NOTAS DEL TRANSCRIPTOR
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Sin embargo, en instancias en que el editor o el autor citan textos de otras obras, el criterio seguido fue el de preservar la forma de escritura original.
Errores evidentes de impresión y de puntuación han sido corregidos.
El Índice de capítulos, incluido al final en la publicación original, ha sido trasladado al principio por el Transcriptor.
QUEVEDO
CLÁSICOS CASTELLANOS
QUEVEDO
LOS SUEÑOS
I
EDICIÓN Y NOTAS DE JULIO CEJADOR Y FRAUCA
MADRID
EDICIONES DE “LA LECTURA”
1916
INTRODUCCIÓN
Los Sueños fueron la obra principal que de 1606 a 1613 compuso el joven satírico don Francisco de Quevedo Villegas (1580-1645); por lo menos durante aquellos años escribió el de las Calaveras, el Alguacil alguacilado y el Mundo por de dentro. Es la obra que más ha hecho sonar su nombre; fué el fruto ya maduro de hondo pensador, de atento especulador de la ciencia de gobierno, de pintor maravilloso de las costumbres, de satírico acerado de las lacras sociales, de espíritu revoltoso y travieso y de estilista consumado.
La traza de fantasear un sueño para dar rienda suelta a su vena bulliciosa, mordaz y festiva por el variado e inverosímil campo de la sátira de costumbres, tomóla de la Divina comedia, del Dante; de las Danzas de la muerte medioevales; del Fin del mundo y segunda venida de Cristo, atribuida al bienaventurado Hipólito; de las pinturas del Bosco, y sobre todo, del gran satírico griego Luciano de Samosata, a quien no menos, antes más a las claras, había ya Cristóbal de Villalón imitado medio siglo había en la magnífica sátira que corría manuscrita con el título de Crotalón. La diferencia es grande, aunque la fuente de donde corren entrambas aguas la misma, y no menos el común intento moralizador por medio de la sátira de las costumbres. Es Villalón más helenista; más español, Quevedo. La ironía es allí enteramente clásica y lucianesca, recontando un gallo sus anteriores vidas en diversos estados, con el sosiego de la musa griega y la tranquila objetividad de un narrador filósofo, que por nada se altera; aquí la ironía es roja y chillona, sin matices melindrosos, española enteramente, sin el envoltorio de gallos ni de caballeros andantes, como la envolvió clásicamente Cervantes en novela de inventiva sin igual. Quevedo es satírico de golpe y porrazo, de antuvión, diría él; es poeta subjetivo y lírico, con lirismo empapado en hieles, embrazada la porra en vez de la lira. Ni liras ni cítaras ni formingues son para los callosos dedos de este gañán de la sátira. Nada hay aquí de narrativo en el fondo, como en Luciano y Villalón, porque las pinturas se suceden sin atadero, y son brochazos, ricos de colorido, mas sin composición que los trabe y armonice, que no lo es apenas el flojísimo hilo que enlaza los retazos en el todo del pensamiento del juicio final, o del endemoniado alguacil, o de la farsa del mundo. Tanto es así, que las pinceladas podrían pasar del uno a los otros en estos Sueños, y siempre estarían en su propio lugar. Al cabo y a la postre, en el soñar, ni hay hilo que trabe las escenas ni unidad de composición alguna. El espíritu volandero y mariposeador de Quevedo no podía más libremente revolotear que en lo desatado y ligero de un sueño. No había nacido para el teatro, la novela u otras obras largas; hoy hubiera sido un terrible periodista satírico.
Y de hecho Los Sueños y demás sátiras de Quevedo son el periódico de los tiempos de los Felipes III y IV.
No pocos rasgos debían de apuntar a personas y personajes, que hoy desconocemos; aun así y todo, como el satírico ahonda más en el mundo y en la vida común que el historiador y el dramaturgo, las obras de Quevedo son la mejor pintura de aquella sociedad.
Dió Quevedo en la manera que más al justo le cuadraba. Y por eso mismo, por la liviandad de su brillante fantasía y por el adecuado medio del soñar, que para satirizar las costumbres y reírse de todo le ocurrió, fué menos objetivo y sereno, menos clásico, de menor donosura que Villalón y Luciano, y a la par de menor profundidad y menos filósofo que ellos y que Lorenzo Gracián, que tras él vino a tomarle la vez. Los Sueños fueron la obra más propia de Quevedo: fué la primera que comenzó, y tardó quince años en acabar, sin contar La Hora de todos y la fortuna con seso, obra póstuma, y que no es más que otro de los sueños, el mejor de ellos. En 1607 tenía acabados el Sueño del juicio final o de las Calaveras, El Alguacil endemoniado y el licenciado calabrés o El Alguacil alguacilado. Adoleció en 1608 y fuése a convalecer al Fresno de Torote, donde acabó el Sueño del Infierno o Las Zahurdas de Plutón. En 1612, retirado en la Torre de Juan Abad, acabó probablemente el Mundo por de dentro. Vuelto de Sicilia y muerto Felipe III (1621), desterrado a la misma Torre de Juan Abad, escribió, además de otras obras, el Sueño de la muerte o Visita de los chistes.
La hora de todos y la fortuna con seso, titulada por su autor Fantasía moral, es sátira que de moral y social se convierte, a los pocos capítulos, en sátira política, colección de valientes cuadros políticos y de costumbres de la época. Las alusiones punzantes contra ministros y próceres, que esmaltan a cada paso el discurso, retrajeron al autor de darlo a la estampa, contentándose con que corriese manuscrito, escociendo a los zaheridos en él y preparando su descrédito. Empeñado ya en una guerra abierta con el vanidoso Atlante de la Monarquía, el Conde-Duque de Olivares y los a él allegados para traficar descaradamente con la suerte y libertad de los ciudadanos y monopolizar, fiado en la imbecilidad del Príncipe, los destinos de un gran pueblo, escribió por los años de 1639 La Isla de los monopantos, esto es, de los que se enseñoreaban del Poder. Desapareció este desenfado satírico cuando, preso en diciembre de aquel año, fueron entrados a saco sus papeles; pero alcanzada la libertad en 1644 y caído el privado, lo incluyó en La Hora, capítulo XXXIX, cuando acabó de limar esta obra en 1644, haciéndola copiar a su amanuense en 1655.
La historia del libro de los Sueños puede resumirse, según don Aureliano Fernández Guerra, cuya magnífica edición de las Obras de Quevedo, Madrid, 1880, es fuente indispensable tratándose del satírico, de la manera siguiente. No puede asegurarse que en los quince años que median entre 1612 y 1627 llegase a correr de molde ninguno de ellos; pero debieron de imprimirse varias veces. Vieron por primera vez en colección la luz pública fuera de los reinos de Castilla, en Barcelona y en 1627, con el título de Sueños y discursos de verdades descubridoras de abusos, vicios y engaños de todos los oficios y estados del mundo. (Tribunal de esta justa venganza, pág. 37).
Esta edición sirvió de original a la de Valencia del mismo año y a la de Pamplona de 1631. (Licencias de esta edición y singularmente la del fol. 198). Con el rótulo Desvelos soñolientos y verdades soñadas y la advertencia de que el libro salía corregido y enmendado agora de nuevo por el mismo autor y añadido un tratado de la Casa de locos de amor, los reimprimieron las prensas de Zaragoza en la primavera del dicho año de 1627, ejemplar rarísimo, como todos los de estas publicaciones primeras, y que se guarda en el Museo Británico. Allí se conserva también la de Barcelona de 1629, que, adelantándola un año, cita D. Nicolás Antonio. Tiene esta inscripción: Desvelos soñolientos y discursos de verdades soñadas, descubridoras de abusos, vicios y engaños de todos los oficios y estados del mundo. En doce discursos. Primera y segunda parte. Después, en Lisboa, 1629.
Las prensas no daban abasto para saciar la curiosidad general entretenida con aquellos sabrosos desenfados, mientras ponía lengua la murmuración en que el libro se imprimiese constantemente fuera de estos reinos, y se mostraba ofendida de algunas libertades e impurezas desapacibles, disgustada de la extraña mezcla de lugares de la Escritura con chistes y bufonerías, y horrorizada de los escandalosos nombres, que el autor hubo de poner a sus discursos.
Los enemigos de Quevedo eran muchos y poderosos por la mano que había tenido en los negocios de Sicilia, Nápoles y Venecia y por el favor que gozó en la Corte de Felipe III. Cuando los enconados resentimientos y la envidia le arrojaron entre cadenas y al destierro, entonces se desarrebozaron sus émulos, satirizando torpemente su vida y sus escritos. Con la dedicatoria del Sueño de la muerte a doña María Enríquez el año de 1622, coincide la licencia que se le concedió para irse a curar a Villanueva de los Infantes de unas tercianas malignas, y la libertad que se le dió, aunque con la prohibición de entrar en la Corte ni acercarse a ella a diez leguas a la redonda, cortapisa que desapareció por marzo del año siguiente. En febrero de 1624 ya formaba parte de la regia comitiva que acompañó a Felipe IV a Andalucía, aposentándole en su propia casa de la Torre de Juan Abad; y no menos el año 1626 fué con el Rey a las Corte de Barbastro, Monzón y Barcelona. Aprovechando la holgura y libertad del reino de Aragón, trató con el mercader Roberto Dupont y con el impresor Pedro Verges y así pudo imprimir la Política de Dios, El Buscón y Los Sueños. Pero la fama creciente de Quevedo, acrecentada con el Memorial por el Patronato de Santiago, publicado en febrero de 1628, recrudeció de nuevo la malevolencia de los envidiosos, los cuales le pusieron mal con el valido, el Conde-Duque de Olivares, hasta lograr que éste le metiese en la cárcel por junio del mismo año de 1628 y le desterrase a la Torre de Juan Abad, teniéndole allí preso desde abril hasta que se le mandó tornar a la Corte en 29 de diciembre del mismo año.
El encierro no quebrantaba su entereza, y con el arrojo y libertad que le inflamaron siempre, dirigió a Felipe IV un largo y valiente memorial insistiendo en la defensa de Santiago y haciendo la suya propia contra todos sus adversarios. Pedía licencia para la impresión; pero por no echar más leña al fuego no le fué concedida.
Quevedo debió de conocer que sus adversarios no habían de cejar un punto. Ello es que por entonces comenzó el Conde-Duque a tratar de ganarse su voluntad y él se rindió, no ciertamente a las dádivas, amenazas y persecuciones, pero sí a las muestras de amistad que le dió el favorito, hasta llegar a imprimir el año de 1630 en Zaragoza El Chitón de las tarabillas, en defensa del descabellado arbitrio de Olivares sobre las minas y la baja de la moneda y en defensa del mismo Conde-Duque. Por aquí acaso se explicará el inexplicable hecho de la corrección y nueva redacción que hizo de Los Sueños, quitándoles muchos pasajes de los que escandalizaban a los envidiosos y cuanto aludía a la Escritura, a la Religión y a los clérigos y religiosos, convirtiendo los Sueños de cristianos en gentílicos.
A principios del año 1629 pidió al Tribunal de la Inquisición recogiese todas las impresiones hechas en Aragón y otras partes fuera de los reinos de Castilla, y con la censura de fray Diego del Campo y la del padre Juan Vélez Zabala, calificadores ambos del Santo Oficio, dió en Madrid a la estampa sus obras satírico-morales en aquel otoño (Índice expurgatorio publicado en 1640 por el inquisidor general don Antonio de Sotomayor). Intitulóse el libro Juguetes de la niñez y travesuras del ingenio, Madrid, 1629. Cambiáronse los nombres de cada uno de los sueños resultando:
El Sueño de las calaveras, por El Sueño del Juicio final; El Alguacil alguacilado, por El Alguacil endemoniado; Las Zahurdas de Plutón, por Sueño del Infierno; Visita de los chistes, por El Sueño de la Muerte.
Añadiéronse nuevos tratados: El Libro de todas las cosas y otras muchas más; Aguja de navegar cultos; La Culta latiniparla, y La caldera de Pero Gotero, refundida luego, en El Entremetido y la Dueña y el Soplón. Desaparecieron los romances El Nacimiento del autor, El Cabildo de los gatos, Las dos aves y los dos animales fabulosos, La Premática del tiempo y la Casa de locos de amor.
En fin, para imprimir por diez años los Juguetes de la niñez, concedió licencia Su Majestad a Quevedo, a 20 de enero de 1631; y Madrid (1788, 1794) Sevilla (1634, 1641) y Barcelona, (1635, dos ediciones, 1695) los reprodujeron varias veces, ejemplares que la rapacidad de libreros vergonzantes y la afición de los extranjeros por las antiguas ediciones españolas han hecho rarísimos en nuestras bibliotecas. Respetando la voluntad última del autor, se ha preferido siempre imprimir esta edición de los Juguetes de la niñez. Pero de esta redacción y corrección, si hoy se levantara Quevedo, cierto estoy de que clamara amargamente: Compulsus feci. Huele demasiado a teólogos escrupulosos no sólo todo lo variado y corregido, pero aun el mismo título de Juguetes de la niñez. No lo eran ciertamente para Quevedo, aunque así lo intituló por quitarse de enredos. Es la obra de más valer que escribió, la de más maduro juicio, aunque escrita por su mayor parte siendo todavía joven. Así lo pensaba su autor cuando prosiguió por la misma vereda escribiendo, ya entrado en años, no sólo la Visita de los chistes, sino El Entremetido y la Dueña y el Soplón, y finalmente la obra póstuma y verdadero póstumo sueño, La Hora de todos y la fortuna con seso. No son juguetes de niños, sino filosofías de hombre muy maduro y asesado Los Sueños de Quevedo. No es menester gran talento para comprenderlo; ¿y habrá quien crea que para comprenderlo no lo tuvo el mismo Quevedo? ¿No se pasó toda la vida satirizando las necedades de los hombres, poniéndolos al desnudo, riéndose de sus ridiculeces? ¿Cómo le vamos a creer que escribió “con ingenio facinoroso” sus Sueños y que les puso “nombres más escandalosos que propios?” Los que se escandalizaron fueron sin duda algunos teólogos a lo padre Niseno y los hipocritones de sus émulos. No conocemos bien las apreturas en que se vió, aunque algo se traslucen por lo poco que hemos historiado. Ello basta para saber que, si no podemos juzgar en esta parte a Quevedo, afirmando que prevaricó y quedó vencido y se desdijo feamente, lo cual dificultoso es de admitir en varón de tanta entereza en tantas y tan graves persecuciones, sobre todo la del Conde-Duque, cuando en la última vejez le empozó en la mazmorra aquella del convento de San Marcos de León, donde por milagro no acabó, tullido y lleno de enfermedades sus tristes días; por lo menos basta para asegurarnos de que, si oficialmente y en lo de fuera, fué su última voluntad la edición que llamó Juguetes de la niñez, en lo de dentro de su pecho y en lo íntimo de su conciencia no fué así.
¿Por qué han de ser “más escandalosos que propios” los títulos cristianos, que no los gentílicos? Un cristiano no sueña en el despertar de calaveras, sino en el juicio final; no en las zahurdas de Plutón, sino en el infierno; un cristiano ve ángeles, diablos; ve a Dios y a su Madre, y no a Júpiter y a defensores y verdugos abstractos; un cristiano gran satírico, ve y pinta las necedades de monjas, frailes, curas y obispos, lo mismo y con mayor dolor que las de sastres y escribanos. Nada de escandaloso ni impropio vió y pintó el Dante, cuando esto vió y pintó, y no es por ello la Divina Comedia obra de “ingenio facinoroso”. “Con desprecio” dice Quevedo que dejó los Sueños, tal como primero los había escrito. Permítame que le diga, no que se engañó y quiso engañarnos, sino que quiso engañar y engañó con ese prefacio a sus adversarios teologizantes. Con este borrar de trozos y cambiar de palabras, para quitar a los Sueños todo color cristiano, como si no fuera una sátira de cristianos y por un cristiano escrita, las alegorías hechas a la fuerza mitológicas, quedaron frías, falsas y sin fuerza alguna; los asuntos inverisímiles; el texto, a veces oscuro e indescifrable; la obra entera, descolorida, falseada, indigna de un satírico como Quevedo. La edición verdaderamente crítica de Los Sueños acaso exigiera que se imprimiesen juntamente con la redacción corregida dos o más de las anteriores o lo que primitivamente escribió Quevedo, sacándola de todas ellas, si ello fuera hacedero. En la mía he añadido como notas todas las variantes, por manera que pueda restituirse la redacción primitiva. La fortuna con seso i la hora de todos, fantasía moral. Autor Nifroscrancot Viveque Vasgel Duacense. Traducido de Latín en Español, por Don Estevan Pluvianes del Padron, Natural de la villa del Cuervo Pilona, Zaragoza, 1650, 1651. Fué escrita en 1635 y acabada en 1636. La copia del amanuense de Quevedo, hecha en 1645, paró en la biblioteca de los Duques de Frías. En la Nacional (T. 153, pág. 236) hay tres pliegos con este epígrafe: Fortuna con seso y hora de todos. Adiciones del original a lo impreso, erratas, y índice de los asuntos que contiene. La primera colección en que se incluyó debió de ser la de Madrid, 1658. El Nifroscrancot es el anagrama de Don Francisco de Quevedo Villegas, que según el ms. de la Nacional (pág. 240), debe leerse: Nifroscancod Diveque Vasgello.
Julio Cejador.
Nota. Por razones editoriales dejamos para el tomo siguiente El Mundo por de dentro, que debiera ir antes de la Visita de los Chistes.
ÍNDICE
| PÁG. | |
| Introducción | [VII] |
| Dedicatoria: A ninguna persona de todas cuantas Dios crió en el mundo | [3] |
| A los que han leído y leyeren | [7] |
| Advertencia de las causas de esta impresión. Don Alonso Messía de Leyva | [11] |
| El sueño de las Calaveras | [21] |
| Al Conde de Lemos, Presidente de Indias | [25] |
| Discurso | [27] |
| El alguacil alguacilado | [53] |
| Al Conde de Lemos, Presidente de Indias | [57] |
| Al pío lector | [59] |
| Discurso | [61] |
| Las zahurdas de Plutón | [87] |
| Carta a un amigo suyo | [91] |
| Prólogo al ingrato y desconocido lector | [93] |
| Discurso | [95] |
| Visita de los chistes | [189] |
| A doña Mirena Riqueza | [193] |
| A quien leyere | [195] |
| Discurso | [197] |
LOS SUEÑOS
DEDICATORIA
A NINGUNA PERSONA DE TODAS
CUANTAS DIOS CRIÓ EN EL MUNDO
Habiendo considerado que todos dedican sus libros con dos fines, que pocas veces se apartan: el uno, de que la tal persona ayude para la impresión con su bendita limosna; el otro, de que ampare la obra de los murmuradores, y considerando, por haber sido yo murmurador muchos años, que esto no sirve sino de tener dos de quien murmurar: del necio, que se persuade que hay autoridad de que los maldicientes hagan caso, y del presumido, que paga con su dinero esta lisonja, me he determinado a escribille a trochimoche[1] y a dedicarle a tontas y a locas[2], y suceda lo que sucediere[3]. Quien le compra y murmura, primero hace burla de sí, que gastó mal el dinero, que del autor[4], que se le hizo gastar mal. Y digan y hagan lo que quisieren las Mecenas[5], que, como nunca los he visto andar a cachetes con los murmuradores sobre si dijo o no dijo, y los veo muy pacíficos de amparo[6], desmentidos de todas las calumnias que hacen a sus encomendados, sin acordarse del libro del duelo, más he querido atreverme que engañarme. Hagan todos lo que quisieren de mi libro, pues yo he dicho lo que he querido de todos. Adiós, Mecenas, que me despido de dedicatoria[7].
YO
NOTAS:
[1] A trochimoche. Correas, 517: “Á trochimochi; hacer á trochimochi. (Por hacer la cosa mal y sin atención)”. Ídem, 507. La frase, en su sentido propio, la oí a unos chalanes caminando por una vereda entre dos cortijos de Córdoba. Preguntámosles que cómo habían llegado tan presto de donde decían que venían: “Hemos venido á ‘trochimochi’. Esto es, por trochas y atajos. El mochi se añadió al trochi poniendo mo- por tro-, como en tus ni mus, cháncharras máncharras, oste ni moste”. (Cejador, Leng. Cerv., I, 77).
[2] Á tontas y á locas. Corr., 517: “Á tontas y á locas; á tontas y á bobas. (Por necia y simplemente hacer algo)”. Ídem, 507: Súplese maneras.
[3] Suceda lo que sucediere, modismo de proposición concesiva. (Leng. Cerv., I, 265, 20). Quij., 1, 50. “Dude quien dudare”. Ídem, 1, 59: “Sea quien se quisiere”. Ídem, 2, 60: “Lleguen por do llegaren”. Ídem, 2, 3: “Salga lo que saliere”.
[4] Que del autor, primero... que del autor, antes, más bien.
[5] Mecenas, el gran favorecedor de Virgilio y otros poetas.
[6] Pacíficos de amparo, que no se toman trabajo ni guerra por ampararlos. Desmentidos que desmienten. A. Pérez, Viern. dom. I cuar., fol. 247: “En hábito desmentido que nadie los conozca”. Torr., Fil. mor., 13, 4: “Las barbas desmentidas, las muletas disimuladas”. Quiere decir que no salen a las calumnias que se dicen de los libros que se les dedican, que no salen por sus autores. Desmentir era el verbo propio para decirle a uno que miente, en el libro o código del duelo, y así juega aquí de él. Zabaleta, Error, 25: “El hombre noble sabe que es grande mengua el mentir, por esto es tan grande su dolor cuando le desmienten”. F. Aguado, Crist., 20, 3: “Si dice que sí le conoce le debemos desmentir y dalle en la cara con que no dice verdad”.
[7] Me despido de dedicatoria, dejarse de. Gran., Guía, 1, 28, 1: “Tienen por dificultosísima esta empresa y así se despiden della”. Siendo un libro de crítica, comienza Quevedo criticando las dedicatorias de los libros.
A LOS QUE HAN LEÍDO Y LEYEREN
Yo escribí con ingenio facinoroso[8] en los hervores de la niñez, más ha de veinte y cuatro años, los que llamaron Sueños míos, y precipitado, les puse nombres más escandalosos que propios. Admítaseme por disculpa que la sazón de mi vida era por entonces más propia del ímpetu que de la consideración. Tuve facilidad en dar traslados a los amigos; mas no me faltó cordura para conocer que en la forma que estaban no eran sufribles a la imprenta y así los dejé con desprecio[9]. Cuando, por la ganancia que se prometieron de lo sabroso de aquellas agudezas, sin enmienda ni mejora, algunos mercaderes extranjeros[10] las pusieron en la publicidad de la imprenta, sacándome en las canas lo que atropellé antes del primero bozo, y no sólo publicaron aquellos escritos sin lima ni censura, de que necesitaban, antes añadieron a mi nombre tratados ajenos, añadiendo en unos y dejando en otros muchas cosas considerables, yo, que me vi padecer, no sólo mis descuidos, sino las malicias ajenas, doctrinado del escándalo que se recibía de ver mezcladas veras y burlas, he desagraviado mi opinión y sacado estas manchas[11] a mis escritos, para darlos bien corregidos, no con menos gracia, sino con gracia más decente, pues quitar lo que ofende no es disminuir, sino desembarazar lo que agrada. Y porque no padezcan las demasías[12] del hurto que han padecido los demás papeles, saco de nuevo el de la Culta latiniparla y el Cuento de cuentos, en que se agotan las imaginaciones que han embarazado mi tiempo. Tanto ha podido el miedo[13] de los impresores, que me ha quitado el gusto que yo tenía de divulgar estas cosas, que me dejan ocupado en su disculpa y con obligación a la penitencia de haberlas escrito. Si vuesamerced, señor lector, que me compró facinoroso, no me compra[14] modesto, confesará que solamente le agradan los delitos y que sólo le son gustosos discursos malhechores.
NOTAS:
[8] Facinoroso, hoy facineroso, facinor-is, facin-us. Quij., 2, 49: “No soy ladrón ni persona facinorosa”. Se excusa Quevedo cobarde y puerilmente, a mi parecer, de la soltura con que escribió primero Los Sueños, que ahora da enmendados, acosado por tanta diatriba y saña de sus émulos y temiendo no lograsen la suya con la Inquisición, aunque no se había metido con él. Probablemente no los imprimió antes por tener así más guardadas las espaldas, corriendo sólo las copias.
[9] Des-precio, menosprecio, poco aprecio.
[10] Extranjeros, de fuera de los reinos de Castilla, esto es, de Aragón, Cataluña y Valencia, donde se imprimieron.
[11] Sacar manchas, quitarlas, común.
[12] Las demasías, los agravios que pudieran padecer estas dos obras, si me las hurtaren, poniendo y quitando en ellas.
[13] El miedo que tengo de los impresores, genitivo objetivo.
[14] Me compró cuando escribí mal; no me compra cuando escribo comedido.
ADVERTENCIA DE LAS CAUSAS
DESTA IMPRESIÓN
DON ALONSO MESSÍA DE LEYVA
Habiendo visto impresos en Aragón y en otras partes fuera del reino, con nombre de don Francisco de Quevedo Villegas, estos discursos, con tanto descuido y malicia, que entre lo añadido y olvidado, y errores de traslados e imprenta, se desconocían de su autor, y más teniéndolos yo trasladados de su original, determiné, dándole cuenta, de restituirlos, limpiándolos del contagio de tantos descuidos, porque se vea cuán de otra suerte en su primera edad juzgaba con la pluma, sin apartarse de la enseñanza. Y es cierto no consintiera hoy esta impresión, a no hallarse obligado por las muchas que destos propios tratados se han hecho en toda la Europa, tan adulteradas, que le obligaron a pedir al tribunal supremo de la Inquisición las recogiese, imitando en esta modestia, aunque tan diferente, a Eneas Silvio, que después de pontífice, mandó recoger algunas obras de este estilo que había divulgado en la mocedad. Salen enteras, como se verá en ellas, con cosas que no habían salido, y en todas se ha excusado la mezcla de lugares de la Sagrada Escritura y alguna licencia que no era apacible. Que, aunque hoy se lee uno y otro en el Dante, don Francisco me ha permitido esta lima. Y aseguro en su nombre que procurará agradar a todos, sin ofender a alguno, cosa que en la generalidad con que trata de sólo los malos, forzosamente será bienquisto, sujetándose a la censura de los ministros de la santa Iglesia romana en todo, con intento cristiano y obediencia rendida.
Estos discursos, en la forma que salen corregidos y en parte aumentados, conozco por míos, sin entremetimiento de obras ajenas que me achacaron, y todo lo pongo debajo de la corrección de la santa Iglesia romana y de los ministros que tiene señalados para limpiar errores y escándalos de las impresiones. Y desde luego, con anticipado rendimiento, me retrato de lo que no fuere ajustado a la verdad católica o ofendiere a las buenas costumbres.
Nota: Precédenles en la impresión de Pamplona, de 1631, las poesías y advertencias siguientes, parte de las cuales se hallan en la edición de Barcelona de 1629, y todo creo que debe hallarse en las de la misma ciudad y la de Valencia de 1627:
DEL DOCTOR DON MIGUEL RAMÍREZ
Aprobación.
Por comisión general
De un buen Consejo miré
Este libro, y no habla mal;
Gracia y sal tiene, y a fe
Que cura llagas su sal.
Contra la fe en nada va,
Consejos a tiempo da,
Castiga a quien lo merece;
Parecerá, si parece,
Y así, imprimir se podrá.
DEL BACHILLER PEDRO DE MELÉNDEZ
Aprobación.
Por comisión general
Del Consejo, sin pedillo,
Vi este libro con cuidado,
Y está bien, y bien mirado,
¿Quién puede contradecillo?
Con discreción sin mentir
Murmura por corregir
Algunas malas costumbres;
Quita de vicios vislumbres,
Y así, se podrá imprimir.
DE DOÑA RAIMUNDA MATILDE
Décima.
Murmurando decir bien,
Diciendo bien murmurar,
De todos satirizar,
Y hablar de todos tan bien,
Sólo se hallará en quien
Al mismo infierno ha bajado;
Y aunque el bien ha deseado
Y el mal desterrar procura,
Es ya tal su desventura,
Que el Que-vedó, ha quedado mal[15].
DEL CAPITÁN DON JOSÉ DE BRACAMONTE
Dialogístico soneto entre Tomumbeyo Traquitantos,
alguacil de la reina Pantasilea, y Dragalvino, corchete.
ALGUACIL
Por el alcázar juro de Toledo,
Y voto al sacro Paladión troyano,
Que tengo de vengarme por mi mano
Y hacer manco del otro pie a Quevedo.
CORCHETE
Y yo a la santa Inquisición, si puedo,
Le tengo de acusar de mal cristiano,
Probándole que cree en sueño vano
Y que habló con demonios a pie quedo.
ALGUACIL
Aquesto, Dragalvino, poco importa:
Las verdades que dice tengo a mengua;
Saberlas todos, esto me deshace
El alma y corazón.
CORCHETE
Su lengua corta,
Y publicarlas no podrá sin lengua;
Que esto del murmurar la lengua lo hace.
Mas temo, si lo hacemos,
Según su pico y lengua me promete,
Que, fuera una, no le nazcan siete.
DE DOÑA VIOLANTE MISEVEA
Soneto a todo lector destos Sueños,
en defensa y alabanza del autor.
Ola, lector, cualquiera que tú seas,
Si aquestos Sueños a leer llegares,
Y de la vez primera te enfadares,
Segunda, por tu vida, no los leas.
Si te tocan, y acaso los afeas,
Con que sueños son sueños, no repares,
Que si como éstos son los que soñares,
No pecarás, a fe, aunque en sueños creas.
Pero si no te tocan, ve volando
Y di a todas las gentes que los gusten,
Que el premio es flor que esconde un basilisco;
Que no murmuren más de don Francisco
Ignorantes; ni es bien que a él se ajusten.
Durmiendo sabe él más que otros velando.
EL AUTOR AL VULGO
Si dices mal de mi Sueño,
Vulgo, como tal harás;
Más di, que con decir más,
Dices bien dél y del dueño.
Diga él mal, y tú también;
Tú dél, y él de quien pretende,
Que todo, para el que entiende,
Le está a su gusto muy bien.
Pues si es tu fin ser Marcial
Y decir que es malicioso,
Lo alabas por ingenioso
Diciendo que dice mal.
Mas, vulgo, pues sé quién eres,
A la larga o a la corta
Diga yo lo que me importa,
Y di tú lo que quisieres.
AL ILUSTRE Y DESEOSO LECTOR
Prólogo
“Refiérese, no sé si por modo de cuento gracioso y ficticio, que estando una vez muy enfermo un soldado muy preciado de cortés y ladino, entre muchas de sus oraciones, pregarias y protestaciones que hacía, finalmente vino a rematarlas, diciendo: ‘Y Dios me libre de las manos del señor diablo’ (tratándole siempre con esta cortesía todas las veces que le nombraba). Reparó en esto último uno de los circunstantes, preguntándole juntamente luego por qué llamaba señor al diablo, siendo la más vil criatura del mundo; a que respondió tan presto el enfermo, diciendo: ‘¿Qué pierde el hombre en ser biencriado? ¿Qué sé yo a quién habré de menester, ni en qué manos he de dar?’ Digo esto, señor lector, porque, supuesto que nuestra lengua vulgar, a diferencia de la latina, tiene un vuesamerced y otros varios títulos, mayormente cuando no se conoce la calidad y estado de la persona con quien se habla, por no parecer nadie descortés, y, por el consiguiente, malquisto y aborrecido de todos, me ha parecido tratar a vuesamerced con este lenguaje y término, bien diferente de cuantos yo he podido ver en todos los prólogos de los libros al lector, escritos en romance, donde tratan a vuesamerced con un tú redondo, que si no arguye mucha amistad y familiaridad, por fuerza ha de ser argumento de que quien habla es superior y mandón, y a quien se habla inferior y criado. Y hanme movido a esto las mismas razones del susodicho soldado enfermo, atendiendo y considerando a que es la cortesía la llave maestra para abrir la voluntad y afición, y la que, costando poco, vale mucho, y que, en resolución, no puedo perder nada en ser cortés; que antes entiendo perdería mucho si no lo fuese; que quien ha menester es muy necio si regatea cortesías, y más yo, que tanto necesito de todos para que me compren este libro que saco a luz a mi costa, y para que, comprado y leído, me le alaben, con que de camino inciten y muevan unos a otros a que hagan lo mismo, y tenga con esto este libro lo que merece su bondad, y mayor expedición y corrida, y yo mayor ganancia, para que con esto queden todos aprovechados, yo vendiendo y los otros comprando y leyéndole. Verdad sea que para esto último de que alaben estas obras de ingeniosas y agudas, confío dará poco trabajo y ningún cuidado a los aficionados a ellas y a su autor, pues ellas propias se traen consigo la recomendación y alabanza y el Quevedo me fecit; porque son tales, que sólo tal autor podía hacer obras de tanta erudición y agudeza; y ellas, por tener tanto de entrambas, sólo podían ser hijas de tal y tan raro ingenio. Que si el autor es y debe ser conocido y celebrado por estas obras más que por cuantas ha hecho y se le han impreso hasta hoy en su nombre, ellas también quedan estimadas y calificadas por lo que son, con sólo saber (como ya todos saben) que las hizo don Francisco Quevedo. Y con él y con ellas no me da tanto cuidado como podía darme una de las razones que me movió a tratar a vuesamerced con esta cortesía, considerando que no sé en qué manos ni en qué lenguas ha de dar este libro, que sale agora al teatro del mundo donde nunca faltan censurantes y malcontentos, que con toda propiedad, se llaman Zoilos y críticos, días peligrosos a la salud de los buenos entendimientos, de quienes se puede entender lo que dijo el doctísimo jurisconsulto don Mateo López Bravo[16]: Ridendi vero, romanuli, et graeculi nostri, qui grammaticorum infantia superbi, et omnium rerum quantum garruli, ignari, triplici lingua stulti, a doctis noscuntur. Porque si vuesamerced las lee, no de prisa ni a pedazos, sino deespacio y con atención todo él, pues no es muy grande (si no quiere que se le pasen algunas de sus muchas sutilezas y agudezas por alto y por entre ringlones), soy más que cierto que no se quejará de que ellas y quien las hizo esparciar y aceptador de personas[17], sino que a todos habla y a todos dice la verdad clara y lisa y lo que siente, sin rastro de lisonja; y si acaso escuece y pica, considere que no es sino sólo porque cuanto se dice es verdad y desengaño, que todos le quieren, y nadie por su casa; y así, no hay sino paciencia, y calle y callemos, que sendas nos tenemos. Y harto mejor fuera quejarse de las faltas tan grandes del mundo, que movieron al autor a hablar tan claro contra ellas, diciendo la verdad; que por eso dijo bien cierto alcalde que vió preso a un estudiante porque hizo una sátira en que decía las faltas del lugar, que harto mejor fuera haber preso a los que las tienen. Y cuando nada desto baste a que deje de haber quien se queje y murmure destas obras y de su autor, quiero hacer acordar a vuesamerced, señor lector, sea quien fuere, aquel cuentecillo de cierto clérigo viejo, que tenía una higuera con sus higos ya sazonados y maduros, a la cual, subiendo unos estudiantes a hacerles declinar jurisdicción bucólica, pensando él, por ser corto de vista, que eran aves o algunas crueles sabandijas, puso en ella espantajos hasta conjurarlos; pero, viendo que nada desto aprovechaba, considerando cuán buenas son las oraciones mezcladas en piedras (armas primeras del mundo), se resolvió de tirarlas a estos tordos racionales, diciendo que también Dios había dado virtud a las piedras como a las plantas y yerbas, y hízolo con tal denuedo, que dió con ellos ramas abajo y muy bien descalabrados. Sin propósito parecerá a vuesamerced este cuento, y será, o por no saberme yo bien explicar, o por no quererme vuesamerced entender (que no hay más mal sordo que el que no quiere oir); pero yo sé lo entenderá si ahonda un poco en sus sentidos varios que le puede dar (como en todo lo deste libro). Y por si acaso quiere que yo lo explique, con ser así que frustra exprimitur, quod tacite subintelligitur, l. jam dubitari, dígole que si acaso no le obliga la cortesía y humildad con que le trato, mire lo que dice, y cómo y de qué murmura y dice mal, si del autor del libro o de sus obras; y guárdese de alguna lluvia de piedras de las muchas verdades duras y secas que este libro tiene y su autor puede enviarle, que le descalabren y hagan caer de arriba abajo, quiero decir, de su estado y buena opinión que tiene de sabio, y no haga le tengan por ignorante, murmurador y soberbio maldiciente, y del número de unos necios que quieren parecer sabios en no haber libro que bien les parezca ni cosa de que no hagan burla y menosprecio. Y guárdense no les suceda a los tales lo que al asno de Sileno, que puso Júpiter entre las estrellas; que por ser ellas tan resplandecientes y claras, y él auribus magnis, como advirtió Luciano, descubrió más su disforme fealdad con grande infamia. Y adviertan que el epíteto del autor es el satírico, y créanme, y no errarán, que es más que temeridad echar piedras del tejado del vecino quien tiene el suyo de vidrio.
“Y nadie se maraville de que llame a vuesamerced con este título, al parecer nuevo, de ilustre y deseoso lector, porque cuando no le mereciera por la doctrina común y sabida del filósofo, que todo hombre naturalmente desea saber, cosa que se alcanza con el estudio y atenta lición y meditación de los libros buenos, doctos, agudos, ingeniosos y claros; por sólo este libro (que lo es tanto como el que más) le merecía muy en particular, pues es el que ha sido tan deseado, así de cuantos han leído algo destos Sueños y Discursos, como de los que han oído referir y celebrar algunas o alguna de las innumerables agudezas que contienen, lastimándose de verlos ir manuscritos, tan adulterados y falsos, y muchos a pedazos y hechos un disparate, sin pies ni cabeza, y tan desfigurados como el soldado desdichado que, habiendo salido de su tierra para la guerra con bizarría, tallazo, galas y plumas, vuelve a ella después de muchos años más desgarrado y rompido que soldado, con un ojo menos, hecho un monóculo, medio brazo, con una pierna de palo y todo él hecho un milagro de cera, bueno para ofrecido, con el vestido de la munición, sin color determinado, desconocido y roto, pidiendo limosna: como la cortesana que ha corrido a Italia, Indias y la casa de Meca y del gran Solimán. Por lo cual, cuantos han sabido que yo los tenía enteros y leídos por hombres doctos y entendidos, con particular curiosidad y atención me han solicitado con grandes instancias los hiciese comunes a todos, dándolos a la impresión, asigurándome grande gusto, y, lo que más es, grande provecho espiritual para todos, pues en ellos hallarán desengaños y avisos de lo que pasa en este mundo y ha de pasar en el otro por todos, para estar de todo bien prevenidos, que mala praevisa minas nocent. Con que me he resuelto a condescender con el gusto y deseo de tantos, confiado en que vuesamerced, señor lector, me agradecerá este trabajo y gasto con comprarle; que con sólo esto me daré por satisfecho, y aun por pagado. Y por la agudeza y sutil modo de hablar deste libro, porque no caiga en alguna equivocación, ruego a vuesamerced que corrija las erratas que hallare con su acostumbrada benignidad y clemencia, que también sería demasiada presunción y mucha particularidad pretender que saliese este libro sin ellas. Y porque entienda vuesamerced, señor lector, que le deseo toda honra y provecho y guardarle de todo peligro, ruego a Dios nuestro Señor le haga como el rey de las abejas, que contiene y da de sí por la boca la dulzura de la miel, y no tiene aguijón por no quedar muerto picando con él, como acontece a todas las demás abejas, que le tienen, si bien en la cola y no en la boca; y le guarde de correctores de vidas y obras ajenas, y sopladores de las suyas propias, que no se venden, porque ellos venden en ellas a cuantos ven y tratan”.
He aquí el índice de los discursos en la edición de Barcelona, 1635, y de Sevilla, 1641:
DISCURSOS QUE SALEN EN ESTA IMPRESIÓN, AHORA AÑADIDOS,
QUE NUNCA SE HAN IMPRESO
El Libro de todas las cosas y otras muchas más, fol. 88.
Aguja de navegar cultos, fol. 97.
La Culta latiniparla, fol. 99.
YA IMPRESOS
El Sueño de las Calaveras, fol. 1.
El Alguacil alguacilado, fol. 7.
Las Zahurdas de Plutón, fol. 15.
El Mundo por de dentro, fol. 41.
La Visita de los chistes, fol. 53.
El Caballero de la Tenaza, fol. 80.
El Entremetido y la Dueña y el Soplón, fol. 105.
El Cuento de cuentos entero, fol. 136.
NOTAS:
[15] Alude a la etimología que los heráldicos dan al apellido Quevedo, suponiendo ridículamente que vale tanto como que vedó y que hubo de nacer de haber impedido uno de esta familia que los moros pasasen de cierta puente en el valle de Toranzo.
[16] Lib. 2, De regendi ratione.
[17] El texto debe de estar viciado. Acaso deba leerse: “y quien las hizo esparcir sean aceptadores de personas”.
EL SUEÑO DE LAS CALAVERAS
Acabó de escribir Quevedo este Sueño a 3 de abril de 1607, a los veinte y siete años de su edad, según nota de su sobrino don Pedro Aldrete, que dice Castellanos haber tenido a la vista. (Edición de Madrid, 1840). Censuráronle a 1.º de julio de 1610 fray Antolín Montojo, del Orden de Predicadores, y a 30 de julio de 1612, el franciscano fray Antonio de Santo Domingo: aquél adversa, éste favorablemente. Publicáronle por vez primera, junto con los otros, las prensas de Barcelona, en 1627, y el mismo año, con algunas variantes, las de Zaragoza, y dos después con grandes alteraciones, las de Madrid. Intitulóse primero El Sueño del Juicio final, y ya desde 1629. Hemos tenido presentes para nuestra impresión la de Pamplona, de 1631; la de Barcelona (Lorenzo Deu), 1635; la de Madrid (Díaz de la Carrera), 1648; las más importantes colecciones de la última mitad de aquel siglo y un precioso manuscrito de la Biblioteca Colombina (Aa., 141, 4), letra de la primera década del siglo XVII. Al margen de las primeras ediciones se ven distribuidas las personas que entran en El Sueño, y, por su orden, son las siguientes: escribano, avariento, escribanos, mercaderes, mujeres hermosas, casada, ramera, médico, juez, abogado, tabernero, sastre, salteadores, capeadores, la locura, poetas, enamorados y valientes, judíos, filósofos, procuradores, desgracias y peste y pesadumbre (contra los médicos), Adán, reyes, Herodes, Pilatos, maestros de esgrima, dispenseros, pasteleros, filósofos, poetas, Orfeo; avariento, y cómo guarda los diez mandamientos; ladrones, escribanos, Judas, Mahoma, Lutero, médico, boticario, barbero, abogado, cómico, taberneros, sastres, ginoveses, caballero, sacristán, adúltera, Judas, Mahoma, Lutero, alguaciles, corchetes, astrólogo, letrado, escribano, alguaciles, avariento, médico, boticario.
AL CONDE DE LEMOS,
PRESIDENTE DE INDIAS
A manos de vuecelencia van estas desnudas verdades, que buscan, no quien las vista, sino quien las consienta. Que a tal tiempo hemos venido, que con ser tan sumo bien, hemos de rogar con él. Prométese seguridad en ellas solas. Viva vuecelencia para honra de nuestra edad.
Don Francisco de Quevedo Villegas.
DISCURSO
Los sueños dice Homero que son de Júpiter y que él los envía[18], y en otro lugar, que se han de creer. Es así, cuando tocan en cosas importantes y piadosas o las sueñan reyes y grandes señores, como se colige del doctísimo y admirable Propercio en estos versos[19]:
Nec tu sperne piis venientia somnia portis:
Quum pia venerunt somnia, pondus habent.
Dígolo a propósito que tengo por caído del cielo uno que yo tuve estas noches pasadas, habiendo cerrado los ojos con el libro del Dante[20], lo cual fué causa de soñar que veía un tropel de visiones. Y aunque en casa de un poeta es cosa dificultosa creer que haya cosa de juicio, aun por sueños, le hubo en mí por la razón que da Claudiano en la prefación al libro segundo del Rapto, diciendo que todos los animales sueñan de noche como sombras de lo que trataron de día. Y Petronio Arbitro dice[21]:
Et canis in somnis leporis vestigia latrat.
Y hablando de los jueces:
Et pavido cernit inclusum corde tribunal.
Parecióme, pues, que veía un mancebo que, discurriendo por el aire, daba voz de su aliento a una trompeta, afeando con su fuerza, en parte, su hermosura. Halló el son obediencia en los mármoles y oídos en los muertos, y así, al punto comenzó a moverse toda la tierra y a dar licencia a los huesos que anduviesen unos en busca de otros. Y pasando tiempo, aunque fué breve, vi a los que habían sido soldados y capitanes levantarse de los sepulcros con ira, juzgándola por seña de guerra; a los avarientos, con ansias y congojas, recelando algún rebato, y los dados a vanidad y gula, con ser áspero el son, lo tuvieron por cosa de sarao o caza. Esto conocía yo en las semblantes de cada uno, y no vi que llegase el ruido de la trompeta a oreja que se persuadiese a lo que era[22].
Después noté de la manera que[23] algunas almas huían, unas con asco y otras con miedo, de sus antiguos cuerpos: a cuál faltaba un brazo, a cuál un ojo. Y dióme risa ver la diversidad de figuras y admiróme la Providencia en que, estando barajados unos con otros, nadie por yerro de cuenta se ponía las piernas ni los miembros de los vecinos. Sólo en un cementerio me pareció que andaban destrocando[24] cabezas y que vi a un escribano que no le venía bien el alma y quiso decir que no era suya, por descartarse della.
Después, ya que a noticia de todos llegó que era el día del juicio, fué de ver cómo los lujuriosos no querían que los hallasen sus ojos[25], por no llevar al tribunal testigos contra sí; los maldicientes, las lenguas; los ladrones y matadores gastaban los pies en huir de sus mismas manos.
Y volviéndome a un lado, vi a un avariento que estaba preguntando a uno que, por haber sido embalsamado y estar lejos sus tripas, no hablaba porque no habían llegado, si habían de resucitar aquel día todos los enterrados, si resucitarían unos bolsones suyos.
Riérame si no me lastimara a otra parte el afán con que una gran chusma de escribanos andaban huyendo de sus orejas[26], deseando no las llevar por no oir lo que esperaban; mas solos fueron sin ellas los que acá las habían perdido por ladrones: que por descuido no fueron los más.
Pero lo que más me espantó fué ver los cuerpos de dos o tres mercaderes, que se habían vestido las almas del revés[27] y tenían todos los cinco sentidos en las uñas[28] de la mano derecha.
Yo veía todo esto de una cuesta muy alta, cuando oí dar voces a mis pies que me apartase. Y no bien lo hice, cuando comenzaron a sacar las cabezas muchas mujeres hermosas, llamándome descortés y grosero, porque no había tenido más respeto a las damas. Que aun en el infierno están las tales y no pierden esta locura. Salieron fuera muy alegres de verse gallardas y desnudas entre tanta gente que las mirase; aunque luego, conociendo que era el día de la ira y que la hermosura las estaba acusando de secreto, comenzaron a caminar al valle con pasos más entretenidos.
Una, que había sido casada siete veces, iba trazando disculpas para todos los maridos. Otra dellas, que había sido pública ramera, por no llegar al valle no hacía sino decir que se le habían olvidado las muelas y una ceja, y volvía y deteníase; pero, al fin, llegó a vista del teatro y fué tanta la gente de los que había ayudado a perder y que señalándola daban gritos contra ella, que se quiso esconder entre una caterva de corchetes, pareciéndole que aquélla no era gente de cuenta aun en aquel día.
Divirtióme desto un gran ruido que por la orilla de un río venía de gente en cantidad tras un médico, que después supe que lo era en la sentencia. Eran hombres que había despachado sin razón antes de tiempo y venían por hacerle que pareciese, y, al fin, por fuerza, le pusieron delante del trono.
A mi lado izquierdo oí como ruido de alguno que nadaba, y vi un juez, que lo había sido, que estaba en medio de un arroyo lavándose las manos[29], y esto hacía muchas veces. Lleguéme a preguntarle por qué se lavaba tanto, y díjome que en vida sobre ciertos negocios se las habían untado[30] y que estaba porfiando allí por no parecer con ellas de aquella suerte delante de la universal residencia.
Era de ver una legión[31] de verdugos con azotes, palos y otros instrumentos, cómo traían a la audiencia una muchedumbre de taberneros, sastres y zapateros, que de miedo se hacían sordos, y, aunque habían resucitado, no querían salir de la sepultura.
En el camino por donde pasaban, al ruido sacó un abogado la cabeza y preguntóles que adónde iban. Y respondiéronle:
—Al tribunal de Radamanto[32].
A lo cual, metiéndose más adentro, dijo:
—Esto me ahorraré de andar después, si he de ir más abajo.
Iba sudando un tabernero de congoja, tanto, que, cansado, se dejaba caer a cada paso, y a mí me pareció que le dijo un verdugo:
—Harto es que sudéis el agua y no nos la vendáis por vino.
Uno de los sastres, pequeño de cuerpo, redondo de cara, malas barbas y peores hechos, no hacía sino decir:
—¿Qué pude hurtar yo, si andaba siempre muriéndome de hambre?
Y los otros le decían, viendo que negaba haber sido ladrón, qué cosa era despreciarse de su oficio[33].
Toparon con unos salteadores y capeadores[34] públicos que andaban huyendo unos de otros, y luego los verdugos cerraron con ellos, diciendo que los salteadores bien podían entrar en el número, porque eran a su modo sastres silvestres y monteses, como gatos del campo. Hubo pendencia entre ellos sobre afrentarse los unos de ir con los otros, y al fin, juntos llegaron al valle.
Tras ellos venía la locura en una tropa, con sus cuatro costados, poetas, músicos[35], enamorados y valientes, gente en todo ajena deste día. Pusiéronse a un lado[36]. Andaban contándose dos o tres procuradores las caras que tenían, y espantábanse que les sobrasen tantas, habiendo vivido descaradamente[37]. Al fin vi hacer silencio a todos[38].
El trono era obra donde trabajaron la omnipotencia y el milagro. Júpiter estaba vestido de sí mismo, hermoso para los unos y enojado para los otros[39]. El sol y las estrellas, colgando de su boca; el viento, tullido y mudo; el agua, recostada en sus orillas; suspensa la tierra, temerosa en sus hijos. De los hombres[40], algunos amenazaban al que les enseñó con su real ejemplo peores costumbres. Todos, en general, pensativos: los piadosos, en qué gracias le darían[41], cómo rogarían por sí, y los malos, en dar disculpas.
Andaban los procuradores mostrando en sus pasos y colores[42] las cuentas que tenían que dar de sus encomendados, y los verdugos repasando sus copias, tarjas[43] y procesos. Al fin, todos los defensores estaban de la parte de adentro y los acusadores de la de afuera. Estaban guardas[44] a una puerta tan angosta, que los que estaban, a puros ayunos[45], flacos, aún tenían algo que dejar en la estrechura.
A un lado estaban juntas las desgracias, peste y pesadumbres, dando voces contra los médicos. Decía la peste que ella los había herido; pero que ellos los habían despachado. Las pesadumbres, que no habían muerto ninguno sin ayuda de los doctores. Y las desgracias, que todos los que habían enterrado habían ido por entrambos.
Con eso los médicos quedaron con cargo de dar cuenta de los difuntos. Y así, aunque los necios decían que ellos habían muerto más, se pusieron las médicos con papel y tinta en un alto con su arancel, y, en nombrando la gente, luego salía uno dellos, y en alta voz decía:
—Ante mí pasó a tantos de tal mes, etc.[46]
Pilatos se andaba lavando las manos muy apriesa, para irse con sus manos lavadas[47] al brasero[48]. Era de ver cómo se entraban algunos pobres entre media docena de reyes, que tropezaban con las coronas, viendo entrar las de los sacerdotes tan sin detenerse[49].
Llegó en esto un hombre desaforado, lleno de ceño, y alargando la mano, dijo:
—Ésta es la carta de examen[50].
Admiráronse todos. Dijeron los porteros que quién era, y él, en altas voces, respondió:
—Maestro de esgrima examinado y de los más diestros del mundo[51].
Y sacando unos papeles del pecho, dijo que aquéllos eran los testimonios de sus hazañas. Cayéronsele en el suelo, por descuido, los testimonios, y fueron a un tiempo a levantarlos dos furias y un alguacil, y él los levantó primero que las furias[52].
Llegó un abogado y alargó el brazo para asille y metelle dentro[53], y él, retirándose, alargó el suyo, y dando un salto, dijo:
—Esta de puño es irreparable, y pues enseño a matar, bien puedo pretender que me llamen Galeno. Que si mis heridas anduvieran en mula[54], pasaran por médicos malos. Si me queréis probar, yo daré buena cuenta.
Riéronse todos, y un oficial algo moreno le preguntó qué nuevas tenía de su alma. Pidiéronle[55] no sé qué cosas y respondió que no sabía tretas contra los enemigos della. Mandáronle que se fuese, y diciendo:
—Entre otro—se arrojó.
Y llegaron unos despenseros a cuentas, y no rezándolas, y en el ruido con que venía la trulla[56], dijo un ministro:
—Despenseros son.
Y otros dijeron:
—No son.
Y otros:
—Sisón[57].
Y dióles tanta pesadumbre la palabra “sisón”, que se turbaron mucho. Con todo, pidieron que se les buscase su abogado, y dijo un verdugo:
—Ahí está Judas, que es apóstol descartado.
Cuando ellos oyeron esto, volviéndose a otra furia, que no se daba manos a[58] señalar hojas para leer, dijeron:
—Nadie mire, y vamos a partido y tomamos infinitos siglos de fuego.
El verdugo, como buen jugador, dijo:
—¿Partido pedís? No tenéis buen juego[59].
Comenzó a descubrir[60], y ellos, viendo que miraba, se echaron en baraja de su bella gracia.
Pero tales voces, como venían tras de un malaventurado pastelero[61], no se oyeron jamás de hombres hechos cuartos, y pidiéndole que declarase en qué les había acomodado sus carnes, confesó que en los pasteles. Y mandaron que les fuesen restituidos sus miembros de cualquier estómago en que se hallasen. Dijéronle si quería ser juzgado, y respondió que sí, a Dios y a la ventura. La primera acusación decía no sé qué de gato por liebre, tanto de huesos y no de la misma carne, sino advenedizos, tanto de oveja y cabra, caballo y perro. Y cuando él vió que se les probaba a sus pasteles haberse hallado en ellos más animales que en el arca de Noé, porque en ella no hubo ratones ni moscas, y en ellos sí, volvió las espaldas y dejólos con la palabra en la boca.
Fueron juzgados filósofos, y fué de ver cómo ocupaban sus entendimientos en hacer silogismos contra su salvación. Mas lo de los poetas fué de notar que, de puro locos, querían hacer a Júpiter malilla[62] de todas las cosas. Virgilio andaba con su Sicelides musae[63], diciendo que era el nacimiento; mas saltó un verdugo y dijo no sé qué de Mecenas y Octavia, y que había mil veces adorado unos cuernecillos suyos, que los traía por ser día de más fiesta; contó no sé qué cosas.
Y al fin, llegando Orfeo, como más antiguo, a hablar por todos, le mandaron que se volviese otra vez a hacer el experimento de entrar en el infierno para salir, y a los demás, por hacérseles camino, que le acompañasen.
Llegó tras ellos un avariento a la puerta y fué preguntado qué quería, diciéndole que los preceptos guardaban aquella puerta de quien no los había guardado, y él dijo que en cosas de guardar era imposible que hubiese pecado. Leyó el primero: “Amar a Dios sobre todas las cosas”, y dijo que él sólo aguardaba a tenerlas todas para amar a Dios sobre ellas. “No jurar”, dijo que, aun jurando falsamente, siempre había sido por muy grande interés, y que así no había sido en vano. “Guardar las fiestas”, éstas y aun los días de trabajo, guardaba y escondía. “Honrar padre y madre”, siempre les quité el sombrero. “No matar”, por guardar esto no comía, por ser matar la hambre comer. “De mujeres”, en cosas que cuestan dineros, ya está dicho. “No levantar falso testimonio”.
—Aquí—dijo un verdugo—es el negocio, avariento. Que, si confiesas haberle levantado, te condenas, y si no, delante del juez te le levantarás a ti mismo.
Enfadóse el avariento, y dijo:
—Si no he de entrar, no gastemos tiempo.
Que hasta aquello rehusó de gastar. Convencióse con su vida y fué llevado adonde merecía.
Entraron en esto muchos ladrones y salváronse dellos algunos ahorcados. Y fué de manera el ánimo que tomaron los escribanos, que estaban delante de Mahoma, Lutero y Judas, viendo salvar ladrones, que entraron de golpe a ser sentenciados, de que les tomó a los verdugos muy gran risa. Los procuradores comenzaron a esforzarse y a llamar abogados.
Dieron principio a la acusación los verdugos, y no la hacían en los procesos que tenían hechos de sus culpas, sino con los que ellos habían hecho en esta vida. Dijeron lo primero:
—Estos, señor, la mayor culpa suya es ser escribanos.
Y ellos respondieron a voces, pensando que disimularían algo, que no eran sino secretarios. Los abogados comenzaron a dar descargo, que se acabó en:
—Es hombre y no lo hará otra vez[64], y alcen el dedo.
Al fin se salvaron dos o tres, y a los demás dijeron los verdugos:
—Ya entienden.
Hiciéronles del ojo, diciendo que importaban allí para jurar contra cierta gente[65]. Uno azuzaba testigos y repartía orejas[66] de lo que no se había dicho y ojos de lo que no había sucedido, salpicando de culpas postizas la inocencia.
Estaba engordando la mentira a puros enredos, y vi a Judas y a Mahoma y a Lutero recatar desta vecindad, el uno, la bolsa, y el otro, el zancarrón. Lutero decía:
—Lo mismo hago yo escribiendo.
Sólo se lo estorbó aquel médico que dije que, forzado de los que le habían traído, parecieron él, un boticario y un barbero, a los cuales dijo un verdugo que tenía las copias:
—Ante este doctor han pasado los más difuntos, con ayuda de este boticario y barbero, y a ellos se les debe gran parte deste día.
Alegó un procurador por el boticario que daba de balde a los pobres; pero dijo un verdugo que hallaba por su cuenta que habían sido más dañosos dos botes de su tienda que diez mil de pica en la guerra, porque todas sus medicinas eran espurias, y que con esto había hecho liga con una peste y había destruido dos lugares.
El médico se disculpaba con él, y, al fin, el boticario[67] se desapareció y el médico y el barbero andaban a daca mis muertes y toma las tuyas.
Fué condenado un abogado porque tenía todos los derechos con corcovas,[68] cuando, descubierto un hombre que estaba detrás déste a gatas porque no le viesen, y preguntando quién era, dijo que cómico; pero un verdugo, muy enfadado, replicó:
—Farandulero es, señor, y pudiera haber ahorrado aquesta venida sabiendo lo que hay.
Juró de irse, y fuése sobre su palabra.
En esto dieron con muchos taberneros en el puesto, y fueron acusados de que habían muerto mucha cantidad de sed a traición, vendiendo agua por vino. Estos venían confiados en que habían dado a un hospital siempre vino puro[69] para los sacrificios; pero no les valió, ni a los sastres decir que habían vestido niños. Y así, todos fueron despachados como siempre se esperaba.
Llegaron tres o cuatro extranjeros ricos, pidiendo asientos[70], y dijo un ministro:
—¿Piensan ganar en ellos? Pues esto es lo que les mata. Esta vez han dado mala cuenta y no hay donde se asienten, porque han quebrado el banco de su crédito.
Y volviéndose a Júpiter, dijo un ministro:
—Todos los demás hombres, señor, dan cuenta de lo que es suyo; mas éstos, de lo ajeno y todo.
Pronuncióse la sentencia contra ellos. Yo no la oí bien; pero ellos desaparecieron.
Vino un caballero tan derecho, que, al parecer, quería competir con la misma justicia que le aguardaba. Hizo muchas reverencias a todos y con la mano una ceremonia, usada de los que beben en charco. Traía un cuello tan grande, que no se le echaba de ver si tenía cabeza. Preguntóle un portero, de parte de Júpiter, si era hombre. Y él respondió con grandes cortesías que sí y que por más señas se llamaba don Fulano, a fe de caballero. Rióse un ministro, y dijo:
—De codicia es el mancebo para el infierno.
Preguntáronle qué pretendía, y respondió:
—Ser salvado.
Y fué remitido a los verdugos para que le moliesen, y él sólo reparó en que le ajarían el cuello.[71]
Entró tras él un hombre dando voces, diciendo:
—Aunque las doy, no tengo mal pleito[72]: que a cuantos simulacros hay[73], o a los más, he sacudido el polvo.
Todos esperaban ver un Diocleciano o Nerón, por lo de sacudir el polvo, y vino a ser un sacristán que azotaba los retablos. Y se había ya con esto puesto en salvo; sino que dijo un ministro que se bebía el aceite de las lámparas y echaba la culpa a una lechuza, por lo cual habían muerto sin ella[74]; que pellizcaba de los ornamentos para vestirse, que heredaba en vida las vinajeras y que tomaba alforzas a los oficios. No sé qué descargo se dió, que le enseñaron el camino de la mano izquierda.
Dando lugar unas damas alcorzadas[75], que comenzaron a hacer melindres de las malas figuras de los verdugos, dijo un procurador a Vesta que habían sido devotas de su nombre aquéllas: que las amparase. Y replicó un ministro que también fueron enemigas de su castidad.
—Sí, por cierto—dijo una que había sido adúltera.
Y el demonio la acusó que había tenido un marido en ocho cuerpos; que se había casado de por junto en uno para mil. Condenóse esta sola, y iba diciendo:
—¡Ojalá supiera que me había de condenar, que no hubiera cansádome en hacer buenas obras!
En esto, que era todo acabado, quedaron descubiertos Judas, Mahoma y Martín Lutero. Y preguntando un ministro cuál de los tres era Judas, Lutero y Mahoma, dijeron cada uno que él. Y corrióse Judas tanto, que dijo en altas voces:
—Señor, yo soy Judas, y bien conocéis vos que soy mucho mejor que éstos: porque, si os vendí, remedié al mundo, y éstos, vendiéndose a sí y a vos, lo han destruido todo.
Fueron mandados quitar delante.
Y un abogado que tenía la copia, halló que faltaban por juzgar los malos alguaciles y corchetes. Llamáronlos, y fué de ver que asomaron al puesto muy tristes, y dijeron:
—Aquí lo damos por condenado: no es menester nada.
No bien lo dijeron, cuando, cargado de astrolabios y globos, entró un astrólogo dando voces y diciendo que se habían engañado, que no había de ser aquel día el del juicio, porque Saturno no había acabado sus movimientos ni el de trepidación el suyo. Volvióse un verdugo, y, viéndole tan cargado de madera y papel, le dijo:
—Ya os traéis la leña[76] con vos, como si supiérades que de cuantos cielos habéis tratado en vida, estáis de manera que, por la falta de uno solo en muerte, os iréis al infierno.
—Eso, no iré—dijo él.
—Pues llevaros han.
Y así se hizo.
Con esto se acabó la residencia y tribunal. Huyeron las sombras a su lugar, quedó el aire con nuevo aliento, floreció la tierra, rióse el cielo, Júpiter subió consigo a descansar en sí los dichosos y yo me quedé en el valle. Y discurriendo por él, oí mucho ruido y quejas en la tierra. Lleguéme por ver lo que había, y vi en una cueva honda, garganta del averno[77], penar muchos, y, entre otros, un letrado, revolviendo no tanto leyes como caldos[78]; un escribano, comiendo sólo letras, que no había solo querido leer en esta vida; todos ajuares del infierno. Las ropas y tocados de los condenados estaban prendidos, en vez de clavos y alfileres, con alguaciles. Un avariento, contando más duelos que dineros; un médico, pensando en un orinal, y un boticario, en una medicina. Dióme tanta risa ver esto, que me despertaron las carcajadas, y fué mucho quedar de tan triste sueño más alegre que espantado.
Sueños son éstos que, si se duerme vuecelencia sobre ellos, verá que por ver las cosas como las veo, las esperará como las digo.
NOTAS:
[18] Ilíada, A, 63: καὶ γάρ τ᾽ ὄναρ ἐκ Διός ἐστιν, “etenim somnium ex Iove est”. Ilíada, B, 80: “Si otro cualquiera de los Aqueos hubiera contado este sueño, lo desecharíamos y desmentiríamos; pero lo ha visto el mejor de los Aqueos”.
[19] En el libro IV, elegía 7, v. 87. “Ni menosprecies los sueños cuando vienen de las santas puertas: los sueños, cuando son santos, son muy de ponderar”. De estas puertas de los sueños, en Homero, Odisea, Δ, 809. De las clases de sueños y cuáles son como oráculos trató Macrobio, In somnum Scipionis, c. 3; donde, además, declara las puertas del sueño: de marfil las de los falsos, de cuerno las de los verdaderos, trayendo lo que dijo Porfirio al explicar a Homero: “Latet omne verum: hoc tamen anima, cum ab officiis corporis somno eius paulum, libera est, interdum aspicit: non nunquam tendit aciem, nec tamen pervenit. Et cum aspicit, tamen non libero et perfecto lumine videt, sed interiecto velamine, quod nexus naturae caligantis obducit... Hoc velamen cum in quiete ad verum usque, aciem intro spicientis admittit, de cornu creditur, cuius ista natura est, ut tenuatum visui pervium sit. Cum autem a vero hebetat ac repellit obtutum, ebur putatur, cuius corpus ita natura densatum est, ut ad quamvis extremitatem tenuitatis crassum, nullo visu ad ulteriora tendente penetretur”. Caído del cielo es lo que dice Quevedo por piadoso; pía, voz religiosa que se empleaba con los manes o difuntos.
[20] Con el libro del Dante. En C P: con el libro del beato Hipólito (del) de la Fin del mundo y segunda venida de Cristo; lo cual fué causa de soñar (yo) que veía el Juicio final. Y aunque en casa de.—Περἰ τῆς συντελείας τοῡ χόσμου χαὶ περὶ τοῡ Ἀντιχριστοῡ χαι εἰς τἠν δευτέραν παρoυσιαν τοῡ Kυρίoυ ἡμῶν Ἰησoῡ Xριστoῡ.
[21] Satyricon, pág. 368, edic. Michaele Hadrianide, Amstelodami, 1669. “Hasta ladra el perro soñando que ventea una liebre”. “Los que tratan causas, leyes y el foro ven el tribunal metido en su aterrado corazón”.
[22] Que se persuadiese que era cosa de juicio. Después (C P).
[23] De la manera que, trasposición idiomática de la preposición con el relativo. (Leng. Cerv., I, 235). Quij., 2, 7: “Sé al blanco que tiras”. Ídem, 1, 29: “Ya se ha dicho de la mala manera que Cardenio estaba vestido”.
[24] Destrocar, trocar y deshacer el trueque otra vez. Corr., p. 388: “Pelillos a la mar, que no hay destrocar”. Césped. Meneses, Historias, c. 81: “Cuando los casos de tanta gravedad llegan a destrocarse sin remedio”. Oro viejo, 1, P. 57: “Que te coma y te destrueque y te | vuelva a comer”. En P, destrozando; en C, destrocando cabezas y piernas y un escribano. Los escribanos son para Quevedo desalmados, sin conciencia, por venderla a sus clientes.
[25] Huye cada cual del miembro con que pecó, según el romance: “Ya me comen, ya me comen | por do más pecado había”. Los lujuriosos pecan contra la vergüenza, que es la guarda de la castidad y el instrumento de la vergüenza son los ojos.
[26] De sus orejas, castigo del ladrón era el desorejarle.
[27] En P: se habían calzado las almas al revés.
[28] Gente de uña se dicen los ladrones. T. Ramón, Dom. 17 Trin., 2: “En no haber a qué echar las uñas, adiós, que me mudo”. Quev., Mus., 7: “Y mira mi Perico, | que cuando te pidieren | las doncellas de uña | como sortija, gente de la carda, | que te acuerdes del ángel de la guarda”.
[29] Corr., 195: “Lavo mis manos. (Quiere decir sálgome a fuera de culpa y del daño que pueden achacarme y venirme. Tómase del hecho y dicho de Pilatos)”.
[30] Untarle las manos, con ungüento mejicano u oro. Manrique, Laurea, 1, 8, 3: “Llega el pleiteante, úntale las manos con escudos”. Díjose del mancharse las manos con el soborno, al par de la conciencia.
[31] En P: legión de demonios. Y siempre después por verdugos.
[32] Radamanto, hijo de Júpiter y de Europa, hermano de Minos, y con él juez en los infiernos. En P: y respondiéronle: “Al justo juicio de Dios, que era llegado”. En C: Respondió un diablo que al justo juicio de Dios, el cual era ya llegado. Respondió: Esto me ahorraré.
[33] De su oficio, el más ladrón de todos, según dicen, por los retazos que sisan: No pasa un alma, todos son sastres. Cien sastres, y cien molineros y cien tejedores, son trescientos ladrones. (Corr., 270). El sastre que no hurta no es rico por la aguja. (Ídem, 83).
[34] Capeadores, los que capeaban o hurtaban de noche capas, etc.
[35] De músicos, poetas y locos, todos tenemos un poco. A los que han de añadirse los otros dos costados, el enamorado y el valentón: el que es estas cuatro cosas es loco por los cuatro costados, gente ajena deste día, esto es, de juicio.
[36] “Donde se estaban mirando los sayones judíos y los filósofos”. Decían juntos, viendo a los Sumos Pontífices con sillas de gloria: “Diferentemente se aprovecharon de las narices los Papas que nosotros, pues con diez varas de ellas no olimos lo que teníamos entre manos”. (Ms. de la Biblioteca Colombina).
[37] Descaradamente, sin cara propia, pues ponen una cara a cada ocasión. Véase Guzmán de Alfarache, 2, 3, 7.
[38] “Hacíale también un silenciero de catedral, dando tales golpes con su bastón, que acudieron a ellos más de mil calóndrigos, no pocos racioneros y hasta un Obispo, un Arzobispo y un Inquisidor, trinidad que se arañaba por arrebatarse una buena conciencia, que acaso andaba por allí distraída, buscando a quién le viniese”. La censura tachó en 1612 este párrafo, que nunca llegó a imprimirse. Castellanos lo publicó entre sus notas en la edición ilustrada que salió de la imprenta de Mellado en 1840.
[39] En C y P: Dios estaba vestido de sí mismo, hermoso para los santos y enojado para los perdidos.
[40] “Los hombres, unos tenían los ojos en Dios y otros en sí mismos. Cuál miraba a la tierra y cuál amenazaba al que le enseñó con sus malas costumbres y mal ejemplo”. (Ms. Colomb). “Toda la tierra y temerosa” (C).—“temerosa en sus hijos; y cual amenazaba al que le enseñó con su mal peores costumbres” (ídem).
[41] En C y P: Los justos en qué gracias darían á Dios cómo. Puso piadosos, que entre gentiles, hablando de Júpiter, era lo que respondía a justos y a Dios.
[42] Colores, como caras, que daba a entender antes. En C y P: Andaban los ángeles custodios mostrando. En M: mostrando en los pasos.
[43] Tarjas, aquí golpes, azotes.
[44] Estaban los diez mandamientos por guarda a una puerta (B) de la de afuera. Estaban los diez (M).
[45] A puros ayunos, a fuerza de ayunos. Valderrama, Ejerc. Sab. 2 cuar.: “Cuando a puros ruegos y porfías le sacó la bendición”.
[46] “Comenzóse la cuenta por Adán y, porque se vea si iba estrecha, hasta de una manzana le pidieron cuenta tan rigorosa, que le oí decir a Judas: ‛¿Qué tal la daré yo, que le vendí al mismo dueño un cordero’?
“Pasaron todos los primeros Padres, vino el Testamento nuevo, pusiéronse en sus sillas al lado de Dios los apóstoles todos con el santo Pescador. Luego llegó un diablo y dijo: ‘Éste es el que señaló con toda la mano al que san Juan con un dedo, que fué el que dió la bofetada a Cristo’. Juzgó el mismo su causa y dieron con él en los entresuelos del mundo. Era de ver, etc”. (Ms.).
[47] Con sus manos lavadas. (Meterse sin ser llamado). (Corr., 595), y sin haber puesto nada de su parte, tomado del no manchárselas estándose mano sobre mano. A. Álvarez, Silva, Fer. 4 dom. 2 cuar., 14 c.: “Para que con sus manos lavadas se lo gocen”.
[48] Brasero era el lugar donde quemaban al delincuente, y alude al infierno. Cartujano, Triunf., 2: “Responda tablada con rostro quemado | y en su brasero las carnes desnudas”.
[49] “Asomaron sus cabezas Herodes y Pilatos, y cada uno conocía en él, aunque gloriosas, sus iras. Decía Pilatos: ‛Esto merece quien se dejó gobernar por judigüelos’; y Herodes: ‛Yo no puedo ir al cielo, pues al limbo no se querrían más (fiar de mí) los inocentes con las nuevas que tienen de esotros’. Ello es fuerza de ir al infierno, que, en fin, es posada conocida”. (Ms.).
[50] Carta de examen, tenía todo oficial, pues había de pasar por él, de lo cual están llenas las Ordenanzas de ciudades. Alude Quevedo a don Luis Pacheco de Narváez, con quien tuvo un lance en casa del Presidente de Castilla el año 1608. Discurríase con motivo de las Cien conclusiones de la verdadera destreza, que don Luis acababa de publicar. Impugnólas Quevedo, sostúvolas el maestro, no bastaron razones, se recurrió a la prueba, y al primer encuentro pegó don Francisco a Narváez y derribóle el sombrero de la cabeza. Fueron enemigos toda su vida. Dicen que Pacheco se juntó con Montalbán y con el padre Niseno para escribir en 1635 el Tribunal de la justa venganza. El libro de Narváez, que ha impreso Vindel en 1898, dice: Modo fácil y nuevo para examinarse los maestros en la Destreza de las Armas y entender sus cien conclusiones ó fórmulas de saber, por Don Luis Pacheco de Narváez, maestro del Rey nuestro señor, en la Filosofía y Destreza de las Armas y Mayor en los Reynos de España, Madrid, 1625. La obra publicada en 1600, Madrid, llevaba por título: Libro de las grandezas de la espada, en que se declaran muchos secretos del que compuso el comendador Jerónimo de Carranza. De este libro se burla Quevedo, no menos en la Historia de la vida del Buscón Pablos (l. I, c. 8).
[51] “y de los más ahigadados hombres del mundo y, porque lo crean, vean aquí el testimonio de mis hazañas. Y fué a sacarlos del seno con tanta prisa y cólera, que por mostrarlos se le cayeron en el suelo. Luego al punto arremetieron dos diablos y un alguacil a levantarlos, y vi que con mayor presteza levantó el alguacil los testimonios que los diablos. Llegó un ángel y alargó el brazo para asirle y meterle y él retirándose, etc.”. (Ms.).
[52] Furias. En P: diablos; lo mismo que antes, donde pone el texto verdugos, trae P: diablos, gentilizando la obra en la última redacción, y por ángel corrigió abogado.
[53] Metelle dentro, ya ha dicho que los defensores estaban de la parte de adentro.
[54] En mula andaban los médicos.
[55] “Pidiéronle la cuenta de no sé qué cosas y tretas de su salvación y él confesó que no sabía ninguna contra los enemigos del alma. Mandáronle que se fuese por línea recta al infierno. A lo cual replicó que le debían de tener por diestro de los del libro matemático, que él no sabía qué era línea recta. Hiciéronselo aprender y descendió entre todos. Llegaron haciendo cuenta unos despenseros, y conociéndolos en el ruido con que venían y la trulla, etc”. (Ms.). Son términos de la destreza.
[56] La trulla, el tropel ruidoso. Crotalón, 4: “Siempre andaba en compañía de una trulla de clérigos santos”. S. Horozco, Cancionero, p. 182: “No parece sino infierno tanta trulla y confusión”.
[57] Sisón, juega con el sí son y el sisón o el que sisa, como suelen los despenseros. L. Rueda, I, 13: “Que Luquillas es uno de los mayores sisones del mundo”.
[58] No darse manos a, no parar de. A. Álv., Silv. Dom. 2 adv., 6 c., § 1: “Anduviese lista y servicial, no se dando manos a hacer”.
[59] Galindo, P, 237: ¿Partido pide? No tiene buen juego. Es darse a partido, entregarse con ciertas condiciones, propio del vencido. Valderr., Ejerc. Sab. ceniz.: “El cual, viendo que no podía escaparse, se dió a partido”.
[60] Descubrir, echar cartas y poner de manifiesto las sisas de ellos, en el texto, por lo cual sigue la alegoría del juego, añadiendo que se echaron en baraja, en confusión, en el infierno.
[61] Véase Ordenanza 7 de los pasteleros, de Valladolid: “no sea osado (como por la malicia de las gentes alguna vez aya acaecido) hacer pasteles, que no sean de vaca ó carnero o de venacion... no vendan pasteles de vaca por de carnero ni en ninguna manera de cabron ni cabra ni oveja”. Hablando de un ajusticiado, dice el mismo Quevedo en Tacaño, I, 7: “Los pasteleros desta tierra nos consolarán, acomodándole en los (pasteles) de a cuatro (reales)”.
[62] Malilla, del juego del tresillo o del hombre; echar la culpa de todo a Júpiter. Fons., Vid. Cristo, 2, 1: “Son malillas del infierno, que no solamente no estorban los intentos despeñados..., sino que los atiza y asegura”. En C y P: querían hacer creer a Dios que era Júpiter, y que por él decían ellos todas las cosas. Y Virgilio.
[63] Sicelides musae, comienzo de la égloga IV, “musas sicilianas”, esto es, de Teócrito o bucólicas, pastoriles. Créese, con Eusebio, Lactancio y Sanazaro, que cantó en ella el nacimiento de Cristo: “Iam redit et Virgo... | iam novo progenies coelo demittitur alto. | Tu modo nascenti puero”... Literalmente trató del nacimiento del hijo de Asinio Pollión, el año que triunfó por la toma de Salonas en Dalmacia, y alude a Octaviano. Vivía Virgilio junto a los huertos de Mecenas, su grande amigo y favorecedor de todos los poetas. De Octavia, hermana de Octaviano, Augusto, recibió gran suma de sextercios cuando le oyó recitar el trozo de la Eneida (6, 882), donde habla de su infortunado hijo Marcelo, sucesor que iba a ser en el imperio y que murió a los diez y ocho años. A estos dones de uno y otra alude Quevedo, no menos que a ciertos cuernecillos de que hablan malas lenguas.
[64] “unos decían: ‘Son bautizados y miembros de la Iglesia’. No tuvieron muchos dellos que decir otra cosa”. (El expresado Ms.). Es hombre. Terencio, Heautontim., 1: “Homo sum: humani nihil a me alienum puto”. “Como soy hombre, no tengo por ajenas las cosas de los hombres”. Así responde Cremes a Menedemo, que le había dicho: “¿Tan desocupado estás, Cremes, de tus cosas, que te vaga pensar en las ajenas, y mayormente en las que no te importan nada?”
[65] “Y viendo ellos que por ser cristianos les daban más pena que a los gentiles, alegaron que el ser cristianos no era por su culpa, que los bautizaron cuando eran niños y que los padrinos la tenían. Digo de verdad que vide a Mahoma, a Judas y a Lutero tan cerca de atreverse a entrar en juicio, animados con ver salvar a un escribano, que me espanté de que no lo hiciesen. Y sólo se lo estorbó un médico, porque, forzado de los demonios y los que le habían traído, etc”. (Ms.).
[66] Repartía orejas, como falso testigo de oídas, y ojos, como falso testigo de vista.