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HOMBRES
Y
GLORIAS DE AMÉRICA

POR

ENRIQUE PIÑEYRO

PARÍS
GARNIER HERMANOS, LIBREROS EDITORES
6, rue des Saints-Pères, 6
1903

PARÍS.—TIP. GARNIER HERMANOS, 5 RUE DES SAINTS PÈRES.

EL CONFLICTO
ENTRE
LA ESCLAVITUD Y LA LIBERTAD
EN LOS ESTADOS UNIDOS
de 1850 á 1861[1]
(Bosquejo histórico)

CAPÍTULO I.
Tentativas de conciliación antes de 1850.

La historia política y constitucional de los Estados Unidos de la América del Norte se desenvuelve durante largo período en dos direcciones principales; puede decirse que se concentra en dos problemas capitales, cuyo planteamiento y progresivo desarrollo va rápidamente despertando el más palpitante interés, hasta llegar á una solución violenta y definitiva en medio de los horrores de una guerra civil, sangrienta y destructora, como se recuerdan muy pocas otras en los anales de la humanidad.

Esas dos cuestiones esenciales son: la extensión del área organizada de la república con objeto de abrir el ancho campo indispensable al portentoso engrandecimiento de su riqueza y población, y la lucha entre los partidos políticos por consentir ó prohibir en los territorios nuevamente anexados, ó en los nuevos estados que sobre ellos pudieran constituirse, la esclavitud de la raza negra, tal como existía desde antes de la independencia de los trece primeros estados, y tal como implícitamente lo reconocía la Constitución soberana é intangible del país.

A medida que han ido desapareciendo los actores que tomaron parte en las luchas reñidas nacidas de esas cuestiones y se han podido escudriñar los móviles verdaderos de sus actos y palabras; á medida que el trascurso del tiempo ha suprimido los obstáculos que cerraban el horizonte é impedían descubrir desde alto punto de vista toda la perspectiva, ha aparecido también, cada vez más indudable, más patente cada vez, la preponderante influencia que la cuestión de la esclavitud de los negros ha ejercido en la historia de los Estados Unidos desde la época en que los intereses agrícolas de las regiones del Sur, arraigados en el trabajo esclavo, se hallaron por la fuerza de las cosas en directa oposición al desarrollo industrial y mercantil de los Estados del Norte, fomentado por el trabajo libre. El lazo federal debió resistir á sacudidas, día por día más violentas, y si le ha sido lícito durar hasta el presente, si conserva la república los rasgos esenciales de su prístina apariencia, si continúa ante ella abierto magnífico y dilatado porvenir de engrandecimiento, fué primero necesario, en medio de terribles borrascas, atar más fuertemente y robustecer las ligaduras, muy á punto en varias ocasiones de romperse para siempre.

En 1820 votó el Congreso federal una ley, conocida en el lenguaje político con el nombre de acuerdo, ó Compromiso, del Missouri, en virtud de la cual quedaba matemáticamente fijado en la línea de los treinta y seis y medio grados de latitud Norte el límite que separaría perpetuamente las dos fracciones del país donde se consentía y donde se rechazaba el régimen de la esclavitud. Encima de esa línea ningún nuevo Estado podía entrar á formar parte de la federación, si su ley orgánica sancionaba la condición servil de una parte de los habitantes; y aunque explícitamente no se proclamase lo contrario al Sur de la misma, el bill, en concepto de todos, así lo daba por establecido: de ahí su nombre de Compromiso ó transacción.

Esa restricción geográfica impuesta á la esclavitud era un reproche grave y directo, aunque tácito, contra la naturaleza de la institución; los Estados del Sur pudieron soportarlo sin sentirse humillados ni agraviados, porque sobraba entonces tierra en todas direcciones por donde extenderse debajo del paralelo fijado, y porque sus jefes políticos estaban todavía muy lejos de poseer la energía y unidad de miras que después consagraron sin reposo á la defensa de sus intereses y á la satisfacción de sus deseos.

El primer choque ruidoso y en campo abierto, pero puramente dogmático todavía, entre ambas secciones contrapuestas, la primera tempestad de truenos y rayos que pasó por el cielo de la república, amenazando atacar la unión y disolverla desparramando sus elementos, ocurrió unos doce años más adelante, y nació inopinadamente de una cuestión de aranceles de aduanas, porque el Sur, como región agrícola y productora de primeras materias, de algodón y de azúcar bruto, de tabaco, de cáñamo y arroz, exigía en nombre de la equidad que los derechos de importación, al ser fijados por las Cámaras en Washington para toda la República, se ajustasen nada más que á las necesidades generales del presupuesto; mientras el Norte, como región principalmente de industria y comercio, solicitaba que por medio de altos derechos se protegiese la creciente prosperidad de sus manufacturas. Un hijo ilustre de la Carolina del Sur, que había ya sido Vicepresidente de la República, John C. Calhoun, alta figura en quien se concentra en la forma más digna de respeto y más completa cuanto hubo de bueno y cuanto hubo también de agresivamente egoísta en la política de esos estados agrícolas y esclavistas, excogitó una extraña teoría, que á su juicio se deducía naturalmente del pacto constitucional, y que otorgaba á cada estado de la Unión la facultad de negar el pase y la obediencia á las leyes promulgadas por la autoridad federal, en el caso de que infiriesen perjuicio ó causasen menoscabo á sus intereses esenciales. Cuando dentro de los muros del Capitolio brotó defendida por un senador del Sur esa siniestra teoría, precursora infalible de guerras y de duelos, fué inmediatamente refutada y demolida por Daniel Webster, senador de Massachusetts, en una oración magnífica, la más hermosa de su larga y brillantísima carrera, que por la importancia de su tema y el inflamado vigor de su argumentación ha sido por diversos críticos puesta en parangón con los más sublimes modelos del arte oratorio en Grecia y Roma[2].

Nadie ignoraba que Calhoun era el padre de la anárquica teoría expuesta por el senador Hayne, y mientras Webster mostraba irrefragablemente que en los flancos de esa doctrina política se escondía la guerra civil con todos sus horrores, muchos fijaron los ojos en Calhoun que, como Vicepresidente de la república, dirigía las sesiones del Senado, aunque sin tomar parte en los debates, conforme dispone la Constitución. Pero al ardor de sus convicciones no podía bastar que otro se encargase de exponerlas y defenderlas. Poco después dimitió la Vicepresidencia, aceptó el cargo de senador del Estado en que nació, la Carolina del Sur, cuyos intereses políticos y morales eran su religión, para sostener por medio de la palabra, con el acento de pasión severa y solemne que daba alguna vida á su austera elocuencia, el derecho, ya antes defendido con la pluma, de anular por medio de las legislaturas de los Estados los acuerdos del Congreso federal. La Carolina llegó hasta á fijar de antemano una fecha para iniciar su rebelión constitucional; pero el primer magistrado de la república, el general Jackson, el más violento y agresivo de los hombres, que alimentaba por la patria federal, por la Unión, amor tan sincero y ardiente como el de Calhoun por su patria local, por su Estado, pidió en el acto al Congreso facultades extraordinarias para extirpar con mano de hierro el nido de traiciones que se agitaba en la Carolina.

Era demasiado temprano para que osara el Sur provocar la guerra civil con la menor probabilidad de mantenerla siquiera un breve espacio. El temple militar de Jackson infundió terror en el corazón aun de los menos tímidos, y fué preciso retroceder para evitar un desastre definitivo. Acudió al socorro el senador de Kentucky, Henry Clay, el gran pacificador, como ya lo llamaban, por la prominente intervención que había tenido en el Compromiso del Missouri, y logró esta vez también, no sin trabajo, zurcir una nueva transacción, disminuyendo gradualmente en plazos fijos los derechos de aduanas, con lo cual se disipó el ominoso nublado, y por un poco de tiempo los ánimos parecieron aquietarse.

En los años inmediatos, terminada la turbulenta administración de Jackson, que fué Presidente durante dos períodos y gozó hasta el fin de inmensa popularidad, bastó á llenar la actividad política de Calhoun y sus amigos la preponderante influencia que á menudo lograron ejercer en Washington. Gracias á ella se consumó la anexión de Tejas y se llevó á cabo la guerra inicua contra Méjico, así como se proyectaron y prepararon otras empresas, todas con el fin único de agrandar el área en que podría extenderse la esclavitud de los negros. Pero esos hombres, acaudillados por el grave y tenaz senador de la Carolina, eran demasiado sagaces para no ver el formidable peligro que por diversos lados amenazaba á la institución "peculiar", piedra angular del grupo de estados cuyo porvenir tan ansiosamente defendían. Vanas resultaban con frecuencia ventajas ganadas á costa de esfuerzos inauditos. La senda por donde marchaban de triunfo en triunfo conducía fatalmente á una barrera insalvable, contra la que habían de estrellarse sus más caras esperanzas.

Después que la marcha misma de los sucesos colocó en abierto antagonismo los Estados del Norte y del Sur, pudo por mucho tiempo la lucha, á pesar del rápido crecimiento en riqueza y población de los primeros y del lento progreso de los segundos, mantenerse sin excesiva desigualdad, merced á los privilegios que la Constitución había asegurado á unos en perjuicio de los otros. Los negros esclavos entraban hasta cierto límite en el cálculo de la población para determinar el número de miembros de la "Casa de Representantes" y del Colegio electoral; el Senado además, que por sus mayores prerrogativas y la mayor duración del mandato era depositario verdadero de los elementos de una política firmemente continuada, se componía siempre de dos senadores por Estado, cualquiera que fuese su tamaño y la cifra de sus habitantes. Por consiguiente la lucha política en la capital federal por la suprema dirección de los intereses generales, podía sostenerse con armas y probabilidades iguales mientras se guardase el equilibrio entre ambos grupos y tuviese cada parte número idéntico de senadores. Ese equilibrio, esa obra maestra de esfuerzo y habilidad, era la trinchera poderosa, inexpugnable, en que se defendía la esclavitud como institución, porque el miedo de tocar el arca sacrosanta de la Constitución y el riesgo colosal de trastornar, inundar de sangre y destruir la nación, daban al Sur aliados en el Norte para conservar intactas sus posiciones, incólumes sus privilegios.

Pero la historia enseña que raras veces un soberano, un grupo de hombres, un partido político, robustamente establecido al cabo de grande esfuerzo y venciendo todos sus adversarios, se ha contentado con la posesión tranquila del terreno conquistado en los primeros períodos, en los días en que por la novedad misma de la situación el triunfo ha sido fácil y la fortuna largo tiempo risueña. La inquietud del porvenir, la soberbia del presente desencadenan la ambición, la transforman en demencia y la precipitan en la ruina, como precipitó á Alejandro Magno, á la oligarquía senatorial de Roma, al imperio efímero del primer Bonaparte. Asimismo corría de jornada en jornada victoriosa á la catástrofe inevitable el partido, que compacto y marcialmente organizado constituía en quince estados de la Unión una verdadera aristocracia, y oprimía en dura servidumbre á más de tres millones de negros, que valían para la influencia política de sus amos como si fuesen dos millones de ciudadanos libres.

No satisfecho ese partido con proclamar que la esclavitud era una institución local, doméstica en cada estado, y que carecía el poder federal de la facultad de coartarla y aun de vituperarla, lo cual en la práctica nadie se aventuraba á contrariar; no contento con explotar y abusar de todos los recursos nacionales en pro de la defensa y sostenimiento de esa institución local, aspiró también á extenderla por los territorios adquiridos después de la guerra con Méjico; pretensión tan impolítica como cruel, tan injusta como inmoral, pues las leyes mejicanas tenían allí previamente abolida la esclavitud. Esto provocó nueva y violenta crisis de la nunca aplacada agitación; gritos y amenazas de desbaratar la Unión resonaron con más furia que antes, y fué preciso que se adelantase al proscenio otra vez el pacificador perpetuo, Henry Clay, ya bien cargado de años y padecimientos, y coordinase y defendiese con su probada destreza un tercer Compromiso, que arrancado por la arrogancia del Sur á la pusilánime incertidumbre del Norte, aplazó diez años solamente lo que Clay y otros muchos con él creyeron para siempre conjurado.

Cuando llegaron á la votación definitiva los artículos del Compromiso, en forma de otras tantas leyes diferentes[3], ya Calhoun había dejado de existir. En Marzo de 1850 tenía el gran campeón del Sur sesenta y ocho años, y se hallaba terriblemente depauperado por la dolencia pulmonar que de mucho atrás lo consumía; pero ansioso de tomar parte en el debate, como si adivinara lo brevísimo del plazo, de sólo cuatro semanas, que le otorgaba la enfermedad, pues debía morir el 31 del mismo mes,—y no teniendo fuerzas para alzar la voz y mantenerse de pie,—confió al senador de Virginia, Mason, el encargo de leer al Senado el discurso que había cuidadosamente escrito. Inmóvil en su asiento mientras Mason leía, parecía agravar y atestar con su rostro demacrado de anacoreta y los ojos lustrosos de fiebre las fúnebres predicciones que lanzaba en su arenga sobre el derrumbamiento y fin de la Unión, cuando, destruido el equilibrio de las dos secciones, juzgase el Sur en peligro sus derechos. También asistió tres días después á la memorable sesión de 7 de Marzo en que pronunció Daniel Webster un gran discurso sobre el mismo asunto, y en la que ambos viejos atletas, poco antes adversarios irreconciliables, se dirigieron mutuas expresiones de simpatía.

Ese discurso de Webster, pronunciado el 7 de Marzo de 1850 y titulado por él al imprimirlo: "La Constitución y la Unión", es famosísimo, inferior entre los suyos sólo á la réplica contra Hayne, aunque la iguala en dos ó tres momentos. Su efecto fué decisivo en favor del plan propuesto por Clay; sin el prestigio del hombre y el vigor de su elocuencia no hubiera seguramente logrado tanta mayoría entre los representantes del Norte. Pero en ese esfuerzo aventuró y sacrificó el orador la mejor parte de su reputación, el glorioso esplendor de su pasado, cuanto hasta aquel día lo había hecho ilustre y adorado de sus conciudadanos. Son y serán siempre muchos los que piensen que, al renegar el gran tribuno de todo lo que hasta ese momento había simbolizado en la política de su patria, pagaba á precio excesivamente caro la defensa de un acuerdo, que en realidad á nadie satisfacía. Su reputación sufrió los más rudos ataques, muchos de sus antiguos admiradores le volvieron la espalda, y el astro fulgente quedó envuelto en sombras negras y densas, que no se disiparon más, que eclipsaron su gloria durante los dos años de vida que le quedaban, y eternamente cubrirán ese período final de su existencia.

Cinco años antes de su fallecimiento, en Mayo de 1852, hizo Webster á un amigo esta declaración:—"He consagrado mi vida al derecho y á la política; el derecho es incierto y la política totalmente vana",—amargas palabras, que recuerdan otras pronunciadas por Simón Bolívar, también ya cerca del fin de sus días:—"La América es el caos, el que la ha servido ha arado en el mar." Son formas conmovedoras de un mismo sentimiento, gritos de dolor al término de vastas esperanzas defraudadas, de excelsas ambiciones cruelmente desairadas por la realidad de las circunstancias. Las profirieron en ocasiones algo parecidas dos seres extraordinarios, almas de orden excepcional, en quienes el equilibrio de las grandes facultades morales é intelectuales nunca por desgracia llegó á ser estable ni perfecto.

La confesión de Webster, tan llena de desaliento, precedió al último y más punzante desengaño de su vida pública. Había constantemente acariciado la ilusión de llegar á la presidencia de la república, y de sobra justificaban sus méritos y servicios esa que, en hombre como él, de tan grandes dotes personales, era modesta pretensión. Nunca había logrado ni siquiera ser designado como candidato oficial de su partido; pero después del discurso del 7 de Marzo que, á su juicio y á juicio de muchos, desenlazaba una situación inextricable, era natural que obtuviese el anhelado premio. Ese anhelo había sido para los que osaban llamarlo apóstata la sola explicación de su conducta. Desde el primer minuto apareció en la Convención como el más débil de los candidatos y sus amigos en pequeñísima minoría. Singular ingratitud, que si no le abrevió la vida, deprimió su trabajado organismo y preparó el terreno para la enfermedad mortal.

Henry Clay murió en Junio de ese mismo año de 1852. Durante las últimas discusiones del Compromiso, raras veces, y á muy largos intervalos, le permitieron sus males concurrir á las sesiones del Senado: ya entonces tampoco Webster asistía, porque había aceptado el puesto principal en el gabinete del presidente Fillmore. De modo que los tres aguerridos veteranos, Calhoun, Webster y Clay, salieron de la escena parlamentaria á un tiempo mismo, por así decirlo, dejando el campo libre á otros más jóvenes, menos fatigados combatientes.

En esos debates sobre el Compromiso de 1850 nunca hubo dos votaciones enteramente iguales; tratábase en efecto de realizar la conciliación de opiniones discordantes y tendencias francamente contrarias: era imposible disciplinar y conducir siempre unida la abigarrada falange que el caso requería. La admisión de California era una concesión al Norte, la ley sobre la persecución de esclavos huídos una satisfacción al Sur, y el aplazamiento de la dificultad en los nuevos territorios mejicanos el modo de acallar las exigencias de ambas secciones sin favorecer á ninguna. La supresión del tráfico, es decir, compra y venta, de esclavos en la ciudad de Washington agradaba á los abolicionistas, y el cebo de diez millones de pesos regalados á Tejas, que de todo fué lo que primero se votó y aprobó, aseguraba la adhesión de los tenedores de títulos de la deuda de ese Estado, los que, según fama pública, eran numerosos entre los miembros del Congreso y altos empleados de la capital[4].

El punto esencial del acuerdo fué la entrada de California como estado de la Unión; con ella quedaba la república compuesta de diez y seis Estados libres y quince con esclavos, desapareciendo por tanto el equilibrio trabajosamente mantenido hasta esa fecha entre las dos secciones. Hubo en el Senado treinta y cuatro votos en favor y diez y ocho en contra; de esta minoría se desprendió un grupo de diez, más intransigentes que sus compañeros, pues no contentos con emitir el voto, presentaron una protesta, que el Senado rehusó incluir en el acta, afirmando solemnemente su resuelta oposición á una ley, «cuyas consecuencias podían ser perdurables y fatales para las generaciones presentes y futuras».

Resalta entre esos Senadores recalcitrantes el nombre de Jefferson Davis, antiguo oficial, que iba á ser el ministro de la guerra de Pierce durante toda su presidencia, y que acreciendo año tras año su prestigio é influencia como el más hábil y tenaz de los jefes esclavistas, llegaría en 1861 á ocupar y desempeñar con tan enérgico cuanto infortunado patriotismo la dirección de la Confederación rebelde, y sobreviviría largo tiempo, sin doblar la frente ni desarrugar el ceño, á la ruina completa de su causa. Junto con él firmaron la protesta Butler y Barnwell, senadores ambos por la Carolina del Sur, el estado indómito en que se cultivaban y conservaban como en ardiente invernáculo las doctrinas que florecerían y fructificarían entre los horrores de la guerra civil; firmaron también los dos miembros de Virginia, Hunter, que llevó la palabra como principal responsable del documento, y su colega Mason, confidente de Calhoun, que por breve espacio haría mucho ruido al comienzo de la rebelión, porque apresado en alta mar á bordo de un buque inglés por un imprudente oficial de marina, estuvo á punto de producir indirectamente lo único por ventura capaz de haber salvado la causa confederada, la guerra entre la Gran Bretaña y los Estados Unidos. De los otros firmantes, senadores de Florida, Tennessee, Missouri, basta ahora mencionar á Soulé, de Luisiana, del que volveré á hablar, francés naturalizado, que brilló como orador aun enfrente de Webster y de Clay, á quienes sin miedo provocaba, fogoso diplomático, que hizo cuanto pudo por quitar á España la isla de Cuba, promoviendo hasta una guerra europea, si era necesario.

La voz de los diez irreconciliables se perdió sofocada en el tumulto de las votaciones; era no obstante bien claro indicio de lo inútil y estéril que al cabo resultaría la obra pacífica á que se consagraban los demás. Pero su agrio é importuno acento disonó en medio de la alegría natural de sentirse todos libres de la peligrosa y larga agitación que había precedido.

CAPÍTULO II.
El sucesor de Webster en el Senado.—Ley sobre los esclavos huídos.—Cuestión de Kansas.—Discurso de Sumner y sus consecuencias.

Un nuevo Congreso se reunió en Diciembre de 1851. La situación respectiva de los partidos continuó igual, dominando siempre en ambos cuerpos legisladores las ideas que inspiraron el Compromiso del año anterior. Pero en el Senado pudo notarse un síntoma ligero, cambio pequeño en la apariencia, de carácter muy importante en realidad. Hasta entonces sólo había penetrado allí un senador abolicionista, Hale, de New Hampshire, que tal vez no merecía el calificativo en el sentido sectario de la palabra, pero sin duda acérrimo adversario de la esclavitud. Su elección había sido anunciada por el gran poeta cuáquero Whittier con estas palabras: "que esa primera oleada de la futura inundación del Norte, al romper contra los muros del Capitolio, lleve allí por primera vez un senador antiesclavista". Enteramente solo desde 1847, poderosamente auxiliado dos años después por Chase, senador independiente que no reconocía trabas de partido en cuestiones de libertad humana, formaban ambos núcleo diminuto, al que se incorporaba ahora un hombre nuevo, Charles Sumner, de Massachusetts. Por dos razones era notable la entrada de este senador: porque acudía á ocupar precisamente el puesto donde por tantos años se había sentado Webster, quien vivía aun en ese instante y era principal ministro del Presidente de la República; y porque su reputación en Massachusetts comenzó por la enérgica reprobación con que había atacado las doctrinas á que se convirtió Webster al fin de su carrera, el Compromiso y la ley contra los esclavos. Formidable, inesperado combatiente, que bajaba al campo vestido de armas de otro temple y otra fuerza que las usadas hasta esa fecha, proclamando en la lucha contra la extensión y predominio de la esclavitud principios severos de moral, ideas de justicia absoluta, prescripciones de conciencia que no consentían ningún género de acomodamiento.

No sería, empero, exacto deducir de la elección de Sumner la prueba de que, en el importante estado que venía á representar, desaprobase una mayoría la conducta de Webster y rechazase el Compromiso de 1850. Todo lo contrario; Massachusetts, lo mismo que el resto de la República, aceptaba sin disgusto el arreglo, complaciéndole la idea de poner realmente término á las pertinaces desavenencias entre las dos secciones del país, de aguardar, evitada la necesidad de remedios violentos, que el curso del tiempo elaborase insensiblemente un cambio de circunstancias, y favoreciese al cabo la lenta extinción del antieconómico y ruinoso sistema de trabajo, que difícilmente se mantenía en los Estados del Sur. Sumner había ganado el puesto en virtud de una coalición accidental de grupos; debió, sin duda, la preferencia á sus conocidas opiniones sobre la esclavitud, y entraba en el Senado libre de toda traba que sujetara su marcha, sin más límite impuesto á sus palabras que el que su conciencia y respeto á la Constitución juntamente le dictasen; pero la masa del país, allí y en todas partes, sin prestar oídos demasiado atentos á la agitación, al llamamiento á nueva cruzada, que partía del púlpito de ciertas sectas religiosas avanzadas y del seno de las sociedades abolicionistas, esperaba después de todo un largo período de paz y tranquilidad.

Mas el Compromiso llevaba dentro de sí, por su propia esencia, gérmenes peligrosos que no tardarían en crecer y propagarse.

La aristocracia del Sur, envalentonada por el triunfo, por la inercia posterior de sus adversarios, por los aliados que de diversos lados se le ofrecían en el Norte, y más que todo por su propia intemperancia, había de precipitar los sucesos, abusar de la victoria, ahondar ella misma el abismo en que todo se despeñaría. En el Norte mientras tanto la aplicación de la nueva ley sobre los esclavos huídos, que era la parte del acuerdo que más íntimamente halagaba á los dueños,—porque satisfacía á un tiempo mismo su vanidad, sus intereses y el firme convencimiento de la justicia de su causa,—producía conflictos, desórdenes, motines sangrientos más de una vez, y era viva y constante recordación de los rasgos más duros, más crueles y odiosos del sistema.

La ley era verdaderamente terrible, y del inicuo axioma jurídico que hacía cosas, no personas, los esclavos, jamás se han deducido con tesón tan implacable sus últimas y más aflictivas consecuencias. Suprimía todas las garantías del venerando derecho inglés, el jurado y el habeas corpus; prohibía que se admitiese como prueba la declaración del perseguido; todos los ciudadanos estaban obligados bajo diversas penas á auxiliar los agentes de justicia en busca de esclavos prófugos; y para fallar no se requería más prueba que la declaración, oral ó simplemente certificada en copia, de dos testigos acerca de las señas generales del individuo que se buscaba; el procedimiento debía ser sumario, ejecutivo, sin recursos dilatorios de ninguna especie; y por este sentido otras disposiciones de idéntico jaez. ¡Calcúlese el terror que produciría edicto semejante entre los treinta mil negros[5] que vivían refugiados desde muchos años atrás en las ciudades del Norte, arraigados, con familia, y expuestos de súbito á verse perseguidos, rastreados como bestias salvajes por jaurías de feroces sabuesos, y devueltos entre cadenas á sus antiguos y enconados amos! ¡Imagínese también la cólera, la indignación que tal espectáculo despertaría entre los ciudadanos blancos, entre hombres y mujeres de la Nueva Inglaterra, habituados á tratar con mansedumbre hasta á los animales, y forzados á reconocer, á ser testigos de que bajo la constitución republicana de la nación considerada como la más libre del mundo se ordenaban, autorizaban y ejecutaban escenas de tanta barbaridad!

Crecieron y se multiplicaron al calor de esos sentimientos las sociedades abolicionistas, y la corriente de simpatía en favor de los negros esclavos aumentaba á ojos vistas en fuerza y en volumen, formando y educando así la opinión pública contra la institución; y bien se vió al sonar la hora crítica del combate, cuando se levantó robusta, compacta y resuelta á todos los sacrificios. Hubiera sido habilidad política por parte del Sur no exigir demasiado en esa cuestión, no abusar de los derechos que el Compromiso le reconocía, mas era inútil esperarlo de su excitable y excitado temperamento. El día en que pronunció Sumner su primer discurso importante en el Senado, atacó vehementemente la ley, haciendo resaltar sus aspectos más repugnantes; sus palabras, llenas del más sincero fervor, fueron juzgadas de trascendencia tal por Chase y Hale, que declararon ambos á una que señalaban el comienzo de una era nueva en la historia americana. Pero los representantes del Sur se hallaban tan lejos de comprender la gravedad de ese género de ataque, que apenas hubo terminado el orador se levantó un senador del estado de Alabama y dijo que esperaba que ninguno de sus amigos respondería al discurso "que el senador de Massachusetts había creído conveniente infligir sobre el Senado", y agregó, en tono que llegó por desgracia á ser bastante frecuente durante algún tiempo en aquel cuerpo respetable: "el frenesí de un demente puede á veces ser peligroso, pero los ladridos de un gozque nunca han hecho daño á nadie".[6] Y cuenta que la oración de Sumner, á pesar de su acento de apóstol exaltado, no se aparta en realidad del terreno político, y se reduce á pedir el empleo de todos los medios legales para mantener la esclavitud estrictamente dentro de los límites de la sección del país donde existía é imperaba, sin consentir ni extenderla, ni otorgarle, fuera de su recinto, ninguna nueva garantía, ningún otro privilegio.

Pero, como ya hemos dicho, continuaban en el Norte muy grandes y generales el ansia de paz y tranquilidad, el franco deseo de evitar desavenencias enojosas; el peligro mayor para el porvenir de la esclavitud y poder político de sus defensores no residía por tanto, ni en la hostilidad de una docena de senadores, ni en la propaganda religiosa, ni en los esfuerzos de las sociedades abolicionistas, por laudables y hábiles y enérgicos que fuesen. Eso muy bien lo sabían y sentían los jefes y aliados del partido esclavista, y ya lo revelan las posiciones de ataque, no de defensa, que en el acto ocuparon.

Apenas instalado Presidente de la república, el 4 de Marzo de 1853, un hombre relativamente oscuro, sin antecedentes políticos, Franklin Pierce, en quien confiaban hasta el punto de esperar su ayuda en las empresas que secretamente maquinaban, juzgaron oportuna la ocasión para restaurar y afirmar el incierto equilibrio entre las dos secciones, creando nuevos estados, donde la esclavitud pudiera ser establecida. La magna y riesgosa campaña, que en sustancia equivalía á echar abajo todo lo tan difícilmente ajustado en 1850, requería como general en jefe un personaje político del Norte, cuyo nombre é influencia cimentasen la alianza y adormeciesen la suspicacia de los tibios y los tímidos. Aceptó este papel Stephen Douglas, senador de Illinois, "el pequeño gigante", como le llamaban por su corta estatura y su proverbial habilidad en luchas é intrigas de partido, á quien espoleaban la inquieta actividad de un espíritu devorado por la ambición y la esperanza de ascender á la cumbre y asir la presidencia de la República. Consistía su plan en organizar dos nuevos territorios, Kansas y Nebraska, en las vastas y fértiles llanuras que se extendían al oeste del Missouri, entre ese río caudaloso y la gran cordillera de las montañas Rocosas, terreno admirablemente situado en el centro mismo del continente, crucero forzoso de las rutas por donde habían de pasar exploradores, emigrantes y colonos, en busca de las minas de oro de California y de las riberas del Pacífico, linde occidental de la república.

