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EL SEÑOR DE BEMBIBRE


EL SEÑOR DE BEMBIBRE
POR DON ENRIQUE GIL Y CARRASCO
GIL-BLAS. RENACIMIENTO


COPYRIGHT 1920 BY «GIL-BLAS»


CAPÍTULO PRIMERO

En una tarde de Mayo de uno de los primeros años del siglo XIV, volvían de la feria de San Marcos de Cacabelos, tres al parecer criados de alguno de los grandes señores que entonces se repartían el dominio del Bierzo. El uno de ellos, como de cincuenta y seis años de edad, montaba una jaca gallega de estampa poco aventajada, pero que a tiro de ballesta descubría la robustez y resistencia propias para los ejercicios venatorios, y en el puño izquierdo cubierto con su guante llevaba un neblí encaperuzado. Registrando ambas orillas del camino, pero atento a su voz y señales, iba un sabueso de hermosa raza. Este hombre tenía un cuerpo enjuto y flexible, una fisonomía viva y atezada y en todo su porte y movimientos revelaba su ocupación y oficio de montero.

Frisaba el segundo en los treinta y seis años y era el reverso de la medalla, pues a una fisonomía abultada y de poquísima expresión, reunía un cuerpo macizo y pesado, cuyos contornos de suyos poco airosos, comenzaba a borrar la obesidad. El aire de presunción con que manejaba un soberbio potro andaluz en que iba caballero, y la precisión con que le obligaba a todo género de movimientos, le daban a conocer como picador o palafrenero. Y el tercero, por último, que montaba un buen caballo de guerra e iba un poco más lujosamente ataviado, era un mozo de presencia muy agradable, de gran soltura y despejo, de fisonomía un tanto maliciosa y en la flor de sus años. Cualquiera le hubiera señalado sin dudar por escudero o paje de lanza de algún señor principal.

Llevaban los tres conversación muy tirada, y como era natural, hablaban de las cosas de sus respectivos amos elogiándolos a menudo y entreverando las alabanzas con su capa correspondiente de murmuración:

—Dígote, Nuño—decía el palafrenero—, que nuestro amo obra como un hombre, porque eso de dar la hija única y heredera de la casa de Arganza a un hidalguillo de tres al cuarto, pudiendo casarla con un señor tan poderoso, como el conde de Lemus, sería peor que asar la manteca. ¡Miren que era acomodo un señor de Bembibre!

—Pero, hombre—replicó el escudero con sorna, aunque no fuesen encaminadas a él las palabras del palafrenero—; ¿qué culpa tiene mi dueño de que la doncella de tu joven señora me ponga mejor cara que a ti para que le trates como a real de enemigo? Hubiérasle pedido a Dios que te diese algo más de entendimiento y te dejase un poco menos de carne, que entonces Martina te miraría con otros ojos, y no vendría a pagar el amo los pecados del mozo.

Encendióse en ira la espaciosa cara del buen palafrenero que, revolviendo el potro, se puso a mirar de hito en hito al escudero. Este por su parte le pagaba en la misma moneda, y además se le reía en las barbas; de manera que sin la mediación del montero Nuño, no sabemos en qué hubiera venido a parar aquel coloquio en mal hora comenzado.

—Mendo—le dijo al picador—, has andado poco comedido al hablar del señor de Bembibre, que es un caballero principal a quien todo el mundo quiere y estima en el país por su nobleza y valor, y te has expuesto a las burlas, algo demasiadamente pesadas de Millán, que sin duda cuida más de la honra de su señor que de la caridad a que estamos obligados los cristianos.

—Lo que yo digo es que nuestro amo hace muy bien en no dar su hija a don Álvaro Yáñez, y en que velis nolis venga a ser condesa de Lemus y señora de media Galicia.

—No hace bien tal—repuso el juicioso montero—, porque, sobre no tener doña Beatriz en más estima al tal conde, que yo a un halcón viejo y ciego, si algo le lleva de ventaja al señor de Bembibre, en lo tocante a bienes, también se le queda muy atrás en virtudes y buenas prendas, y, sobre todo, en la voluntad de nuestra joven señora, que por cierto ha mostrado en la elección algo más discernimiento que tú.

—El señor de Arganza, nuestro dueño, a nada se ha obligado—replicó Mendo—, y así que don Álvaro se vuelva por donde ha venido y toque soleta en busca de su madre gallega.

—Cierto es que nuestro amo no ha empeñado palabra ni soltado prenda, a lo que tengo entendido; pero en ese caso, mal ha hecho en recibir a don Álvaro del mismo modo que si hubiese de ser su yerno, y en permitir que su hija tratase a una persona que a todo el mundo cautiva con su trato y gallardía, y de quien por fuerza se había de enamorar una doncella de tanta discreción y hermosura como doña Beatriz.

—Pues si se enamoró, que se desenamore—contestó el terco palafrenero—; además, que no dejará de hacerlo en cuanto su padre levante la voz, porque ella es humilde como la tierra, y cariñosa como un ángel, la cuitada.

—Muy descaminado vas en tus juicios—respondió el montero—; yo la conozco mejor que tú, porque la he visto nacer, y aunque por bien dará la vida, si la violentan y tratan mal, sólo Dios puede con ella.

—Pero hablando ahora sin pasión y sin enojo—dijo Millán metiendo baza—; ¿qué te ha hecho mi amo, Mendo, que tan enemigo suyo te muestras? Nadie que yo sepa, habla así de él en esta tierra, sino tú.

—Yo no le tengo tan mala voluntad—contestó Mendo—, y si no hubiera parecido por acá el de Lemus, le hubiera visto con gusto hacerse dueño del cotarro en nuestra casa; pero, ¿qué quieres, amigo? Cada uno arrima el ascua a su sardina, y conde por señor nadie lo trueca.

—Pero mi amo, aunque no sea conde, es noble y rico, y lo que es más, sobrino del maestre de los templarios y aliado de la orden.

—Valientes herejes y hechiceros—exclamó entre dientes Mendo.

—¿Quieres callar, desventurado?—le dijo Nuño en voz baja, tirándole del brazo con ira—. Si te lo llegasen a oir serían capaces de asparte como a San Andrés.

—No hay cuidado—replicó Millán, a cuyo listo oído no se había escapado una sola palabra, aunque dichas en voz baja—. Los criados de don Álvaro nunca fueron espías, ni malintencionados, a Dios gracias, que al cabo, los que andan alrededor de los caballeros siempre procuran parecérseles.

—Caballero es también el de Lemus, y más de una buena acción ha hecho.

—Sí—respondió Millán—con tal que haya ido delante de gente para que la pregonen en seguida. ¿Pero sería capaz tu ponderado conde de hacer por su mismo padre lo que don Álvaro hizo por mí?

—¿Qué fué ello?—preguntaron a la vez los dos compañeros.

—Una cosa que no se me caerá a dos tirones de la memoria. Pasábamos el puente viejo de Ponferrada, que, como sabéis, no tiene barandillas, con una tempestad deshecha, y el río iba de monte a monte bramando como el mar: de repente revienta una nube, pasa una centella por delante de mi palafrén; encabrítase éste, ciego con el resplandor, y sin saber cómo, ni cómo no, ¡paf! ambos vamos al río de cabeza. ¿Qué os figuráis que hizo don Álvaro? Pues señor, sin encomendarse a Dios ni al diablo, metió las espuelas a su caballo y se tiró al río tras de mí. En poco estuvo que los dos no nos ahogásemos. Por fin mi jaco se fué por el río abajo y yo medio atolondrado salí a la orilla, porque él tuvo buen cuidado de llevarme agarrado de los pelos. Cuando me recobré a la verdad, no sabía cómo darle las gracias, porque se me puso un nudo en la garganta y no podía hablar; pero él que lo conoció se sonrió y me dijo: vamos, hombre, bien está; todo ello no vale nada; sosiégate, y calla lo que ha pasado, porque si no, puede que te tengan por mal jinete.

—¡Gallardo lance, por vida mía!—exclamó Mendo con un entusiasmo que apenas podía esperarse de sus anteriores prevenciones y de su linfático temperamento, y sin perder los estribos—. ¡Ah, buen caballero! ¡Lléveme el diablo, si una acción como ésta no vale casi tanto como el mejor condado de España! Pero a bien—continuó como reportándose—que si no hubiera sido por su soberbio Almanzor, Dios sabe lo que le hubiera sucedido... ¡Son muchos animales!—continuó, acariciando el cuello de su potro con una satisfacción casi paternal—; y dí, Millán, ¿qué fué del tuyo por último? ¿se ahogó el pobrecillo?

—No—respondió Millán—: fué a salir un buen trecho más abajo y allí le cogió un esclavo moro del Temple, que había ido a Pajariel por leña; pero el pobre animal había dado tantos golpes y encontrones, que en más de tres meses no fué bueno.

Con éstas y otras llegaron al pueblo de Arganza y se apearon en la casa solariega de su señor, el ilustre don Alonso Ossorio.

CAPÍTULO II

Algo habrán columbrado ya nuestros lectores de la situación en que a la sazón se encontraba la familia de Arganza y el señor de Bembibre, merced a la locuacidad de sus respectivos criados. Sin embargo, por más que las noticias que les deben no se aparten en el fondo de la verdad, son tan incompletas, que nos obligan a entrar en nuevos pormenores, esenciales en nuestro entender para explicar los sucesos de esta lamentable historia.

Don Alonso Ossorio, señor de Arganza, había tenido dos hijos y una hija; pero de los primeros murió uno antes de salir de la infancia, y el otro murió peleando como bueno en su primer campaña contra los moros de Andalucía. Así, pues, todas sus esperanzas habían venido a cifrarse en su hija doña Beatriz, que entonces tenía pocos años, pero que ya prometía tanta belleza como talento y generosa índole. Había en su carácter una mezcla de la energía que distinguía a su padre y de la dulzura y melancolía de doña Blanca de Balboa, su madre, santa señora cuya vida había sido un vivo y constante ejemplo de bondad, de resignación y de piedad cristiana. Aunque con la pérdida temprana de sus dos hijos, su complexión, harto delicada por desgracia, se había arruinado enteramente, no fué esto obstáculo para que en la crianza esmerada de su hija emplease su instrucción poco común en aquella época y fecundase las felices disposiciones de que la había dotado pródigamente la naturaleza. Sin más esperanza que aquella criatura tan querida y hermosa, sobre ella amontonaba su ternura, todas las ilusiones del deseo y los sueños del porvenir. Así crecía doña Beatriz como una azucena gentil y fragante al calor del cariño maternal, defendida por el nombre y poder de su padre y cercada por todas partes del respeto y amor de sus vasallos, que contemplaban en ella una medianera segura para aliviar sus males y una constante dispensadora de beneficios.

Los años en tanto pasaban rápidos, como suelen, y con ellos voló la infancia de aquella joven tan noble, agraciada y rica, a quien por lo mismo pensó buscar su padre un esposo digno de su clase y elevadas prendas. En el Bierzo entonces no había más que dos casas cuyos estados y vasallos estuviesen al nivel: una la de Arganza, otra la de la antigua familia de los Yáñez, cuyos dominios comprendían la fértil ribera de Bembibre y la mayor parte de las montañas comarcanas. Este linaje había dado dos maestres al orden del Temple y era muy honrado y acatado en el país. Por una rara coincidencia, a la manera que el apellido Ossorio pendía de la frágil existencia de una mujer, el de Yáñez estaba vinculado en la de un solo hombre no menos frágil y deleznable en aquellos tiempos de desdicha y turbulencias. Don Álvaro Yáñez y su tío don Rodrigo, maestre del Temple en Castilla, eran los dos únicos miembros que quedaban de aquella raza ilustre y numerosa; rama seca y estéril el uno, por su edad y sus votos, y vástago el otro lleno de savia y lozanía que prometía larga vida y sazonados frutos. Don Álvaro había perdido de niño a sus padres, y su tío, a la sazón comendador de la orden, le había criado como cumplía a un caballero tan principal, teniendo la satisfacción de ver coronados sus trabajos y solicitud con el éxito más brillante. Había hecho su primer campaña en Andalucía, bajo las órdenes de don Alonso Pérez de Guzmán, y a su vuelta trajo una reputación distinguida, principalmente a causa de los esfuerzos que hizo para salvar al infante don Enrique de manos de la morisma. Por lo demás, la opinión en que según nuestros conocidos del capítulo anterior le tenía el país, y el rasgo contado por su escudero, darán a conocer mejor que nuestras palabras, su carácter caballeresco y generoso.

El influjo superior de los astros parecía por todas estas razones confundir el destino de estos dos jóvenes, y, sin embargo, debemos confesar que don Alonso tuvo que vencer una poderosa repugnancia para entrar en semejante plan. La estrecha alianza que los Yáñez tuvieron siempre asentada con la Orden del Temple, estuvo mil veces para desbaratar este proyecto de que iba a resultar el engrandecimiento de dos casas esclarecidas y la felicidad de dos personas universalmente estimadas.

Los templarios habían llegado a su período de riqueza y decadencia, y su orgullo era verdaderamente insoportable a la mayor parte de los señores independientes. El de Arganza lo había experimentado más de una vez, y devorado su cólera en silencio, porque la Orden, dueña de los castillos del país podía burlarse de todos, pero su despecho se había convertido en odio hacia aquella milicia tan valerosa como sin ventura. Afortunadamente ascendió a maestre provincial de Castilla don Rodrigo Yáñez, y su carácter templado y prudente enfrenó las demasías de varios caballeros y logró conciliarse la amistad de muchos señores vecinos descontentos. De este número fué el primero don Alonso, que no pudo resistirse a la cortés y delicada conducta del maestre, y sin reconciliarse por entero con la Orden, acabó por trabar con él sincera amistad. En ella se cimentó el proyecto de entronque de ambas casas, si bien el señor de Arganza no pudo acallar el desasosiego que le causaba la idea de que algún día sus deberes de vasallo podrían obligarle a pelear contra una Orden, objeto ya de celos y de envidia, pero de cuya alianza no permitía apartarse el honor a su futuro yerno. Comoquiera, el poder de los templarios y la poca fortaleza de la corona, parecían alejar indefinidamente semejante contingencia, y no parecía cordura sacrificar a estos temores la honra de su casa y la ventura de su hija.

Bien hubiera deseado don Alonso, y aun el maestre, que semejante enlace se hubiese llevado a cabo prontamente, pero doña Blanca, cuyo corazón era todo ternura y bondad, no quería abandonar a su hija única en brazos de un hombre desconocido hasta cierto punto para ella; porque creía, y con harta razón, que el conocimiento recíproco de los caracteres y la consonancia de los sentimientos, son fiadores más seguros de la paz y dicha doméstica que la razón de estado y los cálculos de la conveniencia. Doña Blanca había penado mucho con el carácter duro y violento de su esposo, y deseaba ardientemente excusar a su hija los pesares que habían acibarado su vida. Así, pues, tanto importunó y rogó que, al fin, hubo de recabar de su noble esposo que ambos jóvenes se tratasen y conociesen sin saber el destino que les guardaban. ¡Solicitud funesta, que tan amargas horas preparaba para todos!

Este fué el principio de aquellos amores cuya espléndida aurora debía muy en breve convertirse en un día de duelo y de tinieblas. Al poco tiempo comenzó a formarse en Francia aquella tempestad, en medio de la cual desapareció, por último, la famosa caballería del Temple. Iguales nubarrones asomaron en el horizonte de España, y entonces los temores del señor de Arganza se despertaron con increíble ansiedad, pues harto conocía que don Álvaro era incapaz de abandonar en la desgracia a los que habían sido sus amigos en la fortuna, y según el giro que parecía tomar aquel ruidoso proceso, no era imposible que su familia llegase a presentar el doloroso espectáculo que siempre afea las luchas civiles. A este motivo, que en el fondo no estaba desnudo de razón ni de cordura, se había agregado otro por desgracia más poderoso, pero de todo punto contrario a la nobleza que hasta allí no había dejado de resplandecer en las menores acciones de don Alonso. El conde de Lemus había solicitado la mano de doña Beatriz, por medio del infante don Juan, tío del rey don Fernando el IV, con quien unían a don Alonso relaciones de obligación y amistad desde su efímero reinado en León; y atento sólo a la ambición de entroncar su linaje con uno tan rico y poderoso, olvidó sus pactos con el maestre del Temple, y no vaciló en el propósito de violentar a su hija, si necesario fuese, para el logro de sus deseos.

Tal era el estado de las cosas en la tarde que los criados de don Alonso y el escudero de don Álvaro volvían de la feria de Cacabelos. El señor de Bembibre y doña Beatriz, en tanto, estaban sentados en el hueco de una ventana de forma apuntada, abierta por lo delicioso del tiempo, que alumbraba a un aposento espléndidamente amueblado y alhajado. Era ella de estatura aventajada, de proporciones esbeltas y regulares, blanca de color, con ojos y cabello negros y un perfil griego de extraordinaria pureza. La expresión habitual de su fisonomía manifestaba una dulzura angelical, pero en su boca y en su frente cualquier observador mediano hubiera podido descubrir indicios de un carácter apasionado y enérgico. Aunque sentada, se conocía que en su andar y movimientos debían reinar a la vez el garbo, la majestad y el decoro, y el rico vestido, bordado de flores con colores muy vivos, que la cubría, realzaba su presencia llena de naturales atractivos.

Don Álvaro era alto, gallardo y vigoroso, de un moreno claro, ojos y cabellos castaños, de fisonomía abierta y noble y sus facciones de una regularidad admirable. Tenía la mirada penetrante y en sus modales se notaba gran despejo y dignidad al mismo tiempo. Traía calzadas unas grandes espuelas de oro, espada de rica empuñadura y pendiente del cuello un cuerno de caza primorosamente embutido de plata, que resaltaba sobre su exquisita ropilla obscura, guarnecida de finas pieles. En una palabra, era uno de aquellos hombres que en todo descubren las altas prendas que los adornan, y que, involuntariamente, cautivan la atención y simpatía de quien los mira.

Estaba poniéndose el sol detrás de las montañas que parten términos entre el Bierzo y Galicia, y las revestía de una especie de aureola luminosa que contrastaba peregrinamente con sus puntos obscuros. Algunas nubes de formas caprichosas y mudables sembradas acá y acullá por un cielo hermoso y purísimo, se teñían de diversos colores según las herían los rayos del sol. En los sotos y huertas de la casa estaban floridos todos los rosales y la mayor parte de los frutales, y el viento, que los movía mansamente, venía como embriagado de perfumes. Una porción de ruiseñores y jilguerillos cantaban melodiosamente, y era difícil imaginar una tarde más deliciosa. Nadie pudiera creer, en verdad, que en semejante teatro iba a representarse una escena tan dolorosa.

Doña Beatriz clavaba sus ojos errantes y empañados de lágrimas, ora en los celajes del ocaso, ora en los árboles del soto, ora en el suelo; y don Álvaro, fijos los suyos en ella, de hito en hito, seguía con ansia todos sus movimientos. Ambos jóvenes estaban en un embarazo doloroso sin atreverse a romper el silencio. Se amaban con toda la profundidad de un sentimiento nuevo, generoso y delicado, pero nunca se lo habían confesado. Los afectos verdaderos tienen un pudor y reserva característicos, como si el lenguaje hubiera de quitarles su brillo y limpieza. Esto cabalmente es lo que había sucedido con don Álvaro y doña Beatriz, que embebecidos en su dicha, jamás habían pensado en darle nombre, ni habían pronunciado la palabra amor. Y sin embargo, esta dicha parecía irse con el sol que se ocultaba detrás del horizonte, y era preciso apartar de delante de los ojos aquel prisma falaz que hasta entonces les había presentado la vida como un delicioso jardín.

Don Álvaro, como era natural, fué el primero que habló:

—¿No me diréis, señora—preguntó con voz grave y melancólica—, qué da a entender el retraimiento de vuestro padre y mi señor para conmigo? ¿Será verdad lo que mi corazón me está presagiando desde que han empezado a correr ciertos ponzoñosos rumores sobre el conde de Lemus? ¿De cierto, de cierto pensarían en apartarme de vos?—continuó, poniéndose en pie con un movimiento muy rápido.

Doña Beatriz bajó los ojos y no respondió.

—¡Ah!, ¿conque es verdad?—continuó el apesarado caballero—; ¿y lo será también—añadió con voz trémula—que han elegido vuestra mano para descargarme el golpe?

Hubo entonces otro momento de silencio, al cabo del cual, doña Beatriz levantó sus hermosos ojos bañados en lágrimas, y dijo con una voz tan dulce como dolorida:

—También es cierto.

—Escuchadme, doña Beatriz—repuso él, procurando serenarse—. Vos no sabéis todavía cómo os amo, ni hasta qué punto sojuzgáis y avasalláis mi alma. Nunca hasta ahora os lo había dicho... ¿para qué había de hacer una declaración que el tono de mi voz, mis ojos y el menor de mis ademanes estaban revelando sin cesar? Yo he vivido en el mundo solo y sin familia, y este corazón impetuoso no ha conocido las caricias de una madre ni las dulzuras del hogar doméstico. Como un peregrino he cruzado hasta aquí el desierto de mi vida; pero cuando he visto que vos érais el santuario adonde se dirigían mis pasos inciertos, hubiera deseado que mis penalidades fuesen mil veces mayores para llegar a vos purificado y lleno de merecimientos. Era en mí demasiada soberbia querer subir hasta vos, que sois un ángel de luz, ahora lo veo; pero ¿quién, quién, Beatriz, os amará en el mundo más que yo?

—¡Ah!, ninguno, ninguno—exclamó doña Beatriz retorciéndose las manos y con un acento que partía las entrañas.

—¡Y sin embargo, me apartan de vos!—continuó don Álvaro—. Yo respetaré siempre a quien es vuestro padre; nadie daría más honra a su casa que yo, porque desde que os amo se han desenvuelto nuevas fuerzas en mi alma, y toda la gloria, todo el poder de la tierra me parece poco para ponerlo a vuestros pies. ¡Oh, Beatriz, Beatriz!, cuando volví de Andalucía, honrado y alabado de los más nobles caballeros, yo amaba la gloria porque una voz secreta parecía decirme que algún día os adornaríais con sus rayos, pero sin vos que sois la luz de mi camino, me despeñaré en el abismo de la desesperación, y me volveré contra el mismo cielo.

—¡Oh Dios mío!—murmuró doña Beatriz—. ¿En esto habían de venir a parar tantos sueños de ventura y tan dulces alegrías?

—Beatriz—exclamó don Álvaro—, si me amáis, si por vuestro reposo mismo miráis, es imposible que os conforméis en llevar una cadena que sería mi perdición y acaso la vuestra.

—Tenéis razón—contestó ella haciendo esfuerzos para serenarse—. No seré yo quien arrastre esa cadena, pero ahora que por ventura os hablo por la última vez y que Dios lee en mi corazón, yo os revelaré su secreto. Si no os doy el nombre de esposo al pie de los altares y delante de mi padre, moriré con el velo de las vírgenes; pero nunca se dirá que la única hija de la casa de Arganza mancha con una desobediencia el nombre que ha heredado.

—¿Y si vuestro padre os obligase a darle la mano?

—Mal le conocéis; mi padre nunca ha usado conmigo de violencia.

—¡Alma pura y candorosa, que no conocéis hasta dónde lleva a los hombres la ambición! Y si vuestro padre os hiciese violencia, ¿qué resistencia le opondríais?

—Delante del mundo entero diría: ¡no!

—¿Y tendríais valor para resistir la idea del escándalo y el bochorno de vuestra familia?

Doña Beatriz rodeó la cámara con unos ojos vagarosos y terribles, como si padeciese una violenta convulsión, pero luego se recobró casi repentinamente, y respondió:

—Entonces pediría auxilio al Todopoderoso, y él me daría fuerzas; pero, lo repito, o vuestra o suya.

El acento con que fueron pronunciadas aquellas cortas palabras descubría una resolución que no habría fuerzas humanas para torcer. Quedóse don Álvaro contemplándola como arrobado algunos instantes, al cabo de los cuales le dijo con profunda emoción:

—Siempre os he reverenciado y adorado, señora, como a una criatura sobrehumana, pero hasta hoy no había conocido el tesoro celestial que en vos se encierra. Perderos ahora sería como caer del cielo para arrastrarse entre las miserias de los hombres. La fe y la confianza que en vos pongo es ciega y sin límites, como la que ponemos en Dios en la hora de la desdicha.

—Mirad—respondió ella señalando el ocaso—; el sol se ha puesto, y es hora ya de que nos despidamos. Id en paz y seguro, noble don Álvaro, que si pueden alejaros de mi vista no les será tan llano avasallar mi albedrío.

Con esto el caballero se inclinó, le besó la mano con mudo ademán, y salió de la cámara a paso lento. Al llegar a la puerta volvió la cabeza, y sus ojos se encontraron con los de doña Beatriz, para trocar una larga y dolorosa mirada, que no parecía sino que había de ser la última. En seguida se encaminó aceleradamente al patio, donde su fiel Millán tenía del diestro al famoso Almanzor, y subiendo sobre él salió como un rayo de aquella casa, donde ya sólo pensaba en él una desdichada doncella, que en aquel momento, a pesar de su esfuerzo, se deshacía en lágrimas amargas.

CAPÍTULO III

Cuando don Álvaro dejó el palacio de Arganza, entre el tumulto de sentimientos que se disputaban su alma, había uno que cuadraba muy bien con su despecho y amargura, y que de consiguiente a todos se sobreponía. Era éste retar a combate mortal al conde Lemus, y apartar de este modo el obstáculo más poderoso de cuantos mediaban entre él y doña Beatriz a la sazón. Aquel mismo día le había dejado en Cacabelos, con ánimo, al parecer de pasar allí la noche, y recordándolo así este fué el camino que tomó; pero su escudero, que en lo inflamado de sus ojos, en sus ademanes prontos y violentos y en su habla dura y precipitada, conocía cuál podía ser su determinación después de la anterior entrevista, cuyo sentido no se ocultaba a su penetración, le dijo en voz bastante alta:

—Señor, el conde no está ya en Cacabelos, porque esta tarde, antes de salir yo, llegó un correo del rey y le entregó un pliego que le determinó a salir con la mayor diligencia, la vuelta de Lemus.

Don Álvaro, en medio de la agitación en que se encontraba, no pudo ver sin enojo que el buen Millán se entrometiese de aquella suerte en sus secretos pensamientos; así es que le dijo con rostro torcido:

—¿Quién le mete al señor villano en el ánimo de su señor?

Millán aguantó la descarga, y don Álvaro, como hablando consigo propio, continuó:

—Sí, sí, un correo de la corte... y salir después con tanta priesa para Galicia... Sin duda camina adelante la trama infernal... Millán—dijo en seguida con un tono de voz enteramente distinto del primero—, acércate y camina a mi lado. Ya nada tengo que hacer en Cacabelos, y esta noche la pasaremos en el castillo de Ponferrada—dijo torciendo el caballo y mudando de camino—; pero mientras que allí llegamos, quiero que me digas qué rumores han corrido por la feria acerca de los caballeros templarios.

—¡Extraños por vida mía, señor!—le replicó el escudero—: dicen que hacen cosas terribles y ceremonias de gentiles, y que el Papa los ha descomulgado allá en Francia, y que los tienen presos y piensan castigarles; y en verdad que si es cierto lo que cuentan, sería muy bien hecho; porque más son proezas de judíos y de gentiles que de caballeros cristianos.

—¿Pero qué cosas y qué proezas son ésas?

—Dicen que adoran un gato y le rinden culto como a Dios, que reniegan de Cristo, que cometen mil torpezas, y que por pacto que tienen con el diablo hacen oro, con lo cual están muy ricos; pero todo esto lo dicen mirando a los lados y muy callandito, porque todos tienen más miedo al Temple que al enemigo malo.—Tras de esto el buen escudero comenzó a ensartar todas las groseras calumnias que en aquella época de credulidad y de ignorancia se inventaban para minar el poder del Temple, y que ya habían comenzado a producir en Francia tan tremendos y atroces resultados. Don Álvaro, que, pensando en descubrir algo de nuevo en tan espinoso asunto, había escuchado al principio con viva atención, cayó al cabo de poco tiempo en las cavilaciones propias de su situación, y dejó charlar a Millán, que no por su agudeza y rico ingenio estaba exento de la común ignorancia y superstición. Sólo al llegar al puente sobre el Sil, que por las muchas barras de hierro que tenía dió a la villa el nombre de Ponsferrata con que en las antiguas escrituras se la distingue, le advirtió severamente que en adelante no sólo hablase con más comedimiento, sino que pensase mejor de una Orden con quien tenía asentadas alianza y amistad, y no acogiese las hablillas de un vulgo necio y malicioso. El escudero se apresuró a decir que él contaba lo que había oído, pero que nada de ello creía, en lo cual no daba por cierto un testimonio muy relevante de veracidad; y en esto llegaron a la barbacana del castillo. Tocó allí don Álvaro su cuerno, y después de las formalidades de costumbre, porque en la milicia del Temple se hacía el servicio con la más rigurosa disciplina, se abrió la puerta, cayó en seguida el puente levadizo, y amo y escudero entraron en la plaza de armas.

Todavía se conserva esta hermosa fortaleza, aunque en el día sólo sea ya el cadáver de su grandeza antigua. Su estructura tiene poco de regular, porque a un fuerte antiguo, de formas macizas y pesadas, se añadió por los templarios un cuerpo de fortificaciones más moderno, en que la solidez y la gallardía corrían parejas; con lo cual quedó privada de armonía, pero su conjunto todavía ofrece una masa atrevida y pintoresca. Está situado sobre un hermoso altozano, desde el cual se registra todo el Bierzo bajo, con la infinita variedad de sus accidentes, y el Sil, que corre a sus pies para juntarse con el Boeza un poco más abajo, parece rendirle homenaje.

Ahora ya no queda más del poderío de los templarios que algunos versículos sagrados inscriptos en lápidas, tal cual símbolo de sus ritos y ceremonias y la cruz famosa, terror de los infieles, sembrado todo aquí y acullá en aquellas fortísimas murallas; pero en la época de que hablamos era este castillo una buena muestra del poder de sus poseedores. Don Álvaro dejó su caballo en manos de unos esclavos africanos y, acompañado de dos aspirantes, subió a la sala maestral, habitación magnífica con el techo y paredes escaqueados de encarnado y oro, con ventanas arabescas, entapizada de alfombras orientales, y toda ella, como pieza de aparato, adornada con todo el esplendor correspondiente al jefe temporal y espiritual de una Orden tan famosa y opulenta. Los aspirantes dejaron al caballero a la puerta, después del acostumbrado benedicite, y uno, que hacía la guardia en la antecámara, le introdujo al aposento de su tío. Era éste un anciano venerable, alto y flaco de cuerpo, con barba y cabellos blancos, y una expresión ascética y recogida, si bien templada por una benignidad grandísima. Comenzaba a encorvarse bajo el peso de los años, pero bien se echaba de ver que el vigor no había abandonado aún aquellos miembros acostumbrados a las fatigas de la guerra y endurecidos en los ayunos y vigilias. Vestía el hábito blanco de la Orden, y exteriormente apenas se distinguía de un simple caballero. El golpe que parecía amagar al Temple, y por otra parte los disgustos que, según de algún tiempo atrás iba viendo claramente, debían de abrumar a aquel sobrino querido, último retoño de su linaje, esparcían en su frente una nube de tristeza, y daban a su fisonomía un aspecto todavía más grave.

El maestre, que había salido al encuentro de don Álvaro, después de haberle abrazado con un poco más de emoción de la acostumbrada, le llevó a una especie de celda, en que de ordinario estaba, y cuyos muebles y atavíos revelaban aquella primitiva severidad y pobreza, en cuyos brazos habían dejado a la Orden Hugo de Paganis y sus compañeros, y de que eran elocuente emblema los dos caballeros montados en un mismo caballo. Don Rodrigo, así por el puesto que ocupaba como por la austeridad peculiar a su carácter, quería dar este ejemplo de humildad y de modestia. Sentáronse entrambos, en taburetes de madera, a una tosca mesa de nogal, sobre la cual ardía una lámpara enorme de cobre, y don Álvaro hizo al anciano una prolija relación de todo lo acaecido, que éste escuchó con la mayor atención.

—En todo eso—respondió por último—estoy viendo la mano del que degolló al niño Guzmán delante de los adarves de Tarifa, y a la vista de su padre. El conde de Lemus está ligado con él, y otros señores que sueñan con la ruina del Temple para adornarse con sus despojos, y temiendo que tu enlace con una señora tan poderosa en tierras y vasallos aumentaría nuestras fuerzas, harto temibles ya para ellos en este país, han adulado la ambición de don Alonso, y puesto en ejecución todas sus malas artes para separaros. ¡Pobre doña Beatriz!—añadió con melancolía—. ¿Quién le dijera a su piadosa madre, cuando con tanto afán y solicitud la criaba, que su hija había de ser el premio de una cábala tan ruin?

—Pero, señor—repuso don Álvaro—, creéis que el señor de Arganza se hará sordo a la voz del honor y de la naturaleza?

—A todo, hijo mío—contestó el templario—. La vanidad y la ambición secan las fuentes del alma, y con ellas se aparta el hombre de Dios, de quien viene la virtud y la verdadera nobleza.

—¿Pero no hay entre vos y él algún pacto formal?

—Ninguno. Menguado fué tu sino desde la cuna, don Álvaro, pues de otra suerte no sucedería que doña Blanca, que en tan alta estima te tiene, fuese causa ahora de tu pesar. Ella se opuso al principio a vuestra unión, porque quiso que su hija te conociese antes de darte su mano, y don Alonso, doblegando por la primera vez su carácter altanero, cedió a las solicitudes de su esposa. Así, pues, aunque su conciencia le condene, a nada podemos obligarle por nuestra parte.

—¿Conque es decir—exclamó don Álvaro—, que no me queda más camino que el que la desesperación me señale?

—Te queda la confianza en Dios y en tu propio honor, de que a nadie le es dado despojarte—respondió el maestre con voz grave entre severa y cariñosa—. Además—continuó con más sosiego—, todavía hay medios humanos, que tal vez sean poderosos a desviar a don Alonso de la senda de perdición por donde quiere llevar a su hija. Yo no le hablaré sino como postrer recurso, porque a pesar de mi prudencia, tal vez se enconaría el odio de que nuestra noble Orden va siendo objeto; pero mañana irás a Carracedo, y entregarás una carta al abad, de mi parte. Su carácter espiritual podrá darle alguna influencia sobre el orgulloso señor de Arganza, y espero que, si yo se lo pido, no se lo negará a un hermano suyo. Su Orden y la mía nacieron en el seno de San Bernardo, y de la santidad de su corazón recibieron sus primeros preceptos. Dichosos tiempos en que seguíamos la bandera del capitán invisible en demanda de un reino que no era de este mundo.

Don Álvaro, al oírle, se abochornó un poco, viendo que en el egoísmo de su dolor se había olvidado de los pesares y zozobras que como una corona de espinas rodeaban aquella cana y respetable cabeza. Comenzó entonces a hablarle de los rumores que circulaban, y el anciano, apoyándose en su hombro, bajó la escalera y le llevó al extremo de la gran plaza de armas, cuyos muros dan al río.

La noche estaba sosegada y la luna brillaba en mitad de los cielos azules y transparentes. Las armas de los centinelas vislumbraban a sus rayos despidiendo vivos reflejos al moverse, y el río, semejante a una franja de plata, corría al pie de la colina con un rumor apagado y sordo. Los bosques y montañas estaban revestidos de aquellas formas vagas y suaves con que suele envolver la luna semejantes objetos, y todo concurría a desenvolver aquel germen de melancolía que las almas generosas encuentran siempre en el fondo de sus sentimientos. El maestre se sentó en un asiento de piedra que había a cada lado de las almenas, y su sobrino ocupó el de enfrente.

—Tú creerás tal vez, hijo mío—le dijo—, que el poder de los templarios, que en Castilla poseen más de veinticuatro encomiendas, sin contar otros muchos fuertes de menos importancia; en Aragón ciudades enteras, y en toda la Europa más de nueve mil casas y castillos, es incontrastable, y que harto tiene la Orden en qué fundar el orgullo y altanería con que generalmente se le da en rostro.

—Así lo creo—respondió su sobrino.

—Así lo creen los más de los nuestros—contestó el maestre—y por ello el orgullo se ha apoderado de nosotros; el orgullo que perdió al primer hombre y perderá a tantos de sus hijos. En Palestina hemos respondido con el desdén y la soberbia a las quejas y envidia de los demás, y el resultado ha sido perder la Palestina, nuestra Patria, nuestra única y verdadera Patria. ¡Oh Jerusalén, Jerusalén, ciudad de perfecto decoro, alegría de toda la tierra!—exclamó con voz solemne—; en ti se quedó la fuerza de nuestros brazos, y al dejar a San Juan de Acre, exhalamos el último suspiro. Desde entonces, peregrinos en Europa, rodeados de rivales poderosos que codician nuestros bienes, corrompidas nuestras humildes y modestas costumbres primitivas, el mundo todo se va concitando en daño nuestro y hasta la tiara, que siempre nos ha servido de escudo, parece inclinarse del lado de nuestros enemigos. Nuestros hermanos gimen ya en Francia en los calabozos de Felipe, y Dios sabe el fin que les espera. ¡Pero que se guarden!—exclamó con voz de trueno—; allí nos han sorprendido, pero aquí y en otras partes aprestados nos encontrarán a la pelea. El Papa podrá disolver nuestra hermandad y esparcirnos por la haz de la tierra, como el pueblo de Israel; pero para condenarnos nos tendrá que oir, y el Temple no irá al suplicio bajo la vara de ninguna potestad temporal como un rebaño de carneros.

Los ojos del maestre parecían lanzar relámpagos, y su fisonomía estaba animada de un fuego y energía que nadie hubiera creído compatible con sus cansados años.

El Temple tenía un imán irresistible para todas las imaginaciones ardientes por su misteriosa organización, y por el espíritu vigoroso y compacto que vigorizaba a un tiempo el cuerpo y los miembros de por sí. Tras de aquella hermandad tan poderosa y unida, difícil era, y sobre todo a la inexperiencia de la juventud, divisar más que robustez y fortaleza indestructible, porque en semejante edad nada se cree negado al valor y a la energía de la voluntad; así es que don Álvaro no pudo menos de replicar:

—Tío y señor, ¿ese creéis que sea el premio reservado por el Altísimo a la batalla de dos siglos que habéis sostenido por el honor de su nombre? ¿Tan apartado le imagináis de vuestra casa?

