Nota del Transcriptor:
Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.
Errores obvios de imprenta han sido corregidos.
Páginas en blanco han sido eliminadas.
La portada fue diseñada por el transcriptor y se considera dominio público.


VIAJE Á LOS ESTADOS-UNIDOS

Por FIDEL

(GUILLERMO PRIETO)

(1877)

TOMO III

MÉXICO
Imprenta del Comercio, de Dublan y Chavez
Calle de Cordobanes número 8
1878


NUEVA-YORK
(CONTINUACION)


I

City-Hall.—Plaza de Franklin.—Los periódicos.—Una cana al aire.—El gran Mercado.—Una dedicatoria á mis comadres.—"Grozeries."—Los trastos.—Las carnicerías.—Puestos.—Juguetes.—Cuanto Dios crió.—Los pollos colgados.—Un purgante.—Hermosas vistas.—"Revalufia" del mundo, la mar....—Una mexicana como una flor.

Quise hacer uso de mi varita de virtud ayer (la carta de M. Bryant), visitando á City Hall, ó casa municipal; pero visitándola de paso, para recoger órdenes especiales para visitar las prisiones.

City Hall está situada al principio de lo que se llama parte baja de la ciudad, esa parte irregular, es decir, en la frontera de las leyendas del crímen, en los recuerdos de los pobladores primitivos de las guerras, los grandes incendios y los asaltos y batallas tremendas.

Corriendo sesga y magnífica la calle de Broadway que conocemos, y va de Sur á Norte, se desvía, ó mejor dicho, hace campo al Oriente á una dilatadísima plaza, que así se llamaria si no estuviera trasformada en cuatro alegres prados tapizados de verde césped, sembrada de altísimos árboles que la sombrean, y adornada de arbustos, flores, bancas y fuentes de fierro.

Los tránsitos son muy anchos, de asfalto, que aquí no padece los accidentes que le conocemos, por la sencilla razon que no lo han sabido hacer los que lo han querido introducir en México, sino que presenta superficies tersas, sólidas y de perfecta elegancia.

De trecho en trecho se abren las calzadas en espaciosas vías, dejando claros ó glorietas en que en bancas se sombrean los ociosos; son los arbolitos de México, con la sencilla diferencia, pero diferencia importantísima, de que en los Estados-Unidos no hay huérfanos del presupuesto.

En el centro de los cuatro prados, y entre la frondosa arboleda, en un claro que es por sí una plaza, se levanta City Hall.

El edificio es de órden corintio, de atrevidas formas y de una amplitud soberbia.

Puede decirse que el edificio se compone de tres secciones: la fachada y dos laterales.

Descansa su frente en una extendida escalinata de mármol que da á un pórtico saliente de robustas columnas; se deprime y salen en seguida los baluartes ó edificios laterales, formando el grandiosísimo conjunto. Ciñe el primer cuerpo de esta imponente fábrica una balconería lujosísima con sus crujías de mármol.

La masa del suntuoso palacio, la realza una elevadísima cúpula, impera sobre el conjunto una estatua gigantesca de la Justicia. Pusieron á la diosa á tanta altura, acaso para que no estorbe en sus negocios á los hombres que se agitan á sus piés.

El edificio es de mármol y fierro.

Los arcos de que está formado, sus bóvedas y sus gruesas paredes, lo hacen en el interior sombrío.

En esto de lo sombrío, hablando del interior de grandes edificios y de habitaciones, no se me debe dar mucho crédito; á mí me parece todo sombrío.

La falta del patio, quita, ó borra mejor dicho, una de las facciones más prominentes de los edificios, y acaso tenga más influencia de lo que á primera vista parece en las costumbres.

Los amplios corredores llenos de flores, de cuadros, de arbustos; los extensos patios, en que se expansen los moradores concentrándose en el hogar, acaso son más característicos de lo que creemos.

El patio, recuerdo del serrallo y del castillo feudal, conservacion obstinada de la individualidad autonómica de la familia, comunica á ésta una fisonomía especial.

En la casa con patio se vive; en estos roperos de palo ó de piedra parece que se quedan á guardar las gentes, que realmente viven en la calle, y la calle es el tránsito de todo el mundo, ó un gran patio que no pertenece á nadie.

Parecen hechas las casas para comer y dormir: son como hoteles.

A mí todas esas casas me parecen hechas bajo el tema de buques: los mismos cuartijos y encrucijadas, los mismos barandales simétricos.

Si fuera dable que las casas se trasportasen con una asa en el techo, se llevarian como un canasto ó una porta-vianda.

La gente se enfardela; al salir se desempaca. El aire le tiene que pedir permiso al portero.

Dejemos estas consideraciones para otra vez, que hemos entrado á la oficina del Mayor de la ciudad.

Uno de estos irlandeses, que forman la magnífica y nunca bastantemente elogiada policía de la ciudad, nos dijo que el Corregidor (Mayor) habia salido; hicimos á un dependiente de la oficina nuestro pedido y nos sirvió con suma complacencia.

A la salida, y parado con la espalda al pórtico, pude disfrutar la vista del Parque y sus alrededores.

City Hall, en una de sus fachadas, ve al Sur.

A mi derecha corria tempestuoso el raudal de gentes y carruajes de Broadway, como siempre, como en riña, como con furia, como urgidos por la inundacion y espoleados por la llama. Los que cruzan se ven como algo que se parece á la insurreccion y á la locura, y azotarse contra las esquinas los piés derechos de los faroles, los pinos que sostienen los alambres telegráficos y que vienen desde la Noruega.

Al frente, y sin simétrica proporcion, se asienta el Correo, que ya hemos descrito, como una inmensa Catedral.

A la izquierda, quebrándose é interrumpiéndose en la desproporcion más accidentada, como las hojas sueltas de biombos de distintos tamaños, queriendo formar semicírculo, se ven los alcázares que tiene el arte de Guttemberg y forman la plaza de la prensa, presidida por la estatua de Franklin.

El Sol, El Mundo, El Tiempo, todos los atletas están allí de pié y como sobre las armas, sobresaliendo La Tribuna, edificio que compite en altura con los demás, y cuya torre descuella, como llevando al espacio la noticia del tiempo, su reloj magnífico.

Si una plaza sola de nuestra ciudad, la pudiéramos rodear de nuestros templos más elevados como Catedral, la Profesa, San Francisco, Santo Domingo, Minería, tendriamos acaso idea de las alturas de los edificios de City Hall en su conjunto.

La plaza de Franklin está cruzada por una parrilla de rieles, que conduce como rios los wagones á Broadway, retrocediendo para perderse en distintas direcciones.

Antes de regresar de mi paseo, me detuve ante la estatua de Franklin, para tributarle mis homenajes de respeto.

Es hermosa y despierta ideas sublimes una montaña cubierta de nieves eternas; es augusta la contemplacion de un templo; pero es para mí como el más grandioso espectáculo la presencia de un hombre recto que ha consagrado su existencia al bien. Franklin es de esos astros que convierten en sublime el horizonte de la grandeza humana.

Nació el legislador del rayo en 1706, cerca de Boston, de padres tan humildes, que el comercio de velas y jabon á que estaban dedicados, apénas les daba para subsistir.

En sus primeros años se hizo Franklin impresor, alternando con su trabajo los estudios en que conquistó tan alto puesto en la inmortalidad.

Sabio, moralista eminente, patriota esclarecido, Franklin, como Washington, Hamilton y otros, es una de esas columnas de granito en que descansa la verdadera gloria del pueblo americano.


Ahora sí que voy á soltar la cana al aire; estoy de paseo y me acompañará á mi excursion una mexicana; esto es, llevaré á la patria del brazo á dar una vueltecita por los mercados.

Ya columbramos el otro dia los Mercados de Washington y Fulton; pero fué por fuera, como quien dice, y sin tiempo para imponerse de cuál es la clueca y la ponedera, y cuál el barracan y el señor de los anillos.

Se me va á despedazar el corazon con los recuerdos de mis comadres. Voy á apurar un verdadero cáliz de amargura, porque no me ciega la pasion; pero al mercado van las hembras con sartenes y canastos y los chicos van tras ellas ardiendo como unos diablos. Vamos al mercado.

Bien visto, aquí no se necesita mucho del mercado: á cada dos pasos se encuentra uno entre tiendas de ropa, mercerías y hoteles, una carnicería con sus percheros á la calle, con carneros tamaños de gordos. Y á propósito, vdes. me van á perdonar el lenguaje de esta parte del mercado, porque lo dedico á las mujeres pobres de mi tierra (aquí en la oreja se los diré).... ya no se los digo: pus bueno, á ellas se los dedico con sus riquilorios, y su puntuacion y sus granitos de ajonjolí.

Las Grozeries á derechas son tiendas del tlaco de la manteca, ó cuantimás, tiendas mestizas; aquí todo es papel y todas son cajitas y todo es guante, digámoslo así, pus parece otra cosa.

Los efectos están al granel, nada de mostrador; cajitas por allí, y sartas de sombreros ó zapatos por el otro lado: no es mentira, hasta en medio de la banqueta. Eso sí, allí se encuentra un cristiano cuanto Dios crió, todo al estilo de éstos.

¡María Santísima! ¡qué de botes y cajitas como una condenacion! Pues como iba yo diciendo, hay frijoles, y garbanzos, cebollas, pikles: ¿saben vdes. que es eso? Son encurtidos, como los chilitos en vinagre; pero como están entre vidrieras, se dan tono.

Poco le inteligen éstos á las cazuelas y las ollas; todo es fierro: de más á más, éstos no entienden de una taza de caldo para abrigar el estómago; se lo abrigan con un pedazo de toro, que les va embistiendo por allá dentro.

Y vean vdes.: no desdeñan éstos la hoja de lata, bien que les cuadra para las coladoras, que ni de léjos pueden acabalarle á nuestros cedazos, ni á los rayos en que se raspa el coco. ¡Qué coco! como no saben de dulces.... para éstos, todo el dulce se les va en pinturas: los postres son como quien se come una tlapalería.

Hablando con verdad, la mayor parte de los trastos no los entiendo, parece que están en inglés, mala la comparacion. De platos, no crea vd. que gastan muchos. Me temo que un dia inventen un sombrero que les sirva de todo y para todo. Ellos cogen, en estas almuercerías del mercado, tomates, echan mantequilla, despues sal, despues vinagre, despues aceite, despues melaza.... y ese es un guiso, que se engullen en los vivos aires; pero, no es mentira, sorbiéndose trozos que no caben en las dos manos, y se van limpiando los dedos con un papel ó contra la puerta, diciendo oll right, como tres claveles.

Las carnicerías dan gusto, siempre están albeando y ni pizca se trasciende del mal olor; sacan con sus cuchillos unas tiritas como listones, unas lonjas como pliegos de papel, y ¡qué carne! ¡deliciosa! eso sí que no se puede negar. Sobre ella caen chorritos de agua que es un primor.

Todo eso es chistoso: las naranjas están muy empapeladas en sus cajitas; las cerezas en unas canastillas preciosas, lo mismo que las fresas.... ¡y qué tono de las manzanas! ¡y qué garbo de los limones! ¡y qué aquello de las piñas tan forliponas y haciendo fortuna!.... con decir que los cacahuates andan en coche, ¡ya se dijo todo!

No digan vdes. que los dejo con la palabra en la boca; pero vuelvo en ménos que canta un gallo.

Estando en la calle con mi amabilísima paisana, que se llama Adela, y es como un grano de oro, empezamos con—"¿A dónde vamos?" y—"A donde vd. determine."

—¿Vd. quiere ir al Mercado?

—Por supuesto, y no quiero Mercado Catherine, aunque dicen que tiene 242 casillas ó tiendas, ni el Centre que cuenta 348, ni Clinton, ni Esse, porque todos son de poco más ó ménos.

—Iremos al de Fulton, me dijo la amable señorita; me han dicho que se edificó en 1821 y que importó la obra 220,000 pesos.

—Yo quiero ver el Mercado de Washington, que es el de más nombradía; aquí llevo las apuntaciones de lo que dice mi querido Antonio Bachiller respecto á él.

El Mercado de Washington es propiamente el conjunto de dos mercados, que tienen 1,772 casillas, ó como si dijéramos, tiendas y puestos.

En cuanto á lo que en ese mercado y el de Fulton cabe y se consume, es para alabar á Dios: figure vd. lo que dicen los libritos que tratan de esto: 70,000 reses vacunas por semana; 3,000 carneros; 20,000 cerdos, y otros animales que próximamente ascienden á tres millones. Las aves se calculan en 6.000,000 y los huevos en 10.000,000 al mes.

Se calcula que se venden diariamente 7,000 pesos de papas y 5,000 de granos. En 2.500,000 pesos se valúa la venta anual de manzanas; peras, 100,000 pesos; 200,000 melocotones; fresas, 600,000. El monto de las frutas importadas, como piñas, cocos, naranjas, etc., etc., ¡¡¡ascendió á 1.250,000!!!

Pero adviertan los lectores que todo es aparte de trescientos mercados privados en que hay lo propio que en estos mercados grandes, y no se lleva cuenta porque eso seria cosa de nunca acabar.

Sigamos con el paseo al Mercado.

La parte exterior son aceras, con sus cortinas cada puesto para defenderse del sol.

Cada puesto desparpaja y como que pone en las manos de los que pasan los artículos que contiene, sin contar con que á cada dos pasos se hunde el suelo y se percibe desde afuera que brotan por aquellas trampas, los zapatos, y los sombreros, y los trastos de hoja de lata, y los fardos, como de otros tantos manantiales.

Los juguetes, sobre todo, tienen gran boga, y llueven los carritos, carretelas y carretones, desde para dormir al recien nacido, hasta perniquebrar al muchacho travieso.

Y todo esto se va viendo miéntras el tumulto de la calle está en su apogeo con los transeuntes y con que cada carro es un puesto que lleva andando una colina de zanahorias, un campo de ejotes, un camellon de cebollas, y borregos y becerros que se denuncian con unos balidos y berridos que se meten por el alma.

A medida que se penetra, se van extendiendo en hileras interminables los mostradores, que tienen en grupos cenefas y bambalinas de jamones, y esto es como una cuadra, y lo mismo quesos y mantequillas que forman calles, como quien anda por una ciudad de jamon y otra de mantequillas y quesos.

Entrase al recinto ó ciudad interior, y en grandes mostradores forrados de zinc, con mangas que derraman leves corrientes de agua purísima, entre trozos de hielo, allí están los pescados, es decir, un mar de pega. Desde unas béstias que asustan por su grandeza, sus bocazas pazguatas y sus ojos empañados, hasta pescadillos que parecen de chanza y pueden servir como de cañuteros.

En esta seccion están esas ranas medio peladas que calosfrian, esas jaivas que parecen raíces, esas culebras, esos engendros raros del agua, que no sé cómo hay pícaros que se los engullen; y esas inmensas tortugas bocarriba, bolsudas, con sus cuellos cortos, sus manos como aletas, sus ojos pequeños como rendijas, su cabeza aplastada de víbora.

Las carnes ocupan sendas calles en percheros que suben al cielo, porque se trata de un edificio altísimo; los mostradores están forrados de zinc; los carniceros, sin el delantal, pudieran estar sentados en una tertulia de buen tono.

Cada seccion del buey y del carnero están expuestas con suma coquetería, como quien dice: "cómeme."

Lo que se llama menudo, me parecieron sobre un mostrador piezas de muselina y de encajes.

En esa seccion, y como se cuelgan los mundos de oblea en nuestras funciones, como formando adornos y nublando el aire, graduados como de quinqués y de candiles, formando como bosques por allá arriba, están los pollos y guajolotes pelados, suspendidos de las patas y sus cuellos colgando. Es una nublazon de guajolotes y de pollos.

Al centro, en extensísimo cuadrado, hay verdaderas tiendas de semillas á pedir de boca, y entre cristales; de suerte que se les saluda con cierto aquello, y como á novios en la iglesia, al frijolito pinto, blanco, y al gordo, á los garbanzos que están en minoría, y las lentejas y las habas que apénas chistan.

Adela, con mucha oportunidad y buen juicio, me iba instruyendo.

—De esos limones se hace mucho consumo y son muy baratos; con aquellas como tijeras de palo se exprimen; tiene una media esfera la tijera en un extremo, que da sobre el huequecito que con su coladera está en la otra; se aprieta, y sale hasta la última gota de jugo.

Aquellos pollitos que parecieron á vd. pichones, continuaba, son pollos de primavera de que se hace mucho consumo en este tiempo.

El pollo, lo mismo que el guajolote, se vende por libras, á quince centavos la libra. Esto tiene sus variaciones.

Esa yerba es chicoria; con esa se da color al café, que en general no es bueno, es una yerba amarga.

Los camotes son carísimos, la gente pobre casi nunca los come.

La manteca se vende derretida ó en banda, esto es, adherida á la piel del cerdo.

Esos como moldes de palo en que paró vd. la atencion, son para dar formas elegantes y realzar figuras en la mantequilla.

Esas como cucharas de alambre son para batir huevo; y hay otras maquinitas, pero son más caras.

En el centro de la plaza hay sus fondas pequeñas para lunche, ó como quien dice, pistos; pero no hay licores.

Habrá vd. notado que no hay trastos de barro, todo es fierro ú hoja de lata. La hoja de lata es baratísima.

Ese es ruibarbo.

—Adela.... no me lo miente vd., no me lo miente, porque con eso rellenan sus paids estos herejes, y me han costado muy caro. Eso en cualquiera parte es un purgante indecente.

—En efecto, usan esa yerba en sus pasteles.

Yo me salí para penetrar en una especie de rinconada que da á la calle, y á donde penetran los carros.

Allí están los grandes almacenes de papa, de fresas, de todos los granos, y aquellos encierran inmensas riquezas.

Yo estaba aturdido, rompiendo olas de gente, haciendo rodar canastos, metiéndome en encrucijadas de barriles y tercios: salí no sé por dónde, y alcé la vista.

Estaba á la orilla de la inmensa bahía, que es un mar en que se pueden dar cita todas las embarcaciones del mundo; junto de mí se mecian esos alcázares de las aguas, formando bosques sus palos y cordajes, saludando sus banderas de todos los países de la tierra.

VIAJE DE FIDEL
LIT. H. IRIARTE, MEXICO
El Parque Central.

Monstruos acuáticos, viajeros del abismo; unos, como animales desconocidos; los otros, como aves abriendo las alas de sus blancas velas.

A lo léjos, y como saliendo del mar, las arboledas, las cúpulas, el caserío, las torres como barcos más gigantescos, como si anduvieran sobre las olas; en un extremo Broklyn; en el otro las colinas y campiñas de New-Jersey; al frente, los fuertes con sus monstruos de bronce, como bostezando á la orilla de las aguas.

La mano ejercitada de los conocedores, señala al rededor de aquel mercado los buques que contienen los efectos que producen afanosos los Estados del Oeste, que son granos, harinas, carnes saladas, madera de construccion, verduras y flores.

Más adelante se ve descargando su plomo el Missouri; el Lago Superior su cobre; Virginia y Mariland agitan como palmas sus hojas de tabaco, en competencia con los gigantes del Kentuky.

La Nueva Inglaterra hace alarde en el muelle de sus pescaderías y sus manufacturas; Pensylvania, titánica, espera que se acerquen á sus naves los mercaderes por su carbon y su fierro; los Estados del Sur ofrecen en el altar de los cambios, como prenda de reconciliacion, su algodon y su arroz; y California deja caer á los piés de la metrópoli del cambio, sus vinos, su oro y sus millones de plata.

Nueva-York, como en medio de una corte de soberanos, recibe esos productos y esparce en cambio sus frutas, los vinos de la Francia, el café del Rio Janeiro ó de Java, el azúcar y las frutas de la Florida y de la Habana, el thé de China y del Japon, venido de San Francisco, las lanas de la Plata y Australia, los tejidos de Europa y los perfumes de la India.

El estúpido proteccionismo americano tiene una derrota contínua con ese espectáculo de los cambios.

Adela estaba satisfecha de verme tan pregunton y tan entrometido. Yo no sé cómo explicar á tan distinguida señorita mi gratitud.

¡Con qué sencillez, con qué buen juicio y con qué gracia me hacia sus explicaciones: yo hubiera querido que todo el mundo la oyera, y cuando todos los yankees estuvieran abriendo la boca, ponerle un rótulo en la frente que dijera: "Esta chicuela es mexicana.... y una de las que hay á cientos en mi tierra, que desparraman la sal!"....

Despues que salimos del Mercado, y andando por las calles, me decia:

—Ya vd. ve: en nuestra tierra (y ese "nuestra tierra" me sabia á cielo), se critica y se pone en ridículo al que anuncia su comercio con un objeto de él; por ejemplo, una penca de maguey en una pulquería. Aquí todo es de bulto: el relojero, el fabricante de sombrillas, el zapatero, todos ponen como rótulos, sombrillas, sombreros y zapatos; y hasta caballos enjaezados, los carroceros y talabarteros.

—Hay ciertas señales ú objetos que son de convencion general. ¿Recuerda vd.?

—Sí, señor, recuerdo. Esas astas ó morillos con listas azules, encarnadas y blancas, son de las barberías ó peluquerías.... Cuando vea vd. un almirez monstruoso colocado sobre una puerta, ni que preguntar: esa es botica.

En las calles, sobre las banquetas, interrumpiendo el paso, hay muñecos desastrados de la talla humana. Ya es un indio comanche, ya un negrito que parece que le va á saltar á vd. al cuello, ya un inglés con tanta panza, ya un chino con bigotazos que barren el suelo: ya me sé que son tabaquerías.

Entre las muestras, siguió Adela, no me negará vd. que son primorosos esos vestidos de papel que visten los figurines, y que imitan perfectamente la muselina y la seda, con la ventaja de ser tan exactas las proporciones del vestido, que pudieran servir de patrones.

Eso es precioso: en cambio, nada más soso y más sin gracia que las muestras de las tabernas ó bar-rooms, sea que representen vasos colorados rebosando espuma, como la cabellera cana, como un viejo frenético, y su número cinco en el centro; sea que tenga la muestra la figura de un payaso con las piernas abiertas, sacando tamaños dientes.


II

La gran tienda de Stward en Broadway.—Lord y Taylor.—Ropa hecha.—Ropa-vejeros.—El Cementerio de Greenwood.—Un romance.

Ya que tuvo el lector la paciencia de acompañarme al Mercado; ya que fué tan complaciente que no se asustó con su nomenclatura y sus detalles, demos por vía de descanso una ojeada á establecimientos de otro género. Las tiendas de ropa, por ejemplo, y los depósitos de ropa hecha.

Entre los primeros descuella sin rival la tienda de Stward, que es aquel grande edificio que distinguimos en Broadway, de cristales, fierro y mármol, ocupando una manzana entera sus columnas, sus pórticos, sus hileras de arcos con ventanas rasgadas, y su magnificencia indescribible.

En el interior forman calles las armazones y mostradores con sus asientos de trecho en trecho, de la forma de los asientos redondos y giratorios que se usan frente á los pianos.

Centenares de dependientes por la parte exterior de los mostradores, sirven á la concurrencia inmensa y de exquisita elegancia que se agolpa á la tienda, y entra y sale por las muchas puertas que tiene á todos los vientos.

Hay departamentos enteros servidos por jóvenes, en quienes compite la educacion finísima, con la hermosura.

En el centro de las calles de estantes y mostradores, se abre una rotonda espaciosa cubierta de cristales, que derrama su luz vertical sobre los cinco anillos de los pisos, cada cual con sus columnas y barandales elegantes.

Cuando se contempla ese centro, que es como un teatro ó como un templo; cuando se está bajo la atrevida cúpula de fierro y vidrieras, se confiesa sin embozo que aquel es el primer establecimiento del mundo en su género.

Las calles paralelas de esta alcaicería de cristales, porque así la quiero llamar para inteligencia de México, cada una tiene en su calle especialidad para las ventas.

En una calle solo se venden casimires, paños y lienzos para vestidos de caballeros.

En otra calle ó seccion hay tan solo tápalos en que compiten la cachemira, la seda con bordados, los chales, capotas, albornoces y capas.

Más adelante, en una seccion servida por señoras, caen en los mostradores á raudales, listones, cintas, encajes, sedas, botones, broches, embutidos y los accesorios todos del trage femenil.

Como entre nubes se percibe la concurrencia, en una esquina en que las blondas impalpables, el punto levísimo, las gasas que parecen desvanecerse en el aire, alzan su vuelo.

Blanquea la lencería, duermen los terciopelos, se inclina uno bajo los gorrillos buscando un rostro de ángel escondido entre las sedas, listones, encajes y flores.

De los barandales de los balcones del inmenso salon circular penden telas de inestimable valor, alfombras persas, remedos fantásticos de gibelinos y cachemiras, de las que un tápalo solo tiene el valor de cinco mil pesos.

Los dependientes se cuentan por cientos, la realizacion por miles, el capital por millones.

La materializacion de todos los ensueños, la complacencia de todos los caprichos, la satisfaccion de todas las necesidades, están contenidas allí; la pompa de la jóven, la impertinencia de la vieja, el abrigo del anciano, el chiqueo del niño.

Despues de celebrada cada venta, el dependiente que la verifica da un signo, y el dinero se paga al cajero que concentra la contabilidad, lo que hace que cada dependiente asuma la responsabilidad de sus operaciones, que se establezca la emulacion y que el balance pueda hacerse momento á momento. Este mecanismo es lo propio en cada seccion.

Es notable que muchas veces, con su cuenta de pago, atraviesen la multitud las personas, á hacer su exhibicion, con una religiosidad que admira é infunde respeto por la moralidad de estas gentes.

En ese particular, y aunque esta sea una divagacion, poco hay que sea comparable con lo que aquí se ve.

En las cajas de los correos que están al pié de los faroles de las calles, no caben los periódicos; eso no importa, la gente los amontona, sellados y listos por la parte exterior, sin que nadie se atreva á tocarlos.

En los ómnibus, hay cajitas en que el público mismo deposita el dinero, y no se da caso de reclamo porque la negligencia ó la malicia se sustraigan al pago. Yo he visto á un muchacho encontrarse un guante en una banqueta, en la plaza de Union Square. Vagó el chico con el guante en la mano, no halló á su dueño y lo clavó con un alfiler á un árbol, donde vino á recogerlo una señora despues de media hora.... Por supuesto que hay sus rateros.... pero.... no se quebranta con jactancia el sétimo mandamiento.

Despues del establecimiento de Stward, debe mencionarse el de Lord y Taylor.

Se dignó mostrarme esa tienda el Sr. Delmote, nativo de la Habana, con singular cortesía.

Lo que llaman el bassement ó subterráneo, son amplísimos salones con robustas columnas. Están los salones, aun á la mitad del dia, iluminados por gas.

Allí ví en mamparas encuadernadas como libros, las muestras de los hules para el suelo; allí camas de primavera con una tela de alambre como colchon de verano; allí camas á dos pesos, formadas de tablitas flexibles y mullidas como plumas.

Se asciende por elevador á los varios pisos del edificio.

Uno de estos pisos está reservado á corsés de todas las formas, listos para recibir hasta las confidencias de un esqueleto y trasformar las momias en beldades.

Hay por centenares crinolinas, tontillos y cosas que figuran como perfecciones y presentan allí su triste realidad.

El departamento superior lo ocupan los muebles, con sillones que ponen en olvido las fatigas, tocadores que adulan, lechos que hacen cerrar voluptuosamente los ojos, de dulce y apacible sueño.

En los establecimientos de ropa hecha y sastrerías para hombres, se deja entender que hay muros de chalecos, torres de pantalones y montañas de levitas. Vease si no, la sastrería de Deblin y C.ª, y la de Brooks.

Son como la contrapartida de tanto lujo, como la caricatura de tan deslumbradoras grandezas, como la carcajada homérica de esas manifestaciones de opulencia, las roperías ó establecimientos de segunda mano (Second Hand).

Aquello sí que es gresca; es, como quien dice, las casas de inválidos de la ropa.

Se anuncian las crinolinas suspendidas á las puertas haciendo la rueda, abiertos de brazos sacos y levitas, moviéndose cancaneros los pantalones, y los sombreros de los dandys y los gorrillos de las ladys gesticulando, con el pelo raido, con las plumas tiñosas y como mojadas.

Esa segunda mano es la charlatanería del trapo, el cinismo del forro humano, pero á la vez la chanza y el fraude, el panteon y la orgía....

Es un meeting de viejos verdes contando sus aventuras.

Y no solo son vestidos, sino que figuran en el pandemonium, anteojos y soguillas, guantes y anillos, cruces y relicarios con todo y retrato, anteojos de teatro y libros hasta por un centavo....

Hé ahí la filosofía hecha trapo, el amor enseñando el cobre, la gloria ántes de envolver botones, el desengaño en su expresion más grotesca.... Y sin embargo, esos despojos reaparecerán sobre las formas humanas..... como nuevos.

Los ropa-vejeros no son desconocidos en ninguna parte; cada tienda de empeño en México, es un establecimiento semejante á los descritos. Pero la dedicacion á la segunda mano, la especificacion del tráfico, es lo que llamó mi atencion en Nueva-York. Este tráfico es especialmente de los judíos.


Habia diferido mi visita al Cementerio de Greenwood: las disposiciones de mi espíritu han sido tales, los dolores que he apurado tan acerbos, que sentia miedo de una entrevista con la muerte.

Sin embargo, la fama que disfruta el Cementerio es tal, que fué necesario resolverme á una excursion á Broklyn, lugar en que está situada la maravilla del descanso eterno.

Era un domingo: apénas salió la luz, cuando atravesé solitario las calles silenciosas, como si hubiese sido abandonada la ciudad en la noche: dirigíme por el embarcadero de Hamilton, atravesé el rio, entré en un wagon, y héme, al doblar una calle, á la entrada del Cementerio.

Es un gran pórtico compuesto de una magnífica portada gótica, con dos edificios laterales del mismo órden.

Las puertas y sus agudos remates, las verjas y las alturas cónicas con primorosas molduras, constituyen por sí una augusta belleza.

Si fuera posible colocarse en una altura que dominase el conjunto, la impresion seria extraña y grandiosa.

Veríase en terreno extraordinariamente accidentado, un inmenso parque sembrado de arboledas gigantescas y sombrías, con sus eminencias, con sus laderas que forman como escalones, con sus cuencas y bajíos, que se tienden en apacibles vegas y duermen cristalinas fuentes de monótono y triste murmurar.

El terreno, donde no lo cruzan las anchas calzadas de asfalto ó arena, está alfombrado de verde césped, cuidado con tal esmero y pulido con tan exquisita diligencia, que se distingue aterciopelado y luminoso donde los llenos de la luz le bañan y donde rompen los rayos del sol las sombras que dibujan en el suelo, la forma y los trémulos follajes de los árboles.

El parque, austero, pero de sorprendente hermosura, está cortado por calles y avenidas; pero no como una ciudad, sino como el panteon de una ciudad.

Es á su vez el Cementerio una como poblacion de granito y de mármol; un bosque de pirámides y de columnas, como si la piedra floreciese; una petrificacion de séres humanos, inmóviles, llenos de majestad: tales se presentan arcángeles y estatuas en aquel cortejo silencioso de la muerte.

En cada paso se presenta un aspecto nuevo de aquella mansion silenciosa é imponente.

En aquella sucesion de hondonadas y colinas, ya tiene uno á sus piés templetes, obeliscos y pórticos, ya en gradacion ascienden como por fajas entre los árboles, grandiosos monumentos coronados en sus alturas por guerreros, por mujeres con los brazos extendidos, con arcángeles prontos á emprender su vuelo.

A la entrada se toma un carruaje que por veinticinco centavos hace la excursion del Cementerio. El conductor tiene la obligacion de ir haciendo notar al viajero los sepulcros y monumentos más célebres. Hace su oficio el cicerone como de rutina, con su voz indiferente y sin acentuacion, como automática.

El coche avanza rodando sordamente; se detiene á cada instante el cicerone, pronuncia un nombre y da lugar á la meditacion.

Aquella luz que intensa reverbera para alumbrar la nada; aquel silencio que es por sí una pompa; aquellas aguas que remedan á lo léjos la plegaria, y aquella grandiosidad de monumentos, producen una impresion única y sublime.

A la entrada tomó el guía el rumbo sur del Cementerio: las losas de mármol del suelo, como que repercutian acentos de otros mundos; era la palabra muerta tambien en un idioma extraño, el clamor perdido de la nada.

De repente, como una ráfaga de luz, iluminaba mi memoria un nombre.... era el de Morse, el inventor del telégrafo, que vive en espíritu, conduciendo la palabra al través del espacio y por el fondo del mar.

Su monumento es soberbio; son las fases cóncavas de una pirámide triangular.

En la portada de un monumento que no pude distinguir con propiedad, habia un grupo magnífico.

Era un ángel arrancando á un niño de los peligros de la vida, pronto á levantar el vuelo con él; era la salvacion y la felicidad; pero á los piés del ángel, arrodillada y loca de dolor, con el cabello esparcido, la garganta henchida de sollozos, los ojos sin luz, pero con lágrimas, como que pretende detener al ángel, como que es mortal, y como que á una madre nada consuela de la muerte de un hijo.

Apéeme del carruaje y seguí á pié mi camino; quedaba por momentos el sendero que recorria, solitario, poblado de mármoles, sin más ruido que el de mis pasos, que parecian ecos que venian de la region de las eternas sombras.

Gorchatz, el compañero de Talberg y de Litz, descansa allí; la Europa lo admiró mucho tiempo, vibraban en los salones sus notas voluptuosas, fomentando el arrebato del baile.... ni un suspiro de sus delicadas concepciones, ni un rumor de sus cantos deliciosos.

Pero, ¡singular supervivencia del talento! aquel, como otros nombres, resonaban en todos los labios; era como la sustraccion de la muerte, como un triunfo del olvido su mencion.

Entre otros monumentos relucientes como de nieve, estaba uno que todo viajero menciona y en el que todos se detienen á pagar un tributo de ternura: recuerda los bomberos. Quien dice bombero, dice el atleta que lucha contra la llama, el que profesa la religion del bien y del amor, arrostrando temerario el peligro. Bombero es sinónimo de salvador.

¿Quién no ha visto á estos héroes, en medio de los horrores del incendio, cruzar entre el humo, abalanzarse al muro que se derriba, colgarse de la soga que va á salvar un náufrago de la vida, envuelto en el martirio?

Se prodiga la existencia, se lucha brazo á brazo con el más feroz de los elementos; y si se restituye un padre á una familia; si se reintegra el hogar; si la alegría se reconcilia con aquellas víctimas, entónces, la recompensa es ese espectáculo de ventura que llena y alumbra el alma con luz divina.

El monumento recuerda un bombero que colocó un niño sobre su pecho: el bombero se dejó caer de espaldas, despedazándose, pero salvando al niño.

La gratitud pública repite ese tradicional episodio: cuando humeaba la piedra, cuando las víboras de fuego ceñian el edificio haciéndolo bambolear como ébrio; cuando se hundian con estrépito los techos, y los gemidos cruzaban el viento, y los alaridos de angustia y dolor hacian temblar la ciudad entera; cuando este espectáculo de destruccion se enseñoreaba y sobrecogia de espanto, se notó en las alturas de un edificio un niño que corria en las citarillas salientes á la calle, próximo á perecer, tan rubio, tan hermoso, tan delicado.... Uno de los bomberos lo percibe.... no vacila un instante, escala, se encarama, las piedras que se desmoronan esperan que pase para caer.... parece que le hace paso la llama.... desparece entre el humo.... la ansiedad por su vida es mortal.... el humo se disipa; él aparece en la altura con el niño en los brazos.... una ráfaga de felicidad iluminó las almas.... el descenso comienza.... va descendiendo entre una granizada de piedras, de cristales despedazados, de plomo y hierro fundido.... hubo un momento en que el tránsito fué imposible.... faltaba piso, la ceja de pared que sustentaba al héroe, se desgranaba.... el niño veia absorto á su salvador, le tenia abrazado su cuello.... la muerte era indefectible: todos llevaron las manos á sus ojos para no presenciar la horrible catástrofe.... entónces el bombero cogió al niño, lo acomodó sobre su pecho, como en una cuna, puso en hueco sus brazos para defenderlo, y se precipitó de espaldas desde la inmensa altura.... haciendo que de sobre su cuerpo despedazado se quitase al niño, sano y salvo.... El hecho es de aquellos que son gloria y orgullo de la humanidad. El monumento de los bomberos es hermoso, y es hermoso porque motiva la eterna ovacion que justamente se rinde á esa institucion sublime.

El monumento consiste en una columna piramidal que descansa en un macizo pedestal de mármol, con planchas de granito. El bombero tiene una expresion sublime. Uno de sus brazos rodea al niño, defendiéndole de la llama; en la otra tiene la trompeta que distingue al bombero, y cuelga á su lado una linterna. Sobre las cuatro pilastras de otro monumento, se extiende una pequeña bóveda, y en ella hay figuras alusivas al Cuerpo de Bomberos.

Siempre siguiendo entre lápidas, obeliscos, estatuas y pirámides, me detuve á leer el epitafio de un bravo marino, que él propio construyó su sepulcro y lo tuvo en espectativa de su mansion, diez y ocho años.

El monumento de la jóven Carlota Canda, es una grandeza de Greenwood; es casi un templo ceñido con su balaustrada de fierro y custodiado por ángeles.

La jóven á quien se dedica el monumento, tenia diez y siete años; las gracias coronaban su frente; la felicidad tendia á sus piés alfombras de flores.

Regresaba de un baile con su padre y una amiga. En el baile habia sido el rayo de sol, el canto de jilguero, el celaje de oro de la reunion.

Detúvose el carruaje que la conducia cerca de Broadway: el padre descendió á dejar á la amiga; el cochero dejó el pescante; cayeron las riendas; los caballos, desbocados, azotaron el coche contra una esquina; la niña cayó al suelo despedazándose el cráneo.

En medio de la magnificencia de este monumento, se oye gemir á la piedra, se ve llorar el mármol; el dolor paternal se ve extendido en aquel refinamiento artístico.... es una novedad del dolor; martiriza aquella riqueza.

En el gran Cementerio, muy particularmente en los escalones superiores de las altas columnas, se ven puertas de granito, tan misteriosas y severas, que son propiamente pórticos de las sombras, puertas de recepcion de la eterna noche.

Esas puertas conducen á subterráneos en que se conservan en lechos de mármol los cadáveres perfectamente embalsamados y en sus cajones, que tienen una ventanilla de cristales por donde asoma el muerto. A aquellos subterráneos alumbrados con gas, que se modifica segun la voluntad, suelen concurrir familias á platicar con sus muertos....

Los lotes del Cementerio cuestan, en general, cuatrocientos pesos; pero la Compañía que dirige el establecimiento, ha hecho donacion de un trecho espacioso de terreno para que se sepulten los niños pobres, y así se verifica en efecto.

Nada de monumentos ni inscripciones, ningun indicio de la vanidad humana en esa seccion del Cementerio. Lecho comun de musgo, mortaja de césped humilde, algunas flores. Y sin embargo, la ternura maternal, esa glorificacion del amor, ese heroismo oscuro de la abnegacion, se encarga de comunicar encanto indecible á este lugar.

La vida que se extingue al nacer; la llama que espira al encenderse, iluminando el borde de cristal de la infancia, que unió su cuna á su tumba; la sonrisa y el gemido en un mismo estremecimiento del labio; la mirada y la lágrima.

En el agrupamiento de las escasas flores; en el conato de coronita medio deshojada y puesta con esmero, como si al través de la tierra sintiese la madre el cútis de la frente del niño.

Con cristales y cuentas de vidrio, con fragmentos anónimos de objetos relucientes, ha hecho, sobre aquellos montoncitos de tierra, nichos el amor, y bajo de ellos están los juguetes de los niños, sus arlequines, sus esferitas de goma, sus caballitos, sus trompos.... esos eran sus juegos: con pretexto de ellos se hacia ostentacion de las gracias; y se ve, se tienta, que aquellas chucherías, que aquellos primores, han sido regados con lágrimas.... ¿por qué morir? y ¿por qué ese supérfluo relámpago de vida si se ha de perder en la eterna sombra? ¿Por qué esa inconsecuencia del ser?

¡Madre de mi alma si tú me vieras perdido en esta extranjería de muerte; si vieras que interrogo las tumbas para que me traigan, aunque hecho cadáver, un recuerdo de la patria; si me vieras ébrio de hiel, sintiendo como losa de sepulcro el cielo, y la multitud en que me pierdo como sombra!......

Me duele la luz, me duele el aire, tiene quejidos esa fuente, estas tumbas son más hondas y más oscuras.... tragarian mi recuerdo.... aquí se cae.... en las tumbas de mi tierra se duerme.... en los sepulcros de mi patria hay polvo que nos ama......

Yo no sé cuánto tiempo duró mi letargo de dolor. Cuando volví en mí, estaba haciendo compañía á un desterrado de Cuba.... D. Miguel Aldama....

A la salida del Cementerio, desde un claro que deja la altura, se percibe Broklyn, que es tendidísima ciudad entre los árboles, con sus divisiones regulares, sus mil torres, astas y veletas: parece que allí ha dicho su última palabra la grandeza; pero se anda un poco más y teniendo como un pedestal aquella altura de la muerte en que se siente el soplo de lo eterno.... á nuestros piés percibimos magnífico el mar.... el mar sepultándose en un horizonte en que parece tender sus alas el infinito......

A mis piés, y tocando las aguas la tierra de los sepulcros, habia algunas barcas vacías, juguete de las olas.... parecia que ellas habian sido las conductoras de los muertos y que se entregaban abandonadas al acaso....

Yo no puedo hacer comparaciones; pero sí puedo decir que el Cementerio de Greenwood, cuando le comunique su majestad el tiempo, para que no se crea en este pueblo movedizo que tambien tienen hotel los muertos, será uno de los lugares que honren al mundo.

Ahora tiene el Cementerio 21,000 y tantos sepulcros.


Al leer á Francisco mis apuntaciones sobre el Cementerio, me decia:

—Es una lástima que para ver esa maravilla no te hubiera acompañado un guía experto: te hubiera hecho notar, entre mil espléndidos monumentos, el erigido á los heróicos pilotos que en una noche tempestuosa se lanzaron fuera de la bahía á salvar un buque náufrago, pereciendo en la demanda.

Hubieras detenido tus pasos para anotar el sepulcro del marino que construyó su monumento creyendo próxima su muerte, y esperó la tumba diez y ocho años á su ilustre huésped, que está representado en una soberbia estatua que tiene el sextante en la mano.

Hay otros cementerios, continuó Francisco, como Evergreen, situado en el mismo Broklyn, que tiene un aspecto rústico que encanta, Cipres Hill, Wood Lawn, á siete millas del puente de Harlem, New-York, Bay y sobre todo el Calvary, en que se entierran exclusivamente los católicos. Los sepulcros rodean una pequeña montaña y el conjunto del lugar tiene grandiosa majestad.

Habrias llamado la atencion sobre que el sistema de nichos, hijo en mucha parte de la codicia clerical, es de todo punto desconocido.

Ese empacamiento de los difuntos, esas casas de vecindad de los restos humanos, desnuda de su grandiosidad el culto de las tumbas.

Se recorre un panteon como una librería, viendo los rubros de las obras que guarda la armazon.

En el sepulcro de la tierra se improvisa el altar; parece que la restitucion del polvo al polvo se hace más patente; la flor es el recuerdo y la lágrima.

Yo no sé en qué disposicion de espíritu visité á Greenwood, que me sentí muerto; parece que celebraba el duelo de mis propios funerales.

Extinguirse entre la soledad de la multitud; extinguirse sin que nos acaricie la idea de la vista de los que nos sobreviven en espíritu y quedan calentando en sus corazones nuestra memoria; morir sin esa revelacion de la inmortalidad que se llama el recuerdo, es naufragar con el alma, perderse en un infinito de olvido.

Entónces nos lloramos; pero esas lágrimas las orea el viento; cuando las enjuga una mano querida, sentimos como una iluminacion en nuestro espíritu.

En vano la filosofía describe la muerte como término forzoso, como condicion de la renovacion del sér; en vano nos redime el sepulcro de una existencia eterna con sus eternos dolores, cuando la mano temblorosa de la caducidad no puede llevar á nuestros labios la copa de goce alguno; siempre que el sentimiento nos domina; siempre que rotas las ligaduras de la escuadra y el guarismo, la alma se habla con su lógica peculiar, Dios resplandece en nosotros y el espíritu ansía por relaciones y consuelos que no podrá suministrarle nunca el universo material.

Yo he sentido mi polvo mezclado á esta tierra, he visto mi tumba como una usurpacion; el hielo de la extranjería de la muerte ha llevado el frio á mis huesos; y advenedizo de la misma nada, á mí tornaba mi duelo como el polvo que se lanza contra el viento y ciega nuestros ojos. Mejor dicho; mi duelo era á los que no lloraban por mí sobre mi desconocida losa.

Sentia mi corazon enfermo, mi salida del Cementerio era como una exhumacion. Creia en mi alucinacion de muerte, y habia visto hecho cadáver el Parque Central.

En la noche á él me dirigí, y consigné mis impresiones allí, de esta manera:

ROMANCE.

Están en el ancho espacio

Tan apiñadas las sombras,

Que en vez de cielo se mira

La ciudad bajo una losa,

Y sus gigantes palacios

Calles en la altura forman,

Que detienen las miradas

Y que el horizonte angostan,

Como se ve desde el fondo

De barranca pavorosa,

Las quiebras y los senderos

Que en la cima hacen las rocas.

Sartas de luz los faroles

Forman de una acera y otra,

Y en el centro las tinieblas

Van corriendo silenciosas;

Pero la luz es tan viva

Y á trechos tal se amontona

En capelos de cristales,

En urnas tan primorosas,

Y en mil globos luminosos

De llamas verdes y rojas

Y de intenso azul de cielo,

Que vaga la vista absorta

Entre ese hervor de colores

Que saltan entre las sombras,

Y que como en festin de hadas

La negra tiniebla tornan.

Al descender los declives

De las calles espaciosas,

Se va entre dos firmamentos

De llamas deslumbradoras;

El uno de dosel funge,

Y el otro sirve de alfombra.

En relieve se sospecha

Con alguna luz traidora

Que dejó como perdidas

Sus claridades dudosas,

Ya la mezquita del moro,

Ya la gentil sinagoga,

Ya la catedral romana

Ostentando pompas góticas.

En medio de esos conjuntos

De masas que se amontonan,

Abren sus brazos las plazas

En anchuras espaciosas,

Y los árboles se miran

De pié, sin verse sus hojas,

Murmurando sus acentos

En acompasadas notas.

Entre los arbustos lucen

Y bajo las ramas brotan

Centellas que se derraman

Y que tiemblan silenciosas,

Dejando rastros de fuego

En las fuentes bullidoras,

Que polvareda de plata

Vuelven las aguas que arrojan.

——

Iba solitario al Parque