BIBLIOTECA de LA NACIÓN

EUGENIO SCRIBE

CARLOS BROSCHI

TRADUCCIÓN DE
G. NÚÑEZ DE PRADO

BUENOS AIRES
1912

Derechos reservados.

Imp. de La Nación.—Buenos Aires

[Carlos Broschi: I, ] [II, ] [III, ] [IV, ] [V, ] [VI, ] [VII, ] [VIII, ] [IX, ] [X, ] [XI, ] [XII, ] [XIII, ] [XIV]
[El rey de oros]
[El precio de la vida]
[Judit o el palco de la ópera: I, ] [II, ] [III, ] [IV, ] [V, ] [VI]

CARLOS BROSCHI

——————

I

Entró en el salón una joven y detúvose ante el sofá, donde dormía Juanita con un sueño penoso y agitado. Hacía un calor asfixiante, y la joven abrió con precaución las ventanas del aposento. Desde éstas divisábase la ciudad de Granada y su incomparable vega. A la derecha, y sobre las ruinas de una mezquita, se elevaba la iglesia de santa Elena, frente a la cual un parque a la francesa extendía sus simétricas calles; magníficas fuentes octógonas dejaban oír el murmullo de sus aguas en los sitios donde se ostentaban en otros tiempos los bellos jardines del Generalife, y en cuyos alminares había flotado el estandarte de los Abencerrajes. A la sazón, el viejo palacio de los reyes moros servía de morada de retiro, y bien pronto, quizá, de tumba a una joven que dormía, pálida y fatigada, sobre su lecho de dolor.

Juanita, condesa de Pópoli, apenas contaba veinticinco años, y su belleza, célebre en las cortes de Nápoles y de España, hizo que los pintores de aquel tiempo le dieran el sobrenombre de la Venus napolitana. Nunca título alguno había sido tan merecido; porque, a una fisonomía encantadora, reunía una sonrisa tan graciosa, que nada podía resistir a ese encanto indefinible que procede del alma: celestial belleza que los sufrimientos no habían podido alterar ni el tiempo destruir.

En la época en que el pueblo de Nápoles hizo esfuerzos inútiles para sacudir el yugo de España, el conde y la condesa de Pópoli viéronse muy comprometidos, y esta joven, tan débil en apariencia, hízose admirar por su energía y su valor. Poco después quedó viuda, dueña de su mano y de una inmensa fortuna; rodeábanla los más solícitos homenajes, y sólo ella parecía ignorar las riquezas que poseía y la belleza que tanto la hacía brillar. Nadie, en efecto, habría podido pasar sin estos dones tan bien como ella, pues no los necesitaba para hacerse amar.

En el momento en que la conocemos, un ligero sudor cubría su frente tersa y pura como la de un ángel; su pecho oprimido se elevaba con pena; su boca murmuraba un nombre ininteligible, y de sus ojos, cerrados por el sueño, se escapaba una lágrima que rodaba por sus mejillas, pálidas y nacaradas.

La joven que hemos visto entrar en el salón dio un grito y se precipitó de rodillas junto al canapé donde reposaba Juanita. Esta despertó, y echando a su derredor una mirada llena de bondad, tendió la mano a su joven hermana diciéndole:

—¿Qué deseas?

—¡Ah!—exclamó Isabel.—¡Sufres, Juanita!

—Sí, siempre; pero, ¡qué importa! se trata de ti... ¿Qué quieres?

—No lo sé... quisiera hablarte... Después, cuando te he visto así... todo lo he olvidado... hasta a mi futuro, a Fernando; es por él por quién vengo... está aquí y quiere despedirse de ti.

—¡Se marcha!...—dijo Juanita incorporándose sobre su asiento.—Precisamente debía hoy mismo hablar con el duque de Carvajal, sobre el matrimonio de ustedes. ¿Por qué se va?

—¡Ah!—exclamó Isabel con un suspiro;—no se le puede vituperar su marcha, porque era el mejor partido que podía tomar.

—¡Cómo! ¿Le amas por ventura?

—Sí... es decir, poco hasta aquí, porque mi sola pasión eres tú, ¡hermana mía! bien lo sabes. Pero conozco, a pesar de todo, que Fernando es un noble joven, tiene un excelente corazón... y creo que le amo.

—¿Desde cuándo?

—Desde esta mañana... ¡después que ha rehusado mi mano!

Isabel dijo esto con un aire de satisfacción que asombró a Juanita, la cual no se podía dar cuenta de lo que pasaba.

Un momento después entró Fernando. Era un joven y hermoso caballero en la flor de su edad; sus cabellos estaban naturalmente rizados, y llevaba con mucha gracia una capa de paño azul y una espada con empuñadura de oro ricamente cincelada. En sus expresivos ojos reflejábase el valor español, templado por la gracia y el abandono de la juventud. El duque de Carvajal, su padre, era uno de los primeros señores de la provincia de Granada. Las intrigas de la corte y la privanza de Ensenada, ministro de Fernando VI, teníanle, hacía mucho tiempo, ausente de Madrid y postergado en su carrera política. No pudiendo ser hombre político, anhelaba ser rico, y la avaricia había sucedido a la ambición. Una pasión consuela a otra. El duque soñaba para su hijo único un matrimonio opulento, e Isabel parecía el mejor partido de Granada: a él, porque la joven era rica, y a Fernando, porque la amaba.

Isabel distaba mucho de ser tan bella como su hermana; las mujeres no querían concederle el que fuese linda, pero a una gracia encantadora, reunía una viva y ardiente imaginación, impresionable y fácil de exaltar; cualidades o defectos que su educación había desarrollado de una manera notable, porque casi toda su vida había transcurrido en un convento. Y en el silencio de la soledad nacen las ilusiones y las ideas fantásticas, que el mundo y la experiencia destruyen y disipan.

Como todas las jóvenes de aquel tiempo, pertenecientes a familias ilustres, Isabel salió del claustro para casarse, y había acogido con alegría los homenajes de Fernando, porque, habiéndole dicho éste que descendía por su madre del Cid, pensaba que con tal origen, la historia de su vida debía encerrar, forzosamente, algunas aventuras interesantes. Pero cuando vio que el descendiente del Cid se limitaba a adorarla con todo su corazón y a decírselo en alta voz, y a pedir su mano a su hermana con el consentimiento de su padre, sus pensamientos románticos disminuyeron considerablemente. Cuando el matrimonio estuvo convenido por ambas partes sin obstáculos, la joven se imaginó que todo esto no había pasado regularmente y que la historia de su vida no estaba completa, que le habían cercenado el primero y más interesante de sus volúmenes; y haciendo justicia a las buenas cualidades de Fernando, veía aproximarse tranquilamente una dicha que nada le había costado.

Pero no sucedía lo mismo por parte de Fernando. Parecíale que el día de su felicidad no llegaría tan pronto como deseaba, y la idea de una dilación le ponía fuera de sí; sin la enfermedad de Juanita y su estado casi desesperado, ya se hubiera verificado el matrimonio. Este mismo hombre, tan apasionado e impaciente, renunciaba a todas sus esperanzas y venía a despedirse de su prometida. En vano Juanita quiso conocer la causa de tan brusca marcha.

—Te ruego que calles—lo dijo Isabel;—te conservaré mi amor a este precio. Te amo, no amaré más que a ti; te seré fiel, te esperaré toda mi vida si es necesario, pero nada digas a mi hermana; éste es mi deseo.

—Y yo deseo que hable—dijo Juanita con dulce voz, reteniendo por la mano a su futuro hermano, que sufría al verse detenido.

Pálido y turbado, Fernando fijó en la enferma una mirada suplicante, oprimido como estaba por un tiránico amor a quien no quería ofender. Se disponía a marchar con su secreto, cuando este misterio fatal e impenetrable fue descifrado y descubierto, contrariando a Isabel, de la manera más natural.

De pronto, presentose en la puerta del salón, como no atreviéndose a entrar, un hombre vestido con una ropilla negra. Este hombre era el señor Manuel Perico, notario real de la ciudad de Granada, y apoderado del duque de Carvajal. Llevaba a la condesa de Pópoli el contrato de matrimonio.

