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Viaje á los Estados-Unidos
Por FIDEL
(GUILLERMO PRIETO)
(1877)
TOMO II
MEXICO
IMPRENTA DEL COMERCIO, DE DUBLAN Y CHAVEZ
Calle de Cordobanes número 8
1878
I
City-Hotel.—Primeras impresiones.—Primer romance á Carrascosa.
Perezosa y malmodienta me saludó la aurora del 13, que 13 habia de ser para anunciarme duelos y quebrantos; y fué el saludo entre tales lloriqueos de lluvia, que realmente me partieron el corazon.
La gran distancia á que me encontraba de mis compañeros, porque realmente estaba habitando entre las nubes, la estrechez del cuarto, el amontonamiento de paredes y tejados, cucuruchos de palo y tejavanas, me tenian como preso.
No obstante lo reducido del cuarto, era por demás sombrío: prendí un cerillo, extrayéndolo de un zoquete de madera que tiene, en figura de peine, divididos los palillos que se van arrancando á medida que la necesidad obliga. La pestilencia á azufre de los tales fosforitos, es intolerable.
La lluvia me redujo á prision.
En el primer piso, en vecindad armónica con el comedor y el salon de lectura, está la barbería, servida por unos negros de greña canosa, corbatas azules y desgobernada chancla, que deja percibir talones como matatenas. Habia tambien unos baños dispuestos, por la pulmonía y el desaseo, á las mil maravillas.
Para distraer mi tristeza, tomé la pluma y escribí á San Francisco á José Carrascosa, dándole cuenta de mis primeras impresiones. Suena la música:
PRIMER ROMANCE A JOSE CARRASCOSA.
Adorado San Francisco,
Padre y consuelo del pobre,
Tú que á la Alta California
Diste tu divino nombre,
Para gloria de los pueblos,
Para encanto de los hombres,
Sabe que miéntras fuí tu hijo
Todo eran dichas y goces:
Mar tranquilo, hermoso cielo,
Dulces frutas, lindas flores,
Mujeres como deidades,
Caballeros los varones....
Tú me fingiste á mi patria,
Y lo diré con mil voces,
Donde en medio á los ensueños
Olvidaba los dolores,
Y no me sentí extranjero,
Mudo, estúpido, alcornoque,
Y ya orangutan, ya poste,
Hasta que dejé tus playas,
Y viendo otros horizontes,
La humanidad se jaspeaba
De razas y de colores,
Y se acercaba la Irlanda
Para darme vil garrote.
Llegamos entre las sombras
Arañando media noche,
Que es hora de los espantos
Y de los hechos atroces:
Sumidos entre envoltorios
Naufragamos dentro un coche,
Más brincador que un becerro,
Más estirado que un Dómine,
Y con más inconvenientes
Que una junta de acreedores.
En un hotel no hay posada,
En otro, faltan colchones,
Y por fin, aquí paramos
Cansados de ver visiones,
Y conforme á un presupuesto
En que cada cual dispone
El hasta aquí, si se alarga,
Y el hasta aquí, si se encoge....
Eso fué trepar, amigo;
No era un piso, eran catorce;
Era un ascenso á la luna;
Era romperse los goznes;
Eran el asma y la asfixia
En competencias atroces;
Eran del aire y del trueno
Los oscuros horizontes,
Ni el tambor ni los violones.
Despues de cien escaleras,
Puentes, trampas y recortes,
De atravesar por cañutos
Que atrás dejan, no te asombres,
La cueva de Montecinos
Que describe el Don Quijote,
Entramos por laberintos
Que los de palacio peores.
Es maraña endemoniada
De trapos y de tablones,
Con entradas de gatera,
Con puertas como de coche,
Con ventanas como ojales,
Con suelos como disponen
Las soletas los dulceros,
Su sardina el abarrote....
Este no es cuarto, es cuartillo,
Es una tira, un recorte
De madera que ha sobrado
De uno de féretros molde;
Si no cabe ni un pujido,
Si es de prensa el picaporte.
Pues no, señor.... hay dos camas,
Un tocador, dos jarrones,
Y chimenea.... y su cómoda,
Y un ropero como un monte,
Y ni un resquicio en que quepa
La pajuela de un chicote.
Si te encierras, te da asfixia;
Si abres, al asma te expones;
Si enciendes el gas, te abrasas;
Si no, las sombras te comen.
¡Qué colchon! ¡eternos Dioses!
Dormir sobre una tambora
Fueran deliciosos goces;
Acostarse sobre el vientre
De un gordo con convulsiones,
Fuera mejor.... ¡huy, qué cama!
Ni una hora dormí en la noche;
Por aquí me voy de bruces,
Por allá, salto y doy voces;
Quiero dar vuelta, y me ruedo,
Quiero avanzar, y atrás vóime.
