The Project Gutenberg eBook, La Biblia en España, Tomo II (de 3), by George Borrow, Translated by Manuel Azaña
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LA BIBLIA EN ESPAÑA
COLECCIÓN GRANADA
VIAJES
BORROW: LA BIBLIA EN ESPAÑA
TRAD. DEL INGLÉS POR M. AZAÑA
LA BIBLIA EN ESPAÑA
o viajes, aventuras y prisiones de un
inglés en su intento de difundir las
Escrituras por la Península
POR
J. Borrow
traducción directa del inglés
por Manuel Azaña
TOMO II
COLECCIÓN GRANADA
JIMÉNEZ-FRAUD, Editor.—MADRID
ES PROPIEDAD
QUEDA HECHO EL DEPÓSITO QUE MARCA
LA LEY
Imprenta Clásica Española. Glorieta de Chamberí. Madrid.
ÍNDICES
| Páginas. | |
| Capítulo xix.— Llegada a Madrid.— María Díaz.— Impresión del Testamento.— Mi proyecto.— El corcel andaluz.— Se necesita un criado.— Una petición.— Antonio Buchini.— El general Córdova.— Principios de honor. | [13] |
| Cap. xx.— Enfermedad.— Visita nocturna.— Una inteligencia superior.— El cuchicheo.— Salamanca.— Hospitalidad irlandesa.— Soldados españoles.— Anuncios de las Escrituras. | [30] |
| Cap. xxi.— Salida de Salamanca.— Recibimiento en Pitiega.— El dilema.— Inspiración súbita.— El buen cura.— Combate de dos cuadrúpedos.— Irlandeses cristianos.— Las llanuras de España.— Los catalanes.— La poza fatal.— Valladolid.— Propaganda de las Escrituras.— Las misiones para Filipinas.— El colegio inglés.— Una conversación.— La carcelera. | [43] |
| Cap. xxii.— Dueñas.— Los hijos de Egipto.— Chalanerías.— El caballo de carga.— La caída.— Palencia.— Curas carlistas.— El mirador.— Sinceridad sacerdotal.— León.— Alarma de Antonio.— Calor y polvo. | [69] |
| Cap. xxiii.— Astorga.— La posada.— Los maragatos.— Costumbres de los maragatos.— La estatua. | [87] |
| Cap. xxiv.— Salida de Astorga.— La venta.— El atajo.— Salvación difícil.— El vaso de agua.— Sol y sombra.— Bembibre.— El convento de las Rocas.— Puesta de sol.— Cacabelos.— Aventura a media noche.— Villafranca. | [94] |
| Cap. xxv.— Villafranca.— El puerto.— Simplicidad gallega.— La guardia de la frontera.— La herradura.— Peculiaridades gallegas.— Una palabra sobre el idioma.— El correo.— El hostelero y los huéspedes.— Los andaluces. | [113] |
| Cap. xxvi.— Lugo.— Los baños.— Una historia de familia.— Los Migueletes.— Las tres cabezas.— Un veterinario.— La escuadra inglesa.— Venta de Testamentos.— La Coruña.— El reconocimiento.— Luigi Pozzi.— La especulación.— John Moore. | [130] |
| Cap. xxvii.— Compostela.— Rey Romero.— El buscador de tesoros.— Proyectos risueños.— El derecho de asilo.— Riquezas ocultas.— El canónigo.— El localismo.— La lepra.— Los huesos de Santiago. | [151] |
| Cap. xxviii.— Los mareantes de Padrón.— Caldas de los Reyes.— Pontevedra.— El notario público.— La insania de un barbero.— Una presentación.— La lengua gallega.— Paseo por la tarde.— Vigo.— El forastero.— Los judíos del desierto.— La bahía de Vigo.— Una interrupción brusca.— El gobernador. | [168] |
| Cap. xxix.— Llegada a Padrón.— Un proyecto aventurado.— El alquilador.— Falta de palabra.— Un compañero singular.— Historia sencilla.— Un camino áspero.— La deserción.— La jaca.— Un diálogo.— Situación difícil.— La Estadea.— Nos anochece.— La choza.— La almohada del viajero. | [189] |
| Cap. xxx.— Mañana de otoño.— El fin del mundo.— Corcubión.— Duyo.— El cabo.— Una ballena.— La bahía exterior.— La detención.— El pescador alcalde.— Calros Rey.— Un incrédulo.— ¿Dónde está el pasaporte?— La playa.— Un liberal influyente.— La criada.— El gran «Baintham».— Un libro sin par.— Hospitalidad. | [211] |
| Cap. xxxi.— La Coruña.— Paso de la bahía.— El Ferrol.— El astillero.— ¿Dónde estamos?— El embajador griego.— A la luz de un farol.— El barranco.— Viveiro.— La noche.— Ciénagas y tremedales.— Buenas palabras y buena moneda.— La cincha de cuero.— Ojos de lince.— El bribón del guía. | [236] |
| Cap. xxxii.— Martín de Ribadeo.— La yegua facciosa.— Los asturianos.— Luarca.— Las siete bellotas.— Los ermitaños.— Narración de un asturiano.— Unos huéspedes raros.— El criado gigante.— Batuschca. | [255] |
| Cap. xxxiii.— Oviedo.— Los diez caballeros.— Otra vez el suizo.— Petición modesta.— Los ladrones.— Benevolencia episcopal.— La catedral.— Un retrato de Feijóo. | [271] |
| Cap. xxxiv.— Salida de Oviedo.— Villaviciosa.— El joven de la posada.— La narración de Antonio.— El general y su familia.— Noticias deplorables.— Mañana moriremos.— San Vicente.— Santander.— Una arenga.— El irlandés Flinter. | [285] |
| Cap. xxxv.— Salida de Santander.— Alarma nocturna.— La hoz tenebrosa. | [301] |
LA BIBLIA EN ESPAÑA
CAPÍTULO XIX
Llegada a Madrid.— María Díaz.— Impresión del Testamento.— Mi proyecto.— El corcel andaluz.— Se necesita un criado.— Una petición.— Antonio Buchini.— El general Córdova.— Principios de honor.
Llegué a Madrid[1], y en lugar de acudir a mi antiguo alojamiento de la calle de la Zarza, tomé otro en la calle de Santiago[2], en las cercanías de Palacio. El nombre de la hostelera (porque, hablando propiamente, hostelero no le había) era María Díaz, de quien voy a decir algo en particular, ya que ahora se me ofrece ocasión de hacerlo.
Podía contar esta mujer hasta treinta y cinco años; era más bien agraciada, y todos los rasgos de su fisonomía denotaban una inteligencia poco común. Tenía los ojos vivos y penetrantes, aunque a veces los velaba una expresión un tanto melancólica. Todo su porte respiraba serenidad y reposo notables, debajo de los que alentaban una robustez de ánimo y una energía para la acción prontas a manifestarse en cuanto era menester. Aunque española, y, como es natural, católica, animábanla una tolerancia y generosidad como ya las quisieran para sí personas colocadas a mucha mayor altura. Durante mi permanencia en España encontré en esta mujer un amigo firme e invariable, y a veces un discretísimo consejero. Se adhirió a todos mis proyectos, no diré con entusiasmo, porque esto era impropio de su carácter, pero con sinceridad y cordialidad, y los favoreció en cuanto estuvo de su parte. No se apartó de mí en las horas de peligro y de persecución, y persistió en mi amistad, a pesar de lo mucho que mis enemigos trabajaron cerca de ella para inducirla a que me abandonase o me traicionara. Sus móviles fueron nobilísimos: la amistad y una percepción exacta de los deberes de la hospitalidad; ningún otro incentivo ni esperanza egoísta, por remota que fuese, influyó en la conducta de esta admirable mujer para conmigo. ¡Honor a María Díaz, la reposada, animosa e inteligente castellana! Sería yo un ingrato si no hablase aquí bien de ella, pues sobradamente merecido tiene este elogio en las humildes páginas de La Biblia en España.
María Díaz era natural de Villaseca, aldea de Castilla la Nueva situada en lo que llaman La Sagra, a unas tres leguas de Toledo. Su padre fué un arquitecto de cierta nombradía, entendido especialmente en la construcción de puentes. María Díaz se casó muy joven con un respetable hidalgo de Villaseca, llamado López, de quien tenía tres hijos. A la muerte de su padre, ocurrida cinco años antes de la fecha a que me refiero, María Díaz se trasladó a Madrid, en parte con el propósito de educar a sus hijos, y en parte con la esperanza de cobrar una importante suma que el Gobierno quedó debiendo a su padre por varias obras de utilidad y ornato, ejecutadas principalmente en las cercanías de Aranjuez. La justicia de su reclamación fué reconocida sin tardanza; pero, ¡ay!, no consiguió ni un cuarto, porque el Tesoro real estaba vacío. Sus esperanzas de felicidad terrena se concentraron entonces en sus hijos. Los dos más jóvenes eran aún de muy corta edad; pero el mayor, Juan José López, muchacho de diez y seis años, prometía realizar sobradamente las más encumbradas esperanzas de su cariñosa madre. Dedicado a las artes, había hecho ya en ellas tales progresos, que era el discípulo favorito de su famoso tocayo Vicente López, el mejor pintor de la moderna España. Tal era María Díaz, quien, conforme a una costumbre seguida antaño universalmente en España, y muy extendida aún, conservaba su nombre de soltera, a pesar de estar casada. Esto es lo que hay que decir de María Díaz y su familia[3].
Uno de mis primeros cuidados fué visitar a Mr. Villiers, que me recibió con su bondad habitual. Le pregunté si, a juicio suyo, podía aventurarme a imprimir las Escrituras sin dirigir nuevas peticiones al Gobierno. Su respuesta fué satisfactoria. «Obtuvo usted el permiso del Gobierno de Istúriz—me dijo—, mucho menos liberal que el presente; yo soy testigo de la promesa que le hicieron a usted aquellos ministros, y la considero suficiente. Lo mejor que puede usted hacer es comenzar y terminar la obra lo más pronto posible, sin nuevas peticiones; y si alguien pretende interrumpirle, no tiene usted más que acudir a mí; ya sabe que puede mandarme cuanto quiera.» Salí de la entrevista muy contento, y en seguida comencé los preparativos para ejecutar lo que me había llevado a España.
Es innecesario referir aquí ciertos detalles de poco interés para el lector; baste decir que tres meses más tarde se publicaba en Madrid una edición del Nuevo Testamento de cinco mil ejemplares. La obra se imprimió en el establecimiento de don Andrés Borrego, escritor de economía política muy conocido, y propietario y director de un periódico influyente llamado El Español. A este señor me recomendó el propio Istúriz, el día de nuestra entrevista. El malaventurado ministro tenía a Borrego en grandísima estimación, y pensaba elevarlo al puesto de ministro de Hacienda; pero al estallar la revolución de La Granja abortó este proyecto, con los demás de igual índole que tuviera formados[4].
La versión española del Nuevo Testamento que yo publicaba había sido hecha muchos años antes por cierto Padre Felipe Scio, confesor de Fernando VII, y hasta llegó a imprimirse; mas por las notas y comentarios que la recargaban, era impropia para la circulación general, a la que, después de todo, no iba destinada. En la nueva edición se omitieron, como es natural, las notas, y se ofreció al público la palabra divina escueta. Apareció en un hermoso volumen en octavo, muestra plausible, en conjunto, de la tipografía española. Pero la nueva impresión del Nuevo Testamento en Madrid no podía por sí sola producir fruto alguno, a menos que se tomasen medidas, y medidas muy enérgicas, para la circulación del libro sagrado.
Tratándose del Nuevo Testamento, no podía seguirse el sistema que habitualmente se emplea en España para publicar los libros, que consiste en confiar la obra a los libreros de la capital y contentarse con la venta que éstos y sus agentes en las ciudades de provincias obtienen sin salirse de la común rutina de su negocio; en general, el resultado de este sistema es que al cabo de año se venden unas pocas docenas de ejemplares, porque la demanda de obras literarias de cualquier género es en España miserablemente reducida.
Los cristianos de Inglaterra habían hecho ya sacrificios considerables con la esperanza de esparcir ampliamente la palabra de Dios entre los españoles, y era necesario ahora no escatimar los esfuerzos para que esa esperanza no quedase frustrada. Antes de que el libro estuviese listo comencé los preparativos para realizar un plan en el que ya había pensado varias veces durante mi anterior visita a España, sin abandonarlo después nunca; plan que fué objeto de mis meditaciones lo mismo a la altura del cabo Finisterre en plena borrasca, que en los desfiladeros de Sierra Morena y en las llanuras de la Mancha, cuando caminaba lentamente seguido a corta distancia por el contrabandista.
Mi propósito era depositar unos cuantos ejemplares en las librerías de Madrid, y luego montar a caballo, con el Testamento en la mano, y emprender la propagación de la palabra de Dios entre los españoles, no sólo en las ciudades, sino en las aldeas; no sólo entre los habitantes de las llanuras, sino entre los montañeses y serranos. Me proponía recorrer Castilla la Vieja y atravesar toda Galicia y Asturias; establecer depósitos de la Escritura en las ciudades importantes, y visitar los lugares más apartados y recónditos; en todos ellos hablar de Cristo, explicar la naturaleza de su libro y poner el libro mismo en manos de aquellos que me pareciesen capaces de sacar de él algún provecho.
Bien sabía yo que en ese viaje me aguardaban muchos peligros, y que quizás iba a correr la misma suerte que San Esteban; pero ¿merece el nombre de discípulo de Cristo quien no afronta cualquier peligro por la causa de Aquel a quien proclama por maestro? «Quien por mi causa pierda su vida, la encontrará»; son palabras que el mismo Señor pronunció; palabras llenas de consuelo para mí, como lo estarán, sin duda, para cuantos emprenden con limpieza de corazón la difusión del Evangelio en tierras salvajes y bárbaras...[5].
Empecé por comprar otro caballo, aprovechando el precio extraordinariamente bajo de esos animales en aquellos días. Estaba a punto de publicarse una disposición requisando cinco mil caballos; el resultado fué que un inmenso número de ellos salió a la venta, porque en virtud de la requisa podían embargarse, por conveniencia del servicio, los de cualquier persona, no siendo un extranjero. Lo más probable era que, una vez reunido el cupo de la requisa, el precio de los caballos se triplicara; por tal razón me decidí a comprar uno antes de hacerme verdadera falta. Compré un caballo entero andaluz, de pelo negro, de mucha fuerza, capaz de hacer un viaje de cien leguas en una semana; pero era cerril, salvaje y de malísimo genio. No obstante, el cargamento de Biblias que al llegar la ocasión pensaba yo echarle encima de las costillas, me pareció muy suficiente para amansarlo, sobre todo cuando tuviera que remontar las ásperas montañas del Norte de la Península. Hubiera deseado comprar una mula; pero aunque llegué a ofrecer treinta libras por una bastante ruin, no quisieron dármela; mientras que el precio de ambos caballos—magníficos animales por su talla y su fuerza—apenas llegaba a esa suma.
El estado de las regiones circunvecinas no convidaba a viajar por ellas. Cabrera estaba a nueve leguas de Madrid con un ejército de cerca de nueve mil hombres; había derrotado a varios pequeños destacamentos de tropas de la reina y devastado la Mancha a sangre y fuego, quemando varias ciudades. A todas horas llegaban bandadas de fugitivos aterrorizados, que referían nuevos desastres y miserias; lo único que me sorprendía era que el enemigo no se presentase, y con la toma de Madrid, que estaba casi a merced suya, no pusiese fin a la guerra de una vez. Pero la verdad es que los generales carlistas no deseaban terminar la guerra, porque mientras en el país continuasen la efusión de sangre y la anarquía, podían ellos saquear y ejercer esa desenfrenada autoridad tan grata a los hombres de brutales e indómitas pasiones. Cabrera, sobre todo, era un malvado cobarde, en cuyo limitado entendimiento no podía albergarse una sola idea de mediana grandeza, cuyos hechos heroicos se limitaban a degollar hombres indefensos y a violar y destripar infelices mujeres; sin embargo, he visto que a un individuo tan vil, ciertos periódicos franceses (carlistas, naturalmente) le llaman el joven y heroico general. ¡Infame sea el miserable asesino! El último cabo de escuadra de Napoleón se hubiera reído de su talento militar, y medio batallón de granaderos austriacos hubiera bastado para tirarle de cabeza, con toda su patulea guerrera, al Ebro.
Hice, pues, los preparativos de mi viaje al Norte. Estaba ya provisto de caballos muy a propósito para soportar las fatigas del camino y la carga que me pareciese necesario echarles. Pero una cosa, indispensable para quien va a emprender una expedición de esa índole, me faltaba aún: quiero decir un criado que me acompañase. Quizás en ninguna parte del mundo abundan los criados tanto como en Madrid; al menos, los individuos dispuestos a ofrecer sus servicios a cambio de la soldada y la comida, aunque de los servicios efectivos que sean capaces de prestar se pueda decir muy poco; pero mi criado tenía que ser de condición poco común, inteligente, activo, capaz, en casos de apuro, de darme un consejo útil; además, valiente, porque se requería, en verdad, cierto valor para seguir a un amo resuelto a explorar la mayor parte de España, y que intentaba viajar sin protección de arrieros y carreteros, en cabalgaduras propias. Acaso hubiera estado años enteros buscando un criado de esa índole sin encontrarlo; pero la suerte me deparó uno cuando cabalmente lo necesitaba, sin tener que molestarme en hacer pesquisas laboriosas. Un día hablaba yo de este asunto con el señor Borrego, en cuyo establecimiento se había impreso el Nuevo Testamento, y le pregunté si, en su opinión, podría yo encontrar en Madrid un hombre tal como me hacía falta, añadiendo que para mí era de especial importancia que el criado supiese, además del español, algún otro idioma en el que pudiésemos hablar cuando fuese necesario, sin que nos entendieran los curiosos.
—Hace media hora—me respondió—ha estado hablando conmigo un hombre que reúne exactamente todas esas cualidades, y, cosa singular, ha venido a verme creyendo que yo podría recomendarle a un amo. Dos veces le he tenido a mi servicio; respondo de que es listo y valiente; creo que también es digno de confianza, al menos para un amo que transija con su genio, porque ha de saber usted que es un individuo singularísimo, muy arbitrario en sus inclinaciones y antipatías; gusta de satisfacerlas a toda costa, suya o ajena. Quizás simpatice con usted, y en tal caso le será de mucha utilidad, porque en todo sabe poner mano, si quiere, y conoce no dos, sino media docena de idiomas.
—¿Es español?—pregunté.
—Se lo enviaré a usted mañana—dijo Borrego—, y, oyéndolo de su boca, sabrá usted mejor quién es y qué es.
Al siguiente día, en el preciso momento de sentarme ante la sopa, la patrona me dijo que un hombre deseaba hablarme.
—Que entre—respondí.
