[INDICE]

ENRIQUE MOLINA


POR LAS DOS AMÉRICAS

NOTAS Y REFLEXIONES
Casa Editorial “Minerva”
M. Guzmán Maturana
SANTIAGO.—CHILE
1920
Es Propiedad
Imp. Universitaria.—Estado 63.—Santiago de Chile.

CAPITULO PRIMERO
DE VALPARAÍSO A COLÓN

Por las costas de Chile.—Mollendo.—El Callao.—Lima.—Espíritu español.—Atraso político de los peruanos.—Gentileza de la gente culta.—Problemas internacionales.—Panorama de la naturaleza y de los pasajeros.—Un atormentado.—Panamá.—El Canal.

El camino más corto para ir desde Chile a los Estados Unidos es a través del canal de Panamá. Los buenos vapores se demoran ya de Valparaíso a Nueva York sólo diez y ocho días, y es probable que antes de un año no necesiten más de quince y aún menos.

La rapidez y la economía que así resultan compensan la falta de otros atractivos que pudieran deleitar a los viajeros a lo largo de la costa del Pacífico meridional. Esta costa es monótona, y fuera de Valparaíso y tal vez de Antofagasta, no ofrece grandes puertos que puedan despertar la admiración o la curiosidad en algún sentido. Hablar de grandes puertos, refiriéndose a los lugares chilenos nombrados, debe entenderse dicho con relación a las ciudades, porque en cuanto puertos, bien sabido es que son detestables y que difícilmente habrá otros peores en el mundo. Si en cualquier peñón desierto en medio del océano se levantara un poste con un letrero que dijera «Puerto», seguramente resultaría más abrigado que cualquiera de los dos.

La costa occidental no presenta a la vista el regalo de algo semejante a los panoramas encantados de Río de Janeiro, Santos y otros puntos tropicales de la costa oriental.

Tampoco centellean de noche en ella los innumerables faros que animan sin cesar las pobladas orillas del Mar del Norte europeo; ni aguzan la vista de los pasajeros, como ocurría en este mar antes de la gran guerra, el pasar continuo de transatlánticos ni el deslizarse en medio de centenares de barquichuelos pescadores de pintorescas velas.

A bordo no se baila, y apenas se toca. Por lo demás, no es mucho lo que perdemos con no oir más seguido el piano de nuestro vapor, el Aysen, porque, por lo viejo, desafinado y chillón, resultan sus sonidos capaces de hacer temblar de irritación a los nervios más bien puestos. Un maestro se arrojaría al mar antes de poner las manos sobre ese teclado. Entre los pasajeros hay sólo tres niñas, que son las que hacen los gastos de nuestros escasos entretenimientos sociales con algún encanto femenino.

No se divisan más de dos parejas que «flirtean». En la rada de Coquimbo, primera escala del vapor, contemplaban un joven y su compañera a las vendedoras que habían subido a vender frutas, dulce de papaya, confitados, quesos, canarios, objetos adornados de conchas, etc.

—Estas cosas son traídas de La Serena y de los valles vecinos, le dijo él. Por haber llegado tan tarde el vapor, me ha fallado uno de los primeros números de mi programa de viaje. Tenía vivo interés en alcanzar a visitar La Serena, que es mi pueblo natal, ver sus calles coloniales adormecidas en su estagnación semi-secular; pero ya es de noche. Tengo que contentarme con divisar sus luces que parpadean cerca de la costa. Es un suplicio tantálico: anhelaba ir allá; tengo a la vista el lugar de mi anhelo y sé que será imposible conseguirlo. Es una imagen en pequeño de lo débiles que suelen ser nuestras fuerzas ante el destino. En estas circunstancias las lucecitas de la ciudad querida me parecen las miradas de una mujer que se desea y no se alcanza, aunque ella misma quisiera ser alcanzada.

—Quién sabe si tanto en el caso de la mujer como en el de la ciudad es lo mejor que pudiera ocurrir para no perder la ilusión, dijo suspirando un señor maduro, que estaba cerca.

La niña sonreía sin entender tal vez la pena del joven ni el dolor que palpitaba en la triste reflexión del señor maduro.

Uno de los «flirts» produjo resultados francamente saludables. Para aliviarlo de una honda neurastenia, llevaba un padre a su hijo a viajar; y el juego del amor, las dulces coqueterías de una simpática niña, pudieron más para mejorarlo, sin duda junto con la acción del descanso y del aire del mar, que todos los médicos que lo habían atendido y drogas que había engullido antes. He considerado el caso muy digno de ser mencionado, sin que piense que el remedio haya de ser recomendado siempre.

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Los pasajeros leen, se pasean, juegan a las cartas, al dominó, a los dados para beber los indispensables aperitivos antes de almuerzo y comida, o cualquier cosa a toda hora. Los norte-americanos dan pruebas de mayores aficiones gimnásticas que los demás. Juegan al lanzamiento de pequeños discos de madera en el puente, y lo hacen con grandes gritos y alboroto y en mangas de camisa. También gastan más empeño que otros en recorrer el vapor diariamente de popa a proa con trancos elásticos.

Hay un japonés que no se mete con nadie. Retraído, huraño, fuma, toma notas, y tiene una marcada fisonomía de bicho mal intencionado.

Viene un joven argentino, que es un pequeño «super-hombre». No muy alto, delgadito, anguloso, muy metido en sí mismo, de pantalón blanco irreprochablemente planchado y doblado abajo, de inmaculadas zapatillas blancas con suave suela de goma; se pasea abstraído en sus hondos pensamientos, muy derechito, lanzando las piernas como si obedecieran a resortes muy bien montados! Protesta de que no le preparan el baño a tiempo, llama a los mozos a grandes voces y habla de una comisión de su gobierno que lo lleva a los Estados Unidos. Parece que tuviera en sus manos los destinos de toda la América Española.

La costa de Chile va acompañada de cerros que en las latitudes del norte acentúan su carácter árido, estéril, monótono. Aquí limitan al desierto o a la pampa y son de un color café claro. Se presentan formados de una substancia al parecer blanda, sin una planta, repulsivos, contrarios a la vida, y como dispuestos a tragarse al hombre que se atreva a aventurarse en medio de ellos. Y detrás de esta barrera se encuentra el salitre, la inmensa riqueza que fecunda la tierra y es fuente de vida.

Antofagasta, la principal ciudad chilena del norte, se levanta en las faldas de estos cerros desolados. Contemplada desde a bordo, se presenta como un pequeño pueblo ahogado en los brazos de la montaña triste y aplastante. Mirada de cerca, ya es otra cosa. Pero no siempre es fácil desembarcar y llegar a ella. Hay días,—y el en que nosotros fondeamos fué uno de ellos,—en que el mar forma tantas olas aquí como en el lugar más abrupto de la larga costa chilena. Los vapores fondean lejos y danzan sin cesar, acompañados de los botes y vaporcitos que se acercan a ellos, y suben y bajan diez o doce metros en un movimiento continuo.

Los angustiados pasajeros, que desean o tienen que desembarcar, deben esperar el momento preciso en que el bote se acerca a la base de la escalera para saltar sin peligro, pero no sin que sea menester dar pruebas de gran agilidad y acrobacia. Aun así no escapa el pasajero libre de una buena mojada.

Las calles de Antofagasta son anchas, y en ellas reina la animación de una ciudad activa y llena de vida. Se hallan pavimentadas de asfalto de roca, hecho en mejores condiciones que en cualquiera otra ciudad de Chile, y las recorren automóviles y victorias limpios, nuevos, brillantes. La población tiene cincuenta años de existencia y cuenta sesenta mil habitantes más o menos. Hay buen alumbrado eléctrico, buen agua potable, y hasta jardines, quintas y parques preciosos. Los chilenos han creado un oasis al borde del desierto.

Iquique, más que una ciudad, es un campamento. Le falta de la verdadera ciudad el carácter de mansión definitiva, de lugar elegido por el hombre para establecer su hogar. Es una plaza de tránsito en que los hombres se congregan para enriquecerse y divertirse. Y en cuanto pueden se marchan. Es un campamento que no tiene nada de desagradable y donde se lleva una vida ligera y fácil. Cuenta con algunas calles amplias y hermosas y con un bello paseo a la orilla del mar. Desgraciadamente, según informaciones que recibí al pasar, en lo que más importa a la vida no es un campamento nacional, sino extranjero. Las principales industrias y el gran comercio se hallan en manos de extranjeros, y hasta el agua que usan y beben los habitantes la suministra una compañía foránea que cobra por ella los precios más exorbitantes que es dable encontrar en el mundo.

Después de recorrer la costa desnuda de toda vegetación de Antofagasta y Tarapacá, Arica se presenta a la vista como un pequeño vergel. Arica es la puerta de algunos ricos valles de la provincia de Tacna que producen, entre otras cosas, exquisita fruta. Las naranjas y las chirimoyas del valle de Azapa son de una dulzura deliciosa e insuperable.

Arica es un pueblo de calles estrechas, tristes, amodorradas, pavimentadas con piedra de río, y con aceras angostas que se extienden casi al mismo nivel de la calzada.

¡Qué laxitud se siente en la vida de este pueblo! La gente anda despacio, no gasta prisa para nada. La gente del pueblo anda sucia, desarrapada; y los ejemplares de la raza peruana que se encuentran evocan la mísera imagen de los tipos sud-africanos. Parece que todos vivieran en una comadrería condescendiente y resignada.

Al alejarnos del último puerto chileno, contemplamos al Morro de Arica, pelado, macizo, abrupto, teatro de las inmortales hazañas de nuestros guerreros; lo juntamos en nuestra mente con otro escenario de valor épico, la rada de Iquique, y sentimos que en estas tierras yérmicas y escuetas, ha dejado el heroísmo chileno palpitaciones inmortales y vigorizantes, que sumen el alma en un estado depurador de unción patriótica, casi religiosa.

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Mollendo, el primer lugar peruano en que tocamos, es un puertecito enclavado en las faldas de los estériles cerros de la costa, que continúa siempre desolada. El pueblo no tiene hacia donde extenderse abrigado entre el mar y la montaña. Sus casitas parecen palomares colgados de las paredes de un barranco. Tampoco existe una bahía propiamente dicha, y el mar se presenta de ordinario más agitado y terrible que en Antofagasta, con lo que se dice todo. Los pasajeros, para embarcarse o desembarcarse en el vapor o en el muelle, tienen que ser izados o bajados amarrados en sillas.

El principal puerto del Perú, El Callao, nos ofrece en una mañana de Septiembre, ligeramente envuelta en leves brumas, su bahía amplia, hermosa y tranquila. El puerto, con su desembarcadero propiamente dicho, es muy bueno y seguro. Pero el pueblo es pequeño, bastante sucio y sin importancia. Callao sufre con la proximidad de Lima, a la cual está unido por buenos tranvías eléctricos que hacen el viaje entre la capital y el puerto, en menos de una hora. Hay además carreteras muy bien tenidas para automóviles y otros carruajes. Toda la gente de cierta posición social prefiere no vivir en el puerto sino en Lima o en algunos de los bellos y graciosos balnearios de los alrededores, como Miraflores, Chorrillos, Barrancos. Entre Lima y El Callao se encuentran además San Miguel y Magdalena, lugares de residencia también, compuestos de pintorescos chalets, que aquí con cierta modestia y dejo de casticismo se llaman «ranchos».

La vieja Lima es un encanto. Uno se cree en medio de esas seductoras antiguas ciudades italianas que sugieren misterios, hacen convivir con siglos pasados y hechizan la imaginación. Las calles son estrechas y no bien pavimentadas; pero gustan mucho. Los balcones con vidrieras corridas, o con espesas celosías, las rejas moriscas, los patios andaluces producen una impresión artística propia, impresión de ensueño y de tranquilidad sonriente.

De las ciudades importantes de la América Latina, Lima es,—cediéndole el paso en esto tal vez a Méjico,—la que tiene más carácter genuinamente español y colonial; y es, por lo mismo, más interesante a los ojos del artista y del arqueólogo que otras ciudades como Buenos Aires y Santiago, de muchísimo más valor desde otros puntos de vista.

Los principales monumentos de la época colonial que se señalan en Lima son la catedral, el convento de San Francisco, el Palacio de Torre-Tagle, la casa de la Perricholi, y el Palacio del Senado, donde funcionaba la Inquisición.

La casa de la Perricholi fué hecha por el virrey Amat, en la segunda mitad del siglo XVIII, en obsequio de su querida, la célebre artista Villegas, a quien él, en los momentos de discordias semi-conyugales, llamaba en su mal pronunciado castellano «Perricholi», por decir «perra chola». Es una casa que se encuentra bastante en ruinas; no fué hecha de material noble y durable; y aun en su tiempo debe haber sido más pretensiosa que hermosa y recargada de colores y decoraciones. Hoy hace la impresión de una mujer que, a pesar de sus muchos años, ha seguido vistiéndose con telas claras un tanto raídas y conserva sin cesar en sus arrugas restos de afeites.

La catedral es una fábrica perfectamente bien tenida, pero de estilo poco definido, y tal vez algo pintarrajeada y sobrecargada de dorados. La sillería del coro tiene tallados admirables que la hacen una valiosa obra de arte. Entre las reliquias de la catedral se encuentran los restos del conquistador Pizarro, conservados en una urna de vidrio. En el mismo departamento hay un riquísimo altar de plata maciza y una madona muy bella, que, según dicen, fué un obsequio de Carlos V. Es una obra en que se ha combinado la pintura con el relieve. La virgen está pintada al óleo, y lleva una diadema de verdadero oro realzado; el conjunto da una impresión de armonía completa.

El palacio de los marqueses de Torre-Tagle data de 1735, y es la mansión más importante y típica que conserva Lima de la época colonial. Es una casa de dos pisos, de color obscuro, situada en el centro de la ciudad. Su patio español, sus maderos ricamente labrados en cuanto se ve de ellos, sus frisos de azulejos, sus azoteas, su fachada, hacen de este palacio un monumento único. Ocupa el segundo piso de la fachada un balcón corrido, sobresaliente a la calle, cerrado con espesas celosías; y al contemplar éstas desde afuera o mirar a través de ellas desde adentro, vuela la fantasía hacia el siglo XVIII y se complace en forjar romances de amor. Como todos los obstáculos que se oponen a los enamorados aumentan el incentivo de la pasión, las discretas celosías deben haber prestado cierto misterio a los encantos de las limeñas y enardecido los sentimientos de sus adoradores. Uno ve a un galán pasando por la calle y renegando de la cortina de madera que le impide disfrutar de los ojos de su amada; y ella, quizás una marquesita, que no se atreve a abrir la celosía, sufre también. Y la imaginación se representa este vulgar episodio de la eterna historia del corazón, hermoseado con toques artísticos por la mágica pátina del tiempo.

