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Compendio del viaje del joven Anacarsis á la Grecia (2 de 2)

Nota de transcripción

  • Los errores de imprenta han sido corregidos.
  • La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.
  • También se ha modernizado la puntuación así como los nombres propios de personas y lugares, y los gentilicios.
  • Los nombres de dioses y héroes aparecen con la denominación griega, no con la romana. Es decir, Venus y Hércules aparecen como Afrodita y Heracles.
  • En los casos de inteligencia dudosa se ha seguido el texto del original francés no compendiado.
  • Las rayas intrapárrafo que indican diálogo se han sustituido por comillas.
  • Las tablas finales no se ha corregido, pese a los problemas aritméticos que presentan.

COMPENDIO

DEL VIAJE

DEL

JOVEN ANACARSIS.

TOMO II.



BARCELONA: EN LA LIBRERÍA DE OLIVA,

JUNTO A LA PLAZA DE SANTA MARÍA.

COMPENDIO

DEL VIAJE

DEL

JOVEN ANACARSIS

A LA GRECIA.

Por Juan Santiago Bartelemi.

EXTRACTADO POR ANT. C.**

Traducido del Francés y aumentado

Por J. March.

TOMO SEGUNDO.

GERONA: Mayo 1831.

En la oficina de A. Oliva, impresor de S. M.

Con las licencias necesarias.

Todos los ejemplares van rubricados por el propietario de la obra, quien demandará en juicio al que la reimprima sin su consentimiento.

COMPENDIO

DEL VIAJE

DEL JOVEN ANACARSIS

EN GRECIA.


CAPÍTULO L.

Viaje a la Arcadia.

Algunos días después de la conversación referida, nos despedimos de Damonax con mutuo sentimiento, y tomamos el camino de la Arcadia.

Vimos lo primero a Belina, plaza fuerte, y atravesando el valle por donde se va desde esta ciudad a Megalópolis, llegamos a esta capital, distante de Lacedemonia trescientos cuarenta estadios (once leguas y cuarto). Durante nuestro viaje, nos recreamos viendo por ambos lados el curso ya de torrentes impetuosos que sonaban con estrépito, y ya de las aguas del Eurotas, del Tiunte y del Alfeo.

Ocupa la Arcadia el centro del Peloponeso, y elevándose por encima de las regiones que la cercan, está erizada de montes, algunos de ellos de altura prodigiosa, casi todos poblados de bestias monteses y cubiertos de bosques. Las campiñas cortadas por muchas partes de ríos y de arroyos, producen en general trigo y otros granos en abundancia. En ella son los pastos excelentes, en particular para los asnos y los caballos, por cuya razón son muy estimados.

Los arcadios se creen hijos de la tierra porque siempre han habitado el mismo país y jamás han sufrido el yugo extranjero. Son aficionados a la poesía, al canto, la danza y las fiestas; humanos, benéficos, hospitalarios, pacientes en los trabajos y obstinados en sus empresas, con desprecio de los obstáculos y los peligros. Han peleado muchas veces con buen éxito y siempre con gloria.

Sometidos antiguamente a reyes, por último se dividieron en muchas repúblicas. Mantinea y Tegea son cabezas de esta confederación, que sería muy temible si reuniese sus fuerzas, porque el país es muy poblado; pero la envidia del poder mantiene continuamente la división en los estados grandes y pequeños.

Cuando entramos en Megalópolis, hacía cerca de quince años nada más que había sido fundada esta ciudad por Epaminondas, y quedamos admirados tanto de la extensión de su recinto como de la altura de sus murallas, flanqueadas de torres; de modo que causaba ya celos a Lacedemonia, lo cual advertí en una conversación que tuve con el rey Arquidamo, quien algunos años después atacó a esta colonia naciente, y por último ajustó un tratado con ella.

Determinamos dar una vuelta por la Arcadia, cuyo país ofrece una continuación de cuadros amenos y variados en que la naturaleza ha desplegado la grandeza y fecundidad de sus ideas, reuniéndolas negligentemente, sin atender a las diferencias de géneros. La mano potente que fundó sobre bases eternas tantos peñascos áridos y enormes se divirtió en dibujar a su pie o en sus intervalos praderas encantadoras, asilo de la frescura y del reposo: por todas partes se ven sitios pintorescos, contrastes imprevistos y efectos admirables. ¡Oh, cuántas veces, habiendo llegado a la cumbre de un soberbio monte, hemos visto serpentear el rayo por debajo de nosotros! ¡Cuántas también, parados en la región de las nubes, vimos de improviso la luz del día convertirse en una claridad tenebrosa, ofreciendo a nuestra vista un espectáculo tan hermoso como terrible! Aquellos torrentes de vapor que pasaban rápidamente por delante de nuestros ojos y se precipitaban en profundos valles, aquellos torrentes de agua que caían bramando al fondo de los abismos, aquellas grandes masas de montes que, entre las nieblas espesas de que estábamos rodeados, parecían teñidas de negro, los fúnebres cantos de las aves y el susurro lamentable de los vientos y de los árboles; todo, todo ofrecía el aspecto del infierno de Empédocles; y presentaba aquel océano de aire blanquecino, que impele y rechaza las almas delincuentes, ya atravesando las llanuras de los aires, y ya por en medio de los globos sembrados en el espacio.

Salimos de Megalópolis, y habiendo pasado el Alfeo, fuimos a Licosura al pie del monte Liceo, por otro nombre Olimpo. Este país está lleno de bosques y poblado de animales monteses. Por la noche nos hablaron nuestros huéspedes de su ciudad, que es la más antigua del mundo; de su monte, donde fue criado Zeus, del templo y de las fiestas de este dios. El día siguiente subimos a la cumbre del monte Liceo, y presenciamos unos juegos celebrados en honor del dios Pan, cerca de un templo y un bosquecillo que le están dedicados.

Los arcadios son muy adictos al culto de esta divinidad, a la cual representan en sus monedas. Este dios persigue en la caza a los animales dañinos a las mieses, se complace en andar errante por las montañas, cuida desde allí de los numerosos rebaños esparcidos por la llanura y, tocando el instrumento de siete cañas inventado por él, hace resonar sus ecos por los valles cercanos.

Pan gozaba en otro tiempo de más brillante fortuna. Predecía lo futuro en uno de sus templos, donde mantienen una lámpara que arde noche y día. Los arcadios afirman todavía que distribuye a los mortales en vida las penas y recompensas que merecen. Le ponen, como los egipcios, en la jerarquía de las primeras divinidades, y el nombre que le dan parece significar que extiende su imperio sobre toda sustancia material.

Fuimos a Figalia, que se descubre a lo lejos sobre una roca muy escarpada; vimos el monte Elaio, donde se ve una gruta que sirvió de asilo a Deméter, desconsolada por la pérdida de su hija Perséfone, y el monte Cotilio, en el cual hay un lugar con un templo de los más hermosos del Peloponeso dedicado a Apolo; luego pasamos el Alfeo, a corta distancia de Trapezunte, y fuimos a dormir en Gortina, cuyas campiñas fertiliza un río del mismo nombre.

Los poetas han celebrado las frescuras de las aguas del Cidno en Cilicia, y del Melas en Panfilia, pero aún eran más dignas de tales elogios las del Gortinio; jamás las hielan los fríos más rigurosos, ni nunca alteran su temperatura los calores más ardientes. Ya se bañe uno en ellas o ya las beba, siempre aprovechan y causan sensaciones deliciosas.

Además de aquella frescura que hace singulares las aguas de la Arcadia, las del Ladón, que atravesamos al día siguiente, son tan transparentes y tan puras que no las hay más bellas en la tierra. Junto a sus márgenes, a que hacen sombra los altos y frondosos álamos, vimos a las jóvenes de aquellas cercanías danzando alrededor de un laurel en el cual acababan de colgar guirnaldas de flores. La joven Clitia, acompañándose con su lira, cantaba los amores de Dafne, hija de Ladón y de Leucipa, hija del rey de Pisa.

Subimos por la orilla del Ladón, y volviendo a la izquierda tomamos el camino de Psófide. Esta ciudad una de las más antiguas del Peloponeso, está situada en los confines de la Arcadia y de la Élide. En ella fijaron nuestra atención dos objetos dignos de notarse. Vimos allí el sepulcro de aquel Alcmeón que, obedeciendo las órdenes de su hermano Anfiarao, mató a su madre Erífile, y, habiendo sido perseguido mucho tiempo por las Furias, terminó el desdichado su vida agitado horriblemente. Al lado de su sepulcro, cuyos únicos adornos son unos cipreses de extraordinaria altura, nos enseñaron una reducida posesión y una cabaña donde vivió algunos siglos hace un ciudadano pobre y virtuoso llamado Aglao; sin temores ni deseos, ignorado de los hombres e ignorante de lo que entre ellos pasaba, cultivaba sus tierrecillas, cuyos límites no extendió jamás; había llegado a una extrema vejez cuando ocurrió que unos embajadores del poderoso rey de Lidia, Giges o Creso, fueron encargados de preguntar al oráculo de Delfos si existía en alguna parte de la tierra un mortal más feliz que aquel príncipe, a lo cual respondió la Pitia: «Aglao de Psófide».

Desde esta ciudad fuimos a la de Feneo, la cual, aunque es una de las principales de la Arcadia, nada contiene digno de atención; pero la llanura inmediata ofreció a nuestra vista uno de los monumentos más hermosos de la antigüedad. No se puede fijar la época, pero se ve fácilmente que en los siglos muy remotos, habiéndola sumergido enteramente los torrentes que bajan de los montes, arrasaron la antigua Feneo y, para evitar en lo sucesivo semejante desastre, se adoptó el medio de abrir en el llano un canal de cincuenta estadios de largo (cerca de una legua y tres cuartos), de treinta pies de hondura y de ancho proporcionado. Este canal debía recibir las aguas del río Olbio y las de avenidas de lluvias extraordinarias, llevándolas hasta dos abismos que aún subsisten al pie de dos montes, bajo los cuales se han abierto naturalmente unos conductos subterráneos. Suponen que Heracles fue el autor de estas obras: mas sea lo que quiera, descuidaron insensiblemente la conservación del canal, y con el tiempo un terremoto obstruyó los conductos subterráneos que absorbían las aguas de los campos.

Los habitantes, refugiados en unas alturas, construyeron puentes de madera para comunicarse, y como quiera que la inundación aumentaba de día en día, se vieron por último precisados a levantar otros puentes sobre los primeros.

Algún tiempo después, se abrieron paso las aguas por debajo de tierra por en medio de los hundimientos que las detenían, y saliendo con furor de aquellos oscuros retiros, llevaron la consternación a muchas provincias. El Ladón, este hermoso y pacífico río de que ya he hablado y que cesó de correr desde la obstrucción de los canales subterráneos, convertido en torrentes impetuosos, se precipitó en el Alfeo, que sumergió el territorio de Olimpia.

Desde Feneo fuimos a Cafias, donde nos enseñaron cerca de una fuente un antiguo plátano que tiene el nombre de Menelao, y contaban que este príncipe le plantó antes de ir al sitio de Troya. Saliendo de esta ciudad situada en un monte, tomamos el camino de Orcómeno, que vimos de paso, y en seguida entramos en uno de los dos caminos que van a Mantinea.

Esta ciudad, fundada en otro tiempo por los habitantes de cuatro o cinco aldeas de las inmediaciones, sobresale por su población, sus riquezas y los monumentos que la adornan; tiene fértiles campos, y parten de su recinto muchos caminos que se dirigen a las principales ciudades de la Arcadia. Cuentan que sus habitantes son los primeros que imaginaron pelear cuerpo a cuerpo; los primeros también que vistieron militarmente, y que hicieron uso de una especie de armadura que tiene el nombre de esta ciudad. Siempre se les ha mirado como los más valientes de la Arcadia.

Yendo de Mantinea a Tegea, teníamos a la derecha el monte Ménalo, y a la izquierda una gran selva. En la llanura que hay en medio de estas barreras, se dio hace algunos años aquella célebre batalla en que Epaminondas ganó la victoria y perdió la vida. Allí mismo le erigieron dos monumentos, que son un trofeo y un sepulcro cerca el uno del otro, como si la filosofía les hubiese señalado el puesto.

Dispútanse tres ciudades el débil honor de haber dado a luz el soldado que dio a Epaminondas el golpe mortal. Los atenienses nombran a Grillo, hijo de Jenofonte, y han exigido de Eufránor que en uno de sus cuadros se conformase con esta opinión; según los mantineos lo fue Maquerión, uno de sus conciudadanos, y según los lacedemonios el espartano Antícrates.

Tegea solo dista de Mantinea cien estadios (tres leguas y cuarto). Sus habitantes son famosos por su valentía. En la batalla de Platea, que dio fin a la gran querella de la Grecia y de la Persia, los tegeatas, en número de mil quinientos, disputaron a los atenienses el honor de mandar un ala del ejército de los griegos y no lo consiguieron; pero mostraron con las acciones más ilustres que eran dignos de ello.

Cada ciudad de la Grecia se pone bajo la protección especial de una divinidad. Tegea ha escogido a Atenea apellidada Alea, cuyo antiguo templo fue quemado y reedificado de nuevo bajo el plan y dirección de Escopas de Paros, el mismo de quien hay tantas y tan célebres estatuas. Este templo es el más hermoso de cuantos existen en el Peloponeso, y está servido por una doncella que abdica el sacerdocio cuando llega a la edad de la pubertad. Vimos también otro templo en el cual solamente entra el sacerdote una vez al año.

CAPÍTULO LI.

Viaje a la Argólida.

Desde Tegea entramos en la Argólida por en medio de altos montes. Acercándonos al mar vimos el lago de Lerna, mansión en otro tiempo de aquella hidra monstruosa de que triunfó Heracles, y luego tomamos el camino de Argos atravesando una pradera amena.

La Argólida fue la cuna de los griegos, pues ella recibió las primeras colonias extranjeras que fueron a civilizarlos, y fue también el teatro de la mayor parte de los acontecimientos que ocupan los antiguos anales de la Grecia. Aquí es donde se presentó Ínaco, que dio su nombre al río cuyas aguas riegan el territorio de Argos, y aquí vivieron también Dánao, Hipermnestra, Linceo, Alcmeón, Perseo, Anfitrión, Pélope, Atreo, Tiestes, Agamenón y otros muchos personajes famosos.

Argos está situada al pie de una colina sobre la cual han construido la ciudadela. Es una de las ciudades más antiguas de la Grecia. Desde su origen dio tanto lustre y esplendor que algunas veces pusieron su nombre a la provincia, al Peloponeso y a la Grecia entera; pero habiéndose establecido en Micenas la casa de los Pelópidas, esta ciudad eclipsó la gloria de su rival. Agamenón reinaba en la primera y Diomedes y Esténelo en la segunda. Algún tiempo después recobró Argos su esplendor para siempre.

Los argivos son famosos por su valentía, han tenido frecuentes contiendas con las naciones inmediatas, y nunca han temido medir sus armas con los lacedemonios, que han solicitado muchas veces su alianza. Aunque han sido negligentes en las ciencias no por esto han dejado de cultivar las artes, de modo que han sobresalido entre ellos muchos músicos y escultores, siendo célebre entre estos últimos Policleto, que vivía en tiempo de Pericles. Este escultor, excediendo a Fidias, añadió nuevas bellezas a la naturaleza del hombre; pero ofreciéndonos la imagen de los dioses, no se elevó a la sublimidad de su rival. Escogía sus modelos en la juventud o en la infancia, pudiendo decirse que la vejez espantaba sus manos acostumbradas a representar las gracias. Consérvase de él una figura en que las proporciones del cuerpo humano están observadas de tal modo que, por un juicio irrefragable los artistas mismos, la han llamado la regla, y la estudian cuando tienen que representar la misma naturaleza en las mismas circunstancias, porque no se puede imaginar un modelo único para todas las edades, todos los sexos y todos los caracteres. Si hay alguna vez quien censure a Policleto, se le puede contestar que si no llegó a la perfección, a lo menos se acercó bastante. Él mismo parecía que desconfiaba del éxito de sus obras, pues en un tiempo en que los artistas escribían al pie de sus obras fulano la hizo, se contentó con poner en las suyas Policleto la hacía, como si esperase el juicio del público para acabarla. Escuchaba el dictamen de todos y sabía apreciarlos. Hizo dos estatuas sobre un mismo asunto, la una en secreto, sin consultar más que a su genio y las reglas del arte, y la otra en su taller, a vista de todo el mundo, corrigiéndola y reformándola a gusto de aquellos que le daban consejos. Luego que las hubo acabado, las expuso al público. La primera excitó la admiración y la segunda carcajadas de risa. Entonces dijo: «Ved aquí vuestra obra y mirad aquí la mía.»

Telesila, que florecía cerca de ciento cincuenta años hace, ilustró a su patria con sus escritos y la salvó con su valor. La ciudad de Argos iba a caer en poder de los lacedemonios, y acababa de perder seis mil hombres, entre los cuales se encontraba la flor de la juventud. En tan fatal momento, reúne Telesila las mujeres que juzgó más a propósito para ayudar a su intento; entrégales las armas de que ha despojado los templos y las casas de los particulares, corre con ellas a las murallas, y rechaza al enemigo, que temeroso de que le avergüencen con la victoria o la derrota, tomó el partido de retirarse. Hiciéronse los más grandes honores a estas guerreras: las que murieron en el combate fueron enterradas al lado del camino de Argos, y permitiose a las demás que erigiesen una estatua al dios Ares. La de Telesila fue colocada sobre una columna en frente del templo de Afrodita, y en lugar de echar la vista sobre unos libros figurados a sus pies, la fija recreándose en un casco que tiene en la mano y va a poner en su cabeza. En fin, para perpetuar la memoria de un acontecimiento tan extraordinario instituyeron una fiesta anual en que las mujeres van vestidas de hombres y los hombres de mujeres.

Sucede en Argos lo que en todas las ciudades de la Grecia, donde son comunes los monumentos de las artes, pero muy raras las obras maestras. Entre estas últimas, bastará nombrar muchas estatuas de Policleto y de Praxíteles.

Vimos con sumo interés que llamaron nuestra atención, entre muchos objetos, un grupo representando a Perilao de Argos en actitud de dar muerte al espartano Otríadas. Los lacedemonios y los argivos se disputaban la posesión de la ciudad de Tirea, y convinieron en nombrar de una y otra parte trescientos guerreros, cuyo combate decidiría la disputa. Murieron todos excepto dos argivos que creyéndose seguros de la victoria, llevaron la noticia a los magistrados de Argos. En tanto respiraba Otríadas todavía, a pesar de sus heridas mortales, tuvo bastante fuerza para levantar un trofeo en el campo de batalla y, después de haber escrito con su sangre estas pocas palabras: los lacedemonios vencedores de los argivos, se dio la muerte por no sobrevivir a sus compañeros.

A cuarenta estadios de Argos (más de cinco cuartos de legua) está el templo de Hera, que es uno de los mas célebres de la Grecia, común en otro tiempo a esta ciudad y a Micenas. Se halla construido al pie del monte Eubea, a las márgenes de un riachuelo, y da indicios de los progresos de las artes; tanto que perpetuará la memoria del arquitecto Eupolemo, así como de Policleto, cuyo cincel la ha enriquecido con muchas obras, entre otras la de una estatua de Hera casi colosal. Este templo está servido desde su fundación por una sacerdotisa que debe, entre otras cosas, abstenerse de comer ciertos peces. La erigen en vida una estatua, y después de su muerte graban en ella su nombre y la duración de su sacerdocio.

Mientras celebraban la fiesta de la diosa, nos contaron la historia de una sacerdotisa llamada Cídipe que fue deudora de su gloria a sus hijos. Esta solemnidad, a la cual concurren infinitas gentes, es digna de admiración en particular por una pompa magnífica que va desde Argos hasta el templo de Hera; preceden la marcha cien bueyes adornados con guirnaldas, los cuales se sacrifican y distribuyen a los asistentes, y protege la procesión un cuerpo de jóvenes argivos, vestidos con armaduras refulgentes, las cuales dejan por respeto al pie del altar; cierra la marcha la sacerdotisa, llevada en un carro tirado de dos bueyes cuya blancura iguala a su belleza. Sucedió pues que en tiempo de Cídipe, habiendo desfilado la procesión y no llegando los bueyes que debían tirar del carro, asieron de él Cléobis y Bitón, y llevaron a su madre en triunfo por espacio de cuarenta estadios (cerca de legua y media), por la llanura y hasta la mitad del monte donde estaba situado el templo. Llegó Cídipe entre aclamaciones y aplausos, y en los arrebatos de su gozo suplicó a la diosa que concediese a sus hijos la mayor dicha. Fueron oídos sus votos, según dicen, y apoderándose de ellos un dulce sueño en el templo mismo, pasaron tranquilamente de la vida a la muerte. Los argivos enviaron a Delfos las estatuas de estos dos generosos hijos, y en un templo de la Argólida he visto un grupo que los representa asidos al carro de su madre.

Salimos para Tirinto, distante de Argos cerca de cincuenta estadios (más de legua y media). En esta antigua ciudad no quedan más que murallas de más de veinte pies de grueso y de altura proporcionada, construidas de peñas enormes amontonadas unas sobre otras; y, a causa de no haberlas labrado, tuvieron que rellenar con piedras pequeñas los vacíos que quedaban entre peña y peña. Estas murallas duran muchos siglos hace, y quizás causarán admiración durante millares de siglos todavía. El mismo trabajo se observa en los antiguos monumentos de Argólida, y particularmente en los muros medio derribados de Micenas y en las grandes excavaciones que vimos cerca del puerto de Nauplia, situado a corta distancia de Tirinto.

Atribuyen todas estas obras a los cíclopes, creyendo que las construcciones, digámoslo así, gigantescas no podían ser obra de otros, sino de gigantes hijos del cielo y de la tierra, encargados de forjar los rayos de Zeus. Sin duda no se había observado que los hombres desde los tiempos más remotos, construyéndose sus moradas, pensaron más en la solidez que en la elegancia, y se valieron de medios poderosos para dar más larga duración a unos trabajos indispensables. Así es que excavaban en los peñascos espaciosas cavernas para refugiarse a ellas en vida, o que allí los depositasen cuando muriesen: desprendían peñascos de los montes y cercaban con ellos sus moradas, siendo esto el efecto de la fuerza y el triunfo de los obstáculos. Trabajaban entonces con arreglo al plan de la naturaleza, que nada hace que no sea sencillo, necesario y duradero.

Mientras nos referían en Tirinto que los argivos, fatigados con largas guerras, habían destruido esta ciudad y algunas otras, Filotas nos contó una historia que había sabido referente a los tirintios. Este pueblo se había acostumbrado a burlarse de todo, de manera que no podía ya tratar sin reírse aun de los asuntos más serios. Cansados ya de su ligereza, se dirigieron al oráculo de Delfos, el cual les aseguró que curarían de su achaque si después de sacrificar a Poseidón un toro podían echarle al mar sin reírse. Era sabido que la restricción impuesta no permitiría acabar con seriedad tal prueba, mas no obstante se reunieron en la playa, alejaron de allí los muchachos y, queriendo apartar a uno que se había mezclado entre los grandes, exclamó este: «¿Qué, tenéis miedo de que yo me trague el toro?». Al oír estas palabras soltaron todos la risa, y persuadidos de que su enfermedad era incurable, se sometieron al rigor de su destino.

Salimos de Tirinto y habiendo visto a Hermíone y Trecén costeamos el mar y llegamos a Epidauro, situada en el centro de un golfo, enfrente de la isla de Egina. Extramuros de esta ciudad y a distancia de cuarenta estadios (más de cinco cuartos de legua), están el templo y el bosque sagrado de Asclepio, adonde van los enfermos de todas partes a buscar la salud. Allí hay un consejo compuesto de ciento ochenta ciudadanos encargado de la administración de este reducido país. Nada se sabe de cierto acerca de la vida de Asclepio, y este es el motivo de que se digan tantas cosas. Ciertas tradiciones parece que dan algunas luces de la verdad, y nos presentan un hilo que seguimos por un momento sin empeñarnos en rodeos.

El maestro de Aquiles, el sabio Quirón, había adquirido algunos conocimientos sobre las virtudes de los simples, y otras mayores acerca de las fracturas y dislocaciones, las cuales transmitió a sus descendientes que aún existen en Tesalia y que en todo tiempo se han dedicado generosamente a cuidar de los enfermos. Parece que Asclepio fue su discípulo, y que habiendo llegado a ser el depositario de sus secretos, los comunicó a sus hijos Macaón y Podalirio, que después de su muerte reinaron en una ciudad pequeña de Tesalia. Durante el sitio de Troya se distinguieron por su valor en los combates y su habilidad en curar a los heridos. Macaón perdió la vida bajo los muros de Troya y sus cenizas fueron trasladadas al Peloponeso por el cuidado de Néstor. Sus hijos, aficionados a la profesión del padre, se establecieron en aquel país, donde erigieron altares a su abuelo, y los merecieron por los importantes servicios que hicieron a la humanidad doliente.

El autor de una familia tan respetable llegó a ser en breve el objeto de la veneración pública. Su promoción a la jerarquía de los dioses debe ser sin duda posterior al tiempo de Homero, pues no habla de él sino como de un simple particular, pero en el día le hacen por todas partes honores divinos. Su culto ha pasado de Epidauro a las demás ciudades de la Grecia, y aun a climas lejanos. Se extenderá ciertamente más y más, porque los enfermos imploran siempre con suma confianza la piedad de una divinidad que estuvo sujeta a sus mismas enfermedades.

El templo del dios está adornado con su estatua, obra de Trasimedes de Paros, y es de oro y marfil: Asclepio está sentado en un trono con un perro a sus pies, tiene un palo en una mano, y alarga la otra sobre una serpiente que está en ademán de enderezarse para tocarle. El artista ha esculpido en el trono las hazañas de algunos héroes de la Argólida, y allí se ve a Belerofonte que triunfa de la Quimera y a Perseo cortando la cabeza a Medusa.

Cerca del edificio hay un salón en el cual pasan las noches los que van a consultar a Asclepio, después de haber dejado sobre la mesa santa algunas tortas, frutas y otras ofrendas. Uno de los sacerdotes les manda que se entreguen al sueño, que guarden profundo silencio, y que estén atentos a los sueños que el dios va a enviarles; en seguida apaga las luces, y tiene el cuidado de recoger las ofrendas que hay encima de la mesa. A poco rato creen los enfermos que oyen la voz de Asclepio, prescribiéndoles los remedios oportunos para su curación, que todos son muy conformes a los de otros médicos, y les entera al mismo tiempo de las prácticas de devoción con que deben asegurar su efecto.

Están consagradas a este dios las culebras en general; ya porque la mayor parte de ellas tienen propiedades de que hace uso la medicina, ya por otras razones difíciles de exponer; pero Asclepio parece que prefiere las que se crían en el territorio de Epidauro, cuyo color es amarillento, no tienen veneno, son de índole mansa y apacible y gustan de vivir familiarmente con el hombre. La culebra que mantienen los sacerdotes en lo interior del templo, se les enrosca algunas veces alrededor del cuerpo, o se empina sobre la cola para tomar la comida que le presentan en un plato. Rara vez la dejan salir, y cuando le dan libertad se pasea con majestad por las calles: su aparición es de feliz presagio y por tanto excita un entusiasmo general.

Se ven estas culebras domésticas en los otros templos de Asclepio, en los de Dioniso y de algunas otras divinidades, siendo más comunes en Pela, capital de la Macedonia, de modo que las mujeres tienen gusto particular en criarlas. En los calores rigurosos del verano se dan vueltas con ellas al cuello cual si fuesen un collar, y en sus orgías les sirven como de adorno o las agitan encima de su cabeza. Cuando yo estaba en Grecia, se decía que Olimpia, mujer de Filipo, rey de Macedonia, solía acostar con ella una de estas culebras, y aun añadían que Zeus había tomado la forma de este animal y que Alejandro era hijo suyo.

Volvimos a pasar por Argos, y tomamos el camino de Nemea, ciudad famosa por los juegos que en ella se celebran de tres en tres años en honor de Zeus; pero ofrecen poco más o menos el mismo interés que los espectáculos de Olimpia, y por lo mismo omito hablar de ellos. Baste observar que los argivos los presiden y que únicamente se concede al vencedor una corona de apio. Nos internamos luego en los montes, y a quince estadios de la ciudad nuestros guías nos enseñaron con espanto la caverna donde estaba el león que Heracles mató con su clava. De allí, habiendo vuelto a Corinto, volvimos a tomar en breve el camino de Atenas, donde, al punto que llegué, continué mis averiguaciones tanto en lo relativo a la administración, como acerca de las opiniones y los diferentes ramos de la literatura.

CAPÍTULO LII.

República de Platón.

Dos grandes objetos ocupan a los filósofos de la Grecia: el cómo se gobierna el mundo, y cómo se ha de gobernar a los hombres. Expondré aquí los medios que imaginaba Platón para formar una sociedad la más dichosa, y ved aquí la idea que nos dio de su sistema un día que se encontraba en la Academia, donde hacía algún tiempo que había dejado de dar lecciones. Si se hubieran de conservar a sus pensamientos los encantos con que supo hermosearlos, sería preciso que las Gracias tomasen el pincel.

«No voy a trazar», nos dijo, «el plan de una monarquía, ni de un sistema democrático. Poco me importa que la autoridad esté en manos de uno solo o de muchos, pues formo un gobierno en que los pueblos pueden ser felices bajo el imperio de la virtud. Divido los ciudadanos en tres clases, a saber: la de los mercenarios o sea la multitud, la de los militares o guardias del estado, y la de los magistrados o los sabios. Nada prescribo a la primera, pues se ha hecho para seguir ciegamente el impulso de las otras dos. Quiero un cuerpo de militares que tengan siempre las armas en la mano, a fin de mantener en el estado una paz duradera. Esta clase no debe mezclarse con los otros ciudadanos, sino que debe permanecer siempre en un campamento, y estar dispuestos a reprimir las facciones intestinas y a repeler los ataques exteriores.

»Su educación debe empezar desde los primeros años de su infancia, y se tendrá particular cuidado de que no les cuenten ni aprendan las vanas ficciones depositadas en los escritos de Homero, de Hesíodo y de otros poetas. Anúncieles la poesía la divinidad con tanta dignidad como encanto, y dígaseles continuamente que Dios no puede ser autor más que del bien, que no causa a nadie su desgracia, que sus castigos son beneficios y que los malos son dignos de compasión no cuando los experimentan, sino cuando encuentran el medio de sustraerse a ellos. Se les debe decir que el verdadero heroísmo consiste en dominar sus pasiones y obedecer a las leyes. Se imprimirán en su alma, como en el bronce, las ideas inmortales de la justicia y de la verdad, y quedará grabado en ella con caracteres indelebles que los malos son infelices en la prosperidad, y que la virtud es feliz en la persecución y aun en el olvido. Todo dependerá en nuestra república de la educación de los militares, y en esta educación todo dependerá también de la severidad de la disciplina: deben mirar pues la menor observancia como una obligación, y el más pequeño descuido como un crimen. Es necesario que, bajo la mano de los jefes, las almas se hagan aptas para las cosas más nimias lo mismo que para las más grandes o elevadas; que refrenen frecuentemente su voluntad, y que a fuerza de sacrificios lleguen a no pensar, ni obrar, ni respirar, sino por el bien público. Los que no sean capaces de este desprendimiento de sí mismos no serán admitidos en la clase de los militares, sino reducidos a la de los artesanos y labradores, porque las clases no se han de arreglar por el nacimiento y sí únicamente por las cualidades del alma.

»Antes de pasar adelante, obliguemos a nuestros discípulos a fijar la vista en la vida que han de tener algún día: les causará menos novedad la severidad de nuestras reglas, y se prepararán así mejor para el alto destino que les aguarda.

»Si los militares poseyesen tierras y casas, y si el oro y la plata mancillasen una vez sus manos, en breve la ambición, el odio y todas las pasiones que llevan en pos de sí las riquezas penetrarían en sus corazones y no serían ya más que hombres ordinarios. Eximámosles pues de todos estos nimios cuidados que les obligarían a encorvarse hacia la tierra. Mantengáseles en comunidad a expensas del público, pues la patria, a la cual consagran todos sus pensamientos, sus deseos y su reposo, debe encargarse de proveer a sus necesidades, que se reducirán a lo meramente preciso.

»Despojándolos de aquel interés sórdido que ocasiona tantos crímenes, es preciso apagar también, o más bien perfeccionar en sus corazones, los afectos que inspira la naturaleza, y unirlos entre ellos por los mismos que contribuyen a dividirlos. Nuestros guerreros partirán con sus esposas el cuidado de proveer a la tranquilidad pública, y unos y otras serán educados bajo los mismos principios, en los mismos lugares y por unos mismos maestros. Recibirán juntos con los elementos de las ciencias las lecciones de sabiduría, y en los gimnasios las muchachas, sin más adorno que el de sus virtudes, disputarán el premio de los ejercicios a los muchachos que serán sus émulos.

»En las fiestas instituidas para formar uniones legítimas y santas, se echarán en una urna los nombres de aquellos que han de dar guardas a la república, los cuales serán los militares desde la edad de treinta años hasta cincuenta y seis, y las guerreras desde los veinte a los cuarenta. La casualidad será la que reúna en apariencia a los esposos, pero los magistrados valiéndose de la maña, corregirán de tal modo los caprichos de la suerte, que escogerán siempre los sujetos más a propósito de uno y otro sexo, para conservar en su pureza la estirpe de nuestros guerreros.

»Los que nacieren de estos matrimonios serán separados de sus padres inmediatamente, y depositados en un paraje donde sus madres, sin conocerlos, vayan a distribuir ya a los unos, ya a los otros, aquella leche que ya no podrán reservar exclusivamente para el fruto de sus amores.

»Hemos fijado en los corazones de nuestros guerreros dos principios que deben de concierto reanimar incesantemente su celo, cuales son el sentimiento y las virtudes. No solamente ejercerán el primero de una manera general, mirándose todos como los ciudadanos de una misma patria, sino que se penetrarán todavía más y más de ellos, mirándose como individuos de una misma familia. Lo serán en efecto; y la oscuridad de su nacimiento no empañará jamás los títulos de su afinidad.

»Ahora voy a hablar de nuestros magistrados, de este corto número de hombres escogidos entre los hombres virtuosos, de estos jefes, en una palabra, que, sacados de la clase militar, serán tan superiores a ellos por su excelente mérito como lo serán los guerreros a los artesanos y labradores.

»¡Qué precaución será necesaria en nuestra república para escoger hombres tan raros! ¡Cuánto estudio para conocerlos y qué atención y cuidado para formarlos! Entremos en aquel santuario donde educan a los hijos de los guerreros, y en el cual pueden merecer ser admitidos los hijos de los otros ciudadanos. Fijemos la atención en aquellos que reuniendo las ventajas de una buena presencia a las gracias naturales, se distingan de sus semejantes en los ejercicios del cuerpo y del alma, y examinemos su conducta siguiendo los progresos de su educación.

»Hemos hablado más arriba de los principios que deben arreglar sus costumbres, y ahora corresponde tratar de las ciencias que pueden dar extensión a sus luces. Tales son en primer lugar la aritmética y la geometría, ambas útiles al guerrero y necesarias al filósofo para acostumbrarle a fijar sus ideas y elevarse hasta la verdad. La astronomía, la música, todas las ciencias que produzcan el mismo efecto, entrarán en el plan de nuestra enseñanza. Desde que hayan cumplido los treinta años, los iniciaremos en la ciencia de la meditación, en este dialecto sublime que debe ser el término de sus primeros estudios, y cuyo objeto no es tanto el conocer la existencia, como la esencia de las cosas.[1]

[1] En tiempo de Platón se comprendía bajo el nombre de dialéctica, la música, la lógica, la teología natural y la metafísica.

»Desprendidos de los sentidos y entregados enteramente a la meditación, se llenarán poco a poco de la idea del bien; de aquel bien por el cual suspiramos con tanto ardor y del cual nos formamos imágenes tan confusas; de aquel bien supremo que siendo origen de toda verdad y justicia, debe animar al soberano magistrado y hacerle imperturbable en el ejercicio de sus deberes. ¿Mas dónde reside? ¿Dónde debemos buscarle? ¿Está acaso en los placeres que nos embriagan, en aquellos conocimientos que nos llenan de orgullo y de soberbia, o en aquella espléndida decoración que nos deslumbra? No: porque todo lo que es mudable y movible, no puede ser el verdadero bien. Dejemos pues la tierra y las sombras que la cubren, elevemos nuestras almas hacia la mansión de la luz y anunciemos a los mortales las verdades que ignoran.

»Hay dos mundos, uno visible y otro ideal; el primero, formado por el modelo del segundo, es este en que nosotros habitamos; en él es donde estando todo sujeto a la generación y la corrupción, todo se muda y pasa sin cesar; aquí no se ven más que imágenes y porciones fugitivas del ser; el segundo encierra las esencias y ejemplares de todos los objetos visibles, y estas esencias son verdaderos seres, porque son inmutables. Dos reyes, de los cuales el uno es ministro y esclavo del otro, derraman su claridad en estos dos mundos. De lo alto de los aires, el sol hace brotar y perpetúa los objetos que hace visibles a nuestros ojos, y del lugar más elevado del mundo intelectual, el bien supremo produce y conserva las esencias que hace inteligibles a nuestras almas. El sol nos alumbra con su luz, el bien supremo con la verdad; y así como nuestros ojos tienen una percepción clara cuando se fijan en los cuerpos donde cae de la luz del día, así nuestra alma adquiere una ciencia verdadera cuando contempla los seres en que la verdad se refleja.

»¿Pero queréis saber cuánta es la diferencia de esplendor y belleza que media entre las luces que iluminan estos dos mundos? Figuraos una cueva profunda, en la cual están los hombres sujetos desde su infancia con pesadas cadenas de tal manera que no pueden ni moverse del sitio, ni ver otros objetos sino aquellos que tienen delante. Detrás de ellos, a cierta distancia, está situado en una altura un fuego cuya luz se difunde en la caverna; entre este fuego y los cautivos hay un muro a lo largo del cual van y vienen las personas, van y vienen las gentes; los unos en silencio, los otros hablando entre ellos, teniendo en sus manos y levantando sobre el muro figuras de hombres o de animales, o muebles de toda especie, cuyas sombras irán a proyectarse en la parte de la caverna que pueden ver los cautivos. Sorprendidos de estas imágenes pasajeras, las tendrán por unos seres reales, y llegarán hasta atribuirles movimiento, vida y palabra. Escojamos ahora uno de estos cautivos, y para disipar su ilusión rompamos sus cadenas y obliguémosle a que se levante y vuelva la cabeza. Admirado al ver los nuevos objetos que se ofrecen a su vista, dudará de su realidad, y ofuscado y herido del brillo del fuego, apartará de él la vista para dirigirla a los vanos fantasmas de que estaba poseído anteriormente. Hagámosle sufrir una nueva prueba; saquémosle de la caverna, a pesar de sus clamores, sus esfuerzos y las dificultades de una marcha penosa. Cuando se vea en tierra, se encontrará de repente agobiado con el resplandor del día, y únicamente después de muchos ensayos, podrá discernir las sombras, los cuerpos, los astros, fijar el sol, mirarle como el autor de las estaciones y el principio fecundo de todo cuanto alcanzan nuestros sentidos.

»¿Qué idea tendrá entonces de los elogios que se dan en la caverna a los que aprenden y reconocen primero las sombras a su paso? ¿Qué pensará de las pretensiones, los odios, las envidias y los celos que excitan estos descubrimientos entre aquel pueblo de infelices? La compasión le obligará sin duda a volar en su socorro, para desengañarlos de su falsa inteligencia y de su pueril saber; pero como al pasar repentinamente de una luz tan grande a tan grande oscuridad no podrá distinguir al principio cosa alguna, todos se levantarán contra él, y no cesando de echarle en cara su ceguera, le citarán como un ejemplo espantoso de los peligros que corre el que pasa a la región superior.

»He aquí precisamente el cuadro de nuestra funesta condición: el género humano está sepultado en una caverna inmensa, cargado de cadenas y sin poder ocuparse más que de sombras vanas y artificiales. Aquí no tienen los placeres más que una amarga compensación, los bienes un brillo engañoso, las virtudes un fundamento frágil y los cuerpos mismos una existencia ilusoria. Preciso es salir de este lugar de tinieblas, preciso es romper sus cadenas, elevarse con esfuerzos redoblados hasta el mundo intelectual, acercarse poco a poco a la suprema inteligencia y contemplar su divina naturaleza en el silencio de los sentidos y las pasiones. Entonces se verá que mana de su trono en el orden moral la justicia, la verdad y la ciencia, y en el orden físico la luz del sol, las producciones de la tierra y la existencia de las cosas. No: una alma que habiendo llegado a esta grande elevación, ha experimentado una vez las sensaciones, los arrebatos y éxtasis que excita la vista del bien supremo, no se dignará volver a participar de nuestros trabajos y honores; y si baja hasta nosotros, y antes de familiarizarse con nuestras tinieblas se ve en la precisión de explicarse sobre la justicia ante los hombres, que solo conocen su sombra, sus nuevos principios parecerán tan extravagantes que al fin se reirán de su locura o castigarán su temeridad.

»Tales son no obstante los sabios que deben estar al frente de nuestra república, y que debe formar la dialéctica. Por espacio de cinco años enteros consagrados a este estudio, meditarán sobre la naturaleza de lo verdadero, lo honesto y lo justo. Poco satisfechos de las vagas e inciertas nociones que de ello se dan ahora, buscarán su verdadero origen; leerán sus deberes no en los preceptos de los hombres, y sí en las instrucciones que recibirán directamente del primero de los seres. En las conversaciones familiares que tendrán, digámoslo así, con él, adquirirán luces infalibles para discernir la verdad, firmeza inalterable en el ejercicio de la justicia, y aquel tesón en obrar bien, de que nada puede triunfar y que al fin triunfa de todo.

»Los filósofos que nosotros pongamos al frente de nuestra república no serán pues esos declamadores ociosos, esos sofistas despreciados de la multitud que son incapaces de guiar; serán almas fuertes, grandes, ocupadas únicamente del bien del estado, ilustradas en todos los puntos de la administración con un largo estudio y la teoría más sublime, y transformadas por sus virtudes y sus conocimientos en imágenes e intérpretes de los dioses sobre la tierra. Hallarán en fin su recompensa en el placer de hacer bien y de tener al Ser supremo por testigo».

A estos motivos añadió Platón otros más poderosos todavía, cuales son el cuadro de los bienes y de los males reservados en otra vida a la virtud y al vicio. Extendiose sobre la inmortalidad del alma; recorrió a continuación los defectos esenciales de que adolecen los gobiernos establecidos entre los hombres, y acabó observando que nada había prescrito relativo al culto de los dioses porque esto le correspondía al oráculo de Delfos.

CAPÍTULO LIII.

Comercio de los atenienses.

El puerto del Pireo es muy concurrido no solamente de las naves griegas sino también de las otras naciones que los griegos llaman bárbaras.

Como el Ática produce poco trigo, está prohibida su exportación, y aquellos que van lejos a buscarlo no pueden introducirlo en ninguna otra ciudad sin exponerse a penas rigurosas. Lo traen del Egipto y la Sicilia, y mucho más de Panticapea y Teodosia, ciudades del Quersoneso táurico, porque el soberano de este país, señor del Bósforo cimerio, exime a los buques atenienses del treintavo que exige por la exportación de este grano.

Traen de Panticapea y de varias partes del Ponto-Euxino maderas de construcción, esclavos, sal, miel y cera, lana, cueros y pieles de cabra. De Bizancio y de algunos otros países de la Tracia y de la Macedonia, pesca salada, madera de carpintería y construcción; de la Frigia y de Mileto, tapices, mantas y aquellas hermosas lanas de que fabrican los paños; del mar Egeo, vino y todas las especies de frutos que producen sus islas; y de la Tracia, la Tesalia, la Frigia y otros muchos países, un gran número de esclavos.

El aceite es el único género qué Solón permitió trocar por las mercancías extranjeras; la salida de todas las demás producciones del Ática está prohibida, y solo pagando crecidos derechos se permite exportar maderas de construcción, tales como el abeto, el ciprés, el plátano y otros árboles que se crían en las cercanías de Atenas. Los habitantes de esta ciudad tienen un gran recurso para su comercio en las minas de plata, porque, acostumbrados en muchas ciudades a alterar sus monedas, las de los atenienses, más estimadas que las demás, les facilitan cambios ventajosos. Por lo común compran vino en las islas del mar Egeo o en las costas de Tracia. El primor que se nota en las obras que salen de sus manos hace desear y buscar en todas partes sus manufacturas. Exportan para países distantes espadas y otras armas, diferentes paños, camas y otros muebles. Hasta los libros son para ellos objeto de comercio.

Tienen corresponsales en casi todas las partes, adonde los lleva la esperanza del lucro. Muchas ciudades de Grecia los eligen por su parte en Atenas para que cuiden de los intereses de su comercio.

Los atenienses tienen tres clases de moneda. Parece que al principio acuñaron moneda de plata y después de oro, y hace poco más de un siglo que hicieron para esto uso del cobre. Las más comunes son de plata, y ha sido preciso diversificarlas ya para el sueldo poco constante de las tropas, ya por las liberalidades sucesivamente concedidas al pueblo, y ya en fin para facilitar más y más el comercio. Excedente al dracma (3 reales 17 maravedís), compuesto de seis óbolos, hay el didracma o doble dracma, y la tetradracma o la cuádruple dracma; las menores son las monedas de cuatro, de tres o de dos óbolos. No pudiendo facilitar estas últimas el cambio menudo, aunque son de poco valor, se introdujo la moneda de cobre en tiempo de la guerra del Peloponeso, y acuñaron monedas que no valían más que la octava parte de un óbolo (dos maravedís y medio). La mayor moneda de oro pesa dos dracmas y vale veinte dracmas de plata (67 reales 2 maravedís).

Apenas circulaba el oro en la Grecia cuando yo llegué a ella. Sacábanlo de la Lidia y de algunos otros países del Asia menor, de la Macedonia, donde las gentes del campo recogen todos los días las partículas y fragmentos que las lluvias desprenden de los montes inmediatos a la isla de Tasos, cuyas minas descubiertas en otros tiempos por los fenicios, conservan todavía en su seno indicios de las obras inmensas que emprendió aquel pueblo industrioso. Dos acontecimientos de que yo fui testigo hicieron más común este metal.

Habiendo sabido Filipo, rey de Macedonia, que había en sus dominios varias minas explotadas en tiempos antiguos y abandonadas en su tiempo, hizo excavar las que se habían abierto del monte Pangeo. El éxito correspondió a sus esperanzas, y este príncipe, que antes no poseía en oro más que una ampollita que ponía de noche bajo su almohada, sacaba cada año de aquellos subterráneos más de mil talentos (más de veinte millones de reales). Por el mismo tiempo robaron los focenses del tesoro de Delfos las ofrendas de oro que habían enviado al templo de Apolo los reyes de Lidia. Aumentose en breve la masa de este metal hasta tal punto que su proporción con la plata no fue ya de uno a trece, como lo era cien años hace, ni de uno a doce algún tiempo después, sino únicamente en proporción de uno a diez.

CAPÍTULO LIV.

Impuestos y Hacienda pública de los atenienses.

Las rentas de la república han ascendido algunas veces hasta la suma de dos mil talentos (más de 40 millones de reales), y estas rentas son de dos clases, a saber: las que percibe en el país mismo, y las que saca de los pueblos tributarios.

En la primera clase debe contarse: 1.º el producto de los bienes raíces que pertenecen al estado, es decir, de las casas que alquila, y de las tierras y bosques que arrienda; 2.º la vigésima cuarta parte que se reserva del producto de las minas de plata, cuando concede permiso a los particulares para explotarlas; 3.º el tributo anuo que exige de los libertos y de los diez mil extranjeros establecidos en la Ática; 4.º las multas y confiscaciones, cuya mayor parte está destinada al tesoro público; 5.º la cincuentena que se cobra del trigo y otras mercancías que vienen del extranjero, así como de muchas de las que salen del Pireo; 6.º otros muchos objetos menudos, tales como los derechos impuestos sobre ciertos géneros que salen al mercado, y la contribución que se exige a los que mantienen cortesanas en sus casas. Se arriendan la mayor parte de estos derechos, y se hace la adjudicación en un paraje público, en presencia de diez magistrados que presiden las subastas.

La segunda y principal clase de las rentas del estado consiste en los tributos que le pagan muchas ciudades e islas que están bajo su dependencia. La suma total de las contribuciones extranjeras ascendió a principios de la guerra del Peloponeso a seiscientos talentos (más de doce millones de reales), y hacia el medio de esta guerra a mil doscientos o mil trescientos. Durante mi permanencia en Grecia las conquistas de Filipo habían reducido esta suma a cuatrocientos talentos, pero se prometían que llegaría con el tiempo a mil doscientos.

Por más considerables que sean estas rentas, no guardan proporción con los gastos, y por lo mismo hay precisión de recurrir muchas veces a medios extraordinarios, tales como los donativos voluntarios y las contribuciones forzosas.

No hay carga más onerosa que la conservación de la marina. Todo ciudadano que posee un haber de diez talentos (veinte mil reales de vellón), debe en caso necesario contribuir al estado con una galera; o dos, si su caudal asciende a veinte talentos; pero al que más, aunque posea inmensas riquezas, únicamente se le exigen tres galeras y una lancha; los que tengan menos de diez talentos se reunirán para poder contribuir con una galera.

Este impuesto, de que tan solamente se exceptúan los arcontes, es proporcionado en lo posible a las facultades de los ciudadanos, recayendo siempre el peso sobre los más ricos, como una consecuencia del principio de que no deben gravar los impuestos sobre las personas y sí sobre los bienes.

La obligación de suministrar naves y contribuir con dinero cesa en el momento en que se acaba la guerra, pero es costumbre que los ciudadanos ricos den convites en ciertos días a aquellos de sus tribus que contribuyen a la conservación de los gimnasios, y proporcionan en los juegos públicos los coros que deben disputar el premio de la danza y de la música. Unos se encargan voluntariamente de estos gastos, otros se ven precisados a hacerlos por disposición de su tribu, y no pueden eximirse de ello a menos que no hayan logrado la exención en mérito de servicios hechos al estado. Todos tienen derecho al favor del pueblo, que indemniza con empleos y honores a los que se han arruinado por solemnizar sus fiestas.

CAPÍTULO LV.

Continuación de la biblioteca de un ateniense. — La lógica.

Antes de mi viaje a las provincias de la Grecia, pasé muchos días en la biblioteca de Euclides, y a mi regreso volvimos a nuestras sesiones.

Me enseñó en un estante las obras que tratan de lógica y de retórica, puestas las unas al lado de las otras, porque estas dos ciencias tienen mucha conexión entre sí.

«Son en corto número», me dijo, «porque no hace más de un siglo, poco más o menos, que se ha meditado sobre el arte de pensar y hablar. Nosotros debemos este beneficio a los griegos de Italia y de Sicilia, lo cual fue una consecuencia del vuelo que había dado al entendimiento humano la filosofía de Pitágoras.

»Debemos hacer a Zenón la justicia de decir que es el primero que ha publicado un ensayo de dialéctica, pero debemos hacer también a Aristóteles el homenaje de añadir que ha perfeccionado de tal manera el método del raciocinio que pudiera mirársele como inventor.

»El hábito nos enseña a comparar dos o más ideas, para conocer y demostrar a los demás su conexión o su oposición. Tal es la lógica natural; ella bastaría a un pueblo que, privado de la facultad de generalizar sus ideas, no vería en la naturaleza y en la vida civil más que cosas individuales. Se engañaría a cada instante en los principios, porque sería ignorante, pero sus consecuencias serían justas porque sus nociones serían claras, y las explicaría siempre con la palabra adecuada.

»Pero entre las naciones cultas, el espíritu humano, a fuerza de ejercitarse sobre las generalidades y abstracciones, ha producido un mundo ideal quizás tan difícil de conocer como el mundo físico. A la cantidad enorme de percepciones recibidas por los sentidos se ha juntado el número prodigioso de combinaciones que forma nuestro entendimiento, cuya fecundidad es tal que no es posible señalarle límites. Si consideramos a continuación que entre los objetos de nuestras ideas hay muchos que tienen entre sí relaciones sensibles que parece que las identifican, y diferencias leves que en efecto las distinguen, quedaremos admirados de la audacia y sabiduría de los primeros que formaron y ejecutaron el proyecto de establecer el orden y la subordinación en esta infinidad de ideas que los hombres habían concebido hasta entonces, y que podrían concebir en adelante.

»Esto es quizás uno de los mayores esfuerzos del entendimiento humano; o a lo menos, uno de los mayores descubrimientos de que pueden los griegos vanagloriarse. Nosotros hemos recibido de los egipcios, de los caldeos y acaso también de alguna nación más lejana los elementos de casi todas las ciencias y de casi todas las artes; pero la posteridad nos deberá este método cuyo feliz artificio sujetó el raciocinio a reglas».

Después de estos preámbulos, nos expuso Euclides las principales partes de este precioso método, poniéndonos lo primero a la vista aquellas famosas categorías en las cuales ha clasificado Aristóteles todos los seres según su género y su especie; expliconos a continuación lo que se entiende por buena definición, e hizo observaciones muy exactas sobre la naturaleza del género y de la diferencia, así como sobre las diversas especies de aserciones que se han solido adelantar raciocinando. Todo cuanto decía estaba sacado de la doctrina del mismo Aristóteles, y concluyó fijando nuestra atención sobre el descubrimiento del silogismo hecho por este gran filósofo.

«Esta especie de argumento», dijo, «se compone de tres términos. El último es el atributo del segundo, y el segundo del primero, como en este razonamiento: Toda virtud es un hábito; ahora bien, la justicia es una virtud, luego la justicia es un hábito. Hábito es atributo con respecto a la virtud, y virtud con respecto a justicia.

»De aquí se sigue que un silogismo se compone de tres proposiciones. En las dos primeras se compara el término medio con cada uno de los extremos; de la tercera se deduce que uno de los extremos debe ser el atributo del otro. Así pues, un silogismo es un raciocinio por el cual, estableciendo ciertas aserciones, se deriva otra diferente de las primeras.

»Las diversas combinaciones de los tres términos producen diferentes especies de silogismos, que la mayor parte se reducen a la que hemos propuesto por modelo. Los resultados varían también según sean afirmativas o negativas las proposiciones, y según se les de, así como a los términos, más o menos universalidad: de aquí emanan muchas reglas por las cuales se descubre a primera vista la exactitud o el defecto de un raciocinio. Nos valemos de instrucción y de ejemplos para persuadir a la multitud, de silogismos para convencer a los filósofos.

»Se suprime a veces una de las proposiciones, fácil de suplir; entonces el silogismo se llama entimema y, aunque imperfecto, no es menos concluyente. Ejemplo: Toda virtud es un hábito; luego la justicia es un hábito; o bien: La justicia es una virtud; luego es un hábito.

»Toda demostración es un silogismo, pero no todo silogismo es una demostración. Este es demostrativo cuando está fundado en los primeros principios o en aquellos que se derivan de los primeros; es dialéctico cuando está fundado en opiniones que parecen probables a todos los hombres o a lo menos a los sabios más ilustrados; y contencioso cuando se concluye según proposiciones que se quiere hacer pasar por probables y no lo son.

»El primero suministra armas a los filósofos que se ciñen a lo verdadero; el segundo a los dialécticos, ocupados muchas veces en la verosimilitud, y el tercero a los sofistas, a quienes bastan las menores apariencias».

CAPÍTULO LVI.

Continuación de la biblioteca de un ateniense. — La retórica.

«En tanto que se construía con ahínco el edificio de la lógica», dijo Euclides, «se levantaba a su lado el de la retórica, menos sólido a la verdad, pero más magnífico».

Acercándose a los estantes: «Estos son», continuó, «los autores que nos dan preceptos sobre la elocuencia y los que nos han dejado modelos de ella. Casi todos han vivido en el último siglo o en el nuestro. Entre los primeros están Córax de Siracusa, Tisias, Trasímaco, Protágoras, Pródico, Gorgias, Polos, Licimnio, Alcidamante, Teodoro, Eveno, Calipo, etc.; entre los segundos gozan de una reputación bien merecida Lisias, Antifonte, Andócides, Iseo, Calístrato e Isócrates; y a estos se debe agregar los que han comenzado a distinguirse, tales como Demóstenes, Esquines, Hipérides, Licurgo, etc.

»Los primeros ensayos de retórica se hicieron en Sicilia. Cerca de cien años después de la muerte de Cadmo, reunió discípulos un siracusano llamado Córax, y compuso sobre este arte un tratado muy estimado en nuestros días, aunque solo hace consistir el secreto de la elocuencia en el cálculo engañoso de ciertas probabilidades.

»Protágoras, discípulo de Demócrito, durante su permanencia en Sicilia fue testigo de la gloria que este Córax había adquirido.

»Hasta entonces se había distinguido con profundas investigaciones sobre la naturaleza de los seres, y lo fue también en breve por las obras que publicó sobre la gramática y las diferentes partes del estudio oratorio. Se le hace el honor de haber sido el primero que reunió las proposiciones generales, llamadas lugares comunes, de que hace uso un orador, ya para multiplicar sus pruebas, ya para discurrir fácilmente sobre todas las materias.

»Después de arreglar el modo de construir el exordio, de disponer la narración y de mover las pasiones de los jueces, se extendió el dominio de la elocuencia, encerrado hasta entonces en el recinto de la plaza pública y del foro. Rival de la poesía, celebró al principio a los dioses, los héroes y los ciudadanos que habían muerto en los combates, y en seguida Isócrates compuso elogios para los particulares de alta jerarquía. Después han elogiado indiferentemente a los hombres útiles o inútiles a su patria, y humeando el incienso por todas partes, se ha decidido que tanto la alabanza como el vituperio no debían guardar medida alguna.

»Se distinguió también dos clases de oradores: los que dedicaban la elocuencia a ilustrar al público en sus reuniones, tales como Pericles; a defender los intereses de los particulares en el foro, como Antifonte y Lisias; a derramar sobre la filosofía los vivos colores de la poesía, como Demócrito y Platón; y los que cultivando la retórica por un sórdido interés o por vana ostentación, declamaban en público sobre la naturaleza del gobierno o de las leyes, sobre las costumbres, las ciencias y las artes, haciendo soberbios discursos en los cuales el lenguaje ofuscaba las ideas.

»La mayor parte de estos últimos, esparciéndose por la Grecia, fueron conocidos bajo el nombre de sofistas: andaban errantes de ciudad en ciudad, eran bien recibidos en todas partes, seguíanles un numeroso séquito de discípulos que, aspirando a elevarse a los primeros empleos con el auxilio de la elocuencia, pagaban con usura sus lecciones, y tomaban en su compañía aquellas nociones generales o lugares comunes de que acabo de hacer referencia.

»El más célebre de estos sofistas ha sido Gorgias, siciliano. Adquirió un caudal tan grande como su reputación, aunque era un escritor frío, que aspiraba a lo sublime haciendo esfuerzos que le alejaban de él. La magnificencia de sus expresiones solo ha servido comúnmente para manifestar la esterilidad de sus ideas, mas esto no obstante, extendió los límites del arte y sus defectos mismos han servido de lección».

Euclides, enseñándome varios discursos de este orador y varias obras compuestas por algunos de sus discípulos, añadía: «yo hago menos caso del pomposo aparato que despliegan en sus escritos que de la noble y sencilla elocuencia que caracteriza a los de Pródico de Ceos. Este tiene un gran atractivo para las personas juiciosas: escoge casi siempre el término propio, y descubre distinciones muy finas entre las palabras que parecen sinónimas».

Después de una corta digresión acerca de Platón y de Pericles, tuvo Euclides la bondad de exponerme las reglas de la verdadera elocuencia. «Ya conocéis», me dijo, «a los autores que se han distinguido en nuestros días, y os halláis en estado de apreciarlos. Las reglas que justifican la impresión que os han hecho son el fruto de una larga experiencia, y se han formado según las obras y el acierto de los grandes poetas y los primeros oradores.

»El imperio de la elocuencia es muy extenso. Se ejercita en las asambleas generales, donde se delibera sobre los intereses de una nación; ante los tribunales, donde juzgan las causas de los particulares; en los discursos, donde se debe representar el vicio y la virtud bajo sus verdaderos colores, y en todas las ocasiones, en fin, donde se trata de instruir a los hombres. De aquí nacen tres géneros de elocuencia, a saber: el deliberativo, el judiciario y el demostrativo; así pues, las augustas funciones del orador consisten en apresurar o acelerar la decisión del pueblo, defender al inocente, perseguir al criminal, alabar la virtud y vituperar el vicio. ¿Y cómo se ha de efectuar esta persuasión? Con un estudio profundo, dicen los filósofos; con el auxilio de las reglas, dicen los retóricos.

»Si la naturaleza os destina, dicen los primeros, al ministerio de la elocuencia, esperad que la filosofía os conduzca a él a paso lento: que os haya demostrado que el arte de la palabra, debiendo convencer antes que persuadir, debe sacar su fuerza principal del arte del raciocinio: que os haya enseñado, por consecuencia, a no tener más que ideas sanas, a expresarlas de una manera clara, a distinguir de los objetos todas las relaciones y todos los contrastes, y a conocer y dar a conocer a los demás lo que es en sí cada cosa. Continuando su influencia en vos, os llenará de las luces que convienen al hombre de estado, al juez íntegro y al excelente ciudadano: estudiaréis a su vista las diferentes especies de gobiernos y de leyes, los intereses de las naciones, la naturaleza del hombre y el juego movible de sus pasiones.

»Pero, esta ciencia, adquirida en fuerza de largas fatigas, cedería fácilmente al soplo contagioso de la opinión si no la sostuvieseis no solo con una probidad reconocida y una prudencia consumada, sino también con un celo ardiente por la justicia y un profundo respecto a los dioses, testigos de vuestras intenciones y palabras.

»Este es el modo de pensar de los filósofos con respecto o la retórica; ahora sería preciso examinar el fin que los retóricos se proponen y las reglas que nos han prescrito; pero Aristóteles ha emprendido el trabajo de recopilarlas en una obra, en que tratará la materia con aquella superioridad que ya hemos observado en sus primeros escritos. Leedle un día, y creo que me dispensaréis de deciros más sobre este punto».

Instaba yo a Euclides, aunque en vano, pues apenas respondía a mis preguntas. «¿Adoptan los retóricos los principios de los filósofos?». «Se apartan de ellos muchas veces, y particularmente cuando prefieren la verosimilitud a la verdad». «¿Cuál es la primera cualidad del orador?». «La de ser excelente lógico». «¿Y su primer deber?». «El demostrar que una cosa es o no es». «¿Cuál su principal atención?». «Descubrir en cada tema los medios propios de persuadir». «¿En cuántas partes se divide el discurso?». «Los retóricos admiten un gran número, que se reduce a cuatro: el exordio, la proposición o el hecho, la prueba y la peroración. Se puede no obstante suprimir la primera y la última». Iba a continuar, pero Euclides se excusó, y solamente pude conseguir un corto número de observaciones sobre la elocución.

«Conveniencia y claridad», me dijo, «son las dos principales cualidades de la elocución. 1.º La conveniencia. La dicción debe variar según el carácter del que habla, y de aquellos de quienes habla, y según la naturaleza de las materias que trata y de las circunstancias en que se encuentra.

»El estilo de la poesía, el de la elocuencia, de la historia y del diálogo se diferencian esencialmente unos de otros; y eso que, en cada género, las costumbres y el talento de un autor proyectan en su dicción diferencias sensibles. 2.º La claridad. Un orador o un escritor debe haber hecho un estudio serio de su lengua. Si desatendéis las reglas de la grámatica, me será costoso entender vuestro pensamiento. Hacer uso de palabras anfibológicas y de circunlocuciones inútiles, colocar sin tino las conjunciones que ligan los miembros de una frase, confundir el plural con el singular; no tener cuidado con la distinción establecida en estos últimos tiempos entre los nombres masculinos y femeninos; designar con un mismo término las impresiones que reciben dos de nuestros sentidos, distribuir inoportunamente las palabras de una frase, de modo que un lector no pueda adivinar el sentido del autor; todos estos defectos coadyuvan igualmente a la oscuridad del estilo, la cual se aumentará si el exceso de los adornos y lo largo de los periodos distraen la atención del lector y no le permiten respirar; o bien si por ir con demasiada rapidez, no puede comprender vuestro pensamiento, como sucede con los corredores del estadio que en un momento desaparecen de la vista de los espectadores.

»Nada contribuye más a la claridad que el uso de expresiones ya admitidas, pero si nunca las desviáis de su común sentido o acepción, vuestro estilo no pasará de familiar y rastrero: para que sea elevado y sublime, es necesario valerse de nuevos giros y de expresiones figuradas».

«He oído hablar», dije a Euclides, «de las diversas especies de estilos, tales como el noble, el grave, el sencillo, el ameno, etc.».

«Dejemos a los retóricos», respondió Euclides, «el cuidado de trazar los diferentes caracteres. Todos los he indicado en dos palabras: si vuestra dicción es clara y conveniente, habrá en ella una proporción exacta entre las palabras, los pensamientos y el tema. Nada más debe exigirse. Meditad este principio y no os causarán admiración las siguientes aserciones.

»La elocuencia forense se diferencia esencialmente de la elocuencia de la tribuna. Al orador se le perdonan los descuidos y las repeticiones que se miran como un crimen en el escritor. Hay discursos que merecen aplausos en la asamblea general, y cuya lectura no puede sufrir, porque la acción les daba valor; y hay otros que están escritos con sumo esmero, y no causarían efecto en el público si no se acomodasen a la acción. La elocución que trata de deslumbrarnos con su magnificencia llega a ser excesivamente fría cuando carece de armonía, cuando las pretensiones del autor se presentan a descubierto, y, valiéndome de la expresión de Sófocles, cuando infla excesivamente los carrillos para soplar en un pito».

Pregunté a Euclides qué autor proponía él por modelo de buen estilo, y me respondió: «Ninguno en particular y todos en general. No cito a ninguno personalmente, porque Platón y Demóstenes, dos de nuestros escritores que más se acercan a la perfección, pecan algunas veces, el uno por exceso de adornos y el otro por falta de nobleza. Digo todos en general porque meditándolos, comparando unos con otros, no solamente se aprende a colorear la dicción, sino que también se adquiere aquel gusto exquisito y puro que dirige y juzga las producciones del genio; sentimiento rápido, y tan general entre nosotros que pudiera tenerse por el instinto de la nación».

Salimos de la biblioteca de Euclides y dirigimos nuestro paseo hacia el Liceo, y al entrar en el primer patio llamaron nuestra atención unos gritos penetrantes que salían de una de las salas del gimnasio. El retórico León y el sofista Pitodoro se habían empeñado en una disputa acalorada. Nos costó trabajo abrirnos paso por en medio de la multitud, y el primero nos dijo: «Acercaos y veréis a Pitodoro, quien defiende que su arte no es diferente del mío y que el objeto de ambos es engañar a cuantos nos escuchan. ¡Rara pretensión, en un hombre que debiera correrse de tener el nombre de sofista!».

Acercámonos a escuchar: Pitodoro defendía la causa de los sofistas con razones que nos hubieran persuadido si hubiésemos estado menos prevenidos en favor de la retórica. León no podía contenerse, y a cada instante estaba pronto a contrarrestarle con el aparato pomposo y amenazador de su arte. Apenas hubo acabado de hablar su antagonista, cuando emprendió la defensa de la retórica, mas era ya tarde y, dejándolos en su controversia, tomamos el partido de retirarnos.

CAPÍTULO LVII.

Viaje al Ática. — Discurso de Platón sobre la formación del mundo.

Había yo pasado con frecuencia estaciones enteras en diferentes casas de campo; atravesé varias veces el Ática, y voy a referir algunas singularidades que me han chocado en mis viajes.

Tenía Apolodoro una posesión considerable cerca de Eleusis, y me llevó a verla en tiempo de la siega. La campiña estaba cubierta de espigas doradas y de esclavos que las derribaban al impulso de sus cortantes hoces, al mismo tiempo que las recogían los muchachos y las alargaban a los que hacían garbas. Empezaba esta tarea al rayar el alba, y todos los de la casa debían ser partícipes de ella. En un rincón del campo, a la sombra de un árbol frondoso, los hombres preparaban la carne y las mujeres cocían lentejas, y echaban harina en unos cacharros llenos de agua hirviendo para la comida de los segadores, que se animaban al trabajo entonando cantares que resonaban por la llanura.

Transportaban las garbas a la era y las tendían haciendo con ellas parvas redondas. Uno de los jornaleros se pone en el centro, teniendo en la mano un látigo y un ramal, con el cual dirige a los bueyes, caballos y mulas; los arrea y hace andar o trotar alrededor de él. Algunos de sus compañeros, revuelven la paja, y la agolpan bajo los pies de los animales, hasta que se halla enteramente partida. Otros echan paladas al aire, y un viento ligero, que se mueve por lo regular a una misma hora, lleva las briznas de paja a cierta distancia, y deja caer a plomo los granos, que luego encierran en vasijas de barro cocido.

Pasados algunos meses, volvimos a la casa de campo de Apolodoro, en tiempo en que los vendimiadores cortaban los racimos suspensos de las vides, que se elevaban sostenidas en los rodrigones. Veíanse también mancebos y muchachas, llenando de uva los canastos de mimbre que trasportaban luego al lagar. Antes de pisarlos, algunos cultivadores llevan a sus casas los sarmientos cargados de racimos, los ponen al sol durante diez días y luego a la sombra por espacio de otros cinco.

Los unos conservan el vino en cubas, otros en cueros y algunos en vasijas de barro.

Mientras que pisaban la uva en el lagar, escuchábamos con placer los cantares de los lagareros. Habíamos oído otros mientras comían los vendimiadores, y en los diferentes intervalos del día, alternando la danza con el canto.

La siega y la vendimia terminan con fiestas celebradas con aquellos movimientos rápidos que produce la abundancia, y que varían según la naturaleza del objeto. Teniendo el trigo como un beneficio de una diosa que provee a nuestras necesidades, y el vino como el presente de un dios que cuida de nuestros placeres, se anuncia el reconocimiento a Deméter con una alegría viva y moderada, y a Dioniso con los arrebatos del delirio.

Al tiempo de las sementeras y de las siegas, se ofrecen también sacrificios, y durante la cosecha de la aceituna y de otros frutos ponen también en los altares las primicias de los presentes recibidos del cielo. Los griegos han sentido que, en estas ocasiones, el corazón necesita desahogarse y dirigir homenajes a los autores del beneficio.

Eutimenes, uno de nuestros amigos, había confiado siempre la administración de sus bienes a la vigilancia y fidelidad de un esclavo que tenía como capataz de los otros; pero convencido al fin de que el ojo del amo vale más que el de un administrador o mayordomo, tomó el partido de establecerse en su casa de campo situada en el lugar de Acarnas, a sesenta estadios de Atenas. Fuimos a verle algunos años después y tuvimos la satisfacción de encontrarle restablecido de su salud, quebrantada en otro tiempo, y a toda su familia sana y robusta. «Nuestra vida es activa y en ninguna manera agitada», nos dijo; «y así es que no conocemos el tedio, y sabemos gozar de lo presente».

Enseñonos su casa recién construida; está orientada al mediodía, a fin de que la dé el sol de cara en invierno, y que esté preservada del calor en verano, cuando este astro está en su mayor altura. La habitación de las mujeres está separada de la de los hombres por medio de unos baños que impiden toda comunicación entre los esclavos de uno y otro sexo. Cada cuarto era adecuado a su destino, de modo que se conserva el trigo en un sitio seco, y el vino en un lugar fresco. No se advierte lujo alguno en los muebles, mas sí el mayor aseo en todo. Coronas e incienso para los sacrificios, vestidos para las fiestas, armaduras y arneses para la guerra, ropas de cama y otros usos para las diferentes estaciones, utensilios de cocina, instrumentos para moler trigo, etc., etc., todo se encontraba a mano porque todo estaba en su sitio y colocado con simetría.

«Los habitantes de la ciudad», decía Eutimenes, «verían ciertamente con desprecio un arreglo tan metódico, ignorando que así se ahorra tiempo en buscar las cosas, y que un sabio agricultor debe ser tan económico de los instantes como de las rentas.

»Mi mujer y yo hemos partido, continuó diciendo, los cuidados y afanes de la administración de nuestros bienes, no perdiendo de vista que a ella la conciernen los pormenores o mecanismo interior, y a mí los negocios exteriores. Yo me he encargado de cultivar y mejorar la hacienda que heredé de mis padres, y Laódice mi esposa cuida del gasto de la casa, del almacenamiento, venta, préstamo y distribución del trigo, vino, aceite y demás frutos de nuestras cosechas: ella cuida también de la subordinación, de la tarea y del respeto de nuestros criados, enviando unos al campo, ocupando a otros en la elaboración de la lana y enseñándolos a prepararla para hacer de ella vestidos. Su ejemplo suaviza la tarea de ellos, y cuando están enfermos, su asistencia y la mía disminuyen sus sufrimientos. La suerte de nuestros esclavos nos enternece, considerando, que son dignos de buen trato, porque al fin son hombres».

Atravesamos un corral poblado de gallinas, patos y otras aves caseras, y vimos la caballeriza, el aprisco y el jardín lleno de narcisos, jacintos, anémonas y lirios, violetas varias, rosas de diversas especies y toda clase de plantas odoríferas. «No os causará extrañeza», me dijo, «el cuidado que tengo del cultivo de estas flores, pues sabéis que con ellas adornamos los templos, los altares y las estatuas de nuestros dioses; nos coronamos la cabeza en los convites y en nuestras ceremonias religiosas; las echamos por encima de nuestras mesas y camas, y tenemos también el cuidado de ofrecer a nuestras divinidades las que les son más gratas».

Llevonos luego Eutimenes a su hacienda, que tenía más de cuarenta estadios de circuito (legua y cuarto) y en la cual había tenido en el año anterior una gran cosecha de cebada y ochocientos cántaros de vino. Tenía seis acémilas que llevaban diariamente al mercado leña y otras muchas cosas, que le producían doce dracmas diarias (40 reales 8 maravedís).

El territorio de Acarnas está cubierto de viñas. Todo el Ática de olivos, que es el árbol de que se tiene más cuidado. Eutimenes había plantado un gran número de ellos, particularmente a los lados de los caminos que pasaban por su posesión, y los había puesto distantes nueve pies uno de otro, sabiendo que sus raíces se extienden mucho. Continuando nuestro camino, vimos pasar cerca de nosotros numerosos rebaños de ovejas, cubierta cada una de ellas con un pellejo. Esta precaución adquirida de los megarenses, preserva los vellones de la porquería o inmundicia que los mancharía, como también de las zarzas que pudieran desgarrarlos y quitar la lana. Ignoro si contribuye a hacer la lana más fina, pero puedo decir que la de Ática es muy bella, y añado que el arte de la tintura ha llegado al punto de cargarla de colores que nunca pierden.

Al pie de una ladera que servía de límite a una pradera, había muchas colmenas en medio de un campo de romeros y retamas. «Observad», nos dijo Eutimenes, «con qué afán ejecutan las abejas las órdenes de su soberana, la cual, no pudiendo sufrir que estén ociosas, las envía a esta hermosa pradera a recoger los ricos materiales para hacer de ellos el uso conveniente; ella forma también un enjambre, y las obliga o expatriarse acaudilladas por una abeja que ella elige».

Mas a lo lejos, entre unas colinas enriquecidas de viñedos, se extiende un llano donde vimos muchos pares de bueyes, llevando los unos carretadas de estiércol, y otros que, uncidos al arado, abrían lentamente hondos surcos. «Aquí se sembrará cebada», dijo Eutimenes, «porque es el grano que se da mejor en el Ática. Es verdad que el trigo que en él se recoge da un pan muy grato al paladar, pero es de menos alimento que el de la Beocia, y se ha observado no pocas veces que los atletas beocios, cuando permanecen algún tiempo en Atenas, consumen dos quintas partes más de trigo que en su país, no obstante que confina con el nuestro: en esto se conoce que es menester muy poco para modificar la influencia del clima. Aún voy a daros otra prueba. La isla de Salamina está casi tocando con el Ática, y los granos sazonan allí mucho antes que en nuestra tierra».

Hablonos en seguida Eutimenes de las labores del campo; enterándonos de muchos pormenores acerca del cultivo del trigo, extendiéndose aún más sobre el de la viña y, satisfaciendo nuestra curiosidad, nos enteró de muchas cosas relativas al modo de cuidar la hortaliza y los árboles frutales. En todo lo que nos decía concerniente a las ocupaciones rústicas, manifestaba su alegría y nos pintaba con enajenamiento los placeres de la vida del campo.

Una tarde que estábamos sentados a la mesa delante de su casa, a la sombra de unos plátanos altísimos que se encorvaban sobre nuestras cabezas, nos decía: «Cuando yo me paseo por mi hacienda, todo se ríe y ufana a mi vista. Esas mieses, estos árboles, esas plantas no existen sino para mí o más bien para aliviar la suerte de muchos desgraciados. Algunas veces me formo ciertas ilusiones para aumentar mis placeres: entonces me parece que la tierra lleva su atención hasta la delicadeza, y que vienen las flores para anunciar los frutos, así como las gracias deben anunciar entre nosotros los beneficios.

»Una emulación sin rivalidad, forma los lazos que me unen con mis vecinos, los cuales vienen con frecuencia a sentarse alrededor de esta mesa que jamás se vio rodeada de personas que no fuesen amigos míos. La confianza y la franqueza reinan en las conversaciones nuestras: nos comunicamos nuestros descubrimientos, porque muy diferentes de los demás artistas que tienen secretos, cada uno de nosotros tiene tanto gusto en instruir a los demás como en instruirse a sí mismo».

Habiendo salido de Acarnas, subimos otra vez hacia la Beocia y vimos de paso algunos castillos cercados de gruesas murallas y de torres elevadas. Las fronteras del Ática están defendidas por todas partes con plazas fuertes donde se mantienen guarniciones y, en caso de invasión, se manda a las gentes del campo que se refugien en ellas. Vimos en una eminencia el templo de Némesis, diosa de la venganza, cuya estatua es de mármol de Paros, alta de diez codos y hecha de la mano de Fidias. Bajamos luego al lugar de Maratón, cuyos habitantes nos enseñaron los sepulcros de los griegos que murieron en la batalla de los persas; de allí fuimos a dormir a Prasias, lugarcillo situado junto al mar, y al día siguiente llegamos a Tórico, plaza fuerte, donde supimos que se hallaba cerca de allí Platón en casa de Teófilo, uno de sus antiguos amigos, que poseía en aquel territorio una casa de campo. Nuestra vista tuvo el aire de un reconocimiento, y Teófilo prolongó su dulzura deteniéndonos en su casa. Al amanecer del siguiente día, fuimos al monte Laurion, donde están las minas de plata que explotan desde tiempo inmemorial. Penetramos en aquellos lugares húmedos y enfermizos, y fuimos testigos de lo mucho que cuesta sacar de las entrañas de la tierra aquellos metales destinados a no ser descubiertos y menos poseídos que por esclavos.

No dimos noticia a Platón de nuestro viaje a las minas, pero quiso acompañarnos al cabo de Sunio, distante de Atenas cerca de trescientos treinta estadios (cerca de 11 leguas). Allí se ve un soberbio templo de mármol blanco consagrado a Atenea, de orden dórico, rodeado de un peristilo que, como el de Teseo, al cual se parece en la disposición general, tiene seis columnas de frente y trece de lado.

Apenas empezábamos a gozar del gran espectáculo que nos ofrecían las llanuras de la mar y de las islas vecinas, cuando vimos a lo lejos cargarse el horizonte de vapores ardientes y sombríos; el sol se iba volviendo pálido, la superficie del agua, lisa y serena, se cubría de colores lúgubres, cuyos visos variaban incesantemente. Ya el cielo, oscuro y cerrado por todas partes, solamente ofrecía a nuestra vista una bóveda tenebrosa que penetraba la llama y se cargaba sobre la tierra. Toda la naturaleza estaba en silencio, en expectativa y en un estado de inquietud que se comunicaba hasta lo interior de nuestras almas. Buscamos asilo en el vestíbulo del templo y en breve vimos romper el rayo con estrépito la barrera de tinieblas y de fuegos suspensa sobre nosotros, rodar espesas masas de nubes por los aires, correr a torrentes en la tierra, y los vientos desencadenados agolparse al mar y conmoverle hasta en sus abismos. Todo bramaba, el trueno, los vientos, las olas, las cavernas, los montes; y de todos estos ruidos juntos se formaba un estruendo espantoso que parecía anunciar el fin del mundo. Habiendo redoblado el aquilón sus esfuerzos, la tempestad fue a descargar su furia en los climas ardientes del África. Seguímosla con la vista y la oímos bramar a lo lejos; brilló el cielo con una claridad más pura, y aquel mar, cuyas oleadas espumosas se habían levantado hasta los cielos, apenas impelía sus aguas hasta las playas.

Al aspecto de tan inesperadas y rápidas mudanzas, permanecimos por algún tiempo inmóviles y mudos; pero en breve nos recordaron aquellas cuestiones en las cuales se ejercita muchos siglos hace la curiosidad de los hombres. ¿A qué se dirigen estos extravíos y revoluciones de la naturaleza? ¿Deberemos acaso atribuirlos a la casualidad? ¿Es por ventura una causa inteligente la que excita y apacigua las tempestades? ¿Pero qué objeto se propone? ¿De dónde viene que arroja rayos sobre los desiertos y perdona a las naciones culpables? De aquí subimos a la existencia de los dioses, a la confusión del caos y al origen del universo. Perdíamos el tino, y suplicamos a Platón que rectificase nuestras ideas. Estaba este en una meditación profunda, pero cediendo en fin a nuestras instancias, sentose en un poyo y, habiéndonos hecho poner a su lado, empezó de esta manera:

«¡Oh, cuán débiles somos los mortales! ¿Podemos acaso penetrar nosotros los secretos de la divinidad? Postrado a sus pies le pido que ponga en mi boca discursos que le sean gratos y parezcan conformes a la razón. Si me viese obligado a explicarme en presencia de la multitud acerca del primer autor de todas las cosas, del origen del universo y la causa del mal, me vería en la precisión de hablar por enigmas; pero en estos sitios solitarios, donde no tengo más testigos que Dios y mis amigos, tendré la condescendencia de hacer homenaje sin temor a la verdad.

»El Dios que os anuncio es un Dios único, inmutable, infinito. Centro de todas las perfecciones, manantial inagotable de la inteligencia y del ser; era antes que hubiese desplegado su poder en lo exterior, porque no ha tenido principio; era en sí mismo y existía en los arcanos de la eternidad. No, mis expresiones no corresponden a la grandeza de mis ideas, ni mis ideas a la grandeza del asunto.

»Dios, mediante su bondad infinita, había resuelto desde la eternidad formar el universo, según un modelo presente siempre a sus ojos; modelo inmutable, increado, perfecto: idea semejante a la que concibe un artista cuando convierte la tosca piedra en un soberbio edificio; mundo intelectual de que este mundo visible no es más que la copia y la expresión. Todo está a la comprensión nuestra en el universo, todo lo que se oculta a su actividad estaba delineado de una manera sublime en aquel primer plan; y como el ser supremo nada concibe que no sea real, se puede decir que produjo el mundo antes que le hubiese hecho sensible.

»Cuando llegó el instante de esta grande operación, la sabiduría eterna dio sus órdenes al caos y al punto agitó a toda la masa un movimiento fecundo y desconocido. Sus partes, antes divididas por un odio implacable, corrieron a reunirse, a abrazarse y formar una cadena. Brilló la luz por primera vez en las tinieblas; separose el aire de la tierra y del agua, y estos cuatro elementos quedaron destinados a la composición de todos los cuerpos».

Hasta aquí escuché a Platón con un vivo sentimiento de admiración por la sublimidad de su doctrina, pero cuando llegó a hablarnos de un alma del mundo, formada en parte de la esencia divina y de la sustancia material de aquellos genios a quienes Dios confió el gobierno de los astros, de dos almas humanas, la una mortal y la otra inmortal, diciendo que la primera reside en el cerebro y la segunda en la región del estómago, me lamenté de que un filósofo que por la fuerza de su genio y su talento había llegado a formarse tan grandes ideas del primer ser, mezclase en ellas los vagos y falsos sistemas de su imaginación.

CAPÍTULO LVIII.

Sucesos memorables ocurridos en Grecia y en Sicilia (desde el año 357 hasta el de 354 antes de J. C.). — Expedición de Dion. — Juicio de los generales Timoteo e Ifícrates. — Principio de la guerra sagrada.

Ya dije en el capítulo 32 que, desterrado Dion de Siracusa por el rey Dionisio, su sobrino y cuñado, se había en fin determinado a libertar a su patria del yugo que la oprimía. Saliendo de Atenas, marchó para la isla de Zacinto, punto de reunión de las tropas que juntaba algún tiempo había, y allí encontró tres mil hombres, la mayor parte alistados en el Peloponeso, todos de valor acreditado y de una intrepidez superior a los peligros. Se embarcaron con él ochocientos soldados, quedando los demás para salir después al mando de Heráclides.

Después de una violenta tempestad, arribó al puerto de Heraclea Minoa, en la parte meridional de la Sicilia, el cual era una plaza fuerte de los cartaginenses, donde Dionisio se había embarcado para Italia algunos días antes.

A la noticia de su llegada, se pusieron bajo sus órdenes los habitantes de muchas ciudades y corrieron en tropel a recibirle los de Siracusa y los campos inmediatos.

Distribuyó entre cinco mil de ellos las armas que había llevado del Peloponeso, y los principales habitantes de la capital, vestidos de blanco, salieron a su encuentro. Habiendo llegado a la plaza pública se detuvo, y desde un sitio elevado dirigió la palabra al pueblo; presentole de nuevo la libertad, le exhortó a defenderla con vigor y le rogó que no pusiese al frente de la república sino a jefes capaces de gobernarla en tan críticas circunstancias.

Informado Dionisio de la llegada de Dion, algunos días después se fue por mar a Siracusa y entró en la ciudadela, alrededor de la cual había construido un muro que la tenía bloqueada. Envió al momento diputados a Dion, quien les mandó dirigirse al pueblo, y, siendo admitidos en la junta general, procuraron ganarla con expresiones las más lisonjeras. Entre tanto, los bárbaros que componían la guarnición de la ciudadela atacan el muro que la cercaba, demuelen una parte y rechazan a las tropas de Siracusa. Son arrollados inmediatamente por los soldados del Peloponeso, pero Dion queda herido en el combate.

Entonces comprendió Dionisio que para hacer a Dion sospechoso al pueblo debía valerse de los mismos artificios de que había usado en otro tiempo para denigrarle estando a su lado, y al efecto le escribió una carta con este sobre: A mi padre. Leyola Dion en la junta de los siracusanos y vieron que Dionisio le exhortaba a que abandonase el partido del pueblo para salvar a su esposa, su hijo y su hermana, que estaban encerrados en la ciudadela; pero aún quedaba oculto el veneno más activo en las palabras siguientes: «¡Acordaos del celo con que defendisteis la tiranía cuando estabais conmigo! Lejos de volver la libertad a unos hombres que os odian, porque se acuerdan de los males que les habéis causado, guardad el poder que os confían como único que puede salvaros a vos, a vuestra familia y a vuestros amigos». Desde este momento, se vio Dion en la dura necesidad de perdonar al tirano o de remplazarle, y desde este mismo momento debió prever también la pérdida de su crédito.

Mientras que esto pasaba, llegó la segunda división de las tropas del Peloponeso mandada por Heráclides. Este general, que gozaba de una gran consideración en Siracusa, tardó poco en intrigar secretamente contra Dion, al mismo tiempo que se mostraba solícito por él, adulándole servilmente; y habiendo Dion excitado una rebelión contra su persona por la resistencia que hacía al repartimiento de tierras que Heráclides propuso a la junta, se retiró inmediatamente al territorio de los leontinos. Allí permaneció hasta que sus conciudadanos, sitiados por las tropas llegadas de Nápoles al mando de un teniente de Dionisio, le enviaron diputados encargados de implorar su socorro. Apenas supo el riesgo que amenazaba a Siracusa, se puso al frente de sus soldados del Peloponeso y de un cuerpo de leontinos. Preséntase y resuena con júbilo su nombre por toda la ciudad, al mismo tiempo que la llama devora las casas contiguas a la ciudadela. Marcha sin detenerse contra los soldados enemigos, derrota una parte y obliga a los demás a encerrarse de nuevo en su fortaleza, que, defendida por Apolócrates, hijo de Dionisio, tardó muy poco en rendirse.

La gloria de Dion había llegado a su colmo, y viéndose desembarazado de Heráclides, muerto por los siracusanos, parecía que ya no le quedaba otra cosa sino gozar de la estimación y la dicha de aquellos que le debían la libertad. Por desgracia encontró un enemigo más pérfido y peligroso que Heráclides, el cual era un tal Calipo, ciudadano de Atenas, que después de haberle hospedado en su casa durante su residencia en esta ciudad, le siguió a Sicilia. Habiendo obtenido los primeros grados militares, y viéndose honrado de la confianza del general y de las tropas, tramó contra su bienhechor una conjuración y el día de la fiesta de Perséfone le hizo asesinar en su casa por diez soldados. Era Dion de edad de cincuenta años, y hacía cuatro que había vuelto a Sicilia.

Al principio cosechó Calipo el fruto de su perfidia, pero poco tiempo después se reunieron los amigos de Dion para vengar su muerte y fueron vencidos. El asesino, derrotado después por Hiparino, hermano de Dionisio, se retiró a Italia con el resto de los forajidos, y pereció en fin, agobiado por sus miserias, a los trece meses de la muerte de Dion.

Mientras se procuraba destruir la tiranía en Sicilia, Atenas se debilitaba haciendo esfuerzos vanos para sujetar otra vez a su yugo los pueblos que hacía algunos años se habían separado de su alianza. Determinó apoderarse de Bizancio, y con este designio mandó hacerse a la vela ciento veinte galeras al mando de Timoteo, de Ifícrates y de Cares. Fueron al Helesponto, donde en breve los alcanzó la escuadra enemiga que venía a ser igual en fuerzas, y una y otra se disponían para el combate, cuando sobrevino una tempestad violenta. Cares fue de dictamen que se diese el ataque, pero los otros generales, más hábiles y prudentes, se oponen a su consejo, y entonces él manifiesta en voz alta la resistencia a los soldados y se aprovecha de esta ocasión para desconceptuar y perder a sus compañeros. Al leerse en Atenas las cartas que él escribió acusándolos, el pueblo, arrebatado de cólera, les llama inmediatamente y les forma proceso.

Ni las victorias de Timoteo, ni las setenta y cinco ciudades que había reunido a la república, ni los honores que justamente le concedieron en otros tiempos, ni su ancianidad, ni la bondad de su causa, nada pudo bastar para salvarlo de la iniquidad de los jueces. Condenado a una multa de cien talentos que no se hallaba en disposición de poder pagar, se retiró a la ciudad de Calcis en Eubea, y después de su muerte manifestaron sus conciudadanos un arrepentimiento tan infructuoso como tardío.

La condena de Timoteo no aplacó el furor de los atenienses ni pudo intimidar tampoco a Ifícrates, que se defendió con intrepidez, reuniendo a los recursos de la elocuencia uno cuyo éxito le pareció menos incierto, cual fue el de rodear el tribunal de varios oficiales jóvenes adictos a sus intereses, dejando ver él mismo a los jueces un puñal que llevaba oculto bajo del vestido. Salió absuelto y no volvió a servir. Cuando le reconvinieron acerca de este procedimiento, respondió: «Harto tiempo he llevado las armas para salvar a mi patria, y sería poco cuerdo en no tomarlas cuando se trata de salvarme yo mismo».

Entre tanto Cares no fue a Bizancio, y se puso con su ejército a sueldo del sátrapa Artabaces, que se había rebelado contra Artajerjes, rey de Persia. Quedó derrotado el ejército del príncipe, y Cares escribió inmediatamente al pueblo de Atenas diciendo que acababa de ganar a los persas una victoria no menos gloriosa que la de Maratón; pero esta noticia solamente excitó una alegría pasajera, y así es que los atenienses, intimidados con las amenazas del rey, llamaron a su general y se apresuraron a ofrecer la paz y la independencia a las ciudades que habían intentado escapar de su yugo.

A continuación de esta guerra se empezó otra que causó un incendio general y desplegó los grandes talentos de Filipo, para desgracia de la Grecia.

Los focidios se apoderaron de algunas tierras consagradas a Apolo y dependientes del templo de Delfos. Acusados por los de Tebas y Tesalia ante el tribunal de los anfictiones, fueron condenados a pagar una gran multa, cuya sentencia fue seguida en breve de otra que consagraba sus campos al dios que habían ultrajado. En lugar de someterse, se dejaron dominar de la elocuencia de Filomelo, uno de los primeros de entre ellos por sus riquezas y talentos. Tomaron las armas y, haciendo alianza con los lacedemonios, se apoderaron del templo de Delfos, a pesar de los locrios que acudieron a la defensa, y arrancaron de sus columnas los decretos infamatorios que habían expedido los anfictiones contra los pueblos acusados de sacrilegio. Esta guerra, tan célebre bajo el nombre de guerra sagrada, duró más de diez años, cuyos sucesos principales indicaré más adelante.

CAPÍTULO LIX.

Cartas sobre los asuntos generales de la Grecia, dirigidas a Anacarsis y a Filotas, durante su viaje a Egipto y Persia.

Mientras estuve en la Grecia, oí hablar tantas veces de la Persia y del Egipto, que no pude resistir al deseo de recorrer ambos reinos. Apolodoro me dio a Filotas por compañero de viaje, y tanto él como otros amigos nos ofrecieron darnos noticia de cuanto ocurriese durante nuestra ausencia.

(Año 354 antes de J. C.) Emprendimos el viaje a fines del año segundo de la olimpiada ciento seis. Reinaba entonces una calma profunda en el mediodía de la Grecia, al mismo tiempo que el norte estaba alborotado con la guerra de los focidios y las empresas de Filipo rey de Macedonia, siendo esto el motivo de la primera carta que recibí, concebida en los términos siguientes.

CARTA DE APOLODORO.

La Grecia arde en disensiones civiles. Los tebanos, los beocios, los locrios, los tesalios, todos estos pueblos, tratando de vengar injurias particulares, se disponen para vengar el agravio hecho por los focidios a la divinidad de Delfos. Los atenienses, los lacedemonios y algunas ciudades del Peloponeso, se declaran a favor de los focidios, a causa del odio que tienen a los tebanos.

Filomelo se ha apropiado una parte de las riquezas de Delfos para asalariar a los mercenarios que acuden de todas partes a esta ciudad. Ha vencido sucesivamente a los locrios, a los beocios y a los tesalios; pero su triunfo ha sido poco duradero. Por último, los beocios le han derrotado completamente, ha quedado herido y, temiendo caer en manos del enemigo, se ha precipitado de lo alto de un peñasco.

SEGUNDA CARTA DE APOLODORO.

Desde 14 de julio de 353, hasta 3 de julio de 352 antes de J. C.

Onomarco ha remplazado a Filomelo en el mando del ejército y alista nuevas tropas pagadas con el oro y la plata del tesoro sagrado, que ha convertido en moneda.

Ha corrido la voz de que el rey de Persia iba a dirigir sus armas contra la Grecia, y con este motivo ha habido una junta tumultuaria en la cual se ha propuesto llamar a la defensa común a todas las naciones griegas y aun al rey de Macedonia, para anticiparse a los intentos de Artajerjes, invadiendo sus estados. Demóstenes se opuso a este dictamen, pero ha insistido fuertemente acerca de la necesidad de ponerse en estado de defensa, previéndolo todo anticipadamente.

Han sido muy aplaudidas las miras de este orador, pero ya no se piensa en nada, desde que se ha sabido que el rey de Persia no piensa en nosotros.

No sucede lo mismo con Filipo, príncipe que está presente en todos tiempos y lugares. Apenas ha dejado nuestras costas, cuando vuela a la Tracia marítima, toma en ella la plaza fuerte de Metone, la destruye y distribuye sus campos a sus soldados, que le adoran. Durante el sitio de esta ciudad, pasando un río a nado, perdió el ojo derecho de un flechazo lanzado por una máquina o por un soldado enemigo. Sitia en la actualidad el castillo de Herea, sobre el cual tenemos nosotros legítimos derechos.

La guerra sagrada se hace desesperadamente, sin dar cuartel a nadie. Los focidios atacados por Filipo y los tesalios, sus aliados, han sido desbaratados y perseguidos hasta el mar, con pérdida considerable. Seis mil han muerto en la batalla, y tres mil que se han rendido a discreción han sido precipitados a las aguas como sacrílegos. Filipo, cuyo celo religioso está sometido a su ambición, había hecho tomar a sus soldados coronas de laurel como si marchasen al combate en nombre de la divinidad de Delfos, a quien está consagrado este árbol. Intenciones tan justas en la apariencia y unos resultados tan célebres excitan la admiración de los griegos hasta tocar en el entusiasmo, de modo que únicamente se habla de este príncipe y de sus talentos y virtudes.

TERCERA CARTA DE APOLODORO.

Desde el 3 de julio de 352, hasta el 22 del mismo mes del año 351 antes de J. C.

A fin de oponernos a la ambición y a las incursiones de Filipo, habíamos hecho grandes preparativos, pero con motivo de la falsa noticia de su muerte hemos dejado al punto las armas, y Filipo ha dirigido las suyas hacia las Termópilas, con intento de caer sobre la Fócida y luego venir contra nosotros. Por fortuna se encontraba en la costa inmediata una escuadra que conducía un cuerpo de tropas, y Nausicles, que la mandaba, se ha apresurado a desembarcarlas y situarse en el estrecho. Entonces ha tomado Filipo el camino de sus estados.

En estos días pasados se ha ocupado la asamblea general en nuestras desavenencias con este príncipe, y Demóstenes se ha presentado en la tribuna. Propuso el equipo de una escuadra y que se levantase un cuerpo de tropas para hacer la guerra en Macedonia, y no terminarla a no ser con un partido ventajoso o con una acción decisiva. Manifestó en fin sus miras con tanta fuerza y claridad que fueran capaces de desconcertar los planes de Filipo y le impedirían combatirnos a expensas de nuestros aliados, de cuyas naves se apodera impunemente. Toda su arenga está sembrada de rasgos de la más viva elocuencia, conociéndose en su estilo el de Tucídides, que le ha servido de modelo.

CARTA CUARTA DE APOLODORO.

Desde 22 de julio de 351, hasta 11 del mismo mes del año 350 antes de J. C.

Ha muerto Artemisia, reina de Caria, dos años después del fallecimiento de Mausolo, que era su hermano y su esposo. Ya sabéis que Mausolo era uno de aquellos reyes a los cuales puso la corte de Susa en las fronteras del imperio para defender las entradas. Se dice que su esposa, que le gobernaba, habiendo recogido sus cenizas por un exceso de ternura, las echó en el agua que bebía y que su excesivo sentimiento la ha llevado también al sepulcro.

Esta princesa no perdonó medio alguno para perpetuar la memoria de aquel esposo querido. Estimuló con recompensas a los talentos más distinguidos para que se dedicasen a las acciones de Mausolo; compusieron versos y tragedias en honor suyo, y fueron invitados los oradores de la Grecia para hacerle elogios.

Ha mandado también erigirle un panteón, que según las apariencias eternizará la gloria de los artistas. He visto los planos y viene a ser un cuadrilongo cuyo contorno tiene cuatrocientos once pies. La parte principal del edificio, rodeada de treinta y seis columnas, estará adornada por las cuatro fachadas por cuatro escultores los más famosos de la Grecia, cuales son: Briaxis, Escopas, Leócares y Timoteo. Encima se levantará una pirámide dominada por un carro tirado de cuatro caballos, el cual debe ser de mármol y trabajado por Piteo. Tendrá de elevación este monumento ciento cuarenta pies. Se han echado los cimientos en medio de una plaza construida por disposición de Mausolo en un terreno que, dispuesto naturalmente en forma de teatro, se extiende suavemente hasta el mar. Cuando se entra en el puerto sorprende el aspecto imponente de aquel sitio. Por una parte se ve el palacio del rey, y por la otra los templos de Afrodita y de Hermes, situados junto a la fuente Salmacis; enfrente se dilata a lo largo de la costa el mercado público; más arriba está la plaza, y a mayor distancia, en la parte superior, se para la vista en la ciudadela y el templo de Ares, donde se ve sobresalir una estatua colosal. El sepulcro de Mausolo, destinado a llamar la atención después que se haya recreado la vista por un momento en aquellos magníficos edificios, será sin duda uno de los monumentos más hermosos del universo. Está ya muy adelantado; pero como quiera que Hidrieo, sucesor de su hermano, no se toma el mismo interés en esta obra, los artistas han manifestado que les resultará mayor honor de acabarla sin recibir paga alguna.

El rey de Persia se prepara para la conquista del Egipto, y creo que ya habréis tomado vuestras medidas para poneros en salvo. Nos ha pedido tropas, como también a los demás pueblos de la Grecia. Nosotros se las hemos negado, y los lacedemonios han hecho lo mismo. Bastante hemos hecho con haberle cedido a Foción para mandar, en unión con Evágoras, las tropas de Hidrieo destinadas a someter a los reyes de Chipre que se han rebelado.

CARTA DE NICETAS.

Desde 11 de julio de 350, hasta 30 de junio del año 349 antes de J. C.

Me río de los temores que quieren inspirarnos con respecto a Filipo. El poder de este príncipe no puede ser duradero porque solamente está fundado en la mentira, la perfidia y el perjurio. Lo detestan sus aliados, a quienes ha engañado muchas veces, como igualmente sus súbditos y sus soldados cansados ya de expediciones que debilitan sus fuerzas sin sacar de ellas fruto alguno, no menos que los principales oficiales de su ejército, a quienes castiga si lo hacen mal y los humilla si aciertan.

Este reino se halla en un estado deplorable. No hay cosechas ni comercio: pobre y débil por sí mismo, se debilita más y más engrandeciéndose.

El menor revés destruirá esta prosperidad que Filipo debe únicamente a la incapacidad de nuestros generales y a la corrupción que vergonzosamente ha introducido en toda la Grecia.

Sus partidarios ensalzan sus prendas personales, pero escuchad lo que de él me han contado personas que le han visto de cerca. El arreglo de las costumbres no tiene cabida en su estimación, y sí los vicios, casi siempre en su amistad. Desdeña al ciudadano que no tiene más que virtudes, aparta de sí al hombre ilustrado que le da consejos, y se deja llevar de la adulación con tanta ceguedad como va la lisonja en pos de los otros príncipes.

El que quiera complacerle, lograr sus favores y ser admitido en su sociedad, ha de ser de salud robusta para que pueda acompañarle en sus excesos, y tener la habilidad que se requiere para divertirle y excitar su risa. Los chistes, las sátiras, los versos, algunas coplas muy obscenas, todo esto basta para estar en su gracia. Así es que, a excepción de Parmenión, Antípatro y algunas otras personas también de mérito, su corte no es más que una gavilla de bandidos, de músicos, poetas y bufones que le aplauden lo malo y lo bueno, y por esto acuden a Macedonia de todas las partes de la Grecia. Con ellos se entrega a la más horrible crápula pasando las noches en la mesa, borracho casi siempre, casi siempre furioso, dando golpes a derecha o izquierda, y entregándose a excesos de que no es posible recordarse sin rubor. No puedo creer, Anacarsis, que haya nacido tal príncipe para subyugar a la Grecia.

QUINTA CARTA DE APOLODORO.

El estado de la Grecia me tiene en un continuo sobresalto. Sus pueblos están debilitados y corrompidos. No hay leyes, no hay ciudadanos, no hay ya ideas de gloria ni amor alguno al bien público; por todas partes hay viles mercenarios por soldados, y bandidos en lugar de generales. Nuestras repúblicas no se reunirán ya nunca contra Filipo; sufrimos los insultos de este príncipe con el mismo valor que nuestros padres arrostraban los peligros, y la elocuencia impetuosa de Demóstenes no podrá sacarnos del letargo en que estamos sepultados.

Observad cómo Filipo, único confidente de sus secretos, solo dispensador de sus tesoros, general el más hábil de la Grecia y soldado el más valiente de su ejército, concibe, prevé, ejecuta por sí mismo; siempre está prevenido, se aprovecha de los acaecimientos cuando puede y cede a ellos cuando es preciso. Observad la perfecta disciplina de sus tropas siempre en continuo ejercicio, en todos tiempos al frente de ellas; haciéndolas marchar y contramarchar con una prontitud asombrosa desde la una a la otra parte de su reino, y que han aprendido de él, en fin, a no encontrar diferencia alguna entre invierno y verano, entre fatiga y descanso. Observad que si en lo interior de Macedonia se ven señales de los estragos de la guerra, él encuentra recursos abundantes en sus minas de oro, en los despojos de los pueblos que subyuga, y en el comercio de las naciones que empiezan a concurrir a los puertos, de que se ha apoderado en la Tesalia. Observad como desde su entronizamiento no tiene más que un objeto, que posee la constancia necesaria para seguirlo con lentitud, que no da el primer paso sin meditarlo, ni el segundo sin estar asegurado del acierto del primero; que es ansioso, insaciable de gloria, yendo a buscarla en los peligros, en la pelea, en los parajes donde se vende a precio más costoso. Observad, por último, que dirige siempre sus operaciones según los tiempos y los lugares: opone a las frecuentes sublevaciones de los tracios, ilirios y otros bárbaros, combates y victorias; a las naciones de la Grecia tentativas para probar sus fuerzas, apologías para justificar sus empresas; el arte de dividirlas para debilitarlas, y el de corromperlas para someterlas.

En vano nos lisonjeamos de que pasa el tiempo en los excesos y la disolución. Es inútil que la calumnia nos le represente como al hombre más despreciable y disoluto. El tiempo que gastan otros soberanos en aburrirse, él lo dedica a los placeres; el que ellos dedican al deleite, él lo dedica a cuidar de su reino. ¡Pluguiese a los dioses que, en lugar de los vicios que le atribuyen, tuviese defectos; que fuese obstinado en su opinión sin atender a la elección de sus ministros y generales, y que no tuviese vigilancia ni consecuencia en sus empresas! Filipo tiene quizás el defecto de admirar a los hombres de talento como si él no tuviese más que todos ellos. Un gran pensamiento le seduce, pero no le gobierna.

Mi querido Anacarsis, cuando yo reflexiono en la inmensa carrera que Filipo ha recorrido en tan pocos años, cuando pienso en este conjunto de prendas eminentes y de circunstancias favorables a su ambición, no puedo menos de concluir que nació para avasallar a la Grecia.

CARTA DE CALIMEDÓN.

Yo adoro a Filipo, él gusta de la gloria, los talentos, las mujeres y el vino. En el trono es el mayor de los reyes, y en el trato, el hombre más amable.

El rey de Macedonia se ve algunas veces en la precisión de tratar con dureza a los vencidos, pero Filipo es humano, benigno, afable y esencialmente bueno. En un momento se enciende su cólera y en un momento se aplaca; sin hiel, sin rencor, está tan por encima de la ofensa como del elogio; nuestros oradores le llenan de injurias en la tribuna, y sus mismos súbditos le dicen verdades amargas; pero él responde que debe favores tanto a los primeros, porque le corrigen sus debilidades, como a los segundos, porque le enseñan sus obligaciones. Presentose a él una mujer del pueblo suplicándole que despachase cierto asunto, y él la respondió: «No tengo tiempo para eso». «¿Por qué, pues, permanecéis en el trono?». Esta proposición le detuvo, y al punto mandó que le diesen cuenta de todos los negocios pendientes. Otra vez se durmió mientras se veía un pleito, y no por esto dejó de condenar a pagar una multa a una de las dos partes.

«Apelo», exclamó esta al momento. «¿A quién, pues?». «Al rey más atento». Vuelve al instante a ver el asunto, reconoce su error, y paga él mismo la multa.

En la toma de una ciudad reclamaba su amistad uno de los prisioneros puestos en venta. El rey, sorprendido, le dijo que se acercase; estaba sentado, y el desconocido le dijo al oído: «Dejad caer vuestra ropa, pues no estáis en postura decente». «Tiene razón», contestó Filipo, «es amigo mío, que le quiten las cadenas».

Un macedonio llamado Nicanor, se atrevió a proferir contra él chanzas amargas y serias, y habiéndole propuesto que le desterrase, «No haré tal cosa», respondió, «pues iría a publicar por todas partes lo que dice aquí».

En el asedio de una plaza le rompieron de una pedrada una clavícula, y el cirujano, estándole curando, le pidió una gracia: «No puedo negártela», le dijo Filipo riéndose, «pues me tienes agarrado por el cuello». Su corte es el asilo de los talentos y placeres. La magnificencia brilla en sus fiestas y en su mesa la alegría. Esto es constante, y así es que me importa poco su ambición. Si viene contra nosotros pelearemos, y si somos vencidos, podremos al menos reír y beber en su compañía.

FRAGMENTO DE UNA CARTA DE ANACARSIS A UN AMIGO SUYO EN ATENAS.

Desde 30 de junio de 349 hasta 18 de julio de 348 antes de J. C.

Hemos recorrido muchas provincias del vasto imperio de los persas. En Persépolis hemos quedado absortos al ver el gran palacio de los reyes, donde todo respira la magnificencia y el temor porque sirve al mismo tiempo de ciudadela. Los reyes han hecho edificar otros, menos suntuosos en verdad pero de una hermosura que sorprende, en Susa, en Ecbatana y en las demás ciudades donde pasan las estaciones del año. Tienen además grandes parques que llaman Paraísos, y están divididos en dos partes. En la una salen a caballo, provistos de flechas y venablos, por entre los bosques, a la caza de animales monteses que tienen al intento en aquellos cercados. En la otra, donde han apurado cuanto puede dar de sí el arte de la jardinería, cultivan las más hermosas flores y cogen las frutas más delicadas, sin dejar de esmerarse en criar también allí altos y corpulentos árboles, que comúnmente disponen al tresbolillo. Se encuentran en otros varios parajes estos paraísos, pertenecientes a sátrapas o grandes señores.

En Egipto oímos hablar mucho y con grande elogio de aquel Arsames a quien el rey de Persia llamó a su consejo muchos años había. Durante su ministerio dio actividad a los distintos talentos con su discreta influencia; los militares se felicitaban de la emulación que mantenía entre ellos, y los pueblos de la paz que les había proporcionado, a pesar de obstáculos casi invencibles. En fin, la nación había llegado, en fuerza de sus desvelos, a gozar de la alta consideración que había perdido entre las demás naciones a causa de guerras desgraciadas.

Este excelente ministro, separado ya de los negocios, pasa actualmente sus días con tranquilidad en su paraíso, distante de Susa cerca de cuarenta parasangas (cerca de 39 leguas y cuarto). Sus amigos no han dejado de verle; y aquellas personas cuyo mérito apreciaba no han olvidado todavía sus beneficios y sus promesas; así es que todos vienen a visitarle con tanta complacencia y afán como si aún se hallase en el ministerio.

La casualidad nos ha traído a su retiro encantador, donde hace varios meses que estamos detenidos, cediendo a sus favores y afable trato, y no sé si podremos dejar una compañía que únicamente pudiera reunir Atenas en el tiempo en que reinaban en esta ciudad la política, la decencia y el buen gusto.

En su casa, alrededor de su morada, todo da indicios de la bondad de su carácter generoso, anticipándose a todos los deseos, y satisfaciendo a todas las necesidades. Las tierras antes incultas y abandonadas, están cubiertas de mieses, y ya las pobres gentes de los campos cercanos, habiendo experimentado sus beneficios, le ofrecen un tributo de amor que le es aún más grato que el respeto que le tienen.

Querido Apolodoro, a la historia pertenece poner en su debido lugar a un ministro que siendo depositario de todo el favor, y no teniendo ninguna especie de aduladores asalariados, jamás ambicionó otra cosa que la gloria y la dicha de su nación.

CARTA DE APOLODORO.

Bien sabéis que en las cercanías de los estados de Filipo en la Tracia marítima, se extiende a lo largo del mar la Calcídica, donde en otro tiempo se establecieron varias colonias griegas, siendo Olinto la principal de ellas. Esta es una ciudad fuerte, opulenta, populosa, y que, situada en parte en una altura, llama desde lejos la atención por la hermosura de sus edificios y la grandeza de su recinto. Sus habitantes han dado muchas veces pruebas manifiestas de su valor. Amenazados por Filipo, que hace mucho tiempo que ha formado el designio de añadir la Calcídica a sus estados, han resuelto echarse en nuestros brazos, enviándonos al efecto sus diputados, que han implorado nuestro socorro. Conformándonos con el dictamen de Demóstenes, les hemos enviado algunas tropas bajo el mando de Cares. Este general, después de haber derrotado a una tropa de mercenarios al servicio del rey de Macedonia, ha vuelto aquí a gozar de este triunfo, cual si fuese una gran victoria. Caridemo, a quien hemos enviado en reemplazo de Cares, ha entrado en la ciudad de Olinto, y en ella se ha señalado con su intemperancia y sus desórdenes.

Estoy persuadido de que nada es tan importante para nosotros como la conservación de esta plaza, porque si Filipo se apodera de ella, ¿quién podrá impedirle que penetre en el Ática?

CARTA DE NICETAS.

Solo esperaba una imprudencia de Filipo. Temía y contemplaba a los olintios, cuando de repente se le ha visto acercarse a sus murallas a distancia de cuarenta estadios (más de legua y cuarto). Le han enviado diputados, pero él les ha respondido: «Preciso es que salgáis de la ciudad o yo de la Macedonia».

Se dice que a su llegada han huido, ¿pero como podrá pasar aquellos muros, fortificados por el arte y defendidos por un ejército entero? No, jamás hubiese emprendido esta expedición si no estuviese cierto del buen éxito, o si no hubiese creído ganarlo todo de una embestida. El resultado ha excedido a nuestras esperanzas: pronto sabréis que el poder y la gloria de Filipo se han estrellado contra las murallas de Olinto.

SEXTA CARTA DE APOLODORO.

Filipo mantenía inteligencias en la Eubea, adonde enviaba tropas secretamente. Ya era dueño de la mayor parte de las ciudades y, enseñoreándose de esta isla, lo hubiese sido en breve de la Grecia entera. A ruegos de Plutarco de Eretria, enviamos a Foción con un corto número de caballos y de infantes, contando con los amigos de la independencia y los extranjeros pagados por Plutarco, pero la corrupción había hecho tan grandes progresos que toda la isla se sublevó contra nosotros. Foción se vio pues obligado a dar batalla, y derrotó completamente al enemigo. El orador Esquines, que se ha distinguido en la acción, nos ha traído la noticia de esta victoria.

Foción ha hecho salir de Eretria a este Plutarco que la tiranizaba, y de Eubea a todos los déspotas que se habían vendido a Filipo; y después de una campaña que es la admiración de los inteligentes, ha venido a confundirse con los ciudadanos de Atenas.

SÉPTIMA CARTA DE APOLODORO.

Desde julio de 348 hasta 8 del mismo mes del año 347 antes de J. C.

Olinto ya no existe. Sus riquezas, sus fuerzas, sus aliados, catorce mil hombres que les habíamos enviado en diferentes veces, nada ha podido salvarla. Filipo, rechazado en todos los asaltos, valido de unos traidores se ha metido por último en esta ciudad desgraciada. Casas, pórticos, templos, todo lo ha destruido el hierro o el fuego, y en breve se preguntará «¿dónde fue Olinto?». Filipo ha puesto en venta a los habitantes, y dado muerte a dos hermanos suyos que habían tomado asilo en aquella ciudad algunos años antes.

La Grecia está consternada temiendo perder su libertad y su poder. ¿Cómo podrá defenderse contra un príncipe que dice y prueba con frecuencia que no hay muralla que no pueda saltar fácilmente un asno cargado de oro? Las demás naciones han aplaudido los decretos fulminantes que hemos expedido contra los que han hecho traición a los olintios; pero es preciso hacer justicia a los vencedores que, indignados de esta perfidia, la han afeado a los culpados. Eutícrates y Lástenes se han quejado de ello a Filipo, quien les ha contestado: «Los soldados macedonios son todavía tan rudos que llaman a cada cosa por su nombre».

CARTA DE NICETAS.

No me esperaba a la verdad la desgracia de los olintios, y si han perecido, es por no haber sofocado en su origen el partido de Filipo. Mandaba su caballería Apolónides, hábil general y excelente ciudadano, y le desterraron de repente porque los partidarios del rey de Macedonia habían logrado hacerle sospechoso. Eutícrates, que ocupó su lugar, y Lástenes que le asociaron, estaban en inteligencia con Filipo y los olintios no lo advirtieron. El suplicio de estos dos traidores atemorizará en adelante a los cobardes que traten de imitarlos, pues han perecido miserablemente, habiendo sido abandonados por Filipo a los ultrajes de sus soldados, que han terminado por despedazarlos.

La toma de Olinto, lejos de hacernos perder las esperanzas, las ha avivado aún más todavía. Nuestros oradores han inflamado los ánimos; las demás naciones empiezan a moverse; toda la Grecia se pondrá en breve sobre las armas; y, en tanto, nosotros hemos acogido públicamente a los habitantes de Olinto que han podido salvarse de las llamas y de la esclavitud.

CARTA OCTAVA DE APOLODORO.

A 25 de mayo del año 347 antes de J. C.

No dudo que seréis partícipe de nuestro grave sentimiento. Una muerte imprevista acaba de arrebatarnos a Platón. Este fatal incidente ha ocurrido el 17 de este mes, día de su nacimiento. No había podido eximirse de asistir a un convite de boda. Yo estaba a su lado, y advertí que únicamente comió algunas aceitunas, según su costumbre. Jamás había estado tan placentero, ni nunca nos había dado su salud más gratas esperanzas. En el momento mismo en que yo le felicitaba por esto, se sintió malo, perdió el conocimiento y cayó en mis brazos. Todo cuanto hicimos en su socorro fue inútil, y le trasladamos a su casa. Vimos encima de su mesa algunos renglones que había escrito pocos momentos antes de salir, y las correcciones que hacía de cuando en cuando a su tratado de la república, lo cual regamos con lágrimas. El sentimiento del público y el llanto de sus amigos le han acompañado hasta el sepulcro. Se le ha enterrado cerca de la Academia, a la edad de ochenta y un años cumplidos.

Su testamento contiene el estado de sus bienes, que se reducen a dos casas de campo, tres minas en dinero efectivo (1005 reales vellón), cuatro esclavos, dos vasos de plata de peso de ciento sesenta y cinco dracmas el uno, y el otro de cuarenta y cinco, un anillo de oro y los pendientes del mismo metal que llevaba en su infancia. Declara que no tiene deuda alguna; lega una de sus casas de campo al hijo de Adimanto, su hermano, y da libertad a Dianes, cuyo celo y cuyos servicios merecían este testimonio de reconocimiento. Además de esto, arregla y dispone todo lo respectivo a sus funerales y sepultura. Espeusipo, su sobrino, es uno de los albaceas y debe sucederle en la Academia.

La pérdida de este gran filósofo me ocasiona otra muy sensible. Aristóteles nos deja con motivo de algunas desazones que os contaré cuando volváis, y se retira a la compañía del eunuco Hermias, a quien el rey de Persia ha confiado el gobierno de Atarneo, ciudad de Misia. Siento en el alma la falta de sus luces, su conversación y su amistad. Me ha prometido volver, pero, ¡ay!, ¡qué diferencia tan notable entre gozar y esperar!

Estoy disgustado de no haber apuntado y hecho una colección de sus dichos agudos. Me acuerdo de que en una conversación sobre la amistad exclamó repentinamente y con mucha gracia: «¡Oh, amigos míos, no hay amigos!». Habiéndole preguntado que para qué servía la filosofía, respondió al punto: «Para hacer espontáneamente lo que obligaría hacer el temor de las leyes». Pero vos, que habéis vivido en su compañía, sabéis bien que, aunque tenga más conocimientos que nadie, tiene acaso más talento que conocimientos.

CARTA DE CALIMEDÓN.

Desde el 8 de julio de 347 hasta el 27 de junio de 346 antes de J. C.

Noticioso Filipo del contento que reina en nuestras tertulias o juntas, acaba de remitirnos un talento (20.517 reales vellón), y nos invita a que le comuniquemos el resultado de cada sesión nuestra. La sociedad de que soy individuo se complacerá en satisfacer sus deseos. Yo he propuesto que se le envíe la pintura de algunos de nuestros ministros y generales, y en el acto mismo he suministrado apuntes curiosos para ello. Voy a ver si los recuerdo.

Démades ha sobresalido durante algún tiempo entre la chusma de nuestras galeras. Manejaba el remo con igual maña y fuerza que en el día maneja la palabra, sacando de su primer estado el honor de habernos enriquecido con el proverbio que dice del remo a la tribuna para describir el camino de un arribista.

Es hombre de talento, y sobre todo muy chistoso y chancero, pero no consiste en esto solo su ingenio. Cuando se trata en la asamblea un asunto imprevisto, en que ni el mismo Demóstenes se atreve a hablar, él habla con tanta elocuencia que nadie titubea en tenerle por superior a todos nuestros oradores. Es de trato tan franco, al mismo tiempo, que se vendería, aunque fuese por algunos años, a cualquiera que quisiera comprarle.

Filócrates es menos elocuente que Démades, pero tan voluptuoso como este y tan desarreglado. En la mesa todo desaparece en su presencia, y es además uno de aquellos hombres en cuya frente se cree leer, como sobre las puertas de una casa, estas palabras escritas con letras muy grandes: Se alquila, se vende.

No es así Demóstenes, pues manifiesta un celo ardiente por la patria, y quizás nos venderá cuando no pueda impedir que los demás nos vendan.

Sus grandes defectos naturales se oponían a sus vivos deseos de seguir la carrera de la elocuencia, pero a costa de esfuerzos extraordinarios ha vencido una parte de aquellos inconvenientes, y cada día añade un nuevo rayo a su gloria. Bien es verdad que le cuesta caro, porque es menester que medite mucho tiempo y que revuelva su entendimiento para forzarle a producir. Sus enemigos suponen que sus escritos huelen a humo de lámpara: las personas de gusto encuentran cierta cosa de poco noble en su acción, y le critican ciertas expresiones duras y metáforas extravagantes. Por mi parte, le encuentro tan malo en el estilo jocoso como ridículo en el esmero de su vestido. La dama más melindrosa no gasta ropa tan fina, y este acicalamiento hace un contraste singular con su áspero carácter.

Es digno de risa su amor propio, aunque no ofende porque al momento lo conoce cualquiera. Estando yo días pasados en la calle, una aguadora, que le vio, le enseñaba a otra mujer señalando con el dedo y diciendo: «Mira, mira, ese es Demóstenes». Yo hacía como que no lo veía, pero él me lo hizo advertir.