BIBLIOTECA de LA NACIÓN


H. CONSCIENCE

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LA NIÑA ROBADA

BUENOS AIRES

1919

Derechos reservados.

Imp. de La Nación.—Buenos Aires


LA NIÑA ROBADA

Capítulos: [I, ] [II, ] [III, ] [IV, ] [V, ] [VI, ] [VII]

I

La mañana era hermosa; el cielo estaba claro y profundo como un mar azul; el sol desprendía del follaje de las encinas un perfume penetrante que dilataba los pulmones y daba bienestar al corazón.

Catalina salió de su choza y se adelantó hasta la orilla del bosque, por un sendero que, dando varios circuitos, conducía a la calzada de la aldea de Orsdael.

Aunque caminase muy ligero, iba mirando al suelo como una persona cuyo espíritu está oprimido por el peso de alguna inquietud. Y hasta de cuando en cuando meneaba la cabeza, volviendo los ojos hacia el castillo, con expresión de tristeza. Pensaba, sin duda, en la suerte de Marta Sweerts, en las sangrientas afrentas que tenía que sufrir todos los días, en la inutilidad de los esfuerzos para descubrir el impenetrable secreto.

Cuando llegó a la carretera, advirtió al intendente que iba unos cien pasos delante de ella. Esto la alegró porque no había visto a Marta desde hacía una semana. Esperaba que si podía entrar en conversación con Mathys, sabría noticias de su amiga, y quizá esta ocasión le permitiría decirle algunas palabras en su favor.

Apresuró el paso hasta que alcanzó al intendente. Cuando estuvo a su lado le dijo en tono cortés, casi acariciador:

—Buen día, señor Mathys. ¡Qué cielo tan claro! ¡Qué aire tan puro! Parece que uno se sintiera rejuvenecido, ¿verdad?

—Sí, hace buen tiempo... Buenos días—murmuró Mathys sin mirar a la campesina.

Dicho esto, acortó el paso como si quisiera quedarse más atrás.

—Perdone, señor intendente, que me atreva a hacerle una pregunta: mi respeto, mi afecto por usted son mi disculpa. Parecéis estar enfermo, pero confío que no será nada.

—No estoy enfermo—respondió Mathys refunfuñando.

—¿Quizá tendréis un disgusto o habréis sido también objeto de una injusticia?

—Sí, he tenido un disgusto y estoy incomodado. Vos, Catalina, habéis contribuído a ello más que nadie; pero quiero creer que vos, lo mismo que yo, habréis sido engañada por una falsa apariencia.

—¡Que yo soy la causa de vuestra tristeza!—exclamó la campesina con sorpresa—. ¡Imposible, señor intendente!

—¿No me ha hecho en toda ocasión elogios exagerados de la nueva aya? ¿No me habéis pintado a vuestra amiga como una mujer buena, atenta y amable? ¿No llegasteis hasta hacerme creer vos misma que estaba agradecida a mi amistad y me tenía algún afecto?

—¿Y no es así, señor?

—Callaos, Catalina; el aya es orgullosa, mal educada y colérica. Al principio supo disimular sus defectos; pero ahora apenas si se digna responderme. Tiene un humor áspero y sombrío. Casi estoy por creer, cuando reflexiono respecto de su conducta arrogante, que me mira como su sirviente. Para protegerla contra la condesa, me expongo de la mañana a la noche a sufrir altercados y disgustos... ¡Y ser recompensado por un frío desdén! No, no, esto no puede continuar. Hace demasiado tiempo que dejo turbar mi tranquilidad en beneficio de una ingrata. ¡Es preciso que parta de Orsdael!

Sorprendida y profundamente conmovida por estas palabras, Catalina inclinó la cabeza y escuchaba temblando. Quizá estaba absorbida en sus pensamientos y trataba de encontrar un medio de desviar el golpe fatal que amenazaba a su desgraciada amiga. Mathys, satisfecho de haber encontrado motivo para dar rienda suelta a su mal humor, prosiguió:

—¿Os parece advertir en mi fisonomía que estoy disgustado? Pues bien, sí, tengo motivos para estarlo. Cómo ha sucedido esto, no lo sé; pero desde la primera vez que vi a Marta, se despertó en mí un sincero afecto por ella. La he protegido y defendido sin cesar, hice cuanto pude por serle agradable. ¿Qué pedía yo en recompensa? Un poco de amistad, nada más... y ella, ella parece temerme u odiarme. Eso me da pena; pero ahora se acabó, empiezo a detestarla. ¿Sabéis qué pensaba, Catalina, cuando vinisteis a interrumpirme? Me preguntaba si despediría mañana mismo al aya o si tendría paciencia ocho días más. Es natural que esta idea os entristezca; pero reconoceréis, sin duda, que os habéis engañado tanto como yo respecto al carácter de vuestra amiga... ¿Qué os pasa? ¿Por qué me miráis con esa expresión tan extraña, Catalina?

La campesina tenía los ojos fijos en él, con una expresión de dolor y de compasión, meneando la cabeza silenciosamente.

—No os comprendo—murmuró Mathys sorprendido—. ¿Qué significa esa triste sonrisa?

—No me atrevo a hablar—murmuró Catalina suspirando—. Puede que traicionara un secreto que mi pobre amiga quiere mantener oculto; pero, creedme, señor intendente, vuestro despecho no es fundado. Si pudierais leer en el corazón de Marta, quizá reconoceríais a vuestra vez hasta qué punto vuestro espíritu se aleja de la verdad.

—Sí, vais a contarme otra vez la misma canción; pero es inútil. No os imagináis su conducta para conmigo; no veis su frialdad despreciativa. Es preciso que se marche del castillo, mi tranquilidad exige que se vaya; no quiero dejarme despreciar por alguien que, a no ser por mí, no hubiera puesto nunca los pies en Orsdael.

—¿Y si su frialdad no fuera más que una simulación para ocultar un sentimiento que se reprocha a sí misma?

—¡Un sentimiento que se reprocha a sí misma!—repitió Mathys sorprendido—. ¿Un sentimiento de amor?

—Así parece.

—¿Por quién?

—¡Ah! ése es mi secreto.

—Os reís seguramente, Catalina. Pero es igual, acortad un poco el paso. Explicadme lo que creéis saber.

La campesina fingió asustarse de una revelación importante. Se detuvo, miró a su rededor para ver si nadie los escuchaba, y dijo con voz vacilante:

—Yo no sé si hago bien en tratar de penetrar lo que pasa en el corazón de mi amiga; pero también a vos os debo considerar y no quiero dejaros en un error que os entristece. Debéis saber que Marta tiene principios muy severos respecto de la virtud de las mujeres, y que, su corazón es todavía puro y sencillo como el de una niña de veinte años.

—¡Cómo! pretenderíais hacerme creer...

—Es muy natural, señor. Ha sido criada en un convento y no salió de él más que para casarse con un hombre viejo ya, que ella no conocía casi. Su marido murió poco tiempo después. ¿Os dais cuenta? Es como si no hubiese estado casada nunca.

—Pero eso, ¿qué tiene que ver conmigo? Sed más clara; ¿adónde queréis llegar?