Isabel se estremeció. Fernando se aproximó al notario y quiso arrebatarle los papeles que presentaba a la Condesa; pero ésta se había apoderado de ellos y se apresuró a ojearlos.

—¡Está bien!—dijo después de leerlos;—éstos son los artículos en que habíamos convenido con el señor Duque... El dote que yo aseguro a mi hermana... ¡Ah!—dijo la Condesa sorprendida, y un ligero carmín cubrió sus mejillas, ordinariamente tan pálidas.—¡He aquí unas condiciones que nunca se me habían impuesto! ¿Las conoce usted, Fernando?

—¡Sí, señora!—repuso el noble joven con voz balbuciente;—mi padre me había rogado que hablase a usted de ellas. He rehusado; y como ésta es la condición que pone a su consentimiento, he renunciado al matrimonio. Vengo, pues, a pedirle que dispense a mi padre, y a despedirme de usted.

Al acabar de decir estas palabras, extinguiose su voz; Isabel le tendió la mano con ternura, y Fernando se apresuró a enjugar las lágrimas que no había podido contener.

Entretanto, el señor Perico permanecía de pie con una pluma en la mano y sin atreverse a hablar. Juanita concluyó tranquilamente la lectura del contrato.

Era generalmente admitido en la ciudad el rumor de que la condesa de Pópoli estaba enferma del pecho desde hacía mucho tiempo. Sólo ella sin duda lo ignoraba, porque miraba con indiferencia todo lo que pudiese prolongar su existencia. Sin su consentimiento, y casi a pesar suyo, su joven hermana le prestaba los más asiduos cuidados sin que la Condesa sospechase la causa, queriendo aquélla al menos, si no podía salvarla, ocultarle hasta el último momento el golpe fatal que la amenazaba; porque los médicos de Granada, que pretendían no engañarse, habían anunciado que la Condesa no sobreviviría al otoño, y corría a la sazón el mes de septiembre. El duque de Carvajal, que era un hombre práctico, había añadido al contrato las dos cláusulas siguientes: primera, que la Condesa se obligaba a no volver a casarse; y segunda, que, en caso de muerte, todos sus bienes, tanto de España como del reino de Napóles, pasarían a ser propiedad de su hermana.

—No admitimos semejantes condiciones—dijeron a la vez los prometidos esposos.

—¡Tales condiciones son absurdas e imposibles!—continuó Isabel.—¿Por qué coartar tu libertad de ese modo? Eres joven; debes volver a casarte y dar al hombre que elijas largos años de ventura. En cuanto a tu sucesión—continuó haciendo un esfuerzo por sonreír,—tú eres la primogénita, y por poco que vivamos, espero que moriremos juntas.

Dicho esto, arrancó el contrato de las manos de su hermana, lo alargó a Fernando, el que lo hizo pedazos y los arrojó sobre el tapiz.

Juanita contempló a los jóvenes con una dulce sonrisa, tendió hacia ellos sus manos, y dijo al notario con acento melodioso:

—Señor Perico, tenga usted la bondad de rehacer el contrato como estaba, y tráigamelo mañana... Ahora, déjenos: quiero estar sola con ellos.

El notario salió, y los prometidos esposos cayeron de rodillas a los pies de Juanita.

—Escúchenme—les dijo, después de hacerles levantar;—el matrimonio de ustedes se llevará a cabo, y no me den las gracias—agregó vivamente.—Las condiciones que se me imponen, nada me cuestan. Hace mucho tiempo que me he prometido a mí misma y he jurado a Dios no volver a casarme; cumpliré este juramento. En cuanto a mis bienes, todos aquellos de que yo puedo disponer, los cedo como dote a mi hermana; pero los demás, que son los más considerables, no estoy segura de que me pertenezcan.

Los jóvenes hicieron un gesto de sorpresa, y Juanita continuó lentamente y con voz temblorosa, a causa de la emoción:

—Si se presentase una persona que busco y que no he podido volver a ver, y a quien pertenece toda esta fortuna, aun después de mi muerte, Fernando, será preciso devolverla... ¿Me lo jura? Fío en su honor. Pero si esa persona no apareciese, todos esos bienes serán suyos y de mi hermana.

—Háganos el favor de explicarnos eso—dijo Fernando.

—¡Ah! Es un grande y terrible secreto, que sólo ustedes conocerán... Pero sí, es necesario... es necesario que sea antes de mi muerte, ¡y ésta está muy próxima!... No me interrumpan, pues—dijo la Condesa notando la emoción de su hermana.—Es muy largo de contar, e ignoro si mis fuerzas bastarán. Pero cuando tenga necesidad de descanso, lo diré... e interrumpiré mi relato.

Y haciendo que los dos jóvenes se sentaran junto a ella, la Condesa comenzó en esta forma:

II

«Mi hermana y yo nacimos en el reino de Nápoles, que en aquel tiempo era una provincia de España. Siendo muy jóvenes aún, perdimos a nuestros padres y quedamos bajo la tutela de nuestro tío, el duque de Arcos, del que no pretendo hacer el retrato, porque fue muy conocido. En su juventud, había sido virrey de Nápoles, y su dureza e inflexible rigor causaron la desgracia del pueblo, a quien trataba como esclavo, conduciéndole de este modo a la desesperación, a la rebeldía. Bajo su gobierno ocurrió aquella famosa revolución de una semana, durante la cual el pescador Masaniello fue aclamado rey por el pueblo y asesinado después por el mismo pueblo que le había aclamado. El duque de Arcos, al volver al poder, no fue ni más hábil ni más clemente; redobló sus rigores, a los que él denominaba rigores saludables. Este era todo su sistema político; no conocía otro. El clamor público obligó, por último, al rey de España a darle un sucesor, retirándose el Duque murmurando de la debilidad de un soberano que no le dejaba concluir la gloriosa obra a que había dado principio. Y aunque le seguían las maldiciones del pueblo, no obstante conservaba en su tranquila conciencia la satisfacción interior y el convencimiento íntimo del bien que había realizado.

»En la época en que nos llevó consigo, nuestro tío tenía cerca de ochenta años, y era siempre el mismo. Sus opiniones y su carácter no habían cambiado en nada. No había perdonado aún a mi padre, que se había casado sin su consentimiento, y mi madre murió sin que consintiese en verla. En aquellos momentos estaba solo y sin familia, y lo que era más sensible, sin nadie en quien ejercer su tiranía; y no teniendo a quien dominar, por puro egoísmo se propuso educarnos. Al vernos, se obstinó en que Isabel, que contaba a la sazón tres o cuatro años, debía tener vocación religiosa, y la puso en el convento della Pietá. Yo tenía algunos años más que mi hermana, y me dejó en su casa con el propósito de establecerme un día a su capricho.

»Relataré brevemente cuanto sucedió durante mis primeros años. Separada de mi hermana, a quien no veía nunca, y encerrada en un lúgubre pero magnífico castillo cuyo circuito no podía traspasar, fui criada en el temor de Dios y de mi tío, cuyo aspecto y cuya voz me hacían temblar. El Duque veía siempre con una especie de satisfacción íntima el respeto que me inspiraba. El miedo era la única lisonja que le agradaba. Era el mejor medio de hacerle la corte, y sin quererlo, yo satisfacía su gusto.

»No tenía, por mi parte, otra satisfacción que la de ver a mi maestro de música, un hábil organista, un napolitano de unos cincuenta años de edad, cuyo entusiasmo, cuyos gestos, y sobre todo, cuya peluca me hacían reír; éstos eran los únicos momentos que tenía de distracción en tan sombría morada.

»Gerardo Broschi, que así se llamaba, era un verdadero artista que no carecía de talento, ni tampoco de amor propio. Pero el amor a su arte le había trastornado; nunca hablaba más que de música; siempre llegaba cantando, y a veces contestaba a mi tío con un recitado. Hablador incansable, tenía siempre en sus labios historias inverosímiles que contarnos sobre sus aventuras en las cortes de Europa, en las que figuraban grandes señoras a quienes enseñó su arte. Había descuidado su fortuna por dedicarse a sus galanteos, y después de una larga carrera, el pobre anciano no tenía otros bienes que su buen humor, sus cavatinas, su vestido negro y aquella prodigiosa peluca que me divertía extraordinariamente.

