Heath's Modern Language Series

, by Enrique Pérez Escrich.

Heath's Modern Language Series


FORTUNA

BY ENRIQUE PÉREZ ESCRICH

EDITED WITH NOTES, DIRECT-METHOD EXERCISES, AND VOCABULARY
BY ELIJAH CLARENCE HILLS
PROFESSOR OF SPANISH IN THE UNIVERSITY OF CALIFORNIA
AND
LOUISE REINHARDT
INSTRUCTOR OF MODERN LANGUAGES IN THE COLORADO SPRINGS HIGH SCHOOL
D.C. HEATH & CO., PUBLISHERS
BOSTON NEW YORK CHICAGO
COPYRIGHT, 1920, 1922,
BY D.C. HEATH & CO.
PRINTED IN U.S.A.


CONTENTS

[INTRODUCTORY]
[FORTUNA]
[CAPÍTULO PRIMERO]
[CAPÍTULO II]
[CAPÍTULO III]
[CAPÍTULO IV]
[CAPÍTULO V]
[NOTES]
[EJERCICIOS]
[ABBREVIATIONS]
[VOCABULARY]


INTRODUCTORY

Fortuna is probably the most popular dog story in Spanish. It makes pleasant reading, it holds the student's interest throughout, and its language is clear and simple.

The author of Fortuna, Enrique Pérez Escrich (1829-1897), was born in Valencia, Spain, but he went to Madrid when a young man. He was a prolific writer of popular stories. Both Fortuna and Tony, another dog story by the same author, are evidence that Pérez Escrich knew dogs and loved them. One can not read these stories without feeling greater admiration and respect for the dog, the best friend that man has among the animals. Fortuna also gives an interesting account of the adventures of a boy who is kidnapped and is finally rescued with the aid of the dog whom he had befriended and who thus undertook to pay his debt of gratitude.

For a brief account of the life and works of Pérez Escrich, see Julio Cejador y Frauca, Historia de la Lengua y Literatura Castellana, Vol. VIII (pages 56-57), Madrid, 1918.

In this edition of Fortuna some words and sentences have been omitted from the text because they were uninteresting and unimportant. In a few cases expressions have been left out because they were unusual and therefore not adapted to elementary instruction.

In the exercises there is an abundance of direct-method material. Each of the exercises consists of four parts. The first part gives simple grammatical questions. The second contains idiomatic expressions to be committed to memory and to be used in the formation of sentences. The third part gives questions on the subject matter of the story which are to be answered in Spanish. And the fourth contains connected sentences to be translated from English into Spanish. Those teachers who prefer that the students in the elementary classes should not translate English into Spanish may postpone or omit altogether this part of the exercises if they wish to do so.

The language of Fortuna is so clear and simple that the story may be read to advantage in elementary classes. The notes, the direct-method exercises and the vocabulary have been prepared with a view to the needs of beginners.

The editors are glad to take this opportunity of expressing their thanks to Professor Juan Cano, Mr. Antonio Alonso, and Miss Madre Merrill of Indiana University, and Dr. Alexander Green and Miss Ellen E. Aldrich of D.C. Heath and Company for their valuable assistance in the preparation of this book.

E.C.H. L.R.


FORTUNA

HISTORIA DE UN PERRO AGRADECIDO

POR

ENRIQUE PÉREZ ESCRICH


CAPÍTULO PRIMERO

Sentenciado a muerte

El sol caía de plano calcinando el blanco polvo de la carretera, y las hojas de los temblorosos álamos, que bordeaban el camino, habían suspendido su eterno movimiento, adormecidas bajo el peso de una temperatura agostadora.

Un perro de raza dudosa, lomo rojizo, orejas de lobo y prolongado hocico, caminaba con el rabo caído, la mirada triste, la boca abierta y la lengua colgante.

De vez en cuando se detenía a la sombra de un álamo y levantaba la cabeza como si venteara ese aire húmedo e imperceptible para los hombres, pero que al delicado olfato de la raza canina le indica la fuente o el codiciado charco donde apagar su sed.

Entonces, de la encendida y húmeda lengua del perro caía gota a gota ese sudor interno que, no encontrando paso por los cerrados poros de la piel, se exhala por la boca.

El pobre animal parecía muy cansado y sus ijares se agitaban con precipitada respiración. Luego emprendía de nuevo su marcha por aquel largo camino solitario y abrasado.

De pronto se detuvo. Se hallaba en lo más alto de una cuesta, y a cien metros de distancia, en el fondo de un valle, se veía un pueblo.[1] El fatigado animal pareció vacilar, presintiendo sin duda lo que le esperaba en aquel pueblo que la blanca línea de la carretera dividía en dos mitades.[A]

Por fin se resolvió a continuar su camino porque la sed le devoraba, y en aquel pueblo debía haber agua.

Llegó al pueblo cuyas desiertas calles recibían de plano ese sol abrasador de un día del mes de julio.

Las paredes de las casas, las tapias de los corrales, no proyectaban la menor sombra; el reloj de la torre acababa de dar doce campanadas.

En la primera casa, a la sombra de un cobertizo, se hallaba una mujer lavando; cerca de ella y sobre una zalea se veía un niño que tendría dos años de edad.[2] El niño jugaba con sus rotos zapatos que había logrado quitarse de los pies.

