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Nota de transcripción

  • Los errores de imprenta han sido corregidos.
  • La ortografía del original ha sido respetada, normalizándose las variantes a la grafía más frecuente.
  • Se han añadido tildes a las mayúsculas que las necesitan.
  • El texto de las notas, citas y referencias se ha hecho coincidir con el del original francés de la 12.ª edición. (Las ediciones francesas, a partir de la 13.ª, tienen adiciones que no están reflejadas en esta traducción.)
  • Las notas a pie de página procedentes del autor han sido renumeradas y quedan colocadas al final del libro, como en el original impreso. Las procedentes del editor o del traductor se han colocado debajo del párrafo que contiene la llamada.
  • Las páginas en blanco han sido eliminadas.

VIDA
DE JESÚS

HISTORIA

DE LOS ORÍGENES DEL CRISTIANISMO

LIBRO PRIMERO


ERNESTO RENÁN

——

VIDA

DE JESÚS

NUEVA EDICION CON NOTAS

——

MADRID

LIBRERÍA DE ALFONSO DURÁN

CARRERA DE S. GERÓNIMO, 2

1869

MADRID, 1869.—Imp. de Rivadeneyra, Duque de Osuna, 3.

AL ALMA PURA

DE MI HERMANA ENRIQUETA

MUERTA EN BIBLOS EL 24 DE SETIEMBRE DE 1861

¿Te acuerdas, desde el seno de Dios, donde reposas, de aquellos largos dias de Ghazir en que, solo contigo, escribia yo estas páginas, inspiradas por los lugares que acabábamos de recorrer? Silenciosa á mi lado, tú releias cada página y la copiabas apénas escrita, miéntras que á nuestros piés se extendian el mar, las aldeas, los barrancos y las montañas. Cuando á la sofocante luz de la tarde sucedia el innumerable ejército de estrellas, tus preguntas finas y delicadas y tus discretas dudas me hacian pensar en el objeto de nuestras comunes investigaciones. Un dia me dijiste que tú amarias este libro, por haber sido escrito en tu compañía, y porque te gustaba su espíritu. Y si algunas veces temias que le fuese contrario el juicio del hombre frívolo, siempre estuviste persuadida que al fin agradaria á las almas verdaderamente religiosas. El ala de la muerte nos hirió á entrambos en medio de aquellas dulces meditaciones; á la misma hora caimos en febril letargo... ¡Yo me desperté solo!... Tú duermes ahora en la tierra de Adónis, cerca de la santa Biblos y de las aguas sagradas, donde iban á mezclar sus lágrimas las mujeres de los misterios antiguos. Revélame ¡oh buen genio! á mí, á quien tanto amabas, esas verdades que dominan la muerte, que impiden temerla y casi nos la hacen amar.

INTRODUCCION

EN DONDE PRINCIPALMENTE SE TRATA DE LAS FUENTES DE ESTA HISTORIA


Una historia de los «Orígenes del cristianismo» deberá abarcar todo el período oscuro, subterráneo, si se me permite la frase, que se extiende desde los primeros pasos de esta religion hasta el momento en que su existencia vino á ser un hecho público, notorio, evidente á los ojos de todo el mundo. Esta historia se compondrá de cuatro libros:—el primero, que hoy ofrezco al público, trata del hecho mismo que sirvió al nuevo culto de punto de partida, y le llena completamente la persona sublime de su fundador. El segundo tratará de los apóstoles y de sus discípulos inmediatos; mejor dicho, de las revoluciones que sufrió el pensamiento religioso en las dos primeras generaciones cristianas. Le cerraré hácia el año 100, época en que habian ya muerto los últimos amigos de Jesús y en que se habian fijado todos los libros del Nuevo Testamento en la forma que tienen hoy dia. En el tercer volúmen expondré el estado del cristianismo bajo los Antoninos: verásele en él desarrollarse lentamente y sostener una guerra casi constante contra el imperio, el cual, habiendo llegado entónces al apogeo de la perfeccion administrativa, y hallándose dirigido por filósofos, combate en la secta naciente una sociedad secreta y teocrática que le niega con obstinacion y le mina sin cesar. Este libro contendrá todo el siglo segundo. En el tomo cuarto demostraré, por último, los progresos decisivos que hace el cristianismo á partir de los emperadores sirios. En él se verá el hundimiento de la sábia construccion de los Antoninos, la decadencia de la civilizacion antigua hacerse irrevocable, el cristianismo aprovechándose de su ruina, la Siria conquistando todo el Occidente, y á Jesús, en compañía de los dioses y de los sabios divinizados del Asia, tomar posesion de una sociedad á la cual no bastaba ya la filosofía del Estado puramente civil. Entónces es cuando las ideas religiosas de las razas agrupadas al rededor del Mediterráneo se modifican profundamente; cuando los cultos orientales extienden por todas partes su dominio; cuando el cristianismo, olvidando por completo sus ensueños miliarios, rompe los últimos lazos que le ligaban al judaismo y pasa entero al mundo greco-latino. Las luchas y el trabajo literario del siglo tercero, que ya se presentan sin rebozo, no se expondrán sino á rasgos generales. Más sumariamente referiré aún las persecuciones del principio del siglo cuarto, último esfuerzo del imperio por reivindicar sus antiguos principios, aquellos que no concedian ningun puesto en el Estado á la sociedad religiosa. Por último, me limitaré á presentir el cambio de política que invirtió los papeles bajo el cetro de Constantino é hizo del más libre y espontáneo movimiento religioso un culto oficial sujeto al Estado y perseguidor á su vez.

Ignoro si tendré vida y fuerzas suficientes para llenar un plan tan vasto. Me daria por satisfecho si, despues de haber escrito la vida de Jesús, pudiese referir, segun yo la comprendo, la historia de los apóstoles, el estado de la conciencia cristiana durante las semanas que siguieron á la muerte de Jesús, la formacion del ciclo legendario de la resurreccion, los primeros actos de la iglesia de Jerusalen, la vida de San Pablo, la crísis del tiempo de Neron, la aparicion del Apocalípsis, la ruina de Jerusalen, la fundacion de las cristiandades hebráicas de la Batanea, la redaccion de los evangelios y el orígen de las grandes escuelas del Asia Menor derivadas de Juan. Todo palidece junto á ese maravilloso primer siglo. Y por una singularidad rara en la historia, vemos mucho más claramente lo que pasó en el mundo cristiano desde el año 50 al 75 que desde el 100 al 150.

El plan que he adoptado en esta historia me ha impedido introducir en el texto largas disertaciones críticas sobre los puntos controvertidos. Un sistema contínuo de notas permite al lector comprobar por sí mismo en las fuentes que se citan, las proposiciones de la obra[*]. En esas notas me he limitado estrictamente á las citas de primera mano, esto es, á la indicacion de los pasajes originales, sobre los cuales se apoya cada aserto ó cada conjetura. Comprendo que para las personas poco iniciadas en esta clase de estudios, serían indispensables explicaciones mucho más extensas. Pero no tengo costumbre de retocar lo que está hecho y bien hecho. Para no citar sino libros escritos en frances, aquellos que deseen profundizar la materia pueden proporcionarse las obras siguientes:

[*] Para no fatigar la atencion del lector con repetidas llamadas bajo el texto, hemos creido oportuno trasladar las notas al fin del volúmen.

Études critiques sur l’évangile de saint Matthieu, par M. Albert Réville, pasteur de l’Église wallonne de Rotterdam.

Histoire de la théologie chrétienne au siècle apostolique, par M. Reuss, professeur à la Faculté de théologie et au séminaire protestant de Strasbourg.

Des doctrines religieuses des Juifs pendant les deux siècles antérieurs à l’ère chrétienne, par M. Michel Nicolas, professeur à la Faculté de théologie protestante de Montauban.

Vie de Jésus, par le Dr. Strauss, traduite par M. Littré, membre de l’Institut.

Revue de théologie et de philosophie chrétienne, publiée sous la direction de M. Colani, de 1850 à 1857.—Nouvelle Revue de théologie, faisant suite à la précedente, depuis 1858.

Les Évangiles, par M. Gustave d’Eichthal. Première partie: Examen critique et comparatif des trois premiers évangiles.

Los que quieran tomarse el trabajo de consultar estos excelentes escritos, encontrarán en ellos la explicacion de multitud de puntos sobre los cuales he tenido que ser muy conciso. En lo que particularmente se refiere á los textos evangélicos, su crítica detallada ha sido hecha por Strauss de un modo que deja muy poco que desear. Y aunque Strauss se haya engañado en su teoría sobre la redaccion de los evangelios[1], y aunque su libro tenga, en mi opinion, el defecto de afirmarse en gran manera sobre el terreno teológico y muy poco sobre el de la historia[2], preciso es, para apreciar los motivos que me han guiado en una infinidad de detalles, seguir la discusion, siempre juiciosa, aunque algo sutil en ocasiones, de la obra que tan bien ha traducido mi sabio cofrade M. Littré.

En materia de testimonios antiguos creo no haber descuidado ninguna fuente de informaciones. Sin contar un sinnúmero de datos esparcidos acá y allá, cinco grandes colecciones de escritos nos quedan respecto á Jesús y al tiempo en que vivió:—1.ª los evangelios y en general los escritos del Nuevo Testamento; 2.ª las composiciones llamadas apócrifas del «Antiguo Testamento»; 3.ª las obras de Filon; 4.ª las de Josefo; 5.ª el Talmud. Los escritos de Filon tienen la inapreciable ventaja de mostrarnos las ideas que, en tiempo de Jesús, fermentaban en las almas ocupadas en las grandes cuestiones religiosas. Verdad es que Filon vivia en otra provincia del judaismo, diferente de la en que habitaba Jesús; pero tambien lo es que su carácter, como el del fundador del cristianismo, estaba muy por encima de las pequeñeces que reinaban en Jerusalen:—Filon es en este concepto el hermano mayor de Jesús. Sesenta y dos años tenía cuando el profeta de Nazareth se hallaba en el apogeo de su actividad, y le sobrevivió diez años, por lo ménos. ¡Lástima es que los azares de la vida no le llevasen á Galilea! ¡Cuánto no nos habria enseñado!

El estilo de Josefo, que particularmente escribia para los paganos, no tiene la misma sinceridad. Sus escasas noticias sobre Jesús, Juan Bautista y Júdas el Gaulonita, son áridas y sin color. Se conoce á primera vista que trata de presentar aquellos movimientos, cuyo carácter era tan profundamente judáico, bajo una forma inteligible para los griegos y romanos. Sin embargo, tengo por auténtico el pasaje que se refiere á Jesús, porque se halla en perfecta armonía con la índole de Josefo; al mencionar este historiador á Jesús no debió hacerlo de otro modo. No obstante, se conoce que una mano cristiana ha retocado el pasaje añadiéndole algunas palabras, sin las cuales habria sido casi blasfematorio[3], y suprimiéndole ó modificándole algunas expresiones[4]. Preciso es tener presente que Josefo debe su fama literaria á los cristianos, quienes adoptaron sus escritos como documentos esenciales á su historia sagrada. Probablemente se hizo de ellos en el siglo segundo una edicion corregida segun las ideas cristianas[5]. De todos modos, lo que constituye el inmenso interes de Josefo con relacion á nuestro asunto, es la viva luz que arroja sobre los personajes de aquel tiempo. Gracias á él, Heródes, Herodías, Antipas, Felipe, Anás, Caifás y Pilátos, son figuras históricas que aparecen de relieve á nuestra vista con maravillosa exactitud.

Los apócrifos del Antiguo Testamento, y en particular la parte judía de los versos sibilinos y el Libro de Henoch, tienen, unidos al Libro de Daniel, que tambien es un verdadero apócrifo, inmensa y capital importancia para la historia del desarrollo de las teorías mesiánicas y para la inteligencia de las concepciones de Jesús sobre el reino de Dios. El Libro de Henoch, muy conocido de las personas que rodeaban á Jesús[6], nos da, sobre todo, la clave de la expresion de «Hijo del Hombre» y de las ideas que á ella se refieren. Gracias á los trabajos de MM. Alexandre, Ewald, Dillmann y Reuss, la edad de estos diferentes libros está ya fuera de duda. Todo el mundo conviene en que la redaccion del más importante de entre ellos data de los siglos segundo y primero ántes de Jesucristo. La fecha del Libro de Daniel es más incierta. El carácter de las lenguas en que está escrito, el uso de palabras griegas, el anuncio claro, determinado, preciso de los acontecimientos que alcanzan hasta la época de Antíoco Epifáneo, las falsas imágenes que en él se trazan de la antigua Babilonia, el colorido general del libro, que en nada se parece á los escritos del cautiverio, y que, al contrario, se armoniza por una infinidad de analogías con las creencias, las costumbres y los giros de imaginacion de la época de los Seléucidas, el sabor apocalíptico de las visiones, el sitio del libro en el cánon hebreo fuera de la serie de los profetas, la omision de Daniel en los panegíricos del capítulo XLIX del Eclesiástico, donde se hallaba su rango como indicado, multitud de otras pruebas que han sido cien veces deducidas, todo, en fin, induce á creer que el Libro de Daniel fué producto de la grande exaltacion que la persecucion de Antíoco ocasionó entre los judíos. Así, pues, no debe clasificarse este libro entre la antigua literatura profética, sino más bien al frente de la literatura apocalíptica, como primer modelo de un género de composiciones entre las cuales debian figurar despues de él los diversos poemas sibilinos, el Libro de Henoch, el Apocalípsis de Juan, la Ascension de Isaías y el cuarto libro de Esdras.

Mucho se ha descuidado hasta hoy el Talmud al tratarse de la historia de los orígenes del cristianismo. Pero yo creo, con M. Geiger, que la verdadera nocion de las circunstancias en que se produjo su fundador, debe buscarse en esta rara compilacion, tan abundante de preciosas noticias, que se mezclan y confunden con la más trivial escolástica. Habiendo seguido la teología cristiana y la judáica dos caminos paralelos en el fondo, no puede comprenderse bien la historia de la una sin la de la otra. Por otra parte, innumerables detalles materiales de los evangelios tienen su comentario en el Talmud. Ya las compilaciones latinas de Lightfoot, de Schœttgen, de Buxtorf y de Otho contenian á este respecto multitud de noticias. Por mi parte, me he impuesto el deber de comprobar en el original cuantas citas he admitido, sin exceptuar una sola. Y la colaboracion que en esta parte de mi trabajo debo á M. Neubauer, sabio israelita muy versado en la literatura talmúdica, me ha permitido ir más léjos y aclarar las partes más delicadas de mi asunto con algunas nuevas comparaciones. Extendiéndose la redaccion del Talmud desde el año 200 hasta el 500, próximamente, la distincion de las épocas es aquí muy importante. Nosotros las hemos examinado con todo el discernimiento que permite el estado actual de esta clase de estudios. Entre algunas personas acostumbradas á no conceder valor á un documento sino por la época misma en que fué escrito, excitarán acaso algunos temores tan recientes fechas. Pero semejantes escrúpulos estarian aquí fuera de lugar. La enseñanza de los judíos desde la época asmonea hasta el siglo segundo fué oral principalmente, y no debe juzgarse de aquella especie de estado intelectual por las costumbres de un tiempo en que tanto se escribe. Los Vedas y las antiguas poesías árabes se conservaron en la memoria del pueblo durante siglos, y sin embargo, esas composiciones presentan una forma decisiva y muy delicada. Por el contrario, la forma no tiene en el Talmud ningun valor. Añadamos que ántes de la Mischna de Júdas el Santo, que hizo olvidar todas las otras, hubo ensayos de redaccion cuyos principios se remontan acaso mucho más allá de lo que comunmente se supone. El estilo del Talmud es el de los resúmenes compilativos: probablemente los redactores no hicieron sino clasificar, bajo ciertos títulos, el enorme fárrago de escrituras que por espacio de muchas generaciones se habian acumulado en las diferentes escuelas.

Réstanos hablar de los documentos que, presentándose como biografías del fundador del cristianismo, deben ocupar naturalmente el primer rango en una vida de Jesús. Un tratado completo sobre la redaccion de los evangelios tendria que formar una obra aparte. Merced á los hermosos trabajos de que ha sido objeto esta cuestion desde hace treinta años, el problema que otras veces parecia inabordable, ha llegado á una solucion que, si bien deja todavía paso á muchas incertidumbres, satisface al ménos plenamente las necesidades de la historia. Siendo la composicion de los evangelios uno de los hechos más importantes para el porvenir del cristianismo, de cuantos en la postrera mitad del primer siglo ocurrieron, ocasion tendrémos de volver á examinarla en nuestro segundo libro. Aquí no tratarémos esta especie sino bajo el punto de vista indispensable á la solidez de nuestro relato. Sólo buscarémos, dejando aparte cuanto pertenece al cuadro de los tiempos apostólicos, la medida en que deben emplearse los datos que los evangelios nos ofrecen en una historia trazada con arreglo á principios racionales[7].

Que los evangelios son en parte legendarios, es cosa evidente, puesto que en ellos abundan los milagros y lo sobrenatural; pero hay leyenda y leyenda. Nadie pone en duda, por ejemplo, los rasgos principales de la vida de Francisco de Asís, sin embargo de hallarse en ella lo sobrenatural muy frecuentemente. Por el contrario, ninguno da crédito á la «Vida de Apolonio de Tiana.» ¿Por qué?—Porque fué escrita mucho tiempo despues del héroe, y bajo las condiciones de pura novela. ¿En qué época, por qué manos y en qué circunstancias fueron escritos los evangelios? Hé aquí la cuestion capital de que depende el juicio que de su autenticidad debemos formarnos.

Sabido es que cada uno de los cuatro evangelios lleva al frente el nombre de un personaje conocido, bien en la historia apostólica, bien en la misma historia evangélica. Pero esos cuatro personajes no se nos han presentado rigurosamente como sus autores. Segun la más antigua opinion, las fórmulas «segun Matheo», «segun Márcos», «segun Lúcas», «segun Juan», no implican que estos relatos fuesen escritos de extremo á extremo por Juan, Lúcas, Márcos y Matheo[8]; esas fórmulas significan únicamente que se apoyan en las tradiciones que provienen de cada uno de aquellos apóstoles y que se escudan con su autoridad. Si esos títulos son exactos, claro es que los evangelios, sin que dejen de ser legendarios en parte, tienen sumo valor, puesto que nos llevan al medio siglo que siguió á la muerte de Jesús, y en dos de ellos, hasta á los testigos oculares de sus acciones.

Por lo que á Lúcas respecta, la duda no es posible. El evangelio de Lúcas es una composicion regular, fundada en documentos anteriores[9]; es la obra de un hombre que elige, entresaca y combina. Indudablemente el autor de este evangelio es el mismo que el de los «Hechos de los Apóstoles»[10], el cual fué un compañero de San Pablo[11], título que conviene perfectamente á Lúcas[12]. Sé que á este razonamiento puede oponerse más de una objecion, pero al ménos una cosa está fuera de duda, y es, que el autor del tercer evangelio y de los «Hechos» fué un hombre de la segunda generacion apostólica, y esto basta á mi objeto. Por otra parte, la fecha de este evangelio puede determinarse con mucha precision por medio de consideraciones sacadas del libro mismo. El capítulo XXI de Lúcas, inseparable del resto de la obra, se escribió, á no dudarlo, despues del sitio de Jerusalen, pero poco despues[13]. Aquí nos hallamos, pues, en un terreno sólido, porque se trata de una obra escrita de un extremo á otro por la misma mano y en la cual resalta la más perfecta unidad.

Los evangelios de Matheo y Márcos no tienen, ni con mucho, el mismo sello individual.—Son composiciones impersonales, en las cuales desaparece totalmente el autor. Un nombre propio escrito al frente de este género de obras dice muy poco. Pero si el evangelio de Lúcas se halla fechado, tambien lo están el de Matheo y el de Márcos, puesto que es indudable que el tercer evangelio es posterior á los dos primeros, y que ofrece el carácter de una redaccion mucho más avanzada. Tenemos sobre este punto, á mayor abundamiento, un testimonio capital que data de la primera mitad del siglo segundo, cual es el de Papias, obispo de Hierápolis, hombre grave, de tradicion, que empleó toda su vida en recoger con particular esmero cuantas noticias se referian á la persona de Jesús[14]. Papias, despues de haber declarado que en semejantes materias prefiere la tradicion oral á los libros, menciona dos escritos sobre los actos y las palabras de Cristo: 1.º, un escrito de Márcos, intérprete del apóstol Pedro; escrito corto, incompleto, no clasificado por órden cronológico, el cual comprende relatos y discursos (λεχθέντα ἢ πραχθέντα), y fué compuesto en vista de los recuerdos y noticias del apóstol Pedro; 2.º, una compilacion de sentencias (λόγια) escrita por Matheo en lengua hebrea[15], «y que ha traducido cada uno como ha podido.» Es indudable que estas dos descripciones se armonizan bastante bien con la fisonomía general de los dos libros llamados ahora «Evangelio segun Matheo» y «Evangelio segun Márcos», los cuales se distinguen, uno por sus largos discursos, y otro por sus anécdotas, en particular, por ser mucho más exacto que el primero en relatar los acontecimientos de secundaria importancia, pobre en discursos, breve hasta la aridez y por estar bastante mal pergeñado. Que sean estas dos obras, tales como nosotros las leemos, absolutamente parecidas á las que leia Papias, no es sostenible en buena lógica; primero, porque el escrito de Matheo, segun Papias, se componia tan sólo de discursos en hebreo, de los cuales circulaban traducciones bastante diferentes; y segundo, porque la obra de Márcos y la de Matheo eran, para él, profundamente distintas, no tenian en su redaccion ningun punto de contacto, y á lo que parece, estaban escritas en diferente idioma. Esto supuesto, y ofreciendo el «Evangelio segun Márcos» y el «Evangelio segun Matheo», en el estado actual de sus textos, larguísimos trozos paralelos perfectamente idénticos, preciso es suponer ó que el redactor definitivo del primero tenía el segundo á la vista, ó que el del segundo consultaba el primero, ó que ambos redactores copiaron el mismo prototipo. Lo más verosímil es, que ni respecto á Márcos ni respecto á Matheo, tenemos las redacciones del todo originales, y que nuestros dos primeros evangelios son arreglos, en los cuales se trató de llenar, con un texto, los vacíos del otro. Cada uno quiso, en efecto, poseer un ejemplar completo: aquel que en el suyo no tenía sino discursos, deseó tener relatos, y recíprocamente. Sólo así se explica que el «Evangelio segun Matheo» comprenda casi todas las anécdotas de Márcos, y que el «Evangelio segun Márcos» encierre hoy un sinnúmero de rasgos que emanan de las Logia de Matheo. Además, cada uno bebia abundantemente en el manantial de la tradicion evangélica que continuaba manando en torno suyo. Y tan léjos estuvo aquella tradicion de haber sido agotada por los evangelios, que los «Hechos de los Apóstoles» y los Padres más antiguos citan várias palabras de Jesús que parecen auténticas y que no se hallan en los evangelios que poseemos.

No cumple á nuestro objeto actual el delicado análisis de reconstruir, hasta cierto punto, las Logia originales de Matheo, por una parte, y, por la otra, el relato primitivo tal como salió de la pluma de Márcos. Sin duda las Logia se nos representan como los grandes discursos de Jesús, que llenan una parte considerable del primer evangelio. Y efectivamente, estos discursos forman, cuando se separan del resto, un todo bastante completo. En cuanto á los relatos del primero y del segundo evangelio, parece que tienen una base comun, cuyo texto se halla tan pronto en uno como en otro, y del cual no es el segundo evangelio, tal cual le leemos hoy dia, sino una reproduccion poco modificada. En otros términos, el sistema de la vida de Jesús reposa entre los sinópticos en dos documentos originales: 1.º, los discursos de Jesús, recogidos por el apóstol Matheo; 2.º, la compilacion de anécdotas y de noticias originales que Márcos escribió en vista de los recuerdos de Pedro. Y todavía puede decirse que en los dos evangelios que, no sin razon, llevan el nombre de «Evangelio segun Matheo» y de «Evangelio segun Márcos», tenemos esos documentos mezclados con noticias de otra procedencia.

De todos modos, es indudable que los discursos de Jesús se escribieron en lengua aramea, así como tambien sus acciones notables. Pero aquéllos no fueron los textos definitivos y dogmáticamente fijados. Además de los evangelios que han llegado hasta nosotros, hay multitud de escritos que pretenden representar la tradicion de testigos oculares[16]. Mas se les da poca importancia, y los conservadores, como Papias, prefieren á ellos la tradicion oral[17]. Como quiera que todavía se creia próximo el fin del mundo, eran muy pocos los que se tomaban el trabajo de componer libros para el porvenir, y sólo se trataba de grabar en el corazon la imágen viva del que muy pronto habian de volver á ver en las nubes. De ahí la poca autoridad de que gozaron los textos evangélicos durante ciento cincuenta años. Nadie tenía escrúpulo en adicionarlos, combinarlos diversamente y completar unos con otros. El pobre que no poseia más que un libro, deseaba que contuviese todo cuanto interesaba á su corazon. Prestábanse aquellos libretos, y cada uno trascribia al márgen de su ejemplar las palabras y las parábolas que encontraba en otra parte y que conmovian su ánimo[18]. Así es como la cosa más bella del mundo salió de una elaboracion oscura y completamente popular. Ninguna redaccion tenía valor absoluto. Justino, que recurrió con frecuencia á lo que él llama «Memorias de los apóstoles»[19], tenía á la vista un estado de los documentos evangélicos muy diferente del que nosotros poseemos; de todos modos, no se tomó el trabajo de entresacarlos textualmente. El mismo carácter presentan las citas en los escritos seudo-clementinos, de orígen ebionita. La letra no se tenía en nada, el espíritu lo era todo. Los textos que llevan el nombre de los apóstoles no tuvieron autoridad decisiva ni fuerza de ley, sino cuando la tradicion se debilitó en la postrera mitad del siglo segundo.

¿Quién no conoce el valor de documentos que así se compusieron de los tiernos recuerdos y de los cándidos relatos de las dos primeras generaciones cristianas; de esos documentos llenos todavía de la fuerte impresion que habia producido su ilustre fundador y que parece haberle sobrevivido largo tiempo? Añadamos que los evangelios en cuestion provienen, á lo que parece, de aquella rama de la familia cristiana que estuvo más en contacto con Jesús. El último trabajo de redaccion, al ménos del texto que lleva el nombre de Matheo, parece haberse hecho en uno de los países situados al nordeste de Palestina, tales como la Gaulonítida, el Hauran ó la Batanea, adonde se refugiaron muchos cristianos en la época de la guerra con Roma, donde en el siglo segundo existian aún parientes de Jesús[20], y en donde se conservó más tiempo que en ninguna otra parte la primera direccion galilea.

Hasta ahora no hemos hablado sino de los tres evangelios llamados sinópticos:—réstanos hablar del cuarto, del que lleva el nombre de Juan. Las dudas son aquí mucho más fundadas, y la cuestion se halla más léjos de resolverse. Papias, que procede de la escuela de Juan, y que si no fué su auditor, como pretende Ireneo, frecuentó mucho á sus discípulos inmediatos, entre otros á Aristion y al que llamaban Presbyteros Joannes; Papias, que compilaba con pasion los relatos orales de aquel Aristion y de Presbyteros Joannes, no dice ni una sola palabra de una «Vida de Jesús» escrita por Juan. Si tal mencion se hubiese encontrado en su obra, la habria, sin duda, notado Eusebio, el cual recoge todo cuanto sirve á formar la historia literaria del siglo apostólico. No son ménos fuertes las dificultades intrínsecas deducidas de la lectura del cuarto evangelio mismo. ¿Cómo se hallan, junto á las noticias que tambien revelan al testigo ocular, esos discursos completamente diferentes de los de Matheo? ¿Cómo existen, junto á un plan de la vida de Jesús, que parece mucho más satisfactorio y completo que el de los sinópticos, esos pasajes singulares en los cuales se nota un interes dogmático, propio del redactor, esas ideas extrañas del todo á Jesús, y á veces esos indicios que nos previenen contra la buena fe del narrador? ¿Cómo, en fin, se ven, junto á las tendencias más puras, más justas, más verdaderamente evangélicas, esas manchas que parecen interpolaciones de un ardiente sectario? ¿Fué Juan, el hijo del Zebedeo, el hermano de Santiago (á quien ni una sola vez se menciona en el cuarto evangelio), el que escribió en griego esas lecciones de metafísica abstracta, de la cual no ofrecen ejemplo ni los sinópticos ni el Talmud? Todo esto es grave, y no seré yo quien se atreva á asegurar que el cuarto evangelio fué escrito completamente por la pluma de un antiguo pescador galileo. En suma, que el cuarto evangelio haya ó no salido hácia fines del primer siglo de la grande escuela del Asia Menor, que se derivaba de Juan; lo que se halla demostrado por testimonios exteriores y por el exámen del documento mismo es, que él nos representa una version de la vida del maestro muy digna de tenerse en cuenta y de ser preferida frecuentemente.

Desde luégo nadie pone en duda que hácia el año 150 existia ya el cuarto evangelio y era atribuido á Juan. Textos formales de San Justino[21], de Atenágoras[22], de Taziano[23], de Teófilo de Antioquía[24], de Ireneo[25], señalan este evangelio, mezclado desde entónces á todas las controversias y sirviendo de piedra angular al desarrollo del dogma. Ireneo es hombre grave, Ireneo procedia de la escuela de Juan, y entre él y el apóstol no habia sino Policarpo. No es ménos decisivo el papel que desempeña nuestro evangelio en el gnosticismo, en el sistema de Valentin[26] particularmente, en el montanismo[27] y en la querella de los cuartodecimanos[28]. La escuela de Juan es aquella cuya continuacion durante el siglo segundo se distingue mejor, y esa escuela no puede explicarse á ménos de no colocar el cuarto evangelio en su misma cuna. Añadamos que la primera epístola atribuida á San Juan es, á no dudarlo, del mismo autor que el cuarto evangelio[29], y que Policarpo[30], Papias[31] é Ireneo[32] reconocen esa epístola como de Juan.

Pero lo que por su naturaleza causa más impresion es, sobre todo, la lectura de la obra. El autor habla siempre como testigo ocular y se presenta como el apóstol Juan. Si esta obra no es verdaderamente del apóstol, menester es admitir una superchería que el autor se confesaba á sí mismo. Pues bien, aunque las ideas de aquel tiempo en materia de buena fe literaria se diferenciasen mucho de las nuestras, el mundo apostólico no ofrece ningun ejemplo de una falsedad de esa especie, y el autor, no sólo pretende pasar por el apóstol Juan, sino que se ve claramente que escribe en el interes de este apóstol. En cada página traspira la intencion de fortificar su autoridad, de poner de manifiesto que fué el preferido de Jesús[33], y que en la Cena, en el Calvario, en el sepulcro, en todas las circunstancias solemnes tuvo el primer rango entre los discípulos. Sus relaciones fraternales con Pedro, si bien no exentas de cierta rivalidad[34], y su ódio contra Júdas[35], ódio tal vez anterior á la traicion, parecen traslucirse de cuando en cuando. Casi está uno tentado por creer que habiendo Juan, ya anciano, leido los relatos evangélicos que circulaban, y notado en ellos diferentes inexactitudes[36], se resintió de ver el puesto secundario que se le concedia en la historia del Cristo, y que entónces, con la intencion de manifestar que en muchos casos en que no se habla sino de Pedro, habia figurado con él y ántes que él[37], empezó á dictar multitud de cosas que sabía mejor que los demás. Esos ligeros sentimientos de celos entre los hijos del Zebedeo y los otros discípulos se habian manifestado ya en vida de Jesús. Al morir su hermano Santiago, Juan quedó como único heredero de los recuerdos íntimos de que estos dos apóstoles eran depositarios, segun la confesion de todos. De ahí su perpétuo y especial cuidado en recordar que él es el último sobreviviente de los testigos oculares[38], y su placer en referir circunstancias que sólo él podia conocer. De ahí tambien esa infinita minuciosidad de pequeños detalles que parecen como escolios de un anotador: «Eran las seis», «era de noche»; «este hombre se llamaba Malchus»; «habian encendido un brasero porque hacia frio»; «esta túnica no tenía costura.» De ahí, en fin, el desórden de la redaccion, la irregularidad de la marcha, la falta de trabazon en los primeros capítulos; defectos que son otros tantos rasgos inexplicables en la suposicion de que nuestro evangelio no fuese sino una tésis teológica sin valor histórico, pero que, por el contrario, se comprenden perfectamente si, conforme á la tradicion, se toman por los recuerdos del anciano, de prodigiosa frescura algunas veces, otras desfigurados por extrañas alteraciones.

En efecto, en el evangelio de Juan debe hacerse una distincion capital. Este evangelio presenta por un lado una trama de la vida de Jesús que difiere esencialmente de la de los sinópticos. Por otro, pone en boca de Jesús discursos cuyas doctrinas, tono, corte y estilo, no tienen nada de comun con las Logia de los sinópticos. La diferencia es tal, bajo este segundo punto de vista, que no hay término medio y es preciso elegir de una manera absoluta. Si Jesús hablaba como dice Matheo, no pudo hablar como pretende Juan. Ningun crítico ha vacilado ni vacilará entre las dos autoridades. El evangelio de Juan, á mil leguas del tono sencillo, desinteresado, impersonal de los sinópticos, manifiesta sin cesar las preocupaciones del apologista, la segunda intencion del sectario, el propósito de probar una tésis y de convencer á sus contradictores[39]. No fué, por cierto, con tiradas pretenciosas, pesadas, mal escritas con lo que Jesús fundó su obra divina. Aunque Papias no nos dijese que Matheo escribió en su lengua original las sentencias de Jesús, la naturalidad, la inefable verdad, el encanto sin igual de los discursos sinópticos, el corte profundamente hebráico de esos discursos, las analogías que ofrecen con las sentencias de los doctores judíos de la misma época, su perfecta armonía con la naturaleza de Galilea; todos estos caractéres, comparados con la gnósis oscura y con la perfilada metafísica en que abundan los discursos de Juan, hablarian muy alto en favor de esta creencia. No quiere decir esto que en los discursos de Juan no haya admirables destellos y rasgos que verdaderamente emanan de Jesús[40]. Pero el tono místico de esos discursos en nada corresponde al carácter de elocuencia del profeta nazareno, tal como nos la figuramos al leer los sinópticos. Un nuevo espíritu se introduce, ya la gnósis ha principiado, la era galilea del reino de Dios ha concluido, aléjase la esperanza de la próxima venida del Cristo, y se entra ya en las arideces de la metafísica, en las tinieblas del dogma abstracto. El espíritu de Jesús no está ya aquí, y si verdaderamente fué el hijo del Zebedeo el que trazó esas páginas, ¡mucho habia olvidado, al escribirlas, el lago de Genesareth y las deliciosas pláticas que en sus márgenes escuchara!

Hay además una circunstancia que prueba perfectamente que los discursos trasmitidos por el cuarto evangelio no son piezas históricas, sino composiciones destinadas á escudar, con la autoridad de Jesús, ciertas doctrinas á las cuales se hallaba muy apegado el redactor; consiste esa circunstancia en la perfecta armonía de los tales discursos con el estado intelectual del Asia Menor en el momento en que fueron escritos. El Asia Menor era entónces el teatro de un extraño movimiento de filosofía sincrética, y ya existian allí todos los gérmenes del gnosticismo. Juan, parece haber bebido en aquel manantial extranjero. ¿Quién sabe si, despues de la crísis del año 68 (fecha del Apocalípsis) y del 70 (ruina de Jerusalen), habiendo perdido el alma ardiente y móvil del viejo apóstol la esperanza de una próxima aparicion en las nubes del Hijo del hombre, se inclinó hácia las ideas que surgian al rededor suyo, algunas de las cuales se amalgamaban bastante bien con ciertas doctrinas cristianas? Al prestar aquellas ideas á Jesús no hizo sino obedecer á una propension bien natural. Nuestros recuerdos se trasforman como todo lo demás;—el ideal de una persona que hemos conocido, cambia con nosotros[41]. Considerando Juan á Jesús como la encarnacion de la verdad, no podia ménos de atribuirle cuanto él mismo habia llegado á tener por verdadero.

Si hemos de decirlo todo, añadirémos que probablemente Juan tuvo poquísima parte en ese cambio, y que, más bien que por él, se operó en torno suyo. En ocasiones se inclina uno á creer que algunas preciosas notas, procedentes del apóstol, fueron empleadas por sus discípulos en un sentido muy diverso del primitivo espíritu evangélico. Y en efecto, ciertas partes del cuarto evangelio, tales como todo el capítulo XXI[42], en el cual parece haberse propuesto el autor rendir homenaje al apóstol Pedro, despues de su muerte, y responder á las objeciones que iban á deducirse ó que ya se deducian de la muerte del mismo Juan, fueron añadidas más tarde. En otros varios sitios se distingue la huella de raspaduras y correcciones[43].

Imposible es, á semejante distancia, encontrar la clave de todos esos problemas singulares, y si nos fuera permitido penetrar los secretos de aquella misteriosa escuela de Éfeso que se complugo en marchar por vias oscuras, muchas sorpresas habriamos de tener á no dudarlo. Pero puede hacerse una experiencia capital, y es la siguiente. Cualquiera persona que se ponga á escribir la vida de Jesús sin teoría determinada sobre el valor de los evangelios, y dejándose guiar únicamente por el sentimiento del asunto, propenderá, en una porcion de casos, á preferir la narracion de Juan á la de los sinópticos. Los últimos meses de la vida de Jesús no se explican sino por Juan, y una infinidad de rasgos de la pasion, ininteligibles en los sinópticos[44], adquieren verosimilitud y posibilidad en el relato del cuarto evangelio. Por el contrario, desafío á cualquiera á que componga una vida de Jesús que tenga sentido comun, basándola en los discursos que Juan atribuye al maestro. Esa manera de predicar de sí mismo y de evidenciarse incesantemente, esa perpétua argumentacion, esa exornacion sin ninguna sencillez, esos largos razonamientos con motivo de cada milagro, y esos discursos áridos y tortuosos, cuyo tono es tan á menudo falso y desigual[45], no pueden aceptarse por ningun hombre de mediano gusto y discernimiento, junto á las sentencias deliciosas de los sinópticos. Evidentemente son piezas artificiales[46] que nos representan las predicaciones de Jesús como los diálogos de Platon nos representan las pláticas de Sócrates: son en cierto modo las variaciones de un músico que improvisa por su propia cuenta sobre un tema determinado. El tema podrá no carecer de alguna autenticidad, pero en la ejecucion se desborda el capricho del artista. El proceder facticio, la retórica, el estudio, se distinguen á la legua. Añádase á esto que, en los trozos de que hablamos, no aparece el vocabulario de Jesús. La expresion de «reino de Dios», que tan familiar era al maestro[47], se encuentra en ellos una vez solamente[48]. En cambio, el estilo de los discursos que el cuarto evangelio atribuye á Jesús, ofrece completa semejanza con el de las epístolas de San Juan; échase de ver que el autor, al escribir los discursos, no seguia el hilo de sus recuerdos, sino el movimiento bastante monótono de sus propias ideas. Desplégase en ellos toda una lengua mística, de la que no tuvieron los sinópticos la menor nocion («mundo», «verdad», «vida», «luz», «tinieblas», etc.). Si Jesús se hubiese expresado en ese estilo, que nada tiene de hebreo, ni de judáico, ni de talmúdico, si así puede decirse, ¿cómo habria guardado tan bien el secreto solo uno de sus oyentes?

