Notas del Transcriptor
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De sobremesa
CRÓNICAS
Segunda serie
Jacinto Benavente
De sobremesa
CRÓNICAS
SEGUNDA SERIE
MADRID
LIBRERÍA DE FERNANDO FÉ
Puerta del Sol, 15
1910
ES PROPIEDAD.—DERECHOS RESERVADOS
MADRID.—Imprenta Española, calle del Olivar, 8
De sobremesa.
I
El señor ministro de la Gobernación ha propuesto el mejor remedio para evitar conflictos en la Plaza de Toros; que el público se abstenga de asistir á las corridas si tanto le disgustan. El remedio es excelente, pero ya dijo el sabio que: Á trueque de quejarse, habían las desdichas de buscarse. Y el gustazo de protestar nunca se paga bastante caro. Tiene además, ese remedio, el peligro de caer el público en su eficacia y en ese caso, bien pudiera dar en aplicarlo á otros muchos espectáculos caros y malos, que él sostiene con su buen dinero. Pero ha de comprenderse que lo de ver al público echarse al redondel, no puede ser del gusto de ningún gobierno. Aunque bien pudieran pensar los espectadores que siendo ellos los toreados, ningún sitio mejor que el redondel les corresponde.
Y á propósito de plazas de toros; los sombreros de señora van alcanzando sus dimensiones. En Londres acaba de presentarse una actriz con uno que mide un metro ochenta de diámetro, y sobre él se levantan todavía culminantes dos magníficas plumas de avestruz, de sesenta centímetros. Semejante edificio, por más señas es de color malva y de las plumas, una azul y la otra «assortié» al sombrero. No hay que decir si habrá causado sensación. Supongo que la obra en que se ha presentado, llevará esta acotación: La escena representa un sombrero. La moda es graciosa y en una mujer alta y de esbelto talle, esos sombreros circundan como una gran flor la linda cabecita que parece nimbada. Pero las mujeres bajas y rechonchillas deben evitarnos el espectáculo de una monstruosa seta que anda. Por fortuna, nuestras señoras, han sido las más dóciles en atender el ruego, más que la orden de presentarse en los teatros sin sombrero. En otros países, donde las mujeres se la dan más de «superhembras», ni ruegos, ni censuras, ni órdenes, han podido apear los sombreros de su cabeza... Siempre se dijo que cuando á una mujer se le pone una cosa en la cabeza, es difícil quitársela. En este caso particular, las nuestras merecen los mayores elogios. Nuestras mujeres son muy gobernables; no suelen ser de oposición más que cuando sus maridos están en el gobierno: dígalo la ley de asociaciones.
* * *
Menos mal; en la manifestación conmemorativa de la revolución de Septiembre hubo algunas levitas de buen corte y algunos pantalones de airosa caída y bastante camisa limpia... Menos mal, que de otro modo ya hubiera salido á relucir lo de ¡Cuatro desarrapados! ¡Populacherías! No, justamente la blusa—tan apreciada cuando vota con los gobiernos, tan despreciada cuando se manifiesta en contra,—es la prenda más retraída de manifestaciones liberales. ¡Pobre gente! Ha oído la voz del taimado cocodrilo ¡Bebe quieto! Dejaos de libertades y de derechos políticos; al pobre lo que le conviene es tener trabajo, dinero, lo material, lo positivo... ustedes á lo suyo... Y el pobre, bastante desagradecido con los que trajeron las libertades, gracias á las que ha podido y podrá conquistar poco á poco algo de lo suyo, se cree hoy más listo y más avisado, porque, como él dice: Á mí ya no me la da nadie. No, ¡pobrecito!, te la dan los otros; que te hacen instrumento suyo cuando les conviene... ¡Ah, pueblo, pueblo! Has vendido tu primogenitura por un plato de lentejas.
* * *
Contra los pronósticos metereológicos teatrales, «La Nube» pasó sin la menor protesta de los aludidos. Lo suponía; es gente que sabe con quién ha de gastarse los cuartos y de la que dice: «Dame pan y llámame... lo que quieras». Que la obra á más de haber sido aplaudida, es muy plausible, por la valentía que supone en un autor empresario, ponerse enfrente del público más decorativo y más saneado metálicamente, no hay para qué decirlo. En cuanto á su eficacia, ya es más discutible. En esta ocasión, como en otras, por ser más aparente van dirigidos los ataques á lo que parece causa y no es sino efecto. Las nubes, de cualquier género que sean, solo se forman en determinadas condiciones atmosféricas. La patología social debe distinguir las enfermedades sintomaticas de las esenciales y la nube, esa nube negra que entenebrece el aire de España y parece causa de muchos males, es solo efecto de ellos. No es ella la que tiene culpa de nuestro atraso, es nuestro atraso el culpable de que la nube exista. Poco se consigue con atacar al parásito si no se robustece la naturaleza que hace posible su vida. Esos espíritus, dominados por la nube, lo serían del mismo modo por la «cocotte» ó por la echadora de cartas ó por cualquier inventor de la fabricación de diamantes. Nadie abrió jamás tienda de género que nadie solicita. ¿Qué culpa tiene el fabricante de naipes de que se juegue? Excelente es la obra de Ceferino Palencia, pero, créame el distinguido autor, tantas veces aplaudido, la nube es algo, pero no es todo. ¡Á los cascos, á los cascos! ¡Dejad las arboladuras!
* * *
En cuanto deja uno Madrid por algún tiempo y vuelve á pasear por sus calles, cada día encuentra un teatro y una iglesia ó capilla de nueva planta. Así dice un señor: «Yo no sé cómo en Madrid pueden sostenerse tantos espectáculos». Pero hay público para todo. Como antes al estanco, ya cada vecino puede permitirse la comodidad de ir al teatro de la esquina. De este modo se establece cierta cordialidad de relaciones entre los actores y su público. Ya que Madrid no llenaba los teatros, los teatros han decidido llenar á Madrid. Y no hay duda que en este caso, como con el anuncio prodigado, la sugestión triunfa... No entrará usted en el primer teatro que se encuentra, pero al noveno ó décimo, cae usted. Y una vez que se entró usted en uno, ya cae usted en la manía coleccionista y acaba usted por recorrerlos todos.
Es un error de los empresarios creer que tan formidable competencia les perjudica. Cuanto mayor sea el número de teatros, más irán todos ganando, aunque no sea más que en la comparación. Por malos que parezcan algunos siempre hay otros peores.
* * *
Las reformas en la indumentaria de nuestro ejército, ha dado algo que decir y más que murmurar. Hasta verlas realizadas no sabremos si en ellas se ha atendido más á lo práctico que á lo estético ó viceversa. Si fué á lo práctico, bien estará, si lo estético no padece. Si fué á lo estético, quiera Marte y no pese á su amante Venus, diosa de la belleza; que lo estético no sea tan alemán ó tan inglés ó tan japonés, que al físico nacional le caiga malamente.
Un uniforme puede ser elegante en un arrogante mocetón de una guardia imperial, y sentarle desgarbado al airoso soldado español. La gorra de plato, por ejemplo, necesita elevada estatura, que no es lo general en nuestra raza. El soldado español es el más naturalmente elegante del mundo, sin afectación, sin empaque; sería lastimoso que en estas reformas no se hubiera tenido en cuenta lo que mas importa, el elemento natural, la figura. Un ejército para ser verdaderamente nacional, debe vestir «nacionalmente». ¿Hubiera estorbado algún artista, algún pintor ilustre, en la comisión reformadora? Napoleón fué un genio militar, pero también fué un gran maestro en estética. ¿Se figuran ustedes á Napoleón con un gran casco ó con un gran morrión sobre su cabeza? ¿No basta su inmortal sombrero para evocar toda su figura y todo su genio?
* * *
Á lo mejor recibo cartas de personas desconocidas para mí, cartas que yo agradezco, porque suponen más atención de la que ello merece, á estos ligeros apuntes semanales. Lo mismo á los que me celebran, porque dije lo que ellos pensaban—¡qué fácil es agradar á los lectores cuando se piensa lo mismo que ellos!—como á los que se indignan tal vez por alguna de mis apreciaciones, les diré que, yo no pretendo sustentar aquí doctrina de ninguna clase; que todo cuanto aquí digo es... semanal, y muy bien pudiera decir lo contrario á la semana siguiente; aunque no soy hombre de grandes contradicciones, acaso por no serlo tampoco de grandes afirmaciones ni negaciones.
Tengan unos y otros en cuenta, que todo esto no es más que charla de sobremesa; que alguna vez estoy entre personas de confianza y puedo decir lo que pienso, pero otras, me atengo á la opinión de los comensales. Y ¿no eres tú siempre, lector amigo, el verdadero convidado de piedra, con cubierto puesto siempre á la mesa de todo escritor? ¡Pues si tú no te aparecieras de cuando en cuando, aun habrías de leer cosas que te agradaran ó te indignaran mucho más, según los casos! Como Polonio aseguraba á Hamlet, de los cómicos, al temer si no se atreverían á representar cierta comedia, también yo pudiera decirte: Señor, como vos no os avergoncéis de oirla, ellos tampoco se avergonzarán de representarla.
* * *
Este último viaje de nuestros reyes á Barcelona, tal vez haya sido el más provechoso. La bella, la noble princesa inglesa, hoy reina de España, sólo habrá podido juzgar desde aquí, que tal vez Cataluña era una despoblada y lamentable Irlanda... ¡Tales eran sus quejas y clamores! Al contemplar la riqueza y prosperidad de Barcelona, su aspecto de gran ciudad europea, lo ameno de sus alrededores, que no habla de tristezas ni abandonos, no podrá por menos de pensar, que de Cataluña á Irlanda hay mucha distancia, y que, absolutista ó parlamentario, monárquico ó republicano, no habrá padecido grandes tiranías, ni grandes vejaciones, bajo ningún régimen de gobierno nacional, región que entre todas las de España sobresale por adelantada y por próspera.
Mucho, no obstante, se han suavizado asperezas de allá, en estos últimos tiempos. Bien está así, que de nada nos asustamos como que puestos á pedir todos estamos en el mismo caso, sin salirnos de las aspiraciones legítimas. En cuanto á la ley de jurisdicciones, la más pronunciada arruga en el ceño catalanista... ¡Es tan fácil derogarla! El legislador espartano no consignó en sus leyes pena alguna contra el parricida; juzgó que en Esparta no había nadie capaz de cometer ese delito. Cierto que los delitos que dieron razón á esta ley—que no debió existir nunca en España, por el mismo motivo que aquella otra en Esparta,—por su falta de grandeza y lo mezquino de sus manifestaciones, tal vez no merecía mayor sanción que la de un agravio á la buena educación y al buen gusto; que no otra cosa eran aquellas caricaturas y aquellos dicharachos ofensivos para la patria y para el ejército, su más alta y noble representación.