Insuperable obstáculo se presentaba, sin embargo, para que al llegar á constituirse esos territorios como Estados de la federación tuviesen la facultad de autorizar en su suelo el trabajo esclavo; hallábanse más arriba de la línea famosa de los 36°30' de latitud Norte, y un pacto solemnemente acordado y publicado por la generación anterior, sacrosanto y venerable casi como el mismo paladión constitucional, el constantemente invocado Compromiso del Missouri, había trazado para siempre ese límite, más allá del cual era vedado ir á la esclavitud. Calhoun, Calhoun mismo, á quien nunca arredraron las consecuencias de sus doctrinas, hubiera temblado quizás antes de atravesar ese Rubicón por mil motivos peligroso. Douglas no tuvo miedo, ni siquiera titubeó al tirar la suerte, y á su voz respondieron el Senado y la Cámara proclamando que la antigua y salvadora restricción geográfica sería de entonces en adelante nula y de ningún valor. Eso era, para usar un símil de Sumner calificando con su acostumbrado vigor la acción del Senado, sembrar los dientes del dragón por toda la extensión del país; y si no brotaban inmediatamente, como en la fábula antigua, hombres armados, ya fructificarían después entre el odio y la guerra civil[7].

El nuevo bill trastornaba completamente la política en los Estados Unidos; todos los sacrificios consumados, humillaciones del Norte, retiradas del Sur, acuerdos, transacciones, todo se borró, y apareció en completa desnudez la realidad de los intereses desencadenados. La división entre ambas secciones se ahondó tanto que no era ya posible ninguna transacción, que no podrían ya extenderse más la mano de un borde al otro del abismo que los separaba.

Por fortuna, poseía el sentimiento unionista en el Norte tan viva conciencia de su fuerza y su derecho, que ni entonces ni nunca provocó el rompimiento final, amenaza constante del partido adverso; y en ese año de 1854 soportó que fuese derogado el acuerdo del Missouri, y continuó la lucha en el terreno legal, bajo las condiciones mismas en que se la ofrecían. Kansas y Nebraska eran un desierto: había primero que poblarlo y colonizarlo, después sus habitantes decidirían, cuando se hallasen en capacidad de solicitar ingreso entre los estados de la Unión, la especie particular de constitución que habría de regir, autorizando ó prohibiendo la esclavitud. Si la contienda legal hubiera podido sostenerse con toda lealtad, el éxito en favor de la libertad no hubiese sido dudoso. Los emigrantes nunca iban al Sur á entrar en competencia con el trabajo servil, y como los Estados de Nueva Inglaterra aprestaron recursos abundantes para facilitar el establecimiento de colonos en los llanos de Kansas, no tardó en haber allí blancos suficientes para organizar municipios, reunirse y votar una constitución contraria á la esclavitud. Pero á tanto no podía resignarse el partido omnipotente en Washington; convencido de que para reforzar su vacilante situación le era indispensable aumentar de todos modos el número de defensores resueltos de la esclavitud, hizo concertar bajo sus auspicios entre el vecino estado de Missouri y el territorio de Kansas un movimiento de ida y venida, de entrada y salida, para acumular votantes cada vez que fuese necesario y anular uno tras otro todo acuerdo opuesto á sus deseos. Nació de ahí una situación nublada y revuelta, un estado perenne de confusión, de disputas y hasta de guerra, de verdadera guerra civil, con muertos, heridos, asaltos y batallas. Primer ensayo en teatro reducido de escenas trágicas, que más adelante habían de representarse en proporciones infinitamente mayores; desorden local, en un rincón lejano del país, que deshonraba la república á los ojos del mundo, pues nadie lograba descubrir la verdad ni fijar de qué lado estaban la razón y la justicia en medio de la enorme masa de detalles contradictorios que insertaban los periódicos, que autorizaban las mismas comisiones oficiales. Era en efecto demasiado evidente que el partido cuyas ideas dominaban en el Capitolio y en la Casa Blanca seguía tenazmente en Kansas la realización de un programa bien definido, y apenas disfrazaba su ardiente empeño de cubrir y defender los atentados que diariamente se cometían.

La mayoría del Senado, tan fiel como numerosa y compacta, mantenía firme la alianza entre Douglas y los adalides del Sur. Butler, de la Carolina, y Mason, de Virginia, sucesores ambos de Calhoun al frente de los sostenedores de la esclavitud, experimentaban la satisfacción de ver acatadas y obedecidas las doctrinas que predicó durante su vida el gran político, cuya memoria invocaban reverentemente, á quien siempre recordaban como "jefe, señor y maestro". Pero el alma, el espíritu activo del Senado en todas esas discusiones á propósito de Kansas, tan graves y tan reñidas, fué Douglas, que inició la cuestión, la dirigió, la hizo crecer hasta convertirla en la más vasta y trascendental de cuantas agitaban el país; á él todo principalmente se debía y en esa época parecía á la verdad el activo, robusto, pequeño de estatura senador, uno de esos enanos malignos de la leyenda, como ha dicho Von Holst, que por la fuerza de sus músculos y la sutileza de sus combinaciones logran sobreponerse á guerreros formidables[8].

Sin tropas, sin máquinas de guerra, sin campo siquiera de donde lanzar las embestidas, no era posible á la minoría reducida del Senado ir contra esa posición inexpugnable con la menor probabilidad de arrollarla. Pero Sumner, en quien no sólo como intrépido y vigilante tribuno, sino como jurisconsulto tan experto cuanto tenaz, fundaban grandes esperanzas los adversarios de la esclavitud, no se resignaba á la inacción, y resolvió ver, con un nuevo discurso, larga y cuidadosamente preparado, si levantando el grito con redoblado vigor, hacía penetrar el eco vibrante de su invectiva en los oídos de todos los libres ciudadanos del Norte de la república, y denunciar así en términos de la más ruda franqueza, sin escrúpulos de forma ni respetos de nimia cortesía, lo que pasaba en Kansas, y lo que para esconderlo y patrocinarlo se urdía en el Senado. Si con argumentos ó con preces nada podía conseguirse, algo quizás se obtendría presentando al país un cuadro magistral de la situación, haciendo destacar sobre el fondo oscuro de la sala de sesiones é iluminando con rojizo resplandor las figuras de los jefes audaces, que tramaban la ruina de la república, que por lo menos querían abiertamente aumentar la influencia y poder de los dueños de esclavos en los consejos nacionales con menoscabo de la libertad.

El discurso fué pronunciado el 19 y 20 de Mayo de 1856, y ocupó más de seis horas entre las dos sesiones. Es una arenga muy trabajada, repleta de erudición literaria, y á pesar del tono excesivamente declamatorio surge en ella sincera y ardorosa la pasión del orador, inspirándole pasajes de brillante elocuencia.[9] Como obra de arte es muy desigual, de gusto poco severo, con tal exuberancia de citas de autores antiguos y modernos, de alusiones históricas y mitológicas, que á ocasiones aparece privado de movimiento y de vigor. No es creíble que, pronunciado ante el Senado, obtuviese la mitad siquiera del efecto que produjo sobre los que después lo leyeron, porque, como todos los escritos de Sumner, deja ver la larga preparación, y carece de ese colorido sobrio y enérgico, que por lo general conserva la prosa de los graneles oradores, aun en los trozos más meditados, mejor aprendidos de memoria. La impresión del auditorio debió ser extraña, confusa, contradictoria, á despecho de la afectación de simetría y precisión de método con que va dividiendo y tratando la materia, sin cuidado de incurrir en repeticiones y monotonía. Este inconveniente quizás fué poco sensible, después de todo, para los lectores poco exigentes á que estaba dedicado, y es positivo que como esfuerzo de convicción y propaganda gana el discurso en claridad y unidad de efecto tanto como puede perder bajo diferente concepto.

En varios lugares presenta el croquis de las líneas principales del plan trazado; de las tres partes en que distribuye la materia y que enumera, subdivide dos en cuatro capítulos, cuyos títulos reiteradamente anuncia, comunicando á su trabajo algo de rigidez mecánica, de innecesariamente riguroso y afectado. Agotada la narración, estudiado lo que llama «el crimen contra Kansas» en sus orígenes y su carácter, descrita con infatigable energía la situación del territorio en ese instante histórico, procede á analizar «con mezcla de vergüenza é indignación» las defensas del crimen invocadas por los culpables, «cuatro en número—dice—y de cuádruple naturaleza... La tiranía, la imbecilidad, el absurdo y la infamia se unen para bailar, como las brujas hermanas, en torno de este crimen». Los remedios propuestos son también cuatro, y se le presentan, aludiendo probablemente á una escena del Mercader de Venecia, igual que antes á las brujas del Macbeth, como otras tantas cajas cerradas, «y al Senado toca determinar con su voto cuál debe ser abierta y descubrir su contenido».

El orador recomienda el cuarto remedio, que en suma se reduce á admitir en el acto á Kansas entre los estados de la Unión con prohibición absoluta de consentir la esclavitud; mas demasiado conocía él lo impracticable de esa solución, que contrariaba les inmutables deseos de la mayoría y tenía, del modo como se presentaba entonces, vicios de forma, irregularidades esenciales, suficientes para hacerla fracasar ante jueces aun menos prevenidos, aun totalmente desinteresados.

Pero cambian de aspecto y naturaleza estas circunstancias, si se recuerda que desde su silla curul el orador pretendía dirigirse al país y era parte de su plan revestir sus violentas afirmaciones de un gran aparato de saber político, de erudición literaria é histórica. La parte personal y de invectiva adquiría así mayor relieve, y no era un inconveniente que quitase fuerza y valor á la argumentación. El entusiasmo y la exaltación podían y debían á su juicio tomar parte en una cuestión en que el sentimiento y la moral universal la tenían tan grande y decisiva. Mirado de este modo, el discurso es extraordinario, y en lo que dice sobre los senadores adversos, sobre Butler y Douglas y Mason, abundan expresiones felices y pasajes muy animados. Hay, como en lo demás, lujo exagerado, ostentación de riquezas, mal gusto; en un solo y mismo párrafo, por ejemplo, compara á Douglas con tres personajes diferentes, con Danton, con un general inglés de la guerra de la independencia y con el que quemó el templo de Diana en Efeso, lo cual es llevar lejos la incoherencia.

La gran novela de Cervantes, acaso tan popular y tan leída en países de lengua inglesa como en los de lengua castellana, le inspira la mejor, más cáustica y brillante de sus comparaciones. Si se tiene presente que el senador Butler era un personaje alto, delgado, orgulloso, aunque de maneras reposadas y corteses, y que Douglas, por el contrario, era pequeño de estatura, de cara redonda, facciones toscas y anchas espaldas, se comprenderá bien el efecto de risa que empezaría causando al decir que esos dos senadores, aunque con muy diferente objeto al de Don Quijote y Sancho Panza, habían salido al campo, á la manera de esta pareja inmortal, en busca de una misma aventura. Pero como el objeto del ataque no era hacer reír, truécase inmediatamente el chiste en denuesto feroz, y añade: «El senador de la Carolina del Sur ha leído muchos libros de caballería, y se cree él mismo andante caballero con sentimientos de honor y valentía. Ha escogido naturalmente una dama á quien consagrar sus pensamientos, la cual aunque fea para los demás, es siempre encantadora para él; aunque indigna á los ojos del mundo, es casta á los suyos; me refiero á esa ramera, que se llama la Esclavitud. En favor de ella brotan profusamente las palabras de sus labios. Que acuse alguno su conducta, ó proponga limitarla en el ejercicio de su lascivia, y no habrá extravagancia de maneras ni violencia de expresiones que parezca demasiado grande á ese senador» ... Luego dice: «Si el senador de la Carolina es el Don Quijote, el senador de Illinois es el escudero de la Esclavitud, su verdadero Sancho Panza, pronto á desempeñar la parte humillante de la tarea». Estas frases repercutieron como imperdonable afrenta por todo el Sur de la república; pero las que más dolieron, las que cayeron como bombas explosivas en medio de aquellos exasperados combatientes y provocaron la terrible represalia, fueron otras, como éstas: «Los habitantes de Kansas excitan muy particularmente la sensibilidad del senador. Representa, como nos lo advierte, "un Estado", y se aparta con supremo disgusto de esa nueva comunidad, que no se digna reconocer ni aun como "cuerpo político"». «¿Por qué ese exclusivismo? ¿Ha leído la historia del Estado á quien representa?... La Carolina es antigua, Kansas es joven. La una cuenta su vida por siglos, la otra por años. Pero un buen ejemplo puede nacer en un día, y me atrevo á decir que enfrente de los dos siglos del viejo Estado pueden ponerse los dos años de prueba y de virtudes de la comunidad más joven. En el uno se oye el largo lamento de la esclavitud, en la otra el himno de la libertad... Si la historia entera de la Carolina se borrase desde el momento de su creación hasta el día de la elección última del senador, no diré cuán poco habría perdido la civilización, pero seguramente menos de lo que ya ha ganado con el ejemplo de Kansas en su animosa lucha contra la opresión». Y aludiendo á unos versos del Hamlet, al apóstrofe indignado de Laertes contra el clérigo oficiante en el entierro de Ofelia, que la mayor parte de sus oyentes sabía sin duda de memoria, concluye el párrafo así: «Kansas admitida á título de Estado libre sería en la República como un "ángel del Señor", mientras Carolina, asida á su manto de tinieblas, yacería bramando en los abismos».

La sala y tribunas del Senado estuvieron completamente llenas durante las dos sesiones que ocupó el discurso, y á pesar de la probable hostilidad de casi toda la concurrencia y del no fingido desdén de algunos senadores, fué escuchado con profunda atención, sin haber sido el orador llamado una sola vez al orden, ni por el presidente de la asamblea ni por sus colegas.

Apenas hubo terminado, se levantaron á replicar Douglas y Mason; considerábanse personalmente agraviados y devolvieron insultos mucho mayores; pero no hay nada que recordar de sus airadas contestaciones, improvisaciones dictadas por la cólera, y como era natural, no lograron mantenerse, tan estrictamente como lo había hecho el agresor, dentro de las fronteras del lenguaje parlamentario. Butler no asistía al Senado en esos días, hallábase muy lejos, en su "pequeña hacienda" de la Carolina, como dijo después.

Instantáneamente se vió que el efecto del discurso, en contra lo mismo que en pro, sería tan grande como podía su autor desearlo. En la atmósfera opresiva de aquella época, nube tan cargada de electricidad contraria no había de pasar sin desencadenar la tempestad, y como Washington, capital federal, era por sus costumbres, sus esclavos y sus condiciones topográficas una ciudad del Sur, numerosos amigos advirtieron á Sumner que debía por prudencia precaverse atentamente. Pero moderado y pacífico en sus relaciones privadas tenía en cuestiones públicas el valor de sus opiniones, y convencido de la rectitud desinteresada de su conducta, despreció el aviso.

En la tarde del 22 de Mayo, dos días después del discurso, habiendo el Senado suspendido su sesión más temprano que de costumbre, se había quedado Sumner en la sala sentado en su puesto y despachando su correspondencia, cuando se le acercó un individuo para él desconocido, murmuró unas palabras sobre injurias inferidas al estado de la Carolina y á su senador, y sin aguardar respuesta le asestó en la cabeza descubierta golpe tal con un grueso bastón de gutapercha, que casi lo privó de sentido. Pugnando por levantarse, arrancó Sumner en sus esfuerzos la mesa clavada contra el suelo que le impedía moverse y defenderse, mientras menudeaban los golpes sobre el cráneo y sobre la cara, fuertemente aplicados por un hombre joven y diestro. Al fin cayó contra el pavimento, exhausto, desmayado y cubierto de sangre[10].

Fué protagonista de esa escena sangrienta un pariente del senador Butler, miembro de la Cámara de Representantes, llamado Preston Brooks. En la altanera relación del suceso, que cerca de dos meses después hizo él mismo ante el Congreso cuando se discutía su expulsión, confesó haber premeditado minuciosamente su acometida, como castigo de insultos inferidos "á su Estado y á su sangre". Dijo, además, que su primera idea había sido armarse de un látigo solamente, pero como Sumner era hombre de elevada estatura y por consiguiente de mayor fuerza muscular, temió que si había lucha cuerpo á cuerpo llegase á arrancarle el látigo de la mano, y entonces, añadió significativamente, "como yo nunca dejo de llevar á término lo que emprendo, me habría visto forzado á hacer algo que hubiera tenido que deplorar durante todo el resto de mi vida". De ahí la forma y carácter de su atentado[11].

El tribunal común le impuso una simple multa, y en la Cámara no llegó á reunirse la mayoría de dos tercios necesaria para la expulsión; presentó él entonces espontáneamente su dimisión con objeto de ofrecer á sus comitentes de la Carolina del Sur ocasión de aprobarlo ó censurarlo. Fué reelegido por la casi unanimidad de los votantes. Un grito de satisfacción resonó de un extremo al otro de los estados esclavistas, y al cabo de tanto tiempo repugna todavía hoy leer en los periódicos de la época la expresión de esos aplausos tan imprudentes[12], á que respondían de la otra parte los más furiosos anatemas.

Cuando volvió Butler á Washington y habló prolijamente, en dos sesiones también del Senado, respondiendo por sí y por su Estado á los cargos de Sumner, dió á entender que podía muy bien éste hallarse ya otra vez en su puesto de senador, pero que le convenía fingir resultados más graves de los que en realidad le acarreaban los golpes de Brooks. No era así, y en eso como en lo demás cegaba la pasión á los encarnizados adversarios. Sumner, que hasta entonces había gozado de perfecta salud y en cinco años no había faltado á una sola sesión, seguía abrumado por los efectos del ataque, y no se le vió en la sala de sesiones hasta nueve meses después, en Febrero de 1857. Después de ese día no volvió tampoco á concurrir, hasta el 4 de Marzo en que fué á prestar juramento y tomar posesión del nuevo puesto de senador para que acababa Massachusetts de elegirlo por un segundo término de seis años; pero vivamente molestado por los síntomas de una cruel afección del sistema nervioso, consecuencia de los tremendos golpes recibidos en la cabeza, que le impedía toda ocupación seria y continuada, se halló en el caso forzoso de abandonar la patria y embarcarse á los tres días para Europa, donde debía someterse á largo y riguroso tratamiento médico. Es cosa en extremo curiosa observar que cuando fué Sumner el cuatro de Marzo de 1857 á jurar el cumplimiento fiel del nuevo mandato, había ya muerto Preston Brooks, en Washington mismo, pocas semanas antes del mismo año, á la temprana edad de menos de treinta y ocho, y Butler enfermo se acercaba también al término y moriría en sus posesiones de la Carolina pocas semanas después, en el mes de Mayo siguiente. Hubiérase dicho que la diosa de la venganza arrebataba implacable al joven y al anciano, al mismo tiempo que yacía herida en pleno vigor de su madurez la víctima tan ferozmente maltratada.

Volvió de Europa á fines de 1859, estuvo presente en Washington al abrirse el Congreso el 6 de diciembre, dispuesto, aunque no enteramente curado, á reanudar su enérgico apostolado en favor de la limitación de la esclavitud. Muchos y profundos cambios se habían ya verificado en ese momento, pero el problema de la admisión de Kansas como estado soberano de la Unión se hallaba todavía, después de infinitas peripecias, pendiente de solución ante el Senado, cuando se levantó á pronunciar su primer discurso importante en Junio de 1860, abogando lo mismo que antes en favor de la admisión. Pudo, pues, como el ilustre catedrático de Salamanca, perseguido y encarcelado cinco años por la Inquisición, comenzar con la frase célebre: "decíamos ayer". Pero si la posición era parecida, las prendas personales eran distintas; Sumner carecía de la sencilla resignación de Fray Luis, y su novísimo discurso, que al imprimirlo intituló: "La barbarie de la esclavitud", aunque exento de ataques personales, conserva toda la inflexible rigidez de su temperamento de reformador.

La agresión indefendible, imperdonable, de Preston Brooks no redundó en beneficio del infausto programa político que la precipitó, bien al contrario; pero respecto de Sumner, fuera del hondo y lastimoso daño en su salud, si se mira en relación al papel político que tan valiente y animosamente representó, cumple declarar que vino al cabo á prestarle el más insigne servicio. Lo elevó á un alto pedestal, rodeó su frente de inesperada aureola, le trajo el recurso precioso de la popularidad, todo lo cual con sus dotes personales únicamente, con su manera habitual de pensar, de hablar y de escribir nunca hubiera conseguido, á despecho de la honradez de su carácter, del cabal desinterés de sus intenciones. Faltábale ductilidad, faltábale modestia en la lucha intelectual, faltábale sobre todo indulgencia para juzgar á los que opinaban ó sentían de algún modo diverso: precisamente las cualidades que á primera vista se estimarían indispensables para conquistar la alta posición que sin disputa ocupó luego entre sus colegas; su prestigio ante el pueblo americano bastó á allanar todos los obstáculos. El fatal rompimiento de 1861 vino después á colocarlo en su elemento, por decirlo así, al sonar la hora de las resoluciones supremas, de las medidas violentas y radicales. Fué entonces uno de los auxiliares más eficaces del presidente Lincoln, y no cesaba un instante de espolearlo, de impelerlo en el sentido de sus ideas, para obtener de él la proclama de la abolición de la esclavitud como medida de guerra, proclama que Lincoln prudentemente reservaba hasta que el fino y perspicaz instinto, que lo mantenía en íntimo contacto con la opinión pública, le anunciara llegada la hora precisa de lanzarla. Como cabeza de la Comisión de Relaciones extranjeras en el Senado, movido por la inquebrantable resolución de apartar cuanto pudiera traer estorbo á la resolución del espinoso problema de la esclavitud, prestó incalculables servicios, cubriendo con su prestigio parlamentario al ministro Seward, y conjurando todo peligro de ruptura diplomática con el gabinete inglés ó con el Emperador de los franceses. Al fin vió coronados sus esfuerzos, la guerra terminada, la esclavitud para siempre abolida. Fué el período triunfante de su carrera, y duraron su influencia y su poder hasta el término de la presidencia de Andrew Johnson. Después vinieron en tropel amarguras, tristezas infinitas; los defectos del hombre se sobrepusieron á las cualidades del tribuno y del apóstol; alejado de su partido, de los más de sus amigos, en pugna con el general Grant y sus ministros, fué bajando uno á uno reacio y desabrido los peldaños de la escalera, que lo había conducido á la cumbre: nadie lo oía, nadie seguía sus consejos, y su tono dogmático, la pomposa elocuencia de sus desconsoladas profecías se perdían en el desierto. Así fué poco á poco extinguiéndose la luz brillante, la voz sonora del hombre que en un tiempo representaba, según la bella y enérgica palabra de Emerson, "la conciencia del Senado".

CAPÍTULO III.
"La cabaña del tío Tomás"

Queda dicho antes que, elegido Sumner para un segundo término de seis años como senador de Massachusetts, debió contentarse con jurar precipitadamente el cargo y por algún tiempo retirarse completamente de la vida pública. El sillón permaneció vacío, á guisa de constante acusación, manteniendo vivo el recuerdo de la tragedia del 22 de Mayo de 1856. Pero no había peligro de que tan pronto se olvidase; el discurso había repercutido como toque sonoro de clarín, excitando y alarmando gran parte del país, y el atentado que provocó, la profanación de lugar exclusivamente reservado á graves y pacíficas discusiones, aumentó su resonancia y empeoró la situación general de la república en ese año fatídico, en el cual puede decirse que se oyeron los primeros gritos, se asestaron los primeros golpes de la guerra civil.

Era año de elegir nuevo Presidente, y durante el cuadrienio, próximo entonces á fenecer, que había ocupado el puesto Franklin Pierce, había durado intacta la estrecha alianza cimentada entre el poder ejecutivo y la mayoría del Senado, mayoría formada por la coalición de los representantes del Sur y un grupo de senadores del Norte, capitaneados por Douglas; contra ella había dirigido Sumner sus vigorosas acometidas.

La elección de Pierce en 1852 había sido triunfal, arrolladura; el partido llamado demócrata confirmó y aumentó con ella su indisputable supremacía, y el vencido quedó tan malparado que, pronto dejó de existir, esto es, perdió su nombre, la cohesión en que fundaba su eficacia desapareció, y sus miembros se dispersaron para formar otras agrupaciones bajo otro título y programa que favoreciesen con más probabilidad de éxito la misma acción política. El compromiso de 1850, la aceptación general como definitiva y completa solución de todas las dificultades nacidas de la esclavitud, fué causa única del triunfo del uno y la derrota del otro partido.

Al mismo tiempo la rigurosa aplicación de la bárbara ley sobre la persecución y entrega en los estados libres de los esclavos fugitivos actuaba por su parte á modo de disolvente enérgico, y amenazaba turbar muy pronto la resignada quietud que aparentemente había sucedido al anterior período revuelto. En multitud de casos las dificultades opuestas por el pueblo á la ejecución de la ley, en otros la mala voluntad y hasta la cólera con que todo el mundo la veía cumplir, crearon en el Norte algo que allí no se había observado antes: antipatía vivísima al régimen mismo de la esclavitud en el Sur y piedad profunda por las víctimas, sentimientos que yacían inertes y dormidos en sus corazones mientras pasaban las escenas terribles lejos de sus ojos, y que ahora por fin se despertaban.

La primera prueba decisiva de la resurrección de esos sentimientos fué el éxito asombroso, tan grande como rápido, obtenido por el libro, que la desastrada suerte de los pobres esclavos inspiró á una escritora entonces desconocida, Harriet Beecher Stowe, del que se vendieron en poco tiempo cientos de miles de ejemplares y que hizo derramar lágrimas de conmiseración á millones de lectores.

Uncle Tom's Cabin—así se titulaba la obra—respondió á una necesidad moral, expresó en forma patética lo que ansioso de brotar bullía en el alma de la nación: de ahí su instantánea, inmensa popularidad. Nadie tomó como simples creaciones de la fantasía sus dramáticos y dolorosos episodios; todos en el Norte de la República reconocieron la reproducción exacta y sincera de una situación social abominable, porque la pintura se ajustaba con terrible precisión á la idea que les sugería la feroz ejecución de la ley contra los siervos escapados á sus dueños.

Tenía Mrs. Stowe en los días de la publicación de su novela (1851-1852) cuarenta años de edad, había cultivado poco las letras y con resultados insignificantes, vivía en ardua lucha con la pobreza, rodeada de numerosa familia, sin más recurso que el mezquino sueldo que como profesor de colegio ganaba su marido. La ley de los esclavos le inspiró el proyecto de escribir la novela; fué en realidad una improvisación escrita semanalmente, á pedazos, á medida que los iba requiriendo el periódico donde primero se insertó. Estaba tan lejos de sospechar la oportunidad y exquisito tino con que iba á hacer vibrar al unísono de su inspiración las místicas cuerdas que aunaban con sus latidos los de tantos otros corazones, que rehusó la proposición de costear á medias con un editor de Boston la impresión del libro, porque era su esposo demasiado pobre para correr riesgo, si acaso el negocio se liquidaba en pérdida: resultado muy de temer en vista del escaso interés que la novela despertó durante los diez meses que estuvo apareciendo en el periódico abolicionista de Washington. Ese era el libro de que en solo un año se iban á imprimir ejemplares hasta la cifra de un millón en la Gran Bretaña únicamente, cifra, dijo La Revista de Edimburgo, probablemente diez veces mayor que la de ningún otro, salvo la Biblia ó el Prayer Book.[13] Esa era la autora de la que, el año mismo de la aparición de la novela, con su énfasis habitual habló Sumner en el Senado en estos términos: «Inspirada por el genio del Cristianismo ha entrado en la liza una mujer cual otra Juana de Arco, agitando con fuerza maravillosa las cuerdas del corazón del pueblo».[14] Y hoy el más reciente, tal vez el más juicioso é imparcial entre los que relatan los sucesos de ese período,[15] considera La Cabaña del tío Tomás tan importante en la historia de los Estados Unidos como La nueva Eloisa en la historia del siglo XVIII en Francia. Los hombres que en sus primeros años leían los escritos de Rousseau fueron los revolucionarios de 1789, como los jóvenes americanos cuyas ideas se formaron leyendo en la novela ó contemplando en el teatro los horrores de la esclavitud, tales como Mrs. Stowe los trazaba, fueron los que más adelante constituyeron la fuerza del partido que consumó por fin la extirpación del cáncer formidable.

Ese efecto colosal, obtenido sin charlatanismo, sin auxilio artificial de especie alguna, fué debido en mucha parte á la poderosa corriente de simpatía que arrastraba por primera vez la masa del pueblo á prestar conmovida atención y escuchar con palpitante interés el eco de las escenas de martirio que pasaban en la región de los esclavos. La autora contribuyó de su lado á la generosa tarea con las intenciones más puras, el más elevado entusiasmo, el más comunicativo ardor, y el libro, concebido y acogido en tan excepcionales condiciones, mereció sin duda todos los honores, llenó gloriosamente su objeto, á pesar de la trama poco fina de su estilo, de la desigualdad de la inspiración poética, del tono excesivamente místico y vago de algunos de sus descosidos episodios.

Los críticos en el Sur de los Estados Unidos, que sintieron bien el vigor y precisión del ataque, quisieron desautorizarlo, acusando la novela de falta de colorido local y declarándola construída sobre hechos inexactos. La primera objeción no carecía de algún fundamento, pues la autora no había personalmente recorrido la comarca especial donde el trabajo esclavo se explotaba en la forma más ruda, y para colocar en ella sus personajes había tenido que pedir acá y allá los detalles esenciales y acumularlos después en breve espacio, en pocas escenas, como era su derecho de artista; pero demostró completamente por medio de una gran masa de datos y documentos, reunidos más adelante bajo el nombre de Clave de la novela, su absoluta buena fe y la suficiente verosimilitud del cuadro general que con tanto relieve había pintado.

La ocasión fué propicia y el talento se impuso á la admiración universal, pero no volvió á encontrar otra igual, ninguna de sus obras posteriores obtuvo ni con mucho éxito parecido, á pesar de que produjo otras de valor literario más subido, que pasaron casi inadvertidas, aunque el nombre de la autora era ya famoso en Europa y en América; pero no pudieron conseguir lo que respecto de la primera dependió principalmente de un estado particular de la opinión. Es probable que muy pocos lean hoy La Cabaña del tío Tomás y sólo á veces se recuerde como ejemplo de moral ó libro de educación de la juventud, bueno todavía para servir de premio en los exámenes. Tiene también su puesto en las antologías, para las que naturalmente se prefieren las escenas que se apartan más de la realidad, como la muerte del pobre negro Tom, especie de visión extática, que asaltó á la autora de improviso, un domingo durante la comunión, antes de que tuviese resuelta la marcha de su argumento, la armazón entera de su edificio.

Además, á medida que se va alejando el período en que la esclavitud imperaba á modo de institución política sacrosanta, se amengua igualmente el efecto trágico y se desvanece mucho la impresión de verdad terrible que en su época produjo. Pero el servicio prestado á la causa de la justicia y la libertad fué muy grande, de vasta trascendencia; si el monumento literario es perecedero, la memoria de la artista no se borrará jamás y nadie con mejor razón que ella pudo exclamar: Non omnis moriar.

CAPÍTULO IV.
Formación del partido republicano.—Convenciones nacionales.—Frémont, Douglas, Buchanan.—Elecciones de 1856.

Cuando se aproxima un cambio profundo en la opinión general de un país, los primeros signos son como ruidos locales de volcanes diseminados por toda la extensión del territorio, cuya íntima conexión pocos reconocen, ni adivinan su carácter de precursores de la gran explosión que se prepara. Así sucedió en los Estados Unidos durante los seis años que van desde que empezó á aplicarse en 1850 la ley de persecución de los esclavos, hasta 1856 que brotó súbitamente el partido "republicano", numeroso, enérgico, lleno de esperanzas, al que reservaba el porvenir la gran tarea de arrancar la esclavitud del suelo de la república.

Los acaecimientos del mes de Mayo de 1856, esto es, el asalto contra Sumner y el incendio y saqueo de una población de Kansas por los colonos esclavistas alentados desde Washington por el Presidente y su ministro de la guerra Jefferson Davis, sucesos ambos que independientemente ocurrieron á pocas horas de intervalo, encontraron al nuevo partido en vías de su definitiva organización, y vinieron muy á tiempo á infundirle el grado de vigor y cohesión que en esos momentos requería. Puede decirse que el partido recibió el bautismo en Pittsburg el 22 de Febrero, aniversario del nacimiento de Jorge Washington, día en que se congregaron allí los adversarios principales de la política imperante en los consejos de la nación, y acordaron proclamar la necesidad de admitir á Kansas como Estado libre y declarar la guerra por todos los medios legítimos contra la extensión del régimen de la esclavitud más allá de los límites donde existía, proscribiendo en lo adelante todo género de transacción ó compromiso. Al efecto convocaban para una Convención en Filadelfia con objeto de nombrar candidato para la presidencia de la república y abrir en seguida animosamente la campaña.

Es sabido que conforme á la Constitución y leyes del Congreso, el pueblo de los Estados Unidos no vota directamente en las elecciones de Presidente de la República, sino escoge cada cuatro años, en un día fijado del mes de Noviembre, compromisarios especiales encargados de formar un colegio electoral y designar el agraciado. En la realidad estos compromisarios obedecen á un mandato imperativo de que jamás se apartan, y nombran siempre á los designados de antemano por el partido político á que ellos pertenecen. El trámite capital, por tanto, es la elección de los candidatos en la junta ó Convención general del partido, candidatos que seguramente serán los escogidos por el colegio electoral y ocuparán el poder, si el partido logra triunfar en el escrutinio general. Llámanse Convenciones nacionales, reúnense por pocos días cada cuatro años, en una ciudad diferente por lo general, y se componen de delegados en número proporcional al de senadores y diputados que cuente cada Estado, delegados escogidos por las agrupaciones permanentes que los partidos tienen siempre organizadas en todos los distritos ó pequeñas circunscripciones políticas, que como mallas de inmensa red cubren el vasto territorio nacional.

Mecanismo tan complicado puede funcionar armónicamente si son perfectas á un tiempo la organización y disciplina de sus elementos, condiciones que sólo el tiempo y la práctica pueden llevar al grado de eficacia indispensable. Infinitas y de la más difícil solución tenían que ser, por tanto, las dificultades del nuevo partido en el primer período de su existencia, y todas ellas venían á añadirse á la otra mucho mayor y formidable de entrar inmediatamente en lucha contra el antiguo partido demócrata, fuertemente organizado, dueño del poder, engreído todavía por el completo triunfo obtenido cuatro años antes y bien persuadido de renovarlo una vez más, confiando en la abundancia de sus recursos, sus tropas bien disciplinadas, sus jefes acostumbrados á vencer é igualmente diestros en el ataque y en la defensa.

Los obstáculos, empero, fueron allanándose por sí mismos, un impulso de genuina y entusiasta simpatía suplió á la falta de tiempo y ejercicio para la rápida y metódica movilización de las fuerzas que de todos lados corrían á incorporarse, y el día fijado reunióse en Filadelfia la Convención Nacional Republicana. Tuvieron mucho sus sesiones de tumultuosas y desordenadas; era inevitable, y, comparada con asambleas del mismo género, fué más bien una reunión tan informe como numerosa, un mass meeting, como se le ha llamado.[16] Concurrieron más delegados de lo que se esperaba, buena parte de ellos irregularmente nombrados, todos empujados por el torbellino de entusiasmo que agitaba al país y le inspiraba la idea de abrir una nueva era, iniciar una verdadera revolución, como envueltos en atmósfera encendida por los más variados y vivaces sentimientos. Recuerda en cierto modo la Convención, aunque en otro mundo, bajo otro clima moral, con resultados más inmediatos y prácticos, el célebre Concilio que á la voz del papa Urbano inauguró en Clermont el vasto movimiento de la Europa contra el Asia, en la Edad Media.

La tarea primera de los delegados demandaba, no arranques de entusiasmo sentimental, sino sólido y profundo razonamiento, y, por fortuna, fué cumplidamente desempeñada: redactar el programa ó manifiesto, lo que en el lenguaje especial de la política norteamericana se conoce con el nombre de "plataforma", sobre la cual, á manera de base ó pedestal, solicitan los candidatos el voto del pueblo. Importaba proclamar en el documento, sin causar escándalo, una decidida hostilidad á toda extensión de la esclavitud, porque esa y no otra era la razón de ser del nuevo partido, é hiciéronlo declarando sin ambajes: 1º que ni el Congreso federal ni ninguna Legislatura particular ni individuo alguno ó asociación de individuos podía impartir existencia legal á la esclavitud en los Territorios: y 2º que el Congreso tenía en virtud de la Constitución el derecho y el deber de prohibir allí la poligamia y la esclavitud, "reliquias gemelas de la barbarie". Pero era también indispensable que el programa no asustase á los tímidos ni ahuyentase á los moderados, sugiriendo medidas violentas ó procedimientos revolucionarios; así lo previeron, contentándose con pedir la admisión de Kansas como Estado libre y evitando aludir al derogado compromiso del Missouri y á la ley sobre los huídos, sin duda porque juzgaron suficientes á realizar sus votos esenciales las dos mencionadas resoluciones, robustecidas con la frase en que invocaban los principios de la inmortal Declaración de Independencia, y anunciaban la decisión inquebrantable de aplicarlos siempre, fuera cual fuese el resultado, y no obstante toda amenaza de disolver la Unión. Precisamente habían sido hasta entonces esas amenazas el arma de doble y cortante filo con que los Estados del Sur infundían terror y mantenían su predominio; ahora por primera vez bajaban á la arena intrépidos combatientes, dispuestos á provocar y afrontar la lucha sin miedo á ninguna consecuencia.

Salvado tan felizmente ese paso preliminar, pidió su desquite el entusiasmo, y avasallando á la razón fué unánimemente elegido por la Convención como candidato á la presidencia, en medio de vivas y aplausos, no un hombre político de establecida reputación, no un tribuno de notoria habilidad, sino un personaje novelesco, héroe de extraordinarias aventuras. Llamábase John C. Frémont, contaba cuarenta y tres años nada más y gozaba de gran popularidad; su nombre había corrido de boca en boca antes de 1850, en la época en que todos volvían los ojos hacia la dilatada extensión de tierra al occidente, más allá del Mississipi y sus afluentes, región casi completamente desconocida, donde era ya fácil adivinar fascinante porvenir de grandeza para la república. A la cabeza de pequeñas partidas de exploradores se había lanzado Frémont en varias ocasiones á visitar esa región de indios salvajes, había atravesado desiertos, escalado ásperas cordilleras, descubierto á costa de trabajos y sufrimientos inauditos los desfiladeros, por donde era únicamente posible llegar hasta los aledaños del continente; y las narraciones de sus aventuras habían sido leídas apasionadamente y admiradas en todo el país. Al declararse la guerra contra Méjico, se hallaba al término de una de sus excursiones: con su gente se puso al frente de una insurrección contra el gobierno mejicano, y pronto muchos le dieron el título de conquistador de California. La anexión de esos territorios halló en él después ardiente favorecedor, y fué uno de los primeros senadores enviados á Washington, cuando en 1850 se verificó la entrada de California como Estado sin esclavos en la federación. Desde esa fecha se le tenía por acérrimo y declarado enemigo de la esclavitud.

Otros actos de su vida parecían de propósito combinados para excitar la atención. Era hijo de un francés profesor de idiomas en los estados del Sur, había nacido en el de Georgia, y se había educado solo, por no doblegarse á la disciplina del colegio á que su madre viuda lo mandó. En Washington después se casó secretamente con una distinguida joven, de la mejor sociedad, y contra la voluntad de su padre, que era Thomas H. Benton, representante durante treinta años en el Senado del estado de Missouri y autor de dos gruesos volúmenes, siempre útiles de consultar, titulados "Historia de la marcha del gobierno americano por espacio de treinta años". Aunque más adelante se reconciliaron suegro y yerno, fueron siempre de muy encontradas opiniones y en las elecciones de 1856 no votó Benton por su hijo político para Presidente. A causa de un incidente de sus afortunadas aventuras en el Oeste fué el explorador acusado de insubordinación y desobediencia, y condenado por un consejo de guerra; aunque el presidente Polk levantó la pena impuesta y ofreció devolverle su grado en el ejército, desdeñó orgullosamente Frémont el indulto, por no consentir una sentencia que consideraba injusta; todo ello contribuyó fuertemente á su popularidad[17].

Juzgado á la luz de sucesos posteriores (mal modo de juzgar, pero la consideración se impone como caso de interés histórico), es evidente que la Convención expuso á grave peligro su propia causa y la suerte del país, al designar á Frémont como candidato. Si hubiera ganado la elección la guerra civil habría comenzado en 1857, y se hubiese hallado dirigiendo la cosa pública en tan crítica y formidable situación un hombre que era, como se vió luego demasiadamente claro, extravagante, obstinado en el error, del todo incapaz de moderar sus impulsos ó plegarse á las circunstancias, y que ni siquiera tenía el talento militar que se le suponía.

El partido republicano reunió más de un millón trescientos mil votos de los cuatro millones emitidos esa vez: resultado prodigioso si se tiene en cuenta que la organización se hizo en plena lucha, enfrente mismo del enemigo. Llenó de gozo y de las más halagüeñas esperanzas á cuantos deseaban borrar en el próximo porvenir la negra mancha de la esclavitud, pues ese número de votos representaba la mayoría en once de los treinta y un Estados de la Unión. No faltaron quienes pensasen que con un candidato menos romántico, de más peso en política que Frémont, el desenlace de la campaña hubiera podido ser muy diferente[18].

El partido demócrata, es decir, la masa compacta de los Estados del Sur, menos uno, y la fracción de hombres del Norte que Douglas conducía, triunfó nuevamente, pero por la última vez; bien lo indicaba inequívoca y ominosamente el no haber alcanzado mayoría absoluta y haber ganado la elección, á causa de la división de fuerzas producida por un tercer partido con su candidato, Millard Fillmore, que recogió cerca de novecientos mil votos, venidos de todos lados, del Norte y del Sur. Mas ese partido debía desaparecer en seguida, dejando apenas rastro. Gastó en esa acometida toda su energía, como la abeja que pierde su aguijón dentro de la punzada. Era el partido apellidado Americano ó nativista, vulgarmente knownothing, porque envolvía en profundo secreto su organización y afectaban sus adherentes responder que "nada sabían" cuando se les preguntaba; duró en suma corto tiempo y murió por carencia de vitalidad, de razón de ser; el problema de la esclavitud era la preocupación universal, el alma de los partidos, y pasarlo en silencio no facilitaba en sentido alguno su solución.

En la Convención del partido demócrata, que se celebró en Cincinnati pocos días antes que la del republicano en Filadelfia, sufrió Douglas la amarga pena de no ser á pesar de sus esfuerzos el candidato preferido. Su carácter de representante del gran estado de Illinois, el talento y la infatigable actividad con que se alzó y mantuvo á la cabeza de la mayoría del Senado, sus grandes servicios de creador y defensor del plan conforme al cual pudo ser derogada la limitación de la línea del Compromiso y abierto á la expansión de la esclavitud el suelo de Kansas y Nebraska, justificaban bien esa recompensa, objeto incesante de sus afanes. En vano todo; sus amigos tenazmente abogaron por él; fueron necesarios muchos escrutinios antes de que se confesasen vencidos, antes de que cediesen la vía, que hubieran podido obstruir indefinidamente, á James Buchanan, anciano de sesenta y cinco años, en quien la perspicacia de algunos jefes esclavistas había adivinado dócil y complaciente servidor de ulteriores designios. Los seguidores de Douglas se consolaban con la idea de que contaba éste de edad cuarenta y tres años solamente,—lo mismo por cierto que Frémont,—y podía aguardar con paciencia la próxima revancha: él sentía en el fondo de su espíritu que la oportunidad mejor quedaba perdida, que las nubes bajaban rápidas á encapotar su horizonte.

Fué Douglas un demagogo en el mejor sentido de la palabra; aunque había sacrificado mucho y estaba probablemente dispuesto á sacrificar más todavía por obtener aplausos y votos del partido dominante, probó en una hora crítica, cuando sus antiguos amigos se resolvían á la guerra civil, que siempre nutría vivísimo amor y respeto por la patria, por su engrandecimiento y prosperidad, y que jamás consentiría ser cómplice de su desmenbración. El miedo que los sagaces aristócratas del Sur, los mismos que aceptaban sus servicios y seguían su bandera en el Senado, tenían de verlo instalado en la presidencia, era un homenaje que rendían á su inteligencia y al vigor de su temperamento, pues parecían temer que una vez en el alto puesto no pudiesen más contar seguramente con él y desease aplicar sus propias ideas é imponer su voluntad. Reunía muy raras y notables cualidades: enérgico, atrevido, se erguía y brillaba en medio de la controversia y de la lucha, sin que lo acobardaran los fracasos, convencido siempre de que su influencia personal y la prontitud de sus recursos bastarían á transformar la situación en los trances más difíciles. Así á menudo aconteció. Cuando hizo pasar por ambas ramas del Congreso el bill sobre Kansas y la abolición del Compromiso, fué tan hostil la impresión por varias partes que, como dijo él mismo con imagen bien aventurada, había viajado de Washington á Chicago á la luz de las hogueras en que quemaban su propia efigie. A pesar de todo continuó en auge constante su prestigio popular, día llegó en que ninguna otra persona en el partido le excedía en habilidad parlamentaria, en número de adherentes y en popularidad.

Para haber subido más alto y dejado en la historia americana nombre ilustre, tanto por lo menos como los de Madison ó Calhoun, halló por desgracia obstáculos invencibles nacidos de las condiciones en que fatalmente se encontró desde el principio de su carrera y le impidieron adquirir ese grado de educación, de refinamiento moral é intelectual que, salvo en naturalezas privilegiadas, sólo se adquiere durante la juventud. Como selfmade man fué un tipo característico, aun en esa tierra donde surgen con más frecuencia que en otras hombres formados y elevados por su propio esfuerzo; huérfano de padre y madre desde muy temprano, apenas asistió á escuelas en su niñez y á los diez y seis años ejercía un oficio mecánico, carpintero en el estado de Vermont, donde había nacido. Resuelto á abrirse camino á través de las dificultades, emigró al Oeste de la república, á los nuevos Estados que rápidamente crecían y prosperaban. Una vez fijado en Illinois, donde había entrado solo y con treinta y siete centavos en el bolsillo por único capital, progresó su fortuna en la misma medida que adelantaba el estado en riqueza y población, y fué á los pocos años ocupando uno tras otro los cargos más importantes del servicio público, llegando á ser Senador en 1847, posición encumbrada que hasta su muerte conservó y admirablemente llenó.

Acaso debió Buchanan el triunfo en la Convención de Cincinnati á los méritos mismos de su competidor, pues por lo demás era personaje muy inferior en todo. Pero así como tenía Douglas numerosos amigos, contaba enemigos y envidiosos dentro del partido, auxiliares más ó menos tibios, que había ofendido y llevádose de encuentro en las reñidas batallas políticas en que había figurado y triunfado; el resentimiento de éstos y los temores que en otros inspiraba su nombre, bastaron para echar al suelo su candidatura. Buchanan no tenía malquerientes personales, había pasado varios años fuera del país en el servicio diplomático, era obsequioso, cortés, de fácil palabra, muy estimado en Pennsylvania, su Estado natal, pero débil de carácter y de inteligencia no más que mediana.

El público siguió las diversas fases de esa campaña electoral excepcionalmente ruidosa y agitada con palpitante interés, con más ansiedad que ninguna de las anteriores. Pronto se observó que la calculada desigualdad de fuerzas entre los dos grandes partidos se compensaba por medio de la inesperada simpatía que el nuevo programa antiesclavista despertaba. El partido demócrata disponía de las sumas que las cotizaciones exigidas á los empleados públicos producían; Fillmore contaba de su lado las clases mercantiles, los más ricos capitalistas, que no escatimaron sus contribuciones; pero los republicanos, circunscribiendo sus esfuerzos á los Estados libres, lo cual por sí era una ventaja, sin gastos inútiles, sin estímulos extraordinarios, vieron las masas acudir al simple llamamiento. Miles de individuos, sacudiendo inveterado torpor, contemplaron fijamente por primera vez las consecuencias del plan político de la extensión de la esclavitud, resolvieron, con la tranquila resignación de quien busca la paz de su conciencia, que la esclavitud quedaría enclavada dentro de los límites reconocidos por la Constitución, y que de ahí no debería pasar jamás.

El número de votos antiesclavistas dejó atónitos á muchos, perplejos á los mismos vencedores; Buchanan, en la presidencia, iba á representar una minoría, debido á los cuatrocientos mil sufragios de ciudadanos del Norte, interceptados por el tercer candidato. Esos votos hubieran bastado para elegir á Frémont, suceso increíble seis meses antes, que los hábiles estratégicos, directores desde tantos años atrás de la política nacional, habían considerado resultado tan monstruoso como improbable, y sólo mencionaban para declarar que á tal evento responderían sin vacilar con "inmediata, absoluta, eterna separación".[19]

Cuando se acallaron las voces, y se disipó el humo del combate, un observador mal preparado hubiera podido pensar examinando el campo que no se había realizado alteración alguna profunda, que la situación seguía la misma, pues si el asalto había sido más rudo, la victoria era indudable, y las cosas continuarían por tanto bajo Buchanan como habían marchado ya bajo el gobierno de Pierce. Los vencedores no obstante se encontraban lejos de sentirse tan satisfechos como en anteriores ocasiones; jugaban en esas lides intereses demasiado graves y queridos, y en sus inquietas meditaciones, fija la escrutadora mirada en lo futuro, pudieron ver, como el héroe romano antes de la última batalla, un fantasma siniestro emplazándolos para la próxima elección presidencial.

CAPÍTULO V.
El negro Dred Scott ante el Tribunal supremo

A los dos días de inaugurada la presidencia de James Buchanan, el 4 de Marzo de 1857, publicó el Justicia mayor, ó Regente del Tribunal supremo de los Estados Unidos, la sentencia acordada por mayoría de los jueces en el pleito seguido por un negro esclavo llamado Dred Scott, en vindicación de su libertad.

Es celebérrimo ese fallo; no tanto por la parte dispositiva, pues en nación compuesta de más de treinta Estados, independientes entre sí respecto de toda cuestión de derecho común, civil ó criminal, y cuyos códigos particulares en unos protegían el régimen de la esclavitud y en otros ni siquiera lo reconocían, habían por fuerza de ocurrir á menudo conflictos sobre la condición de individuos pasando á cada instante de un Estado libre á otro esclavo. Nada extraordinario, por consiguiente, hacía el tribunal encargado por la Constitución de zanjar esas dificultades, oyendo en grado de apelación un caso particular, ya tratado por otra Corte federal, y confirmando fallo anterior que declaraba esclavos á los demandantes, esto es, al negro Scott, su mujer y dos hijas. La importancia histórica de esa sentencia estriba en sus considerandos, en la doctrina de derecho constitucional que establecían, con el objeto confesado de calmar las reñidas controversias sobre la legalidad de la admisión de esclavos en los Territorios, y, al efecto, aprobando una entre las diversas interpretaciones de la ley fundamental por cada partido preconizadas. Pero en vez de aquietar los ensañados contrincantes vino el malhadado documento á precipitarse como enérgica levadura en la lucha ardiente de los partidos, levantando y excitando las diferencias políticas hasta un grado no visto todavía.

Dred Scott, esclavo de un médico militar domiciliado en el estado de Missouri, había residido algún tiempo sirviendo á su dueño en regiones de la república donde no existía la esclavitud, y á su vuelta, enardecido por violento castigo corporal á que se le sometió, dedujo demanda de emancipación apoyándose en la jurisprudencia inglesa, vigente como derecho común en los Estados Unidos, que declara libre el esclavo que pone el pie donde no sea legal la condición servil. Años hacía que la demanda seguía su curso con varia fortuna en diferentes tribunales, hasta que agotadas sin obtener sentencia firme las dos jurisdicciones, local y nacional, de los Estados y de la Federación, que funcionan al lado una de otra y completamente separadas el todo en país, llegó en grado final ante la Corte suprema en Washington. Movió el caso vivísimo interés; abogados de gran reputación acudieron espontáneamente, sin retribución directa y atraídos sólo por la importancia de la materia, á informar en estrados las dos veces que abrió el tribunal la vista de la causa, ambas en 1856, la primera antes de la elección de Buchanan, la segunda después. De esta manera una precedió y la otra siguió á la encarnizada campaña que tanto ruido y tanto polvo hizo ese año en todo el ámbito del país.

Si el alto tribunal se hubiese limitado á desairar las pretensiones del esclavo y simplemente confirmar por los mismos ó parecidos fundamentos, como un instante lo pensó, la sentencia apelada, sin perder el caso su grave y dramático carácter hubiera excitado la opinión pública por breve espacio y caído pronto en el olvido, máxime cuando se supo dos meses después que toda la familia Scott había recobrado la libertad, en virtud de manumisión voluntariamente otorgada por un nuevo dueño á cuyo poder había pasado. Mejor hubiera sido así mil veces; se habría evitado la peligrosa prueba de echar por pasto á la furia de los partidos el nombre y la respetabilidad del más elevado tribunal de la república. El tribunal también habría renunciado á la tarea imprudente de discutir y resolver en el fallo de un pleito particular toda la espinosa cuestión de la esclavitud de los negros. Pero era demasiado seductora la tentación que hizo á los jueces sucumbir, y si su conducta puede ser tildada como error de juicio y extralimitación de facultades, la rectitud del propósito la explica y excusa cumplidamente.

¿A qué, en efecto, se reducía la diferencia de motes y colores entre los dos grandes partidos acampados frente á frente desde la última lucha electoral y en perdurable son de guerra?—A interpretar diversamente cada uno el espíritu de la Constitución, á negar ó afirmar que en el Congreso residiera el derecho de autorizar la esclavitud en el vasto espacio no organizado aun con forma de estados federales. Divergencia muy honda y trascendental, que no podía, como otras contiendas de partido, resolverse en cambio de nombres ó trueque de personas, porque envolvía inmensos intereses y aventuraba todo el porvenir.

El Supremo cuerpo judicial, nacido de la Constitución misma con el encargo de interpretar y fijar la significación de sus artículos, voz de la conciencia del pueblo americano, como se le ha llamado[20]; del pueblo americano emanado para ser en los casos inciertos garantía suficiente de los derechos individuales y elevarse por cima de los bandos, facciones é injusticias coaligadas,—pudo muy bien creerse investido de la misión de terciar en esa guerra deplorable de opiniones, y puesto que era la demanda de Scott contra su amo ocasión oportuna de pronunciar también sentencia sobre ese otro pleito capital, no vaciló en prestar el patriótico servicio de resolver la intrincada cuestión que turbaba los ánimos y amenazaba la paz. Por desgracia, aunque á tanto alcanzase su jurisdicción, punto de suyo discutible, el resultado defraudó las excelentes intenciones, y, en vez de mejorar la situación política, envalentonó á los intransigentes del partido sudista, exasperó á los adversarios, hasta que rotos los diques, desbordadas las pasiones, llegó la polémica á un grado de ardor inesperado.

Uno de los abogados que arguyeron en los estrados del tribunal contra las pretensiones del demandante, Reverdy Johnson, que gozó después de gran reputación en el foro y en la política, dijo en su arenga, entre otras frases que leídas hoy parecen blasfemias y eran entonces opiniones muy esparcidas, que la extensión de la esclavitud era lo único que podía preservar incólume la libertad de la república. Taney, presidente de la Corte, afirma en la minuta por él redactada como resumen de las opiniones y acuerdos de la mayoría, que "el pueblo americano", en cuyo nombre se escribieron la Declaración de Independencia de 1776 y la Constitución de 1787, no incluía en su expresión colectiva á los negros africanos ni á sus descendientes nacidos en América, y que á éstos sólo se aludía en el segundo de esos instrumentos como á una especie particular de propiedad, de ningún modo como individuos revestidos del carácter y derechos de ciudadanos de los Estados Unidos. Llevando luego sin temor esas afirmaciones á sus naturales consecuencias, deducía que el Congreso no podía impedir que los ciudadanos acudiesen con sus bienes, es decir, con sus esclavos, á establecerse en las tierras no colonizadas todavía y pertenecientes por igual á todos los miembros de la Unión, y eran por tanto ilegales los célebres pactos ó compromisos, desde el de Missouri hasta otros más recientes, que habían puesto trabas á esa facultad. De tal manera excomulgaba la primera autoridad judicial al millón y medio de personas que había votado el programa de la Convención de Filadelfia y proclamaba la perfecta é inatacable ortodoxia de las doctrinas contrarias.

Enfrente del Capitolio de Annapolis, capital del estado de Maryland, se eleva hoy la estatua de bronce de Rogerio Taney, del íntegro magistrado que estuvo veintiocho años á la cabeza del Tribunal supremo; otra se le ha erigido en la rica ciudad de Baltimore, la más floreciente del mismo Estado; y no solamente sus conciudadanos de esa región, muchos otros en el resto del país, enaltecieron á porfía las virtudes del hombre público, la pureza, la honradez, el valor cívico, el tesón inquebrantable desplegado hasta en los últimos límites de la ancianidad, móvil de esos homenajes[21]. Y, sin embargo, el acto más célebre de su vida, la sentencia que redactó y leyó en el caso de Dred Scott, es una fecha lúgubre de la historia americana, un día de los que se señalan con piedra negra, punto de partida de la más infausta peripecia para aquellos mismos que en aquel instante parecían triunfar definitivamente en el seguro terreno de la ley constitucional; porque la guerra fratricida hasta entonces posible, probable si se quiere, apareció en el acto con el carácter de fatal, incontrastable necesidad. Taney vivió lo bastante para verla desencadenada y hasta cerca ya de su desenlace; cuando preparaba el general Grant la última campaña, murió, á fines de 1864, á los ochenta y siete años de edad, en los días mismos en que el estado de Maryland abolía voluntariamente la esclavitud, decretaba la ruina de la institución social que los abogados que hablaron y los jueces que fallaron contra Dred Scott habían creído destinada á durar perpetuamente, por lo menos hasta una fecha, como dijeron, "que ojos humanos no alcanzan á divisar todavía".[22]

Ha dejado, pues, Taney, á pesar de sus raras prendas personales, una reputación nublada, que sobre todo palidece y mengua comparada con la gloria fulgente de Marshall, su inmediato antecesor, que ocupó también por largo espacio la presidencia de la Corte suprema y fué el gran intérprete de la Constitución, el jurisconsulto sin rival á quien, después de Washington, debe más que á ninguno agradecer la república norteamericana la firmeza y robustez que con el curso del tiempo han ido sus instituciones adquiriendo y aumentando. Taney no obtuvo sin seria oposición la venia del Senado cuando el Presidente lo nombró Primer Justicia de la Corte Suprema, pues muchos vieron con susto penetrar en el recinto de la justicia con tan elevadas funciones á quien se había engolfado demasiado en la política de combate durante el gobierno despótico y agitado del general Jackson, de cuyos más autoritarios desmanes había sido secreto consejero y público defensor. Bien justificado quedó ese temor con el tono, la forma é intención de los considerandos del fallo sobre Dred Scott. De cualquier modo en suma que se mire será siempre una obra política, con un fin político, redactada con la parcialidad y exclusivismo de los papeles políticos.

La sentencia resolvía una causa particular en apelación ante el tribunal y expresaba la opinión de la mayoría, de seis de los ocho jueces que lo componían, pero Taney es responsable ante la posteridad de las doctrinas incrustadas en sus párrafos, de la aprobación innecesariamente impartida al programa de un partido reorganizado especialmente en defensa de la perpetuidad de la esclavitud, y más que todo de la imprudente dureza con que, para demostrar que los fundadores de la nación no pudieron haber invitado la raza negra á gozar de la grande obra que edificaban, traza hostilmente cuadros como el siguiente, que hoy mismo no puede leerse sin hondo desagrado:

"A juicio del tribunal, las historias de la época y el lenguaje empleado en la Declaración de Independencia demuestran que ni la clase de esas personas importadas como esclavos, ni sus descendientes libres ó no libres, eran entonces reconocidos como parte del pueblo, ni se intentaron incluir en los términos generales empleados en ese memorable documento. Difícil es darse hoy cuenta de las ideas que respecto de esa raza desgraciada prevalecían en la opinión pública del mundo civilizado en la época de la Declaración y cuando se escribió y adoptó la Constitución. La historia de todas las naciones europeas lo revela del modo más inequívoco. Más de un siglo hacía que eran los negros considerados como seres de un orden inferior absolutamente incapaces de asociarse á los blancos en sus relaciones políticas y sociales, inferiores hasta el punto de no tener derecho alguno que el blanco estuviese obligado á respetar, así como de poder ser justa y legítimamente reducidos á servidumbre en su propio beneficio. Eran vendidos, comprados y tratados, cual lo son las mercancías cuando hay alguna ganancia que reportar".

Y armado con su lógica despiadada, continuaba el juez diciendo: "que si la raza africana esclava estuviese comprendida en las palabras de la Declaración de Independencia que afirman la igualdad de todos los hombres, la conducta de los patriotas ilustres que la suscribieron aparecería en completa y flagrante contradicción con los principios mismos que establecían, y en vez de la simpatía del género humano que buscaban, habrían recibido y merecido vituperio universal".

Es triste é ineluctable condición de anomalías sociales de la especie de la esclavitud el arrastrar á tales extremos aun á individuos dotados de nobles y generosos sentimientos. Taney era dulce y bondadoso en el trato íntimo, según el testimonio de cuantos privadamente lo trataron; y no sólo nunca compró esclavos, sino que otorgó la libertad á cuantos por herencia le tocaron, socorriendo y pensionando luego á los que por razón de edad no podían cabalmente gozar del beneficio de la manumisión; pero nacido y educado en un Estado del Sur, abundando sinceramente en las ideas del partido demócrata, no pudo resistir al deseo de echar en la agitada balanza el peso del gran cuerpo judicial que presidía, halló la mayoría de sus colegas dispuesta á acompañarlo en la aventurada empresa, y cometió el error imperdonable. Error de que él mismo fué la víctima primera, pues las crueles odiosas frases que corrieron de su pluma permanecerán eternamente adheridas á su nombre, y se necesita tener bien presente toda la buena fe, todo el desinterés personal del hombre para comprenderlas y atenuarlas.

El fin anhelado no se alcanzó ni siquiera aproximadamente, ni aun en el primer momento; el mal en vez de aliviarse persistió agravándose, y contribuyó, por contrario efecto, á cerrar el paso á todo acuerdo posible entre los dos grandes partidos separados por la cuestión de la esclavitud.

Era claro que los jefes del Sur, que tan arrogantemente pedían desde algunos años atrás el reconocimiento de sus derechos y de su carácter de amos de esclavos en los Territorios, sin arredrarles el peligro de arruinar la fábrica política, no habrían de ceder ó disminuir sus altivas exigencias, ahora que el Tribunal supremo proclamaba la legalidad, la corrección constitucional de su programa. El miedo del porvenir, que tan justamente les infundió el número inesperado de votos reunido por la candidatura adversa, comenzó instantáneamente á minorar, gracias al poderoso apoyo de la aprobación judicial; exageraron sus pretensiones al mismo tiempo que crecían su orgullo y espíritu dominante, y llegaron hasta esperar confiadamente que el respeto á la ley, la sumisión á la cosa juzgada, sentimientos muy esparcidos y siempre vivos en la república, unidos al antiguo deseo de evitar á toda costa el desquiciamiento de la Unión, decidirían á la masa del pueblo á permitir la realización de sus designios.

El efecto entre los agrupados bajo el nombre de "republicanos" fué, como dije, contrario á lo previsto; los que procedían impulsados por ideas de moral y religión se exaltaron hasta el frenesí al encontrarse con la justicia apadrinando lo que consideraban abominable; los que obedecían á un plan político, los moderados, que esperaban tarde ó temprano el triunfo en las urnas electorales por los medios ordinarios, en nada cambiaron, porque sabían bien que la sentencia por Taney publicada resolvía sólo el caso concreto á que se refería, y acatándola á ese único respecto replicaban que los precedentes judiciales, cuando son errados, se destruyen por medio de fallos posteriores; y que una vez arrollado pacíficamente el partido esclavista en nuevas elecciones, las opiniones y tendencias de los magistrados de la Corte Suprema cambiarían poco á poco, por juego y obra de la misma Constitución tan falsa y lastimosamente ahora interpretada y aplicada.

Las cosas por tanto continuaron por breve término en idéntica posición; la gran batalla de principios y de programas tenía que trabarse y decidirse todavía en su verdadero terreno, la intervención de los jueces excitó de antemano las masas combatientes y les proporcionó gritos de guerra más nuevos y estruendosos.

CAPÍTULO VI.
Desacuerdo entre ambas ramas del Congreso sobre la admisión de Kansas.

El primer año de la presidencia de Buchanan fué el más fúlgido momento de fortuna disfrutado por el partido esclavista. Todavía hoy pudiera supersticiosamente creerse y decirse que el destino quiso engañarlo por última vez, en la hora misma que lo esencial estaba á punto de perderse, y, poniéndole delante el espejismo de la victoria, llevarlo seguramente con ojos deslumbrados á la catástrofe definitiva. Hallábase en posesión absoluta de cuantos recursos eran de apetecerse para cimentar indestructiblemente su predominio: poder ejecutivo, poder legislativo, supremo cuerpo judicial, todo laboraba y conspiraba en su favor.

Nadie acogió con más regocijo que Buchanan la declaración judicial que sancionaba la extensión de la esclavitud en los Territorios; los intransigentes del Senado y de la Cámara de Representantes tuvieron la satisfacción de oir decir en su nombre, en un mensaje especial, de 2 de Febrero de 1858, que Kansas era ya un Estado con tanta verdad y tanto derecho como otro cualquiera de la Unión, como Georgia ó las Carolinas, con esclavos como ellos, y por los mismos títulos digno de formar parte de la gloriosa federación. Si el Congreso seguidamente atendía las sugestiones del Presidente, aprobaba la situación á que se había llegado en Kansas por medios bien merecedores de reprobación, y admitía la nueva comunidad bajo la constitución que subrepticiamente, sin consulta real del pueblo, acababan de promulgar,—¡qué hermosa manera de coronar los esfuerzos de los últimos cuatro años! El equilibrio entre las dos secciones quedaba en el acto restablecido, y no habría ya peligro de perderlo nuevamente, pues el horizonte inmediato se vestía también de gratísimos colores; Tejas, el Estado enorme, de cerca de trescientas mil millas cuadradas de superficie, podía legalmente ser dividido en cuatro Estados, y en vez de dos, mandar ocho representantes al Senado, cualquiera que fuese la cifra de su población; más lejos los vastos espacios anexados después de la guerra contra Méjico ofrecían su fértil suelo á colonos venidos de todos lados para organizarse pronto del mismo modo y en las mismas condiciones que Kansas, y entonces, no diez y seis, sino veinte, veinticinco Estados, explotados por el trabajo de los negros esclavos, lucharían ventajosamente en Washington por medio de sus delegados contra los ávidos industriales y comerciantes del Norte, y tendrían en las manos los medios de exigir é imponer el respeto y la conservación de sus instituciones peculiares.

Pero el ardiente deseo los arrastraba demasiado lejos, como poseídos del frenesí que la fortuna vierte sobre aquellos que quiere perder, según el célebre apotegma que la Edad media atribuía al poeta cómico latino. El cúmulo de lisonjeras esperanzas comenzó á desmoronarse cuando más alto y compacto parecía. Apenas se dibujó claramente ante los correligionarios del Norte lo que se escondía detrás de esas apariencias y vieron hasta donde soñaban ir sus aliados del Sur con el Presidente de la República á la cabeza, se negaron algunos á continuar en tan tortuosa dirección, invadidos de mortal angustia al hallar inconciliables el amor de libertad que los animaba y la distinta situación legal que debía surgir de la ejecución de sus acuerdos. La opresiva duda se propagó con rapidez, y como tiene que suceder donde la voluntad popular es soberana y no carece de ocasiones de manifestarse, repercutió entre los miembros de la Casa de Representantes, desprendió de la mayoría imperante suficiente número de votos para que fuese rechazado el bill del Senado sobre la admisión de Kansas de la manera convenida, y la bien maquinada intriga cayó al suelo desbaratada.

Fué el naufragio definitivo de la cuestión, cuando más orgullosamente navegaba y desplegaba velas y grímpolas; naufragio sin posible salvación, aunque se empeñasen en excogitar las más ingeniosas combinaciones. La misma numerosa mayoría que la había acogido y prohijado con tanto afecto en el Senado, corría riesgo de disolverse, porque llevaba en el seno una herida incurable; Douglas, creador y firme mantenedor de la alianza entre representantes del Norte y del Sur, la había abandonado en tan críticos momentos y había votado con la minoría, es decir, contra la entrada de Kansas. Su defección tenía á la larga que sentirse como golpe mortal.

El fallo de la Corte suprema había sido terrible para el hábil senador de Illinois; sólo por prodigios de sofística destreza había logrado armonizarlo en los primeros días con sus doctrinas sobre el derecho popular de aceptar ó rechazar la esclavitud, y, mientras la insoluble antinomia no salía de la esfera teórica, bastaron subterfugios para acallarla. Pero si hubiera consentido ahora la transformación que por fraude y por violencia se pretendía consumar en Kansas, mermarían y aun quizás se desvanecerían su influencia y popularidad en el estado libre de que era senador, ante cuyos habitantes tenía precisamente que acudir ese año solicitando reelección. Con su perspicacia y prontitud habituales vió y corrió al peligro. Combatió el bill, votó en contra, dejó sin miedo caer sobre su cabeza las iras del Presidente de la República, la execración de sus antiguos aliados y sus colegas. Era luchador bastante fuerte para habérselas con todos, y aunque amargamente deplorara el golpe de muerte que asestaba, un interés personal, inmediato, superior, le ordenaba defender el puesto desde donde ejercía su influencia en el país. No lograr la reelección equivaldría á perderlo todo de una vez. Por el contrario, reelegido, le sobraría tiempo para recobrar luego su puesto en la plana mayor de su partido, si le conviniese, y aplicar los recursos nunca agotados de su maravillosa estrategia.

CAPÍTULO VII.
Campaña electoral en Illinois. Lincoln y Douglas.

Esa elección de nuevo senador en el Estado de Illinois por cumplirse los segundos seis años de Douglas en el puesto, fué (luego que abortó en Washington el plan de la admisión de Kansas) el acaecimiento capital de 1858, y el país siguió sus diversas fases con apasionada curiosidad.

Ordena la Constitución de los Estados Unidos que los senadores federales no sean elegidos directamente por el pueblo, sino por las asambleas y senados particulares de cada Estado, pero prácticamente acontece lo mismo que en las elecciones presidenciales, y el precepto constitucional respetado en la forma resulta ilusorio en la realidad. Al ser elegidos los miembros de esos cuerpos particulares, si es año en que toca elegir senador federal, van ya todos ellos comprometidos á nombrar una persona públicamente designada de antemano por la Convención del partido, y á menudo se ve dirigir é intervenir en la campaña ante el sufragio universal á los mismos individuos que han de pretender después el cargo senatorial ante el sufragio restringido. Es claro que en esos casos ni siquiera se guardan las apariencias, el pueblo encuentra ocasión de conocer y apreciar las opiniones, las facultades oratorias, el aspecto personal de los candidatos; manifiesta su voluntad en plena posesión de cuanto necesita para ilustrarla, y cuando escoge miembros de asambleas locales designa al mismo tiempo el ciudadano que quiere hacer senador de los Estados Unidos. No lástima, por tanto, ningún interés esencial la desviación introducida por la práctica en el cumplimiento del precepto constitucional.

La cuestión asumía por varios conceptos carácter excepcional. Los motivos de Douglas al desertar ruidosamente de su partido en materia tan importante como la suerte de Kansas, problema en que se creía él más genuino y leal intérprete de la verdadera doctrina «democrática», iban á ser por primera vez oficial y directamente juzgados por el pueblo de Illinois, Estado que por su población era el cuarto entre los treinta y uno de la federación[23]; Douglas mismo, además, que tan cerca estuvo de sobrepujar á Buchanan y obtener la candidatura presidencial, que alimentaba todavía fundadas esperanzas de conseguirlo en la próxima ocasión, que era el hombre de estado más conspicuo, de mayor reputación en el país, se presentaba armado en el palenque y resuelto á entrar en combate desplegando todos sus recursos, pues era de vida ó muerte política para él el lance que jugaba.

Pero esa campaña electoral en un pedazo del interior de los Estados Unidos es famosa, inolvidable para la posteridad, por el gran papel histórico que estaba reservado, que allí empezó á representar ante los ojos del pueblo americano, que más adelante representaría ante el mundo, otro personaje, el adversario precisamente que venía á disputar con Douglas la palma de senador, Abraham Lincoln, unánimemente designado ya por el partido republicano de Illinois como único capaz de luchar con armas de fuerza igual contra enemigo de pujanza tan probada.

Las armas á la verdad no eran iguales sino superiores, y fueron manejadas con tal destreza y tanto vigor que el nombre de Lincoln, abogado del foro de Springfield, capital de Illinois, apenas conocido más allá de los lindes del Estado, corrió inmediatamente repetido de boca en boca y desde esa época contado en el partido republicano como uno de sus jefes más hábiles y valientes. Apenas supo que era el candidato de la Convención reunida en Springfield para la senaduría, se halló que tenía trazado en su mente todo el programa conforme al cual había de llevarse á término la campaña y lo expuso en un discurso, que sus biógrafos más recientes[24] califican como el más cuidadosamente preparado de su carrera política, que pronunció de memoria sin tener delante ni notas ni borrador, revelando con ello el valor que daba á ese primer paso de una marcha decisiva, en que le tocaba el honor de ser portaestandarte de un gran partido á más grandes cosas destinado. Desde las frases iniciales descúbrese ya el aspecto original de su elocuencia, mística al mismo tiempo que sobria, precisa, concluyente, en que entran por muy poco los adornos del arte, combinando en proporciones bastante altas las condiciones únicas que permiten desdeñar sin riesgo los auxilios de la retórica, es decir, perfecta sinceridad de sentimientos, no creados para el caso, sino nacidos y educados al calor de antiguas convicciones, y cabal percepción en todos sus aspectos del objeto supremo á que tienden sus palabras.

Empieza el discurso como un sermón de iglesia, sin que sea esto querer colocarlo como ejemplo de oratoria untuosa, recitando el versículo conocido del Evangelio de San Marcos: «Una casa dividida contra sí misma no puede permanecer»; y desde el exordio, llevando á los oyentes in medias res, continúa de esta manera: «No creo que pueda nuestra patria indefinidamente subsistir con una mitad esclava y otra libre. No espero que la Unión se disuelva ni que la casa se derrumbe, espero, sí, que cesará de hallarse dividida. Tendrá que ser lo uno ó lo otro. O bien los adversarios de la esclavitud contendrán el ulterior desenvolvimiento de ese régimen hasta aquietar el espíritu público, convencido al fin de dejarlo en el camino de su extinción definitiva; ó bien sus defensores lo llevarán aun más lejos, hasta reconocerlo por igual en todos los estados, en los antiguos y en los nuevos, en el Norte y en el Sur.»

En torno de este dilema, con tan enérgica precisión formulado, giró la discusión por parte de Lincoln y escrupulosamente se mantuvo siempre en el terreno político, sin dar á sus acometidas contra la esclavitud el tono agresivo y revolucionario que afectaban los abolicionistas; porque cumple no olvidar que ese hombre, que cuatro años después debía expedir bajo su nombre y su exclusiva responsabilidad de supremo jefe militar la proclama justiciera que desde el día primero de Enero de 1863 otorgaba la libertad á cuatro millones de negros esclavos, y dejaría en la historia estela luminosa como uno de los más grandes benefactores de la humanidad, no era entonces ni fué jamás abolicionista en el sentido sectario de la palabra, como tampoco sería exacto incluirlo en el grupo de fanáticos sublimes que consagran su vida, sin soñar en premio ni beneficio personal, á la realización de remotos elevados ideales. Abrigaba dentro de su generoso corazón inagotable caudal de benevolencia, que abundantemente se esparcía por todo su ser, y daba á las rudas facciones de su desairado rostro esa viva y honda expresión de melancolía y de piedad, que lo envuelve como una aureola. Los sufrimientos y la horrible crueldad, que necesariamente acompañan al yugo de la esclavitud, despertaban en su alma profunda y ansiosa simpatía por la suerte de la raza infortunada; pero su sagacidad práctica, su innato amor de la justicia le mostraban y recomendaban también la otra faz del arduo problema, y claramente veía que en aquel período de discusión pacífica, en aquella comunidad en que parecían equilibrarse impulsos diametralmente contrarios, la solución no debía atropellar opiniones, intereses respetables crecidos al amparo de derechos por largo tiempo tenidos como indudables. No es de extrañarse, por consiguiente, que en otro discurso pronunciado pocas semanas después, volviendo sobre uno de los extremos del dilema, declarase que la extinción final anhelada por él como adversario de la esclavitud no tenía en su mente plazo fijo de un día, ni de un año, ni de dos, y podría muy bien retardarse acaso un siglo entero, "pero no me queda duda" agregaba "que vendrá y se realizará en los mejores términos para ambas razas en la hora señalada por Dios".

Lincoln, nacido en Febrero de 1809, tocaba entonces, á la edad de cuarenta y nueve años, el punto culminante y luminoso de la lenta y difícil ascensión de su contrastada existencia; allí se produjo en él algo grande y decisivo, como una transfiguración definitiva, y de la empinada cumbre no descendió más, continuó siempre en las alturas, rodeado á menudo de relámpagos en el período de la guerra civil, contemplado, admirado por millones de seres humanos, hasta la trágica catástrofe que terminó prematuramente su carrera y preparó la merecida apoteosis final. Era una naturaleza excepcionalmente robusta, como bien lo indicaban su estatura gigantesca, su fuerza muscular, extraordinarias ambas aun en aquellas sociedades primitivas del Oeste á medio civilizar en que pasó su juventud, y en las que no escaseaban coyunturas de practicar ejercicios corporales. Había emprendido muchos caminos, trabajando siempre duramente para ganar la subsistencia; en ninguna de sus ocupaciones: colono, agricultor, patrón de lanchas surcando afluentes del Mississipi ó el Mississipi mismo hasta la delta de su desembocadura, oficial de voluntarios en la guerra contra indios salvajes, luego comerciante al por menor, auxiliar de agrimensor,—supo descubrir ó aprovechar ocasiones de prosperar con rapidez. Nunca, en resumen, desplegó la necesaria dosis de energía y actividad, como embargado por un ideal oscuro de superioridad moral que vagamente entreveía, y tras el que tendía las alas fatigadas de su espíritu un poco lento, un tanto perezoso, aunque lleno siempre de generosas ambiciones.

En todo ese tiempo fuéle apenas dado cultivar su inteligencia más allá de las primeras letras aprendidas en la niñez, y ya en edad de hombre trató de estudiar la gramática de su lengua, que por cierto no llegó á poseer y dominar completamente. Más adelante comenzó estudios imperfectos de jurisprudencia con intención de ejercer la abogacía, profesión que al fin exclusivamente abrazó. Su variada experiencia de los hombres y las cosas, su perspicacia ingénita, su talento vigoroso de orador natural dilataron inmediatamente el horizonte, permitiéndole, allí donde el derecho y la política venían á ser una misma ocupación, emplear y satisfacer al cabo su amor viril de libertad y de justicia, único sentimiento tal vez capaz de excitarlo hasta el grado de intensidad en que se realizan acciones grandes y famosas.

Fué elegido cuatro veces miembro de la legislatura local, y una vez, en 1846, de la Cámara de Representantes en Washington; mas la política de términos medios y efímeras transacciones que en la fecha imperaba agotó muy pronto todo el interés que lograron los negocios públicos inspirarle, y por último se encerró estrechamente durante seis años en la práctica de su profesión. Este período de relativa tranquilidad y meditación se intercaló entre las dos épocas de su vida pública muy á la sazón y afortunadamente; en él pudo perfeccionar sus conocimientos incompletos, cultivar sus facultades, llegando por medio del estudio asiduo de la dialéctica y las matemáticas, unido al manejo constante de los negocios forenses, á contraer el hábito de exponer clara y metódicamente las más complicadas cuestiones, de eslabonar fuertemente su argumentación, ir derechamente á la verdad, derribando falacias, atacar con vigor el flanco débil del adversario y usar siempre el lenguaje más sencillo y comprensible, dotes todas que después tan señaladamente lo distinguieron, y encubren ó compensan ciertos defectos inevitables, ciertos otros rasgos extravagantes que traían su origen de la instrucción limitada, de los hábitos formados en la juventud, de las compañías vulgares y las ocupaciones desagradables de gran parte de su existencia, como por ejemplo la tenacidad importuna con que introducía cuentos, anécdotas y chistes, de muy mal gusto á menudo, en graves ó solemnes conversaciones.

Mucho había cambiado ya cuando la cuestión de Kansas y la supresión de la línea del Missouri, trocando en 1854 la faz de las cosas y anunciando luchas reñidas, le hicieron salir de su retiro y le avivaron la ambición de servir la patria otra vez y combatir sin tregua la funesta política iniciada por la plana mayor de Washington, política en que su propio Estado, bajo el nombre y dirección de Douglas, asumía tan directa y peligrosa responsabilidad. Contribuyó enérgicamente á la organización y disciplina del partido republicano prestándole toda su influencia y su palabra. Marchaba tan rápidamente su reputación, que ya en 1856 se vió apuntar su futuro prestigio nacional en la Convención de Filadelfia, donde obtuvo desde el primer escrutinio más de cien votos electorales para la Vicepresidencia de la república; la mayoría de los delegados entonces no lo conocía, prefirió otro candidato, muy ajena de presentir, al escuchar allí por primera vez las sílabas del nombre oscuro de Abraham Lincoln, que habían de ser dentro de cuatro años el signo seguro de victoria inscrito en los estandartes del partido.

CAPÍTULO VIII.
Duelo de oradores.

Cuando de Washington llegó Douglas á defender personalmente en Illinois su candidatura senatorial, fué acogido por sus partidarios entre vítores, músicas y luminarias; desde las primeras reuniones el entusiasmo provocado por su presencia anunciaba el mismo triunfo fácil y completo de luchas anteriores. Para orador de plaza pública contaba Douglas con dos grandes ventajas: vigor físico extraordinario y resistencia infatigable; su talento de tribuno popular, compuesto por partes iguales de audacia y habilidad, sabía seducir la multitud halagando malas y buenas pasiones, sabía imponer despóticamente su opinión afectando confianza y envolviéndose en el manto de su autoridad y prestigio como antiguo y nunca vencido jefe del partido demócrata.

Su posición era, sin embargo, en aquel encuentro extremadamente delicada. La política de íntimo acuerdo entre miembros del partido en el Norte y en el Sur, que á él debía el grande impulso y militante aspecto tomados desde 1854 al abolir el compromiso y fomentar la colonización de Kansas en favor de los dueños de esclavos, subió á su apogeo en 1857 con la sentencia del Tribunal Supremo y las recientes combinaciones fraguadas para arraigar más firmemente la debatida institución; pero en realidad las cosas habían corrido mucho más allá de lo que Douglas deseaba, y vinieron á dejar minada por la base la posición que ocupaba, pues si conforme á la interpretación del Tribunal á nadie era lícito oponerse al establecimiento de la esclavitud en los Territorios, resultaba ilusoria, inútil, la facultad por él tan encarecida de resolver como atribución de la soberanía popular lo que la ley constitucional tenía ya concedido y reconocido. La contradicción de ambas teorías era evidente, la una inutilizaba la otra, y entre la interpretación de un simple senador y el fallo inapelable de la Corte no podía vacilarse al elegir. Douglas así lo confesaba con el hecho de apartarse en el Senado de la mayoría de sus colegas, de votar contra el partido que él mismo había conducido tantas veces á la victoria, de ofrecer, en fin, el raro espectáculo de un general en jefe disparando contra sus tropas en el momento decisivo de un asalto, sólo por disentir respecto á un punto de táctica constitucional. De ahí para el candidato un doble peligro que era menester conjurar:—si defendía la doctrina del Tribunal con todas sus consecuencias, se enajenaba partidarios en el Norte, en su propio Estado, y podía perder la senaduría;—si la repudiaba ó atenuaba en cuanto no ajustase á su vieja idea de soberanía popular, ahuyentaba número mayor de partidarios en el Sur y perdía seguramente la esperanza lisonjera de llegar á la Presidencia de la República.

Todo esto comunicaba á la campaña muy dramático interés, y aumentó más cuando se supo que Lincoln tenía resuelto retar su adversario á combate singular ante el pueblo, esto es, proponerle recorrer juntos los pueblos y ciudades, hablar, y refutarse recíprocamente sus argumentos ante los mismos auditorios. El cartel no podía ser rehusado. No eran raras en aquellas regiones justas oratorias de la misma especie, y en esa vez el vigor de los contendientes, el alto honor que disputaban, el aprecio de que gozaban, contribuyeron, además de la importancia de la cuestión sobre que versaba el litigio, á excitar palpitante curiosidad. Acordaron reunirse en siete ciudades diferentes, cada sesión duraría tres horas, el que primero hablase dispondría de una hora, el contrincante de hora y media para replicar, y se reservarían los restantes treinta minutos para aquél á quien hubiese tocado abrir el debate.

Conocíanse muy bien de antemano ambos adversarios, habiéndoles sobrado ocasiones de encontrarse desde la época en que casi á un mismo tiempo llegaron por rumbos diferentes á establecerse en Illinois en busca de fortuna. Lincoln, que era cuatro años mayor, llegó primero, de Kentucky en el Sur, Douglas poco después, de Vermont en el Norte. Domiciliados allí obtuvieron los dos al fin, si no riquezas, bienestar y consideración, aunque Douglas, como más activo y emprendedor, se había abierto mejor y más pronto su camino; ya en aquella fecha había ganado dos veces y disfrutado durante doce años el envidiable puesto en el Senado nacional, que para Lincoln todavía era una esperanza incierta, demasiado ambiciosa quizás. La lucha, á pesar de que por momentos asumió tono muy violento, se mantuvo, en suma, libre de improperios demasiado odiosos.

No estaba Lincoln destinado á ser senador de los Estados Unidos. En cuanto á ese objeto final fué derrotado sin duda en la contienda, pero ganó innegablemente en la discusión la palma de la victoria y de ella brotó toda su gloria futura. El tomo en que se imprimieron sus discursos en esos debates circuló profusamente en el país, y hasta el triunfo de 1860 fué el arma mejor de guerra de que dispuso el partido republicano[25]. La discusión velozmente se extendió fuera del círculo estrecho de la elección de una asamblea local y un senador, y se elevó á espacios superiores y más vastos, como previniendo ó anunciando la gran lucha que tres años después había de trabarse. Acaso Douglas, aplicado intensamente á la imprescindible necesidad de conservar la dignidad senatorial, no veía esa faz de los debates tan clara como Lincoln mismo, en quien el interés personal era menor y la ambición menos definida todavía, menos ardiente. Cuéntase que antes de dirigir Lincoln á su rival cierto famoso interrogatorio en el segundo de los encuentros, en Freeport, aconsejado por sus amigos de aplazar una de las preguntas, porque podría perjudicarle y hasta costarle la pérdida de la elección, replicó: "se trata para mí, señores, de levantar caza de mayor cuantía; si Douglas contesta, nunca llegará á ser Presidente de los Estados Unidos, y la campaña de 1860 importa cien veces más que la presente[26]".

Esa pregunta famosa, que tan caro costó á Douglas haber absuelto, tendía á hacerle declarar si legalmente existía entonces algún medio de excluir la esclavitud, en el caso de que se le antojase á cualquier ciudadano entrar en un territorio y establecerse acompañado de sus esclavos. El Tribunal supremo tenía resulto por su fallo que no, resolución festejada, encomiada y pregonada por las masas del partido demócrata como preciosa garantía del cumplimiento de sus deseos. Si Douglas por el contrario contestaba que sí, y construía para salir del escabroso paso alguna sofística explicación, salvaría tal vez su candidatura de senador, pero sacrificaría por lo inmediato lo más grande que estaba detrás, la primera magistratura del país.

Contestó en efecto que la sentencia válida y vigente de la Corte resolvía la cuestión solamente en lo abstracto, y que en las asambleas locales residía la facultad de dictar reglamentos hostiles, para hacer imposible la aplicación de la doctrina legal. A lo cual Lincoln instantáneamente replicó: «Yo califico de injusta é improcedente la decisión del Tribunal y lealmente pido su revocación; el juez Douglas se revuelve enfurecido contra los que pretendemos una cosa tan natural, y propone, en cambio, quitarle en la realidad toda su fuerza y su valor legal, pero aparentemente dejándola en pie. Jamás ha brotado idea más monstruosa por los labios de persona que á sí mismo se respete».

Douglas era demasiado avisado para no ver el lazo que le tendían, para no adivinar el abismo en que con su respuesta podía caer; probablemente en el apuro prefirió atender á lo más urgente y fiar el porvenir á su destreza y su fortuna. Logró la reelección, pero la frase fatal pronunciada en Freeport se le adhirió como túnica maldita, neutralizó la mejor parte de su habilidad y energía, embarazó todo ensayo de reconciliación con su partido, y la futura presidencia tocó precisamente al rival vencido, que le arrancó la amañada respuesta.

La suma trascendencia de los principios de moral pública y privada que se hallaban frente á frente, la importancia de sus consecuencias políticas y sociales, el movimiento dramático de esa especie de pugna cuerpo á cuerpo, por decirlo así, entre dos hombres eminentes, imprimen excepcional alcance á los discursos pronunciados en la campaña, y permiten, á despecho de graves imperfecciones, leerlos todavía con algún interés, con bastante provecho. Los de Lincoln son superiores, porque dejando pronto á un lado la cuestión de personas, se elevan á terreno más abierto, en que es más puro el aire y más franco el horizonte, abordan prontamente la situación más alta desde donde, contemplada la institución de la esclavitud bajo todos sus aspectos reales, es posible fijar la horrible injusticia en que se funda y las perniciosas consecuencias con que pervierte y abruma á los mismos que la defienden y ciegamente la fomentan. Medidos conforme á reglas precisas del arte, no son por de contado obras maestras, ni mucho menos; la desgracia de versar siempre sobre el mismo tema, de tener que amoldarse á auditorios demasiado numerosos de campesinos iliteratos, pronunciados á menudo al aire libre, deformados por la necesidad de modificar ó extirpar á cualquier costa errores arraigados, los atesta de lugares comunes y monótonas repeticiones. Pero la sinceridad con que busca Lincoln armonizar el respeto á la ley con el fervor moral de sus convicciones, infunde vida y calor á las palabras; y como abrigaba siempre en lo íntimo de su ser una vena poética, no muy rica, pero de buena ley é inagotable, el delicioso aroma acude de cuando en cuando á la superficie y revela con delicados y sutiles efluvios su presencia.

Entre un total de doscientos cincuenta y dos mil votos recogidos apareció en favor del partido demócrata una mayoría de poco más de mil sufragios, y al, reunirse la legislatura de Illinois en el mes de Enero, fué reelegido Douglas para el Senado por cincuenta y cuatro votantes; Lincoln reunió cuarenta y seis. La derrota no era un desastre, y sin jactancia había lugar de confiar en el porvenir, dadas las circunstancias especiales que militaron por Douglas. El desaliento no debía por tanto dominar al vencido, pero no es de extrañar que al cabo de tan largo y penoso esfuerzo sintiera Lincoln la resignada tristeza que revelan las siguientes líneas de una carta privada: «Mucho me alegro de haber entrado en la lucha. Hallé el medio, que no hubiera tenido de otro modo, de hablar y ser oído sobre la grande, la perpetua cuestión del día, y aunque ahora me sepulte en el olvido y no se acuerde nadie más de mí, he dejado vestigios cuyo valor en pro de la causa de la libertad durarán mucho tiempo después que haya yo salido de la escena.»[27]

Las trazas eran más profundas de lo que él mismo se figuraba, y aunque su ambición siguiese entonces reducida á buscar y lograr en otra oportunidad el cargo de Senador, honor mucho más alto le reservaban sus compatriotas llenos de gratitud, llenos de confianza en quien tanta energía y vigor intelectual acababa de desplegar.

CAPÍTULO IX.
Proyectos de anexar la isla de Cuba.

No hay en la historia de los Estados Unidos período más triste que el cuadrienio presidencial de James Buchanan. No puede ser otro el juicio de la posteridad, aun cuando, para aplicarle toda la indulgencia posible, se atienda sólo á los tres primeros años y se prescinda del ruinoso y vergonzoso epílogo, de los cuatro revueltos y miserables meses últimos, desde las elecciones de Noviembre hasta la inauguración de Lincoln, en Marzo de 1861, durante los cuales siete Estados de la Unión se concertaron y organizaron á ciencia y paciencia del primer magistrado de la República, dueño del poder ejecutivo, para romper el lazo nacional y formar ellos solos una nueva confederación independiente, mientras el infeliz anciano, responsable ante sus conciudadanos y ante la historia, confesaba su impotencia absoluta de prevenir y evitar cuanto estaba sucediendo, y en su penoso azoramiento afirmaba que las leyes del país lo dejaban desarmado y sin autoridad para oponerse á los actos de rebelión de los conjurados.

Apenas instalado Buchanan en la Casa Blanca en Marzo de 1857, se imaginó suficientemente capaz de aquietar los ánimos de amigos y enemigos, de resolver por su simple iniciativa el candente problema que entre las dos opuestas fracciones tan violentamente se agitaba y de robustecer la amenazada unión de los estados. Movíanlo, sin duda, excelentes intenciones, pero engañado por su vacilante voluntad, por su cortedad de vista, su inteligencia limitada, ideó realizar la ardua empresa, ajustar el equilibrio, echando sobre uno de los platillos de la sacudida balanza todo su peso como depositario del poder ejecutivo. Juguete de la alucinación más extraña y menos disculpable en el jefe supremo de una poderosa nación, creyó que desavenencias tan graves podían componerse, favoreciendo sin medida la parte más extremada, la que se jactaba de desbaratar la patria, si era menester, por lograr su sedicioso empeño, la que veinte veces había obtenido completa satisfacción y formulaba, después de cada jornada victoriosa, mayores y más exageradas pretensiones.

Es difícil todavía comprender y juzgar imparcialmente su conducta, y persisten en sus país, á despecho del tiempo transcurrido, dos corrientes de opinión en sentido muy diferente. Por de contado que no es ya lícito repetir los fallos precipitados, violentamente hostiles, de los primeros días de la contienda civil, harto excusados por la angustiosa situación de horas tan críticas, que atormentaron sin piedad al pobre hombre, penetrando hasta el retiro en que se mantuvo encerrado los últimos siete años de su vida, hasta su fallecimiento en 1868 á los setenta y siete años bien cumplidos. La acusación injusta de perfidia, de complicidad directa en la traición cometida por algunos miembros de su gabinete, sólo una vez pareció condensarse y formularse en hechos determinados, ante cuya enunciación no era dable permanecer callado ni indiferente, á pesar de la estoica dignidad en que le plugo envolverse; redactó y publicó entonces una vindicación de sus actos en las postrimerías de su presidencia. Años después Ticknor Curtis, distinguido autor de una apreciable «Historia de la Constitución de los Estados Unidos», tomó enérgicamente su defensa en un extenso trabajo, que puede leerse abreviado y sin faltarle ningún rasgo esencial en la Enciclopedia de Biografía americana de Wilson y Fiske [28]. En ambos escritos sostiene Curtis la rectitud perfecta de la conducta oficial de Buchanan; por lo demás su carácter privado jamás ha sido por nadie mancillado ni tampoco el constante, apasionado respeto á la ley fundamental de la república, que fué norma de su existencia, virtud informante de sus actos.

Más cerca de la verdad parece H. von Holst, y no creo se aparte mucho de la equidad histórica, al decir que «la debilidad, la terquedad y la presunción fueron los elementos que en desastrosa combinación crearon el carácter de Buchanan y suministraron los hilos para urdir la tela de su desgraciada política.» [29]

Debióse el triunfo de su candidatura en la Convención, como ya he apuntado, á la necesidad de asegurar para el partido los cincuenta y cuatro votos que representaba el estado de Pennsylvania, donde era muy estimado; también al decidido empeño de evitar á toda costa que fuese Douglas el preferido, pero se granjeó la protección indispensable de los principales caudillos del Sur merced á su larga residencia en el extranjero, lo que le había permitido pasar por neutral entre las dos tendencias que opuestamente preponderaban en el partido y lo mantenían en equilibrio siempre inestable, circunstancia que prestaba á su candidatura un cierto matiz de transacción, mientras en realidad sería, y con más fuerza que ninguno de sus antecesores, lo que después paladinamente se dijo de él: «hombre del Norte con las ideas del Sur». Había, además, dado prendas durante su plenipotencia en Europa, cuando fué á Ostende y á Aquisgran para confabularse con Mason y con Soulé, sus colegas de Francia y España, y lanzar juntos el célebre, escandaloso documento diplomático, conocido con el nombre de Manifiesto de Ostende, en que se anunció al mundo que la diplomacia de los Estados Unidos consideraba la anexión de la isla de Cuba como requisito necesario del desenvolvimiento nacional, que su traspaso por medio de contrato de compraventa pacíficamente concertado sería tan beneficioso para España como indispensable á la república angloamericana, pues de otra manera podría ésta muy bien creerse en el caso de resolver por si sola la cuestión, atendiendo únicamente al interés de su seguridad y de su paz interna.

Esa idea de anexar la isla de Cuba, desde mucho tiempo antes acariciada por casi todos los políticos norteamericanos sin distinción de partido, por juzgarla tan fácilmente realizable como lo había sido la cesión de Luisiana y de las Floridas, adquiridas de Francia y de la misma España; idea que no apartaban de la mente y modificaba siempre su conducta en asuntos de política extranjera, como claramente lo indicaban las reservas y condiciones con que aceptaron el proyecto de Congreso americano concebido por Simón Bolívar y abortado después en Panamá,—fué convirtiéndose poco á poco en artículo permanente del programa de los esclavistas, los que tramaban acrecer así la influencia de que gozaban en el gobierno, y aplicar solapadamente la fortuna general de la nación al triunfo particular de sus intereses especiales. La evolución de este plan, cuya próxima aplicación venía á revelar el manifiesto de Ostende, halló nuevo resorte motor en Pierre Soulé, exsenador de Luisiana, ministro plenipotenciario en España, ardiente entre los más ardientes defensores de la esclavitud, que había ido á Madrid á estudiar los medios más eficaces de impulsar la anexión de la isla, y había provocado después la entrevista en Bélgica con sus colegas. Buchanan, por su parte, prohijó gustoso el plan y no vaciló en estampar el primero su firma al pie del documento, bien persuadido de halagar así los instintos más vivaces del partido y de trabajar en beneficio de sus intereses políticos.

La obra de los tres diplomáticos nació por su propia esencia condenada á no traer consecuencia práctica de especie alguna, trasunto del completo error en que vivían los estadistas americanos al suponer que el gobierno de Madrid quería y podía efectivamente desprenderse de Cuba por medio de un contrato, cuando lo uno no era cierto y lo otro no era realizable. Soulé, más impetuoso y de vista más perspicaz que los demás, aconsejaba al gabinete de Washington precipitar un rompimiento con España, aprovechar el momento aquel en que la guerra de Crimea tenía á Europa inquieta y ocupada, y ganar por las armas lo que buenamente no se conseguía; pero el presidente Pierce titubeó, bien á su pesar, ante la resistencia de su secretario de Estado. Negóse éste rotundamente, por razones de política interior, á entrar por esa senda, la osada sugestión fué desatendida y fracasó todo, quedando su recuerdo como una prueba más del desconcierto y relajación que la absorbente cuestión de la esclavitud introducía en la diplomacia, lo mismo que en las otras ramas del gobierno.

Marcy, pues, el secretario Marcy únicamente, fué quien anuló el grande arranque de Soulé, y aunque no faltaron en el gabinete de Pierce otros ministros para apoyar los proyectos del plenipotenciario, miedo de dislocar el Consejo y deseos de no fraccionar el partido contuvieron por último al Presidente. Contribuyó, además, al desenlace el haberse calmado en el país la efervescencia causada por las intenciones é ideas que se suponían al general Marqués de la Pezuela durante el breve período de nueve meses que gobernó con facultades extraordinarias la isla de Cuba. Había llegado ese general provisto de instrucciones, redactadas á instancias de la Gran Bretaña, para reprimir enérgicamente la trata de África, que clandestinamente se toleraba todavía, y pareció por un momento inclinado á poner la mano sobre la institución misma de la esclavitud, desplegando en favor de la raza negra un interés, una solicitud, que ningún otro había mostrado allí jamás. Esto, á juicio de muchos de los prohombres del partido esclavista norteamericano, equivalía á precipitar lo que llamaban la «africanización» de la isla, amenaza de convertirla pronto en algo semejante á la situación de Haití, y el ejemplo podía ser muy contagioso y forzar desde luego á los Estados Unidos á prevenir la repercusión en su suelo y la probable propagación de tan horrorosa epidemia. La alarma, empero, nació y murió en el mismo año; el marqués de la Pezuela encontró acérrima hostilidad en la parte más influyente y poderosa de la población de Cuba, y á poco, de resultas de un pronunciamiento victorioso, cambió en Madrid la escena, se ordenó su relevo, y fué confiada la administración de la isla á otro militar de ideas contrarias, de carácter muy diferente y con opuesto género de instrucciones.

Buchanan continuó siendo de los que siempre creyeron en lo fácil de la compra, en que dependía de más ó menos millones de pesos, y con su obstinación genial y su constante anhelo de complacer á los dueños de esclavos no renunció á la esperanza sino la mantuvo viva y presente en su memoria. La protestación de la fe, redactada en nombre del partido para acompañar la candidatura presidencial, había prometido todos los esfuerzos necesarios para asegurar «la supremacía en el golfo mejicano» (to insure our ascendency in the Gulf of Mexico), y poco antes de verificarse las elecciones, había mostrado Buchanan tomar tan á pechos esa promesa, que decía: «si logro como Presidente resolver la cuestión de la esclavitud y anexar después á la Unión la isla de Cuba, exhalaré el espíritu tranquilo y traspasaré el gobierno á Breckenridge,» esto es, al Vicepresidente que iba á ser nombrado junto con él[30].

Engolfado durante la primera mitad de su presidencia en la procelosa cuestión de Kansas, faltóle tiempo que dedicar á la isla de Cuba, y solamente cuando el Congreso modificó hasta reducirlo á casi nada su plan de organizar el nuevo estado esclavista, pudo consagrarse á sus nunca borradas aficiones anexionistas y cumplir la palabra empeñada en la conferencia de Ostende. El momento parecía propicio. Douglas mismo, su gran rival dentro del partido, el que había con sus ataques despojado de toda autoridad y valer el plan sobre Kansas, libre ya del susto de perder su puesto en el Senado, volvía también los ojos codiciosamente hacia el Golfo mejicano. Recorriendo Estados del Sur en busca de aplausos para remendar su popularidad menguada por sus últimos desplantes y discursos en el Senado y en Illinois, y para recuperar hasta donde fuese posible el afecto de esa importante sección, había ido pregonando de ciudad en ciudad la necesidad de adquirir la isla de Cuba y había llegado hasta el extremo de decir que era un caso de incontrastable actualidad, superior á toda discusión, pues sonaba ya la hora de extender la mano y asir lo que el destino ordenaba á la nación como ley de su engrandecimiento[31].

Quizás ese ardor anexionista era, tanto en Douglas como en Buchanan, mucho menos real y sincero, mucho más superficial de lo que inducía á creer el vigor de las frases aludidas, porque uno y otro eran personajes arraigados en el Norte y jefes políticos cuyas mejores y más numerosas tropas se encontraban en el Sur, y todo venía en último resultado á resolverse para ellos en maniobra estratégica, en una manera de lograr posición ventajosa, con el principal objeto de infundir á sus seguidores la cohesión y unidad de propósito, de que en ese momento lamentablemente carecían. No era de creerse, por tanto, aunque lo dijeran, que los moviese la intención de librar á España de lo que consideraban carga tan inútil como peligrosa, para ofrecerle, en cambio, suma considerable de dinero contante, cuyo rédito anual fuera por sí solo superior al sobrante de las rentas de la isla. Ni mucho menos había de impulsarles interés por los hijos de Cuba, agobiados por el despotismo colonial de una metrópoli, que en pleno siglo XIX confiaba todavía á duros y atrasados gobernantes militares la misión de aplicar en sus últimas posesiones de América las ideas exclusivas y tiránicas de los azarosos tiempos de la conquista. Esos aspectos de la cuestión servían para deslumbrar embelleciéndola, para encubrir el fondo de intriga electoral ó de combinación de grupos, que era realmente lo único capaz de excitar y poner en movimiento á políticos de esa laya, cuyas miradas no iban más allá de las conveniencias del partido.

Cualquiera hubiera podido adivinar lo que á Buchanan ocurriría, al tocar ahora de nuevo este asunto, con recordar lo que él mismo había consignado diez años antes, siendo secretario de Estado del presidente Polk, en un despacho oficial, en que daba al representante americano en Madrid la orden de ofrecer al gobierno español la suma de cien millones de pesos, si lo encontraba dispuesto á ceder por dinero la isla de Cuba[32]. En el mensaje al Congreso de 6 de Diciembre de 1858 saca á relucir la misma idea, cambiada sólo la forma de su aplicación; y pronosticando futuras negociaciones decía que antes de todo juzgaba indispensable tener á su disposición los medios de hacer algún anticipo al gobierno español, inmediatamente después de firmado el tratado que se ajustase, sin necesidad de aguardar su ratificación por el Senado. Al mes siguiente el senador Slidell, amigo íntimo de Buchanan, sucesor de Soulé en la representación del Estado de Luisiana, (el mismo que navegando junto con Mason de la Habana á Europa fué apresado en alta mar y devuelto en libertad ante la enérgica reclamación de la Gran Bretaña), presentó un bill para autorizar el Presidente á gastar treinta millones de pesos con el fin de facilitar negociaciones encaminadas á la adquisición de Cuba.

Es un axioma histórico irrefragable: los Estados Unidos jamás comprendieron á España, como España jamás comprendió á los Estados Unidos. Estaban éstos destinados en virtud de la marcha fatalmente lógica de las cosas á arrancar un día á España por la fuerza sus últimas posesiones, y España, la inmensa mayoría de los españoles, jamás se resignó á prever la cuestión, á preparar por medio de un contrato su retirada en condiciones relativamente ventajosas. No hay más triste y penoso ejemplo de invencible obcecación por parte de España. Nunca hizo cosa alguna ni á tiempo ni sinceramente por conciliarse el respeto ó el afecto de sus hijos, fué al contrario sin escrúpulo ahondando el lago de sangre derramada por la bárbara represión, y tuvo al mismo tiempo la candidez de creer ganarse la buena voluntad del gobierno de los Estados Unidos con pequeñas concesiones de detalles ó vagas promesas de ventajas comerciales insignificantes. No tenía la magnanimidad de reconocer la isla como virtualmente perdida y de tratar con sus descendientes para salvar honrosamente lo que todavía era susceptible de ser salvado, como tampoco tuvo el sentido práctico de aceptar las garantías materiales y morales que los Estados Unidos una y otra vez solemnemente le ofrecieron. En realidad no sintió un solo instante la gravedad infinita de la situación, porque á su juicio una nación de héroes, robustecida por gloriosas tradiciones de tantos siglos, poco debía temer á una república anárquica de mercaderes, nacida ayer como un hongo en terreno demasiado fértil y engrandecida súbitamente sin cohesión ni armonía de sus partes componentes. Así, cuando llegó la hora de la crisis inevitable, lo perdió todo en una sola brevísima campaña, á que se precipitó con la impasibilidad del que tiene ojos y no ve las señales de los tiempos, del que tiene oídos y no percibe el ruido precursor de la tempestad.

Tanto orgullo en medio de tanta debilidad era para Buchanan enigma indescifrable, y en el mensaje al Congreso decía que era cosa de devanarse los sesos llegar á comprender que España, por conservar una colonia poco importante (comparatively unimportant), rehusase hacer lo que sin titubear ejecutó Napoleón primero, quien era "tan celoso como el que más del honor y los intereses de su nación, y no fué por nadie vituperado al aceptar un equivalente pecuniario en cambio de la Luisiana, cedida á los Estados Unidos".

Mientras Slidell redactaba, en nombre de la Comisión de relaciones extranjera el informe que debía abrir en el Senado la discusión de su bill, llegó á Madrid el texto del Mensaje presidencial, é inmediatamente exclamó en las Cortes el general O'Donnell que se exigiría cumplida satisfacción por tamaña injuria inferida al honor nacional, y la asamblea en masa, mayoría y minoría confundidas en la misma indignación, aplaudió y se adhirió á la vehemente protesta del primer ministro. No por eso sin embargo, se arredró la obstinación de Slidell, mantuvo los términos de su escrito como previendo, y de antemano contestando, el episodio de las Cortes, pues decía: "España es un país de golpes de estado y pronunciamientos, el omnipotente ministro de hoy acaso sea mañana un fugitivo..... Una crisis puede surgir en que la dinastía misma corra riesgo de ser derribada por no poder disponer prontamente de alguna fuerte suma de dinero efectivo"[33].

El escrito de Slidell es un trabajo notable, ordenado, repleto de útiles datos estadísticos tomados en buenas fuentes. Reúnelos por pura vanidad de informante escrupuloso, pues advierte desde el exordio que discutir la importancia para los Estados Unidos de la adquisición de Cuba es tarea tan innecesaria como empeñarse en "demostrar un problema elemental de matemáticas ó uno de esos axiomas de moral filosófica universalmente aceptados en todo tiempo", y que "en ninguna otra cuestión de política nacional se ha pronunciado en forma tan unánime la opinión general". Al enumerar las ventajas que á su juicio reportarían España y los Estados Unidos, la una cediendo la isla y los otros adquiriéndola, no olvida al pueblo cubano y evita tratarlo como simple mercadería, pues afirma como punto averiguado é indudable que "una mayoría inmensa, más que favorece, ardientemente desea, la anexión", y añade: "Extraño en verdad, sería que así no fuese, privada como se encuentra Cuba de todo género de influencia en los asuntos de interés local, sin representación en las Cortes, gobernada por hordas sucesivas de empleados famélicos, enviados por la madre patria á ganar fortunas y volver en seguida á disfrutarlas en los lugares de donde vienen. Menos que hombres serían si viviesen contentos bajo ese yugo".

No es más sombrío este último cuadro de lo que era en Cuba la realidad, pero le faltaba algo esencial. Si lo trazaba el senador con objeto de encarecer la fácil ejecución de su proyecto, no daba el valor que debiera á otra parte de la población de Cuba, sobre la cual no pesaba el yugo con la misma fuerza, que hasta lo estimaba cómodo y ligero, con tal que siguiese oprimiendo duramente á la masa de los nacidos en el país. Componíase entonces de unos sesenta mil individuos nacidos en España, todos hombres, casi todos en el vigor de su edad, para quienes la patria viva y varonilmente amada no era el suelo que los sustentaba, sino la península remota del otro lado del Océano; que temían sin cesar algo de hostil en torno y lo husmeaban con ojo avisor y ceño fruncido, conscientes de la injusticia perenne de que eran cómplices satisfechos; y que mientras la bandera metropolitana los conservase en posesión tranquila de sus privilegios y monopolios repugnaban con honda antipatía cuanto podía venir de la vecina república angloamericana. El gobierno no estaba tampoco en capacidad de ejecutar cosa alguna sustancial en la isla sin el concurso de esa parte de la población.

Entre los cubanos también la idea anexionista no era tan universalmente acogida como Slidell supone; las dos expediciones desembarcadas en la isla á las órdenes del general Narciso López y otros conatos revolucionarios prematuros, malogrados, se estrellaron contra la indiferencia popular, y probaron que no bastaba esa idea á despertar un gran movimiento de entusiasmo patriótico, como el que á la voz de independencia se vió tan velozmente cundir en 1868, precisamente cuando toda excitación del lado de los Estados Unidos había ya cesado, y nadie en ellos hablaba de la compra de la isla. Pero es positivo que el yugo bajo el cual doblaban la cerviz era insoportable, y cuantos allí recibían alguna instrucción, por rudimentaria y escasa que fuese, hubieran saludado con júbilo y apoyado la anexión con tal de sacudir el oprobioso y humillante régimen.

No tardó mucho en aparecer que el plan bosquejado por el Presidente en su Mensaje era una quimera, destituído de toda probabilidad de vida. A pesar del inteligente auxilio prestado por Slidell con su proposición de ley y con su informe, á pesar del absoluto dominio que el partido demócrata ejercía en el Senado, eran aquellos los días finales de la segunda y última "sesión" del trigésimo quinto Congreso, cuya existencia legal terminaba el 4 de Marzo de 1859, y la minoría del Senado, grupo ya muy respetable por su número, el sobresaliente mérito de algunos de sus miembros y el gran papel que su programa, el programa del porvenir, representaba en el país, podía fácilmente impedir por medios estrictamente parlamentarios que llegase el bill á votación definitiva. Antes de la clausura había que votar los presupuestos, y por la táctica de ocupar con discursos de oposición el limitado tiempo reservado á la cuestión, la hora fatal de la suspensión daría al traste con el Mensaje y con el bill.

Así literalmente aconteció. Estaba á la cabeza de la oposición el senador de Nueva York William H. Seward, hombre de suma habilidad, crítico sutil, formidable polemista parlamentario, en quien la fama pública señalaba un futuro Presidente, que no dejó pasar tan favorable coyuntura sin dirigir las estocadas de su palabra acerada contra los que gobernaban, atentos solamente á intereses de partido. Buchanan estaba irremediablemente desprestigiado por el desastroso fin de su empeño de sancionar la entrada de Kansas con la constitución esclavista; el secreto de su debilidad política era ya la fábula del país, y parecía alarde de extraordinaria simplicidad en él solicitar en esos momentos que el Congreso le diera prueba tan grande de confianza en su tacto é imparcialidad, entregándole treinta millones de pesos para gastarlos del modo que le ocurriese, en una fantástica negociación cuyos detalles eran un misterio, puesto que ni existían ni podían ser previstos todavía; para que cayesen en el abismo de su ignorante presunción, y de todas suertes quedasen gastados y perdidos en caso de que el Senado no aprobara el tratado, si algún tratado llegaba á ajustarse. No había, por consiguiente, de escatimar Seward ante pretensión tan extravagante las sarcásticas expresiones de lástima y desdén que el caso sugería.

Por cualquier lado que se mirase tomaba ello en efecto visos tan fuera de lo común, tan raros, que muchos dudaron siempre de que seriamente promoviesen Buchanan y su amigo y consejero Slidell la cuestión de confianza esperando de veras que el Congreso los siguiese por ese camino. Cuando se vió á Slidell abandonar por último el punto dejando la lucha suspendida indefinidamente, quedaron todos convencidos de que había sido una mera apariencia, nada más que deseo de causar un poco de ruido, de poner al partido, gracias á su apetito conocido de nuevos territorios con esclavos, en condiciones de recuperar la influencia y ascendiente que visiblemente disminuían.

La retirada del bill se verificó sin embargo con toda solemnidad, á guisa de funerales de alta clase, conduciendo Slidell el duelo con suma gravedad y manifestando deplorar vivamente el triste fin de la malograda proposición. Como último honor pidió que el Senado una vez más hiciera constar su simpatía profunda; dos tercios y más de los senadores se prestaron gustosos á dar esa prueba de amor puramente platónico. En la inmensa mayoría entró el partido íntegro con sus jefes ilustres; Douglas y Jefferson Davis, los dos polos de la agrupación, cabezas de sus dos alas extremas, votaron en un mismo sentido, y todos nuevamente afirmaron que era necesaria la adquisición de la isla. Agregó entonces Slidell que renunciaba á su derecho de mantener la proposición en la orden del día, por no estorbar en aquella hora avanzada de la espirante sesión la discusión de los presupuestos y entorpecer el servicio público, pero que se reservaba renovarla en la siguiente legislatura; todo lo cual no era más que cumplimiento de oración fúnebre, el bill estaba bien muerto y sin esperanza de resurrección. Con el aparente aplazamiento caía definitivamente la cortina, terminaba la última escena de la larga tragicomedia, que hubiera podido intitularse: "Tentativas de anexar á Cuba", y estuvo representándose á pedazos y á intervalos durante más de veinticinco años en la escena política[34].

Comedia, sí, pero por parte de los Estados Unidos solamente, tenazmente aferrados á su antigua idea de compra y aumento de territorio por "negociaciones honorables", como decía Buchanan en el Mensaje citado; fieles al empeño de suponer á España hasta ansiosa de ceder á Cuba por dinero, empeño que alimentaban, unas veces con reflexiones de historia filosófica, como las de Everett en un conocido despacho diplomático[35], afirmando que la decadencia española comienza al iniciarse en el siglo XVI la aplicación de su sistema colonial, y que "á partir de la pérdida de las más de sus colonias en el XIX había entrado en una corriente rápida de progreso desconocida desde la abdicación de Carlos V"; otras veces dirigiendo encubiertas amenazas, cuyo vano carácter tenían perfectamente penetrado los hombres de Estado en España, bien seguros de que en aquella fecha, dada la actitud de Francia é Inglaterra, no llegarían á transformarse en actos de hostilidad.

Mas lo que en Washington podía parecer extraña y mal coordinada comedia, tomaba desgraciadamente en Cuba doloroso aspecto y provocaba trágicos sucesos, que costaron muchas lágrimas y sangre generosa. Mientras los políticos norteamericanos hablaban sin medida en el Congreso ó ensayaban en las Cancillerías sus estériles ajustes, nobles esperanzas de poner término á su condición de colonos oprimidos excitaban á los cubanos, y juzgando algunos que les incumbía el deber de probar que eran dignos del anhelado rescate, que no eran esclavos afeminados, corrieron á las armas sin detenerles la certeza del desastre en pelea tan desigual, se lanzaron al campo estimulados por noble impaciencia, y murieron en lid desesperada, ó ascendieron impávidos las gradas del patíbulo, ó expiaron lentamente en presidios lejanos su imprudente arrojo.

España, por desgracia para ella y para Cuba, no aplicaba otro remedio á la situación que consejos de guerra y sentencias de muerte ó de cadena, ni corregía tampoco su sistema de explotación y predominio puramente militar. Cada año los hijos del país se sentían más lejos de ella, más agraviados, más hostiles, hasta que al fin llegase un día en que no quedase un solo lazo de afecto entre la colonia y la metrópoli, en que la venganza y el interés se aunasen para aconsejar todas las locuras, todos los sacrificios.

CAPÍTULO X.
John Brown.

Ocioso habría sido esperar que cuestión como la de Cuba, teórica y de poco inmediata aplicación en sustancia, hubiera vuelto á tratarse al término de la presidencia de Buchanan, cuando era evidente que cada nuevo día, acercando los hombres y las cosas á la crisis prevista de 1860, agravaba la preocupación general, y acrecía los temores del porvenir que á todos embargaban. En ese tiempo además, perdida ya por el partido demócrata la mayoría en la Cámara de Representantes, sentía muy disminuído su poder, aunque conservaba intactas sus posiciones en el Senado.

Menos de dos meses antes de reunirse el nuevo Congreso ocurrió de improviso, el 16 de Octubre de 1859, en las cercanías mismas de la ciudad de Washington, un suceso, que á las pocas horas resultó ser la más descabellada empresa, pero cuya simple noticia, dada la inflamable naturaleza de los elementos allegados en la república por la lucha encarnizada de los partidos, pareció caer como chispa desprendida del firmamento sobre un vasto y abierto almacén de pólvora, á determinar inmediatamente y sin remedio la inmensa conflagración que tanto se temía.

Un grupo de hombres venidos de los estados del Norte se apoderó por sorpresa en una noche oscura y lluviosa del arsenal que poseía el gobierno en Harper's Ferry á orillas del Potomac en el estado de Virginia; tomó las armas y pertrechos de guerra allí guardados, proclamó la emancipación general de los esclavos invitándolos á reunirse y organizar con los invasores el núcleo primero de una gran insurrección. Eran diez y ocho individuos nada más, número que no aumentó, pues los contados negros que á la fuerza se agregaron, de poco pudieron servir azorados ante la súbita invasión y embrutecidos por la larga servidumbre. A las treinta y seis horas se hallaron todos estrechamente cerrados dentro del Arsenal por vecinos de la ciudad, milicias de los alrededores, y una compañía de soldados de marina con dos cañones que acudió desde Washington mandada por el coronel Roberto Lee, el mismo que menos de dos años después sería renombrado general en jefe del ejército de la Confederación rebelde. Los asediados reducidos á menos de la mitad continuaron defendiéndose valerosamente, respondiendo sin cesar al nutrido fuego de la tropa y los milicianos, aguardando intrépidamente el asalto del edificio aislado en que por último se atrincheraron. Cuando terminó todo al amanecer del martes, vióse que del grupo entrado el domingo por la noche en el Arsenal diez habían perecido, cinco de los restantes, gravemente heridos, cayeron prisioneros; de estos últimos uno era John Brown y todos, con dos más capturados poco después, debían al mes y medio ser ahorcados públicamente.

Tocaba conocer de la causa á los tribunales de Virginia; la instruyeron y fallaron conforme á leyes, que interpretaron naturalmente en su más estricto sentido: ni hubiera sido procedente esperar otra cosa de dueños de esclavos en Virginia tomando parte en el proceso como jurados, cuando la voz de la vindicta pública reclamaba sin piedad en todos los estados del Sur castigo ejemplar para lo que sinceramente consideraban como el más odioso de los atentados.

John Brown fué un aventurero de heroicas proporciones, y como héroe efectivamente se condujo desde la hora en que forzó las puertas del arsenal de Harper's Ferry hasta el instante mismo en que el verdugo ajustó el lazo en torno de su cuello. Quizás el nombre glorioso que ha dejado parezca á muchos en marcada discrepancia con el acto de imprudente, desatentado arrojo en que su reputación se funda y con otros actos también de venganza implacable, terrible, que cometió durante su residencia en Kansas; pero la justicia popular sin titubear reconoció y aplaudió la corona de mártir y de santo, que en sus sienes inmediatamente pusieron los que con él trabajaban por la redención de los esclavos, hora por hora confirmada después por un pueblo entero en los años formidables en que al campo de tantas mortíferas batallas corrían millares y millares de voluntarios y de quintos, entonando como cántico de guerra, Marsellesa de la salvadora revolución, el himno que lleva su nombre, y gritando en coro la célebre frase final, el estribillo inmortal de sus estrofas: "el cuerpo de John Brown yace en polvo dentro del sepulcro, pero su alma marcha al combate con nosotros".

No es fácil encontrar en la historia muchos ejemplos de temperamento fanático tan característico y tan completo como el de este rudo abolicionista americano, ni entre los feroces adalides del Viejo Testamento, ni entre los sectarios modernos de Oliverio Cromwell; y de esas dos grandes familias de guerreros religiosos procede John Brown, pues descendía de uno de los puritanos que desembarcaron de la Flor de Mayo en las costas de Massachusetts, y porque su verdadera, casi única educación, en la juventud y en la edad madura, fué la incesante lectura de la Biblia, de la que sabía grandes pedazos de memoria, y repetía constantemente cuando hablaba ó escribía versículos de los libros hebreos. Por espacio de más de cuarenta años, de los sesenta que vivió, quizás no apartó un día su pensamiento y su voluntad del propósito á que desde muy temprano juró consagrarse[36], declarando, según sus propias expresiones, guerra eterna al esclavizamiento de los negros; y cumplió el juramento, bien organizando al principio colonias de negros libres en Nueva Inglaterra, ó favoreciendo en todo tiempo la fuga de esclavos de los estados del Sur al Canadá, ó batiéndose como un león en las guerrillas sangrientas de Kansas, ó preparándose para la aventura final en que halló la muerte. Tan inquebrantable era la fortaleza de su espíritu que, conforme á la relación de un testigo, (uno de los rehenes que tomó desde las primeras horas de su entrada en el pueblo) cuando se defendía ya cerca del fin, acorralado en la casa de máquinas del Arsenal, con uno de sus hijos muerto á su lado, otro gravemente herido y moribundo, gritaba para infundir ánimo á los pocos que quedaban moviendo el brazo y el rifle que tenía en la mano, mientras con la otra mano seguía ansiosamente los signos de vida en el pulso del hijo agonizante. Al caer prisionero estaba acribillado de heridas de arma blanca, pues peleó cuerpo á cuerpo hasta desfallecer; y cuando diez días después debió comparecer ante el tribunal fué llevado tendido en un catre; desde él respondía á los jueces y habló con serenidad pasmosa, admitiendo todos los cargos ciertos y rechazando con energía toda sugestión de excusa por causa supuesta de demencia. Algo repuesto ya de las heridas marchó el 2 de Diciembre con frente erguida hasta el lugar de la ejecución; allí, colocado sobre la trampa del tablado y con un gorro sobre los ojos, lo mantuvieron de pie un cuarto de hora, y en ese largo espacio de tiempo permaneció erecto, sin el menor signo de estremecimiento, sin que por un segundo flaqueara su extraordinaria energía[37].

Seres de tal temple, en quienes no oscila por terror una sola molécula del metal de su carácter, aún sometidos á las pruebas más violentas, nunca se sacrifican en balde, y es incalculable la impresión que dejan sobre los que presencian esos alardes de heroica constancia ó los oyen relatar por los asombrados circunstantes, impresión que necesariamente repercute por rumbos imprevistos y labora eficazmente en beneficio de la causa inspiradora y confortadora de esfuerzos tan sobrehumanos. En la situación de la república el suplicio de John Brown, decretado sin duda de acuerdo con la ley vigente y aplicado á un delito agravado en su consumación por derramamiento de sangre y destrucción de propiedades, apareció vestido de colores muy diferentes, no sólo ante las masas irreflexivas, sino ante hombres tan honrados y serenos como Emerson, como Thoreau, como varios otros, y mientras esos dos ilustres pensadores comparaban el suplicio en la horca del prisionero de Harper's Ferry con la crucifixión de Jesús, lágrimas infinitas de fecunda simpatía caían como fructificante semilla sobre un suelo preparado á recibirla durante muchos años de predicación y de enseñanza.

Del otro lado del Océano se siguieron también con palpitante interés las escenas del proceso, y desde la roca de su destierro voluntario en honor de la libertad se oyó la gran voz del poeta francés enalteciendo el heroísmo del prisionero. En el dibujo original y vigoroso en que luego trazó Víctor Hugo como empresa sublime el suplicio final, inscribió este emblema de su vida y de su muerte: Pro Christo sicut Christus.

John Brown es el único responsable de ese suceso para la posteridad, tanto en lo que tuvo de bueno y de malo, de heroico y de reprensible: él solo concibió el plan, y solo dispuso su ejecución. A pesar de sus relaciones personales con los abolicionistas de Nueva Inglaterra, que apreciaban en su justo valor su entereza y energía y le facilitaron auxilios pecuniarios, la obra fué de él exclusivamente, y la puso en planta como arrastrado por fuerza irresistible, como resultante final de todos los actos é impulsos de su vida. Nadie sabía cabalmente los detalles; algunos de los que en parte llegaron á conocerlos al través de sus místicas é incompletas revelaciones, adivinaron su insensata, irrealizable naturaleza; pero era imposible contenerlo, tenía fatalmente que marchar hacia donde lo llevaban su ilusión y su extravío.

La conmoción en los estados del Sur indicó cuan certeramente fué el golpe dirigido al punto vulnerable, y aunque casi á un tiempo mismo circularon las noticias de la tentativa y de su fracaso, el susto enardeció la indignación; los que desesperadamente luchaban por conservar su antigua supremacía en el gobierno general no habían de sentir pronto calmada la cólera producida por el repentino ataque tan derechamente encaminado al corazón, á la entraña esencial de su organismo y su poder. Al reunirse el 5 de Diciembre el Congreso, tres días después de la ejecución de Brown, parecía flotar sobre el Senado como una sombra negra el trágico episodio de Harper's Ferry; á los pocos minutos de abierta la primera sesión pidió el senador de Virginia, Mason, que una comisión especial investigara minuciosamente lo ocurrido y propusiese cuanto juzgase necesario para evitar su repetición; la comisión, que sin tardanza puso manos á la obra, constaba de tres individuos de la mayoría y dos de la oposición republicana, descollando entre los primeros Jefferson Davis, jefe parlamentario del ala extrema esclavista, como lo sería después de la Confederación del Sur.

Entretanto Buchanan, en quien la medianía del espíritu no consentía el grado de imparcialidad que su alta posición requería, creyó oportuno vituperar desde luego en su Mensaje anual "á los que predicaban doctrinas abstractas", y con dudosa benevolencia advertirles que "no debía sorprenderles que sus exaltados secuaces fuesen un poco más lejos que ellos mismos y tratasen de llevar á la práctica por medio de la violencia sus doctrinas". Con estas palabras echaba nuevo combustible sobre una hoguera, que por sí tenía sobrados elementos para crecer y extenderse.

Al cabo de más de seis semanas de estudios, investigaciones y examen de testigos, presentó Mason su informe en nombre de la mayoría; tan extenso era que él mismo renunció motu proprio su derecho de leer el manuscrito, reduciéndose á citar los párrafos finales, en realidad los que hoy nos importan, pues de los antecedentes del suceso sabemos por revelaciones posteriores cosas que la Comisión no logró averiguar y mucho se hubiera alegrado de conocer[38]. Insiste Mason en esos párrafos con no encubierta fruición en la desastrosa suerte que cupo á cuántos tomaron parte activa en el atentado, para decir que de las veintidós personas que según Brown componían su partida "siete fueron ejecutadas, diez murieron dentro del Arsenal, y como de las cinco restantes cuatro se habían quedado del lado de Maryland custodiando armas, sólo una en definitiva hay cuyo paradero se ignore y la manera como logró escapar".

Respecto al encargo principal, fiado á la Comisión, de excogitar los medios de evitar en lo futuro esas agresiones, responden en tono amargo los informantes que nada pueden proponer, y que si los demás estados "no consideran de su incumbencia, por razones de política general, ó simplemente por el deseo de preservar la Unión, prevenir ocurrencias de ese género, la Comisión no acierta á descubrir ninguna otra garantía de mantener la paz entre los estados de la federación". Sombría y formidable reflexión, que no era vana amenaza en la mente de los que la proferían el 15 de Junio de 1860, cifra demasiado exacta de la temperatura política, no sólo del Senado, del país entero. Unos y otros, demócratas y republicanos, esclavistas y antiesclavistas, se aprestaban para la crisis por tantos anuncios indicada, y no rebajaban, antes al contrario exageraban sus respectivas pretensiones. Toda veleidad de acuerdo ó transacción había desaparecido, en el Sur principalmente, que aspiraba ya á obtener del Congreso códigos para reglamentar la esclavitud en los territorios, dando así por resuelta la cuestión que para sus adversarios era litigiosa todavía. Iba el Sur aun más lejos y voces imprudentes pedían la trata de África, la importación legal de negros esclavos. En el Norte la resistencia se acentuaba, se esparcían las ideas agresivas de los abolicionistas, se exaltaba la memoria de John Brown, se repetía con Seward que el conflicto entre los dos elementos era irreprimible, era incontenible.

En efecto, las dos mitades de la república eran ya como dos máquinas potentes partidas de extremos opuestos de la misma línea y en acelerado movimiento. El choque inevitable no era ya cuestión de años sino de meses.

CAPÍTULO XI.
Campaña de 1860 Lincoln presidente de los Estados Unidos.

Cuando en Junio de 1860 presentaron su amargo informe los tres senadores demócratas, más de medio año los separaba ya del asalto de Harper's Ferry; el atentado y la muerte de Brown y sus compañeros habían perdido la novedad del interés, y en el rápido sucederse de cosas extraordinarias en ese período eran ya episodios de una historia lejana, que á jueces más desapasionados, no á políticos militantes, tocaba juzgar. La ansiedad general iba ahora tras peripecias más violentas todavía, que cambiaban la escena y transformaban la posición de los personajes con desusada prontitud. Ya el partido republicano lleno de redoblado vigor había celebrado su Convención en Chicago y escogido candidatos para la campaña presidencial de Noviembre. Ya el temido cisma del absorbente partido demócrata había estallado en la Convención de Charleston, dividiéndolo en dos fracciones irreconciliables con tendencias y programas absolutamente diferentes.

El malhadado empeño de introducir la esclavitud en Kansas y crear nuevos estados con intereses que los atasen á la suerte de los que ya penaban bajo esa perniciosa institución, designio que desde sus albores en 1854 había desencadenado tempestades, borrado linderos de los partidos, confundido inmediatamente y de muy diversa manera congregado después los ciudadanos en el ejercicio de sus derechos electorales, creado en fin una oposición robusta dotada de espíritu indomable é intentos bien definidos,—se había vuelto ya contra los imprudentes que lo idearon, lo formularon y pusieron en marcha. El plan por Douglas, si no creado, ampliado y defendido, de considerar la esclavitud como problema meramente local que resolverían por sí solos los habitantes de cada territorio, quedó desarticulado y sin eficacia al decidir la mayoría de los colonos en Kansas que no les servía, que no lo querían. Entonces los políticos del Sur abandonaron la enseña del senador de Illinois, renegaron de su sistema, echándolo á un lado como arma sin filo ú objeto baldío, y quedó el antiguo adalid rodeado únicamente de amigos personales, mal mirado por los que habían creído en él como signo de victoria y ya no sentían respeto ó simpatía ni por su persona ni por sus ideas.

Las doctrinas expresadas en el fallo del Tribunal supremo satisfacían ampliamente á esos políticos, la adhesión firme del Presidente de la república los llenaba de confianza, y juzgando que apoyos tan robustos en la apariencia valían mucho más que una teoría controvertible y gastada, dedicaron sus fuerzas á aprovecharlos hábilmente y buscar para la próxima campaña un candidato, que á la blandura y buena voluntad de Buchanan añadiese más pericia y más constancia, que fuese más entero, menos sensible al miedo. Una vez Presidente el candidato dotado de esas cualidades sobraría espacio, no sólo en Kansas ó Nebraska, sino en Cuba, Méjico, la América central, para propagar la esclavitud y levantar nuevos estados comprometidos á mantenerla. La demencia y la ambición se unían y corrían disparadas al abismo.

No era, pues, susceptible de acomodamiento la ruptura entre Douglas y Buchanan y quedaron uno enfrente del otro, á pesar de aproximarse las elecciones, como enemigos declarados. Douglas contaba siempre con la mayor parte de los demócratas, y estaba seguro de ser por lo menos candidato; pero su posición en el partido era más delicada que la de Buchanan; éste no aspiraba á la reelección, desde mucho antes había ofrecido no solicitarla, y sus amigos, al ir en busca de manos menos débiles é inexpertas á quienes confiar la suerte de la causa en tan apremiante situación, se hallaban libres del temor de ofenderlo y contaban tranquilos con el auxilio de la influencia oficial ejercida por la Presidencia y por el mundo de empleados repartidos en todos los estados.

Cuando los delegados del partido, parciales de Douglas y seguidores de Buchanan, se reunieron en Charleston, entonces como ahora política y mercantilmente la ciudad más importante del batallador estado de la Carolina del Sur, la discordia vino con ellos. No pudo haberse escogido más adecuado lugar para iniciar la obra destructora, para comenzar la guerra sin cuartel de votos y programas dentro del partido, que la ciudad misma donde principiaría menos de un año después la verdadera guerra de sangre y fuego, donde resonarían los primeros cañonazos que hicieron arriar la bandera nacional en el fuerte Sumter y rompieron los diques á la inundación.

No estuvo Douglas presente en la Convención de Charleston, ni se estila que asistan los candidatos de antemano designados, pero sus admiradores y amigos componían más de la mitad del número total de los delegados. Necesitábanse dos terceras partes para formar mayoría, antes de tratar y resolver la cuestión de personas era preciso ocuparse en redactar y aprobar el programa, la "plataforma", y era lo espinoso de la empresa. Sobre ello se empeñó la batalla, y se elevó la barrera insuperable que de un partido compacto hizo dos facciones contrapuestas. Una comisión de treinta y dos miembros, uno por cada estado, fué el campo de Agramante, y al cabo de ardorosas discusiones, en que sólo pudieron acordar puntos secundarios (uno de ellos la adquisición de Cuba), volvió el grupo dividido en dos, trayendo escritos dos programas radicalmente diferentes, imposibles de confundirse para formar el documento único que se le pedía. Los quince estados del Sur con dos más del Norte redactaron y votaron un texto, en que afirmaban doctrinas sobre la superior inmunidad de la esclavitud como institución política y social, á que ni al Congreso ni á las asambleas locales era lícito tocar, salvo para protegerla y para ayudarla á extenderse en los Territorios, sin trabas de ninguna especie. La minoría, compuesta de los restantes quince estados, todos del Norte, se redujo á enunciar nuevamente las resoluciones del programa de 1856 en Cincinnati, agregando que las divergencias de opinión existentes dentro del partido respecto á las facultades del Congreso ó las asambleas territoriales sobre la esclavitud eran problemas de derecho constitucional, cuya solución únicamente correspondía al Tribunal Supremo; y á su fallo se sometían.

La diferencia entre ambos programas es muy marcada, aunque la minoría se empeñó en aminorarla y disfrazarla; y resaltó más todavía en los discursos que de uno y otro lado escuchó la Convención. Fué ésta, no cabe duda, la vez primera que el choque de las dos fracciones del partido defensor de la esclavitud desgarró los velos, hizo surgir la verdad desnuda y repercutir, por fin, dentro de los muros de la Convención el eco sonoro de las opiniones realmente abrigadas por los estados sudistas. La adusta verdad penetró en aquel recinto y, al atravesarlo un instante en lento y ominoso vuelo, fué saludada en las galerías por los aplausos del pueblo, que muy pronto iba á sacrificar por ella sus vidas y haciendas; así fué sobre todo cuando Yancey, uno de los delegados de Alabama, á cuya voz parecían los demás obedecer, expuso francamente, sin exaltación apasionada, con la serena firmeza del mandatario fiel que recita las últimas y bien meditadas instrucciones de su mandante, que todos los males y desmedros hasta esa fecha sufridos nacían de la menguada defensa de la esclavitud, formulada por miembros prominentes del partido, al admitir que la institución era vituperable en su esencia y merecía respeto, sólo en virtud de derechos adquiridos, sólo en gracia de la protección constitucional. No, su legitimidad absoluta debía declararse superior á toda discusión, porque ella era un beneficio tan indisputable para el blanco como para el negro, los esclavos una propiedad tan perfecta y sacrosanta como otra cualquiera y atentar contra ella no debía jamás impunemente consentirse.

Sea cual fuere el juicio que en nombre de los derechos humanos, de la moral social, de la ciencia económica, se pronuncie sobre la esclavitud, y es claro hoy que sólo puede ser la más abrumante condenación, inapelablemente confirmada por los resultados mismos, por las prodigiosas ventajas de la abolición en las regiones donde existía, no sería sin embargo equitativo desconocer lo que hubo de viril y grandioso en la conducta de los que en Charleston proclamaron la resolución de mantener en lid abierta sus opiniones é ir con ellas á sus últimas y temibles consecuencias, destruyendo el partido, destruyendo la Unión, si no había otro remedio, pero siempre á costa de su sangre y de cuanto poseían sobre la tierra.

No fué, por tanto, esa Convención como las anteriores torneo de guerreros disimulados, en que las intenciones se escondían detrás de palabras escogidas de propósito con ese objeto. Si los amigos de Douglas, temerosos de desquiciar la fábrica política, reincidieron en el antiguo y estéril error de tratar como detalle secundario la cuestión esencial, y buscar fórmulas artificiosas para decir poco y conservar en apariencia unidas las más opuestas interpretaciones, los que por boca del sagaz y elocuente Yancey pregonaron el reto á muerte y descubrieron sus pechos, fueron hombres animosos cuyas ideas miserablemente torcidas pueden merecer indignado vituperio, pero cuyo tranquilo valor arranca respetuosa admiración[39].

Declarada y afirmada la discordia en tan concluyentes términos, no había más camino que suspender las sesiones é ir á reunirse en otra parte. La fracción más violenta fué á Richmond á dar sus votos á John G. Breckenridge, de Kentucky. El resto en Baltimore eligió casi unánimemente á Douglas. Así fué á caer, por fin, sobre los hombros del ambicioso senador de Illinois la blanca vestidura oficial de pretendiente tan deseada y esperada, pero vino en circunstancias bien duras y bien tristes, cuando el éxito era improbable, cuando faltaba apenas un año para que inopinada y prematuramente viniese la muerte á poner término á su carrera, sin haber logrado el premio de sus servicios, de su indomable energía.

Antes de que el fraccionado partido demócrata hubiese completado ese laborioso malparto, se había celebrado en la ciudad de Chicago la Convención de los republicanos; la cabal armonía y el entusiasmo de sus acuerdos auguraban el triunfo futuro.

Situada á orillas del lago de Michigan, uno de esos vastos receptáculos que son otros tantos mares interiores de la frontera septentrional de los Estados Unidos, al borde de una inmensa pradera que por cientos y cientos de millas extiende su fértil suelo en la dirección del sudoeste, contaba entonces Chicago unos ciento doce mil habitantes y era la ciudad más poblada de Illinois, del estado en que había tenido lugar el célebre duelo oratorio entre Lincoln y Douglas, sus dos más distinguidos ciudadanos. Para albergar la Convención fabricaron en pocos días un edificio de barro y madera, capaz de contener los seiscientos delegados y una cuarta parte siquiera de las treinta y tantas mil personas que habían venido, escoltándolos, á solemnizar con su presencia ese crítico momento de la historia de la nación. Diéronle el nombre indio de Wigwam, que representa vestido á la inglesa el que los nómades Algonquines usaban en su dialecto para designar las chozas puntiagudas de ramas y corteza de árbol, donde temporalmente se abrigaban en la época de sus correrías.

No tropezó con dificultad alguna esta Convención para redactar su plataforma; seis años de lucha perenne, de incesantes acometidas contra las doctrinas disolventes de sus adversarios, habían fijado inalterablemente los principios en que el partido fundaba su acción y la libre cooperación de sus adherentes. Lo esencial era proscribir, como peligrosa heregía política, el flamante dogma que suponía á la Constitución llevando á los Territorios por su propia naturaleza la sanción de la esclavitud, y afirmar por el contrario que la condición normal de todo Territorio era la libertad de sus pobladores, y que ni Congreso ni asamblea particular ni persona alguna pública ó privada tenía el derecho ó la facultad de comunicar carácter legal á la anómala institución donde previamente no existiese[40].

Estas ideas llenaban desde años antes la atmósfera política en los estados del Norte, y los millones de individuos que las habían respirado renovando en tanto tiempo su modo de ser y su conciencia respondieron con ansiosa simpatía al programa, que las condensaba y formulaba para facilitar la lucha y el triunfo definitivo. Si la Convención lograba asimismo resolver atinadamente la cuestión de personas, más importante que nunca esa vez, designando el candidato idóneo para personificar tales ideas y despertar la fe y confianza indispensables, era infalible que surgiría en el Norte un movimiento impetuoso hacia las urnas suficiente á asegurar la victoria en todo el país.

¿Quién sería ese candidato?—Entre los nombres que se oían repetir, uno había que sobre todos descollaba por la grande y extendida reputación, los eminentes servicios á la causa de la libertad, la importancia del estado de que era ciudadano y lo proponía; el de Seward, antiguo gobernador de New-York y durante doce años el más hábil y elocuente de los miembros republicanos del Senado. La delegación neoyorquina, la más numerosa, pues representaba el estado más poblado, fué á la Convención con instrucciones de nombrarlo, y hasta el último escrutinio emitió por él los sesenta votos que le correspondían: "Venimos de un gran estado y traemos un grande hombre de estado", dijo Evarts, jefe de la delegación. No podía á juicio de muchos confiarse la causa antiesclavista á manos más hábiles que las del hombre que, sosteniendo desde el año de 1850 la admisión de California como estado sin esclavos, había afirmado en los debates del Senado que "una ley más alta" que la Constitución misma ordenaba respetar en los Territorios los intereses superiores de la justicia y la libertad; y que desde entonces, vigilante centinela, había permanecido á pie firme en la avanzada trinchera, cerrando el paso y esgrimiendo las armas contra los diversos proyectos, que se habían ido sucediendo por espacio de siete años y bajo el amparo de dos Presidentes, con objeto de entronizar la esclavitud en tierras, que según otra frase de Seward en la misma ocasión ya aludida[41], eran parte del patrimonio común de la humanidad, sobre el cual no tenía la nación facultades arbitrarias ó ilimitadas. Pero estaba Seward dentro del partido en situación muy parecida á la de Douglas en el suyo durante la Convención de 1856; la brillante y larga vida pública lo había puesto demasiado en evidencia, le había acarreado enemistades, lo había á menudo forzado á sostener soluciones radicales de opositor inconciliable, circunstancias todas que quitaban probabilidades de buen éxito á su candidatura. El partido era, además, muy nuevo todavía, se componía de miembros venidos de contrarias direcciones, y deseaba conservar el equilibrio de sus dos alas no tomando en ellas el candidato, ni Seward que pasaba por excesivamente radical, ni Chase, de Ohio, futuro gran ministro de hacienda durante la guerra, que entonces, por haber figurado antes entre los demócratas, era tenido por más tibio ó moderado de lo que la ocasión exigía.

El primer escrutinio suele ser en esas asambleas un acto de puro cumplimiento, y así se le llama y considera. Cada estado mienta generalmente al más ilustre ó al predilecto entre sus hijos; entona en su loor breve panegírico y le da sus votos. Como muchos estados hacen lo mismo, es claro que no puede haber resultado definitivo, y esta vez del modo que Nueva York votó por Seward, votaron Ohio y Pensilvania por Chase y por Cameron, Missouri por Bates, Illinois por Lincoln, por el mismo estilo varios otros. A ocasiones sucede también en contiendas muy reñidas que ni siquiera se oye en las primeras votaciones el nombre del que ha de ser finalmente elegido, como por ejemplo en la Convención de 1852. Pierce fué designado en ella al cabo de cuarenta y nueve pruebas infructuosas, y en muchas no había tenido un solo voto. Esta vez aparecieron pronto los dos competidores entre quienes se concentraba la lucha: Seward 173 votos, Lincoln 102; y se preveía que á uno de los dos estaba reservado el premio, y que no surgiría á última hora lo que en el lenguaje técnico de esos juegos olímpicos de la política llaman "un caballo negro", un competidor no mencionado todavía, que todos los delegados acaban por aceptar cansados de luchar en balde por sus favoritos.

Abraham Lincoln, que desde la interesante campaña senatorial, en que Douglas lo venció con tanto trabajo, había alcanzado extensa notoriedad, disfrutaba de reputación muy inferior á la de Seward; no había desempeñado como éste cargos de trascendental importancia, pues sólo fué por un bienio miembro de la Cámara en Washington, honor que no traía aparejado gran prestigio, y en el que tampoco dijo nada muy notable; no había sido ni Gobernador de estado ni senador federal, cargos los más altos de la república después del de Presidente, y aun á veces á este último preferido. Era en resumidas cuentas, por lo que extrínsecamente aparecía, un oscuro abogado de pocas letras, que en la práctica ordinaria de las remotas regiones de su residencia había tenido más oportunidades de ejercer la fuerza muscular que el saber, y que, al rezar de la leyenda, había pasado rajando leña en la frontera salvaje la época de la vida que otros emplean en colegios y universidades. Aquellos entre los delegados que esto sabían, naturalmente extrañaban que pudiese alguien preferirlo á estadista de tanto mérito y nombradía como Seward; pero gran parte del pueblo americano, obedeciendo á instinto más certero y profundamente nacional, no sólo simpatizaba con el carácter y antecedentes del abogado de Illinois, sino que adivinaba muy bien detrás de la ruda y vulgar corteza de ese tronco, robustamente desarrollado en las tierras vírgenes del occidente, el rico y generoso corazón y la vivificante savia que por él circulaba.

No había vivido Lincoln ni inerte ni olvidado en los dos años que entre la campaña senatorial y la fecha de la Convención pasaron; en 1859 fué al estado de Ohio, que celebraba elección de gobernador, y pronunció discursos que ayudaron eficazmente al triunfo del partido, y se leyeron en otras partes con sumo interés. A principios de 1860 fué invitado á hablar en Nueva York, la gran metrópoli comercial, ante un auditorio numeroso de prohombres del nuevo partido ganosos de conocerlo, y en su discurso, muy extenso y muy notable, que afianzó su creciente reputación, demostró que nadie se daba cuenta más cabalmente que él y exponía mejor, sin declamaciones ni invectivas, con cierta curiosa mezcla de gravedad y buen humor, de las opuestas tendencias, del inextricable nudo que obstruía el desarrollo armónico de la unión de los estados, así como de la manera más rápida y segura de llegar á desenlazarlo sin romperlo violentamente. No era, pues, su candidatura expediente á última hora imaginado para resolver la situación y derrotar á Seward; la fuerza latente que traía y pronto se desenvolvió podía sorprender á una parte de la Convención, pero estaba por otros muy prevista y preparada. Lincoln mismo, avezado como el que más á manejos y combinaciones electorales, á las mil y una habilidades, tratos ocultos, agasajos y cambalaches con que detrás de bastidores se organiza esa especie de comedias políticas, para ensayarla primero en las Convenciones, y representarla después al aire libre en infinito número de teatros, no desperdició medio alguno de asegurar el éxito popular, confeccionando de antemano cuanto requería la tramoya escénica para desencadenar el torbellino de entusiasmo que llevó al voto unánime los delegados en medio de frenéticas aclamaciones[42]. No hubo más que tres escrutinios, al tercero los votos se precipitaron, como una avalancha, en favor de Lincoln; el representante mismo de Seward, Evarts, pidió la declaratoria de unanimidad, é instantáneamente comenzó la famosa campaña cuyo decisivo resultado marca la era nueva, el primer momento de la nueva vida de los Estados Unidos.

Seward quedó vencido, el desaire vivamente le dolió, y no contribuía á restañar la herida la comparación de su admirable hoja de servicios repleta de honores en buena lid conquistados, de acciones memorables en treinta años de campañas, con la fungosa reputación del rival afortunado, nacida casi de improviso en un encuentro local dos años antes, en el que ni siquiera resultó vencedor, sin que ni entonces ni luego tuviese ocasión de adquirir la práctica de los negocios públicos, el usus rerum tan necesario para desempeñar el primer puesto de una gran nación, tan indispensable en aquel período en que se adivinaban trastornos profundos, alteraciones nunca vistas en la organización y marcha ulterior de la república. Disimuló el despecho, que sin embargo fué muy grande aunque magnánimamente comprimido, como dice su amigo y panegirista Ch. F. Adams[43], y se puso al servicio del partido otra vez con leal energía, resignado al triste privilegio de ser nuevo ejemplo de la conocida ingratitud de las repúblicas. Corrió la misma suerte que Henry Clay, Daniel Webster, tantos otros. Las repúblicas, que á veces se enamoran hasta el frenesí de héroes militares y glorias escandalosas, á menudo abandonan y rechazan sin piedad á los que por largo tiempo les han prestado con menos ruido y más talento servicios eminentes.

Hubo en campaña cuatro distintas candidaturas presidenciales: las dos ya mencionadas de Douglas y de Breckenridge, sostenidas por las fracciones opuestas del partido demócrata; la de Lincoln apoyada por los republicanos; y la cuarta, de Bell, ciudadano del estado de Tennessee, obra de la asociación independiente que en 1856 sostuvo á Fillmore, y que dejando á un lado la cuestión especial de la esclavitud pretendía afirmar únicamente el mantenimiento de la unión constitucional y convocar bajo esa bandera todo el país.

Por esa causa fué la lucha durante los primeros meses más desordenada y confusa de lo que era de esperarse, dada la completa y larga discusión de ideas que precedió, pero como en el fondo se trataba de la conservación ó el desmembramiento de la patria, y de ello más ó menos vagamente todos se daban cuenta, muchos se hubieran contentado (y así suele suceder en situaciones tan penosamente críticas) con aplazar la catástrofe, si evitarla no era posible. Los votos, por esta razón, se repartieron entre todos, aunque en muy desiguales proporciones. El duelo en realidad tenía lugar entre Lincoln y Breckenridge, entre republicanos resueltos á contener, limitar y, al cabo, suprimir la esclavitud, y demócratas decididos á aventurarlo todo, incluso la unidad nacional, por la perpetua continuación y el engrandecimiento de esa misma institución; pero muchos, sin desconocer la terrible disyuntiva, querían engañarse, cerrar los ojos, no ver más allá del horizonte inmediato de la lucha de palabras, no oir el ruido de guerra que detrás de ellas fatalmente retumbaba. El recurso era demasiado vano, la esperanza demasiado falaz; mas el recuerdo de lo pasado contribuía á robustecer el uno, alimentar la otra. ¡Había navegado tanto tiempo la patria entre los mismos amenazantes escollos, había sufrido tantas veces sin zozobrar la misma tempestad, era en fin tan duro renunciar á la ilusión de que algo á última hora acontecería que aquietase como iris de bonanza los elementos enfurecidos y alejase el desastre!

Desde una sala del Capitolio de Springfield, donde plantó sus reales durante la campaña, vigilaba Lincoln la marcha ascendente de su candidatura y su fortuna, pues, al contrario de Douglas y de Breckenridge, se abstuvo de tomar parte directa en los episodios del combate, de recorrer el país y excitar, con ardorosos discursos, el entusiasmo de sus partidarios. Ya en Octubre se acumulaban signos anunciadores de victoria, los estados del Norte redoblaban llenos de confianza sus esfuerzos, mientras que los del Sur, especialmente los que ocupaban la vasta faja de tierra desde las costas de las dos Carolinas en el Atlántico hasta las orillas del río Grande, que corre entre Tejas y Méjico, sentían aproximarse la hora sombría de las resoluciones supremas, el instante tremendo de dar por terminada la lucha de programas y de votos y comentar silenciosamente los preparativos de otra especie de guerra; ó de inclinar humildemente la frente, resignarse á los términos imperiosos del vencedor y reunir lo que fuese aun posible salvar del arruinado edificio de su poder.

El punto inicial de la gran rebelión americana, ha dicho un escritor, es el 5 de Octubre de 1860[44], día en que el gobernador de la Carolina del Sur dirigió una circular secreta á varios colegas de otros estados, preguntando lo que harían si triunfaban los partidarios de Lincoln para el colegio electoral, y afirmando que la Carolina se adheriría al primer estado que diese la señal de separación, que la daría ella misma si se le ofrecía seguirla. Las respuestas, que vinieron lentamente, no fueron todas tan explícitas como el interrogante las deseaba, aunque ninguna repulsaba la atrevida sugestión, pero por ese camino la Carolina siempre había marchado más pronto y más lejos que los demás. Faltaba entonces un mes para el día de la elección popular, cinco para el cambio de gobierno en la capital de la república.

Votaron por Lincoln todos los estados sin esclavos, menos parte de uno; eran diez y ocho, que hacían ciento ochenta votos electorales, es decir, la mitad y cincuenta y siete más, lo que aseguraba ampliamente su elección. Sumados los números resulta que de cuatro y medio millones de sufragios obtuvo Lincoln cerca de dos, Douglas cerca de uno, y más de medio millón cada uno de los otros dos, Bell y Breckenridge. Esas cifras, sin embargo, daban á Douglas en el colegio electoral doce votos solamente, mientras que los dos competidores con menos sufragios en el escrutinio popular reunían en el colegio setenta y un votos el uno y treinta y nueve el otro, pues se contaban, como es sabido, no en masa, sino por estados.

El triunfo de Lincoln fué por tanto relativo, cual lo había sido el de Buchanan cuatro años antes, pero como las posiciones eran contrarias producía en la marcha del país un cambio radical, arrastraba forzosamente las tan temidas, tan anunciadas trascendentales consecuencias.

La historia de la república emprendía distinto derrotero, el largo encadenamiento de los sucesos iniciaba una nueva serie de eslabones: magnus nascitur ordo.

CAPÍTULO XII.
La Víspera de la guerra civil.

¡Terrible la situación de los Estados Unidos, desde el triunfo electoral del partido republicano en Noviembre de 1860 hasta que pudo Lincoln aplicar, por fin, en Marzo del año siguiente, sus robustos brazos á la desamparada rueda del timón, é imprimirle las primeras vueltas para sortear el abismo á que corría la nación, en que iba á hundirse positivamente!—¿Qué país se encontró jamás en trance tan extraordinario?—Una mitad de los habitantes disolviendo por su propia voluntad el pacto nacional, desmontando la máquina gubernamental; la otra mitad inmóvil, absorta, contemplando, sin darse cuenta exacta, la obra de destrucción que estaba consumándose, sin medios tampoco de evitarlo. La capital de la república, los centros todos de donde irradiaba la acción federal, ministerios, hacienda, el ejército, la marina, las posiciones artilladas de las costas del Atlántico, del golfo de Méjico y del Pacífico, en manos de hombres en completo acuerdo ó en íntima simpatía con la fracción más valiente, más audaz, mejor disciplinada del partido vencido en las urnas electorales; y esos hombres, dueños del poder, árbitros de la situación, se mantenían á la cabeza de los negocios públicos, bajo la sombra del presidente Buchanan, para que sus correligionarios y amigos en los estados del Sur impunemente, sin que nadie lo impidiese, pudieran realizar la empresa nefasta de dividir la nación y crear la Confederación del Sur, antes del momento crítico de entregar el mando á los nuevos elegidos.

La indecisión que en Octubre sintió parte de los estados del Sur, al aprestarse á las violentas resoluciones, se transformó en el mes de Noviembre, al anuncio del triunfo de los amigos de Lincoln, en febril impaciencia de romper los lazos que los unían á la grande y famosa nación republicana creada en 1787, desprenderse y formar una nueva república, más pequeña sin duda y menos fuerte, pero homogénea y en condiciones de proteger y fomentar el régimen interno, causa verdadera del rompimiento.

A mediados de Diciembre, una Convención, convocada según las formas de la legalidad, acordó por unanimidad disolver "la unión existente entre la Carolina del Sur y otros estados con el nombre de Estados Unidos de América", y el primero de Febrero inmediato habían ya hecho lo mismo otras convenciones reunidas en Mississipi, Florida, Alabama, Georgia, Luisiana y Tejas. Tres días después, la nueva Confederación de esos siete estados quedaba provisionalmente organizada, y el 18 fueron instalados Jefferson Davis y Alejandro Stephens como su presidente y su vicepresidente. La constitución, promulgada acto seguido, era en sustancia la misma de los Estados Unidos, con sólo diferencias de detalle y el encargo especial de "reconocer y defender" la institución de la esclavitud de los negros, "tal como actualmente existe en los Estados Confederados de América", nombre que asumía la nación acabada de fundar. Todos los edificios, aduanas, casas de moneda, arsenales, fortalezas, sobre los cuales flotaba la bandera con las estrellas y las bandas, izaron la nueva insignia; los individuos que los custodiaban, ó los pequeños destacamentos que los guarnecían, los entregaron ó capitularon; ni otra cosa hubieran podido hacer, perdidos y sin recursos como se encontraban, cubiertos como isletas en el mar, por las oleadas de la vasta y formidable insurrección. Solamente los fuertes de la bahía de Charleston, de Pansacola y los cayos de la Florida permanecieron en poder del gobierno federal.

Esos siete estados no hacían más que aplicar las doctrinas políticas por ellos predicadas y sostenidas constantemente, que ya en 1831 y 1832 la Carolina había invocado dando los primeros pasos en la senda de la separación, y que lógicamente se desprendían del principio superior de derecho que Calhoun había tantas veces definido, precisado y elocuentemente defendido, que sus discípulos habían enérgicamente mantenido. Según ese principio, la constitución era un pacto entre estados soberanos, independientes entre sí para todo aquello que no estuviese expresamente delegado al gobierno general, y esos estados recobraban su absoluta independencia y soberanía, cuando se consideraban lesionados en sus derechos é intereses, porque no sólo no los habían enajenado, sino que eran el fundamento, la razón de su existencia antes de formar la Unión.

Mientras tanto el presidente Buchanan, que había toda su vida militado bajo las mismas banderas y compartido todas las ideas y sentimientos dominantes en esos siete estados irreconciliables, que se hallaba entonces rodeado de ministros y consejeros en perfecta simpatía, en confesado acuerdo con los jefes esclavistas, afirmaba oficialmente, al abrirse las sesiones del Congreso, que si bien carecían á su juicio los estados del Sur del derecho de abandonar la Unión, ni él como Presidente, ni el Congreso, ni nadie, tenía otorgadas por la Constitución facultades de oponerse con la fuerza de las armas y compelerlos á permanecer dentro de la Unión. Esto, que semeja una paradoja, y envuelve positivamente una contradicción, era no obstante la opinión de un crecido número de personas en el Norte. Contando precisamente con ello y con la inacción del Presidente, procedieron los conjurados, y aprovecharon los tres ó cuatro meses que la suerte les ofrecía para organizarse y prepararse á hacer frente á quienquiera que se opusiese.

Años después, decidido ya por las armas el conflicto, proclamaba Buchanan todavía las mismas opiniones; y en la defensa que escribió y publicó de los últimos actos de su administración, reconoce con satisfacción que la guerra no fué iniciada por el gobierno de su sucesor con el objeto de sujetar por la fuerza á los estados, sino aceptada para hacer cumplir y ejecutar en el territorio rebelado las leyes vigentes, pues tal era el deber ineludible del poder ejecutivo. Lincoln, en efecto, á pesar de representar ideas tan diferentes, política tan opuesta, siguió durante varias semanas, en la apariencia al menos, el mismo sistema de contemporización y espectativa que su predecesor, y aguardó que los confederados de Charleston cañoneasen y tomasen el fuerte Sumter, arriasen la bandera nacional y alzasen otra en su lugar, para romper el silencio y convocar las milicias ciudadanas en defensa de la Unión.

La cuestión de legalidad es, empero, muy poco interesante ya á estas horas; en esa ocasión, como en tantos otros momentos críticos de la historia de la civilización, las circunstancias llevaron á los individuos y, sin saberlo, muchos se encontraron arrastrados por los sucesos más allá de líneas en que hubieran querido confinarse. Ocioso también sería ya discutir si cometieron delito político de traición los que desmembraron la república y organizaron la Confederación. La conducta del vencedor, nunca bastante encomiada, absteniéndose de procesar criminalmente, después de la victoria, á ninguno de sus adversarios, consintiendo el sobreseimiento de la causa abierta contra Jefferson Davis, demostró que, calmadas las pasiones, la nación entera convenía implícitamente en que no era posible perseguir como traidores á quienes, después de todo habían ajustado su conducta á opiniones siempre y por doquiera pública y abiertamente proclamadas. Su fe política, nunca renegada, ordenaba prestar obediencia y acatamiento, en primer lugar al estado de que eran ciudadanos, en segundo á la Unión, vigente sólo mientras durase el consentimiento de los estados que la habían creado. Eso hicieron, y casi todos ellos abandonaron la patria común con el alma desgarrada, esperando salvar derechos esenciales, que juzgaban en peligro y consideraban del número de aquellos que no se consienten perder ni se dejan arrebatar, antes de haber consumado el último sacrificio para defenderlos.

"En vuestras manos, descontentos compatriotas, en vuestras manos y no en las mías, está la tremenda resolución de si ha de haber ó no guerra civil. Para que la haya, es preciso que vosotros mismos seais los agresores", dijo Lincoln la primera vez que habló como Presidente al pueblo de los Estados Unidos.

Y la guerra vino, y duró lo que nadie había podido imaginar. Todavía, al inaugurarse la segunda presidencia de Lincoln el 4 de Marzo de 1865, parecía en situación de durar algún tiempo más, acaso "hasta que desapareciese toda la suma de riqueza acumulada durante doscientos cincuenta años por el trabajo esclavo, ó hasta que cada gota de sangre, arrancada por el látigo, fuese compensada por otra igual arrancada por el hierro". Por fortuna, cuando pronunciaba Lincoln estas últimas palabras de su segunda oración inaugural, faltaban pocas semanas para el desenlace final, para que por siempre quedase decidido que la unión de los Estados era un pacto perpetuo é indestructible.

Pero la historia de la sangrienta guerra civil es materia demasiado grande para los límites reducidos de este bosquejo; si ha de tener éste algo de completo en su inevitable brevedad, debe poner punto final al ascender Lincoln á la presidencia de los Estados Unidos, al terminar el conflicto en el terreno pacífico de la palabra hablada ó escrita, al comenzar la guerra devastadora.


JOSÉ DE LA LUZ Y CABALLERO

I

Ningún nombre llegó á tener en la isla de Cuba, antes del período de guerras libertadoras que comienza en 1868, tan gloriosa resonancia, de un extremo al otro del país, como el de José de la Luz; todavía hoy, á pesar de que el ciclo de acción y de lucha que comienza en ese año fatídico ha producido otras reputaciones acaso más brillantes, no se ha deslustrado la corona en torno de su frente, nadie ha olvidado al filósofo, al maestro, al educador de esas generaciones que supieron luego desplegar tanta energía y tanta constancia en la dura, desigual contienda contra la nación opresora.

La historia de su vida, desnuda como se halla de incidentes extraordinarios, es el cuadro donde mejor resaltan sus virtudes y servicios eminentes á la patria, porque el hombre valía mucho más de lo que pueden significar las obras reducidas ó incompletas que de él nos han quedado, porque fué en su tiempo para la isla de Cuba el hombre superior, "el grande hombre, causa de muchas filosofías", para aplicarle palabras de Federico Nietzsche.

II

En el año último del siglo XVIII, 11 de Julio de 1800, nació José Cipriano de la Luz en la Habana, en la antigua casa solariega que ya entonces daba nombre á la calle donde estaba. La calle se llama siempre de Luz, pero en el solar se eleva una vasta hostería, que ocupa toda la manzana de casas é incluye el terreno del antiguo Teatro Principal, en aquella época el más importante de la ciudad, derribado por el ciclón terrible de 1846. Fué su madre doña Manuela Caballero, mujer de grandes virtudes, cuya memoria quedó indeleblemente impresa en su alma desde muy temprano como insuperable modelo de la práctica constante y austera del deber más estricto, y de ella probablemente heredó la lucidez de la inteligencia y el puro vigor de su carácter. El público cubano, para distinguirlo de otros del mismo nombre, le agregó siempre el apellido materno, aunque él hasta el fin firmó solamente con el de su padre.

Corrió tranquila su niñez educado por eclesiásticos instruídos, y por algún tiempo acarició el proyecto de entrar en el sacerdocio, siguiendo el ejemplo de su tío carnal el P. Agustín Caballero y otros miembros de la familia; idea que no abandonó tan pronto, pues al graduarse de bachiller en jurisprudencia, ya de veinte años de edad, vestía aun hábitos religiosos conforme á las órdenes menores que tenía recibidas.

Pero en un país cuyos habitantes formaban dos clases opuestas, libres y esclavos, negros y blancos, y donde se creía naturalmente indispensable un código terrible de leyes penales y una multitud de costumbres feroces para mantener quietos y anuentes al yugo á los oprimidos, los sacerdotes, como encargados del registro de la población y de los varios detalles prácticos del único culto consentido, tenían que ser instrumentos activos de la perenne iniquidad de que eran víctima esos seres desvalidos. No podía Luz avenirse á ejercer en tales condiciones un ministerio de paz y caridad y al cabo lo renunció, como más adelante renunciaría al ejercicio de la abogacía, convencido de que la organización de los tribunales y la especie de jueces que en ellos se sentaban, venidos de España, sin arraigo en el país y amovibles al capricho de los ministros que entraban y salían tan á menudo por las oficinas de Madrid, no consentían independencia y apenas dignidad profesional en el abogado.

Cuando salió del Seminario Conciliar, más versado en teología que en otros ramos del saber, necesitó completar por su propia cuenta su educación; hizo profundos estudios científicos y literarios, coronados desde principios de 1828 por un viaje de más de tres años por los Estados Unidos, la Gran Bretaña, Francia, Alemania é Italia. Iba de antemano provisto del conocimiento teórico perfecto de los idiomas de esos países, adquirió luego tal dominio del acento, la entonación peculiar con que se hablan en las capitales de cada uno de ellos, que fué siempre causa de maravilla oirle pronunciar tan correctamente lenguas extranjeras. De las antiguas conocía bastante el griego; el latín le era, gracias á su primera educación eclesiástica, casi tan familiar como el castellano.

Al volver á la patria, completada su peregrinación, no tardó en decidir, ante el estado del país, cual debía ser la ocupación de toda su existencia. La educación primaria y secundaria, la instrucción pública en general, se encontraba entonces en el más miserable estado, de todas las necesidades del país la menos atendida, á pesar de la gran prosperidad material que desde principios del siglo había ido lográndose.

Cuba no era ya la poco importante factoría, el simple punto de escala de las escuadras ó convoyes que iban y venían de Méjico y el mar Caribe. Todos los desastres sufridos por las metrópolis europeas en América, por la Gran Bretaña lo mismo que por España y Francia; es decir, la fundación do los Estados Unidos, el alzamiento de los negros en Santo Domingo, el ingreso de la Luisiana y la Florida en la nueva república angloamericana, la derrota final de la dominación española en el continente desde San Francisco hasta el estrecho de Magallanes, fueron para Cuba como un beneficio particular, que contribuyó poderosamente á aumentar su población, desarrollar su agricultura y su comercio. Apenas fueron suprimidas las trabas absurdas é inicuas que le prohibían todo género de relaciones mercantiles con las regiones vecinas, la que había vegetado pobre y abandonada como una pordiosera al lado de sus opulentas hermanas, Méjico, Guatemala, Venezuela, Nueva Granada; la que con gran dificultad y sólo gracias al socorro que de Méjico le mandaban podía equilibrar sus gastos y sus ingresos, vió en muy poco tiempo tiempo duplicada y triplicada la cifra de sus habitantes, aumentado su tesoro hasta el punto de no requerir más limosna de nadie, de satisfacer ampliamente ella sola sus cargas y poder pronto atender á las llamadas "necesidades de la Península", remitiendo á Madrid desde 1827 un millón anual de pesos fuertes, que penetró en el presupuesto español bajo el título de "sobrante de Ultramar". Ese millón estaba también destinado á crecer rápidamente, y en 1861 mandaba Cuba á España más de cinco millones de pesos anuales en efectivo, amén de muchas otras partidas especiales que nada tenían que ver con los intereses de la isla, como el déficit del presupuesto de la colonia africana de Fernando Poo, ó la abortada reconquista de Santo Domingo, cuyos gastos se liquidaban en la Habana[45].

Ninguna parte de las sumas producidas por la isla se invertía en favorecer la instrucción pública. Los conventos de frailes y de monjas eran los encargados oficiales de repartirla, y sus escuelas mal instaladas vivían lánguidamente, sin estímulo, sin ser por nadie vigiladas, dedicadas sobre todo á enseñar á rezar. El Ayuntamiento, sin iniciativa, con recursos escasísimos, sin facultades ni aun en asuntos locales, se reducía á pagar una mezquina anualidad de ocho mil pesos á la Sección de educación de la Sociedad Patriótica, como se llamaba primero, ó Sociedad Económica, como dispuso la suspicacia de las autoridades que debía titularse, asociación puramente privada que, por medio de las cuotas de sus miembros y auxilios buenamente conseguidos entre los amigos, sostenía escuelas gratuitas y luchaba sin cesar por extender su influencia educadora más allá del recinto de la capital. Luz fué desde luego miembro de la Sociedad, después durante nueve años su director, y prestó en el puesto grandes servicios á la instrucción pública.

Dió á luz en 1833 un libro para servir de texto en clases primarias de lectura, con objeto de propagar el método explicativo en las escuelas, y desterrar el absurdo sistema de forzar la memoria con perjuicio del armónico desarrollo intelectual, de hacer á los alumnos repetir de coro palabras y frases de cuya significación no tenían la menor idea. Al año siguiente redactó el informe sobre la creación de un Instituto cubano ó escuela práctica de ciencias y lenguas vivas, proyecto muy estudiado y detallado, de que más adelante trataré, y cuya realización hubiera llenado mucho mejor y mucho más temprano el vacío que incompletamente ocupó la Real Universidad Literaria, establecida en 1842. Sucedía ésta á la que con el nombre de Pontificia había estado exclusivamente en poder de los Frailes Predicadores, en cuyas inhábiles manos vegetaba como institución de la Edad media en beneficio de preocupaciones anticuadas. El instituto proyectado y descrito minuciosamente por Luz hubiera, sin duda, sido menos literario de lo que fué la Universidad de la Habana, organizada para formar únicamente médicos, abogados ó farmacéuticos; hubiera adquirido muy distinta eficacia práctica y dotado al país de ingenieros, navegantes, químicos, arquitectos, librándolo de la triste necesidad de traerlos del extranjero, como era preciso hacer para sus minas y ferrocarriles, para las diversas atenciones de su agricultura y su incipiente industria.

En seguida se encargó temporalmente de la dirección de un colegio ya establecido[46], luego abrió clases privadas en su casa, hasta que obtuvo autorización de profesar públicamente filosofía, é inauguró un curso libre en el edificio del extinguido convento de San Francisco, curso que duró hasta 1843. Estos trabajos, emprendidos por amor de la enseñanza, no acompañados por idea alguna de lucro, pues la posición de fortuna de su familia lo mantenía libre de ese cuidado, eran para él la más agradable ocupación, pero le acarrearon disgustos. Publicaba programas muy detallados de las materias filosóficas que enseñaba, con ocasión de los exámenes públicos en que mostraba los adelantos de sus alumnos, y originóse de esos programas una polémica ardiente en los periódicos con futuros profesores de la Universidad, ya próxima á establecerse, á propósito de las doctrinas del entonces celebérrimo profesor francés Victor Cousin, sobre cuyas contradicciones y superficialidad formulaba Luz juicio tan severo como exacto y profundo. En otras controversias apasionadas se vió envuelto por la misma época sobre asuntos de interés público relacionados con el primer ferrocarril establecido en la isla por el patriotismo de sus habitantes desde 1837, sin auxilio de la metrópoli, donde no los hubo sino en fecha posterior. A consecuencia de tales luchas, de los desabrimientos personales que le trajeron, de la exaltación á que á veces lo arrastraba el ardor de sus convicciones, cayó víctima de una afección del sistema nervioso, y se vió forzado á suspender todo trabajo y embarcarse para Europa.

En una casa de salud de París vivía á mediados de 1844, al cuidado de un facultativo sobrino del famoso doctor Pinel, cuando le llegó la noticia inesperada de que un tribunal militar de la Habana lo citaba por edictos como reo ausente de atentado contra la seguridad del estado. Tratábase de una supuesta conspiración de negros esclavos contra sus amos, y los fiscales inmediatamente envolvieron en el sumario á muchas personas respetables, nacidas en el país, con objeto de hacerlas impopulares por el horror que en todos despertaba el recuerdo de lo que había pasado en Santo Domingo, y sin más pretexto que el considerar las hostiles á la trata de África, que tan descarada como ilegalmente se practicaba todavía en la isla con la sanción tácita de los gobernadores. Sentíase Luz tan inocente de lo que se le achacaba, tan ajeno de toda culpa, que sin vacilar determinó, no importándole las consecuencias, volver á la Habana y responder personalmente al llamamiento; resolución bien aventurada pero bien digna de su intrépido corazón, pues sabía demasiado que el régimen político de la colonia no brindaba garantías de equidad; porque la causa se instruía conforme á los duros é inquisitoriales preceptos de la ley militar, y porque gobernaba la isla en esa fecha más despóticamente que ninguno el general Leopoldo O'Donnell, duque futuro de Tetuán, quizás en todo el universo el hombre de armas que ha ostentado mayor desprecio de la legalidad, en Cuba lo mismo que después en España, y que joven entonces, provisto de omnímodas facultades, no obedecía siquiera al freno de la experiencia ni soportaba la menor contrariedad.

