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COLECCIÓN UNIVERSAL

GIOVANNI VERGA

La vida en los campos

NOVELAS CORTAS

La traducción del italiano

ha sido hecha por C. Rivas Cherif.

CALPE

MADRID, 1920

"Tipográfica Renovación" (C.A.), Larra, 6 y 8 — MADRID.

Nacido en Catania en 1840, Giovanni Verga es en la literatura de la Nueva Italia genuino representante de la bravía Sicilia en que vió la luz. Sus primeras obras, influídas del sentimentalismo francés, en que moría el género romántico, muestran ya, sin embargo, uno de los caracteres netos de la personalidad de su autor: la lucha contra el medio ambiente en que viven sus criaturas de ficción. Pero sólo cuando, apartándose decidido de toda transfusión autobiográfica, acepta con entusiasmo la fórmula verista del realismo triunfante en Francia, y con sujeción a ella presenta, en cuadros de un vigor y una pincelada inusitadas a la sazón, el alma de su pueblo, adquiere relieve y prestigio singulares el nombre de Giovanni Verga. Data su primer cuento "siciliano" Nedda, incluído luego en la colección que hoy traducimos, de 1874. De diez años después es su célebre Cavalleria rusticana, popularizada en Italia en su forma escénica, muy posterior, y que ha corrido el mundo entero en la adaptación musical del compositor Mascagni.

Tienen estas narraciones breves, de concepción casi dramática, todos los precios y deméritos propios de la escuela realista en que Verga profesa, con entusiasmos de neófito a veces, según puede verse en la curiosísima dedicatoria a su contemporáneo el novelista Salvador Farina, con que comienza L'amante di Gramigna, aquí incluído.

Figura asimismo en esta serie de LA VIDA EN LOS CAMPOS un boceto, Fantasticheria, en que el autor esboza en cuatro pinceladas el paisaje y las figuras que un año más tarde, en 1881, se convirtieron en la novela I Malavoglia, traducida por nosotros para este colección con el título de Los Malasangre[1]. La lupa, segundo cuento de los que hoy ofrecemos, fué asimismo convertido en drama más tarde.

[1] Colección Universal, números 134, 135, 136 y 137.

LA VIDA EN LOS CAMPOS

INDICE

[Los rústicos caballeros ("Cavalleria rusticana")]

["La loba"]

[Nedda]

[Capricho (Fantastichería)]

[Jeli el pastor]

["Malpelo" (Rosso Malpelo)]

[La querida del "Abrojo" (L' amante di Gramigna)]

[Guerra de Santos]

["Pucherete" (Pentolaccia)]

LOS RÚSTICOS CABALLEROS

(Cavalleria rusticana.)

Turiddu Macca, el hijo de la "señá" Anuncia, al volver de servir al rey, pavoneábase todos los domingos en la plaza, con su uniforme de tirador y su gorro rojo, que parecía "talmente" el hombre de la buenaventura cuando saca la jaula de los canarios. A las mozas íbanseles tras él los ojos, según entraban en misa, recatadas bajo la mantilla, y los chiquillos revoloteaban como moscas a su alrededor. Había traído hasta una pipa con el rey a caballo, que parecía de verdad, y encendía los fósforos en la trasera de los pantalones, levantando la pierna como si diese un puntapié. Mas, con todo, Lola la del señor Angel no se dejaba ver ni en misa ni en el balcón: que se había tomado los dichos con uno de Licodia que era carretero, y tenía en la cuadra cuatro machos del Sortino. Cuando Turiddu lo supo, en el primer pronto, ¡santo diablo!, quería sacarle las tripas al de Licodia; pero no lo hizo, y se desahogó yendo a cantar bajo la ventana de la bella cuantas canciones de desdenes sabía.

— ¿Es que no tiene nada que hacer Turiddu, el de la "seña" Anuncia — decían los vecinos —, que se pasa las noches cantando como un gorrión solitario?

Al cabo, topó con Lola, que volvía del viaje a la Virgen de los Peligros, y que al verle ni palideció ni se puso colorada, cual si nada hubiera pasado.

— ¡Ojos que te ven!— le dijo.

— Hola, compadre Turiddu; ya me habían dicho que habías vuelto a primeros de mes.

— ¡A mí me han dicho otras cosas! — respondió —. ¿Es verdad que te casas con el compadre Alfio el carretero?

— ¡Si es la voluntad de Dios...! — contestó Lola, juntando sobre la barbilla las dos puntas del pañuelo.

— ¡La voluntad de Dios la haces con el tira y afloja que te conviene! ¡Y la voluntad de Dios ha sido que yo tenía que venir de tan lejos para encontrarme con tan buenas noticias, Lola!

El pobrecillo intentaba aún dárselas de valiente; pero la voz casi le faltaba e iba tras de la moza contoneándose, bailándole de hombro a hombro la borla del gorro. A ella, en conciencia, le dolía verle con una cara tan larga; pero no tenía ánimos para lisonjearle con buenas palabras.

— Oye, compadre Turiddu — le dijo, al fin —, déjame alcanzar a mis compañeras. ¡Qué dirían en el pueblo si me vieran contigo!...

— Es verdad — respondió Turiddu —. Ahora que te casas con el compadre Alfio, que tiene cuatro machos en la cuadra, no hay que dar que hablar a la gente. Mi madre, la pobre, ha tenido que vender nuestra mula baya y el majuelillo de la carretera mientras yo era soldado. Pasó el tiempo en que Berta hilaba, y tú ya no te acuerdas de cuando hablábamos por la ventana del corral ni de cuando me regalaste el pañuelo aquél, antes de marcharme, que Dios sabe las lágrimas que lloré en él, al irme tan lejos, tan lejos, que se perdía hasta el nombre de nuestro pueblo. Ahora, adiós, Lola; hagamos cuenta que no hay más que decir, y que si te he visto, no me acuerdo.

La Lola se casó con el carretero, y los domingos se ponía en el corredor, con las manos en el vientre, para enseñar todos los anillos de oro que le había regalado su marido. Turiddu seguía paseando una y otra vez por la calleja, con su pipa en la boca y las manos en los bolsillos, con aire indiferente y guiñándole a las mozas; pero roíale por dentro el que el marido de Lola tuviese todo aquel oro y el que ella fingiese no verle cuando pasaba.

— ¡Se la voy a hacer en sus mismos ojos a esa perra! — murmuraba.

