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De sobremesa

CRÓNICAS

Cuarta serie

MADRID
PERLADO, PÁEZ Y COMPAÑÍA
SUCESORES DE HERNANDO
Arenal, 11 y Quintana, 31 y 33
1912


ES PROPIEDAD.—DERECHOS RESERVADOS

Artes Gráficas MATEU.—Paseo del Prado, 30.—Madrid.


De sobremesa

I

La obra de Gregorio Martínez Sierra Canción de cuna es una de las más bellas comedias estrenadas en estos últimos años. Fuí de los primeros en conocerla y en predecir su triunfo. Aunque el aplauso del público y los justos elogios de la crítica no hubieran sido en esta ocasión tan unánimes, en nada hubiera rectificado mi juicio. Además... ¡esperaba desde hace tanto tiempo esa comedia! ¿Os acordáis, mi querido Gregorio, de aquella Redacción del Madrid Cómico, y de aquel vuestro primer libro, y de vuestra timidez, que es el pudor de las inteligencias honradas; timidez y pudor que hoy desconocen tantos jovenzuelos osados que aun no escribieron una línea y ya creen haber conquistado el mundo?

A cualquiera podrá haberle sorprendido el triunfo de ahora, el que muchos llaman definitivo, ¡haber llegado! A mí no podía sorprenderme: no es Gregorio Martínez Sierra de los que se revelan de pronto. ¡Dios nos libre de las revelaciones! Si esta obra es una cifra brillante en su haber literario, no vino por un golpe de audacia ó de fortuna; es la suma de muchos sumandos que ya indicaban la riqueza acumulada por un trabajo constante, progresivo, bien intencionado siempre. Gregorio Martínez Sierra no es de los que aciertan una vez á sorprender con relámpagos ó fuegos artificiales; la luz de su entendimiento es calor de hogar permanente, porque es calor de corazón...

Y ahora, mi amigo de siempre, cuando yo sé que alguna vez juzgasteis tibieza de mi amistad el no haberse representado antes alguna de vuestras comedias, ¿lo deploráis ahora? ¿No veis cómo todo llega á su tiempo? ¿No veis cómo todo viene encadenado en la vida, y cuando á distancia vemos los años pasados, tan necesarias como las alegrías son las tristezas para armonizar el destino de nuestra existencia? Hora por hora procuramos huir del dolor que nos sale al paso y se levanta ante nosotros como obstáculo entorpecedor; al cabo de los años nos parece que algo hubiera faltado en nuestra vida si aquel dolor nos hubiera faltado.

Y era cuanto yo quería decir en el día del triunfo, que yo no llamo definitivo, al autor de Canción de cuna. Y sabed, mi amigo de siempre, que una buena lágrima que tal vez visteis asomar á mis ojos al abrazaros después del estreno de vuestra obra, venía de más lejos que de la emoción causada por la obra misma: venía de muchos recuerdos, de muchas palabras calladas, de aquel vuestro primer libro, de aquella vuestra timidez de niño, y, ¿por qué no decirlo?, del orgullo de que, cuando para muchos se estrenaba en aquella noche Canción de cuna, para mí se había estrenado hace mucho tiempo.


Persona respetable y bien enterada me asegura que los restos de D. Manuel Bretón de los Herreros, sepultados en el antiguo cementerio de San Nicolás, caerán en la fosa común en breve plazo si nadie se presenta á pagar los gastos de traslación. Creo que bastará con la noticia, sin lamentaciones ni comentarios, para que la Sociedad de Autores, ó la de Escritores y Artistas, ó el Ateneo, ó la Academia Española, ó todos juntos, ó el primer buen español que tenga unas pesetas sobrantes, se apresuren á evitar esa... pequeña vergüenza. ¡Ojalá pudieran evitarse á tan poca costa otras mayores! La persecución de mujeres por esas calles, sin ir más lejos. Cualquier medida que tomen las autoridades para ello, la más arbitraria, la más draconiana, será bien recibida. Hasta la de obligar á esos hombres valientes, insultadores de mujeres, á vestir las faldas-pantalones que tanto les indignan. Si entre las mujeres hubiera verdadera solidaridad, ellas son las que debieran correr por esas calles á esos varones sin otra apariencia de ello que el traje masculino. Aunque, bien mirado, hay para compadecerlos. ¿Qué mujeres tendrá ó habrá tenido en su casa el que no sabe que toda mujer es tan respetable en la calle para todo hombre como si fuera mujer de su propia familia? Pero, es claro, hay caballero que se echa á la calle, harto de haber insultado con mil groserías á las de casa. ¿Qué no hará con las extrañas? El hombre, como el caracol, lleva siempre su casa á cuestas. El que insulta á una mujer en la calle, es que le sobraron insultos de los que acostumbra á dirigir á su señora. O que devuelve los que su señora le ha dirigido, y no se atrevió á contestar, y ¡el pobre hombre no ha de quedarse con ellos!


Las modernas indagaciones de la crítica artística llevan la alegría por barrios. Cuando un Museo ó un coleccionista están más ufanos con un Velázquez ó con un Rafael ó con un Greco, sale un señor crítico de Arte aguándoles la fiesta con decirles que, lo que se creyó original, es copia, ó alegrándoles el duelo con la afirmación contraria. Nadie sabe ya lo que tiene. Es para creer en todos los cuadros viejos y para no creer en ninguno.

El Museo del Louvre se ufanaba de poseer la verdadera Gioconda; nosotros mirábamos despectivamente la de nuestro Museo del Prado. Se volvieron las tornas; durante unos cuantos años la verdadera Gioconda será la nuestra. Aunque bien pudieran serlo las dos, y aun no serlo ninguna. Esta Monna Lisa, tan traída y llevada con el enigma de su sonrisa, quiere, por lo visto, ser enigmática en todo. Leonardo de Vinci era artista minucioso hasta el resobado, y es lo más probable que las dos Giocondas fueran, en su intención, estudios y apuntes para una tercera, que acaso parezca el día menos pensado. Mucha importancia concedía Leonardo al fondo de sus figuras, y hasta procuraba infundirle algún simbolismo apropiado. Por esta consideración más parece la Gioconda definitiva la del Louvre. Pero también pudo ser que, para mayor enigma, le pareciera mejor fondo el fondo indeterminado de la Gioconda de Madrid. ¡El demonio de la señora! Nada, que se ha propuesto dar que hablar por los siglos de los siglos. Bien dijo su pintor y presunto enamorado: «Bella forma mortal passa é non d'arte». Ya sé yo cómo resolvería este pleito uno de nuestros chulos castizos; diciendo de una vez. «¡Vaya una tía Gioconda!» Sólo que, al pronunciarlo mal, estaría en lo cierto.


II

La comedia novelada de D. Eugenio Sellés, Icara, con satisfacer plenamente en la lectura, deja, no obstante, en nuestro espíritu el sinsabor que deja una vida truncada que nos pareció encaminarse á muy otro destino. No quiere esto decir que la serenidad del libro convenga menos, para una obra de serio y noble arte, que el bullicio de los teatros. Obras hay, en forma dramática, que nada ganarían al afrontar las luces de la batería: muchas de Byron; los admirables poemas de Browning; algunas comedias, quizás las mejores, de Musset. Pero Icara, no; se advierte, desde luego, que nació para el teatro, y todo en ella pide la expresión vigorosa que sólo en la representación escénica puede lograr la verdadera obra dramática. Icara se malogra en el libro. Y cuando público, crítica y empresarios se lamentan de que faltan autores y obras en consecuencia, ¿qué razones hay, que la razón no alcanza, para que Icara no haya sido representada? Descontemos la razón de méritos: tiene la obra muy sobrados, literarios y teatrales. Interesante asunto, de una importancia social que se sobrepone á lo que pudiera parecer de efímera actualidad. En cuanto á los papeles, razón suprema muchas veces para la admisión de una obra, nada dejan que desear al lucimiento de los actores. ¿Atrevimientos? Es el autor de Icara bien probado señor de la pluma, para temer groserías de pensamientos y de lenguaje en obra suya. ¿Por qué, entonces, Icara no ha sido representada? No ha muchos días nos ofreció una espléndida empresa minuciosa estadística de las obras representadas por su compañía; todo ello para blasonar, á más de un trabajo constante, de una amplitud de criterio que sería laudable si estuviéramos seguros de que era sincera. Lo cierto es que, sin contar las que han dejado de escribirse, en la seguridad de que no hubieran sido admitidas por ninguna empresa, acaso las mejores obras dramáticas de estos últimos años impresas andan sin haber logrado el favor de ese amplio criterio. Díganlo las tragedias bárbaras de Valle-Inclán Aguila de blasón y Romance de lobos; dígalo Icara; díganlo, del teatro extranjero, las verdaderas obras de arte: unas, traducidas para ser publicadas; otras, no traducidas por no perder el tiempo; mientras las empresas se desviven por traernos cualquier «comedieta» sin importancia ó cualquier dramón, al que se ha concedido demasiada. No es que me parezca mal, y cada uno en su casa es muy dueño de hacer lo que mejor le parezca y más crea que le conviene; pero no se pretenda darnos plaza de tontos, haciéndonos creer, cuando sólo se atiende á los legítimos ingresos de la contaduría, que se piensa, sobre todo, en los altos intereses del Arte.


El batallador obispo de Jaca, él pelea en Madrid y la diócesis á la puerta, se opone, en nombre de la religión cristiana, á la cremación de los cadáveres. No sabemos en qué texto sagrado podrá fundarse. No será, ciertamente, en el bíblico de la destrucción por el fuego ¡ay, Teresita! de las ciudades nefandas Sodoma y Gomorra. Si fuere, por dificultarse con la cremación, el prodigio final de la resurrección de la carne, grave ofensa de la divinidad, nos parece suponer que ha de serle más difícil resucitarnos de unas pavesas que de un montón de huesos. El que nos hizo de la nada, aun de la nada volverá á sacarnos, y, francamente, no valía la pena de molestarse.

No era preciso que el señor obispo de Jaca tronara desde tan alto contra la cremación. Sin consideraciones religiosas de tanto peso, ya basta contra ella la natural y humana repugnancia á desaparecer de modo tan terminante. Queremos aferrarnos á la vida hasta en la muerte; de ahí esa vanidad de monumentos funerarios, los epitafios rimbombantes, las esculturas que perpetúen nuestra forma mortal. Los más descreídos en la imperecedera existencia del alma creen todavía en lo imperecedero de la materia al través de transformaciones; acaso creen que aun han de renacer, con los jugos de la tierra, en la flor, en la mariposa; que su «yo», su soberbio «yo», ha de existir por siempre, aunque algo desperdigado. ¿Cómo es posible que al morir se anule por siempre tanta grandeza? ¡Perderse así nuestras opiniones políticas, nuestros entusiasmos artísticos, nuestras preocupaciones sociales! ¡Saber que nuestro juicio particular sobre los más notables contemporáneos no significará ya nada en la armonía universal! ¡Que habremos oído el vals de los besos de El conde de Luxemburgo para no recordarlo en toda una eternidad! ¿Qué significaría entonces esta vida nuestra? No es cosa de perder, por una medida de higiene y de estética como la cremación, las posibles transformaciones de nuestro cuerpo miserable. No defraudemos á los gusanos. ¡Es tan numerosa la fauna de los sepulcros! Hay libros muy interesantes en que se estudia. Hay gusanos especialistas de cada parte de nuestro apetitoso individuo: unos, para el corazón; otros, para roernos los sesos; otros, los más golosos, tienen á su cargo, como los del romance, «donde más pecado había». Tienen nombres distintos, nombres científicos, sonoros y expresivos. ¡Oh, es muy curioso! ¡Animalitos! ¡Hermanos gusanos!—como diría San Francisco.—La cremación sería una estafa para ellos. Dejemos á la Naturaleza completar su obra; sólo ella es sabia, sólo ella sabe lo que nos conviene. De este modo, las cenizas de Alejandro podrían tapar un barril de cerveza, como razona Hamlet en el cementerio. ¡Pobre príncipe! Aunque al morir sólo desea el silencio, como suprema paz para su espíritu, antes había soñado para sus cenizas la posible utilidad de tapar barriles. Todo, menos desaparecer del todo y para siempre.

He aquí por qué la cremación tiene tan pocos partidarios. Entre una sepultura en la tierra y una pequeña urna en poder de nuestros allegados... La tierra nos ofrece mayor seguridad. La familia puede que perdiera la urna en una mudanza.


III

El señor obispo de Jaca es de incesante actualidad. Los cronistas le deben un homenaje de gratitud. Su último grito es un llamamiento á las plumas ociosas—no confundirlas con las ociosas plumas; de dormir son éstas, y aquéllas de no dormirse.—El señor obispo tiene por lema: «A Dios rogando y con la pluma dando». Si en su mano estuviera proponer alguna inusitada advocación, en todas las iglesias de la cristiandad tendría especial culto Nuestra Señora de la Rotativa. Es de agradecer este singularísimo aprecio á las letras periodísticas. Pero ¡ay! en vez de tocar llamada á las plumas, ¿no fuera más pertinente llamar á los bolsillos? ¿A qué están las plumas? No, no es: «¡El que sepa escribir, que escriba!», lo que hay que gritar. «¡El que pueda pagar, que pague!» Ahí está el toque, el verdadero toque de llamada. Todos nos lamentamos de la indiferencia general, nadie se apasiona por una idea, todas ellas están indefensas: las religiosas, las antirreligiosas, las políticas y las artísticas. Y es que ¡está todo tan mal pagado! La literatura, en general; la periodística, en particular, no halla mejor recompensa que la de ser retirado de ella para ocupar algún puesto oficial. No hay mejor premio para los que valen; de donde resulta que los premiados, son baja por ascenso; los que quedan, baja por inútiles, y los postergados por la soberbia ajena ó la modestia propia, baja por desilusión y desmayo, por falta de esa interior satisfacción tan necesaria en todo militante. Si el periodismo fuera por sí mismo un buen fin, y no un medio para otros fines, nadie cambiaría su puesto de honor en el combate por otros puestos que han de quedar indefensos al faltar los mejores para defenderlos. Entre los que van de pasada, con la ambición más alta, y los que á nada pueden aspirar, ya desesperanzados, las ideas quedan á merced del enemigo, abandonadas como impedimenta. Menos cargos políticos y mejores sueldos. Así habrá menos impaciencias y menos desfallecimientos. ¡El que pueda pagar, que pague! Veremos entonces cómo todo el que sepa escribir, escribe. Procure, procure el señor obispo de Jaca conmover el bolsillo de los fieles, funde un periódico, pague á los periodistas con sueldo de obispo y verá leones defendiendo los obispados. Con 25 ó 30 duros al mes, ¿qué ha de hacer el redactor del periódico más piadoso sino ayudarse y defenderse escribiendo algún entremés para el Salón Madrileño, sin licencia del ordinario? Y ¿qué ha de hacer el redactor del órgano más revolucionario más que escribir los gozos á unas monjitas, si se los encargasen? ¡Felices los que ignoran lo que pueden pesar 25 pesetas sobre nuestras convicciones más íntimas y nunca hicieron traición á una idea por menos de dos ó tres millones!


Las tiples han dado en fugarse. Es el modo más delicado de participarnos su efectuado enlace, que no sería bien anunciar más claramente. Hoy todo se anuncia, hasta las defunciones de la virtud; para las que está más indicado que en ninguna otra el: «Se suplica el coche».

¡Y hay quien cree que en el teatro todo es libertad! Ya ven que no es así, cuando las tiples necesitan fugarse para poder amar libremente. Hay muchas señoritas de buena casa que, para mucho más, no pasan de la escalera. Verdad es que unas piensan en el contrato matrimonial, al que nada favorecen los anuncios previos, y las otras en la contrata artística, á la que favorece cualquier reclamo, aunque sea de codorniz y tan redoblado como el de las «verdecillas» del sainete. Ya se pagará á las tiples por fugas; siempre es una garantía de buenas formas y hasta de algún conocimiento musical, á falta de otros. Con todo esto, los perjudicados son el público y los empresarios; no porque se fuguen, sino porque vuelven.


Algunos escritores de provincias claman contra nosotros los de Madrid porque, según ellos, tenemos establecido un trust de los bombos y nos pasamos la vida en batalla de flores: elogio va, elogio viene; siempre entre los mismos del corro. Y ¿qué se le va á hacer si el corro es tan reducido? Pero ¡lo que son las cosas y qué difícil es contentar á todos! Aquí, aun de los del corro, hay quien se queja si no se le cita á cada paso y se deja pasar sin referencia la comedia, el libro, la crónica ó el artículo. Claro está que sería preferible fuera el público quien nos diera á cada cual lo nuestro y nosotros lo suyo al público; pero con público tan indiferente y distraído, ¿no será obra meritoria la de bombearnos los unos á los otros? Ya procuramos destruir el efecto de las caricias públicas con los arañazos y mordiscos privados. ¡Pues sí que reina la paz entre los príncipes cristianos! Da gusto discurrir por cualquier Círculo literario.—¿Has leído la imbecilidad que publica hoy Fulano?—Nunca leo esas latas.—¿Has leído lo que dice de ti el idiota de Mengano?—Esto cuando se trata de un elogio, para darle todo su valor.

Y se habla mal de todo lo que se lee, y peor de lo que no se lee; y todo es tabarra, todo es lata, ¡tan vaporosos estamos que todo nos pesa! Y nada es original y todo está dicho, ¡tan enterados estamos de todo!

Dejad, dejad que funcione el bombo mutuo; es cuanto queda de agrado y cortesanía en nuestras relaciones literarias. ¿Será mejor que nos destrocemos los unos á los otros y los artículos sólo sirvan para alabanza de los políticos y de los sportsmen, de las marquesas viejas y de los toreros; las críticas de teatros para celebrar las decoraciones y el rumbo de los empresarios y la belleza de las espectadoras, y que todos suban, triunfen y medren sobre nuestras costillas, molidas por nosotros mismos? ¿Para todos hemos de guardar el secreto y entre nosotros no hemos de guardarlo? ¿Vale el público más que nosotros, para que le debamos la verdad? La verdad es para los iguales. El que quiera saberla, que llegue con la inteligencia ó con el corazón. Y si aun hablando bien unos de otros no engañamos al público sobre nuestro mérito, ya que nos crea malos escritores que nos crea siquiera buenas personas.


IV

Todos los años nieva en primavera y todos los años reaparece el invierno por Abril ó por Mayo, con un frío, según frase consagrada, impropio de la estación. Todo esto no tiene nada de particular; lo particular es que, sucediendo lo mismo todos los años, todos los años nos produzca la misma sorpresa, como algo fuera del orden natural.—¿Ha visto usted qué frío se nos ha echado encima? Aquí todo se nos echa encima: la nieve, como la revisión del proceso Ferrer, como el problema de Marruecos. Nada se aprende de un año para otro. En el año próximo volverá á nevar en primavera y volverá á parecemos que la Naturaleza padece graves trastornos y volveremos á sorprendernos del frío impropio de la estación.

En las actuales circunstancias, la nieve ha sido tal vez la más elocuente manifestación de la opinión pública; el verdadero jarro de agua fría sobre el ardor, más ó menos sincero, de tantos acalorados discursos. La temperatura de la calle no ha correspondido con la del salón de sesiones. Verdad es que ¡tan pocas veces está á tono lo que se discute dentro con lo que se opina fuera!


Los que se habrán tranquilizado mucho serán todos los que se hallan bien avenidos con el orden social, venga de donde venga y lo imponga quien lo imponga. ¡Si estarán convencidos de la apacible condición de nuestros revolucionarios! Para una vez que podían disputarse la gloria de haber intervenido en una revolución, chica ó grande, todos, por el contrario, han procurado á toda costa convencernos de que ni ellos ni sus amigos pudieron tener la menor intervención en ella. ¡No faltaba más! Ellos no están conformes con nada de lo existente, pero en el fondo son gente de orden. Con creyentes así poco hubiera prosperado el cristianismo. Al primer mártir sacrificado, en vez de ensalzarle por su fe, hubieran tratado de probar que era tan pagano como el primero y que su martirio... había sido una lamentable equivocación imperial; con lo cual el calendario hubiera perdido un santo y mártir y el emperador se hubiera quedado tan fresco. Yo no sé, pero me parece que siempre es más lucido ser mártir de las ideas propias que de las ajenas.


Sin eufemismos de contaduría, Ivette Guilbert ha sido un fracaso ante nuestro público. ¿Por falta de ambiente? No puedo creerlo: el público que asistía á la presentación de Ivette Guilbert era justamente el público selecto para quien París y sus artistas no son una novedad ni una rareza. ¿Es que la artista ha perdido con los años? No, Ivette Guilbert ha ganado físicamente, y artísticamente, si nada podía ganar, porque en su arte llegó á la perfección hace mucho tiempo, nada ha perdido tampoco. Su repertorio es hoy más variado, más extenso; á las canciones canallescas y macabras, que eran su especialidad, ha unido canciones del siglo xviii, ingenuas unas, como canciones de niñas al corro; galantemente picarescas otras. Ivette Guilbert es la Duse de este género, que, por ser muy de Francia, no es de un particularismo tal que no pueda interesarnos y justifique el desvío de nuestro público. No hay arte chico ni grande; hay artistas muy chicos y grandes artistas. Ivette Guilbert sabe hacer de una canción una comedia ó una tragedia; en su voz, en su gesto, en sus actitudes, viven, á cada estrofa, almas diversas. ¿No es todo un drama la canción Le roi fait battre tambour—escrita á la muerte de la famosa Adriana Lecouvreur?

El público de Madrid ha sido injusto en esta ocasión. Es ya tarde para reparar la injusticia. Se comprende que haya público para todo, y hasta me parecería mal que todo el público entendiera de todo, mientras haya clases; pero, la verdad, que precisamente cuando hay que admirar verdadero arte sea cuando falte el público, es algo triste.


Gracias á los que se interesan por mi salud ó por mi estado de ánimo cuando falta una Sobremesa. Váyase por los que desearían que reventara de indigestión en una de ellas. Gracias también á los que creen que algunas, por impublicables, van al cesto de los papeles. Basta con que sepamos que no es así los que debemos saberlo. La verdad es que no ha de trabajar uno siempre para fuera y quizás escribe uno más cuando menos escribe, y aun en páginas más duraderas, y no siempre está uno para expansionarse, y más cuando se va para viejo, y rara vez rompería uno el silencio de oro sin apremios de plata. Conque ya lo saben todos los molestos ó contrariados con que uno escriba: no tienen más que organizar una suscripción, á unas pesetitas por molestia, y yo prometo no volver á tomar la pluma en mi vida, ni aun para agradecerles la mala voluntad de su buena obra. Con dinero se arregla todo.


V

Yo no sé si se ha escrito—la erudición no es mi fuerte;—pero de no haberse escrito, debiera escribirse un libro de las procesiones de Semana Santa en España. Decía un gran actor francés, maestro de actores, que el verdadero actor debe aprovecharse, en primer lugar, de sus buenas cualidades, y, en segundo lugar, de las malas. Este buen consejo puede hacerse extensivo á toda persona, cualquiera que sea su condición social, y á todos los pueblos, cualquiera que sea su estado de civilización. Cuando no se puede sobresalir por adelantados, se debe procurar sobresalir por el atraso; el caso es sobresalir de algún modo. Esto de las procesiones no es precisamente como la aviación ó la telegrafía sin hilos; pero es mucho más pintoresco y mucho más castizo y, bien anunciado, pudiera ser de una gran atracción para los extranjeros, curiosos de algo típico, cada vez más escaso, por culpa de la civilización, tan niveladora de costumbres como desniveladora de peculios. Sólo las procesiones de Sevilla han conseguido lo que ahora se dice reputación mundial. Sin rebajar nada de su bien ganado renombre, hay muchas otras que merecen ser conocidas. Las de Murcia, con sus imágenes de Salcillo, el Murillo de la escultura española, y, con él, una de las pocas notas de dulzura en el Arte español; con aquel ángel de la Oración del Huerto, bello como los de Rafael, símbolo artístico, al erguirse en su pagana belleza sobre la postración dolorosa del Nazareno, de todo el Renacimiento, protestante en nombre de la vida triunfadora y del Arte embellecedor de la vida.

Las procesiones de Cartagena, con pasos de Montañés, de Salcillo, comparación interesante. Las de Lorca, de primitiva ingenuidad, con sus escenas bíblicas y evangélicas, representadas por personajes de carne y hueso; reñidas competidoras en propiedad y en lujo. Y en poblaciones más humildes, en pueblos ignorados, ¡qué tesoros de observación para el curioso! Las legiones de armados, los nazarenos, el pretorio con sus trompetas destempladas... Y sobre la devoción y la austeridad y las tinieblas en el templo, y las Siete Palabras en el púlpito, y los siete cuchillos clavados en el corazón de la Dolorosa, y sobre la Cruz redentora y el Santo Sepulcro, miradas y palabras y silencios de amor y de deseos que van encendiéndose por la boca y por los ojos de hombres y mujeres... Y la vida triunfa sobre toda tristeza, como el ángel murciano en la Oración del Huerto.


Las Sociedades de aficionados protestan contra el aumento en los derechos de representación de las obras teatrales exigido por la Sociedad de Autores. Todo el que conozca la organización íntima de esas Sociedades ha de estar conforme con la protesta. No se comprende que pueda haber animadversión contra ellas por parte de los autores, de los actores ni de los empresarios. Para estos últimos, las Sociedades de aficionados son una saneada fuente de ingresos; los actores no deben, sin ingratitud, mirarlas con malos ojos; casi todos se dieron á conocer en alguna de esas Sociedades, que vienen á ser las novilladas del arte dramático. En cuanto á los autores, por ellas ven popularizadas sus obras y por ellas ven representarse obras de repertorio olvidadas por las empresas. Las Sociedades apenas cubren gastos; de su desinterés no cabe sospechar. Son un interesante ensayo de socialismo aplicado al fin de proporcionar honesto recreo á muchas familias que no pueden pagar el lujo del teatro, si barato en Madrid, comparado con otras grandes capitales, muy caro en comparación con la riqueza de esas capitales y la madrileña.

Con la subida de los derechos sólo se conseguirá, como siempre, que la autoridad se excede, que el favor solicitado con recomendaciones se sustituya á la justicia, y, como el favor no es nunca equitativo ni desapasionado, todo parará en intrigas, desigualdades y molestias para ambas partes beligerantes: Sociedades dramáticas y Sociedad de Autores. De nada sirve el general acuerdo si, después, unos autores ofrecen rebaja en sus derechos, y otros, por el contrario, exigen montes y morenas y anticipos y un número fijo de representaciones, cuando de obras estrenadas con aplauso se trate. Todo ello sólo sirve para que medren los que están en el secreto y hagan el tonto de la pantomima los que se atienen á la letra de los reglamentos. Lo mejor sería dejar á cada uno en libertad de estipular sus derechos con las empresas y con las Sociedades. Y ya que todo sea comercio, libertad de comercio y competencia libre. Es el sistema inglés, y hemos convenido en que Inglaterra es el mejor modelo para todo.


El prefecto de Atenas ¡oh, cuán poco ateniense! ha dado á rajatabla la orden de que todas las artistas extranjeras que se exhiben en los teatrillos y salones—cines en griego—sean sometidas—¡oh, manes de Friné! ¿dónde hallar aticismo para expresar el ultrajante concepto?—á una inspección facultativa, muy relacionada en verdad con algunos dioses de la Mitología: la diosa del Amor y el dios del Comercio; pero, hasta ahora, nada relacionada con Apolo, dios de las Artes, á no ser por parte de hijo, ó sea Esculapio, dios de la Medicina.

Las ofendidas han puesto el grito en el Olimpo, y mientras, de allí vienen los rayos, en sus Embajadas y Consulados respectivos. Sí que hay para una intervención. Por lo pronto, en la primera ojeada han resultado dos virtudes sin detrimento. No es mal reclamo, con certificación facultativa y todo. Pero el que luzcan dos virtudes no es razón para deslucir las de otras señoritas. Siempre se dijo que las comparaciones son odiosas. Aparte de que es ocasionado á errores localizar la virtud en estos tiempos, y la ciencia no ve el fondo de los corazones.

Lo malo será que algún prefecto de por acá se sienta helenista y quiera traducir al ateniense. Cierto que hay escenarios por esos teatros que más parecen aceras, y aun arroyos; pero, en fin, aunque en ellos el Arte no sea ni su sombra, todavía debe amparar con su nombre á las pobres mujeres que en él buscan sagrado. Y, en todo caso, la inspección no debiera aplicarse sólo á las artistas, sino á los espectadores, especialmente al cerebro. Puede que no se encontrara uno sin tacha, como la virtud de esas dos chicas, en Atenas.


VI

Por los que hacen ostentación de lo superfluo cuando lo más preciso escasea, se dijo: «Gran tocado y chico recado». Nuestra vanidad de hidalgos ha cambiado los términos, y ahora, con el monumental evacuatorio de la Puerta del Sol, bien puede decirse de nosotros lo contrario: «Chico tocado y gran recado», con la significación que la palabra recado tiene en Andalucía.

Si las preciosas ridiculizadas por Molière poetizaban, denominando Le superflú de la boisson, á lo que tiene más bajo nombre, los madrileños hemos puesto una superfluidad al servicio de esas superfluidades.

El suntuoso evacuatorio vendrá á ser, como el mondadientes paseado por aquellos hidalgos del siglo xvii: más para engañar la curiosidad ajena que el estómago propio.

Todo quiere principio, y bueno es empezar por algo, aunque se empiece por el final; como en este caso se ha procedido, en el orden de las funciones digestivas.

Lo que no me parece tan bien es el emplazamiento; pues si Madrid es el centro de España y la Puerta del Sol el centro oficial de Madrid y de ella ha venido á ser ornamento principal, con perjuicio del ministerio de la Gobernación, ese precioso evacuatorio, véase lo que viene á ser el centro de España. Esperemos que no haya confusión en tiempos de elecciones y cada asunto se despache en su departamento adecuado.


Un periódico de París, en cariñoso saludo de despedida á Mlle. Sorel, la pronostica un gran triunfo entre nosotros y nos dice de paso que, gracias á la bella socia de la Comedia Francesa, podremos aquí admirar esos monumentos de la literatura francesa que son: Demi-monde, Antony, L'Aventuriere, etc.

De ayer por la tarde fué cuando D. José Valero representaba el Antony, de Dumas padre, y también de hoy por la mañana cuando la Virginia Marini, en italiano, y María Tubau con Emilio Mario y Sánchez de León, en castellano, nos dieron á conocer el Demi-monde, de Dumas hijo. En cuanto á L'Aventuriere, representada en el teatro de la Comedia, de Madrid, por Coquelin, admirable de todo punto en el papel de D. Aníbal, el rufianesco hermano de doña Clorinda, había sido representada muchos años antes, en excelente traducción, no recuerdo ahora si de doña Gertrudis Gómez de Avellaneda ó de doña Carolina Coronado. De modo que si no es por mademoiselle Sorel, nos quedamos tan ignorantes.

Algo hubiera ganado la distinguida actriz con seguir cultivando nuestra ignorancia y dejarnos la impresión de su elegante silueta en la favorable y lejana irrealidad de las postales y de las cajas de cerillas, poetizada por ese encanto en que París envuelve á sus artistas, siempre hermosas, siempre jóvenes, siempre espirituales, siempre vestidas de armiños y de encajes, siempre cubiertas de perlas y diamantes... ¡Oh presencia, presencia, destructora de encantos! Ayer fué la Cleo de Merode, hoy es la Sorel... Los adolescentes ilusionados que os vieron de cerca, ya no volverán á extasiarse ante las postales y las cajas de cerillas. ¡Oh princesas lejanas, como la de Rostand! ¿Por qué os acercasteis nunca para decirnos que no sois como érais?


Los tripulantes de un barco, en mares de Australia, han presenciado la más descomunal batalla imaginable. Treinta y seis ballenas machos luchando por una sola hembra, Elena de esta Iliada entre cetáceos. Ya no es sólo por las calles de Madrid por donde no puede andar una señora sola. Cierto que los batalladores cetáceos tenían en su disculpa la enorme desproporción entre el género masculino y el femenino. ¡Treinta y seis para una! ¡Pobre ballena, que no encontraría en tal apuro ni á un pez espada para defenderla!

Este suceso es el que ha determinado, sin duda, la formación de una Liga contra la pornografía. Todos los días no puede uno hacerse cargo de todo; así es que cada cuatro ó cinco años nos hacemos cargo de una cosa. Ahora que va decayendo la pornografía, conseguiremos que vuelva á tomar incremento con dedicarnos á combatirla.

Parece ser que el medio indicado es el sport. ¿De veras? ¿No será el exceso de sport y el de los ejercicios físicos lo que haya embotado las inteligencias para goces más espirituales y más artísticos? Adviértase quiénes son los que gozan en el teatro con las groserías y las marranadas; no son los que han leído á Ibsen: suelen ser los que se aburren con la representación de cualquier obra de verdadero arte. ¿Quiénes son los que leen las novelas pornográficas? Los que no leen ninguna otra, porque nada dice á su inteligencia.

Bueno está fortalecer los músculos; pero no estará de más fortalecer el cerebro. Un error lamentable de educación tiende á suprimir todo esfuerzo mental en el estudio, ya nadie quiere calentarse la cabeza; queremos que todo sea agradable, fácil, ligero; ya todo el lata para el vaporoso cerebro moderno.

Es preciso que la inteligencia tenga también su gimnasia; porque si durante todo el día no hemos hecho más que correr, saltar y darnos de puñetazos, ¿cómo vamos á entender por la noche La vida es sueño mejor que unas canciones por todo lo bajo y un garrotín por todo lo alto?

Yo sé que en los tiempos de mi juventud nos obligaban á estudiar con trabajo, y todo el sport era algún marro, jugado en algunos sabrosos novillos; pero sé que llegaba un domingo por la tarde y preferíamos gastarnos los cuartos de nuestro pobre peculio de estudiantes, en admirar á Elisa Boldún y á Rafael Calvo en alguna obra del teatro antiguo. Y los mozos de ahora se van al cine á relinchar como potros, á insultar á las pobres mujeres, y cuando van á un teatro serio, por moda, no por gusto, creen que es todavía el cine. Pues estos mozos son los que, por higiene, tienen seis horas de gimnasia, de sports, de armas, y media hora de estudio ligero, muy ligero, no se caliente el niño la cabeza. No; más vale que se le rompa por fuera de un golpe ó de un batacazo, que no se le caldee por dentro al chocar de dos ideas.


VII

Debe de ser un encanto gobernar un país, como ser jefe de una familia en que reine de continuo la mayor unanimidad de pareceres. Si el Gobierno no se ha enterado todavía de la verdadera opinión nacional en los asuntos de Marruecos... Unos que: «Vamos allá, que para luego es tarde, que allí está nuestro porvenir». Otros que: «Nada tenemos que hacer allí, que Marruecos es como los amores y las zarzas, donde, según el refrán, quien en ellos se metiere entrará cuando guste, mas no saldrá cuando quisiere».

Hay señor, de los expansivos y belicosos, que, como caballero particular, le basta con un piso muy reducido, con habitaciones de un metro en cuadro, para todas sus expansiones; pero, como ciudadano español, teme ahogarse entre las fronteras naturales y le parece que le va á faltar aire si, por abajo, no llegamos hasta Tetuán y, por arriba, hasta qué sé yo dónde; como si, por mucho que se dilaten las fronteras, no vinieran á parar al fin en vecindades más ó menos molestas y peligrosas. El Imperio universal está muy desacreditado, por aquello de: «Quien mucho abarca, poco aprieta». Y nadie abarcó ni apretó más que nosotros, y no es cosa lo que nos ha lucido el pelo.

Otros lo toman por lo agrícola, y como en España ¡á Dios gracias! ya no queda sitio para plantar una mata de habas, se extasían considerando las siembras y plantaciones que podemos extender por los territorios conquistados. Por aquí, tabaco; más allá, pimientos; detrás, unas coles, y, entre col y col, lechugas. ¡Qué porvenir, qué riqueza!

A todo esto, la verdadera opinión, que, como siempre, es la que nada dice, y hace mal, como siempre, piensa que: del lobo un pelo, y de la hermosa Dulcinea de esos andantes caballeros, que no andan, un retrato, siquiera tamaño como el blanco de una uña; como pedían los mercaderes á Don Quijote, para proclamar, con algún fundamento, la soberana beldad de su dama.

Lo cierto es que, de América, con todos los errores y todas las torpezas, se sacó algún provecho, y aun colea; pero de Africa no sacamos más que romances; muy heroicos, pero nada prácticos. Las guerras modernas van por otros caminos. Los ejércitos son hoy avanzadas de los viajantes de comercio. Pero es muy triste cosa que, cuando un ejército se haya cubierto de gloria y pueda decirnos: «Aquí está todo este territorio que os hemos conquistado», haya que responderle: «¿Y qué hago yo con esto?»


¡Dichosos tiempos éstos en que, por cada pierna que podemos mover, y aun echar por alto, tenemos una liga que nos sujete y nos impida andar en malos pasos! Hay ligas femeninas, hay ligas masculinas, las hay de ambos sexos; las hay para todo y contra todo. Esta de ahora, contra la pornografía, promete ser de las más batalladoras. ¿Será verdad que estamos tan encenagados? ¿Se escriben y se publican más libros pornográficos que en otros tiempos? ¿El teatro es más inmoral que lo ha sido nunca? ¿Se escandaliza por esas calles como en ningún otro período histórico?

Yo creo que no; lo que yo creo es que ahora, como nunca, le ha dado á todo el mundo por enterarse de todo y por hablar de todo, y... ¡oye uno á señoras y señoritas, niñas y niños, tratar de unos asuntos! Sucede como en esos países de clima templado en que las casas están mal acondicionadas para el invierno: cuando quiere uno estar abrigado, hay que echarse á la calle. Lo mismo es con la pornografía moderna. La calle está á mejor temperatura que las casas.

Ciertos libros, ciertos teatros, solicitan á un público especial. ¿Qué culpa tienen ellos de que todo el público los busque? Los que se indignan con la literatura pornográfica, ¿están seguros de haber dispensado su protección á la literatura honesta? Los que protestan contra las obras inmorales en el teatro, ¿están seguros de no haberse aburrido en la representación de alguna comedia moralísima?

No me cansaré de decirlo; lo que llamais pornografía tiene su origen principal en la exagerada ñoñería. Por ñoñería cultivais la incultura, y ahí tenéis el fruto. Impedís que vuestros hijos y vuestras hijas afronten cara á cara, como la luz del sol, una verdadera obra de arte, y, es claro, como algo han de leer, leen á escondidas cualquier porquería; y como no tienen formado el gusto para saborear cosa mejor, les parece excelente.

Si no les permitís admirar las obras maestras de la escultura, ni los desnudos del Tiziano, ¿cómo no han de recrearse, á hurtadillas, con alguna colección de postales que sólo puede causar asco en quien más alta y más pura belleza haya contemplado?

Cuidad de vuestros hijos en casa y no os cuidéis tanto de la calle; que nadie sale á buscar en ella lo que le prohibieron que buscara, sino lo que le enseñaron á buscar.


VIII

En los Estados Unidos un matrimonio ha realizado, efectivamente, ese duelo á muerte que es todo matrimonio. La esposa, el adversario, según Capús, lo ha sido en este caso con todas sus consecuencias. Con mayor lealtad, al batirse á pistola con su marido, que tantas otras mujeres en ese duelo continuo á pinchazos, pellizcos y mordisquitos—morales, por supuesto—que tienen su campo de honor á todas horas, en la mesa, en el despacho, en el cuarto de costura, en el mismo tálamo, y por testigos, á parientes, criados, vecinos, visitantes y á la misma prole de los combatientes.

—Contigo no hay quien pueda. No haces más que tonterías. Ahí tienes á Fulano; ¡si fueras como él! ¿Por qué seremos tan tontas las mujeres honradas?—¡Oh, la perfecta comunicación de vidas! ¡Oh, mujer nuestra, nunca nuestra! Si sabemos alguna vez cuál es tu pensamiento, es porque piensas siempre lo contrario, y aun sabes burlar nuestras suposiciones, pensando en una distinta contrariedad contraria á cuanto pensamos. Tú eres la conciencia del hogar cuando, por la Patria ó por la Humanidad, sacrificamos conveniencias familiares, y eres la conciencia acusadora, en nombre de la Patria y de la Humanidad, si nos dejamos seducir por tu voz de sirena doméstica. Nos quieres mezquinos por ti, y nos quisieras después grandes á pesar tuyo.—Déjate de cuentos; sé como todos—nos dices antes.—Déjate de cuentos. ¿No ves cómo eres lo mismo que todos?—nos dices después.

¿De qué es tu cariño, que siempre nos quiere otros? ¡Oh, mujer nuestra; siempre dolorida; malograda siempre, y nunca nuestra!


Al aficionado de sangre—no diremos á la sangre, por no ofenderle—no le basta con la lucha entre el torero y el toro; necesita que haya lucha también—en este caso se llama competencia—entre los toreros. Cuanto mayor y más enzarzada es la competencia, mayor brillantez logra el espectáculo. No hay duda; del toro puede huirse, pero ¿cómo huir del competidor que viene azuzando? En todos los órdenes de la vida es bueno que haya conservadores y liberales, y hasta revolucionarios á la expectativa, que son los no contratados, que de todo murmuran. ¡Pues digo si los que van llegando y los que están al llegar no empujaran á los que han llegado! ¿Qué sería de nosotros si Maura y Bombita, La Cierva y Machaquito se vieran dueños y señores del redondel? Por fortuna, las empresas comprenden sus intereses y avivan la competencia. El que quiera torear que no sea conservador... de su piel. Y el que quiera gobernarnos que no sea liberal... de la nuestra.


Como nuestra buena amiga, la de Trafalgar, nos ha salido algo «cocota», pero de las prácticas, ahora hemos caído en la cuenta de que mejor nos hubiera estado poner nuestros amores y nuestra confianza en la señora Germania, que, aunque burguesota y carillena, es señora formal y de peso.

A buena hora, mangas verdes; para que nos respondan con el ademán más adecuado á esa parte de la indumentaria. Bien que, para justificar nuestra conducta, podíamos recordar el cuento de aquella novia á quien, en vísperas de la boda, el novio apremiaba para la concesión de ciertos anticipos á cuenta, y como ella se resistiera bravamente, y después de todas las ceremonias nupciales el novio la dijera: «Anduviste muy discreta; si me haces el menor anticipo, no me caso contigo»; ella entonces, con la mayor inocencia: «Sí, ¡que soy yo tonta! Ya me había pasado dos veces».

De donde se deduce que para sacar marido ó aliado no conviene hacer el menor anticipo, sino estar á las resultas, que es la mejor proporción y acomodo.


Max Rheinhardt, el primer director escénico de Alemania, ha obtenido un triunfo de alabanzas, de burlas y de discusiones en la representación, en la pista de un circo, del Edipo, de Sófocles, y el Ricardo II, de Shakespeare. La prueba es digna del inteligente director, y según sus admiradores incondicionales, en los tiempos modernos no se había logrado tan exacta presentación de la tragedia griega en toda su grandeza. El coro, verdadero protagonista en ella, recobra así toda su importancia, invadiendo la pista por diferentes partes, como verdadera masa popular, interviniendo en la acción á cada paso espectador y actor al mismo tiempo.

En cuanto al Ricardo II, de Shakespeare, como todos los dramas históricos del mismo autor, creo que sólo en un circo pueden hallar su verdadero escenario. Allí pueden evolucionar guerreros y caballos; allí pueden sucederse los varios episodios, todos interesantes y todos necesarios. Y, en efecto, las representaciones primitivas de esas obras, en tiempos de su autor, actor y empresario, más semejanza tenían con la representación de una pantomima de circo en nuestros tiempos, que con las representaciones de esas mismas obras en nuestros modernos teatros. Los actores pasaban á caballo entre el público; como aun hoy, por tradición teatral, puede verse en Granada, en las representaciones de la famosa Toma, y como era uso también en nuestros corrales; y actriz hubo, como la Bárbara Coronel, más celebrada por su arrogancia de amazona que por sus méritos de comedianta.

Todo vuelve á fuerza de buscar novedades, y el mayor progreso escenográfico está en volver á la sencillez de los teatros primitivos. El teatro vive, ante todo, de la imaginación, y á la imaginación, ó se la engaña con muy poco ó no se la engaña con nada. Hay algo con que se la engaña siempre: el interés y la emoción. Sófocles y Shakespeare no necesitaban de los ojos del espectador; con los oídos les bastaba.


IX

Después de leer el libro L'art de bien tenir sa maison, publicado en París por la biblioteca «Fémina», cae uno en la cuenta de cómo es preciso renovarse ó morir, según la frase de Gabriel D'Annunzio. Hay que renovar nuestra educación cada diez años, por lo menos, si no quiere uno caer en graves faltas de tacto y de buen gusto. Parece que esto de la urbanidad y del trato social debiera estar sujeto á leyes más permanentes; nada de eso; lo que ayer era exquisita cortesía, hoy es ordinariez; lo que ayer acreditaba á cualquiera como hombre de sociedad, hoy le pondría en el más lastimoso ridículo. La exacta observación de las famosas máximas del barón de Andilla podrá hacer del más zafio patán el más cumplido cortesano. ¡Eran tan claras, tan sencillas, tan aplicables! Ya por los tiempos de su publicación empezaba á desecharse tradicionales reglas de buena crianza. Dice el barón:

«Hoy, en la mesa principal, es uso

servir trinchado ya: sistema ruso.»

Nadie ignora que allá en los años en que Larra escribía su Castellano viejo, nada acreditaba tanto á una persona de finura y cortesanía como su habilidad en el arte cisoria, mostrada al trinchar un ave entre la admiración y el aplauso de los comensales... Arte y habilidad perdidos, cuya tradición sólo conservan algunos cirujanos modernos, tal vez por atavismo, tal vez porque consideren, como el filósofo, que el hombre es un ave sin plumas.

Lo cierto es que ha de estar uno siempre pendiente de estos utilísimos Códigos de la buena crianza, que, con los títulos de El modo de vivir en sociedad, El perfecto caballero, La verdadera gran dama, El arte de servir la mesa, La educación y las buenas maneras en sociedad, Las buenas formas en el cine, y otros por el estilo, más ó menos afrancesados, como á toda fiel traducción corresponde, nos impiden estar en ridículo ante las nuevas generaciones. Ya debe uno entrar con los guantes puestos en un salón, ya debe uno quitárselo; ya debe uno besar la mano á la señora de la casa, ya no debe besarse nada; ya está bien ofrecer el brazo á las señoras, ya es una ridiculez de mal tono; ya deben presentarse unas á otras todas las personas reunidas en un salón, ya no debe presentarse á nadie para no imponer nuestras relaciones, aunque el sistema de la abstención es muy peligroso. ¡Cualquiera empieza á murmurar de nadie en una reunión donde la mayoría de las personas nos son desconocidas! A lo mejor suelta usted su murmuración y se hace un silencio de hielo; mira usted á su alrededor y todo son risitas mordidas para no soltarlas; sólo ve usted dos caras muy serias: la de la señora de la casa y la de otra señora. No hay duda: se ha metido la pata. Y si la murmuración se dificulta, ¿de qué se habla en sociedad? El tema teatral se agota pronto. ¿De toros? No es conversación para señoras y pueden hallar alusiones molestas en lo más inocente. Yo creo que, no sólo se debía presentar á todo el mundo, sino que todos debiéramos llevar colgado un pequeño cuadro de nuestra genealogía: profesión, opiniones religiosas y políticas, asuntos de que se puede hablar en nuestra presencia y asuntos que no deben mentarse. En toda reunión está siempre pendiente la plancha de Damocles, pronta á caer sobre la cabeza del primer indiscreto.

¿Y las comidas? Cualquiera se sienta hoy á una mesa de etiqueta sin llevarse muy aprendido el destino y aplicación del sinnúmero de utensilios de diferente forma indispensables en toda mesa de buen tono. Pinzas, garfios, tijeras, cuchillos de mil formas: unos para comer los espárragos con pulcritud; otros para triturar con gracia los cangrejos; un chisme para cada cosa, y viceversa. ¡El ideal feminista! Una mesa moderna parece el aparador de un dentista, con su imponente colección de instrumentos relucientes. Y ya se estila adornar la mesa; ya es de mal gusto recargarla de adornos; y hoy no es de buen gusto comer mucho pan; y mañana se debe comer tostado... Hay para llenar una existencia con el estudio de estas que no pueden considerarse menudencias, pero que á lo mejor deciden de nuestra suerte en la vida.


Publicación muy interesante y muy digna de que se solicite atención para ella es la nueva revista Archivo de Investigaciones Históricas. Por el contenido de los números publicados puede apreciarse su importancia. Seguramente su editor no aspirará á enriquecerse con ella; ya se contentará con no empobrecerse, de dinero y de ilusiones, que también valen algo. En España no hay gran afición á los estudios históricos documentales, y mucho menos á enfrascarse en la lectura de documentos auténticos. Estudiamos la Historia; mejor dicho, nos la dan estudiada, si estudiar puede llamarse á esto, por grandes síntesis. Las grandes síntesis son de una gran comodidad. Con decir: «La Historia se divide en tres edades: antigua, media y moderna»; con atribuir á cada una de ellas un carácter general, según las opiniones políticas del historiador, ya estamos al cabo de la calle y de los siglos. Y es lástima, porque sólo por el conocimiento de la Historia puede formarse la verdadera conciencia de un pueblo. Si la verdadera ciencia de gobernar consiste, como la ciencia del agricultor, en el conocimiento del terreno que ha de cultivarse, sólo el conocimiento de la Historia puede enseñarnos cómo puede cultivarse el espíritu de los pueblos para no exponerse á sembrar en terreno estéril ó á malograr cosechas por no conocer el terreno y lo que en él puede sembrarse con esperanza de buen fruto. Aquí sembramos á tontas y á locas; allá van leyes y allá van proyectos; esta ley de Francia; aquélla de Inglaterra; sin cuidarse si en esta tierra española podrán tener buen arraigo y floración lucida.


Un libro raro también entre los libros recientemente publicados: Mundo interior, de un escritor joven: García Martí, que se nos presenta en su libro con esa serenidad espiritual que sólo la fe religiosa ó la fe en nosotros mismos pueden asentar en nuestro espíritu. Si esa serenidad fuera literatura, aun sería estimable el libro; mas tengo razones para creer que llegó al libro después de luchas muy hondas. Aun llora la resignación en esas páginas; aun se percibe el fragor del combate. Lo que pudiera parecer inspiración de otros escritores, es aquí como nueva emoción, acrecida por las palabras de un amigo que supo acertar con el secreto de nuestra alma. Y así llega también á nosotros este libro, como un buen amigo que todo lo comprende y lo perdona todo y con la serenidad de sus palabras viene á poner calma en nuestro corazón atormentado.

Y un saludo para un libro de cuentos: La Serafina, del veterano escritor Sr. Tusquets, no tan conocido como debiera serlo; pero sí muy estimado de cuantos le conocen. Escritor que no vivió atento á veleidades de modas literarias; que emprendió su camino por la novela naturalista, cuando apenas se hablaba del naturalismo en España. Otros, con menos merecimientos, lograron más ruidosos aplausos. Olvidamos demasiado pronto. No es el Sr. Tusquets, el autor de La hembra, de los que deben ser tan injustamente olvidados.


X

A nadie como á los políticos y á los escritores conviene, de cuando en cuando, descentralizarse. ¡Unos y otros son tan inclinados á creer que es todo el mundo el pequeño mundo que les rodea! Y en el mundo hay más, siempre hay algo más. Sólo alejándonos de nuestro medio, que es alejarnos en parte de nosotros mismos, podemos apreciar el verdadero valor de nuestra obra. Nuestra vida, como nuestra obra, sólo á distancia parecen lo que son en realidad. De aquí la conveniencia de los viajes para políticos y escritores. Al observar cómo nos juzgan los espectadores lejanos, aprendemos á juzgarnos mejor nosotros mismos. Tanto más ganará nuestra conciencia cuanto más castigada quede nuestra vanidad.

Convienen también los viajes para curarnos de nuestra impertinente superioridad de madrileños. Hay en provincias más reposado ambiente de intelectualidad; el tacto de codos no llevó hasta sus Círculos literarios la complicidad de las admiraciones ó de los odios. Se juzga con menos pasión, porque se sabe más de las obras y menos de las personas. Justo es que desde Madrid correspondamos con nuestra atención y nuestra simpatía á los que trabajan en provincias, con mayor desinterés que en Madrid se trabaja, por un noble ideal de cultura.

Mi saludo al Ateneo de Badajoz que, con sus propios recursos, bien escasos, organiza Exposiciones de pintura, Certámenes literarios, Conferencias científicas y artísticas. Mi saludo á los poetas y escritores premiados en los Juegos florales; sus poesías y sus cuentos en prosa no eran las acostumbradas vulgaridades que tanto han desacreditado estos tradicionales concursos. Luis Bardaje, Antonio Teixeira, Montero, Enrique Segura, son poetas y cuentistas superiores á la flor natural y á los objetos de arte, obligado premio en estos Certámenes.

No vea nadie en mis elogios obligación del agradecimiento. Es justo pago á la verdad. Mi corazón no paga con tan poco.


Como casi todo el año, aunque no nos demos cuenta como ahora, hemos estado viviendo en el aire. Nuestra imaginación, de suyo perezosa, aunque tenga, por meridional, fama de lo contrario, ha volado por esta vez siguiendo, y aun adelantándose, al vuelo de los aeroplanos. Como actores, no es cosa lo que nos lucimos en estas emocionantes luchas por la conquista del aire; pero ¡como espectadores!, aquí nos las den todas, en un día de sol, entre buenas mozas y con una buena merienda. Este, éste es nuestro papel: contemplativos y algo escépticos, hasta que llegue el día en que podamos aprovecharnos de lo que otros inventaron y trabajaron para nosotros. ¡Sí, que somos primos! Cuando el invento esté bien perfeccionado y no haya riesgo que temer ni peligros en que aventurarse, el volar será para nosotros un divertido sport. Entretanto, bien estamos de espectadores. Nuestro terreno es la Teología y la Mística, según D. Miguel de Unamuno. Ya es bastante que nos dignemos admirar. ¡Y vaya usted á saber, si de la admiración se quita la bulla del viaje y las buenas mozas y la merienda y la juerguecita, lo que quedaría para el valor de los voladores y el triunfo de sus máquinas! Como decía Cromwell, al ver la multitud agolpada para aclamarle: «La misma gente habría si me llevaran á ahorcar.» No digo yo la misma; pero alguna más sí hubiera acudido, si en estas corridas aéreas no estuviera comprobado que el «hule» suele alcanzar también á los espectadores. Y que, alguna vez, como en París ahora, los viajeros no son de tercera, como, según el comentario de un periódico, lo fueron, afortunadamente, todas las víctimas de un descarrilamiento.


Como algunos críticos le hubieran acusado de plagiario, lamentábase Bernardo Shaw de la triste idea que dichos críticos tenían de la mentalidad inglesa, que, apenas daban con una obra sobresaliente, ya no podían creer que en cerebro inglés hubiera sido concebida. Si de los críticos y del público inglés se quejaba Bernardo Shaw, ¿qué podremos decir en España, donde todo lo de casa está siempre en entredicho y nadie cree en la capacidad intelectual de nadie, y así andamos todos de acobardados y desconfiados de nuestras propias fuerzas? ¿Quién piensa aquí en acometer empresa alguna si, en vez de alientos y esperanzas, sólo ha de oir el cubrefuego que paraliza su resolución? ¿Qué va á hacer ese hombre? ¿Ha visto usted qué atrevimiento? Y si alguien da con una idea original, todos se preguntarán: ¿De dónde la habrá copiado? Y cualquier atrevimiento parece desvergüenza, y cualquier resolución, osadía y falta de respeto. ¡Admirable país, en que sólo los holgazanes y los ociosos viven tranquilos y respetados!

Pensaba yo todo esto viendo al actor italiano Caravaglia representar Hamlet. No es que estuviera mal del todo; pero yo pensaba qué se hubiera dicho de un actor nuestro si se hubiera atrevido á una mitad de las cosas raras y de mal gusto á que el actor extranjero se atreve en la interpretación de la obra de Shakespeare. Y á la mayoría de los espectadores estaba á punto de parecerles todo aquello algo maravilloso y de un soberano arte. Risa para todo el año hubiéramos tenido con uno de casa. ¿No tomamos á broma á Tallaví porque se atrevió á representar Los espectros, de Ibsen, después de Zacconi? ¿Era tan gran osadía? ¡Ah! ¡Si Tallaví hubiera sido extranjero! Pero nuestros actores no pueden atreverse á nada; los queremos discretos, muy discretos, medrositos y respetuosos siempre; les pedimos que ni se molesten ni nos molesten demasiado; nada de gritos, ni de gestos, ni escenas mudas, ni desplantes; á decir su papelito, y á salir del paso; aquí nos conocemos todos; ya sabemos todos de lo que somos capaces. Los extranjeros, ya es otra cosa; ya pueden atreverse á todo; es otra cosa, sobre que no se entiende lo que dicen si no hacen algo raro...

Y no es que Caravaglia sea un mal actor; al contrario, es demasiado actor; no hay modo con él de olvidarse de que estamos en el teatro. Pero, la verdad, como Hamlet era algo más que un comediante, y Shakespeare algo más que un autor de teatro... ¡Oh, la Cleopatra, toda humanidad, de Eleonora Duse! ¡Oh, el Hamlet de ensueño de Sarah! ¡Y cómo el teatro dejaba de ser teatro al encanto de las dos divinas intérpretes de Shakespeare!


XI

Aunque la supresión del impuesto de Consumos en nada favoreciera al contribuyente, aunque sólo cambiara la forma del cobro, ya sería de agradecer y de estimar la supresión. Como hay una Ética, debe haber una Estética en el arte de gobernar, y el impuesto de Consumos no puede negarse que era de lo más antiestético. Ese registro del viajero, que tal vez llega angustiado por tristes preocupaciones, tal vez todo ilusiones y esperanzas, y, como anticipo de hospitalidad, se le ofrece la mirada hosca del vigilante, á quien tampoco hay que culpar demasiado, expuesto siempre á desconfiar cuando menos debiera ó á dejarse engañar cuando mejor le engañan.

Ya se necesita ser conservador para obstinarse en conservar el lindo impuesto. Ojalá pudiera suprimirse tan fácilmente el registro y el pago en las Aduanas. Todo sería caminar deprisita hacia la civilización. Los dos impuestos, por la forma del cobro, recuerdan la dulce manera con que los señores de horca y cuchillo ponían á contribución, en especie ó en dinero, á todo viandante que pasara por sus dominios. Ya que todo venga á parar en sacarnos el dinero, que se nos saque con buenas formas, que es como ponen á contribución las mujeres, y á ver si hay quien se dé mejor arte para sacar dinero.

Mientras lo mejor de nuestras clases directoras anda preocupado con la supresión de dicho impuesto, y lo más mejor con el Congreso Eucarístico, cuya perentoria necesidad se dejaba sentir desde los comienzos del siglo xx, no sale uno á esparcirse un poco por esas calles que no vea uno, dos, tres... ¿quién puede contarlos? entierros de niños, con sus cajitas blancas, como de juguete, cubiertas de flores algunas, otras muy pobres, sin adorno alguno. Detrás, si el entierro no es de niño rico, van dos ó tres simones; la gente va sin pena. ¡Angelitos al cielo!

La muerte de los niños sólo es tristeza para los padres, para los más allegados; los demás... ¡pensamos tantas veces lo bien que nos hubiera sido morir apenas nacimos; mejor, no haber nacido! Todo el pesimismo y toda la tristeza de nuestra vida caen, como gran consuelo, sobre esas cajitas blancas, como de juguete; un juguete que nos trajeron por equivocación, y vuelve á su destino.

Y en esas cajitas blancas, como en esas otras grandes cajas, que también tienen algo de ataúd, los barcos de emigrantes, tal vez se va lo mejor de España. No son los fríos del invierno, son las heladas de primavera las que deshojan la flor que había de ser fruto sazonado. Procuremos que nada muera prematuramente. No miremos con indiferencia esos barcos grandes ni esas cajas pequeñas. Miremos en la flor el fruto, y pongamos todos más solicitud, más cariño en defenderla de esos hielos, que son la miseria y la ignorancia de muchos entre la indiferencia de casi todos. Y los menos indiferentes suelen ser de la raza de los poetas, que ni han gobernado nunca el mundo, ni han conseguido nunca hacerse oir de los que lo gobiernan.


La representación de El rey Lear ha renovado la discusión sobre la teatralidad de las obras de Shakespeare; esto es: si son mejor para leídas que para representadas. Desde muy antiguo, los admiradores literarios de Shakespeare están contra la representación. Carlos Lamb, uno de los mayores idólatras del gran autor, se lamentaba del deplorable efecto que le había producido la representación de este mismo Rey Lear, representado ahora en Madrid por Garavaglia. «La figura del rey Lear no cabe en la escena—decía;—sus proporciones son demasiado gigantescas.» Ceguedad de idólatra; porque yo creo que jamás obras dramáticas fueron tan obras de teatro como las de Shakespeare. Lo que hay es que pesa demasiada crítica literaria sobre ellas, y que cualquier auditorio moderno, al juzgarlas, como cualquier actor de nuestros días, al representarlas, se empeña en buscarles, como suele decirse, tres pies al gato. Las obras de Shakespeare siguen siendo lo que fueron en su tiempo: obras para un público popular, un público de emoción. La literatura apenas tiene que ver con ellas. Los asuntos de todas sus obras son como cuentos populares, á los que no es difícil hallar correspondencia en todos los tiempos y en todos los países. Esta historia del rey Lear, ¿no es el eterno cuento de las tres hijas de un rey; las mayores, perversas, y la menor, dechado de perfecciones; la menor, perseguida por la maldad de sus hermanas, hasta que triunfa, al fin, por el poder de sus virtudes? Tragedia para los corazones más que para las inteligencias. Tragedia que lo mismo comprende el rey que haya dividido sus Estados entre sus hijos, que el pobre labriego que les haya repartido sus tierras y después padezca la ingratitud y el abandono de sus hijos.

En cuanto á la decantada psicología de los personajes de Shakespeare, ¿puede haber nada más sencillo, más infantil? Son los actores los que se empeñan, según frase del mismo Shakespeare, en dorar el oro, en pintar la azucena y en endulzar lo dulce. Actores ingenuos que se limitaran á decir su papel, con la natural emoción en algunos momentos, obtendrán mayor efecto que estos críticos alambicadores actores modernos. La Duse era la sencillez misma en Cleopatra, y quien la recuerde en esta obra ¿no cree recordar á la misma reina de Egipto?

La crítica literaria tampoco se ha fijado en El rey Lear más que en un solo aspecto del drama: la ingratitud de las dos hijas mayores del rey. Por eso les parece esta tragedia de un pesimismo desolador. Pero adviértase que la ingratitud de las dos hijas del rey Lear es justo castigo de su injusticia al repartir su reino. Como el viejo rey, todos somos alguna vez injustos en nuestra generosidad y en nuestro cariño. Hallamos siempre buenas razones para recompensar á quien nos halaga, y la verdad de un sincero afecto nos parece falta de cariño.

En pocos dramas resplandece la idea de justicia tan alta como en El rey Lear. Solo que la justicia de Shakespeare no es la de un autor de melodramas ó de folletines; no es tampoco justicia de directora de colegio que premia con dulces ó estampistas, y castiga privando del recreo; es justicia como la de Dios: la muerte es igual para todos; para todos es igual el dolor. Nuestra conciencia es la que dice que no es igual morir como Regania y Gonerila que morir como Cordelia. Y el que diga «¡qué atrocidad! Todos mueren lo mismo: los buenos y los malos...», ese ni puede comprender á Dios ni puede comprender á Shakespeare.


XII

A la carta abierta que me dirige Caramanchel sólo he de contestar que, al referirme á la crítica, tratándose de El rey Lear, no me refería á la crítica de actualidad, sino al conjunto de críticas referentes, á las obras de Shakespeare. En todas ellas la excepción, por ser excepción, confirma la opinión general, se considera al rey Lear como víctima de sus dos hijas mayores, sin tener para nada en cuenta la desconsiderada conducta del rey con su hija menor, Cordelia. Regania y Gonerila son odiosas; pero es mucho cuento que sobre ellas caiga toda la culpa de las desdichas de su padre. Yo siempre he sentido cierta simpatía por Judas y por Pilatos cuando, en los sermones de Semana Santa, caen sobre ellos, desde esos púlpitos, los mayores improperios y los más terribles anatemas. No puedo por menos de considerar que si todo lo que sucedió en la Pasión y Muerte de Jesús estaba así ordenado; si Jesús sabía de antemano que Judas había de venderle y Pilatos entregarle al pueblo judío, Judas y Pilatos fueron víctimas del papel que les había tocado en suerte, y no hay para qué insultarlos cuando, sin su intervención, no hubieran podido cumplirse las Escrituras. Y ahí es nada; siendo Escrituras y cosa del pueblo judío, ¿cómo habían de dejar de cumplirse? Buenos son los judíos para no hacer cumplir sus escrituras. Del mismo modo Regania y Gonerila me inspiran compasión en fuerza de verlas tan maldecidas.

En cuanto á que nada nuevo puede decirse de Shakespeare y de sus obras, la crítica universal es buena demostración de lo contrario. Continuamente se publican estudios biográficos y críticos que aportan nuevos é interesantes datos al copioso caudal de la literatura shakespiriana.

Lo del carácter infantil y la sencilla psicología de los personajes de Shakespeare no lo dije como reproche, antes como excelencia de sus obras. Pero ¿hay nada más sencillo que la psicología de Otello? ¿Nada más infantil que su credulidad ante las burdas maquinaciones de Yago? ¿Hay nada más infantil que la conducta de Yago? Un malvado que nos avisa él mismo de que es un malvado. ¿Hay nada más infantil que Romeo y Julieta? Ni sería bien que fuera de otro modo. El mismo Hamlet, considerado como prototipo de la complejidad psicológica, ¿hay nada más ondulantemente rectilíneo, valga el contrasentido? No soy en nada opuesto, antes muy partidario, de las polémicas literarias, cuando se entablan sin animosidad personal y con la cortesía que Caramanchel no olvida nunca aun en sus críticas más apasionadas.

Respecto á Garavaglia, yo sólo quise hacer constar que si un actor español hubiera representado el Hamlet tan desdichadamente como el actor italiano, la rechifla hubiera sido soberana. Aparte las mutilaciones y alteraciones del texto, no justificadas por conveniencias escénicas, dígase qué momento de acierto tuvo Garavaglia en toda la obra. Falsa y en oposición con el texto su llegada á las murallas del castillo de Elsingor, cuando viene á esperar la aparición de su padre. Se presenta poseído ya del mayor espanto, y el texto indica, por lo contrario, que Hamlet, natural ó forzadamente, habla de cosas triviales como para distraer su pensamiento. Con el modo de entender Garavaglia la situación, además de tener que mutilar el texto, el momento de la aparición pierde toda su terrible grandeza.

Además, dado el carácter de Hamlet, que, aun después de ver y de oir al espectro de su padre, duda de la realidad de la aparición, debe llegar á las murallas del castillo creyendo que el espectro no ha de aparecerse; por eso mismo es mayor su espanto al verle aparecer.

Por este orden, pudiera citar caprichosas interpretaciones en cada situación de la obra. Sin duda Garavaglia estudió esta obra más cuidadoso de producir un efecto momentáneo de originalidad, de sugestión sobre el público. Si valiera mi consejo, yo le diría á Garavaglia con toda lealtad que, por algún tiempo, debiera dejar de representar el Hamlet y estudiarlo de nuevo, más atento al texto original que á los efectismos teatrales. Así hizo Talma muchas veces cuando creyó haberse equivocado en la interpretación de una obra.


Si los tiempos fueran de creer en presagios y en agüeros, bien podía dar qué pensar á los mejicanos la espantosa sacudida de terremotos que ha sucedido á la caída de D. Porfirio «Imperator». Quiera Dios, y quieran también los mejicanos, que esos materiales terremotos no sean anuncio de otras sacudidas en el orden público, económico y político de la que fué de nombre gran República y ahora puede serlo de nombre y de hecho. Aun no es llegado el día en que la fiel balanza de la Historia pueda pesar los méritos y las culpas de D. Porfirio. Como todos los grandes tiranos, fué la paz á su hora. Achaque es de todos los tiranos no conocer la hora en que ha de empezar á ser la justicia. Llegan á la suprema dictadura en momentos de perturbación de la conciencia pública; impone el orden, más que su propia fuerza, la misma fuerza del desorden, que ha llegado á ser intolerable, y no aciertan á darse cuenta como Chantecler, de que ellos sólo fueron el gallo que cantó á la hora de salir el sol, pero el sol no estaba sujeto á su quiquiriquí. La eterna historia de todos los tiranos; pero mala maestra debe ser la Historia cuando ninguno aprovecha sus avisos ni sus enseñanzas.

Alguien dirá que Méjico debía alguna gratitud á D. Porfirio, y que los mejicanos acaso debieron respetar su ancianidad, dejándole morir en su sitio. Los mejicanos responderán que también D. Porfirio debió respetar la mayor edad de Méjico. Es error de padres severos creer que los hijos son siempre niños. No aprendemos á calcular por nuestra edad la edad de los que hemos visto nacer. La dictadura había envejecido; el pueblo había dejado de ser niño. Esperemos que, en pleno uso de su razón, sepa justificar que puede gobernarse por sí solo.

En cuanto á D. Porfirio, bien pueden quedarle muchos años de vida para meditar en la realidad lo que no supo aprender en la Historia.


En una casa del mejor tono se celebra una suntuosa fiesta. De pronto, uno de los invitados se acerca al señor de la casa, dando muestras del mayor disgusto.

—Yo no hubiera querido decirle á usted nada; pero es tan horrible... Usted no puede saber quién es todo el mundo; recibe á tanta gente... Pero debe usted saberlo: aquel caballero, al parecer, tan distinguido...

—¿Qué?

—Acaba de quitarme el reloj.

—¿Qué me dice usted? ¿Está usted seguro?

—Sí, señor, sí; lo he visto, no me cabe duda; ha sido él.

—Descuide usted. Tendrá usted su reloj. Voy yo mismo...

—De ningún modo. Yo sólo quería advertirle á usted... pero no le diga usted nada; sería una escena violenta, desagradable.

—Déjeme usted, déjeme usted.

Al poco rato el señor de la casa vuelve y entrega su reloj al invitado; el invitado se deshace en excusas.

—¡Por Dios! Yo deploro... ¡Cuánto siento!... ¡Qué disgusto!... ¿Habrá sido una escena horrible?... ¿Qué le ha dicho usted? ¿Qué ha dicho él?... He debido callarme...

Y el señor de la casa, imperturbable:

—No se preocupe usted. Se lo he quitado sin que se enterara.


XIII

Las verbenas, excelente pretexto para que los retrógrados del Arte nos cantaran todos los años las gracias de chisperos y majas, han perdido todo carácter popular. El pueblo ya no es nada bullanguero; la misma baja chulería, que nunca debe confundirse con el verdadero pueblo, no está tampoco por exhibirse gratuitamente en romerías y verbenas. El público de estas fiestas, actor y espectador á un tiempo, es el de la última sección de los teatrillos alegres; señoritos todos, que ya es lo único alegre, lo único chulo y lo único castizo que nos va quedando.

Las clases populares ¿quién lo dijera? se han hecho cosmopolitas. Estas fiestas tradicionales no les dicen nada. La aristocracia, como sabe que ya no es querida ni respetada, ni siquiera admirada, por el pueblo, huye de mezclarse con él. Acabaron las pintorescas aventuras de duquesas y toreros. El señorito es el único que alegra estas fiestas tristes, con la artificial alegría de los teatros y de las novelas; alegría de literatura. ¿Alegría espontánea, verdadera alegría?... Esa alegría es para los pueblos fuertes y ricos, de los que sabemos burlarnos también. Esa alegría sólo es posible cuando se ha trabajado mucho y hemos visto justamente recompensado nuestro trabajo... Pero ¡esta pobre alegría nuestra, es como borrachera de olvido!... Tirar los cinco duros que sobran porque no llegan para nada. Ni con ellos se ha de comer mejor, ni se ha de pagar al casero, ni al sastre... ¿Puede hacerse cosa mejor con ellos que gastarlos en olvidar alegremente? Por eso parece que hay tanto dinero de sobra en España, precisamente porque falta para todo. ¿Qué hago yo con un duro? Tomar un décimo de la lotería. ¿Qué hago yo con dos pesetas? Gastármelas en el teatro... Es lo único que se puede comprar con poco dinero: un poco de ilusión y un poco de olvido. Las realidades son muy caras.


Aunque él no lo crea, yo siento una gran admiración por D. Miguel de Unamuno. Aquí donde cada escritor ha decidido no leerse más que á sí propio y, salvo el caso de alguna cooperativa de bombos, nos dedicamos á espantarnos el público los unos á los otros, ya puede significar la atención á lo que otros escriben, tanto como en otras partes significa la admiración. Ya es bastante que nos atiendan, aunque sea, como vulgarmente se dice, para hacernos polvo. Lo triste, lo malo es que, casi siempre, los pulverizadores son los que no se han tomado la molestia de leernos. Váyase por los que admiran con el mismo motivo. Entre esos dos viciosos extremos, ha de labrarse penosamente la reputación del escritor en España. Y, en resumidas cuentas, con ser la envidia gran defecto nacional, como aun es mayor la pereza, todavía es más fácil ser admirado que atendido. Conste, de una vez para siempre, que yo atiendo y admiro á D. Miguel de Unamuno.

Acabo de leer su libro último: Rosario lírico de sonetos. Bien puede ser que estos sonetos no resistan una lectura pública, ni los chistosos comentarios de un grupo de amigos... Son para leídos á solas, en intimidad con lo más intenso de nosotros mismos. Como fueron pensados y sentidos, como fueron escritos. ¿Han de ser siempre estimables cualidades de la poesía la dulzura y la suavidad? ¿No ha de haber también poesía amarga y poesía áspera? Si á lo que más puede aspirar la poesía es á llegar á lo más hondo de nuestra alma, ¿no se entrarán más adentro estas asperezas, que las suavidades resbaladizas? Leed el libro: al principio tal vez sonriáis un poco; ya os iréis poniendo serios. Quizás al terminar su lectura no quede un solo dulce verso en vuestra memoria, pero sí más graves pensamientos en vuestra conciencia.

De esta áspera, rocosa calidad, eran los versos de Wordsworth, tan admirado por Unamuno. También su poesía fué donosamente comentada por algunos críticos. A sonnet is a moment's monument, definía Rossetti. El soneto es un monumento elevado á la memoria de un instante, pudiera traducirse. No diré yo que todos los monumentos elevados en estos sonetos sean igualmente admirables; pero sí que todos los instantes del espíritu de D. Miguel de Unamuno tienen un gran valor. Los más grandes poetas no son los que aciertan á contenerse en la más perfecta forma, sino los que no caben en ninguna.


Vida interna es otro libro de poesías, de Rafael Torromé, autor dramático, á quien nunca perdonará el teatro español desvíos ó desalientos injustificados. Precédele un sabroso prólogo, donde se ponen las cosas muy en su punto respecto á la frondosidad de nuestra poesía lírica, que tan poco tiene de lírica, hasta llegar á tiempos muy cercanos y... aún, aún. Hemos sido siempre muy de exterior, para que la cuerda lírica sonara entre nosotros. En esta misma Vida interna de Rafael Torromé, parece, á pesar suyo—y no lo digo como censura,—más el autor dramático que el poeta lírico... No es un lirismo egoísta el suyo, antes muy objetivo; más de tristezas y dolores de todos, que de melancolías cultivadas en un espíritu reconcentrado. Poesía de generosa expansión, poesía á lo Schiller, que también era autor dramático y por eso tampoco fué lírico del todo en sus poesías líricas, con ser tal vez demasiado lírico en sus obras dramáticas. Por fin de cuentas: ¿qué importa esta confusión de géneros? Vida interna es un libro de un buen poeta y, lo que más importa, de un poeta bueno.


XIV

La revista Je Sais Tout abrió concurso para conceder un premio al más elegante ó al más práctico figurín de traje masculino. El resultado del concurso no ha sido muy brillante. La inventiva, ninguna. En el capítulo de las elegancias, todo es volver á la moda del año 30; en el capítulo del trapillo diario, no salimos de los modelos generalmente adoptados para campo, caza, automóvil, canoa ó aeroplano. De donde se deduce que la moda, tanto femenina como masculina, no es algo caprichoso que puede imponerse por dictadura: es producto de elaboración social; á la que todos contribuímos. Obra de evolución; nunca de revolución. En la moda, más que en nada, se observa el serpenteo, avance y retroceso alternados; que es el andar de la humanidad, según la escuela positivista.

La fantasía de un sastre, el humor de un dandy, no cambiarán la tendencia niveladora del traje masculino en nuestro tiempo. La aspiración social es la confusión de clases. Va desapareciendo el sombrero de copa, que ha venido á quedar en algo así como prenda de uniforme honorario, para lucirlo sólo en determinadas solemnidades. La levita sigue la suerte de su inseparable aditamento el sombrero de copa. Desaparece también la capa, y el sombrero flexible, intermedio entre la gorrilla y el hongo, iguala al artesano con el artista y al obrero con el empleado.

Por desgracia, la nivelación va también por dentro, y si desnivel hubiere, no está la mayor altura por lo más alto. Es posible que, si os volvéis en la calle al escuchar alguna palabrota, os encontréis con un señorito. El alcoholismo disminuye por días entre las clases populares; en cambio, ¡hay cada manga aristocrática en todas las aristocracias, y en la intelectual las más holgadas! Si hoy viviera Horacio, tendría que rectificar lo de: pauperum tabernas.

Mucho preocupa á las clases directoras cualquier huelga de obreros, al fin pasajera... ¡Si fueran á preocuparse por la constante huelga de señoritos! ¡Y quién sabe cuáles son más perturbadores de la vida social! ¡Y si holgaran sólo los incapaces, los verdaderamente inútiles! Al fin esos no pueden rendir mejor tributo al bien general, que el de consumir lo más pronto posible su hacienda y su vida. Pero ¡cuánta capacidad, cuántos buenos ingenios malogrados en esa huelga de voluntades pobres con inteligencias ricas! Cierto que el ambiente moral en nada favorece ni alienta al luchador; que es tierra la nuestra en que todo se le perdona al ocioso y nada al que trabaja. Pero ese ambiente ¿es causa, ó efecto? ¿No sería un lucido sport, no tan arriesgado como la aviación, el de sobreponerse á ese ambiente?


El Congreso Eucarístico va á presentarse muy bien. Esas tramoyas á lo divino requieren mucho gasto. Por fortuna, entre los fieles católicos figura la gente más adinerada. Convendría saber si tienen dinero por haber sido fieles católicos, ó si son fieles católicos porque tienen dinero. Yo no sé si continuará siendo más fácil que entre un camello por el ojo de una aguja que un rico en el reino de los cielos; pero un camello cargado de dinero entra por todas partes. Si el reino de los cielos se gana también por violencia, según textos sagrados, ¿no ha de producir su efecto amenazador, así en la tierra como en el cielo, ese alarde de número y de numerario, ese recuento de fuerzas con que nos asombrarán los buenos católicos? No, no están solitos, como los gallegos del cuento. Aunque el día en que les faltara el dinero puede que no estuvieran tan acompañados. Acaso faltarían los figurantes, parte la más lucida del espectáculo. Nos presentarán sus carrozas de gala, sus automóviles, su servidumbre, hasta sus colonos y sus guardas jurados y tal vez sus pastores, como en Belén. Hay que movilizar todas las fuerzas, como en un día de elecciones reñidas.

¡Pobres ilusos! Con estas aparatosas exhibiciones creen haber puesto el mejor pararrayos sobre el tinglado social que les cobija. ¡La Fe los salve!


La Exposición de perros y gatos será durante unos días, y desde el punto de vista de los perros y de los gatos, exposición de personas distinguidas. Si los perros y los gatos tienen un poco de imaginación, ¿por qué no han de creer que son ellos los espectadores, y señoras y caballeros los expuestos?—¡Qué amable es toda esta gente!—pensarán tal vez.—Se molestan en venir para que los veamos.

Para el perro y el gato de lujo la sociedad elegante es muy conocida. Los perros y los gatos son los que mejor viven en ella. Los criados lo saben: antes que á los señores hay que tener contentos al perro ó al gato favoritos.

Pero los perrazos de campo ¿qué pensarán de nuestra sociedad? ¿Volverán á sus soledades monteses llevando el germen de una revolución social? En adelante ¿no mirarán con más simpatía al lobo? ¿Y el día en que los perros se unieran á los lobos?... ¡Bah! Todavía quedarían los pastores, que, aunque dejaran de ser perros, no sabrían ser lobos.


XV

Que el hombre es un animal social, aunque haya muchos insociables, lo sabíamos desde muy antiguo. Tan social, que no satisfecho con formar parte de la sociedad civil que, por nacimiento y consiguiente inscripción en el Registro le corresponde, todavía se desvive por ingresar en otras muchas Sociedades, Círculos, Corporaciones, Cofradías ó Logias; que hay designaciones para todos los gustos. Esta natural tendencia del hombre á la agrupación, parece que debiera facilitar el triunfo del socialismo en breve plazo. Mas ¡ay! una cosa es la Sociedad grande, donde el individuo se encuentra disminuído, y otra esas Sociedades pequeñas, donde cada uno se crece y se refuerza y se envalentona, hasta adquirir un carácter que él mismo no se conocía.

A mi juicio, esto es lo más interesante que puede observarse al paso de una procesión religiosa ó de una manifestación laica: el aire altivo, enérgico, arrogante, con que se nos muestran muchos buenos señores y pobres hombres, conocidos por tales en su vida y costumbres particulares y casi desconocidos en aquella transfiguración procesional. Hay cofrade que, con su cetro en mano ó su cordón de estandarte, su medalla al cuello y su levita cívico-religiosa, parece que desafía al mundo entero, una vez metido en procesión:—¡Eh! ¿Qué tal?—nos va diciendo á cada solemne paso.—Creo que somos una fuerza.—¡Habrá que verle en casa, zarandeado por la señora y las niñas, ó en la oficina, burro de carga de todos sus compañeros!

Por eso los Gobiernos no deben temer nunca esas manifestaciones colectivas. De cuando en cuando hay que contarse; miedosos que se dan valor unos á otros. El peligro está en los que van solos por el mundo. Por fortuna, van quedando pocos. ¡Es tan caro andar solo! ¡Es tan conveniente andar en procesión!


El demonio lo enreda—no hay nadie más enredador que el demonio.—El primer contragolpe de la supresión de los consumos ha ido á dar sobre las corridas de toros. ¡Ahora que estábamos en pleno renacimiento de la afición, tal vez á consecuencia de cómo anda la afición! Nunca es tan fácil contentar á un público como cuando se contenta con poco. ¡Si Lagartijo y Frascuelo, y Guerra, después, á quien se le denostaba muchas tardes por faenas de las que ahora valen orejas y salidas triunfales; si Fuentes y Machaquito y Bombita, en tiempos más recientes, hubieran gozado de un público tan amable y tan consecuente, como dicen los chulos! No hay duda, las costumbres se dulcifican. Ya es hora de que el público se haga cargo de la dificultad y del riesgo en la lucha con brutos, bravos ó mansos, y no sea tan exigente. Cuatro mantazos, pegadito el torero al costillar del toro, muy abierto de piernas y sacudiendo el trapo como unos zorros, es lo que ahora se llama y se aplaude como verónicas. A que el toro pase por debajo de la muleta, como pasaría por la Puerta de Alcalá, se llama pase de cabeza á rabo. A cualquier cosa se le llama quiebro y á cualquier estocada volapié. Asistimos, en efecto, á un renacimiento de la afición. Como que los únicos que ya no van á la Plaza son los verdaderos aficionados.

Es que, renacimientos así, son peor que la irrupción de los bárbaros.


Después de las mudanzas propias, nada hay tan molesto como las mudanzas de los vecinos. Hasta que nuestros simpáticos cuanto suspicaces vecinos los portugueses no se hallen instalados á satisfacción en su nuevo régimen, habrá que conllevar amablemente sus reclamaciones, desconfianzas y alarmas, ante el temor de que se les entre por la vecindad lo que ellos mismos serán los primeros en desear algún día. Pero aun es pronto, y el derecho á la experiencia propia no debe negársele á nadie.

El día en que Portugal comprendiera su verdadero interés nacional, no miraría con recelo á nuestra frontera; borrada quedaría de tal modo, que no volviera á saberse dónde empezaba Portugal y dónde acababa España. Cosas son éstas en que el tiempo trabaja más que los hombres. Ni es justo pedir, aunque para bien de todos sea, que ellos sólo sean á enmendar errores que fueron nuestros.


En rigor, es fuerte cosa para una empresa, aun á cambio de positivas ventajas, exigirle el contrato de determinados artistas, entregándola, así, atada de pies y manos á sus exigencias. Con muy buen acuerdo, el Ayuntamiento se ha limitado á recomendar, sin imposición, el contrato de una primera actriz para la compañía del teatro Español.

Bien están las estrellas y los luceros, y aun los soles; aunque en el cielo teatral es difícil ver una ordenada república de estrellas, como decían los autores del siglo de oro.

Astros de primera magnitud no faltan en la compañía. Todos sabemos lo que vale Borrás. Los que no lo saben aún, se enterarán de lo que vale Codina. Hay otros actores muy estimados por el público madrileño. Entre las actrices... todas son estrellitas. Alguna hay de quien yo espero mucho, si le dan ocasión y mimbres. No he de nombrarla. El público no la conoce en todo su valor. Téngola por una de las más discretas actrices españolas. ¿Discreta, es poco? ¡Ay, señor; si las eminencias fueran discretas, ya nos contentaríamos! ¡Ser discreto, según va el mundo—diremos, parafraseando á Hamlet,—es como ser elegido uno entre mil.


XVI

Bien mirado, había que agradecer á los franceses el trabajo que se toman por la conquista de Marruecos, como antes se lo tomaron por la de Argelia. De ellos puede decirse: Sic vos non vobis... Porque si el verdadero y magno problema de Francia es la disminución constante y progresiva en el nacimiento de ciudadanos franceses, ¿para qué diablos querrá aumentar la extensión de sus territorios?

Si se considera también el espíritu poco aventurero de los franceses, su apego á Francia—dicho sea en honor de ella,—su mal arte para comerciar fuera de su casa, ¿no les vendrá á suceder, después de darse tan malos ratos y de indisponerse, sin necesidad, con estos pobres vecinos y, necesariamente, acaso con otros de más campanillas, que, cuando dueños en absoluto del Imperio marroquí, puedan exclamar: ¡Al fin, solos!, tan solos sea que, como en Argelia, la agricultura y los oficios vengan á ser de los españoles, y el comercio, como en todo el mundo, de los alemanes? Sin contar con los indígenas, que seguirán reproduciéndose, como si hubieran leído Fecundidad, de Zola, que no se escribió para ellos, precisamente. Y, hay que desengañarse, el porvenir será de quien más hijos tenga; aunque sean muy brutos; tiempo habrá de educarlos.

Lo que no sabemos es si es preferible vivir de brutos ó morir de civilizados. Hay quien piensa que lo importante es vivir, aunque se viva mal. Es decir, los brutos no suelen vivir mal; lo desagradable es que no dejan vivir bien á los inteligentes. Entre el contador de las gentes civilizadas y el caño libre de las incultas, siempre llevarán las de perder los civilizados. A mí me asusta pensar que, si á muchas personas de regular posición, se les dijera: ¿Por qué no tiene usted un perro danés en su casa?, la mayor parte contestaría: ¡Hombre! Porque un perro de ese tamaño se come lo menos dos pesetas diarias. Y esos mismos que tasan la alimentación del perro en lo justo, con la mayor inconsciencia se llenan de hijos, que, por lo visto, cuestan menos de mantener que los perros.

Entre el exceso de previsión á la francesa y la imprevisión de otros pueblos y de otras razas, ¿no habría un buen término medio? La Iglesia católica no sabe de ellos. O aconseja la castidad absoluta ó, una vez en faena matrimonial, cuantos más cristianitos, mejor. La potestad civil también está por que se aumente el número de ciudadanos, sea como sea; todos son buenos, los legítimos y los naturales. Por leyes económicas y por otras muchas leyes restrictivas del matrimonio, se diría que más favorece el nacimiento de los naturales. En cuanto á la Naturaleza, ¡tan maestra, tan sabia! ¡Oh! Ella sabe más que todos.

Recuerdo de una gata que tuvo de una vez siete gatitos. La más vulgar precaución aconsejaba que se le quitaran tres ó cuatro, por lo menos. Pero, ¡eran todos tan lindos y traían tantas ganas de vivir! Y ¡era tan cruel sentirse Providencia y decidir entre unos y otros!

Alguien dijo:—¿Por qué no dejarlos todos? Por algo han nacido. No hay que enmendar á la Naturaleza.

A los ocho días todos los gatitos habían muerto y la madre también, extenuada. En efecto; no hay que enmendar á la Naturaleza; ella sola se basta para enmendarse.


¡Oh, mi querida y amable lectora! Al protestar contra alguna ligera broma que me he permitido alrededor del Congreso Eucarístico, me dice usted que, hablar mal de la Religión, no es de buen gusto. No lo crea usted, según como se habla. Además, conozco demasiado esa tecla del buen gusto, para saber lo que significa tocada por ustedes. Y, si por no tomarles á ustedes en serio, he de pasar por persona de mal gusto, desde ahora me declaro cursi y hasta ordinario, como ustedes prefieran. Ya sé yo que esto del descreimiento no está muy bien visto, ni le coloca á uno en sociedad, como en otros tiempos, cuando los descreídos se llamaban Voltaire y Federico el Grande, y las más bellas y nobles damas se prendían graciosamente con un tanto de volterianismo.

Pero nada tema usted; las bromas ligeras de las cuatro personas de mal gusto que nos las permitimos, poniéndonos á mal con nuestros intereses, no perturban en lo más mínimo el espíritu de los creyentes.

Al que más y al que menos le va un sueldo ó una prebenda. ¡Valladar inexpugnable contra la duda!

Pero, ¡son ustedes de tanto cuidado y conviene tanto no perderles de vista! Ahora mismo, entre el furor de sus preces, ¿no han deslizado ustedes, mansamente, no sé que proposiciones de leyes, derechamente torcidas, como todas sus intenciones, contra la libertad de la Prensa y la libre emisión del pensamiento?

¡Sí que son ustedes para dejarles de la mano!

En los asuntos mismos de Marruecos: ¿no convendría poner en claro hasta dónde el interés patriótico y dónde empiezan otros intereses de algunas Ordenes religiosas, que, como Calipso, de la partida de Ulises, no pueden consolarse de la pérdida de las Filipinas, y acaso sueñan con que les conquistemos otras para su particular disfrute? Y eso no, mi querida y amable lectora; sea lo que podamos obtener ó conquistar en Marruecos, del soldado, del agricultor, del comerciante, del doctor Maestre, que bien se lo habrá ganado y otros lo gobernarían peor... Pero nada de frailes, en comunidad ni sueltos. Una cosa es continuar la Historia y otra repetirla.


XVII

Aquella Theroigne de Mericourt, intrépida amazona de la Revolución francesa, que, á consecuencia de una formidable azotina, administrada en público y á lo pajarero, se volvió loca de remate, bien parece un símbolo de lo que años después y por muy parecidos motivos había de sucederle á Francia.

¡Lástima de nación! Desde que, para desgracia de todo el mundo latino, fué derrotada por Alemania, apenas ha vuelto á dar señales de juicio. Ella, la encantadora, la atractiva, la adorable, se tornó hosca y atrabiliaria. Nos entristeció la vida con una literatura y un arte, que en futuras historias literarias se llamará de la derrota. Su delirio persecutorio tuvo su crisis aguda y terrible en aquel asunto Dreyfus, aun palpitante con el nombre de cuestión judía. ¿No es una pena ver renovarse, en la nación que debía ser faro del mundo civilizado, cuestiones de la Edad Media, y en la moderna, patrimonio de pueblos atrasados como Rusia? Con la inquietud y el malestar de su derrota, con el dolor de su mermado territorio, la nación que fué siempre más generosamente romántica en su política, á última hora y en plena República democrática se vé atacada de furia conquistadora y pone en juego artimañas y habilidades políticas, desacreditadas ya en todo el mundo, hasta en Inglaterra. Por fortuna, ya va siendo verdad práctica y practicada, que la honradez es la mejor política. Honesty is the best policy, que han dicho siempre los ingleses, por si los demás gustaban de practicarlo. Pero en estos últimos tiempos hay que convenir en que no son los ingleses los que se creen llamados á intervenir para poner orden en los desórdenes interiores de cualquier pueblo.

Y ahora, la conducta de Francia con España, ¿puede justificarse de ningún modo? Eramos buenos para tapadera de codicias; somos un estorbo á la hora en que se destapan. Mal corresponde, mal ha correspondido siempre Francia á nuestra debilidad por ella. Porque lo cierto es que nunca hemos podido odiarla; hemos sido con ella como esos enamorados de poco carácter, más rendidos á una mujer cuanto más lo desprecia y más se burla de ellos.

Hasta cuando hemos peleado con ella no hemos dejado de admirarla, y nuestro odio se personalizaba en los soberanos ó en los ministros, dejando siempre á salvo nuestra invencible simpatía por la nación francesa. Durante la guerra de la Independencia, la más nacional de cuantas sostuvimos contra Francia, el odio popular se fijaba sobre Napoleón y á él sólo se hacía responsable de la injusta guerra.

Hoy tampoco, aunque no haya un Napoleón en quien fijarse, no queremos ni podemos suponer que es toda Francia nuestra enemiga. Preferimos culpar á unos cuantos políticos, á unos cuantos periódicos, á una parte del organismo, irritada todavía por la funesta derrota, impaciente de glorias y desquites, vengan por donde vengan y sea como sea. Involuntariamente fuimos ocasión ó pretexto para el desastre. Quizás no nos lo han perdonado todavía, aunque parece que lo hayan olvidado muy pronto.


Los más terribles desengaños proceden casi siempre del desconocimiento de la realidad. En la supresión de los Consumos debimos limitarnos á considerar su aspecto estético y nada más. Todos los procedimientos para extraer dinero, como para extraer muelas, son desagradables, pero aquél lo era sobremanera, y aunque algunos aristocráticos escritores opinan que sólo habían de padecer sus molestias matuteros y gente de poco más ó menos, sólo el verlo ya era repugnante; había de salir más caro cualquier otro impuesto y podía darse por bien empleado. Pero hay quien no se conforma con este aspecto artístico y aspiraba ¡loca ceguedad! á un abaratamiento rápido y simultáneo de las subsistencias. ¡Qué desconocimiento del corazón humano en general y de los proveedores en particular!

En todo lo referente á subsistencias, los madrileños estaremos destinados de por vida al papel de víctimas en las aplaudidas obras de repertorio La corte de los venenos y Robo y envenenamiento.

Sobre todo, el inocente y parvulillo boquerón ha causado más estragos en estos días que un espantable cetáceo ó aquella mitológica serpiente de mar, tan socorrida como notición de los veranos del antiguo régimen. De la leche no hablemos, porque es antigua enemiga nuestra, y yo creo que la que produce los cólicos es la poca expendida en buenas condiciones, por la falta de costumbre. Cada madrileño llevamos un Mitrídates en esto de irnos haciendo día por día á ingerir toda clase de tósigos.


No sé hasta qué punto la pasión de partido podrá influir en los encomios ó en las censuras á la obra Carlos II y su corte, cuyo primer tomo acaba de publicar D. Gabriel Maura y Gamazo. Muy lamentable sería que la pasión interviniera al juzgarla, ocultando al público el verdadero mérito de la obra, haciendo creer á unos y á otros que se trataba de una obra toda conservadora. El autor es de los que merecen no pertenecer á ningún partido. En pocos libros de historia parecerá menos el amigo de Platón antes que de la verdad, sin que peque tampoco de esa glacial indiferencia que tan mal sienta en todo arte, aunque este arte sea el de historiar, más cercano á la ciencia.

Bien dice, sobre la noble serenidad del historiador, la simpática emoción del artista. Buena muestra es la descripción del bautizo del príncipe Carlos, modelo de narración histórica y poética al mismo tiempo.

Lo que no comprendemos es, cómo después de leer cualquier libro de historia, hay quien suspira y vuelve los ojos á cualquier tiempo pasado. A ese no le daría mayor castigo que decirle: ¿En qué siglo, en qué época de las pasadas hubiera usted querido vivir? Y cuando hubiera elegido, poderle decir: ¿Sí? Pues va usted á vivir ocho días en ella, nada más que ocho días, y luego, vuelva usted á contarme cómo le ha ido.


XVIII

Si ya es difícil en esta brega literaria agradar á los amigos y complacer á los más halagados en sus ideas ó sentimientos ó vanidades por lo que uno escribe, ¿qué puede uno esperar de los enemigos y de los mortificados?

Dije que las Comunidades religiosas acaso buscaban en Marruecos otras Filipinas, y hay quien muy indignado protesta, diciéndome que nunca las Comunidades han sido tan respetadas en Filipinas y en toda América como ahora, desde que allí no tenemos arte ni parte en el material dominio. No lo dudo, que Ordenes y Comunidades religiosas fueron siempre de condición de gato; ni yo dije que por ellas se hubiera perdido nada; pero, en fin, se perdió con ellas y todo. Por eso creo que, llegado el caso de conquistar nuevos territorios, vale la pena de ensayar si nos iría mejor sin ellas. Porque ellas evangelizarían todo lo posible, pero españolizar no fué cosa mayor, si hemos de juzgar por los resultados. Tampoco dudo que bajo la autoridad de los americanos en Filipinas y de otras Repúblicas en toda América, las Comunidades no presten excelentes servicios. Es cualidad de religiosos españoles ser candilitos de casa ajena. Todo lo que tienen de turbulentos y amenazadores con los Gobiernos de casa, tienen de complacientes y serviciales con los de fuera. Tal vez consista en ellos; tal vez consista en los Gobiernos. De seguro que ningún presidente de los Estados Unidos habrá tenido que decir de las Comunidades lo que, según fama, dijo en cierta ocasión de graves complicaciones don Antonio Cánovas del Castillo, que no era ningún demagogo, aunque hoy andaría á dos dedos de parecerlo, según va todo.

En cuanto á lo que asegura un airado articulista, que gracias á las Comunidades religiosas cobramos los autores dramáticos españoles pingües derechos de toda América... ¡Ay, mi buen señor! Deseche, deseche esas ilusiones del dinero americano. ¡Si los autores españoles no tuviéramos otros rendimientos de los que vienen de América! Y ¡para lo que van á durar! Porque con toda la influencia españolizadora de las Comunidades, con todo eso de los lazos espirituales y la madre y los hijos y demás tópicos de Congresos, banquetes y conferencias hispanoamericanas, ¿sabe usted en qué parará todo ello? Pues en que dentro de algunos años—y quisiera ser mal profeta—media América será yankee y la otra media italiana, con mucho de alemana.

Y lo peor para los autores españoles no es que dejásemos de cobrar lo poco que todavía se cobra de América, sino que tampoco cobrásemos nada en España, gracias á las Comunidades y Ordenes religiosas que han educado á unas cuantas generaciones incapaces de admirar otra literatura que sea tan combatida en sus efectos por los mismos que admiran, sostienen y fomentan la verdadera causa.


¿Por qué razones psíquico-fisiológicas el sentido de la vista y el sentido estético modernos admiten en los trajes femeninos colores y combinaciones de colores que por mucho tiempo habían parecido intolerables al buen gusto y á los ojos? Nada de academicismo en la moda; la paleta de sus artistas no es la paleta académica, de tonalidades y mezclas severamente ordenadas. El color de moda es el más peligroso de los colores: el azul, considerado siempre como divisa arrogante que sólo alguna soberana belleza blanca y rubia podía atreverse á ostentar, sin dar que reir al enemigo, en su doble acepción de demonio y de mujer amiga. Vulgarmente solía decirse: A las morenas, azul en ellas, para que luego el diablo se ría de ellas. Hoy, morenas y rubias, se atreven con el azul, y no es á las morenas á las que peor les dice. El gran pintor inglés Gainsborough, como alarde pictórico, venció en su famoso Niño Azul las dificultades del temible color. Hoy casi todas las mujeres son niñas azules, y lo que entonces fué atrevimiento de un artista, hoy sería sujeción á la realidad.

Mis Lily Elsie, muy linda artista inglesa, en El conde de Luxemburgo, estrenado recientemente en Londres—no siempre han de ir los ingleses á la cabeza de la civilización,—luce un ideal traje del más brillante azul: un azul de cielo andaluz, un azul de turquesa, adornado con plata y menudas rosas de coral; el sombrero, una airosa monterilla del mismo color que el vestido, con enhiestas plumas también azules, y suavizándolo todo un abrigo color malva, un malva de ocaso otoñal, un malva de lejanía, de confín entre cielo y tierra, entre mar y nube.

Y años antes, ¿quién nos hubiera dicho, sin escándalo, que habían de combinarse en elegantes vestidos el morado con el amarillo, el carmesí con el verde, el negro con el botón de oro, el naranjado con el azul? Entre los modistos y los escenógrafos rusos están revolucionando nuestro sentido del color. ¿Se han enterado nuestros pintores y nuestros directores de escena? Las mujeres sí se han enterado. ¡Oh, si fueran en todo tan atrevidas y emprendedoras!


Digamos, como el otro, de los catecúmenos en la iglesia: Por mí, que entren. Bien estarían, ¡oh, mis buenos amigos D. Mariano de Cávia y D. Antonio Zozaya!, el periodismo sin periodistas y la literatura sin literatos y el Arte en general sin artistas, si en esta nueva irrupción, que pudiéramos llamar de los bárbaros, no en el sentido ofensivo de la palabra, sino en el suyo original de gente extraña, los tales aportaran al periodismo, á la literatura y al Arte algo que mejor fuera; esto es, vida, espontaneidad, frescura... Pero, ¡ay!, que nada más literario que un iliterato. Lo sé por experiencia. De continuo recibo dramas y comedias, pues bien, siempre que el remitente me anuncia «Sin estudios de ninguna clase, sin conocer el teatro, he escrito esta obra, inspirada en algo que me sucedió y creo interesante...», se puede asegurar que la obra es un compendio de toda la mala literatura dramática y de todas las triquiñuelas teatrales del peor género, exornado de la más ramplona retórica de folletín. Si todo el que ha pasado por algo supiera decírnoslo, el mundo estaría lleno de grandes artistas. Pero si muy difícil es saber ver, aun es más difícil saber contar. Se refiere el caso de un procesado que, al oir la elocuente oración de su defensor y cómo enumeraba con patéticas frases las desdichas que le habían traído á tan triste pasó, exclamó:—¡Hasta ahora no me había yo dado cuenta de lo que he padecido! Y es que, hasta del propio dolor, es mal intérprete la ignorancia.

Nadie sabe la literatura que hace falta para no parecer literato, ni lo que hay que saber de dibujo para desdibujar. Para ocultar todo arte hay que ser un supremo artista.


XIX

El caso de La Croix, periódico de París, órgano conservador y católico, es curiosísimo. Se pasa la vida bombeándonos como país católico, poniéndonos de ejemplo á los empecatados Gobiernos franceses, que han llegado á la separación de la Iglesia y del Estado, y cuando pudiera creerse que somos el mejor modelo que todos los países del mundo debieran copiar, llega la cuestión de Marruecos y, ¡adiós mis pavos!, nos pone de atrasados, de bárbaros y hasta incapaces de Sacramentos, á pesar de todo nuestro catolicismo, que no tiene Muley Hafid por dónde cogernos. ¡Aten ustedes esa mosca por el rabo! De suerte, que muy buenos cristianos, pero en lo demás, cosa perdida; pues sí que es para animarnos á perseverar si son esas las consecuencias de nuestro fervor religioso.

Como los nuestros de á cuarto, tienen los beatos franceses cosas de á sou.

Para consuelo nuestro, y en honor del decantado bon sens de los franceses, no toda la Prensa se ha despeñado por el precipicio de las tonterías. Espíritus belicosos se complacen en trasladarnos lo desagradable; justo es consignar que hay quien no ha perdido los estribos y que la razón y el sentido común no han huído todavía de Francia, aunque estén pasando muy malos ratos, como en todas partes, cuando los energúmenos vocean.

El Diario de los Debates, La Humanidad y algunos otros periódicos hablan como la razón y la cordura mismas. Bueno es que nuestros energúmenos colonistas, que por aquí también los tenemos, se den por enterados. En Francia, como en España, es deber patriótico y de humanidad no contribuir en lo más mínimo á enconar rozamientos. Un choque entre las dos naciones sería dar que reir á las demás, que no habían de intervenir en favor de ninguna y muy tranquilamente estarían á las resultas. Lo urgente es tirar bien la raya, cerca ó lejos; hasta aquí unos, desde aquí otros. Esas zonas neutrales, esas policías internacionales, esas divisiones de mandos, desde la más remota antigüedad vienen dando el mismo resultado. La diplomacia lo combina todo muy bien, y todo iría perfectamente si, al decir Francia y España unidas, se tratara, en efecto, de una abstracción ideal de las dos naciones, ó si fueran los propios diplomáticos con toda su corrección, exquisitas maneras y excelentes formas los encargados de traer y llevar por esas zonas neutrales. Pero eso de que las buenas relaciones entre dos pueblos y su tranquilidad y su honor estén pendientes de que el último policía internacional, que ni siquiera es francés, ni español en muchos casos, tuvo unas palabras con otro de la misma categoría y casta, francamente, es poner en ocasión cosas que mucho valen para fiarlas en tan poco.


El bailarín, así el de rango francés como el clásico bolero español, el que tuvo su canto del cisne con música de Barbieri: «Aquí viene un bolero muy afligido...», había desaparecido de los teatros. Para el público de nuestros días la presencia de un bailarín era intolerable. Pero todo tiene su renacimiento. La directora de baile de la Opera Cómica, de París, la célebre madame Mariquita, ¡oh, predestinación de los nombres!, ha declarado que se propone restaurar el bailarín masculino en los bailes encomendados á su dirección:—Es una nota necesaria—ha dicho;—es preciso el contraste; el «travestí» es antiartístico, el público empieza á cansarse de las mujeres vestidas de hombre. Claro está que madame Mariquita se atreve á tanto fiada en el triunfo de Nijinsky, el extraordinario bailarín ruso que ha sido la coqueluche de París en las dos últimas temporadas de primavera, que ha inspirado infinidad de crónicas y de versos, de quien ha dicho un poeta:

C'est un monstre ingénu qui naquit pour la gloire.

Y más adelante, cosas de este calibre:

Il met le cœur en doute et l'instinct en danger.

Pero, ¡ay, que todos los bailarines y danzantes no serán Nijinskys! En nada se marca tanto la diferencia de clases como en lo que no tiene clasificación posible.


La Banda municipal es objeto de controversia en el seno mismo del Ayuntamiento. Hay quien la quiere aristocrática; hay quien la quiere popular. Unos quisieran que no tocara nunca de La Walkyria para abajo; otros, del «Himno de Riego» para arriba. Popular, sí; debe serlo. Pero todos sabemos que lo de popular es valor entendido. Cuando decimos teatro popular, música popular, escritor popular, todos sabemos hasta dónde llega esa popularidad y dónde termina ese pueblo. Más allá sabemos que ni el teatro, ni la música, ni el escritor han de ser comprendidos. ¿Que debe aspirarse á que lo sean? Sí, muy bien. Pero si ha de educarse al pueblo artísticamente ha de ser presentándole el Arte con cierto respeto, no poniéndolo á sus pies, sino sobre su cabeza. Que oiga la música, la mejor, cuando de oir música se trate; cuando se trate de bailotear en una verbena ó jolgorio de barrio, con una buena charanga tiene bastante; sobra la Banda municipal, como sobraría la Orquesta Sinfónica en el palacio más aristocrático si sólo de bailar rigodones, valses y cotillón era el caso. Cada ocasión pide su lujo particular; no hay que ser rastaqueres, señores concejales.