La historia literaria ofrece, además, otro ejemplo que tiene grande analogía con el fenómeno histórico que acabamos de exponer y que servirá para explicarle. Sócrates, de igual modo que Jesús, nada escribió; lo que de él conocemos nos lo trasmitieron dos de sus discípulos, Xenofonte y Platon.—El primero se asemeja á los sinópticos por su redaccion limpia, trasparente, impersonal; el segundo recuerda, por su vigorosa individualidad, al autor del cuarto evangelio. ¿Deben seguirse los «Diálogos» de Platon ó las «Pláticas» de Xenofonte, para exponer la enseñanza socrática? La duda no es posible en tal alternativa.—Todo el mundo se atiene á las «Pláticas» y no á los «Diálogos.» Pero, ¿nada nos enseña Platon respecto á Sócrates? Al escribir la biografía de este último, ¿sería juicioso, en buena crítica, desdeñar los «Diálogos»? ¿Quién se atreveria á sostenerlo? Por otra parte, la semejanza no es completa y la diferencia queda en favor del cuarto evangelio, cuyo autor es, en efecto, el mejor biógrafo, de igual modo que Platon, no obstante atribuir á su maestro ficticios discursos, conocia respecto á su vida muchas cosas capitales que Xenofonte ignoraba completamente.

Nosotros, sin pronunciarnos sobre la cuestion material de saber qué mano trazó el cuarto evangelio, é inclinándonos á creer que los discursos, cuando ménos, no son del hijo del Zebedeo, admitimos que ese escrito es el «Evangelio segun Juan» de igual manera y en el mismo sentido que el primero y segundo son los evangelios «segun Matheo» y «segun Márcos.» La trama histórica del cuarto evangelio es la vida de Jesús, tal como en la escuela de Juan se conocia; es el relato que Aristion y Presbyteros Joannes hicieron á Papias sin decirle que se hallaba escrito, particularidad á la que tal vez no daban ninguna importancia. Añadiré que, á mi juicio, aquella escuela sabía las circunstancias exteriores de la vida del fundador, mejor que el grupo de cuyos recuerdos se formaron los evangelios sinópticos. Ella tenía datos que los demás no poseyeron, sobre todo respecto á la permanencia de Jesús en Jerusalen. Los afiliados de la escuela trataban á Márcos de mediano biógrafo y habian imaginado un sistema para explicar las lagunas de sus escritos. Ciertos pasajes de Lúcas, en los cuales hay como un eco de las tradiciones joánicas[49], prueban además que esas tradiciones no eran completamente desconocidas del resto de la familia cristiana.

Paréceme que bastarán estas explicaciones para que el lector conozca, al seguir el relato, los motivos que me hayan impulsado á dar la preferencia á tal ó cual cronista de los cuatro que tenemos para la vida de Jesús. En resúmen, yo admito como auténticos los cuatro evangelios canónicos. En mi opinion todos alcanzan al primer siglo y son, próximamente, de los autores á quienes se les atribuye; pero su valor histórico es muy diverso. Matheo merece, en cuanto á los discursos, que se le conceda ilimitada confianza; ellos son las Logia, las notas tomadas bajo la impresion del recuerdo claro y palpitante de la enseñanza de Jesús. Una especie de destello, dulce y terrible á la vez, y una fuerza divina, si se me permite la frase, marcan esas palabras, y destacándolas del texto, permiten al crítico reconocerlas fácilmente. Aquel que se haya tomado el trabajo de hacer una composicion regular sobre la historia evangélica, posee, bajo este supuesto, una excelente piedra de toque. Las verdaderas palabras de Jesús se manifiestan por sí mismas, y no bien se las toca, vibran en medio de ese cáos de tradiciones de autenticidad desigual; ellas se traducen como espontáneamente y surgen del relato, conservando en él extraordinario relieve. Las partes narrativas que en el primer evangelio se agrupan al rededor de ese núcleo primitivo, no tienen la misma autoridad. Hállanse en ellas muchas leyendas bastante mal redondeadas, producto de la piedad de la segunda generacion cristiana[50]. El evangelio de Márcos es mucho más firme, más preciso, ménos sobrecargado de extemporáneos é interesados detalles. De los tres sinópticos, él es el que ha conservado un sabor más antiguo, más original, y el que ménos mezcla ofrece de elementos posteriores. En Márcos, los detalles materiales son de una claridad que en vano se buscaria en los otros evangelistas. Gústale recordar ciertas palabras de Jesús en siro-caldeo[51], y las observaciones minuciosas en que abunda, no pueden venir sino de un testigo ocular. Nada se opone á que ese testigo ocular, que evidentemente siguió á Jesús, que le amó y le vió de cerca, conservando de él viva imágen, fuese el apóstol Pedro, segun lo pretende Papias.

En cuanto á la obra de Lúcas, su valor histórico es mucho más débil:—esa obra es un documento de segunda mano. La narracion tiene en ella mayor madurez, y las palabras de Jesús son más redundantes, más concertadas. Algunas sentencias se llevan hasta el exceso y adolecen de falsedad[52]. Escribiendo fuera de Palestina y sin duda alguna despues del sitio de Jerusalen[53], el autor no indica los lugares con la misma exactitud que los otros dos sinópticos; tiene una falsa idea del templo, figurándosele como un oratorio adonde va cada uno á rezar sus devociones[54], trunca los detalles á fin de establecer una concordancia entre los diferentes relatos, modera ciertos pasajes que habian llegado á ser embarazosos bajo el punto de vista de una idea más exaltada de la divinidad de Jesús[55], exagera lo maravilloso[56], comete errores de cronología[57], omite las glosas hebráicas[58], no cita ninguna palabra de Jesús en esta lengua, y nombra, en fin, todas las localidades por sus nombres griegos. Adivínase fácilmente el escritor que compila, que no vió por sí mismo los testigos y que trabaja sobre los textos, permitiéndose violentarlos á fin de ponerlos de acuerdo. Es muy probable que Lúcas tuviese á la vista la compilacion biográfica de Márcos y las Logia de Matheo. Pero no tiene escrúpulo en tratar esos escritos con entera libertad:—unas veces reune dos anécdotas ó dos parábolas para formar de ellas una sola; otras, descompone una para hacer dos[59]. Lúcas interpreta los documentos con arreglo á su particular juicio, y carece de la impasibilidad absoluta de Matheo y de Márcos. Puede decirse que sus escritos reflejan algo de sus gustos y de sus tendencias particulares:—Lúcas es un devoto sumamente exacto; muestra singular empeño en presentarnos á Jesús como estricto observador de los ritos judáicos[60], es demócrata y ebionita exaltado, esto es, muy opuesto á la propiedad, y se halla persuadido de que llegará el dia en que los pobres tengan su desquite[61]; es aficionadísimo á las anécdotas, y se complace en poner de manifiesto la conversion de los pecadores y la exaltacion de los humildes[62], modificando las antiguas tradiciones á fin de darles este giro[63]. En sus primeras páginas admite sobre la infancia de Jesús leyendas que refiere con esas largas exageraciones, esos cánticos y esos procedimientos de convencion que forman el carácter esencial de los evangelios apócrifos. Por último, en el relato de los postreros años de Jesús hay algunas circunstancias llenas de sentimiento y de ternura y algunas bellísimas palabras[64], atribuidas al maestro, que no se encuentran en los relatos de mayor autenticidad, en las cuales se deja conocer el trabajo de la leyenda. Probablemente Lúcas las tomaba de una compilacion más reciente, en la que se trataba, con preferencia, de excitar los sentimientos piadosos.

Á la vista de un documento de semejante naturaleza, la razon aconseja hacer uso de él con la mayor mesura. Desdeñarle completamente sería tan poco juicioso como emplearle sin discernimiento. Lúcas tuvo á su disposicion originales que ya no existen, y más bien que un evangelista, es un biógrafo de Jesús, un armonista, un corrector á la manera de Marcion y de Taziano. Pero tambien es un biógrafo del primer siglo, un artista divino que, además de las noticias que recogió en los más antiguos manantiales, nos presenta el carácter del fundador con una exactitud de parecido, una inspiracion de conjunto y un relieve que no se encuentran en los otros dos sinópticos. La lectura de su Evangelio es la que nos ofrece mayor atractivo, porque á la incomparable belleza del fondo comun se une cierta parte de artificio y de composicion que aumenta singularmente el efecto del retrato, sin perjudicar de un modo grave á la verdad.

En resúmen, puede decirse que la redaccion sinóptica ha tenido tres gradaciones: 1.ª el estado documentario original (λόγια de Matheo, λεχθέντα ἢ πραχθέντα de Márcos), redacciones primitivas que ya no existen; 2.ª el estado de simple mezcla, en la que se hallan amalgamados los documentos originales sin ningun esfuerzo de composicion y sin que se eche de ver ninguna mira personal de parte de sus autores (evangelios actuales de Matheo y de Márcos); 3.ª el estado de combinacion ó de redaccion intencional, discurrida, en que se deja conocer el esfuerzo que se ha hecho á fin de conciliar las diferentes versiones (evangelio de Lúcas). En cuanto al evangelio de Juan, forma, segun hemos dicho, una composicion de otro género y completamente distinta.

El lector notará que no hago uso ninguno de los evangelios apócrifos. Estas composiciones no deben en manera alguna confundirse con los evangelios canónicos, puesto que no son sino triviales y pueriles amplificaciones basadas en aquellos, y nada añaden que sea digno de aprecio. Por el contrario, he puesto suma atencion en recoger los trozos que los Padres de la Iglesia nos han conservado de los antiguos evangelios que otras veces existieron paralelamente á los canónicos, y cuyo texto se ha perdido, tales como el Evangelio segun los hebreos, el Evangelio segun los egipcios, y los Evangelios llamados de Justino, de Marcion, de Taziano. Los dos primeros son de mucha importancia, por cuanto á que se hallaban redactados en lengua aramea como las Logia de Matheo, constituian, segun parece, una variedad del evangelio de este apóstol, y fueron el evangelio de los ebionim, esto es, de aquellas reducidas cristiandades de Batanea que conservaron el uso del siro-caldeo, y que, hasta cierto punto, siguieron la línea trazada por Jesús. Pero menester es convenir en que esos evangelios, en el estado en que han llegado hasta nosotros, son inferiores, por lo que hace á la autoridad crítica, á la redaccion del evangelio que de Matheo poseemos.

Paréceme que ya se comprenderá el género de valor histórico que atribuyo á los evangelios. No son, á mi entender, ni biografías como las de Suetonio, ni leyendas ficticias semejantes á las de Filóstrato; son biografías legendarias. Yo las comparo á las leyendas de santos, á las Vidas de Plotino, de Proclo, de Isidoro y á otros escritos del mismo género, en que se combinan en diferentes grados la verdad histórica y la intencion de presentar modelos de virtud. En esos escritos se echa de ver la inexactitud de que adolecen todas las composiciones populares. Supongamos que tres ó cuatro veteranos del primer imperio se hubiesen puesto, hace diez ó doce años, á escribir cada uno en particular una vida de Napoleon con arreglo á sus propios recuerdos. Puede apostarse á que sus relatos ofrecerian infinitos errores y graves discordancias. Uno colocaria á Wagram ántes de Marengo; otro no vacilaria en escribir que Napoleon arrojó de las Tullerías al gobierno de Robespierre; otro, en fin, omitiria las expediciones de más importancia. Pero dos cosas claras, palmarias, llenas de verdad saldrian de esos ingénuos relatos:—el carácter del héroe y la impresion que produjo en torno suyo. Bajo este punto de vista, semejantes historias populares tendrian más valor que una historia solemne y oficial. Otro tanto puede decirse de los evangelios. Los evangelistas, cuidándose únicamente de ensalzar la excelencia del maestro, sus milagros, su enseñanza, se muestran indiferentes hácia todo lo que no es el espíritu de Jesús. Las contradicciones sobre el tiempo, los sitios y las personas se miraban como insignificantes; porque cuanto más alto era el grado de inspiracion que se prestaba á la palabra de Jesús, tanto menor era el que se concedia á los redactores. Estos no se consideraban sino como discípulos escribas, y á una sola cosa consagraban su atencion: á no omitir nada de cuanto sabian.

Es incuestionable que á esos recuerdos debió mezclarse una parte de ideas preconcebidas. Varios trozos, en parte de Lúcas, fueron inventados para dar mayor realce á ciertos rasgos de la fisonomía de Jesús. Áun esta misma fisonomía experimentaba á cada paso nuevas alteraciones. Jesús sería un fenómeno único en la historia si, teniendo en cuenta el papel que desempeñó, no hubiese sido transfigurado inmediatamente. La leyenda de Alejandro estaba ya terminada ántes que se extinguiese la generacion de sus compañeros de armas; la de San Francisco de Asís principió en vida del santo. De igual manera se operó durante los veinte ó treinta años que siguieron á la muerte de Jesús, un rápido trabajo de metamórfosis que prestó á su biografía esos giros absolutos de leyenda ideal. La muerte perfecciona áun al hombre más perfecto y le mejora á los ojos de los que le amaron. Por otra parte, al mismo tiempo que se queria retratar al maestro, se queria tambien demostrarle. Muchas anécdotas fueron concebidas para probar que las profecías consideradas como mesiánicas habian tenido en él su cumplimiento. Pero este proceder, cuya importancia no debe negarse, no basta á explicarlo todo. Ninguna obra judáica de la época nos ofrece una serie de profecías, exactamente redactadas, que el Mesías debió cumplir. Várias de las alusiones mesiánicas contenidas en los evangelios son tan sutiles, tan indirectas, que no puede suponerse que respondieran á una doctrina admitida generalmente. Unas veces se razona de este modo:—«El Mesías debe hacer tal cosa; Jesús la ha hecho; luego Jesús es el Mesías.» Otras se raciocina á la inversa:—«Tal cosa ha sucedido á Jesús; esa misma cosa debia sucederle al Mesías; luego Jesús es el Mesías»[65]. Cuando se trata de analizar el tejido de esas profundas creaciones del sentimiento popular que, por su riqueza y por su variedad infinita, echan por tierra todos los sistemas, las explicaciones demasiado sencillas son siempre falsas.

Compréndese fácilmente que para no ofrecer, con el auxilio de tales documentos, sino aquello que no admita contradiccion, es menester limitarse á las líneas generales. En casi todas las historias antiguas, áun en aquellas que son ménos legendarias que los evangelios, los detalles dan lugar á infinitas dudas. Áun poseyendo dos relatos sobre un mismo hecho, es cosa extremadamente rara que los dos se hallen en perfecta armonía. Siendo esto así, ¿no hay motivo para dudar cuando no se tiene sino uno solo, y en él se notan las mismas contradicciones? Puede asegurarse que entre los discursos, las anécdotas y las palabras célebres referidas por los historiadores, no hay ni una siquiera de rigurosa autenticidad. ¿Habia taquígrafos que fijaran aquellas rápidas palabras? ¿Se hallaba siempre presente un analista que anotase los gestos, los ademanes y los movimientos de los actores? Que se intente depurar lo que hay de verdadero en el modo como se realizó tal ó cual hecho contemporáneo, de seguro no se conseguirá. Dos relatos de un mismo acontecimiento hechos por testigos oculares difieren esencialmente. Mas ¿debe uno renunciar por eso al colorido de los relatos y limitarse á lo que enuncia el conjunto? Esto sería suprimir la historia. De buena gana concedo que, á excepcion de ciertos axiomas cortos y casi mnemónicos, ninguno de los discursos referidos por Matheo es textual; pero ¿lo son acaso nuestros resúmenes estenográficos? Tambien admito que ese admirable relato de la pasion contiene multitud de inexactitudes. Mas ¿podria escribirse la historia de Jesús haciendo caso omiso de esas predicaciones que de tan viva manera nos pintan el carácter de sus discursos, y limitándose á decir con Josefo y Tácito, «que fué condenado á muerte por Pilátos á instigacion de los sacerdotes?» Semejante proceder sería, en mi opinion, un género de inexactitud peor que aquel á que uno se expone admitiendo los detalles que los textos nos proporcionan. Esos detalles no son verdaderos al pié de la letra, pero son de una verdad superior, más verídicos que la misma verdad desnuda, por cuanto á que ellos constituyen la verdad expresiva y parlante, elevada á la altura de una idea.

Ruego á las personas que me tachen de conceder exagerada confianza á relatos legendarios en gran parte, que se dignen tener en cuenta la observacion que acabo de hacer. ¿Á qué se reduciria la vida de Alejandro si nos limitásemos á lo que materialmente hay en ella de cierto? Hasta las tradiciones, en parte erróneas, contienen una porcion de verdad que la historia no debe mirar con indiferencia. Nadie ha echado en cara á M. Sprenger el haber tenido en cuenta los hadith ó tradiciones orales sobre el profeta Mahoma, al escribir su vida, y atribuido frecuentemente á su héroe palabras, á veces textuales, que no se conocen sino en el citado escrito. Y sin embargo, las tradiciones sobre Mahoma no tienen un carácter histórico superior al de los discursos y relatos que componen los evangelios. Aquellas tradiciones fueron escritas desde el año 50 al 140 de la hégira. Cuando se escriba la historia de las escuelas judáicas pertenecientes á los siglos que precedieron y siguieron inmediatamente el cristianismo, ningun escrúpulo se tendrá en atribuir á Hillel, á Schammai y á Gamaliel las máximas que les atribuyen la Mischna y la Gemara, no obstante no haberse redactado estas grandes compilaciones sino varios centenares de años despues de los doctores en cuestion.

Respecto á las personas que, por el contrario, crean que la historia debe limitarse á reproducir sin comentarios los textos que han llegado hasta nosotros, les haré observar que semejante sistema no es lícito en el asunto de que se trata. Los cuatro principales documentos se hallan en flagrante contradiccion unos con otros, y además Josefo los rectifica algunas veces. Forzoso es elegir. Pretender que un acontecimiento no pudo efectuarse á la vez de dos maneras diversas ni de un modo imposible, no es imponer á la historia una filosofía à priori. Porque existan várias versiones diferentes de un mismo hecho, y porque á todas esas versiones haya mezclado la credulidad circunstancias fabulosas, no debe el historiador rechazar el hecho como falso; lo que debe hacer es, obrar con prudencia, discutir y proceder por induccion. Hay particularmente una clase de relatos respecto á los cuales se hace precisa la aplicacion de ese principio; tales son los relatos sobrenaturales. Querer explicar esos relatos ó reducirlos á leyendas no es mutilar los hechos en nombre de la teoría, sino partir de su misma observacion. De cuantos milagros hormiguean en las antiguas historias, ninguno pasó bajo condiciones científicas. Pruébase por una experiencia constante, jamás desmentida, que los milagros no suceden sino en los tiempos y en los países que creen en ellos y ante personas dispuestas á darles fe. No hay milagro que se haya producido ante una reunion de hombres capaces de comprobar el carácter milagroso del hecho. En tal materia no son competentes ni las personas del pueblo ni las de una clase más elevada: para ello se necesitan grandes precauciones y estar muy acostumbrado á las investigaciones científicas. ¿No se han visto en nuestros dias á muchas personas inteligentes siendo víctimas de groseros prestigios y pueriles ilusiones? Hechos maravillosos, que afirmaban ciudades enteras, se convirtieron en hechos reprobados[66], gracias á una informacion más severa y minuciosa. Pues bien, si se halla fuera de duda que ningun milagro contemporáneo puede resistir al exámen, ¿no es mucho más verosímil que los milagros de la antigüedad, ocurridos todos en reuniones populares, tuviesen tambien su parte de ilusion, la cual veriamos en ellos si nos fuese posible criticarlos detalladamente?

Si nosotros desterramos de la historia los milagros, no es á nombre de tal ó cual filosofía, sino á nombre de una constante experiencia. Nosotros no decimos: «Los milagros son imposibles»; afirmamos: «Que hasta hoy no ha habido un milagro comprobado.» Supongamos que se presentase mañana un taumaturgo, ofreciendo garantías bastante formales para ser discutibles, y que anunciase, por ejemplo, resucitar á un muerto; ¿qué se haria entónces? Se nombraria una comision compuesta de fisiólogos, físicos, químicos, de personas acostumbradas á la crítica histórica. Esta comision elegiria el cadáver, se aseguraria de que la muerte era real y verdadera, designaria el local en que debiera hacerse la experiencia, y tomaria todas las precauciones necesarias á fin de no dejar pretexto á ninguna duda. Si la resurreccion se operase en tales condiciones, se habria adquirido una probabilidad casi igual á la certidumbre. Sin embargo, como quiera que un experimento debe ser siempre susceptible de repetirse; que lo que se hace una vez puede hacerse dos ó veinte, y que en materia de milagros no puede ser cuestion de fácil ó difícil, el taumaturgo sería invitado á reproducir, en otras circunstancias, sobre otros cadáveres y en diferente medio, su acto maravilloso. Pues bien, si á cada nueva prueba se repitiese el milagro, dos cosas quedarian fuera de duda:—Primera, que en el mundo suceden hechos sobrenaturales; segunda, que la facultad de producirlos pertenece ó ha sido conferida á ciertas personas. Pero ¿quién no conoce que los milagros no han sucedido nunca en tales condiciones; que hasta hoy el taumaturgo ha elegido siempre el medio, el público y el asunto de sus milagros; que frecuentemente es el pueblo mismo el que, por esa invencible necesidad de ver en los grandes acontecimientos y en los grandes hombres algo de divino, crea, mucho despues, las leyendas maravillosas? Miéntras no se nos pruebe lo contrario, nosotros mantendrémos estos principios de crítica histórica:—que un relato sobrenatural no puede admitirse en tal concepto, porque implica siempre credulidad ó impostura, y que el deber del historiador consiste en desmenuzarle y en separar con esmero la parte verídica que en él se halle mezclada con el error.

Tales son las reglas que he seguido en la composicion de este escrito. Á la lectura de los textos he podido añadir un gran manantial de luz, consistente en la vista de los lugares donde pasaron los acontecimientos. Teniendo por objeto la mision científica que dirigí en 1860 y 1861 explorar la antigua Fenicia, tuve que residir en las fronteras de Galilea y que viajar por ella frecuentemente. Entónces atravesé en todos sentidos la provincia evangélica, visité á Jerusalen, á Hebron y la Samaria, y no escapó á mi exámen casi ninguna localidad importante de la historia de Jesús. Al recorrerlas, toda esa historia, que á distancia parece flotar en las nubes de un mundo imaginario, adquirió tal cuerpo y solidez, que no pudieron ménos de admirarme. La sorprendente concordancia de los textos con los lugares, y la armonía maravillosa del ideal evangélico con el país que le sirve de cuadro, fueron para mí como una revelacion. Un quinto evangelio, lacerado, pero todavía legible, apareció á mis ojos, y vi, á traves de los relatos de Matheo y de Márcos, no ya un sér abstracto, cuya existencia parece dudosa, sino una admirable figura humana llena de vida y de movimiento. Durante el verano, habiéndome sido preciso, á fin de reposar un poco, subir hasta Ghazir, en el Líbano, tracé á grandes rasgos la imágen que se me habia aparecido, y de aquel bosquejo resultó esta historia. Apénas me faltaban algunas páginas cuando una prueba cruel vino á precipitar mi partida. De manera que el libro fué compuesto por entero muy cerca de los mismos lugares en que nació y vivió Jesús. Despues de mi regreso he trabajado incesantemente en verificar y comprobar, detalle por detalle, el embrion que, sin más auxilio que cinco ó seis volúmenes, escribí de prisa bajo el techo de una cabaña maronita.

Quizás deploren algunos el giro biográfico de mi obra. Cuando por la primera vez concebí el pensamiento de escribir una historia de los orígenes del cristianismo, confieso que, en efecto, trataba de hacer una historia de doctrinas, en la cual no hubiesen tenido los hombres casi ningun lugar. Jesús mismo habria sido apénas mencionado, consagrándome, como pensaba, á demostrar de qué modo germinaron y cubrieron el mundo las ideas que se produjeron bajo su nombre. Pero despues comprendí que la historia no es un simple juego de abstraccion y que los hombres entran en ella por mucho más que las doctrinas. No fué por cierto la teoría sobre la justificacion y la redencion la que operó la Reforma, sino Lutero y Calvino. El parsismo, el helenismo, el judaismo habrian podido combinarse bajo todas las formas; las doctrinas de la resurreccion y del Verbo habrian podido desarrollarse por espacio de siglos sin producir ese hecho fecundo, único, grandioso, que se llama cristianismo. Ese hecho es la obra de Jesús, de San Pablo, de San Juan. Escribir la historia de Jesús, de San Pablo, de San Juan, es escribir la historia de los orígenes del cristianismo. En cuanto á los movimientos anteriores, ellos pertenecen á nuestro asunto, por cuanto á que sirven para explicar la existencia de aquellos hombres extraordinarios, los cuales tuvieron necesariamente su lazo de union con las cosas que los habian precedido.

Al hacer semejante esfuerzo para reanimar las grandes almas del pasado, debe permitirse una parte de adivinacion y de conjetura. Una gran vida es un todo orgánico que no puede representarse por la simple aglomeracion de hechos pequeños. Es menester que un sentimiento profundo abarque el conjunto y haga la unidad. En semejante asunto es un buen guía la razon del arte; el tacto exquisito de un Gœthe encontraria en él motivo para ejercitarse. La condicion esencial de las creaciones del arte estriba en formar un sistema viviente cuyas partes se armonicen unas con otras. La señal infalible de que, en las historias del género de ésta, se ha llegado á poseer lo verdadero, consiste en haber conseguido combinar los textos de manera que de su combinacion resulte un relato lógico, verosímil, sin ninguna discordancia. Las leyes íntimas de la vida, de la marcha de los productos orgánicos, de la gradacion de los matices, deben consultarse á cada paso; porque no se trata aquí de volver á encontrar la circunstancia material cuya prueba no es posible, sino el alma misma de la historia; no es la insignificante certidumbre de las bagatelas lo que se necesita buscar, sino la precision del sentimiento general, la verdad del colorido. Cada rasgo que se aleje de las reglas de la narracion clásica debe ser una advertencia de estar sobre aviso, porque el hecho que se trata de referir fué palpitante, natural, armonioso. Si no se consigue presentarle de esa manera, es porque de seguro no se llegó á conocerle bien. Supongamos que al restaurar la Minerva de Fidias con arreglo á los textos, se produjese un conjunto seco, duro, artificial. ¿Qué deberia deducirse? Una sola cosa: que los textos necesitan la interpretacion del buen gusto, siendo indispensable examinarlos y cotejarlos minuciosamente hasta conseguir de ellos un conjunto cuyos datos se armonicen y confundan sin ningun esfuerzo. ¿Se tendria entónces la seguridad de poseer, línea por línea, la estatua griega? No; pero, al ménos, no se poseeria la caricatura: se tendria el espíritu general de la obra, uno de los modos como pudo existir.

Nosotros no hemos vacilado en adoptar por guía en el arreglo general del relato ese sentimiento de un organismo viviente. La lectura de los evangelios basta para probar que sus redactores, sin embargo de tener en la mente un plan exacto de la vida de Jesús, no se guiaron por datos cronológicos bien rigurosos; Papias nos lo dice además expresamente. Las frases: «En aquel tiempo... despues de lo cual... entónces... sucedió que...», etc., no son sino simples transiciones destinadas á enlazar entre sí los diferentes relatos. Escribir la historia de Jesús dejando todas las noticias que nos suministran los evangelios en el desórden en que la tradicion nos las presenta, sería lo mismo que escribir la historia de un hombre célebre, ofreciendo en confusa mescolanza las cartas y las anécdotas de su juventud, de su vejez y de su edad viril. En el Coran, que tambien nos presenta en el más completo desórden las piezas de las diferentes épocas de la vida de Mahoma, una crítica ingeniosa ha concluido por hallar el secreto de su confeccion; conócese ya de una manera casi cierta el órden cronológico en que fueron compuestos aquellos escritos. Semejante sistema de reconstitucion es mucho más difícil respecto á los evangelios, porque la vida pública de Jesús fué más corta y ménos sobrecargada de acontecimientos que la del fundador del Islam. Esto no obstante, creo que no se calificará de sutileza gratuita la tentativa de encontrar un hilo que sirva de guía en este dédalo. Suponer que un fundador religioso empiece por adherirse á los aforismos morales que circulaban ya en su tiempo, y á las prácticas más admitidas; que entrando despues en plena posesion de su idea se complazca en un género de elocuencia tranquila, poética, ajena á toda controversia, suave y libre como el sentimiento puro; que poco á poco se anime y exalte al hallar oposicion, y concluya por las polémicas y las fuertes invectivas; suponer todo esto, no es ciertamente abusar de la hipótesis. Tales son los períodos que en el Coran se distinguen de un modo claro. Una marcha análoga supone el órden que los sinópticos adoptaron con tacto exquisito. Léase atentamente á Matheo, y se hallará en la distribucion de sus discursos una gradacion muy semejante á la que acabamos de indicar. Por otra parte, se observará la reserva de los giros de frase que empleamos cuando se trata de exponer el progreso de las ideas de Jesús. En las divisiones adoptadas á este propósito puede no ver el lector, si así lo prefiere, sino los córtes indispensables á la exposicion metódica de un pensamiento profundo y complicado.

Si el amor á un asunto puede servir á facilitarnos su inteligencia, se me concederá que no me ha faltado esta condicion. Para escribir la historia de una religion es indispensable, en primer lugar, haber creido en ella (sin esto no podria comprenderse cómo ha podido subyugar y satisfacer la conciencia humana); en segundo, no creer ya de una manera absoluta; porque la fe absoluta es incompatible con la sinceridad de la historia. Pero el amor existe sin la fe. Puede uno muy bien no adherirse á ninguna de las formas que cautivan la adoracion de los hombres, sin renunciar por eso á deleitarse con lo que ellas contienen de bueno y de hermoso. Ninguna manifestacion pasajera agota el manantial divino; Dios se habia revelado ántes de Jesús, Dios se revelará despues de él. Profundamente desiguales y tanto más divinas cuanto más grandes y espontáneas, las manifestaciones del Dios oculto en el fondo de la conciencia humana son todas del mismo órden. Jesús no pertenece únicamente á los que se dicen sus discípulos: él es la honra comun de todo el que siente latir en su pecho un corazon de hombre. No se le glorifica excluyéndole de la historia; ríndesele un culto más verdadero demostrando que sin él la historia entera sería incomprensible.

VIDA

DE JESÚS


CAPÍTULO PRIMERO

RANGO DE JESÚS EN LA HISTORIA DEL MUNDO

La revolucion por medio de la cual pasaron las más nobles porciones de la humanidad, de las antiguas religiones comprendidas bajo el vago nombre de paganismo, á una religion fundada sobre la unidad divina, la trinidad y la encarnacion del Hijo de Dios, es el acontecimiento capital de la historia del mundo. Esta conversion necesitó para consumarse cerca de mil años. Lo ménos trescientos invirtió la nueva religion sólo en formarse. Pero el orígen de la revolucion de que se trata es un hecho que tuvo lugar bajo los reinados de Augusto y de Tiberio. Entónces vivió una persona que, por su audaz iniciativa y por el amor que supo inspirar, creó el objeto y afirmó la base de la futura ley que debia regir á la humanidad.

El hombre fué religioso desde el momento en que se distinguió del animal; esto es, en que vió en la naturaleza algo más que la realidad, y sintió en sí mismo alguna cosa que no concluia en el sepulcro. Durante millares de años, este sentimiento se extravió del modo más extraño;—en muchas razas, se limitó á la creencia en los hechiceros bajo la grosera forma que la vemos todavía en algunas partes de la Oceanía; en otras, el sentimiento religioso conducia á vergonzosas y sangrientas escenas, tales como las que formaron el carácter de la antigua religion de Méjico; en otras, y particularmente en África, llegó á convertirse en puro fetichismo, esto es, á ceñirse á la adoracion de un objeto material, al cual se atribuian poderes sobrenaturales. Así como el instinto del amor, que á veces eleva y ennoblece al hombre más vulgar, suele cambiarse en perversion y ferocidad; de igual manera esta facultad divina de la religion pudo trasformarse por largo tiempo en una especie de cáncer que era preciso extirpar de la raza humana; en una causa de errores y de crímenes que los sabios debian tratar de suprimir.

Las brillantes civilizaciones que desde remotísima antigüedad se desarrollaron en China, en Babilonia y en Egipto, imprimieron á la religion cierto progreso. En China imperó desde muy temprano una especie de mediano buen sentido que impidió á aquel pueblo caer en los grandes extravíos de otras razas.—Allí no se conocieron ni las ventajas ni los abusos del genio religioso. Pero por lo mismo no ejerció, bajo este aspecto, ninguna influencia sobre la direccion de la gran corriente de la humanidad. Las religiones de Babilonia y de Siria conservaron siempre un fondo de extraño sensualismo; hasta su extincion en los siglos cuarto y quinto de nuestra era, aquellas religiones fueron escuelas de inmoralidad, de las cuales, por una especie de intuicion poética, salian á veces algunos destellos del mundo divino. Á traves de un fetichismo aparente, Egipto poseyó quizás desde muy temprano dogmas metafísicos y un simbolismo revelado. Pero sus interpretaciones de una teología refinada no eran sin duda primitivas. Cuando el hombre posee una idea clara, no se entretiene jamás en revestirla de símbolos; casi siempre que se buscan ideas bajo antiguas imágenes misteriosas, cuyo significado se ha perdido, es á consecuencia de prolongadas reflexiones y á causa de la imposibilidad en que se halla el espíritu humano de resignarse con lo absurdo. Sin embargo, no fué en Egipto donde surgió la fe de la humanidad. Los elementos que á traves de mil trasformaciones pasaron de Siria y Egipto á la religion cristiana, son formas exteriores de escasa trascendencia, ó bien escorias semejantes á las que siempre existen en el fondo de los cultos más depurados. El gran defecto de las religiones mencionadas era su carácter esencialmente supersticioso; si de algo llenaron el mundo fué de millones de amuletos y de abraxas. Ninguna grande idea moral podia salir de razas abatidas por un despotismo secular y acostumbradas á instituciones que hacian casi nulo el ejercicio de la libertad en los individuos.

La poesía del alma, la fe, la libertad, la honradez y la abnegacion, aparecieron sobre la tierra con las dos grandes razas que hasta cierto punto formaron la humanidad: con la raza indo-europea y la raza semítica. Las primeras instituciones de la raza indo-europea fueron esencialmente naturalistas; pero era un naturalismo profundo y moral, un enlace amoroso de la naturaleza y el hombre, una poesía deliciosa llena del sentimiento de lo infinito; un principio, en fin, de lo que habia de constituir con el trascurso de los siglos el genio céltico germánico, de lo que habian de expresar Gœthe y Shakspeare. Aquello no era religion ni moral reflexionadas; sino melancolía, ternura, imaginacion, y sobre todo, algo de grave y serio, cualidades indispensables á la moral y á la religion. Sin embargo, la fe de la humanidad no podia venir de allí, porque aquellos antiguos cultos se desprendian trabajosamente del politeismo encarnado en ellos, y porque no conducian á un símbolo bien claro. Si el bramanismo ha llegado hasta nosotros, se debe sin duda al asombroso privilegio de conservacion que la India parece poseer. El budismo fracasó en todas sus tentativas por extenderse hácia el Oeste. El druidismo permaneció como forma exclusivamente nacional y sin tendencias universales. Las tentativas griegas de reforma, el orfismo y los misterios no bastaron para dar á las almas un alimento sólido. Persia tan sólo llegó á formarse una religion dogmática semi-monoteista y sábiamente organizada; pero es más que posible que aquella misma organizacion no fuese sino una imitacion ó un plagio. De cualquier modo, Persia se convirtió cuando en sus fronteras vió aparecer el lábaro de la unidad divina proclamada por el Islam.

La gloria de haber formado la religion de la humanidad pertenece toda entera á la raza semítica[67]. Bajo su tienda, no contagiada por los desórdenes del mundo, ya corrompido, y mucho más allá de los confines de la historia, el patriarca beduino preparaba la fe del género humano. Una invencible antipatía hácia los cultos voluptuosos de Siria, una gran sencillez en el ritual, ausencia completa de templos, y el ídolo reducido á insignificantes terafim, hé aquí su superioridad. Entre todas las tribus de semitas nómadas, la de los Beni-Israel estaba ya señalada para el cumplimiento de inmensos destinos. Sus antiguas relaciones con Egipto, de las que acaso resultaron algunas imitaciones puramente materiales, no hicieron sino aumentar su aversion por la idolatría. Una «ley» ó thora, escrita desde muy antiguo sobre tablas de piedra, y cuyo orígen hacian remontar á su gran libertador Moisés, era ya el código del monoteismo y contenia poderosos gérmenes de igualdad social y de moralidad, comparada con las instituciones de Egipto y de Caldea. Un cofre ó arca provista de dos anillos laterales para poder trasportarla por medio de una palanca atravesada, constituia todo el material religioso.—En ella estaban reunidos los objetos sagrados de la nacion, sus reliquias, sus recuerdos, el «libro», en fin, diario de la tribu siempre abierto, pero en el cual no se escribia sino muy discretamente. Bien pronto la familia encargada del trasporte y custodia de aquellos archivos portátiles adquirió grande importancia, hallándose cerca del libro y disponiendo de él. Sin embargo, la institucion que decidió del porvenir de la humanidad no vino de allí; el sacerdote hebreo difiere muy poco de los otros sacerdotes de la antigüedad. El carácter que esencialmente distingue á Israel de los otros pueblos teocráticos consiste en que allí el sacerdocio estuvo siempre subordinado á la iniciativa individual. Además de los sacerdotes, cada tribu nómada tenía su nabi ó profeta, especie de oráculo viviente á quien se consultaba para la solucion de cuestiones oscuras que exigian un alto grado de prevision. Los nabis de Israel, organizados en grupos ó escuelas, tuvieron gran superioridad. Defensores del antiguo espíritu democrático, enemigos de los ricos y opuestos á toda organizacion política y á cuanto pudiera encaminar á Israel por la via de las naciones, ellos fueron los verdaderos instrumentos de la supremacía religiosa del pueblo judío. Desde muy temprano anunciaron esperanzas ilimitadas; y cuando el pueblo, víctima hasta cierto punto de sus consejos impolíticos, fué subyugado por el poder asirio, ellos proclamaron que le estaba reservado un reino sin límites; que Jerusalen sería un dia la capital del mundo entero y que el género humano se haria judío. Jerusalen y su templo se les aparecian como una ciudad colocada en la cumbre de una montaña, hácia la cual se dirigirian todos los pueblos de la tierra; como un oráculo de donde debia salir la ley universal; como el centro de un reino ideal en donde el género humano, pacificado por Israel, volveria á encontrar los goces del Eden[68].

Para exaltar el martirio y celebrar el poder del «hombre de dolor», déjanse ya oir acentos desconocidos. Á propósito de alguno de aquellos sublimes pacientes que, á la manera de Jeremías, regaban con su sangre las calles de Jerusalen, un inspirado compuso un cántico sobre los sufrimientos y el triunfo del «servidor de Dios», cántico en el cual parece reconcentrarse toda la fuerza profética del genio de Israel[69].

«Crecia como humilde planta y brotaba como una raíz en tierra árida; no tenía aspecto bello ni esplendoroso. Despreciado y desechado de los hombres, nadie hacia caso de él. Cubierto de vergüenza y afrentado, era una nada. Es verdad que él mismo tomó sobre sí nuestras dolencias y cargó con nuestras penalidades, pero se le reputaba como un leproso y como hombre herido de la mano de Dios y humillado. Por causa de nuestras iniquidades fué él llagado y despedazado por nuestras maldades; de su castigo debia nacer nuestra paz, y con sus cardenales fuimos nosotros curados. Como ovejas descarriadas hemos sido todos nosotros; cada cual se desvió y á él sólo le ha cargado Jehová sobre las espaldas la iniquidad de todos. Despreciado, humillado, no abrió su boca, fué conducido á la muerte, como va la oveja al matadero; como un corderito que está mudo delante del que le esquila, no abrió la boca. Su sepulcro será como el sepulcro de un malvado, su muerte como la muerte de un impío. Pero despues de sufrida la opresion é inicua condena, verá levantarse una generacion numerosa y los intereses de Jehová prosperarán entre sus manos.»

Al mismo tiempo se operaron en la Thora profundas modificaciones. Produjéronse nuevos textos, como el Deuteronomio, que pretendian representar la verdadera ley de Moisés, y en realidad ellos inauguraron un espíritu muy diferente del de los antiguos nómadas. El carácter dominante de aquel espíritu fué un gran fanatismo. Creyentes furibundos provocaban contínuas violencias contra todo lo que se separaba del culto de Jehová, y un código sanguinario, estableciendo la pena de muerte por delitos religiosos, consigue abrirse camino. La piedad trae consigo casi siempre singulares contrastes de vehemencia y de dulzura. Aquel celo religioso, que no conoció la grosera sencillez del tiempo de los Jueces, inspira entonaciones de conmovedora predicacion y de uncion ternísima, tales como el mundo no las habia escuchado hasta entónces. Déjase ya sentir una poderosa tendencia hácia las cuestiones sociales, y las utopias, los ensueños de una sociedad perfecta penetran en el seno del código. El Pentateuco, mezcla de moral patriarcal y de ardiente devocion, de instituciones primitivas y de refinamientos piadosos como los que llenaron el alma de un Ezequías, de un Josías ó de un Jeremías, se fijó de esta manera en la forma en que le vemos, y por espacio de siglos llegó á ser la regla absoluta del espíritu nacional.

Una vez creado aquel gran libro, la historia del pueblo judío se desarrolla con irresistible rapidez. Los grandes imperios que se sucedieron en el Asia occidental, arrebatándole toda esperanza de un reino terrestre, le obligan á que se eche, con una especie de sombría pasion, en brazos de los ensueños religiosos. No cuidándose entónces de dinastía nacional ni de independencia política, acepta todos los gobiernos, siempre que le dejen practicar libremente su culto y seguir sus costumbres. En adelante Israel no tendrá otra direccion que la de sus entusiastas religiosos, otros enemigos que los de la unidad divina, ni otra patria que su ley.

Y preciso es notarlo, aquella ley era toda ella social y moral; era la obra de hombres penetrados de un elevado ideal de la vida presente, que habian creido encontrar los mejores medios de realizarle. Todo el mundo se halla convencido de que la Thora bien observada no puede ménos de conducir á la perfecta felicidad. En aquella Thora nada hay de comun con las «leyes» griegas ó romanas, las cuales, no teniendo presente más que el derecho abstracto, penetran poco en las cuestiones de felicidad y moralidad privadas. Conócese de antemano que los resultados que saldrán de ella serán de órden social y no de órden político; que la obra en que trabaja aquel pueblo es un reino de Dios y no una república civil; una institucion universal, más bien que una nacionalidad ó una patria.

Israel, en medio de numerosos desfallecimientos y flaquezas, sostiene admirablemente esta vocacion. Una serie de hombres piadosos abrasados por el celo de la ley, tales como Esdras, Nehemías, Onías y los Macabeos, se suceden en la defensa de las antiguas instituciones. La idea de que Israel es un pueblo de santos, una tribu elegida por Dios y ligada hácia él por medio de un contrato, echa hondas raíces, que se hacen cada dia más sólidas y profundas. Una inmensa esperanza llena las almas. Toda la antigüedad indo-europea habia colocado el paraíso en el orígen; todos sus poetas habian llorado una edad de oro desvanecida:—Israel coloca la edad de oro en el porvenir. Los Salmos, esa eternal poesía de las almas religiosas, brotan con su divina y melancólica armonía de este pietismo exaltado. Miéntras que en torno suyo las religiones paganas se reducen más y más á un charlatanismo oficial en Persia y Babilonia, á una grosera idolatría en Siria y Egipto, y á vanos simulacros en el mundo griego y latino, Israel llega á ser verdaderamente y por excelencia el pueblo de Dios. Lo que los mártires cristianos hicieron en los primeros siglos de nuestra era, lo que hasta nuestros tiempos han hecho las víctimas de la ortodoxia perseguidora en el seno mismo del cristianismo, eso fué lo que los judíos realizaron en los dos siglos que precedieron á la era cristiana. Un movimiento extraordinario de ideas que iban á parar á los más opuestos resultados hacia de ellos en aquella época el pueblo más chocante y original del mundo. Su dispersion por todo el litoral del Mediterráneo, y el uso de la lengua griega que adoptaron fuera de Palestina prepararon el camino á una propaganda de que las antiguas sociedades no habian ofrecido todavía ningun ejemplo, divididas como se hallaban en pequeñas nacionalidades.

Á pesar de su persistencia en anunciar que un dia llegaria á ser la religion del género humano, el judaismo conservó hasta el tiempo de los Macabeos el carácter de todos los otros cultos de la antigüedad, ciñéndose á un culto de familia y de tribu. El israelita creia que su culto era el mejor, y hablaba con desprecio de los dioses extranjeros:—creia más, creia que el culto del verdadero Dios no se habia hecho sino para él solo. El que ingresaba en el seno de una familia judía, abrazaba el culto de Jehová, y á esto se reducia todo. Por lo demás, ningun israelita pensaba en convertir al extranjero á un culto que se creia patrimonio exclusivo de los hijos de Abraham. El desarrollo del espíritu pietista que se produjo despues de Esdras y de Nehemías, trajo consigo una concepcion mucho más firme y más lógica. Desde entónces, el judaismo llegó á ser de un modo absoluto la verdadera religion; concedíase á todo el mundo el derecho de ingresar en él[70], y bien pronto fué una obra pía y meritoria conducir á sus filas el mayor número posible[71]. Es indudable que aún no existia el delicado sentimiento que elevó á Juan Bautista, á Jesús, á San Pablo, sobre las mezquinas ideas de raza, puesto que, por una extraña contradiccion, aquellos convertidos (prosélitos) eran mal vistos y tratados con desden[72]. Pero la idea de una religion exclusiva, la idea de que en este mundo hay algo superior á la patria, á la sangre, á las leyes; esa idea que habrá de producir los apóstoles y los mártires estaba ya cimentada. El sentimiento de todo el pueblo judío se resume en adelante en una profunda piedad por los paganos, cualquiera que sea el brillo de su fortuna mundana[73]. Los guías del pueblo tratan, sobre todo, de inculcarle la idea de que la virtud consiste en una adhesion fanática á determinadas instituciones religiosas, y para ello se valen de un ciclo de leyendas destinadas á presentar modelos de inquebrantable firmeza, tales como Daniel y sus compañeros, la madre de los Macabeos y sus siete hijos[74], y la novela del Hipódromo de Alejandría[75].

Las persecuciones de Antíoco Epifáneo convirtieron esta idea en pasion, casi en frenesí, viéndose entónces algo de muy análogo á lo que doscientos treinta años más tarde pasó bajo el imperio de Neron. La desesperacion y la rabia arrojan á los creyentes en el mundo de las visiones y de los ensueños. Aparece el primer apocalípsis, el «Libro de Daniel», y con él renace el profetismo, pero bajo una forma bien diferente de la antigua y un sentimiento mucho más ámplio de los destinos del mundo. El libro de Daniel fué hasta cierto punto la última expresion de las esperanzas mesiánicas. El Mesías no era ya un rey á la manera de David y Salomon, ni un Ciro teocrático y mosaista; sino un «hijo del hombre» apareciendo en las nubes[76], un sér sobrenatural con apariencia humana, encargado de juzgar al mundo y de presidir la edad de oro. Quizás proporcionó algunos rasgos á este nuevo ideal el Sosiosch de Persia, el gran profeta del porvenir que debia preparar el reinado de Ormuzd[77]. De todos modos, es indudable que el desconocido autor del Libro de Daniel ejerció una influencia decisiva en el acontecimiento religioso que iba á trasformar el mundo:—él proporcionó el aparato y los términos técnicos del nuevo mesianismo, y sin duda pueden aplicársele aquellas palabras de Jesús respecto á Juan Bautista: «Hasta él, los profetas; despues de él, el reino de Dios.»

Sin embargo, no debe creerse que aquel movimiento, tan profundamente religioso y apasionado, tuviera por móvil dogmas particulares, como ha sucedido en todas las luchas que han estallado en el seno del cristianismo. Los judíos de aquella época eran poco teólogos y no especulaban sobre la esencia de la divinidad; sus creencias respecto á los ángeles, á los fines del hombre, á las hipóstasis divinas, cuyo primer gérmen se dejaba ya entrever, eran creencias libres, meditaciones á las cuales se entregaba cada uno segun la índole de su espíritu, pero de las que no tenian ni la más remota idea multitud de personas. Los más ortodoxos eran los que más se alejaban de esas imaginaciones particulares, ateniéndose á la sencillez del mosaismo. Entónces no existia ningun poder dogmático semejante al que defirió á la Iglesia el cristianismo ortodoxo. La fiebre de las definiciones, esa fiebre que hace de la historia de la Iglesia la historia de una inmensa controversia, no empezó sino cuando, á partir del siglo tercero, cayó el cristianismo en manos de razas ergotistas, sedientas de dialéctica y metafísica. Tambien entre los judíos se disputaba:—ardientes escuelas combatian en buscar para todas las cuestiones que entónces se agitaban opuestas soluciones; pero en aquellas luchas, de las cuales nos ha trasmitido el Talmud los principales detalles, no habia ni una sola palabra de teología especulativa. Observar y mantener la ley, porque la ley es justa y porque bien observada conduce á la felicidad, hé ahí á lo que se reducia el mosaismo. Ningun Credo, ningun símbolo teórico. Moisés Maimonida, un discípulo de la filosofía árabe más avanzada, llegó á ser oráculo de la sinagoga, porque era un canonista muy ejercitado.

La exaltacion creció más todavía durante los reinados de los últimos Asmoneos y de Heródes, en cuya época tuvo lugar una serie no interrumpida de movimientos religiosos. El pueblo judío, á medida que el poder se secularizaba, pasando á manos incrédulas, vivia cada vez ménos para los intereses terrenales y se absorbia más y más en el extraño trabajo que se operaba en su seno. Distraido el mundo con otros espectáculos, no tiene ningun conocimiento de lo que pasa en aquel olvidado rincon de Oriente. Sin embargo, las almas superiores y al corriente de la marcha de su siglo, ven con más claridad. El tierno y previsor Virgilio parece responder, como un eco secreto, al segundo Isaías:—el nacimiento de un niño le sumerge en ensueños de palingenesia universal[78]. Estos ensueños eran muy comunes y formaban como un género de literatura designado con el nombre de Sibilas ó Sibilismo. La formacion reciente del imperio exaltaba las imaginaciones: la grande era de paz que entónces empezaba, y esa impresion de melancólica sensibilidad que experimentan las almas despues de largos períodos de revolucion, hacian surgir en todas partes esperanzas ilimitadas.

En Judea la espectativa habia llegado al último límite. Santas personas, entre las cuales figuran un anciano Simeon, quien, segun la leyenda, tuvo á Jesús en sus brazos, y Ana, hija de Phanuel, considerada como profetisa[79], pasaban su vida al rededor del templo, orando y ayunando, á fin de que Dios les concediese bastante vida para ver el cumplimiento de las esperanzas de Israel. Siéntese por donde quiera una poderosa incubacion y como la proximidad de algo extraordinario y desconocido.

Aquella amalgama confusa de presentimientos y de ensueños, aquella alternativa de decepciones y de esperanzas, aquellas aspiraciones rechazadas incesantemente por la odiosa realidad, tuvieron, al fin, su intérprete en el hombre incomparable á quien la conciencia universal ha concedido, con justicia, el título de Hijo de Dios, puesto que él hizo dar á la religion un paso, al cual no puede y no podrá probablemente compararse ningun otro.

CAPÍTULO II

INFANCIA Y JUVENTUD DE JESÚS — SUS PRIMERAS IMPRESIONES

Jesús nació en Nazareth[80], pequeña ciudad de Galilea, la cual no tuvo ántes de su nacimiento ninguna celebridad[81]. Durante toda su vida se le designó con el nombre de «Nazareno»[82], y para hacerle nacer en Bethlehem, como afirma su leyenda, ha sido indispensable recurrir á un rodeo bastante embarazoso[83]. Luégo verémos[84] el motivo de esta suposicion y de qué modo fué consecuencia obligada del mesiánico papel concedido á Jesús[85]. Ignórase la fecha precisa de su nacimiento; pero se sabe que tuvo lugar bajo el reinado de Augusto, hácia el año 750 de Roma, y probablemente algunos ántes del primero de la era que todos los pueblos civilizados cuentan desde el dia en que vino al mundo[86].

El nombre de Jesús, que le fué dado, es una alteracion de Josué, que entónces era muy comun; pero, como es natural, buscáronse luégo en él significaciones misteriosas y una alusion á su papel de Salvador[87]. Quizás el mismo Jesús, como todos los místicos, llegó á fortalecerse en esta creencia. Un nombre dado sin intencion á un niño ha sido á veces causa de grandes vocaciones:—la historia nos ofrece más de un ejemplo. Y es porque las naturalezas ardientes no pueden resignarse nunca á ver la mano de la casualidad en todo aquello que les concierne. Para ellas todo ha sido dispuesto por Dios, y hasta en las circunstancias más insignificantes de la vida ven un signo de la voluntad suprema.

La poblacion de Galilea, segun indica el nombre mismo del país[88], se hallaba muy mezclada. En tiempo de Jesús, aquella provincia contaba entre sus habitantes muchos que no eran judíos (fenicios, sirios, árabes y hasta griegos)[89]. Las conversiones al judaismo no escaseaban en aquella especie de países mistos. Imposible sería establecer aquí ninguna cuestion de raza, y no ménos difícil determinar la sangre que circulaba en las venas del que más poderosamente ha contribuido á borrar de la humanidad las distinciones de sangre.

Jesús salió de las filas del pueblo[90]; su padre José y su madre María eran personas de mediana condicion, artesanos que vivian de su trabajo[91], y cuyo estado social consistia en ese término medio, tan comun en Oriente, que no es ni la comodidad ni la miseria. La extremada sencillez en semejantes comarcas impide conocer la necesidad de lo confortable, hace casi inútil el privilegio del rico, y convierte á todo el mundo en pobres voluntarios. Por otra parte, la falta total de gusto por las artes y por todo lo que á la elegancia de la vida material contribuye, presta al interior del hogar doméstico, áun de aquellos que viven en la abundancia, cierto aspecto de pobreza y desnudez. Á excepcion de lo que el aislamiento lleva consigo por do quiera de sórdido y repugnante, la ciudad de Nazareth se diferenciaba tal vez muy poco, en tiempo de Jesús, de lo que es hoy dia[92]. Las calles donde jugó siendo niño las vemos todavía en aquellos senderos pedregosos ó en aquellas encrucijadas que separan los edificios. La casa de José era, sin duda, muy semejante á aquellas pobres tiendas, alumbradas por la puerta, que sirven al mismo tiempo de establecimiento, de cocina, y de alcoba, y que por todo mueblaje tienen una estera, algunos cojines sobre el suelo, uno ó dos vasos de arcilla y un cofre pintado.

La familia, ya proviniese de un matrimonio ó de varios, era numerosa:—Jesús tenía hermanos y hermanas[93], de los cuales parecia ser el primogénito[94]. Pero todos permanecieron oscuros, porque los cuatro personajes que se citan como hermanos suyos, y uno de los cuales, Santiago, llegó á adquirir gran importancia en los primeros años del cristianismo, eran, segun parece, primos carnales. En efecto, María tenía una hermana, que tambien se llamaba María[95], la cual se casó con un tal Alfeo ó Cleofás (estos dos nombres parecen designar una misma persona)[96], y tuvo varios hijos que desempeñaron un papel considerable entre los primeros discípulos de Jesús. Miéntras que sus verdaderos hermanos le hacian la oposicion[97], estos primos carnales se adhirieron al jóven maestro y tomaron el título de «hermanos del Señor»[98]. Los verdaderos hermanos de Jesús, así como su madre, no tuvieron importancia sino despues de la muerte del Salvador[99]. Y áun entónces mismo no alcanzaron, á lo que parece, la misma consideracion que sus primos, cuya conversion habia sido más espontánea, y en cuyo carácter hubo, sin duda, más originalidad. Tan conocidos eran sus nombres, que cuando el evangelista pone en boca de la gente de Nazareth la enumeracion de los hermanos, segun la naturaleza, son los hijos de Cleofás los primeros que se presentan á su memoria.

Sus hermanas se casaron en Nazareth[100], en cuyo punto pasó él los primeros años de su juventud. Era Nazareth una pequeña ciudad situada en un repliegue del terreno que forma la ancha meseta del grupo de montañas que limitan al norte la llanura de Esdrelon. Hoy dia la poblacion es de tres á cuatro mil almas, y acaso no haya variado mucho desde entónces[101]. El frio es agudo en el invierno y muy saludable el clima. Como todos los villorrios judíos de aquella época, la ciudad era un monton de casas construidas sin estilo, y probablemente ofreceria ese aspecto árido y pobre que ofrecen las aldeas de los países semíticos. Los edificios, segun es de inferir, tendrian gran semejanza con esos cubos de piedra, sin elegancia exterior ni interior, que aún se ven hoy en las comarcas más ricas del Líbano, y que, mezclados con las viñas y las higueras, no dejan de ser agradables. Por otra parte, los alrededores son deliciosos, y en ningun país del mundo se hallaria un lugar más á propósito para alimentar y dar pábulo á los ensueños de absoluta ventura. Nazareth es todavía un sitio delicioso y acaso el único punto de Palestina en que el alma se siente aliviada del opresivo afan que experimenta en medio de aquella desolacion sin igual. Los naturales son agradables y risueños, frescos y llenos de verdura los huertos y jardines. En el siglo sexto, Antonino Mártir hizo un cuadro encantador de la fertilidad de sus alrededores, comparándolos con el paraíso. Algunos valles del lado del oeste justifican plenamente su descripcion. La fuente donde otras veces se reconcentraba la vida y la alegría de la pequeña ciudad está ya destruida; de sus caños desportillados no mana hoy sino un agua turbia. Pero la belleza de las mujeres que allí se reunen durante la noche, aquella belleza notada ya en el siglo sexto, y de la cual era una personificacion la Vírgen María, se ha conservado de un modo admirable:—aquél es el tipo sirio en toda su gracia llena de languidez. Es indudable que María fué allí casi diariamente, y que á menudo, con el cántaro sobre el hombro, formó entre la fila de sus ignoradas compatriotas. Antonino Mártir hace notar que las mujeres judías, que en otras partes miraban con desden á los cristianos, eran allí dulces y afables. Áun hoy dia los odios religiosos no son en Nazareth tan exaltados como en otros puntos.

El horizonte de la ciudad es reducido; pero cuando se asciende un poco hasta llegar á la meseta que domina los edificios más elevados, meseta que barren contínuas brisas, la perspectiva se agranda y se hace espléndida. Al Oeste se extienden las hermosas líneas del Carmelo, terminadas por una punta abrupta que parece sumergirse en el mar. En seguida se desarrollan, la doble cima que domina á Mageddo, las montañas del país de Sichem con sus lugares santos de la edad patriarcal, el monte Gelboé, el pequeño y pintoresco grupo al cual van unidos los recuerdos, risueños ó terribles, de Sulem y de Endor, y el Tabor, con su bella forma esferoidal que los antiguos comparaban á un seno. Por una depresion entre la montaña de Sulem y el Tabor, se entrevén el valle del Jordan y las elevadas llanuras de la Perea, que forman hácia el Este una línea continuada. Al norte las montañas de Safed se inclinan hácia el mar, ocultando á San Juan de Acre, pero dejan que la mirada se pierda en el golfo de Khaifa. Tal fué el horizonte de Jesús. Aquel círculo encantado, cuna del reino de Dios, le representó el mundo durante muchos años. Su vida entera salió muy poco de aquellos límites familiares á su infancia. Porque más allá, por el lado del norte y casi entre los flancos del Hermon, se descubre Cesárea de Filipo, su punto más avanzado hácia el mundo de los gentiles, y por la parte del sur, detrás de aquellas montañas de Samaria ya ménos rientes, se adivina la triste Judea desecada por un viento abrasador de abstraccion y de muerte.

Si teniendo mejor nocion de lo que constituye el respeto á los orígenes, el mundo permaneciese cristiano y quisiese reemplazar los santuarios apócrifos y mezquinos, á que se adhirió la piedad de las edades bárbaras, por auténticos lugares santos, en aquella altura de Nazareth es donde construiria su templo. Allí, en el sitio donde apareció el cristianismo, en el centro de accion de su fundador, deberia elevarse la grande iglesia en que todos los cristianos pudiesen orar. Allí tambien, en aquella tierra, bajo la cual duermen el carpintero José y millares de olvidados nazarenos que no franquearon jamás el horizonte de su valle nativo, se hallaria el filósofo mejor colocado que en ningun sitio del mundo para contemplar el curso de las cosas humanas, consolarse de su contingencia y tranquilizarse respecto al fin divino que el mundo prosigue á traves de infinitos desfallecimientos y no obstante la vanidad universal.

CAPÍTULO III

EDUCACION DE JESÚS

Aquella naturaleza, á la vez risueña y grandiosa, constituyó toda la educacion de Jesús. Sin duda aprendió á leer y á escribir[102] segun el método de Oriente, el cual consistia en colocar entre las manos del niño un libro cuyo texto repetia cadenciosamente, en union de sus compañeros, hasta concluir por aprenderle de memoria[103]. Sin embargo, es muy dudoso que comprendiera bien los escritos hebreos en su lengua original. Sus biógrafos se los hacen citar como traducciones en lengua aramea[104]: sus principios de exegésis, si hemos de juzgar por los de sus discípulos, se parecian bastante á los que en aquella época se hallaban en boga, los cuales forman el espíritu de los Targums y de los Midraschim[105].

En las pequeñas aldeas judías, el maestro de escuela era el hazzan ó lector de las sinagogas[106]. Jesús frecuentó poco las escuelas, más elevadas, de los escribas ó soferim (tal vez en Nazareth no habia ninguna), y no poseyó ninguno de esos títulos que dan á los ojos del vulgo derecho á la sabiduría[107]. Sin embargo, sería grave error imaginarse que Jesús era lo que nosotros llamamos un ignorante. Bajo el punto de vista del valor personal, se hace en nuestros dias una distincion profunda entre los que han recibido una educacion escolástica y los que de ella carecen. Pero en Oriente, y por regla general en toda la buena época antigua, no sucedia lo mismo. El estado de rudeza en que permanece entre nosotros, á consecuencia de nuestra vida aislada y puramente individual, aquel que no ha frecuentado las escuelas, se desconoce en esas sociedades en que la cultura moral, y sobre todo, el espíritu general del tiempo se trasmiten por el contacto contínuo de los hombres. Frecuentemente el árabe que no ha tenido ningun maestro es sin embargo persona muy distinguida, y consiste en que su tienda viene á ser una especie de escuela, siempre abierta, de donde, gracias al constante roce de gente bien educada, nace un gran movimiento intelectual y hasta literario. La delicadeza de los modales y la finura del espíritu no tienen en Oriente nada de comun con lo que nosotros llamamos educacion. Al contrario, allí los hombres escolásticos son los que pasan por pedantes y mal educados. La ignorancia, que entre nosotros condena al hombre á un rango inferior, es en aquel estado social la condicion de las grandes cosas y de la grande originalidad.

Tampoco parece probable que supiese Jesús el griego. Á excepcion de las clases que participaban del gobierno de las ciudades habitadas por los paganos, como Cesárea, esta lengua estaba poco vulgarizada en Judea[108]. El idioma de Jesús era el dialecto sirio con mezcla de hebreo que entónces se hablaba en Palestina[109]. Con mucha más razon debe suponerse que no tuvo ningun conocimiento de la cultura griega. Aquella cultura se hallaba proscripta por los doctores palestinos, los cuales envolvian en la misma maldicion «al que criaba puercos y al que enseñaba á su hijo la ciencia helénica»[110]. De todos modos, aquella ciencia no habia penetrado hasta las pequeñas ciudades como Nazareth, si bien es verdad que, no obstante el anatema de los doctores, algunos judíos habian adoptado aquella cultura. Sin contar la escuela judía de Egipto, donde las tendencias para amalgamar el helenismo y el judaismo se continuaban desde hacia cerca de doscientos años, un judío, Nicolás de Damasco, llegó á ser por aquel tiempo uno de los hombres más notables, instruidos y considerados de su época. Josefo debia ofrecer bien pronto otro ejemplo de judío completamente helenizado. Pero Nicolás no tenía de judío sino la sangre, Josefo declara ser una excepcion entre sus contemporáneos[111], y toda la escuela cismática de Egipto se separó de Jerusalen tan completamente, que ni en el Talmud ni en la tradicion judía se encuentra el menor recuerdo. Lo que se halla fuera de duda es que el griego se estudiaba muy poco en Jerusalen; que los estudios helénicos se consideraban como peligrosos y hasta serviles, creyéndose buenos, á lo sumo, para servir de adorno á las mujeres[112]. Sólo el estudio de la ley pasaba por liberal y digno de un hombre grave[113]. Un ilustrado rabino, á quien preguntaron cuándo debia enseñarse á los niños la «sabiduría griega», respondió:—«Cuando no sea ni de dia ni de noche, puesto que está escrito en la Ley: tú la estudiarás dia y noche»[114].

Ningun elemento de cultura griega llegó, pues, á Jesús ni directa ni indirectamente. Nada conoció fuera del judaismo, y su espíritu conservó esa cándida franqueza que una cultura extensa y variada debilita siempre. Áun en el seno mismo del judaismo permaneció extraño á muchos esfuerzos frecuentemente paralelos á los suyos. Fuéronle desconocidos el ascetismo de los Essenios ó Terapeutas[115] y los hermosos ensayos de filosofía religiosa intentados por la escuela judáica de Alejandría, de los cuales era ingenioso intérprete su contemporáneo Filon. Las semejanzas que se encuentran á menudo entre él y Filon, esas excelentes máximas de amor de Dios, de caridad, de confianza en el Eterno[116], que vienen á ser como un eco entre el Evangelio y los escritos del ilustre pensador alejandrino, proceden de las comunes tendencias que las necesidades del tiempo inspiraban á todas las almas elevadas.

Por fortuna suya, no conoció tampoco la rara escolástica que se enseñaba en Jerusalen y que muy pronto debia constituir el Talmud. Quizás algunos fariseos la habian llevado ya á Galilea, pero Jesús no tuvo trato con ellos; y cuando vió de cerca aquella necia casuística, no le inspiró sino profunda repugnancia. Sin embargo de lo dicho, debe suponerse que los principios de Hillel no le fueron desconocidos. Hillel habia pronunciado, cincuenta años ántes que él, aforismos que tenian mucha semejanza con los suyos. Si fuese permitido hablar de maestro cuando se trata de tan elevada originalidad, podia decirse que Hillel, por su pobreza humildemente soportada, por la dulzura de carácter y por la oposicion que hizo á los hipócritas y á los sacerdotes, fué el verdadero maestro de Jesús[117].

Mayor impresion le produjo la lectura de los libros del Antiguo Testamento. De dos partes principales se componia el Cánon de los libros santos: de la Ley, esto es, del Pentateuco, y de los Profetas, tales como hasta nosotros han llegado. Aplicábase á todos esos libros una vasta exegésis, la cual trataba de deducir de ellos lo que en realidad no existia, pero que se hallaba conforme con las aspiraciones de la época. La Ley, que no representaba las antiguas leyes del país, sino más bien las utopias, las leyes facticias y los fraudes piadosos del tiempo de los reyes pietistas, habia llegado á ser un tema inagotable de sutiles interpretaciones, desde que la nacion dejó de gobernarse á sí misma. En cuanto á los profetas y á los salmos, la persuasion general era que casi todos los rasgos un poco misteriosos de aquellos libros se referian al Mesías, y de antemano se buscaba en ellos el tipo del que habria de realizar las esperanzas de la nacion. Jesús participaba de la opinion general respecto á aquellas interpretaciones alegóricas. Sin embargo, la verdadera poesía de la Biblia, que los pueriles exegetas de Jerusalen no comprendian, se revelaba plenamente á su hermoso genio. La Ley no tuvo para él mucho atractivo; sin duda tenía el convencimiento de poder realizar algo mejor que aquello. Pero la poesía religiosa de los salmos se halló en maravillosa consonancia con su alma lírica; los salmos son el alimento y el apoyo de toda su vida. Los profetas, particularmente Isaías y su continuador del tiempo de la cautividad, fueron sus verdaderos maestros, con sus brillantes ensueños del porvenir, su impetuosa elocuencia y sus invectivas mezcladas de cuadros encantadores. Sin duda leyó tambien várias de las obras apócrifas, es decir, varios de aquellos escritos modernos, cuyos autores se ocultaban tras el nombre de los profetas y de los patriarcas, á fin de darles una importancia y autoridad que no se concedian sino á los escritos muy antiguos. Uno de aquellos libros le llamó entre todos la atencion: tal fué el libro de Daniel. Escrito por un judío exaltado del tiempo de Antíoco Epifáneo, y puesto bajo la egida de un antiguo sabio[118], aquel libro era el resúmen del espíritu de las últimas épocas. Verdadero creador de la filosofía de la historia, su autor es quien por la vez primera se atrevió á mirar en el movimiento del mundo y en la sucesion de los imperios una funcion subordinada á los destinos del pueblo judío. Jesús llegó desde muy pronto á penetrarse de aquellas elevadas esperanzas. Acaso leyó tambien los libros de Henoch, venerados entónces al igual de los libros santos[119], y los demás escritos del mismo género que mantenian en contínuo y vivo movimiento la imaginacion popular. El advenimiento del Mesías con sus glorias y sus terrores, las naciones derrumbándose unas sobre otras, el cataclismo del cielo y de la tierra, tales fueron las ideas que formaban el alimento ordinario de la imaginacion de Jesús; y como quiera que aquellas revoluciones se anunciaban como próximas, y que muchas personas trataban de computar el tiempo en que habrian de ocurrir, el órden sobrenatural á que nos trasportan semejantes visiones le pareció en un principio la cosa más natural y sencilla.

De cada rasgo de sus más auténticos discursos resulta de un modo claro que no tuvo ningun conocimiento del estado general del mundo. Imaginábase que la tierra se hallaba todavía dividida en reinos que se hacian la guerra, y parece ignorar la «paz romana» y el nuevo estado social que inauguraba su siglo. Tampoco tuvo ninguna idea precisa del poderío romano; la sola cosa que llega hasta él es el nombre de «César.» Vió construir en Galilea y en sus inmediaciones á Tiberiade, á Juliade, á Diocesárea, á Cesárea, obras pomposas de los Heródes, los cuales trataban de probar con aquellas construcciones magníficas su admiracion por la cultura romana y su adhesion á los miembros de la familia de Augusto, cuyos nombres, extravagantemente alterados, sirven ahora por un capricho de la suerte para designar miserables villorrios de beduinos. Es probable que tambien viese á Sebaste, obra de Heródes el Grande, ciudad de aparato cuyas ruinas dan lugar á suponer que fué trasportada allí pieza á pieza como una máquina ya concluida que debia montarse en lugar determinado. Aquella arquitectura de ostentacion llevada á Judea por cargamentos, aquellos centenares de columnas, todas del mismo diámetro, ornato de alguna insípida «calle de Rivoli[*]», hé ahí lo que Jesús llamaba «los reinos del mundo y todas sus glorias.» Pero aquel lujo de encargo y aquel arte administrativo y oficial le causaban repugnancia. Sus aldeas galileas, mezcla confusa de cabañas, de eras y de prensas talladas en la roca, de pozos, de sepulcros, de higueras y de olivas, eso era lo que él amaba. Jesús permaneció siempre cerca de la naturaleza. La córte de los reyes se le representaba como un lugar en donde las personas llevan hermosos vestidos[120]. Las deliciosas imposibilidades en que abundan sus parábolas siempre que pone en escena á los reyes y á los poderosos[121] prueban que no concibió nunca la sociedad aristocrática sino como un jóven aldeano que ve el mundo por el prisma de su candidez.

[*] Una de las más rectas, largas y uniformes que tiene París.

Ménos aún conoció la idea nueva creada por la ciencia griega, esa idea que sirve de base á toda filosofía, que la ciencia moderna ha confirmado plenamente y que consiste en la exclusion de los dioses caprichosos á quienes la sencilla credulidad de las antiguas edades atribuia el gobierno del mundo. Cerca de un siglo ántes de él, Lucrecio habia expresado ya de una manera admirable la inflexibilidad del régimen general de la naturaleza. En las grandes escuelas de todos los países que habian recibido la ciencia griega, la negacion del milagro, deducida de la idea que en el mundo se produce todo por leyes invariables, sin ninguna intervencion personal de seres superiores, era ya un principio admitido. Quizás habia penetrado tambien en Babilonia y Persia. Jesús no tuvo noticia de aquel progreso. No obstante haber nacido en una época en que el principio de la ciencia positiva era ya proclamado, vivió en pleno sobrenatural. Tal vez nunca se hallaron los judíos tan sedientos como entónces de lo maravilloso. Filon, sin embargo de vivir en un gran centro intelectual y de haber recibido una educacion completísima, no poseia sino una ciencia quimérica y de mala ley. Bajo este supuesto, Jesús no se diferenciaba en nada de sus compatriotas. Creia en el diablo, al cual consideraba como una especie de genio del mal[122], y, como todo el mundo, se imaginaba que las enfermedades nerviosas eran producidas por los demonios, que se apoderaban del paciente, agitándole de contínuo. Para él no era lo maravilloso la excepcion, sino el estado normal. La nocion de lo sobrenatural, con sus imposibilidades, no apareció sino con la ciencia experimental de la naturaleza. El hombre ajeno á toda idea de física, que cree por medio de las preces se puede cambiar la marcha de los astros, detener las enfermedades y hasta la muerte misma, no encuentra en lo milagroso nada de extraordinario, puesto que el curso entero de las cosas es en su concepto el resultado de la voluntad libre de la divinidad. Ese estado intelectual fué siempre el de Jesús, pero semejante creencia producia en su grande alma efectos contrarios á los que ocasionaba en el vulgo. Entre las almas vulgares, la fe en la accion particular de Dios conducia á una credulidad simple y á los engaños de los charlatanes. En la suya se elevaba á una nocion profunda de las relaciones familiares entre el sér humano y Dios, y á una creencia exagerada en el porvenir del hombre; bellos errores que fueron el principio de su fuerza, porque, si bien ellos debian más tarde evidenciar sus preocupaciones á los ojos del físico y del químico, le dieron sobre sus contemporáneos un poder de que no hay ejemplo ántes ni despues de él.

Su carácter extraordinario se reveló desde muy temprano. La leyenda se complace en mostrarle desde su infancia en rebelion contra la autoridad paterna, y separándose de las vias comunes para seguir su vocacion[123]. Lo que al ménos hay de seguro es, que tuvo en poca cosa las relaciones de parentesco. Su familia no parece haberle amado[124], y en ocasiones se le nota cierta dureza para con ella[125]. Como todos los hombres verdaderamente preocupados de una idea, Jesús llegó á tener en poco los lazos de la sangre. El único que esa clase de naturalezas reconoce es el lazo de la idea: «Hé ahí á mi madre y á mis hermanos—decia extendiendo las manos hácia sus discípulos;—aquel que cumple la voluntad de mi Padre, ése es mi hermano y mi hermana.» Las gentes sencillas no lo comprendian así, y un dia, dicen que una mujer que pasaba cerca de él exclamó: «¡Dichoso el vientre que te concibió y los pechos que te alimentaron!»—«¡Dichoso más bien—respondió[126]—aquel que escucha la palabra de Dios y la practica!» Su atrevida rebelion contra la naturaleza debia llevarle pronto mucho más léjos, y no tardarémos en verle menospreciando la sangre, el amor, la patria, cuanto constituye al hombre, para no albergar en su alma y su corazon sino la idea que se le presentaba como la forma absoluta del bien y de la verdad.

