Nota del Transcriptor:
Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.
Errores obvios de imprenta han sido corregidos.
Páginas en blanco han sido eliminadas.
La portada fue diseñada por el transcriptor y se considera dominio público.


Jacinto Benavente

De sobremesa

CRÓNICAS

TERCERA SERIE

MADRID
PERLADO, PÁEZ Y COMPAÑÍA
SUCESORES DE HERNANDO
Arenal, 11 y Quintana, 31 y 33
1912


ES PROPIEDAD.—DERECHOS RESERVADOS

Artes Gráficas MATEU.—Paseo del Prado, 30.—Madrid.


De sobremesa

I

Si la propaganda cunde, pueden regocijarse los padres, los maridos y todos los paganos de lujos femeninos, cualquiera que sea su grado de aproximación masculina. Las damas de los Estados Unidos patrocinan, protegen y alientan una huelga de modistas. Tendría que ver, ¡ya lo creo!, que un exceso de civilización volviera á las refinadas norteamericanas al primitivo atavío de la hoja de parra, y que, por evitar la desnudez de las obreras, llegasen sus distinguidas clientes á la suya propia. No podía perdirse mayor altruísmo. Pero si contra toda moda, con procurar siempre el mejor parecer de la mayoría, hay siempre resistencias y rebeldías por parte de las no agraciadas con ella, ¡figúrense ustedes si vestidura tan difícil para las feas y las mal formadas, como el natural físico, no ha de encontrar protestas!

De temer es que la huelga, alentada en público por las damas, sea contrarrestada en privado por ellas mismas, como aquella famosa huelga de Lysistrata, tan graciosamente dramatizada por Aristófanes. Es también un peligro que esta huelga modistil traiga otras muchas huelgas de mayor transcendencia. Huelga de señoras: porque ¿en qué han de ocuparse muchas de ellas si no se ocupan en andar de modista en modista y de tienda en tienda, eligiendo, revolviendo y comprando trapos y moños? Huelga de maridos y de amantes: porque ¿parecerán lo mismo muchas mujeres sin los encantos artificiales de la toilette? Huelga de autores dramáticos: porque si las actrices dan en vestir con sencillez, ¿qué defensa tendrán muchas comedias? Sabido es que cuando en el teatro se llega á la desnudez, sobra toda literatura, con un poco de baile basta. Cuando hay mucho que ver, el oído no está para nada y el entendimiento mucho menos. Huelga general, en fin, con cierre y quiebra de balnearios, hoteles, playas á la moda, teatros, iglesias, etc., etc.: porque si las señoras no podían lucir trajes en todos estos sitios, sostenidos por ellas, ¿para qué habían de asistir á ninguno de ellos?

Véase cómo una sencilla huelga de modistas, que en su origen puede parecer cosa de broma, podría ser el principio de una revolución social.


El comienzo de año nos llena siempre de melancolía. ¿Un año más? ¿Un año menos? Depende del estado de ánimo. De cualquier modo, es otro año; y lo que nos entristece es que, con ser otro, será lo mismo. Los días nacen unos de otros, y el nuevo día no amanece nunca. Los que no se resignan á vivir sin esperanza la ponen más allá del sol, más allá de la vida. Su año nuevo, no es vida nueva; es otra vida.

¡No pensemos en qué nos traerás, año nuevo; ya nos contentaremos con que no te lleves algo!

El año pasado nos trajo algunas glorias, ¡bien pagadas con muchas inquietudes y tristezas! Se despidió con inundaciones, lo mismo que el partido conservador. Bien puede ser generosidad, para que luzca más el sol del año nuevo. Hay calamidades fertilizadoras.


Los autores noveles protestan contra la precipitación, reserva y sorpresa con que se ha declarado cerrado el concurso de sainetes para el teatro Español. Prueba de ello es el escaso número de obras presentadas, cuando en cualquier otro concurso, anunciado con la necesaria publicidad, se cuentan por millares. ¡Díganmelo á mí, que llegué á leerme, en algunos de ellos, «noventa y cuatro comedias»!

Lo mejor que puede hacerse es ampliar el plazo y no dar ocasión, de ningún modo, á que nadie pueda sospechar que hubo mala fe en lo que sólo pudo haber ligereza. Considérese que estos concursos, con todas sus deficiencias, son la esperanza de muchos autores inéditos y la mayor probabilidad de verse atendidos y juzgados imparcialmente. Si la atención y la justicia de los que han de juzgar se bambolean ó se tuercen en ocasiones, culpa es de los propios concursantes, que suelen mover una de recomendaciones, influencias y hasta intriguillas á las que sólo con gran energía, y á riesgo de enemistarse con muchos, puede uno sustraerse. Esto de la recomendación para todo es achaque muy nacional. El donoso escritor que en peligro de muerte, al ir uno de sus allegados á pedir los últimos Sacramentos, le recomendaba: «Di que son para mí; que los traigan buenos», satirizaba esta arraigada costumbre española de creer que la recomendación alcanza para todo, hasta en lo divino. ¿No es este el país en que más se reza y se pide á una multitud de vírgenes, santos, abogados y abogadas celestiales, que á Dios, uno y trino; en que se cree necesario pedir por favor lo que es más de justicia; en que hasta para comprar en una tienda, por su dinero, se cree uno en el caso de decir: «Vengo aquí recomendado por don Fulano, que le compra á usted mucho»; en que hasta para morirse le confortan á uno con lo que se llama «recomendación del alma»?... Y no digamos, después de muertos, la de recomendaciones que son precisas para que le entierren á uno en buen sitio y lo más arreglado posible.

Por todo esto, yo me permito recomendar que se atienda la justa queja de los autores. En cambio, me comprometo á no recomendar á ninguno en particular.


II

Parece ser que ahora va de veras: Madrid será agrandado y... ¿embellecido? Como en las casas cursis, tendremos sala y gabinete decentemente amueblados, y lo demás ¿qué importa? Lo demás es para vivir. Gran tocado y chico recado. Si la nueva Gran Vía y cuanto se mejore y ensanche ha de verse tan mal barrido, tan mal pavimentado, tan puerco como lo que ahora tenemos, más valiera dejarlo todo como está. ¿Pasan ustedes alguna vez por la calle del Barquillo? ¿Y por la de...? ¿Para qué enumerar? ¿Andan ustedes por esas calles? En las aceras no hay losa en su sitio; el arroyo lo es de polvo y papeles y todo género de suciedades; ir en coche es ir botando como pelota; ir á pie es ir votando como ciudadano. El sistema de barrer las calles es para optar á un premio en cualquier Exposición de higiene. ¡Y qué admirable orden en la circulación! Carromatos con siete mulas de reata interceptan el tránsito á cada paso. ¡Pobres traficantes, no es cosa de molestarles con ordenanzas que fijen horas á propósito para sus acarreos! La molestia libre en el Estado libre.

Bien está que aplaudamos todas las grandes iniciativas del alcalde y del Municipio, pero entretanto tuvieran algunas pequeñas iniciativas... Verdad es que la mayor parte de la gente vive tan á gusto. Las malas casas les han acostumbrado á las malas calles. ¡Digo! Si las calles fueran agradables... Como son, hay quien se pasa la vida trotando por ellas, sólo por no estar en su casa.


No puede creerse en la indignación de Rostand al ver destripado su gallo por las indiscreciones del Secolo, cuando, por indiscreciones parciales, muchos sabíamos ya el argumento y aun los chistes y cantables que tiene la obra. Aparte de esto, poco tiene que perder una obra que todo lo ha perdido con la publicación de su asunto. ¡Pobre de nuestro Don Juan Tenorio entonces! ¿Quién iría á verlo, si la novedad de su trama fuera su único atractivo? En el mismo París, tan novelero en apariencia, sostienen mejor su cartel muchas obras clásicas de Corneille, Racine y Molière, que algunas flamantes comedias, más viejas al nacer que las otras antiguas. Chantecler ha logrado ya categoría de obra clásica, en que el asunto es lo de menos. Muchos que ahora asistirán al estreno, tal vez como críticos, no habían nacido cuando empezó á hablarse de Chantecler.

De las actrices y actores que estrenaron anteriores obras de Rostand, sólo por Sarah inmortal, no han pasado los años. ¡Hagan las Musas que tan esperada obra interese por tanto tiempo á la posteridad, como á la anterioridad ha interesado! Después de todo, la gloria anticipada es la más segura, y la cera que va delante es la que alumbra. Y en este particular de la luz, parece ser que para el gallo de Rostand amaneció hace mucho tiempo. Tal vez ya no quedaba más resquicio por donde percibirla que esas indemnizaciones exigidas á los periódicos indiscretos. De este modo sí que el gallo no puede ser nunca un albur. Todo va copado. ¡Que al estrenarse no le cambien una letra! ¡Pobre gallo entonces!


No hay nada más peligroso que un incensario en manos indiscretas. Representación de algo divino ó humano, los golpes más peligrosos para los ídolos son los de sus fervorosos adoradores. Cuando todo el mundo dice: «Está bien», ¿para qué empeñarse en que todos digan: «Está mejor que bien». El deber cumplido tiene en sí mismo la mejor recompensa, y cuando el deber es tan propio del cargo y por lo elevado de la posición trae consigo el conocimiento y la admiración de todos, ¿qué se le añade con una recompensa que, por estar tan al alcance de la mano de quien ha de obtenerla, pierde todo su valor en este caso? El reconocimiento oficial nada añade al reconocimiento nacional. Sería, como dijo Shakespeare: «Pintar al lirio, dorar el oro, endulzar lo dulce.»


III

El periódico de Buenos Aires Caras y Caretas, en circular dirigida á personas significadas, solicita un pensamiento con motivo del centenario de la Independencia argentina. La circular viene en francés. Ya sabemos que por ser el idioma usual en relaciones diplomáticas universales, puede serlo también en las literarias. Pero en este caso, y tratándose de una República en que nuestro idioma es y será por mucho tiempo el oficial, el literario y el vulgar, ¿no hubiera estado mejor en castellano la circular dirigida á España? Yo, por mí, sé decir que nunca entendí peor un idioma extranjero, y no sabré contestar á lo que se me pregunta.

No ya consolarnos, enorgullecernos debemos de la independencia de todas las Repúblicas americanas que fueron colonias españolas, mientras en ellas impere nuestra lengua, y con ella mucho de nuestro espíritu. Comunicarnos en lenguaje extraño, más que independencia nos dice desvío. Nuestras relaciones deben ser más que diplomáticas; y esa circular en francés tiene toda la frialdad de una nota de Estado. ¿Le agradaría al simpático semanario porteño que saludáramos en francés la conmemoración de la Independencia argentina?


Los sucesos culminantes de estos días entran en la clasificación de podencos, tan respetados por el escarmentado loco de que nos habla Cervantes. ¡Guarda, que es podenco! No entremos ni salgamos en pláticas de familia, aunque la familia nos sea muy allegada, que siempre llevaremos la de perder, mientras no caigamos en la cuenta de que, civiles ó militares, todos llevamos el mismo uniforme: el de ciudadanos españoles, y á todos nos interesa por igual el respectivo prestigio de unos y otros. Malo es dividirse en castas. Todos hemos de ser paisanos, en el amplio sentido de compatriotas; todos hemos de ser soldados, en paz y en guerra, cada uno en su puesto, para responder siempre al ¿quién vive? de todo ¡alerta!: ¡España!


¡Oh, admirable público nuestro! Se acostumbra á lo malo; tolera indefinidamente lo mediano, y sólo ante lo bueno se cansa su admiración y hasta se irrita si alguien se obstina en pretender sostenerla. Este es el caso de Titta Ruffo en la actual temporada. Nada en la voz ni en el arte del gran barítono justifica un cambio de actitud en el público. El artista es el mismo, y eso es lo que parece sentir el público, obligado á seguir admirándole todavía. ¡Oh, niño caprichoso, á quien hay que retirarle las golosinas antes del enfado y los juguetes antes del destrozo! ¡Pocos poseen, como el Guerra, el difícil arte de retirarse á tiempo, único recurso del artista que no quiera sentir tus rigores!

En ningún público, como en el nuestro, se advierte esa actitud defensiva contra la admiración; esos gestos malhumorados al soportarla. En cualquier espectáculo parece como si el público fuera violentado, por fuerza mayor y no por gusto, á distraerse un rato. El autor es como un enemigo personal; el artista, como un acreedor molesto. En ninguna parte puede hablarse con tanta razón de «batallas» al tratarse de arte.


Por mucho que moralistas y sociólogos prediquen contra el suicidio, mientras el ridículo no se atreva con él, por respetos que siempre impone la muerte, seguirá siendo poético final de muchas historias vulgares. El solo basta para dar grandeza trágica en un momento al más chocarrero sainete. ¿Cuántos no habrán reído al ver pasar en vida el idilio amoroso del viejo cojo y la niña lozana? Y aquella unión, que en vida acaso sólo en el interés tenía explicación para las gentes, con la muerte es algo inexplicable, con todos los prestigios del amor y de la muerte; deidades poderosas á inmortalizar á sus elegidos, como los dioses paganos á sus amadas mortales. Los vulgares amantes, que en vida tal vez dieron que reir á las gentes, hoy van en la divina poética teoría inmortal de Hero y Leandro, Píramo y Tisbe, Romeo y Julieta, Francesca y Paolo, Isabel y Marsilla; sin olvidar á aquellos otros amantes madrileños que inmortalizaron la frase suprema: ¡Que los entierren juntos! ¡Hallen todos un Ovidio, un Dante, un Shakespeare! Y á no poder ser otra cosa, un buen romance de plazuela. Hay que poetizar la muerte por amor todo lo posible. Es el mejor medio de evitar muchos matrimonios desgraciados.


Los empresarios de music-halls están consternados. Ante la amenaza de la subida de la carne, algunas artistas han pedido aumento de sueldo. Lo que dirían ellas, si conocieran la célebre canción de La camisa, de Hood—pero ¿cómo han de conocerla, si las pobres hasta habrán olvidado que hay camisas?:—¡Que la carne de vaca sea tan cara y la carne humana tan barata!

Por fortuna para los empresarios y traficantes en carne humana, la carestía de la primera trae por la mano la baratura de la segunda.

A poca costa podríamos traer buena carne de América cuando aquí nos faltara. Preferimos enviar allá carne humana. Dentro de poco sólo quedarán aquí los que puedan pagar el solomillo. ¡Qué agradable será no ver más que gente bien alimentada por esas calles! ¡Cómo van á dulcificarse las relaciones sociales, y sobre todo las políticas!


IV

Para los espíritus abatidos, propensos al decaimiento, como nuestro espíritu nacional, no importa tanto saber si hay causa para tanta alegría como saber que el efecto fué el de una alegría verdadera. Cuando hay tales tristezas sin motivo, ¿por qué no entregarnos sin discusión á una alegría, que, desde hace mucho tiempo, con ningún pretexto hubiéramos podido justificar? En otros tiempos, tan ricos éramos en glorias, que, acaso éstas de ahora nos hubieran parecido mezquinas. Hoy... bien venidas sean, y mejor si sabemos apreciarlas con serenidad y más que de envanecimiento nos sirven de estímulo para glorias mayores. De tremenda crisis triunfó el espíritu nacional en los principios de la campaña. Por el mundo no faltó quien se apresurara á cantar nuestros funerales. El Ejército español ha sabido extendernos nueva fe de vida ante el mundo. Tal vez pocas veces fué tan depositario del honor y la vida de España como en esta ocasión. No quede todo en aclamaciones de entusiasmo. No olvidemos nuestro deber en la paz, si queremos tener el derecho de exigirle todo su deber en la guerra. Es triste cosa resignarse á tener mártires cuando se puede tener héroes. Hoy sustituyamos el grito de ¡Viva España!, que puede parecer un deseo, con este otro más afirmativo: ¡Vive España!


Por dichosa casualidad, al mismo tiempo que nuestras armas victoriosas, llega de la República Argentina, en la persona de Belisario Roldán, mucho de nuestro espíritu triunfante á decirnos cuánto queda en América todavía de nuestro Verbo glorioso. Siempre leal amigo de España, no puede considerarse ni ser considerado en ella como extranjero. La fogosa elocuencia de nuestros grandes oradores, la que fué admiración de todo el mundo español, alienta vigorosa en el joven orador argentino.

En los oradores de casa, tal vez nos pareciera demasiado vehemente. ¡Hemos bajado tanto el diapasón para todo! El grito, el rugido, el apóstrofe nos asustan. Amamos la discreción sobre todas las cosas en política, en arte, en el trato social, ¡La discreción! Triste cosa es un pueblo que no tiene mayores glorias que las de sus locuras.


Amable lectora, la que en discretísima carta me consulta sobre el mejor sistema de educar á los hijos; sin duda sabe que nadie los educa mejor que los que nunca los hemos tenido. ¿Severidad? ¿Dulzura? ¿Proporcionarles toda la alegría posible ó prepararles con privaciones á soportar las tristezas futuras? Hoy... son los padres; pero los padres no viven siempre. Mañana... son los extraños sin cariño, ó con otro cariño que nada se parece al de los padres... Pero, ¿no será, por lo mismo, crueldad en los padres anticipar tristeza á la tristeza? ¿Y si el hijo muriera antes? Mañana es la vida, pero también es la muerte. Los juguetes comprados serán entonces recuerdo triste; pero los juguetes que el niño deseó y que le negamos serán un remordimiento constante... ¡Oh, sí; dulzura, dulzura para vuestros hijos, que la vida es madrastra terrible, como las de los cuentos de hadas; esas madrastras que encierran en torres á las princesas delicadas ó las envían al bosque á guardar gansos. Peor la vida, que suele traerlas, no á guardarlos, sino á casarse con alguno de ellos. Pero, ¿y si acostumbrados al mucho mimo no hay fuerza en ellos después para conllevar las contrariedades?

La vida es la mejor educadora, y ella sola se basta para enmendar errores de educación en los padres... Todos, menos la falta de besos, de caricias, de juguetes en los primeros años... La vida puede ser madrastra, puede ser maestra, pero no es madre...

En los primeros años del mundo, cuando Adán y Eva, arrojados del Paraíso, luchaban contra los rigores de la naturaleza primitiva, Eva lloraba por sus hijos, al verlos muchas veces heridos por las fieras, desgarradas sus carnes por las asperezas de los troncos y de las piedras... ¡Mis hijos! ¡Qué horrible vida! Para ellos no ha habido un Paraíso terrenal, como para nosotros... Ellos no sabrán nunca de sus delicias... ¡Nosotros hemos sido más felices!

—Sí—dijo el primer hombre.—Ellos no han tenido, como yo, un Paraíso; pero, ¡yo no he tenido una madre, como ellos! Y al verlos acariciados por la madre, en su amor paternal había algo de envidia. ¡Y era el hombre que había sido formado por Dios mismo!


V

El mes de Enero suele ser fecundo en calamidades. Para que sepamos á qué atenernos durante todo el año. Es un modo de anunciarse. Queda la duda, en estas primeras calamidades del año, de si pertenecen al año entrante ó serán saldo del anterior, que no quiso marcharse sin soltarlas. Lo cierto es que la Naturaleza, como una gata cualquiera, anda fuera de sí y desatinada en este primer mes del año. Tempestades, inundaciones, lluvias torrenciales de gracias, condecoraciones y entorchados, y el cometa apocalíptico, y Chantecler en puerta. ¡Vaya un añito!

La inundación de París retrasa una vez más el acontecimiento que sólo pudiera consolarnos: el estreno de Chantecler, antes retrasado por la discusión que pudiéramos llamar del huevo de Mme. Simone. Se comprende en una actriz recién divorciada y recién vuelta á casarse el escrúpulo en poner un huevo, sobre cuya pertenencia pudiera haber dudas.

Por fortuna, el poeta no peleó por el huevo ni por el fuero, y la postura se supondrá entre bastidores, lugar más conveniente para posturas difíciles, en la vida como en el teatro.


Luego diremos que aquí no hay libertades y que el clericalismo nos domina. En Inglaterra, la nación traída siempre á cuento, cuando de libertades se trata, no pudo representarse, hasta ahora, la ópera de Saint-Saens Sansón y Dalila porque su asunto bíblico escandalizaba los sentimientos religiosos. Sobre la Salomé, de Strauss y de Wilde, creo que todavía pesa la prohibición. Los ingleses sólo han consentido en ver la danza de Salomé separada del texto y de la partitura. ¡Parecen tontos! ¿Verdad?

Aquí, donde nos quejamos á todas horas de la presión clerical, triunfa La corte de Faraón, opereta del todo bíblica, sin protestas de nadie. Yo he visto en primera fila á muchos graves señores de los que suelen ser ornato de cofradías y procesiones. En Inglaterra se enseña ahora á los niños la Historia por medio de representaciones teatrales. ¿Por qué no ha de enseñarse la Biblia por el mismo sistema? No hay en La corte de Faraón mayores atrevimientos que en el Sagrado libro. Los autores han estado muy hábiles en quitar crudezas. A las artistas nadie les agradecería que ocultaran las suyas. ¡Admiremos al Señor en sus obras! No será tan difícil hallar un sentido místico á la canción babilónica, que pronto oiremos en labios de muchos senadores; como al Cantar de los cantares y á otros pasajes no menos escabrosos.

Lo malo es que la Iglesia católica haya perdido aquel buen humor y aquel sentido artístico que fueron todo el espíritu del Renacimiento. ¡Ah, el bribón de Lutero, que la obligó á volver á tomar en serio su divino papel, que ya empezaba á ser humano!

Ahora llueven imprecaciones y anatemas sobre el Arte y sobre los artistas. Los tiempos son difíciles. La competencia comercial es muy dura. No hay bastante público para todos. ¡Y el Teatro y la Iglesia son espectáculos tan caros! Por fuerza tienen que perjudicarse mutuamente.


Pérez Galdós, el maestro glorioso, consagrado por el monumento inmortal de toda su obra, y Ricardo León, escritor joven, con razón estimado entre los buenos, coinciden, no en lo exterior, sí en lo interno, en sus dos últimas novelas: El caballero encantado y Alcalá de los Zegríes. Novelas de símbolo, de alegorías, que nos hablan de España, de sus glorias pasadas y de su futura gloria posible. Quizás ¡señales de los tiempos! con mayor fe en la del viejo maestro que en la del poeta joven.

Son los dos libros precioso documento para el estudio de nuestra psicología nacional.

Limítome al acuse de recibo y á mi particular aplauso, sin invadir la sección «Revista literaria», en la que escritor de toda mi consideración y respeto sabe, con admirable acierto y con respeto á las personas, que cada vez va siendo más raro, distribuir elogios y censuras.


De la excelente acogida al Teatro para los niños y del interés con que un público, si no tan numeroso como fuera de desear, todo lo selecto que puede pedirse, sigue sus representaciones, nada me satisface tanto como el buen éxito obtenido por las lecturas de poesías. ¡Versos, poesía! Eran una especie de coco para las empresas teatrales. Hoy ya empieza á creerse en ellos, y todo hace presumir un glorioso renacimiento de la poesía en el teatro.

¿Por qué en el teatro Español, en el de la Princesa, que cuentan con admirables intérpretes de los poetas, no inaugurar una serie de veladas poéticas, que seguramente tendrían su público?

Oímos muchas veces quejarse á unos y á otros de que el público no está educado; esto sirve de pretexto para rechazar muchas obras de indudable mérito. Corriente, el público no está educado; pero ¡si nadie se toma el trabajo de educarle! Es mucho más cómodo y provechoso llevarle el humor y no luchar con él. Pero los que pueden permitirse ese lujo con menos riesgo están más obligado á ello. A todos nos toca un pedacito del mundo en que podemos hacer algo útil y provechoso, y no es desde un escenario donde menos puede hacerse por la cultura y la educación, que es hacer por la Patria.


