BIBLIOTECA DE «LA NACION»
ENRIQUE LARRETA
LA GLORIA
DE
DON RAMIRO
UNA VIDA EN TIEMPOS DE FELIPE SEGUNDO
EDICIÓN DEFINITIVAMENTE CORREGIDA POR EL AUTOR
BUENOS AIRES
1911
Este libro fue comenzado por el autor en diciembre de 1903 y entregado a la imprenta el 24 de julio de 1908.
Es propiedad del autor y queda hecho el depósito que marca la ley.
Imp. de La Nación.—Buenos Aires
PRIMERA PARTE
I
Ramiro solía quedarse hasta la noche en el último piso del torreón, escuchando los cuentos y parlerías de las mujeres.
Allí terminaba la tiesura solariega. Allí se canturriaba y se reía. Allí el aire exterior, en los días templados, entraba libremente por las ventanas, trayendo vago perfume de fogatas campesinas y el sordo rumor de los molinos y batanes en el Adaja.
¡Qué holganza para el niño hallarse lejos de la facha torva del abuelo, y encima de aquellas cuadras silenciosas del caserón, donde se acostumbraba encender velones y candelabros durante el día! Cuadras sólo animadas por las figuras de los tapices; fúnebres estrados, brumosos de sahumerio, que su madre, vestida siempre de monjil, cruzaba como una sombra.
Las criadas le querían de veras. Todas miraban con respetuosa ternura al párvulo triste y hermoso que no había cumplido aún doce años y parecía llevar en la frente el surco de misterioso pesar. Todas rivalizaban en complacerle, en agasajarle.
Durante el trabajo, entre el zumbo de las ruecas, se hablaba de cosas fáciles que él comprendía, y, casi siempre, al anochecer, se contaban historias. Añejas historias, sin tiempo ni comarca. Unas sombrías, otras milagreras y fascinadoras. Consejas de tesoros ocultos, de agüeros, de princesas, de ermitaños. Una vieja esclava, herrada en la frente, sabía cuentos de aparecidos. Ramiro la escuchaba con singular atención, cada vez más goloso de pavura y de misterio.
La estancia era un vasto recinto que ocupaba casi todo el plano de la torre. Las vigas no habían perdido el oro de la añosa pintura, y la faja de escudos nobiliarios, que corría en lo alto de las cuatro paredes, lucía intacto su tinte de gules y sinople. En el rincón más obscuro dormía un antiguo telar descompuesto. No se había pensado nunca en repararlo, y se le dejaba apolillar y cubrirse de telaraña, conservando todavía entre sus maderos, los hilos de una estameña comenzada, quizá, en el reinado anterior.
En el grosor de las paredes, cada ventana formaba un hueco profundo, con sendos poyos de piedra. Ramiro se sentaba de costumbre sobre uno de ellos, y pasaba las horas largas mirando hacia afuera, con el codo apoyado en el alféizar.
Una de las ventanas, la que abría hacia el nordeste, dominaba casi todo el caserío. Desde aquella altura, Avila de los Santos, inclinada hacia el Adaja y ceñida estrechamente por su torreada y bermeja muralla, más que una ciudad, semejaba gran castillo roquero. El niño oteaba los corrales y los patios, el interior de los conventos, el caparacho de las iglesias. A corta distancia, en el sitio más eminente, la catedral levantaba su torreón de fortaleza, almenado y pardusco.
Desde la otra ventana se disfrutaba de una vista grandiosa: el Valle-Amblés, toda la nava, toda la dehesa, el río, las montañas. Fuera de los sotos ribereños, la vegetación era escasa. Raras encinas, negras a distancia, moteaban apenas los pedregosos collados. Paisaje de una coloración austera, sequiza, mineral, donde el sol reverberaba extensamente. Paisaje huraño y apacible como el alma de un monje.
Vivo resplandor revelaba a trechos, entre fresnos y bardagueras, el curso del Adaja, esparcido sobre la arena como galón de plata que se deshila. En el fondo, la sierra de Avila levantaba sus picos más altos chapados de nieve. De ordinario, un bulto de nubes asomaba por detrás de la Serrota o del Zapatero, como vapor de una olla, sombreando los picachos y suspendiendo sobre la falda largos vellones horizontales.
Aquella tarde las mujeres aderezaban ropas de iglesia. Sentadas en redondeles de esparto, extendían sobre el suelo las viejas vestiduras, cambiando el hilo desdorado, rehaciendo la raída guirnalda, el símbolo eucarístico, la orla de santos; y, a veces, también, alguna alcoránica leyenda deslizada en la estofa por el obrero morisco. Era un trabajo piadoso. Aquellos ternos y frontales pertenecían a los conventos. Los monjes aseguraban que cada puntada equivalía para Dios a una cuenta del rosario.
Había góticos terciopelos que se plegaban angulosamente, terciopelos acartonados y finos del tiempo de Isabel y Fernando, donde una línea segura iba inscribiendo el tenue contorno de una granada sobre el fondo verde o carmesí; donosas telas de plata que parecían aprisionar entre la urdimbre un viejo rayo de luna; brocados y brocateles amortecidos por el polvillo del tiempo, a modo de vidrieras religiosas. El resplandor del poniente prestaba rara vislumbre a todos aquellos ornamentos, iluminando de soslayo las sedas multicolores, cuyos tintes vinosos habían madurado como zumos añejos en los cajones de las sacristías.
La luz se apagaba en el cielo. Soplos de sombra cenicienta parecían llegar del exterior y posarse en la estancia. Ramiro, asomado a una de las ventanas, miraba morir el crepúsculo. En el fondo de las callejas ya era de noche.
Purpúreo reflejo bañaba en lo alto las almenas de la muralla, prestando un rubor de coral al tronco de uno que otro pino en los huertos. La ventana de una casa frontera acababa de alumbrarse, y veíase ir y venir, por delante de la luz, la sombra de un hidalgo que rezaba sus Horas. Vasta tristeza flotaba sobre la ciudad guerrera y monacal, y, en medio de aquel recogimiento, el niño creyó escuchar un coro lejano, un himno alucinante. Eran acaso las monjas agustinas. Por momentos, un hálito sagrado parecía pasar entre las voces y estremecerlas como llamas de cirios.
Ramiro recordó las descripciones que su madre le hacía del Paraíso y del Purgatorio.
Casi todas las tardes, antes del toque de oraciones, se presentaba en la cuadra un viejo escudero. El ruido de sus botas en los peldaños era inconfundible. Sin embargo, el hombre aparecía de sorpresa, abriendo la puerta de un puñetazo. Luego, levantando por detrás, con la punta del espadón, bufonamente, la capa, se quitaba el chapeo y, haciéndole barrer el piso con la pluma, saludaba de esta guisa a las mozas, cual si fueran infantas de España. Un arcón, forrado de bayeta amarilla, le servía de asiento. Cuando traía las botas enlodadas acercábase al brasero para secarse las suelas.
Era natural de Turégano, en Castilla la Vieja. Siendo muy niño, había dado muerte, con una navaja, al hijo de un alguacil. Después de cuatro años de cárcel, como sus padres quisieran colocarle en una tienda de platero, se desgarró para siempre. Su repugnancia por todo oficio mecánico y un exceso de voluntad errabunda le arrojaron por el camino soldadesco. Más de la mitad de su vida la pasó sirviendo al Emperador Carlos Quinto y al actual monarca Don Felipe Segundo, en los galeones y galeazas armados a la ligera para tomar represalias sobre los pueblos desprevenidos o caer de improviso sobre algún cargamento del turco. Conocía las islas del Levante y los menores recovecos de los golfos. Soldado y marino a la vez, la sarna, las bubas, las enfermedades vergonzosas que se toman en los puertos, las heridas de pica, de espada, de saeta, las porradas y quemaduras de los asaltos, fueron las especias en que se guisó de continuo su azarosa ventura. Había estado dos veces a punto de morir en la horca. El año 1560 cayó prisionero del turco, en los Gelves. Llevado a Constantinopla, y puesto al remo de una galera que cargaba materiales para el Palacio del Sultán, fue uno de los que mataron a los guardas a pedradas, huyendo a Sicilia con el bajel.
El hábito del acecho continuo y de los ataques súbitos como picotazos, había dejado un gesto de resolución instantánea en sus ojos enérgicos. Ojos grises de ave de presa, pupilas duras donde chispeaba todavía la brasa de su orgullo, como en los tiempos en que arrastraba sus castellanas espuelas por las losas de Nápoles.
Era su historia una ristra de hazañas más o menos honrosas; pero, lleno de altiva indolencia, no buscó nunca salir de la clase de soldado, calzando a la vejez el guante escuderil y acogiéndose a la tarea tranquila de acompañar por las calles a las señoras de la nobleza.
A más de los lances de su propia existencia, contábales a las criadas retazos de libros de caballerías, así como también tradiciones fabulosas de Avila y Segovia. Sabía canciones de barberos y caminantes, toda la vida en verso del moro Abindarráez; e innumerables letrillas que cantaba con áspera voz, al son de una vihuela, dándose vuelta los párpados para remedar a los ciegos.
Fiera y pálida cicatriz señalaba en lo alto su frente bronceada por el mar.
Aquella tarde, apenas se hubo sentado en el cofre y puesto a referir algunos comadreos del mercado, una de las mozas, pasándose ella misma el dedo sobre las cejas, le preguntó:
—Decí, seor Medrano: ¿quién os labró esa guirnalda?
El escudero bajó un momento los ojos sin responder, y sacando de su escarcela de badana un lienzo encarnado, sonose con él las narices. Dicho movimiento era a veces el anuncio de prolija narración.
El niño, apoyado ahora en la rodilla del antiguo soldado, jugaba con su espada, como de costumbre, tanteando los filos, curioseando las manchas de la hoja, o blandiéndola ante sí, con infantil arrogancia; pero al advertir la expresión pensativa del hombre, hincó el acero en el piso y, apoyando ambas manos en la gruesa empuñadura, se dispuso a escucharle.
Medrano comenzó de mal gesto. Era un antiguo episodio del desastre de los Gelves. Hablaba despacio, con acento semejante al son de un atambor destemplado, y más de una vez sus ojos se humedecieron al recordar las vergüenzas de aquella jornada.
Describía el desorden y la fuga de las naves cristianas al presentarse de improviso la armada turquesca. Estas encallaban en los bajíos; aquéllas, por querer escapar velozmente, quebraban sus entenas; otras se entregaban sin combatir. El, para bien de su honra, se hallaba en el fuerte. ¡Contaba entonces los horrores del asedio, las enfermedades desconocidas, las heridas monstruosas, el hambre, la sed! Habló de soldados que se escapaban de noche para comerse los cadáveres de los turcos; de mujeres enloquecidas, arrancándose unas a otras los pechos a mordiscos; de madres españolas que se arrojaban con sus criaturas de lo alto de las murallas. Cuando el General don Alvaro de Sande obró su funesta salida, él fue de los escogidos para acompañarle.
Habíase puesto de pie para describir mejor aquellos instantes de lucha desesperada.
—Ya íbamos llegando a las galeras—decía.—Los moros escopeteros, después de consumir toda la pólvora, no podían ofendernos, atajados por nuestras picas; pero uno de ellos, cosa de no creerse, hincose él mesmo en el vientre la mía, y dando de esta suerte varios pasos ensartado, como lo digo, logró llegarse hasta mí y alargarme, ¡pesia a tal!, una cuchillada bien bellaca en la frente. ¡Dejemos esto!—exclamó por fin, con el semblante alterado por el rencor, y sentándose otra vez en el cofre.
Una de las criadas canturrió:
¡Los Gelves, madre, no son buenos de tomar!
Pero el antiguo soldado agregó sin oírla:
—¡Cuándo verase libre la cristiandad de estos aliados del Demonio! A las veces me digo: ¿quién otro, llegado el caso, logrará contenellos agora que falta don Juan, el de Lepanto?
Al escuchar aquella última frase, Ramiro, apartándose del escudero y alzando la espada, repuso con asombrosa expresión:
—Cuanto a eso, yo he de hacer lo mesmo que el don Juan, si el Rey me señala.
Algunas criadas se sonrieron, y el niño, mirándolas en el rostro, exclamó nuevamente, golpeando con el pie en el solado:
—¡Yo he de hacer lo mesmo, digo e aún más he de hacer, con la ayuda de Dios e la Virgen!
Entretanto, a su espalda, la puerta de la escalera acababa de abrirse y una hermosa mujer, extremadamente pálida, toda vestida de negro, penetraba en la estancia. Era doña Giomar, la madre de Ramiro. Sus ojos fosforescían en la penumbra como humedecidos por lágrimas recientes, y su voz, de un timbre demasiado bajo tal vez, moduló con severa dulzura:
—Ya os he dicho otras veces, Medrano, que Ramiro no ha menester destos alardes. ¿Por qué le habéis dado la espada?
El niño, volviendo el rostro hacia ella, se adelantó a responder:
—Ese no quería, madre, e yo se la tomé con engaño.