Y casi en el acto el desconocido entró. Iba decentemente vestido a la moda francesa, y su aspecto era más bien juvenil, aunque, según averigüé más adelante, estaba ya muy por encima de los cuarenta. De estatura algo más que mediana, llamaba la atención su delgadez, sin la que hubiera podido tenérsele por bien formado. Tenía los brazos largos y huesudos, y toda su persona daba la impresión de una gran actividad y de una fuerza no pequeña. Eran lacios sus cabellos, negros como el azabache, angosta su frente, pequeños y grises sus ojos, en los que brillaba una expresión sutil y maligna, mezclada con otra de burla, que le daba un realce singular. Su nariz era correcta; pero la boca, de inmensa anchura, y la mandíbula inferior, muy saliente. No había visto yo en toda mi vida una fisonomía tan extraña, y durante un rato me estuve mirándole en silencio.
—¿Quién es usted?—pregunté por fin.
—Un criado en busca de amo—me respondió en correcto francés, pero con un acento extraño—. Vengo recomendado a usted, mi lor, por monsieur Borrego.
Yo.—¿De qué país es usted? ¿Es usted francés o español?
El hombre.—Dios me libre de ser ninguna de las dos cosas, mi lor; j’ai l’honneur d’être de la nation grecque; mi nombre es Antonio Buchini, nacido en Pera la Belle, cerca de Constantinopla.
Yo.—¿Y cómo ha venido usted a España?
Buchini.—Mi lor, je vais vous raconter mon histoire du commencement jusqu’ici. Mi padre era natural de Syra, en Grecia; siendo muy joven se trasladó a Pera, y allí sirvió de portero en casa de varios embajadores que le estimaban mucho por su fidelidad. Entre otros, sirvió al embajador de su país de usted, precisamente en la época en que Inglaterra y la Puerta se hacían guerra. Monsieur el embajador tuvo que huír para salvar la vida, y dejó al cuidado de mi padre casi todo lo que tenía de algún valor; mi padre lo escondió todo con mucho riesgo suyo, y cuando se ajustó la paz restituyó a Monsieur hasta la más insignificante baratija. Menciono estas circunstancias para demostrarle a usted que mi familia tiene principios de honor y es digna de toda confianza. Mi padre se casó con una muchacha de Pera, et moi je suis l’unique fruit de ce mariage. De mi madre nada sé, porque murió a poco de nacer yo. Una familia de judíos ricos se compadeció de mi orfandad y se ofreció a recogerme; mi padre vino en ello de buen grado, y con aquella familia estuve varios años, hasta que fuí un beau garçon; se aficionaron mucho a mí, y al cabo se ofrecieron a adoptarme y a nombrarme heredero de cuanto tenían, a condición de hacerme judío. Mais la circoncision n’était guère à mon goût, especialmente la de los judíos, porque yo soy griego, y tengo mi orgullo y principios de honor. Me separé, pues, de aquella familia, diciendo que si alguna vez consentía en convertirme sería a la fe de los turcos, porque son muy hombres, son orgullosos y tienen principios de honor, como yo los tengo. Volví con mi padre, que me buscó varias colocaciones, ninguna de mi gusto, hasta que entré en casa de Monsieur Zea.
Yo. Supongo que se refiere usted a Zea Bermúdez, que se encontraría entonces en Constantinopla.
Buchini. Exactamente, mi lor, y a su servicio estuve mientras permaneció allí. Puso en mí gran confianza, más que nada porque hablo el español con gran pureza; lo aprendí con los judíos, que, según he oído decir a Monsieur Zea, lo hablan mejor que los actuales españoles de nacimiento.
No voy a seguir paso a paso la historia, un poco larga, del griego; baste decir que vino de Constantinopla a España con Zea Bermúdez y a su servicio continuó bastantes años, hasta que fué despedido por casarse con una doncella guipuzcoana, fille de chambre de Madame Zea. Desde entonces había servido a infinidad de amos, a veces como ayuda de cámara; otras, las más, de cocinero. Me confesó, sin embargo, que casi nunca había durado más de tres días en un mismo empleo, a causa de las riñas que con toda seguridad suscitaba en la casa a poco de ser admitido, y para las que no encontraba otra razón que la de ser griego y tener principios de honor. Entre otras personas había servido al general Córdova, que era, según me dijo, muy mal pagador y tenía la costumbre de maltratar a sus criados. «Pero en mí se encontró con la horma de su zapato—dijo Antonio—, porque yo andaba prevenido; y un día, cuando desenvainaba la espada contra mí, saqué una pistola y le apunté a la cara. Se puso más pálido que un muerto, y desde aquel día me trató con toda clase de miramientos. Pero todo era fingido: el suceso se le había enconado en el alma, y estaba resuelto a vengarse. Cuando le dieron el mando del ejército, puso mucho empeño en que me fuese con él; mais je lui ris au nez, le hice el signo del cortamanga, pedí mis soldadas y le dejé; no pude hacer cosa mejor, porque al criado que llevó consigo le hizo fusilar acusado de insubordinación.»
—Temo—dije yo—que tenga usted un natural turbulento y que todas esas riñas de que me habla nazcan sólo de su mal genio.
—¿Y qué quiere usted, Monsieur? Moi je suis Grec, je suis fier, et j’ai des principes d’honneur. Deseo que se me trate con cierta consideración, aunque confieso que no tengo muy buen genio, y a veces me siento tentado de reñir hasta con las ollas y peroles de la cocina. Bien mirado todo, creo que a usted le convendría tomarme a su servicio, y yo le prometo a usted contenerme lo posible. Una cosa me agrada mucho en usted, y es que no está casado. Preferiría servir por pura amistad a un joven soltero que a un casado, aunque me diese cincuenta duros al mes. Es seguro que Madame me odiaría, y también su doncella, sobre todo su doncella, porque yo estoy casado. Veo que mi lor desea admitirme.
—Pero acaba usted de decir que está casado—repliqué—. ¿Cómo va usted a dejar a su mujer? Porque yo estoy en vísperas de salir de Madrid para recorrer las provincias más apartadas y montañosas de España.
—Mi mujer recibirá la mitad de mi sueldo durante mi ausencia, mi lor, y, por tanto, no tendrá razón para quejarse si la dejo. ¡Qué digo, quejarse! Mi mujer está ya muy bien enseñada y no se quejará. Nunca habla ni se sienta en presencia mía sin pedirme permiso. ¿Acaso no soy yo griego? ¿Acaso no sé cómo debo gobernar mi propia casa? Admítame, mi lor; soy hombre de muchas habilidades, criado discreto, excelente cocinero, buen caballerizo y ágil jinete; en una palabra, soy Ρωμαϊκός. ¿Qué más quiere usted?
Le pregunté sus condiciones, que resultaron exorbitantes, a pesar de sus principes d’honneur. Descubrí, no obstante, que estaba dispuesto a contentarse con la mitad de lo que pedía. Apenas cerramos el trato, se apoderó de la sopera (la sopa se había quedado completamente fría) y, poniéndola en la punta o más bien en la uña del dedo índice, la hizo dar varias vueltas sobre su cabeza sin verter ni una gota, con gran asombro mío; se lanzó luego hacia la puerta, desapareció, y al cabo de un instante reapareció con la puchera, poniéndola, después de otros brinquitos y floreos, encima de la mesa. Hecho esto, dejó caer los brazos, y, poniendo una mano sobre otra, se estuvo en posición de descanso, entornados los ojos y con el mismo aplomo que si llevase ya a mi servicio veinte años.
De ese modo inauguró Antonio Buchini sus funciones. A muchos sitios salvajes me acompañó, andando el tiempo; en muchas singulares aventuras participó; su conducta fué a menudo sorprendente en sumo grado, pero me sirvió con valor y fidelidad; en todo y por todo, no espero ver ya un criado como éste.
Kosko bakh, Anton[6].
CAPÍTULO XX
Enfermedad.— Visita nocturna.— Una inteligencia superior.— El cuchicheo.— Salamanca.— Hospitalidad irlandesa.— Soldados españoles.— Anuncios de las Escrituras.
El deseo que tengo de comenzar la narración de mi viaje me induce a abstenerme de contar a los lectores buen número de cosas que me sucedieron antes de salir de Madrid para esta expedición. A mediados de mayo, teniéndolo ya todo dispuesto, me despedí de mis amigos. Salamanca era el primer punto a que pensaba dirigirme.
Pocos días antes de mi partida me sentí bastante mal, a causa del estado del tiempo, muy desapacible por los vientos ásperos que constantemente soplaban. Me atacó un resfriado muy fuerte, que terminó con una tos por demás incómoda, rebelde a todos los remedios que sucesivamente empleé. Hechos ya los preparativos para marcharme en día determinado, llegué a temer que el estado de mi salud me obligase a aplazar el viaje algún tiempo. El último día de mi estancia en Madrid, viendo que apenas podía tenerme en pie, me decidí a emplear cualquier recurso desesperado, y por consejo del barbero-cirujano que me visitaba, me sangré, ya muy entrada la noche de aquel mismo día; el barbero me sacó diez y seis onzas de sangre, y después de cobrar sus honorarios, se fué, deseándome feliz viaje; por su reputación me aseguró que al mediodía siguiente estaría restablecido por completo.
Pocos minutos después, y cuando sentado a solas meditaba yo en el viaje que iba a emprender y en el caduco estado de mi salud, oí llamar con fuerza a la puerta de la casa en cuyo tercer piso me alojaba. Un minuto después, Mr. S[outhern], de la embajada británica, entró en el aposento. Cambiadas unas breves palabras, dijo que me visitaba por encargo de Mr. Villiers para comunicarme la resolución tomada por el embajador. Temeroso de las graves dificultades con que tropezaría si intentaba difundir, solo y sin ayuda, el Evangelio de Dios por una parte considerable de España, había resuelto Mr. Villiers emplear todo su crédito e influencia en favor de mis planes, pareciéndole que, llevados a buen término, no podrían por menos de mejorar notablemente el estado político y moral de España.
Con tal fin se proponía adquirir una importante cantidad de ejemplares del Nuevo Testamento y remitírselos sin tardanza a los diferentes cónsules británicos establecidos en España, con órdenes precisas y terminantes de emplear todos los medios nacidos de su situación oficial en favorecer la circulación de tales libros y en asegurarlos la publicidad. Recibirían, además, el encargo de proporcionarme, en cuanto llegase yo a sus respectivos distritos, el auxilio, el estímulo y la protección de que hubiese menester.
Estas noticias me produjeron, como puede suponerse, grandísimo contento, pues, aunque de tiempo atrás conocía yo la buena voluntad con que Mr. Villiers estaba dispuesto a ayudarme en toda ocasión, y de ello me había dado con frecuencia pruebas suficientes, nunca pude esperar que llegase tan adelante en su generosidad ni, dada su importante posición diplomática, que procediese con tanta audacia y resolución. Esa es la vez primera, creo yo, que un embajador británico ha hecho de la causa de la Sociedad Bíblica una causa nacional, o la ha favorecido directa o indirectamente. El caso de Mr. Villiers es mucho más de notar porque a mi llegada a Madrid no le hallé bien dispuesto, ni mucho menos, en favor de la Sociedad. Probablemente, el Espíritu Santo le iluminó en ese punto. Era de esperar que con su apoyo nuestra institución no tardaría en poseer numerosos agentes en España que, con muchos más medios y mejores ocasiones que yo, esparcirían la semilla del Evangelio y convirtirían el árido y reseco yermo en risueño y verde trigal.
Dos palabras acerca del caballero que me hizo esa visita nocturna.
Es lo más probable que él haya olvidado hace ya mucho tiempo al humilde propagandista de la Biblia en España; pero yo conservo todavía el recuerdo de las bondades que me dispensó. Dotado de una inteligencia de primer orden, maestro en el saber de toda Europa, profundamente versado en las lenguas clásicas, hablaba la mayoría de los idiomas modernos con notable facilidad, y poseía, además, un cabal conocimiento del corazón humano; tales cualidades, empleadas en la carrera diplomática, le daban una superioridad de que muy pocos, aun entre los mejor dotados, podían jactarse. Durante su permanencia en España prestó muchos relevantes servicios al Gobierno de su país, y al Gobierno, creo yo, no le faltarían ni el discernimiento necesario para verlos, ni gratitud para premiarlos. Tuvo que contrarrestar, sin embargo, los enconados ataques de la malquerencia estúpida y baja del partido que, poco después de esta época, usurpó la dirección de los asuntos públicos en España. Ese partido, cuyos torpes manejos deshacía constantemente Mr. Southern, le temía y le odiaba como a su genio malo, y aprovechaba todas las ocasiones para arrojar sobre él las calumnias más inverosímiles y absurdas. Entre otras cosas, le acusaban de haber intervenido como agente del Gobierno británico en los sucesos de La Granja, provocando aquella revolución con el soborno de los soldados rebeldes y, en especial, del famoso sargento García. Tal acusación sólo puede provocar, naturalmente, una sonrisa en cuantos conocen bien el carácter inglés y la línea general de conducta seguida por el Gobierno británico; pero en España era universalmente creída, y hasta la publicó impresa cierto periódico, órgano oficial del necio duque de Frías, uno de los muchos primeros ministros del partido moderado que rápidamente se sucedieron en el poder en el último período de la lucha entre carlistas y cristinos. Pero ¿cuándo una imputación calumniosa se vino jamás al suelo en España por el peso de su propia absurdidad? ¡Infortunado país! ¡Mientras no te ilumine la pura luz del Evangelio no sabrás que el don más alto de todos es la caridad!
Al siguiente día se verificó la predicción del barbero: la tos y la fiebre cedieron mucho, si bien por la pérdida de sangre me encontraba algo débil. A las doce en punto llegaron los caballos a la puerta de mi casa de la calle de Santiago, y me dispuse a montar; pero mi caballo negro andaluz, entero, como ya dije, no se dejaba acercar; en cuanto me veía la intención, empezaba a dar vueltas muy de prisa.
—C’est un mauvais signe, mon maître—dijo Antonio, quien, vestido con un jubón verde, tocado con un gorro de montero, y calzadas las botas y las espuelas, tenía por la brida al caballo comprado al contrabandista, dispuesto a seguirme—. Eso es una mala señal, y en mi país aplazarían el viaje hasta mañana.
—¿Hay en su país de usted quien dome los caballos de este modo?—pregunté, y tomando al caballo por la crin cumplí del modo más satisfactorio la ceremonia de hablarle quedo al oído. Estúvose quieto el animal y monté exclamando:
El mozo gitano gritó a su caballo al tiempo de ponerle el freno en la boca: ¡Buen caballo, caballo gitano! ¡Déjame que te monte ahora![7]
Salimos de Madrid por la puerta de San Vicente, y nos encaminamos hacia las elevadas montañas que dividen las dos Castillas. Aquella noche nos quedamos en Guadarrama, pueblo grande al pie de la sierra, distante de Madrid siete leguas. Al día siguiente madrugamos, subimos al puerto y entramos en Castilla la Vieja.
Cruzadas las montañas, el camino de Salamanca corre casi siempre por llanuras arenosas y áridas, con pequeños y claros pinares esparcidos aquí y allá. Ningún suceso digno de mención me ocurrió en el viaje. Vendimos algunos Testamentos a nuestro paso por los pueblos, especialmente en Peñaranda. Al mediar el tercer día, descubrimos desde lo alto de una colina un gran cimborrio que, herido con fuerza por los rayos del sol, parecía de oro bruñido. Era la cúpula de la catedral de Salamanca. Nos halagaba la idea de encontrarnos ya al fin de nuestro viaje, pero nos engañábamos: aún faltaban cuatro leguas hasta la ciudad, cuyas iglesias y conventos, irguiendo sus masas gigantescas, se columbran desde inmensa distancia y seducen al viajero con la impresión de una proximidad completamente ilusoria. Hasta mucho después de cerrar la noche, no llegamos a la puerta de la ciudad, cerrada y guardada en previsión de un ataque carlista; no sin dificultad nos permitieron entrar, y llevando nuestros caballos por calles desiertas, silenciosas y obscuras, dimos con un individuo que nos encaminó a una posada, la del Toro, grande, sombría e incómoda, la mejor de la ciudad, según comprobé más adelante.
Salamanca es una ciudad melancólica; los días de su gloria escolar se acabaron hace mucho tiempo para no volver; suceso no muy de lamentar, pues ¿qué provecho ha obtenido jamás el mundo de la filosofía escolástica? Y sólo a ella debió siempre Salamanca su fama. Sus aulas están ahora casi en silencio; la hierba crece en los patios donde en otro tiempo se agolpaban a diario ocho mil estudiantes lo menos, cifra a que hoy en día no llega la población total de la ciudad. Pero, con su melancolía y todo, ¡qué interesante, más aún, qué espléndido lugar es Salamanca! ¡Cuán soberbias sus iglesias, qué estupendos sus conventos abandonados, y con qué sublime pero adusta grandeza sus enormes y ruinosos muros, que coronan la escarpada orilla del Tormes, miran al ameno río y a su venerable puente!
¡Lástima que de los muchos ríos de España casi ninguno sea navegable! El Tormes es bello, pero de poca agua, y en lugar de ser manantial de prosperidades y de riqueza para esta parte de Castilla, sólo sirve para mover unos cuantos pequeños molinos instalados en las presas de piedra que de trecho en trecho atraviesan el cauce.
Mi estancia en Salamanca fué sobre todo placentera por las bondadosas atenciones y la diligente hospitalidad de los moradores del Colegio irlandés, para cuyo rector llevaba yo una carta de recomendación de mi bueno y excelente amigo Mr. O’Shea, el famoso banquero de Madrid. No olvidaré fácilmente a aquellos irlandeses, sobre todo a su director, el doctor Gartland, genuino vástago del buen tronco hibernés, hombre de gran saber, de espíritu elevado y cumplido caballero. Aunque sabía de sobra quién yo era, tendió una mano amistosa al errante misionero hereje, exponiéndose con tal conducta a los agrios reparos de los curas del país, gente de pocos alcances, que me miraban de reojo cada vez que pasaba junto a los corrillos de la Plaza, donde, vestidos con sus largos manteos y tocados con la feísima teja, se reunían para murmurar. Pero ¿cuándo se ha visto que un irlandés deje de cumplir los deberes de la hospitalidad por temor a las consecuencias de su conducta? Estoy seguro de que ni el Papa ni los cardenales, con toda su autoridad, bastarían para inducirle a cerrar su puerta al mismo Lutero, si tan respetable personaje anduviese ahora por el mundo, necesitado de sustento y asilo.
¡Honor a Irlanda y a sus «cien mil bienvenidas»! Por mucho tiempo han sido sus campos los más verdes del mundo, sus hijas las más hermosas, sus hijos los más elocuentes y valerosos. ¡Que sea siempre así!
