Nota del Transcriptor:
Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.
Errores obvios de imprenta han sido corregidos.
Páginas en blanco han sido eliminadas.
La portada fue diseñada por el transcriptor y se considera dominio público
Jacinto Benavente
De sobremesa
CRÓNICAS
QUINTA SERIE
MADRID
PERLADO, PÁEZ Y COMPAÑÍA
SUCESORES DE HERNANDO
Arenal, 11 y Quintana, 31 y 33
1913
ES PROPIEDAD.—DERECHOS RESERVADOS
Artes Gráficas MATEU.—Paseo del Prado, 30.—Madrid.
De sobremesa
I
Los ojos y las almas se van tras lo que brilla, y la botadura del barco España ha sido lo más brillante en esta semana pasada.
¡Un barco de guerra magnífico! La consideración de la cantidad pudiera entibiar el entusiasmo por la calidad, si, como dijo Shakespeare, lo que es hambre para un gigante, no fuera hartazgo para un enano.
Los que no se deslumbran por lo que brilla, acaso más relumbrón que lucimiento, sin quitarle importancia al flamante acorazado, estiman en tanto el saber que muy pronto la Transatlántica Española contará con dos nuevos barcos, barcos de paz, con todos los adelantos y comodidades de los mejores transatlánticos ingleses y alemanes.
Como en España todo se hace cuestión de ideas, por lo mismo que nos tienen todas sin cuidado, el hablar mal y por sistema de la Compañía Transatlántica Española es uno de los tópicos anticlericales.
Aquí, hasta del hallazgo de un supuesto retrato de Cervantes se hace programa de partido y poco menos que dogma católico. D. Alejandro Pidal ya comprometió á la Divina Providencia en el hallazgo.
Se ha censurado á la Compañía Transatlántica porque en sus barcos se dice misa y se reza la oración y el rosario. Yo no creo que la asistencia á estos actos sea obligatoria para los pasajeros. Pero, nótese: siempre censuran la celebración de estas ceremonias los que, sin creer en ellas, no se atreven á proclamar su descreimiento y... porque no se diga, se molestan en presenciarlas. Es cobardía suya y dicen que es intolerancia ajena.
A mí me parece más intolerancia la de los barcos ingleses, que, al viajar por líneas donde son muchos los pasajeros católicos, sólo celebran el culto protestante y no llevan un sacerdote que pueda auxiliar á un moribundo de religión católica.
Pero, en este caso, nadie habla de intolerancias ni de intransigencias, y lo más gracioso es que los más libres pensadores no pierden ceremonia del culto protestante por... curiosidad, por pasar el rato. Y eso que, al final, hay colecta.
También habrá oído usted decir que los camareros de los barcos españoles, con esa democracia tan nuestra, se permitían andar en mangas de camisa entre los pasajeros. No he podido comprobarlo; pero sí que, en barcos ingleses, con esa aristocracia tan suya, andaban... no en mangas de camisa, en calzoncillos.
En esto, como en todo, así hemos escrito nuestra historia y así vamos contándola por el mundo.
El saludo al nuevo barco de guerra España no debe ser cuestión de ideas; tampoco debe serlo el saludo á los barcos de paz de la Compañía Transatlántica Española.
II
Distinguidos escritores y críticos de Arte han solicitado, para la próxima Exposición Nacional de Bellas Artes, una instalación destinada á exponer obras de don Ignacio Pinazo.
Tan de justicia es la demanda que, sin duda, la inmediata respuesta será la concesión, y aun ha de parecemos tardía, pues quizás hubiera debido anticiparse á la petición el ofrecimiento en este caso.
En la inquietud algo anarquista de nuestra moderna pintura, entre oscilaciones de la moda, influencia de fuertes individualidades, titubeos de los unos y afirmaciones prematuras de los otros, Pinazo ha sido de esos grandes y seguros artistas que, fieles á la realidad objetiva del Arte, sobre modas y gustos pasajeros, son como estrellas fijas guiadoras infalibles del derrotero cierto.
No quiere decir que la moda no sea legítima en arte y que no tenga sus encantos. La moda es siempre expresión de una modalidad espiritual en el tiempo, y por ser documento interesante en la Historia del Espíritu Humano, también puede serlo en la Filosofía del Arte.
Mas si nada pierde una mujer hermosa con ir vestida y adornada al gusto del día, y aun lo gracioso del atavío es picante realce de la hermosura á los ojos vulgares, solicitados por lo llamativo del adorno antes que por la verdad de la hermosura, no es menos cierto que, si el adorno es gracia, sólo la desnudez es verdad.
Un figurín es muy poco; una hermosa mujer, bien vestida, es algo; una mujer desnuda y muy hermosa, es hermosa de veras.
Pues de esta sólida hermosura es la obra de Pinazo. Por las obras de otros pintores han dejado figurines y modas sus gracias y sus artificios; en unas, eso fué toda su razón de ser; de otras, quizás por haber atendido demasiado á lo pasajero no quedó todo lo que debiera haber quedado. En Arte sólo sobrevive lo que es vida, lo que es Espíritu.
La obra de Pinazo es algo más que un figurín, y la exposición de sus obras puede ser saludable enseñanza para tantos jóvenes artistas en camino de perderse desorientados; unos, por andar á la última moda; otros, por sacar moda nueva, como no se haya visto, si es posible.
Hay obras de arte de contemplación recomendable contra neurastenias artísticas, como el campo y el mar y sus aires puros contra la neurastenia física.
Las obras de Pinazo son de estas obras privilegiadas; obras de salud, de fuerza, de verdad, como las de Velázquez, sus hermanas mayores.
En París han andado á cachetes un autor y un crítico por un quítame allá esa obra. El autor es M. Caillavet, fecundo colaborador de M. Flers, con algunas infidelidades, como es natural en toda colaboración, ya sea matrimonial, ya literaria; el crítico es M. Mas, del periódico Comedia; y la obra en cuestión es Primerose, representada en la Comedia Francesa.
En los Círculos teatrales de París ha sido sabrosa comidilla el incidente. Unos ponen por Tenorio y otros por Mejía. No estoy seguro, pero me atrevería á jurar, supuesto el compañerismo entre gente de letras, que los autores estarán á favor del crítico y los críticos á favor del autor. Los actores, naturalmente, á favor del autor y del crítico, en presencia de cada uno de ellos, y en ausencia... deseando que no hubieran quedado ni las plumas del uno y del otro.
En París, como en todas partes, la crítica teatral peca de benévola. Su mayor injusticia consiste, quizás, en tratar con igual benevolencia á todo el mundo. En este caso particular M. Caillavet no ha tenido razón para incomodarse. M. Mas es un fanático admirador de la Comedia Francesa. Considera dicho teatro como una preciosa institución nacional y vela celoso por sus prestigios y por sus excelencias. M. Mas cree que el teatro Francés no puede ser como otro teatro cualquiera, atento sólo á lo productivo del negocio; cree que son más elevados sus deberes y sus atenciones. Se lamenta de continuo porque los actores de la Comedia andan desperdigados por esos mundos y dificultan con sus continuas ausencias la esmerada interpretación de las obras. Deplora que las actrices del severo teatro conviertan la clásica escena en escaparate exhibitorio de atrevidas creaciones modistiles, y truena contra el predominio de las obras modernas sobre el repertorio clásico de Corneille, Racine y Molière.
Lo mismo que ahora contra Primerose, la obra de Flers y Caillavet, ha protestado contra otras muchas obras de Lavedan, de Donnay, de Bataille, de Hervieu.
Era un sistema, y ya se sabe que contra un sistema sólo es posible otro sistema. Como las bofetadas no pueden ser un sistema, el mejor de todos era el seguido por los demás autores y por el administrador de la Comedia Francesa, M. Claretie, hombre de mundo y de teatro: Dejar decir y... ¡que critiquen!, como decía Pina Domínguez al cerrar con ímpetu la portezuela de su elegante berlina.
Monsieur Mas sostiene, con razón, que sólo por tratarse de un teatro subvencionado se permitía protestar contra el excesivo número de representaciones de Primerose.
Monsieur Claretie opina que, no sólo de la subvención oficial vive su teatro, y con números, vencedores siempre de las letras, puede demostrar que el público prefiere las obras modernas á las de Corneille, Racine y Molière.
En un país republicano y democrático el sufragio universal es la razón suprema.
Y en cuestiones de Arte es en lo único que estará de acuerdo la aristocracia con la democracia. Votarán siempre por la vulgaridad y por la tontería.
En un salón se notaría gran diferencia entre una duquesa y una cocinera. En el teatro, si hay alguna, es en ventaja de la cocinera.
III
Un curioso impertinente ha descubierto y publicado la verdadera fecha del natalicio de algunas celebridades.
La gente goza mucho con estas indiscreciones.
Nuestra admiración se trocaría en odio si no considerásemos á los seres superiores sujetos á estas miserias, patrimonio de la humanidad.
Necesitamos saber que en algo son nuestros iguales, y en algo, tal vez, inferiores.
La tristeza de admirar sólo está comparada por la alegría de compadecer.
Pobre del grande hombre de quien no se haya dicho alguna vez ¡Pobre hombre!
Por eso la admiración á los grandes hombres es más espontánea cuando son más viejos. No se les admira por haber sido grandes más tiempo, sino porque ya les queda menos tiempo de serlo.
Los setenta años de la Patti, los sesenta y pico de Sarah, despertaron generales simpatías y admiración. Cuando un artista es tan declaradamente viejo, quisiéramos que, á poder ser, no se muriera nunca. Las gracias seniles hallan tan propicia nuestra admiración como las gracias infantiles. Todo lo que sea poder decir: ¿Ha visto usted? ¡A su edad! ¡Es admirable!
Los perjudicados con estas indiscreciones son los de la edad ingrata: Caruso y D'Annunzio, con sus cuarenta y tantos años, y las artistas cincuentonas. Para estas edades no hay compasión. Son los años crueles, sin amor y sin respeto. Años en que todo es ridículo, en que todo parece afectado, impropio, equivalentes á las horas de la tarde en el día, las más difíciles de distraer, las más difíciles en acertar con el traje adecuado. Cualquiera es elegante por la mañana ó por la noche; pero ¡por la tarde! La tarde es la verdadera piedra de toque de la elegancia; como la tarde de la vida lo es del saber vivir. ¡No ser ridículo en esa edad ingrata, de los cuarenta á los sesenta! ¡Insuperable dificultad!
Y ¡si hombres y mujeres se limitaran en esa edad terrible al trato y sociedad de sus contemporáneos! Mas, justamente, en esa edad, como se teme al espejo, se huye de la confrontación con los que pueden servirnos de espejo.
Las señoras y los señores maduros se rodean de jovencitos. Es la edad de los amores desproporcionados, trágicos. La edad en que á nuestro llanto responden las risas; á nuestra fidelidad el engaño; en que decimos: Tú, y nos dicen: Usted. Besamos en la boca y nos besan en la frente.
También ha sido sabrosa indiscreción la de haber enterado al público de lo que cobran anualmente los más aplaudidos autores y compositores.
A estas horas habrá quien crea que no hay profesión en España como la de compositor ó autor dramático.
Yo me permito advertir á los deslumbrados por esas cifras, más verdaderas que elocuentes en esta ocasión, cómo esas cantidades apetitosas, cobradas por algunos autores durante algunos años de su vida teatral, son, en parte, los atrasos de muchos años de penuria y de lucha, y en parte anticipo de otros que llegarán, de agotamiento y decadencia.
Si el público quiere saber la verdad que se esconde detrás de esas cifras, no mire lo que cobran los autores; mire cómo viven muchos de ellos, y sabrá mejor á qué atenerse.
Y no es que pequen de ahorradores ni de avarientos. ¡Si el público supiera los apuros que pasan á veces, por muy poco dinero, muchos de esos que cobran tanto!
No hay duda que sobre el dinero del teatro pesa alguna maldición, sin duda por ser el teatro cosa diabólica. Lo cierto es que no hay dinero que menos luzca. Ni renta que en menos tiempo consuma el capital.
Todo autor pudiera decir, como la actriz francesa Mme. Dorval, ante los aplausos del público: Bien pueden aplaudirme; les doy mi vida.
En fin, si será teatral el dinero del teatro, que estoy seguro de que, al leer las cantidades cobradas, los primeros sorprendidos habrán sido los mismos autores. Pero ¿es posible que yo haya cobrado todo ese dinero?—pensarán algunos.
Y no hay duda; las cifras no mienten, todo eso es verdad. La de autor dramático debe ser profesión envidiable. ¡Ojalá pudiera cederse ó traspasarse como un comercio ó establecimiento cualquiera con todos sus enseres! Y ¡ojalá pudiera anunciarse la cesión ó el traspaso como en Francia: ¡Après fortune faite!
Entre dos amigos:
—Pero ¡chico! ¿Estás comprando ostras? ¿Quieres suicidarte?
—No. Yo no soy aprensivo. Además, tengo convidada á la familia de mi mujer.
IV
Como anticipo al centenario de Shakespeare, y ya nos contentaríamos para suma total con un anticipo como ese en nuestro centenario de Cervantes, durante el próximo Mayo ha de inaugurarse en Londres una curiosa reconstitución de dicha capital en tiempos de Shakespeare, con sus tortuosas callejas, sus casas de madera. Habrá suntuosas fiestas, en que tomarán parte más de tres mil personas de la mejor sociedad, vestidas á usanza de la época en la severa pero fastuosa corte de la reina Isabel, la vestal de Occidente. Habrá torneos y pasos de armas, con históricas armaduras en caballeros y palafrenes.
En el teatro del Globo, copia exacta del que fué dirigido por Shakespeare en unión de Burlage, serán representadas obras de Shakespeare, de Marlowe, de Ben-Johnson, de Beaumont y Fletcher y de otros gloriosos autores contemporáneos del que logró oscurecer la gloria de todos.
Una kermesse revivirá costumbres populares, las canciones y danzas de la época, pavanas y gallardas.
En la sala de los festines podrá asistirse á una comida de ceremonia de la reina Isabel, rodeada de sus adoradores y de sus cortesanos.
Habrá conciertos de música del siglo xvi y mascaradas á la italiana, tan del gusto de aquella corte, rara mezcla de rudeza y refinamiento, de energía y de corrupción.
No faltará el recuerdo triste para nosotros; la reproducción del Revenge, el barco que mandaba lord Ricardo Granville en el combate contra nuestra Armada Invencible; el mismo, también, en que nuestro mortal enemigo el Drake dió por primera vez la vuelta al mundo.
Tan magnífico espectáculo ha sido organizado por una empresa particular y será á modo de heraldo anunciador de las grandiosas fiestas que dispone Inglaterra para el año diez y seis.
Lo mismito que aquí, ¿no es verdad, amigo Cávia? Aquí ya hemos convertido la conmemoración de Cervantes en algo religioso, en declarar dogma católico y conservador la Invención del escondido retrato; Invención no menos gloriosa que la de la Santa Cruz por Santa Elena.
Ahora van á enviarse fotografías y foto-grabados del retrato por esos mundos. ¡Quiera Dios que no vuelva maltrecho y vapuleado, como Don Quijote de sus aventuras y andanzas!
En nuestro espíritu nada se pierde ni se destruye, aunque mucho se oculte. De continuo allegamos experiencia y conocimiento, y por una serie de superposiciones, juzgamos tal vez terreno de solidez fundamental lo que sólo es arena de aluvión movediza. Cuando creemos más perdida alguna primera cualidad de nuestro espíritu, una emoción, un recuerdo, una sacudida cualquiera, arrastra todo lo superpuesto y reaparece en nosotros lo que más enterrado parecía.
Sólo así se comprende cómo sobre una balumba de ciencias filosóficas y naturales surje y se alza de pronto un libro diminuto: el Catecismo.
Sólo así se explica cómo después de haber leído á Mæterlink y á Ibsen, nos interesamos en el teatro con pueril interés, con emoción plebeya, por el melodrama de burdas complicaciones. Cómo, después de haber leído á Flaubert y á D'Annunzio, nos divierte el folletín policíaco ó el cuento de niños.
Por eso hay espectáculos y libros y cuentos que durarán cuanto dure la Humanidad. Y no porque al renovarse las generaciones cada generación celebre las novedades, sino porque, como en la Humanidad, con ser tan vieja, siempre habrá niños y juventud, en el hombre, por muchos años y mucha experiencia y muchos desengaños que pesen sobre su vida, siempre existirán el joven y el niño, prontos á mostrarse apenas una emoción de su mocedad ó de su infancia los solicite. Como la tierra madre, el corazón del hombre se abre en grietas, simas, para decirnos, una, la historia, de sus edades geológicas; el otro, la de sus edades espirituales.
He aquí por qué unos cuantos hombres maduros y muchos viejos estábamos encantados una de estas noches con los juegos de prestidigitación y de ilusionismo del caballero Watry.
Este es un espectáculo en que se ha progresado muy poco. Quizá en eso está su mayor encanto. Las innovaciones le perjudican. Preferimos á los modernos aparatos de electricidad, combinaciones de espejos y cámaras oscuras, las antiguas suertes de baraja y de escamoteos; las que dieron inmortal prestigio á Roberto Houdin, á Benita Anguinet, á Herman, al conde Patricio y demás célebres figuras de un arte siempre antiguo y siempre nuevo, como todo lo que tiene raíces profundas en lo más profundo de la Humanidad.
¿No es este todo el secreto del Arte? ¿Hay novedad que valga tanto como acertar con una de vejeces que nunca envejecen; el cuento de ilusión que al niño maravilla por ser niño y al hombre le ilusiona porque se cree niño al recordarlo?
V
Bien dice el refrán: «No hay peor cuña que la de la misma madera». Cuando entre los pintores hay más literatos, deciden los pintores recusar el juicio de los literatos.
Para la próxima Exposición de Bellas Artes desean los pintores que nadie, ajeno á la pintura, intervenga en la admisión de cuadros. Grave pecado de ingratitud me parece. ¿Qué sería de la mayor parte de los pintores modernos si los literatos no se encargaran de comentar y de explicar sus cuadros al público?
Sin los literatos, ¿hubiera logrado imponerse el impresionismo francés? ¿Qué hubiera sido sin Ruskin de los hermanos prerrafaelistas de Inglaterra? Y ¡de cuántos pintores modernos no puede decirse lo que el conde Tolstoi decía de Ibsen: «Ibsen es feliz; él escribe lo que le parece, sin saber lo que escribe, y después los críticos se encargan de explicárselo». ¡Ah! ¡Si algunos de nuestros pintores modernos tuvieran que entendérselas directamente y cara á cara con el público! Y también muchos de los antiguos.
Uno de los experimentos más interesantes es el de acompañar en su visita al Museo á una persona que no esté tocada de literatura, á un espíritu virgen y sincero. Yo les aseguro á ustedes que las convicciones más firmes se tambalean. ¡Ven tan claro y tan limpio estos ojos vulgares! ¿No veríamos nosotros como ellos, si sólo percibiéramos la objetividad de la belleza en los cuadros, en vez de ir saturados de subjetivismos de escritores y críticos? ¡Cuántas obras de arte no deben su gloria á su propia hermosura, sino á la hermosa página que inspiraron! Cuando contemplamos la Venus de Milo, ¿es la Venus de Milo la que nos admira, ó tantas famosas páginas literarias escritas en su honor?
La cultura es la buena educación del entendimiento, mas por lo mismo que es buena educación, no puede ser siempre sinceridad.
Hay buenas formas, indispensables para frecuentar el mundo artístico, como para andar en sociedad. ¡Si dijéramos siempre lo que pensamos y lo que sentimos!
Pero, como dice en la comedia de Pailleron Le monde oú l'on s'ennuie, en castellano, Las tres jaquecas, el subprefecto republicano á la duquesa monárquica, que le propone hablar mal del Gobierno: «¡Ah, duquesa, yo no puedo hablar mal, soy empleado; pero la oiré á usted con mucho gusto». Cuando no nos atrevemos á ser sinceros ni con nosotros mismos, ¡cómo agradecemos y cuánto celebramos que alguien se atreva á serlo!
Por esto, los reyes y los grandes señores, obligados á fingimientos de cortesía, gustaban de traer á su lado bufones y chocarreros, que, con achaque de burlas, dijeran las verdades. Por esta misma razón, todavía, en muchas casas aristocráticas gustan de convidar á unas cuantas personas mal educadas, que puedan, de cuando en cuando, soltar cuatro frescas á los demás invitados, con gran susto, aparente, de los señores de la casa; en realidad, con gran regocijo, porque son las cuatro frescas que ellos soltarían con mucho gusto, si la buena educación no se lo estorbara.
Y hay que convenir en que si la sinceridad y la mala educación á todas horas serían intolerables, son muy convenientes alguna vez, como ventiladores. Sin ellos no se podría respirar en algunos momentos. ¡Tan cargada de mentiras y de convencionalismos está la atmósfera social!
Hay salidas de tono, ó dígase coces, inapreciables para determinar una corriente de aire puro.
Ahora, que á las personas de buen talante ni les gusta acocear ni ser acoceadas. Por eso suelen acompañarse de quien sepa hacerlo con oportunidad.
Un empresario de mucho entendimiento decía que todo empresario necesitaba tener dos representantes: uno, honrado, para entenderse con él, y otro, pillo, para entenderse con el público. Del mismo modo, es muy conveniente en la vida tener dos amigos de confianza: uno, bien educado, para tratar con él; otro, mal educado, para que trate á los demás amigos. Y ¡si fuera posible reunir en uno solo al que supiera decirnos las mentiras agradables á nosotros y las verdades desagradables á los demás!
Pero esta suerte es patrimonio de los grandes personajes políticos. Por lo regular, cuando se tiene un amigo mal educado, somos sus primeras víctimas. Pero, en fin, en gracia de que puede molestar á todo el mundo, le perdonamos gustosos que nos moleste.
La huelga carbonera de Inglaterra, de interés mundial, como ahora se dice, nos preocupa muy poco. La actitud de Francia en la cuestión de Marruecos, de interés tan nacional, nos preocupa lo mismo; menos, es imposible.
Los temas de conversación preferentes son: la crisis probable, el nuevo arrendamiento de la Plaza de Toros, la opereta vienesa, las tres peticiones en la Iglesia de Jesús, la chismografía de sociedad y de bastidores... Amenidades todo: como en los pueblos felices y en las casas en donde hay que comer.
Y bien mirado, ¿no es admirable esta despreocupación nuestra? Los destinos futuros de la Humanidad ¡son tan inciertos! ¡Todo el poderío, toda la riqueza del Imperio británico á merced de una huelga proletaria!
¡Oh! ¡El brazo de reyes, emperadores, hombres de guerra y hombres de Estado, ese brazo extendido, que parece en nuestras estatuas imperioso, dominador!
Ya son los brazos cruzados del obrero, del trabajador, del miserable, los que rigen, gobiernan y mandan en el mundo.
Ante esta pasiva acción, ¿qué puede otra acción? ¿Qué puede el pensamiento? Los bárbaros no necesitan esta vez ni avanzar sobre el Imperio; les basta con cruzarse de brazos, y el Imperio caerá por sí solo.
Mientras el mundo viva preocupado por esta amenaza, y hasta realizarse, nosotros, que ni aun entonces nos preocuparemos gran cosa, podemos ser el rincón apetecible del mundo, que sirva como de Sanatorio á los pensadores europeos que se hayan vuelto locos de tanto preocuparse por lo que nosotros nos tendrá sin cuidado.
VI
No hay que echar á mala parte nuestra ingratitud con los grandes hombres. Se ha dicho que la ingratitud es la independencia del corazón. Entre nosotros no es sino la independencia del cerebro. Nuestra ingratitud sólo es olvido, y somos olvidadizos por pereza.
Como la soberanía nacional en unos cuantos políticos de profesión, delegamos gustosos la facultad de discurrir, con tal de molestarnos lo menos posible.
Cuando admiramos ó cuando dejamos de admirar, no hay que tomar en serio nuestro entusiasmo ó nuestro desvío. Nada es convicción, todo es comodidad.
Así, no hay gloria duradera entre nosotros. Y no por combatida, por ignorada. La crítica, aunque fuera para negar, ya sería conocimiento, pero ya sería molestia. Es mejor suprimir.
La fama de todo gran escritor, por glorioso que sea, padece un eclipse peligroso: cuando extirpada la generación de sus admiradores contemporáneos, se suceden otras nuevas generaciones, solicitadas por nuevos nombres y nuevas glorias; cuando la obra es vieja y aún no es antigua; cuando ya no es actualidad y aún no es historia; cuando ya no creemos en el Revilla que la celebró en su tiempo y aún no llegó para ella el Menéndez y Pelayo que haya de consagrarla á nuestra admiración definitiva.
La gloria de Campoamor ha podido tener este eclipse. Los jóvenes dejaron de admirarle porque era el mejor pretexto para no leerle. Lo mismo ha sido con Víctor Hugo, con Lamartine, con otros muchos.
Apenaba la escasez de estudios biográficos y críticos de Campoamor y de sus obras. Entristece que el poeta de las mujeres no tenga una edición de sus obras, elegante, artística, digna de ser ofrecida á una mujer como regalo. Las mujeres ¡ingratas! dejaron morir al poeta sin ofrecerle el homenaje de su admiración y de su cariño.
Ahora, patrocinada por leales amigos, se abre una suscripción para erigir un monumento al poeta. Las hijas de aquellas madres que amó tanto, como él decía, ¿se acordarán del poeta? «Me besan hoy como se besa á un santo»; exclamaba con ternura de abuelo, en el noble ocaso de su vida.
Las jóvenes de ahora no besan á los poetas ni los tienen por santos, y á los santos tampoco los besan, se los comen. Como no ande en ello batuta eclesiástica, poco puede esperarse de las damas aristocráticas y de las jóvenes distinguidas.
De este modo, como decía Hamlet, bien puede asegurarse que la memoria del más ilustre hombre vivirá cuatro días, y eso si fué fundador de iglesias, que si no, podrá decirse como del caballito de palo se canta:
¡Ya murió el caballito de palo,
y ya le olvidaron así que murió!
Sería muy triste que sólo contribuyeran los hombres al monumento que ha de perpetuar las glorias del poeta de las mujeres, del que poetizó el dolor en femenino con nombre de dolora.
Andrés González Blanco ha redimido culpas de la juventud literaria de nuestros días con un magistral estudio sobre Campoamor; libro de crítica seria, sin impresionismos, sin nerviosidades; un estudio todo serenidad, como corresponde á uno de los pocos poetas españoles del siglo xix, que ha de hallar, por lo menos cada veinte años, un crítico de entendimiento que lea sus obras y sepa imponerlas á la admiración de los que no leen.
En España, este público que no lee nunca es el que más sostiene el esplendor de las glorias literarias; como la multitud que nunca piensa, el esplendor de las religiones.
Los deportistas de nuestra Sierra del Guadarrama se oponen á la construcción de un Sanatorio para tuberculosos.
El deportista ha leído á Nietzche; el deportista no tiene compasión. Como aquel hombre frío, del que habla Wordsworth en una poesía, capaz de estudiar botánica sobre la sepultura de su madre, el deportista considera el mundo como un inmenso campo de recreo. Si su afición es el automóvil, quisiera que el mundo fuera una inmensa carretera asfaltada y que hasta los cráneos de los transeuntes fueran de asfalto para deslizarse con suavidad sobre ellos.
Sobre la Sierra han puesto sus grandes patines dominadores. Bien está que se expongan por gusto á romperse la cabeza en un ejercicio tan saludable y tan útil en España; pero ¡exponerse, por sensiblerías impropias de hombres fuertes, á contagiarse de tuberculosis! Una cosa es tener valor ante un riesgo seguro, y otra ante un riesgo imaginario. Sí sabe uno cómo puede matarse, pero ¡cómo puede morir!
En este caso, los higienistas se ven combatidos con sus propias armas. ¡Se ha exagerado tanto el peligro de los contagios! Ya es casi heroísmo acercarse á un enfermo.
Lo que debieron considerar esos intratables deportistas opuestos á la construcción del Sanatorio en el Guadarrama es que, más vale prevenir y curar á los tuberculosos en un Sanatorio apropiado, que no vivir de continuo entre ellos sin medios de evitar el contagio. ¿Es el nombre lo que asusta? Pues si en el edificio de la Sierra puede escribirse: Sanatorio, por todo Madrid puede escribirse: Foco. Véase lo que es preferible y dónde es mayor el peligro.
VII
Es la Academia Española institución tan aristocrática y conservadora, que tiene á gala no dejarse guiar en sus acuerdos y en sus determinaciones por nada que trascienda á dictado de la opinión pública y democrática. Por esto, tal vez sea contraproducente el movimiento general de la opinión á favor de la candidatura de la condesa de Pardo Bazán para ocupar uno de los sillones académicos vacantes.
Aunque tanto blasonan de su mayoría, cuando les conviene, es axioma de nuestras clases conservadoras que la mayoría no tiene razón nunca. Pero es, claro está, cuando se trata de la otra mayoría. En España, tratándose de literatura, la mayoría, por desgracia, es una mayoría relativa, que solo puede considerarse mayoría como D. Hermógenes consideraba numerosos los tres ejemplares vendidos de El cerco de Viena, con relación á uno. La opinión general ¡se interesa tan poco por estos asuntos! Tener cinco mil lectores en España, ya es ser un escritor popular. Como nuestro poeta más popular hemos celebrado siempre á Zorrilla, y, aparte Don Juan Tenorio, ¡cuántos de los que conocen la obra ignoran el nombre de su autor! De sus restantes obras, ¿qué razón puede dar el pueblo, lo que se llama el pueblo?
La Academia Española debiera, pues, atender de vez en cuando indicaciones de la opinión, sin temor á verse atropellada por el vulgo y mucho menos por el populacho. Los que se preocupan en España por la literatura, aun los más vulgares, ya constituyen una aristocracia.
En el caso de la condesa de Pardo Bazán no podrá atribuirse la demanda á espíritu sectario de ninguna clase. La condesa de Pardo Bazán ha sido siempre una gran señora de las Letras, y ya que tan mal parece á nuestras clases conservadoras el escritor metido en política—cuando esta política no es la suya, por supuesto, pues á los suyos bien les celebran el civismo y la literatura,—no se dirá en esta ocasión que la política y el sectarismo y las pícaras ideas desnaturalizan el puro desinterés artístico de lo solicitado.
¿Qué puede oponerse á la concesión? Fundar la negativa en el sexo de la ilustre escritora sería notoria injusticia, y ni siquiera puede alegarse como tradición. Justamente las primeras Academias de España, aquellas Academias de poesía, famosas en lo antiguo, eran presididas y congregadas por mujeres y las más nobles y discretas damas concurrían á ellas. Los Juegos Florales, las Cortes de Amor, origen de las modernas Academias, por la mujer tuvieron vida y espíritu.
Por lo mismo que las Academias son instituciones aristocráticas, conservadoras, y está bien que así sea y esa es toda su razón de ser, yo creo que nada puede aristocratizarlas tanto como el ingreso de las mujeres distinguidas.
Sin negar ni desconocer el mérito de algunos escritores, indicados á cada vacante por la opinión pública, no dejo de conocer que su sitio no está en la Academia; desentonan. La Academia no debe atender sólo al mérito literario. No es en círculo tan selecto como una Academia, es en cualquier reunión de café, y hay escritores de gran talento y de grandes merecimientos á quienes no se les puede tolerar de contertulios...
Por eso está muy justificada la resistencia de la Academia Española á ciertos nombramientos.
Ahora, tratándose de la condesa de Pardo Bazán, ninguna oposición lo estaría.
¿Se teme que, una vez abierta la puerta á las mujeres, no habría marisabidilla ni literata de las perniciosas que no se creyera con el mismo derecho á ser académica? Esta objeción lo mismo reza con los hombres. ¡Pues sí que hay entre los escritores varones alguno que no se crea academizable!
Nos quejamos á todas horas de la inferior cultura y capacidad de la mujer, y cuando alguna mujer sobresale entre todas, la negamos el debido premio á sus merecimientos á pretexto de que es mujer.
Hay, además, una razón patriótica para que la condesa de Pardo Bazán sea nombrada académica. Muy pronto ha de ir á la República Argentina, quizás á otras Repúblicas americanas. Son pueblos progresivos, donde la mujer es el alma de la cultura, donde se tiene muy triste idea de nuestro atraso y de nuestro espíritu tradicionalista. Conviene, ya que una infanta de España fué nuestra embajadora política con todos los honores, que nuestra embajadora literaria vaya rodeada de todos los prestigios y pueda dar testimonio, no sólo de lo que puedan valer las mujeres entre nosotros, de esto se basta la ilustre escritora para responder, sino de algo que significa más para nosotros: de cómo sabemos honrarlas y enaltecerlas. Cuando al saber y al talento se le regatean satisfacciones en su patria, por donde va, más que grandezas, va atestiguando mezquindades.
Se anuncia el estreno de una refundición, reducción, adaptación, ó como quiera llamarse, de El barbero de Sevilla, de Rossini, con destino á los teatros de zarzuela española y de género chico.
Hay quien clama contra esto, que le parece atentado y profanación contra la ópera de Rossini.
No lo creo así. Si las obras musicales fueran profanadas en cuanto no se presentan en toda su integridad y en su marco adecuado, profanadas están todos los días en interpretaciones detestables, en ejecuciones parciales, en sextetos, pianos, discos fonográficos, etc.
Popularizar y vulgarizar estas obras en condiciones decorosas me parece obra muy laudable. Sobre que el interés del refundidor y el de los artistas que han de interpretar estas refundiciones, han de tener en cuenta con quién y hasta dónde pueden atreverse. Seguramente, á nadie se le ocurrirá reducir El ocaso de los dioses ni La Walkiria.
Pero la música ligera y alegre de El barbero, ¿por qué no ha de oirse en nuestros teatros de zarzuela? En Romea oímos la «Quinta sinfonía», de Beethoven, entre las danzas de la Tórtola de Valencia.
El teatro Real es teatro caro. Hay muchos que no pueden ir á la montaña; hay que llevarlos á la montaña—El barbero no son los Andes—aunque sea en pedacitos.
Créanlo esos críticos celosos del respeto debido á una obra. No es tan grave falta descender una ópera al género chico como elevar el género chico á categoría de ópera.
VIII
La obra literaria, el Arte moderno en general, aun en lo más serio y meditado, adolecen de inconsistencia, con aire de improvisación, de algo ligero y provisional.
En cada época hay un género literario dominante que, por decirlo así, da el tono á toda la literatura de una época. Hay un período literario épico, hay otro dramático, los hay líricos y los hay novelescos.
En la época actual el género dominante, el que da el tono á toda la producción artística, es el género periodístico. La literatura periodística domina sobre todo el Arte moderno.
El poeta lírico, el autor dramático, el novelista, el orador sagrado, el historiador, pintores y escultores; todos ellos son periodistas en sus poesías, en sus dramas y comedias, en sus novelas, en sus sermones, en sus historias, en sus cuadros y en sus estatuas.
La actualidad periodística con alas de mariposa; polvillo de sus alas, tinta fresca y pegajosa de imprenta, es la musa del Arte moderno.
Por eso cuando los mismos edificios, sólidas obras de arquitectura, los monumentos escultóricos de mármol ó de bronce nos parecen hojas de volandera actualidad, más nos sorprende hallar la obra de serenidad y de reposo en la obra periodística juntamente.
Tal es el libro de Azorín «Lecturas de España», formado con artículos de periódico que tuvieron su día de actualidad y entran ahora, por derecho propio, en la eterna actualidad de las obras maestras.
Cuando tantos libros grandes ofrecidos á la inmortalidad por sus autores, desdeñosos del juicio y del aplauso de sus contemporáneos, pasaron como pasa el artículo de periódico, este libro de artículos de periódico sólo ahora parece en su verdadera forma, con su prosa robusta, sano equilibrio de músculos y nervios, sus juicios certeros, su noble continente de hidalgo castellano.
Para mí, tan propenso á nerviosismos y destemplanzas, nada tan admirable como esta prosa de Azorín, tan distinta de casi toda nuestra moderna prosa. Entre tanto asomo de chillones colorines, es la prosa de Azorín como un buen grabado en acero, como un aguafuerte, donde claros y obscuros dan la exacta equivalencia de todos los colores y de todos los tonos.
Tiene este libro, además, para los que siempre hemos admirado á Azorín, aunque alguna vez haya irritado nuestra sensibilidad, la ventaja, sobre otros libros suyos, de que nada, al leerle, en nuestro sentimiento protesta contra nuestra admiración.
Azorín, como no podía ser menos, parece curado de su «maurismo» agudo. Ya no cree, como creen los conservadores, que el mundo es sólo un medio para que don Antonio Maura y don Juan de la Cierva gobiernen en España.
Azorín es demasiado inteligente, demasiado artista para limitar su ideal á los ideales de ninguno de nuestros partidos políticos. Su apasionada ceguedad conservadora fué... natural reacción de protesta contra los liberales.
Nuestros partidos liberales se dan tal arte que, en España, parece incompatible el ser liberal y el ser inteligente. Los conservadores tienen de bueno el no ser liberales; pero el no ser algo es ser muy poca cosa. Como la única ventaja que tiene un partido español sobre otro es no ser el otro, lo mejor es echar por la calle de en medio, aunque se exponga uno á que le miren de mala manera los de una acera y los de la otra, y más si ven que uno va por su camino sin hacerles maldito el caso.
Se quejan los políticos del desvío de los escritores, de los artistas. Pero ¿estiman en algo los políticos á los escritores, á los artistas? Lo que ellos estiman en el escritor no es la inteligencia, es la sumisión de la inteligencia.
Los políticos, como las mujeres, no se contentan con dominar en el corazón si no dominan en la cabeza. No se contentan con que los perdonemos sus faltas por cariño, quieren que no las conozcamos por ignorancia. Los políticos y las mujeres perciben claramente, aunque la envolvamos en palabras de afecto, la mirada de inteligencia que parece decirles: «Aunque te quiero... te conozco; á mí no me engañas.»
Las mujeres y los políticos odian á todo el que no pueden engañar.
Por eso los hombres inteligentes no son nunca afortunados en amor ni en política.
IX
En la historia del teatro español, durante la segunda mitad del siglo xix, es de gran importancia el estudio de los actores italianos que han pasado por nuestros escenarios y de su influencia sobre nuestro arte dramático y nuestro arte escénico.
Los actores italianos han sido siempre los que mejor han realizado el ideal de la representación escénica: verdad en la poesía y poesía en la verdad.
Este era el arte de sus grandes trágicos: la Ristori, Salvini, Rossi. Este es el arte de sus modernos comediantes.
Lo extraño es que, tierra de admirables actores, no lo haya sido de grandes autores. Italia no ha tenido un Shakespeare, un Calderón, ni siquiera un Molière. Sus actores, más que del teatro patrio, han sido por todo el mundo mensajeros y vulgarizadores del teatro de Shakespeare y del teatro francés.
La Ristori apenas representaba obras italianas: Medea, Fedra, María Estuardo, Macbeth eran las obras de su repertorio. Alguna tragedia de Alfieri, como Mirra, y la Francesca de Rimini, de Silvio Pellico, eran las únicas obras italianas de su repertorio.
Salvini y Rossi eran los intérpretes de Shakespeare.
Virginia Marini, con su excelente compañía, la mejor compañía italiana que hemos visto en Madrid, en la que figuraban segundas actrices que luego fueron eminentes y primerísimas, como la Vitaliani, la Reiter y la Belli-Blanes, y actores como Ceresa, Cola, Vitaliani y Zoppetti, nos dió á conocer el repertorio, antes modernísimo, de Sardou y Dumas, hijo: Dora, Fernanda, Rabagás, Demi-monde, Monsieur Alphonse, La princesa Jorge, etc.
Estas obras parecían la última palabra del realismo en el teatro. La falsedad esencial se ocultaba bajo la minuciosidad de los detalles y el verismo de la presentación escénica. Los árboles no dejaban ver el bosque.
Después de Virginia Marini fueron la Pía Marchi, Novelli; después la Mariani, Zacconi, la Vitaliani, Tina di Lorenzo, y entre ellos Emmanuel con la Glech, primero, después con la Reiter, y, sobre todos, la Duse incomparable: la divina y la humana, dolorosa del Arte, cuerpo de nube fulgurada por intensa luz espiritual, resplandeciente en relámpagos de pasión ó ensombrecida de tristezas profundas como la noche sobre el mar.
Todos estos actores han influído con su arte sobre nuestros actores, sobre nuestros autores y sobre nuestro público. Han sido educadores de nuestro gusto y vulgarizadores del teatro extranjero. Gracias á ellos, nuestro público sabe que hay algo mejor, algo lo mismo, y mucho, también, peor que lo nuestro.
Hoy su influencia no es tan notoria, las novedades teatrales que pueden ofrecernos son pocas, y el interés por asistir á sus representaciones se limita al aprecio del mérito personal de los actores.
Lyda Borelli es la actriz italiana de este año. Llega la última, sin novedades llamativas en su repertorio, y lucha con desventaja en el terreno ocasionado de las comparaciones. Pero su figura, su arte, son tan personales, es tan ella, que la comparación más inevitable se desvirtúa. Lyda Borelli es la última... como el último amor, que nos parece el primero.
En esa melo-comedia de Zazá, que es á La dama de las camelias lo que la República francesa es al Imperio, en lo social y político, y lo que Zola es á Víctor Hugo, en imperios y repúblicas literarias, Lyda Borelli consigue, con ser obra de tantos recuerdos, que no recordemos á ninguna otra actriz; y esto, sin preocuparse de no recordar á ninguna, sin rebuscar nuevos efectos ni caer en extravagantes originalidades. La mayor originalidad de Lyda Borelli es ésa: que no pretende ser original.
Y, por eso mismo, lo es, del único modo que se puede ser original en Arte: por sentimiento propio, íntimo.
Lyda Borelli, sobre todas las excelencias de su arte, posee la gracia; la gracia, en el sentido artístico de la palabra, más cerca del teológico que del vulgar significado. Es la gracia, ese don de esclarecerlo todo, de ver alegría hasta en la tristeza; en una armonía de la inteligencia y del sentimiento, que siempre es claridad.
Esa gracia que es todo el arte griego y pone la divina alegría de comprender sobre el humano dolor de sentir; como la serenidad del mármol, en la escultura, ennoblece el dolor inquietante de la carne.
El arte de Lyda Borelli culmina en Salomé, de Oscar Wilde.
Ella consigue lo que no pudo conseguir el desdichado poeta inglés en su obra ni en su vida: con nervios modernos, actitudes esculturales.
X
La Exposición Beruete, con fervorosa atención ordenada por el cariño filial y el noble afecto de un insigne artista, Sorolla, quizás haya sido una revelación para lo que hemos convenido en llamar el gran público.
Aquí, donde el Arte sólo es cultivado por los pobretes, nadie suele tomar en serio las aficiones artísticas de un gran señor que para nada necesita del Arte. El título de buen aficionado es el más alto á que puede aspirar.
Que don Aureliano Beruete era un admirable paisajista han de reconocerlo ahora todos al visitar la Exposición de sus obras, y esta hora de justicia quizá sea para muchos de remordimiento.
Con ser un gran lírico del paisaje, como lo es todo gran artista, era Beruete, como todos los grandes líricos, un espíritu abierto y receptivo que en todo se transformaba, en vez de transformarlo todo á la propia comodidad de una manera y de una técnica, como tantos falsos líricos del Arte. Conviene no confundir el carácter con la tozudez, y, en el artista, la personalidad con el amaneramiento.
Ha de ser el artista, como la luz del sol, más admirada en cuanto alumbra al esparcirse que en el sol mismo. Y ¡el sol es un gran lírico!
Toledo, Guadarrama, Avila, Suiza, nada perdieron de su objetividad, con ser tan diversa, porque todo fué contemplado sin la preocupación del procedimiento. No era el paisaje el que se acomodaba á la técnica; era la técnica la que se acomodaba al paisaje.
No es siempre lo que más se admira lo que más enamora. Para mis simpatías hay, entre todos, un cuadro; una vista de Madrid, castiza como un sainete de Ricardo de la Vega: entre solares y tapias de ladrillo rojo, desmontes areniscos, unas pobres casuchas bajas, y, sobre ellas, una de esas casas madrileñas, tejado color de puchero, balcones de colorines, la fachada con sucio revoque amarillento, y el sol de Madrid alegrándolo todo; el sol, que rosea y dora los sucios revoques descoloridos como si fueran mármoles y jaspes de palacios señoriales.
Es preciso ser muy madrileño para hallar poesía en estas cosas. Es preciso ser muy artista para saber decir á los demás: Aquí hay poesía.
Los países meridionales, tan calumniados por las personas serias, ejercen una gran atracción sobre los artistas y los escritores del Norte. Italia, España, su Arte, su Historia, son de continuo estudiados por ingleses, alemanes, rusos y escandinavos.
Ahora es el dinamarqués Joerguensen, enamorado de San Francisco de Asís, peregrino fervoroso por los lugares que en su vida recorrió aquel caballero andante de Cristo, vestido el sayal de la fuerte humildad por toda armadura.
Es el sueco Bratli, estudioso investigador de la vida y la obra de Felipe II, con imparcialidad desacostumbrada en autores extranjeros, y aun nacionales, al tratarse de rey tan desgraciado con los historiadores como con los novelistas y autores dramáticos.
De estos últimos, el que le ha presentado con menos sombríos colores ha sido el más cercano á sus días, el español Enciso, en su comedia El príncipe Don Carlos.
El escritor sueco, en su monografía, pretende, y no en vano, esclarecer la sombría figura del monarca español, tan mal estudiada y comprendida por sus apologistas como por sus detractores.
Se considere la Historia como Ciencia ó como Arte, sólo cabe poner en ella el calor de una pasión, la pasión por la verdad.
La obra de Bratli debe ser agradecida por los españoles. Nuestra Historia corre por el mundo en libros extranjeros y en libros casi siempre inspirados por odios y antipatías. Diríase, al leerlos, que sólo en España hubo Inquisición; que sólo en España hubo persecuciones religiosas, cuando fué, en realidad, donde hubo menos; que sólo España conquistó y colonizó cruelmente, y que sólo la Ciencia y las Artes españolas padecieron bajo la presión de la Iglesia y del Poder real. Y no es lo malo que los extranjeros hayan contado así nuestra Historia; lo peor es que nosotros la hemos aprendido también en sus libros, sin tomarnos el trabajo de aprender las Historias de otras naciones, para comprender cómo, calumniados y todo, la nuestra no desmerece nada.
Felipe II era el soberano más noble, más culto y más humano de su tiempo. Su mayor defecto fué el que tan donosamente le señaló don Juan Valera: el de ser un tanto engorroso. Y esto fué lo que alabaron en él de prudencia.
El alcalde de Madrid se ha creído en el caso de amonestar al concesionario del teatro Español, el sabio doctor Madrazo, por la baratura del precio en las localidades.
Yo creo que el Ayuntamiento debiera agradecer el desinterés del señor Madrazo y congratularse de que un teatro municipal sea, por fin, un teatro popular, por sus precios, al alcance de las clases menos acomodadas.
¿No es deber del Ayuntamiento procurar por todos los medios el abaratamiento de las subsistencias? ¿Quieren que el teatro español sea un teatro aristocrático? Entonces debieron empezar por no concedérselo al doctor Madrazo, tan conocido por sus ideas democráticas y republicanas.
Entonces, si un millonario generoso se ofreciera como empresario del teatro Español para obsequiar al público con funciones gratuitas, ¿no se le concedería el teatro?
Además, ¿cree el Ayuntamiento que es el precio de las localidades lo que da ó quita al teatro el decoro debido á sus prestigios?
No es al precio, sino á la calidad del espectáculo á lo que debiera atender el Ayuntamiento.
Bien está á peseta el chocolate de á peseta. El Ayuntamiento, en este caso, al contrario que en el sabido cuento, lo pide más caro, sabiendo que peor es imposible.
XI
Dice una antigua canción inglesa, parafraseada por Dante Gabriel Rossetti: «El mar no tiene más rey que Dios».
Los archimillonarios, reyes del mundo, pasajeros del Titanic, navegaban sobre el mar con toda confianza, seguros de haberle vencido. En un palacio, fortaleza flotante, con la garantía de haber pagado muchos miles de francos por el pasaje. La travesía, alegre: fiestas, bailes y músicas y amoríos viajeros de esos que no comprometen á nada. ¿Naufragar? ¿Hundirse? ¿Quién pensaba en eso? El barco poderoso, con toda su fuerza, con todas sus seguridades, era, en medio del mar, como un símbolo de un Estado social capitalista, defendido por cañones y escuadras pagados á buen precio, como el pasaje en el transatlántico de lujo.
Algunos de aquellos millonarios, grandes industriales, hombres de negocios, quizás buscaban en viaje de recreo descanso á sus preocupaciones, al malestar causado por una huelga obrera en sus fábricas, en sus industrias. Y las olas del mar les parecían de mansedumbre; no amenazadoras, como las olas proletarias. Era el mar un reposo y una caricia. ¿Cómo habían de imaginarse que pudiera ser el vengador?
Vencieron la huelga de los hambrientos y no contaban con el hambre vengativa del mar.
Ya no se ofrecen víctimas humanas en sacrificios religiosos. Pero hay una divinidad justiciera para ordenarlos. Y esta imprevista nivelación ante el dolor y la muerte es tal vez el único destello de justicia que resplandece sobre la tierra.
Víctimas expiatorias son estos millonarios. Con su muerte ponen inquietud sobre la soberbia de los poderosos y paz sobre el odio de los miserables.
¡También los grandes transatlánticos pueden hundirse en un momento!
Entre ellos y las pobres embarcaciones veleras, donde van á ganarse la vida pescadores y marineros de ventura, ya puede haber algo de simpatía. ¡El mar no tiene más rey que Dios! Más grande y más fuerte que la tierra, ni siquiera el dinero.
Y el mar no cuenta sus historias con ruinas, epitafios ni monumentos, como la tierra, vieja comadre, que nos va señalando á cada paso: «Aquí fué Troya», «Estas son las ruinas de Nínive», «Esta fué la Acrópolis de Atenas». En la mayor desolación hay siempre rastros visibles sobre la tierra, efemérides de su historia. En el mar no hay señales ni vestigios de ruinas ó grandezas. El mar no dice historias, sólo nos dice: ¡Eternidad!
Por eso en él se templan las almas mejor que en la tierra. Unos pobres músicos, los últimos tripulantes del barco, sin duda, que tal vez en el incendio de un teatro, en una catástrofe terrestre, hubieran sido los primeros en huir y en defender su existencia precaria de músicos jornaleros, ante el mar se agrandaron como héroes de epopeya y fué su pobre música destemplada un himno al espíritu: el salmo religioso en que acepta el Dios de misericordia la música de valses y rigodones que animó el danzar frívolo de los millonarios durante la alegre travesía de recreo.
Monsieur Le Bargy, el ex socio de la Comedia Francesa, en reciente entrevista con el travieso Duende de la Colegiata, ha juzgado con despectiva frase á los actores italianos.
Al decirle el inquieto duende que los actores italianos ensayan las obras con mayor prontitud que los franceses, el celebrado actor hubo de replicar: ¡Así las hacen!
¿Cree el aplaudido intérprete de El marqués de Priola que es tanta la diferencia y siempre en favor de los actores grandes actrices?
Ni por artistas, individualmente considerados, y por compañías, en su conjunto, mucho menos, creo, y conmigo el público madrileño, que la desventaja está de parte de los actores italianos.
Entre los actores franceses los hay excelentes ¡quién lo duda! Pero, sea por culpa suya ó de los autores que para ellos escriben, lo cierto es que su trabajo se limita á una especialidad. Ni Sarah, ni la Bartet, ni la Réjane han interpretado en toda su carrera artística la variedad de obras y de personajes distintos que nuestra María Guerrero ó cualquiera de nuestras actrices.
Ahora mismo, en el último retrato de Sarah, intérprete de la obra Isabel de Inglaterra, vemos á Sarah, la de siempre, vestida... como Sarah, no como la reina Isabel; peinada... como Sarah... La misma Sarah que se presentó rubia en Cleopatra y ha sido Sarah eternamente; como Guitry es Guitry siempre y Mounet Sully es Mounet Sully en cuantas obras interpreta.
Actor por actor, ni Sarah es la Duse, ni ninguno de los actores franceses que nos han visitado es comparable á Zacconi, á Novelli, á Emmanuel, á Ceresa, á Flavio Andó; ni las compañías francesas, la de Antoine inclusive, han presentado nunca un conjunto como cualquiera de las compañías italianas.
En arte escénico no hemos podido aprender nada de los franceses; de los italianos, sí.
Los actores franceses van demasiado poseídos de su superioridad por esos mundos. Ya es hora de que se vayan desengañando.
Y conste que soy el primero en admirar á los buenos actores franceses y, entre ellos, á M. Le Bargy, á quien es lástima que el público madrileño no haya podido admirar como galán joven cuando, al sustituir á M. Delonnay en la Comedia Francesa, era excelente intérprete de las comedias de Musset.
Hoy, como primer actor, grand premier sole, habría algunos reparos que ponerle. Pero no es cosa de complicar la cuestión de Marruecos.
XII
El actor M. Le-Bargy me ruega que inserte en esta sección la siguiente carta. Así lo hago con sumo gusto y fina voluntad.
«Sr. D. Jacinto Benavente.
Muy señor mío: He tenido ocasión de decir á uno de sus compañeros que la improvisación en cualquier arte no me parecía un buen mecanismo de perfección en el trabajo y que para la mise en scene de una obra dramática prefiero, á los bruscos procedimientos de los comediantes italianos, el sistema de los ensayos lentos y minuciosos que han adoptado los teatros de París. Con tal motivo, se ha lanzado usted á la guerra como un conquistador y ha declarado que en la interpretación dramática, París ha sido eclipsado por Roma.
Las opiniones son libres; mas tengo la costumbre, respetándolas todas, de no prestar atención sino á aquellas que se apoyan sobre pruebas ó sobre la autoridad de un juicio informado, prudente, comprensible. Respeto, pues, infinitamente su juicio sobre los actores franceses; pero excusándome de no poder detenerme en esto, pues se vislumbra en aquél una idea preconcebida de menosprecio, ó al menos el desconocimiento absoluto del genio de nuestra raza. Si yo tomase en consideración lo que ha dicho usted, en particular, de Sarah Bernhardt y de Mounet Sully, haría, al defender á estos gloriosos artistas, un esfuerzo más vano sin duda que el que hizo usted al atacarles.
Antes de despedirme os ruego vengáis un día á París: tendré el honor y el placer de recibirle, enseñarle nuestro arte dramático en su propio marco y revelarle esos matices que parecen haber pasado desapercibidos á su fino discernimiento.
Queda su más atento seguro servidor, q. b. s. m., Ch. Le-Bargy.»
Conste, en primer término, que mis ideas respecto á los actores franceses podrán ser equivocadas, pero no preconcebidas, como M. Le-Bargy asegura.
Contra la opinión de la crítica, en general, juzgué en la temporada anterior al artista italiano Caravaglia como desdichado intérprete de Hamlet. Ya ve M. Le-Bargy cómo no siempre es Roma la capital del Arte. En Italia, por fortuna, el Arte está descentralizado y no es Roma, ciertamente, la capital artística de mayor importancia.
He sido y soy gran admirador de Sarah, sin desconocer que la Duse es artista de más sinceridad.
En cuanto á Mounet Sully, cuando tanto dió que reir al público madrileño, fuí de los pocos defensores que tuvo. No me negará M. Le-Bargy que el arte de Mounet Sully es un arte sui géneris, y en el mismo París no todos son admiradores del fogoso artista. Monsieur Le-Bargy procede con nobleza al defenderle, ya que todos sabemos que no ha reinado siempre la mejor armonía entre el decano de la Comedia Francesa y el propio M. Le Bargy.
¿No recuerda el excelente artista—han pasado algunos años,—durante una representación de Enrique III y su Corte, de Dumas, padre, una desagradable escena, hors d'œvre, ocurrida entre M. Le-Bargy y Mounet Sully? Parece ser que Mounet Sully reprendió en tono algo destemplado á M. Le-Bargy por haberse permitido una alteración en la mise en scene de la obra. Monsieur Le-Bargy replicó con la misma viveza y dijo, refiriéndose á Mounet Sully: «Il se permet bien d'autres».
Ya ve M. Le-Bargy que conozco las intimidades artísticas de los teatros de París tanto como á sus actores, y que mi juicio podrá ser equivocado, pero no ligero. Es el de todo el público madrileño, y M. Le-Bargy sabe que empieza á ser el del americano.
Los actores franceses carecen de sinceridad; son muy especialistas. ¿Puede citarse una actriz francesa que haya interpretado la variedad de personajes que María Tubau, María Guerrero ó Rosario Pino?
Los actores franceses cuentan por docenas lo que ellos llaman sus «creaciones»; los actores españoles y los italianos, por cientos. Esta intensidad en la variedad es tan estimable, por lo menos, como la intensidad en la unidad. Y para el público, más interesante.
Si alguna vez vuelvo á París, tendré sumo gusto en saludar á M. Le-Bargy y en atender sus indicaciones; aunque temo no consigan rectificar mis juicios, ya que, actrices y actores, por dicha suya, serán los mismos que tuve ocasión de aplaudir, hace treinta años, cuando fuí á París por primera vez, y los mismos que he vuelto á celebrar cuantas veces he vuelto. Y los actores ¡ay! no son como el buen vino: con los años y con los viajes no ganan nada.
XIII
Existen industrias por esos mundos de las que no tenemos aquí la menor idea. Una de ellas es la cría de mariposas. En Inglaterra, en el condado de Kent, Mr. Newman ha destinado una granja á esta novísima producción, recompensada con no despreciables rendimientos.
En Inglaterra son muchos los coleccionistas de mariposas. Son muchos también los Museos que tienen por proveedor á míster Newman. La moda también ha venido á favorecer su industria. Mesas y veladores se cubren con una tela de seda y sobre ella mariposas disecadas de varias especies y múltiples colores. Todo ello se cubre con un cristal y el efecto es muy vistoso, como de bordado japonés ó chinesco.
Para obtener alguna nueva especie de mariposas es preciso un procedimiento llamado «azucarar». Para azucarar se emplea una mezcla de azúcar, melaza, ron, cerveza y jugo de pera. Con esta mezcla se trazan rayas sobre la corteza de los árboles. Las rayas han de ser verticales, á un metro del suelo, y han de tener 45 centímetros de largo por dos de ancho. Entrada la noche, las mariposas acuden á golosear. Las mejores noches de caza son las noches tormentosas. Cuanto más cerrada la noche, más fructuosa recolección.
Para la caza hay que proveerse de una cajita, bien mullida de algodón en rama, y de una linterna: con la linterna se ilumina la raya azucarada; el cazador acerca la caja, cuya tapa sostiene abierta con un dedo; el cazador elige su presa, toca ligeramente en la cabeza á la mariposa, la mariposa cae en la caja, que se cierra de golpe. Desde allí pasa á las jaulas de cultivo, cuando no es condenada á inmediata muerte.
Míster Newman posee unas cien mil mariposas. Algunas de ellas, como la llamada «Rey de la selva» (Purple Emperor), se paga á cinco y seis francos. Aunque son muchas las pérdidas en tan frágil mercancía, las ganancias compensan lo suficiente.