Folk-Lore Filipino

Biblioteca de «La España Oriental»

EL
FOLK-LORE FILIPINO

(Obra premiada con medalla de plata en la Exposición Filipina, celebrada en Madrid en 1887)

POR
Isabelo de los Reyes y Florentino.

MANILA
Tipo-Litografía de Chofré y C.a
Escolta, num. 33
1889

A los folk-loristas españoles de la Península, que me han dispensado toda clase de atenciones, tengo, el singular placer de dedicar esta modesta colección.

Isabelo de los Reyes.

INTRODUCCIÓN

A la escasez de conocimientos con que constaban los antíguos, la suplía su atrevimiento, el cual estaba en proporción con su grande ignorancia. Así es que si los antiguos no dejaron de dar soluciones á ningún problema científico, esas pretendidas soluciones, por lo peregrinas, suelen arrancarnos grandes carcajadas. ¡Si supiéseis de quién creían qué hemos descendido los indígenas de Filipinas!….

Pero á medida que las ciencias progresaban y se descubría que los errores obedecían á hipótesis y á datos no bien comprobados, se procuró buscar éstos, examinándolos con mayor escrúpulo, y al fin, en la Antropología, la Prehistoria y en todas las demás ciencias relativas al hombre primitivo, húbose de reconocer gran escaséz de materiales que al contrario, debieran abundar, para poder sostenerse seriamente alguna teoría científica.

Cuando esto se notó, hace poco,[1] muchos sábios antropólogos y etnógrafos dejaron de fantasear sobre bases no bien averiguadas, lo que es impropio por cierto de autores concienzudos, y una vez emitida en Inglaterra la idea de crear una escuela que recogiese para estudios futuros materiales no solo en los países selváticos, sino también en la clase popular de Europa, enseguida se propagó con tanta aceptación, como grande era el vacío que venía á llenar.

Esta escuela es la folk-lórica, de la palabra sajona FOLK-LORE, que significa literalmente saber popular. Su objeto, en un principio, se reduciría á recoger esas leyendas, tradiciones, consejas y supersticiones que conserva el pueblo, para de su estudio y comparación con las de otros paises, deducir teorías relativas al hombre prehistórico.

Después se ensanchó la esfera de su acción para que pudiera servir no solo á las investigaciones antropológicas y etnográficas, sino también para enriquecer las demás ciencias existentes, como la Medicina; y acaso para crear otras nuevas, como nacieran p. ej. de la Astrología, la Astronomía, y la Química de la Alquímia, que diría el folk-lorista Dr. Machado y Alvarez. En una palabra, archivo general al servicio de las ciencias todas.

Según la primera de las bases establecidas por los folk-loristas españoles, el Folk-Lore tiene por objeto recojer, acopiar y publicar todos los conocimientos del pueblo en los diversos ramos de la Ciencia, (Medicina, Higiene, Botánica, Política, Moral, Agricultura, Industria, Artes, Matemáticas, Sociología, Filosofía, Historia, Antropología, Arqueología, Idiomas, etc.); los proverbios, cantares, adivinanzas, cuentos, leyendas, tradiciones, fábulas y demás formas poéticas y literarias del pueblo, los usos, costumbres, ceremonias, espectáculos y fiestas familiares, locales ó provinciales, los ritos, creencias, prácticas, supersticiones, mitos y juegos infantiles, las locuciones, jiros, trabalenguas, frases especiales de cada localidad, motes y apodos, ocurrencias, modismos y voces infantiles, los nombres de sitios y lugares, que no se mencionan en mapas; los de piedras, animales y plantas; y en suma, todos los elementos constitutivos del genio, del saber y de los idiomas, contenidos en la tradición oral, en los monumentos y en los escritos, como materiales indispensables para el conocimiento y reconstrucción científica de la historia y cultura.

Y con arreglo á la base 3.a, los folk-loristas deben tener como principal objetivo la fidelidad en la trascripción y la mayor escrupulosidad en declarar la procedencia de las tradiciones ó datos etc., que recojan, utilizando, cuando el estado de sus recursos lo consienta, la escritura musical, dibujo, taquigrafía, fotografía y demás medios adecuados para obtener la fidelidad en la reproducción.

El Folk-Lore, pues consta de secciones de Literatura, Poesía, Historia, Prehistoria, Geografía, Bellas Artes, Arqueología, Jurisprudencia, Economía política, Pedagogía, Medicina, Botánica, Zoología, Mineralogía, Geología, Física y Química, Matemáticas, Moral, Sociología, Lingüística, Fonética, Industria, Agricultura, Astronomía, Mitografía, Etnología, Demopsicología, Demotopografía, Bibliografía, Cosmogonía y, en una palabra, todos los ramos del saber humano.

Y á fuerza de ensanchar, acaso exagerando, el prístino concepto del Folk-Lore, los españoles llegaron á considerarlo como ciencia, y los folk-loristas acabaron por no entenderse unos á otros, habiendo necesidad de abrir una discusión internacional para fijar la verdadera definición del Folk-Lore.

Y el Sr. Director del Boletin Folk-Lórico de Sevilla, tomándome por el representante de Folk-Lore filipino, tuvo la atención de pedir mi humilde opinión sobre esta cuestión y mi informe, que encontrareis mas adelante, se publicó en el Boletin de la Enseñanza Libre, de Madrid.


De todos modos, escusado será encarecer la utilidad del Folk-Lore á Filipinas. Este pais necesita mas que las naciones europeas de uno ó muchos que recojan las tradiciones, costumbres, consejas, supersticiones etc., para que luego los doctos puedan con ellas hacer comparaciones, que tengan por objeto escudriñar los misterios mil que encierra el pasado de estos pueblos.

¿Quién puede asegurar de fijo cuáles fueron los aborígenes de este Archipiélago? En un principio yo opinaba que los ilocanos eran de raza distinta que los tagalos, en razon á que existen algunas diferencias, tanto que muchas veces distingo á primera vista por su solo aspecto el uno del otro. Pero después de haber yo estudiado detenidamente las costumbres, supersticiones y tradiciones de uno y otro pueblo, me mudé de parecer.

Ya se ha visto que el estudio de las consejas, leyendas y supersticiones de los ilocanos, me sirvió para reconstruir su Mitología ó Religión primitiva, que no mentan siquiera los historiógrafos de Filipinas, y, sin embargo, ninguno probablemente se atreverá á ponerla en duda, si el amor natural á los propios escritos no me engaña.

Y ¿qué no esperaremos del Folk-Lore filipino respecto á la Medicina, cuando las plantas del país son todas sin excepción medicinales?… Es claro que la Flora filipina escrita por Blanco, Mercado, Llanos y otros autores dista mucho de ser completa, y puedo asegurar sin género alguno de duda que en cuanto á su aplicación á la Medicina, muchísimos secretos dejaron de descubrir Sta. María, Clain, Gregorio Sanz y otros que han escrito sobre la materia.


Digamos ahora algo de la historia del Folk-Lore filipino.

En 25 de Marzo de 1884, La Oceanía Española habló por vez primera del asunto en su artículo de fondo titulado “Folk-Lore de Filipinas,” invitando á sus lectores á aportar su contingente y para ello les trazó un programa más ó menos completo.

Yo, entonces jóven de 19 años, empezaba á cobrar afición al periodismo, y el muy inteligente como amable Director de dicho periódico don José Felipe del Pan estimuló mis aficiones con algunos regalos de libros y me suplicó escribiera el Folk-Lore ilocano. Y en 24 de Mayo de 1884 dí comienzo á dicho trabajo y después publiqué algunos artículos sobre los Folk-Lores Malabonés, Zambaleño y Filipino, escribiendo en este último los materiales folk-lóricos que eran de carácter general en el Archipiélago. Debo, pues, rendir aquí tributo de gratitud al Sr. del Pan, y yo deseo sinceramente que hoy me quisiera como antes á su antíguo discípulo, el jóven indígena.

El Dr. Machado y Alvarez, iniciador del Folk-Lore Español, y el Sr. D. Alejando Guichot y Sierra, Director del Boletin Folk-Lórico de Sevilla, principies figuras folk-lorísticas de España, acabaron de inclinarme á esta nueva ocupación del pensamiento, estimulándome; me regalaron todas las obras folk-lóricas que se publicaron en España; me ponian al corriente de todo, me alentaban y por su encargo dirigí en 15 de Marzo de 1885 una carta propaganda, que publicó y secundó la prensa filipina; pero no surtió mas efecto que unos preciosos artículos, titulados Alrededor de un cadáver, que el celebrado pintor don Miguel Zaragoza tuvo la amabilidad de dedicarme en El Porvenir de Visayas.

Lo que lamentó con razón el inteligente médico como castizo escritor D. José Lacalle y Sanchez, profesor de la Facultad de Medicina de la Universidad de Manila y autor del etnográfico libro Tierras y Razas, en 27 de Junio de 1885 con el pseudónimo de Astoll.

Hé aquí unos párrafos suyos que nos dan idea perfecta de lo que acaeció:

“Un ilustrado hijo del país—escribe—apreció la utilidad de la empresa (del Folk-lore) y no dudó en intentar su realización, apercibiendo para ello sus bríos y sus dotes todas …. Solo la prensa ayudó los buenos propósitos del iniciador, pero sus gestiones tuvieron el mismo éxito que otras muchas que ceden en beneficio de nuestra cultura. Por eso el Folk-Lore filipino no se constituirá. A ello se opone la desidia y abandono de unos y la indolencia de todos.”

Para recoger del saco roto la organización del Folk-Lore regional filipino, juzgué oportuno contestar al revistero del Comercio y aprovechando su indirecta, aparenté sostener que en Filipinas había personas ilustradas y estudiosas que pudieran acometer la empresa.

Astoll me contestó con un artículo digno de su autor, en el que se leían entre otras las siguientes líneas, que trascribo por la verdad que encierran:

“Solo suponiéndole dotado de una gran dosis de buena fé, se alcanza á comprender el entusiasmo y la fé que le animan en una empresa, por demás noble y civilizadora, pero completamente estéril donde por lo visto, solo crecen lozanos el camagón y el molave.

Sin embargo, el citado escritor dijo:—“quiero también llevar á ese campo que V. cultiva con esmero, el grano de arena salido de las sinuosidades de mi cerebro.”

Y pasando á demostrar la utilidad del Folk-Lore filipino escribió:

“De lo que no sabemos nada, absolutamente nada, es de ese pasado misterioso cubierto aun por espeso velo que no han logrado romper las escasas investigaciones de algunos hombres, y que oculta cuidadosamente la cuna de estos pueblos.—Y por eso la ciencia antropológica sabe del hombre filipino tanto como de los habitantes de la luna. Y la etnología, la etnografía, la lingüística y otros ramos del saber, solo saben … que no saben nada … Y teniendo en cuenta por otra parte, que el primitivo pueblo filipino no dejó su pasado escrito en papeles ni monumentos, claro aparece que solo en la tradición, en las prácticas supersticiosas, en las costumbres primitivas que hoy se conservan por muchos, es posible encontrar los materiales necesarios á la obra histórica que nos ha de proporcionar el útil conocimiento de tiempos y cosas que pasaron.—Cuando la locomotora cruce los campos filipinos y ponga en comunicación todas las provincias, llegarán á éstos los hábitos y costumbres de los modernos pueblos y desaparecerán, como van desapareciendo de Manila, los usos propios de este hermoso país.—Y si antes que esto ocurra, no se han recogido los materiales existentes, la historia perderá una de sus hojas mas curiosas; aquella destinada á las regiones levantadas sobre el Océano.—¿Quién puede impedir que esto suceda? ¿Quién se dedicará á explotar los tesoros de la tradición?—El Folk-Lore podría encargarse de ello.—Por eso yo he creido que esa institución era la llamada á crear el museo donde los doctos estudiasen mañana el pasado de estos pueblos. Y por eso he defendido la importancia del Folk-Lore; y he tributado á V. mis plácemes y alabanzas.

“Además, en el Folk-Lore podría quizás tener orígen la poesía filipina; es decir, la poesía inspirada en asuntos filipinos y nacida en la mente de vates filipinos. Y aquí oigo ya, Sr. de los Reyes, las burlonas carcajadas de alguno de esos faroles, que tanta gracia le han hecho á usted. Pero déjelos que se rían, porque esos mismos se reían también de otras manifestaciones del ingenio de este pueblo, y luego bajaron la cabeza confundidos ante los laureles de Luna y Resurrección. Y no hay que dudarlo, en las tradiciones populares del país brotará algún día la fuente de la inspiración, si esas tradiciones llegan á ser del dominio público. En esas tradiciones y en esas prácticas supersticiosas, que V. va dando á conocer, podrán inspirarse algún día vates insignes, amadores entusiastas de las peregrinas bellezas de este rico vergel.”

Y en otro artículo dijo el mismo autor: “Y si sus trabajos é investigaciones (los del Folk-Lore) hacen relación con pueblos como el filipino donde el carácter de los naturales ha sido retratado únicamente por brochas de torpes enjalbegadores, compréndese bien cuanto habría de ser el provecho que de esa institución podría obtenerse.

A su segundo artículo, repliqué demostrando que la tarea folk-lórica no era obra de romanos y aludiendo directamente á ciertas corporaciones que hubieran podido acometerla.

Y el ingenioso y benévolo Astoll se limitó á contestarme lo siguiente:

“Voy á concluir con un párrafo que no reza contigo, amable suscritor; se dirige al Sr. don Isabelo de los Reyes, á quien felicito por su última eruditísima carta, que he leido con placer. Cumplo gustoso este deber de atención, pero como desgraciadamente, en el asunto del Folk-Lore sigo las corrientes de un pesimismo funesto, no puedo sostener una polémica, á mi juicio completamente estéril.”

La prudencia no le podía haber dictado otra cosa.

Y con esto concluyó la polémica, que iba á ser interminable, si mi distinguido contrincante no la hubiera cortado, porque con ella yo creía propagar las ideas folk-lóricas y despertar afición á ellas, aunque realmente estaba del todo conforme con Astoll, por lo que escribiera en mi primera epístola: El pesimismo de usted me espanta, quizás tan solo porque se opone al ideal que yo acaricio. Y en la segunda, estas palabras: Aunque muy bien puede ser que mis veinte años de edad aun no me hayan dado á conocer la gente de mi propia casucha.

Meses antes de esta polémica dije á los folk-loristas peninsulares, que me invitaban á promover la organización de sociedades folk-lóricas en Filipinas, lo que mas tarde me había de repetir Astoll, por lo que el Sr. Director del “Boletin Folk-lórico” de Sevilla me contestó aquellas palabras, que he trascrito en mi segunda epístola, para animar á Astoll: “por muchos obstáculos que se opongan á un pensamiento tan grande como el mundo, aquel se desarrollará.”

Días después de haber yo publicado mis artículos folk-lóricos, se insertaron en La Oceanía Española otros de Bulacan, Pampanga y Tayabas, debidos á los ilustrados jóvenes filipinos don Mariano Ponce y Collantes, el Sr. Serrano Lactao y D. Pio Mondragon.

Para escribir artículos folk-lóricos, se necesitan buena fé, exactitud y verdad absoluta, estando desterrados del Folk-Lore las prosas y todo lo que sea puramente imaginario, porque se trata de reunir datos para las ciencias y claro aparece que aquellos deben ser positivos.

Ahora bien: si esta colección de mis artículos folk-lóricos tiene algun mérito, que no encuentro, consistirá únicamente en la fidelidad y buena fé en la descripción, y en su novedad, versando sobre conocimientos populares y costumbres de las que no se leen con frecuencia en los libros sobre Filipinas.

Y tanta es mi imparcialidad, que he sacrificado á la ciencia el cariño de los ilocanos, pues que se quejan de que he sacado á relucir sus prácticas no muy buenas.

Pero he de advertirles que he recibido entusiastas plácemes de varios sábios de Europa, los cuales dicen que con el Folk-Lore ilocano, dejando á un lado patriotismo mal entendido, he prestado señalado servicio á Ilocos, mi patria adorada, pues con él he dado materiales abundantes á los doctos para que puedan estudiar su prehistoria y otros problemas científicos, referentes á aquella provincia; y mis artículos publicados en La Oceanía Española, fueron traducidos al aleman por las muy importantes revistas científicas de Europa el Globus y Ausland, lo cual prueba que se trata de algo mas serio que el ridiculizar á mis paisanos, que ya sabrán corregirse, después de verse retratados.

Y hablando de patriotismo, ¿acaso no se ha dicho varias veces en periódicos que para mí solo son buenos Ilocos y los ilocanos? Esos artículos y gacetillas de la prensa filipina dando á conocer los méritos de éstos, defendiéndoles y pidiendo para ellos buenas reformas, ¿á quién se deben?… Cada uno sirva á su pueblo segun su manera de pensar, y yo con el Folk-Lore ilocano creo contribuir á esclarecer el pasado del mío. Todo esto he sacado á relucir, porque para mí, el peor de los hombres es el infeliz que no esté dotado de ese sentimiento noble y sagrado, que llaman patriotismo.


[1] En el periódico inglés The Atheneum usó en 1846 por vez primera la palabra Folk-Lore, Mr. William J. Thoms, iniciador de esta idea en Europa, y en 1878 fué establecida en Lóndres la primera sociedad folk-lórica. [↑]

TERMINOLOGÍA DEL FOLK-LORE

(Informe del autor pedido por los folk-loristas españoles)

Hermano de los selváticos aetas, igorrotes y tinguianes y nacido en esta apartada colonia española, donde la civilización brilla aún con luz muy ténue, confieso sinceramente que muy poco, ó mas bien dicho, nada sé yo de la nueva ocupación del pensamiento humano llamado Folk-Lore.

Impulsado por la atenta invitación de mi amigo el ilustrado Sr. Director del Boletin[1], tomo sin embargo, la pluma para indicar el humilde concepto que me he formado de las diversas opiniones sobre el verdadero sentido del vocablo sajon Folk-Lore.

La primera cuestión que se me presenta, al definir el Folk-Lore, es la de si es ciencia ó no.

Para Mr. Nutt es ciencia: dice que es la Antropología referente al hombre primitivo, y la Antropología es ciencia. Afirmo lo mismo de Mr. E. Sidney Hartland, que define el Folk-Lore así: la Antropología que estudia los fenómenos psicológicos del hombre inculto; de Mr. Gomme, autor de la definición siguiente: “La ciencia que trata de las supervivencias y costumbres arcáicas en las edades modernas:” y de Wake, que da esta definición: aquella parte de la Antropología, que trata de los fenómenos psicológicos del hombre primitivo. Según el Sr. D. Alejandro Guichot y Sierra, los españoles han sido los primeros en considerar como ciencia el Folk-Lore. En efecto, el Dr. Machado y Alvarez es de los que sostienen que el Folk-Lore es ciencia y lo define de esta manera: “La ciencia que tiene por objeto el estudio de la humanidad indiferenciada ó anónima, á partir desde una edad que puede considerarse infantil, hasta nuestros días.”

Mr. Wheatley asevera á su vez que el Folk-Lore apenas puede llamarse ciencia, si bien es verdad que esta afirmación es difícil de compaginar con la definición que da del Folk-Lore: la ciencia no escrita del pueblo.

La eminente escritora Sra. D.a Emilia Pardo Bazán, presidente del Folk-Lore Gallego, asegura que el objeto del Folk-Lore es “recoger esas tradiciones que se pierden, esas costumbres que se olvidan y esos vestigios de remotas edades que corren peligro de desaparecer para siempre, para archivarlos, evitar su total desaparición, conservar su memoria y formar con ellos, por decirlo así, un museo universal, donde pueden estudiar los doctos la historia completa de lo pasado.”

Como se observa, para ella el Folk-Lore por su objeto, no es más que mero colector: no es ciencia.

Antes de dar la razón á una de las dos opiniones contrarias, voy á recordar á mis lectores el adagio vulgar y muy práctico que dice: el que mucho abarca poco aprieta.

En efecto, el Folk-Lore, con solo recoger y acopiar todos los conocimientos, usos y costumbres de la gente no ilustrada, aún no estudiados, tiene muy larga tela que cortar.

Y si no se contenta con reunir materiales y pretende además estudiarlos científicamente ó reducirlos á un sistema bien ordenado, es decir, llegar al desideratum de todas las ciencias, yo no puedo calificar el objeto del Folk-Lore si no de casi imposible.

¿Qué se entiende por ciencia?

Si me fijo en la definición, que de ella dan los filósofos, me espanta sobremanera la idea ó pretensión de los que consideran como tal el Folk-Lore.

Sin embargo, en esto de limitar el trabajo del folk-lorista á recoger materiales, encuentro un inconveniente: tal es la pretensión muy general de parecer sábio, erudito u otros epítetos por el estilo.

Por eso, es necesario transigir con la vanidad de todos, so pena de morir en su infancia el Folk-Lore, en razon á que alguien diría: recoger cuentos y otras simplezas, es ocupación de viejas.

Y además, esta pretensión de los folk-loristas de explicar científicamente y de comparar, haciendo alarde de su erudición, es util, no ociosa.

Convengo, por consiguiente, en que una nodriza ó cualquier palurdo que sea colector de cuentos, no pueda llamarse folk-lorista, porque éste es instruido y se sujeta á ciertas reglas.

Pero la definición rigorosa del Folk-Lore es, segun mi entender, la siguiente:

La ocupación del pensamiento humano, que tiene por objeto recoger todos los datos que la gente no ilustrada conozca y tenga, que aun no hayan sido estudiados.

Por manera que estoy muy conforme con Wheatley en que el objeto del Folk-Lore puede existir actualmente en el siglo XIX.

Quizá muchos folk-loristas europeos no se conformen con nosotros; pero veamos un ejemplo:

Supongamos que un salvaje de los bosques de Abra descubra en estos días por mera casualidad que tal fruta cura el cólera-morbo con mayor eficacia que el virus anticolérico del doctor Ferran, decidme, folk-loristas: ¿no os apresurariais á apuntarlo en vuestros mamotretos folk-lorísticos?

¿Nó?

En este caso, el Folk-Lore perdería una joya que puede muy bien reclamar, dado que su significación etimológica no excluye los conocimientos del pueblo, que no sean tradicionales.

Y aquí veis que la medicina folk-lórica no siempre es magia, cual parece pretender Mr. Wake.

No encuentro mal la primera división del Folk-Lore en Folk-Thought (pensamiento popular), y Folk-Wont (usos y costumbres del pueblo), que hace Mr. Hartland; y me parecen excelentes las secciones científicas del Folk-Lore Andaluz, que trató de establecer el Sr. D. Alejandro Guichot y Sierra; pero como no cuento con ningún colaborador para escribir este libro, adoptaré una división mas sencilla arreglada conforme á mi opinión y los materiales de que dispongo.

Es bueno economizar los términos extrangeros, cuyo derroche, á más de ser ridículo, siembra confusión.

Hé aquí mi humilde opinión.

Enseñad ahora al modesto indígena de Filipinas si ha incurrido en error.


[1] Este artículo se publicó en el número del Boletin de la Institución Libre de Enseñanza de Madrid, correspondiente al 31 de Agosto de 1885. [↑]

Folk-Lore ilocano

CAPÍTULO PRIMERO

Materiales folk-lóricos

SOBRE LA RELIGIÓN Ó MITOLOGÍA, Y LA PSICOLOGÍA

(Folk-Belief ó Worship)

I

LOS MANGMANGKÍK.

Sir George Cox confunde lastimosamente el Folk-Lore con la Mitología, como muchos españoles confunden ésta con la Teogonía.

El Folk-Lore, como hemos visto, es mero arsenal de datos al servicio de las ciencias todas, á las cuales toca el estudiar sus respectivos materiales.

El Folk-Lore recoge del vulgo y presta luego á la Mitología, materiales como las consejas, leyendas fabulosas etc. y la Mitología se encarga de averiguar si son propias ó exóticas, estudiarlas á la luz de la historia y en una palabra, servirse de ellas, para reconstruir una Religión ya extinguida por completo ó en parte. En resúmen, el Folk-Lore representa fragmentos, que no pueden formar un todo sin el auxilio de la Mitología.

Ya he publicado la Mitología ilocana[1] que forma parte de la época prehistórica de mi Historia de Ilocos.

Aquí reproduciré en forma de materiales folk-lóricos los que me sirvieron para reconstruir la antigua religión de los ilocanos.

Los que comparen este capítulo con la Mitología ilocana, notarán á primera vista la diferencia que existe entre el Folk-Lore y la Mitología.


Los ilocanos (en particular los de Ilocos Norte) al principiar á cortar árboles en los montes, entonan los siguientes versos:

Barí, barí!

Dika agung̃et pári

Ta pumukan kamí

Iti pabakirda kada kamí.

Cuya traducción literal es la siguiente: “barí-barí (interjección ilocana que no tiene equivalente en castellano) no te incomodes, compadre; porque cortamos lo que nos mandan.” Esto lo hacen á fin de que no les odien los espíritus llamados mangmangkík, que habitan en los árboles, los cuales, según cree el vulgo de Ilocos, suelen vengarse produciendo graves enfermedades. En la Memoria sobre etnología y etología de Filipinas para la Exposición filipina de Madrid, se halla un cuento ilocano que el autor de la citada memoria me hizo escribir. Se titula Ni Juan Sadút (Juan el Perezoso); según este cuento, se apareció al héroe de la narración un mangmangkík en forma humana, cuando trataba de cortar un árbol, sin haber antes pedido permiso á dicho anito.

Los ilocanos, no pueden darnos perfecta idea acerca de la naturaleza de los mangmangkík y dicen que no son demonios, según la idea que los católicos tienen de los demonios, ni sombras ó espectros, ni cafres; por lo cual yo opino que son los antiguos anitos[2] de los árboles, aquellos ilocanos en la época de la conquista, que habiendo sido víctimas del rayo, caiman ó cuchillo, se enterraban por lo regular al pie de algún árbol con su especie de túmulo, y á quienes, según el P. Concepción[3] se pedía licencia para entrar en los montes ú otros lugares á cortar árboles ó plantas.

II

KATATAO-AN Ó SANGKABAGÍ.

Los katatao-an[4]. Son unos … no sé qué diré, si no anitos. Al igual de los mangmangkík, ni son demonios ni fantasmas ó espectros; son según la fábula ilocana, séres visibles unas veces, y otras nó; suelen tomar las formas humanas ú otras de gigantescas proporciones y tienen una barañgay (barca), en la cual viajan por el aire como en globos aerostáticos, solo de noche. Cual piratas, cogen á los que encuentren en parage despoblado así como los cadáveres humanos: por cuyo motivo los ilocanos se desvelan guardando los cadáveres de sus muertos, antes de enterrarse.

En Ilocos Norte no se conoce al katatao-an. En cambio tienen á los llamados sangkabagí[5] que son análogos al primero y creo que katatao-an y sangkabagí, indican un mismo anito, lo cual no será extraño porque en Ilocos Norte hay palabras que no se entienden en Ilocos Súr, como salaysay, kain, buyubuy etc. Hay en Ilocos Norte curanderos que pretenden ser amigos de los sangkabagí y dicen que por ningún valor se ganan el aprecio de los espresados anitos. Estos se aparecen á media noche y sus escogidos en las ventanas ó en los agujeros, desde donde les despiertan con voz apenas perceptible y les hacen embarcarse en una barañgay ó nave aerostática, parecida á la de los katatao-an, en la cual viajan por el espacio á la una de la madrugada, dando en media hora la vuelta al rededor del mundo. El vulgo ilocano dice que los sangkabagí se aparecen á muchos; pero algunos hombres no aceptan su amistad, porque estos anitos prohiben á sus amigos usar rosarios, oir misa, persignarse y cumplir con sus obligaciones religiosas de cristiano, confesando los sangkabagí que no pueden acercarse á sus amigos, si estos practican actos piadosos.[6]

Los sangkabagí se vengan de los que desdeñan su amistad, arrastrándoles por el suelo, cuando están dormidos ó llevándoles á otros lugares ó sacándoles el hígado, para llenar el hueco con yerbas. Y cuéntase que los sangkabagí tienen una vista tan perspicaz, que pueden ver las entrañas de los hombres vivos, al través de la piel. Y otras veces hacen que el anay (ternes monoceros) ó el gorgojo destruyan las ropas, el palay, el maiz y semillas de la persona que les haya causado algún disgusto. En cambio, entregan á sus amigos más estimados, un libro (llamado) de la compañía[7] y este libro les conducirá con inconcebible prontitud á donde quieran aunque sea á lugares muy lejanos, con solo señalar el sitio á donde deseen trasladarse. Se cuenta que un viejo natural de Sarrat (Ilocos Norte) iba de su pueblo á Laoag (cosa de una legua de distancia) á hacer compras y á los cuatro minutos volvía con los objetos comprados. Y esto lo hacía todos los días por la mañana, mediodía y noche. Los sangkabagí—dice además el vulgo—enseñan á sus amigos á hacer relojes y les entregan raices para curar en un momento cualquier enfermedad, con solo acercar esas raices maravillosas á los pacientes.

El sangkabagí, como el mangmangkík, mora invisiblemente en los árboles. Por eso, los curanderos, que dicen ser amigos de los sangkabagí, cuando son llamados para curar á algun enfermo, llevan una orquesta al pie del árbol, que se cree morada de los sangkabagí y allí ofrecen una mesa[8] adornada con banderas, y repleta de platos sin sal[9] (ésta no gusta á los anitos). Algo alejados de la mesa, bailan hasta la puesta del sol. Prohiben acercarse á la mesa, porque no agrada esto á los anitos obsequiados, sin que nadie lo vea—dicen los charlatanes—los manjares y el basi, (vino) desaparecen como por encanto, de los platos y copas. Probablemente los mismos curanderos (pillastres) roban las viandas y el basi, porque no se permite acercarse á las mesas, cuando comen los anitos, es decir, los falsos amigos de los sangkabagí, Después de esta fiesta dedicada á los sangkabagí, el curandero va á la casa del enfermo, y cerca de la cama coloca dos ó cuatro asientos para los anitos y prohibe sentarse en dichas sillas, puesto que están ocupadas por los sangkabagí. Hechas estas ceremonias el curandero, al igual de las antiguas pitonisas filipinas llamadas katalonan ó babailan, predice si es curable ó no la enfermedad, señalando el mes y el día de la completa curación ó la muerte del doliente.

Los palurdos de Ilocos Norte esparcen un poco de morisqueta y sal, antes de sentarse á la mesa, diciendo: ¡vamos á comer! y creen que así se evita que los sangkabagí les arrebaten la comida. Cuando trasnochan en los bosques, valles, montañas ú otros lugares fuera de la casa, fijan cruces en la cabecera de la cama,[10] en los costados y en el lugar de los piés; con esta precaución—dicen—no pueden acercarse los sangkabagí.

Y cuando improvisan una choza donde pasar la noche, fijan en la puerta una cruz para el mismo objeto. En Ilocos tambien hay la creencia de que cuando los gallos se asustan y chillan por la noche, los consabidos anitos sangkabagí están robándolos y es fatal ir al gallinero para averiguar la causa del susto. Cuentan los indígenas de Ilocos Norte que uno que intentó ir a ver si había algún escamoteador, murió repentinamente, apenas so movió de su sitio.

III

EL KAIBAAN Ó KIBAAN.

Según se dice, es una criatura como de un año de edad; anda automáticamente con piés puestos al revés, tiene una cabellera extraordinariamente larga y vive invisiblemente en ciertas malezas; rarísimas veces aparece, haciéndolo solo á sus amigos, pretendidas ó novias. Hay muchos kaibaanes, son de dos sexos y procrean juntándose, ó bien un kaibaan y una mujer humana.

Y cuando los kaibaanes se enamoran de una mujer, se aparecen á ella, en forma de hombre con boca abierta, mostrando sus dientes, que despiden una luz intensa que deslumbra á la mujer pretendida. Dá el kaibaan serenatas con su guitarrita á su amada. Si la mujer humana acepta el amor ofrecido, el kaibaan la regalará un capote de los que tienen la especialidad de hacer invisibles á los kaibaanes y á cuantos se vistan con él. La novia del kaibaan vendría pues á ser invisible como su amante; participaría de su poder y no le faltará el pan cuotidiano, porque valiéndose de su invisibilidad, irá á hurtarlo. El kaibaan muere, y en ese caso irá la viuda (humana) á llorar al lugar mortuorio, llevando un tabo[11] lleno de sal en señal de luto. El dolor de la viuda, por lo regular, es premiado por los kaibaanes sobrevivientes y parientes del difunto, entregándole los bienes que hubiera dejado el finado.

El kaibaan posee un tabo llamado kiraod, que tiene la virtud de producir arroz, siempre que se introduzca en una tinaja, aunque ésta se halle vacía; y además una olla, que, sin embargo de su estremada pequeñez, contiene de un modo misterioso cuatro chupas de arroz.

Cuando el kaibaan desea ganarse la amistad de algun hombre, le agasaja con una serenata, permaneciendo invisible, y una vez ganada la voluntad del amigo, le regala tinajas de oro, plata, esquisitos manjares, el maravilloso tabo, el capote mágico y otros objetos valiosos. El kaibaan á pesar de ser rico, tiene mucho gusto en hurtar y encarga á sus amigos (hombres) que si desaparece algun objeto suyo, no lo busquen; y si no cumplen este encargo, el kaibaan les arroja un puñado de ciertos polvos, que les produce asquerosas enfermedades de la piel, que son rebeldes á todo tratamiento. Los ilocanos tienen miedo á los kaibaanes y siempre que derramen algun líquido caliente en cualquier sitio, dicen ¡alejaos! antes de efectuarlo. La persona, que les haga algun daño ó proporcione disgustos, padecerá tambien de enfermedades cutáneas. Estas enfermedades se atribuyen casi siempre á los kaibaanes, y abundan muchos crédulos, que van á las malezas á decir: pakaoanennak kadi, Apo (perdóname, señor,) y creen que con esta satisfacción, se obtiene el perdon del ofendido kaibaan, que hará desaparecer los efectos de su venganza.

IV

EL «LITAO» Y LA SIRENA.

Probablemente Litao fué el anito del mar y de los ríos, y nó la Sirena: la idea de ésta fué introducida en Filipinas por los españoles[12]; lo cual confirman las mismas tradiciones ilocanas, y además la sirena es nombre español, y no tiene equivalente en ilocano.

La sirena, al decir de los ilocanos, era al principio una niña hermosa; vivía con su madre en un tugurio, asentado en las orillas de un río, cuyas aguas bañaban el zaguan de la referida casucha; un día en que estaban cosiendo ellas, cayó la aguja de la niña y ésta intentó bajar á buscarla; pero su madre se opuso á ello, diciendo á su hija dejase ya el objeto perdido, pues temía que el litao (deidad varon de las aguas) la raptase con sus encantamentos ó poderes sobrenaturales. Sin embargo, la niña, viendo su aguja en el fondo del agua cristalina, se bajó furtivamente, cuando su madre estaba distraida y apenas puso sus lindísimos piés en el líquido, éste la tragó produciendo muy grandes burbujas. Desde entonces quedó dotada del poder de encantar ó hacer cuanto guste. La sirena de los ilocanos es muy diferente de la sirena de la tradición española, según la describe una colaboradora del Folk-Lore Andaluz, y creo que muchos de los caracteres de la ilocana, proceden del antiguo anito, llamado Litao.

Este ha perdido su importancia desde que la sirena se ha introducido en las preocupaciones ilocanas, y hoy está casi olvidado del todo, Litao. Este, según he oido en Vígan, es un varon pequeño, que vive en las ramas de las cañas, que se encuentran en las riberas de los ríos; es el marido de la sirena, y él fué quién la dió el poder sobrenatural que tiene.

¡Qué curiosa combinación de fábulas ó consejas, la española é ilocana! Los Agustinos Buzeta y Bravo dicen que «como los filipinos no creen posible vivir sin muger, á cada Dios dan también una diosa.»

Los ilocanos dicen que la sirena vive en un magnífico palacio de oro (¿domus aurea?) submarino ó que está debajo del agua de un río. Es creencia bastante comun en Vígan que en el horno, que según me aseguran, está dentro del río hácia la parte Norte del Palacio Episcopal, vive la reina de las aguas.

En toda la comarca ilocana ninguno (hasta los indígenas ilustrados) he oido que se haya atrevido á gritar ó hablar de la sirena estando en un río. Temen que salga á matarles.

La sirena siempre lleva desplegada sobre las espaldas una exhuberante cabellera, cuyas extremidades las arrastra en el suelo.

Ella suele ir al pueblo á cazar víctimas humanas; se presenta en forma de mujer hermosísima é invita á ir al río con pretextos y halagos; y allí ya, el agua la ayuda en su empresa con una súbita crecida ó con descomunales remolinos y burbujas, como dicen. Y con sus uñas fenomenalmente largas, mata á su víctima; pero si ésta no tiene antigua culpa á la sirena, como por ejemplo, si no ha hablado mal de ella, le perdona la vida y allí agasaja con manjares exquisitos, regalándole prendas valiosas y contándole su pasado.

Cuéntase que una mujer fué llevada á su magnifica morada por un cetáceo, y al llegar, éste la presentó á su augusta soberana, quien le había confiado aquella órden.

Apareció la sirena y se mostró sobremanera afable, diciéndole que nada temiese, que no iba á ser asesinada por su bondad y virtudes extraordinarias. Y en efecto, la sirena la trató como una amiga ó hermana y no la hizo nada desagradable, sinó al contrario.

La cautiva tuvo vivas ansias de ver á su familia y pidió permiso á la sirena. Ésta se lo concedió con órden de volver, so pena de morir ahogada. La ingrata ya no regresó y temerosa de su culpa, no quiso bañarse nunca en ningun río ó mar; pero se lavó en una artesa y murió ahogada en ella.

A veces, dicen, se vé á la sirena detrás del carro de la Virgen en las procesiones; anda majestuosa, grave y con los ojos fijos en el suelo.

Cuando sale del fondo del agua, ésta se divide en dos muros dándola paso, como á un Moisés, que pasa con los piés enjutos.

La sirena tiene por sirvientes á los peces; es hermosísima en toda la plenitud del pensamiento, pero tiene el olor desagradable de los pescados podridos. En su cabellera está el quid encantador, el poder preternatural. Si alguien puede arrancarle una hebra, á él pasará la virtud de encantar ú omnipotencia; Su cabellera es poderosa como una red metálica con que envuelve y arrastra á su víctima.

A pesar de estar en el fondo de su babilónica habitación, puede oir todas las conversaciones sobre ella.

Si me tomara la molestia de contar sus hazañas, llenaría muchas páginas. Citaré solo una muy curiosa.

Cundía la noticia en 185 … de que la sirena prestaba febril actividad á sus cazas (en Ilocos nadie muere ahogado que no sea por la dichosa sirena) y que todas las madrugadas aparecía al Norte de la Catedral de Vigan. Varios jóvenes acordaron ir á cogerla (¡qué valientes! iban á jugar con fuego …. sobrenatural): la empresa era atrevida, pero en fin la llevaron á cabo.

Llegó, la hora de la cita; la sirena, en efecto, estaba ¡qué horror! habrá sabido los propósitos de sus adversarios y salió á su encuentro. Los jóvenes avanzaban y retrocedían con los pelos erizados; más por un esfuerzo lograron acercarse á la sirena y conseguir la captura de la soberana de las aguas … ¡supuesta! Era una soltera, que estaba esperando á su amante.

V.

EL PANANGYATANG Y EL CAIMAN.

Morga[13] y Colin dicen que los filipinos adoraban, en la época de la Conquista del país por los españoles, al caiman llamándole nono y le rogaban no les hiciese ningun mal, dándole algo de lo que traían en el barco, y que los pescadores arrojaban como primicias los primeros pescados, que sacaban de su red, y de lo contrario, no entrarían otros peces en ella. Esta preocupación existe hasta el día en Ilocos y según el Catecismo ilocano del P. Lopez (que estuvo en Ilocos á principios del siglo XVII) se llama panangyatang: pero en aquellas provincias no se encuentra este anfibio. Probablemente el P. Colin se había equivocado al aseverar que los filipinos llamaban al caiman nono, porque esta palabra es tagala, y significa abuelo y espectro, y tanto los ilocanos como los tagalos llaman buaya al caiman. Parece ser exacto que en los puntos de Filipinas donde hay caimanes, arrojen morisqueta á estos y otros objetos supersticiosos, como las rocas de formas singulares, á fin de que el viaje sea próspero.

VI.

EL «PUGÓT.»

Los ilocanos temen al Pugót que toma diversas formas; unas veces la de un gato con ojos de fuego, que creciendo, se metamorfosea en perro siniestro y aumentando más y más su bulto, se transforma en un gigante negro de horripilantes dimensiones. Figúrese el lector que sentado en el alfeizar de la ventana de una casa de 18 metros de altura, sus piés tocan en el suelo y dice el vulgo que el Pugót gasta cigarros de grandísimo tamaño.

Los naturales de Vigan aseguran que allá por los años 1865 á 67 cayó una lluvia de piedra sobre una casa durante algunas noches y como se atribuyera á incógnitos pillastres, se rodeó la casa y sus alrededores de agentes de policía, cuya presencia no impidió la continuación de la tirada de piedras y lo más curioso era que, según se dice, no dañaban las piedras á quien tocaban, á pesar de que al parecer eran tiradas con fuerza.

Según la versión ilocana, el Pugót (algunos españoles lo llaman cafre) se alberga en las habitaciones desocupadas, en las casas en construcción ó en las ruinas de un antiguo edificio. Por esto opino que el Pugót es uno de los anitos caseros de la antigüedad.

VII.

OTROS SERES Y OBJETOS VENERADOS.

Los ilocanos temen mucho á una ave fabulosa, invisible llamada kumao, que según el vulgo, roba cosas y personas.

—El ilocano detiene sus pasos, cuando encuentra una culebra ó estornuda, como los tinguianes.

—Dicen los ilocanos que el canto de la lagartija anuncia la llegada de alguna visita, y los ahullidos de los perros, la presencia de un espectro.

—El raton dá ó cambia los dientes, de modo que cuando les cae alguno, lo arrojan al tejado del escusado, suplicando al raton lo cambie, y cuidando de no reir, cuando miran al monte Gosing (mellado) de Ilocos Súr, so pena, dicen, de que no crecerá el diente caido. ¿Podemos, pues, opinar que el raton fué el anito de los dientes?

—La lechuza, según el vulgo ilocano, anuncia alguna muerte, como el pájaro salaksak y la mariposa negra; pero esta preocupación parece la han introducido los españoles.

—Si mal no recuerdo, en la vía fluvial de Ilocos Súr al Abra, hay algunas piedras tradicionales, en cuyo obsequio tiran los viajeros, morisqueta.

Pasando las aguas de Zambales en mayo de 1880 á bordo del vapor Rómulus en dirección á Manila, á indicación de mis paisanos, nos arrodillamos juntos para rezar delante de un peñasco en forma de horno, y me dijeron que si no cumpliamos con aquella obligación, habíamos de enfermar continuamente en Manila. En vista de todo esto, debe ser cierto, que los ilocanos adoraron en promontorios y peñascos.

Tanbién veneraron á ciertos árboles, entre ellos el Bagao, según los PP. Buzeta y Bravo. Hasta ahora temen al árbol llamado tigbeg, pero si respetan este árbol, no es porque de suyo es sagrado, sino porque so cree morada del consabido mangmangkik.

VIII.

SABEISMO Y ASTROLOGÍA.

Es probable que los ilocanos hayan rendido culto al sol y la luna, á los que hasta ahora dan el tratamiento de Apo (Señor). Aseveran que las manchas de la luna son un árbol, bajo cuya sombra está durmiendo San José, recordando su huida á Egipto[14]. Se observan aquí dos noticias de diferente procedencia, curiosamente enlazadas: una conseja ó tradición fabulosa y otra verdad evangélica, como el sueño de S. José en su huida á Egipto. En vista de ésto, ¿no se puede opinar que el hoy durmiente S. José, era antes de la introducción del catolicismo en Ilocos, el Dios Superior de la teogonía ilocana primitiva? Es decir, que los ilocanos adoraban á la luna, no como divinidad, sino morada del Bathala, esto es, como cielo.

Según el P. Villaverde en su Informe publicado en el Correo Sino-Annamita en 1879, los igorrotes del Kiangan entienden por lugar de los dioses, las estrellas y planetas, especialmente el sol.

Hay un canto popular, del vulgo no ilustrado, que he oido en dialecto ilocano, tagalo y pangasinan, de música puramente filipina. Este canto reseña un banquete celebrado en el jardin del cielo (¿Paraiso?), diciendo que un manco tocaba la vihuela, (es histórico que los filipinos tuvieron una especie de vihuela de cinco cuerdas, que los ilocanos llamaban kotibeng), cantaba un mudo, bailaba un cojo, contemplaban un ciego, un tuerto y un bizco, reía uno sin dientes, tocaba la flauta un mellado, palmoteaba un débil y otros cuyos defectos físicos eran contrarios á sus instrumentos; de modo que al tocar ellos, provocaban la risa. Es de advertir que este canto curioso es antiguo y muy popular y no se conoce su autor. Ahora nos preguntamos: si es cierto que los cantares filipinos por lo regular eran sus antiguallas y fábulas, como dice un historiador antiguo, ¿no podremos deducir del citado dal-lot (canto) que el cielo de los filipinos ó al menos de los ilocanos, era un jardin, donde se riera á mandíbula batiente?

Respecto á los cometas, podemos copiar literalmente lo que un autor había escrito, refiriéndose á la astronomía china. Según los chinos, como los ilocanos, «los cometas son precursores de hambre y miseria y pronostican casi siempre pestes, guerras, caidas de reyes, derrumbamiento de imperios.»

Los astros fugaces venían á ser su estrella del amor (los ilocanos creen que se mudan de lugar y se llaman layáp los aerolitos, cuando caen cerca), y el vulgo de Ilocos cree que si se hace nudo en un pañuelo, cuando pasa el layáp (cuando cae un aerólito,) se consigue encerrar en el nudo el babató (piedra milagrosa) del amor. Pero también en Ilocos se comparan los frenéticos amantes á un ser fabuloso llamado Dongguial, que según el vulgo ilocano «se ahogó de amor en un pantano, donde no pudiera ahogarse una mosca por su poca agua.» ¿Es Dongguial una especie de Cupido? En la nomenclatura de dioses filipinos, que trae el Diccionario de Buzeta y Bravo, se encuentra uno ó una, (no se sabe), llamada Sehat, palabra ilocana que significa hermosura; y los ilocanos como los tagalos invocan casi siempre en sus cartas amorosas á Venus. ¿Hubo quizá antiguamente una especie de Venus, que se llamara Sehat?

IX.

DIOSAS.

En Ilocos Norte hay curanderos teomaniacos llamados maibangbang̃on además de los amigos de los sangkabagi. Los maibangbang̃on dicen estar inspirados en sueños por una vieja. También dice el vulgo ilocano que en las epidemias de viruelas, hay una vieja que en sueños ofrece maiz frito y el que lo acepte, padecera aquella enfermedad. Una anciana formal, no mentirosa, me ha dicho seriamente que la Madre de María Santísima no fué Sta. Ana, como dicen los católicos, y el que llegue á conocer el nombre de su madre verdadera, irá al Cielo. La vieja me dijo que sólo me descubriría aquel nombre secreto, en la hora de la muerte. Aquí tenemos tres viejas fabulosas, cuyos nombres no se conocen; y los Agustinos Buzeta y Bravo dicen: «Como los filipinos no creen posible vivir sin mujer, á cada Dios dan también una diosa»[15]. Por lo tanto, además de los anitos varones, hubo también diosas ó anitos mujeres, una de las cuales probablemente se llamaba Aran, nombre de la esposa de Angng̃aló (Adan fabuloso de los ilocanos.) El P. Gonzalez de Mendoza confirma que había ídolos de mujeres.[16]

Además de los anitos de ambos sexos y los animales venerados, los ilocanos han tributado, si no culto verdadero, cierto respeto á los objetos muy útiles. Los campesinos ilocanos dan el tratamiento de Apo (señor) al oro[17], plata, dinero, arroz, sal, la tierra y todo lo muy útil en general, (lo cual recuerda á los chinos que no comen carne de buey, porque dicen no es justo, despues de haber servido tirando del carro; y lo entierran como muestra de agradecimiento), y como dice Anot de Maizieres, llegó un tiempo en que todo sobre la tierra fué Dios, excepto el verdadero Dios.

X.

PSICOLOGÍA.

Yo creo que los ilocanos conocieron una especie de alma porque hasta ahora dicen que hay una cosa incorporal, llamada karkarmá innata al hombre; pero que se la puede perder en los bosques y jardines, y el hombre que la pierde se queda sin razón (ya sabemos que hombre sin alma es hombre sin razón) y como loco ó maniático, callado, como si estuviera pensando en una cosa muy profunda, no habiendo nada que le distraiga: abstraido. Y el que pierda su alma ó karkarmá, no tiene sombra, de modo que el karkarmá parece ser la misma sombra del hombre.

Los ilocanos cuando se retiran de un bosque ó campo exclaman: intayón, intayón (vámonos, vámonos), llamando á su karkarmá, para evitar que éste se distraiga, se quede en aquel sitio y se pierda. Cuando uno se queda loco meditabundo ó maniático, creen los ilocanos que ha perdido su karkarmá y sus parientes acuden á los curanderos, para que éstos lleven al loco á los lugares por donde haya andado y allí gritan ¡intayon, intayon!, con objeto de que el karkarmá extraviado vuelva al cuerpo del que lo ha perdido.

Hay otra razón para creer que los antiguos ilocanos conocieron una especie de alma. Es indudable que las supersticiosas creencias de los ilocanos, de hoy, que no fueron introducidas por los españoles y asiáticos, son heredadas de los antiguos ilocanos, sus ascendientes. Pues bien, hay en el día una preocupación ilocana de que los espectros (no quiero decir almas según las ideas cristianas; el alma del Catolicismo tiene nombre en el idioma ilocano, que es kararua) de los difuntos al tercero y noveno día de su muerte, visitan su casa y todos los lugares por donde hayan estado en vida. Los ahullidos de los perros, anuncian la presencia de un invisible espectro y para verlo, debemos poner legañas de perro en nuestros ojos. Este espectro se llama al-aliá, arariá y anioa-ás, en ilocano.

Además, los ilocanos aseguran que las almas de los difuntos suelen entrar en el cuerpo de algún vivo y que allí se las oye hablar con su propia voz. Me han dicho algunos campesinos que una mujer sin causa alguna cayó desvanecida, tiritando como si sintiera frío. Los presentes comprendieron que era un alma que se introdujo en el cuerpo y que deseaba hacer algún encargo: por eso, se apresuraron á cubrir con un lambong (velo de negro brillante) á la atacada, y empezaron, á hacer preguntas al alma ó almas (porque eran muchas las que entraron) y éstas contestaron con voces iguales á las que tenían en vida. Dejo á los lectores el adivinar si aquella pícara atacada, merecía palos ó era ventrílocua, ó si la credulidad de los campesinos les engañó.

De estas supersticiosas preocupaciones muy comunes en Ilocos, se deduce que los ilocanos conocieron una especie de alma, pero grosera ó absurda, esto es, que además de ser espiritual, era susceptible de caracteres materiales como la voz, su visibilidad en algunas ocasiones etc.

XI.

GINGINAMMUL Ó BABATÓ.

Son estas unas piedrecitas á las que los ilocanos atribuyen virtudes milagrosas. Su hallazgo es imposible, porque según la preocupación ilocana, se encuentran en donde no hay posibilidad de hallarlas. Se llaman babató en Ilocos Norte y ginginammul[18] en Ilocos Súr.

El corazón ó fruta embrionaria del plátano echa una piedra, que metamorfosea en un Samson al que tuviere la dicha de encontrarla. Para poseerla, debe uno situarse en su tronco por la noche, esperando que en forma de fuego la arroje la flor del plátano, al inclinarse al suelo; pero el que desee poseerla, debe armarse de valor, para hacer frente á los diablos, que indefectiblemente aparecerán á arrebatarle la piedra, y si la presencia de los demonios le infunde miedo, se volverá loco. El hombre meterá en su boca la piedra, que teniendo él, nunca se le vencerá.

—El limon tiene tambien una piedrecita milagrosa, la cual suele encontrarse en las grietas de la cáscara. El poseedor de la piedra será amado y disputado por las mujeres.

La piedra del limón es redonda y pequeñita con una mancha negra en medio, como el ojo de un pescadito. Así lo dicen, como si hubieran visto alguna.

—Las habas tienen tambien su babató, el cual aleja al poseedor de los peligros y enemigos, moviéndose cuando estamos cerca de alguna contingencia.

—El que consiga el babató del tabtabá (especie de lama), adquirirá la especial virtud de penetrar en los lugares más impenetrables, v. g. un cuarto cerrado.

—El huevo de la garza hace invisible á su poseedor.

—El babató de la anguila hace que su poseedor no pueda ser sujeto con ligaduras, pues se evade siempre que quiera.

XII.

TAGIROOT[19]

Se llaman así las yerbas amatorias, en ilocano; gayuma en tagalo.

El que adquiera la flor de la yerba llamada en ilocano pakó, será rico y amado frenéticamente por las mujeres. Parece que esta yerba no es florífera. Nos recuerda la encantadora carissia de los antiguos, a que se atribuye igual virtud.

—El que pueda adquirir la flor del kanónong, que dá el tamarindo,[20] será admirado en las peleas y guerras, pues los proyectiles no le hieren y el que intente descargarle puñetazos, garrotazos ó apedrearle, tendrá los brazos inmóviles y extendidos. En una palabra, será del todo invulnerable; pero como se ve, es imposible que un árbol produzca flores de otro de diferente especie.

Las yerbas amatorias se encuentran en el día del Viernes Santo, según los ilocanos.

—Si en el lugar, donde se enlazan las ramas de varios árboles, se encuentra una flor y debajo de ésta, allá en el suelo y en línea vertical, se halla una yerba, ésta será la deseada. A más de ella, se debe buscar otras dos de diferentes colores y con las mismas condiciones.

Las tres yerbas se ponen en un cañuto lleno de aceite de coco, que servirá de alimento á las yerbas. Con éstas se consigue el caso singular de que las mujeres se enamoren del dichoso poseedor.

—Si la yerba es la llamada aribobó, su virtud de atraer será mayor que en otro caso, pues basta pensar en enamorarnos de cierta jóven, para que ésta, por mas virtuosa que sea, llegue á declararnos su amor.

—En mi niñez tuve un amigo tinguian. Era el famoso capitan Aquino, que envenenó á muchos chiquillos. El me vendió en dos cuartos unas raices que se parecían á cabellos crespos, aseverándome, que tenían el poder de conquistar corazones.

«Para eso, me dijo, ponlas en un frasquito lleno de aceite, para que no mueran; mójalas con tu lengua antes de aplicarlas á la mujer, que te agrade. Y cuidado con comunicar este secreto á otro, porque perderían su virtud.»

Á pesar de este encargo, se lo dije á nuestros criados, los cuales me aconsejaron arrojarlas, diciéndo que el tinguian trataba de envenenarme.

No hubo tan mala intención: los chiquillos de mi amistad me las pidieron y aplicaron á una vendedora de golosinas, que …. la emprendió con ellos á bofetadas.

—El humo de cigarrillo, rociado con aceite de coco que tiene un solo ojo, tambien atrae el amor de las babbalasang. Llaman ojos de coco los ilocanos, los agujeros, que tienen las frutas de dicha palma en la parte superior.

XIII.

CURANDEROS TEOMANIACOS, ADIVINOS ETC.

Los ilocanos tienen curanderos supersticiosos, denominados maibangbang̃on, mang̃o-odon y amigos de los sangkabagí; á los llamados mannuma (tauak en tagalo) que dicen haber nacido en un mismo día que una culebra y por esta sola circunstancia son respetados y temidos por los reptiles y tienen poder para curar por medio de piedras milagrosas las mordeduras de las culebras y son obedecidos cuando llaman con un silbido á todos los reptiles del lugar donde ocurra la desgracia; y además, nosotros los ilocanos tenemos á los adivinos llamados mammadlés ó mannilao.

Para averiguar quién ha encontrado ó hurtado un objeto perdido, se hace mascar arroz á aquellos, sobre quienes recaigan sospechas. Y mascado ya, que lo arrojen. El que haya mascado arroz, que ha salido amarillo, será el autor del hurto.

—Hay otras muchas maneras de averiguar quién es el ladron de las cosas perdidas. Se escriben separadamente los nombres de los sospechosos en varios papelitos. Estos se ponen en una olla de agua hirviente; se enciende una vela bendita y se rezan unos credos. Al final de estas ceremonias, se examinan los papelitos, en los cuales desaparecerán los nombres escritos, excepto el del ladron.[21]

—En Ilocos abundan taos que dicen saber adivinar quién es el ladron y el lugar donde se encuentran las cosas perdidas.

Parece probable que no hubo en Ilocos Mangasalat, pues allí se dice que las yerbas, piedras ú otros objetos amatorios no se confeccionan ó se hacen, sino que por su naturaleza misma son maravillosos, á diferencia de lo que la historia de Filipinas dice del Mangasalat.

XIV.

COSMOGONÍA

Tenemos los indígenas una tradición, que en ninguna crónica hallé escrita y que sin embargo ningun ilocano ignora; según ella, en un principio, ó sea antes de la creación del cielo, de la tierra y del mar (no digo del hombre, pues según dicha tradición, el hombre existió antes que el cielo etc.) había un gigante llamado Angng̃aló—¿sería el citado por los PP. Buzeta y Bravo?—de formidables proporciones. Figúrese el lector que de pié tocaba su cabeza en el cielo y con un paso venía de Vígan á Manila, es decir, salvando cosa de setenta y una leguas.

Angng̃aló cavó el suelo que antes era plano, y las tierras que extrajo son hoy los montes, siendo las colinas las tierras que caían de los agujeros que formaban sus dedos mal unidos.

Hecho un abismo, alivió su vejiga y formó los océanos y los mares; pero no por eso sus aguas fueron saladas como la orina. Angng̃aló tenía una mujer nombrada Aran, de la cual tuvo tres hijas. Estas trataban de venir á Manila, para traer sal y rogaron á su padre las trasportase. Angng̃aló accedió á ello; pero estando en medio del mar cayeron con sus cargas al agua y desde entonces el mar se quedó salado.

Angng̃aló fué tambien el que colocó la bóveda del cielo,[22] el sol y las estrellas.

Los ilocanos del campo todo lo materializan, efecto quizás de su escasa penetración, por manera que para ellos el cielo no es mas que esa bóveda azul y cóncava que nos cubre. Se figuran que la tierra no es esférica, al igual de los antiguos geógrafos; es una circunferencia plana sobre cuyos límites se levanta el cielo; y para ellos, es de extensión muchísimo mayor que la real, de modo que para que uno pudiera llegar á sus límites ó á los piés del cielo, necesitaria, desde que nace hasta su vejez, correr sin cesar en dirección al horizonte.

Según esta tradición, pues, Angng̃aló y Aran fueron los primeros hombres, y quizás los padres de los demás, como Adan y Eva; pero debemos advertir que en esta tradición no se menciona la creación del hombre, y que los ilocanos cuando quieren decir que aún no había nacido Fulano en tal tiempo, expresan con esta frase metafórica: estaba aún en el otro lado del mar, que viene á ser el Asia, lo cual parece indicar que según creencia antigua, los hombres vienen del extrangero como el trozo de caña arrojada por las olas á los piés del milano, de que salieron los primeros hombres, según otra tradición antigua de Filipinas, que mentan algunos historiadores. En Ilocos, cuando uno dice en broma no haber nacido de mujer, le contestan:—Entonces has salido de un trozo de caña.

En el monte de piedra, Bangbang, que hay en la bocana del Abra, hay una huella muy grande al parecer de hombre, y otra, según dicen, en la cumbre del Bul-lagao, Ilocos, ó en Cagayan, que se atribuyen á Angng̃aló.[23] Lo cual nos recuerda la tradicional y fabulosa Bota del Mandarín, que hay cerca de Fochow, más arriba de los puertos de Mingan. Angng̃aló dejó estas huellas al subir al cielo.

En Abra hay un gran subterráneo que dicen ser de Aran, y cuyo agujero llega á Cagayan, según la conseja, cual un tonel.

Angng̃aló fué el Criador; según la tradición ilocana, pero de órden de un Dios cuyo nombre se ignora, y no hay noticia de que fuera objeto del culto de los ilocanos, lo cual es incomprensible, puesto que según todas las demás religiones de que tengo conocimiento, todo Criador del Universo es Dios, y es acorde la creencia de que sólo la omnipotencia de un Dios es capaz de obrar tantas maravillas como las que encierra la creación.

¿O es que la actual conseja ilocana es aborto de un contubernio de ideas religiosas, de las puramente ilocanas y de las extrañas, quizás las chinas, introducidas después de la conquista?

Angng̃aló, por ser gigante (los mandayas de Mindanao hablan también de un gigante llamado Tagamaling) se asemeja al Atlas ú Océano filipino de los PP. Buzeta y Bravo.

Como en la conseja ilocana citada, no se menciona la filiación de Aran y Angng̃aló, éstos pudieron haber sido los mismos hombres, que salieran de dos cañutos expresados por el P. Colin.[24] Y por último, hemos visto que las consejas relativas á las huellas de Angng̃aló son semejantes á las chinas.

He aquí lo que sobre ésto me escribe el sábio Blumentritt:

«Mi muy querido amigo: acabo de recibir su muy, muy interesante artículo sobre la cosmogonía ilocana[25]. No solo las Visayas sino tambien otros pueblos de la raza malaya, dicen que los primeros hombres salieron de un trozo de caña ó bambú. Así los indígenas de las Islas de Mentawei (O. de Sumatra), los naturales de la parte SE. de Borneo (Pasir), los de Holontalo y los alfuros de la Minahassa (Célebes septentrional), los indígenas de la isla Kabroeang ó Abotean (grupo Talaur entre Célebes y Filipinas), cuentan que el primer hombre fué Hoera Boelauro (Hura Bulao). Este cortó en el monte un bejuco ó rotang, y en este bejuco halló á un hombre y una muger, de quienes proceden dichos insulares. Según la conseja, los reyes de los alfuros de la isla de Ceram traen su orígen de árboles «Waringi» (especie de balete) y otros de un cocotero. Algunas tribus de los indígenas de Amboyna ó Ambueno descienden de trozos de bambú, otras de caimanes ó anguilas. Hay tribus de alfuros de Ceram que cuentan los primeros hombres deben su existencia á la cópula del cielo y de la tierra, y los temblores son las tentativas de la tierra para restablecer dicho statu quo anterior. La misma leyenda (muchas veces solo en rudimentos) se encuentra en otros paises malayos. Los javaneses piden ó pidieron al Bopo-Koso (Padre Cielo) y á la Ibu Pratiswi (madre tierra).

«Huellas de dioses, demonios y gigantes, como las de Angng̃aló, se encuentran en todo el mundo y buscamos los etnólogos las leyendas que se refieren á ellas, así es que mucho agradecemos á usted su artículo, que traduciré al aleman y so publicará en una Revista científica de Austria ó de Alemania, probablemente el mes de Junio próximo. En las cercanías de Leitmeritz hay también en una piedra huellas (pero de manos) del diablo, llamadas Teufelspratze (Teufel = diablo, y Pratze = mano grande de un gigante ó pata de león ó tigre).

XV.

CONSEJAS METEOROLÓGICAS

Según mis paisanos, el rayo ó el trueno (casi son una misma cosa para ellos) es un cerdo que sale de la tierra en tiempo de tormentas. Una persona respetable y fidedigna (no digo ilustrada), me aseguró bajo palabra de honor que en una tormenta vió salir cerca del tronco de cierto árbol un cerdo blanco, que convirtiéndose en fuego ¡horror! tronó y desapareció.

En Ilocos Norte se dice que el rayo al principio es cerdo ó gallo blanco, y asegura un tao haber visto con sus propios ojos (?) un gallo blanco antes de haber descargado una chispa eléctrica sobre el tribunal del pueblo de Sarrat; el cual gallo, corriendo velozmente se convirtió en rayo, que luego redujo á cenizas el referido tribunal.

Y ¿cómo se esplica esto? ¿Una descarga eléctrica habrá quizás abrasado, reducido á cenizas y hecho desaparecer de un modo horroroso el gallo? Muchos meteorólogos aseveran que el rayo puede reducir á pavesas á su víctima; pero los ilocanos cuentan que el rayo absorve solo los sesos de sus víctimas animales, fundándose ellos en que los muertos por una descarga eléctrica no presentan otra lesión que algunos agujeros en la cabeza, y no tienen sesos.

Los ilocanos temen más al trueno que al rayo, y narran que es peligroso comer al tiempo de estallar una tormenta, porque puede que el trueno hambriento venga á arrebatarles la comida. Asimismo es peligroso para ellos montar en cualquier animal cornígero; usar alhajas de valor como oro, plata y brillantes (por esta creencia se suele encontrar en los campos muchas veces alhajas de valor, que sus dueños arrojan mientras dura la tormenta), estar debajo de los árboles y tener en la mano espejos, vidrios, cristales y metales relucientes.

Según los ilocanos, el rayo respeta el agua y teme las hojas de la caña de azúcar, y así, un hombre que esté debajo del agua ó metido en la espesura de un caña-dulzal, queda libre del rayo. Y dicen que las hojas de la caña de azúcar hieren al rayo.

Los de Ilocos Norte suelen vendar su cabeza, cuando descarga una tormenta, con palmas de coco, benditas el Domingo de Ramos, para evitar el peligro.

Es creencia entre los ilocanos que el fuego producido por el rayo y por la centella, no se puede apagar con agua, sino con vinagre. Por esto, cuando se quemó la Casa-Gobierno de Abra, todas las casas de Bangued sufrieron carencia absoluta de vinagre.

Digamos entre paréntesis que los ilocanos extraen el vinagre de la caña-dulce á diferencia de los peninsulares, que lo sacan de las uvas. El vinagre ilocano es de la clase superior que se conoce en Filipinas, y es mas fuerte que el que viene de Europa y América.

Algunas viejas ilocanas aseguran que el trueno no es mas que el ruido producido por el coche de Dios, cuando sale.

Los ilocanos atribuyen al relámpago la aparición del hongo.

Decir que fulano es «rayo» ó «víctima del rayo», es un insulto para los ilocanos y tagalos.

Las personas que por casualidad no mueran, al descargar cerca de ellos una chispa eléctrica y pierden por algunos momentos el conocimiento, dícese que solo han recibido el hedor del rayo.

—Es malo señalar con el dedo el arco-iris, pues el dedo se acortará.

—Si en el día de S. Lorenzo sopla un viento fuerte creen los ilocanos que el mártir de la parrilla está despierto, y en otro caso aseveran que está dormido.

—El fuego de San Telmo extravía á los caminantes. Aparece como si estuviese cerca y si nos aprocsimamos á él, creyendo que es luz de una casa, se aleja insensiblemente. Si en una noche nos extraviamos, debemos desnudarnos la camisa y luego volver á vestirla pero puesta revéz.

Con esto se evita el extravío, que según los ilocanos, es obra del diablo.

XVI.

PREOCUPACIONES ZOOGRÁFICAS.

El perro que mame leche humana será feroz.

—Cuando una perra pare por primera vez, cogen los cachorros y les dan de comer, y durante la comida tocan un tambor, á fin de que sepan ladrar, y les hacen tragar un escorpion, para que sean valientes. Esto se hace en Ilocos Norte.

—En Ilocos Sur, los cachorros de perra primeriza los tiran al rio, porque dicen que son buisit (termino chino que quiere decir falto de suerte buena) y acarrean á los dueños desventuras.

Los ilocanos no fuman, cuando van á pedir un perro, á fin de que no sepa cazar gallos, y al regresar á su casa después de haber conseguido algún can, dan un pellizco á cualquiera de los que encuentren en ella, sin advertencia alguna, á fin de que el perro muerda calladito.

—Tambien se prohibe fumar, cuando van á comprar vacas, á fin de que éstas no muerdan sus amarraduras.

Asimismo prohiben mascar buyo y fumar, cuando van á comprar cerdo, porque éste no mate los gallos de la casa. Y cuando llegan á la suya despues de la compra, comen y beben mucho con objeto de que el animal adquirido coma y engorde.

—Lo mismo hacen cuando van á comprar ó pedir algun gato, y luego suben á los árboles las viejas, para que el gato sepa subir y buscar ratones.

—Cuando el cerdo se sienta frente á la escalera, está maldiciendo á su dueño, y para evitar contratiempos, persiguen al animal.

—Es bueno ir á cazar el día del Viernes Santo, porque los venados son en ese día muy mansos y fáciles de coger.

—Cuando canta la lagartija ó alutiit, como llaman en nuestra tierra, llegan visitas.

—Los ratones, cucarachas y otras alimañas, que los ilocanos encuentran en las urnas de imágenes sagradas, se cree que son juguetes de Dios. Por ésto, los simples temen matarlos.

—Los ilocanos cuídanse mucho de que ninguna rana vaya á echar huevos en las tinajas de agua de beber, porque dicen que se vuelve venenosa.

—Los indígenas dicen que los gallos (no gallinas) ponen algunas veces un huevo pequeño que contiene escorpion. Esta creencia está muy generalizada aún en Europa.

—Cuando la gallina ya acabó de empollar, la sacan con las crías de la pollinera y pellizcan á los presentes, á fin de que la gallina sea brava y pueda defender á sus crias de las aves de rapiña.

—Cuando en el crepúsculo vespertino los gallos se recogen en los árboles y uno de ellos canta y nadie le contesta, dicen que este gallo maldice á su dueño y suelen en Ilocos Norte matarle enseguida, á fin de que la maldición no llegue á cumplirse.

—En la citada provincia es creencia que el gallo que tararea bajito, maldice á sus dueños, así que, cuando sucede esto, le persiguen con un palo ó sin él á fin de que no prosiga.

Cuando el buho (kul-laao en ilocano), canta alrededor de la casa, indica que los que viven en ella están cercanos á enfermar.

—Cuando algún pájaro entra por el día en una casa, temen cogerle, creyendo que los que lo hicieran, enfermarían: lo único que hacen los que viven en la casa, es cuidar de ver en qué habitaciones entra, pues creen que el que habita en aquella, en donde penetre, morirá. Esta señal, dicen, es infalible, especialmente si son pajaritos.

—Cuando un pájaro pasa, casi tocándola, por encima de nuestra cabeza y vá á posarse á un árbol muerto, anuncia la próxima defunción de algún deudo.

—La mariposa que revolotea á nuestro alrededor ó entra en la casa, es señal de que en otro lugar habrá muerto un pariente.

—La luciérnaga es la luz ó el candil del espíritu maligno.

XVII.

OTRAS SUPERSTICIONES.

El que quiera ver algún demonio debe rezar el Credo al dar las ocho de la noche y al pronunciar la resurreccion de la carne, incline su cabeza hasta casi tocar la tierra y verá entre sus piés la mar de espíritus malignos.

—Se prohibe barrer en el crepúsculo vespertino, para evitar se toque á algún ser invisible ó que éste se manche, en cuyo caso el ofendido se venga causándonos enfermedades.

—El que tiene remolino en la frente, sufrirá vientos contrarios, cuando navegue.

—El que sueña algún suceso, espera otro real contrario al que vió en sueños, como por ejemplo. Si se sueña que un enfermo ha muerto, éste no morirá.

—Es malo silbar por la noche, porque acuden fantasmas.