—Otras serán, hijo mío—repuso entonces la llorosa mujer—, las armas que has de esgrimir cuando entres al servicio de Dios y de su Santa Iglesia; y harto mejor estuviera agora en tus manos algún libro de religión que no ese hierro.
Callose un instante, y el niño, viéndola llevarse a los ojos el estrujado pañizuelo, soltó al punto la espada, y corriendo hacia ella,
—¿Por esto lloráis?—la preguntó.
—No, hijo mío—repuso la madre, dominada por la congoja.—Conduéleme una nueva triste por demás. Ya no volveremos a ver a la Madre Teresa de Ahumada... Entró en el gozo del Señor, como una santa, antiyer, en Alba de Tormes.
Un murmullo de ayes y suspiros se levantó en la obscuridad de la estancia. Algunas mujeres sollozaron.
El sol acababa de ocultarse, y blanda, lentamente, las parroquias tocaban las oraciones. Era un coro, un llanto continuo de campanas cantantes, de campanas gemebundas en el tranquilo crepúsculo. Hubiérase dicho que la ciudad se hacía toda armoniosa, metálica, vibrante, y resonaba como un solo bronce, en el transporte de su plegaria.
Doña Guiomar, dejándose caer de hinojos, entonó en alta voz las palabras del Angelus. Todos, imitando su movimiento, se dispusieron a responder.
El escudero balbuceó las avemarías alzando el rostro y juntando las palmas como los niños.
Las ventanas, abiertas, dejaban penetrar una paz penumbrosa y el primer aliento somnífero de la noche.
II
Íñigo de la Hoz y su hija Guiomar se establecieron en Avila el año de 1570, viniendo de Valsaín, junto a Segovia, donde tenían su heredad. El viaje se resolvió bruscamente, y, una mañana lluviosa de octubre, la carroza de hule verdusco, sin cascabel ni sonaja en las colleras, penetró en la ciudad, por la Puerta del Mercado Grande, como una hora después de la salida del sol.
Desde entonces el padre y la hija llevaron en Avila una vida de misterio, saliendo sólo muy de mañana, en sillas cubiertas, para asistir, cada cual por su lado, a la misa de alba, en alguna de las iglesias vecinas.
El antiguo solar en que se alojaron, y que junto con trescientas fanegas de tierra, en el Valle-Amblés, heredó el hidalgo de su mujer doña Brianda del Aguila, estaba situado sobre una plazuela, a pocos pasos de la Puerta de la Mala Ventura.
Cuadrado torreón de sillería se levantaba en el ángulo sudeste, recortando sobre el cielo su imponente corona de matacanes y morunas almenas. Era una mole altanera y fosca, manchada a trechos de una costra rojiza semejante a la herrumbre. Estrechas ventanas de prisión la agujereaban al azar, y una perlada moldura, que parecía simbolizar el rosario, ornaba la base de las cuatro garitas y uno que otro antepecho. El resto del caserón era ruin y semibárbaro. Grandes piedras irregulares, retostadas por el sol, asomaban entre la argamasa de los muros. Cerca del suelo, una oblicua saetera, semejante al ojo de enorme cerradura, había servido en otro tiempo para defender la puerta a flechazos. Las rejas eran toscas y tristes.
La portada abarcaba casi todo el ancho de la torre. Era una de esas portadas enfáticas y señoriles, tan comunes en Avila de los Caballeros. Formaban el dintel inmensas dovelas de un solo trozo, abiertas en semicírculo y encuadradas por gótica moldura rectangular. A uno y otro lado, en cada una de las enjutas, un escudo esculpido alternaba en sus cuarteles los blasones de las principales familias avilesas: el pajarraco de los Aguilas, los roeles de los Blázques, la cabria y el mazo de los Bracamontes. Hermosos clavos tachonaban el maderaje de la puerta, y un cincelado aldabón, arrancado quizá de algún alcázar andaluz, colgaba del postigo. Hacia la derecha, otra aldaba más alta servía para llamar desde el caballo sin apearse. En el zaguán, frente a una Virgen de bulto, con el Hijo muerto en las faldas, ardía continuamente un farolillo.
El patio era un espacioso rectángulo, encuadrado por claustrales galerías, sin más ornamento que los grandes escudos nobiliarios labrados en los chapiteles. Tupida y alta maleza crecía por doquier, respetando, tan sólo, uno que otro espacio cubierto por restos de quebradas losas, que, así esparcidas entre la hierba, hacían pensar en el osario de ruinoso convento.
El hidalgo no pensó nunca en reparar el abandono de aquel recinto, donde él mismo se holgaba, como en inculta campiña. Unas veces iba y venía bajo el sol, espantando a su paso las mariposas; otras, pasábase horas enteras asomado al viejo pozo de carcomido brocal, cavando pensamientos y contemplando, a la vez, su propio rostro que el agua reflejaba en su espejo circular y profundo. Aquellas galerías parecían aprisionar para el anciano pertinaces memorias; y el aire mismo se inmovilizaba entre ellas, como impregnado de quietud monacal y campesino silencio.
El padre y la hija sólo habitaban el piso alto del caserón. La majestad y la incuria reinaban a la par en las estancias. A lo largo de las polvorientas paredes, donde los tapices flamencos desplegaban obscuramente sus fábulas, pendían o se apoyaban viejos retratos de familia y toda clase de muebles señoriles, unos hallados en la casa y otros traídos de Valsaín por el hidalgo. Cuando se caminaba por los estrados, las baldosas, rotas o sueltas, resonaban bajo las alfombras de Turquía. Sobrecielos de tela de oro y brocatel, que hacinaban polvo y telaraña en sus pliegues antiguos, ornaban los lechos hereditarios roídos por la carcoma. Las ventanas se abrían rara vez; pero ricos pebeteros de plata disimulaban el hedor hongoso y ratonil con su incesante sahumerio.
Encerrado desde el amanecer hasta la noche en la librería del palacio, don Íñigo dejaba deslizar las horas muertas, meditando o leyendo. Había traído de Segovia gran acopio de cronicones de España, mucho libro de caballerías, no pocos de devoción, Las Epístolas de Séneca, De Oficiis de Cicerón, un Salustio, un Valerio Máximo, un Virgilio y algunos tratados de matemática celeste, a más de una esfera armilar con zodíaco de bronce. Agregábanse los impresos y manuscritos que fue encontrando en la casa, y entre los cuales aparecieron varios librotes arábigos, que hizo quemar al pronto, en medio del patio, en presencia de un canónigo de la Iglesia Mayor.
Al poco tiempo los volúmenes se amontonaron sobre el suelo. Cuerpo que el hidalgo tomaba en sus manos casi nunca volvía a los estantes. ¿Para qué? ¡Le quedaban tan pocos años de vida! Los ataques de gota se repetían, cada vez más próximos, y un mal oculto y febril le iba desecando el húmedo radical y rebutiendo los hipocondrios. A veces el sopor le vencía, y su boca entreabierta dejaba escapar un balbuceo de pesadilla, como si la calor del sueño hiciera bullir en su cerebro las representaciones de su pasada existencia.
Vestía siempre de negro o de pardo, sin otra gala que la venera de oro y la roja espadilla de Santiago, bordada en todos los sayos y ferreruelos. En invierno, para ajustarse a la antigua regla de su orden, sólo usaba humildes pieles corderinas. Ayunaba dos cuaresmas al año: una, desde el día de Quatour Coronatorum hasta el día de Navidad; otra desde el Domingo de Carnestolendas hasta la Pascua de Resurrección.
Era su cuerpo menudo, su rostro cetrino y como hecho de raigambre. El corto bigote, negro todavía, contrastaba con su barbilla cenicienta. Sus ojos eran vidriosos, monásticos, tristes. Su humor sombrío. Creía descender de un rey de Aragón, y hacía remontar su apellido, etimológicamente, hasta un cónsul romano. El libro becerro de Segovia nombraba siempre algún antepasado suyo en las anuales correrías de los caballeros contra los moros de Jaén, de Sevilla, de Andújar.
Hasta los cincuenta y dos años de edad, despreciando todo trabajo como indigno de sus manos hidalgas, y viviendo exclusivamente de los censos de sus tierras y de los escudos de oro que, uno a uno, iba sacando de un cofre, llevó una vida ociosa y retirada en su posesión de Valsaín o en su «Casa de los Picos» en Segovia, sin más accidente de bulto que sus bodas con una dama de ilustre familia abulense que, un año después de casada, murió de sobreparto. Pero apenas estalló la rebelión de los moriscos, a fines de 1568, don Íñigo, sintiendo hervir en su sangre el atávico rencor, reunió un día en su casa a sus amigos y parientes demostroles con elocuentes razones el imperioso deber de ayudar al soberano contra aquellos perros infieles. Muchos resolvieron acompañarle. Volcó entonces gran parte de su hacienda para armar, a su costa, una verdadera mesnada, como los infanzones antiguos.
A las órdenes del Marqués de Mondéjar, señalose en las refriegas por una cólera irrefrenable, que más de una vez pudo costarle la vida, arrojándole completamente solo entre los enemigos, en la saña de las persecuciones. Predicaba la guerra sin cuartel y la castración general.
El fue quien hizo descubrir al famoso caudillo Aben-Djahvar, por medio de espantosos tormentos, dos escondites de armas en Sierra Nevada.
En el paso de Alfajarali recibió en medio de la frente el puntazo de un cuchillo corvo que un morisco, de aquellos que peleaban coronados de rosas en señal de martirio, le arrojó desde lejos. Pero, en lo más rudo de la campaña, tuvo que retirarse a su heredad, desarzonado por un terrible ataque de gota, recibiendo poco después el hábito de Santiago, en pago de sus servicios.
Hasta los últimos años de su vida solía consolarse de sus mayores pesares recordando los episodios de aquella fiera vendimia de la Alpujarra.
Había heredado de sus mayores el sentimiento heroico de la honra y un señoril desprecio por todos los afanes del interés y del lucro. Tanto en Avila como en Segovia, desdeñando la administración personal de la propia hacienda, entregola por entero, con las llaves de sus arcas y las funciones de maestresala, a un mayordomo flamenco, cuya probidad creía asegurar, de tiempo en tiempo, mediante alguna demostración caballeresca de confianza y uno que otro aforismo de las Partidas. Fuera del vino de Madrigal, guardado en pellejos taberniles, no se hallaba provisión alguna en la casa, y, continuamente, los criados salían a mercar a crédito en la vecindad lo que se iba necesitando.
Las angustias de dinero no tardaron en sobrevenir; pero el hidalgo, cuya altivez no aceptaba las humillaciones de la economía, fue empeñando uno a uno sus bienes a los genoveses. Si la premura era grande, hacía descolgar un tapiz, negociar una joya o pagar ciertos gastos con las piezas de su innumerable vajilla, cuyos platos, fundidos en las minas de América, hacían fácilmente las veces de monedas enormes. El era, sin embargo, harto sobrio. Un caldo de torrezno, que se servía en una sopera con candado para defenderlo de la voracidad de los pajes, un huevo, y algún hojaldre relleno de picadillo con pebre, bastaban a cualquiera de sus colaciones. Algunos viernes, como un acto ritual, bebía una taza de vino y probaba algunos bocados de cerdo, para diferenciarse de moros y judíos.
III
Guiomar y don Íñigo se veían tan sólo a las horas de la comida y de la cena. El anciano, sentado a la cabecera, y su hija, hacia un extremo de la tabla, entre Ramiro y el Capellán, permanecían todo el tiempo sin hablarse. En medio del angustioso mutismo, cualquier rumor, el choque de la platería, las pisadas de un paje, el grito de los buhoneros en la calle, cobraba un eco solemne.
Al levantarse, cuando la gota se lo consentía, el anciano caminaba algunos instantes a lo largo de la cuadra. Guiomar y su hijo se acurrucaban junto al brasero. Oíase el tic-tac de un cuadrante. Nadie hablaba.
No hubiera podido decirse, al pronto, si era una aversión recóndita o un dolor compartido lo que motivaba dicha reserva. Cada uno se informaba del otro por medio de la servidumbre. Para Guiomar su aposento, inmediato al oratorio, tenía austeridades de celda, y cuando cruzaba las demás habitaciones, parecía visitar una casa extraña, dejando tras sí como flotante congoja. Su lozanía de otros tiempos, y el mismo brillo de sus pupilas, mantenido entonces a favor de melindroso pestañeo, todo huyó prematuramente de su rostro, macerado por los pesares; y el negro monjil ahuyentó para siempre los tafetanes de colores y las graciosas basquiñas de la adolescencia.
Antes de que cumpliera los quince años, don Íñigo la había prometido en casamiento a su primo Lope de Alcántara, con quien le ligaba, fuera de un fraternal afecto, una noble emulación en la fidelidad y el sacrificio. Era el tal Lope un caballero cincuentón de infelice rostro, y sólo adornado de las más severas virtudes. La doncella sentía por él invencible repugnancia; pero incapaz de afrontar el ánimo recio de su padre, se resignó a ser ofrecida como tributo de aquella ejemplar amistad, que era ya citada por todos en Segovia.