La posada donde me alojé era un buen ejemplar de los antiguos albergues españoles, igual en casi todo a las del tiempo de Felipe III o IV. Las habitaciones eran muchas y grandes, pavimentadas de ladrillo o de piedra, con una alcoba, generalmente, en un extremo y en ella una miserable cama de borra. Detrás de la casa el corral y al fondo de éste la cuadra, llena de caballos, jacas, mulas, machos y burros, porque huéspedes no faltaban, la mayoría de los cuales, arrieros o vendedores ambulantes que recorrían el país traficando en lienzos y paños burdos, dormía en el establo con sus caballerías. En el cuarto frontero al mío se alojaba un oficial herido, recién llegado de San Sebastián en un jaco lleno de mataduras; era extremeño y se volvía a su pueblo para curarse. Le acompañaban tres soldados licenciados, inútiles para el servicio a causa de sus mutilaciones y lisiaduras; eran, según me contaron, del mismo pueblo que su merced, y por eso les permitía viajar en su compañía. Los soldados dormían en los camastros de las mulas; de día haraganeaban por la casa, fumando cigarros de papel. Nunca los vi comer, pero hacían frecuentes visitas a un rincón fresco y obscuro donde estaba una bota, y poniéndosela como a seis pulgadas de sus delgados y negruzcos labios, dejaban que el líquido se les entrase mansamente por el garguero abajo. Dijéronme que no tenían paga, y como carecían en absoluto de dinero, su merced el oficial les daba a veces un pedazo de pan, pero también él era pobre y sólo poseía un puñado de duros. ¡Magníficos huéspedes para una posada!, pensé yo: sin embargo, España, lo digo en su honor, es uno de los pocos países de Europa donde nunca se insulta a la pobreza ni se la mira con desprecio. A ninguna puerta llamará un pobre donde se le despida con un sofión, aunque sea la puerta de una posada; si no le dan albergue, despídenle al menos con suaves palabras, encomendándole a la misericordia de Dios y de su madre. Así es como debe ser. Yo me río del fanatismo y de los prejuicios de España; aborrezco la crueldad y ferocidad que han arrojado sobre su historia una mancha de infamia indeleble; pero he de decir en pro de los españoles que ningún pueblo del mundo muestra en el trato social un aprecio más justo de la consideración debida a la dignidad de la naturaleza humana, ni comprende mejor el proceder que a un hombre le importa adoptar respecto de sus semejantes. Ya he dicho que este es uno de los pocos países de Europa donde no se mira con desprecio la pobreza; añado ahora que es también uno de los pocos donde la riqueza no es ciegamente idolatrada. En España, los mismos mendigos no se sienten seres degradados, porque no besan ningún pie, e ignoran lo que es verse abofeteados o escupidos; en España, el duque y el marqués con dificultad pueden alimentar una opinión excesivamente presuntuosa de su propia importancia, porque no encuentran a nadie, quizás con la excepción de su criado francés, que los adule o los halague.
Durante mi estancia en Salamanca, tomé algunas disposiciones para que la palabra de Dios pudiese ser conocida de todos en la famosa ciudad. El principal librero de la localidad, Blanco, hombre rico y respetable, consintió en ser mi representante, y, en consecuencia, deposité en su tienda cierto número de ejemplares del Nuevo Testamento. Blanco era propietario de una pequeña imprenta, donde se tiraba el Boletín Oficial de la ciudad. Redacté para el Boletín un anuncio de la obra, diciendo, entre otras cosas, que el Nuevo Testamento es la única guía para la salvación; hablaba también de la Sociedad Bíblica, y de los grandes sacrificios pecuniarios que estaba haciendo con la mira de proclamar a Cristo crucificado y de dar a conocer su doctrina. Quizás encuentren algunos ese paso demasiado atrevido, pero yo no sabía cuál otro podía tomar que llamase más la atención de la gente, extremo de gran importancia. Mandé también imprimir cierto número de esos anuncios en forma y tamaño de carteles, y los mandé pegar en diferentes sitios de la ciudad. Muchas esperanzas tenía yo de vender por ese medio una cantidad considerable de ejemplares del Nuevo Testamento; me proponía repetir el experimento en Valladolid, León, Santiago y demás ciudades importantes que visitase, repartiendo asimismo los anuncios por los caminos. De esa manera, los hijos de España llegarían a saber que el Nuevo Testamento existe, hecho que apenas conocía entonces el cinco por ciento de los españoles, a pesar de la catolicidad y cristiandad de que con harta frecuencia se jactan.
CAPÍTULO XXI
Salida de Salamanca.— Recibimiento en Pitiega.— El dilema.— Inspiración súbita.— El buen cura.— Combate de dos cuadrúpedos.— Irlandeses cristianos.— Las llanuras de España.— Los catalanes.— La poza fatal.— Valladolid.— Propaganda de las Escrituras.— Las misiones para Filipinas.— El colegio inglés.— Una conversación.— La carcelera.
El sábado 10 de junio salí de Salamanca para Valladolid. Como el pueblo donde pensábamos quedarnos sólo distaba cinco leguas, no salimos hasta después del medio día. Había en el cielo una neblina que obscurecía al sol y casi lo ocultaba a nuestra vista. Mi amigo Mr. Patrick Cantwell, del Colegio irlandés, fué tan amable que me acompañó parte del camino. Montaba una mula de alquiler, extremadamente ruin en apariencia, incapaz, a juicio mío, de seguir el paso de nuestros fogosos caballos; parecía hermana gemela de la mula de Gil Pérez, en la que su sobrino hizo el famoso viaje de Oviedo a Peñaflor. Pero estaba yo muy equivocado. El animalito, en cuanto montó mi amigo, salió andando con aquel rápido paso tantas veces admirado por mí en las mulas españolas y que no puede igualar caballo alguno. Los nuestros, a pesar de su magnífica estampa, se quedaron atrás muy pronto, y a cada momento teníamos que ponerlos al trote para seguir al singular cuadrúpedo, que muy a menudo engallaba la cabeza, encogía los labios y nos enseñaba sus amarillos dientes, como si se riera de nosotros, y acaso se reía. Aconteció que ninguno conocíamos bien el camino; en realidad, no veíamos cosa alguna que pudiera con justicia llamarse así. La ruta de Salamanca a Valladolid, a veces carril, a veces senda, es muy difícil de distinguir; no tardamos en perdernos, y anduvimos mucho más de lo que, en rigor, era necesario. Sin embargo, como nos cruzábamos frecuentemente con hombres y mujeres que pasaban montados en jumentos, nuestro orgullo no nos impidió tomar los necesarios informes, y a fuerza de preguntas llegamos al cabo a Pitiega, pueblecito a cuatro leguas de Salamanca, formado por chozas de tierra, en las que viven unas cincuenta familias, enclavado en una llanura polvorienta, cubierta de opulentos trigales. Preguntamos por la casa del cura, un anciano a quien había visto yo el día antes en el Colegio Irlandés, y que al enterarse de mi próximo viaje a Valladolid, me arrancó la promesa de no pasar por su pueblo sin visitarle y sin aceptar su hospitalidad. Una mujer nos encaminó a cierta casita aislada, de aspecto un poco mejor que las contiguas; tenía un pequeño pórtico, cubierto, si no recuerdo mal, por una parra. Llamamos fuerte y repetidas veces a la puerta, sin obtener contestación; callaba la voz del hombre, y ni siquiera ladraba un perro. Lo que ocurría era que el anciano cura estaba durmiendo la siesta y lo mismo toda su familia, compuesta de una sirvienta vieja y de un gato. Movíamos tanto ruido y dábamos tantas voces, impacientados por el hambre, que el bueno del cura acabó por despertarse, y saltando de la cama corrió presuroso a la puerta, lleno de confusión, y al vernos se deshizo en excusas por estar durmiendo en el punto y hora en que, según dijo, debía hallarse en la azotea acechando la llegada de su huésped. Me abrazó cariñosamente y me condujo a su despacho, aposento de regulares dimensiones, guarnecido de estantes llenos de libros. En uno de los extremos había una especie de mesa o escritorio, tendido de cuero negro, y un ancho sillón, donde el cura me obligó a sentarme cuando me disponía, con ardor de bibliómano, a inspeccionar los estantes; con extraordinaria vehemencia me dijo que allí no había nada digno de la atención de un inglés, porque toda su librería estaba compuesta de libros de rezo y de áridos tratados de teología católica.
Se ocupó luego en ofrecernos un refrigerio. En un abrir y cerrar de ojos, con la ayuda del ama, puso sobre la mesa varios platos con bollos y confituras y unas botellas de vidrio grueso que se me antojaron muy parecidas a las de Schiedam, y resultaron, en efecto, suyas. «Aquí tienen—dijo el cura restregándose las manos—. Doy gracias a Dios por poder ofrecerles algo de su gusto. Estas botellas son de aguardiente de Holanda añejo»; y manifestando dos anchos vasos, continuó: «Llénenlos, amigos míos, y beban; beban y apúrenlo si les place, porque para mí eso está de sobra: rara vez bebo nada más que agua. Sé que a ustedes los isleños les gusta beber y que no pueden pasar sin ello; por tanto, si les sirve de provecho, lo que siento es no tener más.»
Al observar que nos contentábamos meramente con gustar el aguardiente nos miró asombrado y nos preguntó por qué no bebíamos. Le dijimos que muy rara vez bebíamos alcoholes, y yo añadí que, por mi parte, apenas probaba ni aun el vino, contentándome, como él, con beber agua. Algo incrédulo se mostró; pero nos dijo que procediéramos con plena libertad y pidiéramos lo que fuese de nuestro gusto. Le contestamos que aún no habíamos comido y que nos alegraría poder ingerir algo substantífico. «Me temo que no haya en casa nada que les venga bien; con todo, vamos a verlo.»
En diciendo esto, nos condujo a una corraliza, a espaldas de la casa, que hubiera podido llamarse huerto o jardín de haberse criado en ella árboles o flores; pero sólo producía abundante hierba. En un extremo había un palomar bastante grande, y nos metimos en él, «porque—dijo el cura—si encontrásemos unos buenos pichones, ya tenían ustedes excelente comida.» Empero nos llevamos chasco: después de registrar los nidos, sólo encontramos pichones de muy pocos días, que no se podían comer. El buen hombre se entristeció mucho y empezó a temer, según dijo, que tuviésemos que marcharnos sin probar bocado. Dejamos el palomar y nos llevó a un sitio donde había varias colmenas, en torno de las que volaba un enjambre de afanosas abejas, llenando el aire con su zumbido. «Lo que más quiero, después de mis prójimos, son las abejas—dijo el cura—. Uno de mis placeres es sentarme aquí a observarlas y a escuchar su música.»
Pasamos después por varias habitaciones desamuebladas contiguas al corral, en una de las cuales colgaban varias lonjas de tocino; deteniéndose debajo de ellas, el cura alzó los ojos y se puso a mirarlas atentamente. Dijímosle que si no podía ofrecernos cosa mejor, tomaríamos muy gustosos unos torreznos, sobre todo si se les añadían unos huevos. «Para decir la verdad—respondió—, no tengo otra cosa, y si os arregláis con esto, me alegraré mucho; huevos no faltarán y podéis comer cuantos queráis, fresquísimos, porque las gallinas ponen todos los días.»
Una vez preparado todo a nuestro gusto, nos sentamos a comer el torrezno y los huevos; pero no en el aposento donde primeramente nos recibió, sino en otro más chico, en el lado opuesto del zaguán. El buen cura no comió con nosotros por haberlo hecho ya mucho antes; pero se sentó en la cabecera de la mesa y animó la comida con su charla. «Ahí mismo donde están ustedes ahora—dijo—se sentaron antaño Wellington y Crawford, después de derrotar en los Arapiles a los franceses, rescatándonos de la servidumbre de aquella perversa nación. Nunca he venerado mi casa tanto como desde que la honraron con su presencia aquellos héroes, uno de los cuales era un semidiós.» Rompió luego en un elocuentísimo panegírico de El Gran Lord, como le llamaba, y con mucho gusto lo transcribiría si mi pluma fuese capaz de traducir al inglés los robustos y sonoros períodos de su poderoso castellano. Hasta entonces me había parecido el cura un viejo ignorante y sencillo, casi un simple, tan incapaz de sentir fuertes emociones como una tortuga dentro de su concha. Pero una súbita inspiración le iluminó; vibró en sus ojos una ardiente llamarada y todos los músculos de su rostro temblaron. El bonete de seda que, conforme al uso del clero católico, llevaba puesto, movíasele arriba y abajo a compás de su agitación. Pronto advertí que estaba ante uno de tantos hombres notables como surgen con frecuencia en el seno de la iglesia romana, que a una simplicidad infantil reúnen una energía inmensa y un entendimiento poderoso, y son igualmente aptos para guiar un reducido rebaño de ignorantes campesinos en una obscura aldea de Italia o de España, o para convertir millones de paganos en las costas del Japón, de China o del Paraguay.
El cura era un hombre delgado y seco, como de sesenta y cinco años, y vestía un manteo negro de tela burda; lo restante de su pergenio no era de mejor calidad. La modestia de su atavío no era, ni con mucho, resultado de la pobreza. El curato era de muy buenos rendimientos, y ponía anualmente a disposición del titular ochocientos duros por lo menos, de los que invertía la octava parte en sufragar sobradamente los gastos de su casa y familia; lo demás lo empleaba por completo en obras de pura caridad. Daba de comer al caminante hambriento, que luego seguía su viaje muy alegre con provisiones en las alforjas y una peseta en el bolsillo; cuando sus feligreses necesitaban dinero, no tenían más que acudir a su despacho, y de seguro encontraban inmediato remedio. Era, verdaderamente, el banquero del pueblo, y ni esperaba ni deseaba que le devolvieran sus préstamos. Aunque necesitaba hacer viajes frecuentes a Salamanca, no tenía mula, y se valía de un jumento que le dejaba el molinero del pueblo. «Hace años tenía yo una mula, pero se la llevó sin mi permiso un viajero a quien albergué una noche; porque ha de saberse que en esa alcoba tengo dos camas muy limpias a disposición de los caminantes, y me alegraría mucho que usted y su amigo las ocuparan y se quedasen conmigo hasta mañana.»
Pero ansiaba yo continuar el viaje, y a mi amigo no le apetecía menos volverse a Salamanca. Al despedirme del hospitalario cura le regalé un ejemplar del Nuevo Testamento. Recibiólo sin proferir palabra y lo colocó en un estante de su despacho; observé que le hacía señas al estudiante irlandés, moviendo la cabeza como si quisiera decir: «Su amigo de usted no pierde ocasión de propagar su libro»; porque sabía muy bien quién era yo. No olvidaré tan pronto al presbítero, bueno de veras, Antonio García de Aguilar, cura de Pitiega.
Llegamos a Pedroso poco antes de anochecer. Pedroso es una aldehuela como de treinta casas, cortada por un arroyuelo o regata. En sus orillas, mujeres y mozas lavaban ropa y cantaban; la iglesia, aislada y solitaria, se alzaba en último término. Preguntamos por la posada y nos mostraron una casucha que en nada se distinguía de las demás por su aspecto general. En vano llamamos a la puerta: en Castilla no es costumbre que los posaderos salgan a recibir a sus huéspedes. Concluímos por apearnos y entrar en la casa; preguntamos a una mujer de semblante adusto dónde podíamos poner los caballos. Nos dijo que no era posible llevarlos a la cuadra de la casa, porque habían metido en ella unos malos machos, pertenecientes a dos viajeros, que se pondrían seguramente a reñir con nuestros caballos y habría una función capaz de hundir la casa. Nos señaló un anejo a la posada, al otro lado de la calle, diciendo que allí podríamos encerrar nuestras bestias. Reconocimos el lugar, encontrándolo lleno de basura, habitado por los cerdos, y sin cerradura en la puerta. Me acordé de la mula del cura y me entraron pocas ganas de dejar los caballos en tal lugar, a merced de cualquier ladrón de aquellos contornos. Volví, pues, a la posada y dije resueltamente que había decidido llevarlos a la cuadra. Dos hombres, sentados en el suelo, cenaban una inmensa fuente de liebre estofada; eran los vendedores ambulantes, dueños de los machos. Al dirigirme a la cuadra, uno de los dos hombres murmuró: «Sí, sí; anda y ya verás lo que pasa». Apenas entré en el establo sonó un hórrido y discordante grito, mezcla de rebuzno y quejido, y el más grande de los dos machos, soltándose del pesebre a que estaba atado, con los ojos como brasas y resoplando con la furia de un vendaval, se arrojó sobre mi caballo; pero éste, tan cerril como el macho, alzó las patas y, a la manera de un pugilista inglés, le pagó con tal caricia en la frente que casi le tira al suelo. Se trabó después un combate, y pensé que iba a realizarse la predicción de la adusta mujer haciéndose pedazos la casa. Puse fin a la batalla colgándome del ronzal del macho, con riesgo de mis extremidades, mientras Antonio, a costa de mucho trabajo, apartaba el caballo. Entonces el dueño del macho, que se había quedado en la puerta, se adelantó diciendo: «Si hubiera usted seguido el consejo que le dieron, no habría pasado esto». Díjele que era un disparate dejar los caballos en un sitio donde probablemente los robarían antes del amanecer, y que yo no estaba dispuesto a correr ese albur; el hombre me respondió: «Es verdad, es verdad; quizá ha hecho usted bien». Luego ató de nuevo el macho al pesebre, y reforzó la atadura con un pedazo de tralla, asegurando que ya no era posible que el animal se soltase.
Después de cenar vagué por el pueblo. Intenté hablar con dos o tres labradores, en pie a la puerta de sus casas; pero todos se mostraron por demás reservados, y con un áspero buenas noches, daban media vuelta y se metían dentro, sin invitarme a entrar. Me encaminé, por último, al pórtico de la iglesia, y allí permanecí un rato pensativo, hasta que juzgué conveniente retirarme a descansar, y así lo hice, no sin fijar antes en el atrio de la iglesia un cartel anunciando que el Nuevo Testamento se vendía en Salamanca. De vuelta en la posada encontré a los dos vendedores ambulantes profundamente dormidos en las mantas de sus machos, tendidas por el suelo. Un hombre a quien yo no había visto hasta entonces, y que era, al parecer, el amo de la casa, me dijo: «Me figuro, caballero, que usted ha de ser un comerciante francés, de paso para la feria de Medina.» «No soy francés ni comerciante—respondí—. Aunque pasaré por Medina, no voy a la feria.» «Entonces será usted uno de los irlandeses cristianos de Salamanca, caballero—replicó el hombre—. He oído decir que viene usted de allí.» «¿Por qué los llama usted irlandeses cristianos? ¿Es que hay paganos en su país?» «Los llamamos cristianos—dijo el posadero—para distinguirlos de los irlandeses ingleses, que son peor que paganos, porque son judíos y herejes.» Sin responder, me entré en mi cuarto, y desde él oí, por estar la puerta entornada, el siguiente breve diálogo entre el posadero y su mujer.
El posadero.—Mujer, me parece que tenemos mala gente en casa.
Su mujer.—¿Te refieres a los últimos que han llegado, a ese caballero y a su criado? Sí; no he visto en mi vida gente peor encarada.
El posadero.—No me gusta el criado, y menos todavía el amo. Es un hombre sin formalidad ni educación; me dice que no es francés, le hablo de los irlandeses cristianos, y parece que tampoco es de su casta. Tengo más que barruntos de que es hereje o, por lo menos, judío.
Su mujer.—Acaso sea las dos cosas. ¡María Santísima! ¿Qué haremos para purificar la casa cuando se vayan?
El posadero.—¡Oh! Lo que es eso irá a la cuenta, como es natural.