—Hago cuanto puedo, señor, para que adivinéis lo que no me atrevo a deciros abiertamente. Escuchad todavía un momento con paciencia, os lo ruego... Quizá ya lo hayáis olvidado; pero cuando se es joven o se conserva el corazón joven, hay momentos en la vida en que se sueña noche y día, en que la misma imagen está sin cesar ante nuestros ojos, en que se lucha en vano contra un sentimiento que se quería sofocar, pero cuyo poder nos domina con una tiranía implacable. Entonces uno se vuelve triste, y la persona cuya presencia nos impresiona es aquella a que demostramos frialdad para ocultarle el secreto de nuestra debilidad.

Catalina, a propósito, había hablado lentamente y en tono misterioso. Quería hacer impresión en el espíritu de Mathys, y despertar en su corazón, por medio de palabras ambiguas, una esperanza que fuera un obstáculo a la partida de Marta. Parecía haber ya conseguido en parte su objeto, porque una sonrisa había plegado los labios del intendente, y durante algún tiempo bajó los ojos con aire pensativo. Sin embargo, sacudió de nuevo la cabeza con desconfianza.

—¿Qué significa esto?...—dijo irónicamente—. Esas sólo son conjeturas que no prueban nada. ¿Sabéis acaso algo más? ¿Por qué os detenéis a medio camino? Acabad de una vez.

—Pues bien, el hombre cuya imagen está siempre delante de sus ojos, el hombre que ha interesado tan profundamente su corazón, el hombre a quien ama con toda la fuerza tímida de su primer amor...

—¡Acabad, pues!

—¿Si fuerais vos, señor intendente?

—¿Yo? ¡Bah! ¡es imposible!—exclamó Mathys, que ocultaba con pena su emoción y fingió completa incredulidad para arrancar a Catalina el secreto cuya revelación debía colmarle de alegría—. ¿Marta no es insensible a mi amistad? Vamos, hablemos claramente. ¿Marta me ama? ¿Os lo ha dicho?

—Una mujer, una mujer honesta y pura como Marta, nunca dice semejantes cosas...

—¿Cómo podéis saberlo entonces?

—El aya tiene mucha confianza en mí, señor; harto he comprendido por sus palabras que su espíritu es presa de una pasión secreta. Y como siempre habla de vuestra amabilidad y de vuestra amistad, creo poder deducir que es en vos en quien piensa.

Una sonrisa irónica apareció en los labios de Mathys, aunque creyera interiormente en la sinceridad de Catalina, y aunque estuviera inclinado a embriagarse en la esperanza halagadora que, por cálculo, ella le había hecho sorber gota a gota.

—¿De manera que ella no os ha dicho nada?—preguntó con expresión indiferente—. Eso no es más que una sospecha. Seguid vuestro camino, Catalina; tengo que ir hasta la aldea, pero no camino tan ligero como vos.

Entristecida por el fracaso aparente de su tentativa, Catalina le dijo con voz suplicante:

—Puedo preguntaros, señor intendente, ¿qué es lo que habéis decidido respecto de mi amiga? ¡Ah, tenedle compasión! Si le quitáis vuestra generosa protección no tendrá ningún recurso de vida, y quizá se vea reducida a ser sirvienta en una casa humilde. ¡Una mujer de nacimiento tan distinguido, y tan bien educada! ¿Puedo confiar en vuestra bondad, señor?

—Dentro de dos días se habrá marchado—respondió el intendente que creía que Catalina sabía más de lo que había dicho, y que el temor le induciría a hacer una declaración más completa.

—¡Tened lástima, señor!—exclamó la campesina con verdadera inquietud.

—Nada de lástima; su ingratitud tiene que ser castigada; quiero recuperar mi tranquilidad.

Catalina siguió durante algún tiempo indecisa; era evidente que luchaba contra un sentimiento doloroso; pero de pronto exhaló un profundo suspiro; acercó la boca al oído del intendente, y balbució con voz agitada:

—¡Vos lo habéis querido! Me arrancáis el secreto de mi desgraciada amiga... Pues bien, sí, os ama, piensa en vos, y ese amor irresistible es la causa de su pena. Me lo ha dicho y repetido más de una vez, derramando abundantes lágrimas. ¿Estáis contento ahora, señor?

El intendente tomó ambas manos de la campesina, y, mirándola en los ojos con una alegría casi insensata, exclamó:

—¡Oh Catalina! ¡Catalina! repetídmelo, afirmádmelo una vez más. ¿De veras, esa frialdad es sólo la máscara de un amor secreto? ¿Me ama Marta, de veras, con sinceridad de un alma pura...? ¿Estáis bien cierta de esto, en verdad? ¿Ella misma os lo ha dicho de un modo claro y distinto, que haga imposible toda equivocación?

—Ay, señor—suspiró Catalina con una tristeza verdadera—, ¿por qué me habéis arrancado esta revelación? No voy a ser capaz de mostrarme a los ojos de mi amiga después de semejante deslealtad.

—Pero no, os alarmáis sin motivo. Marta, por el contrario, debe estaros agradecida. Sin vos yo hubiera cometido una injusticia; mañana mismo habría recibido la orden de dejar Orsdael para siempre.

—Y ahora, ¿quién sabe si se quedará?

—Ahora se quedará, y si la condesa quisiera hacerle la vida demasiado amarga y no la tratara bien, yo soy capaz de todo por defenderla. Podéis estar tranquila, os recompensaré a vos también; los honorarios de vuestro marido serán aumentados; tendréis más tierras que cultivar. Seguid, Catalina; ahora me siento más ágil y con el corazón más contento. Mientras vamos andando volveremos a hablar de este asunto.

Volvieron a ponerse en marcha. El intendente siguió demostrando su alegría. Cuanto antes trataría de hablar a Marta y pedirle perdón por sus sospechas mal fundadas, y hacerle comprender por medio de palabras buenas que conocía la causa de su pesar.

Catalina no hacía más que suspirar mientras él hablaba.

—¿Qué es lo que os apena tanto?—le preguntó—. Parece que tuvierais ganas de llorar.

Catalina estaba muy triste, en efecto. Para salvar a su amiga amenazada, había tenido que recurrir a una mentira peligrosa. ¿Qué iba a suceder ahora; si el intendente, alentado por la falsa revelación, se ponía a asediar a Marta con su afecto más vivamente que nunca? La áspera acogida con que lo recibiría lo llenaría de enojo, y la viuda sería inexorablemente despedida. Catalina no sabía qué hacer; su única esperanza era conseguir que aquel hombre presuntuoso se condujera con Marta respetuosa y moderadamente. El le repitió su pregunta:

—¿Por qué estáis tan afligida?

—Vuestras palabras me asustan, señor—le respondió—. Tenéis la intención de declararle a mi pobre amiga que sentís afecto por ella y que sabéis que su corazón no es indiferente a vuestra amistad. ¡Por Dios os pido evitadle esa vergüenza! No la hagáis sonrojarse en vuestra presencia; huiría indudablemente de Orsdael...

—¡Cómo es eso!—murmuró Mathys—, ahora sí que no os comprendo. Me ama, yo la amo; no se atreve a decírmelo; quiero hacer lo posible para que la confesión sea ligera y fácil, y eso la haría huir como si fuera objeto de un sangriento ultraje. ¿Qué significa eso? ¿hay acaso otros secretos que yo no conozco?

—No, señor intendente, no hay otros; pero tenéis que ser justo y reconocer la delicadeza de vuestra posición delante de mi pobre amiga. ¿Qué sois para ella? Un amo que le demuestra amistad; y ella no es para vos, ¿verdad?, más que una sirvienta que os debe obediencia. Es, pues, natural que haga esfuerzos para ocultar un sentimiento que debe inspirarle temor y vergüenza.