Como a toda hidalgüela, vedáronla desde temprano la lectura de los libros de caballerías, que tanto abundaban en la casa, pintándoselos como obras de pura vanidad y de sutil incitación al pecado. Por eso, tal vez, comenzó a sacarlos, uno a uno, furtivamente, de la biblioteca paterna y a saborearlos de noche, en la cama, a la luz de un velón, cuando todos dormían.
La impresión de aquellas aventuras estrafalarias fue para ella como un filtro hechiceril. Ya no pensaba sino en bizarro y generoso caballero que viniese a libertarla y la llevase lejos, muy lejos, en la grupa del palafrén. Comenzó a vivir en la amorosa cavilación, en los coloquios y raptos de las historias, soñando despierta, olvidando la vida cuotidiana, dando respuestas absurdas y palpando las cosas, como una sonámbula, sin saber lo que buscaba. Aficionose a los olores, a los jubones recamados de canutillos y aljófar. Aliñose como nunca las manos y la guedeja. Los confesores la previnieron; pero ya no era tiempo.
Una tarde de verano, en Segovia, contemplando desde su habitación el rojo deshojamiento del crepúsculo sobre el valle del Eresma, vio pasar por la calle a un arrogante galán que se detuvo a mirarla. Iba vestido a lo soldado, con harta pluma en el sombrero. Una daga cubierta de piedras preciosas brillaba sobre sus gregüescos acuchillados.
Aquella escena muda se repitió varias veces. Algunas noches una voz llorosa y sombría cantaba debajo de su ventana, al son de una guzla. El billete atado a una piedra no se hizo esperar. Por fin los garfios de una escala de seda se engancharon a su balcón, y su labio sorbió, sobre Segovia dormida, el deliquio del primer beso nocturno.
Cuando se hubo rendido por entero al pecado, y la arrancaron de su embriaguez los primeros anuncios de la maternidad, creyó enloquecerse. Sin esperar, reveló todo a su padre. Entretanto el seductor desaparecía de Segovia. Medrano fue encargado de ir en su busca. Poco después, en Arévalo, el mismo desconocido se presentó al escudero, declarando su nombre y su raza. Era un morisco.
—Decid a vuestro amo—exclamó al despedirse—que yo quise herille su honra por vengar a mi padre el valiente Aben-Djahvar, a quien él hizo sufrir en Almería despiadado tormento; pero que, si él consiente agora en casar a su hija conmigo, iré a postrarme a sus plantas.
El hidalgo, al recibir aquel terrible mensaje, se abalanzó sobre Guiomar con la daga desnuda; pero, sintiéndose desvanecer, y creyendo que se moría, la maldijo el fruto que llevaba en el vientre.
¡Qué días los que siguieron! Lope de Alcántara fue informado de todo, y aquel hombre, loco de amor o de lealtad, al escuchar la exasperada relación de boca de su amigo, en vez de enfurecerse, exigió que se realizaran al punto sus bodas; y a los tres días de casado se partió solo para Flandes.
Algunos meses después don Íñigo recibía una carta de su amigo Sancho Dávila haciéndole saber la manera admirable como su yerno había sacrificado la vida en un encuentro con los hugonotes de Francia.
Guiomar, como si hubiera asido con ambas manos la herida abierta en su pecho por tanto dolor, pareció escurrir fuera de sí el exceso de aquella sangre culpable, cuyos ardores habían mancillado su honra. Enfermiza palidez enmascaró su rostro. Sus manos tomaron impresionante blancura entre sus vestidos de luto; y su alma se inclinó toda entera hacia el rayo de luz de la esperanza divina. A pesar de su preñez, sometió su cuerpo a las más arduas penitencias, imitando, dentro de su casa, en lo que era posible, la nueva reforma del Carmelo.
Cuando se acercaba el día del parto, don Íñigo resolvió cambiar de residencia y se trasladaron, para siempre, a Avila de los Santos. Allí vino al mundo Ramiro, un 21 de diciembre, día de Santo Tomás, el año de 1570, bajo la constelación de Saturno y los signos de Acuario y Capricornio.
IV
Respirando aquel aire claustral de tristeza y de encierro, con el azoramiento instintivo de los niños en las grandes desgracias, sin una alegría, sin un compañero de su edad, gobernado por seres taciturnos que hablaban de continuo en voz baja, vivió Ramiro los obscuros días de su niñez. La menor expansión infantil, su misma sonrisa, hallaban siempre un dedo sobre un labio. A los siete años de edad sumiose en un mutismo melancólico, pasando horas enteras en algún escondite, las manos quedas y el rostro como apenado. Había algo de monstruoso en el contraste de sus tiernas facciones con el ceño de aquella frente cargada, al parecer, de adultos pensamientos.
Desde temprano, su madre rodrigole en la dureza de implacable devoción. Asistía con él todos los días a la misa de alba en las parroquias de San Juan o Santo Domingo; le habituaba a las oraciones difíciles que ofuscaban su mente, y a las interminables letanías que hacían retorcer de impotencia al Demonio. Diole, además, para su uso, un rosario de quince misterios, como el que llevaban los monjes. Debía besar el suelo humildemente ante las imágenes de Nuestra Señora del Carmen, y depositar, asimismo, su ósculo en el escapulario de los religiosos para ganar indulgencias.
Después de la primera comunión la rigidez aumentó. Doña Guiomar castigaba ahora su falta más mínima con penitencias monásticas, inculcándole el desprecio del mundo y el terror al pecado. Todas las noches leía; junto a su lecho, en el Flos Sanctorum la historia del santo del día y, a veces, dejando el libro, relataba ella misma los milagros de alguna monja de la ciudad o los trabajos y prodigios de la Madre Teresa de Jesús, parienta suya por línea materna. Decíale los coloquios diarios de aquella santa mujer con el Señor, y cómo, en medio de la oración, el aliento celestial la tocaba de pronto, levantando su cuerpo a varios palmos del suelo. Aquellas cosas eran contadas por la madre con un acento estremecido que derramaba en la noche como sagrado y temeroso aroma de santidad.
Durante la mayor parte del día se le abandonaba a su albedrío. El abuelo no le hablaba jamás. El niño, entretanto, vagando por el caserón, miraba por los vidrios a los muchachos que jugaban en la plazuela, subía a la estancia de labor en el último piso de la torre, o bajaba a la cuadra de los pajes, en el corral, para llevarles algunas golosinas que apartaba de sus propias colaciones. Ellos, al verle aparecer, salían a las puertas, sonrientes y famélicos. La larga habitación, semejante a un ventorrillo de moros, estaba atestada de cofres de piel y de hierro, que parecían del tiempo del Cid, y de estrechas tarimas cubiertas de mantas inmundas. Al entrar, las narices se llenaban de un tufo acre y caliente. Nunca faltaban sobre el piso de tierra películas de ajo y pedazos de naipes. Parte de la servidumbre pasaba allí varias horas del día durmiendo o jugando como en una taberna. Colgadas de la pared veíanse las ostentosas libreas de tafetán o terciopelo galoneadas de plata.
Otras veces Ramiro curioseaba la negra cocina; el horno del pan, capaz de abastecer a un convento; la panera, donde se guardaban los sacos del diezmo; o, bajando por una rampa de piedra, hacia la derecha del portal, íbase a palmear las mulas y el cuartago en las caballerizas subterráneas.
La cochera no guardaba otro vehículo que la carroza de hule verde traída de Segovia y que sólo rodaba cuando sus dueños, al llegar el estío, se retiraban a su casa de campo en el Valle de Amblés. El resto del año quedaba abandonada por completo en la obscura covacha. El niño penetraba en su interior todos los días para coger el huevo que una gallina misteriosa ponía sobre los cojines de bronceado guadamacil.
A los diez años de edad Ramiro parecía tocado de Dios. Su madre le veía internarse, como un predestinado, en la aspereza y el recogimiento. A través de una antepuerta oyole a veces recitar, con exaltada pasión, endechas religiosas que ardían como llama en su labio; otras, veíale ocupado largo tiempo en copiar los hechos más notables de Jesucristo y de su gloriosa Madre; y observó que siempre trazaba el nombre de Nuestro Salvador con tinta de oro y en caracteres azules el de la Santísima Virgen. Le creyó asegurado, y, pareciéndole a ella misma imprudente seguirle reteniendo en aquella clausura que le amarilleaba el semblante, resolvió que el escudero le sacara a pasear, de tiempo en tiempo.
Medrano se presentaba después de mediodía, y el niño, vestido por las doncellas con traje de terciopelo negro, zapatos con virillas de plata, gorra morada, una lechuguilla fresca y un corto espadín, iba a despedirse de la madre. Ella le marcaba la crencha, con el peine, hacia un costado, según la manera española, y, haciéndole rezar un Ave y un Pater, le despachaba con un beso.
Así fue conociendo Ramiro la ciudad con sus arrabales y contornos. Era una revelación incesante para sus ojos hastiados del cuadro monótono del caserón. El afán diverso de la vida invadió bruscamente su espíritu. Además, las fieras murallas le hablaron un lenguaje legendario y heroico, y los templos, con sus graves sepulcros, le dijeron las glorias del hombre y el orgullo de los linajes.
Como el escudero mantenía trato frecuente con algunos clérigos de las parroquias, oía relatar o discutir, a menudo, en los corrillos de sacristía, las tradiciones añejas de la ciudad, y, de esta suerte, su retentiva atesoraba admirables historias, que habían de servirle después para embelesar a las criadas o hacerse agasajar de barato en tabernas y pastelerías. Ramiro aprovechó de aquel saber pegadizo. El antiguo soldado le ilustraba ante las cosas mismas, descifrando a su modo las inscripciones y marcando con desparpajo el sitio de los sucesos. Así supo Ramiro los trágicos amores del famoso caballero Nalvillos con la mora Aja Galiana. Fue también el escudero quien le contó por primera vez, ante la Puerta de la Mala Ventura, la historia de los sesenta rehenes de Avila, cuyas cabezas hizo hervir en aceite el Rey Alfonso el Batallador; así como el arrogante sacrificio de Blasco Ximeno, que fuese a retar, a su propio campo, al Rey alevoso y perjuro.
La famosa proeza de Ximena Blázquez fue referida sobre uno de los inmensos torreones de la Puerta de San Vicente; y ya Ramiro no alzaba los ojos a la muralla que no recordase el ardid de aquella hembra que, en ausencia de los caballeros, viendo llegar a los moros almoravides, subió a las almenas con las mujeres de la población todas cubiertas de barbas y sombreros, consiguiendo amedrentar de esta guisa a los infieles, que se alejaron a escape de la ciudad, creyéndola bien defendida.
Medrano tenía en Avila numerosas amistades; pero su más generoso camarada, ya fuera que se tratase de beber en compañía una bota de San Martín o de procurarse algunos doblones en un caso de apuro, era el portugués Diego Franco, campanero de la Iglesia Mayor, que habiendo trabajado de pelaire en Segovia, fue más tarde tamborilero en Brujas y en Amberes, de donde trajo su gran afición a las campanas.
Era una fiesta para Ramiro cada una de las visitas que solían hacer, en lo alto de las torres, a aquel «bachiller de badajos», como le llamaba el escudero.
Después de pasar el umbral de la Iglesia, Ramiro tiraba de una cuerda oculta detrás de la portada, y, casi al instante, allá arriba, a una altura vertiginosa para sus ojos de niño, asomaba, por un agujero practicado en la bóveda, un rostro diminuto de mujer o de hombre. Poco después, oíase un ruido de tacones en el interior de un grueso pilar, hacia la derecha; el cerrojo crujía, y la puertecilla, al abrirse, presentaba al campanero, o a su esposa, trayendo en una mano el manojo de llaves y en la otra un farol encendido.
Comenzaba entonces la ascensión por el hueco de aquella columna del templo. Los peldaños eran tan altos que Ramiro tenía que ayudarse con las manos. Sólo, de tarde en tarde, la angostura de una aspillera dejaba penetrar un rayo de sol colorido por los vidrios y perfumado de incienso.
La visita se realizaba comúnmente en lo alto de la torre truncada, bajo un cobertizo de tejas, reclinado cada cual sobre las tablas de una zahurda, donde los esposos criaban una media docena de cerdos, negros como la pez. Ramiro se entretenía en curiosear los misterios de la techumbre o en contemplar la ciudad y los horizontes, desde aquella elevación que producía en todo su ser el antojo de un vuelo fantástico.
Franco era mezquino de cuerpo. Cuando algo le preocupaba mascábase el bigote nerviosamente. Su mujer, Aldonza González, a quien todos llamaban la extremeña, era, en cambio, garrida y vigorosa. Ella manejaba las dos campanas más gruesas, dejándole a él los clarillos y esquilones.