Dormí profundamente, y me levanté algo entrada la mañana; después de desayunarme pagué la cuenta, y bien conocí, por su exorbitancia, que no habían dejado de poner en ella los gastos de purificación. Los vendedores ambulantes se habían marchado al rayar el día. Sacamos luego los caballos y montamos; en la puerta de la posada había un grupo de gente que no nos quitaba ojo.—¿Qué significa esto?—le pregunté a Antonio.
—Se susurra que no somos cristianos—respondió—y han venido para persignarse al vernos partir.
En el momento de romper la marcha, en efecto, lo menos doce manos se pusieron a hacer la señal de la cruz, que ahuyenta al Malo. Antonio se volvió al instante y se santiguó al modo griego, mucho más complejo y difícil que el católico.
—¡Mirad qué santiguo, qué santiguo de los demonios!—exclamaron varias voces, mientras avivábamos el paso por temor a las consecuencias.
El día fué por demás caluroso, y con mucha lentitud proseguimos la marcha a través de las llanuras de Castilla la Vieja. En todo lo perteneciente a España, la inmensidad y la sublimidad se asocian. Grandes son sus montañas y no menos grandes sus planicies, ilimitadas, al parecer; pero no como las uniformes e ininterrumpidas llanadas de las estepas rusas. El terreno presenta de continuo escabrosidades y desniveles; aquí un barranco profundo o rambla, excavado por los torrentes invernales; más allá una eminencia, muchas veces fragosa e inculta, en cuya cima aparece un pueblecito aislado y solitario. ¡Cuánta melancolía por doquier; qué escasas las notas vivas, joviales! Aquí y allá se encuentra a veces algún labriego solitario trabajando la tierra; tierra sin límites, donde los olmos, las encinas y los fresnos son desconocidos; tierra sin verdor, sobre la que sólo el triste y desolado pino destaca su forma piramidal. ¿Y quién viaja por estas comarcas? Principalmente los arrieros y sus largas recuas de mulas, adornadas con campanillas de monótono tintineo. Vedlos, con sus rostros atezados, sus trajes pardos, sus sombrerotes gachos; ved a los arrieros, verdaderos señores de las rutas de España, más respetados en estos caminos polvorientos que los duques y los condes, vedlos: mal encarados, orgullosos, rara vez sociables, cuyas roncas voces se oyen en ocasiones desde una milla de distancia, ya excitando a los perezosos animales, ya entreteniendo la tristeza del camino con rudos y discordantes cantares.
Muy entrada la tarde llegamos a Medina del Campo, una de las principales ciudades de España en otro tiempo, y al presente lugar sin importancia. Inmensas ruinas la rodean por todas partes, atestiguando la pasada grandeza de la «ciudad de la llanura». La plaza principal o del mercado es notable; rodéanla sólidos porches, sobre los que se alzan negruzcos edificios muy antiguos. Medina estaba llena de gente, porque la feria se celebraba de allí a un par de días. Algún trabajo nos costó conseguir que nos admitieran en la posada, ocupada principalmente por catalanes llegados de Valladolid. Esa gente no sólo llevaba consigo sus mercancías, sino sus mujeres e hijos. Algunos tenían malísima catadura, sobre todo uno, gordo y de aspecto salvaje, como de cuarenta años de edad, que se portó de atroz manera: sentado con su mujer, quizás su concubina, a la puerta de un aposento que daba al patio, no cesaba de expeler horribles y obscenos juramentos en español y en catalán. La mujer era de notable hermosura; pero muy recia y al parecer no menos salvaje que el hombre; su modo de hablar era igualmente horrendo. Ambos parecían dominados por incomprensible furor. Al cabo, ante cierta observación hecha por la mujer, el hombre se levantó y sacando de la faja un gran cuchillo le tiró un golpe a su compañera en el pecho desnudo; la mujer, empero, interpuso la palma de la mano y recibió en ella el navajazo. Estúvose un momento el agresor mirando gotear la sangre en el suelo, mientras la mujer levantaba en alto la mano herida; luego, arrojando un estruendoso juramento, salió corriendo del patio a la plaza. Me acerqué entonces a la mujer y dije: «¿Por qué ha sido todo eso? Espero que ese tunante no le habrá herido de gravedad.» Volvió hacia mí el semblante con expresión infernal y mirándome despreciativamente exclamó: «Carals, ¿que es eso? ¿No puede un caballero catalán hablar de sus asuntos particulares con su señora sin que usted los interrumpa?» Se vendó luego la mano con un pañuelo y entrándose en el cuarto sacó una mesita, puso en ella diferentes cosas para disponer la cena, y se sentó en un taburete. En seguida volvió el catalán y, sin decir palabra, se sentó en el umbral, como si nada hubiera ocurrido; la singular pareja comenzó a comer y a beber, sazonando los manjares con juramentos y burlas.
Pasamos la noche en Medina, y a la mañana siguiente, muy temprano, reanudamos el viaje, pasando por una comarca muy parecida a la que recorrimos el día antes; a cosa del mediodía llegamos a una pequeña venta, a media legua del Duero, y en ella descansamos durante las horas de más calor; montamos después nuevamente y, cruzando el río por un hermoso puente de piedra, nos encaminamos a Valladolid. Las márgenes del Duero son muy bellas por aquel sitio y pobladas de árboles y arbustos en los que trinaban melodiosamente a nuestro paso algunos pajarillos. Delicioso frescor subía del agua que, a veces, se embravecía entre las piedras o fluía veloz sobre la blanca arena, o se estancaba con mansedumbre en las pozas azules, de considerable hondura. Muy cerca de una de estas hoyas estaba sentada una mujer, como de treinta años, vestida a lo labrador, con pulcritud; miraba fijamente al agua, arrojando a ella, de vez en cuando, flores y ramitas. Me detuve un momento y la hablé; pero sin mirarme ni contestar, siguió contemplando el agua como si hubiera perdido la conciencia de cuanto le rodeaba. «¿Quién es esa mujer?», pregunté a un pastor que encontré momentos más tarde. «Es una loca, la pobrecita—respondió—. Hace un mes se le ahogó un hijo en esa poza, y desde entonces ha perdido el juicio. La van a llevar a Valladolid, a la Casa de los locos. Todos los años se ahoga bastante gente en los remolinos del Duero; éste es un río muy malo. Vaya usted con la Virgen, caballero.» Después entramos en los mezquinos y ralos pinares que bordean el camino de Valladolid por aquella dirección.
Valladolid está situado en medio de un inmenso valle, o más bien hondonada, abierta, al parecer, por una fortísima convulsión de la planicie castellana. Las alturas de las inmediaciones no son, propiamente, una elevación del suelo, sino más bien los bordes de la hondonada. Son muy escabrosas y pendientes y de aspecto por demás insólito. Parece que en épocas remotas toda esta comarca estuvo trabajada por fuerzas volcánicas. Hay en Valladolid numerosos conventos, ahora abandonados, magnífica muestra, algunos de ellos, de la arquitectura española. La iglesia principal, bastante antigua, está sin acabar; propusiéronse los fundadores levantar un edificio muy vasto; pero sus medios no bastaron para realizar el plan. Es de granito sin labrar. Valladolid es ciudad fabril, pero en cambio su comercio está principalmente en manos de los catalanes, establecidos aquí en número próximo a trescientos. Posee una hermosa alameda por la que corre el Esgueva. La población dícese que llega a sesenta mil habitantes.
Paramos en la Posada de las Diligencias, edificio magnífico; pero a los dos días de llegar nos fuimos de ella muy gustosos, porque el alojamiento era malísimo, y la gente de la casa por demás grosera. El dueño, hombre de talla gigantesca, de enormes bigotes y de marcialidad afectada, debía de creerse un caballero demasiado principal para fijar la atención en sus huéspedes, de los que, a la verdad, no andaba muy recargado, porque sólo estábamos Antonio y yo. Era persona importante entre los guardias nacionales de Valladolid y se recreaba pavoneándose por la ciudad en un corcel pesadote que encerraba en una cuadra subterránea.
Trasladamos nuestros reales al Caballo de Troya, posada antigua, a cargo de un vascongado que, al menos, no se creía superior a su oficio. Las cosas andaban muy revueltas en Valladolid por creerse inminente una visita de los facciosos. Barreadas todas las puertas, construyeron, además, unos reductos para cubrir los aproches de la ciudad. Poco después de marcharnos nosotros, llegaron, en efecto, los carlistas al mando del cabecilla vizcaíno Zariategui. No encontraron resistencia; los nacionales más decididos se retiraron al reducto principal y en seguida lo entregaron, sin que en toda esa función se disparase un tiro. Mi amigo, el héroe de la posada, en cuanto oyó que se aproximaba el enemigo, montó a caballo y escapó, y no ha vuelto a saberse de él. A mi regreso a Valladolid, hallé la posada en otras manos mucho mejores: regíala un francés de Bayona, quien me prodigó tantas amabilidades como groserías sufrí de su predecesor.
A los pocos días conocí al librero de la localidad, hombre sencillo, de corazón bondadoso, que de buen grado se encargó de vender los Testamentos. Todo género de literatura hallábase en Valladolid en profundísima decadencia. Mi nuevo amigo sólo podía dedicarse a vender libros en combinación con otros negocios, porque, según me aseguró, la librería no le daba para vivir. Sin embargo, durante la semana que permanecí en la ciudad se vendió un número considerable de ejemplares, y abrigaba yo buenas esperanzas de que aún pedirían muchos más. Para llamar la atención sobre mis libros recurrí al sistema empleado en Salamanca y fijé carteles en las paredes. Antes de marcharme dispuse que todas las semanas los renovasen; con eso pensaba yo lograr multiplicados y saludables frutos, porque el pueblo tendría siempre ocasión de saber que existía, al alcance de sus medios, un libro que contiene la palabra de vida, y acaso se sintiera inducido a comprarlo y a consultarlo, incluso acerca de su salvación... Hay en Valladolid un colegio inglés y otro escocés. Mis amables amigos los irlandeses de Salamanca me habían dado una carta de presentación para el rector del último. Estaba el colegio instalado en un lóbrego edificio, en calle apartada. El rector vestía como los eclesiásticos españoles, carácter que, a todas luces, pretendían apropiarse. Había en sus modales cierta fría sequedad, sin pizca del generoso celo ni de la ardiente hospitalidad que de tal modo me cautivaron en el cortesísimo rector de los irlandeses de Salamanca; sin embargo, me trató con mucha urbanidad y se ofreció a enseñarme las curiosidades locales. Sabía, sin duda alguna, quién era yo, y acaso por esta razón se mostró más reservado de lo que en otro caso hubiese sido; no hablamos palabra de asuntos religiosos, como si de consuno quisiésemos eludirlos. Bajo sus auspicios visité el colegio de las Misiones Filipinas, situado en las afueras; me presentaron al rector, septuagenario de hermosa presencia, muy vigoroso, en hábito de fraile. Expresaba su semblante una benignidad plácida que me interesó sobremanera; hablaba poco y con sencillez; parecía haber dicho adiós a todas las pasiones terrenales. Sin embargo, aún se aferraba a cierta pequeña debilidad.
Yo.—Vive usted en una casa hermosa, padre. Lo menos caben aquí doscientos estudiantes.
El rector.—Más aún, hijo mío; se hizo para albergar más centenares que simples individuos vivimos en ella ahora.
Yo.—Veo aquí algunos trabajos de defensa improvisados; los muros están llenos de aspilleras por todas partes.
El rector.—Hace unos días vinieron los nacionales de Valladolid y causaron bastante daño sin utilidad alguna; estuvieron un poco groseros y me amenazaron con los clubs. ¡Pobres hombres, pobres hombres!
Yo.—Supongo que también las misiones, a pesar de sus elevados fines, se resentirán de los trastornos actuales de España.
El rector.—Demasiado cierto es eso; ahora el Gobierno no nos favorece nada; sólo contamos con nuestras propias fuerzas y con la ayuda de Dios.
Yo.—¿Cuántos misioneros novicios hay en el colegio?
El rector.—Ninguno, hijo mío; ninguno. El rebaño se ha dispersado; el pastor se ha quedado solo.
Yo.—Vuestra reverencia habrá, sin duda alguna, tomado parte activa en las misiones.
El rector.—Cuarenta años he estado en Filipinas, hijo mío; cuarenta años entre los indios. ¡Ay de mí! ¡Cuánto quiero yo a los indios de Filipinas!
Yo.—¿Habla vuestra reverencia la lengua de los indios?
El rector.—No, hijo mío. A los indios les enseñábamos el castellano; a mi parecer, no hay idioma mejor. Les enseñábamos el castellano y la adoración de la Virgen. ¿Qué más necesitaban saber?
Yo.—¿Y qué piensa vuestra reverencia de las Filipinas como país?
El rector.—Cuarenta años he estado allá; pero lo conozco poco; el país no me interesaba gran cosa; mis amores eran los indios. No es mala tierra aquélla; pero no tiene comparación con Castilla.
Yo.—¿Vuestra reverencia es castellano?
El rector.—Soy castellano viejo, hijo mío.
Desde la Casa de las Misiones Filipinas, me condujo mi amigo al Colegio inglés, establecimiento muy superior en todos los órdenes al Colegio Escocés. En este último había muy pocos alumnos, creo que seis o siete apenas, mientras que en el seminario inglés se educaban unos treinta o cuarenta, según me dijeron. La casa es hermosa, con una iglesia pequeña, pero suntuosa, y muy buena biblioteca: su emplazamiento es alegre y ventilado; completamente aislada en un barrio de poco tránsito, un elevado muro, genuina muestra del exclusivismo inglés, la rodea por todas partes y encierra, además, un deleitoso jardín. Este colegio es, con gran ventaja, el mejor de los de su clase en toda la Península, y creo que el más floreciente. En el rápido vistazo dado a su interior no podía enterarme a fondo de su régimen; pero no dejó de impresionarme el orden, la limpieza, el método reinantes por doquiera. Sin embargo, no me atrevería yo a afirmar que el aire de severa disciplina monástica que allí se advertía respondiese con exactitud a la realidad. En la visita nos acompañó el vicerrector, por estar ausente el rector. De todas las curiosidades del colegio la más notable es la galería de pinturas, donde se guardan los retratos de gran número de antiguos alumnos de la casa martirizados en Inglaterra, en el ejercicio de su vocación, durante los agitados tiempos de Eduardo VI y de la feroz Isabel. En esa casa se educaron muchos de aquellos sacerdotes medio extranjeros, pálidos, sonrientes, que a hurtadillas recorrían en todas direcciones la verde Inglaterra; ocultos en misteriosos albergues, en el seno de los bosques, soplaban sobre el moribundo rescoldo del papismo, sin otra esperanza y acaso sin otro deseo que el de perecer descuartizados por las sangrientas manos del verdugo, entre el griterío de una plebe tan fanática como ellos; sacerdotes como Bedingfield y Garnet, y tantos otros cuyo nombre se ha incorporado a las gestas de su país. Muchas historias, maravillosas precisamente por ser ciertas, podrían, sin duda, extraerse de los archivos del seminario papista inglés de Valladolid.
No escaseaban los huéspedes en el Caballo de Troya, donde nos alojábamos. Entre los llegados durante mi estancia allí, figuraba una mujer muy fornida y jovial, en extremo bien vestida, con traje de seda negra y mantilla de mucho precio. Acompañábala un mozalbete de quince años, muy guapo, pero de expresión maligna y arisca, hijo suyo. Venían de Toro, lugar distante una jornada de Valladolid, famoso por su vino. Una noche, estando al fresco en el patio de la posada, tuvimos el siguiente coloquio:
La mujer.—¡Vaya, vaya, qué pueblo tan aburrido es Valladolid! ¡Qué diferencia de Toro!
Yo.—Yo le hubiera creído, por lo menos, tan divertido como Toro, que no es ni la tercera parte de grande.
La mujer.—¿Tan divertido como Toro? ¡Vaya, vaya! ¿Ha estado usted alguna vez en la cárcel de Toro, señor caballero?
Yo.—Nunca he tenido ese honor; generalmente, la cárcel es el último sitio que se me ocurre visitar.
La mujer.—Vea usted lo que es la diferencia de gustos: yo he ido a ver la cárcel de Valladolid, y me parece tan aburrida como la ciudad.
Yo.—Es claro; si en alguna parte hay tristeza y fastidio, ha de ser en la cárcel.
La mujer.—Pero no en la de Toro.
Yo.—¿Qué tiene la cárcel de Toro para distinguirse de las demás?
La mujer.—¿Qué tiene? ¡Vaya! ¿Pues no soy yo la carcelera? ¿Y no es mi marido el alcaide? Y mi hijo, ¿no es hijo de la cárcel?
Yo.—Dispense usted: no conocía esas circunstancias. La diferencia, en efecto, es grande.
La mujer.—Ya lo creo. Yo también soy hija de la cárcel; mi padre era alcaide y mi hijo podría aspirar a serlo, si no fuese tonto.
Yo.—¿Tonto? Pues en la cara lo disimula bastante. No sería yo quien comprara a este muchacho si lo vendieran por tonto.
La carcelera.—¡Buen negocio haría usted si lo comprase! Más picardías tiene que cualquier calabocero de Toro. Mi sentido es que no le tira la cárcel tanto como debiera, sabiendo lo que han sido sus padres. Tiene demasiado orgullo, demasiados caprichos; al cabo ha logrado convencerme para que lo traiga a Valladolid, y le he colocado a prueba en casa de un comerciante de la Plaza. Espero que no irá a parar a la cárcel; si no, ya verá la diferencia que hay entre ser hijo de la cárcel y estar encarcelado.
Yo.—Habiendo tantas distracciones en Toro, los presos no lo pasarán mal con usted.
La carcelera.—Sí; somos muy buenos con ellos; me refiero a los que son caballeros, porque con los que no tienen más que miseria, ¿qué podemos hacer? La cárcel de Toro es muy divertida: dejamos entrar todo el vino que quieren los presos, mientras tienen dinero para comprarlo y para pagar el derecho de entrada. La de Valladolid no es ni la mitad de alegre; no hay cárcel como la de Toro. Allí aprendí yo a tocar la guitarra. Un caballero andaluz me enseñó a tocar y cantar a la gitana. ¡Pobre muchacho! Fué mi primer novio. Juanito, trae la guitarra, que voy a cantarle a este caballero unos aires andaluces.
La carcelera tenía hermosa voz y tocaba el instrumento favorito de los españoles con verdadera maestría. Estuve escuchando sus habilidades cerca de una hora, hasta que me retiré a mi habitación a descansar. Creo que continuó tocando y cantando la mayor parte de la noche, porque la oí todas las veces que me desperté, y aun entre sueños me sonaban en los oídos las cuerdas de la guitarra.
CAPÍTULO XXII
Dueñas.— Los hijos de Egipto.— Chalanerías.— El caballo de carga.— La caída.— Palencia.— Curas carlistas.— El mirador.— Sinceridad sacerdotal.— León.— Alarma de Antonio.— Calor y polvo.