CAPÍTULO IV

ÓRDEN DE IDEAS EN CUYO SENO CRECIÓ JESÚS

Así como la tierra ya enfriada por haberse apagado el fuego que la penetraba no permite comprender los fenómenos de la creacion primitiva, de igual modo las explicaciones discurridas dejan siempre algo que desear cuando se trata de aplicar nuestros débiles medios de induccion á las revoluciones de las épocas creadoras que decidieron la suerte del género humano. Jesús vivió en uno de esos momentos en que la parte de la vida pública se juega con franqueza, en que se centuplica la apuesta de la actividad humana. Todo gran destino conduce entónces á la muerte, porque tales movimientos suponen una libertad y una ausencia de medidas preventivas que no pueden existir sin terribles contrapesos. En nuestros dias, el hombre arriesga poco y gana poco:—en las épocas heróicas de la actividad humana aventura el todo por el todo. Los buenos y los malos, ó al ménos los que se creen y pasan por tales, forman dos ejércitos opuestos. Llégase á la apoteósis por el camino del cadalso, y los caractéres tienen facciones pronunciadas que los graban como tipos eternales en la memoria de los hombres. Ningun medio histórico, excepto el de la Revolucion francesa, fué tan á propósito como aquel en que se formó Jesús para desarrollar esas fuerzas ocultas que la humanidad tiene como en reserva y que no descubre sino en sus dias de fiebre y de peligro.

Si el gobierno del mundo fuese un problema especulativo, y si el más gran filósofo fuese el hombre más apto para enseñar á sus semejantes lo que deben creer, esas grandes reglas morales y dogmáticas que se llaman religiones saldrian de la calma y de la reflexion. Pero no sucede así. Los grandes fundadores religiosos, si se exceptúa Sakia-Muni, no fueron metafísicos. El budismo, que salió de la idea pura, conquistó la mitad del Asia por motivos puramente políticos y morales. En cuanto á las religiones semíticas, son tan poco filosóficas cuanto cabe en lo posible. Moisés y Mahoma no fueron hombres especulativos: fueron hombres de accion, y proponiéndola á sus compatriotas y á sus contemporáneos, consiguieron dominar la humanidad. De igual manera, Jesús no fué ni un teólogo, ni un filósofo, ni tuvo un sistema más ó ménos bien combinado. Para ser discípulo suyo no se necesitaba firmar ningun formulario ni pronunciar ninguna profesion de fe; bastaba una sola cosa: adherirse á él, amarle. Jesús no disputó jamás sobre Dios, porque directamente le sentia en sí mismo. El escollo de las sutilezas metafísicas, contra el cual tropezó el cristianismo á partir del siglo tercero, no fué en manera alguna creado por el fundador. Jesús no tuvo ni dogma ni sistema, sino una resolucion personal fija que, sobrepujando en intensidad á toda otra voluntad creada, dirige todavía en este momento los destinos de la humanidad.

Desde el cautiverio de Babilonia hasta la edad media, el pueblo judío tuvo la ventaja de hallarse constantemente en una situacion muy crítica. De ahí el que los depositarios del espíritu de la nacion escribiesen durante aquel largo período como bajo el dominio de una fiebre intensa que los coloca, unas veces fuera de los límites de la razon, otras demasiado dentro, casi nunca en el justo medio. Hasta entónces, nunca el hombre se habia apoderado del problema del porvenir y de su destino con un valor más desesperado, más resuelto á atropellar por todo á fin de resolverle. Asimilando la suerte de la humanidad con la de su pequeña raza, los pensadores judíos son los primeros que se cuidan de una teoría general de la marcha de nuestra especie. La Grecia, encerrada siempre en sí misma y atenta sólo á sus querellas locales, tuvo admirables historiadores; pero en vano se buscaria en ella ántes de la época romana un sistema general de filosofía de la historia que abrace la humanidad entera. Por el contrario, el judío hizo entrar la historia en la religion, merced á una especie de sentido profético que á veces presta al semita maravillosa aptitud para entrever las grandes líneas del porvenir. Quizás debe á la Persia una parte de ese espíritu. La Persia, desde una época muy remota, concibió la historia del mundo como una serie de revoluciones á cada una de las cuales preside un profeta. Cada profeta tiene su hazar ó reinado de mil años (quiliasma), y de esas edades sucesivas, análogas á los millones de siglos pertenecientes á cada buda de la India, se compone la trama de los acontecimientos que preparan el reino de Ormuzd. Al fin de los tiempos, cuando el círculo de los quiliasmas se haya agotado, empezará el paraíso definitivo. Entónces los hombres vivirán dichosos, la tierra será como una llanura, y no habrá sino una lengua, una ley y un gobierno para todo el mundo. Pero terribles calamidades precederán á este acontecimiento. Dahak (el Satanás de Persia) romperá los hierros que le encadenan y se abatirá sobre la tierra. Dos profetas vendrán á consolar á los hombres y á preparar el gran acontecimiento[127]. Estas ideas recorrian entónces el mundo y penetraban hasta en Roma, donde inspiraron un ciclo de poemas proféticos, cuyas ideas fundamentales eran la division de la historia de la humanidad en períodos, la sucesion de dioses correspondientes á esos períodos, una renovacion completa del mundo y el acontecimiento final de una edad de oro[128]. El libro de Daniel, el de Henoch y algunos de los libros sibilinos[129] son expresiones judáicas de la misma teoría. Menester era que esas ideas fuesen las de todos. En un principio no las abrazaron sino algunas personas de imaginacion viva y aficionadas á las doctrinas extranjeras. El árido y mezquino autor del libro de Ester no pensó nunca en el resto del mundo, y si pensó, fué para menospreciarle y zaherirle[130]. El epicúreo desengañado que escribió el Eclesiastés, se cuida tan poco del porvenir, que hasta cree inútil trabajar para sus hijos: á los ojos de aquel célebre egoista, la esencia de la sabiduría consiste en no tener cuenta sino de sí mismo[131]. Pero en todos los pueblos, la minoría es la que hace las grandes cosas. Y á pesar de sus enormes defectos, á pesar de ser duro, burlon, mezquino en sus miras, cruel, sofista y lleno de sutilezas, el pueblo judío es el autor del más hermoso movimiento de entusiasmo desinteresado que menciona la historia. La oposicion ocasiona siempre la gloria de un país:—los más grandes hombres de una nacion son los que ella condena á muerte. Sócrates fué la gloria de Aténas, y Aténas le dió á beber la cicuta. Spinosa es el más grande de los judíos modernos, y la sinagoga le ha excluido de su seno ignominiosamente. Jesús fué la gloria de Israel, y murió crucificado.

El pueblo judáico perseguia desde hacia siglos un gigantesco desvarío que le rejuvenecia á cada paso en su decrepitud. Ajena á la teoría de las recompensas individuales, propagada por la Grecia bajo el nombre de inmortalidad del alma, la Judea habia reconcentrado toda su potencia de amor y deseo en su porvenir nacional. Creyéndose posesora de las promesas divinas de un porvenir sin límites, y siendo rechazada en sus aspiraciones por la amarga realidad que á partir del siglo nono ántes de nuestra era sometia más y más el destino del mundo al imperio de la fuerza bruta, se arrojó en la via de absurdas amalgamas ideales y ensayó las más extrañas contradicciones. Ántes del cautiverio, cuando todo el porvenir terrestre se desvaneció al separarse las tribus del Norte, la restauracion de la casa de David, la reconciliacion de las dos fracciones del pueblo y el triunfo de la teocracia y del culto de Jehová sobre los cultos idólatras, sirvieron de alimento al delirio comun. En la época del cautiverio, un poeta lleno de armonía entrevió el esplendor de una Jerusalen futura, de la cual eran tributarios los pueblos y las islas lejanas; y la entrevé por un prisma de tan dulces y suaves colores, que hubiérase dicho que un rayo de la mirada de Jesús penetraba en su imaginacion á una distancia de seis siglos[132]. La victoria de Ciro pareció realizar por algun tiempo todas aquellas esperanzas. Los graves discípulos del Avesta y los adoradores de Jehová se creyeron hermanos. Al desterrar los devas múltiples y al trasformarlos en demonios, la Persia habia conseguido extraer de las antiguas imaginaciones arianas, esencialmente naturalistas, una especie de monoteismo. El tono profético de algunas enseñanzas de Iran tenía mucha analogía con ciertas composiciones de Oseas y de Isaías. Israel toma aliento bajo los Acheménidas[133], y durante la dominacion de Jérjes (Asuero) se hace temer de los mismos Iranios. Pero la entrada triunfante y á menudo brutal de la civilizacion griega y romana en Asia, le arroja de nuevo en sus delirios. Entónces más que nunca invoca al Mesías como al Juez vengador de los pueblos. Para satisfacer la sed de venganza que le inspiraban el sentimiento de su superioridad y el espectáculo de sus humillaciones, hacíale falta una renovacion completa, una revolucion que abarcase el mundo y le conmoviera hasta en sus cimientos[134].

Si Israel hubiese poseido la doctrina llamada espiritualista, esa doctrina que divide al hombre en dos partes, cuerpo y alma, y que encuentra la cosa más natural que el alma sobreviva miéntras el cuerpo se corrompe, aquel acceso de rabia y de enérgica protesta no habria tenido su razon de ser. Pero semejante doctrina, producto de la filosofía griega, no se hallaba en las tradiciones del espíritu judáico. Ninguna huella de remuneraciones ó de penas futuras contienen los antiguos escritos hebreos. Miéntras existió la idea de la solidaridad de la tribu, natural era que no se pensase en una estricta retribucion segun los méritos de cada uno. Si un hombre piadoso tenía la desgracia de venir al mundo en una época de impiedad y participaba de las calamidades públicas originadas por la iniquidad comun, tanto peor para él. Esta doctrina, trasmitida por los sabios de la época patriarcal, conducia paso á paso á insostenibles contradicciones. Ya en tiempo de Job habia recibido fuertes ataques; los ancianos de Theman que la profesaban eran hombres atrasados, y el jóven Elihu, que fué á disputar con ellos, se atrevió á emitir desde sus primeras palabras este axioma revolucionario: ¡que la sabiduría no era ya patrimonio de los ancianos![135]. Con las complicaciones ocurridas en el mundo despues de Alejandro, el antiguo principio themanita y mosaista se hizo todavía más intolerable[136]. Nunca Israel habia sido más fiel observador de la Ley, y sin embargo sufrió la atroz persecucion de Antíoco. Sólo un retórico pedante y acostumbrado á repetir vetustas frases vacías de sentido podia atreverse á sostener que aquellas desgracias eran hijas de las infidelidades del pueblo[137]. ¡Cómo! ¿esas víctimas que mueren por la fe, esa madre con sus siete hijos, esos heróicos Macabeos serán olvidados eternamente por Jehová y abandonados á la podredumbre de la fosa?[138]. Un saduceo incrédulo y mundano podia muy bien admitir semejante consecuencia; un sabio consumado, como Antígono de Soco[139], podia sostener que no debe practicarse la virtud como el esclavo que aspira á una recompensa, sino desinteresadamente y sin esperanza de premio. Pero la gran masa de la nacion no se contentaba con eso. Unos se adherian al principio de la inmortalidad filosófica y se figuraban á los justos viviendo en la memoria de Dios, glorificados en el recuerdo de los hombres, juzgando al impío que los persiguiera[140]. «Viven á los ojos de Dios;... Dios los reconoce»[141], hé ahí su recompensa. Otros, y en particular los fariseos, recurrian al dogma de la resurreccion[142]. Los justos resucitarán para ser partícipes del reinado mesiánico. Resucitarán con los mismos cuerpos que tuvieron para vivir en el mundo del cual serán reyes y jueces, y asistirán al triunfo de sus ideas y á la humillacion de sus enemigos.

En el antiguo pueblo de Israel no se encuentran sino huellas muy indecisas de este dogma fundamental. En realidad, el incrédulo saduceo, al rechazarle, permanecia fiel á la antigua doctrina judáica, y el verdadero innovador era el fariseo partidario de la resurreccion. Pero en materia religiosa, el partido más exaltado es siempre el que innova, el que avanza, el que deduce las consecuencias. Por otra parte, la resurreccion, idea totalmente distinta de la inmortalidad del alma, se desprendia sin esfuerzo de las doctrinas anteriores y de la situacion del pueblo. Quizás la misma Persia proporcionó algunos principios elementales[143]. De todos modos, formó, á no dudarlo, combinándose con la creencia en el Mesías y con la doctrina de una próxima renovacion del mundo, esas teorías apocalípticas que, sin ser artículos de fe (el sanhedrin ortodoxo de Jerusalen no parece haberlas adoptado), llenaban todas las imaginaciones y producian de un extremo á otro del mundo judío extraordinaria fermentacion. La carencia total de rigor dogmático permitia que nociones del todo contradictorias pudiesen admitirse al mismo tiempo, áun tratándose de un punto tan capital. Unas veces el justo debia esperar la resurreccion[144]; otras, era recibido en el seno de Abraham desde el momento de su muerte[145]. Ya la resurreccion era general[146], ya estaba reservada únicamente para los fieles[147]. Aquí suponia un mundo renovado y una nueva Jerusalen; allá implicaba el aniquilamiento prévio del universo.

Desde que Jesús tuvo uso de razon, entró en la ardiente atmósfera que formaban en Palestina las ideas que acabamos de exponer. Aquellas ideas no se enseñaban en ninguna escuela; pero flotaban en el aire y penetraron en su alma desde muy temprano, en su alma tranquila, que no conoció nunca nuestra incertidumbre ni nuestras vacilaciones. En la cima de la montaña de Nazareth, en aquella cima donde ningun hombre moderno pone la planta sin experimentar cierta inquietud sobre su destino, Jesús se sentó veinte veces sin que su corazon fuese combatido por la sombra de una duda. Ajeno al egoismo, á ese manantial de nuestras tristezas, que rudamente nos obliga á buscar por móvil de la virtud un interes de ultratumba, no pensó sino en su obra, en su raza, en el bien de la humanidad. Aquellas montañas, aquel mar, aquellas elevadas llanuras que se extienden al horizonte, no fueron para él la vision melancólica de un alma que interroga la naturaleza sobre su destino; fueron el símbolo cierto, la sombra trasparente de un mundo invisible y de un nuevo cielo.

Jesús no dió nunca mucha importancia á los acontecimientos políticos de su tiempo, los cuales no conocia probablemente muy á fondo. La dinastía de los Heródes vivia en un mundo tan distinto del suyo, que sin duda no la conoció más que de nombre. El gran Heródes murió en la época misma en que él vino al mundo, dejando recuerdos imperecederos, monumentos que debian obligar áun á la posteridad más prevenida en contra suya á asociar su nombre al de Salomon; pero su obra quedó inacabada, imposible de continuar. Aquel Idumeo astuto, profano ambicioso extraviado en un dédalo de luchas religiosas, tuvo en su favor la ventaja que dan la sangre fria y la razon, exentas de moralidad, en medio de fanáticos apasionados. Pero aunque su idea de un reino profano de Israel no hubiese sido un anacronismo en el estado en que se hallaba el mundo cuando él la concibió, habria fracasado contra las dificultades nacidas del carácter mismo del pueblo, como fracasó el proyecto, muy parecido al suyo, concebido por Salomon. Los tres hijos de Heródes no fueron sino lugartenientes de los romanos, semejantes á los radjas de la India bajo la dominacion inglesa. Antíper ó Antipas, tetrarca de Galilea y Perea, del cual fué súbdito Jesús durante toda su vida, era un príncipe nulo y perezoso[148], favorito y adulador de Tiberio[149], sometido casi siempre á la fatal influencia de su segunda mujer Herodías[150]. Felipe, tetrarca de Gaulonítida y de Batanea, á cuyos territorios hizo Jesús frecuentes viajes, era mucho mejor soberano[151]. En cuanto á Arquelao, etnarca de Jerusalen, Jesús no pudo conocerle, porque hacia cerca de diez años que aquel hombre débil, sin carácter y violento en ocasiones, habia sido depuesto por Augusto[152]. Así perdió Jerusalen hasta el último resto de autonomía. Reunido desde entónces el territorio judáico al de Samaria y al de Idumea, formó una especie de anexo de la provincia de Siria, de donde era legado imperial el senador Publio Sulpicio Quirino, personaje consular de gran nombradía[153]. Una serie de procuradores romanos, sometidos en las grandes cuestiones al legado imperial de Siria, tales como Coponius, Marcus Ambivius, Annius Rufus, Valerius Gratus y Pontius Pilatus (año 26 de nuestra era) se suceden allí[154], ocupándose incesantemente en apagar el volcan de la insurreccion que ardia bajo sus piés.

En efecto, durante toda aquella época, agitan á Jerusalen contínuas sediciones provocadas por los celosos partidarios del mosaismo[155]. Los sediciosos hallaban una muerte segura; pero cuando se trataba de la integridad de la Ley, la muerte se buscaba con avidez. Derrocar las águilas, destruir las obras de arte levantadas por los Heródes, en las cuales no siempre se habian respetado los reglamentos mosaistas[156], rebelarse contra los escudos votivos que elevaban los procuradores, y cuyas inscripciones parecian contaminadas de idolatría[157], eran tentaciones permanentes para hombres fanáticos que habian llegado á ese grado de exaltacion en que se desprecia la vida. Júdas, hijo de Sarifeo, y Matías, hijo de Margaloth, célebres doctores de la Ley ambos á dos, formaron un partido de audaz agresion contra el órden existente, partido que se continuó despues de su suplicio[158]. Un movimiento análogo agitaba á los samaritanos[159]. Diríase que la Ley no tuvo jamás sectarios tan apasionados como en el momento en que vivia ya aquel que habia de abrogarla con la grandeza de su alma y con el poder de su genio. Los «Zelotas» (Kenaim) ó «Sicarios», asesinos piadosos que se imponian por deber matar á cualquiera que delante de ellos quebrantase la Ley, asomaban al horizonte[160]. Á consecuencia de la necesidad imperiosa de lo sobrenatural y extraordinario que experimentaba el siglo, algunos taumaturgos y representantes de otras ideas eran considerados como personas de especie divina[161] y alcanzaban crédito entre la credulidad pública.

Mayor influencia ejerció en el ánimo de Jesús el movimiento provocado por Júdas el Gaulonita ó el Galileo. Entre todos los vejámenes que Roma imponia á los países nuevamente conquistados, ninguno era tan impopular como el censo[162]. Esta medida, que siempre extrañan los pueblos no acostumbrados á las cargas de las grandes administraciones centrales, era particularmente odiosa á los ojos de los judíos. Un empadronamiento habia ya provocado en tiempo de David violentas recriminaciones y las amenazas de los profetas[163]. En efecto, el censo era la base del impuesto, y éste, con arreglo á las ideas de la teocracia pura, casi una impiedad. Siendo Dios el único dueño que el hombre debe reconocer, pagar el diezmo al soberano terrenal es deificarle hasta cierto punto. La teocracia judía, completamente extraña á la idea de estado, no hacia en esto sino deducir su última consecuencia, es decir, la negacion de toda sociedad civil y de todo gobierno. El dinero de las arcas públicas se miraba como dinero robado[164]. El empadronamiento que ordenó Quirino (año 6 de nuestra era) despertó vigorosamente esas ideas y produjo inmensa fermentacion, haciendo al fin estallar un movimiento en las provincias del Norte. Un tal Júdas, natural de la ciudad de Gamala, sobre la orilla oriental del lago de Tiberiade, y un fariseo llamado Sadok, se atrajeron, negando el impuesto, numerosos partidarios que bien pronto se declararon en abierta rebelion[165]. Las máximas fundamentales de aquel partido consistian en que, siendo Dios el único «dueño», no debia darse á nadie este título, y en que la libertad es preferible á la vida. Probablemente Júdas profesaba otros muchos principios, que Josefo, siempre cuidadoso de no comprometer á sus correligionarios, omite con marcada intencion; porque, á la verdad, no se comprende que por una idea tan sencilla le concediese el historiador judío un rango elevado entre los filósofos de su nacion, y le mirase como el fundador de una cuarta escuela paralela á las de los Fariseos, Saduceos y Esenios. Júdas fué, á no dudarlo, el jefe de una secta galilea, preocupada por el mesianismo, que acabó por llegar á un movimiento político. El procurador Coponius domó la sedicion del Gaulonita; pero la escuela subsistió y conservó sus jefes, como lo prueba el encontrarla de nuevo, sumamente activa, tomando parte en las últimas luchas de los judíos contra los romanos[166], capitaneada por Manahem, hijo del fundador, y por un tal Eleazar, pariente del primero. Quizás Jesús conoció á aquel Júdas que de tan diferente modo que él concibió la revolucion judáica; por lo ménos conoció su escuela, y probablemente el error del Gaulonita le inspiró el axioma de «dad al César lo que es del César», etc. Léjos de toda sedicion, el prudente Jesús se aprovechó de la falta de su predecesor, y soñó con otro reino y con otro rescate.

La Galilea era, pues, una vasta hornaza donde se hallaban en ebullicion los más opuestos elementos[167]. La consecuencia de aquellas agitaciones fué un extraordinario desprecio de la vida, ó mejor dicho, una especie de afan por salir al encuentro de la muerte[168]. En los grandes movimientos de fanatismo, las lecciones de la experiencia sirven de poco ó nada. En Argelia, durante los primeros años de la ocupacion francesa, inspirados que se decian invulnerables y enviados por Dios para arrojar á los infieles, aparecian cada primavera: su muerte se olvidaba apénas ocurrida, y el pueblo concedia la misma fe á los nuevos fanáticos que se levantaban al año siguiente. La dominacion romana, si bien rudísima bajo cierto aspecto, no era todavía muy quisquillosa, y dejaba ancho campo á la libertad. Aquellas grandes dominaciones brutales, terribles en la represion, estaban léjos de ser tan recelosas como las potencias que tienen un dogma que guardar, y abrian la mano hasta el momento en que creian oportuno emplear el rigor. En su carrera vagabunda, Jesús no fué ni una sola vez molestado por la policía. Aquella libertad, y sobre todo la ventaja que tenía Galilea de hallarse mucho ménos ligada que el resto de la Judea por los lazos del pedantismo farisáico, daban á aquella comarca gran superioridad sobre Jerusalen. La revolucion, ó mejor dicho el mesianismo, agitaba allí todos los corazones:—creíanse en vísperas de la gran renovacion, y los textos de la Escritura, torturados en diferentes sentidos, servian de pábulo á las más colosales esperanzas. En cada línea de los sencillos escritos del Antiguo Testamento imaginaban hallar la seguridad, y hasta cierto punto, el programa del reino futuro que debia traer la paz á los justos y poner eterno sello á la obra de Dios.

Bajo el punto de vista del órden moral, aquella division en dos partes opuestas, en interes y en espíritu, habia sido siempre un principio fecundo para la nacion hebrea. Todo pueblo susceptible de grandes destinos debe ser un mundo en miniatura, pero completo, encerrando en su seno polos opuestos. Grecia tenía á algunas leguas de distancia á Esparta y á Aténas, dos antípodas á los ojos del observador superficial, pero en realidad hermanas rivales indispensables la una á la otra. Lo mismo sucedia en Judea. El desarrollo del Norte, ménos brillante bajo cierto aspecto que el de Jerusalen, fué mucho más fecundo; las obras más notables del pueblo judío procedieron siempre de allí. La ausencia completa del sentimiento de la naturaleza, que conduce á la sequedad, al desabrimiento, á la barbarie, marcó todas la obras puramente hierosolimitanas con un sello grandioso, pero árido, triste, repugnante. Jerusalen, con sus doctores solemnes, sus insípidos canonistas y sus devotos hipócritas y atrabiliarios, no habria conquistado la humanidad. El Norte dió al mundo la cándida Sulamita, la humilde Cananea, la apasionada Magdalena, el buen padre adoptivo José, la Vírgen María. Sólo el Norte formó el cristianismo: Jerusalen es, por el contrario, la verdadera patria del judaismo obstinado que fundaron los fariseos, que el Talmud consagró y que, atravesando la Edad Media, ha llegado hasta nosotros.

Á formar aquel espíritu ménos austero, ménos ásperamente monoteista, por decirlo así, contribuia el aspecto de una naturaleza riente y deliciosa que imprimia á todos los sueños de Galilea un giro idílico y encantador. En el mundo no hay quizás país más árido y triste que los alrededores de Jerusalen. Por el contrario, la Galilea era una comarca fértil, cubierta de verdura, umbrosa, risueña, el verdadero país del Cántico de los cánticos y de las canciones del muy amado[169]. Durante los meses de Marzo y Abril, la campiña se cubre de una alfombra de flores de matices vivísimos y de incomparable hermosura. Los animales son pequeños, pero sumamente mansos. Tórtolas esbeltas y vivarachas, mirlos azules, de tan extremada ligereza, que se posan sobre los tallos herbáceos sin hacerlos inclinar, empenachadas alondras deslizándose casi entre los piés del viajero, galápagos de ojillos vivos y cariñosos, y cigüeñas de aire púdico y grave se agitan aquí y allá, deponiendo toda timidez y aproximándose tan cerca del hombre que parecen llamarle. En ningun país del mundo ofrecen las montañas líneas más armónicas ni inspiran tan elevados pensamientos. Jesús parece haberlas amado particularmente. Los actos más importantes de su carrera divina tienen lugar sobre las montañas; allí tenía mayor inspiracion[170]; allí conversaba muda y misteriosamente con los antiguos profetas, y allí se manifestaba ya transfigurado á los ojos de sus discípulos[171]. Aquel hermoso país, hoy tan triste y melancólico, á consecuencia del empobrecimiento que el islamismo ocasiona en la vida humana, pero que todavía respira en todo aquello que el hombre no ha podido destruir, deliciosa ternura y apacible encanto, rebosaba en tiempo de Jesús de bienestar y de alegría. Los galileos pasaban por enérgicos, valientes y laboriosos[172]. Á excepcion de Tiberiade, ciudad de estilo romano[173], construida por Antipas en honor de Tiberio (hácia el año 15), Galilea no tenía grandes poblaciones. Sin embargo, el país estaba muy poblado; cubríanle pequeñas ciudades y grandes aldeas, y todas sus comarcas se cultivaban con esmero. La campiña debia ser deliciosa; abundaban en ella los manantiales y era rica en toda especie de frutos; las viñas, las higueras, los naranjos, los granados y los limoneros sombreaban las granjas y formaban con sus ramas siempre verdes las aromáticas bóvedas de espaciosas huertas[174]. Si se juzgase por el que los judíos cosechan todavía en Safed, el vino era excelente y se hacia de él no pequeño consumo[175]. Aquella vida sin cuidados y fácilmente satisfecha no conducia al grosero materialismo de nuestros campesinos, á la rústica satisfaccion de un normando, á la tosca alegría de un flamenco:—espiritualizábase en ensueños etéreos, en una especie de poético misticismo que confundia el cielo con la tierra. ¡Dejad que el austero Juan Bautista predique la penitencia en su desierto de Judea, truene incesantemente, y se alimente de langostas en compañía de los chacales! ¿Por qué razon ayunarian los compañeros del esposo miéntras el esposo está con ellos? ¿No formará la alegría parte del reino de Dios? ¿No es ella la hija de los humildes de corazon, de los hombres de buena voluntad?

Toda la historia del cristianismo naciente llega á ser de ese modo una pastoral deliciosa. Un Mesías en una comida de bodas, la cortesana y el buen Zacheo convidados á sus festines, los fundadores del reino del cielo como una comitiva de paraninfos: hé ahí á lo que se atrevió Galilea, lo que legó al mundo haciéndoselo aceptar. La Grecia, por medio de la escultura y de la poesía, trazó hermosos cuadros de la vida humana; pero sin fondos fugaces, sin horizontes lejanos. Aquí faltan el mármol, los obreros excelentes, el idioma exquisito y refinado. Pero Galilea, con el solo auxilio de la imaginacion popular, creó el ideal más sublime; porque detrás de su idilio se agita el destino de la humanidad; porque la luz que ilumina su cuadro es el sol del reino de Dios.

Jesús vivia y crecia en aquel medio embriagador. Desde su infancia hizo casi anualmente el viaje á Jerusalen por la época de las fiestas[176]. Para los judíos provincianos aquella peregrinacion era una solemnidad llena de atractivo. Series enteras de salmos estaban consagradas á cantar las dulzuras de caminar en familia[177] durante algunos de los primeros dias primaverales, á traves de los valles y de las colinas, teniendo en perspectiva los esplendores de Jerusalen, los terrores del sagrado pórtico, y el gozo de vivir juntos por algun tiempo[178]. El camino que ordinariamente seguia Jesús en aquellos viajes era el mismo que hoy se sigue por Ginæa y Sichem[179]. Desde este último punto á Jerusalen la via es agreste en extremo. Pero las inmediaciones de los antiguos santuarios de Silo y de Bethel, cerca de los cuales se pasa, sorprenden el ánimo agradablemente. Ain-el-Haramie, la última etapa[180], es un lugar melancólico y encantador: pocas impresiones igualan á la que se experimenta cuando allí se pernocta. El valle es estrecho y sombrío;—de entre las rocas, perforadas por los sepulcros, mana un agua negruzca. Si no me engaño, aquél es el «Valle de las lágrimas» ó de las aguas rezumantes, cantado como una de las estaciones del camino en el delicioso salmo LXXXIV; valle que el dulce y triste misticismo de la Edad Media convirtió en el emblema de la vida. Llégase al dia siguiente á Jerusalen, y áun hoy dia la esperanza de arribar á sus muros, sostiene á la caravana, acorta la noche de la víspera y hace ligero el sueño.

Aquellos viajes, durante los cuales la nacion reunida se comunicaba sus ideas, viajes que eran casi siempre focos de grande agitacion, ponian á Jesús en contacto con el alma de su pueblo, y sin duda le inspiraban ya viva antipatía por los defectos de los representantes del judaismo. Preténdese que el desierto fué para él desde muy temprano otra escuela donde se formó su alma, y que permaneció allí largas temporadas[181]. Pero el Dios que allí encontraba no era el suyo:—era cuando más el Dios de Job, severo y terrible, sin piedad ni misericordia. Otras veces era Satanás el que iba á tentarle. Entónces regresaba á su querida Galilea y volvia á encontrar á su Padre celestial en medio de las verdes colinas y de los arroyos trasparentes, en medio de aquellos grupos de mujeres y niños que esperaban la salud de Israel, con la alegría en el alma y el cántico de los ángeles en el corazon.

CAPÍTULO V

PRIMEROS AFORISMOS DE JESÚS — SUS IDEAS DE UN DIOS PADRE Y DE UNA RELIGION PURA — PRIMEROS DISCÍPULOS

José murió ántes que su hijo entrase en la vida pública. Desde entónces María quedó como jefe de la familia, y esta razon explica el por qué llamaban á Jesús «hijo de María»[182] cuando querian distinguirle de sus numerosos homónimos. Despues de la muerte de su marido, viniendo á ser como forastera en Nazareth, se retiró á Caná[183], segun parece, de cuyo punto era tal vez originaria. Caná[184] era una pequeña ciudad situada en la falda de las montañas que limitan al norte la llanura de Asochis[185], y á dos horas ó dos horas y media de Nazareth. La vista, ménos grandiosa que en este punto, se extiende por toda la llanura, terminándola al norte, del modo más pintoresco, las montañas de Nazareth y las colinas de Seforis. Jesús parece haber fijado por algun tiempo su residencia en aquel sitio, y probablemente allí pasó una parte de su juventud y tuvieron lugar sus primeros destellos[186].

Jesús ejercia, como su padre, el oficio de carpintero[187], circunstancia que nada tenía de extraordinario ni de humillante, en razon á que, segun la costumbre judáica, todos los hombres consagrados á los trabajos intelectuales ejercian una ocupacion material. Los más célebres doctores tenian un oficio[188]; el mismo San Pablo, cuya educacion habia sido tan esmerada, era fabricante de tiendas[189]. Jesús no se casó: todo su amor se reconcentró en lo que él consideraba como su vocacion celestial. El sentimiento de extremada delicadeza que en él se nota respecto á las mujeres[190] se confundió siempre con la decision exclusiva que á su idea consagraba. De igual modo que Francisco de Asís y Francisco de Sáles, trató como á hermanas á las mujeres que se prendaban de su misma obra. Como aquéllos tuvo tambien sus santas Claras y sus Franciscas de Chantal; sólo que las de Jesús probablemente amaban más al maestro que la doctrina que enseñaba; de todos modos, es indudable que amó mucho ménos que fué amado. La ternura de corazon se trasformaba en él, como en todas las naturalezas elevadas, en infinita dulzura, en vaga poesía, en atractivo universal. Sus relaciones íntimas y libres, pero de un órden completamente moral, con mujeres de conducta equívoca, se explican de igual manera por la pasion que consagraba á la gloria de su Padre; pasion que le inspiraba una especie de celos por todas las bellas criaturas que podian servirle para aumentarla[191].

¿Cuál fué la marcha del pensamiento de Jesús durante aquel oscuro período de su vida? Nada se sabe, por haber llegado su historia hasta nosotros en forma de relatos dispersos y sin cronología exacta. Pero siendo el desarrollo de los productos humanos el mismo en todas partes, de suponer es que el crecimiento de una personalidad como la de Jesús obedeciese á leyes rigurosas. Una elevada nocion de la divinidad, nocion que no debió al judaismo, sino más bien á las inspiraciones y á la grandeza de su alma, fué en cierto modo el principio de su fuerza. Menester es, tratándose de este punto, renunciar á las ideas que nos son familiares y á esas discusiones en que se extravian los espíritus mezquinos. Para comprender bien la piedad de Jesús, es indispensable hacer abstraccion de cuanto ha venido á colocarse entre el Evangelio y nosotros. Deismo y panteismo han llegado á ser los dos polos de la teología. Las raquíticas discusiones de la escolástica, la aridez de espíritu de Descártes, y la profunda irreligion del siglo décimo octavo han ahogado en el seno del moderno racionalismo todo sentimiento fecundo de la divinidad, al empequeñecer á Dios y al limitarle hasta cierto punto con la exclusion de todo cuanto no es Dios mismo. En efecto, si Dios es un sér determinado que existe fuera de nosotros, la persona que cree tener relaciones particulares con Dios es un «visionario»; y como las ciencias físicas y fisiológicas nos enseñan que toda vision sobrenatural es una ilusion, el deista un poco consecuente se halla en la imposibilidad de comprender las grandes creencias del pasado. El panteismo, suprimiendo por su parte la personalidad divina, se aleja cuanto es posible del Dios vivo de las antiguas religiones. ¿En qué momentos de su agitada vida fueron deistas ó panteistas los hombres que más elevadamente comprendieron á Dios, tales como Sakia-Muni, Platon, San Pablo, San Francisco de Asís y San Agustin? Semejante cuestion no tiene sentido. Las pruebas físicas y metafísicas de la existencia de Dios hubieran sido para ellos del todo indiferentes, sintiendo como sentian al ser divino en sí mismos.—Pues bien, Jesús debe colocarse en el primer rango de esa gran familia de verdaderos hijos de Dios. Jesús no tiene visiones, Dios no le habla como si estuviese fuera de él; Dios está en él, siéntele dentro de sí, y cuanto dice de su Padre brota de su corazon. Vive en el seno de Dios y se halla con él en comunicacion constante; no le ve, pero le oye, sin que para ello necesite de truenos ni de zarza ardiente, como Moisés, ni de tempestad reveladora, como Job, ni de oráculo, como los antiguos sabios griegos, ni de genio familiar, como Sócrates, ni de ángel Gabriel, como Mahoma. La imaginacion y alucinacion de una Santa Teresa, por ejemplo, no tienen nada que hacer aquí, ni tampoco la embriaguez del sofí que se proclama idéntico á Dios. Jesús no enuncia ni por un solo instante la idea sacrílega de que él sea Dios.—Créese en relacion directa con Dios, hijo de Dios. El más elevado sentimiento de Dios que haya existido en el seno de la humanidad fué sin duda el de Jesús.

Por otra parte, se comprende que, partiendo de semejante disposicion de ánimo, no fuese Jesús un filósofo especulativo como Sakia-Muni. Nada hay tan léjos de la teología escolástica como el Evangelio[192]. Las especulaciones de los Padres griegos proceden de otro espíritu. Dios concebido inmediatamente como Padre; á esto se reduce toda la teología de Jesús. Y esto no era en él un principio teórico, una doctrina más ó ménos probada que pretendia inculcar á los demás; léjos de eso, Jesús no hacia ningun razonamiento á sus discípulos[193], no exigia de ellos ningun esfuerzo de atencion; no predicaba sus opiniones, sino su sentimiento. Las almas grandes y desinteresadas presentan frecuentemente, sin perjuicio de su mucha elevacion, ese carácter de perpétua atencion de sí mismas y esa extremada susceptibilidad personal que de ordinario son patrimonio de las mujeres[194]. Su persuasion de que Dios está en ellas, de que las atiende constantemente, es tan poderosa, que no vacilan en imponérsela á los demás: tales almas no conocen nuestra reserva ni nuestro respeto por la opinion ajena, lazos que en parte contribuyen á nuestra impotencia. Y sin embargo, esa personalidad exaltada no es el egoismo, porque semejantes hombres, una vez poseidos de su idea, no vacilan en sacrificarle su misma vida ni en sellar su obra con su sangre; es la identificacion del yo con el objeto que él abraza; identificacion llevada al último límite. Es el orgullo para los que no ven en la aparicion nueva sino la idea personal del fundador; es el dedo de Dios para los que observan sus resultados. En este terreno, muchas veces se confunde el loco con el hombre inspirado; pero el loco no deja en pos de sí nada estable. El extravío de la razon no ha tenido hasta hoy ninguna influencia en la marcha del género humano.

De suponer es que Jesús no llegase desde un principio á esa elevada afirmacion de sí propio; mas tambien es probable que desde sus primeros pasos se considerase respecto á Dios en la relacion de un hijo respecto á su padre. En esto consiste su grande acto de originalidad, y en esto es en lo que nada se parece á los individuos de su raza[195]. Ni el judío ni el musulman comprendieron jamás esa deliciosa teología de amor. El Dios de Jesús no es ese dueño fatal que mata, condena ó salva, segun mejor le acomoda; no, el Dios de Jesús es nuestro Padre, y cada uno le siente al escuchar una voz misteriosa que grita en nosotros esta dulcísima palabra: «Padre»[196]. El Dios de Jesús no es el déspota parcial que eligió á Israel por su pueblo, protegiéndole contra todos los otros; es el Dios de la humanidad. Jesús no será un patriota, como los Macabeos, ni un teócrata, como Júdas el Gaulonita; pero, elevándose audazmente sobre las preocupaciones de su nacion, fundará la universal paternidad de Dios. El Gaulonita sostenia que se debe morir ántes que dar á otro que no sea Dios el título de «amo»; Jesús prescinde de ese título y reserva para Dios otro mucho más dulce. Concediendo á los poderosos de la tierra, que son á sus ojos los representantes de la fuerza, un respeto lleno de ironía, funda el supremo consuelo, el recurso al Padre celestial, el verdadero reino de Dios que cada uno lleva en su corazon.