Muchas veces, teniendo que echar algún repique de importancia, subieron los cuatro a la torre. El escudero ayudaba, y Ramiro, aunque sacudido hasta los tuétanos, se complacía en aquellas detonaciones espantosas que amenazaban derrumbar el campanario y lanzarle a él mismo a los aires, como una paja, en el sonoroso turbión. Aldonza, en el entusiasmo de su faena, mostraba todas las calzas hasta la carne.
Era una hembra casi hermosa. Su piel tierna como las natas, su labio rojo como un pimiento de Candeleda; pero tanto su cabello bravío como su bozo de mancebo, denotaban un natural hombruno y procaz. Manejaba al marido como a un esclavo, descargando sobre él el exceso de vigor que renovaba en su sangre el aire purísimo de las torres. Ramiro la observaba de soslayo. Ella gustaba sobremanera del niño. A veces, cuando nadie veía, levantábale en peso y acostándole sobre un escaño, trataba de animarle y hacerle reír con sus violentas cosquillas y estrujaduras.
Los días de fiesta, el escudero prefería pasarlos en su propia covacha, jugando a los naipes con sus amigos. Cuando llegaba con el niño llamaba al punto a su hija Casilda, donosa chicuela que hechizaba el tugurio con su hermosura, haciendo pensar en esas infanticas abandonadas de que hablan las leyendas. La madre había sido una española de Amalfi, que el escudero robó una noche, hiriendo al padre y matando a un hermano, y que, descubierta dos años después, prefirió dejarse ultimar en el tormento antes que denunciarle.
Componían la covacha dos habitaciones con un jardincillo, en el fondo de una casucha, detrás de San Pedro.
A pesar de la dulzura y la belleza de Casilda, Ramiro la trataba siempre con altanera frialdad. Ella escuchaba cada palabra suya parpadeando de admiración. Quitábale las manchas de cal o de polvo de sus ropas, besábale a cada instante las manos. Cuando jugaban en el jardincillo era ella la que corría a traer la guija para la honda o la vara de la improvisada ballesta, mientras él esperaba tieso y señoril. Sin embargo, alguna vez al despedirse, Ramiro juntó su boca con la de aquella criatura vestida de harapos como una gitana, y este movimiento maquinal llegó a despertarle, en el correr de los días, cierto extraño deleite, que le recordaba el saborcillo sucio de las frutas cogidas en el suelo.
V
Después de residir en Avila más de nueve años, la única persona con quien don Íñigo osó estrechar amistad fue el caballero don Alonso Blázquez Serrano. Como sus heredades en el Valle-Amblés estaban contiguas y sus mujeres habían pertenecido a la misma familia de los Aguilas, no tardaron en conocerse.
No había en la nobleza comunal abolengo más preclaro que el de los Blázquez. La historia de aquella estirpe estaba ilustrada de más altas proezas y famosos amores que un libro caballeresco. Don Alonso descendía, por línea recta de varón, del adalid Ximeno Blázquez, primer Gobernador y Alcalde de la ciudad, cuando fue repoblada por el Conde Raimundo de Borgoña. Blasco Ximeno, el del reto; Ximena Blázquez, la de los sombreros, y el famoso Nalvillos, casado con la mora Aja Galiana, y casi tan famoso como el Cid, eran sus antepasados. De muy antiguo databa la resolución del Consejo de que siempre que saliera gente de a caballo de la ciudad, en servicio del Rey, «hubiese de ser su caudillo o adalid descendiente del noble Blasco Ximeno, el reptador, e no de otro linaje. Otrosí su pendonero o alférez».
En la antigua iglesia de San Pedro puede verse la capilla de los Serrano y sus blasonados sepulcros vetustamente roídos. Era esta otra casa clarísima y antigua. Don Alonso podía usar el blasón de los cinco lises alternados con blancas veneras en campo de plata, o el de los leones rampantes en campo de azur. Los honores habían resplandecido siempre en su familia.
Su palacio, heredado de su mujer, se levantaba hacia la parte del Norte, unido a la muralla de la ciudad, según uso inmemorial de los mejores linajes. Uno de los cubos almenados erguíase en el fondo del huerto, y su defensa había correspondido siempre a los Aguilas. El hidalgo residía breve parte del año en el solar; la corte le atraía con imán poderoso. En cambio, la existencia muda y monástica de Avila de los Santos, donde pasaba horas eternas sin escuchar otra nota de vida que el tañido de alguna campana o el canto de un gallo, le exasperaba el humor como un duro cautiverio.
Fuera del combate de Lepanto, en que, armado de ancho espadón de guzmán, batiose bravamente en la proa de una galera, recibiendo una pelota de arcabuz en el hombro y una lanzada en el muslo, no registraba en su vida otra acción memorable. Pasolo casi siempre en los oficios palaciegos. A los diez y ocho años de edad era paje de Ruy Gómez de Silva, y a los treinta, gentilhombre del Rey, que le hizo acordar, más tarde, por su comportamiento en la flota, el hábito de Calatrava.
Había estudiado en Salamanca, residido dos años en Milán y tres en Venecia. El recuerdo de esta ciudad le exaltaba todavía hasta el delirio. Gustábale de disertar sobre las cosas del arte, y refería a menudo sus pláticas con el Tintoreto, a quien había conocido íntimamente. El latín y la dulce lengua toscana le eran tan familiares como su propio idioma. Al hallarse solo entre sus libros antes cogía las Metamorfosis, o la Jerusalén libertada, que las ásperas epístolas de San Pablo. Todos sabían que había ofrecido al Cabildo de la Catedral hacer revestir a su costa la gótica portada de los Apóstoles con un peristilo greco-romano. Los cajones de sus bufetes estaban llenos de ensayos poéticos, en que cantaba, al modo de Boscán y Garcilaso, a Clori y a Galatea. Llevaba concluida una traducción de El laberinto de amor, sendas glosas de los sonetos de Petrarca, y tenía entre manos una feliz imitación de la Arcadia de Sannázaro. Para él, aquella naturaleza desolada y adusta que rodeaba, por todos lados, a su ciudad natal no merecía un hemistiquio.
Las galas al uso, la continua genuflexión, el ambiente de los estrados y todo el artificioso juego de sentimientos alambicados o fingidos, todo aquel estoraque, todo aquel histriónico afeite de la vida cortesana, agravado por los exquisitos refinamientos «que», según don Íñigo, «la prudente malicia de los extranjeros brindaba a los españoles para afeminalles el valor», habían concluido por cubrir con mentirosa envoltura la austera fibra castellana de don Alonso. Sin embargo, no se tardaba en advertir que un alma recia como un estoque se ocultaba por debajo del bordado terciopelo de aquella vaina de ceremonia, y que su honra era siempre tan puntillosa como pudo serlo en el corazón o la mejilla de los que descansaban en San Pedro, con su par de espuelas en el calcáneo. Sólo que los tiempos habían hecho llegar hasta él, desde temprano, los granos de fina sensualidad que la vida fascinadora de Italia aventaba sobre los reinos, propagando el gusto de la pompa y del bello vivir.
Amaba los ricos objetos, el aparato palaciego, la numerosa servidumbre. La mucha hacienda servía ante todo, según él, para no envilecerse en ganarla y poder mostrar mejor la alta guisa del ánimo. Era de condición levantada y espléndida. Pensaba que por encima de todo acto del hombre debía palpitar un gesto generoso y brillante, como la pluma en el sombrero.
Su lujo en el vestir burlaba las pragmáticas. Nadie usaba en la corte espada más larga que la suya, ni lechuguilla más eminente y más ancha. Hacía tejer en Milán sus brocados y brocateles según antiguos modelos del guardarropa de familia, y sólo los lapidarios de Florencia eran dignos de grabar el onix y la cornalina para el sello de sus sortijas y el pomo de sus dagas.
Varios años de juventud los pasó embebecido de la joven esposa de un Consejero de Castilla, y gustó mucho en la corte aquello de haber dado dos mil escudos de oro por un lenzuelo manchado en sus sangrías, que le presentó el cirujano. Antonio Pérez mostrábale siempre gran afición, y él contaba con aquella amistad y valimiento para lograr una silla en el Consejo de Italia a la primer coyuntura.
Su amor por las cosas que concretaban una calidad exquisita de rareza o de arte era sobradamente sincero; pero sabía también que el culto ostensible de aquella pasión ponía una orla incomparable a la vida señoril, y, desde temprano sirviéndose de sus amigos de Milán y Venecia, comenzó a reunir en su casa un verdadero tesoro.
Los objetos que herían la imaginación del hidalgo con más sutil embeleso eran sus vidrios y marfiles. Estos, fríos, tersos y cuasi dorados, provocábanle indecible entusiasmo. Tenía gestos de verdadero amor para cogerlos de los fanales y acercarlos a la luz. Hubiérase dicho que sus manos oprimían con fraternidad aquella aristocrática y pálida materia, donde los rayos de sol remedaban un rubor interno de sangre.
Hacia el centro de la cuadra principal, sobre dos largas mesas fabricadas de minúsculos espejos, las fuentes, los vasos, las copas de Venecia entremezclaban al azar su tenuidad casi incorpórea, y de una fina manera el azogado cristal invertía como un estanque el precioso florecimiento.
Algunos de aquellos objetos prolongaban el milagro de vivir centenariamente. Piezas del siglo anterior, arquetipos de la generación innumerable, habían sido exornados de mascarones y de imprevistas alimañas por la tenacilla de Vistori, de Ballorino, de Beroviero, en la gran época visionaria de la cristalería. Vidrios turbios, de un glauco tinte lodoso como el agua de los canales, de la cual aparentaban haber tomado toda su fantasía. Su manejo educaba la mano mejor que los marfiles. Don Alonso los tomaba con cuidado infinito, como si un movimiento poco armonioso pudiera quitarles la vida. Un amigo suyo, un pintor formado en Venecia, a quien llamaban el Greco, habíale enseñado a mirarlos de noche en un rayo de luna. Sobre la vaga substancia la luz astral rielaba un reflejo fosforescente. Entonces, cual si hubiera caído en su pupila la gota de un filtro, don Alonso creía respirar el olor de la noche sobre las aguas, veía las escamosas estelas, las aturquesadas blancuras de los palacios, la lobreguez de los pequeños canales internados en el misterio.
Así, por la virtud del vano cristal, aquel hidalgo, desde su reseca y polvorosa Castilla, creíase transportado a la ciudad de las lagunas, donde pasara, bajo el negro o verde antifaz, horas inolvidables.
Entre don Íñigo y don Alonso Blázquez Serrano formose pronto esa amistad ceñida y lisonjera que suele enlazar a los descontentos. El uno clamaba en tono altivo y profético contra la política del monarca, quien, a la vez que iba aniquilando los fueros de la antigua nobleza, toleraba en su reino católico la vergonzosa plaga de los moriscos. El otro, mirando de hito en hito hacia las puertas, refería bajezas y crímenes recompensados con grandes honores y mercedes.
Cierto día, al retirarse de una de sus visitas, Blázquez Serrano topó con Ramiro en la antecámara. El niño estaba sentado en una silla de alto y esculpido respaldo. Sus ojos parecían contemplar fijamente alguna imagen dolorosa de su propio cerebro. Hubiérase dicho un infante embrujado.
Don Alonso, bajo su varonil empaque, disimulaba un corazón capaz de profundos enternecimientos que le humedecían de súbito los ojos, como a una mujer. Había mirado siempre a Ramiro con indiferencia; pero, al verle ahora sumido en aquella melancolía, sintió una extraña compasión que él mismo no hubiera podido explicar. Desde entonces comenzó a agasajarle. Al siguiente día le mandó buscar con su enano. Hízole enseñar toda la casa, el huerto, las murallas; y llevole él mismo a conocer a su hija Beatriz, preciosa mujercita de diez años, que les recibió en gran aposento perfumado y oscuro, sentada sobre un cojín azul, entre las dueñas.
Cuando la niña se hubo puesto de pie, Ramiro se adelantó tendiendo los brazos; pero ella le contuvo con grave reverencia. Una emoción profunda, indecible, estremeció el pecho del niño. El enano le puso la mano sobre el hombro y salieron.
VI
La heredad de Íñigo de la Hoz, en el Valle-Amblés, estaba situada casi al pie de la sierra, como un cuarto de legua al poniente de Sonsoles. Componíase en un principio de un retazo de monte y de trescientas fanegas de tierra de sembradura; pero, debido a los apuros del señor, había ido mermando rápidamente, hasta reducirse a un espeso carrascal y a estrecha lonja de prado, en cuyo extremo se levantaba la ruinosa casería de los padres de doña Brianda. La jara, el cantueso y la viciosa maleza habían invadido los jardines que existieron. Los caminos sólo se adivinaban por la alineación de los árboles. En el monte era difícil avanzar. La naturaleza, enseñoreada durante muchos años de abandono, se defendía ahora con la maraña, con el fustazo, con la espina.