Después de estar diez días en Valladolid nos pusimos en marcha para León. Llegamos al mediodía a Dueñas, ciudad notable por muchos motivos, distante de Valladolid seis leguas cortas. Hállase situada en una ladera, sobre la que se alza a pico una montaña de tierra calcárea coronada por un castillo en ruinas. En torno de Dueñas se ve multitud de cuevas excavadas en la pendiente y cerradas con fuertes puertas: son las bodegas donde se guarda el vino que en abundancia produce la comarca, y que se vende principalmente a los navarros y montañeses; acuden a buscarlo en carretas de bueyes y se lo llevan en grandes cantidades. Paramos en una mezquina posada de los arrabales, con idea de dar descanso a los caballos. Varios soldados de Caballería allí alojados aparecieron en seguida, y con ojos de gente experta empezaron a examinar mi caballo entero. «Este caballo tan bueno debiera ser nuestro—dijo el cabo—. ¡Qué pecho tiene! ¿Con qué derecho viaja usted en ese caballo, señor, haciendo falta tantos para el servicio de la reina? Este caballo pertenece a la requisa.» «Con el derecho que me da el haberlo comprado, y el ser yo inglés»—repliqué. «¡Oh, su merced es inglés!—respondió el cabo—. Eso es otra cosa. A los ingleses se les permite en España hacer de lo suyo lo que quieran, permiso que no tienen los españoles. Caballero, he visto a sus paisanos de usted en las provincias vascongadas: vaya, ¡qué jinetes y qué caballos! Tampoco se baten mal; pero lo que mejor hacen es montar. Los he visto subir por los barrancos en busca de los facciosos, y caer sobre ellos de improviso cuando se creían más seguros y no dejar ni uno vivo. La verdad: este caballo es magnífico; voy a mirarle el diente.»
Miré al cabo; tenía la nariz y los ojos dentro de la boca del caballo. Los demás de la partida, que podían ser seis o siete, no estaban menos atareados. El uno le examinaba las manos; el otro, las patas; éste tiraba de la cola con toda su fuerza, mientras aquél le apretaba la tráquea para descubrir si el animal tenía allí alguna tacha. Por fin, al ver al cabo dispuesto a aflojarle la silla para reconocerle el lomo, exclamé:
—Quietos, chabés[8] de Egipto; os olvidáis de que sois hundunares[9], y que no estáis paruguing grastes[10] en el chardí[11].
Al oír estas palabras, el cabo y los soldados volvieron completamente el rostro hacia mí. Sí; no cabía duda: eran los semblantes y el mirar fijo y velado de los hijos de Egipto. Lo menos un minuto estuvimos mirándonos mutuamente, hasta que el cabo, en la más elocuente lamentación gitana imaginable, me dijo: ¡El erray[12] nos conoce a nosotros, pobres Caloré![13] ¿Y dice que es inglés? ¡Bullati![14] No me figuraba encontrar por aquí un Busnó[15] que nos conociera, porque en estas tierras no se ven nunca gitanos. Sí; su merced acierta; somos todos de la sangre de los Caloré. Somos de Melegrana[16], y de allí nos sacaron para llevarnos a las guerras. Su merced ha acertado; al ver este caballo nos hemos creído otra vez en nuestra casa en el mercado de Granada; el caballo es paisano nuestro, un andalou verdadero. Por Dios, véndanos su merced este caballo; aunque somos pobres Caloré, podemos comprarlo.
—Os olvidáis de que sois soldados; ¿cómo me ibais a comprar el caballo?
—Somos soldados—replicó el cabo—; pero no hemos dejado de ser Caloré. Compramos y vendemos bestis; nuestro capitán va a la parte con nosotros. Hemos estado en las guerras; pero no queremos pelear; eso se queda para los Busné. Hemos vivido juntos y muy unidos, como buenos Caloré; hemos ganado dinero. No tenga usted cuidao. Podemos comprarle el caballo.
Al decir esto, sacó una bolsa con diez onzas de oro lo menos.
—Si quisiera venderlo—repuse—, ¿cuánto me daríais por el caballo?
—Entonces su merced desea vender el caballo. Eso ya es otra cosa. Le daremos a su merced diez duros por él. No vale para nada.
—¿Cómo es eso?—exclamé—. Hace un momento me habéis dicho que era un caballo muy bueno, paisano vuestro.
—No, señor; no hemos dicho que sea Andalou, hemos dicho que es Extremou, y de lo peor de su casta. Tiene diez y ocho años, es corto de resuello y está malo.
—Pero si yo no quiero vender el caballo; al contrario. Más bien necesito comprar que vender.
—¿Su merced no quiere vender el caballo?—dijo el gitano—. Espere su merced: daremos sesenta duros por el caballo de su merced.
—Aunque me dierais doscientos sesenta. ¡Meclis, meclis![17], no digas más. Conozco las tretas de los gitanos. No quiero tratos con vosotros.
—¿No ha dicho su merced que desea comprar un caballo?—preguntó el gitano.
—No necesito comprar ninguno—exclamé—. De necesitar algo, sería una jaca para el equipaje. Pero se ha hecho tarde; Antonio, paga la cuenta.
—Espere su merced; no tenga tanta prisa—dijo el gitano—. Voy a traerle lo que usted necesita.
Sin aguardar respuesta corrió a la cuadra, y a poco salió trayendo por el ramal una jaca ruana, de unos trece palmos de alzada, llena de mataduras y señales de las cuerdas y ataderos. La estampa, sin embargo, no era mala, y tenía un brillo extraordinario en los ojos.
—Aquí tiene su merced—dijo el gitano—la mejor jaca de España.
—¿Para qué me enseñas ese pobre animal?—pregunté.
—¿Pobre animal?—repuso el gitano—. Es un caballo mejor que su Andalou de usted.
—Puede que no quisieras cambiarlos—dije yo sonriendo.
—Señor, lo que yo digo es que puesto a correr, le saca ventaja a su Andalou de usted.
—Está muy flaco—respondí—. Me parece que concluirá muy pronto de pasar fatigas.
—Flaco y todo como está, señor, ni usted ni cuantos ingleses hay en España son capaces de dominarlo.
Miré otra vez al animal, y su estampa me hizo una impresión más favorable aún que antes. Necesitaba yo una caballería para relevar, cuando fuese menester, a la de Antonio en el transporte del equipaje, y aunque el estado de aquella jaca era lastimoso, pensé que con el buen trato no tardaría en redondearse.
—¿Puedo montar en él?—pregunté.
—Es caballo de carga, señor, y no está hecho a la silla; sólo se deja montar por mí, que soy su amo. Cuando se arranca, no para hasta el mar: se lanza por cuestas y montañas, y las deja atrás en un momento. Si quiere usted montar este caballo, señor, permítame que antes le ponga la brida, porque con el ronzal no podrá usted sujetarlo.
—Eso es una tontería—repliqué—. Pretendes hacerme creer que tiene mucho genio para pedir más por él. Te digo que está casi muriéndose.
Tomé el ronzal y monté. Apenas me sintió sobre las costillas, el animalito, que hasta entonces había estado inmóvil como una piedra, sin mostrar el menor deseo de cambiar de postura ni dar más señales de vida que revolver los ojos y enderezar una oreja, arrancó al galope tendido como un caballo de carreras. Presumía yo que el caballo iba a cocear o a tirarse al suelo para librarse de la carga; pero la escapada me cogió completamente desprevenido. No me costó gran trabajo, sin embargo, sostenerme, porque desde la niñez estaba yo habituado a montar en pelo; pero frustró todos los esfuerzos que hice para detenerlo, y casi empecé a creer, como me había dicho el gitano, que ya no se pararía hasta el mar. No obstante, disponía yo de un arma poderosa, y fué tirar del ronzal con toda mi fuerza, hasta que obligué al caballo a volver ligeramente el cuello, que, por lo rígido, parecía de palo; a pesar de todo, no disminuyó la rapidez de su carrera ni un momento. A mano izquierda del camino, por donde volábamos, había una profunda zanja, en el preciso lugar donde el camino torcía a la derecha, y hacia la zanja se lanzó oblicuamente el caballo. Con los tirones se rompió el ronzal; el caballo siguió disparado como una flecha, y yo caí de espaldas al suelo.
—Señor—dijo el gitano, acercándoseme con el semblante más serio del mundo—, ya le decía yo a usted que no montase sin brida ni freno; es caballo de carga y sólo está acostumbrado a que le monte yo, que le doy de comer. (Al decir esto silbó, y el animal, que andaba dando corcovos por el campo, y acoceando el aire, volvió al instante con un suave relincho.) Vea su merced qué manso es—continuó el gitano—. Es un caballo de carga de primera, y puede subir, con todo lo que usted lleva, las montañas de Galicia.
—¿Cuánto pides por él?—dije yo.
—Señor, como su merced es inglés y buen jinete, y, sobre todo, conoce los usos de los Caloré, y sus mañas y lenguaje también, se lo venderé a usted muy arreglado. Me dará usted doscientos sesenta duros por él, ni uno menos.
—Es mucho dinero—respondí.
—No, señor, nada de eso; es un caballo de carga; fíjese usted que pertenece al ejército, y no lo vendo para mí.
Dos horas de caballo nos pusieron en Palencia, ciudad antigua y bella, admirablemente situada a orillas del Carrión, y famosa por su comercio de lanas. Nos alojamos en la mejor posada que había, y seguidamente fuí a visitar a uno de los principales comerciantes de la ciudad, para quien me había dado una recomendación mi banquero de Madrid. Dijéronme que el señor estaba durmiendo la siesta. «Entonces—pensé yo—lo mejor será hacer otro tanto», y me volví a la posada. Por la tarde repetí la visita, y vi al comerciante. Era un hombre bajo y corpulento, de unos treinta años; al pronto me recibió con cierta sequedad, pero no tardaron sus modales en dulcificarse, y a lo último no sabía ya cómo darme suficientes pruebas de su cortesía. Me presentó a un su hermano, recién llegado de Santander, persona inteligente en grado sumo, y que había vivido varios años en Inglaterra. Ambos se empeñaron en enseñarme la ciudad, como lo hicieron, paseándome por ella y por sus cercanías. Admiré sobre todo la catedral, edificio de estilo gótico primitivo, pero elegante y ligero. Mientras recorríamos sus naves laterales, los dulces rayos del sol poniente, al entrar por las ventanas arqueadas, iluminaban algunos hermosos cuadros de Murillo que adornan el sagrado edificio[18]. Desde la iglesia lleváronme mis amigos por un camino pintoresco a un batán de las afueras. Abundaban allí el agua y los árboles, pareciéndome los alrededores de Palencia uno de los lugares más agradables que hasta entonces había visto. Cansados de rodar de una parte a otra, fuimos a un café, donde me obsequiaron con dulces y chocolate. Tal fué la hospitalidad de mis amigos, sencilla y agradable, como hay mucha en España.
Al siguiente día proseguimos el viaje, triste en su mayor parte, a través de áridas y desoladas llanuras, con algunos pueblos y ciudades esparcidos aquí y allá, pueblos silenciosos, melancólicos, distantes unos de otros dos o tres leguas. Hacia el mediodía percibimos a lo lejos, entre brumas, una inmensa cadena de montañas, límite septentrional de Castilla; pero el día se nubló y obscureció, y las perdimos de vista. Un viento sonoro comenzó a soplar con violencia en las desoladas llanuras, arrojándonos al rostro nubes de polvo; los pocos rayos de sol que traspasaban las nubes eran candentes, inflamados. Iba yo muy cansado del viaje, y cuando a eso de las cuatro llegamos a X[19], pueblo grande, a mitad de camino entre Palencia y León, resolví pasar allí la noche. Pocos lugares habré visto en mi vida tan desolados como aquel pueblo. Las casas, grandes en su mayoría, tenían muros de barro, como los pajares. En toda la sinuosa y larga calle por donde entramos, no vimos alma viviente a quien preguntar por la venta o posada; al cabo, en un extremo de la plaza, al fondo, descubrimos dos bultos negros parados junto a una puerta, e interrogándolos supimos ser aquella la casa que buscábamos. Extraño era el aspecto de los dos seres, que parecían los genios del lugar. El uno, pequeño y delgado, de unos cincuenta años, tenía las facciones pronunciadas y aviesas. Vestía una holgada casaca negra de largos faldones, calzón también negro y gruesas medias de estambre del mismo color. Hubiérale tomado desde luego por un eclesiástico, a no ser por su sombrero, pequeña castora abollada, nada clerical ciertamente. Su acompañante era de corta estatura y mucho más joven. Vestía de análogo modo, salvo que llevaba una capa azul obscuro. Empuñaban sendos bastones, y, sin alejarse de la puerta, tan pronto entraban como salían, mirando a veces al camino, como si aguardasen a alguien.
—Créame usted, mon maître—me dijo Antonio en francés—, estos dos individuos son curas carlistas, y están aguardando la llegada del Pretendiente. Les imbeciles!
Llevamos los caballos a la cuadra, guiados por la posadera. «¿Quiénes son esos hombres?»—pregunté.
—El más viejo es el arcipreste del pueblo—respondió la mujer—. El otro es hermano de mi marido. ¡Pobrecito! Era fraile en un convento de aquí; pero lo cerraron y echaron a los hermanos.
Volvimos a la puerta.
—Me parece, caballeros, que ustedes son catalanes—dijo el cura.—¿Traen ustedes noticias de aquel reino?
—¿Por qué supone usted que somos catalanes?—pregunté.
—Porque les he oído hace un momento hablar en esa lengua.
—No traigo noticias de Cataluña—respondí—. Pero creo que la mayor parte del principado está en manos de los carlistas.
—¡Ejem, hermano Pedro! Este caballero dice que la mayor parte de Cataluña está en poder de los realistas. Por favor, caballero, dígame si sabe por dónde andará a estas horas Don Carlos con su ejército.
—Por mis noticias—respondí—es posible que esté ya muy cerca de aquí.
Eché a andar hacia la salida del pueblo. Al instante se me juntaron los dos individuos, y Antonio con ellos, poniéndonos los cuatro a mirar fijamente al camino.
—¿Ve usted algo?—pregunté por fin a Antonio.
—Non, mon maître.
—¿Ve usted algo, señor?—pregunté al cura.
—No veo nada—respondió, alargando el pescuezo.
—No veo nada—dijo Pedro, el ex fraile—; sólo veo mucho polvo, cada vez más espeso.
—Entonces, yo me vuelvo—dije—. Es poco prudente estarse aquí esperando al Pretendiente. Si los nacionales de la población se enteran, pueden fusilarnos.
—¡Ejem!—dijo el cura, siguiéndome—. Aquí no hay nacionales; quisiera yo saber quién se atrevería a serlo. Cuando los vecinos recibieron orden de alistarse en la milicia, rehusaron todos sin excepción, y tuvimos que pagar una multa. Por tanto, amigo, si tiene algo que comunicarnos hable sin recelo; aquí todos somos de su misma opinión.
—Yo no tengo opinión alguna—repliqué—, como no sea que me corre prisa cenar. No estoy por Rey ni por Roque. ¿No dice usted que soy catalán? Pues ya sabe usted que los catalanes no piensan más que en sus negocios.
Al anochecer anduve vagando por el pueblo, que me pareció aún más abandonado y melancólico que antes; acaso fué, no obstante, una población de importancia en tiempos pasados. En un extremo del pueblo yacían las ruinas de un vasto y tosco castillo, casi todo de piedra berroqueña; quise visitarlas, pero hallé la entrada defendida por una puerta. Desde el castillo me encaminé al convento, triste y desolado lugar, antigua morada de frailes franciscanos mendicantes. Ya me volvía a la posada, cuando oí fuerte rumor de voces, y guiándome por ellas no tardé en salir a una especie de prado, donde sobre un montículo estaba sentado un cura vestido de hábitos, leyendo en alta voz un periódico; en torno suyo, de pie o sentados en la hierba, se congregaban unos cincuenta vecinos, vestidos casi todos con luengas capas; entre ellos descubrí a mis dos amigos, el cura y el fraile. «Es un buen enjambre de carlistas—dije entre mí—ansiosos de noticias»; y me encaminé hacia otra parte de la pradera, donde pastaban los ganados del pueblo. El cura, en cuanto me vió, se apartó del grupo y vino a mí. «He oído que necesita usted un caballo—me dijo—. Yo tengo aquí uno pastando, el mejor del reino de León»; y con la volubilidad de un chalán empezó a ensalzar los méritos del animal. No tardó en juntársenos el fraile, quien, aprovechando una oportunidad, me tiró de la manga, y me dijo:
—Señor, con el cura no se puede tratar; es el pillo más grande de estos contornos. Si necesita usted un caballo, mi hermano tiene uno mucho mejor, y se lo dará más barato.
—No pienso comprarlo hasta que llegue a León—exclamé; y me fuí, meditando en la amistad y en la sinceridad de los curas.
Desde X a León, ocho leguas de camino, el país mejoró rápidamente; cruzamos varios arroyos, y a veces atravesábamos praderas exuberantes. Volvió a brillar el sol, y acogí su reaparición con alegría, a pesar del sofocante calor. A dos leguas de León dimos alcance a un tropel de gente con caballos, mulas y carros que acudían a la famosa feria que el día de San Juan se celebra en León; en efecto, se inauguró a los tres días de nuestra llegada. Aunque esa feria es principalmente de caballos, acuden a ella comerciantes de muchas partes de España con diferentes géneros de mercadería, y allí me encontré a muchos catalanes ya vistos en Medina y Valladolid.
Nada notable hay en León, ciudad vieja y tétrica, salvo la catedral, que es, en muchos respectos, un duplicado de la de Palencia, elegante y aérea como ésta, pero sin los espléndidos cuadros que la adornan. La situación de León en el centro de una comarca floreciente, abundante en árboles, y regada por muchas corrientes de agua nacidas en las grandes montañas de las inmediaciones, es muy placentera. Dista mucho, sin embargo, de ser un lugar saludable, sobre todo en verano, cuando los calores suscitan las emanaciones nocivas de las aguas, que engendran muchas enfermedades, especialmente calenturas. Apenas llevaba tres días en León me atacó una de esas fiebres, contra la que creí no poder luchar, no obstante mi constitución robusta, pues en siete días que me duró me quedé casi en los huesos, y en tan deplorable estado de debilidad que no podía hacer el más leve movimiento. Pero ya antes había logrado que un librero se encargara de vender los Testamentos, y publicado los anuncios de costumbre, aunque sin grandes esperanzas de buen éxito, porque los leoneses, con raras excepciones, son furibundos carlistas y ciegos e ignorantes secuaces de la arcaica iglesia papal. La sede episcopal de León estuvo ocupada en otro tiempo por el primer ministro de Don Carlos, y parece que su espíritu fanático y feroz llena todavía la ciudad. En cuanto aparecieron los carteles, el clero se puso en movimiento. Fueron de casa en casa, fulminando maldiciones y anatemas y amenazando con todo género de desventuras a quien comprase o leyese «los libros malditos» que los herejes introducían en el país con propósito de pervertir las almas cándidas de los habitantes. Hicieron más: incoaron un proceso ante el tribunal eclesiástico contra el librero. Por fortuna, ese tribunal no posee ahora mucha autoridad, y el librero, atrevido y resuelto, sostuvo el reto y llegó hasta fijar un anuncio en la misma puerta de la catedral. A pesar del griterío que se levantó contra los libros, se vendieron en León algunos ejemplares; dos fueron adquiridos por sendos exclaustrados, y otros tantos por párrocos de las aldeas vecinas. Creo que en total se vendieron unos quince ejemplares, de suerte que mi visita a lugar tan atrasado no se perdió del todo, porque la semilla del Evangelio quedó sembrada, aunque con parquedad. Pero las espesas tinieblas que envuelven a León son verdaderamente lamentables, y la ignorancia del pueblo es tan grande que en las tiendas se venden públicamente y tienen gran aceptación conjuros y encantaciones impresos contra Satanás y su hueste y contra todo género de maleficios. Tales son los resultados del papismo, la falacia que más ha contribuído a envilecer y embrutecer al espíritu humano.
