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Cuentos escogidos
Se han tirado dos ejemplares en papel imperial del Japón (N.º 1 y N.º 2)
VELADAS DEL HOGAR
GUY DE MAUPASSANT
Cuentos escogidos
Prefacio de MARCEL PRÉVOST
Versión castellana
POR
CARLOS DE BATLLE
SOCIEDAD DE EDICIONES LITERARIAS Y ARTÍSTICAS
Librería Paul Ollendorff
50, CHAUSSÉE D'ANTIN, 50
PARÍS
PREFACIO
LOS CUENTOS DE GUY DE MAUPASSANT
La fortuna literaria de Guy de Maupassant habrá sido tan excepcional después de su muerte como lo fué durante su vida. Tarde y repentinamente llegó á la celebridad: desconocido á los treinta años, todo el mundo le conocía al cumplir treinta y dos ¡Y á los cuarenta y dos murió en plena actividad, actividad que había sido tan fecunda, que en diez años le había dado materia para treinta tomos!... Tan amplia producción, acogida con favor tan repentino, podía hacer presagiar un cambio de fortuna después de la muerte.
Efectivamente, al morir, la reputación del escritor celebre está amenazada por dos crisis distintas: ó el olvido inmediato y la más grande indiferencia, como le ocurrió à Octave Feuillet, ó la exagerada severidad de esa especie de tribunal que componen los contemporáneos. El último caso fué el de Víctor Hugo, que ante el Supremo Tribunal ganó gloriosamente el pleito.
Pero, con Guy de Maupassant no ocurrió nada parecido. En el momento que consideró más oportuno, supo conquistarse un lugar entre los primeros prosistas de su época, y cuando desapareció del mundo de los vivos, ese lugar continuó perteneciéndole. En él nadie se ha instalado después. Se le lee lo mismo que cuando vivía, y si se juzga por ese signo brutal que indica el éxito del cuentista, y que consiste en la venta de sus libros, tal vez se le lee más.
La obra entera de Guy de Maupassant ha resistido victoriosamente. Y el único efecto causado por la muerte del autor fué que la opinión clasificase su obra en varias categorías: cuentos, novelas cortas y novelas, y, al continuar saboreando el conjunto, parece preferir los cuentos y coloca las novelas cortas por encima de las novelas.
Sin embargo, no puede darse como cosa cierta que si Maupassant novelista hubiese vivido, no hubiera llegado á igualar al Maupassant cuentista. Sus novelas, notables todas, tienen en contra suya el efecto del número. Maupassant, que escribió cinco novelas, escribió veinticinco tomos de cuentos ó novelas cortas; y los cuentos propiamente dichos, los cuentos del género y dimensiones de los que forman este libro, llenan, de veinticinco tomos, veinte. Y cito números exactos porque constituyen los elementos positivos del debate. Es cierto que la fama del cuentista fecundo ejerce gran influencia sobre la fama del autor de Une Vie y Bel Ami. Y justo es anotar estos títulos para discutir en seguida con mayor facilidad el valor relativo de la obra del cuentista, y el de la obra del novelista.
La segunda razón que más poderosamente ha contribuido á hacer popular á Maupassant cuentista, estriba en que el cuento es una obra corta que se publica fácilmente y fácilmente se reproduce en los periódicos, y que el lector puede leer cómodamente varias veces. Es un producto literario que el público se procura, por poco dinero, que puede conocer por corto que sea el tiempo de que disponga, y que puede retener haciendo un insignificante esfuerzo de memoria.
Y finalmente, la última y la mejor razón del privilegiado favor de que gozan los cuentos de Maupassant, entre todo lo que produjo, consiste seguramente en que componen la parte más personal, más definitiva y más excelente de su obra.
En efecto, la muerte no permitió á Maupassant novelista que evolucionase por completo. Sus últimas novelas, Fort comme la mort y Notre cœur, difieren muchísimo de Une Vie ó de Bel Ami. Y tanto en Notre cœur como en Une Vie, lo que más llama la atención y hace que se admire, no es tanto la profundidad de la psicología y la importancia del problema tratado como el arte del cuentista, que especialmente se pone de manifiesto en las escenas aisladas.
En lo que á las novelas cortas se refiere, preciso es confesar que algunas de las mejores producciones del autor de Boule de Suif y Monsieur Parent, casi llegan á la perfección. Y en verdad que por su mérito no se diferencian mucho de sus cuentos: el procedimiento es el mismo y tal vez única y exclusivamente debido á sus dimensiones se las pone en diferente categoría.
Siendo á su manera muy personales, las novelas cortas de Maupassant tienen sin embargo cierto parecido, en lo que al genero se refiere, con obras análogas anteriores. Puedo citar Une Passion dans le désert, de Balzac; Un cœur simple, de Flaubert, y varias novelas cortas de Mérimé y de Zola. Por el contrario, á sus cuentos no se les descubren antepasados literarios. No se parecen—elijo sin comparar dos ejemplos de éxito—ni á los cuentos de Gustave Droz, que son fantasías de realidad pintoresca ó psicológica, desprovistos dé pretensiones, ni á los cuentos de Daudet, que en su mayor parte son pequeños poemas.
El cuento breve, real ó pintoresco como los de Maupassant, nació probablemente de las necesidades materiales y prácticas que se imponían para su publicación. Sus primeros cuentos, y la mayor parte de los que les siguieron, se publicaron en periódicos diarios. Sus dimensiones tenían que limitarse á doscientas ó trescientas líneas, y este reducido espacio no molestó más al pensamiento del escritor que lo que al poeta molestan las reglas de los poemas de forma fija. Por lo demás, Maupassant no aportó á sus cuentos procedimiento distinto al que en sus novelas cortas empleaba: se contentó con reducirlo, y halló que esa reducción le procuraba proporciones más afortunadas y efectos más sorprendentes.
Por poco que en ello se reflexione se verá que semejante reducción tenía forzosamente que producir el máximum de acción. Componía observando riguroso método: se sabe que no tomaba la pluma hasta que la composición preparatoria estaba terminada en su cerebro, y entonces se dictaba á sí mismo, por decirlo así, un texto casi definitivo. ¡Apenas se encuentran algunas tachaduras en los manuscritos de este escritor que tanto trabajaba el estilo! Y la excelencia de la composición aparece tan clara en el cuento, que la mirada y la memoria del lector la reflejan de pronto. Por otra parte, Maupassant empleaba un estilo preciso, sin nada que lo recargase, y deliberadamente breve. Raramente sus frases llenan más de tres líneas, y las que son más largas no son mejores. Y la experiencia demuestra que los escritores que componen frases largas, fracasan infaliblemente en el cuento por efecto de la desproporción que salta á la vista de todos, hasta de los menos perspicaces...