El convento de San Francisco, fundado en el siglo de la conquista, goza entre los peruanos de la fama de ser una maravilla en todo sentido. Sin embargo, debo confesar que no me pareció así. No es una obra de arte arquitectónico ni contiene grandes obras pictóricas o esculturales. La sillería del coro se halla magníficamente tallada, aunque, según mis recuerdos, los tallados no son de tanto mérito como los de la catedral.

El convento tiene, sí, la venerabilidad que prestan los siglos a todo lo inanimado que se mantiene a través del tiempo sin cambiar. Según las palabras del amable monje que me acompañaba, el convento se halla tal cual fué en la centuria decimosexta. Y no cuesta creerlo. El siglo de la conquista fué, sin duda, de fabulosas riquezas en la tierra de los incas, pero ni el carácter de la época ni los medios disponibles permitían emplear esa riqueza en hacer la vida confortable. Austeridad, frialdad, desmantelamiento, son las impresiones que produce esta casa de religiosos. La iglesia solitaria, el amplio coro, la alta sacristía, envuelven el ánimo en una sensación de encogimiento triste. El espíritu no se siente invitado a recogerse en sí mismo a meditar, porque quiere huir de ahí. Los corredores están adornados de altos frisos de hermosos azulejos; pero se hallan rodeados de rejas hacia el patio y la idea de encontrarse en una cárcel oprime el corazón. En el patio, sobre el suelo húmedo, languidece marchitándose, desplomándose, un pobre jardín.

Sin embargo, mi guía, que pasaba su vida entre esas paredes desoladas y frías, no denotaba nada de tristeza. No era en verdad el tipo del monje rechoncho, de carnes opulentas, que se nos suele pintar. Era pequeñito, delgado, de faz anémica; pero de todo su ser emanaba una conformidad risueña y se mostraba muy ufano del renombre y antigüedades de su convento.

Me mostró el buen monje, por último, una capilla muy mona, en que había una virgencita extremadamente milagrosa. Era el lugar predilecto de las devotas limeñas de la buena sociedad. Ah! en los días de grandes fiestas, la capillita parecía un canastillo de flores y un rincón del cielo lleno de soles y de estrellas. Una vez estalló un incendio que amenazaba devorar la hermosa nave. La virgencita bajó entonces por sí sola del alto sitial en que se encontraba, se puso a orar delante del altar y las llamas detuvieron como por encanto su avance destructor. Los que estaban empeñados en apagar el incendio, y vieron el prodigio, corrieron a dar cuenta de lo ocurrido a otros monjes y al superior; pero cuando volvieron, ya la virgen había subido de nuevo a su lugar, también por sí sola, y estaba ahí tan serena como si nada hubiera hecho.

Al monje no le asaltaba la menor duda sobre la veracidad de su relato. Por mi parte, complacido en la contemplación de ese cerebro adulto que se hallaba en tal estado de fe ingenua, me encontraba muy lejos de querer, con observaciones inconvenientes, arrojar sombras sobre la limpiedad de su creencia.

Y para corroborar que tal milagro cuadraba como si dijéramos en el orden natural de las cosas que podían ocurrir en la capital peruana, el monje agregó:

«Lima es un lugar de bendición, predilecto del Señor. No ve que ha sido tierra de santos, como Santa Rosa de Lima, Santo Toribio de Molgrovejo (y nombró algunos más que no recuerdo). Aquí no hay pestes ni calamidades de ninguna especie. Esta ciudad es un paraíso».

El viajero que pasa a la ligera por Lima no se resiste a aceptar que el monje estuviera en lo cierto. Para ello se juntan a los encantos de que ya he hablado la suavidad y dulzura del clima. Pero los que viven largo tiempo aquí, saben muy bien que esa blandura es enervante, debilitante y perjudicial para la salud, y que los habitantes del paraíso limeño se hallan muy expuestos a ser víctimas del paludismo, fiebre maligna causada por la picadura de un mosquito que se desarrolla en los pantanos de los alrededores.

Dicho sea de paso que cultivando mejor los terrenos circunvecinos, se obtendría la doble ventaja de aumentar la riqueza agrícola y de sanear más esta parte del país. Uno no puede dejar de hacer tal apuntación al observar cierto abandono en los campos que se extienden entre El Callao y Lima.

El espíritu español subsiste en el Perú incorporado no sólo en las cosas, sino en algunas costumbres. Y si no, díganlo las corridas de toros. No me tocó la suerte de asistir a ninguna, pero es sabido que las de Lima no le ceden en brillo, en importancia y en rendimiento pecuniario a las más pintadas de España. Los jóvenes limeños de ambos sexos adoran a los toreros famosos, y guardan sus retratos como los de héroes y grandes artistas. Toreros ha habido que han levantado fortunas de millones de soles, toreando en Lima. Un peruano cultísimo y profesional distinguido me decía al respecto:

«Yo prefiero una tarde en la Plaza de Toros a cinco noches de ópera en el Metropolitano de Nueva York; y usted haría lo mismo, agregaba, si hubiera asistido siquiera una vez en su vida a una buena corrida».

El pueblo peruano encierra en los cuatro millones de almas que lo forman, tres millones de raza india. Por esta razón tal vez es tan frecuente en las clases bajas el tipo pequeño, endeble, casi negro, que hace pensar en tipos sud-africanos. En los gendarmes de Lima se observan generalmente estas características y no hay mucho que admirar en ellos, por supuesto, en cuanto a apostura marcial.

Esta circunstancia racial debe ser también uno de los antecedentes que han obrado para producir el atraso político, la falta de preparación cívica en que aun se encuentra la nación peruana. El Perú no ha salido todavía del período de las asonadas militares y de los gobernantes que suben y bajan en virtud de afortunados golpes de mano y de motines de cuartel, período por que pasaron en diferentes décadas del último siglo todos los pueblos hispanoamericanos y que un buen número de ellos ha dejado atrás afortunadamente para siempre. Al parecer no hay en este país partidos sólidamente organizados ni opinión pública con fuerza bastante para servir de freno a los desmanes de los caudillos y del militarismo. El pueblo, en el más perfecto sentido de la palabra, entendido como concepto comprensivo de todas las clases sociales, teniendo la conciencia de formar una comparsa que no puede influir en la suerte de la República, permanece impasible ante las intrigas de palacio que derriban y elevan mandatarios[1].

¡Qué personas tan finas, amables y de vivaz inteligencia son los peruanos de las clases cultas! En este viaje no he tratado uno solo que no me haya dejado tal impresión.

Aun para discurrir sobre las más espinosas y peliagudas cuestiones internacionales, sobre aquellas que aprietan entre sus mallas el amor propio nacional, he encontrado en ellos espíritus claros y serenos. Charlando a bordo sobre tópicos de esta clase, me decía un diputado:

—El desenlace de la Guerra del Pacífico fué desgraciadamente una cosa natural y lógica. Nosotros teníamos que ser vencidos por un motivo racial. Como usted sabe, las tres cuartas partes de nuestra población están formadas de indios y con la indiada no se pueden hacer buenos soldados. ¿Cómo íbamos a combatir con éxito con el pueblo de ustedes, compuestos de fuertes mestizos o de tipos de raza blanca?

Hablábamos en otra ocasión con otro distinguido peruano a propósito de la, por parte de sus compatriotas, soñada intervención de los Estados Unidos para solucionar la cuestión de Tacna y Arica. Y me decía:

—Es un recurso empleado por algunos politicastros para agitar la opinión pública y mantenerla favorable a ellos, atizar la esperanza de que en el arreglo de nuestros conflictos vamos a contar con el apoyo de los norte-americanos. Esta es una pobre ilusión. Tal cosa no ocurrirá. Nosotros debemos levantarnos en virtud de nuestras propias fuerzas, y resolver directamente nuestros problemas, con cordura y equidad, sin la intervención de nadie de fuera de la América Española.

Escuché con hondo regocijo estas palabras que me producían una sensación de alivio y venían a confirmar y a dar más nitidez a muchos juicios y sentimientos que yo ya sustentaba de antemano. Han estado en lo cierto la inmensa mayoría de los chilenos que han considerado insensato el odio a los peruanos. No revelaría hidalguía odiar a una nación hermana que es militarmente más débil que nosotros. Es claro que no es posible remontar el curso de la historia; y que Chile y el Perú no pueden encontrarse de nuevo en la situación en que se hallaban antes de 1879 o de 1873; pero, dentro de la aceptación de los hechos consumados y del respeto a los derechos adquiridos, hay que buscar una pronta solución al conflicto existente, solución que signifique el principio de una nueva era en la historia de la América Española. La grandeza futura de las naciones de este Continente descansa en la unión de la América Latina. De otra suerte, serán fácil presa de los extranjeros, primeramente en el orden económico, y quién sabe después en cuántos sentidos más, lo que puede no permitirles llegar a desarrollar una personalidad vigorosa y acentuada en el concierto de los pueblos civilizados.

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Para muchos, el viaje se prosigue dentro de la monotonía de una vida siempre igual. Todos los días los mismos paseos, los mismos juegos, las mismas comidas, el mismo matar somnoliento de las horas en las cómodas sillas de cubierta, el mismo esperar lánguido de la próxima distribución.

Sin embargo, la monotonía es en muchos aspectos sólo aparente. Las bellezas naturales, el mar y el cielo que en su grandeza nos arrastran hacia las misteriosas vaguedades de lo infinito, sobrepasan el concepto de lo monótono. El mar es un objeto que invita a la contemplación serena y plácida, al arrobamiento, no al hastío, ya se presente con la tranquila magnificencia de un lago sin límites, ya se agite en olas irritadas por la acción levantisca del viento, ya tomen sus aguas tintes verdosos de algas, o azules obscuros, tenebrosos, que hacen pensar en algún líquido abetunado, pegajoso.

Navegamos casi siempre en un mar tranquilo, muy digno de su nombre de Pacífico. Sólo entre Antofagasta y Mollendo un viento sur fuerte nos azotó algo de costado, encrespó el mar de manera formidable e hizo bailar al vapor como un barquichuelo insignificante. Aquí fué el protestar de la gente mareada. Muchas señoras creían morirse y no pocos señores también, y clamaban en contra de lo pequeño, de lo inseguro y de lo inestable del buque. Este resultaba el fracaso más completo de la arquitectura naval. Pero el mal tiempo fué cuestión de dos o tres días y pasó.

La naturaleza volvió a recobrar su hermosa placidez. En Paita se nos presentó con todas las galas de una belleza tropical, brillante, nítida, transparente. Era una noche placentera, tibia, amorosa. La bóveda azulada parecía una tersa piedra preciosa en que estuvieran engastadas centelleantes la luna y las estrellas. Se sentía un aire grato que envolvía en laxitud. Las aguas se mecían balanceando en sus ondas los rayos de la luna: correspondían con la suavidad del movimiento a la caricia de la luz. El alma se sentía inclinada a caer en adoración y a divinizar el mar, las estrellas, la luna, como deidades palpitantes de amor, sonrientes y benévolas.

Paita es famosa por tres capítulos: por la luna, los sombreros de jipijapa y la chancaca. En esta ocasión sólo de esta última no pudimos dar fe. Ya hemos visto cuán justificada es la fama de la luna, tomada como representativa de un cielo tropical esplendoroso. Por lo que respecta a los sombreros, una nube de vendedores subió al vapor a ofrecerlos. Eran individuos de tipo indio muy acentuado, aunque no enteramente puro y con caracteres de mestizos. Traen los sombreros en bolsas de tela y algunos son tan finos que se pueden doblar como el más delicado tejido de seda o de hilo. Pero se permiten pedir por éstos de ocho a diez libras esterlinas. Con el regateo bajan a cinco, a cuatro, y cuando el vapor va ya a levar anclas es fácil obtener alguno bastante bueno por dos libras.

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Así como el panorama de la naturaleza no resulta monótono para el que sabe mirarlo con amor e interés, de igual manera el panorama, por decirlo así, que van presentando las personas de los viajeros ofrece siempre algo de nuevo si se le observa con atención. Nunca alcanza a conocer uno a todos sus compañeros de viaje ni siquiera de vista en los primeros días. A lo mejor, extrañado de una facha que no ha visto antes, se pregunta: ¿Y este señor de dónde salió? Otros van subiendo y bajando en los puertos en que se hace escala. Hay contactos de almas que duran el fugaz minuto de una cortesía, y luego se apartan en diversas trayectorias, tal vez para siempre. Los hay también un poco más largos, lo suficiente para que se alcancen a tejer las etéreas fibras de una mutua simpatía; pero también viene luego el apartamiento, a menudo para siempre. En general el trato con los demás resulta, con raras excepciones, provechoso. Acercándose a las personas y penetrándose de lo que son, se desvanecen prejuicios, esquiveces, y se las juzga con más ecuanimidad y justicia.

¡Cuántas veces bajo un cielo azul bruñido, que es una lluvia de dicha para los que saben recibirla, y sobre un mar que se mece con suaves ondas de ensueño, soplan a bordo en los corazones vientos de tormentas pasionales horrorosas, vientos de tragedia!

A este respecto me interesó hondamente la situación espiritual desgarradora de un joven médico en quien no había reparado en los primeros días, el doctor N. Era un hombre de aspecto sereno, pero, observándolo con cuidado, se veía que un hondo desgano, una displicencia que le venía de las entrañas le encogían el ánimo y que él luchaba para mantener por lo menos en apariencia el equilibrio de su alma. Le faltaba la alegre espontaneidad característica de las personas que gozan de plena salud corporal y espiritual.

Notando el interés que me inspiraba, empezó a ser franco conmigo, y una tarde me abrió su pecho en una dolorosa confesión:

—Estoy desesperado, amigo mío, me dijo. La idea del suicidio me obsesiona, me ahoga el corazón, me tiene seco el cerebro, me impide pensar en cualquier cosa e interesarme por nada. Cuando me paseo solo, sobre todo en las tardes y en las noches, las aguas ya obscuras del mar y la estela que va dejando el vapor, me atraen. Siento que lo mejor, lo mejor que podría hacer, sería arrojarme a ellas y acabar de una vez. No llevo cuenta de las veces que he deseado tener un revólver y de las en que me lo he puesto imaginariamente en las sienes. Mi fantasía se ocupa en combinar las mejores maneras de terminar instantáneamente con mi vida. Pienso en lo eficaz que sería sentarme en la barandilla de popa, pegarme un tiro y caer al mismo tiempo al mar. Pero sería un escándalo, y esto no se aviene con mis sentimientos. Busco un suicidio que pudiera pasar por un accidente natural. La idea del escándalo me aterra. Oh! qué golpe significaría esto para mi pobre madre, mis hermanitos, algunos de mis amigos!

—Veo que usted ha empezado por hacer lo que debe hacer toda persona que se encuentre en el malhadado caso de usted: luchar con la obsesión y dejar siempre para el día siguiente la ejecución del nefando proyecto. ¿Pero su situación tendrá algunos antecedentes?

—Ah! sí, muy fáciles de exponer, pero no de remediar, como es fácil que se diga porque álguien tiene tuberculosis en último grado y que, con diagnóstico y todo, no haya salvación para el enfermo.

—Creamos que su mal no sea de último grado.

—En mí han obrado la acción disolvente y morbosa de un mal estado espiritual general, y el dominio de una pasión que entró en mi corazón con alborozos y resplandores de celestial aurora; y luego me ha deshecho lo que me quedaba de voluntad y carácter; ha deshecho mi vida. Sin duda lo primero que me ocurrió fué que insensible, paulatinamente, fueron secándose en mí las fuentes vivas de un idealismo sólido y desinteresado. El mundo sensual y frívolo, la falta de una religiosidad honda, el espectáculo de una moral hipócrita y de un patriotismo y civismo declamatorios, dieron los primeros golpes a la contextura de mi alma. Luego la ciencia pura, imposible de acompañar por sí sola con alguna concepción ética salvadora, y cierta literatura hicieron tambalear más aún las amarras ideales a que yo me aferraba. Pocas obras más funestas para el mantenimiento de la voluntad y de la fuerza moral que las de Eça de Queiroz, de Anatole France y otros franceses por el estilo, y las de algunos españoles. No niego las grandes cualidades artísticas y literarias que casi siempre las adornan. Pero el escepticismo que campea en ellas, la ironía y el sarcasmo que gastan en sus pinturas de la vida humana, la insistencia con que presentan a sus héroes dominados por las pasiones sensuales, dejan en el alma una impresión de vacío, un estado abúlico, un desprecio de los hombres y un menosprecio de la vida que abisman. La conciencia herida de esta suerte mira con sonrisa de duda cualquier gesto noble, cualquier esfuerzo levantado, cualquier sacrificio, se pregunta ante ellos: «¿Para qué sirve eso?» «A quoi bon?» y el veneno del desánimo y de la apatía que la ha emponzoñado, sugiere la respuesta de: «Para nada, al fin todo será igual».

—¡Cuánta razón tiene usted! Qué descripción y qué diagnóstico tan bien hechos! Pero lo que importa es salir de ese estado.

—¿Dónde encontrar una filosofía sólida de la vida, una filosofía que nos conforte y nos haga avanzar con esperanzas por los senderos del tiempo? Ah! las religiones! Felices los que creen. Mientras nuestros cuerpos marchan en la tierra con planta segura, nuestros espíritus andan a tontas y a locas. La tierra, sólida para los pies, es frágil para el alma, y ésta se debate desolada entre la insuficiencia de nuestro planeta y los misterios del cielo. Me imagino a los hombres y a sus obras como insignificantes monigotillos que se agitan y tejen débiles telarañas en tinieblas y entre dos abismos.

—Todo esto puede ser muy cierto desde un punto de vista cósmico y eterno, haciendo tabla rasa de toda palpitación de un corazón humano. Pero el valor de la vida no depende de su comparación con las dimensiones del cosmos y de la eternidad, sino de nuestros sentimientos. Se puede defenderla indudablemente con argumentaciones y razonamientos sólidos; pero cualquiera alegación, por bien fundada que sea, no es lo esencial de ella. El valor íntimo de la existencia resulta simplemente y siempre de la afirmación categórica del ser que vive, como se ve en la graciosa ingenuidad de un niño que hace de todo motivo de juego, en las abnegaciones inagotables de una madre, en la virtud de una joven que trabaja alegremente día a día sin preguntarse jamás para qué sirve la vida.

—Es cuestión de sentimiento, quizás de amor.

—Sí, sí; pero distingamos, no se trata del amor sexual.

—Sin embargo, ¡cuántas veces es el amor de una mujer lo que presta su encanto supremo a la vida!

—En ciertas edades, por supuesto.

—Y si él no es correspondido o no es posible, caemos en un limbo de tedio y desesperación. Es lo que me ha ocurrido a mí. Hace algunos años conocí una mujer, una señora, cuya hermosura, gracia, talento y trato, me atrajeron. Empezó por ser un pasatiempo delicioso. Luego estar con ella, verla, oirla, eran las mejores horas de mis días. A ella le gustaba también mi compañía. Con el tiempo mi simpatía se convirtió en una pasión arrebatadora que me elevó en un sueño de amor y vino a dar nueva luz a mi existencia. ¿Y cómo no amarla? Había tan grande armonía en su persona: la viveza de sus palabras, la frescura de su talento y de su ingenio, lo sano y delicado de sus sentimientos, su capacidad de amar: todo formaba un conjunto feliz que, cuando hablaba, su voz me deleitaba el alma como las notas de una cajita de música espiritual. Así solía decirle: «cajita de música». A menudo la llamaba también «vidita» y cuando hacía esto, se me iba el alma por los labios. Perdone que entre en estos detalles, tal vez pueriles, pero ¡qué quiere! me complazco tanto en recordarlos. No ir a verla a veces me causaba un dolor como si me desgarraran las entrañas. Yo estaba loco de pasión, pero ella tenía un concepto demasiado claro de sus deberes para que nuestro cariño pudiera conducir a algo ilícito. Jamás pasé más allá de besarle la mano. Tomando del sentimental libro «La Sombra Inquieta», pensamientos de Fogazzaro, nos decíamos que seríamos «esposos sin bodas, que nos querríamos como se quieren los astros y los planetas, no con el cuerpo, sino con la luz, como las palmeras, no con las raíces, sino con las ramas más altas de sus copas».

Yo tenía que ir a Europa a estudiar los últimos adelantos de la cirugía y debimos separarnos. Lo hicimos en una despedida dolorosa que ha significado tal vez un adiós para siempre.

He quedado, como le decía al empezar esta confesión, herido de muerte, con una congoja que me atenacea sin cesar el corazón, me aprieta la garganta y hace que mi vida sea como un prolongado sollozo interior. Qué de lágrimas he vertido hacia adentro que me ahogan el pecho! Y ve usted la ironía del destino: en tal estado voy a buscar la mejor manera de curar las heridas corporales de los hombres.

—Y así paulatinamente curará también la de su alma. Si no un cirujano, el tiempo es sin duda por lo menos un gran médico. Pero hay que ayudarlo con la voluntad y la reflexión, y con la suspensión de todo acto que pueda significar una sugestión de mera impulsividad.

En este momento pasaron corriendo por delante de nosotros un joven sud-africano y una niñita americana, muy dije, encantadora, de ocho a diez años de edad, a quien él llamaba en broma sweetheart[2]. El era un tipo sanote; gordo, macizo como un toro, rebosaba salud y alegría. De maneras un tanto bruscas, con todos charlaba, a todos embromaba: no conocía las penas. Pasaron ambos con gran algazara, ella casi llevada en el aire por él y con su preciosa cabellerita rubia suelta al viento, a sentarse en el extremo de proa, a gozar de la tarde que estaba espléndida.

El médico había extendido los brazos y hecho amago de coger a la niñita al pasar.

—Criaturas como éstas se me hace que fueran hijas de la mujer amada y me las comiera a cariños. Con qué fruición sumerjo mis manos en las onditas de su pelo rubio, cuando la tengo a mi alcance. Sin duda que de las cabelleras de los niños se desprenden flúidos que confortan y hace bien bañar las manos en ellas.

La travesía del trópico no había tenido esta vez los inconvenientes del gran calor que durante ocho días suele agobiar a los pasajeros en estas latitudes. Navegábamos ya en el golfo de Panamá. Invité al médico a que fuéramos también a proa, pensando que, al alivio que pudiera haberle traído su confesión, se agregara el del espectáculo de una naturaleza espléndidamente majestuosa y serena. La tarde se presentaba en verdad con una serenidad imponente, el cielo ligeramente gris y las aguas tranquilas, obscuras, con cierta pesadez de alquitrán. El vapor avanzaba lentamente. Sentado a proa, a la puesta del sol, creí encontrarme en un sitio ideal para gozar de la paz suprema que puede acordarse a un ser humano. La brisa templada no hacía más que acariciar el rostro. Las nubes en el poniente formaban castillos de hadas iluminados fantásticamente.

—¿No siente usted, pregunté a mi compañero, que esta hora derrama un bálsamo sobre el espíritu y lo substrae a sus inquietudes?

Me dió una mirada en que había un destello de luz, que envolvía casi aquiescencia a mi afirmación y se sonrió débilmente sin decir palabra.

*
* *

El día siguiente llegamos a Panamá; pero no fondeamos ni en este lugar ni en Balboa, que es el puerto de la Zona del Canal por el lado del Pacífico.

Era una mañana radiante. Bajo un cielo claro y envuelta en una atmósfera cristalina, deleitosa, se ofrecía la tierra a uno y otro lado. El mar hacía resaltar en el azul de las ondas el verde vivísimo de los numerosos y pintorescos islotes e islas de que se halla sembrado y la costa regalaba la vista con su vegetación paradisíaca.

La entrada del Canal se halla cerrada por cordones de minas que se abren para dar paso a las embarcaciones que tienen la autorización respectiva.

Sin exageración, cabe decir que el Canal de Panamá es una de las obras más maravillosas de todos los tiempos y que significa una gloria para la ciencia y el arte contemporáneos, y para el gran pueblo norte-americano, que con su capacidad técnica y su colosal potencia económica, ha podido llevarla a cabo.

El vapor avanza primeramente por un corto canal natural, para entrar a la primera de las exclusas, la de Miraflores. La obra en todo su trayecto presenta sólo en las exclusas el aspecto de grandes canales artificiales. En las demás partes, por colosales que hayan sido los trabajos realizados, como no hay grandes murallas de piedra ni de concreto, se conservan las apariencias de cauces naturales.

El Canal, como tal vez se sabe, no es una corriente de aguas de un mismo nivel, de uno a otro océano. Las aguas en la parte central, en una extensión que viene a ser más de la mitad de la longitud total del canal, se encuentran a un nivel superior en más de ochenta pies al del Océano Pacífico, y un poco más todavía al del mar antillano. Las exclusas tienen precisamente por objeto levantar los buques al nivel más alto de las aguas del medio.

Las exclusas son grandes canales de concreto de ciento diez pies de ancho más o menos, con gigantescas compuertas de fierro que se abren y cierran herméticamente por medio de la electricidad. Al buque que se acerca lo detiene, antes de que se abra la compuerta, una gran cadena de hierro que tiene por objeto resguardar la entrada por si la embarcación pudiera no venir bien manejada. Paradas las máquinas del buque, se le ata con gruesos cables de hierro a cuatro pesadas locomotoras, dos en cada orilla, que deben remolcarlo lentamente; y una vez en el interior y detenido de nuevo, se cierra la compuerta que ha quedado atrás, y, por medio de magníficos mecanismos interiores, se hace subir rápidamente el agua al nivel requerido. Otra vez se ponen en movimiento las locomotoras de las orillas y remolcan el vapor fuera de la exclusa.

No falta en las exclusas la sencilla elegancia, compatible con la severidad propia de la obra. En las orillas alternan armónicamente los colores blancos del concreto con el verde de los prados artísticamente dibujados a lo largo de la construcción, y toda ella va acompañada a ambos lados por altas columnas, también de concreto, que sostienen dobles focos de luz eléctrica, lo que presta al conjunto cierto aspecto de esplanada de paseo.

Después de un corto trayecto fuera de las exclusas de Miraflores, se entra a las de Pedro Miguel, donde se repite más o menos la misma operación que ya he descrito.

El Corte de la Culebra, que viene en seguida, es un largo canal cuyos bordes los forman los terrenos mismos, sin revestimientos especiales. A uno y otro lado no se extienden bosques tropicales, sino que la vista se dilata en verdes colinas cubiertas en gran parte de palmeras y de otros árboles y arbustos de no muy crecida talla.

Soportando el calor en gracia de lo mucho que había que ver, los pasajeros permanecían afuera afirmados en las barandillas, contemplando ya el paisaje, ya las grandiosas construcciones. De máquinas fotográficas no hablemos. Estábamos en tiempo de guerra y por orden superior habían sido todas quitadas a sus dueños y guardadas durante la travesía a fin de que no se tomaran vistas del Canal.

A popa se había formado un pequeño grupo íntimo en que se encontraba el doctor N. Alguien le dijo a éste:

—¿No le levanta el espíritu, doctor, la contemplación de estas obras del esfuerzo, de la ciencia y del ingenio humanos, la contemplación de esta maravilla de nuestra época?

—Oh, sí, cómo nó!, contestó maquinalmente el aludido.

—Hombre, usted está terrible, nada le entusiasma, repuso el interlocutor, que era un joven de aspecto muy sano y vivaz. Le recomiendo que en cuanto llegue a Nueva York no deje de ir a los «cabarets».

—Los conozco ya.

—Pueda ser que ahí encuentre remedio para sus males.

El joven tenía razón. Parecía que el doctor había perdido la facultad de admirar y que todo lo percibía como si estuviera en un estado de sonambulismo. Recibía las impresiones de las cosas que pasaban por delante de él y formaba los juicios correspondientes más o menos acertados, pero la serpiente de la pena que lo ahogaba no le permitía experimentar grandes emociones fuera de su dolor y ante todo permanecía tan frío como deben dejar a la cinta cinematográfica las imágenes que registra.

—Usted, doctor, no sólo sufre de una pasión, le dije poco después, sino que en parte por esto mismo, se halla enfermo de la voluntad y se imagina, como todos los enfermos de esta clase, que recobrará el gusto por la vida el día en que se mejore su ánimo, sin ver que precisamente el principal remedio para que esa mejoría llegue es poner desde luego en juego la acción, obrar. La actividad sana aleja poco a poco las ideas que obsesionan, debilita los hábitos funestos que se habían ido formando al calor de la pasión y va abriendo nuevos horizontes que el enfermo no ha sospechado. Fuera de la gracia de que hablan los teólogos, hay otra que toda persona puede alcanzar trabajando con ahinco en su perfeccionamiento. El espíritu encierra tesoros que no se divisan cuando las aguas del alma se hallan enturbiadas por la pasión, y que a veces por desgracia no se revelan nunca si el mal se convierte en empedernimiento. Volver su transparencia cristalina a las aguas agitadas no es cuestión de un día; pero algo de esa luz interior se va viendo a medida que la voluntad se afirma y orienta su actividad e interés hacia fines lícitos y serenos.

—Bien por la receta psicológica, contestó el doctor con cierta malicia.

Volvimos nuestra atención al panorama.

Después de pasar el Corte de la Culebra, el canal sigue por una parte siempre estrecha, aunque no tanto como la anterior, hasta que se ensancha en el lago Gatún, que está cerrado por la exclusa del mismo nombre, la última antes del término formado por la bahía de Limón en las riberas del mar antillano.

—A propósito del Canal, recuerdo un rasgo que puede ser típico de la psicología yanqui, me dijo el médico. Hay en el Museo de Historia Natural de Nueva York, un gran mapa en relieve del istmo y del canal con esta pomposa inscripción: «Obsequio hecho por los Estados Unidos al mundo». ¿Qué tal? Si hubiera sido un editor de Chicago el autor de tal leyenda puesta en un mapa hecho con colores llamativos, no habría nada que decir. Se trataría de un negocio comercial, probablemente de un recurso de reclamo. Pero es muy distinto el caso, presentado como se encuentra en el primer establecimiento nacional de su clase. Desde luego me parece bastante difícil que una nación hubiera dado el zarpazo de Panamá sin otro objeto que el de hacer un obsequio al mundo. Sería simpatizar demasiado con los procedimientos propios de un bandido romántico. Los norte-americanos han hecho el canal por razones comerciales y estratégicas: para que sus flotas mercantiles puedan llegar fácilmente al Pacífico y a los puertos sud-americanos y para que su marina de guerra pueda hacer lo mismo y, en cualquier evento, no queden desguarnecidas las costas occidentales de la Unión. Han debido tomar muy en cuenta también las Filipinas y el Extremo Oriente. Por lo demás, es claro que la obra tiene importancia y proyecciones mundiales.

—¿Y cuál es el rasgo psicológico de que usted me hablaba?

—Franca e imparcialmente, ¿cómo se podría calificar en castellano esto de llamar «regalo hecho al mundo» lo que ha sido realizado ante todo por interés nacional? Yo no encuentro otros términos que los de ingenuidad o fanfarronada. El pueblo norte-americano, que es esencialmente bueno en el fondo, revela cierta tendencia a la exageración que resulta tal vez de su disposición a la actividad. Esta vendría a ser una de las características fundamentales y la exageración una de las secundarias de su psicología.

Ibamos llegando a Colón. El vapor había tardado más o menos diez horas en atravesar el Canal. Al considerar en conjunto esta obra, fluye de toda ella, fuera de las cualidades de inmensidad, solidez, prueba de habilidad técnica, que le son propias, cierta impresión de belleza. Se ve que esta sutil condición de ser bellas no está vinculada exclusivamente a las cosas creadas por el arte o a aquellas que perduran respetadas por los siglos, como las ruinas y restos gloriosos, ni a muchos aspectos de la naturaleza, sino que se infunde también en todo lo que da testimonio de un gran esfuerzo humano, del heroísmo del trabajo capaz de moldear y someter la substancia material a grandes miras[3].

CAPITULO II
DE COLÓN A SAN FRANCISCO

El infierno de Colón.—Los primeros funcionarios norte-americanos.—Submarinos y camouflage.—A obscuras.—¿Dónde principian los Estados Unidos?—Nueva Orleans.—Hoteles norte-americanos.—Tres días en tren.

El muelle a que atracamos en Colón podría ser tomado sin dificultad por la antesala del infierno. Los negros que se movían por doquiera serían los demonios y la temperatura era muy digna equivalente de la que suponemos reinante en aquella mansión de pecadores. ¡Qué calor y qué batahola! Un calor asfixiante, desesperante, que agota las fuerzas, descompone el carácter y no da punto de tregua ni de día ni de noche.

El muelle estaba formado por un amplio malecón y un galpón inmenso atestado de mercaderías. Millares de negros en camisa o con los brazos descubiertos se ocupan en mover las mercaderías de un punto a otro, usando principalmente pequeños carros automóviles. Los negros son generalmente delgados, pero bien musculados y altos. Parecen hechos de bronce obscurecido o de terracota café, y el sudor que les corre por todo el cuerpo les da el aspecto de recién barnizados. Hablan un inglés también infernal, pronunciado a golpes y a gritos. Era aquello de volverse loco.

A pesar de haber fondeado a las cinco de la tarde, no se nos permitió desembarcar y tuvimos que quedarnos a bordo en razón de la cuarentena a que nos sometieron. No era muy agradable dormir ahí con el calor que se nos esperaba y el ruido ensordecedor del muelle. Recién entrada la noche empezaron a verse las partes de afuera del vapor, puentes y cubierta, llenas de colchones que los pasajeros sacaban de sus camarotes y colocaban sobre sillas o escaños para dormir al aire libre. Pronto no hubo sitio desocupado. Un miembro del Departamento de Bosques de la Universidad de Yale le echó el ojo a un sofá del salón y a fin de evitar más tarde desazones y conflictos, tomó muy temprano posesión de lo que necesitaba. Los muchos pasajeros que aun se paseaban pudieron ver ahí tendida su larga figura, sin más ropa que una bata que le dejaba descubiertos los pies descalzos y las piernas hasta cerca de las rodillas, piernas encanijadas y velludas, muy parecidas a las que hubiera exhibido don Quijote en aventuras semejantes. Pero el universitario no se preocupó del mundo y durmió con toda tranquilidad.

Al día siguiente los pasajeros nos separamos. Unos íbamos a Nueva Orleans y otros se dirigían a Nueva York. Entre éstos se contaba nuestro amigo, el médico. Nos despedimos cordialmente y le manifesté mi confianza en que la vida le iría ofreciendo alivio para sus pesares.

El primer contacto que tuvimos con algunos empleados y funcionarios norte-americanos, no fué de lo más favorable para que nos formáramos una alta idea de su cultura. ¡Qué tipos algunos de ellos, tan bruscos, tan ordinarios, tan sin maneras! No digo que no cumplieran con su deber; me refiero a sus formas. Para decir sí, no, u otra cosa cualquiera, se puede ir desde una nota dulce hasta la rudeza, dejando en el medio la entereza serena y seria. En esta gama, las voces y modos de aquellos sujetos estaban acordados generalmente al tono de la rudeza. El empleado de la Compañía Norte-americana, que subió a bordo para entregar los pasajes ya pedidos para los nuevos vapores que debíamos tomar y colocar los camarotes disponibles, trataba a la gente como si la Compañía fuera a hacerles el favor de conducirla gratis, y como si todos los que íbamos del hemisferio meridional fuéramos unos semi-bárbaros.

Los oficiales de la aduana no alcanzaban seguramente la cumbre de mala educación en que culminaba ese señor; pero se hallaban muy lejos de ser modelos de cortesía. No obstante los alegatos que hacemos exhibiendo los pasaportes otorgados por el Ministerio de Relaciones Exteriores y por la Embajada Norte-americana, revuelven el contenido de todas las maletas, arrojan las ropas al sucio asfalto del malecón, examinan pieza por pieza, rebuscan los papeles y hojean libros y cuadernos, a la caza de algún contrabando o de alguna carta comprometedora.

Pero nada igual a un jefe de policía con quien tuvimos que entendernos. Con las horas que nos había tomado el examen del equipaje en la aduana disponíamos de muy poco tiempo para una cantidad de diligencias que debíamos hacer antes de embarcarnos al día siguiente a las 8 de la mañana, y sin las cuales no nos dejaban entrar al vapor. Las oficinas a donde teníamos que ir se cerraban a las cinco y, viéndonos tan apurados, un empleado de la compañía de vapores nos dijo que iba a conseguir que en la oficina de registro, anexa a un departamento de policía, nos despacharan aunque fuéramos después de esa hora. Habló por teléfono y manifestó que estaba todo arreglado. Un joven de la misma compañía nos condujo al lugar a donde debíamos ir, que no se encontraba distante. Era una especie de comisaría, y entramos a una sala sencilla que en una esquina tenía una puerta de pesadas rejas de fierro, que conducía indudablemente a calabozos. Divisamos aún a algunos de los reos encarcelados. A un empleado, vestido de uniforme caki y con sombrero de scout, que trabajaba detrás de un alto escritorio, le preguntamos por el jefe y nos contestó que estaba ocupado y vendría pronto. Después de media hora de espera volvimos a preguntar otra vez y supimos que la ocupación era que estaba tomando un baño. Nos resignamos a seguir esperando, y al cabo de otra larga media hora apareció por fin nuestro hombre. Aunque recién bañado, venía al parecer de mal humor, a causa sin duda de que queríamos conseguir algo fuera de las horas ordinarias. Entró a la sala sin sacarse el sombrero, se dirigió a nosotros, y con un tono que podría emplear un juez de campo o un comandante de policía rural para tratar a homicidas o salteadores de camino cogidos infraganti, midiéndonos con una dura mirada de alto abajo, nos preguntó:—¿Quiénes son ustedes, de dónde vienen, qué quieren?

Una simpática profesora chilena que iba con nosotros sintió que ante ese bárbaro no había ninguna garantía y alcanzó a imaginarse reducida a prisión y metida detrás de las tristes rejas que habíamos estado contemplando.

Le explicamos que se trataba de la revisión de nuestros pasaportes y de que se nos hicieran las demás interrogaciones requeridas. Entre los datos exigidos figuraba la toma de la impresión digital.

—Ya es muy tarde, señor, vuelva mañana, nos contestó.

—Pero, señor, hemos estado esperando más de una hora, porque se nos dijo que usted podría atendernos.

Sacó el reloj, miró la hora y perentoriamente terminó:

—Ya es hora de comer, señor; no trabajo hasta mañana. Y nos volvió la espalda sin un saludo, sin una venia, sin un amago de cortesía.

No hubo más remedio que marcharse. Nuestra compañera salió levantando los brazos y diciendo «Jesús, Jesús».

Sería una inferencia inexacta pensar que estos procederes fueran característicos de todos los funcionarios norte-americanos. Probablemente las avanzadas de la gran nación en el istmo se consideran en tierra conquistada y toman los humos y las actitudes de soldadesca imperialista.

Colón es un pueblo principalmente de negros, que forman el ochenta por ciento de una población total de treinta mil habitantes más o menos. Se ven negros por todas partes, en mangas de camisa, o más desnudos aún, brillantes, sudorosos: se ven en medio de las calles para tomar el mayor fresco posible, en las cantinas, que abundan en la ciudad panameña por lo que faltan en la sección americana; y mezcladas con ellos, las negras jetonas, flacas o gordas, algunas de abominable gordura, y vestidas de colores chillones que se mueven bajo el sol tropical como alegres manchas blancas, amarillas, azules, verdes, rojas. Aparecen a veces apiñadas en racimos a las puertas de habitaciones que, por lo que se alcanza a ver, son miserables e inmundas. Hay además muchos indúes, algunos chinos y el resto de la población lo forman los hispano y norte-americanos. Es en cierto sentido, Colón, una ciudad cosmopolita, sin unidad de idioma, sin autonomía y casi sin patria.

La parte de Colón, que se halla dentro de la Zona del Canal; ha sido llamada Cristóbal por los norte-americanos, quienes han hecho aquí un puerto admirable. Posee más o menos diez grandes muelles que se internan en el mar lo suficiente para que puedan atracar buques a los tres lados que tocan el agua. Cada uno de los muelles dispone al mismo tiempo de un inmenso galpón para la recepción y depósito de las mercaderías.

Creo que la acción progresista de los norte-americanos, no se ha dejado sentir únicamente en la zona que les pertenece sino también en la ciudad panameña. Todas las calles de ésta se encuentran muy bien pavimentadas y regularmente alumbradas con luz eléctrica.

*
* *

Partimos a Nueva Orleans en un vapor de la United Fruit Co., tristemente pintado con fajas negras, azules, grises y blancas, no sólo en el casco sino también en los camarotes y en todo lo perceptible desde afuera. Era el pintado caprichoso y sombrío de una zebra gigantesca e irregular; era el camouflage ideado para que no dieran en el blanco los submarinos alemanes, cuya posible presencia en los mares antillanos constituía la pesadilla de estos viajes.

Por lo mismo, de noche el vapor navegaba a obscuras. Algunas débiles ampolletas daban una luz tímida en los sitios más interiores del barco y las muy pequeñas de los camarotes habían sido empañadas de azul. Una vez puesto el sol y hecha la última comida, todo es tenebroso a bordo, menos tal vez para los pocos jóvenes que han enhebrado algún flirt; y encuentran que las tinieblas prestan un particular encanto a sus coloquios. En el salón de fumar, hay también escasas luces encendidas y las puertas, ventanas y persianas se mantienen estrictamente cerradas: que no vaya un indiscreto rayo de luz a delatarnos. Los hombres en mangas de camisa, unos recostados, otros sentados sobre las mesas o alrededor de ellas, juegan, beben y fuman sus pipas. Me imagino que fuera en un barco de contrabandistas o de piratas y que esos individuos corpulentos y de vigorosos brazos, cuyas figuras parecen crecer en la semi-claridad en que estamos, van a dejar, a un toque de alarma próximo, el vaso que están empinando, para tomar el hacha o el arcabuz y lanzarse al combate.

En las cubiertas los pasajeros se pasean con los brazos estirados y moviendo las manos como antenas para no romperse las narices en alguna pilastra de hierro y evitar encontrones con otros paseantes.

La gente de cierta edad prefiere colocar sus sillas en sitios apartados del movimiento y matar el tiempo dormitando. En un rincón se agrupan algunas señoras peruanas y rezan el rosario. En el silencio y la obscuridad se percibe el balbuceo monótono de sus voces apagadas y gangosas, que suben y bajan rítmicamente, como acompañamiento regular de las trepidaciones de las máquinas del vapor. Bajo las escaleras o en otro lugar escondido ha puesto sus sillas alguna pareja de enamorados que cuchichean deliciosamente y lanzan de vez en cuando risas regocijadas.

Hay una pareja formada por un joven de Valparaíso y una encantadora inglesita, que tiene una voz magnífica. Su belleza, su juventud, su canto y su carácter espontáneo hacen de ella el centro de la alegría. Tiene marcada predilección por su amigo porteño; pero cuando se refiere a él lo llama «este pobre diablo», como para probar su indiferencia y que el galán se halla rendido a sus plantas.

El personal de los pasajeros se había modificado un tanto. Venían ahora un sacerdote católico y un pastor protestante. El primero era un señor de aspecto serio y discreto, que saludaba muy cortesmente, pero se portaba con retraimiento y le gustaba pasearse solo. Sin embargo aceptaba bromas y las seguía. Un joven norte-americano, que había vivido mucho tiempo en el Perú, le dijo una vez:

—He sabido, señor, que usted va a colgar las sotanas en Nueva Orleans.

Los circunstantes se rieron y unos de ellos observó:

—¡Qué barbaridad, hombre! ¿Tanto poder van a tener las americanas?

El sacerdote se sonreía.

—Pero, señores, continuó el joven, no tomen mis palabras en mal sentido. Lo que he dicho significa solamente que los sacerdotes no pueden en los Estados Unidos, como tampoco en Europa, andar de traje talar y sombrero de teja.

—Así lo he entendido yo, repuso el sacerdote, y ya tengo listos una flamante levita, un sombrero de pita que me compré en Paita y cuellos de guillotina abrochados atrás.

El pastor era un viejecito norte-americano que desempeñaba las funciones de su magisterio en una ciudad argentina. Se lo pasaba leyendo, era muy amable y servicial, y vivía preocupado de darnos informaciones y cartas y tarjetas de introducción a los que íbamos a los Estados Unidos. Un Domingo en la tarde congregó a la grey evangélica que pudo juntar a bordo y celebró un servicio religioso. Predicó un sermón a propósito de un pasaje bíblico y los demás cantaron coros, en los cuales sobresalía la hermosa voz entera y argentina de la inglesita que he mencionado.

Entre los hombres ocurren muy a menudo cosas que, no por substraerse a toda expresión por medio de palabras, dejan de ser reales. La influencia de la personalidad, la confianza en el carácter, la antipatía y la simpatía suelen ser de esta clase. El viejecito pastor no sugería la fe que predicaba. Sin el menor asomo de duda, era sincero; pero a su alma, gastada por la vida, le faltaba la unción comunicativa. ¡Cuántas veces, más que las palabras, dan prueba de eficacia para encender la fe y la confianza, el silencio y una sonrisa tranquila, espejos de un alma segura de sí misma!

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—¿Dónde principian los Estados Unidos?

Hé aquí una pregunta que me hacía una de estas noches en que no había más alternativa que dormir o pensar, y era demasiado temprano y hacía mucho calor para irse a la cama.

El que se encamina a la gran república lleva la idea de que se encontrará con un país colosal en muchos sentidos si no en todos. Y está en lo cierto. A medida que se avanza en la jornada se va confirmando esta impresión y se va sintiendo la acción no sólo espiritual sino política de los tentáculos del coloso, que llegan lejos, muy lejos, mucho más allá de las fronteras propiamente dichas de la Unión. En El Callao se nos examinan nuestros pasaportes, no para impedirnos o autorizarnos a pisar tierra peruana, sino para que podamos seguir viaje a Panamá. Es una manifestación de influencia norte-americana.

Panamá vive bajo la tutela de los norte-americanos, quienes han anulado y repetido elecciones a su antojo en la seudo-república. Lo propio ocurre en Cuba. El Presidente Menocal ha continuado en el poder por la voluntad del gobierno norte-americano. Fué elegido por el voto popular, la primera vez; pero en el próximo período la elección favoreció a Sallas. Mas los Estados Unidos anularon la elección y siguió gobernando Menocal. El Ministro norte-americano Mr. González se permite lanzar proclamas directamente al pueblo cubano. Los norte-americanos ejercerían un control sobre la vida económica de Cuba favorable ante todo a los grandes intereses de ellos. En Guantánamo, en el extremo oriental de la isla, poseen una estación naval.

Nicaragua se encuentra bajo un franco protectorado de los Estados Unidos. En los últimos días de la administración Taft, firmó Nicaragua un tratado en que por tres millones de dólares dió a Estados Unidos lo siguiente: 1.^o el exclusivo y perpetuo derecho de construir un canal interoceánico a través de su territorio; 2.^o el derecho de usar el golfo de Fonseca en el Pacífico como base naval; y 3.^o el control de las finanzas y de las relaciones exteriores. En realidad es el caso de la venta de la independencia por un plato de lentejas.

Santo Domingo y Haití se encuentran también en manos de los norte-americanos desde 1905 y 1915, respectivamente. Tomaron posesión de ellas un poco a la sordina y se han hecho ahí amos y señores en virtud de la aplicación de la doctrina de Monroe, entendida en el sentido de que para impedir que las naciones europeas intervengan en este continente, es menester evitar los pretextos de intervención que puedan tener y apresurarse a arreglar las finanzas y hacer que cumplan sus compromisos los pequeños Estados desordenados y malos pagadores. Por lo demás, no hay que olvidar que la doctrina de Monroe tiene que mostrarse muy celosa en las vecindades del Canal.

De aquí que a la pregunta inicial de este párrafo haya que contestar diciendo que aquel país principia por lo menos en Balboa, en la boca occidental del Canal.

Antes de llegar a Nueva Orleans, tenemos que hacer detalladas declaraciones por escrito, sobre nuestro equipaje para la aduana de este puerto donde se practica una nueva prolija revisión; y debemos dar también informaciones completas, sobre nuestras personas, en unos papelitos curiosamente largos, en que figuran preguntas tan singulares como las siguientes: ¿Sabe usted leer y escribir? ¿Es usted anarquista? ¿Ha estado usted en la cárcel? ¿Es usted bígamo? ¿Cuántas mujeres tiene?

El mar Caribe que, por el fantasma de sus huracanes, suele ser el terror de los viajeros, se había portado muy bien, como asimismo el golfo de Méjico. Habíamos tenido una navegación muy tranquila.

El vapor era inferior al chileno en que habíamos llegado hasta Colón, tanto en muchos detalles de confort como en la comida. El servicio se hace en los vapores norte-americanos por negros, y sin negar que hay muchos de ellos bastante activos, inteligentes y hasta simpáticos, no resulta su trabajo como el hecho por empleados de nuestra raza. Lamentábamos los chilenos que la Compañía Sud-americana, dadas sus buenas condiciones, no fuera capaz de llegar con sus vapores y nuestra bandera a los puertos norte-americanos, a San Francisco, a Nueva York, o por lo menos a Nueva Orleans.

*
* *

Después de veinte días de viaje, en la mañana del dos de Octubre, entramos al delta del Mississipi, que no ofrece a la vista nada de grandioso, como uno se lo imagina, sino un solo brazo de río no muy ancho, con tierras bajas a ambos lados, monótonas uniformes, cubiertas de una alfombra de pasto o de vegetación arborescente raquítica.

Sube a bordo un médico, en uniforme militar; nos forma a todos en una de las cubiertas, y nos examina, poniéndole a cada pasajero un termómetro en la boca.

Bajo una atmósfera pesada y gris, por el calor y por el humo, nos vamos acercando al puerto, que se señala por los grandes edificios que se destacan en ambas orillas, fábricas, almacenes, grúas gigantescas.

Poco después de medio día atracamos al muelle, y antes de permitírsenos desembarcar, una comisión militar investigadora entró a examinar una vez más nuestros papeles y pasaportes y a hacernos mil preguntas. Otra vez sujetos en uniformes cakis y sombreros de scouts y qué tipos tan mal agestados y de actitud tan desconfiada! Para ellos cada uno de nosotros era un individuo sospechoso, tal vez un espía. Colocados ellos detrás de diferentes mesas nos mandan a los supuestos reos de una a otra, para someternos a diversos interrogatorios y confrontar lo que decimos con lo que se halla en nuestros pasaportes, en nuestras declaraciones escritas o con los datos que ellos tienen. Para comprender y tal vez excusar este proceder no olvidemos de que nos encontramos en tiempo de guerra y de que el temor de los espías alemanes ha sacado de quicio a los norte-americanos.

Pero a todo esto las horas se iban pasando, la noche se nos viene encima y nosotros continuábamos encerrados a bordo, sin probar nada desde la hora de almuerzo, y sin poder encontrar tampoco a ningún precio algo que comer o beber. La compañía había creído cumplir con el último de sus deberes con amarrar el vapor al muelle y de nuestra suerte no volvió a acordarse más. Por fortuna un pasajero descubrió un racimo de plátanos que es uno de los principales artículos de tráfico de la compañía; los repartimos entre unos cuantos y los devoramos.

Así pudimos pisar tierra americana más entonados, cuando al fin, después de las ocho, nos dejaron en libertad.

Nueva Orleans, no obstante ser el principal puerto meridional de la República, y con una población de trescientos cincuenta mil habitantes, dista mucho de figurar entre las grandes ciudades de la Unión. Hay catorce ciudades más pobladas que ella. La forman dos partes muy diversas: la antigua, ocupada principalmente por familias de origen francés, y la moderna, que es más propiamente americana, con grandes avenidas muy animadas por el movimiento de gentes y de carruajes, limpias, espléndidamente alumbradas y muy bien pavimentadas. Aquí se encuentra concentrado casi todo el comercio y algunos rascacielos levantan aisladamente su mole inmensa en diversos puntos. La sección antigua es de calles estrechas con casas generalmente de dos pisos, de balcones corridos, como los de la colonia en Sud-América. ¿Son estos barrios pintorescos y tal vez poéticos? Desgraciadamente no. Su vejez no contiene nada de lo venerable y artístico que uno admira en Florencia, en Roma, en Colonia o en Lima. Es una vejez sucia, abandonada y mal oliente.

Una de las cosas más notables de los Estados Unidos son sin duda los hoteles y es difícil que haya otros mejores en el mundo. Son espléndidos aun los de las ciudades medianas y pequeñas. El que conocimos en Nueva Orleans ocupa un magnífico edificio de catorce pisos. El altísimo y vasto hall, artísticamente decorado, hace pensar en una mansión regia. Del artesonado techo cuelgan las banderas de todas las naciones aliadas. Como el hotel tiene entrada por dos calles, el hall es un pasaje y un hervidero humano. Por ahí cruzan sin cesar soldados americanos y poilus que han venido en misión a este país. Rara vez deja de ir cada uno con una amiga, a menudo hermosa, vestida con sencilla elegancia, ágil, alegre y que se muestra dichosa de ir del brazo de un valiente. Gusta ver a esos soldaditos chicos, de capote caki o gris, cubiertos de medallas, que pasan al lado de uno mirando con clara sencillez y acompañados de cierta aureola de heroísmo, que fluye de la idea de los cruentos sacrificios que han debido afrontar. En los amplios sillones y sofás conversan y fuman una multitud de personas. Otras leen y escriben en las salas de lectura y escritorios que dan al hall. No importa que no sean pasajeros. Es una bella característica de los hoteles americanos que constituyan lugares hospitalarios, abiertos para todos, donde puede entrar cualquiera, como un socio a su club, sentarse a descansar, tener citas, y escribir cartas y tarjetas, usando papel y sobres del hotel sin pagar nada por ellos.

Cuatro ascensores dirigidos por muchachas en uniforme, suben y bajan sin cesar. En un extremo del hall se encuentra un cabaret, de donde llegan los acordes de los bailes apresurados de moda, las notas descoyuntadas, de ritmo monótono, de interrupciones bruscas del one step y del fox trot. En el otro extremo hay un restaurant también con orquesta. Un coro de niñas canta aquí conmovedoramente la Marsellesa en homenaje a los poilus. El soplo guerrero que hace temblar al mundo se siente palpitar en la atmósfera con alientos de ideal y confianza.

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El calor de Nueva Orleans era insoportable, estuvimos sólo tres días en esta ciudad y partimos a San Francisco.

Poco después de haber partido de Nueva Orleans el tren íntegro fué trasportado de un lado al otro del Mississipi en un gran barco. No se ha construído un puente para no dificultar la navegación del río.

Los wagones de los trenes norte-americanos y especialmente los carros dormitorios son muy semejantes a los de los trenes de Chile. Pero los camareros negros que sirven en los carros dormitorios son menos amables y fáciles que nuestros camareros blancos. A las nueve, por ejemplo, se ponen a hacer las camas, y tempranito a dormir todo el mundo, quiérase que no se quiera.

Los trenes norte-americanos son mejor construídos y andan con más regularidad que los nuestros. No tienen tercera ni segunda clase y no hay más diferencias que las que resultan de ir en carro dormitorio o en pulman.

Anduvimos tres días y tres noches con un calor infernal. En los dos primeros atravesamos soledades quemadas por el sol en los Estados de Nuevo Méjico y Arizona. La vista no divisa más que colinas áridas, llanuras desiertas y montañas amarillentas de tierra infecunda. Y en medio de este malestar abrasador no encontrábamos ni frutas ni refrescos en las estaciones desoladas que cruzábamos, y era imposible conseguir una limonada o naranjada en el dining car, ni aun pidiéndola como remedio para mi compañera que iba con fiebre. Por el estado de guerra el Gobierno había puesto límites inexorables al consumo del azúcar, del pan y otros comestibles.

El tren anda con una rapidez a que no están acostumbrados nuestros expresos chilenos, y metiendo un ruido de fierros y sufriendo balances, vaivenes y sacudidas bruscas que hacen pensar en que se puede desarmar. Pero no hay temor: la macicez y la solidez son características de las construcciones yanquis y los trenes participan de ellas.

Después de la peregrinación por el desierto, se llega en la historia bíblica a la tierra prometida, y así fué esta vez también para nosotros, cabiéndole la merecida gloria de ser la tierra de promisión a la rica y feraz California, paraíso del Far West. A través de sus campos admirablemente cultivados hicimos el último día de viaje. Se descansa de la monotonía aplastante por que se ha pasado en los días anteriores, se respira con placer al contemplar, bajo la impresión de una temperatura agradable, esos terrenos cubiertos de bellas plantaciones, de árboles esbeltos. Carreteras magníficas cruzan en todas direcciones. Son lisas, llanas, limpias, parecen hechas de goma y por ellas se deslizan rápida y suavemente, sin trepidar, automóviles, camiones y otros carruajes. A través de una atmósfera transparente y acariciadora se dilata la vista a lo lejos, hasta llegar al límite del horizonte, cerrado por suaves colinas y montañas que hacen soñar con paisajes del valle central de Chile.

Llegamos a San Francisco muy cerca de la media noche.

CAPITULO III
EN CALIFORNIA

En San Francisco.—Una tragedia amorosa.—¿Libertad o sumision?—La influenza.—Los «christian science».—La bahía y la ciudad.—Golden Gate.—Berkeley.—Ciudad universitaria.—Pruebas de honradez.—La mujer americana.—La firma del armisticio.—Thanksgiving day.—Año Nuevo.—En dos escuelas de Oakland.—La democracia americana.—Un gran filósofo.—Sencillez y bonhomía.

Llegamos a San Francisco, enfermos de la tristemente famosa influenza española, que venía a continuar en Estados Unidos los estragos que había hecho en Europa. Mi mujer, nuestra amiga la señorita S. y yo, caímos a la cama.

Este hecho baladí, porque no sufrimos mucho, y no nos morimos, y que bien podía ser calificado así aunque hubieran ocurrido estas cosas, ha constituído un recuerdo muy agradable y está ligado a un sentimiento de gratitud hacia los norte-americanos.

Tuvimos la suerte de que no nos exigieran la ida a un hospital y de que nos admitieran en el hotel a donde llegamos.

¿Cómo no evocar con cariño el recuerdo de esos días de principios de otoño pasados en la paz de un hotel confortable en cuyas piezas, a pesar de todo el mundo que se mueve afuera, no se siente el menor ruido? Nuestro despertar por las mañanas era recibir al mismo tiempo las caricias de una luz suave y del aire fresco que entraba por la ventana abierta al patio, y el placer de mirar a la nurse que nos atendía. Bella y simpática, esbelta y rubia era el tipo perfecto de una norte-americana. Con su gorrito blanco bien aplanchado y su delantal también blanco, despedía su persona un perfume de nitidez y limpieza que atraía. Dos veces al día nos iba a ver un doctor que nos habían recomendado en el hotel y que debíamos aceptar porque no podíamos hacer otra cosa. Se llamaba el doctor Castle. No tuvimos más que felicitarnos de haber caído en sus manos. ¡Qué hombre más amable, más bueno y más eficaz para sanarnos! Charlaba con nosotros como un viejo amigo y nos llevó a su señora para que nos conociéramos, una dama hermosa y distinguida, ilustrada y graduada en dos universidades importantes. Después de ocho días nos dió de alta y no pudimos conseguir que nos cobrara absolutamente nada por sus delicadísimas atenciones.

En estos días se comentó mucho en San Francisco y causó gran sensación, un idilio amoroso que tuvo un fin trágico. Me lo refirió el doctor y ví en los diarios el retrato de la heroína. Los protagonistas eran del Este, una bella y rica heredera y un joven de alta posición social. Dando pruebas de un espíritu libérrimo que no respeta nada fuera de los dictados de la pasión, ni tradiciones ni leyes, ni preceptos religiosos, ni miramientos sociales, resolvieron amarse en la soledad, lejos de las hipocresías mundanas, consagrados por completo el uno al otro. La estación era propicia para el proyecto. Se fueron a principios del verano a una montaña solitaria del Oeste y llevaron durante tres meses una vida deliciosa de simplicidad, de admiración de la naturaleza y de adoración mutua. Era una renovación encantadora de los idilios de amor y libertad de tiempos románticos y primitivos idealizados por la leyenda. Su nido lo habían formado en una sencilla tienda de campaña o dormían al aire libre, bajo el manto de las estrellas. Se levantaban con el sol, despertados por el canto de las aves silvestres; sus comidas eran frugales y las horas pasaban dulcemente, no contadas por corazones que gozaban de la dicha suprema de un amor completo y satisfecho. Pero llegaron las rachas frías del otoño y tuvieron que descender de las alturas a hospedarse en el hotel de una ciudad vecina. A los pocos días el joven dijo que se veía obligado a hacer un viaje por motivos de negocios y que regresaría antes de cuarenta y ocho horas. Pasó el tiempo y no volvió. Ella comprendió que el corazón de su amante había cambiado y vió roto para siempre el sueño de su vida. Criatura apasionada, de integridad de una pieza, que con la más absoluta sinceridad había hecho de su amor el único fin de su existencia, se dispuso a una resolución extrema. ¿Iría a acusar a su amante ante los tribunales en la seguridad de que sería condenado, dado lo favorables que son para la mujer las leyes norte-americanas? Ah! no; su corazón no ganaría nada con eso. Le escribió al infiel una carta conmovedora en que le decía que consideraría una traición a lo más caro de sí misma avenirse a la nueva existencia de desilusión que veía por delante, y que estaba segura de que el recuerdo de ella lo acompañaría siempre. Hecho esto, se envenenó.

Oí con pesar esta triste historia y me quedé pensando que podía ser tomada por algunos como argumento para condenar una educación cuyo ideal es dar una personalidad libre a la mujer. Cómo declamarían en contra del exceso de libertad y preconizarían las saludables ventajas de la disciplina que mantiene sujetas a las mujeres. Pero, en verdad, un caso excepcional no es por sí solo un argumento; y, además, es preferible la libertad con sus riesgos a la seguridad que resulta de la sumisión y falta de iniciativas.

La heroína de este idilio trágico había hecho sin duda suya la divisa del héroe de La Comedia del amor, de Ibsen:

«Y aunque así naufrague mi navío
Prefiero navegar a gusto mío».

Nosotros habíamos sido de las primeras víctimas de la influenza. El flagelo tomó en los tres meses siguientes proporciones alarmantes, tanto en California como en el resto del país. Los médicos no daban abasto, no había lugar en los hospitales y faltaban enfermeras. Según decían los diarios, la epidemia causaba más muertes que la guerra. Las autoridades tomaron las medidas más enérgicas para combatir el mal. He leído que en Nueva York se imponía una multa de quinientos dólares a toda persona que al tiempo de estornudar o de toser no se llevara el pañuelo a la cara. En San Francisco toda persona que tosa o estornude es expulsada del teatro o del lugar de reunión pública donde se encuentre.

En esta ciudad y en todas las de la bahía de San Francisco se hizo obligatorio, bajo multa de cinco a diez dólares, llevar en la cara una especie de bozal o antifaz de tela para cubrir la boca y las narices. Al principio el espectáculo que ofrecía la gente parecía cómico y carnavalesco; pero luego, con la costumbre, no llamaba la atención ver en un teatro a toda la concurrencia con bozal, y verla de igual manera en una conferencia, con el agregado de que el conferencista para poder hablar se dejaba colgando de una oreja el antifaz. Al contrario, cosas del hábito y de la imitación, el que andaba sin ese aditamento se encontraba raro.

Fué, sin embargo, una medida muy discutida porque muchos ponían en duda su eficacia. En el comité de salud pública hubo acalorados debates sobre el particular, y especialmente los adeptos de la Christian Science la atacaron ardientemente. Los partidarios de esta doctrina sostienen algunas ideas muy convenientes por su acción sugestiva para la cultura espiritual y moral; pero que, exageradas, conducen a absurdos. Ellos afirman que cuanto ocurre en nosotros es de orden mental y que todo es posible arreglarlo en la vida como por ensalmo con sólo pensar bien. Pero de esta proposición, que se puede aceptar como un saludable resorte interior, pasan a defender que aun para librarse de las enfermedades, lo esencial es pensar bien y no tener miedo. De aquí que consideraran a los antifaces no sólo inútiles, sino perjudiciales. Un médico les contestó que no podía creer que el miedo fuera la causa de la influenza, ni que tuviera el poder de engendrar un microbio cuyo germen no existiera. «Nuestros soldados, agregó, que no han temido a los submarinos ni a las balas del Kaiser, han contraído, sin embargo, la influenza y han muerto por millares a causa de ella».

Con todo, el uso del antifaz se mantuvo en vigor hasta año nuevo, y dió en general buenos resultados.

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La espléndida bahía de San Francisco es más bien un lago alargado de norte a sur y comunicado con el Océano Pacífico por un estrecho canal, que da con toda simetría a la parte media del lago, y se llama Golden Gate (Puerta de Oro). El lago queda así cerrado por el lado del mar por dos penínsulas irregulares, y en el extremo de la meridional se levanta San Francisco.

Esta es una pintoresca ciudad construída sobre colinas, y el hotel en que nos alojábamos se halla en una de las más altas. ¡Qué magnífico panorama se divisa desde su azotea! El hermoso azul del mar se ofrece por tres lados: por el oeste en el Pacífico, cuyas aguas se extienden sin límite hasta confundirse con las nieblas del horizonte; por el norte en el Golden Gate, estrechamente encerrado entre orillas de colinas altas; y por el este en la amplia bahía, cuyas costas orientales se alcanzan a columbrar perfectamente. Aquí se levantan las importantes ciudades de Oakland, Berkeley y Richmond, comunicadas con San Francisco por un tráfico continuo de inmensos ferryboats que parecen enormes casas flotantes con dos chimeneas en el medio.

San Francisco es por sus colinas la ciudad de las montañas rusas naturales. No es posible andar dos cuadras sin subir y bajar, salvo en algunas grandes avenidas del barrio comercial. Por esta disposición del terreno, algunas calles se continúan a través de largos túneles, y muchas veces corre al mismo tiempo sobre el túnel otra empinada calle. En el barrio comercial, los rasca-cielos dominan como inmensos falansterios de forma cúbica. Las líneas de los techos y de los ángulos, las divisorias de sus quince y veinte pisos, y las que forman las innumerables hileras de ventanas, se cortan y se alargan todas en perspectivas rectas y uniformes. Algunos se levantan, sin embargo, como torres gigantescas coronadas de cúpulas hermosas. Otros edificios, principalmente algunos Bancos y el del Palacio del Tesoro, ostentan bellas fachadas de columnas, de una arquitectura sencilla y majestuosa, con reminiscencias de estilos griegos.

Casi en el extremo de la sección comercial, pero siempre en una parte muy central e importante de la ciudad, se encuentra Chinatown, el barrio chino. Aquí torres de cúpulas doradas y techos de puntas arqueadas interrumpen la uniformidad de la edificación. Chinatown de San Francisco no ha gozado de la fama siniestra de su hermana de Nueva York, donde hasta hace poco menos de diez años no era posible entrar aún de día sin peligro de ser asesinado.

En la parte occidental de la ciudad no se encuentran rasca-cielos: es de residencias, con casas de dos o tres pisos, elegantes, bellas, pintorescas, y rodeadas de jardines. Por este lado se va al hermoso parque de San Francisco, que lleva el mismo nombre del canal de entrada, Golden Gate, y llega hasta el mar. Aquí se encuentra el principal museo de San Francisco. Sus jardines se hallan adornados con magníficas estatuas. Las hay de Cervantes, de Goethe, de Schiller y de una cantidad de personajes americanos. Lo visitamos en un hermoso día de otoño. En las avenidas, de un color negruzco, se cruzaban en todas direcciones los autos y jinetes de ambos sexos. Las amazonas llevaban pantalones y cabalgaban como hombres. Mujeres, niños y hombres de todas edades tomaban el sol sentados en los bancos de los bordes de los caminos o tendidos en el césped. Nuestro auto tuvo que correr bastante antes de llegar al mar. En la playa espaciosa de arenas blanquecinas se nos ofreció el mismo espectáculo de la gente que disfrutaba de las caricias del sol y del aire, acompañados esta vez por la música imponente del océano.

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Para conocer de cerca la Universidad de California, que era uno de los principales objetos de nuestro viaje, nos trasladamos a Berkeley, el pueblo del lado oriental de la bahía, que hemos mencionado ya. De ésta y de otras importantes universidades norte-americanas he de hablar en un librito especial. Por consiguiente, en estas líneas me limitaré a consignar algunos recuerdos y observaciones que no encontrarían un lugar adecuado en dicho estudio.

Berkeley es ante todo una ciudad universitaria. Su amor y su orgullo se cifran en la Universidad, y ésta constituye el principal motivo de su importancia y su centro de vida. Es una ciudad de clima suave, de chalets y de jardines. En medio de un dilatado parque de terreno graciosamente ondulado se alzan los edificios universitarios, y en el centro de ellos se levanta el campanil de la Universidad, alto y hermoso, como un obelisco blanco, dominando al pueblo todo, a las ciudades vecinas y a la bahía entera, como una enseña de cultura e idealismo.

En esta ciudad, fuera de algunos cinematógrafos, no hay teatros ni cabarets, y no se puede tomar ninguna bebida alcohólica. Los aficionados a estos placeres tienen que ir a satisfacerlos a San Francisco o a Oakland, que se encuentran a media hora de distancia. La gente de Berkeley es de costumbres sencillas. El ambiente universitario penetra en todas partes, y, por lo general, en cada persona hay algo de un buen estudiante. Las lecturas, las conferencias que se dan en la Universidad y algunos conciertos, son los principales entretenimientos. Se lleva también mucha vida al aire libre. Se juega tennis, golf, y los hermosos alrededores de la ciudad se prestan para hacer agradables excursiones a pie y en automóvil. Como casi todo el mundo tiene automóvil, es uno de los placeres favoritos de esta gente recorrer a todas horas las calles y avenidas perfectamente pavimentadas de la ciudad.

Pruebas de la honradez general saltan a la vista en todas partes. Las puertas y ventanas de los almacenes y tiendas no tienen cortinas de hierro, y durante la noche quedan con los vidrios descubiertos sin ningún cuidado. Los jardines que rodean a las casas no están cerrados por rejas, y nadie se roba ni las plantas ni las flores. En los buzones de correo, que existen en formas de pilastras en casi todas las esquinas, no caben a menudo encomiendas relativamente grandes; y los remitentes las dejan con toda tranquilidad afuera para que el cartero las recoja al pasar por ahí. Muchas veces son depositadas en la noche para que sean tomadas a primera hora de la mañana siguiente, y ninguna se pierde. Nadie se aprovecha de la soledad y de la sombras nocturnas para llevar a cabo un hurto que quedaría seguramente impune. Los lecheros dejan la leche por las mañanas en pequeñas botellas al lado de afuera de las puertas de las casas. Nadie se roba ni se toma la leche.

Casi todas las personas con quienes hemos tenido que tratar, nos han parecido buenas, amables, francas y serviciales. En los matrimonios hemos observado unión, cordialidad y bastante consideración mutua. Es un hecho aceptado, sí, que la mujer es la que manda; y los hombres lo reconocen con una sonrisita de resignación. Los maridos gastan con sus mujeres ciertas cortesías muy delicadas. Jamás se sientan ellos primero a la mesa. Se ponen ante todo de pie detrás de la silla de la señora, la retiran por el respaldo cuando esta llega, y una vez que se ha sentado y la han acomodado, van a ocupar su lugar. Fineza análoga gastan al terminar la comida: se levantan primero y se ponen detrás de ella para mover la silla oportunamente, a fin de que la señora se moleste lo menos posible.

Berkeley recostada en su nido de verdura, bajo el espléndido sol californiano, tiene casi siempre un aspecto primaveral y sonriente. ¡Y qué bien encuadran dentro de este marco las muchachas estudiantes, que son uno de los encantos característicos del pueblo! Bajan por bandadas de las colinas universitarias, y alegran las calles con sus trajes claros, ligeros, que dibujan sus formas jóvenes de Dianas. En sus cuerpos y en sus rostros hay belleza o, por lo menos, las muestras de una complexión fresca y de vida sana.

Existe entre nosotros la creencia de que la mujer de raza inglesa es desgarbada y sin gracia. No sé lo que haya de cierto en cuanto a las inglesas de Inglaterra, aunque me imagino que esa idea no ha de pasar de ser una creencia infundada, una preocupación. Mas, por lo que respecta a las americanas, tal idea es absolutamente falsa. Es verdad que éstas sólo en parte son de raza inglesa. Las americanas son elegantes, finas, amables, muy a menudo hermosas y tienen bastante de lo que nosotros llamaríamos coquetería femenina, sin que esto se halle reñido con el carácter e individualidad de que saben dar pruebas.

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En Octubre[4] empezaron a llegar las noticias de las negociaciones iniciadas para poner término a la guerra. La gente, escéptica al principio, entró luego a esperar con ansiedad el anuncio de la paz. Corrió un día la nueva de que el deseado suceso se había verificado, y hubo gran alboroto en la ciudad; pero luego se supo que había sido un falso rumor, y vuelta a esperar! En Nueva York fué tal el entusiasmo producido por esta falsa noticia, que la Municipalidad tuvo que gastar ochenta mil dólares en limpiar las calles de todos los papeles que se habían arrojado en medio del delirio general.

Por fin sonó la gran hora. El 11 de Noviembre fuimos despertados a la una de la mañana por una fuerte detonación seguida de pertinaces silbidos de locomotoras. Era el anuncio de la firma del armisticio. Luego se sintieron los ruidos que hacía la gente que se levantaba, gritos y cantos en las calles y el estrépito de las bocinas de los autos y de las campanas de los carros bomberiles que parecían correr como seres conscientes enloquecidos por el júbilo.

Cuando el ruido pasó, y volvió el silencio, se dejaron oir como una lluvia argentina en la tranquilidad de la noche las campanas de la gran torre de la Universidad, que venían con su armonía insuperable a dar el conocimiento del fausto suceso de una manera digna de él. ¡Oh momento inefable, oh música divina despertadora de las más puras emociones, oh encanto, oh dulzura! Eran sonidos suaves, tristes y regocijados al mismo tiempo, como sientan a una alegría espiritual. El campanil parecía encerrar el alma de la Humanidad, que sonreía ante una nueva aurora, pero no podía olvidar por completo cuánto había sufrido hasta ese instante, el alma de una madre que, celebrando el advenimiento de la paz, sintiera su corazón herido por el recuerdo de los hijos muertos en la guerra. De las animadas campanas volaban las notas de los himnos de las naciones aliadas. Al fin se oyó la Marsellesa; y por efecto de sus acordes parecía que bajo las estrellas palpitaran en el aire efluvios de heroísmo, y el alma, agitada con escalofríos de emoción, se sumía en una onda de regocijo, de esperanza, de gratitud y de aspiraciones nobles.

En la tarde fuimos a San Francisco.

La gran ciudad estaba loca de alegría en pleno carnaval. Su gigantesca arteria, la Market Street, donde corren tres líneas de carros en el medio y hay anchas calzadas a ambos lados, rebosaba de automóviles, camiones y toda clase de carruajes. Las aceras, amplias, como de bulevares, se hacían estrechas para contener una muchedumbre que se estrujaba para avanzar con dificultad de un lado a otro. Una bulla ensordecedora partía de cada punto y venía de todas partes de la avalancha humana: el estrépito estaba en la atmósfera como si fuera algo propio de ella. A las campanas de los tranvías y bocinazos roncos de los autos, se unía la música más estrafalaria, si es que música puede llamarse, producida con cuanto objeto sonoro se había encontrado a la mano. A los autos, carruajes y bicicletas se habían atado tarros, cacerolas, fuentes de lata y cucharones, que iban danzando con alegría estruendosa en el cortejo triunfal. Carros con altísimas escaleras de los que se usan para componer los alambres de la tracción eléctrica, habían sido sacados y marchaban formando una pirámide humana de niñas y de jóvenes. Clowns pintados de negro y rojo, llevando chisteras inverosímiles, poco más grandes que una taza de café, conducían, con pachorra imperturbable, carretelas atestadas de gente, que vociferaba a todos lados. En una jaula, como las que usan en los circos para guardar fieras, se paseaba ante la muchedumbre una efigie del Kaiser; y, por otro lado, en un desvencijado, pero auténtico carro mortuorio, iba un monigote que representaba el cadáver del ex-emperador alemán, que se llevaba a enterrar. En las aceras todo el mundo agitaba cencerros y campanillas, arrastraba tarros, y tocaba pitos, cornetas o matracas. Raro era el que no llevaba banderitas americanas o de las naciones aliadas. Muchos ostentaban en la cabeza, en lugar de sombrero, gorros de papel con los colores nacionales. Tanto los hombres como las mujeres hacían cosquillas a los que pasaban a su lado, metiéndoles plumeros de papel por los ojos, las narices y el cuello. Había que aceptar cualquiera broma como en carnaval. Serpentinas y confetis se lanzaban en lluvia incesante.

La corriente humana, que había empezado al amanecer, no cesó en todo el día, y siguió en la noche bajo las iluminaciones espléndidas de las avenidas. En Market Street y en las calles vecinas el derroche de luz por sí solo era una fiesta: los altos faroles de tres focos se extendían en líneas interminables; los avisos en luces de colores y perpetuo movimiento, parecían una combinación fantástica en que jugasen las estrellas con las más ricas pedrerías; las torres gigantescas estaban convertidas en pirámides de luz, y las torres chinas diseñaban también con luz sus curvas mitológicas vueltas hacia el cielo.

Los restoranes se hallaban repletos. La gente ocupaba toda la acera, haciendo cola para entrar a ellos y comer en un lugar donde continuara el regocijo general. En estas condiciones tratamos de penetrar en tres distintas partes y no lo conseguimos. Por fin, a la cuarta tentativa, logramos abrirnos paso; pero era tal la apretura, que temimos dejar entre la muchedumbre el sobretodo y los botones de la ropa y que el vidrio del reloj quedara hecho harina. En el inmenso comedor a que penetramos no había orquesta. Por lo demás, en el barullo reinante no habría sido posible oirla. No se podía hablar ni con las personas que estaban al lado de uno. En todas las mesas se gritaba y se las hacía casi bailar golpeándolas con las manos. Otros hacían sonar los platos, las tazas y las copas con las cucharas, tenedores y cuchillos. Otros hacían girar matracas en el aire. Era una sala de locos que a uno lo contagiaba y lo hacía entrar a meter bulla como los demás; pero era de perder la cabeza.

Hay que reconocer que el pueblo norte-americano da muestras en sus manifestaciones de regocijo de un temperamento vigorosamente alegre y lleno de vitalidad, pero no de aficciones musicales. La alegría popular se traduce en bulla ensordecedora, mas no se encuentran aquí las partidas acompasadas formadas por dos o tres parejas, o por hombres solos que, al són de un acordeón o de varios instrumentos, alegran en el carnaval las calles de París y Colonia, bailando y cantando armónicamente.

El regocijo de los americanos era justificadísimo. Habían contribuido de una manera tan decisiva a la victoria. Habían dado la sangre de sus hijos y todo el dinero que se les había pedido. Sólo para el cuarto empréstito de la libertad, San Francisco contribuyó con ciento ocho millones de dólares, reunidos en menos de quince días. Los diarios proclamaban la importancia inmensa de la victoria, declaraban con orgullo que no hay título más glorioso hoy día que el de ciudadano norte-americano, e insistían en que los Estados Unidos fueron a la guerra sólo como porta-estandarte de dos grandes ideales de la humanidad: el triunfo de la democracia y la organización de la Sociedad de las Naciones.

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En el mismo mes de Noviembre cae una fiesta muy popular en los Estados Unidos. Es el Día de Gracias (Thanksgiving day), establecido por los puritanos en el siglo XVII a poco de haber desembarcado en Nueva Inglaterra, fijado por el Presidente Lincoln para el cuarto Jueves del mes nombrado y confirmado de nuevo en esta misma fecha por todos los presidentes que han venido después. La firma del armisticio constituía una circunstancia extraordinaria que venía a prestar relieve a la acción de gracias el año pasado. Como la Pascua, es una fiesta religiosa y del hogar. En este país, a semejanza de lo que pasa en los pueblos del norte de Europa, la Pascua es una festividad íntima en que la familia pasa la noche congregada al rededor del árbol tradicional, resplandeciente de lucecitas de colores y cargado de juguetes para los chicos y de otros obsequios para los grandes. En el Thanksgiving day no hay árbol. Su número característico es una comida especial que congrega a la familia y a los amigos de la casa alrededor de una mesa en que lo esencial es que no falte pavo. Ah! el pavo de Thanksgiving day! Me imagino que los norteamericanos gozan de bastante holgura para que casi la totalidad de las familias puedan cumplir con este sagrado y agradable rito. Y no puedo pensar otra cosa a juzgar por el aspecto que presenta el comercio en las vísperas de la fiesta. Los mostradores y vidrieras de los almacenes de comestibles se ven atestados de los sabrosos bípedos ya desplumados y que han sido sacrificados por millares a fin de regocijar a los hombres en el día escogido para dar gracias a Dios.

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La celebración del Año Nuevo, en cambio, es, como si dijéramos, fiesta de la calle. Esta fecha forma un solo ciclo con la Pascua, en el cual es de rigor hacer regalos a los miembros de la familia y a los amigos, o enviar a éstos por lo menos tarjetas. En los días anteriores no es fácil adquirir algo en los grandes almacenes porque se ven invadidos por un mar de gente ansiosa de hacer sus últimas compras de obsequios. Los buzones de correos presentan un aspecto curioso. No han cabido en su interior la inmensidad de tarjetas que se despachan a última hora y menos aun las encomiendas. Dejadas afuera por los remitentes, forman un desparramado montón al aire libre, sobre la columna del buzón, como un líquido espumoso desbordado de la botella, y esperan, sin que haya temor de que se pierdan, hasta que el cartero pase a recogerlas.

Lo propio del Año Nuevo en San Francisco es que se celebra siempre como lo fué el día del armisticio. El mismo carnaval bullicioso y turbulento en las calles, en los restoranes, en los hoteles y en los teatros. Para poder comer ese día en los principales restoranes es menester pedir las mesas con una semana de anticipación y pagar primas por ellas. Con gran dificultad conseguimos instalarnos en uno de los más renombrados. Eramos cinco comensales, todos chilenos. Estaban con nosotros una distinguida y hábil escritora, y un ex-ministro de Estado, joven político, inteligente y simpático. En la mesa, fuera de platos, saleros y otros adminículos, hay largos pitos de cartón y pequeños martillos de madera para que cada cual meta ruido y coopere a la bulla general. Hay también bonetes de papel de colores chillones a fin de que todos tomemos un aspecto carnavalesco. La sala era una casa de locos en que los acordes de la orquesta apenas se percibían en medio del bullicio. Sentadas a las mesas había damas ampliamente escotadas y jóvenes de smoking, todos con gorros de papel. No faltaban tampoco damas y señores de más de sesenta años que sobre su cabellera cana se habían plantado el bonete de la alegría. Entre plato y plato las parejas salían a bailar como podían, apretándose unas con otras y riéndose. Nosotros tocábamos también nuestros pitos para no ser menos, pero no nos habíamos puesto los sombreros de papel. Entonces una simpática chinita vestida de seda celeste vino quedamente por detrás y al ex-Ministro le puso un bonete rojo y a mi uno verde y así quedamos hasta el fin de la comida divirtiéndonos con la batahola universal y con nuestras ridículas fachas.

Los norte-americanos gastan en sus alegrías una sans façon y bonhomía a que los sudamericanos no estamos acostumbrados. Somos más graves y a veces hasta campanudos. En cierta ocasión oí a una señora chilena censurar a un embajador sud-americano, diciendo que no guardaba el decoro que correspondía a su alto cargo.

—Calcule usted, observaba la señora, que ese embajador se puso en la noche de Año Nuevo en el más elegante restorán de Washington un gorro de papel. Era ridículo, impropio, chocante.

—Todo dependería, señora, le contesté, de cómo estaban los demás embajadores y personajes que debía haber habido en el mismo lugar, porque si ellos llevaban también el cómico bonete, no tenía nada de particular.

A esta observación la señora no contestó nada, indicio más que probable de que la falta que ella censuraba había sido general.

Después de comida nos fuimos a otro hotel donde íbamos a reunirnos con más chilenos y entre ellos una distinguida familia compuesta de la madre y dos niñas encantadoras. A la hora de la cena, nos sentamos alrededor de una mesa redonda arreglada con sencillez y buen gusto. De todas las mesas se lanzaban serpentinas. Nosotros entramos en la batalla con un entusiasmo que no decayó un minuto, de tal suerte que al poco rato nuestras copas y cubiertos apenas se veían; eran náufragos en el mar de papelitos que lo cubrían todo. A las doce aumentó la algazara con el himno nacional, los abrazos y las felicitaciones. Pero este fué un instante muy breve, y la sala quedó por completo a obscuras por dos o tres minutos, seguramente con el propósito de que las parejas jóvenes se hicieran los votos de felicidad de una manera más íntima. Me imagino que nuestra mesa fué una de las pocas en que no se sacó ningún provecho de la obscuridad.

Por fin, bailamos hasta las dos de la madrugada. Habíamos pasado el más alegre Año Nuevo de que teníamos recuerdo.

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Las escuelas de San Francisco no gozan de tan buena reputación como las de Los Angeles, la gran ciudad de California meridional, y las de Oakland. Parece que en aquel pueblo la influencia de una politiquería no muy limpia, las perjudica. En Oakland tuvimos oportunidad de visitar dos establecimientos modelos en su género, la Technical High School (liceo técnico) y la Clawson School que es una especie de escuela primaria superior (Grammar School).

La Technical High School ocupa un edificio de dos pisos de la más original belleza. Su fachada se desarrolla en un semi-círculo de columnas de magnífico efecto, que trae algunas reminiscencias del exterior de la basílica de San Pedro en Roma. En esta escuela hay coeducación y tiene capacidad para dos mil alumnos de ambos sexos. Funcionan cursos diurnos y nocturnos. Sus cursos duran, como los de la generalidad de los high school cuatro años y comprende, fuera de los estudios teóricos, curso de carpintería, herrería, maquinarias y electricidad. Para que éstos se hagan de una manera completamente práctica, cuenta la escuela con amplísimos talleres provistos de toda clase de útiles y herramientas. Es de advertir que en los Estados Unidos la mayor parte de las high-schools, sin que por eso se llamen técnicas, disponen de tales talleres. La enseñanza de la física, de la química y de la fisiología, se hace en bien dotados laboratorios en que los niños trabajan personalmente. Observamos que no había muchos aparatos guardados en los estantes.

La Clawson School es algo de lo más perfecto imaginable. Tiene capacidad para ochocientos alumnos de ambos sexos y costó ciento sesenta y cinco mil dólares. Su fachada es sencilla y elegante. El arquitecto que la había hecho y que nos acompañaba nos dijo que en sus planos él buscaba siempre la creación de algo nuevo, que jamás una escuela se pareciese a otra.

El piso bajo contiene, fuera de espacios para juegos, los departamentos de economía doméstica y artes domésticas, cafetería, kindergarten, trabajos manuales, tocadores y baños de lluvia para los niños y niñas, y los aparatos centrales que producen la calefacción y ventilación de todo el edificio. Las salas de clases tienen, por un lado, ventanas hechas en tal forma que se componen casi exclusivamente de cristales, que, cuando se quiere, se pueden poner todos horizontalmente, y permiten que la sala quede como una pieza al aire libre. Para la colocación de los sombreros y abrigos de los muchachos las clases tienen una especie de guardarropía con dos puertas. Los alumnos al entrar pasan primero a la guardarropía, entran por una puerta, dejan ahí sus cosas y salen por la otra. Todo se hace con suma facilidad y comodidad. Los pisos de las salas y galerías se hallan cubiertos con linóleo.

El Kindergarten que he mencionado es muy mono. Está hecho con un arte empapado en amor a los niños. Se halla decorado con pinturas alegres de animales y personajes de cuentos, como corresponde a la fantasía de sus pequeños moradores. A pesar de tener calefacción central, hay una amplia chimenea, donde en el invierno arde el fuego de los clásicos hogares del norte y los pequeñuelos se agrupan alrededor de su profesora a escuchar historias de navidad. Para entretener a los chicos al aire libre en los días primaverales se levanta al lado de afuera un magnífico pórtico, adornado de plantas en maceteros y enredaderas y que hace soñar con lejanías griegas.

He hablado también de una cafetería. En casi todas las ciudades norte-americanas y principalmente en las del oeste y del centro, existen restoranes graciosamente llamados cafetérias en el idioma americano (con acento en la última e), cuya característica es que no haya mozos y cada cual se sirva a sí mismo. Uno principia por tomar una bandeja y cubierto: luego agrega los platos y postres que prefiere, que se encuentran convenientemente distribuídos a lo largo de extensos mostradores, y pasa por delante de una cajera, con la bandeja completa, que le computa el gasto y le recibe la paga. Por último, uno elige su mesa y se sienta a comer sin esperar mozo ni tener que dar propina. En muchísimas universidades, colegios y escuelas hay cafeterías en que los profesores y alumnos pueden tomar el lunch y comer a precios muy reducidos.

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Los Estados Unidos, como se sabe, constituyen la más gran democracia de nuestra época, y en algunos Estados del oeste es donde el viento de las reformas avanzadas ha soplado con más fuerza. Entre las instituciones californianas figuran la iniciativa, el referendum, el sufragio femenino y el recall, que pueden señalarse como las innovaciones políticas más radicales de nuestra generación. Las mujeres también son elegibles y en Noviembre[5] se dió por primera vez el caso de que cuatro de ellas obtuvieran los sufragios necesarios para ser miembros de la Asamblea del Estado de California.

El ejercicio de los derechos políticos dentro de las mismas condiciones que los hombres, no ha hecho perder a las californianas ninguna de las cualidades y virtudes propias de su sexo. Son finas y elegantes y viven preocupadas de una multitud de obras de filantropía social. En ese tiempo de guerra y de epidemia, han consagrado sus desvelos a la Cruz Roja y muchas han tomado a su cargo desde acá huerfanitos de Francia y Bélgica, a los cuales no conocen personalmente, pero hacen objeto de sus cuidados y les envían ropa y otras cosas. Agréguese todavía que casi todas ellas saben manejar un auto con tanta destreza como cualquier varón.

Deseoso de conocer algunos detalles y juicios sobre la organización democrática de la Unión y de California, le pedí un rato de charla al profesor Reed del Departamento de Derecho Público de la Universidad. Nos juntamos en su gabinetito particular, en uno de los pabellones universitarios. En las universidades americanas cada profesor dispone de una pieza privada con su biblioteca, donde puede trabajar tan bien o mejor que en su casa.

—Los comienzos de la democracia americana, empezó a hablar Reed, se remontan a la asamblea del pueblo de los sajones, a la Curia Regis de la Inglaterra normanda. Los principios de libertad civil que se encuentran establecidos en la Magna Carta, el Bill de los Derechos, el Habeas Corpus y en la Common Law, fueron un patrimonio que los colonos trajeron desde la madre patria a este continente. Ellos no entraron a crear nada de nuevo, sino que bastaron sus tradiciones políticas para que fundaran un gobierno libre. La misma constitución actual contiene muy poco que no sea indígena; es anglo-americana desde el principio hasta el fin.

Nuestra democracia descansa sobre una sólida base de autoridad. Los poderes del Presidente de la República son más variados, más comprensivos e importantes que los poseídos por el Ejecutivo de cualquier otro país. El Presidente nombra a los miembros del Gabinete sin tomarle la venia a nadie. Constitucionalmente la designación debe ser ratificada por el Senado, pero éste jamás niega en este punto su aquiescencia al Presidente. Los Ministros no deben formar parte de las Cámaras, ni concurren a ellas, ni son responsables ante ellas. De esta suerte, la administración pública forma un conjunto de funciones coordinadas con el poder legislativo y no subordinadas a él.

—El régimen norte-americano es el presidencial, observé, que forma uno de los tipos característicos del gobierno libre, siendo el otro el parlamentario, del cual ofrece Gran Bretaña el ejemplo más acabado. Ustedes han sabido combinar la democracia con la autoridad. ¿Qué puede decirme sobre la iniciativa y el referendum?

—Son procedimientos por medio de los cuales los ciudadanos entran a legislar directamente, manifestando su opinión en las urnas. La iniciativa puede ser de dos clases: o los ciudadanos obligan a las asambleas legislativas, por medio de su voto, a despachar una ley dada, o ellos mismos, sin tomar en cuenta a las asambleas, se pronuncian sobre algunas proposiciones y las convierten en ley. El referendum consiste en el sometimiento a la rectificación de los electores de algunos acuerdos de las asambleas para que tengan valor legal. Estos procedimientos se han introducido hasta ahora en unos veintidós Estados de la Unión. Pero debo confesarle que estas innovaciones no me parecen bien. Las multitudes son incapaces de gobernar. Pueden tal vez pronunciarse sobre problemas de carácter general y sencillo, pero no entrar en las cuestiones técnicas de detalles. Le voy a contar un caso de falta de criterio gubernativo de la masa. En la comuna de San José, se acordó, por iniciativa de los electores, cerrar los saloons o sea cierta clase de restoranes, lo que disminuyó inmediatamente las entradas del Municipio en ochenta mil dólares al año; y, a raíz de esta merma, los propios ciudadanos resolvieron que se elevaran los sueldos de las policías y otros empleados, debiendo empezar a pagarse el aumento desde el instante de su aprobación, a mediados de año. Como el presupuesto estaba vigente hacía seis meses y las entradas habían disminuído considerablemente, fué aquello un desbarajuste total. La iniciativa debería en todo caso empezar por presentar al cuerpo legislativo el proyecto que los ciudadanos desean ver convertido en ley. Si la asamblea lo desatendiera, habría llegado el momento de proceder directamente.

—¿Y el recall?

—Es el proceso por medio del cual un funcionario electivo, cuyos servicios no resultan satisfactorios para los electores, puede ser removido por éstos antes de la expiración de su período. Los jueces y los gobernadores están así a merced de los ciudadanos o de lo que puede ser a veces el capricho o el apasionamiento de las masas. Este procedimiento se ha implantado sólo en nueve Estados y mucho me temo que haya sido por lo general un completo fracaso. No le diré lo mismo del sufragio femenino que debemos estimarlo como un éxito. ¿Y qué me dice usted de su país?

—En nuestro país padecemos de un parlamentarismo sui generis que se entromete en todos los detalles de la administración pública, se da el placer de derribar varios ministerios en el año y no puede despachar leyes de importancia porque no hay clausura de los debates y cualquier grupo de senadores o diputados, por pequeño que sea, está en situación de obstruir indefinidamente el despacho de todo proyecto que no le convenga. Así nosotros tenemos menos autoridad que ustedes y también menos democracia.

—Por virtud de nuestra historia y de nuestra educación, la democracia está en la sangre de nuestra sociedad, y, por lo mismo, los que disponen de cualquiera parte de la autoridad, la ejercen sin contemplaciones. Ya hemos visto que nuestro Presidente es quizás el soberano más poderoso de la tierra; pero no hay para qué ir tan arriba. El guardián de la calle, el conductor de un tren, el negro camarero de un sleeping-car, el modesto conductor de un tranvía, son dictadores en su esfera de acción, y en lo que ellos estiman el cumplimiento de su deber, lo cual no quita que se conduzcan con amabilidad y presten ayuda a las señoras, a los niños y a los enfermos. En los trenes de Nueva York usted va a encontrar este letrero: «Se prohibe escupir en el suelo. El infractor de esta regla queda sujeto a la pena de prisión y a quinientos dólares de multa». Y se cumple. Ahí no se ruega o se indica lo que se debe hacer. Se ordena y se pone la sanción al lado.

Otra muestra de nuestro espíritu democrático es la cooperación de todas las clases sociales en las cosas de interés público. Usted ha visto de qué manera se ha levantado aquí el cuarto empréstito de la libertad. Los bonos no se han colocado por medio de las oficinas fiscales o de los bancos únicamente, sino por la acción de todo el mundo. En cada esquina ha habido garitas donde señoras y niñas ofrecían los bonos. A la entrada de los hoteles había también vendedoras y en las aceras scouts y policiales le ofrecían a usted los papeles de la libertad. Por lo demás, cada cual se apresuraba a comprar para llevar en el ojal el botoncito azul correspondiente en prueba de que era un buen ciudadano.

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Entre los profesores que conocí en la Universidad hay un filósofo que puede ser considerado como el compendio en las regiones de la alta cultura de las cualidades de la democracia americana. Me refiero a Juan Dewey, de la Universidad de Columbia, que había sido invitado por la de California a hacer un curso extraordinario de seis meses. Después de la muerte de William James y de Josiah Royce, pasa Dewey por ser el primer filósofo norte-americano de la época actual. Goza además de una inmensa autoridad como autor de obras pedagógicas fundamentales, entre las cuales podemos citar «Democracia y Educación»[6]. No es naturalmente una personalidad popular. Los filósofos nunca lo son, y en este país, como en todas partes, el aura del renombre callejero, está reservado para los archimillonarios y los grandes políticos.

Dewey es una persona sin la menor pose y de una bondad encantadora, que se transparenta en sus ojos claros, en sus palabras y en sus ademanes. Su sencillez por lo que respecta a su indumentaria, raya a veces en el descuido.

Para que charláramos sin perder tiempo, me invitó a tomar el lunch un día en el Club Universitario. Hablamos de educación, de filosofía y de arte.

—Me parece que uno de los fines principales de las universidades es, me dijo, la formación de una dirección intelectual para la democracia, cuidando al mismo tiempo de mantener viva en las masas del pueblo la idea de que la educación superior se halla enteramente abierta para ellas, de manera que puedan aspirar a los más altos rangos en la vida social. De esta suerte se estimulan el esfuerzo personal y la ambición, y se evita la formación de castas sociales. Nuestras universidades son más instituciones sociales que intelectuales. Ellas promueven el compañerismo y estrechan asociaciones entre sus miembros, y, aunque la riqueza y el nacimiento no dejan de ejercer influencia, los más de los colleges se vanaglorian de funcionar sobre una base democrática y de apreciar ante todo el mérito y el valor personal.

—Se me hace, le expuse, que en este país predominan mucho los valores económicos, éticos y sociales sobre los artísticos pongo por caso. Sin perjuicio de que ya se noten manifestaciones de que la arquitectura y la escultura empiezan a ser cultivadas con brillo aquí. Probablemente éstas van a ser las bellas artes americanas por excelencia.

—Pienso, más o menos, lo mismo, repuso Dewey.

Luego entró a hablar sobre las principales escuelas filosóficas de los Estados Unidos y dijo que se podían distinguir tres: la pragmatista, la idealista y la neo-realista. El mismo es un pragmatista, aunque no a la manera exagerada de William James.

—Me parece, observé, que a pesar de todas las diferencias de nombres con que designan sus teorías, ha habido una tendencia común en los pensadores norteamericanos. No han perdido de vista el fin práctico: todos son algo pragmatistas. Emerson era un moralista; James sacrificó la filosofía a la moral, y usted mismo, por lo que sé de usted y le he oído en sus conferencias, es un idealista social. El idealismo social se me presenta como uno de los resortes fundamentales del alma americana, doctrina que el sociólogo Lester F. Ward designaba con el término de meliorismo.

Corroborando lo que yo acababa de decir, agregó Dewey que las lucubraciones metafísicas ocupaban en efecto muy poco lugar en las orientaciones de pensamiento americano.

Me despedí del filósofo y he conservado una impresión indeleble de su espíritu claro, puro y sinceramente bueno.

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Para que se vea que la sencillez no es una virtud rara entre los profesores norte-americanos, voy a contar un caso que me ocurrió en el mismo club universitario. Prueba además que estos profesores, aunque no sean catedráticos de ramos filosóficos, poseen la mejor de las filosofías, la sabia filosofía de tomar acertadamente las cosas de la vida. Fué en un lunch a que me había invitado el Decano del Colegio de Ciencias y Letras, en compañía de tres profesores más.

Los norte-americanos son por lo general sobrios en sus comidas y muy pacientes con la servidumbre. Esta virtud se ha acentuado aún con la guerra. Jamás se oyen en los restoranes palmadas o gritos para llamar a los mozos. Es costumbre servir todas las cosas que se han pedido de una sola vez y traen juntos los guisos con los postres y el té o el café, de manera que hay que resignarse a tomar algo frío, que es lo que ocurre casi siempre con las bebidas finales.

Las invitaciones se llevan a cabo también en condiciones de notable frugalidad, que es más acentuada aún en los círculos docentes. Nada extraordinario se agrega en honor del invitado; se le ofrece la lista corriente. Se invita por sociabilidad para aprender algo más, para oir cosas nuevas y para decirlas; no a hartarse de comida o a paladear guisos exquisitos y bebidas refinadas. Los mozos se hallan tan acostumbrados a esta manera de ser que en los restoranes jamás preguntan. «¿Qué vino desea usted?», sino que para empezar sirven una copa de agua.

Sentados alrededor de la mesa, tomó el Decano la lista y me fué preguntando lo que deseaba comer para ordenarlo. En cada sección de la lista hay diferentes cosas entre las que se puede elegir.

—¿Qué quiere, me dijo, ternera, cerdo o salmón?

—Salmón, le contesté.

—¿Pie (especie de empanada de frutas), uvas o budín?

—Uvas.

—¿Café, té o leche?

—Leche.

Al poco rato llega la muchacha que nos servía y le dice al Decano:

—Ya no hay más salmón, profesor S.

Y sin alterarse ni lamentarse, volviéndose a mí repite éste:

—Ya no hay salmón, profesor Molina, ¿qué prefiere usted entonces?

—Ah, un poco de ternera.

Al cabo de algunos minutos se acercó de nuevo la niña y le dijo al Decano:

—No hay uvas, profesor S.

Y éste con la misma calma anterior me repitió:

—No hay uvas, profesor Molina, ¿qué quiere ahora?

Otro profesor y yo que habíamos pedido uvas dijimos entonces:

—Budín.

No habían transcurrido tres minutos sin que la niña tornara a entrar y dijera:

—Se acabó el budín, profesor S.

Y éste nos repitió tranquilamente:

—No más budín.

Nos reímos todos y como ya no quedaba otra cosa que elegir pedimos pie.

Aún alcanzó a volver una vez la muchacha y dijo:

—No hay leche.