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Guerras civiles de Granada - Tomo I

Nota de transcripción

  • Los errores de imprenta han sido corregidos.
  • Se han convertido en puntos y aparte la mayor parte de los puntos y seguido, evitando así los párrafos muy largos que se extienden por varias páginas.
  • La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.
  • Los entrecomillados han sido convertidos en rayas iniciales de diálogo donde el texto adopta forma dialogada. Las restantes rayas han sido espaciadas según los modernos usos ortotipográficos.
  • Los nombres propios han sido normalizados, y se ha restaurado el emparejamiento de las comillas y de los signos de exclamación e interrogación.
  • Los capítulos han sido correctamente numerados, deshaciendo una errata que alteraba la numeración a partir del capítulo XI.
  • Se ha añadido un [Índice] al final del libro pese a que el original impreso no lo incluye.

Guerras Civiles

DE GRANADA,

POR

Ginés Pérez de Hita,

vecino de Murcia.

TOMO I.

Madrid:

En la Imprenta de D. León Amarita.

1833.

PRÓLOGO.


Se ha reimpreso esta obra, porque siendo una de las mejores que tenemos de honesto recreo, se había hecho rara: su lectura deleita tanto, que quien una vez toma el libro en sus manos no puede luego soltarle hasta la conclusión.

Fue el embeleso de nuestros mayores, que aprendían de memoria los bellísimos romances que contiene; se tradujo al francés y al italiano, interesando también a los extranjeros; ha dado materia y argumento a varias composiciones dramáticas, antiguas y modernas, y servido de modelo para escribir otras obras análogas, principalmente a la del caballero Florián, intitulada Gonzalo de Córdoba, que es en el día la más conocida, y en mucho estimada.

Ginés Pérez de Hita proponiéndose escribir de las Guerras Civiles de Granada, nacidas primeramente entre los moros durante la agonía de su dominación en España, y excitadas después por los mismos contra los cristianos que los habían subyugado, reunió un gran número de noticias curiosas sobre aquellas gentes, que no se encuentran en ningún otro escritor antiguo español.

Dio su obra en dos partes, tocantes a dos épocas distintas y notables de nuestra historia.

En la primera parte inserta la cronología de los reyes de Granada bajo el dominio de los moros, el nombre de los pueblos de su jurisdicción, y el de las familias más distinguidas del Estado; describe los palacios, jardines, mezquitas, y obras más suntuosas de la capital; y después introduciéndonos en ella, reinando Boabdilín, su último soberano, nos revela los amores, celos, intrigas y competencias de las damas y caballeros más principales de la Corte; nos acompaña a sus saraos, juegos y regocijos; nos declara sus bandos y parcialidades, y nos lleva a ver sus escaramuzas y desafíos.

Pinta a Boabdilín ingrato a su virtuoso padre Mulahacén; crédulo, alucinado, e inicuo contra su esposa, a la cual en fuerza de un grosero chisme urdido por los vengativos Zegríes, sus cortesanos, acusa del crimen de adulterio, poniéndola en la necesidad de encontrar quien venza en singular batalla a sus cuatro furibundos acusadores, o perder su honor y la vida en las llamas; cruel con los generosos Abencerrajes, que consiente sean degollados uno a uno por sus émulos en la cámara de los Leones; atroz con su hermana Moraina y dos inocentes hijos de ella, a quienes asesina por su propia mano, y en fin aborrecible por su tiranía a todos los granadinos.

En este cuadro, alrededor del trono sobresale el valeroso Muza, hermano natural del rey, como el más cumplido caballero de la corte mora; campea el gallardo Malique Alabez, de prosapia real, entre una familia numerosa de héroes; brilla el espléndido Abenámar, mantenedor en el juego de cañas y de sortija como el más diestro entre todos los competidores; el esforzado Reduán sorprende y admira, el adusto Albayaldos estremece, el intrépido Gazul interesa, y el sensible Zaide enamora.

Pero de cuando en cuando aparece en esta magnífica escena la flor de los caballeros cristianos, que eclipsa toda la gloria de tan insignes varones.

Los muy ilustres maestres de Calatrava y de Santiago D. Rodrigo Téllez Girón, y D. Manuel Ponce de León, duque de Arcos, vencedor el primero de Muza, Albayaldos y Aliatar, y el segundo del gallardo Malique Alabez, y de Alí Hamete Zegrí, acusador de la reina; el alcaide de los donceles D. Diego Fernández de Córdoba, cortesano tan galán como adalid valiente; el robusto D. Juan Chacón, señor de Cartagena, que de una cuchillada cortaba a cercén el pescuezo a un toro; el esclarecido Portocarrero, señor de Palma, y el desgraciado D. Alonso de Aguilar se llevaban la palma en todos los juegos, y en todas las lides y escaramuzas.

El profundo sentimiento de esta superioridad, comprobada por el mal éxito de sus últimas empresas militares, hacía mirar a los moros su gobierno con menosprecio, y hasta la religión propia con desconfianza o indiferencia.

Dividida en bandos, y agitada por la ambición y los celos la nobleza, a cada paso sus parciales tomaban las armas unos contra otros, se alteraba la tranquilidad pública, y con el más leve motivo se vertía la sangre de los primeros campeones en duelos y batallas singulares, cuando eran más necesarias la unión y concurrencia de todas las fuerzas del Estado para atajar los rápidos progresos de las armas cristianas.

La expulsión de los Abencerrajes que se habían salvado del degüello de la Alhambra, agregó el cuerpo más gallardo de la caballería mora al poder ya tan formidable del enemigo; y sirviendo desde entonces la deserción de ejemplo a las demás familias nobles exasperadas, quedó sin apoyo la independencia de la nación, y la capital casi desierta de defensores.

En fin llegaron a su mayor auge el desorden y la confusión cuando Granada presentó al mundo el inaudito y escandaloso espectáculo de tres reyes aspirantes al poder supremo dentro de sus murallas: Boabdilín sostenido siempre por los Zegríes, Mazas, Gomeles, y Laugetes; Mulahacén restaurado por los Abencerrajes, Gazules, Alabeces y Venegas, y el gobernador Abdalí proclamado por los Almoradís, Almohades y Marines.

Cada uno de estos tres obcecados príncipes tenía allí su palacio y corte a parte; tropas, vasallos, y aun templos para hacer oración, diferentes: cada uno de ellos, por afianzar la posesión de aquel simulacro de soberanía, negociaba secretamente con el enemigo común, ofreciéndole en pago de su asistencia y protección los tesoros propios, y las plazas, villas y lugares que se habían declarado por ellos.

De este modo unos señores, tan poderosos y políticos como los Reyes Católicos, asistidos de los mejores capitanes que hubo jamás en Castilla, y viniéndoseles, digámoslo así, la presa a las manos, acabaron sin grande esfuerzo la conquista del estado granadino, y extinguieron la larga dominación de los árabes en la Península.

Aquí concluye la primera parte.

En la segunda se abre una escena muy distinta, pero no vacía de instrucción, ni de interés. Llegamos a otros tiempos, y encontramos otros hombres y otras costumbres.

La elación del ánimo, derivada de las riquezas y del manejo del poder, moviendo celos y enemistando a las familias principales del estado granadino, produjo las primeras guerras civiles, que le condujeron a su ruina: la miseria y desesperación, hijas de la opresión y la violencia, abortaron las guerras segundas, que extinguieron las últimas reliquias de los moros en España.

Después de la conquista de Granada habían pasado setenta y siete años, llevando los moros al cuello con harta mortificación el grave yugo que les echaron sus vencedores.

Sufrían la poca observancia de las promesas que les fueron hechas al tiempo de su rendición; el sucesivo despojo de sus tierras; el abandono forzoso de su culto, la exacción de crecidos tributos, fardas y prestaciones, y sobre todo esto el menosprecio general; pero estando ya llenas las medidas, y tratándose todavía de impedirles el uso del idioma y traje nacionales, se alzaron todos, decididos a morir o mejorar de suerte.

Con disimulo y bastante habilidad averiguaron el número de hombres aptos para las armas que quedaban de su raza, nombraron rey a un descendiente de sus soberanos antiguos; pidieron auxilio de armas y tropas a sus progenitores de Asia y África, y levantaron el estandarte de la rebelión refugiándose en la aspereza de las Alpujarras.

Temeraria y de mal éxito sin duda era entonces la empresa de los moros, luchando con el poder colosal de Felipe II; pero también causa pesadumbre el ver qué esfuerzos y cuánta sangre les costó ahogarla a los cristianos.

Precedido de hábiles negociadores, el famoso conde de Tendilla, marqués de Mondéjar, fue el primer general que envió el rey con un ejército de veinte mil hombres, contra los rebeldes; mas dice nuestro historiador, testigo ocular, que una mitad por lo menos de esta brava gente se componía de asesinos y ladrones, los cuales sabiendo que algún pueblo de moriscos se había sometido, y fiaba su seguridad del salvo-conducto que le daba el marqués, se escapaban del real por la noche, y le asaltaban, y mataban y saqueaban a sus moradores, llevándose a las mujeres para gozarlas, y después venderlas como esclavas.

No es extraño pues que una conducta tan atroz y desenfrenada exasperase los ánimos de los sediciosos, en lugar de calmarlos, y que a poco tiempo perdiera el general en esta guerra su ejército y la reputación.

Preséntase luego en la lid el esclarecido D. Luis Fajardo, marqués de los Vélez y adelantado de Murcia, con sus valerosos tercios; pero estos se ensangrientan demasiado en la villa de Félix, y sus crueldades posteriores en Huéscar hacen imposible la reconciliación.

Los dos héroes cristianos batallan con los moros por dos puntos diferentes, obran prodigios de valor, se cubren de gloria saliendo victoriosos en casi todas las acciones marciales, y con todo eso no adelantan: sus tropas en varios encuentros y sorpresas de convoyes se disminuyen mucho, al paso que cunde el número de los enemigos; vienen sucesivamente con refuerzos considerables el marqués de la Favara, y el comendador mayor de León D. Luis de Zúñiga y Requesens, y todavía la guerra se prolonga, zozobrando ya el crédito de la orgullosa corte; el hercúleo D. Luis Fajardo, cuya ponderosa lanza apenas podía sustentar al hombro un soldado robusto cuando él la manejaba como un mimbre, después que, entre otras proezas, con poca gente, y la mayor parte enferma, hizo alarde de su esfuerzo y talento militar rechazando a los moros, que con todo su poder reunido le atacaron en Berja, se estanca en el sitio de Galera, y no puede pasar adelante; en fin dura el conflicto cerca de tres años, y es preciso que el ínclito D. Juan de Austria, hijo del emperador D. Carlos, salga de Granada con diez mil infantes y mil caballeros, asistido del valeroso duque de Sesa con otra tanta fuerza, y que a estos dos ejércitos nuevos se reúnan las reliquias de todos los anteriores, para salir de tamaño empeño, y forzar a los rebeldes a deponer las armas e implorar la real clemencia.

Conteniendo este libro la descripción de muchas batallas, asedios y entradas de los pueblos a viva fuerza, en que se derramaba por una y otra parte tanta sangre humana, su lectura no puede ser tan apacible, como la del anterior: con todo eso abunda de episodios interesantes, como el razonamiento del Purchení al marqués de Mondéjar estando este con su campo en Órgiva; la muerte del capitán Álvaro de Flores; la prisión del moro Albexarí, y sus amores con Almanzora; las fiestas celebradas en Purchena de orden de Muley Abenumeya; el canto profético de la mora, natural del Deire; los celos, conspiración y venganza de Benalguacil contra el rey moro, por haberse apoderado de su prima Zahara; la historia del Tuzani, y de cuanto hizo para encontrar y matar al asesino de la hermosa Malhea que pereció en Galera; la muerte y las exequias de D. Luis de Quijada, ayo del Señor D. Juan de Austria, y el fin trágico del virtuoso Habaquí.

Últimamente enamoran la humanidad, el candor y la firmeza de carácter de Ginés Pérez de Hita, cuando al acabar su obra pinta patéticamente los sentidos lamentos de los moriscos al ser arrancados de sus tierras, y llevados por fuerza a Castilla y a la Mancha; censura esta impolítica y cruel resolución de Felipe II, faltando a lo que se había prometido por su augusto hermano a los moriscos, los cuales antes murieran de mil muertes, que rendir las armas, ni haber hecho las paces, si hubiesen sabido que no serían cumplidas las capitulaciones; y añade, que más valiera no haberlos sacado del reino de Granada, por lo mucho que en esto habían perdido S. M. y todos sus demás estados.

Y ¿quién fue Ginés Pérez de Hita? De su persona y vida no tenemos más noticias, que las que él propio dejó consignadas en esta obra. Dijo ser vecino de la ciudad de Murcia, lo cual no prueba que naciese en ella; pero parece que a lo menos fue de la provincia, no solo por su domicilio, sino porque no pierde ocasión de levantar a las nubes el valor de los tercios murcianos. Militó en esta última guerra contra los moriscos bajo las banderas del marqués de los Vélez, y no sabemos que saliera de la clase de simple soldado.

Censurando la rapacidad invencible de sus camaradas, manifiesta mucho candor cuando confiesa que algunas veces, llevado él propio de tan mal ejemplo, salía a robar en los pueblos de los moriscos sometidos; y demuestra que tenía mejores entrañas que los feroces guerreros de aquella época, contándonos cómo había recogido en la atroz matanza de Félix a un niño que encontró mamando al pecho sanguinoso de su madre asesinada, y le entregó a otra morisca para que le criase; gloriándose tanto de esta acción misericordiosa, como de haber amparado y salvado de la muerte a más de veinte mujeres.

Finalmente se infiere que escribió, o a lo menos dio a luz, alguna otra obra distinta de la presente, por la expresión que hallamos al fin de la historia del Tuzani, donde dice que vio y habló a este en Villanueva de Alcardete, viniendo a Madrid a cobrar un privilegio para un libro suyo, cuyo título no declara.

¿Y es Ginés Pérez de Hita el verdadero autor de las Guerras Civiles de Granada?

En cuanto a la primera parte, si hemos de creerle a él propio, «la escribió en arábigo un moro, natural de la ciudad de Granada, llamado Abenhamín, que pasó luego a África y murió en Tremecén, dejando allí hijos, y un nieto muy hábil, llamado Argutarfa, el cual recogió todos los papeles de su abuelo, y entre ellos encontró este libro, que estimó mucho por tratar la materia de Granada, y se le prestó a un judío, llamado Saba Santo, quien le sacó en hebreo por su contento, y el original arábigo le presentó a D. Rodrigo Ponce de León, conde de Bailén. Que este señor, por saber lo que contenía, y por haberse hallado su abuelo y bisabuelo en aquellas conquistas, rogó al judío que le tradujese en castellano, y después el conde le hizo a Hita la merced de dársele.» Esto dice en las páginas 412 y siguiente de la primera parte, sin embargo de que en la portada del mismo libro se expresa que él la tradujo al castellano, y no el judío Saba Santo.

Lo que por el contexto de la obra parece más cierto es, que ni el uno ni el otro hicieron una traducción literal de la obra arábiga; pues no es creíble que un moro hablase con tanta parcialidad a favor de los cristianos, ni que la hubiese adornado de los hermosos romances castellanos que la acompañan, cuando muchos de ellos fueron escritos después de la conquista de Granada, ya entrado el siglo XVI.

Aquí es donde brilla la gala de este metro peculiarmente español, que no tienen y envidian todas las demás lenguas europeas, hijas de la latina; porque los romances se leen junto a los hechos heroicos para que fueron compuestos de propósito; ilustración que falta al que lee estas producciones descriptivas, desnudas y hacinadas en los Romanceros, sin tener la noticia necesaria de nuestra historia antigua y de las tradiciones patrias.

Así parece que Ginés Pérez de Hita tomando lo sustancial de los hechos que refiere del arábigo, los redactó a su modo, y dio a la obra castellana la forma que ahora tiene.

En cuanto a la segunda parte no ofrece duda que la escribiese Ginés Pérez de Hita, adornándola también de los razonamientos y romances que contiene, muy inferiores ciertamente a los de la parte primera; exceptuándose la descripción del sitio de Galera, que él propio dice haber copiado de la que escribió el alférez Tomás Pérez de Hevia, vecino de Murcia, que seguía las banderas del Señor D. Juan de Austria.

Queda dicho que no es tan interesante la lectura de la segunda parte de esta obra, como la de la primera; pero faltaba añadir, que jamás ha podido ser del mismo modo conocida, aunque también entretenga mucho, porque el desaliño, o más bien la grosería de la impresión con que se dio al público, la hacían intolerable.

Son tantas las erratas que la afean, que solamente un talento muy perspicaz podrá encontrar sentido en su contexto, supliendo la ausencia total de las reglas de ortografía; además de que causa tedio manejar un libro de ruin papel de estraza, que se deshace al tiempo de pasar de una hoja a otra.

Aquel que se tome el trabajo de cotejar la presente edición con la antigua, será quien pueda calificar el servicio que en esto ha hecho el editor a la literatura nacional.

PARTE PRIMERA.

Guerras civiles entre Zegríes y Abencerrajes, caballeros moros de Granada, y batallas particulares que hubo en la Vega entre moros y cristianos, hasta que el rey D. Fernando el V la ganó.

CAPÍTULO I.

En que se trata de la fundación de Granada, y los reyes que hubo en ella, con otras muchas cosas tocantes a la Historia.

La ínclita y famosa ciudad de Granada fue fundada por una muy hermosa doncella, hija o sobrina del rey Hispán. Fue su fundación en una bella y espaciosa vega, junto de una sierra llamada Elvira, porque tomó el nombre de la fundadora Infanta, la cual se llamaba Liberia, dos leguas de donde ahora está, junto de un lugar que se llamaba Arbuler, que en arábigo se decía Arbulut.

Después de pasados algunos años, les pareció a los fundadores de ella que no estaban allí bien por ciertas causas, y fundaron la ciudad en la parte donde ahora está, junto a Sierra-Nevada, en medio de dos hermosos ríos, llamado el uno Genil y el otro Darro, los cuales son de la nieve que se derrite en la sierra. De Darro se coge oro muy fino, de Genil plata; y no es fábula, que yo el autor de esta relación lo he visto coger.

Fundose aquí esta insigne ciudad encima de tres cerros, como hoy se parece, adonde se fundaron tres castillos: el uno está a la vista de la hermosa Vega y el río Genil, la cual Vega tiene ocho leguas de largo y cuatro de ancho, y por ella atraviesan otros dos ríos, aunque no muy grandes: el uno se dice Veiro y el otro Monachil.

Comiénzase la Vega desde la falda de la Sierra-Nevada, y va hasta la fuente del Pino, y pasa más adelante de un gran soto, que se llama el Soto de Roma, y esta fuerza se nombra Torres-Bermejas. Hízose allí una gran población llamada el Antequeruela.

La otra fuerza o castillo está en otro cerro junto a este, un poco más alto, la cual se llamó la Alhambra, casa muy fuerte, y aquí hicieron los reyes su Casa Real.

La otra fuerza se hizo en otro cerro, no lejos del Alhambra, y llamose Albaicín, donde se hizo gran población. Entre el Albaicín y el Alhambra pasa por lo hondo el río Darro, haciendo una ribera de árboles agradables.

A esta fundación no la llamaron los moradores de ella Iliberia como la otra, sino Granata, respecto a que en una cueva junto al Darro fue hallada una hermosa doncella que se decía Granata, y por eso se llamó la ciudad así; y después de corrompido el vocablo se llamó Granada. Otros dicen, que por la muchedumbre de las casas, y la espesura que había en ellas, que estaban juntas como los granos de la granada, y la nombraron así.

Hízose esta ciudad famosa, rica y populosa, hasta el infeliz tiempo en que el rey D. Rodrigo perdió a España, lo cual no se declara por no ser a propósito de nuestra historia: solo diremos, como después de perdida España hasta las Asturias y confines de Vizcaya, siendo toda ella ocupada de moros, traídos por aquellos dos bravos caudillos y generales, el uno llamado el Tarif, y el otro Muza; asimismo quedó la famosa Granada ocupada de moros, y llena de gente de África.

Mas hállase una cosa: que de todas las naciones moras que vinieron a España, los caballeros mejores y principales, y los más señalados de aquellos que siguieron al general Muza, se quedaron en Granada, y la causa fue su hermosura y fertilidad, pareciéndoles bien su gran riqueza, asiento y fundación; aunque el capitán Tarif estuvo muy bien con la ciudad de Córdoba, y su hijo Balagís con Sevilla, de donde fue rey, como dice la crónica del rey D. Rodrigo.

Mas yo no he hallado que en la ocupación de Córdoba, de Toledo, Sevilla, Valencia, Murcia, ni otras ciudades poblasen tan nobles ni tan principales caballeros, ni tan buenos linajes de moros como en Granada; para lo cual es menester nombrar algunos de estos linajes, y de donde fueron naturales, aunque no se digan ni declaren todos, por no ser prolijo.

Poblada Granada de las gentes mejores del África, no por eso dejó la insigne ciudad de pasar adelante con sus muy grandes y soberbios edificios, porque siendo gobernada de reyes de valor y muy curiosos que en ella reinaron, se hicieron grandes mezquitas y muy ricas cercas, fuertes muros y torres, porque los cristianos no la tornasen a ganar; y hicieron muy fuertes castillos, y los reedificaron fuera de las murallas como hoy día parecen.

Hicieron el castillo de Bibatambién, fuerte con su cava y puente levadiza. Hicieron las torres de la puerta Elvira, y las del Alcazaba y plaza de Vibalbulut, y famosa torre del Aceituno, que está camino de Guadix, y otras muchas cosas dignas de memoria, como se dirá en nuestro discurso.

Bien pudiera traer aquí los nombres de todos los reyes moros que gobernaron y reinaron en esta insigne ciudad, y los califas, y aun los de toda España; mas por no gastar tiempo, no diré sino de los reyes moros que por su orden la gobernaron, y fueron conocidos por reyes de ella, dejando aparte los califas pasados y señores que hubo, siguiendo a Esteban Garibay y a Camaloa.

El 1.er rey moro que Granada tuvo se llamó Mahomad Alhamar: este reinó en ella veinte y nueve años y más meses; acabó año de 1262.

El 2.º rey de Granada se llamó, así como su padre, Mahomad Mir Almuzmelín. Este labró el castillo del Alhambra, muy rico y fuerte, como hoy se parece; reinó treinta y seis años, y murió año de 1302.

El 3.º rey de Granada se llamó Mahomad Abenhalamar: a este le quitó el reino un hermano suyo, y le puso en prisión, habiendo reinado siete años: acabó año de 1309.

El 4.º rey de Granada fue llamado Mahomad Abenázar: a este le quitó el reino un sobrino suyo llamado Ismael, año de 1315: reinó seis años.

El 5.º rey de Granada se llamó Ismael: a este mataron sus deudos y vasallos, mas fueron degollados los homicidas: reinó nueve años, y acabó año de 1324.

El 6.º rey de Granada se llamó Mahomad: a este también le mataron los suyos a traición; reinó diez años, y acabó año de 1334.

El 7.º rey de Granada se llamó Iusef Abenhamet: también fue muerto a traición: reinó once años, y acabó año de 1345.

El 8.º rey de Granada fue llamado Mahomad Lagús: a este le despojaron del reino después de haber reinado doce años, y acabó año de 1357, por aquella vez que reinó.

El 9.º rey de Granada se llamó Mahomad Abenhámar, VII de este nombre: a este le mató el rey D. Pedro en Sevilla, sin culpa, habiendo ido a pedirle amistad y favor: matole el mismo rey D. Pedro por su mano con una lanza, y mandó matar a otros que iban con este rey: habiendo reinado dos años, acabó año de 1359. Fue enviada su cabeza en forma de presente a la ciudad de Granada. Tornó a reinar Mahomad Lagús en Granada, y reinó en las dos veces veinte y nueve años: la primera vez doce, y la segunda diez y siete: acabó año 1376.

El 10 rey de Granada se llamó Mahomad Ovadiz, y reinó tres años pacífico, y acabó año de 1379.

El 11 rey de Granada se llamó Iusef, II de este nombre, el cual murió con veneno que el rey de Fez le envió puesto en una aljaba o marlota de brocado: reinó tres años, y acabó año de 1382.

El 12 rey de Granada fue llamado Mahomad Abenhámar: reinó once años, acabó año de 1394. Su muerte fue de una camisa que se puso emponzoñada con veneno.

El 13 rey de Granada fue llamado Iusef, III de este nombre: reinó quince años: murió año de 1409.

El 14 rey de Granada fue llamado Mahomad Abenázar, el Izquierdo. Habiendo reinado este cuatro años, le desposeyeron del reino año de 1413.

El 15 rey de Granada fue llamado Mahomad, el Pequeño; a este le cortó la cabeza Abenázar el Izquierdo, arriba dicho, porque le tornó a quitar el reino por orden de Mahomad Catraz, caballero Abencerraje: reinó este Mahomad el Pequeño dos años, y acabó año de 1415.

Tornó a reinar Abenámar el Izquierdo, el cual fue otra vez despojado del reino por Iusef Abenalmo, su sobrino: reinó este rey tres años la última vez, y acabó año de 1418.

El 17 rey de Granada se llamó Abenocín, el Cojo. En tiempo de este sucedió aquella sangrienta batalla de los Alporchones, reinando D. Juan el II. Y pues nos viene a cuento, trataremos de esta batalla, antes de pasar adelante con la cuenta de los reyes moros de Granada.

Es a saber, que según se halla en las crónicas antiguas, así castellanas como arábigas, este rey Abenocín tenía en su corte mucha y muy honrada caballería de moros, porque en Granada había treinta y dos linajes de caballeros, como eran Gomeles, Mazas, Zegríes, Venegas y Abencerrajes; estos eran de muy claro linaje: otros Maliques Alabeces, descendientes de los reyes de Fez y Marruecos, caballeros valerosos, de quien los reyes de Granada siempre hicieron mucha cuenta; porque estos Maliques eran alcaides en el reino de Granada, por tener de ellos mucha confianza, y así servían en las fronteras y partes de mayor peligro, como eran en Vera, el alcaide Malique Alabez, bravo y valeroso caballero; en Vélez el Blanco estaba un hermano suyo, llamado Mahomad Malique Alabez; en Vélez el Rubio había otro hermano de estos alcaides muy valiente, y amigo de los cristianos; otro Alabez había alcaide de Jimena, y otro en Tirieza, frontera de Lorca, y cercana de Orce y Cuéllar, Benamaviel, Castilleja y Caniles, y en otros lugares del reino.

Estos Maliques Alabeces eran alcaides, por ser todos, como hemos dicho, caballeros de estima. Sin estos había otros caballeros en Granada muy principales, de quien los reyes de ella hacían grande cuenta, entre los cuales había un caballero llamado Abidbar, del linaje de Gomeles, caballero valeroso y capitán de la gente de guerra; y no hallándose sino en batallas contra cristianos, le dijo un día al rey:

—Señor, holgaría que tu alteza me diese licencia para entrar en tierra de cristianos, en los campos de Lorca, Murcia y Cartagena, que confianza tengo de venir con ricos despojos y cautivos.

El rey dijo:

—Conocido tengo tu valor, y te otorgo licencia como lo pides; pero temo mal suceso, porque son muy soldados los cristianos de esas tierras que quieres correr.

Respondió Abidbar:

—No tema vuestra alteza peligro, que yo llevaré conmigo tal gente y tales alcaides, que sin temor ninguno ose entrar, no digo en el campo de Lorca y Murcia, mas aun hasta Valencia me atreviera a entrar.

—Pues si ese es tu parecer, sigue tu voluntad, que mi licencia tienes.

Abidbar le besó las manos por ello, y fue a su casa y mandó tocar sus añafiles y trompetas de guerra, al cual bélico son se juntó grande copia de gente bien armada para saber de aquel rebato. Abidbar cuando vio tanta gente junta y tan bien armada, holgó mucho de ella, y les dijo:

—Sabed, buenos amigos, que hemos de entrar en el reino de Murcia, de donde, placiendo al santo Alá, vendremos ricos: por tanto cada cual con ánimo siga mis banderas.

Todos respondieron, que eran contentos; y así Abidbar salió de Granada con mucha gente de a caballo y peones; fue a Guadix, y habló al moro Almoradí, alcaide de aquella ciudad, el cual ofreció su compañía con mucha gente de a caballo y de a pie. También vino el alcaide de Almería, llamado Malique Alabez, con mucha gente muy diestra en la guerra.

De allí pasaron a Baza, donde estaba por alcaide Benariz, el cual también le ofreció su ayuda. En Baza se juntaron once alcaides de aquellos lugares a la fama de esta entrada del campo de Lorca y Murcia, y con aquella gente se fue el capitán Abidbar hasta la ciudad de Vera, donde era alcaide el bravo Alabez Malique, adonde se acabó de juntar todo el ejército de los moros y alcaides que aquí se nombrarán.

El general Abidbar; Abenáriz, capitán de Baza; su hermano Abenáriz, capitán de la Vega de Granada; el Malique Alabez, de Vera; Alabez, alcaide de Vélez el Blanco; Alabez, alcaide de Vélez el Rubio; Alabez, alcaide de Almería; Alabez, alcaide de Cuéllar; otro alcaide de Huéscar; Alabez, alcaide de Orce; Alabez, alcaide de Purchena; Alabez, alcaide de Jimena; Alabez, alcaide de Tirieza: Alabez, alcaide de Caniles.

Todos estos Alabeces Maliques eran parientes, como ya es dicho; se juntaron en Vera, cada uno llevando la gente que pudo.

También se juntaron otros tres alcaides, el de Mojácar, el de Sorbas, y el de Lubrín: todos ya juntos se hizo reseña de la gente que se había juntado, y se hallaron seiscientos de a caballo, aunque otros dicen que fueron ochocientos, y mil y quinientos peones: otros dicen, que dos mil.

Finalmente, se juntó grande poder de gente de guerra; y determinadamente a doce o catorce de mayo, año de mil cuatrocientos treinta y cinco, entraron en los términos de Lorca, y por la marina llegaron al campo de Cartagena, y lo corrieron todo hasta el rincón de S. Ginés y Pinatar, haciendo grandes daños.

Cautivaron mucha gente y ahogaron mucho ganado, y con esta presa se volvían muy ufanos; y en llegando al Puntarón de la Sierra de Aguaderas, entraron en consejo sobre si vendrían por la marina por donde habían ido, o si pasarían por la vega de Lorca.

Sobre esto hubo diferencia, y muchos afirmaban que fuesen por la marina, por ser más seguro. Otros dijeron, que sería grande cobardía, si no pasaban por la vega de Lorca a pesar de sus banderas. De este parecer fue Malique Alabez, y con él todos los alcaides que eran sus parientes.

Pues visto por los moros que aquellos valerosos capitanes estaban determinados de pasar por la vega, no contradijeron cosa alguna; y así las banderas enarboladas, y la presa en medio del escuadrón, comenzaron a marchar la vuelta de Lorca, arrimados a la sierra de Aguaderas.

Los de Lorca tenían ya noticia de la gente que había entrado en sus tierras. D. Alonso Fajardo, alcaide de Lorca, había escrito lo que pasaba a Diego de Ribera, corregidor de Murcia, que luego viniese con la más gente que pudiese. El corregidor no fue perezoso, que con brevedad salió de Murcia con setenta caballos y quinientos peones, toda gente de valeroso ánimo y esfuerzo; y juntose con la gente de Lorca, donde había doscientos caballos, y mil y quinientos peones, gente muy valerosa.

También se halló con ellos Alonso de Lisón, caballero del hábito de Santiago, que era a la sazón castellano en el castillo y fuerza de Aledo. Llevó consigo nueve caballos y catorce peones, que del castillo no se pudieron sacar más.

En este tiempo los moros caminaron a gran priesa, y llegando enfrente de Lorca, cautivaron un caballero llamado Quiñonero, que había salido a requerir el campo; y como ya la gente de Lorca y Murcia venían a priesa y los moros los vieron, se maravillaron viendo junta tanta caballería, y no podían creer que en solo Lorca hubiese tanta lucida gente.

Y Malique Alabez, capitán y alcaide de Vera, le preguntó a Quiñonero, habiéndole quitado el caballo y armas, esta pregunta:

Alabez.

Anda, cristiano cautivo,

tu fortuna no te asombre,

y dinos luego tu nombre

sin temor de daño esquivo;

Que aunque seas prisionero,

con el rescate, y dinero,

si nos dices la verdad,

tendrás luego libertad.

Quiñonero.

Es mi nombre Quiñonero:

soy de Lorca natural,

caballero principal;

y aunque me sigue fortuna,

no tengo pena ninguna,

ni se me hace de mal:

Que la guerra es condición,

que hoy soy tuyo, y ya confío

mañana podrás ser mío,

y sujeto a mi prisión.

Por tanto pregunta, y pide,

porque en toda tu pregunta

satisfaré sin repunta,

pues el temor no me impide.

Alabez.

Trompetas se oyen sonar,

y descubrimos pendones,

y caballos, y peones

junto de aquel olivar:

Y quería, Quiñonero,

saber de ti por entero,

qué pendones, y qué gente

es la que aquí está presente,

con ánimo bravo y fiero.

Quiñonero.

Aquel pendón colorado,

con las seis coronas de oro,

muy bien muestra su decoro

ser de Lorca, y es nombrado;

Y el otro que tiene un rey

armado por gran blasón,

es de Murcia, y es pendón

que le conoce su rey.

Traen gente belicosa,

con gana de pelear;

si quieres más preguntar,

no siento de esto otra cosa.

Apercíbete al combate,

porque vienen a gran priesa

para quitarte la presa,

y dar fin en tu remate.

Alabez.

Pues por priesa que se den,

ya querrá nuestro Alcorán,

la Rambla no pasarán,

porque no les irá bien;

Y si con valor extraño

la Rambla pueden romper,

muy bien se puede entender,

que ha de ser por nuestro daño.

Pues al arma, que ellos vienen,

y en nada no se detienen:

tóquese el son y la zambra,

porque lleguen a la Alhambra

nuestras famas, y resuenen.

CAPÍTULO II.

En que se trata de la sangrienta batalla de los Alporchones, y la gente que en ella se halló de moros y cristianos.

Apenas el capitán Malique Alabez acabó de decir estas palabras, cuando el escuadrón de los cristianos acometió con tanta braveza y pujanza que a los primeros encuentros, a pesar de los moros que lo defendían, pasaron la Rambla. No por eso los moros mostraron punto de cobardía, antes tuvieron más ánimo peleando.

Quiñonero, como vio la batalla revuelta, llamó a un cristiano, que cortase la cuerda con que estaba atado; y siendo libre, al punto tomó una lanza de un moro muerto, un caballo y una adarga, y con valor muy crecido, como era valiente caballero, hacía maravillas.

A esta sazón los valerosos capitanes moros, en especial los Maliques Alabeces, se mostraron con tanta fortaleza, que los cristianos estuvieron a punto de pasar la Rambla contra su voluntad; lo cual visto por Alonso Fajardo, y Alonso de Lisón, y Diego de Ribera, y los principales caballeros de Murcia y Lorca, pelearon tan valerosamente, que los moros fueron rompidos, y los cristianos hicieron muy notable daño en ellos.

Los valientes Alabez, y Almoradí, capitán de Guadix, tornaron a juntar gente, y con grande ánimo volvieron sobre los cristianos con bravo ímpetu y fortaleza.

¡Quién viera las maravillas de los capitanes cristianos! Era cosa de ver la braveza con que mataban y herían en los moros.

Abenáriz, capitán de Baza, hacía gran daño en los cristianos, y habiendo muerto a uno de una lanzada, se metió por enmedio de la batalla haciendo cosas muy señaladas; mas Alonso de Lisón, que le vio matar aquel cristiano, de cólera encendido procuró vengar su muerte, y así con grande presteza fue en seguimiento de Abenáriz, llamándole a grandes voces, que le aguardase.

El moro revolvió a mirar quien le llamaba; y visto, reconoció que aquel caballero era de valor, pues traía en su escudo aquella encomienda de Santiago, y entendiendo llevar de él buenos despojos a Baza, le acometió con gran ímpetu; pero el caballero Lisón se defendió con gran destreza, y ofendió y acosó de suerte al moro, que en poco rato le hirió en dos partes; y como se vio tan herido, se encendió en más cólera, y procuró la muerte del contrario: mas muy presto halló en él la suya, porque Lisón le cogió en descubierto de la adarga un golpe por los pechos, tan fuerte, que no aprovechando la cota le metió la lanza por el cuerpo, y al momento cayó el moro muerto del caballo.

El caballo de Lisón quedó mal herido; por lo cual le convino tomar el caballo del alcaide de Baza, que en extremo era bueno, y se entró en el mayor peligro de la batalla, diciendo a voces: Santiago, y a ellos.

El famoso Alonso Fajardo andaba entre los moros, y el corregidor de Murcia asimismo, que era cosa de maravilla, y tanto pelearon los de Murcia y Lorca, que los moros fueron segunda vez rompidos; mas el valor de los caballeros granadinos era grande, y pelearon fuertemente; y como tenían tan fuertes caudillos, asistían a la batalla con mucho ánimo; y era tan grande el valor y esfuerzo de Alabez, que en un punto tornó a juntar su gente, y volvió a la lid, como si no hubieran sido rotos alguna vez.

La batalla estaba tan sangrienta, que era admiración, porque había tantos cuerpos de hombres y caballos muertos, que apenas podían andar; pero no por eso dejaban de pelear con mucho esfuerzo ambos ejércitos.

El valiente Alabez hacía por su persona grandes estragos en los cristianos; lo cual visto por Alonso Fajardo, valeroso soldado, y alcaide de Lorca, se maravilló de ver la pujanza del moro, y arremetió con él con tanta braveza que el moro se espantó, y sintió bien su valor; pero como no había en él cobardía, resistió con ánimo la fortaleza de Fajardo, dándole grandes botes de lanza, que a no ir bien armado el alcaide, muriera allí, porque le sirvieron de poco las fuerzas, por ser mayores las de Alonso Fajardo; y habiendo el invencible y valiente alcaide quebrado su lanza, en un instante puso mano a su espada, y con un valor nunca visto se fue para Alabez, y con tanta velocidad y presteza, que no pudo el gallardo moro aprovecharse de la lanza y la perdió, y puso mano al alfanje para herir a Alonso Fajardo: mas el valeroso alcaide, no mirando el peligro que le seguía, cubierto con su escudo arremetió con Alabez, y le dio un golpe sobre la adarga, que le cortó gran pedazo de ella, y asiósela tan fuertemente con la mano izquierda, que casi le desencajó de la silla; y Alabez que le vio tan cerca, le tiró un golpe a la cabeza pensando acabar con él, y si Fajardo no le hurtara el cuerpo, le hiriera; y en esta ocasión cayó el caballo del moro, porque estaba desangrado, y no se podía tener. Apenas Alabez estuvo en el suelo, cuando los peones de Lorca le cercaron maltratándole.

Alonso Fajardo como vio al moro en tal estado, se apeó, y fue a él, y echole los brazos encima con tal fuerza, que Alabez no pudo ser señor de sí. Los peones entonces arremetieron con él, y le prendieron, y Alonso Fajardo mandó que le sacasen de la batalla, y así lo hicieron.

Todavía andaba muy revuelta y sangrienta la batalla, y no parecía ninguno de los capitanes moros, lo cual causó en sus soldados mucha cobardía, y ya no peleaban como antes, ni con aquel brío. La gente de Lorca peleó belicosamente este día, y no menos la de Murcia, que se vio bien su valor.

El capitán Abidbar, como no vio ningún alcaide, ni capitán de los suyos, se salió de la batalla, y desde un alto miró su ejército, y le vio en mal estado; y volviendo como un león a la batalla, le dijeron unos soldados suyos:

—¿Qué aguardas? Ya no ha quedado ningún alcaide ni capitán moro: Alabez de Vera está preso.

Oído esto por Abidbar, perdió la esperanza de la victoria, y así mandó tocar a recoger. Oyendo los moros la reseña se retiraron, y mirando por su general, le vieron ir huyendo por la sierra de Aguaderas, y ellos atemorizados le siguieron.

Los cristianos les iban en alcance hiriéndolos, que de todos no se escaparon trescientos. Siguiéronlos hasta la fuente del Pulpí, junto a Vera, y este día consiguieron los cristianos una singular victoria. Era día de S. Patricio, y Lorca y Murcia le celebran en memoria de la victoria.

Volviéndose los cristianos alegres a Lorca, y cargados de despojos, Alonso Fajardo se llevó a su casa al capitán Malique Alabez, y queriendo entrarle preso por un postigo de un huerto, le dijo Alabez:

—No soy hombre de baja suerte, que he de entrar por ahí, sino por la puerta real de la ciudad.

Y porfió tanto, que enojado Fajardo le hirió de muerte.

Este fue el fin de aquel capitán y alcaide de Vera. Murieron en la batalla doce alcaides Alabeces, parientes del Alabez de Vera, y dos hermanos suyos, alcaides de Vélez el Blanco, y Rubio, y murieron ochocientos moros. De los cristianos murieron cuarenta, y hubo doscientos heridos.

Quedaron los de Lorca y Murcia muy gozosos con la victoria que nuestro Señor, por la intercesión de su Santísima Madre, les concedió.

Volvamos al capitán Abidbar que fue huyendo de la lid. Como llegó a Granada, y el rey supo lo que había pasado, le mandó degollar, porque no murió como caballero en la batalla, pues él fue por caudillo.

Sucedió esta batalla, reinando en Castilla el rey D. Juan el II, y en Granada Albenocín XVII, como está dicho, el cual reinó ocho años, y fue despojado del reino año de 1473.

Por esta batalla de los Alporchones se hizo aquel romance antiguo, que se dice de esta suerte:

Allá en Granada la rica

instrumentos oí tocar

en calle de los Gomeles,

a la puerta de Abidbar:

El cual es moro valiente,

y muy fuerte capitán;

mandó juntar muchos moros

bien diestros en pelear,

Porque en el campo de Lorca

se determinan de entrar.

Con él salen tres alcaides,

aquí los quiero nombrar:

Almoradí de Guadix,

ese de sangre real;

Abenáriz es el otro,

y de Baza natural;

Y de Vera es Alabez,

de esfuerzo muy singular,

y en cualquier guerra su gente

bien la sabe acaudillar:

Todos se juntan en Vera

para ver lo que harán;

el campo de Cartagena

acuerdan de saquear.

A Alabez por ser valiente

le hacen su general,

otros doce alcaides moros

con ellos juntado se han.

Van por la fuente del Pulpí,

por ser secreto lugar,

y por el puerto, los peones

por la orilla de la mar.

En campos de Cartagena

con furor fueron a entrar,

cautivaron mil cristianos,

que era cosa de espantar.

Todo lo corren los moros,

sin nada se les quedar;

el rincón de S. Ginés,

y con ellos el Pinar.

Cuando tuvieron gran presa,

hacia Vera vuelto se han,

y en llegando al Puntarón

consejo tomado han,

Si pasarían por Lorca,

o si irían por la mar.

Alabez, como es valiente,

por Lorca quiere pasar,

Por tenerla muy en poco,

y por hacerla pesar;

y así con toda su gente

comenzaron de marchar.

Lorca y Murcia lo supieron,

luego los van a buscar,

y el comendador de Aledo,

que Lisón suelen llamar.

Junto de los Alporchones,

allí los van a alcanzar,

y el comendador de Aledo

no dejaba de marchar.

Cautivaron un cristiano,

caballero principal,

al cual llaman Quiñonero,

que de Lorca es natural.

Alabez que vio la gente,

comienza de preguntar:

Quiñonero, Quiñonero,

dirasme tú la verdad;

Pues eres buen caballero,

no me la quieras negar:

¿qué pendones son aquellos

que están en el olivar?

Quiñonero le responde,

tal respuesta le fue a dar:

Lorca y Murcia son, señor,

Lorca y Murcia son, no más;

Y el comendador Aledo,

de valor más singular,

que de la francesa sangre

es su prosapia real:

Los caballos traen gordos,

ganosos de pelear.

Allí respondió Alabez,

lleno de rabia y pesar:

¡Pues por gordos que los traigan,

la Rambla no pasarán,

y si ellos la Rambla pasan,

Alá, y qué mala señal!

Estando en estas razones

ha llegado el mariscal,

y el buen alcaide de Lorca

con esfuerzo muy sin par.

Aquel alcaide Fajardo,

valeroso en pelear: