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[Parte Segunda., ]
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[Parte Tercera., ]
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[Epilogo. ]
[ Significado De Algunas Palabras Andaluzas.]
[Notas.]

COLECCION DE AUTORES ESPAÑOLES.

Tomo I.

CLEMENCIA.

NOVELA DE COSTUMBRES
POR
F E R N A N C A B A L L E R O.

LEIPZIG:
F. A. BROCKHAUS.
——
1883.

PARTE PRIMERA.

CAPITULO I.

Aux poètes dramatiques l’action, aux romanciers l’analyse du cœur.
A los poetas dramáticos pertenece la accion, y á los novelistas el análisis del corazon.
J. A. David.

Pour bien voir, il faut avoir regardé beaucoup.
Para bien ver, es preciso haber mirado mucho.
Alexis Du Valon.

Le style vient des idées et non des mots.
El estilo nace de las ideas y no de las palabras.
Balzac.

No se canse Vd., D. Silvestre; cada casa es un mundo, — decia una tarde del verano de 1844 la Marquesa de Cortegana á su amigo y compadre D. Silvestre Sarmiento, miéntras este sorbia paladeándola una taza de café. — Tómelo Vd. por arriba, tómelo Vd. por abajo, cada casa es un mundo, aunque Vd. diga que no.

— Señora, yo no digo ni que sí ni que no.

— Así es Vd. en todo: ¡bendito Dios que le ha criado mas fresco que una lechuga! Como si no tuviese yo bastante con dos hijas, me manda Dios esa sobrina! Una sobrina... la cosa mas inútil del mundo!...

— Es una perla, Marquesa.

— Sí, una perla, que es para mí lo que fué la otra para el gallo! Capaz es Vd. de sostenerme que es una suerte, y que he ganado á la lotería!

— Yo no sostengo nada, señora.

— Pero lo da Vd. á entender, que es lo mismo. ¡Así cayesen en casa de Vd., llovidos del techo, media docena de sobrinos! Ya veríamos la cara que Vd. ponia.

— Señora, yo no soy rico, y es claro que me apurarian.

— Ya, ¡si Vd. cree que con dinero se compone todo!...

— No creo eso, Marquesa; pero creo que con dinero son las cargas ménos gravosas.

— ¡Así pudiese yo endosarle á Vd. mi sobrina! esa que Vd. llama perla. ¡Vaya! Como si no me sobrase con las dos perlas de mis hijas para darme que hacer! ¡Perlas! Cuidados sí que son las niñas.

— ¿Y por qué no la dejó Vd. en el convento?

— ¿Con diez y seis años la habia de dejar en el convento, para que toda Sevilla me quitase el pellejo, y me llamase tia tiránica? ¡Tiene Vd. unas cosas!...

— En efecto, tiene Vd. razon: ha sido acertado y ha hecho muy bien en sacarla del convento.

— ¿Que he hecho bien? Eso le parece á Vd. Pues no faltará á quien le parezca que he hecho mal.

La Marquesa era una mujer de cuarenta y ocho años; pero su completa falta de pretensiones y la exagerada sencillez de su traje y de sus maneras, la hacian aparecer de mas edad. Habia quedado viuda hacia algunos años, disfrutando de pingües rentas, las que tenia la habilidad de gastar todas, y á veces tomándolas anticipadamente, sin que nadie, ni ella misma, pudiese decir en qué. Era esto tanto mas estraño, cuanto que la señora, sin ser cicatera, no era generosa; sin ser agarrada, no era rumbosa; sin ser codiciosa, no era espléndida; y sin ser ordenada, no era tampoco despilfarrada. En lo demas de su carácter se hallaban iguales anomalías, puesto que sin ser malévola no hacia sino contradecir, sin tener mal carácter no hacia sino regañar, y sin ser maligna era contraria á todo. Así se ven á menudo en las gentes defectos y malas propensiones, que no son hijos del corazon ni del carácter, sino malas costumbres, que no corregidas en un principio, se arraigan como plantas parásitas. Pero el gran rasgo característico de esta señora era el de vivir apurada. La Marquesa no podia vivir sin un apuro que la agitase, siendo por consiguiente la antítesis de ciertos enfermos que no pueden vivir sin una dósis de opio que los calme; con la particularidad de que en invierno una gotera, y en verano un desgarron en la vela ó toldo que cubria el patio de su casa, la impresionaban y desazonaban mas que algunas calaveradas de marca mayor de su hijo el mayorazgo, ó la pérdida de una cosecha. Cuando no tenia un apuro que esplotar, se lo forjaba; y no solo disfrutaba ella de su creacion fantástica, sino que se incomodaba cuando los demas no la reconocian como cosa cierta y real. Pertenecia, pues, esta señora á la falange de Jeremías, que pasan su vida quejándose en un tono lloron que les es propio, como al mochuelo su lastimero canto. Se quejan de todo: de su salud aunque sea buena; de desgana, y comen bien; de desvelo, y duermen como marmotas; y con el mismo desconsuelo se quejan de los malos tiempos y de los mosquitos, de las contribuciones y de los portes de correo, de la muerte de personas queridas, y de que alumbra mal el reverbero: se quejan hasta de las cosas favorables, á las que siempre encuentra un pero, para servir de pábulo á sus lamentaciones.

Nacian en parte los defectos de esta señora de haber sido toda su vida muy mimada, primero por sus padres, luego por su marido, que fué un bendito y le siguió la corriente, y por los amigos de este, que hicieron lo que él: de lo que resultó que siendo la Marquesa una excelente criatura, aunque de pocos alcances, se habia hecho un ente personal é insufrible.

El hermano mayor de la Marquesa habia casado en Madrid, y estaba establecido allí, así como una hermana, viuda sin hijos de un hombre muy rico, alto funcionario de Ultramar, señora bastante amiga de mangonear y de intrigar, que era el Tu autem de la familia.

Por parte de su marido no habia conocido mas pariente cercano que un cuñado, que sirvió, y murió en campaña, dejando á su mujer embarazada; la que poco despues falleció en el parto de una niña, que recogió su tio, el difunto Marques, y la hizo educar en un convento; á la cual ahora acababa la Marquesa de traer á su lado, como hemos visto por la conversacion antecedente. Tambien vimos que la Marquesa hizo mencion de dos hijas.

La mayor, Constancia, que tenia diez y nueve años, era grave, concentrada, arisca y callada. Era alta, en estremo delgada, y de constitucion nerviosa. Sus facciones eran bellas y regulares, y sus ojos negros hubieran sido encantadores, á no haber en ellos algo de esquivo, duro y altanero, que marcadamente rechazaba. Bien fuese por causa de su carácter, ó bien por la viciosa educacion que le diera su madre, ó bien por algun mal estar físico ó moral, ello es que en sus maneras era generalmente displicente y díscola. Su madre la calificaba de rara.

La segunda, que se llamaba Alegría, y tenia diez y siete años, era un gracioso conjunto moral y físico, un fresco arbusto de recio tronco y aguzadas puas, las que encubrian vistosamente una frondosa hojarasca y seductoras flores: era morena, pálida y pequeña, pero bien proporcionada desde su diminuto pié hasta su garbosa cabeza. Sus magníficas cejas y pestañas, negras como el azabache, daban, cuando sonreia, á sus ojos guiñados y de un gris de ceniza, una dulzura infinita, y á sus miradas tal picante, que hacian decir á sus apasionados que tenia alfileres en los ojos. No obstante, la espresion de aquellas miradas y la dulzura de aquella sonrisa, ocultaban un alma vulgar, un entendimiento limitado, pero perspicaz y sutil, y un corazon ahogado en egoismo. Calificábala su madre de buena alhaja.

Todas estas cosas en ambas hermanas estaban muy á las claras. Hay en nuestra sociedad, como en todas las humanas, bueno y malo. Hay mujeres, y son las mas, que son buenas, francas, que tienen mucho talento, y que sellan estas cualidades con la mas encantadora y mas comun en España, la ausencia de pretensiones; hay medianías, y hay mujeres de mala y de perversa índole. Pero lo que no se halla, sino rara vez, es ese artificio, esa falsedad, ese admirable talento de fingir, esa hipocresía que las mujeres que no son buenas, ponen en práctica en otros países. Aquí habrá, en las mal educadas y mal inclinadas, tretas, ardides y hasta mentiras para ocultar sus manejos y sus intrigas, eso sí; pero ocultar su propio yo, eso al ménos, gracias al cielo, es muy raro. Puede que ese digno orgullo, esa noble franqueza mujeril, que hace despreciar á la española el aparecer otra de lo que es, desaparezcan dentro de poco con la saya y la mantilla, á fuerza de capotas y de novelas francesas, sin que tengan presente las mujeres que cada monería les quita una gracia, y cada afectacion un encanto, y que de airosas y frescas flores naturales, se convierten en tiesas y alambradas flores artificiales.

En cuanto á Clemencia, la sobrina de la Marquesa, que á los diez y seis años salia del convento como una blanca mariposa de su capullo de seda, era de aquellas criaturas á las que, como al mes de Mayo, regala la naturaleza con todas sus flores, toda su frescura, todo su esplendor y todos sus encantos.

De mediana estatura y perfectas formas, blanca y sonrosada como un niño inglés, su dorado cabello la cubria toda cuando estaba suelto, como un manto real de oro. Sus grandes ojos pardos tenian un señorío tan dulce y grave que parecian haber sido colocados por la Nobleza en la cara de la Inocencia. Su hermosa boca tenia sonrisas de ángel, como las que en la cuna tienen los niños para sus madres.

Cuando estaba en entera confianza, demostraba una gran alegría de corazon, ese magnífico y simpático don que el cielo suele repartir á sus favoritos, esto es, á los niños, á los pobres y á los sanos de corazon: resplandecia esta alegría en sus ojos como brillantes, iluminaba su sonrisa como la luz, y animaba su rostro como anima la música una fiesta. Un observador hubiera notado que su alma tierna era impresionada por la lástima y el dolor, con la misma actividad y el mismo calor que demostraba en la alegría; pero la sociedad observa poco y mal lo que no se roza con ella.

Era de notar cuán distinto era el atractivo de estas tres jóvenes. Constancia atraia por su mismo desvío, por la especie de aislamiento y de misterio en que se envolvia, como la cúspide de un alto monte en nieves y nubes, rechazando con frialdad y decision toda comunicacion é intimidad. Dábase así, sin buscarlo ni desearlo, todo el valor de una dificultad, toda la superioridad de un imposible, cosas llenas de prestigio para el hombre, al que todo ensayo que se eleva á empresa, escita fuertemente.

Alegría tenia la seduccion de la gracia, la incitacion de la que tiene y sabe hacer uso de los medios de agradar, el aturdido desgaire de la niña, alternando con el indisputable despotismo mujeril; el quiero y no quiero del capricho, lo picante de la burla, lo salado del chiste, dones todos que tan poco valen y tanto merecen, y que hacen patente cuán sabios fueron los griegos en personificar al Amor en un niño ciego.

Clemencia en cambio solo tenia el tibio encanto de la inocencia, el desapercibido mérito de la modestia, é inspiraba en la superficial sociedad el interes que desciende, como es el de los viejos hácia los niños.

En cuanto á D. Silvestre Sarmiento, tenia este señor sesenta años, la barriga prominente, la nariz de loro, con iguales circunstancias, y en su rostro una coleccion de hoyos de viruelas de diferentes tamaños y matices. Era hermano de un rico mayorazgo de Osuna, que hacia cuarenta años le pasaba una módica pension que sufragaba ampliamente á sus modestas necesidades, y le habia hecho la personificacion del dulcísimo farniente. Nunca se le habia conocido inclinacion marcada alguna; ni á las bellas, ni á los caballos, ni á la caza, ni á la pesca, ni al juego, ni á los libros, ni á la chismografía, ni á la política, ni á la homeopatía, ni á la alopatía, ni al teatro, ni al ajedrez, ni á la lotería... ni aun á los toros. Solo á dos cosas se le conocia afeccion y desafeccion decidida: la primera era á tomar el sol, la segunda á los caminos de hierro.

Basta ya de este buen señor, que en nuestra relacion como en todas partes, no hará mas papel que el de comparsa.

— Vamos, dijo la Marquesa, digo y repito que cada casa es un mundo: es preciso que se convenza Vd. de ello. En la mia es hoy dia aciago. ¿Quiere Vd. creer que me escribe mi hermana de Madrid que no hay quien sujete al loco de mi hijo Gonzalo, y que se va á Paris? ¡A Paris, ese foco de corrupcion!!

— Como está eso de moda... repuso D. Silvestre.

— ¡Vaya una razon de pié de banco! ¿Con que si se pone de moda tomar veneno, aprobará Vd. tambien que lo tome mi hijo?

— Marquesa, yo no he aprobado nada.

— Pues agregue Vd. á esto que mi hijo Alfonso ha salido del colegio de artillería, y quiere pasar á la brigada de montaña.

— Me parece, señora, que este es un caso de enhorabuena.

— ¿Qué enhorabuena? Usted siempre contradice. ¿Y el uniforme? ¿Y el caballo? ¿Y lo peligroso del destino? En nada de eso piensa Vd. Pues agregue Vd. á esto, que á Juan, necio é ingrato criado, despues de estar tantos años en mi casa, le ha entrado la locura de casarse. ¿Podrá darse semejante disparate?

— Pero, señora, todo el mundo se casa.

— ¿No digo que no puedo hablar una palabra sin que Vd. me contradiga? ¿Con que le parece á usted acertado y muy en el órden que ese ingrato estúpido me deje á mí, despues de tantos años, por una muchachuela de enaguas de bayeta?

— Señora, el amor....

— ¡Mire Vd. quien habla de amor! Usted que en su vida ha sabido lo que es. Pero no es eso lo peor, prosiguió cada vez mas apurada la Marquesa, lo peor es lo que ha sucedido esta mañana. ¡Jesus! Dios mio, ¡qué desgracia!!!

— ¿Cuál, señora? preguntó D. Silvestre.

— Figúrese Vd. que un gallego, venido de los infiernos, llegó esta mañana trayendo unas macetas para colocarlas en el armazon alrededor de la fuente; haciendo lo cual dió el muy salvaje un golpe al Mercurio, y le ha quebrado un ala del pié.

— Y con ella una del corazon de mi madre, observó Alegría, que aunque apartada, oyó este último gemido de aquella.

— ¡Mas quisiera, prosiguió la Marquesa, sin atender á lo que decia su hija, que me hubiese el tal caribe roto á mí un brazo!

— ¡Jesus, Marquesa! ¡tales cosas!... dijo pausadamente D. Silvestre.

— ¡Tan hermoso como era mi Mercurio! prosiguió con voz lastimera su dueña. ¡Tan bien como hacia entre las flores! ¡Qué desgracia! ¡Solo á mí me suceden estas cosas! ¡Qué desgracia, Dios mio!

— Como que no podrá volar, observó Alegría.

La Marquesa tenia efectivamente sus cinco sentidos en aquella estatua de yeso macizo, casi de tamaño natural, y en otras cuatro, mas pequeñas, que representaban las cuatro estaciones del año y adornaban en verano los cuatro ángulos del gran patio de la casa.

En este momento entró una señora de edad, alta y gruesa, con paso decidido y aire imponente.

— Eufrasia, le gritó la Marquesa apénas la vió, mujer, tú que tanto has visto y tanto sabes, ¿no me podrás decir si habrá medio de pegarle el ala á mi Mercurio?

— Madre, dijo Alegría, dígale Vd. al talabartero que le haga unas correas, y se le pondrá el ala á guisa de espuela.

— Lo que yo quisiera es encontrar quien te cortase á tí las tuyas, repuso la Marquesa contemplando á su amiga que permanecia en ademan meditabundo.

— ¿Nada discurres, Eufrasia? le preguntó al fin tristemente.

— Mira, contestó esta en campanuda voz de bajo, conozco á un lañador tuerto, muy hábil. Si este no te lo compone, no lo compone nadie.

— Soy de parecer, dijo Alegría, que en lugar de al lañador, llame Vd. al miedo, que es el que tiene fama de poner alas en los piés.

— Pero, mujer, observó la Marquesa sin atender á su hija, se le conocerán las lañas.

— Soy de parecer que las lañas tengan goznes para que no le impidan volar, observó Alegría.

— ¡Las perlas!... ¡Las perlitas! dijo impaciente la Marquesa, dirigiéndose á D. Silvestre. ¡Caramba con ellas! Calla, insolente perla, calla; que nadie te da vela para este entierro.

— ¿Para el entierro del ala de Mercurio? preguntó Alegría.

Entretanto decia en consoladoras palabras Doña Eufrasia á su amiga:

— Mujer, las lañas no desfiguran ninguna pieza. Las puedes mandar pintar de blanco, y no se conocerán; mas yo si fuese que tú, para igualar los piés, le mandaba aserrar el ala al otro pié: maldita la falta que le hacen; y te digo mi verdad, que desde que las vi me han hecho contradiccion; me han parecido siempre espolones de gallo.

— Eufrasia, dices bien: perfectamente discurrido; como por tí; mejor va á quedar. Es claro que estará mejor; miéntras mas lo pienso, mas acertado me parece tu discurso.

— ¡Por supuesto! añadió Alegría. No sé cómo Usted, que le gustan las cosas con pié de plomo, le consentia á su querido Mercurio piés alados.

CAPITULO II.

Diremos algunas palabras sobre la señora amiga de la Marquesa, viuda del Coronel Matamoros, uno de los jefes improvisados en la guerra de la Independencia; no porque sea un personaje muy interesante, ni tampoco porque haya de servir en los cuadros que vamos bosquejando, de otra cosa que de estorbo, sino porque es preciso, cuando una vez se ha sacado á un individuo á la palestra, decir quién es.

Cuando su consorte el difunto Coronel era cabo, solia cantar dirigida á la hija de un mesonero navarro, mocetona viva, dispuesta y saludable, recia en lo físico y lo moral, la siguiente copla:

Manda al diablo los paisanos;
Que te prometo, morena,
Que en siendo yo Coronel,
Tú serás la Coronela.

Y así fué; pues cuando en la guerra contra la invasion francesa llegó el bizarro cabo á mandar un regimiento de dragones, la hija del mesonero, cumplido el vaticinio, montaba á horcajadas á su lado con unos brios y una soltura dignos de brillar en un circo ecuestre, y de ser envidiados por las amazonitas del dia, que no hay potro mal domado que las arredre, y huyen y gritan al ver un raton.

Vestia en tales escursiones, pantalones á lo mameluco, una chaqueta militar con faldoncillos, en cuyas bocamangas lucian tres galones como tres rayos de sol. Llevaba en la cabeza una gorrita por el estilo de gorra polonesa, confeccionada con una notable falta de gracia, y adornada con unas grandes plumas negras, que cuando corria se llevaba el viento hácia atras, de suerte que parecia el humo de un vapor. Adornaba ademas esta gorra una escarapela tamaña como una rueda de sandía. Los soldados al verla se entusiasmaban; la intrépida amazona tenia un partido loco con la tropa; por seguir á su Coronela y á su bandera, hubieran los soldados pasado no solo por el agua, sino por el fuego. ¡Qué arrogante moza! Esta era la calificacion general, que no sin razon se le daba, y la que tanto sonó en sus oidos, que se la apropió y se identificó con ella como con su nombre de pila.

Doña Eufrasia siempre fué honrada, como buena navarra, y unas cuantas sonoras bofetadas habian cimentado sólidamente su respetabilidad en los campamentos.

Cuando esta suave indirecta habia sido dada á un antiguo conocido ó compañero de su padre, de charretera ó capona de lana, se habia este conformado mediante el conocido refran: patada de yegua no mata caballo.

Si era el escarmentado de los que llevaban charretera de plata, habíale contestado con el caballeroso y nunca desmentido axioma: manos blancas no ofenden.

A la sazon todo habia dejado de existir, la guerra, los mandos, el coronel, la guardia á la puerta, y la moza. Nada habia quedado sino lo arrogante; de lo que resultaba conservar dicha militara su hablar recio, su tono decidido, sus maneras bruscas y su obrar espeditivo. Se creia, con sobrada impertinencia, con derecho innato á imponer su veto á todo, como la Aduana á poner su sello; y nadie se lo contestaba.

Las gentes osadas gozan en sociedad unos privilegios y primacías que hacen poco favor á los individuos que la forman, pues esto prueba que son tan fáciles en dejarse imponer, como difíciles en dejarse guiar; tan dóciles á la presuncion desfachada como rebeldes y mal sufridos á la persuasion razonable y modesta. El vapor y la osadía son los dos motores, físico y moral, de la época.

Así era que Doña Eufrasia, á quien nadie podia sufrir, se habia hecho por su propia virtud un lugar en todas partes, y plantada en jarras en su puesto tomado por asalto, no habia guapo que la desalojase. Si alguna vez una persona poco sufrida le daba una respuesta agria y ofensiva, se amortiguaban estos dardos sobre la doble coraza que ceñia á la amazona: eran estas su falta de delicadeza, que la hacia no sentir sus puntas, y su grosero egoismo sobre el que se embotaban sus filos.

Era esta señora entremetida como el ruido, curiosa como la luz, é inoportuna como un reloj descompuesto. Lo que no le decian, lo preguntaba; si á fuerza de maña se lograba evadir sus preguntas, averiguaba lo que queria saber, valiéndose para ello de los medios mas chocarreros é innobles, sonsacando á los criados de las casas, entrándose por lo interior de las habitaciones, leyendo los papeles que hallaba, sin sospechar siquiera que esto fuese una villanía.

Sobre la Marquesa, que era débil — y, como todos los débiles, voluntariosa y despótica con sus subordinados, cuanto sufrida y dócil con los insolentes, — ejercia Doña Eufrasia un dominio incontrastable, á que se sometia la Marquesa con el placer que siente una persona religiosa en doblegar su voluntad á la de un santo director. Es cierto que en cosas caseras y económicas la Coronela, en vista de sus prácticos principios, poseia escelentes nociones; pero ahí se limitaba su saber y su aptitud, aunque ella no lo creia así, sino que sobre todo cuanto hay echaba sus fallos, como una nube sus granizos.

Como todo estraño que ejerce una influencia indebida sobre las cabezas de casa, era Doña Eufrasia temida y mal vista por todos los habitantes de la de la Marquesa, sobre todo por sus hijas, á las que solia proporcionar algunas filípicas de su madre, previniéndola mal contra ellas. Como todo el que siendo pobre, ignorante y viejo, no se pone en su lugar, á la sombra, era con razon este femenino rezago de la guerra de la Independencia un objeto de ridículo y tedio general; pero ella no lo notaba, y si se lo hubiesen dicho, no lo habria creido. Los que ciega el amor propio son como los que ciega la oftalmía: hay entre ellos ciegos finos y amañados, á los que un delicado tacto hace disimular su ceguera; y hay otros ciegos torpemente atrevidos, que andan con denuedo y alta frente, sin detenerse ni cuidarse de tropezar y chocar con cuanto se les pone delante. A esta categoría moral pertenecia la coronela Matamoros. Hay que añadir á este retrato daguerreotipado, que vestia ridiculísimamente, aunque sin pretensiones; porque conservaba un entrañable amor á los moños ajados, á las galas marchitas, á las modas añejas y á las alhajas de poco valor, pretendiendo con usarlas darse un aire madrileño. Gastaba peluca, pero una peluca de tales dimensiones y tan toscamente confeccionada, que no dejaba duda de que hubiese hecho su dueña una buena coracera. Como no era posible legitimar aquellos pelos espúreos, Doña Eufrasia se sacrificaba denodadamente en las aras de la verdad, confesando que era confeccionado aquel promontorio en calle de Francos, núm. 5; pero añadia en seguida con profunda conviccion, que habia perdido prematuramente su magnífica cabellera, por haber bebido en una alcarraza en que habia caido una salamanquesa. En fin, para dar el último toque á este retrato, diremos que esta señora habia hecho entre las gentes cultas que frecuentaba, acopio de términos escogidos, que pronunciaba y aplicaba desatinadamente. Consiguiente á las cosas referidas, en todas las casas que desfavorecia Doña Eufrasia, se la miraba como un censo irredimible, como una dolencia crónica, como un sobrestante inamovible, como una penitencia obligatoria, como una mala yerba indesarraigable, como una sanguijuela indesprendible; y sin embargo se la recibia bien; ¡tal es la indulgente tolerancia de nuestro trato!

La tolerancia llevada hasta sus últimos límites, esto es, hasta hacerse estensiva, no solo á gente sin educacion é inferiores en la jerarquía social, sino hasta á personas cuya conducta es mala ó deshonrosa con escándalo, es una falta de decoro y de distincion en la sociedad española, que con copiosos y justos argumentos censuran los estranjeros distinguidos.

En cuanto á nosotros, conociendo la justicia de los argumentos en que fundan su juicio, así como los grandes inconvenientes que tiene para el decoro y moralidad pública el que la sociedad abdique una prerogativa de censura y aun de proscripcion, que seria no solo un castigo justo, sino tambien un freno poderoso y útil, nos guardaremos no obstante de hostilizar á la sociedad por su tolerancia. ¡Así como es apática fuese benévola! Que no se llame amiga á la persona que no sea acreedora á ello, es conveniente, delicado y prudente; pero huir de su contacto, tirarle la piedra, hágalo el arrogante que por su omnipotencia se erija en juez, desatendiendo á la de Dios que nos impone ser hermanos.

Algunas anécdotas de esta famosa hija de Marte, acabarán de colocarla en su verdadera luz.

Tenia la Coronela aquella completa falta de delicadeza y susceptibilidad que deja el ánimo perfectamente tranquilo al recibir un desaire ó sufrir una burla á boca de jarro, y el libre uso de todas las facultades para replicar oportunamente. Así era que sus réplicas instantáneas y desvergonzadas eran temibles y tenian fama. Eran estas una disciplina rigorosa que habia sustituido á la militar, desde que, por desgracia del ejército, no formaba parte activa en él la veterana. Gloriábase de ello, repitiendo á menudo que no aguantaba ancas, ó bien que tenia malas pulgas, ó bien que no tenia pelos en la lengua, ó que á ella no se le quedaba nada por decir, ó que tenia tres pares de tacones, ó que quien la buscaba la hallaba, ó que la hija de su padre no se dejaba zapatear, coronando todas estas gracias con su frase favorita, que era asegurar que no moriria de cólico cerrado.

En una ocasion se presentó en un sarao, y bien fuese por alguna promesa de hábito de Jesus, ó por su pésimo gusto en vestir, ello es que apareció uniformemente equipada de morado de piés á cabeza.

El grupo que formaban las muchachas, al verla aparecer soplada como un navío á la vela, se quedó estático.

— ¡Ay! esclamó la una. Doña Eufrasia se ha caido en la caldera de un tintorero.

— ¡Qué! No hay caldera donde quepa ese medio mundo, dijo otra.

— Será que va á salir de nazareno en la procesion del Santo Entierro, añadió la tercera.

— Es en honor de las violetas, á cuyo cultivo se ha dedicado desde que no se puede dedicar al de los laureles, dijo un jóven estudiante llamado Paco Guzman.

— Mas bien habrá sido al del palo de campeche, observó otra de las niñas.

— Os engañais todos, dijo Alegría: es que la han hecho obispo.

Doña Eufrasia, que á la sazon pasaba, y habia visto las risas y oido distintamente la última frase dicha por Alegría, se paró erguida, y revolviendo en sus órbitas sus redondos ojos.

— Si ello es así, dijo con su campanuda voz, cuidado no os confirme.

Y haciendo con la abierta mano un ademan significativo, prosiguió majestuosamente su marcha triunfal.

Algunos meses ántes de la época en que da principio esta relacion, siendo dias de la Marquesa, se habia reunido una numerosa concurrencia, cuando entró doña Eufrasia, vestida con una especie de dulleta guarnecida toda de pieles, embuchado en un boa su moreno rostro, y llevando sobre su peluca de marca mayor una gorrita, retoño de la de márras, igualmente guarnecida de pieles.

— ¡Miren! esclamó al verla Alegría: ¡ha resucitado Robinson Crusoé!

— Cate usted, dijo otra, un vestido de piel de oso, forrado en lo mismo: es un regalo del emperador de Rusia.

— ¡Qué! añadió la tercera, es un uniforme viejo de su marido, huele á pólvora francesa y está picado.

— Y ella tambien; ved los ojos que nos echa.

— ¿A que le echo yo en cambio un requiebro? dijo Paco Guzman, que era un jóven bien parecido, de una noble y pudiente casa de Estremadura, de muchas luces, muy vivo, muy ligero de sangre y algo aturdido, que ocupaba el primer lugar entre los apasionados de Alegría.

— Cuidado, observó esta, que Doña Eufrasia es de las que dicen una fresca al lucero del alba, y se quedan preparadas para otra.

Pero Paco Guzman no la atendia, porque se habia acercado á la abrigada señora, y le decia:

— Mi Coronela, hasta hoy no he comprendido toda la admiracion y todo el efecto que puede causar la Moscovita sensible.

— Pues por mí, contestó la requebrada, no acabo de comprender las pretensiones que teneis vos de pertenecer á los Guzmanes Buenos, no teniendo un pelo de bueno. Bien hacen los Medinacelis, así como todo el mundo, en no reconoceros por tal.

Con esta frase de doble sentido, como una espada de dos filos, hacia Doña Eufrasia alusion á las pretensiones nobiliarias de la familia de Paco Guzman, que aunque fundadas, eran contestadas por personas que para hacerlo no tenian datos ni convicciones, y lo hacian solo por el espíritu de hostilidad que vive y reina.

— La ventaja que nos llevan las ilustraciones modernas, contestó Paco Guzman, es la de tener su orígen á la vista de todos, y no podérseles contestar, en particular si datan de la guerra de la pendencia.

— ¿Qué se entiende? gritó furiosa la guapa guerrillera. ¡Poner apodo á la guerra del frances, que ha admirado al mundo entero! Marquesa, te digo que las cosas que se oyen en tu casa son tan escandalosas, que no la volvería yo á pisar, si no fuera por...

— ¡El chocolate! dijo un criado presentándole una jícara de chocolate y un plato de bizcochos, segun acostumbraba hacer desde tiempo inmemorial, cuando á la noche veia entrar á la amiga de su señora.

— Juan, dijo Doña Eufrasia, tomando el pocillo y mudando de repente de tono, díle á la cocinera que ayer no estaba bastante hervido el chocolate; no son tres veces, sino cuatro ó cinco las que tiene que subir, y es preciso despues de hecho, dejarlo reposar; y á tí te advierto que anoche no eran los bizcochos del dia; ten cuidado, no te engañe el confitero.

CAPITULO III.

Como hemos dicho ya que los apuros en la Marquesa, eran como las Dignidades eclesiásticas en las procesiones, esto es, que las menores pasaban ántes que las mayores, habia esta señora omitido en la enumeracion de apuros que confió á su amigo D. Silvestre, el mayor de ellos, del cual es preciso poner al corriente al lector, para la claridad de este relato.

Su hermana, que era madrina de Constancia, le habia escrito acerca de un asunto que traia entre manos. Era este el casamiento de su sobrina y ahijada, que habia contratado con el hijo de un Grande de España, íntimo amigo suyo, asegurándole su herencia entera en los contratos. Este enlace le habia seducido tanto mas, cuanto que el novio, que llevaba el título de Marques de Valdemar, era un jóven de mucho mérito, de muy buena presencia, y de unos modales tanto mas finos y simpáticos, cuanto que distando igualmente de la arrogancia pretenciosa que del tono desdeñoso (es decir, no teniendo el afan de copiar á los franceses ni á los ingleses), eran españoles netos. Este bello tipo, lo decimos con dolor, se va haciendo raro, pues los mas frecuentes, y sobre todo los que mas se ponen en evidencia, son los que afectan un estranjerismo chocante, ó un españolismo grotesco y chocarrero.

La Marquesa habia hablado sobre este asunto á Constancia, y con asombro suyo la habia hallado muy mal dispuesta para este ventajoso y brillante enlace. Esta rareza sobrepujaba á todas las de su hija Constancia, y era una de las causas de su profunda indignacion contra la denominacion de perlas, que daba muy gratuitamente D. Silvestre á las niñas, Verdaderamente no sabia la pobre señora qué hacer, al ver que á pesar de sus reflexiones, consejos, súplicas y anatemas, estaba su hija cada dia mas firme y decidida en su negativa, no atreviéndose á escribírselo á su hermana por temor de incomodarla, sabiendo que era poco amiga de contradicciones, y temiendo que viéndose desatendida desheredase á su ahijada.

La Marquesa, que no tenia nada de lince, no buscaba ni veia mas causa á la negativa de su hija, que sus rarezas y la gran indocilidad de su carácter; pero en realidad existia otra.

Dos años ántes habia venido destinado á Sevilla un jóven artillero, pariente de la casa, llamado Bruno de Vargas. Era este un jóven, grave por carácter, y metido en sí por tempranas desgracias de familia. Cuando llegó, tenia veinte y tres años, y Constancia diez y siete; y desde entónces se amaron.

Como en el carácter de ambos habia la fuerza, la energía y la pasion de una edad ménos tierna, resultó arraigarse en sus corazones ese amor español, firme y profundo, ménos efervescente quizas que los no meridionales, pero que no cambia, no desmaya, no se distrae; tan arraigado, que llega á tener el arrastre de una dulce costumbre, tan entero y esclusivo, que basta para llenar una existencia, así como un solo corazon basta para llenar un pecho.

La absoluta imposibilidad que existia en el enlace del jóven subalterno y la hija de la Marquesa de Cortegana, los habia llevado á ocultar profundamente sus amores, por no verlos combatidos. Contaban con el tiempo, que tanto hace y deshace para allanar dificultades; con su constancia, para vencerlas, y con la esperanza, para vivir entre tanto tranquilos y contentos. La esperanza no siempre tiene palabra de rey, pero sí tiene siempre consuelos de madre. Asistia Bruno de Vargas como uno de tantos á la tertulia de la Marquesa, sin que nunca hubiese mediado entre ellos mas coloquio que este.

— Tia, á los piés de Vd.

— A Dios, Bruno; me alegro de verte.

En cuanto á Alegría, la risueña niña no habia fijado aun su corazon, que guardaba como un sultan su pañuelo, dudando aun á quién favoreceria con él. Entretanto recibia incienso como tributo debido, sin que este ofuscase su vista, ni le impidiese distinguir y calificar las manos que se le ofrecian.

Aunque nada le habia dicho su madre sobre el proyectado enlace de su hermana, como esta señora no sabia disimular, y ménos que nada su mal humor, Alegría lo habia comprendido todo al notar las conferencias secretas de ambas, y oir en seguida á su madre hacer á todos un brillante elogio del recomendado de su hermana, el Marques de Valdemar, que habia de llegar en breve, y echar á renglon seguido las mas furibundas indirectas á Constancia, anatematizando á las niñas caprichosas, rebeldes y voluntariosas, raras y díscolas, que no atienden á los consejos de sus madres, y suelen hacer en su juventud disparates que les pesan despues toda su vida.

— ¡Buena tonta es mi hermana, pensaba Alegría, en perder semejante suerte! ¡y eso por ese cena á oscuras de Bruno, que es por cierto un novio á pedir de boca! Bien dice el refran, que no es la fortuna para quien la busca, sino para aquel á quien se viene á las manos.

Cuando Clemencia vino á casa de su tia, como su belleza era tan notable, tuvo una brillante acogida. Una voz general se levantó para celebrarla; por ocho dias no se habló en Sevilla sino de la hermosura y candor de la monjita de Cortegana; en fin, fué uno de esos gritos unánimes y espontáneos de admiracion, que arranca la verdad casi por sorpresa á un mundo, para el que la alabanza es como la limosna del avaro, escasa y dada de mala gana.

En cambio, la acogida que recibió en casa de su tia fué poco cordial. Pero en la primera edad, si no está la naturaleza viciada, hay tan pocas pretensiones, y el alegre y bondadoso carácter de la inocente niña era tan opuesto á ser exigente, que léjos de notar esta falta de cordialidad, no hubo en su corazon sino gratitud y contento.

Poco á poco, y como filtra una gota de agua por un ladrillo, fué como cayeron á manera de gotas de hiel en el corazon de Clemencia, las muestras de indiferencia, de desvío y hasta de desden que fué recibiendo.

Singular es la influencia que ejerce en nuestro sentir la luz en que se ponen las cosas y las personas; singular es, repetimos, la independencia de ideas, que pasa en el trato casi á contradiccion con las ajenas, y la subordinacion de impresiones, que llega casi hasta el propio anonadamiento.

Hemos observado bastante el mundo, y siempre hemos visto esta poderosa influencia, aun en el seno de las familias; y añadiremos que es esto á tal punto cierto y general, que solo la fuerza de la reflexion y el poder del convencimiento al ver la injusticia saltar á los ojos, nos han impedido á veces, ya en bien, ya en mal, ceder á este irresistible impulso, á este general contagio.

Así fué, que, á pesar del entusiasmo con que fué acogida aquella encantadora aparicion, aquella sonriente rosa, aquella azucena que abria su puro cáliz y despedia sus fragancias, sin saber ni el cómo ni el por qué, aquella radiante imágen pasó á segundo término, se deslustró, se empañó, cual si sobre ella se hubiese corrido un velo. Bastó que Constancia murmurase con aspereza: ¡Cosas de Clemencia! bastó que alguna infantil sencillez, hija de su falta de trato, escapase de sus inocentes labios, y llamase sobre los de Alegría una sonrisa burlona; bastó que su tia le dijese alguna vez con impaciencia: Calla, hija, por Dios... ¡calla! para dar ese impulso de baja que la sociedad se apresuró á seguir, repitiendo cuando se hablaba de ella: ¿Clemencia? sí, bonita es; es una infeliz; ni pincha ni corta.

¡Cuán verdad es, que solo somos en la sociedad lo que nos quieren hacer!

La pobre niña, humillada y rechazada, lloró y dudó de sí: ¡triste privilegio de las almas superiores! No trató de combatir; sino que por un impulso de bondad y un instinto de dignidad, se apresuró á colocarse de motu propio en el lugar en que conoció que querian colocarla, para evitar que la empujasen á él. Todos los lugares eran buenos para la modesta niña, siempre que en ellos no alcanzasen á herirla.

¡Cuántas veces en el mundo se ve un brillante, inapreciado por la injusticia y la malevolencia, entretanto que se engarza en oro y se ostenta un mal pedazo de vidrio! ¡Cuántas violetas florecen y mueren á la sombra! ¡Triste justicia humana, cuya balanza se inclina al soplo ligero del albedrío, al impertinente fallo de la pedante medianía, y al venenoso tiro de la envidia!

Clemencia se convenció de que aquel primer entusiasmo que habia inspirado, habia sido una benévola bienvenida en obsequio á su tia, y que cada cosa habia vuelto á su lugar.

Si hay algo que enternezca profundamente, es el ver sufrir injusticias, no con resignacion y paciencia, sino sin graduarlas de tales; es el ver la humildad que ignora su mérito, y la bondad que quita á los abrojos sus espinas, esto es, á los procederes hostiles sus malas causas.

Si alguna vez un desabrimiento ó una dureza la hacian llorar, bastaba una palabra ó una mirada benévola para consolarla, secar sus lágrimas y traer la sonrisa á sus labios. Esto lo hallaba á veces en su tia, que á pesar de su displicente carácter, era en el fondo bondadosa, y al ver llorar á su sobrina, el dia que estaba de mal humor se impacientaba; pero el dia que lo estaba de bueno, le daba lástima, y entónces le dirigia la palabra con agrado, ó la obsequiaba con algun regalito, lo que hacia rebosar de gratitud el corazon de aquella niña, porque la gratitud en los corazones sanos y generosos es como el saltadero de agua, que solo necesita una rendija para brotar puro y vivaz.

Pocos dias despues de la escena que dejámos referida en el primer capítulo, estaba un dia á la prima noche la Marquesa mas apurada y displicente que nunca. Ya habia echado varios trepes á las niñas, guardando Constancia un frio y obstinado silencio, contestando Alegría con atrevida falta de respeto, y vertiendo lágrimas Clemencia, cuando entró con paso firme su gigantesca amiga Doña Eufrasia, que todas las noches iba allá á tomar el chocolate y á hacerle la partida de tresillo.

— ¿Ya estás hipando, mujer? dijo al entrar, en tono de reconvencion. ¿Qué tenemos ahora?

— ¡Qué he de tener! Un hijo loco, derrochador, que me espeta hoy una letra de Paris de treinta mil reales.

— Tú tienes la culpa: ¿por qué le pagas las trampas? Miéntras mas le pagues, mas hará; el derrochar es como la sed de la hipocresía; miéntras mas se bebe, mas sed se tiene.

— Tengo, prosiguió la Marquesa, las hijas mas mal criadas, indóciles y desobedientes...

— Tú tienes la culpa, pues no sabes mantener la disciplina en tu casa.

— Esa Constancia que es la mas díscola, la mas indómita...

— Con pan y agua se ponen mas suaves que guantes, las rebeldes.

— ¡Calla, mujer: si tiene diez y nueve años!... observó la Marquesa.

— Pan y agua son manjares de todas edades, repuso la fiera militara.

— Tengo, prosiguió la Marquesa, á esa Alegría, que no piensa mas que en divertirse: todo el dia me ha estado moliendo para que la llevase á paseo. ¡Para paseos estaba yo!

— No accedas: ¡bien hecho! las niñas, recogidas; que el buen paño en el arca se vende.

— El buen paño en el arca se pica, replicó con aire desvergonzado Alegría.

— Calla, cuelli-sacada, le dijo su madre. ¡Ay Eufrasia! Tengo... tengo una sobrina llorona; por todo llora! ¿Me querrás decir, Clemencia, compotita de manzana, por qué estás llorando?

— Tia, repuso Clemencia, enjugándose los ojos, porque me habeis dicho que callo y no tomo cartas en vuestros altercados con mis primas, por no daros la razon; y no es por eso, sino porque pienso que no debo meterme en eso, pues mis primas se enfadarian; y tambien porque os aseguro, señora, que no sé qué decir.

— Pues aprende de Doña Eufrasia, le dijo al paño Alegría, que como dice la copla, bien podrá no tener nunca mucho que contar, pero sí tiene siempre mucho que decir.

— No se hace caso de las lágrimas de las niñas: ese es el modo de que no vuelvan á llorar esas Magdalenitas de mírame y no me toques, opinó Doña Eufrasia.

— Y lo peor de todo es, prosiguió la Marquesa, que Juan se me va; no parece sino que le picó la mosca; no hay quien le detenga.

— Ya eso lo sabia yo, repuso Doña Eufrasia, que efectivamente sabia cuanto pasaba en las casas que visitaba, sobre todo, lo perteneciente á la esfera inferior.

— ¿Tú? ¿Y cómo?

— Porque la novia fué á casa de la Jefa, donde sirve una hermana suya, para que se empeñara con su señora á fin de que á Juan le dieran una serenía.

— ¿Y la obtuvo?

— Sobre la marcha.

— A Juan, que es dormilon, dijo riéndose Alegría, le sucederá lo que á aquel otro sereno amigo de su comodidad, que dormia toda la noche muy descansado en su cama, con solo el cuidado de abrir de cuando en cuando la ventana, sacar la gaita y cantar la hora.

— Pero no te apures, Marquesa, dijo Doña Eufrasia; yo te tengo un criado pintiparado.

— ¿De veras, mujer? esclamó la Marquesa. ¡Cuánto lo celebraria! El ramo de criados está perdido. ¿Es de tu confianza? ¿Me respondes de él?

— Respondo, contestó Doña Eufrasia, bajando su voz á los mas profundos abismos de su robusta entonacion.

— ¿Le conoces?

— ¿Si le conozco? Veinte años le he tenido de asistente. Es un criado como hay pocos, y está hecho á mis mañas.

Esto de estar hecho á las mañas de Doña Eufrasia, aterró á las muchachas; pero satisfizo grandemente á la Marquesa, la que no obstante siguió preguntando:

— ¿Bebe?

— Agua.

— ¿Es enamorado?

— No mira mas cara de mujer que la de Isabel II.

— ¿Es fiel?

— Como el sello.

— ¿Tiene buen genio?

— Es un tórtolo.

— ¿Fuma?

— En la vida de Dios.

— ¿Es aseado?

— Como el oro.

— ¿Y entiende?...

— De todo.

— Vamos, dijo consolada la Marquesa, esta es una suerte que Dios me depara en medio de mis aflicciones. ¡Ay Eufrasia! siempre te apareces como tabla de salvacion en mis mayores apuros!

CAPITULO IV.

— Señora, dijo á la mañana siguiente el ama de llaves, ahí está el criado que envía la Señora Doña Eufrasia.

— Bien; díle que entre, contestó la Marquesa.

A poco entró la mas estraña figura que darse puede. Era una rara muestra de lo que es la espresion á los rostros y el continente á las personas; pues siendo el que se presentó, un hombre sin deformidad alguna, ni alto ni bajo, ni gordo ni flaco, con facciones regulares, buenos ojos y buena dentadura, nadie podia mirarle sin reirse, ménos aquellos que tienen la desgracia de no reirse nunca. Estaba basta, pero aseadamente vestido; solo que los pantalones eran demasiado cortos, y en cambio los zapatos demasiado largos; la chaqueta era demasiado angosta, y el corbatin negro de charol demasiado ancho, lo que le obligaba á levantar la cara con inusitada arrogancia.

Su cabello, todo llamado á un lado y perfectamente alisado con clara de huevo, parecia un gorro de hule.

Pasaba su movible semblante repentinamente de la espresion mas alegre y vivaracha, de la sonrisa mas desparramada y satisfecha, á la seriedad mas grave é imponente; así como su persona pasaba instantáneamente de la mas activa petulancia á la mas estricta inmovilidad, poniéndose entónces en la posicion correcta de un soldado ante su jefe, juntando los piés, pegando los brazos á lo largo de los costados, y fijando sus ojos, sin pestañear, al frente.

Entró dicho sujeto, saludó, y dijo con la mas graciosa sonrisa y la mas marcada pronunciacion gallega:

— Dios dé buenos dias á Usía y á la compañía.

La Marquesa estaba sola.

— A Dios, hombre. ¿Tú eres el que vienes...

— De parte de la señora Coronela, sí, señora usía. Tiene la señora Coronela hoy un dolor de agua mal bebida y desmayos en los piés.

— Lo siento. ¿Y cómo te llamas?

— José Fungueira, para servir á Dios, á usía y á la compañía; pero mis amos siempre me han llamado Pepino.

— ¿Y de qué tierra eres?

— Gallego de Galicia, mas acá de Vigo, pasada la Puente San Payo y Pontevedra, ántes de llegar á Caldas, á mano derecha, se tira para la ria...

— Bien; ¿y estuviste mucho tiempo con la Coronela?

— Perdí la cuenta, usía: entré allá mocito de diez y nueve años; y estaba tan blanquito y coloradito que parecia un pero.

— ¿Y sabes servir?

— Señora usía, ¿no he de saber? Las casas me las bebo yo como vasos de agua.

— ¿Y puedes asistir bien á la mesa?

— ¡Vaya! no me gana el repostero del Obispo.

— Pero ¿sabes limpiar á la perfeccion la plata, el cristal y los cuchillos? ¿Eres prolijo en el aseo?

— Señora, yo lavo el agua.

— Es que yo soy muy estremada en ese punto.

— Mas lo soy yo, usía, que de tanto frotar dejé en casa de mi amo los cuchillos sin mango; hasta que tuvo que decirme el Coronel: Pepino, animal... mas vale maña que fuerza.

— Ten entendido que no tolero amoríos en mi casa. Si siquiera miras á la cara á una de las mozas, te despido acto continuo.

— ¡Las mujeres! ¡Malditas de Dios! mas cansadas que ranos. No las puedo ver; esceptuando lo presente, se entiende.

— Cuidado con el traguito; te advierto que no quiero criado que beba.

— Señora, yo no lo pruebo; no estoy tan mal con mis cuartos.

— Tampoco has de oler á tabaco; cuidado con eso. Si fumas, que sea en la calle, porque mis hijas no pueden sufrir el olor á tabaco, con particularidad el del malo que tú fumarás.

— Señora, no fumo: no gasto en eso mis cuartos.

— Lo primerito que te encargo, añadió la Marquesa, es el mayor cuidado y las mayores consideraciones con el Mercurio que está en el patio. ¿Lo has visto?

— No he visto á su mercé, usía. ¿Es de la casa?

— Por supuesto; ¿habia de ser de fuera? Le quitaras el polvo con un plumero.

— ¿Con un plumero? ¿No seria mejor con un cepillo, usía?

— No, que podrás dañarle.

— Vamos, tendrá su mercé dolor de osos (huesos).

— Si lloviese ó vieses aparato de lluvia...

— Le llevo un paráguas; bien está, usía.

— ¡No, hombre, qué disparate! lo tomas en brazos con muchísimo cuidado, y lo pones bajo techado.

— ¿En brazos? ¡Pues qué! ¿no sabe andar?

— ¿Cómo ha de andar una estatua de yeso, hombre?

— ¡Ya! ¿De yeso? Ya estoy. Aquel angelote es un Mercurio; cuidin que era un muñeco. Pierda cuidado usía; que he de mirar por él como por mi propio hijo, y como si fuera de carne y hueso como yo y usía.

— Muy bien; eso me place, que tomes interes por las cosas. Doy cuatro duros de salario. Ve si te acomoda.

— Señora, en la casa en que estaba, ganaba dos.

— Puedes venir desde mañana.

— No faltaré, usía; ántes faltará el sol.

— Pues á Dios.

— Que usía se conserve.

— Es una alhaja, pensó la Marquesa.

— ¡Cuatro duriños! ¡hice un viaje á las Indias! pensó el ex-asistente de doña Eufrasia; y se separaron muy satisfechos el uno del otro.

Al dia siguiente, poco ántes de la hora de la comida, decia Alegría á D. Silvestre, que los juéves semanalmente les acompañaba á la mesa:

— Madre ha tomado un criado, que solo su merced es capaz de apreciar. Es un desdoro para una casa tener en ella semejante facha grotesca, un gaznápiro igual. Pero á madre le entró por el ojo como un abejorro, porque le recomendó Doña Eufrasia que dice (Alegría se puso á remedar la voz de bajo de la Coronela para añadir) es muy hombre de bien; como si bastase ser hombre de bien para saber servir, y como si la recomendacion de esa sarjenta mayor fuese una patente. ¿Qué entenderá ese documento de archivo de lugar, del buen servicio de una casa? ¡Vea Vd.! ¿qué ha de saber de finura la que llama á los helados alelados, á los pigmeos pirineos y á los misterios ministerios, y que saluda diciendo: ¡Dios guarde á Vd.!

— Calla, calla, pizpireta, esclamó la Marquesa. ¿Qué se entiende hablar así de una señora como Doña Eufrasia, una mujer tan virtuosa, tan para todo, y que tanto sabe? Le digo á Vd., D. Silvestre, que es una suerte, en medio de mis desgracias, que se me haya proporcionado este criado, que es honrado, no es enamorado, ni bebedor, ni fumador. Dice Eufrasia que sirve á la perfeccion, y asiste al pensamiento, y que es un criado como hay pocos.

— Bueno es el juez y el fallo mejor, dijo Alegría.

— Pues sí que lo son, deslenguada. Pero hoy dia quieren cacarear los pollos mas recio que los gallos, y las pollitas saber mas que las gallinas. ¡Así anda ello! Quiero mejor en mi casa un hombre de bien, aun dado caso que estuviese torpe al principio, que no un tunantillo listo, que ademas de servir, sepa otras tracamundanas.

En este momento entró Andrea, el ama de llaves.

— Señora, dijo, ¿no ha mandado V. S. que se traigan merengues para postres?

— Sí; ¡qué majadería! ¿A qué viene eso?

— Es que no los quiere traer el mozo.

— ¿Que no? ¿Por qué?

— Porque dice que nunca ha oido nombrar semejante cosa; que es un chasco que le queremos dar, mandándole por una cosa que no encuentre, y que no es la primera vez que en las casas en que ha estado, le han hecho esa jugarreta.

— Díle que venga acá, dijo gravemente la Marquesa.

De allí á un rato, apareció el fámulo á paso de ataque, alta la frente, gracias al corbatin de charol, y se cuadró en su posicion; pero tan cerca en estremo de su señora, que esta que se habia propuesto dispensarle todas sus desmañas, é irle enseñando, le dijo:

— Mas léjos, hombre; cuando te se llame, te quedas á la puerta aguardando órdenes.

Pepino dió media vuelta á la derecha y se plantó en su posicion á un lado de la puerta; pero no sin haberle dado, al volverse, un talonazo que hizo retemblar todos los cristales en sus compartimientos.

— Ten entendido, le dijo la Marquesa, que tienes que traer cuanto te pida Andrea; y que no tenga que volvértelo á decir. Ahora vé y trae los merengues.

Pepino dió media vuelta á la izquierda, y desapareció á paso redoblado.

— ¿Lo ve Vd.? — dijo Alegría, que á duras penas habia estado conteniendo la risa, — ve Vd., D. Silvestre ¡qué zopenco, qué gaznápiro! Mangoneando ha estado en la antecocina, habiendo roto un vaso y derramado el aceite de un reverbero. Andrea ha querido enseñarle cómo se hacen las cosas; pero él dice que todo lo sabe; que el que ha estado veinte años en casa de la coronela Matamoros, puede enseñar, y no tiene que aprender; y que en dos por tres se bebe una casa.

— Nadie nace enseñado, repuso la Marquesa, y vuelvo á decirte que mas quiero á este que á un pillastre con frac; ¡y cuidado cómo te ries delante de él! que aturrullas al pobre hombre.

De ahí á un corto rato, se volvieron á oir las zancajadas del diligente fámulo, que entró con su mas radiante sonrisa y sus mas contoneados movimientos.

Traia en la mano un bulto liado en papel de estraza.

— Ahí tiene V. S., dijo presentandoselo á la Marquesa.

— A mí no me los des, dijo esta; llévalos al comedor y ponlos bien puestos en un plato de los de postres.

— ¡Qué mal olor! esclamó Alegría. ¡Jesus! ¿qué es eso?—¿Qué trae ese hombre que ha inficionado todo el cuarto? ¿Qué es eso? á ver...

Pepino se volvió, y dijo entreabriendo el papel:

— Son los arenques, señorita. Véalos su mercé.

— ¡Véte, corre, tira eso! esclamó Alegría, soltando la risa, y díle á Andrea que venga á sahumar.

— ¡Qué torpe! ¡qué ganso! dijo con acritud Constancia.

— ¿Pues no me los mandaron traer? repuso Pepino con dignidad ofendida.

— Véte, lárgate, desaparece con tus arenques, gritó Alegría.

Pepino asustado con el grito de Alegría, dió una vuelta tan brusca que todos los arenques cayeron al suelo.

A poco fueron á comer.

La mesa presentaba un estraño espectáculo. Las servilletas dobladas con arte chaclueco formaban mitras, torres de chuchurumbel y obeliscos egipcios. Cada vaso estaba colocado respetuosamente en un cubillo de botella, y estas habian quedado en humilde contacto con el mantel.

En cada sitio designado á una persona habia media docena de cubiertos, no sabemos si con el fin de que luciese toda la plata, ó si por evitarse la molestia de remudar los que hubiesen servido.

La Marquesa que se habia propuesto hacer de su protegido un lúcido discípulo, tuvo la paciencia de colocar cada cosa en su lugar con las debidas esplicaciones.

— ¡Ya, ya! decia Pepino, cada casa tiene sus usos.

Apénas se habia acabado de servir la sopa, cuando Pepino con su acostumbrada disposicion y viveza, levantó ligera y airosamente la sopera, y colocó en su lugar la ensalada.

Alegría soltó el trapo á reir.

— Esto no se puede tolerar, murmuró Constancia.

Su madre les echó mirada severa.

— Quita la ensaladera, dijo con admirable paciencia á su discípulo, y en su lugar pon el frito.

— ¡Qué mala carne! observó esta despues de un rato, al partir la de la olla.

— Pues la pedí de regidor, dijo Pepino; pero los carniceros son unos ladros.

— Calla, mandó la Marquesa.

Pepino se revistió de su seriedad, y se puso en su posicion.

El primer plato de que se componia el segundo servicio, era un pollo asado.

— ¡Ah! esclamó al colocarlo en medio de la mesa el nuevo criado con la cara mas alegre y animada que nunca: ¡qué hermoso gallo para comerlo entre tres amigos, y dos durmiendo!

— Calla, volvió á decir la Marquesa: coloca el pollo delante del Señor D. Silvestre, y no vuelvas á meter tu cucharada en nada.

— Señora, esclamó el interpelado, pasando repentinamente de su aire jovial á su aire digno, no he metido en nada mi cucharada; yo sé vivir; desde que almorcé no he probado bocado.

— Lo que se te advierte, repuso impaciente su ama, es que no hables; enmudece, y no te estés ahí parado. Trae lo demas; ¿á qué aguardas?

— A que acaben sus mercedes de comer el pollo, contestó el inteligente mozo de comedor.

— Anda, hombre, y haz lo que se te manda, advirtió con renovada paciencia su señora y directora.

Pepino volvió en seguida con otra fuente, que contenia corbina guisada.

— ¿Dónde coloco esta corbeta? preguntó.

Alegría prorumpió en carcajadas.

— Ese hombre no sabe ni hablar, dijo ásperamente Constancia.

— ¿Que no sé hablar? repuso con su aire mas majestuoso Pepino. Señorita, otra cosa no sabré, pero lo que es hablar, lo aprendí desde que nací.