Y por otra parte todavía, y éste fué uno de los rasgos característicos de su talento, Maupassant descolló en la psicología de los seres pertenecientes á la clase media, de los seres adocenados, labradores, pequeños rentistas, empleados, pescadores de caña, cazadores, viejas burguesas y viejas de pueblo, criadas, mujeres de marinos... Y hasta cuando en los últimos días de su vida estudió el alma de los mundanos, no hizo ningún esfuerzo para presentar caracteres extraños, ni cultivó lo que Bourget llama complicaciones sentimentales. Porque si en la novela se necesita tiempo y espacio necesario para presentar personajes singulares y llevados á extraordinarias aventuras, no sucede lo mismo con el cuento. En el cuento, es preciso que los personajes, en cuerpo y alma, queden definidos con pocas palabras; y para descripciones semejantes, nada encaja mejor que los tipos de la clase media, porque todos ellos se encuentran en algún rincón de nuestra memoria y basta con animar la imagen. En eso estriba el triunfo de Maupassant; pero con todo, citaremos algunos principios de cuento tomados de este libro:
«Los pobres vivían penosamente con el corto sueldo del marido. Dos niños habían nacido del matrimonio, y la estrechez se había convertido en una de esas miserias veladas, humildes, vergonzosas, miseria de familia noble que á pesar de todo quiere conservar la altura que á su rango corresponde». (Á caballo).
«Chicot, el hostelero de Epreville, detuvo su tilburi
ante la alquería de la tía Magloire. Era un mocetón de cuarenta años, pelirrojo y gordo, que tenía fama de listo». (El barrilito).
«La señora Lefèvre era una mujer de campo, una viuda medio campesina, medio señora, que se adornaba con cintas y volantes y llevaba sombrero. Era una de esas personas que hablan enfáticamente, que cuando se encuentran en público se dan tono de grandeza y que bajo un aspecto cómico y abigarrado esconden un alma de bestia presuntuosa, de la misma manera que bajo guantes de seda cruda disimulan sus encarnadas manazas...». (Pierrot).
Para los paisajes, Maupassant emplea el mismo procedimiento que utiliza para pintar los caracteres. Muy pocas veces los escoge extraños, y siempre los más sencillos son los más admirables. No obliga á la imaginación, como hace Loti, á soñar decorados que nunca ha visto, sino que, evocando lo que hemos visto muchas veces, nos procura la sorpresa de presentárnolos mejor mostrándonos las cosas con tacto de artista delicioso que escoge y retiene los rasgos esenciales.
La parte descriptiva y pintoresca constituye lo más precioso de estos cuentos, tanto por la robusta solidez y la substancia, como por la redondez llena de expresión... ¿Qué lector, por perezoso que sea, ha pasado por alto una descripción de Maupassant? Tan llenas de vida están, que resulta imposible omitirlas como tampoco pueden dejar de verse las cosas reales. Sólo citaré un ejemplo: el admirable principio de El cordelito.
«...Como era día de mercado, los campesinos y sus mujeres, llenando las carreteras de las cercanías de Goderville, se encaminaban hacia la aldea. Los hombres avanzaban andando tranquilamente, inclinando el cuerpo hacia adelante á cada movimiento de sus torcidas piernas, deformadas por el rudo trabajo, por el peso del azadón que eleva el hombro izquierdo y desvía el talle, por las operaciones de la siega que obligan á separar las rodillas para mantenerse con mayor firmeza, y por todas las lentas y penosas tareas de los campos. Su blusa azul, almidonada, brillante como si la hubiesen barnizado, con el cuello y bocamangas adornados con fino dibujo de hilo blanco, se hinchaba alrededor del nervudo cuerpo y semejaba un globo del que saliesen una cabeza, dos brazos y dos piernas.
«Unos tiraban de una cuerda á cuyo extremo estaba atada una vaca ó un ternero, y sus mujeres, andando tras el animal, le azotaban los cuartos traseros con una rama llena aún de hojas. Con objeto de acelerar la marcha, ellas llevaban al brazo grandes cestos, y por los lados pollos y patos asomaban sus cabezas: y andaban con paso más corto y más ligero que sus maridos, seco el talle, erguido y cubierto con una toquilla que sobre el aplastado pecho sujetaba un alfiler, y la cabeza, envuelta con blanco lienzo que aprisionaba los cabellos, rematada con una cofia.
«Luego, al sacudido trote de un caballejo, pasaba un carricoche: y en el fondo del carricoche, iban sentados dos hombres. Y en la parte de atrás del vehículo, agarrada con fuerza á los bordes para atenuar el traqueteo, se parecía una mujer.
«La muchedumbre invadía la plaza de Goderville, una mezcla de seres humanos y de bestias. Los cuernos de los bueyes, los altos sombreros de largo pelo de los labradores ricos y las cofias de las campesinas, eran las únicas cosas que sobresalían. Y las voces agudas y chillonas formaban continuo y salvaje clamor que á veces dominaba el potente grito de un labrador robusto y alegre ó el prolongado mugido de una vaca atada al muro de una casa.
«Y de allí se emanaba olor á establo, á leche, á estercolero, á heno y á sudor, y de allí se desprendía ese sabor agrio, horrible, humano y bestial, tan peculiar en las gentes del campo...».
En fin, para sostener esa perpetua invención, esa inagotable fuente de asuntos, era evidentemente necesaria una imaginación fecundísima. De haberse tratado de asuntos extraños ó rebuscados, no hay imaginación que hubiese podido dar abasto, y la fatiga y el artificio no habrían tardado en ponerse de manifiesto. Pero, la misma naturaleza y el mismo carácter de su observación le destinaron á producir cuentos de una manera regular. Si los asuntos se examinan detenidamente, uno á uno, pronto se echa de ver que en su mayor parte son sencillísimos, y que las cosas que relata ocurren todos los días. Y cuando el éxito inmenso que alcanzaron hubo hecho surgir imitadores á granel, los periódicos diarios se llenaron de cuentos de las mismas dimensiones y del mismo género que los del maestro. Preciso es confesar que algunas veces los asuntos no carecían de acierto, pero entonces se puso de manifiesto, y muy claramente por cierto, que, si bien los procedimientos de Maupassant no eran inimitables, con ellos no se podía llegar á donde él había llegado. Nadie consiguió dar esa impresión de seguridad y de equilibrio que á la vez se desprende de su filosofía, de su observación, de su composición y de su estilo. Y, al lado del infinito número de tomos de cuentos hoy caídos en el olvido, los cuentos de Maupassant son los únicos que sobreviven.