Frente por frente al compadre Alfio vivía el señor Colás, el viñador, rico como un cerdo según decían, el cual tenía una hija. Turiddu tanto dijo y tanto hizo, que intimó con el señor Colás, y comenzó a andar por la casa y a decirle palabritas dulces a la muchacha.

— ¿Por qué no le dices todas esas cosas tan bonitas a la Lola? — contestaba Santa.

— ¡La Lola es una señorona! ¡La Lola se ha casado con un rey!

— Yo no merezco reyes...

— Tú vales por cien Lolas, y conozco yo a uno que no miraría a la Lola ni al santo de su nombre cuando estás tú, porque la Lola no sirve ni para descalzarte. ¡Qué va a servir!

— La zorra que no podía alcanzar las uvas...

— Dijo: ¡qué guapa estás, rica mía!

— ¡Quietas las manos, compadre Turiddu!

— ¿Tienes miedo de que te coma?

— Ni a ti ni a tu Dios tengo miedo!

— ¡Ya sabemos que tu madre era de Licodia! ¡Tienes sangre de pelea! ¡Uy, te comería con los ojos!

— Cómeme con los ojos, si quieres, que no me harás migas; pero mientras, carga con este haz.

— ¡Por ti cargaría yo con la casa entera!

Ella, por no ponerse colorada, le tiró un leño que tenía a mano, y no le dió por milagro.

— Vamos, despacha, que la charla no gavilla sarmientos.

— Si fuera rico, Santa, buscaría una mujer como tú.

— Yo no me casaré con un rey, como la Lola; pero tengo mi dote para cuando el Señor me mande novio.

— ¡Ya sabemos que eres rica, ya lo sabemos!

— Pues si lo sabes, despacha, que está para llegar mi padre y no quiero yo que me encuentre en el corral.

El padre empezaba a torcer el gesto; pero la muchacha no se daba por enterada, porque la borla del gorro del tirador le había hecho cosquillas en el corazón y le bailaba continuamente ante los ojos. Como el padre puso a Turiddu en la puerta, la hija le abrió la ventana, y todas las noches estaba de charla con él, que no se hablaba de otra cosa en la vecindad.

— Estoy loco por ti, y hasta el sueño pierdo y el apetito.

— Cháchara.

— ¡Quisiera ser el hijo de Victor Manuel para casarme contigo!

— Cháchara.

— Por la Virgen, que como pan te comería!

— Cháchara.

— ¡Por mi honra te lo juro!

— ¡Ay madre mía!

Lola, que lo oía todo, palideciendo y ruborizándose, escondida tras el tiesto de albahaca, un día llamó a Turiddu.

— ¡Vaya, compadre Turiddu! ¿Es que ya no se saluda a los amigos?

— ¡Ay! — suspiró el mozo —. ¡Dichoso el que puede saludarte!

— ¡Pues si tal intención tienes, ya sabes donde vivo!... — respondió Lola.

Turiddu volvió a verla con tanta frecuencia, que Santa se enteró y le dió con la ventana en los hocicos. Los vecinos le señalaban con una sonrisa o con un movimiento de cabeza cuando pasaba el tirador. El marido de Lola andaba por las feries con sus mulas.

— ¡El domingo quiero ir a confesarme, que esta noche he soñado con uvas negras! — dijo Lola.

— ¡Déjalo, déjalo! — suplicaba Turiddu.

— No, que como se acerca la Pascua, mi marido querría saber por qué no me confieso.

— ¡Ay! — murmuraba Santa, la del señor Colás, esperando turno de rodillas ante el confesonario, donde Lola estaba haciendo la colada de sus pecados—. ¡Por mi alma, que no quiero mandarte a Roma en penitencia!

El compadre Alfio volvió con sus mulas, cargado de dineros, y trajo a su mujer un vestido nuevo, muy majo, para las fiestas.

— Haces bien en traerle regalos — le dijo su vecina Santa —, ¡porque mientras estás fuera, tu mujer te adorna la casa!

El compadre Alfio era uno de esos carreteros que llevan la montera a la oreja, y al oír hablar de su mujer de aquel modo mudó de color, como si le hubiesen dado una puñalada.

— ¡Santo diablo! — exclamó —. ¡Como no hayas visto bien, no os dejo ni ojos para llorar a ti y a toda tu parentela!

— ¡No acostumbro llorar yo! — respondió Santa —; ni siquiera he llorado al ver con estos ojos entrar a Turiddu, el de la "seña" Anuncia, en casa de tu mujer...

— Está bien — respondió el compadre Alfio —; muchas gracias.

Turiddu, ahora que había vuelto ya el marido, no rondaba de día por la calleja, y distraía el tedio en la taberna con los amigos. La víspera de Pascua tenían sobre la mesa un plato de salchicha, cuando entrando en esto el compadre Alfio, con sólo ver el modo que tuvo de mirarle, comprendió Turiddu que había ido a arreglar cuentas, y dejó el tenador en el plato.

— ¿Tienes algo que mandar, compadre Alfio? — le dijo.

— Nada, compadre Turiddu, sino que hace ya tiempo que no te veo y quería hablarte de lo que sabes.

Turiddu, al pronto, le había ofrecido una copa; pero el compadre Alfio la rehusó con la mano. Entonces Turiddu se levantó y le dijo:

— Pues aquí me tienes, compadre Alfio.

El carretero le echó los brazos al cuello.

— Si quieres ir mañana a las chumberas de la Canziria, podremos hablar de nuestro asunto compadre.

— Espérame en la carretera, al salir el sol, e iremos juntos.

Con estas palabras se dieron el beso de desafío, y Turiddu le mordió la oreja al carretero, haciéndole así promesa solemne de no faltar.

Los amigos, abandonando la salchicha, acompañaron silenciosos a Turiddu hasta su casa. La "señá" Anuncia, la pobrecilla, esperábale hasta tarde todas las noches.

— Madre — le dijo Turiddu —, ¿se acuerda cuando me fuí al servicio, que creía usted que ya no iba a volver? Deme un beso muy fuerte como entonces, porque mañana temprano tengo que irme muy lejos.

Antes de ser de día cogió la faca, que había escondido en el heno cuando se marchó soldado, y se puso en camino hacia las chumberas de la Canziria.

— ¡Jesús María! ¿Adónde vas tan furioso? — lloriqueaba la Lola a punto de salir su marido.

— Voy ahí cerca— respondió el compadre Alfio —; pero mejor te sería que no volviese nunca.