Justamente, nuestro ejército tuvo siempre el más amplio espíritu de tolerancia para admitir discusión sobre su organización, sobre sus condiciones; no digamos sobre el pacifista antimilitarismo de sociólogos y socialistas. Si dictadores hubo en España fueron civiles ó clericales; al ejército se debe cuanta libertad gozamos, él fué siempre freno de la reacción y acicate del progreso. Nada más injusto que considerarle instrumento de tiranía. Y conste que no soy nada militarista, que no soy de los que creen la guerra un mal necesario, sino muy innecesario; de los que esperan y confían en que los ejércitos serán en lo porvenir una decorativa policía internacional; pero esto solo ha de conseguirse por el mismo ejército; por eso, en su bandera, que aprendí á saludar desde niño, cuando aun no se acostumbraba en España, no saludo sólo la bandera de la patria, sino la bandera futura de ese ideal estado de paz, que sólo el ejército puede asegurarnos.
* * *
La distinguida escritora que firma con el risueño nombre de «Colombine», propone en un artículo, publicado en «España Artística», la fundación de un teatro para los niños.
En España, ¡triste es decirlo!, no se sabe amar á los niños. Si no hubiera otras pruebas, bastaría esta falta de una literatura y de un arte dedicada á ellos. ¿Qué libros españoles pueden leer nuestros niños? De la literatura clásica, ninguno. El «Quijote» es una obra de desencanto, de desilusión, propia para la edad razonadora. Sería cruel que los niños rieran con «Don Quijote», y más cruel que pensaran. De los escritores modernos, tal vez Galdós, en la primera parte de sus Episodios Nacionales, fué el único que escribió para los niños, sin proponérselo; quizás, por lo mismo, con mayor acierto.
Digo por lo mismo, porque los escritores que deliberadamente intentan escribir para niños, suelen padecer el error de considerarlos demasiado pueriles y se creen en el caso de puerilizar su espíritu. Por esto las mejores obras para la infancia, son las que no fueron escritas con intención de conquistarla. «Robinsón Crusoé», algunas novelas de Dickens... En cambio, ¡cuánta ñoñería, cuánta bobada en muchos cuentos y narraciones pensados y escritos especialmente para los niños, que no pueden por menos de aburrirles!
¡Un teatro para los niños! Sí, es preciso, tan preciso como un teatro para el pueblo. ¡Ese otro niño grande, tan poco amado también y tan mal entendido!
Y en ese teatro, nada de ironías; la ironía, tan á propósito para endulzar verdades agrias ó amargas á los poderosos de la tierra, que de otro modo no consentirían en escucharlas, es criminal con los niños y con el pueblo. Para ello, entusiasmo y fe y cantos de esperanza llenos de poesía...
Y nada de esa moral practicona, que á cada virtud ofrece su recompensa y cada pecadillo su castigo; esa moral que convierte el mundo en una distribución de premios y pudiera resumirse en un dístico por el estilo:
No comáis melocotones
porque dan indigestiones.
La verdadera moral del teatro consiste, en que, aun suponiendo que Yago consumara su obra de perfidia, coronándose Dux de Venecia, sobre los cadáveres de Otelo y Desdémona, no haya espectador que entre la suerte de uno y otros no prefiera la de las víctimas sacrificadas á la del triunfador glorioso.
La verdadera moral esta sobre los premios y sobre los castigos, está en lo mas hondo, en lo más íntimo de nosotros mismos, allí, donde está Dios, siempre que queremos verle y oirle... Consiste en una limpieza espiritual de la que solo nosotros gozamos. Nadie piensa al lavarse todo su cuerpo en que ha de ir desnudo por la calle, se lava uno por propia satisfacción y limpieza... Y aunque la ropa sea mala, va más tranquilo el que así se ha lavado, que los que, muy bien vestidos, solo se lavaron la cara y las manos.
Esta moral es la que conviene al teatro y al arte dedicado á los niños y al pueblo.
La amable escritora cita mi nombre entre los de otros escritores que, seguramente, no dejarán de escribir obras para ese teatro. Por mi parte, ¡nunca con mayor ilusión, nunca también con mayor respeto á mi público!
II
Un periódico de la cascara dulce, ya sabemos cuáles son los de la amarga, celebra determinadas obras de determinados escritores, por juzgarlas aproximación á sus ideales. Tiene el buen sentido de no cantar victoria definitiva. Con no tan buen sentido y en un artículo, por lo menos indiscreto, otro periódico liberal muy significado, se desata en denuestos contra los aludidos escritores y contra gran parte de la juventud literaria, pluralizando de un modo lastimoso, pues bien sabe el que escribió ese artículo, que eso de las casas de huéspedes y sus cocidos indigestos—aparte de no ser delito imputable y menos por un buen demócrata,—eso de los busca-dotes y del «Se alquila» levantado no reza con la mayoría de los literatos de la actual hornada. Eso de suponer á dos escritores poco menos que á punto de levantar partida porque uno eligió por asunto de una novela episodios de las guerras carlistas, y el otro presentó en el teatro á una hermana de la Caridad, que no baila la machicha, es mostrar una intransigencia indigna de espíritus que se juzgan por liberales. Yo no sé que mi obra—«La fuerza bruta»,—sea distinta de otras muchas mías, como «Alma triunfante», «Más fuerte que el amor», etc. Sé, en cambio, que en otras muchas obras, en todas, no se me ha quedado por decir nada que deje lugar á dudas sobre mi espíritu reaccionario. No así muchos autores cucos, de los que sería difícil saber por sus obras lo que piensan de lo divino y aun de lo humano. Si algún remordimiento escarabajea mi conciencia artística, es haber sacrificado muchas veces el arte á la predicación; pero en España... ¡hay que predicar tanto, y el teatro es tan buen púlpito!
Bien puedo exigir algo más de reflexión al que lanza excomuniones tan de ligero. Ya sé que estas palabras escritas no lograrán convencerle, á él que solo en la oratoria cree como fuerza persuasiva y abomina de los que leemos cuartillas en vez de pronunciar discursos. Por eso, todo lo fío de su elocuencia, ella sabrá persuadirle mejor que cuanto yo escriba, de que fué injusto y de que fué ligero y que en momento de alistar fuerzas, no es la mejor ocasión para restarlas, porque, francamente, ¡hablar de libertad y negar libertad al arte, no es para convencer ni á los convencidos, cuanto más á los desconfiados!
* * *
Y ahora... El juglar caminaba por la vida y vió pasar á los soldados; marchaban á la guerra temerosos los bisoños; jóvenes, casi niños, arrancados á todos sus amores; trazando ardides para medrar sin peligro, los veteranos; todos ellos sin ardor y sin fe. El juglar, al verlos, entonó una canción á la patria, á la guerra, y sobre los soldados pasó con ala de fuego la visión de la gloria y sus corazones despreciaron la muerte...
—Ven con nosotros—dijeron al juglar...—Quien canta así la guerra será buen soldado...
—No—dijo el poeta.—En la batalla quizás sería el más cobarde. Supe infundiros valor... No pidáis otra cosa...—Y el juglar quedó solo y los soldados marcharon repitiendo las estrofas vibrantes de la canción guerrera.
Por el camino pasaron unos monjes; unos con otros murmuraban de asuntos mundanos.
El juglar entonó una canción religiosa, toda caridad, toda amor divino, toda fe y esperanza.
Los monjes miraban al cielo.
—Ven con nosotros—dijeron al juglar,—serás gloria de nuestra orden y de nuestra casa.
—No—dijo el juglar,—hoy no; mañana volvería á dudar. En vez de ejemplo tal vez fuera escándalo...
Los monjes siguieron rezando y el juglar quedó solo.
Y así pasaron trabajadores y jóvenes enamorados y cortejos de boda y cortejos de duelo, y para todos tuvo el juglar canción adecuada y en todo dejó la música de sus canciones y todos le dijeron:
—Ven con nosotros, trabaja, ama, ríe, llora.
Y él á todos dejó proseguir su camino y él siempre siguió solo...
—No me pidáis que vaya con vosotros. Despreciadme ó amadme, pero respetad mi libre canción, que solo sabe sentir y comprender vuestros afanes, vuestros amores, vuestras alegrías y vuestras tristezas...
¿No es la Venus de Milo la expresión más sublime del Arte, no tanto por ser bella y por ser diosa, como por no tener brazos?
* * *
Los obreros inauguran su palacio, señal de poderío y de riquezas. Ahora que el elogio pudiera parecer adulación, lo mejor que podemos desear es que en ese palacio no entre nunca la lisonja cortesana, como en los palacios de los reyes y los grandes señores; que por todas sus puertas y ventanas llegue á todas horas la verdad, que esclarece el pasado y muestra el porvenir como un camino seguro. ¡Y el porvenir!... Las sombras son muchas. Acaso será como asegura Anatole France, en su «Isla de los pingüinos», el anarquismo; acaso, después—como tras la revolución francesa la reacción del Imperio,—será un socialismo despótico, una absorción del individuo por el Estado, absoluta y tiránica, pero después... será el verdadero socialismo, el socialismo individualista, en el que nadie hablará de derechos, porque todos comprenderán sus deberes; porque el bienestar de cada uno dependerá del bienestar de todos y será el reino de Dios sobre la tierra; Dios, hijo del hombre, el hombre mismo divinizado... ¿Cuando? No mañana, ni al otro siglo, ni al otro... Muchos, muchos siglos, muchas vidas... ¿qué importa? Será, y... ¿si no fuera? Basta creerlo. ¿No es la mejor verdad la más bella mentira?
* * *
Todo está compensado en el mundo: Carreras vuelve al teatro de Apolo y el señor obispo de Jaca se ausenta del Senado. No se juzgue la comparación irreverente. Amenizar la vida es, según va el mundo de triste, obra meritoria, ya sea en el teatro, ya en sesiones de Cortes. ¿No fué siempre la risa el mejor vehículo de las verdades? La risa es la gran demoledora. Cuando se ríe de un asunto... asunto terminado. Por algo todos preferimos dar que llorar á dar que reir. Que se nos tome en serio ante todo. Perdonaremos la injuria, la calumnia, por monstruosas que sean. Ya es suponernos grandeza si nos juzgan capaces de grandes crímenes. Pero no perdonaremos nunca el ridículo. Llegaremos á reconciliarnos con el que nos llamó ladrones ó asesinos, nunca sinceramente con el que se permitió observar que nuestras corbatas eran de mal gusto.
Los oradores que cultivan la nota jocosa son siempre temibles para las huestes políticas. La risa es rebelde á toda disciplina. Puede resistirse impávido las más tremendas imprecaciones, pero la hilaridad general...
Lamentemos la decisión del señor obispo de Jaca. ¿Cuándo volverá á reir el Senado? Y es que ya sólo las palabras sinceras tienen la virtud de hacernos reir; por lo raras y por lo inútiles.—Es verdad, es verdad; decimos todos... Y como es verdad, nos reímos mucho.
* * *
¿Si estaremos desengañados de todo los españoles que, lo que nunca ha sucedido, á estas fechas todavía quedan billetes de Navidad en las loterías? Es la bancarrota de la ilusión, mas triste que la bancarrota de la ciencia, de que nos habló Brunetière.