En esa prodigiosa cosecha en la que verdaderamente no se encuentra nada que sea despreciable, se puede, sin embargo, intentar una selección. Para sus cuentos, Maupassant no eligió nunca asuntos que no se adaptasen perfectamente á su ingenio, pero, entre estos asuntos, hay algunos que le inspiraron felicísimamente. Los cuentos de campesinos, los cuentos normandos, son, según mi modo de ver, los más perfectos. Los recuerdos de la guerra le proporcionaron también abundante cosecha, y finalmente, un lugar aparte está destinado á aquellos en que su autor evoca lo fantástico. Era esa una de las especiales aptitudes de su genio, y harto caro pagó esa facultad de entrever y contar lo desconocido. Pero, cosa maravillosa: en la observación de esos fantasmas se advierte la misma lucidez que en lo real. Colocado de lleno en el dominio de la quimera y de la alucinación, sus dilatados ojos fotografían fielmente los fantasmas. El miedo y El Parador dan excelentes ejemplos de esta peligrosa facultad. Y podría citar otros muchos.
Y muchos son los que pertenecen á todos los géneros, y cuando el lector ó lectora concluya esta selección destinada á ser puesta en todas las manos, podrá pensar que las obras completas le reservan veinte veces la misma satisfacción. La obra de Maupassant, cuentos, novelas cortas y novelas, tiene algo que es verdaderamente extraordinario: que en ella no se puede despreciar nada. Hay trozos excelentes, ninguno flojo, y de un extremo á otro, ciertas condiciones del escritor no se desmienten nunca. La sencilla claridad de la exposición, la composición general, el interés sostenido, la pintoresca sobriedad, el estilo nervioso y preciso, y la imaginación siempre abundante y sin embargo dócil. En fin, atrevámonos á decirlo: su obra entera tiene un mérito rarísimo entre las de los autores de fines del siglo XIX, y es que siendo una obra de artista, en ella no se hace ostentación de literatura. El vicio característico de la mayor parte de los contemporáneos de Maupassant, fué el exceso de literatura, exceso buscado, aparente y casi agresivo. Maupassant tuvo la fortuna de librarse de él, y como puede advertirse en el prólogo de Pedro y Juan, lo logró deliberadamente. Eso le procuró entonces el desdén de algunos críticos, pero su obra ha salido beneficiada por ello pues está tan viva como hace quince años y no es difícil prever que el tiempo no le hará mella alguna. Todo, porque el artificio literario clasifica pronto una obra en el orden de los documentos. Y por ejemplo, las novelas de los Goncourt ¿son ahora algo más que documentos, es decir, cosas curiosas y muertas?
MARCEL PRÉVOST.
ÍNDICE
| Pág. | |
| Prefacio | [vii] |
| En el agua | [1] |
| El regreso | [9] |
| El guarda | [17] |
| El pecio | [27] |
| La señorita Perla | [42] |
| La loca | [63] |
| Pierrot | [68] |
| El miedo | [75] |
| En la mar | [84] |
| Tambouctou | [91] |
| En los campos | [101] |
| La aventura de Walter Schnaffs | [109] |
| La sillera | [120] |
| Dionisio | [129] |
| El cordelito | [139] |
| El bautizo | [149] |
| Mi tío Julio | [156] |
| De viaje | [167] |
| La madre Salvaje | [173] |
| El barrilito | [185] |
| El bicho de Belhomme | [193] |
| El collar | [203] |
| El viejo | [215] |
| Á caballo | [225] |
| Dos amigos | [235] |
| El ladrón | [244] |
| Tonico | [250] |
| Los prisioneros | [262] |
| El parador | [277] |
| Amor | [294] |
| El hoyo | [301] |
| El inválido | [310] |
| Minué | [317] |
| El lobo | [323] |
| El protector | [331] |
| Una vendetta | [338] |
CUENTOS ESCOGIDOS
EN EL AGUA
El verano pasado alquilé una casita de campo situada á orillas del Sena, á varias leguas de París, y allí iba á dormir todas las noches. Poco tardé en entablar relaciones con uno de mis vecinos, hombre de treinta á cuarenta años, que, indudablemente, era el tipo más curioso que nunca me he echado á la cara. Era un canoero viejo, pero un canoero furibundo que estaba siempre cerca del agua, en el agua, dentro del agua; que sin duda había nacido en una canoa, y que seguramente en una canoa morirá también.
Y una noche, que paseábamos juntos por las orillas del Sena, le supliqué que me refiriese algunas anécdotas de su vida náutica. Mi hombre se animó inmediatamente, se transfiguró, y juzgándole por la elocuencia de que hizo gala, le creí poeta. En su corazón anidaba una pasión muy grande, una pasión devoradora é irresistible: el río.
—¡Ah!—me dijo.—¡Cuántos recuerdos míos se relacionan con este río qué mansamente se desliza á nuestro lado! Ustedes, los que viven en calles, no saben lo que es un río; pero oiga á un pescador pronunciar estas palabras. Para él, es el abismo misterioso, profundo, desconocido; es el país de los espejismos y de las fantasmagorías donde se ven, de noche, cosas que no existen, y donde se oyen ruidos que no se han oído nunca. En él se tiembla sin saber por qué, lo mismo que al cruzar un cementerio, y efectivamente, el cementerio más siniestro es aquél en que no hay tumbas.
La tierra es cosa limitada para el pescador, y en la sombra, cuando no hay luna, el río no tiene fin. Los marinos no sienten la misma cosa por la mar. La mar es dura á veces, terrible otras, mala muchas, pero brama, ruge y es leal: el río es silencioso y pérfido. Nunca ruge, siempre se desliza sin ruido, y tengo para mí que ese eterno movimiento del agua murmuradora es cien veces más terrible que las altas olas del Océano.
Algunos soñadores pretenden que la mar esconde en su seno países azulados, inmensos, en los cuales los ahogados ruedan, entre grandes peces, por extraños bosques y por grutas de cristal. El río no tiene más que negras profundidades en las que los muertos se pudren. Cuando brilla al sol y el agua chapaletea suavemente en las orillas cubiertas de murmuradores cañaverales, es hermoso.
Hablando del Océano, el poeta dijo:
¡Cuánta lúgubre historia en vuestro seno
Guardáis, profundas olas,
Que miráis á las madres de rodillas
Y les contáis tragedias pavorosas!
Por eso vuestra voz es un quejido
Cuando venís á acariciar la costa.
Pues bien, yo creo que las historias murmuradas por las delgadas cañas con sus vocecitas suaves y dulces, deben ser más siniestras que los dramas lúgubres que con sus potentes bramidos cuentan las olas.
Pero, como lo que usted me pide son recuerdos personales, voy á referirle una aventura bastante extraña que aquí me ocurrió hace diez años.
Vivía en la misma casa que ahora, y uno de mis mejores compañeros, Luis Bernet, que ha renunciado ya á la canoa, á sus pompas y á su desaliño para entrar en el Consejo de Estado, se había instalado en C..., dos leguas más abajo. Y todos los días comíamos juntos, unas veces en su casa, otras en la mía.
Una noche que volvía solo, algo cansado y arrastrando penosamente mi barca grande, un acorazado de doce pies que nunca utilizaba de día, me detuve, para tomar aliento, en la punta de las cañas, á unos doscientos metros del ferrocarril. El tiempo era magnífico: la luna resplandecía, el río brillaba y el aire era suave y tranquilo. La hermosura del sitio me tentó y pensé que fumar allí una pipa había de ser muy agradable. La acción siguió á mi pensamiento, y cogiendo el ancla la arrojé al agua.
La barca, que bajaba siguiendo la corriente, se detuvo. Yo extendí en la popa la piel de carnero y me instalé lo mejor que pude... No se oía nada, nada... de cuando en cuando me parecía que á mis oídos llegaba el chapaleteo casi insensible del agua al chocar en la orilla, y distinguía los grupos de cañas que semejaban figuras sorprendentes... ¡Hasta á veces parecía que se agitaban!
El río estaba muy tranquilo, pero el extraordinario silencio que reinaba me emocionó. Las ranas y los sapos, esos cantores nocturnos de los charcos, callaban. Repentinamente, y á mi derecha, oí cantar á una rana. Me estremecí, calló, no oí nada más, y con objeto de distraerme me dispuse á cargar la pipa. Por más que entonces yo era un curador de pipas famoso, no pude fumar; y como quiera que al dar el segundo chupetón sentí náuseas, cesé. Me puse á canturrear, pero el sonido de mi voz se me antojó muy triste, y tendiéndome en el fondo de mi barca me absorbí contemplando el cielo. Permanecí tranquilo durante largo rato, pero los ligeros movimientos de la barca vinieron de nuevo á despertar mi inquietud. Me parecía que daba saltos gigantescos y que por turno chocaba con una y otra orilla; creí luego que un ser ó que una fuerza irresistible la atraía suavemente hasta el fondo del río y que sólo la permitía que subiese á la superficie para hundirla otra vez; me sentía zarandeado como en una tempestad, y al oir ruidos á mi alrededor me puse en pie de un salto. El agua brillaba, y la tranquilidad que reinaba era perfecta.
Comprendiendo que mis nervios se habían excitado, resolví marcharme y tiré de la cadena. El barco se puso en movimiento; sentí luego resistencia inaudita, y por más que tiré, el ancla permaneció sujeta. Indudablemente estaba agarrada al fondo pues no pude levantarla. Volví á tirar, y todo fué inútil. Entonces, con mis remos hice girar la barca y la llevé río arriba, para que la posición del ancla cambiase, pero todo fué en vano pues seguía sujeta al fondo con resistencia tenaz. Me acometió un acceso de rabia y sacudí furiosamente la cadena. Nada... Desalentado, me senté, y con calma quise reflexionar en mi situación. No podía pensar en cortar la cadena ni en separarla de la embarcación pues estaba sujeta á un trozo de madera tan grueso como mi brazo, pero como la noche era deliciosa, pensé que no tardaría en encontrar á algún pescador que me prestase su ayuda. La contrariedad me devolvió la calma, y pude fumar mi pipa. Llevaba conmigo una calabacita de ron, bebí dos ó tres tragos, y la situación en que me encontraba me hizo reir. Hacía calor, y en último resultado podía pasar la noche al raso.
De pronto, contra uno de los lados de mi barca chocó algo que produjo un ruido seco, y helado sudor me inundó de pies á cabeza. Era indudable que el ruido había sido producido por una maderita que la corriente arrastraba, pero había sido suficiente para sobresaltarme, y de nuevo me sentí presa de extraña agitación nerviosa. Cogiendo la cadena hice un esfuerzo desesperado, pero como el ancla se mantuvo firme, tuve que sentarme.
Entretanto el río se había cubierto de blanca y espesa niebla que flotaba á ras del agua, y al ponerme en pie no vi ni el río ni mi barca, sólo distinguí las puntas de las cañas, y á lo lejos, la llanura bañada por la luz de la luna, luz pálida en la que se destacaban manchas negras que subían hasta el cielo, manchas formadas por los grupos de álamos. Yo estaba enterrado hasta la cintura en una sábana de algodón de blancura inmaculada, y á mi imaginación acudieron atropelladamente ideas fantásticas. Me figuraba que trataban de subir á mi barca, que no distinguía, y que el río, cubierto por la opaca niebla, debía estar lleno de seres extraños que nadaban á mi alrededor. Experimentaba espantoso malestar, un aro de hierro me oprimía las sienes, y los latidos de mi corazón casi me ahogaban. Perdí la cabeza y pensé alejarme á nado, pero esta idea me hizo temblar de espanto. Nadando á la ventura entre la espesa bruma me vi perdido, luchando con las hierbas y las cañas que no podría evitar, no viendo mi barca, no distinguiendo la orilla, muerto de miedo, y sintiendo que me tiraban de los pies para hundirme en el agua negra...
Y efectivamente, como me hubiera sido preciso remontar la corriente lo menos quinientos metros antes de encontrar sitio limpio de hierbas y de juncos, lo más probable era que, aunque nado como un pez, al no poder orientarme entre la niebla, me ahogase.
Hacía esfuerzos para razonar, tenía el firme propósito de ahuyentar el miedo, pero en mí había algo más que mi voluntad, y ese algo no estaba tranquilo. Me preguntaba qué podía temer; mi yo valiente se burlaba de mi yo cobarde, y nunca como ese día pude darme cuenta de la oposición de los dos seres que viven en nuestro interior, queriendo uno, resistiendo otro, y venciendo por turno los dos.
Y el miedo bestial, el miedo inexplicable, aumentaba por instantes y casi era terror. Permanecía inmóvil con los ojos muy abiertos y alerta el oído, y esperando... ¿Qué?... Ni yo mismo lo sabia, pero debía ser algo terrible. Y creo que si un pez cualquiera hubiese saltado del agua, como tan frecuentemente sucede, hubiera sido bastante para hacerme caer sin conocimiento.
Sin embargo, haciendo un violento esfuerzo logré sujetar mi extraviada razón. Tomé de nuevo la calabaza y bebí un trago largo; luego se me ocurrió gritar, y con todas las fuerzas de mis pulmones grité sucesivamente hacia los cuatro puntos del horizonte. Cuando se me hubo secado y paralizado la garganta escuché... Á lo lejos, un perro aullaba.
Bebí más, y me tendí á lo largo en el fondo de mi barca. Y en esa posición permanecí una hora, tal vez dos, sin dormir, con los ojos muy abiertos, y viendo cosas extrañas á mi alrededor. Á pesar de que lo deseaba ardientemente no me atrevía á levantarme; lo retardaba por minutos, y aunque me decía «arriba», tenía miedo de moverme. Por fin, y tomando infinitas precauciones como si mi vida hubiera dependido del ruido que pudiese hacer, me incorporé y miré á mi alrededor.
Y á mi vista se ofreció el espectáculo más asombroso, más maravilloso que se puede imaginar: una de esas fantasmagorías del país de las hadas, una de esas visiones que nos cuentan los viajeros que vienen de tejerías lejanas tierras y que escuchamos sin creer.
La niebla que dos horas antes flotaba á ras del agua se había retirado y recogido en las orillas, y dejando el río completamente libre había formado á cada lado una colina inmensa, de seis ó siete metros de altura, que á la luz de la luna brillaba con el soberbio resplandor de la nieve. Y estaba dispuesta de tal modo, que sólo se veía un río de fuego entre las dos montañas blancas, mientras en lo alto, por encima de mi cabeza y derramando su luz, la luna resplandecía en medio del azulado y lechoso cielo.
Todas las bestias del agua habían despertado: las ranas cantaban furiosamente, y á cada momento, unas veces á la derecha, á la izquierda otras, oía la nota corta, monótona y triste, que á las estrellas lanza la cobriza voz de los sapos. Y, cosa extraña, ya no tenía miedo, pues contemplando aquel paisaje extraordinario nada me podía asombrar.
No sé el tiempo que aquello pudo durar, pues acabé por dormirme, y cuando abrí de nuevo los ojos la luna se había puesto y el cielo estaba cubierto de nubes. El agua chapaleteaba lúgubremente; silbaba el viento, hacía frío, y la obscuridad era profunda.
Bebí el ron que me quedaba, y temblando escuché el susurro de las cañas y el siniestro ruido del río. Y entonces hice esfuerzos para ver, pero no pude distinguir mi barca, ni siquiera mis manos por más que las acerqué á mis ojos.
Poco á poco la negrura disminuyó; me pareció que una sombra pasaba cerca de mí, y grité. Una voz respondió: era un pescador que acudiendo á mi llamamiento se acercó y le conté mis cuitas. Ató su barca á la mía y juntos tiramos de la cadena. El ancla no se movió. Apuntaba el día, día sombrío, glacial, lluvioso, gris, un día de ésos que traen consigo tristezas y desdichas. Distinguimos otra barca: llamamos, y el hombre que la montaba unió sus esfuerzos á los nuestros: entonces, y poquito á poco, el ancla cedió. Y subió muy despacio, muy despacio, y cargada con peso considerable. Al fin distinguimos una masa negra y la metimos en mi barca.
Era el cadáver de una mujer vieja que tenía atada al cuello una piedra enorme.
EL REGRESO
Con sus olas continuas y monótonas, la mar azota la costa. Impulsadas por el viento, y semejando pájaros, blancas nubecillas pasan rápidamente á través del inmenso cielo azul, y la aldea, situada en el pliegue de un valle que llega hasta el océano, se calienta al sol.
Á la entrada, y al borde del camino, se alza la casa de los Martín Levesque. Es una morada de pescador con los muros de arcilla y el tejado de bálago que ostenta un penacho de azules lirios. Un huerto del tamaño de un pañuelo en el que crecen cebollas, coles y perejil, se extiende ante la puerta; y, á lo largo del camino, lo cierra tosca valla.
El hombre está en la mar, pescando, y la mujer, frente á la morada, repara las mallas de una red enorme que, extendida contra la pared, semeja inmensa tela de araña. Sentada en una silla de paja á la entrada del huerto, una muchachita de catorce años se inclina hacia atrás y arregla ropa blanca, ropa blanca de pobres, remendada y zurcida ya. Otra chiquilla, un año más joven, mece en sus brazos á un niño pequeño, tan pequeño que ni siquiera se mueve ni habla. Y dos pequeñuelos de dos ó tres años, sentados en el suelo y frente á frente, construyen jardines con sus torpes manos y se tiran á la cara puñados de polvo.
Nadie habla. Únicamente el pequeñuelo á quien quieren dormir llora sin descanso, con gritos agrios y cascados. Junto á la ventana, un gato duerme y los abiertos girasoles que se abren al pie del muro, forman un macizo de flores sobre el cual, zumbando, revolotea un mundo de moscas.
De pronto, la muchacha que cose á la entrada grita:
—¡Mamá!
Y la madre responde:
—¿Qué quieres?
—¡Ahí está otra vez!
Desde por la mañana están muy inquietas porque un hombre vaga alrededor de la casa: un hombre viejo que parece pobre, muy pobre. Le han visto por primera vez al acompañar á su padre á la mar, y estaba sentado frente á la puerta, en la cuneta. Luego, al volver de la playa, le han encontrado en el mismo sitio y siempre mirando á la casa.
Parece enfermo y muy miserable. Por espacio de una hora no se ha movido, pero al ver que se le observaba como se observa á un malhechor, se ha levantado y se ha ido renqueando.
Pero no han tardado en verle aparecer de nuevo, andando con paso lento y cansado, y se ha vuelto á sentar algo más lejos, pero como si quisiese acecharlas.
La madre y las chiquillas tienen miedo. Sobre todo la madre, pues como es temerosa por temperamento, se preocupa porque su marido no ha de volver hasta que caiga el día.
Su marido se llama Levesque; á ella la llamaban Martín, y les han bautizado con los nombres de Martín Levesque. Veamos por qué: en primeras nupcias ella se había casado con un marino llamado Martín, un marino que todos los años iba á Terranova á la pesca del bacalao, y á los dos años de matrimonio tenían una hija y esperaban otro retoño cuando el barco en que iba el marido, Las dos hermanas, de Dieppe, desapareció.
Y nunca más se volvieron á tener noticias del barco ni de ninguno de los que le tripulaban, y así fué que cuerpos y bienes se dieron por perdidos.
La Martín esperó á su marido durante diez años y tuvo mucho que sufrir para educar á sus hijos: más tarde, como era laboriosa y muy buena mujer, un pescador del país, Levesque, viudo con hijo, la pidió en matrimonio. Y se casaron, y en tres años tuvieron dos hijos más.
Vivían penosa y laboriosamente. El pan estaba caro y la carne apenas se conocía en su casa, y aunque á veces, durante la época de las borrascas, se atrasaban con el panadero, como los pequeños tenían salud se daban por satisfechos. Y la gente decía:
—Los Martín Levesque son muy buenas personas. La Martín trabaja por cuatro, y Levesque, en su oficio, no tiene rival.
La chiquilla, que está sentada junto al vallado, dice:
—Cualquiera se figuraría que nos conoce. Tal vez sea un pobre de Epreville ó de Auzeboc.
Pero la madre tiene buen ojo y no se engaña: no, seguramente no es del país.
Como permanece inmóvil como un poste y fija obstinadamente los ojos en la morada de los Martín Levesque, la Martín se enfurece, y valiente á puro de estar transida de miedo, coge una badila y sale á la puerta.
—¿Qué estáis haciendo ahí?—grita dirigiéndose al vagabundo.
Y él responde con voz ronca:
—Tomo el fresco: ¿os hago algún daño?
—¿Por qué estáis espiando frente á mi casa?—replica la Martín.
Y el hombre contesta:
—No hago daño á nadie. ¿Está prohibido sentarse en la cuneta?
La Martín, no sabiendo qué decir, se mete otra vez en su casa.
Y el tiempo pasa despacio, muy despacio, y á eso de mediodía el hombre desaparece. Pero á las cinco vuelve á pasar, y ya no le ven más en toda la tarde.
Cuando al caer el día Levesque vuelve y le cuentan lo ocurrido, dice:
—Debe de ser algún fisgón ó algún desocupado.
Y duerme tranquilo mientras su mujer piensa en el vagabundo que la miraba de tan extraña manera.
Amanece un día desagradable, con mucho viento, y el marinero, viendo que no puede hacerse á la mar, ayuda á su mujer á componer las redes.
Á eso de las nueve, la hija mayor, una Martín, que ha ido á la tahona á buscar pan, entra corriendo, y con el rostro descompuesto.
—¡Ahí está, ahí está!—grita.
La madre se emociona mucho y, con las mejillas pálidas, dice á su marido:
—Ve á hablarle, Levesque, y convéncele para que no nos aceche, que eso me revuelve toda.
Y Levesque, un hombre de mar como un castillo, con tez rojiza y barba espesa, ojos azules que taladran dos puntitos negros y que lleva siempre al cuello un pañuelo de lana para resguardarse del viento y de la lluvia de alta mar, sale lentamente y se dirige al vagabundo.
Los dos hombres hablan.
La madre y los chicos, entre ansiosos y angustiados, les contemplan desde lejos.
De pronto, el desconocido se pone en pie y con Levesque se encamina hacia la casa.
La Martín retrocede asustada, pero su marido le dice:
—Dale un pedazo de pan y un vaso de sidra. Hace tres días que no ha comido.
Y entran seguidos de la mujer y de los niños. El vagabundo se sienta y come, y como todos le miran fijamente baja la cabeza.
La madre, en pie, no aparta de él los ojos: las dos mayores, las Martín, apoyadas de espalda contra la puerta, en él clavan sus ojos ávidos; y los más pequeños, que están sentados en las cenizas del hogar, dejan de jugar con el negro puchero para contemplar también al extraño.
Levesque se sienta y le pregunta:
—¿De manera que viene de muy lejos?
—Vengo de Cette.
—¿Á pie?
—Sí, á pie. Cuando no se tienen posibles, es preciso...
—Y ¿á dónde va?...
—Aquí.
—¿Conoce á alguien?
—Tal vez.
Y se callan. El vagabundo, aunque hambriento, come despacio y bebe un sorbo de sidra después de cada pedazo de pan. Su rostro está arrugado, gastado, lleno de hoyos por todas partes, y parece haber sufrido mucho.
Bruscamente Levesque le pregunta:
—¿Cómo se llama?
—Me llamo Martín.
Extraño estremecimiento agita á la madre. Avanza un paso como si quisiese ver más de cerca al vagabundo, y se para frente á él con los brazos caídos y la boca abierta. Nadie dice palabra, hasta que Levesque añade:
—¿Es usted de aquí?
—Sí, de aquí soy.
Y al levantar la cabeza, su mirada se encuentra con la de la mujer, y mirándose están por espacio de unos segundos.
Con voz baja, cambiada y temblorosa, ella dice:
—¿Eres tú mi marido?
Y él articula lentamente:
—Yo soy.
Y sin moverse continúa comiéndose el pan.
Más sorprendido que emocionado, Levesque exclama:
—¿Tú eres Martín?
El otro contesta sencillamente:
—Sí, yo soy.
Entonces el segundo marido pregunta:
—¿De dónde vienes?
—De África. Naufragamos en un banco y sólo nos salvamos tres. Picard, Vatinel y yo. Luego nos cogieron los salvajes que nos han retenido doce años. Picard y Vatinel han muerto: á mí me libertó un viajero inglés, me dejó en Cette, y aquí estoy.
La Martín, cubriéndose la cara con el delantal, llora en silencio.
Levesque dice:
—Y ¿qué vamos á hacer?
Martín pregunta:
—¿Eres tú su marido?
—Sí, yo soy.
Y se miran y callan.
Martín se fija en los niños que forman círculo á su alrededor, y señalando con un movimiento de cabeza á las dos mayores exclama:
—¡Son las mías!
Á lo que Levesque responde:
—Las tuyas son.
Y no se mueve, ni siquiera las besa. Únicamente dice:
—¡Qué crecidas están!
Levesque repite:
—¿Qué vamos á hacer?
Martín, perplejo, tampoco lo sabe. Al fin murmura:
—Yo haré lo que quieras, pues no pretendo causarte perjuicio. Con todo, es enojoso por la casa. Yo tengo dos hijos, tú tienes tres; pues á cada uno los suyos. Ahora bien, la madre ¿á quién pertenece? Yo aceptaré lo que decidas, pero la casa es mía pues mi padre me la dejó, porque nací en ella, y hay papeles en casa del notario.
La Martín sigue llorando y cubriéndose la cara con el delantal. Las dos mayores se han levantado, y con inquietud se fijan en su padre.
Éste acaba de comer y pregunta:
—¿Qué vamos á hacer?
Levesque tiene una idea.
—Es preciso ir á casa del cura. Él decidirá.
Martín se levanta, y su mujer, apoyando la frente en su hombro, murmura:
—¡Martín, mi pobre Martín!
Y Martín, emocionado, besa con respeto su blanca cofia. Los pequeños que están sentados en la chimenea, al ver que su madre llora, lloran también, y el que aún va en brazos, berrea de lo lindo.
Levesque espera de pie.
—Vamos,—dice—es preciso arreglar esto.
Martín se separa de su mujer, y ésta, dirigiéndose á las mayores, las dice:
—Besad á vuestro padre.
Las dos se acercan juntas, secos los ojos, y algo temerosas. Y después que él las ha besado en las mejillas, los dos hombres salen.
Al pasar por delante del café del Comercio, Levesque dice:
—Si tomásemos una copa...
—Me parece bien.
Y entran y se sientan.
—¡Eh! ¡Chicot! Dos copas de lo bueno, que Martín ha vuelto, Martín, el de mi mujer, ya sabes, Martín, el de Las dos hermanas...
Y el tabernero, ventrudo, sanguíneo, hinchado, lleno de grasa, se acerca con tres vasos en la mano, una botella en la otra, y muy tranquilamente pregunta:
—¿Eres tú Martín?
Y Martín contesta:
—Yo soy.
EL GUARDA
Después de comer se referían aventuras y accidentes de caza.
Un antiguo amigo nuestro, el señor Bonface, gran bebedor de vino, hombre robusto y alegre, ingenioso como pocos, de buen sentido y filosofía irónica y resignada, se distinguía siempre por sus bromas mordaces y nunca por sus tristezas. Y de pronto dijo:
—Yo sé una historia de caza, ó mejor dicho, un drama de caza bastante extraordinario. No se parece á ninguno de los ya contados, y yo mismo no me he atrevido nunca á contarlo por temor á que no interesase. Y todo, porque no es simpático; ¿comprenden ustedes? Quiero decir que carece de ese interés que apasiona, encanta ó emociona agradablemente.
Pero en fin, vamos al caso.
Entonces tenía treinta y cinco años, y mi mayor encanto era la caza. Bastante lejos, en los alrededores de Junquières, poseía unas tierras en cuyos bosques de pinos abundaban las liebres y los conejos. Y en ellas pasaba cuatro ó cinco días al año, yo solo, pues lo primitivo de la instalación no me permitía invitar á ningún amigo.
Un gendarme retirado, hombre honradísimo, violento, severo, terrible para los cazadores furtivos y que no conocía el miedo, me servía de guarda. Vivía solo, lejos de la aldea, en una casita pequeña, más bien una choza, que se componía de dos habitaciones en la planta baja, la cocina y el cillero, y otras dos arriba. Una de ellas, especie de jaula únicamente lo bastante grande para contener una cama, un armario y una silla, me estaba reservada.
La otra la ocupaba Cavalier, pero al decir que vivía solo he dicho mal: con él vivía un sobrino suyo, un ganapán de catorce años que iba á la compra á la aldea, distante tres kilómetros de allí, y que ayudaba al viejo en sus cotidianas tareas.
Aquel muchacho alto, delgado y un poco encorvado, tenía el pelo rubio tan claro que parecía bozo, y tenía tan poco que parecía calvo. Y sus pies eran enormes, y sus manos gigantescas, manos de coloso.
Bizcaba un poco, y al hablar no miraba nunca, causándome, en la raza humana, el efecto que las bestias pestíferas causan entre los animales. Aquel galopín era una garduña ó una zorra.
Hasta dormía en una especie de agujero que allá en lo alto de la escalera conducía á las dos habitaciones.
Pero, durante mis cortas estadas en el Pabellón,—yo llamaba Pabellón á aquella cabaña,—Mario cedía su nicho á una vieja mujer de Ecorcheville, llamada Celeste, que venía á guisar porque las comidas de Cavalier no me satisfacían.
Y ahora que conocen ustedes el local y los personajes, vamos á la aventura:
Estábamos á 15 de octubre del año de 1854;—recuerdo esta fecha y nunca la podré olvidar,—y salí de Rouen á caballo, seguido por mi perro Block.
Llevaba á la grupa mi saco de viaje, terciada la escopeta, y heroicamente aguantaba el terrible frío de un día triste, de un día de viento que hacía rodar negras nubes por el obscuro cielo.
Subiendo la cuesta de Cantelou, contemplé el vasto valle del Sena que con repliegues de serpiente el río cruza hasta donde alcanza la vista: á la derecha, la mirada se detenía en los bosques, y á la izquierda, Rouen alzaba hacia el plomizo cielo sus negruzcos campanarios. Atravesé luego el bosque de Roumare, y continué andando, al paso unas veces, al trote otras, hasta que á eso de las cinco llegué al Pabellón donde Celeste y Cavalier me estaban aguardando.
Diez años hacía que en la misma época me presentaba de igual manera, y diez años hacía que las mismas bocas me saludaban con las mismas palabras.
—Buenas tardes, nuestro amo; ¿es buena su salud?
Cavalier apenas había cambiado: resistía al tiempo como los árboles viejos, pero Celeste, especialmente desde hacía cuatro años, estaba desconocida.
Parecía haberse partido en dos, y aunque se conservaba activa como siempre, se doblaba tanto al andar, que el cuerpo y las piernas formaban un ángulo recto.
La pobre vieja, abnegada como pocas, se emocionaba al verme, y al despedirse de mí me decía:
—Preciso es pensar que tal vez no volveremos á vernos, mi amo:
Y la desolada y temerosa despedida de la pobre sirvienta, su desesperada resignación ante la inevitable muerte, seguramente próxima para ella, me llegaba al corazón y me entristecía de manera extraña.
Eché pie á tierra, y mientras Cavalier, cuya mano había estrechado, conducía mi caballo al cobertizo que hacía las veces de cuadra, seguí á Celeste y entré en la cocina que también servía de comedor.
Poco después el guarda se reunió á nosotros y desde el primer momento vi que no tenía el aspecto de costumbre. Parecía preocupado, contrariado, inquieto.
Y le dije:
—Bien. Cavalier, ¿va todo á pedir de boca?
El buen hombre murmuró:
—Sí y no. Algo hay que me tiene contrariado...
—Y ¿qué es? Cuénteme eso, amigo mío.
Pero movió la cabeza y se limitó á decir:
—No, todavía no. Ahora que acaba de llegar no quiero molestarle con mis preocupaciones.
Yo insistí, pero él se negó á decirme lo que ocurría hasta después de comer; por más que sólo al verle la cara, comprendía que el asunto era grave.
No sabiendo qué decir, le pregunté:
—Y este año, ¿hay caza?
—¡Oh! Mucha; tan abundante, que encontrará cuanta quiera. Á Dios gracias, he tenido buen ojo.
Y pronunció estas palabras con tanta gravedad, con gravedad tan desolada, que casi rayaba en lo cómico. Sus grandes bigotes grises parecía que iban á desprenderse de sus labios.
Repentinamente me di cuenta de que aún no había visto á su sobrino.
—¿Y Mario? ¿Dónde está? ¿Por qué no viene á saludarme?
El guarda pareció sobresaltarse, y mirándome fijamente á la cara, dijo:
—Pues bien, prefiero decirle en seguida lo que ocurre; prefiero decírselo, pues lo que me preocupa se relaciona con él.
—¡Ah! ¿Y dónde está?
—En la cuadra; esperando el momento oportuno para presentarse...
—Pero, ¿qué ha hecho?
—He aquí lo ocurrido...
El guarda vacilaba; su voz había cambiado, temblaba, y, repentinamente, profundas arrugas, arrugas de viejo, cruzaron su rostro.
Lentamente añadió:
—Al caso: este invierno me di cuenta de que alguien tendía lazos en el bosque, y aun cuando pasaba noches enteras acechando, no podía sorprender al cazador furtivo. Nada... cuando vigilaba por un lado los tendían en la parte opuesta, y el despecho me hacía adelgazar. Imposible resultaba sorprender al merodeador, y cualquiera hubiese podido creer que tenía conocimiento de mis intenciones y de mis acechanzas... Y así ocurrieron las cosas hasta que un día, al cepillar el pantalón de Mario, el pantalón que sólo se pone los domingos, encontré una moneda de dos francos en un bolsillo. ¿De dónde la había sacado? En ello estuve pensando por espacio de ocho días, hasta que observé que salía en el preciso momento en que yo volvía para descansar. Sin figurarme el objeto de sus escapatorias le aceché, y una noche, después de haberme acostado, me levanté y le seguí. En eso de seguir á un hombre no hay quien me iguale. ¡Y le sorprendí tendiendo lazos, á él, á mi sobrino Mario, tendiendo lazos en las tierras de usted! El corazón me dió un vuelco dentro del pecho, se me corrompió la sangre, y tan recio sacudí que por poco le mato. Sí, arreé de firme, y le prometí que cuando usted viniera, le aplicaría una nueva corrección en su presencia. Y eso es todo; el disgusto me hizo adelgazar, en fin, usted ya debe saber lo que acaban los disgustos... Pero dígame; ¿qué hubiera hecho en mi lugar? Ese muchacho no tiene padre ni madre y yo soy la única persona que queda de su sangre: le conservé á mi lado porque humanamente no le podía echar, ¿verdad? pero con todo, le tengo advertido que si vuelve á las andadas todo habrá concluido, hasta mi compasión. ¿He hecho bien?
—Ha hecho usted perfectamente, Cavalier; es usted un hombre honrado.
Se puso en pie para decirme:
—Gracias, muchas gracias. Ahora voy á buscarle, pues la corrección prometida no puede quedar en alto.
Como yo sabía que intentar disuadirle era perfectamente inútil, le dejé obrar á su antojo.
Cavalier fué á buscar al galopín y le trajo agarrándole de una oreja, y yo, sentado en una silla de paja, hacía esfuerzos para poner cara de juez.
Me pareció que Mario había crecido y que todavía era más feo, pero el aspecto seguía siendo el mismo, socarrón y malo, y sus manazas me parecieron monstruosas.
Su tío le empujó hacia mí y, con entonación militar, le dijo:
—Pide perdón al amo.
El chico no pronunció una palabra.
Entonces Cavalier le cogió por un brazo, le levantó en vilo, y empezó á darle nalgadas con tanta violencia que me puse en pie dispuesto á contenerle.
El rapaz decía á gritos:
—Basta..., basta; prometo...
Cavalier le dejó en el suelo, se apoyó con fuerza en sus hombros obligándole á que se arrodillase, y repitió:
—Pide perdón...
El muy sinvergüenza, con los ojos bajos, murmuró:
—Pido perdón.
Su tío le despidió dándole un soberano cachete que le hizo vacilar; salió corriendo á todo correr, y no volví á verle.
Pero Cavalier parecía aterrado.
—Es malo—murmuraba—es malo.
Y durante la comida no cesó de repetir:
—¡Oh! Eso me acaba la vida, mi amo; usted no puede comprender lo negro que tengo el corazón.
Yo procuraba consolarle, pero todo era en vano; y como quería salir á cazar en cuanto apuntase el día, no tardé en irme á dormir.
Cuando apagué la vela de un soplo, mi perro roncaba ya á los pies de mi cama...
...Los furiosos ladridos de Block me despertaron á media noche, y al punto advertí que la habitación estaba llena de humo. Salté del lecho, encendí la luz, corrí á la puerta, y la abrí... Por el hueco entró un torbellino de llamas; la casa ardía.
Cerré sin pérdida de momento la gruesa hoja de encina, me puse los pantalones, bajé al perro por la ventana valiéndome de una cuerda que construí arrollando las sábanas; tiré luego mis ropas, la escopeta y el zurrón, y bajé como el perro había bajado.
Entonces, me puse á gritar con todas las fuerzas de mis pulmones:
—¡Cavalier! ¡Cavalier!
Pero el guarda no despertaba... El viejo gendarme dormía á puños cerrados.
Entretanto, por las ventanas de la planta baja pude notar que aquello parecía un horno ardiendo, y me convencí de que, para facilitar el incendio, habían llenado la cocina de paja.
¡Alguien había prendido fuego al Pabellón!
Y furiosamente grité de nuevo:
—¡Cavalier!
Pensando que tal vez el humo le asfixiaba, tuve una inspiración feliz; metí dos cartuchos en la escopeta, apunté á su ventana, y disparé.
Los seis cristales volaron hechos añicos, y el viejo, que había oído el tiro, se asomó en camisa, medio loco y cegado por el vivísimo resplandor que iluminaba la parte delantera de su morada.
Al verle, grité:
—La casa arde; salte por la ventana, pronto, pronto...
Las llamas, que asomando por las aberturas de la planta baja lamían el muro, no habían de tardar en encerrarle. Saltó, y como los gatos, cayó de pie.
Era tiempo. La techumbre de bálago crujió por encima de la escalera que servía de chimenea al fuego de abajo, y una llamarada roja, inmensa, se elevó por los aires ensanchándose como un penacho y sembrando una lluvia de chispas alrededor de la choza.
Segundos después el Pabellón era pasto de las llamas.
Cavalier, aterrado, me preguntó:
—Y ¿cómo ha prendido?
—Han pegado fuego á la cocina.
—¿Quién ha podido ser?
Yo, adivinando, respondí:
—Mario.
El viejo, comprendiendo, balbució:
—¡Virgen Santísima! Por eso no ha entrado...
Una idea terrible, espantosa, acudió á mi imaginación y grité:
—¿Y Celeste? ¿Y Celeste?
El viejo no contestó, pero la casa, hundiéndose en aquel momento, quedó convertida en inmenso brasero, brasero resplandeciente que cegaba, horno formidable en el cual la pobre mujer debía ser ya un carbón rojizo, un carbón de carne humana.
¡Y ni siquiera habíamos oído un grito!
Como el fuego se acercaba al cobertizo vecino, pensé en mi caballo, y el guarda corrió á libertarlo.
Apenas hubo abierto la puerta de la cuadra, cuando un cuerpo ligero y flexible le pasó por entre las piernas haciéndole caer de cara. Era Mario que huía á todo correr.
El viejo se puso en pie en un abrir y cerrar de ojos. Intentó correr para alcanzar al miserable, pero comprendiendo que no lo conseguiría y enloquecido por irresistible furor, cediendo á uno de esos impulsos irreflexivos é instantáneos que no se pueden prever ni contener, se apoderó de mi escopeta, apuntó, y sin darme tiempo para que hiciese el menor movimiento, y sin haberse asegurado antes de si el arma estaba cargada, apretó él disparador.