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[TERCERA PARTE: ] [I, ] [II, ] [III, ] [IV, ] [V, ] [VI, ]
SÍ SÉ POR QUÉ
OBRAS DE FELIPE TRIGO
LAS INGENUAS, novela, dos tomos (sexta edición), 7 pesetas.
LA SED DE AMAR, novela (sexta edición), 3,50 pesetas.
ALMA EN LOS LABIOS, novela (cuarta edición), 3,50 ptas.
LA ALTÍSIMA, novela (cuarta edición), 3,50 ptas.
DEL FRIO AL FUEGO: Ellas á bordo, novela (tercera edición), 3,50 ptas.
LA BRUTA: Héroes de ahora, novela (cuarta edición), 3,50 ptas.
LA DE LOS OJOS COLOR DE UVA.—REVELADORAS.—LO IRREPARABLE, tres novelas en un tomo (tercera edición), 3,50 ptas.
SOR DEMONIO: El honor de un marido hidalgo y metafísico, novela (cuarta edición), 3,50 ptas.
EN LA CARRERA: Un buen chico estudiante en Madrid, novela (tercera edición), 3,50 ptas.
SOCIALISMO INDIVIDUALISTA, estudio (cuarta edición), 3 ptas.
EL AMOR EN LA VIDA Y EN LOS LIBROS, estudio (tercera edición), 3,50 ptas.
LA CLAVE, novela (tercera edición), 3,50 ptas.
LAS EVAS DEL PARAÍSO, novela (segunda edición), 3,50 ptas.
LAS POSADAS DEL AMOR, novela (segunda edición), 3,50 ptas.
CUENTOS INGENUOS (tercera edición), 2 pesetas.
EL MÉDICO RURAL, novela (sexta edición), 3,50 pesetas.
LOS ABISMOS, novela, 3,50 ptas.
EL PAPA DE LAS BELLEZAS, novela, 3,50 pesetas.
JARRAPELLEJOS: Vida arcádica, feliz e independiente de un español representativo, novela, 3,50 pesetas.
CRISIS DE LA CIVILIZACIÓN.—LA GUERRA EUROPEA, 3,50 pesetas.
ASI PAGA EL DIABLO.—Á PRUEBA.—EL GRAN SIMPÁTICO, tres novelas en un tomo (segunda edición), una peseta.
FELIPE TRIGO
SÍ SÉ POR QUÉ
(NOVELA)
RENACIMIENTO
SAN MARCOS, 42
MADRID
1916
ES PROPIEDAD
Imprenta Renacimiento, San Marcos, 42.—Teléfono 4.967.
PRIMERA PARTE
I
En el expreso, con un recelo casi de terror, conocí ayer á estos que habrán de ser mis compañeros de buque: Albert, cónsul; Carlos Victoria, el famoso dramaturgo, y Alejo Hugo Martín, attaché militar en la Argentina.
¡Oh, mi forzosa intimidad con los extraños! ¡Mi débil voluntad, además, para cortarla..., yo que contaba siquiera en esta empresa con la soledad del Océano, y á quien el simple encuentro de un amigo por las calles de Madrid causaba angustia al corazón, temblores y una afonía instantánea y sofocada, como si me echasen una cuerda al cuello!... Por lo pronto, anoche, en el tren, un señor al pie de mi litera; tres al despertar, forzádome á sus charlas... y un hotel ahora, aquí, donde, á más de los nuevos conocidos, me aguardan cuatro periodistas. Son gaditanos, que se han apresurado á saludar al dramaturgo; quieren despedirle de España cenando en Puerta de Tierra, y, con la jovialidad del montilla, se obstinan en que yo les acompañe.
En última consecuencia, debo confesar que no me es completamente insoportable la continua conversación; por primera vez desde hace mucho tiempo, gracias á ella, me ha faltado para ensimismarme en la manía de mis reflexiones dolorosas, y á ratos incluso llego á reír y bromear. Encontraríame satisfecho, ante éstos que no hubieran podido sospechar hallarse departiendo con un enfermo grave, si á última hora no hubiese cedido á la insana cobardía de hablarles de mi enfermedad, de mi neurastenia...
¡Maldita neurastenia!... Les conté todo: que estoy á régimen; que no duermo; que lloro á veces como un niño...; que una extraña piedad me acongoja ante el espectáculo de un mendigo ó de una mujer desamparada...
¡Maldita neurastenia!... Menos mal que no les referí cómo una tarde estuve si me tiro del Viaducto. No puedo tolerar el espectáculo de la barbarie humana. Me ahogan de piedad, de piedad, de piedad... las crueldades de la vida; y la neurastenia no es, tal vez, más que... eso: un estado de exaltación que nos deja percibir en su exacta verdad horrible el fondo de las cosas.
Un estado de clarividencia, de perfección, en que se siente el dolor que nos circunda cual si se tuviese el alma en carne viva. No hay tormento comparable; mas tampoco nada que nos hunda tan sombría y grandiosamente en la mística significación del Universo. Si los dioses sufren, deben de sufrir de neurastenia. Por ella he aprendido á amar las nubes, el sol, los campos, la nobleza, la pureza, los juegos de las flores y las niñas, lo sencillo.
Vienen los amigos á buscarme. Con recóndito pudor les habré de volver á escuchar sus groserías de conquistas y mujeres..., esas mismas groserías de mi pasado que ahora me avergüenzan como en un implacable espejo al oírselas á ellos: ¡Placer, sí, Placer! Seguirán hablando de Placer, la artista que conocimos en el tren y que va también á Buenos Aires. Piensan ya cuál habrá de acapararla... El cónsul, rubio Apolo, la habló en el pasillo del sleeping. Parece que ella le manifestó que me conoce de vista, que soy el marqués de Torre-Alba (me confunde con mi hermano); y este conocimiento, aunque les aclaré la confusión, basta á poner en guardia á mis amigos sobre «la ventaja que me pueda deparar la idea del marquesado con la procacísima cocota»...
Han subido la escalera en escándalo de risas. Abren. Sin tiempo para echarme de la cama, quedo incorporado.
—¡Hala! ¡Pero, hombre, Adamar, que estamos esperando! ¿Qué hace usted?
Creerán que me he recluído en el cuarto tratando de ver en el próximo á la cocota, ó á la actriz, ó á lo que sea esa bella de cien kilos... y me ocasionaría sonrojo confidenciarles que subí, á pretexto del sombrero y el bastón, con la única avidez de meditar mis sobresaltos.
Partimos en dos coches. El andaluz anochecer primaveral huele á claveles. El viento zumba así que dejamos las murallas.
Es la cena de mariscos. No me ha valido la disculpa de mi régimen. Mejor. Comeré y beberé hasta reventar, á ver si acaba mi excelso martirio cuanto antes. Por vergüenza hacia el doctor y mi pobre hermana Elena, que me animaron al viaje, no me vuelvo en el primer tren al tétrico encanto de mi casa.
Comeré mucho, tendré una tremenda indigestión, y mañana, en vez de embarcarme, los propios compañeros me reexpedirán para Madrid. Ahora que son inminentes, el barco y el mar me horrorizan.
No lejos del cenador donde nos sirven abrasando la sopa de almejas, entre flores, botellas y cañas, rugen furiosamente las olas. Sopla el levante y danzan los faroles de papel colgados sobre la mesa. Comemos, comemos; yo me harto. Ponen tortilla de percebes. Y el caso es que la devoro con gusto. Que me sepa bien, al menos, si todo esto ha de ser el veneno que me mate.
Háblase de toros. En seguida de mujeres. Hay, sin embargo, un asunto de gran actualidad, y en él recae la charla: el célebre crimen de Roma, que está intrigando al mundo. Apenas lo he seguido á saltos en la Prensa, por fatiga de atención á cuanto conmigo ó mi enfermedad no se relacione, y me puntualizan el suceso: Una mañana el conde de Montsalvato apareció muerto en su palacio campestre; no obstante haber manifestado su mujer (una joven mejicana, bellísima) que despertada por lamentos sordos acudió desde la inmediata alcoba y le encontró agonizando de un ataque al corazón, huellas de violencia en la garganta del cadáver hicieron imprescindible la autopsia, que descubrió la fractura del hiodes y rastros de un veneno. Se pensó que el asesino fuese algún criado que intoxicaría al conde al servirle de cenar; que, impaciente, habría querido acabar de rematarle en el silencio de sueño de la casa, y que no hubiese podido efectuar el robo al sentir á la condesa. Muchos días, con su falsa aflicción de viuda, continuó ésta en el palacio; pero los periódicos empezaban á insinuar los amores de ella con un profesor de equitación, un emigrado austriaco de historia equívoca, y de pronto, en compañía de una doncella, fugáronse los dos.
Según telegramas que los periodistas recibieron hoy, el austriaco ha sido preso en Trieste.
Recuerdo haber visto en los periódicos las fotografías de la condesa, primero como ilustre viuda, después como criminal..., bella, muy bella en uno y otro aspecto—si bien habiendo creído advertirla en el segundo un no sé qué de feroz y repulsivo.
Pero me importan poco, en suma, el crimen, la condesa y estas necias oscilaciones de nuestra percepción que nos hacen ver diferente el gesto de una cara según nos digan que se trata de una santa ó de una miserable...; y escucho á los demás, y como, como langosta, y langostinos, y ostras, y bocas de la isla y pastelillos de cangrejo...
Mañana la indigestión... No seré yo quien salga de tierra para meterme en ese mar donde estoy viendo bailar las luces de los buques..., donde el viento, más fuerte cada vez, hace de las suyas.
Un farol de nuestra mesa ha ido á parar, con vela y todo, á siete metros. Otros han ardido...
Entre levantarme apresuradamente, á las ocho (tras un sueño de cinco horas, porque nos acostamos á las tres), arreglar mi equipaje de mano, salir á aprovisionarme de acidol, bromuro y comprimidos de Vichy, y venir luego al puerto con el apremio del vapor que va á zarpar, no me ha quedado un segundo para pensar en mis congojas. Sólo sé que por invitación del cónsul, y casi encima de él, nos ha acompañado Placer en la berlina, y que, contra lo temido por mí, me ha sentado bien la brutal cena de anoche.
El levante nos azota y flamea violentamente las gasas del sombrero y las faldas de Placer—que el cónsul ayúdala á arreglar con manejos atrevidos. Contiénelos la presencia de la mucha gente y de las damas que esperan el embarque. Baja la marea, el mar, que estrella sus olas contra el muro, es una zarabanda infernal de espumas y de barcos. Imposible pensar en las lanchas, sin peligro. A tres millas divisamos el Victoria Eugenia en una confusión de trasatlánticos. Van y vienen los remolcadores. Atracan mal á la escalera, y el traslado de cosas y personas se efectúa difícilmente.
Vemos llegar á un esquelético negro vestido de chaqué, con una caja de violín, que deposita cuidadoso al socaire de la caseta factoría; quítase los puños, no muy limpios, y con gemelos inclusive los lanza al vendaval... ¡Diablo de hombre! Hemos visto sus puños huír y perderse rectos en la furia de las olas como dos aves libertadas.
Uno de los periodistas nos informa de que el negro es un músico excelente, mimado en tiempos por el kaiser, en Berlín, y hoy enfermo y miserable. La noticia le cae á mi neurastenia malamente. Símbolo de la humana veleidad. Yo también fuí algo de la vida, y ya no soy nada de la vida..., ya no soy más que un harapo.
Parte un remolcador, á tumbos y á gritos de mujeres. Llega otro. Se le asalta. Contenido con bicheros en prudente separación de la muralla, para ganarle hay que aprovechar el fugaz momento en que la proa enrasa el escalón. Salto y caigo encima de unas jarcias. El cónsul ayuda á la cupletista como puede. Dos señoritas son izadas en brazos de dos nervudos marineros. Chillan, ríen. Vuelan al aire sus piernas; mas no es cosa de preocuparse de pudores en este infernal baile entre cómico y terrible.
Atestada la pequeña embarcación, nos afianzamos á los hierros en la ruda travesía. Va pálida la gente.
Cuando arribamos al buque, nos da el consuelo de un edén en una roca. No se mueve. Todo blanco y en orden, salvo el rimero de menudos equipajes que va recibiendo el portalón. Viene de Génova, de Barcelona, y lleno de pasaje; elegante, en general; lo aprecio al cruzar con el mayordomo hacia mi camarote por la cámara de lujo.
El camarote me place: lecho dorado, baño, mesa, diván, ventilador; mío exclusivamente, lo cierro en cuanto me entran las maletas. He aquí una bella celda en que me podré aislar conmigo mismo. Túmbome en el lecho. Fumo, pienso y deploro no haberme traído á mi criado Castro, que me ayudaría á disponer las ropas en las perchas.
Embarcó el negro con nosotros. Es un tísico que se morirá en el Océano, y yo un grave enfermo que tampoco volverá de Buenos Aires—si llego. ¿Me arrojaré antes al mar?... ¡Quién lo sabe! La muerte se ofrece seductora para quien contempla en su verdad triste la existencia. Ignoraba que encerrase un tal encanto la esperanza de morir.
Trepida el buque. Empieza á removerse y ruge la sirena. Salgo. Acércome á la borda. Todo siniestro para mí, y más esta partida. Al abandonar la patria, la emoción pone lágrimas en los corazones y en los ojos de muchos, por la madre ó la amada ó el amigo que se deja. En mi seco vivir, nada puede conmoverme. Y sin embargo, para mayor escarnio, tengo también mi mujer, frívola, separada de mí hace cinco años, al segundo de la boda. Poco la importará que me muera ó que me ahogue, si ha sabido siquiera que me embarco.
Cierro los ojos, porque sufro el repentino pesar del injusto rigor á que propendo. A lo menos, con Elena..., con mi buena y santa hermana, á quien olvido y cuyo adiós adivina al fin mi corazón. Los egoísmos de su nueva familia y de su nueva casa no la impidieron cuidarme como una madre en el abandono de la mía...
Extraño á la impresión de la partida, torno al camarote. ¡Qué pena! ¡Nada me interesa de cuanto me rodea, tan pintoresco! Vuelvo á tirarme en el lecho, y evoco á mi mujer. Lloro. Culpa suya nuestra desdicha. En mi azarosa locura madrileña dormían el romanticismo de mi niñez provinciana y mi seriedad de hombre de estudios. Al buscar á Laura para la fundación de un hogar y de una vida de trabajo, mis romanticismos fueron mi único refugio contra las barbaries elegantes de caballos y queridas. No supo estimarlo, harto mundana. La quise mucho y no lo merecía. La decepción me hizo entregarme á los fáciles placeres con mayor brutalidad.
Laura duerme en mí como una rubia ilusión enterrada para siempre. No he tenido para qué hablarles de ella á estos conocidos del tren. Me creen soltero y neurasténico por excesos juveniles.
¡Y cuánto me avergüenza esta última verdad!
En fin, ya ¿qué remedio?... Un torpe desdichado que no debió salir del panteón bello de su hotel para no perder las visitas de consuelo de una hermana y su régimen de huevos y de leche. A bordo, uno y otro bien me faltarán. Ni podré comer, siquiera. De cuando estuve en Nueva York á perfeccionar prácticamente mis agrícolas conocimientos de ingeniero, sé demás á qué atenerme con respecto á los huevos en conserva y á las latas de leche de estos buques...
La contrariedad me sofoca; pero causándome una sorpresa al sentirla al fin irremediable: me aterra menos que otras veces. Ignoro si es porque me importa poco no comer ó porque me importa menos comer lo que me pongan. Una especie de estupefacción casi grata. Si al acostarme una noche en Madrid me hubiesen dicho los criados que no tenía mi vaso de leche con azúcar..., ¡oh!, creyéndome el más infeliz de los nacidos, habría sufrido la obsesión de una musiquilla cualquiera—del vals del Conde de Luxemburgo, por ejemplo, más de una semana.
Nadie que no la haya padecido sabe lo que en esta estúpida obsesión de tararear mentalmente horas y horas lo mismo, lo mismo, lo mismo..., sin lograr dormir, sin lograr pensar en otra cosa..., martirio de moscardón del que no puede uno librarse... ¡Habría de qué reír si no hubiese tanto de qué llorar en la dichosa neurastenia!
Y ciérranse mis ojos; tengo casi sueño.
—¿Señorito? ¡Hora de almorzar!
¡Ah! El reloj me lo comprueba. Profundamente he dormido, entonces, tres horas (y cinco de anoche, ocho)—lo cual me va resultando extraordinario. Además, no pienso nada de mis cosas. La neurastenia me irá á dar por dormir y por algún ataque de idiotez.
Hágome un sumario tocado de peines y jabón, y tengo que abrir una maleta para vestirme de smoking.
En el comedor, mucha gente—sin duda de la que venía desde Barcelona y Génova acostumbrada al balanceo. Los de Cádiz han debido de marearse.
Mas... no todos, cuando menos. Desde una mesita de un ángulo me llama el cónsul. No le puedo desairar, y acepto de mal grado (aunque está también Carlos Victoria), porque han sentado con ellos á la cupletista y á otra vistosa hembra de su laya. Me presentan á ésta Mlle. Eyllin, actriz de la Cigale, compañera de camarote de Placer.
Tortilla, el primer plato. Me la como. Guisan bien en el vapor. Albert quiere bromear; pero está pálido y sospecho que se le anda la cabeza. El húsar quedó en un sillón de la cubierta, mareado.
Pavo. Me lo como. No, no cocinan mal en el buque. Me sirve vino Placer, y lo bebo.
Con mi experiencia de la otra travesía, pienso que estos compañeros míos, nuevos en la vida del mar, no saben lo que hacen trayendo á la mesa á estas mujeres: el primer día es el que establece para todo el viaje las costumbres, y las tendremos de constantes camaradas. Por su trapío aisladas del resto del pasaje, se nos aislará con ellas y no podremos tratar más que cocotas. A mí no me complace, y supongo que tampoco al buen nombre de Victoria, del honesto dramaturgo.
Parte Victoria, disparado. Placer se ríe, loba de mar que lo ha cruzado varias veces por razones de contrata; y yo, mientras el bello cónsul procura resistir las invasiones del mareo, miro no lejos á una jovencilla que come con su madre y dos sacerdotes franceses.
La veo casi de espaldas, con la rubia seda ceniza de su pelo en bajo peinado de chicuela, y en un semiperfil de hechicería. De las crudezas que empiezan á cambiarse Placer y Eyllin y el cónsul, me purifico en la muchacha. Parece un ángel. Es mi afición á lo infantil. Tiene lo demás del comedor el aspecto harto mundano de un hotel, y yo diera no sé qué por ser admitido en la mesa de la niña y de los curas. Pequeña isla de respetos en mitad de la algazara... Se ríe y se tintinean demás por todas partes las cucharas y las copas. Los cíngaros se afanan inútilmente haciendo llorar á sus violines. Nadie les atiende.
Pero... corre, ha huído también el cónsul, de improviso, y Eyllin le sigue. La cupletista come mucho, y yo no le voy en zaga—si bien me contraría el quedar solo con ella. Incapaz de disimulos, hay momentos en que no contesto nada á sus gozosos comentarios del mareo de los demás. Sin embargo, es hembra poco ducha en silencios psicológicos. Me habla de compañeras suyas de Madrid. Conozco á varias. Sábelo bien, á pesar de haber actuado preferentemente en Barcelona, y con descocada frescura alude á sus intimidades con una vistosísima Raquel, tan guapa como diablo, y á otra Loló (¡ah, este nombre!), «tan linda como sosa», que fueron mis queridas. Por esto me conoce, confundiéndome algo con mi hermano, y por esto se encuentra más que demás enterada de que soy... ¡atiza! un «maestro del amor».
La conversación, echada á fondo por la ramera impúdica que bajo la mesa me junta una rodilla, lléname de una zozobra de asediado colegial que á la vez sintiese los rubores y rechazos del espíritu y los impulsos de la carne.
Sí, de la carne..., de la carne de pavo que devoro y de la carne del muslo de Placer. No me atrevo á retirar el mío, y bajo las castidades mismas de mi alma y la evocación triste de Loló me obstino en meditar si la provocación descaradísima me causa menos repugnancia de lo que hubiese imaginado..., porque en Cádiz me harté de mariscos, porque he dormido desde ayer como un lirón y porque ahora mismo estoy comiendo como un buitre... Sería hermoso y lamentable que éstos fuesen ya los efectos de la terapéutica marítima..., que con mi vuelta al sueño y al hambre y á la vida en mí resurgiese el animal.
Por lo pronto, olvidado de la niña, estudio egoístamente la cara y el escote de Placer..., y dijérase que á mí mismo me estudio en tal estudio. Guapa. Cuajada de brillantes. Los dientes blancos y perfectos. Sólida como una gigantesca estatua, debe de tener un desnudo irreprochable...
Sino que reacciono, á la hora del café. Sus cien kilos son demasiada carga para sobrellevarla en el viaje como irredimible consecuencia de una leve gratitud.
Fosco, casi huraño, cuando ella espera que me la lleve del brazo á la cubierta, me levanto y me despido:
—Perdón. Tengo que hacer. Voy al camarote.
Y en el camarote, de nuevo encerrado á llave, cual si la bruta prostituta pudiera perseguirme, comparto mis reflexiones entre el negro horror de mi neurastenia y el blanco escote de la bruta prostituta...
No la deseo; ó no sé, al menos, si la deseo ó no.
Torno á refugiarme en el recuerdo puro de la niña.
Por él ennoblecido, me hundo en la memoria de la desgraciadísima Loló—de aquella dulce Ana María en cuyo ser y en cuya alma delicada cometí todos los crímenes...
Maté tu candor, maté tu fe, maté á nuestro hijo en tus entrañas, maté cuanto de grande y santo hubiese podido realizar en el mundo tu bondad.
Y claro es que si tú arrastras por mi culpa el dorado horror de tu vida destrozada, yo debiese arrastrar la cadena de un presidio.
II
Positivamente me resta una de las más ingenuas distracciones de á bordo mi antiguo conocimiento del mar. No son para mí novedades las que excitan la curiosidad de mis amigos. En calma el viento, ellos, que ya pueden andar sin pasamanos, recorren el barco con Placer y con Eyllin. Bajan á las máquinas, para ver cómo, sin que entre el agua, cruza el casco el árbol de la hélice; suben al puente, para ver cómo maneja el sextante el capitán; visitan la punta de la proa, la bodega, las cocinas, y se preocupan de entender los dobles de esquilón y del momento en que se anota la singladura en el cuadro de la marcha.
A mí apenas si el espectáculo de algunos buques que cruzan logra distraerme un rato en la batería de gemelos que formamos en las bordas. Mis nervios se aplacan. Parece de corcho mi cerebro. La mayor parte del tiempo la paso tendido en el canapé, contemplando el juego de las olas.
Sin que pueda decir que estoy mal entre los compañeros, estoy mejor cuando me dejan y se llevan á Placer. Se encuentra irritada por mis desaires, aunque yo, gentil siempre que me habla, procuro suavizarlos. No he vuelto á comer con ellos. Una circunstancia favoreció mi disculpa de descortesías en el propósito: la mesa, de cinco asientos, no lo habría tenido para el húsar; calculé, pues, que me bastaría concurrir un par de días al restorán, á pretexto de mi régimen, así dando tiempo á que pudiera sustituirme el pobre mareado; y, efectivamente, al tornar al comedor, el mayordomo me indicó otra vacante en otra mesa de un viejo matrimonio alemán y de un marino bonaerense. Locuacísimo el marino, con unas patillas y una afable distinción del tiempo de Churruca, no me habla, al menos, de mujeres. Sabe idiomas, y cancillerescamente reparte su conversación conmigo y con los alemanes; pero su propia galantería de gentleman, que tiene que atender á todos, me libra pronto de él en la cubierta.
Yo, entonces, me aislo en un rincón y observo la gente del pasaje. El Victoria Eugenia es el mejor trasatlántico que navega en esta línea. Vienen muchos franceses, y principalmente familias uruguayas y argentinas que regresan de sus visitas europeas á todo rumbo de dinero. Anteanoche un señor del Plata dió quinientos pesos en la rifa de una Virgen que no sé quién organizó. No hay nadie á quien mi nuevo compañero de mesa no conozca. El solo llena de ceremoniosas reverencias las tertulias y los bailes. Toca el piano y la flauta, hace prestidigitaciones, inventa juegos de prendas, y lo mismo se pone á conversar con el segundo maquinista que con un ex presidente de la República de su país, y con la ex presidenta y las hijas, que traen la mejor cámara del barco, y que han sido en Madrid agasajadísimos. Algo anticuado el joven teniente de fragata, sin duda, en materia coreográfica anda aún por rigodones, y en lecturas por Balzac y Víctor Hugo.
Paréceme que sus mismos compatriotas, picados de snobismo al regresar del viejo mundo, le miran con la condescendencia que á un niño candoroso. Mientras él retóricamente trata de ensalzarles á las damas las figuras de Cuasimodo ó Juan Valjuán, ellas se distraen hablando del tango, de Wagner, de los apaches de París..., y, sobre todo, de lo que constituye la última atracción de escándalo europeo: del crimen de la Montsalvato. Traen diarios é ilustraciones, y se desquitan leyendo y discutiendo á bordo cuanto no tuvieron tiempo de saborear en tierra á su placer. Los grabados de la «tristemente célebre condesa» circulan. Se admira su beldad. Una de las más bonitas mujeres de Italia y la más perversa del mundo. Creen que ya la habrán cogido, y que se la ahorcará con el amante. Aguardan impacientes, para tener noticias, la escala de Canarias. Sin embargo, se asedia al capitán, por si radiográficamente pillase algo del suceso.
Me aburro, oyendo en todas partes hablar del crimen; y lejos de esta cubierta de joyas y elegancias, como la vasta galería de un balneario, me hundo en las encrucijadas del barco buscándome á mí mismo.
Más que por la impulsión invencible de pensar y sentir tristezas, según antes me pasaba, diríase que voluntariamente busco ahora el pensarlas y el sentirlas por el hábito de que no quiero prescindir. Ellas han constituído durante dos años mi existencia, y sin ellas parézcome vacío... sin rumbo en la vida, sin objeto.
Porque la verdad, la misma impulsión bestial que, desde que duermo y como, siento á veces ante las provocaciones de Placer, me abochorna hasta el extremo de preferir, incluso con su cohorte de penas desoladas, la orgánica aversión sensual de mi maldita neurastenia. Triste es tener que prescindir de la integridad del amor de las mujeres; pero más triste es tener que aceptarlas en su cercenada realidad de lascivos mecanismos. Los hombres no hemos sabido formarlas el alma todavía.
O mejor dicho, dejar de deformársela. Ejemplo de ello lo llevamos en esta miniatura del mundo que viene á ser el buque. Por eso me place, con amarga complacencia, bajar á la cámara de tercera y ver cuán cerca van unas de otras las pobres torturadas que forman como los símbolos de extrema oposición en el martirio de las vidas femeninas. Son, por una parte, cinco religiosas italianas que irán á hospitales ó colegios argentinos; por otra, y en patrullas diferentes, un sucio rebaño de prostitutas francesas y austriacas que irán á Buenos Aires.
Símbolos, sí, del social absurdo. Representan lo que se tiende á hacer con todas las mujeres de un modo indefectible. Se las parte, y no hay término medio para ellas. O lo espiritual, en un calvario de renunciaciones, ó lo animal, en plena desvergüenza.
Estoy contemplando en el entrepuente el grupo de asustada y blanca sumisión que á un lado componen las monjas; el grupo de descaro arlequinesco que al otro lado componen las rameras.
¡Horrible! Apartados en polarización inconciliable el beso del espíritu y el beso de los labios; rotos el amor del cielo y de la tierra para el amor del hombre y la mujer..., como si la angélica inocencia de los niños no se besase con los labios..., como si las madres no dieran á sus hijos con los labios los besos de la gloria.
Lloro por todas las desgraciadas prostitutas y monjas de la tierra, y me ahoga, me sofoca la piedad.
Pero... otra escena se me ofrece en estos fondos del fastuoso trasatlántico donde llevamos confinados los horrores. Baja de la cubierta de emigrantes una pobrísima familia; la madre, la hija mayor y un niño de quince años, transportan, como preciosas cargas que pudieran dejar caer en la verticalidad de la escalilla, á otros niños más pequeños; la joven es bonita, y mira tímida en su torno. Pasan como en fuga junto al escándalo de burdel de las rameras, y tras el amparo de las monjas buscan el escondite de unos fardos. Al poco llega un mozo de limpieza, besa á los chiquillos y repárteles fiambres; se va inmediatamente, y la familia come, apretada en el amoroso miedo de ella misma. Los circunda una aureola de honradez. Viéndolos comer la escudilla de las sobras, y pensando en los festines de mi mesa y en lo que la bruta de Placer traga á todas horas, siento que las lágrimas del alma se me vierten por los ojos.
Y el rubor me aleja de las gentes; porque el llanto debe ser una cosa vergonzosa en un mundo donde la impudencia de una mujer se paga con brillantes y la virtud de otra con miseria y con limosnas.
Voy enjugándome las lágrimas, y alguien me tropieza: el mozo de antes, que al salir de un camarote con dos cubos, me vierte un poco de agua. Pensando que soy francés porque no contesto, discúlpase en francés; no respondo, y háblame en inglés, al tiempo que se apresura á limpiarme con un paño. Al incorporarse y oir mi neto madrileño, cree reconocerme. Resulta un antiguo acomodador de la Princesa. Charlamos. Se expresa discretamente. Es perito comercial; pero sin influencias para colocarse, y abrumado por los hijos, atendió á la urgencia de ganarse una peseta como pudo. La familia que he visto es la suya. Emigran, y él ha logrado del sobrecargo este puesto eventual en el servicio, que le permite sacar algunas propinillas y restos de las mesas para librar del rancho á su mujer y á los pequeños.
Está flaco; está enfermo. Punto menos que á la fuerza le hago aceptar un billete de diez duros, y llora y quiere besarme las manos... Nos interrumpe una austriaca que viene medio desnuda, de bañarse. Es una de las rameras, grande, de senos lacios, casi vieja y casi horrible. Entra en el camarote y le reclama al mozo los cubos de agua con despótico ademán.
Yo parto, ocultando mi dolor; el infeliz sirviente me ha cruzado una mirada que indica sus resignaciones.
Subo adonde pueda ver el cielo. Desierto á esta hora el verandah de la cubierta alta, porque el pasaje se recluye á la música y al te del comedor, pido una cerveza.
Mas no logro olvidar al mísero padre de familia que sabe francés, que sabe inglés, que es un inteligente trabajador, cuyo acoso de la vida le impidió desenvolver sus aptitudes..., que es un español honrado, cuando menos, que quiso darle á su patria cinco hijos..., y que, lanzado por su patria, emigra y acógese á la compasión del barco sirviéndole de rapa á inmundas extranjeras.
La injusticia me acongoja. No sé qué parte de ella puede caberme á mí, y las lágrimas vuelven á inundar mis mejillas. ¡Oh, la neurastenia! ¡Qué excelsa maldición! ¿Por qué cuando estamos buenos y bien hallados en la vida no vemos todo esto?... Al revés, el ajeno sufrimiento nos impresiona como un contraste pintoresco que realza y le presta el claro oscuro á nuestra dicha: un golfo que, muerto de frío, cierra el coche donde nos ha unido la lujuria con una hembra de alquiler, nos hace sonreír y decirle una alegre chirigota; una anciana mendiga nos hace arrojarla de mal modo una moneda y un insulto, sin pensar que tenga las mismas entrañas hechas por Dios y las mismas canas quizá que nuestra madre; un camarero que nos habla el francés y el alemán nos parece sencillamente un majadero.
Y... seco precipitadamente mis lágrimas..., aunque los que llegan podrían demás, á saber su causa, comprenderlas: la joven rubia con su madre y los señores sacerdotes. Siéntanse á pocas mesas de mí, y ellos se ponen á fumar y ellas á leer libros de oraciones.
Es un ángel esta niña. Viste siempre sencillísimos trajes blancos, con la falda hasta los pies, y luce el ceniza dorado tesoro de su pelo en trenzas á la espalda. Por la gentileza del cuerpo diríase una mujer de veinte años; por la lozanía, y el candor del rostro, una chiquilla de trece.
¿Contará diez y siete ó diez y ocho?... No. Así como hay damitas que gustan de prolongar su aspecto adolescente valiéndose del infantil engaño de las ropas, hay niñas de precoces desarrollos que, á pesar de la puerilidad de su semblante, tienen antes de tiempo que alargarse los vestidos; y ésta es una de ellas. No he visto jamás una expresión más cándida y sincera. Tras la diafanidad de sus ojos verdes, claros, su alma de sencillez fulge al modo de un resplandor ancho y sereno á través de dos faros de esmeralda. Mira como sin ver, á las gentes..., á los cien tontos que á bordo se la comen con los ojos, y mira, en cambio, con éxtasis de atención inmensa las lejanías del mar y los crepúsculos.
Una atracción de suavidades me inclina á venir observándola hace días; á buscar los sitios de apacible soledad que ella prefiere; y he podido advertir que apenas si se asoma con su madre á los bailes del salón, que se acuestan á las once, y que se levantan, igual que yo, para contemplar las albas esplendentes, cuando aún no se ha hundido Venus en la línea de las aguas.
Miedo me da la idea de que, advirtiendo al fin la asiduidad de mi presencia, hubieran de juzgarme uno de esos imbéciles que por ahí las importunan.
Deja el libro. De un paquete de periódicos, saca uno y pónese á leer.
Los grabados tornan á advertirme que lo que tanto la absorbe en los diarios es, ¡ah, también!, el crimen de la italiana.
Como á los demás, como á todas las damas del pasaje. Pero á esta niña, de carne y alma de inocencia, plácela, sin duda, lectura tal, no por saborear manjares de perversión, sino por una trágica atracción folletinesca que afirma su infantilismo. Igual que ayer y anteayer, la veo ensimismarse en los relatos del crimen más que en el libro de oraciones, y á veces sigo en su faz de ángel los horrores que la crispan.
¡Oh, sí, sí, diáfana su faz..., diáfana como un fanal su vida entera! También cuando todas las mañanas la contemplo de hinojos en la misa, veo el fervor con que su pureza pídele á la Virgen no se sabe qué perdones.
¿Será una francesita?... Franceses son los periódicos que lee y en francés habla con los curas, uno de los cuales debe de ser hermano de la madre. Sin embargo, no tiene ese tipo que hace á Francia parecer un monótono bazar de muñecas blondas de pómulos salientes y labios gordos y encarnados.
—¡Adamar? ¡Adamar?... ¡Hombre, Adamar!
Giro, y me estremezco. Medio corriendo y en grandísima algazara llegan á buscarme el dramaturgo, el húsar, el cónsul, Placer y la actriz de la Cigale. Recogida alta la falda, enseña Placer la aparatosa seda de sus medias.
Me causan la impresión de que profanan un templo. Los curas, la madre, la niña-arcángel han vuelto los ojos hacia el tumulto de estas mujeres de hermosura descompuesta. Porque no se sienten aquí, me levanto y salgo al encuentro de mis amigos para ir en su compaña á cualquier parte.
Estamos en tierra.
Hemos venido durante la mañana viendo definirse las altas montañas de esta isla, mirando por la vasta extensión del agua la lejanía de las demás del archipiélago, y acabamos de desembarcar en Tenerife. Nos guía muelles adelante un grupo de periodistas canarios que ha acudido á recibir al dramaturgo. Placer tutea desahogadamente al cónsul y no se le descuelga del brazo. Derechos conyugales que se abroga. Él no parece agradecerlo.., ya. Bien con otra triunfal alegría me contó hace unas noches la historia: luna en su camarote, y una ilusión de cien kilos de sirena de cocota á su litera llegada desde la espuma del mar. Lo peor es que ni á luna ni á sol se le aparta desde entonces. Lo que temía para mí, de no haber puesto enérgico el remedio.
Entramos en Santa Cruz. Llena la plaza, de señoras que pasean y de tiendas de tabaco. Es éste el país de la eterna primavera, como la isla de Calipso. Las casas pequeñas, pero lindas, tal que casas de juguete, están pintadas de verde, de rosa, de cielo... Macetas en las ventanas, macetas en los balcones. Tropical Andalucía paradisíaca, y más frecuentada por ingleses. El verdor de las montañas le forma un valladar de frescura á la ciudad. Las mujeres todas me parecen bellas, altas, con la gracia gentil de la española pigmentada en africano.
Tomamos vermouth en la terraza de un bar, y nos surtimos de tabaco. Precios inverosímiles: paquetillos Henry Clay á veinte céntimos, y habanos á real.
Tres coches nos suben una larga calle en cuesta. Siempre las lindas casas y hotelitos de juguete. Visitamos tiendas de orientales. Los bajos precios incitan á comprar. Obsequia Placer al cónsul con un elefantito de marfil y él tiene que pagarla doscientas y pico de pesetas por un bazar de cosas que ha ido escogiendo: gemelos de teatro, chales y kimonos de seda china, maques, polveras, estuchillos...
—Perfectamente—me dice aparte el cónsul—. He hecho el primo; pero con ésto habrá de darse por contenta y no hallará ocasión de nuevos cobros.
La gratitud hácela aferrarse á su brazo más gachona.
Entramos en dos redacciones. Nos retratan. Placer, clavada á su rubio amigo «para que cuando el periódico llegue á España los vean muy juntos», suelta cada barbaridad que canta el credo. «No la gusta París porque allí llueve y ventosea mucho». Al fotógrafo, que al componer el grupo la tocó la barba, le dijo «mari... quita»; y á un chico que corriendo la tropezó en la calle, «hijo de un rato».
Y andaluces, sí, andaluces los canarios, no saben prescindir de llevarnos á un arrabal de Santa Cruz para probar el vino isleño. Luego, montaña arriba, van al Quisisana los coches.
Es uno de los grandes hoteles del turismo. Inglaterra. Misses, ladys y milores. En la ascensión hemos contemplado panoramas sorprendentes. Ahora el Quisisana nos brinda todo el confort apetecible. Su extranjera y silenciosa población le da aires de un convento de elegancia. Para mis ansias de paz tomo nota de este hotel y de este país encantador. Acaso alguna vez venga á habitarlos.
Victoria háceme advertir la injusticia con que los españoles buscamos fuera de España los parajes de belleza; vamos á Niza, á Italia, á Suiza, y no sabemos siquiera que tenemos hechizos superiores en Asturias y Galicia y Baleares, en la propia Extremadura, en Canarias, en Granada. Sin duda somos gentes de un individualismo altivo y feroz que nos deja ser colectivamente calumniados.
Consultando los relojes, deploran nuestros acompañantes que no nos quede tiempo de visitar la verdadera maravilla de la isla: el valle de Orotaba, lleno también de magníficos hoteles; y, andaluces, individualistas, al fin, á la española, encerrados en sus gustos, nos hacen partir del Quisisana para llevarnos á comer á una típica taberna... ¡como si las tabernas y nada más que las tabernas fuesen lo típico de España!
Me resigno á la taberna.
Escabeche y guisos de figón. Algo de guitarreo, con un torero que aparece, al cual Eyllin le acaricia la coleta, y baile de Placer con taconeo y patas por el aire. La actriz parisién y nuestro autor se entienden, á pesar de sus géneros distintos. No hay como ser hombre festejado para la adhesión de una francesa. Eso sí, al final iguales, francesas y españolas... y ya verá también Carlos á la hora de cobrar.
III
Me levanto al amanecer, siempre. Es el momento de las purezas perla de la aurora. Terminados los baldeos y limpio y en orden todo sobre el sueño del pasaje, el buque parece... de ella y mío—parece de los dos. A fuerza de encontrarnos cada día en tan bello despertar, ella y su madre corresponden á la digna inclinación de mi saludo con una bondadosa simpatía mezclada de recelos.
Los recelos de empezar á creerme un galanteador inoportuno. La joven, singularmente, me mira como con la súplica medrosa de que no la turbe la única hora de dulce libertad que goza por el barco. Terror de niña seria que no osa á jugar con las demás niñas delante de la gente, y que no se atrevería á separarse de la madre en mi presencia. ¡Qué clara sorprendo en su faz esa emoción!
La tranquilizo, me alejo, y desde un escondite cualquiera, donde no pueda sospecharme, la contemplo, la contemplo á mi placer.... atraigo nítida su imagen con mis zeiss, con mis potentísimos prismáticos.
Dúrala el temor buen trecho; vigila en torno su contrariedad de volver á verme aparecer, y, entregado el susto del alma verde de sus ojos al mimo de carmín del horizonte, permanece anhelosa y pensativa... Recobrada al fin la confianza de estar sola, se levanta, y, sin apartarse mucho de la madre, juega á dar paseos, á vagar de un lado á otro, á observar á los grumetes en los palos y á acodarse en un rincón de la borda viendo huír las bandadas de delfines.
Viste de blanco; yo, de blanco también, desde los zapatos á la gorra; es blanca la silueta de algún oficial de servicio que cruza; son blancos la cubierta, las bandas, los botes que penden de sus amarras encima de los salvavidas; son de un vaporoso azul-blanco de ópalo el cielo y el mar... y creyérase que somos almas y que vamos navegando infinitamente perdidos á través de un alma inmensa de celaje, de pureza.
Los gemelos me la agrandan y acercan hasta poder contar en el azul esmalte los diamantillos de la medalla de la Virgen que lleva al cuello. Única modesta alhaja que la adorna. No usa pendientes ni sortijas. Sus manos y su cara tienen la pálida mate lozanía de las gardenias, y sus labios, labios puros, que alientan muchas veces entreabiertos, son rojos, de un rojo sano de sangre de granada.
Unas veces, juzgándose absolutamente sin testigos, se instala en cualquier amplio sillón, saca de la escarcelilla un polissoir y llévase gran rato puliéndose las uñas; otras se tiende en un canapé y mira extasiada el horizonte. Perdió la otra noche un pañuelo y yo lo recogí y lo guardé; huele á delicadísimos perfumes. Es toda, elástica y armónica, el augurio de una aristocrática mujer; pero es también la niña de ternura y de pudor que ni en la soledad le consiente el más leve desorden al vuelo de su falda.
Ayer otras niñas más niñas subieron muy temprano. Corrían tirando al alto una moneda, y la moneda rodó metiéndose entre dos tablas del piso; se agruparon de bruces á sacarla; no podían, y una pequeñita lloraba. Las acorrió ella; se postró al suelo también, y con una tijerilla y acopio de paciencia las hubo de ayudar. El grupo, visto con mis zeiss, resultaba encantador; juntas las angélicas cabezas, tocábanse las sedas de los rizos y las manos. No la aventajaba ninguna en suavidad. Últimamente las contentó repartiéndolas monedas suyas... y besos, muchos besos.
¿Por qué no pude yo ir á unir á las inocencias de sus besos la inocencia de mis besos?... ¡Ah, qué pena es que siendo de tanto amor el beso de los niños, y creciendo con la edad el amor del beso, el afán de besar se convierta en crimen!
Mi admiración ideal placeríale á la pureza de este ángel. Pero, no...; cuidadosamente evitaré que la confirme. Entre sus quince años y mis veintinueve años, entre su candor y mi groserísima miseria, entre su calma virginal y mi atormentada situación de hombre casado y endiabladamente enfermo, no puede haber nada común.
Puede haber lo que no necesita ser manifestado por mí ni conocido por quien de modo tan gentil me lo produce: el consuelo de una hermana dulce, más pequeña que mi hermana, que no está aquí..., y la vergüenza y el asco de las pasadas brutalidades de mi vida.
No, no tiene por qué saber jamás la tribulación de repugnancias con que mi corazón llora ante ella; ni podría entenderla, ni el infesto de mi ser permitiríame reposar en la limpia nobleza de su hombro mi frente consternada.
¡Elena, hermana mía, cuánta transparencia de divina humanidad lloraba en el descanso de tu hombro!
Te recuerdo; recuerdo á nuestra madre en esta niña, y tengo que beber los breves minutos de ansias inefables en la copa del bochorno.
Harto breves—los minutos, la hora de comunión con lo ideal. Va saliendo el sol, y van apareciendo pasajeros que despiertan. Primero los niños, que se ponen á jugar y á reír con la alegría de la mañana...; después los curas, que secuestran á la niña hechicerísima con sus calmas evangélicas...; luego, poco á poco, los demás.
Dijérase que al día y al haz del buque llega el mundo en un inverso orden de moral imperfección.
Los últimos, allá á las once, son Eyllin, Placer y mis amigos.
Sino que yo los esquivo cuanto puedo.
O escalas arriba trepo á la cubierta de botes, poniéndome á departir con las olas y las nubes, ó ansiando emociones menos plácidas bajo á los entrepuentes de emigrantes.
Me conocen ya, en el de la proa, en el de la popa.
Cuando los contemplo desde la cubierta de cámara, como desde los miradores de un alcázar que diese á patios de leprosos, el cuadro ofréceseme cruel. Amontonados. Campamentos de locura y suciedad. De día, los que en su inmovilidad apretada caen fuera de los toldos, ampáranse del sol colgando mantas; de noche, algunos las transforman en hamacas, y la mayoría duerme en el suelo de madera, donde se han pisoteado los vómitos y el rancho. Monstruos, más que humanos seres. Cerdos, en su salaz aglomeración forzosa, más que varia humanidad. Babel en marcha, maldita por no se sabría qué Dios de los rencores; hablan todos los idiomas, abrúmanse de todas las ruindades y mezclan con una igual y gris promiscuidad sus vidas y sus almas.
Dan idea del aplastamiento, de la trituración por lo fatal. En vano mujeres jóvenes y bellas, familias honestísimas, que en la pobreza de su país habrán hecho de lo delicado religión de sacrificio (como la del ex acomodador de la Princesa), en un poco de limpieza y de paz querrían aislarse de la soez canallería: con el agua vertida alrededor, corren hasta ellos los detritus; con la copla ó la frase del rufián, la desvergüenza...; y el albo pañizuelo de la pulcra conviértese en guiñapo, y el pudor de la madre y de la virgen en rosa ajada por una lluvia de inmundicia en el estiércol. No lejos de la novia que mira triste en la estela que se pierde la endecha de su amor, van el ladrón y el asesino, que esquivan á la vez que añoran sus presidios torvamente, y el Sileno que grita sobre un tonel.
Todas las concupiscencias, todas las confusiones, todos los apetitos..., toda la condensación del caldo hediondo y negro de la amasada y destripada Humanidad. En la caldera de horror, las inocencias se han fundido; y así por las sombras y el sueño del montón oye la casta el sordo rugir de una lujuria entre un sátiro y una bestia, y así, anteanoche, fueron llevados á la barra dos hombres cuyos cuerpos yacentes se buscaban con viscosas reptaciones de lombrices...
El dolor se me clava en el corazón como una espada.
No había podido nunca imaginarme semejante violación de la humana dignidad. Pensar que con este cosmopolitismo de la crápula, que con esta espuma que Europa le da á la emigración, van muchos inocentes desdichados, muchos engañados..., me acongoja. Pensar aún que á tres metros por encima, que á una baranda por en medio vamos nosotros en festín de lujos, de mágicos salones, de músicas, de flores, de pereza..., me atosiga y me destroza.
¿Por qué esta injusticia tremenda entre los hombres, esta inútil necesidad de la crueldad?
No sé por qué.
No lo comprendo.
Con el espacio y los divanes y los manjares que nos sobran, esos infelices ahorraríanse la humillación de verse tratados de un modo tal por sus hermanos. Un pájaro, un lobo y hasta una hiena no están jamás así en su bandada, en su manada.
¡No lo comprendo! ¡No lo comprendo!... Y yo debería correr gritando por ahí: «¡Socorro! ¡Que se ahogan, que se asfixian aquí los decoros de la vida!»...
Mas como nadie habría de secundarme y me juzgarían un mentecato; como son tan humildes é ignorantes estas gentes que no suben á escupirnos y á arrogarnos por las bordas..., soy yo el que suele bajar á ellos para sufrir siquiera un poco su tormento.
Me conocen. Pero me rodean desaprensivos tal vez los menos acreedores de piedad, y les voy cobrando miedo. En pocos días les he repartido mil pesetas. Deben proceder de mi dinero el vino y las juergas en que les he advertido algunas veces...
Y huyo, huyo por fin de ellos y de mi presentimiento de sandez repartiéndoles limosnas.
Con una desorientación tremenda en punto á caridades y á filosófica moral, vuelvo á la cristiana indiferencia y á la estultez de mis congéneres. Allá los pobres, pues, con su penar, y los ricos á bailar y á reír en la molicie... hasta la hora del Infierno.
IV
El oleaje de almas y de cosas, que dijérase que para jugar caprichosamente con las vidas salta á bordo desde el oleaje del mar que juega con el buque, me ha lanzado á limbos de ideal. Soy amigo de la rubia-ángel. Imposible habríale parecido ésto á mi afán, y sin embargo ha podido realizarse con la sencillez de una casual presentación á ellas par el teniente de fragata. Bendigo las expansivas hidalguías de este hombre que trata á todo el mundo.
Fué hace cinco tardes. Salíamos del comedor, y los dos sacerdotes franceses, el P. Reims y el P. Ranelahg, uniéronse á nosotros. Nos sentamos, y al poco las dos personas en cuya aparición yo no cesaba de pensar se acercaban sonriéndonos..., ó, á mejor decir, sonriendo á sus antiguos conocidos, puesto que ambas, y la niña especialmente, no pudieron reprimir un cambio de la jovialidad á la contrariedad al advertirme; pero, como antes á los curas, mi presentación se hizo inevitable; Lambea (ajeno, por lo demás, á la emoción de las llegadas), formuló:
—El señor Alvaro Adamar. La señora Leopolda Río Hoffmeyer, y su hija, la señorita Rocío.
Extremé mi corrección para borrar el mal efecto. Me quedé un poco aparte en la tertulia. La dama, los sacerdotes y el teniente de fragata hablaban en francés. Rocío (¡diáfano nombre!), también callada, turbadísima por lo que juzgaría en mí amaño de tenorio, mirábase los pies y me arrojaba ojeadas de recelo; estaba pálida; era tanta su emoción... que yo, incapaz de compaginarla con el simple temor de la libertad de una chicuela amenazada por un impertinente, incurrí un segundo (lo debo confesar) en la sospecha de que fuese lo contrario: el recóndito vibrar de una niña que por primera vez se siente galanteada por un hombre.
Pero deseché mi petulancia. Se hallaba ella junto á mí, ambos aislados de la conversación de los demás, y todavía ante la sorpresa de los nombres españoles y del español empleado en la presentación por el marino, no obstante encontrarnos hablando con franceses, á una pregunta mía respondió que era española, de Barcelona, aunque había vivido en Nueva Orleans casi siempre.
Toda despreocupación é ingenuidad, la coquetería no asomaba á su gesto ni á sus ojos; quise hacerla hablar de los teatros y de la vida elegante de Nueva Orleans, y me respondió del colegio y de juegos infantiles: monjas, las madres; y ella patinaba en el parque del convento. Pasó en seguida un gato junto á nosotros, y le llamó con un rápido gui-rí, gui-rí gui-rí, del cual hubo de explicarme que es el modo con que en Nueva Orleans se sustituye nuestro clásico mis, mis...; le cogió, le acarició; luego un gran papel que cruzó volando, tirado sin duda desde el puente, hízola correr á la borda para verle flotar sobre las aguas... Allí permaneció. Maldito si yo parecía importarla lo que el gato ó el papel—y ello, en final de cuentas, prodújome alegría, porque en la fraternal amistad con esta niña, no busca mi alma, no debe buscar absurdas intrigas imposibles...
Un momento más de atención de la mamá al notarme por la chiquilla abandonado; preguntas sobre si voy al Uruguay ó la Argentina; lamentaciones acerca de las sales disipadas de un pomito roto que sacó de la escarcela, porque sufre mucho de los nervios y no podría reponerlo en el vapor..., y, ¡ah!, preciosa coyuntura para acercarme al camarote y volver ofreciéndola otro pomito de los que yo embarqué con mi antineurasténica provisión de morfinas y bromuros... Y como el marino, cuya inquietud no le deja pasar diez minutos en un sitio, se levantó y se despedía, juzgué discreto acompañarle...
Me completó las noticias. Las nobles pasajeras no son parientes ni tienen nada que ver con el P. Reims y el P. Ranelahg; conociéronse de haber vivido algunos días esperando el embarque en el mismo hotel de Barcelona; muy religiosas las dos, simpatizaron con los dignos sacerdotes. Leopolda es de origen francés-argentino y viuda de un negociante catalán que murió en Nueva Orleans hace tres años; ella y la hija han vuelto á Barcelona para arreglar asuntos familiares, y piensan fijar la residencia en Buenos Aires, donde tienen intereses.
¡Bravo!... Al día siguiente Leopolda se apresuró á agradecerme el tranquilo sueño logrado con mis sales; me habló extensamente de sus nervios; y yo, picado en la manía que iba ya casi olvidando, la hablé de mi neurastenia.
Sus nervios, mi neurastenia y mis sales de Labanda han sido, pues, el nexo de nuestros egoísmos necesarios á toda intimidad; y, ahora, en la blanca gloria de nuestro despertar de las mañanas, puedo unas veces dejar que la voz melodiosa y lenta de la madre apacigüe mis angustias, y puedo otras con la hija vagar por la cubierta, mirando como á través de su inocencia las crestas de ámbar de las olas y contemplando el candor de su inocencia misma cuando ella observa á través de mis gemelos los buques que nos cruzan.
A las seis suena diariamente una campana; mi niña amiga despídese de mí con una graciosa reverencia para ir á misa, al fondo de atrás de la cubierta, donde apenas si suelen concurrir más que las monjas, algunas pobres emigrantes y algún rudo marinero; póstrase de hinojos cerca del altar..., y yo, viendo la guirnalda rubia que la forman en la espalda sus dos trenzas tejidas en arco por las puntas, desde lejos, y también por reverencia á ella de rodillas, hacia ella continúo la adoración de la que adora á la Purísima con fervores que la postran retorcida contra el suelo. Al anochecer vuelvo en la terraza del bar á reunirme á ellas y los venerables sacerdotes. Y aún, algunas noches, después de la comida, concurro á la tertulia de los cuatro, en la baja cubierta, hasta la hora de dormir.
A la tertulia singular de calma y abandono; á la tertulia sin tertulia. Todos arriba se recogen al baile del salón, y esta niña y esta madre y estos curas bondadosos prefieren la fiesta de callada paz de las estrellas. Raramente hablan. La limpieza de sus almas predispuestas á la amplia comunión con los espacios, redímelos de esa mezquina necesidad social que se llama la conversación, tramada siempre de envidias y ruindades. Saber hablar constituye sin duda un don preeminentísimo; pero lo constituye todavía más alto el saber callar.
Por eso, antes quizá que por el temor á importunarlas demasiadamente, no estoy á todas horas junto á ellas; desconfío de que yo sepa callar en el grado de prudencia necesario; dudo en mí de esta superioridad de hombre, que es casi de Dios; por no permanecer mudo, pensando así pecar de descortés, le diría á Rocío... que me parece de arcángel su belleza, que admiro su exquisita sensibilidad, sus gustos infantiles, su talento—ó lo que es igual, diríala cortesísimas sandeces. Fuérzome, pues, á la violencia del silencio, que no es violencia en los demás, y de tan exagerado mi temor, llego á ignorar si él constituye un mérito ó, al revés, un defecto que subraya más el locuacísimo Lambea cada vez que llega á la «tertulia sin tertulia». Entonces cambia todo de improviso: trae constantemente algo que contar, algo que comentar y discutir..., y quién sabe si á Rocío yo no le resulto aburrido demás en el contraste.
El silencio de ella, en verdad, discreto colmo de su inglesa educación, no parece presuponer indiferencia á lo que sepa hacerla oir cualquiera amenamente: lo noto en cómo escucha al P. Ranelahg si éste explícale á la madre algún misterio del libro de oraciones; asimismo lo advertí ayer con motivo de una discusión entre los Padres y Lambea: versó sobre el crimen de Roma—tema eterno y testarudo del vapor, por lo mismo que á nadie nos importa, y traído también á la espiritualidad de esta reunión por el simpático marino—; él se ha hecho un argumento de fortuna contra la creencia general de que no será aprehendida la condesa, y lo repite en todas partes: «La Montsalvato, con la atención fija del mundo entero, con sus fotografías reproducidas por millones y millones de periódicos, con su espléndida beldad de reina llamativa, encuéntrese donde se encuentre, en París, en Londres, en un barco hacia Nueva York por mitad del Océano, no se escapará, no podrá escaparse». Lambea cree que antes del final de nuestro viaje la sabremos detenida; y á la objeción del P. Ranelahg, robustecida por el otro Padre y por Leopolda, relativa á que justamente el convencimiento que tendrá la criminal de no poder pasar inadvertida la hará ocultarse en el fondo de la tierra, Lambea, lógico, replica y prueba que no, que lo de «ocultarse» se dice mejor que se efectúa..., puesto que no se trata de un agujero del campo ó de una peña donde nadie, y menos una hermosísima mujer, haya de vivir como una loba...
¡Ah, sí, qué aguda atención infantil la de Rocío!... Seguí las emociones de su cara, intensas, hondas, que la crispaban á veces de vibraciones de terror..., y no sé si porque me daba enojo el no acertar nunca de tal modo á entretenerla, ó porque me diese pena, pena, ver su alma estremecida con tales infamias, sufrí escuchando al charlatán.
Claro es que he confirmado que á Rocío no la interesa el crimen sino por la absorción que pudiese igual ocasionarla un relato de ladrones ó de brujas... Sin embargo, en el caso de su madre, aficionaríala á otras lecturas.
¡Bah!... Incluso sin estar en el caso de la madre, me faltó nada para rogarle á Lambea que no volviese á hablar del crimen ante ella... Y hubiera sido insigne indiscreción... esa indiscreción que mi afán de ser discreto teme á cada instante: en primer lugar, por mi horror á que nadie crea, ni yo mismo, que pueda estar enamorado de esa niña; y luego, porque habría de resultar extrañamente necio que le marcase vallas de delicadeza al delicadísimo marino á quien le debo el bien de su amistad.
V
Lo saliente en el alma de Rocío es una sensibilidad que lo mismo se conturba por el hecho baladí de la presentación de un extraño, por la simple lectura de un periódico ó por la fe con que se arrodilla y llora ante la Virgen; y la curiosidad hacia esa alma es la obsesión en que se ha concentrado mi vida enteramente.
Sigo vagando por el buque como si ya no existiesen ni para la más leve atención de mis sentidos los otros pasajeros, como si no hubiese cerca de mi alma más que otra alma cuyas profundidades me cautivan. ¡Rocío! Únicamente ella me inquieta con una paradójica inquietud de calmas bienhechoras, y parezco un hombre que, perdida la facultad de observar alrededor, continuase la travesía en el enorme trasatlántico cual si á bordo quedasen sólo él y una chiquilla.
¡Una chiquilla!... Compañera misántropa y gentil, ciega también de divina ceguedad, para no ver sino dentro de la gloria de su alma. Pero su visión, desde su atención muda enfocada en mis angustias, es, sin duda, más intensa; y mi visión sobre su vida blanca de gardenia es de una amplitud que la envuelve como un aura y recoge todos sus efluvios. Apenas si he osado á dejarla adivinar mis penas en insinuaciones de suspiro, y mis penas la inspiran la simpatía y el afecto que la debo. Pensar que ese afecto esté constituído por otros sentimientos, fuese insensatez. Dícemelo su infantil indiferencia. Si la hablo, escúchame y sonríe; si callamos en la extraña «tertulia sin tertulia», no le causo preocupación á sus miradas. Soy yo quien así puede mirarla, quien mira constantemente cómo ella mira al cielo ó mírase los pies, y quien bebe á grandes sorbos la delectación de su bellísima inocencia.
¿Por qué acierto providencial, nuncio de lo que en lejano día habrán de ser todas las mujeres, hay en Rocío una tan armónica exageración acentuada de la mujer y de la niña?...
Su expresión de ángel está rodeada por la opulenta cabellera rubia como por un humano marco de pasión, y bajo sus blusas, sueltas como túnicas, toda la castidad que derrama su semblante no impide vislumbrar la elástica y larga elegancia de un cuerpo macizo y fino, poderoso.
A veces se levanta, se pasea, aléjase á la borda. No pide disculpa ni permiso. Es la libertad de las chiquillas. Y en la chiquilla, de espaldas, desde los hombros á los pies, la esbeltez de la mujer denúnciase en una flexible sucesión de ondulaciones. Marcha apoderándose del suelo lenta y firmemente, con la pesantez de su arrogancia, y á pesar de ello no avanza recta; tal, que si á la dura y ágil goma de su estatua le sobrasen energías.
Obstinado en inquirir la causa de su andar rítmico, creo haberla hallado: es que á cada paso, al ir á pisar con el pie que está en el aire, por un muelle y nuevo impulso del que está apoyado, lo adelanta aún un poco más..., lo cual le imprime á la gracia de la figura toda un balanceo de minué. Efectivamente, hace el efecto de que baila, de que sigue la cadencia de una música que oyese sólo ella..., de que sea tan flexible que pudiera saltar como una tigre, doblarse como una titiritera, enroscarse y enlazarse igual que una serpiente.
Cierro los ojos..., acabo por cerrar los ojos cuando de tal manera la contemplo. Mis ansias egoístas van entonces más allá de lo que conviene á mi miserable situación y á su inocencia. Ha querido la suerte ponerla tarde en mi camino. De un ángel así..., ¡oh!, ¿no hubiese hecho mi amargura la perfecta mujer de los amores juntos del alma y de la carne, del cielo y de la tierra?
Es de noche. Está ella en la borda mirando no sé qué de la obscuridad del mar á ras del casco del buque..., y estoy yo en uno de esos momentos cuya dulzura me envenena. A fin de protegerme en su misma ingenuidad, me levanto y me acerco al lado suyo.
—¿Qué mira usted?
Nos hallamos en el solitario verandah de la cubierta. La ha sorprendido mi silenciosa aparición, y me responde:
—Los fuegos de las olas.
Inclinada nuevamente á contemplarlos, me doblo también al antepecho. Lumbres de plata, que surgen del fondo tenebroso y que rebrillan y dispérsanse en estrellas. Madejas fosforescentes, juegos de hechicería y fantasmagoría que le van tendiendo al barco paveses siderales. Vuelvo á pensar en la sensibilidad y el talento de Rocío, que se manifiesta en todo á cada instante. El espectáculo es de una grandiosa simplicidad digna de su espíritu. Además, al contestarme pudo decir, con expresión directa y vulgar: «Las luces de las olas», y ha dicho, con gráfica energía: «Los fuegos de las olas»...
No me atrevo á romper con comentarios su embeleso. Pasan los minutos. Suena cerca la algazara del pasaje. El contraste de las gentes que no saben divertirse si no es en la frívola elegancia del conjunto de estultez que forman ellas propias, me acentúa la delicadeza de esta niña, de esta melancólica hechicera, de esta espléndida criatura que podría ser la reina del salón. A los mundanos agasajos prefiere los pequeños encantos infinitamente bellos del mar, de que las otras no disfrutan, y sabe sentirlos hondamente.
«Los fuegos de las olas.»
¡Sí, sí; ésta, en la chiquilla, no es la expresión de una chiquilla!
E igual que ahora, cien veces en sus verdes ojos, fijos, he creído percibir el crítico proceso de una mujer de inteligencia extraordinaria.
Cesa de mirar al mar. Apoyada en la borda contra el codo, contempla la celeste diafanidad de maravilla. Hay un lucero cuyo fulgor riela en el agua fuertemente. Calla, calla siempre Rocío, y yo sigo prisionero en la magia blanca de su ser y en la tenue emanación de su perfume. Es gardenia, y tiene aroma de gardenia; huele á la exquisita esencia del pañuelo suyo que traidoramente guardo; es gardenia, y, como las gardenias, tiene el supremo encanto de irradiar la gracia y el bien de su beldad ignorándolo ella misma.
Y, por último, ella es la que dice, señalando á la altura con la maño:
—¿Conoce aquel lucero?
—No—vacilo, avergonzado de no poder satisfacer con mi ignorancia lo que creo una fugaz curiosidad de sus infantiles ignorancias—; Venus..., Mercurio, acaso.
Pero rectifícame sencilla:
—Es Júpiter.
Recorre con los ojos y la mamo la bóveda infinita, y me va nombrando otros luceros, otras constelaciones de las que en las proximidades de la región ecuatorial fulguran como ascuas.
—Marte está allí, aquél de brillo rojo; y aquél Mercurio; no se ven por este lado más planetas. Venus sale á media noche. Mire, vea: Cástor y Polux; á la izquierda, Alderabán; allá Rigel, en el cinturón de Orion; en la Lira, Vega; y luego, por todo éso, Enif, Antarés, Sirio, que es azul y que titila; Altair..., Sirrach..., las Pléyades...
El asombro de esta familiaridad con los astros impídeme continuar mirando el firmamento, para fijarme en Rocío; al advertirlo, se recoge ruborosa, dejando de indicar. Sonríe con una ideal sonrisa que Júpiter alumbra.
Maravillado de la niña que sin conocer el mundo en que vive conoce los mundos con que sueña, se lo manifiesto así, y suspira deliciosa:
—¡Las estrellas son amigas mías!
¡Ah, sí! Por eso, porque Rocío, hasta por su nombre, es algo del cielo, es algo de ángel o de estrella, es algo del espacio, una mañana, que en nuestro despertar de almas tardó en salir, tuve la impresión de que al alba le faltase algo tan del alba como Venus ó un celaje..., tuve la impresión de que se hubiera perturbado el Universo.
—¿Dónde aprendió usted—la pregunto—los nombres de sus amigas las estrellas?
—¡Oh!... En Nueva Orleans; en el colegio.
—Pero en los colegios, en los libros, esas cosas se aprenden... y se olvidan.
Cruza á la colegiala una evocación de melancolías, y añade con dolorosa timidez:
—En mi colegio de Nueva Orleans había una alta terraza adonde me gustaba subir sola por las noches; á fuerza de mirar las estrellas quise conocer sus nombres en una carta de la clase. ¡No sé, muerto mi padre, creía que pudiéndolas nombrar estaba yo más cerca, estaba él menos lejos!
Esta vez, con el talento de la joven, me sorprende su ternura. Siento una enorme gana de decírselo, y ante el nuevo silencio de ella me violento por no hablar.
Mas no logro dominarme.
—Rocío, no puede imaginar en cuántas ocasiones he estado tentado de decirla, de la diafanidad profunda de sus ojos, algo que no es precisamente de sus ojos, que no la he dicho por miedo, y que ahora, sin embargo, digo á usted: que tiene usted mucho talento.
—¡Ah!
—Mucho talento y una gran sensibilidad.
—¡Oh, gracias! Y... ¿por qué no quiso usted decirlo?
—Por miedo..., por miedo de parecerla un fatuo.
—No comprendo.
—Pues, sí. El reconocerle expresamente á otra persona cualidades estimables, y, sobre todo, cuando á la inteligencia se refieren, implica para el que lo hace una especie de afirmación de superioridad, una como tácita reclamación de reciprocidad y gratitud.
Ríese leve, con una de sus carcajadas arpégicas. Yo persisto en aclararla mis ideas.
—Fíjese; si tras de elogiarle á alguien su alta inteligencia, él, sincero, nos replicase ó siquiera nos dejase sospechar que no le merecemos igual concepto, ¿no rectificaríamos inmediatamente tachándole de tonto?... Luego elogiar á una mujer por sus méritos mentales es más peligroso que florearla por sus ojos..., porque no es, en rigor, decirla: «¡Qué inteligente es usted!»..., sino: «¡Vea, vea lo inteligente y perspicaz que soy, que acaso yo sólo puedo comprenderlo!» Perdóneme, pues, si á esta flor que á mi pesar acabo de ofrecerla, no acierto á quitarle matices de vanidad que me sonrojan.
Vuelve á reír la colegiala, la niña que tiene dentro una mujer, y exclama, al retirar su intensa mirada del fondo de mis ojos:
—¡Es usted sutil!
—¿Lo cree?
—Indudablemente.
—Bien...; no sé si dar á usted las gracias, porque ignoro hasta qué punto no sea ello un defecto.
—¿La sutileza?—inquiero yo, que soy quien ahora, no comprende.
—La sutileza. Para quien la posee y para quien habla con el sutil. Por ejemplo, sus razones, innegables, arrojan sobre mí, porque le escucho, porque le contesto, porque le reconozco una cualidad, el recelo de «reciprocidades».
—En el sentido de que también sería usted sutil, al entender de sutilezas.
—¡Claro!... Y note usted, Adamar, que de tal modo fuese imposible conversar de nada, de absolutamente nada, sin estarle advirtiendo á cada frase designios de inversión.
—Por eso, quizá, Rocío, habla usted poco.
—Es posible. Como usted.
—Porque tienen las almas fronteras de desconfianza y de malicia.
—Exacto—me concede—. Y el ideal fuese poder decirlo todo de alma á alma, desde lo nimio hasta lo enorme, sin malicias ni recelos.
¿Qué horizontes de luz clarea, al decirme esto, la vida de aparente paz de la criatura?... No lo sé. Tomada de recóndita tristeza, pónese á juguetear con la medalla de la Pura que pende en su garganta. Seducción de misterio divinamente humano para la torpeza de mis ojos, que no saben penetrar lo que, como en mí, en el destrozado por todas las brutalidades y rigores del mundo, con ansias perpetuas de expansión y con condena de perpetua inconfesión pudiese también guardar de «enorme» la niña ruborosa. ¡Oh!, pero la torpeza de mis ojos la ve entera palpitar; el corazón me grita, al menos, que su ansia de cándidas sinceridades difíciles es la misma que mi difícil ansia de sinceridades miserables, y en otro impulso de vehemencias, y en la creciente admiración á su espíritu exquisito, cierto de que nada podrá quedar fuera de la comprensión de ella, le pido á la mujer que ocultábaseme en el ángel:
—¿La placería á usted poder hablar así... conmigo? ¿Ser mi inmensa amiga del alma siempre, siempre... siempre?
Y tiemblo, en seguida. He sido imbécilmente impetuoso. A la rara mariposa que estaba oculta en la crisálida, tímida de todos, por nadie sospechada, quizá ni por su madre..., la he asustado. Rehácese en un suspiro que es casi un sollozo, y tornada á la faz la inconsciencia indiferente de la niña, con su grácil andar de minué se vuelve á la tertulia de su madre y de los curas.
Yo, como si me hubiese quedado un rayo de la luz etérea de su alma en proyección á los abismos, sigo contemplando el fulgor de plata que Júpiter derrama por el mar.
VI
No sólo porque les iban saliendo caras (cuentas terribles, en el bar—de champaña, chartrés, jamón, cigarros turcos), sino también porque los trasnocheos con trueque final de camarotes tomaban proporciones de escándalos, acerca de los cuales les hubo de llamar la atención el capitán, mis amigos abandonaron á Placer y á Eyllin hace días.
Pero á las que por sorda imposición de las damas honorables y orden del sobrecargo fueron expulsadas del comedor, ahora, á la semana, casi las reverencian las damas honorables. Así, para oirlas cantar, el pasaje entero está recluído en el salón. A iniciativas de Lambea se ensaya la magna fiesta con que se solemnizará el paso de la Línea.
La cupletista española y la francesa actriz, luciendo sendos anillos que antes fueron del attaché y del dramaturgo, comen y cenan con dos jovencitos bonaerenses que las han tomado á todo lujo de restorán y de cautelas nocturnas; y con los demás, con las damas y señores honorables, gracias á la necesidad que parece haber habido de su artístico concurso, se tratan muy compuestas de burguesa dignidad el resto de la tarde. Las señoras envidian sus joyas é inquieren qué sastres de París las hacen los vestidos...; las encuentran gentiles y simpáticas..., no menos que al húsar y al cónsul, que declamarán poesías y galantean á las hijas de un rico personaje (el que dió mil pesos para la rifa de la Virgen), y no menos tampoco que á Victoria, de quien es la honesta obra teatral que se va á poner en el festejo.
Hemos comentado estas cosas Rocío y yo. Para la «buena sociedad» importa poco la cruda realidad de dos descocadas artistas y de un célebre autor, si el uno sabe ser casto en sus comedias y todos, en el oportuno instante, disfrazarse bien de hipocresía. Recordando el cuento Boule de Suif, de Maupassant, la he referido su asunto..., atrevido para la niña, pero lleno de nobilísima ironía para la mujer excelsa que en la niña, menos á mí, se le sigue ocultando á todo el mundo.
Y la niña ó la mujer que está leyendo junto á mí, me pregunta divagadora, de improviso:
—¿Conoce usted Buenos Aires?
—No.
—Dicen que es una ciudad hermosa.
—Creo que sí.
—¿Lleva usted ganas de llegar?
—No. ¿Y usted?
Me mira dulcemente; aparta luego los ojos, sonríe y dice:
—Tampoco. El mar me encanta. Debería perder el rumbo el buque y tenerme en esta calma deliciosa no sé cuánto tiempo.
A pesar de que con el ademán indica la extensión azul, donde empieza á declinar el sol tras un espléndido celaje, en la dedicación de su mirada quiero entender que no es completamente ajena mi amistad á su calma deliciosa.
Estamos sentados en el abandono de la cubierta. El P. Reims y el P. Ranelahg, consagran á sus oraciones esta hora, por la otra banda, y Leopolda, la madre de Rocío, dormita, mareada; al contrario que á su hija, el mar, aunque apacible, cáusala gran daño. Es una enferma que nunca puede andar á bordo con el total dominio de sí misma; apenas si medio echada en el canapé, y con el socorro de las sales y la brisa, logra conversar algunos ratos. La temperatura la sofoca, según nos vamos acercando al Ecuador. Y esto acaba de explicarme la «tertulia sin tertulia», el ansia de expansiones de Rocío en sus paseos matinales por el buque, y la sistemática ausencia de ambas en los conciertos, en los bailes, en cuanto signifique reclusión del aire libre.
Cantan otra vez, con voz más armoniosa. Es la actriz de la Cigale. Vuelve Rocío á interrumpir la lectura del Kempis; yo también dejo caer mi libro, y unida la atención en el lejano canto, parece sentir mejor la indolencia de nuestra mutua compañía, de nuestro ya hondo afecto fraternal.
Porque, sí; sin necesidad de una expresa aceptación por su parte, que hubiese implicado la de una especie de amorosa declaración impertinente por la mía, Rocío y yo vamos llegando á la franqueza ideal de las almas hermanas que se lo dicen todo sin recelo.
Hablándola una vez de mi soledad, de la espantosa soledad que me tiene en medio de la barbarie del mundo sin amigos, sin afectos, la he evocado mi infancia provinciana y mi educación en el hogar á la antigua de mis padres,—que me apercibían tan bien para una vida de cariños como mal para el áspero Madrid que en la horrenda libertad de mi orfandad y mi juventud había de recibirme. Rezaba antes de dormir, al confesarme temblaba de fervor, escondiéndome echaba casi todo mi dinero en la mano de un mendigo y en los cepillos de la Virgen, y muchas noches, pensando en los niños que tendrían frío y hambre mientras yo gozaba la caricia de mi lecho, por sufrir por ellos siquiera un poco, como Cristo, hasta hacer brotar la sangre clavábame las uñas en las manos.
Oyéndome, se le saltó á Rocío una lágrima; y hube de añadir:
—Nunca hubiese sabido nadie ésto..., porque hay cosas del eterno niño que no puede confesar el hombre sin rubor..., y no sé por qué sin rubor á usted acabo de decírselo. Quizá porque sea niña también.—«O porque para decirlas, si hay á quién decirlas—comentó—, hagan falta además estos infinitos reposos del mar y de los cielos.»—Y enjugándose los ojos, asimismo sin rubores de dejarme ver cómo lloraba, me habló á su vez de su aún más espantosa soledad..., porque es la soledad de una chiquilla presentida desde antes que el vivir la llegue á ofrecer sus ilusiones. Si la mía está al lado acá del desengaño, la suya está sencilla y horriblemente enfrente del dolor, junto á una madre afecta desde hace mucho tiempo de un mal que limitó su voluntad, y la cual, lejos de dárselos á ella, necesita sus amparos. El padre la educó también en la religión de lo delicado y de lo bello; mas no permitiéndole luego sus viajes y negocios continuar consagrándose á la adorada hija, con aquel germen de purezas en el corazón tuvo que enviarla á la vida no tan noble de un colegio donde la niña de bondad empezó á sentirse herida por las pasiones infantiles de otras niñas. Había salido de la fe y la recogió la doblez y la falsía: porque estaba triste, se le burlaban y no querían jugar con ella las alegres; porque era seria, la tachaban de orgullosa; porque estudiaba é iba á confesarse con fervor, sin esperar cartas de novios por las tapias, las demás pensaban que descubríalas á las madres, y poníanla hortigas en el lecho... Confirmando así del modo más cruel, puesto que veíanlo sus ojos en juveniles almas, las prevenciones de maldad que su padre habíala repetido tanto acerca de las gentes, la ganaban más y más los miedos á la vida que, ya su padre muerto, acecharíala indefensa.—Por eso mira ella los mundos del espacio, y por eso en los santos libros y en no sabe qué aislamientos quiere poner su esperanza de otros mundos.
No me lo expresó completamente; pero sus palabras, sus hábitos, sus lecturas y su simpatía hacia los dos viejos sacerdotes, dejan comprender que no acaricia otra esperanza que los cuidados de su madre, mientras viva, y después la clausura de un convento.
Desde entonces, idénticos nuestros seres y nuestras penas, y tan distintas en su misma semejanza nuestras desesperaciones (la mía desgarrada por todos los desengaños y manchada por todos los cienos del vivir, la suya sublimada por todas las previsiones de la delicadeza aun antes de haber vivido)..., cuando la hablo, á la vez que envidia, siento el miedo de que mis pensamientos de mundana queja lleguen á turbar la fe con que ella al menos se fía al último consuelo de entregarle intactas á Dios las purezas de su alma.
Sólo con mirarla, sin embargo, una amargura se me ofrece—puesto que no va ella por una suave y mística atracción directa al amor de Dios..., sino por amparo, por refugio, por dolorosísimo rechazo de los amores de la vida, que la hace adivinar innobles el instinto de bondad. En esa misma amargura recojo la suficiente tranquilidad para no apartarme de su trato al modo de un infestado peligroso á quien le queda siquiera la conciencia del daño que puede producir. O mostrándola la sinceridad de mis dolores, de mis arrepentimientos del pasado bruto, soy capaz de brindarla en mí mismo la prueba de la no imposibilidad de encontrar otros hombres nobles como yo, como mi padre, como su padre, para librarla un poco de la horrenda persuasión de haber nacido á un mundo de belleza que por maldición no fuese más que infierno..., ó reposando en su fe de ángel las negruras de mi enorme pesadumbre yo me limpiaré de ellas y llegaré también á ser un poco ángel. El juego de nuestra redención está entablado con lealtad igual desde la tierra, desde el cielo... ¡Cuán poco importaría que lo ganase ella, ganándome para otro convento, al pie de su convento, donde hubiera de seguirse hablando nuestra fraternidad por la oración de metal de las campanas!
Y me estremezco de pronto. Terminado el canto de Eyllin rato hace, el sarcasmo que preside mi existencia, entre trágica y ridícula, complácese en romperme las etéreas ilusiones: la orquesta de zíngaros ha comenzado á tocar El conde de Luxemburgo...
Es el vals de mi obsesión, de mi bufo y brutal martirio, tantas veces clavado en mis sesos y repetido en los antiguos insomnios de mis noches. Desde que embarqué, no había vuelto á oirlo. Me aterra su cadencia, su nueva imposición, como la de una tortura de burla maldita que yo habría dejado en tierra, y que en mitad del mar se me aparece, porque, minúsculo y alado Mefistófeles, hubiese venido persiguiéndome tras el buque con las aves. Acométeme el impulso de escapar adonde no pueda escucharlo, y me contiene la sorpresa... ¡No! ¡No! Pasado el horror del ímpetu primero, advierto que lo escucho, que lo soporto, sin que vierta hiel el temblor de mis entrañas... Soy ya, pues, el hombre que duerme y come, el hombre fuerte, libre del estúpido desequilibrio de mis nervios..., y trato de serenarme ante la bella hermana que advirtió mi sobresalto.
Pero éste ha sido tan manifiesto en el impulso de fuga que hubo de incorporarme en el sillón y en la expresión que me había anublado el rostro, que ella me pregunta:
—¿Qué tiene usted? ¿Qué le sucede?
Me está observando, y sufro la vergüenza de un chiquillo que para contestarla debiese declarar sus cobardías.
—¿Qué tiene usted, Adamar?
Continúa observándome, piadosa, y sufro el bochorno de un vil que para responderla debiese desvelarla sus engaños.
Porque, ¡ah!, la odiosa sonatilla está ligada al tiempo en que más se ahondaron de mi mujer á mí los abismos del olvido. Debo empezar confesándole á Rocío que... soy casado.
Una montaña de indecisiones complejísima me impide semejante confesión; y repentina y miserablemente resuelvo falsear un poco la verdad, antes que renunciar á las «sinceridades con la hermana»; antes, al menos, que esquivarle el fondo de mi confidencia de dolor á la que se ha establecido el derecho á ellas con las suyas.