Los nueve libros de la Historia (2 de 2)
Nota de transcripción
- Los errores de imprenta han sido corregidos.
- La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.
- También se han modernizado los nombres propios de personas y lugares, y los gentilicios.
- No se han modernizado, sin embargo, los restantes términos ni la sintaxis utilizada por el traductor, propia del siglo XVIII.
- Los nombres de los dioses no aparecen con la denominación latina, utilizada por el traductor, sino con la griega, como hizo el autor. Es decir, Venus y Hércules aparecen como Afrodita y Heracles.
- El gentilicio «focense» se ha transcrito como «foceo» para aludir a los habitantes de la ciudad jonia de Focea; para los de la región continental de la Fócide se utiliza «focidio».
- Se han retirado las rayas intrapárrafos que indican diálogo, manteniéndose las comillas.
- Las notas a pie de página han sido renumeradas y colocadas al final del tomo.
LOS NUEVE LIBROS DE HERÓDOTO.
Imprenta Central a cargo de Víctor Saiz, Colegiata, 6.
BIBLIOTECA CLÁSICA
TOMO VII
LOS NUEVE LIBROS
DE LA HISTORIA
DE
HERÓDOTO DE HALICARNASO
TRADUCIDA DEL GRIEGO AL CASTELLANO
POR
EL P. BARTOLOMÉ POU
DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS
TOMO II.
MADRID
LUIS NAVARRO, EDITOR
Colegiata, núm. 6
—
1884
LIBRO QUINTO.
TERPSÍCORE.
Los generales de Darío principian a conquistar varias plazas en Europa. — Costumbres de los tracios. — Traslación de los peonios al Asia. Véngase Alejandro de los embajadores persas enviados a Macedonia. — Política de Darío con Histieo, señor de Mileto. Sublévanse los jonios contra los persas por instigación de Histieo y Aristágoras, y piden socorro a los atenienses: situación de estos, sus guerras y revoluciones. Muerte de Hiparco, tirano de Atenas y expulsión de su hermano Hipias: los lacedemonios tratan de favorecer a este para recobrar el dominio de Atenas, pero se opone el corintio Sosicles refiriendo el origen de la tiranía en su patria y los males que acarreaba en ella. Irritado Hipias incita a los persas contra los atenienses, y Aristágoras por su parte persuade a estos que se alíen con los jonios contra los persas. — Ataque e incendio de Sardes por los griegos coligados. — Jura Darío vengarse de ellos, y sus generales principian a sujetar varios pueblos de los insurgentes.
I. Los primeros a quienes avasallaron a la fuerza las tropas persianas dejadas por Darío en Europa al mando de su general Megabazo, fueron los perintios, que rehusaban ser súbditos del persa y que antes habían ya tenido mucho que sufrir de los peonios, habiendo sido por estos completamente vencidos con la siguiente ocasión: Como hubiesen los peonios, situados más allá del río Estrimón, recibido un oráculo de no sé qué dios, en que se les prevenía que hicieran una expedición contra los de Perinto,[1] y que en ella les acometieran en caso de que estos, acampados, les desafiaran a voz en grito, pero que no les embistieran mientras los enemigos no les insultasen gritando, ejecutaron puntualmente lo prevenido; pues atrincherados los perintios en los arrabales de su ciudad, teniendo enfrente el campo de los peonios, hiciéronse entre ellos y sus enemigos tres desafíos retados de hombre con hombre, de caballo con caballo, y de perro con perro. Salieron vencedores los perintios en los dos primeros, y al tiempo mismo que alegres y ufanos cantaban victoria con su himno Peán, ofrecióseles a los peonios que aquella debía ser la voz de triunfo del oráculo, y diciéndose unos a otros: «el oráculo se nos cumple, esta es ocasión, acometámosles», embistieron con los enemigos en el acto mismo de cantar el Peán, y salieron tan superiores de la refriega, que pocos perintios pudieron escapárseles con vida.
II. Y aunque tal destrozo hubiesen experimentado ya de parte de los peonios, no por eso dejaron de mostrarse después celosos y bravos defensores de su independencia contra el persa, quien al cabo los oprimió con la muchedumbre de su tropa. Una vez que Megabazo hubo ya domado a Perinto, iba al frente de sus tropas corriendo la Tracia, domeñando las gentes y ciudades todas que en ella había y haciéndolas dóciles al yugo del persa en cumplimiento de las órdenes de Darío, que le había encargado su conquista.
III. Los tracios de que voy a hablar son la nación más grande y numerosa de cuantas hay en el orbe,[2] excepto solamente la de los indios, de suerte que si toda ella fuese gobernada por uno, o procediese unida en sus resoluciones, sobre ser invencible, sería capaz de vencer por la superioridad de sus fuerzas a todas las demás naciones; ahora por cuanto esta unión de sus fuerzas les es, no difícil, sino del todo imposible, viene a ser un pueblo débil y desvalido. Por más que cada uno de los pueblos de que la nación se compone tenga sus propios nombres en sus respectivos distritos, tienen sin embargo todos unas mismas leyes y costumbres, salvo los getas, los trausos y los que moran más allá de los crestoneos.
IV. Llevo dicho de antemano qué modo de vivir siguen los getas atanizontes (o defensores de la inmortalidad). Los trausos, si bien imitan en todo las costumbres de los demás tracios, practican no obstante sus usos particulares en el nacimiento y en la muerte de los suyos;[3] porque al nacer alguno, puestos todos los parientes alrededor del recién nacido, empiezan a dar grandes lamentos, contando los muchos males que le esperan en el discurso de la vida, y siguiendo una por una las desventuras y miserias humanas; pero al morir uno de ellos, con muchas muestras de contento y saltando de placer y alegría, le dan sepultura, ponderando las miserias de que acaba de librarse y los bienes de que empieza a verse colmado en su bienaventuranza.
V. Los pueblos situados más arriba de los crestoneos practican lo siguiente: Cuando muere un marido, sus mujeres, que son muchas para cada uno, entran en gran contienda, sostenidas con empeño por las personas que les son más amigas y allegadas, sobre cuál entre ellas fue la más querida del difunto. La que sale victoriosa y honrada con una sentencia en su favor, es la que, llena de elogios y aplausos de hombres y mujeres, va a ser degollada por mano del pariente más cercano sobre el sepulcro de su marido, y es a su lado enterrada, mientras las demás, perdido el pleito, que es para ellas la mayor infamia, quédanse doliendo y lamentando mucho su desventura.
VI. Otro uso tienen los demás tracios: el de vender sus hijos al que se los compra, para llevárselos fuera del país. Lejos de tener guardadas a sus doncellas, les permiten tratar familiarmente con cualquiera a quien les dé gana de usar licenciosamente, a pesar de ser ellos sumamente celosos con sus esposas, de cuyos padres suelen comprarlas a precio muy subido. Estar marcados es entre ellos señal de gente noble; no estarlo es de gente vil y baja. La mayor honra la ponen en vivir sin fatiga ni trabajo alguno, siendo de la mayor infamia el oficio de labrador: lo que más se estima es el vivir de la presa, ya sea habida en guerra o bien en latrocinio. Estas son sus costumbres más notables.
VII. No reconocen otros dioses[4] que Ares, Dioniso y Artemisa, si bien es verdad que allí los reyes, a diferencia de los otros ciudadanos, tienen a Hermes una devoción tan particular, que solo juran por este dios, de quien pretenden ser descendientes.
VIII. En los entierros la gente rica y principal tiene el cadáver expuesto por espacio de tres días, durante los cuales, sacrificando todo género de víctimas y plañiendo antes de ir a comer, hacen con ellas sus convites: después de esto dan sepultura al cadáver, o quemándolo o enterrándolo solamente. Después de haber levantado sobre él un túmulo de tierra, proponen toda suerte de certamen fúnebre, destinando los mayores premios a los que salen victoriosos en la monomaquia, o duelo singular.
IX. Muy vasta y despoblada debe de ser, según parece, aquella región que está del otro lado del Istro; por lo menos solo he podido tener noticia de ciertos pueblos que más allá moran, llamados siginas, quienes visten con el ropaje de los medos. De los caballos de aquel país dícese que son tan vellosos, que por lodo su cuerpo llevan cinco dedos de pelo, que son chatos y tan pequeños que no pueden llevar un hombre a cuestas, aunque son muy ligeros uncidos al carro, por lo que los naturales se valen mucho de ellos para sus tiros. Los límites de dichos pueblos tocan con los enetos, situados en las costas del mar Adriático, y colonos de los medos, según ellos se dicen, de quienes no alcanzo a fe mía cómo puedan serlo, si bien veo que con el largo andar del tiempo pasado, todo cabe que haya acaecido.[5] Lo que no tiene duda es, que los ligures situados sobre Masalia llaman siginas a los revendedores, y los de Chipre dan el mismo nombre a los dardos.
X. Al decir los tracios que del otro lado del Istro no puede penetrarse tierra adentro por estar el país hirviendo en abejas, paréceme que no hablan con apariencia siquiera de verdad, no siendo para los climas fríos aquella especie de animales.[6] Mi juicio es que el norte, por exceso de frío, es inhabitable. Esto es cuanto se dice de la región de Tracia, cuyas costas y comarca marítima iba Megabazo agregando a la obediencia del persa.
XI. Luego que Darío pasado velozmente el Helesponto llegó a Sardes, hizo memoria así del servicio que había recibido de Histieo, señor de Mileto, como del aviso que Coes de Mitilene le había dado. Llamados, pues, los dos a su presencia, díjoles que pidiera cada uno la merced que más quisiera. No pidió Histieo el dominio de alguna ciudad, puesto que tenía ya el de Mileto, pero sí pretendió que se le diera un lugar de los edonos llamado Mircino[7] para fundar allí una colonia. Pero Coes, no siendo todavía señor de ningún estado, sino mero particular, pidió y obtuvo el dominio de Mitilene. Así que los dos salieron contentos de la corte, lograda la gracia que habían pretendido.
XII. Vínole a Darío en voluntad, por un espectáculo que se le presentó casualmente estando en Sardes, el ordenar a Megabazo que apoderado de los peonios los trasplantase de Europa al Asia. Después que Darío estuvo de vuelta en Asia, dos peonios, llamados el uno Pirges y el otro Manties, llevados de la ambición de lograr el dominio sobre sus ciudadanos, pasaron a Sardes, llevando en su compañía a una hermana, mujer de buen talle y estatura bizarra, y al mismo tiempo muy linda y vistosa. Como observasen en Sardes que Darío solía dejarse ver en público sentado en los arrabales de la ciudad, echaron mano de un artificio para su intento. Vestida la hermana del mejor modo que pudieron, enviáronla por agua con su cántaro en la cabeza, con el ronzal del caballo en el brazo conduciéndolo a beber, y con su rueca y copo de lino hilando al mismo tiempo. La ve pasar Darío, y mucho le sorprende lo nuevo del espectáculo, mirando en lo que ella hacía, que ni era mujer persa,[8] ni tampoco lidia, ni menos hembra alguna asiática. Picado, pues, de la curiosidad, manda a algunos de sus alabarderos que vayan y observen lo que con su caballo iba a ejecutar aquella mujer. Ella, en llegando al río, abreva primero su caballo, llena luego su cántaro y da la vuelta por el mismo camino con el cántaro encima de la cabeza, con el caballo tirado del brazo, y con los dedos moviendo el huso sin parar.
XIII. Admirado Darío, así de lo que oía de sus exploradores como de lo que él mismo estaba viendo, da orden luego de que se la hagan presentar. Los hermanos de ella, como quienes allí cerca observaban lo que iba pasando, comparecen ante Darío luego que la ven conducida a su presencia. Pregunta el rey de qué nación era la mujer, y dícenle los dos jóvenes que eran peonios de nación, y que aquella era su hermana. Tórnales Darío a preguntar qué nación era la de los peonios, y dónde estaba situada, y con qué mira o motivo habían ellos venido a Sardes: responden que habían ido allí con ánimo de entregarse a su arbitrio soberano; que la Peonia, región llena de ciudades, caía cerca del río Estrimón, el cual no estaba lejos del Helesponto, y que los peonios eran colonos de Troya. Esto punto por punto respondieron a Darío, el cual les vuelve a preguntar si eran allí todas las mujeres tan hacendosas y listas como aquella; y ellos, que le vieron picar en el cebo que adrede le habían prevenido, respondieron al instante que todas eran así.
XIV. Escribe, pues, entonces Darío a Megabazo, general que había dejado en Tracia, una orden en que le mandaba ir a sacar a los peonios de su nativo país y hacérselos conducir a Sardes a todos ellos con sus hijos y mujeres. Parte luego un posta a caballo corriendo hacia el Helesponto, pasa al otro lado del estrecho y entrega la carta a Megabazo, quien no bien acaba de leerla, cuando toma conductores naturales de Tracia y marcha con sus tropas hacia la Peonia.
XV. Habiendo sido avisados los peonios de que venían marchando contra ellos las tropas persas, juntan luego sus fuerzas, y persuadidos de que el enemigo los acometería por las costas del mar, acuden hacia ellas armados. Estaban en efecto prontos y resueltos a no dejar entrar el ejército de Megabazo; el daño estuvo en que, informado el persa de que juntos y apostados en las playas querían impedirle la entrada, sirviose de los guías que llevaba para mudar de marcha, y tomó por la vía de arriba hacia la Peonia. Con esto los persas, sin ser sentidos de los peonios, se dejaron caer de repente sobre sus ciudades, de las cuales, hallándolas vacías de hombres que las defendiesen, se apoderaron con facilidad y sin la menor resistencia. Apenas llegó a noticia de los peonios salidos a esperar al enemigo que sus ciudades habían sido sorprendidas, cuando luego separados fueron cada cual a la suya y se entregaron todos a discreción y al dominio del persa. Tres pueblos de los peonios, a saber, el de los siriopeones, el de los peoples y el de los vecinos de la laguna Prasíade, sacados de sus antiguos asientos, fueron trasportados enteramente al Asia.
XVI. Pero a los demás peonios, los que moran cerca del monte Pangeo, los doberes, los agrianes, los odomantos[9] y los habitantes en la misma laguna Prasíade, no los subyugó de ningún modo Megabazo, por más que a los últimos procuró rendirles sin llevarlo a cabo, lo cual pasó del siguiente modo. En medio de dicha laguna vense levantados unos andamios o tablados sostenidos sobre unos altos pilares de madera bien trabados entre sí, a los cuales se da paso bien angosto desde tierra por un solo puente. Antiguamente todos los vecinos ponían en común los pilares y travesaños sobre que carga el tablado; pero después, para irlos reparando, hanse impuesto la ley de que por cada una de las mujeres que tome un ciudadano (y cada ciudadano se casa con muchas mujeres), ponga allí tres maderos, que acostumbran acarrear desde el monte llamado Orbelo. Viven, pues, en la laguna, teniendo cada cual levantada su choza encima del tablado donde mora de asiento, y habiendo en cada choza una puerta pegada al tablado que da a la laguna: para impedir que los niños, resbalando, no caigan en el agua, les atan al pie cuando son pequeños una soga de esparto. Dan a sus caballos y a las bestias de carga pescado en vez de heno;[10] pues es tan grande la abundancia que tienen de peces, que solo con abrir su trampa y echar al agua su espuerta pendiente de una soga, pronto la sacan llena de pescado, del cual dos son las especies que hay; a los unos llaman pápraces y a los otros tilones.
XVII. Eran entretanto conducidos al Asia los peonios de que se había apoderado Megabazo. Transportados aquellos infelices prisioneros, escoge Megabazo los siete persas más principales que en su ejército tenía, y que a él solo le eran inferiores en grado y reputación, y los envía por embajadores a Macedonia, destinados al rey de ella, Amintas, con el encargo de pedirle la tierra y el agua para el rey Darío, pues tal es la forma del homenaje entre los persas. Muy breve es realmente el camino que hay que pasar yendo desde la laguna Prasíade a la Macedonia, pues dejando la laguna, lo primero que se halla es la famosa mina que algún tiempo después no redituaba menos de un talento de plata diario al rey Alejandro,[11] y pasada la mina, solo con atravesar el monte llamado Disoro, nos hallamos ya en Macedonia.
XVIII. Luego que los embajadores persas enviados a Amintas[12] llegaron a presencia de este, cumpliendo con su comisión, pidiéronle con su fórmula de homenaje que diese la tierra y el agua al rey Darío, a quien no solo convino Amintas en prestar obediencia, sino que hospedó públicamente a los enviados, preparándoles un magnífico banquete con todas las demostraciones de amistad y confianza. Al último del convite, cuando se habían sacado ya los vinos a la mesa, los persas hablaron a Amintas en esta conformidad: «Uso y moda es, amigo macedonio, entre nosotros los persas, que al fin de un convite de formalidad vengar a la sala y tomen a nuestro lado asiento nuestras damas, no solo las concubinas, sino también las esposas principales con quienes siendo doncellas casamos en primeras nupcias. Ahora, pues, ya que nos recibes con tanto agrado, nos tratas con tanta magnificencia, y lo que es más, entregas al rey nuestro amo la tierra y el agua, razón será que quieras seguir nuestro estilo tratándonos a la persa». «En verdad, señores míos, les responde Amintas, que nosotros no lo acostumbramos así, no por cierto; antes el uso es tener en otra pieza bien lejos del convite a nuestras mujeres,[13] pero pues que las echáis de menos, vosotros, que sois ya nuestros dueños, quiero que también en esto seáis luego servidos». Así dijo Amintas, y envía al punto por las princesas, las cuales llamadas, entran en la sala del convite y toman allí asiento por su orden enfrente de los persas. Al ver presentes aquellas bellezas, dicen a Amintas los embajadores que no andaba a la verdad muy discreto en lo que con ellas hacía, pues mucho más acertado fuera que no viniesen allí las mujeres, que no dejarlas sentarse al lado de ellos una vez venidas al convite, pues el verlas fronteras era quererles dar con ellas en los ojos, que es lo que más irrita los afectos. Forzado, pues, Amintas, manda a las mujeres que se sienten al lado de los persas, quienes habiendo ellas obedecido, no supieron contener sus manos con la licencia que les daba el vino, sino que las llevaron a los pechos de las damas, y no falló entre ellos quien se desmandase en la lengua.
XIX. Estábalo Amintas mirando quieto, por más que lo mirase de mal ojo, aturdido de miedo del gran poder de los persas. Hallábase allí presente su hijo Alejandro, príncipe joven, no hecho a disimular para acomodarse al tiempo, quien siendo testigo ocular de aquella infamia de su real casa, de ninguna manera quiso ni pudo contenerse. Penetrado, pues, de dolor y vuelto a su padre: «Mejor será, padre mío, le dice, que tengáis ahora cuenta de vuestra avanzada de edad; idos por vida vuestra a dormir, sin tomaros la larga molestia de esperaros a que esos señores se levanten de la mesa, pues aquí me quedo yo hasta lo último para servir en todo a nuestros huéspedes». Amintas, que desde luego dio en que su hijo Alejandro, llevado del ardor de su juventud, podría pensar en obrar como quien era y como pedía su honor, replicole así: «Mucho será, hijo mío, que me engañe, pues leo en tus ojos encendidos y estoy viendo en esas tus cortadas palabras, que con la mira de intentar algún fracaso me pides que me retire. No, hijo mío; por Dios te pido que, si no quieres perdernos a todos, nada intentes contra esos hombres. Ahora importa sufrir disimulando, presenciar lo que no puede mirarse y coser los labios. Por lo que me pides, me retiro sin embargo, y quiero en ello complacerte».
XX. Después que Amintas, dados estos avisos, salió de la pieza, vuelto Alejandro a los persas: «Aquí tenéis, amigos, les dice, esas mujeres a vuestro talante, o bien queráis estar con todas ellas, o bien escoger las que mejor os parezcan; que esto pende de vuestro arbitrio. Entretanto, señores, lo mejor fuera, pues me parece hora de levantarnos de la mesa, mayormente viéndoos ya hartos de esas copas, que esas mujeres con vuestra buena gracia pasaran al baño, y luego de lavadas y aseadas, volvieran otra vez para haceros buena compañía». Dicho esto, a lo cual accedieron los persas con mucho gusto y aplauso, haciendo Alejandro que salieran las mujeres, las envió a su departamento particular. Él entretanto parte luego, y cuantas eran las mujeres, otros tantos donceles o mancebos escoge en palacio, todos sin pelo de barba; disfrázales con el mismo traje y gala de aquellas, les da a cada uno su daga, y los conduce dentro de la sala de los persas, a quienes al entrar con ellos habló en estos términos: «Paréceme, señores míos, que hemos hecho nuestro deber en daros un cumplido convite, al menos con cuanto teníamos a mano y con cuanto hemos podido hallar; con todo, digo, os hemos procurado regalar y servir como era razón. Mas para coronar la fiesta, queremos echar el resto: aquí os entregamos, a discreción y a todo vuestro placer, nuestras mismas madres y hermanas. Bien echaréis de ver en esto que sabemos serviros y queremos respetaros como pide vuestro valor, y con toda verdad podréis decir después al soberano, que el rey de Macedonia, príncipe griego, su feudatario y subalterno, os agasajó como correspondía en la mesa y en el lecho». Al hacer este cumplido, iba Alejandro con sus mancebos macedonios y hacía sentar uno disfrazado de mujer al lado de cada persa. Por abreviar, luego que los persas iban a abusar de dichos jóvenes, los cosían ellos con su daga.
XXI. Por fin concluyó la fiesta en que los persas, y toda la comitiva de sus criados, quedaron allí para no volver jamás, pues los carruajes que les habían seguido, los servidores con su bagaje y aparato entero, todo en un punto desapareció. No pasó mucho tiempo después de este atentado de Alejandro,[14] sin que los persas del ejército hiciesen las más vivas diligencias en busca de sus embajadores; pero el joven príncipe supo darse tan buena maña, que por medio de grandes sumas logró sobornar al persa Búbares, caudillo de los que venían en busca de los enviados, dándole asimismo por esposa a una princesa real hermana suya, por nombre Gigea. Así murieron los embajadores persas, y así se echó una losa encima de su muerte para que no se hablase más de ella.
XXII. Estos reyes macedonios, descendientes de Pérdicas,[15] pretenden ser griegos, y yo sé muy bien que realmente lo son; pero lo que insinúo aquí, lo haré después evidente con lo que referiré de propósito a su tiempo y lugar.[16] Además, es este ya asunto decidido por los presidentes de los juegos de Grecia que en Olimpia se celebran; porque, como deseoso Alejandro en cierta ocasión de concurrir a aquel público certamen, hubiese bajado a la arena con esta mira y pretensión, los aurigas sus competidores en la justa le quisieron excluir poniéndole tacha y diciendo que no eran aquellas fiestas para unos antagonistas bárbaros, sino únicamente para competidores griegos. Pero como probase Alejandro ser de origen argivo, fue declarado en juicio griego, y habiendo entrado en concurso con los demás en la carrera del estadio, su nombre salió el primero en el sorteo, juntamente con el de su antagonista.
XXIII. Volviendo a Megabazo, llegó entretanto al Helesponto, llevando consigo a sus prisioneros de la Peonia, y pasando de allí al Asia, se presentó en Sardes. Por este mismo tiempo estaba Histieo el milesio levantando una fortaleza en el sitio llamado Mircino, que está cerca del río Estrimón, y que en premio de haber conservado el puente de barcas sobre el Istro, como dijimos, había obtenido de Darío. Había visto por sus propios ojos Megabazo lo que Histieo iba haciendo, y apenas llegó a Sardes con los peonios, habló así al mismo Darío: «Por Dios, señor, ¿qué es lo que habéis querido hacer dando terreno en Tracia y licencia para fundar allí una ciudad a un griego, a un bravo oficial y a un hábil político? Allí hay, señor, mucha madera de construcción, allí mucho marinero para el remo, allí mucha mina de plata; mucho griego vive en aquellos contornos y mucho bárbaro también, gente toda, señor, que si logra ver a su frente a aquel jefe griego, obedecerle ha ciegamente noche y día en cuanto les ordene. Me tomo la licencia de deciros que procuréis que él no lleve a cabo lo que está ya fabricando, si queréis precaver que no os haga la guerra en casa: puede hacerse la cosa con disimulo y sin violencia alguna, como vos le enviéis orden de que se presente, y una vez venido hagáis de modo que nunca más vuelva allá, ni se junte con sus griegos».
XXIV. Viendo, pues, Darío que las razones de Megabazo eran providencias discretas de un político sagaz y prevenido en lo futuro, se persuadió fácilmente con ellas, y por un mensajero que destinó a Mircino hizo decir de su parte a Histieo: «El rey Darío me dio para ti, Histieo, este recado formal:[17] “Habiéndolo pensado mucho, no hallo persona alguna que mire mejor que tú por mi corona, cosa que tengo más experimentada con hechos positivos que crecida por buenas razones. Y pues estoy ahora meditando un gran proyecto, quiero que vengas luego sin falta a estar conmigo para poderte dar cuenta cara a cara de lo que pienso hacer”». Con esta orden Histieo se fue luego hacia Sardes, bien persuadido por una parte de que eran sinceras dichas expresiones, y por otra muy satisfecho y ufano de verse consejero de Estado elegido por el rey. Habiéndose, pues, presentado a Darío, hablole este en tales términos: «Voy a decir claramente, Histieo, por qué motivo te he llamado u mi corte. Quiero, pues, que sepas, amigo, que lo mismo fue volverme de la Escitia y retirarte tú de mi presencia, que sentir luego en mí un vivo deseo de tenerte cerca de mi persona, y poder libremente comunicar contigo todas mis cosas, tanto, que empecé al punto a echar de menos tu compañía, sabiendo que no hay bien alguno que pueda compararse con la dicha de lograr por amigo y apasionado a un hombre sabio y discreto: estas dos prendas bien sé que posees en mi servicio, y nadie mejor testigo de ellas que yo mismo. De ti he de merecer, amigo, que te dejes por ahora de Mileto, ni pienses en nuevas ciudades de Tracia. Vente en mi compañía a mi corte de Susa, disfruta conmigo a tu placer de todos mis bienes y regalos, siendo mi comensal y consejero».
XXV. Así le habló Darío, y dejando en Sardes por virrey a Artafrenes, su hermano de parte de padre, dirigiose luego a Susa, llevando en su corte a Histieo. Al partir nombró asimismo por general de las tropas que dejaba en los fuertes de las costas a Ótanes, hijo de Sisamnes, uno de los jueces regios a quien, por haberse dejado sobornar en una sentencia inicua, había mandado degollar Cambises, y no satisfecho con tal castigo, cortando por su orden en varias correas el cuero adobado de Sisamnes, había hecho vestir con ellas el mismo trono en que fue dada aquella sentencia: además, en lugar del ajusticiado, degollado y rasgado Sisamnes, había Cambises nombrado por juez a Ótanes, su hijo, haciéndole subir sobre aquellas correas a tan fatal asiento, con el triste recuerdo que al mismo tiempo le hizo, de que siempre tuviera presente el tribunal en que estaba sentado cuando diera sus sentencias.
XXVI. Este mismo Ótanes, que antes había sido colocado en aquella funesta silla de juez regio, elegido entonces por sucesor de Megabazo en el mando de general, rindió al frente de sus tropas a los bizantinos y calcedonios, tomó la plaza de Antandro, situada en el territorio de Tróade, y conquistó a Lamponio.[18] Con la armada naval que le dieron los lesbios, apoderose de Lemnos y de Imbros, islas hasta entonces ocupadas de los pelasgos.
XXVII. Porque si bien es verdad que los lemnios, haciendo al enemigo una resistencia muy vigorosa, se defendieron muy bien por algún tiempo, con todo vinieron al cabo a ser arruinados y deshechos. Los persas victoriosos señalaron por gobernador de los que en Lemnos habían sobrevivido a su ruina, a Licareto, hermano de aquel célebre Menandrio que había sido señor de Samos; y como gobernador de Lemnos, Licareto acabó allí sus días ...[19] La causa que contra este (Ótanes) se intentaba, era porque prendía indistintamente y asolaba todo el país: a unos acusaba de haber sido desertores del ejército en sus marchas contra los escitas; a otros de haber perseguido las tropas de Darío en su retirada y vuelta de la Escitia. Tales eran las tropelías que había cometido Ótanes siendo general.
XXVIII. Hubo después, aunque duró poco, algún descanso y sosiego, porque dos ciudades de Jonia, la de Naxos y la de Mileto, como contaré después, dieron de nuevo principio a los males y calamidades. Era Naxos por una parte la isla que por su riqueza y poder descollaba sobre las otras asiáticas, y por otra veíase Mileto en aquella época en el mayor auge de poder que jamás hubiese logrado, viniendo a ser como la reina y capital de toda la Jonia, a cuya prosperidad llegó después de haberse visto tiempos atrás, cerca de dos generaciones antes, en el estado más deplorable a causa de sus partidos y sediciones, hasta tanto que los parios, a quienes había elegido Mileto entre todos los griegos por árbitros y conciliadores, lograron restituir en ella la concordia y el buen orden.
XXIX. Tomaron los parios un expediente para sosegar aquellos disturbios, pues venidos a la ciudad de Mileto los sujetos más acreditados de Paros, como viesen que en ella andaba todo sin orden, así los hombres como las cosas, dijeron desde luego que por sí mismos querían ir a visitar lo restante de aquel estado y señorío. Al hacer su visita discurriendo por todo el territorio de Mileto, apenas daban con una posesión bien cultivada en aquellas campiñas, que por lo común estaban muy descuidadas, tomaban por escrito el nombre de su dueño. Acabada ya la visita de aquel país, donde pocos fueron los campos que hallaron bien conservados y florecientes, y estando ya de vuelta en la ciudad, reunieron un congreso general del estado, y en él declararon por gobernadores y magistrados de la república a los particulares cuyas heredades habían encontrado bien cultivadas, dando por razón de su arbitrio que aquellos sabrían cuidar del bien público como habían sabido cuidar del propio: a los demás ciudadanos de Mileto, a quienes antes se les pasaba todo en partidos y tumultos, precisóseles a que estuvieran bajo la obediencia de aquellos buenos padres de familia. Con esto los parios pusieron en paz a los milesios, restituyendo a la ciudad el buen orden y concierto.
XXX. Estas dos ciudades de Naxos y Mileto fueron, pues, como decía, las que dieron entonces nuevo principio y ocasión a la desventura de la Jonia. Sucedió que, habiendo la baja plebe desterrado en Naxos[20] a ciertos ricos y principales señores, refugiáronse los proscritos a Mileto. Era en aquella sazón gobernador de Mileto Aristágoras, hijo de Molpágoras, quien era yerno y primo juntamente del célebre Histieo, el hijo de Liságoras, a quien Darío tenía en Susa; pues por aquel mismo tiempo puntualmente en que Histieo, señor de Mileto, se hallaba detenido en la corte, sucedió el caso de que vinieran a Mileto dichos naxios, amigos ya de antes y huéspedes de Histieo. Refugiados, pues, allí aquellos ilustres desterrados, suplicaron a Aristágoras que procurase darles alguna tropa, si se hallaba en estado de poder hacerlo, a fin de que pudieran con ella restituirse a su patria. Pensó Aristágoras dentro de sí, que si por su medio volviesen a Naxos los desterrados, lograría él mismo la oportunidad de alzarse con el señorío de aquel estado: con este pensamiento, disimulando por una parte sus verdaderas intenciones, y por otra pretextando la buena amistad y armonía de ellos con Histieo, les hizo este discurso: «No me hallo yo, señores, en estado de poderos dar un número de tropas que sea suficiente para que, a pesar de los que mandan en Naxos, podáis volver a la patria, teniendo los naxios, como he oído, además de 8000 infantes, una armada de muchas galeras. Mas no quiero con esto deciros que no piense con todas veras en auxiliaros para ello, antes bien se me ofrece ahora un medio muy oportuno para serviros con eficacia. Sé que Artafrenes es mi buen amigo y favorecedor, y sin duda sabéis quién es Artafrenes, hijo de Histaspes, hermano carnal de Darío, virrey de toda la marina general de los grandes ejércitos de mar y tierra: este personaje, pues, si no me engaña el amor propio, dígoos que hará por mí lo que pidamos». Al oír esto los naxios dejaron todo el negocio en manos de Aristágoras, para que lo manejara como mejor le pareciese, añadiéndole que bien podía de su parte decir al virrey que no favorecería a quien no lo supiera agradecer, y que los gastos de la empresa correrían de su propia cuenta, pues no podían dudar que lo mismo había de ser presentarse en Naxos que rendirse, no solamente los naxios, sino aun los demás isleños, y hacer cuanto se les pidiese, no obstante que hasta allí ninguna de las Cícladas reconociese por soberano a Darío.
XXXI. Emprende Aristágoras su viaje a Sardes, donde da cuenta y razón a Artafrenes de cómo la isla de Naxos, sin ser una de las de mayor extensión, era con todo de las mejores, muy bella, muy cercana a la Jonia, muy rica de dinero, y muy abundante de esclavos. «¿No haríais, continuó, una expedición hacia allá para volver a Naxos unos ciudadanos que de ella han sido echados? Dos grandes ventajas veo en ello para vos: una que además de correr de nuestra cuenta los gastos de la armada, como es razón que corran, ya que nosotros los ocasionamos, cuento aún con grandes sumas de dinero para poderos pagar el beneficio: la otra es que aprovechándoos de esta ocasión, no solo podréis añadir a la corona la misma Naxos, sino también las islas que de ella penden, la de Paros, la de Andros, y las otras que llaman Cícladas. Y dado este paso, bien fácil os será acometer desde allí a Eubea, isla grande y rica, nada inferior a la de Chipre, y lo que más es, fácil de ser tomada. Soy de opinión de que con una armada de cien naves podréis conseguir todas estas conquistas». «Amigo, le respondió Artafrenes, muestras bien en lo que me dices el celo del público servicio, y tu afición a la casa real, proponiéndome, no solo proyectos tan interesantes a la corona, sino dándome al mismo tiempo medios tan oportunos para el intento. En una sola cosa veo que andas algo corto, en el número de naves: tú no pides más que ciento, pues yo te prometo aprestarte doscientas al abrir la primavera; pero es menester ante todo informar al rey, y que nos dé su aprobación».
XXXII. Aristágoras, que tan atento halló al virrey en su respuesta, sobremanera alegre y satisfecho dio la vuelta para Mileto: Artafrenes, después que obtuvo para la expedición el beneplácito de Darío, a quien envió un mensajero dándole cuenta del proyecto de Aristágoras, tripuladas doscientas naves, previno mucha tropa, así persa como aliada. Nombró después para comandante de la armada al persa Megabates, que siendo de la casa de los Aqueménidas era primo de Darío. Era Megabates aquel con cuya hija, si es que sea verdad lo que corre por muy válido, contrajo esponsales algún tiempo después el lacedemonio Pausanias, hijo de Cleómbroto, más enamorado del señorío de la Grecia que prendado de la princesa persa.[21] Luego que estuvo Megabates nombrado por general, dio orden Artafrenes de que partiera el ejército a donde Aristágoras estaba.
XXXIII. Después de tomar en Mileto las tropas de la Jonia los desterrados de Naxos y al mismo Aristágoras, diose a la vela Megabates, haciendo correr la voz de que su rumbo era hacia el Helesponto. Llegó a la isla de Quíos y dio fondo en un lugar llamado Cáucasa, con la mira de esperar que se levantase el viento Bóreas, para dejarse caer desde allí sobre la isla de Naxos. Anclados en aquel puerto, como que los hados no permitían la ruina de Naxos por medio de aquella armada, sucedió un caso que la impidió. Rondaba Megabates para inspeccionar la vigilancia de los centinelas, y en una nave mindia[22] halló que ninguno había apostado. Llevó muy a mal aquella falta, y enojado dio orden a sus alabarderos que le buscasen al capitán de la nave, que se llamaba Escílax, y hallándolo, mandole poner atado en la portañola del remo ínfimo, en tal postura, que estando adentro el cuerpo sacase hacia fuera la cabeza. Así estaba puesto a la vergüenza el Escílax, cuando va uno a avisar a Aristágoras y decirle cómo aquel mindio su amigo y huésped le tenía Megabates cruelmente atado y puesto al oprobio. Al instante se presenta Aristágoras al persa, y se empeña muy de veras a favor del capitán; nada puede alcanzar de lo que pide, pero va en persona a la nave y saca a su amigo de aquel infame cepo. Sabida la libertad que Aristágoras se había tomado, se dio Megabates por muy ofendido, y puso en él la lengua baja y villanamente. «¿Y quién eres tú, le replicó Aristágoras, y qué tienes que ver en eso? ¿No te envió Artafrenes a mis órdenes, para que vinieras donde quisiere yo conducirte? ¿Para qué te metes en otra cosa?». Quedó Megabates tan altamente resentido de la osadía con que Aristágoras le hablaba, que venida la primera noche, despachó un barco para Naxos con unos mensajeros que descubrieran a los naxios el secreto de cuanto contra ellos se disponía.
XXXIV. Ni por sombra había pasado a los naxios por la mente que pudiera dirigirse contra ellos tal armada; pero lo mismo fue recibir el aviso que retirar a toda prisa lo que tenían en la campiña, y, acarreando a la plaza[23] todas las provisiones de boca, prepararse para poder sufrir un sitio prolongado, no dudando que se hallaban en vísperas de una gran guerra. Con esto, cuando los enemigos salidos de Quíos llegaron a Naxos con tuda la armada, dieron contra hombres tan bien fortificados y prevenidos, que en vano fue estarles sitiando por cuatro meses enteros. Al cabo de este tiempo, como a los persas se les fuese acabando el dinero que consigo habían traído, y Aristágoras hubiese ya gastado mucho de su bolsillo, viendo que para continuar el asedio se necesitaban todavía mayores sumas, tomaron el partido de edificar unos castillos en que se hiciesen fuertes aquellos desterrados, y resolvieron volverse al continente con toda la armada, malograda de todo punto la expedición.
XXXV. Entonces fue cuando Aristágoras, no pudiendo cumplir la promesa hecha a Artafrenes, viéndose agobiado con el gasto de las tropas que se le pedía, temiendo además las consecuencias de aquella su desgraciada expedición, mayormente habiéndose enemistado en ella con Megabates, sospechando, en suma, que por ella sería depuesto del gobierno y dominio de Mileto; amedrentado, digo, con todas estas reflexiones y motivos, empezó a maquinar una sublevación para ponerse en salvo. Quiso a más de esto la casualidad que en aquella agitación le viniera desde Susa, de parte de Histieo, un enviado con la cabeza toda marcada con letras, que significaban a Aristágoras que se sublevase contra el rey. Pues como Histieo hubiese querido prevenir a su deudo que convenía rebelarse, y no hallando medio seguro para pasarle el aviso por cuanto estaban los caminos tomados de parte del rey, en tal apuro había rasurado a navaja la cabeza del criado que tenía de mayor satisfacción, habíale marcado en ella con los puntos y letras que le pareció, esperó después que le volviera a crecer el cabello, y crecido ya, habíalo despachado a Mileto sin más recado que decirle de palabra que puesto en Mileto pidiera de su parte a Aristágoras que, cortándole a navaja el pelo, le mirara la cabeza. Las notas grabadas en ella significaban a Aristágoras, como dije, que se levantase contra el persa. El motivo que para tal intento tuvo Histieo, parte nacía de la pesadumbre gravísima que su arresto en Susa le ocasionaba, parte también de la esperanza con que se lisonjeaba de que en caso de tal rebelión sería enviado a las provincias marítimas, estando al mismo tiempo convencido de que a menos que se rebelara Mileto, nunca más tendría la fortuna de volver a verla. Con estas miras despachó Histieo a dicho mensajero.
XXXVI. Tales eran las intrigas y acasos que juntos se complicaban a un tiempo alrededor de Aristágoras, quien convoca a sus partidarios, les da cuenta así de lo que él mismo pensaba como de lo que Histieo le prevenía, y empieza muy de propósito a deliberar con ellos sobre el asunto. Eran los más del parecer mismo de Aristágoras acerca de negar al persa la obediencia; pero no así Hecateo el historiador, quien haciendo una descripción de las muchas naciones que al persa obedecían y de sus grandes fuerzas y poder, votó desde luego que no les cumplía declarar la guerra a Darío, el gran rey de los persas; y como viese que no era seguido su parecer, votó en segundo lugar que convenía hacerse señores del mar, pues absolutamente no veía cómo pudieran, a menos de serlo, salir al cabo con sus intentos; que no dejaba de conocer cuán cortas eran las fuerzas de los milesios, pero sin embargo, con tal que quisieran echar mano de los tesoros que en el templo de Bránquidas había ofrecido el lidio Creso, tenía fundamento de esperar que en fuerzas navales podrían ser superiores al enemigo; que en el medio que les proponía contemplaba doble ventaja para ellos, pues a más de servirse de dicho dinero en favor del público, estorbarían que no lo sacase el enemigo en daño de ellos. Ciertamente, como llevo dicho en mi primer libro, eran copiosos los mencionados tesoros. Por desgracia, tampoco fue seguido este segundo parecer, sino que quedó acordada la rebelión, añadiendo que uno de ellos se embarcase luego para Miunte, donde aún se mantenía la armada vuelta de Naxos, y procurase poner presos a los capitanes que se hallaban a bordo de sus respectivas naves.
XXXVII. Enviado, pues, allá Yatrágoras con esta comisión, apoderose con engaño de la persona de Olíato el milaseo, hijo de Ibanolis, de la de Histieo el termereo,[24] hijo de Timnes, de la de Coes, hijo de Erxandro, a quien Darío había hecho gracia del señorío de Mitilene, de la de Aristágoras el cimeo, hijo de Heraclides, y otros muchos jefes. Levantado ya abiertamente contra Darío y tomando contra él todas sus medidas, lo primero que hizo Aristágoras fue renunciar, bien que no más de palabra y por apariencia, el dominio de Mileto, fingiendo restituir a los milesios la libertad, para lograr de ellos por este medio que de buena voluntad le siguieran en su rebelión. Hecho esto en Mileto, otro tanto hacía en lo restante de la Jonia, de cuyas ciudades iba arrojando a algunos de sus tiranos: aun más, a los caudillos que había prendido sobre las naves de la armada que acababa de volver de Naxos, fue entregándolos a sus respectivas ciudades, cuyo dominio poseían, y esto con la dañada intención de ganárselas a todas para su partido.
XXXVIII. Resultó de ahí que los mitileneos, apenas tuvieron a Coes en su poder, sacándole al campo le mataron a pedradas, si bien los cimeos dejaron que se fuese libre su tirano, sin usar con él de otra violencia. Otro tanto hicieron con sus respectivos señores las más de las ciudades, y cesó por entonces en todas ellas la tiranía o dominio de un señor. Quitados ya los tiranos, dio orden el milesio Aristágoras a todas aquellas ciudades que cada cual nombrase un general de su propia milicia, y practicada esta diligencia, viendo que necesitaba absolutamente hallar algún aliado poderoso para su empresa, fuese él mismo para Lacedemonia en su galera en calidad de enviado de la Jonia.
XXXIX. No reinaba ya en Esparta Anaxándridas, hijo de León, sino Cleómenes su hijo, el cual no en atención a sus prendas y valor, sino al derecho de su familia, muerto su padre, había sido colocado sobre el trono. Para manifestar el origen y nacimiento de Cleómenes, se debe saber que se hallaba primero casado Anaxándridas con una hija de su hermana, a quien por más que no le diera sucesión amaba tierna y apasionadamente. Viendo los éforos lo que a su rey acontecía, le reconvinieron hablándole en esta forma: «Visto tenemos cuán poco cuidas de tus verdaderos intereses: nosotros, pues, que ni debemos despreciarlos, ni podemos mirar con indiferencia que la sangre y familia de Eurístenes acaben en tu persona, hemos tomado sobre ello nuestras medidas. Tú mismo ves por experiencia que no te da hijos esa mujer con quien estás casado; nosotros queremos que tomes otra esposa, asegurándote de que si así lo hicieres, darás mucho gusto a los espartanos». A tal amonestación de los éforos respondió resuelto Anaxándridas que ni uno ni otro haría, pues ellos exhortándole a tomar otra mujer dejando la presente, que no lo tenía en verdad merecido, le daban un consejo indiscreto que jamás pondría por obra, por más que se cansasen en inculcárselo.
XL. Tomando los éforos y los gerontes (o senadores) de Esparta su acuerdo acerca de la respuesta y negativa del rey, de nuevo así le representan: «Ya que tan apegado estás a la mujer con quien te hallas ahora casado, toma por los menos estotro consejo que te vamos a proponer, y guárdate de porfiar en rechazarlo, ni quieras exponerte a que tomen los espartanos alguna resolución que no te traiga mucha cuenta. No pretendemos ya que te divorcies, ni que eches de ti a esa tu querida esposa; vive con ella en adelante, como has vivido hasta aquí, no te lo prohibimos; mas absolutamente queremos de ti que a más de esa estéril tomes otra mujer que sepa concebir». Cediendo por fin Anaxándridas a esta representación, y casado con dos mujeres, tuvo desde entonces dos habitaciones establecidas, yendo en ello contra la costumbre de Esparta.
XLI. No pasó mucho tiempo, después del segundo matrimonio, hasta que la nueva esposa dio a luz a Cleómenes, al mismo de quien antes iba a hablar, y en él un sucesor a la corona. Al mismo tiempo hizo la fortuna que la primera mujer, antes por largos años infecunda, se sintiera preñada: los parientes de la otra esposa a cuyos oídos llegó el nuevo preñado, alborotaban sin descanso, y gritaban que aquella se fingía encinta con la mira de suponerse por hijo un parto ajeno; pero en realidad se hallaba la princesa embarazada. Quejándose, pues, altamente de aquella preñez simulada, movidos los éforos de la sospecha de algún engaño, llegado el tiempo quisieron asistir en persona a la mujer en el acto mismo de parir. En efecto, parió ella la primera vez a Dorieo, y de otro parto consecutivo a Leónidas, y de otro tercero a Cleómbroto, aunque algunos quieren decir que estos dos últimos fueron gemelos; y por colmo de singularidad, la quejosa madre de Cleómenes, la segunda esposa de Anaxándridas, hija de Prinétadas y nieta de Demármeno, nunca más volvió a parir de allí adelante.
XLII. De su hijo Cleómenes corre por muy válido que, nacido con vena de loco, jamás tuvo cumplido el seso, al paso que Dorieo salió un joven el más cabal que se hallase entre los de su edad, lo que le hacía vivir muy confiado de que la corona recaería en su cabeza. En medio de esta creencia, vio por fin que a la muerte de su padre Anaxándridas, atenidos los lacedemonios a todo el rigor de la ley, nombraron por rey al primogénito Cleómenes, de lo cual dándose Dorieo por muy resentido y desdeñándose de tener tal soberano, pidió y obtuvo el permiso de llevar consigo una colonia de espartanos. En la fuga de su resentimiento, ni se cuidó Dorieo de consultar en Delfos al oráculo hacia qué tierra debería conducir la nueva colonia, ni quiso observar ceremonia alguna de las que en tales circunstancias solían practicarse, sino que ligera y prontamente se hizo a la vela para Libia, conduciendo sus naves unos naturales de Tera. Llegó a Cínipe, y cerca de este río, en el lugar más bello de la Libia, plantó luego su nueva ciudad, de donde arrojado tres años después por los macas, naturales de la Libia, auxiliados por los cartagineses, volviose al Peloponeso.
XLIII. Allí un tal Antícares, de patria eleonio, sugiriole la idea de que, ateniéndose a los oráculos de Layo, fundase a Heraclea en Sicilia, diciéndole que todo el territorio de Eris, por haberlo antes poseído Heracles, era propiedad de los Heráclidas.[25] Oída esta relación, hace Dorieo un viaje a Delfos a fin de saber del oráculo si lograría en efecto apoderarse del país adonde se le sugería que fuese, y habiéndole respondido la Pitia afirmativamente, toma de nuevo aquel convoy que había primero conducido a la Libia, y parte con él para Italia.
XLIV. Estaban cabalmente los sibaritas en aquella sazón, según cuentan ellos mismos, para emprender, con su rey Telis[26] al frente, una expedición contra la ciudad de Crotona, cuyos vecinos con sus ruegos, nacidos del gran miedo en que se hallaban, alcanzaron de Dorieo que fuera a socorrerles; y fue el socorro tan poderoso, que llevando sus armas el espartano contra la misma Síbaris, rindió con ellas la plaza, hazaña que los sibaritas atribuyen a Dorieo y a los de su comitiva. No así los crotoniatas, quienes aseguran y porfían que en dicha guerra contra los sibaritas no vino a socorrerles ningún extranjero más que uno solo, que fue Calias el adivino, natural de Élide y de la familia de los Yámidas; y de este dicen que se les agregó de un modo singular, pues estando antes con Telis, señor de los sibaritas, y viendo que ninguno de los sacrificios que este hacía para ir contra Crotona le salía con buen auspicio, pasó fugitivo a los crotoniatas, al menos como ellos lo cuentan.
XLV. Y es extraño que entrambas ciudades pretendan tener pruebas y monumentos de lo que dicen, pues afirman los sibaritas que, tomada ya la ciudad, consagró Dorieo un recinto, y edificó un templo cerca del río seco que llaman Cratis, y lo dedicó a Atenea, por sobrenombre Cratia. Pretenden además ser la muerte de Dorieo manifiesta prueba de lo que dicen, queriendo que por haber obrado aquel contra el intento y prevención del oráculo muriese de muerte desgraciada, pues si en nada se hubiera desviado Dorieo del aviso y promesa del oráculo, marchando a poner por obra la empresa para él destinada, sin duda, según arguyen, se hubiera apoderado de la comarca ericina y la hubiera disfrutado después, sin que ni él ni su ejército hubiera allí perecido. Pero los crotoniatas, por su parte, en el campo mismo de Crotona enseñan muchas heredades que se dieron entonces privativamente a Calias el eleo en premio de sus servicios, cuyos nietos las gozan aún al presente, cuando no consta haberse hecho merced ni gracia alguna a Dorieo ni a sus descendientes. ¿Y quién no ve que si en la guerra sibarítica les hubiera asistido Dorieo, era consecuencia que se desprendía del asunto haber dado muchos más premios a aquel que al adivino Calias? Tales son las pruebas que una y otra ciudad alegan a su favor; en mi opinión, puede cada uno asentir a la que más fuerza le hiciere.
XLVI. Vuelvo a Dorieo, en cuya comitiva se embarcaron otros espartanos como conductores de dicha colonia, que eran Tésalo, Parébatas, Céleas y Eurileonte. Habiendo, pues, arribado estos a Sicilia con toda su armada y convoy, acabaron allí sus días a manos de los fenicios y de los egesteos,[27] que les vencieron en campo de batalla, pudiéndose librar de la desgracia común uno solo de los conductores, que fue Eurileonte. Este jefe, recogidos los restos que del ejército quedaban salvos, se apoderó con ellos de Minoa, colonia de los selinusios, y unido con estos, les libró del dominio que sobre ellos tenía su soberano Pitágoras. Desgraciadamente, el mismo Eurileonte, después de haber acabado con aquel monarca, se apoderó de Selinunte, donde por algún tiempo reinó como soberano; motivo por el cual los selinusios amotinados le quitaron la vida, sin que le valiese haberse refugiado al ara de Zeus Agoreo.
XLVII. Iba en la comitiva de Dorieo un ciudadano de Crotona, por nombre Filipo, hijo de Butácidas, y le acompañó asimismo en la muerte. Después de haber contraído esponsales con una hija de Telis, rey de los sibaritas, como no hubiese logrado Filipo casarse con dama tan principal, fuese de Crotona fugitivo corrido de la repulsa, y se embarcó para Cirene, de donde en una nave propia y con tripulación mantenida a su costa salió siguiendo a Dorieo. Había él llegado a ser olimpiónico (vencedor en los juegos olímpicos), tanto que su gentileza y bizarría obtuvo de los egesteos lo que ningún otro logró jamás, pues le alzaron un templo en el lugar de su sepultura, y como a un héroe le hacían sacrificios.
XLVIII. Tan desgraciado fin tuvo Dorieo, quien si quedándose en Esparta hubiera sabido obedecer a Cleómenes, llegara a ser rey de Lacedemonia, donde este no reinó largo tiempo, muriendo sin sucesión varonil, y dejando solamente una hija llamada Gorgo.
XLIX. Pero volviendo ya al asunto, Aristágoras, el tirano de Mileto, llegó a Esparta, teniendo en ella el mando Cleómenes, a cuya presencia compareció, según cuentan los lacedemonios, llevando en la mano una tabla de bronce (a manera de mapa),[28] en que se veía grabado el globo de la tierra, y descritos allí todos los mares y ríos; y entrando a conferenciar con Cleómenes, hablole en esta forma: «No tienes que extrañar ahora, oh Cleómenes, el empeño que me tomo en esta visita que en persona te hago, pues así lo pide sin duda la situación pública del estado, siendo para nosotros los jonios la mayor infamia y la pena más sensible, de libres vernos hechos esclavos, no siéndolo menos, por no decir mucho más, para vosotros el permitirlo, puesto que tenéis el imperio de la Grecia. Os pedimos, pues, ahora, oh lacedemonios, así os valgan y amparen los dioses tutelares de la Grecia, que nos saquéis de esclavitud a nosotros los jonios, en quienes no podéis menos de reconocer vuestra misma sangre: porque en primer lugar os aseguro que para vosotros no puede ser más fácil y hacedera la empresa, pues que no son aquellos bárbaros hombres de valor, y vosotros sois en la guerra la tropa más brava del mundo. ¿Queréis ver claramente lo que afirmo? En las batallas las armas con que pelean son un arco y un dardo corto, y aun más, entran en combate con largas túnicas y turbantes en la cabeza. Mira cuán fácil cosa será vencerles. Quiero que sepas, en segundo lugar, cómo los que habitan aquel continente del Asia poseen ellos solos más riquezas y conveniencias que los demás hombres de la tierra juntos, empezando a contar del oro, plata, bronce, trajes y adornos varios, y siguiendo después por sus ganados y esclavos, riquezas todas que, como de veras las queráis, podéis ya contarlas por vuestras. Quiero ya declararte la situación y los confines de las naciones de que hablo. Con estos jonios que ahí ves (esto iba diciendo mostrando los lugares en aquel globo de la tierra que en la mano tenía, grabado en una plancha de bronce), con estos jonios confinan los lidios, pueblos que poseyendo una fertilísima región no saben qué hacerse de la plata que tienen: con esos lidios, continuaba el geógrafo Aristágoras, confinan por el levante los frigios, de quienes puedo decirte que son los hombres más opulentos en ganados, en granos y en frutos de cuantos sepa. Pasando adelante, confinan ahí con los frigios los capadocios, a quienes llamamos sirios, cuyos vecinos son los cilicios, pueblos que se extienden hasta las costas del mar en que cae la isla de Chipre que ahí ves, los cuales quiero que sepas que contribuyen al rey con 500 talentos anuos; confinan con los cilicios esos armenios, riquísimos ganaderos, con quienes alindan los matienos, cuya es esa región. Sígueles inmediatamente esa provincia de la Cisia, y en ella a las orillas del río Coaspes está situada la capital de Susa, que es donde el gran rey tiene su corte, y donde están los tesoros de su erario; y me atrevo a asegurarte que como toméis la ciudad que ahí ves, bien podéis apostároslas en riquezas con el mismo Zeus. ¿No es bueno, Cleómenes, que vosotros los lacedemonios, a fin de conquistar dos palmos más de tierra, y esa no más que mediana, os empeñéis así contra los mesenios, que bien os resisten, como contra los arcadios y los argivos, pueblos que no tienen en casa ni oro ni plata, que son conveniencias y ventajas por cuyo alcance puede uno con razón y suele morir con las armas en la mano, al paso que pudiendo con facilidad, sin esfuerzos ni trabajo, haceros dueños desde luego del Asia entera, no queráis correr tras esta presa sino ir en busca de no sé qué bagatelas y raterías?».
L. Así terminó Aristágoras su discurso, a quien brevemente respondió Cleómenes: «Amigo milesio, pensaré sobre ello: después de tres días volverás por la respuesta». En estos términos quedó por entonces el negocio. Llega el día aplazado; concurre Aristágoras al lugar destinado para saber la respuesta, y le pregunta desde luego Cleómenes cuántas eran las jornadas que había desde las costas de Jonia hasta la corte misma del rey. Cosa extraña: Aristágoras, aquel hombre por otra parte tan hábil y que tan bien sabía deslumbrar a Cleómenes, tropezando aquí en su respuesta, destruyó completamente su pretensión; porque no debiendo decir de ningún modo lo que realmente había, si quería en efecto arrastrar al Asia a los espartanos, respondió con todo francamente que la subida a la corte del rey era viaje de tres meses. Cuando iba a dar razón de lo que tocante al viaje acababa de decir, interrúmpele Cleómenes el discurso empezado, y le replica así: «Pues yo te mando, amigo milesio, que antes de ponerse el sol estés ya fuera de Esparta. No es proyecto el que me propones que deban fácilmente emprender mis lacedemonios, queriéndomelos apartar de las costas a un viaje no menos que de tres meses». Dicho esto, le deja y se retira a su casa.
LI. Viéndose Aristágoras tan mal despachado y despedido, toma en las manos en traje de suplicante un ramo de olivo, y refugiándose con él al hogar mismo de Cleómenes, le ruega por Dios que tenga a bien oírle a solas, haciendo retirar de su vista aquella niña que consigo tenía, pues se hallaba casualmente con Cleómenes su hija Gorgo, de edad de 8 a 9 años, única prole que tenía. Respóndele Cleómenes que bien podía hablar sin detenerse por la niña de cuanto quisiera decirle. Al primer embite ofrécele, pues, Aristágoras hasta 10 talentos, si consentía en hacerle la gracia que le pidiera: rehúsalos Cleómenes, y él, subiendo siempre de punto la promesa, llega a ofrecerle hasta 50 talentos. Entonces fue cuando la misma niña que lo oía: «Padre, le dijo, ese forastero, si no le dejáis presto, yéndoos de su presencia, logrará al cabo sobornaros por dinero». Cayéndole en gracia a Cleómenes la simple prevención de la niña, se retiró de su presencia pasando a otro aposento. Precisado con esto Aristágoras a salir de Esparta, no tuvo lugar de hablarle otra vez para darle razón del largo camino que había hasta la corte del rey.
LII. Voy a explicar lo que hay en realidad acerca de dicho viaje. Por toda aquella carrera, caminando siempre por lugares poblados y seguros, hay de orden del rey distribuidas postas y bellos paradores; las postas para correr la Lidia y la Frigia son veinte, y con ellas se corren noventa y cuatro parasangas y media. Al salir de la Frigia se encuentra el río Halis, que tiene allí sus puertas, y en ellas hay una numerosa guarnición de soldados, siendo preciso que transite por allí el que quiera pasar aquel río. Entrado ya en Capadocia, el que la quisiere atravesar toda hasta ponerse en los confines de la Cilicia, hallará veinte y ocho postas y correrá con ella ciento cuatro parasangas. En las fronteras de Cilicia se pasa por dos diferentes puertas y por dos cuerpos de guardia en ellas apostados. Saliendo de estos estrechos de Capadocia y caminando ya por la misma Cilicia, hay tres postas que hacer y quince parasangas y media que pasar. El término entre Cilicia y Armenia es un río llamado Éufrates, que se pasa con barca. Encuéntranse en Armenia quince mesones con sus quince postas, con las cuales se hacen de camino cincuenta y seis parasangas y media. Cuatro son los ríos que por necesidad han de pasarse con barca, recorriendo la Armenia: el primero es el Tigris propiamente dicho; el segundo y tercero llevan también el nombre de Tigris, no siendo unos mismos con el primero, ni saliendo de un mismo sitio, pues el primer Tigris baja de la Armenia, al paso que los otros dos que se hallan después de él bajan de los matienos; el cuarto río, que lleva el nombre de Gindes, es el mismo que sangró Ciro en 370 canales.[29] Dejando la Armenia, hay en la provincia Matiena, donde se entra inmediatamente, cuatro postas que correr. Pasando de esta a la región Cisia, se encuentran en ella once postas, y se corren cuarenta y dos parasangas y media, hasta que por fin se llega al río Coaspes, que se pasa con barca, y en cuyas orillas está edificada la ciudad de Susa. En suma, suben a ciento once todas las postas, a las que corresponden otros tantos mesones y paradores al viajar de Sardes a Susa.[30]
LIII. Ahora, pues, si se tomaren bien las medidas de dicha carrera o camino real, contando por parasangas y dando a cada una treinta estadios, que son los que realmente contiene, se hallará que hay cuatrocientas cincuenta parasangas, y en ellas trece mil quinientos estadios, yendo de Sardes hasta los palacios memnonios, que así llaman a Susa, de donde haciendo uno por día el camino de ciento cincuenta estadios, se ve que deben contarse para aquel viaje noventa días cabales.
LIV. Así que muy bien dijo Aristágoras el milesio en la respuesta dada al lacedemonio Cleómenes, que era de tres meses el viaje para subir a la corte del rey. Mas por si acaso desea alguno una cuenta aún más precisa y exacta, voy a satisfacer luego su curiosidad: añádame este, como debe sin falta añadir a la cuenta de arriba, el viaje que hay que hacer desde Éfeso hasta Sardes; digo, pues, ahora que desde el mar de la Grecia asiática, o desde las costas de Éfeso, hay catorce mil cuarenta estadios hasta la misma Susa, o llámese ciudad memnonia, siendo quinientos cuarenta estadios los que realmente se cuentan de Éfeso a Sardes, y con estos alargaremos tres días más el citado viaje de tres meses.
LV. Volvamos a Aristágoras, que saliendo de Esparta aquel mismo día, tomó el camino para Atenas, ciudad libre ya entonces, habiendo sacudido el yugo de sus tiranos del modo siguiente: Aristogitón y Harmodio, dos ciudadanos descendientes de una familia gerifea, habían dado muerte a Hiparco, hijo de Pisístrato y hermano del tirano Hipias, el cual entre sueños había tenido una clarísima visión del desastre que le esperaba. Después de tal muerte sufrieron los atenienses por espacio de cuatro años el yugo de la tiranía, no menos que antes, o por decir mejor, sufrieron mucho más que nunca.
LVI. He aquí cómo pasó lo que empecé a decir de la visión que tuvo Hiparco entre sueños. Parecíale en la víspera misma de las fiestas Panateneas, que poniéndosele cerca un hombre alto y bien parecido, le decía estas enigmáticas palabras: «Sufre, león, un azar insufrible; súfrelo mal que te pese; nadie haga tal, o nadie deje de pagarlo». No bien amaneció al otro día, cuando Hiparco consultó públicamente con los intérpretes de sueños su nocturna visión; pero sin cuidarse de conjurarla desde luego, fuese a la procesión de aquella fiesta y en ella pereció.
LVII. Acerca de los gerifeos, de cuya ralea fueron los asesinos de Hiparco, dicen ellos mismos tener de Eretria su origen y alcurnia; pero, según averigüé por mis informes, no son sino fenicios de prosapia, descendientes de los que en compañía de Cadmo vinieron al país que llamamos al presente Beocia, donde fijaron su asiento y habitación, habiéndoles cabido en suerte la comarca de Tanagra.[31] Echados los cadmeos de dicho país por los argivos, fueron después los gerifeos arrojados del suyo por los beocios, y con esto se refugiaron al territorio de los atenienses, los cuales concediéronles naturalización entre sus ciudadanos, si bien con algunos pactos y condiciones, intimándoles que se abstuviesen de ciertas cosas, que no eran pocas, pero que no merecen la pena de ser referidas.
LVIII. Ya que hice mención de los fenicios venidos en compañía de Cadmo, de quienes descendían dichos gerifeos, añado que entre otras muchas artes que enseñaron a los griegos establecidos ya en su país, una fue la de leer y escribir, pues antes de su venida, a mi juicio, ni aun las figuras de las letras corrían entre los griegos.[32] Eran estas, en efecto, al principio las mismas que usan todos los fenicios, aunque andando el tiempo, según los cadmeos fueron mudando de lenguaje, mudaron también la forma de sus caracteres. Los jonios, pueblo griego, eran comarcanos por muchos puntos en aquella sazón con los cadmeos, de cuyas letras, que habían aprendido de estos fenicios, se servían, bien que mudando la formación de algunas pocas, y según pedía toda buena razón, al usar de tales letras las llamaban letras fenicias, como introducidas en la Grecia por los fenicios. A los biblos (o libros de papel) los llaman asimismo los jonios anticuadamente difteras (o pergaminos), porque allá en tiempos antiguos, por ser raro el biblo o papel, se valían de pergaminos de pieles de cabra y de oveja, y aun en el día son muchas las naciones bárbaras que se sirven de difteras.
LIX. Yo mismo vi por mis propios ojos en Tebas de Beocia, en el templo de Apolo el Ismenio, unas letras cadmeas grabadas en unas trípodes y muy parecidas a las letras jonias: una de las trípodes contiene esta inscripción: «Aquí me colocó Anfitrión, vencedor de los teléboas». La dedicación de ella sería hacia los tiempos de Layo, hijo de Lábdaco, nieto de Polidoro y biznieto de Cadmo.
LX. Otra de las mencionadas trípodes dice así en verso hexámetro: «A ti, sagitario Febo, me consagró Esceo, luchador victorioso por lucidísima joya». Debió de ser dicho Esceo el hijo de Hipocoonte,[33] a no ser que hiciese tal ofrenda algún otro del mismo nombre de Esceo, hijo de Hipocoonte, que vivía en tiempo de Edipo, hijo de Layo.
LXI. He aquí lo que dice otra tercera trípode, también en verso hexámetro: «Reinando solo Laodamante, regaló al dios Apolo, certero en sus tiros, esta trípode, linda presea». En tiempo de este Laodamante, hijo de Eteocles, que mandaba solo entre los cadmeos, fue cabalmente cuando estos, echados de su patria por los argivos, se refugiaron a los pueblos llamados enqueleos,[34] si bien quedando por entonces los gerifeos en su país, solo algún tiempo después fueron obligados por los beocios a retirarse a Atenas. Tienen los gerifeos construidos en Atenas templos particulares en que nada comunican con ellos los demás atenienses, siendo santuarios de ritos separados, de los cuales es uno el templo de Deméter Acaya con sus orgías o misterios propios.
LXII. Hasta aquí llevo dicho cuál fue la visión que tuvo Hiparco entre sueños, y de dónde los gerifeos, de cuya raza fueron los matadores de Hiparco, eran oriundos en lo antiguo. Ahora será bien volver a tomar ya el hilo de la narración comenzada, y acabar de declarar lo que decía sobre el modo con que se libraron por fin los atenienses del yugo de sus tiranos. Sucedió, pues, que siendo Hipias tirano en Atenas, y estando muy irritado contra aquel pueblo a causa del asesinato cometido en Hiparco su hermano, procuraban en tanto con todas veras y por todos los medios posibles volver a su patria los Alcmeónidas, familia de Atenas echada de allí por los hijos de Pisístrato, y lo mismo procuraban con ellos otros desterrados. Viendo los Alcmeónidas cuán mal les había salido la tentativa, a fin de volver a la patria y procurar la libertad de Atenas, fortificados en un lugar llamado Lipsidrio, sobre Peonia, no dejaban piedra por mover para dañar a los Pisistrátidas. En tal estado, concertándose con los Anfictiones, tomaron a su cargo levantar el templo que al presente hay en Delfos y que entonces no existía: siendo, pues, hombres opulentos y de una familia de tiempo atrás muy ilustre, hicieron el templo mucho más bello y lucido de lo que requería ajustado al modelo, así en las partes de la fábrica, como en el frontispicio singularmente, pues estando en la contrata que el templo debería ser de mármol porino, hicieron la fachada de mármol pario.
LXIII. Estando, pues, de asiento en Delfos estos hombres, según cuentan los mismos atenienses, obtuvieron de la Pitia, sobornada a fuerza de dinero,[35] que siempre que vinieran los espartanos a consultar el oráculo, ya fuera privada, ya pública la consulta, les diera por respuesta que la voluntad de los dioses era que libertasen a Atenas. Viendo los lacedemonios cómo siempre se les inculcaba aquel recuerdo de parte del oráculo, enviaron por fin al frente de un ejército a uno de los principales personajes de su ciudad, llamado Anquimolio, hijo de Aster, y le dieron orden de que echase de Atenas a los hijos de Pisístrato, aunque fueran estos sus mayores amigos y aliados, teniendo más cuenta con la voluntad del dios que con la amistad de los hombres. Enviado por mar con su escuadra dicho general, y dando fondo en Falero, desembarcó allí sus tropas. Informados a tiempo los Pisistrátidas de la expedición contra ellos prevenida, llamaron a las tropas auxiliares de la Tesalia, con las cuales tenían contraída alianza. Implorados los tesalios, enviaron allá, de común acuerdo del estado, mil caballos conducidos por su rey Cíneas, que era de patria condeo.[36] Recibido, pues, dicho socorro, tomaron los Pisistrátidas el expediente de arrasar cuantos árboles había en las llanuras de los falereos, con la mira de dejar aquel campo libre y expedito para que pudiese obrar en él la caballería, la cual, en efecto, habiendo embestido después por aquel paraje y dejándose caer sobre el campo del enemigo, entre otros estragos que hizo en los lacedemonios fue muy considerable el dar muerte al general de estos, Anquimolio, obligando juntamente al resto de la armada a refugiarse en sus naves; y con esto hubo de retirarse de Atenas la primera armada enviada allá por los lacedemonios. El sepulcro de Anquimolio se ve al presente en Alopece, uno de los pueblos del Ática, cerca del Heraclio (o templo de Heracles), situado en Cinosarges.
LXIV. De resultas de este destrozo enviaron los lacedemonios contra Atenas segunda armada, más numerosa que la primera, conducida por su rey Cleómenes, hijo de Anaxándridas, embistiendo a los enemigos no por mar como antes, sino por tierra. Fue entonces también la caballería tesalia la primera en trabar el choque con los lacedemonios, apenas entrados en el Ática; pero sin hacerles mucha resistencia volvió luego las espaldas, y dejando caídos en el campo a más de cuarenta de los suyos, volvieron los demás en derechura a Tesalia. Llevando consigo Cleómenes a los atenienses que se declaraban por la libertad de la república, y llegándose a la ciudad de Atenas, empezó a sitiar a los tiranos, que se habían retirado al fuerte pelásgico.
LXV. No era natural que fueran los Pisistrátidas en aquella sazón echados de la patria por los lacedemonios, así porque estos no llevaban ánimo por su parte de emprender un largo sitio, como por hallarse aquellos por la suya bien apercibidos de víveres para resistirlo; antes era sin duda lo más probable, que después de unos pocos días de asedio partieran otra vez hacia Esparta: entonces cierto acaso ocasionó la ruina a los sitiados y dio justamente a los sitiadores la victoria, porque quiso la fortuna que los tiernos hijos de los Pisistrátidas, al tiempo de ser llevados fuera del país para su resguardo y seguridad, diesen en manos de los enemigos. Este acaso de tal manera desconcertó las miras de los sitiados y abatió sus bríos, que vinieron en ajustar el rescate y libertad de sus hijos con las condiciones que quisieron imponerles los atenienses, las cuales fueron que dentro del término de cinco días salieran del Ática los sitiados. Habiendo, pues, reinado en Atenas por espacio de 36 años, salieron de ella y se retiraron a Sigeo, ciudad situada sobre el río Escamandro. Eran los Pisistrátidas oriundos de Pilos y descendientes de los Nélidas, de quienes vinieron asimismo Codro y Melanto, primeros reyes extranjeros que hubo en Atenas:[37] de suerte que el motivo de que Hipócrates pensase en poner a su hijo el nombre de Pisístrato fue la memoria de que se llamó Pisístrato el hijo de Néstor, queriendo que del mismo modo se llamase también el suyo. En suma, del modo referido se vieron libres los atenienses de la tiranía; pero quiero añadir cuanto este pueblo, puesto ya en libertad, hizo o padeció digno de la historia, antes que la Jonia se sublevase contra Darío y viniera con esta ocasión a Atenas Aristágoras el milesio para pedirles ayuda y socorro.
LXVI. Después que Atenas, ciudad ya de antes muy grande, arrojó de sí a sus tiranos, vino a hacerse mucho mayor. Dos eran en ella los jefes y partidarios que más poder y mando tenían: uno Clístenes, de la familia de los Alcmeónidas, de quien dice la fama que supo sobornar a la Pitia; el otro Iságoras, hijo de Tisandro, sujeto de una casa verdaderamente ilustre, aunque ignoro de qué raza saliesen sus antepasados: sé únicamente que suelen los de su parentela sacrificar a Zeus el Cario, de quien son muy devotos.[38] Estos dos eran, pues, los caudillos de dos facciones en la república. Hallábase Clístenes abatido; mas habiendo sabido ganarse después a la plebe, logró formar diez philas (o tribus), de cuatro que solo había primero en todo el estado. Quitó, pues, los nombres que tenían antes las cuatro philas tomadas de los hijos de Ion, que eran antes los de los geleontes, de los egícoras, de los argades y de los hopletes,[39] y en lugar de ellos introdujo los nombres de otros héroes patrios con que distinguir sus nuevas philas, a excepción de Áyax solo, cuyo nombre añadió a los demás por haber sido vecino y aliado de los atenienses.
LXVII. Mucho habría de engañarme si no quiso nuestro Clístenes imitar en esta parte a su abuelo materno Clístenes, que había sido señor de Sición.[40] Después de haber guerreado con los argivos, el viejo Clístenes procuró dos cosas en descrédito de sus enemigos, una quitar de Sición un certamen que hacían en ella los rapsodas[41] recitando los versos de Homero, a causa de ser en tales versos los argivos los que se llevaban entre todos la palma de los elogios del poeta; la otra ver cómo podría acabar al fin con el culto que daban los sicionios a Adrasto, hijo de Tálao, cuyo templo tenían levantado en su misma plaza por ser argivo. Consultó, pues, en un viaje que hizo a Delfos, «si sería razón echar a Adrasto de la ciudad»; pero tuvo la mortificación de oír de boca de la Pitia esta respuesta en tono de oráculo: «Que Adrasto había sido rey de los sicionios y él era el verdugo de ellos». Viendo que no condescendía Apolo con su pretensión, vuelto de su romería empezó a discurrir de qué medio se valdría para lograr que el héroe Adrasto se fuese por sí mismo de la ciudad. Después que le pareció haber dado ya con un buen arbitrio para salir con su intento, dirige enviados a Tebas de Beocia, y manda decir a aquellos ciudadanos que su deseo sería poder restituir a Sición al hijo de Ástaco, llamado Menalipo. Obtiene tal gracia de los tebanos,[42] y habiendo restituido a Menalipo erigió para él un templo en el mismo pritaneo, y fijó allí su estancia en un sitio muy fortificado. El motivo que tenía Clístenes para restituir a Menalipo, puesto que es preciso que aquí se declare, no era otro que el haber sido este el mayor enemigo de Adrasto, a cuyo hermano Mecisteo y a su yerno Tideo había dado la muerte. Luego que tuvo edificado su nuevo templo, quitó Clístenes los sacrificios y fiestas que solían hacerse a Adrasto y los apropió a Menalipo. Era antes realmente grande la solemnidad y culto con que solían los sicionios venerar a Adrasto, movidos a ello por saber que su región en lo antiguo había sido de Pólibo, de cuya hija habiendo nacido Adrasto, fue declarado heredero del reino, por haber muerto Pólibo sin sucesión varonil. Entre otras honras que tributaban a Adrasto los de Sición, una era la representación de sus desgracias en unos coros o danzas trágicas,[43] de modo que sin tener coros consagrados a Dioniso festejaban ya con ellos a su Adrasto: manda, pues, Clístenes que se conviertan aquellos coros en cantos de Dioniso, y lo demás de la fiesta y de los sacrificios en honra de Menalipo, en lo cual vinieron a parar todas las maquinaciones de Clístenes contra Adrasto.
LXVIII. Hizo aún más contra los argivos. Mantenían los sicionios en sus philas los mismos nombres que tenían los argivos en las suyas: muda, pues, Clístenes el nombre a las philas sicionias, de suerte que las puso muy en ridículo; porque sacando aparte a los de su misma phila, a quienes dando un nombre tomado de la voz arjé (principado) llamó arquelaos (príncipes del pueblo), dio a las otras philas nombres sacados de las palabras his (puerco) y onos (asno), añadiéndoles únicamente la terminación derivada, de modo que a los unos llamó los hiatas, a otros los oneatas, y a los restantes los xoireatas (porquerizos), nombres que los buenos sicionios mantuvieron en sus philas, no solo en el reinado de Clístenes, pero aun unos 60 años después de su muerte, hasta tanto que volvieron en sí, y trocando tales apodos, se llamaron los híleas, los pánfilos, los dimanatas, y los de la cuarta phila, tomando el nombre de Egialeo, hijo de Adrasto, hicieron llamarse los egialeos.[44]
LXIX. Como Clístenes el sicionio hubiese, pues, introducido esta novedad en las philas, Clístenes el ateniense, que siendo por su madre nieto del sicionio llevaba su mismo nombre, a lo que se me alcanza quiso imitar en este punto a su abuelo y tocayo, haciendo en descrédito y mengua de los jonios que las philas de Atenas no retuviesen un nombre común con el de las suyas.[45] Atraído, pues, a su bando todo el vulgo de los atenienses, que antes le era muy contrario, aumentó el número de las philas trocándoles a todas el nombre; así que en lugar de cuatro que antes eran los philarcas (jefes de las tribus), instituyó diez, y a más de esto en cada phila señaló diez demos[46] (o distritos). De donde resultó que su partido, habiéndose ganado así al pueblo bajo, fuera muy superior al de sus contrarios.
LXX. Pero Iságoras, su rival político, viéndose inferior a Clístenes, supo urdirle una buena. Acudió, pues, a la protección de Cleómenes, su antiguo huésped, y amigo ya desde el tiempo del sitio que este puso contra los hijos de Pisístrato: ni faltaban malignos que decían de Cleómenes haber sido buen compadre de Iságoras, a cuya mujer solía visitar a menudo. Cleómenes, por medio de un heraldo que destinó a Atenas, intimó a Clístenes que en compañía de otros muchos atenienses salieran de la ciudad, por ser así él, como los demás que nombraba, unos enageas (o malditos y excomulgados), color que daba a su edicto por insinuación de Iságoras, pues los Alcmeónidas con los de su facción eran mirados en Atenas como reos de cierta muerte sacrílega, de la cual no habían sido cómplices Iságoras ni su bando.
LXXI. La acción por la que merecieron los Alcmeónidas la nota de malditos fue la siguiente: Había entre los atenienses un tal Cilón, famoso vencedor en los juegos olímpicos, convencido de haber procurado levantarse con la tiranía de Atenas, pues, habiendo reunido una facción de hombres de su misma edad, intentó apoderarse del alcázar de la ciudad. Pero como le hubiese salido mal la tentativa, refugiose Cilón a sagrado, cerca de la estatua de Atenea. Los prítanes de los naucraros (los presidentes de los magistrados) que a la sazón mandaban en Atenas, sacaron de aquel asilo a los refugiados bajo la fe pública de que no se les daría muerte: mas no obstante esta promesa se les hizo morir, de cuyo atentado se culpaba a los Alcmeónidas.[47] Este caso era antiguo y anterior a la época de Pisístrato.
LXXII. No contento Cleómenes con haber mandado echar de Atenas a Clístenes y a los demás proscritos, por más que estos se hubiesen ya ausentado, se presentó allá en persona con un pequeño cuerpo de tropas. Llegado a Atenas, exterminó luego de ella a 700 familias atenienses, las que Iságoras le fue sugiriendo: después de este primer paso emprendió abolir el Senado, y dar el mando y magistraturas a 300 sujetos partidarios todos de Iságoras. Amotinado de resultas de esta violencia el Senado y no queriendo estar a las órdenes de Cleómenes, ayudado este por Iságoras y por los de su partido, apoderose de la ciudadela, donde los atenienses de la facción contraria, habiéndole tenido sitiado por espacio de dos días, capitulando al tercero, convinieron en que los lacedemonios todos de la ciudadela salieran de allí bajo la fe pública del salvoconducto. Cumpliose a Cleómenes en esta salida el agüero que voy a referir: luego que subió al alcázar con ánimo de apoderarse de él, se fue en derechura al mismo camarín de la diosa (Atenea), como para visitarla pía y religiosamente. Al punto mismo que lo ve la sacerdotisa, levantada de su asiento, y antes que pasara el umbral del santuario, con tono fatídico: «Vuélvete atrás, le dice, lacedemonio forastero, vuélvete: ni pretendas entrar en este sagrario, donde no es lícito que entren los dorios». «Pues sábete, mujer, le responde Cleómenes, que yo no soy dorio sino aqueo».[48] De suerte que por no haber contado entonces con aquella mal augurada palabra «vuélvete atrás», tuvo después Cleómenes que dar la vuelta desgraciadamente con sus lacedemonios. A los demás de la ciudadela puestos luego en prisión, los condenaron a muerte los atenienses, y entre ellos a un ciudadano de Delfos llamado Timesiteo, de cuyo talento y primor en varias obras de manos habría muchísimo que decir. Todos murieron en la cárcel.
LXXIII. Llamados a su patria después de tales turbulencias Clístenes y las 700 familias perseguidas por Cleómenes, despacharon los atenienses sus embajadores a Sardes con la mira de hacer un tratado de alianza con los persas, previendo claramente la guerra que de parte de Cleómenes y de sus lacedemonios les amenazaba. Llegados, pues, a Sardes los diputados, y habiendo declarado la comisión de que venían encargados, preguntó el virrey de ella, Artafrenes, hijo de Histaspes, quiénes eran aquellos hombres que pretendían ser aliados del rey y en qué parte moraban. Habiendo los embajadores satisfecho a la pregunta, respondioles el virrey, en suma, que concluiría con los atenienses el tratado de alianza que se le pedía, con tal que quisieran darse a discreción al rey Darío, entregándole tierra y agua; pero que si no querían hacerlo les mandaba partir de allí. Tomando entonces acuerdo entre sí los embajadores sobre la respuesta, llevados del deseo de aquella alianza, le respondieron que se entregaban a Darío, motivo por el que a su regreso a la patria fueron mal vistos y murmurados.
LXXIV. En tanto que esto pasaba, sabiendo Cleómenes que los atenienses iban haciéndole por obra y de palabra todo el daño que podían, mandó juntar las milicias del Peloponeso entero, sin decir a qué fin las juntaba, el cual no era otro en realidad que el deseo de vengarse del pueblo de Atenas, dándole por señor a Iságoras que en su compañía había salido de la ciudadela. En efecto, a un mismo tiempo embistió Cleómenes a Eleusis con un ejército numeroso,[49] y los beocios de concierto con él tomaron a los últimos pueblos del Ática, que eran Énoe e Hisias, y los calcideos iban por otro lado talando el país de los de Atenas. Estos, si bien no sabían dónde acudir primero, salieron con todo armados contra los peloponesios que se hallaban en Eleusis, dejando para después la venganza de los beocios y calcideos.
LXXV. Estaban a la vista los dos ejércitos prontos ya para venir a las manos, cuando los corintios, que habían conocido la injusticia de aquella guerra, fueron los primeros que, mudando de parecer, comenzaron a dar la vuelta hacia su patria;[50] después de ellos retirose también el rey de los lacedemonios que conducía el ejército, Demarato, hijo de Aristón, por más que antes nunca hubiese sido de parecer contrario al de Cleómenes, y siendo así que hasta entonces solían los dos reyes juntos salir al frente de sus tropas: con esta ocasión y por dicha discordia hízose en Esparta una ley de que al salir el ejército nunca marchasen con él entrambos reyes, sino que exonerado uno de ellos de ir a campaña, se quedase en Esparta con uno también de los Tindáridas,[51] pues antes ambos Tindáridas, como patronos y dioses tutelares de sus reyes, iban siguiéndoles en el ejército. El éxito de la campaña fue que viendo los aliados que no venían los dos reyes de Lacedemonia y que los corintios habían ya desamparado el puesto, empezaron a desertar.
LXXVI. Era la cuarta vez que los dorios armados entraban en el Ática, pues dos veces fueron allá como enemigos, y dos como amigos en bien de la república de Atenas; pudiéndose contar con razón por la primera jornada hacia esta ciudad la expedición que hicieron los dorios cuando condujeron a Mégara una colonia en tiempo que Codro reinaba en Atenas. La segunda y la tercera fue cuando, con el designio de echar a los hijos de Pisístrato, pasaron allá desde Esparta con gente armada; la cuarta es la que acabo de referir, cuando con las tropas del Peloponeso se dejó caer Cleómenes sobre Eleusis. Bien afirmé, por tanto, que entonces por cuarta vez acometían los dorios a Atenas.
LXXVII. Desbaratado y deshecho tal ejército, sin haber obtenido resultado importante contra los atenienses, con ánimo de vengarse de sus enemigos, llevaron desde luego las armas contra los calcideos, en cuya ayuda y defensa habían ya los beocios salido hacia el Euripo.[52] Ven los atenienses a los beocios puestos en armas y resuelven acometerles antes que a los calcideos; y fue tal el ímpetu con que cargaron sobre ellos, que logrando una completa victoria, además de los muchos enemigos que dejaron tendidos en el campo, hicieron 700 prisioneros. Victoriosos, pasan a Eubea aquel mismo día, y dada una segunda batalla, segunda vez triunfan de sus enemigos. Fruto de esta victoria fue dejar en Eubea 4000 colonos atenienses, repartiendo entre estos las suertes y heredades de los hipobotas de Calcis; y los que entre los calcideos se llamaban con este nombre, que equivale al de caballeros, venían a ser los ciudadanos más ricos y opulentos. Por lo que mira a los prisioneros de guerra, así los de Calcis como los de Beocia, aunque luego de presos los tuvieron aherrojados, algún tiempo después los soltaron, recibiendo en rescate dos minas por cabeza. No obstante, suspendieron los cautivos en la ciudadela los grillos en que les habían tenido, y aún hoy día se ven colgados en aquellas paredes chamuscadas después por el medo, enfrente del camarín, por la parte que mira a poniente. De la décima de dicho rescate, dedicada en el templo, hicieron una cuadriga de bronce, que al entrar en los portales de la fuerza se deja ver luego hacia mano izquierda con este epígrafe: «La gente de Calcis con la gente de Beocia, presa por mano ática con belicoso brío, paga su merecido en calabozo y en férreas cadenas: de su diezmo logra Palas este carro».
LXXVIII. Iban por fin los atenienses libres creciendo en poder de cada día, pues cosa probada es, no una sino mil veces, por experiencia, que el estado por sí más próspero y conveniente es aquel en que reina la isegoría o derecho y justicia igual para todos los ciudadanos. Viose bien esto en los atenienses, que no siendo antes, cuando vivían bajo el yugo de un señor, superiores en las armas a ninguna de las naciones, sus vecinas, apenas se vieron libres e independientes en un gobierno republicano, que se mostraron los más bravos y sobresalientes de todos en sus negocios y empresas de guerra. De donde aparece bien claro que, cuando trabajaban avasallados en pro de un señor despótico, huían de propósito el hombro a la carga, y que viéndose una vez libres y señores mismos, se esforzaban todos, cada cual por su parte, en acrecentar sus intereses y ventajas propias: en una palabra, no podían portarse mejor de lo que lo hacían.
LXXIX. Pero los tebanos, después de aquella pérdida, deseosos de volver el daño a los atenienses y de tomar de ellos venganza, enviaron consulta al dios Apolo, a la cual respondioles la Pitia: «que no pensasen poder por sí solos tomarse la satisfacción que deseaban, sino que les encargaba que consultando primero el asunto con Polifemo,[53] pidiesen ayuda a los más vecinos». Luego que los tebanos, a cuya asamblea los consultantes, vueltos ya de Delfos, daban razón de la citada respuesta, oyeron que era menester acudir a los más vecinos, se pusieron a discurrir de este modo: «Pues si ello es así, siendo nuestros más inmediatos vecinos los tanagreos, coroneos y tespieos, pueblos siempre hechos a seguir nuestras banderas y prontos a ser nuestros compañeros de armas, ¿a qué viene la prevención del oráculo de que les pidamos su asistencia y ayuda? ¿Quizá no será esto sino otra cosa la que quiere significar el oráculo?».
LXXX. Detenidos en su junta entre tales dudas y razones, uno que las oye, salta con este discurso: «Pues ahora me parece haber dado con el sentido de nuestro oráculo. Tengo entendido que fueron dos las hijas de Asopo, Teba y Egina;[54] paréceme, pues, que habiendo sido hermanas las dos, nos querrá decir Apolo en su respuesta, que acudamos los tebanos a los eginetas, pidiendo que quieran ser nuestros vengadores». Al punto los tebanos de la junta, a quienes pareció que no cabía interpretación más adecuada del oráculo, enviaron a los eginetas unos diputados que les pidieran su asistencia, convidándoles a la presa de orden del oráculo, pues que ellos eran sus más cercanos parientes. La respuesta que a los enviados dieron los eginetas, fue que los Eácidas irían allá en compañía de ellos.
LXXXI. Con el socorro de dichos Eácidas anímanse los tebanos a probar fortuna en la guerra; pero viéndose de nuevo mal parados en ella por los atenienses, envían otra vez diputados a Egina, que restituyendo a los eginetas sus Eácidas, en vez de ellos les pedían soldados. Implorados segunda vez los eginetas, llenos en parte de sí mismos y engreídos con su opulencia, y en parte no olvidados de su antiguo rencor contra los de Atenas, se resuelven a hacerles la guerra antes de declararla; y, en efecto, estando las tropas atenienses ocupadas contra los beocios, pasando de repente los eginetas al Ática en sus galeras, saquearon a Falero y a muchos otros pueblos de las costas, causando mucho perjuicio a los atenienses.
LXXXII. Bien será que diga ahora de qué principio nació la inveterada enemistad a que acabo de aludir entre atenienses y eginetas. Sucedió, pues, que negándose la campiña de los epidaurios a producir fruto y cosecha alguna, consultaron estos al oráculo de Delfos acerca de aquella calamidad y desventura. Respondió la Pitia a la consulta que como erigiesen dos estatuas nuevas, una a Damia y otra a Auxesia,[55] verían presto mejorar sus negocios. Instaron los epidaurios si sería bien hacerlas de bronce o de mármol: «Ni de bronce ni de mármol, dijo la Pitia, sino de dulce olivo». De resultas de este oráculo pidieron los epidaurios a los atenienses que les permitieran cortar en su tierra algunos olivos, persuadidos de que los olivos del Ática eran los más divinos y prodigiosos de todos, y aun se añade que en aquella época solo en Atenas y en ningún otro paraje se encontraban olivos. Vinieron gustosos los atenienses en conceder el permiso que se les pedía, pero con la condición de que ellos se obligasen a hacer todos los años sus ofrendas a Atenea la Políada,[56] y asimismo a Erecteo. Obligáronse a ello los epidaurios, lograron lo que pedían, hicieron los ídolos de olivo, y dedicados ya, volvió a dar fruto su campiña, y prosiguieron ellos en cumplir a los atenienses lo ofrecido.
LXXXIII. En el tiempo de que voy hablando obedecían todavía, como solían antes, los de Egina a los epidaurios, así en todo lo político como en la jurisdicción de los tribunales; de suerte que los eginetas acudían al foro de Epidauro en sus pleitos y acciones para pedir y responder en justicia. Pero desde aquella época,[57] viéndose los eginetas con gran número de naves, fueron levantándose a mayores, y negando sin razón alguna la obediencia a los epidaurios, empezaron a hacerles cuanto mal cabía como a sus mayores enemigos; y siéndoles superiores en la marina, sucedió que pudieron robar a los epidaurios aquellos ídolos de Damia y de Auxesia, los cuales, transportados a la isla, fueron colocados en medio de ella en un lugar llamado Oya, que viene a distar como veinte estadios de la misma ciudad de Egina. En este sitio, puestas las dos diosas epidaurias, íbanles haciendo sacrificios los de Egina y festejándolas con unos coros satíricos o danzas libres de mujeres, nombrando para cada una de las diosas diez prefectos que corrieran con el gasto de la fiesta. Era uso de dichas danzas y como ceremonia religiosa, practicada antes por los de Epidauro, decir a las mujeres del país mil insolencias y baldones, aunque sin meterse con los hombres. Usaban también sacrificios ocultos.
LXXXIV. Una vez robadas dichas estatuas, como cesasen los epidaurios de hacer las ofrendas que antes solían a los de Atenas, enviáronles estos por aquella falta a dar quejas mezcladas con amenazas. Probaron los epidaurios con buenas razones que ninguna injusticia les hacían en aquello; que en tanto que habían tenido en casa a las diosas, habían sido puntuales en cumplirles lo prometido; que después de habérselas quitado con violencia, no les parecía puesto en razón continuar en aquel antiguo tributo, y que lo exigiesen de los eginetas, pues que estos al presente poseían aquellas. Oído tan justo descargo, enviaron los atenienses a Egina unos diputados que pidiesen dichas estatuas, a los cuales respondieron los de Egina que nada tenían que ver ni hacer con los de Atenas.
LXXXV. Lo que pasó después de esta solemne declaración lo refieren así los atenienses, diciendo que de parte de la república pasaron a Egina en una galera algunos de sus ciudadanos, quienes saltando en tierra y echándose sobre las estatuas, cuya madera miraban como cosa propia, procuraban ver cómo las moverían de sus pedestales; y no pudiendo salir con su maniobra, con unas sogas atadas alrededor de las diosas, las iban arrastrando. Estando en aquella fatiga, oyose de repente un trueno, y al trueno siguió un terremoto. Aturdidos con el nuevo portento los marineros que arrastraban a sus diosas, y saliendo de repente fuera de sí, empezaron entre ellos mismos, como si fueran enemigos mortales, una desaforada matanza, cuyo estrago pasó tan allá que no quedó de todos sino uno que volviese a pasar al Falero.
LXXXVI. Así refieren esta historia los de Atenas; mas no dicen los eginetas que fueran allá en una sola nave los atenienses, pues que a una, y a algunas más, bien hubieran ellos resistido aun en el caso de no tener naves propias, sino que los enemigos, con una buena armada, hicieron un desembarco en Egina, cediéndoles por entonces la entrada los del país sin exponerse a una batalla naval; bien que ni los eginetas mismos saben asegurar si el motivo de cederles el paso sería por reconocerse inferiores en el mar, o con la pretensión de poner por obra lo que después con los invasores ejecutaron. Afirman, empero, que viendo los atenienses que nadie les presentaba batalla, saliendo de sus naves se fueron en derechura hacia las estatuas, y no pudiéndolas arrancar de sus pedestales, atadas al cabo con fuertes maromas, empezaron a tirar de ellas, no parando en la maniobra hasta tanto que las dos estatuas a un tiempo hicieron una misma demostración que ellos cuentan y que yo jamás creeré por más que la quiera creer alguno. Cuentan, pues, los eginetas que las dos estatuas se hincaron de rodillas, postura que han conservado siempre desde entonces. Esto hacían los atenienses; los de Egina, por su parte, informados de antemano de que se disponían sus enemigos a venir contra ellos, habían negociado con los argivos que estuviesen prontos y apercibidos para irles a socorrer; y, en efecto, a un mismo tiempo desembarcaban los atenienses en Egina, y los argivos, pasando a la misma isla desde Epidaurio, venían ya sin ser sentidos a dar auxilio a los naturales, y al llegar se dejaron caer de improviso sobre los atenienses apartados de sus naves y del todo seguros de aquel encuentro y refuerzo de que ni la menor sospecha habían antes tenido. En aquel mismo punto, añaden, acaecieron el trueno y el terremoto.
LXXXVII. Esta es, pues, la historia que nos cuentan argivos y eginetas, y en un punto convienen con los de Atenas, a saber, que uno solo volvió salvo al Ática; bien que los argivos quieren que de sus manos se salvase aquel individuo, dándose ellos por los que echaron a pique toda aquella armada; y los atenienses pretenden que no se libró aquel sino de la venganza de algún numen exterminador, aunque no por esto logró verse libre de su ruina el hombre que escapó, sino que pereció también desgraciadamente. Porque vuelto a Atenas el infeliz, como anduviese cantando aquella gran calamidad y destrozo, oyéndole las mujeres de los muertos en la jornada referir el estrago común, y no pudiendo sobrellevar que perdidos todos los demás se hubiera salvado él solo, le fueron rodeando, y cogido en medio, le iban dando tanto golpe y picazo de hebilla, preguntándole cada una dónde estaba su marido, que acabaron allí mismo con el infeliz, después que se había ya librado de la común ruina de sus compañeros. Los atenienses, a quienes esta venganza y furia mujeril pareció más sensible que la pérdida total de su armada, no hallando otro modo de castigar a las mujeres, tomaron la resolución de hacerlas mudar de traje, obligando a todas a que vistieran a la jónica, pues antes las áticas vestían a la dórica, traje muy semejante al vestido corintio.[58] De allí adelante las obligaron a llevar túnica de lino para que no se sirvieran más de hebillas.
LXXXVIII. Verdad es que, hablando en rigor, el traje a que las obligaron no fue en los tiempos antiguos propio de las mujeres jónicas, sino de las carias; pues antiguamente el vestido de toda mujer griega era el mismo que al presente llamamos dórico. Pero los argivos por su parte y los eginetas en sus respectivas ciudades hicieron una ley que las hebillas de sus mujeres fuesen un tercio mayores de lo que eran antes, que las mujeres en los templos de sus dioses ofreciesen hebillas más bien que otra presea alguna, y que en ellos nada venido del Ática pudiese ofrecerse ni presentarse; tanto que en adelante no se sirviesen de vajilla procedente de allá, sino que fuese ceremonia legítima beber en los sacrificios con vasijas del país: y se puso en práctica dicha ley, pues desde entonces hasta mis días las argivas y las eginetas, a despecho de las áticas, solían llevar sus hebillas mayores de lo que primero acostumbraban.
LXXXIX. De los sucesos que acabo de referir nació, repito, el principio de la enemistad de los atenienses con los de Egina. Renovando, pues, entonces los eginetas la memoria de dichas estatuas y de los sucesos a ellas concernientes, vinieron gustosos en enviar a los beocios el socorro que les pedían, talando con sus tropas auxiliares las costas del Ática. Al ir los atenienses a emprender la expedición contra los de Egina, vínoles de Delfos un oráculo en que se les prevenía que por espacio de treinta años, a contar desde la injuria que acababan de recibir, se abstuviesen de combatir con los eginetas; pero que venido el año 31 y fabricado un templo a Éaco, empezasen contra ellos las hostilidades; pues haciéndolo así, sucederíales la cosa como deseaban. Mas si desde luego emprendían aquella guerra, entendiesen que durante aquel tiempo tendrían ellos y darían mucho que llorar al enemigo; bien que al cabo darían con él en tierra. Oído, pues, el nuevo oráculo, determinaron los atenienses levantar a Éaco aquel templo mismo que al presente se deja ver en su plaza; pero en la demora de treinta años no pudieron convenir, oyéndose clamar que no debían disimular por tanto tiempo la injuria, después de verse tan maltratados con la invasión de los eginetas.
XC. Con tal resentimiento, al tiempo en que se disponían para tomar venganza de aquellos enemigos, un nuevo contratiempo de parte de los lacedemonios les cerró el paso de la jornada. Porque como en aquella sazón hubiese llegado a oídos de los lacedemonios, así el artificio que usaron los Alcmeónidas para sobornar a la Pitia, como el embuste con que esta les alarmó contra los hijos de Pisístrato, sintieron con tal aviso doblada pesadumbre, viendo por una parte que habían echado de la patria a sus mayores amigos y aliados, y por otra que los atenienses, recibida aquella merced, no se les mostraban obligados ni agradecidos. Añadíase a estas reflexiones la congoja que ciertas profecías les ocasionaban de nuevo, pronosticándoles muchos agravios y desafueros que de parte de los atenienses les aguardaban. Habían antes estado del todo ignorantes de dichas predicciones, y entonces habían empezado a oírlas, habiéndolas traído consigo Cleómenes volviendo de Atenas a Esparta. Sucedió que Cleómenes, estando en la ciudadela de Atenas, pudo haber a las manos ciertos oráculos escritos que habían estado primero en poder de los Pisistrátidas y habían sido dejados allí por los mismos en el templo de Atenea,[59] cuando fueron echados de la ciudad. Cleómenes al salir de la fortaleza quiso llevárselos consigo a Esparta.
XCI. Recibidos dichos oráculos, viendo por una parte los lacedemonios que los atenienses, libres ya y de cada día más poderosos, en nada menos pensaban que en obedecerles, y previendo por otra que la gente ática si quedaba en el estado republicano se les igualaría en el poder, al paso que si volvía a verse oprimida con la tiranía se mantendría débil y pronta a dejarse gobernar por ellos,[60] como esto previesen, pues, los lacedemonios, llamaron a Esparta a Hipias, el hijo de Pisístrato, desde Sigeo, ciudad del Helesponto, adonde con los suyos se había refugiado. Después que llamado Hipias se les presentó, convocan para un congreso de la nación los diputados de las ciudades aliadas, y les hablan así los espartanos: «Amigos y aliados: Conocemos y confesamos al presente nuestra falta de justicia y de política: mal hicimos, alucinados con falsos oráculos, en echar de su patria a unos señores que, sobre sernos buenos amigos y aliados, nos tenían prometido mantener en nuestra devoción y obediencia a la ciudad de Atenas. Cometida esta injusticia, tuvimos la imprudencia de dejar aquel estado en manos de un pueblo ingrato, el cual, apenas se vio libre y suelto por nuestra mano, cuando empezó luego a erguir su cabeza e insolente quiso atrevérsenos, echándonos de su casa a nosotros y a nuestro rey, y desde aquel punto lleno de arrogancia va tomando nuevos espíritus. Lo que digo empiezan ya a llorar, particularmente sus vecinos los beocios y calcideos, y quizá todos los demás lo iréis sintiendo por turno si les tocareis en un solo cabello. Ya, pues, que nos engañamos antes en lo que con ellos hicimos, procurando ahora tomarnos con vuestra asistencia la satisfacción correspondiente, lo iremos remediando. Este ha sido, señores, el motivo, así de hacer que viniera Hipias, a quien veis aquí presente, como de convocaros a vosotros de las ciudades. Nuestras miras consisten en volver a Hipias a Atenas, y restituirle de común acuerdo, y con un ejército común, el dominio que antes le quitamos».
XCII. Tal era la propuesta de los lacedemonios, a la cual ni se acomodaban los más de los diputados, ni se atrevían con todo a contradecirla, guardando todos los aliados un profundo silencio. Rompiolo al cabo Socles el corintio con un tono sublime:[61]
«Ahora sí, exclamó, que están todas las cosas a pique de revolverse y trastornarse; el cielo para caer bajo la tierra, la tierra para subirse sobre lo más alto del cielo; van a fijar los hombres su morada en los mares, los peces a morar donde vivían primero los hombres, cuando llegamos a ver ya, que empeñados vosotros, oh lacedemonios, en arruinar una república justa y bien ordenada, procuráis tan de veras reponer en las ciudades libres el despotismo y la tiranía, no pudiendo dejar de ver con los ojos ser esta la cosa más inicua, más cruel, más sanguinaria de cuantas pueden verse entre los mortales. Y si no, decidme ahora, lacedemonios: si tan conveniente os parece que las riendas del gobierno estén en mano de un tirano, ¿por qué no sois los primeros en colocar un déspota sobre vuestras cabezas? ¿Por qué con vuestro ejemplo no animáis a los demás a que sufran un señor absoluto? Vemos empero todo lo contrario: vosotros, siempre libres hasta aquí de tiranos domésticos, y muy prevenidos siempre para que jamás los sufra Esparta, vais recetándolos a los otros, y procuráis encajarlos a vuestros confederados. A fe mía, espartanos, si hubierais probado lo que es un tirano, como nosotros los corintios lo probamos, pensarais ahora muy de otro modo y serían mejores de lo que son vuestras propuestas. Oíd, pues, lo que nos sucedió.[62] La antigua constitución del estado era en Corinto la oligarquía, gobernando la ciudad unos pocos ciudadanos llamados los Baquíadas, que nunca en sus matrimonios contraían alianza sino entre ellos mismos. Acaeció entonces que a uno de aquellos principales y magnates, por nombre Anfión, nació una hija coja llamada Labda, y como ninguno de los Baquíadas la quisiese por mujer, casó al fin con ella cierto Eetión, hijo de Equécrates, natural del lugar de Petra, bien que lapita de origen y descendiente de la familia Cénida.[63] Viendo después Eetión que no tenía hijos de Labda ni de otra mujer alguna, emprendió una romería a Delfos para consultar el oráculo sobre la desventura de no tener sucesión. No bien hubo entrado en el templo, cuando encarándose con él la Pitia, le recita de repente estos versos:
Eetión, digno de gloria, nadie te honra
cual mereces tú: Labda ya grávida
parece una gran rueda que cayendo
sobre monarcas, mandará a Corinto.
Ignoro cómo llegó este oráculo dado a Eetión a oídos de los príncipes Baquíadas, a quienes antes se había dado acerca de las costas de Corinto otro oráculo oscuro, pero dirigido al mismo punto que el de Eetión, en estos términos:
“Águila grávida, sobre altos peñascos dará a luz un valiente león que corte las rodillas: atiende a ello, corintio, vecino de la linda Pirene, que moras en torno de la encumbrada Corinto”.[64]
Y si bien este oráculo era antes para los Baquíadas, a quienes se había proferido un misterio impenetrable, apenas oyeron el otro dado entonces a Eetión, cayeron de pronto en la cuenta, y dieron de lleno en el sentido del primero, que concordaba mucho y se enlazaba con el del último. Entendiendo, pues, que se les pronosticaba su ruina, con la mira de conjurarla dando la muerte al hijo de Eetión que estaba ya para nacer, llevaban su intriga con sumo secreto. En efecto, luego que parió dicha mujer destinan al pueblo en que vivía Eetión diez de su mismo gremio o clase, con orden de quitar la vida al niño recién nacido. Llegados a Petra, entran en el patio de la casa de Eetión y preguntan por el chiquillo. Labda la coja, que estaba lejos de imaginar que vinieran con ánimo dañado, antes se lisonjeaba de que aquella visita de los magnates se le hacía en atención a su padre, para congratularse con ella por su feliz alumbramiento, se lo presenta y lo pone en brazos de uno de los diez; y si bien ellos al venir habían entre sí concertado que el primero que al niño cogiera le estrellara luego contra el suelo, quiso con todo la buena suerte, cuando Labda dejó a su hijo en brazos de aquel, que se sonriese el niño, mirando blandamente al que iba a recibirle, sonrisa que atentamente observada movió a ternura al primero que le había recibido; y le hizo tal impresión, que en vez de dar con el niño en el suelo, le entregó al segundo y este al tercero, de suerte que fue pasando de mano en mano por los diez infanticidas, sin que ninguno se atreviera a ensangrentar las suyas en aquella víctima de la ambición. Vuelto, pues, el hijo a la madre y salidos del atrio, se pararon ante la puerta misma de la casa, y empezaron a culparse unos a otros, pero sobre todo al primero que le recibió, por no haber ejecutado la orden que traían. No pasó mucho rato sin que se resolviesen a entrar de nuevo en la casa y concurrir todos aunados a la muerte del niño. Mas todo en vano, que el destino fatal de Corinto era, señores, que le viniera el azote de la casa de Eetión: porque Labda iba entretanto escuchando detrás de la puerta todo aquel discurso de muerte, y recelando luego que mudando de parecer y entrando segunda vez le matasen la infeliz criatura, tómala solicita, y va afanada a esconderla donde se le ofrece que nadie lo había de sospechar, que fue bajo un celemín,[65] bien persuadida que vueltos los diez nobles sayones no dejarían sin duda arca, ni rincón, ni escondrijo que registrar. En efecto, así fue: entran segunda vez, y todo era buscar por una y otra parte al niño; pero viendo que no podían dar con él, resolviéronse por fin a regresar y decir a los que les enviaban que todo se había hecho conforme a las órdenes dadas, y vueltos a los suyos, así realmente se lo dijeron. Íbase criando después el niño, que de tal riesgo a dicha se había escapado, en casa de su padre Eetión, y por la buena suerte de haberse librado del peligro debajo del celemín, en griego cipsele, quedósele en adelante el nombre de Cípselo. Llegado ya a la mayor edad, diósele a una consulta que en Delfos hacía una respuesta ambigua y enrevesada, por la cual gobernándose después y esperanzado mucho en ella, logró salir con su empresa y apoderarse del dominio de Corinto. La respuesta era de este tenor:
“¿Veis el gran varón que llega dentro de mi atrio, Cípselo el Eétida? Rey será de la esclarecida Corinto con su prole, pero no con la prole de su prole”.[66]
Tal fue el oráculo: Cípselo llegó a ser señor de Corinto, y con esto un tirano que a muchos corintios desterró, a muchos quitó los bienes, patria y vida, después de un gobierno de treinta años, habiendo tenido la fortuna de morir en paz y en su cama: sucediole en la tiranía su hijo Periandro, quien, aunque en los principios de su gobierno se mostraba más humano y blando que su padre, con todo, por haber después comunicado por medio de unos mensajeros con el otro tirano de Mileto, el célebre Trasíbulo, llegó a hacerse mucho más cruel y sanguinario que el mismo Cípselo. Es preciso saber que envió Periandro un embajador a Trasíbulo con la comisión de preguntarle de qué medios se podría valer para estar más seguro en su dominio y para gobernar mejor su estado: pues bien, saca Trasíbulo al enviado de Periandro a paseo fuera de la ciudad, y éntrase con él por campo sembrado, y al tiempo que va pasando por aquellas sementeras le pregunta los motivos de su venida, y vuelve a preguntárselos una, y otra, y muchas veces. Era empero de notar que no paraba entretanto Trasíbulo de descabezar las espigas que entre las demás veía sobresalir,[67] arrojándolas de sí luego de cortadas, durando en este desmoche hasta que dejó talada aquella mies, que era un primor de alta y bella. Después de corrido así todo aquel campo, despachó al enviado a Corinto sin darle respuesta alguna. Apenas llegó el mensajero, cuando le preguntó Periandro por la respuesta; pero él le dijo: “¿Qué respuesta, señor? Ninguna me dio Trasíbulo”; y añadió que no podía acabar de entender cómo le hubiese enviado Periandro a consultar un sujeto tan atronado y falto de seso como era Trasíbulo, hombre que sin causa se entretenía en echar a perder su hacienda; y con esto diole cuenta al cabo de lo que vio hacer a Trasíbulo. Mas Periandro dio al instante en el blanco, y penetró toda el alma del negocio, comprendiendo muy bien que con lo hecho le prevenía Trasíbulo que se desembarazase de los ciudadanos más sobresalientes del estado; y desde aquel punto no dejó ni maldad ni tiranía que no ejecutase en ellos, de manera que a cuantos había el cruel Cípselo dejado vivos o sin expatriar, a todos los mató o los desterró Periandro, aun más, despojó en un solo día por causa de su mujer Melisa, ya difunta, a las mujeres todas de Corinto. Había hecho que unos mensajeros enviados hacia los tesprotos, allá cerca del río Aqueronte,[68] consultasen al oráculo nigromántico acerca de cierto depósito de un huésped. Aparecióseles la difunta Melisa; les respondió que no manifestaría, al menos claramente, el lugar de aquel depósito; que les decía únicamente que por hallarse desnuda padecía mucho frío, pues de nada le servían los vestidos en que la enterraron, no habiendo sido abrasados, y que buena prueba de ser verdad lo que decía podía ser para Periandro haber él mismo metido el pan en un horno frío. Después que se dio razón a Periandro de dicha respuesta, de cuya verdad le pareció ser prueba convincente esta última indicación, por cuanto había conocido a Melisa después de muerta, sin más tardanza hace publicar luego un bando que todas las mujeres de Corinto concurran al Hereo o templo de Hera. Como si fueran ellas a celebrar alguna fiesta, iban allá con sus mejores adornos y vestidos, mientras que por medio de las guardias que tenía apostadas en el templo iba despojándolas a todas, tanto a las amas como a las criadas, y acarreando después todas las galas a una grande hoya, las entregó a la hoguera el tirano, rogando e invocando a su Melisa, cuya fantasma, aplacada con este sacrificio, declaró el lugar del depósito a los diputados que segunda vez le envió Periandro. He aquí, oh lacedemonios, lo que es y lo que en una ciudad suele hacer la tiranía. Con toda verdad os digo que si antes quedamos los corintios confusos y admirados al saber que llevabais a ese Hipias, al oír ahora esa vuestra demanda nos hallamos aquí suspensos y atónitos. En suma, conjurándoos por los dioses de la Grecia, os pedimos y suplicamos, oh lacedemonios, que no intentéis autorizar la tiranía ni introducir el despotismo en las ciudades. Y si obstinados contra las leyes divinas y humanas porfiareis en restituir a Atenas a ese vuestro Hipias, protestando desde ahora solemnemente nosotros los de Corinto, os declaramos que no consentimos en ello».
“Águila grávida, sobre altos peñascos dará a luz un valiente león que corte las rodillas: atiende a ello, corintio, vecino de la linda Pirene, que moras en torno de la encumbrada Corinto”.[64]
“¿Veis el gran varón que llega dentro de mi atrio, Cípselo el Eétida? Rey será de la esclarecida Corinto con su prole, pero no con la prole de su prole”.[66]
XCIII. Esto dijo Socles, el diputado de los corintios, a quien Hipias el tirano, invocando a los mismos dioses griegos y poniéndoles por testigos de lo que iba a decir, le respondió, que tiempo vendría, presto y sin falta alguna, en que los mismo corintios echaran de menos y desearan en Atenas a los hijos de Pisístrato cuando les llegara y sobreviniera el plazo fatal de verse oprimidos por los atenienses libres e independientes; lo que decía Hipias aludiendo a aquellos oráculos escritos que nadie mejor que él tenía sabidos. Pero los demás diputados del congreso, que no habían hasta allí despegado sus labios, después de oír a Socles, que tanto había perorado a favor de la libertad común, rompiendo el silencio cada uno por su parte, votaban todos libremente a favor del corintio, y protestando altamente, pedían a los lacedemonios que nada innovasen en aquella ciudad griega. Así, pues, terminó la conferencia.
XCIV. Al irse después Hipias de Lacedemonia, aunque Amintas, rey de Macedonia, le ofrecía la ciudad de Antemunte, y los tesalios le convidaban con Yolco,[69] sin querer aceptar ninguna de las dos, dio la vuelta a Sigeo. Era esta una plaza que a punta de lanza había tomado Pisístrato a los de Mitilene,[70] en la cual una vez ganada puso por señor un hijo bastardo, habido en una mujer argiva, por nombre Hegesístrato: ni este pudo jamás, sino con las armas en la mano, gozar de la ciudad que de Pisístrato había recibido. Con motivo de Sigeo duraron largo tiempo las hostilidades entre mitileneos y atenienses: salían aquellos de la ciudad de Aquileo, y estos de la misma Sigeo a guerrear; los mitileneos pretendían recobrar aquella tierra que reputaban ser suya; los atenienses les negaban el derecho sobre ella, dando por razón que el dominio de la región troyana no tocaba más a los eolios que a los atenienses y demás griegos que en compañía de Menelao habían salido a vengar el robo de Helena.
XCV. Entre varias cosas que acontecieron en el curso de dicha guerra, sucedió que viniendo los enemigos a las manos en una refriega en que la victoria empezaba a declararse por los atenienses, pudo escapárseles el célebre poeta Alceo, huyendo listo y veloz, pero no supo salvar sus armas, las cuales, cayendo en poder de los atenienses, fueron después suspendidas por ellos en el Ateneo (o templo de Atenea) en la misma Sigeo, caso sobre que compuso Alceo unos versos dando en ellos cuenta de su desgracia a Menalipo su camarada[71] y los envió a Mitilene. Ajustó, por fin, estas diferencias, entre los de Mitilene y los de Atenas, Periandro, el hijo de Cípselo, en cuyo arbitrio se habían comprometido las partes; y lo verificó decidiendo y ordenando que cada una se quedase en la pacífica posesión de lo que tenía, con lo que vino Sigeo a quedar por los atenienses.
XCVI. Restituido Hipias de Lacedemonia a Sigeo, no dejaba piedra por mover contra los atenienses, a quienes acriminaba maliciosamente ante Artafrenes, resuelto a echar mano de cuantos medios alcanzase a fin de lograr que Atenas, recayendo bajo su poder, entrase en el imperio de Darío. Informados entretanto los de Atenas de lo que Hipias iba tramando, procuraban desimpresionar a Artafrenes por medio de unos embajadores enviados a Sardes para que no quisiera dar crédito a las calumnias y artificios de aquellos desterrados. No salieron con su intento los enviados, a quienes hizo entender Artafrenes, clara y precisamente, que para la salud de su patria un solo medio les quedaba: el de recibir de nuevo a Hipias por señor. Con esta declaración, en que de ninguna manera consentían los atenienses, resolviéronse estos a mostrarse abiertamente enemigos de los persas.
XCVII. Volviendo ya al milesio Aristágoras, después que Cleómenes el lacedemonio le había mandado salir de Esparta, presentose en Atenas, ciudad la más poderosa de todas, en el punto crítico en que sus ciudadanos, viéndose gravemente calumniados para con los persas, estaban resueltos a declararles la guerra. Allí, en una asamblea del pueblo, dijo en público Aristágoras lo mismo que en Esparta había dicho por lo tocante a las grandes riquezas y bienes del Asia, y también a la milicia y arte de la guerra entre los persas, tropa débil y fácil de ser vencida, no usando ni de escudo ni de lanza en el combate. Esto decía por lo concerniente a los persas; pero respecto a los griegos añadía que, siendo los milesios colonos de Atenas, toda buena razón pedía que los atenienses, a la sazón tan poderosos, les librasen del yugo indigno de la Persia. En una palabra, tanto supo decirles Aristágoras y tanto se atrevió a prometerles, como quien se hallaba en el mayor apuro, que al cabo les hizo condescender con lo que pedía; y lo que había imaginado que más fácil le sería deslumbrar con buenas palabras a muchos juntos que a uno solo, esto fue lo que logró allí Aristágoras, pues no habiéndole sido posible engañar al lacedemonio Cleómenes, le fue entonces muy hacedero arrastrar de una vez con su artificio a treinta mil atenienses.[72] Ganado, pues, el pueblo de Atenas, conviene en hacer un decreto público en que ordena que vayan al socorro de los jonios 20 naves equipadas, y se declara por general de la armada a Melantio, sujeto el más cabal y de mayor reputación que en Atenas había. ¡Ominosas veinte naves, y armada fatal, que fueron el principio de la común ruina de los griegos y de los bárbaros![73]
XCVIII. Aristágoras, que volvió por mar a Mileto antes que llegase la armada, tomó luego un arbitrio del cual ningún provecho habían de sacar los jonios: verdad es que ni él mismo pretendía sacarlo, sino dar únicamente que sentir al rey Darío con aquella idea. Despacha, pues, un mensajero que vaya de su parte a tratar con aquellos peonios que, llevados prisioneros por Megabazo desde el río Estrimón, se hallaban colocados en cierto sitio de la Frigia, viviendo en una aldea separados de los del país. Llegado el mensajero, díjoles así: «Aquí vengo, amigos peonios, comisionado por Aristágoras, señor de Mileto, a proponeros un medio seguro y eficaz para el logro de vuestra libertad, con tal que queráis practicarlo. Al presente, cuando toda la Jonia se ha levantado contra el rey, se os ha abierto la puerta para que salvos os volváis a vuestra patria. A vuestra cuenta correrá, pues, el viaje hasta el mar; desde las costas dejadlo todo a nuestro cuidado». No bien los peonios acabaron de oír el recado, cuando alegres como si el cielo se les abriera, cargando los más con sus hijos y mujeres, se fueron huyendo luego hacia las playas, bien que unos pocos, sobrecogidos de miedo, se quedaron en su aldea. Llegados al agua, se embarcaron para Quíos, donde estaban ya seguros, cuando la caballería persa les iba siguiendo las pisadas a fin de cogerles. Viendo, pues, que no habían podido darles alcance, envíanles una orden a Quíos para que vuelvan otra vez; pero los peonios, no haciendo caso de los persas, fueron conducidos por los de Quíos hasta Lesbos, y por los de Lesbos hasta Dorisco, desde donde, caminando por tierra, dieron la vuelta a Peonia.
XCIX. Entretanto, los atenienses llegan a Mileto con sus veinte naves, llevando en su armada cinco galeras de Eretria, las que no militaban en atención a los de Atenas, sino en gracia de los mismos milesios, a quienes volvían entonces su vez los eretrieos, pues antes habían estos sido socorridos por los de Mileto en la guerra que tuvieron contra los calcideos, a quienes asistían los samios contra eretrieos y milesios. Llegados a Mileto los mencionados, y juntos asimismo los demás de la confederación jónica, emprende Aristágoras una jornada hacia Sardes, no yendo él allá en persona, sino nombrando por sus generales a otros milesios, los cuales fueron dos, uno su mismo hermano Caropino y el otro Hermofanto, uno de los ciudadanos de Mileto.
C. Llegó a Éfeso la armada, donde dejando las naves en un lugar de aquella señoría llamado Coreso, iban desde allí los jonios subiendo tierra adentro con un ejército numeroso, al cual servían de guías los efesios. Llevaban su camino por las orillas del río Caístro, y pasado el monte Tmolo, se dejaron caer sobre Sardes,[74] de la cual y de cuanto en ella había se apoderaron sin la menor resistencia; pero no tomaron la fortaleza, que cubría con no pequeña guarnición el mismo Artafrenes.
CI. Tomada ya la ciudad, un acaso estorbó que se entregara al saqueo. Eran hechas de caña la mayor parte de las casas de Sardes, y de cañas estaban cubiertas aun las construidas de ladrillo. Quiso, pues, la fortuna que a una de ellas pegase fuego un soldado. Prendiendo luego la llama, fue corriendo el incendio de casa en casa hasta apoderarse de la ciudad entera. Ardía ya toda, cuando los libios y cuantos persas se hallaban dentro, viéndose cerrados por todas parles con las llamas que tenían rodeados ya los extremos de la ciudad, y no dándoles el fuego lugar ni paso para salirse fuera, fuéronse retirando y recogiendo hacia la plaza y orillas del Pactolo,[75] río que llevando en sus arenas algunos granitos de oro, y pasando por medio de la plaza, va a juntarse con el Hermo, que desagua en el mar. Sucedió, pues, que la misma necesidad forzó a lidios y persas, juntos allí cerca del Pactolo, a defenderse de los enemigos; y como viesen los jonios que algunos de aquellos les hacían ya, en efecto, resistencia, y que otros en gran número venían contra ellos, poseídos de miedo fueron retirándose en buen orden hacia el monte que llaman Tmolo, y de allí, venida ya la noche, partieron de vuelta hacia sus naves.
CII. En el incendio de Sardes quedó abrasado el templo de Cibebe, diosa propia y nacional; pretexto de que se valieron los persas en lo venidero para pegar fuego a los templos de la Grecia.[76] Los otros persas que moraban de estotra parte del Halis, al oír lo que en Sardes estaba pasando, unidos en cuerpo de ejército, acudieron al socorro de los lidios; pero no hallando ya a los jonios en aquella capital y siguiendo sus pisadas, los alcanzaron en Éfeso. Formáronse los jonios en filas y admitieron la batalla que los persas les presentaban; pero fueron de tal modo rotos y vencidos, que muchos murieron en el campo a manos del enemigo. Entre otros guerreros de nombre que allí murieron, uno fue el jefe de los eretrieos, llamado Eválcidas, aquel atleta que en los juegos había ganado en premio público la corona y había por ello merecido que Simónides de Ceos le subiera a las nubes. Los otros jonios que debieron la salvación a la ligereza de sus pies, se refugiaron a varias ciudades.
CIII. Tal fue el éxito de aquel combate, después del cual los atenienses desampararon de tal manera a los jonios, que a pesar de los repetidos ruegos e instancias que les hizo después Aristágoras por medio de sus diputados, se mantuvieron siempre constantes en la resolución de negarles su asistencia. Pero los jonios, aunque se vieron destituidos del socorro de Atenas, no por eso dejaron, según a ello les obligaba el primer paso dado ya contra Darío, de prevenirse del mismo modo para la guerra comenzada. Dirígense ante todo con su armada hacia el Helesponto, y a viva fuerza logran hacerse señores de Bizancio y de las demás plazas de aquellas cercanías. Salidos del Helesponto, unieron luego a su partido y confederación una gran parle de la Caria, pues entonces lograron que se declarase por ellos la ciudad de Cauno, que no había querido antes aliarse cuando quemaron a Sardes.
CIV. Aun más, lograron que se agregasen a su parcialidad todas las ciudades de Chipre, menos la de Amatunte, las que se habían sublevado contra el medo con la siguiente ocasión: Vivía en Chipre un tal Onésilo, hijo de Quersis, nieto de Siromo, biznieto de Eveltón y hermano menor de rey de los salaminios,[77] llamado Gorgo, a quien habiendo ya tiempo antes hablado repetidas veces Onésilo, hombre inquieto, aconsejándole que se rebelase contra el persa; oyendo entonces la sublevación de los jonios, le estaba haciendo las mayores instancias sobre lo mismo. Pero viendo Onésilo que no podía salir con sus intentos, espió el tiempo en que Gorgo había salido fuera de la ciudad y le cerró las puertas, acompañado de los de su facción. Arrojado Gorgo y excluido de su plaza, se refugia a los medos, y Onésilo, señor ya de Salamina, logra con sus diligencias que los pueblos todos de Chipre, fuera de los amatuntios, le imiten en la rebelión, y por no querer seguirle en esta los de Amatunte pone sitio a la plaza.
CV. En tanto que Onésilo apretaba el cerco, llegó al rey Darío la nueva de que Sardes, tomada por los atenienses, unidos con los jonios, había sido entregada a las llamas, siendo el autor de aquella trama y también de toda la confederación el milesio Aristágoras. Corre la fama de que al primer aviso, no cargando Darío en manera alguna la consideración en sus jonios, de quienes seguro estaba que pagarían cara su rebeldía, la primera palabra en que prorrumpió fue preguntar quiénes eran aquellos atenienses, y que oída sobre esto la respuesta, pidió al punto su arco, tomole en sus manos, colocó en él una flecha y disparándole luego hacia el cielo:[78] «Dame, oh Zeus, dijo al soltarle, que pueda yo vengarme de los atenienses». Y dicho esto, dio orden a uno de sus criados que de allí en adelante, al irse a sentar a la mesa, siempre por tres veces le repitiera este aviso: Señor, acordaos de los atenienses.
CVI. Dada esta orden, llama Darío ante sí al milesio Histieo, a quien hacía tiempo que detenía en su corte, y le habla en estos términos: «Acabo ahora de recibir la nueva, Histieo, de que aquel regente tuyo a quien confiaste el gobierno de Mileto ha maquinado grandes novedades contra mi corona. Sábete que habiendo él juntado tropas que llamó del otro continente, y persuadido a que con ellas se coligasen los jonios (a quienes doy mi real palabra de que no se alabarán de una traición que bien caro ha de costarles), han intentado arrebatarme a Sardes. ¿Qué te parece de toda esta maquinación? Dime tú: ¿cabe que esto se haya urdido sin que tú anduvieras en el asunto? Mucho sentiría hallarte después cómplice de tal atentado». A lo que respondió Histieo: «¿Es posible, señor, que eso de mí sospechéis y digáis? ¿Había yo de intentar cosa alguna que ni mucho ni poco pudiera daros que sentir? Pues eso que receláis, ¿a qué fin, o con qué mira lo había yo de procurar? ¿Qué cosa me falta al presente? ¿No gozo de los mismos placeres y bienes que vos? ¿No tengo la honra de tener parte en vuestros secretos y resoluciones? Si mi regente, señor, maquina algo de lo que me decís, estad seguro que sin saberlo yo obra por sí mismo. Pero yo no puedo absolutamente persuadirme de que sea verdadera la nueva de que mi regente ni tampoco los milesios intentasen novedad alguna. Mas si han dado en realidad ese mal paso y vos estáis del todo cerciorado de su alevosía, permitidme, señor, que os diga no haber sido acertado vuestro consejo en quererme tener lejos de aquella nación; pues, no teniéndome a su vista los jonios, quizá se habrán animado a ejecutar lo que tiempo ha deseaban; que si en la Jonia me hubiera hallado yo presente, paréceme que ninguna ciudad hubiera osado mover contra vos un dedo de la mano. Lo que al presente puede hacerse en este caso es permitirme que con toda diligencia me parta para Jonia, donde pueda reponer los asuntos en el mismo pie de antes y os entregue preso en vuestras manos a mi regente, si tales cosas maquinó. Aun os añado, y os lo juro, señor, por los dioses tutelares de vuestro imperio, que después de ajustadas estas turbulencias a toda vuestra satisfacción, no he de parar ni quitarme la misma túnica con que bajaré a la Jonia antes de conquistaros a Cerdeña,[79] la mayor de las islas, haciéndola tributaria de la corona».
CVII. Era tan falsa esta arenga como el alma y fe griega de Histieo, y con todo se dejó persuadir de ella Darío, dándole licencia para partirse de la corte y ordenándole al mismo tiempo que una vez cumplido lo que acababa de ofrecerle, diese la vuelta y se le presentase de nuevo en Susa.
CVIII. Mientras que llegaba al rey aviso de lo sucedido en Sardes y, hecho el alarde del arco, hablaba Darío con Histieo, y este, licenciado por el rey, marchaba hacia las provincias marítimas, iba sucediendo en este intermedio lo que voy a referir.[80] Estaba Onésilo, el de Salamina, apretando el sitio de los de Amatunte, cuando le llega el aviso de que en breve se espera en Chipre al persa Artibio, a donde venía conduciendo en sus naves una poderosa armada. Habida esta noticia, pide Onésilo a la Jonia por medio de unos diputados que vengan en su ayuda y socorro los jonios, y estos, sin gastar mucho tiempo en resolverse, hácense a la vela con una gruesa armada. En un tiempo mismo sucedió, pues, que los jonios aportasen a Chipre, que los persas recién venidos de la Cilicia desembarcados en la isla marchasen ya por tierra la vuelta de Salamina, y que los fenicios doblasen el cabo que llaman las Llaves de Chipre.[81]
CIX. En tal estado de cosas, convocan los señores de las ciudades de Chipre a los jefes jonios y entablan con ellos este discurso: «Nosotros los chipriotas, amigos jonios, dejamos a vuestro arbitrio la elección de salir al encuentro o bien a los persas o bien a los fenicios. El tiempo insta: si escogéis venir a las manos con los persas en campo de batalla, saltad luego a tierra y formar vuestras filas, que en este caso embarcándonos en vuestras naves vamos a cerrar con los fenicios. Pero si preferís combatir por mar con los fenicios, menester es poner manos a la obra. Escoged una de dos, para que así contribuyáis por vuestra parte a la libertad de Jonia y de Chipre». «A nosotros, replican los jonios, nos mandó venir el estado de la Jonia con orden de defender estos mares y no de acometer por tierra a las tropas persas cediendo nuestras naves a los de Chipre. En el puesto señalado procuraremos, pues, desempeñar nuestro deber con todo el esfuerzo posible: ved vosotros de obrar en el vuestro como gente de valor, teniendo presente las indignidades que esos medos, vuestros señores, os han hecho sufrir».
CX. Tal fue la respuesta de los jonios, después de la cual, como hubiesen llegado ya los persas al campo de Salamina, los reyes de Chipre ordenaron contra ellos su gente en esta disposición: Enfrente de los soldados del enemigo, que no eran persas de nación, ordenaron una parte de sus tropas chipriotas; delante de los persas mismos pusieron la flor de su gente escogida entre las milicias de Salamina y de Soli:[82] Onésilo por su voluntad escogió el puesto que correspondía al que enfrente ocupaba Artibio, general de los persas.
CXI. El caballo en que Artibio venía montado estaba enseñado a empinarse contra el enemigo armado. Advertido de esto Onésilo, habló así con un escudero cario[83] que tenía, hombre muy diestro en lo que mira a los encuentros de armas, y en todo lo demás muy sagaz y advertido: «Oigo decir, amigo, que ese caballo de Artibio tiene la habilidad de alzarse sobre los pies y embestir al que delante tiene con las manos y con la boca. Piénsalo tú, y dime luego a cuál de los dos quieres que apuntemos y derribemos antes, si al caballo, o bien a su jinete Artibio». «Pronto estoy, señor, le responde el escudero, para ambas cosas; pronto para cualquiera de las dos y para todo lo que me ordenéis. Diré sin embargo lo que me parece hacer más al caso para vuestra reputación. Lo más propio y decoroso es que un rey cierre contra otro rey, y un general contra otro general, pues si en tal encuentro diereis en tierra con aquel jefe, haréis una regia hazaña, y aun cuando él, lo que no querrán los dioses, os echare al suelo, el morir en tales manos aliviaría en la mitad el peso de la desventura. A nosotros escuderos corresponde medirnos con otros escuderos. No os dé trabajo, señor, el caballo empinado con aquella habilidad, que a fe mía no vuelva jamás a empinarse».
CXII. Dijo, y en aquel punto mismo cerraron las dos armadas por tierra y por mar. En la batalla naval vencieron los jonios a los fenicios, haciendo aquel día prodigios de valor, y los que mejor se portaron en la función fueron los samios. En la tierra, después que estuvieron ya a tiro los dos ejércitos, he aquí lo que pasó entre los dos generales: Embiste Artibio montado en su marcial caballo contra Onésilo; vele este venir; dispara contra él, según lo prevenido por su escudero, y acierta bien el tiro; iba el vecino caballo a dar con las manos contra el adarga de Onésilo, cuando el escudero cario le da listo un golpe de hoz, y se las siega entrambas. El caballo, manco ya y encabritado, da consigo en el suelo, y con él Artibio, el general persa.
CXIII. Encarnizadas en tanto las otras tropas, se hallaban en el calor del combate, cuando Estesenor, el tirano de Curio, entregó alevosamente a los persas una gran división del ejército, que cerca de sí tenía. Pasados al enemigo los curios, colonos, a lo que se dice, de los argivos, siguieron inmediatamente su mal ejemplo los carros guerreros de los salaminios,[84] y de resultas de estas deserciones, como empezasen los persas a llevar la ventaja en el combate, el ejército de los chipriotas volvió las espaldas al enemigo. Entre otros muchos que perecieron en la huida, quedaron rendidos en el campo dos generales, el uno Onésilo, hijo de Queris, autor que había sido de la sublevación de Chipre; el otro Aristócipro, rey de los solios, hijo de Filócipro, de aquel célebre Filócipro a quien sobre todos los demás príncipes ensalzó en sus versos el ateniense Solón, cuando estuvo viajando en Chipre.[85]
CXIV. Los amatuntios victoriosos, para vengarse del asedio que Onésilo les había puesto, le cortaron la cabeza y se la llevaron, colgándola después sobre las puertas de su ciudad. Sucedió, pues, que estando allí suspensa y ya del todo hueca, entró dentro un enjambre de abejas y fabricó en ella sus panales. Vista aquella novedad, tuvieron por conveniente los amatuntios consultar al oráculo acerca de aquel raro fenómeno, y la respuesta fue que se diera sepultura a la cabeza descolgada, y se hicieran a Onésilo sacrificios anuos como a un héroe, y que con esto todo les iría mejor. Y en efecto, así lo hacían hasta mis días los de Amatunte con el héroe Onésilo.
CXV. Los marinos jonios, que gloriosamente acababan de dar en Chipre su batalla naval, viendo ya perdida la causa de Onésilo, y cercadas al mismo tiempo todas las ciudades de la isla, menos la de Salamina, que los mismos salaminios habían restituido a Gorgo, su antiguo rey, haciéndose luego a la vela, bien informados del mal estado de Chipre, dieron la vuelta hacia Jonia. Entre todas las ciudades de la isla, fue la de Soli la que por más tiempo resistió al cerco, logrando rendirla los persas, pasados cinco meses de sitio, con las minas que alrededor de los muros abrieron.
CXVI. Los chipriotas, en suma, sacudido el yugo de los persas por el breve espacio de un año, cayeron de nuevo bajo el mismo dominio. En cuanto a aquellos jonios que habían hecho sus correrías hasta la misma Sardes, persiguiéronles los generales persas, especialmente Daurises, casado con una hija de Darío, y en su compañía otros dos yernos del rey, Himayes y Ótanes, y habiéndoles derrotado en campo de batalla, les obligaron a refugiarse a sus naves: repartidas las tropas en seguida contra las plazas del país, iban tomándolas con las armas.
CXVII. Echándose, pues, Daurises hacia el Helesponto, rindió las plazas de Dárdano, Abido, Percote, Lámpsaco y Peso,[86] y la toma de ellas le salió a plaza por día. Dirigíase desde Peso hacia la ciudad de Pario, cuando llegó aviso de que unidos los carios al partido jonio acababan de levantarse contra el persa, novedad que le obligó a que, dejando el Helesponto, marchase con sus tropas hacia Caria.
CXVIII. Ignoro cómo tuvieron los carios aviso de que contra ellos venía marchando Daurises, primero que este llegase con su ejército. Dioles lugar esta noticia adelantada a que se juntasen en cierto sitio llamado las Columnas Blancas (Leucas Stelas), cerca del río Marsias, que bajando de la región Idríade va a confundirse con el Meandro. En la junta que allí tuvieron los carios, el mejor de los varios pareceres que hubo fue, a mi entender, el que dio Pixódaro, hijo de Mausolo y natural de Cindia, quien estaba casado con una princesa hija de Siénesis, rey de los cilicios. Era de parecer este varón que pasando el Meandro y dejando este río a las espaldas, entrasen los carios en batalla con el persa, pues así dispuesto y viendo cerrado el paso a la fuga, la misma necesidad de no poder desamparar su puesto les haría, sin duda, mucho más valientes y animosos de lo que eran naturalmente. Pero rechazado este voto, se siguió el contrario, de que no los carios, sino los persas, tuvieran a sus espaldas el Meandro, claro está que con la mira de que los persas, si quisieran huir, perdida la batalla, no pudieran volver atrás dando luego con el río.
CXIX. No tardaron en aparecer los persas, y pasando el Meandro vinieron a las manos con el enemigo cerca del río Marsias. En la batalla, si bien los carios por largo tiempo resistieron al persa haciendo los mayores esfuerzos de valor, su menor número, con todo, cedió al fin al mayor de los enemigos. Los muertos en el choque de parte de los persas fueron como 2000 y hasta 10.000 de la de los carios. Los que de estos quedaron salvos con la fuga, se vieron en la necesidad de refugiarse a Labraunda,[87] en el templo de Zeus el Estratio o guerrero, cerca del cual había un gran bosque de plátanos consagrado a aquella divinidad; y de paso no quiero dejar de observar que de cuantas naciones tengo noticia, la de los carios es la única que sacrifica a Zeus bajo aquel título. Refugiados allí los carios, empiezan a deliberar de qué manera podrían quedar salvos, si acaso sería bien entregarse al persa a discreción o mejor abandonar de todo punto el Asia menor.
CXX. Estando, pues, los carios en lo mejor de su consulta, ven llegar hacia ellos a los milesios, juntos con sus demás confederados, con el objeto de darles asistencia y socorro: y al momento, dejándose de arbitrios para salvarse, se disponen de nuevo a continuar la guerra comenzada. Así que, acometidos segunda vez por los persas, hiciéronles los carios una resistencia más viva y larga aún que la pasada, aunque habiendo al cabo sido rotos y vencidos, murieron en la acción muchos de ellos, y padecieron en ella más que nadie los auxiliares milesios.
CXXI. Recobráronse los carios de su pérdida después de este destrozo, volviendo de nuevo a pelear. Saben que los persas se disponen a llevar las armas contra sus plazas, y les arman una emboscada en el camino que va a Pédaso. Salioles bien el artificio, porque habiendo dado de noche los persas en la celada, fueron pasados a filo de espada, y con sus tropas perecieron desgraciadamente los generales Daurises, Amorgas y Sisímacas, y con ellos asimismo Mirso, hijo de Giges. El adalid y autor principal de la emboscada fue un ciudadano de Milasa, llamado Heraclides, hijo de Ibanolis.
CXXII. Así murieron aquellos persas. Himayes, otro de los generales empleado en llevar las armas contra los jonios que invadieron a Sardes, se apoderó de Cío,[88] ciudad de Misia, echándose con su gente hacia la Propóntide. Mas dueño ya de la mencionada plaza, apenas supo que Daurises, dejando el Helesponto partía con sus tropas para Caria, condujo su gente al mismo Helesponto, donde además de todos los eolios situados en la región de la Ilíada, logró rendir a los gergites,[89] que son las reliquias de los antiguos teucros. Pero no sobrevivió Himayes a las conquistas de estas naciones, muerto de una enfermedad que en su curso le arrebató.
CXXIII. El virrey mismo de Sardes, Artafrenes, y en su compañía Ótanes, que era el tercero entre los generales ocupados en hacer la guerra en la Jonia y en la Eólida comarcana con ella, tomaron dos ciudades, la de Clazómenas en la Jonia, y la de Cime,[90] plaza de los eolios.
CXXIV. Al tiempo que caían dichas ciudades en poder del enemigo, el milesio Aristágoras, que sublevando la Jonia había llevado las cosas al último punto de perturbación, mostrose hombre de corazón poco constante en las adversidades, pues al ver lo que pasaba, pareciéndole ser enteramente imposible que pudiese ser vencido el rey Darío, solo pensó cómo podría escapando poner en salvo su persona. Llamando, pues, a consulta sus partidarios, les dice: que juzgaba por lo más acertado procurar ante todo tener prevenida y pronta una buena retirada a donde se refugiaran, si acaso la necesidad les obligase a desamparar a Mileto; que decidieran si sería mejor conducir una colonia de milesios a Cerdeña, o bien a Mircino, plaza situada en los edonos, que había fortificado Histieo después de recibirla de mano y gracia de Darío. Tal era la propuesta sobre que consultaba Aristágoras.
CXXV. Hallábase en la consulta el docto historiador Hecateo, hijo de Hegesandro, cuyo parecer era de no enviar la colonia a ninguna de las dos partes propuestas, sino de que Aristágoras levantase antes una fortaleza en la isla de Leros, y en caso de ser echado de Mileto, estuviese quieto entretanto en aquella guarida, desde cuya fortaleza pudiese salir después para recobrar su patria: este fue el parecer de Hecateo.
CXXVI. Mas el partido a que más se inclinaba Aristágoras era al de llevar una colonia a Mircino. Encargando con esto el gobierno de Mileto a uno de los sujetos más acreditados de la ciudad, por nombre Pitágoras, él mismo en persona toma consigo a los ciudadanos todos que se ofrecen a seguirle, y se hace con ellos a la vela para la Tracia, donde se apoderó del país deseado. Después de esta conquista, como salido de su plaza con su gente de armas, estuviese sitiando a otra ciudad de los tracios,[91] pereció allí Aristágoras con toda su tropa a manos de los bárbaros, por más que pretendiera salvarse por medio de una capitulación.
LIBRO SEXTO.
ÉRATO.
Histieo continúa induciendo a los jonios a batirse contra los persas, pero estos procuran dispersar su armada por medio de las instigaciones de sus antiguos señores: derrota de la armada jonia: toma de Mileto. Histieo, hecho pirata, cae en poder de los medos, los cuales se apoderan de las ciudades jónicas y del Quersoneso, abandonado por Milcíades, que se había alzado con su dominio. La armada persa se dirige contra Atenas y naufraga al pie del Atos. Los de Egina se entregan a los persas, por cuyo motivo trata el rey de Esparta de castigarlos. — Origen de los reyes de Esparta, y deposición del rey Demarato: artificios de Cleómenes contra este, descubiertos los cuales huye de Esparta. — Los eginetas hacen nuevos insultos a los atenienses, los cuales consiguen derrotarlos en una batalla naval. — Atacan los persas a Eretria, y se apoderan de ella por traición. Continúan los persas contra Atenas y avanzan hasta Maratón. Los atenienses les salen al encuentro, al mando de diez generales. Batalla de Maratón. Dudas acerca de la lealtad de los Alcmeónidas y aventuras de esta familia. Milcíades, célebre desde la batalla de Maratón, es acusado por no haber tomado a Paros, y absuelto de la pena capital por la conquista de Lemnos, que hiciera en otro tiempo.
I. Tal fue el fin que tuvo Aristágoras, el que había sublevado la Jonia. Durante estos sucesos había ya vuelto a Sardes, conseguida licencia de Darío, Histieo, señor de Mileto, a quien apenas acabado de llegar de Susa preguntó Artafrenes, virrey de Sardes, qué le parecía aquella rebelión y cuál habría sido el motivo de ella. Fingiendo Histieo que nada sabía, y maravillándose del estado presente de las cosas, respondiole que todo le cogía de nuevo. Pero bien enterado Artafrenes del principio y trama del levantamiento, y viendo la malicia y disimulo con que respondía aquel: «Histieo, le replicó, esos zapatos que se calzó Aristágoras, se los cortó y cosió Histieo», aludiendo en esto y zahiriendo al primer móvil de aquella revolución.
II. Histieo, pues, no asegurándose de Artafrenes como de quien estaba ya sabedor de la verdad, venida apenas la noche se fue huyendo hacia el mar y dejó burlado al rey Darío; porque bien lejos de conquistar a la corona la isla de Cerdeña, la mayor de cuantas hay en el mar, según lo tenía prometido, marchó a ponerse al frente de los jonios, como generalísimo en la guerra contra el persa. Con todo, los de Quíos, a donde pasó luego, teniéndole por espía doble de Darío, enviado con la oculta mira de intentar contra ellos alguna novedad, le pusieron preso; aunque poco después, informados mejor de la verdad, y sabiendo cuán grande enemigo era del rey, le dejaron otra vez libre y suelto.
III. Reconvenido entonces Histieo por los jonios por qué con tantas veras había mandado decir a Aristágoras que se levantase contra el rey, sublevación que tanto estrago y desventura había acarreado a la Jonia, se guardó muy bien de descubrirles el motivo verdadero que en aquello había tenido, sino que con un engaño procuró alarmarles de nuevo, diciéndoles que lo había hecho por haber sabido que el rey Darío estaba resuelto a que los fenicios pasasen a ocupar la Jonia, y los jonios fuesen trasplantados a la Fenicia,[92] y que esta había sido la causa de habérselo así mandado. Al rey no le había pasado tal cosa por la cabeza; mas con aquel terror imaginario turbaba Histieo a la Jonia.
IV. Poco después de esto envió Histieo a Sardes un mensajero de nación atarnaita, llamado Hermipo, con cartas dirigidas a ciertos persas con quienes tenía de antemano tramada una sublevación.[93] Hermipo, en vez de entregar las cartas a aquellos a quienes iban destinadas, se presentó en derechura a Artafrenes y se las puso en las manos. Cerciorado este de la oculta conjuración, manda a Hermipo que, tomando otra vez sus cartas, las entregue a quien van de parte de Histieo, pero que recogidas las respuestas de los persas a este, las vuelva a poner en sus manos antes de partir con ellas. Descubierta de este modo la secreta conspiración, ajustició el virrey Artafrenes a muchos persas.
V. Luego que sucedió en Sardes esta novedad, viendo Histieo desvanecidas sus esperanzas, logró de los de Quíos, con sus ruegos e instancias, que le llevasen a Mileto. Los milesios, que con particular gusto y satisfacción poco antes se habían visto libres de Aristágoras, estaban muy ajenos a la sazón de recibir en casa y de voluntad propia a ningún otro señor, mayormente después de haber gustado lo dulce y sabroso de la libertad. Habiendo, pues, Histieo intentado entrar de noche y a viva fuerza en Mileto, salió herido en un muslo de mano de un milesio, sin lograr el objeto de su tentativa. Echado de su ciudad este antiguo señor, da la vuelta a Quíos, de donde no pudiendo inducir a aquellos naturales a que le confiasen sus fuerzas de mar, pasó a Mitilene, y allí pudo lograr de los lesbios que le dieran su armada. Llevando, pues, estos a bordo a Histieo, fuéronse hacia Bizancio con ocho galeras bien tripuladas y armadas. Apostados con sus naves en aquel estrecho, íbanse apoderando de cuantas embarcaciones venían del Ponto, si no se declaraban de su voluntad prontas a seguir el partido de Histieo.
VI. En tanto que guiados por Histieo se ocupaban en esto los de Mitilene, hallábanse los milesios amenazados de un poderoso ejército por mar y tierra que de día en día allí se esperaba, sabiéndose que los jefes principales de los persas, unidas ya sus tropas en un solo cuerpo, sin curarse de las demás pequeñas ciudades enemigas, se dirigían hacia Mileto. La mayor fuerza de la armada naval del persa consistía en los fenicios, con quienes concurrían armados los de Chipre, poco antes subyugados, como también los de Cilicia y los de Egipto, cuyas fuerzas de mar venían todas contra Mileto y lo restante de la Jonia.
VII. Informados los jonios de la expedición prevenida, enviaron al Panionio sus respectivos diputados para tener en él su congreso. Después de bien deliberado el asunto, acordaron allí reunidos, que no sería del caso juntar tropas de tierra para resistir al persa; que lo mejor era que defendiendo los milesios por sí mismos aquella plaza, armasen los jonios sus escuadras todas, sin dejar una sola nave ociosa, y que así armados lo más pronto que posible fuera se juntasen para cubrir y proteger a Mileto en la pequeña isla de Lade,[94] que viene a estar frontera a la misma ciudad.
VIII. De resultas de dicha resolución, los jonios, a quienes se habían unido los eolios de Lesbos, se juntaron allí con sus naves bien armadas. El orden con que se formaron fue el siguiente: por la punta de levante dejábanse ver los milesios con 80 naves propias; seguíanles los de Priene con 12 naves, y los de Miunte con 3 solamente; a estos se hallaban contiguos con sus 17 naves los de Teos, y a estos los de Quíos con 100 embarcaciones. Venían después por su orden los eritreos y los foceos, estos con solas 3 galeras, aquellos con 8; a los de Focea estaban los lesbios inmediatos con 70 naves, y los samios con 60 cerraban la extremidad de poniente.[95] De suerte que la suma de naves recogidas en la armada jonia subió A 353 galeras.
IX. El número de las naves bárbaras era de 600, y luego que aparecieron en las costas de Mileto, al oír los generales persas que tenían allí cerca reunido el ejército de tierra, el gran número de galeras en la armada jonia, se llenaron de pavor y espanto, desconfiando de poder salir victoriosos contra ellas, y sumamente temerosos de que no siendo superiores en el mar no podían llegar a rendir a Mileto, y de que no rindiendo la plaza se verían en peligro de ser por ello castigados por orden de Darío. Llevados, pues, de estos temores, determinaron juntar los señores de la Jonia que echados de sus respectivos dominios por el milesio Aristágoras, y refugiados antes a los medos, venían entonces en la armada contra Mileto, y juntos todos los que en ella se hallaron, les hablaron así los generales persas: «Este el tiempo, señores jonios, en que acredite cada uno de vosotros su fidelidad al soberano, y su amor a la real casa: es menester que cada cual por su parte procure apartar a sus vasallos del cuerpo y liga de los conjurados en esta guerra. Para esto debéis ante todo ganarles con buenas razones, prometiéndoles que por su rebelión no tienen que temer castigo ni disgusto alguno, y asegurándoles que ni entregaremos al fuego sus templos, ni al saco sus cosas profanas y particulares, ni los gravaremos con nuevos pechos diferentes de los que ahora tienen. Pero si viereis que no quieren separarse de los rebeldes, empeñados de todo punto en entrar a la parte en la batalla, en tal caso les amenazaréis en nuestro nombre, pintándoles lo que se les espera de nuestra ira y venganza; que cogidos prisioneros de guerra, serán vendidos por esclavos, que sus hijos serán hechos eunucos, sus doncellas trasportadas a Bactria, y su país entregado a otros habitantes».
X. Prevenidos por los persas los tiranos de la Jonia, luego que vino la noche envió cada uno de ellos a sus antiguos vasallos quien de su parte con el referido aviso les solicitase a separarse. Pero los jonios, a cuyos oídos llegó aquella prevención, persuadidos de que a ellos solos y no a los demás pueblos de la liga la dirigían los persas, mirando la cosa con desprecio no se movían a consentir en la traición propuesta. Esto fue lo primero que intentaron los persas llegados a Mileto.
XI. Juntos ya en Lade los jonios, empezaron desde luego sus asambleas, en las cuales uno de los muchos oradores que hablaban en público, fue el general de los foceos llamado Dionisio, que así les arengó: «La balanza está ya al caer, jonios míos; anda en ella suspensa nuestra suerte, y de su caída dependerá el que nosotros quedemos independientes y libres, o que nos veamos tratados como esclavos, y como esclavos fugitivos. Si queréis, pues, al presente poneros en movimiento por un poco de tiempo, será necesaria de contado alguna mayor molestia, pero el fruto de vuestro breve trabajo será sin duda la victoria del enemigo, y el premio de la victoria vuestra libertad. Pero si en esta ocasión queréis economizaros demasiado, viviendo sin orden y a vuestras anchuras, en verdad os digo que no espero hallar medio alguno, ni aun alcanzo cuál pudiera darse para librarnos después de las garras del rey y de la pena debida a unos rebeldes. Esto no, amigos, nunca; creedme mejor a mí, teniendo por bien dejaros en mis manos; que yo con el favor del cielo os aseguro en tal caso una de dos, o que el enemigo no osará entrar en batalla con vosotros, o que si entra saldrá muy descalabrado y roto».
XII. Dóciles a estas razones los jonios, se pusieron a las órdenes de Dionisio, quien con la mira de ejercitar a los remeros, formando la escuadra en dos alas, la sacaba de continuo en alta mar, y a fin de tener en armas a la tropa naval, hacía asimismo que arremetiesen unas galeras con otras. Lo restante del día después de dichas escaramuzas obligaba a las tropas a pasarlo a bordo, ancladas las naves, de suerte que los días enteros tenía a los jonios en continuo ejercicio y fatiga. Como por espacio de siete días hubiesen ellos hecho a las órdenes de Dionisio lo que les mandaba, viéndose ya molidos al octavo con tanto trabajo, y acosados de los rayos del sol, como gente no hecha a la fatiga, empezaron unos a otros a decirse: «¿Qué fatalidad es esta, o qué crimen tan enorme hemos cometido para darnos a tan desastrada vida? ¿Y no somos unos insensatos que perdido el juicio nos entregamos a merced de un foceo fanfarrón, que por tres naves que conduce se nos levanta con el mando, entregándonos a intolerables afanes? Visto está que no ha de dejarnos aliento, pues ya muchos de la armada han enfermado de puro cansancio, y muchos más, según toma el sesgo, vamos en breve a hacer lo mismo. Por vida de Hades, antes que pasar por esto vale más sufrirlo todo. Menor mal será aguantar la servidumbre del persa, venga lo que viniere, que estarnos aquí luchando con esta miseria y muerte cotidiana. Vaya enhoramala el foceo, y ruin sea quien a ese ruin de hoy más le obedeciere». Esto iban diciendo, y en efecto desde aquel punto ni uno solo se halló que quisiese darle oídos, sino que todos, plantadas sus tiendas en dicha isla al modo de un ejército acampado, sin querer subir a bordo ni volver al ejercicio, descansaban a la sombra.
XIII. Entretanto, los generales samios, viendo lo que los jonios hacían, se decidieron a aceptar el partido que Éaces, hijo de Silosonte, de orden de los persas les había hecho proponer, pidiéndoles por medio de un enviado que se apartasen de la alianza de los jonios. Viendo, pues, los samios el gran desorden que reinaba en la armada jonia, y pareciéndoles al mismo tiempo imposible que las armas del rey no saliesen al cabo victoriosas, por cuanto Darío, aun en caso de que su armada presente fuese derrotada, tendría en breve a punto otra cinco veces mayor, resolviéronse a admitir la mencionada propuesta. Estando en este ánimo, apenas vieron que no querían los jonios hacer su deber en aquella fatiga, cuando valiéndose de la ocasión echaron mano de aquel pretexto a fin de poder conservar, separándose de la liga, sus templos y bienes propios. Era este Éaces, cuya proposición aceptaron los de Samos, un príncipe hijo de Silosonte[96] y nieto de Éaces, señor de Samos, que había sido privado de sus estados por manejo del milesio Aristágoras, del mismo modo que los otros señores de la Jonia.
XIV. Cuando los fenicios presentaron la batalla, saliéronles a recibir los jonios formados en dos alas. Llegadas a tiro las armadas y empezada la acción, no puedo de fijo decir cuáles fueron los jonios que se portaron bien, y cuáles los que obraron mal en la refriega, pues los unos culpan a los otros, y todos se disculpaban a sí mismos. Es fama que entonces los samios, según con Éaces lo tenían concertado, saliéndose de la línea a velas tendidas, se fueron navegando hacia Samos, no quedando más que once naves de su escuadra. Los capitanes de estas últimas, no habiendo querido obedecer a sus generales y manteniéndose en su puesto, entraron en batalla; y el común de los samios, en atención a este hecho, les honró después haciendo que se grabasen en una columna los nombres de los mismos capitanes y los de sus padres, queriendo dar en aquel monumento un público testimonio de que fueron hombres de bien y de mucho valor. Viendo los lesbios que los que tenían inmediatos huían de la batalla, hicieron lo mismo que los samios, imitándoles la mayor parte de los jonios.
XV. Los que más padecieron de cuantos quedaron peleando fueron los de Quíos, haciendo proezas de valor, sin perdonar esfuerzos contra el enemigo, ni desmayar un punto en el combate, siendo 100 sus galeras, y llevando cada una 40 ciudadanos de tropa escogida para la pelea. Bien veían que muchos de los aliados les vendían pérfidamente; pero no queriendo parecérseles en la cobardía y ruindad, por más que se viesen desamparados, con todo, con los pocos aliados que les quedaban continuaron en avanzar, embistiendo contra las naves enemigas, prendiendo muchas de ellas, pero perdiendo el mayor número de las suyas, hasta que se hicieron a la vela con las que les quedaban, huyendo hacia su patria.
XVI. Perseguidas por el enemigo algunas naves de su escuadra, que por destrozadas no se hallaban en estado de huir, tomaron la derrota hacia Mícala;[97] allí, varando en la playa y dejando en ella las galeras, salva ya la tripulación, íbase a pie por tierra firme. Caminaban los marineros de Quíos por la señoría de Éfeso, y llegados ya de noche cerca de la dicha ciudad, quiso su desgracia que las mujeres del país estuviesen allí ocupadas en celebrar a Deméter legisladora un sacrificio llamado Tesmoforia. Los efesios, que nada habían oído todavía de lo sucedido a los de Quíos, y que viendo aquella tropa entrada por su tierra, la tenían por una cuadrilla de salteadores que venían a robarles las mujeres, saliendo luego todos levantados en masa a socorrerlas, acabaron con los pobres marineros de Quíos: ¡tanta fue su desventura!
XVII. Pero volviendo al bravo Dionisio el foceo, después que vio los asuntos de los jonios de todo punto perdidos en la batalla, habiéndose en ella apoderado de tres naves enemigas, se partió de allí con ánimo de no volver a Focea, su patria, pues bien visto tenía que ella con toda la Jonia sería al cabo hecha esclava de los persas. Resolvió, pues, tomar desde allí el rumbo hacia la Fenicia, donde como se hubiese apoderado de muchas naves de carga, rico ya con tantos despojos, las echó a fondo y se hizo a la vela para Sicilia. Allí se dio a la piratería, saliendo a menudo de aquellos puertos, sin tocar empero a ningún barco griego, y apresando a todos los cartagineses y toscanos que podía coger.
XVIII. Vencedores los persas de los jonios en la batalla naval, bien presto sitiaron por mar y tierra a Mileto, plaza que al sexto año de la sublevación de Aristágoras tomaron a viva fuerza, combatiéndola con todo género de máquinas y arruinando las murallas con sus minas. Una vez rendida la ciudad, hicieron esclavos a sus vecinos, viniendo con esto a descargar sobre Mileto la calamidad que el oráculo les había pronosticado.
XIX. Es de saber que consultando en cierta ocasión los argivos en Delfos acerca de la conservación de su propia ciudad, se les había dado un oráculo, no peculiar a ellos únicamente, sino perteneciente también a los de Mileto, pues dirigido en parte a los de Argos, a lo último llevaba una adición para los Milesios. Referiré la parte del oráculo que tocaba a los argivos, cuando en su propio lugar diere razón de sus asuntos: la parte que miraba a los milesios, que no se hallaban allí presentes, estaba concebida en estos términos: «Entonces, oh Mileto, máquina llena de maldad, serás cena y espléndida presa para no pocos, cuando tus damas laven los pies de cabelluda raza; ni faltarán otros que adornen en Dídima mi templo». Todos estos males vinieron entonces, en efecto, sobre los milesios, cuando los más de los hombres de la ciudad murieron a manos de los persas, que solían criar su pelo largo; cuando las mujeres e hijos de aquellos fueron reducidos a la condición de esclavos; cuando, finalmente, el templo de Apolo en Dídima, de cuya riqueza llevo ya hecha mención en diferentes puntos de mi historia, fue con su capilla y con su oráculo dado al saco y a las llamas.[98]
XX. Hechos, pues, prisioneros los milesios, fueron desde su patria llevados a Susa. El rey Darío, sin ejecutar en ellos otro castigo diferente, los colocó cerca del mar Eritreo en Ampe, ciudad por la cual pasa el río Tigris, que desagua en el mar. Las heredades suburbanas de Mileto las tomaron para sí los persas, dando las tierras altas del país a los carios de Pédasa.
XXI. No hallaron los milesios en su desventura recibida de manos de los persas la debida compasión y correspondencia en los sibaritas que habitan al presente las ciudades de Lao y de Escidro,[99] después que fueron privados de su antigua patria, la ciudad misma de Síbaris; pues habiendo sido esta tomada por los de Crotona tiempos atrás, mostraron tanta pena los milesios de aquella desventura, que los adultos todos se cortaron el pelo, siendo dichas ciudades las más amigas y las más unidas en buenos oficios de cuantas tenga yo noticia hasta aquí. Muy diferentemente obraron en este punto los de Atenas, quienes, además de otras muchas pruebas de dolor que les causaba la pérdida de Mileto, dieron una muy particular en la representación de un drama compuesto por Frínico, cuyo asunto y título era la toma de Mileto; pues no solo prorrumpió en un llanto general todo el teatro, sino que el público multó al poeta en mil dracmas por haberle renovado la memoria de sus males propios, prohibiendo al mismo tiempo que nadie en adelante reprodujera semejante drama.
XXII. Así Mileto quedose, en una palabra, sin milesios. Por lo que mira a los samios que tenían en casa algo que perder, estuvo tan lejos de parecerles bien la resolución de sus generales a favor de los medos, que luego después del combate naval tomaron entre ellos el acuerdo de salirse de su patria para ir a fundar una nueva colonia, antes que volviera Éaces a entrar en la isla, sin duda por no verse precisados en caso de quedarse en sus casas a servir a los medos y obedecer a un tirano. La ocasión era la más oportuna, pues entonces los zancleos,[100] pueblo de Sicilia, por medio de unos mensajeros enviados a la Jonia, instaban a los jonios a que vinieran a apoderarse de Calacte, muy deseosos de que se fundase en esta ciudad jonia. Es la que llamaban Calacte una hermosa playa poseída entonces por los sicelios (o sicilianos, originarios del país), la cual mira hacia Tirrenia. Mientras los zancleos convidaban a los jonios a formar dicha colonia, los samios fueron entre estos los únicos que, en compañía de los milesios que habían podido escaparse de la ruina universal, partieron para Sicilia, donde su empresa tuvo el éxito siguiente.
XXIII. Quiso la suerte que al llegar los samios en su viaje a los locros, por sobrenombre epicefirios,[101] se hallasen actualmente los zancleos, conducidos por su rey llamado Escita, sitiando cierta ciudad de los sicilianos con ánimo de apoderarse de ella a viva fuerza. Anaxilao, señor de Regio y grande enemigo de los zancleos, informado del designio de los samios, procuró insinuarse con ellos, y supo persuadirles que a la sazón les convenía más bien olvidarse de Calacte y de las hermosas playas hacia donde llevaban el rumbo, y apoderarse en vez de ellas de la misma ciudad de Zancle, que se hallaba sin soldados que pudiesen defenderla. Caen los samios en la tentación, y hácense dueños de Zancle. Apenas los zancleos ausentes de su patria oyeron que había sido sorprendida, cuando fueron corriendo a socorrerla, llamando al mismo tiempo en su ayuda a Hipócrates, señor de Gela[102] y aliado suyo. Viniendo este para auxiliarles con su gente de armas, obró tan al contrario, que privando a Escita, monarca de los zancleos, de su ciudad, le mandó poner preso, y en su compañía a Pitógenes su hermano, enviándolos así atados a la ciudad de Ínix.[103] Entró después a capitular con los samios de la plaza, e interpuesta la fe mutua del juramento, vendió alevosamente a los zancleos; pues de la paga de su traición en que convino con los samios fue que de los esclavos y muebles que se hallaban dentro de la ciudad tomaría la mitad para sí, y que cargaría con cuanto mueble y esclavo se hallase en la campiña. Para más iniquidad, valiéndose de la ocasión, mandó atar la mayor parte de los zancleos y se quedó con ellos como si fueran esclavos; y no contento con esto, entregó a los samios los 300 zancleos principales para que les cortasen la cabeza, maldad que no quisieron ejecutar.
XXIV. Escita, el señor de los zancleos, huido de Ínix, pasó a Hímera,[104] de donde navegó al Asia y llegó a la corte de Darío, quien vino a tenerle por el griego mejor y más justificado de cuantos de la Grecia habían subido a su corte; pues habida licencia del soberano para ir a Sicilia, volvió otra vez a su presencia, y entre los persas acabó su vida felizmente en edad muy avanzada.
XXV. De este modo los samios que se habían escapado del dominio de los medos, lograron sin ningún trabajo hacerse dueños de Zancle, una de las más bellas ciudades.[105] Después de la batalla naval que se dio por causa de Mileto, los fenicios, por orden de los persas, restituyeron a Samos a Éaces, el hijo de Silosonte, en atención a lo bien que con ellos se había portado. Los samios, en efecto, por haber retirado sus naves del combate naval de los jonios, lograron ser los únicos entre los que se habían sublevado contra Darío que librasen del incendio sus templos y ciudades. Tomada ya Mileto, nada tardaron los persas en recobrar la Caria, cuyas ciudades, parte entregadas a discreción, parte rendidas por fuerza, iban de nuevo agregando al imperio.
XXVI. Tiempo es ya de volver a Histieo, que se hallaba en las cercanías de Bizancio apresando las naves mercantiles de los jonios que procedían del Ponto, cuando le llegó la nueva de lo que acababa de suceder en Mileto. Apenas la recibió, hízose a la vela con sus lesbios hacia Quíos, dejando el cuidado de la piratería en el Helesponto a Bisaltes, natural de Abido e hijo de Apolófanes; y llegado ya a aquella isla, tuvo una refriega con la guarnición de un fuerte llamado Cela que no quería admitirle en aquel lugar, y mató en ella no pocos de aquellos defensores. Con esto logró hacerse dueño de una pequeña ciudad de la isla, de cuyo puerto salía con los lesbios de su comitiva y se iba apoderando de las galeras maltratadas de los de Quíos que, escapadas de la batalla naval, se volvían a su patria.
XXVII. A estos vecinos de la isla de Quíos habían antes acontecido ya notables prodigios, según suelen los dioses por ley ordinaria dar de antemano ciertos pronósticos de las grandes desventuras que amenazan a alguna ciudad o nación. Uno había sido que de cien mancebos enviados en un coro o danza desde Quíos a Delfos, solo dos habían vuelto a la patria, habiendo perecido los otros 98 de una peste que les sobrevino: otro fue que cayéndose en Quíos el techo de una casa sobre los niños de la escuela poco antes que se diese la batalla naval, de 120 que ellos eran, solo uno se salvó. Estas fueron las señales previas que el cielo les enviaba: después vino la batalla naval que destruyó aquella república, y después de la rota fatal de las naves, el pirata Histieo con sus lesbios se dejó caer sobre los Quíos destrozados, y acabó de dar en tierra con todo el poder de aquel estado.
XXVIII. Teniendo ya Histieo en su escuadra no pocos combatientes, jonios y eolios, desde Quíos se fue contra Tasos. Estaba ya sitiando esta plaza, cuando por el aviso que le vino de que los fenicios, dejando a Mileto, salían contra las otras ciudades de la Jonia, diose mucha prisa en partir con toda su gente hacia Lesbos, sin llevar a cabo la expugnación de Tasos. Entretanto, la falta de víveres que padecía su ejército, le obligó a pasar al continente con ánimo de segar las mieses, así del territorio de Atarneo como del campo del Caico que pertenece a los misios. Pero quiso entonces la fortuna que se hallase en aquellas cercanías con un numeroso ejército Harpago, general de los persas, el cual, en una batalla que allí se dio, muerta la mayor parte de las tropas enemigas, logró apoderarse de la persona de Histieo, que fue hecho prisionero del modo siguiente:
XXIX. En Malene, lugar de la comarca atarnea, trabose el choque entre persas y griegos, en que por largo tiempo quedó dudosa la victoria, hasta que al fin, arremetiendo la caballería persa, hizo suya la acción con tal viveza, que puso en fuga a los griegos. Al huir con los suyos Histieo, persuadido como estaba de que por aquella su culpa no le condenaría el rey a perder la vida, se le avivó tanto el deseo de conservarla, que alcanzado ya por un soldado persa y viendo que iba con un golpe a pasarle de parte a parte, le habló en lengua persa y se le descubrió diciendo ser el milesio Histieo.
XXX. Si Histieo, puesto que fue cogido vivo, hubiera sido presentado asimismo a Darío, este, a mi modo de entender, le hubiera perdonado la ofensa pasada, y aquel nada hubiera tenido que sufrir de parte del ofendido.[106] El daño estuvo en que el virrey de Sardes Artafrenes y Harpago, el general de las tropas, a fin de impedir que perdonado Histieo volviera de nuevo a la gracia y privanza del soberano, luego que llegó a Sardes prisionero, pusieron su cuerpo en un palo y enviaron a Susa su cabeza embalsamada para que la viera Darío. Sabedor, en efecto, el monarca de aquel hecho, desaprobando la resolución, reprendió a los ministros autores de ella, porque no le habían presentado vivo el prisionero de guerra. Respecto a la cabeza de Histieo, ordenó que lavada y decorosamente amortajada se la diese honrosa sepultura, siendo de un varón singularmente benemérito, así de su real persona como del imperio de los persas. Así vino a terminar Histieo.
XXXI. La armada de los persas que había invernado en las cercanías de Mileto, saliendo al mar al año siguiente, iba de paso apoderándose de las islas adyacentes al continente del Asia menor, a saber: la de Quíos, la de Lesbos y la de Ténedos. Para mayor desgracia, posesionados los bárbaros de alguna isla, lo primero que hacían era barrer y acabar con todos los moradores que en ella había, en la forma que sigue: iban formando un cordón de persas cogidos uno de la mano del otro, y empezando así de la playa del norte seguían con aquella red barredera cazando a los hombres por toda la isla. En el continente, asimismo fueron apoderándose de las ciudades jonias, reduciéndolas a la esclavitud, dejando solo de tender allí su red por no permitirlo la situación del país.
XXXII. Así que los generales persas no quisieron que se dijese de ellos que no cumplían las amenazas que antes habían hecho a los jonios, cuando todavía estaban armados, pues como lo amenazaron, así lo iban ejecutando. Porque no bien se veían dueños de alguna de las plazas, cuando escogidos los niños más gallardos, hacían de ellos otros tantos eunucos para su servicio, entresacando del mismo modo a las doncellas mejor parecidas para enviarlas a la corte; y no contentos con esto, entregaban a las llamas todos los edificios de las ciudades, así profanos como consagrados a los dioses. Esta fue la tercera vez que los jonios se vieron hechos esclavos, pues una les subyugaron los lidios y dos consecutivamente los persas.
XXXIII. Aquella misma armada, habiendo dejado la Jonia, fue sujetando todas las plazas que caen a la izquierda del que va navegando por el Helesponto, pues las que están a mano derecha en el continente habían ya sido rendidas por los persas. En dicha costa del Helesponto, que pertenece a la Europa, se halla el Quersoneso, en que se cuentan bastantes ciudades; se halla la ciudad de Perinto; se hallan los fuertes de la Tracia, como también las ciudades de Selimbria y de Bizancio. Los bizantinos, pues, y del mismo modo los calcedonios, situados en la ribera opuesta, dejando sus pueblos antes de que llegase la armada fenicia y retirados a lo interior del Ponto Euxino, fundaron la ciudad de Mesembria. Llegados después los fenicios, incendiadas las dos citadas plazas, se dejaron caer sobre Proconeso y Artace, y desde ellas, después que las hubieron abrasado, hiciéronse a la vela otra vez hacia el Quersoneso con ánimo de arruinar las ciudades que antes habían respetado, cuando por primera vez se echaron sobre aquella península. A Cícico no se acercaron absolutamente los fenicios, a causa de que los naturales, ya antes de su llegada, capitulando con el virrey de Dascilio, Ébares, hijo de Megabazo, se habían entregado al rey; pero en el Quersoneso rindieron las demás ciudades, excepto la de Cardia.
XXXIV. Hasta este tiempo, Milcíades, hijo de Cimón y nieto de Esteságoras, conservaba el dominio en dichas ciudades, sobre las cuales lo había adquirido antes aquel otro Milcíades que fue hijo de Cípselo, de la manera que referiré. Los doloncos, pueblos de origen tracio, eran los que antiguamente habitaban en el Quersoneso, quienes viéndose agobiados en la guerra por los apsintios,[107] enviaron a Delfos sus reyes para que consultasen acerca de ella. Dioles por respuesta la Pitia que se llevaran a su país por fundador de una colonia al primero que salido del templo les acogiera en su casa como huéspedes y amigos. Los doloncos, pues, tomaron su camino por la vía sacra,[108] pasaron por la señoría de los focidios y por la de los beocios, y desde allí, sin que nadie les convidase con su casa, se entraron por la de los atenienses.
XXXV. En aquella sazón, si bien era Pisístrato quien tenía en Atenas el poder absoluto, no dejaba con todo de tener algún mando cierto señor llamado Milcíades, hijo de Cípselo, sujeto de familia principal que mantenía tiros de cuatro caballos para concurrir a los juegos olímpicos.[109] Era este descendiente remoto de Egina y de Éaco, y después, andando el tiempo, se hallaba naturalizado entre les atenienses, siendo de la casa de Fileo, hijo de Áyax, que fue el primero de dicha familia que se inscribió por ciudadano de Atenas. Estábase, pues, Milcíades sentado a la puerta de su casa, cuando viendo pasar a los doloncos con un traje peregrino y armados con sus picas, los saludó y llamó hacia sí. Acercáronsele luego y fueron de él convidados con su casa y posada, y admitido el agasajo, danle cuenta los nuevos huéspedes del oráculo recibido, exhortándole al mismo tiempo a que obedezca al dios Apolo. Milcíades, como quien estaba mal con el dominio de Pisístrato, ansioso de salirse de su jurisdicción, dejose persuadir muy fácilmente, y luego envió a Delfos unos diputados encargados de consultar de su parte el oráculo sobre si haría o no lo que le pedían aquellos doloncos.
XXXVI. Con el nuevo mandato de la Pitia acabose de resolver a la empresa Milcíades, hijo de Cípselo,[110] sujeto ya famoso por haber llevado el primer premio en las justas de Olimpia entre los aurigas de cuatro caballos. Alistando, pues, para la nueva colonia a todos los atenienses que quisieron seguirle en su viaje, con ellos y con los doloncos se hizo a la vela y logró después apoderarse de la región que pretendía, de la cual le nombraron señor los que le habían llamado. La primera providencia que tomó Milcíades en su dominio fue la de cerrar el istmo del Quersoneso, tirando una muralla desde la ciudad de Cardia hasta la de Pactia, con cuya defensa impedía las invasiones y correrías de los apsintios en toda la tierra. Dicho istmo tiene de mar a mar 36 estadios, y el Quersoneso, contando del istmo hacia lo interior del país, se extiende a lo largo 420 estadios.
XXXVII. Fortalecida ya la garganta del Quersoneso con aquel nuevo pertrecho que impedía la entrada y tenía lejos de él a los apsintios, los primeros a quienes hizo la guerra Milcíades fueron a los lampsacenos, quienes en una emboscada le hicieron prisionero. Al saber Creso el lidio aquella prisión, por la grande estima que hacía de la persona de Milcíades, intimó a los lampsacenos por medio de un mensajero que pusiesen en libertad al prisionero, que de no hacerlo les aseguraba que los quebrantaría como quien quebranta un pino. Pónense luego los lampsacenos a deliberar sobre el sentido de la enigmática amenaza, no alcanzando la fuerza de aquel quebrantar a manera de un pino, hasta que al cabo de un buen rato de demandas y respuestas, dio un viejo en el blanco de la amenaza diciendo ser el pino el único entre los árboles que desmochado una vez no vuelve a retoñar, sino que totalmente acaba y muere. Con el temor en que con tal amenaza entraron los de Lámpsaco dieron libertad a Milcíades, debiendo este a Creso el verse libre de sus prisiones.
XXXVIII. Restituido Milcíades a sus estados, viéndose sin hijos, hizo al morir heredero del mando y de sus bienes a su sobrino Esteságoras, hijo de Cimón su hermano uterino. En el día los pueblos del Quersoneso, según suele practicarse con los fundadores de alguna ciudad, hacen sacrificios en honor de Milcíades, en cuya memoria tienen establecidos unos juegos así ecuestres como gímnicos, en los cuales no es permitida a ningún lampsaceno la competencia. Duraba todavía la guerra con los de Lámpsaco, cuando quiso la mala suerte que también Esteságoras muriera sin sucesión, recibiendo un golpe de segur que descargó sobre su cabeza, en el mismo pritaneo, uno que se vendía por desertor y era realmente un enemigo enconado y furioso.
XXXIX. Los Pisistrátidas, sabida la muerte de Esteságoras, enviaron al Quersoneso en una galera a Milcíades, hijo de Cimón y hermano del difunto, para que tomase el mando del estado. Mucho se habían ya esmerado antes los hijos de Pisístrato en favorecer a este Milcíades estando aún en Atenas, como si no hubieran tenido parte alguna en la muerte de Cimón su padre, la cual diré del modo que sucedió en otro lugar de mi historia. Llegado, pues, Milcíades al Quersoneso, se mantuvo algún tiempo sin salir de casa, queriendo, a lo que parecía, honrar con aquel luto y retiro la muerte de Esteságoras. Corrió así la voz entre los vecinos del Quersoneso, y en fuerza de ella, juntos todos los señores principales de aquellas ciudades en diputación común, vinieron a dar el pésame a Milcíades, quien valiéndose de la ocasión los puso presos a todos y se alzó con el dominio del Quersoneso entero, manteniendo en su servicio 500 hombres de guardia y tomando después por esposa a la princesa Hegesípila, hija de Óloro, rey de los tracios.
XL. No solo tuvo que tomar estas medidas Milcíades, hijo de Cimón, recién llegado al Quersoneso, sino que hubo de sufrir en lo sucesivo otros contratiempos mucho más crueles; porque tres años después[111] túvose que ausentar del Quersoneso huyendo de los escitas llamados nómadas, quienes, irritados por el rey Darío y unidos en cuerpo de ejército, avanzaron con sus correrías hasta el Quersoneso. Milcíades, no teniendo ánimos ni fuerzas para hacerles frente, huyose por esta causa de sus dominios, donde después que los escitas se volvieron otra vez a su país, le restituyeron de nuevo los doloncos. Esta adversidad le había acontecido tres años antes que le sucediera otra desventura que a la sazón de que voy hablando le sobrevino, y fue la siguiente:
XLI. Informado Milcíades de que los fenicios se hallaban ya en Ténedos, cargando luego cinco galeras de cuantas riquezas y preciosidades tenía a mano, hízose con ellas a la vela para Atenas.[112] Salido, pues, de la ciudad de Cardia, iba navegando por el golfo Melas, costeando el Quersoneso, cuando con sus galeras se dejaron caer sobre él los fenicios. Por más caza que le daban, pudo Milcíades escaparse con cuatro de sus naves y acogerse a Imbros; pero fue apresada la quinta, en la que iba por capitán Metíoco, su hijo mayor, habido, no en la hija del rey de Tracia Óloro, sino en otra esposa. Sabedores los fenicios de que el capitán de la nave apresada era hijo de Milcíades, le presentaron al rey creídos de que iban a hacerle en ello el más grato obsequio, por cuanto Milcíades había sido el que dio a los señores de la Jonia el voto de que lo mejor era condescender con los escitas, cuando estos les pedían que, disuelto el puente de barcas, diesen la vuelta a su patria. Darío, después de que tuvo en su poder a Metíoco, hijo de Milcíades, presentado por los fenicios, no solo no le trató como enemigo, sino que le colmó de tantas mercedes, que le dio casa y bienes, casándolo con una señora persa, y los hijos que en ella tuvo son reputados como persas.
XLII. Partido Milcíades de Imbros, llegó salvo hasta Atenas. Los persas no hicieron en aquel año otra hostilidad ni violencia en castigo de los jonios, antes tomaron acerca de ellos unas providencias muy útiles y humanas, pues aquel año fue cuando Artafrenes, virrey de Sardes, convocando a los diputados de las ciudades de la Jonia, les obligó a que hiciesen entre ellos sus estatutos y tratados a fin de ajustar en juicio las diferencias mutuas y no valerse en adelante del derecho de las armas unos contra otros pasándolo todo a sangre y fuego.[113] Obligado que los hubo a convenir en estos pactos, mandó Artafrenes medir sus tierras por parasangas, medida persa así llamada que contiene 30 estadios. Medido así todo el país, señaló en particular los tributos, que se han mantenido hasta mis días en aquella regulación de Artafrenes, la misma casi que ya de antes estaba impuesta.
XLIII. Todo estaba, pues, en Jonia tranquilo y sosegado. Al principio de la siguiente primavera,[114] retirados por orden del rey los demás generales, bajó Mardonio hacia las provincias marítimas conduciendo un gran ejército de mar y tierra. Era este joven general hijo de Gobrias, y estaba recién casado con una princesa hija de Darío, llamada Artozostra. En Cilicia, adonde había llegado al frente de su ejército, entró a bordo de una nave y navegó con toda la escuadra, señalando otros caudillos que condujesen las tropas de tierra al Helesponto. Después que costeada el Asia Menor se halló Mardonio en la Jonia, siguió en ella una conducta tal que bien sé que, referida aquí, ha de parecer una cosa sorprendente a aquellos griegos que no quieren persuadirse que Ótanes, uno de los septemviros confederados contra el Mago, fuese de parecer que entre los persas debiese instituirse un estado republicano; porque lo que hizo allí Mardonio desde luego fue deponer a todos los señores de la Jonia y sustituir en todas las ciudades la democracia o gobierno popular.[115] Tomadas estas providencias, se dio mucha prisa en llegar al Helesponto. Después que en él se hubo juntado una prodigiosa armada y asimismo un ejército numeroso, pasaron las tropas embarcadas al otro lado del Helesponto, y de allí continuaron marchando camino de Eretria y de Atenas.
XLIV. Era, en efecto, el pretexto de aquella expedición el hacer la guerra a las dos ciudades mencionadas; pero el intento principal no era menos que el de conquistar para la corona todas las ciudades de la Grecia que pudiesen. Desde luego con la armada sujetaron a los de Tasos, los cuales ni aun osaron levantar un dedo contra los persas: con el ejército de tierra agregaron a los macedonios[116] a los vasallos que allí cerca tenían; pues ya antes les reconocía por señores todas aquellas naciones vecinas que moran más acá de la Macedonia. Dejando vencida a Tasos, iba la armada naval costeando el continente que está frontero, hasta que aportó en Acanto.[117] Salida después de allí, y procurando vencer el cabo del monte Atos, se levantó contra las naves el viento Bóreas con tal ímpetu y vehemencia, que arrojó un gran número de ellas contra dicho promontorio, donde es fama que trescientas fueron a estrellarse, pereciendo en ellas más de veinte mil personas; pues como aquellos mares abundan de monstruos marinos, muchos de los náufragos cerca de Atos fueron de ellos arrebatados y comidos; muchos perecieron arrojados contra las peñas; algunos por no saber nadar se ahogaban, y otros morían de puro frío. Tal desventura cargó sobre aquella armada.
XLV. El ejército de tierra se hallaba a la sazón atrincherado en Macedonia, cuando los brigos,[118] pueblos de la Tracia, embistieron en la oscuridad de la noche contra las tropas de Mardonio, logrando matar mucho número de ellas, y aun herir al mismo general, bien que esta sorpresa nocturna no pudo librarles del yugo y servidumbre de los persas, no habiéndose retirado Mardonio de aquellos contornos hasta tanto que hubo rendido y domado a los brigos. Vencidos estos, pensó luego con todo en volver atrás con su ejército entero, obligado a ello así por la pérdida que sus tropas terrestres habían sufrido en la pasada refriega con los brigos, como por el gran naufragio que la armada había padecido en el promontorio Atos. Malograda con esto la jornada, se retiró al Asia todo el ejército con mucha mengua y pérdida de su reputación.
XLVI. Lo primero que Darío hizo al otro año fue enviar un mensajero a Tasos mandando a los naturales de la isla, quienes habían sido delatados por los pueblos vecinos de que intentaban levantarse centra los persas, que demoliesen por sí mismos sus murallas y pasasen sus naves a Abdera. Los tasios, en efecto, así por haberse visto sitiados antes por Histieo, como por hallarse con grandes entradas de dinero, procuraban aprovecharlas bien en su defensa, parte construyendo naves largas para la guerra, parte levantando muros más fuertes para su resguardo. Percibían los tasios esos réditos públicos que decía, así del continente[119] como también de las minas, pues las de oro que poseían en Escaptila, lugar de tierra firme, les redituaban por lo común 80 talentos, y las de la misma isla de Tasos, dado que no llegaran a rendirles tanto, les producían con todo una suma tal, que el total de las rentas públicas de los tasios percibidas, ya de tierra firme, ya de las minas, cada año subía ordinariamente a 200 talentos, y esto sin tener ninguna contribución impuesta sobre los frutos de la tierra; y el año que los negocios les iban muy bien, llegaba la suma de sus entradas a componer 300 talentos.
XLVII. Yo mismo quise ir a ver por mis ojos dichas minas, entre las cuales las que más me sorprendieron y mayor maravilla me causaron fueron aquellas que habían sido descubiertas por los antiguos fenicios, cuando poblaron dicha isla venidos a ella en compañía del fenicio Taso,[120] de cuyo nombre tomó el suyo la isla. Estas minas fenicias se ven en Tasos situadas entre el territorio llamado Enira y el que llaman Cenira, donde se halla un gran monte abierto, arruinado y minado con varias excavaciones que viene a corresponder enfrente de Samotracia.
XLVIII. Los tasios, pues, en fuerza de aquella real orden, demolidas sus mismas fortificaciones, pasaron todas sus naves a Abdera.[121] Tomada dicha providencia, como Darío quisiese tomar el pulso a los griegos y ver si se hallaban en ánimo de guerrear contra él o de entregarse más bien a su dominio, despachó hacia las ciudades de Grecia sus respectivos heraldos encargados de exigirles la obediencia para el rey con pedirles la tierra y el agua. Al mismo tiempo envió orden a las ciudades marítimas de sus dominios que construyesen naves largas para la guerra, y otras asimismo de carga para el transporte de la caballería.
XLIX. Mientras que los vasallos de la marina preparaban estas naves, muchos pueblos de la Grecia situados en el continente se mostraban prontos para dar a los embajadores destinados a sus ciudades lo que se les pedía de parte de Darío; y todos los isleños donde aquellos aportaron, y con mucha particularidad los de Egina, prestaron al rey la obediencia ofreciéndole la tierra y el agua. Sabida esta entrega de los eginetas, sospechando los atenienses que ellos se habían entregado al persa por la enemistad que les tenían y con la mira de hacerles la guerra unidos con el bárbaro, diéronse desde luego por muy resentidos e injuriados; y alegres por tener un motivo tan especioso de queja contra los mismos, pasaron a Esparta y dieron allí cuenta de aquella novedad, acusando a los eginetas de traidores y enemigos de la Grecia.
L. En efecto, de resultas de esta acusación, el rey de los espartanos Cleómenes, hijo de Anaxándridas, pasó a Egina queriendo prender a los particulares que hubiesen sido los principales promotores de la traición. Entre otros muchos eginetas que le hicieron frente al ir a ejecutar tales prisiones, el que más se señaló en la resistencia fue Crío,[122] hijo de Polícrito, diciéndole claramente que mirase bien lo que hacía, si no quería que le costase bien caro, pues bien se echaba de ver que no venía a ejecutar aquella comisión de orden del común de los espartanos, sino que obraba sobornado con las dádivas de los atenienses, pues a no ser así, hubiera venido acompañado del otro rey su colega para hacer aquella captura. Esta representación y resistencia la hacía Crío de concierto e inteligencia con Demarato. Cleómenes, pues, que se veía echar de Egina por la oposición de Crío, preguntole cómo se llamaba: diole Crío su nombre, y al despedirse le replicó Cleómenes: «Ahora bien, ya puede ese Crío (o carnero)[123] forrar bien sus astas con puntas de bronce y de acero para topetar contra un gran desastre que le va a suceder».
LI. Por aquel mismo tiempo en Esparta armaba a Cleómenes grandes intrigas un hijo de Aristón, llamado Demarato, rey asimismo de los espartanos, pero de una familia inferior a la de Cleómenes, no en la calidad de la sangre, siendo los dos de una misma cepa, sino en el derecho de primogenitura; pues sabido es que en atención a ella se da en Esparta la preferencia a la descendencia y casa de Eurístenes.
LII. Sobre este particular es preciso decir aquí que los lacedemonios, a pesar de todos los poetas,[124] pretenden que no fueron los hijos de Aristodemo los que le condujeron al país que al presente poseen, sino que su conductor fue el mismo Aristodemo, siendo su rey al propio tiempo. Aristodemo, hijo de Aristómaco, nieto de Cleodeo y biznieto de Hilo, tenía por mujer a una señora llamada Argía, hija, según dicen, de Autesión, nieta de Tisámeno, biznieta de Tersandro y tataranieta de Polinices; y esta mujer, no mucho después de llegados al país, parió a Aristodemo dos gemelos. Aristodemo apenas los vio nacidos cuando murió de una enfermedad. En aquella época los lacedemonios, conformándose con sus leyes o costumbres, decretaron que fuera rey el mayor de dichos gemelos; pero como les veían a entrambos tan parecidos e iguales en todo, no pudiendo por sí mismos averiguar cuál de los dos fuese el primogénito, para salir de la duda lo preguntaron entonces a la madre que los había parido, o quizá antes ya se lo habían preguntado. Ella, aunque bien lo sabía, sin embargo, con la mira de hacer que fueran reyes los dos gemelos, afirmábase en asegurarles que ni ella misma podía absolutamente decir cuál de los dos niños fuese el mayor. Los lacedemonios, metidos en aquella confusión, enviaron su consulta a Delfos para salir de duda e incertidumbre. La Pitia les dio por respuesta que a entrambos los tuvieran por reyes, dando empero la preferencia al mayor de los gemelos. Con este oráculo de la Pitia quedaron los lacedemonios tan confusos como antes, no hallando la manera de averiguar cuál de los niños fuese el que primero había nacido. Mas un tal Panitas, que este era su nombre, natural de Mesenia, sugirió entonces a los lacedemonios un buen medio para salir de duda, a saber: avisarles que fuesen observando cuál de los gemelos fuese siempre el primero a quien limpiara y diera la teta la madre que los había parido; y si notaban que ella constante en esto nunca variase, no les quedaba ya más que hacer ni averiguar a fin de saber lo que pretendían; pero que si la madre fuese en ello alternando, se cerciorarían de que ni la misma madre que parió a los mellizos les distinguía ni acababa de conocerles, y en tal caso les sería preciso tomar otro rumbo para salir de duda. Gobernados los espartanos por el aviso del mesenio, pusiéronse muy de propósito a observar lo que hacía la madre con los hijos de Aristodemo, y sin que ella entendiera a qué fin la iban observando, vieron cómo siempre, así en alimento como en el aseo, daba el primer lugar a uno de los niños, que era el mayor de sus hijos. Con estas luces toman los lacedemonios al gemelo a quien la madre prefería, del todo persuadidos que era el primogénito, y mandándole criar y educar por cuenta del estado, le pusieron por nombre Eurístenes, llamando Procles al otro menor. De estos dos niños cuentan que por más que fuesen gemelos, llegados a la mayor edad, nunca fueron buenos hermanos, sino émulos entre sí y contrarios sempiternos, en lo que les imitaron siempre sus descendientes.[125]
LIII. Los que así nos cuentan esta historia son únicamente los lacedemonios entre los griegos, como antes decía; lo que voy a referir es conforme con lo que dicen los demás griegos. Hasta subir a Perseo, hijo de Dánae, está bien seguida y deslindada la ascendencia de los reyes que tuvieron los dorios,[126] y añadiré que si no se incluye en tal genealogía al dios que fue padre de Perseo, todos aquellos ascendientes fueron griegos de nación, puesto que por tales eran ya reputados en aquella época estos progenitores. La razón de que no queriendo subir más en esta genealogía dijera que no incluía en ella al dios padre de Perseo, es porque este héroe no lleva apellido de familia tomado de un padre que fuese hombre mortal, como vemos que lo lleva Heracles tomado de Anfitrión; de suerte, que con mucha razón me detuve en Perseo sin subir más arriba. Mas si dejando los padres de Perseo quisiere uno desde Dánae, hija de Acrisio, ir contando los progenitores de aquella real familia, se verá que son oriundos de Egipto los primeros príncipes ascendientes de los reyes dorios.
LIV. Esta es su genealogía, según la deslindan los griegos; pero si queremos escuchar en este punto a los persas, Perseo, siendo asirio, fue quien pasó a ser griego, pues cierto que no habían sido griegos sus progenitores. Respecto a los padres de Acrisio, que nada tienen que ver con la ascendencia de Perseo, convienen los persas en que fueron egipcios, como pretenden los griegos.
LV. Mas baste lo dicho sobre este punto, que no quiero expresar aquí cómo siendo egipcios aquellos progenitores, ni por qué medios y proezas, llegaron a ser reyes de los dorios, pues otros lo han referido primero, y yo quiero solamente decir lo que otros no dijeron.
LVI. Tienen, pues, los espartanos ciertos derechos y prerrogativas reservadas para sus reyes, como son: dos sacerdocios principales, uno el de Zeus Lacedemonio, otro el de Zeus Uranio, como también el arbitrio de hacer la guerra y llevar las armas al país que quisieren, con tan amplias facultades que ningún espartano, so pena de incurrir en el más horrendo anatema, se lo pueda estorbar, igualmente el ser los primeros en salir a campaña y los últimos en retirarse, y, en fin, tener en la milicia cien soldados escogidos[127] para su guardia, tomar en tiempo de sus expediciones todas las reses que para víctimas quisieren, y apropiarse las pieles y también los lomos de las víctimas ofrecidas.
LVII. Estos son sus privilegios y gajes militares: los honores que les fueron concedidos en tiempo de paz son los siguientes: Cuando alguno hace un sacrificio público se guarda para los reyes el primer asiento en la mesa y convite; las viandas no solo deben presentárseles primero, sino que de todas debe darse a cada uno de los reyes doble ración comparada con la que se da a los demás convidados, debiendo ser ellos los que den principio a las libaciones religiosas; a ellos pertenecen también las pieles de las víctimas sacrificadas. En todas las neomenias y hebdomas de cada mes (en los días 1.º y 7.º) debe darse a cada uno de los reyes en el templo de Apolo una víctima mayor, un medimno[128] de harina y un cuartillo lacedemonio de vino. En los juegos y fiestas públicas los primeros asientos están reservados a sus personas. A ellos pertenece el nombramiento de sus ciudadanos para próxenos[129] (agentes o procuradores públicos de las ciudades); y cada uno de ellos tiene la elección de dos pitios o consultores religiosos diputados para Delfos, personas alimentadas del público en compañía de los mismos reyes. El día que estos no asisten a la mesa y comida pública,[130] se debe pasarles en sus casas dos quénices de harina y una cótila de vino para cada uno en particular: el día en que asisten a la mesa común, debe doblárseles toda la ración. En los convites que hacen los particulares deben los reyes ser tratados y privilegiados del mismo modo que en las comidas públicas. La custodia de los oráculos relativos al estado corre a cuenta de los reyes; bien que de ellos deben ser sabedores los pitios o consultores sacros. El conocimiento de ciertas causas está reservado a los reyes; si bien estas son únicamente: 1.ª Con quién debe casar la pupila heredera que no hubiere sido desposada con nadie por su padre; 2.ª Todo lo que mira al cuidado de los caminos públicos; 3.ª Toda adopción, siempre que uno quiera tomar por hijo a otra persona, debe celebrarse en presencia de ellos; 4.ª El poder asistir y tomar asiento entre los gerontes o senadores reunidos de oficio, que son 28 consejeros del estado; y cuando los reyes no quieren concurrir a la junta, hacen en ella sus veces los senadores más allegados a los mismos, de suerte que añaden a su propio voto dos más, a cuenta de los dos reyes.
LVIII. Ni son las únicas demostraciones de honor hechas en vida a los reyes, sino que en muerte hacen con ellos estas y otras los espartanos. Lo primero, unos mensajeros a caballo van dando la noticia de la muerte por toda la Laconia, y por la ciudad van unas mujeres tocando por todas las calles su atabal. Al tiempo que esto pasa, es forzoso que de cada familia dos personas libres, un hombre y una mujer, se desaliñen y descompongan en señal de luto, so graves penas si dejan de hacerlo; de suerte que la moda de este luto entre los lacedemonios en la muerte de sus reyes, es muy parecida o idéntica a la que usan los pueblos bárbaros en el Asia, donde estilan hacer otro tanto cuando mueren sus reyes. Porque cuando muere el rey de los lacedemonios, no solo los espartanos mismos, sino los naturales o vecinos de toda Lacedemonia, es necesario que concurran en cierto número al entierro. Juntos, pues, en un mismo lugar y en determinado número, ya los dichos vecinos, ya los ilotas, ya los mismos espartanos, todos en compañía de las mujeres, se dan golpes muy de veras en la frente, moviendo un gran llanto y diciendo siempre que el rey que acaban de perder era el mejor de los reyes. Si acontece que muera el rey en alguna campaña, acostumbran formar su imagen y llevarla en un féretro ricamente aseado. Por los diez días primeros consecutivos al entierro real, como en días de luto público, se cierran los tribunales y cesan asimismo los comicios.
LIX. En otra cosa se asemejan los espartanos a los persas: en que el nuevo rey y sucesor del difunto, al tomar posesión de la corona, perdona las deudas que todo espartano tuviese con su predecesor o con el estado mismo, cosa parecida a lo que pasa entre los persas, donde el rey nuevamente subido al trono hace gracia a todos sus vasallos de los tributos ya vencidos y no pagados.
LX. En otra costumbre se parecen a los egipcios los lacedemonios, que consiste en que los pregoneros de oficio, los trompeteros y los cocineros sucedan siempre en las artes a sus padres;[131] de suerte que allí siempre es trompetero el hijo de trompetero, cocinero el hijo de cocinero y pregonero el hijo de pregonero, reteniendo siempre la herencia de las artes paternas, sin que otra de mejor calidad les saque de su oficio. Esto es, en suma, lo que pasa en Esparta.
LXI. Hallábase, pues, en Egina Cleómenes, como antes iba diciendo, empleado en procurar el bien común de la Grecia, y Demarato en tanto le estaba malamente calumniando en Esparta, no tanto por favorecer a los eginetas, como por el odio y envidia que le tenía. Pero vuelto de Egina Cleómenes, llevado de espíritu de venganza, maquinó el medio cómo privar del reino a Demarato, contra quien intentó la acción que voy a referir. Siendo Aristón rey de Esparta y viendo que de ninguna de dos mujeres que tenía le nacían hijos, se casó con una tercera de un modo muy singular. Un gran amigo de Aristón, de quien él se servía más que de ningún otro espartano, tenía a dicha por esposa una mujer la más hermosa de cuantas en Esparta se conocían, y era lo más notable que había venido a ser la más hermosa después de haber sido la más fea del mundo, mudanza que sucedió en estos términos: Viendo el ama de la niña cuán deforme era su cara, y compadecida por una parte de que siendo hija de una casa tan rica y principal fuese desgraciada, y por otra de la pena que en ello recibían sus padres, empezó a cargar mucho la consideración sobre cada cosa de las referidas, y para remediarlas tomó la resolución de ir todos los días con la niña fea al templo de Helena en Esparta, situado en un lugar que llaman Terapne, más arriba del templo de Febo. Lo mismo era llegar el ama con su niña, que presentarse delante de aquella estatua y suplicar a la diosa Helena que tuviese a bien librar a la pobre niña de aquella fealdad. Es fama que al volverse un día del templo se apareció al ama cierta mujer y le preguntó qué era lo que en brazos tenía; dícele el ama que tenía en ellos una niña, y la mujer le pide que se la deje ver. Resistíase el ama, dando por razón que de orden de los padres de la niña a nadie podía enseñarla; pero como la mujer porfiase siempre en verla, vencida por fin el ama de la instancia que le hacía, se la enseñó. Ve la mujer a la niña, y pasándole la mano por la cara y cabeza, iba diciendo que sería la más bella de las mujeres de Esparta. ¡Cosa extraña! Desde aquel punto fue poniéndosele otro el semblante. A esta niña, pues, cuando hubo llegado a la flor de su edad, tomola por mujer Ageto, hijo de Alcides, aquel amigo de Aristón a quien antes aludía.
LXII. Aristón, herido fuertemente y aun vencido de la pasión por aquella mujer, maquinó el siguiente artificio y engaño para salir con su antojo. Entra en un convenio con aquel amigo cuya era la hermosa mujer, de darle una prenda, la que más le gustase de cuanto poseía; pero con pacto y condición de que el amigo por su parte prometiera darle otra del mismo modo. Ageto, que veía casado a Aristón con otra mujer, no recelando remotamente que pudiera pedirle la suya, convino en el pacto y trueque de las prendas, que ambos confirmaron con juramento. Apresurose luego Aristón a cumplir la palabra empeñada dando la presea que escogió Ageto de entre las de su tesoro, con la mira impaciente de recibir otra tal de parte de su amigo, declarándole al punto su pretensión y queriendo quitarle la esposa. Protestábale Ageto que a todo menos a su mujer se extendía el pacto de la promesa; pero obligado al cabo con la fe del juramento y cogido en un escrupuloso lazo, permitió que Aristón se fuese con su esposa.
LXIII. De esta manera Aristón, divorciándose con su segunda esposa, se casó con esta tercera mujer, la cual dentro de breve tiempo, aun antes del décimo mes, le parió aquel Demarato de que íbamos hablando. Puntualmente se hallaba Aristón en una junta con los éforos, cuando uno de sus criados vino a darle la nueva de que acababa de nacerle un hijo. Al oír el aviso, pónese Aristón a recordar el tiempo que había desde que estaba casado con su tercera mujer, contando los meses por los dedos; y luego: «¡Por Zeus!, exclama, que no puede ser mío el hijo de mi mujer»; juramento de que todos los éforos fueron testigos, si bien nada contaron con él en aquella sazón. Fue después creciendo el niño, y persuadido Aristón de que sin falta era hijo suyo, arrepentíase mucho de que antes se le hubiera deslizado la lengua en aquel dicho precipitado. Respecto al niño, la causa de ponerle por nombre Demarato (el deseado del pueblo) había sido los votos y rogativas públicas a Dios que antes habían hecho de común acuerdo los espartanos, pidiendo que naciera un hijo a Aristón, rey el más cumplido y estimado de cuantos jamás hubiese habido en Esparta, y por esta razón se dio al recién nacido el nombre de Demarato.
LXIV. Andando el tiempo, sucedió Demarato en el reino a su difunto padre Aristón, si bien parece ser disposición de los hados que aquel dicho de Aristón, sabido de todos, hubiese al cabo de ser ocasión para que se depusiese del trono a su hijo. De esta mala estrella, según creo, provendría que Demarato se declarase tan contrario a Cleómenes, así antes cuando se retiró desde Eleusis con sus tropas, como entonces cuando Cleómenes se dirigía contra los eginetas declarados partidarios del medo.
LXV. Formado, pues, por Cleómenes el proyecto de vengarse de Demarato, lo primero que hizo para lograrlo fue concertar con Leotíquidas, hijo de Ménares y nieto de Agis,[132] príncipe de la misma familia que Demarato, que en caso de ser nombrado por rey en lugar de este, le seguiría sin falta en el viaje que meditaba contra Egina. Quiso además la suerte cabalmente, que fuese Leotíquidas por un motivo particular el enemigo mayor que tenía Demarato, porque habiendo aquel contraído esponsales con una señora principal llamada Pércalo, hija de Quilón y nieta de Demármeno, robole Demarato maliciosamente dicha esposa, adelantándosele en contraer con ella matrimonio y continuando en tenerla por su mujer, motivo que ocasionó grande odio y enemistad entre Leotíquidas y Demarato. Por manejo, pues, de Cleómenes, depone Leotíquidas en juicio, con juramento, que no siendo Demarato hijo de Aristón, como no lo era en efecto, no tenía derecho legitimo para reinar en Esparta. Jurada una vez la delación, llevaba adelante la causa, reproduciendo las mismas palabras que Aristón había proferido cuando, avisado por su criado de que le había nacido un hijo, sacada allí mismo la cuenta de los meses de matrimonio, juró que tal hijo no era suyo; de cuyas palabras asiéndose Leotíquidas, porfiaba en que no era Demarato hijo de Aristón, y que no siéndolo, no reinaba en Esparta legítimamente; en prueba de todo lo cual citaba por testigos a los mismos éforos, que hallándose entonces en una junta con Aristón, de boca de este lo habían oído.
LXVI. Divididos, pues, los ánimos y pareceres en tan grave contienda, pareció a los espartanos que se consultase sobre el punto al oráculo en Delfos si era o no Demarato hijo de Aristón. Bien informada quedó la Pitia del asunto por la maña que se dio Cleómenes en prevenirla, pues en aquella sazón supo ganarse a un cierto Cobón, hijo de Aristofanto, el sujeto que más podía en Delfos, por cuyo medio logró sobornar a la promántida, que se llamaba Periala, para hacer decir al oráculo lo que Cleómenes quería que dijese. En una palabra: la Pitia respondió a la consulta de los diputados religiosos que Demarato no era hijo de Aristón; si bien algún tiempo después, descubierta la trama y publicada la calumnia, ausentose Cobón de Delfos, y la promántida Periala fue privada de su empleo.
LXVII. He aquí lo sucedido en la causa de deposición del trono contra Demarato, quien después, por motivo de una nueva afrenta que se le hizo, huyendo de Esparta se refugió a la corte de los medos, porque depuesto ya de su dignidad, fue después nombrado para un empleo, que era la presidencia de una danza de niños. Sucedió que estando Demarato viendo y presidiendo aquella función en tiempo de las Gimnopedias (juegos públicos de niños desnudos),[133] Leotíquidas, que ocupaba ya su silla de rey, hizo que un criado le preguntase de su parte, por mofa y escarnio, qué tal le parecía presidir de corifeo después de haber mandado como rey. A cuya injuriosa pregunta respondió lleno de resentimiento Demarato, que bien sabía por experiencia lo que uno y otro venía a ser, al paso que Leotíquidas aún lo ignoraba; pero que entendiese bien que aquella su insolente pregunta sería para los lacedemonios origen de gran dicha o de miseria suma. Dijo, y embozado, saliose luego del teatro para su casa, y sin dilación alguna prepara un sacrificio y ofrece al dios Zeus un buey, concluido lo cual hace llamar a su madre.
LXVIII. Apenas llega esta, cuando toma el hijo las asaduras de la víctima, póneselas en las manos y le habla en estos términos: «Por los dioses todos del cielo, y en especial por este nuestro Zeus Herceo,[134] cuyas aras toco con mis propias manos, os suplico, madre mía, y os conjuro que, confesando ingenuamente la verdad, me digáis precisamente quién fue mi padre. Sabéis como Leotíquidas depuso en juicio contra mi corona que, estando vos embarazada del primer marido, vinisteis a casa de Aristón. No faltan aún otros que hacen correr otra fábula más desatinada, diciendo de vos que solíais tratar mucho con uno de vuestros criados, y por más señas dicen que con el arriero de casa, de manera que me hacen pasar por hijo de vuestro arriero. Por Dios, señora, que me digáis ahora la verdad sin empacho ni embozo, que al cabo, si algo hubo de esto, no habéis sido la primera, ni seréis la última en ello: ejemplos y compañeras se encuentran para todo. Por fin, lo que corre en Esparta por más válido es que Aristón era de su naturaleza infecundo, pues de otro modo hubiera tenido sucesión de sus primeras mujeres». Así se explicó el hijo con la madre; la madre le replicó así:
LXIX. «Ya que con tus palabras me obligas, hijo mío, a que te hable claro, voy a decírtelo todo sin encubrirte cosa alguna. Has de saber que la tercera noche a punto después que me llevó a su casa Aristón, acercóseme una fantasma en figura de él mismo, durmió conmigo y púsome después en la cabeza una guirnalda que llevaba: hecho esto, me dejó y vino luego a mi lecho Aristón. Al verme con aquella corona, pregúntame quién me la había dado, y respondiéndole yo que él mismo, díceme que no hay tal. Yo no hacía más que jurar una y mil veces que él había sido en efecto, y que muy mal hacía en querérmelo negar, sabiendo que muy poco antes había venido, estado conmigo y puéstome aquella misma corona. Como vio Aristón cuánto me afirmaba en ello y cuán de veras se lo juraba, cayó en la cuenta y persuadiose de que sería aquella cosa misteriosa y de orden sobrenatural, a lo cual hubo dos motivos que mucho le inclinaron: uno, porque se veía haber sido tomada la corona de aquel heroo[135] que cerca de la puerta del patio de nuestra casa está levantado en honor de Astrábaco; otro, que consultados sobre el caso los adivinos, respondieron no haber sido otro el que vino a verme que el mismo héroe Astrábaco. He aquí, hijo, cuanto deseas saber; no hay medio: o eres hijo de un héroe, y entonces tu padre es Astrábaco, o cuando no lo seas, eres hijo de Aristón, pues de uno de los dos aquella noche te concebí. Y por lo que mira a la razón con que mayor guerra te hacen tus enemigos, alegando contra tu legitimidad que el mismo Aristón al recibir el aviso de tu nacimiento dijo delante de muchos que tú no podías ser suyo por no haber pasado diez meses, entiende, hijo, que se le deslizaron aquellas palabras por no saber lo que suele pasar en tales asuntos, pues las mujeres paren unas a los nueve, otras a los siete meses, no esperando siempre a que se cumplan los diez, y yo cabalmente parí sietemesino; de suerte que no mucho después de su dicho conoció el mismo Aristón haber sido muy simple en lo que había hablado. Créeme a mí y déjales decir esas otras necedades acerca de tu generación, pues lo que has oído es la pura verdad. Esotro de arrieros, guárdelo para sí Leotíquidas y para los que hacen correr tal patraña, y quiera Dios que sus mujeres no paran sino de sus arrieros». Hasta aquí habló la madre.
LXX. Demarato, oído lo que quería saber, preparó lo necesario para el viaje que meditaba. Esparce la voz que va a Delfos para consultar al oráculo y encamínase en derechura hacia la Élide. Los lacedemonios, recelándose de que pretendía huírseles, le siguieron los alcances; pero llegados a Élide, hallaron que se les había adelantado hacia Zacinto.[136] Pasan luego allá y pretenden echarse sobre Demarato, y en efecto, le quitan todos sus criados; pero como los zacintios se opusiesen a aquella prisión no queriendo entregar al fugitivo, pasó este al Asia y se refugió a la corte del rey Darío, quien acogiéndole con real magnificencia le señaló estados, dándole algunas ciudades para su dominio. Tal fue el motivo y la forma de la retirada que hizo al Asia Demarato y tal la buena acogida que la suerte le procuró: varón ilustre entre los lacedemonios, así por sus muchos hechos y dichos memorables, como en especial por haber alcanzado la palma en la carrera de las carrozas de Olimpia; gloria que entre todos los reyes de Esparta él solo había logrado.
LXXI. Volviendo a Leotíquidas, hijo de Ménares, que ocupó el trono de que había sido depuesto Demarato, tuvo un hijo por nombre Zeuxidamo, a quien algunos espartanos suelen llamar Cinisco, el cual por haber muerto primero que su padre no llegó a reinar en Esparta, dejando al morir un hijo llamado Arquidamo. Muerto Zeuxidamo, casó Leotíquidas, su padre, en segundas nupcias con Eurídama, hija de Diactóridas y hermana de Menio. En ella no tuvo hijo alguno varón, pero si una hija con el nombre de Lampito, la que el mismo Leotíquidas dio por esposa a su nieto Arquidamo, el hijo de Zeuxidamo.
LXXII. Leotíquidas, en castigo sin duda de la injuria cometida centra Demarato, no logró la fortuna de tener en Esparta una dichosa vejez. Su desventura procedió de que, capitaneando las tropas lacedemonias contra Tesalia, aunque tuvo en su mano subyugar todo el país, se dejó corromper con una gran suma de plata. Cogido, pues, en sus mismos reales con el hurto en las manos, pues le habían hallado sentado encima de una gran valija llena de dinero, fue por ello acusado en Esparta y, citado a comparecer allí en juicio, huyose a Tegea,[137] donde acabó sus días, habiendo sido arruinada su casa en Esparta por sentencia del tribunal: sucesos que, por más que los note aquí, acaecieron algún tiempo después.
LXXIII. Pasemos a Cleómenes, quien al ver que le había salido bien su intriga contra Demarato, tomando consigo a Leotíquidas, su nuevo colega y partidario, encaminose luego contra Egina, poseído del enojo y del ardiente deseo de vengar el desacato que allí se le había hecho. No osaron los de Egina, viendo venir contra ellos a los dos reyes, hacerles resistencia, con lo cual los reyes entresacaron a su salvo diez sujetos de Egina, los de mayor consideración, ya por lo rico, ya por lo noble de sus familias, e incluidos en este número Crío, el hijo de Polícrito, y Casambo, hijo de Aristócrates, los dos sujetos de mayor crédito y poder en la isla, se llevaren presos a los diez, y pasando con ellos al Ática, los confiaron en depósito y custodia a los atenienses, los mayores enemigos que tuviesen los eginetas.
LXXIV. Pero Cleómenes, después de lo que llevo referido, temiendo mucho el resentimiento de los espartanos, entre quienes se había ya divulgado la calumnia y negra trama de que se había valido para la ruina de Demarato, se retiró a Tesalia. De allí pasando a la Arcadia y sublevados los arcadios por su medio e influjo, empezó a maquinar novedades contra Esparta, a la cual queriendo hacerla guerra, no solo obligaba a jurar a los arcadios que le seguirían donde quiera que les condujese como general, sino que además tenía resuelto llevar consigo los magistrados de Arcadia a la ciudad de Nonacris, donde quería tomarles el juramento de fidelidad por la laguna Estigia, a lo cual le movería la opinión de los mismos arcadios de que en dicha ciudad se halla el agua de la Estigia. Es cierto en realidad que se ve allí cómo va goteando de una peña una poca agua que de allí se encamina hacia un valle circuido con una pared seca: Nonacris, donde se encuentra esta fuente, es una de las ciudades de Arcadia vecina a Feneo.[138]
LXXV. Informados en tanto los lacedemonios del manejo de Cleómenes y temerosos de lo que de allí podría resultarles, llamáronle a Esparta con la promesa de mantenerle en la posesión de sus antiguos derechos a la corona. Apenas volvió allá Cleómenes, cuando se apoderó de él, algo propenso de antes a la demencia, una locura declarada, pues apenas se encontraba entonces con algún espartano, dábale luego en la cara con el cetro; de suerte que sus mismos parientes, viendo que se propasaba a tales extremos de locura, le ataron a un cepo. Preso allí, cuando vio que un hombre solo le estaba guardando, pidiole que le diese su sable, y si bien el guardia se lo negó al principio, oídos con todo los castigos con que le amenazaba para algún día, dióselo al cabo de puro miedo; ni es de admirar que temiera siendo uno de los ilotas. El furioso Cleómenes, al verse con la cuchilla en la mano, empezó por sus piernas una horrorosa carnicería, haciendo desde el tobillo hasta los muslos unas largas incisiones; continuolas después del mismo modo desde los muslos hasta las ijadas y lomos, ni paró hasta acabar consigo llevando su destrozo sobre el vientre. Así murió Cleómenes con fin tan desastrado, bien fuese aquel un castigo del soborno con que cohechó a la Pitia en la causa de Demarato, como dicen muchos griegos; bien fuese en pena de haber talado el bosque sacro de las diosas, cuando acometió contra Eleusis, como aseguran solos los atenienses; bien fuese aquella la paga de la violación del templo de Argos, de donde sacó a los argivos refugiados después de la rota del ejército y los hizo pedazos, incendiando al mismo tiempo el bosque sagrado sin el menor escrúpulo ni reparo, como pretenden los mismos argivos, cuyo hecho pasó en los términos siguientes:
LXXVI. Consultando Cleómenes en cierta ocasión al oráculo en Delfos, fuele respondido que lograría rendir a Argos; condujo, pues, contra Argos a sus espartanos, y llegando al frente de ellos al río Erasino, el cual, según se dice, tiene su origen en la laguna Estinfálide, pues sumiéndose esta en una abertura oculta y subterránea, aparece otra vez en Argos, desde donde lleva ya aquella corriente el nombre de río Erasino que le dan los argivos; llegado, repito, Cleómenes a aquel río, hízole sacrificios como para pedirle paso. En ninguna de sus víctimas se presentaba al lacedemonio algún agüero propicio en prueba de que Erasino le diera paso por su corriente. Dijo Cleómenes que le parecía muy bien que no quisiera el Erasino ser traidor a sus vecinos, pero que no por eso se felicitarían mucho por tal fidelidad los argivos. En efecto, partiose de allí con sus tropas hacia Tirea,[139] donde, hechos al mar sus sacrificios, pasó en naves con su gente a los confines de Tirinto y de Nauplia.
LXXVII. Sabido esto por los argivos, salieron armados hacia las costas a la defensa del país, y llegados cerca de Tirinto, plantaron sus trincheras enfrente de las de los lacedemonios, en un lugar llamado Sepea, dejando un corto espacio ente los dos reales. Los argivos, muy alentados y animosos para entrar en batalla campal, solo se recelaban de alguna sorpresa insidiosa, pues a algunas asechanzas aludía un oráculo que contra ellos y contra los milesios juntamente había proferido antes la Pitia en estos términos: «Cuando la mujer victoriosa repela en Argos al hombre y lleve la gloria de valiente, hará que corran las lágrimas a muchas argivas, hará que alguno pasada tal época diga: horrible yace la triple serpiente, domada por la lanza».[140] Como viesen, pues, los argivos que todo lo del oráculo se les había puntualmente cumplido, les ponía esto mismo en grandes temores; así que para su mayor seguridad les pareció seguir en su campo las órdenes que diese en el de los enemigos el pregonero de estos, y lo practicaron tan puntualmente, que lo mismo era hacer la señal el pregonero espartano, que poner por obra los argivos lo mismo que intimaba aquel a los suyos.
LXXVIII. Cuando Cleómenes estuvo ya bien seguro de que los argivos iban ejecutando lo que su pregonero indicaba a sus tropas, dio orden a los suyos de que, cuando el pregonero les toque a comer, al punto tomando las armas embistan a los argivos. Con aquella orden los lacedemonios se dejaron caer de repente sobre los argivos en el momento que estaban comiendo según la voz del pregonero enemigo, y llevaron a cabo con tal éxito su artificio, que muchos de los contrarios quedaron tendidos en el campo, y muchos más se refugiaron al bosque sagrado de Argos, donde luego se los sitió cerrándoles el paso para la salida.
LXXIX. Entonces fue cuando Cleómenes echó mano del ardid más alevoso, pues informado por ciertos fugitivos que consigo tenía del nombre de los retraídos, mandó a su pregonero que se acercase al bosque y llamase afuera por su propio nombre a algunos de los refugiados, diciendo que les daba libertad como a prisioneros cuyo rescate ya tenía, pues sabido es que entre los peloponesios el rescate está tasado y convenido en dos minas por prisionero. Llamando, pues, Cleómenes a los argivos uno a uno, había ya hecho morir a 50 de ellos, sin que los refugiados del bosque hubiesen imaginado lo que pasaba por afuera con los que salían, pues por lo espeso de la arboleda no alcanzaban a verlo los de dentro. Pero al cabo, subiendo uno de ellos encima de un árbol, observó lo que allá sucedía a los llamados, y desde entonces llamaba Cleómenes y nadie más salía.
LXXX. Visto lo cual por Cleómenes, dio orden a los ilotas que rodeasen el bosque de fagina, unos por una parte y otros por otra, y hecho esto, le mandó dar fuego. Ardía ya todo en llamas, cuando preguntando Cleómenes a uno de los desertores de qué dios era el bosque sagrado, y oyendo responder que era del dios de Argos, con un gran gemido: «Cruelmente, dijo, me has burlado, adivino Apolo, al decirme que rendiría a Argos; concluido está todo, a lo que veo, y cumplido tu oráculo».
LXXXI. Desde aquel punto da licencia Cleómenes al grueso del ejército para que se vuelva a Esparta, y tomando en su compañía mil soldados de la tropa más escogida, va a sacrificar con ellos en el Hereo.[141] Luego que el sacerdote de Hera le ve ir a sacrificar en aquella ara, se le opone, alegando no ser lícito tal sacrificio a ningún forastero; mas Cleómenes, mandando a sus ilotas que aparten del ara y azoten al sacerdote, lleva adelante su sacrificio, el cual concluido, da la vuelta hacia Esparta.
LXXXII. Vuelto allí de su expedición, citáronle sus enemigos a comparecer delante de los éforos, acusándole de soborno por no haber tomado la ciudad de Argos, pudiendo con toda seguridad hacerlo; a quienes respondió así Cleómenes, no sé si mintiendo o si diciendo verdad: que una vez apoderado del templo de Argos, habíale parecido quedar ya verificado el oráculo de Apolo, y que por tanto había juzgado no deber hacer la tentativa de rendir la misma ciudad de Argos, hasta que de nuevo hiciera la prueba si el dios permitiría que la tomase, o si antes bien se opondría a ello; que como a este fin sacrificase en el Hereo con agüeros propicios, vio que del pecho del ídolo de Hera salía una llama, prodigio que le hizo pensar no estaba reservada para él la toma de la plaza de Argos, porque si la llama de fuego, en vez de salir del pecho de la estatua, le hubiera salido de la cabeza, hubiera creído en tal caso poder rendir a fuerza la ciudad; pero saliendo del pecho, entendió que estaba ya hecho allí cuanto Dios quería que se hiciera. Lo cierto es que esta apología pareció a los espartanos tan justa y razonable, que en fuerza de ella la mayor parte de votos dio por absuelto a Cleómenes.
LXXXIII. Quedó Argos de resultas de aquella guerra tan huérfana de ciudadanos, que los esclavos que en ella había, apoderados del estado, se mantuvieron en los empleos públicos hasta que los hijos de los argivos allí muertos llegaron a la edad varonil, pues entonces recobraron el dominio, quitando a los esclavos el mando y echándolos de la ciudad, si bien los expulsos lograron con las armas en la mano hacerse dueños de Tirinto. Por algún tiempo quedaron así los negocios en paz y sosiego, hasta tanto que quiso la desventura que cierto adivino Cleandro, natural de Figalia,[142] pueblo de la Arcadia, juntándose con los esclavos dominantes en Tirinto, lograse alarmarles con sus razones contra los de Argos, sus señores. Encendiose con esto una guerra entre señores y esclavos que duró bastante tiempo, y de que a duras penas salieron al cabo vencedores los argivos.
LXXXIV. En pena de tan funestas violencias, pretenden los argivos, como decía, que acabó furioso Cleómenes, cuya desastrada muerte niegan los espartanos que haya sido castigo ni venganza de ningún dios, antes aseguran que por el trato que tuvo Cleómenes con los escitas se hizo un gran bebedor, y de bebedor y borracho vino a parar en loco furioso. Cuentan que los escitas nómadas, después que Darío invadió sus tierras, concibieron un vehemente deseo de tomar venganza del persa, y con esta mira por medio de sus embajadores formaron con los espartanos una liga concertada en estos términos: que los escitas, siguiendo el río Fasis, debiesen invadir la Media, y que los espartanos, acometiendo desde Éfeso al enemigo, hubiesen de subir tierra adentro hasta juntarse con los escitas. Con esto pretenden los lacedemonios que por el sobrado trato que tuvo Cleómenes con los embajadores venidos con el fin mencionado, aprendió a darse al vino y a la bebida, de manera que de allí le nació después su furiosa manía. Añaden aún más, en prueba de lo dicho: que de esta venida de los escitas tomó principio la frase que usan los espartanos al querer beber larga y copiosamente: Vaya a la escítica. Pero, por más que así piensen y hablen los espartanos, creo que el fin de Cleómenes no fue sino castigo del cielo por lo que hizo contra Demarato.
LXXXV. Apenas los de Egina supieron la muerte de Cleómenes, cuando por medio de sus diputados en Esparta resolvieron afear a Leotíquidas la prisión de los suyos, detenidos como rehenes en Atenas. En la primera audiencia pública que delante del tribunal se dio a los diputados, decretaron los lacedemonios ser un atentado lo que Leotíquidas había ejecutado con los eginetas, condenándole a que, en recompensa del agravio padecido por los que en Atenas quedaban prisioneros, fuese llevado preso a Egina. En efecto, estaban ya los eginetas a punto de llevarse preso a Leotíquidas, cuando un personaje de mucho crédito en Esparta, por nombre Teásides, hijo de Leóprepes, les reconvino con estas palabras: «¿Qué es lo que tratáis de hacer ahora, oh eginetas? ¿Al rey mismo de los espartanos, que ellos entregan a vuestro arbitrio, pretendéis llevar prisionero? Creedme, y pensadlo bien antes; pues aunque llevados del enojo y resentimiento presente así acabáis de resolverlo, si vosotros lo ejecutáis, corre mucho peligro de que, arrepentidos los espartanos y corridos de lo hecho, maquinen después vuestra total ruina en alguna expedición». Palabras fueron estas que, haciendo desistir a los eginetas de la prisión ya resuelta de Leotíquidas, les persuadieron a la reconciliación con tal que él les acompañase a Atenas y les hiciese restituir sus rehenes.
LXXXVI. Pasando, en efecto, Leotíquidas a Atenas, pedía su antiguo depósito; pero los atenienses, obstinados en no restituirlo, no hacían sino buscar excusas y pretextos, saliéndose con decir que, puesto que los dos reyes de Esparta les habían a una confiado aquellos rehenes, no les parecía justo ni conveniente restituirlos a uno de ellos y no a los dos juntos.[143] Oídas estas razones y viendo Leotíquidas que no querían volverlos, les habló de este modo: «Ahora bien, atenienses, allá os avengáis; escoged el partido que mejor os parezca: solo os diré que en volver ese depósito haréis una obra justa y buena, y en no volverlo no haréis sino todo lo contrario. A este propósito quiero contaros lo que acerca de un depósito sucedió en Esparta. Cuéntase, pues, entre nosotros los espartanos que vivía en Lacedemonia, hará tres generaciones, un varón llamado Glauco, hijo de Epicides, el cual es fama que, a más de ser en las demás prendas el sujeto más excelente de todos, muy particularmente en punto a justicia y entereza, era reputado por el más cabal y cumplido de cuantos tenía Lacedemonia. En cierta ocasión, pues, sucedió a este, como solemos contar los espartanos, un caso muy singular, y fue que desde Mileto vino a Esparta un forastero jonio, solo con ánimo de tratarle y de hacer prueba de su entereza, y llegado, le habló en esta conformidad: “Quiero que sepas, amigo Glauco, como yo, siendo un ciudadano de Mileto, vengo muy de propósito a valerme de tu equidad y hombría de bien; porque viendo yo que en toda la Grecia y mayormente en la Jonia tenías la fama de ser un hombre justo y concienzudo, empecé a pensar y ponderar dentro de mí cuán expuestas están a perderse allá en Jonia las riquezas y cuán seguras quedan aquí en el Peloponeso, pues jamás los bienes se mantienen allá largo tiempo en las manos y poder de unos mismos dueños.[144] Hechos, pues, tales discursos y sacadas conmigo estas cuentas, me resolví a vender la mitad de todos mis haberes y a depositar en su poder la suma que de ellos sacase, bien persuadido de que en tus manos estaría todo salvo y seguro. Ahí tienes, pues, ese dinero; tómalo juntamente con el símbolo que aquí ves; guárdalo, y al que te lo pida presentándote esa contraseña, harasme el gusto de entregárselo”. Estas razones pasaron con el forastero de Mileto, y Glauco, en consecuencia, se encargó del depósito bajo la palabra de volverlo. Pasado mucho tiempo, los hijos del milesio que había hecho el depósito, venidos a Esparta y avistados con Glauco, pedían su dinero presentándole la consabida contraseña. Sobrecogido el hombre con aquella visita, les despacha brusca y descomedidamente. “Yo, les decía, ni me acuerdo de tal cosa, ni me queda la menor idea que haga venirme ahora en conocimiento de eso que decís. Con todo, os afirmo que si al cabo hago memoria de ello, estoy aquí pronto para hacer con vosotros cuanto fuere razón. Si lo recibí, quiero volvéroslo sin defraudaros en un óbolo; pero si hallo que nunca toqué tal dinero, tened entendido que con vosotros haré lo que hubiere lugar en justicia, según las leyes de Grecia. A este fin me tomo, pues, cuatro meses de tiempo para salir de duda”. Con tal respuesta, llenos de pesadumbre los milesios, como quienes creían no ver más su dinero, dieron la vuelta a su casa. Entretanto, nuestro Glauco para consultar el punto hace a Delfos su peregrinación, y preguntando allí al oráculo si haría bien en apropiarse la presa jurando no haber recibido tal depósito, recibió la respuesta de la Pitia en estos versos: “Glauco, hijo de Epicides, por de pronto hará tu fortuna el perjurar y robar el oro pérfidamente: júralo; un hombre de fe llega al término en su muerte. Mas al juramento queda un hijo anónimo[145] que, sin mover pies ni manos, llega velocísimo y acaba con el nombre y con la familia toda del perjuro, al paso que mejora la prole póstuma del hombre leal”. Por más que Glauco al oír tales documentos pidiese perdón al dios de sus intenciones, oyose con todo de boca de la Pitia que lo mismo era ante Dios tentarle para que aprobase una ruindad, que cometerla realmente. La cosa paró en que Glauco, llamados los milesios, les restituyó su dinero. Ahora voy a deciros, atenienses, a qué fin os he contado esta historia. Sabed, pues, que en el día no queda rastro de aquel Glauco; no hay descendiente ninguno, ni casa ni hogar que se sepa ser de Glauco, tan de raíz pereció en Esparta su raza; y tanto como veis importa el dejarse de supercherías en punto a depósitos, volviéndolos fiel y puntualmente a sus dueños cuando los exijan». Habiendo hablado así Leotíquidas, como viese que no le daban oídos los atenienses, regresó de nuevo.
LXXXVII. Era mucho el encono entre los de Atenas y los eginetas, quienes antes de satisfacer a las injurias que declarados a favor de los tebanos habían hecho a los primeros, les hicieron un nuevo insulto; pues llevados de cólera y furor contra los atenienses, de quienes se daban por ofendidos, preparándose a la venganza, tomaron la siguiente resolución: Tenían los atenienses en Sunio una nave capitana de cinco remos, que era la famosa Teórida,[146] y estando llena de los personajes principales de la ciudad, apresáronla los eginetas apostados en una celada, y tomada la nave, retuvieron en prisión a todos aquellos ilustres pasajeros. Los atenienses, recibida tan insigne injuria, pensaron que no convenía dilatar la venganza de ella, procurándola tomar por todos los medios posibles.
LXXXVIII. En aquella sazón vivía en Egina un sujeto principal, por nombre Nicódromo, hijo de Eneto, el cual resentido de sus conciudadanos por haberle antes desterrado de su patria, al ver entonces a los atenienses deseosos de venganza y prontos a invadir su país, entendiose con ellos, ajustando el día en que él acometería la empresa y ellos vendrían a su socorro. Concertadas así las cosas, apoderose ante todo Nicódromo, según antes se convino con los atenienses, de la ciudad vieja, que así la llamaban en Egina.
LXXXIX. Quiso la desgracia que los atenienses, por no haber tenido a punto una armada que pudieran oponer a la de los eginetas, no acudieron al plazo señalado; de suerte que entretanto que negociaban con los de Corinto para que les dieran sus buques, pasada la ocasión, se malogró la empresa. En efecto, aunque los corintios, que eran a la sazón los mayores amigos de Atenas, dieron a los atenienses veinte naves que les pedían so color de vendérselas a cinco dracmas por nave, y esto por no faltar a la ley que les prohibía dárselas regaladas, los atenienses con todo, formando con estas naves cedidas y con las suyas bien armadas una escuadra de setenta naves y navegando hacia Egina, no pudieron llegar a ella sino un día después del término convenido.
XC. Cuando vio, pues, Nicódromo que al tiempo prefijado no parecían los atenienses, tomó entonces un barco y escapose de Egina en compañía de los paisanos que seguirle quisieron. A todos estos desertores dieron los atenienses casa y acogida en Sunio, lugar de donde solían ellos salir a talar y saquear la isla de Egina; bien que esto sucedió algún tiempo después.
XCI. Los aristócratas de Egina, vencido en ella el vulgo que en compañía de Nicódromo se les había levantado, tomaron la resolución de hacer morir a todos aquellos de quienes acababan de apoderarse, y entonces puntualmente fue cuando cometieron aquella acción tan impía y sacrílega, que jamás pudieron expiar por más recursos y medios que a este fin practicaron, en tanto grado, que antes se vieron arrojados de su isla, que no aplacado y propicio el numen de Deméter profanado. He aquí el caso: llevaban de una vez al suplicio a 700 de sus paisanos cogidos prisioneros de guerra, cuando uno de ellos, rompiendo sus prisiones y refugiándose al atrio de Deméter la Legisladora, asió con las dos manos las aldabas de la puerta. Procuran a viva fuerza arrancarle de las aldabas, y no pudiendo conseguirlo, cortan al infeliz los puños, y quedando las dos manos asidas de la puerta de Deméter, llévanle así arrastrando al matadero. Tan inhumana fue la impiedad que por su daño cometieron los eginetas.
XCII. Entran después en un combate naval con los atenienses, los cuales con 70 naves se habían acercado a la isla. Vencidos los de Egina, por más que llamaron después en su socorro a los argivos, antes sus aliados, nunca quisieron estos venir en su ayuda; y el motivo de queja de su parte era porque la tripulación de las naves eginetas, a las que Cleómenes obligó a seguirle al ir a acometer las costas de Argólida, había allí desembarcado en compañía de los lacedemonios, ocasión en que asimismo saltó a tierra la gente que venía en las naves sicionias; y de aquí resultó después que los argivos impusieron a las dos naciones 1000 talentos de multa, 500 a cada una. Los sicionios, confesando su culpa en el desembarco, ajustaron la enmienda en 100 talentos, pago con que redimieron la multa por su parte. Los eginetas, al contrario, altivos y presumidos, ni reconocieron la injuria, ni excusaron la culpa; motivo por el cual, cuando pedían ser socorridos, ninguno de orden del común de los argivos les dio asistencia ni favor; bien es verdad que mil sujetos particulares de su propia voluntad les socorrieron. Un luchador famoso en el pentatlo, por nombre Euríbates, condujo a Egina estos aventureros en calidad de general; pero los más de ellos, muertos a manos de los atenienses, no vieron más a Argos, y aun el valiente Euríbates, por más que en tres duelos mató a tres competidores, en el cuarto quedó vencido y muerto por Sófanes, de Decelia.
XCIII. Durante la guerra, como lograsen los eginetas en un lance hallar la armada de Atenas desordenada, cogiendo cuatro naves con toda la tripulación, alcanzaron una victoria naval. De este modo los atenienses continuaban la guerra con los de Egina.
XCIV. Entre tanto el persa Darío, ya porque su criado le estuviese inculcando cada día que se acordase de los atenienses, ya porque los Pisistrátidas que tenía cerca de su persona nunca paraban de enconarle más y más contra Atenas, ya porque él mismo, echando mano de aquel pretexto ambiciosamente, aspirase de suyo a rendir con la fuerza a cuanto griego no se le sujetase de grado, entregándole al modo persa la tierra y el agua; por todos estos motivos, repito, llevaba adelante sus designios primeros. Viendo, pues, cuán poco adelantaba Mardonio al frente de su armada, quitole el cargo de general y nombró de nuevo dos jefes para ella, el uno Datis, de nación medo, el otro Artafrenes, su sobrino, hijo del virrey Artafrenes. Destinándolos contra Eretria y contra Atenas, dioles orden al partir de su presencia de que, arruinadas entrambas ciudades, le presentasen a su vista esclavos y presos a los ciudadanos de ellas.
XCV. Partidos los dos generales de la presencia del rey y llegados al campo Aleo en Cilicia, conduciendo un grueso ejército bien apercibido y abastecido de todo, asentaron allí sus reales en tanto que acababa de juntarse toda la armada naval, cuyo contingente se había antes distribuido y exigido a cada ciudad marítima, como también el convoy de las naves destinadas al trasporte de la caballería, las que un año antes había mandado Darío que le tuviesen a punto sus vasallos tributarios. Luego que en las costas estuvieron aprontadas las naves, embarcando la caballería y tomando la infantería a bordo del convoy, hiciéronse a la vela navegando con seiscientas[147] galeras hacia la Jonia. Desde allí no siguieron su rumbo costeando la tierra firme y tirando en derechura hacia el Helesponto y la Tracia, sino que salidos de Samos, tomaron la derrota por cerca de Ícaro, pasando entre aquellas islas circunvecinas. El miedo que les causaba el promontorio Atos, difícil de doblar, hizo, según creo, que siguieran aquel nuevo curso, por cuanto el año anterior, siguiendo por él su rumbo, habían allí experimentado un gran infortunio y naufragio; a lo cual les precisaba además la isla de Naxos, no domada todavía por los persas.
XCVI. Desde las aguas del mar Icario, intentando los persas en su expedición dar el primer golpe contra la citada Naxos, dejáronse caer sobre ella; pero los naxios, que bien presentes tenían las muchas hostilidades cometidas antes contra los persas, huyendo hacia los montes, ni aun quisieron esperar la primera descarga del enemigo: así que los persas, incendiados los templos con la ciudad toda de Naxos, se hicieron a la vela contra las demás islas, llevándose a cuantos prisioneros pudieron haber a las manos.
XCVII. Los delios, en tanto que los persas se ocupaban en dichas hostilidades, desamparando por su parte a Delos, iban huyendo hacia Tenos.[148] Llevaban la proa de las naves con dirección a Delos, cuando el general Datis, adelantándose en su capitana a todas ellas, no les permitió echar ancla cerca de aquella isla, sino más allá, en Renea; aun hizo más, pues informado del lugar adonde los delios se habían refugiado, quiso que de su parte les hablara así un heraldo a quien hizo pasar allá: «¿Por qué, oh delios, siendo personas sagradas, movidos de una sospecha, para mí indecorosa, vais huyendo de Delos? Quiero que sepáis que así por mi modo mismo de pensar, como por las órdenes que tengo del rey, estoy totalmente convencido de que no debe ejecutarse la más mínima hostilidad ni contra el suelo en que nacieron los dos dioses vuestros, ni menos contra vosotros, vecinos de ese país. Ahora, pues, volveos a vuestras casas y vivid quietos en vuestra isla». Y no comento Datis con la embajada que por su heraldo envió a los delios, mandando él mismo acumular sobre al ara de Delos hasta 300 talentos de incienso, los quemó en honor de los dioses.
XCVIII. Dadas estas pruebas de su religión, Eretria fue la primera ciudad contra quien partió Datis con toda la armada, en la que llevaba a los jonios y a los eolios. Apenas había levantado ancla, cuando en Delos se sintió un terremoto,[149] el primero que se hubiera allí sentido, según dicen los delios, y el último hasta mis días: singular prodigio con que significaba Dios a los mortales el trastorno y calamidades que iban a oprimirles. Así fue en realidad que bajo los reinados de Darío, hijo de Histaspes, de Jerjes, hijo de Darío, y de Artajerjes, hijo de Jerjes, tuvo la Grecia más daños que sufrir por el espacio de tres generaciones que no había sufrido antes en las veinte edades continuas que habían precedido a Darío; daños ya causados en ella por las armas de los persas, ya también sucedidos por la ambición de los jefes de partido y corifeos de la nación, que con las armas se disputaban entre sí el imperio de la patria común. Por donde no podrá parecer inverosímil que entonces Delos, no sujeta antes al terremoto, se pusiera por primera vez a temblar, mayormente estando ya escrito de ella en un oráculo. «A Delos la innoble, al último la moveré». Los nombres mismos de los dichos reyes parecían ominosos para los griegos, en cuyo idioma Darío equivale al que llamamos refrenador; Jerjes, el guerrero, y Artajerjes, el gran guerrero; de suerte que razón tendrían los griegos para llamar así en su lengua a aquellos tres reyes el Refrenador, el Guerrero y el Gran Guerrero.
XCIX. Los bárbaros partidos de Delos iban acometiendo las islas circunvecinas, a cuya gente de guerra obligaban a seguir su armada, tomando al mismo tiempo en rehenes a los hijos de aquellos isleños. Continuando su curso, aportaron los persas a la ciudad de Caristo,[150] donde viendo que los caristios no querían dar rehenes y que se resistían a tomar las armas contra las ciudades sus vecinas, designando con este nombre a la de Eretria y la de Atenas, puesto sitio a la plaza y talando al mismo tiempo la campiña, obligáronles por fin a declararse por su partido.
C. Informados los moradores de Eretria de que venía contra ellos la armada de los persas, pidieron a los de Atenas les enviasen tropas auxiliares. No se resistieron los atenienses a enviarles socorro, antes bien les destinaron 4000 colonos suyos que habían sorteado entre sí el país que antes había sido de los caballeros calcideos. Pero los de Eretria, aunque llamasen en su ayuda a los atenienses, no procedían con todo de muy buena fe en su resolución, vacilantes entre dos partidos y aun encontrados en sus pareceres, queriendo unos desamparar la ciudad y retirarse a los riscos y escollos de Eubea, y maquinando otros vender su patria con la mira de sacar del persa ventajas particulares. Viendo Esquines, hijo de Notón, uno de los principales de la ciudad, aquella disposición de ánimo en los de entrambos partidos, dio cuenta de lo que pasaba a los atenienses que ya se les habían juntado, pidiéndoles que tomasen la vuelta de sus casas si no querían acompañarles en la ruina. Por este medio lograron salvarse los atenienses, siguiendo el aviso y pasando de allí a Oropo.
CI. Llegando los persas con su armada, abordaron en las playas de Eretria contra su bosque sagrado,[151] contra Quereas y contra Egilia. Aportados a estos lugares, desembarcaron desde luego sus caballos, formándose ellos mismos en escuadrones como dispuestos a entrar en acción con los enemigos. Habían resuelto los eretrieos no salirles al encuentro ni cerrar con el enemigo, antes ponían todo su cuidado en fortificar y guardar sus muros, pues había prevalecido el parecer de los que no querían desamparar la plaza. Hacíase con la mayor actividad el ataque de los persas y la defensa de los sitiados; de suerte que durante seis días cayeron muchos de una y otra parte. Pero llegado el séptimo, dos sujetos principales, Euforbo, hijo de Alcímaco, y Filagro, hijo de Cíneas, entregaron alevosamente la ciudad a los persas, quienes, entrando en ella, primeramente pegaron fuego a los templos, vengando las llamas con que habían ardido los de Sardes, y después, conforme las órdenes de Darío, redujeron al estado de cautivos a sus moradores.
CII. Rendida ya Eretria, interpuestos unos pocos días de descanso, navegaron hacia el Ática, donde, talando toda la campiña, pensaban que los atenienses harían lo mismo que habían hecho los de Eretria; y habiendo en el Ática un campo muy a propósito para que en él obrase la caballería, al cual llamaban Maratón, lugar el más vecino a Eretria, allí los condujo Hipias, hijo de Pisístrato.
CIII. Sabido el desembarco por los atenienses, movieron las armas para oponerse al persa, conducidos por diez generales. Tenía entre estos el décimo lugar Milcíades, cuyo padre Cimón, hijo de Esteságoras, se había visto precisado a huir de Atenas en el gobierno de Pisístrato, hijo de Hipócrates. En el tiempo que Cimón se hallaba desterrado de Atenas tuvo la dicha de alcanzar la palma en Olimpia con su carroza, y quiso ceder la gloria de aquel primer premio a Milcíades, su hermano uterino; y habiendo salido él mismo vencedor con las mismas yeguas en los juegos olímpicos inmediatos, concedió a Pisístrato que fuese aclamado por vencedor a voz pública de pregonero, cuya victoria le reconcilió con él e hizo restituirle a su patria. Pero habiendo tercera vez logrado el premio en Olimpia con el mismo tiro de yeguas, tuvo la desgracia de que los hijos de Pisístrato, que ya no vivía por entonces, le maquinasen la ruina; y en efecto, acabaron con él haciendo que de noche le acometiesen unos asesinos en el pritaneo. Cimón fue sepultado en los arrabales de la ciudad, más allá del camino que llaman de Cela, y enfrente de su sepulcro fueron enterradas sus yeguas, tres veces vencedoras en los juegos olímpicos; proeza que si bien habían hecho ya las yeguas de Evágoras el laconio, ningunas otras hallaron que en ello les igualasen. Siendo Esteságoras, de quien hablé, el hijo primogénito de Cimón, a la sazón se hallaba en casa de su tío Milcíades, que le tenía consigo en el Quersoneso; el menor estaba en Atenas en casa de Cimón, y en atención a Milcíades el poblador de Quersoneso, se llamaba con el mismo nombre.
CIV. Era entonces general de los atenienses este mismo Milcíades llegado del Quersoneso y dos veces librado de la muerte; pues una vez los fenicios le dieron caza hasta Imbros, muy deseosos de haberle a las manos y poderle llevar prisionero a la corte del rey; y otra vez, escapado de ellas y llegado ya a su casa, cuando se tenía por salvo y seguro, tomándole sus émulos por su cuenta, le llamaron a juicio acusándole de haberse alzado con la tiranía o dominio del Quersoneso. Pero habiendo sido absuelto, fue nombrado entonces por elección del pueblo general de los atenienses.
CV. Lo primero que hicieron dichos generales, aun antes de salir de la ciudad, fue despachar a Esparta por heraldo a Filípides, natural de Atenas, hemerodromo (o correo de profesión). Hallándose este, según él mismo decía y lo refirió a los atenienses, cerca del monte Partenio, que cae cerca de Tegea, apareciósele el dios Pan, el cual, habiéndole llamado con su propio nombre de Filípides, le mandó dar quejas a los atenienses, pues en nada contaban con él, siéndoles al presente propicio, habiéndoles sido antes muchas veces favorable y estando en ánimo de serles amigo en el porvenir.[152] Tuvieron los de Atenas por tan verdadero este aviso, que estando ya sus cosas en buen estado, levantaron en honor de Pan un templo debajo de la fortaleza, y continuaron todos los años en hacerle sacrificios desde que les envió aquella embajada, honrándole con lámparas y luminarias.
CVI. Despachado, pues, Filípides por los generales, y haciendo el viaje en que dijo habérsele aparecido el dios Pan, llegó a Esparta el segundo día de su partida,[153] y presentándose luego a los magistrados, habloles de esta suerte: «Sabed, lacedemonios, que los atenienses os piden que los socorráis, no permitiendo que su ciudad, la más antigua entre las griegas, sea por unos hombres bárbaros reducida a la esclavitud; tanto más, cuando Eretria ha sido tomada al presente y la Grecia cuenta ya de menos una de sus primeras ciudades». Así dio Filípides el recado que traía: los lacedemonios querían de veras enviar socorro a los de Atenas, pero les era por de pronto imposible si no querían faltar a sus leyes; pues siendo aquel el día nono del mes, dijeron no poder salir a la empresa, por no estar todavía en el plenilunio, y con esto dilataron hasta él la salida.
CVII. El que conducía a los bárbaros a Maratón era aquel Hipias, hijo de Pisístrato, que la noche antes tuvo entre sueños una visión en que le parecía dormir con su misma madre, de cuyo sueño sacaba por conjetura que, vuelto a Atenas y recobrado el mando de ella, moriría después allí en edad avanzada: tal era la interpretación que daba al sueño. Este, pues, sirviendo de guía a los persas, hizo primeramente pasar luego los esclavos de Eretria a la isla de los estireos[154] llamada Egilia; lo segundo señalar a las naves aportadas a Maratón el lugar donde anclasen; lo tercero colocar en tierra a los bárbaros salidos de sus naves. Al tiempo, pues, que andaba en estas providencias, vínole la gana de estornudar y toser con más fuerza de lo que tosía el anciano; y fue tal la tos, que los más de los dientes mal acondicionados se le movieron, y aun hubo uno que le saltó de la boca. Todo fue luego buscar el diente que le había caído en la arena, y como este no pareciese, dio un gran suspiro, diciendo a los que cerca de sí tenía: «Adiós, amigos; ya rehúsa ser nuestra esta tierra; no podremos, no, otra vez poseerla; lo poco que de ella para mí quedaba, de eso mi diente tomó ya posesión».
CVIII. En esto, como Hipias infería, había venido a parar todo su sueño. Estaban los atenienses formados en escuadrones en el templo de Heracles, cuando vinieron a juntarse en su socorro todos los de Platea[155] que podían tomar las armas, como hombres que se habían entregado los atenienses, y por quienes los atenienses, puestos a peligro repetidas veces, mucho habían sufrido. La ocasión de entregarse a Atenas fue la siguiente: hallábanse los plateos acosados por los tebanos, y desde luego quisieron ponerse bajo el imperio de Cleómenes, hijo de Anaxándridas, dándose a los lacedemonios que casualmente se les habían presentado, pero no queriendo estos admitirles, les dijeron: «Nosotros vivimos muy lejos; sería nuestro socorro un triste consuelo para vosotros: muchas veces os veríais presos antes que nosotros pudiéramos saber lo que pasase. El consejo que os damos es que os entreguéis a los atenienses; son vuestros vecinos, y no desaventajados para protectores». Este consejo de los lacedemonios no tanto nacía de afecto que tuviesen a los de Platea, cuanto del deseo de inquietar a los atenienses, enemistándoles con los beocios. No fue vano el aviso de los lacedemonios, porque gobernados por él los de Platea, esperando el día en que los atenienses sacrificaban a los doce dioses, presentáronseles en traje de suplicantes a las mismas aras, e hiciéronles donación de sus haciendas y personas. Habida esta noticia, movieron los tebanos sus armas contra los de Platea, y los atenienses acudieron a su defensa. Estando ya a punto de acometerse los ejércitos, impidiéronselo los corintios, quienes interponiéndose por medianeros, y comprometiéndose a su arbitrio los dos partidos, señalaron los límites de la región de manera que los de Tebas no pudieran obligar a ser alistados o incorporados en los dominios de Beocia a los beocios que no quisiesen serlo: así lo determinaron los corintios, y se volvieron. Al tiempo que los atenienses retiraban sus tropas, dejáronse caer sobre ellas los beocios; pero fueron vencidos en la refriega: de donde resultó que los atenienses, pasando más allá de los términos que los corintios habían señalado a los de Platea, quisieron que el mismo río Asopo sirviese de límites a los tebanos por la parte que mira a Hisias y a Platea. Tal fue la manera como los plateos se alistaron entre los vasallos de los atenienses, a cuyo socorro vinieron entonces a Maratón.
CIX. No convenían en sus pareceres los generales atenienses: decían unos que no era a propósito entrar en batalla, siendo pocos para combatir con el ejército de los medos; los otros, con quienes asentía Milcíades, exhortaban el combate. Viendo los votos encontrados, y que iba a prevalecer el partido peor, entonces Milcíades tomó el expediente de hablar aparte al polemarco. Era el polemarco (o general de armas) un magistrado que había sido nombrado en Atenas a pluralidad de votos[156] para que diese su parecer en el undécimo lugar después de los diez generales, y al cual daban antiguamente los atenienses la misma voz en las decisiones que a los estrategos o generales: ocupaba entonces aquella dignidad Calímaco de Afidnas, a quien habló así Milcíades: «En tu mano está ahora, Calímaco, o el reducir a Atenas a servidumbre, o conservarla independiente y libre, dejando con esto a toda la posteridad un monumento igual al que dejaron Harmodio y Aristogitón. Bien ves que es este el mayor peligro en que nunca se vieron hasta aquí los atenienses: si caen bajo de los medos, conocido es lo que tendrán que sufrir entregados a Hipias; pero si la ciudad vence, llegará con esto a ser la primera y principal de las ciudades griegas. Voy a decirte cómo cabe muy bien que suceda lo que dije, y cómo la suma de todo ello viene a depender de tu arbitrio. Los votos de los generales, que aquí somos diez, están encontrados y empatados: quieren los unos que se dé la batalla; los otros lo resisten. Si no la damos, temo no se levante en Atenas alguna gran sedición que pervierta los ánimos y nos obligue a entregarnos al medo; pero si la damos antes que algunos atenienses se dejen corromper, espero en los dioses y en la justicia de la causa que podremos salir del combate victoriosos. Dígote, pues, que todo al presente estriba en ti, y depende de tu voto: si votas a mi favor, por ti queda libre tu patria, y por ti vendrá a ser la ciudad primera y la capital de la Grecia; pero si sigues el parecer de los que no aprueban el choque, sin duda serás el autor de tanto mal cuanto es el bien contrario que acabo de expresarte».
CX. Con este discurso Milcíades trajo a Calímaco a su partido, con la adición de cuyo voto quedó decretado el combate. Los generales cuyo parecer había sido que se diese la batalla, cada cual en el día en que les tocaba la pritanía (o mando del ejército) cedían sus veces a Milcíades, quien, aunque lo aceptaba, no quiso con todo cerrar con el enemigo hasta el día mismo en que por su turno le tocaba de derecho la pritanía.
CXI. Al tocarle empero su legitimo turno, formó para la batalla las tropas atenienses del siguiente modo: en el ala derecha mandaba Calímaco el polemarco, pues es costumbre entre los atenienses que su polemarco dirija esta ala; tras aquel jefe seguían las filas (o tribus), según el orden con que vienen numeradas; y los últimos de todos eran los plateos, colocados en el lado izquierdo. De esta batalla se originó que siempre que los atenienses ofrecen en sus panegires (o juntas generales) los sacrificios que se celebran en cada pentetérida (o quinquenio), el pregonero ateniense pida a los dioses la prosperidad para los atenienses y juntamente para los de Platea. Ordenados así en Maratón los escuadrones de Atenas, resultaba que constando de pocas líneas, el centro de estos, a fin de igualar la frente de los medos con la de los atenienses, quedaba débil, mientras las dos alas tenían muchos de fondo.
CXII. Dispuestos en orden de batalla y con los agüeros favorables en las víctimas sacrificadas, luego que se dio la señal, salieron corriendo los atenienses contra los bárbaros, habiendo entre los dos ejércitos un espacio no menor que de ocho estadios. Los persas, que les veían embestir corriendo, se dispusieron a recibirles a pie firme, interpretando a demencia de los atenienses y a su total ruina, que siendo tan pocos viniesen hacia ellos tan de prisa, sin tener caballería ni ballesteros. Tales ilusiones se formaban los bárbaros; pero luego que de cerca cerraron con ellos los bravos atenienses, hicieron prodigios de valor dignos de inmortal memoria, siendo entre todos los griegos los primeros de quienes se tenga noticia que usaron embestir de carrera para acometer al enemigo,[157] y los primeros que osaron fijar los ojos en los uniformes del medo y contemplar de cerca a los soldados que los vestían, pues hasta aquel tiempo solo oír el nombre de medos espantaba a los griegos.
CXIII. Duró el ataque con vigor por muchas horas en Maratón, y en el centro de las filas en que combatían los mismos persas, y con ellos los sacas, llevaban los bárbaros la mejor parte, pues rompiendo vencedores por medio de ellas, seguían tierra adentro al enemigo. Pero en las dos alas del ejército vencieron los atenienses y los de Platea, quienes viendo que volvía las espaldas el enemigo no le siguieron los alcances, sino que uniéndose los dos extremos acometieron a los bárbaros del centro, obligáronles a la fuga, y siguiéndoles hicieron en los persas un gran destrozo, tanto que llegados al mar, gritando por fuego, iban apoderándose de las naves enemigas.
CXIV. En lo más vivo de la acción, uno de los que perecieron fue Calímaco el polemarco, habiéndose portado en ella como bravo guerrero: otro de los que allí murieron fue Estesilao, uno de los generales, hijo de Trasilao. Allí fue cuando Cinegiro, hijo de Euforión, habiéndose asido de la proa de una galera, cayó en el agua, cortada la mano con un golpe de segur. A más de estos, quedaron allí muertos otros muchos atenienses de esclarecido nombre.
CXV. En efecto, los de Atenas con esta acometida se apoderaron de siete naves. Los bárbaros, haciéndoles retirar desde las otras, y habiendo otra tomado a bordo los esclavos de Eretria que habían dejado en una isla, siguieron su rumbo la vuelta de Sunio, con el intento de dejarse caer sobre la ciudad, primero que llegasen allá los atenienses. Corrió por válido entre los atenienses, que por artificio de los Alcmeónidas formaron los persas el designio de aquella sorpresa, fundándose en que estando ya los persas en las naves levantaron ellos el escudo, que era la señal que tenían concertada.
CXVI. Continuaban los persas doblando a Sunio, cuando los atenienses marchaban ya a todo correr al socorro de la plaza, y habiendo llegado antes que los bárbaros, atrincheráronse cerca del templo de Heracles en Cinosarges, abandonando los reales que cerca de otro templo de Heracles tenían en Maratón. Los bárbaros, pasando con su armada más allá de Falero, que era entonces el arsenal de los atenienses, y mantenidos sobre las áncoras, dieron después la vuelta hacia el Asia.
CXVII. Los bárbaros muertos en la batalla de Maratón subieron a 6400; los atenienses no fueron sino 192;[158] y este es el número exacto de los que murieron de una y otra parte. En aquel combate sucedió un raro prodigio: en lo más fuerte de la acción, Epicelo, ateniense, hijo de Cufágoras, peleando como buen soldado cegó de repente sin haber recibido ni golpe de cerca, ni tiro de lejos en todo su cuerpo; y desde aquel punto quedó ciego por todo el tiempo de su vida. Oí contar lo que él mismo decía acerca de su desgracia, que le pareció que se le ponía delante un infante elevado, cuya barba le asombró y le cubrió todo el escudo, y que pasando de largo aquel fantasma mató al soldado que a su lado tenía: tal era, según me contaban, la narración de Epicelo.
CXVIII. Volviéndose Datis al Asia con toda su armada, cuando estaba ya en Miconos[159] tuvo entre sueños una visión, la que no se dice cuál fuese, si bien el efecto de ella fue que apenas amaneció hiciese registrar todas sus naves, y habiendo hallado en una de los fenicios una estatua dorada de Apolo, preguntó de dónde había sido robada, y noticioso del templo de donde procedía, fuese a Delos en persona con su capitana. Ya entonces los delios se habían restituido a su isla. Depositó Datis dicha estatua en aquel templo, y encargó a los delios que volviesen aquel ídolo a Delio,[160] lugar de los tebanos que cae en la playa enfrente de Calcis. Dada la orden, volviose Datis en su nave; pero los delios no restituyeron la estatua, la cual 20 años después fueron a recobrar los tebanos, avisados por un oráculo, y la volvieron a Delio.
CXIX. Después que aportaron al Asia Datis y Artafrenes vueltos de su expedición, hicieron pasar a Susa los esclavos hechos en Eretria. El rey Darío, aunque gravemente enojado contra los eretrieos antes de tenerlos prisioneros, por haber sido los primeros en cometer las hostilidades, con todo, después que los tuvo en su presencia y los vio hechos sus esclavos, no tomó contra ellos resolución alguna violenta; antes bien les dio habitación en un albergue suyo, situado en la región de Cisia, que tiene por nombre Arderica,[161] distante de Susa 210 estadios y 40 solamente de aquel pozo que produce tres especies de cosas bien diferentes, pues de él se saca betún, sal y también aceite, del modo que expresaré. Sírvense para sacar el agua de una pértiga, en cuya punta en vez de cubo atan la mitad de un odre partido por medio. Métenlo de golpe, y luego derraman lo que viene dentro en una pila, de la cual lo pasan a otra, en donde derramado, se convierte en las tres especies dichas: el betún y la sal al punto quedan allí cuajados, el aceite lo van recogiendo en unas vasijas, y le dan los persas el nombre de radinace, siendo un licor negro que despide un olor ingrato. Allí fueron colocados los eretrieos por orden del rey Darío, cuya habitación, juntamente con su idioma antiguo, conservan hasta el presente, y a esto se reduce la historia de sus sucesos.
CXX. Los lacedemonios en número de 2000 llegaron al Ática después del plenilunio, y tan grande era el deseo de hallarse con el enemigo, que al tercer día después de salidos de Esparta se pusieron en el Ática. Habiendo llegado después de la batalla,[162] y no queriendo dejar de ver de cerca a los medos, fuéronse a Maratón para contemplarlos allí muertos. Colmaron de alabanzas a los atenienses por aquellas hazañas, y se despidieron para volverse a su patria.
CXXI. Volviendo a los Alcmeónidas, mucha admiración me causa, y no tengo por verdadero lo que de ellos se cuenta, que de concierto con los persas les mostrasen el escudo en señal de querer que Atenas fuese presa de los bárbaros y entregada al dominio de Hipias; pues ellos se mostraron más enemigos de los tiranos, o tanto por lo menos, como Calias, hijo de Fenipo y padre de Hipónico, quien fue el único entre todos los atenienses que después de echado Pisístrato de Atenas se atrevió a comprar sus bienes confiscados y vendidos a voz de pregonero, fuera de que en otras mil cosas más dio un público testimonio del odio que le tenía.
CXXII. De este Calias[163] es mucha razón que todos a menudo se acuerden no sin elogio, ya por haber sido, como llevo dicho, un hombre señalado particularmente en libertar a su patria; ya por la gloria que adquirió en Olimpia, donde logró como vencedor el primer premio en la corrida de un caballo singular, y el segundo en la de la cuadriga, ya porque en los juegos pitios, habiendo sido declarado vencedor, se mostró muy magnífico en el banquete que dio a los griegos; ya por lo bien que se portó con sus hijas, que fueron tres, con las cuales, luego que tuvieron edad proporcionada al matrimonio, usó la bizarría y generosidad de que cada cual escogiese entre los ciudadanos el marido que mejor le pareciese, y las casó, en efecto, con quien quiso cada cual.
CXXIII. Ahora pues, habiendo sido los Alcmeónidas igualmente o nada menos enemigos de los tiranos que Calias, paréceme un error monstruoso y una calumnia indigna de fe el que para llamar a los persas levantasen sus escudos unos hombres que vivieron desterrados por todo el tiempo del gobierno de los tiranos, y que no cesaron con sus intrigas hasta obligar a los hijos de Pisístrato a desamparar su dominio, con lo cual, a mi entender, lograron tener más parte en la libertad de Atenas que Harmodio y Aristogitón, pues estos con dar la muerte a Hiparco nada adelantaron contra los otros que tiranizaban a la patria, antes bien irritaron más contra ella a los demás hijos de Pisístrato. Pero los Alcmeónidas sin la menor disputa fueron los libertadores de Atenas, si fueron ellos realmente los que ganaron a la Pitia para que diese a los lacedemonios el oráculo que les decidió a libertarla, según tengo antes declarado.
CXXIV. Podrá decirse que quizá por algún disgusto y ofensa recibida del gobierno popular de Atenas quisieron entregar la patria; pero esto no lleva camino, porque no hubo en Atenas hombres más aplaudidos ni más honrados por el pueblo. Así que contra toda buena crítica es el decir que levantasen el escudo con esta mira. Es cierto que hubo quien lo levantó, ni otra cosa puede decirse, porque así es la verdad; pero quién fuese el que lo verificó lo ignoro, ni tengo más que añadir sobre ello de lo que llevo dicho.
CXXV. La familia de los Alcmeónidas, si bien desde mucho tiempo atrás era ya distinguida en Atenas, se hizo notablemente más ilustre en la persona de Alcmeón, no menos que en la de Megacles. El caso fue que cuando los lidios de parte de Creso fueron enviados de Sardes a Delfos para consultar aquel oráculo, no solo les sirvió en cuanto pudo Alcmeón, hijo de Megacles, sino que se esmeró particularmente en agasajarles. Informado Creso por los lidios que habían hecho aquella romería de cuán bien por su respeto había obrado con ellos Alcmeón, convidole a que viniera a Sardes, y llegado, le ofreció de regalo tanto oro cuanto de una vez pudiese cargar y llevar encima. Para poderse aprovechar mejor de lo grandioso de la oferta, fue Alcmeón a disfrutarla en este traje: púsose una gran túnica, cuyo seno hizo que prestase mucho dejándolo bien ancho, calzose unos coturnos los más holgados y capaces que hallar pudo, y así vestido fuese al tesoro real adonde se le conducía. Lo primero que hizo allí fue dejarse caer encima de un montón de oro en polvo, y henchir hasta las pantorrillas aquellos sus borceguíes de cuanto oro en ellos cupo. Llenó después de oro todo el seno; empolvose con oro a maravilla todo el cabello de su cabeza; llenose de oro asimismo toda la boca: cargado así de oro iba saliendo del erario, pudiendo apenas arrastrar los coturnos, pareciéndose a cualquier otra cosa menos a un hombre, hinchados extremadamente los mofletes y hecho todo él un cubo. Al verle así Creso no pudo contener la risa, y no solo le dio todo el oro que consigo llevaba, sino que le hizo otros presentes de no menor cuantía, con lo cual quedó muy rica aquella casa, y el mismo Alcmeón, pudiendo criar sus tiros para las cuadrigas, fue vencedor con ellos en los juegos olímpicos.[164]
CXXVI. En la edad inmediata a esta, Clístenes, señor de Sición, subió hasta tal punto el nombre de la misma familia, que la hizo mucho más célebre todavía. Este Clístenes, hijo de Aristónimo, nieto de Mirón, y biznieto de Andreas, tuvo una hija llamada Agarista a quien quiso casar con el griego que hallase más sobresaliente de todos; y así, en el tiempo en que se celebraban las fiestas olímpicas, en las cuales alcanzó la palma con su cuadriga el mismo Clístenes, hizo pregonar que cualquiera de los griegos que se tuviese por digno de ser yerno de Clístenes, pasados sesenta días o bien antes, se presentase al concurso en Sición; pues que él había determinado celebrar las bodas de su hija dentro del término de un año, que se empezaría a contar desde allí a sesenta días. Entonces todos los griegos que se picaban de notables, ya por sus prendas y linaje, ya por la nobleza de su patria, concurrieron allá como pretendientes, a quienes estuvo Clístenes entreteniendo para ver quién era el más digno pretendiente en la carrera y en la palestra.
CXXVII. De la Italia concurrió el sibarita Esmindírides,[165] hijo de Hipócrates, que había llegado a ser el hombre más sobresaliente de todos en las delicias del lujo, en un tiempo en que Síbaris florecía sobremanera; concurrió asimismo Dámaso de Siris, hijo de Amiris, el que llamaban el sabio: ambos vinieron de la Italia. Del golfo Adriático, es decir, del seno Jonio, se presentó Anfimnesto, hijo de Epístrofo, natural de Epidamno.[166] Vino también un etolio, por nombre Males, hermano del famoso Titormo, que superó en valentía a todos los griegos, y vivió retirado en un rincón de la Etolia,[167] huyendo del comercio de los hombres. Del Peloponeso llegó Leocedes, hijo de Fidón, tirano de los argivos, quien descendía de aquel Fidón[168] ordenador de los pesos y medidas de los peloponesios, hombre el más violento e inicuo de todos los griegos, que habiendo quitado a los eleos la presidencia en los juegos olímpicos, se alzó con el empleo de Agonoteta (o prefecto de aquel certamen). Vino de Trapezunte[169] el arcadio Amianto, hijo de Licurgo; vino asimismo Láfanes el azanio, natural de la ciudad de Peos, hijo de aquel Euforión de quien es fama en la Arcadia que recibió en su casa a los Dioscuros Cástor y Pólux, y desde aquel tiempo solía hospedar a todo hombre que se le presentase: vino por fin el eleo Onomasto, hijo de Ageo; todos los cuales vinieron del mismo Peloponeso. De Atenas fueron a la pretensión Megacles, hijo de aquel Alcmeón que había hecho la visita a Creso, y otro llamado Hipoclides, hijo de Tisandro, el sujeto más rico y gallardo de todos los atenienses. De Eretria, ciudad entonces floreciente, concurrió Lisanias, el único que se presentó venido de Eubea. De Tesalia acudió Diactóridas el Craconio, de la familia de los Escópadas; y de los molosos, vino Alcón: estos fueron los aspirantes a la boda.
CXXVIII. Habiéndose, pues, presentado los amantes al día señalado, desde luego se iba Clístenes informando de qué patria y de qué familia era cada uno. Después, por espacio de un año, los fue entreteniendo a su lado, haciendo pruebas de la bizarría, del valor, de la educación y de las costumbres de todos, ya tratando con cada uno en particular, ya con todos ellos en común; y aun a los más jóvenes los conducía a los gimnasios, donde ejercitasen desnudos sus fuerzas y habilidades. Pero con especialidad procuraba observarles en la mesa, pues todo el tiempo que los tuvo cerca de su persona, era quien llevaba el coste y el que les daba un magnífico hospedaje. Hecha la prueba, los que más le satisfacían eran los pretendientes venidos de Atenas, y entre estos nadie le placía tanto como Hipoclides, el hijo de Tisandro, gobernándose en este aprecio tanto por el valor que en él veía, como por ser de una familia emparentada con la de los Cipsélidas que antiguamente hubo en Corinto.
CXXIX. Cuando llegó el día aplazado así para el festín de la boda, como para la publicación del yerno que Clístenes hubiese escogido entre todos, mató este cien bueyes y dio un magnífico convite, no solo a los pretendientes, sino también a los moradores de Sición. Allí sobre mesa apostábanselas los pretendientes en la música, y a quién descifraría algún acertijo o enigma propuesto. Iban adelante los brindis después de la comida, cuando Hipoclides, que era el héroe y bufón de la fiesta, mandó al flautero que le tocase la emmelia,[170] y empezada esta, la bailó con mucha gracia y mayor satisfacción propia; si bien Clístenes, observando todas aquellas fruslerías, le miraba ya de mal ojo. No paró aquí Hipoclides: descansó un poco, e hizo que le trajesen una mesa, la cual puesta allí, bailó primero sobre ella a la lacónica, después danzó a la ática con gestos muy ajustados; finalmente dio sus tumbos encima de la mesa, la cabeza abajo y los pies en alto, haciendo manos de las piernas para los gestos. Clístenes, si bien viéndole bailar la primera y segunda danza se desdeñaba ya en su interior de tomar por yerno a Hipoclides, a un bailarín tal y sin vergüenza, reprimíase con todo no queriendo desconcertarse contra él; pero al cabo cuando le vio dar tumbos y vueltas y zapatetas en el aire, no pudiendo ya más consigo, lanzole estas palabras: «Ahora sí, hijo de Tisandro, que como saltimbanquis acabas de escamotearte la novia». Y replicole el mozo: «¿Qué se le da a Hipoclides de la novia?», cuyo dicho quedó desde entonces en proverbio.
CXXX. Clístenes, haciendo que todos en silencio le oyesen, habloles así: «Pretendientes de mi hija, muy pagado estoy de las prendas de todos vosotros, y si posible me fuera, a cada uno de vosotros daría con gusto la novia sin elegir en particular a ninguno y sin desechar a los demás. Pero bien veis que tratándose de una doncella sola, no cabe contentaros a todos: mi ánimo es regalar a cada uno de los que no alcancéis la novia un talento de plata en prueba de lo mucho que me honro con haberla todos pretendido, como también en atención a la ausencia que habéis hecho de vuestras casas. Por lo demás, doy por mujer mi hija Agarista a Megacles, hijo de Alcmeón, al uso de los atenienses». Aceptola por tal Megacles, y quedó contraído solemnemente el matrimonio.
CXXXI. Así se terminó la competencia de los pretendientes, y de ella dimanó la gran fama y celebridad de los Alcmeónidas por toda la Grecia. De este matrimonio nació aquel Clístenes que ordenó las filas y la democracia en Atenas, llamado así en memoria de su abuelo materno Clístenes el sicionio. Nacioles también Hipócrates, quien tuvo por hijos otro Megacles y otra Agarista, llevando esta el nombre de la Agarista hija de Clístenes. La segunda Agarista habiendo casado con Jantipo, hijo de Arifrón, tuvo un sueño estando encinta, en que le pareció que había parido un león; y poco después parió a Pericles, hijo de Jantipo.
CXXXII. Volviendo a Milcíades, después de la derrota de los persas en Maratón creció mucho su crédito entre los atenienses, de quienes era antes ya muy estimado. Entonces, pues, pidió Milcíades a sus conciudadanos que le confiasen 70 naves con la tropa y estipendios correspondientes, sin declararles contra quiénes meditaba aquella expedición, asegurándoles solamente que si querían seguirle, iba a enriquecerles, pues pensaba conducirles a cierta provincia, de donde sin el menor daño ni peligro podrían volver cargados de oro. En estos términos pidió la armada, y los atenienses, confiados en lo que les prometía, se la cedieron.
CXXXIII. Teniendo aquella tropa embarcada ya a su mando, partió Milcíades contra Paros, dando por razón que iba a castigar a los parios por haber antes hecho la guerra con sus galeras asistiendo al persa en Maratón. Pero este era un mero pretexto, y lo que en realidad le movía era el encono contra los parios, nacido de que Liságoras, hijo de Tisias y natural de Paros, le había acusado y puesto mal con el persa Hidarnes. Llegado allá Milcíades con su armada, puso sitio a la ciudad en que se habían encerrado los parios, a quienes envió un pregonero pidiéndoles le diesen 100 talentos, con la amenaza de que en caso de negarlos no levantaría el sitio antes de rendir la plaza. Los parios, lejos de discurrir cómo darían a Milcíades aquella suma, solo pensaban en el modo de defender bien su ciudad, fortificándola más y más y alzando de noche otro tanto aquella parte de los muros por donde la plaza estaba más expuesta a ser combatida.
CXXXIV. Hasta aquí concuerdan en la narración del hecho todos los griegos: lo que después sucedió lo cuentan los parios del siguiente modo: Dicen que Milcíades, falto de consejo, consultó con una prisionera natural de la misma Paros, que se llamaba Timo y era la sacerdotisa de las diosas infernales Deméter y Perséfone. Habiéndose esta presentado a Milcíades, aconsejole que si tanto empeño tenía en tomar a Paros, hiciera lo que ella misma dijese; y en efecto, habiéndole confiado el expediente, subió Milcíades a un cerro que está enfrente de la ciudad, y no pudiendo abrir las puertas del templo de Deméter Legisladora, quiso saltar la pared de aquel cercado; y saltada ya, íbase, ignoro con qué mira, dentro del santuario de la diosa, ya fuese con ánimo de quitar algo de las cosas que no es lícito quitar, ya con algún otro designio. Al ir a pasar aquel umbral, sobrevínole un terror religioso que le obligó a volver atrás por el mismo camino; y al pasar otra vez la cerca, se dislocó un muslo, o, como quieren otros, hirió malamente en tierra con una rodilla.
CXXXV. Mal parado, pues, Milcíades por la caída, determinó volverse de allí sin haber conquistado a Paros, a la cual había tenido sitiada 26 días, talando durante ellos toda la isla. Llegó a noticia de los parios que Timo, la sacerdotisa de la diosa, había dado a Milcíades los medios para la toma de la plaza, y queriendo tomar venganza de ella por la traición, apenas se vieron libres del asedio enviaron a Delfos consultores encargados de preguntar si harían bien en castigar a la sacerdotisa de las diosas, así por haber ella declarado cómo podría ser tomada su patria, como también por haber mostrado a Milcíades aquellos sagrados misterios que a ningún varón era lícito ver ni saber. No se lo permitió la Pitia, diciendo que la culpa no era de Timo, sino que siendo el destino fatal de Milcíades que tuviese un mal éxito, ella le había servido de guía para la ruina: tal fue el oráculo que la Pitia dio en respuesta a los de Paros.
CXXXVI. Vuelto ya Milcíades de aquella isla, no hablaban de otra cosa los atenienses que de su infeliz expedición; pero quien sobre todos le acriminaba era Jantipo, el hijo de Arifrón, quien intentándole ante el pueblo causa capital, le acusaba por haber engañado a los atenienses.[171] Milcíades no respondió en persona a la acusación, hallándole imposibilitado por causa de su muslo enconado con la herida; pero estando él en cama allí mismo, defendiéronle sus amigos con el mayor esfuerzo, haciendo valer mucho sus servicios en el combate de Maratón, como también en la toma de Lemnos, la cual rindió y cedió a los atenienses, habiéndose vengado de los pelasgos. Absolviole el pueblo de la pena capital; mas por aquel perjuicio del estado le multó en 50 talentos. Después de este juicio, como se le encancerase y pudriese el muslo, falleció Milcíades, y su hijo Cimón pagó la multa de su padre.