No conocía Luz personalmente á O'Donnell que había tomado posesión de su destino después de su salida: en cambio era muy probable que el nuevo procónsul estuviese fuertemente prevenido contra él, pues uno de sus primeros actos al presidir como Capitán general una sesión de la Sociedad Económica había sido ordenar verbal y ásperamente que la Sociedad borrase del número de sus miembros á un inglés, antiguo cónsul de la Gran Bretaña, David Turnbull, expulsado de la isla como abolicionista. Y precisamente había debido ese animoso extranjero el continuar inscrito á la intervención de Luz que, como Director, aunque ausente á causa de sus males, había propuesto y obtenido por medio de enérgica y elocuente comunicación que la Sociedad anulase el acuerdo de la expulsión de Turnbull, tomado con atropello de artículos terminantes de su reglamento. Cuantos figuraron votando contra la ilegal é innecesaria afrenta dirigida á un hombre que ya no residía en la isla, eran tenidos por el gobierno como partidarios, si no de la abolición de la esclavitud, por lo menos de la supresión sincera del tráfico de negros con África; uno y otro cargo eran igualmente decisivo indicio para los que buscaban cómplices, directos ó indirectos, de la imaginada conspiración.

En Agosto estaba ya de vuelta Luz y en su casa de la Habana. No fué llevado á la cárcel pública merced al notorio mal estado de su salud, que debió no obstante, dejar comprobar por la visita de tres médicos designados por el fiscal[47], y quedó arrestado en sus habitaciones. Al cabo de un año largo de preguntas, repreguntas, confesión con cargos y demás trámites del procedimiento criminal, se mandó reunir el Consejo de guerra; ante él compareció Luz por medio de un militar encargado de su defensa, al que dió como única instrucción la orden de reducirse solamente á pronunciar las siguientes palabras: "Don José de la Luz y Caballero libra su defensa en el mérito de los autos y la justificación del tribunal". Así en efecto lo hizo el oficial escogido, que fué Andrés Foxá, teniente en un cuerpo especial llamado de Voluntarios de Mérito y miembro de una familia distinguida de poetas y literatos nacidos todos en las Antillas.

En Octubre de 1845, á los catorce meses de vuelto á su país, se falló la absolución libre, no de él únicamente sino de las demás personas, ó de su amistad ó del círculo de sus relaciones, que habían sido procesadas al mismo tiempo. Desenlace distinto por fortuna, del que tuvieron los procesos del año anterior, de las numerosas escenas trágicas, las sangrientas hecatombes de negros y mulatos infelices, tanto libres como esclavos, que ordenaron y ejecutaron esas mismas comisiones militares ante el país aterrorizado.

Corrió Luz de todos modos el peligro de sufrir larga prisión preventiva, lo que en su situación podía haberle costado la vida, como sucedió á un respetable letrado amigo suyo, Martínez Serrano, fallecido en el calabozo. Si por dicha evitó esa prueba, tuvo que soportar la humillación de las visitas del fiscal, del miserable Pedro Salazar, condenado más adelante á presidio por sus desmanes y desafueros, que venía una y otra vez á tenderle lazos groseros por medio de preguntas capciosas, dudando insolentemente de su franqueza y de su veracidad.

Mucho mejor, por consiguiente, hubiera sido en interés de su salud comprometida que, desdeñando la absurda acusación, hubiese permanecido en París y no vuelto hasta que todo hubiese estado terminado. Pero un hombre como él, de su categoría moral en el país, no podía proceder así, aunque fuese lo más prudente ó lo más práctico; el apóstol de la verdad y la justicia en aquella pobre tierra víctima de tanta mentira y tanta iniquidad no debía aparecer un solo instante como si tuviese algo que ocultar, como si huyese despavorido de sus jueces, aunque fueran éstos injustos ó venales ó feroces conocidamente.

Su retorno inesperado fué un servicio patriótico, que sirvió no solamente para engrandecer su ya extendida reputación de intachable rectitud, sino para aclarar la situación general, disipando nieblas de propósito acumuladas por la encarnizada persecución; para fijar la opinión pública extraviada por la perversidad de los acusadores[48]; para facilitar en fin la defensa de inocentes que yacían todavía en las prisiones con la garra de los fiscales siempre encima. Esa fué la impresión general al circular la nueva de que, á pesar de sus padecimientos, venía Luz desde Europa á ponerse enfrente de sus acusadores.

La imagen de ese año siniestro de 1844 se destaca en la historia de Cuba y en la memoria de los cubanos como una gran mancha negra en el centro de un lago de sangre. El delito, la explotada conjuración de negros y mulatos contra blancos, si acaso tuvo alguna existencia, fué como idea muy vaga ó proyecto sin comienzo de ejecución, mientras que la represión fué de la más bárbara crueldad, ejecutada contra toda ley y toda razón. Centenares de individuos perecieron, pasados unos por las armas, muertos otros en el suplicio de azotes que se les aplicaba para forzarlos á confesar, prueba del tormento resucitada en virtud de autorización expresa de O'Donnell[49]. Había en la Habana, Matanzas y demás ciudades un cierto número de mulatos libres, ricos y generalmente considerados; casi sin excepción todos fueron encausados, algunos perdieron la vida, ni uno solo salvó su fortuna.

Entre las primeras víctimas se contó el mulato conocido en literatura bajo el nombre de Plácido, que se llamaba Gabriel de la Concepción Valdés, hijo natural de una bailarina española y de un peluquero de color. Conforme á la condición de la madre nació libre, pero su aspecto físico lo hacía de la raza legalmente inferior, y de nada valieron para ayudarlo á salvar esa insalvable barrera las facultades poéticas de que estuvo dotado, el estro poderoso que á ocasiones lo eleva tan alto. Tenía treinta y cinco años cuando lo fusilaron en la ciudad de Matanzas.

Es coincidencia bien extraña que entre los cargos principales que se hicieron á Luz en el proceso, de todos, el más preciso, se funde en una alusión de Plácido[50] en su declaración instructiva, alusión de un todo inexacta, de que Luz ni siquiera dignó defenderse, pues nunca conoció personalmente á Plácido, y cuando él llegó á la Habana hacía ya tiempo que el pobre vate había sido ajusticiado. Pero sobre esa declaración, lo mismo que sobre las demás de los condenados entonces á muerte y sobre otras actuaciones de la causa, pesa y eternamente pesará la sospecha de ser una suplantación infame de los fiscales, que en el secreto del sumario las tomaron y redactaron.

III

Tres años más de reposo y de cuidados necesitó antes de pensar poner en práctica sus antiguos proyectos; pero á la primer vislumbre de mejoría se dedicó con perseverante preferencia á luchar contra las dificultades que la hostilidad del gobierno y la apatía de sus compatriotas le suscitaban y lograr el fin de sus anhelos: el establecimiento de un colegio cuya dirección se reservaba, para organizarlo conforme á sus ideas, acercarlo en lo posible al modelo filosófico que llevaba en la mente desde mucho tiempo atrás, tal como lo había esbozado en la proposición última del elenco de sus lecciones públicas de 1840; "escuela de pensamientos y virtudes, no queremos filósofos expectantes ni eruditos de argentería, sino hombres activos de entendimiento y más activos de corazón".

La soberbia frase de su empresa de educador, el hermoso apotegma que condensa todo su programa: "educar no es dar carrera para vivir, sino templar el alma para la vida", no podía realizarse enseñando en clases más ó menos públicas, ni escribiendo libros de texto ó tratados teóricos; era preciso crear una gran escuela, primaria y superior, de la que no saliesen los alumnos durante la semana, y donde fuese, por tanto posible, educarlos en el verdadero y más lato sentido de la palabra.

Así, por fin, lo consiguió; dióle el nombre de El Salvador, por el barrio de la ciudad donde estaba, aunque luego la voz pública asignó otro origen al título y le atribuyó un sentido literal en pro del porvenir del país, cosa en que primitivamente no se pensó. La casa, antigua vivienda privada, se modificó para adaptarla en lo posible al nuevo objeto, y sobresalía por la preciosa cualidad de tener detrás jardines extensos, un vasto prado cubierto de césped, de arbustos floridos, de frondosos árboles seculares que por diversas partes formaban pequeños bosques, y allá en un extremo un arroyo de cauce artificial, una zanja, que por accidente del terreno se precipitaba á guisa de minúsculo torrente, y se ensanchaba después entre orillas cubiertas de grupos espesos de "cañas bravas", gramíneas gigantescas cuyas ramas, semejantes á las de ciertos sauces, tamizaban por la tarde á la hora habitual del recreo de los alumnos los rayos del sol poniente, y mantenían en continua y misteriosa alternativa de luz y sombra la plácida superficie, sobre la cual se reproducían y se borraban, en rápida sucesión, las líneas de las ramas hojosas, de los verdes y anillados tallos, imagen poética de la vida efímera de seres y cosas sobre la tierra. Toda esa abundancia de luz y de espacio era inestimable allí, porque los discípulos, según el reglamento, volvían á sus casas solamente los días de fiesta, y entraban siempre en el colegio los domingos por la noche, hasta el sábado siguiente.

Por desgracia había que subordinarse en cuanto á la enseñanza y clasificación de las materias al Plan de estudios oficial, redactado en Madrid para la Universidad única de la isla; de otro modo no hubieran venido al colegio alumnos de más de doce años, mínimum de edad exigida para comenzar los estudios universitarios del bachillerato en Filosofía, paso primero é indispensable hacia las carreras liberales, esto es, hacia la licenciatura en jurisprudencia, medicina y farmacia, únicas abiertas en el país, no existiendo escuelas especiales de ninguna otra, estando la política y las armas absolutamente vedadas, y no acostumbrando la metrópoli, salvo excepciones contadas, proveer en hijos de Cuba cargos importantes del orden judicial ó de la hacienda pública. Ese plan de estudios que fué, sin embargo, como ya indiqué, prenda de progreso, porque retiró de manos de los frailes de Santo Domingo el monopolio de la enseñanza superior, dividía en cuatro cursos anuales los estudios de filosofía, acumulando asignaturas á razón de siete ú ocho en cada año; y cuenta que entre ellas no se incluía ni la aritmética ni la gramática ni aun la lengua latina, porque se suponían aprendidas y bien sabidas, antes de los doce años; ¡como tampoco las lenguas vivas, completamente desdeñadas por el legislador, en un país donde los negocios tendían á hacerse casi únicamente con el extranjero! Plan insensato en todas sus partes; para acabar de juzgarlo, basta tener presente que en sólo el primer curso exigía de niños de doce á trece años el conocimiento cabal de todas las materias siguientes:

Toda el álgebra y toda la geometría; bajo el título de "Introducción á la historia natural", un curso de anatomía y fisiología elementales; un curso de mineralogía á otra hora y con otro profesor; primer año de física; la geografía y cronología completas; y por último toda la historia antigua hasta la caída del Imperio romano.

En los otros tres años era idéntico el hacinamiento de materias, y todo ello, en el tiempo y orden dispuestos, tenía que enseñarse en el colegio, amén de lo demás indispensable en la instrucción ordinaria de un adolescente. Si el alumno entraba en el colegio de doce años, se quedaba por lo común cuatro más solamente, y á los diez y seis, edad del bachillerato, se encontraba convertido precisamente en lo que, como decía Locke, nunca debiera llegar á ser: un pequeño pedante. Si había sido aplicado y pundonoroso y luchado con todas sus fuerzas por satisfacer á cuanto se le exigía, salía de ese cuarto año, como del cuarto círculo de un infierno, debilitado, entontecido por el exceso de trabajo mental en tan peligroso período de la existencia.

En terreno tan desfavorable, en condiciones tan adversas, había que trabar el combate; en él y con ellas emprendió Luz su espinoso apostolado.

Para triunfar hasta donde las circunstancias lo permitiesen; para cultivar el corazón de la juventud y hacer brotar sentimientos bastantes á compensar el influjo esterilizante del pernicioso régimen intelectual impuesto por los programas oficiales, contaba con dos elementos poderosos: su genio de educador por una parte, y por la otra el prestigio de su carácter, su influencia personal, la aureola que á los ojos de todos, grandes y pequeños, le creaba esa tan feliz combinación de un saber extraordinario con la más ardiente y previsora caridad. En el ejercicio del arte de la educación, lo mismo que en todas las aplicaciones de la ciencia, el hombre superiormente dotado de las facultades especiales, decidido á emplearlas sin tasa en su ministerio, basta á menudo para contrapesar los errores del peor sistema, para salvar los inconvenientes de la más escabrosa situación.

Lo verdaderamente admirable en José de la Luz era el conjunto de sus cualidades morales, y de ellas, por desgracia, solamente vestigios, leves huellas, pueden quedar en la historia de su patria, ó un perfume que necesariamente se desvanece en sus Aforismos, en las áridas páginas del Informe sobre el Instituto Cubano, en su correspondencia privada, si llegara ésta á reunirse y publicarse. Los que tuvieron la dicha de conocerlo é íntimamente tratarlo saben bien cuan irrealizable tarea sería pintarlo y explicarlo hoy á los que en Cuba han venido al mundo después, y con pena se dirán que la hermosa figura ha de ir menguando y esfumándose en el horizonte de la historia cubana á medida que van desapareciendo de la escena sus discípulos. Yo debo á la fortuna el privilegio de haber vivido á su lado los doce años mejores de mi existencia, de haber sido contado entre sus hijos predilectos, y para mí Luz más que un escritor, que un filósofo, que el jefe de un gran colegio, fué un prodigio de bondad y abnegación, un ser completo, seductor, lleno de mansedumbre y rectitud, como acaso ningún otro he conocido jamás. A pesar de haber estado tanto tiempo en constante intimidad con él, viéndolo en todas las situaciones, en buena salud y durante penosas enfermedades, en la alegría y en la tristeza, en sus horas de satisfacción mayor, rodeado de sus hijos espirituales, en períodos amargos cuando la ingratitud ó la injusticia disparaban contra él saetas envenenadas, ó bien cuando la imagen dolorosa de cada uno de los varios desastres de su vida doméstica atormentaba su corazón, jamás sorprendí en aquel noble espíritu un instante de desaliento, un rasgo de cólera, una palabra descompuesta, una queja de amor propio herido.

Ante las frecuentes contradicciones entre las apariencias y la realidad de la vida de algunos personajes célebres, se han preguntado varios si no son muchas veces los moralistas simples actores que representan un papel distinto, y á ocasiones hasta opuesto al que en la vida real desempeñaron. Es lo cierto que á menudo así sucede; pero los discípulos de Luz conservan viva siempre la memoria de un hombre de cuyos labios brotaban los preceptos de la moral más elevada, en cuyo rostro nunca hubo máscara ninguna, á quien nadie superó en la pureza y austeridad de sus costumbres.

Pronto se vió que el colegio respondía positivamente á una necesidad en el país, y fué preciso agrandar el edificio para dar cabida á los numerosos internos que de toda la isla acudían. La marcha general del establecimiento quedó regulada desde el primer día conforme á las ideas particulares del director, y con tanto acierto y seguro resultado que hasta lo último se respetaron y conservaron sin alteración sustancial.

Lo que había llamado método explicativo fué, por decirlo así, norma de las clases, no sólo de lectura, donde era una necesidad, sino de toda la enseñanza del colegio, con objeto de habituar los alumnos á darse cuenta exacta de lo que aprendían, á no confiar nada á la memoria únicamente y solicitar explicaciones de todo, tanto mientras duraban las clases como á otras horas del día, para lo cual estaba siempre el director en la casa y dispuesto á resolver las dudas y dificultades de todos.

Traspasó al colegio su biblioteca particular muy numerosa y escogida, y como otra de las reglas generales era exigir de los alumnos, una vez todas las semanas, composiciones originales y breves en aquellas clases en que la materia lo consentía, muchos acudían al director en busca de una indicación como punto de partida, ó de libros donde estudiar más extensamente el tema de la disertación, y él, amoldándose al grado y carácter de la inteligencia de cada uno, los ayudaba siempre de algún modo á salir airosamente del empeño. "El arte de escribir con perfección debe contarse entre los privilegios del genio", había dicho en el Informe sobre el Instituto; es lo cierto que no se tendía en el colegio á formar artistas de frases, pero aconsejaba siempre adiestrarlos todo lo posible, "para hacer perder á los jóvenes aquel horror por la composición que les hiela la mano, al empuñar la pluma".

En cuanto al régimen interno era la costumbre emplear pocos castigos y del carácter más anodino posible; mantener la mayor familiaridad entre alumnos y profesores, nada de ceremonias, ningún uniforme, ningún besamanos, cuidando siempre de avivar el afecto como más segura vía por donde ahuyentar el menosprecio. El director era cariñosamente llamado por todos sin excepción Don Pepe, nombre que desde mucho antes se le daba por todo el país. Aplicóse también desde el principio la regla de preparar los alumnos de más juicio y mayor edad para maestros, confiándoles pequeñas clases de menores, formando así con ellos un grupo intermedio entre el cuerpo de profesores y la masa de los educandos, lo que ayudaba eficazmente á aunar y solidarizarlo todo.

En los primeros años no vivía Luz en el edificio mismo del colegio, sino en una casa próxima con su esposa y con su hija; mas antes de salir el sol estaba siempre presente para recibir los alumnos al bajar de los dormitorios y reunirlos en una pequeña capilla; ahí, todos de rodillas, él solo de pie en el centro, recitaba una oración por él mismo compuesta y que repetían en coro, breve acción de gracias al Señor "por todos los beneficios dispensados durante el día anterior y principalmente por la tranquilidad de nuestras conciencias". En ella se intercalaban otras cosas en días fijos, como el místico soneto atribuído entonces á Santa Teresa; "No me mueve, mi Dios, para quererte..." que se decía siempre los viernes así como los sábados la Salve á la Virgen María. Esta costumbre fué perdiéndose, y á medida que iba Luz por sus males levantándose menos temprano por la mañana acabó por suprimirse. Nunca hubo en el colegio profesor ó empleado que fuese tan religioso como él, jamás autorizó ni con su enseñanza, ni con sus actos la entera supresión de las prácticas de la Iglesia por sus discípulos, y es un hecho que los numerosos alumnos del Salvador que salieron de allí tibios ó indiferentes en materia religiosa no siguieron sus huellas.

Las clases superiores de filosofía, es decir, de lógica, psicología y moral estuvieron en toda época á su cargo, y cuando allá hacia el fin de sus días no le era posible desempeñarlas, se suponían siempre en la lista de profesores como reservadas para él, y confiadas á un interino, cuyo nombre no se imprimía en el elenco. En sus tiempos de buena salud daba una clase superior de lengua latina, en la cual se estudiaban gramatical y literariamente los grandes autores, y para los ejercicios de versión del castellano al latín traducía él mismo y dictaba trozos de los diálogos de Luis Vives, comparaba los trabajos con el original haciendo resaltar la elegante latinidad del famoso valenciano que mucho admiraba. También tomó para sí al principio la clase de alemán, y por algún tiempo otra en que, bajo el nombre de religión, explicaba historia sagrada é interpretaba directamente del texto del Padre Scio capítulos de la Biblia.

Pero su verdadera cátedra era la que ocupaba una vez por semana, los sábados, á la hora en que se suspendían los trabajos hasta el lunes siguiente, y desde ella improvisaba durante veinticinco ó treinta minutos un sermón laico, tomando por lo general como punto de partida algunos versículos de los Evangelios, con mayor frecuencia de las epístolas de San Pablo. Era siempre una sencilla y vigorosa lección de moral práctica al alcance de todos, pero á veces arrebatado por súbita inspiración se elevaba agrande altura, irguiéndose lleno de energía, agitando sus largos brazos con el libro abierto en una mano, alzando la voz que era de un timbre grave y varonil; y sacudiendo la atmósfera moral de aquel recinto, de tal manera que hombres y niños, pues muchos de los empleados se agolpaban á las puertas del salón, creían sentir pasar sobre sus cabezas algo sobrenatural, algo como una voz potente y vibrante de profeta anunciando, adivinando un misterioso porvenir.

Mientras vivió el fundador, continuó la casa, como he dicho, bajo su dirección inmediata: ésta duró unos catorce años, después continuó abierta cerca de ocho más con José María Zayas, su colaborador, al frente, hasta zozobrar por último en la tormenta política producida por la insurrección de 1868. Son las tres fechas capitales de su historia; la fundación en 1848, la muerte de Luz en 1862 y la supresión en 1869. Aparte de esto hubo otros graves momentos, otras crisis peligrosas que amenazaron su existencia.

En 1850 perdió Luz á Luisa, su única hija, de diez y seis años de edad, cuya inteligencia y cuyo corazón había él educado y cultivado con amoroso esmero, y cuya sonrisa embellecía su vida de abnegación, austeridad y sacrificios. Muchos temieron que fuese el golpe demasiado rudo para aquella organización depauperada por los padecimientos, y en los primeros días se le vió en efecto, sumido en invencible melancolía; pero de esta clase de dolores suele la voluntad, á costa de vigoroso esfuerzo, lograr señorío completo, cuando el paciente sabe imponerse algún gran deber, ó descubrir algún sendero oculto y escarpado que recorrer en bien de sus semejantes. Así fué, y pronto reanudó sus tareas del colegio, volviendo á hacer todo lo que antes hacía, con el mismo afectuoso interés, sin aludir en ningún caso á la hija perdida, sin pronunciar una palabra que pudiera autorizar á nadie para dirigirle frases vulgares de consuelo ó simpatía. Algunas veces el que lo mirase con atención, cuando escuchaba de pie en el umbral de un cuarto de clase la lección de un niño ó la explicación de un profesor, podía adivinar la presencia constante de la imagen adorada, porque algo de súbito empañaba sus ojos, como si una nube pasara oscureciendo el fulgor de sus pupilas; pero "el espartano", como él mismo se llamaba, el herido espartano continuaba siempre dueño de sí mismo, sin ceder á la debilidad de buscaren lamentos inútiles alivio á su dolor. Todos, como obedeciendo á una consigna, se abstenían con sumo cuidado de la más leve alusión al triste suceso. Por esa razón ocho años después, en el discurso con que terminaban siempre los exámenes de fin de año, y que esa vez compuso y leyó en su nombre Antonio Angulo, el discípulo querido, causó en todos la mayor sorpresa oirle decir que por su conexión con el colegio tenía la dicha de mantener vivos en su corazón los dulces y puros sentimientos de la paternidad, ventura de que parecía haberme privado para siempre un terrible é inescrutable decreto del Eterno. Fué tan profunda la emoción entre alumnos, profesores y amigos allí presentes, á causa del inquebrantable silencio guardado tanto tiempo, que pareció la alusión en el primer instante un rasgo de excesiva audacia del discípulo, y apenas osaban volver la vista hacia el maestro, por miedo de ver su rostro surcado de lágrimas imprudentemente arrancadas en presencia de tan numeroso público.

En 1852 sobrevino una nueva invasión del mismo morbo asiático, que arrebató dos años antes á la hija de Luz, penetrando esta vez en el colegio y llevándose en pocas horas uno de los pupilos. Fué preciso cerrar la casa temporalmente. Durante esta suspensión estableció José María Zayas en otro lugar de la ciudad y por su sola cuenta un nuevo colegio, que denominó Colegio Cubano y puso en duda peligrosa la reapertura del Salvador, porque la voz pública, sin razón especial, pues la epidemia había diezmado por igual toda la ciudad, tachaba de insalubre el barrio del Cerro, y porque gozaba Zayas del prestigio de haber sido principal colaborador de Luz. Recibió éste el golpe con su ecuanimidad genial, y sin formular, en voz alta por lo menos, queja alguna de tan inesperada competencia, abrió las puertas del colegio, una vez desaparecida la epidemia, y reanudó las tareas, aumentando la carga sobre sus hombros y encargándose por algún tiempo de nuevas clases, entre las que resultaban vacantes por la retirada de Zayas, sus dos distinguidos hermanos, Juan Bruno y Francisco, y algún otro profesor.

Aunque el nuevo colegio de Zayas no debía vivir mucho tiempo, era evidente que, dados los rumores persistentes sobre la insalubridad del barrio del Cerro, sería imprudente seguir con el Salvador donde estaba, luchando sin seguridad de triunfo contra arraigada preocupación. No quedó por último más recurso que trasladarlo al centro de la ciudad, y abandonó Luz, bien á su pesar, el viejo edificio, que aun irregular y agrandado á pedazos, compensaba muchos inconvenientes con sus arbolados y su frescura.

Los cinco años que permaneció el colegio en el interior de la capital, en una casa no pequeña pero encajada en un montón de otras y sin la abundancia de luz y aire á que se estaba acostumbrado, parecieron á todos largo y penoso cautiverio. En ese período perdió Luz su anciana madre, á cuyo lado había vuelto en busca de cariñoso abrigo, y determinó entonces no salir más del establecimiento ni de noche ni de día, resuelto á no contar con más familia en lo adelante que sus discípulos, sus hijos espirituales, para usar la frase con que á ellos se refiere en su testamento.

El cautiverio duró hasta mediar el año de 1859; disipadas las preocupaciones del público volvió el Salvador al mismo Cerro, aunque no á casa tan amplia ni á terreno tan vasto como antes. Pero la salud de Luz decaía visiblemente, el orden interior del establecimiento sufría por falta de una mano experta que llevase las riendas y evitase al director descender á multitud de pormenores. Temiendo, pues, que la acción recrudecida de sus antiguos padecimientos lo debilitase demasiado, aceptó de los compatriotas distinguidos que lo habían ayudado pecuniariamente en la traslación al Cerro la proposición de confiar nuevamente la vicedirección á J. M. Zayas, que con tan buen éxito la había desempeñado al principio y se manifestaba ahora pronto á continuarla. Asentir no le costó ningún esfuerzo, porque lo pasado apenas había dejado vestigios en su memoria, y siempre había apreciado en Zayas uno de los mejores discípulos del colegio primero que dirigió á su vuelta de Europa. Causóle en seguida verdadera satisfacción observar que, en cuanto á carácter, el que volvía á su lado era casi un José María Zayas distinto del de antes, como domado por la edad, suavizado por la influencia de la familia, la esposa y los hijos que ahora le acompañaban.

Desde esa fecha todo siguió su marcha sin otro grave tropiezo: la hábil organización bastó para resistir los efectos del inmenso vacío que dejó la desaparición del fundador en 1862, continuando el colegio abierto y con idéntico crédito hasta la orden gubernativa de la clausura en 1869.

No mucho pudo hacer Luz en él durante sus últimos tres años. Ya no desempeñaba ninguna clase, accesos frecuentes aumentaban su debilidad y acercaban el triste desenlace, pero con la fisonomía llena de expresión, la voz entera y los ojos brillantemente húmedos como siempre, la delgadez de los miembros y la inclinación de las espaldas revelaban solas su constante decaimiento. No podía ya escribir, á menudo ni siquiera leer, mas la curiosidad con que seguía los vaivenes de la política en el mundo no se extinguía, ni tampoco su interés por cuanto en ciencias ó en letras se publicaba de notable; varios de sus discípulos antiguos se encargaban de ir dándole cuenta de lo más importante, y era un encanto oirlo disertar elocuentemente sobre los más variados asuntos, juzgar seguramente, por los datos que se le suministraban, autores y libros, en el lenguaje familiar, expresivo, que le era habitual y producía tanta impresión.

Recibía siempre las grandes revistas inglesas, se hacía leer sobre todo la Westminster Review, muy atento al movimiento filosófico en la patria de Locke, siguiendo con intensa curiosidad el desarrollo y final engrandecimiento de la escuela que parte del ilustre autor del "Ensayo sobre el entendimiento humano", continúa con Hume, Bentham, Stuart Mill, y comenzaba en aquellos mismos momentos á descubrir los nuevos y dilatados horizontes en que debían brillar como astros rutilantes el libro de Darwin sobre el origen de las especies y la vasta generalización de Herbert Spencer. No es decir por de contado que adivinase Luz las grandes y fecundas consecuencias de lo que no hacía más que apuntarse; ni que las mágicas fórmulas: evolución, selección natural, supervivencia del mejor, penetrasen en sus oídos revelándole desde luego el secreto de todo lo que contenían. Era él y lo fué hasta el fin, sensualista convencido, "positivista" sólo en el sentido en que puede también decirse de John Locke, aunque la innata tendencia mística había ido pronunciándose más y más en su espíritu, por la influencia de las penas físicas, de los infortunios, de la fatiga del que ha luchado en terreno donde todo le ha sido hostil, hombres, cosas, elementos. Pero su alma de investigador sincero, de amante fiel y ardoroso de la verdad filosófica, alimentaba en su pecho eterna simpatía por cuantos buscaban, cualquiera que fuese el rumbo, la solución de los antiguos y espinosos problemas, que él también se había planteado y tratado de resolver con sus propios recursos.