La puerta del corral estaba entornada. El perro, que sin duda había olfateado el agua, la empujó con el hocico.

—¡Tuso!...—le gritó la mujer.

Pero como si este grito no bastara para ahuyentar al importuno huésped, cogió una piedra y se la arrojó con fuerza.

El pobre animal esquivó el cuerpo lanzando un gruñido y enseñándole los colmillos a la mujer; luego continuó su camino.

Un poco más abajo volvió a detenerse. La puerta de un corral estaba de par en par. En medio había un pozo y una pila de piedra rebosando agua.

El perro no vio a nadie y se decidió a entrar, pero al mismo tiempo salió un hombre de la cuadra con un garrote en la mano. El pobre animal, adivinando que aquel segundo encuentro podía serle más funesto que el primero, se quedó mirando al hombre con tristes y suplicantes ojos y moviendo el rabo en señal de alianza.[B]

El hombre, que sin duda tenía poco desarrollado el órgano de la caridad, se fué hacia el perro con el garrote levantado.

El perro indignado ante aquel recibimiento tan poco hospitalario, gruñó sordamente, enseñándole al mismo tiempo su robusta dentadura y su encendida boca.

—¿Estará rabioso?—se preguntó el hombre.

Y dándose él mismo una respuesta afirmativa, le arrojó el palo con fuerza y entró en la casa gritando:

—¡Un perro rabioso!... ¡Mi escopeta, mi escopeta!

Éste fué el toque de rebato que puso en conmoción a todos los vecinos, porque desgraciado del perro forastero que durante la canícula entra en un pueblo en las horas del calor y se le ocurre a alguno decir que rabia, porque desde este momento queda decretada su muerte; el arma con que debe ejecutarse la sentencia es igual; pues se emplean todas: la escopeta, la hoz, la horquilla, el palo, la piedra; lo primero que se halla a mano para herir.[C]

Basta un movimiento agresivo del perro para que todos huyan pronunciando allá en su interior la famosa frase de las derrotas: sálvese el que pueda.

Cuando el hombre que había lanzado el primer grito de alarma salió a la calle con la escopeta, el perro se hallaba cuatro o cinco casas más abajo, pero el hombre, sin encomendarse a Dios ni al diablo, se puso la escopeta a la cara e hizo fuego. Afortunadamente para el pobre perro, los perdigones fueron a aplastarse en un poyo de piedra; pero algunos de rechazo dieron en el lomo y en las ancas del animal, que lanzó un aullido doloroso.

Los vecinos salían a sus puertas, y enterándose al instante de lo que ocurría, comenzaron a dar voces y a arrojar sobre el animal, que ningún daño les había hecho, todo lo que encontraban a mano.

El perro, azorado y medroso, huía siempre confiando su salvación a la ligereza de sus piernas y ansioso de hallarse lejos de aquel pueblo inhospitalario en donde hasta las piedras se volvían contra él.

Ya casi iba a conseguir su objeto, cuando vio cerrado el paso por un hombre que montaba un caballejo de pobre y miserable estampa.

Era el cuadrillero del pueblo, que desenvainando un inmenso sable de caballería, se dispuso a cerrarle el paso, mientras que la gente que seguía al perro con palos, hoces y horquillas, le gritaba:

—¡Mátale, Cachucha, mátale; está rabioso!

El pobre animal miró a derecha e izquierda, buscando una salida salvadora.

La gente, lanzando gritos de guerra y exterminio, le iba estrechando por ambas partes de la calle.[3]

La situación del perro forastero era verdaderamente angustiosa, las piedras llovían sobre él dando muchas veces en el blanco, y el enorme sable del cuadrillero Cachucha centelleaba herido por los rayos del sol, amenazándole de muerte.

Sin embargo, nadie era tan valiente que se atreviera a ponerse al alcance de los colmillos del perro.

Entre los perseguidores del perro había tres o cuatro armados con escopeta, podían dar la muerte a su enemigo desde lejos, pero nadie disparaba, temerosos de herirse los unos a los otros.

De vez en cuando se oía la voz del cuadrillero Cachucha que gritaba:

—¡Cuidado con las escopetas!... ¡Ojo, que estoy aquí!...

En este momento aflictivo se abrió una pequeña puerta de la tapia de un jardín y el perro se metió por ella precipitadamente.

Cachucha bajó con ligereza del caballejo y corrió hacia la casa por donde había desaparecido el perro, agitando el sable en el aire con nerviosa mano y exclamando con toda la fuerza de sus pulmones:

—¡Compañeros, salvemos a nuestro padre, salvemos a nuestra providencia!


CAPÍTULO II

El indulto

Don Salvador Bueno era el vecino más respetable, más sabio, más caritativo y más rico del pueblo.

Sus sesenta años, su cabeza blanca como la nieve, su rostro bondadoso, su afable sonrisa y su mirada serena hacían exclamar a todo el mundo: ahí va un hombre de bien, un justo.

Don Salvador había viajado mucho y leído mucho con provecho. Sus conocimientos eran tan generales que su conversación resultaba siempre instructiva y amena. Veía las épocas antiguas con la misma claridad que la presente, y al hablar de los grandes hombres de Grecia y de Roma, parecía que hablaba de amigos íntimos que acababan de morir pocos días antes.

Aquel venerable anciano era una enciclopedia siempre a disposición de los que querían consultarla en el pueblo.

