The Project Gutenberg eBook, De Sobremesa; crónicas, Primera Parte (de 5), by Jacinto Benavente
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Jacinto Benavente
De Sobremesa
CRÓNICAS
MADRID
LIBRERÍA DE FERNANDO FÉ
Puerta del Sol, 15
1910
ES PROPIEDAD.—DERECHOS RESERVADOS
MADRID.—Imprenta Española, calle del Olivar, 8
PRÓLOGO
Muchas y celebres conversaciones de sobremesa pasaron á la Historia ilustradas con grandes nombres, y aún grandes acontecimientos de la Historia se decidieron entre la poir et le fromage. De la panza sale la danza, y esta danza del bien comer, danza de la vida, como aquellas famosas danzas de la muerte, evocadas por poetas y pintores en la Edad Media, á nadie excusa de danzar y todos hacen en ella su mudanza, unos con gentileza y garbo, otros con más presunción que gracia; otros sin una ni otra, tímidos y encogidos; pero todos al mismo son, que es la armonía bien concertada de la vida que nunca pierde el compás, aunque puede parecerlo alguna vez—á los que más atiendan al moverse de los danzantes humanos que al son de la música divina.
Suelen ser mis comensales, muchas veces un periódico, revista ó libro, sostenido entre la copa y el plato, cosa mal vista de los higienistas, pero no se que más pueda perturbar la digestión, una lectura agradable que un impertinente compañero de mesa ó que una orquesta próxima, así sea la banda de alabarderos. Otras veces mis comensales son de las más variadas condiciones y procedencias, y de todo se charla y de todo se opina con la mayor disparidad de criterio, que no soy yo hombre de compromisos políticos ni artísticos, ni mucho menos morales, para no permitir la libre emisión de todos los disparates. Son juicios orales sin reo y sin sentencia: personas y cosas son llamados á el, solo como testigos y al final es siempre la absolución, sin más costas que haber amenizado la sobremesa. Y he aquí, que como al terminar la comida recoge el doméstico las migajas materiales, recojo yo las migajas del alimento espiritual, que son estas charlas de sobremesa en que de todo se habla, de todo se opina y nada se condena. Y para que nunca nos falte qué comer ni de qué hablar, empecemos piadosamente diciendo: el pan nuestro de cada día dánosle hoy ...
DE SOBREMESA
I
Bizancio anda revuelto; del circo sale la revolución, pero no se trata de guiadores de carros, sino de bailarinas; no de verdes y azules, sino de verdes y más verdes. Ya lo dijo un moralista: lo desnudo no es indecente, sino lo «remangado»; y estos renacimientos paganos que de cuando en cuando florecen en nuestros teatros, no son más que un puro «remangarse». No es la Venus de Milo la diosa majestuosa que preside en sus altares, no; la Venus de Milo oculta sus piernas y no tiene brazos, y en esta ocasión piernas y brazos (¡oh Pepita Sevilla!) han sido los perturbadores. ¿A quien culparemos? ¿A empresas y autores, que dirán seguramente: el público lo pide? ¡ay, no! El público es como los niños: sólo pide lo que le enseñan; eso sí, como los niños también, cuando pide, siempre pide más, y empresas y autores son maternales. ¿Los artistas? Recuerdo siempre una plegaria con aire de tango que cantaba la bella Belén en sus tiempos, y era sólo la expresión poética de un deseo prosaico:
¡Padre nuestro que estas en los cielos! ¿Por qué no me das mil duros de renta, y la pobre Belén estaría sentada en su casa tomando la cuenta?
El público reía y pedía: ¡más, más! Seguramente en tres mil pesetas hubiera podido dejarse la petición por no servirle más de juguete. ¿Verdad que hay aplausos que deben sonar como bofetadas? ¡Pobres mujeres! ¡Acaso las bofetadas de su casa les hacen preferir esos aplausos del público!
¡El público! El público también es digno de compasión. En sus bramidos bestiales, no hay alegría ni voluptuosidad; no es la admiración desinteresada ó satisfecha á la belleza y á la gracia, es el rugido del hambre, hambre de carne en todas sus manifestaciones; son las mismas caras que se observa ante los escaparates de los «restaurants» ó casas de comidas; no es la sonrisa plácida del sultán ante las danzas de sus favoritas, es la burla del eunuco ó la rabia del esclavo ante lo que nunca fué ni será para ellos. Un conjunto lastimoso al que solo pone la nota ridícula, la autoridad en clase de «encargada», encargada de que no haya escándalo en el barrio. Como siempre, para los efectos muy solícita, para las causas ... Las causas que las estudien los moralistas, los literatos, los periodistas; los que gobiernan sólo están para prohibir y para castigar.
II
Una querida amiga viene á visitarme después de misa y se convida á almorzar conmigo. Es una casada joven que no se preocupa para nada del feminismo, porque hace mucho tiempo que ella se ha conquistado, por sí y para sí, todos los privilegios femeninos y masculinos. (No hay como la neutralidad en esta lucha de sexos).
El principal objeto de su visita es preguntarme quien hace los sombreros á Rosario Pino.
—¿Se los traen de París, como las comedias?
—No lo se. Vivo alejado de los teatros; no se nada de comedias ni de sombreros.
Mi amiga encuentra deliciosas las comedias francesas y admirables los sombreros de Rosario Pino.
¡Ah! una mujer no cuidará nunca bastante su sombrero. El vestido puede engañarnos respecto á la clase y condición social de una mujer, el sombrero no engaña nunca. Desde que las señoras asisten sin sombrero á los teatros, es más difícil distinguir de personas. Nos dirían que tal señora no es la señora sino su cocinera, y lo creeríamos. Con el sombrero no hay equivocación. Mi amiga se atreve á descubrir en cualquier reunión de mujeres, sólo por el sombrero, á una «cocotte» entre cien señoras, y viceversa. (Aunque el orden de factores altera el producto, no altera la habilidad adivinatoria de mi amiga). Y del mismo modo se atreve á clasificar á las idealistas, á las de sentido práctico, á las rebeldes, á las resignadas ... (Esto me hace reparar en el sombrero de mi amiga, que es, en efecto, un ¡viva la anarquía!).
Hablamos de otras cosas; de la temporada del Real que ha terminado. Le preguntó si ha oído cantar á Anselmi, y cuando espero oir un elogio del «bel canto» italiano que hiciera las delicias de Arana como empresario retrospectivo, me deja atónito con un grito del corazón, vibrante como un «sí» de la Barrientos ... ¡Qué hombre tan guapo!
—¿Quién?
—Anselmi.
—Canta con mucho gusto—insinúo, para encauzar la conversación, por respeto al criado que nos sirve.
—¡Guapísimo!—insiste con una valentía irrebatible.
—Dicen que volverán á traérselo á ustedes para el año que viene.
—¿Cree usted que no habrá perdido voz?
—Si dependiera de ustedes, amiga mía. Pero creo que no; esos tenores se cuidan mucho.
—¡Demasiado!—suspira con ingenuidad.
Procuro informarme de sus aficiones musicales; si comprende á Wagner, si prefiere las óperas modernas, si ...
—Mire usted—me interrumpe.—La ópera es lo de menos. Anselmi con el traje de Lohengrín, me haría soportar á Wagner.
—Sí, en efecto. La música entra mucho por los ojos.
Un santo bonito, un rey joven y un artista de buena figura, harán siempre mucho por la Religión, por la Monarquía y por el Arte.
Cambia el tema.
—¿Qué le parece á usted de la «moción» que las solteras de Dublín han elevado á la virreina de Irlanda, lamentándose de que las casadas de por allá se traen un toreo que no deja colocarse en suerte á un soltero?
—Me parece que antes que las solteras, debían haberse querellado los maridos de las acusadas, y no á la virreina precisamente.
—¿Cree usted que aquí sucede algo semejante, y á eso se deba la abundancia de solteras sin acomodo?
—¿Aquí? Aquí debíamos ser las casadas las que nos quejáramos de que el coro de vírgenes no nos deja en paz á los maridos.
Y me refiere unas cuántas historias tan escabrosas, tan escabrosas, que no puede por menos de creerse que son verdaderas.
—Ahí tiene usted asuntos para unas cuántas comedias.
—¿Para sábados blancos? ¿Le parece á usted? ¿No es el día de las solteras?
—¿Usted sabe el origen de los sábados blancos?
—No. Cuéntemelo usted. Con usted siempre se aprende.
—Eso me dice todo el mundo. Verá usted. Es muy verosímil.
Una señora distinguidísima, opulenta belleza á lo Rubens, mamá de dos espirituales «Boticellis», padecía con tanta frecuencia de jaquecas, que apenas asistía á teatros ni á reuniones, y para no privar de asistir á sus hijas, las confiaba á la autoridad de una señora de compañía muy garantizada, á quien tenía muy recomendado que si alguna vez en el teatro, la comedia representada no era de la más absoluta moralidad, se llevara á las niñas inmediatamente. Sucedió que una noche, apenas levantado el telón, la primera actriz anuncio tan resueltamente la decisión de engañar á su marido, que no había duda de que así sucedería, á más tardar, en el segundo acto.
La buena señora creyó lo más conveniente levantarse y salir del teatro con el mayor ruido posible, para marcar bien su desagrado. Las muchachas hubieran querido terminar la noche en cualquier otro espectáculo, pero la señora rabiaba por hacer presente á la mamá su escrupuloso celo, y más que aprisa se las llevo á casa ... en mala hora, porque la mamá, ante tan inesperado retorno, apenas tuvo tiempo de esconder la verdadera antipirina de sus jaquecas, que era un íntimo amigo. Y para que no volviera á suceder tal percance, al día siguiente escribió al director del teatro: Distinguido señor: Como las obras que se representan en su teatro, no siempre son de una moralidad y una sana tendencia que puedan inspirar confianza á una madre celosa de no ofrecer á sus hijas como recreo un espectáculo peligroso, de acuerdo con otras distinguidas amigas en el mismo caso, ruego á usted fije un día de abono en que todas, absolutamente todas las obras, puedan ser vistas por nuestras hijas.
El director, amable, sometió á la censura de las celosas madres la flor de azahar de su repertorio, las celosas madres aprobaron ... Y ese fué el origen de los sábados blancos ... en París. Aquí siguieron por moda.
—Una huelga, un albañil muerto ...
—No hablemos de eso. Son cosas inevitables, viejas como el mundo, hoy recrudecidas por la falta de creencias.
—¿De quien?
—Diga usted de unos, porque los otros en algo deben creer todavía. Les han dicho: No matarás, y no matan. Les han dicho: No te matarás, y no se dejan morir de hambre. Les han dicho: Ganarás el pan con el sudor de tu frente, y eso es lo que no pueden obedecer, porque trabajar sí trabajan, pero no ganan el pan, y eso es lo triste.
—Yo creí que ya se había usted curado del sarampión socialista que todos los escritores y políticos de estos tiempos han padecido con mayor ó menor intensidad.
—Sí, en efecto. Fué como sarampión. ¡Oh! muy benigno. Escritores y políticos buscaban en la idea socialista un medio fácil de atraer hacia ellos el aura popular. Paso la moda; los burgueses fruncieron pronto el ceño, aterrados por el fantasma anarquista, y escritores y políticos tornaron hacia el sol que todavía calienta.
El anarquismo, con ser el mayor antagonista del socialismo, proyecta sobre éste su sombra fatídica, que confunde á los dos para la opinión vulgar en el mismo espanto.
Si en la región de las ideas todas son admisibles, y acaso las más avanzadas son las más necesarias, porque impidiendo la «calma chicha» de los espíritus, agitan, renuevan y fecundan, en el terreno práctico, una idea extremada es el mayor enemigo de una idea razonable. Por eso cuando halléis un fanático en un partido, sospechad siempre si estará de acuerdo con el partido contrario. No dijo ningún disparate el que dijo que el santo es el mayor enemigo de la religión.
Muchas veces se disfrazan de grandes ideales ideas muy pequeñas. El anarquismo, no hay duda, quiere un mundo transformado y perfecto, pero con sus intransigencias estorba el andar reposado del socialismo hacia ese mundo ideal. Desconfiemos de los grandes ideales y atengámonos á los pequeños.
Como esos que dicen: Yo no soy español, soy algo más; soy ciudadano del mundo.
Tened por seguro que en el fondo es un regionalista que solo quiere ser ciudadano de su pueblo, y si es posible, vecino de su calle.
Por ser ciudadanos del mundo antes que españoles, regionalistas y anarquistas se confunden á veces, y entre la idea chica y la idea grande, estorban el andar de la vida, que no tolera empujones hacia adelante ni tirones hacia atrás de violentos ni de fanáticos, sino que va, va siempre, segura, majestuosa, al paso reposado y firme de los hombres de buena voluntad.
III
Se de una linda marquesa, por blasón de su hermosura, rayos de sol en campo de rosas, de pura elegancia española—única elegancia femenina á la que sientan bien todas las elegancias, lo mismo las de Van-Dyck que las de Watteau, que las de Gainsborough que las de nuestro Goya—que al salir del estreno de «Daniel» decía á sus amigos:
—Esta obra sólo puede gustar á los que no tienen una peseta ó no tienen vergüenza.
¿Una peseta ó vergüenza? ¡Pícara peseta! En qué poco ha estado que la obra no gustara por completo á cierto público.
¡Oh gentil marquesa, como aquellas de Versalles, más inconscientes ó más atrevidas al representar con su reina y en la misma corte, «Las Bodas de Fígaro», como si las burlas no fueran también amenazas; el autor de «Daniel» no tuvo consideración con vosotras. Ha recargado de negrura su obra, ¿verdad? Esas cosas no pasan en la vida ó por lo menos pasan de tarde en tarde. ¿No es eso? Los ricos no son tan malos ni los pobres tan desgraciados. Lo dices tu, lo dice la crítica. Sí, Dicenta ha recargado los colores.
Suaves tintas de acuarela son las de ese embarque de emigrantes de que pocos días después supimos. La realidad ha sido el mejor crítico de la obra de Dicenta.
¡Oh, qué lindo embarquement pour Cythere, como aquel de Watteau, el de ese barco de miseria, de dolor y de muerte! ¡Oh, qué propio asunto para ser cantado en rimas ricas y metros dislocados por algún exquisito poeta de los del Arte por el Arte y caiga el que caiga!
¡Heliópolis! ¿Puede darse más bello nombre para un barco florido, bogador siempre por mares azules hacia tierras de sol y de alegría?
Dice un crítico, que desde Edipo no se ha presentado en el teatro un personaje sobre el que tantas desdichas se acumulen como sobre Daniel. Sí, son muchas desdichas para un solo hombre si fuera un hombre solo. Pero Daniel es algo más: no es un hombre, son muchos, son muchas generaciones; sus desdichas no son las que caben en unas horas de representación teatral: son las de muchos siglos, las de muchas vidas. Y lo mismo la crueldad, la fuerza y la indiferencia de los otros.
La visión amplia, abarcadora de Dicenta concentra lo esparcido. ¿No es un derecho del artista? La gentil marquesa estaba también en su derecho al distraer cuanto podía su atención de la obra y á juzgarla con frase ligera y desdeñosa. Pero la crítica, no; la crítica ante la obra de Arte tiene otros deberes que las lindas marquesas.
Los artistas lamentan de continuo la falta de ambiente artístico, increpan al filisteo y al beocio, que no sienten ni admiran, como los artistas quisieran, la artística belleza, y cuando ellos tratan de glorificar á otro artista no se les ocurre sino vulgaridades del más prosaico burguesismo: el insustituible banquete á siete cincuenta, la abominable estatua á cincuenta mil pesetas, la velada teatral ó académica. ¿No habrá un poco de fantasía, señores artistas? ¡A ver si pué ser!—como dicen los chulos.
La escultura conmemorativa moderna, aplicada á políticos, escritores y demás señores civiles, es francamente horrible. Si el escultor se atiene á la realidad, un señor de levita ó gabán parecerá siempre una figura de cera sin colores; si mezcla lo real con lo ideal, la mezcolanza no es menos detestable: el buen señor rodeado de ninfas ó genios desnudos hace la más triste figura. Recuerdo la estatua del gran Eça de Queiroz en Lisboa, bailando un vals renversée con la Verdad desnuda entre sus brazos; todo ello como interpretación escultórica del lema literario del escritor: Sobre la fuerte desnudez de la verdad el velo diáfano de la fantasía.
No sospechaba artista de tan delicado gusto como Eça de Queiroz, que tan al pie de la letra iban á tomarse sus palabras como esculturales.
Quédese la estatua para perpetuar cuerpos bellos y bellas actitudes, y de los grandes hombres que triunfaron por el espíritu, perpetúese el espíritu en copiosas y artísticas ediciones de sus obras. De este modo llegará su espíritu á todas partes y será la inmortalidad mejor que una estatua ridícula ante la cual el hombre del vulgo preguntará ignorante: ¿Quién será este? Para que su mujer le responda: ¿No lo ves? Un tío muy feo.
Bombita regresa triunfador de Méjico, Madrid y Sevilla le reciben con aclamaciones.
Los hombres graves exclaman una vez más: ¡Qué país este! Y otros hombres que no parecen graves, porque nada les parece tan antipático como las jeremiadas de esos que no encuentran mejor forma de patriotismo que abominar por todo de su patria, decimos y creemos: Que por muchos años vayan nuestros toreros á Méjico y por muchos años sean allí aplaudidos, que peor señal de los tiempos sería para España si una ley en idioma extranjero hubiera prohibido las corridas de toros en aquellas tierras.
IV
Pérez Galdós es siempre admirable: terminados sus cuarenta Episodios; después de haber estudiado para escribirlos, mejor dicho, después de haber vivido para revivirlos, toda la historia contemporánea de España con toda su lastimosa política, en lugar de quedar fatigado, desilusionado y, si se quiere, empachado, con la mayor ilusión del mundo—¿no se presenta como candidato republicano?—se lanza á la política activa.
Y es que Galdós, nuestro único gran historiador, al escribir sus Episodios, ha podido comprender como nadie que, sobre todas las desventuras de la patria, sobre sus luchas civiles y sus pronunciamientos, y las intrigas de camarilla y de partido, sobre Carlos IV, y Godoy, y Fernando VII, y Calomarde, y Espartero, y Narváez y todas las clases directoras que tan malos pastores fueron de este pobre rebaño, esta siempre la masa, la soberana masa, que dijo el mismo Galdós, la masa, verdadero héroe de esos cuarenta Episodios nacionales; y cuando un hombre como Pérez Galdós, después de haber escrito los cuarenta episodios, hace profesión de fe republicana, es porque espera mucho de esa masa; porque es de creer que no será en Salmerón en quien espere.
De todos modos, Pérez Galdós, en lenguaje de empresa teatral, es una excelente adquisición para el partido republicano; y si no va á el sólo llevado de su curioso espíritu, á documentarse para futuras novelas ó comedias, la significación de su nombre glorioso es de gran importancia. Galdós cuenta con incondicionales adictos á su talento y á su persona, cuenta con una juventud que le admira y le proclama maestro; todo eso aporta Galdós á la causa de la República. ¡Ah! Y la espada de Machaquito. No la tuvo mejor ningún partido español hace mucho tiempo.
Entre la Fiesta del Sainete, la corrida de la Prensa, la Semana Santa, para terminar con la corrida de inauguración de temporada, he aquí una semana bien española. Lo picaresco, lo piadoso, lo emocional y lo sangriento en pintoresca mezcla: toda la lira, mejor dicho, toda la guitarra.
Y sobre todo ello y para todo ello, la mantilla, que es tanto como la bandera española, nunca mejor prendida que en nuestras actrices, de tan diversos pero tan castizos tipos de belleza española todas ellas.
D. Ramón de la Cruz y Goya se habrán asomado, allá por un barandal de la gloria—algo como la cúpula de San Antonio de la Florida,—para sentirse más en sus glorias, y los académicos habrán pensado que con tan lucido cortejo no es posible negar entrada al plebeyo sainete en la aristocrática Academia. Los ojos de Rosario Pino bien valen por todo un Diccionario.
Con el sainete vuelve el baile español, casi perdido ya, degradado en esos tangos de un orientalismo de Exposición universal; el baile clásico español, señoril ó popular ó villanesco, pero verdadero baile de arte, el baile por el baile; no como el baile francés, que es siempre decente—porque siempre es un pretexto para enseñar,—ni como el inglés, que, por otros medios, llega á los mismos fines, más gimnasia que baile.—En Inglaterra el sport lo tapa todo ó lo descubre todo.—En Francia aparenta malicia lo más inocente; en Inglaterra aparenta inocencia lo más malicioso.—Sólo el baile español es baile, en una justa ponderación, como el amor sano, ni todo carne ni todo espíritu.
¡Boleras gloriosas que inmortalizaron los nombres de Lola Montes, de la Nena y de Petra Cámara! En la memoria de los viejos se asocia el recuerdo de aquellos bailes al del toreo de brazos de Montes, el Chiclanero y Cúchares: ¡Entonces se bailaba, entonces se toreaba!, dicen estos respetables viejos, y es: ¡Entonces bailábamos, entonces toreábamos!, lo que quieren decir siempre estos recuerdos.
¡Dios mío! ¿No habré yo sido nunca joven? Porque todavía alcancé los tiempos en que las boleras robadas eran fin de fiesta en el teatro del Príncipe, y me parece más divertido el tango con molinete; y de toreros, ví muchas veces á Lagartijo y á Frascuelo, y confieso que no me divertí en los toros hasta el advenimiento del Guerra con todos sus modernismos tan censurados.
Por fortuna, dentro de pocos años la Imperio y el Guerra serán tan clásicos como la Nena y Montes, y con qué desdeñoso gesto diré yo á mi vez: ¡Como se bailaba entonces, como se toreaba ... y como se escribía! Porque yo también seré clásico. ¿Por qué no? Comparado con el cinematógrafo, que será toda la literatura dramática del porvenir al paso que vamos.
V
Las naciones que han convenido en llamarse civilizadas, tienen, como suele decirse, cosas de á cuarto. Apenas en un pueblo de los llamados salvajes se atropella de cualquier modo á un súbdito de alguna de las susodichas naciones, ponen todas el grito en el cielo y el cañonazo en la tierra, y amenazan con meterse todas como Pedro por su casa y el Kaiser por la de todos, para hacer un ejemplar escarmiento en los infelices salvajes, y mientras, en el propio territorio de esas grandes, fuertes y civilizadas naciones, en sus mismísimas y civilizadísimas capitales, campan bandidos de toda especie que asesinan, roban, estafan y atropellan á naturales y á extranjeros; y si cada vez que esto sucede se hablara de intervenciones, no pasaría día sin una conflagración mundial, como ahora se dice.
Y al hablar de bandidos, no lo digo por el Pernales, que España en esto también apenas puede llamarse civilizada, y bandolerismo es éste de lo más inocente y primitivo, como de jácara ó romance; pero léase cualquier periódico de París, y como la cosa más natural, sin comentarios y sin aspavientos, raro es el día que no traen sección especial dedicada á las proezas de apaches, cambrioleurs, souteneurs y demás productos de una civilización admirable. ¿Qué diríamos si aquí sucediera algo parecido, ó qué dirían los franceses si los moros menudearan tanto y con tal desahogo sus atropellos? Fuera del centro de París es más aventurado pasearse á ciertas horas que explorar por el centro de Africa, y mucho más ciertamente que pasear á cualquier hora por cualquier lugar de Marruecos.
De Londres no se diga; asustan las recomendaciones y advertencias que recibe cualquiera que llega á la poderosa Metrópoli, y todas son pocas para evitar y prevenir emboscadas, atracos al cloroformo y otras menudencias.
En los Estados Unidos el robo á mano armada, el chantage, el timo en todas sus manifestaciones, han llegado á tan suprema perfección, que ya no se sabe si clasificarlos entre las ciencias ó entre las bellas artes.
Esos piratas modernistas de que nos habla la prensa, que desalojan una quinta de todo el ajuar y mobiliario y lo transportan á un barco especial, con toda comodidad y elegancia, son el último chillido de la civilización. Y nadie se asusta ni pide urgente remedio.
En cambio, ya verán ustedes correr por toda la prensa europea la leyenda de nuestro Pernales, y en cuanto á los infelices moros, ¡cuidadito con pisar siquiera á un civilizado! ¡No faltaba más! ¿Es que no habrá nunca seguridad personal en Marruecos?
Sería preciso saber quien tiene la culpa de que no la haya.
Dice la mamá al niño:—Pepito, no tires del rabo al gato.—Si yo no le tiro, no he hecho más que agarrarle; el que tira es el, por eso chilla.
Marruecos es siempre el gato; Europa no le tira del rabo, no hace más que sujetarle, el que tira es el y por eso chilla y alguna vez araña. ¡Pobre gato! Todavía recuerdo que fué león en algún tiempo; pero ya si la piel de león no le alcanza, no le queda siquiera el recurso que aconsejaba el sabio, de empalmarla con la de zorro, porque su piel la han agotado entre todas las naciones civilizadas para su diplomacia.
Desde que paso la moda—pícara moda que tanto se detiene en las frivolidades y tan de ligero pasa por las cosas serias—de asistir á los conciertos del antiguo Príncipe Alfonso, en cuántas restauraciones se ha intentado en Madrid de aquellas fiestas musicales, con excelente propósito todas y éstas de ahora, dirigidas por el maestro Arbós, con entusiasmo y constancia dignos de todo estímulo y aplauso, se ha notado siempre el absentismo de la clase más distinguida de nuestra sociedad. Y digo yo: para esas familias fundadoras de sábados blancos ¿qué espectáculo menos peligroso y de mejores garantías que éste?
¿Ó creen ustedes, como el conde Tolstoï, que hay música pecaminosa y una sinfonía de Beethoven ó una fantasía de Berlioz pueden turbar la limpidez lacustre de las almas cándidas?
¿Ó es que teméis á los verdaderos aficionados, que estorbarían con sus protestas vuestra bulliciosa cháchara?
¿Ó es que la música, sin gorjeos de tiple ó arrullos de tenor, os aburre?
De cualquier modo, vuestra ausencia de los conciertos no marca un buen punto en vuestra cultura ni en vuestro interés por el arte nacional. Claro es que vuestras razones tendréis para no asistir; pero si la decisiva fuera la del aburrimiento—aburrirse con Beethoven ya es una distinción como otra cualquiera,—hay un medio de conciliarlo todo. Podéis pagar vuestro abono y regalarlo después á familias modestas que, sin duda, agradecerían el regalo. ¿Que sería una primada? No lo niego; pero yo os hablo en nombre de la distinción, y eso es lo que hacen en otras partes las personas distinguidas cuando se creen en el caso de proteger el arte de su patria: pagan, y cuando el espectáculo les agrada, asisten, y cuando no, regalan su localidad ó se quedan en casa, pero no chinchorrean á empresas y á autores exigiendo obras especiales y cambios de función por no perder un solo día y sacarle el jugó al abonito. Y no cuidarse del dinero ni del cartel, eso es lo chic.
El dinero ya se que no os importa, ni el cartel tampoco debe importaros, porque si no, debiera parecéroslo de ignominia que sobre la taquilla del Circo aparezca todos los jueves de moda el cartel de: «No hay palcos ni sillas», y en la de los conciertos del Real: «Sólo quedan palcos y butacas».
Por lo demás, toda mi simpatía—toda mi admiración están con el Circo. Mucho ha perdido de su encanto con la intromisión de números más propios de Music-hall que del circo clásico, el de los caballitos, el de los volatines, el de los payasos, como le amábamos de niños.
¡Qué efímera gloria la de sus artistas! Su cuerpo es toda el alma de su arte. Para ellos, como para las mariposas en el año, sólo hay una edad en la vida. Su arte y su gloria van unidos á la juventud, á la fuerza, á la agilidad, y cuando acaban, aunque viva el cuerpo, su arte no puede sobrevivirles.
No se da un salto mortal como se escribe un libro ó se pinta un cuadro ó se compone una ópera, con recursos de la experiencia cuando faltan alientos de la juventud.
¡Ah, si para todo arte y toda gloria suya existiera ese momento fatal y preciso que advirtiera llegado el fin de los saltos mortales! Pero el espíritu se cree siempre joven, y mientras aletee ya le basta para creer que vuela.
¡Felices los acróbatas del circo que sólo tienen la juventud para su arte, aunque muchas veces sólo tengan el hospital para la vejez!
VI
Tengo dos muchachas amigas, de estas madrileñitas de la clase media, cuerpo corto y cabeza gorda, ojillos ratoniles y color de piso tercero, izquierda ó derecha, con vistas á un patio sucio y obscuro y á una calle más obscura y sucia que el patio. Pues con este físico y el moral correspondiente, hete aquí que les ha dado por todo lo inglés, y hoy vienen á verme acompañadas de una miss de lo más barato y vestidas como no quieran ustedes saber. Cuando me aseguran que han llegado á pie desde su casa y las contemplo incólumes, no puedo por menos de pensar que este Madrid no es aquel Madrid.
Vienen á consultarme sobre lectura de novelas inglesas. Traen dos ó tres tomos de la colección Tauchnitz; yo me esfuerzo por persuadirlas de que la han errado de plano al principio: la colección Tauchnitz no tiene entrada en Inglaterra. A ellas no les cabe en la cabeza que un libro inglés pueda no ser inglés. Les indico los nombres de los novelistas ingleses más en boga—norteamericanos casi todos;—ellas, en cambio, me informan de su nueva vida. Todas las mañanas toman su ducha frío. Así están de roncas y con una tos perruna que debe alarmar á los que llamen á su puerta en estos días de hidrofobia y recogida de perros. Pero ellas no se acobardan. No comprenden como se puede vivir sin ducha. Sus comidas todas á la inglesa, traducidas por una cocinera de á cuatro duros. Un Támesis de te. En sociedad con otras amigas, han alquilado un solar por las afueras, han plantado no se qué hierba, y sobre la verde alfombra tienen su lawn-tennis con su poquito de flirt y una variada exhibición de medias. La mamá cuida mucho de que varíe su color todo lo posible, como dice ella, para que se vea que no son siempre las mismas. ¡Sólo el corazón de una madre tiene cabeza para pensar en todo!
Tienen una colección de perros y gatos para hablarles en inglés, como si la miss no fuera bastante. Procuran indignarse si algún corto de vista las piropea en la calle. El rey Eduardo es para ellas como de la familia. Piensan mudarse hacia la calle del Gobernador ó adyacentes, para recibir bien los humos de la fábrica de electricidad sita en aquel barrio y tener así una sensación londinense.
Toda esto son tonterías sin importancia, pero pensemos que á estas horas son muchos los políticos, los hombres de negocios, los comerciantes, los literatos, hasta los filósofos, atacados de esta última manía nacional. Hay que llamarla de algún modo.
Ya Francia con su París no nos dicen nada; ya sólo creemos, todo lo esperamos de la que fué reina de los mares y aspira á serlo de las tierras. La ballena (por algo es mamífero) pretende ser anfibio.
Pidamos que nuestra suerte sea á lo menos la de Jonás en el vientre del enorme cetáceo: fué devorado, pero salió incólume. Y si algo ha de sucedernos con el cambio de vida, que no pase de dar que reir, ó todo lo más, de una tos perruna, como en mis amigas las madrileñitas cursis, á las que sienta lo inglés como es posible que nos siente á todos. No tenemos físico para ello.
Por fin la lluvia. En Madrid, salvo por razón de salud pública, se recibe como quien oye llover. Pero en esta pobre aldea donde ahora escribo, es una fiesta para todos; la gente canta, baila, todos los ojos se vuelven al cielo y el agua corre por los rostros curtidos mezclada con lágrimas de alegría. Era la ruina y la miseria, y hoy es la esperanza.
En Madrid, los abastecedores cuidan amorosos como padres de no bajar el precio del pan en los años buenos para que no sea tan sensible la subida en los malos. De este modo, nos preocupamos poco de las cosechas. Pero aquí el pan es el verdadero pan de comunión, el pan de vida que es toda la vida. En familia se sembró el grano, en familia se labró la tierra, en familia se recogió el fruto, y en familia se muele el trigo, y en familia se amasa la harina, y en familia se cuece el pan que en familia se come; y el pan, que es casi un adorno en la mesa de los ricos—la última moda es servir muy poco, y lo más chic dejarlo casi intacto, leo en unos avisos del buen tono,—es aquí todo el alimento y su carestía es el hambre para los que muchos días sólo pan comen.
Por eso el más incrédulo ó para rezar ó para maldecir, pero esperando de la súplica ó de la amenaza, vuelve los ojos al cielo cuando pasa la imagen santa en rogativa y mujeres y niños cantan:
¡Virgen, madre nuestra, Virgen del Rosario, envíanos agua para nuestros campos!
y luego, en estrofas de dulce espíritu franciscano, piden por sus ganados también, y la voz de los niños tiembla al cantar: «Los corderitos se mueren de hambre ...» Porque no serán sólo los corderitos, serán ellos también los que tendrán hambre. ¡Oh, madrileños, vosotros no sabéis que la lluvia puede hacer llorar de alegría!
La lluvia, que puede suspender una corrida de toros, es necesaria para que los toros se críen lúcidos y pujantes.
Pensad en esto y os alegrará también la lluvia como á las pobres gentes de la pobre aldea.
VII
Me entusiasman esas personas que, sea cualquiera el asunto de que se trata, son siempre de la opinión contraria. No hay que decir si admiraré á D. Miguel de Unamuno. Por eso no pude por menos de abrazar al amigo que después de leer las noticias de los últimos atentados de Barcelona, exclamó con el mayor aplomo, sin dejó alguno de ironía:
—¡Qué agradable debe ser la vida en Barcelona!
Y como advirtió pronto la airada protesta de los otros amigos y mi conformidad, que debió parecerle todavía más alarmante—no se tiene en vano la reputación de mefistofélico,—no quiso esperar más para exponer sus razones.
—Sí, señores; agradable agradabilísima: porque cuando en todas partes y para todo el mundo y desde muy antiguo, ha sido una de las más intolerables molestias del trato humano el curioseo y fisgoneo de toda casta de vecindades, vecinos de barrio, de calle y de casa, hay que admirar la discreción y poca curiosidad de los vecinos en Barcelona, cuando es allí posible que por tanto tiempo y tan continuadamente puedan existir gentes dedicadas á la confección y colocación de explosivos sin haber tropezado todavía con un vecino curioso investigador de vidas ajenas. Y esto, cuando todos deben estar vigilantes como policías, con la indignación y la alarma naturales ante la repetición de atentados que á todos amenazan. Ó ¿creen ustedes en cavernas, lugares subterráneos y recónditas guaridas en una ciudad como Barcelona?
—Luego, ¿usted cree?...
—No creo nada. Sólo pienso que en este caso, como en el de muchos enfermos crónicos, parece que el enfermo acaba por encariñarse con su enfermedad que le coloca en una situación interesante. Creo también, cuando se habla de anarquismo, que por algo es la industrial Cataluña famosa en imitaciones de todo género de productos, y no estará de más la sabida advertencia: Se méfier de contrefaçons.
—¿Entonces?...
—¿No les parece á ustedes como á mí, que para anarquismo es poco y para separatismo sería demasiado?
Y hubo un silencio que si no fué de aprobación, fué por lo menos de solidaridad.
Entre los colores que la moda femenina ha impuesto en esta temporada, hay uno que me seduce sobre todos: el color de humo; el color de humo es adorable. Couleur fumé, digámoslo en francés, que es el lenguaje de la modistería universal, como lo es de la diplomacia, y ya que en modistería y en diplomacia de fuera ha de venirnos siempre la moda.
Dos tendencias opuestas dominan en el vestir de las mujeres: el género sastre, vestimenta práctica para la calle, que es democrática, y tanto quiere serlo que no se contenta con nivelar las clases, sino que pretende nivelar los sexos. El gabán con vuelo y pliegue Watteau masculino, y la falda redonda, troteusse, femenina, son una verdadera entente cordiale de sastres y modistos.
Pero en la casa, en los salones, en el teatro, triunfa por contraste en la toilette de las mujeres, lo dulcemente femenino. Nunca más delicada, más tenuemente vestidas, ¿vestidas? No es exacto; envueltas apenas, acariciadas en la suavidad de gasas, tules y encajes y telas flexibles, ondulantes, de matices descoloridos, esos tonos al pastel, inconsistentes como pelusilla de alas de mariposa, como el polen de las azucenas. No son aquellos terciopelos y brocados y rasos que se tenían de pie, según ponderaban nuestras abuelas; aquellos trajes de aparatoso señorío que podían transmitirse de madre á hijas en cinco ó seis generaciones. Estos de ahora son gala de una noche, efímeros como flor ó mariposa, no admiten reformas ni composturas, sus telas diáfanas, no se cortan, se cortiquean; no se cosen con aquel fuerte pespunteado de la clásica costura española, se hilvanan ó se prenden de alfileres. Un pisotón es bastante para destrozar una de estas envolturas de ensueño que costó cuatro ó cinco mil francos; su misma fragilidad es la mejor defensa de otras fragilidades. ¿Qué mujer se dejará acariciar con pasión con uno de estos trajes? Ya eran nube, espuma, flor y mariposa, y ahora, con el color de moda, son algo más tenue, más vaporoso, son humo. ¿No es el color de nuestro tiempo? Humo por todas partes. De la riqueza de las naciones es señal el humo de sus fábricas, de sus trasatlánticos, de sus ferrocarriles; de su poderío, el humo de sus acorazados; con el automóvil triunfa también el humo, porque el automóvil pasa pero el humo queda. Si el siglo xix pudo llamarse de las luces, ¿no puede llamarse este siglo xx el de los humos? Los humos de aquellas luces que no brillaron tanto como había derecho á esperar.
Yo os digo que hay trajes de mujer que son una verdadera obra de arte; pero si un traje de estos es además de color de humo, ¡oh! entonces ya es filosofía.
VIII
A estas horas son innumerables los Paturots que andan por esos distritos en busca de una posición social. Unos, con lucida escolta, se entran por los pueblos como conquistadores, á cosa hecha, les basta con pasar. Otros, llegan humildes, desconfiados, prodigan sonrisas, apretones de manos, prometen, regalan; los buenos aldeanos se muestran socarrones ...—Tocante á nosotros ...—Por nuestra parte ...
¿Pero qué más tiene un diputado que otro? Eso, lo que tenga.
A dos pesetas, un cigarro y vino á indiscreción, el voto ... Después de todo, un voto no es ninguna primogenitura que no esté bien pagada con un plato de lentejas.
¿Quién engaña á quien? Nadie se engaña por lo visto; todos están contentos. El diputado cuenta sus votos y triunfa con su acta; los buenos aldeanos cuentan unas pesetas y ríen entre ellos ...
Entre tanto se sigue labrando la tierra como debió labrarla Adán á la salida del Paraíso, y cuando llueve, por el techo de la escuela cae la lluvia benéfica sobre la cabeza de los chicos; y es la mejor enseñanza que allí reciben, porque así aprenden que todo han de esperarlo del cielo, hasta el sencillo acto de lavarse la cara algunas veces.
Uno de los clous del Salón de París en este año es el retrato de Tomás Hardy, obra de Blanche. Como la aduana francesa es el tránsito obligatorio para que llegue hasta nosotros todo nombre y toda fama, es posible que con este motivo descubramos á Hardy.
Entre la balumba abrumadora de novelas inglesas, acaso no sean las suyas las que tengan más lectores, aún en la misma Inglaterra. Al francés tampoco creo que haya sido traducida ninguna, y en España, donde nos extasiamos con D’Annunzio, donde Bourget, Prevost y Hervieu nos parecen hondos psicológicos, y las Claudinas de Willy nos interesan como si aquí estuviéramos en el secreto de los chismes del boulevard, que son todo su chiste, Hardy es casi ignorado, como es ignorado Meredith, el más original estilista entre los novelistas ingleses, á quien seguramente D’Annunzio ha leído mucho, porque aquí nos pasamos el tiempo buscando los plagios en los de casa y mientras los de fuera se despachan á su gusto.
Hardy es un admirable novelista, de esa raza robusta de escritores que sólo es producto de una sociedad fuerte; no es de los que salen á conquistar un público con colorines y fanfarrias.
Hay una firme serenidad en los escritores ingleses, una despreocupación de la coterie literaria de muy buen ejemplo para nuestros escritores jóvenes, que sólo saben andar en grupitos para la recíproca admiración; hasta que alguno del grupo sobresale, que apenas eso sucede, ya le declaran indigno por haber hecho concesiones al público; porque la condición para formar parte de uno de esos grupos, es la de ser genio, pero sólo para andar por el grupo.
Sucede como en esas pandillas de estudiantes mozalbetes que emprenden reunidos la conquista de alguna agraciada muchacha, y reunidos la siguen y reunidos le pasean la calle y entre todos se escribe una declaración, y cuando la favorecida, naturalmente, desea saber en quien ha de fijarse, ó concluye aquel amor colectivo como por encanto, ó se destaca uno más resuelto á terminar por su cuenta la conquista. Y entonces los demás le llaman mal amigo.
Baby es terrible; tiene unas ocurrencias que dejan parado á cualquiera; sus padres no saben á quien ha salido. Sus papás son dos jóvenes, aristócratas de abolengo ilustre, que de sobremesa íntima tijeretean á los amigos sin preocuparse por la presencia de Baby, muy entretenido en enseñar las estampas de una ilustración extranjera á un tremendo danés que no parece muy interesado por los sucesos mundiales.
Los papás hablan de unos parvenus con flamantes títulos adquiridos en Roma, y ríen á su costa.
Baby pregunta muy grave:
—¿Quién es más, el Rey ó el Papa?
El padre se hace el desentendido, esta afiliado á una de las cuarenta y nueve fracciones liberales.
La madre se cree en el caso de afirmar sus sentimientos católicos, y contesta sin vacilar:
—El Papa, hijo mío.
—Entonces, ¿por qué os burláis de los títulos pontificios?
Los padres convienen en que delante de los niños no se puede hablar de nada.
Ecos de las elecciones.
La marquesa de—— tiene á su marido diputado conservador y á su mejor amigo, liberal. La gente ya la llama: el triunfo de la solidaridad.
A un candidato á la diputación, de quien ya no se cuenta las desventuras conyugales, como se lamentara de que le habían birlado su distrito, le aconsejaba un amigo para consolarle:
—Si usted no necesita el distrito para nada. Usted debía presentarse por acumulación.
En casa del modisto:
La cliente, entusiasmada con un nuevo vestido que favorece mucho su belleza algo vespertina, le dice al modisto:
—Crea usted que si aquí tuviéramos voto las mujeres, todas las señoras le votaríamos á usted.
El modisto, confuso y galante:
—¡Oh, muy amable! Pero sería yo el que votaría siempre con ustedes.
IX
Cuando creíamos que los norteamericanos estaban como el pez en el agua, con sus instituciones democráticas—¿nos habrán refregado el morro con ellas, hablando pronto y claro, nuestros sociólogos de corrillo intelectual y lata libre?,—ahora salimos con que el pez es rana y el agua de charca, y de las más corrompidas, y las ranas no se contentan con pedir un rey para cambio de sus males, sino que piden nada menos que un emperador. Mejor dicho, es posible que no sean las ranas, sino el único que no es rana quien lo pide. Como aquel personaje de un fin de fiesta, interpretado por Mariano Fernández, que, harto de las molestias que una finca de recreo le produce, se decide á ponerla en venta, porque dice el: Mal vendida, ya podrán darme cinco mil duritos por ella. Y al poco rato insiste en su propósito: Nada, nada, yo vendo esta finca ... ¿Quién me dijo que me daba por ella cinco mil duros?... ¡Ah! Fuí yo mismo. ¿Quién dijo que los norteamericanos necesitaban un emperador? El mismo, Teodoro Roosevelt, de imperial y sonoro nombre, ese Napoleón que, más afortunado que el primero, recoge los laureles de la guerra y cobra en buenas coronas—¡oh, presagios!—la oliva de la paz.
Yo celebraré la realización de esos imperiales sueños, aunque no sea más que por ver á su alteza Alicia (así la llamaban de antemano) de alteza imperial efectiva; porque es seguro que habrá de dar mucho juego en clase de princesa, y á qué estamos los que hemos de agarrarnos al clavo ardiendo de la actualidad, antes de que se enfríe, para escribir de cosas, á los que más calienten, muevan y remuevan esa actualidad de ordinario monótona.
Pero ¡ay! qué difícil es estar á la última moda en nada y como hemos de vivir aquí siempre retrasados en literatura, en política, en filosofía ...
En dramaturgia, cuando nos damos á imitar á Ibsen, ya es Maeterlink lo que se lleva; cuando empezamos con éste, ya es D’Annunzio; y lo mismo en filosofía: cuando empezamos á sentirnos superhombres con Nietzche, ya es la filosofía rusa la que se cotiza por el mundo ó ya hemos vuelto á Platón; como decía aquel señor á quien pretendían pasmar sus amigos con toda clase de sicalipsis exóticas. Aquí ya hemos vuelto á lo de siempre. El caso es que siempre hemos de retrasar. He aquí que cuando todo un D. Benito Pérez Galdós en España, se hace republicano, todo un pueblo tan adelantado, tan práctico y tan vivo como los Estados Unidos, declara que la república y la democracia están mandadas á retirar.
Las buenas hadas de los infantiles cuentos madrinas en todos los bautizos de príncipes, con sus carrozas voladoras y su cortejo de elfos y silfos, minúsculos y alados, ya se apresuran para llegar en torno de la regia cuna á predecir felicidad; y el hada de la Poesía, la que tiene su reino en un rosal silvestre enrejado de zarzales, la que ni adula ni miente, sólo te dirá: Príncipe ó princesita; cuando todas las hadas con su lenguaje cortesano te predicen venturas, yo sólo te compadezco; te compadezco, por el odio y la envidia que zumbarán alrededor de tu cuna, sólo por ser regia, cuando todo es amor sobre cunas humildes; te compadezco por los preceptores que atormentarán tu inteligencia para cultivarla como flor de invernadero, sabedora de muchas ciencias, ignorante de la vida; por las adulaciones cortesanas que interpondrán siempre el velo encantado de Maya entre tus ojos y la verdad; por tus pasos, siempre vigilados; por tus acciones de todos sabidas, y cuando no sabidas, calumniadas; por tu corazón, del que dispondrá la razón de Estado; por toda esa esclavitud de los reyes y de los príncipes, que os hará sonreir con amargura cuando sepáis que vuestro pueblo pide libertad. ¡Libertad, que para vosotros quisierais! Y por todo esto, cuando todas las hadas con su lenguaje más cortesano te predicen felicidad, el hada de la Poesía, la que tiene su reino entre los rosales, enrejados de zarzales, el hada libre que ni miente ni adula, con todo su corazón compadece.
La fiesta de San Isidro es como la poesía lírica eminentemente subjetiva. Hallar motivo de esparcimiento en un paisaje risueño, á la sombra de árboles frondosos, sobre prados amenos y por fondo montañas siempre verdecidas y más lejos otras que azulean, no tiene gracia alguna: la decoración pone la mejor parte. Lo admirable es hallar ocasión de regocijo en un erial con cuatro estaquillas hojosas por toda vegetación, entre sucios tenderetes, mendigos harapientos, y allá arriba, como aviso supremo de un triunfo final de la muerte, digno de figurar entre los frescos del Camposanto de Pisa, la vista de los cementerios.
Sólo un pueblo como el madrileño es capaz de poner alegría sobre todo esto; esa alegría que tanto desconcierta á los extraños, que quieren persuadirnos de que no es tal alegría. Bien esta, será humorismo si ustedes quieren; pero es la misma que ríe del hambre, de la suciedad y de la truhanería en nuestras novelas picarescas; es la misma que ríe en los mendigos de Velázquez y de Goya, la misma que se desborda en la Plaza de Toros entre horrores de sangre y peligros de muerte; alegría que solo puede comprender el que sienta la espiritualidad de esos ascetas atormentados de los cuadros del Greco, alegría que no comprenden los extraños, porque es la alegría del «no importa», ese no importa que es toda la filosofía del alma castellana.
Somos pobres, nuestra tierra es triste, sabemos que hemos de morir, después ... nada sabemos; se reza ó se blasfema, según las horas; pero como no pedimos razón para vivir ni para alegrarnos en la vida, tampoco la pedimos para morir cuando es preciso; ya supo decirlo el pueblo del Dos de Mayo; el mismo que acude á la fiesta de San Isidro á divertirse de su propia alegría, en el erial desolado, entre mendigos harapientos y á la vista de un Camposanto.
Después del éxito comercial de la exposición de automóviles, en la que apenas queda coche sin vender, empezamos á ser distinguidas las personas que nos hemos quedado sin comprar uno. Por llegar tarde, no por otra cosa, porque según los jaleadores del democrático sport, el que no tiene auto es porque no quiere.
Hay coches baratísimos, el verdadero carro do povo, como llaman en Portugal al tranvía; el sostenimiento insignificante, los chauffeurs de balde, un apostolado por vocación, los neumáticos irrompibles, ¡Y los encantos del auto! ¡Higiene, cultura, poesía! ¡El aire libre de campos y montañas, la geografía y la topografía aprendidas del modo más fácil y práctico!... ¡El amor sano al paso! ¡Y qué paso! Aquí, sin exagerar, bien puede sentirse en Cádiz repercutir un beso dado en Cantón.
Pero digan lo que quieran los propagandistas del automóvil como panacea, no es su ejercicio muy propicio á los amores; desgasta mucha fuerza nerviosa y absorbe la atención demasiado. El juego, el automóvil y las corridas de toros, son los más terribles rivales de las mujeres. Un hombre sentado á una mesa de juego ó con el guía de un 40 H. P. en la mano ó sentado en una barrera de la plaza, ante una faena de Bombita ó de Machaquito, es insensible á las seducciones femeninas. Las mujeres lo saben; por eso, ya que no pueden competir con esas tres grandes aficiones de los hombres, han decidido compartirlas con ellos; y cuando una mujer sale jugadora, automovilista ó aficionada á toros, que se quiten todos los hombres, con la ventaja para las mujeres de que ellas pueden llevar su pasión al extremo: en el juego, hasta el croupier; hasta el chauffeur en el automóvil, y en los toros hasta el torero.
En la exposición de automóviles:
Un distinguido automovilista á una belleza recién lanzada á la circulación.
—¿Vienes á ver los automóviles? ¿Quieres comprar alguno?
—Ya lo creo.
—¿Pues sabes quien puede venderte uno?
—No; lo que quiero saber es quien puede comprármelo.
Entre mujeres de hombres políticos:
Una de ellas se queja á su amiga del marcado desvío que viene observando en su marido, desde algún tiempo. Su amiga, para consolarla:
—Eso es por disciplina política.
—¿ ...?
—Como tu marido es de los liberales, esta en plena abstención.
—Si es que ayer le sorprendí abrazando á la doncella.
—Entonces es que se ha pasado á los demócratas.
Dejemos al Congreso con sus discusiones de actas, dejemos á los liberales en su abstención y á los carlistas en su incontinencia; de todo eso se hace la Historia; la Historia, que va por encima, lo mismo en las naciones que en los individuos; mientras la vida va por dentro, tan hondo á veces que apenas percibimos sus pulsaciones. Por eso hay quien, atento sólo á la superficie bullidora, no vacila en declarar: Aquí se muere algo; pero aún vivimos, por lo menos aún queremos vivir.
La Agricultura, la Industria, el Comercio, alientan en exposiciones y concursos, á los que debe atenderse con mayor interés que al cubileteo de actas; esto es la Historia, mejor dicho, la chismografía de la Historia; lo otro es la vida, en la que debemos esperar salvación.
Si algunas veces he fustigado (según cliché) á nuestra aristocracia, no fué por prevención desfavorable contra ella, sino que puesto á satirizar y dada la natural y pícara preferencia del público por reir á costa de alguien, me pareció más piadoso hacer reir á costa de los que gozan de muchas ventajas en la vida, que á costa de los humildes que trabajan y padecen escasez de todo. Nunca me ha parecido que el tener hambre sea cosa de risa, y ya sabemos que en la mitad de nuestro teatro cómico es el hambriento principal motivo de regocijo.
Pero como nunca me dolieron prendas, soy el primero en reconocer que á nuestra aristocracia debe en primer lugar la agricultura española sus mayores progresos y adelantos. Buena prueba es la actual Exposición agrícola y de ganados.
En la sección de ganadería, hay ejemplares magníficos. Toros dignos de ser amados por Pasifae; caballos, por Semíramis.
Un toro negro, de dulce y paternal mirada, como un patriarca bíblico, nos promete dilatada sucesión y con ella pródigas provisiones de sabrosa leche y suculentos solomillos.
Vacas suizas nos hablan de praderas idílicas, ovejas y corderos de todas castas, al ser acariciados por manos de marquesas, evocan pastorales de Versalles.
Allí están nuestros famosos merinos, y la oveja castellana, y la andaluza, y las inglesas, de cabezota redonda (como los puritanos de Cromwell) y de lana apretada, que parecen talladas en piedra por escultores medioevales. Y razas cruzadas, muy dignas de consideración en estos tiempos. Y el caballo Orlof, digna cabalgadura de un héroe victorioso, para bracear sobre laureles y rosas. Y caballos andaluces de jacarandosa estampa, y tantos bellos animales, á los que nunca amaremos bastante.
Porque no hay animales fieros; si algunos lo parecen, es porque el hambre ó el hombre (no es juego de palabras) los hostiga. Pero ellos agradecen nuestros cuidados y nuestras caricias; ellos nos ofrecen sumisos su fuerza, y al someterse al hombre, parecen someterse á su natural destino. En su mirada, ó hay alegría ó dulce resignación; tristeza, sólo cuando su dueño los maltrata.
¡Como nos enseñan á vivir y á morir los buenos animales; algo hermanos nuestros porque son hijos también de la Tierra, madre de todos!
Si el príncipe Hamlet, prototipo de la duda aunque, como todos los escépticos, creyó en lo más dudoso, la eficacia de las representaciones teatrales para descubrir secretos,—aseguraba que hay algo en cielo y tierra á que no alcanza nuestra filosofía, ¿por qué no hemos de creer en ese algo? Si toda fe nos falta, tengamos fe en la fe.
Próximo el centenario de los Sitios de Zaragoza, aquel milagro de heroísmo sobrehumano, en que todos pudieron admirar á un pueblo más tullido que todos los tullidos, sin creencia y sin esperanzas en lo humano, levantarse y andar y estremecer con su empuje al mayor imperio moderno, ¿por qué hemos de sonreir y burlarnos escépticos de un humilde milagro?
Bien se que las burlas de los descreídos hubieran sido más irrespetuosas si de otra imagen se tratara. El Pilar es algo muy respetable, y mal aconsejado estaría el que á estas fechas quisiera milagrear á su costa, sin un hecho, todo lo maravilloso que se quiera, pero hecho al fin indudable, que después cada uno puede explicarse á su manera: desde el milagro divino hasta la sugestión hipnótica ó el histerismo, hay explicaciones para todos los gustos. Hay cosas que parecen sobrenaturales y son las más naturales del mundo.
Tengamos fe en la fe, no sonriamos demasiado pronto. ¿Quién sabe si aún no veremos mayores milagros?
Si algún día, un imperio absorbente ó un disolvente anarquismo, hubieran conseguido borrar las fronteras de todos los pueblos, el último patriota que sucumbiría sería un aragonés sobre la última piedra que marcaría una frontera: el Pilar de Zaragoza.
X
Si la felicidad se consiguiera por leyes, decretos, reales órdenes, ordenanzas, bandos y demás literatura oficial, España sería la nación bienaventurada entre todas; pero si el infierno, según dicen, esta todo el empedrado de buenas intenciones, es posible que también esté empapelado de leyes españolas.
Esta novísima de la colonización interior es otro bello trozo de literatura, y por si no pasará de serlo, ¿por qué no añadirle algunos comentarios poéticos?
Esa colonización interior sería una gran empresa si para ella no se contara sólo con las naturales gentes del campo. La trasfusión de sangre es de tanto interés para el organismo físico como para los organismos sociales. Colonizar el campo con gente de la ciudad sería verdadera y meritoria colonización.
La tierra en España es sólo un lujo de ricos ó una esclavitud de pobres. Grandes propiedades mal atendidas por sus dueños y otras tan reducidas que apenas ofrecen la porción de tierra que basta, como suele decirse, para tener donde caerse muerto, no digamos de qué vivir mientras se muere.
Hay en las ciudades un proletariado burgués, el que más padece y menos grita, que se consideraría dichoso con poseer un pedazo de tierra en el campo. Es un gran error creer que el habitante de la ciudad no ama el campo. Ofrecedle facilidades para llegar á el, dádselas para poseerlo y veréis con cuánto más amor lo cultiva y hace suyo que quien vivió siempre en el y ya lo mira como indiferente ó enemigo.
Sean donaciones de tierras el premio de los buenos servidores del Estado, el pago de muchas de esas clases pasivas que acaso llevan vida inútil y vergonzosa en las ciudades. Ellos llevarán al campo cultura social y el campo les dará en cambio salud y alegría. La tierra no pide sólo brazos fuertes que la trabajen con dureza, como quien golpea ó hiere, pide también quien la mire con amor; y nadie la amaría tanto como esos proletarios que vivieron siempre en vivienda alquilada, muy tasado el terreno, y el sol y el aire aún más tasados. Esos que en un día de fiesta en Madrid, van en bandadas como peregrinos del sol, hacia el Retiro, hacia la Moncloa, hacia los Cuatro Caminos, á emborracharse de luz para muchos días, ¡como serían felices sobre un pedazo de tierra suyo, donde el sol es el buen padre de la tierra que á su calor fructifica y florece, no el astro avergonzador de la gente pobre con su luz indiscreta que descubre el brillo de la ropa usada y las grietas del calzado viejo!
No me atrevería yo á censurar la prohibición de las capeas en nombre de las sacrosantas costumbres nacionales, pero á trueque de incurrir en el enojo de Mariano de Cávia, me atrevo á censurarla por exceso de sensiblería mía, no de la orden, que á primera vista parece bien intencionada.
Pero considerando que en esas capeas tomaban la más activa parte los más brutos de cada pueblo; considerando que en la mayoría de los casos había cornadas providenciales; considerando que todo ello era indulto de infelices mujeres, condenadas de por vida á marido bruto, alivio para el Estado de candidatos al ingreso, aumentando sus cargas, en establecimientos penitenciarios, considerando que, llegado el día de la fiesta, habrá sus motines y algaradas que darán lugar á mayores barbaridades, pues es casi seguro que en muchos pueblos no admitirán á la Sociedad de Conciertos, como festejo digno de sustituir al toro, considerando que las escuelas de casi todos los pueblos y aldeas de España no tienen mejor uso que servir con sus ventanas de palcos y talanqueras para presenciar con relativa seguridad la gallarda fiesta; considerando que si damos en lavarnos la cara no van á conocernos, vengo en opinar que la orden sería más efectiva, plausible y meritoria, de haber ido precedida de otra: la ley de Instrucción obligatoria; porque los lugareños son gente maliciosa, y como sólo les llegan del poder central órdenes prohibitorias, no será extraño que algún día se cansen y digan: ¡Todo es prohibir, prohibir! ¿Y qué nos dais en cambio? Que nos manden siquiera un cinematógrafo.
Todas las mujeres tienen una edad para parecer más hermosas ó menos feas. No siempre es la juventud, como puede creerse. Hay géneros de belleza que se acomodan mejor con la madurez y hasta con la ancianidad. Cuántas veces la que conocimos francamente fea de joven, nos sorprende á su declinar con un agradable aspecto.
Hay también bellezas por horas, á las que favorece más ó la mañana ó la tarde ó la noche, sea por la luz, sea por los trajes propios de aquellas horas.
Para ser hermosa á toda edad, á todas horas y á todas luces, es preciso ser la forma de Arte que nunca pasa, como dijo Leonardo de Vinci.
A las ciudades les sucede lo mismo que á las mujeres. Hay de ellas que sólo parecen bien en invierno, otras que entonan mejor con la suavidad otoñal, otras que sólo son bellas en verano.
A París, por ejemplo, le sientan bien las estaciones crepusculares; primavera y otoño, como belleza cansada que se defiende de la luz cruel con velos y pantallas. A las viejas ciudades flamencas y castellanas les dice bien la lluvia, bajo un cielo como de cristal esmerilado. Granada y Córdoba, á pesar de su oriental carácter, entonan mejor en el invierno. Sevilla, en cambio, sólo se concibe inundada de luz.
Madrid también es hijo predilecto del sol y necesita de toda su luz para parecer algo. En los días de invierno, con sus tejados parduzcos y la pobreza de su caserío, visto á lo lejos, parece de un color de puchero viejo, y bajo la lluvia como lamentable trapo de mil remiendos desteñido al mojarse.
Pero al sol es como prisma que rompe la luz en destellos de pedrería. Ya sus remiendos parecen labores de tapiz oriental, los revoques desconchados de sus fachadas reflejan el oro y el rosa como granitos y mármoles preciosos. Su gente también parece engalanada: la mayor baratura de las telas veraniegas pone en las calles la alegría de sus colores claros.
Esas pobres y simpáticas cursis, tan mal pergeñadas en invierno con sus abriguillos de sutil pañete, que á nadie engañan, y al frío mucho menos, con sus boas de pluma de pavo casero y sus manguitos ó sus estolas de piel, en que aún palpita el último maullido de la víctima, con sus caritas anémicas amoratadas y sus narices arreboladas y sus ojillos lacrimosos por el frío, esas pobres cursis que tanto deben odiar el invierno, con ellas más que con nadie despiadado, ahora son reinas de calles y paseos, ahora lucen con valentía batistas y gasas y muselinas y arrogantes sombreros de paja con sus flores vistosas ó su golpe de guindas entre verde hojarasca que la lluvia y el sol no han descolorido todavía.
Madrid es suyo en este tiempo. Son las mariposas de su primavera. Pero como dijo el poeta: ¿Es que los pájaros se esconden para morir? Digamos también: ¿Dónde se esconderá en invierno tanta pobre cursi? Porque todas estas que véis ahora no las volveréis á ver hasta otra primavera y otro verano, aunque las busquéis en el paraíso del teatro Real, en las galerías de Palacio en los días de capilla pública ó en las funciones de sociedades de aficionados.
En Copenhague, un actor y marido ha disparado unos tiros sobre su dos veces compañera, en la vida y en el teatro, al terminar ella de bailar con otro actor un vals que, por lo visto, se las traía. ¡Para que se fíen ustedes del teatro del Norte!
Se atribuye á los celos el arrebato del marido; pero como da la casualidad de que el valsecito había entusiasmado al público, vaya usted á saber si no serían los aplausos los que pusieron al actor, antes que marido, en el disparadero. ¡La psicología de los actores es tan complicada!
De cualquier modo, los matrimonios siempre son ocasión de disgustos en el teatro; sólo sirven para dificultar el buen reparto de las obras y para desilusionar al público.
Cuántas veces oye uno durante una representación:—Me parece que la fulana (el nombre de una actriz) engaña á su marido.
—No lo crea usted; si es un matrimonio modelo.
—Si digo en la comedia.
—¡Ah!
Y otras veces lo contrario.
—¡Qué buena es esta mujer para su marido!
—¿Pero usted no sabe ...?
—Ya lo se; si digo en este papel ...
Y con esta confusión de la vida doméstica con la artística se embrolla á cada paso el asunto de las comedias. Los actores no debían tener vida privada y las actrices mucho menos. A lo mejor hay aquello de:
—¿Ve usted aquellos cinco niños tan monos que están en aquel palco?... Son de la que hace de Doña Inés de Ulloa.
Y, en efecto, al llegar la escena del rapto, los chiquitines lloran que se las pelan porque se llevan á su mamita, y las buenas mamás que están en el teatro cuchichean unas con otras ... ¡Pobrecitos! ¡Qué ricos! ¡Lloran porque ven que se llevan á su mamá ...!
Y á un espectador que no esta en el secreto y los manda á la Inclusa desde el paraíso, le advierte uno de la claque, con muy malos modos:
—¡No sea usted bruto! ¿No ve usted que son los niños de doña Fulana?
Y con todo esto, al llegar la escena del sofá, ya el público sólo se interesa porque los niños van á volver á llorar más desesperados, temiendo que con los arrumacos de Don Juan les van á traer otro hermanito de París ... ó de Nápoles, rico vergel, que es de donde se los traerían á Don Juan ...
En fin, que en el teatro como en la política cuando la vida privada no casa con la pública, no hay modo de convencer á nadie, aunque los versos sean de Zorrilla y los discursos de Demóstenes.
Un libro de versos—Alma-Museo-Cantares—simpático como su autor, Manolo Machado; un moro andaluz que, por no saber adónde iba, se perdió en Montmartre y se encontró en Madrid, y en el fué bien hallado, porque su espíritu es de chispero, aunque al cantar su serenata á la luna, su blancura parece envolverle unas veces en el blanco alquicel de los árabes, otras en la túnica blanca de Pierrot.
Es muy convencional la división de géneros en poesía; porque si la poesía lírica es sincera, tiene siempre mucho de dramática; en un solo monólogo nos dice el drama interior del poeta.
Los sonetos ¿no son una tragedia más de Shakespeare? En las poesías de Manuel Machado también podemos seguir los pasos de una interesante acción dramática, por fortuna no trágica. En este caso, ó yo no se leer, ó todo acabará en boda, y la voluntad del poeta, su voluntad, que murió en una noche luna, en que era muy hermoso no pensar ni querer, resucitará á la luz de otra luna ... de miel. ¿No es eso? Y el poeta nos dirá entonces: que es muy hermoso pensar, pensar intensamente ... cuando se piensa en lo que se quiere.
Una madre con cinco hijas en cuenta corriente, esto es, en espera de colocación, me decía: ¿Ha visto qué idea la de ese joven mejicano? ¡Distinguido, millonario y dedicarse á torero! ¡Mire usted que si le cogiera un toro!
—¡Qué envidia!, digo, ¡qué lástima!, contesto distraído, pensando en las cinco hijas.