El conde Lucanor
Nota de transcripción
- Los errores de imprenta han sido corregidos.
- La ortografía del original, muy distinta de la actual, ha sido respetada, sin normalización de variantes.
- Las notas han sido renumeradas y ubicadas al final del párrafo que contiene la llamada.
- Las páginas en blanco han sido eliminadas.
BIBLIOTECA CALLEJA
SEGUNDA SERIE
DON JUAN MANUEL
EL CONDE
LUCANOR
PRÓLOGO Y NOTAS DE
F. J. SÁNCHEZ CANTÓN
MCMXX
Editorial “Saturnino Calleja” S. A.
Casa Fundada el año 1876
MADRID
PROPIEDAD
DERECHOS RESERVADOS
COPYRIGHT, 1920 BY
EDITORIAL «SATURNINO CALLEJA», S. A.
Imp. Jaime Ratés.—Madrid.
PRÓLOGO
«Estando el año pasado en la corte de su Magestad, vino a mis manos este libro del conde Lucanor, que por ser de autor tan ilustre me aficioné a leerle, y comencé luego a hallar en él un gusto de la propriedad y antigüedad de la lengua castellana, que me obligó a comunicarlo a los ingenios curiosos y aficionados a las cosas de su nación; porque juzgaba ser cosa indigna que un Príncipe tan discreto y cortesano y de la mejor lengua de aquel tiempo, anduviese en tan pocas manos.»
Estas palabras, que Gonzalo Argote de Molina puso a la cabeza de la primera edición del Conde Lucanor en 1575, no han perdido actualidad; el «libro de los buenos consejos» es en nuestros días más famoso que leído, y no ha alcanzado la difusión de que es merecedor; ni edición crítica, ni popular y legible de él se ha impreso hasta hoy; y quien desee leerlo ha de acudir a los indigestos volúmenes de la Biblioteca de Autores Españoles, ya que las lindas impresiones de Krapf son costosas y raras como libros de bibliófilo, y la de Knust es inasequible a la mayoría.
A dar un texto de lectura fácil y de tamaño cómodo viene esta edición, que por no estar hecha para «los hombres que saben», carece de todo aparato erudito y de todo empeño de exactitud paleográfica; acéptase en ella, como base, el texto central de Knust, que reproduce el manuscrito más completo, y se moderniza la ortografía—según uso de esta Biblioteca—siguiendo, en especial, la pauta que ha hecho legible a todos el Calila y Dimna.
Es el Conde Lucanor un «exemplario», pero el más bello que se haya escrito nunca; «comparte con el Decamerón la gloria de haber creado la prosa novelesca de Europa», con la ventaja, por parte de la obra del nieto del Rey Santo, de estar terminada ya trece años antes de la peste de Florencia (1348), ocasión de que fuesen narrados los cien inmortales cuentos de Boccaccio.
Se desarrolla la obra en forma de conversación entre un Príncipe, el Conde Lucanor, y su consejero Patronio; las características de Lucanor apenas se declaran en el libro; era señor de vasallos y de estados grandes y estaba en edad no muy moza; las dudas que en su espíritu surgen por asuntos de gobierno o del continuo trato del mundo, resuélvelas su consejero con ejemplos, de los que extrae a su fin sendas reflexiones provechosas condensadas en graciosos viesos. Esto en la primera parte, que consta de cincuenta y un ejemplos[1]. Las tres o las cuatro restantes son de interés y valor muy escasos. La segunda comienza por un razonamiento «por amor de Don Jaime Señor de Xérica», gran amigo de Don Juan Manuel, que le pidió escribiese «más oscuro»; siguen cien proverbios, en su mayor parte lugares comunes de la filosofía moral de la época, expresados a veces con raro acierto y concisión; análoga es la tercera parte (que hasta hoy se ha impreso siempre comprendida en la segunda, y que en esta edición se desglosa, siguiendo el parecer de Doña María Goyri de Menéndez Pidal). La cuarta (tercera en las anteriores impresiones), por una infantil ocurrencia de D. Juan Manuel es punto menos que ininteligible; queriendo hablar «oscuro» y «menos declarado», trueca en completo desorden las palabras, y resultan logogrifos las más vulgares moralidades; la quinta parte (antes cuarta) está constituída por unos amenos razonamientos teológicos: entre ellos figura un bello apólogo. Desde la parte segunda la conversación del Conde y Patronio casi se pierde en un continuo monólogo del consejero.
[1] En el Códice Puñonrostro figuran dos apólogos, que seguramente no son obra de D. Juan Manuel, pero están hermosamente escritos; uno de ellos, según Menéndez y Pelayo, es el cuento de «El durmiente despierto» de las Mil y una noches. El mismo Menéndez y Pelayo no cree tampoco obra de D. Juan Manuel el ejemplo cincuenta.
El lunes 12 de Junio de 1335, estando en su castillo de Salmerón, ganado a los moros, en tierra de Murcia, firma D. Juan Manuel la última hoja del libro de Patronio, comenzado quizá dos o tres años antes. Andaba el Príncipe moralista y guerrero en los cincuenta y tres de su edad al acabar su obra maestra, pues él mismo declara había nacido «en Escalona, martes cinco de Mayo, era de mil et CCC et XX años» (1282 de Cristo).
Hijo del Infante Don Manuel y de su segunda mujer Doña Beatriz de Saboya, desde su nacimiento fué Señor de Peñafiel[2] y gozó del singular privilegio de armar caballeros; a los doce años, su primo Sancho IV le manda a Murcia como Adelantado Mayor de la Frontera, y venturoso en las armas, derrota en Vera a los moros; plácele tanto al Rey esta juvenil victoria, que cuando D. Juan descansaba en el invierno en su señorío, va a visitarle, y encontrando desmantelada y pobre la fortaleza, le hace merced de dineros para que pueda reedificar el castillo, que aun hoy señorea el Duratón y el Duero.
[2] La donación de Peñafiel a D. Juan, fué en el mismo año de su nacimiento. En 1318 fundó el Convento de Dominicos donde se enterró. En 1345 reedificó parte de las fortificaciones. Para el estado actual del castillo y del convento, vid. Ortega y Rubio: Los pueblos de la provincia de Valladolid, t. II, páginas 230 y 55; y el Boletín de la Sociedad Castellana de Excursiones, t. I, 1903, páginas 61 y siguientes.
Sería interminable referir por menor la vida de Don Juan Manuel; tres veces casado, suegro de dos reyes, y a nadie fiel por largo tiempo; su política fué un perpetuo cambiar; no hubo disensión en las tristes minoridades del Rey Emplazado y de Alfonso el onceno en que no jugase papel preponderante; su lealtad a la prudente Doña María de Molina, que tanto le encargara Sancho el Bravo en su lecho de muerte, flaqueó más de una vez; y ya se le ve al lado del revoltoso Infante Don Pedro; ya al de Don Juan el Tuerto; ya al del Infante de la Cerda; ya, en fin, se «desnatura» hasta tres veces, y en una llega a hacer alianza con el Rey moro de Granada contra su natural Señor.
No eran los tiempos sazón de leales; y los hijos de los Infantes de Castilla, como decía el Arzobispo de Santiago D. Rodrigo del Padrón, «fuera mejor si fueran mejores, et nunca fallamos que fueran muy buenos»; y D. Juan Manuel en su vida era un hombre de su época, hacía lo que todos; «recelamos—seguía diciéndole el buen Don Rodrigo—que non queredes fincar sólo, et queredes facer como los otros».
En 1335, por la amenaza de la invasión almohade, apacíguanse un tanto las luchas de Castilla, y Don Juan Manuel, reconciliado con Alfonso XI, aprovecha quizá aquel alto en su constante pelear, y recoge en el Libro de Patronio la experiencia que el tráfago de la vida inquieta había sedimentado en su espíritu, y la varia lectura que había sido su consuelo en el chocar de odios, ambiciones e intereses de que era semillero Castilla toda.
Mas pronto se rompe de nuevo la tregua, y Don Juan, solo con sus vasallos, lucha cuatro años contra el Rey; lógrase, por fin, el 10 de Junio de 1340 cumplida paz, la «más honrada que nunca se falla que la hobiese home en España». Como varón de consejo acompaña al Rey a las gloriosas jornadas del Salado y Algeciras, y al fin de sus días aún se oye su voz autorizada en las Cortes de Alcalá, de las que salió el «Ordenamiento»[3]. Era entonces D. Juan tan poderoso, que «podía ir del regno de Navarra hasta el regno de Granada, posando cada noche en villa cercada et castillos suyos». En sus últimos tiempos placíale vivir en Peñafiel, y en los buenos días del otoño bajaría de su castillo, y rodeado de sus deudos y de discretos «fraires predicadores» de su convento, en alguna olmeda de la ribera del Duratón, contaría el anciano, despaciosamente, algún «exemplo», sazonado con avisos y moralidades «de mucha sciencia».
[3] Varón de consejo y de resolución, tal era el común sentir acerca de D. Juan Manuel; muchos años después de su muerte, cuando Don Fernando, Infante de Castilla, después Rey de Aragón, tenía puesto cerco a Antequera, habiendo dudas en los caudillos de si aventurarse o no a tomar una áspera sierra que era de moros, exclamó el Infante: «Por cierto mengua face aquí mi bisabuelo Don Juan Manuel.» Lo cuenta Argote de Molina.
La fecha de su muerte se desconoce, pero hubo de acaecer antes de Agosto de 1349, en que ya se titulaba Señor de Villena su hijo Fernando[4].
[4] Quien desee saber más noticias de la vida del nieto de San Fernando, consulte el t. III de la Historia Crítica de Amador de los Ríos, y no eche en olvido el consejo de Argote: «el lector puede ver la crónica del Rey Don Alonso XI, donde muy particular memoria del se hace». La crónica de Alonso XI en la Biblioteca de Rivadeneyra, t. LXVI. El Señor Jiménez Soler prepara hace años un estudio acerca de D. Juan Manuel.
El alma de D. Juan Manuel, los hechos de su vida, y sobre todo sus obras, nos la muestran tal cual fué, con todos sus defectos—que eran los de su tiempo—, con todas sus excelsas cualidades, a muy pocos discernidas; cómo fué su cuerpo, lo sabemos también; en una oscura capilla de la Claustra de la Catedral de Murcia figuran su retrato y el de su hija la Reina de Castilla Doña Juana, como orantes en un retablo firmado por el pintor modenés del siglo XIV Barnabas de Mutina[5]. Don Juan Manuel, de barba y cabellos canos y luengos, viste túnica de grana, está de hinojos ante Santa Lucía; es éste quizá el primer retrato pintado que de un escritor español se conserva: sus ojos son hermosos y rasgados, fina y larga la nariz; nobles las facciones, que expresan inteligencia, energía y desengaño.
[5] Al lado opuesto, y orante también, una dama coronada, Doña Juana Manuel, hija de Don Juan, y mujer de Enrique II. Creíase en Murcia eran retratos de los Reyes Católicos; al ilustre arqueólogo señor González Simancas se debe la verdadera identificación; el retablo es una obra importantísima firmada en Génova por un pintor modenés llamado Bernabé, que firma varios cuadros de 1367 a 1376; nacido en Módena, pintó allí entre 1364 a 1380, en Génova en 1364, 70, 80 y 83 en Pisa y en el Piamonte. (Vid. Tormo, Cultura Española (1907), VII, pág. 849.) Corrado Ricci (The Burlington Magazine, «Barnaba da Modena», Noviembre de 1913) desconoce la noticia del retablo de Murcia.
Mucho escribió D. Juan Manuel—Historia, Caza, Política, Moral, Teología...—increíble parece hubiera vagar para ello quien hizo reales los versos del Romancero
Mis arreos son las armas,
mi descanso el pelear.
El ambiente de la corte, a pesar del amor a la cultura de Alfonso X y Sancho IV, no era muy propicio al constante cultivo de las letras, y D. Juan Manuel era motejado por los grandes señores de la época, a los cuales contestaba con frase que hoy mismo pudiera repetir: «pienso que es mejor pasar el tiempo en facer libros que en jugar a los dados o facer otras cosas viles».
Tuvo Don Juan Manuel conocimiento de todo el saber de su siglo[6]; mas su inclinación le llevaba a la Historia y a las «historias»; no hubo colección de cuentos cristianos y orientales que no conociese y que en su memoria no dejase profunda huella, y tan bien se fundían en su espíritu las fábulas de lejana estirpe budista, las consejas y leyendas de Occidente y los sucedidos casi contemporáneos, que con razón dijo de él Rosenkranz: «fué el intermediario entre la novelística oriental y la de Occidente». Tan varias son las fuentes de sus cuentos, que, al decir de Menéndez y Pelayo, «parece imposible reunirlas en tan corto espacio», no hay en el Conde Lucanor ningún relato original; como tampoco lo hay en el Decamerón; la grande originalidad está en el estilo. Al fin de cada cuento encontrará el lector algunas notas acerca de su origen y difusión, en las que claramente se verá lo que aquí se advierte; Knust, en su edición, ilustra minuciosamente las fuentes de cada apólogo, pero acaso extrema los detalles y olvida a veces datos que creo de interés anotar.
[6] A mi docto amigo el R. P. Guillermo Vázquez, de la Orden de la Merced, debo la noticia de un maestro de D. Juan Manuel. En el fol. 88 del t. XLIII de la colección Salazar, en la Academia de la Historia, se halla copia de un epitafio del monasterio de la Trinidad, de Toledo; dos partes tiene la inscripción: latina una, en romance la segunda; casi sin sentido la primera; de ella se deduce era el muerto de estirpe «inclita portugalensis»; los renglones castellanos dicen: Finó Martín Fernández Pantoja, ayo de Don Juan, fijo del Infante Don Manuel, a cinco dias de marzo, era de M. CCC XXVII (1289). Tal vez alguno de los cuentos y consejos de Patronio son recuerdo de las lecciones de este hasta hoy desconocido maestro de la niñez de Don Juan Manuel.
La lengua de D. Juan Manuel es la misma de Alfonso el Sabio; lengua pulida y cortesana ya, en medio de su ingenuidad; está libre de todo amaneramiento retórico; fué el primer escritor de nuestra Edad Media que tuvo estilo en prosa, como fué el Arcipreste de Hita el primero que lo tuvo en verso, y se nos muestra como un estilista superior, en frase del señor Menéndez Pidal.
También hizo versos D. Juan Manuel: un libro de Cantares, que se ha perdido, y los que pone al fin de cada ejemplo en el Conde Lucanor, no muy sonoros y numerosos; pero, como advierte Doña María Goyri, «Don Juan no medía los versos, contaba las sílabas, admitiendo siempre el hiato, y únicamente se permitía apocopar algún verbo o elidir algún pronombre».
La sobriedad, el poner las cosas «en las menos palabras que puedan ser» fué su preocupación, como observa D. Ramón Menéndez Pidal.
Lo que más encanta en su estilo es la ingenuidad, nunca candorosa; siempre hay en él unos adarmes de malicia amable, y en muchos cuentos un fondo de humorismo raras veces amargo; se ve siempre al gran señor superior a su tiempo, y para quien las cosas de este mundo no guardan secretos, que con mirada serena, un tanto escéptica, analiza las acciones de los hombres y adoctrina sin empacho de moral acerca del camino que en la vida se ha de seguir; y todo esto con una expresión limpia de groserías y complacencias de bajos gustos; con justeza anota Menéndez y Pelayo que «para no escribir en el siglo XIV como Boccacio o como el Arcipreste de Hita, se necesitaba una exquisita delicadeza de alma, una repugnancia instintiva a todo lo feo y villano, que es condición estética, a la par que ética, de espíritus valientes».
En el Conde Lucanor—dice Azorín—«todo es sencillo, limpio y claro», Don Juan Manuel «lo escribe atentamente con el gesto sereno del Erasmo retratado por Holbein». «Cuando acaba de escribir uno de sus capítulos, se levanta, da unos paseos por la estancia, contempla sus libros, echa un vistazo por la ventana al paisaje. Desde la ventana se descubre el severo y noble campo de Castilla; una serranía azulina con cimas blancas cierra el horizonte; hasta la línea azul se extiende una campiña suavemente ondulada por los oteros y recuestos.»
F. J. Sánchez Cantón.
BIBLIOGRAFÍA
Del Conde Lucanor se conservan cinco códices, ninguno contemporáneo; el único completo es el 6376 (ant. S-34) de la Biblioteca Nacional; consta de las cuatro partes (cinco, como ha probado Doña María Goyri).
La edición princeps fué publicada por Argote de Molina en 1575 en Sevilla. Reproducciones de ella son: las de Madrid, 1642, Stuttgart, 1839, y Barcelona, 1853, con prólogo de Milá y Fontanals; en estas cuatro ediciones sólo se publicó la primera parte.
En la Biblioteca de Autores Españoles, t. LI, por Gayangos, se publicó ya el texto completo, dividido en cuatro partes. Texto que se reprodujo en dos bellos tomitos por Krapf en Vigo en 1898. Otra imprimió en 1900.
En 1900, Adolf Birch-Hirschfeld publicó las notas y texto (del S-34 con variantes) que Knust preparaba para publicar una edición crítica, que murió sin terminar; de esto dependen los defectos de que adolece la publicación, que, sin embargo, es la única hasta ahora utilizable; al fin van eruditas ilustraciones sobre el origen y descendencia de los cuentos; de ellas hemos entresacado algunas notas.
En fin, en 1902, el citado Krapf publicó en Vigo una escrupulosa edición de la primera parte—más dos interesantes cuentos que no son de D. Juan Manuel—, según un códice que fué de los Condes de Puñonrostro y pertenece hoy a la Academia Española, quizá la más antigua redacción del Conde Lucanor. Completaremos la edición con estos dos cuentos.
Últimamente, en 1914, el Sr. Tenreiro ha publicado un bello arreglo, para niños, de varios cuentos del Conde Lucanor, modernizando el estilo y aun el asunto; y Azorín ha interpretado maravillosamente los ejemplos de Don Illán, el raposo y el cuervo, y Don Alonso Pérez de Valdés, en Lecturas españolas. (Vid. en las Páginas Escogidas de esta Biblioteca.)
Sobre la vida y obras de D. Juan Manuel véanse la biografía de Argote en su edición, los prólogos de Milá y Fontanals y Gayangos a sus impresiones, de Puibusque a su traducción al francés; Amador de los Ríos, Historia crít. de la lit. esp., t. III, páginas 204 y 55; Knust, prólogo y notas a su ed.; M. Goyri de Menéndez Pidal, Romania, XXIX, páginas 600-602, y Rev. de Archivos, t. VII, pág. 320; Bonilla, Anales de la lit., cap. I, pág. 258; Hanssen, Notas a la versificación de D. Juan Manuel; Anales de la Universidad de Chile, 1902; Bulletin Hispanique, t. IV, núm. 4.º; Menéndez y Pelayo, Orígenes de la Novela, t. I, y Menéndez Pidal, Antología de prosistas castellanos, Madrid, 1917, páginas 28-30.
Es de advertir que se conserva un autógrafo de D. Juan Manuel; es una carta al Rey, en la que se transparenta su alma noble y cauta a la vez, publicada en facsímil por el Sr. Jiménez Soler, en la Revue Hispanique, t. XIV, pág. 606.
EL LIBRO DE LOS ENXIEMPLOS
DEL
CONDE LUCANOR
ET DE
PATRONIO
EL LIBRO DE LOS ENXIEMPLOS DEL CONDE LUCANOR ET DE PATRONIO
Este libro fizo don Johan, fijo del muy noble infante don Manuel, deseando que los homes ficiesen en este mundo tales obras, que les fuesen aprovechosas de las honras, et de las faciendas, et de sus estados; et fuesen más allegados a la carrera por que pudiesen salvar las almas. Et puso en él los enxiemplos más aprovechosos que él sopo de las cosas que acaescieron, por que los homes puedan facer esto que dicho es. Et seria maravilla, si de cualquier cosa que acaezca a cualquier homne, non fallare en este libro su semejanza que acaesció a otro.
Et porque don Johan vió et sabe, que en los libros contescen muchos yerros en los trasladar—cuidando por la una letra que es la otra, en escribiéndolo, múdase toda la razón, et por aventura confóndese—et los que despues fallan aquello escripto, ponen la culpa al que fizo el libro; et porque don Johan se receló desto, ruega a los que leyeren cualquier libro que fuere trasladado del que él compuso, o de los libros que él fizo, que si fallaren alguna palabra mal puesta, que non pongan la culpa a él, fasta que vean el libro mismo que don Johan fizo, que es emendado, en muchos lugares, de su letra. Et los libros que él fizo, son estos que él ha fecho fasta aqui: La Cronica abreviada, El Libro de los Sabios, El Libro de la Caballeria, El Libro del Infante, El Libro del Caballero et del Escudero, El Libro del Conde, El Libro de la Caza, El Libro de los Engeños, El Libro de los Cantares. E estos Libros estan en el monesterio de los Fraires Predicadores que él fizo en Peñafiel. Pero, desque vieren los libros que él fizo, por las menguas que en ellos fallaren, non pongan la culpa a la su entención, mas pónganla a la mengua del su entendimiento, porque se atrevió a se entremeter a fablar en tales cosas. Pero, Dios sabe, que lo fizo por entención que se aprovechasen de lo que él diría las gentes que non fuesen muy letrados, nin muy sabidores. Et por ende, fizo todos los sus libros en romance, et esto es señal cierto que los fizo para los legos et de non muy grand saber como lo él es. Et de aqui adelante, comienza el prologo del Libro de los Enxiemplos del Conde Lucanor et de Patronio.
En el nombre de Dios: amen. Entre muchas cosas extrañas et maravillosas que Nuestro Señor Dios fizo, tovo por bien de facer una muy maravillosa; esta es, que de cuantos homes en el mundo son, non ha uno que del todo semeje a otro en la cara; ca como quier que todos los homes han estas mismas cosas en la cara, los unos que los otros, pero las caras en si mesmas non semejan las unas a las otras. Et pues en las caras que son tan pequeñas cosas ha en ellas tan grant departimiento, menos maravilla es que haya departimiento en las voluntades et en las entenciones de los homes. Et asi fallaredes, que ningun home non se semeja del todo en la voluntad nin en la entención con otro. Et facervos he algunos enxiemplos porque lo entendades mejor:
Todos los que quieren et desean servir a Dios, todos quieren una cosa, pero non lo sirven todos en una manera, que unos le sirven en una manera et otros en otra. E otrosí, todos los que sirven a los señores, todos los sirven, mas non los sirven todos en una manera. Et los que labran et crian, et trabajan, et cazan, et facen todas las otras cosas, todos las facen, mas non las entienden nin las facen todos en una manera. Et asi, por este enxiemplo, et por otros que seríen muy luengos de decir, podedes entender, que, como quier que los homes todos sean homes, et todos hayan voluntades et entenciones, que tan poco como se semejan en las caras, tan poco se semejan en las entenciones et en las voluntades; pero todos se semejan, en tanto que, todos usan, et quieren, et aprenden mejor aquellas cosas de que se más pagan que las otras. Et por que cada homne aprende mejor aquello de que se más paga, por ende el que alguna cosa quiere mostrar a otro, débegelo mostrar en la manera que entendiese que será más pagado el que lo ha de aprender. Et porque a muchos homes las cosas sotiles non les caben en los entendimientos porque non las entienden bien, non toman placer en leer aquellos libros nin aprenden lo que es escripto en ellos. Et porque non toman placer en ello, non lo pueden aprender nin saber asi como a ellos cumpliría.
Por ende, yo Don Johan, fijo del Infante Don Manuel, Adelantado Mayor de la frontera et del regno de Murcia, fiz este libro, compuesto de las más apuestas palabras que yo pude, et entre las palabras entremetí algunos enxiemplos de que se podrían aprovechar los que los oyeren. Et esto fiz segun la manera que facen los físicos, que cuando quieren facer alguna melicina que aproveche al fígado, por razón que naturalmente el fígado se paga de las cosas dulces, mezclan con aquella melecina que quiere melecinar el fígado, azucar o miel o alguna cosa dulce; et por el pagamiento que el fígado ha de la cosa dulce, en tirándole para si, lleva con ella la melecina quel ha de aprovechar. Et eso mismo facen a cualquier miembro que haya mester alguna melecina, que siempre la dan con alguna cosa que naturalmente aquel miembro la haya de tirar a si. Et a esta semejanza, con la merced de Dios, será fecho este libro, et los que lo leyeren, si por su voluntad tomaren placer de las cosas provechosas, que y fallaren, serles ha bien, et aun los que tan bien non entendieren, non podrán escusar que en leyendo el libro, por las palabras falagueras et apuestas que en él fallarán, que non hayan a leer las cosas aprovechosas que son y mezcladas, et aunque ellos non lo deseen, aprovecharse han dellas, asi como el fígado et los otros miembros dichos se aprovechan de las melecinas que son mezcladas con las cosas de que ellos se pagan. Et Dios, que es complido et complidor de todos los buenos fechos, por la su merced et por la su piedad, quiera que los que este libro leyeren, que se aprovechen dél a servicio de Dios et para salvamiento de sus almas et aprovechamiento de sus cuerpos, asi como El sabe, que yo, Don Johan, lo digo a esa entención. Et lo que y fallaren que non es tan bien dicho, non pongan la culpa a la mi entención, mas pónganla a la mengua del mio entendimiento. Et si alguna cosa fallaren bien dicha o aprovechosa, agradéscanlo a Dios, ca El es aquel por quien todos los buenos dichos et fechos se dicen et se facen.
Et pues el prólogo es acabado, de aquí adelante comenzará la materia del libro, en manera de un grand Señor que fablaba con un su consejero. Et dicían al Señor, Conde Lucanor, et al consejero, Patronio.
ENXEMPLO I
De lo que contesció a un Rey con un su privado.