»Cierto día entró en su habitación, contra su costumbre, sin cantar. Yo le miré con inquietud.

—»¿Está usted malo, Gerardo?—le dije.

—»No, señora; pero me sucede una gran desgracia: me ofrecen un puesto distinguido, dignidades, honores... no podré sobrevivir a semejante suceso... y me es imposible rehusar.

—»¿Qué le acontece, pues? ¿Alguna gran señora que le protege?

—»¡Más que eso, un rey, un emperador!

»Entonces Gerardo me contó que el czar Pedro el Grande reclutaba artesanos en todos los países de Europa y artistas en Italia, con el propósito de formar una banda de música para sus regimientos y una orquesta para su capilla, y se le habían hecho a Gerardo, antes que a nadie, proposiciones ventajosas para ir a Rusia.

»Yo no podía calcular entonces de dónde procedían su tristeza y mal humor. Pensé que sería, sin duda, el disgusto de abandonarme; pero Gerardo era demasiado franco para dejarme en un error. Tenía un hijo que constituía su única pasión... después de la música... Un joven encantador que, luego de haber oído la relación de Gerardo, creí que sería el hijo de alguna gran señora o alguna princesa a quien él había dado sus lecciones de música.

»Lo único que en todas mis hipótesis había de cierto, es que Gerardo era un buen padre, que adoraba a su pequeño Carlos, a su hijo, y que se privaría de todo, hasta de su guitarra, por proporcionarle un juguete o un vestido nuevo. El pobre niño estaba enfermo, sufría mucho, y el sol de Nápoles era casi su existencia; a esto debíase la inquietud de Gerardo. Poner a Carlos bajo la influencia del helado cielo de la Rusia era matarle, y sin separarse de él, era imposible evitar lo que temía... ¿A quién había de confiarlo? ¿quién tendría cuidado de él? ¿qué sería de este niño?... Lloraba Gerardo, y yo también lloraba al ver las lágrimas en aquella fisonomía que ordinariamente causaba tanto regocijo.

»Ese día, por fortuna, era el santo del duque de Arcos; y aquella tarde, todavía me acuerdo, aunque apenas tenía doce años, mi tío me dijo con aquella voz terrible que me llenaba de espanto:

—»¡Vamos, Juanita! ¡diviérteme! ¡Canta una barcarola!

—»¡Sí, señora!—exclamó vivamente Gerardo, a quien la música le hacía olvidarlo todo.—Cante usted el aire de Pórpora: O pescator felice.

»Mi tío frunció su entrecejo; porque después de la revolución de Masaniello, no podía oír tranquilamente la palabra pescador. No obstante, como en la cavatina de Pórpora el pescator felice concluye por naufragar, este desenlace, más sin duda que el modo con que yo canté, causaron tanto placer a mi tío, que exclamó:

—»¡Bravo! ¡bravo! ¡Pide lo que quieras, te lo concedo por el día que celebramos!

»Yo me arrojé a sus pies y le supliqué que hiciese traer y educar en el castillo al pequeño Carlos, que era de mi edad, próximamente. Esperando su contestación, Gerardo no respiraba; y yo, pálida y conmovida, temblaba de pies a cabeza.

»Agradablemente sorprendido, sin duda, mi tío contestó con una dulzura poco acostumbrada en él:

—»Un noble español no tiene más que una palabra; sostendré la que te he dado. En lo sucesivo, Carlos será de la casa; será un paje que estará a tu servicio.

»Me es imposible pintar a ustedes la alegría y el reconocimiento del pobre Gerardo. Partió dichoso y tranquilo, y durante tres años nos dio noticias suyas con bastante frecuencia. Tuvo su viaje un resultado feliz y alcanzó gran éxito en la corte de Rusia. La esposa de Pedro el Grande, la emperatriz Catalina, le nombró su maestro de capilla. Al cuarto año cesó de escribirnos. ¿Había sucumbido al rigor del clima? ¿El amor que por todas partes seguía su fortuna le había hecho robar alguna princesa rusa? No lo pudimos averiguar, y hasta mucho tiempo después no tuvimos noticias suyas, ni oímos hablar más del pobre Gerardo, de mi maestro de música.

«Durante este tiempo, Carlos, su hijo, se criaba y educaba en la casa de mi tío; yo estaba encantada de mi joven paje. Su salud delicada se había robustecido, su cuerpo habíase desarrollado; y aunque demasiado joven todavía, sus facciones ofrecían tanta nobleza y regularidad, que mi maestro de dibujo, el señor Lasca, pintor de talento, le tomaba por modelo de todas las figuras de ángeles y querubines con que decoraba el salón de mi tío; y el pobre joven se veía obligado a pasar horas enteras delante del artista, en vez de ir a jugar o correr por el parque.

»Por lo demás, desde el duque de Arcos hasta el último criado del castillo, todos, excepto yo, lo hacían rudamente sentir la posición en que se encontraba. Modesto y resignado, guardaba silencio, no se quejaba nunca... ni aun a mí, y no derramaba una lágrima; pero con frecuencia había en sus negros ojos, cuando los levantaba hacia el cielo, una expresión de dolor y de dulzura indefinibles.

»Habitaba otra persona en el castillo, de la que necesito hablar a ustedes. Esta era el secretario de mi tío, Teobaldo Cuchi, un joven de corazón y de mérito, digno desde entonces del elevado puesto que llegó a ocupar más tarde. Hijo de un paisano calabrés, las escasas lecciones de teología que había recibido del cura de su aldea despertaron en él el deseo de instruirse. Dotado de una voluntad firme e inalterable, religioso por carácter, y confiando en la Providencia, dejó la cabaña de su madre, yéndose a pie a Nápoles, donde se hizo lazzaroni y bracero; y el dinero que ganaba durante el día en esta ocupación, lo empleaba por la noche en pagar a los maestros que le educaban. Pasaba la noche inclinado sobre sus libros, abusando así de sus fuerzas y de su salud.

»Pálido, delgado, la tez morena, la frente arrugada, Teobaldo, que apenas contaba veinte años, parecía rayar ya en los cuarenta; pero en cambio era de los hombres más instruidos de Italia en historia y en teología, y conocía a la perfección muchas lenguas. A pesar de su grande instrucción, era desconocido en Nápoles, donde apenas ganaba lo suficiente para sus más precisas necesidades, y se vio obligado a aceptar la plaza de secretario del duque de Arcos, que un amigo le había proporcionado. Envió entonces a su madre todos sus ahorros, que ascendían a doscientos ducados, y se sepultó en el viejo castillo, donde no tenía otras ocupaciones que escribir lo que mi tío le dictaba y darme lecciones de francés y alemán: el resto del día lo pasaba estudiando en la biblioteca del castillo.

»Sombrío y severo, pero dotado de una sólida y verdadera piedad, poseía un gran fondo de inteligencia: sólo él hablaba con interés y bondad a Carlos, a quien todos trataban como a un sirviente y cuyas funciones, no obstante, eran las de paje de una gran casa. En la mesa permanecía cerca de mí, me servía de beber, y una vez terminada la comida, me presentaba el aguamanil y el jarro de cristal.

»Por la mañana ordenaba mis libros y mis papeles, y mientras que Teobaldo me daba lección, manteníase a mis espaldas, atento y silencioso, esperando mis órdenes.

»Dulce y tímido, no se atrevía a exponerme su reconocimiento, pero sus acciones me lo manifestaban. Apresurábase a satisfacer mis caprichos, llevaba mis labores, mis libros, mis guantes, mi abanico, y en los grandes días, la cola de mi manto. Gracias a sus cuidados, las más bellas flores del parque adornaban mi chimenea o pendían de mi cintura.

»Mi tío, con sus veinte criados, no estaba tan bien servido como yo por mi lindo y joven paje.

»Sentíame satisfecha y orgullosa; acostumbrada a obedecer, me complacía en ejercer mi poder absoluto sobre Carlos, cuya dureza templaba mi edad, porque frecuentemente le tomaba como compañero en mis juegos; y en las horas de recreo, la señora y el paje olvidaban la distancia que los separaba.

»Un día, me acuerdo perfectamente, en el gran salón del castillo le había mandado que jugase conmigo una partida de volante, y avanzando unas veces y retrocediendo otras, nos encontramos, sin advertirlo, cerca de un gran jarrón de Bohemia de un trabajo admirable, en el que estaban pintadas las armas de la casa de Arcos. Mi tío lo tenía en tal estima, que no nos estaba permitido tocarlo, ni mirarlo siquiera. Pero un golpe del volante, torpemente dado por mí, hizo saltar en menudos pedazos aquella admirable obra, cuyos fragmentos cayeron a nuestros pies.

»Un rayo no me hubiera sobrecogido de tal modo. Dejé caer mi volante y me apoyé en un sillón, mientras Carlos recogía los pedazos del jarrón, como si hubiese tenido el poder de volverlo a su primitivo estado. De pronto, oímos en la pieza inmediata la terrible voz de mi tío, que llegaba a mis oídos como la trompeta del juicio final... No obstante, tuve el valor suficiente para precipitarme hacia una puerta lateral.

—»¡Vete! ¡vete!—grité a Carlos.

»Por mi parte, tuve buen cuidado al entrar en mi estancia de cerrar por dentro y correr cuantos cerrojos tenía la puerta, persuadiéndome que de este modo evitaría el que la cólera de mi tío llegase hasta mí.

»Carlos, menos ágil que yo, no pudo seguirme, y permanecía en el salón cuando, abriendo la puerta, entró el duque de Arcos, de gran uniforme, con el sombrero convenientemente colocado y su bastón de puño de oro en la mano.

»Su vista se fijó en seguida a las pruebas del crimen, que estaban diseminadas por el pavimento. Carlos palideció, pero permaneció inmóvil viendo al Duque dirigirse hacia él.

—»¿Quién ha roto este jarrón?

»Carlos permaneció silencioso.

—»¿Quién ha roto este jarrón?—repitió el Duque con voz imperiosa, levantando el bastón.

—»¡He sido yo!—repuso tímidamente el generoso Carlos.

»Disponíase el Duque a golpearle, cuando apareció Teobaldo. Este corrió a mi tío, queriendo apaciguarle, y, a riesgo de que volviese contra él su cólera, le hizo presente que no debía descargar su rabia contra un niño, y sin razón, probablemente.

»A esta palabra, el furor de mi tío no tuvo ya límites.

—»¿Si te despidiese de mi casa, si te arrojase de ella ahora mismo?—gritó el Duque amenazando a Teobaldo.

—»Entonces sería usted doblemente injusto—replicó éste fríamente.

»Y diciendo estas palabras, tomó respetuosamente el bastón de la temblorosa mano del anciano, y lo arrojó por la ventana.

»La cólera de mí tío había llegado a su colmo. Sobrecogido por aquella sangre fría, cayó sobre un sillón sin poder pronunciar una palabra; pero llamó a su mayordomo y le hizo seña de que se llevase a Carlos. Este, al salir, dirigió a Teobaldo una mirada de gratitud.

»Yo no me atrevía a salir de la habitación; no obstante, fue necesario hacerlo cuando llegó la hora de comer. Mi tío estaba solo en el comedor, sombrío y silencioso. A algunos pasos de él y a su espalda encontrábase Carlos, pálido y sin poder apenas sostenerse; al verme, su fisonomía expresó una gran satisfacción. Creí entonces que todo había pasado del mejor modo posible, y que mi tío nada sabía. ¡Cómo podía yo adivinar que el pobre joven había sido maltratado por el mayordomo, despojado de sus vestidos y azotado hasta hacerle saltar la sangre, sin que el dolor le hubiese arrancado ni una queja, ni una palabra! Cuando lo supe lancé un grito de indignación, y corrí en busca suya queriendo oírlo todo de sus labios.

—»¿Quiere usted excitar de nuevo la cólera del señor Duque, que, gracias al Cielo, ha pasado ya?—dijo Carlos, sonriendo con tristeza.

—» Carlos—le dije:—¿qué podré hacer para recompensarle el servicio que acaba de hacerme?

—»¡Usted, señora! ¡No estoy suficientemente recompensado!...

»A partir de este día, Carlos fue mi protegido, mi favorito, mi más fiel servidor. Nunca afecto alguno fue tan ampliamente recompensado. Su única ocupación era adivinar mis pensamientos para adelantarse a mis órdenes, para satisfacer mis caprichos.

»El día en que ocurrió aquella escena, Teobaldo quiso retirarse de nuestro servicio; pero mi tío, que tenía necesidad de él (porque a la sazón sostenía correspondencia con algunos príncipes alemanes), le mandó imperiosamente que se quedase; y Teobaldo, despreciando sus órdenes, preparábase a dejarnos: afligida por su pérdida, le supliqué que permaneciera con nosotros.

—»¡Ah!—le dije llorando;—¡ya no me queda ningún amigo!

»Teobaldo se quedó.

»Severo y brusco para todo el mundo, Teobaldo tenía para mí una dulzura y bondad infinitas. Aunque las funciones de preceptor tienen algo de enfadosas, nada podía agotar su paciencia, ni aun las rudas pruebas a que le sujetaba mi estudio de las lenguas extranjeras.

»Yo aprendía el francés con alguna facilidad; pero el alemán, aunque era el especial cuidado de mi tío, me disgustaba sobremanera y tenía que violentarme, y ni aun así lograba retener en mi memoria una sola palabra de aquel idioma, que yo calificaba de bárbaro. Por último, rogué a Teobaldo que cesasen las lecciones, consintiendo él en ello, pero a condición de que se lo advertiría a mi tío. Lo prometí, pues, pero no me atreví a cumplir mi promesa.

»Una o dos veces me encontré a solas con el Duque, que me preguntaba:

—»¿Vas comprendiendo la lengua alemana?

»Acordábame entonces que mi tío no comprendía una palabra de ella; esta convicción me daba un gran valor, y contestaba brevemente y en tono resuelto:

—»Sí, mi querido tío; la comprendo perfectamente.

»Pero he aquí que durante una pequeña temporada que Teobaldo estuvo ausente del castillo (había ido a ver a su madre que estaba bastante enferma), recibió mi tío una carta del margrave de Anspach, carta confidencial, tres grandes páginas del alemán más difícil.

—»Veamos lo que contiene—me dijo;—léemela.

»Fácilmente se imaginarán ustedes cuál sería mi situación... No encontré otra excusa que darle, sino que era demasiado larga.

—»Eso no importa; te doy de plazo hasta la tarde.

»La dificultad no estaba en el tiempo. Subí a mi aposento, y pasé algunas horas en llorar y maldecir al margrave. La hora llegó, pues; dejé la carta sobre la mesa y bajé más muerta que viva.

—»¿Has terminado?—me preguntó el Duque.

»Bajé la vista sin contestar, silencio que interpretó como una respuesta afirmativa; después de comer me preguntó:

—»¿Dónde está esa carta?

—»Sobre mi mesa—repuse, encomendando mi alma a Dios.

»Tan grande era el terror que experimentaba al ver acercarse la tempestad, que no acertaba a pronunciar una palabra. Para colmo de humillación, Teobaldo, que acababa de llegar, entró en el salón. Mi tío le informó de lo que se trataba.

—»Hela aquí—dijo, tomando la carta, que Carlos tenía en la mano;—he aquí la discípula de usted, que nos va a leer su traducción. Sígala con el original, y vea si está bien.

»Había dos papeles; me entregó uno y dio el otro a mi profesor, cuya inquietud igualaba a la mía. Teobaldo estaba turbado, pálido. Pero su admiración fue tan grande como la que yo experimenté, cuando fijó su vista en el papel que se me había entregado; la carta del margrave estaba delante de mí legible, la entendía perfectamente.

»Leí en voz alta; y Teobaldo, que atendía, entretanto, al original, no pudo detener más de una vez sus exclamaciones, que mi tío tomaba por muestras de aprobación. Por mi parte, viéndome salvada, y no explicándome este suceso sino por un milagro que mi razón no acertaba a comprender, me preguntaba interiormente:

—»¿Qué ser caritativo, qué hada ha venido en mi auxilio y cuida de mí de esta manera?»

—Pero perdónenme, amigos míos, perdónenme—dijo la Condesa con voz débil.—Estos acontecimientos de mi infancia me han entretenido más de lo que deseaba... y no tengo fuerzas para continuar...

Su hermana, que ya había estado a punto de interrumpirla, le impuso silencio, y alargando su mano a Fernando, le dijo, despidiéndole:

—Hasta mañana.

III

La Condesa continuó su relato, al día siguiente, en estos términos:

»Mi tío había salido del aposento; Teobaldo y yo nos mirábamos aún asombrados del suceso, sin que pudiéramos darnos cuenta de una aventura que creíamos sobrenatural; porque excepto mi preceptor, que acababa de llegar, nadie entendía el alemán en el castillo, incluyéndome a mí, que hacía un año lo estaba aprendiendo.

»Carlos permanecía de pie en un rincón del salón y nos miraba sonriendo; de pronto, dirigiéndose a Teobaldo, dijo:

—»Y bien, querido maestro: ¿no adivina usted que pueda haber aquí otro discípulo, que le debe la dicha de haber sido útil a su bienhechora?

»Teobaldo quedó estupefacto, porque esta frase acababa de ser pronunciada en el más puro alemán. Yo no pude menos de exclamar:

—»¿Cómo, Carlos, esa traducción es de usted? ¿Dónde, pues, ha aprendido?

—»Lo que usted no ha querido estudiar, lo he estudiado yo—nos dijo.

»En efecto, hacía tres años que Carlos asistía asidua y silenciosamente a todas mis lecciones, y las había aprovechado mucho más que yo. Cuando estaba solo y entregado a sí mismo; cuando habían pasado las dos terceras partes del día, empleaba en estudiar los momentos que yo consideraba perdidos en la ociosidad.

»Teniendo entrada a todas horas en mi gabinete de estudio, del que estaba encargado, servíase de mis libros y de mis cuadernos; su aplicación y su constancia le habían hecho un joven mucho más instruido de lo que podía pedirse a sus años.

»El joven, el paje, a quien todos despreciaban en la casa, poseía perfectamente nuestra lengua y varios idiomas extranjeros; conocía la historia y la geografía. No había olvidado la música; y apenas había yo salido, se sentaba al clavicordio; algunas veces, me acuerdo perfectamente, creí, oyendo los sonidos lejanos, que mi maestro se había quedado tocando y que ensayaba todavía.

»Fácilmente comprenderán ustedes, queridos amigos, que después de este descubrimiento, Carlos no tuvo necesidad de ocultarse. Estudiaba con nosotros, en mi compañía. Este acontecimiento había excitado mi emulación, y encontré desde entonces en el estudio un placer que había ignorado hasta entonces.

»Teobaldo sentíase orgulloso de nuestros progresos, de los de Carlos sobre todo, porque su precoz inteligencia concebía con una facilidad asombrosa las cuestiones más difíciles y abstractas. Reunía a una memoria feliz, una concepción rápida, una imaginación ardiente y unos sentimientos nobles y elevados que no nacían en la imaginación, sino en el corazón. Tales eran las cualidades que brillaban en él de una manera notable.

»Teobaldo mirábale con frecuencia sorprendido y me decía en voz baja y con acento profético:

»Créame usted, no será un hombre vulgar; cualquiera que sea el estado o carrera que abrace, llegará a un puesto elevado.

—»Si fuese así—respondía Carlos,—a ustedes lo deberé, amigos míos; y el pobre huérfano no lo olvidará jamás.

»Muy en breve el maestro no tuvo nada que enseñar a su discípulo, que era ya su compañero de estudio. Por mi parte, no podía seguirlos ni llegar a su altura; pero sentíame orgullosa de saber apreciar lo que valían.

»Sus conversaciones eran dulces y amenas: en ellas dejaban ver sus nobles y puros sentimientos; tenían elocuencia fácil, sencilla y persuasiva. En la soledad del viejo castillo, cerca de aquel anciano achacoso y colérico, las horas nos parecían demasiado breves cuando nos encontrábamos en aquel santuario del estudio y de la amistad. A los días indiferentes y tranquilos de la infancia, debía suceder la edad de oro de la juventud, con sus quiméricos encantos, sus grandes ilusiones y su inmenso porvenir. Más sabio que nosotros y ya menos dichoso, Teobaldo era más grave, más reflexivo. Conocía el mundo; es decir, los pesares; nosotros no conocíamos más que nuestro mutuo afecto, la amistad y la dicha.

»Una mañana, brillaba el bello sol de otoño, estábamos los tres en un extremo del parque, hablábamos familiarmente, y Carlos nunca habíase mostrado más gracioso y amable.

—»He soñado esta noche—nos dijo—que yo era gran señor y primer ministro.

—»¿En qué reino?—le interrogué yo.

—»Mi sueño no me lo ha dicho.

—»¿Y qué puesto me daba usted en ese sueño?

—»Usted, señora... era reina.

—»¿Y Teobaldo?

—»¡Confesor del rey!

»A esta broma imprevista lancé una carcajada, y mi alegría excitó la de Carlos. Sólo Teobaldo guardó su compostura, y nos dijo moviendo la cabeza:

—»¡Eso sí que es extraño!

»A estas palabras, nuestra alegría creció de pronto.

—»No se rían ustedes...—nos dijo con gran seriedad y sangre fría.—Debo ser el más razonable de los tres... y soy el más débil y supersticioso... Lo que acaban de decirme me ha impresionado, y a mi pesar no puedo dejar de creerlo.

—»¿Por qué?—le interrogué.

—»Porque he soñado exactamente lo mismo.

»Todos lanzamos un grito de sorpresa.

—»Sí—dijo a Carlos;—yo sacerdote y tú gran señor.

—»¿Y yo?—pregunté a mi vez.

—»Usted, señora, es diferente—me dijo con tristeza;—no estaba con nosotros, nos había dejado, nos había abandonado.

—»¡Ah! Entonces ese sueño no es verdad, no tiene sentido común—exclamé.—Ignoro qué destino nos estará reservado; pero sea el que quiera el mío, juro que nada en el mundo me hará olvidar los amigos de mi infancia.

—»Y nosotros juramos lo mismo—exclamaron los dos a la vez, extendiendo hacia mí sus manos, que tenían estrechamente unidas.

»Hubo un instante de silencio, y Teobaldo volvió lentamente a su tristeza habitual, diciendo:

—»Sí, señora; nuestros presentimientos se cumplirán. Tendrá usted inmensas riquezas, será una gran señora... respetada y adorada de todos. Tú, Carlos, si atiendo a tu mérito más que a tu sueño, debes, a despecho de los obstáculos, a pesar de tu nacimiento, hacer tu camino en el mundo, y llegar a los puestos más elevados.

—»Tanto mejor para ti—dijo en tono de broma Carlos, dando en la espalda de Teobaldo con aire de protección.

—»¡Oh! ¡Yo—prosiguió Teobaldo—tengo el presentimiento de que seré siempre miserable! No seré útil a nadie... Los amaré, velaré por ustedes y les daré mi vida... Vean ahí—continuó sonriendo y dándonos la mano,—que mi parte es la mejor, y que de los tres seré el más dichoso.

»La campana del castillo sonó en aquel momento, y nos separamos renovando el juramento de eterna amistad, que el Cielo oyó, y que nuestros corazones ha mantenido.

»Contra la costumbre, y turbando la tranquilidad de nuestra pacífica morada, una numerosa y brillante sociedad acababa de llegar a ella. Era un número bastante crecido de jóvenes señores de las cercanías que, reunidos desde por la mañana para una partida de caza, habían querido descansar de su fatiga en el castillo del duque de Arcos, su vecino.

»Como castellano, mi tío sentíase lisonjeado con esta visita y recibió alegremente a sus nuevos huéspedes; parecía inquieto, y en su orgullo español se apresuraba para ejercer dignamente los deberes de la hospitalidad. Díjome que bajase al salón para recibir a aquellos señores y hacer los honores de la casa. Obedecí, y, al verme, hubo entre aquella multitud, cuyas miradas todas se dirigieron hacia mí, una especie de rumor, el cual no podía explicarme, y que me turbó extraordinariamente. Recibíamos muy pocas veces, y los nobles señores que nos honraban con su visita eran, por lo general, viejos duques y ancianos señores, amigos y contemporáneos de mi tío. Semejante sociedad fijaba poco la atención en mí, y tenían la costumbre de mirarme como a una niña. Durante este tiempo yo había crecido; contaba quince años; era bien parecida, y por el incidente de tan inesperada visita, me convencí de que llamaba la atención mi persona; mis amigos nada me habían dicho, y el efecto rápido y maravilloso que produje en la concurrencia me sorprendió en extremo... Todo, en aquel día, me decía que era linda; y si hubiese podido dudarlo todavía, las exclamaciones que oía a mi alrededor bastaban para disipar mis dudas.

—»Por San... ¡Qué linda es! ¡qué talle de reina! ¡qué hermosos ojos negros! No hay nada mejor en la corte.

—»Yo lo daría todo por ella—dijo un hombre de pequeña estatura y de bigotes negros.

—»Y yo también—agregó una voz ronca que me causó miedo;—todo, excepto mi jauría y mi caballo árabe.

»Estas y otras exclamaciones semejantes se repetían en el salón por veinte personas a la vez, sin que yo perdiera una sola palabra.

»Poco después llegó mi tío; acababa de vestirse con su gran uniforme y el gran cordón de la Orden de Calatrava, e invitó a sus convidados a pasar al comedor.

»Al oír estas palabras, aquellos señores se olvidaron de mí, pues el apetito que tenían, como buenos cazadores, no les permitía pensar más que en comer; en verdad no tenían otra cosa que hacer.

»A los primeros instantes de silencio, sucedió una conversación animada y ruidosa como en el final de una asamblea. Cada cual refería sus proezas en la caza, y después que el vino circuló en abundancia, no hubo medio de entenderse. ¡Qué discursos, Dios mío! ¡Cuánta ignorancia! ¡cuánta fatuidad! Menos mal, cuando estos nobles señores no son más que tontos o fatuos; pero muchos de ellos se distinguían por su grosería y malos modales.

»Aturdida y disgustada de aquella sociedad, parecíame oír una lengua desconocida, que estaba en un mundo nuevo y extravagante, lejos de mi país, de mis amigos a quienes ansiaba volver a ver; antes de que terminase la comida, las frecuentes libaciones habían acalorado los cerebros de nuestros convidados.

—»¡Por esta hermosa joven!—exclamó uno de ellos apurando un vaso de vino.

—»¡Por nuestro huésped el duque de Arcos!—agregó otro.

—»¡Por los jabalíes de estos dominios!—dijo la voz ronca que había oído antes en el salón.

»Este intrépido cazador, el Nemrod de la partida, era un joven de veinticuatro a veinticinco años, de cabellos y bigotes rojos, cuyas facciones, de expresión dura y altanera, hubieran sido regulares si no hubieran estado surcadas por una enorme herida que se había hecho con la rama de un árbol.

—»¡Por los jabalíes de estos dominios—repitió,—y por el que he muerto esta mañana!

—»Te equivocas, Eduardo—respondió uno de los convidados;—ese jabalí ha sido muerto por mi mano.

—»¡No! Lo mató mi bala; yo lo he visto.

—»¡Sí, cuando lo has tocado estaba ya muerto!

—»¡Mientes!

»Su adversario quiso lanzarse sobre él, pero el duque de Arcos se levantó para separarlos, lo que consiguió después de algunos esfuerzos, logrando que la disputa no pasase de allí. Como medida de precaución, acordose la partida, y mientras los convidados se despedían, llamaron a sus domésticos e hicieron ensillar sus caballos.

»Entonces me encontré sola un momento con el terrible Eduardo, el eterno cazador, y me fue fácil conocer que brillaba menos en el salón que en la mesa. El vino de España, que mi tío les había prodigado, debilitó su cerebro, y costole gran trabajo balbucear algunas excusas sobre la escena que acababa de desarrollarse; poco a poco fuese animando, sus ojos se enrojecieron, su andar era menos vacilante, y me dirigió algunas frases galantes y tan expresivas, que consideré prudente retirarme.

—»No tema usted nada—me dijo;—yo parto; pero, noble castellana, espero que tendrá usted a bien conceder a un animoso caballero el beso de despedida.

«Rehusé... pero en vano; y como él insistiese, quise arrojarme a la puerta; pero adivinando mi pensamiento, se interpuso en mi camino y me rechazó bruscamente.

»Fuese a causa del choque brusco que recibí, o por el terror que aquel hombre me inspiraba, vacilé y caí dando un grito de terror.

»En aquel momento apareció Carlos en la puerta del salón, y lanzándose a Eduardo, le golpeó en la mejilla. Este, furioso, echó mano a un cuchillo de monte que llevaba en la cintura, e hirió a Carlos. Yo vi el acero brillar; vi la sangre correr; después no percibí nada, no sentí nada; había perdido el conocimiento.

»Cuando volví en mí, cuando principié a recordar mis ideas, estaba acostada; me encontraba en un gran aposento apenas iluminado, y a la débil luz de una lámpara distinguí dos hombres: uno de ellos, de pie, levantaba mi cabeza y procuraba hacerme beber un líquido que no sabía lo que era; el otro estaba arrodillado al pie de mi cama y oraba.

—»Dios nos ha oído—murmuró en tono bajo una voz que me era conocida, la de Carlos.—Por fin vuelve en su conocimiento, ya abre los ojos.

»Y los dos amigos se abrazaron. Los veía, y no podía explicarme cómo estaba en aquella estancia, en aquel lecho, sin criados, sin ninguna de mis doncellas y no teniendo otros acompañantes que Teobaldo y Carlos.

»Llamé, y nadie acudió; traté de hablar, y se me impuso silencio; pedí que al menos se me permitiese ver la luz del día: pero esto no se me concedió sino al día siguiente, y sólo entonces supe la verdad.

»Carlos fue herido en el brazo, pero su herida no era grave. Una fiebre ardiente se había apoderado de mí; estuve algunos días delirando y me vi atacada de una enfermedad contagiosa, enfermedad que hacía tiempo azotaba el país, y que hería de muerte a todo el que alcanzaba. Al primer síntoma de la aparición de la viruela, el espanto en el castillo fue grande. Mi tío, egoísta y miedoso como todos los ancianos a quienes lo avanzado de su edad les hace amable la vida y que temen perder los bienes que poseen, no quiso verme, y mandó cerrar todas las puertas que daban a mis habitaciones; me hubiese hecho salir del castillo, pero no se atrevió, temiendo no encontrar quien ejecutase sus órdenes. El ejemplo del amo se comunicó a la servidumbre: un terror pánico se había apoderado de todos los habitantes de la casa. Nadie hubiera osado tocarme ni acercarse a mi habitación: todos se apartaban de mí con horror, y durante doce días, mis dos amigos no me abandonaron un momento, prodigábanme día y noche los más asiduos cuidados, viviendo en aquella atmósphera de muerte; y por premio de todos sus cuidados, de tanta solicitud, no pedían al Cielo más que mi vida. En el instante en que me recobré, sus ojos estaban fijos en los míos con celestial expresión, con la alegría de una madre que acaba de encontrar a su hijo.

»Me pareció que de repente había conmovido sus corazones alguna viva inquietud, pues interrogaban con angustia mis facciones, espiando mis más pequeños movimientos; pero pronto se tranquilizaron y sus miradas brillaron de satisfacción y de contento; los transportes de alegría de aquellos dos seres, consagrados únicamente a mi cuidado, me recompensaron ampliamente de mi aislamiento y de todas las defecciones que había sufrido.

»Ambos estaban arrodillados junto a mi lecho y besaban mis manos, que yo retiré bruscamente y como asustada. ¡Ay de mí! Recobraba la razón, y con ella el conocimiento y una especie de terror. Temía que mis generosos amigos fuesen víctimas de su abnegación, y mis presentimientos se vieron realizados, al menos para Teobaldo, pues algunos días después, enfermo de bastante gravedad, padecía la misma dolencia que me aquejaba; Carlos entonces se alejó de mí, me abandonó; Teobaldo estaba peligrosamente enfermo, y era el amigo a quien amaba más en el mundo. Encontrando nuevas fuerzas en su juventud, a medida que eran necesarios sus cuidados, su cuerpo hízose infatigable como su alma, y Carlos pasaba los días y las noches al lado de su amigo; teníalo en sus brazos, y cuando, por mi parte, le hablaba del riesgo a que se exponía, me contestaba:

—»No, no corro peligro alguno; el Cielo me protege, y Dios no me abandonará.

»Pensando y obrando de este modo, no perdió la confianza y el valor que le animaban ni por un solo instante; sólo él daba alientos a nuestro abatido espíritu, y hacíanos concebir las más halagüeñas esperanzas.

»Algunas veces le veía ceder, a su pesar, a la inquietud, al dolor; pero estos momentos eran pasajeros, y en breve recobraba su serenidad y sonreía ocultando su pena.

—»Los días de peligro han pasado—decía;—Teobaldo se encuentra mejor, la Providencia nos protege.

»Tenía razón. Dios se había compadecido de nosotros.

»Carlos se libró del contagio, y Teobaldo convalecía; pero el mal había dejado impresa en él su terrible huella, y, menos afortunado que yo, quedó desfigurado.

—»No estaré hermoso—me decía sonriendo;—pero por feo que esté, espero que usted no me desconocerá.

»Nuestra amistad no sólo se conservaba, sino que se hizo más íntima y firme, y las pruebas que mutuamente nos habíamos dado nos probaron que siempre sería la misma.

»Volvimos a nuestra existencia tranquila, a nuestros estudios, a nuestras acostumbradas conversaciones; y más felices y dichosos que antes de la tempestad, nos parecíamos a los marineros salvados milagrosamente de un naufragio.

»Carlos estaba cada día más contento, más satisfecho, más decidor; su gracia y su ingenio animaban todas nuestras reuniones, y cuando nos encontraba juntas a las dos personas a quien su solicitud y cuidado había salvado, su rostro tomaba una expresión de alegría y de contento difícil de explicar.

»Sólo pensaba en nosotros, y se ocupaba asiduamente en procurar distracciones al pobre Teobaldo, que desde su enfermedad y durante su convalecencia estaba demasiado triste y abatido.

»En más de una ocasión me hizo notar su estado; cuando le sorprendía en sus paseos por el parque, le encontraba solo, la cabeza baja, y sus ojos contenían con dificultad sus lágrimas; inquietos al verle de este modo, le preguntamos el motivo que tanto le afligía.

—»Mi pobre madre—nos dijo—está en peligro de muerte.

»Compartimos su dolor y procuramos consolarle; pero, ¡ay de mí! bien pronto la perdió, y lloramos con él sin poder calmar su tristeza, que aumentaba cada día. Obligado por nuestras continuas preguntas, nos declaró, por último, que hacía tiempo meditaba un proyecto que nos participaría al día siguiente.

»En efecto: la mañana de dicho día encontrábame en el salón de música, sentada cerca de Carlos, cuyos dedos corrían sobre el clavicordio, sin ocuparnos de la obra que teníamos delante. Yo le hablaba de la herida que había recibido defendiéndome, que sólo él había olvidado, y de que nunca le oí quejarse; le recordaba su entrada en el salón en el momento que Eduardo me rechazaba brutalmente cuando intentaba huir de su lado.

—»¡Ah!—me dijo.—Fue el día más horrible de mi vida; no había experimentado nunca un dolor semejante.

—»¿Cuándo hirió a usted con su cuchillo?

—»No, cuando creí que iba a abrazar a usted.

»Al pronunciar estas palabras, que parecían escapadas de sus labios, había en su voz, en su mirada, una expresión que no había notado nunca en él, y que me causó profundo asombro.

—»¡Carlos!—exclamé inclinándome hacia él.

»Lanzó un grito de dolor y su rostro se cubrió de una palidez intensa. Acababa, sin saberlo, de oprimir con fuerza el brazo en que su herida estaba abierta todavía, y fuera de mí, caí a sus pies para pedirle perdón por el daño que sin querer le había causado; quiso levantarme, y su cabeza tocó la mía, sus labios rozaron ligeramente los míos, y, en aquel momento, apareció Teobaldo. Nos vio, y una palidez mortal invadió su rostro, mientras que Carlos y yo nos sonrojamos al darnos cuenta de su presencia.

»Teobaldo se repuso, y nos sonrió con la tristeza que acostumbraba.

—»Amigos míos—nos dijo, sentándose cerca de nosotros.—Se acordarán ustedes de la sorpresa que me causó, hace algunos meses, el sueño que Carlos nos contó había tenido. Y esa sorpresa fue tanto mayor, cuanto que hacía muchísimo tiempo que esas mismas ideas eran las mías; fueron las primeras que yo concebí, y que el tiempo y mi enfermedad han fortificado. Cuando estaba usted, señora, en peligro de muerte, prometí a Dios que si la salvaba, me consagraría a él, abrazaría el estado eclesiástico.

—»¿Hacerse religioso?—exclamé.

—»¿Y por qué no? ¿Qué destino me espera en el mundo? ¿puedo aspirar acaso a la dicha de tener una familia? ¿qué mujer me aceptaría por esposo? ¿de quién puedo esperar ser amado? La vida religiosa me brinda el reposo y la calma; conviene a mi carácter tranquilo y dado al estudio; ella no nos separará. Dios no prohíbe amar a sus amigos; al contrario, nos manda rogar por ellos, y yo no me ocuparé de otra cosa sino de la felicidad de ustedes.

»Carlos, con toda la efusión y el calor de una verdadera amistad, combatió semejante proyecto; pero Teobaldo rechazaba todas sus objeciones con la calma y sangre fría de un hombre cuya resolución es inquebrantable; pero como nosotros insistiésemos, exclamó:

—»¿Dirán ustedes, acaso, que no tomo ese partido por ambición? Carlos, ¿no soñaste que yo llegaría a las primeras dignidades de la Iglesia? Déjenme que haga mi fortuna, y entonces se manifestarán celosos más bien que opuestos a mi proyecto.

—»¡No lo consentiremos, de ningún modo!

—»Preciso será que consientan ustedes, pues ya está hecho.

»Ambos lanzamos un grito de dolor y de sorpresa.

—»Sí—prosiguió él;—he pronunciado mis votos.

—»¿Cuándo?

—»Hace pocos días. Había previsto lo difícil que me sería resistir a sus instancias, y he querido evitar esta debilidad anteponiéndome a ella. No me compadezcan ustedes, amigos míos: estoy contento, soy dichoso.

»En efecto, a partir de este día la calma sucedió a las inquietudes que agitaban su alma. La serenidad apareció en su frente, la sonrisa en sus labios; su amistad parecía más intensa, más pura. Aislado del mundo, parecía no tener sobre la tierra más objeto que nosotros, y consagraba al Cielo y al estudio todos los instantes en que no lo necesitábamos. Tuve el atrevimiento de pedir para él a mi tío el título de capellán del castillo, que poseía rentas considerables, y el Duque me concedió este favor.

»Logrado este primer deseo, solicité para Carlos la plaza de secretario, que Teobaldo no podía desempeñar, a lo cual accedió también mi tío sin repugnancia y sin objeción alguna. Semejante conducta de su parte dejome profundamente admirada, y mi alegría rayaba en locura, pensando que la edad había cambiado el carácter del Duque.

»En la entrevista que tuve con él, para pedirle ambos favores, me dijo:

—»A mi vez, tengo también alguna cosa que pedirte.

—»Todo lo que quiera usted, querido tío—le contesté,—se lo concedo por anticipado.

—»Está bien—me dijo abrazándome, favor que nunca me había hecho;—no olvides esta palabra, te la recordaré pasadas algunas semanas.

»Una mañana, en efecto, me hizo llamar a su habitación; me puse a sus órdenes, sin saber de lo que se trataba; mi corazón latía con violencia, mis piernas temblaban y tuve necesidad de detenerme algunos instantes antes de entrar en su gabinete, para disimular mi emoción. Mi tío estaba sentado cerca de una mesa y leía; al verme, dejó sus anteojos y su libro.

—»Querida sobrina—comenzó diciéndome;—eres demasiado bella y bien educada; tienes talento, más sin duda de lo que convendría a la familia de los Arcos; pero el mal, si lo es, no tiene remedio. Además, cuentas diez y ocho años, y todos los señores de las cercanías solicitan tu mano.

—»¡Ah!—exclamé;—no he pensado en casarme...

»Mi tío me miró con sorpresa y prosiguió fríamente:

—»Te he hecho venir, no para pedirte consejo, sino para prevenirte que he ofrecido tu mano a uno de mis vecinos.

»Me turbé de tal modo, que creí que iba a perder el conocimiento. Mi tío me mostró con el dedo un sillón, y, sin interrumpirse, continuó diciendo:

—»He elegido el más rico y más noble, el hijo del conde de Pópoli. Vendrá mañana; prepárate a recibirle.

»Quise hablar, suplicar; pero aparentando no comprenderme, mi tío tomó sus anteojos y su libro y me hizo seña con la mano para que me retirase.

»Como fascinada por aquel dedo demacrado que se extendía hacia mí... obedecí, sin despegar mis labios; salí y me encaminé a mi aposento, donde derramé un mar de lágrimas. ¿Por qué? ¿de dónde provenía mi desesperación? Lo ignoraba, nunca me había dado cuenta de lo que podía suceder en mi corazón. Sólo mis amigos eran capaces de consolarme, y fui en su busca.

—»Amigos míos—les dije llorando;—aconséjenme, sálvenme, me quieren casar.

»Teobaldo se estremeció; luego le vi levantar los ojos al cielo y brillar en ellos una lágrima.

»Carlos púsose pálido como la muerte, y nada me contestó. Creí que no me había comprendido.

—»¡Me quieren casar!—repetí;—¡díganme algo! ¡contéstenme!... ¿Qué me aconsejan?

—»No consienta usted—exclamó Carlos con alegría.

—»¡Prefiera usted la muerte!—dijo Teobaldo.

»Carlos quiso proseguir, pero no pudo pronunciar una sola palabra... Permaneció algunos instantes con la cabeza entre las manos, como buscando alguna idea.

—»Si tal es la voluntad del señor Duque—dijo luego,—ni la razón, ni las lágrimas, ni los ruegos conseguirán vencerlo.

»Teobaldo y yo comprendimos que tenía razón, y guardamos silencio. Carlos continuó:

—»Por mi parte, ni aun ensayaría el hacerle cambiar de modo de pensar; sería inútil.

—»¿Qué haría usted?

—»Me dirigiría a un poder superior al suyo. Abandonaría el castillo, e iría a refugiarme en un convento, el della Pietá, donde se encuentra la hermana menor de usted, la señora Isabel.

—»¡Tiene razón!—exclamé;—¡partamos!

—»¡Insensata!—exclamó Teobaldo deteniéndome;—¿Cree usted que la abadesa della Pietá consentiría en recibirla y retenerla contra la voluntad del señor Duque? A su voz todos los monasterios se cierran; ni uno sólo querría excitar su cólera, ni resistiría a sus justas reclamaciones... Porque, sobre todo, él tiene dos derechos sobre usted. Es usted su sobrina... y la ha educado.

»Ni Carlos ni yo encontramos palabras que poder oponer a tan justos razonamientos. Teobaldo inclinó la cabeza y prosiguió, al cabo de un momento:

—»Un solo medio queda, que yo le diré.

—»¿Y cuál es?

—»Lo sabrá usted pasados unos días.

»A pesar de nuestras instancias, no quiso satisfacer la ansiedad que experimentábamos.

IV

»La mañana siguiente, el látigo de un postillón resonó en el patio del castillo, y a poco se vio entrar un magnífico coche precedido y seguido de escuderos y picadores. Mi tío, de pie y rodeado de todos sus criados, recibió en la escalera a un joven a quien abrazó, conduciéndole luego al salón principal. En seguida me envió a decir que me esperaba. Creí que no acabaría nunca de bajar la escalera de piedra que desde mi aposento conducía al salón de ceremonia. Dos veces me vi obligada a apoyarme... En fin, reuniendo todas mis fuerzas, entré con los ojos bajos y sin poder apenas sostenerme.

»Mi tío se me acercó, y tomándome la mano me presentó al conde de Pópoli, que hacía un año había heredado de su padre las más ricas propiedades de la comarca. ¡Imagínense lo que pasó por mí, gran Dios, al reconocer en mi prometido al rudo y feroz Eduardo, el que dos años antes y en aquella misma habitación me había groseramente insultado, el que tan baja y cobardemente había herido a un hombre desarmado e indefenso!

»El conde de Pópoli me saludó con respeto, y después se volvió a mi tío, el cual, continuando la conversación comenzada, le dijo fríamente:

—»Dentro de quince días y en la capilla del castillo, mi capellán celebrará el matrimonio.

»A lo que el Conde contestó inclinándose:

—»Como guste, monseñor.

»Indignada de tanta tiranía; convencida que ante tan firme resolución mi dicha no sería tomada en cuenta para nada, encontré en la convicción de mi inevitable desgracia una energía desconocida hasta entonces, y juré que nunca sería la esposa del conde de Pópoli.

»Carlos, por su parte, mostrábase tranquilo y lleno de esperanza en los medios que había imaginado y sobre los cuales guardaba el más profundo silencio.

»Pero, transcurridos algunos días, toda la confianza de que había hecho alarde le había abandonado; taciturno y silencioso, era presa de una sombría desesperación.

—»No hay salvación para usted—me dijo;—no puedo hacer otra cosa que morir por mi bienhechora. He ido en busca del conde de Pópoli, y sin nombrarla para nada ni comprometerla, lo he recordado el insulto que le había dirigido hace dos años; le he ofrecido y pedido una reparación más completa que la que había obtenido. Contaba con que aceptaría, porque dicen que es valiente, y le hubiese muerto o hubiese dejado mi vida en sus manos. Quería por ese medio impedir la desgracia de usted, o no ser testigo de ella. Esto es, señora, todo lo que podía hacer por usted el pobre Carlos. Pero el Conde ha rehusado altivamente, preguntándome quién era... ¡Quién era, señora!... ¡cuando se trataba de morir!... ¡Huérfano, bastardo tal vez, no tengo derecho a que me mate un noble, un señor!... el conde de Pópoli. Parece que es un crimen aspirar a este honor, porque el señor Duque me hizo azotar.

—»¡A usted, Carlos!

—»Sí, azotado...

»En aquel momento llegó Teobaldo, y ambos nos arrojamos a sus brazos...

—»Sí, son ustedes muy desgraciados—nos dijo, procurando darnos una esperanza que él mismo no tenía, mezclando a los consuelos de la amistad los de la religión.

»Durante dos días le vi ocupado solamente en calmar la desesperación de Carlos, que, en el colmo de su desventura, nada quería escuchar. Su exasperación cesó de repente; pero sombrío y pensativo, guardaba el más profundo silencio con Teobaldo y conmigo. Parecía enteramente ocupado de un siniestro proyecto que absorbía toda su atención y le hacía olvidar a sus amigos.

»Entretanto pasaban los días, y ya estábamos en la víspera del fijado para la realización del funesto enlace.

»Teobaldo se presentó delante de mí, pálido y con el semblante demudado.

—»¡Juanita!—me dijo;—es necesario salvar a Carlos, es preciso salvar su alma. Esta mañana ha venido a mí, no como a un amigo, sino como al ministro del altar; me ha pedido la absolución, que yo le he rehusado, porque está firmemente decidido a cometer un crimen.

—»¡El!—exclamé.

—»Sí... un crimen que lleva consigo la condenación eterna. No le maldiga usted, señora; no le abrume con su cólera... ¡Hoy mismo quiere matarse!

»Yo lancé un grito agudo, y sentí que un frío mortal se apoderaba de mí.

—»¡Matarse!—exclamé;—¿y por qué?

—»¿Por qué?—repitió Teobaldo, estrechando mis manos entre las suyas, frías como el mármol...—No sé cómo decírselo... y no obstante es preciso... es necesario...