—Nosotros somos—contestó el anciano—los que nos hemos desviado de él, y por eso nos vamos convirtiendo en la piedra de escándalo y de reprobación. Y yo—continuó con la mayor amargura—moriré lejos de los míos, sin ampararlos con el escudo de mi autoridad, y la corona de mis cansados días será la soledad y el destierro. Hágase la voluntad de Dios; pero cualquiera que sea el destino reservado a los templarios, morirán como han vivido, fieles al valor y ajenos a toda indigna flaqueza.

A esta sazón la campana del castillo anunció la hora de recogimiento, con lúgubres y melancólicos tañidos que, derramándose por aquellas soledades y quebrándose entre los peñascos del río, morían a lo lejos mezclados a su murmullo con un rumor prolongado y extraño.

—La hora de la última oración y del silencio—dijo el maestre—; vete a recoger, hijo mío, y prepárate para el viaje de mañana. Acaso te he dejado ver demasiado las flaquezas que abriga este anciano corazón; pero el Señor también estuvo triste hasta la muerte, y dijo: «Padre, si puede ser, pase de mi este cáliz». Por lo demás, no en vano soy el maestre y padre del Temple en Castilla, y en la hora de la prueba, nada en el mundo debilitará mi ánimo.

Don Álvaro acompañó a su tío hasta su aposento, y después de haberle besado la mano, se encaminó al suyo, donde al cabo de mucho desasosiego se rindió al sueño, postrado con las extrañas escenas y sensaciones de aquel día.

CAPÍTULO IV

La caballería del templo de Salomón había nacido en el mayor fervor de las cruzadas, y los sacrificios y austeridades que les imponía su regla, dictada por el entusiasmo y celo ardiente de San Bernardo, les habían granjeado el respeto y aplauso universal. Los templarios, con efecto, eran el símbolo vivo y eterno de aquella generosa idea que convertía hacia el sepulcro de Cristo los ojos y el corazón de toda la cristiandad. En su guerra con los infieles, nunca daban ni admitían tregua, ni les era lícito volver las espaldas aun delante de un número de enemigos conocidamente superiores; así es que eran infinitos los caballeros que morían en los campos de batalla. Al desembarcar en el Asia los peregrinos y guerreros bisoños encontraban la bandera del Temple, a cuya sombra llegaban a Jerusalén sin experimentar ninguna de las zozobras de aquel peligroso viaje. El descanso del monje y la gloria y pompa mundana del soldado les estaban igualmente vedados, y su vida entera era un tejido de fatigas y abnegación. Europa se había apresurado, como era natural, a galardonar una Orden que contaba en su principio tantos héroes como soldados, y las honras, privilegios y riquezas que sobre ella comenzaron a llover, la hicieron en poco tiempo temible y poderosa, en términos de poseer, como decía don Rodrigo, nueve mil casas y los correspondientes soldados y hombres de armas.

Comoquiera, el tiempo que todo lo mina, la riqueza que ensoberbece aun a los humildes, la fragilidad de la naturaleza humana, que al cabo se cansa de los esfuerzos sobrenaturales, y, sobre todo, la exasperación causada en los templarios por los desastres de la Tierra santa, y las rencillas y desavenencias con los hospitalarios de San Juan, llegaron a manchar las páginas de la historia del Temple, limpias y resplandecientes al principio. Desde la altura a que los habían encumbrado sus hazañas y virtudes, su caída fué grande y lastimosa. Por fin perdieron a San Juan de Acre, y apagado ya el fuego de las cruzadas a cuyo calor habían crecido y prosperado, su estrella comenzó a amortiguarse, y la memoria de sus faltas, la envidia que ocasionaban sus riquezas y los recelos que inspiraba su poder, fué lo único que trajeron de Palestina, su Patria de adopción y de gloria, a la antigua Europa, verdadero campo de soledad y destierro para unos espíritus acostumbrados al estruendo de la guerra y a la incesante actividad de los campamentos.

A decir verdad, los temores de los monarcas no dejaban de tener su fundamento, porque los caballeros teutónicos acababan de arrojarse sobre la Prusia con fuerzas menores y más escaso poder que los Templarios, fundando un estado cuyo esplendor y fuerza han ido aumentándose hasta nuestros días. Su número era indudablemente reducido; pero su espíritu altivo y resuelto, su organización fuerte y compacta, su experiencia en las armas y su temible caballería, contrabalanceaban ventajosamente las fuerzas inertes y pesadas que podía oponerles en aquella época la Europa feudal.

Para conjurar todos estos riesgos imaginó Felipe el Hermoso, rey de Francia, la medida, política sin duda, de aspirar al maestrazgo general de la orden, que todavía llevaba el nombre de ultramarino; pero el desaire que recibió, junto con la codicia que le inspiró la vista del tesoro del Temple en los días que le dieron amparo contra una conmoción popular, acabó de determinar su alma vengativa a aquella atroz persecución que tiznará eternamente su memoria. El Papa, que, como único juez de una corporación eclesiástica, debía oponerse a las ilegales invasiones de un poder temporal, no se atrevía a contrariar al rey de Francia, temeroso de ver sujeta a la residencia de un concilio general la vida y memoria de su antecesor Bonifacio, como Felipe con toda vehemencia pretendía. De aquí resultaba que muchas gentes, y en especial los eclesiásticos, que veían la tibieza con que defendía la cabeza de la Iglesia la causa de los Templarios, se inclinaban a lo peor, como generalmente sucede, y de este modo las viles y monstruosas calumnias de Felipe cada día adquirían más popularidad y consistencia entre una plebe supersticiosa y feroz.

Aunque entre los Templarios españoles la continua guerra con los sarracenos conservaba costumbres más puras y acendradas y daba a su existencia un noble y glorioso objeto de que estaban privados en Francia, también es cierto que los vicios consiguientes a la constitución de la orden no dejaban de advertirse en nuestra patria. Por otra parte, el Temple, en último resultado, era una orden extranjera cuya cabeza residía en lejanos climas, al paso que a su lado crecían en nombre y reputación las de Calatrava, Alcántara y Santiago, plantas indígenas y espontáneas en el suelo de la caballería española y capaces de llenar el vacío que dejaran sus hermanos en los escuadrones cristianos. Toda comparación, pues, entre unas órdenes y la otra debía perjudicar a la larga a los caballeros del Temple, y, por otra parte, conociendo los estrechos vínculos de su hermandad, difícil era separarlos de la responsabilidad de las acusaciones de la corte de Francia. De manera que los Templarios españoles, algo más respetados y un poco menos aborrecidos que los de otros países, no por eso dejaban de ser objeto de la envidia y codicia para los grandes y de aversión para los pequeños, perdiendo sus fuerzas y prestigio en medio de la especie de pestilencia moral que consumía sus entrañas.

Estas reflexiones que a riesgo de cansar a nuestros lectores hemos querido hacer para explicar la rápida grandeza y súbita ruina del orden del Temple, se habían presentado muchas veces al carácter meditabundo y grave del maestre de Castilla, y sido causa de la melancolía y abstraimiento que en él se notaba de mucho tiempo atrás; pero la mayor parte de sus súbditos lo achacaban a la piedad un poco austera que había distinguido siempre su vida. Don Álvaro, como ya hemos indicado, más ardiente y menos reflexivo, no acertaba a explicarse el desaliento de una persona tan valerosa y cuerda como su tío, y así es que al día siguiente caminaba la vuelta de Carracedo, algo más divertido en sus propias tristezas y zozobras que no preocupado de los riesgos que amenazaban a sus nobles aliados. De la plática que iba a tener con el abad de Carracedo pendían tal vez las más dulces esperanzas de su vida, porque aquel prelado, como confesor de la familia de Arganza, ejercía grande influjo en el ánimo de su jefe. Por otra parte, su poder temporal le daba no poca consideración y preponderancia, porque después de la bailía de Ponferrada, nadie gozaba de más riquezas ni regía mayor número de vasallos que aquel famoso monasterio.

Don Rodrigo caminaba, pues, combatido de mil opuestos sentimientos, silencioso y recogido, sin hacer caso, ora por esto, ora por la poca novedad que a sus ojos tenía, del risueño paisaje que se desplegaba alrededor, a los primeros rayos del sol de mayo. A su espalda quedaba la fortaleza de Ponferrada; por la derecha se extendía la dehesa de Fuentes Nuevas, con sus hermosos collados plantados de viñas que se empinaban por detrás de sus robles; por la izquierda corría el río entre los sotos, pueblos y praderas que esmaltan su bendecida orilla y adornan la falda de las sierras de la Aquiana, y al frente descollaba por entre castaños y nogales, casi cubierta con sus copas y en vergel perpetuo de verdura, la majestuosa mole del monasterio fundado a la margen del Cúa por don Bernardo el Gotoso, y reedificado y ensanchado por la piedad de don Alonso el emperador y de su hermana doña Sancha. Cantaban los pájaros alegremente y el aire fresco de la mañana venía cargado de aromas con las muchas flores silvestres que se abrían para recibir las primeras miradas del padre del día.

¡Delicioso espectáculo, en que un alma descargada de pesares no hubiese dejado de hallar goces secretos y vivos!

Gracias a la velocidad de Almanzor, que don Álvaro había ganado en la campaña de Andalucía de un moro principal a quien venció, pronto se halló a la puerta del convento. Guardábanla dos como maceros, más por decoro de la casa que no por custodia o defensa, que hicieron al señor de Bembibre el homenaje correspondiente a su alcurnia; y tirando uno de ellos del cordel de una campana, avisó la llegada de tan ilustre huésped. Don Álvaro se apeó en el patio y, acompañado de dos monjes que bajaron a su encuentro, y de los cuales el más entrado en años le dió el ósculo de paz, pronunciando un versículo de la Sagrada Escritura, se encaminó a la cámara de respeto en que solía recibir el abad a los forasteros de distinción. Era ésta la misma donde la infanta doña Sancha, hermana del emperador don Alonso, había administrado justicia a los pueblos del Bierzo, derramando sobre sus infortunios los tesoros de su corazón misericordioso: gracioso aposento con ligeras columnas y arcos arabescos, con un techo de primorosos embutidos al cual se subía por una escalera de piedra adornada de un frágil pasamano. Una reducida pero elegante galería le daba entrada, y recibía luz de una cúpula bastante elevada y de algunos calados rosetones; todo lo cual, junto con los muebles ricos, pero severos, que la decoraban, le daban un aspecto majestuoso y grave.

Los religiosos dejaron en esta sala a don Álvaro por espacio de algunos minutos, al cabo de los cuales entró el abad. Era éste un monje como de cincuenta años, calvo, de facciones muy acentuadas, pero en que se descubría más austeridad y rigor que no mansedumbre evangélica; enflaquecido por los ayunos y penitencias, pero vigoroso aún en sus movimientos. Se conocía a primera vista que su condición austera y sombría, aunque recta y sana, le inclinaba más bien a empuñar los rayos de la religión que no a cubrir con las alas de la clemencia las miserias humanas. A pesar de todo, recibió a don Álvaro con bondad y aun pudiéramos decir con efusión, atendido su carácter, porque le tenía en gran estima, y después de los indispensables cumplimientos se puso a leer la carta del maestre. A medida que la recorría iban amontonándose nubarrones en su frente dura y arrugada, tristes presagios para don Álvaro; hasta que, concluída, por último le dijo con su voz enérgica y sonora:

—Siempre he estimado a vuestra casa: vuestro padre fué uno de los pocos amigos que Dios me concedió en mi juventud, y vuestro tío es un justo, a pesar del hábito que le cubre; pero ¿cómo queréis que yo me mezcle ahora en negocios mundanos, ajenos a mis años y carácter, ni que vaya a desconcertar un proyecto en que el señor de Arganza piensa cobrar tanta honra para su linaje?

—Pero, padre mío—contestó don Álvaro—, la paz de vuestra hija de penitencia, el amor que la tenéis, la delicadeza de mi proceder y tal vez el sosiego de esta comarca son asuntos dignos de vuestro augusto ministerio y del sello de santidad que ponéis en cuanto tocáis. ¿Imagináis que doña Beatriz encuentre gran ventura en brazos del conde?

—Pobre paloma sin mancilla—repuso el abad con una voz casi enternecida—: su alma es pura como el cristal del lago de Carucedo, cuando en la noche se pintan en su fondo todas las estrellas del cielo, y ese reguero de maldición acabará por enturbiar y amargar este agua limpia y serena.

Quedáronse entrambos callados por un buen rato, hasta que el abad, como hombre que adopta una resolución inmutable, le dijo:

—¿Seríais capaz de cualquier empresa por lograr a doña Beatriz?

—¿Eso dudáis, padre?—contestó el caballero—; sería capaz de todo lo que no me envileciese a sus ojos.

—Pues entonces—añadió el abad—, yo haré desistir a don Alonso de sus ambiciosos planes, con una condición: y es que os habéis de apartar de la alianza de los templarios.

El rostro de don Álvaro se encendió en ira, y en seguida perdió el color hasta quedarse como un difunto, en cuanto oyó semejante proposición. Pudo sin embargo contenerse, y se contentó con responder, aunque en voz algo trémula y cortada:

—Vuestro corazón está ciego, pues no ve que doña Beatriz sería la primera en despreciar a quien tan mala cuenta daba de su honra: la dicha siempre es menos que el honor. ¿Cómo queríais que faltase en la hora del riesgo a mi buen tío y a sus hermanos? ¡Otra opinión creí mereceros!

—Nunca estuvo la honra—respondió el abad con vehemencia—en contribuir a la obra de tinieblas, ni en hacer causa común con los inicuos.

—¿Y sois vos—le preguntó el caballero con sentido acento—, vos, un hijo de San Bernardo, el que habla en esos términos de sus hermanos? ¿Vos obscurecéis de esa manera la cruz que resplandeció en la Palestina con tan gloriosos rayos, y que ha menguado en España las lunas sarracenas? ¿Vos humilláis vuestra sabiduría hasta recoger las hablillas de un vulgo fiero y maldiciente?

—¡Ah!—repuso el monje con el mismo calor, aunque con un acento doloroso—; ¡pluguiera al cielo que sólo en boca de la plebe anduviese el nombre del Temple! Pero el papa ve los desmanes del rey de Francia sin fulminar sobre él los rayos de su poder, y ¿pensáis que así abandonaría a sus hijos, no ha mucho tiempo de bendición, si la inocencia no los hubiera abandonado antes? El jefe de la iglesia, hijo mío, no puede errar, y si hasta ahora no ha recaído ya el castigo sobre los delincuentes, culpa es de su corazón benigno y paternal. ¡Oh dolor!—añadió levantando las manos y los ojos al cielo—. ¡Oh vanidad de las grandezas humanas! ¿Por qué han seguido los caminos de la perdición y de la soberbia, desviándose de la senda humilde y segura que les señaló nuestro padre común? Por su desenfreno acabamos de perder la Tierra Santa, y ya será preciso pasar el arado sobre aquel alcázar a cuyo abrigo descansaba alegre la cristiandad entera; pero se ha convertido ya en templo de abominación.

Don Álvaro no pudo menos de sonreirse con desdén, y dijo:

—Mucho será que a tanto alcancen vuestras máquinas de guerra.

El abad le miró severamente, y sin hablar palabra le asió del brazo y le llevó a una ventana. Desde ella se divisaba una colina muy hermosa, sombreadas sus faldas de viñedo al pie de la cual corría el Cúa, y cuya cumbre remataba no en punta, sino en una hermosa explanada con el azul del cielo por fondo. Un montón confuso de ruinas la adornaba: algunas columnas estaban en pie, aunque las más sin capiteles: en otras partes se alcanzaba a descubrir algún lienzo grande de edificio, cubierto de yedra, y todo el recinto estaba rodeado aún de una muralla por donde trepaban las vides y zarzas. Aquel «campo de soledad mustio collado» había sido el Bergidum romano.

Bien lo sabía don Álvaro; pero el ademán del abad y la ocasión en que le ponía delante aquel ejemplo de las humanas vanidades y soberbias le dejó confuso y silencioso.

—Miradlo bien—le dijo el monje—, mirad bien uno de los grandes y muchos sepulcros que encierran los esqueletos de aquel pueblo de gigantes. También ellos en su orgullo e injusticia se volvieron contra Dios como vuestros templarios. Id, pues, id como yo he ido en medio del silencio de la noche, y preguntad a aquellas ruinas por la grandeza de sus señores; id, que no dejarán de daros respuesta los silbidos del viento y el aullido del lobo.

El señor de Bembibre, antes confuso, quedó ahora como anonadado y sin contestar palabra.

—Hijo mío—añadió el monje—, pensadlo bien y apartaos, que aún es tiempo; apartaos de esos desventurados, sin volver la vista atrás, como el profeta que salía huyendo de Gomorra.

—Cuando vea lo que me decís—respondió don Álvaro con reposada firmeza—, entonces tomaré vuestros consejos. Los templarios serán tal vez altaneros y destemplados, pero es porque la injusticia ha agriado su noble carácter. Ellos responderán ante el soberano pontífice y su inocencia quedará limpia como el sol. Pero en suma, padre mío, vos que veis la hidalguía de mis intenciones, ¿no haréis algo por el bien de mi alma y por doña Beatriz, a quien tanto amáis?

—Nada—contestó el monje—: yo no contribuiré a consolidar el alcázar de la maldad y del orgullo.

El caballero se levantó entonces y le dijo:

—Vos sois testigo de que me cerráis todos los caminos de paz. ¡Quiera Dios que no os lo echéis en cara alguna vez!

—El cielo os guarde, buen caballero—contestó el abad—y os abra los ojos del alma.—En seguida le fué acompañando hasta el patio del monasterio y después de despedirle se volvió a su celda, donde se entregó a tristes reflexiones.

CAPÍTULO V

Aunque don Álvaro no fundase grandes esperanzas en su entrevista con el abad, todavía le causó sorpresa el resultado: flaqueza irremediable del pobre corazón humano, que sólo a vista de la realidad inexorable y fría, acierta a separarse del talismán que hermosea y dulcifica la vida: la esperanza. El maestre por su parte conocía harto bien el fondo de fanatismo que en el alma del abad de Carracedo sofocaba un sin fin de nobles cualidades para no prever el éxito; pero así para consuelo de su sobrino como por obedecer a aquel generoso impulso que en las almas elevadas inclina siempre a la conciliación y a la dulzura, había dado aquel paso. Iguales motivos le determinaron a visitar al señor de Arganza, aunque la crítica situación en que se encontraba la orden por una parte, y por otra la conocida ambición de don Alonso, parecían deber retraerle de este nuevo esfuerzo; pero la ternura de aquel buen anciano por el único pariente que le quedaba, rayaba en debilidad, aunque exteriormente la dejaba asomar rara vez.

Así, pues, un día de los inmediatos al suceso que acabamos de contar, salió de la encomienda de Ponferrada con el séquito acostumbrado y se encaminó a Arganza. La visita tuvo mucho de embarazosa y violenta, porque don Alonso, deseoso de ahorrarse una explicación cordial y sincera sobre un asunto en que su conciencia era la primera a condenarle, se encerró en el coto de una cortesía fría y estudiada, y el maestre, por su parte, convencido de que su resolución era irrevocable, y harto celoso del honor de su Orden y de la dignidad de su persona para abatirse a súplicas inútiles, se despidió para siempre de aquellos umbrales que tantas veces había atravesado con el ánimo ocupado en dulces proyectos.

Comoquiera, el señor de Arganza, un tanto alarmado con la intención que parecía descubrir el afecto de don Álvaro hacia su hija, resolvió acelerar lo posible su ajustado enlace a fin de cortar de raíz todo género de zozobras. Poco temía de la resistencia de su esposa, acostumbrado como estaba a verla ceder de continuo a su voluntad; pero el carácter de la joven, que había heredado no poco de su propia firmeza, le causaba alguna inquietud. Sin embargo, como hombre de discreción, a par que de energía, contaba a un tiempo con el prestigio filial y con la fuerza de su autoridad para el logro de su propósito. Así, pues, una tarde que doña Beatriz, sentada cerca de su madre, trabajaba en bordar un paño de iglesia que pensaba regalar al monasterio de Villabuena, donde tenía una tía abadesa a la sazón, entró su padre en el aposento, y diciéndola que tenía que hablarle de un asunto de suma importancia, soltó la labor y se puso a escucharle con la mayor modestia y compostura. Caíanla por ambos lados numerosos rizos negros como el ébano, y la zozobra, que apenas podía reprimir, la hacía más interesante. Don Alonso no pudo abstenerse de un cierto movimiento de orgullo al verla tan hermosa, en tanto que a doña Blanca, por lo contrario, se le arrasaron los ojos de lágrimas, pensando que tanta hermosura y riqueza serían tal vez la causa de su desventura eterna.

—Hija mía—la dijo don Alonso—, ya sabes que Dios nos privó de tus hermanos, y que tú eres la esperanza única y postrera de nuestra casa.

—Sí, señor—respondió ella con su voz dulce y melodiosa.

—Tu posición, por consiguiente—continuó su padre—, te obliga a mirar por la honra de tu linaje.

—Sí, padre mío, y bien sabe Dios que ni por un instante he abrigado un pensamiento que no se aviniese con el honor de vuestras canas y con el sosiego de mi madre.

—No esperaba yo menos de la sangre que corre por tus venas. Quería decirte, pues, que ha llegado el caso de que vea logrado el fruto de mis afanes y coronados mis más ardientes deseos. El conde de Lemus, señor el más noble y poderoso de Galicia, favorecido del rey, y muy especialmente del infante don Juan, ha solicitado tu mano, y yo se la he concedido.

—¿No es ese conde el mismo—repuso doña Beatriz—que después de lograr de la noble reina doña María el lugar de Monforte en Galicia, abandonó sus banderas para unirse a las del infante don Juan?

—El mismo—contestó don Alonso poco satisfecho de la pregunta de su hija—; y ¿qué tenéis que decir de él?

—Que es imposible que mi padre me dé por esposo un hombre a quien no podría amar ni respetar tan siquiera.

—Hija mía—contestó don Alonso con moderación, porque conocía el enemigo con quien se las iba a haber, y no quería usar de violencia sino en el último extremo—, en tiempo de discordias civiles no es fácil caminar sin caer alguna vez, porque el camino está lleno de escollos y barrancos.

—Sí—replicó ella—, el camino de la ambición está sembrado de dificultades y tropiezos; pero la senda del honor y la caballería es lisa y apacible como una pradera. El conde de Lemus sin duda es poderoso, pero aunque sé de muchos que le temen y odian, no he oído hablar de uno que le venere y estime.

Aquel tiro, dirigido a la desalmada ambición del de Lemus, que sin saberlo su hija venía a herir a su padre de rechazo, excitó su cólera en tales términos que se olvidó de su anterior propósito, y contestó con la mayor dureza:

—Vuestro deber es obedecer y callar y recibir el esposo que vuestro padre os destine.

—Vuestra es mi vida—dijo doña Beatriz—y si me lo mandáis, mañana mismo tomaré el velo en un convento; pero no puedo ser esposa del conde de Lemus.

—Alguna pasión tenéis en el pecho, doña Beatriz—contestó su padre dirigiéndola escrutadoras miradas—. ¿Amáis al señor de Bembibre?—le preguntó de repente.

—Sí, padre mío—respondió ella con el mayor candor.

—Y ¿no os dije que le despidiérais?

—Y ya le despedí.

—Y ¿cómo no despedísteis también de vuestro corazón esa pasión insensata? Preciso será que la ahoguéis entonces.

—Si tal es vuestra voluntad, yo la ahogaré al pie de los altares; yo trocaré por el amor del esposo celeste el amor de don Álvaro, que por su fe y su pureza era más digno de Dios, que no de mí, desdichada mujer. Yo renunciaré a todos mis sueños de ventura; pero no le olvidaré en brazos de ningún hombre.

—Al claustro iréis—respondió don Alonso—, fuera de sí de despecho, no a cumplir vuestros locos antojos, no a tomar el velo de que os hace indigna vuestro carácter rebelde, sino a aprender, en la soledad, lejos de mi vista y de la de vuestra madre, la obediencia y el respeto que me debéis.

Diciendo esto salió del aposento airado, y cerrando tras sí la puerta con enojo, dejó solas a madre y a hija, que por un impulso natural y espontáneo, se precipitaron una en brazos de la otra; doña Blanca, deshecha en lágrimas, y doña Beatriz comprimiendo las suyas con trabajo, pero llena interiormente de valor. En las almas generosas despierta la injusticia fuerzas cuya existencia se ignoraba, y la doncella lo sentía entonces. Había tenido bastante desprendimiento y respeto para no representar a su padre, que si amaba a don Álvaro era porque todo en un principio parecía indicarle que era el esposo escogido por su familia; pero este silencio mismo contribuía a hacerle sentir más vivamente su agravio. Lo que quebrantaba su valor era el desconsuelo de su madre, que no cesaba un punto en sus sollozos, teniéndola estrechamente abrazada.

—Hija mía, hija mía—dijo por fin en cuanto su congoja le dejó hablar—, ¿cómo te has atrevido a irritarle de esa manera, cuando nadie tiene valor para resistir sus miradas?

—En eso verá que soy su hija y que heredo el esfuerzo de su ánimo.

—¡Y yo, miserable mujer—exclamó doña Blanca haciendo los mayores extremos de dolor—, que con mi necia prudencia te he alejado del puerto de la dicha pudiendo ahora gozarte segura en la ribera!