Lola, en camisa, rezaba a los pies de la cama, llevándose a los labios el rosario que le había traído fray Bernardino de los Santos Lugares, cuantas avemarías podía.

— Compadre Alfio — comenzó Turiddu luego que hubieron hecho un buen trecho del camino él y su compañero, que iba callado y con la montera sobre los ojos —, como hay Dios que se que no tengo corazón y que me dejaría matar. Pero antes de salir he visto a mi vieja, que se ha levantado para verme marchar, que el pretexto de arreglar el gallinero, como si se lo diera el corazón, y, como hay Dios, que te mataré como perro por no hacer llorar a mi viejecica.

— Eso está muy bien — respondió el compadre Alfio quitándose el farseto —; así pincharemos con fuerza los dos.

Ambos eran buenos esgrimidores. Turiddu tiró el primer golpe y alcanzó al otro en un brazo; al repetir, tiró a la ingle.

— ¡Ah, compadre Turiddu! ¿Es que de veras quieres matarme?

— Si, ya te lo he dicho; acabo de ver a mi vieja en el gallinero, y me parece tenerla continuamente delante.

— ¡Pues abre bien los ojos! — le gritó el compadre Alfio —, porque vas a ir bien servido!

Según estaba en guardia, agachado, para contener la herida que le dolía, y arrastrando casi el codo por el suelo, agarró un puñado de tierra y se lo echó a los ojos al adversario.

— ¡Ah! — gritó Turiddu, cegado —, ¡soy muerto!

Intentaba salvarse dando saltos desesperados hacia atrás; pero el compadre Alfio le alcanzó con otro golpe en el estómago y otro en el cuello.

— ¡Y tres! ¡Este, por haberme adornado la casa! Ahora, tu madre dejará en paz las gallinas.

Turiddu se tambaleó un poco entre las chumberas y cayó luego como una piedra. La sangre le borbotaba espumando en la garganta, y no pudo proferir ni un "¡Ay mi madre!".

"LA LOBA"

Era alta, delgada; tenía, eso sí, un seno firme y vigoroso, de morena — aunque ya no era joven —, pálida como si tuviera siempre la malaria, y en aquella palidez, unos ojos así de grandes y unos labios frescos y rojos que te comían.

En el pueblo la llamaban "La Loba" porque nunca ni con nada se saciaba. Las mujeres se santiguaban al verla pasar sola como un perro, con aquel andar errante y desconfiado de loba hambrienta; robaba hijos y maridos en un abrir y cerrar de ojos, con sus labios colorados y se los llevaba tras de sus faldas, con aquella mirada de Satanás, aunque estuviesen ante el altar de Santa Agripina. Por fortuna, "La Loba" no iba nunca a la iglesia, ni por Pascua ni por la Navidad, ni a oír misa, ni a confesarse. El padre Angel de Santa María de Jesús, un verdadero siervo de Dios, había perdido el alma por ella.

La pobre Marica, muchacha buena y lista, lloraba a hurtadillas, porque, hija de "La Loba", nadie la quería por mujer, a pesar de tener su ropita en la cómoda y sus cuatros terrones como cualquier otra moza del pueblo.

Un buen día, "La Loba" se enamoró de un guapo mozo que había vuelto del servicio y que segaba el heno con ella en los prados del notario; pero lo que se dice enamorarse, sentir que le ardían las carnes bajo el fustán del corpiño y tener al mirárle a los ojos la sed de las cálidas tardes de junio, en medio del llano. Pero él seguía segando tranquilamente, atento al la gavilla, y le decía:

— ¿Qué tiene, "señá" Pina?

En los campos inmensos, donde sólo se oía el canto de los grillos, cuando caía el sol a plomo, "La Loba" gavillaba manojo tras manojo y haz tras haz, sin cansarse jamás, sin enderezar un momento al cuerpo, sin acercar los labios a la botella, con tal de estar siempre pisándole los talones a Nanni que, segaba y segaba, y preguntábale de cuando en cuando:

— ¿Qué quiere, "señá" Pina?

Una noche se lo dijo, mientras los hombres dormitaban en la era cansados de la larga jornada, y vagaban los perros por el campo vasto y negro.

— ¡Te quiero... a ti, que eres guapo como un sol y dulce como la miel! ¡Te quiero a ti!

— Y yo quiero a tu hija, que es mocita — respondió Nanni riendo.

"La Loba" llevóse las manos a la cabeza, rascóse las sienes sin decir palabra y, marchándose luego, ya no volvió más por la era. Pero en octubre se encontró de nuevo con Nanni, según hacían el aceite, porque trabajaba junto a su casa, y el chirrido de la prensa no le dejaba dormir en toda la noche.

— Coge el saco de las aceitunas — le dijo a su hija — y ven conmigo.

Nanni empujaba con la pala las aceitunas bajo la muela, y gritábale "¡ohí" a la mula para que no se parase.

— ¿Quieres a mi hija Marica? — le preguntó la "señá" Pina.

— ¿Qué le da usted a su hija Marica? — respondió Nanni —. Tiene lo de su padre, y a más le doy mi casa; a mí me basta con que me des un rincón de la cocina donde tender un jergón.

— Si es así, para Navidad hablaremos — dijo Nanni.

Nanni estaba todo untado y sucio del aceite y de las aceitunas puestas a fermentar, y Marica no le quería en modo alguno; pero su madre la agarró por los pelos, delante del hogar, y le dijo, apretando los dientes:

— ¡Si no te casas con él, te mato!

"La Loba" parecía enferma, y decía la gente que el diablo cuando se hace viejo se mete a fraile. Ya no iba de aquí para allá; ya no se ponía a la puerta con aquellos ojos de endemoniada. Su yerno, cuando ella se le plantaba delante con aquellos ojos, echábase a reír, y sacaba el escapulario de la Virgen para persignarse. Marica estábase en casa amamantando a sus hijos, y su madre andaba por los campos trabajando con los hombres, como un hombre enteramente, escardando, cavando, conduciendo el ganado, podando las cepas, ya soplase el gregal, ya levante de enero o siroco de agosto, cuando los machos agachaban la cabeza y los hombres dormían de bruces al resguardo de la pared a tramontana. "En esa hora entre véspero y nona, en que no anda hembra bona", la señá Pina era la única alma viviente a quien se veía errar por el campo, sobre los guijarros abrasados de los senderos, entre los secos rastrojos de los campos inmensos, que se perdían en el caliginoso ambiente, lejos, muy lejos, hacia el Etna neblinoso, donde el cielo pesaba sobre el horizonte.

— Despierta — dijole "La Loba" a Nanni, que dormía en la cuneta, junto al seto polvoriento, con la cabeza entre los brazos —. Despierta, que te he traído el vino para que refresques el gañote.

Nanni abrió los ojos lacrimosos, entre dormido y despierto, y se la encontró derecha, pálida, prepotente el pecho, los ojos negros como el carbón, y extendió a tientas las manos.

— ¡No; "no anda hembra bona entre véspero y nona"! — sollozaba Nanni, escondiendo la cara en la hierba seca de la cuneta y arañándose los pelos — ¡Vete, vete; no vuelvas más a la era!

Y se marchó "La Loba", en efecto, anudándose otra vez las hermosas trenzas, fija la mirada ante sus pasos en los cálidos rastrojos, con los ojos negros como el carbón.

Pero volvió varias veces a la era, y Nanni no le dijo nada. Antes bien: cuando tardaba en ir a esa hora, entre véspero y nona, íbase a esperarla a lo alto de la senda blanca y desierta, con el sudor en la frente, y después se llevaba las manos a la cabeza y repetíale siempre:

— ¡Vete, vete, y no vuelvas más a la hora!

Marica lloraba día y noche, y plantábase ante su madre, ardiéndole los ojos de lágrimas, como una lobezna a su vez, siempre que la veía volver del campo pálida y muda.

— ¡Mala madre! — le decía —. ¡Mala madre!

— ¡Calla!

— ¡Ladrona, ladrona!

— ¡Calla!

— ¡Iré a decírselo al brigadier!

— ¡Ve!

Y fué de veras, con sus hijos en brazos, sin miedo, sin verter una lágrima, como una loca, porque ahora también ella quería a aquel marido que le habían dado a la fuerza, untado y sucio de las aceitunas puestas a fermentar.

El brigadier mandó llamar a Nanni, y le amenazó incluso con el presidio y la horca. Nanni se dió a llorar y a tirarse de los pelos. ¡No negó nada! ¡No intentó disculparse!

— ¡Es la tentación — decía —; es la tentación del infierno!

Y se arrojó a los pies del brigadier, suplicandole que le mandase a presidio.

— ¡Por caridad, señor brigadier, sáqueme de este infierno! ¡Que me matan! ¡Que me maten en la cárcel; pero que no la vea nunca más!

— ¡No! — respondióle, por el contrario, "La Loba" al brigadier —. Yo me reservé un rincón de la cocina donde dormir cuando les di mi casa en dote. La casa es mía. ¡No quiero marcharme!

Poco después, a Nanni le atizó una coz el macho, y estuvo a la muerte; pero el párroco se negó a darle el Señor si "La Loba" no salía de la casa. "La Loba" se marchó, y su yerno entonces pudo prepararse a irse también como buen cristiano, y confesó y comulgó con tales muestras de arrepentimiento y de contrición, que todos los vecinos y curiosos lloraban junto al lecho del moribundo. Mejor habríale sido morirse aquel día, antes de que el diablo volviese a tentarlo y a metérsele en alma y cuerpo cuando estuvo curado.

— ¡Déjame! — decíale a "La Loba" —. ¡Por caridad, déjame en paz! ¡He visto con estos ojos a la muerte! La pobre Marica está desesperada. ¡Ya lo sabe todo el pueblo! Cuando no te veo es mejor para ti y para mi...

Habría querido sacarse los ojos para no ver los de "La Loba", que cuando se clavaban en los suyos haciénle perder el alma y el cuerpo. No sabía qué hacer para librarse del embrujamiento. Pagó misas a las ánimas del Purgatorio; fué a pedirles ayuda al párroco y al brigadier. Por Pascua se confesó y se arrastró públicamente, lamiendo los guijarros del sagrado, delante de la iglesia, en penitencia, y luego, como "La Loba" volviese a tentarlo:

— Oye — le dijo —; no vuelvas a buscarme a la era, porque si vuelves, como hay Dios que te mato.

— Mátame — respondió "La Loba" —, no me importa; pero sin ti no quiero estar.

Como la divisó de lejos, en medio de los verdes sembrados, dejó de cavar la viña y fué a arrancar el hacha del olmo. "La Loba" le vió acercarse, pálido, con ojos extraviados, con el hacha brillando al sólo, y no se echó atrás un solo paso; no bajó los ojos; siguió andando a su encuentro, llenas las manos de manojos de rojas amapolas, comiéndoselo con sus ojos negros.

— ¡Ah, maldita sea tu alma! — balbució Nanni.

NEDDA

El hogar doméstico era siempre a mis ojos una figura retórica, buena para encuadrar los afectos más dulces y serenos, como el rayo de luna para besar las rubias cabelleras; pero me sonreía al oír que el fuego de la chimenea es casi un amigo. Parecíame, en verdad, un amigo harto necesario, a las veces fastidioso y despótico, que poco a poco quisiera atarnos de pies y manos y arrastrarnos a su antro humoso para besarnos a la manera de Judas. No se me alcanzaba el pasatiempo de atizar al fuego, ni la voluptuosidad de sentirse inundado por el resplandor de la llama; no comprendía el lenguaje del leño crepitando desdeñoso o rezongando en llamaradas; no tenía acostumbrados los ojos a los caprichosos dibujos de las chispas, corriendo como luciérnagas sobre los ennegrecidos tizones a las fantásticas formas que al carbonizarse asume la leña, a las mil gradaciones de claroscuro de la llama azul y roja, que ora lame tímida o acaricia graciosamente, ora se eleva con orgullosa petulancia. Cuando me inicié en los misterios de las tenazas y el fuelle, me enamoré con grandes transportes de la voluptuosa ociosidad de la chimenea. Abandono pues, mi cuerpo sobre la butaca, junto al fuego, como dejaría un traje, encomendando a la llama el cuidado de hacer que mi sangre circule más cálida y que mi corazón lata con más fuerza, y a las chispas fugitivas que revolotean como mariposas enamoradas el que mantengan abiertos mis ojos, y hagan al par errar caprichosamente mis pensamientos. El espectáculo del propio pensamiento revoloteando vagamente en nuestro derredor, o abandonándonos para correr lejos, e infundir, sin que nos demos cuenta, soplos de dulzura y amargura en el corazón, tiene indefinibles atractivos. Con el cigarro medio apagado, entornados los ojos, las tenazas escapándose de los flojos dedos, vemos venir de lejos una parte de nosotros mismos y recorrer distancias vertiginosas; parécenos que pasen por nuestros nervios corrientes de atmósferas desconocidas; probamos, sonrientes, sin mover un dedo ni dar un paso, el efecto de mil sensaciones que nos harían encanecer y surcarían de arrugas nuestra frente.

Y en una de esas peregrinaciones vagabundas del espíritu, la llama, que se elevaba acaso sobrado cerca, me hizo ver de nuevo otra llama gigantesca, que había visto arder en el hogar inmenso de la hacienda del Pino, en las faldas del Etna. Llovía, y el viento bramaba encolerizado; las veinte o treinta mujeres que recogían la aceituna de la finca hacían humear sus faldas mojadas de la lluvia, ante el fuego; las alegres, las que tenían cuartos en el bolso, o estaban enamoradas, cantaban; las otras charlaban de la cosecha de aceituna, que había sido mala, de las bodas de la parroquia, o de la lluvia que les robaba el pan de la boca. La vieja mayorala hilaba, aunque no fuese más que porque el candil colgado de la campana del hogar no ardiese en balde; el perrazo color de lobo alargaba el hocico sobre las patas hacia el fuego, enderezando las orejas a cada gemido del viento. Luego, en tanto que hervía la sopa, el mayoral se puso a tocar un aire montañés, que se iban los pies tras él, y las mozas empezaron a saltar sobre el inseguro pavimento de la vasta cocina humeante, en tanto el perro rezongaba con miedo de que le pisaran el rabo. Revoloteaban las faldas alegremente, y las habas bailaban a su vez en la olla, murmurando entre la espuma que hacía surgir la llama. Cuando las mozas se cansaron, llególe el turno a las coplas.

— ¡Nedda, Nedda la cantarina! — exclamaron varias —. ¿Dónde se ha escondido la cantarina?

— Aquí estoy — respondió brevemente una voz desde el más obscuro rincón, donde estaba acurrucada una moza sobre un haz de leña.

— ¿Qué haces ahí?

— Nada.

— ¿Por qué no has bailado?

— Porque estoy cansada.

— Cántanos uno de tus cantares.

— No, no quiero cantar.

— ¿Qué tienes?

— Nada.

— Tiene que su madre se está muriendo — respondió uno de sus compañeras, como si hubiese dicho que le dolían las muelas.

La moza, que tenía la barba en las rodillas, miró a la que había hablado, con sus ojazos negros, brillantes, pero secos e impasibles, y volvió a bajarlos sin decir palabra, fijos en sus pies desnudos.

Entonces, dos o tres volviéronse hacia ella, mientras las otras se desbandaban charlando todos a la vez como urracas, festejando el rico cebo, y le dijeron:

— Si es así, ¿por qué has dejado a tu madre?

— Por encontrar trabajo.

— ¿De dónde eres?

— De Viagrande; pero vivo en Ravanusa.

Una de las burlonas, la hija del mayoral, que estaba para casarse por Pascua con el tercer hijo del señor Jacobo, y que tenía una linda crucecita de oro al cuello, le dijo, volviéndole la espalda:

— ¡No está lejos! ¡Un pájaro te traería la mala noticia!

Nedda le lanzó una mirada semejante a la que el perro acurrucado junto al fuego lanzaba a los zuecos que amenazábanle el rabo.

— ¡No; el tío Juan habría venido a llamarme! — exclamó como respondiéndose a sí misma.

— ¿Quién es el tío Juan?

— El tío Juan de Ravanusa; todos le llaman así.

— Mejor habría sido que el tío Juan de prestase algo, y no dejar a tu madre — dijo otra.

— El tío Juan no es rico, y ya le debemos diez liras. ¿Y el médico? ¿Y las medicinas? ¿Y el pan de cada día? ¡Ay, se dice muy pronto! — añadió Nedda moviendo la cabeza y dejando escapar por primera vez una entonación más dolorosa en su voz ruda, casi salvaje — ¡Pero el ver desde la puerta ponerse el sol, pensando que no hay pan en la alacena, ni aceite en el candil, ni trabajo para el día siguiente, es una cosa muy amarga cuando se tiene a una pobre vieja enferma, sobre aquel camastro!

Y movía la cabeza después de hablar sin mirar a nadie, con los ojos secos, que delataban un dolor inconsciente, cual no sabían expresar los más habituados a las lágrimas.

— ¡Las escudillas, muchachas! — gritó la mayorala, destapando la olla con aire triunfal.

Todas se agolparon en torno al hogar, donde la mayorala distribuía con paciente parsimonia el potaje de habas. Nedda esperaba la última, con su escudilla bajo el brazo. Al cabo, hubo sitio para ella también, y la llama la iluminó por entero.

Era una muchacha morena míseramente vestida; tenía esa timidez y tosquedad que dan la soledad y la miseria. Tal vez habría sido guapa si los trabajos y fatigas no hubiesen alterado en ella, no ya las nobles facciones de la mujer, pero incluso la figura humana. Eran sus cabellos negros, espesos, ensortijados, anudados apenas con un cordelillo; tenía unos dientes blancos como el marfil, y cierta grosera simpatía de facciones que hacía atrayente su sonrisa. Sus ojos eran negros, grandes, bañados en azulado flúido, que habríaselos envidiado una reina a aquella pobre muchacha acurrucada en el último escalón de la escala humana, a no estar ensombrecidos por la timidez de la miseria o a no haber parecido estúpidos por una triste y continua resignación. Sus miembros, aplastados por enormes pesos o desarrollado violentamente por penosos esfuerzos, eran toscos sin ser robustos. Hacía de peón cuando no tenía con qué transportar piedras en los terrenos en roturación; llevaba encargos a la ciudad por cuenta ajena o se empleaba en los trabajos más duros, estimados en aquellos lugares como inferiores a la dignidad humana. La vendimia, la siega, la recolección de la aceituna eran para ella fiestas, días de holgorio, un pasatiempo más que un trabajo. Bien es verdad que sacaba apenas la mitad de un buen jornal veraniego de peón, que le daba ¡sus sesenta y cinco céntimos!, los harapos que llevaba por vestido, haciendo grotesca lo que hubiera debido ser belleza femenina. La imaginación más despierta no hubiera podido figurarse que aquellas manos obligadas a un áspero trabajo cotidiano, a raspar entre el hielo o en la tierra ardiente, o en cambrones y grietas; que aquellos pies acostumbrados a andar desnudos sobre la nieve o por las rocas abrasadas de sol, a herirse en los espinos y a encallecerse en las piedras, hubieran podido ser bellos. Nadie era capaz de decir los años que tenía aquella humana criatura; la miseria le había agobiado desde niña con todos los trabajos que deforman y endurecen el cuerpo, el alma y la inteligencia. Tal había sucedido con su madre, con su abuela, y tal hubiera pasado con su hija. De sus hermanos en Eva bastaba que tuviese lo poco que necesitaba para entender sus órdenes y prestarlos los más humildes y duros servicios.

Nedda alargó su escudilla, y la mayorala le echó cuanto de habas quedaban en la olla, que no era mucho.

— ¿Por qué vienes siempre la última? ¿No sabes que los últimos no tienen más que sobras? — le dijo a manera de compensación la mayorala.

La pobre muchacha bajó los ojos sobre el caldo negro que humeaba en su escudilla, como si mereciese el reproche, y se fué despacito, para que no se vertiese el contenido.

— Yo te daría de buena gana de las mías — díjole a Nedda una de sus compañeras, que tenía mejor corazón—; pero si mañana sigue lloviendo..., ¡la verdad!, no querría, además de perder el jornal, comerme todo mi pan.

— ¡Yo no tengo ese miedo! — respondió Nedda con triste sonrisa.

— ¿Por qué?

— Porque no tengo pan... Lo poco que tenía se lo he dejado juntamente con unos pocos cuartos a mi madre.

— ¿Y vives sólo con la sopa?

— Sí; estoy acostumbrada — respondió Nedda simplemente.

— ¡Maldito tiempo, que nos roba el jornal! — imprecó otra.

— Toma, toma de mi escudilla.

— No tengo más hambre — respondió la cantarina torpemente, a modo de gracias.

— Tú, que maldices la lluvia de Dios, ¿es que no comes pan tampoco? — díjole la mayorala a la que había imprecado contra el mal tiempo —. ¿Qué, no sabes que lluvia de otoño quiere decir buen año?

Un murmullo general aprobó estas palabras.

— Sí; pero entre tanto son ya tres buenos medios jornales que su marido nos quitará de la cuenta de la semana.

Otro murmullo de aprobación.

— ¿Has trabajado, por un casual, estos tres medios días para que se te paguen? — respondió triunfalmente la vieja.

— ¡Es verdad; es verdad! — respondieron las demás, con ese sentimiento instintivo de justicia de las masas, aun cuando semejante justicia perjudique a los individuos.

La mayorala entonó el rosario; siguiéronse las avemarías con su monótono sonsonete, acompañadas de tal cual bostezo; después de la letanía se rezó por los vivos y por los muertos, y entonces los ojos de la pobre Nedda llenáronse de lágrimas y se olvidó de responder "amén".

— ¿Qué es eso de no contestar "amén"? — le dijo la vieja en tono severo.

— Pensaba en mi pobre madre, que está tan lejos — balbució Nedda tímidamente.

Luego, la mayorala dió las santas noches, tomó el candil y se marchó. Aquí y allá, por la cocina o en torno al fuego se improvisaron las yacijas en forma pintoresca. Las últimas llamas arrojaron vacilantes claroscuros sobre los diversos grupos. Era una buena hacienda aquélla, y el amo no ahorraba, como tantos otros, habas para la sopa, leña para el hogar ni paja para las yacijas. Las mujeres dormían en la cocina, y los hombres, en el henar. Donde el amo es avaro, o pequeña la hacienda, hombres y mujeres duermen revueltos, como mejor pueden, en la cuadra o en otra parte, sobre la paja o sobre unos trapos; los hijos, junto a los padres, y cuando el padre es rico y tiene una manta de su propiedad, la extiende sobre su familia; el que tiene frío se pega al vecino, mete los pies en la ceniza caliente o se tapa con paja, ingeniándose como puede, luego de un día de trabajo, para empezar otro día de trabajo; el sueño es profundo, igual que un déspota benéfico, y la moralidad del amo no desdeña sino el trabajo de la muchacha que, próxima a ser madre, no pudiese cumplir las diez horas.

Antes de ser de día salieron las más madrugadoras a ver qué tiempo hacía, y la puerta, que giraba a cada momento sobre sus goznes, lanzaba ráfagas de lluvia y viento frío sobre los que, ateridos, dormían aún. A los primeros albores, el mayoral fué a abrir la puerta para despertar a los perezosos; que no es justo defraudar al patrón un minuto de las diez horas de jornal, porque para eso paga su buena tarja, y a veces tres carlinos (¡sesenta y cinco céntimos!) a más de la sopa.

¡Llueve!, era la palabra fastidiosa que corría de boca en boca con acento de mal humor. La Nedda, apoyada en la puerta, miraba tristemente los gruesos nubarrones color de plomo, que arrojaban sobre ella las lívidas tintas del crepúsculo. El día era frío y neblinoso; las hojas secas se desprendían, arrastrándose por entre las ramas, y revoloteaban un momento antes de caer en la tierra fangosa; el arroyuelo se empantanaba en un charco, donde se revolcaban voluptuosamente los cerdos; las vacas asomaban el negro hocico a través de la cancela que cerraba el establo, y miraban la lluvia que caía de sus ojos melancólicos; los pájaros, acurrucados bajo las tejas del alero, piaban lastimeramente.

— ¡Otro día perdido! — murmuró una de las muchachas, hincándole el diente a un pan negro.

— Las nubes se separan del mar allá abajo — dijo Nedda extendiendo el brazo —; hacia mediodía tal vez cambie el tiempo.

— Pero el tunante del mayoral no nos pagará más que un tercio del jornal.

— Eso saldremos ganando.

— Sí; pero ¿y el pan que nos comemos?

— ¿Y el daño que tendrá el amo de las aceitunas que se estropean y las que se pierdan en el barro?

— Es verdad — dijo otra.

— Pues prueba a coger ni una sola de las aceitunas que se habrán perdido dentro de media hora, para comértelas con tu pan seco, y verás lo que te da de más el amo.

— ¡Claro, porque las aceitunas no son nuestras!

— ¡Pero tampoco son de la tierra que se las come!

— ¡La tierra es del amo! — respondió Nedda, con lógica triunfante y ojillos expresivos.

— Eso también es verdad — contestó otra que no sabía qué responder.

— Yo, por mi, preferiría que siguiese lloviendo todo el día, antes que pasarme la tarde a gatas, metida en el barro, en este tiempo, por tres o cuatro cuartos.

— ¡A ti no te hace nada tres o cuatro cuartos! — dijo Nedda tristemente.

La noche del sábado, cuando llegó la hora de ajustar las cuentas de la semana, ante la mesa del mayoral, llena de papelotes y montones de dinero, a los hombres más alborotados pagóseles primero, después a las mujeres más resueltas, por último, y peor, a las tímidas e débiles. Cuando el mayoral le hizo su cuenta, Nedda vino a saber, que, quitando los dos días y medio de forzado reposo, le quedaban cuarenta cuartos.

La pobre muchacha no osó abrir la boca. Unicamente los ojos se le llenaron de lágrimas.

— ¡Quéjate además, llorona! — gritó el mayoral, que gritaba siempre, como mayoral concienzudo que defiende los cuartos del amo —. ¡Después que te pago como a las otras, a pesar de que eres más pobre y más pequeña que las demás, y de que te pago un jornal como ningún amo paga en toda la tierra de Pedara, Nicolosi y Trecastagni, tres carlinos y la sopa!

— Si no me quejo... — dijo tímidamente Nedda, guardándose los pocos cuartos que el mayoral, para aumentar su valor, había contado uno por uno —. La culpa ha sido del mal tiempo, que me ha quitado la mitad de lo que habría podido sacar.

— ¡Pues enfádate con Dios! — dijo el mayoral ásperamente.

— Con Dios, no... conmigo, que soy tan pobre.

— Págale entera su semana a esa pobre muchacha — dijo al mayoral el hijo del amo, que asistía a la recolección de la aceituna —. Total son muy pocos cuartos de diferencia.

— No se le debe dar más que lo que es justo.

— ¡Pero si te lo digo yo!

— Todos los propietarios de alrededor nos harían la guerra a usted y a mí si "hiciésemos esas novedades".

— ¡Tienes razón! — respondió el hijo del amo, que era un rico propietario y tenía muchos vecinos.

Nedda recogió los pocos harapos que eran suyos y dijo adiós a la compañía.

— ¿Te vas a Ravanusa a estas horas? — le dijeron algunas.

— ¡Mi madre está mala!

— ¿No tienes miedo?

— Sí; tengo miedo por los cuartos que llevo en el bolsillo; pero mi madre está mala, y como ya no tengo que trabajar aquí, me parece que no podría dormir si me quedase una noche más.

— ¿Quieres que te acompañe? — le dijo en son de burla el zagal.

— Voy con Dios y la Virgen — contestó simplemente la pobre muchacha, emprendiendo el camino con la cabeza baja.

El sol se había puesto tiempo hacía, y las sombras ascendían rápidamente hacia la cima de la montaña. Nedda andaba ligera, y cuando las tinieblas se hicieron profundas, empezó a cantar como un pájaro asustado. A cada diez pasos volvíase aterrorizada, y cuando una piedra removida por la lluvia resbalaba de una tapia abajo, o el viento le salpicaba la cara a modo de pedrisco con la lluvia recogida en las hojas de los árboles, se detenía temblorosa como una cabra perdida. Un buho la seguía de árbol en árbol, con su canto lastimero, y ella, contenta de la compañía, le hacía el reclamo para que el pájaro no se cansase de seguirla. Cuando pasaba ante una capillita, junto a la puerta de alguna hacienda, se detenía un instante en la vereda para rezar a toda prisa un avemaría, con cuidado de que no se le echase encima, desde la tapia, el perro guardián, que ladraba furiosamente; luego seguía más apresurada, volviéndose dos o tres veces a mirar el farolillo que ardía en homenaje a la santa, alumbrando al propio tiempo al mayoral, cuando volvía tarde del campo. Aquel farolillo le daba ánimos y le hacía rezar por su pobre madre. De cuando en cuando un doloroso pensamiento le encogía el corazón con súbito ahogo, y entonces echaba a correr, cantaba en voz alta para aturdirse, o pensaba en los alegres días de la vendimia, o en las noches de verano, cuando con la luna más hermosa del mundo se volvía del llano saltando tras la cornamusa que sonaba alegremente; mas su pensamiento corría siempre hasta la mísera yacija de su enferma. Tropezó en una esquirla, de lava cortante como una navaja de afeitar, y se hirió un pie; la obscuridad era tan densa, que en las revueltas del sendero la pobre muchacha dábase muchas veces contra una tapia o un seto, y empezaba a perder ánimos y a no saber dónde se encontraba. De pronto, oyó el reloj de Punta, que daba las nueve, tan cerca, que le parecía como si las campanadas cayesen sobre su cabeza. Nedda sonrió como si un amigo la hubiese llamado por su nombre en medio de una muchedumbre de extranjeros.

Tomó alegremente el camino del pueblo, cantando a todo voz su canción, apretando en la mano, dentro del bolsillo del delantal, sus cuarenta cuartos.

Al pasar por delante de la botica, vió al boticario y al notario, que, muy abrigados, jugaban a las cartas. Un poco más allá encontró al pobre loco de Punta, que recorría la calle de un lado a otro, metidas las manos en los bolsillos, canturreando el cantar que desde hace veinte años le acompaña en las noches de invierno y en los mediodías caniculares. Cuando llegó a los primeros árboles de la recta avenida de Ravanusa, topó con una yunta de bueyes, que iban rumiando tranquilamente, con lento paso.

— ¡Ohé, Nedda! — gritó una voz conocida.

— ¿Eres tú, Janu?

— Sí; yo soy; con los bueyes del amo.

— ¿De dónde vienes? — preguntó Nedda sin detenerse.

— Vengo de la Plana. He pasado por tu caso. Tu madre te está esperando.

— ¿Cómo está mi madre?

— Lo mismo.

— ¡Que Dios te bendiga! — exclamó la muchacha, como si hubiese tenido peores noticias, y empezó a correr de nuevo.

— ¡Adiós, Nedda! — le gritó Janu.

— Adiós — balbució de lejos Nedda.

Le pareció que las estrellas brillaban como soles; que los árboles, uno por uno, extendían las ramas para protegerla, y que los guijarros del camino le acariciaban pies doloridos.

Al día siguiente, que era domingo, hubo la visita que el médico concedía a sus enfermos pobres el día que no podía consagrarse a sus haciendas. Una visita triste, en verdad, porque el bueno del doctor no estaba acostumbrado a gastar cumplidos con sus clientes, y en la casucha de Nedda no había antecámara ni amigos a quienes anunciar el verdadero estado de la enferma.

El mismo día se siguió una triste función; fueran el cura con roquete, el sacristán con los Santos Oleos, y dos o tres comadres murmurando no sé qué rezos. La campanilla del sacristán difundía su agudo sonido por los campos, y los carreteros, al oírla, paraban sus mulas en medio del camino y se quitaban la gorra. Cuando Nedda la oyó por la pedregosa senda, tiró de la colcha toda rota de la enferma, para que no se viese que no tenía sábanas, y puso su mejor delantal blanco sobre el cojo velador, afianzado con dos ladrillos. Luego, en tanto el cura cumplía su deber, se arrodilló a la puerta, balbuciendo maquinalmente unas oraciones, mirando como entre sueños aquella piedra ante el umbral en que su viejecica solía calentarse al sol de marzo, y escuchando distraídamente los sólitos ruidos de la vecindad y el vaivén de toda aquella gente, que hacía sus menesteres sin angustias ni penas. El cura se marchó, y el sacristán esperó en vano a la puerta a que le dieron la acostumbrada limosna para los pobres.

El tío Juan vió ya muy tarde aquella noche a Nedda corriendo por el camino de Punta.

— ¡Eh! ¿Adónde vas a estas horas?

— Voy por una medicina que ha mandado el médico.

El tío Juan era económico y gruñón.

— ¡Más medicinas — murmuró —, después de haber mandado la medicina de la unción! ¡Como que ésos van a medias con el boticario para chuparles la sangre a los pobres. Oye lo que te digo, Nedda, ahórrate esos cuartos y ve a estarte con tu vieja.

— ¡Quién sabe si le hará bien! — respondió tristemente la muchacha, bajando los ojos y apretando el paso.

El tío Juan contestó con un gruñido. Luego le gritó:

— ¡Eh, tú, cantarina!

— ¿Qué quiere usted?

— Yo iré a la botica. Iré más de prisa que tú, no lo dudes. Entre tanto, no dejarás sola a tu madre.

A la muchacha se le saltaron las lágrimas.

— ¡Que Dios le bendiga! — le dijo, y quiso ponerle el dinero en la mano.

— Los cuartos me los darás luego — respondió ásperamente el tío Juan, y se dió a andar con las piernas de sus veinte años.

La muchacha volvió a su casa y le dijo a su madre:

— Ha ido el tío Juan — y lo dijo, cual no solía, con voz dulce.

La moribunda oyó el sonido de los cuartos que Nedda dejaba sobre el velador, y la interrogó con los ojos.

— Me ha dicho que después se los daré — respondió la muchacha.

— ¡Que Dios le pague su caridad! — murmuró la enferma —. Así no te quedarás sin un céntimo.

— ¡Ay, madre!

— ¿Cuánto le debemos al tío Juan?

— Diez liras. ¡Pero no tenga miedo, madre; yo trabajaré!

La vieja la miró largo rato, semiapagada ya la vista, y después la abrazó sin decir palabra. Al día siguiente fueran los enterradores, el sacristán y las comadres. Cuando Nedda hubo colocado a la muerta en el ataúd, con sus mejores ropas, le puso entre las manos un clavel florecido dentro de un puchero roto, y el más lindo mechón de sus cabellos; le dió a los sepultureros los pocos cuartos que le quedaban para que la llevasen con modo y no zarandeasen demasiado a la muerta por la pedregosa senda del cementerio; luego arregló el camastro y la casa, colocó sobre el vasar el último vaso de medicina, y fué a sentarse en el umbral de la puerta, mirando el cielo.

Un pardillo, el friolero pajarillo de noviembre, se puso a cantar entre la leña seca que coronaba la tapia frontera y la puerta, y saltando entre los espinos y el rastrojo, la miraba con maliciosos ojillos, cual si quisiera decirle algo. Nedda pensó que su madre le había oído cantar el día antes. En el huerto de al lado había unas aceitunas por el suelo, y las urracas iban a picotearlas; ella las había espantado a pedradas para que la moribunda no oyese su fúnebre graznido; ahora las miró impasible, y no se movió, y cuando por el camino próximo pasaron los vendedores de altramuces, el vinatero o las carreteros, hablando a gritos para sobrepujar el ruido de los carros y de las sonajas de las mulas, se decía: "Ese es Fulano; aquél es Mengano." Al sonar el Avemaría y encenderse la primera estrella de la tarde, recordó que ya no tenía que ir a Punta por la medicina; y a medida que los ruidos fueran perdiéndose en el camino y cayendo las tinieblas sobre el huerto, pensó que ya no tenía necesidad de encender la luz.

El tío Juan se la encontró de pie, ante la puerta. Se había levantado al oír pasos por la senda, porque ya no esperaba a nadie.

— ¿Qué haces aquí! — le preguntó el tío Juan.

Ella se encogió de hombros y no contestó.

El viejo se sentó a su lado, en el umbral, y no dijo más.

— Tío Juan — dijo la muchacha, luego de largo silencio —; ahora ya no tengo a nadie y puedo ir lejos a buscar trabajo; me iré a la Roccella, donde aun dura la recolección de la aceituna, y a la vuelta le devolveré los dineros que nos prestó.

— ¡Yo no he venido a pedirte tus dineros! — le respondió, ofendido, el tío Juan.

La muchacha no habló más, y entrambos se quedaron callados, oyendo cantar al buho. Nedda pensó que tal vez era el de dos noches antes, y sintió que se le apretaba el corazón.

— ¿Tienes trabajo? — preguntó al cabo el tío Juan.

— No; pero ya encontraré algún alma caritativa que me lo dé.

— He oído decir que en Aci Catena pagan a las mujeres, por empaquetar la naranja, a razón de una lira diaria, sin sopa, y he pensado en seguida en ti; ya has hecho ese oficio en mayo pasado y debes estar práctica en ello. ¿Quieres ir?

— ¡Ojalá!

— Sería menester que mañana, con el alba, estuvieras en el jardín del Mirlo, en la revuelta del atajo que va a Santa Ana.

— Puedo marchar esta noche. Mi pobre madre no ha querido costarme muchos días de descanso.

— ¿Sabes el camino?

— Sí; ya preguntaré.