LA CASA DE LOS CUERVOS

OBRAS DE HUGO WAST

NOVELAS

Alegre.—6.ª edición.—Librería Ollendorff, París
(en prensa).

Pequeñas Grandes Almas.—Montaner y Simón,
Barcelona.

Flor de Durazno.—5.ª edición.—Librería Ollendorff,
París.

Fuente Sellada.—Librería Ollendorff, París.

Golondrina de Presidio.—(Cuentos).—Biblioteca
Patria, Madrid.

Fantasías y Leyendas.—(Cuentos).—Agotada.

La Casa de los Cuervos.—Biblioteca del Ateneo Nacional.
Buenos Aires.

POESÍAS

Rimas de Amor.—2.ª edición.—Fernando Fe, Madrid.—(Agotada).

VARIOS

¿A dónde nos lleva nuestro panteísmo de Estado?—3.ª
edición.

El Enigma de la Vida.—(Estudio biológico).—Librería
Alfa y Omega, Buenos Aires.

Un País mal administrado.—(Estudio económico).
Arnoldo Moen y Hno., Bs. Aires.—(Agotada).

EN PREPARACIÓN

Las bases de la sociología.

Un País mal administrado.—2.ª edición.

HUGO WAST

La Casa de los Cuervos

PRIMER PREMIO

EN EL CONCURSO DE NOVELAS DEL ATENEO NACIONAL

NUEVA EDICIÓN
6.° MILLAR

BUENOS AIRES
Agencia General de Librería y Publicaciones
1571—Rivadavia—1573

ÍNDICE

PRIMERA PARTE
Pág.
I.— Don Serafín Aldabas [9]
II.— ¡Una voce poco fa! [22]
III.— La conspiración [34]
IV.— La levita de Cullen [49]
V.— En la tarde del baile [58]
VI.— Una sombra en el hueco de la puerta [65]
VII.— El indio José [76]
VIII.— El baile de Montarón [95]
IX.— El pañuelo rojo [113]
X.— La noche trágica de Syra [128]
XI.— La derrota [139]
SEGUNDA PARTE
I.— ¡Por el alma de los muertos! [161]
II.— La mala nueva [174]
III.— La mano suave [184]
IV.— La yerra [194]
V.— El secreto [208]
VI.— Sobre las huellas de Insúa [224]
TERCERA PARTE
I.— En la casa de Bayo [245]
II.— El aviso [259]
III.— El incendio del garzal [267]
IV.— Yo lo maté, pero voy a morir [293]
V.— La batalla de los Cachos [304]

PRIMERA PARTE

LA CASA DE LOS CUERVOS

I
Don Serafín Aldabas

En los días de sol, durante el húmedo invierno, aquellas casas viejas toman su expresión evocadora y triste.

Detrás de sus tapias roídas por el tiempo y coronadas a veces de enredaderas, asoman las copas redondas de los naranjos, con su espeso follaje y su fruta dorada.

En la parte que el sol no calienta, el musgo extiende su terciopelo verde, como un suave tapiz. Crecen los yuyos en las grietas de los oscuros adobes manchados por la cal del antiguo revoque; se ve en un muro el hueco de una alhacena con estantes de algarrobo, y sobre un tejado, que en las noches de luna ya no se anima con el paseo de los gatos, la ventana de una bohardilla y una chimenea, que ha tiempo no se envuelve en el humo azulado y tibio del hogar.

En los barrios centrales de Santa Fe, ese tipo de casa ha ido desapareciendo, mas quedan vestigios de ellas en los barrios del Sur y hasta hace poco manteníase intacta, en la calle que en los tiempos de este relato llamaban "de la Matriz derecha", la casa en que durante cuarenta años, don Serafín Aldabas enseñó a leer a los niños, que por alguna razón no hallaban sitio en el colegio de los Jesuítas.

Estaba en la acera del Sur, casi en la esquina de la plaza, vecindad que aprovechaba don Serafín para oír la banda, que tocaba, jueves y domingos, en invierno, a la hora precisa en que terminaba su clase.

Cubierto el cráneo puntiagudo, mondo ya, con un casquete negro de lustrina, enfundado en una estrecha levita, enjuto de carnes, los ojos azules, fugitivos, las piernas flojas, las manos largas e inhábiles, cuando no esgrimían el puntero o la palmeta, en la silueta obscura de don Serafín, no había más detalle interesante que la gruesa cadena de plata de su reloj, un hermoso reloj de oro, de una antigua marca inglesa, toda la fortuna que trajo de su patria.

Envolvíase severamente, aun en los días de calor, en una capa con forro de terciopelo carmesí, y como a todo propósito, para salir de una duda, para eludir una respuesta, para resolver un problema consultaba el reloj, un buen tercio de la vida del maestro se pausaba en desabotonar y abotonar su levita.

Era de la Coruña, y sus traviesos discípulos que habían sorprendido la imperceptible dificultad con que pronunciaba la o, llamábanle "Curuña", mote al cual, después de treinta años, se iba acostumbrando.

Llegado al país en los tiempos más sangrientos del gobierno de Rozas, tímido como una polla, conservaba, no obstante, una extraordinaria afición a la política que sólo concebía rodeada de misterios, de tal modo que su imaginación enviciada transformaba las cosas más simples en espeluznantes incidentes.

Y en la Santa Fe del año 77, no necesitaba forzar la fantasía para llenarse de sobresaltos, sin que, en verdad, como en los tiempos de Rozas, corrieran peligro los vecinos madrugadores de tropezar en la acera con el cuerpo de algún unitario degollado a cercén, mientras por otra calle los mazorqueros paseaban un carro cargado de cabezas, pregonando su siniestra mercancía como si fueran zapallos.

Pero, aun sin llegar a esos extremos, la vida era angustiada por las frecuentes revoluciones que se tramaban contra el Gobierno, para derrocar a don Servando Bayo, y destruir la influencia omnipotente del doctor Simón de Iriondo.

En Santa Fe no era posible desinteresarse de la política: o se era opositor, o se era gubernista.

Sólo el mísero don Serafín Aldabas, no tenía derecho a ser ni lo uno ni lo otro. Por su escuela habían pasado casi todos los jóvenes que militaban en el partido liberal, y esto lo vinculaba con hondos afectos a la causa de la revolución.

Mas no le era permitido dejar traslucir sus inclinaciones, sin riesgo para su escuela, que no vivía de las insignificantes cuotas, impagas con frecuencia, de sus alumnos, sino de una subvención de cuarenta pesos mensuales que le otorgaba el gobierno, y que algunas indiscreciones habían puesto ya en peligro.

Hacía un mes que funcionaban las clases, después de las vacaciones, mediaba Abril, y todavía el humilde "Curuña" no había percibido un solo peso del vencido semestre.

Don Pablo Ferrer, el catalán dueño del almacén de la esquina en que don Serafín se surtía, empezaba a torcerle el gesto, cuando concluida la clase el maestro, envuelto en su capa que le prestaba un poco de majestad, cruzaba la calle, hacia la plaza, persiguiendo la ocasión de encontrarse con el gobernador Bayo, que a esa hora abandonaba su despacho del Cabildo.