Ese nombre de «reino de Dios» ó de «reino del cielo»[197] fué el término favorito de que se valia Jesús para expresar la revolucion que su doctrina iba á operar en el mundo[198], y como casi todos los términos mesiánicos, procedia del Libro de Daniel. Segun el autor de este libro extraordinario, un quinto imperio, que sería el de los Santos y duraria eternamente[199], sucederia á los cuatro imperios profanos destinados á derrumbarse. Como es de suponer, ese reino de Dios sobre la tierra se prestaba á infinitas interpretaciones. Para la teología judáica, el «reino de Dios» no es sino el mismo judaismo, la verdadera religion, el culto monoteista, la piedad[200]. Jesús creyó en los últimos años de su vida que aquel reino iba á realizarse materialmente por una brusca renovacion del mundo; pero sin duda no fué ése su primer pensamiento[201]. La admirable moral que deduce de la nocion de Dios Padre no es por cierto la de los ilusos que, creyendo próximo el fin del mundo, se preparan por el ascetismo á una catástrofe quimérica; es la de un mundo que vive y vivirá mucho tiempo. «El reino de Dios está en vosotros»,—decia á los que buscaban con sutileza signos exteriores[202].—La concepcion realista del acontecimiento divino fué una sombra, un error pasajero, que la muerte hizo olvidar. El Jesús que fundó el verdadero reino de Dios, el reino de los mansos y de los humildes, ése fué el Jesús de los primeros dias[203], dias castos y serenos en que la voz de su Padre celestial resonaba en su corazon con timbre más puro. Hubo entónces algunos meses, tal vez un año, durante los cuales habitó Dios verdaderamente sobre la tierra. La voz del jóven carpintero adquirió de pronto extraordinaria dulzura, un atractivo infinito se exhalaba de su persona, y los que ántes le habian visto ya no le reconocian[204]. En aquella época aún no tenía discípulos; el grupo que le rodeaba no era ni una secta ni una escuela; pero animábale ya un espíritu comun y un no sé qué de dulce y penetrante. El carácter amable de Jesús, y sin duda una de esas caras maravillosas[205] que frecuentemente se ven en la raza judía, formaban al rededor de él como un círculo de fascinacion, al cual no podian sustraerse aquellas poblaciones benévolas y sencillas.

Si las ideas del jóven maestro no hubiesen traspasado mucho ese nivel de mediana bondad, más arriba del cual no ha podido elevarse hasta hoy la especie humana, el paraíso habria sido en efecto trasportado á la tierra. La fraternidad de los hombres, hijos de Dios, y las consecuencias morales que de ella resultan, se deducian con exquisito sentimiento. Jesús, como todos los rabinos de su época, era poco aficionado á los razonamientos encadenados y encerraba su doctrina en aforismos concisos y de una forma expresiva, á veces rara y enigmática[206]. Algunas de aquellas máximas procedian de los libros del Antiguo Testamento; otras eran pensamientos de sabios más modernos, particularmente de Antígono de Soco, de Jesús, hijo de Sirach, y de Hillel; máximas que habian llegado hasta él, no á consecuencia de sabios estudios, sino como proverbios que circulaban entre el pueblo. La sinagoga era rica en máximas de muy feliz expresion, las cuales formaban una especie de literatura proverbial bastante conocida[207]. Jesús adoptó casi toda aquella enseñanza oral, pero animándola de un espíritu superior[208]. Encarecia de ordinario los deberes trazados por la Ley y por los antiguos, pero aspirando á perfeccionarlos. Todas las virtudes de humildad, de perdon, de caridad, de abnegacion, de rigidez para consigo mismo, virtudes que se han llamado con razon cristianas, si por ello se entiende que fueron predicadas por Cristo, se hallaban en gérmen en aquella enseñanza. Respecto á la justicia, Jesús se contentaba con repetir la máxima ya conocida: «Haced vosotros con los demás hombres todo lo que deseais que hagan ellos con vosotros»[209]. Pero esta máxima, todavía bastante egoista, no le bastaba. Pronto debia llegar hasta el exceso:

«Si alguno te hiriere en la mejilla derecha, vuélvele tambien la otra. Y al que quiera armarte pleito para quitarte la túnica, alárgale tambien la capa[210].

»Si tu ojo derecho es para tí una ocasion de pecar, sácale y arrójale fuera de tí[211].

»Amad á vuestros enemigos, haced bien á los que os aborrecen, y orad por los que os persiguen y calumnian[212].

»No juzgueis á los demás, si quereis no ser juzgados[213]. Perdonad, y seréis perdonados[214]. Sed pues misericordiosos, así como tambien vuestro Padre es misericordioso[215]. Mucho mayor dicha es el dar que el recibir[216].

»Quien se ensalzáre será humillado, y quien se humilláre será ensalzado»[217].

Respecto á la limosna, á la piedad, á las buenas obras, al amor de la paz y al completo desinteres del corazon, habia poco que añadir á la doctrina de la sinagoga[218]. Pero su acento, lleno de uncion, hacia nuevos, por decirlo así, los aforismos conocidos de muy antiguo. La moral no se compone de principios más ó ménos bien expresados. La poesía del precepto es lo que hace amarle, y entra por más que el precepto mismo considerado como verdad abstracta. Es innegable que aquellas máximas que Jesús tomaba de sus predecesores producen en el Evangelio distinto efecto que en la antigua Ley, en el Pirké Aboth ó en el Talmud. Ni el Talmud ni la antigua Ley han conquistado el mundo ni cambiado su faz. La moral evangélica, poco original por sí misma, si por ello se entiende que podria recomponerse toda entera con máximas mucho más antiguas, no deja de ser por eso la más elevada creacion que haya salido de la conciencia humana, el más hermoso código de la vida perfecta que haya trazado ningun moralista.

Jesús no hablaba contra la Ley mosáica, pero claramente se conoce que la encontraba insuficiente, y á cada paso dejaba traslucir su pensamiento. Repetia sin cesar que era preciso hacer más de lo que habian dicho los antiguos sabios[219]; prohibia la menor palabra áspera ó desabrida[220], así como el divorcio[221] y el juramento[222]; condenaba la pena del talion[223]; vituperaba la usura[224]; conceptuaba el deseo voluptuoso tan criminal como el adulterio[225], y recomendaba, en fin, el perdon universal de las injurias[226]. El motivo en que apoyaba estas máximas de elevada caridad, era siempre el mismo:

«Para que seais hijos de vuestro Padre celestial, el cual hace nacer su sol sobre buenos y malos. Que si no amais sino á los que os aman, ¿qué premio habeis de tener? ¿no lo hacen así áun los publicanos? Y si no saludais á otros que á vuestros hermanos, ¿qué tiene eso de particular? ¿por ventura no hacen esto tambien los paganos? Sed pues vosotros perfectos, así como vuestro Padre celestial es perfecto»[227].

Un culto puro, una religion sin sacerdotes y sin prácticas exteriores, basándose toda ella en los sentimientos del corazon, en la imitacion de Dios[228] y en la comunicacion inmediata de la conciencia con el Padre celestial: tales eran las consecuencias de estos principios. Jesús no retrocedió nunca ante esas atrevidas deducciones que hacian de él un revolucionario de primer órden en el seno del judaismo. ¿Á qué fin establecer intermediarios entre el hombre y su Padre? ¿Á qué fin aquellas purificaciones, aquellas prácticas externas y del todo corporales[229]; siendo así que Dios no ve sino el corazon? La tradicion misma, tan respetable y santa para los judíos, es poca cosa comparada con el sentimiento puro[230]. La hipocresía de los fariseos, que al orar volvian la cabeza para ver si álguien los observaba, que daban sus limosnas ostensiblemente y que ponian en sus vestidos señales para que por ellas los reconociesen como personas piadosas, toda esa mojigatería de la falsa devocion indignaban á Jesús. «En verdad os digo que ya recibieron su recompensa,—decia;—mas tú, cuando des limosna, haz que tu mano izquierda no perciba lo que hace tu derecha, para que tu limosna quede oculta, y tu Padre, que ve lo oculto, te recompensará[231].

»Asimismo cuando orais no habeis de ser como los hipócritas que de propósito se ponen á orar de pié en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos de los hombres: en verdad os digo que ya recibieron su recompensa. Tú, al contrario, cuando hubieres de orar, entra en tu aposento y, cerrada la puerta, ora en secreto á tu Padre, y tu Padre, que ve lo secreto, te premiará. En la oracion no afecteis hablar mucho, como hacen los gentiles, que se imaginan haber de ser oidos á fuerza de palabras; que bien sabe vuestro Padre lo que habeis menester, ántes de pedírselo»[232].

Jesús no afectaba ningun signo exterior de ascetismo, contentándose con orar, ó mejor dicho, con meditar en las montañas, ó en los lugares solitarios, en esos sitios adonde siempre ha ido el hombre á buscar á Dios[233]. Esa elevada nocion de la comunicacion entre el hombre y el Sér divino, de la cual muy pocas almas han sido capaces, áun despues de él, se resumia en la oracion que desde entónces enseñaba á sus discípulos[234]: «Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea el tu nombre; venga el tu reino. Hágase tu voluntad como en el cielo así tambien en la tierra. El pan nuestro de cada dia dánosle hoy. Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos á nuestros deudores. Libranos del mal.» Insistia particularmente sobre el pensamiento de que el Padre celestial sabe mejor que nosotros lo que nos conviene, y de que es casi hacerle una ofensa el pedirle tal ó cual cosa determinada[235].

En esto no hacia Jesús sino deducir las consecuencias de los grandes principios que el judaismo habia poseido y que las clases oficiales de la nacion tendian á desconocer más y más. Las plegarias de los griegos y de los romanos fueron casi siempre una palabrería llena de egoismo. Un alma pagana jamás habria dicho al creyente:

«Si al tiempo de presentar tu ofrenda en el altar, allí te acuerdas que tu hermano tiene alguna queja contra tí; deja allí mismo tu ofrenda delante del altar y vé primero á reconciliarte con tu hermano, y despues volverás á presentar tu ofrenda»[236].

En la antigüedad, únicamente los profetas judíos, y en particular Isaías, por su antipatía contra el sacerdocio, entrevieron la verdadera naturaleza del culto que el hombre debe á Dios.

«¿De qué me sirve á mí la muchedumbre de vuestras víctimas? Ya me tienen fastidiado. Yo no gusto de los holocaustos de carneros, ni de la gordura de los pingües ni de la sangre de los becerros; abomino el incienso, porque vuestras manos tienen sangre. Lavaos, pues, purificaos, aprended á hacer bien, buscad lo que es justo, y entónces venid»[237].

En los últimos tiempos, algunos doctores, tales como Simeon el Justo[238], Jesús, hijo de Sirak[239], é Hillel[240], llegaron casi á la misma doctrina, declarando que la Ley debia compendiarse. En el mundo judeo-egipcio, Filon sustentaba al mismo tiempo que Jesús doctrinas de elevada moral, cuya consecuencia era el abandono de las prácticas legales[241]. Schemaia y Abtalion se mostraron asimismo en más de una ocasion libérrimos casuistas[242]. Rabbi Iohanan iba pronto á elevar las obras de misericordia sobre el estudio de la Ley[243]. Pero sólo Jesús pronunció esas humanitarias máximas de una manera eficaz. Ninguno ha sido tan poco aficionado como Jesús al sacerdocio ni más enemigo de las formas que ahogan la religion so pretexto de protegerla. Bajo el punto de vista de la sencillez de su doctrina, todos somos sus discípulos y continuadores; con ella puso la piedra fundamental de la religion verdadera, y, si la religion es la cosa más esencial de la humanidad, por ella mereció el rango divino que se le ha concedido. La idea de un culto fundado en la pureza del corazon y en la fraternidad humana, idea que Jesús trajo al mundo, era tan absolutamente nueva y de tal modo elevada, que la iglesia cristiana debia sobre este punto desconocer por completo sus intenciones: áun en nuestros dias, sólo algunas almas son capaces de adherirse á ella.

Un sentimiento exquisito de la naturaleza proporcionaba á Jesús á cada instante imágenes expresivas. Sus aforismos revelaban á veces notable finura y hasta eso que nosotros llamamos ingenio; otras, su forma viva se prestaba al oportuno empleo de proverbios populares. «¿Cómo dices á tu hermano: deja que te quite esa pajita del ojo, siendo así que tienes una viga en el tuyo? ¡Hipócrita! quita primero la viga de tu ojo, y entónces podrás sacar la mota del de tu hermano»[244].

Estas lecciones, contenidas largo tiempo en el corazon del jóven maestro, atraian ya á algunos iniciados. El espíritu del tiempo tendia marcadamente á la formacion de pequeñas iglesias: aquélla fué la época de los Esenios ó Terapeutas. Por todas partes aparecian rabinos, cada cual con diferente enseñanza, como Schemaia, Abtalion, Hillel, Schammai, Júdas el Gaulonita, Gamaliel y otros muchos cuyas máximas formaron el Talmud. Pero entónces se escribia poco; los doctores judíos de aquel tiempo no componian libros; todo se reducia á pláticas ó lecciones públicas, á las cuales se daba un giro sencillo á fin de que pudieran retenerse fácilmente en la memoria[245]. El dia en que el jóven carpintero de Nazareth principió á predicar aquellas máximas—conocidas ya en su mayor parte, pero que sin embargo debian regenerar el mundo—nadie lo tuvo por un acontecimiento. Fué un rabino de más dedicado á la enseñanza (pero ciertamente el más embelesador de todos), al rededor del cual se agrupaban algunos jóvenes deseosos de oirle y amantes de la novedad. La atencion de los hombres necesita para ser cautivada el auxilio del tiempo. Allí no habia todavía cristianos; sin embargo, el cristianismo estaba ya fundado y nunca fué tan perfecto como en aquel primer instante. Jesús no le añadirá ya nada que sea permanente. Al contrario, le comprometerá hasta cierto punto, porque toda idea llamada á tener éxito necesita de sacrificios; porque jamás se sale inmaculado de la lucha de la vida.

En efecto, no basta concebir el bien, es preciso popularizarlo, hacérselo admitir á los hombres, y para ello hay que poner la planta en vias ménos puras. Seguramente que el Evangelio sería más perfecto si se limitara á algunos capítulos de Matheo y de Lúcas, y se prestaria ménos á tantas objeciones; pero ¿habria, sin los milagros, conquistado el mundo? Si Jesús hubiera muerto en aquel momento de su carrera, no habria en la historia de su vida ciertas páginas que nos disgustan; pero, aunque más grande á los ojos de Dios, habria permanecido ignorado de los hombres:—su nombre se habria perdido entre la multitud de grandes almas desconocidas, que son casi siempre las mejores de todas; la verdad no habria sido promulgada, y el mundo no se habria aprovechado de la inmensa superioridad moral que su Padre le habia concedido. Jesús, hijo de Sirak, é Hillel, emitieron aforismos casi tan elevados como los de Jesús. Y sin embargo, Hillel no pasará jamás por ser el verdadero fundador del cristianismo. En la moral, así como en el arte, el hablar no conduce á nada; el obrar conduce á todo. La idea que se oculta bajo un cuadro de Rafael significa muy poco; el valor está en el cuadro. Lo mismo sucede en la moral; la verdad no tiene realce hasta que no pasa al estado de sentimiento y no adquiere todo su brillo sino cuando se realiza en el mundo como hecho. Hombres de mediana moralidad han escrito hermosas máximas; de igual manera ha habido hombres muy virtuosos que no han hecho nada por continuar en el mundo la tradicion de la virtud. El lauro pertenece, pues, al que ha sido poderoso en palabras y obras, al que, sintiendo el bien, le hizo triunfar sellándole con su sangre. Jesús no tiene rival bajo este doble punto de vista; su gloria permanece entera y será renovada constantemente.

CAPÍTULO VI

JUAN BAUTISTA — VIAJE DE JESÚS HÁCIA JUAN Y SU PERMANENCIA EN EL DESIERTO DE JUDEA — ADOPTA EL BAUTISMO DE JUAN

Por aquel tiempo apareció y se halló en relacion con Jesús un hombre extraordinario, cuya vida, á causa de la escasez de documentos, es para nosotros enigmática hasta cierto punto. Aquellas relaciones tendieron en un principio á separar al jóven profeta de Nazareth del camino que habia adoptado; pero tambien le sugirieron la idea de varios accesorios importantes de su institucion religiosa, y proporcionaron á sus discípulos gran autoridad para recomendar á su maestro á los ojos de cierta clase de judíos.

Hácia el año 28 de nuestra era (décimoquinto del reinado de Tiberio) se extendió por toda Palestina la reputacion de un tal Iohanan ó Juan, jóven asceta impetuoso y apasionado. Juan era de raza sacerdotal[246], y á lo que parece habia nacido en Jutta, cerca de Hebron, ó acaso en Hebron mismo[247]. Situada en las inmediaciones del desierto de Judea y á algunas horas del gran desierto de Arabia, Hebron era entónces la ciudad patriarcal por excelencia, y como hoy, uno de los baluartes del espíritu semítico en su más austera forma. Juan fué nazir desde su infancia, esto es, que habia hecho voto de someterse á ciertas abstinencias[248]. Desde muy temprano, el desierto, de que en cierto modo se hallaba rodeado, ejerció sobre él poderosa atraccion[249]. Vestido de pieles ó de telas groseras tejidas con pelos de camello, hacia allí la vida de un yogui de la India, alimentándose de langostas y de miel silvestre[250]. Cierto número de discípulos, agrupados en torno suyo, participaban de su género de vida y meditaban sus máximas severas. Si algunos rasgos particulares no hubiesen denunciado en aquel solitario al último descendiente de los grandes profetas de Israel, se habria uno creido trasportado á las orillas del Gánges.

Desde que la nacion judáica se puso á reflexionar con desesperado empeño sobre su futuro destino, la imaginacion del pueblo se complacia en evocar las figuras de los antiguos profetas. De todos los personajes del pasado, cuyo recuerdo venía, como las visiones de una noche agitada, á despertar y conmover al pueblo, el más grande era el profeta Elías. Aquel gigante de los profetas, que vivió entre las asperezas del monte Carmelo, teniendo por toda compañía la vecindad de las bestias feroces y habitando en las concavidades de las rocas, de donde salia como el rayo para hundir y levantar reyes, se habia convertido por una serie de trasformaciones sucesivas en una especie de sér sobrehumano, unas veces visible, otras invisible, á quien la muerte respetaba. Creíase generalmente que Elías iba á venir de nuevo á fin de restaurar á Israel[251]. La vida austera que habia hecho en el desierto, los recuerdos terribles que habia dejado, recuerdos, bajo cuya impresion vive todavía el Oriente[252]; aquella sombría imágen que áun en nuestros tiempos atemoriza; toda esa mitología, llena de venganza y de terrores, influia vivamente en los ánimos y marcaba con su sello todas las concepciones populares. Cualquiera que aspiraba á ejercer grande influencia sobre el pueblo debia imitar á Elías; y como la vida solitaria habia sido el rasgo característico de aquel profeta, habíase adquirido la costumbre de no considerar al «hombre de Dios» sino como un eremita. Creíase que todos los santos personajes habian tenido sus dias de penitencia, de vida agreste, de ásperas austeridades[253]. La permanencia en el desierto llegó á ser de este modo la condicion indispensable y el preludio de altos destinos.

Es indudable que esta idea de imitacion influyó muchísimo en Juan[254]. La vida anacorética, tan opuesta al antiguo espíritu judáico y con la cual nada tenian que ver los votos semejantes á los de los nazires y rechabitas, alcanzaba gran boga en Judea. Los Esenios ó Terapeutas se hallaban agrupados cerca del país de Juan, sobre las márgenes orientales del mar Muerto[255]. Imaginábase todo el mundo que los jefes de secta debian ser eremitas ó solitarios y tener sus reglas é institutos propios como los fundadores de órdenes religiosas. Los maestros de la juventud eran tambien en ocasiones una especie de anacoretas[256] bastante parecidos á los gurus del brahmanismo. ¿Se dejaba quizás sentir en esto la influencia más ó ménos remota de los munis de la India? ¿Habian llegado hasta Judea, como llegaron indudablemente á Siria ó Babilonia, algunos de aquellos vagabundos frailes budistas que recorrian la tierra en todas direcciones predicando con su exterior edificante y convirtiendo á personas que ni siquiera sabian su lengua, así como la recorrieron despues los primeros franciscanos? Se ignora por completo. Desde hacia algun tiempo, Babilonia habia llegado á ser un verdadero foco de budismo; Budasp (Bodhisattva) tenía reputacion de ser un sabio caldeo y se le consideraba como el fundador del sabismo. Y ¿qué era el sabismo en sí? Lo que indica su etimología[257]; el baptismo, es decir, la religion de los bautismos multiplicados, el orígen de la secta que todavía existe con el nombre de «cristianos de San Juan» ó mendaistas, y á los cuales llaman los árabes el-mogtasila, esto es, «los baptistas»[258]. No es empresa fácil desembrollar estas vagas analogías. Las sectas que en los primeros siglos de nuestra era[259] flotaban, allende el Jordan, entre el judaismo, el sabismo y el cristianismo, ofrecen á la crítica, á causa de la confusion de las noticias, el más singular é inextricable problema. De todos modos, puede admitirse que várias de las prácticas exteriores de Juan, de los Esenios[260], y de los preceptores espirituales judíos de aquella época, procedian de una influencia reciente del alto Oriente. La práctica fundamental que caracterizaba la secta de Juan, y que sin duda motivó su nombre, tuvo siempre su centro en la baja Caldea, constituyendo una religion que se ha perpetuado hasta nuestros dias.

Aquella práctica era el bautismo ó la inmersion total. Las abluciones estaban ya en uso entre los judíos como en todas las religiones de Oriente[261]. Los Esenios le habian dado una extension particular. El bautismo habia llegado á ser una ceremonia ordinaria al ingresar los prosélitos en el seno de la religion judía; una especie de iniciacion[262]. Sin embargo, ántes de nuestro Bautista no se habia dado á la inmersion aquella importancia ni aquella forma. Juan habia fijado el centro de su actividad en la parte del desierto de Judea próxima al mar Muerto[263]. En las épocas en que administraba el bautismo, se trasladaba á las márgenes del Jordan[264], cerca de Bethania ó Bethabara[265], sobre la orilla oriental (probablemente frente á Jericó), ó bien al sitio llamado Ænon ó «las Fuentes»[266], no léjos de Salim, donde el agua era mucho más abundante[267]. Considerable muchedumbre, en particular de la tribu de Judá, corria hácia aquel paraje para recibir el bautismo[268] de manos del anacoreta. Y tanto creció su fama, que en pocos meses llegó á ser uno de los hombres más influyentes de la Judea.

El pueblo le consideraba como un profeta[269], y várias personas se imaginaban que era Elías resucitado[270]. La creencia en tales resurrecciones era muy general[271]: creíase que Dios haria salir de sus sepulcros á varios de los antiguos profetas para que sirvieran de guía al pueblo de Israel y le condujeran hácia su destino. Otros tomaban á Juan por el Mesías mismo, sin embargo de que él no manifestó nunca semejante pretension[272]. Los sacerdotes y los escribas, opuestos á aquel renacimiento de profetismo, y siempre enemigos de las almas entusiastas, despreciaban al rígido eremita. Pero la popularidad del Bautista les imponia respeto y no se atrevian á hablar en contra de él[273], lo cual era una victoria que el sentimiento de la muchedumbre alcanzaba sobre la aristocracia sacerdotal. Cuando se obligaba á los jefes de los sacerdotes á que se explicáran claramente sobre este punto, no sabian cómo hacerlo[274].

Pero el bautismo no era para Juan sino un signo destinado á causar impresion y á preparar los ánimos á algun gran movimiento. Es indudable que abrigaba en alto grado las esperanzas mesiánicas y que su accion principal se dirigia en este sentido. «Haced penitencia, exclamaba, porque se aproxima el reino de Dios»[275]. Anunciaba tambien una «cólera suprema», esto es, terribles catástrofes que habrian de realizarse[276], y declaraba que el hacha amenazaba ya la raíz del árbol, el cual no tardaria en ser arrojado al fuego. Juan representaba á su Mesías con una criba en la mano recogiendo el buen grano y arrojando la paja á las llamas. Para el Bautista, la penitencia, cuya forma consistia en el bautismo, la limosna y la enmienda de las costumbres[277], eran los grandes medios de prepararse á los acontecimientos que se hallaban próximos. No se sabe exactamente de qué manera comprendia él esos acontecimientos; pero está fuera de duda que predicaba con grande energía contra los mismos adversarios de Jesús, tales como los fariseos, los sacerdotes ricos, los doctores, en una palabra, contra el judaismo oficial; y que, así como á Jesús, le acogian favorablemente las clases menospreciadas[278]. El anacoreta de Judea daba poquísima importancia al título de hijo de Abraham, y decia que Dios podia convertir en hijos de Abraham los guijarros del camino[279]. La grande idea de una religion pura, idea que fué el triunfo de Jesús, no parece haberla poseido ni áun en gérmen; pero sustituyendo el rito privado á las ceremonias legales rodeadas de sacerdotes, sirvió de poderoso auxiliar á aquella idea, así como los Flagelantes de la edad media, arrebatando el monopolio de los sacramentos y de la absolucion al clero oficial, sirvieron de precursores á la Reforma. El tono general de los sermones del Bautista era severo y áspero. Las expresiones que usaba contra sus adversarios tenian, á lo que parece, el sello de extremada violencia[280]. Sus discursos eran una ruda y contínua invectiva. Probablemente no permaneció ajeno á la política; Josefo, que sin duda tuvo de él ámplias noticias por medio de su maestro Banú, lo deja traslucir á medias palabras[281], y así lo hace tambien suponer la catástrofe que puso fin á sus dias. Sus discípulos hacian una vida muy austera[282], ayunaban frecuentemente y afectaban un aire triste y receloso. Vése por momentos asomar en aquel grupo la idea de la comunidad de bienes y la de que el rico debe repartir lo que posee[283]. El pobre aparece ya figurando en primera línea entre los que el reino de Dios debe colmar de beneficios.

Aunque la Judea era el centro de accion de Juan, la fama de su nombre llegó pronto á oidos de Jesús, el cual habia ya formado en torno suyo un pequeño círculo de oyentes, atraidos por sus primeros discursos. Jesús, no gozando todavía de mucha autoridad, y aguijado, sin duda, por el deseo de ver á un maestro cuya enseñanza tenía tantos puntos de contacto con sus propias ideas, salió de Galilea con su reducida escuela y se dirigió hácia Juan[284]. Los recien llegados se hicieron bautizar, como todo el mundo. Juan acogió bastante bien á aquel enjambre de discípulos galileos y no le pesó que formasen en distintas filas que los suyos. Los dos maestros eran jóvenes, y entre ellos habia muchas ideas comunes; así es que no tardaron en amarse, dándose públicamente repetidas muestras de deferencia y aprecio recíprocos. Semejante hecho sorprende á primera vista, y casi está uno por negarle, si se tiene en cuenta el carácter de Juan. La humildad no fué nunca en el pueblo judío el rasgo característico de las almas fuertes, y parece más probable que aquella voluntad de bronce, aquella especie de Lamennais siempre irritado, fuese en extremo colérico, y no sufriese ni rivalidad ni semi-adhesion. Pero esta manera de concebir las cosas estriba en la falsa idea que se tiene respecto á Juan. Ordinariamente nos le representamos como un anciano, cuando, por el contrario, era de la misma edad de Jesús[285] y muy jóven, segun las ideas de la época. En el órden espiritual, no fué el padre de Jesús, sino más bien su hermano. Esto supuesto, ¿qué tiene de particular que siendo los dos jóvenes entusiastas, y abrigando las mismas esperanzas, hicieran causa comun y se apoyaran recíprocamente? Un maestro encanecido en la enseñanza de su doctrina se habria indudablemente indignado al ver que un jóven sin celebridad se llegaba á él con pretensiones de independencia: no hay ejemplo de que un jefe de escuela acoja con oficiosidad y cariño al que ha de sucederle. Pero la juventud es capaz de todas las abnegaciones, y se comprende que Juan, reconociendo en Jesús un espíritu semejante al suyo, le acogiera sin ninguna prevencion. Aquellas buenas relaciones sirvieron despues á los evangelistas de punto de partida para desarrollar todo un sistema que consistió en dar por primera base á la mision divina de Jesús el testimonio de Juan. Tal era el grado de autoridad que supo conquistar el Bautista, que ninguna garantía pareció tan eficaz y á propósito como la suya. Pero el anacoreta de Judea estuvo muy léjos de abdicar ante Jesús; por el contrario, miéntras permaneció junto á él, Jesús le reconoció como superior y no desarrolló su propio genio sino muy tímidamente.

En efecto, no obstante su profunda originalidad, Jesús parece haber sido el imitador de Juan, al ménos durante algunas semanas. Su vida era todavía oscura en comparacion de la del Bautista. Además, en el curso de su carrera, Jesús no dejó de plegarse muchas veces á la corriente de la opinion, admitiendo algunas cosas que no entraban en sus proyectos, sólo porque eran populares; pero esos accesorios no perjudicaron nunca á su idea principal, y estuvieron siempre subordinados á ella. Gracias á Juan, el bautismo habia llegado á obtener gran boga; Jesús se creyó obligado á adoptarle; él y sus discípulos bautizaron tambien desde entónces[286], y sin duda acompañaban el bautismo de predicaciones parecidas á las de Juan. Así es que las orillas del Jordan se cubrieron por doquiera de Baptistas, cuyos discursos alcanzaban más ó ménos éxito. No tardó el discípulo en igualar al maestro, siendo muy solicitado su bautismo. Un sentimiento de rivalidad ó de celos se despertó entónces entre los partidarios del anacoreta de Judea y del profeta de Nazareth[287]; los discípulos de Juan se le quejaron del éxito creciente del jóven galileo, cuyo bautismo iba muy pronto, segun decian, á oscurecer el suyo; pero semejantes pequeñeces no ejercieron ninguna influencia en el ánimo de los dos maestros. Por otra parte, la superioridad de Juan era demasiado incontestable á los ojos de Jesús, apénas conocido, para que tratase de combatirla. Deseaba únicamente crecer á su sombra, y á fin de ganar terreno entre la muchedumbre, se creia obligado á emplear los medios exteriores que dieron á Juan tan asombrosa fama. Cuando, despues de la prision del Baptista, volvió Jesús á reanudar sus predicaciones, las primeras palabras que se le atribuyen no son sino la repeticion de una de las frases que tan familiares eran á aquél[288]. Otras muchas expresiones de Juan se encuentran textualmente en sus discursos[289]. Á lo que parece, las dos escuelas vivieron en buena inteligencia durante mucho tiempo[290], y al ocurrir la muerte de Juan, Jesús, como hermano confidente, fué uno de los primeros á quienes se notició aquel acontecimiento[291].

Juan fué bien pronto detenido en su carrera profética. De igual modo que los antiguos profetas judíos, dirigió frecuentemente filípicas terribles contra los poderes establecidos[292]. La vivacidad y acritud de sus palabras á este respecto, no podia ménos de ocasionarle graves inconvenientes. En Judea, Juan no parece haber sido molestado por el procurador Pilato; pero la Perea, al otro lado del Jordan, confinaba con el territorio de Antipas, y el gérmen político que ocultaban las predicaciones de Juan inquietó á aquel tirano. Las grandes reuniones de hombres que el entusiasmo religioso y patriótico formaba al rededor del Bautista tenian algo de sospechoso. Un agravio personal vino á añadirse á aquellas razones de estado, haciendo inevitable la pérdida del austero censor.

Entre los caractéres más fuertemente acentuados de aquella trágica familia de los Heródes, uno de ellos era Herodías, nieta de Heródes el Grande. Violenta, ambiciosa y apasionada, Herodías aborrecia el judaismo y despreciaba sus leyes. Habíase casado, probablemente contra su voluntad, con su tio Heródes, hijo de Mariamno[293], á quien Heródes el Grande habia desheredado[294] y el cual no desempeñó nunca ningun papel público. La posicion humilde de su marido, respecto á los otros miembros de la familia, era para ella motivo de profundo disgusto; Herodías queria ser soberana á todo trance[295], é hizo de Antipas el instrumento de su ambicion. Hallándose perdidamente enamorado de ella, aquel hombre débil y sin carácter la prometió tomarla por esposa, despues de repudiar á su primera mujer, la hija de Hareth, rey de Petra y emir de las tribus fronterizas de la Perea. La princesa árabe llegó á tener noticia del proyecto y determinó huir: disimulando su designio, fingió un viaje á Machero, punto situado en las tierras de su padre, y se hizo acompañar por los oficiales de Antipas[296].

Makor ó Machero era una fortaleza colosal, construida por Alejandro Janeo, y restaurada despues por Heródes, la cual se alzaba en uno de los sitios más escarpados de cuantos existen en la parte oriental del mar Muerto[297]. Era aquél un país áspero, salvaje, poblado de extravagantes leyendas y, segun la creencia general, frecuentado por los demonios[298]. La fortaleza estaba justamente en el límite de los estados de Hareth y de Antipas, y en aquel momento se hallaba en posesion del primero[299]. Advertido Hareth, habia preparado cuanto era indispensable á la fuga de su hija, la cual fué, de tribu en tribu, conducida hasta Petra.

Entónces tuvo lugar la union, casi incestuosa, de Antipas y de Herodías[300]. Entre los judíos severos y la irreligiosa familia de los Heródes, las leyes judáicas sobre el matrimonio eran incesantemente una piedra de escándalo[301]. Hallándose los miembros de aquella numerosa, pero aislada, dinastía reducidos á casarse entre ellos, resultaban de aquí frecuentes violaciones de los impedimentos que la ley establecia. Juan se hizo el eco del sentimiento general y censuró enérgicamente la conducta de Antipas[302]. No se necesitaba tanto para atizar el ódio de aquél y decidirle á tomar medidas violentas: mandó prender al Bautista y ordenó que se le encerrase en la fortaleza de Machero, de la cual se habia, sin duda, apoderado despues de la fuga de la hija de Hareth[303].

Antipas, más débil y cobarde que cruel, no deseaba la muerte de Juan, porque, segun algunos, temia que produjese una sedicion popular[304]. Otros aseguran[305] que habia llegado á escuchar con placer las doctrinas del prisionero, y que las palabras de éste habian sido para él motivos de grandes perplejidades. Sea como fuere, lo cierto es que el cautiverio de Juan se prolongó, y que áun desde el fondo de su encierro traspiraba su influjo al exterior. No sólo se hallaba en correspondencia con sus discípulos, sino que volverémos á encontrarle en relacion con el mismo Jesús. Afirmóse más y más su fe en la próxima venida del Mesías, y desde su calabozo seguia atentamente los movimientos exteriores, tratando de descubrir en ellos los signos favorables al cumplimiento de las esperanzas que alimentaba.

CAPÍTULO VII

DESARROLLO DE LAS IDEAS DE JESÚS SOBRE EL REINO DE DIOS

Hasta el arresto de Juan, que aproximadamente le hacemos constar en el verano del año 29, Jesús no se separó de las cercanías del mar Muerto y del Jordan. La permanencia en el desierto de Judea era generalmente considerada como el preparativo de grandes acontecimientos, como una especie de «retiro» que precedia á los actos públicos. Jesús, á ejemplo de los demás, se sometió á él, pasando cuarenta dias sin otra compañía que la de las fieras y ayunando rigurosamente. La imaginacion de los discípulos se ejercitó muchísimo respecto á aquel retiro.

El desierto, segun las creencias vulgares, era considerado como la residencia de los diablos[306].

Pocos sitios existen en el mundo más desiertos, más abandonados de Dios, más inaccesibles á la vida que la cascajosa falda que forma la orilla occidental del mar Muerto. Así pues, créese, que durante el tiempo que Jesús permaneció en aquel horroroso país sufrió terribles pruebas; que Satanás le aterrorizó con su falsa apariencia ó que le acarició con embriagadoras promesas, y que despues los ángeles, para premiarle por su triunfo, habian venido en su ayuda[307].

Probablemente al abandonar el desierto fué cuando Jesús supo el arresto de Juan Bautista.

No existian ya motivos para prolongar su permanencia en un país que le era casi extraño. Quizás temia tambien verse envuelto en las sospechas que se desplegaban acerca de Juan, y no queria exponerse en un tiempo en que su muerte no hubiera podido servir de nada al progreso de sus ideas, en vista de la poca celebridad que gozaba. Volvió á Galilea[308], su verdadera patria, fortalecido por una importante experiencia y habiendo adquirido con el contacto de un gran hombre, muy diferente á él, el sentimiento de su propia originalidad.

En suma, la influencia de Juan más bien habia sido desagradable que útil á Jesús. Fué un dique para su desarrollo: todo conduce á creer que tenía, cuando descendió al Jordan, ideas superiores á las de Juan, y que por una especie de concesion se inclinó por un momento hácia el bautismo.

Quizás si el Bautista, á cuya autoridad le hubiera sido difícil sustraerse, hubiese permanecido libre, no rechazara el yugo de los ritos y de las prácticas exteriores, y entónces sin duda hubiera permanecido un oscuro sectario judío, porque el mundo no hubiera abandonado sus prácticas por otras nuevas.

El cristianismo sedujo las almas elevadas por el atractivo de una religion exenta de toda forma exterior. Una vez preso el Bautista, su escuela disminuyó bastante, y Jesús cedió á su propio movimiento. Lo único que debió á Juan fué, en parte, algunas lecciones de predicacion y de accion popular. En efecto, desde este momento predica con más ardor, imponiéndose á la muchedumbre con autoridad[309].

Tambien parece que su permanencia al lado de Juan, no tanto por la accion del Bautista como por la marcha natural de sus propios pensamientos, corroboró mucho sus ideas sobre «el reino del cielo.» Su palabra favorita desde entónces es la «buena nueva», el anuncio que el reino de Dios está cercano[310]. Jesús no será solamente un moralista ingenioso, aspirando á encerrar en algunos aforismos cortos y conmovedores lecciones sublimes; es el revolucionario trascendental, que ensaya regenerar el mundo por sus mismas bases y poner en práctica sobre la tierra el ideal que ha concebido. «Esperar el reino de Dios» será sinónimo de ser discípulo de Jesús[311]. Esta frase de «reino de Dios» ó «reino del cielo», como ya lo hemos dicho, era familiar á los judíos hacia mucho tiempo. Pero Jesús la dió un sentido moral, una importancia social que el mismo autor del Libro de Daniel no se atrevió á entrever en su entusiasmo apocalíptico.