Poco á poco nos vamos haciendo trabajadores y formalitos. Verdad es que los grandes capitalistas tienen otras loterías en que emplear su dinero. Todos los billetes premiados. Caseros, arquitectos, maestros de obras, con la Gran Vía; autores dramáticos y actores, con la fundación del Teatro Nacional. ¡Esto es Jauja! ¿Quién quiere morirse? Sólo algún adorador sin esperanzas de alguna tiple. La verdad es que, cuando todo está tan caro, el amor inclusive, no debía permitirse la exhibición de carne pecadora en esas especies de tablajerías que han llegado á ser algunos escenarios. Es una crueldad ofrecer de continuo aperitivos á los que no han de saciar después su apetito. No se puede jugar con ninguna clase de hambre. Los escaparates de todo género son grandes desmoralizadores. Á mí me da tanta pena ver á un golfo hambriento extasiado ante el escaparate de Lhardy, como á una obrerilla ante el de una joyería, como á un estudiante ó humilde empleado en su delantera de anfiteatro, congestionado por un garrotín ó unas coplillas bien salpimentadas...
Estoy seguro de que la última visión de casi todos los suicidas es la de algún escaparate deslumbrador, con sus luces eléctricas, brillantes en la sombra devoradora de la eternidad, como la esperanza de un Paraíso entreabierto.
* * *
De la Argentina, y escrita por un argentino, llega una historia de la vieja España, triste y consoladora al mismo tiempo. Lo segundo, por que su autor, Enrique Larreta, muestra en su obra—«La gloria de Don Ramiro»—un profundo y cuidadoso estudio de nuestra historia, y sabido es que comprender es amar. Lo primero porque las páginas de esa nuestra historia no son todo luz y alegría, aunque sean grandeza. «Una vida en tiempos de Felipe II», subtitula su autor á esta novela interesantísima para nosotros, como lo es siempre el concepto que merecemos á los extraños, y si el extraño es persona de quien nos importa mucho la simpatía, con mayor causa.
Evita el autor, con excelente criterio artístico, los juicios personales. La historia, mas ó menos novelesca, habla por sí sola, y habla de pasiones violentas, de austeridad, de misticismos y de fanatismos, de torpezas políticas y de heroísmos guerreros... Tal vez no fué todo así, ni tan heroico, ni tan torpe, ni tan cruel, ni tan místico... La distancia, en el tiempo y en el espacio, acusa con mayor relieve los contrastes de luz y de sombra, que de cerca parecen mas fundidos, apenas perceptibles, en ese claro obscuro de los hechos cercanos, que, por serlo, nos parecen siempre menos heroicos, menos poéticos, más insignificantes... Pero ¿somos otra cosa que lo que parecemos? Si la verdad de nuestra historia ha de perderse entre leyendas, ¿no es preferible que sea entre leyendas de poesía que entre falsedades del vulgo?
Enrique Larreta es un historiador poeta; es además un excelente escritor, de un estilo cuya severidad no excluye lo pintoresco, y sobre todo hay en su obra palpitaciones de admiración y de amor á nuestra España... á pesar de todo. Y esa es nuestra gloria, como fué la gloria de Don Ramiro la flor que una mujer enamorada dejó caer sobre su cuerpo muerto, en que un alma española alentó en vida, con todo lo que fué vida de España en aquel tiempo.
* * *
Yo no sé si la intención del autor puso el simbolismo. Propiedad de toda obra fuerte es tener vida propia y decirnos más de lo que su autor quiso decir en ella.
En el Pedro Minio, de la admirable comedia de Galdós, yo veo un símbolo de nuestra España. Como Pedro Minio, el viejo paisano de Don Quijote—¡oh, la Mancha, tierra de ensueños!—el eterno enamorador, el eterno idealista, mal comerciante y peor trabajador; así España, envejecida, derrotada, aun quiere vivir alegre en la ilusión de su juventud, aun se embriaga de optimismo, y ante cualquier ofrecimiento, piensa, proyecta como Pedro Minio, edificaciones, pabellones, mejoras... El ideal apto de la indulgencia ofrece á los viejos la ilusión de la vida integral y en ella prolongan dichosos su ruinoso existir. Pero llegan los severos reformadores, los graves moralistas y á la ilusión y al alegre ensueño quieren sustituirlos con la disciplina monástica, con la austeridad penitenciaria; la alegría les parece indecorosa; nada de esparcimientos, nada de deshonestas promiscuidades de hombres y mujeres; acabó el reir y el bromear:—Sólo hablará usted con los frailes y de los temas que ellos propongan, dice la señora improvisada—símbolo de nuestra plutocracia—al viejo soñador, Pedro Minio. ¿No es esto lo que nos dicen á todas horas los que pretenden ser nuestros directores? Pedro Minio, como buen español, prefiere continuar en el ideal y alegre asilo de la Indulgencia, donde la ruinosa vejez goza las ilusiones de la juventud.
¡Oh, excelentes reformadores y moralistas! Pedro Minio es España. Si no sabéis hacer cosa mejor, dejadle en el asilo de sus ilusiones. Mejor una vejez alegre que una juventud triste. Preferible siempre el asilo de la Indulgencia al de la Paciencia... que es preciso para soportaros.
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Pérez Galdós, en mi opinión, nuestro primer autor dramático, no acaba de serlo en opinión de todos, acaso por ser nuestro primer novelista y haberse declarado en nuestro país incompatible el ejercicio de dos soberanías.
Este es el país del encasillado y de las especialidades.
Se estima en más al que entiende poco de una sola cosa, que al que entiende mucho de todas. La insistencia en un mismo asunto, basta á darnos autoridad en la materia. Fulano pasó su vida hablándonos de antigüedades fenicias ó asirias ó caldeas. ¿Quién duda que sabe de ellas? Mengano pintó siempre los mismos borregos: para borregos, Mengano. Á nadie que quiera tener unos borregos bien pintados se le ocurrirá encargárselos más que á Mengano. El día en que se le ocurra pintar una vaca, así este mugiendo de propia, todo el mundo dirá: Esto no es lo suyo, que vuelva á pintar borregos... ¡En borregos, el único!
Somos poco amigos de trastornar nuestras ideas á cada paso; preferimos creer por fe á meternos en averiguaciones. Sabiendo que cada cual no hace más que una cosa, y siempre lo mismo, nos ahorramos el trabajo de examinar lo que hace.
¡Y no se diga de nuestro agradecimiento á los que no hacen nada! Esos sí que nos ahorran quebraderos de cabeza. Por supuesto, ellos sí que se quitan de muchos. Para los ociosos y los vagos, la envidia es siempre admiración, nunca censura. ¡Bienaventurados los que jamás trabajaron, porque de ellos será el reino de España!
III
El año que, con tan buen éxito, hemos tenido el gusto de representar, no ha querido despedirse sin dejar una memorable fecha en la historia de las grandes catástrofes.
Estos cataclismos, superiores á todas las previsiones humanas, son los únicos que tienen virtud para hacernos pensar en la muerte, como en algo ineludible. Todos sabemos que hemos de morir; pero con dichoso optimismo, todos nos creemos capaces de aplazar ilimitadamente el pago de ese vencimiento. Todos nos creemos lo bastante listos y somos lo suficiente desagradecidos, para estimar que son nuestra prudencia y nuestro orden de vida lo que prolonga nuestra estancia sobre la tierra, cuando en verdad, debiéramos agradecer como un indulto, cada hora de nuestra vida.
Nótese, que en el fondo, sentimos cierto desprecio por los que tienen la imprudencia de recordarnos con su muerte, que también nosotros somos mortales. El que de puro viejo está ya con un pie en la sepultura, como suele decirse, denigra y vilipendia á sus contemporáneos, según van cayendo...
—Fulano murió ayer á los ochenta años.—¡Si no se cuidaba nada! ¡Si no hacía más que disparates! Ya vé usted yo qué bueno estoy con mis ochenta y cuatro. Pero es que yo me cuido...
Esto el que se cuida, que el descuidado, atribuye á su misma despreocupación la buena salud de que disfruta.
Y así todos; el sobrio achacará la muerte del vicioso á los excesos y el vicioso achacará la muerte del bien ordenado á su pazguatería. El que de continuo callejea y pasea y trisca, se reirá del que no sale de casa sin consultar barómetros y termómetros y disponer el abrigo de su cuerpo en consecuencia. Éste dirá del otro: ¡Anda, anda, toma ejercicio y aires de invierno y calores de verano!
No digamos si la causa de una muerte fué por enfermedad crónica, accidente de viaje, ya sea en ferrocarril, automóvil ó aeroplano, lance de honor ó asesinato. Entonces sobre el muerto se desatarán los mayores denuestos: ¡Falta de higiene, imprudencia, locura, la vida que llevaba, la que dejó de llevar!... Crean ustedes que vivir sin dar lugar á murmuraciones es muy difícil, pero morir, sin exponernos á ellas, es casi imposible.
Solo muriendo en uno de esos trastornos de la Naturaleza, podemos ir relativamente seguros de que no dará qué decir nuestra muerte.
Esas cosas sí, le ponen á uno serio. ¡Caramba! ¡Terremotos, volcanes, la tierra que se abre, el cielo que se viene abajo!... Para eso no hay prudencia, ni vida ordenada, ni preceptos higiénicos que valgan... Eso nos puede suceder á todos y entonces no hay más remedio que morirse. Por eso estas catástrofes nos conmueven á todos. Después de leer el trágico relato, nadie se considera inmortal. Ni siquiera cabe el consuelo de culpar á los gobiernos, como en caso de epidemias, guerras y otras calamidades de tejas abajo.
No hay idea del trastorno moral producido en algunos espíritus ante un «Morir tenemos», anunciado en tan expresiva forma. Durante tres ó cuatro días, el avaro se siente capaz de inusitadas generosidades. ¡Es triste cosa morirse sin haber disfrutado de nada! Y se compra su purito de quince ó se regala con su café con media tostada. El malhumorado dulcifica su carácter: ¡No vale la pena de tomarse disgustos! La novia pudorosa se muestra más propicia á ciertas expansiones... ¡Mañana pudiera haber un terremoto!
Por fortuna, la idea de la muerte es pasajera y solo ante un cataclismo de cielo y tierra, imprevisto, inevitable, consigue imprimirse por algunos días en nuestro pensamiento.—¿Han visto ustedes, qué horror?—Ya, ya... ¡una cosa horrible!...
Á los pocos días nadie se acuerda y todos volvemos á creernos inmortales y á pensar que solo se mueren los que no viven como nosotros, los que hacen locuras y cometen imprudencias.
* * *
Se habla de grandes fiestas de caridad, á beneficio de las víctimas de Mesina. Es de esperar que el resultado sea brillante. El dinero de nuestros potentados, y aun el de los que sin serlo, contribuyen á las cargas del Estado español, tiene bien aprendido el camino de Italia; pero nunca fué más allá de Roma. Justo es que en esta ocasión, ya que de Roma misma viene el ejemplo, nuestra intransigente religiosidad reconozca la unidad italiana; más que esto, la verdadera y católica fraternidad.
El Sumo Pontífice sabrá agradecer esa ofrenda, tanto como las destinadas al dinero de San Pedro, y al bendecirla, como padre de toda la cristiandad, sin fronteras ni patrias, estad seguro de que Italia la agradecerá con su corazón de patriota italiano. ¡Qué hermoso hubiera sido sobre las ruinas de Mesina, el abrazo del Papa y del rey de Italia! Nunca como en esta ocasión, al romper su prisión voluntaria del Vaticano, hubiera podido creerse el Pontífice inspirado por el Espíritu Santo. La infalibilidad del corazón es anterior á todos los dogmas proclamados en los concilios.
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Yo no sé cómo ha podido decirse que el Cristianismo es una religión de tristeza y que el ejercicio de sus virtudes exige todo género de mortificaciones. La Caridad, por lo menos, cuando con motivo de alguna gran desdicha pública se manifiesta, reviste el aspecto más regocijado. Funciones teatrales, fiestas de toros, bailes, rifas... Los paganos, con su alegre religión, solían mostrarse más austeros y entristecidos en estas ocasiones. Muy dormida debe de estar caridad que ha menester de todo ese cosquilleo para avivarse; un severo duelo y una noble tristeza sentarían mejor al ofrecer la dádiva. No es esto murmurar, y siendo milagro tan dificultoso el de sacar dinero y el dinero tan empecatado, sin duda es este de los milagros en que puede estar más admitida la intervención diabólica. Pero, conste, que no hemos adelantado mucho desde los tiempos—primeros años de la Era Cristiana—en que los fariseos repartían sus limosnas á son de trompetas. En fin, ya que la Caridad en todo tiempo es más eficaz cuanto más sonada, quiera Dios que por esta vez, no sea más el ruido que las nueces: que no sea todo el metal el de las trompetas.
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El arte y la moda, por lo que tiene de arte, son el último refugio de lo que está llamado á desaparecer ó ha desaparecido por completo. Por la moda resucitan el Directorio, el Imperio; hasta la época del buen rey Dagoberto, evocada recientemente en bellos trajes por hermosas actrices del Teatro Francés. Á medida que los últimos pueblos conservadores de sus trajes tradicionales, los van desechando para adoptar las modas de los más civilizados, éstos recogen piadosamente lo que aquéllos abandonan. Del Japón vinieron los kimonos; de Turquía llegan los turbantes; de Rusia los gorros de cosaco. Cuando las elegantes de estos países encarguen las nuevas modas á París, ¡cuál no será su sorpresa al ver como vuelve lo que ellas despreciaron!
La moda actual es una completa mascarada histórica cosmopolita y zoológica. Trajes de todas las épocas, tocados de todos los países, plumas y pieles de toda la fauna conocida. Pieles, sobre todo. Debe de haber sido un invierno horrible para los gatos. Nunca se ha conocido un mes de Enero tan tranquilo en los tejados. Están todos haciendo de nutria, de armiño y de marta sobre nuestras señoras. Á su influencia se atribuye algunos recientes disgustos matrimoniales y algunas fugas de enamorados.
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Todo vendrá á parar en que suban el vino, solía decirse; pero en esta ocasión nos vemos más apurados, pues todo ha venido á parar en que suben el agua; como si desde tiempo inmemorial no estuviéramos con el agua al cuello. Ya que por la supresión del impuesto de consumos sobre el vino y el cierre dominical de las tabernas, es el vino lo que se ha abaratado, tal vez nuestros gobernantes quieran parodiar la ingeniosa «boutade» de María Antonieta cuando el pueblo de París, hambriento, clamaba por pan, amotinado: No tienen pan, que coman bizcochos. El agua está cara... que beban vino. Lo malo será si con el cambio de precio hay también cambio de propiedades y es el agua la que se sube á la cabeza. Á quien no parodian nuestros directores es á Luis XV, y si él dijo: Detrás de mí, el diluvio; ellos dicen: Detrás de nosotros... la sequía.
El caso es que, con este estira y afloja en la mejora de las costumbres, ya no nos van á quedar ni costumbres. Cuando empezábamos á tomar el gusto al agua y ya eran muchos los que se bañaban y algunos los que habían caído en la cuenta de que el agua hasta podía usarse como bebida, el encarecimiento de su consumo viene á dar al traste con tan buenos propósitos.
Y que no sabe uno á quién compadecer. Si oye usted á la empresa del Canal, la razón está de su parte, y poco menos que le convence á usted de que el suyo no es un negocio industrial, sino un apostolado. Si oye usted al Ayuntamiento... El Ayuntamiento se lava las manos. ¡Feliz él, que puede permitirse ese lujo! Si oye usted á los caseros, ¡infelices caseros! Ser propietario hoy día es otro apostolado: ¡La contribución, los reparos, los inquilinos morosos, impuestos por aquí, impuestos por allá!... Las mejores fincas no rentan más de un cuatro por ciento. ¡Una miseria! Hasta los usureros, con lo mal que se ha puesto el negocio, rechazan ya despreciativamente las hipotecas sobre fincas.
¡Si oye usted á los simples vecinos, no propietarios!...
Aunque en verdad, á éstos es á los que menos se oye, debiendo ser los que pusieran el grito en el cielo. Saben por experiencia que si no es el agua, será otra cosa la que se encarezca y que todo es variar de dolor. Pero, cuando ni la tierra que pisamos es nuestra, ¿qué de particular que tampoco sea nuestra el agua que bebemos? ¡Ay! El mundo, como la isla de Caliban, es un sitio en que se encuentra todo lo necesario para la vida; excepto el modo de vivir. Y Caliban campa por sus respetos. Próspero lee en sus libros que el dolor es eterno y es inútil buscar alivio á los males fuera del espiritual de la lectura. Ariel proyecta la invención de un aeroplano, y cuando lo haya inventado dirá que el aire le pertenece, y ni el aire que respiramos será nuestro. ¿Quién sabe?
Acaso debemos desear que el mal sea insoportable. Entonces estaremos más cerca de buscar el remedio.
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Antes, si no en murmuraciones privadas, que éstas son responso obligado en el mismo cortejo funerario, por lo menos, en discursos y artículos necrológicos, solía respetarse la memoria de cualquier muerto ilustre, siquiera durante el novenario. Ahora lo hemos arreglado de otra manera, y como de la hora de la muerte se dijo siempre que era la hora de la verdad, hemos decidido no retrasarla un solo instante y que la verdad, como el llanto, sea sobre el difunto.
Excelente determinación me parece; de este modo andara todo el mundo más derecho, sin confiar para nada en esa tregua de impunidad que parecía asegurarnos la muerte con el respeto de los vivos. ¿Qué se creían ustedes, señores cadáveres, que con quitarse para siempre de delante nos dábamos por satisfechos? ¿Que íbamos á dejarles á ustedes esperar muy tranquilos la hora del juicio final inapelable ó del juicio mas reposado de la Historia? ¡Nada, nada: respetables muertos, no sirve dárselas de ricos! Todo lo que puede concedérseles á ustedes es la satisfacción de no verse obligados á volver en demanda de explicaciones por las injurias, ofensas, calumnias y demás oraciones, piadoso recordatorio de los supervivientes. Los muertos están dispensados de tener honor. Ya lo dicen las papeletas de entierro: el duelo se despide en el cementerio.
Digo, si el pobre Catulle Mende, duelista empedernido, capaz de batirse, como un artista del Renacimiento, por la belleza de un endecasílabo ó por la gracia de un madrigal, hubiera concedido importancia, desde el inmortal seguro á donde asiste, á los mil injuriosos, despectivos y desagradables comentarios á que ha dado ocasión su desdichada muerte...
Nada se ha respetado; desde su obra literaria, á la que todo puede negarse, menos amenidad y sincero amor al arte, sospechoso de apasionada parcialidad á veces, por ser tan sincero; hasta su vida privada, solo culpable también de sinceridad y de amor tan ferviente á la vida que, por amarla demasiado, pretendió prolongar la juventud con amable despreocupación del ridículo.
Estos fueron tus pecados y no merecías por ello tan pronta desconsideración. Si una severa crítica, acaso no ofrenda á tu memoria, las inmortales siemprevivas, razón de más para no apresurarnos tus contemporáneos á pisotear tan pronto las rosas que aun cubren tu cadáver, y aun son frescura y aroma en tus poesías, en tus cuentos, en tu obra toda de artista gentilísimo.
Por tu amor al arte, amaste también á nuestra España, y si en tu «Santa Teresa» venció la fantasía francesa á la severidad española, como en Víctor Hugo, ¿cuál será de nuestros poetas románticos el que pueda arrojarte la primera piedra? No serán Lope ni Calderón, que á sus anchas y para su gloria, fantasearon con la Historia y la vida españolas; no será Zorrilla, que hoy te saludará como hermano; hermano en todo, hasta en lo de ver cernirse como tú, sobre su tumba, siniestras aves de rapiña. Por fortuna, ¡oh, poetas!, si estos pajarracos, con su pico, pueden roer sobre vuestros huesos la carne muerta, no pueden con sus parduzcas alas obscurecer la luz de vuestra gloria.
IV
Poco sabrá de la vida quien no haya vivido por edades, las edades todas de la humanidad. Es el hombre en sus primeros años un pequeño salvaje, más parecido por sus instintos al hombre primitivo que al ciudadano civilizado de cualquier gran nación moderna. Si la educación no acudiera al reparo—y no en todas partes acude,—tendríamos perfectos ejemplares de trogloditas, contemporáneos nuestros. No es preciso salir de España para encontrar pueblos enteros de ellos. La vida es el mejor libro de historia, abierto á todas horas, y ella nos ofrece continuamente vivientes ejemplares de todos los hombres, desde el primitivo de las cavernas, al anticipo del superhombre futuro. Con salvar espacios podemos retroceder en el tiempo. Hay hombres y pueblos enteros medioevales, los hay del siglo XVI y del XVII. Existen en medio de las metrópolis mas civilizadas, verdaderos salvajes. Ya dijo Zola, que nada puede darnos tan cabal idea de las homéricas luchas de la Iliada como las peleas entre jayanes de dos aldeas rivales. No en documentos empolvados, en textos vivientes ha de hallar el verdadero historiador artista, los más fieles datos para reconstruir la vida de los tiempos pasados.
Debemos ser tolerantes con las fiestas de Carnaval, que á tantos espíritus superiores disgustan y escandalizan, como con una niñería de la humanidad, por la que han de pasar sucesivamente todos los que nacen. Sería muy triste que todos naciéramos sabiendo que hemos de aburrirnos en un baile de máscaras. Es, además, acaso por primitiva, esta fiesta de los disfraces, la única fiesta de la verdad. Nunca sigue tanto el hombre sus naturales inclinaciones como al intentar travestirse en estos días. Vemos con faldas y moños femeninos á los que debieran llevarlos todo el año; con caretas de animales á muchos, que ese día sólo no engañan á nadie; de bebés á otros que, solo con vestirse de ese modo, muestran que están en lo cierto. Y de las mujeres, ¿qué diremos? La que sin careta tardaría dos ó tres días en darse á conocer, ya está conocida apenas aparece en el baile. Dinero podrá no ahorrarse con una belleza encubierta, ¡pero, tiempo!...
¡Si todos los negocios de este mundo pudieran tratarse con mascara, cuanto enojoso trámite nos ahorraríamos del mismo modo! ¡Ah, la cara, la cara! Mascara imperfecta que el más hábil no llegó á dominar y á pesar nuestro enrojece de vergüenza ó palidece de espanto, y llora ó ríe inoportuna, y es sensible, por curtida que esté, á escrúpulos de conciencia, á preceptos de educación, á preocupaciones sociales... Solo el que haya logrado completo dominio sobre su rostro, logrará completo dominio sobre los hombres. Por algo la glorificación de la belleza corporal ó espiritual del hombre es su escultura: la plenitud de la mascara.
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¿Por qué cerrar en estos días las Cortes y no permitir en ellas una mascarada que sería también su única verdad? Los más conspicuos parlamentarios, tal vez bajo el incógnito de la careta se atreverían por una vez á decir lo que sienten. Este liberal, mal disfrazado todo el año hablaría como conservador; tal otro, forzado por compromisos electorales á oponerse á todo negocio dudoso, pediría participación en él, sin empacho, y tal cual, metido por complacencia, en algún callejón sin salida, podría hallarla con muy gentil despejo, al amparo de un buen disfraz. Con careta de ministeriales, los conservadores podrían cantar las glorias de Cataluña, y los catalanistas, con careta de conservadores, podrían desenmascararse del todo. Los republicanos podrían decir la verdad disfrazados de monárquicos, y los carlistas no dirían nada, porque entre conservadores y solidarios les darían dicho todo lo que ellos pudieran decir. Los periodistas, con achaque de no conocer á ninguno, suprimirían adjetivos personales y la presidencia no se atrevería á llamar al orden á nadie, por temor á graves equivocaciones. Los maceros podrían actuar á guisa de bastoneros, para impedir, como en los bailes, aproximaciones demasiado deshonestas. Serían memorables estas sesiones de Carnaval. ¡Y si se aprovechara para «confettis» algunas de las leyes discutidas durante el año! Hecha «confettis» quedó la famosa del terrorismo. En cambio, la de administración local es una serpentina que entre Maura y Cambó se arrojan jugueteando y graciosamente se enrosca sobre otras cabezas, como debió enroscarse la serpiente diabólica del Paraíso en el árbol del bien y del mal, al ofrecer á nuestra incauta madre la fruta de perdición.
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Ningún arte tan espiritual como la música, y ninguno tan propio de estos días del año consagrados á la meditación y al recogimiento espirituales. La devoción de nuestros buenos aficionados á la música bien ha tenido en donde escoger en esta temporada. El cuarteto checo en la Filarmónica, Wagner á toda hora, y por fortuna el arte nacional, sin llegar todavía á «preferido», algo salió de su condición de «ceniciento», gracias á muy laudables empresas de nuestros músicos. Chapí, con su ópera, mas apreciada á cada representación, el cuarteto Francés, el cuarteto Vela, el quinteto de instrumentos de viento, nueva sociedad, de inteligentes y modestos artistas, dignos de todo encomio y de mayor atención por quien pueda dispensársela, sobre todo para mejorar su instrumental, cuyas deficiencias, vencidas en fuerza de arte, bastarían para obligar á la admiración. Labor es toda esta de inteligencia y de entusiasmo que nunca agradeceremos bastante, ya que nunca pagaremos lo suficiente. De todo podrá acusarse á estos nuestros artistas menos de interesados. Estudian y trabajan por puro amor al arte; tal vez por esto trabajan con preferencia en Cuaresma. Justo es que, después de los ayunos y penitencias, llegue la Pascua de Resurrección para la música nacional. No quiero ser injusto ni egoísta; soy el primero en reconocer que el autor dramático no está tan necesitado de protección oficial en España, como el compositor de obras musicales, que no sean género chico. La obra del Teatro Nacional, no será completa, si la fundación de un teatro de comedia española, no coincide con otro de ópera y zarzuela. Para éste cuenta el Estado con un edificio inmejorable; contamos con músicos y artistas en calidad y en cantidad importantes. ¿Qué falta?... ¡Por vida de los inconvenientes!
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Como tanto se ha discutido la sinceridad del «wagnerismo» de muchos que dicen ser wagneristas, sin duda, la empresa del teatro Real ha querido ponerla á prueba, y al mismo tiempo la resistencia física de músicos y cantantes. Para ayer domingo estaban anunciados: «El Ocaso de los Dioses», por la tarde, y «Lohengrín», por la noche. No creo que el programa se haya cumplido, pero si así fuera, leeré hoy lunes con interés, las noticias, para saber cuántos profesores de la orquesta hubieron de ser conducidos en camilla á su domicilio al final de tan ruda jornada. Si solo el asistir de espectador tarde y noche supondría un vigor extraordinario y por ello merecería cualquiera mención especial, ascenso inmediato y condecoración pensionada en el cuerpo de «wagneristas» denodados, ¿qué decir de los ejecutantes? Para éstos sí que será día de prueba su fervor artístico y admirativo por el genio de Wagner. Vamos, que si al caer el telón y caer ellos desfallecidos, no reniegan de tres generaciones anteriores, por lo menos, del sublime músico y de las posteriores, hasta la cuarta, como una maldición bíblica, ya pueden dar fe de su wagnerismo.
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Algo quisiera decir de la nueva ópera española «Margarita la Tornera»; algo de su autor tan maltratado, tan discutido, tan injuriado antes de ahora, que siendo estas las señales más ciertas de ser glorioso en España, no necesitaba de mayor triunfo, ni para satisfacción propia, ni para nuevos desahogos de sus enemigos. ¿Enemigos? No. Enemigos son los que usan nobles armas y combaten con ellas. Los que solo usan de su natural veneno, no pueden ser considerados como enemigos. Tienen su clasificación en las últimas escalas zoológicas.
¿No parece ya á algunos que hemos hablado bastante de «Margarita la Tornera»? ¿No dicen otros que se ha abusado del bombo? ¿Del bombo? Y días antes del estreno nos tenían afligidos á los constantes admiradores del maestro Chapí, los agoreros de un fracaso...
¿Que se ha hablado bastante? No tanto como de esta ópera italiana ó de tal otra francesa ó de aquella otra rusa, que fatigan sin cesar las columnas de los periódicos en todo el mundo. No tanto como del «Chantecler» de Rostand, ni como del Vivillo ni la Juaneca...
¡Oh admirable y extraño patriotismo el nuestro, que quisiéramos una España grande, pero en la que todos los españoles fueran pequeños! Mal país de sembradores, pero excelente de tijereteros, dedicados á cimar cuanto amenace ser árbol en tierra de arbustos.
Hay, por dicha para todos, un público, el público que no es de literatos ni de músicos, que tal vez no entiende de letras ni de notas, pero entiende con el corazón, como pedía San Pablo, al artista y á todo el que le habla con la honradez desinteresada del amor al arte y á la verdad.
Ese público no ha regateado su aplauso ni su admiración al insigne músico español; ese público sabe cuánta generosidad supone el habernos ofrecido ese regalo de arte. «Margarita la tornera» le producirá á su autor... treinta ó cuarenta mil pesetas de menos, que dejará de percibir en esta temporada, por haber desatendido los trabajos del género chico.
De modo que, en efecto, no debe hablarse más de «Margarita la Tornera». ¡Un hombre que va á hacerse rico con una ópera! ¡Y encima un poco de gloria!... No, no es posible. ¡Ni que fuéramos tontos!
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Lujosos trenes, coches y automóviles, forman fila, después círculo, después caracol, por fin masa compacta á la puerta de la humilde iglesia. ¿Qué sucede? ¿No sabéis? Es la devoción á la moda. La imagen milagrosa que, de tres peticiones, concede una. Pero una sola, y no puede hacérsele más de tres. De tres cosas, una. ¡Dios mío! ¿Cómo pueden conformarse á tal mezquindad esas bellas y elegantes damas, acostumbradas á conseguir todo lo que piden? Sin duda piden cosas muy difíciles ó imposibles, cuando se dan por muy contentas con obtener una. Secretos serán entre el cielo y ellas, porque en asuntos de la tierra, todos sabemos que si ellas desearan tres cosas, no tendrían para empezar con una sola.
¡Quién pudiera penetrar el misterio de vuestras peticiones, y quién tuviera poder para exaudir todos vuestros deseos! Cierto que á la divinidad no es posible engañarla, pero ¡es tanto el arte de seducción en las mujeres! que la divinidad sonreirá bondadosa cuando ellas oculten entre dos peticiones insignificantes la de verdadera importancia. Ó, cuando las peticiones en aparente forma distinta, sean en realidad una misma. Yo pienso acudir uno de estos días á la devoción milagrosa y haré muy humilde mis tres peticiones. Un millón de pesetas, un millón de francos ó un millón de liras. Veremos si es verdad que de las tres cosas se consigue una. Con cualquiera de las tres me contentaría y todas las tardes verían ustedes un automóvil más á la puerta de la humilde iglesia, cuyo nombre y sitio no diré á ustedes, porque los anuncios son asunto de la administración. Y ¡qué mejor anuncio que tanto coche blasonado y tanta distinguida dama en la plazoleta antigua del Madrid viejo; este Madrid que tantos rincones guarda de siglos pasados en sus calles y no menos en el espíritu de sus nobles y bellas damas!
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Si alguien dudara de los sentimientos religiosos de este país católico por excelencia, de la honda preocupación religiosa de nuestro espíritu, de lo importante que es para los gobiernos el no ofender ni menoscabar en nada nuestras venerandas creencias, bastaría con la más superficial observación de lo que significan para nosotros estos días solemnes en que la Iglesia, nuestra madre, conmemora la Pasión y Muerte de Jesús.
En calles y templos las más expresivas muestras de verdadero fervor cristiano. Severidad en el adorno y en las ceremonias de iglesia; raudales, cuando no de arrebatada elocuencia, de sencillez evangélica, en los púlpitos; los pocos lugares de esparcimiento ofrecidos al público, como cafés, pastelerías, etc., abandonados de su habitual parroquia masculina, no digamos de señoras y señoritas; todas fidelisísimas observantes del riguroso ayuno. Las mujeres desdeñosas de solicitar la atención de los hombres, en estos días consagrados á la meditación y al recogimiento, con la mayor sencillez en su persona; los hombres, respetuosos con la actitud severa de ellas, sin atreverse á ofenderlas con un mal piropo. ¡Oh! Es un espectáculo edificante. La vida parece haber suspendido todo el anhelo pecaminoso con que de continuo nos solicita para perpetuidad de la especie y del pecado.
No es de extrañar que los extranjeros que en estos días solemnes visiten principales ciudades de España: Madrid, Sevilla, Murcia, Toledo, etcétera nos juzguen de una imponente austeridad religiosa, que les hace más comprensible el legendario fanatismo que propagó las hogueras inquisitoriales de España por medio mundo.
Y si en algo puede haber disculpa para tantas atrocidades cometidas en nombre de la Religión, nuestra mejor disculpa está en eso, en la sinceridad del sentimiento religioso de nuestro espíritu; el mismo que sobrevive con la misma sinceridad y del cual pueden hacerse cargo cuantos nos visitan en estos días solemnes de meditación y recogimiento.
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Ningún ejercicio espiritual más propio del bondadoso escéptico en estos días, que la lectura de un bonito libro, recientemente publicado en París. Su autor, Salomón Reinach; su título «Orfeo». Historia de las religiones. Un substancioso compendio, acaso despreciable para los eruditos especialistas que sonríen desdeñosos á todo extracto de ciencia: pero muy de agradecer para los «pica-platos» intelectuales, deseosos de asomarnos á todas las ventanas y aun á todas las alacenas de la inteligencia, sin tiempo para otra cosa que oler donde se guisa y pellizcar donde se sirve. Y como bien guisado y bien servido, está el manual en cuestión. En un perspicaz vistazo de pájaro sobre todas las creencias religiosas que han inquietado al mundo.
Desde la altura todas parecen en el mismo plano y, cuando menos, aprendemos á estimarlas lo mismo, como una necesidad universal del humano espíritu: niño preguntón que quisiera saber el por qué de todo, y á falta de verdades ciertas se contenta con suposiciones fantásticas.
En los más claros y habitables aposentos de nuestra inteligencia, asentamos las pocas verdades que poseemos; allá, en los camaranchones interiores y obscuros de nuestro cerebro, ó arrinconamos los trastos inservibles que nos correspondieron por antiguas herencias, ó suponemos duendes y fantasmas que justifican nuestro horror á penetrar en ellos y la imposibilidad de habitarlos.
Cierto que, puestos á elegir fantasmas, debiéramos elegir los más gratos, y es preferible imaginar duendes alegres y juguetones á trasgos espantables. Pero ¡ay! que son los hombres los que hicieron á sus dioses á su imagen y semejanza, y así hay dioses bondadosos, dioses crueles, dioses vengativos, dioses indiferentes, dioses ridículos, dioses respetables, dioses humanos y dioses divinos. Dioses para todos los gustos y para todas las aspiraciones.
Somos el molde de nuestras creencias, y no ya cada pueblo, cada hombre, llevamos á nuestro dios, hecho carne en nosotros. Por eso, entre todos, ningún símbolo tan espiritualmente bello, como el de nuestro Dios, hecho hombre, hijo del hombre, hombre como nosotros; que en nosotros puede nacer, y en nosotros y por nosotros padecer pasión y muerte y en nosotros resucitar y divinizarse.
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Un distinguido pintor escenógrafo y dos populares y aplaudidas tiples han tenido uno de sus más ruidosos éxitos... ¿En dónde, dirán ustedes? En la parroquia de San Sebastián.
El Teatro y la Iglesia ó la Iglesia y el Teatro—las señoras primero—aunque alguna vez hayan andado á la greña, en el fondo han sido siempre buenos amigos. No es preciso remontarse á los orígenes del teatro ni á la representación de los Autos Sacramentales para demostrarlo. La capilla de la Virgen de la Novena, que el fervor de nuestros actores costea y sostiene sin decaimiento de su original esplendor, lo atestigua bien claramente hoy en día.
En esta Semana Santa, con su decoración teatral y la presencia de nuestras más bellas actrices, la capilla de la Novena ha conseguido la mejor entrada. Los devotos tal vez se escandalicen; pero, nada importaría que los templos tuvieran algo de teatro, si los teatros alguna vez tuvieran algo de templo.
V
La capa, la española capa, prenda inseparable de la mantilla, en todo canto al españolismo, parecía desmentir hasta ahora, el mayor apego en la mujer á lo tradicional y castizo; pues mientras sobre femeniles cabezas pasaron mil hechuras de sombreros, relegada la mantilla á fiestas de religión ó de tauromaquia—los extremos se tocan y las tradiciones se semejan,—la capa persistía con firmeza, gallardeando sobre varoniles hombros, en amistosa alternativa con toda clase de abrigos, nobles y plebeyos; desde el gabán aforrado en nutrias ó martas cibelinas, á la bufanda con honores de manta.
Y, en este invierno, sin prescripciones de la moda, ni de la higiene, la hemos visto de pronto desaparecida; tan de pronto, que mal puede decirse que la hemos visto desaparecer.
Y el pueblo; el último baluarte siempre del casticismo pintoresco, en lenguaje, vestidos y costumbres, ha sido el primero en desecharla, sustituyéndola por la zamarra; prenda sin carácter, sin gracia, sin historia, sin nacionalidad.
¿Habrán influído las recientes disposiciones sobre las casas de préstamos, con la menor facilidad en la pignoración, al desprestigio y abandono de la clásica prenda, considerada antes como un billete de Banco, valor al portador?
¿Será que todas las capas madrileñas padecían cautividad, y el negarse los prestamistas á la renovación de papeletas, ha hecho imposible el rescate en esta temporada de invierno?
Si así fuera, esperemos el saldo del año próximo, que volverá á ponerlas al alcance de todas las fortunas, sin menoscabo de la de sus actuales poseedores. ¡Habrá capa que pudiera estar bordada en oro, si á enriquecerla con tal adorno se hubiera aplicado el interés cobrado en tantas renovaciones!
Pero, si la causa no fuera esta y la zamarra triunfara en definitiva, como prenda de abrigo popular, entonces la capa no tardaría en ser el abrigo aristocrático, y por imitación volvería á serlo de la clase media, y por fin volvería á ser el de las clases populares, deseosas siempre de igualarse con los de arriba, mientras éstos quisieran diferenciarse de todos.
¿No están recientes las luchas y protestas de los camareros de café, hasta conseguir les fuera permitido el uso del bigote, por considerar como signo deprimente de servilismo la cara rasurada? Y he aquí, al poco tiempo, que ya son los mozos de café los únicos que llevan bigote, y todo pelo en la cara es anatematizado por la distinción y por la higiene. Ni una ni otra son señoras muy de fiar, por lo veleidosas. Ahora nos dicen las dos, puestas de acuerdo, que barbas y bigotes son terribles nidos de microbios y, aun cuando vaya uno para viejo, no hará muchos años, «leía yo, en los libros que tenía»—como dice Segismundo, el de «La vida es sueño», no confundirle con el de «El sueño es vida»,—leía yo, como iba diciendo, en mis buenos libros de higiene, cómo era menor la mortalidad y el peligro de la tuberculosis, entre los obreros que, empleados en industrias, como la fabricación de hilados y otras similares, dejaban crecer barbas y bigotes, que entre los afeitados ó barbilampiños; pues barbas y bigotes eran como red cazadora de partículas que, sin ese natural obstáculo, penetrarían directamente en los pulmones. Toda esta explicación venía muy cimentada sobre sólidas estadísticas y lo mismo vendrán éstas de ahora, que afirman todo lo contrario.
Yo no sé si ahora será cuando la higiene está en la fija; de la moda, sé decir que, para rostros de pura cepa castellana, no puede ser más desfavorable. Para bien parecer un rostro varonil afeitado, necesita ser de buen color y armonizar con rubios cabellos que den claridad y juventud á la fisonomía. Pero el ceñudo castellano, de negro pelo, color verdinegro ó amarillento, cobra un aspecto duro de presidiario ó cura de facción, con el rostro afeitado, más sombrío sin el contraste de bigote ó barba.
Y ¿qué diremos de los que deciden el afeitado sin contar con los veinticinco céntimos necesarios para la diaria operación? Entre éstos figuran muchos jóvenes artistas, que estarían mejor con su buena melena y todo lo que buenamente quisiera crecerles. Todo, mejor que verles con la pelusa de una semana, como quincenarios, y oirles decir todavía:—¿Sabe usted? No llevo nada en la cara porque es mucho más limpio y más higiénico.—¡Vaya con la limpieza y con la higiene!
* * *
De las famosas turbias del Lozoya, ninguna tan turbia como esta de ahora, tan de color de chocolate, que pasa de castaño obscuro. El Manzanares, por otra parte, celoso al cabo de los años del injusto predominio sobre Madrid, que su rival le usurpaba, y de las clásicas burlas á su pobre caudal, quiere probarnos que, si no en agua, en lodo, tiene fuerza bastante para alcanzar á respetables alturas. Por suerte, aquí todos sabemos nadar entre dos aguas, y aun entre agua y lodo, que no siempre el ser animal anfibio tiene sus inconvenientes, como aseguran en popular zarzuela.
El Señor nos libre de juicios temerarios, pero es desgracia nacional que todo negocio y toda industria emprendidos en tierra española, aun los que mas beneficiosos parecen para el interés general, lleven mancha de origen por la pícara intervención política en todos los asuntos. Así el trabajo honrado y el dinero, nunca más honrado, que cuando al servicio del trabajador se pone, andan siempre tan desconfiados de emplearse en nuestra industria y en nuestros negocios. Apenas se proyecta algo provechoso, todo el mundo se escama: ¡Chanchullo! ¡Manos puercas! ¿Escuadra? un momio. ¿Gran Vía? otro momio. ¿Teatro Nacional? momio de ambos sexos; si ha de venir á ser refugio hospitalario de ruinas artísticas y literarias. De toda empresa española puede decirse, como de aquellas famosas Cortes: ¡deshonradas antes que nacidas!
De aquí proviene que el celoso de su buena opinión huya, como el diablo, de intervenir en todo negocio, y vienen á parar todos ellos en manos de gente despreocupada, á la que, al fin y al cabo, hay que agradecer su despreocupación, que ya es una prueba de valentía, y tan necesitados estamos de emprendedores, que bien podemos decir: Hágase el milagro y hágalo el diablo. Hágase el negocio, aunque saliere un poco sucio.
Todas estas desconfianzas y recelos, más son señales de nuestra pobretería que de nuestra moralidad. Hay tanta escasez de dinero que no se comprende cómo nadie puede manejarlo sin resistir á la tentación de quedarse con algo entre las uñas. Para juzgar de los demás no solemos tener más norma que nosotros mismos; lo que haríamos en su caso.
Nunca he oído á ningún gran señor quejarse de que le sise su cocinero, ni su jefe de cuadra, ni su administrador. Verdad es que su mesa está bien servida, sus trenes bien presentados y á él nada le falta.
Esto es lo que no nos sucede á los españoles. Á poco que nos sisen, ya se nota en todo, particularmente en la mesa, falta que no se disimula. Y no es que nuestros cocineros tengan menos conciencia que los de otras partes, es que damos menos dinero para la compra, y para comer bien hay que contar con la sisa.
Somos, además, tan apegados á rancias hidalguías que, aunque tan necesitados de dinero, seguimos considerando como despreciables los medios para su adquisición; así es que preferimos buscarle ocultamente por caminos subterráneos, como si fuera un crimen buscarle á la luz, abiertamente. Aquí es todavía la mayor gloria de un político, de un artista, de un hombre de ciencia, decir: Murió pobre. ¿Por qué? ¿Han de ser solo el dinero y la independencia que da el dinero, de los que explotaron la influencia del político, la gloria del artista y la ciencia del sabio?
Cuando el dinero lo compra todo, ¿no habrá algo que pueda comprar el dinero?
Hacer valer dinero á nuestra inteligencia no es envilecerse, es ennoblecer al dinero.
Cuando los hombres inteligentes dan en no venderse, por escrúpulos de conciencia, entonces es peor; porque todos los negocios van á parar á los tontos, que para la circunstancia, se meten á pillos: ya se sabe que nada imita mejor á la inteligencia que la pillería.
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Se anuncia en Madrid y para fecha próxima una Exposición, la más simpática y la más conveniente para ejemplo y estímulo de todos: la Exposición de la Infancia.
De todos los dicterios con que el mayor enemigo de España pudiera ofendernos, el de infanticidas sería, quizás, el más merecido.
No será Malthus nuestro previsor apóstol; pero es, en cambio, Herodes, el buen reparador de nuestra prolífica imprevisión. Tan descuidados sembradores como descuidados cultivadores y recolectores. Al celo previo, en que cualquier hombre se iguala al animal, no corresponde el celo ulterior por la prole, en que cualquier animal puede dar lecciones al hombre.
Y no haya ofensa para las madres y los padres españoles. ¿Cómo suponerlos menos amantes de sus hijos que en otros países? Los aman con ceguedad; pero ¡ay! con ceguedad de ignorancia, que es la peor de las ceguedades.
Dos tristes suertes hay en el mundo; verse pájaro en manos de niño; verse niño en manos de padres españoles.
Dijérase que la fe cristiana, en la seguridad de verlos al morir niños, trasplántalos ángeles al cielo; ó las inseguridades de nuestro vivir nacional azaroso, consuelan y hasta estimulan á los padres en la temprana muerte de sus hijos.
No es que no los amemos mucho; es que amamos tan poco la vida, que acaso el haberlos traído á ella nos pesa como un remordimiento, de que sólo su muerte prematura puede aliviarnos...—¡Para él ha sido un bien!... ¡Angelitos al cielo!—¡Se ha quitado de penas!—¡Quién sabe lo que hubiera tenido que pasar en este mundo!—Hay en todas estas frases vulgares, al morir un niño, una resignación que, siendo amor, más parece feroz egoísmo.
Y es el espíritu español, seco para el niño, y esta sequedad se refleja en nuestro arte, apenas esclarecido por gracias infantiles, en los cuadros de Murillo y en alguna imagen del Niño Jesús del escultor murciano Salcillo.
No hay en España una literatura, un arte para los niños. Nos preocupamos poco de higienizar ni de alegrar su vida.—¿Hay mejor higiene que la alegría?—Aun los niños ricos son aquí más desgraciados que los niños pobres de otros países.
La Exposición puede ser una buena obra, si á ella acuden con la mejor voluntad todos los que, sin haber perdido la fe en otra vida con su cielo saben que ya es bastante antesala para esperarla ésta nuestra tierra, tal como ella será siempre, por mucho que procuremos mejorarla entre todos, y no hay necesidad de hacer de ella un infierno, único lugar que no admite mejora; porque nada puede mejorarse en lugar donde no se ama, que es también lugar donde no se trabaja.
VI
Paréceme que, en la admiración de nuestros jóvenes por Larra, entra por mucho el atractivo de su fin prematuro. Hay quien juzga que fué mejor así; pues acaso la vida, con su roce desgastador de energías y suavizador de asperezas hubiera subyugado altiveces en el rebelde espíritu de «Fígaro», y una vez más hubiéramos asistido á la abdicación de una inteligencia vencida por algún interés.
¿Qué importaba? ¡Hubiera sido tan interesante! De un alto entendimiento es tan admirable la sumisión como la rebeldía. ¿No fué admirable la aparente conformidad de un Campoamor, de un Valera, por todo lo establecido? Y después, cuando la aparente sumisión, efectiva para el vulgo oficial, nos ha dado autoridad y respeto, ¿no podremos con mayor eficacia volver á decir la verdad, á los que antes no quisieron oirla?
«Fígaro» sometido, acaso nos hubiera dicho algo más profundo que «Fígaro» rebelde. Sobre la verdad de nuestra vida, que él creyó afirmar dándose muerte, está la verdad de la vida; sobre la que, acaso, podemos triunfar cuando más abdicamos de nuestra voluntad.
Cuando hemos renunciado á nuestra dicha y nos contentamos con ver dichosos á los que nos rodean, es quizás cuando empezamos á serlo.
¡Qué inaccesible ideal si pensamos al escribir una obra en la gloria sin término! ¡Qué fácil, si pensamos en comprar con su producto inmediato el juguete que alegre á un niño querido! ¡Vender la gloria remota por sonrisas cercanas! Si la gloria tiene algún camino, ¿no es el amor quien por él ha de llevarnos?
Poner muy alto y muy lejos el ideal, tal vez es airoso pretexto para la caída al alcanzarle. Acerquémonos, aunque se empequeñezcan nuestros ideales.
Fingió la fábula que el águila volaba por llegar al sol, y en realidad sólo vuela por traer alimento á su nido. Y por eso no es menos arrogante su vuelo.
¡Jóvenes admiradores del fin prematuro de «Fígaro», no pretendáis volar tan alto por el aire, que olvidéis deberes de la tierra! El también os lo hubiera dicho si hubiera vuelto de su volar altivo.
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El Teatro en España, interesante libro publicado por Francos Rodríguez, á mas de muy atinados juicios sobre muchas de las obras estrenadas en el año de 1908, contiene una parte de estadística, reveladora de la desproporción alarmante entre la cantidad y la calidad en el producto dramático. Asusta lo que devora el público en un año, y no será de extrañar que, por no exponerse á morir de empacho, prefiera ponerse á dieta rigurosa, de más rigurosa repercusión en estómagos de autores y comediantes.
Á bien que el público toma el prudente partido de no interesarse por nada y ha delegado su misión de juzgador en manos de la «claque» y de los amigos del autor, pródigos en aplausos que ya nada significan ni á nada comprometen, ni siquiera á que la obra permanezca en el cartel los tres días de reglamento. Se ha conseguido con esto, que ya no haya más opinión valedera que la de la taquilla, y que los empresarios después del buen éxito, más ruidoso, en vez de regocijarse, digan desconfiados: Mañana veremos... Y lo que ven mañana es... tres pesetas.
No ha de pedirse á la crítica mayor severidad que al público, y si éste adoptó por sistema el muy cómodo de «Dejad hacer, dejar pasar», ¿qué ha de decir la crítica? Por mí que hagan, y por mí que pasen. La indiferencia, tal vez cruel del público, es en la crítica más compasiva. Aquella obra es acaso el pan de una familia ó la felicidad de un ilusionado, ó la satisfacción vanidosa de un majadero. ¿Para qué privarles de esos goces materiales ó espirituales? ¿No es injusticia toda justicia innecesaria? ¿Pesan más los agravios al arte que la miseria ó la pena de un autor desdichado?
Como decía aquella dama, dadivosa de suyo, para justificar sus prodigalidades: ¡Á una le cuesta tan poco, y ellos se quedan tan contentos!...
Es hoy el teatro rama de la Beneficencia. Y no está mal así; que es tan dura la vida, que en nada puede emplearse mejor todo templo, sea artístico ó religioso, que en asilo benéfico del dolor y de la miseria. El Arte como la Divinidad es bondadoso, y sonríe sin ofenderse al que llega en nombre del Arte á pedir á su puerta una limosna, ya de pan, ya de aplauso.
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Tan poco acostumbrada está la Gloria á coronar en vida frentes españolas y tan hecha á no llegarse á las más excelsas, si no es traída por mano de la muerte, que, cuando por no poder menos, la hora gloriosa llega en vida, no es de extrañar que la muerte crea también su hora llegada y sólo por ver al luchador triunfante, con razón crea que ya le pertenece.
Era, para el músico insigne, un descanso en la lucha incesante, era el triunfo, concedido por los más rehacios en otorgar honores de vencedor á quien todavía pelea en pie con denuedo; era la gloria: pero era gloria española... ¡Tenía que ser la muerte!
Mezquina concepción de la divinidad es considerarla como á maestro de párvulos, distribuyendo vales de buen comportamiento para un premio futuro; pero, ante el rudo corte de una noble vida, toda honrado trabajo y fecunda lucha, que no pudo hallar aquí justa recompensa, ¿no hemos de pensar en una satisfacción suprema, en una gloria sobrehumana de luz y de armonía?
¡Ah, los que juzgáis escepticismo la ironía, no sabéis cómo el irónico guarda la sinceridad de su sentimiento para cuando es bien emplearlo, más entero cuanto menos gastado!
Porque sabe de la verdadera bondad, burla de apariencias virtuosas; porque sabe del esfuerzo y de los sacrificios que impone el verdadero arte, burla de esos simuladores, bien hallados con la fácil «gloriola», más contentos con aparentar que con ser. Esos que pueden reposar satisfechos al decir: Hemos llegado; cuando llegaron á una posición oficial, obtenida á fuerza de intrigas y de concesiones.
Pero ante un nombre como el de Chapí, ante una vida de trabajo digno, en que todo se debe al propio esfuerzo, la admiración es culto y el respeto obliga al ejemplo... Y el cronista llora con limpio llanto, porque nunca lloró con llanto inútil por farsantes ni por malvados.
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Sobremesa es esta de espiritual convite, de mística comunión, como en la última Cena de Cristo, como en torno al Santo Grial, la de sus caballeros guardadores, los hermanos de Percival y de Lohengrín.
Sobre la vulgaridad cotidiana de nuestra vida, resplandeció la gloria del Arte y sus alas de luz nos elevaron, aliviados de toda terrenal pesadumbre, y la caricia de lo sublime estremeció nuestras almas transfiguradas por el divino milagro del Arte.
Y cuanto hay de divino en nosotros nos habló de inmortalidad. ¿No es esta la verdadera, la única moralidad que debemos pedir al Arte?
Después de oir «El Ocaso de los Dioses», yo no creo sinceros los aplausos; esa vulgar aclamación no es digna de tanta grandeza. Nadie palmotea ante el mar, nadie palmotea ante las tempestades, nadie ante la serenidad armoniosa del cielo en una noche de verano. El espíritu se recoge como en oración, y un silencio solemne de llanto contenido, el llanto bueno que purifica como fuego sagrado, es la mejor acción de gracias de nuestras almas.
El único aplauso digno sería caer de rodillas, prosternados como ante la elevación eucarística.
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¿Qué nos dirán ahora para justificar su desdén por el público, los inmaculados castellanos de las marfileñas torres? ¿Es inútil pretender llegar á la multitud, como ellos aseguran? ¿Solo ignorancia y grosería encontraremos en ella? El público madrileño respondió el domingo pasado y en noches sucesivas, como acaso no esperaban muchos, á cuantos quieren disculpar su vagancia ó su impotencia con la falta de sentido artístico en el público.
Con ser todo admirable—pasemos por alto deficiencias en la interpretación y presentación de la obra,—lo más admirable, sin duda, lo mejor de la gloriosa jornada, fué la actitud del público; este admirable público madrileño, tan calumniado, pero de un instinto artístico tan seguro, que, al contrario que en otros países, antes que en la crítica sabia, hallan en el sostén y aliento los luchadores sinceros por nuevas formas de Arte.
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Y, en el triunfo del genio, ¿será justo olvidar á su compañera inseparable la locura—según los modernos, algo ya anticuados antropólogos,—personificada en el caso de Wagner, por aquel rey Luis de Baviera; Nerón de poquito, Nerón todo dulzura, solo tirano en el Imperio del Arte?
¿Hubiera triunfado el genio sin el loco? ¡Gran asunto para nueva trilogía! El emperador Guillermo, el rey Luis de Baviera y Wagner. La fuerza, la locura y el genio, unidos para gloria del imperio grande y fuerte.
La crítica histórica minuciosa distribuirá razonablemente alabanzas y censuras. Todas éstas para el noble rey loco. ¿Qué importa? Él también fué necesario para la grande obra, y en la universal armonía, el fuerte y el genio llaman hermano al loco.
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Después de una representación del «Ocaso de los Dioses», pensaba yo, cómo yerran los sintetizadores rotundos que para mayor comodidad, clasifican á todo pueblo del Norte, como razonador y positivista, y á todo pueblo meridional como idealista y soñador. Y he aquí, cómo en el arte germánico, perduran los mitos heroicos y legendarios, y cómo entre nosotros, apenas si concedemos un modesto lugar en la tradición; muy desposeída de leyendas, á nuestros héroes. ¡Nosotros sí que sabemos del Ocaso de los Dioses! Aquel gran socarrón de Cervantes fué el gran enterrador de España. Verdad es que el entierro fué suntuoso, con gran asistencia de monjas y frailes. No se puede morir más devotamente. Toda la herencia se nos fué en fundaciones piadosas. Esperémoslo todo de la desesperación de los desheredados. Cuando falte toda esperanza, la desesperación puede ser también madre del heroísmo.
¡Triste Rocinante, triste rucio de Sancho Panza, que vais tardos y fatigosos por áridas llanuras, no hemos de trocaros por el caballo de Brunilda, que galopó sobre nubes y en carrera loca fué conducido al fuego, para que sobre la muerte del héroe y el perecer de los dioses, triunfara el amor ideal de dos almas heroicas!
¡Qué impropiamente llamado «Marcha fúnebre» el mas sublime pasaje musical y dramático del Ocaso! Marcha al combate, al triunfo, á la inmortalidad, debiera llamarse.
Hay en la música de Wagner más filosofía que en todos los filósofos alemanes. La que despierta en lo más íntimo y en lo más hondo de nuestro espíritu el sentimiento de inmortalidad.
La Vida es un enigma, el Arte es su revelación. ¿Nos dice la verdad? No. ¿Para qué? Nos hace olvidarla.
VII
La coincidencia en el arribo á Buenos Aires de dos gloriosos escritores, de tan opuesto carácter y tendencias, como Anatole France y Blasco Ibáñez, es comidilla en círculos literarios, donde se discute en pro y en contra del efecto que cada uno podrá lograr con sus anunciadas conferencias.
Cuentan, los mantenedores por el gallo francés, con el «snobismo» porteño, tan afecto á cuanto proceda de París, sean figurines de modisto, sean figurines de literatura. Confiamos, los que ponemos por el nuestro, fuera de méritos, que no es ocasión de parangonar, con la indudable supremacía que la literatura española va logrando en aquellas tierras, lenta, pero seguramente con el mayor entusiasmo que aportará nuestro Blasco Ibáñez, y el mayor conocimiento del terreno que pisa, con el espíritu español, más efusivo que el francés para entregarse al extranjero; no digamos á lo que nosotros no podemos llamar extranjero, por ser tan nuestro, hasta en eso de haberse entregado al francés incautamente.
Anatole France irá, de seguro, muy poseído de su superioridad, que es la superioridad francesa; más dispuesto á ser admirado que á admirarse; irá con la misma displicencia que los grandes actores franceses en sus «tournées» por América, que suelen presentarse con lo más ramplón de su repertorio y de su equipaje; muy convencidos de que les basta con su nombre de París, para ser aplaudidos. Á esto se debe algunos fracasos muy sonados y el que hoy sean preferidas las compañías españolas é italianas.
Yo deseo un viaje triunfal á Blasco Ibáñez, y desde ahora me atrevo á pronosticar que lo será seguramente; sin desconocer que para Anatole France serán los mayores éxtasis de los exquisitos. Lo mejor que pueden desear los argentinos es que el sutil ironista francés quede tan satisfecho de su viaje, que pretenda volver por allá, más tarde ó más temprano; porque si no entra en sus planes el volver... ¡ya pueden prepararse para leer lo que escriba de ellos á su regreso! De menos hizo Dios á Juana de Arco.
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Á la distinguida señora que me escribe, indignada por algunas apreciaciones mías referentes á los padres españoles, recomiendo para mi disculpa y su consuelo, la lectura de un libro recientemente publicado en Francia: «La educación en la familia», por Thomas.
Dice el autor: «Al tratar de la educación, y en particular de la educación de los hijos en la familia burguesa, procuramos destacar los pecados de los padres, persuadidos de que de ellos proviene la mayor parte de los males que afligen á la sociedad. La tarea es ingrata, porque pocas veces agradecemos las censuras.
¡Cuánto más agradable sería exaltar los méritos del padre y el de la madre; disculpar sus errores y sus preocupaciones y cultivar con engaños discretos sus ilusiones! Tarea ingrata por su misma vulgaridad. ¿No se ha dicho ya todo sobre este asunto y no llegamos demasiado tarde? Todo se ha dicho, pero ya que parece que no se ha oído, ¿haremos mal en decirlo otra vez? Es conveniente, dijo Voltaire, despertar á menudo la conciencia de las modistas y la de los reyes con una moral que puede causarles impresión. Lo mismo puede decirse de la conciencia de los padres.»
Como vé mi ofendida comunicante, también en Francia hay padres descuidados, y lo mismo podría decirse de todo el mundo, y si el autor francés particulariza, como yo, por mi parte, es porque, además de que cada uno habla de la feria según le va en ella, es natural que cada uno hable de la feria que mejor conoce.
No es que yo no haya conocido excelentes y admirables madres é inteligentísimos padres. Tal vez por haber conocido lo mejor, soy más exigente con lo mediano y con lo malo.
Y si sólo á la salud física atendemos, ya no soy yo, es la estadística implacable la que acusa á los padres españoles. Y nos quejamos de Madrid, pero ¡cuando ve uno de cerca pueblos y aldeas!... Diga mi amable, aunque airada comunicante, que, al juzgar por sí misma, pretende igualar á todas las madres españolas: ¿no vió nunca en apreturas y bullangas callejeras, en teatros y hasta en tendido de sol en los toros mujeres con niños de muy corta edad, de pecho, en los brazos, y no sintió indignación muy justificada? ¿Es por exceso de cariño, es por lo que puedan gozar los angelitos á esa edad con el espectáculo? ¿Que son pobres mujeres sin ilustración? No siempre; que también en la clase media y en las más elevadas se cometen á diario, como esos conatos de infanticidio, que alguna vez llega á consumación y entonces es el acudir á los santos, porque al médico también suele acudirse tarde.
De la educación en su parte moral no hablemos, y vuelvo á recomendar el supradicho libro; pero ¿quién no ha presenciado, aun en familias muy distinguidas, discusiones violentas entre marido y mujer, en presencia de los hijos? ¿Quién no conoce padres de esos que tienen por sistema desautorizarse mutuamente ante los hijos, por ridícula competencia de cariño y basta que el uno reprenda para que el otro disculpe y viceversa; de modo que los hijos, dueños de la situación, acaban por provocar á cada paso estas disidencias paternales, sabiendo que al cabo siempre han de resultar gananciosos?
De otros muchos errores y torpezas, no menos graves por ser hijas del cariño, todos podemos catalogar por observación personal, un buen número.
No vale, pues, ofenderse, señora mía. Los ejemplos hay que buscarlos en singular; las razones en plural. Yo sé de algunos admirables ejemplos de padres y de madres; pero tengo muchas razones para hablar como he hablado de las madres y de los padres. Por algo soy hijo de quien mereció el nombre de «Médico de los niños», y más que contra las enfermedades tuvo que luchar en su vida profesional con la ignorancia de muchas madres y de muchos padres. Recuerdo haberle oído decir á una madre que no sabía cómo expresar su agradecimiento, por creer que le había salvado la vida de su hijo, enfermo de difteria, entonces de más complicada y difícil curación que ahora.—No tiene usted que agradecerme nada. Su hijo se ha salvado por bien educado. No he visto niño más dócil para dejarse curar.
Ya ven los padres cuánto importa una buena educación, hasta para las enfermedades de sus hijos.
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Algernon Carlos Swinburne era, con Jorge Meredith, el único gran poeta inglés viviente; últimos los dos de aquella serie de grandes poetas ingleses del siglo XIX, que empezó con Byron, Wordsworth, Shelley y Keats, para continuar con Tennyson, Browning, Rossetti, Morris y el que, aunque menor, no menos «Thoug the last not least», como Cordelia; entre todos pudo brillar y con los mayores competir.
Sus principios poéticos, de una escabrosidad que la Inglaterra oficial no pudo perdonarle nunca, impidieron que, á la muerte de Tennyson—que tan bien supo guardar todas las formas poéticas y sociales,—fuera Swinburne nombrado poeta de cámara; que no otra cosa viene á ser el título de «laureado poeta», concedido en Inglaterra.
Como Shelley, como Byron, ¡qué ingleses en esto! pretendió ser un revolucionario social, sin conseguir ser más que un admirable poeta. Nunca el verso inglés, tan perfecto desde sus orígenes, con Spencer, con Shakespeare, con Milton, alcanzó la fluidez, la variedad, la armonía de las estrofas de Swinburne, de imposible traducción á otro idioma. ¿Cómo ni á qué lenguaje se traduce una sonata, una sinfonía de Beethoven?
Fué el cantor de los mares y lo fué también de los niños, y al morir, si no el aura popular de los contemporáneos, pudo sentir sobre su frente el viento de los mares; el viento que él supo cantar y de quien él dijo cómo sentía: