NOTAS DEL TRANSCRIPTOR
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El criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripción ha sido el de respetar las reglas de la Real Academia Española vigentes cuando se imprimió la presente edición, que difieren de las actuales. Esto se aplica a las notas producidas por el editor de la obra, Julio Cejador y Frauca. También se adecuó la ortografía de las mayúsculas acentuadas a las reglas establecidas por la RAE.
Sin embargo, en instancias en que el editor o el autor citan textos de otras obras, el criterio seguido fue el de preservar la forma de escritura original. Por consiguiente se advierte al lector que es posible detectar alguna inconsistencia en la ortografía de una misma palabra en dos partes diferentes de la obra.
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El Índice de capítulos, incluido al final en la publicación original, ha sido trasladado al principio por el Transcriptor.
QUEVEDO
CLÁSICOS CASTELLANOS
QUEVEDO
III
LOS SUEÑOS
II
EDICIÓN Y NOTAS DE JULIO CEJADOR Y FRAUCA
MADRID
EDICIONES DE “LA LECTURA”
1917
ÍNDICE
| PÁG. | |
| El mundo por de dentro | [7] |
| La hora de todos y la Fortuna con seso | [57] |
EL MUNDO POR DE DENTRO
Sacan las primeras ediciones al margen los asuntos y personas de que se compone el discurso, y son los siguientes: “desengaño, hipocresía, todos son hipócritas en el mundo, hidalgo, caballero, discretos, viejos, niños, niños, en todos los nombres de las cosas hay hipocresía, los pecados todos son hipocresía, hipócritas, entierro y procesión de una difunta, el viudo, explicación del entierro y procesión, viudo, luto y llanto de una viuda, explicación de la tristeza y luto de la viuda, alguaciles tras un ladrón, escribano, corchetes, alguaciles, escribano, rico con carroza, criados y bufones, mujer hermosa con manto, desengaño de la hermosura de la mujer”. El título en el Ms. de Lastanosa aparece de este modo: Discurso del mundo por de dentro y por de fuera.
A DON PEDRO GIRÓN, DUQUE DE OSUNA, MARQUÉS DE PEÑAFIEL, CONDE DE UREÑA[1]
Estas burlas, que llevan en la risa disimulado algún miedo provechoso, envío para que vuecelencia se divierta de grandes ocupaciones algún rato. Pequeña es la demostración; mas yo no puedo dar más, y sólo me consuela ver que la grandeza de vuecelencia a mucho menos hace honra y merced. En la Aldea, abril 26 de 1612[2].
Don Francisco de Quevedo Villegas
AL LECTOR
COMO DIOS ME LO DEPARARE, CÁNDIDO O PURPÚREO, PÍO O CRUEL, BENIGNO O SIN SARNA[3]
Es cosa averiguada, así lo siente Metrodoro Chío y otros muchos, que no se sabe nada y que todos son ignorantes. Y aun esto no se sabe de cierto: que, a saberse, ya se supiera algo; sospéchase. Dícelo así el doctísimo Francisco Sánchez, médico y filósofo, en su libro cuyo título es Nihil scitur: No se sabe nada. En el mundo, fuera de los teólogos, filósofos y juristas, que atienden a la verdad y al verdadero estudio, hay algunos que no saben nada y estudian para saber, y éstos tienen buenos deseos y vano ejercicio: porque, al cabo, sólo les sirve el estudio de conocer cómo toda la verdad[4] la quedan ignorando. Otros hay que no saben nada y no estudian, porque piensan que lo saben todo. Son déstos muchos irremediables. A éstos se les ha de envidiar el ocio y la satisfacción y llorarles el seso. Otros hay que no saben nada, y dicen que no saben nada porque piensan que saben algo de verdad, pues lo es que no saben nada, y a éstos se les había de castigar la hipocresía con creerles la confesión. Otros hay, y en éstos, que son los peores, entro yo, que no saben nada ni quieren saber nada ni creen que se sepa nada, y dicen de todos que no saben nada y todos dicen dellos lo mismo y nadie miente. Y como gente que en cosas de letras y ciencia tiene que perder tan poco, se atreven a imprimir y sacar a luz todo cuanto sueñan. Éstos dan que hacer a las imprentas, sustentan a los libreros, gastan[5] a los curiosos y, al cabo, sirven a las especierías[6]. Yo, pues, como uno déstos, y no de los peores ignorantes, no contento con haber soñado el Juicio ni haber endemoniado un alguacil, y, últimamente, escrito el Infierno, ahora salgo (sin ton ni son; pero no importa, que esto no es bailar[7]) con el Mundo por de dentro. Si te agradare y pareciere bien, agradécelo a lo poco que sabes, pues de tan mala cosa[8] te contentas. Y si te pareciere malo, culpa mi ignorancia en escribirlo y la tuya en esperar otra cosa de mí. Dios te libre, lector, de prólogos largos y de malos epítetos.
DISCURSO
Es nuestro deseo siempre peregrino en las cosas desta vida, y así, con vana solicitud, anda de unas en otras, sin saber hallar patria ni descanso. Aliméntase de la variedad y diviértese con ella, tiene por ejercicio el apetito y éste nace de la ignorancia de las cosas. Pues, si las conociera, cuando cudicioso y desalentado las busca, así las aborreciera, como cuando, arrepentido, las desprecia. Y es de considerar la fuerza grande que tiene, pues promete y persuade tanta hermosura en los deleites y gustos, lo cual dura sólo en la pretensión dellos; porque, en llegando cualquiera a ser poseedor, es juntamente descontento[9]. El mundo, que a nuestro deseo sabe la condición para lisonjearla, pónese delante mudable y vario, porque la novedad y diferencia es el afeite con que más nos atrae. Con esto acaricia nuestros deseos, llévalos tras sí y ellos a nosotros.
Sea por todas las experiencias mi suceso, pues cuando más apurado me había de tener el conocimiento destas cosas, me hallé todo en poder de la confusión, poseído de la vanidad de tal manera, que en la gran población del mundo, perdido ya, corría donde tras la hermosura me llevaban los ojos, y adonde tras la conversación los amigos, de una calle en otra, hecho fábula de todos. Y en lugar de desear salida al laberinto, procuraba que se me alargase el engaño. Ya por la calle de la ira, descompuesto, seguía las pendencias pisando sangre y heridas; ya por la de la gula veía responder a los brindis turbados. Al fin, de una calle en otra andaba, siendo infinitas, de tal manera confuso, que la admiración aún no dejaba sentido para el cansancio, cuando llamado de voces descompuestas y tirado porfiadamente del manteo[10], volví la cabeza.
Era un viejo venerable en sus canas, maltratado, roto por mil partes el vestido y pisado. No por eso ridículo: antes severo y digno de respeto.
—¿Quién eres—dije—, que así te confiesas envidioso de mis gustos? Déjame, que siempre los ancianos aborrecéis en los mozos los placeres y deleites, no que dejáis de vuestra voluntad, sino que, por fuerza, os quita el tiempo. Tú vas, yo vengo. Déjame gozar y ver el mundo.
Desmintiendo[11] sus sentimientos, riéndose, dijo:
—Ni te estorbo ni te envidio lo que deseas; antes te tengo lástima. ¿Tú, por ventura, sabes lo que vale un día? ¿Entiendes de cuánto precio es una hora? ¿Has examinado el valor del tiempo? Cierto es que no, pues así alegre le dejas pasar hurtado de la hora, que, fugitiva y secreta, te lleva preciosísimo robo. ¿Quién te ha dicho que lo que ya fué volverá, cuando lo hayas menester, si lo llamares? Dime: ¿has visto algunas pisadas de los días? No, por cierto, que ellos sólo vuelven la cabeza a reírse y burlarse de los que así los dejaron pasar. Sábete que la muerte y ellos están eslabonados y en una cadena, y que, cuando más caminan los días que van delante de ti, tiran hacia ti y te acercan a la muerte, que quizá la aguardas y es ya llegada, y, según vives, antes será pasada que creída. Por necio tengo al que toda la vida se muere de miedo que se ha de morir, y por malo al que vive tan sin miedo della como si no la hubiese.[12] Que éste la viene a temer cuando la padece, y, embarazado con el temor, ni halla remedio a la vida ni consuelo a su fin. Cuerdo es sólo el que vive cada día como quien cada día y cada hora puede morir.
—Eficaces palabras tienes, buen viejo. Traído me has el alma a mí, que me la llevaban embelesada vanos deseos. ¿Quién eres, de dónde y qué haces por aquí?
—Mi hábito y traje dice que soy hombre de bien y amigo de decir verdades, en lo roto y poco medrado, y lo peor que tu vida tiene es no haberme visto la cara hasta ahora. Yo soy el Desengaño. Estos rasgones de la ropa son de los tirones que dan de mí los que dicen en el mundo que me quieren, y estos cardenales del rostro, estos golpes y coces me dan en llegando, porque vine y porque me vaya. Que en el mundo todos decís que queréis desengaño, y, en teniéndole, unos os desesperáis, otros maldecís a quien os le dió, y los más corteses no le creéis. Si tú quieres, hijo, ver el mundo, ven conmigo, que yo te llevaré a la calle mayor, que es adonde salen todas las figuras, y allí verás juntos los que por aquí van divididos, sin cansarte. Yo te enseñaré el mundo como es: que tú no alcanzas a ver sino lo que parece.
—Y ¿cómo se llama—dije yo—la calle mayor del mundo donde hemos de ir?
—Llámase—respondió—Hipocresía. Calle que empieza con el mundo y se acabará con él, y no hay nadie casi que no tenga sino una casa, un cuarto o un aposento en ella. Unos son vecinos y otros paseantes: que hay muchas diferencias de hipócritas, y todos cuantos ves por ahí lo son.
Y, ¿ves aquél que gana de comer como sastre y se viste como hidalgo? Es hipócrita, y el día de fiesta, con el raso y el terciopelo y el cintillo y la cadena de oro, se desfigura de suerte que no le conocerán las tijeras y agujas y jabón y parecerá tan poco oficial, que aun parece que dice verdad.
¿Ves aquel hidalgo con aquél que es como caballero? Pues, debiendo medirse con su hacienda, ir solo, por ser hipócrita y parecer lo que no es, se va metiendo a caballero, y, por sustentar un lacayo, ni sustenta lo que dice ni lo que hace, pues ni lo cumple ni lo paga. Y la hidalguía y la ejecutoria le sirve sólo de pontífice en dispensarle los casamientos que hace con sus deudas: que está más casado con ellas que con su mujer.
Aquel caballero, por ser señoría, no hay diligencia que no haga y ha procurado hacerse Venecia por su señoría, sino que, como se fundó en el viento para serlo, se había de fundar en el agua. Sustenta, por parecer señor, caza de halcones, que lo primero que matan es a su amo de hambre con la costa y luego el rocín en que los llevan, y después, cuando mucho, una graja o un milano.
Y ninguno es lo que parece. El señor, por tener acciones de grande, se empeña y el grande remeda ceremonia de Rey.
Pues ¿qué diré de los discretos? ¿Ves aquel aciago de cara[13]? Pues, siendo un mentecato, por parecer discreto y ser tenido por tal, se alaba de que tiene poca memoria, quéjase de melancolías, vive descontento y préciase de malregido, y es hipócrita, que parece entendido y es mentecato.
¿No ves los viejos, hipócritas de barbas, con las canas envainadas en tinta, querer en todo parecer muchachos? ¿No ves a los niños preciarse de dar consejos y presumir de cuerdos? Pues todo es hipocresía.
Pues en los nombres de las cosas, ¿no la hay la mayor del mundo? El zapatero de viejo se llama entretenedor del calzado. El botero, sastre del vino, porque le hace de vestir. El mozo de mulas, gentilhombre de camino. El bodegón, estado; el bodegonero, contador. El verdugo se llama miembro de la justicia, y el corchete, criado[14]. El fullero, diestro; el ventero, huésped[15]; la taberna, ermita[16]; la putería, casa[17]; las putas, damas[18]; las alcahuetas, dueñas; los cornudos, honrados[19]. Amistad llaman el amancebamiento, trato a la usura, burla a la estafa, gracia la mentira, donaire la malicia, descuido la bellaquería, valiente al desvergonzado, cortesano al vagamundo, al negro moreno[20], señor maestro al albardero y señor doctor al platicante. Así que, ni son lo que parecen ni lo que se llaman: hipócritas en el nombre y en el hecho.
¡Pues unos nombres que hay generales! A toda pícara, señora hermosa; a todo hábito largo, señor licenciado; a todo gallofero[21], señor soldado; a todo bien vestido, señor hidalgo; a todo capigorrón[22], o lo que fuere, canónigo o arcediano; a todo escribano[23], secretario.
De suerte que todo el hombre es mentira por cualquier parte que le examines, si no es que, ignorante como tú, crea las apariencias[24]. ¿Ves los pecados? Pues todos son hipocresía[25], y en ella empiezan y acaban y della nacen y se alimentan la ira, la gula, la soberbia, la avaricia, la lujuria, la pereza, el homicidio y otros mil.
—¿Cómo me puedes tú decir ni probarlo, si vemos que son diferentes y distintos?
No me espanto que eso ignores, que lo saben pocos. Oye y entenderás con facilidad eso, que así te parece contrario, que bien[26] se conviene. Todos los pecados son malos: eso bien lo confiesas. Y también confiesas con los filósofos y teólogos que la voluntad apetece lo malo debajo de razón de bien, y que para pecar no basta la representación de la ira ni el conocimiento de la lujuria sin el consentimiento de la voluntad, y que eso, para que sea pecado, no aguarda la ejecución, que sólo le agrava más, aunque en esto hay muchas diferencias. Esto así visto y entendido, claro está que cada vez que un pecado déstos se hace, que la voluntad lo consiente y lo quiere, y, según su natural, no pudo apetecelle sino debajo de razón de algún bien. Pues ¿hay más clara y más confirmada hipocresía que vestirse del bien en lo aparente para matar con el engaño? ¿Qué esperanza es la del hipócrita?, dice Job[27]. Ninguna, pues ni la tiene por lo que es, pues es malo, ni por lo que parece, pues lo parece y no lo es. Todos los pecadores tienen menos atrevimiento que el hipócrita, pues ellos pecan contra
Dios; pero no con Dios ni en Dios. Mas el hipócrita peca contra Dios y con Dios, pues le toma por instrumento para pecar[28].
En esto llegamos a la calle mayor. Vi todo el concurso, que el viejo me había prometido. Tomamos puesto conveniente para registrar lo que pasaba. Fué un entierro en esta forma. Venían envainados en unos sayos grandes de diferentes colores unos pícaros, haciendo una taracea[29] de mullidores[30]. Pasó esta recua incensando[31] con las campanillas. Seguían los muchachos de la dotrina, meninos[32] de la muerte y lacayuelos del ataúd, chirriando[33] la calavera. Seguíanse luego doce galloferos, hipócritas de la pobreza, con doce hachas acompañando el cuerpo y abrigando a los de la capacha[34], que hombreando[35], testificaban el peso de la difunta. Detrás seguía larga procesión de amigos, que acompañaban en la tristeza y luto al viudo, que anegado[36] en capuz de bayeta y devanado[37] en una chía, perdido el rostro en la falda de un sombrero, de suerte, que no se le podían hallar los ojos, corvos e impedidos los pasos con el peso de diez arrobas de cola que arrastraba, iba tardo y perezoso. Lastimado deste espectáculo.
—¡Dichosa mujer—dije—, si lo puede ser alguna en la muerte, pues hallaste marido, que pasó con la fe y el amor más allá de la vida y sepultura! ¡Y dichoso viudo, que ha hallado tales amigos, que no sólo acompañan su sentimiento, pero que parece que le vencen en él! ¿No ves qué tristes van y suspensos?
El viejo, moviendo la cabeza y sonriéndose, dijo:
—¡Desventurado! Eso todo es por de fuera y parece así; pero ahora lo verás por de dentro y verás con cuánta verdad el ser desmiente a las apariencias. ¿Ves aquellas luces, campanillas y mullidores[38], y todo este acompañamiento piadoso, que es sufragio cristiano y limosnero? Esto es saludable; mas las bravatas que en los túmulos sobrescriben podrición y gusanos, se podrían excusar. Empero también los muertos tienen su vanidad y los difuntos y difuntas su soberbia[39]. Allí no va sino tierra de menos fruto y más espantosa de la que pisas, por sí no merecedora de alguna honra ni aun de ser cultivada con arado ni azadón. ¿Ves aquellos viejos que llevan las hachas? Pues algunos no las atizan para que atizadas alumbren más, sino porque atizadas a menudo se derritan más y ellos hurten más cera para vender. Éstos son los que a la sepultura hacen la salva en el difunto y difunta, pues, antes que ella lo coma ni lo pruebe, cada uno le ha dado un bocado, arrancándole un real o dos; mas con todo esto tiene el valor de la limosna. ¿Ves la tristeza de los amigos? Pues todo es de ir en el entierro y los convidados van dados al diablo con los que convidaron; que quisieran más pasearse o asistir a sus negocios. Aquél que habla de mano[40] con el otro le va diciendo que convidar a entierro y a misacantanos[41], donde se ofrece, que no se puede hacer con un amigo y que el entierro sólo es convite para la tierra pues a ella solamente llevan que coma. El viudo no va triste del caso y viudez; sino de ver que, pudiendo él haber enterrado a su mujer en un muladar y sin costa y fiesta ninguna, le hayan metido en semejante baraúnda y gasto de cofradías y cera, y entre sí dice que le debe poco, que, ya que se había de morir, pudiera haberse muerto de repente, sin gastarle en médicos, barberos ni boticas y no dejarle empeñado en jarabes y pócimas. Dos ha enterrado con ésta, y es tanto el gusto, que recibe de enviudar, que ya va trazando el casamiento con una amiga que ha tenido, y, fiado con su mala condición y endemoniada vida, piensa doblar el capuz[42] por poco tiempo.
Quedé espantado de ver todo esto ser así, diciendo:
—¡Qué diferentes son las cosas del mundo de como las vemos! Desde hoy perderán conmigo todo el crédito mis ojos y nada creeré menos de lo que viere.
Pasó por nosotros el entierro, como si no hubiera de pasar por nosotros tan brevemente, y como si aquella difunta no nos fuera enseñando el camino y muda no nos dijera a todos:
“Delante voy, donde aguardo a los que quedáis, acompañando a otros, que yo vi pasar con ese propio descuido”.
Apartónos desta consideración el ruido que andaba en una casa a nuestras espaldas. Entramos dentro a ver lo que fuese, y al tiempo que sintieron gente comenzó un plañido, a seis voces, de mujeres que acompañaban una viuda. Era el llanto muy autorizado; pero poco provechoso al difunto. Sonaban palmadas de rato en rato, que parecía palmeado de diciplinantes. Oíanse unos sollozos estirados, embutidos de suspiros, pujados[43] por falta de gana. La casa estaba despojada, las paredes desnudas. La cuitada estaba en un aposento escuro sin luz ninguna, lleno de bayetas, donde lloraban a tiento. Unas decían:
—Amiga, nada se remedia con llorar.
Otras:
—Sin duda goza de Dios.
Cuál la animaba a que se conformase con la voluntad del Señor. Y ella luego comenzaba a soltar el trapo[44], y llorando a cántaros[45] decía:
—¿Para qué quiero yo vivir sin Fulano? ¡Desdichada nací, pues no me queda a quien volver los ojos! ¡Quién ha de amparar a una pobre mujer sola!
Y aquí plañían todas con ella y andaba una sonadera de narices, que se hundía la cuadra. Y entonces advertí que las mujeres se purgan en un pésame déstos, pues por los ojos y las narices echan cuanto mal tienen. Enternecíme y dije:
—¡Qué lástima tan bien empleada es la que se tiene a una viuda!, pues por sí una mujer es sola, y viuda mucho más. Y así su nombre es de mudas sin lengua[46]. Que eso significa la voz que dice viuda en hebreo[47], pues ni tiene quien hable por ella ni atrevimiento, y como se ve sola para hablar, y aunque hable, como no la oyen, lo mismo es que ser mudas y peor[48].
Esto remedian[49] con meterse a dueñas. Pues en siéndolo, hablan de manera, que de lo que las sobra pueden hablar todos los mudos y sobrar palabras para los tartajosos y pausados. Al marido muerto llaman el que pudre[50]. Mirad cuáles son éstas, y si muerto, que ni las asiste, ni las guarda, ni las acecha, dicen que pudre, ¿qué dirían cuando vivo hacía todo esto?
—Eso—respondí—es malicia que se verifica en algunas; mas todas son un género femenino desamparado, y tal como aquí se representa en esta desventurada mujer. Dejadme, dije al viejo, llorar semejante desventura y juntar mis lágrimas a las destas mujeres.
El viejo, algo enojado, dijo:
—¿Ahora lloras, después de haber hecho ostentación vana de tus estudios y mostrádote docto y teólogo, cuando era menester mostrarte prudente? ¿No aguardaras a que yo te hubiera declarado estas cosas para ver cómo merecían que se hablase dellas? Mas ¿quién habrá que detenga la sentencia ya imaginada en la boca? No es mucho, que no sabes otra cosa, y que a no ofrecerse la viuda, te quedabas con toda tu ciencia en el estómago. No es filósofo el que sabe dónde está el tesoro, sino el que trabaja y le saca[51]. Ni aun ése lo es del todo, sino el que después de poseído usa bien dél. ¿Qué importa que sepas dos chistes y dos lugares, si no tienes prudencia para acomodarlos? Oye, verás esta viuda, que por de fuera tiene un cuerpo de responsos[52], cómo por de dentro tiene una ánima de aleluyas[53], las tocas negras y los pensamientos verdes[54]. ¿Ves la escuridad del aposento y el estar cubiertos los rostros con el manto? Pues es porque así, como no las pueden ver, con hablar un poco gangoso, escupir[55] y remedar sollozos, hace un llanto casero y hechizo[56], teniendo los ojos hechos una yesca[57]. ¿Quiéreslas consolar? Pues déjalas solas y bailarán en no habiendo con quien cumplir, y luego las amigas harán su oficio:
—¡Quedáis moza y es malograros! Hombres habrá que os estimen. Ya sabéis quién es Fulano, que cuando no supla la falta del que está en la gloria, etc.
Otra:
—Mucho debéis a don Pedro, que acudió en este trabajo. No sé qué me sospeche. Y, en verdad, que si hubiera de ser algo..., que por quedar tan niña os será forzoso...
Y entonces la viuda, muy recoleta de ojos y muy estreñida de boca, dice:
—No es ahora tiempo deso. A cargo de Dios está: él lo hará, si viere que conviene.
Y advertid que el día de la viudez es el día que más comen estas viudas, porque para animarla no entra ninguna que no le dé un trago. Y le hace comer[58] un bocado, y ella lo come, diciendo:
—Todo se vuelve ponzoña.
Y medio mascándolo dice:
—¡Qué provecho puede hacer esto a la amarga viuda que estaba hecha a comer a medias todas las cosas y con compañía, y ahora se las habrá de comer todas enteras sin dar parte[59] a nadie de puro desdichada?
Mira, pues, siendo esto así, qué a propósito vienen tus exclamaciones.
Apenas esto dijo el viejo, cuando arrebatados de unos gritos, ahogados en vino, de gran ruido de gente, salimos a ver qué fuese. Y era un alguacil, el cual con sólo un pedazo de vara[60] en la mano y las narices ajadas, deshecho el cuello, sin sombrero y en cuerpo, iba pidiendo favor al Rey, favor a la justicia, tras un ladrón, que en seguimiento de una iglesia, y no de puro buen cristiano, iba tan ligero como pedía la necesidad y le mandaba el miedo.
Atrás, cercado de gente, quedaba el escribano lleno de lodo, con las cajas en el brazo izquierdo, escribiendo sobre la rodilla. Y noté que no hay cosa que crezca tanto en tan poco tiempo como culpa en poder de escribano, pues en un instante tenía una resma al cabo.
Pregunté la causa del alboroto. Dijeron que aquel hombre que huía era amigo del alguacil, y que le fió no sé qué secreto tocante en delito, y, por no dejarlo a otro que lo hiciese, quiso él asirle. Huyósele, después de haberse dado muchas puñadas[61], y viendo que venía gente, encomendóse a sus pies y fuese a dar cuenta de sus negocios a un retablo.
El escribano hacía la causa, mientras el alguacil con los corchetes, que son podencos del verdugo que siguen ladrando, iban tras él y no le podían alcanzar. Y debía de ser el ladrón muy ligero, pues no le podían alcanzar soplones[62], que por fuerza corrían como el viento.
—¿Con qué podrá premiar una república el celo deste alguacil, pues, porque yo y el otro tengamos nuestras vidas, honras y haciendas[63], ha aventurado su persona? Éste merece mucho con Dios y con el mundo. Mírale cual va roto y herido, llena de sangre la cara, por alcanzar aquel delincuente y quitar un tropezón a la paz del pueblo.
—Basta—dijo el viejo—. Que si no te van a la mano, dirás un día entero. Sábete que ese alguacil no sigue a este ladrón ni procura alcanzarle por el particular y universal provecho de nadie; sino que, como ve que aquí le mira todo el mundo, córrese de que haya quien en materia de hurtar le eche el pie delante, y por eso aguija por alcanzarle. Y no es culpable el alguacil porque le prendió, siendo su amigo, si era delincuente. Que no hace mal el que come de su hacienda; antes hace bien y justamente. Y todo delincuente y malo, sea quien fuere, es hacienda del alguacil y le es lícito comer della. Éstos tienen sus censos sobre azotes y galeras, y sus juros sobre la horca. Y créeme que el año de virtudes para éstos y para el infierno es estéril. Y no sé cómo, aborreciéndolos el mundo tanto, por venganza[64] dellos no da en ser bueno adrede por uno o por dos años, que de hambre y de pena se morirían. Y renegad de oficio que tiene situados sus gajes donde los tiene situados Belcebú.
—Ya que en eso pongas también dolo, ¿como lo podrás poner en el escribano, que le hace la causa, calificada con testigos?
—Ríete deso—dijo—. ¿Has visto tú alguacil sin escribano algún día? No, por cierto. Que, como ellos salen a buscar de comer, porque (aunque topen un inocente) no vaya a la cárcel sin causa, llevan escribano que se la haga. Y así, aunque ellos no den causa para que les prendan, hácesela el escribano, y están presos con causa. Y en los testigos no repares, que para cualquier cosa tendrán tantos como tuviere gotas de tinta el tintero: que los más en los malos oficiales los presenta la pluma y los examina la cudicia. Y si dicen algunos lo que es verdad, escriben lo que han menester[65] y repiten lo que dijeron. Y para andar como había de andar el mundo, mejor fuera y más importara que el juramento, que ellos toman al testigo que jure a Dios y a la cruz decir verdad en lo que le fuere preguntado, que el testigo se lo tomara a ellos de que la escribirán como ellos la dijeren. Muchos hay buenos escribanos, y alguaciles muchos; pero de sí el oficio es con los buenos como la mar con los muertos, que no los consiente, y dentro de tres días los echa a la orilla. Bien me parece a mí un escribano a caballo y un alguacil con capa y gorra honrando unos azotes, como pudiera un bautismo detrás de una sarta de ladrones que azotan; pero siento que, cuando el pregonero dice:
“A estos hombres por ladrones, que suene el eco en la vara del alguacil y en la pluma del escribano”.
Más dijera si no le tuviera la grandeza[66] con que un hombre rico iba en una carroza tan hinchado, que parecía porfiaba a sacarla de husillo[67], pretendiendo parecer tan grave, que a las cuatro bestias aún se lo parecía, según el espacio con que andaban. Iba muy derecho, preciándose de espetado, escaso de ojos y avariento de miraduras, ahorrando cortesías con todos, sumida la cara en un cuello abierto hacia arriba, que parecía vela en papel, y tan olvidado de sus conjunturas, que no sabía por donde volverse a hacer una cortesía ni levantar el brazo a quitarse el sombrero, el cual parecía miembro, según estaba fijo y firme. Cercaban el coche cantidad de criados traídos con artificio, entretenidos con promesas y sustentados con esperanzas. Otra parte iba de acompañamiento de acreedores, cuyo crédito sustentaba toda aquella máquina. Iba un bufón en el coche entreteniéndole.
—Para ti se hizo el mundo—dije yo luego que le vi—, que tan descuidado vives y con tanto descanso y grandeza. ¡Qué bien empleada hacienda! ¡Qué lucida! ¡Y cómo representa bien quién es este caballero!
—Todo cuanto piensas—dijo el viejo—es disparate y mentira, y cuanto dices, y sólo aciertas en decir que el mundo sólo se hizo para éste. Y es verdad, porque el mundo es sólo trabajo y vanidad, y éste es todo vanidad y locura. ¿Ves los caballos? Pues comiendo se van, a vueltas de la cebada y paja, al que la fía a éste y por cortesía de las ejecuciones trae ropilla[68]. Más trabajo le cuesta la fábrica de sus embustes para comer, que si lo ganara cavando. ¿Ves aquel bufón? Pues has de advertir que tiene por bufón al que le sustenta y le da lo que tiene. ¿Qué más miseria quieres destos ricos, que todo el año andan comprando mentiras y adulaciones, y gastan sus haciendas en falsos testimonios? Va aquél tan contento, porque el truhán le ha dicho que no hay tal príncipe como él, y que todos los demás son unos escuderos, como si ello fuera así. Y diferencian muy poco[69], porque el uno es juglar del otro. Desta suerte el rico se ríe con el bufón, y el bufón se ríe del rico, porque hace caso de lo que lisonjea.
Venía una mujer hermosa trayéndose de paso los ojos que la miraban y dejando los corazones llenos de deseos. Iba ella con artificioso descuido escondiendo el rostro a los que ya la habían visto y descubriéndole a los que estaban divertidos. Tal vez se mostraba por velo, tal vez por tejadillo[70]. Ya daba un relámpago de cara con un bamboleo de manto, ya se hacía brújula mostrando un ojo solo, y, tapada de medio lado, descubría un tarazón[71] de mejilla. Los cabellos martirizados hacían sortijas a las sienes. El rostro era nieve y grana y rosas que se conservaban en amistad, esparcidas por labios, cuello y mejillas. Los dientes transparentes y las manos, que de rato en rato nevaban el manto, abrasaban los corazones. El talle y paso, ocasionando pensamientos lascivos. Tan rica y galana como cargada de joyas recebidas y no compradas. Vila, y, arrebatado de la naturaleza, quise seguirla entre los demás, y, a no tropezar en las canas del viejo, lo hiciera. Volvíme atrás diciendo[72]:
—Quien no ama con todos sus cinco sentidos una mujer hermosa, no estima a la naturaleza su mayor cuidado y su mayor obra. Dichoso es el que halla tal ocasión, y sabio el que la goza. ¡Qué sentido no descansa en la belleza de una mujer, que nació para amada del hombre! De todas las cosas del mundo aparta y olvida su amor correspondido, teniéndole todo en poco y tratándole con desprecio. ¡Qué ojos tan honestamente hermosos! ¡Qué mirar tan cauteloso y prevenido en los descuidos de un alma libre! ¡Qué cejas tan negras, esforzando recíprocamente la blancura de la frente! ¡Qué mejillas, donde la sangre mezclada con la leche engendra lo rosado que admira! ¡Qué labios encarnados, guardando perlas, que la risa muestra con recato! ¡Qué cuello! ¡Qué manos! ¡Qué talle! Todos son causa de perdición, y juntamente disculpa del que se pierde por ella.
—¿Qué más le queda a la edad que decir y al apetito que desear?—dijo el viejo—. Trabajo tienes, si con cada cosa que ves haces esto[73]. Triste fué tu vida; no naciste sino para admirado. Hasta ahora te juzgaba por ciego, y ahora veo que también eres loco, y echo de ver que hasta ahora no sabes para lo que Dios te dió los ojos ni cuál es su oficio: ellos han de ver, y la razón[74] ha de juzgar y elegir; al revés lo haces, o nada haces, que es peor. Si te andas a creerlos, padecerás mil confusiones, tendrás las sierras por azules, y lo grande por pequeño, que la longitud y la proximidad engañan la vista. ¡Qué río caudaloso no se burla della, pues para saber hacia dónde corre es menester una paja o ramo que se lo muestre! ¿Viste esa visión[75], que acostándose fea se hizo esta mañana hermosa ella misma[76] y hace extremos grandes? Pues sábete que las mujeres lo primero que se visten, en despertando, es una cara, una garganta y unas manos, y luego las sayas. Todo cuanto ves en ellas es tienda[77] y no natural. ¿Ves el cabello? Pues comprado es y no criado. Las cejas tienen más de ahumadas que de negras; y si como se hacen cejas se hicieran las narices, no las tuvieran. Los dientes que ves y la boca era, de puro negra, un tintero, y a puros polvos se ha hecho salvadera. La cera de los oídos se ha pasado[78] a los labios, y cada uno es una candelilla. ¿Las manos? Pues lo que parece blanco es untado. ¿Qué cosa es ver una mujer, que ha de salir otro día a que la vean, echarse la noche antes en adobo, y verlas acostar las caras hechas cofines de pasas, y a la mañana irse pintando sobre lo vivo como quieren? ¿Qué es ver una fea o una vieja querer, como el otro tan celebrado nigromántico[79], salir de nuevo de una redoma? ¿Estásla mirando? Pues no es cosa suya. Si se lavasen las caras, no las conocerías. Y cree que en el mundo no hay cosa tan trabajada como el pellejo de una mujer hermosa, donde se enjugan y secan y derriten más jalbegues[80] que sus faldas desconfiadas de sus personas. Cuando quieren halagar algunas narices, luego se encomiendan a la pastilla y al sahumerio o aguas de olor, y a veces los pies disimulan el sudor con las zapatillas de ámbar[81]. Dígote que nuestros sentidos están en ayunas de lo que es mujer y ahítos de lo que le parece. Si la besas, te embarras los labios; si la abrazas, aprietas tablillas y abollas cartones; si la acuestas contigo, la mitad dejas debajo de la cama en los chapines; si la pretendes, te cansas; si la alcanzas, te embarazas; si la sustentas, te empobreces; si la dejas, te persigue; si la quieres, te deja. Dame a entender de qué modo es buena, y considera ahora este animal soberbio con nuestra flaqueza, a quien hacen poderoso nuestras necesidades, más provechosas sufridas o castigadas, que satisfechas, y verás tus disparates claros. Considérala padeciendo los meses, y te dará asco, y, cuando está sin ellos, acuérdate que los ha tenido y que los ha de padecer, y te dará horror lo que te enamora, y avergüénzate de andar perdido por cosas que en cualquier estatua de palo tienen menos asqueroso fundamento[82].
Mirando estaba yo confusión de gente tan grande, cuando dos figurones, entre fantasmas y colosos, con caras abominables y facciones traídas, tiraron una cuerda. Delgada me pareció y de mil diferentes colores, y dando gritos por unas simas que abrieron por bocas, dijeron:
—Ea, gente cuerda, alto a la obra.
No lo hubieron dicho cuando de todo el mundo, que estaba al otro lado, se vinieron a la sombra de la cuerda muchos, y, en entrando, eran todos tan diferentes, que parecía trasmutación o encanto. Yo no conocí a ninguno.
—¡Válgate Dios por cuerda—decía yo—, que tales tropelías haces!
El viejo se limpiaba las lagañas, y daba unas carcajadas sin dientes, con tantos dobleces de mejillas, que se arremetían a sollozos mirando mi confusión.
—Aquella mujer allí fuera estaba más compuesta que copla, más serena[83] que la de la mar, con una honestidad en los huesos, anublada de manto, y, en entrando aquí, ha desatado las coyunturas, mira de par en par[84], y por los ojos está disparando las entrañas a aquellos mancebos, y no deja descansar la lengua en ceceos, los ojos en guiñaduras, las manos en tecleados de moño[85].
—¿Qué te ha dado, mujer? ¿Eres tú la que yo vi allí?
—Sí es—decía el vejete con una voz trompicada[86] en toses y con juanetes de gargajos—, ella es; mas por debajo de la cuerda[87] hace estas habilidades.
—Y aquél que estaba allí tan ajustado de ferreruelo, tan atusado[88] de traje, tan recoleto de rostro, tan angustiado de ojos, tan mortificado de habla, que daba respeto y veneración—dije yo—, ¿cómo no hubo pasado, cuando se descerrajó de mohatras y de usuras? Montero de necesidades, que las arma trampas, y perpetuo vocinglero del tanto más cuanto[89], anda acechando logros.
—Ya te he dicho que eso es por debajo de la cuerda.
—¡Válate el diablo por cuerda, que tales cosas urdes! Aquél que anda escribiendo billetes, sonsacando virginidades, solicitando deshonras, y facilitando maldades, yo lo conocí a la orilla de la cuerda, dignidad gravísima.
—Pues por debajo de la cuerda tiene esas ocupaciones—respondió mi ayo.
—Aquél que anda allí juntando bregas, azuzando[90] pendencias, revolviendo caldos, aumentando cizañas, y calificando porfías y dando pistos a temas[91] desmayadas, yo lo vi fuera de la cuerda revolviendo libros, ajustando leyes, examinando la justicia, ordenando peticiones, dando pareceres: ¿cómo he de entender estas cosas?
—Ya te lo he dicho—dijo el buen caduco—. Ese propio[92] por debajo de la cuerda hace lo que ves, tan al contrario de lo que profesa. Mira aquél que fuera de la cuerda viste a la brida en mula tartamuda de paso, con ropilla y ferreruelo y guantes y receta, dando jarabes, cual anda aquí a la brida en un basilisco[93], con peto y espaldar y con manoplas, repartiendo puñaladas de tabardillos, y conquistando las vidas, que allí parecía que curaba. Aquí por debajo de la cuerda está estirando las enfermedades para que den de sí y se alarguen, y allí parecía que rehusaba las pagas de las visitas. Mira, mira aquel maldito cortesano, acompañante perdurable de los dichosos, cual andaba allí fuera a la vista de aquel ministro, mirando las zalemas de los otros para excederlas, rematando las reverencias en desaparecimientos; tan bajas las hacía por pujar[94] a otros la ceremonia, que tocaban en de buces[95]. ¿No le viste siempre inclinada la cabeza como si recibiera bendiciones y negociar de puro humilde a lo Guadiana por debajo de tierra, y aquel amén sonoro y anticipado a todos los otros bergantes a cuanto el patrón dice y contradice? Pues mírale allí por debajo de la cuerda royéndole los zancajos[96], que ya[97] se le ve el hueso, abrasándole en chismes, maldiciéndole y engañándole, y volviendo en gestos y en muecas las esclavitudes de la lisonja, lo cariacontecido del semblante, y las adulaciones menudas del coleo[98] de la barba y de los entretenimientos de la jeta[99]. ¿Viste allá fuera aquel maridillo[100] dar voces que hundía el barrio: “Cierren esa puerta, qué cosa es ventanas, no quiero coche, en mi casa me como, calle y pase, que así hago yo”, y todo el séquito de la negra honra? Pues mírale por debajo de la cuerda encarecer con sus desabrimientos los encierros de su mujer. Mírale amodorrido[101] con una promesa, y los negocios, que se le ofrecen cuando le ofrecen: cómo vuelve a su casa con un esquilón por tos tan sonora, que se oye a seis calles. ¡Qué calidad tan inmensa y qué honra halla en lo que come y en lo que le sobra, y qué nota en lo que pide y le falta, qué sospechoso es de los pobres, y qué buen concepto tiene de los dadivosos y ricos, qué a raíz tiene el ceño de los que no pueden más, y qué a propósito las jornadas para los precipitados de dádiva! ¿Ves aquel bellaconazo que allí está vendiéndose por amigo de aquel hombre casado y arremetiéndose a hermano, que acude a sus enfermedades y a sus pleitos y que le prestaba y le acompañaba? Pues mírale por debajo de la cuerda añadiéndole hijos y embarazos en la cabeza y trompicones[102] en el pelo. Oye cómo reprendiéndoselo aquel vecino, que parece mal que entre a cosas semejantes en casa de su amigo, donde le admiten y se fían dél y le abren la puerta a todas horas, él responde: “Pues qué: ¿Queréis que vaya donde me aguarden con una escopeta, no se fían de mí y me niegan la entrada? Eso sería ser necio, si estotro es ser bellaco”.
Quedé muy admirado de oír al buen viejo y de ver lo que pasaba por debajo de la cuerda en el mundo, y entonces dije entre mí.
—Si a tan delgada sombra, fiando su cubierta del bulto de una cuerda, son tales los hombres, ¿qué serán debajo de tinieblas de mayor bulto y latitud?
Extraña cosa era de ver cómo casi todos se venían de la otra parte del mundo a declararse de costumbres en estando debajo de la cuerda. Y luego a la postre vi otra maravilla, que siendo esta cuerda de una línea invisible, casi debajo della cabían infinitas multitudes, y que hay debajo de cuerda en todos los sentidos y potencias, y en todas partes y en todos oficios. Y yo lo veo por mí, que ahora escribo este discurso, diciendo que es para entretener, y por debajo de la cuerda doy un jabón[103] muy bueno a los que prometí halagos muy sazonados. Con esto el viejo me dijo:
—Forzoso es que descanses. Que el choque de tantas admiraciones y de tantos desengaños fatigan el seso, y temo se te desconcierte la imaginación. Reposa un poco para que lo que resta te enseñe y no te atormente.
Yo tal estaba, que di conmigo en el sueño y en el suelo obediente y cansado.
NOTAS:
[1] La dedicatoria es enteramente diferente en la edición de Pamplona de 1631 y en el Ms. de Lastanosa. Hela aquí: “A don Pedro Girón, Duque de Osuna (a). Éstas son mis obras: claro está que juzgará vuecelencia que siendo tales no me han de llevar al cielo; mas como (b) yo no pretendía dellas más de que en este mundo me den nombre y el que más estimo es (c) de criado de vuecelencia, se las envío para que, como a tan gran príncipe las honre; lograrán de paso la enmienda. Dé Dios á vuecelencia su gracia y salud; que lo demás merecido lo tiene al mundo su virtud y grandeza. En la Aldea (d), abril 26 de 1612.—Don Francisco Quevedo Villegas”.
a) “y conde de Ureña”. (Ms. de Lastanosa).
b) “ya no pretenda de ellas más que en este mundo”. (Ídem).
c) “el de criado de vuecelencia, se las invío para que como tan gran príncipe”. (Ídem).
d) “abril 1623.—Don Francisco Gómez de Quevedo y Villegas”. (Ídem).
[2] 1610 es el año que fijaron los Juguetes de la niñez en 1629 y desde entonces hasta hoy viene reproduciéndose.
[3] Deparare; en A: depare. Adviértase que con cándido, pío y benigno quiere decir lo mismo, no menos, que con purpúreo, cruel y sin sarna, que le moleste criticándole.
[4] Toda la verdad. En el Libro de vidas y dichos graciosos, agudos y sentenciosos de muchos notables varones griegos y romanos, traducción por Juan Jarava, de los Apotegmas de Erasmo, se lee (Anvers, 1549, fol. 87): “Esto se loa y se tiene en más que todas las otras cosas que dijo (Sócrates), porque decía que no sabía otra cosa sino esto sólo, que no sabía nada. Porque se inquiría e informaba de cada una cosa como dudando. No porque de verdad no tuviese algo de cierto sabido; mas con esta ironía y contrario sentido declaraba su modestia y reprendía la soberbia de los otros, que se decían saberlo todo, como de hecho no supiesen nada. Unos sofistas decían públicamente que responderían de presto y sin pensar a toda materia y cuestión propuesta. La ignorancia destos soberbios destruía muchas veces Sócrates con argumentos, y por esto fué juzgado por Apollo sabio, porque, aunque no supiese todas las cosas, como ni los otros las sabían, pero en esto los excellía, que conocía su ignorancia, como ellos no supiesen tampoco esto, que no sabían nada”.
[5] Gastan, hacen gastar dinero en comprar los libros: notable uso de gastar como factitivo, esto es, hacer gastar.
[6] En A P: emprentas; en A: especerías.
[7] Sin ton ni son... no es bailar, alude al origen del dicho, según lo declaramos en el primer sueño, del bailar sin música, a destiempo.
[8] De tan mala cosa, retruécano, el mundo es mala cosa, no mi discurso.
[9] Descontento. Como que el deseo es tendencia a una cosa; lograda, el deseo desaparece, quedando uno descontento, porque todo el contento se cifraba, no en la cosa, sino en desearla.
[10] “unas grandes y descompuestas voces y tirado muy porfiadamente del manteo”. (Edic. de Barcelona, 1635).
[11] Desmentir es lo que hoy dicen despistar o hacer perder la pista, bonito verbo moderno, bien formado y que no tiene que ver con el dépister francés, que vale lo contrario, dar con la pista de alguno, descubrir, indagar. Pero no se olvide el clásico desmentir. Diablo coj., 7: “Don Cleofás y su camarada no salían de su posada por desmentir las espías”. Saavedra, Empr., 45: “Borrar con la cola las huellas para desmentir al cazador”. En el texto vale disfrazar para desmentir o despistar, como factitivo, al modo que en Zamora, Monarquía mist., 3, 86, 2: “Cuando se desdeña el rey de entrar en una casa, entra disfrazado, desmintiendo el nombre”.
[12] Acuérdase Quevedo del Petrarca, De Remediis utriusque fortunae.
[13] Aciago de cara; en P: ciego de cara. Aciago, encapotado y nublado, de mal agüero, metáfora aquí del tiempo que amaga tormenta, triste, melancólico.
[14] “del alguacil”. (Ms. de Lastanosa).
[15] Huésped. Quij., 1, 2: “Pensó el huésped”. Ídem, 1, 32: “A lo cual respondió la huéspeda”.
[16] Ermita, y añaden de Baco. Ilustre fregona: “Visitaba pocas veces las ermitas de Baco”.
[17] Casa, propiamente casa llana, por estar allanada o abierta para todos. Rufián dichoso, 1: “De los de la casa llana”.
[18] Damas. Coloquio de las damas, del Aretino, traducido por Fernán Xuárez, Sevilla, 1607.
[19] Honrados. Guzmán de Alfarache, 2, 3, 5: “Pero los más honrados basta que dejen la casa franca y se vayan a la comedia o al juego de los trucos, cuando acaso les faltan las comisiones”.
[20] Moreno. Celoso extremeño: “Enseñó a tañer a algunos morenos”.
[21] Gallofero, mendigo, que pide la gallofa. Lazarillo, 2: “Tú, vellaco y gallofero eres”.
[22] Capigorrón, o capigorrista, que anda de capa y gorra para más fácilmente vivir libre y ocioso, sobre todo los estudiantes. Píc. Just., f. 91: “Llegaron otros ocho capigorrones tan grandes bellacos como los primeros”. Colmenares, Hist. Segov., pl. 774: “Acercándose un capigorrón, mozo insolente”. Laber. amor, 2: “Capigorrón, brodista, pordiosero”. Ídem, 1: “Estudiantes capigorristas”.
[23] “fraile motilón, o lo que fuere, reverencia y aun paternidad; a todo escribano”. (Edic. de Pamplona, 1631, y el Ms.).
[24] a las apariencias. (Ms. de Lastanosa), las experiencias en la edición definitiva y en la de don Aureliano.
[25] “que son hipocresía”. (Ms.).
[26] Qué bien; en A: cuán bien.
[27] Job, 27, 8: “Quae est enim spes hypocritae?” Y en el 8, 13: “Et spes hypocritae peribit”.
[28] Y por eso, como quien sabía lo que era y lo aborrecía tanto sobre todas las cosas, Cristo, habiendo dado muchos preceptos afirmativos a sus discípulos, sólo uno les dió negativo, diciendo: “No queráis ser como los hipócritas 'tristes'”. (Mat., VI.) De manera que con muchos preceptos y comparaciones los enseñó cómo habían de ser: ya como luz, ya como sal, ya como el convidado, ya como el de los talentos. Y lo que no habían de ser todo lo cerró en decir solamente: “No queráis ser como los hipócritas 'tristes', advirtiendo que en no ser hipócritas está el no ser en ninguna manera malos, porque el hipócrita es malo de todas maneras”. (Edic. de Pamplona y el Ms.).
[29] Taracea, o ataracea, adorno o disposición de una cosa de dos colores echados como a manchas con proporción y hermosura. Saavedra, Repúbl., pl. 89: “Se daban a hacer escritorios de taracea y mesas de diversas piedras engastadas en mármol”.
[30] Mullidor, el que mulle, y mullir aquí por muñir o llamar y convocar, de monere, como en Fonseca, Vid. Cristo, 3. 27: “Sácanse lutos, cómpranse hachas, múllense cofradías, convídanse gentes, vístense pobres, alquílanse endecheras”. Muñidor o mullidor, el criado de las cofradías, que sirve para avisar a los hermanos las fiestas, entierros y otros ejercicios a que deben concurrir. Dice Quevedo que los pícaros muñidores ofrecían a los ojos con sus sayos de diferentes colores como una vistosa taracea.
[31] Incensando; en A: incitando.
[32] Meninos, caballericos que entraban en palacio a servir a la Reina o a los Príncipes niños. Nieremberg, S. Luis Gonz., 4: “En España hizo el Rey a nuestro Luis y a sus dos hermanos meninos del príncipe don Diego”.
[33] “gritando su letanía, luego las Órdenes, y tras ellas los clérigos, que, galopeando los responsos, cantaban de portante, abreviando, porque no se derritiesen las velas y tener tiempo para sumir otro”. (Edición de Pamplona y el Ms. referidos). Chirriando la calavera quiere decir cantando la letanía detrás del difunto con sus vocecillas chirrionas.
[34] Los de la capacha, los de la religión de San Juan de Dios, llamados así del vulgo porque en sus principios pedían y recogían la limosna para los pobres en unas capachas o cestillas de palma. Cerv., Casam. engañoso, pl. 350: “Ya v. m. habrá visto, dijo el alférez, dos perros, que con dos linternas andan de noche con los hermanos de la capacha, alumbrándolos cuando piden limosna”.
[35] Hombreando, hacer fuerza con los hombros para sostener o tirar. L. Grac., Crit., 1, 6: “Porque no tiene espaldas, que a tenerlas, él hombreara”.
[36] Anegado, aquí por sumergido, metido en el capuz.
[37] Devanado en una chía, envuelto en la chía, como el hilo se devana y envuelve en la devanadera. Exagera lo largo de la chía o manto negro, regularmente de bayeta, que se ponía sobre el capuz y cubría hasta las manos, usado en los lutos. Pantoja, Rom., 2: “Viste el corazón de chía | y de capuz la memoria”. El capuz era vestidura larga, a modo de capa, cerrada por delante, que se ponía encima de la demás ropa y se traía por luto, la cual era de paño o bayeta negra y tenía una cauda, que arrastraba por detrás, y Quevedo, exagerándola, dice que pesaba diez arrobas.
[38] Mullidores; en A: muñidores.
[39] “¿Quién no juzgara que los unos alumbran algo y que los otros no es algo lo que acompañan y que sirve de algo tanto acompañamiento y pompa? Pues sabe que lo que allí va no es nada. Porque aún en vida lo era y en muerte dejó ya de ser y que no le sirve de nada todo; sino que también los muertos tienen su vanidad y los difuntos y difuntas su soberbia”. (Edic. de Pamplona y el Ms.).
[40] Hablar de mano, gesticular.
[41] Misacantano, el clérigo que canta misa nueva. Crotalón, 17: “El padre, de su parte, convidó todos sus parientes, vecinos y amigos, juntamente con sus mujeres, y Cenón, misacantano, de la suya, llamó a todos sus preceptores”.
[42] Doblar el capuz, plegarlo para guardarlo hasta el entierro de la nueva mujer. En S: doblarla el capuz en poco tiempo.
[43] Pujados, como empujados a la fuerza.
[44] Soltar el trapo, dar rienda suelta al llanto, a la risa, sentimiento, vicio, etc., tomado del soltar la vela al viento. Igualmente echar trapo. Valderrama, Teatro, Dif., 5: “La mesana y contramesana, el chafaldete y cebadera y el papahigo, y no queda trapo que no eche”. Esteb., 3: “Llegamos a la faluca y echamos todo el trapo”. No lo entendió bien Correas, cuando dijo (p. 141): “Echó el trapo” (Para decir que uno echó el resto e hizo mucho o todo su poder en una cosa. Comenzó en Andalucía a semejanza del dinero atado en trapo).
[45] Llorar a cántaros, ponderación que trasladó Quevedo del llover a cántaros, que es lo común. Cáceres, ps. 10: “Lloverá el cielo sobre ellos miserias, afanes y desventuras a cántaros”.
[46] “les dió la Sagrada Escritura nombre de mudas”. (La edic. de Pamplona).
[47] Viuda en hebreo suena almȃnȃ (אַלמָנָה), y, según Gesenius, deriva de (םלא) ȃlam, atar, ser atado, enmudecer, callarse, como en persa sebȃn besten, linguan ligare est obmutescere, y en árabe, jhubsat ligatio es lo mismo que silentium y ghaquida ligatum y sermone impeditum esse.
[48] Mucho cuidado tuvo Dios dellas en el testamento viejo, y en el nuevo las encomendó mucho. Por san Pablo: “¡cómo el Señor cuida de los solos y mira lo humilde de lo alto!” “No quiero vuestros sábados y festividades, dijo por Isaías, y el rostro aparto de vuestros inciensos, cansado me tienen vuestros holocaustos, aborrezco vuestras calendas y solemnidades. Lavaos y estaos limpios, quitad lo malo de vuestros deseos, pues lo veo yo. Dejad de hacer mal, aprended a hacer bien, buscad a la justicia, socorred al oprimido, juzgad en su inocencia al huérfano, defended a la viuda”. Fué creciendo la oración de una obra buena en otra buena más acepta y por suma caridad puso el defender la viuda. Y está escrito con la providencia del Espíritu Santo decir: “Defended a la viuda”, porque, en siéndolo, no se puede defender, como hemos dicho, y todos la persiguen. Y es obra tan acepta a Dios ésta, que añade el Profeta consecutivamente, diciendo: “Y si lo hiciéredes, venid y argüídme”. Y conforme a esta licencia que da Dios de que le arguyan los que hicieren bien y se apartaren del mal y socorrieren al oprimido y miraren por el huérfano y defendieren la viuda, bien pudo Job argüír a Dios, libre de las calumnias que por argüír con él le pusieron sus enemigos, llamándole por ello atrevido e impío, que lo hiciese con esta del capítulo 31, donde dice: “¿Negué yo por ventura lo que me pedían los pobrecitos? ¿Hice aguardar los ojos de la viuda?”, que convienen con lo dicho, como quien dice: “Ella no puede, porque es muda, con palabras, sino con los ojos, poniendo delante su necesidad”. El rigor de la letra hebrea dice: “O consumí los ojos de la viuda”, que eso hace el que no se duele del que la mira para que la socorra, porque no tiene voz para pedirle. (Edición de Pamplona, 1631).
[49] Esto remedian, parece decirlo el viejo, al cual luego Quevedo responde. Contra las dueñas o viudas de respeto que guardaban a las demás criadas en las casas de los señores, hablaron todos nuestros escritores críticos y todos lo saben por el Quijote.
[50] El que pudre, ya enterrado.
[51] “las cosas, sino el que las hace, como no es rico el que sabe dónde está el tesoro, sino el que le saca y le trabaja”. (Ms).
[52] Cuerpo de responsos, como muerto de puro viejo.
[53] De aleluyas, de alegría, pues se cantan en Pascua y suenan alegría en hebreo.
[54] Verde decimos del viejo que alimenta pensamientos y deseos de mozo, y de las conversaciones y palabras que frisan en cosas de mozos enamorados. P. Vega, ps. 5, v. 24 y 25, d. 2, proem.: “Un mancebo, que debió tener alguna conversación verde y de mozo con una liviana de su pueblo”. Guevara, Menospr. Corte. 12: “Qué cosa es oír a un viejo en la Corte..., y con todo esto que han visto y mucho más que por él ha pasado, tan verde se está en el pecar”. Coloq. perros: “Salta por aquel viejo verde que tú conoces”. Cabrera, p. 81: “¡Qué de jueces viejos y venerandos, que tienen más verdes los pensamientos!” Obreg., 1, 6: “Dejan pasar los verdes años sin acordarse de la vejez”.
[55] “Escupir, sonar, arremedar” (A).
[56] Hechizo, de factitium, hecho por arte, aposta y adrede, de donde falso y fingido. L. Grac, Crit., 3, 5: “Aquélla es la tiranía de la fama hechiza”. Guerra, Cuaresma, Ceniza: “Úsanse unas cruces hechizas, que sólo tienen de cruz las apariencias”.
[57] Hechos una yesca, de secos, sin lágrimas verdaderas, término común de comparación.
[58] En S: y le haga. En este caso había que escribir: que no le dé un trago y le haga comer.
[59] “a solas”. (Ms).
[60] “con sólo un tarazón de vara” (A).
[61] “haberle dado muchas puñaladas” (B); haber dado (P); haberle (M).
[62] Soplones, los porquerones, que vimos los llamaban así del ir con el soplo al alguacil.
[63] “seguras”. (Ms).
[64] por vengarse (A); por vergüenza (P).
[65] Lo que han menester. En P: han de menester. Decíase haber menester y haber de menester, como ser menester y ser de menester, aunque Juan Mir asegura no haberse dicho haber de menester. Corr., 517: “Haber menester como el pan de la boca. (Varía personas y tiempos: Helo menester como el pan de la boca; habíalo menester como el pan de la boca)”. Docum. archivo de Madrid, 3, p. 33: “Por quanto la dicha villa auia de menester de enbiar la dicha carta”. S. Abril, Andr.: “Pero ¿qué es menester palabras?” L. Rueda, Registr. pas. 2: “¿Cuántos huevos son de menester para una clueca?” (Repítese tres veces).
[66] “divirtiera la grandeza”. (Ms).; “detuviera” (S).
[67] Husillo, eje de carro o carroza. A. Pérez, Ceniza, f. 10: “Es como mandarnos untar los ejes y el husillo del carro para que no rechine”.
[68] Ropilla, ropa pobre.
[69] “y se diferencian en muy poco” (A S).
[70] Tejadillo, la postura del manto de las mujeres encima de la frente, dejándola descubierta. Nótese el realismo recio y español de esta maravillosa descripción.
[71] Tarazón, pedazo, de tarazar. Guevara, Avis. priv., 18: “En otro banquete vi dar lechones rellenos con tarazones de lampreas y de truchas”.
[72] En A: atrás diciendo.
[73] En S: haces lo mismo.
[74] En B: y luego la razón.
[75] Visión, dícese de lo imaginado sin realidad, de las apariciones y fantasmas, de donde persona ridícula y fea. Quev., Mus. 6, r. 72: “Visión cecial destestable, | rellena de crocodilos, | aspaviento ya carroño, | mandrágula con zollipo”.
[76] “a sí mesma” (Ms)..
[77] Tienda, ostentación, de donde decimos vender y venderse por. F. Aguado, Crist., 19. 9: “Y véndeme el vicio con nombre de virtud”. J. Pin., Agr., 2, 22: “Que os vendéis por tan bueno como los religiosos”.
[78] Cera de los oídos se ha pasado a los labios, alude a las cerillas de afeites, de que habla La Celestina, 1.
[79] marqués de Villena, salir (M S). El famoso don Enrique de Villena, tío de don Juan II, que “fué muy gran letrado y supo muy poco en lo que le cumplía”, que dice la Coronica de dicho Rey, por su mala maña y peor ventura en cuanto emprendió. El cual, por su “amor de las escrituras, no se deteniendo en las sciencias notables e católicas, dexóse correr a algunas viles o raeces artes de adevinar e interpretar sueños y esternudos y señales e otras cosas tales, que ni a príncipe real e menos a católico christiano convenian”, como dice Fernán Pérez de Guzmán en las Generaciones y semblanzas. Habiendo quemado fray Lope Barrientos, por orden del Rey, “algunos” de sus libros “e los otros quedaron en su poder”, tomaron su nombre los astrólogos, alquimistas y embaucadores, como símbolo y enseña, y la leyenda de mágico que aún en vida comenzó a formársele, creció más y más, hasta el punto de que “el teatro y la novela, como dice M. Pelayo (Antol., V, XXXVII), se apoderaron ávidamente de tales invenciones, y desde La Cueva de Salamanca, de Alarcón; Lo que quería ver el Marqués de Villena, de Rojas, y La Visita de los chistes, de Quevedo, hasta La Redoma encantada, de Hartzenbusch, y el ingenioso cuento de Bremón, La Hierba de fuego, don Enrique ha sido protagonista obligado de comedias de magia y narraciones fantásticas, y prosigue en su redoma hecho jigote y picadillo para renacer continuamente y servir de solaz a las futuras generaciones infantiles”. Forjóse el cuento y corrió por todas partes que don Enrique había ordenado que, muerto, le picasen e hiciesen jigote, encerrándolo en una redoma para volver a segunda vida.
[80] Jalbegue, posverbal de jalbegar, y se usan en Extremadura, derivados de enjalbegar y enjalbegue, como si en- fuese preposición; de ex-albicare, blanquear, encalar, afeitar el rostro. L. Rueda, 2, 234: “Enjalbegase aquel rostro”.
[81] Zapatillas de ámbar, perfumadas de ámbar, como los coletos de ámbar, que así se llamaban.
[82] Aquí concluye el texto en la edición de Pamplona y en el Ms.
[83] Serena se decía por sirena. J. Mena, Pecad. mort.: “Huid o callad, serenas”.
[84] De par en par, del abrir enteramente ambas hojas de la puerta, y por metáfora, enteramente abierto, sin embarazo. A. Pérez, Dom., 1 cuar., f. 133: “El pellejo duro, empero tan adelgazado, que se podían ver por él de par en par las entrañas”.
[85] Tecleados de moños, acción de teclear en el moño, componiéndoselo con los dedos, como suelen, para atraer las miradas y dejando ver su continua ansia de aliñarse.
[86] Trompicar, dar trompicones. Gallo, Job, 53, 28: “Andar de día a ciegas y de noche trompicando”. Rebullosa, Teatro, p. 306: “Los derriban trompicando en un valle de miserias”.
[87] “Por debajo de la cuerda. (Dícese cuando se juega a la pelota en un corredor, puesta una cuerda, y pasa la pelota por debajo, y así en otras cosas: echar faltas por debajo de la cuerda)”. (Corr., 603). Pero aquí está tomado de lo que se hace tirando encubiertamente de una cuerda, así que por debajo de cuerda es lo que por debajo de mano, escondidamente, con intento solapado. L. Grac., Crit., 2, 7: “Para hacer bajo cuerda cuanto quieren y todo va bajo manga”.
[88] Atusado; en B: atufado.
[89] El tanto más cuanto. Andar, ponerse en tanto más cuanto, en cuentas y regateos. Quev., Cuent. de cuent.: “Quitaos de cuentos y no andéis en tanto más cuanto”. H. Santiago, Dom., 2 cuar, p. 216: “Antes que el hombre se ponga en tanto más cuanto, Dios le enseña hoy más que lo que le puede caber en la codicia”.
[90] Azuzando, así en M S; en la edición corregida, aguzando. En M S: alimentando cizañas.
[91] Tema femenino es porfía y terquedad. No se confunda con el masculino tema, voz moderna tomada del griego. Dar pistos a temas desmayadas es alimentarlas como a enfermo, con alimentos líquidos y fáciles, que ésos son los pistos.
[92] Ese propio, mismo. A. Álv., Silv. Fer., 6 cen., 6 c.: “Si fuere moderado..., nada desto se le pega al Señor, sino a ti propio te heciste mejor”. Dos Hablad.: “Tiene mi mujer la propia enfermedad”. J. Pin., Agr., 2, 7: “Vos soléis decir que está mal dicho yo propio, y es lo que comúnmente se usa en esta tierra”.
[93] Basilisco, por matar con sola la vista.
[94] Pujar, acrecentar o subir la puja o puesta en subastas, ganarle por la mano, adelantarle en ceremonias.
[95] De buces, como de bruces y de buzos, bajando la cabeza, y díjose el uno de buz, como el otro de buruz, de cabeza, que suena en vascuence.
[96] Roerle los zancajos a uno es hablar mal de él por detrás, como gozquejo que ladra, y se tira a los zancajos o talones. Cáceres, ps. 100: “Aquéllos que andaban royendo los zancajos: 'Detrahentem secreto proximo suo'”.
[97] Que ya, tanto, que de tanto roérselos, se le ve el hueso. Sobre el que comparativo véase Cejador, Leng. de Cervantes, I, 266, 17.
[98] Coleo, posverbal de colear, menear la cola.
[99] Jeta, los labios y narices como salientes, a modo de hocico y trompa. Quev., Son., 48: “Llamava labio y jeta comedera”.
[100] Maridillo le llama, por ser poco marido, a fuer de consentidor, que por una promesa que le haga se amansa y amodorra, vase de casa y al volver tose fuerte para que el otro y ella sepan que llega y se pongan de pura visita de etiqueta. Todo ello lo había bien pintado Mateo Alemán.
[101] “sueño de los que no pueden”. (Edic. de Madrid de 1648 y siguientes). Quiere decir que a los que no tienen que dar no les da el menor pie para que pretendan su mujer ni menos tomen alas en su casa, que esto es tenerles el ceño a raíz, que no salga afuera; en cambio, a los generosos déjales el campo libre, inventando viajes y ausencias, como hacía Guzmán de Alfarache.
[102] Trompicones, la cornamenta. A la cabeza dicen M S.
[103] Corr., 574: “Dar jabón. (Por una reprensión)”.
LA HORA DE TODOS Y LA FORTUNA CON SESO
A DON ÁLVARO DE MONSALVE,
CANÓNIGO DE LA SANTA IGLESIA DE TOLEDO,
PRIMADA DE LAS ESPAÑAS
Este libro tiene parentesco con vuesa merced, por tener su origen de una palabra que le oí. A vuesa merced debe el nacimiento; a mí, el crecer. Su comunicación es estudio para el bien atento, pues con pocas letras que pronuncia, ocasiona discursos. Tal es la genealogía déste. Doyle lo que es suyo en la sustancia y lo que es mío en la estatura y bulto. Su título es: La Hora de todos y la Fortuna con seso. Todos me deberán una hora, por lo menos, y la Fortuna sacarla de los orates, que lo más ha vivido entre locos. El tratadillo, burla burlando[104], es de veras. Tiene cosas de las cosquillas, pues hace reír con enfado y desesperación. Extravagante reloj, que, dando una hora sola, no hay cosa que no señale con la mano[105]. Bien sé que le han de leer unos para otros[106] y nadie para sí. Hagan lo que mandaren y reciban unos y otros mi buena voluntad. Si no agradare lo que digo, bien se le puede perdonar a un hombre ser necio una hora, cuando hay tantos que no lo dejan de ser una hora en toda su vida. Vuesa merced, señor don Álvaro, sabe empeñarse[107] por los amigos y desempeñarlos. Encárguese desta defensa, que no será la primera que le deberé. Guarde Dios a vuesa merced, como deseo. Hoy 12 de marzo de 1636.
NOTAS:
[104] Corr., 588: “Burla burlando. (Cuando se hace algo sin intentarlo)”, o como en broma, al parecer, e intentándolo de veras, como quien no quiere la cosa. Como si se dijera: burlando burla (objeto intrínseco). También burla burlanga. F. Silva, Celest., 25: “Burla burlando, por mi vida, que me requirió de amores”. Lazar., 1: “Visto esto y las malas burlas, que el ciego burlaba de mí, determiné de todo en todo dejarle”.
[105] Que no señale con la mano o manecilla del reloj. La de este reloj alude a fulano y mengano, a todo el mundo, por ser la hora de todos cuando suena.
[106] Leer para otro, achacando a otro lo que dice la lectura y saliéndose él mismo afuera, como si no fuera con él.
[107] Empeñarse, tomar por su cuenta y con empeño; desempeñarlo, librarle. Zabaleta, Día f., 1, 8: “El cortesano se empeña por definir el duelo”. H. Sant., Dom. 3 cuar.: “Que le desempeña el alma, que le rescata deste cautiverio”.
PRÓLOGO
Si eres idólatra o pagano, que vale tanto, no te escandalices, oh amigo lector, porque llame a tus dioses a concejo a son de cuerno de Baco. Que cuernos dieron a Júpiter, por lo que le llamaron Cornupeta y Ammon, como quien de carnero le topa, y ya ves qué honrados debieron ser los cuernos cuando coronar debieron la cabeza del padre de los dioses. Mas si, como presumo, fueses jordanesco de casta y te hubiese caído el rocío del cielo sobre la crisma, que Dios te liberte de maleficios; détese una higa de que te enseñe con dioses falsos o verdaderos. Que, como tú te enmiendes de lo que pecar sueles, tanto vale el hisopo como el tridente, si es que no te gustan más los pinchonazos del uno que los asperges del otro; que, a tal gusto, con ellos te queda, que a mí me basta con el aspersilo, mas que sea de sotana raída y de bonete torcido. No te rías porque se ría el libro, que éste lo hace de ti viéndote panarra o inocente, que no le entiendes, o pícaro, que te apartas del consejo; y cuida que, aunque cuando, después de cerrado y dado al Leteo, que es el que lleva lo bueno y lo malo al estanque sucio del olvido, se esconde dentro de los pliegues de la conciencia para roerlas a sabor suyo cuando mejor le viene, y tú no puedas evitarlo.
A todos llega la hora siempre temprano, porque es dama muy madrugona y nada perezosa. Y así, cuando veas la del vecino, no te creas lejano de la tuya, que te está echando la zarpa y entretejiendo el lazo con que ha de ahogarte. Si te amarga la verdad escrita, échate un pedacito de enmienda al alma y la endulzarás. Porque, si no, ha de avinagrarse y causarte indigestión de muerte, que es la peor y para la que no alcanzan las drogas de acá abajo, porque los boticarios de lametón no han dado todavía con la píldora de la vida, siendo así que calzan borla de doctores en las de la muerte.
No te fíes en que no te ha nevado la edad el cabello: que hay canas que van tras los años y años que atraen las canas, y que la vida pasa, cuando le place al del ojo grande, sin que necesite poner mojones de aviso ni llamar con campanillas: que hay soplos que matan lo que no mata un terremoto.
Si te amoscas porque te sorprenda en tus cálculos, peor para ti si no los das de mano. Que yo cumplo con descubrirlos a tu conciencia, que se alegra de ello tanto como tú lo lloras. Vierte lágrimas, pero sin asemejarte al cocodrilo. Recógelas, que tu alma las necesita para la hora, si son de arrepentido. Mira que a los rayos de Júpiter nada se esconde, y que el fuego de Vulcano todo lo abrasa. Dirígete a Apolo y te escudará en su carro, si fervorizante le pides. Y porque más has de ver de lo que yo te diga y mi libro te enseñe, léelo con la mano en el seno y ráscate, cuando te pique: que para sermón de lego ya es bastante sin licencia del Prior.—(Ms. de Lista.)
TABLA DE LOS SUCESOS[108]
| I. | Un médico. |
| II. | Un azotado. |
| III. | Los chirriones. |
| IV. | La casa del ladrón ministro. |
| V. | El usurero y sus alhajas. |
| VI. | El hablador plenario. |
| VII. | Senadores votan un pleito. |
| VIII. | El casamentero. |
| IX. | El poeta culto. |
| X. | La buscona y el guardainfante. |
| XI. | El criado favorecido y el amo. |
| XII. | La casada que se afeita. |
| XIII. | Gran señor que visita su cárcel. |
| XIV. | Mujeres diferentes que van por la calle. |
| XV. | Potentado después de comer. |
| XVI. | Codiciosos y tramposos. |
| XVII. | Arbitristas en Dinamarca. |
| XVIII. | Las alcahuetas y las chillonas. |
| XIX. | El letrado y los pleiteantes. |
| XX. | Los taberneros. |
| XXI. | Enjambre de pretendientes. |
| XXII. | Hombres que piden prestado. |
| XXIII. | La imperial Italia. |
| XXIV. | El caballo de Nápoles. |
| XXV. | Los dos ahorcados. |
| XXVI. | El gran Duque de Moscovia y los tributos. |
| XXVII. | Un fullero. |
| XXVIII. | Los holandeses. |
| XXIX. | El gran Duque de Florencia. |
| XXX. | El alquimista. |
| XXXI. | Los tres franceses y el español. |
| XXXII. | La serenísima república de Venecia. |
| XXXIII. | El Dux y Senado de Génova. |
| XXXIV. | Los alemanes herejes. |
| XXXV. | El Gran Señor de los turcos. |
| XXXVI. | Los de Chile y los holandeses. |
| XXXVII. | Los negros. |
| XXXVIII. | El serenísimo Rey de Ingalaterra. |
| XXXIX. | Los judíos se juntan en su Salónique. |
| XL. | Los pueblos y súbditos de Príncipes y sus repúblicas. |
NOTAS:
[108] En el Ms. del señor Duque de Frías son árabes los números de cada uno de ellos, y están pospuestos al suceso respectivo.
Los asuntos de esta obra se anotan al margen de la correspondiente plana en la edición de Zaragoza de 1650, en la siguiente forma: “Médicos, alguaciles, escribanos, boticarios, mujeres afeitadas, gangosos, teñidos, adinerado ladrón de hidalguía postiza, mohatrero, hablador, senadores, casamentero, poeta culto, buscona, galán con pantorrillas postizas, calvos y teñidos[109], mujer afeitada, dueña, doncellita, visita de cárcel, damas que encubren años, a pie, en coches, en sillas de manos, lisonjeros de señores y potentados, embusteros y tramposos, arbitristas, cobradores y ejecutores, alcahuetas y chillonas, dueñas, letrado, abogado, pasante, procurador, escribano, relator, taberneros, pretendientes, envestidores que piden prestado, Italia, Roma, Saboya, España, Francia, Italia, Venecia, Nápoles, Duque de Osuna, Virrey de Nápoles, rufianes ahorcados, médicos, tributos, fullero y tramposo, Holanda, romanos, Gran Duque de Florencia, alquimista, miserable, carbonero, franceses, español, Venecia, Italia, privado, alemanes, el Gran Turco, Duque de Osuna, España y españoles, artillería, emprenta, holandeses en Chile, negros, Inglaterra, sinagoga y judíos, monopantos, oro y plata, triaca, varias naciones y malcontentos, Duque de Saboya, ginovés, contra el gobierno repúblico, legisladores y mujeres, nota, francés y italiano, valido, tiranos, de qué se ha de cuidar en una república, consejeros, premios, jueces, pastores”.
En igual forma se encuentran en casi todas las impresiones anteriores a la de Bruselas, 1660, donde los asuntos se sacan al pie con llamadas. En las españolas del siglo pasado se pusieron como epígrafes al principio de cada capítulo.
[109] “Criado de señor endemoniado”. (Ms. de la Biblioteca Nacional, T. 153, pág. 240, v).
LA HORA DE TODOS Y LA FORTUNA CON SESO
Júpiter[110], hecho de hieles[111], se desgañitaba[112] poniendo los gritos en la tierra. Porque ponerlos en el cielo[113], donde asiste, no era encarecimiento a propósito. Mandó que luego a consejo viniesen todos los dioses trompicando[114]. Marte, don Quijote de las deidades, entró con sus armas y capacete y la insignia de viñadero[115] enristrada, echando chuzos[116], y a su lado, el panarra[117] de los dioses, Baco, con su cabellera de pámpanos, remostada[118] la vista, y en la boca, por lagar vendimias de retorno[119] derramadas, la palabra bebida, el paso trastornado y todo el celebro en poder de las uvas.
Por otra parte, asomó con pies descabalados[120] Saturno, el dios marimanta[121], comeniños, engulléndose sus hijos a bocados. Con él llegó, hecho una sopa[122], Neptuno, el dios aguanoso, con su quijada de vieja por cetro, que eso es tres dientes en romance, lleno de cazcarrias[123] y devanado[124] en ovas, oliendo a viernes[125] y vigilias, haciendo lodos con sus vertientes en el cisco[126] de Plutón, que venía en su seguimiento. Dios dado a los diablos, con una cara afeitada con hollín y pez, bien zahumado con alcrebite[127] y pólvora, vestido de cultos[128] tan escuros, que no le amanecía todo el buchorno del sol, que venía en su seguimiento con su cara de azófar y sus barbas de oropel. Planeta bermejo y andante, devanador de vidas, dios dado a la barbería, muy preciado de guitarrilla y pasacalles, ocupado en ensartar un día tras otro y en engazar[129] años y siglos, mancomunado con las cenas[130] para fabricar calaveras.
Entró Venus, haciendo rechinar los coluros con el ruedo del guardainfante[131], empalagando de faldas a las cinco zonas, a medio afeitar la jeta y el moño[132], que la encorozaba de pelambre la cholla, no bien encasquetado, por la prisa. Venía tras ella la Luna, con su cara en rebanadas, estrella en mala moneda[133], luz en cuartos, doncella de ronda y ahorro de lanternas y candelillas. Entró con gran zurrido el dios Pan, resollando con dos grandes piaras de númenes, faunos, pelicabros y patibueyes[134]. Hervía todo el cielo de manes y lemures y penatillos y otros diosecillos[135] bahunos[136]. Todos se repantigaron en sillas y las diosas se rellanaron, y, asestando las jetas a Júpiter con atención reverente, Marte se levantó, sonando a choque de cazos y sartenes, y con ademanes de la carda[137], dijo:
—Pesia[138] tu hígado[139], oh grande Coime[140], que pisas el alto claro, abre esa boca y garla: que parece que sornas.
Júpiter, que se vió salpicar de jacarandinas[141] los oídos y estaba, siendo verano y asándose el mundo, con su rayo en la mano haciéndose chispas, cuando fuera mejor hacerse aire con un abanico, con voz muy corpulenta, dijo:
—Vusted envaine y llámeme a Mercurio.
El cual, con su varita de jugador[142] de manos y sus zancajos pajaritos[143] y su sombrerillo hecho en horma de hongo, en un santiamén y en volandas[144] se le puso delante. Júpiter le dijo:
—Dios virote[145], dispárate al mundo y tráeme aquí, en un cerrar y abrir de ojos[146], a la Fortuna asida de los arrapiezos[147].
Luego, el chisme del Olimpo[148], calzándose dos cernícalos por acicates, se despareció, que ni fué oído ni visto[149], con tal velocidad, que verle partir y volver fué una misma acción de la vista. Volvió hecho mozo de ciego y lazarillo, adestrando a la Fortuna, que con un bordón en la una mano venía tentando y de la otra tiraba de la cuerda que servía de freno a un perrillo.
Traía por chapines una bola, sobre que venía de puntillas, y hecha pepita de una rueda, que la cercaba como a centro, encordelada de hilos y trenzas, y cintas, y cordeles y sogas, que con sus vueltas se tejían y destejían. Detrás venía, como fregona, la Ocasión, gallega de coramvobis[150], muy gótica de facciones, cabeza de contramoño, cholla bañada de calva de espejuelo y en la cumbre de la frente un solo mechón, en que apenas había pelo para un bigote. Era éste más resbaladizo que anguilla, culebreaba deslizándose al resuello[151] de las palabras. Echábasele de ver en las manos que vivía de fregar y barrer[152] y de fregar los arcaduces y de vaciar los que la Fortuna llevaba.
Todos los dioses mostraron mohina de ver a la Fortuna, y algunos dieron señal de asco cuando ella, con chillido desentonado, hablando a tiento, dijo:
—Por tener los ojos acostados y la vista a buenas noches[153], no atisbo quién sois los que asistís a este acto; empero, seáis quien fuéredes, con todos hablo, y primero contigo, oh Jove, que acompañas las toses de las nubes con gargajo trisulco[154]. Dime: ¿qué se te antojó ahora de llamarme, habiendo tantos siglos que de mí no te acuerdas? Puede ser que se te haya olvidado a ti y a esotro vulgo de diosecillos lo que yo puedo, y que así he jugado contigo y con ellos como con los hombres.
Júpiter, muy prepotente, la respondió:
—Borracha, tus locuras, tus disparates y maldades son tales, que persuaden a la gente mortal que, pues no te vamos a la mano, que no hay dioses, que el cielo está vacío y que soy un dios de mala muerte[155]. Quéjanse que das a los delitos lo que se debe a los méritos, y los premios de la virtud, al pecado; que encaramas en los tribunales a los que habías de subir a la horca, que das las dignidades a quien habías de quitar las orejas y que empobreces y abates a quien debieras enriquecer.
La Fortuna, demudada y colérica, dijo:
—Yo soy cuerda y sé lo que hago, y en todas mis acciones ando pie con bola[156]. Tú, que me llamas inconsiderada y borracha, acuérdate que hablaste por boca de ganso[157] en Leda[158], que te derramaste en lluvia de bolsa[159] por Dánae, que bramaste y fuiste Inde toro pater[160] por Europa, que has hecho otras cien mil picardías y locuras y que todos ésos y ésas que están contigo han sido avechuchos, hurracas y grajos, cosas que no se dirán de mí. Si hay beneméritos arrinconados y virtuosos sin premios, no toda la culpa es mía: a muchos se los ofrezco que los desprecian, y de su templanza fabricáis mi culpa. Otros, por no alargar la mano a tomar lo que les doy, lo dejan pasar a otros, que me lo arrebatan sin dárselo. Más son los que me hacen fuerza que los que yo hago ricos; más son los que me hurtan lo que les niego que los que tienen lo que les doy. Muchos reciben de mí lo que no saben conservar: piérdenlo ellos y dicen que yo se lo quito. Muchos me acusan por mal dado en otros lo que estuviera peor en ellos. No hay dichoso sin invidia de muchos; no hay desdichado sin desprecio de todos. Esta criada me ha servido perpetuamente. Yo no he dado paso sin ella. Su nombre es la Ocasión. Oídla; aprended a juzgar de una fregona.
Y desatando la taravilla[161] la Ocasión, por no perderse a sí misma, dijo:
—Yo soy una hembra que me ofrezco a todos. Muchos me hallan, pocos me gozan. Soy Sansona femenina, que tengo la fuerza en el cabello. Quien sabe asirse a mis crines[162], sabe defenderse de los corcovos de mi ama. Yo la dispongo, yo la reparto, y de lo que los hombres no saben recoger y gozar me acusan. Tiene repartidas la necedad por los hombres estas infernales cláusulas:
“Quién dijera, no pensaba, no miré en ello, no sabía, bien está, qué importa, qué va ni viene, mañana se hará, tiempo hay, no faltará ocasión, descuidéme, yo me entiendo, no soy bobo, déjese deso, yo me lo pasaré, ríase de todo, no lo crea, salir tengo con la mía, no faltará, Dios lo ha de proveer, más días hay que longanizas, donde una puerta se cierra otra se abre, bueno está eso, qué le va a él, paréceme a mí, no es posible, no me diga nada, ya estoy al cabo, ello dirá, ande el mundo, una muerte debo a Dios, bonito soy yo para eso, sí por cierto, diga quien dijere, preso por mil, preso por mil y quinientos, no es posible, todo se me alcanza, mi alma en mi palma, ver veamos, diz que, y pero, y quizás”.
Y el tema de los porfiados:
“Dé donde diere”.
Estas necedades hacen a los hombres presumidos, perezosos y descuidados. Éstas son el hielo en que yo me deslizo, en éstas se trastorna la rueda de mi ama y trompica la bola que la sirve de chapín. Pues si los tontos me dejan pasar, ¿qué culpa tengo yo de haber pasado? Si a la rueda de mi ama son tropezones y barrancos, ¿por qué se quejan de sus vaivenes? Si saben que es rueda, y que sube y baja, y que, por esta razón, baja para subir y sube para bajar, ¿para qué se devanan en ella? El sol se ha parado; la rueda de la Fortuna, nunca. Quien más seguro pensó haberla fijado el clavo[163], no hizo otra cosa que alentar con nuevo peso el vuelo de su torbellino. Su movimiento digiere las felicidades y miserias, como el del tiempo las vidas del mundo, y el mundo mismo poco a poco. Esto es verdad, Júpiter. Responda quien supiere.
La Fortuna, con nuevo aliento, bamboleándose con remedos de veleta y acciones de barrena, dijo[164]:
—La Ocasión ha declarado la ocasión injusta de la acusación que se me pone; empero yo quiero de mi parte satisfacerte a ti, supremo atronador[165], y a todos esotros que te acompañan, sorbedores de ambrosía y néctar, no obstante que en vosotros he tenido, tengo y tendré imperio, como le tengo en la canalla más soez del mundo. Y yo espero ver vuestro endiosamiento muerto de hambre por falta de víctimas y de frío, sin que alcancéis una morcilla por sacrificio, ocupados en sólo abultar poemas y poblar coplones[166], gastados en consonantes y en apodos amorosos, sirviendo de munición a los chistes y a las pullas.
—Malas nuevas tengas de cuanto deseas—dijo el Sol—, que con tan insolentes palabras blasfemas de nuestro poder. Si me fuera lícito, pues soy el Sol, te friyera en caniculares, y te asara en buchornos, y te desatinara a modorras.
—Vete a enjugar lodazales—dijo Fortuna—, a madurar pepinos y a proveer de tercianas a los médicos y a adestrar las uñas de los que se espulgan a tus rayos; que ya te he visto yo guardar vacas[167] y correr tras una mozuela, que, siendo sol, te dejó a escuras. Acuérdate que eres padre de un quemado[168]. Cósete la boca[169], y deja de hablar, y hable quien le toca[170].
Entonces Júpiter severo pronunció estas razones:
—En muchas de las que tú[171] y esa picarona que te sirve habéis dicho, tenéis razón; empero, para satisfacción de las gentes está decretado irrevocablemente[172] que en el mundo, en un día y en una propia hora, se hallen de repente todos los hombres con lo que cada uno merece. Esto ha de ser: señala hora y día.
La Fortuna respondió:
—Lo que se ha de hacer, ¿de qué sirve dilatarlo? Hágase hoy. Sepamos qué hora es.
El Sol, jefe de relojeros, respondió:
—Hoy son 20 de junio[173], y la hora, las tres de la tarde y tres cuartos y diez minutos.
—Pues en dando las cuatro—dijo la Fortuna—, veréis lo que pasa en la tierra.
Y diciendo y haciendo[174], empezó a untar el eje de su rueda y encajar manijas, mudar clavos, enredar cuerdas, aflojar unas y estirar otras, cuando el Sol, dando un grito, dijo:
—Las cuatro son, ni más ni menos: que ahora acabo de dorar la cuarta sombra posmeridiana de las narices de los relojes de sol.
En diciendo estas palabras, la Fortuna, como quien toca sinfonía, empezó a desatar su rueda, que, arrebatada en huracanes y vueltas, mezcló en nunca vista confusión todas las cosas del mundo, y dando un grande aullido, dijo:
—Ande la rueda, y coz con ella[175].
I. En aquel propio instante, yéndose a ojeo de calenturas, paso entre paso[176] un médico en su mula, le cogió la hora y se halló de verdugo, perneando[177] sobre un enfermo, diciendo credo, en lugar de récipe, con aforismo escurridizo.
II. Por la misma calle, poco detrás, venía un azotado, con la palabra del verdugo delante chillando[178] y con las mariposas del sepan cuantos, detrás y el susodicho en un borrico, desnudo de medio arriba, como nadador de rebenque[179]. Cogióle la hora, y, derramando[180] un rocín al alguacil que llevaba y el borrico al azotado, el rocín se puso debajo del azotado y el borrico debajo del alguacil, y, mudando lugares, empezó a recibir los pencazos el que acompañaba al que los recibía, y el que los recibía, a acompañar al que le acompañaba[181].
III. Atravesaban por otra calle unos chirriones[182] de basura, y, llegando enfrente de una botica, los cogió la hora, y empezó a rebosar la basura y salirse de los chirriones y entrarse en la botica, de donde saltaban los botes y redomas, zampándose[183] en los chirriones con un ruido y admiración increíble. Y como se encontraban al salir y al entrar los botes y la basura, se notó que la basura, muy melindrosa, decía a los botes:
—Háganse allá.
Los basureros andaban con escobas y palas traspalando en los chirriones mujeres afeitadas y gangosos y teñidos, sin poder nadie remediarlo[184].
IV. Había hecho un bellaco una casa de grande ostentación con resabios de palacio y portada sobreescrita de grandes genealogías de piedra. Su dueño era un ladrón que, por debajo de[185] su oficio, había robado el caudal con que la había hecho. Estaba dentro y tenía cédula a la puerta para alquilar tres cuartos. Cogióle la hora. ¡Oh, inmenso Dios, quién podrá referir tal portento! Pues, piedra por piedra y ladrillo por ladrillo, se empezó a deshacer, y las tejas, unas se iban a unos tejados y otras a otros. Veíanse vigas, puertas y ventanas entrar por diferentes casas, con espanto de los dueños, que la restitución tuvieron a terremoto y a fin del mundo. Iban las rejas y las celosías[186] buscando sus dueños de calle en calle. Las armas de la portada partieron, como rayos, a restituirse a la montaña, a una casa de solar, a quien este maldito había achacado su pícaro nacimiento. Quedó desnudo de paredes y en cueros de edificio, y sólo en una esquina quedó la cédula de alquiler que tenía puesta, tan mudada por la fuerza de la hora, que, donde decía: “Quien quisiere alquilar esta casa vacía, entre: que dentro vive su dueño”, se leía: “Quien quisiere alquilar este ladrón, que está vacío de su casa, entre sin llamar, pues la casa no lo estorba”.
V. Vivía enfrente déste un mohatrero, que prestaba sobre prendas, y viendo afufarse[187] la casa de su vecino, quiso prevenirse, diciendo:
—¿Las casas se mudan de los dueños? ¡Mala invención!
Y por presto que quiso ponerse en salvo, cogido de la hora, un escritorio, y una colgadura y un bufete de plata, que tenía cautivos de intereses argeles[188], con tanta violencia se desclavaron de las paredes y se desasieron, que, al irse a salir por la ventana un tapiz, le cogió en el camino y, revolviéndosele al cuerpo, amortajado en figurones, le arrancó y llevó en el aire más de cien pasos, donde, desliado, cayó en un tejado, no sin crujido del costillaje; desde donde, con desesperación, vió pasar cuanto tenía en busca de sus dueños, y detrás de todo, una ejecutoria, sobre la cual, por dos meses, había prestado a su dueño doscientos reales, con ribete de cincuenta más. Ésta ¡oh extraña maravilla!, al pasar, le dijo:
—Morato, arráez[189] de prendas: si mi amo por mí no puede ser preso por deudas, ¿qué razón hay para que tú por deudas me tengas presa[190]?
Y diciendo esto, se zampó en un bodegón, donde el hidalgo estaba disimulando ganas de comer, con el estómago de rebozo, acechando unas tajadas que so el poder de otras muelas rechinaban.
VI. Un hablador plenario, que de lo que le sobra de palabras a dos leguas pueden moler otros diez habladores, estaba anegando en prosa su barrio, desatada la taravilla en diluvios de conversación. Cogióle la hora y quedó tartamudo y tan zancajoso de pronunciación, que a cada letra que pronunciaba, se ahorcaba en pujos de be a ba, y como el pobre padecía, paró la lluvia. Con la retención empezó a rebosar charla por los ojos y por los oídos.
VII. Estaban unos senadores votando un pleito. Uno dellos, de puro maldito, estaba pensando cómo podría condenar a entrambas partes. Otro incapaz, que no entendía la justicia de ninguno de los dos litigantes, estaba determinando su voto por aquellos dos textos de los idiotas: “Dios se la depare buena” y “dé donde diere”. Otro caduco, que se había dormido en la relación, discípulo de la mujer de Pilatos en alegar sueño[191], estaba trazando a cuál de sus compañeros seguiría sentenciando a trochimoche. Otro, que era docto y virtuoso juez, estaba como vendido al lado de otro, que estaba como comprado, senador brujo untado[192]. Éste alegó leyes torcidas[193], que pudieran arder en un candil, trujo a su voto al dormido y al tonto y al malvado. Y habiendo hecho sentencia, al pronunciarla, los cogió la hora y, en lugar de decir: “Fallamos que debemos condenar y condenamos”, dijeron:
“Fallamos que debemos condenarnos y nos condenamos”.
—Ése sea tu nombre[194]—dijo una voz.
Y, al instante, se les volvieron las togas pellejos de culebras, y, arremetiendo los unos a los otros, se trataban de monederos falsos de la verdad. Y de tal suerte se repelaron, que las barbas de los unos se vían en las manos de los otros, quedando las caras lampiñas y las uñas barbadas, en señal de que juzgaban con ellas[195], por lo cual les competía la zalea jurisconsulto.
VIII. Un casamentero estaba emponzoñando el juicio de un buen hombre, que, no sabiendo qué se hacer de su sosiego, hacienda y quietud, trataba de casarse. Proponíale una picarona, y guisábala con prosa eficaz, diciéndole:
—Señor, de nobleza no digo nada, porque, gloria a Dios, a vuesa merced le sobra para prestar. Hacienda, vuesa merced no la ha menester. Hermosura, en las mujeres propias antes se debe huir, por peligro. Entendimiento, vuesa merced la ha de gobernar, y no la quiere para letrado. Condición, no la tiene. Los años que tiene, son pocos, y decía entre sí: “por vivir”. Lo demás es a pedir de boca[196].
El pobre hombre estaba furioso, diciendo:
—Demonio, ¿qué será lo demás, si ni es noble, ni rica, ni hermosa ni discreta? Lo que tiene sólo es lo que no tiene, que es condición.