En el mundo, tal como es, el mal impera. Satanás es «el rey de este mundo»[312], y todo le obedece. Los reyes matan á los profetas. Los sacerdotes y los doctores no ejecutan siempre lo que mandan hacer á los otros. Los justos son perseguidos, y el único patrimonio de los buenos es llorar. El «mundo» es así el enemigo de Dios y de sus santos[313]; pero Dios se despertará y vengará á los suyos. El dia se acerca, porque la abominacion llega á su término. Al reino del bien le tocará su vez.

El advenimiento de ese reino del bien será una grande y súbita revolucion. El mundo parecerá trasformado: siendo malo el estado actual, para representarse el porvenir, basta sólo con idear, poco más ó ménos, lo contrario de lo que existe. Los primeros serán los últimos[314]. Un nuevo órden regirá á la humanidad. Al presente el bien y el mal están mezclados como la miés y la cizaña en un campo. Su dueño los deja crecer á la vez; pero la hora de la separacion violenta llegará[315]. El reino de Dios será como una gran redada, que juntos trae el pescado bueno y malo: el bueno se deposita en los cestos, desembarazándose del resto[316].

El gérmen de esa gran revolucion será desde luégo desconocido. Será como la simiente de la mostaza, la más pequeña de las simientes, pero que una vez arrojada en tierra, se convierte en árbol, á la sombra de cuyas hojas vienen los pájaros á descansar[317]; ó bien como la levadura, que unida á la masa, hace que toda fermente[318]. Una serie de parábolas, muchas veces oscuras, estaba destinada á manifestar la sorpresa de ese súbito advenimiento, sus injusticias aparentes, su carácter inevitable y definitivo[319].

¿Quién será el que establezca ese reino de Dios? Recordemos que la primera idea de Jesús, idea tan profunda en él, que probablemente no reconoció ningun orígen, fué que él era el hijo de Dios, el íntimo de su padre, el ejecutor de su voluntad. La respuesta de Jesús á tal cuestion no podia ser dudosa. La persuasion de que él haria reinar á Dios se apoderó de su espíritu; se consideró como el reformador universal de una manera absoluta. El cielo, la tierra, la naturaleza en todas sus partes, la locura, la enfermedad y la muerte sólo son instrumentos para él. En su heróico acceso de voluntad, se cree todopoderoso. Si el mundo no se aviene á esta suprema transformacion, el mundo será pulverizado, purificado por la llama y el aliento de Dios. Se creará un nuevo cielo, y el mundo entero será poblado de ángeles del Señor[320].

Una revolucion radical[321], abarcando hasta la misma naturaleza, tal fué, pues, el pensamiento fundamental de Jesús. Desde entónces, sin duda, habia renunciado á la política; el ejemplo de Júdas el Gaulonita le habia demostrado la inutilidad de las sediciones populares. Jamás pensó en sublevarse contra los romanos y los tetrarcas. El principio anárquico y desenfrenado del Gaulonita no era el suyo. Su respeto á los poderes establecidos, sarcástico en el fondo, era completo en la forma. Pagaba el tributo al César por no llamar la atencion. La libertad y el derecho no son de este mundo: ¿por qué, pues, turbar su vida por vanas susceptibilidades?

Despreciando el mundo y convencido de que el presente no merece que se tenga zozobra por él, se refugió en su reino ideal: fundó esa gran doctrina del desprecio trascendente[322], verdadera doctrina de la libertad de las almas, que es la sola que proporciona la paz. Pero aún no habia dicho: «Mi reino no es de este mundo.» Numerosas tinieblas se presentaban á sus más rectas miras. Algunas veces extrañas tentaciones cruzaban por su mente. En el desierto de Judea, Satanás le habia brindado con el reino de la tierra. No conociendo el poder del imperio romano, podia, con el fondo de entusiasmo que existia en Judea y que poco tiempo despues vino á convertirse en una terrible resistencia militar; podia, deciamos, abrigar la esperanza de fundar un reino por la audacia y el número de sus partidarios. Muchas veces, quizás, asaltó su imaginacion la cuestion suprema: ¿El reino de Dios se realizará por la fuerza ó por la dulzura, por la rebelion ó por la paciencia? Cuentan que un dia las sencillas gentes de Galilea quisieron levantarle y hacerle rey[323].

Jesús huyó á la montaña, donde permaneció algun tiempo solo. Su privilegiada naturaleza le preservó del error que hubiera hecho de él un perturbador ó un jefe de rebeldes, un Theudas ó un Barkokebas.

La revolucion que quiso hacer fué siempre una revolucion moral; pero para ello, no era llegado el caso de emplear en su ejecucion los ángeles y la trompeta final. Queria proceder sobre los hombres y por los mismos hombres. Un visionario que no hubiera tenido otra idea que la proximidad del juicio final, no se habria cuidado de mejorar al hombre y no habria podido fundar la mejor enseñanza moral que la humanidad ha recibido. Por su pensamiento cruzaba bastante de vago, y un sentimiento noble, más bien que un designio determinado, le guiaba en la obra sublime realizada á causa de él, aunque de otra manera bien diferente á la que él se imaginaba.

Ciertamente que era el reino de Dios, quiero decir el reino del espíritu, el que fundaba en efecto; y si Jesús, desde el seno de su Padre, ve fructificar su obra en la historia, puede decir en verdad: Hé ahí lo que yo he querido. Lo que Jesús fundó, lo que eternamente quedará de él, salvo las imperfecciones que lleva consigo toda cosa realizada por la humanidad, es la doctrina de la libertad de las almas. Ya la Grecia habia tenido acerca de esto magníficos pensamientos[324]. Diferentes estóicos habian hallado el medio de ser libres bajo la dominacion de un tirano. Pero, en general, el mundo antiguo se habia figurado la libertad como sujeta á ciertas formas políticas: los más libres se llamaban Harmodio y Aristógiton, Bruto y Casio. El verdadero cristiano está más libre de toda traba: aquí abajo es un desterrado: ¿qué le importa el dueño pasajero de esta tierra, que no es su patria? La libertad para él es la verdad[325]. Jesús no conocia bastante la historia para comprender cuán á tiempo llegaba semejante doctrina, en un momento en que la libertad republicana espiraba y en que las pequeñas constituciones municipales de la antigüedad fallecian bajo la unidad del imperio romano. Pero su admirable buen sentido y el instinto verdaderamente profético que tenía de su mision, le guiaron en esto con admirable seguridad. Por esta frase: «Dad al César lo que es del César y á Dios lo que es de Dios», creó una cosa extraña á la política, un refugio para las almas en medio del imperio de la fuerza bruta. Seguramente que tal doctrina tenía sus peligros. Establecer en principio que la señal para reconocer el poder legítimo es mirar la moneda, proclamar que el hombre perfecto paga el impuesto por desprecio y sin discutir, era destruir la república á la manera antigua y favorecer todas las tiranías. El cristianismo, en este sentido, ha contribuido no poco á debilitar el sentimiento de los deberes del ciudadano y á exponer al mundo al poder absoluto de los hechos consumados. Pero al constituir una numerosa asociacion libre, que durante trescientos años supo vivir sin política, el cristianismo compensó ámpliamente el perjuicio que ocasionara á las virtudes cívicas. El poder del Estado quedó reducido á las cosas de la tierra; libertó el espíritu, ó al ménos la terrible segur de la omnipotencia romana quedó rota para siempre.

Sobre todo, el hombre que se halla preocupado con los deberes de la vida pública, no dispensa á los otros que pongan de su parte algo por cima de las querellas de partido. Condena sobremanera á los que subordinan á las cuestiones sociales las políticas, y siente por éstas una especie de indiferencia; y en un sentido tiene razon, porque toda direccion exclusiva es perjudicial al buen gobierno de las cosas humanas. Pero los partidos, ¿qué progreso han hecho experimentar á la moralidad general de nuestra especie? Si Jesús, en lugar de fundar su reino celeste, hubiera ido á Roma á conspirar contra Tiberio, ó á echar de ménos á Germánico, ¿en qué hubiera venido á parar el mundo? Republicano austero, patriota celoso, no hubiera detenido el gran curso de los negocios de su siglo, miéntras que, declarando insignificante la política, reveló al mundo esta verdad: que la patria no es el todo, y que el hombre es anterior y superior al ciudadano.

Nuestros principios de la ciencia positiva se dan por agraviados de la parte de ensueños que encerraba el programa de Jesús. Nosotros conocemos la historia del globo; las revoluciones cósmicas como la que esperaba Jesús no se producen sino por causas geológicas ó astronómicas, de las que no se ha podido jamás probar el vínculo con las cosas morales. Pero para ser justo con los grandes seres, no es preciso examinar minuciosamente las preocupaciones de que han podido participar. Colon descubrió la América partiendo de ideas sumamente erróneas; Newton creia su loca explicacion del Apocalípsis tan cierta como su sistema acerca del mundo. ¿Podrán colocar una mediana capacidad por cima de un Francisco de Asís, de un San Bernardo, de una Juana de Arco, de un Lutero, por hallarse exenta de los errores que éstos profesaron? ¿Se querrá medir á los hombres por la rectitud de sus ideas en física y por el conocimiento más ó ménos exacto que poseen del verdadero sistema del mundo? Comprendamos mejor la posicion de Jesús y lo que fué causa de su poder. El deismo del siglo diez y ocho y un cierto protestantismo, nos han acostumbrado á considerar al fundador de la fe cristiana como un gran moralista, un bienhechor de la humanidad. No vemos en el evangelio sino buenas máximas, y corremos un prudente velo sobre el extraño estado intelectual donde tuvo orígen. Tambien hay personas que sienten que la revolucion francesa se separase más de una vez de los principios y que no fuese realizada por hombres sabios y prudentes. No impongamos nuestros pequeños programas de hombres comunes y sensatos á esos extraordinarios movimientos tan elevados que están muy por cima de nuestra talla. Continuemos admirando «la moral del evangelio»; suprimamos en nuestras enseñanzas religiosas la quimera que le dió el sér; pero no creamos que con las simples ideas de dicha y de moralidad individual se conmueve el mundo. La idea de Jesús fué más profunda; fué la idea más revolucionaria que jamás pudo concebir cerebro humano; debe considerarse en general, y no con esas débiles supresiones que justamente aminoran lo que la ha hecho eficaz para la regeneracion de la humanidad.

En el fondo, lo ideal es siempre una utopia. Cuando pretendemos hoy dia representar el Cristo de la nueva conciencia, el consolador, el juez de los tiempos modernos, ¿qué es lo que hacemos? Lo mismo que hizo Jesús hace mil ochocientos treinta años. Suponemos las condiciones del mundo real muy diferentes de las que son; representamos un libertador moral rompiendo sin armas las cadenas del esclavo, aliviando la condicion del proletario, librando las naciones oprimidas. No olvidemos que esto es suponer el mundo trocado, modificados los climas de la Virginia y el Congo, cambiada la sangre y la raza de millones de hombres, nuestras complicaciones sociales llevadas á una sencillez quimérica, las estratificaciones políticas de la Europa separadas del órden natural. La «reforma de todas las cosas»[326] que Jesús queria no era más difícil. Ese mundo nuevo, ese cielo nuevo, esa Jerusalen nueva que baja del cielo; este grito: «¡Hé aquí que renuevo todas las cosas!»[327] son rasgos comunes á todos los reformadores. Siempre el contraste que resulta de lo ideal con la triste realidad producirá en la humanidad esas resistencias contra la fria razon que las inteligencias limitadas tratan de locura, hasta el dia en que triunfan y en que los mismos que las han combatido son los primeros en reconocer su poderosa razon de ser.

No se tratará de negar que existió una contradiccion entre la creencia de un próximo fin del mundo y la moral habitual de Jesús, concebida en vista de un estado sólido de la humanidad, bastante análogo al que en efecto existe[328]. Esa contradiccion fué justamente la que consolidó la fortuna de su obra. El milenario sólo no hubiera hecho nada durable; el moralista aislado no hubiera hecho nada robusto. El milenarismo dió el impulso; la moral aseguró el porvenir. Así, pues, el cristianismo reunió las dos condiciones de éxito completo en este mundo, un punto de partida revolucionario y la posibilidad de existir. Todo lo que se hace para lograr un éxito seguro debe corresponder á esas dos necesidades; porque el mundo quiere á la vez variar y durar. Jesús, al mismo tiempo que anunciaba un trastorno sin igual en las cosas humanas, proclamaba los principios, sobre los cuales reposa la sociedad hace mil ochocientos años.

Lo que en efecto distingue á Jesús de los agitadores, no sólo de su tiempo, sino de los de todos los siglos, es su perfecto idealismo. Jesús, hasta cierto punto, es un anarquista, porque no tiene idea alguna del gobierno civil. Este gobierno le parece pura y sencillamente un abuso. Habla de él en términos vagos y como una persona del pueblo que no tiene ninguna nocion de la política. Todo magistrado le parece un enemigo de los hombres de Dios; anuncia á sus discípulos que tendrán altercados con los agentes de la fuerza pública, sin pensar ni por asomo que por ello habria por qué abochornarse[329]. Pero nunca la idea de sustituirse á los fuertes y ricos se apodera de él. Quiere confundir la riqueza y el poder, pero no apoderarse de ellos. Predice á sus discípulos persecuciones y suplicios[330]; pero ni una vez siquiera deja entrever el pensamiento de una resistencia violenta. La idea de ser todopoderoso por el sufrimiento, y de que se triunfa de la fuerza por la pureza del corazon, es ciertamente una idea propia de Jesús. Jesús no es un espiritualista, porque todo conduce en él á una palpable realidad; no tiene ni la más ligera nocion de un alma separada del cuerpo. Pero es un completo idealista; la materia sólo es para él la señal de la idea, y lo real la expresion cierta de aquello que no se ve.

¿Á quién dirigirse, con quién poder contar para fundar el reino de Dios? El pensamiento de Jesús no vaciló en esto jamás. Lo que para los hombres es elevado, es abominable á los ojos de Dios[331]. Los fundadores del reino de Dios serán los cándidos. No los ricos, ni los doctores, ni los sacerdotes; sí las mujeres, los hombres del pueblo, los humildes, los niños[332]. La gran señal del Mesías es «la buena nueva» anunciada á los pobres[333]. La naturaleza idílica y dulce de Jesús se prestaba á ello maravillosamente. Su ensueño consistia en una revolucion social en que los rangos serán invertidos, quedando humillado cuanto en este mundo es oficial y grande. El mundo no le creerá; el mundo le condenará á muerte. Pero sus discípulos no pertenecerán al mundo[334]; ellos formarán un pequeño rebaño de humildes y sencillos; rebaño que por su mansedumbre llegará á conseguir el triunfo. El sentimiento que ha hecho del «mundano» la antítesis del «cristiano» tiene en las ideas del maestro plena justificacion[335].

CAPÍTULO VIII

JESÚS EN CAPHARNAHUM

Poseido de una idea cada vez más imperiosa y exclusiva, Jesús marchará en adelante con una especie de impasibilidad fatal por la senda que su admirable genio y las circunstancias extraordinarias en que vivia le trazaran. Hasta entónces no habia hecho sino comunicar sus pensamientos al escaso número de personas atraidas secretamente hácia él; su enseñanza será en lo sucesivo pública y continuada. Jesús contaba entónces treinta años, poco más ó ménos[336]. Sin duda el pequeño grupo de oyentes que le acompañaron cerca de Juan se habia ya aumentado, y tal vez se le habian unido algunos discípulos del Bautista[337]. Contando con este primer núcleo de iglesia, anuncia resueltamente la «buena nueva del reino de Dios», tan pronto como regresa á Galilea. Ese reino iba á venir, y era él, Jesús, aquel «Hijo del hombre» que Daniel apercibió en su vision como el ministro divino de la última y suprema revelacion.

Es menester recordar aquí que las ideas judáicas, opuestas al arte y á la mitología, consideraban la simple forma del hombre como superior á la de los cherubes y de los animales fantásticos que la imaginacion del pueblo, á causa de la influencia asiria, suponia en torno de la divina majestad. En Ezequiel[338], el gran revelador de las visiones proféticas, el sér que se halla sentado en el trono supremo, dominando los monstruos del carro misterioso, tiene ya la figura de un hombre. En el Libro de Daniel, en medio de la vision de los imperios representados por animales, y cuando principia el gran juicio y los libros se hallan abiertos, un sér «parecido á un hijo del hombre» se adelanta hácia el Antiquior de los dias, quien le confiere el poder de juzgar el mundo y de gobernarle eternamente[339]. En las lenguas semíticas, y en particular en los dialectos arameos, hijo del hombre no es sino un simple sinónimo de hombre. Pero aquel pasaje capital de Daniel ejerció gran influencia en los ánimos; la palabra hijo del hombre llegó á ser, al ménos para ciertas escuelas[340], uno de los títulos del Mesías, considerado como juez del mundo y como rey de la nueva era que iba á comenzar[341]. Al aplicársele Jesús á sí mismo no hacia sino proclamar su mesiazgo y afirmar la próxima catástrofe en que debia figurar como juez investido de los plenos poderes delegados por el Antiquior de los dias[342].

El éxito de la palabra del nuevo profeta fué entónces decisivo. Un grupo de hombres y mujeres, con el alma llena de candor juvenil y de ingenua inocencia, se adhieren á él y le dicen: «Tú eres el Mesías.» Y como el Mesías debia ser hijo de David, le concedieron naturalmente ese segundo título, que en rigor no era sino sinónimo del primero. Jesús le aceptó con gusto, aunque, á decir verdad, érale algo embarazoso á causa de lo humilde de su nacimiento. Pero el título que él preferia era el de «Hijo del hombre», título modesto en apariencia, aunque muy importante en el fondo, puesto que se relacionaba con las esperanzas mesiánicas. Servíale esta palabra para designarse á sí mismo[343], y tanto le servia, que, en su lenguaje, «el Hijo del hombre» era equivalente al pronombre «yo», del cual evitaba hacer uso. Pero nunca le apostrofaban de esa manera, porque, sin duda, el nombre de que se trata no deberia convenirle plenamente sino el dia de su futura aparicion.

En aquella época de su vida, el centro de accion de Jesús fué la pequeña ciudad de Capharnahum, situada á la orilla del lago de Genesareth. El nombre de Capharnahum, en el cual entra la palabra caphar, que quiere decir aldea, parece designar un burgo del antiguo sistema, en oposicion á las grandes ciudades, como Tiberiade[344], construidas al estilo romano. De todos modos, este nombre tenía entónces tan poca importancia, que Josefo, en un pasaje de sus escritos, le toma por el de una fuente cuya celebridad era sin duda mayor que la del pueblo situado cerca de ella. Capharnahum, así como Nazareth, carecia de renombre y no participó en nada del movimiento profano que los Heródes habian favorecido. Jesús tomó cariño á aquella poblacion, llegando á considerarla como una segunda patria[345]. Al poco tiempo de su regreso, dirigió sobre Nazareth una tentativa que no tuvo éxito ninguno[346]. Como dice con admirable candor uno de sus biógrafos, no pudo hacer allí ningun milagro[347]. Indudablemente perjudicaba á su autoridad el conocimiento que se tenía de su familia, la cual no era muy considerada. ¿Cómo habian de tomar por hijo de David á aquel cuyos hermanos, hermanas y cuñados veian todos los dias? Además, debe notarse que su familia se le opuso vivamente, rehusando creer en su mision[348]. Los nazarenos se le mostraron todavía más agresivos, puesto que, segun dicen, quisieron matarle, precipitándole de una cima escarpada[349]. Jesús hizo notar con mucho ingenio que aquella aventura era propia de todos los grandes hombres, y se aplicó el proverbio de «no hay profeta sin honra, sino en su patria y en su propia casa.»

Pero no le desanimó aquel contratiempo; volvió á Capharnahum[350], en cuyo punto encontraba disposiciones mucho más benévolas, y desde allí organizó una serie de misiones hácia las aldeas circunvecinas. Los habitantes de aquel hermoso y fértil país no se reunian sino el sábado, cuyo dia eligió Jesús para su enseñanza. Cada ciudad tenía entónces su sinagoga ó lugar de reuniones, el cual era una sala rectangular, no muy espaciosa, precedida de un pórtico, decorado segun el gusto griego. Careciendo los judíos de arquitectura propia, no trataron nunca de construir aquellos edificios con arreglo á un estilo original. Todavía existen en Galilea los restos de algunas antiguas sinagogas[351]: todas ellas están construidas con buenos y sólidos materiales; pero su estilo es bastante mezquino, á causa de esa profusion de ornamentos vegetales, de follajes, de espirales, que caracteriza los monumentos judáicos[352]. Los accesorios del interior consistian en algunos bancos, en una tribuna ó púlpito para las lecturas públicas y en un armario destinado á encerrar los sagrados rollos[353]. En aquellos edificios, que nada tenian de templo, se reconcentraba toda la vida judía. En el dia del sábado se reunia allí todo el mundo para hacer oracion y escuchar la lectura de la Ley y de los profetas. Como quiera que en el judaismo, á excepcion de Jerusalen, no habia clero propiamente dicho, las lecturas del dia (parascha y haphtara) se desempeñaban en las sinagogas por el primero que deseaba hacerlas, quien añadia un midrasch ó comentario de cosecha propia, en el cual exponia el lector sus ideas particulares[354]. Aquél fué el orígen de la «homilía», cuyo cumplido modelo encontramos en los trataditos de Filon. El pueblo tenía derecho de oponer objeciones á los argumentos del lector, y por consiguiente, la reunion degeneraba en una especie de asamblea popular. En ella habia un presidente, «antiquiores», un hazzan, lector ó ministro titular, «agentes» ó secretarios mensajeros encargados de mantener la correspondencia entre dos ó más sinagogas, y por último, un schmmasch ó sacristan[355]. Las sinagogas venian á ser de este modo pequeñas repúblicas independientes, cuya jurisdiccion era muy extensa. Y á la manera de las corporaciones municipales, que funcionaron hasta una época muy avanzada del imperio romano, promulgaban decretos honoríficos, votaban resoluciones, que tenian fuerza de ley para la comunidad, y pronunciaban penas corporales, cuyo ejecutor era el hazzan ordinariamente[356].

Á pesar de los rigores arbitrarios que entrañaba, semejante institucion no podia ménos de dar lugar á discusiones animadísimas, máxime si se tiene en cuenta la extremada actividad de espíritu que siempre caracterizó al pueblo judío. Gracias á las sinagogas, el judaismo pudo atravesar intacto diez y ocho siglos de persecucion. Ellas eran otros tantos mundos en pequeño, donde se conservaba el espíritu nacional y donde las luchas intestinas hallaban un terreno perfectamente preparado. Las discusiones eran allí muy apasionadas, y no ménos vivas las disputas de preeminencia. El premio de una elevada piedad, ó el privilegio que más se codiciaba á la riqueza, consistia en tener un puesto de honor en primera fila[357]. Por otra parte, la libertad de poder constituirse en lector y comentador del texto sagrado facilitaba maravillosamente la propagacion de nuevas doctrinas. Ella fué una de las palancas más poderosas de Jesús y el medio habitual de que se valió para fundar su enseñanza[358]. El profeta de Nazareth entraba en la sinagoga y subia á la cátedra, el hazzan le daba el libro, desarrollábale, y despues de leer la parascha ó la haptara del dia, pasaba á deducir de aquella lectura ciertos principios conformes con sus ideas[359]. Como en Galilea habia muy pocos fariseos, las réplicas que se le daban no tenian ese grado de pasion ni ese tono de acritud que en otras partes, en Jerusalen, por ejemplo, le habrian detenido desde sus primeros pasos. Aquellos buenos galileos no habian oido jamás una palabra tan en armonía con su risueña imaginacion[360]; admiraban al jóven profeta, creíanle, parecíales elocuente y encontraban sus razonamientos dignos de fe. Jesús resolvia sin desconcertarse las objeciones más difíciles, y el atractivo de su palabra y de su persona cautivaba á aquellos pueblos sencillos, no contaminados por el pedantismo de los doctores.

La autoridad del jóven maestro crecia de dia en dia, y como es natural, á medida que aumentaba su crédito para con los otros, más confianza tenía en sí mismo. El círculo de su accion era entónces muy limitado:—reducíase á los alrededores del lago de Tiberiade, y áun en aquella comarca habia una region que preferia á las demás. El lago tiene cinco ó seis leguas de longitud por tres ó cuatro de anchura, y aunque ofrece la apariencia de un óvalo bastante perfecto, forma desde Tiberiade hasta la entrada del Jordan una especie de golfo cuya curva mide cerca de tres leguas. Tal fué el campo donde la semilla arrojada por Jesús halló una tierra propicia á un rápido crecimiento. Recorrámosle paso á paso, y tratemos de rasgar el sudario de aridez y de luto en que le ha envuelto el demonio del islamismo.

Al salir de Tiberiade, lo primero que se ofrece á la vista son rocas escarpadas, una montaña que parece derrumbarse en el mar:—luégo, las montañas se separan y se abre una llanura (El-Ghueir) casi al nivel del lago; es un bosque delicioso de elevados arbustos que fecundan y atraviesan en todos sentidos las abundantes aguas que salen de un gran estanque circular de construccion antigua (Ain-Medawara). Á la entrada de la llanura, ó sea del país de Genesareth propiamente dicho, se encuentra la miserable aldea de Medjdel. Al otro extremo (siguiendo siempre la orilla del mar) se hallan el sitio de una poblacion (Khan-Minyeh), hermosas aguas y un buen camino estrecho y profundo, tallado en la roca viva, camino que indudablemente recorrió Jesús muy á menudo y que sirve de paso entre la llanura de Genesareth y la escarpa septentrional del lago. Á cosa de un cuarto de legua se atraviesa un arroyo de agua salada (Ain-Tabiga) que no léjos del lago mana de la tierra por anchas aberturas y que va á perderse en medio de espesos matorrales. Por último, á cuarenta minutos más allá, sobre la árida cuesta que se extiende desde Ain-Tabiga á la desembocadura del Jordan, se ven algunas cabañas y un conjunto de ruinas bastante monumentales llamadas Tell-Hum.

Cinco pequeñas ciudades, cuyos nombres permanecerán en la memoria del género humano tal vez más tiempo que los de Roma y Aténas, se hallaban en tiempo de Jesús diseminadas por el territorio comprendido entre la aldea de Medjdel y Tell-Hum. De aquellas cinco ciudades—Magdala, Dalmanutha, Capharnahum, Bethsaide y Chorazin[361]—solamente la primera se encuentra hoy dia de un modo positivo: es indudable que el nombre y el sitio de la repugnante aldea de Medjdel corresponden al burgo donde nació la más fiel amiga de Jesús[362]. Dalmanutha se hallaba probablemente cerca de allí[363], y no es imposible que se alzase Chorazin en el mismo territorio hácia la parte del norte[364]. En cuanto á Bethsaide y á Capharnahum, difícil es averiguar si estuvieron en Tell-Hum, Am-et-Tin, Khan-Minyeh ó en Ain-Medawara[365], y cuanto respecto á ello se asegure es aventurado. No parece sino que, así en geografía como en historia, un designio misterioso se complugo en borrar los vestigios del gran fundador. Creo que en aquel suelo, profundamente devastado, nunca podrá conseguirse el fijar con exactitud los sitios en que la humanidad desearia besar la huella que dejaron sus piés.

Todo lo que hoy nos resta de la reducida comarca de tres ó cuatro leguas en que Jesús fundó su obra divina, se reduce al lago, al horizonte, á los arbustos y á algunas pobres flores, resto de la antigua fertilidad. Los árboles han desaparecido completamente. Y en aquel país cuya vegetacion era tan rica otras veces, que á Josefo le parecia casi milagrosa; en aquel país donde la naturaleza, segun el historiador citado, habia reunido las plantas de los climas frios, las producciones de las zonas ardientes y los árboles de las latitudes templadas, cargados todo el año de flores y de frutos; en aquel país que ántes parecia un eden, ahora se calcula con veinticuatro horas de anticipacion el sitio donde podrá encontrar el viajero un asiento de césped y un árbol cuya sombra proteja su desayuno. El lago se ha convertido en un desierto. Una sola barca, medio desvencijada, surca hoy aquellas linfas silenciosas, tan llenas de vida y de alegría en otro tiempo. Sólo las aguas son todavía puras y trasparentes. Las riberas, formadas de rocas ó de menudos guijarros, se parecen más bien á las de un mar en miniatura que á las de un lago como el de Huleh: son limpias, nada fangosas, y el cadencioso y ligero movimiento de las olas las bate siempre en el mismo sitio. Vense acá y allá pequeños promontorios cubiertos de laureles de Alejandría, de tamariscos y de espinosos alcaparros: próximos á la salida del Jordan, junto á Tiberiade y en la orilla formada por la llanura de Genesareth, hay dos sitios poblados de embriagadores jardines, contra cuya alfombra de yerbas y de flores va á espirar el apacible oleaje de las aguas. El arroyo de Ain-Tabiga forma un pequeño estuario lleno de lindísimas conchas. Nubes de pájaros nadadores cubren el lago. El horizonte ofusca la vista á fuerza de ser luminoso. Las aguas, profundamente encajonadas entre rocas abrasadoras, son de un hermoso color azul celeste, y cuando se las observa desde la cumbre de las montañas de Safed, diríase que ocupan el fondo de una copa de oro. Al norte los barrancos nevosos del Hermon destacan sus líneas blancas sobre el cielo; al oeste, las elevadas y undosas mesetas de la Gaulonítida y de la Perea, siempre áridas y envueltas en una atmósfera de fuego, forman una montaña compacta, ó por mejor decir, un inmenso y altísimo terraplen que á partir de Cesárea de Filipo se prolonga indefinidamente hácia el sur.

El calor es ahora muy sofocante en las orillas del lago, el cual ocupa una depresion de doscientos metros bajo el nivel del Mediterráneo, y por consiguiente participa de las condiciones tórridas del mar Muerto[366]. Aquel ardor excesivo se hallaba otras veces templado por una vegetacion abundante: la cuenca del lago se hace inhabitable apénas concluye el mes de Mayo, y difícilmente se comprende hoy cómo pudo semejante hornaza ser el teatro de tan prodigiosa actividad. Josefo encontraba el país muy templado. Sin duda allí, como en la campiña de Roma, hubo algun cambio de clima debido á causas históricas. El islamismo, y sobre todo, la reaccion musulmana contra las cruzadas, fueron los que asolaron como un viento de muerte la comarca favorita de Jesús. Aquella hermosa tierra de Genesareth estaba muy léjos de sospechar que su futuro destino habia de salir del cerebro del que tan pacíficamente la paseaba. Peligroso compatriota, Jesús ha sido un personaje fatal para el país que tuvo el formidable honor de producirle. Codiciada la Galilea por dos fanatismos rivales, y habiendo llegado á ser para todos un objeto de amor ó de ódio, debia alcanzar por premio de su gloria el triste privilegio de ser trasformada en un desierto. Pero ¿habria sido Jesús más dichoso si hubiese vivido tranquilo y oscuro en el fondo de su aldea? Y ¿quién se acordaria hoy de aquellos ingratos nazarenos si, á riesgo de comprometer el porvenir de su modesto villorrio, no hubiese uno de los suyos reconocido á su Padre y no se hubiese proclamado hijo de Dios?

En la época á que hemos llegado de la vida de Jesús, todo su mundo se reducia á cuatro ó cinco burgos de grande extension. No parece probable que hubiese estado en Tiberiade, ciudad del todo profana, que los paganos habitaban casi por completo y de la cual habia hecho Antipas su residencia habitual. Sin embargo, algunas veces se alejaba de su region favorita é iba embarcado á Gergesa[367], poblacion de la ribera oriental. Otras iba hácia el norte, y se le ve en Paneas ó Cesárea de Filipo[368], en la falda del Hermon. Por último, una vez dirige sus pasos por la parte de Tiro y de Sidon[369], país que entónces debia estar floreciente en sumo grado. En todas aquellas comarcas se hallaba Jesús en pleno paganismo. En Cesárea vió la célebre gruta del Panium, sitio donde se colocaban las fuentes del Jordan, y sobre el cual referia la credulidad del pueblo extravagantes leyendas[370]; cerca de allí pudo admirar el templo de mármol que Heródes levantó en honor de Augusto[371], y probablemente vió tambien las numerosas estatuas votivas á Pan, á las Ninfas y al Eco de la gruta que la piedad amontonaba ya en aquel hermoso sitio. Un judío evemerista, acostumbrado á no mirar en los dioses extranjeros sino hombres divinizados ó demonios, debia considerar todas aquellas representaciones figuradas como otros tantos ídolos. Las seducciones de los cultos naturalistas, que embriagan á las razas más sensitivas, le hicieron poca impresion. Sin duda no tuvo ningun conocimiento de lo que el antiguo santuario de Melkarth, en Tiro, podia encerrar aún de un culto primitivo más ó ménos análogo al judáico[372]. El paganismo, que en Fenicia habia elevado sobre cada colina un templo y un bosque sagrado, toda aquella apariencia de grandeza industrial y de riqueza profana[373] debió sonreirle muy poco. El monoteismo priva al hombre de toda aptitud para comprender las religiones paganas; un musulman trasladado á los países politeistas mira sin ver lo que hay en torno suyo. Jesús no aprendió nada en aquellos viajes, y de ellos regresaba impaciente á su querida ribera de Genesareth: allí estaba el centro de sus pensamientos; allí encontraba fe y amor.

CAPÍTULO IX

LOS DISCÍPULOS DE JESÚS

En aquel paraíso terrenal, que hasta entónces no habia probado apénas los efectos de las grandes revoluciones de la historia, vivia una poblacion en perfecta armonía con el país, esto es, activa, honrada, alegre y afectuosa. El lago de Tiberiade es acaso el más abundante en peces de cuantos existen en el mundo[374]; en aquella época habia establecidas pesquerías muy productivas, particularmente en Bethsaide y en Capharnahum, las cuales permitian á los naturales vivir con cierta comodidad. Aquellas familias de pescadores formaban una sociedad dulce y apacible, que se extendia por toda la comarca del lago que hemos descrito, gracias á numerosos lazos de parentesco. Sus escasas ocupaciones les dejaban tiempo y libertad suficientes para ejercitar su imaginacion: en aquellas reuniones de hombres sencillos y bondadosos, las ideas sobre el reino de Dios encontraron más crédito y mejor acogida que en ninguna otra parte. Nada de cuanto en sentido griego y mundano se llamaba civilizacion, habia penetrado hasta ellos. Aunque la bondad de aquellas poblaciones se hallase muchas veces más bien en la superficie que en el fondo, sus costumbres eran tranquilas, y no carecian de finura ni de inteligencia. Puede uno figurárselas como semejantes hasta cierto punto á los mejores pueblos del Líbano, pero con la ventaja de producir grandes hombres, la cual no tienen éstos. Jesús encontró allí su verdadera familia. Instalóse en medio de ellos, como si Capharnahum fuera su «ciudad natal»[375], y en aquel reducido círculo que le adoraba, olvidó á sus escépticos hermanos, á la ingrata Nazareth y su burlona incredulidad.

Una familia de Capharnahum le ofreció, entre todas, un asilo agradable y discípulos adictos. Componíanla dos hermanos, hijos de un tal Jonás, que probablemente murió en la época en que Jesús fué á establecerse á las márgenes del lago:—aquellos dos hermanos eran Simon, llamado Cephas ó Pedro, y Andrés. Nacidos ambos en Bethsaide[376], habian ya trasladado su domicilio á Capharnahum cuando Jesús comenzó su vida pública. Pedro estaba casado y tenía hijos; su suegra vivia con él[377]. Jesús amaba á aquella familia y hacia de su morada su residencia habitual[378]. Andrés parece haber sido discípulo de Juan Bautista: quizás le conoció Jesús en las orillas del Jordan[379]. Los dos hermanos continuaron siempre ejerciendo su oficio de pescadores áun en la época en que se hallaban más unidos al maestro[380]. Jesús, á quien no disgustaban los retruécanos, decia algunas veces que los convertiria en pescadores de hombres[381]. Y efectivamente, no tuvo discípulos más adictos ni más fieles que los dos hermanos.

Tambien la familia de Zabdia ó de Zebedeo, pescador acomodado y patron de várias barcas[382], dispensó á Jesús afectuosa acogida. Zebedeo tenía dos hijos; Santiago, que era el mayor, y Juan, cuyo papel debia ser tan importante y decisivo en la historia del cristianismo naciente. Ambos eran discípulos celosos. La mujer del Zebedeo, María Salomé, tuvo tambien gran afeccion á Jesús, y le acompañó hasta la hora de su muerte[383].

En general, las mujeres le acogian con solicitud. Jesús poseia esas maneras reservadas que permiten una dulcísima union de ideas entre ambos sexos. Sin duda entónces, como hoy, la separacion de hombres y mujeres que ha impedido en los pueblos semíticos todo perfeccionamiento delicado, era ménos rigurosa en las campiñas y en las aldeas que en las grandes poblaciones. Tres ó cuatro galileas de las más adictas acompañaban siempre al jóven maestro, disputándose el placer de cuidarle y de escuchar su palabra[384]. Aquellas mujeres llevaban á la nueva secta un elemento de entusiasmo y de maravilloso, cuya importancia se deja ya comprender. Una de ellas, María de Magdala, que tan célebre debia hacer en el mundo el nombre de su pobre villorio, fué á lo que parece persona muy exaltada. Segun el lenguaje del tiempo, habia estado poseida de siete demonios[385], ó lo que es lo mismo, habia padecido enfermedades nerviosas, cuya causa era entónces inexplicable. La belleza, la bondad y la dulzura de Jesús, calmaron aquella imaginacion desarreglada. La Magdalena le permaneció fiel hasta en el Gólgota, y al dia siguiente al de su muerte desempeñó un papel de primer órden; porque, segun verémos despues, su testimonio fué la base principal sobre la que se estableció la fe en la resurreccion. Juana, mujer de Kuza, uno de los intendentes de Antipas, Susana y otras mujeres, cuyos nombres permanecen en el olvido, seguian sus pasos, prestándole incesantes servicios[386]. Algunas de entre ellas eran ricas, y los recursos que proporcionaban al jóven profeta, le permitian vivir sin ejercer el oficio que hasta entónces habia profesado[387].

Otros muchos discípulos le seguian y le aclamaban por maestro, como por ejemplo, un tal Felipe de Bethsaide, Nathanael, hijo de Talmai ó Ptolomeo, natural de Caná, el cual perteneció tal vez á la primera época[388], y Matheo, que probablemente era el mismo que habria de convertirse despues en Xenofonte del cristianismo naciente. Matheo habia sido publicano, y como tal, manejaba sin duda el kalam con más facilidad que sus compañeros. Quizás pensaba desde entónces en escribir sus Logia[389]; las cuales sirven de base á todo cuanto sabemos respecto á la enseñanza de Jesús. Cítanse tambien entre los discípulos á Tomás ó Didymo[390], el cual fué, segun parece, hombre de corazon y de generosos arranques[391], si bien algo incrédulo, á Lebeo ó Tadeo, á Simon el Zelador ó el Cananeo[392], discípulo tal vez de Júdas el Gaulonita, y perteneciente á aquel partido de los Kenaim, que ya entónces existia, y que tan importante papel debia muy pronto desempeñar en los movimientos del pueblo judío, y por último, á Júdas, hijo de Simon, natural de Kerioth, que fué el único desleal entre aquel grupo de fieles adeptos, y cuya traicion debia granjearle tan triste renombre. Ménos Júdas, todos eran galileos. La ciudad de Kerioth se hallaba situada en la extremidad Sur de la tribu de Judá[393], á cosa de una jornada más allá de Hebron.

Hemos dicho ántes que la familia de Jesús no le era, en general, muy adicta[394]. Sin embargo, sus primos carnales, Santiago y Júdas, hijos de María Cleophás, figuraban desde entónces entre sus discípulos, y la misma María Cleophás se halló en el número de las personas que le acompañaron y le siguieron al Calvario[395]. Su madre no aparece en aquella época cerca de él: sólo despues de la muerte de Jesús fué cuando María adquirió gran consideracion[396] y cuando los discípulos trataron de atraerla hácia ellos[397]. Entónces fué tambien cuando, bajo el título de «hermanos del Señor», formaron los miembros de la familia del fundador un grupo influyente que por espacio de mucho tiempo estuvo al frente de la Iglesia de Jerusalen, y que se refugió despues en la Batanea, cuando la ciudad fué entrada á saco. Así como las mujeres y las hijas de Mahoma, que ninguna importancia tuvieron en vida del profeta, adquirieron despues de su muerte grande autoridad, de igual manera el solo hecho de ser pariente de Jesús fué entónces una recomendacion decisiva.

Entre aquella muchedumbre amiga, Jesús tenía indudablemente sus preferencias, y hasta cierto punto, su círculo de elegidos. Los dos hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, parecen haber formado parte de los últimos. Ambos eran vehementes y apasionados en extremo. Á causa de su impetuosidad y de su celo excesivo, Jesús les aplicaba con mucho ingenio el sobrenombre de «hijos del trueno», significándoles que harian uso de los rayos si los tuvieran á su disposicion[398]. Al parecer, Juan tenía con Jesús cierta familiaridad que los otros no alcanzaron. Pero muy posible es que este discípulo, que escribió despues sus recuerdos de una manera que deja conocer demasiado el interes personal, exagerase el cariño que el maestro le profesaba[399]. De todos modos, se comprende por la lectura de los evangelios sinópticos, que Simon Barjona ó Pedro, Santiago, hijo del Zebedeo, y su hermano Juan, formaban una especie de comité ó círculo íntimo, al cual se dirigia Jesús en ciertas ocasiones en que dudaba de la fe y de la inteligencia de los demás[400]. Por otra parte, se ve que los tres se hallaban asociados en sus pesquerías[401]. La afeccion que Pedro inspiraba á Jesús era profunda: su carácter sincero, recto, decidido, franco y leal, gustaba mucho al maestro, á quien hacian sonreir á veces sus movimientos irreflexivos. Pedro, poco místico de suyo, le comunicaba sus dudas y sus debilidades humanas[402] con una ingenuidad y una honrada franqueza que recuerdan las de Joinville respecto á San Luis. Jesús le reprendia amistosamente, probándole con aquellas afectuosas reprensiones su aprecio y su confianza. En cuanto á Juan, su juventud[403], la ternura exquisita de su corazon[404] y lo vivo de su inteligencia[405] debian tener mucho atractivo. La personalidad de aquel hombre extraordinario, que tan vigoroso giro imprimió al cristianismo naciente, no se desarrolló sino en edad más avanzada. Era ya viejo cuando escribió respecto á su maestro ese evangelio rarísimo[406] que tan preciosas noticias contiene, pero en el cual, á nuestro juicio, se halla falseado el carácter de Jesús con harta frecuencia. La naturaleza de Juan era demasiado impetuosa y profunda para que pudiera amoldarse al tono impersonal de los primeros evangelistas. De ahí el que hiciese una biografía de Jesús como la que Platon hizo de Sócrates. Acostumbrado á remover sus recuerdos con la agitacion febril de un alma exaltada, trasformó á su maestro al querer pintarle, y su relato (á ménos que no le hayan alterado manos extrañas) permite á veces sospechar que en la composicion de tan singular escrito no siempre sirvió de norma al cronista una completa buena fe.

En la secta naciente no habia ningun grado jerárquico propiamente dicho: todos debian llamarse «hermanos», y Jesús prohibia de un modo absoluto los títulos de superioridad, tales como rabbí, «maestro», «padre», en razon á que él era el único maestro, y Dios el único padre. El mayor debia ser el más humilde y servir á los demás[407]. Sin embargo, Simon Barjona se distingue entre sus iguales por un grado de particular importancia. Jesús habitaba en su domicilio, enseñaba en su barca[408], y la casa de Simon era el centro de las predicaciones evangélicas. El público le consideraba como el jefe del grupo, y á él era á quien se dirigian los recaudadores del tributo en reclamacion de los derechos que debia la comunidad[409]. Simon fué el primero que reconoció á Jesús como al Mesías[410]. Preguntando Jesús á sus discípulos en un momento de impopularidad: «¿Quereis tambien vosotros retiraros?» Simon le respondió: «Señor, ¿á quién iriamos? tú tienes palabras de vida eterna»[411]. En diferentes ocasiones Jesús le confirió cierta supremacía[412] en su iglesia, y le dió el sobrenombre siriaco de Kepha (piedra), como significándole que de él hacia la piedra angular del edificio[413]. Tambien parece prometerle «las llaves del reino de los cielos» y concederle el derecho de pronunciar sobre la tierra decisiones que serían ratificadas en la eternidad[414].

La supremacía de Pedro excitó sin duda algunos celos entre sus compañeros, celos que se aumentaban con la perspectiva de aquel reino de Dios en que los discípulos habrian de sentarse en los tronos, á derecha ó á izquierda del maestro, para juzgar á las doce tribus de Israel[415]. Preguntábanse quién de entre ellos se hallaria entónces más cerca del Hijo del hombre, siendo hasta cierto punto como su primer ministro ó su asesor. Los dos hijos del Zebedeo aspiraban á ese rango, y preocupados por tal pensamiento, recurrieron al influjo de su madre Salomé, la cual llamó un dia aparte á Jesús y solicitó de él que otorgase á sus hijos los dos puestos de honor[416]. Jesús esquivó la demanda repitiendo su principio habitual de que el que se exalta será humillado y que el reino de los cielos pertenecerá á los pequeños. La noticia de semejante peticion ocasionó algunos rumores en la comunidad y produjo gran descontento contra Juan y Santiago[417]. La misma rivalidad se trasluce en el evangelio de Juan;—el cronista declara á cada paso que él fué el «discípulo querido», á quien el maestro confió su madre al morir, y trata sistemáticamente de colocarse al nivel de Simon Pedro (y con frecuencia ántes que él) á propósito de circunstancias importantes en que los evangelistas más antiguos ni siquiera citan su nombre[418].

Todos los personajes que acabamos de enumerar, ó al ménos aquellos de cuya vida se sabe algo, habian principiado por ser pescadores. Ninguno de ellos pertenecia á una clase elevada de la sociedad. Únicamente Matheo, ó Leví, hijo de Alpheo[419], habia sido publicano. Pero aquellos á quienes en Judea se designaba con ese nombre, no eran los recaudadores generales, personas de rango elevado (y siempre caballeros romanos) que á orillas del Tíber llamaban publicani[420]; sino agentes de esos arrendadores generales, empleados de baja estofa, simples cobradores subalternos. En el gran camino de Acre á Damasco, uno de los más antiguos del mundo, que atravesaba la Galilea costeando el lago[421], habia considerable número de esa especie de cobradores. Capharnahum, que quizás se hallaba situada sobre la via, contaba tambien un numeroso personal[422]. Semejante profesion no encontró nunca grandes simpatías en ningun país del mundo; pero los judíos la miraban con particular ojeriza y tenian por criminales á los que la ejercian. El impuesto, cosa nueva para ellos, era el signo de su vasallaje; la escuela de Júdas el Gaulonita sostenia que abonarle era cometer un acto de paganismo. Así es que todos los celosos conservadores de la ley aborrecian de muerte á los aduaneros. Su nombre iba siempre asociado al de los asesinos, ladrones y gentes de mala vida[423]. Los judíos que tales funciones aceptaban eran excomulgados y quedaban inhábiles para testar; considerábase su caja como maldita de Dios, y los casuistas prohibian al público el que fuese á ella á cambiar dinero[424]. Desterrados aquellos infelices del seno de la sociedad, tenian que formar una sociedad aparte reuniéndose entre sí. Jesús aceptó una comida que le ofreció Leví, en la cual habia, segun el lenguaje de la época, «muchos aduaneros y pecadores»; el hecho produjo gran escándalo[425]. La reputacion de aquellas casas era malísima, y el que á ellas iba se arriesgaba á no encontrar muy buena compañía. Pero frecuentemente verémos á Jesús cuidándose muy poco de las preocupaciones que abrigaban las personas que se tenian por juiciosas, tratando de ensalzar las clases humilladas por los ortodoxos, y exponiéndose por ello á las amargas reconvenciones de los devotos.

Jesús debia aquellas numerosas conquistas al atractivo irresistible de su persona y de su palabra. Una frase conmovedora, una mirada dirigida al fondo de alguna sencilla conciencia, dispuesta á entreabrirse al soplo de la verdad, le bastaban para captarse un ardiente discípulo. Jesús se valia en ocasiones de un artificio inocente que tambien empleó Juana de Arco:—aparentaba saber algun secreto íntimo respecto á la persona que deseaba atraer hácia sí, ó bien le recordaba alguna circunstancia querida, propia á conmover su corazon. Así fué como enterneció y se atrajo á Nathanael[426], á Pedro[427], á la Samaritana[428]. Disimulando la verdadera causa de su fuerza, esto es, su gigantesca superioridad sobre los demás, y á fin de satisfacer las ideas de la época, ideas que por otra parte eran tambien las suyas, dejaba creer que una revelacion de lo alto le descubria los secretos y le permitia leer en los corazones. Nadie dudaba que viviese en una esfera superior á la de la humanidad. Decíase que en la cumbre de las montañas conversaba con Moisés y con Elías[429], y se creia que en sus momentos de soledad bajaban los ángeles á rendirle homenaje y á establecer un comercio sobrenatural entre el cielo y él[430].

CAPÍTULO X

PREDICACION DEL LAGO

Tal era el grupo que rodeaba á Jesús en las márgenes del lago de Tiberiade. La aristocracia estaba representada por un aduanero ó cobrador y por la mujer de un intendente;—el resto se componia de pescadores y de gentes sencillas. Todos eran ignorantes en extremo, débiles de espíritu y todos creian en los espectros y en las apariciones[431]. En aquel primer cenáculo no habia penetrado ni un solo elemento de cultura helénica, y áun la instruccion judáica era en él bastante escasa; pero en cambio abundaban el sentimiento y la buena voluntad. El hermoso clima de Galilea convertia la existencia de aquellos honrados pescadores en delicioso y perpétuo encanto. Sencillos, buenos, dichosos, blandamente mecidos por las cristalinas olas de un mar en miniatura, ó bien arrullados por su oleaje miéntras dormian sobre el césped de sus risueños bordes, aquellas familias de pescadores preludiaban á no dudarlo el reino de Dios. Difícil es figurarse la embriaguez de una vida que de ese modo se desliza á la faz del cielo, el robusto y dulce entusiasmo que infunde en el alma el contínuo contacto con la naturaleza, y los sueños de aquellas noches pasadas bajo la inmensidad de la azulada bóveda al trémulo fulgor de las estrellas. En una noche semejante fué cuando Jacob, apoyada la cabeza sobre una piedra, leyó en los astros la promesa de una posteridad innumerable y vió la escala misteriosa por la cual iban y venian los Elohim del cielo á la tierra. En la época de Jesús, el cielo continuaba abierto y la tierra no se habia enfriado. Las nubes se entreabrian aún sobre el hijo del hombre, y los ángeles subian y bajaban, sirviéndole de mensajeros[432]; las visiones del reino de Dios se hallaban en todas partes, puesto que el hombre las abrigaba en su propio corazon. La mirada tranquila y dulce de aquellas almas sencillas contemplaba al universo en su orígen ideal; quizás el mundo descubria sus misterios á la conciencia divinamente lúcida de aquellos seres dichosos, cuya pureza de corazon les mereció un dia ver á Dios.

Jesús vivia casi siempre al aire libre rodeado de sus discípulos. Unas veces subia á una barca y desde allí predicaba á la muchedumbre estacionada en la orilla del lago[433]; otras, tomaba asiento sobre las montañas de la ribera, allí donde el aire es tan puro y tan luminoso el horizonte. El grupo de fieles adeptos iba de este modo, alegre y vagabundo, recogiendo en sus primeros gérmenes las inspiraciones del maestro. Si por casualidad surgia alguna ingenua duda, alguna pregunta inocentemente escéptica, una sonrisa ó una mirada de Jesús bastaban para desvanecer la objecion. Á cada momento creian notar las señales del reino de Dios; en el paso de una nube, en la germinacion de un grano, en la madurez de una espiga, en la cosa más insignificante: imaginábanse que se hallaban en vísperas de ver á Dios, de ser los dueños del mundo, y las lágrimas se cambiaban en gozo. Aquello era el advenimiento á la tierra del consuelo universal:

«Bienaventurados,—decia el maestro,—los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.

»Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.

»Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra.

»Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.

»Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

»Bienaventurados los que tienen puro su corazon, porque ellos verán á Dios.

»Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

»Bienaventurados los que padecen persecucion por la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos»[434].

Su predicacion era dulce y suave, como las armonías de la naturaleza y el perfume de los campos. Gustábanle las flores y servíanle de punto de comparacion en sus más deliciosas lecciones. El mar, las montañas, las aves del cielo, los bulliciosos é inocentes juegos de los niños, todo entraba sucesivamente en las metáforas de su enseñanza. Su estilo se separaba de la forma del período griego, y tenía mucha semejanza con los giros de los parabolistas hebreos, y en particular con las sentencias de los doctores judíos, contemporáneos suyos, tales como las vemos en el Pirké Aboth. Sus disertaciones no formaban una peroracion continuada y homogénea; eran sentencias cortas, parecidas á las del Coran, las cuales compusieron despues, unidas entre sí, esos largos discursos escritos por Matheo[435]. Ninguna transicion enlazaba aquellas diferentes sentencias; sin embargo, una misma inspiracion hace de ellas frecuentemente un todo compacto. Donde más sobresalia el maestro era en la parábola:—en este género delicioso nada habia en el judaismo que pudiera servirle de modelo[436]; por consiguiente, él fué quien le inventó. Verdad es que en los libros búdicos se encuentran parábolas cuyo tono y forma son exactamente iguales á los de las evangélicas; pero no es admisible que una influencia búdica llegase hasta Jesús. Estas analogías pueden explicarse por el espíritu de mansedumbre y la profundidad del sentimiento que fueron comunes al budismo y al cristianismo naciente.

La consecuencia inmediata de la vida apacible y sencilla que se hacia en Galilea era una indiferencia completa por el vano aparato del lujo y de la comodidad, tristes é imperiosas necesidades en nuestros países. Los climas frios, obligando al hombre á una lucha contínua contra las intemperies, hacen que se dé grande importancia al lujo y al bienestar material. Por el contrario, las comarcas favorecidas del cielo, donde apénas hay necesidades que satisfacer, son el país del idealismo y de la poesía. Los accesorios de la vida son allí insignificantes en comparacion del placer de vivir. Permaneciendo casi siempre en el campo, en las calles, el ornato interior de las habitaciones se hace superfluo. El alimento fuerte y regular de los climas ménos favorecidos pareceria pesado y desagradable. Y en cuanto al lujo en el vestir, ¿cómo rivalizar con el que Dios presta á la tierra y á las aves del cielo? En esos climas, hasta el trabajo parece inútil:—su producto no vale la molestia que ocasiona. Los animales de los campos, que nada hacen, están mejor vestidos que el hombre más opulento. Ese desprecio de los goces materiales, desprecio que da mucha elevacion á las almas cuando no tiene su orígen en la pereza, inspiraba á Jesús lindísimos apólogos:

«No querais,—decia,—amontonar tesoros para vosotros en la tierra, donde el orin y la polilla los consumen, y donde los ladrones los desentierran y roban. Atesorad más bien para vosotros tesoros en el cielo, donde no hay orin, ni polilla, ni ladrones. Donde está tu tesoro, allí está tambien tu corazon. Ninguno puede servir á dos señores, porque ó tendrá aversion al uno y amor al otro, ó si se sujeta al primero, mirará con desden al segundo. No podeis servir á Dios y á Mammon. En razon de esto os digo, no os acongojeis por el cuidado de hallar que comer para sustentar vuestra vida, de dónde sacaréis vestidos para cubrir vuestro cuerpo. ¡Qué! ¿no vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido? Mirad las aves del cielo, cómo no siembran, ni siegan, ni tienen graneros, y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿Pues no valeis vosotros mucho más que ellas? Y ¿quién de vosotros á fuerza de discursos puede añadir un codo á su estatura? Y acerca del vestido, ¿á qué propósito inquietaros? Contemplad los lirios del campo; ellos no labran, ni tampoco hilan. Sin embargo, yo os digo, Salomon en toda su gloria no se vistió como uno de estos lirios. Pues si una yerba del campo, que hoy es, y mañana se echa en el horno, Dios así la viste, ¿cuánto más á vosotros, hombres de poca fe? Así que no vayais diciendo acongojados: ¿Dónde hallarémos qué comer y beber? ¿Dónde hallarémos con qué vestirnos? Como hacen los paganos, los cuales andan tras todas estas cosas, que bien sabe vuestro Padre la necesidad que de ellas teneis. Así pues, buscad primero el reino de Dios, y su justicia[437]; y todas las demás cosas se os darán por añadidura. No andeis, pues, acongojados por el dia de mañana; que el dia de mañana harto cuidado traerá por sí: bástale ya á cada dia su propio afan ó tarea»[438].

Ese sentimiento, esencialmente galileo, tuvo sobre el destino de la secta naciente una influencia decisiva. Confiando para la satisfaccion de sus necesidades en el Padre celestial, el grupo feliz tenía por regla de conducta considerar los cuidados de la vida como un mal que sofoca en el hombre el gérmen de todo bien[439]. Cada dia pedian á Dios el pan del dia siguiente[440]. ¿Á qué fin atesorar? ¿No iba á venir el reino de Dios? «Vended lo que poseeis, y dad limosna,—decia el maestro.—Haceos unas bolsas que no se echen á perder: un tesoro en el cielo que jamás se agota, adonde no llegan los ladrones, ni roe la polilla»[441]. ¿Qué cosa más insensata que acumular economías para herederos que jamás se conocerán?[442]. Jesús se complacia en citar, como ejemplo de la locura humana, el caso de un hombre que despues de haber agrandado sus graneros y acumulado bienes terrenales para mucho tiempo, murió ántes que pudiera disfrutarlos[443]. El bandolerismo, que en aquella época se hallaba muy extendido en Galilea[444], contribuia no poco á semejante manera de ver las cosas. El pobre, á quien ningunas vejaciones ocasionaban aquellos latrocinios, debia considerarse como favorecido de Dios, miéntras que el rico era el verdadero desheredado, gracias á lo contingente é inseguro de aquello que poseia. En nuestras sociedades, basadas sobre una idea rigurosísima de la propiedad, la posicion del pobre es horrible; el infeliz no tiene bajo el sol ni un palmo de tierra donde sentar la planta. Las flores, la sombra, el banco de césped, hasta el aire que agita las ramas de los árboles, todo pertenece al dueño de la tierra. En Oriente, esos dones de Dios no pertenecen á nadie. El propietario no tiene sino un mínimo privilegio; la naturaleza es el patrimonio de todos.

Bien mirado, el cristianismo naciente no hacia en esto sino seguir las huellas de los Esenios ó Terapeutas y de las sectas judías fundadas en el sistema de vida cenobítica. Todas aquellas sectas entrañaban un elemento de comunismo que ni los fariseos ni los saduceos miraban de buen ojo. El mesianismo, idea completamente política entre los judíos ortodoxos, se consideraba en ellas bajo un punto de vista del todo social. Aquellas pequeñas iglesias creian inaugurar sobre la tierra el reino de Dios por medio de una existencia tranquila, arreglada y contemplativa, que dejaba al individuo su parte de libertad. Las utopias de vida venturosa, que se cimentaban en la fraternidad de los hombres y el culto puro del verdadero Dios, preocupaban á las almas elevadas y producian por doquiera ensayos atrevidos, sinceros, pero de escaso porvenir.

Jesús, cuyas relaciones con los Esenios son muy difíciles de establecer (porque en historia no siempre las semejanzas suponen hechos), era en esto su verdadero hermano. La regla de la nueva sociedad fué durante algun tiempo la comunidad de bienes[445]. La avaricia era el pecado capital[446]; segun esto, menester es recordar que el pecado de «avaricia», contra el cual se ha mostrado tan severa la moral cristiana, consistia entónces en el simple apego á la propiedad. Para ser discípulo de Jesús, la primera condicion era vender los bienes y repartir su producto entre los pobres. Los que retrocedian ante la idea de tal sacrificio no ingresaban en la comunidad[447]. Jesús repetia frecuentemente que aquel que ha encontrado el reino de Dios debe adquirirle con el precio de todo su caudal, y que áun así hace una adquisicion ventajosa. «Es semejante el reino de los cielos,—decia,—á un tesoro escondido en el campo, que si le halla un hombre vende todo cuanto tiene y compra aquel campo. Es asimismo semejante á un mercader que trata en perlas finas; y en viniéndole una de gran valor, va, y vende cuanto tiene y la compra»[448]. Por desgracia, muy pronto habian de experimentarse los inconvenientes de ese régimen. Necesitábase un tesorero, y se eligió para este cargo á Júdas de Kerioth, á quien, con razon ó sin ella, se le acusó de robar la caja comun[449]. Sea como quiera, lo cierto es que el tal Júdas tuvo malísimo fin.

Más versado en las cosas del cielo que en las de la tierra, el maestro enseñaba algunas veces una economía política áun más singular. En una curiosa parábola se alaba á un mayordomo por haberse granjeado amigos entre los pobres á expensas de su amo, á fin de que los pobres le introdujesen á su vez en el reino de Dios. Debiendo, en efecto, ser los pobres los dispensadores de aquel reino, sólo recibirán en él á los que los hubieren dado limosna. Por consiguiente, un hombre prudente que piense en el porvenir debe tratar de tenerlos propicios. «Estaban oyendo todo esto los fariseos, que eran avarientos,—dice el evangelista,—y se burlaban de él»[450]. ¿Comprendieron, por ventura, la terrible parábola siguiente?

Hubo cierto hombre rico que se vestia de púrpura y de lino finísimo, y tenía cada dia espléndidos banquetes; al mismo tiempo vivia un mendigo, llamado Lázaro, el cual, cubierto de llagas, yacia á la puerta de éste, deseando saciarse con las migajas que caian de la mesa del rico. Y los perros venian y lamíanle las llagas. Sucedió, pues, que murió el mendigo y fué llevado por los ángeles al seno de Abraham. Murió tambien el rico y fué sepultado[451]. Y cuando estaba en los tormentos, levantando los ojos, vió á lo léjos á Abraham y á Lázaro en su seno y exclamó diciendo: «Padre Abraham, compadécete de mí y envíame á Lázaro, para que mojando la punta de su dedo con agua me refresque la lengua, pues me abraso en estas llamas.» Respondióle Abraham: «Hijo, acuérdate que recibistes bienes durante tu vida, y Lázaro, al contrario, males: así éste ahora es consolado, y tú atormentado»[452].

¿Qué cosa más justa? Á esta parábola se le dió despues el nombre de parábola del «mal rico.» Pero fué un nombre de convencion: ella es pura y sencillamente la parábola «del rico.» Está en el infierno sólo porque es rico, porque no da sus bienes á los pobres, porque se regala miéntras que hay á sus puertas otros que padecen hambre. Por último, en un momento en que Jesús, ménos exagerado, no presenta la obligacion de vender sus bienes y repartirlos á los pobres sino como un consejo de perfeccionamiento, hace todavía esta declaracion terrible: «Porque más fácil es á un camello el pasar por el ojo de una aguja, que á un rico el entrar en el reino de Dios»[453].

En todo esto, un sentimiento de admirable profundidad animó á Jesús, así como tambien al grupo de alegres pescadores que le acompañaban, é hizo de él por toda una eternidad el verdadero creador de la paz del alma, el consolador de la vida. Desprendiendo al hombre de lo que él llamaba los «afanes de este mundo», Jesús llegó tal vez hasta el exceso, y socavó las condiciones esenciales de la sociedad humana; pero al mismo tiempo fundó ese elevado espiritualismo, que durante muchos siglos llenó las almas de alegría en su peregrinacion por este valle de lágrimas. Jesús comprendió con perfecta exactitud que la inadvertencia de los hombres y su falta de filosofía y de moralidad provienen frecuentemente de las distracciones á que se entregan, de los cuidados que los asaltan, cuidados que la civilizacion multiplica al infinito[454]. Bajo este supuesto, el Evangelio ha sido el remedio supremo de las penalidades de la vida vulgar, un perpétuo sursum corda, una poderosa distraccion de los míseros cuidados terrenales, un dulce llamamiento semejante al que Jesús hacia al oido de Marta: «Marta, Marta, tú te inquietas por muchas cosas, siendo así que una sola es necesaria.» Gracias á Jesús, la existencia más oscura, más precaria, más agobiada bajo el peso de tristes ó humillantes deberes, ha podido refugiarse en un rincon del cielo. El recuerdo de la vida libre de Galilea ha sido para nuestras afanosas civilizaciones como el perfume de otro mundo, como el fresco «rocío que desciende sobre el monte Hermon[455],» y ha impedido á lo árido y lo vulgar invadir completamente el campo de Dios.

CAPÍTULO XI

EL REINO DE DIOS CONCEBIDO COMO EL ADVENIMIENTO DE LOS POBRES

Esas máximas, buenas en un país donde los elementos de la vida se componian de aire y de luz, y ese dulce comunismo de un grupo de hijos de Dios, que descansaban confiados en el seno de su padre, podian convenir á una secta inocente que abrigaba á cada momento la persuasion de que su utopia iba á realizarse; pero claro es que no podian arrastrar en pos de sí á la sociedad entera. Muy pronto comprendió Jesús que al mundo oficial de su época no satisfaria la perspectiva de su reino. Mas tomó una resolucion atrevida, cual fué dirigirse á los humildes, prescindiendo de todo aquel mundo de corazon seco y de mezquinas preocupaciones. Una vasta sustitucion de raza tendrá lugar. El reino de Dios se ha hecho: 1.º, para los niños y para aquellos que se les asemejan; 2.º, para los desechados del mundo, víctimas del rigor social que rechaza al hombre bueno cuando es humilde; 3.º, para los heréticos y cismáticos, publicanos, samaritanos y paganos de Tiro y de Sidon. Una parábola enérgica explicaba y legitimaba ese llamamiento al pueblo[456]: «Un rey dispuso un gran banquete para celebrar las bodas de su hijo, y envió á sus servidores á llamar á los convidados. Mas éstos se excusaron, y áun algunos maltrataron á los mensajeros. Irritado entónces el Rey, dijo á sus criados: Salid luégo á las plazas y barrios de la ciudad, y traedme acá cuantos pobres, y lisiados, y ciegos y cojos halláreis, á fin de que se llene mi casa. Pues os prometo que ninguno de los que ántes fueron convidados probará mi banquete.»

El ebionismo puro, es decir, la doctrina de que solamente los pobres (ebionim) serán salvados, de que el reinado de los pobres va á llegar, fué, pues, la doctrina de Jesús. «¡Ay de vosotros los ricos!—decia,—porque ya teneis vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros los que andais hartos! porque sufriréis hambre. ¡Ay de vosotros los que ahora reis! porque os lamentaréis y lloraréis»[457]. Y añadia: «Tú, cuando des una comida, no convides á tus amigos, ni á tus hermanos, ni á los parientes ó vecinos ricos; no sea que tambien ellos te inviten á tí, y te sirva esto de recompensa; sino que cuando hagas un convite has de convidar á los pobres, y á los tullidos, y á los cojos, y á los ciegos, y serás afortunado, porque no pueden pagártelo, pues serás recompensado en la resurreccion de los justos»[458]. Quizás en un sentido análogo repetia con frecuencia estas palabras: «Sed buenos banqueros»[459], esto es: «Haced buenas imposiciones para el reino de Dios, dando vuestros bienes á los pobres, conforme al antiguo proverbio: compadecerse del pobre es dar prestado á Dios»[460].

Bien mirado, esa doctrina no era completamente nueva. Un movimiento democrático, el más exaltado que recuerda la historia (y el único tambien que haya tenido éxito, porque sólo él ha permanecido en el dominio de la idea pura), agitaba á la raza judáica desde hacia mucho tiempo. En cada página de los escritos del Antiguo Testamento se encuentra la idea de que Dios es el vengador del pobre y del débil contra el rico y el poderoso. No hay sino abrir la historia de Israel para ver en ella, más que en ninguna otra, al espíritu popular dominando constantemente. Los profetas, verdaderos tribunos (y tribunos de extraordinaria audacia, bajo cierto punto de vista), habian anatematizado siempre á los grandes y establecido estrecha relacion entre las palabras «rico», «impío», «violento», «malvado», de una parte, y «pobre», «manso», «humilde», «piadoso», de la otra[461]. La asociacion de tales ideas se robusteció considerablemente bajo los Seleúcidas, en cuya época apostataron y abrazaron el helenismo casi todos los aristócratas. El libro de Henoch contiene maldiciones contra el mundo, los ricos y los poderosos, mucho más violentas que las del Evangelio[462]. El lujo se considera en él como un crímen. En ese original apocalípsis, el «Hijo del hombre» destrona los reyes, los arranca de su voluptuosa existencia y los precipita en el infierno[463]. La iniciacion de la Judea en los refinamientos de la vida profana, y la reciente introduccion de un elemento de lujo y bienestar mundanos, provocaban una furibunda reaccion en favor de la sencillez patriarcal. «¡Ay de vosotros, los que despreciais la choza y la heredad de vuestros padres! ¡Ay de vosotros los que construis vuestros palacios con el sudor de los demás! Cada una de las piedras, cada uno de los ladrillos que los componen es un pecado»[464]. El nombre de «pobre» (ebion) habia llegado á ser sinónimo de «santo» y de «amigo de Dios.» Ése era el nombre que los discípulos galileos de Jesús se daban de preferencia; ése fué tambien durante mucho tiempo el nombre de los cristianos judaizantes de la Batanea y del Hauran (Nazarenos, Hebreos) que permanecieron fieles á la lengua y enseñanza primitivas de Jesús y que se enorgullecian de poseer entre ellos á los descendientes de su familia[465]. Aquellos pobres sectarios, ajenos al gran movimiento que arrastró á las otras iglesias, fueron en el siglo segundo calificados de heréticos (ebionitas), y hasta se inventó, á fin de explicar su nombre, un pretendido heresiarca llamado Ebion[466].

Compréndese fácilmente que esa aficion exagerada á la pobreza no podia ser durable: tal exageracion no era, en realidad, sino un elemento de utopia semejante á los que se mezclan siempre á las grandes creaciones, elementos que reduce á su verdadero valor el trascurso del tiempo. El cristianismo, una vez trasportado á la vasta escena de la sociedad, debia consentir facilísimamente en poseer riquezas, así como el budismo, que en su orígen fué del todo monacal, se apresuró despues á admitir á los seglares, tan pronto como las conversiones se multiplicaron. Pero nunca desaparece por completo la señal de la procedencia. El ebionismo, no obstante haber sido olvidado muy luégo, dejó en toda la historia de las instituciones cristianas una levadura que no debia perderse. La coleccion de las Logia ó discursos de Jesús se formó en el medio ebionita de la Batanea[467]. La «pobreza» continuó siendo el ideal de los sinceros partidarios de Jesús, la carencia de toda propiedad el verdadero estado evangélico, y la mendicidad una virtud, un estado santo. El gran movimiento umbrío del siglo trece, que entre todos los ensayos de fundacion religiosa es el que más semejanza tiene con el movimiento galileo, se efectuó en nombre de la pobreza. Francisco de Asís, el hombre del mundo que más se parece á Jesús por su exquisita bondad y por su trato delicado y afectuoso, no fué sino un pobre. Las órdenes mendicantes y las innumerables sectas comunistas de la Edad media (pobres de Lyon, Begardos, Bongomilos, Fratricellos, Humillados, pobres evangélicos, etc.), que se agrupaban bajo la bandera del Evangelio eterno, pretendieron ser, y fueron en efecto, los verdaderos discípulos de Jesús. Pero áun esta vez los más imposibles sueños de la nueva religion quedaron infecundos. La mendicidad, que tan sérias inquietudes causa á nuestras sociedades industriales y administrativas, tuvo en su dia, y bajo el cielo que le era favorable, poderoso atractivo; ella ofreció á una multitud de almas dulces y contemplativas el único estado que podia convenirles. Hacer de la pobreza un objeto de amor y de codicia, elevar al mendigo sobre el altar, santificar el humilde traje del hombre del pueblo, es un golpe maestro que tal vez no satisfaga á la economía política, pero ante el cual no puede el verdadero moralista permanecer indiferente. Para que la humanidad pueda soportar su pesada carga, necesita abrigar la creencia de que su paga no consiste sólo en el precio de su salario:—el mayor servicio que puede hacérsele es repetirle con frecuencia que no vive únicamente del pedazo de pan que lleva á sus labios.

Jesús, como todos los grandes hombres, amaba al pobre y se complacia en hallarse en contacto con él. En su pensamiento, el Evangelio es para los pobres, para ellos trae el Mesías la buena nueva de salvacion[468]. Sus elegidos eran todos los que el judaismo ortodoxo despreciaba. El amor del pueblo, la piedad por su impotencia y el sentimiento del jefe democrático que en sí mismo abriga el espíritu de la muchedumbre, y que se reconoce como su intérprete natural, traspiran á cada instante en sus actos y en sus discursos[469].

El grupo de elegidos ofrecia, en efecto, una mezcla de condiciones cuyo carácter debia sorprender sobremanera á los rigoristas: en su seno contaba personas que un judío que se respetase en algo no habria querido tratar[470]. Y sin embargo, quizás encontraba Jesús en aquella sociedad fuera de las reglas comunes, mejores sentimientos y más nobleza de alma que entre las clases pedantes y formalistas, orgullosas de su aparente moralidad. Á fuerza de exagerar las prescripciones mosáicas, los fariseos habian llegado á creer que el trato con personas ménos severas que ellos, bastaba para mancillarlos; en los convites, casi se descendia á las pueriles distinciones de castas de la India. Despreciando esas miserables aberraciones del sentimiento religioso, Jesús se complacia en comer en casa de los párias de la sociedad judáica[471], y tomaba asiento á la mesa junto á personas de mal vivir, reputacion que tal vez tenía por orígen el solo hecho de que no participaban de las ridiculeces de los devotos y mojigatos. Los fariseos y los doctores se escandalizaban de semejante conducta: ¡Mirad con qué gentes come!—decian.—Jesús les daba entónces agudas respuestas que exasperaban á los hipócritas: «No son los que están sanos, sino los enfermos, los que necesitan de médico[472]»; ó bien: «¿Quién de vosotros que teniendo cien ovejas y habiendo perdido una, no deje las noventa y nueve en la dehesa, y no vaya en busca de la que ha perdido hasta encontrarla? En hallándola, se la pone sobre los hombros muy gozoso[473]»; ó ya: «El hijo del hombre ha venido á salvar lo que se habia perdido[474]»; ó ya, en fin: «Porque los pecadores son, y no los justos, á quienes he venido yo á llamar[475]». Otras veces respondia con esa hermosa parábola del hijo pródigo, en que se presenta al que ha delinquido como acreedor á mayor compasion y cariño que el que siempre fué justo. Sorprendidas de tanto atractivo y experimentando por primera vez el dulce encanto de la virtud, mujeres débiles ó culpables se aproximaban libre y confiadamente al jóven maestro. Los hipócritas se admiraban de que no las rechazase. «¡Oh!—decian los puritanos,—este hombre no es profeta, pues si lo fuese conoceria que la mujer que le toca es una pecadora.» Jesús respondia con la parábola de un acreedor que perdonó á dos de sus deudores las sumas que le debian: la del uno era de quinientos denarios, la del otro de cincuenta: ¿cuál de ellos le estará más agradecido? Sin duda aquel á quien se le perdonó más[476]. Jesús apreciaba el estado del alma en proporcion del amor que en ella se contenia. Las mujeres que por sus faltas experimentaban sentimientos de humildad y le ofrecian un corazon lleno de lágrimas, estaban más próximas á entrar en su reino que las naturalezas medianas, las cuales tienen frecuentemente escaso mérito en no haber delinquido. Por otra parte, encontrando aquellas almas tiernas un medio de fácil rehabilitacion al convertirse á la secta, se comprende que se adhiriesen á su doctrina con el mayor entusiasmo.

Jesús, no sólo no trataba de acallar las murmuraciones que su desprecio por las susceptibilidades sociales de la época producia entre los hipócritas, sino que parece experimentar placer en excitarlas. Nadie proclamó nunca tan audazmente ese desprecio del «mundo», condicion indispensable de las grandes cosas y de la grande originalidad. No perdonaba al rico, sino cuando el rico era á su vez la víctima del desden social á consecuencia de alguna preocupacion[477]. Preferia las personas de vida equívoca y de poca ó ninguna consideracion á los judíos ortodoxos que aparentaban una conducta irreprochable, á los cuales decia: «Publicanos y rameras os precederán en el reino de Dios. Vino Juan: los publicanos y las rameras le creyeron; mas vosotros ni con ver esto os movisteis á penitencia»[478]. Compréndese cuán sangrienta debia ser, para los que afectaban gravedad y rigidez de principios morales, la reconvencion de no haber seguido el buen ejemplo de los hombres de mal vivir y de las mujeres de costumbres livianas.