VI

Mariano de Cávia me propone un Teatro para los viejos, que vendría á ser, no contraposición, sino complemento del Teatro para los niños. Los extremos se tocan, y acaso viniera á suceder, por el humano y natural prurito de aniñarse en los ancianos y de hombrear en los infantes, que el Teatro dedicado á los primeros fuera el favorito de los segundos, y viceversa. Pero ¡ay! ¿es tan necesario el teatro para los viejos? ¿Llenaríamos con él algún vacío, ni siquiera el del teatro mismo? Si el teatro pretendía ser educativo, ya en el más amplio sentido moral ó en el puramente artístico, ¿qué provechosa enmienda podría esperarse en nuestros venerables? Ninguna. Ya dice la vulgar sabiduría que el árbol ha de enderezarse desde pequeñito, y ¿quién es capaz de enderezar, en todo ó en parte, á los que ya se rinden al peso de los años? Ni La corte de Faraón ni el «Royal Kursaal», con esas admirables artistas, cuyo mejor anuncio es el de la pérdida de su equipaje, podrían realizar el milagro.

¿Teatro de puro entretenimiento? Basta asistir á los antes citados y á otros del mismo género para comprender que nuestros viejos no necesitan de un teatro especial en donde solazarse. No de los viejos, de los decrépitos, pudieran llamarse esos teatros en que reverdece el chiste de Instituto y de café estudiantil, para regocijo de viejos más verdes que los chistes. Y no os engañen algunas caras juveniles de los espectadores; no está en la cara la edad, sino en el espíritu, y por esos teatros, como por los meetings clericales de estos días, no busquéis jóvenes de espíritu; el de aspecto más infantil lleva por dentro la vetustez de diez siglos.

Grave error es clasificar por edades en jóvenes y viejos. Niños seremos tú y yo, querido Mariano, aunque muchos niños viejos ya nos echen del corro; porque siempre será para nosotros la vida un buen campo de recreo en que saltar, brincar y jugar á todo, por pura expansión de nuestro espíritu, sin ninguna utilidad práctica. Jugando y saltando no se llega á parte alguna; si bien puede servirnos de consuelo que hay partes á las que más conviene no llegar nunca. Para llegar á muchas de ellas, suprema ambición de todo hombre serio, ya sabemos que, en España, no hay medio mejor que ser viejo ó aparentar serlo. Con nuestros doctores Faustos, aquí, Mefistófeles obraría la transformación contraria. Hay quien le vendería el alma por transformarse en viejo, no en joven. Y en vez de cantar: ¡A mí la juventud, á mí los delirios del primer amor!, cantaría: ¡A mí las prebendas y á mí los cargos oficiales; á mí las Academias y la respetabilidad, y... llévese el demonio mi alma y mi alegría!

Dejemos, pues, á los viejos, que para nada necesitan teatros, cuando todo el mundo es teatro, de moda y lucimiento para ellos. Pensemos en los niños, en los verdaderos niños, hijos de padres verdaderos jóvenes, que sólo de ellos puede esperarse la nueva vida por la nueva escuela. ¿Religiosa? ¿Laica? Allá unos y otros. El Arte es religión neutral. ¿No es en el Vaticano donde se guardan las más bellas reliquias del Paganismo? ¡Quién sabe si no será en un templo pagano de Arte donde se guardará lo más bello del Arte cristiano! Nunca fueron las ideas viejas tan respetuosas con las nuevas, como las nuevas lo serán siempre de las viejas. Y ¡vive Dios! que hay entre nosotros vejestorios, en todos los órdenes de la vida, que no son dignos de ningún respeto.


Fué Balbina Valverde una actriz de la más pura cepa española, y si la vanidad regional no temiera empequeñecer su castizo arte, diríamos mejor de la más pura cepa madrileña. A la falsa luz de las candilejas, en el falseado ambiente de muchas comedias mediocres, nadie supo dar tan artística realidad, tan humano aire al tipo de la mujer española de nuestra clase media, que viene á ser el tipo medio de la mujer española, con su sentido práctico, sanchopancesco, sus vanidades, sus ambiciones, su vulgar sentimentalismo... Llegó á tanto la verdad en su arte, que llegamos á verlo copiado en la vida. ¡Cuántas veces no habremos dicho: Esta señora es una Balbina Valverde! Para los yernos, este nombre era como una amenaza joco-seria.

Su dicción era del más puro castellano; inimitable su arte de subrayar; única en producir efecto cómico con la sola enunciación de una palabra insignificante, que en su boca adquiría el valor de un chiste. ¿Quién no recuerda cualquier ¡Mi yerno!, pronunciado por ella? Era el presagio de una tormenta familiar.

Fué con todo esto de un amor por su arte, de un celo en el cumplimiento de sus deberes artísticos, que ha de recordársela siempre, no sólo como ejemplo para las de su profesión, sino como gloria del sexo femenino, al que muchos suponen incapacitado para toda profesión seria. ¡Si en otras esferas de actividad hubieran cumplido muchos hombres con sus deberes como Balbina Valverde cumplió siempre los de su profesión!

Gravemente enferma, durante una temporada en Bilbao, se hizo llevar una cama al teatro, y en el cuarto del teatro vivía, levantándose de la cama para salir á representar las comedias.

Casi á la fuerza tuvo que obligarla la empresa á regresar á Madrid.

¡Descanse en paz la inolvidable artista! Madrid pierde con ella una de las más sanas y castizas notas de su risa.

A este público, que tanto la quiso y al que ella amaba tanto, le ha hecho llorar por vez primera. ¿No es esto una envidiable gloria?


VII

La carambola no ha sido mala. Esperemos, sin desconfiar de la intención, que, por los efectos, no venga á ser de retroceso.

Malo es no salir de nuestro paso, pero... ¡tomar carrerilla tan de pronto! No es que dudemos de las energías y buena voluntad de los corredores, sino de la firmeza y seguridad del camino. Aun no hace mucho tiempo hubo que desandarlo, y no sabemos que se haya trabajado en él después lo bastante para conseguir ahora lo que entonces apenas pudo intentarse.

El mal camino andarlo pronto, pensará acaso alguien interesado en echar por el atajo, para volver pronto al verdadero camino real. Miren bien, los que por el atajo andan, de no levantar un pie sin haber afirmado antes el otro; no avancen un solo paso sin haberle desbrozado cuidadosa, cautelosamente. ¡Cuidado con los tropezones! Considerad que tal vez se espera el primero para gritar: ¡Veis cómo ese camino es imposible! ¡Nada de prisas, nada de impaciencias! Estábamos dispuestos á esperar un quinquenio en el estanque. ¿No podremos esperar otro tanto en el agua corriente, por suave que sea su curso?


Sí; Chantecler es todo un símbolo. Es el gallo francés, el mismísimo gallo de las Galias que, como el protagonista del poema de Rostand, cree orgulloso al lanzar su ¡quiquiriquí! á cada aurora que el Sol sale á iluminar al mundo entero, obediente á su evocación. Y no es lo malo que él lo cree; son muchos los pobres animales que aun juzgan los quiquiriquíes del gallo francés prestigioso encanto, sin el cual el Sol no alumbraría la Tierra.

Bien cantó el gallo francés, no hay duda, y si no llega á su poder á que el Sol le obedezca, sí llegó muchas veces á despertar á la Humanidad con sus gloriosos cantos de libertad, de justicia, de arte... No nos trajo el Sol, pero nos avisó siempre de su salida. Por todo ello le debemos gratitud y cariño; pero sin olvidar al Sol, que es antes que el gallo... y sin despreciar á los humildes gallitos de nuestros corrales, que, á su modo, también saben anunciar la aurora.


¡Qué brutos somos, ¿verdad?, podrán decir, como el personaje del Patinillo, los millonarios yankis, acostumbrados á que por bárbaros los tenga la culta y refinada Europa! Es verdad que alguna vez apedrean con su dinerazo y otras veces insultan; pero... ¡ay! ya quisiéramos por aquí, en justas proporciones, millonarios de esos que fundan Universidades y Escuelas y Museos, y como éstos que ahora acaban de construir un magnífico teatro en Nueva York. ¡Un teatro! ¡Habrá empecatados! ¡Si hubiera sido una iglesia ó un convento? Pues, sí, señores; un teatro modelo, un verdadero templo, inaugurado con la representación de una obra de Shakespeare: Antonio y Cleopatra. ¡Qué brutos son! ¿Verdad?

Aquí, alguna vez, se ha reunido gente de dinero para empresas teatrales, y el resultado ha sido... un baile de máscaras, un espectáculo de varietés indecentes; algo por el estilo en fantasía y en Arte. ¿Se figuran ustedes á nuestros millonarios edificando el Teatro Nacional ó un teatro para la música española? ¿Cómo han de comprender que el Arte puede ser una religión los que han hecho de la religión un arte?


La empresa del teatro Real está tratando á Wágner, en esta temporada, poco más ó menos, como por la vecindad están tratando al partido liberal: así como si quisieran quitársele de delante lo más pronto posible. Todos los cuidados son para el repertorio antiguo; para él Titta Ruffo, Anselmi... A Wágner que lo parta un gallo.

Todo se relaciona: naturalmente, la resurrección de Lucía había de traer por consecuencia una crisis del mismo tiempo y á la misma usanza. A viejas óperas, divos jóvenes. Todo el arte de Anselmi no ha bastado á dar apariencias de vida á la momia de Lammermoor. Veremos si el otro joven divo tiene mejor fortuna en la vieja ópera de nuestra política, tan necesitada de nuevo repertorio como de nuevos cantantes. España Brunilda espera á su Sigfredo. Los admiradores de Wágner también le esperan. No se dé pretexto á que nadie dude de la buena fe de las respectivas empresas. Puede que no haya para el repertorio moderno; pero el público no quiere Lucias ni con Anselmi... ¡Qué disparate! ¿No iba á decir ni con Maura?...


VIII

Es la ópera de Strauss, Salomé, portentosa obra de arte musical. Ahora, pensemos en todo lo que ha sido necesario para que pueda serlo. Primeramente, el gran talento de Strauss, no hay duda; después, un público que, extrañado ó aburrido, tal vez, en las primeras audiciones, prefiere desconfiar de su propia impresión á echar por el camino fácil de la chacota y el desprecio y enterrar la obra entre flores de ingenio, sin posible apelación. Después, empresas decididas á imponer la obra; después, una crítica capaz de hacer también obra creadora, inventando... lo que acaso el autor no puso en ella; formando de este modo una conciencia de lo inconsciente, que siempre anima en toda obra de arte. Después... el Ejército alemán con su formidable poderío.

Ya dijo D. Juan Valera, con su inteligente, supremo humorismo, cómo las flotas de la Gran Bretaña habían podido contribuir á la gloria de Shakespeare. No hay idea de lo que puede influir el Ejército y la Marina, lo mismo para vender agua de Colonia en el Paraguay, que para imponer á la admiración de las más recónditas tierras el nombre de un poeta.

He aquí por qué vuestra hija es muda, como dice el falso doctor de El médico á palos al afligido padre. He aquí por qué nuestros músicos no cantan por el mundo. ¿Se figura nadie á Salomé nacida entre nosotros? ¿Cuál hubiera sido su vida? ¿Quién la hubiera impuesto al respeto? ¿Quién la hubiera salvado de morir á chistes?

Pero nos la envían dos grandes potencias: el genio de su autor... y Alemania. Los que menos la entienden procuran irse enterando; los que más se aburren, se aburren con respeto. ¡Ah! ¡Si fuera de alguien de casa!

Nuestro indisciplinado individualismo no comprenderá nunca que la obra de arte es obra de todos, y que su inmortalidad más depende de todos que de la obra misma.

En España, cada uno quisiéramos ser el único grande hombre de un país de imbéciles; el único honrado entre una caterva de pillos. ¿Qué buena planta puede arraigar en terreno donde las moléculas de la tierra se disgregan al recibirla? Ya dice el Evangelio: «¡Ay de la casa desunida!»


Nunca mejor ocasión de mostrarnos unidos, con solidaridad de la grande, que en el próximo Centenario de Cervantes. Acabamos de dar lucida fe de vida en guerra. Nada valen las funciones bélicas, por gloriosas que sean, si no las consolidan inmediatamente fiestas de paz. En recientes cuchipandas hispanoamericanas hemos traído y llevado el Verbo y... ¡ay, también el adjetivo de la raza y de la lengua! ¡Vamos á verlo!, como dicen los taurófilos, mejor dicho, los torerófilos, sobre todo al llegar la hora llamada de la verdad. ¿Podrá ser esa hora la del Centenario de Cervantes?

¡Oh, mi gran D. Mariano, tenéis razón!, inútil es dirigirse á los políticos, porque en tal solicitud, empezada á redactar en lunes, habrá que raspar cinco nombres antes de llegar á entregarla el sábado. Pero si los Gobiernos pasan, otras cosas quedan. El Ejército y los artistas españoles deben bastarse, y por derecho propio, á monopolizar para sí toda la gloria de unas fiestas nunca igualadas. Es preciso borrar el recuerdo de aquellas lastimosas del Centenario del Quijote; es preciso... resignarnos á que nos llamen lateros, hasta conseguir levantar los espíritus. Contad, D. Mariano, con mi humilde cooperación para organizar funciones teatrales, para lo que de mi negociado dependa. Tiempo hay sobrado; pero el tiempo español vuela. Naturalmente: el tiempo nos gobierna y pasa... como nuestros Gobiernos.


El maestro D. José Serrano solicita opiniones en el pleito entablado por la Sociedad de Autores sobre el libre aprovechamiento de obras extranjeras no garantizadas por tratados internacionales. Voto con el maestro Serrano. Por lo mismo que la ley no las ampara, razón de más para respetarlas. ¿Con qué razón podremos quejarnos de algunos empresarios y editores americanos, si nosotros justificamos su conducta con nuestro ejemplo?

Bien está preocuparse por los intereses materiales y saber de sumar y multiplicar, y que letras y números no anden divorciados; pero la Sociedad de Autores, por honor de su nombre, debe comprender que hay también intereses morales que también tienen su valor en una suma total. Verdad es que una Sociedad de Autores en donde el dinero decide de las votaciones... Claro es que el dinero representa trabajo. ¿Representa siempre arte? Pero hay quien prefiere ser considerado como artista á la hora de estrenar y como negociante á la hora de cobrar... ¡Véase, cómo en estos tiempos del sufragio universal y del voto obligatorio, adónde demonios ha ido á refugiarse el voto restringido y el triunfo de la plutocracia!


El buen gusto del público de París no se avenía con la presentación escénica de Chantecler, ridícula y poco artística, digan lo que quieran los reclamos. El afán de realidad en la presentación de una obra poética y fantástica ha llevado, como suele suceder, á falsedades que una fantasía de artista hubiera evitado. ¡Qué diferencia de esta mise en scene á la de El pájaro azul, de Maeterlink, representado en Londres! Pero la amable crítica francesa para todo tiene remedio, hasta para los fracasos menos disimulables. Alguien ha encontrado el medio de idealizar, mejor dicho, de realizar las falsedades de presentación en Chantecler y las desproporciones evidentes entre lo representado y su representación. Mirar al escenario por el revés de los gemelos. De este modo, empequeñecidos personajes y decoraciones, todo parece la verdad misma. El gran Guitry parece todo lo más un gallo cochinchino; Simone, una faisana al natural, y Coquelin hijo, un perrillo de buen tamaño.

Achicándolo todo por este procedimiento, la obra quizás se agrande.

Lo contrario de lo que nos sucede aquí con nuestros políticos: ellos nos parecen muy grandes, y la obra cada vez más pequeña.


IX

Siempre es peligroso ir contra las corrientes populares. En el programa del nuevo Gobierno figura, para ser ley muy pronto, el servicio obligatorio. Indiscutible en teoría, dentro de esa igualdad que las leyes nos reconocen á todos como ciudadanos, aunque la Naturaleza la desmienta á cada paso; más atenta que á la igualdad, á la armonía, que no es lo mismo; pues á ella contribuyen, como en música bien compuesta, tanto como los acordes, las discordancias; ¿es tan indiscutible en la práctica? Por acercamos al ideal bruscamente, ¿no tropezaremos con duras realidades, cuyo choque, no sólo destruye el ideal, sino realidades positivas que debemos alejar de todo peligro cuidadosamente? No basta mejorar los cuarteles; no son cuerpos mortales solamente los que han de alojarse en ellos y han de acomodarse á su disciplina; son espíritus también, que no se disponen tan pronto ni tan fielmente como los materiales: alojamientos y provisiones. La Religión y la Milicia: «Religión de hombres honrados», que dijo Calderón de la Barca, no pueden existir sin una fe ciega, cuyo más sólido fundamento sólo puede hallarse en una humilde ignorancia ó en una superior filosofía, aparte los casos de predestinada vocación. Pero entre las humildes inteligencias y los entendimientos superiores capaces de crear objetividades de su propia subjetividad, existen en gran mayoría esas inteligencias medias que han dejado de ignorar y no han llegado á saber. Estas serían las dominantes en el Ejército con el servicio obligatorio; éstas las que llevarían á él todos los fermentos de una cultura mal reforzada. En ella abunda la moderna generación intelectual, y de ello se resiente todo el organismo social. ¿Tendría virtud el servicio obligatorio para disciplinar á esa masa, ó no sería ella la que llegaría á contaminar el sano organismo del Ejército?

La ejemplar conducta de distinguidos voluntarios en la última guerra de Melilla ha influído, sin duda, en la opinión y en los gobernantes para confiar en la virtud del servicio obligatorio. ¡Hermosa es la fraternidad de todas las clases sociales en defensa de la Patria y en los peligros de una guerra! Pero no son los tiempos de guerra norma para presumir las ventajas ó los inconvenientes del servicio obligatorio. Lleva la guerra en sus peligros y en sus actividades, virtud moralizadora con la que no puede contarse en tiempos de paz.

No olvidemos tampoco, en el país de las recomendaciones y las influencias, que la desigualdad, más sensible que palpable de hoy, sería la desigualdad que salta á la vista á todas horas, y es más irritante.

¿El ejemplo de otras naciones? ¡Ay, si la voz de algunos sabios sociólogos lograra sobreponerse á la voz, más clamorosa, de los halagadores de muchedumbres!

Preguntadles á los primeros, preguntad á las estadísticas las ventajas comerciales, industriales, sociales, en fin, que ha conseguido Francia con el servicio obligatorio. Enteraos, ¡oh bien intencionados legisladores!, cómo leyes tan democráticas, tan generosas, tan animadas de nobles propósitos, como la del servicio obligatorio y la de reglamentación del trabajo de los menores, han desatado sobre París y otras ciudades de Francia esas bandas de apaches, que no son signo, ciertamente, de civilización ni de progreso.

No hay nada más peligroso en la realidad que el noble juego de los ideales.

Bueno es atender á la opinión popular, para satisfacerla en lo justo; pero sobresalga sobre ella la opinión de los contempladores desinteresados. Cuando todos crean llegada la hora, ellos sólo sabrán decir: «Aun no es tiempo».


Admiremos la dificultad vencida por la señora Bellincioni en su danza de Salomé. Es todo lo que puede danzarse ante nuestro público, cuando ese público asiste á nuestro Teatro Real. Admirado el arte de la señora Bellincioni, convengamos en que si Salomé no danzó de otro modo ante el Tetrarca, ó éste era hombre de buen contentar, ó tenía más ganas de perder de vista la cabeza del Precursor que Salomé de conseguir la del uno y trastornar la del otro.

Me figuro á Pastora Imperio bailando por instinto lo que la señora Bellincioni baila por arte. ¿No son nuestro vulgarizado tango y nuestro popular garrotín, más propia evocación de lo que debió ser la danza de Salomé? ¡Lástima que haya perdido toda nobleza con el roce plebeyo! Hay que confesar, ¡oh amplitud de los escenarios populares!, que La Corte de Faraón, con su garrotín, está más cerca de la verdad bíblica que la Salomé, de Strauss, con su danza de los siete velos. Y ¡los «entradones» que se ha perdido la empresa! Salomé, con su buen garrotín hubiera llevado á todo el público de Eslava, sin perder el del Teatro Real por eso. El pudor de nuestro público está siempre dispuesto á dejarse violar. Pero, ¡vale la pena tan pocas veces! Y luego, que uno también tiene su pudor y no tan violable.


X

Francisco de Curel, uno de los pocos autores dramáticos franceses sin ribetes de negociante, aseguraba, en reciente indagatoria sobre la llamada «crisis» del teatro, que el teatro, en fuerza de tanto querer ser negocio, va dejando de serlo, y acabará por arruinar á cuantos empresarios sean ó fueren.

Ya no basta para satisfacer las exigencias del negocio teatral con la obra razonable, la obra razonablemente aplaudida y celebrada; es preciso la «gran atracción», como en número de circo; la obra que avive todas las curiosidades, como crimen misterioso; la obra de «gran público», público que pueda llenar durante cien representaciones un teatro.

¿Fueron así las tragedias de Esquilo y de Sófloques? ¿Las obras de Shakespeare? ¿Las de Lope y Calderón, obligados á una fecundidad sólo disculpable por la efímera vida de cada obra en su tiempo? ¿Es posible hacer obra de arte sincera, sentida, «nueva», con esa preocupación comercial del gran número de representaciones, consecuencia de no reparar en los medios de llamar la atención? Mujer y obra de arte que andan por el mundo á llamar la atención, ¿no merecen el mismo nombre?

¡Cuánta noble idea de comedia malograda por la consideración: «No será obra de público, no dará dinero... No será obra simpática!... ¿Adónde voy yo con esta obra?» ¡Oh, autores noveles! ¡Envidiáis á los que vosotros llamáis consagrados! Vosotros, por lo mismo que las empresas no confían en vosotros, podéis atreveros á todo. Si alguna obra os admiten, tened por seguro que la empresa ensayará otra al mismo tiempo, para sustituir á la vuestra en el caso probable de un fracaso. No gastará en ponerla, ni las actrices encargarán á París trajes y sombreros, ni los actores esperarán revelarse en la creación de sus papeles... Para los autores consagrados, ¡qué enorme responsabilidad la suya! ¡La obra de las esperanzas, de las ilusiones, la clave fundamental de una temporada, ó por lo menos de gran parte de la temporada!... La equivocación de un autor consagrado es la ruina para una empresa, la desilusión de actrices y actores, el descrédito de un modisto, la zozobra en muchos humildes hogares de tramoyistas, acomodadores, etcétera. ¡Legión pavorosa de espectros, presente al concebir la obra, al planearla, al escribirla!... ¿Esa frase?... no; es peligrosa. ¿Ese chiste?... ¡tremendo! ¿Ese final?... ¡de poco efecto! ¡Eso es atrevido! ¡Eso no está garantizado por el aplauso! ¡Oh, la gloriosa inconsciencia de las primeras obras, las que un empresario recibía con displicente desconfianza!...—Tenemos ahí una obra de un chico que empieza... Una cosita; no está mal... Allá veremos... Mientras llega la obra de...—aquí un gran nombre.—¡La obra de la temporada!

¿Comprendéis el lucido papel que podía hacerse cuando, por azares de la fortuna, la «cosita» sin importancia pasaba á ser la obra de la temporada? ¿Comprendéis la grave responsabilidad cuando la obra de la temporada es... una cosa de mucha importancia, que no le importa al público? ¿Sabéis de la tristeza de las cumbres, cuando se mira á un lado ó al otro y todo es cuesta abajo?

¡Juventud, divino tesoro!, más divino porque puede ser derrochado pródigamente, porque es sólo nuestro... En la vejez, nuestro dinero, nuestro arte, nuestra vida, todo, ya no es sólo nuestro; hay quien puede pedirnos cuenta de todo ello... ¿Es posible un artista con consejo de administración? ¿Comprendéis que, por no soportarlo, pueda romperse la pluma á lo mejor de la vida, como dirán muchos de los que, unos por admirar, por envidiar otros, no supieron nunca compadecer al que vieron en alto?


¡Oh, maestro! Leí vuestra carta, en la que adivino toda vuestra tristeza. Es la tristeza de Jesús, cuando al aconsejar al joven neófito que repartiera toda su hacienda entre los pobres, si pretendía seguirle, vió cómo el joven le volvía la espalda, incapaz del sacrificio. Así visteis llegar á muchos presuntos discípulos; grandes admiradores, á los que abrísteis el raudal de vuestro corazón y de vuestra inteligencia... Y los visteis después alejarse desdeñosos, malcontentos, murmuradores, porque en vuestra bondad, ellos sólo buscaban un elogio, un «bombito» en forma de prólogo ó juicio crítico; de vuestro entendimiento, que se hiciera traición para celebrar sus errores y sus tonterías, y le ayudáseis al «buen parecer», que basta para andar entre las gentes... Ellos, como Esaú, vendieron su primogenitura por un plato de lentejas...

¡Cada vez más solo, maestro¡ ¡Es verdad! ¿Quién no ha sentido esa gran tristeza de ofrecer lo que mucho valía, y ver cómo ellos preferían lo de ningún valor?

Ofrece uno toda la vida, y ellos sólo piden una recomendación, un elogio—algo del momento—. Ofrece uno la verdad de su corazón: ellos sólo querían una mentira.


Próximo el primer aniversario de la muerte del maestro Chapí, no es de temer que empresarios, artistas, la Sociedad de Autores, España entera, en fin, necesiten de mejor estímulo que la proximidad de esa fecha para conmemorarla de un modo digno. La deuda es grande. Suspendida quedó, por la muerte, la función proyectada en honor del maestro; contratiempos de todo género impidieron las representaciones en esta temporada de Margarita la Tornera... Es empeño de honra vencer á tanta fatalidad, á la misma inexorable de la muerte, que sólo el amor vence... cuando el olvido no es segunda muerte. Pero ¿habremos olvidado tan pronto? O ¿será la envidia la única que recuerde? Cosa sería entonces de admirarla como una virtud, si ella sola logra vencer á la admiración y al cariño de cuantos decían admirar y querer al gran artista, al hombre honrado, al que, en tierra de bien nacidos, no es posible que hubiera dejado una sombra de odio ni de envidia.


XI

Pasó Marta Regnier con su compañía y su ligero repertorio, por el escenario de la Comedia, sin dejarnos honda emoción de arte ni de belleza. Nos sentimos un poco orgullosos, porque ni actores ni autores españoles podíamos temer la comparación. Sólo envidiamos lo selecto de la concurrencia y sus manifestaciones de agrado, no tan fáciles de obtener para los de casa.

Marta Regnier es... un bonito artículo de París; de esos que entre directores de teatro, autores y críticos suelen fabricar allí para admiración de provincianos y de extranjeros. Además, en París les parece joven, y lo es, comparada con Sarah, la Bartet, la Rèjane, la Hayding y demás grandes estrellas del Teatro francés, admirable museo de antigüedades.

Los actores franceses tienen el defecto general de ser demasiado actores. Todo es estudio y composición en ellos. No os sorprenderán nunca con una incorrección, con un desentono. En las actrices es también defecto empachoso que siempre han de parecer cocottes. Sólo Mme. Bartet y Mlle. Reichenberg han tenido aires de gran señora y de señorita en la escena. Algo también la Brandés, y en la extraordinaria Sarah, el arte supremo lo idealiza todo, dándonos la sensación, como dijo Lemaitre, de una mujer extranjera en todas partes, una mujer de raro exotismo, que viene nadie sabe de dónde y vuelve á otra región que ignoramos. Las demás, la cocotte, la eterna cocotte, creación artificial de una literatura dramática que necesita para sus combinaciones, figuras femeninas convencionales, como lo fueron la cortesana del teatro latino y la dama de nuestras comedias del teatro antiguo.

Al mismo género pertenecen la jeune fille de los ingenuos descocos, la casadita de los peligrosos flirts, la divorciada andariega y la viudita joven y experimentada de casi todas las comedias francesas modernas. Triste idea darían de una sociedad, si no supiéramos que el teatro fué siempre, en arte, la última y más irreductible trinchera de lo falso y lo convencional. Ni Francia, ni París mismo, ni su sociedad, ni sus mujeres, ni sus maridos, son eso ni pudieran serlo.

Consolémonos, con la imagen falseada que sus escritores nos ofrecen, de la que suelen presentar de nosotros. No es extraño que se equivoquen al hablar de lo ajeno, los que se equivocan al hablar de lo propio.


Más que nuestros actores y nuestros autores de los extranjeros, tendría que aprender nuestro público en cuanto á consideración y respeto al espectáculo y á los espectadores. En una de las últimas representaciones de El oro del Rhin era materialmente imposible enterarse de la obra, salvo en la parte visible. ¡Y habrá quien diga que la música de Wágner es estruendosa! Sí, sí: ¡ya pueden echar los compositores trompas, timbales, bombos y platillos á competir con la graciosa cháchara de los abonados! ¡Y se tendrán por muy distinguidos! No saben que lo más distinguido es... tener educación y que si entre todo el numeroso público hubiera un solo espectador, uno sólo, que hubiera pagado por oir la ópera y no por contribuir á la general algazara, ese solo espectador merece el silencio de todo el público; no hablo ya de los artistas y de la obra. Pero ¡sí!, este es el país de: «Para eso hemos pagado, para estar como nos convenga.» Váyase la poca educación de los que charlan, por la exagerada de los que, habiendo pagado para oir la ópera, no protestan ruidosamente y en cualquier forma de la mala educación de los charladores. A descortesía, descortesía y media. Nunca estaría más justificada. En ningún teatro del mundo se toleraría cosa semejante. ¡Y esa es la gente que viaja por el extranjero! Verdad es que cuando viaja va á los circos, á los music-halls. ¡Lástima de dinero, que estaría tan bien empleado en los que no se atreven ni á respirar, allá en el paraíso!


En Juventud de príncipe, traducción de la comedia alemana Alte Heidelberg, hay algo que desconcierta al espectador y, sobre todo, á la espectadora, en nuestro público: las relaciones del príncipe y de Catalina, camarera de una cervecería.

Cuestión de latitud y de razas. Un público latino ¡el latino es pillín! no comprende ese buen amor que tiene tanto de buena amistad. Aquella muchacha sencilla quiere y se deja querer sin hablar de matrimonio, ni de honra... ni siquiera de dinero. ¿Qué especie de mujer es ésta?—se diría más de una espectadora.—¿Es buena? ¿Es mala? Es tonta, por de contado. Grave defecto en una mujer. Nuestras mujeres no temen nada tanto como pasar por tontas. ¡Así es tan raro que las engañe nadie! A buen seguro que un príncipe latino, ¡qué un príncipe!, cualquier muchacho de regular posición, no encontraría una ganga como la moza de Heidelberg. Una muchacha joven, bonita, que ni ama demasiado hasta el punto de destrozar el corazón al príncipe, ni de estorbarle siquiera en sus estudios, ni le explota hábilmente, haciéndose señalar una pensión vitalicia. ¡Un buen camarada de bromas y de excursiones! Mujer... cuando es preciso y nada más... ¡Lo ideal para todo hombre de ocupaciones! Con mujeres así, no es extraño que los alemanes progresen tanto. Los pobres latinos, en cuanto tropiezan con una mujer en su camino ¡hombres perdidos! Por eso Juventud de príncipe fué más celebrada en su estreno por los espectadores que por las espectadoras.

Por nuestra vida y por nuestras comedias sólo se comprende el amor causando estragos. Y sólo así convence á nuestras mujeres.


XII

Un distinguido escritor, al patrocinar también el debido homenaje al maestro Chapí, lleva su escepticismo hasta dudar de la sinceridad de mi admiración por el insigne músico; todo porque olvidé que en esta temporada se había representado, por fin, Margarita la Tornera en el Teatro Real. Cuatro representaciones, después de tantos aplazamientos y suspensiones, no son muchas, y nada tiene de particular que puedan pasar inadvertidas para cualquiera, á poco preocupado ó distraído que ande uno con sus particulares asuntos.

No soy yo tampoco muy amigo de asistir á representaciones de las obras que admiro. Las representaciones son siempre peligrosas para la admiración, y si esas representaciones son de óperas españolas y en nuestro teatro Real, doblemente. Claro es que una obra musical no puede ser admirada en su integridad, como una obra literaria, sin pasar por la interpretación, más ó menos edificante. Pero, en este caso, es preferible admirar y creer... por fe, ó, si la fe nos falta, aceptando como buena la autoridad de los competentes. Después de todo, por fe ó por autoridad, creemos en muchas cosas de más importancia: en materias de Religión, de Ciencia, etc., etc.

Yo no me permitiría jamás dudar de la ciencia de un Ramón y Cajal, aunque nunca haya asistido á sus experimentos. Me basta con que personas de gran autoridad científica los den por buenos. ¿Estimaríamos muchas cosas en el mundo si á cada una hubiéramos de aplicar la propia, casi siempre ignorante, y muchas veces impertinente, investigación? El propio juicio ¡es tan falible! y ¡tan variable! Cualquier alteración en los humores, en la temperatura, en el bolsillo, basta á trastornarle. ¿De qué viven las grandes instituciones sociales más que de este abandono del criterio individual al criterio social, única suma que nunca es resultado de los sumandos?

Si la admiración nacional fuera la suma de admiraciones individuales, ¿habría español que fuera admirado? Si el catolicismo dependiera del número de verdaderos católicos, ¿sería España el país católico por excelencia? Aunque sea el país en que haya más excelencias por católicos.


Del criterio y de los gustos artísticos de nuestros empresarios puede dar idea el que, obras como Aguila de blasón y Romance de lobos, las admirables tragedias bárbaras de Valle-Inclán, no hayan encontrado todavía escenario en que puedan ser, no más admiradas, pero sí admiradas por más, como debieran serlo.

Ahora, á fines de temporada—de lo bueno poco,—se nos ofrece Cuento de Abril. Gentil ofrecimiento de la gentil actriz Matilde Moreno, que nunca empleó mejor su estudio y su talento como en esta buena obra de purificar el ambiente teatral con aires de poesía.

Es Cuento de Abril todo poesía y arte verdaderos, no de esas sobredoradas imitaciones que andan por ahí desacreditando el género.

Me aseguran que Cuento de Abril pasó por otros teatros, en donde sólo halló indiferencia ó extrañeza. Extrañeza lo comprendo, por lo raro del caso. La indiferencia, ya es menos explicable. No hay razón para lamentarse de la falta de obras y de autores, cuando se deja marchar una obra como Cuento de Abril y Aguila de blasón y Romance de lobos, ésta sin representarse.


¡Eterno vaivén de las cosas del mundo! El rompecabezas, el arrinconado juguete de los tiempos de nuestra infancia, es ahora el juguete á la moda, y no para niños, sino para mayores, y muy mayores, y en tertulias de gran señorío y respetabilidad. Verdad es que el juguete viene ahora de Inglaterra con el nombre de Puzzles.

Yo no sé si será muy divertido, ni de qué otra diversión podrá ser pretexto; porque yo no me fío de estos juegos de sociedad, casi siempre de carambola y por tabla. Parece que se divierten con una cosa y es con otra.

Lo que sí sabré decir es que, este juego del rompecabezas, es de un gran simbolismo. ¿Es otra la tarea de nuestra vida, que ésta de ir juntando, para componer algo, los pedazos de nuestro corazón, de nuestra inteligencia?

Los antiguos rompecabezas llevaban el modelo para facilitar la composición; estos de ahora son imprevistos. Y hasta en eso se ve cómo procuran simbolizar la vida moderna. Va uno juntando pedazos y pedazos, sin saber si será una marina ó un paisaje, un apacible cuadro de familia ó una terrible batalla, lo que al fin resulte. La sorpresa es el mayor encanto. Así vivimos: juntando pedacitos de nuestra vida, sin saber lo que será el cuadro de nuestra vida; sin modelo que pueda orientarnos. Rompecabezas es el juguete: si ponemos en él toda nuestra ilusión, bien pudiera llamarse ¡rompecorazones!


XIII

Somos los españoles como nuestros vinos: ganamos transportados. El que aquí malgasta lo mejor de sus energías en luchar contra el medio ambiente, fuera de aquí, aun contra las dificultades que á todo extranjero se oponen en todas partes, logra vencer y afirmar su personalidad. Por eso fuimos pueblo de conquistadores, y si perdimos todas nuestras conquistas, no fué por no haber sabido hacer nuestras las tierras conquistadas, sino tal vez por haberlas hecho demasiado nuestras. Parece paradoja, pero es lo cierto que América dejó de pertenecer á España por haberla hecho demasiado española. Somos gente poco de casa. Cuando no aspiramos á conquistar el mundo, aspiramos á ganar el cielo. De nosotros pude decirse, como en aquella antigua canción tan nuestra:

«Fuí al mar,

vine del mar...

Mis telitas sin hilar.»

Buen ejemplo de este nuestro espíritu conquistador y buena compensación de otras conquistas materiales, hoy más difíciles de emprender, tenemos en Pepe Lasalle, quien salió de España, hará unos diez años, diciendo: «Seré director de orquesta», y ha realizado su propósito tan cumplidamente que, al saludarle de nuevo por esta su tierra, á su nombre y su cargo añadimos, por aclamación, todos los adjetivos que su modestia callaba al despedirse, pero á los que, sin duda, pretendía en su noble ambición de artista. Gran director de una gran orquesta. No puede cumplirse mejor el propio vaticinio. Desde los tiempos del Gran Emperador, no se unieron Alemania y España en más gloriosa empresa.

Ahora bien, ó, ahora mal, mejor dicho: con el mismo talento, con la misma energía, con todo lo personal, en fin; si entre nosotros se hubiera propuesto Pepe Lasalle realizar su propósito, ¿hubiera llegado á conseguirlo? Contesten tantos verdaderos artistas músicos como andan por ahí desperdigados por cafés y orquestas de teatrillo; responda nuestro público aristocrático, llenando los palcos del Circo en los días de moda y dejando poner en la taquilla de billetes para los conciertos: «Sólo quedan palcos y butacas»; hablen el Cuarteto Francés y el Cuarteto Vela, luchando contra la indiferencia del público, sólo sostenidos por el aplauso de algunos inteligentes que ¡ay! son justamente los que van de gorra, y aun hay que agradecérselo. Por eso, bien esta que aplaudamos con el mayor entusiasmo á los de fuera, y mucho más cuando los dirige uno tan nuestro y que tan alto pone el nombre de España en el mundo del Arte; pero estimemos en cuanto merecen á los de casa, que, sobre las dificultades de su arte, han de vencer las del medio, hostil ó indiferente. El Arte, que es todo simpatía, sólo en ambiente de simpatía florece.


¿Quién se atreverá á poner en duda el desinterés de nuestros escritores? Cada dos ó tres años, el ministerio de Instrucción pública, cuidadoso tutor y curador de los menores y pródigos, que son nuestros literatos, ha de conceder graciosamente ampliación del plazo para inscribir obras en el Registro de la Propiedad. ¿Es desinterés, ignorancia de estas formalidades legales ó triste convencimiento de que, para lo poco que ha de producir, no vale la pena de tomarse molestia alguna? En los dos últimos casos sería muy triste; en el primero sería muy laudable, si ese desprendimiento no redundara siempre en beneficio de algún editor vivo, siempre dispuesto á levantar muertos al amparo de una ley que, por fortuna, no se cumple con inexorable rigor. Para todos los efectos de responsabilidad, la condición de escritor debiera equipararse en nuestros Códigos á la de los menores ó incapacitados. ¿Por qué han de estar tan reñidos números y letras que, hasta cuando la realidad de los números se impone al escritor, ha de venir en letras... de cambio, aceptadas por él con la más divina inconsciencia de números y de fechas?


El descubrimiento del doctor Doyen, prometiéndonos más larga vida, no dejará de regocijar á cuantos van á gusto en el machito; para ellos lujoso carruaje ó automóvil. A los de á pie nos es indiferente. ¡Alargar la vida!

¡Como no sea por la ilusioncilla de ver terminadas las obras de la Gran Vía; ó por ver si los aeroplanos llegan á establecerse con servicio regular, como los transatlánticos; ó por saber del estreno de una obra nueva de Rostand; ó por ver las calles de Madrid sin pordioseros!... Aunque es de temer que la virtud del descubrimiento del doctor Doyen no alcance á la realización de todas estas esperanzas. Entonces, para seguir con la misma historia de la vida, «Este cuento de la vida, dos veces contado», como dijo Shakespeare, ó «contado por un idiota», que dijo el mismo... El descubrimiento del buen doctor no vale lo que una botella de buen vino, un poco de morfina, un buen cigarro, una buena música ó una buena mentira; de esas mentiras dulces, que parecen amor ó gloria... Todo lo que es olvido de esa implacable verdad, cuyo nombre más cierto es muerte.


XIV

Son las próximas elecciones la mayor preocupación en estos días. No—esto es lo triste—por el gran interés que inspiren, en cuanto pudieran influir en los destinos futuros de España, sino por los muchos pequeños intereses que en ellas se fundan y contra el interés general conspiran.

Líbrenos la diosa Democracia de hablar mal del sufragio universal, ni del voto obligatorio, preciadas conquistas suyas. Antes era posible que un Gobierno regalara, lo que se dice regalar, un distrito á cualquiera de sus patrocinados; pero, por lo mismo que se trataba de un regalo, los Gobiernos cuidaban, para no dar que murmurar demasiado, que el candidato fuera persona de merecimiento. Ahora, como todo el apoyo y la protección oficiales no bastan á librar al protegido de ciertos gastos indispensables, es preciso buscar ante todo gente de dinero ó que sepa sacarlo de donde lo haya. Antes solía decirse: «A Fulano le apoya el Gobierno», ó «Cuenta con la protección de éste ó del otro, mayores ó menores caciques.» Ahora, las protecciones no significan nada. La única probabilidad de triunfo es decir: «Fulano piensa gastarse tanto en la elección; Menganito se gastará cuanto.»

Las gentes sencillas, tan incapaces de grandes abnegaciones patrióticas como de ambiciosas vanidades, no hayan compensación en el cargo de diputado á tan crecidos sacrificios pecuniarios, y con la natural desconfianza que despiertan siempre las acciones heroicas, cuando su móvil no tiene equivalente, por lo menos «potencial», en nuestro espíritu, dan á recelar, con esa suspicacia propia de las gentes sencillas, que en lo de ser diputado ha de haber algunas ventajillas más que la de sacrificarse por la patria, la de chupar caramelos, la franquicia postal y la misma inmunidad parlamentaria.

Esa desconfianza hace que, obligadas al voto, las gentes sencillas vayan á la votación con la misma indiferencia con que antes se quedaban en casa. Al «qué más da votar que no votar» ha sustituido el «qué más da votar á unos que á otros». La consecuencia en uno y otro caso es la misma: no triunfa el que triunfa por importarle á muchos, sino por no importarle á nadie. Así podemos vanagloriarnos de constituir unas Cámaras que no representan la opinión del país, como en otros países, sino su falta de opinión.


A consecuencia de una polémica entre autores y críticos, se ha discutido en París, entre autores, críticos y actores, sobre la eficacia de la crítica, sobre sus derechos y deberes y hasta sobre la conveniencia de su desaparición. Los autores y los actores artistas han opinado, como era natural, que la supresión de la crítica literaria sería tanto como relegar el teatro al terreno puramente industrial de especulación. Pero ¿es otra cosa el teatro moderno? ¿No es fantasear á costa de la realidad—fantasía muy cara—considerarle de otro modo? A no ser en teatros subvencionados con esplendidez, donde los directores puedan permitirse el lujo de ofrecer verdaderas obras de arte, ¿qué empresario ni qué autor pueden aceptar la responsabilidad de comprometer intereses respetables por entregarse á nobles juegos de arte?

Hoy se le da al teatro una importancia comercial que nunca tuvo. Exigencias del público, de la crítica, de autores y actores—no hablemos de los propietarios,—han convertido en negocio arriesgadísimo, más propio de capitalistas que de verdaderos aficionados al arte, la explotación de un teatro. En estas condiciones, ¿puede depender del criterio artístico, de la crítica, el éxito de una obra? Dejémonos de vanidades. El teatro moderno tiene muy poco que ver con el arte. No se interponga ninguna consideración artística entre el público y la taquilla, como no se interpone entre el comprador y el comerciante una crítica del escaparate. ¿Que esto será el fin de la literatura dramática? No, al contrario; quedarán mejor deslindados los campos. A un lado el arte y la literatura; al otro lado el teatro. Un teatro que sólo aspira al dinero no debe tener más sanción penal que la falta de dinero. La crítica literaria es demasiado honor para él. La mejor crítica de muchas obras es haber llenado el teatro durante 200 noches, y que el autor, para curarse de toda vanidad, llegara á conocer personalmente á los 200.000 espectadores que le han aplaudido, ¡Ay del artista que, cuando más clamoroso oye el aplauso de todos, no sabe percibir la voz de la propia censura!


En Berlín se ha fundado una Sociedad, llamada de Calderón, con el objeto de representar obras de nuestro autor y algunas de otros autores, no menos admirables, nunca representadas en los teatros ordinarios. En dicha Sociedad figuran ilustres personajes, y en la primera función, con el concurso de los mejores actores de los teatros berlineses, se representará La devoción de la Cruz.

Esto en Berlín, donde todos los años se representa mayor número de obras de Calderón y de Lope de Vega que en nuestros teatros. En cambio, nosotros no dejaremos de representar opereta alemana, ni austriaca, en justa correspondencia. Schiller y Gœthe y el moderno Hauptman bien están en su casa. Y que se lleven á Calderón y á Lope. ¡Para lo que van á divertirse con ellos! Mejor sería proponerles, ya que en tan buena disposición se hallan, que se encargaran de celebrar en Berlín el centenario de Cervantes. ¡Fuera cuidados! De aquí les mandaríamos una lucida Comisión y todos los toreros que hicieran falta para una buena corrida de toros.


XV

¡A cualquier hora nos la dan á nosotros de primos! Nos hemos dislocado de risa con una porción de vaudevilles sin gracia y sin fantasía; nos hemos extasiado ante unos cuantos melodramas policíacos sin novedad y sin interés; hemos acogido como armonías celestiales la organillesca musiquilla de cuantas operetas vienesas han querido ofrecernos... Todo ello por venir de fuera y venir consagrado. Pero esto no podía continuar. ¿Qué se diría? ¿Qué éramos público para contentarnos con cualquier cosa? Nada, nada de dejarse sugestionar... A la primera ocasión... Y la primera ocasión ha sido Chantecler. Diríase que, á falta de mayores solemnidades, habíamos querido conmemorar en él la fecha próxima del Dos de Mayo. Lo que no consiguieron bombos y reclamos previos, acabará por conseguirlo la desconsideración de algunos públicos con una obra de noble y elevado arte: imponerla, por fin, á la admiración de todos. ¡Ya quisiéramos que gallos como ese nos cantaran todos los días en nuestros corrales! ¡Para una vez que nos hemos sentido carabineros del arte... de las pocas veces que no venía contrabando!


La palabra de Dios es el silencio, y, si alguna vez comprendemos en toda su grandeza esa divina palabra del silencio, es cuando una mujer linda y graciosa nos dice ó nos canta tonterías desde un escenario. Para admirar una linda hechura de Dios, ¿qué necesidad hay de molestarnos con idioteces? ¿No bastaría con una bien compuesta danza para mostrarnos la gracia de las actitudes? ¿No bastaría con pasar y sonreir? ¿Es preciso más para que una mujer bella enamore? Y, si algo ha de decirnos, sea en una lengua extraña, sólo comprensible como una música... No quiebre el ritmo de una bella armonía el desentono de las palabras chabacanas. No es la belleza la que ha de acercarse á nosotros; somos nosotros los que hemos de acercarnos á ella, alejándonos de la realidad... Y no es el mejor puente la letra de algún couplet que, sólo se salva de lo canallesco, para caer en lo insulso.


Hasta ahora estuvo considerado el grajo como una de las aves beneméritas de la agricultura, por la gran cantidad de insectos y de alimañas, perjudiciales á los campos, de que se alimentaba. Pero ¡no somos nadie! Ni los estómagos, ni las conciencias, ni ¡ay! los bolsillos—gran estómago de los racionales civilizados—resisten á un minucioso examen. Después de registrado el buche de unos cuantos grajos—los bastantes para dar autoridad á la estadística,—el implacable análisis viene en exonerar á toda la casta de sus preeminencias y consideración sociales como protectora de la agricultura. La cantidad de animalitos dañosos engullidos por el grajo no guarda proporción con la gran cantidad de semillas y de granos que devora. Por lo tanto, no hay para qué respetarle, y, en adelante, pasará á la triste categoría de los perseguidos y cazados sin tregua.

Aplicado este mismo análisis estomacal á muchos grandes personajes y respetables Corporaciones, hasta ahora considerados y respetadas como de utilidad social, ¿no tendríamos el mismo resultado? Lo que protegen por una parte, ¿estará compensado por lo que dañan de otra? ¿No tragarán más grano provechoso que animalillos perjudiciales? ¡Cuánto grajo no estará viviendo por esos campos, de un respeto mal fundamentado! Se impone la autopsia de unos cuantos, á la hora plácida de la digestión, para saber á qué atenernos.


Como siempre que se proyectan grandes festejos, de lo proyectado á lo realizado va... la distancia que hay de las necesidades de Madrid á los cuidados de su Ayuntamiento. No; aquí ni comemos ni nos reímos. Como festejo extraordinario, ya nos contentaríamos con que nos lavaran un poco.

El problema de la mendicidad—grandes problemas son siempre aquellos para cuya resolución hace falta mucho dinero: el problema de la vida, el problema de las subsistencias, el problema de la enseñanza, etc...—sigue en estudio. Textos en que estudiarle no faltan. Dentro de poco, para poder andar tranquilamente por Madrid, habrá que vestirse de harapos. Será el único modo de que le dejen á uno tranquilo. Añadan ustedes en estos días, á los mendigos de siempre, los electorales: ¡El voto, por amor de Dios! ¡Esta candidatura, que no he comido en todo el año! Ya no sabe uno á quién dice: ¡Perdón, hermano, ó: Estoy comprometido con los socialistas.

¡Grandes días estos para disponer de un aeroplano! ¡Feliz el conde de Romanones, único español á quien no le preocupan los asuntos electorales!


XVI

Salvo el género de tropelías, mudanza que los siglos van trayendo, pudo compararse al difunto rey Eduardo VII con aquel otro rey de Inglaterra, Enrique V, héroe de la batalla de Argincourt, protagonista en varios dramas historiales de Shakespeare. Como el alegre y despreocupado amigo de Falstaf y Pistol, supo ser, como rey en su día, muy otro que como príncipe de Gales.

No podría decirse de él que fué el príncipe que todo lo aprendió en los libros. Mucho aprendió en la vida, y no fué desaprovechada la enseñanza. Una buena Prensa le prodiga elogios, que no le regateará la Historia. Estímanse las virtudes de los grandes, y es justo que así sea, por comparación con sus iguales; así no es de extrañar que, con las cualidades que apenas librarían á un señor particular, en la hora de su muerte, del piadoso comentario de alguna buena amiga: ¡Qué descansada se habrá quedado la familia!, la Historia se dé por contenta para proclamar: ¡Era un gran rey!


Si en la satisfacción del triunfo cabe siempre una gota de amargura, ¿habrá dejado de saborear su provechosa medicina el gran D. Benito Pérez Galdós? ¿Cómo puede escapar á su observación lo fácil de una carrera política y lo difícil de una carrera literaria? La primera serie de sus Episodios Nacionales y muchas de sus admirables novelas llevaba publicadas don Benito y no podía contar con el número de lectores con que, sólo en dos años de republicano, ha podido contar de electores.

De lectores á electores hay una sola letra de diferencia; pero ¡qué gran diferencia en números!

Y ¿cómo comparar el mérito de la labor literaria de toda una vida con los merecimientos de dos años de republicano, aunque contemos como literatura y como republicanismo el sinnúmero de cartas de adhesión á todas las paellas tricolores, en torno á las cuales se haya reunido siquiera media docena de republicanos?

¡Cuarenta mil votos! Una duda: de la primera novela que publique, ¿venderá tan fácilmente D. Benito 40.000 ejemplares?


Siempre que un Gobierno sale malparado de unas elecciones, le queda el consuelo que á las mujeres feas y pobres: atribuir á su honradez toda su desgracia. ¡Si yo hubiera sido como otras! ¡Esto me pasa á mí por ser honrada! Ninguna dice: ¡Esto me pasa á mí por ser fea! Que era el caso de la candidatura monárquica en Madrid. Claro es que ser diputado por Madrid significa poco; aquí no hay mangoneo ni caciqueo. Las grandes figuras de la política prefieren sus feudos provincianos. Para Madrid quedan unos cuantos señores de buena voluntad y mejor fe, dispuestos á gastarse muy buenos cuartos. Pero ¡ay! Madrid tiene otras teclas que tocar que los distritos rurales. Aquí se fuma y se bebe todo el año y no se le asusta á nadie con un apremio, ni con un recibo... ¿Será verdad que los electores monárquicos hayan andado despegadillos? Como entre ellos hay gente de dinero y muchos tienen automóvil y el día estaba bueno... Por eso, no será malo, para otra vez, confiar menos en los electores y algo más en los elegibles.


Muchas personas de viso, de esas que se abstendrían, por comodidad ó por abandono, de votar la candidatura monárquica, han andado en estos días poco menos que á media asta con motivo del fallecimiento del rey de Inglaterra. Bueno está vestir á la inglesa y vivir á la inglesa y pagar á la inglesa, pero ¡entristecerse á la inglesa también! Mucho se había divertido el noble difunto, pero no hasta el extremo de que tanta y tan buena gente le llore como á un padre.

Los actores franceses son los que han tenido una ocasión más de exhibirse. No hay uno que no haya sido gran amigo del rey Eduardo y no tenga que contarnos alguna chispeante anécdota. A Febvre, ex socio de la Comedia Francesa, le regaló un bastón; á Réjane, una sortija; Sarah ¡oh, Sarah! le reprendió una vez severamente porque se acercó á ella sin quitarse el sombrero. Siempre fué el teatro la mejor escuela de buena crianza. Pero todos están inconsolables. Le querían mucho.

Menos mal. Ya dijo Hamlet, príncipe muy aficionado al teatro, que más nos valiera tener un mal epitafio que una mala reputación entre los comediantes.


XVII

Ya nos ha salido el susto del cuerpo. Es posible que á muchos, sobre todo á muchas, de las que más se regocijaran en la noche de la temida fin del mundo, no les haya salido todavía ó les salga de aquí á unos meses, á mayor gloria y perpetuidad de este pícaro mundo.

Si es cierto lo que asegura Renán en su Abadesa de Juarre, que, ante la muerte próxima, el amor se envalentona y se deja de miramientos hasta decir ¡Fuera cuidados!, esperemos que el cometa Halley, en vez de acabar con el mundo y sus habitantes, nos habrá dado cuerda para mucho tiempo.

La verdad es que, para lo atrasadillos que andamos, según dicen, no hemos sido de los que más se han puesto en ridículo por esos mundos. ¡Estamos tan hechos á pronósticos de nuestro fin! Y siempre es preferible que el mundo se acabe para todos á acabarse uno para el mundo. Mundo tenemos en general, y ojalá tuviéramos vida en particular hasta la llegada de otro cometa, y aun es posible que hasta la terminación de la Gran Vía, y, exagerando un poco, hasta el advenimiento de la República. Las revoluciones, lo mismo en las celestiales que en las terrenales esferas, nunca las traen cometas andariegos y revoltosos, por mucha cola que aparenten. Es preciso algún astro de primera magnitud, y por ahora... todo es vía láctea en las celestiales y en las terrenales esferas.


Para los que se pagan de nombres—República, Monarquía,—ahí tienen á la República Argentina y á su Gobierno viéndose obligados, en plena apoteosis de su engrandecimiento y prosperidad, á declarar el estado de guerra; medida que, con el interés de los más, acaso baste á conseguir una tregua de fiestas patrióticas. Pero el problema queda en pie. Y el problema allí es del mundo entero. Digan unos: Patria; otros: Humanidad, siempre sientan bien estos nombres sonoros y nobles. En realidad, riqueza de un lado, miseria de otro. Más peligroso es el conflicto en esos pueblos jóvenes, adonde llegan todos los días miles de conquistadores de todas las razas y de todos los pueblos. Y conquistadores sin bandera, desarraigados de su patria, á luchar por sí, á enriquecerse, si es posible, en provecho propio... ¿Cómo exigir á tanto egoísmo humano el sacrificio por una idea nacional? No bastan los intereses materiales, opuestos de clase á clase, cuando no de individuo á individuo, á unir voluntades y sentimientos en ese algo inexplicable que se llama ideal nacional. Es ley fatal humana que, en las causas de nuestra grandeza, esté el mayor peligro de nuestra ruina. El talento, el valor, la riqueza, la hermosura tienen en sí mismos su mayor enemigo. La República Argentina es inmensamente rica y generosa. Pero si todos quieren ser inmensamente ricos en ella, ¿bastará toda su generosidad? ¿No tendrá á cada paso un conflicto entro su interés nacional y tantos intereses de tantos, por desligados de su patria, más desligados de una patria extranjera? He aquí el peligro y he aquí el problema de la República Argentina. ¿Lo que hoy es un gran pueblo, llegará á ser una gran nación? ¿Llegarán á sumarse tantos intereses egoístas en un solo egoísmo ideal? Gran cosa es que en un pueblo todos procuren ser ricos, á condición de que todos también estén dispuestos á morirse de hambre en un día. Con la primera cualidad, dominante en la República Argentina, y la segunda, dominante en España... ¡gran nación!


Millones de flores, que representan millones de pesetas, cubrirán la tumba del rey Eduardo de Inglaterra. Los economistas republicanos, que hallan sus mejores argumentos contra la Monarquía en publicar lo que cuesta el sostenimiento diario de unas caballerizas reales, no dejarán de filosofar ante ese derroche de flores. No pensarán lo mismo las floristas ni los floricultores. Y siempre que un señor de esos que, por alardear de modestia, deja dispuesto en su última voluntad que no se deposite coronas ni flores sobre su cadáver y que se le entierre con la mayor sencillez, pienso en la oración fúnebre que han de dedicarle los empresarios de pompas fúnebres y los fabricantes de coronas: ¡Vaya con el hombre, á qué hora ha ido á acordarse de ser modesto! Yo creo que la mayor modestia es no disponer nada y dejar á los ricos que hagan su gusto y su voluntad y á los funerarios su negocio. El que uno se muera no es razón para que no vivan los demás. A mí me parece muy bien todas esas flores y ese dinero que se gastan los ingleses. Las flores nunca son caras. Además, los vivos son lo bastante vivos para no dedicar flores al muerto; las flores son á los que quedan.

Recuerdo que á un gran personaje se le murió un sobrinito, y la casa se llenó de coronas y de flores y el entierro llevó el más lucido y numeroso acompañamiento, y decían los familiares de la casa: Si esto es por el sobrino, ¡cuando el señor muera! Pero el señor, al morir, no dejaba familia de importancia, ni, de ella, nadie que pudiera dar destinos ni dispensar favores, y al entierro... dos peseteros y los precisos operarios. Señores muertos: nada de consideración con los vivos; admitan ustedes coronas y flores, y á la familia dejarle encargado el entierro de primera y con mucho clero: que vivan todos. Siempre hace bien ver caras alegres en un entierro.


XVIII

Todo Gobierno, al emitir su respectivo discurso de la Corona, bien puede disculparse, como el aldeano de Molière:—Si digo siempre lo mismo, es porque siempre es lo mismo; que si no fuera siempre lo mismo, no diría siempre lo mismo.

Si los anteriores Gobiernos hubieran realizado todas las bellas y grandes cosas prometidas en sus sendos discursos, nada quedaría por realizar, ni siquiera por prometer, y holgaría un nuevo discurso de discursos (revista de revistas).

Si de la vida dijo Shakespeare que era fastidiosa como un cuento oído dos veces, ¿qué serán estos discursos tantas veces oídos? Así nos hemos acostumbrado á oírlos con el más consecuente escepticismo, reflejo tal vez del escepticismo que suele dictarlos.

En fin, como el escepticismo es puerta entornada, ¿por qué no hemos de conceder á estos discursos siquiera la confianza que ponemos en la lotería? Alguna vez puede tocar. No aspiremos al premio gordo.—El programa ideal. ¿No es eso?—¡Si tocara una aproximación!

En lo que no cabe por esta vez escepticismo es en lo del «vigoroso llamamiento al crédito». Esa es la eterna subida del vino: que nunca mejora de calidad, aunque suba de precio.

Por si no bastaba con un discurso, hemos tenido dos: el de la Corona y el de la coronilla, á cargo del jefe del partido conservador, muy empeñado en llevar vela en este entierro, que bien puede serlo si no hay á tiempo un capirotazo enérgico que apague esas velas y cirios que ya han «deslucido» bastante.

Entre los dos discursos nos quedamos... con el Mensaje de la Asamblea agrícola; de menor resonancia, pero de más sólida y aplicable doctrina.


Próximas á terminar las representaciones de Novelli en Lara, cerrados muchos teatros de invierno—algunos más propios de verano por la frescura de obras y artistas,—no queda en Madrid más espectáculo atractivo que las sesiones del Congreso y alguna cómica, especial, del Senado, que cuenta para el género con eminentes y acreditados característicos.

Las distinguidas aficionadas al Parlamento, en todas sus manifestaciones, particulares y públicas, ya tienen dónde pasar la tarde y en dónde distraerse hasta el veraneo, retrasado, como siempre por los deberes políticos de los maridos, padres, etc.

El elemento femenino ha de interesarse mucho en la actual legislatura. Hay que evitar la condenación de más de cuatro amigos arriesgados en alguna votación peligrosa. ¡Sería una lástima no poder encontrarse con ellos en celestiales moradas, como ahora en las más elegantes casas, por culpa de un proyecto de ley! Hay liberales muy simpáticos, y hasta con dinero; el partido conservador no tiene monopolizadas estas dos bellas cualidades para brillar en sociedad.

Yo sé que á estas horas hay quien eleva plegarias y hace ofrecimientos por la salvación de algunos ministeriales. No teman las distinguidas intercesoras; llegado el caso, todos han de salvarse, más que por vuestra intercesión, por propia iniciativa, al grito dispersador de: «¡Sálvese el que pueda!» No roguéis por ellos; rogad por vosotras y por vuestros hijos, diremos parafraseando palabras de Jesús. Porque si pudierais ver, como El, en lo venidero, veríais lo que mejor os estaba y les estaba á todos para evitar mayores males. Verdad es que si vosotras tuvierais inteligencia y cultura para comprender estas cosas, hace mucho tiempo que estarían resueltos muchos problemas por sí solos.


El orgullo nacional de los franceses, irreductible, sobre todo tratándose de su arte, se halla muy resignado con ver su París invadido por toda clase de espectáculos extranjeros. Opera italiana, comedia belga, baile ruso; sin contar innumerables artistas, autores y músicos de diferentes nacionalidades repartidos por diferentes teatros.

A mal tiempo amable sonrisa, y ellos venden por generosa hospitalidad lo que á regañadientes soportan. Claro es que los comediantes belgas son una pobre gente sin pizca de chic, aunque sean más espontáneos y naturales que los amaneradísimos actores franceses, apestantes á Conservatorio y á Comedie Française; que Caruso no puede compararse con los admirables tenores de la Gran Opera, con sus voces de gato pisado... Sólo ante los bailarines rusos humillan su superioridad, y eso porque, según ellos, todo su arte es de la más pura tradición francesa.

Como espectáculo propio no han ofrecido, autores y actores franceses, en estos últimos tiempos, nada más interesante que la pelotera entre Bataille—el nombre obliga, y él se encarga de justificarlo—y la gran Sarah, sólo comparable á la guardia napoleónica en lo de dar que hablar hasta sucumbir.

En París, como en todas partes, se perecen por estos chismes teatrales. Hasta que los Tribunales dieron la razón á Bataille, todo el mundo estaba de su parte; en cuanto tuvo á la justicia por suya, consideraron que ya tenía bastante, y todo el mundo se puso de parte de Sarah. Cuando se atrevió á embargarla sus muebles y los ingresos de su teatro... ¡no se diga! Los mayores enemigos de la actriz se aprestaron á defenderla contra el autor. Se llegó á decir que Bataille había insultado á Francia en la persona de Sarah.

Aquí, por fortuna, no se llevan á punta de embargo estas cosas de teatro, que no valen la pena. Sólo sabemos de un empresario capaz de embargar á sus autores; pero con el mayor cariño y sin dejar por eso de representarles sus obras, para mejor garantía del embargo... Los demás, todos buenas personas. Nos peleamos, hacemos las paces, nos odiamos, volvemos á querernos; pero todo con la mayor modestia, sin indemnizaciones y sin reclamos.


XIX

Las mujeres son, por lo general, conservadoras, muy respetuosas con lo tradicional y establecido; pero cuando una mujer da en revolucionaria... Nada menos que todo el sistema planetario nos ha trastornado una distinguida dama, miss Craig, en interesantísima conferencia dada en el Ateneo.

No era la flor que más se había presentado hasta ahora, en el ramo de la sabiduría femenina, ésta de la astronomía. Bueno es que la mujer se vaya poniendo en comunicación con el cielo de mejor modo que con importunas plegarias petitorias. La aparición, mejor dicho, la desaparición, y para nosotros ¡ay! despedida, sin beneficio, del cometa de Halley, á más de su cola natural, se ha traído otra muy larga de discusiones entre los astrónomos. A consecuencia de todas ellas, se inicia el descrédito de algunas verdades, que ya habían durado lo bastante, para obtener, sin que nadie pueda molestarse, su jubilación y pase á la escala de reserva. Todo nuestro respeto para estas mentiras de hoy, que fueron las verdades de ayer, y aprendamos por ellas á respetar las mentiras de hoy, que tal vez sean las verdades de mañana.

Los estudios de miss Craig son muy serios y no deben tomarse á broma. Sin llegar á las atrevidas afirmaciones de la conferenciante, otros astrónomos de gran renombre han coincidido recientemente en negar las teorías de Newton sobre las leyes de gravitación y de atracción universales.

Por mi parte, celebraría mucho que se salieran con la suya; porque, con todo el respeto á Newton, eso de que cuando uno cae, cae por atracción, me pareció siempre una tontería. Es para escamarse el que á Newton se le ocurriera viendo caer una manzana; desde los primeros días del mundo la manzana fué siempre fruta ocasionada á funestas equivocaciones.

En este caso nada se ha perdido; todo es que los pobres muchachos estudiantes del bachillerato tengan que aprenderse una nueva teoría... hasta otra. Los licenciados y doctores pueden seguir sirviéndose de la que estudiaron en sus libros. Más se ha adelantado en otras materias, de aplicación más inmediata, y hay quien se anda en el Fuero Juzgo y sus equivalentes.

Entre las afirmaciones de miss Craig, la más alarmante es la de que el sol nos ha estado engañando miserablemente. La luz que nos alumbra no es cosa suya. Yo no se cómo no habíamos caído antes en ello, cuando en el Génesis se habla de la creación del sol y de las estrellas, por una parte, y por otra se dice que la luz fué hecha. Con la nueva explicación no hay, pues, que temer un nuevo conflicto entre la Religión y la Ciencia. Más vale así; que bastantes hemos tenido, sin contar con los que esperan al Gobierno con la Nunciatura. Quedan, en cambio, inservibles todos los embustes y ponderaciones:—¡Tan verdad como el sol que nos alumbra!—Inservibles también una porción de odas y de comparaciones. Pero ya verán ustedes cómo el sol continúa viviendo del crédito durante mucho tiempo. Hasta en eso va á parecernos más español: en vivir de las apariencias.


Ríanse ustedes de imperiales cortejos en Roma, triunfos carnavalescos de los Médicis en Florencia, tramoyas del Buen Retiro y pastorales de Versalles. Todo es pobretería en parangón con la admirable carrozada que nos han presentado. Menos mal que sólo estábamos la familia y los amigos, como en función casera, y apenas había entre los espectadores quien no tuviera en la cabalgata un pedazo de su corazón ó una prenda de su guardatrapos.

¿Qué mal aficionado á representar comedias no habrá saludado con emoción aquellas trusas y aquellas pelucas? La intención era buena; pero ya sabemos que de buenas intenciones está pavimentado el infierno y de peores debe estarlo Madrid, según el aspecto de sus calles.

Organizar una cabalgata, presentable á plena luz del día, es cosa que requiere mucho dinero y mucho arte. Otro hubiera sido el efecto amparándose de las sombras protectoras de la noche y al favorable engaño de antorchas y bengalas. Sin contar con que las fiestas nocturnas son más agradecidas; como que en ellas sí que puede decirse que el espectáculo está en el espectador, mejor dicho, en la espectadora, y lo que se ve es lo de menos. Hay función de fuegos artificiales que no se olvida nunca, y bien sabe Dios que no es por los cohetes. En todo festejo popular hay que atender á estas emociones reconcentradas, por si fallan las exteriorizables.


Con excepciones muy contadas, es tan general como deplorable la afición de los buenos actores á representar malas comedias. ¡Lo que ellos gozan entregándose en cuerpo y alma á la ingrata tarea de levantar muertos! ¡La de esperpentos dramáticos que gozan honores de obras inmortales gracias á la interpretación de algún gran comediante!

Buena prueba es el repertorio que se ha traído Novelli, como para examinar de paciencia á sus muchos admiradores. No hay idea de lo satisfechos que se quedan algunos actores cuando el público sale del teatro diciendo:—Todo muy malo, todo; pero ¡él! ¡El solo! ¡Sólo él! El peligro de este inmoderado afán solitario está en que el público se canse de decir:—¡El solo! ¡El solo!, y se decida á ponerlo en práctica, dejándole solo en efecto. No merece otra cosa la vanidad de algunos comediantes que llegan á creerse que ellos solos son una obra y un teatro.