Tampoco habían faltado penas al señor Bueno: había visto morir a un hijo al año de terminar de un modo brillante la carrera de ingeniero de Caminos y Canales y a una hija a los seis meses de dar a luz un hermoso niño.[4]

Don Salvador se había quedado solo en el mundo con su nieto, que se llamaba Juanito y en la época que nos ocupa era un precioso niño de ocho años de edad.[D]

El abuelo se había propuesto hacer de su nieto un hombre perfecto.

—Yo le enseñaré—se decía—todo lo que puede enseñarse en un colegio, en el buen sentido de la palabra, porque en los colegios también se aprende algo malo. Procuraré, al mismo tiempo que educo su inteligencia en los sanos principios de la moral, de la caridad y del amor al prójimo, desarrollar sus fuerzas físicas, educar su cuerpo.

Juanito era un niño tan hermoso de cuerpo como de alma, con una inteligencia clarísima y un corazón bondadoso y caritativo.

Entremos ahora en casa de don Salvador Bueno.

El reloj de la iglesia acababa de dar las doce campanadas del mediodía.

La casa de don Salvador, situada a la salida del pueblo, tenía un espacioso jardín. En el centro de un grupo de corpulentos árboles se alzaba un pabellón en donde pasaban durante las calurosas horas de la canícula el abuelo y el nieto largos ratos, entregados unas veces a los ejercicios de la gimnasia y de la esgrima, otras a la lectura.[5]

En el momento que vamos a permitir a nuestros lectores que entren en el pabellón, don Salvador y Juanito se hallaban haciendo lo que en el lenguaje técnico de los gimnasios se llaman poleas, ejercicio que desarrolla los músculos de los brazos, ensancha el pecho y abre el apetito.

El viejo y el niño iban vestidos lo mismo, pantalón de lienzo blanco, una almilla rayada ceñida al cuerpo, zapatillas y cinturón de lona.

Este ligerísimo traje era el más a propósito para hacer gimnasia, sobre todo en las horas calurosas del mes de julio.

—Basta por hoy, Juanito, basta por hoy,—dijo el anciano, cogiendo un pañuelo y limpiando el sudor que corría con abundancia por la frente de su nieto.

—No estoy cansado,—contestó Juanito,—si Vd. quiere, podemos continuar hasta que Polonia nos llame para comer.

Polonia era el ama de gobierno y había sido nodriza de Juanito. El marido de Polonia ejercía en la casa las funciones de mayordomo.

—No, no; tienes la cara encendida como una amapola,—añadió el viejo acariciando la cabeza del niño—y antes de comer conviene que descanses un poco. Vaya, échate en el sofá con las manos cruzadas debajo de la cabeza: esa postura es muy higiénica. Yo voy a hacer lo mismo en esa mecedora.[6]

Juanito, que ya se había tendido en el sofá, se incorporó un poco y dijo:

—¿Ha oído Vd.? Parece que ha sonado un tiro a lo lejos, en la calle.

—Será algún cazador que vuelve del monte y habrá disparado la escopeta a la entrada del pueblo.

El niño, que sin duda no quedaba satisfecho con aquellas explicaciones, añadió:

—No, no, abuelito; yo oigo gritos y voces: algo sucede.

Don Salvador fijó un momento su atención y repuso:

—Efectivamente, se oye un gran alboroto en la calle. Los gritos, la algazara, no solamente iban en aumento, sino que parecían acercarse hacia aquel pacífico retiro.

Don Salvador descorrió la persiana de una de las ventanas del pabellón, y asomándose, dijo en voz alta:

—Atanasio.

—¿Qué manda Vd., señor?—contestó un hombre que se hallaba cavando un cuadro de tierra cerca del pabellón.

—Anda, hombre, anda por el postigo de la tapia a ver lo que sucede en la calle.

Atanasio corrió hacia el sitio indicado, pero al abrir la pequeña puerta que daba paso a la calle, retrocedió, cayendo de espaldas contra la tapia.

Al mismo tiempo un perro entró en el jardín como una exhalación, se refugió en el pabellón, y fue a esconderse debajo del sofá en donde se hallaba sentado Juanito.

Antes que don Salvador y su nieto se dieran cuenta de lo que sucedía, Cachucha el cuadrillero y veinte o treinta personas más invadieron el jardín dando gritos de terror.

Cachucha iba delante con su enorme sable desenvainado y haciéndole girar de un modo vertiginoso por encima de su cabeza.

Al penetrar aquella turba en el jardín, todos gritaban a un tiempo como si se hubieran ensayado:

—¡Está rabioso, está rabioso!... ¡Matadle, matadle!...

Al pronto, don Salvador, que no había visto pasar al perro, creyó que el rabioso era el pobre cuadrillero que, con el rostro descompuesto y los cabellos erizados, avanzaba a la carrera hacia el pabellón, blandiendo con vigorosa mano su terrible sable.[7]

Don Salvador se retiró de la ventana para proteger a su nieto, y al volverse, lo adivinó todo con espanto y lanzó un grito de horror, quedándose enclavado en el suelo sin poder avanzar ni retroceder.[E]

Allí, junto al sofá, arrodillado, se hallaba Juanito acariciando la sucia y empolvada cabeza de un perro desconocido.

Aquel animal, cubierto de sangre, de lodo y de polvo, miraba a Juanito con los ojos brillantes como dos ascuas de fuego, con la boca abierta y la lengua colgante.

De cuando en cuando el perro contenía su agitada respiración y lamía suavemente las manos de Juanito moviendo con pausa la cola, como si quisiera decirle:

—No tengas miedo, hermoso niño, yo pertenezco a una raza que tiene la gratitud en el corazón: en mi familia no se han conocido nunca ni los traidores ni los desagradecidos.

Cachucha entró precipitadamente en el pabellón seguido de un ejército de hombres, mujeres y niños.

El perro, con ese delicado instinto propio de su raza, se acercó un poco más al niño, tendiéndose a sus pies, seguro de que había encontrado un buen defensor para librarse de aquella horda de vándalos que pedía su muerte.

—Señorito, no toque Vd. a ese perro, que está rabioso,—exclamó Cachucha.—Apártese usted que voy a dividirle por la mitad.

—Rabioso...—exclamó Juanito riéndose y rodeando el cuello del perro con uno de sus brazos,¿rabioso, y me lame las manos y se echa temblando a mis pies para que le proteja? Bah, tú sí que estás rabioso, mi buen Cachucha; si te vieras la cara en el espejo, de seguro te darías miedo a ti mismo.

—Vamos, Cachucha,—dijo el abuelo, observando las pacíficas manifestaciones del perro—envaina ese sable que amenaza nuestras cabezas. El perro no está rabioso: son otros los síntomas que presentan esos pobres animales cuando se hallan atacados de esa terrible enfermedad. Verás lo que tiene.

Y don Salvador cogió una jofaina llena de agua y la puso en el suelo al lado del perro, que comenzó a beber con avaricia, agitando la cola.

Cachucha abrió inmensamente los ojos y dijo:

—¡Calla; pues es verdad; bebe agua!

Y volviéndose indignado contra la muchedumbre, añadió:

—¡Pedazos de brutos, animales! ¿Por qué me habéis dicho que estaba rabioso?

Nadie contestó, y el cuadrillero, envainando su sable, volvió a decir:

—Señor don Salvador, le ruego a Vd. que nos perdone por el susto que le hemos dado, pero conste que la intención era buena.

—Ya lo sé, hombre, ya lo sé, y lo agradezco con toda el alma.

Todos fueron saliendo del pabellón respetuosamente, asombrados del valor de Juanito y de su abuelo y sobre todo de la suerte que había tenido el perro forastero, refugiándose en aquella casa.[8]

—Pobrecito, qué sed tenía, y puede que tenga también hambre;—dijo el niño.—Debe estar herido; tiene sangre en el lomo; es preciso curarle. ¿Y cómo se llamará, abuelito?[F]

—¿Quién?

—Este perro.

—No lo sé, hijo mío;—contestó riéndose don Salvador,—y como tengo la completa seguridad de que si se lo pregunto no me lo ha de decir, no quiero tomarme esa molestia. Pero como todas las cosas deben tener un nombre, nosotros le pondremos uno y desde hoy a este perro se le llamará Fortuna, pues fortuna y no poca ha sido la suya refugiándose en esta casa, y encontrar al que le ha librado del terrible sable de Cachucha.[9]


CAPÍTULO III

Los secuestradores

Cuatro días después, el perro Fortuna estaba desconocido. Juanito le curó las heridas, que eran leves, con árnica, y luego, ayudado de Atanasio el jardinero, le lavó con jabón y un estropajo.

Entonces se vió que Fortuna no era tan feo como parecía bajo el andrajoso manto de la miseria, que con un buen collar y bien alimentado podía presentarse en cualquier parte sin que su amo se avergonzara.

Pero lo más hermoso de Fortuna eran los ojos, en donde resplandecía la inteligencia, sobre todo cuando sentado sobre sus patas traseras miraba fijamente a Juanito como deseando adivinar sus pensamientos para ejecutarlos.

Una tarde el abuelo y el nieto fueron a ver una viña rodeada de almendros que se había plantado la misma semana del nacimiento de Juanito y que en el pueblo llamaban La Juanita.

Don Salvador, en todos estos paseos campestres, llevaba siempre un libro.

Se sentaron a descansar a la sombra de un almendro, y a la caída de la tarde regresaron al pueblo.

Ya cerca de casa, don Salvador echó de menos el libro.

—¡Ah!—exclamó,—me he dejado al pie del árbol mi precioso ejemplar de El libro de Job, parafraseado en verso por Fray Luís de León. Es preciso volver por él sentiría perderlo.[10]

Fortuna, que iba detrás, de dos saltos se puso delante, y levantando la cabeza, se quedó mirando a sus amos.

El perro llevaba el libro en la boca con tal delicadeza, que ni siquiera lo había humedecido.

—Muchas gracias, Fortuna,—le dijo don Salvador acariciando la inteligente cabeza del perro.—Este ejemplar lo tengo en gran estima y hubiera sentido mucho el perderle porque es un recuerdo de mi madre. Esta noche cuando cenemos procuraré hacerte alguna fineza para demostrarte mi agradecimiento.[11]

El perro comenzó a dar saltos y a ladrar con gran alegría, no por la golosina ofrecida, sino porque comenzaba a ser útil a sus amos.