El intendente bajó la cabeza y sonrió a sus propios pensamientos, como si aquellas palabras hubiesen determinado en su espíritu una reflexión brusca.

—Sería generoso de vuestra parte—continuó Catalina—, que considerarais de vuestra parte la timidez de Marta. No podréis darle mayor prueba de afecto que contentaros con la revelación que me habéis arrancado... Por Dios, señor, os lo ruego, no le habléis de amor. Ofenderíais su honesta reserva, y no debo ocultároslo, y se marcharía de Orsdael para preservar su honor de toda apariencia de debilidad.

—Está bien, Catalina, podéis estar tranquila; conozco un medio seguro de salvar todas las dificultades—dijo victoriosamente Mathys—. Mañana, probablemente, el aya os traerá la noticia de que me ha confesado su afecto sin haber temblado ni sonrojado.

La campesina lo miró con sorpresa.

—Es bien sencillo—exclamó—, voy a proponerle que se case conmigo... ¿Por qué lanzáis ese grito de inquietud? Os he comprendido. Mientras Marta no sea para mí más que una sirvienta, tiene que sonrojarse de su amor; pero así que tenga la certidumbre de ser mi mujer, tendrá, por el contrario, mil razones para estar orgullosa de mi amistad. ¿No es ése vuestro modo de pensar?

—Sí, sí—balbució Catalina estremeciéndose—. Pero, ¿acaso queréis proponerle el matrimonio tan pronto, mañana mismo?

—¿Para qué esperar y prolongar su tristeza? Ese era desde hace tiempo mi propósito. Después de la feliz seguridad que me habéis dado, no tengo por qué vacilar.

—Creo que eso la llenará de felicidad... pero... pero, ¿y si por casualidad no aceptara?

—¿Si no aceptara?—repitió el intendente con una mueca de desconfianza—sería la prueba de que me habéis engañado, Catalina, y claro que después de este ultraje, no soportaría ni un momento su presencia en el castillo. Pero ¡bah! ¡bah! no es posible que me rechace. Este casamiento debe hacerla feliz, yo poseo una linda fortunita, Marta no tendría que servir a nadie y pasaría una vida fácil y agradable...

Catalina caminó silenciosamente durante algún tiempo mientras Mathys se restregaba las manos y se entregaba a rientes reflexiones. La campesina se detuvo de pronto a la entrada de un sendero.

—Disculpadme, señor intendente, es muy honroso para la mujer de un pobre guardabosque ir a la aldea así, en compañía de su amo, pero es preciso pasar allá por la pequeña huerta para comprar lino para la cortijera que me espera a las nueve.

—Está bien, Catalina, os doy los buenos días. Pasado mañana, el aya os hará saber que va a ser la esposa legítima de Mathys. Será una alegre boda, y como me habéis sido útil en este asunto, haré de modo que asistáis a ella. Hay tras de vuestra casa, cerca del bosque, un retazo en que hubo cebada. Desde mañana podéis cultivarla, os la doy en locación.

La campesina balbuceó un agradecimiento, y se alejó por el sendero que estaba cercado de zarzas a ambos lados. Caminaba muy lentamente y echaba, de cuando en cuando, una mirada a través del follaje, para ver si el intendente no había llegado a la vuelta del camino. Así que lo vió desaparecer tras el ángulo del bosque, se volvió hacia el camino y se dirigió a pasos precipitados al castillo.

Estaba asustada y triste; el corazón le latía con violencia.

¡Qué imprudencia había cometido! Reducida por la necesidad a emplear un medio extremo, creyó que debía salvar a su amiga de una mentira, y ahora esa mentira se iba a volver contra ella para asestarle un golpe irreparable y hacerla echar de Orsdael.

Al caminar se hablaba a sí misma y se torturaba el espíritu a fin de reparar, si era posible, el mal que había hecho involuntariamente. No le quedaba más esperanza que decidir a Marta a representar hasta el fin su triste comedia con el intendente. Catalina sabía bien que su amiga acogería ese consejo con horror, tanto más cuanto que había sorprendido por sus palabras que el odio del aya hacia él no había hecho sino aumentar; pero, ¿qué hacer contra un concatenamiento de circunstancias fatales? Y puesto que Marta había emprendido una lucha legítima contra los ladrones y verdugos de su hija, ¿por qué retrocedería ante el papel que tenía que proseguir, cuando la libertad de su pobre Laura podía ser el precio de ese nuevo sacrificio?

Catalina llegó pronto al llano en medio del cual se levantan las torres de Orsdael, y, desde la elevación en que se encontraba, miró hacia todos los lados. De pronto lanzó una exclamación de alegría y de sorpresa. Veía al aya sentada con Elena en un banco del jardín, detrás del castillo.

Estaban completamente solas; allí sólo estaba el jardinero, y estaba trabajando a una gran distancia.

La campesina acortó el paso, afectó un aire indiferente, y se puso a avanzar despacio, como si se paseara, hacia el cerco y penetró en él. Desde lejos hizo un llamado premioso al aya. Esta, sorprendida por aquellos ademanes insólitos, se levantó y le dijo a la señorita:

—Elena, quédate aquí en el banco, Catalina tiene algo importante que decirme, finge que no la has visto.

—Está bien, mi buena Marta—respondió la joven—, no me moveré de aquí.

La campesina avanzó silenciosamente por el sendero, y se aproximó a la viuda, que se había ido a sentar en un banco algo apartado, vuelto de espaldas al castillo.

—Siéntese a mi lado, Catalina—le dijo—, y hábleme despacio, pues el bosque puede ocultar espías. ¿Qué os pasa? Tenéis los ojos llorosos.

—Sí, el corazón oprimido por el espanto. Vais a pasar por una prueba suprema, Marta, y tiemblo al pensar que os falten las fuerzas necesarias.

—¿Qué nuevo dolor me espera? No importa, mi valor no sucumbirá.

—¡Fatales ilusiones!—suspiró la campesina—. Sois tan dichosa en poder saborear el amor de vuestra hija, que lo olvidáis todo y no hacéis más esfuerzo para librarla de su triste esclavitud. Me temo que vuestra debilidad y vuestra imprevisión van a ser causa de una gran desgracia.

—¡Qué infundado es vuestro reproche, Catalina! No transcurre un minuto que yo no tenga presente el fin sagrado que me he propuesto.

—Lo creo, pero desde hace algunas semanas os negáis a hacer sacrificios para conseguirlo. Habéis tratado al señor Mathys con una frialdad tan altanera que ha acabado por declarar su intención de alejaros del castillo mañana mismo.

—¡Dios mío!—exclamó la viuda con voz ahogada—. ¡Verme separada quizás para siempre de mi desgraciada hija! Y no sé nada aún; nada, sino que no tengo derechos para hacer reconocer mis derechos maternos.

—Tened paciencia, Marta, todo depende de vuestra voluntad y resolución de espíritu: se os deja el derecho de elegir; estáis llamada a decidir vos misma vuestra suerte. Sí, sí, conocéis hasta qué punto puede y debe extenderse el sacrificio de una madre; pronto vais a saberlo, porque contáis para ello con un medio infalible. Si vaciláis, si llega a faltaros la energía necesaria, mañana os veréis lejos de Orsdael y vuestra hija seguirá siendo la víctima de la señora Bruinsteen, hasta que una muerte prematura o una enajenación mental corone la maldad de sus verdugos.

—¡Por Dios, tenedme lástima, Catalina; hablad claramente! ¿Por qué me torturáis así?

—Es necesario, Marta; tenéis que comprender que la menor debilidad puede volverse un crimen, y que vuestra respuesta va a decidir como un fallo supremo respecto de la vida de vuestra hija y de vuestra felicidad misma.

Dicho esto, tomó la mano de su amiga y agregó con tierna compasión:

—Tened valor y escuchadme con calma... El señor Mathys quiere hacer para con vos una tentativa solemne y decisiva. Mañana os propondrá... os preguntará si queréis ser su mujer. No lo rechacéis.

—La mujer de Mathys—exclamó la viuda con extrema palidez en las mejillas—. ¿Yo la mujer de ese hombre vulgar y bajo?

—Os equivocáis respecto al sentido de mis palabras—interrumpió la campesina—. No digo que debéis ser la esposa de ese hombre despreciable. Aceptad su proposición en apariencia. Hay cien medios para retroceder después. Mientras tanto, como prometida de Mathys, tendréis el derecho de interrogarle sobre su vida pasada, y, si sois hábil, el descubrimiento del secreto no podrá escaparos. La felicidad de vuestra hija es el precio de vuestro sacrificio. ¿No encontraréis en vuestro corazón de madre la fuerza necesaria para conquistarla? Vamos, querida Marta, tranquilizadme; decidme que también soportaréis con valor esta última prueba. ¿Cómo no me respondéis?

—¡Oh, dejadme llorar!—dijo Marta sollozando—; las lágrimas calmarán un poco mi angustia y disiparán el aturdimiento de la cabeza.

—Por amor de Dios, Marta, no perdamos tiempo. Pueden sorprendernos a cada instante e interrumpirnos en nuestra conversación. La suerte de vuestra hija está en vuestras manos, tened piedad de ella. Decidid: ¿será Laura libre y feliz, o estará condenada a una muerte lenta? ¡Hablad, libradme del miedo que os hace temblar!

Marta respondió con una sonrisa penosa.

—¿Hacerle creer que consiento en ser su mujer? Eso es hoy lo que se exige de mí. Pues bien, si creéis que esa palabra puede salvar a mi hija, la pronunciaré. Orad, Catalina, para que mi valor sea más fuerte que mi desprecio, que mi indignación.

—Gracias, gracias; hice mal en dudar de vuestra fuerza de voluntad.

—¡Chito! No habléis más, oigo un ruido tras de las plantas—interrumpió Marta.

Se pusieron a escuchar en silencio; era el jardinero que pasaba por el sendero cargado con un haz de largas ramas que rozaban con el follaje. Pasó sin reparar, aparentemente al menos, en las dos mujeres. Dirigió, sin embargo, una mirada de soslayo a la señorita, y se encogió de hombros con una expresión medio irónica, medio compasiva, viéndola sentada en el banco con la cabeza gacha, como una verdadera loca.

—Escuchad, querida Marta—prosiguió Catalina—, preparaos para recibir la declaración de amor del intendente; en esa solemne entrevista no dejará de demostraros una exaltación de afecto. Si lo rechazáis con una frialdad visible, se convencerá de que le odiáis, y llevará a cabo su primera resolución.

—No, Catalina, me dominaré para hacerle creer que le escucho con toda gratitud.

—Eso no basta, porque él se imagina que lo amáis.

—¡Qué insolente!—interrumpió el aya—. ¡Amar a ese monstruo! Así que lo veo, mi corazón se oprime, y la indignación me embarga.

—Ya lo sé, tendréis que fingir lo contrario y si os obliga a semejante confesión decidle claramente que lo amáis. ¿Os espanta esta idea? ¿Tembláis como una caña? ¿Es tan grande la adversión que os inspira Mathys?...

—Un horror que no puedo expresaros, Catalina. Oídme y juzgad. La semana pasada castigó tan cruelmente a mi pobre Laura, que durante varios días le quedaron las marcas en el cuerpo, los rastros de su crueldad. ¡El miserable marcó sus uñas en las mejillas de mi hija! ¿Y puedo decirle que le amo? ¿Quién sería capaz de violentar así sus sentimientos? ¡Ah! por la felicidad de mi hija sería capaz de afrontar mil muertes crueles, pero me falta valor para esta abdicación de mi conciencia, para este suicidio moral.

—Y, sin embargo, no hay más remedio—dijo la campesina—, o someteros a la odiosa necesidad o ser despedida de Orsdael, dejando a vuestra hija entregada a sus verdugos.

La viuda estaba soportando dolores indecibles; su rostro se había puesto de una palidez mortal, sus manos temblaban de fiebre, los estremecimientos nerviosos recorrían todo su cuerpo.

—¡Qué situación tan terrible!—murmuró—El enemigo más cruel de mi hija me hablará de amor. Tendré que prestar oído a sus galanterías abominables... y decirle: «¡Os amo!», ¡manchar mis labios con estas palabras impías!

Hubo un silencio bastante largo. Cuando Catalina creyó que la emoción de su amiga se había calmado un tanto, repuso:

—Mi buena Marta, ésta es una batalla decisiva, tenéis que calcular las probabilidades con fría prudencia, como un soldado que ve al mismo tiempo la muerte y la victoria ante sus ojos. Quizá no tengáis que hacer un esfuerzo semejante sobre vos misma. Le he suplicado a Mathys que respete vuestro recato; quizá consigáis dejarlo satisfecho con algunas palabras ambiguas. Esperemos que se mantendrá dentro de los límites más estrictos; pero, sea como fuese, acordaos que tendréis que arrepentiros eternamente si, por falta de voluntad, os condenarais a vuestra hija y a vos a la desesperación y a la esclavitud. Tened compasión de vuestra triste suerte. Daría gracias a Dios si pudiera sufrir en vuestro lugar, pero...

En ese momento se abrió violentamente una de las ventanas del castillo, y una voz irritada llamó al aya por su nombre.

—Es la condesa—exclamó Marta asustada—, he dejado pasar la hora... Tenemos que entrar en casa... Alejaos, Catalina. ¡Ay! ¡cómo voy a ser regañada e insultada!

La campesina se alejó diciendo:

—Cueste lo que cueste, Marta, es preciso que os vuelva a ver hoy; quiero retemplaros para la prueba suprema. Yo también he emprendido un combate contra los verdugos de vuestra hija.

La viuda murmuró acercándose a la joven:

—Sígueme, Elena, la señora condesa... tu madre nos llama.

La joven se puso a caminar silenciosamente al lado de su aya, hasta que siguiendo por un sendero estuvieron fuera de la vista de la ventana. Entonces le preguntó con voz casi ininteligible:

—Marta, ¿qué os ha dicho Catalina? ¡Qué pálida estáis! ¿Estáis disgustada, verdad?

—No ha sido nada—balbuceó Catalina—, una triste noticia; en seguida se me pasará esto.

—¡Esa Catalina! no le tengo mucha confianza, Marta. Es muy amable con vos, pero siempre le sonríe con afecto al intendente. Puede que sea una mala mujer.

—¡Una mala mujer!—repitió la viuda—. Es la bondad y la abnegación misma; te quiere como si fueras su propia hija.

—Entonces, ¿la habéis transformado con vuestro incomprensible poder? Antes venía con frecuencia al castillo y más de una vez oyó las crueles injurias que mi madre me infería y nunca noté en su rostro la menor señal de compasión.

—Elena, Elena, eres injusta sin saberlo. Esa mujer daría su sangre por verte dichosa. Un día te explicarás este enigma... Ahora, cállate; ahí viene el jardinero y podría oírnos.

II

El aya estaba sentada en su cuarto con la cabeza baja y los ojos cerrados. De cuando en cuando, su pecho se alzaba y dejaba escapar un triste suspiro.

Por fin irguió lentamente la cabeza y dirigió una mirada extraviada al espacio. Una triste sonrisa vagó por sus labios; la expresión de su rostro era mezcla de sufrimiento, resignación y desprecio. Muy luego, sus sentimientos tomaron otra dirección. Buscó con la mano en su pecho, sacó una caja de oro y la abrió. Miró durante algún tiempo con expresión de espanto el retrato que encerraba. En la disposición de espíritu en que Marta se encontraba, le pareció que los ojos del soldado se animaban y la miraban con airado reproche. Esta ilusión adquirió en su espíritu agitado una especie de realidad y apartó instintivamente aquella imagen como la de un terrible acusador, y aproximó el retrato a sus ojos, murmurando con voz trémula:

—¡Oh mi Héctor, ¡qué severa es tu mirada! No, no dudes de mi valor; cumpliré con la misión que me impusiste en tu lecho de muerte. Si he vacilado al acercarse esta prueba suprema, era por amor a ti, era por defender el corazón que sigue amándote más allá de la tumba, hasta la apariencia de una mancha. Ahora, la lucha ha terminado, la madre ha vencido en mí a la esposa y vaciará el cáliz hasta el fondo. ¡Ah! es un martirio horrible descender así al abismo de la degradación, aunque ello sea para defender a nuestra hija, el gaje de nuestro amor.

Marta se puso de repente en pie como si algún golpe violento la hubiese herido y escuchó palideciendo... Le parecía haber oído un ruido en el corredor. Permaneció inmóvil hasta que salió de su error; pero se le escapó un grito de angustia y se puso a temblar murmurando:

—Valor y energía; y ya tiemblo y palidezco al solo pensar en su aparición.

Se dejó caer en una silla. Sin duda una confianza nueva iba penetrando en ella, porque una sonrisa de reto se dibujó lentamente en sus labios, mientras una chispa de coraje brilló en sus ojos. Se levantó y pasó al otro cuarto, se detuvo delante del postigo y miró, a través del vidrio, a la niña que estaba en un rincón leyendo y estudiando sus lecciones. Marta se detuvo, inmóvil, para no distraerla. Fijó en ella sus ojos como si buscara en aquella larga y profunda mirada la fuerza necesaria para no sucumbir en la prueba temida.

En aquel momento sintió claramente que abrían la puerta. Una ligera palidez decoloró sus pupilas. Su pecho se dilató y su respiración se hizo penosa, mientras volvía a su cuarto. Pero aquella emoción parecía más bien signo de una fuerte voluntad que un acceso de temor. Dirigió una mirada suplicante al cielo y se sentó junto a la mesa. Allí tomó su labor y esperó con indiferencia afectada la llegada de Mathys.

El intendente apareció en la pieza y balbuceó algunas palabras corteses. Aunque fuere día de trabajo, vestía sus mejores ropas, y para ponerse sin duda a la altura de la situación, habíase puesto guantes blancos. Su aparición en aquel traje solemne hizo temblar a Marta en los primeros momentos, pero luego, dominada por la necesidad, se puso de pie sonriendo y respondió al saludo de Mathys con suave amabilidad.

Esta acogida amistosa alentó al intendente, que se aproximó triunfante, y le dijo con expresión ligera:

—Mi querida Marta, estáis sin duda sorprendida de verme en este traje, ¿verdad? Hace tiempo que algo me oprime el corazón... Separados por una enojosa desinteligencia, una pena que no nos atrevíamos a confesar, nos hacía sufrir a los dos; ahora vengo a romper el hielo... El hombre es débil, no os enojéis... yo no tengo la culpa, Marta, de que vos seáis hermosa... y que yo no sea insensible...

El intendente había creído que no le costaría el menor esfuerzo hacer su pedido. Por lo que le había dicho Catalina, sabía que el aya acogería su proposición con una alegría, si no ruidosa, por lo menos sincera.

Sin embargo, su tono familiar y el giro atrevido de sus frases habían asustado a Marta, y, aunque hubiese conservado en sus labios una sonrisa fingida, había en su mirada algo de severo que detuvo a Mathys imponiéndole ser más respetuoso y reservado. No sabía ya qué decir, y balbuceó confusamente:

—De veras... es algo extraño... cuando se está herido en el corazón... las ideas se confunden. ¡El asunto me parecía tan fácil y sencillo!... En fin, a los cuarenta o a los veinte, el amor es siempre el amor... He venido para hablaros de una cosa que sin duda tiene que seros agradable y no sé por dónde comenzar.

—Hacéis mal, señor—dijo el aya con voz dulce—. Hablad; sea lo que fuere lo que tengáis que decirme, os escucharé con atención. Servíos tomar asiento.

—En efecto, así estaremos mejor—prosiguió Mathys algo cohibido—. Sentaos vos también, Marta. Parecéis estar inquieta. Teméis que la condesa nos sorprenda, ¿verdad? No tengáis cuidado; la he hecho ir con un pretexto fútil a la granja grande. Estará ausente una hora por lo menos. Vamos, no somos niños. ¿Puedo hablaros, Marta, con franqueza?

—Con toda franqueza, señor.

—Sí, pero no es como intendente del castillo, ni como vuestro superior que os lo pregunto, sino como amigo.

—Sois demasiado bondadoso, señor.

—Está bien, no comenzamos mal—dijo Mathys restregándose las manos—. En seguida nos entenderemos, Marta. Escuchadme: ¿Habréis notado, verdad, cómo desde el primer día de vuestra llegada a Orsdael os demostré amistad, cómo os protegí contra la crueldad y el odio de la condesa, cómo espiaba vuestros pasos y os seguía para tener la felicidad de encontraros y hablaros? ¿No habéis adivinado, acaso, la causa de este afecto?

—Creo haberla adivinado, señor. Os confesaré que me asusto porque sólo soy una sirvienta.

—¡Una sirvienta! Pero si tenéis la belleza, los ojos de una reina. Desde la primera vez que os vi, Marta, me impresionaron los encantos de vuestra persona, de vuestro lenguaje, de vuestra seductora sonrisa... No tembléis así, amiga mía; mis intenciones son puras y honradas. Ya sé que en materia de pudor sois muy severa y hasta muy hosca. Esa reserva me engañó en un principio, haciéndome creer que me despreciabais. Pero atribuyo un alto precio a la bondad, sobre todo en vos, hermosa Marta. Así, pues, es superfluo que os diga que os amo, lo sabéis de hace tiempo; sin embargo, todavía no conocéis la extensión de mi afecto. Noche y día pienso en vos, y vuestra imagen no me deja sosiego; mi más hermoso sueño consiste en haceros la compañera de mi vida, para jamás apartarme de vos, buena y querida Marta.

Al pronunciar estas palabras apasionadas, Mathys tomó la mano de la viuda.

Esta estaba pálida y a pesar de los violentos esfuerzos que hacía sobre sí misma, no podía dominar sus emociones, ni su visible estremecimiento.

Felizmente Mathys se equivocó con respecto a aquella emoción.

—Perdonad, Marta—dijo con más calma—, perdonad el sentimiento que me arrebata. ¡Ah! os lo ruego, antes de que os declare formalmente el objeto de mi visita, decidme que no habéis permanecido indiferente a mi cariño. Sé que vuestro corazón es sensible y agradecido, pero me sería muy dulce sentir una palabra halagüeña de vuestros labios queridos.

—¿Qué queréis que os diga?—balbuceó Marta casi dominada por la angustia—. ¿Qué deseáis que os responda?

—Una sola palabra: un «sí» quedo y breve, Marta. Marta, ¿me amáis?

El aya bajó silenciosamente la cabeza; su frente y sus mejillas se cubrieron de un vivo sonrojo. Sufría atrozmente y luchaba con desesperación contra la vergüenza que le causaba y le oprimía el corazón. Mathys la miraba con expresión de alegría y de triunfo. El, que era ya viejo, conseguiría por mujer una criatura hermosa, buena y que se sonrojaba como un niño a la primera palabra que pudiera rozar su rubor. Respetó un momento su silencio y preguntó:

—¿No me decís nada, Marta? ¿Me negáis la palabra que ha de hacerme feliz?

—Una mujer... mi posición respecto a vos. ¿Me exigís, me arrancáis esa confesión?

—Os lo suplico, Marta.

—Pues bien, sí—dijo el aya con voz casi ininteligible.

Mathys abrió los brazos y lanzó un grito; pero la viuda se alzó de un salto de su silla, y con una mirada, que la indignación y el miedo hacían irresistible, exclamó:

—Señor, señor, no ofendáis mi dignidad de mujer. Si queréis convencerme de que realmente me amáis, respetad al menos vuestro amor por mí.

—Tenéis razón, Marta; la felicidad me hace perder la cabeza—murmuró el intendente, dominado y casi desconcertado—. Volvamos a sentarnos y escuchadme. Hacéis mal en asustaros por la demostración primera de mi amor sincero, y vais a reconocerlo inmediatamente. Oídme, querida amiga; hace quince años que soy intendente de la condesa de Bruinsteen, he ganado bastante dinero y gastado poco. He reunido una pequeña fortuna, y puedo hacer independiente y feliz a la mujer que elija por compañera. Mi corazón es joven, mi salud es buena y estoy lleno de vida. Vuestro dulce lenguaje, vuestras maneras honestas, algo inexplicable, el encanto misterioso de vuestros ojos... ¡Ay, ay! me estoy poniendo hablador... Bueno, bueno, ya sospecháis lo que os quiero decir, Marta. Consentís con alegría, ¿verdad? Vuestra vacilación... Pero, ¿acaso no me comprendéis?

—No me atrevo a comprenderos, señor—respondió el aya—. Un favor, un honor semejante para una pobre sirvienta...

—Me habéis comprendido, Marta. Pues bien, hablaré claramente. ¿Queréis ser mi mujer y compartir mi fortuna? Dadme la mano y no agreguemos nada más.

Marta puso su mano en la suya.

—Estáis conmovida, tembláis—exclamó alegremente Mathys—. Es natural, yo mismo tiemblo de alegría. Calmaos ahora, Marta, que todo ha concluído. No me agradezcáis, querida amiga, que os ofrezca una existencia libre y exenta de inquietudes, porque vos me aportáis todo lo que un hombre necesita para ser feliz. Estamos, pues, a mano. Hay personas que van a tratar de impedir nuestro casamiento; no les dejemos tiempo para que nos susciten serios obstáculos.

—¡Sí, la condesa!—dijo el aya suspirando—. Me echará del castillo así que sepa lo que acabáis de decirme.

—¡Echaros!—exclamó el intendente con una sonrisa de desprecio—. La condesa se pondrá furiosa y os injuriará probablemente; pero no temáis nada; haga y diga lo que quiera, tendrá que someterse a mi voluntad. Poseo medios infalibles para vencer su resistencia.

Una chispa de secreta esperanza brotó en los ojos de Marta; alzó la cabeza, dió a su fisonomía una expresión seria, y dijo:

—Perdonadme, señor; pero me parece que, sin ser indiscreta, he conquistado desde hace un momento el derecho de interrogaros respecto de cosas que me inspiran cierta desconfianza y que me inquietan.

—Tenéis, Marta, todos los derechos de una prometida.

—Pues bien, señor, demostradme que sois sincero. Desde hace tiempo me pregunto por qué la condesa os persigue y espía sin cesar. ¿Por qué la amistad que me tenéis le inspira una especie de celos y la pone furiosa?...

—¡Bah! es sólo porque me odia, y no le agrada que los servidores tengan por mí más respeto y afecto que por ella.

—Quiero creeros... ¿Si me engañarais, sin embargo?

—Qué ideas tenéis, Marta.

—¡Está bien! Si no fuera más que por esas apariencias, señor, haría mal en estar inquieta; pero hay otro misterio que me espanta; a pesar de vuestro importante cargo de intendente, estáis al servicio de la condesa, es vuestra ama, tiene derecho a vuestra obediencia. ¿Cómo es, entonces, que cuando ello es necesario, se encuentra bajo vuestro dominio y tenga que someterse a vuestra voluntad, como decís vos mismo?

Aquella pregunta pareció confundir a Mathys, porque balbuceó una respuesta confusa. Esta vacilación hizo que Marta se estremeciera de esperanza y alegría; pero, sin embargo, prosiguió con fingida tristeza:

—¿La causa de vuestra influencia sobre la condesa no será acaso de tal naturaleza que no pueda conocerla la mujer a quien habéis ofrecido vuestra mano, y no podría suceder que si yo la descubriese me viera en el caso de rechazar vuestras proposiciones? Disculpad que os hable así, porque me veo obligada, a pesar mío, a sospechar de vuestra sinceridad.

—Nada de eso, querida Marta, estáis equivocada. El asunto de que habláis no puede tener influencia sobre nuestro afecto recíproco ni afectar en nada mi lealtad.

—¿Por qué ese interés en ocultarme esa razón con tanto empeño?

—Hay cosas que no pueden decirse—murmuró Mathys—, sobre todo cuando carecen de interés para aquella que... que desea conocerlas.

—¿Entonces es un secreto?—exclamó el aya—. Un secreto entre vos y yo... ya.

—Pues bien, sí, es un secreto—respondió Mathys—. Mi honor, y, por consiguiente el vuestro, Marta, puede depender de la menor indiscreción a ese respecto.

—¡Oh! tranquilizadme, señor, disipad esta duda de mi espíritu, acordadme esa prueba de vuestro amor.

—No, Marta, sólo mi mujer puede tener el mismo interés que yo en guardar este secreto.

La viuda juntó ambas manos y suspiró acariciándolo con la mirada, y palpitando de emoción:

—¡Mathys, Mathys, os lo ruego, os lo suplico!

—El día de nuestro casamiento conoceréis el secreto, antes no. Tengo que permanecer inflexible por grande que sea la emoción que experimento bajo vuestra mirada... Pero, ¿qué es lo que oigo? Esa voz que se oye abajo... ¡Es la condesa! Se ha vuelto a toda prisa, furiosa sin duda de que la haya engañado. Tengo que irme, Marta. Cuando esta causa de mal humor haya pasado, le anunciaré nuestro casamiento. Estáis de nuevo temblando, calmaos. Si la señora llega a venir y os interroga decidle que os he reprendido. Eso la alegrará. ¡Adiós! La condesa anda gritando como una loca; me busca. Más tarde hablaremos de los medios de apresurar nuestro casamiento.

Marta lo siguió y acompañó hasta la puerta; pero, habiendo pasado un brusco capricho por el espíritu del intendente, se volvió y tomó a Marta en los brazos. El aya dió un salto hacia atrás dando un grito, y Mathys salió de la pieza echándose a reír.

La viuda se dejó caer en una silla y se puso a llorar de vergüenza y de dolor. De cuando en cuando alzaba los ojos al cielo. No le dejaron tiempo, sin embargo, de aliviar el corazón. La condesa entró bruscamente en el cuarto y echando a todas partes miradas furibundas, se puso a gritar:

—¿Dónde está el intendente? Os pregunto, ¿dónde está el intendente? ¿No me oís acaso, insolente?

—Estaba aquí hace un momento, señora—respondió Marta.

—¿A dónde ha ido?

—No lo sé, señora.

—¿Qué significan, veamos, esas lágrimas y esa palidez?

—Me ha retado, señora.

—¡Os ha retado! ¿y por eso lloráis?—exclamó la condesa dulcificando el tono—, ¿os ha maltratado acaso?

—Me ha dicho palabras que me han afectado mucho.

—Es un hombre falso y cruel, ¿verdad?

—Sí, señora, es un hombre falso y cruel.

—¡Bah! no reparéis en sus maneras brutales. Ahora lo voy a arreglar yo a ese insolente... Burlarse de mí, hacerme ir hasta la granja grande por un motivo ridículo... Vamos, Marta, consolaos, más vale que él os maltrate a que quiera engañaros con su falsa amistad. Secad vuestras lágrimas e id a pasear al jardín.

—Señora—dijo el aya cuya atención se había despertado al oír estas últimas palabras—, desearía ir hasta la casa de Catalina, la mujer del guardabosque. Eso me consolaría un poco en medio de mi desgracia.

—No hay ningún inconveniente para negaros esa distracción, Marat, pero preferiría que, desde mañana, permanecierais más tiempo en el jardín con Elena; me desagrada el tener que llamaros como ayer casi al caer la noche. Mirad, llevad a Elena a casa del guardabosque. Catalina es una mujer prudente. Colocad a la loca en un rincón y cuando hayáis conversado con vuestra amiga, volveos al jardín; pero tened cuidado de no perder de vista a Elena ni un solo instante.

—Ni un instante, señora.

—¿De modo que no sabéis dónde está el intendente?

—No, señora, se marchó corriendo en cuando sintió vuestra voz abajo.

—¡Qué cobarde! se habrá ido a esconder, pero lo encontraré. Tengo que averiguar por qué se ha burlado de mí.

Dichas estas palabras, salió renegando, y se alejó rápidamente.

Esta conversación le devolvió a la viuda las fuerzas necesarias para dominar los impulsos de su corazón. ¿Tenía, en efecto, un gran deseo de ver a Catalina? ¿O más bien deseaba alejarse de la casa para evitar en lo posible una entrevista con el intendente? Reflexionó un instante, se secó los ojos y las mejillas y abrió la puerta del cuarto de Elena.

—Querida niña, guarda tu libro—le dijo—. Vamos a ir a pasear. Tu madre nos ha dado permiso para ir hasta la casa de Catalina.

La joven se puso de pie rápidamente y, como si aquella sonrisa la colmase de felicidad, unió sus manos; pero inmediatamente las dejó caer y quedó inmóvil; luego le preguntó a su aya:

—Marta, ¿qué os ha sucedido? Tenéis los ojos colorados. ¡Si habéis llorado!

—No ha sido nada, mi buena Elena, el intendente me reprendió.

—¡Ah! Dios mío, ¿os maltrató como a mí?

—No, no; de palabra, de palabra solamente. Te asustas sin motivo. Apúrate; tu chal. ¡Está el tiempo más hermoso!

La joven estaba acostumbrada, desde hacía tiempo, a obedecer sin replicar, y a no insistir nunca cuando el aya le expresaba el deseo de no ser interrogada. Estaba convencida de que Marta le ocultaba muchos secretos; pero creía que de eso dependía la permanencia en Orsdael, de su protectora. Se preparó silenciosa y luego siguió al aya.

Al llegar a la puerta del castillo trató de consolar a Marta, diciéndole palabras alegres; pero viendo que estaba absorta en sus pensamientos melancólicos, caminó silenciosamente a su lado.

La casa del guarda estaba abierta; no había nadie en ella; pero después de buscar algún tiempo vieron a Catalina, ocupada en arrancar las malas hierbas en el jardín.

Así que la campesina vió a la joven y a su aya, se incorporó y fué a recibirlas. Una ardiente curiosidad se leía en sus ojos, y, mientras se iba acercando, interrogaba al aya con la mirada. Después de haber saludado cortésmente a la jovencita se volvió hacia su amiga, y murmuró:

—Vuestra venida a mi casa me indica que Mathys os ha halado. ¿Cómo han pasado las cosas? ¿Quedaréis en Orsdael?

Marta le hizo comprender por una seña misteriosa que no podía hablar de esas cosas delante de la señorita. Paseó la vista por todos los puntos del jardín. Este estaba rodeado por una espesa cerca, y al fondo había un banco cubierto de yedras y madreselvas. Se veía en verdad una abertura en la cerca, pero quedaba cerca de la casa, y alguien que estuviera bajo aquel techo de follaje no podría ser visto desde afuera.

—Anda, Elena, siéntate en el banco, bajo la glorieta—dijo el aya—. Tengo que entrar en la casa con Catalina, para hablar de un asunto importante. Toma, aquí tienes mi bolsa de labores, en ella encontrarás un tejido. Ten paciencia, que volveré a buscarte dentro de algunos minutos.

Se alejó, y entró en la casa con Catalina, cuyo corazón palpitaba de curiosidad.

La joven caminó lentamente por el sendero; recogió aquí y allá algunas flores, e hizo un ramito, que se puso en el seno. Después se sentó en el banco y se puso a concluir la gorra que Marta había comenzado. Mientras que sus manos manejaban rápidamente las agujas, su mirada vagaba delante de sí, meditabunda y olvidada de lo que hacía. El aya tardaba más de lo que había dicho; pero Elena no parecía reparar en ello. Quizá pensaba en las huellas de las lágrimas sorprendidas en los ojos de Marta; quizá se preguntaba cuál podía ser la causa del misterio que la rodeaba. Quizá también una imagen querida se alzaba ante sus ojos; porque a veces una sonrisa se dibujaba en sus labios. Sea lo que fuera, sus pensamientos se fueron volviendo tan absorbentes que dejó de tejer y su cabeza se inclinó suavemente sobre su pecho como si sus ojos se hubieran cerrado para mirar más profundamente dentro de sí misma.

Mientras estaba sumida en sus meditaciones, un hombre atravesó el agujero de la cerca y penetró en el sendero.

Se detuvo y lanzó una mirada casi indiferente al jardín. Era un joven de buena presencia y vestido con esmero. Iba a proseguir su paseo cuando notó a la joven sentada bajo la glorieta, inmóvil y con la cabeza inclinada. Se le escapó un grito ahogado. Se deslizó a lo largo de la cerca y se aproximó sin ruido. A cinco o seis pasos de ella se puso un dedo sobre los labios y balbuceó:

—¡Elena, querida Elena!

La joven se puso de pie temblando y pronta a lanzar un grito de alarma; pero la señal que le hacía el joven y la muda plegaria que se leía en sus ojos detuvieron la voz en los labios de Elena.

—¡Federico! ¡Ah, Federico! idos, apartaos de este sitio.

—¡Silencio, silencio, os lo ruego! No me privéis de este instante de felicidad—murmuró.

—No, no; es preciso que os hable, cueste lo que cueste.

—¡Ay!—suspiró la joven—, mi madre despidió a Rosalía porque vos me hablasteis. Si Marta, mi protectora, me fuera quitada, me moriría de pena.

—No es lo mismo; por otra parte el destino lo quiere; no hay que vacilar. Vamos, querida mía, calmaos; sentaos en el banco; así será menos fácil que nos vean.

Tomó a la joven de la mano y la condujo al banco a pesar de las súplicas y de la resistencia de ella. Una vez sentado junto a la joven, prosiguió:

—Elena, he estado enfermo en Bruselas, en peligro de morir; tranquilizaos, no tembléis así.

—En peligro de morir—repitió la joven—. ¡Oh! era por eso que mi corazón estaba lleno de temores y que lloraba cuando pensaba en vos...

—Gracias, Elena, por vuestro recuerdo. ¿De modo que no me habéis olvidado?

—¿Olvidado, Federico? Vos y Marta sois las únicas criaturas que me habéis amado en la tierra.

El joven meneó la cabeza, y dijo precipitadamente:

—No tenemos tiempo para cambiar palabras dulces. Decidme, Elena, ¿de dónde procede vuestra aya?

—De Bruselas, Federico.

—¿Cuál es su apellido?

—Se llama Marta, Marta Sweerts.

—¿Quién es?

—No lo sé.

—¿No es una parienta del conde, vuestro finado padre? ¿No es vuestra prima o tía?

—No.

—¿No ha sido mandada por alguien de vuestra familia para protegeros?

—No lo creo.

—¿No lo creéis, no lo sabéis?—murmuró Federico con decepción—. ¿La presencia de esa mujer oculta acaso un secreto?

—Sí, sí, muchos secretos; pero no intentéis penetrarlos, tal vez de ellos dependa mi felicidad.

—¿Vuestra felicidad? ¿Estáis bien cierta de que esa mujer sea sincera?

—¡Oh! amigo mío; esa duda es una gran injusticia. ¡Sospechar de Marta, un ángel de generosidad y compasión!

—¿Estáis cierta? ¿No finge? Entonces, Elena, debe ser sin duda de la familia de vuestro padre, porque sólo la voz de la sangre puede inspirar palabras y sentimientos como los que ha expresado delante de mí. Y si no supiera que sois la hija de la condesa de Bruinsteen dudaría de que fuera ésta, y no Marta, vuestra Marta...

—Sí, sí—exclamó la joven con orgullosa alegría—, ¡es mi madre por el alma, por el corazón! ¡Ah, Federico, qué felices deben ser los hijos que tengan una madre así!

—¿Y no os ha dicho por qué os quiere de una manera tan sorprendente, ni quién pueda haberla mandado para consolaros o defenderos?

—¡Ah, Federico! Marta cuenta a ese respecto cosas extrañas. ¿Sabéis quién la ha enviado a mí? Un hombre que hace cerca de veinte años que está en el cielo. Un héroe, un oficial de húsares, condecorado con la cruz de honor.

—¡Un oficial de húsares!—exclamó el joven.

—Sí, un oficial de húsares, que me quería antes que yo naciese.

—¡Ah! ahí está el secreto, seguid hablando, Elena.

—Pues bien, fué él quien la mandó hacia aquí; y cuando Marta ruega por mí se le aparece a menudo, y siempre le ordena que me quiera mucho. Es singular, no lo comprendo, pero es cierto, porque lo dice Marta, y lo que ella dice...

Una grosera carcajada vino a interrumpirles.

Un hombre que estaba en la abertura de la cerca y que extendía el puño hacia ellos, gritó con toda la fuerza de sus pulmones:

—¡Ah, ah, bribona, estás otra vez ahí! Corro en busca de la condesa para hacerle saber lo que pasa aquí. Esta vez te va a salir mal.

Elena se puso vivamente de pie, azorada por aquella amenaza, y huyó hacia la casa dando gritos agudos. Federico trató de calmarla; pero viendo que no lo escuchaba, pasó por la abertura y desapareció tras de la cerca.

—¿Qué hay? ¿Qué ha sucedido?—exclamaron a un mismo tiempo la viuda y la campesina, que habían acudido al jardín—. ¿Quién ha hablado de la condesa en voz tan alta y amenazadora?

—¡Ah, Marta, querida Marta, perdóname!—suplicó la joven asustada echando los brazos al cuello de su aya y poniéndose a llorar sobre su pecho—. He hecho mal. Seréis despedida, y yo moriré de pena y de dolor.

—No, no; tranquilízate, querida Elena—dijo la viuda prodigándole sus caricias para calmarla—. Habla. ¿Qué ha sucedido?

—Federico, Federico estuvo en el jardín...

—¡Ah, Dios mío!—exclamaron las dos mujeres—. ¿Federico estuvo con vos en el jardín?

—Sí, yo quería llamaros; pero me pidió tanto que no lo hiciera. No tuve el valor de hacerlo. Sus ojos, su voz... Mientras que yo lo oía en un culpable abandono de mí misma, el peón jardinero se acercó a la abertura del cerco. Vió a Federico y corrió al castillo para avisárselo a mi madre. ¡Ay, mi buena Marta! lo que yo tendré que sufrir no es nada, me lo merezco; pero vos... Sostenedme, no puedo más, mis fuerzas me abandonan.

El aya oprimió a la joven contra su pecho, y la besó con ternura, murmurando a su oído palabras de consuelo.

—Ven, Elena—dijo la viuda tomándola del brazo—, no podemos permanecer aquí. Tu madre estará aun más irritada si no nos viera regresar inmediatamente.

Antes de salir de la casa del guardabosque, Catalina tomó la mano a la viuda y le dijo:

—Marta, sois la hija de un soldado. Veo lo que pasa en vuestro corazón y admiro vuestro valor. El señor Mathys os defenderá a las dos de las crueldades de la condesa. Id a buscarlo en seguida, llamadlo en vuestro auxilio; él será vuestro protector.

Cuando la viuda y la jovencita se vieron en el camino del castillo se pusieron a caminar a toda prisa; y volvieron a cambiar entrecortadas frases. Elena suplicaba a su aya le perdonara lo que ella llamaba su culpable olvido de sí misma, y deploraba de antemano la pérdida de su generosa protectora; Marta, aunque medio muerta de inquietud, ocultaba su emoción para calmar la desesperación de su hija; y darle el valor necesario para soportar el cruel castigo que sin duda la esperaba.

Vieron a la vieja cocinera que acudía hacia ella con el peón jardinero. Este último, cuando estuvieron cerca, le gritó a Marta con altanería:

—Señora, dadle las llaves del cuarto alto a Mariana; la condesa lo manda. Y no resistáis a su orden, porque si no, recurriré a la violencia para quitaros las llaves. Os está prohibido subir.