Yo era un corcho que flotaba
En sábanas y jergones;
Era columpio, maroma,
Gimnasia, danza y Scotisch,
Todo, pero ménos sueño
Lo que el diablo preparóme.
Antes del alba estoy listo
Para hacer mis excursiones;
Y como nadie me entiende
Y todos me desconocen,
Uno suelta una risada,
Otro frente á mí se pone,
Y hay una vieja sospecho
Que me requiere de amores.
Entónces emprendo la marcha
Por pisos y callejones,
Y por aquí se emborrachan,
Por el otro lado comen;
Yo estoy por dar cien mil gritos
Y por loco me apercollen;
Estoy dado á cien mil diablos,
Estoy por fin, y por postre,
Por sus cien mil carretones,
Sus carreros y sus chinos
Y su lodo y sus pic-poques,
Pero donde tengo amigos
Que yo amo, que me conocen,
Donde no se vive frito
Bajo de un cielo de bronce;
Donde no vive esta vieja
Toda arrugas y frunzones,
Que me alborota los nervios,
Que me asquea con sus toses,
Y que reclama imperiosa
De furias el uniforme....
Ténme piedad, Carrascosa,
Y á recibirme disponte,
Porque si sigo sufriendo
Del destino los horrores,
Monto un dia en el de Pulman,
Y me escapo á troche moche,
Hasta no dar en tus brazos
Que son puerto á mis dolores,
Y no temo que las penas
Miéntras tú vivas, me agobien.
Positivamente, despues de haber vivido en San Francisco, las primeras impresiones de Orleans no podian serme tan agradables como á otros viajeros.
Yo habia conocido á Orleans en 1858; me llevaba de la mano la plenitud de la vida, y aunque mis circunstancias no eran mejores que ahora, me sonreia el sacrificio mismo, la vanidad me mostraba coronas de mirto y de laurel en las manos del sufrimiento. Me parecia que al través de los rayos de gloria que circundaban á Juarez, mi patria distinguia á su coplero, y estas extravagantes alucinaciones me hacian feliz.
Y sin embargo, entónces la miseria nos guiaba, la incertidumbre del futuro hacia inseguros y peligrosos nuestros pasos; pero la estrella de Juarez reverberaba en nuestro horizonte con nítidos fulgores, y dentro de mi alma escuchaba yo en mis horas de abatimiento, los preludios del himno triunfal de la Reforma....
¿Dónde están los actores de aquel drama de audacia, de sacrificio y de gloria? ¿dónde aquel ideal que todo lo embellecia cuando cruzaba sobre las alas blancas de la esperanza y se inclinaba para derramar flores en mi camino?.... Todo habia desaparecido.
Me encontraba en la calle del Canal, es decir, en el corazon de la ciudad; tenia á mi espalda el gran rio Mississippí, que la limita y la ciñe como un poderoso brazo, motivo por el cual algunos le han llamado la Ciudad semicircular.
La calle en que estoy, tendrá cerca de sesenta varas de ancho, y se descubre á lo largo poco más de una milla. El centro de la calle tiene una calzada amplia, con árboles sembrados de trecho en trecho. En la calzada están tendidos los wagones tirados por mulas, que cruzan la ciudad en todas direcciones, por el precio de cinco centavos. Hay un tren de vapor.... la locomotora reducida, pero primorosa, va dentro de un wagon, y corre con la mayor presteza y seguridad.
En medio de la amplia calle hay un extenso cuadrado con enverjado de fierro, sus altos y hermosos faroles y su escalinata, de donde parten las líneas todas de ferrocarriles. Del centro de ese cuadro se levanta la estatua colosal de Henry Clay, ardiente amigo de México, hermosa y dominadora.
El aspecto de la calle que describo, sin ser hermoso, tiene cierta grandiosidad por su amplitud, por la vista en sus extremos: del uno, risueñas y frondosas arboledas; del otro, el rio con sus aguas turbias, sus bosques de mástiles, sus ferris, lanzando plumeros de humo, y sus barcas con sus blancas velas tendidas, como grandes alas que brillan con el sol.
Las aceras de esta calle presentan un aspecto extraño y poco artístico: tendrán diez varas de extension las banquetas, y sobre ellas corre con interrupciones, un tejado que las sombrea y se apoya en morillos, en vigas ó columnas.
En la parte superior del tejado se ven, ya ventanas simétricas con sus persianas verdes, del estilo americano, ya balcones á la española, ya extensos terrados descubiertos, ceñidos con desairados barandales.
