sufren lo mismo que nosotros, pero no les importa.
—Eso dices tú.
—No, Ricardo; esto lo demuestran los mismos animales, y si no observa a las vacas, por ejemplo; ¿tú crees que una vaca a la que el tambero le quita la leche que ella formó para su ternero no sufre? ¡Sufre, che! pero se resigna. ¿Y sabes cómo lo demuestra?... ¡Comiendo de nuevo para tener leche otra vez, en la esperanza de que le alcance al hijo de sus entrañas!...
—Comen para satisfacer una necesidad.
—¡Justamente! y nosotros debemos hacer lo mismo; ¿o tú crees que no necesitamos nutrirnos para seguir viviendo?
—No sólo de pan vive el hombre.
—¡Ya lo creo! pero así como nuestra economía animal nos exige alimentos que se llaman pucheros, bifes, carbonada, locro—¿te gusta el locro? ¿qué rico es con pedacitos de cordero, eh?—bueno, pues lo mismo nuestro ser moral reclama sus alimentos espirituales, que se llaman: resignación, esperanza, jovialidad, ¡risa, ché! ¡risa!... ¡mucha risa!
—Es muy fácil decirlo.
—¡Y hacerlo! Yo lo hago, sin dejar de rendir mi obligado tributo a los dolores morales; pero cuando uno de éstos me manifiesta intenciones de molestarme demasiado, metiéndoseme muy adentro o quedándose en mí más tiempo del tolerable, ¡me le planto delante, le suelto una carcajada y le señalo la puerta: a embromar a otro! Lo mismo que con las personas; como que hay «personas-dolor» y «personas-alegría». A una de éstas le digo: ¡Cuánto gusto! ¡Adelante! Tome asiento;—a las otras les hago decir con mi sirviente que no estoy.
—¿Y qué haces cuando una de esas que llamas «personas-dolor» te sorprende y te agarra sin poder evitarlo?
—¿A qué hora?
—¿Cómo a qué hora?
—Sí, pues; porque según la hora será el rumbo que tome; si es de día la llevo al club, a la Bolsa, a la casa de gobierno o a cualquier sitio que tenga salas de espera y puertas de escape; si es de noche, al teatro y en el primer entreacto ¡zas! me le escabullo.
—Eso puede hacerse con las personas; pero no con los dolores morales.
—¡Se hace lo mismo! Y aun es más fácil desprenderse de una pena que de ciertas personas profesionales de la impertinencia. ¿Ignoras acaso que el alcohol es un irresistible anestésico para todo dolor moral?
—Sin duda; pero el remedio es peor que la enfermedad.
—La tarea, pues, está en encontrar remedios que curen sin enfermar.
—¿Cuáles serían?...
—En tu caso ya te lo he dicho y repetido cien veces, y es necesario que aceptes el tratamiento que te receto: te vienes con Lorenzo y conmigo a la estancia del viejo; pasamos allá una temporada, cuanto más prolongada mejor. Comes buenos churrascos; andas a caballo; tomas aire puro y, contagiado por mí, acabarás por reírte de todo ese mundo de cosas deleznables y subalternas que actualmente te tienen envuelto en nieblas... ¡Contra las nieblas: sol, sol y mucho sol! y después vendrá sola, vibrante, sonora, la risa, la sana, la enérgica, la invencible, la fecunda, la suprema demostración de que no somos tan... animales... ¡Ríete!... ¡no seas pavo!... ¡¡Ríete!!... ¡Como yo!... ¡Así...!
—Es que oyéndote a ti acaba uno por ver todo color de rosa.
—¡Como tú quieras! ¿pero irás con nosotros, eh?... Ya ves que Lorenzo ha resuelto acceder a mi pedido... y tú no puedes desairarme... por otra parte, la partida depende de ti y... ¡sin ti no me voy!... e impedirás que el pobre Lorenzo se cure también de sus males que son más o menos los tuyos...
—¿Y qué precisión hay en que yo les acompañe?
—La de curarte y, sobre todo, ¡caramba! ya basta de explicaciones: ¿vas o no? A esto he venido... por última vez...
—Bueno, ¡iré!
—¡Bravo!... ¡Venga un abrazo!... ¡Ya ha empezado tu mejoría!
—Mi mejoría... Tú eres muy bueno, Melchor.
—¡Ah!... ¡Soy una monada!...—contestó éste riendo de nuevo como lo había hecho durante todo el diálogo sostenido con su amigo de la infancia Ricardo Merrick, cuyo estado moral combatía desde algunos meses, como combatía también el de otro amigo, Lorenzo Fraga, con quien conservaba desde la escuela un hondo afecto, realmente fraternal.
Ganada la batalla con Ricardo y convenida definitivamente la partida para el campo, se dirigió a casa de Lorenzo a darle la buena noticia, y luego a la suya, a la que ansiaba llegar pronto para darla también, como lo hizo, en un verdadero estallido de su inconmensurable altruismo.
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—Ya no eres un niño, Melchor—le dijo su madre,—y debes saber lo que haces; pero yo creo que extremas un poco las obligaciones de tu amistad para con Lorenzo y Ricardo.
—¡Pero, mamá! ¡Gran cosa!
—Pues es nada, hijo: dejas tus ocupaciones por un tiempo que tú mismo no sabes cuánto será; dejas a tu novia y nos dejas a nosotros por irte a cuidar a dos amigos.
—Están enfermos, mamá, y yo creo que puedo curarlos.
—¿De cuándo acá eres médico?
—El mal de ellos no lo cura un médico, sino un amigo.
—Pues deja que los cure otro; ¿por qué razón has de ser tú?
—Ellos no tienen ningún amigo como yo; así como yo no tengo ningún amigo como ellos, mamá.
—Todo eso está muy bueno; pero ¿qué quieres? yo no me resigno a que te vayas así y a que cargues con esa responsabilidad.
—¿Que me vaya cómo?
—Pero dime, Melchor, ¿cuánto tiempo vas a faltar de aquí?—dijo la señora quitándose los anteojos con que cosía.
—Dos o tres meses.
—¡Qué! Eso no lo sabes y aunque así fuera, tú también tienes obligaciones a que «antes» no habrías faltado.
—¡Si no voy a faltar! Mira: en la oficina me dan licencia, reemplazándome el subjefe, un excelente compañero, mientras dure mi ausencia.
—¿Y el sueldo?
—¡Es claro que lo cobrará él!
—¿De modo que tú no figurarás para nada?
—Figuraré con licencia; y Clota... también me ha dado licencia—agregó Melchor, riendo y abrazando cariñosamente a su madre.
—Pero yo no te la he dado todavía—replicó ella, mientras le miraba con una de esas miradas con que sólo una madre sabe decir: ¡bendito seas!
—¿Y serías capaz de negármela, cuando voy a realizar una obra buena?
—Yo no puedo darte ni negarte licencia—dijo la señora cambiando el tono de su voz;—tú tienes veintiocho años.
—¡Todavía no!—interrumpió Melchor;—los cumplo en febrero—y agregó:—¡qué afán de echarme edad!
—¿Y tu padre, qué dice a todo esto?
—¿Él? ¡él es el primero en alentarme!
—¡Hum!—moduló la señora, agregando, como en un suspiro, al ponerse de nuevo los anteojos:—¡En fin!...
—Mira, mamita: déjate de «en fines», ¿eh? ¡No falta más sino que reniegues de tu propia obra!
—¿Qué obra?
—¡Haberme hecho como soy!
—Sí... mucho...
—¡Pues es claro! ¿Vas a negarme que soy tu vivo retrato?... ¡Mírame!—dijo Melchor irguiéndose en cómica actitud, y agregó:—bueno, ahora hay que preparar todo.
—¡Melchor!... ¡Melchor!... ¡Melchor!...—entró gritando desaforadamente su hermanita menor:—¡Te han traído un baúl lindísimo y nuevo!
—Que lo pongan en mi cuarto, nena.
—¡Y qué lindo es! ¡qué nuevo!—repetía la nena hondamente impresionada ante el flamante baúl, que fue puesto en el cuarto de Melchor, y contemplado escrupulosamente por toda la familia.
Cuando Melchor quedó solo, abrió el baúl para empezar la tarea de preparar su viaje, aproximó una silla y sentado en ella quedó contemplando la luciente caja vacía.
—¡Un baúl!—se decía Melchor,—¡un baúl es lo más parecido a una persona!... ¡Pero si es cierto!... No hay nada tan parecido a los hombres como los baúles... Un baúl nuevo como éste es igual, igualito a un recién nacido... ¿Qué se le va a poner adentro...? ¡Psh!... ¡tantas cosas...! A éste le toca recibir ropa limpia ahora; pero cuando vuelva, ¿cómo vendrá esta ropa?... ¿habré usado toda?... ¿volverá sucia?... ¿traerá toda?... ¿traerá menos?... ¿se le agregará ropa ajena?... acaso sucia... quizá limpia... ¡quién sabe!... ¡Pero cómo se parece un baúl a una persona!... Por lo pronto éste es igual a mí: le cabe en suerte recibir ropa limpia... algunos libros de ideas sanas y servir para un viaje proyectado con la mejor intención...
«Lo mismo que mis padres hicieron conmigo: me llenaron de cosas limpias... me pusieron dentro ideas sanas y generosas... ¡me pusieron lo único que tienen!... y me prepararon para un viaje de buenas intenciones...
»¡Y qué diablos! Voy cumpliéndolas... ¡es la verdad!... en el fondo de este baúl que se llama Melchor Astul... en el fondo, es decir, en la conciencia, no guardo ningún agravio... ninguna ofensa... ningún remordimiento... he hecho todo el bien que he podido... y sigo haciéndolo... he pasado por tonto muchas veces; pero no he sentido envidia por quienes me consideraron así... y ahora mismo sigo mi viaje de buenas intenciones... y lo seguiré hasta el fin... ¡hasta que el baúl se rompa!... o hasta que se acabe todo lo que tiene adentro... o lo roben los hombres... ¡o lo ensucie el uso!...
»...O lo ensucie el uso... ¡las cosas que dice uno de repente!... O lo roben los hombres... O... lo... ensucie... el... uso...»
*
* *
Buenos Aires inicia su despertar con roncos e incoherentes movimientos de dormido.
Hacia el oriente la vaga y tenue coloración auroral frente a la que las sombras de la noche huyen como arreadas por las guías curvas de una amarillenta luna en su último menguante.
Los faroleros realizan a la carrera una tarea de resultados extraños, pues al apagar la luz de los faroles entregan el campo a la más franca irradiación de la indecisa luz con que el día se anuncia.
Entre ella se destacan, como orugas luminosas, los primeros tranvías conductores de semidespiertos obreros que se dirigen a sus tareas y a intervalos se oye el seco trac-trac de los pequeños carritos que, al salir del conventillo, caen del umbral a la acera y de ésta a la calle, conducidos por el ambulante vendedor de verduras, que se dirige veloz hacia el mercado de Abasto en busca de la enormemente copiosa provisión de hortalizas con que hace un nutrido «agosto» en el breve espacio de cada mañana.
La claridad avanza, hundiéndose en la sombra a lo largo de las calles y haciendo surgir la silueta de los vigilantes escalonados en la calzada, mientras los noctámbulos pasan como espectros, bajo esa luz cuyos tintes blanquecinos aumenta la lividez de sus rostros trasnochados.
Como la más limpia nota de la aurora repiquetean campanas cuyo ritmo, de lenta isocronía, parece bajar de planos más altos aún que los altos campanarios, mientras—como surgiendo de entre las apretadas piezas del entarugado—pasan veloces los carros que llevan a domicilio «el pan nuestro de cada día»...
Pausados, desfilan, entre el crepitar eclosionante de la madrugada, los «nocheros» de plaza, cuyos jamelgos balancean la cabeza en oscilaciones que parecen exteriorizar ideas de infinitas y melancólicas nostalgias.
De todo rumbo surge el vibrante grito de los vendedores de diarios que pululan llenando las calles—como esas bandadas de avecillas que en el bosque cantan cuando el día llega,—y es de admirar el contraste que ofrecen esos pilluelos diligentes y honrados, que a pulmón lleno proclaman su luminosa mercancía, pasando rápidos y sonoros por el lado del «repartidor de diarios» que, silencioso y grave, va echando por entre buzones, celosías y rendijas la doblada hoja impresa que aquéllos pregonan a gritos.
Las puertas de calle se abren pesadamente, dando paso a esa emanación peculiar que bien pudiera llamarse el regüeldo matinal de las casas, mientras la sirvienta que abrió la puerta, se alisa el despeinado cabello, como temerosa de que la sorprenda el lechero, el vigilante, el repartidor de pan o el mucamo de enfrente...
Desde cualquier sitio en que se mire a la distancia, vese la atmósfera de la ciudad densa y cargada, y sólo el punto en que el observador se coloca parece limpio y diáfano, ofreciéndose en el explicable fenómeno de sobresaturación atmosférica el más vivo remedo del que los más padecen al considerarse a sí mismos en el centro de la verdad luminosa, mientras ven o creen ver a los demás obnubilados por las sombras del desacierto.
Ilusión de óptica en los dos casos, en que el vaho de la noche o del error nos envuelve...
El sonrosado de la aurora se diluye gradualmente en la celeste diafanidad cenital, como si aquella coloración rojiza del primer instante hubiera sido absorbida por el mismo sol, de tal modo a su paso el rojo de su propia irradiación se desvanece y el contorno de la inextinguible hoguera se destaca nítido en la eucarística limpidez del cielo.
Es la hora de las grandes honestidades...
El que pasa la noche bajo las supremas angustias del juego—ése, para quien la acción y el fin de la vida están en las astucias del tapete y en sus éxitos repugnantes,—se alza bravamente ante los distinguidos tahures o «clubmen» que le rodean y palpitante de emoción o de angustia, proclama:
—¡Caballeros! ¡No juego más; ya es de día!
Más allá, alguien—acaso en ausencia del que abandona la carpeta,—ha dicho también temblorosamente y en voz sibilante, como el vago chirrido de un puñal que sale de la herida:
—Bueno, basta; ya viene el día...
Mientras tanto, el jornalero, el honesto jornalero de brazo nervudo y de tórax fuerte y levantado como su conciencia, sale para el trabajo, dejando en su modesto hogar a la compañera en la sencilla labor de cada día, y, en el divino sueño de la infancia sana, los hijos de la salud y el amor.
Y mientras el gran vaho nocturnal se disipaba en aquella mañana de enero, pudo oírse, a lo largo de las calles, el repiqueteo del cascabel y el firme trotar de la soberbia yunta de zainos que arrastran la victoria de Lorenzo Fraga, en el inusitado madrugón de aquel día.
La victoria se detiene en la modesta casa de Melchor Astul, que desde horas antes se apercibe para el viaje proyectado, tarea en la cual han intervenido madre y hermanas, disputándose el éxito en los refinamientos de la previsión, pues en los últimos detalles de un trajín semejante es cuando se corre el riesgo de olvidar lo fundamental: el cepillo de dientes; las zapatillas; el sobretodo por si refresca; el abotonador; la pasta dentífrica; el betún, etc., etc.
Nada se ha omitido, y sólo queda para mandar por encomienda el frac de Melchor, que no cupo en el baúl y que «es bueno tener a la mano—según lo aconsejó burlescamente su hermana mayor,—por si se daba algún baile en el pueblo».
—Bueno: ¡otro adiós! adiós, mamá; adiós, muchachas; díganle a tata que no me despido otra vez por no despertarlo, y escriban, ¡eh! y no se olviden del frac—y luego, dirigiéndose al cochero:—vamos a casa de Merrick, ¿sabes? en la avenida.
—El señor Ricardo está ya en casa; yo fui a buscarlo.
—¡Ah! entonces vamos allá.
Los zainos batieron con sus cascos como el redoble de una diana al romper la marcha, que se hizo en seguida uniforme y firme, cual si la regulase el repiquetear del cascabel colgante en la punta niquelada de la lanza; pero a poco andar la victoria se detuvo por orden de Melchor, que con un pie en el estribo y medio cuerpo afuera llamó a un vendedor de diarios que descendía de un tranvía:
—Dame Nación y Prensa...
—...No tengo cobre...
—Déjalos, no más. ¡Vamos!
Y la victoria continuó su marcha con Melchor, que acababa de iniciarse en el día como de costumbre: con un acto de relativa previsión y otro de generosidad.
Cuando el carruaje llegó a casa de Lorenzo, éste y Merrick esperaban en la puerta de calle.
—Estábamos haciendo votos por la prolongación de tu tardanza.
—¿Por qué?
—Porque así podríamos perder el tren y desistir de este viaje, para nosotros estéril y para ti penoso.
—¡No sean pavos! Subo a saludar a la familia y despedirme, Lorenzo; bajo en seguida.
—Están en el balcón; nosotros ya nos despedimos.
—Ya las he visto—dijo Melchor, mientras subía «de a cuatro» la amplia escalera, al terminar la cual fue recibido por la familia de Lorenzo que en coro le hizo una de esas recepciones íntimas en que el deseo de reír y de llorar se mezclan.
La madre de Lorenzo, que se hallaba recostada en la puerta de la sala que daba acceso al vestíbulo, interrumpió los saludos dirigidos a Melchor diciéndole:
—Venga para acá... venga el santo... el bueno...
—¡Señora!—exclamó Melchor dirigiéndose hacia ella, que lo recibió con los brazos abiertos exclamando:
—Un abrazo... así... fuerte... ¡muy fuerte!—y rompió a llorar.
Las hermanas de Lorenzo llevaron los pañuelos a los ojos y en medio de un silencio de sollozos el padre de aquél se dirigió pausadamente hacia el escritorio en el que penetró despacio...
—¡Sólo usted... sólo usted es capaz de este sacrificio!
—Qué sacrificio, señora, si Lorenzo es para mí un hermano.
—Y usted es para mí un hijo desde hoy.
—Bueno, señora; es decir: bueno, «mamita», dejémonos de llantos para los que no hay motivo y ya verán ustedes cómo dentro de poco vuelve Lorenzo hecho unas pascuas—dijo Melchor sonriendo al dominar la intensa, la profunda emoción que sentía.
—¡Dios lo oiga!
—¡Y me oirá! ¡si yo estoy con Dios... así!...—repuso sonriendo al cerrar la mano con un enérgico gesto, y agregó:
—¡Bueno, adiós! que tenemos los minutos contados; adiós... «mamita», adiós, Sofía; adiós, Carmencita; ¡hasta pronto, señor!—dirigiéndose al viejo Fraga que salía del escritorio guardando el pañuelo entre el chaleco y su cuerpo, acaso porque no encontraba el bolsillo de su saco...
—¡Adiós, amigo, adiós! ¿y ya sabe, eh? cualquier cosa...
—Sí, señor; pero no habrá necesidad de nada, ¡si llevamos provisiones para cien años!—repuso Melchor con su jovialidad habitual.
Y bajó la escalera, enviando todavía un ¡adiós! a todos, entre los que dejaba una vez más el alivio moral que su carácter generoso y bueno derramaba en los espíritus atribulados o enfermos.
—¡Caramba, con tu despedida!
—La señora me detuvo; pero estamos en tiempo, ¡vamos!
—Al Once, ché—dijo Lorenzo al cochero y el carruaje partió.
—Vamos a tener un viaje espléndido... sin tierra... fresco...—decía Melchor,—¡ya verán qué maravilla de vida vamos a pasar!... y ¿qué tal? Ricardo, ¿qué dices?
—¿Yo?... ¡nada! ¿qué quieres que diga?
—¡Quiero que hables! ¿oyes? que te dispongas a revivir y que no olvides lo que te decía anoche tu madre.
—¡Mi madre!...
—Sí, tu madre, ¿pues qué?
—Mi madre ha sido feliz toda su vida.
—¿Y tú, no?... ¡Qué rico tipo!... Mira, así—y reunía en un haz las yemas de sus dedos,—así, ¿ves?... así hay consuelos para cada dolor.
—Es posible.
—No; es exacto y sólo un niño, y un niño pavo, llora porque no le dan un juguete.
—¡Un juguete!...
—¿Y a qué hora llegamos a Trenque Lauquen?—interrumpió Lorenzo.
—A las cinco; pero tenemos que pasar allí la noche para salir mañana a la madrugada, bien temprano, camino de la «Celia».
—¿Y a la estancia?—insistió Lorenzo.
—Si los caminos están buenos, de 5 a 6 de la tarde.
—¡Todo el día en coche! ¡Qué horror!
—No; se hace una parada para almorzar y... sestear en la posta del «Paso»... ¿Qué te parece, Ricardo, una siesta en pleno campo?
—¿El qué?...
—¡El qué!... ¿Estás dormido?
—Estaba distraído.
—Bueno, ya llegamos; ahora en el tren te repetiré el caso.
En la estación les esperaba el sirviente de la familia de Fraga, Rufino Mejía, uno de esos tipos criollos, sanos de cuerpo y de alma, que tenía en la casa sueldo de gran sirviente y prerrogativas de patrón, bien merecido todo en quince años de leales servicios, durante los cuales no había podido convencerse de que Lorenzo los había vivido también.
—Los equipajes ya están cargados, niño; pero, ¿sabe?... el baúl grande no puede ir en este tren; pero va más tarde.
—¿Por qué?
—No sé qué me dijo el jefe, de que no hay furgón de encomiendas, porque dice que es rápido de pasajeros. Traiga la valijita.
—Toma, ¿y dónde está Melchor que no lo veo?
—Ahí viene con D. Ricardo.
Por entre la multitud de pasajeros, empleados y changadores que llenaban el andén, apareció Melchor acompañando a Ricardo.
—¿En qué andan?
—Este, que quería comprar La Nación y La Prensa, a pesar de que yo los llevo.
—Y yo también.
—No importa—replicó Ricardo;—yo no puedo pasarme sin los diarios.
—¡Pero si los teníamos!
—Bueno, déjalo—dijo Melchor, en tono de broma,—cada loco con su tema... y ya no faltan más que cinco minutos... ¿cargaron todo?
—Todo, sí, señor—contestó Rufino.
—Ché, ¿y las boletas?
—Aquí están, niño.
—¡Bueno, andando!—dijo Melchor.
El grupo se dirigió al sitio que tenían tomado en el tren y que Rufino había arreglado y elegido convenientemente al lado del coche-restaurant.
—Este asiento para ti, Ricardo, y éste para ti, Lorenzo; así van a ir más cómodos.
—¿Y tú?
—Yo... ¡aquí!—dijo Melchor dejándose caer en el asiento, con estrepitosa satisfacción.
—¿No te molesta ir dando la espalda a la máquina?
—No; y así les veo a ustedes las caras y aprecio la impresión que el viaje les hará.
Sonó en ese instante la campana de partida; se oyó en toda dirección despedidas en voz alta; la máquina contestó: ¡lista! con su ronco silbato y en seguida resoplaron los cilindros y las bielas iniciaron el movimiento propulsor de las ruedas y el tren, pesado y largo, empezó su suave deslizamiento...
—¡Adiós, adiós, Rufino!—exclamaron los viajeros asomados a las ventanillas del coche.
—¡Adiós! Adiós, don Ricardo, adiós, don Melchor, adiós, niño y cuídese ¡eh! y a ver si vuelve sano y contento.
—¡Sí, Rufino, adiós!... ¡Que escriban!
*
* *
En aquella actitud quedaron los viajeros en observación del panorama, que se desarrollaba ante ellos a favor de la marcha acelerada del tren, que a instantes parecía avanzar a saltos felinos y sinuosos.
Melchor espiaba complacido a sus compañeros de viaje y viéndoles distraídos en la contemplación del paisaje, habría continuado en la misma postura, durante las diez horas del viaje que realizaba por ellos y sólo por ellos.
Su noble espíritu altruista, su grande alma generosa y buena, su corazón limpio y sano—todo, ¡todo! su ser moral estaba empeñado en la obra de reconfortar, de encauzar, de nuevo, a sus dos amigos moralmente enfermos, y estimulado por la fe en sus propias energías abandonaba todo cuanto podía halagar a cualquier hombre de su edad y en sus ambiciones lícitas, con el ideal de regresar a Buenos Aires trayendo a Ricardo Merrick y a Lorenzo Fraga, convertidos, de la melancolía neurasténica, de la desilusión pasional y del escepticismo abrumador, a la jovialidad confortativa, a la complacencia de «ser», a la suprema satisfacción de vivir bajo la enérgica propulsión de una intensa salud físico-moral.
—¡Ah!—pensaba Melchor, contemplando furtivamente a sus dos amigos.—¿Qué dirán en casa de Lorenzo y en casa de Ricardo, cuando vuelva con ellos, como van a volver, curados de tristezas y de pavadas?...
En ese instante Lorenzo se retiró de la ventanilla y se acomodó en su asiento; Ricardo hizo lo propio, y Melchor continuó un momento esperando, deliberadamente, que ellos solos iniciaran alguna conversación, como lo hizo Lorenzo, diciendo:
—Linda mañana, ¿eh?
—¡Hola!—exclamó Melchor, sentándose a su vez y restregándose efusivamente las manos.—¿Conque ya encontramos algo lindo?
—¿Y qué quieres?... ¿Quieres que encontremos fea o desapacible a esta espléndida mañana?
—¡Bravo! ¡Progresamos! Conque espléndida, ¿eh? ¿No te decía yo que al empezar este paseíto iniciaríamos la mejoría?
—¡Déjate de tonteras!—interrumpió Ricardo,—pues nos vas a poner en el caso de no poder hablar.
—No... si no son tonteras... Ustedes son dos enfermos; yo soy el «médico», y es justo que haga clínica, apreciando en todo su valor hasta el síntoma menos importante para otro ojo menos experto.
—¡Y en vez de clínica, haces tonteras... insisto!
—Gracias por la amabilidad.
—¿Vas a resentirte?
—¡Qué esperanza! Nada más agradable que verse tratado así por un amigo...
—Que precisamente por serlo desde la infancia está autorizado...
—¿A pegar?...
—Yo no te pego; te hago una observación amistosa.
—Sí; a ti te pasa lo que a esos chicos a quienes se les ha dicho que no deben señalar con el índice y señalan con el anular o con el meñique; pero señalan con el dedo...
—¡Boooletos!—gritó el jefe de tren, con innecesaria voz de trueno, cual si su autoridad se fundara acaso en eso, como la de los discutidores empedernidos que gritan demasiado, porque ignoran que no se gana la razón por la altura de la voz sino por la del concepto, como ignoraba aquél que para obtener las boletas pedidas le bastaba la gorra y el sacabocados.
—Me ha dejado aturdido el grito del guarda—dijo Lorenzo, por romper el silencio que siguió a la discusión que provocó Ricardo.
—¡Realmente! ¡Qué pulmones!—repuso Melchor, agregando:—¡Cómo se conoce que ese hombre vive viajando!
—¿Y quién te dice que no vive en Buenos Aires?—replicó Ricardo.
—¡Sus pulmones, el timbre de su voz y el color de su cara!
—Esas son preocupaciones, de que muchos participan; pero yo veo que todo el mundo vive sano y fuerte en la capital.
—¡Sin duda! ¡Si Buenos Aires es una de las ciudades más sanas del mundo!; pero cómo vas a comparar la vida en ella y aquí no más; fíjate... mira qué maravillas de quintas.
—Sí; muy lindas...
—¡Y qué ambiente!... ¡Qué diafanidad!... ¡Ya por aquí sólo se toma olor a flores, a yuyos, a campo, a naturaleza!
—¿No se toma olor a ciudad? ¿Qué raro, eh?...—dijo riendo amablemente Ricardo.
—¡Eso es! No se toma olor a ciudad; es decir, olor a bodegones, a cloacas, a hoteles, a multitudes.
—¡A multitudes!... pero ¡qué buena observación! ¿Conque no hay multitudes en despoblado?
—Te digo multitudes, empleando una metonimia.
—Una... ¿qué?
—Una metonimia, de causa por efecto; y así te dije olor a multitudes por no decirte olor a sudor.
—¡Qué porquería!
—¡Eso es! Olor a porquería; tal es, precisamente, el olor a ciudad.
—Pero, ¡qué encono con la ciudad!—dijo Lorenzo, que parecía absorbido en la contemplación del paisaje, renovado caleidoscópicamente a favor de la marcha acelerada del tren.
—No hay tal; es justicia al campo.
—«Substituyendo cantidades iguales, Braulio eres», como en el cuento de Larra.
—No; de ninguna manera; mi entusiasmo por la vida del campo no importa una condenación a la vida en las grandes ciudades.
—Pero prefieres la primera.
—¡Con toda mi alma!
—Luego no te gusta vivir en Buenos Aires.
—Que no me gusta...—replicó Melchor, subrayando las palabras,—tanto como eso... a mí me gusta Buenos Aires como el mar, al que se parece.
—¿Que Buenos Aires se parece al mar?
—¡Ya lo creo! Como el mar es inmenso, como el mar tiene tempestades, borrascas, abismos y movimientos arrolladores y hasta en sus grandes calmas se parece.
—¿Y por eso no te gusta?
—Me gusta como el mar: para bañarme; pero no para quedarme en él; me gusta Buenos Aires para pasar breves temporadas; ¡pero me sofoca la vida entre más de un millón de personas que se agitan, hablan, se mueven, atropellan, contagian, pegan, muerden!
—¡¡Luján!!—gritó en el andén la misma formidable voz de los «booletos».
—¿Tendremos tiempo de bajar?—preguntó Lorenzo.
—Algunos minutos—repuso Melchor;—bajemos.
—¡Cuánta gente baja aquí!—dijo Ricardo al pisar el andén.
—Son peregrinos en su mayor parte, devotos de la Virgen de Luján.
—¡Pero cuántos! Fíjate... ¡Siguen bajando!
—Esto es muy frecuente; vienen no sólo de Buenos Aires, sino hasta del exterior.
—¡Qué cosa bárbara!—exclamó Ricardo, agregando:—¿Y todos éstos creerán?
—Si no creyeran—le contestó Melchor,—no vendrían a traer sus ofrendas y sus preces.
—Eso... no...—replicó Ricardo, como distraídamente.—¿Vamos a ver?
—¿A ver qué?
—A ver qué hacen... cómo se forman... adónde van...
—No hacen nada; no se forman, porque no vienen regimentados, y van, probablemente, a la basílica, cada uno por su cuenta o en grupos.
—¿Van caminando?...
—¿Y cómo quieres que vayan?
—Yo creía que irían hincados—dijo burlonamente Ricardo.
—Quizá no falten quienes vayan así, por alguna promesa o por fanatismo.
—Subamos, ché, que va a ser la hora.
De nuevo en sus asientos, Ricardo reanudó el tema, diciendo:
—Deben ser felices los que creen, ¿eh?
—Si la felicidad está en creer—repuso Melchor,—todos deben ser felices.
—Todos los que creen.
—¿Y tú crees que haya excepciones?
—¡Cómo no ha de haberlas! y de primera fuerza: pregúntaselo a Voltaire.