Acaesció una vez, que el conde Lucanor estaba fablando en su poridad con Patronio, su consejero, et dijol:
—Patronio, a mi acaesció que un muy grande homne et mucho honrado, et muy poderoso, et que da a entender que es cuanto mio amigo, que me dijo pocos días ha en muy grant poridad, que por algunas cosas quel acaescieran, que era su voluntad de se partir desta tierra et non tornar a ella en ninguna manera, et que, por el amor et grant fianza que en mi había, que me quería dejar toda su tierra, lo uno vendido, et lo al encomendado. Et pues esto quiere, seméjame muy grand honra et grand aprovechamiento para mi; et vos decitme et consejadme, lo que vos paresce en este fecho.
—Señor conde Lucanor, dijo Patronio, bien entiendo que el mio consejo non vos face grant mengua, pero pues vuestra voluntad es que vos diga lo que en esto entiendo, et vos conseje sobre ello, facerlo he luego. E primeramente, vos digo, que esto que aquel que cuidades que es vuestro amigo vos dijo, non lo fizo sinón por vos probar. Et paresce que vos conteció con él, commo conteció a un Rey con un su privado.
E el conde Lucanor le rogó, quél dijiese como fuera aquello.
—Señor, dijo Patronio, un rey era que había un privado en que fiaba mucho. Et por que non puede seer que los homes que alguna buena andanza han, que algunos otros non hayan envidia dellos; por la privanza et bien andanza que aquel su privado había, otros privados daquel rey habían dél muy grant envidia et trabajábanse del buscar mal con el rey, su señor. Et como quier que muchas razones le dijieron, nunca pudieron guisar con el rey quel ficiese ningun mal, nin aun que tomase sospecha nin dubda dél, nin de su servicio. Et de que vieron que por otra manera non pudieron acabar lo que querian, ficieron entender al rey, que aquel su privado, que se trabajaba de guisar porque él muriese, et que un fijo pequeño que el rey habia, que fincase en su poder, et de que él fuese apoderado de la tierra, que faría commo muriese el mozo e que fincaría él señor de la tierra. Et commo que fasta entonce non pudieran poner en ninguna dubda al rey contra aquel su privado, de que esto le dijieron, non lo pudo sofrir el corazón que non tomase dél recelo; ca en las cosas en que tan grant mal ha, que se non pueden cobrar si se facen, ningun homne cuerdo non debe esperar ende la prueba. Et por ende desque el rey fué caido en esta dubda et sospecha, estaba con grant recelo, pero non se quiso mover en ninguna cosa contra aquel su privado, fasta que desto sopiese alguna verdad.
Et aquellos otros que buscaban mal a aquel su privado, dijiéronle una manera muy engañosa, en commo podría probar que era verdat aquello que ellos dicían, et enformaron bien al rey en una manera engañosa, segund adelante oiredes, como fablase con aquel su privado. Et el rey puso en su corazón de lo facer, et fízolo.
Et estando a cabo de algunos dias, el rey fablando con aquel su privado, entre otras razones muchas que fablaron comenzol un poco a dar a entender que se despagaba mucho de la vida deste mundo et quel parescia que todo era vanidad. Et entonce non le dijo más. Et despues a cabo de algunos dias fablando otra vez con aquel su privado, dandol a entender que sobre otra razón comenzaba aquella fabla, tornol a decir que cada dia se pagaba menos de la vida deste mundo et de las maneras que en él veía. Et esta razón le dijo tantos días et tantas vegadas, fasta que el privado entendió que el rey non tomaba ningún placer en las honras deste mundo, nin en las riquezas, nin en ninguna cosa de los bienes, nin de los placeres que en este mundo habíe. Et desque el rey entendió que aquel su privado era bien caido en aquella entención, dijol un día: que había pensado de dejar el mundo et irse desterrar a tierra do non fuese conoscido, et catar algún lugar extraño et muy apartado en que ficiese penitencia de sus pecados, et que por quella manera, pensaba que le habría Dios merced et podría haber la su gracia por que ganase la gloria del paraiso.
E cuando el privado del rey esto le oyó dicir, estrañógelo mucho diciendol muchas maneras por que lo non debía facer. Et entre las otras dijol: que si esto ficiese, que faría muy grant deservicio a Dios en dejar tantas gentes como había en el su reino que tenía él bien mantenidas en paz et en justicia, et que era cierto que luego que él dende se partiese, que habría entrellos muy grant bollicio et muy grandes contiendas, de que tomaría Dios muy grant deservicio et la tierra muy grant dapno, et cuando por todo esto non lo dejase, que lo debía dejar por la reina, su mujer, et por un fijo muy pequeñuelo que dejaba, que era cierto que serían en muy gran aventura también de los cuerpos, como de las faciendas.
Et a esto respondió el rey que: ante que él pusiese en toda guisa en su voluntad de se partir de aquella tierra, pensó en la manera en como dejaría recabdo en su tierra por que su mujer et su fijo fuesen servidos et toda su tierra guardada, et que la manera era esta: que bien sabía él que el rey le había criado et le había fecho mucho bien et quel fallara siempre muy leal et, quel serviera muy bien et muy derechamente, et quel por estas razones, fiara en él más que en homne del mundo, et que tenía por bien del dejar la mujer et el fijo en su poder, et entregarle et apoderarle en todas las fortalezas et logares del regno, porque ninguno non pudiese facer ninguna cosa que fuese deservicio de su fijo; et si el rey tornase en algún tiempo, que era cierto que fallaría muy buen recabdo en todo lo que dejase en su poder; et si por aventura muriese, que era cierto, que serviria muy bien a la reina, su mujer, et que criaria muy bien a su fijo, et quel ternía muy bien guardado el su regno fasta que fuese de tiempo que lo pudiese muy bien gobernar; et asi, por esta manera, tenia que dejaba recabdo en toda su facienda.
E cuando el privado oyó decir al rey que quería dejar en su poder el reino et el fijo, como quier que lo non dijo entender, plogol mucho en su corazón, entendiendo que pues todo fincaba en su poder, que podría obrar en ello como quisiese.
E este privado había en su casa un su cativo que era muy sabio homne et muy grant filósofo. Et todas las cosas que aquel privado del rey había de facer, et los consejos quel había de dar, todo lo facía por consejo de aquel su cativo que tenía en casa.
Et luego que el privado se partió del rey, fuese para aquel su cativo, et contol todo lo quel conteciera con el rey, dandol a entender con muy grant placer et muy grand alegría cuanto de buena ventura era, pues el rey le quería dejar todo el reino et su fijo en su poder.
E cuando el filósofo que estaba cativo oyó decir a su señor todo lo que le había pasado con el rey, et como el rey entendiera que quería él tomar en poder a su fijo et al regno, entendió que era caido en grant yerro, e comenzolo a maltraer muy fieramente, et dijol: que fuese cierto que era en muy grant peligro del cuerpo et de toda su facienda; ca todo aquello quel rey le dijiera, non fuera porque el rey hobiese voluntad de lo facer, sinón que algunos quel querian mal, habían puesto al rey quel dijiese aquellas razones por le probar, et pues entendiera el rey quel placía, que fuese cierto que tenía el cuerpo et su facienda en muy grant peligro.
E cuando el privado del rey oyó aquellas razones, fué en muy grant cuita, ca entendió verdaderamente que todo era asi como aquel su cativo lo había dicho. Et desque aquel sabio que tenía en su casa le vió en tan grant cuita, consejol que tomase una manera como podríe escusar aquel peligro en que estaba.
Et la manera fué esta: luego, aquella noche, fuese a raer la cabeza et la barba, et cató una vestidura muy mala et toda apedazada, tal cual suelen traer estos homes que andan pidiendo las limosnas andando en sus romerías, et un bordón, et unos zapatos rotos et bien ferrados, et metió entre las costuras de aquellos pedazos de su vestidura una grant cuantía de doblas. Et ante que amaniciese fuese para la puerta del rey, et dijo a un portero que y falló, que dijiese al rey que se levantase porque se pudiese ir ante que la gente despertase, ca él allí estaba esperando, et mandol que lo dijese al rey en grant poridat. Et el portero fué muy maravillado cuandol vió venir en tal manera, et entró al rey et díjogelo así como aquel su privado le mandara. E desto se maravilló mucho el rey, et mandó quel dejase entrar.
E desque lo vió como vinía, preguntol porqué ficiera aquello. E el privado le dijo que bien sabía como le dijiera que se quería ir desterrar, et pues él así lo quería facer, que nunca quisiese Dios que él desconosciese cuanto bien le feciera; et que así como de la honra et del bien que el rey hobiera, tomara muy grant parte; que así era muy grant razón que de la laceria et del desterramiento que el rey quería tomar, que él otrosí tomase ende su parte; et, pues el rey non se dolía de su mujer et de su fijo, et del regno et de lo que acá dejaba, que non era razón que se doliese él de lo suyo, et que iría con él, et le serviría en manera que ningún home non gelo pudiese entender, et que aún él llevaba tanto haber metido en aquella su vestidura que les abondaría asaz en toda su vida, et que, pues que a irse habían, que se fuesen ante que pudiesen ser conoscidos. E cuando el rey entendió todas aquellas cosas que aquel su privado le dicía, tovo que se lo dicía todo con lealtad, et gradesciógelo mucho, et contol toda la manera en como hobiera a seer engañado et que todo aquello le ficiera el rey por le probar. Et así, hobiera a seer aquel privado engañado por mala cobdicia, et quisol Dios guardar, et fué guardado por consejo del sabio que tenía cativo en su casa.
Et vos, Señor Conde Lucanor, ha menester que vos guardedes que non seades engañado deste que tenedes por amigo; ca cierto sed, que esto que vos dijo, que non lo fizo sinón por probar que es lo que tiene en vos. Et conviene que en tal manera fabledes con él, que entienda que queredes toda su pro et su honra, et que non habedes cobdicia de ninguna cosa de lo suyo, ca si homne estas dos cosas non guarda a su amigo, non puede durar entre ellos el amor luengamente.
Et el conde se falló por bien aconsejado del consejo de Patronio, su consejero, et fízolo commo le consejara, et fallose ende bien.
Et entendiendo don Johan, que este enjemplo era muy bueno, fízolo escribir en este libro, et fizo estos viesos en que se pone la sentencia del enjemplo. Et los viesos dicen así:
Non vos engañedes, nin creades que en donado
Face ningún homne por otro su daño de grado.
Et los otros dicen así:
Por la piedat de Dios et por buen consejo
Sale homne de coita, et cumple su deseo[7].
[7] Según Knust, relaciónase con una parábola del cap. IV del Barlaam y Josafat, famosa novela mística atribuída a San Juan Damasceno, que tiene sus orígenes en la leyenda budista del Lalita-Vistara. Acerca de la influencia de este libro en la literatura española, hay un notable estudio de F. Haam, vol. X de las Modern Language Notes, de Baltimore, páginas 22-34. Llegó a D. Juan Manuel por una versión oriental árabe seguramente, también de ella hubo de tomar el asunto central de su Libro de los Estados. A la Leyenda Áurea pasó también el Barlaam, capítulo CLXXX.
EJEMPLO II
De lo que contesció a un homne bueno con su fijo.
Otra vez acaesció que el conde Lucanor fablaba con Patronio, su consejero, et dijol: como estaba en grant coidado et en grant queja de un fecho que quería facer; ca, si por aventura lo ficiese, sabía que muchas gentes le trabarían en ello, et otrosí, si non lo ficiese, que él mismo entendíe, quel podrían trabar en ello con razón. Et díjole cuál era el fecho, et rogol quel consejase lo que entendía que debía facer sobre ello.
—Señor conde Lucanor—dijo Patronio—bien sé yo que vos fallaredes muchos que vos podrían consejar mejor que yo, et a vos dió Dios muy buen entendimiento, que sé, que mi consejo vos face muy pequeña mengua, mas pues lo queredes, decirvos he lo que ende entiendo. Señor conde Lucanor—dijo Patronio—mucho me placería que parásedes mientes a un ejiemplo de una cosa que acaesció una vegada a un homne bueno con su fijo.
E el conde le rogó quel dijiese, que como fuera aquello.
Et Patronio dijo:
—Señor, así contesció, que un homne bueno había un fijo; e como quier que era mozo segund sus días, era asaz de sotil entendimiento. Et cada que el padre alguna cosa quería facer, porque pocas son las cosas en que algún contrallo non puede acaescer, dicial el fijo: que en aquello que él quería facer, que veía él, que podría acaescer el contrario. Et por esta manera le partía de algunas cosas quel cumplían para su facienda. Et bien cred que cuanto los mozos son más sotiles de entendimiento, tanto son más aparejados para facer grandes yerros para sus faciendas; ca han entendimiento para comenzar la cosa, mas non saben la manera como se puede acabar, et por esto caen en grandes yerros, si non han quien los guarde dellos. Et asi, aquel mozo por la sotileza que había del entendimiento et quel menguaba la manera de saber facer la obra complidamente, embargaba a su padre en muchas cosas que habie de facer. Et de que el padre pasó grant tiempo esta vida con su fijo, lo uno por el daño que se le seguía de las cosas que se le embargaban de facer, et lo al, por el enojo que tomaba de aquellas cosas que su fijo le dicía, et señaladamente lo más, por castigar su fijo et darle ejiemplo como ficiese en las cosas quel acaesciesen adelante, tomó esta manera segunt aquí oiredes:
El homne bueno et su fijo eran labradores et moraban cerca de una villa. Et un día que facían y mercado dijo a su fijo: que fuesen amos allá para comprar algunas cosas que habían mester: et acordaron de llevar una bestia en que lo trajiesen: et yendo amos a mercado llevaban la bestia sin ninguna carga et iban amos de pié et encontraron unos homes que vinían daquella villa do ellos iban. Et de que fablaron en uno et se partieron los unos de los otros, aquellos homes que encontraron, comenzaron a departir ellos entre sí et dicían que no les parescían de buen recabdo aquel homne et su fijo, pues llevaban la bestia descargada et ir entre amos de pie. E el homne bueno, después que aquello oyó, preguntó a su fijo que quel parescía daquello que dicían. Et el fijo dijo, que decían verdat, que pues la bestia iba descargada que non era buen seso ir entre amos de pié: et entonce mandó el omne bueno a su fijo que subiese en la bestia.
Et yendo asi, por el camino fallaron otros homnes: et de que se partieron dellos, comenzaron a decir que lo errara mucho aquel homne bueno, porque iba él de pié que era viejo et cansado, et el mozo que podría sofrir laceria iba en la bestia. Preguntó entonce el omne bueno a su fijo que quel parescía de lo que aquellos dicían; et él dijol quel parescía que dicían razón. E estonce mandó a su fijo, que descendiese de la bestia et subió él en ella.
Et a poca pieza toparon con otros, et dijieron que facía muy desaguisado de dejar el mozo que era tierno et non podría sofrir laceria, ir de pié et ir el homne bueno que era usado de pararse a las lacerias, en la bestia. E estonce preguntó el homne bueno a su fijo que quel parescíe desto que estos dicían. Et el mozo dijol que segund él cuidaba, que dicían verdat. E estonce mandó el homne bueno a su fijo que subiese en la bestia porque non fuese ninguno dellos de pié.
Et yendo así, encontraron otros homes et comenzaron a decir que aquella bestia en que iban era tan flaca que a ves podría andar bien por el camino, et pues asi era, que facian muy grant yerro en ir entramos en la bestia. Et el homne bueno preguntó a su fijo, que quel semejaba daquello que aquellos homes buenos dicían: et el mozo dijo a su padre, quel semejaba verdat aquello. E estonce el padre respondió a su fijo en esta manera:
—Fijo, bien sabes que, cuando saliemos de nuestra casa que amos veniamos de pié et traíamos la bestia sin carga ninguna: et tu dicías, que te semejaba que era bien. Et despues fallamos homes en el camino que nos dijieron que non era bien, et mandete yo sobir en la bestia et finqué de pié; et tu dijiste, que era bien. Et despues fallamos otros homes que dijieron que non era bien, et por ende descendiste tu et subí yo en la bestia, et tu dixiste que era aquello lo mejor. Et porque los otros que fallamos dijieron que non era bien, mandete subir en la bestia comigo; et tu dijiste que era mejor que non fincar tu de pié et ir yo en la bestia. Et agora estos que fallamos, dicen que facemos yerro en ir entre amos en la bestia; et tu tienes que dicen verdat. Et pues que así es, ruégote que me digas que es lo que podemos facer en que las gentes non puedan trabar; ca ya fuemos entramos de pié, et dijieron que non faciamos bien; et fuí yo de pié et tu en la bestia, et dijieron que errábamos; et fu yo en la bestia et tu de pié, et dijieron que era yerro; et agora imos amos en la bestia, et dicen que facemos mal. Pues en ninguna guisa non puede ser que alguna destas cosas non fagamos e ya todas las ficiemos, et todas dicen que son yerros. Et esto fiz yo porque tomases ejiemplo de las cosas que te acaesciesen en tu facienda; ca cierto sey que nunca faras cosa de que todos digan bien; ca si fuere buena la cosa, los malos et aquellos a que se non sigue pro de aquella cosa, dirán mal della; et si fuera la cosa mala, los buenos que se pagan del bien non podrían decir que es bien el mal que tu feciste. Et por ende, si tu quieres facer lo mejor et más a tu pro, cata que fagas lo mejor et lo que entendieres que te cumple más, et sol que non sea mal, non dejes de lo facer por recelo del dicho de las gentes, ca cierto es que las gentes a lo demás siempre fablan en las cosas a su voluntad, et non catan lo que es más a su pro.
Et vos, señor Conde Lucanor, en esto que me decides que queredes facer et que recelades que vos trabarán las gentes en ello, et si non lo facedes que eso mismo farán, pues me mandades que vos conseje en ello, el mi consejo es este: que ante que comencedes el fecho, que cuidedes toda la pro e el dapno que se vos puede ende seguir, et que non vos fiedes en vuestro seso, et que vos guardedes que non vos engañe la voluntad, et que vos consejedes con los que entendiéredes que son de buen entendimiento, et leales et de buena poridat. Et si tal consejero non falláredes, guardat que vos non arrebatedes a lo que hobiéredes a facer, a lo menos fasta que pase un dia et una noche, si fuere cosa que se non pierda por tiempo. Et de que estas cosas guardáredes en lo que hobiéredes de facer, et lo falláredes que es bien et vuestra pro, conséjavos yo que nunca lo dejedes de facer por recelo de lo que las gentes podrían dello decir.
E el conde tovo por buen consejo lo que Patronio le consejaba. Et fízolo así, et fallose ende bien.
Et cuando Don Johan falló este ejiemplo, mandolo escribir en este libro, et fizo estos viesos en que está abreviadamente toda la sentencia deste ejiemplo. Et los viesos dicen así:
Por dicho de las gentes, sol que non sea mal,
Al pro tenet las mientes, et non fagades al[8].
[8] De los muchos textos que Knust cita por sus relaciones con este apólogo, basta la mención del VI capítulo del libro de Gobin Les coupes ravissantes: procede de una fábula esópica. La Fontaine tiene una con el mismo asunto. En España recuerdo el bello apólogo As Opiniós del poeta gallego J. Pérez Ballesteros, publicado en su libro Foguetes. Coruña, 1888, p. 151.
EJEMPLO III
Del salto que fizo el rey Richalte de Inglaterra en la mar contra los moros.
Un día se apartó el Conde Lucanor con Patronio, su consejero, et dijol así:
—Patronio, yo fío mucho en el vuestro entendimiento, et sé que lo que vos non entendiéredes o a lo que vos non pudiéredes dar consejo, que non ha ningún otro homne que lo pudiese acertar; e por ende, vos ruego que me consejedes lo mejor que vos entendierdes en lo que agora vos diré: Vos sabedes muy bien, que yo non so ya muy mancebo, et acaesciome así, que desde que fuy nascido fasta agora, que siempre me crié et visque en muy grandes guerras, a veces con cristianos et a veces con moros, et lo demás siempre lo hobe con reys, mis señores et mis vecinos. Et cuando lo hobe con cristianos, siempre me guardé que non se levantase ninguna guerra a mi culpa, pero non se podía escusar de tomar grant daño muchos que lo non merescieron. Et lo uno por esto, et por otros yerros que yo fiz contra nuestro Señor Dios, et otrosí, porque veo que por homne del mundo, nin por ninguna manera, non puedo un día solo ser seguro de la muerte, et so cierto que naturalmente segund la mi edat non puedo vevir muy luengamente, et sé que he de ir ante Dios que es tal juez de que non me puedo escusar por palabras, nin por otra manera, nin puedo ser juzgado sinón por las buenas obras o malas que hobiere fecho; et sé, que si por mi desaventura fuere fallado en cosa por que Dios con derecho haya de ser contra mí, so cierto, que en ninguna manera non pudíe escusar de ir a las penas del infierno en que sin fin habré a fincar, et cosa del mundo non me podría tener pro; et si Dios me ficiere tanta merced por que él falle en mi tal merescimiento, por que me deba escoger para ser compañero de los sus siervos et ganar el paraíso; sé cierto, que a este bien, et a este placer, et a esta gloria, non se puede comparar ningún otro placer del mundo. Et pues este bien et este mal tan grande non se cobra sinón por las obras, ruégovos que segund el estado que yo tengo, que cuidedes et me consejedes la manera mejor que entendiéredes que pueda facer enmienda a Dios de los yerros que contra El fiz, et pueda haber la su gracia.
—Señor conde Lucanor—dijo Patronio—mucho me place de todas estas razones que habedes dicho, et señaladamente, porque me dijiestes que en todo esto vos consejase segund el estado que vos tenedes, ca si de otra guisa me lo dijiéredes por me probar segund la prueba que el rey fizo a su priuado, que vos conté el otro día en el ejemplo que vos dije; mas pláceme mucho porque decides que queredes facer emienda a Dios de los yerros que ficiestes, guardando vuestro estado et vuestra honra; ca ciertamente, señor conde Lucanor, si vos quisiéredes dejar vuestro estado et tomar vida de orden o de otro apartamiento, non podríades escusar que vos non acaesciesen dos cosas: la primera, que seríades muy mal judgado de todas las gentes, ca todos dirían que lo facíades con mengua de corazón et vos despagábades de vevir entre los buenos; et la otra es, que sería muy grant maravilla, si pudiésedes sofrir las asperezas de la orden, et si después la hobiésedes a dejar o vevir en ella non la guardando como debíades, seervos hía muy grant daño paral alma et grant vergüenza et grant denuesto paral cuerpo et para la fama. Mas pues esto, bien queredes facer, placerme hía que sopiésedes lo que mostró Dios a un ermitaño muy sancto de lo que había de contecer a él et al rey Richalte de Englaterra.
E el conde Lucanor le rogó quel dijiese que como fuera aquello.
—Señor conde Lucanor—dijo Patronio—un ermitaño era homne de muy buena vida, et facía mucho bien, et sufría grandes trabajos por ganar la gracia de Dios. Et por ende, fizol Dios tanta merced quel prometió et le aseguró que habría la gloria de paraíso: e el ermitaño gradesció esto mucho a Dios; et seyendo ya desto seguro, pidió a Dios por merced quel mostrase quien había de seer su compañero en paraíso. Et como quier que el Nuestro Señor le enviase decir algunas veces con el ángel que non facía bien en le demandar tal cosa, pero tanto se afincó en su petición, que tovo por bien Nuestro Señor Dios del responder et enviole decir con su angel que el rey Richalte de Inglaterra et él serian compañeros en paraiso.
E desta razón non plogo mucho al ermitaño, ca él conoscía muy bien al rey et sabía que era homne muy guerrero et que había muertos, et robados, et desheredados muchas gentes, et siempre le viera facer vida muy contralla de la suya et aún, que parescía muy alongado de la carrera de salvación: et por esto estaba el ermitaño de muy mal talante.
Et desque Nuestro Señor Dios lo vió asi estar, enviol decir con el su angel; que non se quejase nin se maravillase de lo quel dijiera, ca cierto fuese que más servicio ficiera a Dios et más meresciera el rey Richalte en un salto que saltara, que el ermitaño en cuantas buenas obras ficiera en su vida.
E el ermitaño se maravilló ende mucho, et preguntol como podia esto seer.
Et el angel le dijo: que sopiese que el rey de Francia, et el rey de Inglaterra et el rey de Navarra pasaron a Ultramar. Et el día que llegaron al puerto, yendo todos armados para tomar tierra, vieron en la ribera tanta muchedumbre de moros que tomaron dubda si podrían salir a tierra. E estonce el rey de Francia envió decir al rey de Inglaterra que viniese a aquella nave a do él estaba et que acordarían como habían de hacer. Et el rey de Inglaterra que estaba en su caballo cuando esto oyó, dijo al mandadero del rey de Francia, quel dijiese de su parte, que bien sabía que él había fecho a Dios muchos enojos et muchos pesares en este mundo et que siempre le pidiera merced quel trajiese a tiempo quel ficiese emienda por el su cuerpo, et que, loado a Dios, que veía el día que él deseaba mucho; ca si allí muriese, pues había fecho la emienda que pidiera ante que de su tierra se partiese, et estaba en verdadera penitencia, que era cierto quel habría Dios merced al alma, et que, si los moros fuesen vencidos, que tomaría Dios mucho servicio, et serían todos muy de buena ventura.
Et de que esta razón hobo dicha, acomendó el cuerpo et el alma a Dios et pidiol merced quel acorriese, et signose del signo de la santa cruz et mandó a los suyos quel ayudasen. Et luego dió de las espuelas al caballo et saltó en la mar contra la ribera do estaban los moros. Et como quiera que estaban cerca del puerto, non era la mar tan baja que el rey et el caballo non se metiesen todos so el agua, en guisa que non paresció dellos ninguna cosa; pero Dios, así como Señor tan piadoso et de tan grant poder, et acordándose de lo que dijo en el Evangelio; que non quiere la muerte del pecador sinón que se convierta et viva, acorrió entonce al rey de Inglaterra et librol de muerte para este mundo et diol vida perdurable para siempre et escapol de aquel peligro del agua. Et enderezó a los moros.
Et cuando los ingleses vieron facer esto a su Señor, saltaron todos en la mar en pos dél et enderezaron todos a los moros. E cuando los franceses vieron esto, tovieron que les era mengua grande, lo que ellos nunca solían sofrir, et saltaron luego todos en la mar contra los moros. Et desque los vieron venir contra sí, et vieron que non dubdaban la muerte, et que vinían contra ellos tan buenamente, non los osaron asperar et dejáronles el puerto de la mar et comenzaron a fuir. Et desque los cristianos llegaron al puerto mataron muchos de los que pudieron alcanzar et fueron muy bien andantes, et ficieron dese camino mucho servicio a Dios. Et todo esto bien vino por aquel salto que fizo el rey Richalte de Inglaterra.
Et cuando el ermitaño esto oyó, plogol ende mucho et entendió quel facía Dios muy grant merced en querer que fuese él compañón en paraíso de homne que tal servicio ficiera a Dios, et tanto ensalzamiento en la fe católica.
Et vos, señor conde Lucanor, si queredes servir a Dios et facerle emienda de los enojos quel habedes fecho, guisat que ante que partades de vuestra tierra, emendedes lo que habedes fecho a aquellos que entendedes que feciestes algun daño. Et faced penitencia de vuestros pecados et non paredes mientes al ufana del mundo sin pro, et que es toda vanidat nin creades a muchos que vos dirán que fagades mucho por la valía, e esta valía dicen ellos por mantener muchas gentes et non catan si han de que lo pueden complir, et non paran mientes como acabaron o cuantos fincaron de los que non cataron sinón por esta que ellos llaman grant valía o como son poblados los sus solares. Et vos, señor conde Lucanor, pues decides que queredes servir a Dios et facerle emienda de los enojos quel feciestes non querades seguir esta carrera que es de ufana et llena de vanidat. Mas, pues Dios vos pobló en tierra quel podades servir contra los moros tan bien en mar como por tierra, facet vuestro poder por que seades seguro de lo que dejades en vuestra tierra. Et esto fincando seguro, et habiendo fecho emienda a Dios de los yerros que ficiestes, por que estedes en verdadera penitencia, por que de los bienes que fecierdes hayades de todos merescimiento, et faciendo esto podedes dejar todo lo al, et estar siempre en servicio de Dios et acabar así vuestra vida. Et faciendo esto, tengo, que ésta es la mejor manera que vos podedes tomar para salvar el alma guardando vuestro estado et vuestra honra. Et debedes crer que por estar en servicio de Dios non morredes ante, nin vivredes más por estar en vuestra tierra. Et si muriéredes en servicio de Dios, viviendo en la manera que vos yo he dicho, seredes martir et muy bien aventurado, et aunque non murades por armas, la buena voluntat et las buenas obras vos farán martir, et aun los que mal quisieren decir, non podrían; ca ya todos veien que non dejades nada de lo que debedes facer de Caballería, mas que queredes seer caballero de Dios et dejades de ser caballero del diablo et de la ufana del mundo que es fallescedera. E agora, señor conde, vos he dicho el mio consejo segund me lo pidiestes, de lo que entiendo como podedes mejor salvar el alma segund el estado que tenedes. Et semejaredes a lo que fizo el rey Richalte de Inglaterra en el salto e buen fecho que fizo.
E al conde Lucanor, plogo mucho del consejo que Patronio le dió, et rogó a Dios quel guisase que lo pudiese facer como él dicía et como el conde lo tenía en corazon.
Et veyendo don Johan, que este ejemplo era bueno, mandolo poner en este libro, et fizo estos viesos en que se entiende abreviadamente todo el enjiemplo. Et estos viesos dicen así:
Qui por caballero se toviere,
Mas debe desear este salto,
Que non si en la orden se metiere,
O se encerrase tras muro alto[9].
[9] El modo de iniciarse el cuento, y lo que constituye su fondo ideal, es muy semejante al tema que Tirso de Molina desarrolló en su Condenado por desconfiado. (Vid. sobre los orígenes de esta obra capital del Teatro español, el discurso de recepción en la Real Academia Española de don Ramón Menéndez Pidal, 1902); según Menéndez y Pelayo, «Don Juan Manuel trató el tema a lo caballeresco, Tirso a lo teológico». Las raíces del cuento están en Egipto, y una de las versiones más antiguas y completas es la leyenda de S. Pafnucio, uno de los padres del yermo.
La cruzada en que sucede este hecho que cuenta Patronio fué la tercera; constó de dos expediciones, una por tierra, de Federico I Barbarroja, emperador de Alemania, en 1189; marítima otra, en 1190, mandada por Felipe Augusto de Francia y por Ricardo Corazón de León, de Inglaterra. Nárrase por extenso esta cruzada en los capítulos CXCIV y ss. del Libro IV de La gran Conquista de Ultramar (tomo XLIV de la Bb. de AA. EE.), obra seguramente muy leída por Don Juan Manuel; pero en ella no encuentro referencia del salto del Rey de Inglaterra.
El núcleo del cuento, tomado de una antigua narración, De saltu Templarii. Según Knust.
EXEMPLO IV
De lo que dijo un genovés a su alma, cuando se hobo de morir.
Un dia fablaba el conde Lucanor con Patronio, su consejero, et contabal su facienda en esta manera:
—Patronio, loado a Dios, yo tengo mi facienda asaz en buen estado et en paz, et he todo lo que me cumple segund mis vecinos et mis eguales, et por aventura más. Et algunos consénjanme que comience un fecho de muy grant aventura, et yo he grant voluntat de facer aquello que me consejan; pero por la fianza que en vos he, non lo quise comenzar fasta que fablase con vusco, et vos rogase que me consejásedes lo que ficiese en ello.
—Señor conde Lucanor—dijo Patronio—para que vos fagades en este fecho lo que vos más cumple, placerme hía que sopiésedes lo que conteció a un genués.
E el conde le rogó quel dijiese como fuera aquello.
E Patronio le dijo:
—Señor conde Lucanor: un genués era muy rico et muy bien andante segund sus vecinos. Et aquel genués adolesció muy mal, et de que entendió que non podía escapar de la muerte, fizo llamar a sus parientes et a sus amigos; et desque todos fueron con él, envió por su mujer et por sus fijos: et asentose en un palacio muy bueno donde parescía la mar et la tierra; et fizo traer ante si todo su tesoro et todas sus joyas, et de que todo lo tovo ante si, comenzó en manera de trebejo a fablar con su alma en esta guisa:
—Alma, yo veo que tu te quieres partir de mí, et non sé por que lo faces; ca si tu quieres mujer et fijos, bien los vees aquí delante tales de que te debes tener por pagada; et si quisieres parientes et amigos ves aquí muchos et muy buenos et mucho honrados; et si quieres muy grant tesoro de oro, et de plata, et de piedras preciosas, et de joyas, et de paños, et de mercandías, tu tienes aquí tanto dello que non te face mengua haber más; et si tu quieres naves, et galeas que te ganen et te traigan muy grant haber et muy grant honra, veslas aquí, o están en la mar que parece deste mi palacio; et si quieres muchas heredades, et huertas muy fermosas et muy delectosas, veslas do parescen destas finiestras; et si quieres caballos, et mulas, et aves, et canes para cazar et tomar placer, et joglares para te facer alegría et solaz, et muy buena posada mucho apostada de camas, et de estrados, et de todas las otras cosas que son y mester; de todas estas cosas a ti non te mengua nada, et pues tu has tanto bien et non te tienes ende por pagada nin puedes sofrir el bien que tienes, e pues con todo esto non quieres fincar et quieres buscar lo que non sabes; de aquí adelante, ve con la ira de Dios, et será muy nescio qui de ti se doliere por mal que te venga.
Et vos, señor conde Lucanor, pues, loado a Dios, estades en paz et con bien et con honra, tengo que non faredes buen recabdo en aventurar esto et comenzar lo que decides que vos consejan, ca por aventura estos vuestros consejeros vos lo dicen et por que saben que desque en tal fecho vos hobieren metido, que por fuerza habredes a facer lo que ellos quisieren et que habredes a seguir su voluntad des que fuéredes en el grant mester, así como siguen ellos la vuestra agora que estades en paz. Et por aventura cuidan que por el vuestro pleito enderezarán ellos sus faciendas, lo que se les non guisa en cuanto vos vivierdes en asosiego, et contescervos hía lo que decía el genués a la su alma; mas, por el mi consejo, en cuanto pudierdes haber paz et asosiego a vuestra honra, et sin vuestra mengua, non vos metades en cosa que lo hayades todo a aventurar.
E al conde plogo mucho del consejo que Patronio le daba. Et fízolo asi et fallose ende bien.
Et cuando don Johan falló este exiemplo, tóvolo por bueno et non quiso facer viesos de nuevo, sinón que puso y una palabra que dicen las viejas en Castiella: Et la palabra dice así:
Quien bien se siede non se lieve[10].
[10] El mismo asunto en Bromyard «Summa Praedicatorum». Y en Gobin cap. X de los Loups raviss.
Es en este exemplo, quizá donde por primera vez aparece un genovés en la literatura española, y es de notar que ya se le representa rico, comerciante, amigo de vivir bien y materialista en exceso, caracteres con los cuales ha de figurarse a todo lo largo de la producción dramática del siglo de oro. Olvida este interesante apólogo el erudito hispanófilo E. Mele en su magistral estudio I genovesi descritti dagli spagnoli (Fanfulla della Domenica, Roma, 6 de mayo de 1915.)
ENXEMPLO V
De lo que contesció a un raposo con un cuervo que tenía un pedazo de queso en el pico.
Otra vez fablaba el conde Lucanor con Patronio, su consejero, et dijol así:
—Patronio, un homme, que da a entender que es mi amigo, me comenzó a loar mucho, dándome a entender que había en mi muchos complimientos de honra et de poder e de muchas bondades. Et de que con estas razones me falagó cuanto pudo, moviome un pleito, que en la primera vista, segund lo que yo puedo entender, que paresce que es mi pro.
Et contó el conde a Patronio cual era el pleito quel’ movía; et como quier que parescía el pleito aprovechoso, Patronio entendió el engaño que yacía ascondido so las palabras fremosas. Et por ende dijo al conde:
—Señor conde Lucanor, sabet que este homme vos quiere engañar, dándovos a entender que el vuestro poder et el vuestro estado es mayor de cuanto es la verdat. Et para que vos podades guardar deste engaño que vos quiere facer, placerme hía que sopiésedes lo que contesció a un cuervo con un raposo.
E el conde le preguntó como fuera aquello.
—Señor conde Lucanor—dijo Patronio—, el cuervo falló una vegada un grant pedazo de queso et subió en un arbol porque pudiese comer el queso más a su guisa et sin recelo et sin embargo de ninguno. Et en cuanto el cuervo así estaba, pasó el raposo por el pié del arbol, et desque vió el queso que el cuervo tenía, comenzó a cuidar en cual manera lo podría llevar dél. Et por ende comenzó a fablar con él en esta guisa:
—Don Cuervo, muy grant tiempo ha que oí fablar de vos et de la vuestra nobleza, et de la vuestra apostura. Et como quiera que vos mucho busqué, non fué la voluntad de Dios nin la mi ventura, que vos pudiese fallar hasta agora, et agora que vos veo, entiendo que ha mucho más bien en vos de cuanto me dicían. Et porque veades que non vos lo digo por lesonja, tan bien como vos diré las aposturas que en vos entiendo, tan bien vos diré las cosas en que las gentes tienen que non sodes tan apuesto. Todas las gentes tienen que la color de las vuestras péñolas et de los ojos et del pico, et de los pies, et de las uñas, que todo es prieto, et porque la cosa prieta non es tan apuesta como la de otro color, et vos sodes todo prieto, tienen las gentes que es mengua de vuestra apostura, et non entienden como yerran en ello mucho; ca como quier que las vuestras péñolas son prietas, tan prieta et tan lucia es aquella pretura, que torna en india commo péñolas de pavón, que es la más fremosa ave del mundo; et como quier que los vuestros ojos son prietos, cuanto para ojos, mucho son más fremosas que otros ojos ningunos, ca la propiedat del ojo non es sinón ver, et porque toda cosa prieta conorta el viso para los ojos, los prietos son los mejores, et por ende son más loados los ojos de la gancela, que son más prietos que de ninguna otra animalia. Otrosí, el vuestro pico et las vuestras manos et uñas son fuertes más que ninguna ave tamaña como vos. Otrosí, en el vuestro vuelo habedes tan grant ligereza, que vos non embarga el viento de ir contra él por recio que sea, lo que otra ave non puede facer tan ligeramente como vos. Et bien tengo que, pues Dios todas las cosas face con razón, que non consintiría que, pues en todo sodes tan complido, que hobiese en vos mengua de non cantar mejor que ninguna otra ave. Et pues Dios me fizo tanta merced que vos veo, et sé que ha en vos más bien de cuanto nunca de vos oí, si yo pudiese oir de vos el vuestro canto, para siempre me ternía por de buena ventura.
Et, señor conde Lucanor, parat mientes, que maguer que la entención del raposo era para engañar al cuervo, que siempre las sus razones fueron con verdat. Et set cierto que los engaños et daños mortales siempre son los que se dicen con verdat engañosa.
Et des que el cuervo vió en cuantas maneras el raposo le alababa, et como le dicía verdat, creyó que asíl dicía verdat en todo lo al, et tovo que era su amigo, et non sospechó que lo facía por llevar dél el queso que tenía en el pico, et por las muchas buenas razones quel había oido, et por los falagos et ruegos quel ficiera porque cantase, abrió el pico para cantar. Et des que el pico fué abierto para cantar, cayó el queso en tierra, et tomolo el raposo et fuese con él, et así fincó engañado el cuervo del raposo, creyendo que había en sí más apostura et más complimiento de cuanto era la verdad.
Et vos, señor conde Lucanor, como quier que Dios vos fizo asaz mercet en todo, pues veedes que aquel homne vos quiere facer entender que habedes mayor poder et mayor honra e más bondades de cuanto vos sabedes que es la verdat, entendet que lo face por vos engañar, et guardat vos dél et faredes como homne de buen recabdo.
E al conde plogo mucho de lo que Patronio le dijo, et fízolo así. Et con su consejo fué él guardado de yerro.
Et porque entendió don Johán que este exiemplo era muy bueno, fízolo escribir en este libro, et fizo estos viesos, en que se entiende abreviadamente la entención de todo este exiemplo. Et los viesos dicen así:
Qui te alaba con lo que non es en tí
Sabe, que quiere llevar lo que has, de tí[11].
[11] De origen oriental: está entre las fábulas de Fedro; asunto divulgadísimo. Azorín lo amplificó bellamente en Los valores literarios, pág. 150.
EXEMPLO VI
De lo que contesció a la golondrina con las otras aves cuando vió sembrar el lino.
Un dia fablaba el conde Lucanor con Patronio, su consejero, et dijol:
—Patronio, a mi dicen que unos mis vecinos, que son más poderosos que yo, se andan ayuntando et faciendo muchas maestrías et artes en que me puedan engañar et facer mucho dapno; et yo non lo creo, nin me recelo ende; pero, por el buen entendimiento que vos habedes, quiérovos preguntar que me digades, si entendedes que deba facer alguna cosa sobresto.
—Señor conde Lucanor—dijo Patronio—, para que en esto fagades lo que yo entiendo que vos cumple facer, placerme hía mucho que sopiésedes lo que contesció a la golondrina con las otras aves.
E el conde le preguntó como fuera aquello.
—Señor conde Lucanor—dijo Patronio—, la golondrina vido que un homne sembraba lino, et entendió por el su buen entendimiento que, si aquel lino nasciese, podrían los homnes facer redes et lazos para tomar las aves. Et luego fuese para las aves et fízolas ayuntar, et díjoles en como el homne sembraba aquel lino et que fuesen ciertas que, si aquel lino nasciese, que se les seguiría ende muy grant dapno et que les consejaba que ante que el lino nasciese, que fuesen allá et que lo arrancasen; ca las cosas son ligeras de se desfacer en el comienzo et después son muy graves de se desfacer. Et las aves tovieron esto en poco et non lo quisieron facer. Et la golondrina les afincó desto muchas veces, fasta que vió que las aves non se sintían desto, nin daban por ello nada; et el lino era ya tan crescido que las aves non lo podían arrancar con las manos nin con los picos. Et desque esto vieron las aves que el lino era crescido et que non podían poner consejo al daño que se les ende seguiría, arripintiéronse ende mucho porque ante non habían y puesto consejo. Pero el repintimiento fué a tiempo que non podía tener ya pro.
Et ante desto, cuando la golondrina vió que non querían poner recabdo las aves en aquel daño que les vinía, fuese paral homne et metiose en su poder et ganó dél seguranza para si et para su linaje. Et despues acá viven las golondrinas en poder de los homnes et son seguras dellos. Et las otras aves que se non quisieron guardar, tómanlas cada día con redes et con lazos.
—Et vos, señor conde Lucanor, si queredes ser guardado deste dapno que decides que vos puede venir, apercibitvos et ponet y recabdo, ante que el daño vos puede acaescer, ca non es cuerdo el que vee la cosa desque es acaescida, mas es cuerdo el que por una señaleja o por un movimiento cualquier entiende el daño quel puede venir et pone y consejo porque nol acaezca.
Et al conde plogo esto mucho, et fízolo segund Patronio le consejó et fallose ende bien.
Et porque entendió don Johán, que este enxiemplo era muy bueno, fízolo poner en este libro et fizo estos viesos que dicen así:
En el comienzo debe homne partir
El daño que non le pueda venir[12].
[12] En Esopo figura ya esta fábula; ha sido aprovechado el asunto en casi todas las literaturas. Es muy bella la versión de La Fontaine, L’Hirondelle et les petits oiseaux, fábula VIII del Libro I: La golondrina no se somete al hombre, sino que, como más fuerte que los pajarillos, emigra.
ENXEMPLO VII
De lo que contesció a una mujer quel dician doña Truhana.
Otra vez fablaba el conde Lucanor con Patronio, su consejero en esta guisa:
—Patronio, un homne me dijo una razón et amostrome la manera como podría seer. Et bien vos digo que tantas maneras de aprovechamiento ha en ella que, si Dios quiere que se faga así como me lo dijo, que sería mucho mi pro; ca tantas cosas son que nascen las unas de las otras, que al cabo es muy grant fecho además.
Et contó a Patronio la manera como podría seer. Et desque Patronio entendió aquellas razones, respondió al conde en esta manera:
—Señor conde Lucanor, siempre oí decir que era buen seso atenerse homne a las cosas ciertas et non a las vanas fiuzas, ca muchas veces a los que se atienen a las fiuzas, contésceles lo que contesció a doña Truhana.
Et el conde preguntó como fuera aquello.
—Señor conde—dijo Patronio—, una mujer fué que había nombre doña Truhana et era asaz más pobre que rica; et un dia iba al mercado et llevaba una olla de miel en la cabeza. Et yendo por el camino, comenzó a cuidar que vendería aquella olla de miel et que compraría una partida de huevos, et de aquellos huevos nascirían gallinas et depués de aquellos dineros que valdrían compraría ovejas, et así fué comprando de las ganancias que faría, que fallose por más rica que ninguna de sus vecinas.
Et con aquella riqueza que ella cuidaba que había, asmó como casaría sus fijos et sus fijas, et como iría guardada por la calle con yernos et con nueras et commo dirían por ella como fuera de buena ventura en llegar a tan grant riqueza, seyendo tan pobre commo solía seer.
Et pensando en esto comenzó a reir con grand placer que había de la su buena andanza, et riendo dió con la mano en su frente, et entonce cayol la olla de miel en tierra et quebrose. E cuando vió la olla quebrada, comenzó a facer muy grant duelo, teniendo que había perdido todo lo que cuidaba que habría si la olla non la quebrara. Et porque puso todo su pensamiento por fiuza vana, non se fizo al cabo nada de lo que ella cuidaba.
Et vos, señor conde, si queredes que lo que vos dijieren et lo que vos cuidardes sea todo cosa cierta, cred et cuydat siempre todas cosas tales que sean aguisadas et non fiuzas dubdosas et vanas. Et si las quisierdes probar, guardatvos que non aventuredes nin pongades de lo vuestro cosa de que vos sintades por fiuza de la pro de lo que non sodes cierto.
E al conde plogo de lo que Patronio le dijo, et fízolo así et fallose ende bien.
Et porque don Johán se pagó deste ejiemplo, fízolo poner en este libro et fizo estos viesos:
A las cosas ciertas vos encomendat,
Et de las fiuzas vanas vos dexat[13].
[13] El viejo cuento oriental tiene en la literatura española amplio eco: antes que en el Libro de Patronio se refiere en el Calila y Dimna (El religioso que vertió la miel y la manteca sobre su cabeza, pág. 194, de la ed. Calleja), en el siglo XVIII Samaniego cambia a doña Truhana en lechera, fábula II del Libro II, siguiendo a La Fontaine (fábula X del Libro VII). Hay como un recuerdo del asunto en el donosísimo paso de Lope de Rueda Las aceitunas (Biblioteca de Rivadeneyra, tomo II en los Orígenes del Teatro español, de Moratín), espantable disputa acerca del precio a que se habían de vender las aceitunas de un olivo aún no sembrado.
ENXEMPLO VIII
De lo quel contesció a un homne que habían de alimpiar el fígado.
Otra vez fablaba el conde Lucanor con Patronio, su consejero, et díjole así:
—Patronio, sabet que, como quier que Dios me fizo mucha merced en muchas cosas, que estó agora mucho afincado de mengua de dineros. Et como quiera que me es tan grave de lo facer como la muerte, tengo que habré a vender una de las heredades del mundo de que he más duelo, o facer otra cosa que me será tan grand daño como esto. E haberlo he de facer por salir agora desta laceria et desta cuita en que estó. Et faciendo yo esto que es tan grant mio daño, vienen a mi muchos homnes que sé que lo pueden muy bien escusar, et demándanme que les dé estos dineros que cuestan tan caros. Et por el buen entendimiento que Dios en vos puso, ruégovos que me digades lo que vos paresce que debo facer en esto.
—Señor conde Lucanor—dijo Patronio—, paresce a mi que vos contesce con estos homnes como contesció a un homne que era muy mal doliente.
Et el conde le rogó quel dijiese como fuera aquello.
—Señor conde—dijo Patronio—, un homne era muy mal doliente, así, quel dijieron los físicos, que en ninguna guisa non podía guarescer si non le feciesen una abertura por el costado, et quel sacasen el fígado por ella, et que lo lavasen con unas melecinas que había mester, et quel alimpiasen de aquellas cosas porque el fígado estaba maltrecho. E estando él sufriendo este dolor et teniendo el físico el fígado en la mano, otro homne que estaba y cerca dél, comenzó de rogarle quel diese de aquel fígado para un su gato.
Et vos, señor conde Lucanor, si queredes facer muy grand vuestro daño por haber dineros et darlos do se deben escusar, dígovos, que lo podedes facer por vuestra voluntad, mas nunca lo faredes por el mi consejo.
Et al conde plogo de aquello que Patronio le dijo, et guardose ende dallí adelante, et fallose ende bien.
Et porque entendió don Johán, que este ejiemplo era bueno, mandolo escribir en este libro et fizo estos viesos, que dicen asi:
Si non sabedes que debedes dar,
A grand daño se vos podría tornar[14].
[14] Procede del Gesta Romanorum.
ENXEMPLO IX
De lo que contesció a los dos caballeros con el león.
Un día fablaba el conde Lucanor con Patronio, su consejero, en esta guisa:
—Patronio, grant tiempo ha que yo he un enemigo de que me vino mucho mal, et eso mismo a él de mi en guisa que por las obras et las voluntades estamos muy mal en uno. Et agora acaesció así; que otro homne muy más poderoso que nos entramos, va comenzando algunas cosas de que cada uno de nos recela quel puede venir muy grand daño. Et agora aquel mio enemigo enviome decir que nos aviniésemos en uno, para nos defender daquel otro que quiere ser contra nos, ca si amos fuéremos ayuntados, es cierto que nos podremos defender, et si el uno de nos se desvaría del otro, es cierto que cualquier de nos que quiera estroir aquel de que nos recelamos, que lo puede facer ligeramente. Et de que el uno de nos fuere estroido, cualquier de nos que fincare sería muy ligero de estroir. Et yo agora estó en muy grand duda de este fecho, ca de una parte me temo mucho que aquel mi enemigo me querría engañar et si él una vez en su poder me toviese, non sería yo bien seguro de la vida, et si grant amor pusiéremos en uno no se puede escusar de fiar yo en él et él en mi. Et esto me face estar en grant recelo. E de otra parte, entiendo que si non fuéremos amigos asi como me lo envía rogar, que nos puede venir muy grand daño por la manera que ya vos dije. Et por la grant fianza que yo he en vos et en el vuestro buen entendimiento, ruégovos que me consejedes lo que faga en este fecho.
—Señor conde Lucanor—dijo Patronio—, este fecho es muy grande et muy peligroso, et para que mejor entendades lo que vos cumple de facer, placerme hía que sopiésedes lo que contesció en Tunez a dos caballeros que vivían con el infante don Enrique.
Et el conde le preguntó como fuera aquello.
—Señor conde—dijo Patronio—, dos caballeros que vivían con el infante don Enrique en Tunez, eran entramos muy amigos et posaban siempre en una misma posada. Et estos dos caballeros non tenían más de sendos caballos, et así como los caballeros se querían muy grant bien, así los caballos se querían muy grand mal. Et los caballeros non eran tan ricos que pudiesen mantener dos posadas, et por la malquerencia de los caballos non podían posar en una posada, et por esto habían de vevir vida muy enojosa. Et de que esto les duró un tiempo et vieron que non lo podían más sofrir, contaron su facienda a don Enrique et pediéronle por merced que echase aquellos caballos a un león que el rey de Tunez tenía.
Et don Enrique les gradesció lo que decían muy mucho e fabló con el rey de Tunez. Et fueron los caballos muy bien pechados a los caballeros. Et metiéronlos en un corral do estaba el león. E cuando los caballos se vieron en el corral, ante que el león saliese de la casa do yacía encerrado, comenzáronse a matar lo más buenamente del mundo. Et estando ellos en su pelea, abrieron la puerta de la casa en que estaba el león, et de que salió al corral et los caballos lo vieron, comenzaron a tremer muy fieramente et poco a poco fuéronse llegando el uno al otro. Et desque fueron entramos juntados en uno, estovieron así una pieza, et enderezaron entramos al león et paráronlo tal a muesos et a coces que por fuerza se hobo de encerrar en la casa donde saliera. Et fincaron los caballos sanos, que les non fizo ningún mal el león. Et despues fueron aquellos caballos tan bien avenidos en uno, que comían muy de grado en un pesebre et estaban en uno en casa muy pequeña. Et esta avenencia hobieron entre sí por el grant recelo que hobieron del león.
—Et vos, señor conde Lucanor, si entendedes que aquel vuestro enemigo ha tan grand recelo de aquel otro de que se recela, et ha tan grant mester a vos porque forzadamente haya de olvidar cuanto mal pasó entre vos et él, et entiende que sin vos non se puede bien defender; tengo, que así como los caballos se fueron poco a poco ayuntando en uno fasta que perdieron el recelo et fueron bien seguros el uno del otro, que así debedes vos poco a poco tomar fianza et afacimiento con aquel vuestro enemigo. Et si fallardes en él siempre buena obra et leal en tal manera que seades bien cierto que en ningún tiempo por bien quel vaya, que nunca vos verná dél daño, estonce faredes bien et será vuestra pro de vos ayudar porque otro homne extraño non vos conquiera nin vos estruya, ca mucho deben los homnes facer et sofrir a sus parientes et a sus vecinos porque non sean mal traidos de los otros estraños. Pero, si vierdes que aquel vuestro enemigo es tal o de tal manera, que desque lo hobiésedes ayudado en guisa que saliese por vos de aquel peligro, que después que lo suyo fuese en salvo, que sería contra vos et non podríades dél ser seguro; si él tal fuer, fariades mal seso en le ayudar, ante tengo quel debedes estrañar cuanto pudierdes, ca pues viestes que, seyendo él en tan grand queja, non quiso olvidar el mal talante que vos había, et entendiestes que vos lo tenía guardado para cuando viese su tiempo que vos lo podría facer, bien entendedes vos que non vos deja logar para facer ninguna cosa porque salga por vos de aquel grand peliglo en que está.
E al conde plogo mucho desto que Patronio le dijo, et tovo quel daba muy buen consejo.
Et porque entendió don Johan que este exiemplo era bueno mandolo escribir en este libro et fizo estos viesos, que dicen así:
Guardatvos de ser conquerido del estraño
Seyendo del vuestro bien guardado de daño[15].
[15] Knust señala raras analogias entre este cuento y un hecho histórico «cuando el Rey don Alonso (X) quiso prender al Infante don Henrique». Biblioteca de Rivadeneyra, tomo LXVI, Crónica de Alfonso X, pág. 7. Es extrañísima la relación: Perseguido don Enrique por su hermano el Rey Sabio, se refugia en Túnez, sirve al Rey con valentía, tal prestigio logra entre los moros, que obligan al Rey a que lo eche del Reino; el Rey de Túnez prefiere matarlo, invítalo a una entrevista en un corral; hallándose solo don Enrique aparecen dos leones, de los que logra librarse con la espada y salir indemne.
EJEMPLO X
De lo que contesció a un homne que por pobreza et mengua de otra vianda, comía atramuces.
Otro día fablaba el conde Lucanor con Patronio, su consejero, en esta manera:
—Patronio, bien conosco a Dios que me ha fecho muchas mercedes, más quel yo podría servir, et en todas las otras cosas entiendo que está la mi facienda asaz con bien et con honra; pero algunas vegadas me contesce de estar tan afincado de pobreza que me paresce que querría tanto la muerte como la vida. Et ruégovos que algún conorte me dedes para esto.
—Señor conde Lucanor—dijo Patronio—, para que vos conortedes, cuando tal cosa vos acaesciere, sería muy bien que sopiésedes lo que acaesció a dos homnes que fueron muy ricos.
E el conde le rogó quel dijiese como fuera aquello.
—Señor conde Lucanor—dijo Patronio—, de estos dos homnes el uno dellos llegó a tan grand pobreza quel non fincó en el mundo cosa que pudiese comer. Et desque fizo mucho por buscar alguna cosa que comiese, non pudo haber cosa del mundo sinón una escudiella de atramices. Et acordándose de cuan rico solía ser e que agora con fambre era et con mengua había de comer los atramices que son tan amargos et de tan mal sabor, comenzó de llorar muy fieramente, pero con la grant fambre comenzó de comer de los atramices et en comiéndolos estaba llorando et echaba las cortezas de los atramices en pos de si. Et él estando en este pesar et en esta coita, sintió que estaba otro homne en pos dél et volvió la cabeza et vió un homne cabo dél, que estaba comiendo las cortezas de los atramices que él echaba en pos de si, et era aquel de que vos fablé de suso.
Et cuando aquello vió el que comía los atramices preguntó a aquel que comía las cortezas que porque facía aquello. Et él dixo que sopiese que fuera muy más rico que él, et que agora había llegado a tan grand pobreza et en tan grand fambre quel placía mucho cuando fallaba aquellas cortezas que él dejaba. Et cuando esto vió el que comía los atramices, conortose, pues entendió que otro había más pobre que él, et que había menos razón porque lo debía seer. Et con este conorte esforzose, et ayudol Dios, et cató manera en como saliese de aquella pobreza, et salió della et fué muy bien andante.
Et vos, señor conde Lucanor, debedes saber que el mundo es tal, et aun que Nuestro Señor Dios lo tiene por bien, que ningún homne non haya complidamente todas las cosas. Mas, pues en todo lo al vos face Dios merced et estades con bien et con honra, si alguna vez vos menguaren dineros o estudierdes en afincamiento non desmayedes por ello et cred por cierto que otros más honrados et más ricos que vos, estarán afincados, et que se ternían por pagados si pudiesen dar a sus gentes et les diesen aun muy menos de cuanto vos les dades a las vuestras.
Et al conde plogo mucho desto que Patronio le dijo, et conortose et ayudose él, et ayudol Dios, et salió muy bien de aquella queja en que estaba.
Et entendiendo don Johán, que este ejiemplo era muy bueno, fízolo poner en este libro et fizo estos viesos, que dicen así:
Por pobreza nunca desmayedes,
Pues otros más pobres que vos veedes[16].
[16] Recuérdese la décima de Calderón en La vida es sueño: «Cuentan de un sabio que un día—tan pobre y mísero estaba—que sólo se sustentaba—de unas hierbas que cogía».—Jornada I, escena II, que es una ajustada adaptación de este consejo.
EJEMPLO XI
De lo que contesció a un Deán de Sanctiago con D. Yllán, el grand maestro de Toledo.
Otro día fablaba el conde Lucanor con Patronio, su consejero, et contabal su facienda en esta guisa:
—Patronio, un homne vino a me rogar quel ayudase en un fecho que había mester mi ayuda, et prometiome que faría por mi todas las cosas que fuesen mi pro et mi honra. Et yo comencel a ayudar cuanto pude en aquel fecho. Et ante que el pleito fuese acabado, teniendo él que ya el su pleito era librado, acaesció una cosa en que cumplía que la ficiese por mi, et roguel que la ficiese et él púsome escusa. Et después acaesció otra cosa que pudiera facer por mi, et púsome escusa como a la otra; et esto me fizo en todo lo quel rogué quél ficiese por mi. Et aquel fecho porque él me rogó, non es aun librado, nin se librará si yo non quisiere. Et por la fiuza que yo he en vos et en el vuestro entendimiento, ruégovos que me consejedes lo que faga en esto.
—Señor conde—dijo Patronio—, para que vos fagades en esto lo que vos debedes, mucho querría que sopiésedes lo que contesció a un Deán de Sanctiago con don Yllán, el gran maestro que moraba en Toledo.
Et el conde le preguntó como fuera aquello.
—Señor conde—dijo Patronio—, en Sanctiago había un Deán que había muy grant talante de saber el arte de la nigromancia, et oyó decir que don Yllán de Toledo sabía ende más que ninguno que fuese en aquella sazón; et por ende vínose para Toledo para aprender de aquella sciencia. Et el día que llegó a Toledo aderezó luego a casa de don Yllán et fallolo que estaba leyendo en una cámara muy apartada; et luego que llegó a él, recibiólo muy bien et dijol que non quería quel dijiese ninguna cosa de lo porqué venía fasta que hobiese comido. Et pensó muy bien dél et fizol dar muy buenas posadas, et todo lo que hobo mester, et diol a entender quel placía mucho con su venida.
Et después que hobieron comido, apartose con él, et contol la razón porque allí viniera, et rogol muy afincadamente quel mostrase aquella sciencia e que él había muy grant talante de la aprender. Et don Yllán dijol, que él era Deán et homne de grand guisa et que podía llegar a grand estado—et los homnes que grand estado tienen, de que todo lo suyo han librado a su voluntad, olvidan mucho aína lo que otrie ha fecho por ellos—et que él, que se recelaba que, de que hobiese aprendido dél aquello que él quería saber, que non le faría tanto bien como él le prometía. Et el deán le prometió et le aseguró que de cualquier bien que él hobiese, que nunca faría sinón lo que él mandase.
Et en estas fablas estudieron desque hobieron yantado fasta que fué hora de cena. E de que su pleito fué bien asosegado entre ellos, dijo don Yllán al Deán que aquella sciencia non se podía aprender sinón en lugar mucho apartado et que luego esa noche le quería amostrar do habían de estar fasta que hobiese aprendido aquello que él quería saber. Et tomol por la mano et llevol a una cámara. Et en apartándose de la otra gente, llamó a una manceba de su casa et dijol que toviese perdices para que cenasen esa noche, mas que non las pusiesen a asar fasta que él se lo mandase.
Et desque esto hobo dicho, llamó al deán: et entraron entramos por una escalera de piedra muy bien labrada et fueron descendiendo por ella muy grand pieza, en guisa que parescía que estaban tan bajos que pasaba el río de Tajo por cima dellos: Et desque fueron en cabo del escalera, fallaron una posada muy buena, et una cámara mucho apuesta que y había, do estaban los libros et el estudio en que habían de leer. E de que se asentaron, estaban parando mientes en cuales libros habían de comenzar. Et estando ellos en esto, entraron dos homes por la puerta et diéronle una carta quel enviaba el Arzobispo, su tio, en quel facía saber que estaba muy mal doliente et quel enviaba rogar que sil quería veer vivo, que se fuese luego para él. E al Deán pesó mucho con estas nuevas; lo uno por la dolencia de su tío, et lo al porque receló que había de dejar su estudio que había comenzado. Pero puso en su corazón de non dejar aquel estudio tan aína, et fizo sus cartas de repuesta et enviolas al Arzobispo su tío.
Et dende a tres o cuatro días, llegaron otros homes a pié que traían otras cartas al deán en quel facían saber que el Arzobispo era finado, et que estaban todos los de la eglesia en su esleccion et que fiaban por la merced de Dios que esleerían a él, et por esta razón que non se quejase de ir a la eglesia, ca mejor era para él en quel esleyesen seyendo en otra parte que non estando en la eglesia.
Et dende a cabo de siete o de ocho días, vinieron dos escuderos muy bien vestidos et muy bien aparejados, et cuando llegaron a él, besáronle la mano et mostráronle las cartas en como le habían esleido por Arzobispo. Et cuando don Yllán esto oyó, fué al electo et dijol, como gradescía mucho a Dios porque estas buenas nuevas le llegaran a su casa, et pues Dios tanto bien le ficiera quel pedía por merced que el deanadgo que fincaba vagado que lo diese a un su fijo. E el electo, dijol: quel rogaba quél quisiese consentir que aquel deanadgo, que lo hobiese un su hermano, mas que él le faría bien en la iglesia en guisa que él fuese pagado, et que le rogaba que se fuese con él para Sanctiago et que llevase con él aquel su fijo. E don Yllán dijo que lo faría.
E fuéronse para Sanctiago: e cuando y llegaron, fueron muy bien recebidos et mucho honradamente. Et desque moraron y un tiempo, un día llegaron al Arzobispo mandaderos del Papa con sus cartas en comol daba el Obispado de Tolosa, et quel daba gracia que pudiese dar el Arzobispado a qui quisiese. E cuando don Yllán oyó esto, retrayéndol mucho afincadamente lo que con él había pasado, pidiol merced quel diese a su fijo: et el Arzobispo le rogó que consentiese que lo hobiese un su tio, hermano de su padre: et don Yllán, dijo que bien entendíe quel facía grand tuerto, pero que esto que lo consintía en tal que fuese seguro que se lo emendaría adelante. Et el Arzobispo le prometió en toda guisa que lo faría así, et rogol que fuese con él a Tolosa et que llevase su fijo.
Et desque llegaron a Tolosa, fueron muy bien recebidos de condes et cuantos homes buenos había en la tierra. E desque hobieron y morado fasta dos años, llegáronle mandaderos del Papa con sus cartas en como le facía el Papa Cardenal et quel facía gracia que diese el Obispado de Tolosa a qui quisiese. E entonce fué a él don Yllán et dijol que, pues tantas veces le había fallescido de lo que con él pusiera, que ya aquí non había logar del poner escusa ninguna que non diese alguna de aquellas dignidades a su fijo. Et el Cardenal rogol quel consentiese que hobiese aquel Obispado un su tio, hermano de su madre, que era homne bueno anciano; mas, que pues él Cardenal era, que se fuese con él para la Corte, que asaz había en que le facer bien. Et don Yllán quejose ende mucho, pero consintió en lo que el Cardenal quiso e fuese con él para la Corte.
Et desque y llegaron, fueron muy bien recebidos de los cardenales et de cuantos en la Corte eran et moraban y muy grand tiempo. Et don Yllán afincando cada día al Cardenal quel ficiese alguna gracia a su fijo et él poníal sus escusas.
Et estando así en la Corte finó el Papa: et todos los cardenales esleyeron aquel Cardenal por Papa. E estonce fué a él don Yllán et dijol que ya non podía poner escusa de non complir lo quel había prometido. E el Papa le dijo que non lo afincase tanto, que siempre habría lugar en quel ficiese merced segund fuese razón. Et don Yllán se comenzó a quejar mucho, retrayéndol cuantas cosas le prometiera et que nunca le había complido ninguna, et diciendol que aquello recelara él la primera vegada que con él fablara, et pues a aquel estado era llegado et nol cumplía lo quel prometiera que ya non le fincaba logar en que atendiese dél bien ninguno. E deste aquejamiento se quejó mucho el Papa et comenzol a maltraer diciendol: que si más le afincase quel faría echar en una carcel, que era hereje et encantador, e que bien sabía él que non había otra vida nin otro oficio en Toledo, do él moraba, sinon vivir por aquella arte de nigromancia.
Et desque don Yllán vió cuanto mal le gualardonaba el Papa lo que por él había fecho despedióse dél: et solamente nol quiso dar el Papa que comiese por el camino. E estonce don Yllán dijo al Papa que pues al non tenía de comer, que se habría de tornar a las perdices que mandara asar aquella noche, et llamó a la mujer et dijol que asase las perdices.
E cuando esto dijo don Yllán, fallose el Papa en Toledo, deán de Sanctiago, como lo era cuando y vino, et tan grand fué la vergüenza que hobo que non sopo quel decir. Et don Yllán dijol que fuese en buena ventura et que asaz había probado lo que tenía en él et que ternía por muy mal empleado si comiese su parte de las perdices.
Et vos, señor conde Lucanor, pues veedes que tanto facedes por aquel home que vos demanda ayuda et non vos da ende mejores gracias, tengo que non habedes porque trabajar nin aventurarvos mucho por llegarlo a logar que vos dé tal gualardón como el Deán dió a don Yllán.
E el conde tovo esto por buen consejo, et fízolo así, et fallose ende bien.
Et porque entendió don Johan, que era este muy buen ejiemplo, fízolo poner en este libro et fizo estos viesos, que dicen así:
Al que mucho ayudares et non te lo conosciere
Menos ayuda habrás, desque en grand honra subiere[17].
[17] Figura en el libro árabe Las cuarenta mañanas y las cuarenta noches; de la versión admirable de don Juan Manuel se derivan las comedias de Alarcón La prueba de las promesas, la de Cañizares Don Juan de Espina en Milán, un cuento del Abate Blanchel Le Doyen de Badajoz, puesto más tarde en verso por Andrieux; recuerda algo su asunto el de la comedia del Duque de Rivas El desengaño en un sueño. Infinitas son las relaciones de este tema.
La derivación más importante es la de la bella comedia de Alarcón (léase en la Biblioteca de Rivadeneyra, t. XX, páginas 433 a 55); consérvase el nombre de don Illán, el Deán compostelano truécase en el galán D. Juan, los cargos clericales son aquí titulos de Marqués de Tarifa, etc.; la ingratitud hacia el maestro mágico, la misma; es una de las más ordenadas comedias del Teatro español. D. Alberto Lista la consideraba digna de Terencio.
Azorín ha hecho una deliciosa adaptación y comentario de este apólogo en Los valores literarios, pág. 153.
La localización de la casa de don Illán en la antigua cueva de Hércules, propuesta por Knust, tal vez es inexacta; de ser más antiguas, se identificaría con las cuevas, tenidas por construcciones de Samuel Leví (siglo XIV), y después llamadas casas del Marqués de Villena, por tradición de magia—hoy la entrada por los jardines de la Casa del Greco—, parecen convenir mejor con las descritas por D. Juan Manuel como próximas al Tajo.
Estos Illanes, que quedaron en proverbios por su discreción, sabiduría y ciencia mágica, figuraron en Toledo desde comienzos del XII; descendían, al parecer, de un D. Pedro Paleologo, Conde griego, y fueron progenitores del linaje de los Duques de Alba. (Vid. Discurso de recepción del Duque de Berwick y de Alba en la Real Academia de la Historia, 18 de Mayo de 1919, pág. 17.) Amador de los Ríos explica por la agudeza de esta familia el significado de la palabra perillán.
EJEMPLO XII
De lo que contesció a un raposo con un gallo.
El conde Lucanor fablaba con Patronio, su consejero, una vez en esta guisa:
—Patronio, vos sabedes que, loado sea Dios, la mi tierra es muy grande et non es toda ayuntada en uno. Et como quier que yo hé muchos lugares que son muy fuertes, he algunos que lo non son tanto, et otrosí otros lugares que son ya cuanto apartados de la mi tierra en que yo he mayor poder. Et cuando he contienda con mios señores et con mios vecinos que han mayor poder que yo, muchos homnes que se me dan por amigos et otros que se me facen consejeros, métenme grandes miedos et grandes espantos et consejanme que en ninguna guisa non esté en aquellos lugares mios apartados, sinón que me acoja et esté en los lugares más fuertes et que son bien dentro en mi poder: et porque yo sé que vos sodes muy leal et sabedes mucho de tales cosas como estas, ruégovos que me consejedes lo que vos semeja que me cumple de facer en esto.
—Señor conde Lucanor—dijo Patronio—, en los grandes fechos et muy dubdosos son muy periglosos los consejos, ca en los más de los consejos non puede homne fablar ciertamente, ca non es homne seguro a que pueden recodir las cosas, ca muchas veces veemos que cuida homne una cosa et recude despues otra, ca lo que cuida homne que es mal recude a las vegadas a bien, et lo que cuida homne que es bien recude a las vegadas a mal et por ende el que ha a dar consejo, si es homne leal et de buena entención, es en muy grant queja cuando ha de consejar, ca si el consejo que dá recude a bien non ha otras gracias sinón que dicen que fizo su debdo en dar buen consejo; et si el consejo a bien non recude, siempre finca el consejero con daño et con vergüenza. Et por ende este consejo en que hay muchas dubdas et muchos periglos placerme hía de corazón si pudiese escusar de non lo dar, mas pues queredes que vos conseje, et non lo puedo escusar, dígovos que querría muy mucho que sopiésedes cómo contesció a un gallo con un raposo.
E el conde le preguntó como fuera aquello.
—Señor conde—dijo Patronio—, un homne bueno había una casa en la montaña, et entre las otras cosas que criaba en su casa criaba siempre muchas gallinas et muchos gallos. Et acaesció que uno de aquellos gallos andaba un día alongado de la casa por un campo et andando él muy sin recelo, viólo el raposo et vino muy ascondidamente cuidándolo tomar. Et el gallo sintiolo et subió en un arbol que estaba ya cuanto alongado de los otros. Et cuando el raposo entendió que el gallo estaba ya en salvo, pesol mucho porque nol pudiera tomar et pensó en cual manera podría guisar quel tomase. Et entonce enderezó al arbol et comenzol a rogar et a falagar et asegurar que descendiese a andar por el campo como solía; et el gallo non lo quiso facer. Et desque el raposo entendió que por ningún falago non le podía engañar, comenzol a menazar diciendol que pues del non fiaba que él guisaría como se fallase ende mal. Et el gallo entendiendo que estaba en salvo non daba nada por sus amenazas nin por sus seguranzas.
Et des que el raposo entendió que por todas estas maneras non le podía engañar, enderezó al arbol et comenzó a roer en él con los dientes et dar en él muy grandes colpes con la cola. Et el cativo del gallo tomó miedo sin razón, non parando mientes en como aquel miedo que el raposo le ponía non le podía empecer, et espantose de valde et quiso foir a los otros árboles en que coidaba estar más seguro, que non pudo llegar al monte, mas llegó a otro arbol. Et de que el raposo entendió que tomaba miedo sin razón, fué en pos él et así lo llevó de arbol en arbol fasta que lo sacó et lo tomó, et lo comió.
Et vos, señor conde Lucanor, ha menester que pues tan grandes fechos habedes a pasar et vos habedes de parar a ello, que nunca tomedes miedo sin razón, nin vos espantedes de valde por amenazas, nin por dichos de ningunos, nin fiedes en cosa de que vos pueda venir grant daño, nin grand periglo, et pugnad siempre en defender et en amparar los lugares más postrimeros de la vuestra tierra et non creades que tal homne como vos teniendo gentes et vianda, que por non seer el lugar muy fuerte, podriedes tomar peligro ninguno. Et si con miedo o con recelo valdío dejardes los lugares de cabo de vuestra tierra, seguro sed que así vos irán llevando de logar en logar fasta que vos saquen de todo; ca cuanto vos et los vuestros mayor miedo et mayor desmayo mostrásedes en dejando los vuestros logares, tanto más se esforzarán vuestros contrarios para vos tomar lo vuestro. Et cuanto vos et los vuestros viéredes a los vuestros contrarios más esforzados, tanto desmayaredes más, et asi irá yendo el pleito fasta que non vos finque cosa en el mundo; mas, si bien porfiáredes sobre lo primero, sodes seguro, como fuera el gallo si estudiera en el primero arbol, et aun tengo que cumpliría a todos los que tienen fortalezas, si sopiesen este ejiemplo ca non se espantarían sin razón, cuando les metiesen miedo con engaños, o con cavas, o con castiellos de madera, o con otras tales cosas que nunca las farían sinón para espantar a los cercados. Et mayor cosa vos diré porque veades que vos digo verdat. Nunca logar se puede tomar sinón subiendo por el muro con escaleras o cavando el muro: pero si el muro es alto non podrán llegar allá las escaleras. Et para cavarlo bien cred que han mester grand vagar los que lo han de cavar. Et asi todos los lugares que se toman o es con miedo o por alguna mengua que han los cercados, et lo demás es por miedo sin razón. Et ciertamente, señor conde, los tales como vos et aún los otros que non son de tan grand estado como vos ante que comencedes la cosa, la debedes catar et ir a ella con grand acuerdo, et non lo pudiendo nin debiendo escusar. Mas, desque en el pleito fuéredes, non ha mester que por cosa del mundo tomedes espanto nin miedo sin razón; siquier debédeslo facer, porque es cierto que de los que son en los periglos, que muchos más escapan de los que se defienden, que non de los que fuyen. Siquier parat mientes, que si un periello quel quiera matar un grand alano, está quedo et regaña los dientes, que muchas veces escapa, et por grant perro que sea si fuye, luego es tomado et muerto.
E al conde, plogo mucho de todo esto que Patronio le dijo, et fízolo así, et fallose dello muy bien.
Et porque don Johan tovo este por buen ejiemplo, fízolo poner en este libro, et fizo estos viesos, que dicen así:
Non te espantes por cosa sin razón
Mas defiéndete bien como varón[18].
[18] Está la misma fábula en La Fontaine, fábula XVIII del Libro XII.
EJEMPLO XIII
De lo que contesció a un homne que tomaba perdices.
Fablaba otra vez el conde Lucanor con Patronio, su consejero, et dijole:
—Patronio, algunos homes de grand guisa et otros que lo non son tanto me facen a las vegadas enojos et daños en mi facienda et en mis gentes, et cuando son ante mi, dan a entender que les pesa mucho porque lo hobieron a facer, et que lo non ficieron sinón con muy grand mester et con muy grant cuita et non lo pudiendo escusar. Et porque yo querría saber lo que debo facer cuando tales cosas me ficieren, ruégovos que me digades lo que entendedes en ello.
—Señor conde Lucanor—dijo Patronio—, esto que vos decides, que a vos contesce, sobre que me demandades consejo, paresce mucho a lo que contesció a un homne que tomaba perdices.
E el conde le rogó quel dijiese como fuera aquello.
—Señor conde—dijo Patronio—, un homne paró sus redes a las perdices; et desque las perdices fueron caidas en la red, aquel que las cazaba llegó a la ret en que yacían las perdices: et, así como las iba tomando, matábalas et sacábalas de la red; et en matando las perdices, dabal viento en los ojos tan recio quel facía llorar. Et una de las perdices que estaba viva en la red comenzó a decir a las otras:
—Vet, amigas, lo que face este homne! como quiera que nos mata, sabet que ha grand duelo de nos, et por ende está llorando!