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BIBLIOTECA DE «LA NACION»
H. L. N.
INCERTIDUMBRE
BUENOS AIRES
1909
Imp. y estereotipia de La Nación.—Buenos Aires.
| Capítulos: [I, ] [II, ] [III, ] [IV, ] [V, ] [VI, ] [VII, ] [VIII, ] [IX, ] [X, ] [XI, ] [XII, ] [XIII, ] [XIV, ] [XV, ] [XVI, ] [XVII, ] [XVIII, ] [XIX, ] [XX] |
La novela que con el presente volumen ofrecemos a nuestros lectores, es de un corte delicado, y de tal manera interesa, que quien empiece su lectura es difícil la deje sin haberla saboreado hasta el final.
Tiene una tendencia altamente moral y transcendental, cual es el premio al amante noble, desinteresado y constante, que, creyéndose inferior en méritos a la persona amada, oculta su amor y sólo aspira a la felicidad del ser querido.
También desarrolla otros temas de no menor interés: tales son las vacilaciones de la mujer elegante entre el hombre de mundo superficial y vano y el hombre honrado, trabajador y noble que carece de dotes mundanas, y el castigo de la persona que sólo va al matrimonio como medio de elevar la situación en que vive, aunque ésta sea bastante buena.
Es un estudio social perfectamente acabado que ha de agradar a nuestros lectores. Sobre todo, Incertidumbre será una de las obras que más interés ha de despertar en el bello sexo.
Su autor se oculta bajo un pseudónimo, seguramente por un sentimiento de excesiva modestia, pues, por lo interesante de la fábula y el perfecto estilo en que está escrita, revela altas dotes literarias. Sólo se sabe de él que es el mismo autor de otra novela titulada Amitié Amoureuse, publicada anteriormente en París, que llamó la atención de toda Francia.
INCERTIDUMBRE
I
En una admirable noche del mes de junio reina extraordinaria animación en el viejo castillo de Creteil. En el patio de entrada, el continuo rodar de los carruajes no cesa hasta después de haber dado las doce en el campanario de la iglesia. Los curiosos de la aldea se han alejado, satisfechos de haber admirado algunas elegantes toilettes, y contemplado la suntuosa decoración del vestíbulo, de columnas enguirnaldadas, con flores y luces eléctricas. Todo es allí alegría, calor y perfume. Sin embargo, no lejos de la fachada de la vasta mansión, que da sobre el Marne, un joven se pasea a lo largo, en actitud meditabunda y de una manera nerviosa. Ni las armonías de la orquesta del baile que dan los Aubry de Chanzelles, en honor de los veinte años de su hija María Teresa, ni el bullicio de las voces juveniles, que llegan hasta el paseante solitario, por las grandes ventanas abiertas de los salones, lo distraen de su melancolía. Las fragantes flores del jardín exhalan en vano sus perfumes penetrantes: permanece insensible a las bellezas misteriosas de la noche, tan absorto está en sus pensamientos. Así es que, grande es su sobresalto, cuando un amigo, a quien no ha sentido aproximarse, exclama, golpeándole familiarmente en la espalda:
—¡Y bien, Juan! ¿Por qué nos has dejado hace más de una hora?
—Para tomar aire.
—¿No te bastan las ventanas abiertas?
—No.
—¿Prefieres la compañía de las tinieblas a la de las jóvenes que han venido a festejar a mi hermana?
—Desde aquí veo desfilar sus elegantes siluetas, tan bien como en el salón.
—Creo que muy poco te ocupas de esas señoritas, amigo mío; lo que tú miras es el suelo, y con tal persistencia, que hace un momento creía que te ejercitabas en clasificar científicamente las piedras de los caminos.
—Te engañabas, Jaime.
El tono seco de la réplica puso fin a las bromas del recién llegado. Distraídamente sacó una cigarrera de su bolsillo y tendiéndola hacia su compañero:
—¿Quieres uno?—dijo.
—No, gracias.
—Son exquisitos...
—Me gusta el tabaco sin perfume; el tuyo no puede ser apreciado por un plebeyo como yo.
—¡Como quieras!...
Jaime Aubry de Chanzelles conocía demasiado a su amigo para insistir. Cerró la tabaquera con un golpe seco, encendió su cigarrillo, y, después de haber lanzado al espacio algunas bocanadas de humo, dijo:
—Brillante la fiesta, ¿eh?
—Muy brillante.
—¿Por qué has desertado del cotillón?
—Podría devolverte la pregunta.
—¡Oh! yo, es bien sencillo: me substraigo a las confidencias de mi prima. No habrás dejado de reparar que la querida Diana, siente por mí la clásica simpatía de las personas que se han criado juntas, cuando, por milagro, no se detestan. Pues, en estos casos, sucede una u otra cosa. Hacia los veinte años, por poco que escaseen los pretendientes, la prima descubre de pronto que el primo es lo que le conviene. De esta manera, no hay miedo de equivocarse, ni sobre el carácter, ni sobre la salud, ni sobre la fortuna. El mundo contempla el suceso con enternecimiento. Me parece que oigo los cuchicheos: «¿Saben ustedes la nueva? ¡Diana Gardanne se casa con su primo!—¡Oh! ¡querida mía, esto es delicioso!—¡Un casamiento por amor!—Lo creo, ¡se adoran desde la época en que paseaban en brazos de sus niñeras!» ¡Y así se escribe la historia!
Divertido, a pesar suyo, por el tono burlón de Jaime y por las exclamaciones grotescas con que recitaba su monólogo, Juan sonriéndose murmuró:
—Exageras...
—¡Absolutamente! Nadie pondrá en duda nuestro amor ardiente; nadie se dirá: Diana es una joven prudente; no tiene ninguno de los gustos, ninguna de las aspiraciones de su primo; pero, como los pretendientes no abundan, no quiere quedarse para vestir imágenes. La vida de familia la abruma; desea llevar una vida más mundana; entonces ¿por qué no echarle el anzuelo al primo? Y es por una serie de razonamientos semejantes, usuales en las jóvenes extremadamente prácticas, que no se preocupan de encontrar el amor en el matrimonio por lo que mi prima se ha decidido a amarme.
—¡Oh! considero a Diana Gardanne incapaz de hacer tales cálculos.
—Estás equivocado. Por disfrutar de fortuna, sospecho que está decidida a todo.
—¿La perspectiva de casarte con ella te asusta?...
—¡En efecto, nunca he tenido tanto miedo! Por eso, hace un momento, he pretextado una repentina indisposición para substraerme a los encantos del boston. No tengo ni sombra de carácter. Así es que evito con mucho cuidado, desde hace dos meses, lo que la querida niña llama: «nuestras deliciosas horas de intimidad.» Aunque su mirada es glacial y su nariz ostenta proporciones borbónicas, me conozco: si por desgracia me hablase de su ternura y de su admiración por mi hermosa inteligencia, en una noche como ésta, sería capaz de contestarle: «¡Como no!...» o «¡Perfectamente!» En fin, cualquiera de esas palabras apasionadas, irreparables, que lo hunden a uno en un abismo, para toda la vida.
—No haces mal el papel de bufón; sin embargo, no carece de encanto el casarse con una amiga de la infancia, cuyo carácter se conoce, cuyos gustos...
—¡Inocente! ¿Crees tú que jamás pueda conocerse a una joven? ¡Casi no me atrevo a alabarme de conocer a mi hermana!
—María Teresa tiene un carácter franco, leal... no comprendo cómo puedes compararla...
—Ciertamente; pero, en cuanto le llegue la hora de la ambición y el amor ¿sabemos lo que será? Papá, el otro día, le dijo, riéndose, que tenía seducido al Conde de Chateliez... Tú, como yo, la viste sonrojarse hasta parecer una amapola y murmurar:
—Padre, su amigo es algo maduro... ¿No ha pasado ya los cuarenta años?... Si fuera más joven, tal vez me dejaría tentar... Seduce el título de condesa. ¡Condesa María Teresa! ¡No haría mala frase!...
—Es cierto.
El tono sombrío con que Juan pronunció estas palabras, pareció a Jaime tan expresivo que estuvo a punto de exclamar:—¡Ea, cuéntame tu secreto, Juan! ¿Acaso no soy tu hermano, por nuestra larga intimidad? ¡Tómame por confidente, pobre diablo, y sufrirás menos!