En cambio, desde las ventanas altas del caserón se contemplaba el aliñado verjel de don Alonso, con sus estanques repletos, sus senderos limpios y sus alheñas y arrayanes recortados graciosamente como en los jardines de Italia. Distinguíanse, asimismo, los famosos parapetos imaginados por el hidalgo, y cuyos mosaicos de piedrecitas blancas, negras y coloradas figuraban fábulas de Ovidio. Algunas tardes subía en el aire rosado el agua de los surtidores, empapando al caer las escalinatas y los follajes.
Ramiro aficionose muy pronto a la vida libre que llevaba en la heredad. Cuando hubo cumplido los trece años, Medrano, que solía alojarse con su hija Casilda en las cuadras bajas del granero, enseñole, en el caballejo de un gañán, todos los rudimentos de la jineta y de la brida. Además, haciendo él mismo una lanza ligera con sus gallardetes y cordones, mostrole el modo de manejarla; y algunas noches, a la luz de una vela, le ejercitaba, por medio de su propia sombra, en bajar y subir la mano hasta el oído, para que aprendiese a embestir con gallardía.
Medrano tenía, junto a su lecho, dos espadas: la una, angosta y larga por demás, con calada guarnición; la otra, con pesada empuñadura de reja y ancha hoja de dos filos.
—Este acero—decía señalando su fina espada escuderil—es doncel, no sabe lo que es hundirse en la carne hasta el recazo; pero aquéste—agregaba, descolgando con un gesto de amor su joyosa de antiguo soldado—ha sacado más sangre que un barbero y más almas que una monja. ¡Con él he hurgado las tripas a más de un valentón, descalabrado a más de un rival y cortado a cercén, bonitamente, no sé cuánta gola turquesca!
Ramiro le escuchaba experimentando un singular deslumbramiento y, al empuñar él mismo la espada, parecíale que el corazón le crecía dentro del pecho.
Las lecciones de esgrima principiaron. El escudero palpábale sus músculos precoces, y a medida que sus fuerzas medraban íbale enseñando esas tretas misteriosas, a las cuales creía deber su buena ventura todo soldado que llegaba a la vejez.
Ciertos días, durante las horas de la siesta, escapando a la vigilancia de doña Guiomar, salíanse los dos en busca de algún sitio umbroso del monte. El niño aspiraba con fruición el humo rústico de las fogatas que ardían de ordinario en la vecina heredad; y el sol y el perfume tornábanle al pronto extremadamente sensible.
Medrano, después de sentarse a la sombra de algún árbol, quedábase mudo un instante, sin otro movimiento en toda su figura que la roja pluma del sombrero que el céfiro agitaba. Pero poco después, incitado por la vista del valle, cuya extensa claridad le recordaba la mar luminosa y tranquila, poníase a referir la captura de poderosos bajeles o algún audaz desembarco en las costas de Levante. Ramiro no perdía un solo ademán, un solo vocablo del narrador, y, por momentos, la pasión de la lucha le alucinaba con tal ímpetu que llegaba a creerse, él mismo, sobre la cubierta del navío o entre los caballos y alfanjes de los infieles.
Otras veces, en cambio, dejándole hablar sin oírle y abstrayendo su espíritu, fijaba sus grandes ojos en los muros de la ciudad, cuya sombra, torreada y rojiza se contorneaba hacia la parte opuesta del valle, cual inmensa corona de hierro. Soñaba, entonces, que él era llamado a cubrirla algún día de nueva honra cristiana, hasta ser aclamado por el primero de todos en el valor y el renombre.
Algunos libros de caballerías y uno que otro tratado de brida y de jineta que sorprendió sobre el bufete de su aposento, hicieron comprender a la madre lo que estaba aconteciendo en el ánimo de su hijo. Consultó el caso con su capellán, un viejo fraile franciscano, que era a la vez el maestro de gramática de Ramiro, y le fueron aconsejados los remedios de la Iglesia: la plegaria, la penitencia, el recogimiento.
El niño se sometió con mansedumbre, lleno de piadosa inquietud.
VII
Era uno de esos días de bochorno canicular a que no escapa, con ser tan empinada y ventosa, toda aquella región de Castilla. Un aire abrasador se amodorra en las navas, y el cielo sin nubes embravece su tinte como el esmalte en el horno. La peña cruje bajo la rabia del sol, el árbol se tuesta. Aquí y allá, a lo largo de los caminos, la recua o el rebaño levantan grandes nubes de polvo, cual si fueran ejércitos.
Torvo reflejo mineral flotaba sobre el Valle de Amblés. El paisaje era aún más austero bajo aquella claridad implacable.
Comenzaba la trilla. La mies rebrillaba en las eras.
Los labriegos tenían que turnarse sin cesar para ir a beber a la sombra de los carros. Entretanto, unos alzaban el bieldo perezosamente, otros, tiesos como postes sobre las tablas trilladoras, giraban de mala guisa acuciando con rabia a las mulas y a los bueyes, y apeándose a cada momento para hacerles sonar los lomos o las quijadas con sus garrotes.
Ramiro, ahitado de lecturas religiosas, cogió las Aventuras de Silves de la Selva y fuese a esconder en un obscuro recoveco del monte que formaban tres gruesos peñascos a la sombra de una encina.
Tendido en el suelo, con la sien sobre el puño, suspendía por momentos la lectura, para sentir mejor el deleite de su escondrijo. A veces un rayo luminoso pasaba entre el follaje y hacía temblar sobre el libro una medalla de sol. Aquella sombra le sabía a la frescura barrosa que el agua conserva en las alcarrazas.
De pronto un rumor de pasos acelerados le hizo levantar la cabeza. Miró. Era Medrano corriendo por el atajo en dirección al caserío.
—¿Dónde vais?—gritole.
El escudero indicó con breve ademán que le siguiese.
Una vez en la cuadra del granero, mientras buscaba su talabarte, Medrano contó brevemente lo que pasaba. En la vecina heredad, Cerbero, el perrazo que servía de guardián en los portones, se había vuelto rabioso, mordiendo a un lacayo y escapando hacia el monte. Don Alonso se hallaba en Madrid y su hija había quedado con las dueñas, las cuales le mandaban llamar a toda prisa para que dirigiera a los gañanes en la caza del mastín. Ramiro tuvo un deslumbramiento súbito. Acordose de los caballeros donceles que en las historias descabezaban endriagos, vestiglos y fieros leones, redimiendo princesas, desbaratando encantamientos y maleficios. Al mismo tiempo el rostro de Beatriz cruzó por su imaginación.
Cuando el escudero iba a ceñirse la ancha espada de dos filos, él, sin pronunciar palabra, puso ambas manos en la empuñadura del arma, mirándole con expresión a la vez suplicante y resuelta. El antiguo soldado comprendió. Tomando entonces para sí la espada más fina, dejó la otra en poder de Ramiro. Luego, exclamando: «Vamos presto, que nos esperan», salió de la cuadra.
Llegaron a la mansión de don Alonso sin encontrar a nadie. Estaba toda cerrada como casa desierta; pero al pasar junto a la panera toparon con seis hombres armados de chuzos y horquillas.
El escudero repartió las órdenes. Cada cual treparía por un punto distinto del monte, y apenas divisase al animal daría tres fuertes voces de auxilio. A Ramiro apostole a pocos pasos de las cocinas, dándole un cuerno de caza y pidiéndole que no se moviera de aquel sitio.
Algo después, cansado de esperar, Ramiro comenzó a internarse también entre los árboles.
Muchos relatos, allá en la torre solariega, le habían hecho saber lo que era el peligro de la rabia y el pavor que esparcía por los pueblos y campiñas aquel hocico agazapado que iba sembrando el furor y la muerte. Se echaban todos los cerrojos, se recogían los gatos, los perros, los asnos, y mientras las mujeres encendían una vela a Santa Catalina y otra a Santa Quiteria, abogadas contra la rabia, los mozos salían al campo bravamente, armados de las herramientas filosas que iban hallando.
Ramiro avanzaba con rapidez saltando las peñas y los hatos de podas antiguas.
Las carrascas y los espinos no evitaban que el sol caldease con sus rayos la tierra pálida y enjuta, y un retostado perfume de cantueso, de estepa y de tomillo sahumaba el ambiente. Las flores de la retama surgían aquí y allá, entre los plomizos peñascos, haciendo brillar el oro de sus pétalos sobre el cielo de añil.
Ramiro jadeaba. El sudor bañábale el rostro.
Media hora después, una de las criadas de Beatriz veía entrar en el patio de la casa al nieto de don Íñigo trayendo en una mano una ancha espada toda roja de sangre y en la otra la cabeza del perro.
—¡Válame Dios y Santa Quiteria; ya le mataron!—exclamó la mujer.
Luego, mirando atentamente el sangriento despojo, agregó:
—¡Pobre Cerbero, y cómo me echaba las manos al pecho para lamerme en el rostro! Pero era forzoso acaballe, que can con rabia con su dueño traba. ¡Medrano ha sido el de la hazaña, de fijo!
—No fue Medrano.
—¿Y quién?
—Yo iba solo por el monte, y al pasar cabe un hato de leña, vile venir corriendo hacia mí. De una buena cuchillada hícele rodar como un bolo. Luego hachele el pescuezo.
—¡Virgen Santísima y qué barragán será cuando le crezcan las barbas!—exclamó la mujer, espantada de que aquel mancebillo hubiera dado muerte al terrible animal sin la ayuda de nadie.
Luego le pidió que le siguiera; pero Ramiro, acercándose a un portillo que abría hacia el campo, apoyó un momento la espada en el muro, y tomando el cuerno tocó tres veces con fuerza. Las tres largas notas repercutieron en los ecos de la montaña con un son legendario.
La criada fuele conduciendo por una serie de cuadras sombrías. Por fin, al llegar ante una puerta entornada, Ramiro oyó un coro de mujeres que invocaban plañideramente a Santa Quiteria y a Santa Catalina. Entraron. Un solo rayo de sol penetraba en la estancia tras una madera entreabierta. ¡Qué alarido el que estalló en la obscuridad cuando el niño alzó en el haz luminoso la sanguinolenta cabeza que goteaba sobre el tapiz! Una de las dueñas se derrumbó de espaldas, presa de brusco soponcio.
La mujer que acompañaba a Ramiro contó con alegría la proeza del mancebo. Entonces, en medio del azorado mutismo, Beatriz se adelantó sin vacilar. Una dueña la tironeaba el faldellín; pero la hija de don Alonso, mirando aquellas manos tan tempranamente enrojecidas por el coraje, desprendió un favor azul que adornaba sus rizos, y, llegándose a Ramiro, se lo anudó ella misma en las agujetas del jubón con sus temblorosas manitas, blancas como la luna.
VIII
Ramiro conoció de súbito el arrobamiento del primer amor. Su soñar sobrepujaba la vida; y aquel brusco delirio fue pronto para él la coloración, el ritmo y el perfume de todo lo creado.
Su fervor religioso y sus anhelos de gloria se acostaron entonces como lebreles a los pies de la nueva pasión. El rostro pálido de Beatriz, con sus grandes pupilas y sus luengas pestañas como llorosas, posábase ahora sobre la página de su libro de oraciones, sobre las colgaduras del lecho, sobre el mismo Crucifijo, al cual confiaba su cuita. Fantasma fatuo y caprichoso como una llama volátil, y ante el cual su corazón se fundía de ternura.
Comenzó a componer endechas y letrillas que hubieran podido servir para Nuestra Señora, y largos y conceptuosos discursos con que pensaba abordar a su amada, en la primera ocasión. Algunas noches, apagando la luz de su aposento, pasábase horas enteras asomado a la ventana. Unas veces miraba hacia el vecino jardín sumergido en tenebroso y perfumado silencio; otras levantaba el rostro y las pupilas hacia la altura. Nada exaltaba su pasión como el suntuoso misterio de los astros. Parecíale que sus luces inquietas le hablaban un lenguaje sublime que él no alcanzaba a comprender. Imaginaba entonces dejar a un tiempo esta vida con Beatriz para renacer allá, en las regiones inefables, y vagar a solas con ella, aspirando ese céfiro divino que parece estremecer las constelaciones.
Durante algunos días su cerebro llegó a desquiciarse. Su tez se puso pálida como la cera, y él mismo sorprendiose de su incesante suspirar y de aquella honda congoja de su pecho, todo dolorido de amor y de ansia.
Algunas mañanas íbase a ballestear palomas a lo largo del vallado que separaba las dos heredades. Entretanto sus ojos acechaban la casa vecina. ¡Cuán intensa fascinación cobraron entonces para él, en la frescura matinal y entre el canto de los pájaros, aquellas entornadas celosías que le hacían pensar en el sueño de su amada!
Cierta tarde, entre un claro del ramaje, vio pasar a Beatriz, que no quitaba los ojos del seto. El mancebo se mostró. La niña, hízole, entonces, disimuladamente, una señal para que siguiese más lejos y, cuando creyó haber burlado la vigilancia de las dueñas, pidiole que pasara a su jardín.
Se saludaron como en un estrado y Ramiro no acertó a balbucear uno solo de los ingeniosos conceptos que había ordenado para decirla.