Jesús no aparentaba autoridad, ántes bien se complacia en tomar parte en los festejos de casamientos: precisamente uno de sus milagros fué hecho para amenizar una boda de aldea. En Oriente, las comidas de boda tienen lugar por la noche; cada convidado lleva un farol ó lamparilla, y aquel movimiento de luces que van y vienen produce un efecto muy agradable. Á Jesús le gustaba ese aspecto alegre y animado, el cual le proporcionaba motivo para deducir de él algunas parábolas[479]. Semejante conducta, cuando la comparaban con la de Juan Bautista, escandalizaba á los devotos[480]. Un dia en que los discípulos de Juan y los fariseos guardaban el ayuno, le preguntaron: «¿Cómo es que los discípulos de Juan ayunan á menudo, y oran, como tambien los de los fariseos; al paso que los tuyos comen y beben?» Á lo que respondia Jesús: «¿Por ventura podréis vosotros recabar de los compañeros del esposo el que ayunen miéntras el esposo está con ellos? Tiempo vendrá en que el esposo les será arrebatado y entónces ayunarán»[481]. Su carácter dulce y alegre se manifestaba continuamente por medio de reflexiones y bromas amables y festivas: «¿Á quién compararé yo esta raza de hombres?—decia.—Es semejante á los muchachos sentados en la plaza que dando voces á sus compañeros dicen: Os hemos entonado cantares alegres, y no habeis bailado; cantares lúgubres, y no habeis llorado. Así es que vino Juan, que no come, ni bebe, y dicen: Está poseido del demonio. Ha venido el Hijo del hombre, que come, y bebe, y dicen: Hé aquí un gloton y un vinoso, amigo de publicanos y de gente de mala vida. Pero la sabiduría queda justificada por sus obras»[482].

De este modo recorria la Galilea en medio de una fiesta contínua. En sus excursiones, Jesús se servia de una mula, animal que constituye en Oriente buena y segura montura y cuyos negros ojos sombreados de largas pestañas son de extremada melancolía. Los adeptos desplegaban algunas veces en torno del maestro una pompa rústica, bien colocando sus vestidos sobre la mula en que cabalgaba, ó bien extendiéndolos ante sus pasos á guisa de alfombra[483]. Cuando entraba Jesús en alguna casa, era su presencia motivo de regocijo y de bendicion: deteníase de ordinario en las aldeas y en las granjas, donde hallaba siempre afectuosa hospitalidad. En Oriente, basta que un extranjero se detenga en una casa para que en seguida se convierta en un sitio público:—toda la aldea se reune en ella, la invaden los muchachos, y aunque traten de alejarlos, vuelven otra vez á la carga. Jesús no podia tolerar que maltratasen á aquellos cándidos oyentes; atraíalos hácia sí y los abrazaba con ternura[484]. Animadas las madres con tal acogida, le presentaban sus niños de pecho para que los tocase con sus manos[485]. Otras mujeres se acercaban á él y derramaban aceite y perfumes sobre su cabeza y sobre sus piés. En ocasiones, sus discípulos querian rechazarlas como importunas; pero Jesús, á quien gustaban las costumbres antiguas y todo lo que indicaba sencillez de corazon, reparaba cariñosamente la ofensa hecha por sus demasiado celosos amigos. Protegiendo siempre á los que deseaban honrarle[486], se convertia en el ídolo de los niños y de las mujeres. La reconvencion que más frecuentemente le dirigian sus enemigos, era que trataba de separar de sus familias aquellos seres delicados y fáciles de seducir[487].

Así es que en cierto modo la religion naciente fué un movimiento de mujeres y de niños. Estos últimos formaban al rededor de Jesús como una guardia infantil en la inauguracion de su inocente reino; preparábanle pequeñas ovaciones, que no dejaban de complacerle, llamábanle «hijo de David», gritaban Hosanna[488], y llevaban palmas marchando en torno de él. Quizás Jesús, como Savonarola, los dejaba servir de instrumento á misiones piadosas; de todos modos, no se mostraba descontento de que aquellos jóvenes apóstoles, que no le comprometian, marchasen de vanguardia concediéndole títulos que él no osaba proclamar. Dejábalos, pues, hacer, y cuando le preguntaban si los oia, respondia de un modo evasivo, que la alabanza que sale de labios inocentes es la más agradable á Dios[489].

Jesús no desperdiciaba ninguna ocasion de repetir que los niños deben considerarse como seres sagrados[490]; que el reino de Dios pertenece á los pequeñitos[491]; que para entrar en él es necesario ser como un niño[492], pues como á tal han de recibirle[493], y que el Padre celestial oculta sus designios á los ángeles y se los revela á los pequeños[494]. La idea de sus discípulos se confunde casi en él con la de los niños[495]. Un dia en que disputaban por cuestiones de preeminencia, disputas que eran frecuentes entre los discípulos, Jesús, llamando á sí á un niño, le colocó en medio de ellos y dijo: «aquí está el mayor; cualquiera, pues, que se humilláre como este niño, ése será el mayor en el reino de los cielos»[496].

Y en efecto, la infancia era la que en su divina espontaneidad, en su cándida ofuscacion de gozo, se posesionaba de la tierra. Creíase á cada instante que iba á amanecer el dia de un reino tan deseado, y cada cual se veia ya sentado en un trono[497] junto al maestro. Repartíanse los puestos[498] del futuro eden, y se trataba de computar el tiempo que tardaria su inauguracion. Esto se llamaba la «Buena nueva»; la doctrina no tenía otro nombre. La antigua palabra paraíso, que el hebreo, como todas las lenguas de Oriente, habia tomado de la Persia, y que en un principio sirvió para designar los parques de los reyes aqueménidas, resumia el sueño de todos, la aspiracion universal; ¡el paraíso! jardin delicioso, donde se continuaria para siempre una vida llena de inefables encantos[499]. ¿Cuánto tiempo duró aquella embriaguez? Se ignora. Durante el curso de aquella mágica aparicion, nadie midió el tiempo, así como nadie mide la duracion de un éxtasis. El vuelo de las horas quedó en suspenso; una semana fué como un siglo. Pero ya durase años ó meses, aquel ensueño fué tan hermoso, que despues de él la humanidad ha continuado viviendo de su recuerdo, y todavía es su debilitado perfume nuestra suprema consolacion. Nunca dilató el pecho humano un gozo tan puro ni tan inmenso. En aquel esfuerzo, el más vigoroso que haya hecho la humanidad para elevarse sobre el barro de nuestro planeta, hubo un momento en que olvidó los lazos de plomo que la ligan á la tierra y las angustias de la vida. ¡Feliz el que entónces pudo ver la luz de aquella aurora divina, y participar, siquiera por un dia, de aquella ilusion mágica y sin igual! Pero ¡más dichoso todavía—nos diria Jesús—el que, libre de toda ilusion, reproduzca en sí mismo la aparicion celestial, y sin ensueños milenarios, sin paraíso quimérico, sin otro móvil que la rectitud de su voluntad y la poesía del alma, sepa crear de nuevo en su corazon el verdadero reino de Dios!

CAPÍTULO XII

EMBAJADA DE JUAN Á JESÚS — MUERTE DE JUAN — CONEXION DE SU ESCUELA CON LA DE JESÚS

Miéntras que la risueña Galilea celebraba con festejos la venida del muy amado, el triste Juan se consumia de impaciencia y deseo en su prision de Machero. Las doctrinas y el éxito que alcanzaba el jóven maestro, á quien pocos meses ántes habia visto en las orillas del Jordan, llegaron hasta él. Decíase que el Mesías anunciado por los profetas, aquel que debia restaurar el reino de Israel, habia ya venido, y que sus hechos maravillosos demostraban su presencia en Galilea. Juan quiso cerciorarse de la veracidad de aquellos rumores, y como comunicaba libremente con sus discípulos, eligió á dos de ellos para que fuesen á ver á Jesús[500].

Los dos discípulos encontraron al profeta de Nazareth en el apogeo de su reputacion, y causóles no poca sorpresa la alegría que reinaba en derredor suyo. Acostumbrados á los ayunos, á la oracion, á una vida de aspiraciones y de rigidez, se admiraron al hallarse de pronto en medio de los regocijos de la bienaventuranza[501]. En cumplimiento de su cometido, expusieron á Jesús la causa de su mensaje, diciéndole: «¿Eres tú el que debia venir? ¿Debemos esperar á otro?» Jesús, que ya entónces no vacilaba respecto á su papel de Mesías, les enumeró los hechos que debian caracterizar el advenimiento del reino de Dios, tales como la cura de las enfermedades y la buena nueva de salvacion anunciada á los pobres, obras que él ejecutaba. «Dichoso, pues,—añadió,—aquel que no dudáre de mí.» Ignórase si esta respuesta encontró vivo á Juan Bautista, y el efecto que ella produjo en el ánimo del austero asceta. ¿Murió consolado y con la seguridad de que vivia ya aquel que él anunciára, ó conservó sus dudas respecto á la mision de Jesús? Nada hay á este respecto que pueda sacarnos de incertidumbre. Sin embargo, al notar que su escuela se continuó despues durante muchos años paralelamente á las iglesias cristianas, se inclina uno á creer que, no obstante su deferencia por Jesús, Juan no le consideró como aquel que debia realizar las promesas divinas. La muerte vino, por otra parte, á poner término á sus perplejidades. El martirio debia ser el digno coronamiento de la carrera inquieta y agitada, y de la indomable libertad del solitario.

Las disposiciones indulgentes que Antipas manifestó en un principio respecto á Juan, no fueron, á lo que parece, de mucha duracion. Segun la tradicion cristiana, en las entrevistas que Juan tuvo con el tetrarca, no cesaba de repetirle que su matrimonio era ilícito y que debia rechazar léjos de sí á Herodías[502]. No es difícil imaginarse el ódio inmenso que la nieta de Heródes el Grande debió concebir contra aquel consejero importuno, y se comprende el afan con que acecharia la ocasion de perderle.

Su hija Salomé, fruto de su primer matrimonio, y tan ambiciosa y disoluta como ella, fué el instrumento de sus designios. Antipas se encontraba á la sazon (probablemente en el año 30 de la era cristiana) en la fortaleza de Machero, y era dia del aniversario de su nacimiento. Heródes el Grande habia construido en el interior de la fortaleza un magnífico palacio[503], en el cual residia algunas veces el tetrarca. Con el motivo indicado, preparó allí un gran festin, durante el cual ejecutó Salomé una de esas danzas algo libres que en Siria no se consideran como impropias de una persona distinguida. Encantado Antipas de tanta gracia y soltura, preguntó á la bailarina lo que deseaba, y ésta, obedeciendo á las instigaciones de su madre, respondió: «La cabeza de Juan sobre esta fuente.» La exigencia no agradó mucho á Antipas; mas no tuvo fuerza bastante para rehusar. Un guardia cogió la fuente, fué á degollar al prisionero, y á los pocos instantes volvió á entrar con la sangrienta cabeza del Bautista[504].

Los discípulos de éste obtuvieron su cuerpo y le colocaron en un sepulcro. El descontento del pueblo fué grande. Seis años despues, queriendo Hareth reconquistar á Machero y vengar el ultraje hecho á su hija, atacó á Antipas y le derrotó completamente; el desastre del tetrarca se consideró entónces como un castigo por la muerte de Juan[505].

Los discípulos del Bautista llevaron á Jesús la noticia de su suplicio[506]. El postrer mensaje que Juan envió á Jesús habia concluido de establecer entre las dos escuelas estrecha intimidad. Temiendo entónces Jesús que le alcanzase tambien el ódio de Antipas, tomó algunas precauciones y se retiró al desierto[507]. Siguiéronle allí muchas personas, y gracias á una extremada frugalidad, el santo rebaño pudo vivir en aquellos eriales, circunstancia que despues se tomó naturalmente por un milagro[508]. Á partir de aquel momento, Jesús no habló de Juan sin manifestar profunda admiracion. Declaraba sin vacilar[509] que el Bautista era más que un profeta; que la Ley, de igual modo que los profetas antiguos, no habia tenido fuerza sino hasta él[510]; que Juan los habia abrogado, pero que á su vez le abrogaria el reino del cielo. Y en fin, le asignaba en la economía del misterio cristiano un puesto de honor, convirtiéndole como en el lazo de union entre el Antiguo Testamento y el advenimiento del nuevo reino.

El profeta Malaquías, cuya opinion respecto á esto se realzó entónces extraordinariamente[511], habia anunciado con grande insistencia un precursor del Mesías, que debia preparar á los hombres al acontecimiento final; una especie de mensajero enviado á la tierra para facilitar el camino al elegido de Dios. Este mensajero no era otro que el profeta Elías, quien, segun la creencia general, iba muy pronto á descender del cielo, adonde habia subido, á fin de reconciliar á Dios con su pueblo y de hacer que los hombres se preparasen al grande acontecimiento por medio de la penitencia[512]. Al nombre de Elías asociaban algunas veces el del patriarca Henoch, al cual se atribuia, desde hacia uno ó dos siglos, alto grado de santidad, ó bien el de Jeremías[513], á quien se consideraba como al genio protector del pueblo, ocupado siempre en rogar por él ante el trono de Dios[514]. La idea de que dos antiguos profetas deben resucitar para servir de precursores al Mesías, se halla de una manera tan sorprendente en la doctrina de los Parsis, que se inclina uno á admitir la hipótesis de que los israelitas la tomaron de allí[515]. Sea como quiera, ella formaba en la época de Jesús parte integrante de las teorías judáicas. Todo el mundo creia que la aparicion de dos «testigos infieles», vestidos de hábitos de penitencia, serviria de prólogo al gran drama que iba á desarrollarse con asombro del universo[516].

Abrigando semejantes ideas, compréndese que Jesús y sus discípulos no vacilasen respecto á la mision de Juan. Cuando los escribas les objetaban que áun no podia tratarse de Mesías en razon á que Elías no habia venido[517], les contestaban afirmativamente, diciendo que Elías habia venido; que Juan era Elías resucitado[518]. En efecto, Juan, por su género de vida, por su oposicion á los gobiernos políticos, recordaba aquella figura original y terrible de la antigua historia de Israel[519]. Jesús no cesaba de encarecer los méritos y la excelencia de su precursor. Decia que entre los hijos de los hombres no habia nacido uno más grande, y anatematizaba á los fariseos y á los doctores por no haber aceptado su bautismo, por no haberse convertido á su voz[520].

Los discípulos de Jesús permanecieron fieles á esos principios del maestro. El respeto á Juan fué una tradicion constante en la primera generacion cristiana[521]; supúsosele pariente de Jesús[522], y para fundar la mision de éste sobre un testimonio de todos admitido, se dijo que Juan, desde la primera entrevista con Jesús, le proclamó por el Mesías; que se reconoció inferior á él é indigno de desatar las cintas de sus sandalias; y que en un principio rehusó bautizarle, sosteniendo que él debia ser bautizado por Jesús[523]. Tales exageraciones quedan plenamente refutadas por la forma dubitativa del último mensaje de Juan[524]. Sin embargo, en un sentido más general, el Bautista permaneció en la leyenda cristiana siendo lo que en realidad fué, esto es, el austero cenobita que prepara el camino á la nueva era, el triste predicador de penitencias ántes de las alegrías que traerá consigo la llegada del esposo, el profeta que anuncia el reino de Dios y muere ántes de verle. Aquel gigante de los orígenes del cristianismo, aquel comedor de langostas y de miel silvestre, aquel rígido enderezador de entuertos, fué el ajenjo que preparó los labios á las dulzuras del reino de Dios. La víctima de Herodías abrió la era de los mártires cristianos, siendo el primer testimonio de la nueva conciencia. Los mundanos reconocieron en él su verdadero enemigo y no pudieron tolerar su vida: su cadáver mutilado y tendido sobre el umbral del cristianismo, trazó la sangrienta via por donde tantos mártires habrian de pasar despues de él.

La escuela de Juan no se extinguió con la muerte de su fundador: separada de la de Jesús, vivió algun tiempo, hallándose al principio en buena armonía con la de aquél. Varios años despues de la muerte de ambos maestros se practicaba todavía el bautismo juanista. Algunas personas pertenecian simultáneamente á las dos escuelas, entre otras, el célebre Apolos, el rival de San Pablo (hácia el año 50), y un gran número de cristianos de Éfeso[525]. Josefo ingresó (año 53) en la escuela de un asceta llamado Banú, que tiene gran semejanza con Juan Bautista y que tal vez habia sido su discípulo. Aquel Banú[526] vivia en el desierto, formaban su vestido hojas de árboles, alimentábase de plantas ó de frutas silvestres, y lo mismo de dia que de noche, se bautizaba frecuentemente, á fin de purificarse. Santiago, aquel á quien se llamaba el «hermano del Señor» (quizás hay aquí alguna confusion de homónimos), observaba tambien un ascetismo análogo[527]. Algunos años despues (hácia el 80), el bautismo estuvo en lucha abierta con el cristianismo, particularmente en el Asia Menor. Juan el Evangelista le combate de una manera embozada[528]. Uno de los poemas sibilinos proviene, á lo que parece, de aquella escuela. En cuanto á las sectas de Hemerobatistas, Baptistas y Elcaitas (Sabiens, Mogtasila de los escritores árabes)[529], que se propagaron por Siria, Palestina y Babilonia en el siglo segundo, y cuyos restos subsisten aún entre los Mandeitas llamados «cristianos de San Juan», sin duda tuvieron el mismo orígen que el movimiento del Bautista y no debe considerárselas como la descendencia auténtica de Juan. La verdadera escuela de éste, medio confundida con el cristianismo, llegó á mirarse como una herejía cristiana y se extinguió oscuramente. Juan vió sin duda hácia qué parte se inclinaba el porvenir. Si hubiese obedecido á una rivalidad mezquina, su nombre yaceria hoy en el olvido entre la muchedumbre de los sectarios de su época. Su abnegacion le condujo á la gloria, dándole un puesto único en el panteon religioso de la humanidad.

CAPÍTULO XIII

PRIMERAS TENTATIVAS SOBRE JERUSALEN

Jesús, casi todos los años iba á Jerusalen á la fiesta de la Pascua. Los pormenores de cada uno de aquellos viajes son poco conocidos, porque los sinópticos no hablan de ellos[530], y las notas del cuarto evangelio son muy oscuras respecto á este particular[531]. Lo cierto es, segun parece, que el año 35, y seguramente despues de la muerte de Juan, fué cuando tuvo lugar la más importante de las residencias de Jesús en la capital. Muchos discípulos le siguieron. Aunque entónces Jesús daba poca importancia á la peregrinacion, se sometió á ella por no lastimar la opinion judía, con la que no habia roto aún abiertamente. Por otra parte, esos viajes entraban en sus proyectos; porque comprendia ya que para representar un papel de primer órden era preciso salir de Galilea y atacar el judaismo en su plaza fuerte, que era Jerusalen.

La pequeña comunidad de Galilea estaba bastante fuera de su centro en la capital. Jerusalen, poco más ó ménos, era entónces lo mismo que es hoy dia, una ciudad de pedantismo, de acrimonia, de disputas, de odios y de nimiedades de ingenio. El fanatismo era allí extremado, y muy frecuentes las sediciones religiosas. Los fariseos imperaban en ella; el estudio de la Ley, llevado á las más insignificantes pequeñeces y reducido á cuestiones de casuística, era la única enseñanza. Aquella cultura exclusivamente teológica y canónica no contribuia en nada á ilustrar los entendimientos. Tenía algo de semejante á la estéril doctrina del faquir musulman, á esa ciencia fútil que se agita al rededor de una mezquita, disipacion considerable de tiempo y de dialéctica del todo vana, sin que la buena disciplina del entendimiento se aproveche de ella. La educacion teológica del clero moderno, aunque árida, no puede dar idea alguna de aquélla; porque el Renacimiento ha introducido en todas nuestras enseñanzas, áun en las más rebeldes, una parte de bellas letras y de buen método, que ha hecho que la escolástica tome más ó ménos una tintura de humanidades. La ciencia del doctor judío, del sofer ó escriba, era puramente bárbara, absurda sin compensacion, desprovista de todo elemento moral[532]. Para colmo de desgracia, llenaba de un ridículo orgullo á todo el que se empeñaba en abrazarla. Orgulloso del pretendido saber que tanto trabajo le costára, el escriba judío sentia por la cultura griega el mismo desprecio que el sabio musulman de nuestros dias experimenta por la civilizacion europea, y que el antiguo teólogo católico tenía por el saber de las gentes del mundo. Es propio de esas culturas escolásticas el alejar el espíritu de todo lo delicado, el no apreciar sino las difíciles nimiedades en cuya adquisicion se ha gastado la existencia, considerándolas como la obligacion de las personas que hicieron profesion de gravedad.

Aquel mundo odioso no podia ménos de oprimir gravemente las almas sensibles y delicadas del Norte. El desprecio de los Hierosolimitanos hácia los Galileos hacia la separacion aún más inaccesible. En aquel magnífico templo, objeto de todos sus deseos, no encontraban sino afrenta. Un versículo del salmo de los peregrinos[533]: «He preferido quedarme á la puerta de la casa de mi Dios» parece hecho exprofesamente para ellos. Un sacerdote desdeñoso sonreia de su inocente devocion, casi como en otro tiempo en Italia el clero, familiarizado con los santuarios, presenciaba indiferente y burlon quizás, el fervor del peregrino que de léjos habia venido. Los Galileos hablaban un dialecto bastante corrompido: su pronunciacion viciosa, confundiendo las diversas aspiraciones, hacia que resaltasen quid pro quos que excitaban no poco la hilaridad[534].

En religion se los tenía por ignorantes y poco ortodoxos: la frase «simple Galileo» se habia hecho proverbial. Se creia (y no sin razon) que la sangre judáica estaba entre ellos muy mezclada, y se tenía por axioma que la Galilea no podia producir un profeta[535]. Llevados así al último extremo del judaismo, y casi fuera de él, los pobres Galileos no contaban con otra cosa para reanimar sus esperanzas, sino con un pasaje de Isaías bastante mal interpretado[536]:

«¡Tierra de Zabulon y tierra de Nefthalí, camino del mar, Galilea de los gentiles! El pueblo que marchaba en la oscuridad ha visto una gran luz; el sol se ha levantado para los que se hallaban sumidos en las tinieblas.»

La reputacion que gozaba la ciudad natalicia de Jesús era particularmente detestable. Hubo un proverbio popular que decia: «¿Acaso de Nazareth puede salir cosa buena?»[537].

La completa aridez de la naturaleza en los alrededores de Jerusalen debia acabar de disgustar á Jesús. Sus valles no tienen agua; el suelo es árido y pedregoso. Cuando se clava la vista en la depresion del mar Muerto se experimenta algo de embriagador: fuera de ese lugar, todo es monótono. Sólo la colina de Mizpa, con sus recuerdos de la más antigua historia de Israel, atrae las miradas. La ciudad presentaba en tiempo de Jesús casi el mismo aspecto que hoy dia. No poseia ni el más pequeño monumento antiguo, porque hasta los Asmoneos, los judíos permanecieron extraños á todas las artes: Juan Hircano comenzó á embellecerla, y Heródes el Grande hizo de ella una de las más suntuosas ciudades de Oriente. Las construcciones herodianas rivalizaban con las mejores de la antigüedad por su carácter grandioso, lo perfecto de la ejecucion y la belleza de los materiales. Un crecido número de sepulcros, de un gusto original, se elevaba hácia el mismo tiempo en los alrededores de Jerusalen[538]. El estilo de aquellos monumentos era el griego, pero amoldado al uso de los judíos y notablemente modificado segun sus principios. Los ornamentos de escultura viva, que los Heródes se permitieron, con gran disgusto de los rigoristas, fueron desterrados, reemplazándolos por una decoracion vegetal. El gusto de los antiguos moradores de la Fenicia y de la Palestina por los monumentos monolitos tallados en piedra viva parecia renacer en aquellos singulares sepulcros abiertos en las rocas y en los que los órdenes griegos están caprichosamente aplicados á una arquitectura de trogloditas. Jesús, que consideraba las obras de arte como una pompa fútil de la vanidad, vió todos aquellos monumentos con disgusto[539]. Su absurdo espiritualismo y su opinion inmutable de que la figura del viejo mundo debia desaparecer, le quitaron el gusto para todo lo que no tocaba al corazon.

El templo, en la época de Jesús, era todo nuevo, y sus obras exteriores aún no se habian concluido. Heródes habia hecho que su reconstruccion empezase el año 20 ó 21 ántes de la era cristiana, para ponerle al nivel de sus otros edificios. La nave del templo se acabó en diez y ocho meses, y los pórticos en ocho años[540]; pero las partes accesorias continuaron poco á poco, no terminándose sino poco tiempo ántes de la toma de Jerusalen[541]. Jesús vió trabajar probablemente en él, no sin cierto disgusto interior. Aquellas esperanzas de un porvenir durable eran una especie de insulto á su próximo advenimiento. Más perspicaz que los incrédulos y fanáticos, comprendia que aquellas magníficas construcciones estaban llamadas á gozar una corta duracion[542].

Por lo demás, el templo formaba un conjunto maravillosamente conmovedor, y cuyo haram actual[543], á pesar de su belleza, puede apénas dar una idea. Las galerías y pórticos que le cercaban servian ordinariamente de punto de reunion á una muchedumbre considerable, y aquel vasto sitio era á la vez el templo, el foro, el tribunal y la universidad. Todas las discusiones religiosas de las escuelas judías, todas las enseñanzas canónicas, hasta las mismas causas civiles y criminales, en una palabra, toda la actividad de la nacion se concentraba allí[544]. Aquél era un choque contínuo de argumentos, un palenque de disputas, oyéndose por todas partes sofismas y cuestiones sutiles. El templo tenía, pues, mucha semejanza con una mezquita musulmana. Llenos de miramiento en aquella época hácia las religiones extranjeras, cuando éstas permanecian en su propio territorio[545], los romanos se prohibian la entrada en el santuario; inscripciones griegas y latinas marcaban el punto hasta dónde era permitido llegar á los no judíos[546]. Pero la torre Antonia, cuartel general de la fuerza romana, dominaba todo el recinto, permitiendo observar lo que pasaba allí[547].

El cuidado material del templo estaba á cargo de los judíos; un capitan del templo tenía su mayordomía, haciendo abrir y cerrar las puertas é impidiendo que se atravesara su circuito llevando baston en la mano, con el calzado sucio ó con paquetes, ó pasar por él para acortar el camino[548]. Se vigilaba sobre todo escrupulosamente para que nadie entrase en los pórticos interiores en estado de impureza legal. Las mujeres tenian una tribuna completamente separada.

Allí fué donde Jesús pasaba sus dias durante el tiempo que permanecia en Jerusalen. La época de las fiestas hacia concurrir á aquella ciudad un inmenso gentío. Reunidos en una misma habitacion diez ó veinte personas, los peregrinos lo invadian todo, viviendo en ese hacinamiento desordenado, que tanto agrada en Oriente[549]. Jesús se confundia entre la muchedumbre, y sus pobres galileos agrupados en su derredor hacian poco efecto. Presentia, sin duda, que aquél era un mundo hostil para él, que no lo acogeria sino con desprecio. Todo lo que veia le disgustaba. El templo, como en general todos los parajes de devocion demasiado frecuentados, ofrecia un aspecto poco edificante. El servicio del culto llevaba consigo un número de detalles, sobre todo operaciones mercantiles, á consecuencia de las cuales se establecieron verdaderas tiendas en el sagrado circuito. Allí se vendian reses para los sacrificios, y se encontraban mesas para facilitar el cambio de la moneda: á veces se hubiera tomado aquello por un bazar. Los ínfimos empleados del templo llenaban sin duda su mision con la vulgaridad irreligiosa de los sacristanes de todas las edades. Aquel aire profano é indiferente en el manejo de las cosas santas heria el sentimiento religioso de Jesús, llevado, á veces, hasta el escrúpulo[550]. Decia que de la casa del Señor habian hecho una cueva de ladrones. Un dia, cuentan que se dejó llevar de la cólera, y que dió de latigazos á aquellos mercaderes innobles, tirando por tierra sus mesas[551]. En general, gustaba poco del templo: el culto que concibió por su Padre, nada tenía que ver con las sangrientas escenas de los sacrificios. Todas aquellas rancias instituciones judías le disgustaban, y sufria al verse obligado á consentirlas. Así pues, el templo y su local no inspiraron sentimientos piadosos, en el seno del cristianismo, sino á los cristianos judaizantes. Los verdaderos hombres nuevos sintieron aversion por aquel antiguo lugar sagrado. Constantino y los primeros emperadores cristianos dejaron subsistir donde estaban las construcciones paganas de Adriano[552]. Sólo fueron los enemigos del cristianismo, como Juliano, los que pensaron en aquel paraje[553]. Cuando Omar entró en Jerusalen, el lugar del templo fué profanado de intento en ódio á los judíos[554].

El Islam, es decir, una especie de resurreccion del judaismo, en toda su forma exclusivamente semítica, fué el que le devolvió sus honores. Aquel lugar fué siempre anti-cristiano.

El orgullo de los judíos acababa de descontentar á Jesús y de hacerle penosa la permanencia en Jerusalen. Á medida que las grandes ideas de Israel se fortalecian, el sacerdocio se humillaba. La institucion de las sinagogas dió al intérprete de la Ley, al doctor, una grande superioridad sobre el sacerdote. No existian sacerdotes sino en Jerusalen, y áun allí mismo, limitados á las funciones simplemente rituales, casi como nuestros sacerdotes de parroquia, excluidos de la predicacion, estaban pospuestos al orador de la sinagoga, al casuista, al sofer ó escriba, por más lego que fuese este último. Los hombres célebres del Talmud no son sacerdotes; son sabios segun las ideas del tiempo. El alto sacerdocio de Jerusalen gozaba, en verdad, de un rango muy elevado en la nacion, pero no estaba en manera alguna á la cabeza del movimiento religioso. El sumo pontífice, cuya autoridad habia sido ya deshonrada por Heródes[555], se convertia cada vez más en un funcionario romano[556], que se mudaba frecuentemente para que muchos se aprovechasen del empleo. En contraposicion de los fariseos, celosos seglares muy exaltados, casi todos los sacerdotes eran saduceos, es decir, miembros de aquella aristocracia incrédula que se formó al rededor del templo, viviendo del altar y teniendo en él su vanidad[557]. La casta sacerdotal se habia separado hasta tal punto del sentimiento nacional y de la gran direccion religiosa que conducia al pueblo, que el nombre de «saduceo» (sadoki), que designaba de antemano solamente á un miembro de la familia sacerdotal de Sadok, vino á ser sinónimo de «materialista» y de «epicúreo».

Pero aún vino un elemento peor, despues del reinado de Heródes el Grande, á corromper el alto sacerdocio. Habiéndose Heródes enamorado de Mariana, hija de un tal Simon, hijo éste de Boethus de Alejandría, y habiendo querido casarse con ella (hácia el año 28 ántes de J. C.), no encontró otro medio para ennoblecer al padre de su futura y elevarle hasta él, que hacerle gran sacerdote. Aquella intrigante familia permaneció dueña del soberano pontificado durante treinta y cinco años, casi sin interrupcion[558]. Estrechamente ligada á la familia reinante, no se separó de él sino despues que fué depuesto Arquelao, volviéndose á apoderar del pontificado (el año 42 de nuestra era) despues que Heródes Agrippa rehizo por algun tiempo la obra de Heródes el Grande. Bajo el nombre de Boethusim[559], se formó así una nueva nobleza sacerdotal, muy mundana, muy poco devota, que casi se confundió con los Sadokitas. Los Boethusim, en el Talmud y en los escritos rabínicos, están presentados como dos especies de incrédulos, y siempre cerca de los saduceos[560]. De todo esto resultó al rededor del templo una especie de córte de Roma, viviendo de la política, poco dada á los excesos de celo, áun esquivándolos, no queriendo oir hablar de personajes santos, de innovadores, porque se aprovechaba de la rutina establecida. Estos sacerdotes epicúreos no tenian la violencia de los fariseos; sólo querian el reposo: su frivolidad moral y su fria irreligion hacian sublevarse á Jesús; y aunque diferentes en sí, le eran de igual modo antipáticos. Pero extranjero y sin crédito, debia guardar para sí, durante bastante tiempo, su disgusto y no comunicar sus sentimientos sino á la sociedad íntima que le acompañaba. Ántes de la última residencia, más larga con mucho que todas las que permaneció en Jerusalen, y que terminó por su muerte, Jesús ensayó, no obstante, hacerse escuchar. Predicó; se habló de él; se ocuparon de ciertos actos que consideraban como milagrosos. Pero de todo esto no resultó ni el establecimiento de una iglesia en Jerusalen, ni un número de discípulos hierosolimitanos. El elocuente doctor que perdonaba á todos con tal que le amasen, no debia encontrar eco en un santuario de disputas vanas y de sacrificios arraigados. Sólo consiguió con esto algunas buenas relaciones, de las que más tarde recogió el fruto. No es de suponer que entónces trabase conocimiento con la familia de Bethania que le prodigó, en medio de las pruebas de sus últimos meses, tantos consuelos. Pero desde el principio llamó la atencion de un tal Nicodemo, rico fariseo, miembro del sanedrin, y muy considerado en Jerusalen[561]. Ese hombre, que parecia honrado y de buena fe, se sintió arrastrado hácia el jóven galileo. No queriendo comprometerse, fué á verle de noche y tuvo con él una larga conferencia[562]. De ella guardó, sin duda, una favorable impresion, porque más tarde defendió á Jesús contra las prevenciones de sus cofrades[563], y, á la muerte de Jesús, volvemos á hallarle prodigando piadosos cuidados al cadáver del maestro[564]. Nicodemo no se hizo cristiano; creyó que su posicion se lo impedia en un momento revolucionario, en que la religion no contaba aún prosélitos ilustres. Pero evidentemente prodigó gran amistad á Jesús dispensándole servicios, aunque sin poder arrancarle á una muerte cuyo decreto, á la época en que llegamos, estaba como escrito.

En cuanto á los doctores célebres de su tiempo, no parece que Jesús tuviera relaciones con ellos. Hillel y Schammai habian muerto: la mayor autoridad de la época era Gamaliel, nieto de Hillel, inteligencia clara y hombre de mundo, dedicado á los estudios profanos, y acostumbrado á la tolerancia por su comercio con la alta sociedad[565]. Al reves de los fariseos, muy severos, que caminaban envueltos en un velo ó con los ojos cerrados, él miraba á las mujeres, sin exceptuar á las paganas[566]. La tradicion le excusó, así como haber sabido el griego, porque le acercaba á la córte. Despues de la muerte de Jesús manifestó sobre la nueva secta miras muy templadas[567]. San Pablo salió de su escuela[568]. Pero es muy probable que Jesús jamás entró en ella.

Un pensamiento al ménos que Jesús sacó de Jerusalen, y que desde entónces parecia arraigarse en él, fué que no habia pacto posible con el antiguo culto judío; la abolicion de los sacrificios, que le causaron tanto disgusto; la supresion de un sacerdocio impío y altanero, y hasta cierto punto la abrogacion de la ley, le parecieron de absoluta necesidad.

Á partir de ese momento, se coloca, no como reformador judío, sino como destructor del judaismo. Algunos partidarios de las ideas mesiánicas habian admitido ya que el Mesías sería el portador de una nueva Ley, comun á toda la tierra[569]. Los Esenios, que apénas eran judíos, parecian ser tambien indiferentes al templo y á las observancias mosáicas. Pero sólo eran atrevimientos aislados y no consentidos. Jesús fué el primero que se atrevió á decir que á partir de él, ó mejor á partir de Juan[570], la Ley no existia ya. Si alguna vez empleaba términos más discretos[571], era por no chocar abiertamente con las preocupaciones admitidas. Cuando le ponian en el disparador, descorria todos los velos y declaraba que la Ley no tenía ninguna fuerza. Á propósito de esto, se valia de enérgicas comparaciones: «Nadie á un vestido viejo echa un remiendo de paño nuevo; tampoco echa nadie vino nuevo en cueros viejos»[572].

Hé ahí en la práctica, su acto de maestro y de creador. Aquel templo excluyó de su seno los no judíos por medio de carteles afrentosos. Jesús rechaza el templo. Aquella Ley estrecha, dura, sin caridad, no se hizo sino para los hijos de Abraham. Jesús pretende que todo hombre de buena voluntad, todo hombre que le acoja y le ame es hijo de Abraham[573]. El orgullo de la sangre le parecia el enemigo capital que debia combatir. Jesús, en otros términos, no es ya un judío. Es revolucionario al más alto grado; llama á todos los hombres á un culto fundado sobre su sola cualidad de hijos de Dios. Proclama los derechos del hombre, no los derechos del judío; la religion del hombre, no la religion del judío; la salvacion del hombre, no la salvacion del judío[574]. ¡Ah, cuán léjos estamos de un Júdas Gaulonita, de un Matías Margaloth, predicando la revolucion en nombre de la Ley! La religion de la humanidad, establecida, no sobre la sangre, sino sobre el corazon, queda fundada. Se ha ido más allá que Moisés; el templo no tiene ya razon de ser, y es irrevocablemente condenado.

CAPÍTULO XIV

RELACIONES DE JESÚS CON LOS GENTILES Y LOS SAMARITANOS

Consecuente á estos principios, Jesús despreciaba todo lo que no era la religion del corazon. Las vanas prácticas de los devotos[575] y el rigorismo exterior, que espera alcanzar la salvacion por medio de mojigaterías, hallaban en él un enemigo mortal. Se cuidaba poco del ayuno[576] y preferia el perdon de una ofensa á los sacrificios[577]. El amor de Dios, la caridad, el perdon recíproco, hé ahí toda su ley[578]; nada ménos sacerdotal que esto. El sacerdote, por su estado, induce siempre al sacrificio público, del cual es el ministro obligado, y disuade de la oracion privada, que es un medio de no necesitar de él. En vano se buscará en el Evangelio una práctica religiosa recomendada por Jesús. El bautismo sólo tiene para él una importancia secundaria[579]; y en cuanto á la oracion, nada establece, sino que se haga de corazon.

Muchos, como sucede siempre, creyeron reemplazar por el buen deseo de las almas débiles el verdadero amor del bien, y se imaginaron ganar el reino del cielo diciéndole: «Señor, Señor.» Jesús los rechazaba proclamando que su religion era el hacer bien[580]. Frecuentemente citaba el pasaje de Isaías: «Este pueblo me honra con sus labios, pero su corazon está léjos de mí»[581].