Apenas pude levantarme del lecho donde la fiebre me tuvo postrado. Antonio me descubrió sus temores. Díjome que había visto a varios soldados, con el uniforme de Don Carlos, acechar a la puerta de la posada e inquirir noticias respecto de mí. Ocurría, en efecto, en León un hecho singular: más de cincuenta individuos, que por diversos motivos habían dejado las filas del Pretendiente, paseaban por las calles vistiendo su librea, plenamente seguros de que nadie los molestaría gracias a la protección cierta de las autoridades locales. Supe también por Antonio que el posadero era un notorio alcahuete o espía de los ladrones de toda la comarca, y que a menos de emprender el viaje muy pronto y sin avisar, nos robarían seguramente en el camino. No hice gran caso de tales indicaciones; pero tenía vivos deseos de marcharme de León, porque, a mi parecer, en tanto permaneciese allí no podría recobrar la salud ni la fuerza.
De consiguiente, a las tres de la mañana salimos para Galicia; apenas habíamos andado media legua, estalló una tormenta violentísima. Nos hallábamos en un bosque que se dilataba bastante en la misma dirección que nosotros seguíamos.
El viento doblaba los árboles casi hasta el suelo o los arrancaba de cuajo; la luz de los relámpagos que fulguraban en torno nuestro, barría la tierra y casi nos cegaba. El fogoso caballo andaluz que yo montaba se espantó y comenzó a botar como un endemoniado. Como estaba tan débil, me costó grandísimo trabajo agarrarme a la silla y evitar una caída que podía ser fatal. La tronada acabó en una manga de agua tremenda que engrosó los arroyos e inundó los campos, haciendo muchos daños en los sembrados. Después de una caminata de cinco leguas comenzamos a entrar en la región montañosa de Astorga. El calor se hizo casi sofocante. Aparecieron enjambres de moscas que, posándose en los caballos, los enloquecían a picaduras. El camino era duro y fatigoso. Con gran trabajo llegamos a Astorga, cubiertos de barro y de polvo, tan sedientos que la lengua se nos pegaba al paladar.
CAPÍTULO XXIII
Astorga.— La posada.— Los maragatos.— Costumbres de los maragatos.— La estatua.
Fuimos a una posada de los arrabales, la única, por cierto, que había en la ciudad. El patio estaba lleno de arrieros y carreteros que movían gran alboroto; el posadero reñía con dos de sus parroquianos, y reinaba universal confusión. Al apearme recibí en la cara el contenido de un vaso de vino; pero como el saludo iba probablemente destinado a otro, me hice el desentendido. Alcanzóle a Antonio un estacazo, y, menos paciente que yo, devolvió en el acto el saludo cruzándole la cara con el látigo a un carretero. Mientras me esforzaba por separar a los dos antagonistas, mi caballo se escapó, y rompiendo por entre la revuelta multitud, derribó a varios individuos y causó no pocos destrozos. Costó mucho tiempo restablecer la paz; por fin nos condujeron a una habitación de regular decencia. Apenas nos habíamos instalado, llegó de Madrid la galera para La Coruña llena de viajeros polvorientos: mujeres, niños, oficiales inválidos y otra gente así. En seguida nos expulsaron de nuestro cuarto y arrojaron los equipajes al patio. Como nos quejáramos de tal trato, nos dijeron que éramos dos vagabundos a quien nadie conocía, que habíamos llegado sin arriero y puesto en confusión la casa entera. Por gran favor nos permitieron, al cabo, refugiarnos en un ruinoso cuartucho pegado a la cuadra, lleno de ratas y de miseria. Había allí una cama con dosel muy antigua, y hubimos de darnos por contentos con tan miserable acomodo porque, abrasado de fiebre, yo no podía seguir adelante. El calor era insoportable. Me senté en la escalera, con la cabeza entre las manos, anhelando por falta de aire; Antonio acudió a darme de beber agua con vinagre, y me sentí aliviado.
Tres días estuvimos en aquel arrabal, y la mayor parte del tiempo permanecí tendido en la cama. Una o dos veces se me ocurrió ir a la ciudad; pero no encontré librero ni persona alguna dispuesta a encargarse de vender mis Testamentos. La gente era brutal, estúpida y grosera; me volví a la cama cansado y desanimado. Allí me estuve oyendo, de tiempo en tiempo, los armoniosos sones de la campana del reloj de la vieja catedral. El posadero ni fué a verme ni preguntó por mí. Con los cuidados de Antonio recobré las fuerzas rápidamente. «Mon maître—me dijo una tarde—. Veo que está usted mejor; vámonos mañana de esta ciudad y de esta posada, que son a cual peores. Allons, mon maître! Il est temps de nous mettre en chemin pour Lugo et Galice.»
Antes de contar lo que nos ocurrió en el viaje a Lugo y Galicia, acaso no esté de más decir unas palabras respecto de Astorga y sus contornos. Astorga es una ciudad amurallada, de cinco a seis mil habitantes, con catedral y seminario, vacío actualmente. Está situada en los confines y puede ser llamada capital de una comarca denominada país de los maragatos, como de tres leguas cuadradas de extensión, que limita al Noroeste la montaña llamada Teleno, la más elevada de una cadena nacida cerca de la desembocadura del Miño y que enlaza con el inmenso macizo divisorio de las Asturias y Guipúzcoa. La región, rocosa en su mayor parte, con ligeras salpicaduras de tierra de un color rojo ladrillo, es ingrata y árida, y paga mezquinamente los afanes del labrador. Los maragatos son quizás la casta más singular de cuantas pueden encontrarse en la mezclada población de España. Tienen costumbres y vestidos peculiares, y nunca se casan con españoles. Su nombre indica su origen, pues significa «moros godos»; y hoy en día su pergenio, consistente en un chaquetón muy ajustado, ceñido al talle por una faja ancha, calzones anchos hasta la rodilla, botas y polainas, difiere muy poco del de los moros de Berbería. Llevan afeitado el cráneo, y sólo se dejan un ligero cerquillo de pelo en la parte inferior. Si llevaran turbante o barrete apenas se los distinguiría de los moros por el vestido; pero usan en lugar de aquél el sombrero ancho. Es casi indudable que los maragatos son reliquias de aquellos godos que tomaron partido por los moros invasores de España, y adoptaron su religión, costumbres y traje, que, con excepción de la primera, conservan aún en buena parte. Pero es también evidente que su sangre no se ha mezclado con la de los salvajes hijos del desierto, porque con dificultad se encontrarían en las montañas de Noruega tipos y rostros más esencialmente godos que los maragatos. Son hombres de fuerza atlética; pero toscos, pesados, de facciones generalmente correctas, pero vacíos de expresión. Hablan con lentitud y lisura; rara vez, o nunca, se observan en ellos los arranques de elocuencia y de imaginación tan comunes en los demás españoles; tienen además una pronunciación áspera y fuerte, y al oírlos hablar creeríase escuchar a un campesino alemán o inglés que intentara expresarse en el idioma de la Península. Son de temperamento flemático, y con dificultad se encolerizan; pero son peligrosos y extremados cuando una vez se incomodan; persona que los conocía bien me dijo que prefería afrontar a diez valencianos, pueblo mal notado por su ferocidad e instintos sanguinarios, que a un solo maragato irritado, por flojo y embotado que sea en las demás ocasiones.
Los hombres apenas se ocupan en las labores del campo, abandonándoselas a las mujeres, que aran las pedregosas tierras y recogen sus menguadas cosechas. Muy diferente es la ocupación de sus maridos e hijos: constituyen un pueblo de arrieros, y considerarían casi como una desgracia emplearse en otros quehaceres. Por todos los caminos de España, y particularmente al Norte de la cordillera divisoria de ambas Castillas, pasan los maragatos, en cuadrillas de cinco o seis, dormitando, o simplemente echados en el lomo de sus gigantescas y cargadísimas mulas, bajo los rayos del sol achicharrante. En suma: casi todo el comercio de una mitad de España está en manos de los maragatos, cuya fidelidad es tal, que cuantos han utilizado sus servicios no vacilarían en confiarles el transporte de un tesoro desde el Cantábrico a Madrid, en la seguridad completa de que no sería culpa suya si no llegaba salvo e intacto a su destino; arrojados han de ser los ladrones que intenten arrebatar sus mercancías a los arrieros maragatos, dondequiera temidos; aferrados a ellas mientras pueden tenerse en pie, las defienden a tiros o con su propio cuerpo si caen en la pelea.
Pero aunque son los arrieros más fieles de España, distan mucho de ser desinteresados; en general, cobran por el transporte de mercancías el doble, cuando menos, de lo que a otros del mismo oficio les parecería suficiente recompensa. De esa manera acumulan grandes sumas de dinero, a pesar de que se tratan mucho mejor de lo que en general es uso entre los frugales españoles, otro argumento en favor de su pura descendencia gótica, porque los maragatos, como verdaderos hombres del Norte, son aficionados a la bebida y se regodean en las comidas copiosas y empalagosas; así tienen esos corpachones tan rozagantes. Muchos han dejado al morir fortunas considerables, y no es raro que leguen una parte de su caudal para erigir o embellecer casas religiosas.
En el extremo oriental de la catedral de Astorga, dominando el altivo muro, hay sobre el tejado una estatua de plomo colosal: es la estatua de un arriero maragato que legó a la catedral una cantidad importante[20]. La figura aparece vestida con el traje nacional; pero desvía el rostro de la tierra de sus padres, y como ondea en la mano una especie de bandera, parece que está animando a todos los de su raza para que abandonen aquella región estéril y busquen en otros climas un campo más rico y vasto para su actividad y su energía.
Hablé de religión con varios maragatos, que es asunto primordial; pero «su corazón estaba endurecido; sus oídos, sordos, y sus ojos, cerrados». Con uno, sobre todo, hablé mucho rato, después de mostrarle el Nuevo Testamento. Me escuchó, o pareció escucharme, con paciencia, bebiendo de vez en cuando copiosos tragos de un inmenso jarro de vino blanco que sostenía entre las rodillas. Cuando acabé de hablar me dijo: «Mañana me voy a Lugo, para donde va usted también, según tengo entendido. Si quiere usted enviar allá sus baúles, no tengo inconveniente en encargarme de ello, a tanto (y me dió un precio exorbitante). De todo lo demás que me ha dicho usted, entiendo muy poco y no creo ni una palabra; respecto de los libros que me ha enseñado usted, compraré tres o cuatro. No pienso leerlos, la verdad; pero, sin duda, los venderé a precio más alto del que usted pide por ellos.»
Y basta ya de maragatos.
CAPÍTULO XXIV
Salida de Astorga.— La venta.— El atajo.— Salvación difícil.— El vaso de agua.— Sol y sombra.— Bembibre.— El convento de las Rocas.— Puesta de sol.— Cacabelos.— Aventura a media noche.— Villafranca.
A las cuatro de una hermosa mañana salimos de Astorga, o más bien de sus arrabales, donde habíamos vivido; nos encaminamos hacia el Norte en dirección de Galicia; dejamos a nuestra izquierda la montaña de Teleno, y fuimos bordeando por el Este el país de los maragatos, por terreno fragoso, alegrado por algunos vallecitos verdes y arroyuelos. Varias maragatas, montadas en jumentos, se cruzaron con nosotros; iban a Astorga a vender verduras. Vi a otras en los campos gobernando el tosco arado, tirado por bueyes flacos. Pasamos también por un pueblecito donde no vi alma viviente. Cerca de aquel pueblo entramos en la carretera directa de Madrid a La Coruña, y después de andar unas cuatro leguas llegamos a una especie de desfiladero, formado, a nuestra izquierda, por una enorme y maciza montaña (una de las que arrancan del macizo de Teleno), y a nuestra derecha por otra de mucha menos altura. En el comedio de esa hoz, bastante ancha, se descubría una vista muy hermosa. Delante, como a legua y media de distancia, alzábase la poderosa cordillera divisoria ya mentada; en sus vertientes azules, y en sus quebradas y pintorescas cumbres, se enredaban todavía algunos tenues jirones de la niebla matutina, que los fuertes rayos del sol deshacían con rapidez. Parecía una enorme barrera que fuese a interceptarnos el camino, y me recordó las fábulas relativas a los hijos de Magog, de quienes se dice que residen en lo más remoto de Tartaria detrás de una gigantesca muralla de granito, que sólo puede pasarse por una puerta de acero de mil codos de altura.
Poco después llegamos a Manzanal, aldea compuesta de tristes casuchas, con todas las muestras de la pobreza y de la miseria. Era la hora indicada para comer nosotros y dar pienso a los caballos, y nos dirigimos a una venta al final del pueblo; si bien encontramos cebada para los animales, trabajo nos costó hallar algo para nosotros. Por fortuna, pude adquirir un jarro grande de leche, porque las vacas abundaban; muchas de ellas pastaban en un pintoresco valle que acabábamos de atravesar, bien poblado de hierba y de árboles, con un arroyuelo cortado por pequeñas cascadas. Tendría el jarro hasta una azumbre de leche, y en pocos minutos lo apuré, pues aunque tenía perdido el apetito, la fiebre me abrasaba de sed. La venta consistía en un inmenso establo, con una partición para cocina y un sitio donde dormía la familia del ventero. El amo, joven y recio, estaba recostado en un ancho banco de piedra junto a la puerta. Era muy preguntón; pero como yo no podía saciar su afán de noticias, comenzó a hablar él, y, cada vez más comunicativo, acabó por referirme la historia de su vida; en resumen, me contó que había sido correo en las provincias Vascongadas, y que un año antes fué trasladado a aquella aldea, donde tenía a su cargo la estafeta. Era liberal entusiasta, y hablaba pestes de la gente del país, toda carlista, según decía, y amiga de los frailes. No puse gran atención en sus palabras, porque me entretuve en observar a un muchacho maragato, de unos catorce años, que servía en la casa de mozo de cuadra. Pregunté al amo si aún estábamos en tierra de maragatos, y me respondió que ya la habíamos dejado más de una legua atrás; el muchacho aquel era huérfano, y se había puesto a servir para ahorrar unos cuartos y dedicarse a arriero. Hice unas preguntas al muchacho; pero me miró a la cara, malhumorado, y guardó tenaz silencio o respondió sólo con monosílabos. Al preguntarle si sabía leer: «Sí—dijo—; como ese caballo de usted que está ahí queriendo arrancar el pesebre.»
Dejado Manzanal, continuamos el viaje. No tardamos en llegar al borde de un profundo valle abierto entre montañas, no las que habíamos visto frente a nosotros, y que ahora dejábamos a la derecha, sino las del macizo de Teleno antes de unirse a aquéllas. El valle se asemejaba un poco a una herradura; el camino seguía las laderas dando un gran rodeo; pero cabalmente delante de nosotros arrancaba un sendero que en suave descenso, al parecer, cruzaba el valle para unirse de nuevo al camino al otro lado, a un cuarto de milla de distancia; nos metimos por el atajo para evitar el rodeo.
Poco trecho llevaríamos andado, cuando encontramos a dos gallegos que iban a segar a Castilla. Uno de ellos exclamó; «Caballero, vuélvase atrás; dentro de nada llegará usted a unos precipicios donde se romperán la cabeza los caballos; apenas hemos podido subirlos nosotros a pie.» El otro gritó: «Caballero, siga adelante; pero lleve mucho cuidado; si los caballos no tropiezan no correrá usted gran peligro; mi compañero es tonto.» Los dos montañeses se pusieron a disputar, sosteniendo cada cual su opinión con juramentos y maldiciones pero, sin esperar el resultado, proseguí adelante. Gruesas piedras, pedazos de pizarra, en los que mi caballo tropezaba sin cesar, empezaron a obstruir el camino. Oí también ruido de agua en una garganta profunda que no había visto hasta entonces, y me pareció más que insensato continuar por el atajo. Volví el caballo, y me dirigía con rapidez al camino, cuando Antonio, mi fiel criado griego, me indicó una pradera por la cual, a su parecer, podríamos cortar mucho y salir a la carretera en un punto bastante más bajo que si desandábamos todo el atajo. Radiante hierba verde, muy corta, cubría la pradera, cruzada por un arroyuelo. Metí espuelas al caballo creyendo salir a la carretera en un momento; pero el animal empezó a resoplar con violencia, a espantarse y a dar otras evidentes señales de no querer cruzar por aquel sitio, en apariencia tentador. Creí que el olor de algún lobo, o de otra alimaña cualquiera, era la causa de su espanto; pero salí pronto de mi error viéndole hundirse hasta los corvejones en una ciénaga; lanzó un agudo relincho, y mostrando grandísimo terror, manoteó y se esforzó por zafarse; pero a cada momento se hundía más. Al cabo pudo alcanzar una veta de roca que emergía del fango; en ella puso los cuatro remos, y con un esfuerzo tremendo saltó el arroyo y se libró del suelo traicionero cayendo en otro de relativa firmeza, donde permaneció jadeante, cubiertos los ijares de espuma y sudor. Antonio, que había contemplado la escena, no se atrevió a seguirme, y desandando todo el atajo se reunió poco después conmigo en la carretera. El suceso trajo a mi memoria la pradera y el sendero que tentaron a Cristián cuando seguía el angosto camino del cielo, y que acabaron por llevarle a los dominios del gigante Desesperado.
Comenzamos luego a descender al valle por una ancha y excelente carretera abierta en la escarpada falda de la montaña que teníamos a la derecha. A la izquierda quedaba la garganta por donde caía el torrente de que antes hablé. Era la carretera tortuosa, y el paisaje más pintoresco a cada revuelta. Ensanchábase poco a poco la garganta; el arroyo que por ella corría, con el alimento de numerosos manantiales, engrosaba su vena y su fragor; pronto quedó muy debajo de nosotros, prosiguiendo su arrebatado curso hacia el terreno llano, por donde fluía a través de una linda y angosta pradera. Selvático era el aspecto de las montañas del fondo, cubiertas, desde los pies a la cima, de árboles tan espesos que no se percibía ni un palmo del suelo, en cuyos senos se albergan lobos, jabalíes y corzos. Estos, según me contó un campesino que pasó guiando un carro de bueyes, bajan con frecuencia a la pradera, donde los cazan a tiros para aprovechar la piel, porque la carne, muy dura y desagradable, nadie la quiere. No obstante lo agreste de la región, la mano del hombre era visible por doquiera. En las escarpadas vertientes de la garganta, por donde el arroyo caía, amarilleaban pequeños sembrados de cebada; abajo, en la pradera, veíase una aldea y una iglesia; hasta nosotros subían los alegres cantares de los segadores que guadañaban la lozana y abundosa hierba. Apenas podía creer que estábamos en España, tan parda, árida y triste en general, y casi me imaginé hallarme en la antigua y gloriosa tierra de Grecia, cuyos montes y selvas han sido tan bien descriptos por Teócrito.
Entramos en un pueblecito situado en el fondo del valle y regado por las aguas del torrente, ya casi convertido en río. No he visto situación tan romántica como la de aquel pueblo. Rodeado de montañas, que casi le dominaban a pico, cobijado por muy densas y variadas arboledas, alegrábanlo el rumor de las aguas, el canto de los ruiseñores y las sonoras notas del cuco, encaramado en las altas ramas; pero la aldea era miserable. Las casas eran de pizarra, abundantísima en las montañas vecinas, y las techumbres del mismo material; pero no a la manera limpia y ordenada que se usa en las casas inglesas, porque las pizarras eran de todos tamaños y parecían colocadas en revuelta confusión. Muertos de sed y de calor nos sentamos en un banco de piedra, y rogué a una mujer que me diese un poco de agua. Respondió que me la traería, a condición de pagarla. Antonio, al oírla, se incomodó mucho, y mezclando el griego, el turco y el español, invocó la venganza de la Panhagia sobre aquella mujer sin corazón. «Si ofreciese dinero a un mahometano por un trago de agua—decía Antonio—me lo arrojaría a la cara, y usted es católica y por la puerta de su casa pasa un río.» Le mandé callar, y repetí mi ruego, después de dar a la mujer dos cuartos; tomó entonces un cántaro y lo llenó en el arroyo. El agua era cenagosa y desagradable; pero calmó la sed febril que me devoraba.
Montamos de nuevo y proseguimos la marcha. Durante un trecho considerable el camino seguía la margen del río; las aguas se precipitaban a veces en pequeñas cascadas, o alborotaban entre las piedras, o fluían en sombrío silencio sobre las pozas profundas, bajo el dosel de los sauces. Las pozas debían de ser abundantes en pesca; con mucha frecuencia saltaban del agua gruesas truchas y cazaban las brillantes moscas que pasaban rozando la engañosa superficie. Eran deliciosos el momento y el lugar. Rodaba el sol por lo alto del firmamento, despidiendo de su orbe de fuego rayos gloriosísimos, y la atmósfera vibraba con su resplandor; pero la sombra de los árboles templaba su fuerza, o la hacían inofensiva la vivificante frescura que subía del agua o las suaves brisas que a intervalos murmuraban en las praderas, «aireando la mejilla y levantando el cabello» del viajero. Las montañas fueron poco a poco aclarándose. Entramos en una planicie. Sobre las altas hierbas ondulantes extendían los robustísimos castaños, en plena floración, sus gigantescas y sombrosas ramas. Echadas en el suelo descansaban unas cuantas parejas de bueyes, soportando en sus cabezas el grave peso de la pértiga de las carretas, mientras los boyeros se ocupaban en aderezar la comida o dormían a la sombra y sobre la hierba una siesta deliciosa. Me acerqué al grupo más numeroso y pregunté a un individuo si necesitaban el Testamento de Jesucristo. Miráronse con asombro unos a otros y me miraron a mí, hasta que un joven, que conservaba entre las manos una escopeta mientras descansaba, me preguntó qué era eso y si yo era catalán, «porque tiene usted un hablar muy áspero, y es alto y rubio como aquella gente». Me senté con ellos, y les dije que no era catalán, sino que venía por el mar de Occidente, de un sitio distante muchas leguas de allí, a vender aquel libro a mitad de su precio de coste, y que la salvación de su alma dependía de conocerlo bien. Expliqué la naturaleza del Nuevo Testamento y leí la parábola del sembrador. Mis oyentes miráronse de nuevo con asombro; pero me dijeron que no podían, siendo pobres, comprar libros. Me levanté, monté a caballo, y al marcharme les dije: «La paz sea con vosotros.» Oído esto por el joven de la escopeta, se puso en pie, y exclamando: «Cáspita, ¡qué cosa tan rara!», me arrebató el libro de la mano y me pagó el precio que le había pedido.
Acaso no se encuentre, aun buscándolo por todo el mundo, un lugar cuyas ventajas naturales rivalicen con las de esta llanura o valle de Bembibre, con su barrera de ingentes montañas, con sus copudos castaños, y con los robledales y saucedas que visten las márgenes del río, tributario del Miño. Es verdad que, cuando yo pasé por allí, el luminar del cielo ardía en todo su esplendor, y las cosas, alumbradas por sus rayos, aparecían brillantes, prósperas y jocundas. No aseguro que aquellos lugares me hubieran producido igual admiración contemplados a otra luz; pero es indiscutible que siendo tantas sus cualidades no pueden por menos de producir en cualquier tiempo hondo deleite; a la belleza apacible de un paisaje inglés júntase allí un no sé qué de grande y de agreste, y tengo para mí que el hombre nacido en aquellos valles, a no ser muy insaciable y turbulento, no querrá abandonarlos jamás. En aquellas horas no hubiera ambicionado yo mejor destino que el de ser pastor o cazador en las praderas o en las montañas de Bembibre.
Tres horas más tarde, la situación había variado. En Bembibre, pueblo de barro y pizarra, poco digno de atención, hicimos alto, para comer nosotros y dar pienso a los caballos. Continuamos luego cuesta arriba, porque el camino iba por una de las últimas estribaciones de aquellas montañas divisorias, ya frecuentemente mencionadas; pero el cielo se había obscurecido; las nubes rodaban veloces sobre las montañas, viniendo del mar, y un viento frío se quejaba tristemente. Dimos alcance a un aldeano, montado en una mula miserable, y nos dijo: «Tenemos la nube encima; los asturianos la van a ver muy bien, porque corre hacia su tierra.» Apenas lo había dicho, un relámpago, tan vivo y deslumbrador como si todo el brillo del elemento ígneo se hubiese concentrado en él, fulguró en torno, inflamando la atmósfera y envolviendo montañas, rocas y árboles en un resplandor indescriptible. La mula del aldeano se cayó al suelo; mi caballo se encabritó, y dando media vuelta echó a correr como loco cuesta abajo, y durante un rato no pude refrenarlo. Al relámpago siguió el estampido de un trueno, no menos terrible, pero lejano, sordo y profundo; las montañas recogieron su sonido y lo repitieron llevándolo de cumbre en cumbre, hasta que se perdió en el espacio sin límites. Otros relámpagos y truenos estallaron, pero más débiles en comparación; cayeron algunas gotas de lluvia. Lo recio de la nube parecía estar en otra región. «Donde haya caído esa exhalación—dijo el aldeano al juntarse de nuevo a nosotros—más de cien familias estarán llorando a estas horas; aun a seis leguas de distancia mi mula se ha cegado con el resplandor.» Llevaba por la brida al animal, que, en efecto, parecía dañado en la vista. «Si los frailes estuviesen aún en su nido, allá en lo alto—continuó—, diría que esto es obra suya, porque ellos son los causantes de todas las desgracias de esta tierra.»
Alcé los ojos en la dirección indicada por el aldeano, y a media ladera de la montaña por cuya base íbamos vi un inmenso peñasco, pavoroso y negruzco, que sobresalía a gran altura sobre el camino, como si amenazase destruírlo. Parecíase aquello a uno de los arrecifes de rocas representados en el cuadro del Diluvio, a los que trepan los aterrorizados fugitivos para escapar a la tenaz persecución de las embravecidas e incontrastables olas, y desde los que miran con horror a sus pies, mientras sobre ellos se levantan nuevas y vertiginosas alturas a las que en vano pugnan por encaramarse. En el mismo borde de aquel peñasco se alzaba un edificio consagrado, al parecer, a fines religiosos, porque sobre sus muros y techumbre se erguía el campanario de una iglesia. «Esa es la casa de la Virgen de las Rocas—dijo el aldeano—, y hasta hace poco estaba llena de frailes; pero los han echado, y ahora no viven ahí más que lechuzas y cuervos.» Repliqué que no debía de ser envidiable la vida en una mansión tan triste y desamparada, porque en invierno se correría grave peligro de morir allí de frío. «De ningún modo—me respondió—. Tenían toda la leña que querían para sus braseros y chimeneas, y mucho y buen vino para calentarse en las comidas, nada frugales. Además, tenían otro convento ahí en el valle, al que se retiraban cuando les parecía bien.» Al preguntarle el motivo de su aversión a los frailes, me contestó que había sido vasallo suyo, y que año tras año le privaban de la flor de cuanto poseía. Hablando de ese modo llegamos a una aldea, debajo precisamente del convento, y allí me dejó el aldeano, después de señalarme una casa de piedra, con una imagen sobre la puerta, que perteneció en otro tiempo, según dijo, a la canalla de allá arriba.
El sol se acercaba al ocaso; deseoso de llegar a Villafranca, donde pensaba descansar, y de la que aún me separaban tres leguas y media, no me detuve en la aldea. El camino empezó a descender en rápida y tortuosa cuesta, que terminaba en un valle, en cuyo fondo había un puente angosto y largo; por debajo pasaba un río, que por una ancha garganta se abría paso entre dos montañas. La cordillera estaba allí tajada, probablemente por una convulsión de la naturaleza. Contemplé la hoz y las montañas de ambos lados. A gran altura, por mi derecha, pero destacándose con mucha claridad, iluminado por los últimos rayos del sol, aparecía el convento del Despeñadero, y frente por frente, al otro extremo del valle, alzábase a pico la montaña rival, que, por interceptar en parte considerable la luz, echaba masas de sombras sobre la parte alta del paso, envolviéndolo en misteriosa obscuridad. Del seno de ella se arrojaba con ruido atronador un río, blanco de espuma, arrastrando en pos de sí piedras y ramas: era el bravío Sil, engrosado tal vez por las recientes lluvias, que desde su cuna en las montañas de Asturias se precipitaba hacia el Océano.
Pasaron algunas horas más. Era ya noche cerrada y nos hallábamos rodeados de bosques, buscando a tientas el camino, porque la obscuridad era tal que apenas veía a una vara más allá de la cabeza del caballo. El animal parecía intranquilo, se paraba muchas veces, apuntaba las orejas y daba relinchos lastimeros. Frecuentes relámpagos iluminaban con sus llamaradas el cielo negro y echaban una momentánea claridad sobre nuestro camino. Ningún ruido interrumpía el silencio de la noche, salvo el tardo paso de los caballos, y a veces el croar de las ranas en algún charco. Me acordé de que estaba en España, tierra predilecta de estas dos furias: asesinato y robo, y de la facilidad con que dos viajeros fatigados e inermes podían ser víctimas suyas.
Al fin salimos de los bosques, y después de andar otro poco el caballo relinchó alegremente y salió al trote corto. Pronto llegaron a mis oídos ladridos de perros, y creímos estar cerca de poblado. En efecto, estábamos en Cacabelos, ciudad a unas cinco millas de Villafranca.
Eran cerca de las once, y me pareció mejor esperar al siguiente día en aquel lugar que seguir sin dilación a Villafranca, exponiéndonos a los horrores de la obscuridad en un camino solitario y desconocido. Tomé el partido de quedarme, pero no había contado con la huéspeda: en la primera posada a que llamé respondieron que no podían admitirnos, y menos aún a los caballos, porque la cuadra estaba llena de agua. En la segunda—y en el pueblo no había más que dos—una tosca voz me respondió desde la ventana casi con las palabras de la Escritura: «No importunes; la puerta está ya cerrada, y mis hijos y yo estamos acostados; no puedo levantarme para abrirte.» En realidad, no tenía yo muchas ganas de entrar, porque la posada tenía pobrísimo aspecto; pero daba lástima ver a los pobres caballos manotear contra la puerta, como si implorasen la entrada.
Ya no teníamos dónde escoger: sólo nos quedaba continuar nuestro triste viaje a Villafranca, hasta donde había, según nos dijeron, una legua corta, que resultó ser legua y media. No fué cosa fácil salir del pueblo, porque nos perdíamos en el laberinto de sus callejuelas. Un muchacho de unos diez y ocho años consintió, mediante la oferta de una peseta, en guiarnos, y después de muchas vueltas nos puso en un puente, diciéndonos que le cruzáramos y siguiéramos el camino, que era el de Villafranca; recibió luego lo ofrecido y se marchó muy de prisa.
Seguimos sus indicaciones, no sin alguna sospecha de que pudiera habernos engañado. La noche era aún más obscura, de suerte que no se podía distinguir cosa alguna, por muy próxima que estuviese. Los relámpagos eran más débiles y raros. Oíamos el rumor de los árboles y a veces ladridos de perros; pero este ruido cesó pronto y quedamos envueltos en silenciosas tinieblas. Mi caballo, o por cansancio o por el mal estado del camino, tropezaba mucho; en vista de lo cual me apeé, y llevándolo por las riendas no tardé en dejar a Antonio muy atrás.
Un gran trecho anduve de ese modo, cuando sobrevino un incidente muy apropiado a la hora y al lugar. Iba yo por entre árboles y matorrales; de pronto el caballo se detiene, y a poco me tira de espaldas. No sé cómo fué; pero el miedo, nunca sentido hasta entonces en la soledad ni en las tinieblas, me invadió súbitamente. Me disponía a hacer andar al caballo cuando sentí ruido a mi derecha, y escuché con atención. El ruido parecía el de una o varias personas, abriéndose camino a través de ramas y maleza. Cesó pronto y oí pasos en el camino. Era el andar lento y vacilante de gentes que transportan un objeto pesadísimo, casi superior a sus fuerzas, y me pareció oír la respiración anhelosa de hombres muy fatigados. Hubo una breve pausa, durante la que me pareció que descansaban en medio del camino. Luego se reanudaron los pasos, hasta llegar al otro lado, y de nuevo oí los crujidos de las ramas; continuó un poco de tiempo y gradualmente se desvaneció.
Seguí mi camino, pensando en lo que acababa de suceder y haciendo conjeturas sobre la causa. Los relámpagos fulguraban de nuevo, y a su luz pude ver que me acercaba a unas elevadas y obscuras montañas. La caminata nocturna duraba tanto que perdí la esperanza de llegar a la ciudad, y entorné los ojos adormilado, aunque continuaba marchando mecánicamente, sin soltar la rienda del caballo. De pronto una voz me gritó a corta distancia: «¿Quién vive?»; al fin había dado con el camino de Villafranca. La voz procedía de un centinela del arrabal, uno de esos singulares migueletes, medio soldados, medio guerillas que en general emplea el Gobierno de España en limpiar de ladrones los caminos. Di la respuesta usual: «España», y me acerqué al lugar donde estaba de plantón. Cambiamos unas palabras y me senté en una piedra a esperar a Antonio, que tardó bastante en llegar. Le pregunté si se había cruzado con alguien en el camino; pero no había visto nada. La noche, o más bien la mañana, era aún muy obscura, a pesar de un débil cuarto de luna que a ratos se dejaba ver entre las nubes. Bajamos una calle a nuestra izquierda, que el miguelete nos indicó, para llegar a la puerta de la ciudad. La calle era empinada, no veíamos puerta ninguna, y no tardamos en ver detenidos nuestros pasos por una fila de casas y un muro. Llamamos a la puerta de dos o tres de aquellas casas (en cuyos pisos superiores había luces encendidas), con el fin de orientarnos, pero no nos oyeron o no nos hicieron caso. Hórrido maullar de gatos saludaba nuestros oídos desde los tejados y desde los rincones obscuros, y me acordé de la llegada nocturna de Don Quijote y su escudero al Toboso y sus inútiles pesquisas por las desiertas calles en busca del palacio de Dulcinea. Al fin vimos luz y oímos voces en una casita aislada, al otro lado de una especie de foso; tirando de los caballos llegamos a la puerta y llamamos; nos abrió un viejo, que por su traje me pareció un hornero, y no me equivoqué; en razón de su oficio estaba levantado a tales horas. Le rogamos que nos indicase el camino para entrar en la ciudad, y echó delante de nosotros por una angosta callejuela que arrancaba junto a su casa, diciendo que él mismo iba a llevarnos a la posada.
La calleja conducía directamente a una plaza, al parecer la del mercado, y ya en ella detúvose nuestro guía ante una casa de esquina, y llamó. Después de un buen rato se abrió una ventana del piso alto, y una voz de mujer nos preguntó quiénes éramos. «Dos viajeros que acaban de llegar y buscan posada»—respondió el viejo. «No quiero que me molesten a estas horas de la noche—respondió la mujer—; querrán cenar y no hay nada en casa; que vayan a cualquier otra parte». Cuando ya iba la mujer a cerrar la ventana, grité que no necesitábamos cena, sino descanso para nosotros y los caballos, porque veníamos desde Astorga y estábamos muertos de cansancio. «¿Quién es el que habla?—exclamó la mujer—. Esa voz seguramente es la de Gil, el relojero alemán de Pontevedra. Bien venido, compañero; llega usted a tiempo, porque tengo el reloj desarreglado. Siento haberle hecho a usted esperar; en seguida abro».
Cerróse de golpe la ventana, y a poco brilló una luz entre las rendijas de la puerta; giró una llave en la cerradura, y entramos.
CAPÍTULO XXV
Villafranca.— El puerto.— Simplicidad gallega.— La guardia de la frontera.— La herradura.— Peculiaridades gallegas.— Una palabra sobre el idioma.— El correo.— El hostelero y los huéspedes.— Los andaluces.
¡Ave María!—dijo la mujer—. ¿Quién está aquí? Este no es Gil, el relojero.—Que sea Gil o sea Juan—respondí—necesitamos posada, y la pagaremos.—Nuestro primer cuidado fué estabular los caballos, que estaban agotados; después tratamos de instalarnos lo mejor posible. La casa era grande y cómoda. Luego de beber un poco de agua me tendí en el suelo de una habitación sobre los colchones que trajo la posadera, y en menos de un minuto me quedé profundamente dormido.
Me desperté muy entrada la mañana. Salí a la plaza del mercado, llena de gente. Alzando los ojos vi asomar sobre los tejados de las casas los picos de unas montañas muy altas y sombrías. La ciudad está en una profunda hondonada y rodeada de montañas casi por todos lados.—¡Quel pays barbare!—dijo Antonio—, al reunirse conmigo. Cuanto más lejos vamos, más salvaje parece todo. Empieza a darme miedo el viaje a Galicia. Me dicen que tenemos que trepar por esas montañas; se despearán los caballos.—Dejé la plaza del mercado y subí a la muralla de la ciudad con ánimo de descubrir la puerta por donde habíamos entrado la noche precedente; pero no tuve mejor éxito con luz del sol que en la obscuridad. En la dirección de Astorga la ciudad parecía estar herméticamente cerrada.
Deseoso de entrar en Galicia, y pareciéndome que los caballos se habían hasta cierto punto repuesto del cansancio de la jornada anterior, montamos de nuevo y proseguimos nuestra ruta. Atravesamos un puente, y al instante nos vimos en un profundo desfiladero, por cuyo fondo se precipitaba un impetuoso riachuelo, dominado a pico por la carretera que lleva a Galicia. Estábamos en el renombrado puerto de Fuencebadón.
Es imposible describir el puerto ni la región circunvecina, que contiene algunos de los más extraordinarios paisajes de España; a todo lo que aspiro es a trazar un débil e imperfecto bosquejo. El viajero que sube el puerto sigue durante casi una legua el curso del torrente, cuyas márgenes, escarpadas en algunos sitios, descienden en otros suavemente hasta el agua, y están pobladas de hermosos árboles: robles, álamos y castaños. Al principio se ven numerosas aldehuelas de casas bajas, con techumbre de inmensas pizarras y aleros que casi tocan al suelo. Las aldeas son menos frecuentes a medida que el camino es más estrecho y escarpado, hasta que por último desaparecen poco antes del sitio en que el camino se aparta del riachuelo para no verlo más, si bien se oye todavía a sus tributarios mugir en el fondo de las ramblas, o se los ve caer en delgados chorros por los barrancos abajo. Todo es allí de insólita y agreste belleza. La eminencia por donde trepa el camino se yergue a la derecha, mientras en el extremo opuesto de un profundo barranco se alza una montaña inmensa, a cuya cima apenas alcanza la vista. Pero lo más singular del puerto son los campos o praderas suspendidos en las vertientes. Cubiertos estaban, cuando yo pasé, de exuberante hierba, y en muchos de ellos los segadores guadañaban, aunque parecía imposible que un hombre pudiera tenerse en pie en terreno tan escarpado; los senderillos que corren en todas direcciones parecen hilos tendidos en la falda de la montaña. Un carro de bueyes va serpenteando en torno de un pico elevadísimo; una de las ruedas queda por completo al aire sobre la espantosa pendiente; el vértigo se apodera del cerebro y hay que apartar la vista con rapidez. Una nube se interpone; cuando volvemos a mirar, los objetos de nuestra ansiedad han desaparecido. El camino es cada vez más estrecho y tortuoso. Andadas dos leguas aún queda un tercio de la cuesta por subir. Todavía no es aquello Galicia; todavía se oye hablar castellano, muy tosco, a la verdad, en las chozas miserables levantadas en los apartados rincones por donde pasa el camino.
Poco antes de llegar a lo alto del puerto una niebla espesa envolvió las cimas de las montañas. Comenzó a lloviznar. «Estas son las nieblas que los gallegos llaman bretima—dijo Antonio—, y abundan mucho en esta tierra.» «¿Ha estado usted ya otras veces en Galicia?»—pregunté. «Non, mon maître; pero he servido en muchas casas donde había criados gallegos, y por eso conozco un poco sus costumbres y su lengua.» «¿Y tiene usted buena opinión de los gallegos?» «En manera alguna, mon maître; los hombres, en general, parecen muy rústicos y simples, pero son capaces de engañar al filou más listo de París; respecto de las mujeres es imposible vivir en la misma casa que ellas, sobre todo si son camareras y acompañan a la señora; no hacen más que mover disensiones y disputas en la casa, y contar habladurías de los otros criados. Ya he perdido en Madrid dos o tres colocaciones excelentes por culpa de las camareras gallegas. Ya estamos en la raya, mon maître; me parece que este pueblo debe de ser ya de Galicia».
Entramos en el pueblo, situado en lo alto de la montaña, y como jinetes y caballos estábamos cansadísimos, buscamos un sitio donde reparar las fuerzas. Junto a la puerta del pueblo había una casa ante la que se hallaban una o dos mulas y una jaca; pensé que aquélla sería la posada, y en efecto lo era. Entramos: varios soldados estaban tumbados en unos montones del heno que casi llenaba el local, parecido a un establo. Todos eran de malísimo aspecto y muy sucios. Hablaban entre sí en un dialecto de extraña sonoridad, que supuse sería el gallego. En cuanto nos vieron, dos o tres se levantaron de sus camas y corrieron al encuentro de Antonio, a quien saludaron con mucho afecto, llamándole companheiro. «¿De qué conoce usted a esta gente?», le pregunté en francés. «Ces messieurs sont presque tous de ma connoissance»—contestó—, et, entre nous, ce sont de véritables vauriens; casi todos son ladrones y asesinos. Aquel tuerto, que es el cabo, se escapó hace poco de Madrid con más que sospechas de estar complicado en un envenenamiento; aquí, en su tierra, está bastante seguro, y, como usted ve, lo emplean en guardar la frontera. Debemos ser amables con ellos, mon maître; hay que darles vino, o se ofenderán. Los conozco, mon maître; los conozco. ¡Hola! Posadero, traiga una azumbre de vino.»
Mientras Antonio convidaba a sus amigos llevé los caballos a la cuadra; había que atravesar la casa, posada o como se la quiera llamar. La cuadra era un miserable cobertizo, donde los caballos se hundían hasta el menudillo en cieno y barro. Pedí cebada, pero me dijeron que en Galicia no se usaba para pienso y era rarísima; en sustitución me ofrecieron maíz, que los caballos comieron sin reparo; tampoco se podía encontrar paja, sustituida por heno medio verde. A fuerza de patalear en el fango de la cuadra, mi caballo perdió una herradura, y en vano la busqué.—«¿Hay herrador en el pueblo?», pregunté a un individuo que hacía de mozo de cuadra.
El mozo de cuadra.—Sí, senhor; pero supongo que traerá usted consigo herraduras, porque si no, a este caballo tan grande no lo herrarán en el pueblo.
Yo.—¿Qué quiere usted decir? ¿Es que el herrador no sabe su oficio? ¿No puede poner una herradura?
El mozo de cuadra.—Sí, senhor, puede poner una herradura si usted se la proporciona; pero en Galicia no hay herraduras para caballos, al menos por estos sitios.
Yo.—¿No es costumbre aquí herrar a los caballos?
El mozo de cuadra.—Senhor, en Galicia no hay caballos; no hay más que jacas; los que traen caballos a Galicia—sólo un loco puede hacer tal—tienen que traer también un repuesto de herraduras, porque aquí no las hay de ese tamaño.
Yo.—¿Qué quiere decir eso de que sólo un loco puede traer caballos a Galicia?
El mozo de cuadra.—Senhor, no hay caballo que resista los piensos y las montañas de Galicia sin enfermar; y si no se muere de una vez, le costará a usted en veterinarios más de lo que vale. Además, un caballo no sirve aquí de nada, y en terreno tan quebrado no puede prestar ni la décima parte del servicio que una yegüecilla puede hacer. Vea también, senhor, que su caballo es entero; de cada veinte jacas que vea usted por los caminos de Galicia, diez y nueve son yeguas; los machos se envían a Castilla para venderlos. Senhor, su caballo entrará en celo por esos caminos y atrapará un muermo, que no tiene cura. Senhor, sólo a un loco se le ocurre traer un caballo a Galicia, pero hay que estar dos veces loco para traer un entero, como usted ha hecho.
—Extraño país es Galicia—dije yo; y me fuí a consultar con Antonio.
Resultó que los informes del mozo de cuadra eran literalmente exactos en lo referente a la herradura; por lo menos, el herrador del pueblo, a quien llevé mi caballo, confesó que no podía herrarlo por carecer de herraduras adecuadas a sus cascos. Dijo que probablemente tendríamos que llevar el caballo a Lugo, donde por haber guarnición de caballería encontraríamos acaso lo que necesitábamos. Añadió, empero, que la mayor parte de los soldados de caballería iban montados en jacas del país, porque la mortalidad entre los caballos traídos de país llano era espantosa. Lugo estaba a diez leguas; al parecer no había por el momento otro remedio que tener paciencia, y tomado algún descanso seguimos el viaje, llevando los caballos por las riendas.
Estábamos en la cima de una de las más elevadas montañas de Galicia; anduvimos una legua por terreno llano y empezamos a bajar. Cuando íbamos por la planicie, cubierta de tojos y jaras, dimos de súbito con media docena de individuos armados de carabinas y vestidos con uniformes andrajosos. Al principio supusimos que eran bandidos; se trataba tan sólo de una patrulla de soldados destacada del pueblo que acabábamos de dejar, como escolta de un correo provincial. Nos rodearon clamando por cigarros, pero no cometieron grosería mayor. Como no teníamos cigarros, les di una moneda de plata. Dos de los peor encarados tenían mucho empeño en que los permitiésemos escoltarnos hasta Nogales, pueblo en que nos proponíamos pernoctar. «No se lo permita usted de ningún modo, mon maître—dijo Antonio—. Son dos asesinos famosos a quienes conocí en Madrid; en el primer barranco nos matarían para robarnos.» Decliné cortésmente sus ofertas y partimos. «Al parecer, conoce usted a todos los salteadores de Galicia», dije a Antonio cuando bajábamos de la montaña.
—A esos dos individuos—replicó—los conocí cuando estuve de cocinero en casa del general O..., que es gallego; eran íntimos amigos del repostero. Todos los gallegos que hay en Madrid, cualquiera que sea su condición, se conocen; allí, al menos, son todos buenos amigos y se ayudan mutuamente en cuantas ocasiones se presentan. Si en una casa hay un criado gallego, seguramente la cocina se llena de paisanos suyos, y no tarda en advertirlo el cocinero a costa suya, porque comúnmente se dan maña para devorar cualquier regalillo que tengan reservado para sí y su familia.
Poco antes de la mitad de la cuesta llegamos a una aldea. Al ver una fragua hicimos alto, con la débil esperanza de encontrar una herradura para mi caballo, que por ir descalzo empezaba a renquear. Con gran alegría descubrimos que el herrero poseía una herradura de caballo, que algún tiempo antes se había encontrado en el camino. Después de machacarla y arreglarla mucho, el Vulcano gallego falló que serviría muy bien a falta de otra mejor; con lo cual montamos de nuevo y continuamos despacio el descenso.
Poco antes de ponerse el sol llegamos a Nogales, aldea situada en un angosto valle, al pie de la montaña en cuya travesía habíamos gastado el día entero. Era un lugar en extremo pintoresco. Montes escarpados, cubiertos de frondosos castañares, lo rodeaban por todos lados. La aldea misma estaba casi cobijada por los árboles; pegado a ella corría un murmurante arroyuelo. Encontramos una posada regularmente espaciosa y cómoda.
Estaba yo débil y cansado, pero con pocas ganas de dormir. Antonio aderezó nuestra cena, o más bien la suya, porque yo no tenía apetito. Sentado a la puerta, me entretuve en contemplar los bosques de las alturas circunvecinas o el agua del arroyuelo, y en escuchar a la gente que vagaba por allí, hablando en el dialecto del país. ¡Qué extraña lengua es el gallego, con su acento quejumbroso y melodioso a la vez, y con su revoltijo de palabras de varios idiomas, pero sobre todo del español y del portugués! «¿Entiende usted lo que dicen?»—pregunté a Antonio, que ya se había reunido conmigo. «No lo entiendo, mon maître—respondió—. He aprendido muchas palabras con los criados gallegos en las casas donde he servido, pero no puedo seguir una conversación. He oído decir a los gallegos que no hay dos aldeas donde se hable de la misma manera, y que muchas veces no se entienden entre sí. Lo peor del gallego es que todos piensan al oirlo por primera vez que es facilísimo de aprender, porque a cada momento perciben vocablos ya oídos antes; pero eso sirve tan sólo de mayor extravío y embrollo, y para que se entienda mal lo que se oye; mientras que si ignorasen totalmente esta lengua, aguzarían el oído para entenderla, como me pasa a mí cuando oigo hablar vascuence, bien que no conozco más palabra de este idioma que jaungicoa.»
Al cerrar la noche me fuí a la cama, donde estuve cuatro o cinco horas intranquilo y desvelado, porque aún no estaba limpio de fiebre. Mucho después de media noche, y cuando iba quedándome dormido, me espabiló un gran ruido en la calle, y el resplandor de unas luces que entraban por la celosía de la ventana de mi cuarto. Un momento después apareció Antonio, a medio vestir. «Mon maître—dijo—, acaba de llegar el correo de Madrid a La Coruña con una gran escolta y enorme número de viajeros. Me dicen que el camino de aquí a Lugo está infestado de ladrones y de carlistas que cometen todo género de atrocidades; debemos aprovecharnos de la ocasión y mañana al mediodía podemos estar en salvo en Lugo.» Al instante me arrojé de la cama y me vestí, diciendo a Antonio que fuese a disponer los caballos sin tardanza.
Pronto estuvimos montados y en la calle, en medio de una revuelta muchedumbre de hombres y cuadrúpedos. La luz de dos teas puestas delante del correo brillaba en las armas de varios soldados, formados, al parecer, a ambos lados del camino; pero la obscuridad no me permitía ver los objetos claramente. El correo iba montado en una yegua peluda; en el arzón y en la grupa llevaba sendos sacos de cuero, tan grandes que casi tocaban al suelo. Durante un cuarto de hora todo fué confusión, ir y venir, gritos y batahola; al cabo de ese tiempo se dió la orden de marcha. Apenas habíamos salido del pueblo se apagaron las teas y quedamos casi en totales tinieblas; marchábamos entre árboles, como se dejaba conocer por el rumor de las hojas en torno nuestro. Mi caballo iba muy intranquilo, relinchaba medrosamente, y a veces se encabritaba. «Si su caballo de usted no se tranquiliza, caballero, tendremos que pegarle un tiro—dijo una voz con acento andaluz—; descompone toda la comitiva.» «Sería una lástima, sargento—repliqué—, porque es cordobés por los cuatro costados; no está hecho a los caminos de este país bárbaro.» «¡Oh! ¿Es de Córdoba?—dijo la voz—, vaya, no lo sabía; yo también soy cordobés. ¡Pobrecito! Déjeme usted palparlo; sí, en el pelo conozco que es paisano mío. La verdad, matarle... ¡Vaya!, me gustaría ver al gallego del demonio que se atreva a hacerle daño. País bárbaro, yo lo creo: ni aceite, ni olivos, ni pan, ni cebada. De modo que usted ha estado en Córdoba; vaya, hágame el favor de aceptar este cigarro.»
De esa manera anduvimos varias horas por montes y valles, casi siempre a muy lento paso. Los soldados de la escolta cantaban de tiempo en tiempo canciones patrióticas, respirando amor y adhesión a la joven reina Isabel y odio al feroz tirano Carlos. Una de las coplas que oí decía, sobre poco más o menos:
Duro tiene el corazón Con Carlos, viejo cruel, y sólo seis años cuenta, niña inocente, Isabel.
Al romper el día, me encontré en medio de una procesión de doscientas o trescientas personas, algunas a pie, la mayoría montadas en mulas o yeguas; no vi un solo caballo, fuera del mío y el de Antonio. Unos pocos soldados iban diseminados a lo largo del camino. El país era montuoso, pero no tanto ni tan pintoresco como el que habíamos atravesado el día anterior; casi todo él estaba dividido en pequeños campos plantados de maíz. Cada dos o tres leguas se relevaba la escolta en algún pueblo donde había tropas destacadas. La mayor parte de las veces los pueblos eran un conjunto de miserables chozas, con techumbre de bálago, empapada de humedad, y cubierta frecuentemente de vegetación silvestre. Había montones de estiércol delante de las puertas, y abundaban los charcos y lodazales. Enormes cerdos pululaban mezclados con chiquillos en cueros. El interior de las chozas correspondía a su apariencia externa: estaban llenas de suciedad y miseria.
Llegamos a Lugo a las dos de la tarde. Durante las dos o tres últimas leguas, el cansancio nacido de la falta de sueño y de mi pasada enfermedad me agobiaba tanto que fuí continuamente dormitando en la silla, sin enterarme apenas de lo que estaba pasando. Nos alojamos en una vasta posada extramuros de la ciudad, edificada en una elevación del terreno, desde donde se descubría una extensa vista hacia el Este. Poco después de llegar empezó a llover a torrentes, y así continuó sin cesar los dos días sucesivos, cosa que me afligió poco, pues pasé todo ese tiempo en la cama, y casi puedo decir que dormitando. En la tarde del tercer día me levanté.
Había en la casa bastante bullicio, producido por la llegada de una familia procedente de La Coruña; venía en un gran coche de viaje, escoltado por cuatro carabineros. La familia era más bien numerosa: se componía del padre, un hijo y once hijas; la mayor de unos diez y ocho años. Un individuo de miserable aspecto, de chaqueta y sombrero de copa alta, les servía de criado. Llegaron muy mojados, tiritando; todos parecían muy desconsolados, especialmente el padre, hombre de mediana edad, de buena presencia.
—¿Podremos alojarnos en esta fonda?—preguntó con dulce voz al dueño.
—Sin duda alguna—replicó el hostelero—; nuestra casa es grande. ¿Cuántas habitaciones necesita su merced para su familia?
—Con una tendremos bastante—contestó el forastero.
El huésped, que por ser gotoso iba apoyado en un palo, miró un momento al viajero y luego a cada individuo de su familia, sin olvidar al criado, y con un ligero encogimiento de hombros por todo comentario, les mostró el camino de un aposento donde había dos o tres camas con colchones de borra, aposento que yo rechacé a mi llegada por pequeño, obscuro e incómodo; abriéndolo bruscamente, preguntó si les servía.
—Es un poco pequeño—repuso el señor;—pero creo que nos servirá.
—Me alegro mucho—replicó el huésped—. ¿Hay que preparar cena para su merced y su familia?
—No, gracias—contestó el forastero—. Mi criado mismo preparará lo poco que necesitamos.
Entregada la llave al criado, toda la familia se ocultó en la habitación, no sin despedir antes a la escolta, gratificando al jefe de los carabineros con una peseta. El hombre estuvo medio minuto contemplando la propina brillar en la palma de su mano; luego, con un brusco ¡vamos!, giró sobre los talones y sin despedirse de nadie se fué con los hombres a sus órdenes.
—¿Quiénes serán esos forasteros?—pregunté al huésped cuando estábamos los dos sentados en un ancho corredor abierto en un lado de la casa y que ocupaba todo aquel frente.
—No lo sé—contestó—; pero por su escolta supongo que tienen algún empleo oficial. No son de por aquí, y estoy casi seguro de que son andaluces.
A los pocos minutos se abrió la puerta de la habitación ocupada por los forasteros y apareció el criado con una vasija en la mano.
—Señor patrón—preguntó—, ¿me hace el favor de decirme dónde puedo comprar un poco de aceite?
—En la casa lo hay—replicó el huésped—si es que necesita usted comprar; pero si, como es probable, supone usted que al vendérselo queremos ganar un cuarto, puede usted ir a comprarlo a la calle. Es lo que yo me figuraba—continuó el huésped cuando el criado se fué a su recado—: son andaluces y van a hacer lo que llaman un gazpacho para cenar. ¡Qué tacañería la de esos andaluces! Vienen a sacarle el jugo a Galicia, y les molesta que el pobre posadero se gane un cuarto vendiéndoles el aceite para el gazpacho. Una cosa le aseguro a usted, señor: cuando el criado vuelva y pida pan y ajos para mezclarlos con el aceite, le diré que no lo hay en casa; si ha comprado el aceite fuera, lo mismo puede comprar el ajo y el pan; sí por cierto; y para el caso, el agua también.