Aquel juego se repitió muchas veces. Paseábanse con los dedos enlazados, hablando apenas y mirándose, de tiempo en tiempo, en los ojos, sin sonreír. La doncella le llevaba a los sitios más frondosos y ocultos. Allí la naturaleza les descubría en la mariposa, en el pájaro, en el más menudo insecto, su impura inocencia. El mágico deseo palpitaba, aleteaba, chirriaba ante ellos, en la quietud blanda y calurosa del verano.
Ramiro conservó siempre el recuerdo de ciertos instantes en que, caminando con ella por el sendero del verde laberinto, osó pasarla el brazo sobre el cuello y tomarla suavemente la garganta. En otra ocasión, Beatriz subiose a un viejo columpio y comenzó a balancearse con violencia, presa de un rapto de juventud y de dicha. Su risa numerosa, loca, inesperada, voló como un enjambre de mirlos, despertando los ecos a través de los árboles. El viento levantaba su faldellín de un modo inolvidable.
Hablábanse cada vez más trémulos y ajenos a sí mismos. Un decir fútil aventaba los pensamientos. El, envolviéndola en su orgullosa mirada, soñaba en la dicha de poseer como dueño absoluto aquella deliciosa existencia. Beatriz era para él la mies lograda y suya, a salvo de todo peligro. Sin embargo, cierto día la preguntó:
—¿Os holgara ser aína mi esposa?
Ella repuso:
—Tamañita me quedo. ¿En eso pensáis tan temprano?
Púsose entonces a canturriar, mirando hacia arriba, y mostrándose, al parecer, más dispuesta a rendir su mejilla y su boca allí mismo, que aquel loco espiritillo que palpitaba en su cabeza cual una guija de cascabel.
Dicho estado venturoso no duró para Ramiro. Como a unos tres cuartos de legua, en la dirección de Villatoro, habitaba, durante el verano, Urraca Blázquez de San Vicente, con sus dos hijos varones. El marido, Felipe de San Vicente, Comisario del Santo Oficio e individuo del Consejo de las Ordenes, pasaba la mayor parte del año en Madrid. Los dos mancebos eran el azote de aquel rincón de la sierra. Andaban siempre juntos y se aborrecían. Una o dos veces por semana venían a visitar a su prima Beatriz, llegando por los caminos como demonios a todo lo que daban sus rocines, y seguidos, de muy lejos, por un ayo que taloneaba rabiosamente la mula entre la blanca polvareda. Recogían, sobre todo el segundón, los juramentos y palabrotas de los gañanes, y andaban siempre con la boca hinchada de obscenidad y ardiendo, uno y otro, en esa urgencia carnal que ataca, de ordinario, a los donceles.
Beatriz prefería al mayor, que era rubio y hermoso; pero saboreaba desde luego la femenina fruición de esperanzarlos a la par.
Ramiro, que solía entrar ahora a la casa, topó varias veces con ellos, advirtiendo con desgarradora sorpresa que Beatriz no existía solamente para él. Notó miradas, melindres, cuchicheos, e imaginó todo lo que podría suceder en aquella familiaridad del parentesco; pero su orgullo fue más fuerte que el dolor. Mostrose tranquilo, silencioso, casi sonriente.
Una tarde de fines de agosto, el escudero vino a decirle que Gonzalo, el mayor de los hermanos, se paseaba en compañía de Beatriz bajo los árboles. Ramiro fuese a mirar por entre los setos.
Largo tiempo pasó ocupado en atisbar, por distintos parajes, el vecino jardín. De pronto, un calofrío, anterior a toda idea, le corrió por el cuerpo. Volvió a mirar. Sí, frente a él, a corta distancia, Beatriz y su primo estaban echados de espaldas sobre la hierba, a la sombra de un olmo. El mancebo había juntado su rostro al de la niña, pasándola el brazo bajo la espalda, mientras ella, deshojando un rojo clavel, un clavel rojo como la sangre, sonreía voluptuosamente.
Loco de ira, Ramiro quiso abrirse paso entre la espinosa malla; pero no pudo lograrlo, y un destemplado gemido, un gemido áspero, terrible, brotó de su pecho.
Gonzalo y Beatriz se levantaron y huyeron.
IX
Al comenzar el invierno de aquel año, la madre, ansiosa de ver a su hijo en el regazo de la Iglesia, resolvió apresurar sus estudios para enviarle, en cuanto fuera posible, al «Colegio del Arzobispo», en Salamanca.
Ramiro no había tenido hasta entonces otros maestros que la misma doña Guiomar para las primeras letras, y, más tarde, para los rudimentos de la gramática latina, un religioso franciscano del convento de San Antonio. Aquel fraile, de unos setenta y cinco años de edad, no era escaso de luces; pero, como estaba de despedida en la tierra, tomaba la tarea de la enseñanza con tolerante desdén, amodorrándose a menudo en las lecciones. Solía decir a su discípulo:
—Pregunta, pregunta, hijo mío, que no he de ser yo quien te esconda lo poco que he cosechado en los libros; pero no olvides que de nada te han de valer en Purgatorio estas migajas de ciencia que nos dejaron los sabios cristianos y gentiles.
Buscaba siempre inculcarle el desprecio del mundo, y poseía para ello, como pocos, la elocuencia del ascetismo. Cuando hablaba de las glorias terrenas y de nuestro breve paso mundanal, su discurso, lleno de monástica ironía, se instalaba en el ser, cual frígido narcótico, adormeciendo las ansias. Decíase que más de uno, al escuchar sus sermones, había corrido a un monasterio a pedir un sayal y una celda. Para él, fuera de la penitencia y la plegaria, todo era polvo y ceniza en este mundo, y nuestra prolija ambición una telaraña tejida sobre el nido de un ave que duerme.
Hacíale traducir de ordinario a Ramiro los capítulos del Kempis. De esta suerte el mancebo recogió en el fondo del alma aquellos acentos de soledad, de sublime desprecio, de voluptuosa inmolación.
En los fondos de la Catedral, después de atravesar el reducido patio donde se encienden los incensarios y se cocina el chocolate canonjil, súbese por una escalera de pino a una serie de estancias siempre obscuras. En una de ellas, de dos a cuatro de la tarde, a la luz de un velón de tres mechas, y con los pies apoyados en la tachonada tarima de un brasero, comenzó Ramiro a escuchar las lecciones del nuevo preceptor que su madre acababa de escogerle por indicación del mismo padre franciscano.
Llamábase Lorenzo Vargas Orozco y era canónigo lectoral de la Iglesia Mayor. Conocía a don Íñigo y a su hija desde una mañana en que fue llamado a presenciar, en medio del corral, la quema de los libros arábigos. Su padre había muerto heroicamente, como capitán de arcabuceros, en la guerra de Flandes. Era de aventajada estatura. Los ojos grandes y algo salientes. Los cañones de la barba, casi siempre a medio rapar, daban un tinte azul a toda la parte baja del rostro. Los demás canónigos le envidiaban, entre otras cosas, sus hermosos ademanes en el púlpito y aquella bizarría con que manejaba el manteo, aquellos sus diversos estilos de arrebozarse con él y de derribarlo de súbito, a modo de capa soldadesca, como quien va a desnudar varonilmente la espada.
Su primera lección fue un verdadero pórtico de sapiencia. De pie en medio de la estancia y señalando sobre su escritorio un apilamiento de gruesos volúmenes forrados en pergamino, prorrumpió:
—Aquí tenéis, hijo mío, guardado como en pellejos, todo el zumo de la verdad humana y divina. Mi largo peregrinar por el mundo filosófico me ha hecho concluir que todo lo que sea apartarse de esta enseñanza del «Angel de las Escuelas» equivale a descarriar el entendimiento, con harto peligro de caer de bruces en la herejía.
Ramiro meneó la cabeza afirmativamente sin comprender, y dirigiendo la mirada hacia los infolios vio que todos ellos llevaban el mismo título: Summa Theologica, en gordas letras antiguas.
—Esta obra, este monumento, este tabernáculo—prosiguió el canónigo—resume también, probado y purificado, es cierto, en el crisol de Santo Tomás, todo el saber del Estagirita; pero, a fin de formaros en la veneración de este otro filósofo admirable y defenderos contra ciertas ideas que corren como peste por las aulas, quiero leer agora, a guisa de vestibulum, un opúsculo que acabo de componer contra Pedro Pomponacio y algunos españoles que, siguiendo la singularidad de Alejandro Afrodiseo, afirman que Aristóteles sintió y escribió que el alma racional muere con el cuerpo.
Quitando primero la despabiladera que señalaba la página, tomó de encima de la mesa un cuaderno manuscrito. Luego sentose junto al velón, calose las gafas y comenzó la lectura de su apología peripatética.
Ramiro no pudo disimular su aturdimiento. Su semblante denotaba a las claras el vértigo.
—No os importe—le dijo el canónigo al terminar—si de esta primera vez no cogisteis el sentido. Mañana habrá lectura aclaratoria.
Había sido colegial trilingüe en Salamanca, estudiando después artes y teología. No había quizás en toda España otro Lectoral que conociese como él la Sagrada Escritura. Sus explicaciones del Antiguo y Nuevo Testamento, todos los lunes y viernes, atraían a la iglesia a los más doctos seglares de la ciudad y a muchos estudiosos de los conventos. ¡Y qué controversista! Ninguno de sus colegas de Cabildo podía seguirle a través de sus primos y secundos, de sus ergos y distingos. Tomaba la proposición del adversario, y en un dos por tres, con ultrajante sonrisa, se la hacía picadillo bajo aquella arte cisoria de la dialéctica que él manejaba de asombrosa manera; pero si al dejar caer su conclusión el contrincante no se declaraba vencido tornábase al pronto injurioso y mordaz, el labio se le crispaba hacia fuera, los ojos se le hinchaban de cólera, y era sabido que aquella mano, que dejaba caer la bendición desde el altar, había zamarreado del alzacuello a más de un eclesiástico.
Si bien no estaba dotado de una mirada filosófica precisa y penetrante, si no era capaz de esos aletazos del espíritu que sacuden la telaraña de la rutina, su concepto teologal tenía la solidez de un peñasco. ¿Quiénes eran los constructores de la doctrina que él profesaba? Aristóteles, los Padres de la Iglesia Latina, Santo Tomás. Pensar que algún hombre moderno pudiera enmendar a aquellos maestros sublimes era demencia. ¿Cuál había sido el credo filosófico sobre el cual España fundara su envidiada grandeza? Aquél, y no otro... Ergo! Pero él conocía demasiado el oculto propósito de las nuevas doctrinas, y en cuanto a los que combatían en España los principios de los escolásticos, los que negaban la autoridad de los antiguos maestros, las especies inteligibles, los fantasmas de la representación y hasta la inmortalidad del alma racional, no eran sino aliados del extranjero o instrumentos del Demonio.
El veía a España acechada por innumerables enemigos. Dado que no era posible vencerla en guerra franca y varonil, buscábase ahora minar aquella unidad religiosa que la hacía invulnerable introduciendo en su seno la disputa, la secta, el desorden. Herirla en su fe era enfermarle el vigor. La herejía era más temible que todos los ejércitos. La herejía era el rejalgar que, una vez en la entraña, daba al traste con la más firme entereza, y, según él, ya el tósigo estaba en parte sorbido. Valladolid era un foco de luteranos. Salamanca, un seminario de herejes. Los discípulos de Valdés y de Ramus, los secuaces de Erasmo y de Lutero eran asaz numerosos. Su antiguo condiscípulo Francisco Sánchez, el Brocense, lanzaba una sucia palabrota contra Santo Tomás, cuando se invocaba su autoridad sublime en las disputas. El Cardenal Arzobispo de Toledo, Bartolomé Carranza, luteranizaba en su Catecismo Cristiano. Había llegado, pues, ese instante supremo en que una batalla se pierde por una pausa de la voluntad. No era el caso de discutir proposiciones, sino de extirpar de cuajo las bubas aquellas y cicatrizarlas para siempre con el fuego purificador. Nada de complacencias, ni melindres. ¡La podrido a la hoguera, y amén!
¡Ah! ¡qué sería de España si llegara a verse desgarrada por una guerra de religión como las naciones del Norte! Sus enemigos no dejarían escapar la coyuntura. El francés se daría la mano con el turco, Flandes se entendería con Albión, para el caso; y todos, a un tiempo, se lanzarían sobre ella, desjarretándola por la espalda traidoramente, por medio de un levantamiento general de los numerosos moriscos de Aragón y Andalucía, que no esperaban otra cosa que una señal extranjera.
El canónigo encontraba que el Santo Oficio alargaba por demás los procesos. Era menester no perder un instante y no olvidar que la responsabilidad de España ante el Señor era mucho más grave que la de cualquier nación de la tierra, pues todo la señalaba como al pueblo elegido, como al moderno Israel. El Altísimo manifestaba su elección, no sólo en los triunfos que le acordaba, sino también en las plagas y desastres con que castigaba sus desfallecimientos. El hambre y la bancarrota que la afligían al presente, así como la pérdida de la Invencible Armada, ¿qué eran sino los azotes provocados por su tolerancia con los moriscos y los herejes? Roma era para Dios su solio en el mundo; España, su hierro, su diestra siempre armada, su ejército de arcángeles. Roma era la ciudad de Pedro, del Pontífice y del mártir. España, la hueste de aquel Santiago Apóstol que hacía cruzar al fin de las batallas su visión ecuestre y vengadora, esparciendo el pavor entre los infieles. Pero el día en que España volviese el rostro al Señor los enemigos entrarían pisoteando la sangre de sus mujeres y sus párvulos, como los soldados de Tito en Jerusalén.
Y a pesar de aquellas duras ideas, Vargas Orozco era hombre de una bondad profunda. Vivía la vida como un rancio hidalgo español, con el fondo del alma. Todo cuanto no era preciso a su modesto vivir lo derramaba en limosnas. Interesábase con sensible corazón en las más prolijas aflicciones de los demás, y, ante las desgracias de familia, que su ministerio le obligaba a presenciar de continuo, se le veía sollozar a la par de los deudos, pronunciando patéticas palabras que se grababan en la memoria de todos como tierno y docto epitafio. Pero cuando se entraba en el terreno de las grandes culpas colectivas, cuando se tocaba a los sagrados mandamientos o al dogma, su corazón se cerraba como un puño. Impregnado, desde joven, del espíritu del Antiguo Testamento, vibraba él mismo esa justicia rencorosa, inexorable, tremenda, que parece rugir como un trueno a través de los versículos. Allí millares de vidas humanas eran trituradas por Jehová para salvar un rito o expresar un precepto. Para Vargas Orozco los hombres eran comparables a vasijas de barro, las cuales no valen sino por lo que guardan, y que, una vez que se impregnan de una materia corrupta, conviene destruirlas y hacer otras nuevas.
Su espíritu de mortificación era grande y su severidad de costumbres tanto más meritoria cuanto que se veía continuamente acosado por tenaces tentaciones, que el Demonio hacía surgir con preferencia de los mismos pasajes de la Escritura, revestidas de suntuosidad y desprendiendo un olor raro y voluptuoso de Oriente.
Noche y día rondaba el Tentador en torno de su alma. A veces, en las horas de estudio, el canónigo creía percibir una ala membranosa y repugnante que aventaba las cenizas del brasero, que se chamuscaba en la llama del candil, que volteaba de un golpe el reloj de arena sobre sus escritos. Pero era, sobre todo, durante la noche, en el lecho, antes de dormirse, cuando el lectoral libraba sus combates acerbos. Un mismo súcubo, terrible de sedosidad y de hermosura, se deslizaba junto a él, bajo las mantas, haciéndole correr por sus carnes un goce diabólico, largo contacto odioso y dulcísimo que los rezos continuados no lograban desvanecer. Otras veces una mano invisible descorría colgaduras de alcobas. ¡Alguna enjoyada desnudez le esperaba a él, sólo a él, en el sosiego de la noche; sus cabellos olían como un perfume derramado y su rostro, su precioso rostro era el de alguna hija de confesión!
¡Qué batallas, qué luchas aquéllas! Mientras el espíritu clamaba de horror, la carne traidora se refocilaba en un baño de deleite. Arrojábase entonces al suelo, y descolgando las disciplinas, se castigaba con ellas hasta quedar cubierto de sangre, como el Señor en la columna. Pero apenas volvía a cerrar los ojos para dormirse, el Maldito, variando su magia, hacíale experimentar de manera poderosa, invencible, el vértigo de la soberbia. Ora le ensayaba sobre su cráneo de sacerdote la mitra demasiado estrecha o el capelo demasiado justo; ora la triple tiara pontificia, que parecía fabricada en un todo para su cabeza, única y sublime. Una aclamación de multitud universal estallaba a sus pies, y sentíase flotar, excelso y rígido, sentado en un trono resplandeciente.
Luego, abolida la voluntad durante el sueño, acudía en cuatro pies a las bocas pintadas de las sacerdotisas idólatras, que, extendidas bajo los cedros, temblaban de lujuria como panteras...
Si al llegar a la Catedral le decían que el canónigo no se había levantado aún de la siesta, Ramiro esperaba paseándose por las naves. A aquella hora la iglesia estaba casi siempre como hechizada de quietud y de silencio. El solo rumor de un escaño que removía el sacristán, provocaba un eco prolongado y enorme. Una sombra terrosa y centenaria dormía al pie de los altares, entre las columnas, sobre las lápidas.
¡Cuán dominante misterio desprendían para él los sitios obscuros de la iglesia, aquellas capillas graves, aquel ábside pardo y polvoriento donde siempre reinaba una penumbra sepulcral! Los años se amontonaban allí dentro, unos sobre otros, insensiblemente, como hojas de un infolio.
Ramiro hollaba las losas con respeto profundo, y su espíritu se henchía de una abstracta emoción de majestad y de muerte al recorrer las inscripciones de los enterramientos. Algunos guardaban personajes completamente olvidados, y decían apenas: «Don Cristóbal y su mujer», «Alonso», «Doña Bona»... Durante muchos años dichos nombres tuvieron quizás ilustre elocuencia; pero ahora eran menos aun que el hueso suelto que nuestro pie remueve en los osarios.
En cambio, sus ojos descifraban con orgullo nombres de eclesiásticos y caballeros de su propio linaje: «Sepultura del muy virtuoso Señor Don Nuño Gonzalo del Aguila, arcediano de Avila...» «Aquí yace el noble caballero Gonzalo del Aguila...» «Aquí yaze el honrrado caballero Diego del Águila, que Dios aya...»; y, al mirar el ave simbólica esculpida como una divinidad doméstica en los blasones de piedra, parecíale que una voz de otra vida le incitaba a la dominación y a los honores.
Otras veces, por el contrario, su ánimo daba un vuelco repentino, al recordar, ante aquel aniquilamiento de todos los afanes del hombre bajo una piedra roída, las palabras de su madre y del monje franciscano sobre la vanidad y la ambición. Pensaba entonces que él mismo no era sino un fuego fatuo escapado de aquellos huesos ancestrales y destinado a vagar un instante en la noche del mundo. No había, pues, cosa mejor que vestir el penitente sayal y preparar, entre cuatro paredes desnudas, la salvación eterna.
En ocasiones, cuando el tiempo alcanzaba, subía a las torres. Holgábale contemplar la ciudad y la campiña desde las ventanas del campanario, y sus ojos solían detenerse en cierta mansión, unida a los muros, hacia la parte del Norte. Cierta vez descubrió un puntillo movedizo, un cuerpecito minúsculo que atravesaba el huerto, subía los escalones del torreón, y se asomaba luego a las troneras. Era ella seguramente. El no había querido volver a la casa de don Alonso, y se había jurado olvidar a Beatriz para siempre. Con cuán victorioso despecho preguntábase entonces: ¿Cómo el alma del creyente podía correr en pos de un grano de vida como aquél, de una migaja de sensualidad efímera, y a veces emponzoñada, si Dios le ofrecía desde el cielo los goces infinitos y eternos?
Tales sentimientos comenzaban a abrirse hondo cauce en el alma de Ramiro, cuando su mismo maestro trajo la primera perturbación al abordar de lleno el tema de las tentaciones. Explicó el origen y la naturaleza del Demonio, la transformación horrible de sus formas angélicas al caer del cielo a los infiernos. Distinguió la bestialidad: omnem concubitum cum re non ejusdem speciei, de la demonialidad o copula cum Dæmone, que algunos teólogos confundían, y disertó, en fin, largamente sobre el comercio con los íncubos y súcubos de donde, aliquoties nascuntur homines.
—Y es de este modo—afirmaba—como debe nacer el Anticristo, según un gran número de doctores, y como nacieron Rómulo y Remo, según Tito Livio; Platón el filósofo, según San Jerónimo; Alejandro el Grande, según Quinto Curcio; el inglés Merlín, engendrado por un íncubo en una religiosa hija de Carlomagno; y, para decirlo todo, el maldito heresiarca que llevaba el nombre de Lutero.
Era menester mucha cautela.—La tentación—decía—palpita por doquier. Todo es arma y cebo para el Demonio.
Un día que Ramiro le llevó en obsequio una hermosísima pera, en un cestillo de mimbre, el lectoral comenzó a saborearla sin quitarle la piel. Era una pera de las que llaman calabaciles por su doble turgencia. De pronto, al hincar su mordedura en la parte más gruesa, hizo un gesto espantoso y arrojó la fruta al corredor, sacudiendo los brazos y exclamando:—¡Vade retro, vade retro! El Enemigo acababa de mostrarle en aquella poma ceñida y abultada las formas de la mujer.
Desde entonces el mancebo comenzó a vivir en una inquietud imprevista, a concebir la virtud más difícil y a experimentar en toda su carne, tranquila hasta entonces, un hormigueo de instintos que mareaba por instantes su cerebro como vapor de cubas en el lagar.
Una tarde fría de febrero, al retirarse de la lección, y después de haber oído leer a su maestro un docto comentario sobre el Cantar de los cantares, Ramiro topó con Aldonsa junto al pilar de la escalera. Ella le invitó a subir a la torre. Un instante después uno y otro escalaban los peldaños. De pronto la campanera se detuvo y arrimó la luz del farol al rostro del mancebo. Ramiro se detuvo también, y su mano temblorosa reconoció que la moderna Sulamita había puesto en libertad «los cervatillos mellizos» del cantar.
Allí se deshojó su doncellez, sobre aquellos escalones tenebrosos, donde dormía un olor sagrado de cirios y de incienso.
Al levantar los ojos para pedir perdón por su horrible pecado, hallose frente a frente con la figura del campanero, que, cinco o seis escalones más arriba, esperaba impasible, sosteniendo en la mano encendido candil. ¿Qué tiempo hacía que estaba allí? Ramiro le miró naturalmente y comenzó a descender, en la sombra, palpando los muros, sin pronunciar vocablo.
Una vez afuera caminó con nueva arrogancia. La brisa que llegaba por la calle de la Muerte y la Vida oreaba en su labio un dejo impuro y febril.
X
A los diez y siete años, merced a un precoz desarrollo, Ramiro tomó un aspecto recio y adulto. Su ceño altivo, así como sus anchas espaldas, imponían, a todo el que hablaba con él, un trato ceremonioso. Generalizaba ahora el pensamiento, buscaba el oculto sentido de cada apariencia, creía descifrar, con juvenil soberbia, los enigmas supremos.
Llevaba demasiado largo, en contra del uso, el renegrido cabello, y su tez, extremadamente pálida, como si la constante meditación le enflaqueciera la sangre, recordaba esa misteriosa blancura que la luna pone en el mármol.
El, que esperó encontrar en el canónigo un consejero de humildad, recibió de su verbo la brasa viva de la ambición. El nuevo maestro interrumpía a menudo sus lecciones para historiarle los grandes hechos de aquel ilustre linaje de los Aguila, fundado por el adalid Sancho de Estrada, venido de Asturias; y nombrábale también guerreros admirables, hijos de aquella ciudad que, aunque pequeña, representaba en España el primer seminario de honra y caballería. En todas partes los avileses se señalaban por su don de mando y su saña en la lucha. Sancho Dávila, apellidado El rayo de la guerra, servía ahora de ejemplar a los flamencos.
—¡Quién pudiera devolverme mi mocedad y darme algunos años de la vida gallarda y desembarazada del soldado!—exclamaba el canónigo.
No quería decir con esto que estuviese arrepentido de la nobilísima carrera a que le había inclinado su constelación, no, mil veces. Pensaba tan sólo que con un coleto de ante, un morrión y un acero toledano, escogiendo a su guisa las comarcas, hubiera hecho mucho más en bien de la Santa Fe Católica que dejando correr sus días atado con cordeles de calumnia y de estulticia a una poltrona canonjil. Confiole a Ramiro, sin rodeos, las sordideces y mezquindades de aquella asfixiante existencia de sacristía, y díjole el furor y la insólita crueldad con que todos sus colegas se habían ligado en contra suya cuando se trató de ofrecerle una silla episcopal.
—Los muy bellacos y alicortos—decía—barruntan que apenas el águila se encarame y pueda hender el espacio, volará muy alto, muy alto.
El anhelo impaciente de una mitra era ahora más fuerte que su virtud y el gran pecado de su alma.
Dominado por la reverente admiración que profesaba a su maestro, y habiéndole entregado desde los primeros días todo su ánimo, Ramiro miró derechamente la senda que señalaba aquella mano sacerdotal. Ya no dudó que en la carrera de las armas, siguiendo el ejemplo de sus antepasados, pudiera ser tan útil a Dios y a la Santa Iglesia como en el claustro o en el púlpito. Diose entonces a descifrar los añejos pergaminos de su familia y a leer la historia de los grandes capitanes de Roma y España. Al pronto, las representaciones de su propio porvenir se confundieron y conformaron a los grandes episodios antiguos. Alucinado por la lectura, llegaba a creerse, él mismo, el héroe de la narración. Fue sucesivamente Julio César, el Cid, el Gran Capitán, Hernán Cortés, don Juan de Austria. Al tomar en sus manos Los Comentarios, era él quien conducía las cohortes a través de las Galias; pero, en los idus de marzo, más sagaz que el dictador, atisbaba la traición de Junio Bruto y, escondiendo una espada bajo la toga, entraba a la Curia y mataba uno a uno a los conjurados. Vencía a los moros en innúmeras batallas, brindaba a la España el reino de Nápoles o el imperio de Moctezuma; y, por fin, de pie en el castillo de una nave inverosímil, destruía para siempre toda la flota del turco, en un nuevo Lepanto prodigioso, que su imaginación soñaba según las estampas.
El resultado fue que llegó a creerse elegido por Dios para continuar la tradición de las glorias inolvidables. Suprimió de su campo mental lo mediano, lo prolijo, lo paciente. Todo lo que no era súbito y heroico le dejaba impasible, sintiendo en sí mismo una confianza, una certidumbre absoluta de alcanzar de un golpe los honores más altos y de llegar a ser, en poco tiempo, uno de los primeros paladines de la Fe Católica en la tierra.
Una tarde, sentado sobre una peña en la hondonada que corre entre el Convento de la Encarnación y los muros de la ciudad, Ramiro, dejaba rodar sus pensamientos.
Aquel sitio único exaltaba su alma, haciéndole escuchar, en su ilusión, gritos de guerra, suspiros de éxtasis.
Jubilosa coloración de oro húmedo brillaba en las colinas. Había llovido hasta las tres de la tarde, y la tempestad se alejaba hacia el naciente, abriendo grandes claros de nácar etéreo. Caprichoso penacho de nubes doradas y purpúreas se alargaba por encima de la ciudad, conservando todavía el movimiento de la ráfaga que lo había retorcido. La áspera muralla reflejaba una amarillez alucinante, que parecía nacer de ella misma.
Hablábase con insistencia, en aquellos días, de una posible sublevación de todos los moriscos de España, ayudados por el turco. En algunos palacios de la ciudad se celebraban frecuentes reuniones, donde se cambiaban noticias y se discutían pareceres. La casa del señor de la Hoz era al presente, todos los miércoles y domingos, un hormiguero de eclesiásticos y grandes señores. Su campaña de la Alpujarra y su conocido encono contra los falsos conversos señaló, desde el primer momento, a don Íñigo como un jefe de asamblea. Ramiro pensaba ahora si de todo aquello no surgiría la ocasión de iniciar su renombre.
Pasaron dos menestrales. El mancebo comprendió que eran oficiales de cantería por el polvo de piedra que blanqueaba sus manos. Venían hablando de comida y de jornal:
—Yo, viendo que ninguno se meneaba, me planté como un pino ante el maestro, e le dije que, con el salario que él nos daba no alcanzábamos a llenar la olla a los nuestros, e que con la sopa de torrezno y el vil mendrugo de hogaza que de él recebíamos, se nos iba secando la enjundia.
—¿Qué os respondió?
—Respondió: malos monjes seríais vosotros, picaronazos. Sabed que haríais morir de envidia a muchos obispos.
—¿Eso dijo?
—Cabal.
—Paciencia, Martín.
Ramiro meneó la cabeza con un gesto de enfado.
Pasó un monje franciscano montado en un borrico ceniciento. Santa leticia brillaba en su rostro. Su desnuda pierna vellosa asomaba por debajo del sayal. Castigaba a su caballería con un gajo de bardaguera. Al buen fraile se le importaba una higa del aspecto de su figura...
Ramiro consideró la fuerza de aquella dicha superior que así se burlaba de todas las vanidades del hombre.
Vio llegar después una mujer vieja y espigada, la nariz corva, morena la tez, la mirada abstraída. Su negro ropaje andrajoso estremecíase en el céfiro como un libro quemado. Caminaba lentamente golpeando el suelo con el bastón. A pesar de aquel aspecto de miseria, llevaba ambos brazos ornados de brazaletes de alquimia, y un doble collar de cuentas, que imitaban la turquesa, caía sobre su pecho. Al llegar junto a Ramiro, mirole fijamente, apoyando ambas manos en el báculo. El mancebo sacó una moneda para ofrecérsela. Pero la mujer preguntole:
—¿Sois muslim o castellanuelo?
—Cristiano viejo, por la gracia de Dios—contestó Ramiro.
La mujer rehusó la limosna, y tendiendo el brazo:
—Yo vengo a desengañarvos agora, descreyentes, servidores de las ídolas—exclamó con voz agorera y fatal.—Echaréis a Agar y a su fiyo, está escribto, y con ellos irase la dicha. Ya no habrá quien vos riegue la vega, ni quien enseñoree el arado, ni quien sepa sembrar y recoger, ni quien os adobe olores finos. El torno, ¿quién sabrá manejallo? ¡Oh!, los de Islam, estáis con las manos agrillonadas; pero la sufrencia es buena ventura. ¡Sabed que el paraíso es prometido a los sufrientes y serán honrados en gradas altas y aventajadas!
Ramiro no pudo vencerse y enseñó la palma para que le predijera su destino.
—¡Tu jofor, tu jofor!—balbució la morisca.
Pero apenas hubo tomado en las suyas aquella mano delgada y enérgica, soltola de pronto.
Ramiro, al volver instintivamente la cabeza, hallose con la figura del canónigo que, de vuelta de la Encarnación, le había reconocido y se acercaba.
—Chiromanciam habemus—gritó el lectoral.
Ramiro sonriose. El canónigo sacó entonces una moneda de plata y se la alargó a la mujer. La morisca tomola temblando y comenzó a alejarse lentamente. Un instante después, maestro y discípulo escuchaban el rodar de la moneda sobre los guijarros.
Entonces, de vuelta a la ciudad y en busca de la Puerta del Adaja, el canónigo compuso la siguiente oración:
—Ya ves, hijo mío, el amor que nos tiene esta raza de Ismael. He ahí una anciana miserable que prefiere seguir gimiendo, cual una loba hambrienta por los caminos, antes que aceptar nuestra limosna. Aparentan haberse convertido, y son tan moros como en Africa. Van como arrastrados de los cabellos a aprender la doctrina, y sólo el temor les hace llevar sus hijos a nuestras iglesias para recibir el bautismo. Pero, ansi que llegan a sus casas, les roen la mollera con un trozo de cacharro o el filo de un cuchillo, lavándoles en seguida prolijamente para quitalles hasta el último resto de la crisma sacramental. Luego vuelven a bautizalles a su manera, con nombres moros que llevan en secreto hasta la muerte. No comen jamás de res alguna que no haya sido degollada por manos infieles, dirigiendo la cabeza del animal hacia el Oriente, hacia la Meca, hacia el alquibla, como ellos mesmos se expresan. No beben vino ni prueban puerco, para distinguirse de nosotros, y, a puerta cerrada, observan su cuaresma y todos los ritos de su secta diabólica. Yo he visto en el fondo de sus casas, en Andalucía, baños de mármol o azulejos, donde los hombres se sumergen y perfuman como rameras, según su costumbre infiel y lasciva. Los mozos aturden las calles del arrabal con sus voceríos salvajes, y son todos dados al adufe, a la gaita, a las sonajas, a los entretenimientos lúbricos de la danza y a los paseos de fuentes y pensiles que corrompen y reblandecen el ánimo.
Hizo una pausa para mondar el pecho, y luego que hubo escupido reciamente, prosiguió:
—En los lugares públicos hacen acatamiento a la Santo Cruz, claro está; pero, cuando se hallan sin testigo ante alguna ermita o humilladero, le hacen sufrir toda clase de escarnios. Yo mismo he sorprendido en las cercanías de Talavera algo horrible. Varios de estos perros malditos habían ido por leña a un bosque del contorno. Uno de ellos, al regresar, tuvo que descargar su vientre, y habiendo hecho una cruz de dos astillas de roble, la clavó bien derecha en la inmundicia, y dejola. Yo fui el primer cristiano, sin duda, que atinó a pasar por aquel sitio. Viendo a mi amada cruz en tal estado, corrí por ella, e hincándola entre la raíz de una encina, me puse a adoralla. Consérvola aún celosamente, por la injuria que sufrió, como si fuera hecha de los huesos de un mártir de Roma.
El sol acababa de ocultarse. Los cerros del poniente recortaban escueto y pardo perfil sobre el horizonte de fuego. Maestro y discípulo llegaron hasta la esquina nordeste de la muralla y doblaron en dirección al mediodía. Abajo, hacia la derecha, entre los obscuros peñascos, el agua del Adaja despedía un resplandor de oro ígneo. Las iglesias habían concluido de tocar las oraciones, y la próxima campana de la ermita de San Segundo conservaba todavía un zumbido soñoliento.
—¿Qué hacer—continuó diciendo el canónigo—con este enemigo casero tantas veces perdonado? ¿Qué hacer con este siervo alevoso, que de día nos aborda con la sonrisa en los dientes, mientras acecha de noche nuestro sueño con la mano crispada sobre corvo puñal? Tu abuelo, Ramiro, me ha dicho, y nadie sabe como él estas cosas, que esos arrieros y trajineros moriscos que topamos por las carreteras durmiendo al sol junto a sus botijos, llevan y traen mensajes sediciosos de Aragón a Granada y de Granada a Aragón, pasando por Castilla; y no hay ya quien ignore que la conspiración cuenta con todos los moriscos del reino.
La luz se apagaba en el cielo; pero el canónigo peroraba cada vez más exaltado, como si ensayase, en la soledad del camino, la alocución solemne que intentara pronunciar en alguna asamblea.
—Algunos dicen que la expulsión de los moriscos traería la ruina de España. La avaricia moderna, señores—exclamó esta vez.—¡Ah! ya son contados aquellos clarísimos varones de antaño que preferían un grano de honra a todas las alcancías repletas del moro y del judío. Hogaño, los nobles de Aragón son los más sañudos encubridores y abogados destos perros infieles; y llena está Castilla de cristianos viejos, engolosinados con el dinero moruno, que siguen su ejemplo. Piensan que con los hijos de Mahoma se iría el lucrar y el sabroso vivir, y sus tierras se cubrirían de hierbas malignas. Aquí mesmo, en la ciudad de los Leales, de los Caballeros, de los Santos, la mayoría del Ayuntamiento está en contra de la expulsión. ¿Y qué mucho—añadió, bajando la voz y hablando casi al oído del mancebo,—si la Inquisición, la Santa Inquisición, recibe cincuenta mil sueldos al año de las aljamas aragonesas?
Dirigiéndose a personajes ilusorios, que él veía animarse, sin duda, en el teatro de su imaginativa, prosiguió:
—¿Decís que la expulsión reduciría a menos de la mitad la riqueza del reino? Tanto mejor, señores golosos. ¿Qué estado más digno y saludable para una república cristiana que la pobreza? Los bienes superfluos traen la libertad y la avaricia, del mismo modo que el agua rebalsada cría sabandijas y sapos inmundos; la lascivia triunfa y los ánimos pierden la primitiva rudeza, a la par de las espadas que se afinan como alfileres y se les recubre de terciopelo y pedrería para no amedrentar a las damas en los estrados. Livio afirma que la mucha prosperidad y abundancia de Roma, le acarrearon todos los males, y que por esta causa llegaron los romanos a los extremos del vicio. Si consultamos a Juvenal—volvió a decir,—él nos declara que no hay linaje de maldad en que los romanos no cayesen desde que abandonaron la pobreza. ¿Fue acaso opulento el pueblo de Israel, el pueblo de Dios? Si hemos de vivir con la opinión, dice nuestro Séneca, jamás seremos ricos; si con la naturaleza, jamás seremos pobres. Yo sé decir que nunca he visto emprestar a los usureros para comprar aceitunas, pan o queso. Siempre vi que el uno lo busca para caballos, el otro para galas, el otro para rameras. Vuelvan, pues, enhorabuena, aquellos siglos dorados, o siglos de bellotas, como también se les llama. Cesen este loco rodar de carrozas y estos desfiles de lacayos, ebrios de vanidad y de vino, ambas cosas hurtadas a su señor. Renazcan las antiguas virtudes severas, la mesa parva, la rica devoción, y que la mengua de las vestiduras nos haga llegar mejor a las carnes la saludable franqueza del viento.
Había terminado y escupió varias veces.
Entraron en la ciudad por la Puerta del Adaja. Las callejuelas estaban llenas de penumbra plomiza y temblorosa. Algunos bodegones encendían sus candiles y las puertas volcaban sobre la calzada mortecino resplandor anaranjado. Un viejo sentado a una ventana, con la sien pegada a la reja, miraba al cielo rezando su rosario. En otra ventana, sin luz, era una joven la que rezaba. Su rostro tomaba el tinte ceniciento de la hora y su pupila fosforescía de modo extraño.