La plaza era entonces, como hoy, de una manzana entera, pero encuadrábanla construcciones más bajas, y eso parecía agrandarla.

Al naciente tenía el colegio de los Jesuítas ocupando las dos terceras partes de la cuadra, que completaban algunas casas de tejas. Al Sur, alzábase el Cabildo, con su mole blanca y pesada, sus dos pisos con recova de gruesos pilares y arco romano y su azotea resguardada por una sencilla baranda de hierro.

Todavía se ve en la esquina de San Gerónimo, una de las raras casas de alto que había entonces, y que parecían ser indicio de riqueza, no obstante sus paredones lisos, sin adornos ni pilastras, y el pobre hueco de sus ventanales y de sus puertas pequeñas y su baranda de hierro en el tejado.

De las casas que formaban el costado del poniente, quedan muchas, con algunos cambios que las modernizan sin embellecerlas, revoques de portland, balcones y adornos del más abominable Luis XV.

Ha desaparecido el local en que durante años funcionó el café del Plata, lugar de cita de los opositores; pero subsiste al lado de la construcción que hoy se levanta en lugar del célebre café, el vetusto caserón que ocupara el Club del Orden, centro de aristocracia y de conspiraciones.

La Iglesia Matriz en el lado Norte de la plaza permanece tal cual era, con sus dos torrecillas humildes y el enmohecido gallo de su veleta, pero el resto de la cuadra ha sufrido un cambio profundo a excepción de la casa que don Simón de Iriondo inauguró por aquellos años y que era con sus dos pisos de galería a la calle y lo estudiado de sus líneas, la más hermosa de la ciudad.

Invariablemente, al dar las cinco de la tarde don Serafín Aldabas suspendía la clase. Su magnífico reloj "Losada", según podía leerse en la esfera, abierto sobre el pupitre, le señalaba la hora sin discrepar un minuto en un año con el cuadrante solar del colegio de los Jesuítas.

En el preciso momento cortaba la lección, aún cuando fuera en mitad de una frase, poníase de pie, imitado por sus bulliciosos alumnos, que al levantarse tumbaban los escaños y coreaba un "Ave María".

Y después, mientras ellos se desparramaban por la plaza, espantando a las pacíficas gallinas del vecindario, atraídas por el trébol que crecía alrededor de la glorieta, don Serafín seguía el ancho camino enarenado, con la secreta esperanza de encontrar al Gobernador, al doctor Iriondo o a cualquiera de los hombres poderosos, para brindarles un saludo y una sonrisa que prolongara la existencia de la subvención.

Cuando veía acercarse a alguien, don Serafín procuraba imprimir a su persona un andar solemne; mas su casquete de lustrina, sus largas piernas deformadas por las rodilleras de sus pantalones, su capa en lo más recio del verano, y sus pies juanetudos, le quitaban toda solemnidad.

No obstante, la gente le apreciaba, y retribuía su saludo con afecto, aunque no tan ceremoniosamente como él habría querido; y era un triunfo para él, cuando alguno se acercaba a preguntarle la hora.

Su "Losada" era famoso en la ciudad, y aun el Gobernador solía rendirle ese homenaje consultándole.

Don Serafín, con el casquete en la mano, miraba el reloj y respondía:

—Son las cinco y siete minutos y medio, excelentísimo Señor.

Y luego agregaba, con la emoción de un desacato, a la suprema autoridad que a un paso de él, le atendía de igual a igual:

—¿Se podría saber qué hora es en el reloj de V. E.?

El Gobernador, con un leve gesto de impaciencia, sacaba una antigua saboneta de llave, y constataba alguna diferencia, que provocaba el invariable comentario de don Serafín.

—¡Si V. E. tuviera un "Losada"...!

Cuando finalizó el sexto mes impago, como coincidiera con el término de las vacaciones, durante las cuales don Serafín no había percibido un ochavo de sus alumnos, se encontró en apuro tan grave que resolvió confiar su cuita al Gobernador en la primera ocasión que tuviera el honor de ser consultado por la hora.

Pero fuese que el reloj de don Servando Bayo marchase mejor, o que su propietario hubiera perdido su afición a la exactitud, el hecho es que don Serafín irritaba sus juanetes dando vueltas innumerables a la plaza, sin que el Gobernador se dignara hacer más que contestar sus saludos.

Y aun esos encuentros se hicieron raros. El Gobernador salía tarde de su despacho, acompañado siempre por alguien, y sin detenerse llegaba hasta su casa, a la vuelta del Cabildo, y se encerraba como si tuviera un cúmulo de trabajo o la estadía en la calle se hubiera hecho peligrosa.

Solamente una vez, en aquellos primeros días de Abril se detuvo en la plaza, y fué porque se encontró con don Simón de Iriondo, que lo tomó del brazo y lo llevó por las callejas enarenadas del centro.

Era jueves y la banda de policía tocaba un trozo del "Barbero de Sevilla", música que en la vida sin pasiones de don Serafín, había llegado a ser una pasión.

Por eso, en cuanto sonaron los primeros compases de la sinfonía, se acercó hasta el kiosco del centro, rodeado de acacias, sentóse en un banco resecado por el sol, y se puso a escuchar, sin acordarse del mundo.

Las retretas en verano se hacían a la noche; pero ya en Abril, con el tiempo fresco, se adoptaba el horario de la tarde. La gente desacostumbrada, en los primeros días apenas concurría, por lo que en esa ocasión, aparte de don Serafín y de algunos niños que jugaban en el trebolar del centro, sólo se veía la pareja de personajes oficiales, el Gobernador y el doctor de Iriondo, conversando frente a la casa de éste.

La alta y elegante figura de Iriondo, contrastaba con la de Bayo, hombre grueso y bajo.

Don Simón vestía de levita, y en ese momento llevaba en la mano el sombrero de copa gris, lo que permitía apreciar la extraordinaria hermosura de aquella cabeza inteligente de caudillo, que tenía con el cabello profuso, peinado hacia atrás, la elegancia violenta y a la vez fácil de los gestos del león.

Los dos, solos, estaban de pie bajo una acacia. Iriondo hablaba con vehemencia pero en voz baja, y el Gobernador le escuchaba, rayando con la contera del bastón la arena del suelo.

En el aire tibio y como dorado de aquella tarde otoñal, se desparramaban las notas animadas y profundas de "Una voce poco fa".

Don Serafín bebía con fruición la música admirable, alejado mil leguas de su escuela arruinada, de su semestre impago, de sus botines que reclamaban la media suela, de sus pobres pantalones, cuyo decoro se salvaba aún, gracias a la amplitud de la capa.

Distraído así, no vió llegar hasta él a Bayo y a Iriondo, y sólo cuando éste apoyó su mano firme sobre su hombro, advirtió su presencia.

—¡Doctor Iriondo! ¡Excelentísimo señor Gobernador!—exclamó don Serafín, alzándose del banco, con una profunda reverencia y echando mano al reloj.

—¿Qué hora es, don Serafín?—le interrogó Iriondo, complaciente con la inofensiva manía del maestro.

—Las cinco y cincuenta y siete minutos y algunos...

—¡Don Serafín!—le interrumpió el Gobernador,—¿percibe siempre la subvención de la escuela?

—¡Ah, señor don Servando!—exclamó el mísero guardando su reloj con mano trémula—mi escuela se muere de hambre...

—¿Con maestro y todo?—insinuó risueñamente don Simón.

—Hace seis meses, Excelentísimo Señor...

Don Serafín vacilaba, porque era un cargo que iba a arrojar sobre el gobierno. Mas Iriondo, que conocía el estado precario de las finanzas no tuvo reparo en concluir la frase.

—¿Seis meses que no le pagan?

—Así es, doctor Iriondo; y cómo...

—Mañana cobrará—dijo el Gobernador—Vaya a verme al despacho a las ocho en punto.

—Ah, Señor...

Iba a explicar que a esa hora empezaba su clase, pero se calló. Daría vacación, inventando algún pretexto; los alumnos le agradecerían y él iría a cobrar.

Mientras hablaban desarrollábanse los últimos compases de la música de Rossini. Calló luego la banda y los músicos empezaron a enfundar sus instrumentos para marcharse.

Don Serafín reventaba de vanidad, viendo que todos miraban su compañía con los dos hombres poderosos de la provincia.

Iriondo saludaba a cada uno de los que pasaban frente a él, con un gesto amable. El Gobernador golpeaba el suelo con el bastón. Aquella nerviosidad, en él, hombre flemático, era señal de graves preocupaciones.

El director de la banda se acercó a saludarlos, pero Bayo no le dispensó una acogida muy afectuosa y el pobre músico se fué, consolado con el cordial apretón de manos de Iriondo. Don Serafín comenzaba a sentirse intranquilo, ignorando si debía irse o quedarse.

Anochecía rápidamente. Los niños que jugaban, habían desaparecido, con lo que la plaza quedó silenciosa y desierta.

Don Simón tomó del brazo al Gobernador, y dieron algunos pasos. Bayo se volvió a don Serafín, el cual echó mano al reloj.

—¿Hace mucho que no ve a Cullen?

El maestro pensó un momento sin comprender.

—A don Patricio Cullen—explicó Bayo.

—¡Ah! Dos meses a lo menos, señor don Servando.

—¿Y a Montarón?

—Don Pedro Montarón estuvo ayer en mi casa—respondió con cierta vanidad el maestro.

—¿Fué de visita?—¿No le preguntó por...?

Don Simón hizo un gesto que contuvo al Gobernador en mitad de la frase. Se mordió los labios, y entonces Iriondo, poniendo la mano sobre el hombro de don Serafín, le dijo con insinuante diplomacia:

—La subvención de su escuela es de cien pesos ¿no?

—¡Oh, qué esperanza! ¡Cuarenta pesos, no más!

—¿No más? ¡Señor Gobernador! Este meritorio servidor de la provincia no podrá vivir con eso...

—Vaya mañana a verme—dijo Bayo—a las ocho en punto.—Y luego agregó:—¿Tiene en su escuela algún niño pariente de Montarón?

—No, señor Gobernador. Don Pedro Montarón fué a pedirme nuevas de mi sobrino el capitán Insúa...

No bien don Serafín oyó el sonido de su propia voz, pronunciando aquel nombre, se le estrechó el corazón, porque recordó que Insúa y Montarón constituían con don Patricio Cullen el eje de las revoluciones contra el gobierno de Bayo y al revelarle a éste el objeto de la visita, quizás estaba comprometiendo algún plan.

No hablaron más y allí se separaron.

En el crepúsculo escaso ya, don Serafín vió a Iriondo entrar en su casa, llevando siempre del brazo al Gobernador.

El se quedó sólo un momento, en la plaza, perseguido por el rumor de su propia voz indiscreta.

La luz de la lámpara recién encendida en el boliche de don Pablo Ferrer, frente a la Matriz, hizo variar el rumbo de sus pensamientos.

Ahora podría pasar, sin avergonzarse, por aquella esquina, porque le iban a pagar la subvención y su desgraciada cuenta sería cancelada.

Se encaminó a su casa, cruzó la calle acercándose al almacén, para que Ferrer lo viera y si acaso, lo llamara. Mas cuando él pasó, el áspero catalán estaba arreglando el tubo de su humosa lámpara, pendiente de uno de los tirantes del techo, y no lo vió.

Cruzó de nuevo el arroyo y entró en su escuela, empujando la puerta de calle, asegurada por una gruesa piedra.

—¡Rosarito, Rosarito!—gritó.

Rosarito era su hija, toda la poesía de la vida del pobre hombre, y todo lo que le había hecho amar el trabajo y soportar la miseria.

Tenía diez y ocho años, y su sola presencia llenaba la casa.

A la voz de su padre corrió la niña hasta el zaguán obscuro, y antes de que él le hablara de su extraordinaria aventura, ella le dijo al oído con voz trémula:

—Está Francisco Insúa, papá, y no quiere que nadie lo sepa.

Los remordimientos de Don Serafín recrudecieron y empezó a sospechar que todo, desde las ausencias del Gobernador hasta la invitación a ir a su despacho, tenía relación con la repentina llegada del capitán Insúa.

II
Una voce poco fa!

La vida del maestro encerraba una novela que el mundo había olvidado.

Muchos años antes, tantos que él mismo ya no quería contarlos, porque su recuerdo se hacía más doloroso cuanto más lejano, él, joven, lleno aún de las ilusiones que le habían hecho cruzar el mar, recién llegado a Santa Fe, encontró un puesto de cajero y tenedor de libros en la casa de comercio de don Agustín Insúa, uno de los estancieros más fuertes del país.

Insúa tenía muchos hijos, pero sólo una hija, la menor, que en el tiempo en que don Serafín comenzó a hacer números en los grandes libros de su padre, era una deliciosa chicuela de siete años, rubia y de ojos azules, que más de una vez volcó el tintero sobre las páginas que el tenedor de libros iba llenando con signos misteriosos para ella. Él se encadenó a la casa obscura y triste en que su patrón vivía enriqueciéndose, por aquel rayo de sol que entraba casi a la misma hora, cuando su padre abandonaba el escritorio y quedaba el empleado solo.

Éste fingía no verla, para gozar mejor de la sorpresa que ella misma simulaba, cuando sintiéndola detrás se volvía de pronto y la alzaba en los brazos y la ponía encima del alto pupitre donde él trabajaba de pie.

Allí se quedaba Rosarito—era su nombre—muy seria, esperando que su amigo concluyera la tarea; y había que ver cómo volaba la pluma de ave sobre el áspero papel de hilo de los libros, trazando esos viriles y hermosos números españoles, hoy pasados de moda.

Cuando era invierno hacía un intenso frío en la pieza de techo de paja, paredes de adobe encalados y piso de ladrillos desnudos; mas el cajero sentía que los ojos de la niña, siguiendo los movimientos de su mano desde lo alto del pupitre, le caldeaban el corazón y le desentumecían los dedos.

Y cuando era verano, y la lóbrega estancia sofocaba como un horno, la sola idea de que ella estaba allí, mirándolo siempre, aunque él no la mirara, le refrescaba la frente y le aligeraba el monótono trabajo.

Ella aguardaba seriecita y silenciosa, a que el cajero espolvoreara de arenilla las páginas frescas, señal de que el trabajo había concluído, y cerrara con estrépito aquellos libros enormes, que le daban la ilusión de un saber inconmensurable en su gran amigo, y guardara su reloj de oro, su hermoso reloj más seguro que el sol, según decían.

Entonces él la bajaba del pupitre, la sentaba a su lado o en sus rodillas y le contaba cuentos de reyes y de sultanes y de moros; y acordándose de su pueblo, le hablaba de los pescadores que salen al alba en sus barcas de velas abigarradas y vuelven al entrar la noche, cuando alguna tormenta no los deja dormidos para siempre bajo las olas del mar.

Pasaron largos años, variando apenas los episodios de aquella amistad que iba trocándose en amor silencioso y apacible.

Don Agustín Insúa, viudo desde el nacimiento de su hija, absorto en sus complicados negocios, no sospechó nunca el idilio que se iba tejiendo en su propia casa, y cuando un día alguien le contó lo que pasaba, montó en cólera y cayó como un huracán sobre el cajero y sobre la niña, que era ya una linda joven de diez y ocho años.

Ambos confesaron la verdad; el empleado fué despedido, por haber alzado los ojos hasta la hija del patrón, y ella enviada a un colegio de Buenos Aires, para que olvidara su locura.

Ni él ni ella olvidaron, y cuando algunos años después volvió Rosarito, mayor de edad y libre para disponer de su corazón y de su persona, con una férrea voluntad que nadie habría sospechado bajo su grácil hermosura, huyó de su casa y fué a pedir asilo a una tía, y se casó con su fiel amigo, desafiando el rencor de toda la familia.

Durante muchos meses el episodio fué en Santa Fe el asunto palpitante, que se comentaba en todas las reuniones.

El padre se vengó de la hija, traspasando sus bienes cuantiosos en forma que a su muerte, que ocurrió poco después, los hijos lo tuvieran todo y ella nada.

Uno de sus hermanos, sin embargo, condolido de su situación, le donó la casa en que don Serafín instaló su escuela, único medio de vida que le quedó después de su aventura.

Pero eran felices en su humildad, rayana en la miseria, y cuando tres años después Rosarito murió al nacer su hija, el pobre maestro creyó que el mundo se iba a quebrar y que él se hundiría en el espacio como un pedazo de estrella.

No ocurrió la catástrofe. Las gentes continuaron haciendo su vida ordinaria; sus cuñados ni siquiera fueron al entierro, y él mismo siguió viviendo una vida más obscura, envuelto en inofensivas manías que amortiguaban su dolor, y odiando casi a la chicuela, que crecía ignorante del mal que había hecho; hasta que un día, como un volcán que renace, irrumpió en el corazón del maestro, que se hacía viejo, un amor inmenso hacia la niña, que llevaba el nombre de su madre.

No tenía de ella otro rasgo que los ojos azules, profundos como el cielo en las noches de luna, y aquella amable seriedad que la hacía estarse horas enteras mirando trabajar al maestro.

La niña creció sola en el antiguo caserón de la escuela. Una mulata fiel, hija de una esclava de los Insúa, sirvióles allí hasta que murió, y enseñó a Rosarito a rezar y a ser dueña de casa, mientras su padre la atiborraba con su ciencia, y después de las lecciones, le llenaba la cabeza con los mismos cuentos de reyes y de sultanes y de pescadores, que le conquistaron el amor de la madre.

Cuando murió la criada, se resignaron a vivir solos, cargando Rosarito, que tenía quince años, con todo el quehacer de la casa.

El maestro daba sus clases en un largo salón, enladrillado, que tenía una puerta a la calle, y un techo de madera labrada, como si toda la riqueza de sus dueños, en los tiempos en que se construyó, hubiera querido hacerse ver en las gruesas y profusas vigas de cedro, con prodigiosos adornos a escoplo.

Ya en los años de don Serafín, aquella casa más que secular, se apreciaba como un tesoro, por los que a ojo calculaban el valor del cedro empleado en sus techos.

Y don Serafín en los días de hambre, llamaba a su hija y le mostraba aquello:

—¿Sabes? ¡si nosotros quisiéramos!

Cuando la niña era pequeña, asistía a las clases y aprendía a la par de los otros alumnos: cuando fué mayor, y quedaron solos, mientras su padre repetía las lecciones, ella adentro trabajaba como un ama y como una criada, en la cocina, en el lavadero, en el jardín.

El patio era grande y cuadrado. En dos de sus lados había corredores de teja, con pilares de algarrobo. En los otros dos, que daban al Sur y al Oeste, solamente la tapia cubierta de plantas de diamela, que se encaramaban hasta el borde, y en primavera se nevaban de flores capitosas.

En el centro del patio, crecían profusamente las plantas que entonces se estilaban, cuidadas todas por la mano experta de la niña.

Por una puertita falsa abierta en la tapia del Sur, pasábase a una huerta contigua, llena de naranjos, en la que había además una antiquísima higuera, maravillosa por su frondosidad, que había hecho alrededor de su tronco, a causa de sus ramas perezosas, caídas hasta el suelo y sostenidas por puntales, una enorme estancia, a donde sólo se podía entrar por algunos boquetes, abiertos disimuladamente en el ramaje.

En la huerta se criaban las gallinas, que completaban la fortuna del maestro.

Rosarito amaba su jardín y su huerta, donde estaban todas sus amistades. Las gentes parecían olvidadas de la novela del maestro, pero continuaba pesando sobre ellos un inexplicable ostracismo, del que por su parte no trató nunca de salir.

Orgullosa por instinto de raza, lastimábala el poco aprecio que hacían de su padre, cuyo apellido Aldabas, no tenía realmente la sonoridad aristocrática del de su madre.

Rara vez salía, como no fuera a la misa del alba, los domingos, y algunos días en que estaba triste, y anhelaba un consuelo más alto que el que podían darle las gentes, que apenas la conocían. Pasaba por la plaza, para llegar al colegio de los Jesuítas, y en su ignorancia de las modas, se vestía siempre como le enseñó la mulata que la criara, de blanco y con un manto celeste.

Algunas veces llevaba a la Virgen de los Milagros un ramo de flores de su jardín, y cuando cruzaba por la calle, las gentes se volvían a mirarla, porque era su figura como un sueño que pasa.

Por eso prefería las horas en que las calles estaban solitarias y cerradas las puertas.

En la humildad de su vida también ella, que había heredado la ternura de su madre, iba siguiendo la trama de un romance, desconocido de todos, y cuya intriga le ponía en los ojos azules una pincelada de ensueño, y en la frente pura una arruga leve, en que se adivinaba su voluntad, templada para todas las batallas que podía reservarle el destino.

La tía lejana, en cuya casa halló refugio su madre, muerta hacía tiempo, dejó un niño al cuidado del maestro.

Francisco Insúa entró así en la casa de Rosarito, mayor que ella bastantes años, de tal modo que cuando ella no era más que una chicuela, él era ya un precoz hombrecito que jugaba a las revoluciones.

Se criaron juntos en la escuela. Él la protegía como a una hermanita, y los otros alumnos, que alguna vez se hubieran vengado en ella de las penitencias del maestro, debieron respetarla porque Francisco Insúa estaba siempre pronto a repartir puñetazos entre los que hubieran osado tocar uno solo de los rebeldes cabellos castaños que llenaban de sombra sus ojos inocentes.

Pero Francisco debió abandonar la escuela de don Serafín, porque ni la estéril gramática ni la complicada aritmética, las dos materias fuertes de la institución, llegaron a interesarle nunca, y de la Historia Sagrada, que se les hacía leer en la obra de Mazo, no sacó en limpio más que una profunda admiración por los filisteos gigantes y por el incontrastable Sansón.

Lo hicieron ingresar entonces en el colegio de los Jesuítas, donde no pudo estar tres años; disgustóle la férrea disciplina y se hizo expulsar.

Turbulento y fuerte, acaudillaba a todos los muchachos de su edad, sometidos a él por la destreza insuperable con que boleaba patos y chorlitos en las orillas del Salado, y por su bravura en las peleas y aun por su descreimiento en las cosas que no se veían.

Una noche hizo una apuesta, saltó las tapias del cementerio de San Antonio y se fué a apedrear las lechuzas entre las cruces de los sepulcros; y para más estupor de sus camaradas, se quedó a dormir en la capilla, que habían dejado abierta.

A la mañana siguiente llegó a casa del maestro, pálido pero sonriendo, para disipar la angustia de Rosarito que había pasado la noche llorando por él.

Sólo a ella le confió la verdadera historia de aquella aventura, que le había ganado para siempre la admiración de cuantos llegaron a saberla, pero que dejó en su alma un germen de terror supersticioso.

—"Ya ves—le dijo—yo no creo en las ánimas, pero anoche tuve miedo, miedo de veras. La capilla estaba obscura, y para que entrara un poco de luz cuando saliera la luna, dejé entornada la puerta y me eché a dormir sobre la tarima del altar. Me despertó el ruido de la puerta que se cerró de golpe, como si alguien la hubiera atropellado; pensé que era el viento, pero cerca del techo había una claraboya y a la luz de la luna, alta ya, se veían las ramas de un ciprés inmóvil. No era el viento. Quise saber quién había entrado, pero no me animé; tuve miedo de moverme, sin saber por qué. Me quedé quieto, sin respirar, pareciéndome que algo andaba cerca de mí, no por el suelo como un hombre, sino por el aire como un ave, o como un alma en pena, y que era algo tan grande que llenaba la iglesia. Sentí un aletazo en la cara y me quedé helado, la cabeza pegada en la tarima, cerrando los ojos para no ver, pero conteniendo la respiración para oír mejor. Me pareció entonces que "aquello" estaba allí, a mi cabecera y que respiraba como un niño. No sé cuánto tiempo pasé de ese modo; oí las campanas de Santo Domingo que tocaban antes del alba y abrí los ojos. La iglesia negra y silenciosa, parecía atravesada por una espada de oro, y era un rayo de luna.

"Por la claraboya veíanse las ramas del ciprés, que empezaban a temblar al viento de la mañana. Sintiendo siempre cerca de mí aquello que había entrado a pasar la noche conmigo, me atreví a mirar y ví un cuervo inmóvil como un adorno del altar, posado en una esquina, negro, de cabeza pelada y de ojos brillantes que me miraban fijamente. Me paré de un salto, pero él no se movió, y entonces ví una mano blanca, larga como de una mujer, con un anillo en el dedo, que el cuervo tenía entre las garras. Tuve miedo, porque no miraba su comida, me miraba a mí, como si me hubiera penetrado el olor de cadáver que despedía la mano, y el cuervo creyera que yo era el muerto."

A los años, aquella aventura que él le confió, permanecía viva como un relato reciente, en la memoria de Rosarito.

Él le había dicho: ¿No contarás a nadie que tuve miedo? Y ella se lo prometió y había cumplido.

Francisco Insúa, heredero de una gran fortuna en campos y haciendas, desde que fué hombre pasaba lo más del tiempo en sus estancias, bajando rara vez a la ciudad, casi siempre con propósitos revolucionarios.

Un gobernador amigo, caso extraordinario, pues era enemigo por sistema de todos los gobiernos, agracióle con el cargo honorífico de capitán de guardias nacionales, y con esa designación llegó a los tiempos de Iriondo y de Bayo, que no conocieron adversario más perseverante y activo, por lo cual, cada vez que llegaba a la ciudad, la policía echaba detrás de él sus mejores pesquisantes, para seguirle los pasos.

Una tarde—aquella tarde en que don Serafín tuvo la buena fortuna de hallarse con el Gobernador y con Iriondo,—Rosarito, sola, en la gran casa que empezaba a anegarse dulcemente en la sombra de la noche, sentada sobre un poyo del jardín, en el centro del patio cuadrado, escuchaba la música de la retreta, que llegaba a oleadas, mezclada con el perfume otoñal de las magnolias, que se deshojaban a su vera.

Sentía el alma entristecida por la soledad en que les dejara el hombre que la quería como a una hermana y a quien ella amaba como a un novio.

El día anterior estuvo don Pedro Montarón a pedir noticias de él, y eso era señal para ella de que algo se tramaba. Llenábasele de angustia el corazón, adivinando los riesgos de aquellas aventuras, pero alegrábala el presentimiento de que él vendría.

"Una voce poco fa", tocaba en la plaza la banda de policía, y las frases vehementes de esa música, le daban la impresión de que si ella, alguna vez no se decidía a confesarle su amor, él pasaría a su lado sin sospecharlo.

Sintió que la puerta de calle se abría, arrastrando la piedra que la calzaba, y creyendo que fuera su padre, se quedó allí, persiguiendo su ensueño, entre las sombras de la noche que habían ganado el jardín.

Sólo vió que era Francisco Insúa, cuando él la apretó en sus brazos y la besó en la frente.

—¡Francisco!

Él la hizo callar.

—Que nadie sepa mi llegada. ¿Tu padre? ¿Está en la plaza? ¿Mi cuarto?

En el caserón de la escuela había siempre lista para él una pieza, que Rosarito cuidaba con incansable esperanza.

Pero esa vez tenía otros designios.

—Ahora no quiero dormir allí. Es necesario que si alguien viene y entra de improviso, no sospeche mi presencia. Debo esconderme; dos o tres días, nada más. Arriba, en la guardilla del techo, sobre las vigas del cielorraso, estaré seguro y cómodo.

Ella lo miraba hablar, penetrada de admiración y de ternura, y llena de recelos.

Cuando llegó don Serafín, ya el capitán Insúa tenía su escondrijo, difícil de encontrar, y podía aguardar, sin peligro, la visita de los que con él tramaban la revolución.

III
La conspiración

Al toque de ánimas esa noche, la ciudad parecía desierta.

En la calle de Comercio, que cruzaba los barrios más poblados, no se veía un solo farol encendido. Durante el día se había estado anunciando la tormenta, que a esa hora barría con impetuosas rachas de viento y de lluvia el polvo del arroyo, que pronto fué un lodazal.

Cuando el trueno callaba sentíase la voz lamentable de la campana de San Francisco, obstinada en anunciar a las gentes que habían dado las ocho y debían rezar por las almas de los muertos.

Don Patricio Cullen, el jefe de los adversarios del gobierno, tenía su casa en la calle principal, a poco más de dos cuadras de la plaza, y no lejos de una esquina, donde esa noche, a la luz de los relámpagos, podía advertirse la presencia de dos hombres, embozados en capas obscuras, que desde hacía más de una hora desafiaban allí el vendaval y la lluvia.

Uno de ellos era don Braulio Jarque, jefe de policía, a quien el gobernador Bayo encomendaba la seguridad de su gobierno; y el otro era su secretario y cuñado, el joven teniente de milicias nacionales Carmelo Borja.

Jarque era español, amigo, casi camarada de don Serafín Aldabas, aunque más joven y llegado al país muchos años después que él.

Ocupado en la policía como escribiente en los tiempos de Iriondo, eleváronle al rango de comisario, y de tal manera acreditó su sagacidad en descubrir los planes revolucionarios y hacerlos abortar, la más grave misión de la policía de aquel tiempo, que Bayo, en su gobierno, lo hizo jefe, y los revolucionarios tuvieron que reconocer en él un enemigo terrible, que por vías misteriosas se apoderaba de todos sus secretos.

Y así las revoluciones dejaron de ser calaveradas repentinas e improvisadas, hechas sin plan y sin más propósito que mantener la alarma entre los hombres de gobierno, y debieron transformarse, a lo menos mientras Jarque estuviera en la policía, en un arte de conspiración prolijo y difícil.

Era el jefe un hombre frío y perseverante, de físico mezquino, calvo a los cuarenta años, con una pierna más corta que le hacía rengar, defecto que él procuraba disimular, porque era vanidoso, y comprendía lo mal que sentaba a la majestad de su cargo.

Hacía dos años que se había casado con Gabriela Borja, casamiento inesperado, que no debía ser feliz, por cuanto él vivía en la ciudad, mientras ella se quedaba al lado de su madre, viuda, en la antigua estancia de los Borja, que llamaban "la casa de los cuervos", como a ocho leguas al Nordeste de Santa Fe, sobre el arroyo de Leyes.

Desde algunos meses atrás, Jarque, gracias a los espías que tenía diseminados en las estancias de los opositores mismos, Cullen, Montarón e Insúa, comprendía que se estaba urdiendo una revolución, cuyo desenlace no parecía lejano, a juzgar por lo frecuente de ciertas visitas sospechosas, y de algún movimiento de peonadas en las colonias del Norte, Helvecia y California, donde los revolucionarios tenían una gran popularidad entre los colonos extranjeros.

Lo que desorientaba todos los cálculos era la inacción, aparente a lo menos, del capitán Insúa, quien no se movía de su estancia, ni demostraba preocuparse por la "yerra" de su hacienda, que se anunciaba para dos o tres meses más tarde.

Cuando Insúa marcaba los terneros de sus vacadas, cosa que hacía en el otoño, era una fiesta de dos semanas para todos los criollos de aquellos lugares, que acudían a prestar su ayuda, con el propósito de participar en el interminable jolgorio de la faena; y había años que los "tarjadores", que llevaban la cuenta de los animales marcados, haciendo tarjas con el cuchillo en ramitas peladas, contaban al final de la "yerra", diez mil rayas, que significaban diez mil terneros puestos bajo la célebre marca de Insúa, un corazón partido por una flecha.

Aquellas fiestas en que llegaban a reunirse hasta doscientos peones, solían servir de preludio a la revolución. Las conversaciones, el relato de aventuras políticas, el licor repartido sin tasa, caña del Paraguay, apenas rebajada con agua, encendían el entusiasmo opositor, y sin más preparativos, se ponían en marcha a caballo, hacia la capital, a la que entraban de noche, rumbo a la policía, mal armados, disparando trabucazos al azar, siendo rechazados fácilmente y con escasas pérdidas.

Cuando Jarque se hizo cargo de la policía, hiciéronse más raras tales asonadas. Sabíase que el jefe no deseaba que se concluyeran los movimientos revolucionarios, sin que él tuviera ocasión de hacer un escarmiento. Creíasele capaz de fusilar sin proceso alguno a los cabecillas que cayeran en sus manos, aunque eso hubiera de costarle el cargo a él y el gobierno a los suyos; pero todos, hartos de la intranquilidad en que vivían, cerraban los ojos y le dejaban hacer.

Las revoluciones entraron así en un período de laboriosa preparación, pues los opositores habían comprendido el riesgo de toda aventura mientras aquel hombre estuviera contra ellos, y era preciso no jugar ningún lance, sino con las mayores probabilidades de éxito.

Hacían la revolución, como una función normal en su vida política, sin grandes odios personales, por el sólo deseo de tumbar un gobierno, que los mantenía a raya; y se resignaron a esperar hasta que se ofrecieran las circunstancias propicias, que un día Jarque tuvo la sospecha de que habían llegado.

Don Pedro Montarón iba a dar un gran baile, celebrando el compromiso de su hija Syra con el teniente Carmelo Borja, secretario de Jarque.

Montarón era el Creso de los opositores, la bolsa abierta siempre para costear las revoluciones.

El jefe de policía sospechó que aquel baile podía ser un pretexto para atraer a los hombres del gobierno, relacionados con él, y que no obstante la diversidad de opiniones políticas, no se negarían a asistir. Retenidos en la fiesta, podía el capitán Insúa con su gente caer sobre la ciudad desprevenida, y aun hacer prisioneros a los asistentes a ella.

Sus sospechas se confirmaron cuando le hicieron saber que Montarón había visitado al inofensivo don Serafín, y por el Gobernador supo el objeto de aquella visita, indicadora de que en la ciudad se esperaba la llegada de Insúa.

Pero el joven revolucionario astuto y acostumbrado a aquellos lances, logró entrar en Santa Fe, sin que lo advirtiera la policía de Jarque, de modo que esa noche, mientras el jefe con su secretario, se guarecían de la tormenta bajo el alero de aquella esquina que les permitía observar la casa de don Patricio Cullen, estaban lejos de sospechar que él ya estuviera en sitio seguro, aguardando precisamente a Cullen y a Montarón con quienes debía planear los detalles de la revolución para la noche del baile.

Hacia el extremo de la galería del naciente, había en la escuela una extensa pieza, cuyas puertas y ventanas daban al patio. Era el comedor, el punto de cita, por estar lejos de la calle y próximo a la huerta, para el caso de una sorpresa de la policía.

Al toque de ánimas, esa noche, había concluído la cena frugal, y don Serafín buscó su silla hamaca, en que solía dormitar después de comer, la acercó a la puerta entornada, para mirar el patio, inundado de lluvia, que chispeaba a la luz de los relámpagos, y se quedó allí distraído mientras llegaba el sueño, persiguiendo las siluetas esfumadas de sus antiguos recuerdos.

Junto a la mesa—una mesa de algarrobo lustrado, con aletas que se plegaban o se abrían para agrandarla—sentáronse Rosarito e Insúa, a relatar la historia de los días pasados sin verse.

Una lámpara con pantalla de cartón, fabricada por la niña, diseñaba un disco luminoso en el centro de la mesa, acusando con fuertes contrastes las facciones del joven, sus ojos grandes y obscuros, su tez pálida tostada por el sol, su barba negra recortada al uso de entonces, su pecho fuerte, sus manos poderosas, que de cuando en cuando se posaban sobre la tabla, donde ella, que lo miraba con los ojos iluminados por los pensamientos cariñosos, tenía puesta una de las suyas, que se abandonaba confiada en la de él.

Los ángulos de la pieza quedaban en la sombra. Dos escaños, arrimados a la pared, a uno y otro lado, recordaban el tiempo en que don Serafín tenía pupilos en su escuela, y mayor concurrencia a su mesa. Una alhacena, en el fondo, cubierta con una cortinilla rosada, y una rinconera con un vaso de flores, completaban el mueblaje de la pieza enorme y fría, con sus paredes pintadas a la cal, y su cielorraso de lienzo, que a cada racha de viento se alzaba como un pecho fatigado y crujía como si fuera a rasgarse.

A cada ruido Insúa intranquilo miraba a su alrededor, y Rosarito sonreía.

—Siempre es así—le decía.

Y él continuaba el relato de su vida, que ella atendía con ansiedad, buscando en los innumerables cuadros de aquel tiempo en que tanto pensara en él, la huella de algún pensamiento que él le hubiera dedicado enteramente.

Montarón fué el primero en llegar a la cita. Entró al lóbrego caserón de la escuela, no por la puerta de calle, sino por la huerta, cuyas tapias escaló, porque daban a los fondos de su casa.

Era un hombre de cincuenta años, bajito, regordete, pero ágil y movedizo. Todo rasurado y muy pulcro, con los tupidos cabellos grises cortados al rape, su fisonomía rubicunda, animada por una constante sonrisa, tenía algo de eclesiástico.

Era muy rico, y al revés de Insúa, no tenía una sola vaca, pero sí mucho dinero contante, ganado en empresas bancarias.

Uruguayo, radicado en Santa Fe desde largo tiempo atrás, se hallaba tan vinculado a su suelo por sus negocios y sus amistades, que allí pensaba morir.

Al ruido que hizo sacudiéndose las botas y la capa embarrada, despertó don Serafín, que se alzó de la silla alarmado, sacando su reloj.

—¡Señor don Pedro!—dijo con profunda reverencia.

—¡Señor don Serafín!—respondió estrechándole la mano, y entró al comedor, desvaneciendo con su llegada la tela de ensueño que envolvía, a los ojos cándidos de Rosarito, aquel cuadro familiar.

Abrazó fuertemente a Insúa, arrastró uno de los escaños hasta la mesa, negándose a aceptar ninguna de las sillas que le ofrecieron, y se sentó buscando la sombra de la pantalla, para observar mejor.

Su sonrisa maliciosa hizo ruborizar a Rosarito.

Antes de que hablara ninguno de ellos, cohibidos como estaban por diferentes sentimientos, un empujón dado a la puerta de la calle, cuya piedra se arrastró sobre las losas del zaguán, les anunció la llegada de un nuevo contertulio.

Debía de ser don Patricio Cullen, por lo cual Insúa salió a recibirlo y a trancar la puerta, que dejaron entornada, a fin de que el jefe de los revolucionarios entrara sin llamar.

Don Serafín, que no le esperaba, viéndole llegar sintió crecer su alarma y tornó a mirar el reloj, con aquel gesto a que recurría en los casos apurados.

Adivinó qué podía significar aquella reunión y cuchicheó al oído de Cullen:

—¿Así pues, señor don Patricio, se trata de una revolución?

Don Patricio le apretó la mano con una gran cordialidad y le respondió sonriendo:

—Si fuera así, mi amigo, ¿podríamos contar con usted?

—¿Conmigo?—exclamó el maestro, retirando su silla del hueco de la puerta, como si la palabra comprometedora de Cullen hubiera resonado en toda la ciudad y él temiera la repentina irrupción de la policía.

—Sí, don Serafín; necesitamos que usted nos dé la hora para que todos nuestros relojes estén de acuerdo. El secreto del éxito en las revoluciones está en que se produzcan en el momento preciso.

—¡Ah, señor don Patricio!—respondió súbitamente interesado el maestro—si ustedes tuvieran un "Losada"...

El ex gobernador de Santa Fe había tomado asiento ya en la silla que le ofreció Rosarito, junto a la de Insúa, la que ella ocupaba.

Don Serafín en pie, aguardando una explicación que no vino, miraba con nueva angustia el cuadro alarmante que alumbraba su pacífica lámpara.

Era amigo de aquellos tres hombres reunidos para conspirar, sin duda, y era como el padre de uno de ellos, y a pesar de eso y de su afición a las intriguillas políticas, la cosa parecía más seria que de costumbre, y la conspiración se realizaba allí, bajo el techo de su escuela, cuya existencia estaba en mano del gobierno, que la subvencionaba.

—¡Señores!—les dijo; pero la voz se le anudó en la garganta.

Los tres lo miraron.

—Usted nos dará la hora;—volvió a indicarle don Patricio, con amable sonrisa,—hasta entonces sea sordo, ciego y mudo.

—Mudo sobre todo, mi tío—añadió Insúa, haciendo luego una seña a Rosarito para que los dejasen solos.

El maestro salió suspirando y palpando su reloj, con una explicable angustia, desde que acababan de manifestarle que en su preciosa máquina estaba encerrado el minuto decisivo de la revolución.

—¡Mi reloj, mi reloj!—exclamaba, siguiendo dócilmente a su hija, que lo hizo acostarse.

—¿Es seguro ese hombre?—preguntó Cullen cuando quedaron solos.

La luz de la lámpara daba de lleno sobre la figura majestuosa de don Patricio, y su barba castaña, abierta sobre el pecho adquiría tonos dorados.

—Completamente seguro—respondió Insúa—y su casa debe ser hoy el punto de cita menos sospechoso.

Montarón arrugó la nariz, con gesto de duda.

—No tanto. Ayer me crucé en la puerta con uno de los pesquisas de Jarque. Por lo que se hizo el indiferente al verme, sospecho que no dejó de notar mi presencia en el sitio. Por eso he venido hoy como un ladrón o como un enamorado, saltando las tapias, procedimiento que aconsejaría a don Patricio, si viviera más cerca.

Don Patricio sonrió; era muy grueso y lo que para aquel hombrecillo rechoncho, pero ágil, resultaba un juego, para él habría sido lo más difícil de la revolución.

—La noche es a propósito para merodeos de esta clase—observó Cullen.—Yo he podido salir sin que nadie me viera, porque en toda la calle Comercio, embarrada y tenebrosa, no se hallaría alma viviente. La luz de los relámpagos me guiaba, para no estrellarme contra las rejas salientes de las ventanas, y para cruzar sin riesgos mayores los fangales de cada esquina.

Hablaba despacio, con voz suave, insinuando más que diciendo lo que pensaba. Montarón le escuchaba con una sonrisa que podía seguir siendo un gesto de duda; Insúa, grave y triste, como oprimido por un presentimiento.

Afuera, la lluvia, más intensa que a la hora de ánimas, seguía cantando en los caños de teja, de donde caían chorros sonoros que corrían luego por los albañales a engrosar el torrente de la calle.

Un momento prestaron oído a los rumores que venían de afuera. Insúa pensó en Rosarito, dormida quizás, y comenzó luego a explicar su plan revolucionario.

Tenía listos ciento veinte hombres, acampados a esas horas en los sauzales del arroyo de Leyes; a la mañana se pondrían en marcha sobre la ciudad, según las órdenes que les había dejado, y entrarían a la oración.

Tenían dos chalanas cargadas de leña, en que llegarían al puerto, cruzando la laguna. Otros estaban ya en la ciudad, adonde habían llegado en carros de colonos, tirados por buenos caballos, que les servirían para montar, o habían entrado como peones de estancia, a buscar provisiones.

—¿Bien armados?—preguntó Montarón.

—Estos no; tienen sus cuchillos, que pueden ser lanzas, atados en una caña tacuara.

—¿Y los otros?

—Los que vienen en las chalanas son los suizos de Helvecia, armados con carabinas y con rémingtons. Algunos criollos tienen trabucos. La munición es escasa, pero no se necesitará mucha.

—Así es—observó Cullen—el éxito está en sorprender a la policía. Si no entramos en el primer asalto, la batalla está perdida, y no habrá más que desbandarse y buscar refugio donde sea posible hallarlo.

La luz de la lámpara le molestaba, por lo cual había buscado la sombra y hablaba desde allí. Sólo Insúa permanecía al lado de la mesa y sus ademanes y el brillo de sus ojos se armonizaban con todos los rasgos de su lujosa juventud.

—Y los que han llegado—interrogó—¿dónde están?

—En la barraca de Fosco, a orillas del río, al Sud, que es donde atracarán las chalanas, para estar más cerca de la policía.

Hubo una pausa, en que los tres prestaron oído al rumor de la lluvia, que de cuando en cuando se ahogaba en el fragor de un trueno.

—Mi mayor confianza está en lo que hagamos en el baile—dijo Montarón, bajando la voz—Iriondo y Bayo irán; Jarque ciertamente no faltará, y como no estarán prevenidos, en cuanto suenen los primeros tiros en la plaza podremos tomarlos como en una ratonera.

Insúa no parecía participar de esa opinión.

—Eso no es pelear—objetó—eso es entrampar a los hombres, como si fueran ratones. Prefiero el ataque, lanza en ristre, al frente de mi caballería...

—Ellos son más y están mejor armados.

—Nuestros hombres no pelean por la paga, como los de ellos; y esa es una ventaja que compensa el número y la diferencia de las armas.

—Tendremos que ir contra el batallón "7 de Abril", que es de línea, capitán—observó Montarón.

—Mejor; eso enardece. Lo que desmoraliza es pelear contra flojos que se esconden o disparan.

Tras un momento de silencio, Cullen, deseando armonizar las dos opiniones, dijo acercándose a la luz:

—Las dos cosas deben hacerse. Es necesario el asalto a la policía, y al mismo tiempo la celada del baile. Una maniobra sin la otra nos llevaría al fracaso, que ha sido siempre el término de nuestras revoluciones. El capitán Insúa mandará el asalto; y nosotros, en el baile, en cuanto suenen los primeros tiros, aprovechando la sorpresa de los iriondistas, caeremos sobre ellos. Apresados Iriondo y Bayo, la tropa del gobierno se rendirá. Hay entre ellos partidarios nuestros que iniciarán el desbande.

Hizo una pausa, esperando alguna observación, y como no la hubo, prosiguió, con su voz suave y sus ademanes tranquilos:

—Por otra parte, ni Bayo, ni Iriondo son niños. Es verdad que toda nuestra mozada distinguida estará en el baile, y se pondrá a nuestro lado, pero las cosas no se llevarán a cabo sin riesgos; porque supongo que no serán esos dos los únicos iriondistas que habrá invitado usted a su fiesta.

—He invitado a todos los que significan algo—respondió Montarón—no sé quienes irán, mas podemos contar con que no faltarán ni el ministro Pizarro, ni el doctor Zavalla, y habrá que tenerlos en cuenta;—y agregó haciendo uso de un término gauchesco—no son gente de arriar con la mano.

Insúa acabó por aceptar la importancia de aquella maniobra, que, en verdad, podía ser más eficaz que las briosas acometidas de sus paisanos a caballo, sembrando de muertos las calles de Santa Fe y huyendo una hora después del ataque.

Mediaba la noche y la lluvia había escampado, cuando los conspiradores, después de precisar los detalles de su plan, disolvieron la reunión.

Don Pedro Montarón escurrióse de nuevo hacia la huerta, y saltó la tapia. Don Patricio Cullen, se envolvió en una capa obscura, con vueltas de terciopelo, y salió franca y gallardamente a la calle, como si nadie pudiera sospechar de él.

Al cruzar la esquina de la Matriz, no vió entre los arcos del pórtico una sombra cautelosa, que acechaba su paso. Era Jarque, quien no había querido confiar a nadie la delicada misión de averiguar las andanzas del jefe de los revolucionarios.

Don Patricio llegó a su casa, tranquilizado por la misma siniestra lobreguez de la ciudad dormida entre los barriales de sus calles sin empedrado.

Cuando Insúa apagó la lámpara y salió del comedor para llegar hasta el escondrijo en que debía pasar la noche encontró en la galería a Rosarito, cuyos ojos fieles radiaban en la sombra.