A los ocho días Juanito y Fortuna eran los dos mejores amigos del mundo: no se separaban nunca. El perro dormía sobre un pedazo de alfombra a los pies de la cama del niño.[12]

Una mañana don Salvador y Juanito se hallaban en el jardín: el perro les seguía como siempre. Don Salvador tendió horizontalmente el bastón que llevaba en la mano para señalar una planta, y entonces Fortuna dio un salto por encima del bastón con gran agilidad y luego se quedó sobre sus patas traseras, erguido y grave; volvió a tender su bastón don Salvador y volvió a saltar Fortuna, pero entonces se quedó con las manos apoyadas en el suelo y las patas traseras por el aire.

Un día Juanito estornudó con gran fuerza y Fortuna introdujo el hocico en el bolsillo de la americana del abuelo, le sacó el pañuelo y fue a presentárselo a Juanito.

Esto hizo reír mucho al abuelo y al nieto, porque Fortuna iba presentando de día en día nuevas habilidades que le elevaban a la ilustrada categoría de perro sabio; por lo que dedujeron que en sus mocedades habría sido perro de volatinero, y tanto al abuelo como al nieto se les pasaban grandes ganas de saber el origen de aquel amigo que les había deparado su buena suerte.

De seguro que por nada del mundo hubiera Juanito vendido a su perro.

Así las cosas, una tarde del mes de agosto se paseaban por la carretera Juanito, Polonia su nodriza y el perro Fortuna.

Don Salvador se había quedado en casa con el alcalde y el secretario del ayuntamiento, que habían ido a consultarle un asunto grave.

El sol se hallaba próximo a su ocaso, la temperatura era agradable y en el cielo no se veía ni una nube.

De pronto interrumpió el silencio de los campos un lamento triste, prolongado, que al parecer salía de la débil garganta de un niño.

Juanito y Polonia se miraron; el perro Fortuna gruñó sordamente y se acercó a su amo como dispuesto a defenderle.

—¿Has oído, Polonia?—preguntó Juanito.

—Sí; parece un niño o una niña que se queja,—contestó la nodriza.

—Y debe ser muy cerca.

Una muchacha de diez a doce años de edad, flaca, encubierta de harapos, el pelo enmarañado y la tez cobriza, se levantó de la cuneta del camino, lanzando dolorosos lamentos.[G]

Fortuna gruñó de un modo amenazador y se acercó más a su amo, con el pelo del lomo erizado y enseñando sus blancos colmillos.

—Calla, Fortuna, calla,—le dijo Juanito, dándole una palmada en la cabeza y mirando al mismo tiempo a la niña mendiga que lloraba amargamente.

La muchacha siguió avanzando sin intimidarla los gruñidos amenazadores del perro.[13]

—¿Qué tienes, pobrecita?—le preguntó Juanito.

—¡Ah, señorito, qué desgracia tan grande para mí!—exclamó la mendiga con los ojos arrasados en lágrimas.—Mi pobre abuelo se cayó desfallecido de hambre, en el barranco de ese puente, y voy al pueblo a pedir auxilio a la guardia civil o a la primera persona caritativa que encuentre.

—¿Pero no podemos nosotros socorrerle?—contestó Juanito.—Mira, la primera casa del pueblo es la mía y allí yo te aseguro que no le faltará nada a tu abuelito.

—¡Pero si le faltan las fuerzas para tenerse en pie!...—añadió la mendiga.—Hace más de veinticuatro horas que el pobre no ha comido nada.[17]

—Pues bien, vamos a verle,—repuso Juanito,—y si no podemos llevarle nosotros, yo iré en una carrera al pueblo a traer lo que haga falta.

Y como el perro no cesaba de gruñir de un modo hostil a la niña mendiga, Juanito le dijo:

—Esta tarde tu mal humor es insufrible, Fortuna; te he dicho que te calles. La niña, sin dejar sus dolorosos lamentos, se encaminó en dirección al puente.

Juanito, Polonia y Fortuna la siguieron.

A la derecha del camino había una rampa que conducía al cauce del barranco.

Por allí bajaron todos.

El puente tenía tres arcos. En el primero, tendido boca abajo sobre la húmeda arena, se hallaba un hombre pobremente vestido. A su lado se veía un zurrón de sucio y remendado lienzo y un garrote.

A unos quince pasos de distancia, en la orilla del barranco, se alzaban unos espesos y grandes carrizales cuyas hojas, abrasadas por el ardiente sol del verano, tenían un color rojo amarillento.

—Abuelo, vamos, haga Vd. un esfuerzo para levantarse,—dijo la niña mendiga,—pues aquí vienen un señorito y una mujer para ayudarme a conducirle a Vd. al pueblo.

El hombre, exhalando gemidos, se movió pesadamente como si le faltara la fuerza para levantarse, luego apoyó una rodilla, después la otra y por fin las manos, quedándose a gatas y bajando la cabeza como si quisiera ocultar su cara.

Compadecidos ante tanta debilidad, se acercaron Juanito y Polonia para ayudarle a levantarse, y en el mismo momento que se inclinaban hacia la tierra, el hombre de un brinco se puso en pie, cogió por el cuello a Polonia y la derribó brutalmente en el suelo.

Al mismo tiempo la niña mendiga saltaba con la ligereza de una pantera sobre el aterrado Juanito, haciéndole rodar sobre la arena del barranco.

El perro Fortuna se abalanzó furioso sobre la mendiga, haciéndole presa en una pierna y rasgándole en jirones el vestido.

La niña lanzó un grito agudo de rabia y de dolor.

—Maldito perro,—exclamó, cogiendo el garrote que había en el suelo y defendiéndose de Fortuna con un valor increíble a su edad.

Entonces salieron precipitadamente dos hombres de mala facha de uno de los carrizales. Llevaban revólver y cuchillo de monte en el cinto y escopetas de dos cañones en las manos.

—Vamos a ver si te callas, Golondrina; no hay que gritar tanto por un arañazo,—dijo uno de los hombres soltando una brutal carcajada.

—Despachemos antes que pase gente por la carretera,—añadió el otro hombre.

—¿Qué haremos de esta mujer?—preguntó el que tenía sujeta a Polonia.

—Atarle las manos a la espalda, ponerle una mordaza y dejarla para que vaya a contarle a su amo lo que voy a decirle.

—¿Pero dónde estará ese maldito perro?—preguntó la Golondrina.—Apenas os ha visto salir del carrizal ha desaparecido; parece que le dan asco las escopetas; pero yo juro que me las pagará, sí, me las pagará; volveré al pueblo y le daré pan con alfileres o con fósforos para que reviente.[14]

Todo esto lo decía la Golondrina poniéndose puñados de húmeda arena en las heridas que le había hecho Fortuna.

—Oye,—dijo a Polonia el jefe de los secuestradores,—dile a don Salvador que nos llevamos a su nieto, y que si quiere recuperarle, que cumpla al pie de la letra lo que le digo en este papel.[H]

Y el capitán metió brutalmente un papel en el pecho de Polonia, cuyos ojos enrojecidos parecían llorar sangre.

—¡Ah! no, no; yo no quiero ir con Vds.; mi abuelito les dará todo lo que quieran, pero yo no quiero ir,—exclamó Juanito, arrodillándose y juntando las manos ante aquellos miserables.

Polonia cayó también de rodillas como para unir sus súplicas a las del niño; pero todo fue inútil; los corazones de roca no se ablandan jamás ni ante las súplicas, ni ante las lágrimas de sus víctimas.

—Trae los caballos, Cascabel,—dijo el jefe dirigiéndose a uno de los suyos.

Y luego, cogiendo bruscamente por un brazo a Juanito que lloraba, añadió:

—A ver si cierras el pico, canario, y no me aturdas los oídos, porque me disgusta tu música.

Uno de los malhechores sacó del espeso carrizal tres jacas.

El jefe montó en una de ellas, colocando en la delantera a Juanito y rodeándole un brazo por la cintura.

Luego montaron los otros dos, y la Golondrina de un salto se puso en las ancas de una de las caballerías.

Polonia, al verles emprender a galope por el barranco abajo, lanzó un gemido y cayó de espaldas desmayada.

Entonces se agitaron las secas cañas del carrizal de la izquierda y el perro Fortuna asomó la cabeza. Se había refugiado allí rápidamente al ver a los hombres con las escopetas.

Su instinto le había aconsejado aquella retirada, porque sus enemigos eran muchos y ventajosamente armados para vencerlos.[15]

Fortuna permaneció un momento indeciso y moviendo la cabeza con recelo como si temiera alguna emboscada.

Por fin se acercó a donde estaba Polonia desmayada y le lamió las manos y la cara.

Luego levantó de nuevo la cabeza moviendo la negra membrana de su hocico, con esa rapidez nerviosa del perro que ventea un rastro caliente.

De pronto lanzó un aullido apagado, y bajando el hocico hacia el suelo, se lanzó a la carrera por el barranco, siguiendo las huellas de los secuestradores.


CAPÍTULO IV

La tempestad

Cuando Polonia recobró el conocimiento era de noche; quiso gritar, pero la mordaza ahogaba su voz en la garganta y su corazón latía de un modo violento.

Se levantó como pudo; sintió grandes dolores en todo su cuerpo. Comenzó a subir la rampa del barranco con gran fatiga.

Una vez en la carretera, echó a correr hacia el pueblo.

El cielo se había encapotado, el viento producía en las hojas de los árboles ese ruido que imita el eterno movimiento de las olas del mar al estrellarse sobre las rocas de las costas.

Este cambio repentino de tiempo, tan frecuente en el mes de agosto, no fué apercibido por Polonia, que corría y corría siempre, respirando de un modo fatigoso.

Ya cerca del pueblo vió venir gente hacia ella.

Eran don Salvador, el alcalde y el secretario, que, extrañándoles la tardanza de Juanito, iban en su busca.

Al ver a Polonia amordazada y con las manos atadas a la espalda, don Salvador lanzó un grito de espanto, como si lo adivinara todo.

El alcalde y el secretario quitaron la mordaza y las ataduras de las manos de Polonia, que cayendo de rodillas a los pies de su buen amo, sólo pudo decir:

—¡Me han robado a Juanito, señor, me lo han robado!...

Y volvió a desmayarse.

Don Salvador se quedó aterrado, le flaquearon las piernas y se abrazó al cuello del alcalde para no caerse.

Afortunadamente, la pareja de la guardia civil, que salía del pueblo a hacer el servicio nocturno de carretera, llegó a tiempo y pudieron conducir hasta su casa a don Salvador y a Polonia.

Reanimados un poco con los auxilios que les prestaron, la nodriza contó detalladamente todo lo que les había ocurrido desde que oyeron los tristes lamentos de la infame niña mendiga hasta el instante que perdió el sentido.

—¡Ah, si hubieras hecho caso de los gruñidos de Fortuna, que os anunciaban un peligro!—exclamó el anciano, golpeándose la frente.—¿Pero dónde está que no le veo?

—Indudablemente le matarían, porque yo tampoco le vi más desde que salieron aquellos hombres del carrizal.[16]

—En fin, dame, dame esa carta, Polonia; no se ha perdido todo; esto será cuestión de dos, de tres, de cuatro mil duros, de todo lo que poseo si se les antoja pedírmelo. ¿No es verdad, guardias? ¿No es verdad, señor alcalde? Los secuestradores son unos infames, unos criminales; pero generalmente no matan a los secuestrados. Me lo devolverán, sí; me lo devolverán, y yo en cambio les daré lo que me pidan. Don Salvador se ahogaba; tuvo que sentarse, se quitó la corbata y se desabrochó el chaleco; no podía respirar.[I]

Mientras tanto Polonia buscaba en vano la carta que tan brutalmente le había metido en el pecho el secuestrador.

—¡Pero no me das esa carta!—exclamó el anciano.

—Si no la encuentro, señor.

—¡Que no la encuentras!—exclamó el abuelo, pálido como un cadáver y levantándose de la silla como impulsado por una fuerza superior a su voluntad.[18]

—No; no la encuentro,—exclamó Polonia con desesperación;—me la metió uno de ellos en el pecho mientras otro me ataba las manos y me ponía la mordaza; pero como luego caí desmayada en el barranco....

—Entonces se te habrá caído en el barranco y es preciso ir a buscarla.[19]

Y don Salvador se dirigió a la puerta.

El alcalde le detuvo, diciéndole:

—Para buscar la carta bastamos nosotros. Polonia nos acompañará. El tiempo ha cambiado y amenaza tormenta. A ver; Atanasio, coge la linterna; vamos andando.

Don Salvador quiso acompañarlos, pero el médico y el cura, que también habían acudido al saber la desgracia de Juanito, se opusieron firmemente.

—¡Oh, Dios mío, Dios mío!—exclamó el anciano con desesperación;—si no encuentran esa carta, mi pobre Juanito está perdido, porque le matarán viendo que no se les da el dinero que piden. Salieron en busca de la carta Polonia, los dos guardias civiles, el alcalde, el secretario, Cachucha y el jardinero.[20]

El médico y algunos vecinos del pueblo se quedaron acompañando a don Salvador.

Cuando los expedicionarios salieron a la calle, los deslumbró un relámpago que fué seguido de un espantoso trueno:

La lluvia caía con esa violencia propia de las tormentas de verano. Nadie hizo caso. Caminaban en silencio por la carretera, preocupados en aquel triste acontecimiento que afligía a todo el pueblo.

Cuando llegaron al puente, Cachucha que iba delante se detuvo, reconoció el terreno, y dijo:

—Trabajo perdido; el barranco viene lleno de agua; es imposible bajar.

La avenida era grande; las turbias aguas se arrastraban con violencia sobre el pedregoso cauce del barranco, rugiendo de un modo amenazador.

—¡Qué lástima!—añadió un guardia civil;—no sólo hemos perdido la carta sino las huellas de los secuestradores.

—¿Y qué hacemos ahora?—preguntó Cachucha.[21]

—Toma; regresar al pueblo;—contestó el alcalde.

Y sin hablar más, regresaron al pueblo tristes, silenciosos y empapados de agua y lodo hasta los huesos.

El pobre don Salvador se quedó anonadado al saber la avenida del barranco.

Cayó de rodillas, juntó las manos y elevó los ojos llenos de lágrimas al cielo, murmurando con trémula voz:—Señor.... Dios mío.... Padre misericordioso, sin cuya voluntad no se mueve una hoja de los árboles ni un átomo de polvo de la tierra.... Vela por mi hijo, vela por Juanito.

Un profundo silencio se extendió por la habitación, todos rezaban en voz baja, todos le pedían a Dios por el niño secuestrado.[J]


CAPÍTULO V

El que siembra recoge

Transcurrieron dos días. El pobre abuelito estaba inconsolable; cuarenta y ocho horas sin dormir, sin comer, sin ver a su nieto.

El alcalde y la guardia civil habían oficiado a los pueblos inmediatos lo ocurrido, pero nadie tenía noticias de Juanito.

Aquel silencio era espantoso para el pobre anciano.

—Ah, sin duda en la carta—se decía—me fijaban un plazo para entregar el dinero.... Dios mío, ¿qué será de Juanito cuando ese plazo se cumpla?[22]

En el pueblo no se hablaba de otra cosa que del secuestro del niño. Todos hubieran dado la mitad de su sangre por encontrarle.

A fuerza de grandes ruegos consiguieron el cura y el médico que don Salvador tomara algún alimento.

Llegó el tercer día. El pobre abuelito, pálido como un muerto, con los ojos cerrados, se hallaba tendido en un sofá, y a no ser por los estremecimientos nerviosos que agitaban su cuerpo, se le hubiera tomado por un cadáver.

Comenzaba a obscurecer; la tenue luz del crepúsculo penetraba por una ventana iluminando con vaga claridad la habitación.

La puerta se abrió poco a poco y asomó por ella la cabeza de un perro. Era Fortuna, cubierto de lodo.

Se acercó al sofá y se quedó mirando fijamente al anciano. Esta contemplación duró algunos segundos; luego comenzó a lamerle las manos a don Salvador.

El cálido contacto de aquella lengua agradecida despertó al anciano. Al ver a Fortuna lanzó un grito que hubiera sido imposible definir, porque la presencia de aquel perro leal, que él creía muerto, le causaba al mismo tiempo una inmensa alegría y un profundo dolor.

—¡Ah, eres tú, Fortuna!—exclamó sentándose en el sofá.—¿Dónde está Juanito? ¿Dónde está el hijo de mi alma?

El perro ladró tres veces dirigiéndose hacia la puerta, en donde se detuvo para mirar a su amo.

—Sí, sí; te comprendo perfectamente; tú vienes a decirme: sígueme y te conduciré a donde está Juanito.

El perro ladró con más fuerza.

—¡Ah! qué importa que la naturaleza no te haya concedido el don de la palabra; yo te entiendo perfectamente; bendito sea el momento que te refugiaste en mi casa.

Y él mismo, que por instantes parecía recobrar sus perdidas fuerzas, comenzó a dar voces, diciendo:

—¡Polonia, Atanasio, Macario, todo el mundo aquí! Que aparejen mi jaca, que llamen a la guardia civil, al cuadrillero, a todo el que quiera seguirme.

Don Salvador mientras tanto había descolgado una escopeta de dos cañones del armero y se había ceñido una canana llena de cartuchos.

Algunos criados entraron precipitadamente en la habitación de su amo, creyendo que el dolor le había vuelto loco. Al verle con la escopeta, Polonia le dijo sobresaltada:[K]

—¿Pero adónde va Vd., señor?

—A donde está Juanito.... Mira, ahí tienes el amigo leal que va a conducirme a su lado.

—¡Fortuna!—exclamó Polonia, que hasta entonces no había visto al perro.

—Ése, ése sabe donde está mi nieto: sigámosle, pero es preciso hacer las cosas con método. Tú, Atanasio, llama a la guardia civil y al cuadrillero; tú, Polonia, pon en unas alforjas algunos comestibles; tú, Macario, apareja mi jaca, pero de prisa, muy de prisa, pues me mata la impaciencia.

Media hora después todo estaba dispuesto y los expedicionarios reunidos en casa de don Salvador.

El perro no cesaba de ladrar y hacer viajes hacia la puerta, indicando su impaciencia.

—En marcha, Fortuna, en marcha;—exclamó el anciano con firme entonación,—condúceme a donde está Juanito, y que Dios nos ayude.

El perro comenzó a dar saltos de alegría, salió a la calle y tomó a la derecha.

Todos le siguieron, Fortuna iba delante, luego dos guardias civiles a pie, don Salvador, el cuadrillero a caballo, y por último, cuatro criados de la casa.

Todos iban armados de escopetas y resueltos a salvar a Juanito. Tenían una fe ciega en las demostraciones del perro. Nadie dudaba de que aquel noble e inteligente animal les conduciría a donde estaba el niño secuestrado.

La noche era serena, apacible. La luna iluminaba con dulce claridad la tierra.

El perro, que caminaba siempre delante, volviendo de vez en cuando la cabeza para ver si le seguían, llegó al puente, y en vez de bajar al barranco, torció a la izquierda caminando por la orilla del cauce unos quinientos pasos. Allí bajó por una vereda, cruzó el barranco y tomó una senda que conducía al monte.

Todos le siguieron en el mayor silencio. Después de dos horas de trepar por aquel camino de cabras, los expedicionarios llegaron a la cumbre de una elevada montaña.

—Guardias, ¿están Vds. cansados?—les preguntó don Salvador.

—Adelante, adelante; éste es nuestro oficio,—contestó uno de ellos.—Mientras el perro no vacile, le seguiremos.

Se hallaban en una meseta sembrada de espesos chaparrales y copudas encinas. La luna lo iluminaba todo; aquel espesar era interminable; a lo lejos parecía distinguirse grandes grupos de árboles en el fondo de un valle encerrado entre dos altísimas montañas. El perro continuó descendiendo por la parte de la umbría durante media hora, luego torció a la derecha, caminando siempre a media ladera.[L]

Los expedicionarios comenzaban a impacientarse: llevaban cuatro horas de no interrumpida marcha por un camino fatigoso y duro.

Llegaron por fin al valle. Grandes grupos de fresnos y de álamos formaban aquí y allá espesos bosquecillos.

El perro penetró resueltamente en uno de aquellos espesares.

De pronto Fortuna se detuvo. Los expedicionarios vieron a pocos pasos de distancia una casa de pobre apariencia.

La casa sólo se componía de piso bajo.

El perro, con mucho recelo, y arrastrándose por la tierra, llegó a la puerta, la olfateó y luego, volviéndose a los que le seguían, formuló uno de esos gemidos tan peculiares a los animales de su raza para indicar la aproximación de su amo.

Todos oyeron este gemido y los resoplidos que daba Fortuna procurando introducir el hocico entre el dintel y la puerta.

A nadie le quedó la menor duda de que en aquella casa estaba Juanito o por lo menos había estado.[23]