—Madre mía—dijo la joven enjugando los ojos de su madre—; vos habéis sido toda bondad y cariño para mí, y el día de mañana sólo está en la mano de Dios; sosegaos, pues, y mirad por vuestra salud. El Señor nos dará fuerzas para sobrellevar una separación, a mí sobre todo, que soy joven y robusta.

La idea de la falta de su hija, que ni un solo día se había apartado de su lado, y que había desaparecido por un momento, hizo volver a la triste madre a todos sus extremos de amargura, en términos que doña Beatriz tuvo que emplear todos los recursos de su corazón y de su ingenio en apaciguarla. La anciana, que por su carácter suave y bondadoso estaba acostumbrada a ceder en todas ocasiones y cuyo matrimonio había comenzado por un sacrificio algo semejante, aunque infinitamente menor que el que exigían de su hija, bien quisiera indicarla algo, pero no se atrevía. Por último, al despedirse, le dijo:—Pero, hija de mi vida, ¿no sería mejor ceder?

Doña Beatriz hizo un gesto muy expresivo, pero no respondió a su madre; sino abrazándola y deseándole buen sueño.

CAPÍTULO VI

La escena que acabamos de describir causó mucho desasosiego en el ánimo del señor de Arganza, porque harto claro veía ahora cuán hondas raíces había echado en el ánimo de su hija aquella malhadada pasión que así trastornaba todos sus planes de engrandecimiento. Poco acostumbrado a la contradicción y mucho menos de parte de aquella hija, dechado hasta entonces de sumisión y respeto, su orgullo se irritó sobremanera, si bien en el fondo y como a despecho suyo parecía a veces alegrarse de encontrar en una persona que tan de cerca le tocaba, aquel valor noble y sereno y aquella elevación de sentimientos. Sin embargo, atento antes que todo a conservar ilesa su autoridad paternal, resolvió, al cabo de dos días, llevar a doña Beatriz al convento de Villabuena, donde esperaba que el recogimiento del lugar, el ejemplo vivo de obediencia que a cada paso presenciaría, y sobre todo el ejemplo de su piadosa tía, contribuirían a mudar las disposiciones de su ánimo.

Por secreto que procuró tener don Alonso el motivo de su determinación, se traslució sobradamente en su familia y aun en el lugar, y como todos adoraban a aquella criatura tan llena de gracias y de bondad, el día de su partida fué uno de llanto y de consternación generales. El mismo Mendo, el palafrenero que tan inclinado se mostraba a favorecer los proyectos de su amo y a llevar las armas de un conde, apenas podía contener las lágrimas. Don Alonso daba a entender con la mayor serenidad posible, en medio del pesar que experimentaba, que era ausencia de pocos días, y no llevaba más objeto que satisfacer el deseo que siempre había manifestado la abadesa de Villabuena de tener unos días en su compañía a su sobrina. A todo el mundo decía lo contrario su corazón, y era trabajo en balde el que el anciano señor se tomaba.

Doña Beatriz se despidió de su madre a solas y en los aposentos más escondidos de la casa, y por esta vez ya no pudo sostenerla su aliento: así fué que rompió en ayes y en gemidos tanto más violentos cuanto más comprimidos habían estado hasta entonces. El corazón de una madre suele tener en las ocasiones fuerzas sobrehumanas, y bien lo mostró doña Blanca, que entonces fué la consoladora de su hija y la que supo prestarle ánimo. Por fin doña Beatriz se desprendió de sus brazos, y enjugándose las lágrimas bajó al patio, donde casi todos los vasallos de su padre la aguardaban; sus hermosos ojos, humedecidos todavía, despedían unos rayos semejantes a los del sol cuando después de una tormenta atraviesan las mojadas ramas de los árboles, y su talla majestuosa y elevada, realzada por un vestido obscuro, la presentaba en todo el esplendor de su belleza. La mayor parte de aquellas pobres gentes a quienes doña Beatriz había asistido en sus enfermedades y socorrido en sus miserias, que siempre la habían visto aparecer en sus hogares como un ángel de consuelo y de paz, se precipitaron a su encuentro con voces y alaridos lamentables, besándole unos las manos y otros la falda de su vestido. La doncella, como pudo, se desasió suavemente de ellos, y subiendo en su hacanea blanca, con ayuda del enternecido Mendo, salió del palacio extendiendo las manos hacia sus vasallos y sin hablar palabra, porque desde el principio se le había puesto un nudo en la garganta.

El aire del campo y su natural valor le restituyeron por fin un poco de serenidad. Componían la comitiva su padre, que caminaba un poco delante, como muestra de su enojo, aunque realmente por ocultar su emoción; el viejo Nuño, caballero en su haca de caza, pero sin halcón ni perro; el rollizo Mendo, que aquel día andaba desatentado, y su criada Martina, joven aldeana, rubia, viva y linda, de ojos azules y de semblante risueño y lleno de agudeza. Como con gran placer suyo iba destinada a servir y a acompañar a su señora durante su reclusión, no sabemos decir a punto fijo si era esto lo que más influía en el malhumor del caballerizo que, a pesar de los celos y disgustos que le daba con Millán, el paje de don Álvaro, tenía la debilidad de quererla. Viendo, pues, doña Beatriz que habían entrado en conversación, dijo al montero, que por respeto caminaba un poco detrás:

—Acércate, buen Nuño, porque tengo que hablarte. Tú eres el criado más antiguo de nuestra casa, y como a tal sabes cuánto te he apreciado siempre.

—Sí, señora—contestó él con voz no muy segura—; ¿quién me dijera a mí cuando os llevaba a jugar con mis halcones y perros, que habían de venir días como estos?

—Otros peores vendrán, pobre Nuño, si los que me quieren bien no me ayudan. Ya sabes de lo que se trata, y mucho me temo que la indiscreta ternura de mi padre no me fuerce a tomar por esposo un hombre de todos detestado. Si yo tuviera parientes a quienes dirigirme, sólo de ellos solicitaría amparo; pero, por desgracia, soy la última de mi linaje. Preciso será, pues, que él me proteja, me entiendes; ¿te atreverías a llevarle una carta mía?

Nuño calló.

—Piensa—añadió doña Beatriz—que se trata de mi felicidad en esta vida y quizá en la otra. ¿También tú serías capaz de abandonarme?

—No, señora—respondió el criado con resolución—; venga la carta, que yo se la llevaré aunque hubiera de atravesar por medio de toda la morería. Si el amo lo llega a saber me mandará azotar y poner en la picota y me echará de casa, que es lo peor; pero don Álvaro, que es el mismo pundonor y la misma bondad, no me negará un nicho en su castillo para cuidar de sus halcones y gerifaltes. Y sobre todo, sea lo que Dios quiera, que yo a buen hacer lo hago, y él bien lo ve.

Doña Beatriz, enternecida, le entregó la carta, y casi no tuvo tiempo para darle las gracias, porque Mendo y Martina se le incorporaron en aquel punto. Así, pues, continuaron en silencio su camino por las orillas del Cúa, en las cuales estaba situado el convento de monjas de San Bernardo, hermano en su fundación del de Carracedo, y en el cual habían sido religiosas dos princesas de sangre real. El convento ha desaparecido, pero el pueblo de Villabuena, junto al cual estaba, todavía subsiste y ocupa una alegre y risueña situación al pie de unas colinas plantadas de viñedo. Rodéanlo praderas y huertas llenas las más de higueras y toda clase de frutales, y las otras cercadas de frescos chopos y álamos blancos. El río le proporciona riego abundante y fertiliza aquella tierra, en que la naturaleza parece haber derramado una de sus más dulces sonrisas.

Al cabo de un viaje de hora y media se apeó la cabalgata delante del monasterio, a cuya portería salió la abadesa, acompañada de la mayor parte de la comunidad, a recibir a su sobrina. Las religiosas todas la acogieron con gran amor, prendadas de su modestia y hermosura, y don Alonso, después de una larga conversación con su cuñada, se partió a escondidas de su hija, desconfiando de su energía y resolución, harto quebrantada con las escenas de aquel día. Nuño y Mendo se despidieron de su joven ama con más enternecimiento del que pudiera esperarse de su sexo y educación. Aquellos fieles criados, acostumbrados a la presencia de doña Beatriz, que como una luz de alegría y contento parecía iluminar todos los rincones más obscuros de la casa, conocían que con su ausencia, la tristeza y el desabrimiento iban a asentar en ella sus reales. Conocían que don Alonso se entregaría más frecuentemente a los accesos de su malhumor, sin el suave contrapeso y mediación de su hija; y por otra parte, no se les ocultaba que los achaques, ya habituales de doña Blanca, agravados con el nuevo golpe, acabarían de obscurecer el horizonte doméstico. Así, pues, entrambos caminaron sin hablar palabra detrás de su amo, no menos adusto y silencioso que ellos; y al llegar a Arganza, Mendo se fué a las caballerizas con el caballo de su señor y el suyo, y Nuño, después de piensar su jaca y cenar, salió cerca de media noche, con pretexto de aguardar una liebre en un sitio algo lejano, y de amaestrar un galgo nuevo de excelente traza; pero en realidad, para llegar a Bembibre a deshora y entregar con el mayor recato la carta de doña Beatriz, que poco más o menos decía así:

«Mi padre me destierra de su presencia por vuestro amor, y yo sufro contenta este destierro; pero ni vos ni yo debemos olvidar que es mi padre, y, por lo tanto, si en algo tenéis mi cariño y alguna fe ponéis en mis promesas, espero que no adoptaréis ninguna determinación violenta. El primer domingo después del inmediato, procurad quedaros de noche en la iglesia del convento, y os diré lo que ahora no puedo deciros. Dios os guarde y os dé fuerzas para sufrir.»

Nuño desempeñó con tanto tino como felicidad su delicado mensaje, y sólo pudo hacerle aceptar don Álvaro una cadena de plata de que colgar el cuerno de caza en los días de lujo, para memoria suya. Por lo demás, el buen montero todavía tuvo tiempo para volver a su aguardo y coger la liebre, que trajo triunfante a casa muy temprano, deshaciéndose en elogios de su galgo.

CAPÍTULO VII

El medio de que el señor de Arganza se había valido para arrancar del corazón de su hija el amor que tan firmes raíces había echado, no era a la verdad el más a propósito. Aquella alma pura y generosa, pero altiva, mal podía regirse con el freno del temor ni del castigo. Tal vez la templanza y la dulzura hubieran recabado de ella cuanto la ambición de su padre podía apetecer, porque la idea del sacrificio suele ser instintiva en semejantes caracteres, y con más gusto la acogen a medida que se presenta con más atavíos de dolor y de grandeza; pero doña Beatriz, que según la exacta comparación del abad se asemejaba a las aguas quietas y transparentes del lago azul y sosegado de Carracedo, fácilmente se embravecía cuando la azotaba su superficie el viento de la injusticia y dureza. La idea sola de pertenecer a un tan mal caballero como el conde Lemus, y de ser el juguete de una villana intriga, la humillaba en términos de arrojarse a cualquier violento extremo por apartar de sí semejante mengua.

Por otra parte la soledad, la ausencia y la contrariedad, que bastan para apagar inclinaciones pasajeras o culpables afectos, sólo sirven de alimento y vida a las pasiones profundas y verdaderas. Un amor inocente y puro acrisola el alma que le recibe, y por su abnegación insensiblemente llega a eslabonarse con aquellos sublimes sentimientos religiosos que en su esencia no son sino amor limpio del polvo y fragilidades de la tierra. Si por casualidad viene la persecución a adornarle con la aureola del martirio, entonces el dolor mismo lo graba profundamente en el pecho, y aquella idea querida llega a ser inseparable de todos los pensamientos, a la manera que una madre suele mostrar predilección decidida al hijo doliente y enfermo que no la dejó ni un instante de reposo.

Esto era cabalmente lo que sucedía con doña Beatriz. En el silencio que la rodeaba se alzaba más alta y sonora la voz de su corazón, y cuando su pensamiento volaba al que tiene en su mano la voluntad de todos y escudriña con su vista lo más obscuro de la conciencia, sus labios murmuraban sin saber aquel nombre querido. Tal vez pensaba que sus oraciones se encontraban con las suyas en el cielo, mientras sus corazones volaban uno en busca del otro en esta tierra de desventuras, y entonces su imaginación se exaltaba hasta mirar sus lágrimas y tribulaciones como otras tantas coronas que la adornarían a los ojos de su amado.

Su tía, que también había amado y visto deshojarse en flor sus esperanzas bajo la mano de la muerte, respetaba los sentimientos de su sobrina y procuraba hacerle llevadero su cautiverio, dándole la posible libertad y tratándola con el más extremado cariño, porque su femenil agudeza le daba a entender claramente que sólo este proceder podía emplearse con aquella naturaleza a un tiempo de león y de paloma. La prudente señora quería dejar obrar la lenta medicina del tiempo antes de arriesgar ninguna otra tentativa.

El día que doña Beatriz había señalado a don Álvaro en su carta, estaba elegido con gran discreción, porque en él se celebraban después de las vísperas los funerales de los regios patronos de aquella santa casa, que comúnmente solían atraer numeroso concurso, a causa de la limosna que se repartía; y de ordinario duraban hasta de noche. Fácil le fué, por lo tanto, al caballero deslizarse a favor de un disfraz de aldeano por entre el gentío y meterse en un confesonario, donde se escondió como pudo, mientras los paisanos del pueblo oían el sermón con la mayor atención. En las iglesias de aquel país había, y hay aún en algunas, confesonarios cerrados por delante con unas puertas de celosía, y más de una vez han sucedido ocultaciones semejantes a la de nuestro caballero. Por fin, después de acabados los oficios, la iglesia se fué desocupando, las monjas rezaron sus últimas oraciones y el sacristán apagó las luces y salió de la iglesia cerrando las puertas con sus enormes llaves.

Quedóse el templo en un silencio sepulcral y alumbrado por una sola lámpara, cuya llama débil y oscilante, más que aclaraba los objetos los confundía. Algunas cabezas de animales y hombres que adornaban los capiteles de las columnas lombardas, parecían hacer extraños gestos y visajes, y las figuras doradas de los santos de los altares, en cuyos ojos reflejaban los rayos vagos y trémulos de aquella luz mortuoria, parecían lanzar centelleantes miradas sobre el atrevido que traía a la mansión de la religión y de la paz otros cuidados que los del cielo. El coro estaba obscuro y tenebroso, y el ruido del viento entre los árboles y el murmullo de los arroyos que venían de fuera, junto con algún chillido de las aves nocturnas, tenían un eco particular y temeroso debajo de aquellas bóvedas augustas.

Don Álvaro no era superior a su siglo, y en cualquiera otra ocasión, semejantes circunstancias no hubiesen dejado de hacer impresión profunda en su ánimo; pero los peligros reales que le cercaban si era descubierto, el riesgo que corría en igual caso doña Beatriz, el deseo de aclarar el enigma obscuro de su suerte, y, sobre todo, la esperanza de oir aquella voz tan dulce, se sobreponían a toda clase de temores imaginarios. Oyó, por fin, la campana interior del claustro que tocaba a recogerse; luego voces lejanas como de gentes que se despedían, pasos por aquí y acullá, abrir y cerrar puertas, hasta que por último todo quedó en un silencio tan profundo como el que le envolvía.

Salió entonces del confesonario y se acercó a la reja del coro bajo, aplicando el oído con indecible ansiedad y engañándose a cada instante creyendo percibir el leve sonido de los pasos y el crujido de los vestidos de doña Beatriz. Por fin, una forma blanca y ligera apareció en el fondo obscuro del coro, y adelantándose rápida y silenciosamente, presentó a los ojos de don Álvaro, ya un poco habituados a las tinieblas, los contornos puros y airosos de la hija de Ossorio.

Más fácil le fué a ella distinguirle, porque el bulto de su cuerpo se dibujaba claramente en medio de los rayos desmayados de la lámpara que por detrás le herían. Adelantóse, pues, hasta la verja con el dedo en los labios, como una estatua del silencio, que hubiese cobrado vida de repente, y volviendo la cabeza como para dirigir una postrera mirada al coro, preguntó con voz trémula:

—¿Soy vos don Álvaro?

—¿Y quién sino yo—respondió él—vendría a buscar vuestra mirada en medio del silencio de los sepulcros? Me han dicho que habéis sufrido mucho con la separación de vuestra madre, y aunque en esta obscuridad no distingo bien vuestro semblante, me parece ver en él la huella del insomnio y de las lágrimas. ¿No se ha resentido vuestra salud?

—No, a Dios gracias—respondió ella casi con alegría—, porque como penaba por vos, el cielo me ha dado fuerzas. No sé si el llanto habrá enturbiado mis ojos, ni si el pesar habrá robado el color de mis mejillas; pero mi corazón siempre es el mismo. Pero somos unos locos—añadió como recobrándose—en gastar así estos pocos momentos que la suerte nos concede, y que sin gran peligro nuestro tal vez no volverán en mucho tiempo. ¿Qué imagináis, don Álvaro, de haberos yo llamado de esta suerte?

—He imaginado—respondió él—que leíais en mi alma y que con vuestra piedad divina os compadecíais de mí.

—¿Y no habéis meditado algún proyecto temerario y violento? ¿No habéis pensado en romper mis cadenas con vuestras manos atropellando por todo?

Don Álvaro no respondió y doña Beatriz continuó con un tono que se parecía al de la reconvención:—Ya veis que vuestro corazón no os engañaba y que yo leía en él como en un libro abierto; pero sabed que no basta que me améis, sino que me creáis y aguardéis noblemente. No quiero que os volváis contra el cielo, cuya autoridad ejerce mi padre, porque ya os dije que yo jamás mancharía mi nombre con una desobediencia.

—¡Oh, Beatriz!—contestó don Álvaro con precipitación—, no me condenéis sin oirme. Vos no sabéis lo que es vivir desterrado de vuestra presencia; vos no sabéis, sobre todo, cómo despedaza mis entrañas la idea de vuestros pesares, que yo, miserable de mí, he causado sin tener fuerzas para ponerles fin. Cuando os veía dichosa en vuestra casa, de todos acatada y querida, el mundo entero no me parecía sino una fiesta sin término, una alegre romería adonde todos iban a rendir gracias a Dios por el bien que su mano les vertía. Cuando los pájaros cantaban por la tarde, sólo de vos me hablaban con su música; la voz del torrente me deleitaba, porque vuestra voz era la que escuchaba en ella, y la soledad misma parecía recogerse en religioso silencio sólo para escuchar de mis labios vuestro nombre. Pero ahora la naturaleza entera se ha obscurecido, las gentes pasan junto a mí silenciosas y tristes, en mis ensueños os veo pasar por un claustro tenebroso, con el semblante descompuesto y lleno de lágrimas, y el cabello tendido; y el eco de la soledad que antes me repetía vuestro nombre, sólo me devuelve ahora mis gemidos. ¿Qué queréis? La desesperación me ha hecho acordar entonces de que era noble, de que penabais por mí, de que tenía una espada y de que con ella cortaría vuestras ligaduras.

—Gracias, don Álvaro—respondió ella enternecida—; veo que me amáis demasiado; pero es preciso que me juréis aquí, delante de Dios, que a nada os arrojaréis sin consentimiento mío. Sois capaz de sacrificarme hasta vuestra fama; pero ya os lo he dicho: yo no desobedeceré a mi padre.

—No puedo jurároslo, señora—respondió el caballero—, porque ya lo estáis viendo: la persecución y la violencia han empezado por otra parte, y tal vez sólo las armas podrán salvaros. Mirad que os pueden arrastrar al pie del altar y allí arrancaros vuestro consentimiento.

—No creáis a mi padre capaz de tamaña villanía.

—Vuestro padre—replicó don Álvaro con cólera—tiene empeñada su palabra, según dice, y además cree honraros a vos y a su casa.

—Entonces yo solicitaré una entrevista con el conde y le descubriré mi pecho, y cederá.

—¿Quién, él? ¿ceder él?—contestó don Álvaro fuera de sí y con una voz que retumbó en la iglesia—. ¡Ceder cuando justamente en vos estriban todos sus planes! ¡Por vida de mi padre, señora, que sin duda estáis loca!

La doncella se sobrepuso al susto que aquella voz le había causado, y le dijo con dulzura, pero con resolución:

—En ese caso, yo os avisaré; pero hasta entonces, juradme lo que os he pedido. Ya sabéis que nunca, nunca seré suya.

—¡Doña Beatriz!—exclamó de repente una voz detrás de ella.

—¡Jesús mil veces!—exclamó acercándose involuntariamente a la reja mientras don Álvaro, maquinalmente, echaba mano a su puñal—. ¡Ah! ¿eres tú, Martina?—añadió, reconociendo a su fiel criada, que había quedado de acecho, pero de la cual se había olvidado por entero.

—Sí, señora—respondió la muchacha—; y venía a deciros que las monjas comenzarán a levantarse muy pronto, porque ya está amaneciendo.

—Preciso será, pues, que nos separemos—dijo doña Beatriz con un suspiro—; pero nos separaremos para siempre si no me juráis por vuestro honor lo que os he pedido.

—Por mi honor lo juro—respondió don Álvaro.

—Id, pues, con Dios, noble caballero; yo recurriré a vos si fuere menester, y estad seguro de que nunca maldeciréis la hora en que os confiasteis a mí.

Ama y criada se apartaron entonces con precipitación, y don Álvaro, después de haberlas seguido con los ojos, se escondió de nuevo. A poco rato las campanas del monasterio tocaron a la oración matutina con regocijados sonidos, y el sacristán abrió las puertas de la iglesia, dirigiéndose a la sacristía; por manera que don Álvaro pudo salir sin ser visto. Encaminóse luego precipitadamente al monte, donde Millán había pasado la noche con los caballos, y montando en ellos, por sendas y veredas excusadas llegaron prontamente a Bembibre.

CAPÍTULO VIII

Cuantos días siguieron al encierro de doña Beatriz fueron efectivamente para el señor de Bembibre todo lo penosos y desabridos que le hemos oído decir, y aún algo más. Sin embargo, su natural violento e impetuoso mal podía avenirse con un pesar desmayado y apático, y día y noche había estado trazando proyectos a cuál más desesperados. Unas veces pensaba en forzar a mano armada el asilo pacífico de Villabuena al frente de sus hombres de armas en mitad del día y con la enseña de su casa desplegada. Otras resolvía enviar un cartel al conde de Lemus. Ya imaginaba pedir auxilio a algunos caballeros templarios, y sobre todo al comendador Saldaña, alcaide de Cornatel, que sin duda se hubieran prestado en odio del enemigo común, y ya finalmente, aunque como relámpago fugaz, parto de la tempestad que estremecía su alma, llegó a aparecérsele la idea de una alianza con un jefe de bandidos y proscritos llamado el Herrero, que de cuando en cuando se presentaba en aquellas montañas a la cabeza de una cuadrilla de gentes, restos de las disensiones domésticas que habían agitado hasta entonces la corona de Castilla.

Comoquiera, a cada una de estas quimeras salía al paso prontamente ya la noble figura de doña Beatriz, indignada de su audacia; ya el venerable semblante de su tío el maestre, que le daba en rostro con los peligros que acarreaba a la orden; ya finalmente la voz inexorable de su propio honor, que le vedaba otros caminos; y entonces el caballero volvía a su lucha y a sus angustias, temblando por su única esperanza y entregado a todos los vaivenes de la incertidumbre. En tal estado sucedió la escena de que hemos dado cuenta a nuestros lectores, y don Álvaro hubo de ceder en sus desmandados propósitos, por ventura avergonzado de que la elevación de ánimo de una sola y desamparada doncella así aleccionase su impaciencia. De todas maneras aquella conversación que había descorrido enteramente el velo y manifestado el corazón de su amante en el lleno de su virtud y belleza, contribuyó no poco a sosegar su espíritu, rodeado hasta allí de sombras y espantos.

Así se pasó algún tiempo sin que don Alonso hostigase a su hija, siguiendo en esto los consejos de su mujer y de la piadosa abadesa; y doña Beatriz, por su parte, sin quejarse de su situación y convertida en un objeto de simpatía y de ternura para aquellas buenas religiosas, que se hacían lenguas de su hermosura y apacible condición. Gozaba, como hemos dicho, de bastante libertad y paseaba por las huertas y sotos que encerraba la cerca del monasterio, y su corazón llagado se entregaba con inefable placer a aquellos indefinibles goces del espíritu que ofrece el espectáculo de una naturaleza frondosa y apacible. Su alma se fortificaba en la soledad, y aquella pasión pura en su esencia se purificaba y acendraba más y más en el crisol del sufrimiento, ahondando sus raíces a manera de un árbol místico en el campo del destierro y levantando sus ramas marchitas en busca del rocío bienhechor de los cielos.

Esta calma, sin embargo, duró muy poco. El conde de Lemus volvió a presentarse reclamando sus derechos, y don Alonso entonces intimó a su hija su última e irrevocable resolución. Como este era un suceso que forzosamente había de llegar, la joven no manifestó sorpresa ni disgusto alguno, y se contentó con rogar a su padre que le dejase hablar a solas con el conde, demanda a que no pudo menos de acceder.

Como nuestros lectores habrán de tratar un poco más de cerca a este personaje en el curso de esta historia, no llevarán a mal que les demos una ligera idea de él. Don Pedro Fernández de Castro, conde de Lemus, y señor el más poderoso de toda Galicia, era un hombre a quien venían por juro de heredad la turbulencia, el desasosiego y la rebelión, pues sus antecesores, a trueque de engrandecer su casa, no habían desperdiciado ocasión, entre las muchas que se les presentaron cuando el trono glorioso de San Fernando se deslustró en manos de su hijo y de su nieto con la sangre de las revueltas intestinas. Don Pedro, por su parte, como venido al mundo en época más acomodada a estos designios, pues alcanzó la minoría turbulenta de don Fernando el Emplazado, aumentó copiosamente sus haciendas y vasallos con la ayuda del infante don Juan, que entonces estaba apoderado del reino de León, y sin reparar en ninguna clase de medios. Por aquel tiempo fué cuando, con amenaza de pasarse al usurpador, arrancó a la reina doña María la dádiva del rico lugar de Monforte con todos sus términos, abandonándola en seguida y engrosando las filas de su enemigo. Esta ruindad, que, por su carácter público y ruidoso, de todos era conocida, tal vez no equivalía a los desafueros de que eran teatro entonces sus extendidos dominios. Frío de corazón, como la mayor parte de los ambiciosos; sediento de poder y riquezas con que allanar el camino de sus deseos; de muchos temido, de algunos solicitado y odiado del mayor número, su nombre había llegado a ser un objeto de repugnancia para todas las gentes dotadas de algún pundonor y bondad. A vueltas de tantos y tan capitales vicios no dejaba de poseer cualidades de brillo: su orgullo desmedido se convertía en valor siempre que la ocasión lo requería; sus modales eran nobles y desembarazados, y no faltaba a los deberes de la liberalidad en muchas circunstancias, aunque la vanidad y el cálculo fuesen el móvil secreto de sus acciones.

Este era el hombre con quien debía unir su suerte doña Beatriz. Cuando llegó el día de la entrevista se adornó uno de los locutorios del convento con esmero para recibir a un señor tan poderoso y presunto esposo de una parienta inmediata de la superiora. La comitiva del conde, con don Alonso y algún otro hidalguillo del país, ocupaban una pieza algo apartada, mientras él, sentado en un sillón a la orilla de la reja, aguardaba con cierta impaciencia, y aun zozobra, la aparición de doña Beatriz.

Llegó, por fin, ésta acompañada de su tía y ataviada como aquel caso lo pedía, y haciendo una ligera reverencia al conde se sentó en otro sillón destinado para ella en la parte de adentro de la reja. La abadesa, después de corresponder al cortés saludo y cumplimientos del caballero, se retiró, dejándolos solos. Doña Beatriz, entretanto, observó con cuidado el aire y facciones de aquel hombre que tantos disgustos le había acarreado y que tantos otros podía acarrearle todavía. Pasaba de treinta años, y su estatura era mediana, su semblante de cierta regularidad; carecía, sin embargo, de atractivo, o por mejor decir repulsaba por la expresión de ironía que había en sus labios delgados, revestidos de cierto gesto sardónico; por el fuego incierto y vagaroso de sus miradas, en que no asomaba ningún vislumbre de franqueza y lealtad, y, finalmente, por su frente altanera y ligeramente surcada de arrugas, rastro de pasiones interesadas y rencorosas, no de la meditación ni de los pesares. Venía cubierto de un rico vestido y traía al cuello, pendiente de una cadena de oro, la cruz de Santiago. Habíase quedado en pie y con los ojos fijos en aquella hermosa aparición, que, sin duda, encontraba superior a los encarecimientos que le habían hecho. Doña Beatriz le hizo un ademán lleno de nobleza para que se sentase.

—No haré tal, hermosa señora—respondió él cortésmente—, porque vuestro vasallo nunca querría igualarse con vos, que en todos los torneos del mundo seríais la reina de la hermosura. ¡Ojalá fuérais igualmente la de los amores!

—Galán sois—respondió doña Beatriz—y no esperaba yo menos de un caballero tal; pero ya sabéis que las reinas gustamos de ser obedecidas, y así espero que os sentéis. Tengo, además, que deciros cosas en que a entrambos nos va mucho—añadió con la mayor seriedad.

El conde se sentó no poco cuidadoso, viendo el rumbo que parecía tomar la conversación, y doña Beatriz continuó:

—Excusado es que yo os hable de los deberes de la caballería y os diga que os abro mi pecho sin reserva. Cuando habéis solicitado mi mano sin haberme visto y sin averiguar si mis sentimientos me hacían digna de semejante honor, me habéis mostrado una confianza que sólo con otra igual puedo pagaros. Vos no me conocéis y por lo mismo no me amáis.

—Por esta vez habéis de perdonar—repuso el conde—. Cierto es que no habían visto mis ojos el milagro de vuestra hermosura, pero todos se han conjurado a ponderarla, y vuestras prendas, de nadie ignoradas en Castilla, son el mayor fiador de la pasión que me inspiráis.

Doña Beatriz, disgustada de encontrar la galantería estudiada del mundo, donde quisiera que sólo apareciese la sinceridad más absoluta, respondió con firmeza y decoro:

—Pero yo no os amo, señor conde, y creo bastante hidalga vuestra determinación para suponer que sin el alma no aceptaríais la dádiva de mi mano.

—¿Y por qué no, doña Beatriz?—repuso él con su fría y resuelta urbanidad—: cuando os llaméis mi esposa, comprenderéis el dominio que ejercéis en mi corazón, me perdonaréis esta solicitud, tal vez harto viva, con que pretendo ganar la dicha de nombraros mía, y acabaréis, sin duda, por amar a un hombre cuya vida se consagrará por entero a preveniros por todas partes deleites y regocijos, y que encontrará sobradamente pagados sus afanes con una sola mirada de esos ojos.

Doña Beatriz comparaba en su interior este lenguaje artificioso, en que no vibraba ni un solo acento del alma, con la apasionada sencillez y arrebato de las palabras de su don Álvaro. Conoció que su suerte estaba echada irrevocablemente, y entonces, con una resolución digna de su noble energía, respondió:

—Yo nunca podré amaros, porque mi corazón ya no es mío.

Tal era en aquel tiempo el rigor de la disciplina doméstica, y tal la sumisión de las hijas a la voluntad de los padres, que el conde se pasmó al ver lo profundo de aquel sentimiento, que así traspasaba los límites del uso en una doncella tan compuesta y recatada. Algo sabía de los desdichados amores que ahora empezaban a servir de estorbo en su ambiciosa carrera; pero acostumbrado a ver ceder todas las voluntades delante de la suya, se sorprendía de hallar un enemigo tan poderoso en una mujer tan suave y delicada en la apariencia. Con todo, su perseverancia nunca había retrocedido delante de ningún género de obstáculos; así es que recobrándose prontamente, respondió, no sin un ligero acento sardónico que toda su disimulación no fué capaz de ocultar:

—Algo había oído decir de esa extraña inclinación hacia un hidalgo de esta tierra; pero nunca pude creer que no cediese a la voz de vuestro padre y a los deberes de vuestro nacimiento.

—Ese a quien llamáis con tanto énfasis hidalgo—respondió doña Beatriz sin inmutarse—es un señor no menos ilustre que vos. La nobleza de su estirpe sólo tiene por igual la de sus acciones, y si mi padre juzga que tan reprensible es mi comportamiento, no creo que os haya delegado a vos su autoridad, que sólo en él acato.

Quedóse pensativo el conde un rato, como si en su alma luchasen encontrados afectos, hasta que en fin, sobreponiéndose a todo, según suele suceder, la pasión dominante, respondió con templanza y con un acento de fingido pesar:

—Mucho me pesa, señora, de no haber conocido más a fondo el estado de vuestro corazón; pero bien veis que habiendo llevado tan adelante este empeño, no fuera honra de vuestro padre ni mía exponernos a las malicias del vulgo.

—¿Quiere decir—replicó doña Beatriz con amargura—que yo habré de sacrificarme a vuestro orgullo? ¿De ese modo amparáis a una dama afligida y menesterosa? ¿Para eso traéis pendiente del cuello ese símbolo de la caballería española? Pues sabed—añadió con una mirada propia de una reina ofendida—que no es así como se gana mi corazón. Id con Dios, y que el cielo os guarde, porque jamás nos volveremos a ver.

El conde quiso replicar, pero le despidió con un ademán altivo que le cerró los labios, y levantándose se retiró paso a paso y como desconcertado más que por el justo arranque de doña Beatriz, por la voz de su propia conciencia. Sin embargo, la presencia de don Alonso y de los demás caballeros restituyó bien presto su espíritu a sus habituales disposiciones, y declaró que por su parte ningún género de obstáculo se oponía a la dicha que se imaginaba entre los brazos de una señora dechado de discreción y de hermosura. El señor de Arganza, al oírlo, y creyendo tal vez que las disposiciones de su hija hubiesen variado, entró en el locutorio apresuradamente.

Estaba la joven todavía al lado de la reja, con el semblante encendido y palpitante de cólera; pero al ver entrar a su padre, que a pesar de sus rigores era en todo extremo querido a su corazón, tan terribles disposiciones se trocaron en un enternecimiento increíble, y con toda la violencia de semejantes transiciones se precipitó de rodillas delante de él, y extendiendo las manos por entre las barras de la reja y vertiendo un diluvio de lágrimas, le dijo con la mayor angustia:

—¡Padre mío, padre mío! ¡no me entreguéis a ese hombre indigno, no me arrojéis en brazos de la desesperación y del infierno! ¡Mirad que seréis responsable delante de Dios de mi vida y de la salvación de mi alma!

Don Alonso, cuyo natural franco y sin doblez no comprendía el disimulo del conde, llegó a pensar que su discreción y tino cortesano habían dado la última mano a la conversación de su hija, y aunque no se atrevía a creerlo, semejante idea se había apoderado de su espíritu mucho más de lo que podía esperarse de tan corto tiempo. Así, pues, fué muy desagradable su sorpresa viendo el llanto y desolación de doña Beatriz. Sin embargo, le dijo con dulzura:

—Hija mía, ya es imposible volver atrás; si este es un sacrificio para vos, coronadlo con el valor propio de vuestra sangre y resignaos. Dentro de tres días os casaréis en la capilla de nuestra casa con toda la pompa necesaria.

—¡Oh, señor!, ¡pensadlo bien!, ¡dadme más tiempo tan siquiera!...

—Pensado está—respondió don Alonso—, y el término es suficiente para que cumpláis las órdenes de vuestro padre.

Doña Beatriz se levantó entonces, y apartándose los cabellos con ambas manos de aquel rostro divino, clavó en su padre una mirada de extraordinaria intención, y le dijo con voz ronca:

—Yo no puedo obedeceros en eso, y diré «no» al pie de los altares.

—¡Atrévete, hija vil!—respondió el señor de Arganza fuera de sí de cólera y de despecho—, y mi maldición caerá sobre tu rebelde cabeza y te consumirá como fuego del cielo. Tú saldrás del techo paterno bajo su peso, y andarás como Caín, errante por la tierra.

Al acabar estas tremendas palabras se salió del locutorio, sin volver la vista atrás, y doña Beatriz, después de dar dos o tres vueltas como una loca, vino al suelo con un profundo gemido. Su tía y las demás monjas acudieron muy azoradas al ruido, y ayudadas de su fiel criada la transportaron a su celda.

CAPÍTULO IX

El parasismo de la infeliz señora fué largo y dió mucho cuidado a sus diligentes enfermeras; pero al cabo cedió a los remedios, y sobre todo a su robusta naturaleza. Un rato estuvo mirando alrededor con ojos espantados, hasta que poco a poco y a costa de un grande esfuerzo, manifestó la necesaria serenidad para rogar que la dejasen sola con su criada por si algo se la ofrecía. La abadesa, que conocía muy bien la índole de su sobrina, enemiga de mostrar ninguna clase de flaqueza a los ojos de los demás, se apresuró a complacerla, diciéndole algunas palabras de consuelo y abrazándola con ternura.

A poco de haber salido las monjas, doña Beatriz se levantó de la cama en que la habían reclinado, con la agilidad de un corzo, y cerrando la puerta por dentro se volvió a su asombrada doncella y la dijo atropelladamente:

—¡Quieren llevarme arrastrando al templo de Dios a que mienta delante de él y de los hombres!, ¿no lo sabes, Martina? ¡Y mi padre me ha amenazado con su maldición si me resisto!... ¡Todos, todos me abandonan! ¡Oyes! ¡Es menester salir! Es menester que él lo sepa, y ojalá que él me abandone también, y así Dios sólo me amparará en su gloria.

—Sosegaos por Dios, señora—respondió la doncella consternada—; ¿cómo queréis salir con tantas rejas y murallas?

—No, yo no—respondió doña Beatriz—, porque me buscarían y prenderían; pero tú puedes salir y decirle a qué estado me reducen. Inventa un recurso cualquiera... aunque sea mentira, porque ya lo estás viendo, los hombres se burlan de la justicia y de la verdad. ¿Qué haces?—añadió con la mayor impaciencia, viendo que Martina seguía callada—¿dónde están tu viveza y tu ingenio? Tú no tienes motivos para volverte loca como yo.

En tanto que esto decía, medía la estancia con pasos desatentados y murmurando otras palabras que apenas se le entendían. Por fin el semblante de la muchacha se animó como con alguna idea nueva, y le dijo alborozada: