[Nota de transcripción]

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El Anacronópete; Viaje a China; Metempsicosis



El Anacronópete



ES PROPIEDAD


Enrique Gaspar


EL

ANACRONÓPETE


VIAJE A CHINA — METEMPSICOSIS


ILUSTRACIÓN DE

F. Gómez Soler

BARCELONA

BIBLIOTECA «ARTE Y LETRAS»

Daniel Cortezo y C.ª Calle de Pallars (Salón de S. Juan)

1887


Establecimiento tipográfico-editorial de Daniel Cortezo y C.ª



El Anacronópete

CAPÍTULO PRIMERO

En el que se prueba que ADELANTE no es la divisa del progreso

París, foco de la animación, centro del movimiento, núcleo del bullicio, presentaba aquel día un aspecto insólito. No era el ordenado desfile de nacionales y extranjeros dirigiéndose a la exposición del Campo de Marte ya para satisfacer la profana curiosidad, ya para estudiar técnicamente los progresos de la ciencia y de la industria. Mucho menos reflejaban aquellas fisonomías la alegre satisfacción con que los habitantes de la antigua Lutecia corren anualmente a ver disputar el gran premio en el concurso hípico destrozando palabras inglesas y luciendo trajes y trenes, capaz cada uno de satisfacer el precio del handicap y de saldar todos juntos la deuda flotante de algún Estado.

Verdad es que aunque época de certamen universal, pues desfilaba el año de 1878, no lo era de carreras, pues no iban transcurridos más que diez días del mes de julio. Además no había vaivén; es decir que no acontecía lo que en aquellos casos, que la gente que se divierte se cruza en opuesta dirección con la que trabaja o huelga. Todos seguían el mismo rumbo llevando impresa en la mirada la huella del asombro. Las tiendas estaban cerradas, los trenes de los cuatro puntos cardinales vomitaban viajeros que asaltando ómnibus y fiacres no tenían más que un grito: «¡Al Trocadero!»

Los vaporcitos del Sena, el ferrocarril de cintura, el tram-way americano, cuantos medios de locomoción en fin existen en la Babilonia moderna, multiplicaban su actividad hacia aquel punto atractivo del general deseo. Aunque el calor era sofocante como de canícula, dos ríos humanos se desbordaban por las aceras de las calles, pues, exceptuando los vehículos de propiedad, París con sus catorce mil carruajes de alquiler, no podía transportar arriba de doscientas ochenta mil personas, concediendo a cada uno diez carreras con dos plazas; y como la población se elevaba a dos millones, en virtud del espectáculo del día a que todos querían asistir, resultaba que un millón y setecientos veinte mil individuos tenían que ir a pie.

El Campo de Marte y el Trocadero, teatro de aquella representación única, habían sido invadidos desde el amanecer por la impaciente multitud que, no contando con billete para la conferencia que en el salón de festejos del palacio debía celebrarse a las diez de la mañana, se contentaba con presenciar la segunda parte, mediante el valor de la entrada, en el área de la Exposición. Los que ya no tuvieron acceso a ella, asaltaron los puentes y las avenidas. Los más perezosos o menos afortunados se vieron reducidos a diseminarse por las alturas de Montmartre, los campanarios de las iglesias, las colinas del Bosque y las prominencias de los Parques. Tejados, obeliscos, columnas, arcos conmemorativos, observatorios, pozos artesianos, cúpulas, pararrayos, cuanto ofrecía una elevación había sido adquirido a la puja; y los almacenes quedaron exhaustos de paraguas, sombrillas, sombreros de paja, abanicos y bebidas refrigerantes para combatir al sol.

¿Qué ocurría en París? Hay que ser justos. Ese pueblo que así se admira a sí propio colocando sus medianías sobre pedestales para que el mundo los tome por genios, como se divierte consigo mismo caricaturándose en sus infinitos ratos de ocio, se conmovía esta vez con sobrada razón. La ciencia acababa de dar un paso que iba a cambiar radicalmente la manera de ser de la humanidad. Un nombre, hasta entonces oscuro y español por añadidura, venía a borrar con los fulgores de su brillantez el recuerdo de las primeras eminencias del mundo sabio. Y en efecto. ¿Qué había hecho Fulton? Aplicar a la locomoción marítima los experimentos de Watt o de Papin a fin de que los buques caminasen con mayor rapidez venciendo más fácilmente la resistencia de las olas con su fuerza impulsiva; pero salir en lunes de un puerto para llegar en martes a otro en que antes, a la vela y viento en popa, no hubiera sido posible fondear hasta el sábado, no puede decirse que fuera ganar tiempo sino perder menos a lo sumo. Stephenson, inventando la locomotora, le hacía devorar espacio sobre dos nervios de metal; pero recorrer mayor distancia en menos minutos era siempre ir en busca del mañana por la senda del hoy. Lo mismo digo de Morse: transmitir el pensamiento por un alambre merced a un agente eléctrico, no destruye el que, aunque el fluido sea capaz de dar cuatro veces la vuelta al orbe terráqueo en un segundo, la idea tarde en volver a su punto de partida en cada revolución sobre la línea equinoccial la duocentésimo-cuadragésima parte de un minuto. Es decir que el resultado es fatalmente posterior en la noción del tiempo. Además, el no poderse prescindir de los conductores hace gráfica la definición que del telégrafo eléctrico daba en esta forma un individuo: «Perro muy largo al que se tira de la cola en Madrid y ladra en Moscú.»

Las hipótesis del famoso Julio Verne tenidas por maravillosas, eran verdaderos juguetes de niño ante la magnitud del invento real del modesto zaragozano vecino de la Corte de las Españas. Bajar al centro de la tierra es cuestión de abrir un orificio por donde verificar el descenso; imitar a los habitantes de Ergasteria que muchos siglos antes de la era cristiana, ya penetraron en los abismos del Laurium para desenterrar el plomo argentífero. El trayecto era más corto; pero la carretera la misma. Navegar en los aires por la ingeniosa teoría del soplete, no ofrece otra ventaja que reducir la dirección a la voluntad del aereonauta suprimiendo la maroma con que en la batalla de Fleurus hacía transportar Jourdan los Montgolfier para descubrir la posición del enemigo. Ir al polo esperando el deshielo es obra de pura paciencia; copia servil aunque sabia de esas personas que, para hacer compras en un almacén, aguardan a que la tienda esté en liquidación. Por lo que al Nautilus respecta, mucho antes que Verne ya había hecho una prueba felicísima con el Ictíneo nuestro compatriota Monturiol. Para relatarnos lo que existe en el fondo de los mares basta reunir un congreso de buzos. Y sobre todo (perdón si me repito) que arrancar en lunes del terreno de aluvión para llegar en martes al eoceno, en miércoles al permeano y concluir la semana en el mar de fuego; trasladarse en veinte horas desde Francia al Senegal por la vía aérea; o alcanzar por la submarina el fin de un viaje más tarde o más temprano, pero siempre después, encierra una idea de posterioridad que hace monótona la misión de la ciencia, corriendo invariablemente tras el mañana como si el ayer le fuese conocido.

El mundo es la casa de la humanidad, cuyos habitantes al irse multiplicando, van añadiendo pisos a la fábrica con el fin de estar con más holgura; pero sin cuidarse de estudiar los cimientos del edificio, para cerciorarse de que podrá resistir el peso abrumador que le echan encima. Cuando tan desfigurado vemos media hora después el hecho de que hemos sido testigos treinta minutos antes ¿podemos confiar ciegamente en los relatos que la historia nos hace de los tiempos primitivos sobre los que fundamos nuestra conducta por venir? Si por una serie de deducciones Boucher de Perthes creyó probar la existencia del hombre fósil, ¿no es posible que el fémur que él tomó por humano perteneciera en la escala zoológica a algún congénere de la montura del escudero de don Quijote? El pasado nos es absolutamente desconocido. Las ciencias retrospectivas al estudiarlo, proceden casi por inducción, y mientras no tengamos conciencia del ayer, es inútil que divaguemos sobre el mañana. Antes que ir a la negación por las hipótesis del futuro, aprendamos a creer en Dios tocando de cerca los maravillosos orígenes de su colosal obra de arquitectura.

Tales eran los principios filosóficos del doctor en ciencias exactas, físicas y naturales don Sindulfo García, y su aplicación el espectáculo a que aquel pueblo, ávido de emociones, concurría en masa con la ansiedad y la duda que necesariamente debía despertar en él lo que, a pesar de llamarse París el cerebro del mundo, no cabía en su cabeza.

—Pero, diga usted, señor capitán —preguntaba a uno de húsares de Pavía un caballero que con diecinueve individuos más se dirigía en ómnibus al sitio de la experiencia—. Usted como español debe estar enterado del mecanismo del Anacronópete.

—Dispense usted —respondió el interpelado—: Yo sé batirme contra los enemigos de mi patria; ser comedido con los hombres, galante con las señoras; conozco la disciplina, la táctica y la estrategia; pero en punto a navegar por el aire solo he aprendido a ser manteado en el colegio cuando no tenía la petaca bastante repleta para abastecer a mis condiscípulos.

—Con todo —insistía el preguntón—. A mí se me figura que en calidad de compatriota del sabio inventor del aparato, debe usted poseer nociones más exactas de él que un extranjero.

—Me honro con el título de español y soy además sobrino del señor García; pero no tengo más luces sobre el asunto que cualquier otro.

La noticia del parentesco del capitán con el coloso científico, redobló la curiosidad de los viajeros, que empezaron a querer encontrar en él huellas de su tío, como en las desiertas llanuras de Maratón o entre los viñedos de los campos cataláunicos buscamos las pisadas de Milcíades o el casco del corcel de Atila. Las mujeres preguntaban si don Sindulfo era casado; los hombres si tenía alguna condecoración, y todos si era pariente de Frascuelo.

—Pero, en resumidas cuentas, ¿qué se propone? —decía uno.

—Lo que estamos hartos de hacer los franceses —exclamaba un patriota exaltado—. Viajar por los aires.

—Sí; mas con dirección fija y con una velocidad vertiginosa —argüía prudentemente un guardia nacional reparando que el húsar echaba mano del sable sin más intención que la de colocárselo a su gusto.

—No niego —objetaba un cuarto— que es maravilla y grande surcar a medida del deseo las corrientes atmosféricas; pero esto más tarde o más temprano hubiera acabado por hacerse. Lo que no concibe la inteligencia humana, es que con ese vehículo pueda el hombre retrogradar en el tiempo saliendo hoy de París después de comer en Véfour para llegar ayer al monasterio de Yuste y tomar chocolate con el emperador Carlos V.

—Eso es imposible —gritaron todos.

—Para nosotros los ignorantes —prosiguió el que hacía uso de la palabra—. No así para la ciencia que ha sancionado la invención en el congreso último. De todos modos, pronto saldremos de dudas. El señor García parte hoy en su Anacronópete para el caos, de donde se propone regresar dentro de un mes trayendo las pruebas de su expedición fabulosa.

—Apuesto a que el inventor es un bonapartista que quiere poner de nuevo sobre el trono de Francia al traidor de Sedán —vociferaba el patriota.

—O traernos el Terror con Robespierre —decía apretando los puños un partidario de la causa legitimista.

—Poco a poco —argumentaba un sensato—. Si el Anacronópete conduce a deshacer lo hecho, a mí me parece que debemos felicitarnos porque eso nos permite reparar nuestras faltas.

—Tiene usted razón —clamaba empotrado en un testero del coche un marido cansado de su mujer—. En cuanto se abra la línea al público, tomo yo un billete para la víspera de mi boda.

Celebrando estaban aún todos la ocurrencia, cuando el ómnibus (no sin gran riesgo de aplastar a la apiñada muchedumbre) se paró en la cabeza del puente; y, apeándose, cada cual trató de abrirse paso como pudo para dirigirse a su destino.

Parece ficción lo que acabamos de oír, y sin embargo nada hay más positivo. El doctor don Sindulfo García se aprestaba a hacer el experimento práctico de la resolución del más arduo problema que hasta hoy registran los anales científicos: viajar hacia atrás en el tiempo.

¿Qué análisis había hecho de él? ¿A qué clase de cuerpos pertenecía, lo que hasta hoy era una idea abstracta, que así podía someterse a la descomposición? ¿De qué agentes se valía para ello? ¿Qué colosal sistema era ese con que amenazaba llegar al descubrimiento de la verdad retrogradando, en un siglo que busca sus ideales en el mañana y que acepta el «adelante» como fórmula del progreso?

El capítulo siguiente nos lo dirá.


CAPÍTULO II

Una conferencia al alcance de todos

Componíase el espectáculo de dos partes. En la primera el sabio español se despedía de sus colegas, de las autoridades y del público de París con una conferencia dada en el palacio del Trocadero, en la que, supliendo el tecnicismo con demostraciones vulgares, se proponía hacer comprensible a los menos versados en ciencias, los principios fundamentales de su invención. Formaba la segunda la elevación del monstruoso aparato desde el Campo de Marte hasta la zona atmosférica en que debía realizarse el viaje. Para ser testigo presencial de la última, bastaba haber satisfecho la cuota de entrada en el recinto de la exposición, trepar a las eminencias o diseminarse por las llanuras en espacio abierto; y es lo que, como hemos visto, hicieron las masas desde que empezó a alborear, poniendo a prueba la prudencia y los puños de la gendarmería que al fin logró evitar una irrupción en el palacio de la Industria. Pocos, relativamente, eran los escogidos entre los muchos que alegaban derecho a oír la palabra del doctor. El salón de fiestas, aunque espacioso, no bastaba a contener tanta gente. Ninguno de los espectadores seguía el tratamiento del anti-fat, y sin embargo diríase que todos habían enflaquecido, pues en cada asiento cabía por lo menos persona y media. Las entradas estaban obstruidas y los pasillos cuajados de esa multitud que aguarda paciente la ocasión de avanzar un paso, sabiendo que no ha de llegar nunca a la meta.

Los presidentes de la república, de los cuerpos colegisladores y del gabinete; el cuerpo diplomático, las comisiones de los institutos y academias, de las corporaciones sabias y del ejército alternaban, luciendo sus uniformes sembrados de placas y cintas, con el modesto sacerdote sin más cruz que la del Gólgota destacada sobre el fondo negro o morado de su túnica talar. Algunos fracs, aunque pocos, pues en Francia raro es el que no tiene uniforme, asomaban como con vergüenza su condición civil entre océanos de seda, cascadas de blondas, montes de brillantes y nubes de cabellos, negras unas como de tempestad, rubias otras como estratos heridos por el sol poniente y casi ninguna del color que anuncia la nieve en el invierno de la vida: que mujer y vieja va siendo ya cosa incompatible en la patria de Violet y de Pinaud.

Por fin sonó la hora: una ondulación de curiosidad vibró en el recinto y la puerta, abierta de par en par por dos ujieres, dio paso a la comisión científica, a la derecha de cuyo presidente caminaba el héroe con la modestia propia del talento impresa en el semblante. Todo en él era vulgar. Su nombre más que de sabio parecía de barba de sainete. Su apellido no estaba ligado por ninguna partícula a esas hojas patronímicas que, como Paredes, o Córdoba, prestan frondosidad a los árboles genealógicos e impiden la falta de respeto con que un vástago ilustre de los García, la Malibrán, es nombrada en el mundo del arte cual pudiera serlo la Bernaola en el de los criminales célebres. Llevaba sus cincuenta años, no con el soberbio orgullo del titán aportando la piedra para escalar el cielo, sino con la resignación del mozo de cordel que transporta un baúl. Pequeñito, con sus guedejas lisas y en correcta formación, el traje muy cepilladito y como colgado de su armazón de huesos, tenía una de esas caras que parecen hechas bajo la influencia del nombre del que las ha de ostentar. En suma, era digno de llamarse D. Sindulfo García y merecedor del apodo de Pichichi que su criada le había puesto por sambenito. Tal era la envoltura que la sabiduría eligiera para asombrar al mundo probando una vez más que bajo una mala capa se esconde un buen bebedor.

La comisión tomó asiento debajo del órgano monumental; el presidente agitó una campanilla de plata, la sesión quedó abierta, y el inventor del Anacronópete pasó a ocupar la tribuna a través de una tempestad de aplausos que apagó, no su voz harto débil e insonora, sino el movimiento de sus labios que hizo comprender a la multitud que había pronunciado el sacramental «señores» comienzo de todo discurso.

Restablecido el silencio, el héroe se expresó de esta manera:

—Seré breve porque cuantas más horas consuma más alargo la distancia que me separa del ayer a donde me dirijo. Seré vulgar, porque, sancionadas mis teorías por el mundo sabio, solo me resta hacerme comprender de todos. Ello no obstante contestaré a cuantas objeciones se me hagan. Mi propósito nadie lo ignora, es retroceder en el tiempo, no para detener el continuo movimiento de avance de la vida, sino para deshacer su obra y acercarnos más a Dios encaminándonos a los orígenes del planeta que habitamos. Pero para explicar cómo se deshace el tiempo, es preciso que antes sepamos de qué se compone este. Procedamos con orden. Dios hizo el cielo y la tierra: aquel oscuro; esta en la forma caótica. Después dijo:—«Sea hecha la luz»—y la luz quedó hecha. Tenemos pues al Sol flotando en la bóveda celeste y al orbe suspendido en el espacio por la atracción solar. Cualquiera sabe, desde que Galileo demostró el principio de la rotación de la esfera, que el mundo se mueve; pero lo que no ha dicho la ciencia todavía, es por qué la tierra al girar verifica su movimiento de occidente a oriente en vez de hacerlo a la inversa; y esto es lo que yo voy a exponer como base de mi sistema anacronopético.

El auditorio dejó escapar un murmullo de satisfacción, y el sabio continuó de este modo su conferencia:

—La Tierra en un principio estaba sumida en el caos; era una inmensa bola de fuego que, como todo cuerpo incandescente, exhalaba esos vapores que conocemos con el nombre de irradiación. Fija en su eje, pues como obra acabada de crear no había empezado aún las revoluciones que el Hacedor le impuso, su calor era infinitamente más intenso por Oriente en virtud de la influencia del sol que constantemente la estaba bañando por aquella parte. Los que hayan visto fundirse en una marmita sustancias bituminosas habrán observado la enorme cantidad de vapor que se desprende de ellas. Figúrese por lo tanto el que despediría la fusión de un esferoide cuyo volumen es de mil setenta y nueve millones de miriámetros cúbicos. El más lego concibe que semejantes evaporaciones no podían tener lugar sin que cada desprendimiento fuese acompañado de un estampido y de una convulsión. Ahora bien, si al dispararse un cañonazo, la repercusión hace que el cañón retroceda, cada descarga de la irradiación debía llevar consigo dislocaciones en la esfera terráquea. Y como las descargas se repetían con más frecuencia e intensidad por la parte Oriente del planeta en razón del mayor calórico que el sol le suministraba, los repetidos retrocesos originados hacia aquel lado por las constantes sacudidas dieron por resultado la rotación del esferoide sobre su eje, en la dirección de Poniente a Levante, sabiamente prevista por la Providencia para la periódica sucesión de los días y las noches, y tan duradera como a su omnipotente arbitrio plazca que sea el fuego central que le sirve de motor.

Un prolongado hurra acogió esta teoría tan nueva como atrevida e inesperada. El doctor sin humedecerse la boca—lo que no dejó de llamar la atención de los oyentes, acostumbrados a ver a sus oradores hacer siempre uso del agua en la peroración,—reanudó así el hilo de la suya.

—Todo fenómeno obedece a una causa; y sin embargo han transcurrido dos siglos y medio desde que el inventor del termómetro y del compás de proporción, el sabio de Pisa que por el isócrono movimiento del péndulo enseñó a medir las pulsaciones de la arteria y a contar los segundos, Galileo en fin, nos dijo que la Tierra se movía, hasta hoy que nos ha sido revelada la razón de un hecho tan sencillo. Pero ¿basta esto? De ningún modo. Si todo fenómeno obedece a una causa, preciso es también que tenga un fin, que produzca un resultado, que llene un objeto. «La Tierra se mueve» grita un hombre; y en seguida la ciencia pregunta: «¿Por qué se mueve?» «Por el desprendimiento de calórico» responde la observación; pero acto continuo la filosofía da el alto, cruza el arma y exclama a su vez: «¿Y para qué se mueve?» Vamos a contestar a la filosofía. La Tierra se mueve para hacer tiempo. Nuestro planeta que, como hemos visto, no era más que una masa incandescente, llegó a solidificar su corteza, vio surgir de su superficie montañas colosales, llenó de mares sus senos, vistió su aridez con una flora sorprendente y poblóse de una fauna riquísima. ¿Cómo se operó este milagro? Muy sencillamente; por la acción del tiempo: por una sucesión de días o de épocas cuyo trabajo presidía la sabiduría y la voluntad del Hacedor Supremo, el cual permite que la revolución continúe para perfectibilidad del hombre y admiración de su omnipotencia. Las transformaciones del globo son pues la obra del tiempo. Pero ¿quién es este artífice? ¿Dónde están sus materiales? ¿Cuál es su laboratorio? El artífice es la irradiación; sus materiales están en la zona gaseosa; su laboratorio es el espacio: EL TIEMPO ES LA ATMÓSFERA. Todas las maravillas que la naturaleza, la ciencia, el arte y la industria presentan hoy a nuestra admiración y que creyéndolas la expresión genuina del progreso nos llenan de orgullo, proceden íntegras de esa región en que el hombre no ha sabido encontrar hasta ahora más que aire, lluvia, relámpagos, rayos, truenos y media docena más de accidentes meteorológicos. Refrenad vuestra impaciencia: voy a probar lo expuesto con una demostración práctica. A mí me gusta que la convicción llegue al ánimo por el sentido de la vista.

Una oleada que amenazaba ser una explosión se produjo en el auditorio. El presidente agitó su campanilla, y el disertante, que se había vuelto de espaldas un momento, volvió a reaparecer de frente teniendo en la mano un sombrero de copa cuyo cilindro envolvía una de esas enormes gasas con que el hombre va diciendo que está de luto a los que no se lo preguntan, por lo poco que les importa.

La gasa, dispuesta previamente para el caso, daba cinco o seis vueltas al sombrero y no estaba adherida a este más que por su cabo interior. Don Sindulfo empezó a desenvolverla entre las carcajadas de la muchedumbre, que en aquella, como en todas las circunstancias de la vida, aprovechó la que se le presentaba de abandonarse a su condición frívola y bullanguera.

El sabio, como si nada oyese, continuó su tarea; dejó flotar el crespón cosido por un borde a la copa y, exhibiendo la sedosa felpa del sombrero, dijo, señalando el cilindro libre de toda envoltura:

—He aquí la Tierra en su estado incandescente tal y como a Dios le plugo arrojarla en el espacio infinito. Como veis, está fija, inmóvil; pero de pronto, la irradiación representada por esta gasa produce un desprendimiento; este por la repercusión origina una dislocación en el globo y la esfera principia a girar sobre su eje dando lugar al tiempo que no es otra cosa que el movimiento incesante.

Y así diciendo, mientras con la mano derecha tendía la gasa simulando una columna de humo que se elevase, con la izquierda imprimía una imperceptible rotación al sombrero.

—Mirad el tiempo —proseguía señalando el crespón—. ¿Queréis saber cómo por una sucesión no interrumpida de segundos se convierte en minerales, en plantas y en seres orgánicos? ¿Cómo del alga llega al jardín de aclimatación, del caolín al aderezo de diamantes, de la caverna a la arquitectura, del trilobito con sus tres lóbulos, a la frente del hombre y al cálculo infinitesimal? Seguidle conmigo a su laboratorio atmosférico.

La estupefacción estaba pintada en todos los semblantes. El doctor dejó escapar una sonrisa de triunfo, heraldo de su convicción, y remondándose el pecho continuó así:


CAPÍTULO III

Teoría del tiempo: cómo se forma: cómo se descompone

Cualquiera que haya visto hervir en un hornillo una cazuela de sopas, habrá tenido que fijarse necesariamente en el fenómeno de transformación que se verifica en el vaho al escaparse por la campana de la chimenea. Lo primero que hace es enfriarse y convertirse en gotas de agua que paralizan la ebullición si caen en el fondo del recipiente; o bien se trueca en hollín si la condensación tiene lugar a tal distancia del fuego que le permite solidificarse. Es decir que si la cazuela continuara hirviendo durante una serie no interrumpida de años, concluiría por formarse en la superficie de las sopas una película o corteza producto de los desprendimientos de los vapores, ni más ni menos que la que se forma en el fogón y que acabaría por petrificarse a fuerza de tiempo. Pues apliquemos este principio a nuestro caso.

El sombrero es la tierra; la gasa el vaho. Este sube y se condensa; pero aquella gira y lo envuelve del mismo modo que la faja se lía en la cintura del chulo o el turbante en la cabeza del musulmán. Y aquí tienen ustedes cómo por esta rotación la primera capa del crespón oculta ya la seda del sombrero como la primera película sólida del globo ocultó la masa ígnea del planeta. La gasa aparece llena de pliegues y hendiduras. ¿Qué representan? Los montes y las llanuras obra del tiempo. ¿En dónde se ha producido este tiempo? En la atmósfera. ¿Es decir que el Himalaya y la montaña del Príncipe Pío; el valle de Josafat y el de Andorra nos han caído de las nubes? Indudablemente. ¿Cómo? Así: los espantosos huracanes que entonces reinaban, barrían hacia un punto dado las sustancias en fusión de la superficie de la Tierra que, aglomeradas y acumuladas, formaban puntos prominentes, del mismo modo que cuando soplamos en un plato de sémola, la sopa se llena de montoncitos. Por otra parte las continuas descargas eléctricas abrían zanjas en la corteza del esferoide o la deprimían produciendo cauces por los que corría la masa incandescente que son los filones de hoy. Vinieron por último las lluvias torrenciales que, enfriándolo y solidificándolo todo, dieron lugar a la formación del terreno primitivo o sea de la primera capa consistente (contando de abajo arriba) de esta corteza de ochenta kilómetros que nos sirve de pedestal.

«Poco a poco, me objetará alguno: Yo no veo en esas revoluciones atmosféricas sino agentes modificadores de las propiedades del globo; pero nunca la idea del tiempo. Obra de este es indudablemente el mundo; sin embargo, la razón no admite que los minerales, los vegetales y los animales que en sí encierra, sean producto del rayo, del huracán o de la lluvia.»

¿Qué es el tiempo? preguntaré yo contestando. El tiempo es el movimiento; en la inacción no hay ni antes ni después. ¿Quién ha impreso el suyo en la Tierra? La irradiación, el desprendimiento de calórico, el vaho en fin por las repercusiones de sus descargas. ¿De qué agentes se componía este vaho? De todos los que hoy constituyen nuestro planeta; y la prueba es que si la Tierra no se hubiese movido, los gases, perdiéndose en el espacio, nos hubieran dejado sin globo llevándose con la evaporación todas sus substancias. Luego la atmósfera, recibiendo incesantemente las respiraciones del planeta, y devolviéndoselas transformadas, es el laboratorio donde se operan las metamorfosis cósmicas, donde el movimiento se realiza y donde por consiguiente el tiempo se produce. ¡Cómo! ¿Vosotros no veis en la lluvia más que la gota de agua, la chispa en el rayo, la ráfaga en el huracán? Levantad el espíritu y adorad al Creador que os envía en esos fluidos el mañana incesante, como hace cerca de siete mil años os mandó el hoy en que vivís y sus maravillas que admiráis. Las nubes arrojaron la columna de Santa Sofía en Constantinopla y el obelisco de Sixto V en la ciudad Eterna trayéndonos en sus gotas el pórfido rojo de Egipto con sus cristalizaciones blancas. De su laboratorio bajaron las agujas de Luxor y la columna de Pompeyo. El bermellón con que el hijo de David y Betsabé mandó pintar el templo de Jehová, ¿quién lo produjo sino el cinabrio llovido sobre Almadén en la Mancha? La cal y el carbono desprendidos de las entrañas del nimbo, os regalaron las casas que habitáis procurándoos las calcáreas y las calizas, de que extraéis el mortero y con que talláis la ménsula. En el mismo chaparrón en que venía envuelta la marga para ladrillos, llegaba el caolín que con el feldespato se vitrificaba para procuraros tazas en que tomar los alimentos y porcelanas con que adornar vuestros salones. ¿Dónde estarían los ferrocarriles que atraviesan el Mont-Cénis y el San Gotardo y los vapores que, como el Vega, se abren ya camino por el estrecho de Behring, sin la acción atmosférica que descomponiendo la vegetación del período carbonífero elaboró la hulla? ¿Negaréis que en cada gota existía el germen de una locomotora o de una goleta y en cada temporal el de un tren o de una escuadra? Pero no llovían solo medios de locomoción; del llanto de la zona gaseosa se desprendían chimeneas, alumbrados públicos y caricias femeniles: porque extraído el hidrógeno de la hulla, aquel levantaba fábricas de gas, mientras sus residuos metamorfoseados en coque congregaban a la familia al amor de la lumbre o servían para firmar las paces entre marido y mujer cuando, carbono cristalizado, se presentaban en la forma de diamante. La brújula y el telégrafo eléctrico tuvieron por inspirador al rayo. ¿Qué sería de la humanidad sin el mercurio que así le señala las variaciones de la temperatura como le sirve para la extracción del oro y de la plata? Pero aún hay más. En los elementos constitutivos de los fenómenos atmosféricos, Dios permite que vengan a la tierra en embrión las conchas, las tortugas, las aves, los reptiles y los mamíferos de la época secundaria; y que, purificado el aire por la absorción que del ácido carbónico ha hecho la vegetación carbonífera, sople ya tan respirable en el período terciario para la familia orgánica, que el infusorio, caído en la tierra con la gota de lluvia, se desarrolle, se cruce y se agigante convirtiéndose en mastodonte, hipopótamo, rinoceronte, caballo, toro, búfalo, ciervo, dromedario, tigre y león. Por fin, el terreno cuaternario nos presenta el mamut, el auroch, el urus, el gamo, el ciervo y el megaterio; hasta que la Providencia para coronar su obra, toma una porción de aquella arcilla elaborada al efecto durante seis días o épocas, y, modelando con ella una figura, le comunica su Divino soplo, la llama hombre y le proclama por su inteligencia rey de la creación. Señores, las envolturas concéntricas de la gasa simbolizan las épocas geológicas de la naturaleza. Estas épocas deben considerarse como las matemáticas del mundo. ¿No son producto de evoluciones atmosféricas? Sí. ¿No contamos por ellas la edad del globo? Sí. Pues si cada película es una serie de siglos, cada gota, cada chispa, cada ráfaga debe ser una porción de segundo; luego las horas se ciernen en el espacio: afirmemos pues que el tiempo es la atmósfera.

El entusiasmo, reprimido en el auditorio por efecto de la admiración, estalló en la primera pausa propicia, y una tempestad de aplausos y aclamaciones retumbó en el recinto haciéndose extensiva hasta los corredores donde la gente aplaudía por espíritu de imitación. Uno de los concurrentes, levantándose del asiento con gran extrañeza del público que creía que abandonaba el local, se encaró con el sabio y le dijo:

—¿Se me permite exponer una duda?

—Todas cuantas se originen —respondió don Sindulfo.

—Si el orador considera al tiempo como una faja densa, ¿no es de presumir que dada la depresión de todo cuerpo esférico por sus polos, los de la tierra queden sin envoltura como la imperial del sombrero y el aro o círculo de la cabeza han quedado sin gasa en la demostración?

—Es indudable; y eso no hace sino confirmar mi tesis. Probado que la atmósfera es el tiempo y que el tiempo lo forman los acontecimientos, si nadie ha ido todavía a los polos, en los polos no ha sucedido nada; y no haciendo falta el crespón o envoltura allí donde no hay vitalidad, esta economía de atmósfera ha sido la sisa del sastre naturaleza.

Una sonora carcajada acogió la humorística refutación del sabio, quien sin inmutarse prosiguió el curso de su conferencia.

—Nada más simple, señores, que descomponer un cuerpo cuando los elementos que lo componen nos son conocidos. Si yo sé que este signo de luto de mi sombrero lo forman capas concéntricas de gasa liadas alrededor del cilindro, con irlas desenvolviendo en sentido contrario al que ellas emplean en su revolución envolvente, es indudable que llegaré a dejar a descubierto la copa; lo cual aplicado al cosmos significa que a fuerza de desliar zonas geológicas se ha de tropezar con el caos. Ahora bien: ¿Cómo tiene lugar esta descomposición? Para explicarlo satisfactoriamente es preciso que me ocupe un poco de mi aparato. El Anacronópete, que es una especie de arca de Noé, debe su nombre a tres voces griegas: Aná que significa hacia atrás, cronos el tiempo y petes el que vuela, justificando de este modo su misión de volar hacia atrás en el tiempo; porque en efecto, merced a él puede uno desayunarse a las siete en París, en el siglo XIX; almorzar a las doce en Rusia con Pedro el Grande; comer a las cinco en Madrid con Miguel de Cervantes Saavedra —si tiene con qué aquel día— y, haciendo noche en el camino, desembarcar con Colón al amanecer en las playas de la virgen América. Su motor es la electricidad, fluido a que la ciencia no había podido hacer viajar aún sin conductores por más que estuviese cerca de conseguirlo, y que yo he logrado someter dominando su velocidad. Es decir que lo mismo puedo dar en un segundo, como locomoción media, dos vueltas al mundo con mi aparato, que hacerlo andar a paso de carreta, subirlo, bajarlo o pararlo en seco. Dado el agente impulsor, todo lo demás son procedimientos mecánicos cuya relación ningún interés despertaría, especialmente en un público que sabe de memoria las obras de Julio Verne; obras de entretenimiento que si bien no he de comparar con el solemne carácter científico de mis teorías, encierran no obstante hipótesis basadas en estudios físicos y naturales que me eximen de explicaciones enojosas sobre el regulador, los compensadores, termómetros, barómetros, cronómetros, anteojos de gran potencia, recipientes de potasa, aparato Reiset y Regnaut para producir el oxígeno respirable y tantos otros detalles rudimentarios. Elévome, pues, al centro de la atmósfera, que es el cuerpo que se trata de descomponer y al que seguiré llamando tiempo. Como el tiempo para envolverse en la tierra camina en dirección contraria a la rotación del planeta, el Anacronópete para desenvolverlo tiene que andar en sentido inverso al suyo e igual al del esferoide o sea de occidente a oriente. El globo emplea veinticuatro horas en cada revolución sobre su eje; mi aparato navega con una velocidad ciento setenta y cinco mil doscientas veces mayor; de lo cual resulta que en el tiempo que la Tierra tarda en producir un día en el porvenir, yo puedo desandar cuatrocientos ochenta años en el pasado.

Ahora bien; lo primero que salta a la vista es que, cualquiera que sea la velocidad de la locomoción y la altura a que esta se verifique, el Anacronópete no ha de hacer más que describir una órbita alrededor de la tierra como la que alrededor de los planetas describen los satélites; y así sucedería en efecto si la atmósfera permaneciera inalterable; pero como la descompongo, en cada vuelta deshago su obra de un día y allí donde me paro allí está el ayer. Veamos cómo se verifica este fenómeno.

Dícese vulgarmente que para conservar las sardinas de Nantes y los pimientos de Calahorra hay que extraer el aire de las latas. Error. Lo que se extrae es la atmósfera y por consiguiente el tiempo; porque el aire no es más que un compuesto de nitrógeno y oxígeno, mientras que la atmósfera, además de constar de ochenta partes del primero y veinte del segundo, lleva en sí una porción de vapor de agua y una pequeña dosis de ácido carbónico, elementos todos que no se separan nunca al llenar un vacío. Pero apartémonos de la ciencia y vengamos al razonamiento vulgar.

Figurémonos que el mundo es una lata de pimientos morrones de la que no hemos extraído la atmósfera. ¿Qué sucede una vez tapada sin esta precaución? Que el tiempo empieza a ejercer su influencia y a verificar su obra. En primer lugar se adhieren a las paredes del bote unas moléculas que, aglomeradas y solidificadas concluirían a fuerza de años por petrificarse y en cuyas substancias encontraríamos los gérmenes minerales de las rocas primitivas. Después observamos que el jugo se cubre de una especie de verdín que no es otra cosa que la vegetación rudimentaria. Y por último los infusorios del vapor de agua vivificados, reproducidos y desarrollados agusanan la conserva enriqueciéndola con las múltiples variantes del reino animal. ¿Puede aún dudarse que la atmósfera es el tiempo?

Pues volvamos la oración por pasiva. Supongamos que hemos extraído el aire y que abrimos la lata cien años después de haberla tapado. ¿Qué vemos? Los pimientos en perfecto estado de conservación sin que el tiempo haya pasado por ellos; luego si la acción atmosférica debió destruirlos o metamorfosearlos y la falta de esta acción los ha mantenido en su completa integridad, es indudable que lo que nos comemos cien años después, es la vida vegetal de una centuria antes y que por consiguiente retrogradamos un siglo. Más claro. No hemos extraído el aire de la lata y la abrimos en el momento en que la descomposición empieza; si tomamos una cuchara y con ella empezamos a quitar las capas de moho que envuelven los pimientos, su rojizo color, aún no alterado, concluirá por descubrirse a través de las injurias de la atmósfera. Pues esta es la teoría del tiempo. Muy joven el mundo todavía para que el fuego central haya desaparecido, se halla no obstante cubierto de esas películas de moho que el Anacronópete va a desenvolver con el auxilio de cuatro grandes cucharas o aparatos neumáticos fijos en sus extremos angulares; con los que, no solo descompongo las miserables veinte leguas de gases que circundan el esferoide en capas concéntricas, sino que al desalojarlas logro navegar en el vacío impidiendo que mi vehículo se inflame con la frotación atmosférica. Porque, volviendo a los símiles: la atmósfera no es más que una aglomeración de átomos imperceptibles, del mismo modo que una playa no es otra cosa que la reunión de millones de granos de arena. O si la queremos más perceptible, la atmósfera es una vastísima plaza pública llena de gente en un día de revolución. Si un hombre temerario e inerme se empeñara en llevar corriendo un parte de un extremo a otro contra la oposición de la atmósfera popular, sucedería que empellón de aquí, tirón de allá, resistencia de todas partes, perecería sin remedio entre las ondas de aquel revuelto piélago, como el Anacronópete acabaría por desaparecer abrasado en su carrera en razón de la frotación y el movimiento.

Pero ¿qué hace un gobernador prudente representado en esta circunstancia por la ciencia? Le da un caballo al encargado de llevar el parte (la electricidad aplicada al Anacronópete), le rodea de un piquete de caballería (los cuatro aparatos neumáticos), y les ordena que, lanza en ristre, desemboquen por una de las calles adyacentes. El fenómeno que se opera es de todos conocido. Los átomos se dispersan delante de los lanceros; las moléculas que quedan atrás tratan de llenar el hueco originado por el desalojamiento o sea la dispersión; pero, como la caballería camina con más velocidad que los amotinados de la retaguardia y los de delante huyen fuera del alcance de las picas, los grupos desaparecen, y el parte, libre de toda fuerza de resistencia llega a feliz término sin obstáculo alguno galopando por el vacío que le van abriendo las lanzas del escuadrón.

El auditorio delirante iba a prorrumpir en una entusiasta exclamación; pero se detuvo al ver que el interruptor volvía a ponerse de pie, y encarándose con el disertante exclamaba:

—No sin temor voy a exponer una duda.

—Escucho —dijo el sabio.

—Si por ese procedimiento, que no admite refutación, camina uno hacia atrás en el tiempo: ¿no sucederá que a medida que el anacronóbata pierda años, se vaya volviendo más joven?

—Indudablemente.

Aquí la sensación del bello sexo se tradujo en un grito de alegría.

—¿De modo que el viajero acabará por no existir a fuerza de irse achicando?

—Eso es lo que acontecería si la ciencia no lo hubiera previsto todo.

—¿Y cómo neutraliza su señoría esos efectos?

—Muy sencillamente: haciéndome inalterable merced a unas corrientes de un fluido de mi invención. ¿No camino yo hacia el pasado? Pues así como pueden guardarse sardinas frescas para el porvenir, me garantizo del ayer que constituye mi mañana. Es el procedimiento de las conservas alimenticias aplicado a la vida animal con el efecto invertido. Y esto sentado, permítaseme poner punto final a mi conferencia, pues avanzan las horas y me urge tener esta noche una entrevista con Felipe II para enterarme de si el pastelero de Madrigal fue o no positivamente el rey portugués cuya desaparición dejará de ser en breve uno de los misterios de la historia.

Un diluvio de hurras se desencadenó en la sala. Los hombres lanzaban al aire sus tricornios y sus sombreros; las señoras cubrían de flores la tribuna del orador, y el órgano, ejecutando una marcha compuesta para aquella solemnidad, lograba a duras penas dejarse oír entre las frenéticas vociferaciones del desbordamiento público.

Por fin, nuestro ilustre compatriota, rodeado del congreso científico y seguido de la multitud consiguió llegar a la puerta; y, dando allí un viva al atrás como nuevo grito de la civilización, atravesó la balaustrada, descendió la colina del Trocadero y se encaminó al Anacronópete que majestuoso descansaba su inmensa mole en la explanada del palacio del campo de Marte.


CAPÍTULO IV

En el que se tratan asuntos de familia

Los grandes efectos no son siempre el resultado de grandes causas. Ahí tenemos si no las guerras del Peloponeso a las que la historia atribuye una razón eminentemente política y que sin embargo debieron su origen al rapto que de tres doncellas educandas de Aspasia hicieron unos habitantes de Megara, jóvenes de buen humor, sin contar que la cosa no había de ser del agrado de Pericles —de quien dicen malas lenguas si tenía o no tenía que ver con la profesora—. Y paréceme a mí que sí que le gustaba al hombre porque, cuando acusada de impiedad él se encargó de su defensa, no supo hacer más que cubrirse el rostro con el manto y llorar como un chiquillo en el Pnix; lo que por cierto le valió la absolución a la buena discípula de Anaxágoras.

Pues bien, erudición a un lado, tampoco el invento de don Sindulfo era debido, como lo parecía, a su amor por la ciencia; sino a un interés doméstico, mejor diré, a una mira puramente personal.

Cuatro palabras sobre su vida.

Muy joven aún nuestro héroe se encontró solo en el mundo, doctor en ciencias y dueño de una inmensa fortuna cuyos rendimientos invertía, anualmente y casi íntegros, en aparatos de las mejores fábricas extranjeras con que enriquecer su gabinete de física y mineralogía. Tan pródigo para sus estudios como avaro para todo lo demás, llegó a los cuarenta años sin conocer ni los rudimentos del amor. Todas sus afecciones se concretaban en su amistad por Benjamín, otro sabiote dos lustros menor que él, pero casi tan ajeno como don Sindulfo a todas las cosas de la tierra; verdad es que el tiempo le faltaba para cuanto no fuese aprender sánscrito, hebreo, chino y un par de docenas más de lenguas difíciles, para las que tenía una aptitud sin igual. Aunque no habitaban la misma casa, puede decirse que vivían juntos, pues Benjamín no abandonaba la de García en la que diariamente podía contar con su plato de cocido a las dos y su guisado a las ocho, en virtud de lo cual Benjamín, que era pobre, resolvía el problema de ahorrar sin tener, y don Sindulfo encontraba un estómago agradecido que soportase sus impertinencias.

Los periódicos de Zaragoza, como todos los de la Península, amanecieron una mañana anunciando la venta del museo de un célebre arqueólogo de Madrid fallecido pocas semanas antes; y como Benjamín, a quien no se le cocía el pan en el cuerpo cuando de cosas antiguas se trataba, manifestase deseos de adquirir algunas baratijas, su amigo le procuró la ocasión decidiendo trasladarse ambos a la corte de las Españas, y poniendo a disposición del anticuario su bolsillo y sus conocimientos.

Dicho y hecho: llegaron a Madrid, tomaron un cuarto común en las Peninsulares y el día de la venta se trasladaron al gabinete del coleccionador. Benjamín lo hubiera comprado todo a haber tenido dinero; pero se contuvo ante su pobreza y aun fue preciso que don Sindulfo le aguijoneara para hacerse con algunos ejemplares. La verdad es que se necesitaba ser un santo para no quitárselo de la boca, por ser dueño de aquel cúmulo de maravillas. Allí en un estuche de cuero y en estado fósil se encontraba el ojo que Aníbal perdió en el sitio de Sagunto: a su lado se erguía la punta del cuerno del buey Apis: un poco más allá reposaba una carabina llena de moho que, por haberse encontrado cargada con cañamones, se suponía que fuese la de Ambrosio que hasta entonces se había tenido por legendaria. Pero como los precios no estaban al alcance de todas las fortunas, Benjamín tuvo que reducir sus aspiraciones y concretarse a la adquisición de una medalla relativamente importante. El tiempo había corroído parte de la inscripción; pero lo que de ella podía aún leerse que era esto:

SERV C POMP PR

JO HONOR

no dejaba duda acerca del origen que el catálogo le atribuía suponiéndola tributo conmemorativo de Servio Cayo, prefecto de Pompeya, en honor de Júpiter.

Ya iban a abandonar el museo cuando llamó la atención del absorto aficionado el ínfimo precio en que estaba tasada una momia de carácter particular. Y en efecto, ni el sarcófago tenía la forma egipcia, ni el procedimiento por que aquel cadáver había sido embalsamado era el que, según Herodoto, se practicaba en Tebas y Memfis abriendo el pecho con una aguzada piedra de Etiopía para sacar el ventrículo y rellenar el vientre con mirra, casia y vino de palmera. Tampoco se había obtenido la momificación con la resina llamada Katran por los árabes, extraída a fuego vivo de un arbusto muy abundante en las orillas del mar Rojo, la Siria y la Arabia feliz, como lo consigna el coronel Bagnole. Su acartonamiento parecía obra natural; pues, sobre no tener huella de incisión alguna, ni estaba envuelta en las tradicionales bandas, ni, falta de depresiones, podía decirse que hubiera sido fajada nunca. El catálogo decía modestamente: «Momia de origen desconocido;» y esta ausencia de abolengo o de historia es lo que la hacía despreciable para los que de ordinario solo se pagan de genealogías apócrifas las más veces.

Benjamín, con su espíritu observador, puso sus cinco sentidos en el estudio de los menores detalles; y fijándose en una ajorca o argolla de metal adaptada en el tobillo derecho y sobre la que campeaba una inscripción china —que el vulgo había tomado por un adorno—, no pudo reprimir un grito de sorpresa.

—¿Qué es eso? —le preguntó don Sindulfo.

—Acabo de hacer un descubrimiento prodigioso.

—¿Cuál?

—Oiga usted lo que dice esta inscripción: «Yo soy la esposa del emperador Hien-ti, enterrada viva por haber pretendido poseer el secreto de ser inmortal.»

—¡Hien-ti! —exclamó don Sindulfo partícipe ya del entusiasmo de su amigo—. ¿El último vástago de la dinastía de los Han?

Destronado en el siglo tercero de la era cristiana por Tsao-pi, fundador de la dinastía de los Ouei.

—Es decir...

Don Sindulfo

—Es decir que ese pueblo, cuna de la civilización del resto del mundo, poseía, si no el secreto de la inmortalidad, por lo menos el de la longevidad fabulosa de los tiempos patriarcales.

Don Sindulfo, sin esperar nuevas explicaciones, sacó su cartera y extendió una orden de pago contra su banquero, encargando el transporte a las Peninsulares de los objetos adquiridos, entre los que figuraba otro hallazgo hecho a última hora y consistente en un hueso petrificado, que tuvieron que pagar a peso de oro, pues se trataba nada menos, según el inventario, de una canilla de hombre fósil descubierta en las inmediaciones de Chartres, en unos terrenos de la época terciaria.

Los dos inseparables no pensaban más que en los preparativos de regreso a Zaragoza para entregarse de lleno a sus investigaciones científicas. Pero un garbanzo interpuesto en su camino cambió de fase la majestuosa monotonía de su existencia. Al ir por la tarde a liquidar y despedirse del banquero, fornido zamorano viudo y enriquecido durante la primera guerra civil con la empresa de suministros para el ejército leal, hubo aquello de:

—¿Y qué tal los tratan a ustedes en la fonda?

—Mal; comida francesa con la que nunca sabe uno lo que se mete en el estómago. Nos vamos de Madrid sin probar un cocido a la usanza de Castilla.

Y lo de:

—Pues hoy satisfarán ustedes su capricho; porque precisamente acabo de recibir unos garbanzos de Fuentesaúco que ni de manteca serían más tiernos.

—Que eso sería mucha incomodidad.

—Que no.

—Que sí.

—Que toma.

—Que daca.

El resultado es que se quedaron a comer con el banquero, el cual banquero tenía una hija; la cual hija era muda; pero, aunque no le faltaba más que la palabra para hablar, a ella no se le quedaba nada por decir, que con pies y manos todo lo daba a entender. Yo no sé cuál de estos aparatos locutorios es el que ella puso más en juego durante la comida; lo cierto es que a los postres, don Sindulfo que ocupaba su derecha, estaba a pesar de sus cuarenta años enamorado ya de la chica como un cadete. Por supuesto que todo se lo merecía la hija de su padre, pues no había línea en su cuerpo que no alcanzase el máximo de curva, ni facción que no incitase a cualquiera a ser Espartero no solo para perseguirlas como en Bilbao sino para abrazarlas como en Vergara.

El viaje se suspendió; las visitas se repitieron; la necesidad de no tener los aparatos físicos encomendados a manos mercenarias para su conservación sirvió a don Sindulfo de tema con Benjamín sobre la conveniencia del matrimonio: el asentimiento de este alentó al sabio, la demanda fue hecha en debida forma; y el banquero, que siempre tenía garbanzos del Saúco que probar cada vez que se le ponía a tiro un hombre en estado de merecer, dijo que sí con la alegría del enfermo a quien se le resuelve un tumor. La muchacha no hay que consignar si recibió bien la noticia, pues sabido es que tratándose de matrimonio hasta las mudas se alegran.

Estipulóse la dote que fue pingüe, dispusiéronse los regalos de boda, y como entre las condiciones figuraba la de residir en Madrid, los sabios se volvieron a Zaragoza para empaquetar convenientemente el laboratorio. Un mes después, marido, mujer y amigo, se instalaban en la calle de los Tres Peces de la coronada villa.

Mamerta, que así se llamaba la señora de García, salió de un natural excelente; porque el que gustase más de estar con Benjamín que con su marido, nada tenía de particular, si se considera que aquel en su calidad de políglota la enseñaba a hablar por señas en varias lenguas diferentes, mientras que don Sindulfo aun en la suya propia no conseguía hacerse entender; y las mujeres se pirran por que les den conversación. También se le iban los ojos detrás de los uniformes; pero don Sindulfo, comprendiendo que este es achaque de muchachas, se ponía de cuando en cuando el de nacional de caballería que usó en el bienio, y la dejaba tan contenta. El único defecto que tenía era el de no podérsela contrariar. Al instante le daba un ataque de nervios que se traducía en una serie de cachetes descargados sobre el occipucio de su marido, en gracia de cuya conservación el hombre tuvo por prudente dejarle hacer su voluntad en adelante para no excitar, decía, su sistema nervioso. Otra particularidad suya digna de notarse es que en cuanto veía una aguja enhebrada, se desmayaba; lo que, a pesar de sus buenos propósitos, la impedía ocuparse de los quehaceres domésticos. Pasábase pues el día poniéndose moños en el tocador, haciendo señas con Benjamín o tañendo a la guitarra una cosa que nadie le había enseñado ni nadie podía entender; pero que ella reproducía siempre invariablemente con el mismo ritmo, idénticas modulaciones y análogos efectos: romper el tímpano de los que la oían.

Y así se deslizaron seis meses llenos de paz y de ventura para aquella trinidad; tras de los cuales vino el verano y con este los baños de mar, que el banquero tomaba en Biarritz para enflaquecer, sin lograrlo nunca, acompañado de su hija a quien se los propinaban para adquirir carnes, sin conseguirlo tampoco. Visto pues que Mamerta, a pesar del matrimonio, no engordaba, se decidió que aquel año iría con su padre, como de costumbre, a ponerse en remojo en la playa favorita de la emperatriz. Llegaron y se zambulleron; pero, con tan mala suerte, que el banquero mientras hacía una habilidad tuvo un vahido y se ahogó. Su hija pidió auxilio por señas; el bote de salvamento acudió como un rehilete; la muchacha no anduvo bastante lista en evitarlo y, dándole en la nuca con la proa, en vez de uno fueron dos los cadáveres que sacó a la orilla. Con lo que, como el padre había sido la primera víctima y Mamerta tenía hecho testamento en favor de su esposo, don Sindulfo se encontró posesor de una fortuna considerable que unida a sus bienes le permitía emular la fama de Creso.

«Bien vengas mal si vienes solo» dice el refrán; y nunca proverbio tuvo más exacta aplicación, pues desde entonces empezaron las tribulaciones de nuestro sabio, si bien pueden darse todas por bien sufridas en gracia de los beneficios que reportaron a la ciencia.

Murió también por aquel entonces una hermana de don Sindulfo, tan rica como él, viuda de luengos años y madre de un tierno pimpollo de quince primaveras que respondía al nombre de Clara. Al dejar esta tierra, en la de Pinto, donde residía, nombró tutor de la niña a su hermano, después de dejarle su manda correspondiente, sin otra condición que la de no separar en vida a la huérfana de una mozuela, cuatro años mayor que Clara, con quien esta se había criado y a quien, no obstante la condición humilde de Juanita —pues no pasaba de ser una criada suya— quería entrañablemente.

La viudez que lloraba nuestro sabio, sus aficiones que le incitaban a la soledad, las circunstancias que le atraían al retiro le indujeron a cambiar de residencia, y los dos inseparables con sus retortas y crisoles, sus pluviómetros y brújulas, sus pedruscos y sus fósiles, fueron a sepultarse en Pinto entre la inocente sencillez de Clara y las inocentes ocurrencias de Juanita que, hija de la tierra —sin dejar de serlo de su padre y de su madre, difuntos—, largaba una fresca al lucero del alba en ese tono mayor que usa la gente de Madrid abandonada a su natural instinto. Los sabios no le entraron a la maritornes por el ojo derecho y ya principió por regalarle a cada uno su mote. A don Sindulfo le llamaba el tío Pichichi y al profesor de lenguas el locutorio.

Pero ¡oh fragilidad de las cosas humanas! Aquel hombre que llegara hasta los cuarenta años sin experimentar la atracción de las hijas de Eva, no necesitó más que seis meses de consorcio para no saber ya resistir a la influencia de su imán. Desconociendo que su caso con la muda había sido una chanca matrimonial cedida al primer postor, llegó a figurarse que su cara era moneda de buena ley para adquirir a tan bajo precio artículos no averiados, y siempre se la estaba poniendo delante a su sobrina que, inocente y cariñosa, la contemplaba sin ver en ella más que una cara de tío.

Estimulado por lo que nuestro héroe juzgaba el triunfo de sus atractivos y secundado por las sugestiones de Benjamín, siempre dispuesto a lisonjear las debilidades de su protector, un día al cabo de algunos meses don Sindulfo se decidió a declarar a su pupila su atrevido pensamiento, lo que le valió una negativa rotunda, si bien regada con amargo llanto de Clara que no se resolvía a explicar el motivo de su oposición.

—¡Hombre de Dios! venga usté acá —le dijo Juanita saliendo al encuentro de su amo al enterarse de lo ocurrido—. Hágame usté el favor de mirarse las arrugas delante de ese espejo: ¿Cree usté que a mi señorita le ha de gustar casarse con un fuelle?

—¡Deslenguada! —gritó don Sindulfo ciego de cólera—. No des lugar a que te ponga en el arroyo.

—¿A mí? Ni usté ni nadie. Estoy aquí por la voluntad de la testaora y me defiende la curia. Yo soy una criada ante escribano.

—Pero ¿en qué se funda para desahuciarme? —preguntó el tutor en tono humilde, probando si por la dulzura sacaba mejor partido.

—Pues miste; finalmente, que a la señorita y a mí no nos da por la cencia sino por la melicia.

—¿Cómo?

—Que ella quiere retemucho a su primo don Luis el capitán de húsares, y yo a su asistente Pendencia; que dentro de tres días llegarán de guarnición a Madrid, y que si nos viene usted con retruécanos verá usted el escabeche de sabio que resulta.

Aquella revelación, confirmada por su sobrina, fue el golpe de gracia para don Sindulfo, cuya pasión alcanzó el período álgido aguijoneada por los celos. El capitán, más enamorado que nunca de su prima, llegó efectivamente a la corte una semana después, y dos horas más tarde se personaba en Pinto; pero la puerta de la casa le fue herméticamente cerrada por don Sindulfo con la intimación de no volver a poner allí los pies so pena de desheredarle. El primer impulso de Luis fue pedir amparo a la justicia contra la arbitrariedad del despiadado tutor; pero ni Clara tenía la edad legal para que el juez supliese el disenso paterno, ni aun teniéndola hubiera ella contrariado la última voluntad de su madre por la que le obligó a no tomar marido que no fuese de la aprobación de don Sindulfo.

Preciso fue por lo tanto sufrir y esperar. Cuando se quiere y se es querido, todo se soporta con resignación. Pero desde aquel punto la casa fue un infierno, pues las cartas iban y venían por conducto del asistente y de la maritornes, y al sabio todo se le volvía vigilar sin fruto y enflaquecer sin resultado.

—¡Oh! —exclamaba el infeliz en su desesperación—. ¿Por qué se habrán liberalizado tanto las leyes? Dichosos tiempos aquellos en que un tutor tenía derecho de imponerse a su pupila. ¿Quién pudiera transportarse a aquella época, mal llamada de oscurantismo, en que el respeto y la obediencia a los superiores constituían la base de la sociedad? ¡Si yo pudiese retrogradar en los siglos!

—¡Ojalá Dios! —contestaba Benjamín haciéndole el dúo—. De ese modo podríamos caer sobre China en el imperio de Hien-ti y aclarar ese enigma iniciado por la momia, para cuya interpretación he leído inútilmente cuantos historiógrafos han escrito sobre los sectarios de Confucio y Mencio.

Esta idea predominante en ambos llegó a tomar en ellos las proporciones de una monomanía. El políglota soñaba en chino y su colega se pasaba la existencia extrayendo aire de los recipientes con la máquina neumática, para su análisis y descomposición. Pero todo fue inútil hasta que la Providencia —que quiso en este caso, como en la mayor parte de los descubrimientos, disfrazarse de casualidad— vino inesperadamente en su ayuda.

Cierta tarde en que el nuevo don Bartolo, impulsado por sus celos penetró de puntillas en la cocina con el fin de sorprender a las palomas, que huyendo del gavilán se refugiaban casi siempre en el fogón, halló a Juanita deletreando una carta de Pendencia, que ella se guardó precipitadamente donde sabía que don Sindulfo no se la había de coger.

—¿Qué estás haciendo? —le preguntó.

—Instruyéndome —le dijo ella sin inmutarse.

—Más valdría que te entretuvieses en limpiar la chimenea que tiene un palmo de hollín y un regimiento de telarañas.

—Y la creación entera encontrará usted ahí. Eso es la obra del tiempo. Si puede que desde que usted ha nacido no le hayan pasado un escobón.

Don Sindulfo, que tenía un cuchillo a mano, lo blandió con ánimo sin duda de cometer un homicidio; pero deteniéndose oportunamente se puso a rascar con él la campana del hogar como para paliar su arrebato.

—Pues entretente —añadió— en quitar las capas de basura y verás cómo consigues sacar a luz los hornillos.

—¡Ay! No me haga usté reír. Pues si eso fuera posible ya se hubiera usted puesto como nuevo rascándose con un cuchillo las capas de años que le sobran.

Don Sindulfo se las iba a echar de matón; pero una idea súbita cruzó por su mente y se quedó en un pie como las grullas y en la actitud de Caín al oír al Señor preguntarle: «¿Qué has hecho de tu hermano?» Aquel ser vulgar sin la menor noción científica acababa de iniciarle en la solución del problema que perseguía con tanto empeño.

Desde aquel instante puso manos a la obra. La física, las matemáticas, la geología, la dinámica, la mecánica, el cálculo sublime, la meteorología, todo el saber humano en fin, espoleado por su amor y azotado por sus celos, le abrió sus más recónditos enigmas, y reduciendo a una fórmula su maravillosa invención, sentó el axioma de que retrogradar en los siglos no era otra cosa que deshollinar el tiempo.

Algunos años, todo su capital y gran parte del de su sobrina, se invirtieron en la construcción del Anacronópete. Entre tanto los novios esperaban pacientemente y aventuraban, aunque en vano, alguna tentativa de transacción. Don Sindulfo ejercía cada vez mayor vigilancia, ocultaba a todos, excepto a Benjamín, el trabajo que le absorbía y daba rienda suelta a su pasión con la ilusoria esperanza de la victoria.

La terminación del aparato, coincidiendo con la apertura de la Exposición Universal de 1878, permitió por fin que un día se cargasen varios vagones con todas sus piezas desmontadas; y, encajonados en un coche de primera el inventor, su amigo, la sobrina y el sinapismo de la criada, emprendieron todos súbitamente el camino de París, donde el enamorado tutor se proponía, libre de las persecuciones del húsar, realizar su sueño; lo que no consiguió nunca, como verá el lector que con paciencia quiera seguir el curso de este increíble relato.


CAPÍTULO V

Cupido y Marte

Mientras se montaba el armatoste en el área que le habían destinado en el palacio de la exposición, don Sindulfo se estableció con su familia en el hotel de la Concordia sito en el boulevard Malesherbes. Inútil es decir que las horas que el sabio se pasaba en el Campo de Marte dirigiendo los trabajos, Clara y Juanita quedaban encerradas bajo llave en sus habitaciones; pues, celoso como un turco, nuestro compatriota temía a cada momento una evasión o un rapto. Cuando sacaba a las muchachas a paseo, siempre lo hacía en coche, y no asistían al teatro sino en palco con celosías.

Todas estas precauciones, la distancia que los separaba de Madrid, la idea de dejar pronto la edad presente y los ineludibles deberes militares de su sobrino que le impedían abandonar su puesto, infundieron cierta tranquilidad relativa en el ánimo de don Sindulfo. Así pasó cerca de un mes viendo disminuir sus temores, cuando una tarde al regresar solo de una sesión del Congreso científico y remontar el lado izquierdo de la Magdalena, sintió como si le tirasen de la levita por detrás. Volvió la cabeza y casi la perdió al encontrarse de manos a boca con Pendencia, el asistente de su sobrino.

¿Me da vu de la candel? —le dijo este disponiéndose a encender su chicote en el medianito del aturdido zaragozano y traduciendo en lengua de Racine su patrio estilo cordobés.

—¡Un cuerno le daré a usted yo! ¿Qué hace usted en París?

—Puez he venío penzionao por el Gobierno con quince camaradaz máz a las orillaz del Ciena para que aprendan los franceses a jacer zordaoz a nueztra jechura y cemejanza.

Y en efecto, el ministerio de la Guerra enviaba al certamen un individuo de cada arma de que se compone el ejército español, para dar una muestra así de los uniformes como de su envidiable apostura y bizarría.

—¿Y mi sobrino es también de la tanda? —preguntó el sabio presintiendo su desventura.

—¡Ci ez él quien noz manda! Le ezcogieron a pulzo.

—¡Cómo!

—El meniztro le dijo: «Hombre, vaya usté a la dizpocición para que vean allí que todoz no zomoz tan feoz como zu tío de usté.»

—¡Insolente! Comprendo la trama; pero sus inicuos proyectos quedarán frustrados. ¡Ay de él si se atreve a declararme la guerra! Puede usted ir a decírselo de mi parte.

Y como en aquel momento llegasen a la fonda, don Sindulfo se separó bruscamente de Pendencia, que con un: «A la orden, don Pichichi» corrió en busca de su amo, en quien mis lectores habrán ya reconocido al capitán de húsares que al principio de esta historia se apeó del ómnibus en la cabecera del puente.

—¿Quién ha venido? ¿Habéis visto a alguien por el balcón? —fue la primera pregunta formulada por el atribulado tío al entrar en las habitaciones de su sobrina.

—¿Y a quién quiere usted que veamos si nos pone usted candados hasta en las vidrieras? —replicó Juanita con su respingo habitual.

Don Sindulfo no juzgó conveniente dar más explicaciones y se dirigió a su cuarto contiguo al de las reclusas; pero al volverse de espaldas dejó ver unos papeles que, pendientes de un hilo y enganchados a la levita por un alfiler, le había prendido Pendencia durante su trayecto por el boulevard; y de los que Juana se apoderó graciosamente mientras su amo abría la puerta, pues tanto la fregatriz como su señorita estaban seguras de que Cupido había de aprovechar la primera ocasión que se le presentase de comunicar con ellas.

Apenas se quedaron solas empezó la lectura de las cartas. La de Luis encerraba mil protestas de amor para su prima, dándole la seguridad de que en breve se vería libre del yugo de su implacable tío.

La de Pendencia era tan lacónica como digna de conocerse. Decía así:

«Mi coracon es pera, y a esto y acui coma tullo asta la merte ilo es Roce Gomec.»

Juanita, acostumbrada al estilo epistolar de su soldado comprendió que aquello quería decir: «Mi corazón espera. Ya estoy aquí. Coma (o sea la puntuación escrita.) Tuyo hasta la muerte. Y lo es Roque Gómez.»

Al día siguiente Luis ocupaba ya un cuarto en el hotel de la Concordia. Por fortuna don Sindulfo, que marchaba el primero, pudo verle al entrar en el comedor, y retrocediendo antes de que los demás le apercibiesen, volvió a subir las escaleras con todos y dio orden de que en adelante les dieran de comer a él y a los suyos en gabinete aparte. Redobláronse las precauciones: cada vez que el tutor se ausentaba, Benjamín quedábase de centinela; pero, vano empeño; Luis sobornaba al criado de turno y las cartas iban y venían liadas en las servilletas, que era un llover. ¿Descubríase el ajo? ¿Suprimíanse los camareros sirviéndose a sí propios? ¿Prohibíase a Juanita que se acercase a la mesa para cambiar un plato y que saliese de su prisión para nada? Las misivas no por eso dejaban de llegar, ya pegadas con cola en el asiento de los jarros de agua para el tocador, ya en el hueco de un pastelillo que, con una señal convenida de antemano, elegía Clara entre los demás de la fuente, ya por último dentro de una nuez de que era portador un perro de la fonda al que Pendencia había enseñado a escabullirse entre las piernas de don Sindulfo, cada vez que este abría la puerta para recibir por sí mismo los manjares.

Realmente aquello no era vivir; los cien ojos de Argos no bastaban para atender a tantas y tan frecuentes asechanzas. Así es que en cuanto el Anacronópete estuvo en disposición de habitarse, don Sindulfo estableció en él su domicilio obteniendo, bajo pretexto de su custodia, una guardia permanente de dos gendarmes que impedían la aproximación al aparato de todo el que no fuese acompañado por el inventor. Pero si la incorruptibilidad de los guardianes no cedió ni ante las súplicas ni ante las dádivas de Luis, la travesura de su asistente se multiplicó con los obstáculos. Tan pronto mientras los viajeros visitaban los Inválidos, donde ya había hecho él conocimientos, se presentaba con una pierna de palo y unas barbas de chivo sirviendo de cicerone, como envuelto en los andrajos de mendigo, les pedía una limosna en medio de los bulevares, lo que —la mendicidad estando prohibida— le costaba pasar unas cuantas horas en la prevención. Casi siempre concluía por ser descubierto; así es que don Sindulfo decidió que en lo sucesivo no saldrían más que a misa y en carruaje. Pendencia se disfrazó de cochero; pero se vendió, porque al darle en francés las señas de la Magdalena, él, que no era fuerte en idiomas, los llevó al cementerio del Père Lachaise. Agotados por fin todos los recursos, un día se confabuló con el suizo de la iglesia a que asistían sus compatriotas y, ocupando su puesto a la vanguardia del postulante que durante la ceremonia recoge las limosnas de los fieles, se aprestó a entregar una carta a Clarita; pero la falta de costumbre de circular por entre las filas de los reclinatorios, cargado con la alabarda y el palo de tambor mayor, le hizo enredarse en el espadín en momento tan inoportuno que, cayendo sobre el sabio mientras la peluca se posaba en el devocionario de un caballero y el tricornio en la cabeza de una devota, descubrióse el pastel y don Sindulfo abandonó con su gente el templo regresando al Anacronópete que en adelante quedó convertido para todos sus moradores en prisión celular.

Los días que siguieron a esta catástrofe fueron de desesperación para el enamorado Luis que veía desaparecer sus esperanzas, y para el asistente y sus quince compañeros que sentían aproximarse la hora de la expedición al pasado sin recoger el fruto de sus maquinaciones. El único consuelo del capitán era colocarse con los muchachos en la galería del arco central del palacio de la exposición y contemplar desde allí el Anacronópete que a un centenar de metros se erguía con la sombría majestad de un inmenso sepulcro.

Una tarde, que como de costumbre se hallaban ocupados en esta contemplativa tarea proponiendo quién enviar una misiva encerrada en un proyectil hueco, quién valerse de la balística para lanzar un hilo telefónico, empezaron las nubes a arrojar agua que no parecía sino que se desprendían sobre la tierra las cataratas del cielo.

—Buena va a ponerce la dizpocición ci hay alguna gotera —dijo el asistente prestando oído al diluvio que con fragor se despeñaba por los canalones.

—No hay miedo —le arguyó su amo—. Tal vez los desagües son los trabajos más portentosos de esta fábrica. ¿No has visto los planos expuestos en la sección de París? Las alcantarillas son más altas que esta bóveda.

—¡Cómo! —exclamó Pendencia abriendo desmesuradamente los ojos—. ¿Aquí hay zumieroz?

—¡Qué duda cabe! Mira, el principal circula casi tangente al aparato.

—¡Digo! Turgente y todo, ¿y ce eztá uzté con la lengua pegada al paladar?

—No te entiendo.

—Ci uzté no ha nacido para la guerra. Como genioz militarez Napoleón y yo.

—¿Te explicarás?

—Puez ez muy cencillo. Ci don Cindulfo tiene para zu defenza ezcarpaz y contraezcarpaz, nozotros para el ataque le abrimos minaz y contraminaz. Cabayeroz... al albañal.

Un entusiasta viva acogió la idea del cordobés. Indudablemente la alcantarilla era la última trinchera del amor. Reconocidos los planos vióse con placer que bastaba abrir una galería transversal de pocos metros para encontrarse debajo del centro matemático del Anacronópete. Sobornar al encargado de la limpieza en aquella sección, fue obra tanto más fácil y hacedera, cuanto que el individuo en cuestión era rayano de España por el lado de Canfranc y gustaba de las peluconas de Carlos IV, que Luis no le escaseó para lograr su objeto.

El tiempo apremiaba, pero contra diecisiete españoles, de los cuales la mitad se componía de aragoneses y catalanes, no hay obstáculos, sobre todo tratándose de militares siempre a las órdenes del general No importa.

Los picos y azadones fueron abriendo paso; los puntales formando túnel y por último, el día fijado para el inverosímil viaje, mientras don Sindulfo daba su conferencia en el Trocadero acompañado de su inseparable Benjamín, los dieciséis hijos de Marte saludaban la llegada de su capitán con el último golpe de piqueta que los colocaba bajo la plaza enemiga. Al salir del foso se encontraron en una estancia rectangular de la altura de un hombre buen mozo. Era el podio u obra muerta del aparato para precaverle de las humedades en las paradas.

El plan de los invasores era romper a hachazos el suelo del Anacronópete; pero con gran sorpresa suya, se lo encontraron abierto, pues el vehículo tenía en el fondo para la limpieza de la cala una compuerta que funcionaba eléctricamente con el mecanismo de una guillotina horizontal y que, sin duda con el objeto de dar mayor ventilación al piso bajo no se habían cuidado de cerrar, muy ajenos de que por allí pudiera tener efecto un ataque subterráneo.

—¡Arriba! —fue el grito unánime; y transponiendo escaleras, cruzando corredores, invadiendo salas, llegaron a donde estaban las cautivas, que no pudieron reprimir un grito de terror al ver delante de sí a tantos hombres con armas que a prevención para cualquier evento llevaban consigo.

El acto del reconocimiento no hay para qué pintarlo. Siéntanlo los que sepan amar.

—Huyamos, mi bien —fue la primera frase que Luis acosado por el tiempo y las circunstancias acertó a decir a su prima.

—¡Oh! Nunca —le respondió ella—. Cualquiera que sea mi suerte, la soportaré resignada antes que faltar al juramento que hice a mi madre moribunda. Te amaré siempre; pero huir contigo no lo esperes de mí.

Los ruegos, las exhortaciones, las lágrimas eran inútiles ante la irrevocable resolución de aquella hija sumisa y obediente. Perdida parecía ya toda esperanza cuando las aclamaciones de la multitud penetrando en el recinto indujeron a Clara a inquirir el origen de tamaña confusión. Cuando Luis le explicó que obedecía al entusiasmo popular por el invento de su tío, las pobres prisioneras que ignoraban en absoluto los propósitos del tutor, prorrumpieron indignadas en invectivas contra aquel monstruo que con su silencio las obligaba a una peregrinación tan llena de peligros.

—¡Eso es imposible! —balbuceaba la huérfana.

—¡El demonio del sabio! —decía la maritornes—. ¡Pues ni que fuéramos cangrejos para andar hacia atrás!

—¡Digo! Y tú que erez tan echada para adelante.

—¡Huyamos! —repetía Luis apercibiéndose de que la gritería era cada vez más cercana—. Huyamos, no para esconder nuestro amor, sino para pedir a la justicia el amparo que la ley te debe.

Esta juiciosa observación produjo su efecto. Los minutos eran preciosos; el tirano se aproximaba; un espantoso porvenir podía ser el resultado de aquella perplejidad.

—Sea pues —exclamó la pupila resueltamente.

Y todos se encaminaron a la mina.

Pero al querer penetrar por la abertura la encontraron obstruida.

Un desprendimiento del terreno les había cortado la retirada.


CAPÍTULO VI

El vehículo considerado como escuela de moral

Qué hacer en circunstancias tan adversas? Los pusilánimes proponían permanecer en el espacio hueco del podio y esperar a que el Anacronópete al elevarse les permitiera salir; pero sobre correr el riesgo de ser descubiertos si se notaba la falta de las cautivas, exponíanse —aun salvando esta eventualidad— a ser pulverizados por una desviación del vehículo en el momento del arranque. Los más resueltos optaban por romper la puerta y conquistar la salida con las armas. Este plan se desechó por violento e infecundo, prevaleciendo al fin la idea sugerida por los prudentes, de ocultarse y aguardar la ocasión propicia de emprender la fuga.

La cala estaba por fortuna harto provista de materiales de construcción, destinados a las reparaciones, y de vituallas de toda especie para que no abundasen los escondrijos. Fuéronse pues metiendo los unos tras la pipería de los caldos, los otros en los intersticios de los balotes de gramíneas; y así se formaban parapetos con los sacos de harina y los cajones de conservas, como se atrincheraban en los montones de legumbres o hacían reducto del sarcófago de la momia.

Clara recomendó a todos la mayor prudencia exhortándoles a no moverse hasta que ella o Juanita viniesen en su busca, lo que, en nombre de sus compañeros, le fue prometido solemnemente por Pendencia, excitando una carcajada unánime al asomar la cara embadurnada de blanco por efecto de sus frotaciones contra unos costales de candeal.

Mientras esta escena tenía lugar en el Anacronópete, fuera ocurrían incidentes dignos de ser narrados.

Concluida la conferencia, don Sindulfo, como hemos visto, empezó su marcha triunfal desde el Trocadero al Campo de Marte entre los vítores de la multitud frenética y dos filas de guardia nacional que la villa de París había puesto a su disposición para conservarle el paso expedito. Una vez dentro del área de la exposición, el maire invitó al sabio a reposarse breves momentos en una elegante tienda de campaña levantada ad hoc cerca del Anacronópete, en el centro de la cual veíase una mesa capaz de satisfacer la intemperancia de Lúculo y de emular la esplendidez de los festines de Cleopatra. Era el lunch de despedida ofrecido por la municipalidad de París al insigne inventor, pues parece imposición de la naturaleza, respetada por la costumbre, que en todo regocijo público el estómago haya de meter la primera cucharada.

Sentáronse anfitriones, convidados y parásitos (planta que brota espontáneamente en todos los comedores) y, con el reposo del cuerpo, dio principio el trabajo de las mandíbulas. Durante los encurtidos, los torsos formaban con la mesa un ángulo recto. A medida que el lastre iba estibando el aparato digestivo, el ángulo se convertía en agudo. Al sonar la hora del champagne los lados móviles trataron de reconquistar el equilibrio; pero la perpendicular al mantel no pudo restablecerse y, dando por tope a los omoplatos el respaldo de los sillones, el ángulo obtuso dominó en toda la línea.

Entonces empezaron los brindis, peores unos que otros, si bien todos malos, pues no hay nada que limite tanto la inteligencia como el elogio. Así es que, haciendo gracia de ellos al asendereado lector, me limito a extractar lo único que en aquel cúmulo de peroraciones hubo de bueno, que fue precisamente lo que no tuvieron de alabanza.

El bibliotecario de la Sorbona, levantándose del asiento y sacando a luz un primoroso ejemplar de la Iliada, publicado recientemente a expensas de la sociedad bibliófila, rogó a don Sindulfo que al pasar por la olimpiada en que floreció el padre de la epopeya, obtuviese de Homero que le firmase su obra magna corrigiendo los yerros tipográficos que encontrase y consignando bajo el testimonio de su facsímil si fue en Quío o en Esmirna donde vio la luz primera.

—Propongo que se substituya esa última frase por esta otra: «En dónde nació» —interpuso un académico de la historia—. Porque —prosiguió— suponiendo que la lógica fuese en aquellos tiempos fabulosos una ciencia tan exigente como lo es en nuestros días, nos exponemos a seguir ignorando cuál fue la patria del cantor de Troya, si al preguntarle dónde vio la luz primera, él lo toma pedem literæ y nos contesta que en ninguna parte por ser ciego de nacimiento.

Aprobada la enmienda, tocole el turno al presidente de la junta de agricultura, quien en correcta frase —pues era un poeta el encargado de velar por los intereses agrícolas del país— encareció a don Sindulfo casi en verso, la necesidad de combatir los efectos del oidium y de la philoxera en las vides: para lo cual creía el medio más seguro hacerse con unos sarmientos de la viña de Noé a fin de reproducirlos en Francia.

Esta proposición levantó una tempestad de aplausos, pues nadie ignora que el vino es una de las principales riquezas del suelo transpirenaico, cuya producción aunque fabulosa, por poco que la cosecha flojee ya no alcanza a cubrir las necesidades del consumo.

Muchas más fueron las ideas que, dirigidas todas al mejoramiento de la condición humana, se desarrollaron en la sobremesa, e infinitos los encargos particulares y de índole risible que se hicieron al doctor. Ya era un empresario de teatros quien le abría un crédito incondicional con el fin de que ajustase a Molière para dar doce representaciones antes de que se cerrara la exposición. Ya un tipógrafo quien se comprometía a trasladarse a la Grecia del siglo de Pericles, con el objeto de imprimir las conferencias de Sócrates y publicar un periódico político.

Don Sindulfo dio las gracias a todos y a cada cual; objetó que aquel su primer viaje no tenía otro carácter que el de exploración, y, ofreciendo desempeñar cuantas pudiera de las diferentes comisiones que se le confiaban, dio por concluido el acto.

No había llegado aún a la puerta cuando el prefecto de policía, apeándose de su carruaje, penetró en el pabellón y se dirigió al sabio.

—¿Puede el señor García acordarme una conferencia de breves minutos? —le dijo.

—Hiciéralo con placer si no fuese ya la hora reglamentaria y temiese abusar de la impaciencia pública.

—Me trae aquí una misión oficial. Vengo en nombre del gabinete.

Ante esta observación no había medio de insistir. Los comensales se retiraron prudentemente a un extremo de la tienda, mientras en el opuesto los dos interlocutores sostenían el siguiente diálogo:

—El gobierno me delega para pedirle a usted un señalado servicio.

—Me honra tal confianza. Escucho a usted.

—A nadie se le oculta que la Francia, desgraciadamente, atraviesa un período de relajación moral que amenaza destruir los ya minados cimientos de la familia, fundamento de todas las sociedades.

—Aunque con dolor, me es fuerza asentir a tan acertado parecer.

—El gobierno, más interesado que nadie en la redención de su patria, ha penetrado con ánimo resuelto en el fondo de esta cuestión pavorosa; y cree poder afirmar que el quebrantamiento de los vínculos sociales proviene de ese escandaloso mercado sensual con que no ya emulamos, sino trasponemos el histórico y poco plausible renombre de Síbaris y Capua.

—Evidentemente; mas no alcanzo cuál pueda ser la parte que me incumba en esa misión redentora.

—A eso voy. Regenerar a la mujer es crear buenas madres de que carecemos.

—No, en absoluto.

—Es usted muy amable. Gracias por la mía. Tener madres es garantizar la educación de los hijos. De los buenos hijos germinan los esposos modelos y los íntegros ciudadanos. Luego hay que purificar la familia para salvar la patria.

—Estamos de acuerdo.

—Ahora bien; de esas desgraciadas mujeres, que, para vergüenza de propios y extraños, arrastran sus vicios por nuestras populosas ciudades pregonando con histéricas carcajadas su mercancía, pocas, contadas, son las que consiguen un resultado beneficioso que consolide su existencia en la vejez. Los hospitales, los teatros, las porterías suelen constituir su última trinchera; y muchas hay que al perder la menguada lozanía de los primeros años volverían con arrepentimiento a la senda de la virtud, a no impedírselo el estado en que los excesos y la depravación las han sumido y que las hacen ineptas para los puros goces de la familia. El gabinete, pues, en consejo extraordinario, me encarga ser intérprete de sus sentimientos cerca de usted y me comisiona para dirigirle a usted una proposición.

El prefecto acercó más aún su silla a la de don Sindulfo y prosiguió de esta manera:

—¿Hemos entendido mal o es cierto que con el maravilloso vehículo de su invención puede el navegante rejuvenecerse a medida que retrograde en el tiempo?

—Así es, con tal de que previamente no se haya sometido a la inalterabilidad de las corrientes del fluido que lleva mi nombre; pues de otro modo vería pasar los siglos sin experimentar alteración alguna.

—¿En qué tiempo puede usted recorrer un espacio de veinte años?

—En una hora.

—¿Y llegado a ese término, le es a usted dable perpetuar la edad de la persona en el punto porque entonces atraviese?

—Sin ningún obstáculo.

—Pues bien. El plan del gobierno es rogar a usted que acepte en la expedición una docena de señoras que frisen en los cuarenta (edad en que la vejez no las ha hecho aún desistir de las ilusiones; pero harto avanzada en mujeres de su condición para abrigar esperanzas de medro), y ofrecerles que en sesenta minutos van a reconquistar sus veinte abriles. De este modo, es indudable que, aleccionadas por la experiencia, y arrepentidas por el fracaso, al encontrarse dueñas de sus hechizos por segunda vez, sigan la senda de la morigeración y abandonen la del vicio.

—Plausible es la intención. ¿Pero no teme usted, señor prefecto, que si lo que entra con el capillo no sale sino con la mortaja, las buenas señoras al verse en el pleno ejercicio de sus facultades quieran volver a tentar fortuna?

—No lo espero. De todos modos este no es más que un ensayo de que desistiremos si no salimos airosos, o que en caso contrario repetiremos en grande escala. ¿Qué responde usted al ministerio?

—La misión me honra sobremanera para rechazarla; pero debo advertir a usted que yo viajo con mi sobrina y...

—No tema usted el menor desafuero. Se portarán dignamente. Ya las hemos exhortado y el miedo al castigo las contendrá.

—Lo celebraría aunque lo dudo.

—Se lo aseguro a usted; la amenaza es temible.

—¿Cuál se les ha impuesto?

—No quitarles ni un año de encima si se exceden en algo.