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[Notas]

Obras dramáticas de Eurípides (1 de 3)

Nota de transcripción

  • Los errores de imprenta han sido corregidos.
  • La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.
  • También se han modernizado los nombres propios de personas y lugares, y los gentilicios.
  • Los nombres de los dioses y héroes no aparecen con la denominación latina, utilizada por el traductor, sino con la griega, como hizo el autor. Es decir, Venus y Hércules aparecen como Afrodita y Heracles.
  • Las notas a pie de página han sido renumeradas y colocadas al final del libro.
  • Las páginas en blanco han sido eliminadas.

OBRAS DRAMÁTICAS DE EURÍPIDES


BIBLIOTECA CLÁSICA

TOMO CCXXI


OBRAS DRAMÁTICAS

DE

EURÍPIDES

VERTIDAS DIRECTAMENTE DEL GRIEGO AL CASTELLANO

POR

EDUARDO MIER Y BARBERY

Traductor del alemán de las obras dramáticas de Schiller
de la «Biblioteca Clásica».

Grajis ingenium, Grajis dedit ore
rotundo Musa loqui.

Horac., Epist. ad Pis.

TOMO I

MADRID

LIBRERÍA DE LOS SUCESORES DE HERNANDO

Calle del Arenal, núm. 11.

1909

Es propiedad.

Imprenta de los Sucesores de Hernando, Quintana, 33.

PRÓLOGO DEL TRADUCTOR


Esta versión castellana de Eurípides no se publicaría ahora, si antes no hubiese costeado don José Gutiérrez de la Vega la impresión de parte de ella, en 1865, si el señor don Cayo Ortega, catedrático de Bibliología de la Universidad Central, no la hubiera elegido para la Biblioteca Clásica, asesorándose previamente de don Marcelino Menéndez y Pelayo, autoridad tan acatada por todos en tales materias; y si, por último, no existiese la Empresa editorial que, con tanto acierto como justicia, ha encargado la dirección literaria de la misma a dicho señor Ortega. Verdadero, justo y digno es declararlo así primero.

El traductor, a quien desagrada sobremanera llamar la atención del público hacia su persona, se limita solo a anunciarle que, al hacer esta versión, se propuso llenar un vacío sensible de nuestra literatura, contribuir en escala mínima al conocimiento y estudio de los grandes modelos dramáticos griegos, en cuanto es posible en nuestros tiempos, y formar y depurar el gusto de los aficionados y cultivadores de la literatura dramática. Su plan, magnífico y soberbio como suelen serlo todos en su principio, puesto que se extendía a todo el Teatro Helénico, hubo después de reducirse, por las exigencias invencibles de la realidad, al postrero de los trágicos, el que menos vale en absoluto, a su juicio, pero el más importante para cuantos hoy vivimos, por ser el lazo de unión de la dramática griega con la de los pueblos modernos, y por haber sido, por lo mismo, el más estudiado, conocido e imitado por los autores dramáticos posteriores. Siempre, sin embargo, para sus compatriotas y para los demás, ha sido y será un poeta de primer orden.

Presentarlo, por consiguiente, tal cual es, sin exageraciones ni aditamentos extraños que lo desfiguren; elegir y comparar los mejores textos; consultar a sus traductores más fidedignos; atenerse así al espíritu como a la letra de sus escritos en cuanto es esto hacedero a las lenguas modernas, e inspirarse, en fin, en el ambiente más helénico posible, sin olvidarse nunca de que respira otro muy distinto, e insistiendo siempre en aquello que más distingue a la buena literatura griega, y es y será eterno en todas las literaturas sanas, no caducas y enfermizas, de todos los pueblos y de todos los tiempos, ha sido, en resumen, su principal o su única tarea, porque el aticismo y el buen gusto, la claridad, el orden y disposición acertada, sobria y fácil al parecer de las partes de cualquier conjunto literario, sea el que fuere, son y serán siempre leyes eternas de la estética literaria, como los rebuscamientos, las perífrasis, el desorden y la confusión y el afán insano de innovar ligeramente a costa de la verdadera y eterna belleza, son y han sido también siempre los escollos tan seguros como inevitables y mortales que caracterizan a las literaturas decaídas, y en donde se estrellan con harta frecuencia así los grandes como los pequeños ingenios.

En estas ideas se apoyan cuantos juicios favorables o adversos se emiten acerca de Eurípides, y en mostrarlo tal como es a los lectores. Las notas y aclaraciones, a veces repetidas para comodidad de quienes lo leen, no tienen otro objeto que facilitar su inteligencia, esquivando lo que puede enaltecer y vanagloriar al traductor a costa de la paciencia y del bolsillo del lector, porque atender y contemplar al bien y a la satisfacción lícita ajenas con mengua de la propia, hasta en literatura es seguramente, y más ahora que en otras edades, una soberana y rara virtud.

¿Habrá conseguido su fin, o lo duda tanto como lo desea?

INTRODUCCIÓN


OJEADA GENERAL HISTÓRICO-CRÍTICA
SOBRE LAS
TRAGEDIAS DE EURÍPIDES


La más grave dificultad con que tropieza el historiador o el crítico al censurar las obras de Eurípides, proviene de la imposibilidad en que uno y otro se hallan de trasladarse mentalmente a la época en que se escribieron, desprendiéndose de las ideas de la presente. Añádase a esta la no menor que ofrece el examen de las opiniones de los distintos escritores que se han propuesto juzgarlas, sus apasionados apologistas los unos, ya por falta de gusto y de instrucción suficiente, ya por exagerado amor nacional, y sus acerbos censores los otros, movidos de ordinario por causas análogas a las indicadas, por su oposición a los primeros, o acaso por su deseo de llevar la verdad al ánimo del público en medio de tan encontrados extremos. Así es que Aristófanes, Aristóteles, Quintiliano y otros autores de la antigüedad, y las escuelas literarias modernas de Francia y Alemania, han emitido de ordinario diversos y opuestos juicios, elevándolo estas últimas hasta la cúspide de la perfección, y presentándolo como perpetuo e inimitable modelo, o ensañándose en él sin piedad, deteniéndose en sus faltas con placer, y atacando realmente a sus imitadores y a la nación a que pertenecen con el achaque de criticar al maestro. Nosotros, igualmente alejados de esos campos de enconadas pasiones; en una época literaria más tranquila; amantes de la verdad; sin antipatías ni simpatías por esta ni aquella nación, ni por una ni otra escuela, y con la calma y la tranquilidad necesarias para pesar con ánimo imparcial los móviles que guiaron a los mantenedores de esos pareceres contrarios, nos esforzaremos en exponer el nuestro, humilde, sin duda, y poco autorizado, pero hijo de la convicción más profunda, fruto de algunos estudios y reflexiones, y resultado de tareas tan oscuras como prolijas y molestas. Ya es tiempo también de que España tome parte en esas luchas de la erudición y del ingenio con la gravedad y el juicio que le son propios, sin exageración ni petulancia, y sin olvidar que la Historia es de ordinario la madrastra, no la madre de la verdad; la Crítica, hija de la pasión, de la debilidad o de la envidia, y máscara la Erudición de la ignorancia, de la vanidad o de la ligereza.

Con tal propósito, y para formar idea exacta del mérito dramático de Eurípides, echaremos antes una ojeada rápida sobre el estado de su patria; apreciaremos la situación del teatro griego en su tiempo, y, por último, descenderemos a dar algunas noticias de su vida, que acaso nos expliquen después satisfactoriamente no pocos pasajes de sus tragedias.

Eurípides, en efecto, alcanzó los días venturosos en que su patria llegó al apogeo de su grandeza, y pudo aspirar el aire que daba la vida a Pericles y Aspasia, a Sócrates y Anaxágoras, a Sófocles, Aristófanes, Lisias, Tucídides y Heródoto, a Metón e Hipócrates, a Ictino y Calícrates, a Fidias, Zeuxis, Polignoto y Parrasio. Atenas era el estado más poderoso de la Grecia por su disciplina militar y su marina;[1] metrópoli de numerosas colonias; cabeza de una liga helénica, cuyo tesoro manejaba y cuyos litigios resolvía; más humanitaria y simpática que su rival Esparta; floreciente por su ciencia, por su filosofía, por su comercio, por sus letras y sus artes; cuna y teatro de grandes oradores; civilizada hasta un extremo que hoy nos parece fabuloso; madre natural o adoptiva de los hombres eminentes en todos los ramos del saber; y por sus fiestas solemnes, por su culto a la belleza bajo todas las formas, por sus gloriosas tradiciones, por la ilustración y buen gusto de sus habitantes,[2] la ciudad mirada por toda la Grecia con envidia o con entusiasmo. Y, sin embargo, si este bosquejo que acabamos de trazar nos parece verdadero, no lo es menos que en él se observan ciertas sombras que habían de extenderse poco a poco, hasta envolverlo todo en tinieblas. Su religión politeísta, riquísima vena explotada por los poetas, adolecía, considerada filosófica y moralmente, de dos graves defectos, que con el tiempo habían de producir amargos frutos. A medida que se fuese propagando y perfeccionando la ciencia, había de llegar la época en que fuese menester atacar en su base a la religión, puesto que los hombres pensadores, remontándose de los efectos a las causas, solo por la luz natural, y sin el auxilio de la revelación, debían reconocer una sola, así en el mundo espiritual como en el físico, y contribuir al descrédito o abolición del politeísmo. He aquí lo que sucedió a Anaxágoras de Clazomene, maestro de Eurípides, y más tarde a Sócrates y Platón. Considerada moralmente, era también imposible que dejase de influir en las costumbres una religión cuyos dioses participaban de todas las flaquezas humanas y eran reos de los mayores crímenes. Por otra parte, las escuelas filosóficas, que en último término hubieron de fundarse, no se detuvieron en su carrera después de arruinar lo existente, como no podía menos de acontecer en un pueblo tan vivo y apasionado, y tan propenso a la exageración. En las letras como en la filosofía, cuando se alcanza cierta altura, marcada por la Providencia en sus impenetrables designios, la fragilidad humana cae y se precipita como un torrente desde ella. Parece que se apodera el cansancio de los hombres y que el amor a la novedad gana todos los corazones, no contentos ya, como antes, con lo que es solo verdadero, natural y sencillo. Brotan entonces, como por encanto, genios audaces llenos de orgullo o de vanidad que, sin acertada elección en los medios, tienden, como a su principal objeto, a conseguir aplausos, y no se paran en las consecuencias fatales que puede producir su conducta; y como los abusos humanos, a semejanza de los astros del cielo, recorren en giro fatal el estadio señalado; después de los sublimes principios de Anaxágoras, admitiendo la existencia de un Espíritu Supremo, árbitro del mundo, vienen los sofistas, que todo lo niegan y discuten, que baten en brecha las nociones capitales de la filosofía, de la religión, del gobierno y de la moral pública, y que siembran por todas partes el escepticismo, la desconfianza y la muerte. Además, la organización social de la Grecia, dividida en tantos Estados y ciudades independientes, regidas por distintas formas de gobierno, contribuyó también no poco a su propia decadencia, puesto que era punto menos que imposible fundar entre ellas lazos armónicos de tal naturaleza que, sin faltar a la unidad, las dejara moverse en un círculo desahogado. Alguna había de descollar más que las otras; y si en los momentos de común y gravísimo peligro pudo el miedo reunir todos los brazos y hacer palpitar a un tiempo todos los corazones, una vez pasados, o intentaría la más poderosa ejercer una supremacía tiránica, o había de estrellarse contra alguna rival más fuerte o más afortunada. Así comprendemos fácilmente las guerras de Atenas y de Esparta, que terminaron en la ruina de toda la Grecia.

Por otra parte, el Gobierno democrático de la primera de estas ciudades, por su veleidad e inconstancia, por la ingratitud con que pagó en ocasiones a sus hombres más eminentes y necesarios, presa de osados demagogos, que hacían girar al pueblo en todos sentidos, lisonjeando solo sus pasiones o sus caprichos, sin cuidarse de la prosperidad de la patria,[3] y exclusivista, sin embargo, hasta el extremo de conceder el ejercicio de los derechos de ciudadanía a una parte mínima de su población, no ofreció nunca las condiciones de estabilidad que logró después Roma haciendo lo contrario.[4] Aunque los historiadores que han discurrido sobre los sucesos a que nos referimos se complazcan en enumerar las distintas causas que contribuyeron, en su juicio, a la caída de Atenas, no se detienen, sin embargo, en una de las más importantes en el nuestro; a saber: en la falta de unidad de miras que en el gobierno de esta república se observa durante la guerra del Peloponeso, ya nombrando y destituyendo continuamente nuevos generales, ya dirigiendo hoy los esfuerzos de todos en un sentido, para emplearlos mañana en el opuesto. ¿Cómo, si no, se explican sus derrotas por mar y por tierra, cuando en realidad era más poderosa que Esparta, más simpática y humanitaria, el emporio de la civilización, del comercio, de las artes y las letras helénicas, y sus recursos al empezar la guerra muy superiores a los de su rival? Y si tan espantoso era el desorden que se había introducido en la inteligencia y en el gobierno, ¿qué podremos decir también sobre las costumbres áticas, cuando los cuadros que de ellas nos ofrecen las comedias de Aristófanes con su escandalosa licencia, solo pueden compararse con los no menos picantes y licenciosos que hallamos de Roma en las sátiras de Juvenal? Si la gestión de los negocios de la república exigía la constante asistencia de los hombres a la ágora, era natural que cuidasen mientras tanto de la fidelidad de sus esposas, condenándolas al encierro de los gineceos, y que la sociedad en general se resintiese de esta ausencia del bello sexo y del saludable influjo que suele ejercer en el decoro de todos. La esclavitud, admitida en Atenas como en todos los demás Estados de la Grecia, y causa innegable de corrupción, primero en el seno de las familias y después en más vasta esfera, no dejó también de contribuir a la perversión de las costumbres; y como, por otra parte, afluían a Atenas por su importante comercio multitud de extranjeros, quienes, al mismo tiempo que importaban nuevas riquezas, traían consigo sus vicios, patrocinados a veces por los mismos dioses, encontrando no pocos incentivos en las fiestas religiosas, en el culto de Afrodita y de Dioniso, y hasta en su singular afición a la belleza, bajo todas las formas y en los dos sexos, no se extrañará que en los tiempos en que vivió Eurípides no fuese la moral pública modelo perfecto de compostura y de decencia.

Con estas breves indicaciones acerca del estado de Atenas en la época en que vivió el último de sus grandes trágicos, es fácil comprender la degeneración de la tragedia griega. El gusto del público no era ya el mismo, ni los poetas dramáticos podían lisonjearse de rivalizar con las obras maestras de Sófocles, modelos acabados de grandeza y sencilla sublimidad, severas y profundas en sus argumentos, religiosas siempre y morales en su fondo, sin ostentación ni aparato, monumentos eternos del más puro aticismo y del genio poético más completo que en este género encontramos en la antigüedad. Ni el destino, ni los dioses, ni los héroes significaban ya lo que antes. Las tradiciones heroicas se habían agotado en parte, y era menester alterarlas para que se acomodasen al gusto del público; ya no existían esos grandes caracteres que se retrataban en las obras dramáticas, ni se comprendían tampoco por el vulgo; se iba perdiendo poco a poco la idea moral, inherente al coro, y solo se le miraba como un accesorio agradable; y al mismo tiempo que se concedía al poeta mayor libertad para hablar de lo divino y lo humano, se le prescribían formas más mecánicas y constantes, y se le exigía que conmoviese más a los espectadores, en detrimento del buen gusto y de la tradición dramática. Con semejantes estímulos podía temerse, con razón, que apareciese un poeta más dado a ganar aplausos que gloria verdadera; más propenso a conciliarse las buenas gracias de los espectadores que a mirar por el prestigio y la grandeza del arte. Por desgracia, en esas ocasiones solemnes se encuentran pocos hombres que, desentendiéndose de las voces de su vanidad personal, tengan la entereza y el ánimo necesarios para contrarrestar la opinión, no para adularla; y ya que los impulsen causas exteriores más fuertes que la débil voluntad humana, ya que el heroísmo y la abnegación sean dotes raras y excepcionales, la Historia nos enseña que pocas veces o ninguna se ha contenido la humanidad cuando ha comenzado a recorrer este resbaladizo sendero. Al mismo tiempo penetraban en todas partes los adelantos de la filosofía, y con mayor motivo en el teatro. Ya los dioses no eran seres sobrenaturales, terribles por su poder y por su inmensa superioridad sobre los hombres, ni sus bienhechores y maestros. El libre examen analizaba su naturaleza, pesaba el valor moral de sus acciones, y aunque todavía no le era dado aniquilarlos, por ignorar lo que había de sustituirlos, los hacía descender gozoso del Olimpo a la tierra, les echaba en cara sus faltas, presumía que en sus atributos y en las tradiciones poéticas admitidas hasta entonces había mucho que era obra exclusiva de los hombres, sin existencia en la realidad; y como no era posible desterrarlos por completo de la tragedia, por la índole especial de esta clase de composiciones, parecía que se vengaba desacreditándolos. Zeus, con sus interminables aventuras amorosas; el sensible Apolo, Dioniso, las vanas diosas del cielo, se mostraban ya en ella a los mortales sin disfraz alguno que las encubriera. El destino había perdido también su poder sobre los habitantes del Olimpo, y estos aparecían muchas veces como juguetes de la Fortuna, diosa llena de veleidad y de caprichos, no misteriosa, justa e inexorable como el Hado. Débiles unas veces, crueles e injustos otras, ingratos las más, son soberanos sin cetro y sin corona a quienes cobija miserable solio. Las tradiciones heroicas comienzan a parecer fábulas; los héroes, hombres como los demás, y aun inferiores algunos a los de aquella época; se desvanece poco a poco la brillante aureola que los adorna, y desde el momento en que se miran como fábulas las tradiciones más venerandas, no se rehúsa al poeta la facultad de alterarlas a su arbitrio, o la de componer otras, contrarias en todo a las admitidas. Así descendía la tragedia de su altura ideal, y de la misma manera que los demagogos en la ágora conseguían honores y aplausos adulando a la multitud, el poeta seguía también sus huellas en el teatro, y no perdía ocasión de enaltecer a su patria, con razón o sin ella, y por tanto al pueblo que la gobernaba; hablábales también de libertad y de filosofía; ridiculizaba a los dioses; se burlaba del bello sexo; representaba en el teatro las disputas y litigios de los ciudadanos; pronunciaba largos discursos como si se hallara en la tribuna de los oradores, y confundiendo muchas veces lo trágico y lo cómico, hacía presentir que no tardaría en colmarse el profundo abismo que los había separado hasta entonces. Hácense más rebuscados los pensamientos; apura el poeta los recursos de su ingenio para conmover profundamente a su auditorio, más gastado ya y menos sensible que en épocas anteriores, y prefiere las situaciones dramáticas de efecto. Ya no se atiende principalmente a inspirar al pueblo nobles y patrióticos sentimientos, ni a hacerlo comprender con una fábula adecuada la inmensa distancia que separa al cielo de la tierra, ni a purificar su corazón con grandes y vivos ejemplos, ni a tirar por tierra el miserable orgullo humano, extendiendo sobre sus insensatas aspiraciones la mano de hierro del destino, que todo lo nivela y destruye. La mansión sombría de esta deidad temida se ve ya alumbrada por la razón, y la casualidad hace las veces del Hado o de la Providencia. Si antes se contenían todos en límites prudentes y se guardaba respeto y veneración a ciertas formas, consagradas desde tiempos anteriores, ya el poeta no se cree obligado a atenderlas, las desecha con desdén cuando le estorban, y convierte al teatro en cátedra de crítica filosófica y literaria.

No bastan, sin embargo, estas consideraciones para fundar nuestro juicio sobre las tragedias de Eurípides, si no conocemos también algunas otras circunstancias de su vida. Nuestro malogrado Balmes pensaba, con razón, que ellas nos explican a veces las obras de un escritor satisfactoriamente, y con ese fin expondremos las noticias biográficas que, desde época tan remota, se han conservado hasta nosotros.

Eurípides, hijo de Mnesarco y de Clito, nació en Salamina, adonde sus padres se habían refugiado huyendo de la invasión de Jerjes, en el primer año de la olimpiada 75[5] (480 antes de Jesucristo), y en el mismo día en que ganaron los atenienses esta célebre batalla. La condición social de su familia no fue muy distinguida en Atenas. Se cree que era oriundo de la Beocia, y que su madre fue verdulera, como dice Aristófanes en las Tesmoforiantes[6] y en otros pasajes de sus comedias. La consideración y las riquezas de que disfrutaban los artistas en Atenas le hicieron consagrarse en su juventud a la Pintura, y más tarde a la filosofía y a la elocuencia, siendo su maestro en la primera Anaxágoras de Clazomene,[7] y Pródico en la segunda. Añádese que fue amigo de Sócrates, y hasta algunos escritores han llegado a afirmar que le ayudó en la composición de sus tragedias.[8] Sus triunfos escénicos no impidieron, sin embargo, que en el hogar doméstico no encontrase la felicidad que buscaba, porque se casó dos veces y ninguna de sus dos mujeres fue modelo de castidad conyugal. Sufrió innumerables disgustos de los cómicos atenienses, que se ensañaron en él de la manera procaz y licenciosa que entonces se usaba, sin disfraz alguno, llamándole por su nombre, y atacando los defectos de sus tragedias. Sin duda huyendo de ellos se retiró dos años antes de su muerte a la corte de Arquelao, rey de Macedonia, su amigo y protector, muriendo al fin en el año 3.º de la olimpiada 93 (406 antes de Jesucristo), a los setenta y cuatro de edad, y, al parecer, pocos meses antes que Sófocles. Aquel monarca generoso le consagró un sepulcro magnífico,[9] oponiéndose a los deseos de los atenienses, que le enviaron una embajada para transportar al Ática sus restos mortales. Durante su vida llegó Atenas al apogeo de su grandeza para caer en seguida; diéronse batallas memorables, vivieron y murieron hombres inmortales, y las ciencias, las artes y las letras despidieron un resplandor tan vivo que sus destellos llegan hasta nosotros y todavía nos iluminan.

Entre los antiguos se han emitido distintas opiniones acerca de su mérito literario. Sócrates asistía siempre a la representación de sus tragedias, no sabemos si por su amistad con el autor, o por admirar su mérito.[10] Aristóteles, aunque con ciertas restricciones, le llama el trágico por antonomasia,[11] y Menandro y Filemón lo preferían a Esquilo y a Sófocles.[12] En cambio Aristófanes lo ridiculiza cruelmente en sus comedias, con especialidad en Las Ranas. Longinos le niega la sublimidad,[13] para Dionisio de Halicarnaso es muy inferior a Sófocles,[14] y el escoliasta de sus tragedias las critica a veces con severidad, siendo de notar que estos escolios contienen, según afirma una autoridad respetable,[15] los juicios de los críticos alejandrinos. Quinto Cicerón[16] y nuestro compatriota Quintiliano las admiraron grandemente,[17] si bien este último lo hace con ciertas limitaciones, que a veces no se han tenido en cuenta. En nuestros tiempos los escritores franceses lo celebran de ordinario, al paso que los alemanes no son parcos en exponer sus defectos, distinguiéndose entre todos Jacob[18] y A. G. Schlegel.[19]

No puede negarse que son graves algunos de los que le atribuyen, sobre todo cuando se compara con Sófocles y Esquilo. La idea del destino, que domina en sus obras, no tiene ya la grandeza que se observa en las del primero ni segundo. En las tragedias de estos es un ser superior a todo lo divino y lo humano, que cuida del orden moral en el cielo y en la tierra, y cuando amenaza trastornarse, y sus fuerzas chocan entre sí y están a punto de destruirse, restablece con sus decretos el equilibrio, y restituye al mundo moral su calma y su armonía. En las obras de Esquilo, y desde sus primeros versos, se nota que ese dios misterioso es el protagonista de la acción; que todo lo llena con su poderoso influjo, y que el hombre y los dioses, el espíritu y la materia, son en sus manos dóciles instrumentos. En las de Sófocles no aparece en primer término con ese aspecto sombrío que se advierte en las de Esquilo; pero a poco que se busque se halla en todas partes: por él se explican todas las principales peripecias, los caracteres de los personajes lo anuncian, y la catástrofe es siempre su obra. En Eurípides, al contrario, solo se muestra mientras el poeta no halla medio de hacerlo desaparecer; los dioses no se cuidan de obedecerlo; su influjo no se hace sentir siempre, y como hemos dicho ya, en ocasiones ni aun poder divino se le atribuye, mirándolo tan solo como la simple y vana casualidad. Los personajes de Esquilo son sublimes y muy superiores a los hombres; ideales los de Sófocles, o como debieran ser, y reales los de Eurípides. Los dos primeros respetan el carácter tradicional de los héroes, sin hacerlos perfectos, porque entonces no habría verdadero argumento, pero sin rebajarlos ni escarnecerlos. Eurípides, al contrario, cuando no nos ofrece a Heracles como a un héroe brutal y glotón; a Orestes y su hermana Electra como a dos insignes y despreciables criminales; a Menelao como a un esposo débil y cobarde, nos presenta a Dioniso engañando alevemente a Penteo para que lo despedacen las bacantes; a Apolo como a un seductor vulgar, y al mismo Zeus, soberano del Olimpo, como a un dios injusto unas veces, y de escaso poder otras. Parece que protesta contra esas creencias sencillas y saludables que se conservan en el pueblo; que las ridiculiza con gusto, y que lo invita a dudar de todo, cuando tan poco respeto le merecen tradiciones consagradas por los años. Solo tiende a producir efecto, aunque sea momentáneo, al paso que sus dos predecesores dejan una impresión perpetua, que crece y se desenvuelve con más vigor después de sentida. No los preocupa tanto la pasión como a Eurípides, ni interviene en sus cuadros sino como uno de los elementos que dan realce a los demás, no como el principal y el que descuella en primer término. Cuando hablan sus personajes, no pronuncian sentencias dogmáticas en estilo pretencioso; ni juran con la lengua, no con el pensamiento; ni excitan a disfrutar de los placeres de los sentidos; ni ponderan el valor de las riquezas; ni se quejan con desprecio de los dioses; ni siempre están dando clamores, llenos de harapos, hambrientos y sedientos, deplorando sus años y el trabajo que les cuesta andar. Si el coro es en Esquilo y en Sófocles el intérprete de los sentimientos morales del pueblo, siempre presente, que en las luchas y conflictos de los personajes entre sí los contiene y refrena, y simboliza los ejes del mundo moral, que no pueden desaparecer, siempre interesados en la acción y necesarios para su cumplimiento, en Eurípides se convierte en simple adorno, que filosofa, discute, canta o poetiza, como mejor le place, sin acordarse muchas veces de los últimos sucesos, y solo da tiempo para que salgan o entren los personajes principales. Ni Esquilo ni Sófocles predican en la escena las ventajas de la moralidad, y sin embargo, no son inmorales en último término, al paso que Eurípides siempre tiene en los labios la palabra sabiduría, y el efecto de sus tragedias no es muchas voces ni sabio ni moral. Es también probable que ni Sófocles ni Esquilo fuesen desdichados en su matrimonio, puesto que ni el uno ni el otro se vengan, como Eurípides, en todas las mujeres de las infidelidades de las suyas.[20] Como Esquilo y Sófocles no alteran las fábulas tradicionales que andan en los labios del pueblo, solo evocan recuerdos, y no necesitan de largos y pesados prólogos, llenos de noticias genealógicas, en oposición con las tradiciones admitidas. El estilo del primero de estos poetas es vigoroso y enérgico como su alma, ampuloso a veces, pero gráfico siempre y descriptivo; lleno de felices y pintorescas expresiones; exuberante en imágenes atrevidas; torrente, en fin, de inagotable poesía, que llena la imaginación y asombra al alma. El del segundo, natural, bello y elegante, siempre sobrio y contenido, fácil y fluido, lleno de encanto y de armonía, castizo y puro sin afectación, reflejo evidente de su gusto y buen juicio literario. El de Eurípides, en fin, es desigual y afeminado a veces; abunda en pensamientos y expresiones rebuscadas; no observa siempre las leyes de la versificación; no se sostiene en el mismo tono largo tiempo, y raya a veces en familiar y cómico. Como ninguno de los dos primeros tiene pretensiones de orador, no defienden causas en la escena, ni se ven obligados a dividir sus oraciones en diversas partes, ni a emplear exordios ni pruebas ordenadas como Eurípides, que no pierde ocasión de hacerlo. El teatro es para ellos un templo venerable en donde el pueblo cree y aprende, no cátedra de filosofía ni escuela de relajación. En una palabra, y usando una frase repetida muchas veces, pero que pinta el genio de estos tres poetas: Esquilo representa el nacimiento de la tragedia, pero el nacimiento de un gigante; Sófocles su más acabada perfección, y Eurípides su decadencia.

Sin embargo, discurriendo sin pasión, debemos decir que Eurípides poseía grandes cualidades, como ingenio e inventiva inagotables y fácil y amena poesía, y que sus tragedias se distinguen, ya por lo patético, ya por sus felicísimos rasgos, ya, en fin, porque su autor es el que más se acerca a nosotros y más se ajusta a nuestras ideas. Su diálogo es animado y vivo; bellísimas sus descripciones; sentencioso y profundo a veces; gran poeta en sus coros; variado y nuevo en sus fábulas, y hábil en la elección de las situaciones dramáticas de sus personajes. Era griego al fin, y contemporáneo de muchos de los hombres más eminentes de su patria en la política, en la filosofía, en las letras y en las artes. Ninguno como él ha representado pasiones vehementes, de esas que rayan en la locura; ninguno conmueve a sus lectores con tanta fuerza; ninguno, en fin, ha sondeado como él el corazón humano, ofreciéndolo sin disfraz a la expectación de las gentes. Hasta en sus defectos es admirable, y así se explica la estimación que le dispensaron sus contemporáneos y la fama que logró en toda la Grecia, lo cual ni allí ni en parte alguna suele adquirirse sin dotes eminentes.

HÉCUBA


ARGUMENTO

Cuando los griegos pusieron sitio a Troya y Príamo se vio acometido de tantos y tan fuertes enemigos, no solo acudió a la defensa de su reino poniendo al frente de sus tropas a sus numerosos hijos, que podían manejar las armas, sino que, presintiendo el fatal desenlace que esta guerra podría tener para su familia, confió su hijo impúbero Polidoro a la custodia de Poliméstor, rey del Quersoneso de Tracia, y depositó en sus manos al mismo tiempo un cuantioso tesoro. Poliméstor, mientras resistieron los troyanos, fue fiel a los deberes que le imponían sus antiguas relaciones con Príamo, en cuya mesa había apurado tantas veces la copa de la hospitalidad; pero cuando pereció el anciano rey de Ilión y los griegos la tomaron e incendiaron, repartiéndose su rico botín y las cautivas que habían hecho, según las leyes de la guerra entonces vigentes, codicioso del oro que guardaba, o por congraciarse con los vencedores, o sin temor ya a los parientes de su tierno pupilo, lo asesinó con alevosía, apoderándose de sus riquezas. A los tres días de muerto, y deseosa la sombra de Polidoro de que se diese sepultura a su cadáver, se apareció a su madre Hécuba, que, en compañía de las esclavas troyanas, esperaba en el Quersoneso vientos favorables a la navegación de los griegos. Hallábanse estos detenidos allí, aterrados con el fantasma de Aquiles, que, derecho sobre su túmulo, situado enfrente, había rogado que se le sacrificase Políxena, hija también de Príamo y de Hécuba, y hermana de Polidoro; y con tal premura que, a no hacerlo, no podrían navegar hacia su patria. Esta tragedia de Eurípides se propone representar dramáticamente los dolores de Hécuba, herida en su corazón por la muerte de sus dos hijos Políxena y Polidoro, y la venganza que toma de Poliméstor, cegado por ella y por sus esclavas, que matan también a sus hijos.

He aquí su argumento. Es fácil de observar que abraza dos acciones distintas, la venganza de Poliméstor por Hécuba, y la muerte de Políxena, si bien su centro de unidad es la mísera exreina de Troya, dolorosamente afectada por la muerte de sus hijos, corona de sus terribles infortunios. Es eminentemente trágico, quizá demasiado, y su desarrollo, aparte del defecto de la duplicidad de la acción, trazado con la maestría que caracteriza a Eurípides. Pertenece al ciclo troyano, y expone dramáticamente un episodio posterior a la guerra de Troya. Ofrece, por tanto, algunos puntos de contacto con Las Troyanas, si bien la fábula de esta última tragedia es anterior a la de Hécuba. El coro se compone en ambas de cautivas troyanas, y así en la una como en la otra describen los horrores del asalto y los males que la esclavitud les promete lejos de su patria. En Las Troyanas se reparten los griegos las esclavas, y en la Hécuba sirven ya a sus distintos dueños, como dice el verso 95, τὰς δεσποσύνους σκηνὰς προλιποῦσα. En ambas es también Hécuba la protagonista, perdiendo en una a su mísera hija Políxena y a Polidoro, y en la otra a su nieto Astianacte, hijo de Andrómaca y de Héctor.

En las demás peripecias de ambas tragedias hay ya notables divergencias, que podrán conocer los estudiosos, si quieren compararlas. Los caracteres, tales como se representan en el teatro griego, están bien sostenidos, y tanto Agamenón como Odiseo y Poliméstor conservan sus diferencias y cualidades tradicionales. El de Políxena, su heroica resolución y su muerte, es de gran mérito artístico, y ofrece esa belleza plástica de primer orden en que fueron inimitables los griegos. No podemos decir lo mismo de Hécuba, vengativa, furiosa y cruel, hasta el punto de apelar para el cumplimiento de su venganza (en el verso 789) a la deshonra de su hija Casandra, para conciliarse el favor de Agamenón, diciendo:

ποῦ τὰς φίλας δῆτ᾽ εὐφρόνας δείξεις, ἄναξ,

ἢ τῶν ἐν εὐνῇ φιλτάτων ἀσπασμάτων

χάριν τίν᾽ ἕξει παῖς ἐμή, κείνης δ᾽ ἐγώ;

ni aprobar sus sangrientos sarcasmos contra Poliméstor, ya ciego, y la ira insensata que la domina, la cual, si bien disculpable en cierto modo por su especial y desgarradora situación, no por eso nos parece hoy de buen gusto, ni creemos que tampoco lo fuese entre los griegos. La mitad o algo más de esta tragedia es de lo mejor que ha escrito Eurípides por su patético; lo restante vale mucho menos. Entre sus escenas dramáticas más curiosas debemos citar la de la llegada de Odiseo para llevar a Políxena al sacrificio; y entre sus más bellos trozos, por el aroma helénico que respira, la descripción de la muerte de Políxena hecha por el heraldo Taltibio. Los dos poetas latinos Ennio y L. Accio y el erudito Erasmo de Rotterdam la han traducido en versos latinos; Lodovico Dolce en italiano, y nuestro Fernán Pérez de Oliva ha escrito una traducción de ella; Racine ha copiado algunos versos en su Iphigénie, y Voltaire en su Mérope.

En cuanto a la época en que se representó, parece lo más probable que fuera en la olimpiada 88, 4. Así lo hace presumir la parodia de los versos 162 y 173 de esta tragedia, hecha por Aristófanes en los 708, 709 y 1148 de su comedia titulada Las Nubes; y como esta se representó en la olimpiada 89, 1, parece lo más verosímil fijar la de la Hécuba en el año anterior, porque esas alusiones del cómico griego no podían referirse sino a tragedias representadas poco tiempo antes, cuya memoria conservaba todavía el público. Esto debe entenderse dando por supuesto que Aristófanes no retocase su comedia, como todo lo hace sospechar, en cuyo caso viene a tierra todo el edificio levantado con tanto trabajo por los eruditos, puesto que la parodia indicada pudo ser muy bien una adición posterior. Teobaldo Fix, en su Chronologia fabularum Euripides, pág. 9, añade que debió ser en la época que hemos fijado, y da como razón que en el verso 558 y siguientes se alude a la fiesta instituida por los atenienses después de la toma de Delos, de que habla Tucídides (III, 104) y Plut. (Nic., c. 3); pero es poco convincente, porque la alusión, si existe, es tan vaga, que nada prueba. Aun sin haberse instituido esas fiestas, pudo Eurípides decir muy bien lo que aparece en los versos citados. Lo mismo sucede con lo que ha creído ver M. Artaud (Tragédies d’Euripide, tomo I, pág. 15) en los versos 649 y 650, alusivos, en su concepto, a la derrota de los espartanos en Pilos. Aun suponiendo que los espartanos no hubiesen sido derrotados, era natural que Helena llorase a las orillas del Eurotas, acordándose de Paris y de sus goces en Troya. Algo más vale lo que añade después, fundándose en la versificación de esta tragedia, indicio de ser de las más antiguas de Eurípides.

PERSONAJES

La sombra de Polidoro, hijo de Hécuba.
Hécuba, reina cautiva de Troya.
Coro de cautivas.
Políxena, hija de Hécuba.
Odiseo.
Taltibio, heraldo griego.
Una esclava de Hécuba.
Agamenón, general de los griegos.
Poliméstor, rey de Tracia.

El lugar de la acción es la costa meridional del Quersoneso de Tracia, frente a la Frigia.

La escena representa el campamento de los griegos, y se ven en ella dos tiendas, a la izquierda la de Hécuba y las cautivas troyanas, y a la derecha la de Agamenón y Casandra. Empieza a romper el día.

LA SOMBRA DE POLIDORO

Vengo de la mansión de los muertos y de las puertas de las tinieblas, en donde Hades habita, separado de los demás dioses; soy Polidoro, hijo de Hécuba, cuyo padre fue Ciseo,[21]y del rey Príamo. Este, viendo el peligro que corría la ciudad de los troyanos de caer al empuje de las lanzas griegas, me llevó ocultamente de Ilión al palacio de Poliméstor, huésped suyo tracio que siembra las muy fértiles llanuras del Quersoneso,[22] rigiendo con su cetro a un pueblo cabalgador. Mucho oro envió también conmigo mi padre, para no dejar sumidos en la miseria a los hijos que le sobreviviesen, si alguna vez se hundían las murallas de Ilión; y como yo era el más joven de los Priámidas, secretamente me alejó de mi patria, cuando ni podía soportar el peso de las armas,[23] ni sostener la lanza con mi infantil brazo. Mientras no variaron las lindes troyanas y sus torres no se derrumbaron, y mientras mi hermano Héctor venció con su lanza, como a tierno renuevo me alimentó el varón tracio, huésped de mi padre. Pero cuando Troya sucumbió y exhaló el alma Héctor, y fue derribado mi hogar paterno, pereciendo Príamo junto al ara consagrada a manos del sanguinario hijo de Aquiles, el huésped de mi padre me mató sin compasión, codicioso del oro, y me arrojó a las ondas del mar, para guardar en su palacio mis riquezas. Yazgo, pues, en la ribera, a merced de las tempestades, agitado por las movibles olas, no llorado, insepulto.[24] Ahora recurro a Hécuba, mi amada madre, habiendo abandonado mi cuerpo, y después de vagar durante tres días por el aire, ya que esa desgraciada ha venido desde Troya a esta región del Quersoneso. Todos los aqueos, que tienen naves, hállanse en esta costa tracia, porque Aquiles, el hijo de Peleo, apareciéndose sobre su túmulo, detiene a la armada griega, que movía hacia su patria los marinos remos, pidiendo que se le sacrifique sobre el túmulo mi querida hermana Políxena. Y lo conseguirá, y le harán esa ofrenda sus amigos, porque el destino ha fijado para este día la muerte de mi hermana. Mi madre verá dos cadáveres de dos hijos: el mío y el de esa infeliz doncella. Me apareceré, pues, para que me sepulten, a los pies de una esclava, en brazos de las olas. He rogado a los que imperan en el infierno que me concedan la sepultura y que me vea mi madre; se cumplirá mi mayor deseo; pero me apartaré un poco, que sale ahora la anciana Hécuba hacia la tienda de Agamenón,[25] asustada de mi sombra. (Sale Hécuba de la tienda).

¡Ay, madre mía, que de reina te has convertido en esclava, y de feliz en infortunada! Algún dios te castiga hoy por tu ventura anterior. (Sale Hécuba apoyada en sus esclavas, y se dirige con tardo paso a la tienda de Agamenón).

HÉCUBA

Llevad delante de la tienda a esta anciana, ¡oh vírgenes troyanas!; sostened a vuestra consierva, antes vuestra reina; coged mi arrugada mano; guiadme, llevadme, ayudadme, que yo, apoyado en el corvo báculo, aceleraré cuanto pueda mi tardo paso. ¡Oh relámpagos de Zeus! ¡Oh tenebrosa noche! ¿A qué me despertáis con terrores y apariciones? ¡Oh tierra veneranda, madre de los sueños de negras alas!;[26] libradme de esta visión nocturna, de la sombra de mi hijo, que vive en Tracia, y de la terrible aparición de mi hija Políxena, que he visto con mis ojos durante mi insomnio. ¡Dioses indígenas, proteged a mi hijo, áncora de mi linaje y el único que de él queda en la fría Tracia bajo la tutela del huésped de su padre!

Algo nuevo va a ocurrir; con lúgubres lamentos se mezclarán nuestros llantos. Nunca mi alma ha sentido tanto miedo ni tanto horror. ¿En dónde encontraré al divino Heleno o a Casandra, ¡oh troyanas!, para que me interpreten estos sueños? He visto una manchada cierva, que despedazaba un lobo con sus garras llenas de sangre, arrancándola violentamente de mis rodillas, que movía a compasión. También me aterró el espectro de Aquiles sobre lo alto del túmulo, que pedía se le sacrificase algunas de las desdichadas troyanas. ¡Que no sea mi hija, oh dioses, que no sea mi hija! ¡Yo os lo suplico!

EL CORO (apareciendo sobre la timele).[27]

De prisa, ¡oh Hécuba!, he dejado la tienda de mi dueño para buscarte, ya que la suerte me ha hecho esclava suya, arrebatándome de Ilión, cautiva por la lanza de los aqueos, no para aliviar tus males, sino para anunciarte, mensajera de dolores, triste nueva. Dícese que en solemne asamblea han decretado los aqueos sacrificar a tu hija a los manes de Aquiles: tú sabes que se apareció sobre su túmulo con sus doradas armas, y detuvo las naves que surcaban las ondas con sus hinchadas velas, sujetas por cuerdas, exclamando así: «¿Adónde habéis de ir, ¡oh dánaos!, sin tributar antes a mi túmulo los honores debidos?».[28] Gran tempestad se promovió entre ellos, dando origen a dos opiniones opuestas en el belicoso ejército de los griegos, y creyendo unos que debía ofrecérsele una víctima, y otros lo contrario. Agamenón no se olvidaba de ti, porque la profetisa Casandra tiene la honra de frecuentar su lecho; pero los Teseidas,[29] nobles atenienses, pronunciaron dos arengas, conviniendo ambos en la necesidad de regar el túmulo de Aquiles con sangre caliente, y negando que el lecho de Casandra debiera ser nunca preferido a la lanza de Aquiles. Igual era el número de los que defendían estas dos opiniones antes que el hábil, ingenioso, elocuente y popular hijo de Laertes persuadiese al ejército, que no debía desairar al más fuerte de los griegos por víctimas serviles, no fuese que alguno de los que habitan en la mansión de Perséfone dijera que los dánaos, ingratos con sus hermanos, muertos por la Grecia, abandonaban los campos de Troya. Pronto, pues, vendrá Odiseo a arrancar de tu pecho y de tus arrugadas manos a la doncella. Acude a los templos, acude a los altares, prostérnate ante las rodillas de Agamenón y suplícale; invoca a los dioses que están en el cielo y debajo de la tierra. O tus ruegos impedirán que te arrebaten tu mísera hija, o la verás sucumbir sobre el túmulo,[30] virgen manchada con su sangre, que, como río, correrá de su aurífero[31] cuello.

HÉCUBA

¡Ay de mí, mísera! ¿A qué he de gritar? ¿De qué servirán mis voces y mis lágrimas? ¡Vejez infortunada! ¡Intolerable servidumbre, que no podré sobrellevar! ¡Ay de mí! ¡Ay de mí! ¿Quién me defenderá? ¿Qué gente? ¿Qué ciudad? Murió el anciano Príamo, y morirán también sus hijos. ¿Iré por aquí o iré por allí? ¿Adónde me encaminaré? ¿Do habrá algún dios, o algún genio, que me socorra? Ya no me será grato ver la luz. ¡Oh, troyanas, mensajeras de malas nuevas, mensajeras de calamidades; me habéis dado muerte, habéis acabado conmigo! ¡Oh pies míseros! Llevadme, conducid a esta anciana a la tienda inmediata. (Volviendo hacia su tienda). ¡Fruto de mis entrañas, hija de misérrima madre! Sal, sal de tu habitación; oye la voz de tu madre, ¡oh hija!, para que conozcas la amenaza contra tu vida que ha traído la fama.

POLÍXENA

Madre, ¿por qué te quejas? ¿Qué novedad anuncias, haciéndome salir de mi tienda, aterrada como un pajarillo?

HÉCUBA

¡Ay de mí! ¡Oh hija!

POLÍXENA

¿Por qué sollozas?

HÉCUBA

¡Ay, ay de tu vida!

POLÍXENA

¿Por qué dices esto?

HÉCUBA

¡Hija, hija de desdichada madre!

POLÍXENA

¿A qué llamas con esa voz de mal agüero? Nada bueno me indica. Habla, no me lo ocultes más tiempo. ¡Tengo miedo, madre, tengo miedo!

HÉCUBA

Refiero, ¡oh hija!, un rumor fatal: dicen que los argivos han decretado arrancarme tu vida.

POLÍXENA

¡Ay de mí, madre! ¿Cómo me anuncias tan horrendos males? Explícate, madre, explícate.

HÉCUBA

Los argivos, de común acuerdo, tratan, ¡oh hija!, de sacrificarte sobre el túmulo del hijo de Peleo.

POLÍXENA[32]

¡Oh, madre, que tales penas sufres! ¡Oh tú, la más infeliz de las madres! ¡Oh mujer desdichada! ¿Qué numen ha suscitado contra ti de nuevo tantas infaustas e inauditas calamidades? Ya no seré tu compañera de esclavitud; ya no podré, siendo tu hija, consolarte en tu deplorable vejez. Como a leoncilla criada en las selvas, como a ternerilla nueva, me verás separada de ti, me verás degollar, y bajaré a las subterráneas tinieblas de Hades, en donde yaceré con los muertos. Por ti lloro, ¡oh madre desdichada!, por ti me lamento amargamente. No por mi vida, llena de males y de oprobio, porque es mejor mi suerte muriendo.

EL CORO

He aquí a Odiseo, que viene con pies ligeros, ¡oh Hécuba!, a participarte sin duda alguna nueva.

ODISEO

Paréceme, ¡oh mujer!, que conoces la decisión del ejército y el resultado de sus sufragios; pero te lo diré, sin embargo. Los griegos han decretado que tu hija Políxena muera sobre el alto túmulo del sepulcro de Aquiles. Quieren que yo sea quien acompañe y conduzca a la virgen, y que el hijo de Aquiles presida y ejecute el sacrificio. ¿Sabes, pues, lo que has de hacer? No me obligues a emplear la violencia ni intentes luchar conmigo; resígnate ante una fuerza mayor y, de lo contrario, teme mayores males. Sabido es que hasta las desdichas se han de sentir con moderación.

HÉCUBA

¡Ay de mí! Gran lucha, según presumo, se prepara, y abundantes gemidos y no pocas lágrimas. ¡Y no morí cuando debía haber muerto, y Zeus no me mató; antes me conserva para que cada día sufra mayores males! Pero si es lícito a esclavas preguntar a los que son libres, sin amargura ni encono, dígnate contestarme, y que nosotras, que preguntamos, escuchemos.

ODISEO

Te es lícito; interroga; te concedo sin obstáculo este plazo.

HÉCUBA

¿Recuerdas que fuiste de espía a Ilión, disfrazado con viles harapos, y manchada tu barba con las gotas de sangre que caían de tus ojos?[33]

ODISEO

Me acuerdo; grande fue mi apuro.

HÉCUBA

Pero te conoció Helena, y a mí sola lo dijo.

ODISEO

No se me olvida que estuve en gran peligro.

HÉCUBA

Y abrazaste humildemente mis rodillas.

ODISEO

Y mi mano, fría como la de un difunto, se agarró a tus vestidos.

HÉCUBA

¿Qué decías entonces cuando eras mi esclavo?

ODISEO

Atormenté mi ingenio y mi lengua para no morir.

HÉCUBA

Te salvé, y te dejé salir de Troya en libertad.

ODISEO

Por esto veo la luz ahora.

HÉCUBA

¿Y no podré echarte en cara tu ingratitud, habiendo confesado lo que acabo de oír, y no haciéndome bien, sino todo el mal que puedes? Ingratos sois los que anheláis alcanzar fama en las asambleas; que yo no os mire, que para nada os acordáis de vuestros amigos que sufren, ganosos de decir algo que os concilie la gracia del pueblo. ¿Pero a qué astuta invención habéis recurrido para decretar la muerte de esta niña? ¿Manda acaso el destino sacrificar hombres sobre el túmulo, en donde debieran sacrificarse toros?[34] ¿O Aquiles reclama esa sangre con justicia para matar a su vez a los que le mataron?[35]

Pero esta no le hizo mal alguno. Mejor fuera que pidiese a Helena, víctima más grata a su sepulcro, causa de todas sus desdichas y de su venida a Troya. Si conviene que muera alguna cautiva ilustre, de notable hermosura, esto no nos atañe, que Helena es bellísima, y ha hecho no menor daño que nosotras. Oblígame la equidad a defender así mi causa; oye lo que debes exigir en cambio, siendo yo quien te lo pide. Tocaste mi mano, como tú mismo dices, y estas débiles rodillas, cayendo a mis pies; yo ahora toco las tuyas, y te suplico que me pagues mi anterior beneficio, y te ruego que no arrebates de mis manos a mi hija, y que no la sacrifiquéis. Bastantes han muerto ya: esta es mi alegría; esta sola el olvido de mis males;[36] esta me consuela por muchos, y es a un tiempo mi ciudad,[37] mi nodriza, mi báculo, la estrella de mi vida. Los que vencen no han de mandar injusticias, ni porque son felices creer que lo han de ser siempre. Yo también lo era y ya no lo soy, y un solo día me arrebató para siempre mi dicha; respétame, pues; ten compasión de mí, vuelve al ejército de los argivos, y adviértele que es odioso matar mujeres cuya vida perdonasteis al arrancarlas de los altares, apiadándoos de ellas. Prohibición de derramar sangre hay por la ley entre vosotros, tan favorable a los libres como a los siervos. Basta tu autoridad para persuadir a los demás, aunque defendieras peor causa, porque las palabras de villanos y nobles, siendo las mismas, no valen lo mismo.

EL CORO

No hay hombre, por feroz que sea, que al oír tus gemidos y continuos sollozos no llore también.

ODISEO[38]

Escúchame atenta, ¡oh Hécuba!, y que la ira no te ciegue hasta el punto de interpretar mal mis benévolas frases. Pronto estoy a protegerte, porque tú me salvaste, y así lo he dicho siempre, que no negaré lo que todos han oído. Tomada Troya, es preciso que tu hija sea sacrificada al más valeroso de nuestro ejército, que la pide, si es cierto que los males de muchas ciudades provienen de que se recompensa lo mismo a los fuertes y buenos que a los cobardes. Aquiles merece entre nosotros ese honor, ¡oh mujer!, habiendo muerto como un valiente por los griegos. ¿No es vergonzoso que al que en vida tuvimos por amigo no lo sea después de muerto? ¿Qué, pues, se dirá si es preciso juntar otro ejército y venir de nuevo a las manos con el enemigo? ¿Pelearemos, o cuidaremos solo de nuestra vida, viendo que ningún homenaje honroso se tributa a los difuntos? Bástame cualquier cosa mientras yo exista, aunque tenga poco; mi mayor deseo es que sea honrado mi sepulcro, porque esta gracia dura mucho tiempo. Si dices que sufres males dignos de lástima, oye de mí en cambio que hay entre nosotros ancianos y ancianas como tú, y muchas esposas que perdieron esforzadísimos esposos, a quienes hoy cubre la tierra idea.[39] Ten, pues, paciencia; si hicimos mal decretando honrar al fuerte, habremos pecado sin saberlo; vosotros, bárbaros, ni tratáis a los amigos como a amigos, ni honráis a los muertos, y por eso es la Grecia afortunada y vosotros sufrís las consecuencias de vuestro yerro.

EL CORO

¡Ay! ¡Qué dura es la esclavitud, y vivir en ella, y sufrir lo que no debemos, y ser víctimas de la violencia!

HÉCUBA

¡Oh, hija! El aire se ha llevado mis palabras, proferidas en vano para librarte de la muerte; si tú puedes más que tu madre, no pierdas tiempo; habla en diversos tonos, como el ruiseñor, para que no te arranquen la vida. Abraza las rodillas de Odiseo, que acaso excites su compasión y lo persuadas; sobrado justa es tu causa, y acaso lo muevas a lástima, porque tiene también hijos.

POLÍXENA

Te veo, ¡oh Odiseo!, ocultando tu diestra bajo el vestido e inclinándote hacia atrás para que no toque tu barba.[40] Alégrate, que has esquivado mis súplicas, que ensalza Zeus; yo te seguiré, obligada por la necesidad y sin rehuir la muerte, que si otra cosa hiciera parecería mujer cobarde y demasiado amante de la vida. ¿Para qué he de vivir habiendo sido mi padre rey de toda la Frigia?[41] Plácida comenzó mi existencia, haciéndome esperar que después me casaría también con reyes, y que haría envidiable la suerte del que me tomase por esposa y me hiciese compañera de su casa y de su hogar. Yo, ahora infeliz, reina era de las mujeres del Ida, virgen notable e igual a los dioses, y solo me diferenciaba de ellos en que estaba expuesta a la muerte. ¡Y soy esclava! Este solo nombre me hacía desearla en un principio, no pudiendo acostumbrarme a oírlo. Acaso tocaría después a dueños crueles que me comprarían por dinero, siendo hermana de Héctor y de tantos héroes, y me obligarían a amasar el pan, a barrer su casa y a tejer con la lanzadera, pasando triste vida; y mi lecho, antes digno de un rey, sería profanado por cualquier esclavo. No será así; al Orco entregaré mi cuerpo, y mis ojos, siempre libres,[42] no verán ya la luz. Llévame, pues, y mátame de paso, ¡oh Odiseo! No debemos esperar nada ni confiar en nadie, que el destino me fuerza a sufrir esta desventura. No te opongas, ¡oh madre!, a mi propósito ni con palabras ni con obras; déjame morir antes que apelar a ruegos vergonzosos, indignos de mí. Quien no está acostumbrado a los males, los sufre en verdad, pero le duele sujetar a ellos su cerviz; el muerto es, bajo este aspecto, más feliz que el vivo; que una vida sin honra es la mayor de las desdichas.

EL CORO

Favor insigne y señalado entre los hombres es nacer de nobles padres, y más nobles aún son aquellos que a la nobleza de su linaje añaden la de sus acciones.[43]

HÉCUBA

Con dignidad has hablado, ¡oh hija mía!, pero con dignidad no exenta de amargura. Mas si conviene honrar al hijo de Peleo y podéis evitar el oprobio que os amenaza, no quitéis a esta la vida, ¡oh Odiseo!, sino conducidnos a ambas a la hoguera que arderá junto al sepulcro de Aquiles, y sacrificadnos sin compasión. Yo di a luz a Paris, que mató al hijo de Tetis, hiriéndole con sus flechas.

ODISEO

La sombra de Aquiles, ¡oh anciana!, no pidió a los griegos que fueses tú la víctima, sino solo esta.

HÉCUBA

Matadme al menos con mi hija, y beberá la tierra y el que la pide doble raudal de sangre.

ODISEO

Basta la muerte de tu hija; no añadiremos otra, y ojalá que ni aun la suya fuese necesaria.

HÉCUBA

Morir con mi hija es mi más ardiente deseo.

ODISEO

¿Cómo así? Yo no sabía que también tuviese dueños.

HÉCUBA (abrazando a Políxena).

Como la hiedra a la encina me adheriré a ella.

ODISEO

No lo harás si obedeces a quienes son más prudentes que tú.

HÉCUBA

Jamás consentiré que se la lleven.

ODISEO

Y yo no me iré sin ella.

POLÍXENA

Escuchadme: tú, hijo de Laertes, muéstrate más generoso con madres justamente irritadas; y tú, madre, no luches con los vencedores. ¿Quieres caer en tierra, y que se lastime tu débil cuerpo, vencida por la fuerza, profanándote un brazo vigoroso que te separará de mí? Así sucederá sin duda. Nada hagas que no debas hacerlo. Dame tu dulcísima mano, ¡oh madre amada!, y que tus mejillas toquen las mías, que nunca después (esta es la vez postrera) veré el disco y los rayos del sol. Y no volverás a oírme hablar, ¡oh madre!, ¡oh tú que me diste a luz!, que ya voy a los infiernos. (Abrazadas las dos entablan el siguiente diálogo):

HÉCUBA

Nosotras, ¡oh hija!, seremos esclavas en la tierra.

POLÍXENA

Sin haber conocido esposo, ni casarme como a mi linaje convenía.

HÉCUBA

Digna eres de lástima; yo también soy desgraciada.

POLÍXENA

Allá en el Orco yaceré separada de ti.

HÉCUBA

¡Ay de mí! ¿Qué hacer? ¿En dónde acabaré mi vida?

POLÍXENA

Moriré esclava, habiendo sido mi padre libre.

HÉCUBA

Y yo he perdido cincuenta hijos.

POLÍXENA

¿Qué he de decir a Héctor o a tu anciano esposo?

HÉCUBA

Diles que soy la mujer más digna de lástima.

POLÍXENA

¡Oh seno maternal! ¡Oh pechos que tan suavemente me alimentasteis!

HÉCUBA

¡Deplorable e inesperada desdicha!

POLÍXENA

Vivo feliz, madre mía; adiós, Casandra...

HÉCUBA

Otros podrán vivir, no una madre.

POLÍXENA

Y tú, hermano Polidoro, ahora entre los caballeros tracios...

HÉCUBA

Si vive, que lo dudo, siendo tanta mi desgracia.

POLÍXENA

Vive, y cerrará tus ojos al morir.

HÉCUBA

Matáronme mis males antes de haber llegado mi última hora.

POLÍXENA (arrancándose de los brazos de su madre).

Llévame, Odiseo; cubre con el peplo[44] mi cabeza, porque, antes de sacrificarme, desgarran mi corazón los gritos de mi madre, y yo el suyo con los míos. ¡Oh luz! ¡Siquiera puedo invocar tu nombre! Nada tuyo me pertenece, sino el espacio que media entre este lugar, y la cuchilla y el túmulo de Aquiles. (Se retira).

HÉCUBA

¡Ay de mí! Ya no puedo sostenerme, y desmaya mi fuerza. ¡Oh hija! ¡Abraza a tu madre, extiende tu mano, dámela! (Acuden sus esclavas y la sientan en el suelo). ¡No me dejes sin hijos! Yo muero, ¡oh amigas! (Con la vista fija en Políxena). ¡Oh, si yo viera a la lacedemonia Helena, hermana de los Dioscuros, la de los bellos ojos, que arruinó a Troya ignominiosamente!

EL CORO

Estrofa 1.ª — ¡Oh aura, aura marina, que impeles a las ligeras naves, surcando las olas! ¿Adónde llevarás a esta mísera? ¿Qué dueño me comprará para arrastrarme a su hogar? ¿Iré a las riberas de la Dóride,[45] o a las de la Ftía,[46] en donde dicen que el Apídano,[47] río de cristalinas ondas, fertiliza los campos?

Antístrofa 1.ª — ¿O a alguna de las islas, al son del marino remo, para vivir triste vida, a do crece la primera palma que vieron los hombres,[48] y el laurel sagrado en honor de Leto y de sus hijos, delicias de Zeus? ¿Cantaré himnos con las vírgenes delias a la diosa Artemisa, y celebraré sus blondos cabellos y su arco?

Estrofa 2.ª — ¿O en la ciudad de Palas y en el peplo amarillo de Atenea labraré con la aguja la cuadriga y sus caballos, sembrándolo de tejidas y artificiosas flores, o al linaje de los titanes, a quienes Zeus, el hijo de Cronos, condenó con sus rayos a perpetuo sueño?[49]

Antístrofa 2.ª — ¡Ay de mis padres, ay de mis hijos, ay de mi patria, que cayó envuelta en humo, vencida en la guerra por los griegos! Yo dejo el Asia sierva de la Europa, trocando el tálamo por el Orco,[50] y me llamarán esclava en tierra extraña.

TALTIBIO

¿En dónde, ¡oh doncellas troyanas!, podré encontrar a Hécuba, la que hace poco era reina de Ilión?

EL CORO

Es la que miras, ¡oh Taltibio!, junto a ti, tendida en tierra y envuelta en su vestido.

TALTIBIO

¿Qué diré, oh Zeus? ¿Te interesas por los hombres, o ellos lo creen falsamente, pensando que hay dioses, y que la fortuna domina al mismo tiempo a los mortales? ¿No fue Hécuba reina de los frigios, ricos en oro? ¿No fue esposa de Príamo, gloriosamente afortunado? La lanza ha derribado su ciudad, y ella, esclava y anciana, huérfana de sus hijos, yace en tierra, manchando con el polvo su cabeza desventurada. ¡Ah!, ¡ah! Viejo soy, pero más quiero morir que sufrir vergonzosos males. (Acercándose a Hécuba). Levántate, ¡oh mujer infeliz! Que tu cuerpo y tu blanca cabeza abandonen la tierra.

HÉCUBA (levantándose).

¡Ah! ¿Quién turba mi reposo? Quienquiera que seas, ¿por qué no respetas mi aflicción?

TALTIBIO

Yo soy Taltibio, heraldo de los hijos de Dánao, qué vengó a llamarte de orden de Agamenón.

HÉCUBA

¿Has venido acaso, y entonces llenarás mis deseos, para sacrificarme ante el túmulo por mandato de los griegos? ¡Oh, cuán grato me sería! Vayamos cuanto antes, apresurémonos; guíame, ¡oh anciano!

TALTIBIO

Vengo a llamarte, ¡oh mujer!, para que sepultes a tu hija, ya muerta. Encárganmelo los dos Atridas y el pueblo aqueo.

HÉCUBA

¡Ay de mí! ¿Qué dices? ¿No has venido a buscarme, cuando estoy a punto de morir, sino para anunciarme males? Pereciste, ¡oh hija!, arrancada de los brazos de tu madre: yo quedo sin hijos, sin ti al menos; ¡oh, cuán desgraciada soy! ¿Cómo la sacrificasteis? ¿Con respeto, os ensañasteis en ella, ¡oh anciano!, como si fuese un enemigo? Habla, aunque tus frases me aflijan.

TALTIBIO[51]

Me harás llorar dos veces, ¡oh mujer!, compadecido de tu hija; ahora humedeceré mis ojos recordándolo, y al morir lloré también junto al sepulcro. La muchedumbre infinita del ejército aqueo acudió alrededor del túmulo para presenciar el sacrificio de Políxena: el hijo de Aquiles la llevó de la mano hasta colocarla en lo alto del túmulo, teniéndome a su lado; seguíanle los principales jóvenes aqueos para sujetar a la víctima en las convulsiones de la agonía. El hijo de Aquiles, con el vaso dorado de las libaciones, las hizo a los manes de su padre, ordenándome después que impusiese silencio a todo el ejército. Yo entonces, en medio de ellos, dije: «Callad, ¡oh griegos!; haya silencio en el pueblo; que ninguno hable, que todos guarden compostura», y la muchedumbre calló en efecto. Él, a su vez, se expresó así: «Recibe, ¡oh padre mío!, hijo de Peleo, estas libaciones que evocan a los muertos, y muéstrate propicio: ven a beber la negra y no libada sangre de esta virgen, que el ejército y yo te ofrecemos; favorécenos, desata nuestras popas, suelta nuestras naves, y concédenos a todos que tornemos con felicidad desde Troya a nuestra patria». Así dijo, y todo el ejército le acompañó en su oración. Cogió luego la empuñadura de oro de su espada, y, desenvainándola, hizo seña a los jóvenes griegos para que sujetaran a la víctima. Ella, al conocerlo, habló de esta manera: «De buen grado muero, ¡oh argivos que arruinasteis mi patria!; nadie toque mi cuerpo, que ofreceré al hierro mi cerviz con ánimo esforzado; pero por los dioses os ruego que no me sujetéis, para que muera como debe morir una mujer libre, que me avergonzará ante los manes el nombre de esclava, siendo reina». Murmullos de aprobación se oyeron en la muchedumbre, y el rey Agamenón ordenó que los jóvenes soltasen a la virgen. Ella, al escucharlo, desgarró su peplo desde los hombros hasta la cintura,[52] y enseñó su pecho, tan hermoso como el de una estatua, e hincó en tierra sus rodillas, y pronunció esta frase muy animosa: «He aquí mi pecho; hiérelo, ¡oh joven!, si lo deseas; si ha de ser en la garganta, prepara la cuchilla». Él vacilaba, movido a compasión; pero al fin la dio muerte, y su sangre corrió a raudales. Al morir no se olvidó de su decoro, y ocultó a nuestras miradas lo que no deben ver los hombres. Después que exhaló el alma, ocupáronse los griegos en distintos menesteres, ya cubriéndola de hojas, ya llenando la pira con ramas de pino. Los que nada hacían, oyéronles expresarse así: «¿Te estarás quieto, ¡oh perezoso!, y no ofrecerás a esta doncella ni fúnebres galas ni tu peplo? ¿Nada darás a esta víctima tan valerosa como noble?». Esto es lo que puedo decirte acerca de la muerte de Políxena, considerándote, si miro a tus numerosos hijos, la más feliz de las mujeres, y si a tu suerte, como a la más infortunada.

EL CORO

Horribles desgracias han sobrevenido a los hijos de Príamo y a mi patria por decreto inexorable de los dioses.

HÉCUBA

¡Oh, hija! En medio de tantos males, no sé a cuál atender: si uno me alcanza, el otro no me deja: sucédense sin cesar y acumúlanse sin descanso. Y ahora no puedo olvidar tu triste suerte y dejar de gemir; pero no lo haré con exceso, sabiendo con cuánta grandeza has muerto.[53] No es, pues, de admirar si una tierra estéril, favorecida por el cielo, produce rica cosecha, y que la fértil, privada de este bien, dé amargo fruto: solo entre los hombres el malo es siempre malo, el bueno siempre bueno, y no le dañan las calamidades, y siempre es virtuoso. ¿Proviene esto del linaje, o acaso de la educación? No puede negarse que algo contribuye la educación, enseñando la virtud, que quien bien la aprende distingue lo bueno de lo malo. Pero todo esto es inútil: tú, Taltibio, vete y di a los argivos que nadie toque a mi hija, y que la preserven de la multitud, que no faltarán atrevidos en tan numeroso ejército, y cuando la licencia entre marinos es más violenta que el fuego, teniéndose por malo al que no lo es. (Vase Taltibio).

Tú, anciana servidora, toma esta urna, y sumergiéndola en la mar, tráeme agua para lavar por última vez a mi hija, esposa y no esposa, virgen y no virgen,[54] para exponerla al público como merece; pero ¿cómo lo haré sin recursos? ¿De qué medio me valdré? Reuniré las joyas de estas cautivas que me acompañan en la tienda, si han podido ocultar algo suyo de la vista de sus nuevos dueños. (Vase la esclava).

¡Oh suntuosas moradas! ¡Oh palacio, feliz en otro tiempo! ¡Oh afortunado Príamo, padre de tantos y tan hermosos hijos![55] ¡Oh madre suya anciana! Trocose en humo nuestra soberbia. ¡Y todavía nos enorgullecemos, ya por nuestras riquezas, ya por los honores que nuestros ciudadanos nos dispensan! Y nada es todo esto sino causa de cuidados y motivo de vanidad. ¡Feliz entre los felices el que no sufre un mal cada día! (Entra en la tienda).

EL CORO

Estrofa. — Calamidades, horribles pérdidas había yo de llorar sin falta, desde el momento en que Alejandro cortó los abetos del Ida para navegar por el hinchado Ponto hacia el tálamo de Helena, hermosísima mortal que contempló asombrado el sol de cabellos de oro, inundándola con sus rayos.

Antístrofa. — Duros trabajos y un destino más cruel aún nos esperaban. Daño mortífero por nuestra propia locura, y calamidades causadas por nuestros enemigos han caído sobre la tierra que baña el Simois.[56] Fallada está la contienda que se suscitó en el Ida entre un pastor y tres hijas de dioses, terminando en guerra y muerte y ruina de mi patria.

Epodo. — Pero también gime y llora la joven lacedemonia en las orillas del Eurotas,[57] de deleitosa corriente, y la madre de tantos hijos muertos se arranca sus blancos cabellos, y lastima sus mejillas, y llena de sangre sus uñas.

LA ESCLAVA

¿En dónde está, oh mujeres, la muy desgraciada Hécuba, cuyos males superan a los de todos los mortales? Nadie podrá arrebatarle esta palma.

EL CORO

¿Qué buscas con esos clamores de mal agüero? ¿Dejaremos de oír alguna vez tus tristes anuncios?

LA ESCLAVA (entra la esclava, trayendo un cadáver,
que deposita en el teatro
).

Vengo a traer a Hécuba un nuevo dolor: cuando las desdichas nos agobian, no es fácil proferir palabras alegres.

EL CORO

Mírala salir de la tienda, apareciendo tan a tiempo para oírte.

LA ESCLAVA

¡Oh dueña infeliz, y más aún de lo que digo! Llegada es tu última hora, no siendo posible vivir, aunque te vea la luz, sin hijos, sin esposo, sin patria, sin ninguna esperanza.

HÉCUBA

Nada nuevo dices, que bien conocemos la extensión de nuestra ignominiosa desgracia. ¿Pero a qué me traes el cadáver de Políxena, habiéndoseme dicho que todos los aqueos le darían honrosa sepultura?

LA ESCLAVA (aparte).

Nada sabe, y solo llora a Políxena: ignora sus nuevos males.[58]

HÉCUBA

¡Cuánta es mi desgracia! ¿Me traes acaso el cadáver de Casandra, la inspirada profetisa?

LA ESCLAVA

Casandra vive: pero ¿no gimes por este muerto? Mira su cuerpo desnudo y, contra lo que esperabas, contemplarás un prodigio.

HÉCUBA

¡Ay de mí! El muerto que veo es mi hijo Polidoro, el que me guardaba el tracio. ¡Yo muero; ya no puedo vivir más! ¡Oh hijo! ¡Hijo de mi corazón! Ya comienzo otro lúgubre canto, puesto que un numen maléfico me anuncia nuevas calamidades.

LA ESCLAVA

¿Sabías, ¡oh desdichada!, que tu hijo había sido asesinado?

HÉCUBA

Nuevo, nuevo es para mí esto; increíble, increíble; los males se suceden a los males, y ni un solo día dejaré de llorar y de gemir.

EL CORO

Horrendas, ¡oh mísera!, horrendas son nuestras desdichas.

HÉCUBA

¡Oh hijo, hijo de madre infortunada! ¿Qué destino fatal te ha hecho perecer? ¿Qué accidente? ¿Quién ha sido tu asesino?

LA ESCLAVA

No lo sé; lo encontré en la orilla del mar.

HÉCUBA

¿Arrojado por las olas en la apretada arena, o víctima de lanzada cruel?

LA ESCLAVA

El oleaje lo arrastró a la orilla.

HÉCUBA

¡Ay de mí! ¡Ah! ¡Ah! ¡Ya entiendo el sueño y la visión de mis ojos! No me engañó el fantasma de negras alas, que lo vi enseñándomelo, privado de la luz del cielo.

EL CORO

¿Quién lo asesinó? ¿Podrás decirlo, instruida por el sueño?

HÉCUBA

Mi amado,[59] mi amado caballero tracio, a quien lo confió en secreto su anciano padre.

EL CORO

¿Qué dices? ¡Ay de mí! ¿Para apoderarse de sus tesoros después de muerto?

HÉCUBA

¡Crimen nefando, superior a todo encarecimiento, impío e intolerable! ¡Así se agradece la hospitalidad! ¡Oh, execrable malvado! ¿Cómo osaste desgarrar su cuerpo y cortar sus infantiles miembros con tu espada sin sentir compasión?

EL CORO

¡Oh, mujer infeliz! ¡Cómo te ha hecho la más infortunada de las mortales el numen que te es adverso! Pero me parece que veo venir a Agamenón: callemos, pues.

AGAMENÓN[60]

¿Por qué no vienes, ¡oh Hécuba!, a sepultar a tu hija, según me anunció Taltibio, encargándome de tu parte que no la tocase ningún argivo? Así lo hemos hecho, y no la hemos tocado; pero tú tardas hasta el punto de excitar mi sorpresa; vengo por ti: todo se ha hecho bien allá, si es que puede hacerse bien. ¿Pero quien es el troyano que veo muerto en esta tienda? Los vestidos que lo envuelven me indican que no es ninguno de los griegos.

HÉCUBA (aparte).

¡Infeliz Hécuba, pues hablo conmigo misma hablando contigo! ¿Qué haré? ¿Abrazaré las rodillas de Agamenón, o sufriré mis males en silencio?

AGAMENÓN

¿Por qué lloras volviendo el rostro, y no me dices la causa de tu llanto, ni quién es este?

HÉCUBA (aparte).

Pero si me rechaza de sus rodillas, tratándome como a esclava y enemiga, será mayor mi pena.

AGAMENÓN

No soy adivino para conocer lo que piensas, si no me lo dices.

HÉCUBA (aparte).

¿Sospecharé quizá que me es hostil, y no lo es en verdad?

AGAMENÓN

Si nada quieres descubrirme, somos del mismo parecer, porque tampoco quiero oír nada.[61]

HÉCUBA (aparte).

Sin su ayuda no podré vengar a mis hijos. ¿A qué pienso en esto? Es menester atreverme, consiga o no lo que quiero. (Hablando con Agamenón). ¡Oh Agamenón! Te suplico, por estas rodillas que abrazo, y por tu barba y afortunada diestra...

AGAMENÓN

¿Qué quieres? ¿Deseas vivir en libertad? Esto es fácil para ti.

HÉCUBA[62]

No es eso ciertamente, sino castigar a hombres malvados, que así serviré de buen grado toda mi vida.

AGAMENÓN