Pero guardó silencio, conociendo la naturaleza altiva de su amigo, y los obstáculos serios que lo separan de su hermana.
Jaime piensa que lo mejor era provocar las confidencias. ¿Pero cómo? ¿El medio más sencillo no sería demostrar a Juan la misma confianza que reclamaba de él? Se apresuró, pues, a aprovechar la hora para llevar la conversación a un terreno propicio:
—¡Ah! el pensamiento de las jóvenes, es para nosotros indescifrable; su jardín secreto nos es inaccesible. Si nos aventuramos en él ¿será a fuerza de sutileza o a golpes de hacha como conseguiremos hallar el camino que conduce a su corazón? ¡Gran problema por resolver!
—¿Es esa la causa que te ha determinado a viajar? ¿Cuentas ejercitarte en los corazones extranjeros, antes de atacar los de nuestras compatriotas?
—¡Qué genio! ¡Reconozco la admirable ciencia de las sabias deducciones! ¡Has adivinado! ¡Marcho a estudiar el alma de la desconocida que amaré quizá!, y sobre todo... ¡Oh!, muy sobre todo... por huir de la joven que no amo. ¡Si supieras cuánta energía se tiene en estas tristes circunstancias! ¡Es espantoso! Mañana, tomaré el rápido para Strasburgo. Dentro de ocho días estaré en Viena. Pasaré a Budapest, y regresaré por el Tirol austriaco y la Suiza. Y tú ¿qué piensas hacer en tus vacaciones?
—Todavía no sé si las tendré. Tu padre y yo no podemos dejar a un mismo tiempo la fábrica. El señor Aubry me ha parecido algo fatigado en estos últimos días; desearía que descansase de una manera continua, en vez de veranear, como el año pasado, yendo y viniendo de Etretat a Creteil.
—En caso que él acepte mi combinación, yo permaneceré aquí. ¡Oh!—añadió contestando a un gesto de su amigo,—¡no me compadezcas! Me gusta la tranquilidad de mi casa. Ese pequeño pabellón que tu padre me hizo construir allá, al extremo del jardín, a orillas del Marne, es mi paraíso. Desde allí observo todo lo que pasa en la fábrica y en el parque. La arboleda que me aisla, no es tan espesa que me impida ver las avenidas... ¡He reunido tan buenos recuerdos en seis años que habito ese pabellón!
—¡Seis años ya! Me parece que ayer hacíamos los planos. ¿Recuerdas?
—¡Si me acuerdo! Tu hermana fue el hábil arquitecto y quien dibujó el jardín que lo rodea. Las rosas Niel y las yedras, que plantó contra las paredes, guarnecen ahora las ventanas; no puedo abrirlas sin creer ver a María Teresa con sus delicadas manos llenas de tierra, plantando las enredaderas...
—¡Qué buenos tiempos eran aquéllos! Ella tenía catorce años, tú veintitrés, yo veinte. ¡Qué dulce compañerismo nos unía entonces! ¡Y cómo nos trataba mi buena hermanita! Por tu culpa: ¡tú aprobabas todo lo que ella te decía!
—¡Bah, eran fantasías propias de su edad!
—¿Tú lo crees? Eran caprichos de una déspota insoportable.
—Sí, pero ¡qué corazón y qué sinceridad! ¡Jamás una mentira salió de sus labios! ¡Qué hermosa mirada resplandecía en sus ojos cuando se le corregían sus faltas!... siempre leves. Su inalterable alegría era contagiosa; yo corría y jugaba con ella como un chiquillo. ¡Hermoso tiempo en efecto! Todo eso ha pasado, concluido...
Jaime se mordió los labios para no reír; observó que el sentimiento exaltado convierte a los más inteligentes en seres ingenuos como niños.
—Mi buen Juan, todo el mal proviene de que hemos crecido.
—Tienes razón; cada año me aleja de María Teresa, y así es mejor, puesto que un abismo me separa de ella...
—No veo cuál es ese abismo. Tú, como mi padre, eres hijo de tus propias obras.
—Con esta diferencia, que tu padre pertenece a una distinguida familia; si un día conoció la miseria, antes había gozado de una buena fortuna y vivido en la alta sociedad.
—No hagamos juego de palabras, Juan. Voy a decirte, antes de mi partida, algo que hasta ahora he guardado para mí y que quiero hacerte conocer: siempre he deseado que tú y mi hermana os amaseis.
—¿Estás loco?
—No, no estoy loco. Y la emoción de tu voz me prueba que la mitad, por lo menos, de mi deseo se ha cumplido. Pero, hay que convenir, en que, con tu maldita modestia y tu gran orgullo, nunca llegarás a nada. Cada día te alejas más de María Teresa. La habitúas a no ver en ti más que un empleado fiel, cuando debías hacerle comprender tu gran valor. Tú, que tienes tan buena presencia como cualquiera de los jóvenes que la rodean; tú, en cuanto estás cerca de ella, tomas un aire sombrío y unas actitudes tímidas que te perjudican. Te complaces, se creería, en ser exclusivamente el hombre de la fábrica, cuando no debías olvidar que, educado con nosotros, casi lo mismo que nosotros, tienes el deber de transformarte en ciertas horas en hombre de mundo.
—Pero...
—¡No me interrumpas! Es así como quiero que te reveles a mi hermana. En vez de esto, te alejas de ella, huyes. ¿Cómo puedes esperar que ella te descubra? ¿Piensas que por sí sola, sin que la ayudes un poco, llegará a apreciar tu verdadero mérito, ni comprender al hombre de gran valor que solamente mi padre y yo conocemos?
—Sin embargo, no puedo ir a tirarle de la manga y decirle: ¡Atención, yo no soy un cualquiera!
—¡Eh! ¿Quién habla de eso? Veamos, ¿por qué no has bailado con ella esta noche? Has pasado el tiempo vagando como un marido, de puerta en puerta, para concluir por refugiarte aquí. Esto es absurdo, permíteme que te lo diga.
—No, Jaime, procedo con lealtad. No es posible que yo asuma la actitud que me indicas, sin abusar odiosamente de los inmensos beneficios que he recibido de tu padre. ¿Sé yo el destino que él aspira para su hija? Tengo la confianza del señor Aubry hasta el punto de que me trata como a un hijo; tengo una amplia libertad para hablar con María Teresa veinte veces al día ¿y me aprovecharía yo de estas circunstancias para ir a turbar la paz de su hija, procurando hacerme amar? ¡No, mil veces no! Tanto más, cuanto que esta vil seducción parecería inspirarse en una especulación abominable. ¿No se sospecharía que quiero adueñarme de la fábrica de cristales y convertirme en el sucesor de tu padre, solicitando la mano de tu hermana?
—¡Eres intratable!
—Soy sensato. Tu hermana puede aspirar a todo. ¿Quién soy yo para ella? Olvidas generosamente mi humilde origen, y la manera cómo tu padre me sacó de la miseria; ¡a mí me toca acordarme!
—Pero si María Teresa supiera... quien sabe si...
—Escucha, Jaime: Vas a jurarme que no harás nada porque lo sepa. Sería odioso y cruel. Ahora le soy indiferente ¿no me detestará si sabe que me atrevo a amarla? Amigo mío, te lo suplico, déjala en la ignorancia. Si ella supiese algo, yo la perdería para siempre. No tendría más esa confianza, ese abandono, que tiene cuando me habla; nuestras relaciones se harían tirantes, cesarían probablemente... ¡Jaime, te ruego, puesto que me has arrancado esta confidencia, que guardes el secreto!
—Te lo prometo. Pero ¿no sería mejor que yo hablase?
—¡Me perderías! ¡No, no! cállate, ¡por favor! Si hablas, dejo la casa, me marcho, huyo...
—Bueno, está bien, no diré nada. Adiós, Juan. Dentro de algunas horas estaré lejos; abracémonos, pues pasará mucho tiempo antes que nos veamos.
—Te deseo un feliz viaje, mi querido Jaime.
Se unieron en estrecho abrazo. Luego, Jaime subió al vestíbulo; su elegante silueta se destacó sobre el resplandor del salón iluminado, y pronto desapareció entre la muchedumbre.
Juan continuó sus paseos, no ya ante la casa, sino a la sombra protectora de una doble fila de tilos, bóveda sombría que desciende en suave pendiente desde el castillo hasta el Marne. Una dulce alegría, turbada por ligeros remordimientos, embarga su espíritu. Sin dejar de sentir infinita gratitud hacia Jaime, por no haberse indignado cuando le reveló el misterio de su corazón, lamenta no ser ya el único dueño de su querido secreto. Teme que una palabra, menos aún, una mirada, un gesto de Jaime, no sea una revelación para María Teresa. Y eso, Juan, no quiere que suceda. No solamente se reprocha su amor a la señorita Aubry de Chanzelles, sino que su gran preocupación subsiste: Si ella supiese que la amaba ¿no cambiaría de actitud hacia él?
Ante esta dolorosa perspectiva, sus ojos se velan, su corazón se contrae de angustia, y murmura, desesperado:
—¿Por qué no he tenido energía para negar? ¿Qué esperaba? ¿Que Jaime hiciera desaparecer la distancia que me separa de su hermana? ¡Locura, locura! ¡Con tal, Dios mío, que nadie sospeche la osadía de mi sueño!
Sufre, y su pensamiento evoca, con angustiosa lucidez, el lejano pasado. Se mira tal como era la tarde de invierno en que el azar lo puso ante el señor Aubry, en París, en el salón escolar del sexto distrito.
Un extraño fenómeno de su memoria sobreexcitada le produce una reminiscencia exacta no sólo de los hechos sino también de su estado de alma de niño. Experimenta casi la dolorosa opresión que paralizó su corazón y anudó su garganta a su entrada en el salón profusamente iluminado. Muchos niños están ahí acompañados de sus madres o de sus padres; él está solo y se siente pequeño, triste, desgraciado.
Los señores de la comisión escolar, sentados, tranquilos y solemnes, detrás de una ancha mesa cubierta con tapiz verde, se le figuran jueces, tan terribles, que trata de no ser visto; se esconde en un ángulo de la vasta sala.
Suenan nombres lanzados por los ujieres; algunas personas se levantan, hablan, salen. Juan mira casi inconsciente; de pronto ve adelantarse a una mujer hacia la mesa. La voz del alcalde, señor Aubry de Chanzelles, llega por primera vez a los oídos de Juan. El alcalde habla con claridad en un tono grave y benévolo. En vez de amonestar a aquella mujer, llamada a justificar las ausencias demasiado frecuentes de su hijo a la escuela, se afana en demostrarle la necesidad de velar sobre la instrucción y desarrollo de la inteligencia de los niños.
Juan, tranquilizándose poco a poco, escucha con atención. Cuando el señor Aubry, inclinado hacia la pobre mujer, la interroga con bondad, y luego oye las respuestas embrolladas de la desgraciada que se excusa de no poder mandar todos los días a su chico a la escuela, porque le ayuda en su trabajo, Juan no pierde una palabra de los consejos que le da el señor Aubry al explicar el verdadero interés del niño.
La buena mujer, muy conmovida, se aleja sin poder responder.
El gran salón se halla casi desierto. El señor Aubry va a levantar la sesión, cuando el ujier llama con voz sonora:
—¡Juan Durand!
Estas dos palabras, que hace tanto tiempo resonaron en el vasto salón de la alcaldía de la plaza de San Sulpicio, ¿por qué prodigio, su sonoridad llena aún los oídos de Juan? Se ve a sí mismo acercarse a la gran mesa de tapete verde con paso vacilante, arrastrando sobre la alfombra sus gruesos zapatos clavados.
Semejante a muchos chicuelos de París que han soportado duras privaciones, Juan se presenta con una figura flaca y demacrada. Intimidado y tembloroso, hace girar entre sus manos una vieja gorra color azul desteñido, y se detiene ante la comisión. El alcalde examina sus notas con aire grave. ¡Ah, desgracia! ¿por qué su rostro se llena de severidad?
—¿Qué significa esto, señor Durand?—interroga el señor Aubry.—Hace quince días que no se le ve a usted en la escuela. ¿Por qué eso, eh?
Juan baja la cabeza y con voz lastimera contesta:
—Es porque mamá estaba enferma y después se ha muerto.
—¿Muerto?
—Sí. La llevaron hace tres días...
Toda la severidad del alcalde desaparece; bondadosamente lo interroga:
—¿De qué enfermedad ha muerto tu mamá?
¡Oh, cómo recuerda Juan la emoción con que aquella frase fue dicha! Súbitamente recuperó la confianza y se hizo locuaz.
—Fue un día que llovía... en el ómnibus... Estuvo enferma un mes; pero el médico dijo en seguida que no podía hacerse nada porque estaba cansada de haber trabajado demasiado.
—¿En qué trabajaba tu madre?
—Era costurera para las tiendas. Cosía todo el día, y hasta por la noche. Yo quería trabajar para ayudarla, pero ella no quería. Decía siempre: Tienes que ir a la escuela para aprender.
—¿Y tu padre?
—Hace mucho tiempo que ha muerto también; era emplomador y se cayó de un techo cuando trabajaba.
—¿No tienes parientes?
—No, nadie.
—Después que ha muerto tu mamá ¿en dónde vives? ¿quién te da de comer?
—La portera de la casa, porque me quiere mucho. Dijo ella a su hermano, que es carpintero, que me tomase de aprendiz, y ahora trabajo...
El señor Aubry, pensativo, no lo escuchaba ya.
Juan recuerda el miedo que sintió creyendo haber hablado demasiado.
—Señores—dijo el alcalde dirigiéndose a los miembros de la comisión,—hemos concluido; pueden ustedes retirarse. Voy a ocuparme de este niño.
Y cuando se quedó solo con Juan, continuó sus interrogaciones.
—¿Te gusta trabajar de carpintero?
—¡Uf! ¿si me gusta?... el patrón es muy duro, cuando se emborracha pega fuerte.
Juan no ha olvidado aún la mirada llena de ternura con que el señor Aubry lo contempló durante largo tiempo, mirada penetrante y buena, que le dio valor.
—Ven acá, Juan Durand. Puesto que el oficio de carpintero no te gusta ¿quieres que yo sea tu patrón?
—¿Usted?
—Sí, yo.
Juan recuerda que dijo con desenfado:
—Pero si usted es el señor alcalde, no puede ser mi patrón...
El señor Aubry se sonreía.
—Sí, Juan, yo puedo ser tu patrón. Tengo una gran fábrica de cristales, y muchos obreros. Tú ya tienes edad bastante para comprender lo que te voy a decir; escúchame con atención. Yo he sido, como tú, un pobre niño desgraciado. Como tú, yo he tenido hambre, he tenido frío. Como tú, yo encontré un hombre que me socorrió. Me enseñó a trabajar y a tener perseverancia y valor, y ahora soy un hombre rico, considerado. Voy a hacer lo mismo contigo; te enseñaré a trabajar, y si tienes perseverancia y energía también serás rico.
Así diciendo, lo tomó de la mano y marchó a hablar a la portera protectora del huérfano.
Un mundo de pensamientos confusos agitaba el cerebro de Juan, estupefacto. En aquella misma hora, se asombraba de su suerte inverosímil, y en su corazón rebosaba la gratitud por los inmensos beneficios recibidos. ¿Y para demostrar su reconocimiento iría a pedir a su bienhechor la mano de su hija? ¡No! sería odioso, grotesco. ¡No, jamás confiará su amor ni al señor Aubry ni a María Teresa! Cualquiera que sea el destino que le reserve el capricho o la fantasía de la que ama, se consagrará a ella, en recompensa de la noble acción de su padre, que educó al hijo del pueblo, al huérfano pobre, con un esmero igual al que dedicó para la educación de su propio hijo.
Reflexionando de esta manera, recordando el pasado, Juan llegaba ante su pabellón, situado al borde del Marne. Era un pequeño chalet de grandes ventanas y levantados techos de tejas rojizas. María Teresa había sido casi su arquitecto, pues, cuando su construcción fue decidida, exigió que se copiase fielmente cierta casita pintoresca salida de la imaginación fantástica de Kate Greenway.
La noche huía, el día asomaba. El jardín dormido hasta hacía un momento, en el seno de las tinieblas, empezaba a revivir; por el cielo se extendía la argentina aurora de una finura de tonos exquisitos; los pájaros piaban débilmente, lanzando intermitentes cantos.
El joven penetró en su casita en busca de un reposo que calmase la agitación de sus pensamientos.
II
Pablo Aubry de Chanzelles había dicho la verdad cuando se comparó a Juan Durand. La impresión de piedad que sintió al contemplar al niño desgraciado, provenía en gran parte de que, como él, había conocido el abandono, el desprecio, la indiferencia y la miseria.
Su abuelo, Eugenio Estanislao Aubry de Chanzelles, soldado de Napoleón, al morir gloriosamente entre los hielos del Berezina, había dejado una viuda y ocho hijos. Esta numerosa familia demandó grandes gastos para ser educada y establecida. El padre de Pablo Aubry, último hijo del héroe de la campaña de Rusia, habiéndose casado muy joven con una mujer sin dote, no tardó en verse reducido a los más módicos recursos. Su naturaleza era delicada, y los tormentos de una vida difícil acabaron de arruinar su salud; luchó algunos años contra la mala suerte, pero la muerte lo arrebató pronto. Como todos sus esfuerzos habían fracasado, su familia se encontró, entonces, en una situación vecina a la miseria. Su mujer no le sobrevivió mucho tiempo; Pablo y Matilde quedaban huérfanos.
Estos niños fueron recogidos por un tío sin fortuna, quien, para mayor desdicha, era un inventor desgraciado que sólo se ocupaba en gastar sus últimos pesos en extravagantes combinaciones químicas. El oro desaparecía rápidamente en las retortas, y, al cabo de muy poco tiempo, se encontró en la miseria, así como sus pupilos.
Entonces fue cuando Pablo Aubry conoció días dolorosos. Su hermana Matilde pasó a un convento, donde tenían una tía religiosa; pero él tuvo que entrar de aprendiz: lo colocaron en una tipografía. Vivió penosamente, pues el oficio era demasiado duro para un niño poco preparado para el trabajo fuerte. Además, se hallaba en un ambiente hostil, bien diferente del suyo; le hacían pagar caro la blancura de sus manos y sus hábitos de persona bien educada. Cuando, por la noche, volvía a su casa, dolorido de fatiga, se encontraba frente a su tío, enloquecido y brutal, por el mal éxito de sus experiencias. Luego tenía que partir con este triste pariente su pequeño jornal y soportar todo género de recriminaciones.
Cuando el señor Aubry de Chanzelles recordaba esta época de su vida, en la que, débil y abandonado, no entreveía ninguna esperanza de salvación, sentía aún una viva emoción y se preguntaba cómo había tenido fuerzas para resistir aquellas noches de fiebre y los malos tratamientos.
Al fin, la dura prueba terminó; un antiguo amigo de la familia de Chanzelles, compadecido de la situación lastimosa en que vegetaban el tío y el sobrino, ofreció a Pablo un puesto bastante ventajoso en la fábrica de cristales de que era propietario en Creteil.
Pablo aceptó con alegría. Aquel trabajo le gustaba; se entregó a él por completo; teniendo la dicha de encontrar en el señor Bontemps, el amigo de su tío, un director inteligente y bueno.
Los inventos de su tutor, cuyas retortas ardían siempre, en busca de alguna quimera, habían familiarizado a Pablo con las preparaciones químicas; de manera que en poco tiempo pudo hacerse útil, y se hizo apreciar.
Acababa de cumplir veintiocho años cuando estalló la guerra de 1870, que hizo sufrir al país la vergüenza de las derrotas.
El señor Bontemps fue muerto en Gravelotte. A su lado, Pablo combatió valientemente. Pasada la tormenta, se vio que estos horribles acontecimientos, la guerra primero, y luego la Comuna, habían herido mortalmente la fábrica de Creteil. Los hornos estaban apagados, las construcciones se derrumbaban; habían recibido las balas prusianes y las balas francesas.
La familia Bontemps propuso entonces a Pablo prestarle una corta cantidad de dinero, para que tratase de poner la fábrica en actividad.
Pero la suma que se le entregó era tan insignificante, que el joven tuvo que vencer las más grandes dificultades. Empezó por encender un horno, y con dos obreros; él mismo se puso a la obra.
Los comienzos de la nueva cristalería fueron terriblemente penosos: los días de pago eran para el señor Aubry motivo de constantes angustias. Pero después de algún tiempo, los beneficios obtenidos por el incesante trabajo le permitieron construir un segundo horno, luego un tercero, y aumentar el número de sus obreros.
Finalmente, tuvo la suerte de descubrir un cristal mucho más blanco que el Baccarat, que, con un tallado hábil, producía reflejos de diamante.
Este fue el principio de una era de gran prosperidad para la fábrica. Llegó a tener una cantidad de demandas muy superior a la de la antigua casa Bontemps, y, entonces, el nuevo dueño se permitió emprender obras de arte. Se reveló ahí, fabricante de genio, creador de obras maravillosas; así en los vitraux, inspirados en las antiguas cristalerías, como en los vasos y bibelots de alto precio, de formas exquisitas, de coloraciones raras, sus creaciones obtuvieron éxito creciente entre los buenos conocedores.
Seguro de su porvenir, se casó. La mujer que eligió era hermosa, inteligente y buena. Con ella, la felicidad y la prosperidad de la casa se afirmaron, y no huyeron más del hogar del infatigable trabajador.
Hacía doce años que el señor Aubry disfrutaba de esta dichosa paz cuando encontró a Juan Durand. Se le presentaban de improviso sus propios sufrimientos, en el abandono y la miseria del chico. Todo el horror de los tiempos lejanos lo asaltó violentamente, y estos recuerdos dolorosos abogaron con elocuencia en favor del huérfano. El nuevo propietario de la fábrica vio, en este encuentro fortuito, como la indicación de una deuda a pagar a Dios en agradecimiento de su felicidad actual. La fisonomía franca del desgraciado niño le agradó, e hizo promesa de dar a Juan Durand la misma protección que él había recibido de su antiguo patrón.
III
De esta manera fue como Juan entró de aprendiz en la fábrica de cristales de Creteil. El señor Aubry lo confió desde luego al guardián del establecimiento, un viejo obrero inválido, cuya mujer, como no tenía hijos, aceptó gozosa la misión de cuidar al chico. Instalado así en familia, en una pequeña casita a orillas del Marne, Juan se aclimató fácilmente a su nueva residencia. Él, que conocía apenas el Sena, quedó admirado de aquel río que se ofrecía a su constante contemplación. Las hermosas campiñas que lo rodean, lo encantaron al extremo de apresurar la metamorfosis de su ser moral, hasta entonces incrédulo y rebelde. Un sentimiento de inmensa gratitud hacia su bienhechor, lo invadió; todas las noches, al acostarse, murmuraba estas palabras infantiles, a manera de plegaria: ¡Gracias, patrón!
Y dicho esto se dormía en plena felicidad.
Poco tiempo después, Juan era el niño mimado de la fábrica. El patrón lo había recomendado a todos los jefes de sección, y como el chico era inteligente y activo, se granjeó rápidamente la amistad de todos.
Un día, sin embargo, sucedió que un obrero le dio algunos golpes. El estado de ebriedad en que se hallaba no le valió de excusa ante el señor Aubry, que lo despidió. Desde ese día, el sentimiento de Juan hacia su protector se convirtió en verdadera idolatría.
Los actos justos conmueven infinitamente a los niños. Por segunda vez, el señor Aubry hería el corazón de su protegido.
Entretanto el señor Aubry se encariñaba cada vez más con aquel huérfano que le manifestaba tan candorosamente su afecto, siempre que se le ofrecía la ocasión. Pero precisamente porque el señor Aubry comenzaba a interesarse seriamente por el niño, quería formarlo, como había sido formado él mismo, en la escuela austera de la labor ruda. Lo hizo pasar por todos los ramos de la industria cristalera; al propio tiempo lo puso en condiciones de completar su instrucción, a fin de que se convirtiera en un químico bastante práctico para auxiliarlo en sus experimentos, así como también en un dibujante bastante hábil para crear formas originales. Le procuró maestros, le suministró libros y le facilitó todos los medios de instruirse. Juan se mostraba dócil, aprovechaba las lecciones, los consejos, y ponía tanto celo en sus estudios como en el trabajo de operario.
La fábrica fue bien pronto la única ocupación personal de Juan: no la abandonaba sino para concurrir a los cursos de la noche. Se deleitaba en ella; la escudriñaba, la recorría en todos sentidos, cuando, terminado el trabajo, y marchados los obreros, se quedaba solo entregado a sí mismo. Nadie conoció tan bien como el pequeño operario los pasajes secretos ni los rincones del gran establecimiento. Allí estaba en su casa, era dueño de ir donde mejor le pareciera, examinando todo, interesándose por todo, tomando conocimiento de todo lo que existía en ella hasta en los escondrijos más oscuros y olvidados. La experiencia que Juan adquirió viviendo constantemente en esta labor, lo puso en breve al corriente de lo que debe saber un maestro cristalero.
El oficio era duro a veces; pero al chicuelo no le pesaba, contento de hallarse al lado de los grandes hornos rojos que no se apagaban jamás, y que le habían causado gran estupor la primera vez que los vio. No se cansaba de admirar las gruesas y pequeñas puertas, que daban, al parecer, sobre el infierno, y nada para él igualaba la destreza del obrero que soplaba botellas por la extremidad de una caña larga, o moldeaba con hábil ademán el cristal en fusión. Todas las operaciones diversas por las que pasaba la materia transparente, irisada y líquida, lo interesaban con pasión, y de esta suerte se desarrollaba en él una alma de artista, prendado de su arte.
Durante el tiempo de su aprendizaje no dejó un solo instante de tener la más perseverante energía. Para recompensarlo, el señor Aubry lo envió a trabajar algunos meses en las principales cristalerías de Bohemia e Inglaterra, a fin de familiarizarlo con todos los métodos de fabricación, y facilitarle el estudio del alemán e inglés.
En esta nueva faz de su vida la personalidad de Juan se destacó; adquirió en sus viajes por el extranjero, una cierta seguridad, fundada en la posesión de la ciencia de su arte.
Todo esto lo debía al señor Aubry. A medida que avanzaba en la vida, consciente de su felicidad, comprendiendo haber encontrado en su camino al hombre excelente que lo había recogido y educado, sentía hacia su protector una afección sin límites.
Este culto libró a la juventud de Juan de muchas tentaciones. El ascendiente de su patrón lo mantuvo en la vía recta, y con su temperamento laborioso no tuvo que esforzarse mucho para satisfacer por completo, con su conducta, a quien debía todo.
Desde que el señor Aubry hubo apreciado la naturaleza leal y afectuosa del huérfano, no vaciló en admitirlo en su casa, para perfeccionar su educación moral.
La señora Aubry se prestó maternalmente a desempeñar esta tarea; además de ser muy cariñosa con el joven, le dio consejos, lo obligó a vencer su timidez, y lo animó a hablarla como si fuera su hijo y a abrirle su corazón.
Para Juan era una fiesta ir a pasar los domingos y los días festivos en el antiguo hotel de los Aubry de Chanzelles, situado en la calle Vaugirard, frente al jardín del Luxemburgo. Pero el principal atractivo que encontraba allí, era la presencia de los niños de Aubry, Jaime y María Teresa.
Jaime, muchacho gordinflón y bullicioso, se encariñó en seguida con este camarada calmoso y fuerte que se sometía a sus caprichos. Su «amigo Juan» se le hizo indispensable. No tardó el niño pobre y reflexivo en tener una ligera influencia saludable sobre el niño rico. En cuanto a María Teresa, demasiado pequeña para ser otra cosa que un despótico baby, era gran favorita de Juan. Nunca había visto nada tan lindo como esta criatura, deliciosa muñeca blanca y rosada, primorosamente vestida con sedas, bordados y encajes, que le sonreía siempre que la tomaba en sus brazos.
Los nueve años que lo separaban de María Teresa lo convertían en un hombre al lado de ella. Al crecer, la chicuela no dejó de apercibirse de la impresión que producía en Juan, que permanecía extasiado ante su gentil personita, y supo darse aires dignos de una pequeña princesa acostumbrada a mandar y que quiere ser obedecida. Juan, se sometía, sin vacilar, a sus caprichos más fantásticos o imaginaciones más locas. Para contestar a su exigente «señora,» tenía que practicar todos los oficios: encolador de muñecas rotas, remendón de juguetes destrozados en momentos de cólera; unas veces hacía de cochero, otras de caballo, de payaso, de oso, de mago, etcétera. La diversidad de sus profesiones encantaba a la chicuela.
El apego que los niños demostraban hacia su amigo, hizo más necesarias sus visitas a la casa. María Teresa y Jaime esperaban con impaciencia el domingo, día en que Juan llegaba con los bolsillos llenos de bibelots de cristal, fabricados expresamente por él. Si, por acaso, Juan no podía salir de la fábrica, la presencia de sus primos Bertrán y Diana Gardanne no bastaba a consolar a los niños de la ausencia de su gran camarada, tan ansiosamente esperado, y que tenía el secreto de divertirlos sin contrariarlos jamás. Se entristecían y no jugaban.
Bien pronto, para complacerlos, Juan fue llevado más a menudo al hotel de la calle Vaugirard. Después, poco a poco, sus buenas condiciones le atrajeron la simpatía general, y el señor y la señora Aubry, habiendo observado que aprovechaba inteligentemente sus consejos, lo consideraban como miembro de la familia.
Transcurrieron los años. Juan se hizo un buen operario. Gracias a su amor al trabajo y a su disposición para los negocios, obtuvo un puesto preferente en la fábrica. El señor Aubry, que lo apreciaba cada día más, concluyó por nombrarlo subdirector para procurarse algún descanso.
El señor Aubry no tuvo que arrepentirse de su determinación; comprobó muy pronto que Juan poseía dotes naturales que no se adquieren fácilmente: cualidades de iniciativa y grandes condiciones de administrador. El joven se convirtió en su alter ego, en quien podía confiar con toda seguridad. Juan sería el continuador de su obra.
Su naturaleza leal, su espíritu estudioso, su vida entera pasada en la fábrica y en la intimidad elegante de la familia de los Aubry, le habían formado una personalidad atrayente. Nada de ficticio había en él; marchaba en el mundo sin preocupaciones y sin artificios. A los veintinueve años representaba el tipo del hombre que por el doble trabajo de sus manos y de su cerebro, llega a la plena posición de una individualidad superior. Era un hombre fuerte: podía ganarse la vida con su labor manual; era un intelectual también: merced a los conocimientos adquiridos, su inteligencia creadora había sabido encontrar formas nuevas en un arte antiguo.
Para Juan el mundo estaba circunscripto a la fábrica y a la familia de Aubry; pero si no había sentido tentaciones de ampliar este círculo estrecho, de buscar fuera de él, el ideal a que todo hombre aspira, era porque lo tenía en ellas. Desde hacía muchos años, su pensamiento se había acostumbrado a gozar con la presencia de María Teresa, y la influencia misteriosa de la joven se afirmaba en él de una manera lenta, oscura, inconsciente, pero segura.
Mientras Juan se absorbía en esta vida seria, como la juventud dichosa y alegre de Jaime y de su hermana, exigía mayor expansión, los Aubry transformaron poco a poco su género de existencia; recibieron más gente, y un elemento nuevo, muy mundano, hizo su aparición en aquel hogar hasta entonces casi austero.
A Juan le fue dado contemplar los más hermosos ejemplares de la gente del gran mundo, de la que había oído hablar, pero que desconocía. Todos aquellos desocupados, aquellos inútiles, se daban delante de él aires de gran importancia, que en un principio no le chocaron; pero, como era muy observador, sintió en breve cerca de ellos un sentimiento de inferioridad que le hizo pensar. Se apercibió de que su aspecto y sus maneras, contrastaban con las de aquellos jóvenes tan seductores exteriormente. Se veía en seguida que no habían sido obreros, ellos. Sabían vestirse con gusto, presentarse de una manera especial, hablar un lenguaje refinado, en fin muchas cosas que revelaban la casta privilegiada de que procedían.
Entonces, poco a poco, Juan se replegó sobre sí mismo y se alejó de la casa, para huir de estos contactos dolorosos.
Los Aubry que lo querían mucho, atribuyeron primeramente a su carácter huraño, su obstinación en no aparecer por el hotel sino cuando sabía que estaban solos; redoblaron sus atenciones hacia él, pero dejaron que procediese a su gusto, sin sospechar el sufrimiento que, de improviso, lo había embargado. ¿Cómo podían conocer su pesadumbre, ellos que tenían a Juan por un hombre fuerte, resuelto, superior a las vanidades humanas? Lo colocaban demasiado alto, de donde, su estimación se hacía cruel. El corazón sensible, el sufrimiento del hijo adoptivo, escapaba a su penetración, y Juan se sorprendía de sentirse, de pronto, tan lejos de ellos.
Pensaba:—Me han salvado de la miseria, me han hecho hombre; si yo enfermara se alarmarían, pero nunca adivinarán el dolor moral que me ahoga... ¿Conocerán nunca mi corazón? ¡Ah! si supieran hasta qué punto sus bondades han desarrollado la sensibilidad de este corazón, si supieran cómo los amo. ¿No se sorprenderían de mi audacia?
Y con el alma destrozada, el espíritu quebrantado, el pobre joven, desalentado, exhalaba su ternura desconocida, murmurando:—¡María Teresa... María Teresa!
¿Cómo, por qué María Teresa, con su instinto de mujer, nada había visto? Porque era dichosa y nada atrofía tanto el corazón como la felicidad. Sólo la desgracia desarrolla la sensibilidad. Además, la joven estaba tan habituada a los cuidados, a las atenciones de Juan, que le parecían perfectamente naturales. ¿No habría acaso también en el fondo de aquel ser de gracia y de belleza, algún otro sentimiento? Aunque Juan se hubiera transformado, ¿no permanecería siendo para ella, el hombre del pueblo que debía su elevación a la generosidad del señor de Chanzelles? Ciertamente, María Teresa no manifestaba claramente esta especie de menosprecio; pero su atavismo y su educación aristocrática, ahondaban el pozo que separaba a ella de Juan. A medida que transcurrían los años, la fuerza de las cosas tendía a separarlos. Juan tenía conciencia de esto, mientras que María Teresa, acostumbrada a la adoración respetuosa de su amigo, la aceptaba como un testimonio del reconocimiento grabado en el corazón del niño salvado en otro tiempo por su padre.
Así, cuando algunos días después del baile, Juan acompañó a los Aubry de Chanzelles a la estación, la joven no se sorprendió de encontrar un ramo de soberbias rosas, cuyos tallos desaparecían en un artístico vaso de cristal, en el vagón que el señor Aubry había encargado para el viaje, como tampoco se admiró de hallar helados de aromas variados, en las pequeñas cajas de metal blanco, que Boissier ha puesto a la moda en el teatro.
Dijo simplemente:
—Usted me mima demasiado, Juan. Gracias, amigo mío.
Y como él se excusase respondiendo fríamente:
—Esto es completamente natural; yo sé que a su mamá le gustan las flores.
—Pero ¿y los helados?
—¡Oh! no me he olvidado que cierta señorita era muy golosa, en los tiempos lejanos en que me convidaba a sus banquetitos, a condición de que yo no comiese nada.
Se rieron. Luego, María Teresa repuso:
—Yo ya no soy golosa...
—¡Pero aun le gustan los helados!
—Juan, usted se ha puesto insoportable. En penitencia, tome usted esta rosa, que la llevará consigo todo el día, para que le recuerde que ha sido mordaz con su antigua amiga... ¡Vamos, adiós!
Subió ligeramente al coche, y cerrada la portezuela, bajó el vidrio y tendió su mano al joven; él, en equilibrio sobre el estribo, la tomó en la suya. Permanecieron un momento silenciosos, unidos por aquel débil lazo. Un estridente silbido hizo retroceder bruscamente a María Teresa. Juan saltó al andén, la contempló durante un instante con pasión y saludando por última vez se perdió entre la multitud.
Mientras el tren se ponía en movimiento, la señora Aubry murmuró:
—¡Qué excelente joven es Juan!
—¡Ciertamente! Y hombre de gran mérito, además, querida esposa.
—Sí, un excelente amigo, madre. Para mí es como un hermano mayor, más atento que Jaime, pero a veces un poco severo... ¿no es verdad, papá?
—Es todo un hombre... Alcánzame el diario, hija mía.
María Teresa le entregó el diario, riéndose del aire de convicción con que el señor Aubry había pronunciado: Es todo un hombre...
—Evidentemente, es un hombre, no lo dudamos... pero a mí me quieres más, ¿cierto, papá querido?—dijo besando a su padre.
El recuerdo de Juan estaba ya lejos de ellos. Entretanto, el pobre joven caminaba sin ver la gente que pasaba a su lado, sombrío de desesperación.
—¡Dios mío!—murmuraba en su interior—¡cómo librarme de la constante, de la abrumante idea que me domina! Mi corazón sufre hasta convertirme en un alucinado. ¡Ella no pensaba en nada al darme por última vez la mano!... ¡Pero yo, yo! ¡Con tal que no haya sentido el estremecimiento de la mía! ¡Si por mis imprudencias fuera a perder su confianza! ¡Ah, no; todo menos eso!
Y un pesar tan grande lo invadía, ante la sola idea de permanecer tres meses sin verla, que había preferido seguir sufriendo como en el tiempo pasado, a la angustia de la hora presente.
IV
Los Aubry dejaban, pues, a Creteil, en los primeros días de julio, para instalarse en su villa de Pervenches.
Construida sobre una de las barrancas gredosas que rodean la playa de Etretat en semicírculo pintoresco, este chalet blanco domina el mar, y hacia el otro lado, el jardín, de verdes campos sembrados de flores, desciende en suave pendiente, flanqueando una amplia alameda, hasta la carretera de Bennville.
Durante la estación de baños, Etretat es una estación encantadora. María Teresa encontraba allí numerosos amigos; además, Diana y Bertrán Gardanne, sus primos, pasaban allí también sus vacaciones. Toda esta brillante juventud llevaba a la casa de campo de los Aubry, una vida alegre y feliz.
Algunas semanas después de su llegada, reinaba gran animación en el jardín. Jugando el tennis, Bertrán, en un match con el campeón invencible Roberto Milk, se dejaba batir vergonzosamente por la Inglaterra, ante los ojos atentos de su amigo d'Ornay, experto jugador, quien, furioso, le dirigía vivas recriminaciones.
María Teresa, Diana, Mabel d'Ornay, Alicia y Juana de Blandieres, conversaban en la terraza, reclinadas en rocking-chairs.
—¿No ha hecho usted prevenir a Max Platel que hoy nos reuníamos aquí, por la tarde, María Teresa?—preguntó con aire ansioso la linda Mabel d'Ornay.
—Tranquilícese usted, Mabel—se apresuró a contestar la burlona Diana;—ha sido prevenido por orden mía. ¡Qué extraña idea tiene usted de nuestra manera de comprender los deberes para con los huéspedes, para suponer que María Teresa y yo no trataríamos de procurar a nuestras amigas el mayor placer posible! Y como Max Platel constituye el atractivo de la playa, por el momento a lo menos, sería preciso ser muy ignorante o muy culpable para no servirlo con el té, los muffins y los bombones a la violeta.
—¿Por qué esa correlación?—preguntó Alicia de Blandieres.—¿Acaso Max Platel es un literato a la violeta?
—¿Max Platel?... es un amigo excelente—interrumpió María Teresa.
—¡Oh!—exclamó Diana—¡para mi prima todas las personas que recibe son sagradas, no es permitido tocarlas, ni aun con rosas sin espinas! Pero se puede ser un amigo excelente y hacer mala literatura: son cosas que no tienen nada de incompatible.
—¿Encuentras que es malo lo que escribe? ¡Pues no se creería, porque no le escatimas las felicitaciones!
—Además—dijo la señora d'Ornay, joven casada hacía pocos meses,—me imagino que usted no ha leído todo lo de Platel: escribe poco para las señoritas.
—Diana no habla sino por lo que se dice—respondió María Teresa;—sus críticas se refieren a los juicios de los inteligentes y en tales asuntos las opiniones son diversas.
—Pues no es así—interrumpió con viveza Diana,—yo tengo mi opinión personal; he leído, de Platel, El Valle de los Lirios y La Aventura de la señora Tarbes.
—Entonces, si lo has leído, no has comprendido, y viene a ser lo mismo que yo te decía. En cuanto a mí, soy de la opinión de los que, sin haberlo leído, encuentran que tiene talento.
Diana estaba mortificada, pero Mabel d'Ornay triunfaba. Desde el principio de la estación, Max Platel se mostraba muy solícito con ella; la joven estaba envanecida, pues el novelista a un exterior atrayente reunía una reputación lisonjera, y la circunstancia de que se le reconociera talento, aumentaba el mérito de sus atenciones.
—Y nuestro amigo Huberto Martholl ¿cómo es que no se encuentra ya aquí?—preguntó Diana.—Generalmente, cuando nos reunimos él es el primero en llegar.
—¡Ah, sí!—dijo con animación Juana de Blandieres,—tengo muchos deseos de verlo, a ese Huberto Martholl de quien ustedes hablan tanto!
—¿Cómo no conoce usted al hermoso Martholl?
—Estamos aquí desde hace dos días solamente, y hoy es la primera vez que salimos. Hemos traído tanto equipaje que no podíamos encontrar nada de lo que necesitábamos, y nos era imposible dejarnos ver en el Casino en traje de viaje.
—¡Naturalmente el exceso de baúles es un estorbo!—repuso Diana.—Si usted no hubiera traído más que uno, encontraba en seguida el vestido que necesitaba. Hubiera ido al Casino esa misma noche, Martholl le hubiera sido presentado, habría usted bailado con él, y hoy sería para usted una relación antigua, mientras que ahora ¿rescatará el tiempo perdido?
—¡Bah! ¡no creo que sea tan grande el perjuicio!
—¿Es usted, Mabel, quien tuvo la buena idea de traerlo por aquí?—preguntó Juana de Blandieres.
—Sí, ha venido a vernos.
—¿Se quedará mucho tiempo?
—Creo que unos quince días.
—¡Oh! no es mucho; habrá que decidirlo a pasar toda la estación; hay tan pocos flirts interesantes...
—Ya verá usted qué chic es—dijo Diana.—Pero, ahí viene con Platel: puede empezar a contemplarlo.
—Hacia el extremo de la larga avenida, dos jóvenes avanzaban. El uno era pequeño y nervioso, hablaba con vivacidad, poniendo toda su persona en movimiento, de aspecto alegre y fino; el otro, alto, frío, era infinitamente más elegante.
Cuando se aproximaron para saludar a las jóvenes, todas ellas los recibieron con el aire de contento que se demuestra al ver llegar al fin a quienes se espera.
—¡Y bien! ¡pueden ustedes alabarse de haberse hecho desear!—dijo aturdidamente Diana, después de la presentación de Huberto Martholl;—hace una hora que suspiramos por turno: ¿Vendrán? ¿Les has avisado? ¡Con tal que no se hayan olvidado! Me gustaría ser esperada con tanta ansiedad.
—Pero, señorita—respondió Platel sentándose al lado de la señora d'Ornay,—estoy cierto que cuando usted no está, son esos los sentimientos que se manifiestan...
—¿Lo cree usted?—replicó Diana.—Yo pienso que un novelista vale por varias mujeres lindas. Aunque el literato sea algo menos raro, hoy, que tanta gente se entromete a escribir, es, sin embargo, un artículo suyo muy buscado en el mundo; se lo arrebataban. Las mujeres lindas adornan, es cierto; pero los hombres de talento adornan de un modo más interesante.
—Usted quiere enorgullecerme, señorita Diana. Esta acogida me confunde. Pero le ruego que no continúe tejiéndome coronas; me conozco, no me resolvería nunca a dejar un sitio donde la permanencia es tan agradable.
Luego, mirando a las jóvenes con aire de admiración:
—Señoritas, ustedes tienen el secreto de hacerme feliz; sus palabras destilan la miel de la lisonja, y son ustedes también el placer de los ojos. Dime, Martholl—y se volvió hacia su amigo que se había sentado entre María Teresa y Diana,—¿Puede verse algo más hermoso, más encantador que este grupo de niñas? Se diría que están vestidas con pétalos de flores, tan delicados son los colores que llevan.
Huberto se sonrió asintiendo, en tanto que su mirada contemplaba con manifiesta satisfacción el pequeño círculo.
Platel continuó:
—No sabría expresar hasta qué punto soy esclavo de la belleza. Los tonos armoniosos son para mí sinfonías exquisitas que me encantan, en tanto que la reunión de ciertos colores y formas hacen rechinar mis nervios como el chirrido de una sierra al cortar la piedra. Sufrir de esta manera ante la fealdad de las cosas, es pagar muy caro el placer de buscar la belleza en sus manifestaciones diversas, por desgracia demasiado fugaces, frecuentemente. Yo soy Pan persiguiendo a Syrinx; pero hoy he cazado a la diosa, puesto que puedo contemplar a mi gusto estas formas graciosas adornadas con arte delicado.
—Cuánta razón teníamos en esperarlo a usted con impaciencia—suspiró la señora d'Ornay;—no hay como usted para pronunciar palabras lisonjeras.
Max Platel, sintiéndose en disposición de dar una conferencia, y halagado por su éxito, que leía en las sonrisas plácidas y en las miradas atentas de su auditorio femenino, continuó:
—Las mujeres no se imaginan bastante, creo, la importancia de la estética en el vestido. No es que las acuse de falta de coquetería, ¡oh, no! Lamento solamente que no tengan siempre el gusto seguro. Hay muchas personas que, como yo, viven principalmente por los ojos; debería tenerse cuenta de ellos y cuidárseles la decoración. En nuestra época toda la fantasía, toda la alegría del color, se ha refugiado en el vestido femenino, puesto que nosotros no somos ya más que tristes maniquíes, todos iguales, negros y dibujados por igual.
—¡Ah! permíteme, querido amigo—interrumpió Martholl.—Con algún empeño y gusto personal, se puede obtener gran resultado de estos ínfimos elementos.
—¿Dices esto para hacernos notar que tú has sabido realizar ese prodigio?
—¡Puede ser!—murmuró Martholl sonriendo.—Un hombre hábil no debe jamás desperdiciar la ocasión de hacerse valer.
Las miradas de las jóvenes le daban razón; se posaban con simpatía en su elegante persona, admirando su irreprochable traje de verano, desde la corbata de batista clara hasta el barniz de sus zapatos amarillos donde se reflejaba el cielo.
—Admitamos que Martholl sea una excepción y que se afana por vestirse para deleitar a sus contemporáneos; en cuanto a ustedes, déjenme darles un consejo, mis encantadoras amigas: preocúpense siempre de ser lo más hermosas posible; piensen en el placer que nos causan con un adorno feliz.
—Platel, debía usted habernos prevenido; esto es una conferencia.
—Seguramente...
—Entonces, voy a servirle una taza de té en reemplazo del vaso de agua clásico de los oradores—dijo Diana levantándose.
—Acepto, señorita, y continúo: observen ustedes cómo el vestido entristece o alegra una época: ¡la gente debía divertirse poco en la corte de Felipe II, bajo la austeridad del terciopelo negro! Y hay que convenir en que, a pesar de las escenas sangrientas de la Revolución y las cabezas cortadas durante el Terror, no nos horripilan estos espectáculos, en los cuales las víctimas aparecen engalanadas con gracia ligera y voluptuosa, empolvadas y vestidas de sedas claras. Estos espectros nos conmueven, pero no nos espantan. Imaginémonos ¡qué cosa más horrorosa sería una revolución hoy, entre toda esta gente difrazada con nuestros trajes modernos, imposible de evocar trágicamente con aires de ópera!
—¡La Revolución!—exclamó Mabel d'Ornay, simulando un temblor de espanto para acercarse al joven novelista.—¡Brrr! espero que ya no habrá jamás otra. ¿Acaso el pueblo necesita reivindicaciones? ¿No tiene todo lo que le hace falta?
—¡Oh, Mabel!—intervino María Teresa,—¡puede usted decir eso! ¡Hay tanta miseria todavía!... Me sorprende que todos los que se mueren de hambre permanezcan tan resignados y no traten de rebelarse contra nosotros, que disfrutamos de todo. Somos muy culpables hacia ellos...
—¿Culpables?... ¿culpables de qué?
—De preocuparnos muy poco de sus sufrimientos; nosotros, los burgueses, los ricos de hoy, no comprendemos mejor nuestro deber que los nobles el suyo antes de la Revolución.
—Yo soy de la opinión de Mabel—dijo Diana.—Me pregunto ¿qué otros privilegios podría reclamar el pueblo: acaso cualquiera, por pobre que sea, no llega, si tiene carácter y ambición, a ser rico y obtener todo lo que quiere? Mira, sin ir más lejos, Juan Durand a quien esperamos esta noche, es un ejemplo vivo del hombre del pueblo que sabe vencer; el porvenir es suyo.
—Ciertamente—repuso María Teresa con viveza,—pero debías agregar que el hombre del pueblo tiene que reunir a una inteligencia nativa, una suma de trabajo, de energía y de paciencia poco comunes, para llegar a una posición igual a la de Juan. Además, Juan tuvo la suerte de encontrar a mi padre quien lo dirigió y sostuvo.
—¿Quién es ese Juan?
—Un niño abandonado, que mi padre recogió en otro tiempo y que ha sabido adquirir en nuestra cristalería de Creteil, la ciencia completa de su oficio, sin descuidar sus estudios escolares. Con una rara facultad de asimilación siguió los cursos nocturnos y aprovechó toda ocasión de instruirse. Habla el inglés, el alemán, y actualmente es subdirector de la fábrica. Los obreros lo quieren, lo respetan y lo obedecen, porque sabe mandar con suavidad y firmeza.
—¡Pero ese hombre es un prodigio entonces!
—No se entusiasme, Alicia—dijo Diana;—un prodigio, quizá; pero seguramente un flirt imposible.
—¿Es feo?
—¡No, hasta es hermoso a su modo; no se le podrá reprochar que sea enclenque, por ejemplo! y a quien le guste las espaldas anchas y el busto poderoso... ha de agradarle. Solamente que es un hombre serio, severo y en sociedad no es amable, se lo prevengo.
—¿Por qué dices eso?—exclamó María Teresa, dirigiéndose a su prima con cierta vehemencia.—Las cualidades de Juan le dan tal valor, que no está bien imputarle como defecto lo que le reprochas. Está tan ocupado, que no tiene tiempo para tomar parte en nuestras frivolidades mundanas. Con su trabajo diario y su pensamiento absorbido por las cosas serias, no puede realmente tener el aire de un clubman.
—La señorita María Teresa defiende admirablemente a sus amigos—observó Platel;—esto provoca el deseo de aumentar el número de ellos.
María Teresa tendió, sonriéndose, la mano al joven.
—Usted figura en el número, Platel; en efecto, creo ser una buena amiga; pero en este momento soy simplemente justa. Por lo demás, usted va a conocer a Juan; llega esta noche y pasará algunos días con nosotros. Ustedes podrán apreciar por sí mismos, que es merecedor de todas las simpatías.
—Nadie lo duda, puesto que usted lo afirma—dijo Huberto Martholl, que no perdía un solo movimiento de la joven.
La conversación fue interrumpida por otros jugadores de tennis; contaron hazañas que nadie escuchó, y formaron círculo aparte. Después, cuando los jugadores hubieron reparado sus fuerzas comiendo sandwiches, muffins, dulces, té y vino de Madera, todo el mundo se levantó.
Alicia de Blandieres se aproximó a Diana, que hablaba con Mabel d'Ornay, para decirle a ésta, en tono de confidencia:
—¡Oh! querida mía, es exquisito, su Huberto Martholl.
Mabel d'Ornay se echó a reír:
—¡Mi Huberto Martholl! ¡con qué posesivo comprometedor lo califica usted!... ¡Vaya! ¡ya está usted conquistada, mi pobre Alicia! Decididamente, trastorna la cabeza de todas las jóvenes, nuestro amigo.
Alicia tomó cómicamente la mano de la joven, y sacudiéndola con fuerza:
—¡Qué hermoso ejemplo de desinterés da usted, Mabel, no atesorando sus flirts y poniéndolos a la disposición de sus amigas!
—Pero, si Martholl no es mi flirt—gimió Mabel, mirando con inquietud hacia Max Platel.
—Entonces, mejor, si es una tierra libre para conquistar—continuó alegremente Alicia.—Cada una de nosotras tiene derecho a tratar de llegar primero para plantar la bandera vencedora.
—¡Ah!—exclamó Diana,—¡después de esto, nadie se atreverá a afirmar que la juventud femenina no es colonizadora!
La hora de comer se acercaba. Habiendo dicho Bertrán Gardanne que iba a recibir a Juan, todo el mundo se dispersó, dándose cita para la noche en el Casino. Las dos primas fueron a vestirse. María Teresa bajó sola poco después; quería estar allí para recibir a Juan.
Algunos días antes, Jaime había escrito, desde Budapesth, que creía que Juan pasaba por una crisis moral, que debían atenderlo un poco, así como debían convidarlo a pasar unos días en Pervenches.
Inmediatamente la joven rogó a su madre que invitase a Juan, y éste aceptó la invitación porque, con el fin de sacudir su preocupación moral, había resuelto visitar por segunda vez las cristalerías de Austria, proyecto que deseaba someter a la aprobación del señor Aubry.
La hora de la llegada del tren se aproximaba. María Teresa pensó que Juan se alegraría de la prueba de amistad que le daba saliendo a su encuentro. Vería, pues, su semblante leal iluminarse con la sonrisa dulce y feliz que tenía siempre cuando la veía.
Después de haber cortado algunas flores en el jardín que rodeaba la casa, se sentó ante la balaustrada de la terraza, puso el ramo a su lado y esperó.
Estaba contenta de que Juan viniese a Pervenches, porque, aunque veía con menos frecuencia que antes al compañero de su infancia, le conservaba mucha afección. Recuerdos de aquel tiempo, que la joven consideraba lejano, le venían a la memoria; pero como el ambiente en que vivía por el momento, hacía predominar en ella las impresiones mundanas, pensó de pronto en lo que su tía había dicho un día, al oír alabar las grandes cualidades de Juan:
—Juan Durand, es quizá un carácter, pero nunca será un hombre de mundo, a pesar del buen ejemplo de ustedes y de la instrucción que le hacen dar.
Para una joven de veinte años, por sensata que sea, el joven que no es un lindo maniquí acicalado, buen bailarín y diestro jinete, pierde mucho de sus méritos.
María Teresa era demasiado inteligente para no tener conciencia del ningún valor del juicio de la señora Gardanne, pero a pesar suyo estaba preocupada, y esa tarde, contemplando con mirada distraída el crepúsculo que descendía lentamente hacia la tierra, la idea de la obligación en que se vería de presentar a Juan a sus amigos, la inquietaba vagamente. Suspiró con real inquietud.
—¡Con tal que no se le ocurra bailar!—pensó.
En esto su temor era vano. Juan conocía tan bien lo que le faltaba para figurar en sociedad, que se había convertido casi en un salvaje. En un principio se había irritado contra sí mismo. Aislado y solitario después, se desahogaba juzgando fríamente la vaciedad y frivolidad de las palabras y actos mundanos.
El ruido del carruaje que entraba en la gran avenida devolvió a Teresa la noción del momento presente. Ante la escalinata, Bertrán saltó al suelo; Juan que iba a imitarlo, se detuvo, conmovido y feliz. Acababa de ver a la joven. Esta avanzaba hacia él, cordialmente, tendiéndole las manos.
—Gracias, por haber venido... Espero que se quedará algún tiempo con nosotros. Vamos a tratar de convertirle en un perezoso; aquí no hay que pensar sino en descansar y en divertirse ¿no es verdad?