Unas casas son altas y escurridas, las otras chatas y amplias, interrumpiéndose este pandemonium y este desórden con edificios verdaderamente suntuosos de cantería y granito, con pórticos y columnas soberbias ó templos góticos con sus altas torres, sus ventanas ojivas, sus barandales de fierro, árboles y jardines.
Las azoteas de esas desordenadas casas, se empinan, se cuelgan, se arrastran, hacen maroma, se despatarran, y como que trepan, descienden y se bambolean: añádase á todo esto que no hay dos casas seguidas de un color, sino que son escarlatas, verdes, amarillas, azules, blancas y de color de cantería, y se tendrá el conjunto más carnavalesco del mundo.
Debajo del portal hay los mismos accidentes que en la parte superior.
Un tramo lo ocupan vendedores de fruta con sus vestidos de lienzo rayado y su sombrero de jipijapa.... á dos pasos se ostentan almacenes lujosísimos de ropa hecha, con sus hileras de figurines en las puertas, con sus ojos de esmalte y sus brazos agarrotados.... Otro paso más, y se halla embarazado por cestos, trastos, canastos, juguetes, huevos de porcelana para coser los puntos de las medias, etc.
Al salir de aquel laberinto, detiene nuestra marcha un hombre que en una mesilla vende tintas y moldes para marcar la ropa, y un vendedor de pegamento que enseña como muestra un plato ó un vidrio rotos y restaurados con el pegamento, suspendidos á ellos enormes pesos para probar su eficacia.
En los suelos, en los postes, en todas las paredes, hay letreros, almireces indicantes de las boticas, anteojos, y en los bar-rooms, exagerados toneles, polichinelas abiertos de piernas, y una cafetera arrojando humo, que es una preciosa ostentacion del vapor (esquina de Canal y Camp).
Las joyerías, las sombrererías, los almacenes de ropa hecha abundan, y ya en las boticas, ya aislados, se ven expendios de agua de Soda, de Vichi, de Saratoga, con sus preciosos aparatos como en San Francisco, y su escolta tambien de sabrosos jarabes.
El conjunto, como hemos dicho, es al extremo desigual, porque si nos hemos detenido complacidos frente á la aduana y el correo, que es un suntuoso edificio de granito, casi no hemos podido dar paso en las cercanías del rio y la estacion del ferrocarril, con jacales por habitaciones, con banquetas sucias, descuidadas, obstruidas por tercios y llenas de charcos y de hoyancos.
Si hemos sentido una impresion de repugnancia frente al cementerio, en cambio el cementerio mismo es de extraordinaria belleza.
Por poco observativo que sea el viajero, encuentra en conjunto y como sin clasificacion, americanos, franceses, alemanes, cubanos en gran número y algunos mexicanos, procedentes de nuestros puertos y fronteras, muy característicos.
La calle del Canal divide la ciudad en dos secciones, teniendo por frontera cada una la acera correspondiente.
La parte que mira al Oriente es el barrio frances, la del Occidente el americano; son las dos razas que se contemplan y como que ponen de manifiesto sus virtudes y defectos; pero no chocan, rivalizan, sí; suelen ponerse en caricatura, pero muy frecuentemente se tienden la mano y hacen efectiva la dulce confraternidad.
El viajero, recorriendo cada una de las aceras, va percibiendo, del lado frances, angostas calles con balcones, tejados, antepechos y estorbos: las casas, son de tres, cuatro y cinco pisos, y abren campo irregularmente á fachadas de suntuosos templos, á pórticos de los hoteles y edificios notables, y á plazas con arboledas frondosas y esmeradamente cuidadas.
No obstante, las calles tienden á la curva, y esto depende, segun la guía que tengo á la vista, de que la ciudad antigua se fué extendiendo, siguiendo la curvatura del rio.
En la parte americana, esas calles angostas, advenedizas, como intrusas y desordenadas, hacen campo y como que se detienen á observar el paso de amplísimas calzadas, de prados sembrados de verde césped y rodeados de elegantes asientos, convertidas en lugares de recreo.
Claiborne, Rampart, San Charles, Explanada, se pueden considerar como los paseos principales.
Las casas de estas nuevas calles dan con sus escalinatas á las banquetas, y están adornadas de pórticos graciosos, jardines risueños y praditos pintorescos.
Las casas de las calzadas blanquean, escondiéndose entre los árboles; de las columnas de sus pórticos y del tímpano que corona su frente, cuelgan enredaderas profusas, y saltan entre sus ondas de esmeralda, la llama del clavel y de la rosa, la espuma de las camelias y azucenas, el zafiro de las violetas y de la pasionaria, y los rubíes de la alfombrilla pomposa.
Entre esas enramadas se distinguen las aves del hogar, las fuentes bullidoras de chorros elevados, los niños juguetones, y cuadros, envidia del viajero, y tal vez recuerdo de una felicidad perdida.
Con el nombre de cada calle del lado derecho, parece que nos sale al encuentro un conocido. Calle de Chartes, de Borbon, de San Luis, de San Felipe, las Ursulinas, como que nos presentan cartas de recomendacion y nos traen recuerdos.
Advierte Molinari, que algun ingeniero que hacia sus delicias de las Cartas de Emilia, puso sus nombres á las calles de las Dryadas, de Erato y de Clio, y este es otro conocimiento que no desagrada á los extranjeros que no son del todo adversos á las reminiscencias mitológicas.
Pero como para acentuar más las diferencias de las dos razas cuyas corrientes se perciben sin confundirse en la calle del Canal, del lado frances se marca la concurrencia con modistas de grandes fallas, viejas devotas, sastres sentados en los mostradores, pasteleros petulantes, barberos charlatanes, cafés cantantes y restaurants á la carte; miéntras en el barrio inglés abundan los bar-rooms, cruzan tercios y carruajes y es más notable el aseo, la amplitud, la grandeza y la luz.
Cuando desde una altura se abraza el conjunto de la ciudad semicircular, aparece con singular belleza.
El inmenso rio Mississippí, como que se detiene enamorado en la fértil llanura que lo descarría.
Los bosques de mástiles, los palacios flotantes, las chimeneas, las velas, las banderas, los borbotones de humo, los pitos de los vapores y el movimiento, forman espectáculo delicioso.
El lago Ponchartrain, que se abre y muestra sus márgenes sembradas de tupidas arboledas, entre las que blanquean hermosas quintas, pastan los ganados y cruzan fantásticos carros y carruajes por entre los troncos de los árboles.
En el centro de la calle, y en carril elevado, corren los wagones; á los lados, carros de todos tamaños, que donde quiera declaran almacen y donde quiera descargan, y pegados á las banquetas, al aire libre, de una y otra acera, corren caños asquerosos, que no recomiendan por cierto el aseo y cultura de la policía de Orleans.
En el City Hotel se multiplican las comidas, lo propio que en un buque, y con toda la pícara persecucion del estómago del plan americano.
El comedor es chaparro; mesas pequeñas con sus carpetas, que fungen á veces de mantel, de damasco, de algodon encarnado y blanco: allí los lagos de las sopas, las petrificaciones de las carnes, los incendios de las salsas y pikles, el ágrio de los budruz calumniados con el nombre de conservas y los envenenamientos al pastel ó por medio de pasteles, como diria un escritorcillo de esos que todo lo echan á perder por hablar claro.
El aspecto del comedor, sin ser alegre ni animado, esencialmente del lado yankee, era bastante agradable.
Las señoras penetraban al salon por escaleras y puertas conexas con su departamento especial, y se presentaban al lado de sus caballeros y rodeadas de sus preciosos y elegantes niños, con señorío y compostura.
El yankee penetra, deposita su sombrero, reconoce el campo, se arma de trinche y cuchillo, cuida de que no esté léjos una fila de platos como una torre, y aquello es hacer surcos en la mantequilla, desparecer las papas, trozar las carnes, llover las salsas y armar San Quintin con el convoy; pero no es comer, no es engullir, no es tragar: son absorciones rápidas, ataques rudos y ejercicios de celeridad inconcebibles: llegar, toser, sorber, pararse y desparecer, es cosa de decir "Jesus"......
La raza latina, más expansiva, se congrega y se busca; la conversacion sazona los platos, y no faltan convidados, ó por lo ménos, platicadores afectuosos.
Por nuestra fortuna, se nos proveyó de un criado llamádose Morales, delgado, de chaqueta azul, listo, con el cabello bien peinado, color moreno, tipo mexicano, despierto como un tendero de Atzcapotzalco ó de Tacuba....
Morales, en dos por tres, se ofreció á nuestras órdenes, nos habló de sus padres, de la guerra del Sur, de los negros mañosos, de las lavanderas dignas de confianza, de los dias de entradas y salidas de buques....
Morales era discreto como un buen cochero del sitio, y más que cualquiera de nuestros ministros diplomáticos.
Morales era agente, secretario, cónsul de la familia mexicana, próvido y despierto, atento, sin encogimiento, leal, y sobre todo, alegre y sufrido.
Por la mediacion de Morales conseguimos arreglar nuestras comidas á hora distinta que la ordinaria, y á esa hora, que era del aseo de las piezas y del descanso de los sirvientes, pudimos observar á irlandesas y negros.
Esta irlandesa es una mujeraza recia de carnes, de andar firme y de una imponderable tenacidad para el trabajo: ella asea las piezas, lava la ropa, limpia los suelos, trasporta tercios y olvida su sexo para entregarse á las más duras fatigas, por lo ménos durante el dia.
El negro semi-civilizado es el pretensioso y altivo; se alisa el pelo, deja motas de barba como moscas ó como moras pegadas con goma á su barba, ve altanero á sus iguales, y hace las cabriolas de un D. Agapito á sus superiores, gasta corbata azul ó roja, tirantes y chancla con calcetin muy limpio.
El negro es como el burro: en su niñez todo viveza, retozo y gracia; en la edad madura, es sombrío y taciturno.
En todo es estrepitoso el negro: en los mostradores bota á distancia vasos y charolas, de modo que se arrastren y patinen; así avienta las sillas, y así arma ruido estupendo con los platos, botándolos como si fueran de hojadelata ó gutta perca: tose como si aullase, se ríe como quien relincha y baila como quien apisona el suelo.
El negro, si está serio, hace la caricatura del prócer; si festivo, parece que dan suelta á un demonio; tiene la fisonomía como en un cuarto oscuro; cuando se baña, le seguimos con la vista como esperando que se destiña.
La esclavitud ha hecho del negro un sér malicioso y sarcástico; y solo cuando se persuade de una afeccion, la corresponde con verdadera lealtad y nobleza.
La riqueza de los hacendados del Sur consistia en los negros; libres éstos, los antiguos capitalistas quedaron en la miseria: son dueños del terreno, pero el agio les suministra capitales de los hombres del Norte.
Por su parte los negros, con propensiones á la educacion y elementos para aprovechar la libertad, han emigrado; otros, en pequeño número, se educan y cultivan sus campos, y otros han quedado como heces, como resíduos, como asientos y despojos que aletarga el ócio, que degrada y pudre el vicio, y que se revuelven como gusanos entre las ruinas, los harapos, los lodazales y las cenizas del incendio de la pasada lucha.
A la proclamacion de la igualdad, los elementos que surgian de la nueva posicion del negro, eran más bien nocivos al progreso y eficaces para el fomento de la anarquía.
Le eran desconocidos el amor á la familia y del hogar: la propiedad, uno de los más grandes elementos de moralizacion, le era desconocido tambien; la pereza habia sido para él como una protesta contra la tiranía del amo y como una resistencia á la explotacion; de la mentira habia hecho su defensa; del disimulo su virtud; del robo casi un recurso, porque era como la restitucion que hacian de lo que les robaban.
Esto lo comprendió el Norte, y al convencimiento siguió inmediatamente la práctica de la doctrina de regeneracion.
La oficina de emancipados tomó la iniciativa del movimiento civilizador; las diferentes religiones entraron en la competencia del bien; las sociedades de beneficencia se esforzaron por asimilar al conjunto social, y los mismos hombres del Sur encubrieron sus celos y dominaron sus recuerdos, para seguir la tarea de reconstruccion.
Fué tan eficaz el impulso, que sacerdotes, preceptores, sabios, y útiles trabajadores, salieron de entre los negros, incorporándose á la masa comun y resolviendo dificultades.
Ahora se ocupan los hombres pensadores de esa reconstruccion, haciendo efectiva la igualdad por los intereses, y esa es la cuestion económica y de tarifas sembrada de dificultades y peligros.
La llegada de nuestros compañeros, que habian ido á visitar el Niágara y Nueva-York, nos distrajo de aquellas reflexiones, objeto frecuente de nuestra conversacion.
Llegaban, entre otros, Joaquin Alcalde, mi hijo Francisco, Cárlos Alvarez Rul y José Iglesias Calderon.
Nuestro gozo fué extremo: Alcalde hablaba de la grandiosidad del Niágara, su aspecto sublime cubierto de nieve, y las peligrosas excursiones sobre el hielo, con sus largos bastones, sus capotes de hule y sus espigas en el calzado.
Francisco me hizo muy buenas reflexiones sobre ferrocarriles de vía ancha y angosta, los puentes colgantes, telégrafos y otras cosas conexas con sus estudios favoritos; José Iglesias traia vistas y apuntaciones del acueducto de Chicago y del Lago de Michigan, y Cárlos Alvarez Rul, que se habia captado nuestras simpatías por su finura, su valor y su alegría en medio de los trabajos, además de observaciones curiosas sobre el servicio de las postas y telégrafos, charlaba de lo lindo sobre costumbres, restaurants y ladies, á las que no sé á punto fijo si es afecto, pero sí me consta que ve con particular atencion.
Aquel encuentro fué como un relámpago de contento: nos dispersábamos en la mañana en todas direcciones y despues, muchachos y viejos, venian á mi cuarto, donde se bebia siempre y siempre imperaba el buen humor.
—Apunte vd., me decia Alcalde, lo que dice este libro, que es curioso: "Cartas sobre los Estados-Unidos y el Canadá." Aquí, pág. 240, lea vd.
"El comercio del algodon, el grande artículo de riqueza de Orleans, del que exporta un millon quinientas ó seiscientas mil balas, está concentrado en la calle de Carondelet, donde se encuentra el Cotton Exchange, propiedad privada de una asociacion. Hora por hora se inscriben con gis en grandes tablas negras, todas las noticias concernientes á la cosecha, estado de los mercados en los Estados-Unidos y en Europa, etc., etc.
"Más léjos se encuentra el cuartel, especialmente dedicado al comercio de los productos del Oeste, lardo, carnes saladas, maíces y harinas."
Otros me hablaban de los edificios, los otros de los paseos......
—Piano.... piano.... chicos, les decia yo á todos, que no se ganó Zamora en una hora.
II
Preparativos de partida.—La partida.—Procesion de San Patricio.—Quintero.—Romance á la Sra. Townsed.—Xarifa.
Tal vez, ó sin tal vez, voy á decir una cosa impertinente (¡qué modesto!) una cosa impertinente á mis lectores; pero estoy tan acostumbrado á platicar con ellos cuanto se me ocurre, que son como de casa, como que vivo entre ellos, y maldita la vergüenza que me da recibirlos de bata y en pantuflas, artículos que desconozco, ó de guante blanco y frac de etiqueta; por supuesto, equipo que.... no me pega.
La cosita que tengo que decir es, que cuando estando en la patria se me ausenta una persona querida, se me figura que él es quien va al peligro y la muerte.... el que se va se pierde en la sombra, y me parece que asume la responsabilidad de su resurreccion; creo que me queda en custodia su vida y siento en mis manos el hilo frágil que me lo puede devolver; pero cuando yo estoy en el extranjero y álguien que posee mis afectos marcha á la patria, siento como que cierra tras sí las puertas de mi prision; me siento enterrado vivo; se lleva mis esperanzas el ausente.... marcha á la region de la luz; se queda conmigo mi cadáver......
Así sentia, así me atormentaba la próxima partida de mi hijo.... mi patria, mi fuerza, mi corazon, se iban con él....
Por otra parte, es tal la fuerza vivífica de la juventud, que á su paso, la novedad, la miseria, el peligro mismo se revisten de los arreos del romance: un viaje es una leyenda en accion, y sus peripecias, como estrofas del poema de nuestros sentimientos.
Pero el viaje del viejo es el descarrío de su camino de muerte; es sentir el frio del desamparo cuando necesitan nuestros miembros el calor del hogar; es el troncharse la rama en que el ave, fatigada de la existencia, debia posar su planta y esconder su cabeza bajo el ala inerte......
La vejez en el extranjero es la rama caida en la playa; es el anacronismo y casi el absurdo.... Los envenenadores de las almas, que decretan la expatriacion como medida clemente, son los verdugos de peor ralea.... ponen sobre la hiena la sotana de Rodin....
Era la mañana nublada y triste; mi cama estaba en desórden; ardia la luz amarilla, compañera de mi desvelo y como materializacion de mi alma.... el amago de muerte estaba como un cadáver entre mi hijo y yo..............
Cuando alcé los ojos.... estaba en los brazos de José Iglesias Calderon, jóven lleno de virtudes, y á quien, como á todos los hijos de Iglesias, amo como á mis hijos......
El primer dia negro de mi residencia en la expatriacion, cayó sobre mí; la soledad se me apareció en el extranjero; la luz era como un inmenso paño mortuorio; el sol como un cráneo.... mi alma quedó como velando, en la solemnidad del abandono, mi cadáver..........
A los pocos dias de la partida de mi amado hijo Francisco, de José Iglesias Calderon y de Alvarez, la bulla y la algazara de la calle me hicieron trepar á las altas regiones de mi ventana, desde donde distinguia obtuso y sesgo un lienzo de la calle del Canal.
Gentío inmenso, tropas vestidas de un verde chillante, músicas militares, caballos, estandartes, ramos, listones y banderas verdes.... Era el 18 de Marzo: los irlandeses celebraban á San Patricio, su Santo Apóstol, el iniciador de su civilizacion; hacian patria y daban rienda suelta á las más puras reminiscencias de sus corazones.
La procesion fué larguísima: caballeros de sombreros montados, formando descubierta; carruajes y caballos en interminables hileras, y en alto banderas verdes con las estrellas de plata y los ocho rayos simbólicos, arpas bordadas y borlas y cordones lujosísimos. Verdegueaba como un campo fértil andando, aquella procesion.
Segun me pareció, dividíase en secciones la procesion: cada una de ellas con su música y sus distintivos especiales, para distintas compañías de beneficencia, socorro, apagar incendios, etc., etc.
En varios estandartes brillaba el nombre de O'Cononell, el hombre eminente, el ciudadano ilustre, el orador elocuentísimo, el defensor de los derechos de la Irlanda.
En todas las casas de los irlandeses habia cortinas, gallardetes y señales de regocijo. La cerveza corria á torrentes, en honra y gloria de la verde Erin, y en la tarde y noche hubo su iluminacion, y San Patricio, sin trabajo, hubiera podido distinguir á sus amados hijos entre las sombras de la noche, solo en el trastrabillar de sus paseos y en aquella facundia y en aquel meneo que produce el alcohol.
Las maritornes del hotel estaban como unas aleluyas; yo les mostré mi decidida devocion por San Patricio, y les dí unas monedillas para que las preces que le dirigiesen no fuesen del todo desairadas.
Al fin, no me pude contener, y como un bobo, me mezclé en la procesion y me dejé flotar entre empellones, trompetazos y ¡hurras! desaforados.
Aunque se trataba de una fiesta cristiana y muy popular, dominaba el colorido yankee, y los regocijos hicieron toda su explosion en el barrio americano.
Iba de lo más distraido y embullangado por la calle de Camp, cuando sentí á álguien enganchado á mi brazo con la mayor confianza.
Volví la cara: era el pelo rubio, la nariz larga, los ojos pequeños, y el empinado pescuezo de uno de los millones de ejemplares del yankee neto.
—Don Guillermo, ¿va bien? ¿no quiere un traguito? yo soy como mexicano, allá estoy y mi muchacha está muy bonita mexicana.
—Venga el traguito, sin más averiguacion.
El rubio aquel, cuyo nombre jamás he podido pronunciar, ni escribir, ni retener en la memoria, es dependiente principal de un gran restaurant de la calle del Canal, en que se venden pasteles, aguas minerales, riquísimos helados y licores exquisitos.
No he tratado carácter más jovial ni hombre más afecto á México; sobre todo, más enamorado de las mexicanas.
Tomamos una sola copa.... una sola, no hay que alarmarse, y fuimos siguiendo la procesion por el barrio americano.
Parecíanme angostas las calles, poco ménos que las nuestras; amplias banquetas bajo tendidos tejados, tiendas y cafés con profusion; de vez en cuando altos y elegantes edificios; pero las calles como enmarañadas y sin perspectiva.
A medida que se avanza, las calles se amplían, las casas se extienden en alegres hileras; en vez de los tejados, descubren sus frentes los pórticos americanos, descienden de ellos escalerillas cómodas, aparecen y se multiplican los pequeños jardines y tapizan las paredes colgaduras de caprichosas enredaderas, salpicadas de vistosas flores.
Se avanza más y se espacía la vista en calzadas frondosísimas, en grupos de árboles y en laberintos de flores, sembrados de casas risueñas en que parece residir la luz, la riqueza y la alegría.
Por las bocacalles de esas mismas avenidas alegres, verdeguean los campos, clarean tramos sin habitantes, y se aislan, ya fincas opulentas, ya humildísimas chozas, entre cuyas mal ajustadas latas brillan los ojos, blanquean los dientes y se distinguen las tenebrosas fisonomías de los negros.
Mi amable compañero, á quien llamaremos Trik, respondia á todas mis preguntas, deshacia mis equivocaciones.
—Tiene vd. razon, me decia; aquella tupida arboleda es un delicioso paseo que se llama el Dique; ese dique ó borde que enfrena al rio, tiene quince piés de ancho y cuatro de alto: el paseo es muy concurrido en otoño y en invierno; aquellos elegantes carruajes, aquellos ginetes que ve vd. entre esos árboles, van al Dique.
A nuestro regreso del paseo, me dió M. Trik una preciosa guía de Orleans, y de ella, por primer envite, traduje lo siguiente:
"El sitio en que está Nueva-Orleans fué medido en 1717 por De la Tour: se pretendió fundar la ciudad en 1718; pero se abandonó por las inundaciones y las enfermedades, entre las que imperaba la fiebre.
"En 1723 se restableció el proyecto de fundacion, y la poseyeron los franceses hasta 1729. Los españoles la quitaron á los franceses y dominaron hasta 1801, volviendo al mando de los franceses hasta 1803, que con la provincia de la Louisiana, se cedió á los Estados-Unidos: fué erigida ciudad en 1804, y en 1868 se declaró capital del Estado.
"Los sucesos más memorables de la historia de Nueva-Orleans, son: la batalla de 8 de Enero de 1815, en que los ingleses fueron derrotados por Andrew-Jackson, y la toma de la ciudad por el Almirante Farragust, en 24 de Abril de 1862. En 1810, siete años despues de la cesion á los Estados-Unidos, la poblacion de Nueva-Orleans era de 17,243 personas. En 1850, habia aumentado hasta 116,375; en 1860, á 168,675; y en 1870, á 191,418. En 1875, las autoridades locales computaban la poblacion en 210,000 almas."
Desde que se decidió nuestra marcha á Orleans, tres propósitos empezaron á bullir en mi cerebro con más fuerza que otros: uno, dar quinientos abrazos y solazar mi espíritu charlando á velas desplegadas con J. A. Quintero, mi amigo, mi hermano, uno de esos caractéres que son mi delicia, á quienes sus detractores llaman atrabancados y locos, por más que en sus acciones graves se revele el caballero, el hombre de estudio y la persona de noble corazon, sin monerías y sin comedias.
El segundo de mis propósitos era visitar á la Sra. Ashley de Townsed, eminente poetisa y escritora de sobresaliente mérito.
A. Xarifa, es el seudónimo con que se firma la señora: la conocí en México, donde tuve ocasion de admirar su finura y talento: me distinguió con sus bondades y siguió conmigo una correspondencia, que es una joya en el tesoro de mis recuerdos.
Por último, mi tercer propósito era visitar con reverente ternura los lugares en que viví la vida de Juarez, cuando en 1858 tocamos en Orleans los asendereados personajes de la familia enferma.
¡Qué bella es la plenitud de la vida y qué paraíso de ilusiones es el alma! ¡qué extendidos y qué color de rosa se perciben los horizontes del porvenir!
In illo tempora, otros compañeros y yo, salimos del Manzanillo, atravesamos el Istmo de Panamá, desafiamos las tormentas del Cabo de San Antonio, vimos á vuelo de pájaro la Habana, respirando sus auras perfumadas y recreándonos con su gentil hermosura, y en Abril, despues de cortar las aguas barrosas y tranquilas del Mississippí, nos detuvimos en Orleans, los que fuimos conocidos en la República con el nombre de la familia enferma.
El Sr. Juarez, por un sentimiento de gratitud, lo mismo que Ocampo, quisieron alojarse en la calle de Baranda Conty, en un hotelito de mala muerte, donde en 1854, cuando la persecucion de Santa Ana y mis viajes de órden suprema, estuvieron alojados.
El cólera dominaba, la chilla, como llaman en mi tierra á la pobreza, me tenia cogido el cuello con las dos manos; y sin embargo, ¡cuánta alegría en el alma y cuánta sed de aventuras! Con candor realmente infantil le decia yo á Dios: "Por vida de vd., que me pasen muchas aventuras muy curiosas y muy bonitas, para tener que contar."
En efecto, del hotel desmantelado, del servicio pésimo de la patrona formidable de gordura, con su falla como un biombo y su delantal azul, de todo aquello brotaban leyendas y poemas.
Me acuerdo que fuí confinado á una buhardilla ocupada casi exclusivamente por una cama cuya altura apénas me dejaba percibir la sima: fué un escalamiento mi ascenso á ella; apénas la ocupé, me hundí; el colchon era de hoja de maíz y armaba una ruidera, como repique á vuelo, como carreton en empedrado. Las grandes almohadas como cojines cuadrados, no permitian postura á mi cabeza: bogué, nadé, naufragué y amanecí como sentado en el borde de una azotea.... con mis ropas como en un pozo, en una silla cercana á mi lecho.
Sin que se borrara de mi imaginacion una sola línea, tenia frente de mí la fisonomía como de marfil de Domingo Goycoiria; su nariz afilada, sus ojos de llama, enjuto, resuelto, con su barba blanca, cayendo borrascosa sobre su pecho, y meciéndose como una nube cargada de tempestades: este patriota cubano llegó en union de Pedro Santacilia á servirnos, á prestarnos auxilios generosos para la causa de México, y á participar de nuestra suerte cuando no habia halago alguno ni esperanza de recompensa.
Aquella novedad de calles, aquel tráfico, aquellas cuarteronas de renombre provocativo y nervioso, todo volvia en tropel á mi mente, sacudia el polvo de mis años y dejaba aletear mi corazon para entonar, dulce como un jilguero, los cantos siempre hermosos de la primavera de la vida.
Tomé apuntaciones sobre la vida y milagros de mi querido poeta Agustin Quintero: vivia en la calle de Dumain y se vivia en la redaccion del Picayune, periódico importantísimo del que es uno de los redactores principales.
En cuanto á Xarifa, no habia sino mandar mi carta al correo; así lo hice, dirigiéndole la siguiente misiva. Ese To del principio vale por un poema: