The Project Gutenberg eBook, La Biblia en España, Tomo I (de 3), by George Borrow, Translated by Manuel Azaña

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[Nota de transcripción]

[Índice]


LA BIBLIA EN ESPAÑA


COLECCIÓN GRANADA

VIAJES

BORROW: LA BIBLIA EN ESPAÑA
TRAD. DEL INGLÉS POR M. AZAÑA


LA BIBLIA EN ESPAÑA

POR

Borrow

traducción directa del inglés
por Manuel Azaña

TOMO I

COLECCIÓN GRANADA


JIMÉNEZ-FRAUD, Editor.—MADRID


ES PROPIEDAD

QUEDA HECHO EL DEPÓSITO QUE MARCA

LA LEY

Imprenta Clásica Española. Glorieta de Chamberí. Madrid.


NOTA PRELIMINAR

Tomás Borrow, de familia de labradores establecida desde muy antiguo cerca de Liskeard, en Cornwall, se fugó de su casa, siendo todavía mozo, por esquivar las consecuencias de una fechoría juvenil, y sentó plaza de soldado en 1783. Diez años más tarde, cuando era sargento, se casó con Ana Preferment, hija de un agricultor de East Dereham, Norfolk, de abolengo francés probablemente. En 1798, Tomás Borrow obtuvo el grado de capitán, del que no pasó en su carrera militar. En 1800 le nació un hijo, Juan Tomás, que fué pintor y soldado, y acabó por emigrar a Méjico en busca de fortuna, muriendo en aquellas tierras en 1834. El 5 de julio de 1803 nació en East Dereham el hijo segundo del matrimonio Borrow, Jorge Enrique, el cual, treinta y tres años más tarde, había de ser popular en Madrid con el nombre de Don Jorgito el inglés. La infancia de Jorge transcurrió en diferentes poblaciones de Inglaterra y de Escocia, merced a los cambios de guarnición del regimiento en que servía su padre. Viajó primeramente por las provincias de Sussex y Kent, y en 1808 y 1810 estuvo otra vez en su pueblo natal. Jorge era «un niño triste, que gustaba de permanecer horas enteras en un rincón solitario, con la cabeza caída sobre el pecho, dominado por un abatimiento peculiar; a veces sentía una impresión de miedo muy extraña, hasta de horror, sin causa real». Sus padres le dejaban vagar libremente por los campos. En 1810 conoció a Ambrosio Smith, el gitano a quien después representó en sus escritos con el nombre de Jasper Petulengro, y se juraron fraternidad. El desarrollo mental de Jorge fué algo tardío. Comenzó los estudios de humanidades en Dereham, y los continuó en Edimburgo, después en Norwich, y el año 1815 en la «Academia Protestante» de Clonmel (Irlanda), adonde el regimiento de su padre fué destinado. La vida escolar le curó de sus hábitos insociables y de su reserva. A Jorge le gustaban los estudios, pero no la sujeción de la escuela. Sentía inclinación natural por los idiomas, y los aprendía con desusada facilidad; su memoria era descomunal. Amaba la vida al aire libre y los deportes. Las aventuras, propias o ajenas, reales o soñadas, encandilaban su imaginación. En Irlanda, además de aprender la lengua del país, se había hecho gran jinete. Terminadas las guerras napoleónicas, y licenciado el regimiento, los Borrow se establecieron en Norwich. Jorge leía griego en la Grammar School, y de un emigrado francés tomaba lecciones de este idioma, de italiano y de español; cultivaba, además, la caza y el pugilismo. Los gastos y las costumbres de Jorge le hicieron antipático a su padre; no se le parecía en nada, teníale por un verdadero gitano, y, desentendiéndose de él en lo posible, le dejaba hacer cuanto quería. En 1818, Jorge se encontró de nuevo con Ambrosio Smith, o Jasper Petulengro, y, yéndose con él a un campamento de gitanos, los acompañó por ferias y mercados, se inició en sus costumbres y aprendió su idioma.

Llegado el momento de adoptar una profesión que le diese para vivir, Jorge, dudoso entre la Iglesia y el Foro, se decidió por el último; así se lo aconsejó un amigo, en situación semejante a la suya, diciéndole que la abogacía «era la mejor carrera para quienes (como ellos) no pensaban ejercer ninguna». El padre de Jorge le costeó el aprendizaje, colocándole en 1819 de pasante en casa de unos curiales de Norwich. Pero Jorge debía de tener mediana afición a los pleitos. Aprendió galés, danés, hebreo, árabe, armenio, y en el despacho de sus maestros trabajaba en traducir de esas lenguas al inglés; su amigo William Taylor le enseñó el alemán. Así vivió el pobre cinco años, amarrado a un oficio tan opuesto a su vocación. Quizás la lectura de libros de viajes y aventuras le fué entonces más gustosa y necesaria que nunca, como desquite de la aridez de su empleo. A Jorge Borrow le gustaban mucho Gil Blas, el Peregrino de Bunyan, Sterne, el Childe Harold, y, sobre todos, De Foe. «¡Oh genio de De Foe, yo te saludo!—exclama en su autobiografía—. ¡Cuánto no te debe el mío pobrísimo!»

En 1824, el capitán Tomás Borrow murió, dejando por heredera de sus escasas rentas a su mujer. Jorge, que llegaba entonces a la mayor edad, se marchó a Londres a buscarse la vida en cuanto terminó su contrato de pasantía. Llevaba por todo capital un legajo de traducciones; pero sus esperanzas eran muchas. Su primera estancia en Londres fué poco placentera. Luchaba con la escasez, con la falta de salud, con la inseguridad del trabajo, y padeció además la crisis característica de la juventud al encararse indefensa con la vida, y las amarguras de la vocación que busca a tientas su camino. Jorge se interrogaba acerca del valor de la existencia y de la verdad: «¿Qué es la verdad? ¿Qué es lo bueno y lo malo? ¿Para qué he nacido? ¿Todo perecerá y será olvidado, todo es vanidad?» Y no encontraba respuesta satisfactoria. El futuro misionero era entonces ateo empedernido; su amigo Taylor, además de enseñarle el alemán, le inculcó la irreligión. La tristeza y el descorazonamiento de Jorge fueron tales, que sus amigos temieron verle poner fin a sus días. Por aquella época publicó Borrow algunas traducciones de poesías extranjeras (varios romances españoles[1]); escribió, por encargo de un editor, una colección de «causas célebres»[2], y tradujo para una revista fragmentos de leyendas danesas[3]. Pero en 1825, el periódico en que escribía desapareció; riñó, además, con el editor que le daba trabajo, y se quedó en la calle con sus manuscritos y un puñado de dinero. Supónese que el anuncio de un librero le indujo a escribir, para zafarse de sus apuros del momento, una Vida y aventuras de José Sell, obra publicada, al parecer, con otros cuentos y narraciones en una colección que hoy no se sabe cuál fué. Vendida la obra, Borrow se marchó de Londres, abandonando la literatura, y viajó a pie en busca de salud corporal y de paz para su ánimo. Cuatro meses duró su vida errante. Volvió a encontrar a Jasper Petulengro, y se fué con él a vivir en hermandad con los gitanos, trabajando en hacer herraduras, y preso en las redes honestas de una linda moza de la tribu. Después compró un caballo, y recorrió Inglaterra en busca de aventuras. Cuando estos viajes concluyeron, Jorge Borrow tenía veintidós años. Era alto, flaco, zanquilargo, de rostro oval y tez olivácea; tenía la nariz encorvada, pero no demasiado larga; la boca bien dibujada, y ojos pardos, muy expresivos. Una canicie precoz le dejó la cabeza completamente blanca. Las cejas, prominentes y espesas, ponían en su rostro un violento trazo oscuro.

Jorge Borrow, al escribir, andando el tiempo, sus narraciones autobiográficas, se empeñó en rodear de misterio ciertos años de su vida (1826-1832), y con alusiones más o menos veladas (algunas encontrará el lector en La Biblia en España,) quiso dar a entender que se había visto envuelto en misteriosas aventuras y dado cima a dilatados viajes por países como la India, China y Tartaria. Ignórase, en efecto, lo que Borrow hizo en esos años; pero, en sentir de sus biógrafos más autorizados, es excesivo tanto misterio. Probablemente, Borrow vivió todo ese tiempo sin ocupación fija; viajó un poco, y escribió por gusto y por encargo. En 1826 se publicó una colección de sus traducciones del danés[4] con otras composiciones suyas. Dos años más tarde apareció una traducción de las Memorias de Vidocq[5], atribuída a Borrow; insertó en algunas revistas trabajos de menos importancia. Viajó por la Europa occidental, y parece que estuvo en Madrid, pero este viaje no pudo entrar en el marco de La Biblia en España.

Un gran cambio sobrevino en la vida de Jorge Borrow durante el año 1833, que decidió de su destino. Conocía Jorge Borrow a una familia residente en Oulton Hall, cerca de Lowestoft (Suffolk), de la que formaba parte Mrs. Mary Clarke, de treinta y seis años, viuda de un marino. Un reverendo pastor, relacionado con esa familia, indujo a Jorge Borrow a solicitar de la Sociedad Bíblica Británica y Extranjera un empleo donde pudiera utilizar su conocimiento de los idiomas. Jorge se fué a pie a Londres, y en veintidós horas recorrió una distancia de ciento veinte millas. En su frugal pobreza, Jorge sólo gastó en el viaje cinco peniques y medio, en un litro de cerveza, medio de leche, un pedazo de pan y dos manzanas. Los señores de la Sociedad Bíblica, después de examinarle de lenguas orientales durante una semana, le preguntaron si estaba dispuesto a aprender en seis meses la lengua manchú. Aceptó Jorge, y con un buen viático se volvió a Norwich, ya en diligencia; estudió con ahinco y a los seis meses triunfaba en las pruebas a que sus futuros jefes le sometieron. Por aquellos mismos días, Jorge Borrow se retractó de su ateísmo; ya fuese por influjo de Mrs. Clarke, o porque las ideas que le inculcó su amigo Taylor arraigaron poco en su espíritu y se marchitaron al acercarse la treintena, lo cierto es que Borrow profesó un protestantismo tan fanático como el ateísmo que abandonaba. No tardó en asimilarse el «tono misionero» ni en adoptar la jerga propia de sus patronos. Cuando aún se hallaba en curso su nombramiento, uno de secretarios de la Sociedad Bíblica censuraba así el estilo de una carta de Borrow: «Perdóneme usted si, como sacerdote, y mayor que usted en años, aunque no en talento, me atrevo, con la mejor intención, a hacerle una advertencia que podrá no ser inútil.» Acota una frase que ha llamado la atención de algunos de «los excelentes miembros de nuestro Comité»: aquella en que «habla usted de la perspectiva de ser útil a la Divinidad, al hombre y a usted mismo. Sin duda, quiso usted decir la perspectiva de glorificar a Dios; pero el giro de sus palabras nos hizo pensar en ciertos pasajes de la Escritura, tales como Job, XXI, 2, etc.» La respuesta de Borrow debió de ser tal, que el mismo reverendo le escribía: «El espíritu de su última carta es verdaderamente cristiano, en armonía con aquella regla sentada por el mismo Cristo, y de la que Él dió, en cierto sentido, tan prodigioso ejemplo, que dice: El que se humille será ensalzado.» Finalmente, la Sociedad Bíblica aceptó los servicios de Borrow y le envió a Rusia, para donde salió sin dilación, a mediados de año, a colaborar en la transcripción y colación del manuscrito de la Biblia traducida al manchú, y en la impresión del Nuevo Testamento en la misma lengua.

Jorge Borrow estuvo en Rusia hasta septiembre de 1835. Sirvió con celo y buen éxito a la Sociedad Bíblica; visitó Moscú y Nowgorod, y proyectó un viaje a China, a través del Asia, para distribuir el Evangelio por el Oriente. El Gobierno ruso le negó los pasaportes. Ese proyecto de viaje fué, en opinión de uno de sus biógrafos, el único motivo que tuvo Borrow para creer, y hacérselo creer a sus lectores, que había estado en el Oriente remoto[6]. Durante su estancia en Rusia tradujo al ruso unas homilías de la iglesia anglicana, y publicó en San Petersburgo dos colecciones de poesías traducidas por él al inglés: Targum[7] y el Talismán[8].

En octubre de 1835 volvió Jorge Borrow a Inglaterra, y, apenas llevaba un mes en su país, la Sociedad Bíblica decidió utilizar de nuevo sus servicios, enviándole a Lisboa y Oporto con encargo de acelerar la propagación de la Biblia en Portugal. Ni la Sociedad Bíblica ni Jorge Borrow preveían entonces que sus campañas en la Península iban a tener la importancia que después adquirieron. Para la Sociedad, el envío de Borrow a Portugal era un empleo interino, en espera de que se decidiese su viaje a China. Borrow ignoraba si tendría o no en Portugal libertad suficiente para lanzarse a una propaganda intensa, ni si el ánimo de la gente se hallaría bien dispuesto para recibirla. Jorge Borrow se embarcó en Londres el 6 de noviembre de 1835, y llegó a Lisboa el 13 del mismo mes[9]; visitó los alrededores de la capital, hizo una excursión por el Alemtejo, y de estos viajes y de sus conversaciones con el representante de la Sociedad Bíblica en Lisboa nació la determinación de aplazar sus trabajos en Portugal. Borrow resolvió pasar a España. Salió de Lisboa para Badajoz el 1.º de enero de 1836, cruzó la frontera el día 6, detúvose en Badajoz diez días, y por Mérida, Oropesa y Talavera llegó a Madrid. Por el camino fué madurando su plan de campaña: le pareció necesario, ante todo, hacer en España una tirada de la Biblia en castellano, porque sólo podían circular las impresas en el reino. Pero lo difícil no era eso; lo difícil era obtener permiso para imprimirla sin notas. Desde la invención de la imprenta, hasta 1820, no se había impreso en España ninguna traducción de la Biblia descargada de comentarios y notas, y que fuese, por tanto, de tamaño manual y de precio reducido, accesible a todos. En 1790 apareció la traducción de Scio, en diez volúmenes en folio, y en 1823, la de Amat, en nueve volúmenes en cuarto. Al amparo de la fugaz libertad política, instaurada por la Revolución de 1820, se imprimió en Barcelona (1820) el Nuevo Testamento, traducción de Scio, pero sin notas; desde entonces, hasta la llegada de Borrow a España, nada más se había hecho. La propaganda de las Sociedades bíblicas no consiste, esencialmente, en predicar una confesión determinada, sino en difundir la lectura de la Biblia, poniendo al alcance del mayor número el texto genuino de la Escritura. Como, en opinión de los cristianos reformados, los dogmas y prácticas de la Iglesia romana contradicen la letra y el espíritu del libro sagrado, basta la lectura de su texto auténtico, y la restauración del sentido propio en su inteligencia e interpretación, para minar las bases de la dominación papista. Así, Borrow, abundando en las intenciones de sus directores, y con autorización expresa de ellos, gestionó desde luego el permiso que necesitaba para imprimir el Evangelio sin notas, y, vencidas no pocas dificultades, se dispuso a reimprimir en Madrid la traducción del Nuevo Testamento, de Scio, editada sin notas por la Sociedad Bíblica en Londres, 1826. Borrow y la Sociedad Bíblica desconocían las versiones castellanas de la Biblia, hechas por los antiguos reformistas españoles, libros rarísimos entonces.

Borrow se fué de Madrid a los pocos días de la revolución de La Granja, estuvo en Granada y Málaga (viaje no referido en La Biblia en España), se embarcó en Gibraltar, llegó a Londres el 3 de octubre, instó en la Sociedad Bíblica la inmediata apertura de la campaña de propaganda en España, y, aceptados sus planes, se reembarcó el 4 de noviembre, llegando a Cádiz el 22 del mismo mes. Por Sevilla y Córdoba se dirigió Borrow a Madrid, adonde llegó el 26 de diciembre. No perdió el tiempo. En 14 de enero de 1837 firmaba con Andrés Borrego el contrato para la impresión del Evangelio, y en 1.º de mayo siguiente se publicó el libro[10]. Borrow obtuvo de la Sociedad Bíblica autorización para repartir en persona la obra por pueblos, y, dejando en Madrid encargado de sus asuntos a don Luis de Usoz y Río, emprendió, acompañado de su famoso criado griego, el larguísimo viaje por Castilla la Vieja, Galicia, Asturias y Santander, que duró desde mayo a noviembre de 1837. De regreso en Madrid, imprimió dos nuevas traducciones parciales del Nuevo Testamento: una traducción del Evangelio de San Lucas al caló[11], hecha por él, y otra del mismo Evangelio al vascuence, por un señor Oteiza[12].

La publicación del Evangelio en caló, la apertura de un Despacho de la Sociedad Bíblica en la calle del Príncipe, los métodos empleados por Borrow para llamar la atención del público hacia su obra y ciertas imprudencias de otros agentes de la Sociedad en España, provocaron la intervención de las autoridades y desencadenaron una borrasca, en la que naufragó la propaganda evangélica y, a la larga, puso fin a los trabajos de Borrow en España; de ella nació también un primer disentimiento entre la Sociedad y su agente, disentimiento que terminó en ruptura. En enero del 38, el jefe político de Madrid secuestró los libros existentes en la tienda abierta por Borrow; en mayo, fué preso Don Jorge por desacato a un agente de la autoridad y por vender libros impresos fuera del reino, introducidos en España con infracción de las leyes vigentes. Borrow cuenta en La Biblia en España la historia del secuestro y de su prisión; pero omite ciertos hechos que influyeron grandemente en aquellas resoluciones del Gobierno, hechos que Borrow no conoció hasta después de salir de la cárcel. Había por entonces en España otro agente de la Sociedad Bíblica, llamado Graydon, que operaba principalmente en las provincias de Levante. Graydon, que imprimió en Barcelona una edición del Nuevo Testamento y otra de la Biblia (A. y N. T.), sin notas, en 1837, no se limitaba, como Borrow, a propagar el libro, sino que repartía folletos, prospectos y opúsculos atacando al Gobierno moderado, al clero español y a sus doctrinas. Esta conducta produjo algunos escándalos en Valencia, Murcia y Málaga; y como Graydon se proclamaba, no sólo agente de la Sociedad Bíblica, sino íntimo colaborador y asociado de Borrow, dió pretexto para que el Gobierno, movido por los curas, desfogara su inquina tratando a don Jorge con extremado rigor. La prisión de Borrow y las reclamaciones del ministro británico produjeron, como puede suponerse, una reunión precipitada del Consejo de ministros, un ofrecimiento de dimisión por parte del jefe político, e interpelaciones en las Cortes censurando al Gobierno... por su lenidad. Excarcelado Borrow, supo por el ministro británico la parte que la conducta de Graydon había tenido en sus persecuciones, y se le ocurrió escribir sendas cartas al Correo Nacional y a la Sociedad Bíblica desautorizando y condenando el proceder de su colega. En la carta al Correo Nacional, publicada el 27 de mayo, se titula «único agente autorizado en España de la S. B.». En la carta a sus directores de Londres, luego de referir las entrevistas del ministro británico con Ofalia, dice respecto de Graydon: «Hasta el momento presente, ese hombre ha sido el ángel malo de la causa de la Biblia en España, y también el mío, y ha empleado tales procedimientos y escogido de tal modo las ocasiones, que casi siempre ha conseguido derribar los planes hacederos trazados por mis amigos y por mí para la propagación del Evangelio de una manera permanente y segura.» La respuesta de la Sociedad fué un cruel desengaño para Borrow: reconocíase en ella que Graydon era tan legítimo representante de la Sociedad Bíblica como él; no se accedía a desautorizar y condenar su proceder, y, además se le advertía a Borrow que, en adelante, se abstuviese de publicar cartas como la del Correo Nacional. Por su parte, el Gobierno español, tras algunos artículos oficiosos en que se le excitaba a proceder «con mano dura» contra los escarnecedores de la religión, prohibió de Real orden (25 de mayo) la circulación y venta del Nuevo Testamento editado por Borrow.

En relaciones poco cordiales con sus jefes y frente a la hostilidad resuelta de los gobernantes españoles, Borrow no podía ya realizar en la Península una obra duradera ni fructífera. Aquel verano del 38 anduvo don Jorge por La Sagra y por tierras de Segovia. El 24 de agosto llegó a sus manos la orden de sus jefes llamándole a Inglaterra, y, allá se fué, a través de Francia, y en tres o cuatro meses que permaneció en su país zanjó sus diferencias con los directores y logró que le enviaran a España por tercera y última vez. El 31 de diciembre de 1838 desembarcó en Cádiz, y, salvo los tres primeros meses, que pasó en Madrid dedicado a la propaganda, casi todo el año 39 estuvo en Sevilla, en relativa inacción. Allí fueron a buscarle Mrs. Clarke y su hija, a quienes instaló en su propia casa de la Plazuela de la Pila Seca; hizo, solo, un viaje a Tánger, donde le alcanzó la orden del Comité de la Sociedad Bíblica dando por terminada su misión en España, y en Tánger se acaba bruscamente la narración de sus aventuras. De retorno en Sevilla, anunció su matrimonio con Mrs. Clarke (la Señá Biuda con Don Jorgito el Brujo), y comenzó los preparativos para volver a Inglaterra. Una disputa con un alcalde de barrio de Sevilla le costó ir a la cárcel, donde le tuvieron treinta horas; todavía estuvo en Madrid gestionando las reparaciones debidas por ese agravio, y en abril de 1840 se embarcó para Inglaterra con Mrs. Clarke y su hija y su corcel árabe. Apenas tomó tierra, se casó, y fué a instalarse a Oulton Cottage (Lowestoft), propiedad de su esposa, donde vivió muchos años entregado a las pacíficas tareas literarias.

Lo primero que publicó fué su obra sobre gitanos[13], en la que había trabajado mucho durante su permanencia en España. Contiene una descripción preliminar de los gitanos de diversos países y un estudio de la historia y costumbres de los de España, compuesto de observaciones personales y extractos de libros referentes a ellos. Siguen una colección de poesías populares en caló, recogidas verbalmente por Borrow, y un vocabulario. En The Zincali se aprecia «una fuerte personalidad y una observación extraordinaria»[14]; pero cualquiera puede advertir el desorden con que está compuesto el libro. Es importante para conocer las costumbres de los gitanos, y completa además algunas aventuras que en La Biblia en España sólo están indicadas.

La publicación de The Zincali puso a Borrow en relación con Ricardo Ford, docto en cosas hispánicas, que preparaba por entonces su Manual de España[15]. Ford aconsejó a Borrow que publicase sus aventuras personales y se dejara de extractar libracos españoles. Al saber que tenía entre manos una Biblia en España, insistió en sus advertencias: nada de vagas descripciones, nada de erudición libresca; hechos, muchos hechos, observados directamente; arrojo para no caer en las vulgaridades; no preocuparse del bien decir; evitar las gazmoñerías y la declamación. Borrow se aprovechó de esos consejos. En su retiro de Oulton ordenó y completó los materiales de que disponía: diarios de viaje, cartas a la Sociedad Bíblica, y en diciembre de 1842 se publicaba la obra[16] que velozmente le llevó a la celebridad.

Su triunfo fué inmenso. En el primer año se agotaron seis ediciones de a mil ejemplares en tres volúmenes, y una edición de diez mil ejemplares en dos tomos. Dos veces reimpresa en Norteamérica aquel mismo año 43, fué traducida al alemán, al francés y al ruso; en 1911 iban publicadas de La Biblia en España más de veinte ediciones inglesas. Borrow saboreó la popularidad; sus escritos posteriores contribuyeron poco a sostenerla. Sus aventuras en España despertaron en el público un deseo muy vivo de conocer otros hechos de la vida del «héroe». Ricardo Ford le aconsejó que escribiese su autobiografía. Don Jorge, sin levantar mano, compuso el Lavengro, historia de su niñez y juventud, continuándola años después[17], hasta la fecha en que comienza aquel misterioso período de su vida, de que ya se hizo mención. La obra defraudó las esperanzas del público; los críticos, con gran indignación del autor, pronunciaron sobre ella un fallo adverso; se aguardaba una narración rigurosamente veraz, y aparecía un revoltijo de sucesos reales e imaginarios más que suficiente para desorientar al lector. Borrow se consoló difícilmente de lo que algunos llamaron su «fracaso». La vanidad herida, no iba a contribuir a suavizarle el humor, cada día más áspero y agrio. Llevaba con impaciencia la vida sedentaria de escritor. Sentía, además, inquietudes religiosas; los antiguos «terrores» le atormentaban. Borrow quería viajar y solicitó empleos fuera de su patria; misiones literarias en Asia, el consulado de Hong-Kong: pero sin resultado. Hizo un viaje por el Oriente de Europa, y recogió nuevos datos acerca de la vida y lenguaje de sus amigos los gitanos en Hungría, Valaquia y Macedonia. Anduvo también por su país; visitó Gales, Escocia y otros lugares, y recogió parte del fruto de estas jornadas en un libro[18] que fué la última obra importante que publicó. Desde 1860 residía en Londres, donde vivió catorce años sin producir nada desde la aparición de Wild Wales, sumido en tanta oscuridad, en tal silencio, que algunos le creían muerto. Estimulado por el deseo de conservar su antigua primacía en los estudios gitanos, que otros cultivaban ya con diferente método, se lanzó a publicar, en 1874, un vocabulario[19] del dialecto de los gitanos ingleses, obra que, al aparecer, era ya anticuada. En suma: Borrow se sobrevivió; tan sólo la muerte—observa Mr. Knapp—podía devolverle la notoriedad perdida. La muerte tardaba en llegar. Borrow se marchó de Londres en 1874, y se refugió en su casa de Oulton; estaba viudo desde 1869. El arriscado Don Jorge de otros tiempos era un anciano de mal humor, que vivía triste y solo en una casa de campo mal cuidada, y se paseaba por el jardín enmarañado cantando poemas de su cosecha. Su extraño continente, su soledad y «sus conversaciones con los gitanos, a quienes permitía acampar en la finca, crearon en torno suyo una especie de leyenda. Los muchachos, en viéndole pasar, le gritaban: ¡Gitano!, o ¡brujo!» Muy cerca ya del fin, su hijastra fué con su marido a vivir en su compañía. En la mañana del 26 de julio de 1881, el matrimonio se fué a Lowestoft a sus asuntos, dejando a Borrow completamente solo; mucho les rogó que no se fueran, porque se sentía morir; pero le dijeron que ya otras veces había expresado igual temor sin fundamento alguno. Cuando volvieron, a las pocas horas, se lo encontraron muerto.

Aunque The Bible in Spain no fuese, en términos absolutos, el mejor libro de Borrow, sería en todo caso, con enorme diferencia respecto de sus otros escritos, el que más títulos tendría a la atención de nuestro público. El mérito intrínseco del libro, y la singular reputación de España, le hicieron popular en Inglaterra y Norteamérica y conocido en varias naciones de Europa, motivos también valederos para su divulgación en nuestro país, con más el de ser los españoles, no lectores distantes, sino parte interesada, actores en las escenas y su tierra marco de aquella narración. No es muy honroso para nuestra curiosidad que hayan transcurrido cerca de ochenta años desde que vió la luz, sin ponerlo hasta hoy, traducido, al alcance de todos. El libro fué compuesto, en su mayor parte, en los lugares mismos que describe. Borrow redactaba un diario de viaje, y remitía, además, a la Sociedad Bíblica cartas de relación de sus aventuras y trabajos. La Sociedad prestó a Borrow esas cartas luego de cerciorarse de que, al aprovecharlas, no cometería ninguna indiscreción. «¡No he revelado los secretos de la Sociedad!», decía después Borrow; en efecto, no mienta su desacuerdo con los directores, y tributa a Graydon, el «ángel malo» de la causa bíblica, ardientes elogios. Las cartas de Borrow a la Sociedad Bíblica[20] son tan extensas como la mitad de The Bible in Spain; pero sólo aprovechó la tercera parte de ellas en la composición del libro; lo demás salió de sus diarios, fundiéndose todo al calor de su espíritu cuando recordaba y revivía a distancia las impresiones indelebles recibidas. Tres son los temas de la obra: la difusión del Evangelio, Don Jorge el inglés y España. Los tres se enlazan en un conjunto armónico; la propaganda evangélica es el propósito deliberado de que remotamente trae origen el libro, y constituye su armazón interior; todas las idas y venidas de Don Jorge, todos sus pensamientos, van encauzados a la divulgación de la palabra divina; los hombres y las tierras de España, materia de su explicencia, constituyen, no sólo una decoración de fondo, asombrosa por el relieve y color, sino el ambiente en que se mueve y respira un personaje extraordinario, algo distinto de Borrow, pero que es Borrow mismo despojado de toda vulgaridad y flaqueza, elevado a la categoría de un semidiós. De esos temas, el evangélico es el que nos importa menos. España, país de misiones, España, país de idólatras, era un punto de vista nuevo, dentro de nuestro solar, en 1835, e irritante para quienes, dueños de la religión verdadera, habíanla exportado durante siglos. No será hoy menos irritante para buen número de personas el antipapismo de Borrow; pero es improbable que los españoles descontentos, los no conformistas, rompan a gritar: ¡Al campo, al campo, Don Jorge, a propagar el Evangelio de Inglaterra! En el fondo, la preocupación de Borrow es de la misma índole que la de los «idólatras», sus enemigos. La regeneración de España por la lectura del Evangelio sería un programa que acaso hiciera hoy sonreír. El mayor número seguiría la opinión de Mendizábal, que a la insistencia con que Borrow solicitaba el permiso para imprimir el Testamento, salvación única de España, respondía: «¡Si me trajese usted cañones, si me trajese usted pólvora, si me trajese usted dinero para acabar con los carlistas!» Pero Don Juan y Medio, y los liberales que hicieron la desamortización eclesiástica, no se atrevían a permitir que circulase el Evangelio sin notas. Aunque movido por un fanatismo antipático, en favor de Borrow hablan su osadía personal, la consideración de que luchaba contra un poder omnímodo, irresponsable, y la de que, formalmente, pugnaba por un mínimo de hospitalidad y de libertad, sin las que los hombres en sociedad son como fieras; y eso está siempre bien, hágase como se haga. El libro de Borrow es un precioso documento para la historia de la tolerancia, no en las leyes, sino en el espíritu de los españoles.

The Bible in Spain es un libro autobiográfico. «El principal estudio de Borrow fué él mismo, y en todos sus mejores libros, él es el asunto principal y el objeto principal»[21]. No emplea en esta obra las confidencias, no se confiesa con el lector; su procedimiento consiste en dejar hablar a los que le tratan, para pintar el efecto que su persona y sus hechos causan en el ánimo del prójimo; asomándonos a ese espejo, vemos la imagen de un Don Jorge muy aventajado: subyugaba y domaba a los animales fieros; los gitanos le adoraban; era la admiración de los manolos; temíanle los pícaros; confundía al posadero ruin y a los alcaldillos despóticos; encendía en sus servidores devoción sin límites; era afable y llano con los humildes; trataba a los potentados de igual a igual y hacía bajar los ojos al soberbio; nunca se apartaba de la razón, ni perdía la serenidad; un prestigio misterioso le envuelve; en suma: el héroe y el justo se funden en su persona; es un apóstol que propaga la palabra de Dios, pero sin el delirio de la Cruz, sin romper el decoro; es un caballero andante que se compadece de la miseria, y a cada momento cree uno verle emprender la ruta de Don Quijote, pero sin burlas, sin yangüeses, en una España que creyese en él y le tomase en serio. Apóstol y caballero están bajo el amparo del pabellón británico.

Borrow se colocó, o colocó a su héroe, en un escenario sin segundo, de tal fuerza que, para nuestro gusto, el aventurero se borra, se disuelve en el paisaje, o queda a la zaga de la muchedumbre española que suscita. Es difícil encontrar otro caso en que un escritor haya triunfado con más brillantez de la hostil realidad presente. Borrow lucha a brazo partido con la realidad española, la asedia, poco a poco la domina, y con la lentitud peculiar de su procedimiento acaba por poner en pie una España rebosante de vida. No se atuvo a una realidad de «guía oficial». Lo que le importaba era el carácter de los hombres, y no de todos, sino los de la clase popular, donde los rasgos nacionales se conservan más puros. Labradores, arrieros, posaderos, gitanos, curas de aldea, monterillas, mendigos, pastores, pasan ante nosotros, y al verlos gesticular y oírlos hablar, creemos encontrarnos con antiguos conocidos. Unos son pícaros, otros santos; unos son listos, otros muy zotes; casi todos groseros, muchos con sentimientos nobles, pero unidos en general por un aire de familia inconfundible; y la verdad es que, con todas sus picardías o su zafiedad, no puede uno dejar de quererlos. Tuvo además Borrow una espléndida visión del campo, y lo sintió e interpretó de un modo enteramente moderno. Así, don Jorge descubrió y pintó, en realidad, lo que quedaba de España. Arrancados los árboles, agostado el césped, arrastrada en mucha parte la tierra vegetal, asomaba la armazón de roca, con toda su fealdad y su inconmovible firmeza.

El lector apreciará seguramente en La Biblia en España, a pesar de la traducción descolorida, el novelesco interés de algunos pasajes que parecen arrancados de un libro picaresco, el movimiento de ciertos cuadros, propios de un «episodio nacional», el sabor de otras escenas de costumbres, los bosquejos de tipos y caracteres, con tantos otros méritos que es innecesario señalar; pero lo mismo ante ellos, que ante los defectos del libro, y frente a la repulsión que ciertos juicios—expresos o sobrentendidos—del autor puedan suscitar en el ánimo de un español, conviene estar prevenido para no incurrir en las descarriadas apreciaciones que acerca de este libro se han proferido en nuestro país. La Biblia en España es un libro de viajes, cierto; pero hay que entenderse acerca de su calidad. No es un informe a la Sociedad bíblica respecto de los progresos del Evangelio en España, ni un «cuadro del estado político, social, etcétera», de la nación, ni un itinerario para recién casados, ni una reseña de las catedrales y otros monumentos pergeñada para uso de los snobs de ambos mundos; La Biblia en España es una obra de arte, una creación, y con arreglo a eso hay que juzgar de su exactitud, del parecido del retrato y de las «invenciones» del autor. Los paisajes, los lugares, las figuras, están notados con puntualidad; es excelente en la inteligencia de las costumbres, y no hay en el libro caricatura ni falsificación de sentimientos. Episodios compuestos, no vistos por Borrow; personajes inventados aglutinando rasgos dispersos, sin duda los ha de haber; pero eso, ¿es ilícito? Pudiera compararse la creación de Borrow a una estatua de mayor tamaño que el natural. La verdad artística del conjunto y su efecto conmovedor son innegables. El libro no es sólo verdadero; es, en ciertos puntos, revelador.

La traducción que hoy ofrecemos al público está hecha siguiendo el texto de la edición de U. R. Burke (1896); hemos aprovechado parte del glosario que la acompaña, poniendo al pie de la página correspondiente las equivalencias del caló y del castellano; las notas de Burke no las reproducimos todas, porque algunas son innecesarias para el lector español, y otras contienen errores de bulto. De la biografía de Borrow, por Míster Knapp, hemos sacado algunas notas que aclaran el texto, o placen, simplemente, a la curiosidad del lector.

M. A.


ÍNDICES

Páginas.
[Nota preliminar] [v]
[Índices] [27]
[Mapa] [34]
[Prólogo] [35]
Capítulo primero.— ¡Hombre al agua!— El Tajo.— Las lenguas extranjeras.— La gesticulación.— Calles de Lisboa.— El acueducto.— La Biblia tolerada en Portugal.— Cintra.— Don Sebastián.— Juan de Castro.— Conversación con un cura.— Colhares.— Mafra.— El palacio.— El maestro de escuela.— Los portugueses.— Su ignorancia de las Escrituras.— Los curas rurales.— El Alemtejo. [49]
Cap. ii.— Boteros del Tajo.— Peligros de la corriente.— Aldea Gallega.— La hostería.— Ladrones.— Sabocha.— Aventura de un arriero.— Estalagem de ladrões.— Don Gerónimo.— Vendas Novas.— Un Sitio Real.— Los cerdos del Alemtejo.— Monte Moro.— Un cabrero singular.— Los hijos de los campos.— Infieles y saduceos. [68]
Cap. iii.— Un comerciante de Evora.— Contrabandistas españoles.— El león y el unicornio.— La fuente.— Confianza en el Todopoderoso.— Reparto de folletos.— La librería en Evora.— Un manuscrito.— La Biblia como guía.— La infame María.— El hombre de Palmella.— El conjuro.— El régimen frailuno.— Domingo.— Volney.— Un auto de fe.— Hombres de España.— Lectura de un folleto.— Nuevos viajeros.— La mata de romero. [87]
Cap. iv.— Dilaciones molestas.— El cochero borracho.— Una mula muerta.— Lamentación.— Aventura en un descampado.— El miedo a la oscuridad.— Un fidalgo portugués.— La escolta.— Regreso a Lisboa. [105]
Cap. v.— El colegio.— El rector.— La piedra de toque.— Prejuicios nacionales.— Deportes juveniles.— Los judíos de Lisboa.— Creencias corrompidas.— Crimen y superstición. [119]
Cap. vi.— El frío en Portugal.— Me libro de una extorsión.— Sensación de soledad.— El perro.— El convento.— Un paisaje encantador.— El castillo morisco.— Plegaria por un enfermo. [134]
Cap. vii.— La piedra druídica.— Un joven español.— Soldados rufianes.— Los males de la guerra.— Estremoz.— La disputa.— La atalaya en ruinas.— Vislumbre de España.— Ayer y hoy. [147]
Cap. viii.— Elvas.— Longevidad extraordinaria.— La nación inglesa.— Ingratitud portuguesa.— Las fortificaciones.— Un mendigo español.— Badajoz.— La aduana. [161]
Cap. ix.— Badajoz.— Antonio el gitano.— Una proposición de Antonio.— Es aceptada.— El desayuno gitano.— Salida de Badajoz.— El borrico del gitano.— Mérida.— La muralla en ruinas.— La comadre.— El país del moro.— Los hombres negros.— La vida en el desierto.— La cena. [173]
Cap. x.— La nieta de la gitana.— Proyecto matrimonial.— El alguacil.— El ataque.— Trote largo.— Llegada a Trujillo.— Noche de lluvia.— La selva.— El vivac.— ¡Levántate y anda!— Jaraicejo.— El Nacional.— El caballero Balmerson.— Entre jarales.— Una conversación seria.— ¿Qué es la verdad?— Noticia inesperada. [196]
Cap. xi.— El puerto de Mirabete.— Lobos y pastores.— La sutileza de las hembras.— Muerto por los lobos.— Se aclara el misterio.— Las montañas.— La hora tenebrosa.— Un viajero nocturno.— Abarbanel.— Los tesoros ocultos.— El poder del oro.— El arzobispo.— Llegada a Madrid. [224]
Cap. xii.— Mi alojamiento en Madrid.— La patrona.— El embajador británico.— Mendizábal.— Baltasar.— Deberes de un Nacional.— Sangre moza.— La ejecución.— La población de Madrid.— Las clases altas.— Las clases bajas.— Las corridas de toros.— El gitano. [244]
Cap. xiii.— Intrigas de la Corte.— Quesada y Galiano.— Disolución de las Cortes.— El secretario.— Testarudez aragonesa.— El Concilio de Trento.— El asturiano.— Los tres bandidos.— Benedicto Mol.— El hombre de Lucerna.— El Tesoro. [263]
Cap. xiv.— Estado de España.— Istúriz.— Revolución de La Granja.— La revuelta.— Síntomas alarmantes.— Los corresponsales de periódicos.— Arrojo de Quesada.— La escena final.— Fuga de los moderados.— El café. [281]
Cap. xv.— El vapor.— El cabo de Finisterre.— La tormenta.— Llegada a Cádiz.— El Nuevo Testamento.— Sevilla.— Itálica.— El anfiteatro.— Los presos.— El encuentro.— El barón Taylor.— La calle y el desierto. [297]
Cap. xvi.— Salida para Córdoba.— Carmona.— Las colonias alemanas.— El idioma.— Un caballo haragán.— El recibimiento nocturno.— El posadero carlista.— Buen consejo.— Gómez.— El genovés viejo.— Las dos opiniones. [315]
Cap. xvii.— Córdoba.—Los moros de Berbería.— Los ingleses.— Un cura viejo.— El breviario romano.— El palomar.— El Santo Oficio.— Judaísmo.— Los palomares profanados.— Propuesta del posadero. [331]
Cap. xviii.— Salida de Córdoba.— El contrabandista.— Treta judaica.— Llegada a Madrid. [347]

LA BIBLIA EN ESPAÑA



PRÓLOGO

Muy rara vez se lee el prólogo de un libro, y, en realidad, la mayor parte de los que han visto la luz en estos últimos años, no tienen prólogo alguno. Me ha parecido, sin embargo, conveniente escribir este prefacio, y sobre él llamo humildemente la atención del benévolo lector, porque su lectura contribuirá no poco a la cabal inteligencia y apreciación de estos volúmenes.

La obra que ahora ofrezco al público, titulada La Biblia en España, consiste en una narración de lo que me sucedió durante mi residencia en aquel país, adonde me envió la Sociedad Bíblica, como agente suyo, para imprimir y propagar las Escrituras. No obstante, comprende también algunos viajes y aventuras en Portugal, y concluye dejándome en «el país de los Corahai»,[22] región a la que me pareció oportuno retirarme por una temporada, después de haber sufrido en España considerables ataques.

Es muy probable que si yo hubiese visitado España por mera curiosidad o con el propósito de pasar uno o dos años agradablemente, jamás hubiese intentado dar cuenta detallada de mis actos ni de lo que vi y oí. Yo no soy un turista ni un escritor de libros de viajes; pero la comisión que llevé allá era un poco extraña y me condujo necesariamente a situaciones y posiciones insólitas, me envolvió en dificultades y perplejidades, y me puso en contacto con gente de condición y categoría muy diversas; de suerte que, en conjunto, me lisonjeo pensando que el relato de mi peregrinación no carecerá enteramente de interés para el público, sobre todo, dada la novedad del asunto; pues aunque se han publicado varios libros acerca de España, éste es el único, creo yo, que trata de una obra de misiones en aquel país.

Es verdad que en el libro se encontrarán bastantes cosas muy poco relacionadas con la religión o con la propaganda religiosa; pero no tengo por qué excusarme de haberlas traído aquí a colación. Desde el principio hasta el fin fuí, digámoslo así, a la deriva por España, tierra de antiguo renombre, tierra de maravillas y de misterios, en condiciones tales para conocer sus extraños secretos y peculiaridades como quizás a ningún otro individuo le hayan sido nunca dadas, y ciertamente a ningún extranjero; y si en muchos casos presento escenas y caracteres tal vez sin precedente en una obra de esta índole, sólo haré observar que durante mi estancia en España me vi tan inevitablemente mezclado con ellos, que hubiera sido difícil referir con fidelidad mis andanzas sin dar de tales cosas una referencia tan puntual como la que aquí he puesto.

Es digno de nota que, llamado repentina e inesperadamente a «acometer la aventura de España», no me hallaba yo por completo falto de preparación para tal empresa. España ocupó siempre un lugar considerable en mis ensueños infantiles, y las cosas españolas me interesaban por modo especial, sin presentir que, andando el tiempo, me vería llamado a participar, si bien modestamente, en el drama descomunal de su vida; aquel interés me indujo, en edad temprana, a aprender su noble idioma y a conocer su literatura (apenas digna del idioma), su historia y tradiciones; de modo que al entrar por vez primera en España me sentí más en mi casa que lo que sin esas circunstancias me hubiese sentido.

En España pasé cinco años, que, si no los más accidentados, fueron, no vacilo en decirlo, los más felices de mi existencia. Y ahora que la ilusión se ha desvanecido ¡ay! para no volver jamás, siento por España una admiración ardiente: es el país más espléndido del mundo, probablemente el más fértil y con toda seguridad el de clima más hermoso. Si sus hijos son o no dignos de tal madre, es una cuestión distinta que no pretendo resolver; me contento con observar que, entre muchas cosas lamentables y reprensibles, he encontrado también muchas nobles y admirables; muchas virtudes heroicas, austeras, y muchos crímenes de horrible salvajismo; pero muy poco vicio de vulgar bajeza, al menos entre la gran masa de la nación española, a la que concierne mi misión; porque bueno será notar aquí que no tengo la pretensión de conocer íntimamente a la aristocracia española, de la que me mantuve tan apartado como me lo permitieron las circunstancias; en revanche he tenido el honor de vivir familiarmente con los campesinos, pastores y arrieros de España, cuyo pan y bacallao he comido, que siempre me trataron con bondad y cortesía, y a quienes con frecuencia he debido amparo y protección.

«La generosa conducta de Francisco González, y los altos hechos de Ruy Díaz el Cid se cantan todavía entre las asperezas de Sierra Morena»[23].

El argumento más fuerte que, a mi parecer, puede aducirse como prueba del vigor y de los recursos naturales de España, y de la buena ley del carácter de sus habitantes, es el hecho de que, hoy en día, el país no se halle extenuado ni agotado, y que sus hijos sean aún, hasta cierto punto, un gran pueblo de muy levantados ánimos. Sí; a pesar del desgobierno de los Austrias, brutales y sensuales, de la estupidez de los Borbones, y, sobre todo, de la tiranía espiritual de la corte de Roma, España todavía se mantiene independiente, combate en causa propia, y los españoles no son aún esclavos fanáticos ni mendigos rastreros. Esto es decir mucho, muchísimo; porque España ha sufrido lo que Nápoles no ha tenido nunca que sufrir, y, sin embargo, su suerte ha sido muy diferente de la de Nápoles. Aún hay valor en Asturias; generosidad en Aragón; honradez en Castilla la Vieja, y las labradoras de la Mancha pueden aún poner un tenedor de plata y una nívea servilleta junto al plato de su huésped. Sí; a despecho de los Austrias, de los Borbones y de Roma, todavía media un abismo entre España y Nápoles.

Aunque suene a cosa rara, España no es un país fanático. Algo sé acerca de ella, y afirmo que ni es fanática ni lo ha sido nunca: España no cambia jamás. Cierto que durante casi dos siglos España fué La Verduga de la malvada Roma, el instrumento escogido para llevar a efecto los atroces planes de esa potencia; pero el resorte que impelía a España a su obra sanguinaria no era el fanatismo; otro sentimiento, predominante en ella, la excitaba: su orgullo fatal. Con halagos a su orgullo fué inducida España a despilfarrar su preciosa sangre y sus tesoros en las guerras de los Países Bajos, a equipar la armada Invencible y a otras muchas acciones insensatas. El amor a Roma tenía muy poca influencia en su política; pero halagada por el título de Gonfalonera del Vicario de Cristo, y ansiosa de probar que era digna de él, cerró los ojos y corrió a su propia destrucción al grito de: «¡Cierra, España!»

Cuando sus armas fueron impotentes en el exterior, España se recogió dentro de sí misma. Dejó de ser instrumento de la venganza y de la crueldad de Roma, pero no la dieron de lado. Aunque ya no servía para blandir la espada con buen éxito contra los luteranos, podía ser útil para algo. Aún tenía oro y plata, y aún era la tierra del olivo y de la vid. Dejó de ser el verdugo y se convirtió en el banquero de Roma; y los pobres españoles, que siempre estiman como un privilegio pagar cuentas ajenas, miraron durante mucho tiempo como una gran ventura que les permitieran saciar la rapaz avidez de Roma, que durante el siglo pasado sacó, probablemente, de España más dinero que de todo el resto de la cristiandad.

Pero la guerra prendió en el país. Napoleón y sus fieros francos invadieron España; siguiéronse saqueos y estragos, cuyos efectos se sentirán, probablemente, durante muchas generaciones. España no pudo ya seguir pagando a Pedro sus cuartos con la holgura de antaño, y desde entonces, Roma, que no respeta a ninguna nación más que en cuanto puede hacer de ella el ministro de su crueldad o de su avaricia, la miró con desprecio. El español tenía aún voluntad de pagar, dentro de lo que sus medios le permitían; pero muy pronto le dieron a entender que era un ser degradado, un bárbaro; más: un mendigo. Ahora bien: a un español podéis sacarle hasta el último cuarto con tal que le otorguéis el título de caballero y de hombre rico, pues la levadura antigua es tan fuerte en él como en los tiempos de Felipe el Hermoso; pero guardaos de insinuar que le tenéis por pobre o que su sangre es inferior a la vuestra. Al conocer, pues, la baja estimación en que había caído, el rústico viejo replicó: «Si soy un bestia, un bárbaro y, además, un pordiosero, lo siento mucho; pero como eso no tiene remedio, voy a gastarme estas cuatro fanegas de cebada, que había reservado para aliviar la miseria del Santo Padre, en una corrida de toros y en otras diversiones convenientes para la reina, mi mujer, y para los príncipes, mis hijos. ¿Yo un mendigo? ¡Carajo! El agua de mi pueblo es mejor que el vino de Roma.»

Veo que en la última carta pastoral dirigida a los españoles, el obispo de Roma se queja amargamente del trato que ha recibido en España por parte de algunos hombres inicuos. «Mis catedrales se arruinan—dice—, insultan a mis sacerdotes y cercenan las rentas de mis obispos.» Se consuela, sin embargo, con la idea de que todo esto es obra de la malicia de unos pocos, y que la generalidad de la nación le ama, sobre todo los campesinos, los inocentes campesinos, que vierten lágrimas al pensar en los sufrimientos de su Papa y de su religión. ¡Desengáñese, Batuschca[24], desengáñese! España estaba dispuesta a luchar por vuestra causa, en tanto que al obrar así acrecentase su gloria; pero no le agrada perder batallas y más batallas en servicio vuestro. No se opone a llevar su dinero a vuestras arcas, en forma de limosnas, esperando, sin embargo, verlas aceptadas con la gratitud y la humildad propias de quien recibe una caridad. Pero al encontrar que no sois humilde ni agradecido, y, sobre todo, al sospechar que tenéis a Austria en mayor estimación, incluso como banquero, España se encoge de hombros y profiere unas palabras algo parecidas a las que ya he puesto en boca de uno de sus hijos: «Estas cuatro fanegas de cebada», etc.

Es, en verdad, sorprendente lo poco que a la gran masa de la nación española le interesó la última guerra[25], la cual, empero, ha sido llamada por quien debía estar mejor enterado, guerra de religión y de principios. Se admitía, generalmente, que Vizcaya era el reducto del carlismo, y que los vizcaínos sentían fanático apego a su religión, a la que creían en peligro. La verdad es que los vascos se cuidaban muy poco de Carlos y de Roma, y tomaron las armas tan sólo por defender ciertos derechos y privilegios que tenían. Por el encanijado hermano de Fernando mostraron siempre soberano desprecio, que su carácter, mezcla de imbecilidad, cobardía y crueldad, merecía de sobra. Usaron su nombre como un cri de guerre solamente. Casi lo mismo puede decirse de sus partidarios españoles, al menos de los que se lanzaron al campo por su causa. Había, sin embargo, una gran diferencia de carácter entre éstos y los vascos, soldados valerosos y hombres honrados. Los ejércitos españoles de don Carlos se componían enteramente de ladrones y asesinos, casi todos valencianos y manchegos, que, mandados por dos forajidos, Cabrera y Palillos, se aprovecharon de la situación perturbada del país para robar y asesinar a la parte honrada de la población. Respecto de la reina regente Cristina, cuanto menos se hable, mejor; tomó en sus manos las riendas del gobierno a la muerte de su marido, y con ellas el mando del ejército. La parte respetable de la nación española, y por modo especial los honrados y estrujados labradores, aborrecían y execraban a las dos facciones. Muchas veces, al caer la noche, compartiendo la frugal comida de un labriego de cualquiera de las dos Castillas, oíamos el lejano tiroteo de los soldados cristinos o de los bandidos carlistas; con lo que comenzaba mi hombre a echar maldiciones a los dos pretendientes, sin olvidar al Santo Padre y a la diosa de Roma, María Santísima. Luego, con la energía de tigre característica del español cuando se excita, levantándose precipitadamente exclamaba: «¡Vamos, don Jorge, al campo, al campo! Me voy con usted y aprenderé la ley de los ingleses. Al campo, pues, desde mañana, a difundir el evangelio de Inglaterra.»

Entre los campesinos españoles fué donde encontré mis defensores más acérrimos; y aún supone el Santo Padre que los labradores de España son amigos suyos y le quieren. ¡Desengáñese, Batuschca, desengáñese!

Pero volvamos al presente libro: está consagrado, como digo, a referir mis sucesos en España mientras anduve por allá empeñado en difundir las Escrituras. Respecto de mis modestos trabajos, he de hacer notar aquí que lo realizado fué muy poca cosa; no tengo la pretensión de haber conseguido brillantes triunfos; cierto que fuí enviado a España, más que nada, a explorar el país y a comprobar hasta qué punto el espíritu del pueblo estaba preparado para recibir las verdades del cristianismo; obtuve, sin embargo, mediante el apoyo de buenos amigos, un permiso del Gobierno español para imprimir en Madrid una edición del libro sagrado, que subsiguientemente repartí por la capital y las provincias.

Durante mi estancia en España, otras personas prestaron muy buenos servicios a la causa del evangelio, y en una obra de esta índole sería injusto pasar en silencio sus esfuerzos. Villano es el corazón que rehusa al mérito su recompensa, y por insignificante que sea el valor de un elogio que brota de una pluma como la mía, no puedo por menos de mencionar, con respeto y estimación, unos pocos nombres relacionados con la propaganda evangélica. Un caballero irlandés, llamado Graydon, se empleó, con celo e infatigable diligencia, en difundir la luz de la Escritura en la provincia de Cataluña y a lo largo de las costas meridionales de España; mientras, dos misioneros de Gibraltar, los señores Rule y Lyon, predicaron la verdad evangélica durante un año entero en una iglesia de Cádiz. Tan buen éxito alcanzaron los esfuerzos de estos dos últimos, animosos discípulos del inmortal Wesley, que, con razón sobrada podemos suponerlo así, de no haber sido reducidos al silencio y desterrados del país por la fracción pseudo-liberal de los Moderados, no sólo Cádiz, pero la mayor parte de Andalucía habría entonces confesado las puras doctrinas del Evangelio y desechado para siempre los últimos restos de la superstición Papista.

Por hallarse más inmediatamente relacionado con la Sociedad Bíblica y conmigo, considero felicísima la oportunidad que se me presenta de hablar de Luis de Usoz y Río, vástago de una antigua y honorable familia de Castilla la Vieja, que me ayudó en la edición española del Nuevo Testamento, en Madrid. Durante mi permanencia en España recibí toda clase de pruebas de amistad de este caballero, que, en mis ausencias por las provincias, y en mis numerosos y largos viajes, me sustituía de buen grado en Madrid y se empleaba cuanto podía en adelantar las miras de la Sociedad Bíblica, sin otro móvil que la esperanza de contribuir acaso con su esfuerzo a la paz, felicidad y civilización de su tierra natal.

Para concluir, permítaseme declarar que conozco muy bien los defectos y errores del presente libro. Para componerlo me he valido de ciertos diarios que fuí escribiendo durante mi estancia en España y de numerosas cartas escritas a mis amigos de Inglaterra, que han tenido después la bondad de restituírmelas; sin embargo, la mayor parte de él, consistente en descripciones de lugares y escenas, en bosquejos de caracteres, etcétera, se la debo a mi memoria. En varios casos he omitido los nombres de los lugares, o por haberlos olvidado, o por no estar seguro de su ortografía. La obra, tal como hoy está, fué escrita en una aldea solitaria de una apartada región de Inglaterra, donde no tenía libros de consulta, ni amigos cuya opinión o consejo pudiera en ocasiones serme provechoso, y con todas las incomodidades resultantes del quebranto de mi salud. Pero he recibido en ocasión reciente tales muestras de la lenidad y generosidad extremadas del público británico y americano para conmigo, que sin temor me someto nuevamente a su consideración, y confío en que, si en los presentes volúmenes hay poco que admirar, me darán al menos reputación de hombre bien intencionado y que no se emplea en escribir ruindades.

26 de noviembre de 1842.


CAPÍTULO PRIMERO

¡Hombre al agua!— El Tajo.— Las lenguas extranjeras.— La gesticulación.— Calles de Lisboa.— El acueducto.— La Biblia tolerada en Portugal.— Cintra.— Don Sebastián.— Juan de Castro.— Conversación con un cura.— Colhares.— Mafra.— El palacio.— El maestro de escuela.— Los portugueses.— Su ignorancia de las Escrituras.— Los curas rurales.— El Alemtejo.

En la mañana del 10 de noviembre de 1835, encontrábame a la altura de la costa de Galicia, cuyas elevadas montañas, doradas por el sol naciente, ofrecían una vista espléndida. Iba con destino a Lisboa; doblamos el cabo Finisterre, y, metiéndonos mar adentro, perdimos rápidamente de vista la tierra. En la mañana del día 11, estando el mar muy alborotado, ocurrió un suceso notable. Hallábame en el castillo de proa departiendo con dos marineros; uno de ellos, que acababa de levantarse de la hamaca, dijo: «He tenido esta noche un sueño extraño y muy poco agradable, porque—continuó señalando al mástil—he soñado que me caía al mar desde la cruceta.» Así se lo oyeron decir varios tripulantes que estaban junto a mí. Un momento después, el capitán del barco, advirtiendo que la borrasca iba en aumento, mandó tomar la gavia, y en el acto, aquel marinero y otros varios treparon a la arboladura. Estaban en la maniobra cuando una racha de viento hizo girar la antena, dando tal golpe a uno de los marineros, que cayó desde la cruceta al mar, cubierto de hirvientes espumas. El marinero emergió en seguida; vi su cabeza asomar en la cresta de una ola muy grande, y en el acto reconocí en aquel desdichado al que poco antes nos había referido su sueño. Nunca olvidaré la mirada de agonía que nos lanzó, mientras el barco, velozmente, le dejaba atrás. Dada la voz de alarma, hubo una gran confusión, y lo menos pasaron dos minutos antes de que el barco se parase; en ese tiempo el marinero se quedó muy lejos a popa; sin embargo, yo no le perdí de vista y observé que luchaba valientemente con las olas. Por fin, se arrió un bote; mas por desgracia no se halló a mano el timón, y sólo se pudo disponer de dos remos, con los que los tripulantes no avanzaban gran cosa en un mar tan alborotado. No obstante, remaron de firme, y habían llegado ya a diez brazas del náufrago, que continuaba luchando por su vida, cuando le perdí de vista; a su regreso dijeron los marineros que le habían visto debajo del agua, a intervalos, hundiéndose cada vez más, con los brazos abiertos, y el cuerpo, al parecer, rígido, pero que se habían encontrado en la imposibilidad de salvarlo. Inmediatamente después, el mar se calmó mucho, como si ya estuviera satisfecho con la presa que acababa de hacer. El pobre muchacho que pereció de tan singular manera era un apuesto joven de veintisiete años, hijo único de una viuda; era el mejor marinero de a bordo, y cuantos le conocieron le querían. Este suceso ocurrió el 11 de noviembre de 1835; el barco era un vapor llamado London Merchant. ¡Verdaderamente admirables son los caminos de la Providencia!

Aquella misma noche entramos en el Tajo y echamos el ancla delante de la antigua torre de Belem; a la madrugada siguiente levamos anclas, y remontando el río como cosa de una legua, anclamos de nuevo a corta distancia del Caesodré[26], o muelle principal de Lisboa. Allí estuvimos algunas horas junto al enorme casco negro de la Rainha Nao, navío de guerra que en otros tiempos cautivaba de tal modo los ojos de Nelson, que de muy buena gana lo hubiera adquirido para su país natal. Mucho después fué navío almirante de la escuadra miguelista, y el intrépido Napier lo capturó unos tres años antes de la fecha a que me refiero.

La Rainha Nao dícese que dió a Napier más quehacer que todos los demás barcos enemigos juntos, y alguien afirmó que si éstos se hubieran defendido con la mitad del coraje que la vieja y belicosa «reina» desplegó, el resultado de la batalla que decidió la suerte de Portugal hubiese sido por completo diferente.

Encontré por demás molesta la operación de desembarcar en Lisboa. Los empleados de la aduana eran extremadamente descorteses, y examinaron cada pieza de mi reducido equipaje con irritante minuciosidad.

Mi primera impresión al tomar tierra en la Península estaba muy lejos de ser favorable; apenas hacía una hora que hollaba su suelo, y ya deseaba de corazón volverme a Rusia, país de donde había salido un mes antes, dejando en él amigos muy queridos y muy vivos afectos.

Después de soportar en la aduana muchos abusos y exacciones, procedí a buscar alojamiento, y, al fin, encontré uno, pero sucio y caro. Al siguiente día tomé un criado portugués. Mi costumbre invariable al llegar a un país consiste en valerme de los servicios de un indígena, con la mira principal de perfeccionarme en la lengua, y como ya conozco casi todos los idiomas y dialectos importantes de oriente y occidente, me pongo con prontitud en condiciones de hacerme entender perfectamente por los naturales. En unos quince días logré hablar en portugués con mucha facilidad.

Los que desean hacerse entender de un extranjero hablándole en su propio idioma tienen que hablar a gritos y vociferar abriendo mucho la boca. ¿Es de extrañar, pues, que los ingleses sean, en general, los peores lingüistas del mundo, ya que siguen un sistema diametralmente opuesto? Por ejemplo, cuando intentan hablar en español—la lengua más sonora que existe—apenas abren los labios, y, con las manos metidas en bolsillos, farfullan perezosamente, en lugar de aplicarse al indispensable menester de la gesticulación. Con razón los pobres españoles exclaman: estos ingleses tienen un hablar tan cerrado que ni el mismo Satanás los entiende.

Lisboa es una gran ciudad ruinosa, que aún muestra por doquiera las huellas del terremoto, terrible visita que le hizo Dios hace unos ochenta años. La ciudad se alza sobre siete colinas; la más elevada de todas la ocupa el castillo de San Jorge, punto el más eminente que la mirada descubre al contemplar a Lisboa desde el Tajo. Las partes más animadas y bulliciosas de la ciudad hállanse en la hondonada que cae al Norte de esa colina. Allí se encuentra la Plaza de la Inquisición[27], la principal de Lisboa, desde la que corren paralelas hacia el río tres o cuatro calles, entre las que se cuentan la del Oro y la de la Plata, así llamadas porque en ellas viven los orífices y los plateros, muy hábiles en su oficio; estas calles son, en conjunto, muy suntuosas. Las casas son grandes y altas como castillos. Inmensas columnas protejen a intervalos la calzada; pero lo que hacen más bien es estorbar. Estas calles son completamente llanas y están bien pavimentadas, en lo cual se diferencian de todas las demás de Lisboa. La calle más singular es, sin embargo, la del Alecrim, o del Romero, que desemboca en el Caesodré. Es muy pendiente, y a ambos lados se alzan los palacios de la más rancia nobleza de Portugal, edificios pesados y adustos, pero grandes y pintorescos, con jardines colgantes aquí y allá, que se asoman a la calle desde gran altura.

Con toda su ruina y desolación, Lisboa es, sin disputa, la ciudad más notable de la Península, y acaso del Sur de Europa. No me propongo entrar aquí en minuciosos detalles acerca de ella; me limitaré a notar que es tan digna de la atención de un artista como la misma Roma. Verdad es que, si abundan aquí las iglesias, no hay ninguna catedral gigantesca como la de San Pedro, para atraer las miradas llenándolas de admiración, pero me atrevo a decir que no hay en la antigua ni en la moderna Roma una obra del trabajo y del arte humanos que pueda, cualquiera que sea su destino, rivalizar con las obras hidráulicas para el abastecimiento de Lisboa. Aludo al estupendo acueducto cuyos arcos principales cruzan el valle al Noreste de Lisboa y vierte un arroyuelo de agua fría y deliciosa en una cisterna de piedra dentro del hermoso edificio llamado Madre de las aguas, desde donde se abastece toda Lisboa de linfa cristalina, aunque el manantial está a siete leguas de allí. Los viajeros, después de consagrar una mañana entera a visitar los Arcos y la Mai das agoas, pueden dirigirse a la iglesia y al cementerio británicos; este último es un Père-la-Chaise en miniatura, donde, si se trata de viajeros ingleses, bien podrá perdonárseles que estampen un beso, como hice yo, en la fría tumba del autor de Amelia[28], el genio más singular que nuestra isla ha producido, y cuyas obras, por pura moda, han sido durante mucho tiempo denigradas en público y leídas en secreto. En el mismo cementerio descansan los restos mortales de Doddridge, otro autor inglés, de diferente cuño, pero justamente admirado y estimado. Al desembarcar no tenía yo intención de detenerme mucho en Lisboa, ni ciertamente en Portugal; mi destino era España, hacia donde me proponía encaminar mis pasos muy en breve, porque la intención de la Sociedad Bíblica era comenzar sus trabajos en este país, con objeto de difundir la palabra de Dios, ya que España había sido hasta entonces una región donde la admisión de la Biblia estaba vedada. No ocurría lo mismo en Portugal, donde se permitía desde la revolución la entrada y circulación de la Biblia. Poco se había realizado, no obstante, en este país; por tanto, ya que me hallaba en él, determiné hacer algo, a ser posible, por la difusión de aquélla, no sin cerciorarme ante todo personalmente de hasta qué punto la gente estaba preparada para recibirla, y de si el estado de la educación en general le permitiría sacar de ella bastante provecho. Tenía yo a mi disposición un buen repuesto de Biblias y Testamentos; pero ¿querría o podría leerlas el pueblo? El amigo de la Sociedad a quien yo iba recomendado, estaba ausente de Lisboa al tiempo de mi llegada; lo sentí, porque podía haberme suministrado algunas indicaciones útiles. Con el fin, empero, de no gastar tiempo, me decidí a no esperar su regreso, y al punto empecé a recoger cuantas noticias pude acerca de los extremos a que he aludido. Comencé mis investigaciones a cierta distancia de Lisboa, por saber de sobra que me formaría una idea muy errónea de los portugueses en general si juzgaba de su carácter y opiniones por lo que veía y oía en una ciudad tan sujeta a la influencia extranjera.

Mi primera excursión fué a Cintra. Si hay en el mundo algún lugar al que con razón pueda llamársele país encantado, es seguramente Cintra. Tivoli, sitio pintoresco y bello, se borra con rapidez de la memoria de cuantos ven el Paraíso portugués. No debe suponerse ni por un momento que al hablar de Cintra se alude sólo a la pequeña ciudad de este nombre; por Cintra debe entenderse la región entera: ciudad, palacio, quintas, bosques, rocas, ruinas moriscas, que bruscamente surgen ante los ojos al bordear la ladera de una montaña de aspecto triste, agreste y estéril. Nada tan hosco y repelente como la vista que por el lado suroccidental, hacia Lisboa, presenta el muro de piedra que parece ocultar a Cintra de ojos del mundo; pero el otro lado es como una decoración de mágica hermosura, donde la elegancia artificial y la agreste grandeza, las cúpulas, las torres, los árboles gigantescos, las flores y las cascadas se mezclan de modo que no tiene semejante bajo el sol. ¡Oh! Admirables y sorprendentes cosas hay en Cintra, a las que van unidos recuerdos maravillosos. Aquellas ruinas sobre el picacho, que cubren en parte la escarpada pendiente, fueron en otro tiempo la principal fortaleza de los moros lusitanos, y adonde, mucho después de su expulsión, se permitía que acudiesen, en determinada luna de cada año, los salvajes santones del Magreb a orar en la tumba de un famoso Sidi sepultado en esas rocas. Aquel palacio gris presenció la reunión de las últimas Cortes celebradas por el rey-niño Sebastián antes de partir para su romántica expedición contra los moros, que tan bien supieron vengar en Alcazarquivir el agravio hecho a su fe y a su país. En aquella pequeña y sombría quinta, escondida entre los altos alcornoques, vivió antaño Juan de Castro, virrey de Goa, viejo singular que empeñó los cabellos de la barba de su difunto hijo para levantar dinero con que rehacer los muros ruinosos de una fortaleza amenazada por los salvajes indios. Ante el portal de la quinta hay unos fragmentos de estelas que tienen profundamente grabados versos en sánscrito, sacados de los vedas, tan oscuros como si estuviesen en caracteres rúnicos; son piedras traídas por Castro desde Goa, brillantísimo escenario de su gloria, antes de que Portugal cayera en su profunda decadencia. Cañada abajo, en una abrupta elevación de las rocas, se hallan las ruinas de la casa de un millonario inglés que aquí daba pasto a caprichos de su ánimo antojadizo, tan desordenado, rico y vario en matices como el paisaje circundante. Sí; admirables cosas se ven en Cintra, y admirables son los recuerdos unidos a ellas.

La ciudad de Cintra tiene unos ochocientos habitantes. La mañana siguiente a mi llegada, cuando me disponía a subir a la montaña para visitar las ruinas moriscas, observé que venía hacia mí una persona que, por su traje, me pareció un eclesiástico; era, en efecto, uno de los tres curas del lugar. Al instante le abordé, y no tuve motivo para arrepentirme de ello; le encontré afable y comunicativo.

Después de alabar la hermosura del paisaje, le hice algunas preguntas acerca del grado de instrucción de sus feligreses. Respondió que sentía decir que se hallaban en la mayor ignorancia; en el pueblo bajo había muy pocos que supieran leer o escribir, y respecto a escuelas, sólo existía una en el lugar, donde cuatro o cinco chicos aprendían el alfabeto, pero aún esa estaba ahora cerrada. Díjome, no obstante, que había una escuela en Colhares, como a una legua de allí. Entre otras cosas, me declaró cuánto le sorprendía ver a los ingleses, el pueblo más instruído e inteligente de la tierra, visitar un sitio como Cintra, donde no hay literatura, ciencia ni cosa alguna útil (coisa que presta). Sospecho que las últimas palabras del digno cura encubrían una sátira; fuí, sin embargo, bastante jesuíta para aparentar que las recibía como un fino cumplido, y, quitándome el sombrero, me despedí haciéndole infinidad de reverencias.

El mismo día visité Colhares, romántica aldea, en las inmediaciones de la montaña de Cintra, por el lado del noroeste. A unos campesinos que estaban en la fragua les pregunté por la escuela, y uno de ellos se ofreció en el acto a servirme de guía. Subí por unas escaleras a un pequeño aposento, donde encontré al maestro con una docena de alumnos formados en hilera; me recibió con urbanidad y me hizo sentar en la única banqueta que había en la habitación. Hablamos un poco, y me enseñó los libros que usaba para la instrucción de los chicos; eran unos silabarios muy semejantes a los usados en las escuelas rurales de Inglaterra. Al preguntarle si era costumbre poner las Escrituras en manos de los chicos, me respondió que mucho antes de adquirir capacidad suficiente para entenderlas, los padres retiraban de la escuela a sus hijos para que los ayudasen en las labores del campo; en general, los padres no tenían el menor deseo de que sus hijos aprendieran cosa alguna, por considerar tiempo perdido el empleado en aprender. Dijo que, si bien las escuelas estaban nominalmente sostenidas por el Gobierno, era raro que los maestros cobrasen sus sueldos; por eso, muchos habían últimamente renunciado sus empleos. Me declaró que poseía un ejemplar del Nuevo Testamento; quise verlo, y resultó ser tan sólo un ejemplar de las Epístolas, traducción de Pereira, con muchas notas. Le pregunté si consideraba peligroso leer las Escrituras sin notas; replicó que, ciertamente, no había peligro alguno, pero que la gente no instruída poco provecho podía sacar de la Escritura sin el socorro de las notas, porque en su mayor parte la encontraría ininteligible. En diciendo esto nos estrechamos la mano, y, al partir, le dije que no había pasaje de la Biblia tan difícil de entender como las mismas notas puestas para aclararla, y que nunca hubiese sido escrita si no bastara a iluminar por sí sola el entendimiento de toda clase de personas.

Uno o días después hice una excursión a Mafra, distante de Cintra unas tres leguas. La mayor parte del camino corre por escarpados cerros, a veces peligrosos para las cabalgaduras; no obstante, llegué a mi destino sin novedad.

Mafra es un pueblo grande en las inmediaciones de un edificio inmenso, construído para convento y palacio, algo semejante al Escorial por su estructura; en él se halla la mejor biblioteca de Portugal, con libros de todas las ciencias y en todos los idiomas, muy apropiada a la magnitud y esplendidez del edificio donde se encierra. Ya no había, empero, frailes para cuidarlo, como en otros tiempos; expulsados de allí, algunos mendigaban su sustento, otros habían ido a servir bajo las banderas de don Carlos, en España, y me dijeron que muchos vivían del merodeo como bandidos. Abandonada a dos o tres guardas, la mansión ofrece un aspecto solitario y desolado que, en verdad, oprime el ánimo. Cuando estaba viendo los claustros, se me acercó un muchacho muy apuesto y de rostro inteligente, y me preguntó (supongo que con la esperanza de ganarse una propina) si le permitiría enseñarme la iglesia del pueblo, muy digna de verse, según dijo; rehusé, pero añadí que si me guiaba a la escuela se lo agradecería mucho. Me miró con asombro y aseguró que en la escuela no había nada notable, pues sólo contaba media docena de alumnos, entre los cuales estaba él. Al decirle yo, sin embargo, que no siendo a aquélla, no me llevaría a ninguna otra parte, se decidió de mala gana a acompañarme. Por el camino me contó que el maestro era uno de los frailes recientemente expulsados del convento, hombre muy instruído, que hablaba francés y griego. Pasamos junto a una cruz de piedra, y el muchacho se inclinó y se persignó con mucha devoción. Menciono el detalle porque fué el primer caso de esa índole que observé en los portugueses desde el día de mi llegada. Cuando estuvimos cerca de la casa donde vivía el maestro, el muchacho me la indicó, y fué a esconderse detrás de una tapia, donde esperó a que yo volviera.

Al cruzar el umbral, me hallé frente a un hombre bajo y recio, entre los sesenta y los setenta años de edad, vestido con un jubón azul y unos calzones grises, sin camisa ni chaleco. Me miró con dureza y me preguntó en francés en qué podía servirme. Me disculpé por intrusarme de aquel modo, y le dije que, enterado de que desempeñaba las funciones de maestro, iba a ofrecerle mis respetos y a pedirle permiso para preguntarle algunas cosas referentes a la escuela. Respondió que quien me hubiese dicho que él era maestro de escuela, mentía, porque era fraile del convento, y nada más.

—Entonces, ¿no es verdad—dije yo—que todos los conventos han sido cerrados y expulsados los frailes?

—Sí, sí—dijo suspirando—; es verdad, demasiado verdad.

Guardó silencio un minuto, y al cabo, su buen natural se sobrepuso a la cólera; extrajo una caja de rapé y me ofreció un polvo. Rama de olivo de los portugueses, quien desee estar a bien con ellos no debe negarse a meter el índice y el pulgar en la caja de rapé cuando se la ofrezcan. Tomé, pues, una buena pulgarada, aunque aborrezco el rapé, y pronto estuvimos en la mejor armonía posible. El fraile estaba ansioso de noticias, especialmente de Lisboa y de España. Le conté que los oficiales de la guarnición de Lisboa, el día antes de salir yo de la capital, se habían presentado en masa a la reina e insistido cerca de ella para que exonerase al ministerio, si no quería que depusiesen las espadas; al oirlo, el fraile frotábase las manos, asegurándome que las cosas no permanecerían tranquilas en Lisboa. Cuando le dije, empero, que, en mi opinión, la causa de don Carlos declinaba (hacía poco de la muerte de Zumalacárregui), se enfurruñó, exclamando que eso era imposible, porque Dios, en su justicia, no lo toleraría. Me condolí del pobre hombre, expulsado del insigne convento inmediato, su antiguo hogar, y que, vista su desguarnecida vivienda actual, trocaba en la senectud la abundancia y las comodidades por la escasez y la miseria. Dos o tres veces intenté hacerle hablar de la escuela, pero esquivó el tema, o dijo en pocas palabras que no sabía nada acerca de eso. En cuanto le dejé, salió de su escondite el muchacho y se reunió conmigo; se había escondido temeroso de que su maestro supiera quién me había llevado allí, pues no quería que los extraños descubrieran que era maestro de escuela.

Pregunté al muchacho si él o sus padres conocían la Escritura y si la leían alguna vez; no pareció haberme entendido. Debo hacer notar que era un muchacho de unos quince años, muy despierto, con algunos conocimientos de latín; sin embargo, no conocía la Escritura ni de nombre, y no tengo duda, por mis observaciones ulteriores, que cuando menos los dos tercios de sus compatriotas, no están en asunto de tal importancia mejor instruídos que él. En las puertas de las posadas lugareñas, en los hogares rústicos, en los campos donde trabajan, en las fuentes de piedra al borde de los caminos, donde abrevan sus ganados, he interrogado a la clase más humilde de los hijos de Portugal acerca de la Escritura, de la Biblia, del Viejo y del Nuevo Testamento, y ni una sola vez han sabido a qué me refería ni me han dado una respuesta racional, aunque en todas las demás cosas sus contestaciones fuesen bastante sensatas. Nada, en verdad, me sorprendió tanto como el desembarazo y soltura con que los campesinos portugueses sostienen una conversación, y la pureza del lenguaje en que expresan sus pensamientos, aunque muy pocos saben leer o escribir; mientras que los campesinos ingleses, cuya educación es, en general, muy superior, son en su conversación de una grosería y torpeza rayanas en la brutalidad, y cometen absurdas faltas gramaticales, aunque la lengua inglesa es, en conjunto, de estructura más sencilla que el portugués.

Al regresar a Lisboa, encontré a nuestro amigo, que me recibió con mucha bondad. Los diez días siguientes fueron extraordinariamente lluviosos, impidiéndome hacer excursiones por el país; durante ese tiempo vi con frecuencia a nuestro amigo, y examinamos con mucho detenimiento los mejores medios de difundir los Evangelios. En su opinión, no podíamos, por el momento, hacer cosa mejor que entregar parte de nuestras existencias de libros a los libreros de Lisboa, y emplear al mismo tiempo algunos repartidores que voceasen los libros por las calles concediéndoles cierta ganancia por cada ejemplar vendido. Aceptado este plan, fué puesto en práctica sin tardanza, y con éxito no del todo malo. Pensé enviar algunos repartidores a los pueblos inmediatos, pero nuestro amigo se opuso a ello. Consideraba peligroso el intento, porque los curas rurales, dueños aún de gran ascendiente en sus respectivas parroquias, y, en su mayoría, resueltamente contrarios a la difusión del Evangelio, podían muy bien ser causa de que maltrataran o asesinaran a nuestros emisarios.

Resolví, sin embargo, antes de marcharme de Portugal, establecer depósitos de Biblias en una o dos ciudades principales de provincias. Deseaba yo visitar el Alemtejo, nombre que significa «más allá del Tajo», región muy atrasada según mis noticias. Esta provincia no es bella ni pintoresca, a diferencia de casi todas las demás partes de Portugal; hay en ella muy pocas colinas y montañas. En su mayor parte se compone de páramos cortados por alcores, por sombrías cañadas y pinares enanos; la comarca está infestada de bandidos. La principal ciudad es Evora, de las más antiguas de Portugal, sede, en otro tiempo, de una rama de la Inquisición, todavía más cruel y mortífera que la terrible de Lisboa. Evora está a unas sesenta millas de Lisboa, y a Evora me resolví a ir, con veinte Testamentos y dos Biblias. Ahora se verá lo que allí me sucedió.


CAPÍTULO II

Boteros del Tajo.— Peligros de la corriente.— Aldea Gallega.— La hostería.— Ladrones.— Sabocha.— Aventura de un arriero.— Estalagem de ladrões.— Don Gerónimo.— Vendas Novas.— Un Sitio Real.— Los cerdos del Alemtejo.— Monte Moro.— Un cabrero singular.— Los hijos de los campos.— Infieles y saduceos.

En la tarde del 6 de diciembre salí para Evora en compañía de mi criado. El paso del río se hace en unas lanchas o faluchos, como les llaman, que prestan servicio regular. Me habían dicho que la corriente sería favorable a eso de las cuatro, pero al llegar a la orilla del Tajo, frente a Aldea Gallega, punto entre el cual y Lisboa circulan las lanchas, me encontré con que la corriente no les permitiría salir antes de las ocho de la noche. Si esperaba hasta esa hora, desembarcaría probablemente en Aldea Gallega hacia la media noche, y no tenía yo muchas ganas de hacer mi entrée en el Alemtejo a tales horas; por tanto, como vi varados allí algunos pequeños botes, que podían salir en cualquier momento, resolví alquilar uno para la travesía, aunque el costo era mucho mayor. Pronto cerré trato con un muchacho de mirar selvático que se ofreció a tomarme a bordo de uno de aquellos botes, del que era copropietario, según dijo. No sabía yo lo peligroso que es cruzar el Tajo por su parte más ancha, precisamente desde enfrente de Aldea Gallega, en cualquier tiempo, pero sobre todo a la caída de la tarde en invierno; que a saberlo no me hubiera aventurado a tanto. El muchacho, y un camarada suyo de aspecto miserable, cuyo único vestido, a pesar de la estación, era un jubón y unos calzones andrajosos, remaron hasta llegar a media milla de la costa; entonces izaron una vela muy grande, y el muchacho que parecía ser el jefe y dirigirlo todo, empuñó el timón y se puso a gobernar el bote. La tarde comenzaba a oscurecer; el sol estaba ya cerca de la raya del horizonte; hacía mucho frío, y las olas del noble Tajo comenzaron a coronarse de espumas. Dije al botero que era casi imposible que el bote llevase tanta vela sin zozobrar, y al oírme, se echó a reír, y comenzó una charla de lo más incoherente. Su pronunciación era la más rápida y áspera que hasta entonces había observado en ningún ser humano; mezclábanse en ella alaridos de hiena con ladridos de perro, pero eso no era, en modo alguno, indicio de su condición natural, alegre y desenvuelta y sin asomos de mala intención, según vi muy pronto. Cuando, para demostrarle el poco caso que le hacía, me puse a cantar Eu que sou contrabandista, se echó a reír con toda su alma, y dándome palmadas en el hombro, me dijo que haría todo lo posible por no ahogarnos. Al otro pobrecillo no parecía repugnarle gran cosa irse a fondo; sentado en la proa del bote, semejaba la estatua del hambre, y cuando las olas, rompiendo por el lado del mar, le mojaban los escasos vestidos, sonreía. De allí a poco me convencí de que había llegado nuestra última hora; el viento era cada vez más fuerte, las olas más hirvientes, el bote se ponía con frecuencia de través, y el agua nos entraba a torrentes por sotavento. A pesar de todo, aquel mozo salvaje, sin soltar el timón, reía y parlaba, y a veces, berreaba un trozo de Quando el rey chegou, canción miguelista, que no se podía cantar en Lisboa sin ir a la cárcel.

La corriente estaba en contra nuestra, pero el viento nos era favorable; emprendimos una carrera vertiginosa, y vi que nuestra única probabilidad de salvación estaba en doblar rápidamente el saliente de la margen del Tajo, donde comienza la ensenada o bahía en que se halla Aldea Gallega, porque entonces ya no tendríamos que luchar con las olas del río, encrespadas por el viento contrario. La voluntad del Todopoderoso nos permitió ganar prontamente aquel refugio, no sin que antes el bote se llenase casi por completo de agua, y nos caláramos hasta los huesos. A eso de las siete de la tarde atracamos en Aldea Gallega, tiritando de frío, y en un estado lamentable.

Esas dos palabras españolas: Aldea Gallega, son el nombre de un pueblo que podrá tener unos cuatro mil habitantes. Era noche cerrada cuando desembarcamos. A poco, comenzaron a volar cohetes aquí y allá, iluminando el espacio en todas direcciones. Cuando íbamos por la calle sucia y desempedrada que conduce al largo o plaza, un estruendo horrible de tambores y gritos nos atronó los oídos. Pregunté la causa de tanto bullicio, y me dijeron que era la víspera de la concepción de la Virgen.

Como no era costumbre de los posaderos proveer al sustento de sus huéspedes, vagué por las calles en busca de provisiones; al cabo, viendo a unos soldados que comían y bebían en una especie de taberna, entré y pedí al dueño que me proporcionase algo de cena, y sin tardanza me satisfizo, no del todo mal, aunque cobrándolo a buen precio.

Me acosté temprano, porque las mulas que había contratado para llevarnos a Evora, vendrían a buscarnos a las cinco de la mañana siguiente. Mi criado dormía en la misma habitación, única disponible en la posada. No pude pegar los ojos en toda la noche. Teníamos debajo una cuadra, en la cual dormían varios almocreves o carreteros con sus mulas. Detrás de nosotros, en el corral, había una pocilga. ¿Cómo dormir? Los cerdos gruñían, resoplaban las mulas, y los almocreves roncaban de un modo horrible. Oí dar las horas en el reloj del pueblo hasta media noche, y desde media noche hasta las cuatro, hora en que me levanté y comencé a vestirme, enviando a mi criado a dar prisa al hombre de las mulas, porque estaba harto de la posada y deseaba marcharme cuanto antes. Un viejo huesudo y fuerte, acompañado de un muchacho descalzo, llegó con las bestias, que eran bastante regulares. El viejo, dueño de las mulas, y tío del muchacho, venía dispuesto a acompañarnos hasta Evora.

Cuando salimos, la luna brillaba esplendorosa, y el frío de la mañana era penetrante. Tomamos un camino hondo y arenoso, al salir del cual pasamos ante un vasto edificio, de extraño aspecto, situado en una desamparada colina arenosa, a nuestra izquierda. Cinco o seis hombres a caballo, que marchaban a buen paso, nos dieron rápidamente alcance. Todos llevaban largas escopetas colgadas del arzón, y la boca de los cañones asomaba como a dos pies por debajo de la panza de los caballos. Pregunté al viejo la razón de aquel aparato guerrero. Respondióme que los caminos estaban muy malos (quería decir que abundaban los ladrones) y que aquellos hombres iban armados así para su defensa; muy poco después torcieron a la izquierda, en dirección de Palmella.

Entramos en una planicie arenosa, salpicada de pinos enanos; el camino era poco más que un sendero, y conforme avanzamos, los árboles fueron espesándose hasta formar un bosque, que se extendía unas dos leguas, con espacios claros, donde pastaban rebaños de cabras y ovejas; las cencerrillas que llevaban colgadas del cuello sonaban con un tintineo apagado y monótono. El sol estaba empezando a salir, pero la mañana era triste y nublada, y esto, unido al desolado aspecto de la comarca, causaba en mi ánimo una impresión desagradable. Eché pie a tierra y anduve un poco, trabando conversación con el viejo. Al parecer, no sabía hablar más que de «los ladrones» y de las atrocidades que tenían por costumbre cometer en los mismos sitios por donde íbamos pasando. Las historias que contaba eran, en verdad, horribles, y por no oírlas, monté de nuevo y me adelanté un buen trecho.

Al cabo de hora y media salimos del bosque a un terreno quebrado, yermo y bravío, cubierto de mato, o matorrales. Las mulas detuviéronse a beber en un charco de poca hondura; y al mirar a la derecha, vi las ruinas de una pared. Aquello era, según me dijo el guía, lo que quedaba de Vendas Velhas, o Ventas Viejas, antigua guarida de Sabocha, ladrón famoso. Parece que el tal Sabocha tuvo a sus órdenes, unos diez y seis años antes, una partida de cuarenta bandoleros, que infestaban aquellos despoblados y vivían del robo. Durante mucho tiempo, el ventero Sabocha ejerció su atroz oficio sin infundir sospechas, y muchos infelices viajeros fueron asesinados en el silencio de la noche dentro de la venta solitaria regentada por él en aquel bosque; nunca he visto, en verdad, situación más a propósito para robar y matar. La cuadrilla tenía la costumbre de abrevar sus caballos en aquel charco, y quizás allí se lavaban las manos manchadas con la sangre de sus víctimas. El segundo de la cuadrilla era hermano de Sabocha, tipo fortísimo y feroz, famoso sobre todo por su destreza en tirar el cuchillo, con el que solía atravesar a sus enemigos. Al fin se descubrió la connivencia de Sabocha y de los bandidos, y el ventero huyó con la mayor parte de sus socios, cruzando el Tajo para refugiarse en las provincias del Norte; en un encuentro fortuito con la fuerza pública, en el camino de Coimbra, Sabocha y toda su cuadrilla perdieron la vida. Su casa fué arrasada por orden del Gobierno.

Los ladrones frecuentan todavía esas ruinas, y en ellas comen y beben, en acecho de una presa, porque el sitio domina un buen trozo del camino. El viejo me aseguró que, unos dos meses antes, al volver a Aldea Gallega con sus mulas de acompañar a unos viajeros, le había derribado, desnudado y robado un individuo que, a su parecer, salió de aquel nido de asesinos. Díjome que el agresor era joven y de fuerza extraordinaria, con inmensos bigotes y patillas, armado con una espingarda o mosquete. Unos diez días más tarde vió al ladrón en Vendas Novas, en donde nosotros íbamos a pasar la noche. El individuo, al reconocer a su víctima, le llevó aparte, y con horrendas imprecaciones le intimó que no volvería a ver más su casa si intentaba delatarle; el viejo se estuvo en paz, porque tenía muy poco que ganar y sí mucho que perder haciendo que prendieran al ladrón, ya que no hubieran tardado en soltarlo por falta de pruebas, y entonces era inevitable su venganza si no se adelantaban sus compañeros a tomarla.

Me apeé y fuí hasta las ruinas, donde vi los restos de una hoguera y una botella rota. Los hijos del robo habían pasado por allí muy poco antes. Dejé un ejemplar del Nuevo Testamento y algunos folletos, y partimos apresuradamente.

El sol había disipado las nieblas y empezaba a calentar mucho. Llevaríamos próximamente otra hora de camino, cuando sonó un relincho a nuestra espalda, y el guía nos dijo que venía un grupo de hombres a caballo; como nuestras mulas andaban a buen paso, tardaron lo menos veinte minutos en alcanzarnos. El jinete que rompía la marcha era un caballero vestido con elegante traje de camino; un poco detrás seguían un oficial, dos soldados y un mozo de librea. Oí al caballero que parecía principal, preguntar a mi criado, al emparejarse con él, quién era yo, y si francés o inglés. Le dijo que un caballero inglés, de viaje. Preguntó entonces si entendía el portugués, y el criado respondió qué sí, pero que, a su parecer, hablaba yo mejor el italiano y el francés. El caballero espoleó el caballo y me abordó, pero no en portugués, francés ni italiano, sino en el inglés más puro que he oído hablar a un extranjero; no había en su pronunciación ni el más leve acento extranjero, y, a no haber conocido en su rostro que mi interlocutor no era inglés (como todos saben, hay en el semblante de un inglés una particularidad indescriptible que le delata), hubiera creído que se trataba de un compatriota. Continuamos juntos departiendo hasta llegar a Pegões.

Pegões se compone de dos o tres casas y de una posada; hay, además, una especie de barraca donde se alberga media docena de soldados. No hay en todo Portugal un sitio de peor fama que éste, y la posada lleva el apodo de Estalagem de Ladrões o sea, hostería de ladrones; porque los bandidos que campan por los despoblados que se extienden a varias leguas a la redonda, tienen la costumbre de venir a esta posada a gastar el dinero y demás productos de su criminal oficio; allí cantan y bailan, comen conejo guisado y aceitunas, y beben el vino espeso y fuerte del Alemtejo. Una enorme fogata, alimentada por el tronco de un alcornoque, ardía en un fogón bajo, a la izquierda de la entrada de la espaciosa cocina. Arrimadas al fuego cocían varias ollas, cuyo apetitoso olor me recordó que aún no me había desayunado, a pesar de ser cerca de la una y de haber hecho a caballo cinco leguas. Varios hombres, de aspecto siniestro, que si no eran bandidos, fácilmente podían ser tomados por tales, estaban sentados en unos leños al amor de la lumbre. Híceles algunas preguntas indiferentes, a las que contestaron con desembarazo y cortesía, y uno de ellos, que dijo saber de letra, aceptó un folleto que le ofrecí.

Mi nuevo amigo, después de encargar la comida, o más bien almuerzo, me invitó con gran amabilidad a participar en él, y, al mismo tiempo, me presentó a su acompañante el oficial, hermano suyo, que también hablaba inglés, pero con menos perfección. Mi amigo resultó ser don Jerónimo José de Azveto, secretario del Gobierno en Evora; su hermano pertenecía a un regimiento de húsares que tenía el cuartel general en aquella ciudad, pero con patrullas destacadas a lo largo del camino, por ejemplo, en el lugar donde nos encontrábamos detenidos.

En Pegões, el principal artículo de comer parece que son los conejos, muy abundantes en los páramos de las cercanías. Comimos uno frito, con una pringue deliciosa, y luego otro asado, que nos sirvieron entero en una fuente; la posadera, después de lavarse las manos, lo partió, y luego vertió sobre los pedazos una salsa sabrosa. Comí con mucho gusto de ambos platos, sobre todo del último, quizás por la curiosa y para mí nueva manera de aderezarlo. Con unos higos de los Algarves, excelentes, y unas manzanas, concluyó nuestra comida; pero el cuartito reservado en que comimos era de suelo cenagoso, y su frialdad me penetró de modo que ni de los manjares ni de la agradable compañía pude sacar todo el placer que en otro caso hubiera tenido.

Don Jerónimo se había educado en Inglaterra, país en que transcurrió su infancia, lo cual explicaba en mucha parte su dominio de la lengua inglesa, que únicamente se puede aprender bien residiendo en el país durante aquella etapa de la vida. Había, además, huído a Inglaterra poco después de la usurpación del Trono de Portugal por don Miguel, y desde allí fué al Brasil, donde se consagró al servicio de don Pedro, y le acompañó en la expedición que terminó por la caída del usurpador y el establecimiento del Gobierno constitucional en Portugal. Nuestra conversación versó sobre literatura y política, y mi conocimiento de las obras de los escritores más famosos de Portugal fué acogido con sorpresa y contento; nada tan halagüeño para un portugués como observar que un extranjero se interesa por su literatura nacional, de la que, en muchos respectos, se enorgullece con justicia.

A eso de las dos cabalgamos de nuevo y proseguimos juntos nuestro camino a través de un país exactamente igual al que habíamos atravesado antes, áspero y quebrado, con grupos de pinos aquí y allá. La tarde era muy despejada, y los brillantes rayos del sol realzaban la desolación del paisaje. Habríamos avanzado dos leguas, cuando percibimos en lontananza un gran edificio, de majestuosa apariencia, que era, según me dijeron, un palacio real situado al otro extremo de Vendas Novas, pueblo donde íbamos a pernoctar; aún nos faltaba más de una legua para llegar a él, pero a través de la clara y transparente atmósfera de Portugal, parecía mucho más próximo.

Antes de llegar a Vendas Novas pasamos junto a una cruz de piedra, en cuyo pedestal había cierta inscripción conmemorativa de un asesinato horrible cometido en aquel lugar en la persona de un lisboeta; la cruz parecía ya antigua y estaba cubierta de musgo; la inscripción era, en su mayor parte, ilegible, al menos para mí, que no podía gastar mucho tiempo en descifrarla. Llegados a Vendas Novas y encargada la cena, mi nuevo amigo y yo fuimos dando un paseo a ver el palacio. Fué edificado por el difunto rey de Portugal, y su aspecto exterior es poco notable. El edificio, largo y con dos alas, consta de dos pisos tan sólo, aunque parece mucho más alto por estar situado en una elevación del terreno; tiene quince ventanas en el piso alto y doce en el bajo, con una puerta mezquina, algo así como la puerta de un granero, a la que se llega por un solo peldaño. El interior corresponde al exterior, y no hay en él nada interesante para el curioso, excepto las cocinas, magníficas en verdad, y tan grandes, que puede condimentarse en ellas al mismo tiempo comida suficiente para todos los habitantes del Alemtejo.

Pasé la noche con toda comodidad en una cama limpia, lejos de todos aquellos ruidos tan frecuentes en las posadas portuguesas, y a las seis de la mañana del siguiente día continuamos el viaje, que esperábamos terminar antes de ponerse el sol, porque Evora sólo dista diez leguas de Vendas Novas. Si la mañana anterior había sido fría, ésta lo era mucho más, tanto que, poco antes de salir el sol, no pude resistir más a caballo, y, echando pie a tierra, corrí y anduve hasta llegar a unas casuchas en el límite de los desolados páramos. En una de aquellas casas se encontraron los emisarios de don Pedro y los de don Miguel, y allí se concertó la renuncia de este último a la corona en favor de doña María de la Gloria; Evora fué el postrer reducto del usurpador, y las parameras del Alemtejo el último teatro de las luchas que tanto tiempo agitaron al infortunado Portugal. Contemplé, pues, con mucho interés aquellas miserables chozas, y no dejé de esparcir por los contornos algunos de los preciosos folletitos que, con una corta cantidad de Testamentos, llevaba en mi saco de noche.

El paisaje comenzó desde allí a mejorar; dejamos atrás los agrestes matorrales y atravesamos colinas y valles cubiertos de alcornoques y de azinheiras, las cuales producen bellotas dulces o bolotas, tan agradables como las castañas, y principal alimento en invierno de los numerosos cerdos que cría el Alemtejo. Los cerdos son muy hermosos: de patas cortas, corpulentos, de color negro o rojo oscuro; de la excelencia de su carne puedo dar testimonio, porque muchas veces la he saboreado con deleite en mis viajes por esta provincia; el lombo, o lomo, asado en el rescoldo, es delicioso, especialmente comiéndolo con aceitunas.

Nos hallábamos a la vista de Monto Moro, que, como su nombre indica, fué en otro tiempo una fortaleza de los moros. Es una colina alta y escarpada, en cuyas cúspide y vertiente yacen muros y torreones en ruinas. Por el lado de Poniente, en un profundo barranco o valle, corre un delgado arroyo, cruzado por un puente de piedra; más abajo hay un vado, que atravesamos para subir a la ciudad, la cual comienza casi al pie de la montaña, por el Norte, y va faldeando hacia el Noreste. La ciudad es sumamente pintoresca, con muchas casas antiquísimas, construídas a la manera morisca. Tenía grandes deseos de examinar los restos de la fortaleza mora en la parte alta del monte; pero el tiempo urgía, y la brevedad de nuestra estada en el lugar no me consintió satisfacer ese gusto.

Monte Moro es cabeza de una cadena de colinas que cruza esta parte del Alemtejo, y que aquí se bifurca hacia el Este y el Sureste; en la primera dirección está el camino directo a Elvas, Badajoz y Madrid; en la segunda, el camino a Evora. La tercera montaña de la cadena que bordea el camino de Elvas es muy hermosa. Se llama Monte Almo; hállase cubierta de alcornoques hasta la cima, y un arroyo rumoroso corre al pie. Bajo los rayos gloriosos del sol, brillaban las verdes praderas, donde pacían rebaños de cabras, haciendo sonar alegremente sus campanillas. El tout ensemble semejaba un lugar encantado. Para que nada faltase en el cuadro, encontré debajo de una azinheira a un hombre, un cabrero, cuyo aspecto me hizo recordar al pastor salvaje mencionado en cierta balada danesa.

«Sobre sus hombros tenía un jabalí—en su seno dormía un oso negro, etc.»

El cabrero tenía en un hombro un animal, que, según me dijo, era una lontra, o nutria, acabada de cazar en el arroyo inmediato; una cuerda, atada por un extremo al brazo del cazador, la rodeaba el cuello. A su izquierda había un saco, por cuya boca asomaban las cabezas de dos o tres animales bastante extraños; a su derecha se agazapaba un lobezno gruñón que estaba domesticando. Todo su aspecto era de lo más salvaje y fiero. Tras unas pocas palabras, como las que generalmente suelen cambiar los que se encuentran en un camino, le pregunté si sabía leer, y no me contestó. Traté entonces de averiguar si tenía alguna idea de Dios o de Jesucristo, y mirándome fijamente al rostro por un momento, se volvió luego hacia el sol, ya próximo al ocaso, hízole una reverencia, y de nuevo clavó en mí su mirada. Creo que entendí bien esta muda respuesta, la cual significaba, probablemente, que Dios era el autor de aquella gloriosa luz que alumbra y alegra toda la creación. Satisfecho con esta creencia, le dejé, y me apresuré a dar alcance a mis compañeros, que me habían tomado considerable delantera.

Siempre he encontrado en el ánimo de campesinos más determinada inclinación a la religión y a la piedad que en los habitantes de las ciudades y villas; la razón es obvia: aquéllos están menos familiarizados con las obras de los hombres que con las de Dios; sus ocupaciones, además, son sencillas, no requieren tanta habilidad o destreza como las que atraen la atención del otro grupo de sus semejantes, y son, por tanto, menos favorables para engendrar la presunción y la suficiencia propia, tan radicalmente distintas de la humildad de espíritu, fundamento verdadero de la piedad. Los que se burlan de la religión y la escarnecen, no salen de entre sencillos hijos de la naturaleza; son más bien la excrecencia de un refinamiento recargado, y aunque su influjo pernicioso llega ciertamente a los campos, y corrompe en ellos a muchos hombres, la fuente y el origen del mal está en los grandes centros, donde la población se apiña y donde la naturaleza es casi desconocida. No soy de los que van a buscar la perfección humana en la población rural de ningún país; la perfección no existe en hijos del pecado, dondequiera que residan; pero mientras el corazón no se corrompe, hay esperanza para el alma, porque hasta Simón Mago se convirtió. Pero una vez que la incredulidad endurece el corazón, y la prudencia según la carne refuerza la incredulidad, hace falta para ablandarlo que la gracia de Dios se manifieste con exuberancia desusada, porque en el libro sagrado leemos que el fariseo y el mago llegaron a ser receptáculos de gracia; pero en ninguna parte se menciona la conversión del burlón Saduceo; ¿y qué otra cosa es un incrédulo moderno más que un Saduceo de última hora?

La noche cerró antes que llegásemos a Evora, y después de despedirme de mis amigos, que amablemente me ofrecieron su casa, me dirigí con mi criado al Largo de San Francisco, donde, según dijo el arriero, estaba la mejor hostería de la ciudad. Entramos a caballo en la cocina, a continuación de la cual estaba la cuadra, como es uso en Portugal. Gobernaban la casa una vieja que parecía gitana, y su hija, muchacha de unos diez y ocho años, hermosa y fresca como una flor. La casa era grande. En el piso alto había un vasto aposento, a modo de granero, que ocupaba casi toda la longitud del edificio; en el extremo había una divisoria para formar una alcoba de regular comodidad, pero muy fría; el piso era de baldosa, como el de la espaciosa sala contigua, donde los arrieros solían dormir en las mantas y enjalmas de sus malas. Después de cenar me acosté, y luego de ofrecer mis devociones a Aquel que me había protegido en un viaje tan peligroso, me dormí profundamente hasta el otro día[29].


CAPÍTULO III

Un comerciante de Evora.— Contrabandistas españoles.— El león y el unicornio.— La fuente.— Confianza en el Todopoderoso.— Reparto de folletos.— La librería en Evora.— Un manuscrito. La Biblia como guía.— La infame María.— El hombre de Palmella.— El conjuro.— El régimen frailuno.— Domingo.— Volney.— Un auto de fe.— Hombres de España.— Lectura de un folleto.— Nuevos viajeros.— La mata de romero.

Evora es una pequeña ciudad murada, pero sin un sistema defensivo, y no resistiría un sitio de veinticuatro horas. Tiene cinco puertas; delante de la del Suroeste se halla el paseo principal, donde también se celebra una feria el día de San Juan. Las casas son, en general, muy antiguas, y muchas están vacías. Cuenta unos cinco mil habitantes; pero con sobrada capacidad para doble número de gente. Los dos edificios principales son la Seo, o catedral, y el convento de San Francisco, en la misma plaza en que, frente a él, se hallaba mi posada. A mano derecha, entrando por la puerta del Suroeste, hay un cuartel de caballería. Por el Sureste, a unas seis leguas de distancia, descúbrese una cadena de montañas azules; la más alta, llamada Serra Dorso, pintoresca, bella, alberga en sus escondrijos muchos lobos y jabalíes. Como a legua y media más allá de esa montaña, está Estremoz.

El día siguiente a mi llegada lo empleé principalmente en visitar la ciudad y sus cercanías, y al vagar de un lado para otro, trabé conversación con diversas personas. Algunas eran de la clase media, comerciantes o artesanos, y todos constitucionalistas, o se llamaban tales; pero tenían muy pocas cosas que decir, salvo unos cuantos lugares comunes acerca de la vida de frailes, de su hipocresía y holgazanería. Quise obtener noticias respecto del estado de la instrucción en la localidad, y de sus respuestas deduje que el nivel debía de estar muy bajo, porque, al parecer, no había escuelas ni librerías. Si les hablaba de religión, mostraban grandísima indiferencia por el asunto, y, haciéndome una cortés inclinación de cabeza, se marchaban lo antes posible.

Fuí a ver a un comerciante para quien llevaba yo una carta de presentación, y se la entregué en su tienda, donde le encontré detrás del mostrador. En el curso de nuestra conversación averigüé que le habían perseguido mucho durante el antiguo régimen, al que profesaba aversión sincera. Díjele que la ignorancia del pueblo en materia de religión había sido el sostén del antiguo régimen, y que el mejor modo de impedir su retorno sería llevar la luz a todos los espíritus. Añadí que había llevado a Evora un pequeño repuesto de Biblias y Testamentos, y deseaba entregárselos a un comerciante respetable para su venta, y que si él deseaba contribuir a extirpar las raíces de la superstición y de la tiranía, no podía hacer cosa mejor que encargarse de tales libros. Se declaró dispuesto a ello, y me fuí, determinado a entregarle la mitad de los que tenía. Volví a mi posada y me senté en un leño, debajo de la inmensa campana de la chimenea de la sala común; dos hombres de rostro huraño estaban arrodillados en el suelo. Tenían ante sí un buen montón de objetos de hierro viejo, latón y cobre, que iban clasificando, y colocábanlos después en sacos. Eran contrabandistas españoles de ínfima categoría, y ganaban miserablemente su vida llevando de matute tales desechos desde Portugal a España. No hablaban ni una palabra, y cuando me dirigí a ellos en su lengua natal, me contestaron con una especie de gruñido. Estaban tan sucios y mohosos como el hierro en que traficaban; en la cuadra del piso bajo tenían cuatro miserables borriquillos.

La posadera y su hija me trataban con amabilidad extremada, y por adularme me hicieron algunas preguntas respecto de Inglaterra. Un hombre con traje algo parecido al de los marineros ingleses, sentado frente a mí debajo de la campana, dijo: «Yo aborrezco a los ingleses porque no están bautizados y son gente sin ley.» Se refería a la ley de Dios. Me eché a reír y le dije que, según la ley inglesa, a nadie sin bautizar podía dársele sepultura en tierra sagrada; a lo cual repuso: «Entonces sois más rigurosos que nosotros.» Luego, añadió: «¿Qué significan el león y el unicornio que vi el otro día en un escudo a la puerta del cónsul inglés en Setubal?» Respondí que eran las armas de Inglaterra. «Sí; pero ¿qué representan?» Dije que no lo sabía. «Entonces—replicó—, no conoce usted los secretos de su propio país.» A lo cual: «Supóngase—le contesté—, que le dijese a usted que representan el león de Bethlehem y la bestia cornuda de abismos ardientes, luchando por el predominio en Inglaterra, ¿qué diría?» «Diría—repuso—, que me daba usted una respuesta perfecta.» Aquel hombre y yo llegamos a ser grandes amigos. Venía de Palmella, no lejos de Setubal; llevaba unos cuantos caballos y mulas, y era tratante en cebada y trigo. De nuevo volví a pasearme y a vagar por los alrededores de la ciudad.

Como a media milla de las murallas, por el lado Sur, hay una fuente de piedra, donde los arrieros y demás gentes que acuden a la ciudad, acostumbran a dar agua a sus bestias. Allí me estaba sentado unas dos horas, hablando con todo el que hacía alto en la fuente. Hago notar que durante mi estancia en Evora repetí a diario esta visita, deteniéndome en ella el mismo tiempo; gracias a este plan, creo que hablé, por lo menos, con unos doscientos portugueses acerca de asuntos tocantes a su salvación eterna. Descubrí que muy pocos de aquellos a quienes hablé habían recibido educación literaria, ninguno había leído la Biblia, no más de media docena tenían una ligerísima noticia de lo que son los libros santos. Casi todos eran fanáticos papistas y miguelistas de corazón. Por tanto, cuando me decían que eran cristianos, negábales yo la posibilidad de que lo fueran, pues ignoraban a Cristo y sus mandamientos, y ponían la esperanza de su salvación en reglas externas y prácticas supersticiosas inventadas por Satanás para mantenerlos en tinieblas y que al cabo cayesen en el abismo que les tenía preparado. Díjeles muchas veces que el Papa, a quien reverenciaban, era un insigne impostor y el principal ministro de Satanás en la tierra, y que los frailes y monjes, cuya ausencia lamentaban, a quienes estaban acostumbrados a confesar sus pecados, eran agentes subalternos suyos. Cuando me pedían pruebas, aducía invariablemente la ignorancia de mis oyentes respecto de las Escrituras, y decía que si sus guías espirituales hubiesen realmente sido ministros del Señor, no hubieran dejado a sus rebaños ignorar su palabra.

Desde entonces acá, me ha sorprendido muchas veces el no recibir insultos ni malos tratos de la gente cuya superstición atacaba yo de ese modo; en verdad, nada malo me sucedió, y me inclino a creer que la extremada audacia que yo desplegaba, confiado en la protección del Todopoderoso, puede haber sido la causa de ello. Lo mejor frente al peligro es mirarlo cara a cara, y así generalmente se desvanece como las nieblas de la mañana a la luz del sol; mientras que, desanimándose, el peligro se hace de fijo mayor. Abrigo la viva esperanza de que mis palabras llegaron muy adentro en el corazón de algunos de mis oyentes, porque vi a muchos de ellos marcharse abstraídos y pensativos. En ocasiones repartía entre estas gentes algunos folletos, pues aunque fuesen incapaces de sacar de ellos personalmente gran provecho, pensé que servirían de instrumento para que en lo futuro cayeran en otras manos y alguien los utilizara para su salvación. ¡Cuánto libro abandonado a las olas aborda a remotas playas, y allí sirve de bendición y consuelo a millones de gentes que ignoran su procedencia!

Al siguiente día, viernes, fuí a visitar en su casa a mi amigo don Jerónimo Azveto. No le encontré, pero me dijeron que le buscase en la Seo, o palacio episcopal, en uno de cuyos aposentos le hallé, en efecto, escribiendo con otro señor, a quien me presentó; era el gobernador de Evora, que me recibió con toda bondad y cortesía. Después de hablar un rato salimos juntos a visitar un edificio antiguo, del que se decía que en tiempos pasados fué templo de Diana. Parte de él era evidentemente de construcción romana; no había lugar a error ante las bellas y elegantes columnas que sostenían la cúpula, bajo la que probablemente se cumplían sacrificios a la divinidad más poética y atrayente de los gentiles; pero los antiguos intercolumnios habían sido macizados en tiempos modernos, y el resto del edificio parecía ser de fines de la Edad Media. Estaba situado en un extremo de la antigua casa de la Inquisición, y fué residencia del obispo antes de construirse la Seo actual.

Dentro de la Seo, donde vive ahora el gobernador, hay una magnífica biblioteca, que ocupa una inmensa pieza abovedada, como la nave de una catedral; en un aposento contiguo hay una colección de cuadros de autores portugueses, principalmente retratos, entre los que se halla el de don Sebastián. Quiero creer que el pintor no le hizo justicia, porque le representó en figura de un tosco mancebo como de diez y ocho años, abotagado y bobo, con ojos saltones, y una golilla en torno del cuello corto y apoplético.

Me enseñaron varios misales con bellas miniaturas, y otros manuscritos, uno de cuales atrajo sobre todo mi atención, por motivos que se adivinan con sólo decir que su título era:

«Forma sive ordinatio Capelle ilustrissimi et xianissimi principis Henrici Sexti Regis Anglie et Francie am dm Hibernie descripta serenissio principi Alfonso Regi Portugalie illustri per humilen servitoren sm Willm. Sav. Decanu capelle supradicte.»

¡Me pareció oír la voz de mi amada tierra natal en los tiempos pasados! La biblioteca y la colección de cuadros las formó uno de los últimos obispos, varón muy ilustrado y piadoso.

Por la noche cené con don Jerónimo y su hermano; éste nos dejó en seguida para cumplir sus deberes de militar. Mi amigo y yo hablamos con detenimiento de cosas importantes. Empezó lamentándose de la ignorancia en que estaban sumidos sus conterráneos, y me dijo que tanto él como su amigo el gobernador se proponían establecer un colegio en aquellos contornos, habiéndose dirigido al Gobierno en demanda de autorización para utilizar un convento vacío, llamado el Espinheiro, o el espino, distante una legua de allí, y esperaban ver aceptada su propuesta. Ya le había yo dicho a don Jerónimo mi calidad y mis propósitos; y al manifestarle ahora mi contento por los planes que abrigaba, le rogué con las más vivas instancias que usase de su valimiento para que la educación dada a los muchachos tuviera por base el conocimiento de las Escrituras, y añadí que la mitad de las Biblias y Testamentos llevados por mí a Evora la ponía gustoso a su disposición. Al instante me tendió la mano, y aceptó mi oferta con gran placer, prometiéndose hacer cuanto pudiera en pro de mis intenciones, también suyas en muchos respectos. Entonces añadí que yo no había ido a Portugal con la idea de propagar los dogmas de una secta particular, sino con la esperanza de difundir la Biblia, manantial de cuanto es útil y conducente al bien de la sociedad; que no me importaba lo que la gente profesara, con tal que tuviese por guía la Biblia, porque allí donde se leen las Escrituras, ni la superchería clerical ni la tiranía duran mucho; aduje como ejemplo mi propio país, cuya libertad y prosperidad se deben a la Biblia, y donde cabalmente el último perseguidor del libro, la sanguinaria e infame María Tudor, fué también el último tirano que se sentó en el trono. Me separé de mi amigo ya muy entrada la noche, y a la mañana siguiente le envié los libros, en la firme y confiada esperanza de que una aurora radiante y gloriosa iba a disipar las lúgubres sombras de la noche que durante tanto tiempo habían envuelto al Alemtejo.

Al siguiente día de este interesante suceso, sábado, hablé de nuevo con el hombre de Palmella. Le pregunté si nunca en sus viajes le habían atacado los ladrones; me respondió que no, pues, en general, viajaba acompañado. «Sin embargo—añadió—cuando viajo solo tampoco tengo miedo, porque voy bien protegido.» Supuse que llevaría buenas armas, y así se lo dije. «No más arma que esta»—repuso, mostrándome uno de esos enormes cuchillos de manufactura inglesa, de que suelen estar provistos los campesinos portugueses. Esos cuchillos se emplean para muchos usos, y me parecen un arma bastante más eficaz que el puñal. «Pero no es este cuchillo—continuó el hombre—lo que me da más confianza.» «¿Pues qué es?» «Esto—contestó, y extrajo del seno un escapulario que llevaba colgado del cuello con un cordón de seda—. Aquí llevo una oraçam, o plegaria, escrita por una persona de virtud, y mientras no se aparte de mí no me ocurrirá nada.» Como la curiosidad es el principal rasgo de mi carácter, dije al momento al hombre aquel, con gran calor, que si me dejaba leer la oración me proporcionaría un placer vivísimo. «Bueno—contestó—; somos amigos, y voy a hacer por usted lo que haría por muy pocos.» Me pidió el cortaplumas, y sin descoser el envoltorio sacó un pedazo de papel, bastante grande, cuidadosamente ajustado a él. Corrí a mi aposento para examinarlo. Estaba escrito con garrapatos casi ilegibles, y tan manchado de sudor, que me costó mucho trabajo descifrar su contenido; al cabo conseguí hacer la siguiente transcripción literal del conjuro, escrito en mal portugués, pero que me impresionó en aquella ocasión, por tratarse de la composición más extraordinaria que había visto:

El conjuro.—«Justo juez y divino Hijo de la Virgen María, que naciste en Belén, Nazareno, y fuiste crucificado entre la muchedumbre de los judíos, te suplico, Señor, por tu sexto día, que mi cuerpo no sea preso por la justicia ni reciba de sus manos la muerte, la paz sea con nosotros, la paz de Cristo, venga a mí la paz, la paz sea con nosotros, dijo Dios a sus discípulos. Si la maldita justicia recela de mí, o pone en mí sus ojos, para apoderarse de mí o robarme, que sus ojos no puedan verme, que su boca no pueda hablarme, que sus oídos no puedan oírme, que sus manos no puedan agarrarme, que sus pies no puedan seguirme; de suerte que, armado con las armas de San Jorge, cubierto con el manto de Abraham y embarcado en el arca de Noé, no puedan verme, ni oírme, ni verter la sangre de mi cuerpo. Te conjuro, además, Señor, por aquellas tres benditas cruces, por aquellos tres benditos cálices, por aquellos tres benditos sacerdotes, por aquellas tres hostias consagradas, que me des aquella dulce compañía que diste a la Virgen María desde las puertas de Belén a los portales de Jerusalem, para que pueda yo ir y venir alegre y gustoso con Jesucristo, el Hijo de la Virgen María, madre, y, sin embargo, siempre virgen.»

La posadera y su hija llevaban pendientes del cuello otros escapularios con amuletos semejantes, para librarse, según decían, de todo maleficio. La creencia en la brujería está muy extendida entre los campesinos del Alemtejo, y creo que entre todos los de Portugal. Esta es una de las reliquias del régimen frailuno, que en todos los países donde ha existido parece haberse propuesto embotar el entendimiento del pueblo para extraviarlo con más facilidad. Todos esos amuletos estaban confeccionados por frailes, que se los vendían a sus entontecidos penitentes.

Los monjes de las iglesias griega y siria trafican también con estas cosas, aun sabiendo que son nocivas, y anteponen ese comercio a la difusión del saludable bálsamo del Evangelio, porque de aquél sacan muy buenas ganancias y mantienen así el engaño que les permite vivir regaladamente.

La mañana del domingo fué muy hermosa, y la explanada que hay delante del convento de San Francisco se llenó de gente que iba a misa o volvía de oírla. Cumplidas mis devociones matinales me desayuné, y bajé a la cocina; una muchacha llamada Gerónima estaba sentada al amor de la lumbre. Le pregunté si había oído misa, y me respondió que ni la había oído ni pensaba oírla. Inquirí el motivo y replicó que desde la expulsión de los frailes de sus iglesias y conventos, había dejado de oír misa y de confesarse, porque los curas no tenían en tal ministerio poder espiritual, y, por tanto, se abstenía de ir a molestarlos. Dijo que los frailes eran unos santos varones, muy caritativos, que a diario daban de comer en el convento de enfrente a cuarenta pobres con las sobras de la comida del día anterior, y ahora a esa gente se la dejaba morirse de hambre. Contesté que como vivían de la enjundia de la tierra, bien podían permitirse los frailes arrojar unos pocos huesos a sus pobres, haciéndolo así por política, con la esperanza de ganar amigos para los casos de apuro. La muchacha me dijo después que, como domingo, tal vez desearía yo entretenerme viendo algún libro, y sin esperar respuesta me trajo unos cuantos. Eran en su mayoría narraciones populares de vidas y milagros de santos, pero entre ellos había una traducción del libro de Volney, Las ruinas. Pregunté cómo había adquirido tal obra. Díjome que un joven, ardiente constitucionalista, se la había dado unos meses antes, con muchas instancias para que la leyese, ponderándosela como uno de los mejores libros del mundo. Repuse que el autor, enviado de Satán, enemigo de Jesucristo y del alma humana, había escrito la obra con el único propósito de mofarse de la religión y de inculcar la doctrina de que no hay vida futura ni premio para el virtuoso ni castigo para el malo. La muchacha, sin responder palabra, se fué a otro aposento, del que volvió con el delantal lleno de astillas y otra leña menuda, volcándola en la lumbre, que levantó viva llama. Entonces, tomando de mis manos el libro, lo echó en la hoguera, se sentó, sacó del bolsillo un rosario y estuvo rezando hasta que el volumen quedó consumido. Fué esto un auto de fe en el mejor sentido de la palabra.

El lunes y el martes hice mis acostumbradas visitas a la fuente, y también recorrí los alrededores, montado en una mula, para repartir folletos. Dejé caer una buena porción de ellos en los paseos preferidos por la gente de Evora, porque era dudoso que los aceptaran si yo se los ofrecía en propia mano, mientras que si los veían tirados por el suelo, pensaba yo que la curiosidad acaso los indujera a cogerlos y leerlos.

En la tarde del martes fuí a despedirme de mi amigo Azveto, pues mi intención era salir de Evora el jueves siguiente y regresar a Lisboa; con esta mira alquilé una calesa, cuyo dueño me dijo que había servido como soldado en la grand’armée de Napoleón y asistido a la campaña de Rusia. Tenía toda la estampa de un borracho. Su rostro era carbuncoso, y su aliento apestaba a aguardiente. Muchos deseos tenía de hablar conmigo en francés, enorgulleciéndose de poseer ese idioma; pero yo rehusé, y le dije que me hablase en la lengua del país o no cruzaría la palabra con él.

El miércoles empeoró el tiempo y, a ratos, llovió. Al bajar a la cocina me encontré con que mi amigo el de Palmella se había marchado; pero habían llegado varios contrabandistas de España. Casi todos eran muy apuestos, y, a diferencia de los dos que vi la semana anterior, locuaces y expansivos; sólo hablaban su lengua natal y parecían sentir gran desprecio por el portugués. La magnífica entonación del español resonaba muy ventajosamente junto al dialecto chillón de Portugal. Pronto trabé con ellos un grave coloquio, y descubrí con alegría que todos sabían leer. Ofrecí al más viejo, hombre de unos cincuenta años de edad, un folleto en español, y después de examinarlo un rato con mucha atención, se alzó de su asiento y, poniéndose en medio del cuarto, comenzó a leer en alta voz, despacio y con gran énfasis. Sus compañeros le rodearon, y de vez en cuando manifestaban su conformidad con lo que oían. En ocasiones, el lector acudía a mí en demanda de explicación de algún pasaje que no entendía bien, por referirse a determinados textos de la Escritura, ya que ninguno de la cuadrilla había visto nunca el Antiguo ni el Nuevo Testamento. Continuó leyendo más de una hora, hasta acabar el folleto; al concluir, todos clamaron por otros parecidos, y se los di con mucho gusto.

Casi todos aquellos hombres hablaban del clericalismo y del régimen frailuno con odio profundo, hasta preferir la muerte a someterse de nuevo al yugo que había oprimido sus cuellos. Híceles muchas preguntas acerca de la opinión de sus parientes y amigos sobre ese punto, y me aseguraron que en la parte de la frontera española frecuentada por ellos, todos eran de la misma opinión, importándoles tan poco el Papa y sus frailes como don Carlos, porque éste era un chicotito y un tirano, y los otros, ladrones y salteadores. Díjeles que no debían confundir la religión con la superstición clerical, ni olvidar por odio a ésta que hay un Dios y un Cristo en quien hemos de buscar nuestra salvación, y cuya palabra estaban obligados a meditar en todo momento; expresáronse, al oírme, como muy devotos creyentes en Cristo y en la Virgen.

Estos hombres eran, en muchos respectos, más ilustrados que los campesinos del contorno, pero en otros se hallaban en iguales tinieblas; creían en brujerías y en el poder de hechizos y ensalmos. La noche fué muy borrascosa. A eso de las nueve oímos un galope que se acercaba, y a poco llamaron a la puerta; abrieron, y se precipitó en la cocina, todo azorado, un hombre montado en un jumento; llevaba una raída chaqueta de piel de carnero de las llamadas en español zamarras, con calzones de lo mismo; desde las rodillas para abajo tenía las piernas desnudas. Alrededor del sombrero llevaba atada una gran cantidad de la hierba llamada en inglés rosemary, romero en español, y en portugués rústico alecrim, palabra de origen escandinavo (ellegren), que significa planta mágica, llevada probablemente al Sur por los vándalos. El recién llegado parecía loco de terror, y contó que las brujas le habían venido persiguiendo y revoloteando en torno de su cabeza desde hacia dos leguas. Aquel hombre traía de la frontera de España harina y otros artículos; dijo que su mujer venía tras él y estaba a punto de llegar. Llegó, en efecto, un cuarto de hora después, chorreando agua y montada también en un borrico. Pregunté a mis amigos los contrabandistas qué significaba el romero, y me dijeron que era bueno contra las brujas y las desventuras del camino. No me entretuve en combatir esta superstición, porque la calesa iría a buscarme a las cinco de la mañana y deseaba yo aprovechar el poco tiempo que podía consagrar el sueño.


CAPÍTULO IV

Dilaciones molestas.— El cochero borracho.— Una mula muerta.— Lamentación.— Aventura en un descampado.— El miedo a la oscuridad.— Un fidalgo portugués.— La escolta.— Regreso a Lisboa.

Me levanté a las cuatro, y después de tomar un refrigerio, bajé a la cocina, donde vi al hombre que me había llamado la atención la víspera y a su mujer, durmiendo al amor de la lumbre aún encendida. Se despertaron en seguida y comenzaron a preparar su desayuno, consistente en sardinhas saladas, asadas en el rescoldo. Al mismo tiempo, la mujer cantaba trozos de una bella canción, muy conocida en España, que comienza así:

En Belén tocan a fuego; Del portal salen las llamas, Porque dicen que ha nacido El Redentor de las almas.

Al saber que me marchaba, la mujer me dijo: «Voy a darle a usted un poco de romero del de mi marido, para que le ampare contra los peligros y le libre de cualquier mal suceso.» Tuve la debilidad de permitir que me pusiera unas ramitas en el sombrero; estando en esto llegó el calesero con las mulas, dije adiós a mi servicial posadera, y subí al carruaje con mi criado.

Entonces puse atención en las mulas que nos llevaban; nunca había visto otras tan buenas como aquéllas; la de más alzada tendría poco menos de diez y seis palmos. El calesero las quería, según nos dijo en detestable francés, más que a su propia mujer y a sus hijos. Doblamos la esquina del convento y seguimos calle abajo hacia la puerta del Suroeste. El cochero hizo alto delante del portal de una casona, y se apeó diciendo que por ser aún muy temprano, no se atrevía a continuar, pues si los ladrones residentes en la ciudad estaban sobre aviso, nos robarían, probablemente, y a él le matarían, pero que los moradores de aquella casa iban a salir para Lisboa un cuarto de hora más tarde, y esperándolos podíamos aprovechar su escolta de soldados y ponernos al abrigo de todo peligro. Respondí que yo no tenía miedo, y le mandé seguir, pero se negó, y, dejándonos en la calle, fuése. Una hora llevábamos esperando, cuando llegaron dos carruajes a la puerta de la casa; pero como la familia no estaba, al parecer dispuesta todavía, el cochero se apeó también y se fué. Pasó otra media hora; al fin salió la familia. Colocados los equipajes, preguntaron por el cochero, que no parecía por parte alguna. Le buscaron, pero en vano más de otra hora pasó antes de encontrar un sustituto. La escolta tampoco había comparecido, y fué preciso enviar por dos veces un criado al cuartel en busca de los soldados. Al fin, todo se arregló, y la familia se puso en marcha.

En todo ese tiempo no habíamos vuelto a ver a nuestro cochero, y ya estaba yo harto convencido de que nos había abandonado definitivamente, cuando, pasados unos minutos más, le vi venir tambaleándose calle arriba, borracho, y empeñado en cantar la Marsellesa. Sin decirle nada, me puse a observarlo. Estuvo un rato mirando fijamente a las mulas y mascullando disparates inconexos en francés. Al cabo, dijo: «No estoy tan borracho que no pueda guiar»; y tomando a las mulas por el ramal, echó a andar hacia la puerta. En cuanto salimos de la ciudad intentó repetidas veces, sin conseguirlo, montar en la mula más pequeña, que iba ensillada; al fin se salió con la suya, y en el acto emprendimos, camino abajo, una carrera desenfrenada. Llegamos a un sitio donde arrancaba un carril angosto y pedregoso; echando por él, nos ahorrábamos el rodeo que, en otro caso. habríamos de dar en torno de los muros de la ciudad antes de salir al camino de Lisboa, que cae al Noreste. El cochero dijo: «Voy a tomar el carril, y en un minuto alcanzaremos a esa familia»; y en él entramos, efectivamente. Apenas tenía anchura bastante para dar paso al carruaje, y era, además, muy escarpado y quebrado; avanzamos subiendo y bajando, con mucho crujir de ruedas y unas sacudidas tan violentas, que corríamos peligro de vernos lanzados como por una honda. Comprendí que de continuar en el coche, se haría pedazos con nuestro peso, y dirigiéndome al cochero en portugués, le mandé parar; pero el hombre fustigó y espoleó a las mulas con más brío. Entonces, mi criado me suplicó por el amor de Dios que le hablase en francés, pues si algo podía apaciguarle, era eso. Seguí el consejo, y le rogué que nos permitiese apearnos y andar hasta la salida del sitio peligroso. El resultado confirmó las previsiones de Antonio. El cochero paró instantáneamente y dijo: «Señor, usted es el amo; no tiene usted más que mandar y yo obedeceré.» Nos apeamos y fuimos andando hasta la carretera, donde volvimos a montar.

Apenas ocupamos nuestros asientos, el cochero lanzó las mulas a galope tendido, con idea de alcanzar a la familia, que nos llevaba como un cuarto de milla de ventaja. La capa se le escurrió de los hombros, y al querer ponérsela de nuevo, soltó el ramal con que guiaba a la mula más alta; la cuerda se le enredó en las patas al pobre animal, que cayó pesadamente de cabeza al suelo; después de patalear un poco, la mula quedó tendida cuan larga era, atravesada en el camino, con las varas del carruaje sobre las costillas. Yo salí despedido contra el lodo, y el borracho del cochero cayó sobre el cuerpo de la mula muerta.

El suceso me enfureció, y comencé a gritar: «¡Borracho! ¡Renegado! Que hasta te avergüenzas de hablar la lengua de tu país; ahora que has destruído el sostén de tu vida, ya puedes morirte de hambre.» «Paciencia», me contestó, y empezó a dar patadas a la mula en la cabeza, para hacerla levantar; de un empellón le aparté de allí, y tomando la navaja que se le había caído del bolsillo, corté los tiros del carruaje, pero la vida había volado, y el velo de la muerte empañaba ya los ojos de la mula.

El individuo aquel, en el atolondramiento de la borrachera, pareció al pronto dispuesto a despreciar tal pérdida, diciendo: «Se ha matado la mula; esa era la voluntad de Dios. ¿Qué le voy a hacer? Paciencia.» Al mismo tiempo envié a Antonio a la ciudad para que alquilase otras mulas, y después de descargar mis maletas del carruaje, esperé al borde del camino su regreso.

Los vapores del alcohol comenzaron a disiparse en el cerebro del cochero; entonces, cruzando las manos, exclamó: «Virgen bendita, ¿qué va a ser de mí? ¿Cómo voy a ganarme la vida? ¿Dónde podré hacerme con otra mula? Mi mula, mi mejor mula, se ha matado; se ha caído al suelo y se ha muerto de repente. He visto muchos animales en los países donde he vivido, pero una mula como ésta, no la he visto nunca; ¡y se ha matado! ¡Mi mula se ha matado! Se ha caído y se ha muerto de repente.» En este tono continuó durante mucho rato, y sus lamentaciones tenían siempre el mismo estribillo: «Mi mula se ha matado; se ha caído y se ha muerto de repente.» Al cabo, quitó la collera a la mula muerta y se la puso a la otra, metiéndola con algún trabajo en varas.

Un muchacho de unos trece años, muy guapo, llegó de la ciudad corriendo como una liebre; se detuvo ante la mula muerta, y rompió a llorar. Era hijo del cochero, y sabía por Antonio lo sucedido. Aquello era demasiado para el pobre hombre; acudió a su hijo, diciéndole: «No llores. Nos hemos quedado sin pan; pero Dios lo ha querido. ¡La mula se ha matado!» Se dejó caer después al suelo, lanzando lastimeras quejas: «Yo hubiera sobrellevado esta pérdida—decía—pero el ver llorar a mi hijo, me vuelve loco.» Le socorrí con algún dinero, y le dije algunas palabras de consuelo. Le aseguré que si dejaba la bebida, era indudable que Dios se apiadaría de él y le remediaría. Por fin se tranquilizó un poco, y después de colocar las maletas en el coche, volvimos a la ciudad, donde aguardaban nuestra llegada a la posada dos excelentes mulas de paso. No vi a la española, y por eso no pude decirle de cuán poco me había servido el romero en aquel caso.

Algunos borrachos he conocido en Portugal, pero, sin excepción, eran individuos que, después de viajar fuera de su tierra, como aquel cochero, regresaban llenos de desprecio hacia su patria y manchados con los peores vicios de los países donde habían vivido. A mis compatriotas que por acaso lean estas líneas, les recomiendo vivamente que si su destino los lleva a España o Portugal, no tomen a su servicio ni traten individuos de las clases bajas que hablen otra lengua que la suya materna, porque muy probablemente serán bandidos desalmados o borrachos. Invariablemente, estas gentes dicen de su país natal todo el mal posible; y yo tengo la opinión, fundada en la experiencia, de que un individuo capaz de tal bajeza, no vacilará en cometer cualquier villanía, porque después del amor a Dios, el amor a la patria es el mejor preservativo contra el crimen. Quien se enorgullece de su patria, tiene especial cuidado en no hacer cosa que pueda deshonrarla.

Tomamos el camino de Lisboa, y llegamos a Monte Moro a eso de las dos. Comimos allí lo que permitían los recursos del lugar, y proseguimos el viaje hasta llegar a un cuarto de legua de las chozas enclavadas en la linde del despoblado que habíamos cruzado a la ida. Allí nos alcanzó un jinete; era un hombre robusto, de mediana estatura, y montaba un buen caballo español. Llevaba puesto un sombrero de alas anchas y caídas, jubón de paño azul, con botonadura de tachones de plata y broches del mismo metal, calzón de cuero amarillo y botas fuertes; de la silla llevaba colgado un trabuco. Me preguntó si pensábamos pernoctar en Vendas Novas, y al contestarle que sí, manifestó deseos de seguir en nuestra compañía. Miró luego al sol, que ya se hundía rápidamente en el horizonte, y nos rogó que avivásemos para aprovechar la luz todo lo posible, porque el páramo era lugar temeroso en la oscuridad. Se puso a la cabeza de todos, y salimos al trote largo; el mozo o arriero que nos acompañaba venía detrás corriendo, sin dar la menor señal de fatiga.

Entramos en el páramo, y apenas habíamos avanzado una milla, la noche cerró por completo. Ibamos por un sendero bordeado de altas malezas, cuando el jinete me rogó que pasase yo delante, y él me seguiría, porque era incapaz de afrontar la oscuridad. Le pregunté el motivo de su temor, y me respondió que en otro tiempo no le causaban miedo alguno las tinieblas, pero que desde hacía unos años temíalas mucho, sobre todo en lugares inhabitados. Accedí a sus deseos, pero como desconocía el camino y apenas me veía los dedos de la mano, nos perdíamos a cada paso; impacientábase el hombre, y acabó por colocarse de nuevo a nuestra cabeza. Anduvimos así un buen trecho y otra vez se detuvo el miedoso, diciendo que no podía resistir el influjo de las tinieblas; temblábanle las patas al caballo, contagiado, al parecer, del terror de su amo. Le aconsejé que invocara el nombre de Jesús Nuestro Señor, capaz de transformar la noche en día; al oírme, lanzó un terrible alarido, y enarbolando el trabuco, lo disparó al aire. El caballo arrancó a todo correr, y mi mula, una de las más ligeras de su casta, se espantó y salió disparada, pisándole los cascos al caballo. Antonio y el mozo se quedaron muy atrás. Corríamos como un torbellino, iluminándose el sendero con las chispas arrancadas a las piedras por las herraduras de los animales. Yo no sabía adónde íbamos; pero las cabalgaduras conocían el camino, y en poco tiempo nos pusieron en Vendas Novas, donde nuestros compañeros nos alcanzaron.

Me pareció que el hombre aquel era un cobarde; opinión injusta, porque durante el día era valiente como un león, y nada temía. Unos cinco años antes le habían atacado dos ladrones en el páramo, y a entrambos dominó, los ató, y los entregó a la justicia. Pero de noche, el rumor de una hoja le aterrorizaba. He conocido casos análogos en personas de extraordinaria valentía. En cuanto a mí, confieso que no soy hombre de un valor inusitado, pero los peligros de la noche no me intimidan más que los que pueden sobrevenir en pleno día. El individuo de que he hablado era un labrador de Evora, persona de muy buena posición.

Encontré la posada de Vendas Novas llena de gente, y con alguna dificultad obtuvimos alojamiento y cena. Ocupaba la posada la familia de cierto fidalgo de Estremoz, el cual iba a Lisboa custodiando una gran suma de dinero, según nos dijeron; probablemente, las rentas de sus estados. Llevaba una guardia de veinticuatro servidores, armados con sendos rifles; eran sus pastores, porqueros, vaqueros y cazadores, mandados por el hijo y el sobrino del fidalgo, ambos jóvenes, vestido el último de uniforme. A pesar de tan numerosa guardia, al fidalgo le apuraba mucho, al parecer, el temor de que le robasen en el descampado, entre Vendas Novas y Pegões, porque solicitó del oficial que mandaba la tropa destacada en este punto, una escolta de cuatro soldados. Había en el séquito del hidalgo varias mujeres, hijas ilegítimas suyas, según averigüé; el hombre era de costumbres depravadas y acérrimo partidario de Don Miguel. A poco de llegar, y cuando mi compañero de viaje y yo estábamos en la cocina, sentados a la lumbre, se nos acercó el hidalgo; podía tener unos sesenta años, y era de aventajada estatura, pero muy encorvado. Su rostro era bastante desagradable; tenía la nariz larga y ganchuda; los ojos, pequeños, penetrantes y vivos, y lo que menos me gustó en él fué su perpetua sonrisa burlona, signo seguro, a mi entender, de un corazón perverso y desleal. Me dirigió la palabra en español, idioma que el hidalgo hablaba con facilidad por residir no lejos de la frontera; pero, contra mi costumbre, me mantuve reservado y en silencio.

A la mañana siguiente me levanté a las siete, y hallé que la familia de Estremoz se había puesto en camino unas horas antes. Me desayuné con mi compañero de la noche pasada, y emprendimos la última jornada de aquel viaje. Como había salido el sol, sus miedos se desvanecieron; era capaz de habérselas con todos los ladrones del Alemtejo. Llevaríamos andada una legua, cuando al mozo que nos acompañaba le pareció ver unas cabezas entre los matorrales. En el acto, nuestro jinete empuñó el trabuco, y obligando al caballo a dar dos o tres brincos, apuntó hacia el sitio indicado por el mozo; pero las cabezas no volvieron a aparecer, y todo fué, probablemente, una falsa alarma.

Reanudamos la marcha, y la conversación giró, como era de esperar, en torno de los ladrones. Mi compañero, que parecía conocer palmo a palmo el terreno por donde íbamos, tenía algo que contar acerca de cada vericueto, o de cada grupo de pinos que encontrábamos. Llegamos a una pequeña eminencia, en cuya cima crecían tres majestuosos pinos; como media legua más lejos había otra elevación semejante. Estas dos alturas dominaban una parte del camino de Pegões a Vendas Novas, en forma que desde ellas se columbraba a cuantos iban y venían entre estos dos puntos. Al decir de mi amigo, aquellas colinas eran puestos predilectos de los ladrones. Cómo dos años antes, una cuadrilla de seis bandidos a caballo estuvo allí tres días, y desvalijó a cuantos venían por ambos lados. Los caballos, con la silla y el freno puestos, estaban atados al tronco de los árboles, y dos centinelas, encaramados en las ramas más altas, daban el alerta al acercarse los viajeros. Cuando los veían a distancia conveniente, montaban de un salto en los caballos, y a galope tendido caían sobre su presa, gritando: ¡Réndete, pícaro! ¡Réndete, pícaro! Nosotros pasamos sin tropiezo, y a eso de un cuarto de legua antes de Pegões, dimos alcance a la familia del fidalgo.

Si hubiesen llevado las riquezas de la India a través de los desiertos de Arabia, no habrían tomado mayores precauciones. El sobrino, sable en mano, cabalgaba a la cabeza, con pistolas en el arzón y el consabido trabuco español pendiente de la silla. Marchaban tras él seis hombres en hilera, fusil al hombro, con sendas hachas pendientes de la faja, destinadas probablemente a tajar a los bandoleros hasta la cintura, en cuanto se aventurasen a luchar cuerpo a cuerpo. Seguían seis vehículos, dos de ellos calesas, en las que iban el fidalgo y sus hijas; los otros eran carros de toldo, y parecían cargados con el menaje casero. Cada vehículo llevaba a los lados un campesino armado, y el hijo del fidalgo, mancebo de diez y seis años, mandaba la retaguardia, de una fuerza igual a la vanguardia conducida por su primo. Los soldados, de caballería ligera, por fortuna, y muy bien montados, galopaban en todas direcciones alrededor del convoy, con objeto de descubrir al enemigo en su escondite, caso de estar emboscado en las cercanías.

No pude por menos de pensar, cuando di alcance a esta comitiva, en la imprudencia de tanto aparato bélico; pues si bien se proponía amedrentar a los ladrones, podía igualmente servir para atraerlos, advirtiéndoles del paso de inmensas riquezas por aquellos lugares. No sé cómo se habrían portado los soldados y los campesinos en caso de ataque, pero me inclino a creer que si tres hombres como Ricardo Turpin les hubiesen acometido súbitamente, saliendo al galope de entre los matorrales que cubren aquellas colinas, ni el número ni la resistencia de los defensores bastaran a impedir que los asaltantes se llevasen el contenido de las cajas que tintineaban en la grupa de los caballos.

Desde aquel momento, nada digno de mención nos sucedió hasta Aldea Gallega, donde pasamos la noche; a las tres de la mañana siguiente, tomamos la barca para Lisboa, y llegamos aquí a las ocho. Así terminó mi primera excursión por el Alemtejo.


CAPÍTULO V

El colegio.— El rector.— La piedra de toque.— Prejuicios nacionales.— Deportes juveniles.— Los judíos de Lisboa.— Creencias corrompidas.— Crimen y superstición.

Una tarde me dijo Antonio: «Me parece, Senhor, que a su merced le gustaría ver el colegio de los... ingleses»[30]. «Lléveme allá, sin falta»—le contesté yo—. Condújome por varias calles, y nos detuvimos ante un edificio situado en uno de los puntos más altos de Lisboa. Llamamos, y un a modo de portero vino en seguida a preguntar lo que queríamos. Antonio se lo explicó. Vaciló un instante y nos mandó entrar, llevándonos a un lóbrego vestíbulo de piedra, donde nos dejó después de invitarnos a tomar asiento. De allí a poco salió un personaje venerable, como de setenta años de edad, vestido con una ropa flotante a manera de sobrepelliz, y tocado con la gorra colegial. A pesar de sus años, había en las facciones de aquel hombre un tenue matiz rojizo, característico del inglés. Se acercó a nosotros lentamente y en nuestro idioma me preguntó en qué podía servirme. Díjele que, como viajero inglés, tendría un placer muy vivo en visitar el colegio, si era costumbre enseñárselo a los extraños. No opuso inconveniente alguno a mis deseos, pero me declaró que no llegaba en muy buena ocasión, por ser la hora de la comida. Me excusé, y al querer retirarme, el anciano me rogó que aguardara unos minutos, hasta que, terminada la comida, los directores del colegio pudieran tener el gusto de acompañarme.

Nos sentamos en el poyo de piedra, y después de examinarme atentamente un poco de tiempo, el anciano clavó los ojos en Antonio. «¿Qué es lo que veo?—dijo al fin—. Tengo la seguridad de que esa cara no me es desconocida.» «Así es, reverendo padre»—contestó Antonio levantándose y haciendo una profunda reverencia—. «Yo servía en casa de la condesa de..., en Cintra, cuando vuestra reverencia era su director espiritual.» «Cierto, cierto—dijo el anciano varón, suspirando—. Ahora le recuerdo a usted perfectamente. ¡Ah! Las cosas han cambiado mucho desde entonces, Antonio; nuevo gobierno, nuevo sistema, y podría decir nueva religión.» Entonces, mirándome de nuevo, me preguntó adónde era mi viaje. «Voy a España—le dije—, y de paso me he detenido en Lisboa.» «¡España, España!—exclamó el viejo—. Ciertamente, ha escogido usted una ocasión singular para ir a España, habiendo como hay allí ahora guerras enconadas, alborotos y efusión de sangre.» «Me parece que la causa de don Carlos está ya vencida—contesté—; ha perdido el único general capaz de llevar sus huestes a Madrid. Zumalacárregui, que era su Cid, ha muerto.» «No se forje usted ilusiones. Con perdón de usted, joven, creo que el Señor no permitirá que triunfe tan fácilmente el poder de las tinieblas. La causa de don Carlos no está vencida. Su triunfo no depende de la vida de un frágil gusano como el que acaba usted de nombrar». Departimos así un breve rato y luego se levantó, diciendo que ya debía de haber concluído la comida.

Aún no hacía cinco minutos que nos había dejado solos, cuando entraron en el vestíbulo tres individuos que se me acercaron pausadamente.—Estos son los directores del colegio, dije entre mí; y lo eran, en efecto. El primero de aquellos varones, a quien los otros dos trataban con notable deferencia, era delgado y seco, de estatura más que regular, muy pálido de tez, las facciones demacradas, pero bellas, y de ojos oscuros y chispeantes; podía tener unos cincuenta años. Sus dos compañeros estaban en plena juventud. El uno, más bien bajo, tenía en su sombrío semblante aquella expresión dolorida tan frecuente en los [católicos] ingleses; el otro era un mocetón coloradote, con cara de buena persona. Los tres llevaban el birrete peculiar del colegio y sotanas de seda. El de más edad se acercó a mí, y tomándome la mano me dirigió, con voz clara y de timbre argentino, las siguientes razones:

—Bien venido seáis, señor, a nuestra pobre casa. Siempre nos alegra mucho recibir en ella a los compatriotas que vienen de nuestro amado país natal. En verdad, este contento se aminora mucho al considerar que aquí nada hay digno de la atención del viajero; nada notable hay en esta casa, salvo, quizás, su organización: yo iré explicándosela a usted en el curso de nuestra visita. Pero ante todo, permítanos usted que nos presentemos nosotros mismos; yo soy el rector de este humilde asilo inglés; este señor es nuestro profesor de humanidades, y éste (señalando al mocetón), es nuestro profesor de lenguas sabias, hebreo y siriaco.

Yo.—Saludo a todos ustedes humildemente, y les ruego me excusen si me permito preguntar quién era aquel venerable señor que se ha tomado la molestia de acompañarme hasta que ustedes han tenido comodidad para venir.

El rector.—¡Oh! Es nuestro limosnero, nuestro capellán; persona digna de la mayor admiración. Vino a este país antes de nacer ninguno de nosotros, y aquí ha estado siempre desde entonces. Ahora, subamos, si gustáis, a visitar nuestra pobre casa. Pero, querido señor, ¿por qué permanece usted descubierto en este vestíbulo, tan frío y tan húmedo?

Yo.—La explicación es muy fácil; se trata de una costumbre ya muy arraigada. Acabo de llegar de Rusia, donde he estado algunos años. Los rusos se quitan el sombrero indefectiblemente cuando entran bajo techado, ya sea en una choza, en una tienda o en un palacio. No hacerlo así, parecería grosería o barbarie; la razón es que en cada aposento de las casas rusas hay un cuadrito de la Virgen colgado en un rincón, muy cerca del techo, y en prueba de respeto, los que entran se quitan el sombrero.

Los tres señores cambiaron rápidas ojeadas de inteligencia. Había tropezado en su Shibbolet, y descubrían en mí un Ephraimita, no un hijo de Galaad[31]. Sin duda, hasta aquel momento me habían tenido por uno de los suyos, miembro, y acaso sacerdote, de su antigua, grandiosa e imponente religión. Era muy natural su error, lo confieso. ¿Qué motivos podía tener un protestante para entrometerse en aquel retiro? ¿Qué interés podía moverle a conocer la organización de la casa? Sin embargo, lejos de disminuir sus atenciones para conmigo después de tal descubrimiento, aquellos señores aumentaron visiblemente su cortesía, si bien un observador escrupuloso hubiera quizás percibido una leve sombra en la cordialidad de sus maneras.

El rector.—¿Debajo del techo en cada aposento? Creo que es eso lo que ha dicho usted. Es, en verdad, muy agradable e interesante: un cuadro de la «santa» Virgen en cada aposento. La noticia es tan inesperada como agradable. Desde este momento tendré de los rusos una opinión mucho más elevada que hasta aquí. Es un ejemplo muy digno de imitación. Quisiera sinceramente que también nosotros tuviéramos la costumbre de poner una «imagen» de la «santa» Virgen en cada rincón de nuestras casas, cerca del techo. ¿Qué decís a esto, señor profesor de humanidades, qué decís de la noticia que con tanta amabilidad nos ha dado este excelente caballero?

El profesor de humanidades.—Digo que es placentera y de grandísimo consuelo; pero declaro que no me coge enteramente desprevenido. La adoración de la Santa Virgen se extiende cada día más por países donde estaba olvidada o era hasta aquí desconocida. El doctor W..., cuando pasó por Lisboa, me dió algunos detalles interesantísimos respecto de los trabajos de la propaganda en la India. Hasta Inglaterra, nuestra amada patria...

Mis corteses amigos me enseñaron toda su «pobre casa». Cierto, no parecía ser muy rica; espaciosa, sí, pero casi en ruinas. La biblioteca era pequeña y no poseía nada notable. Desde las azoteas se descubría un vasto y hermoso panorama del Tajo y de la mayor parte de Lisboa. Pero yo no había ido buscando a tal lugar obras de arte, ni libros raros, ni hermosas vistas; visité aquella singular y antigua mansión para conversar con sus habitantes, porque mi estudio favorito, y podría decir único, es el hombre. Aquellos señores resultaron bastante parecidos a como yo me los figuraba, pues no era la primera vez que visitaba un establecimiento [católico] inglés en tierra extraña. Llenos de amabilidad y cortesía recibieron al compatriota hereje y aunque el adelanto de su propia religión era para ellos un objeto de primordial importancia, no tardé en observar que, con una inconsecuencia bastante divertida, conservaban en grado portentoso algunos prejuicios nacionales casi extinguidos ya en la madre patria, y movidos por ellos llegaban a censurar y desdorar a sus mismos correligionarios. Hablé de los [católicos] ingleses, de su elevada respetabilidad, y de la lealtad que uniformemente han guardado a sus soberanos, aunque de religión diferente y no obstante haber sufrido no pocas persecuciones e injusticias.

El Rector.—Me regocija mucho oírle a usted hablar así, carísimo señor; veo que conoce usted bien al venerable gremio de mis correligionarios ingleses; cierto: nunca faltaron a la lealtad, y aunque les achacaron conjuraciones y complots, de sobra se sabe ya que todo eso eran calumnias inventadas por enemigos de su religión. Durante las guerras civiles los [católicos] ingleses vertieron de buen grado su sangre y prodigaron sus riquezas por la causa del mártir infeliz, aunque éste no los favoreció nunca y los miró siempre con desconfianza. Actualmente, los [católicos] ingleses son los súbditos más fieles de nuestro gracioso soberano. Mucho me contentaría poder decir otro tanto de nuestros hermanos irlandeses; pero su conducta ha sido detestable. Realmente, ¿podía esperarse otra cosa? Los verdaderos [católicos] se avergüenzan de ellos. Hay entre los irlandeses algunas personas que son el oprobio de la iglesia que pretenden servir. ¿De dónde sacan que nuestros cánones aprueben su proceder, ni sus inconsideradas expresiones respecto de quien es su soberano por derecho divino y no puede errar? Y, sobre todo, ¿en qué autoridad se apoyan para inflamar las pasiones de una turba vil contra la nación destinada naturalmente a gobernarla?

Yo.—Creo que hay un colegio irlandés en Lisboa.

El Rector.—Así es; pero vive lánguidamente; tiene muy pocos alumnos, o ninguno.

Miré desde una ventana, a gran altura, y vi que en un patio, debajo de nosotros, estaban jugando veinte o treinta apuestos muchachos. «Eso me parece muy bien», exclamé; «estos muchachos no dejarán de ser buenos sacerdotes porque dediquen un rato a los deportes. La educación puritana, demasiado rígida y seria, no me gusta; a mi parecer fomenta el vicio y la hipocresía.»

Fuimos después al aposento del rector, donde había colgado, encima de un crucifijo, un pequeño retrato.

Yo.—Este fué un grande hombre, prodigioso y sin tacha. En mi opinión, la compañía que fundó, tan censurada por muchos, ha producido infinitamente más beneficios que daños.

El Rector.—¿Qué es lo que oigo? ¿Usted, inglés y protestante, habla con admiración de Ignacio de Loyola?

Yo.—Nada diré respecto de la doctrina de los jesuítas, porque, como acaba usted de decir, soy protestante; pero estoy dispuesto a sostener que no hay en el mundo gente a quien, en general, pueda encomendársele con más confianza la educación de la juventud. Su sistema moral y su disciplina, son verdaderamente admirables. Sus discípulos, cuando llegan a la edad viril, rara vez son viciosos ni licenciosos, y, en general, son hombres instruídos y de ciencia, poseedores de todas las prendas de una educación esmerada. Me parece execrable la conducta de los liberales de Madrid, que asesinaron el año pasado a los indefensos padres, por cuyas solicitud y sabiduría se han desarrollado dos de los más brillantes talentos de la España actual: Toreno y Martínez de la Rosa, gala de la causa liberal y de la literatura moderna de su país...

En la parte baja de las calles del oro y de la plata, de Lisboa, puede verse a diario cierta caterva de hombres de extraña catadura, que no parecen portugueses ni europeos. Congréganse en pequeños grupos junto a las columnas de la calle a eso del mediodía. Su vestidura consiste, generalmente, en una túnica azul sujeta a la cintura por un ceñidor rojo, anchos calzones o pantalones de lienzo, y un bonete colorado con una borlita de seda azul en lo alto. Al pasar entre los grupos se les oye hablar en español o en portugués corrompidos, y, a veces, en una lengua áspera y gutural, en la que cuantos han viajado por Oriente reconocen el arábigo o alguno de sus dialectos. Aquellas gentes son los judíos de Lisboa. Un día me metí en uno de los grupos y pronuncié un beraka o bendición. En diversas partes del mundo he vivido en contacto con la raza hebrea, y conozco bien sus maneras y fraseología. Tenía yo muy vivos deseos de conocer la situación de los judíos portugueses, y aproveché la oportunidad que se me ofreció. «—Este hombre es un rabí poderoso—dijo una voz en arábigo—; nos importa tratarle con bondad». Diéronme la bienvenida, y, favoreciendo su error, en pocos días me enteré de cuanto a sus personas y a su tráfico en Lisboa concernía.

Los judíos de Europa están al presente divididos en dos clases (o sinagogas, como las llaman algunos): la portuguesa y la alemana. La más famosa de las dos es la portuguesa. A los judíos de esta clase se les considera generalmente más civilizados que los otros, mejor educados y más profundamente versados en la lengua de la Escritura y en las tradiciones de sus mayores.

En Londres hay un hermoso edificio llamado la sinagoga de los judíos portugueses, donde los ritos de la religión hebraica se cumplen con todo el esplendor y magnificencia posibles. Conociendo estas cosas, era natural que, al llegar a Portugal, esperase uno encontrarse en el cuartel general de aquel judaísmo, al que por costumbre se asociaban en mi ánimo muchas cosas respetables e imponentes. Experimenté, pues, sorpresa considerable al oír a los seres a quien he tratado de describir más arriba dar esta cuenta de sí mismos: «Nosotros no somos de Portugal, venimos de Berbería; algunos, de Argel; y otros, de Levante; pero los más, de Berbería, allá lejos»; y señalaban al Suroeste.

—¿Y dónde están los judíos de Portugal—pregunté—, hijos auténticos de este país?

—No conocemos a nadie fuera de nosotros—respondieron los berberiscos—; pero hemos oído decir que aquí hay otros judíos; si así es, no quieren tratarse con nosotros, y hacen bien, porque somos malísima gente, ¡oh Tsadik!, todos ladrones, sin excepción. Cada año viene de Swirah un barco cargado de ladrones: es el que nos trae a nosotros a Portugal.

—¿Y vuestras esposas y familias?—dije yo—; ¿dónde están?

—En Swirah, en Salee, o en otros lugares de donde venimos; nunca traemos a nuestras mujeres ni a nuestras familias. Muchos de nosotros se han escapado de allí con lo puesto por salvar la vida, huyendo de los castigos merecidos por nuestros delitos. Algunos viven en pecado con las hijas del Nazareno, porque somos una casta depravada, ¡oh Tsadik!, y no guardamos los preceptos de la ley.

—¿Tenéis sinagogas y doctores?

—Sí, ¡oh varón justo!; pero poco puede decirse de unas y otros. Nuestros chenourain son lugares infectos, y nuestros doctores están como nosotros presos en el galoot del pecado. Uno de ellos tiene en su casa una hija del Nazareno: es de Swirah, y de tal país no puede venir nada bueno.

—¿Y escucháis la palabra de vuestros doctores, aunque son tan depravados como decís?

—¿Cómo podríamos vivir si no lo hiciéramos así? Nuestros doctores son malísima gente, y viven del fraude como nosotros; con todo, son nuestros superiores y hay que temerlos y obedecerlos. Los ángeles están a su mandar; disponen de sortilegios, de palabras mágicas y del Shem Hamphorash[32]. Si no diéramos oídos a sus palabras, podrían sumir nuestras almas en la consternación, reducirlas a niebla, a fango, como tú podrías también, ¡oh varón justo!

Tales fueron las cosas extraordinarias que de sí mismos me contaron aquellos judíos, y no tuve motivos para ponerlas en duda, pues por diferentes caminos fuí luego comprobándolas. ¡Qué buena pareja hacen el delito y la superstición! Aquellos miserables que quebrantaban sin escrúpulo los mandamientos eternos de su Hacedor, no se atreverían a comer de los animales de uña indivisa[33] ni del pez sin escamas. Desdeñan las amenazas de los santos profetas contra los hijos del pecado, y tiemblan al oír una palabra cabalística pronunciada por alguno que quizás los aventaja en infamia; como si, según se ha hecho notar acertadamente, Dios fuese a delegar el ejercicio de su poder en los fautores de la iniquidad.

Es absolutamente cierto que en otro tiempo los judíos de Portugal gozaron merecida fama de riqueza, saber y finas maneras; pero la Inquisición hizo en ellos pavoroso estrago. Los que se libraron del auto da fe sin convertirse a la idolatría papista, se refugiaron en países extranjeros, sobre todo en Inglaterra, donde aún se los conoce con su nombre de origen. Actualmente, si bien todas las religiones están toleradas en Portugal, no se ve por parte alguna a los auténticos judíos portugueses, y en su lugar se encuentra por las calles de Lisboa a la ralea berberisca, gente proscrita, que no oculta su propia degradación.


CAPÍTULO VI

El frío en Portugal.— Me libro de una extorsión.— Sensación de soledad.— El perro.— El convento.— Un paisaje encantador.— El castillo morisco.— Plegaria por un enfermo.

Unos quince días después de mi regreso de Evora y terminados los indispensables preparativos, emprendí el viaje a Badajoz, donde pensaba tomar la diligencia para Madrid. Badajoz está a unas cien millas de Lisboa y es la principal ciudad fronteriza de España por la parte del Alemtejo. Para llegar a ella, tenía que rehacer hasta Monte Moro el camino ya recorrido en mi excursión a Evora; por tanto, poca diversión podía prometerme de la novedad de los sitios. Además de eso, iba a hacer el viaje muy solo, sin otra compañía que la del arriero, porque no pensaba retener a mi criado más que hasta Aldea Gallega, para donde salí a las cuatro de la tarde. Escarmentado por la primera travesía, no me embarqué ahora en un bote, sino en uno de los faluchos que hacen el servicio regular de pasajeros, y así llegue a Aldea Gallega, después de seis horas de viaje; el barco iba muy cargado, no había viento, y los marineros no pudieron soltar los pesados remos ni un instante. La travesía fué el reverso de la primera—completamente segura, pero tan lenta y fatigosa, que cien veces deseé verme de nuevo bajo la conducta de aquel marinerillo bárbaro, galopando sobre las olas hirvientes impelidas por el huracán. Desde las ocho hasta las diez el frío fué verdaderamente terrible, y aunque iba yo empaquetado en un excelente shoob de pieles, de mucho abrigo, con el que había desafiado los hielos del invierno ruso, tiritaba todo mi cuerpo, y al pisar de nuevo el Alemtejo, me alegré aun más que la vez primera, cuando desembarqué luego de escapar de una horrorosa tempestad.

Me alojé por aquella noche en una casa en que me había presentado, a nuestro regreso de Evora, aquel amigo mío que se asustaba de la oscuridad; en ella se encontraba mejor acomodo que en la posada de la Plaza, si bien me hacían pagar por todo precios inhumanos. Mi primer cuidado fué buscar mulas que nos llevasen con el equipaje a Elvas, desde donde sólo hay tres leguas cortas hasta Badajoz. Los dueños de la casa dijéronme que podían poner a mi disposición dos mulas excelentes; pero cuando pregunté el precio tuvieron la desvergüenza de pedirme cuatro moidores. Les ofrecí tres, que era ya demasiado, pero no los aceptaron; sabían que yo era inglés, y, por tanto, la oportunidad de ponerme a contribución les pareció excelente; porque no podían figurarse que una persona tan rica como un inglés «debe» ser, se determinara a salir a la calle en noche tan fría, sólo por buscar un ajuste más razonable. Se equivocaron de medio a medio, y díjeles que, antes de fomentar su picardía, me daría el gusto de volverme a Lisboa; al oírme, rebajaron el precio a tres moidores y medio; pero yo, sin responder palabra, salí con Antonio y me dirigí a la casa del viejo que nos había llevado la otra vez a Evora. Llamamos muchas veces, porque el hombre estaba acostado; al fin se levantó y nos abrió; pero, al oír nuestra petición, dijo que sus mulas habían ido de nuevo a Evora con el muchacho, para traer unas mercancías. Nos recomendó, sin embargo, a un vecino suyo, alquilador de mulas, y con él ajustó Antonio dos buenas caballerías por dos moidores y medio. Digo que las ajustó Antonio, porque yo me estuve aparte y sin hablar, mientras el dueño, a medio vestir, con una luz en la mano y tiritando de frío, nos llevó a ver sus bestias, y el hombre no se enteró de que eran para un extranjero hasta después de cerrar el trato y de recibir una cantidad en señal. Me volví a mi alojamiento muy satisfecho, y después de cenar un poco me fuí a acostar, sin hacer gran caso de los posaderos, que me apuñalaban con la mirada de sus ojillos judaicos.

A las cinco de la mañana siguiente llegaron las mulas a la puerta de la casa. Con ellas venía un muchacho de diez y nueve o veinte años. Era bajo, pero sumamente recio, y poseía la cabeza más grande que he visto nunca sobre los hombros de un mortal; cuello, no lo tenía; al menos no pude descubrir nada digno de ese nombre. Era su rostro de fealdad repulsiva y en cuanto le dirigí la palabra, descubrí que era idiota. Tal iba a ser mi compañero en un viaje de cien millas y de cuatro días, a través de una de las regiones más agrestes y peor afamadas del reino. Me despedí de mi criado casi con lágrimas en los ojos, porque siempre me había servido con suma fidelidad y mostrado un celo y un deseo de contentarme que me llenaban de satisfacción.

Partimos, yendo el imbécil del guía sentado en la mula de carga, encima del equipaje, con las piernas cruzadas. Acababa de ponerse la luna. La mañana era profundamente oscura y el frío, como siempre, penetrante. No tardamos en llegar al lúgubre bosque, ya atravesado por mí otra vez, y por él caminamos algún tiempo, lenta y tristemente. No se oía más ruido que el de las mulas. Ni un soplo de aire movía las ramas desnudas. En los matorrales no se rebullía animal alguno, ni volaban sobre nosotros pájaros, ni siquiera las lechuzas. Todo parecía desolado y muerto. En mis numerosos y lejanos viajes, nunca he tenido sensación de soledad ni deseo de conversar y de cambiar ideas tan vivos y fuertes como en aquel momento. Era inútil hablar al arriero idiota; conocía muy bien el camino, pero a cualquier pregunta que se le hacía no daba otra respuesta que una risa imbécil. Al verme en tal estado, hice lo que muchas personas hacen cuando se ven privadas de todo consuelo humano: volví mi corazón a Dios y comencé a comunicar con Él por la oración, con lo que mi alma se vió pronto confortada y tranquila.

Hicimos nuestro camino sin novedad, ni tropezamos con ladrones, ni vimos ser viviente hasta llegar a Pegões; desde este punto hasta Vendas Novas, tuvimos la misma suerte. Los dueños de la posada de este lugar me conocían bien, por haber pasado dos noches bajo su techo; y al verme aparecer de nuevo me dieron la bienvenida con mucha amabilidad. El nombre de este posadero es, o era, José Díaz Azido, y a diferencia de la generalidad de sus compañeros de profesión en Portugal, es un hombre honrado; los extranjeros, al alojarse en esta posada, pueden estar seguros de que no los saquearán ni robarán sin piedad a la hora de pagar la cuenta, ni les cobrarán un solo re más que a un portugués en iguales circunstancias. En este pueblo pagué exactamente la mitad de lo que me pidieron en Arroyolos, donde pasé la noche siguiente con muchas menos comodidades de todo orden.

A las doce del siguiente día llegamos a Monte Moro, y como no tenía gran prisa, decidí visitar las ruinas yacentes en la cima y la falda de la soberbia montaña erguida sobre la ciudad. Después de pedir algo de comer en la posada donde paramos, subí cerro arriba hasta llegar a un ancho muro o parapeto que, a cierta altura, ciñe la montaña entera. Por un tosco puente de piedra crucé un pequeño foso o trinchera; pasé al pie de una gruesa torre, y atravesando el arco de una puerta me encontré en la parte cercada de la montaña. A mano izquierda había una iglesia, bien conservada y destinada aún al culto; pero no pude verla, porque la puerta estaba cerrada con llave y no vi por allí a nadie que pudiera abrirla.

Pronto comprendí que mi curiosidad me había llevado a un lugar verdaderamente extraordinario, muy superior al escaso talento descriptivo de que estoy dotado. Anduve dando traspiés sobre las ruinas, y en un momento determinado me di cuenta de que caminaba sobre bóvedas, deteniéndome de pronto ante un ancho agujero en el que hubiera caído si llego a dar un paso más en mi distraída marcha. Seguí un buen trecho a lo largo del muro por el lado oriental, cuando de pronto oí un tremendo ladrido y apareció un perrazo como los que guardan los rebaños en aquellas campiñas; dando saltos se me acercó, dispuesto a atacarme «con los ojos hechos brasas y enseñando los colmillos». Si hubiese huído o hubiese empleado un modo de defensa distinto del que, sin falta alguna, acostumbro a usar en tales circunstancias, el perro me hubiera mordido probablemente; lo que hice fué inclinarme hasta casi pegar la barba con las rodillas, mirando al perro fijamente en los ojos, y ocurrió, como dice John Leyden en la más hermosa balada que la «Tierra del Brezo» ha producido, «que el perro salió huyendo, como herido por un conjuro mágico».

Es un hecho conocido de mucha gente, y comprobado con frecuencia, según creo, que ningún perro o animal mayor y fiero, de cualquier especie que sea, con excepción del toro, que cierra los ojos y embiste a ciegas, se atreve a atacar a un hombre que le haga cara con firme y sereno continente. Digo un animal mayor y fiero, porque es más fácil repeler a un sabueso o a un oso de Finlandia de la manera dicha, que a un perro sin raza o a un perdiguero, contra el que un palo o una piedra son mucho mejor defensa. Nada de esto asombrará a quien considere que una serena mirada de reproche le basta a la razón para mitigar los excesos de los hombres fuertes y valerosos, mientras que ese medio sólo sirve para aumentar la insolencia de los débiles y de los necios, fáciles de amansar, en cambio, como palomas si se les infligen castigos que, aplicados a los primeros, exacerbarían su cólera, haciéndola más terrible, y, como pólvora arrojada en una hoguera, les induciría, en loca desesperación, a sembrar el estrago en torno suyo.

A los ladridos del perro, surgió de una especie de paseo un viejo, su amo, a mi parecer, a quien hice varias preguntas acerca del lugar. El hombre, bastante cortés, me contó que había servido como soldado en el ejército inglés, al mando del «gran lord», durante la guerra de la península. Me dijo que había un convento de monjas un poco más lejos, y como se mostrara dispuesto a llevarme a él, echamos a andar hacia la parte Sureste de la muralla, donde se aparecía un vasto edificio ruinoso.

Entramos en cierto lóbrego aposento de piedra, en uno de cuyos rincones había una especie de ventana cerrada por una tabla giratoria, por donde se entregaban y recibían los objetos en el convento. El viejo tocó la campana, y, sin decir palabra, se retiró, dejándome algo perplejo; pero, un instante después oí, sin poder ver a quien me hablaba, una suave voz femenina preguntándome mi condición y el motivo de mi visita. Dime a conocer como un inglés que, de paso en Monte Moro, camino de España, había subido al cerro a visitar las ruinas. La voz me respondió: «Supongo que será usted militar, e irá a pelear contra el rey, como todos sus compatriotas.» «No—dije yo—; no soy hombre de guerra, soy un cristiano; no voy a verter sangre, sino a procurar la difusión del evangelio de Cristo en un país que le desconoce»; a esto me respondió una risita ahogada. Pregunté después si había en el convento ejemplares de las Sagradas Escrituras; aquella voz amigable no supo darme noticias sobre el particular, y casi no me atrevo a creer que mi interlocutora entendiese la pregunta. Me contó que el oficio de abadesa era anual; cada año tenían superiora nueva. Al preguntar si a las monjas no se les hacía muy pesado el tiempo, me declaró que, cuando no tenían cosa mejor en qué ocuparse, se entretenían haciendo quesadillas para el consumo de aquellos contornos. Di las gracias a la voz por sus noticias, y me fuí. Según iba andando pegado al muro del convento hacia el Suroeste, sonaron sobre mi cabeza nuevas y más fuertes risas ahogadas; alcé la vista y descubrí en tres o cuatro ventanas los rostros melancólicos y los flotantes cabellos negros de las monjas, ansiosas de ver al forastero. Me besé la mano repetidas veces, y proseguí la marcha; a poco llegué al extremo Suroeste de aquella montaña tan fértil en curiosidades. Allí encontré los restos de un gran edificio, construído, al parecer, en forma de cruz. En su parte oriental subsiste una torre entera; el lado Oeste, todo en ruinas, cae al borde de la colina, mirando al valle por cuyo fondo corre el arroyo ya mencionado en otra ocasión.

El día era muy caluroso, a pesar del frío de las noches anteriores; el radiante sol de Portugal alumbraba un paisaje de arrebatadora hermosura. Bosquecillos de alcornoques cubrían el lado opuesto del valle y las pendientes lejanas, formando deliciosas perspectivas, donde pacían los rebaños; las aguas del arroyo se estrellaban en los pedruscos del cauce y hacían un suave murmullo que llegaba hasta mi oído, bañándome el alma en delicias. Sentado en las ruinas del muro permanecí extático, vertiendo lágrimas de felicidad; porque de todos los placeres que por la bondad de Dios gozan sus hijos, ninguno tan caro a ciertos corazones como la música de los bosques y de los arroyos y la contemplación de las bellezas de su gloriosa creación. Transcurrió una hora, y aún permanecía yo sentado en la muralla; las escenas de mi vida pasada flotaban ante mis ojos en fantástica e impalpable formación, y por entre ellas asomaban aquí y allá los árboles, las colinas y demás objetos del panorama que realmente tenía frente a mí. El sol me quemaba el rostro, pero yo no hacía caso de ello; hubiera permanecido allí hasta la noche, creo yo, sumido en una de esas ensoñaciones, buenas tan sólo para debilitar el ánimo, lo confieso, y para malgastar muchos minutos que podrían emplearse mejor, si el disparo de la escopeta de un cazador, despertando los ecos de los bosques, de las montañas y de las ruinas, no me hubiese hecho ponerme en pie y recordar que aún me faltaban tres leguas para llegar a la hostería donde me proponía pasar la noche.

Guié mis pasos hacia la posada, siguiendo a lo largo de una especie de parapeto. Poco antes de llegar a la puerta de entrada, observé a mano derecha una cripta vaciada en la vertiente del monte; tres columnas sostenían la techumbre, pero había cedido un poco hacia el fondo, de suerte que la luz penetraba en el interior por una hendidura abierta en lo alto. Aquello podía haber sido edificado para servir de capilla o de cementerio, me inclino a creer que de esto último; pero, seguramente, no era obra de moros. En mis correrías por aquellos lugares, nada vi que me recordase a tan singularísimo pueblo. En el cerro donde yacen estas ruinas hubo, sin duda alguna, un poderoso castillo de los moros, quienes al invadir la península ocuparon casi todos los lugares altos y naturalmente fuertes, poniéndolos en estado de defensa; pero es probable que perdieran muy pronto el cerro visitado ahora por mí, y que los muros y edificios cuyos despojos lo cubren, fuesen labrados por los cristianos después de reconquistar la posición del poder de los terribles enemigos de su fe. Monte Moro presenta cierta lejana semejanza con Cintra, que puede traer a la mente del viajero el recuerdo de este último lugar; sin embargo, hay en Cintra una nota agreste y ruda que no existe en Monte Moro. Allí los peñascos gigantescos se apilan en forma tal, que parecen amenazar con la destrucción inminente de cuanto los rodea; las ruinas aún adheridas a los peñascos, más parecen nidos de águilas que restos de habitaciones humanas, incluso de moros; mientras que las ruinas de Monte Moro están asentadas, comparativamente, con más holgura en el ancho lomo de un cerro, grande y levantado, pero sin peñascos ni precipicios, al que puede subirse por todos lados sin gran dificultad. Viva satisfacción me produjo la visita a ese monte; muchas cosas he de ver en mis viajes para olvidar la voz en el convento medio derruído, las murallas entre cuyos escombros divagué, y el parapeto donde estuve sentado una hora, sumido en mi arrobador ensueño, bajo los rayos brillantes del sol.

Volví a la posada, y restauré mis fuerzas con té y unas quesadillas muy dulces y agradables, obra de las monjas del convento. Al observar el semblante triste y preocupado de la gente de la casa, pregunté el motivo a la huéspeda, sentada casi sin movimiento en el suelo junto a la lumbre; díjome que su marido estaba en peligro de muerte a causa de una enfermedad, que, por los síntomas, debía de ser una especie de cólera; el médico no abrigaba esperanzas de salvación. La animé a confiar en el poder de Dios, capaz de restaurar al enfermo en pocas horas, trayéndole desde el borde de la tumba a la plena salud, y así debía ella pedírselo fervorosamente al Todopoderoso. Añadí que, si no sabía hacer la oración propia del caso, yo estaba dispuesto a orar por ella, con tal que se uniese en espíritu a mi súplica. Entonces ofrecí una breve plegaria en portugués, pidiendo al Señor que, si así convenía, librara a aquella familia de la grave aflicción que pesaba sobre ella. La mujer escuchó muy atenta, con las manos devotamente juntas, hasta el fin de la oración, y después me miró con asombro, al parecer, pero sin pronunciar palabra por donde yo pudiera colegir si lo dicho por mí le había o no desagradado. Me despedí luego de la familia, y, montando en la mula, salí para Arroyolos[34].


CAPÍTULO VII

La piedra druídica.— Un joven español.— Soldados rufianes.— Los males de la guerra.— Estremoz.— La disputa.— La atalaya en ruinas.— Vislumbre de España.— Ayer y hoy.

Legua y media llevaríamos andada, cuando una tromba de aire se desencadenó por el Norte, levantando inmensas nubes de polvo; felizmente, el huracán no nos daba de cara, pues en otro caso nos hubiera sido difícil seguir adelante, por su extremada violencia. Habíamos dejado el camino para utilizar un pequeño atajo practicable para las caballerías, pero que, como otros muchos, no podía recorrerse en carruaje.

Cruzábamos unos arenales cubiertos de maleza y de pedruscos que formaban una espesa capa sobre el suelo. Estas son las piedras de que están formadas las sierras de España y Portugal; singulares montañas que se alzan en horrenda desnudez, como huesos de un esqueleto gigante descarnado. Muchos de aquellos pedruscos emergían del suelo; muchos yacían sueltos en la superficie, removidos acaso de sus lechos por las aguas del diluvio. Mientras nos fatigábamos caminando por tan agrestes lugares, descubrí, un poco hacia mi izquierda, un amontonamiento de piedras de aspecto singular y hacia ellas guié mi mula. Era un altar druida, el más bello y completo de cuantos yo había visto hasta entonces. Era circular; constituíanlo unas piedras sumamente anchas y recias en la base, que se iban adelgazando hacia el remate, trabajado por la mano del artista en forma parecida al festón o borde de una concha. Encima estaba puesta otra piedra lisa muy ancha, inclinada hacia el Sur, donde se abría una puerta. En el interior, capaz para tres o cuatro hombres, crecía un espino pequeño.

Contemplé con veneración y temor respetuoso aquel altar donde los primeros pobladores de Europa ofrecieron su culto al Dios ignoto. Los templos que los romanos, poderosos y diestros, levantaron en una edad comparativamente moderna, yacen hechos polvo no lejos de allí. Las iglesias de los godos arrianos, herederos de su poder, no se encuentran por parte alguna, como si se las hubiera tragado la tierra. ¿Y qué ha sido y dónde están las mezquitas del moro, conquistador de los godos? Sus ruinas mohosas se disipan poco a poco sobre las rocas. No así la piedra druídica: allí se está, batida por los vientos, tan firme y tan acabada de hacer como el día en que, hace acaso treinta siglos, fué erigida por medios hoy desconocidos. Sacudida por los terremotos, la piedra del remate no se ha caído; oleadas de lluvia la han inundado sin conseguir barrerla de su asiento; el candente sol reverbera en su superficie sin agrietarla ni desmenuzarla; y el tiempo, antiquísimo, implacable, ha desgastado contra ella su férreo diente, con tan escaso efecto como pueden observar cuantos la visiten. Allí permanece la piedra; quien desee estudiar la literatura, la ciencia y la historia de los antiguos celtas y cimbrios, puede colegir, contemplando esa piedra y meditando ante ella, todo lo que de tales hombres se sabe. Los romanos dejaron tras de sí sus escritos inmortales, su historia, su poesía; los godos, su liturgia, sus tradiciones y el germen de instituciones muy nobles; los moros, su caballerosidad, sus descubrimientos en medicina y las bases del comercio moderno. ¿Qué memoria queda de las razas druídicas? ¡Hela aquí, en ese rimero de piedra eterna!

Llegamos a Arroyolos a cosa de las siete de la noche. Me instalé en un espacioso aposento de dos camas, y cuando me disponía a sentarme para cenar, vino la huéspeda a preguntarme si no tendría inconveniente en que un joven español pasase la noche en mi cuarto. Díjome que el joven acababa de llegar con unos arrieros, y no había en la casa otro sitio donde aposentarlo. Accedí, y a la media hora apareció el español, después de cenar con sus compañeros. Era un mancebo de diez y siete años, que por su buena presencia denotaba ser persona de distinción. Me saludó en su lengua natal, y al ver que le entendía, comenzó a hablar con volubilidad asombrosa. En cinco minutos me refirió que, movido del deseo de ver mundo, se había desgarrado de su familia, gente opulenta de Madrid, con ánimo de no volver hasta haber recorrido varios países. Le contesté que si decía verdad había cometido una acción mala e insensata: mala, por el dolor con que amargaba a las personas a quienes debía honrar y amar, e insensata, pues se exponía a inconcebibles miserias y trabajos que muy pronto le harían maldecir la resolución tomada; hícele ver que en país extranjero le recibirían bien mientras tuviera dineros para gastar, y en cuanto se le acabasen, le tratarían como a un vagabundo, y acaso le dejarían morirse de hambre. Repuso que, como llevaba consigo una cantidad considerable, cien duros nada menos, tenía dinero para mucho tiempo, y cuando se le acabara, podría quizás ganar más. «Con esos cien duros—le dije—apenas podrá usted vivir tres meses en este país, si no le roban a usted antes; y creer que va usted a ganar dinero honradamente es tan razonable como si pensara usted ir a buscarlo en la cima de las montañas.» El muchacho no tenía aún bastante experiencia para seguir mis consejos. A poco, cambiamos de conversación. A las cinco de la mañana siguiente se me acercó a la cama para despedirse porque los arrieros hacían ya preparativos de marcha. Díjele la fórmula usual en España: «Vaya usted con Dios», y no le volví a ver más.

A las nueve, después de pagar un precio exorbitante por muy escasas comodidades, salí de Arroyolos, ciudad o lugar grande, situado en una elevación del terreno y visible desde muy lejos. Puede envanecerse de las ruinas de un vasto castillo antiguo, obra de moros, al parecer, colocado en una colina, a la izquierda del camino, según se va a Estremoz.

A una milla de Arroyolos di alcance a una fila de carros con bastimentos y municiones para España, escoltados por un destacamento de soldados portugueses. Seis o siete soldados iban de avanzada, muy separados del convoy: eran unos tunantes de malísima catadura, en cuyos rostros lívidos, horrendos, estaban escritos el homicidio y todos los demás crímenes prohibidos por la ley de Dios. Al pasar a su lado, uno de ellos comenzó a maldecir a los extranjeros, y con voz áspera y gruñona, dijo: «Ahí va ese francés a caballo (iba en mula) con un hombre (el idiota) para cuidarle todo por ser rico, mientras un pobre soldado como yo, tiene que andar a pie. De buena gana le mataría de un tiro. ¿En qué vale más él que yo? Pero es extranjero; el diablo protege a los extranjeros, y odia a los portugueses.» Continuó el soldado vomitando injurias, y ya le había sacado yo lo menos cuarenta varas de delantera, cuando me eché a reír, sin pensar que lo más prudente era permanecer tranquilo; un momento después, en efecto, ¡paf!, ¡paf!, dos balas bien dirigidas me silbaron en los oídos. Hallábame justamente al borde de un pequeño arroyo, sobre el que había un puente a muy considerable distancia por mi izquierda; metí espuelas a la mula, lanzándola a través del cauce, seguido muy de cerca por el aterrorizado guía, y una vez en la otra orilla galopé por la planicie arenosa hasta ponerme en salvo.

Aquellos individuos, con aspecto de bandidos, por sus acciones mejoraban su facha. Encontrárselos en un lugar solitario, no será nunca para el viajero motivo de alabar su buena fortuna. Los carreteros eran españoles, de las cercanías de Badajoz, enviados a Portugal para transportar los bastimentos. Uno de ellos, a quien volví a encontrar en Badajoz, me contó que toda la escolta era de la misma calaña; a él y a sus compañeros los habían robado muchas cosas, amenazándolos de muerte si los denunciaban. Espanta imaginar lo que sería un ejército compuesto de tales seres, enviado a un país extranjero para conquistarlo o defenderlo; no obstante, cuando escribo estas páginas, España aguarda el socorro armado de Portugal. Quiera Dios misericordioso que las tropas enviadas en su apoyo sean de diferente cuño: aun así, temo, vista la relajación de la disciplina en el ejército portugués, comparado con el inglés o el francés, que a los habitantes pacíficos de las provincias asoladas por la guerra les parezca que los lobos se han juntado para cazar a perros y echarlos del redil. No quisiera morirme sin ver el día en que no se tolere la soldadesca en ningún país civilizado, o, cuando menos, cristiano.

Prosiguiendo mi camino hacia Estremoz, pasé junto a Monte Moro Novo, colina alta y polvorienta, coronada por un edificio antiguo, morisco probablemente. El país era desolado y desierto, por más que de vez en cuando se descubría algún valle poblado de alcornoques y azinheiras. Después del mediodía, el viento, muy encalmado durante la noche y la mañana anteriores, volvió a soplar con tal fuerza que casi me aturdía, aunque nos daba de espaldas.

A las cuatro de la tarde, al remontar una cuesta, descubrí con profunda alegría la ciudad de Estremoz, asentada en una colina, a menos de una legua de distancia. Desde donde yo estaba, se dominaba un panorama de singular belleza. El sol se ponía entre rojas y tormentosas nubes, y sus rayos reverberaban en los pardos muros de la encumbrada ciudad adonde íbamos. Hacia el Suroeste, no muy lejos, alzábase Serra Dorso, la montaña más hermosa del Alemtejo, ya vista por mí desde Evora.

El idiota de mi guía volvió su rostro imbécil hacia la sierra, y sintiéndose súbitamente inspirado, abrió la boca por vez primera durante el día, casi podría decir desde que salimos de Aldea Gallega, y comenzó a explicarme las extrañas cazas que podían hacerse en aquellos montes. También me describió con gran minuciosidad un perro maravilloso que había por allí, adiestrado en la caza de lobos y jabalíes, y cuyo dueño se había negado a venderlo en veinte moidores.

Al cabo, llegamos a Estremoz; nos alojamos en la posada principal, que mira a una explanada o plaza del mercado, centro de la ciudad, y tan ancha, que a mi parecer podrían evolucionar en ella diez mil soldados con toda holgura.

El terrible frío no me consintió permanecer en la habitación a que me llevaron, y entré en una especie de cocina abierta a un lado del pasadizo abovedado que, en los bajos de la casa, llevaba al corral y a las cuadras. Una impetuosa ráfaga caliente se precipitaba a través del pasadizo, como el agua por el caz de un molino. Un enorme tronco de alcornoque ardía en el fogón, debajo de la espaciosa campana, y en torno de la lumbre se acurrucaba una ruidosa turba de campesinos y labradores de las inmediaciones y tres o cuatro matuteros españoles. Me costó trabajo conseguir puesto; los españoles y los portugueses rara vez hacen sitio a un extraño, y como no se les pida o se los empuje, prefieren quedársele a uno mirando con expresión que parece significar: «sé muy bien lo que usted necesita, pero prefiero permanecer donde estoy.»

Entonces observé por vez primera cierto cambio en el modo de hablar, menos sibilante y más gutural; para dirigirse unos a otros empleaban los interlocutores el término español de cortesía usted, en lugar del hinchado vossem se portugués. Esto es un resultado de la comunicación constante con los naturales de España, que nunca consienten en hablar portugués, ni aun en Portugal, y persisten en emplear su magnífico idioma materno, que acaso andando el tiempo acabarán por adoptar todos los portugueses. Esto facilitaría mucho la unión de ambos países, separados hasta hoy por la natural terquedad humana.

Poco tiempo llevaba yo sentado a la lumbre, cuando un individuo, montado en un caballo fino y nervioso, se precipitó por el pasadizo desde la cuadra a la cocina, y empezó a lucir sus habilidades de caballista, obligando al animal a encabritarse y a girar velozmente sobre las patas, con manifiesto peligro de cuantos se hallaban en el aposento. Salió después a la explanada, donde se entretuvo galopando, y al cabo de media hora volvió, dejó el caballo en la cuadra y vino a sentarse junto a mí, hablándome en una jerigonza ininteligible, que a él se le antojaba francés.

Estaba el hombre medio borracho, y pronto lo estuvo tres cuartos, a fuerza de trasegar vaso tras vaso de aguardiente. Viendo mi mutismo, se dirigió en mal español a uno de los contrabandistas; éste, o no le entendió o no quiso entenderle, pero al fin, perdiendo la paciencia, le llamó borracho y le mandó callarse. Exasperado por tal desprecio, asió el beodo el vaso en que bebía, arrojándolo a la cabeza del español, quien brincó como un tigre, desenvainó un cuchillo y tiró de abajo a arriba un tajo a las mejillas de su agresor; indudablemente, le hubiese cortado la cara, de no haber detenido yo a tiempo el brazo del matutero, reduciendo así el daño a un arañazo en la mandíbula inferior, del que brotó un poco de sangre.

Los compañeros del español se metieron por medio, y con gran trabajo se lo llevaron a un pequeño aposento en lo más apartado de la casa, donde ellos dormían y guardaban además los arreos de sus mulas. El borracho comenzó entonces a cantar o más bien a berrear la Marsellesa; después de molestarnos más de una hora, se le pudo persuadir que montase a caballo y se fuera, acompañado por un vecino suyo. Era el tal un tratante en cerdos de aquellos contornos, pero había sido antaño soldado en el ejército de Napoleón, donde, como el cochero borracho de Evora, supongo que adquiriría sus hábitos de embriaguez y su francés rudimentario.

Desde Estremoz a Elvas hay seis leguas. A las nueve de la mañana siguiente emprendí la marcha. El camino corría al principio por terreno cerrado, pero no tardamos en salir a unas llanuras yermas y desabrigadas, en las que el viento, que no dejaba de perseguirnos, gemía tristemente. No encontramos alma viviente en el camino. El paisaje era en extremo desolado. En el cielo, gris oscuro, no se vislumbraba ni un rayo de sol. A gran distancia delante de nosotros, sobre una elevación del terreno, se alzaba una torre, único objeto que rompía la uniformidad del desierto. Dos horas después de haberla columbrado, llegamos al pie de la altura donde estaba la torre; allí mana una fuente y vierte sus aguas transparentes y puras en un pilón de piedra. Hicimos alto para dar de beber a las mulas.

Eché pie a tierra, y separándome del guía, emprendí la subida hacia la torre. La cuesta era muy suave, mas no dejé de pasar algún trabajo, por estar el piso cubierto de piedras afiladas, que, pasándome el calzado, me hirieron dos o tres veces en los pies; además, la distancia resultó ser mucho mayor de lo que yo supuse. Al fin llegué a las ruinas, pues no otra cosa había allí. Me encontré con una de esas torres vigías, llamadas en portugués atalaias; era cuadrada, rodeábala un muro, derruído en grandes trechos. La torre, cuya parte inferior estaba toda macizada, no tenía puerta; pero en una de sus caras había unas hendiduras entre las piedras para apoyar los pies, y trepando por tan tosca escalera llegué a un aposento pequeño, de unos cinco pies en cuadro, con el techo hundido. Dominábase desde allí una extensa vista en todas direcciones; aquel era evidentemente el alojamiento de los encargados de vigilar la frontera y de dar la alarma—encendiendo hogueras, acaso—al aparecer los enemigos. Un puñado de hombres resueltos podía defenderse en tan pequeña fortaleza contra asaltantes numerosos, expuestos en la subida a los tiros de la torre.

Ya iba a marcharme cuando, detrás de una parte del muro no recorrida por mí, sonó un grito extraño; acudí presuroso y me encontré con una miserable criatura, harapienta, sentada en una piedra. Era un loco, como de treinta años de edad, creo que sordo-mudo. Clavado en su asiento, desvariaba y gesticulaba, retorciendo su ruda fisonomía en espantables contorsiones. Solo aquello faltaba para completar la escena. Unos bandidos hubieran estado fuera de lugar en tan melancólica desolación. Pero el loco, sentado en la piedra detrás de las ruinas batidas por el viento, contemplando los marchitos chaparrales, sobre los que gravitaba un cielo hosco y pesado, componía un cuadro de tristeza y miseria como no lo habrá concebido poeta o pintor alguno en sus delirios más sombríos. No es este el primer caso en que me ha tocado comprobar que la realidad sobrepuja a veces a la fantasía.

Monté de nuevo en la mula y caminamos hasta que, al llegar a lo alto de otra colina, exclamó el guía súbitamente: «¡Allí está Elvas!» Miré en la dirección que me indicaba, y vi una ciudad encaramada en un alto cerro. Separado de éste por un profundo valle, hacia la izquierda, había otro cerro mucho más alto, donde está la famosa fortaleza de Elvas, reputada por la más poderosa de Portugal. Entre ambos cerros, pero muy al fondo, y lejos, en dirección de España, columbré las vertientes sombrías y la cima nebulosa de una soberbia montaña, que, según más adelante supe, era Alburquerque, una de las mayores de Extremadura.

El camino entraba allí en paraje cultivado; por entre setos vivos llegamos a un sitio donde el terreno descendía suavemente. A la derecha arrancaba el acueducto que provee de agua a la ciudad; tenía allí escasamente dos pies de altura, pero según íbamos descendiendo, las proporciones de la fábrica crecían, hasta ser colosales. Cerca del fondo del valle, el acueducto torcía a la izquierda, salvando el camino con uno de sus arcos: al pasar por debajo, alcé los ojos para mirarlo. El agua corría a cien pies de altura sobre mi cabeza; la inmensidad de la obra realizada para transportarla me llenó de admiración. Con todo, cierto detalle rebaja mucho las pretensiones de grandeza y magnificencia de este acueducto: el agua no corre, como en el de Lisboa, sobre un solo orden de arcos gigantescos, posados en el valle como piernas de titanes, sino sobre tres órdenes de arcos superpuestos. El gasto y el trabajo necesarios para levantar tan insigne máquina, debieron de ser enormes; y cuando se piensa en la relativa facilidad con que la industria moderna obtendría igual resultado, no puede uno por menos de alegrarse de vivir en tiempos en que es innecesario esquilmar la riqueza de una provincia para proveer a una ciudad, construída en un cerro, de un indispensable elemento de vida.


CAPÍTULO VIII

Elvas.— Longevidad extraordinaria.— La nación inglesa.— Ingratitud portuguesa.— Las fortificaciones.— Un mendigo español.— Badajoz.— La aduana.

A mi llegada a la puerta de Elvas un oficial salió de una especie de cuerpo de guardia, y después de hacerme varias preguntas, me envió, acompañado de un soldado, a la oficina de policía, donde mi pasaporte había de ser visé, porque en la frontera son muy exigentes en ese particular. Arreglado el asunto, me instalé en una hostería próxima a aquella puerta; me la había recomendado el posadero de Vendas Novas, y su dueño se llamaba José Rosado. Era la mejor de Elvas, pero muy inferior en comodidades a cualquier figón inglés. Acosado por el frío, me refugié gustoso en una cocina interior, alumbrada tan sólo, una vez cerrada la puerta, por el resplandor del fuego que ardía débilmente en el fogón. Una mujer de edad, sentada en una silla junto a la lumbre, pasaba las cuentas de su rosario; discerní en su rostro, en cuanto la escasa luz del aposento me lo permitía, una expresión singular, extraordinaria. Hícele algunas preguntas sin importancia, y me contestó; pero parecía ligeramente sorda. Comenzaba a encanecer, y le dije que, si bien la creía de más edad que yo, no tenía seguramente el pelo tan blanco como el mío.

—¿Qué edad tiene usted, caballero?—preguntó, dándome el título usualmente empleado en España para denotar un grado de respeto extraordinario—. Respondí que iba a cumplir treinta años. «Entonces—dijo—tenía usted razón al suponer que soy más vieja; tengo más años que su madre de usted y que la madre de su madre; hace más de cien años era yo una chicuela, y jugaba con otras de mi edad por esos campos.» «En tal caso—respondí—se acordará usted, sin duda, del terremoto.» «Sí—contestó—; si de algo me acuerdo, es de eso; cuando ocurrió, estaba yo en la iglesia de Elvas oyendo misa, y el cura se cayó al suelo, y dejó también caer la Hostia de las manos. Aún me acuerdo de cómo temblaba el suelo; todos nos mareamos; las casas se tambaleaban como si estuviesen borrachas. Ochenta años han pasado sobre mí desde el temblor de tierra, y entonces ya tenía yo más edad que usted tiene ahora.»

Miré con asombro a tan extraordinaria mujer, y apenas podía dar crédito a sus palabras. Sin embargo, me aseguraron que, positivamente, tenía más de ciento diez años, y pasaba por ser la persona más vieja de Portugal. Conservaba todas sus facultades tan despejadas como la generalidad de la gente al rayar en la mitad de aquellos años. Era pariente de los dueños de la hostería.

Conforme avanzaba la noche, fueron entrando varias personas para calentarse a la lumbre y gozar de la conversación; la casa era una especie de mentidero, donde llevaba la voz cantante el huésped, hombre de cierta sagacidad y experiencia, antiguo soldado del ejército británico. Entre otros, vino el oficial que mandaba en la puerta de la ciudad. Después de cambiar algunas palabras, este caballero, joven de unos veinticinco años, bien parecido, rompió en declamaciones violentas contra la nación inglesa y su gobierno, quienes, si en todo tiempo habían demostrado su egoísmo y su falacia, seguían ahora, respecto de España, una conducta sobremanera ignominiosa, pues estando en su mano acabar de golpe la guerra civil, enviando un poderoso ejército de socorro, preferían mandar un puñado de tropas, con objeto de prolongar la lucha y aprovecharse de sus ventajas. Después de cumplimentarle irónicamente por su cortesía y urbanidad, pregunté al oficial si entre las acciones egoístas de la nación y del gobierno ingleses, se contaba la de haber derrochado centenares de millones de libras esterlinas y vertido un océano de preciosa sangre para sostener la campaña de la península contra Napoleón. «Seguramente—dije—el fuerte de Elvas, y más aún el vecino castillo de Badajoz, dicen mucho respecto del egoísmo inglés, y cada vez que los mire se confirmará usted en la opinión que acaba de exponer. En cuanto a la guerra actual, le diré a usted que la gratitud de España a Inglaterra, después de la expulsión de los franceses gracias a nuestros ejércitos—gratitud demostrada en los estorbos puestos al comercio inglés y en las misas de acción de gracias ofrecidas al abandonar las costas españolas los herejes británicos—, no puede inducir a Inglaterra a arruinarse por el propósito de expulsar a don Carlos de sus montañas. Por deferencia al superior entendimiento de usted—continué, dirigiéndome al oficial—, quisiera creer que la prolongación indefinida de la guerra reporta grandes provechos a mi país; pero me haría usted un favor insigne explicándome el proceso químico en virtud del que la sangre vertida en las montañas españolas va a parar al tesoro inglés convertida en monedas de oro.»

Como tardara en contestarme, tomé de sobre la mesa un plato con fruta, y pregunté: «¿Cómo se llaman estas frutas?» «Granadas y bolotas»—respondió—. «Muy bien; un rústico inglés que no haya salido nunca de su país, no hubiese podido darme esa respuesta, a pesar de hallarse tan familiarizado con las granadas y las bolotas como vuestra señoría con la línea de conducta que le incumbe tomar a Inglaterra en su política interior y exterior.»

Esta réplica mía era impropia de un cristiano, lo confieso, y me demostró cuántas reliquias de mi antiguo carácter quedaban en el fondo de mi alma; con todo, séame permitido decir que, probablemente, ninguna otra provocación me hubiera inducido a responder con tanta cólera; pero no pude dominarme al oír tratar con injusticia a mi gloriosa tierra. Y ¿por quién? ¡Por un portugués! Por un hijo del país libertado de horrible esclavitud dos veces gracias al esfuerzo inglés. A no ser por Wellington y sus héroes, Portugal sería francés a estas fechas; a no ser por Napier y sus marinos, don Miguel reinaría en Lisboa. Volviendo al oficial, diré que todos se le rieron, y un momento después se fué.

Al día siguiente entré en relación con un comerciante respetable, llamado Almeida, hombre de talento, aunque algo brusco de modales. Manifestó profunda aversión al sistema papista que durante tanto tiempo había mantenido en mortales tinieblas a su infortunado país; y apenas supo que yo era portador de cierta cantidad de Testamentos, con intención de dejarlos allí para su venta, expresó vivos deseos de hacerse cargo de los libros, y se ofreció a trabajar cuanto pudiese para colocarlos entre sus numerosos parroquianos. Al enseñarle un ejemplar, le dije: «En la portada va el nombre de usted.» Porque, en efecto, la edición portuguesa de la Sagrada Escritura que la Sociedad Bíblica repartía la hizo un protestante llamado Almeida, y se publicó por vez primera en 1712; el comerciante sonrió, y me dijo que le honraba mucho tener alguna relación, aunque sólo fuese por el nombre, con el traductor. Echó a broma la propuesta de remunerarle por su trabajo, asegurándome que el solo hecho de poder colaborar en una obra tan santa y útil como la difusión de la Escritura, era para él suficiente recompensa.

Terminado este asunto, di un vistazo a los alrededores de Elvas, y subí paseando, cerro arriba, hasta el fuerte, al Norte de la ciudad. La parte baja del cerro está poblada de azinheiras, que le dan amenidad; por unas piedras varadas en el cauce crucé el arroyuelo que corre al pie. Al llegar a la entrada del fuerte, un centinela me cortó el paso; pero tuvo la amabilidad de decirme que, con dar mi nombre al oficial comandante, me permitirían visitar el interior. Envié, pues, mi tarjeta al oficial con un soldado que vagaba por allí, y, sentándome en una piedra, aguardé; volvió a poco; me preguntó si yo era inglés, y al oír mi respuesta afirmativa, dijo: «En tal caso, señor, no puede usted entrar; no es costumbre enseñar el fuerte a los extranjeros.» Respondí que lo mismo me daba visitarlo o no; y después de contemplar a Badajoz en la lejanía, desde el lado oriental del cerro, desanduve el camino recorrido a la subida.

Tales son los provechos que se obtienen con proteger a una nación y con derrochar la sangre y el dinero en su defensa. Los ingleses nunca han estado en guerra con Portugal; se han batido por mar y por tierra, siempre con buen éxito, en favor de su independencia; se han obligado, por un tratado de comercio, a beber sus vinos, tan ordinarios y adulterados, que en ninguna otra parte los quieren, y, sin embargo, son los más impopulares de cuantos extranjeros visitan este país. Los franceses han asolado Portugal y vertido la sangre de sus hijos como si fuese agua; no compran sus productos; desprecian sus vinos; pero no hay aquí mala disposición para los franceses. La razón de esto no es ningún misterio; lo propio, no ya de los portugueses, sino de la corrupción del hombre, es aborrecer a los bienhechores que con sus beneficios lastiman del modo más generoso su miserable vanidad.

En ningún país son tan populares los ingleses como en Francia; y es que, si bien los franceses han sido con frecuencia tratados rudamente por los ingleses y ocupada su capital por un ejército inglés, nunca han estado sometidos a la supuesta ignominia de recibir de ellos asistencia y socorro.

Las fortificaciones de Elvas son un modelo en su género; a primera vista pudiera creerse que la ciudad, si estuviera bien guarnecida, sería capaz de retar a cualquier enemigo; pero tiene un punto flaco: un cerro la domina por Occidente, a media milla de distancia, desde donde un general experto no dejaría de cañonearla, probablemente con buen éxito. Es la última ciudad de Portugal por aquella parte, y apenas si la separan dos leguas de la frontera española. Fué construída, evidentemente, para rivalizar con Badajoz, al que mira desde su altura a través de la planicie arenosa por donde van las lentas aguas del Guadiana. Pero aunque Elvas es una ciudad fuerte, apenas tiene valor como defensa de la frontera, abierta por todas partes, de tal modo, que un ejército invasor dispuesto a esquivar esta plaza, no tendría la menor necesidad de aproximarse ni a doce leguas de sus muros. Son tan extensas sus fortificaciones que no harían falta menos de diez mil hombres para guarnecerla, fuerza que, en caso de invasión, estaría mejor empleada en afrontar al enemigo en campo raso. Durante su ocupación de Portugal, los franceses pusieron en la plaza una corta guarnición, que se retiró al castillo al acercarse los ingleses, y capituló poco después.

Como ya no me detenía cosa alguna en Elvas, dispúseme a cruzar la frontera de España. El guía idiota tomó el camino de vuelta a Aldea Gallega, y el 5 de enero, montado en una triste mula, sin riendas ni estribos, guiándola con el ramal, y seguido por un muchacho que había de acompañarme montado en otra, bajé presuroso desde Elvas al llano, con ansia de llegar a la romántica, a la caballeresca y vieja España. Era innecesario, y así lo comprendí en seguida, azuzar a mi mula, pues con todas sus mataduras, reparada de la vista y coja, andaba ligera como el viento.

En poco más de media hora llegamos a un arroyo, cuyas aguas corrían impetuosas entre márgenes escarpadas. Un hombre, al borde del arroyo, me indicó el vado en el agrio dialecto de Portugal; y cuando aún estaba yo chapoteando en el agua, una voz me saludó desde la otra orilla en el espléndido idioma de España, de esta manera: ¡Oh señor caballero, que me dé usted una limosna por amor de Dios, una limosnita para que yo me compre un traguillo de vino tinto! Un momento después pisé suelo español, porque el arroyo, llamado Acaia, sirve allí de límite a los dos reinos; arrojé al mendigo una monedilla de plata, y gritando ¡Santiago y cierra España!, seguí mi camino más de prisa todavía, prestando poca atención, como dice Gil Blas, al torrente de bendiciones derramado por el mendigo a mis espaldas; con todo, nunca se vió limosna otorgada con menos discernimiento, porque, según más adelante averigüé, aquel tipo era un borracho perdido que se instalaba todas las mañanas junto al vado para sacar a los viajeros unos cuartos y gastárselos por las noches en las tabernas de Badajoz. Pagaba con bendiciones a quien le daba limosna, y con maldiciones a quien se la negaba; e igual facundia y habilidad tenía en el empleo de las unas que de las otras.

Badajoz estaba ya a la vista, a poco más de media legua de distancia. Pronto torcimos a la izquierda para tomar el puente de arcos que atraviesa el Guadiana, río muy famoso en romances y cantares, pero nada ameno en realidad, poco profundo y muy lento, aunque de razonable anchura; sus orillas blanqueaban con las ropas puestas a secar al sol, que lucía resplandeciente. Desde gran distancia oí cantar a las lavanderas, y el tema de sus cánticos parecía ser las alabanzas del río en que estaban descrismándose, porque al acercarme oí distintamente: Guadiana, Guadiana, repetido a coro por muchas mujeres, las unas mozas, las otras de edad, de mejillas tostadas, cuyas voces fuertes y claras, multiplicaba el eco por todas partes. Pensé que había cierta semejanza entre mi tarea y la suya; yo estaba en vías de curtir mi tez septentrional exponiéndome al candente sol de España, movido por la modesta esperanza de ser útil en la obra de borrar del alma de los españoles, a quienes conocía apenas, alguna de las impuras manchas dejadas en ella por el papismo, así como las lavanderas se quemaban el rostro en la orilla del río para blanquear las ropas de gentes que desconocían. A mi mente acudieron con mucha fuerza las palabras de un poeta oriental: «Día tras día, y noche tras noche, me fatigaré en socorro de mis hermanos sin fortuna, como las lavanderas curten su faz al sol por limpiar unas ropas que no son suyas.»

Cruzado el puente, llegamos a la puerta Norte de Badajoz, y de una especie de garita salió a nosotros un individuo tocado con un sombrero andaluz de copa puntiaguda, y embozado en una de esas inmensas capas, muy conocidas de cuantos han viajado por España, que sólo un español sabe llevar en forma que sienten bien. Sin pronunciar palabra asió del ramal de la mula, y entrándose por la puerta de la ciudad, nos llevó por una calle muy sucia, llena de gente embozada también en largas capas. Pregntéle qué se proponía, y no se dignó contestar; pero el muchacho, mi acompañante, dijo que era un guarda-puertas y nos llevaba a la aduana, o alfandega, para el registro del equipaje. Llegados a la aduana, el guarda, sin romper su adusto silencio, comenzó a echar las maletas desde la mula de carga al suelo y a desatarlas. Ya iba a reprenderle como su brutalidad merecía; pero antes de que pudiera abrir la boca, apareció en la puerta un personaje, alto y de edad madura, en quien no tardé en reconocer al jefe de la aduana. Después de mirarme un momento, me preguntó en mi idioma si yo era inglés. Al oír mi respuesta afirmativa, preguntó al guarda cómo se había atrevido a cometer la insolencia de poner las manos en el equipaje sin orden superior, y severamente le mandó atar de nuevo las maletas y cargarlas en la mula, como lo hizo, en efecto, sin pronunciar palabra. Preguntóme después lo que contenían las maletas: ropas de vestir—contesté yo—, y pidiéndome perdón por la insolencia de su subordinado, me dijo que era libre de ir adonde tuviera por conveniente. Le di las gracias por su extremada cortesía, y guiando el muchacho, fuí directamente a la fonda de las Tres Naciones, que me habían recomendado en Elvas[35].


CAPÍTULO IX

Badajoz.— Antonio el gitano.— Una proposición de Antonio.— Es aceptada.— El desayuno gitano.— Salida de Badajoz.— El borrico del gitano.— Mérida.— La muralla en ruinas.— La comadre.— El país del moro.— Los hombres negros.— La vida en el desierto.— La cena.

Hallábame ya en Badajoz, en España, país que durante los cuatro años siguientes iba a ser teatro de mis trabajos; pero no nos anticipemos a los acontecimientos. Los alrededores de Badajoz no me predispusieron gran cosa en favor del país a que acababa de llegar. Aquellas planicies parduscas, apenas producen otra cosa que el arbusto llamado en español carrasco; sin embargo, unas montañas azuladas se yerguen en la lejanía y animan un poco la entonación monótona del paisaje.

En Badajoz, capital de Extremadura, fué donde, por vez primera, tropecé con los singularísimos Zincali, o gitanos españoles. Allí fué donde encontré al indómito Paco, hombre que tenía un brazo seco y manejaba las cachas[36] con la mano izquierda; a su astuta mujer, Antonia, diestra en hokkano baró[37], o engaño maestro, a su suegro, el feroz gitano Antonio López, y a otros muchos individuos del Errate, o sangre gitana, poco menos notables que éstos. Aquí fué donde, por vez primera, prediqué el Evangelio al pueblo gitano, y comenzé la traducción del Nuevo Testamento al idioma de los gitanos españoles, traducción que, en parte, se imprimió más tarde en Madrid.

Permanecí tres semanas en Badajoz, y me dispuse a salir para Madrid; un anochecido estaba yo en mi aposento arreglando mi escaso equipaje, cuando entró Antonio el gitano, vestido con su zamarra y tocado con el puntiagudo sombrero andaluz.

Antonio.—Buenas noches, hermano; me han dicho que callicaste[38] te propones salir para Madrilati[39].

Yo.—Así es; no puedo estar aquí más tiempo.

Antonio.—El camino hasta Madrilati es largo; el país está en guerra, y en el campo abundan los chories[40]. ¿No te amedrenta el viaje?

Yo.—Yo no tengo miedo; ningún hombre puede eludir su destino; lo que haya de ser de mi cuerpo y de mi alma, escrito está en un gabicote[41] desde mil años antes de la creación del mundo.

Antonio.—Yo, personalmente, tampoco tengo miedo, hermano; la noche oscura es para mí igual que el día claro, y el carrascal silvestre lo mismo que la plaza del mercado o que el chardi[42]; llevo en el pecho el bar lachí[43], la piedra preciosa a que se pega la aguja.

Yo.—Supongo que te refieres al imán. ¿Crees que una piedra inerte puede preservarte de los peligros que amenacen tu vida?

Antonio.—Hermano, cuento ya cincuenta años de edad, y aquí me tienes vivo y sano. ¿Cómo podría ser eso si el bar lachí no tuviera poder alguno? He sido soldado y contrabandista, y he matado y robado también a los Busné[44]. Las balas del Gabiné[45] y del jara canallis[46] me han zumbado en los oídos sin tocarme por llevar conmigo el bar lachí. Veinte veces he hecho cosas que, según la ley busné debían haberme llevado al filimicha[47]; sin embargo, nunca me ha estrujado el cuello el frío garrote. Hermano, confío en el bar lachí, como los Caloré[48] de otro tiempo: aunque me viera en el golfo de Bombardó[49] sin una tabla a qué agarrarme, no tendría miedo; porque llevando tan preciosa piedra, ella me sacaría sano y salvo a la costa. El bar lachí es poderoso, hermano.

Yo.—No vamos a discutir por eso, y menos ahora, en el momento de marcharme de Badajoz; despidámonos rápidamente, y ya no volveremos a vernos más.

Antonio.—Hermano, ¿sabes a lo que vengo?

Yo.—Lo ignoro, como no sea a desearme feliz viaje; no soy bastante gitano para adivinar los pensamientos de la gente.

Antonio.—Toda la noche pasada he estado despierto, pensando en los asuntos de Egipto; cuando me levanté esta mañana, tomé el bar lachí, y raspándolo con un cuchillo saqué un poco de polvo, y me lo bebí con aguardiente, según tengo costumbre de hacer después de tomar una resolución. Luego me dije: estoy haciendo falta en la raya de Castumba[50] para cierto negocio. El Caloró[51]forastero va a marcharse a Madrilati; el camino es largo, y pudiera caer en malas manos, quizás en las de gente de su propia sangre, porque he de decirte, hermano, que los Calés abandonan ya las ciudades y aldeas y se echan al campo en cuadrillas para saquear a los Busné; no hay ley ninguna en estas tierras, y ahora o nunca es la ocasión de que los Caloré vuelvan a ser lo que fueron en tiempos pasados. De manera que me dije: el Caloró forastero puede caer en manos de los de su misma sangre y ser maltratado por ellos, que sería una vergüenza. De consiguiente, iré con él por el Chim del Manró[52] hasta la raya de Castumba, y desde la raya de Castumba dejaré que el Caloró de Londres siga su camino a Madrilati, porque hay menos peligro en Castumba que en Chim del Manró, y después podré ocuparme de los asuntos de Egipto que allí me reclaman.

Yo.—Ese plan promete mucho, amigo mío. ¿En qué forma piensas que hagamos el viaje?

Antonio.—Te lo diré, hermano. Tengo en la cuadra un gras[53], el mismo que compré en Olivenza, como te dije en otra ocasión; es bueno y ligero, y me costó, a mí que soy gitano, cincuenta chulé[54]; tú puedes ir en el gras; yo montaré en el macho.

Yo.—Antes de responder desearía que me dijeses qué asuntos son esos que te obligan a ir a Castumba; tu yerno Paco me tiene dicho que los gitanos no acostumbran ya a viajar.

Antonio.—Es un asunto de Egipto, hermano, y no puedo decirte más. Acaso se trata de un caballo o de un borrico, acaso de una mula o de un macho; lo que sea, no se refiere a ti; por tanto, te aconsejo que no preguntes nada. Dosta[55]. Volviendo a lo de antes: eres libre de rechazar mi ofrecimiento; hay un drungruje[56] de aquí a Madrilati, y puedes viajar en el birdoche[57] o con los dromalis[58]; pero te advierto, como hermano, que hay chories en el drun, y algunos de ellos son del Errate.

La verdad es que pocas personas en mi situación hubiesen aceptado la propuesta del singular gitano. Sin embargo, el plan no dejaba de tener atractivos para mí. Dada mi afición a las aventuras, no podía satisfacerla de mejor ni más fácil modo que poniéndome en manos de tal guía. Otros en mi caso hubiesen recelado una traición, pero yo estaba tranquilo sobre ese punto, y no creía que el gitano abrigase la más ligera mala intención en contra mía; le vi plenamente convencido de que yo era uno de los del Errate, y los rasgos más fuertes de su carácter eran el amor a su raza y el odio a los Busné. Deseaba yo, además, aprovechar todas las ocasiones de conocer a fondo las costumbres de los gitanos españoles, y allí se me presentaba una excelente, apenas llegado a España. Total: que resolví acompañar al gitano. «Iremos juntos—le dije—. Mi equipaje lo mandaré a Madrid por el birdoche.» «Muy bien hecho, hermano—contestó—, y así el gras andará más ligero. La verdad es que para nada necesitas llevar equipaje. ¡Cómo se reirían los Busné si se encontraran en el camino a dos Calés viajando con equipaje!»

Durante mi estancia en Badajoz, tuve poco trato con los españoles; lo más del tiempo se lo consagré a los gitanos, raza ya conocida y tratada por mí en diversas partes del mundo, y con quienes me encontraba más a mis anchas que con los silenciosos y reservados hombres de España; medio siglo puede estar un extranjero entre españoles sin que le dirijan media docena de palabras, a no ser que partan de él los primeros pasos para intimar, y aun así, puede verse rechazado con un encogimiento de hombros y un no entiendo, porque entre los muchos prejuicios profundamente arraigados en este pueblo se cuenta la singular idea de que ningún extranjero es capaz de aprender su lengua, idea a que siguen aferrados aunque le oigan hablar en ella corrientemente; todo lo más que en tal caso conceden, es esto: Habla cuatro palabras, y nada más.

Una mañana temprano, antes de salir el sol, me encontré frente a la casa de Antonio, pequeña y mísera construcción, situada en una calle sucia. La mañana era profundamente oscura; la calle estaba, sin embargo, parcialmente iluminada por un montón de paja ardiendo, en torno del que dos o tres hombres parecían muy ocupados en sostener un objeto sobre la llama. Un instante después se abrió la puerta de la casa del gitano, y apareció Antonio. Echó una mirada en dirección de la hoguera, y exclamó: «El puerco ha dado muerte a su hermano. Que todo Busnó corra la misma suerte. Entremos, hermano, y comeremos el corazón del puerco.» No entendí bien estas palabras, pero siguiendo al gitano, llegamos a un aposento bajo, donde había un brasero encendido, a su lado una tosca mesa cubierta con grosero mantel, y sobre ella un pan y un puchero que despedía agradable olor. «En esta puchera—dijo Antonio—, está el corazón del balichó[59]; comamos.» Nos sentamos a la mesa y comimos, Antonio vorazmente. Cuando terminó, se puso en pie y me dijo: «¿Has traído el li[60]. «Aquí está—contesté, enseñándole mi pasaporte—. «Bueno; puedes necesitarlo—repuso—. Yo no lo necesito; mi pasaporte es el bar lachí. Ahora un vaso de repañí[61], y al camino.»

Salimos del cuarto; Antonio cerró la puerta con llave, que escondió luego debajo de una baldosa, en un rincón del pasillo. «Espérame en la calle, hermano, mientras voy a la cuadra a buscar las caballerías.» Le obedecí. El sol no había salido aún; el frío era cortante; pero la luz grisácea del alba me permitía ya distinguir los objetos con suficiente claridad. No tardé en oír las pisadas de los animales, y un momento después apareció Antonio llevando el caballo por la brida; el macho iba detrás. Miré al caballo y no pude contener un movimiento de asombro. Hasta donde me fué posible examinarlo, me pareció el bicho más raro que había visto en mi vida. Era de espectral blancura, muy corto de cuerpo, pero con unas patas de desmesurada longitud, y altísimo de cruz. «Estás mirando el grasti—dijo Antonio—. Tiene diez y ocho años, pero es el mejor de Chim del Manró, ni más ni menos; hace mucho tiempo que le tenía echado el ojo, y le compré para emplearlo en los negocios de Egipto. Monta, hermano, monta, y dejemos los foros[62]; ya van a abrir la puerta de la ciudad.»

Cerró la de su casa, y se guardó la llave en la faja. Menos de un cuarto de hora después, habíamos dejado Badajoz a nuestra espalda. «No me parece muy bueno este caballo—dije a Antonio, cuando íbamos ya por el campo—. Apenas si puedo hacerle andar.»

«Es el caballo más ligero que hay en Chim del Manró, hermano—dijo Antonio—. Lo mismo al galope que al trote largo ninguno le aventaja; pero tiene diez y ocho años y las coyunturas entumecidas, sobre todo por la mañana; pero deja que entre en calor y que el genio del viejo reviva, y no podrás contenerlo con el freno ni con la brida. Ese caballo lo compré para los asuntos de Egipto, hermano.»

A eso del mediodía llegamos a una aldea, en las inmediaciones de un cerro pedregoso. «Aquí no hay casa Caló—dijo Antonio—; tenemos que ir a la posada de los Busné, donde comeremos todos, hombres y bestias.» Entramos en la cocina, nos sentamos a la mesa y pedimos pan y vino. Había en la cocina dos individuos de mala catadura, fumando unos cigarros; y como se me ocurriera decir no sé qué cosa a Antonio en caló, uno de aquellos tipos, notable por sus inmensos bigotes, exclamó: «¿Qué es lo que oigo? ¿Te atreves a hablar en caló delante de mí, que soy chalan y nacional? Malditos gitanos, ¿cómo os atrevéis a entrar en esta posada y a hablar en esa lengua delante de mí? ¿No está prohibida por la ley, como os está prohibido entrar en el mercado? Amigo, como vuelva yo a oír de tu boca una palabra en caló te muelo los huesos a palos, y de un puntapié vas volando al tejado.»

«Haría usted muy bien—dijo su compañero—, porque la insolencia de estos gitanos es ya inaguantable. Estando en Mérida o Badajoz, voy al mercado, y allí me veo en un rincón a los malditos gitanos charlando en una lengua ininteligible. «Señor gitano—le digo a uno de ellos—, ¿cuánto quiere usted por ese burro?» «Diez duros, Caballero nacional, me responde. Es el mejor burro de toda España.» «Quisiera verlo andar»—replico yo—. «Ahora mismo»—contesta—, y salta sobre el burro y le hace salir andando, no sin haberle murmurado antes al oído no sé qué cosas en caló; el burro tenía un paso magnífico, como yo no había visto otro. «Creo que me conviene»—digo al fin, y después de examinarlo un rato, saco el dinero y le pago—. «Me voy a mi casa»—dice el gitano, y desaparece rápidamente—. «Y yo a mi pueblo»—contesto yo—, y montado en el burro, le digo: Vámonos, pero el burro se está quieto. En vano le arreo con una varita. «¿Qué significa esto?»—exclamo—; y me pongo a darle espolazos. Pero el maldito, apenas siente la picadura, al primer corcovo me tira por las orejas en medio del fango. Me pongo en pie y veo al burro contemplándome atentamente, y a la canaille gitana mirándome de través con sus ojos velados. «¿Dónde está el tunante que me ha vendido esta alhaja?»—grito—. «Se ha ido a Granada»—dice uno—. «Se ha ido a ver a su familia de Morería»—añade otro—. «Le acabo de ver corriendo por el campo en dirección de... perseguido muy de cerca por el diablo»—exclama un tercero—. En suma, me han robado. Quiero deshacerme del burro, pero no hay quien lo compre; es un burro caló, y todos le huyen. Al cabo, los gitanos me ofrecen treinta reals por él; y después de regatear mucho, me doy por contento vendiéndoselo en dos duros. Todo ello es una pura estafa; el burro vuelve a su dueño y la cuadrilla se reparte la ganancia; es una infamia que se evitaría, a mi parecer, con sólo prohibir hablar el caló; porque, ¿qué otra cosa sino las palabras en caló dichas a su oído, pudo inducir al jumento a portarse de tan inconcebible manera?»

Ambos parecían completamente convencidos de la exactitud de esta conclusión, y continuaron fumando hasta consumir los cigarros; entonces se levantaron, se atusaron las patillas, nos miraron con fiero desden, y arrojando al suelo las puntas de los cigarros, salieron de la habitación a paso largo.

—Esta gente no me parece muy amiga de los gitanos ni del lenguaje caló—dije a Antonio cuando los dos matones se fueron.