E-text prepared by Chuck Greif
and the Project Gutenberg Online Distributed Proofreading Team
at DP Europe (http://dp.rastko.net)


EL ENEMIGO

POR

JACINTO OCTAVIO PICÓN

——
SEGUNDA EDICIÓN
——

MADRID
Est. tip. de El Correo, a cargo de F. Fernández,
CALLE DE SAN GREGORIO, NÚM. 8


1887

Es propiedad del autor. Queda hecho el depósito que marca la ley.

¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas: porque rodeáis la mar y la tierra por hacer un prosélito: y después de haberle hecho le hacéis dos veces más digno del infierno que vosotros!

(San Mateo, Cap. XXIII, vers. 15.)

Capítulos: [I, ] [II, ] [III, ] [IV, ] [V, ] [VI, ] [VII, ] [VIII, ] [IX, ] [X, ] [XI, ] [XII, ] [XIII, ] [XIV, ] [XV, ] [XVI, ] [XVII, ] [XVIII, ] [XIX, ] [XX, ] [XXI, ] [XXII, ] [XXIII, ] [XXIV, ] [XXV, ] [XXVI, ] [XXVII, ] [XXVIII, ] [XXIX, ] [XXX, ] [XXXI, ] [XXXII, ] [XXXIII, ] [XXXIV, ] [XXXV, ] [XXXVI, ] [XXXVII, ] [XXXVIII]

I

La casa de la calle de Botoneras, donde comienzan a desarrollarse los sucesos que aquí se narran, tiene planta baja, con encajera a un lado del portal y al otro tienda de pañolería; tres pisos de dos huecos a la fachada cada uno, con recio balconaje verde, revoque de imitación a ladrillo, descolorido por las escurriduras de las lluvias, alero saliente de robustas vigas y bohardillas a la antigua, completando el conjunto ciertos detalles madrileños, como varillas de hierro para las cortinas de lona que en verano se usan, raquíticos tiestos, cestilla pendiente de una cuerda tendida a la vecindad de enfrente para correo de niñas o tercera de novios, y alguna jaula de codorniz o mirlo. El portal es estrecho y largo; la escalera, de peldaños altos y empinados, como construida adrede para recreo de cabras montaraces. En el principal vivía, al comenzar este relato, un pañero, contratista de vestuario de presidios, en cuyos tratos, por quedar clavado, hacía de redentor el fisco; ocupaba el segundo un sastre de gente chula, que era además teniente de Voluntarios de la Libertad, como entonces se llamaba a los milicianos nacionales, y se recogía de noche en la bohardilla un matrimonio, sospechado de no serlo, que pasaba el día en los soportales de la calle de Toledo labrando cucharas de palo y vigilando un puesto en que se vendían ligas, bolsillos de punto, castañuelas, navajas y tinteros de cuerno.

Era la Noche Buena de 1872, y en toda la casa, de alto a bajo, sonaba alegre vocerío. El pañero, con varios amigos y Champagne de a tres pesetas, solemnizaba un remate de subasta; el sastre obsequiaba a unos parientes, a estilo de su tierra, con manzanilla y aceitunas aliñadas que llamasen el apetito a honrar la cena, y los cuchareros disponían con gente amiga su modesto festejo, saliendo de rato en rato a la escalera y dando inútilmente grandes voces por que callasen varios chicos que, armados de tambores, parecían dispuestos a ensordecer al mundo. Cada piso y cada puerta dejaba escapar por sus junturas y resquicios el rumor bullicioso que acusa la alegría; sólo en el cuarto segundo había silencio. Ante su entrada enmudecía la algazara, como si en el interior, triste o desierto, faltase quien festejara la santidad del día y el bienestar de una familia. También allí, sin embargo, se preparaba la cena, pero con más modestia y menos regocijo.

Dos mujeres, madre e hija, hablaban así, acabando de poner la mesa:

—¿Está todo?

—Falta que venga Pepe con los postres.

—¿Qué le has dicho que traiga?

—Una caja de perada, turrón... la leche de almendras ya está ahí, la trajo la chica del café donde suele ir Pepe.

—¿Y el besugo?

—Nadando en salsa; ahora le pondrás las rajitas de limón.

—¿Qué falta?

—Aderezar la lombarda y traer a papá.

—Espera, arreglaremos esto un poco.

Doña Manuela colocó ordenadamente las sillas, avivó la luz de la lámpara y aseguró la falleba del balcón, a través de cuyos vidrios y maderas venían, traídos por el viento impetuoso de la noche, los ruidos de la cercana Plaza Mayor. Oíanse, a lo lejos, sonar de tambores, chillar de chicos, renegar de grandes, gritos, risotadas, y de rato en rato un estrépito infernal y belicoso movido por una docena de granujas que, a todo correr, subían y bajaban la calle Imperial, llevando cada uno a rastra una lata de petróleo: algunas veces se entraban por la calle de Botoneras, y cuando pasaban ante la puerta de la casa parecía que estallaba un trueno en la caja de la escalera.

Metiéndose bajo la camilla escarbó doña Manuela el brasero, arropó el rescoldo y, designando luego el puesto que había de ocupar cada cual en la cena, dijo:

—Tú aquí, papá donde siempre, a su lado Pepe, luego yo, y Millán junto a tí; ¿te parece bien?

Leocadia, ocupada en sacar del aparador una botella de tinto y otra de Rueda, blanco, hizo como si no hubiese oído.

Era doña Manuela alta, seca de carnes, de aspecto severo y tez rugosa, como pintan a las Parcas, pero sin expresión de dureza en el rostro. A falta de vivacidad, sus ojos, grandes y garzos, conservaban cierta dulzura que debió ser durante la juventud grato atractivo, y aún sus labios, descoloridos por los años, solían entreabrirse como queriendo recordar sonrisas reveladoras de una dentadura antes blanca y firme, si ahora descarnada y amarilla. Algunas hebras negrísimas entre muchas canas, y alguna línea suave en el ajado rostro, restos miserables de encantos vencidos por el tiempo, atestiguaban de que doña Manuela no fue fea, mas sin que la fisonomía ni el talle acusasen picardía o donaire. Debió ser guapa moza, pero sosona y pava, y los muchos hijos que tuvo, antes que prueba de su amorosa exaltación, fueron fruto de la vehemencia marital.

—Mira—prosiguió—pon los almohadones en pila para que tu padre pueda extender las piernas.

Después, con tristeza en el semblante y la voz, añadió:

—¡Otra Noche Buena! es decir, un año menos.—Y se entró al gabinete inmediato, mientras Leocadia quedó sola mirándose y remirándose en un espejo pequeño y malo, de esos que hacen visajes.

Las facciones de Leocadia conservaban algo de candor infantil; pero la mirada ya tenía chispazos de malicia. Para ver mejor quitó la pantalla, que recogía la luz reflejándola sobre la mesa, y entonces la claridad se repartió por igual en todo el cuarto.

El aspecto del comedor era pobrísimo: a duras penas disimulaba el aseo la escasez. El papel de las paredes, antes blanco, estaba pajizo, y sus dibujos azules, ya tomados del humo, parecían negros. Las patas de las sillas, nada firmes, se enredaban entre los descosidos de la pleita a listas blancas y encarnadas; al aparador, huérfano de molduras, que arrancó el paño de la limpieza, le faltaban tiras del chapeado de caoba; los pocos enseres que sustentaban las tablas, eran platos ordinarios, vasos de vidrio, tazas de loza, floreros de cristal, comprados en banasta de a real y medio la pieza. La mesa estaba cubierta con un mantel de granillo, con lista roja en el borde, y sobre su dudosa blancura de lejía casera destacaban cinco platos y otros tantos cubiertos con sus panes: bizcochada para doña Manuela, que tenía pocos dientes, panecillos bajos para Pepe, Leocadia y Millán, y para don José rosca muy cocida, pues el viejo hacía alarde del poder de sus mandíbulas, única fuerza que le quedaba.

A guisa de adorno veíanse en la pared algunos cuadros; en el testero del sofá de guttapercha desquebrajada, casi tocando con el respaldo seboso, había bajo cristal convexo un perro de aguas, bordado a realce en cañamazo, con una cesta de flores en la boca, y por bajo un letrero con estambre a punto cruzado, que decía: A sus queridos papás: lo hizo Leocadia Resmilla. Año de 1864. A cada lado del chucho pendían dos estampas iluminadas de la novela de Matilde y Malek-Adel, y junto a la puerta que conducía a la cocina una litografía grande, A la memoria de los mártires de la Libertad. En lo alto de la composición estaban Riego, Torrijos, Mariana Pineda, Zurbano, Lacy, Porlier, y más abajo, separados de aquéllos por una nube, se abrazaban Bravo, Padilla, Maldonado y Lanuza, a cuyos pies había, como serpiente vencida, una cadena enroscada formando caprichosos dibujos. La otra puerta que separaba el comedor del gabinete, tenía los vidrios tapados con visillos de algodón rojo, y cuando alguien la dejaba entornada, fácilmente se oía el tic-tac continuo de un antiguo reloj de pesas, que lanzaba un quejido metálico antes que sonase el timbre en cada hora.

Segura de estar sola y de que nadie la veía, Leocadia siguió unos instantes mirándose al espejo, con una horquilla entre los dientes, atusándose el pelo... Era el tipo de la muchacha madrileña, lista, vivaracha, de pocas carnes, bien proporcionada, esbelta, de andar firme, cabeza pequeña y talle airoso. Tenía las facciones delicadas, de un moreno algo pálido y sin rasgo de notable hermosura; pero en su semblante campeaba con tal imperio la gracia, que mirándola, nadie echaba de menos la belleza. La línea de su perfil no era pura, ni sus ojos pardos eran muy grandes, ni su boca muy chica; pero el conjunto del rostro resultaba monísimo: las pupilas parecían estrellas adormiladas, la boca un nido de sonrisas inquietas; el mirar y el sonreír formaban juntos un mohín delicioso. Sus manos, deformadas por el trajín diario de la casa, no eran grandes; y los pies, aun mal calzados, parecían pequeños. Su mayor encanto era el tronco del cuerpo. El pecho, ya formado, imprimía a la tela del traje una curva preciosa, y el talle fino solía tener ondulaciones hechas para inspirar deseos; a veces abría y estiraba los brazos, cerrándolos luego perezosamente, cual si en el aire hubiese algo que estrechar con amor. Si miraba sonriente, su fisonomía parecía sensual; cuando sentía enojo, su rostro cobraba expresión de virgen arisca y desabrida. A ratos dulce, a intervalos áspera, siempre segura de sí misma, había en ella asomos de energía, que antes que a la impresión del momento obedecían a la voluntad. En su continente y su figura tenía combinados en extraña mezcla algo de la muchacha del pueblo, que tiende a parecer señorita, y mucho de la hija de la clase media, que recuerda inconscientemente su origen popular: con pañuelo de seda en la cabeza, parecía menestrala; con sombrero de flores, daría envidia a una señora. Era un tipo esencialmente madrileño; masa que el tiempo y la fortuna modelan a su antojo con las suaves líneas de la dama o con los rasgos graciosamente duros de la chula. Hasta la voz indicaba en ella el germen de este dualismo: unas veces su timbre hería desagradablemente el oído, otras lo halagaba con singular dulzura.

—Ven, Leo, vamos a traer a papá—dijo desde el gabinete doña Manuela.

A los pocos instantes, madre e hija, luego que ésta hubo abierto de par en par la puerta que daba al gabinete, aparecieron empujando a duras penas la butaca en que, esforzándose por estirar las piernas, estaba sentado don José.

—¿Lo veis, lo veis?—decía el viejo—mientras tengo dobladas las rodillas, todo va bien; en cuanto las estiro, empieza Cristo a padecer. Hay que decir a Pepe que mañana arregle las ruedas del sillón, si no, vosotras no podéis conmigo.

—No tienen la culpa las ruedas—decía doña Manuela—es que la estera está hecha girones. Vamos, ¿qué tal así?

Por fin lograron entre ambas acercarle hasta la mesa dejándole ante su cubierto; después Leocadia se metió bajo la camilla para arreglar sobre la banqueta los almohadones medio destripados, con objeto de que pudiera extender las piernas, y al fin quedó el anciano iluminado de lleno por la luz de la lámpara, mostrando en el rostro el cansancio de muchos meses de dolor, aunque no los bastantes para borrar de su fisonomía la bondad que constituía el fondo de su ser. El pelo y el bigote canos; las arrugas, cierta tendencia a dejar caer sobre el pecho la cabeza, y, sobre todo, la mirada débil, como cansada de ver las cosas de este mundo, permitían suponer que tenía más de los sesenta. Su padre fue mayordomo de un grande de España, quien, por los tiempos en que aún llamaban Pepito a don José, le empleó en una oficina pública para que no anduviera metiendo bulla todo el día en los pasillos del caserón señorial, y aquel rasgo de caritativo egoísmo determinó el porvenir del muchacho. Después le enviaron a una provincia, luego a otra y a otra, hasta que, traslado este año, traslado al siguiente, anduvo Pepe media monarquía. Siendo todavía joven se casó en una ciudad de Levante con Manolita, ahora doña Manuela, que al décimo mes de matrimonio comenzó a tener hijos y más hijos. Uno nació en Andalucía, otro en Castilla, otro en Cataluña... cada permuta, cada traslado, era señal de un alumbramiento de Manuela, bondadosa y pacífica mujer de carácter apático, que parecía venida al mundo para cuidar una casa y poblar un reino. Donde más tiempo permaneció la honrada pareja fue en una capital del Norte, en la cual don José trabó amistad estrechísima con el jefe de una oficina de Hacienda, a quien con su bondad y mucha práctica oficinesca sacó de un grave apuro.

Fue el caso que, cuando el establecimiento del sistema tributario, el jefe de don José quedó envuelto en un proceso, no por falta de celo, sino por interpretar mal las órdenes nuevas. Sus compañeros y subordinados, progresistas todos, que le aborrecían por ser carlista, le hicieron tan escaso favor en las declaraciones, y empeoraron tanto su situación, que a poco le mandan los jueces a presidio: en cambio, don José puso la verdad en alto con su declaración, buscó en el mismo centro donde trabajaba pruebas a favor del desgraciado, y sin otra influencia que la propia hombría de bien, le salvó de la infamia, y quizá de la muerte; así que, cuando don Tadeo Amezcua salió de la cárcel y el fiscal de la causa le dijo confidencialmente que don José había sido su ángel bueno, no halló en su corazón límites el agradecimiento. Repuesto luego en su destino, tras desempeñarlo cuatro meses por dar satisfacción al amor propio, hizo dimisión, imaginando que podía ser feliz con la fortunita que tenía y con amigos como el que tan noblemente le amparó.

Algún tiempo después de este pequeño drama burocrático sentimental, parió otra vez doña Manuela, y estando convaleciente, llegó de Madrid para don José uno de los pliegos oficiales que tanto trastorno le causaban: su traslado a Valladolid, con la orden ineludible de ir inmediatamente a tomar posesión del nuevo cargo. ¡Aquéllos fueron apuros! Estuvo a punto de enloquecer; pero su amigo Amezcua le sacó del trance. Hízose don Tadeo cargo del recién nacido, entregándoselo, después de apadrinarle, a una honrada mujer, esposa de un colono en tierras que por allá tenía; dio dinero a don José para el viaje, y cuando ya restablecida Manuela, les despidió al pie de la diligencia que había de conducirles a Castilla, les dijo en su lenguaje, algo anticuado y poco natural, pero realmente sincero:—«Marchen ustedes tranquilos. No me pesa la gratitud, pero quiero, para acabar de cimentar nuestro afecto, que ustedes me deban algo. Yo cuidaré del niño al igual que si fuera mío, y cuando le asciendan a Vd. o salga Vd. de pobre, en fin, cuando convenga, yo mismo iré a llevarle donde ustedes estén: si es pequeño, irá bien criado; y si es mayorcito, educado como Dios manda; en lo físico, hecho fuerte mozo; en lo moral, hecho todo un hombre.»

Triste era la separación, pero la necesidad fue ley. Partiéronse a Valladolid marido y mujer, durándoles bastante tiempo la amargura de no llevarse al chiquitín con sus hermanos; pero a los cuatro meses se consolaron algo, porque doña Manuela volvió a declarar que estaba en cinta. El cambio de aires debió tener la culpa. Antes del año, don José era padre de otra criatura.

Aparte tan raro modo de tener que confiar un hijo a manos extrañas, y exceptuada la fecundidad de Manuela, la existencia de don José no fue tal que pudiera tejerse con ella una novela.

En cuantas ciudades estuvo, el trabajo consumió sus días, sus noches el café y sus ocios la lectura de periódicos, a que era muy aficionado, prefiriendo los progresistas: a la casa, quizá por no considerarla nunca segura, la tuvo siempre poco o ningún apego. A cada traslado hacía almoneda, y así pudo referir cuando viejo que en tantos o cuantos años de servicio había dormido en cuarenta y dos camas, pasado por veintiuna oficinas y obedecido a más de treinta jefes, ninguno de los cuales pudo quejarse de él. Don José había nacido para empleado; su escasa inteligencia no le permitía el lujo de tener ideas propias, y además carecía de carácter e iniciativa para exponerse a ser mártir por meterse a reformar rutinas. Sus impresiones, por lo general poco intensas, le mantenían igualmente alejado del entusiasmo y la apatía: su gran virtud era amar el trabajo con esa honrada tenacidad de las medianías que alcanza el envidiable nombre de constancia. Algo había, sin embargo, que le sacaba de quicio: el carlismo. Para hablar contra el tigre del Maestrazgo, poner a don Luis Fernández de Córdova por cima de Zumalacárregui y por las nubes a Espartero, se le animaban los ojos, su lengua cobraba fuerza, sus palabras color, y hacía prodigios con la memoria. Sabía pormenores de cuantas batallas, combates, encuentros y marchas hicieron ambos ejércitos desde las primeras intentonas de don Carlos María Isidro hasta el abrazo de Vergara; así que, por los meses en que da comienzo la acción de este relato, seguía con interés grandísimo el segundo importante alzamiento de los absolutistas, a quienes llamaba siempre facciosos, porque esta palabra le parecía envolver algo ofensivo. Como no salía de casa, su principal afán era que le compraran periódicos, suplementos, hojas volantes o extraordinarios, que por aquel año de 1872 se publicaban en prodigioso número, y cuantos amigos iban a verle sabían que su conversación favorita era el curso de la guerra, cuyas noticias él comentaba con recuerdos de la campaña del 33 al 40, y de los movimientos militares de entonces, que ahora, en concepto suyo, debían repetirse. Pero lo que realmente impresionaba escuchándole era que, al tratar de los curas que mandaban partidas, hablaba de ellos igual que de los otros cabecillas, haciendo abstracción completa de su carácter sacerdotal, sin que a pesar de su odio al carlismo aprovechase la ocasión de condenar la conducta de los clérigos que tal hacían. Limitábase a juzgarles en cuanto jefes militares de mayor o menor importancia, pero sin atreverse a descargar su indignación sobre ellos porque, siendo ministros de paz, salieran al campo a matar prójimos. Algunas veces, por frases que se le escapaban, daba a entender que no quería bien al clero, mas nunca salían de sus labios improperios ni frases agresivas; y si alguien las pronunciaba en su presencia, no sólo se abstenía de hacerle coro, sino que procuraba torcer el giro de la conversación. Las personas de su intimidad, sabedoras del fundamento que esto tenía, eran parcas en adjetivos duros al hablar de los curas malos, y en cambio no perdonaban ocasión de elogiar a cualquier capellán que se distinguiera por cosa buena, sin que con esto lograran tampoco que don José dijese de un modo claro su parecer sobre la gente de sotana. Respecto a condiciones morales, era lo que el vulgo llama un bendito. Su fidelidad a Manuela, aun en la época de su juventud, rayó en lo increíble, y con los hijos se caía de puro bueno. Uno de sus mayores placeres consistía en que Leocadia le leyera los periódicos, cuyas noticias de la guerra comentaba, como hablando consigo mismo, mientras liaba los pitillos que había de fumar al día siguiente. En estos momentos desplegaba tesoros de erudición, refiriendo muchas anécdotas de Olózaga, O'Donnell, González Brabo, Sixto Cámara, Calvo Asensio y Fernández de los Ríos. Otro de sus motivos favoritos de conversación era explicar la causa de la tirria que tenía a los Borbones, citando continuamente como uno de los libros que más le entusiasmaban, un folleto publicado a raíz de la Revolución del 68, en cuyas páginas figuraba la estadística de las víctimas que aquella dinastía costó a España desde que Felipe V entró a reinar. Muchas veces decía: «¡Qué lenguaje el de los números! Desde 1672, cuando aún vivía Carlos II, hasta 1868, el año en que hubo más ajusticiados por delitos políticos fue el 66.»

En 1872 don José era ya revolucionario empedernido, y su ídolo don Juan Prim. «¡Si él viviera—repetía con frecuencia—no tendríamos guerra civil!»

Cuando estuvo arrellanado en el sillón, pidió La Correspondencia.

—Déjate ahora de papelotes, papá; Pepe y Millán traerán noticias.

—Bueno, hija, bueno; pero al menos léeme los partes tomados de la Gaceta, aunque esa no dice nunca la verdad.

Leocadia cogió el periódico y, aproximándose a la luz, leyó así:

«Ministerio de la Guerra.—Extracto de los despachos telegráficos recibidos en este Ministerio hasta la madrugada de hoy:

»Cataluña.—El Brigadier Arando sostuvo anteayer una acción con todas las facciones reunidas de la provincia de Gerona, a las que batió, causándoles bastantes bajas. El Teniente coronel Pina atacó con su columna a las facciones reunidas de Cosco, Torres, Baltondra, Ferrer y Moliné, que, en número de 400 hombres, se hallaban en Olsana exigiendo la contribución. El enemigo abandonó el pueblo, dejando en poder de la tropa 13 prisioneros, entre ellos el citado Moliné y otros Oficiales, causándoles 11 muertos, figurando en este número el cabecilla Cosco, y apoderándose además de 24 fusiles rayados y otras armas y efectos de guerra.

»Provincias Vascongadas.—Perseguida por la columna Arana la partida de latro-facciosos capitaneada...

(Don José, interrumpiendo):—¡Eso es! ¿Latro, latro-facciosos!

Leocadia continuó:

».....capitaneada por Soroeta, retrocedió anoche desde Goizueta a unos caseríos del monte Oyarzun. En la provincia de Vizcaya, según las últimas noticias, no quedan más que los dispersos de la partida Maidagan. En el resto de la Península no ocurre novedad extraordinaria.»

De pronto sonaron en la puerta de la casa dos aldabonazos.

—Ahí está tu hermano; baja, hija, baja.

Leocadia cogió la llave de encima del aparador, y salió sin precipitarse. Oyose a poco en la escalera ruido de pasos sofocados por risas, y entraron con Leocadia en la habitación dos hombres jóvenes, pero de tipo distinto. Pepe era en varón lo que su hermana Leocadia en mujer; un madrileño de pura raza, pálido, de mirada inteligente, mediana estatura, palabra fácil y movimientos rápidos: el otro era su amigo Millán, que hacía el amor a Leocadia. Pepe vestía como señorito pobre: Millán como trabajador a quien siendo limpio le falta tiempo para acicalarse. El primero, acercándose a su padre, le besó como pudiera hacerlo un niño; y el segundo, antes de saludar, dirigió una mirada a la puerta del pasillo por donde había vuelto a marcharse Leocadia con dos o tres paquetes que trajo su hermano.

—¿Lo ves, papá?—dijo Pepe.—Cuando vengo solo, tarda esa media hora en abrir; hoy, como sabía que éste venía conmigo, ha bajado la escalera a saltos.

Millán, interrumpiéndole, se aproximó a la mesa y comenzó a dar conversación a don José, por esquivar las bromas de su amigo:

—Sabrá Vd. que las partidas de Gerona se han disuelto... Lo grave es que por el Baztán han entrado dos jefes con cien hombres, y que unidos a otra partida, cerca de Estella, andan ya por las inmediaciones de Pamplona.

—La Gaceta no dice nada, al menos La Correspondencia no lo copia.

—Pero el Gobierno lo sabe, y en el Ministerio de la Guerra no se habla de otra cosa. El hermano de un cajista de casa está de escribiente en la Dirección de Infantería, y allí lo ha oído.

—Y por el Maestrazgo, ¿no hay nada?

—Todavía...

—Como no tengan mano de hierro, estamos perdidos.

—Eso no; la guerra podrá durar lo que la otra, pero a Madrid no vienen.

—La cena es la que viene ahora—dijo doña Manuela, entrando con una cazuela entre las manos.

En un papel de cigarrillo pudo haberse hecho el menú de aquella pobre gente: el clásico besugo, ensalada de lombarda, leche de almendra y los postres traídos por Pepe; no había más. La botella de Rueda estaba destinada a don José, que daría un par de copas a Millán. Los demás acordaron decir que el vino blanco les irritaba mucho. De allí a poco no quedó del besugo sino la raspa; de la ensalada, ni una hoja.

—Vaya a la salud de esas piernas—decía Millán, apurando un trago y mirando de reojo a Leocadia.

—¡No volverán a correr como corrieron!

—Todo vuelve, don José, todo; ya ve Vd., hasta los carlistas.

Doña Manuela, picada de no haber escuchado todavía un elogio para su guiso, comenzó a tronar contra la política.

—No sabéis hablar de otra cosa. Pues dejarles que vengan. Peores que estos que mandan ahora no serán.

—Calla, mujer. ¡Tú que sabes! Sería un horror. Vosotros—añadió el viejo, dirigiéndose a los muchachos—no tenéis idea de lo que hicieron la otra vez. Siete años duró; la gente no podía salir de las ciudades, fusilaban hasta niños y mujeres... Sería una vergüenza... ahora que el ejército está bien armado y mejor vestido. En la otra guerra se batieron con fusiles de pistón y hasta de chispa, y llevaban en invierno pantalones de hilo.

Leocadia se levantó para ir a buscar la leche de almendras, y volvió en seguida trayendo la sopera.

—Y todo eso en defensa de la religión—dijo Millán en tono de burla.

—La religión no tiene nada que ver en esto, hijos míos. Cuando se alzaron en armas contra Fernando VII, nadie había maltratado a la religión; durante la guerra, los batallones cristinos gastaban más tiempo en misas que en ranchos; los liberales eran casi más devotos que los absolutistas; nadie se había metido con la Iglesia; y luego, eso ya lo habéis alcanzado vosotros, lo de San Carlos de la Rápita tampoco tuvo que ver nada con la religión. No hay más sino que cuatro provincias quieren imponer la ley a toda España. ¡Si viviera don Juan! ¡Ese sí que era hombre! ¡Buena está la leche de almendras! En fin, ya hemos cenado. ¡Otra Noche Buena! ¡Quién sabe de aquí a la que viene!...

—La pasaremos juntos como esta—añadió Millán—quizá más unidos;—diciendo lo cual miró a Leocadia, que bajó los ojos, entre esquiva y pudorosa.

—Sobre todo, la pasaremos con Tirso—dijo doña Manuela.—Ya es tiempo de que vivamos juntos. Verle llegar ahora, va a ser como parir de pronto un hijo de treinta y cuatro años.

—¿Han vivido ustedes siempre separados?

—Casi toda la vida. Ya te hemos contado cómo fue lo de dejarle con don Tadeo. ¿Qué habíamos de hacer? Hemos corrido más provincias que tiene el mapa. Don Tadeo le tomó mucho cariño: ¡eso sí! No le hubiese tratado mejor aunque fuera hijo suyo. Lo único que me supo mal, fue lo de hacerle cura; pero no pude evitarlo. Si al menos fuera un cura como Muñoz Torrero o Venegas, o Martín Velasco...

—Calle Vd., por Dios, don José. ¿Curas liberales? ¡Son los peores!

Pepe, Leocadia y la madre callaban, sintiendo que se hablara de aquello, porque don José en tales casos acababa poniéndose de un humor de todos los diablos; pero Millán, que desde tiempo atrás tenía deseos de saber la historia del caso, fue poco a poco obligando al viejo a que la contara.

—Ese don Tadeo estaría entregado a gente de iglesia...

—Cabalito: era un sujeto buenísimo, pero de los que se comen los santos, y que hiló el negocio con gran finura. Tomó cariño a Tirso, eso es indudable. Creo yo que lo primero que se le ocurrió fue darle carrera, sin fijarse en cuál, hacerle hombre; luego sus ideas, sus relaciones... Cuando me trasladaron de Granada a Zamora, hizo el viaje con el chico sólo para que yo le viera; tenía ya doce años; aquello se lo agradecí mucho, porque únicamente le había visto en dos escapadas cortísimas que hicimos esa y yo desde Valladolid. Quisimos recoger al muchacho entonces, en Zamora, pero por un lado, ya comprenderás, las consideraciones a lo mucho que debíamos a don Tadeo... él insistió en que no se le quitáramos; decía que Tirso era tan bueno, que le había tomado tanto cariño... Además, la situación nuestra no era buena, es decir, nunca lo ha sido, jamás hemos podido ahorrar nada. Ahora, si no fuese por la jubilación, ignoro cómo viviríamos. En fin, para concluir, cuando don Tadeo nos escribió que Tirso quería ser cura, ya le había metido en el Seminario. ¿Qué íbamos a hacer? Aunque tuviera yo más energía que un león... pues: ¡aguantarme! ¡Cualquiera se arrisca a luchar con gente de iglesia!...

Al llegar aquí calló, temeroso de que se le fuera la lengua.

—¿Pero él tenía vocación?

Pepe, que hacía ya rato daba señales de impaciencia, no pudo aguantar más, y rompió diciendo entre burlón y enojado:

—¡Vocación! ¡Vocación! ¿Quién sabe lo que es eso? Podrá sentirla el hombre harto de vivir y pensar; pero un chico de diez y seis años, como era Tirso entonces, cuando entró en el Seminario, ¿qué entendería de consagrarse a Dios? ¡Fue una verdadera infamia, un engaño, un robo, un secuestro ad mayorem Dei gloriam!

—Sí—respondió Millán—como cuando se meten los jesuitas en familia donde hay niña con dinero, y al poco tiempo cátatela monjita.

—Exactamente lo mismo, chico. Pero es preciso ser justo. En este caso hubo una notable diferencia a favor de don Tadeo, que era un fanático exageradísimo, y sin embargo, un hombre muy bueno. Él debió indudablemente encargarse de mi hermano por pagar a papá el favor aquel de la causa que ya te hemos contado; luego sus ideas, sus amistades con gente de iglesia, la influencia que sobre él ejercían sus amigotes, su horror a que el muchacho aprendiera lo que se aprende en los libros contra esa pillería, el no querer enviarle, siendo su ahijado, a un centro de enseñanza donde los realistas de la provincia no querían enviar a sus hijos, todo esto contribuyó al pecado. No hubo en él, al principio, maldad de intención: don Tadeo creyó hacer una acción meritoria, casi una obra de caridad. No se fijó en que robaba un hijo a sus padres; su propósito fue poner una voluntad al servicia de Dios.

—Vamos, una calamidad hecha hombre.

Doña Manuela callaba porque, aun disgustándole la forma en que su hijo se expresaba, comprendía que no le faltaba razón: Leocadia, acostumbrada a escenas parecidas, casi no escuchaba, por tener todo aquello oído hasta la saciedad. Además, lo que absorbía su atención, por el momento, era andar lista para que Muían no la cogiese un pie entre los suyos debajo de la mesa, excesillo disculpado por el amor del novio y favorecido por la clásica camilla, con su largo refajo de bayeta verde que caía hasta tocar en el suelo. Don José estuvo haciendo con la cabeza signos de asentimiento mientras habló Pepe.

—Tienes razón en todo, hijo mío; don Tadeo quiso hacer un bien y nos fastidió. Porque, la verdad, quien es de la Iglesia, sólo es de ella. Hay días en que me parece que no tengo tal hijo.

Doña Manuela, sin ser devota, pues el echar criaturas al mundo no la dejó tiempo para ello, profesaba cierto respeto inexplicable e inconsciente a las cosas y personas sagradas: sobre todo, desde que su hijo mayor se hizo cura, comenzó a tener una como sombra de veneración indeterminada y vaga a la clase sacerdotal; así que, cuantas veces asistía a semejantes diálogos, pasaba un mal rato. Su falta de ilustración y su escaso sentimiento religioso, no podían prestarle armas para luchar; pero le dolía que siendo Tirso clérigo, y habiendo por el mundo tanta gente que les guarda consideración, su otro hijo les mirase con tan malos ojos.

—¿Qué edad tiene ahora?—preguntó Millán.

—Echa la cuenta: de los tres hijos que nos quedan, es el mayor; nació el año de 38, tiene ahora treinta y cuatro; luego va éste (por Pepe), que tiene veinticuatro, y esa (por Leocadia), que cumplirá pronto diez y nueve.

—Si hubieran vivido los otros, serían siete, y a todos los he criado yo—añadió con cierto orgullo la madre—menos a Tirso. Ahora, por vez primera, vamos a vivir juntos.

—¡Ojalá vivamos en paz!—dijo Pepe.

—¡Ave-María Purísima! ¡Qué cosas tiene este hermanito que Dios me ha dado!

—Lo digo en serio, y no me importa que lo sepáis. Tengo miedo a la venida de Tirso; la deseo y la temo.

Don José callaba tristemente; aquello no le agradaba; pero desde que se supo la próxima llegada a Madrid de su hijo mayor, tenía el alma combatida por los mismos presentimientos que agitaban a Pepe, y escuchándole hablar, le parecía oírse a sí propio.

—Por nuestra parte—prosiguió Pepe—nadie ha de turbar esta armonía. Aquí, lo has visto desde que nos conoces, Millán, mis padres viven para ésta y para mí; nosotros para ellos. Estos muebles, que tienen más años que yo, no han oído nunca una disputa ni la menor falta de respeto. Leocadia y yo tratamos a los viejecitos con más mimo que chico a juguete nuevo. ¿Sabes por qué? Porque no nos hemos separado nunca, ni nos hemos acostado una sola noche sin besarnos, ni ha tenido uno dolor que no lo sea de los demás, ni ha callado ninguno una alegría, ni ha comido nadie un bollo sin guardar a los otros, ni se ha hecho un traje sin pensar cuánta ropa tenía cada uno; en una palabra, chico, nuestras ideas, en mí por convicción, en mis padres y en ésta por bondad, lo han supeditado todo al cariño, atesorándolo día por día y hora por hora, sin mezcla de egoísmo, sin compartirlo con nadie... (A don José se le humedecían los ojos de gusto.) Y ahora vendrá Tirso, educado lejos de nosotros, hecho un hombre... y le recibiremos con los brazos abiertos. Por mi parte, estoy deseando que llegue: a más cuidados tocará papá cuantos más seamos en casa. Pero... ¡sabe Dios!

—No hay pero que valga; parece que se te queda algo dentro del cuerpo; pues es tan hermano tuyo como ésta, que yo misma os he parido a todos.

—No entiendes lo que he querido decir, mamá. Para nosotros todas las dichas de la tierra están dentro de estas paredes; podemos, o procuramos dárnoslas unos a otros. Cuando venga Tirso le oirás hablar de distinto modo, y verás cómo hay en él alguna aspiración, alguna idea que sobrepuja al cariño que nos tenga.

—Vaya, ¡ya pareció aquello! las ideas de ahora; calla, hijo, calla.

—Al tiempo, madre, al tiempo.

Habían concluido de cenar. Los ruidos de la calle inmediata iban cesando poco a poco; percibíase más claro el lejano campaneo de alguna iglesia, que anunciaba la Misa del Gallo; los chicos de las latas de petróleo seguían pasando de rato en rato por la calle Imperial, y de los otros pisos de la casa subían, a intervalos desiguales, cantares, villancicos, carcajadas, gritos y algún maullido de gato que estaba toda la noche oliendo besugo sin comerlo.

—Quitaremos la mesa—dijo doña Manuela, y comenzó por guardar para don José lo poco que quedara de la perada y del turrón.

—¿Quiere Vd. que le acostemos entre ese y yo?—preguntó Millán al enfermo.—Van a dar las doce; en vilo le llevaremos a Vd. a la cama.

Como antes hicieron doña Manuela y Leocadia, Pepe y Millán fueron empujando la butaca desde el comedor al gabinete en cuya alcoba dormía don José; Leocadia se quedó doblando el mantel y las servilletas. Un momento después, don José se despedía desde dentro diciendo a Millán, que había vuelto a salir al comedor:

—Si hay noticias, ven mañana, ¿eh? y tráeme algún periódico, que es la única distracción que tengo.

—Descuide Vd., no faltaré. Adiós, doña Manuela; que pasen ustedes buenas noches, y de hoy en un año. Adiós, Leo. ¿Quién hace el favor de bajar a abrirme?

La muchacha, que dormitaba en la cocina, acompañó a Millán. Cuando subió de abrirle la puerta de la calle, estaban los dos hermanos sentados en el comedor junto a doña Manuela.

—Esperemos a que papá se duerma—decía Leocadia—no sea que nos oiga.

Dejaron pasar un rato; Leocadia destrenzó mientras tanto el escaso pelo a su madre, recogiéndoselo con un par de horquillas, y luego hizo lo mismo con sus largos rizos castaños. Pepe encendió un pitillo y examinó la lámpara, como quien ha de utilizarla hasta tarde, para que luego no faltara petróleo.

—Mucho escribes, hermano.

—Yo, cuando quiero a alguien, no soy como tú, que apenas haces caso de Millán. Pues mira: sus intenciones no pueden ser más claras. Esta noche he dicho yo eso de que bajabas pronto a abrirme cuando imaginabas que él venía; pero, en fin, allá tú. A mí me parece que no estás muy expresiva con él.

—¡Tiene gracia! ¿Quieres que me le coma con la vista? ¡Ni que fuera una estampa!

—No vayas a pensar que quiero meterte el novio por los ojos. Lo que te digo es que, aunque vivieras cien años, no encontrarías uno mejor.

—¿Es príncipe?

—Sí; como tú princesa.

—Pues hijo, tú bien haces el amor a una señorita de coche.

En esto se asomó al gabinete doña Manuela.

—Hijos, ya está medio dormido: vamos a hablar pronto cuatro palabras, que estoy rendida y quiero también acostarme.

—Pues mira, mamá, lo que hay que hablar es poco; pero no queda más medio que decidir algo. La botica se lleva un dineral; es necesario gastar menos en todo lo demás. Yo voy a hacer un trabajo para don Luis, que de fijo me pagará bien; pero con lo que esto produzca no hay que contar hasta el mes que viene.

—Bueno; lo primero es despedir a la chica: aunque no son más que treinta reales, algo es algo. Mañana llevará ésta a empeñar la colcha de Filipinas y los candeleritos de plata.

—Lo que debíamos hacer es suprimir parte del gasto diario—dijo Leo.—Que no traigan carne más que para papá, y con decirle que coma en su cuarto para moverse menos, luego nosotros nos venimos al comedor, y así no se entera.

—Yo, con tres cajetillas a la semana tengo bastante. Además, don Luis me da algunos puros y los guardaré para picarlos. ¿Os han dicho algo de la tienda?

—Si—repuso Leocadia—por cada docena de pañuelos pagan, según el dibujo, de veinticuatro a treinta y seis reales, y tengo yo que poner lo que haga falta.

—En resumen—dijo Pepe haciendo números con un lápiz al margen de La Correspondencia, y murmurando entre dientes las cifras del cálculo—tenemos veintisiete duros de la paga de papá, con diez y ocho de mi sueldo, son cuarenta y cinco, y unos ocho o diez que le den a ésta por los bordados... de cincuenta y tres a cincuenta y cuatro duros al mes: quitando los veinte, lo menos, que hay que dar a la lonja por los plazos, y el pico que falta del sastre, quedarán unos treinta y cuatro duros... pongamos a duro diario para el gasto de la casa... la botica es la que nos pierde.

—Pues hijo, de algún lado hay que sacarlo; ni un cuarto se malgasta... ¿Qué haríamos?

—Ahora, acostarnos; cada cual a su cama. Dejadme a mí: creo que don Luis nos ha de sacar de apuros. Al menos yo he de hacerle un favor que... en fin, ¿quién sabe? Adiós mamá; y tú, fea, cara de mona, hasta mañana.—Y dando un beso a cada una, las echó suavemente del comedor. Cogió luego la candileja que había en la cocina, fue con ella a su cuarto, volvió trayendo sobre un cartapacio grande tintero, plumas, papeles, sobres y tres o cuatro libros, y colocándose lo mejor que pudo, se sentó ante la camilla.

Hasta cerca de la madrugada estuvo tomando apuntes de varios libros, escribiendo en las cuartillas párrafos muy cortitos, como extractos, cifras seguidas de referencias y citas. Aquello parecía trabajo preparado para que lo aprovechara otro. Cuando en el reloj cercano sonaron las tres, el pobre muchacho tenía ya la cabeza pesada, la vista insegura, y su hermoso busto, inclinado aún hacia la mesa, aparecía envuelto en una nube de humo que habían dejado en la atmósfera del cuarto los pitillos consumidos, cuya ceniza, movida por la respiración, revoloteaba sobre las hojas de los libros. Todavía continuó llenando cuartillas un rato, hasta que, yertos los pies y ardorosa la frente, recogió los papeles y los guardó en uno de los volúmenes. En seguida sacó un plieguecillo para una carta, y quedándose un instante como ensimismado, pensó: «La escribiré, por si no nos vemos mañana.» Luego, al buscar los sobres, como hubiese entre ellos uno mayor y más pesado, lo abrió, sacando de él dos o tres cartas y un retrato de mujer, el de la señorita de coche que mentó Leocadia, y contemplándolo un momento, murmuró: «¡Qué bonita es!» En seguida, sin que ningún ruido le distrajese, entregado con alma y vida a sus ideas, tomó el plieguecillo y comenzó a escribir:

«Adorada Paz:...»

II

Pepe y Millán se conocieron en 1862, cuando a los catorce o quince años cursaban en el Instituto del Noviciado primero de latín.

Eran ambos entonces de escaso desarrollo físico, pero inteligentes, guapos, listos sin exceso de picardía, y avisados sin sobra de malicia. En su organismo endeble de madrileños criados en casas pobres, prevalecía su entendimiento de niños educados junto a personas mayores que, sin velar nada, hablan de todo libremente. Pepe era delgado, alto, larguirucho, con el pelo rubio, rizoso y arremolinado, que dicen ser indicación de genio vivo. El mirar penetrante de sus ojos parecía, al fijarse en las cosas, querer arrancarlas la enseñanza que de ellas brota; nunca se le cansaba la boca de preguntas, ni los oídos de respuestas: en cambio, la impaciencia que demostraba para interrogar se le trocaba en calma para oír. Desde pequeño, una incredulidad instintiva le hizo regocijarse menos que otros chicos con los cuentos de brujas, y siendo mayorcito, siempre tuvo en los labios el ¿cómo? y el ¿por qué? A semejanza de los niños que rompen los juguetes para ver lo que tienen dentro, él, obedeciendo quizá a una predisposición poco vulgar, pretendía que se le diese explicación de todo; así que, para negarle lo que pedía, era preciso, al menos, simular un razonamiento, convencerle, con lo cual quedaba tranquilo y obediente. Su precocidad no era la que consiste en el temprano desarrollo de algunas facultades, sino en cierta serenidad de juicio que, dominando sobre las impresiones, le impulsaba a rechazar lo que su entendimiento no alcanzaba. Había que explicárselo todo, y la señal de que lo comprendía era una docilidad encantadora. Jamás consiguió una criada divertirle con gigantes de los que tragan carne cruda, hazañas de ladrones ni aventuras maravillosas de princesas encantadas; pero si escuchaba a sus padres sucesos reales, casos vívidos, algo en que hubiera verdad, entonces, con los ojitos muy abiertos, como perrillo a quien enseñan golosina, se estaba quieto, esperando que la relación terminara, para hacer luego preguntas y más preguntas acerca de lo que no podía entender. Con una sonrisa muy burlona rechazaba lo que repugnaba a sus ideas aniñadas, y a veces, las frases que se le ocurrían, si no por el propósito, tenían por la entonación algo de sátira.

Millán era más inocentón, más chico; había menos dificultad para engañarle, y era también de mayor robustez y dado a juegos más arriscados. La savia de la vida, que el primero tenía como reconcentrada en el cerebro, había tomado en el segundo forma de energía física. Uno era de la estirpe de los que piensan, otro de la raza de los que obedecen. Viéndoles jugar juntos, resultaba Pepe voluntarioso, porque Millán parecía plegarse a sus caprichos; pero, a poco que se les observase, era fácil notar que la pasividad de éste no era sino el reconocimiento implícito e instintivo de la superioridad de aquél. Además, Millán tenía buenísima índole y, como complaciéndose en ello, dejaba ver que, si en cosas de fuerza estaba la ventaja de su parte, en todo lo restante era de Pepe la primacía. En hacer espadas de palo, cortar tablas, correr al marro, saltar al paso, trepar por rejas y encaramarse a tapias, no hallaba Millán competidor: para lograr premios, disculpar travesuras y evitar regaños, tenía Pepe especial ingenio. Sabía esperar para pedir a tiempo, dejar pasar los primeros instantes de un enfado, no irritar el disgusto con respuestas y evocar, en ocasión propicia, el recuerdo de lo ofrecido.

Los comienzos de su amistad fueron una especie de pacto contra el latín y contra aquel modo de enseñar la lengua del Lacio que hacía aborrecibles a Virgilio y a Cicerón. Formaron una sociedad de socorros mutuos para apuntarse la lección, ahorrarse trabajo al traducir, buscando juntos los significados en el diccionario y responder, al pasar lista, uno por otro: hasta llegaron a reunir en común la colección de sellos de franqueo que por entonces hacía todo chiquillo madrileño. Al principio sólo se veían en el aula o en el claustro del Instituto, que tiene entrada por la calle de los Reyes; luego se encontraron en el camino al venir de sus casas, y lo anduvieron juntos, esperándose recíprocamente en la plaza de Santo Domingo, donde llegaban casi a la misma hora. Millán vivía en la plazuela del Biombo; Pepe en la calle de Botoneras: aquél venía por la Costanilla de los Ángeles; éste por la calle de las Veneras, y después seguían juntos hasta el Noviciado, haciendo escala en cuantos escaparates hubiera algo que les llamara la atención. Las mañanas de invierno compraban buñuelos, las tardes de verano chufas, y en todo tiempo alfeñique, mojama, garrofa o caramelos de a ochavo; pero su verdadera delicia consistía en repartirse una cajetilla de pitillos, sin que jamás llegasen a reñir sobre quién gastaba un cuarto más o menos. Durante el primer curso conservaron el aspecto algo encogido de chicos criados entre faldas y limpios de lenguaje, no hechos a la libertad de andar solos por la calle; mas al poco tiempo fueron abriendo oídos a la malicia y teniendo la lengua pronta para la desvergüenza: entróseles la picardía al pensamiento como ciencia infusa, aprendieron a decir palabrotas, pegóseles algo de ese impudor que se recoge al paso, y aumentaron su vocabulario con frases soeces y giros achulados, cuyo sentido acaso no entendían, repitiendo tales cosas por imaginar que hablando gordo harían viso de hombres bragados. No por esto se malearon, y aquellas obscenidades y ternos que empleaban entre sí, pero que ante nadie repetían, fueron como un cieno que, si les ensució la boca, no les llegó a manchar el alma.

Una mañana que faltó a su clase un catedrático, se marcharon con otros chicos a jugar a la Era del Mico, y esta escapatoria fue para ellos una revelación. De entonces en adelante, cuando calculaban que podían preguntarles la lección, iban a clase; pero los más de los días, luego de pasada lista, se escurrían, o pinchándose las encías y manchándose el pañuelo, fingían echar sangre por las narices para que les dejaran salir, renegando de la declinación y el hipérbaton latino como de las mayores infamias que inventaron hombres. De esta época data en la historia de su vida la larga serie de correrías que hicieron por Madrid, evitando siempre ir por calles céntricas donde pudieran hallarse de manos a boca con quien diera en sus casas noticia del encuentro. Así llegaron a conocer palmo a palmo cuantos paseos, carreteras y cuestas rodean a la Corte, yéndose a pies que queréis por esas rondas, como hidalgos de leyenda que marchan a ver tierras, y por entonces debió ser cuando en casa de Millán el padre de éste, y en la de Pepe su madre, notaron que los chicos rompían zapatos como si lo hicieran a porfía. El famoso Marco Polo en lo antiguo, y Livingstone o Stanley en estos tiempos, fueron junto a ellos exploradores de poco más o menos. ¿Qué mayor expedición que ir desde el Noviciado a la Puerta de Hierro haciendo escala en el Puente Verde para llamar ¡todas! ¡todas! a las lavanderas del río? ¿Pues y el viaje a Moratalaz o Amaniel para ver hacer el ejercicio a la tropa? ¿Y el ir a extasiarse ante los puestos de San Isidro, en vísperas de romería, o marcharse en invierno a ver si se había helado el Canal del Lozoya? Lo que nunca se les ocurrió fue tomar partido en pedrea de las Peñuelas, ver ajusticiado en el Campo de Guardias ni tratar con los barquilleros que, al juego de la cinta, robaban dinero a los provincianos en la Montaña del Príncipe Pío. En cambio, les divertía mucho ver en Palacio la parada o estarse en Santa Cruz oyendo a los charlatanes perorar desde el pescante de un simón vendiendo grasa de león para quitar manchas o diciendo que tenían polvos para matar los insetos solitarios del estómago, que es el intestino donde se mete la comida. ¿Y el caudal de conocimientos que adquirieron? Por algún tiempo se aficionaron a la mecánica, y todos los días iban a ver desde un desmonte poner placas giratorias en las cercanías de la estación del Norte; otra temporada se dieron a la construcción, entreteniéndose en ver levantar piedras en edificios nuevos; después mostraron afición a la industria, contemplando en los balcones de la calle del Peñón las tripas de las mondonguerías, y hasta hicieron observaciones de carácter fabril en la Ronda de Toledo con las tiras de fósforos de cartón puestos a secar al sol. No quedó rincón madrileño que no vieran, desde el Campo de Guardias hasta la Pradera del Canal, y desde la Fuente de la Teja hasta las Ventas del Espíritu Santo, ni encrucijada por donde no pasaran, siendo uno de sus placeres favoritos examinar los lugares del Madrid antiguo descritos en novelas de capa y espada a cuarto la entrega, en las cuales aprendieron a retazos y malamente episodios que les hacían mirar ciertos sitios con un respeto entre ridículo y poético, dando como seguro que Felipe II presenció el asesinato de Escobedo desde un portal de la calle de la Almudena, y comentando, como si hubieran asistido a ellas, la muerte de Villamediana junto a San Ginés o aquella aventura en que Quevedo desafió a un hidalgo que había pegado un bofetón a una señora. ¡Qué diferencia había entre el entusiasmo con que iban adquiriendo aquella dislocada erudición de lances madrileños y el desprecio con que miraban las biografías latinas de Cornelio Nepote y los Trozos escogidos, que a ellos les parecían la pura esencia de lo inaguantable! A clase de Geografía y de Historia de España les gustaba ir; pero en las de Latín y Religión no les echaban la vista encima sino en días de lluvia, cuando no sabían dónde llevar el cuerpo. En Abril y Mayo apretaban, y a primeros de Junio volvían a casa examinados, ovantes, con buena nota y con el susto fuera del cuerpo. De esta suerte, paseando mucho y estudiando algo, pero asimilándose su inteligencia fácilmente lo que aprendían, llegaron a ser un término medio entre el estudiante sorbedor de textos, que suele al fin no servir para nada, y el pigre holgazán, que degenera en pillastre.

Hacia 1868 se graduaron de bachiller, siendo ya dos mocitos que echaban requiebros a las modistas, y poco después sus familias determinaron darles carrera. Ambos padres decidieron que estudiaran leyes. En don José, que era un español a la antigua y para quien no había profesión seria sino refrendada por un título académico, influyó mucho el recuerdo de la respetabilidad que a sus ojos tuvieron los oidores y magistrados de chancillerías y audiencias mientras él andaba de provincia en provincia como humilde empleado. No se le ocultó que había de costarle muchos sacrificios, pero cedió a la tentación de ver a su hijo hecho personaje de toga con vuelillos. Para él la abogacía era lo de menos: al decir abogado, no concebía al chico defendiendo pleitos sino administrando justicia. Millán siguió el ejemplo de Pepe, porque estimaba bueno cuanto éste hacía.

La vida de verdaderos estudiantes les duró poco. Ambos tuvieron que abandonar la carrera apenas empezada. El infortunio se cebó en sus hogares de modo parecido, y aquella amistad de niños, fundada en juegos y paseos, fue lazo que vino a estrechar la desgracia.

El padre de Millán tenía en los barrios bajos una modesta imprenta donde, por hacer favor a un amigo, tiró varios números de cierto periódico clandestino. Una noche le sorprendió la policía, y cerrando la imprenta se llevó al dueño al Saladero, donde permaneció, gastándose los ahorros en un cuarto de pago, hasta que el 29 de Setiembre las turbas le sacaron poco menos que en triunfo con otros presos políticos. Lo que no pudo devolverle la justicia popular, enérgica pero tardía, fue el dinero prodigado a carceleros y guardianes para que no le molestaran, y al escribano para que activara la causa, ni tampoco la parroquia perdida con la clausura de la imprenta. Cuando el pobre hombre salió de la cárcel, consumida su fortuna, tuvo que resignarse a ser oficial de cajista. A sus años el golpe era demasiado duro, y una afección crónica que tenía en los ojos se le agravó tanto, que le fue imposible continuar trabajando. Millán no dudó un instante respecto a la determinación que debía seguir:«—Padre—dijo—como me he criado en la imprenta, conozco el oficio y todo lo que en él se hace. Búsqueme Vd. trabajo, que con mi jornal habrá para los dos, al menos para Vd., que yo necesito poco.» Los libros de Derecho, apenas manejados, cedieron el puesto a las cuartillas de original: Millán entró de corrector de pruebas en uno de los primeros establecimientos tipográficos de Madrid, cuyo principal al poco tiempo le encomendó gran parte de la dirección de la imprenta: soñó con ser letrado y quedó reducido a la condición de obrero, en lo más noble que puede producir la inteligencia humana, pero obrero al fin, sujeto a un jornal que merma con la fiebre de un día y acaso falta en la ocasión en que es más necesario. Cuando tomó aquella resolución, dijo a Pepe, dándole cuenta de su situación:—«¡Cómo ha de ser! Vamos a seguir rumbo distinto: tú llegarás donde te lleve la suerte; en cuanto a mí... soy hombre al agua.» Pepe demostró a su amigo que la desgracia no era fuerza bastante a quebrantar la ley que le tenía. A veces iba por la tarde a hacerle compañía a la imprenta; al anochecer solía buscarle para pasear juntos, y si le encontraba en la calle, cuanto más derrotado y pobre de ropa le veía, mayor afecto le mostraba, cuidando de no darle ni aun aquellas bromas que, si antes le parecían lícitas, ahora se le antojaban ofensivas.

Dentro de aquel año les igualó la desgracia. La exigua cantidad de renta del Estado, en que don José tenía invertidas sus economías, quedó, con los préstamos que sobre ella tomó y por el retraso de los pagos, reducida casi a la nada; la jubilación sufrió considerable descuento, las modestas alhajas de doña Manuela presto aprendieron el camino del Monte, y hasta las ropas hubo que empeñar. En la casa de la calle de Botoneras penetró al fin la escasez, con su cortejo de tristezas, como antes había penetrado en la pobre imprenta de los barrios bajos; pero si Millán sabía un oficio, Pepe carecía de conocimiento alguno que pudiera serle útil contra el infortunio. Entonces se pensó en buscar para él una colocación o destino. Las cartas que escribió don José, las visitas que hizo hasta que se lo impidió su dolencia, las antesalas que cruzó, no son para contadas. Por fin, un antiguo amigo suyo metió al chico, con un empleo de 5.000 reales, en la Biblioteca del Senado. Pepe, como funcionario público, iba a ganar casi la mitad de lo que daban a Millán por regentar la imprenta.

Si cuando chicos no les maleó el exceso de libertad, de grandes no les doblegó la desgracia; ni tampoco intentaron, por salir de apuros, vadear malamente aquella torcida corriente de su vida que comenzaba a encresparse. Juntos nadaron a pecho abierto contra ella; y sin pensar que podían por malas artes vivir a lo perdido, o abandonar a sus familias, comenzaron a trabajar, Millán en la imprenta que le confiaron, y Pepe en su humilde empleo de la Biblioteca del Senado. Como éste tenía más horas libres que aquél, y se iba muchos ratos a hacerle compañía, Millán le rogaba con frecuencia que le ayudase, de donde se originó que, durante una larga temporada en que hubo prisas en la imprenta, Pepe se pasó noches enteras corrigiendo pruebas; lo cual su amigo le enseñó con pocas advertencias, y él perfeccionó en algunas semanas. Una alteración de personal que hubo por entonces en la imprenta, inspiró a Millán la idea de que aquel favor, que su amigo frecuentemente le hacía, sólo para ganar tiempo y anticipar la hora de salir juntos, podía redundar para Pepe en una ganancia, no grande, pero sí oportuna, dada la situación de su casa, donde la necesidad se iba entrando a banderas desplegadas desde que comenzó a agravársele a don José la enfermedad de las piernas. Ello fue que, al cabo de tres meses, estando un domingo de paseo, y solos, Millán le dijo:

—Tengo que proponerte una cosa. Creo que te conviene, pero no he podido resolver nada sin contar contigo.

—Habla, chico.

—Desde hace más de tres meses que arreció el trabajo, vienes casi todas las noches a buscarme, y para una vez que consigo acabar temprano y podemos ir un rato al café o a dar vueltas charlando por las calles, lo general es que tengas que quedarte allí conmigo corrigiendo galeradas. Al principio no sabías lo que te pescabas, lo que tú corregías tenía yo que volver a mirarlo. Hoy, la verdad, lo que para un cajista cualquiera ofrecía ciertas dificultades, lo has aprendido tú en seguida y bien. Por otra parte, me parece una primada que a lo mejor te pases allí horas enteras sin sacar nada en limpio... En fin, chico, ayer se ha marchado uno de los correctores, el que iba de noche... ¿quieres la plaza? Si se lo digo al amo, te la da. Tú le convendrías a él con pedirle dos reales menos que otro cualquiera, y a tí, como son pocas horas, de noche, y yo te taparé cuando faltes... vamos, que puedes ganar eso... si no te repugna... Díselo a tu padre.

—Y ¿por qué me ha de repugnar? ¿Qué tengo que decírselo a mi padre? Acepto desde ahora... y te lo agradezco de veras. Puedes creerme: ya ves cómo estamos en casa.

—Siempre serán diez y ocho o veinte reales más al día.

No era posible aumentar la amistad que les unía; pero este rasgo contribuyó mucho a afianzarla y, además, hizo que fuera su trato más frecuente, por la índole del trabajo que les ocupaba. Así, los que de muchachos comenzaron juntos a corretear por las calles y pisar las aulas del Instituto; los que juntos pensaron seguir una carrera de las reservadas a gente, si no poderosa, al menos acomodada, juntos también, forzados a renunciar a ella, emprendieron la pendiente áspera, y a veces sin fin, que suben en la vida los que se mantienen por sus manos. Menudearon con esto las idas de Millán a casa de Pepe, y aquél, que cuando chico no paró ojos en la hermana de su amigo, fue luego encariñándose con ella hasta que, insensiblemente, como a veces quiere el amor que sean estas cosas, se fijó en lo bonita que era, consideró las pocas exigencias que había de tener mujer tan hecha a batallar con la necesidad, y pensó que le convenía para propia. Como esta idea fue resultado de mucho mirar a Leocadia, hablar con ella y observarla, buscando ocasiones en que estudiarla el genio, lo notaron los padres y el mismo Pepe; de suerte que casi antes de que Millán demostrara su amor con atenciones y cuidados, ya ellos lo habían sorprendido sin enojo en sus impaciencias y miradas. Leocadia empezó a recibir las pruebas del afecto de Millán con el agrado natural que tiene la mujer para acoger las primeras palabras dulces que escucha; contenta, satisfecha, casi agradecida, mas sin que el querer produjera en ella impresión tan honda como la que estaba haciendo en Millán. Éste, si no se sentía aún verdaderamente enamorado, estaba en camino: a ella, más que el novio mismo, le gustaba la sensación moral, nunca experimentada, de saber que había un hombre que gozaba mirándola. Sus corazones no estaban, sin embargo, verdaderamente unidos. A veces, cuando sentados todos, de noche, en torno de la camilla, leían periódicos o jugaban al tute por distraer a don José, Millán, espiando a Leocadia con el rabillo del ojo, creía descubrir en su fisonomía de madrileña vivaracha un gesto indefinible, un nublarse repentino de las pupilas, una ligera sombra de tristeza, en medio de la risa, que delataban incompletamente cierto afán de aspiraciones vagas o impulsos latentes de ambición mal entendida. Doña Manuela y don José dieron a los chicos por novios apenas hubo indicio para ello: Pepe, más listo, adivinó que Millán quería a su hermana, pero que ella no estaba tan enamorada como él.

III

En su primera época de estudiante, casi niño, no fue Pepe de esos muchachos que se sientan lo más cerca posible del maestro, aprendiendo de memoria, como loros, cuanto se les manda, antes por obediencia y aplicación irreflexiva que por verdadero amor a estudios que aún no entienden; pero tenía inteligencia sobrada para comprender que había de llegar un día en que de todas aquellas asignaturas y materias, que juntas querían meterle por fuerza de golpe en la cabeza, tendría que fijarse en alguna, decidirse y estudiarla, confiando a la perseverancia en el trabajo su porvenir y el amparo de los suyos. Durante esos años, en que el hombre ignora la realidad de sus tendencias y la índole de aquello a que debe dedicarse, él, entre dudas y vacilaciones, pugnaba por determinar lo que sería, como si a todos permitiera la fortuna marcar el rumbo de su vida. Por fin, la afición a la historia y el interés que, apenas comenzó a hombrear, mostró para seguir en conversaciones o lecturas la marcha de los sucesos políticos—tan agitados en aquel tiempo—le hicieron inclinarse a la abogacía, carrera en que la antigüedad de los pueblos, la política, el derecho y las letras, aparecían a sus ojos formando, no un camino más o menos ancho, sino un conjunto de senderos que podían llevarle a suertes prósperas y varias. Su existencia tenía un fin doble, y así lo comprendía él: ser obrero de su propia fortuna y sostén de sus padres. Pero estas ideas no despertaban en su ánimo temor de lucha ni necesidad de abnegación. Llegar a ser algo, le parecía cosa natural. ¿No llegaban otros? Propósito de desinterés en aras de su familia, nunca lo hizo su pensamiento. Se dijo sencilla y espontáneamente que era necesario en su casa, que allí quien debía trabajar era él, sin imaginar jamás que sus más penosos esfuerzos por lograrlo pudieran llamarse abnegación o sacrificio, ni siquiera deber: lo haría porque sí, porque era el hermano mayor, el único hombre de la casa. En sus cálculos no entraba Tirso para nada. Si no, ¿quién lo haría?

El cambio que la desgracia ocasionó en la vida material de Pepe, fue en un principio apenas sensible: al pronto, todo se redujo a que los pocos libros de texto que había comprado anduviesen rodando de la mesa del comedor a la de su cuarto, hasta que él los guardó por no verlos. Aparentemente, con ocultar aquellos libros se borró en la familia la idea de que Pepe había tenido que renunciar a la carrera: doña Manuela, que era buena, pero poco avisada, sintió cierta amargura; la resolución de su hijo la entristeció, por ser señal inequívoca de grandes privaciones:—«El pobre ha tenido que dejar los estudios»—decía, sin poder profundizar todo lo que en esta frase iba envuelto. A Leocadia le mortificó el suceso más que a su madre, pero de otro modo. Mientras Pepe se limitó a trocar la clase por el destino del Senado, decía:—«A mi hermano le han empleado»—y en el tono con que lo pronunciaba descubría algo de amor propio satisfecho. El verdadero disgusto lo tuvo cuando, a consecuencia de la proposición de Millán, entró Pepe de corrector en la imprenta: aquello de que su hermano ganara un jornal la impresionó amargamente, en parte por lo que significaba tal determinación, y más aún por vanidad herida. Su gran temor era que Pepe llegara a ponerse blusa para trabajar, como si en este detalle fuese envuelta toda la ruina de la casa. Transigía con la pobreza, con la miseria, con todo; pero a lo vergonzante, no enterando al prójimo de humillaciones que no le importaban. La mayor pesadumbre fue para don José. Los tres años de Derecho que cursó Pepe, le habían acostumbrado a pensar en su educación como en un esfuerzo costosísimo, mas para él lleno de encantos. El humilde empleado que pasó la vida a salto de mata, de oficina en oficina, de centro en centro, sin apoyo ni valimiento, había logrado adquirir tales hábitos de orden y economía, que iba a serle posible dar carrera a este hijo, y dársela a su gusto, no como se la dieron al otro. El pobre viejo no alcanzaba por qué medio sería ello; pero con los ojos de la imaginación veía al chico ya vestida la toga de vuelillos blancos, con el birrete puesto, la placa en el pecho y sentado en un sillón de alto respaldo, escuchando informes de abogados que, al dirigirse a él, hablarían con profundísimo respeto... y, de repente, vinieron el descuento, las pérdidas, los atrasos, la jubilación, reduciéndose el futuro juez a empleadillo colocado por el favor de un amigo, y a merced de quien tuviese influjo para quitarle cualquier día la plaza en provecho de otro. La resolución adoptada por Pepe de ir a trabajar con Millán, hirió dolorosamente el ánimo de don José: pero hubiera sido difícil precisar qué impresión le hizo más mella, si el dolor de ver a su hijo llevado a tal extremo, o el orgullo de considerarle tan fuerte ante la adversidad. Las lágrimas de ternura se secaron pronto en sus ojos: el engreimiento no se le borró del alma.

El más duro para resistir a la desgracia, fue quien más perdía con ella: el mismo Pepe, que, así como no dio importancia al sacrificio, no se entregó tampoco a esa resignación callada y triste, cuyo silencio sofoca el dolor sin mitigarlo. Su carácter varió algo, sin que él se diera cuenta, mas no llegó a sufrir una verdadera trasformación. Las fibras de su corazón eran tales, que no podían bastardearse al ser azotadas por la desgracia, como no hubieran cambiado tampoco acariciadas por la fortuna. Aquella incredulidad burlona con que siempre acogió cuanto no podía aclarar razonándolo, se acentuó y se hizo más amarga; su gracia para zaherir cobró acritud, sus chistes tomaron tono de quejas dichas en broma; pero la propensión cómica quedó dominando siempre en sus labios, pronta a ridiculizar cuanto sus ideas y aficiones le señalaban digno de vituperio. Los reveses no le arrancaron el entusiasmo por lo que amaba, ni exacerbaron su escepticismo; pero, al convencerse de que las condiciones de la vida habían variado por completo para él, adquirió una serenidad que, contrastando con los pocos años, daba a sus frases un dejo amargo y melancólico. Aun las sátiras más enérgicas parecían brotar tristemente de su boca.

Pasadas las primeras semanas de aquella existencia nueva, dividida entre la biblioteca del Senado, donde su trabajo consistía en dar libros a quien raza vez se los pedía, y las tareas de la imprenta, donde bajo la inspección de Millán iba siendo cada día más útil, comenzó a experimentar cierto reposo que él comprendía no ser definitivo, pero que le halagaba por verlo reflejado en la casa. Su vida de empleadillo y jornalero le producía un puñado de duros, con los cuales había para ir a la compra y casi con igual frecuencia a la botica. De la abogacía no se volvió a hablar: lo de seguir carrera fue un sueño, y, sin embargo, el haber tenido que renunciar a ella era la pesadumbre de toda la familia. Cada cual la sentía a su manera: doña Manuela no decía sino:—«¡Hijo mío, cuánto trabaja!» El padre no se recataba para confesar a voces aun delante de gentes:—«Estará en la imprenta.» Leocadia, sin disimular la repugnancia a lo que en su hermano había de obrero, hablaba del destino o el empleo, y cuando le veía volver a casa, instintivamente le miraba a las manos, temiendo que trajera en ellas alguna señal sucia de su honrosa labor. No lo podía evitar: tenía esa vanidad madrileña que pretende cubrir con perifollos de seda la falta de ropa blanca, y que prefiere el adorno de la sala al cuidado de la alcoba.

Pepe participó también, en cierto modo, de ese sentimiento que tiende a ocultar al prójimo la propia miseria. Hubo una persona a quien no tuvo el valor de confesar que trabajaba en la imprenta de Millán, y esa persona fue su novia, la señorita de coche, como la llamaba Leocadia. Pepe había dicho claramente a Paz la situación de su familia; que su padre era un antiguo y modesto funcionario de Hacienda; que él tuvo que abandonar la carrera por falta de recursos para seguirla, ateniéndose a un empleo concedido casi por caridad; pero no pasó adelante: nada dijo de la imprenta, del apoyo de Millán, de las galeradas, ni de sus tareas de jornalero. En un principio no fue completamente franco por aquella misma pícara vanidad de Leocadia, y después por falta de valor: aun conociendo a Paz como llegó a conocerla, tuvo miedo a decirla:—«El hombre a quien amas, tú, la señorita rica, mimada por la fortuna, va por las noches a ganarse un jornal que cobra los sábados como los herreros y los albañiles.» Imaginó que la perdería: era a sus ojos enteramente absurdo que Paz, después de saber esto, siguiera enamorada de él. La vida moderna le ofrecía a cada paso ejemplos de hijas de familias poderosas a quienes por un capricho amoroso había que casar con un mal periodista, con un abogadillo, con un cualquiera, aún de lo más pobre de la clase media; pero, ¿quién vio jamás en estos tiempos que una señorita hecha a pisar alfombras y ceñirse el talle con sedas, entregara la mano a un jornalero? Pepe calló, sin temor a que ella supiera toda la verdad, pero sin valor para decirla con sus propios labios. Al oírla exclamar con frecuencia entre apasionada y mimosa: «¡Pepe mío, cuánto te quiero!» le acometían impulsos de revelarla aquello que él ocultaba como una infamia; pero luego, contemplándola vestida con todos los primores del lujo, retiraba las manos o se las examinaba al descuido, temeroso, como su hermana, de hallar impresa en ellas la sucia mancha del trabajo.

IV

Don Luis María de Ágreda, senador electivo, gracias al patrimonio e influencia que tenía en su pueblo, era uno de los antiguos progresistas obstinados en sobrevivir a su partido; de aquellos que ponían sobre todo la Soberanía Nacional, y para quienes la España contemporánea no produjo sino cuatro hombres de gran valer: Mendizábal, por la desamortización; Espartero, por haber vencido al carlismo; Olózaga, por haber hablado antes que nadie de los obstáculos tradicionales; y Prim, por seguir sus huellas.

La fortuna de don Luis, con ser respetable, no era sino resto de lo mucho que gastó su padre en conspirar contra Sartorius y Narváez; pero lo que mejor heredó fue un grande amor al partido progresista, mucha antipatía a la demagogia, que se le antojaba cosa pagada con el oro de la reacción, y una repulsión invencible a moderados y carlistas. Los trabajos de don Luis en juntas y comisiones del partido; los artículos, proyectos y dictámenes que escribió, serían incalculables, e infinitas las veces que proyectó terciar en los debates; pero jamás tuvo ánimo para romper a hablar en público ni para enviar dos cuartillas a un periódico. No era tonto y lo parecía, porque sin tener realmente influencia entre los suyos, imaginaba que su consecuencia y lealtad debían darle mayor importancia de la que gozaba, resultando algo vanidoso. Como la palabra obedecía mal a su pensamiento, huía los diálogos largos y las conversaciones en corro, limitándose a hacer signos de afirmación o negación con la cabeza, y cuando más, a decir frases concisas, que tomaban en sus labios tono de sentencias pretenciosas. Muchos le consideraban como hombre formal, pero de cortos alcances, y algunos le trataban de burro serio. Aquéllos andaban más cerca de lo cierto; porque sin ser don Luis una inteligencia privilegiada, era honrado y de carácter firme, aunque algo agriado, por imaginar que debía brillar y bullir más en su partido.

Lo que constituía su verdadero título de gloria, para quien llegase a saberlo, era la educación que dio a su hija. A los treinta y dos años enviudó y se propuso que Paz, cuando él faltara, estuviese en condiciones de vivir por sí, sin ajeno auxilio, que supiera manejar su fortuna y aprendiese a conocer su corazón, para no dejarla expuesta a rapacidades tutorescas ni a errores de su inexperiencia. Muchas veces la dijo:—«Has de saber cuánto tienes, duro por duro; y has de pensar siempre en lo que vayas a hacer, para que ni el prójimo te robe ni tú te engañes.»

Paz estuvo una temporada de tres años en un colegio dirigido por monjas, lo cual no era muy del agrado de su padre; pero ¿qué hacer, si no había en Madrid otro linaje de casas de educación? Allí aprendió a escribir con bonita letra, a hablar bastante bien en francés y rudimentos incompletos de muchas cosas: de coser poco, de bordar algo y de rezar mucho. Sin salir del colegio sabía también cuanto ocurría en Madrid, hasta interioridades de familias que a nadie importaban; pero, por lo visto, para las madres no había secretos; así que, los domingos de salida, don Luis se maravillaba escuchando a su hija cosas que él no oía ni a los murmuradores del Casino. Esto, y un tantico de vanidad que se fue despertando en el alma de Paz, indujeron a su padre a sacarla del colegio-convento; mas aunque quiso hacerlo con gran tiento y circunspección, tuvo por fin que ser enérgico, porque las santas mujeres habían procurado atraerse la voluntad de la niña. ¿Les indujo a ello la bondad de Paz? ¿Ambicionaron la conquista de su preciosa voz para la capilla? ¿Prendáronse quizá del entusiasmo con que era de las primeras en gastar sus ahorros de colegiala rica comprando, ya la sabanilla del Cristo, ya la toca de la Virgen, ya el encaje para el paño del altar? Ello fue que un día de fiesta, no pudiendo don Luis ir a buscarla, envió con el carruaje a una parienta, quien a la hora del almuerzo volvió sola, refiriendo que la buena madre había dicho que mademoiselle Paz no salía. Don Luis, pensando que su hija estaba mala, fue inmediatamente a verla y, a disgusto de la superiora, hubo que traer la niña a presencia del padre, quien pasó un rato muy malo observando que su Paz, sin estar castigada, ni enferma, se allanaba de buen grado a permanecer allí, en vez de irse a pasar el día con él. Por fin consiguió que su hija le siguiese, y aquella noche no la permitió volver al colegio. «Aquí no hay más madres que yo»—dijo don Luis—y desde entonces se consagró al cuidado y educación de su hija, sin perder por eso su desmedida afición a la cosa pública. Las cartas de la superiora y las embajadas del capellán, hicieron en vano esfuerzos por recobrar la oveja descarriada, mas no lograron que tornase al redil. De allí en adelante, don Luis toleró que Paz, de tarde en tarde, gastara algo en sabanillas, mantos y encajes, pero no la dejó volver a poner los pies en el convento. La mansedumbre, que es gran virtud, evitó que las monjas se ofendieran: no salió de sus labios palabra de reproche, nada intentaron para exacerbar la devoción naciente, quizá la vocación frustrada de Paz; pero tampoco se olvidaron de recordarla en días determinados y festividades solemnes que en un extremo de Madrid había una santa casa que se honraba con haberla tenido por discípula y a la cual debía enviar de cuando en cuando alguna limosna para obras de caridad, algún ramo de flores para aquel altar, en cuyas gradas se arrodilló tantas veces.

Como Paz era buena, el tesoro de cariño que halló en su casa la hizo olvidarse pronto del colegio, y aquella afición mongil se apagó como con la mano. La libertad de acción, el sano orgullo de mandar en su casa como dueña y, sobre todo, el habilidoso amor de padre, ahogaron a tiempo el piadoso secuestro que pudo haber sobrevenido. Bastaron unas cuantas semanas de esta vida, y el colegio, antes impregnado de cierta poesía plácida, quedó reducido en la imaginación de Paz a un conjunto de recuerdos fríos e incoloros. Al cabo de un año don Luis, escogiendo con cautela las casas donde la llevaba, comenzó a presentarla en la titulada buena sociedad, con lo cual sus galas y tocados la preocuparon mucho más que antes la ropa de las santas imágenes: el gabinete lleno de primores y el lecho mullido le fueron más gratos que el frío dormitorio y la estrecha cama de colegiala; las flores que se ponía en el pelo cortadas por su mano en el jardincito de la casa, destronaron a los ramilletes de trapo de los altares; y para colmo de impiedad, la primer sinfonía de Mozart que oyó tocar sonó en sus oídos más grata que las letanías, salves y motetes.

La serie de impresiones que Paz experimentó pisando salones de casas extrañas, no fue, sin embargo, tan agradable como la que sintió entrando a reinar en su propio hogar. A poco de vivir con su padre, la enteró éste de sus negocios, explicándola en qué consistía su fortuna, ayudándose de ella para el manejo de intereses, con lo cual Paz llegó a persuadirse de que don Luis era un hombre honrado, y el origen de cuanto tenía decente y limpio. En cambio, comenzó a ver que ni todas las casas ni todos los hombres eran como su casa y su padre. Aunque incompleto y velado por la educación y la hipocresía, el mal llegó claro a sus ojos, causándola una sensación parecida a la que sufriría quien, hecho sólo a respirar aire puro, entrara de pronto en una atmósfera viciada. El instinto suplió a la picardía, el ingenio a la malicia: no pudo la imaginación desentrañar las causas de las cosas, pero vio los efectos y fue bastante para que se le entrase al alma un miedo sano.

En su espíritu hubo dos impulsos simultáneos: el despertar a la inquietud moral de la vida y la desconfianza de hacer a nadie partícipe de sus emociones. Con su padre tenía toda la sinceridad posible; mas esos misteriosos deseos, esas dudas ingenuas que la mujer reserva para dichas en voz baja al elegido de su corazón, no salieron de sus labios. Las frases galantes y las lisonjas la infundían una previsión desasosegada, un terror vago que la impedía mostrarse complacida: era semejante a un pájaro que tuviese miedo a la red. Cuando algún hombre halagaba su oído con ternezas o la pedía esperanzas, ella, involuntariamente, se acordaba de tantas infelices mal casadas y parejas desavenidas, de los hogares que parecían fondas, donde marido y mujer acusaban indiferencia, desvío, cuando no repugnancia. El amor propio no la dejó renegar de su hermosura; pero su instinto la señaló un peligro en su riqueza. Ser querida por sí, le pareció fácil: saber cuál amor sería sincero, lo juzgó imposible. Hubiera querido disimular el bienestar de su casa, y a veces sentía impulsos de extravagantes humoradas, ansia de ocultar su facilidad de logro, a semejanza de esos príncipes que viajan de riguroso incógnito para agradecer la simpatía que inspiren y oír el lenguaje de la franqueza. «El mejor traje—solía decir—es el que más disimula lo que cuesta.»

Una tarde vio Pepe entrar en la biblioteca del Senado un caballero como de cincuenta años, alto, canoso, con el rostro enteramente afeitado y de aspecto excesivamente limpio, que dirigiéndose al principal encargado, le dijo:

—Vengo a pedir a Vd. un favor. ¿Podrá Vd. recomendarme uno de estos muchachos que tiene Vd. aquí, a sus órdenes, para que venga unas cuantas mañanas a mi casa y me ayude a poner en orden mi librería? Me han hecho los estantes nuevos, y hay que trasladar los libros de sitio. Un chico juicioso, ¿eh?

—¿Oye Vd. esto?—preguntó el jefe a Pepe, y dirigiéndose al caballero, añadió.—Nadie más a propósito: su formalidad y su ilustración le servirán a Vd. mucho. Casi es abogado...

El que hizo la petición miró a Pepe, y con la autoridad que le daban sus años, le habló así:

—Vamos a ver, joven. A un muchacho, aunque no lo necesite, nunca le viene mal un puñadillo de duros. ¿Ha oído Vd. lo que hemos hablado? ¿Quiere Vd. venir a mi casa unas cuantas mañanas?

—Sí señor, y haré lo posible por complacerle.

—Bueno, pues cuento con Vd. ¿Cuándo empezaremos? porque yo lo tengo allí todo revuelto.

—Cuando Vd. quiera.

—Mañana mismo. Le espero por la mañana a las once.

Cuando se hubo marchado, Pepe dio las gracias al bibliotecario y le preguntó quién era aquel señor.

—Es don Luis María de Ágreda, senador, muy buena persona. De estos que no hablan nunca, y progresista a la antigua, pero muy rico. No hace más que asistir a las votaciones, aunque está diciendo siempre que va a hablar... y nunca habla.

Después le dio las señas de la casa de don Luis y se separaron.

V

Acudiendo a la cita del señor de Ágreda, a las diez y media de la mañana siguiente entraba Pepe en el hôtel que aquél habitaba, situado al final de la Castellana. Atravesó el jardín, pequeño y bien cuidado, subió las escalerillas, llenas de macetas, que parecían estar custodiando dos magníficos perros de bronce, y entró en el despacho, que formaba parte de la planta baja.

El piso era de maderas ensambladas, las colgaduras magníficas, cómodo y lujoso el mueblaje; todo acusaba mucho dinero. La mesa indicaba orden, gran pulcritud y poca labor: cuanto había sobre ella estaba bien colocado; pero sin que se notase en nada la confusión, propia del trabajo continuo. Los libros eran pocos, ricamente encuadernados, y sin señales de manejo frecuente: no debían ser aquellos los que era preciso ordenar. En dos testeros de pared cubierta de un papel muy oscuro rameado de oro, había dos retratos de mujer. En uno, el traje y el peinado a la moda de 1850, pero, sobre todo, la pintura, lamida como rebuscando finezas, delataban la mano de uno de aquellos artistas que conservaron reminiscencias del estilo elegante de don Vicente López, sin haber adquirido el vigor de los buenos pintores contemporáneos nuestros. La dama estaba peinada con el pelo hecho dos grandes ondas, muy alisadas, y tenía las facciones parecidísimas a la retratada en el otro lienzo; pero resultaba la belleza de la primera más completa y armónica. A pesar de esta diferencia, se parecían tanto, que era fácil adivinar su parentesco. Debían ser madre e hija, a juzgar por la edad que representaba cada una y por la diferencia de los trajes. El retrato de la más joven era una doble maravilla, por el modelo y la factura. Un trozo de impalpable gasa la cubría los hombros, a modo de gola antigua; tenía el rostro casi en sombra, los ojos ceñidos de un livor oscuro, ligeramente inclinada hacia adelante la cabeza y puesta entre el pelo una pluma de color de rosa, ingrávida, suelta, que parecía pronta a moverse al más ligero soplo.

Los dos balcones del despacho daban al jardín y, a través de los listones de las persianas caídas, se veía una pequeña estufa con plantas de flores costosas, destinadas a morir en los búcaros de un gabinete o prendidas en el pecho de una mujer bonita. Completaban el adorno de los muros unos cuantos grabados ingleses, un retrato de Olózaga, en litografía, con dedicatoria autógrafa, y un título de coronel honorario de la Milicia Nacional del 54, encerrado en rica moldura y expedido a favor del padre de Paz.

De pronto entró don Luis.

—Me gusta la puntualidad. Venga usted conmigo, y verá Vd. si hay aquí para rato.

Penetraron en una habitación contigua, enteramente llena de libros, donde tres estantes de roble nuevos y vacíos ocupaban otras tantas paredes, mostrando sus enormes huecos de madera limpia, recién labrada e impregnada del olor al barniz. En el centro había una gran mesa, también llena de libros, y además libros por todas partes: en el suelo, encima de las sillas y amontonados en los rincones, todos revueltos como en casa donde anduvieran de mudanza.

Aquel día no ocurrió más sino que don Luis dio algunas instrucciones a Pepe y éste comenzó a poner en orden los volúmenes, marchándose enseguida con el tiempo preciso para almorzar antes de ir al Senado. Al salir de la casa, tranquila la imaginación, sólo se hacía una pregunta: «¿Qué gente será ésta?»

Tres mañanas llevaba Pepe de buscar tomos para juntar los de distintas obras, colocando éstas luego lo mejor posible, cuando al cuarto día, estando en el despacho despidiéndose de don Luis, oyó de pronto abrir cautelosamente una puerta a su espalda y una voz de mujer preguntó:

—¿Puedo entrar?

Era la señorita del retrato, la de la pluma color de rosa. Llevaba puesto un traje casero muy sencillo, blanco, corto, huérfano de adornos y cuyas mangas descubrían los brazos: mostraba el cuello desahogado y libre; el pelo húmedo hacia las sienes, y la tez algo encendida, como azotada por el frescor del agua. La figura se destacó por claro sobre el cortinaje oscuro, semejando personaje de dibujo fantástico. Sorpendida al ver que don Luis no estaba solo, se detuvo un instante sin soltar el tirador de la puerta, dudando si adelantar o volverse.

—¿Estorbo?

—No, hija, entra.

Pepe, que se disponía a marcharse, la saludo; contestole ella, y cogiendo de sobre la mesa un periódico, se puso a leer. La escena fue rápida, casi muda: el aparecer ella y el despedirse él, ocurrió en un momento. «¡Qué bonita es!»—se decía luego Pepe al echar a andar, ya fuera de la verja del jardinillo de la casa.

Durante las mañanas sucesivas, don Luis entró en varias ocasiones a ver cómo llevaba el muchacho su trabajo, que cundía poco, porque el rato que pasaba allí era corto. Los armarios se iban llenando, sin embargo, y don Luis observó que, al mismo tiempo de guardar los libros, Pepe tomaba nota de ellos en unas tarjetas grandes, para formar un índice. Esto le gustó: el chico debía ser listo. Paz entró también alguna vez a buscar a su padre, y llegó a cambiar con Pepe frases triviales. Un día hablaron del tiempo, otro de un reciente y criminal atentado contra los Reyes. El lenguaje de ella era el propio de una señorita bien educada que no se desdeña de conversar con aquellos a quienes la fortuna no espropicia: el de Pepe era respetuoso, casi tímido, de hombre no hecho a pisar casas tan bien puestas ni a tratar con señoras de aspecto tan aristocrático.

Un día Paz, ya vestida para salir con su padre, estaba esperándole en el despacho, mientras Pepe, con la puerta de comunicación abierta, escribía en el cuarto de los libros papeletas para el índice. Paz leía un periódico, en pie junto a un balcón; Pepe, aprovechando la ocasión, la miraba disimuladamente, entre plumada y plumada. La muchacha era preciosa. Su talle sin artificio que la oprimiera exageradamente, tenía al cambiar de postura movimientos que acusaban formas esbeltas de curvas admirables. El pelo, casi negro, recogido y alisado con extremada modestia, avaloraba la blancura mate y dorada de la tez, vivificada por venas finísimas y azuladas. Las facciones muy graciosas y menudas, sin mezquindad, formaban una fisonomía móvil y animada, como la de aquellos serafines de Goya, inspirados en los rostros picarescos de las hijas del pueblo. Los ojos, de un azul oscuro y limpio, traían a la memoria el cielo de las noches serenas de Granada, y los labios, que a veces esmaltaba de blanco mordiéndoselos ligeramente con un movimiento involuntario, parecían una flor de matiz encendido. La boca, roja como herida reciente, y el azul límpido de los ojos, inspiraban ideas distintas, siendo la severidad de su mirada, guarda puesta en defensa de la dulzura de los labios.

No sintiendo Paz ningún ruido en el cuarto donde estaba Pepe, ni siquiera chocar de libros contra tablas, ni el resbalar de la pluma sobre el papel, dirigió la vista hacia el muchacho y le sorprendió mirándola; él bajó la cabeza y prosiguió escribiendo, disgustado, temeroso de que aquello la pareciese mal, y Paz se desvió un poco del sitio donde leía, pero naturalmente, sin ademán de enojo. Al cabo de un rato, al colocar Pepe unos libros en su sitio, volvió a mirarla sin que ella entonces pudiera verle. En cambio él la contempló a su gusto; mas de pronto se oyó la voz de don Luis que llamaba a su hija, y al soltar ésta el periódico, por muy presto que quiso Pepe apartar los ojos, le sorprendió Paz por vez segunda en flagrante delito de admiración, a pesar de lo cual, al verle marchar poco después, no mostró enfado en gesto ni en palabras, despidiéndose de él afablemente.

Pocos días después ocurrió casi lo mismo. Pepe, sólo por disfrutar de aquél regalo de la vista, que la fortuna le ofrecía, miró varias veces a Paz, y ella lo notó, sin dar señal de desagrado, antes al contrario, sintiendo cierta tranquila complacencia con aquel homenaje mudo que la rendía un hombre imposibilitado por su posición para adularla con esperanza de lograr favores. Ella le miró también alguna vez a hurtadillas, advirtiendo que el muchacho, no sólo no tenía mala figura, sino que era lo que se llama un hombre guapo. Su fisonomía acusaba inteligencia, sus ojos lealtad; es decir, reunía los dos rasgos principales de la hermosura masculina. Entonces se despertó en Paz algo de coquetería, no le parecieron mal aquellas miradas, y agradecida al culto que empezaba a recibir, permaneció en el sitio donde estaba. En días sucesivos entró varias veces al cuarto de los libros sin necesidad, sólo por saborear aquel placer desconocido de aceptar un tributo que halagaba su vanidad de niña bonita. Pero esta coquetería se le entró al alma, sin que ella lo advirtiera, del mismo modo que Pepe se daba el gusto de contemplarla sin segunda intención. Paz decía algunas veces para sus adentros: «¡Pobre muchacho!» Pepe pensaba: «¡Parezco tonto!» Ninguno advertía que aquel juego era peligroso. ¿Cómo había él de imaginar que Paz estuviese al alcance de su deseo, ni quién se atrevería a despertar en ella recelo de aquel desdichado?

Mas fue Dios servido—como decían los místicos—que comenzase a suceder con las palabras lo mismo que con las miradas. Hablaron unas cuantas veces de cosas indiferentes, y él, aun conteniéndose, por temor a parecer atrevido, siempre halló ocasión de mostrar cortesía, ingenio y gracia. Sus maneras carecían de atildamiento rebuscado y enfadoso, y sus frases estaban exentas de esa vulgaridad que hace el lenguaje de un hombre igual al de los demás: en lo que hablaba había siempre algo original; su tristeza parecía sincera, su gracia tenía un dejo amargo. Paz no podía analizar en qué estribaba ello, pero le gustaba hablar con Pepe, quien siempre la llamaba señorita, expresándose mucho mejor que la mayor parte de los caballeretes que por haberla visto una noche en un baile la llamaban por su nombre de pila.

El arreglo de la librería tocaba a su término: unas cuantas mañanas más, y todo quedaría en orden. Pudo haberse concluido antes, pero lo estorbaron dos causas: la primera, que don Luis, cayendo en la cuenta de que podía escribir al distrito por mano ajena, ni más ni menos que un ministro, empleó a Pepe como amanuense; y la segunda, que las conversaciones de éste con Paz fueron adquiriendo mayor desarrollo y duración cada día. Oyéndole, se olvidaba ella de que era sólo algo más que un criado: hablándola perdía él la noción de la distancia que les separaba. Algunos de estos diálogos tomaron giro extraño.

—Hoy no le quitaré a Vd. tiempo. ¡Estoy más aburrida!... Voy de tiendas, a escoger un regalo para una amiga que se casa, y no sé qué comprar. Tiene diez y ocho años: fue compañera mía de colegio.

—Esa edad tiene precisamente mi hermana.

—No sabía que tuviera Vd. hermanos.

—Además, tengo otro hermano mayor, que es cura. Pero de fijo no me veré yo en el apuro de comprar a Leocadia regalo de boda.

—¿Por qué?

—Las muchachas de la condición de mi hermana no hallan fácilmente quien las ame.

—Pues ¿de qué condición es su hermana de Vd.?

—La vida de mi padre nos ha colocado en una situación muy modesta, señorita, pero superior a la de los infelices que necesitan ganar un jornal. Pertenecemos a esas últimas capas de la clase media que tocan de cerca la pobreza, y las mujeres de esta clase son muy difíciles de casar.

—No se me alcanza la razón.

—Es muy sencilla. No pueden casarse con un obrero, porque lo estorba la diferencia de vida y de gustos, y es raro que lleguen a enamorar a un rico. En cuanto a los hombres de posición análoga a la suya... a esos les está vedado el matrimonio.

—¡Qué ideas tan raras!

—No; es frialdad para considerar las cosas. ¿Qué hogar puede crear, ni qué existencia ofrecer a su novia un hombre que gana, por ejemplo, lo que yo? Desengáñese Vd., señorita, el matrimonio no está al alcance de todas las fortunas.

—¡Cuando digo que piensa Vd. cosas muy raras! ¿De modo que una muchacha pobre no puede enamorar a un hombre rico, y viceversa?

—Lo primero no es tan difícil; pero el viceversa es punto menos que imposible.

—Explíquese Vd.

—Los encantos de la mujer no necesitan la ayuda del dinero. Las cualidades morales y la belleza lo pueden todo. La misión del hombre es más difícil: primero, tiene que saber agradar, luego debe disponer de medios para sostener una familia.

—¿Y si esos medios los lleva la mujer? ¿O es que Vd. no cree que deba casarse el pobre con mujer rica? Pues lo estamos viendo a cada paso.

—Hay algo de eso. El amor y el oro hacen juntos grandes cosas; pero ¡que pocas veces se unen! Además, créame Vd., señorita, siempre resulta sospechoso el hombre pobre que enamora a una rica. Las beldades adineradas son para nosotros como los brillantes para las modistillas, que cuando los lucen nadie los imagina honradamente ganados.

—Es decir, que hablando clarito, y sin dulcificar las cosas, en nosotras la fortuna puede ser un obstáculo a la felicidad.

—Ha acertado Vd. mi modo de pensar. Nunca debe el hombre pedir amor a la que puede enriquecerle. ¿Cómo creerá ella en su sinceridad? ¿Cómo adquirirá la certeza de que es ella, ella misma, el objeto de la adoración? A una divinidad que nada concede, le es dado creer en la sinceridad de los que la rezan; pero un dios que pagara con oro las oraciones, ¿cómo estaría cierto del amor que le ofrecieran?

—¡Qué sutilezas y qué modo de entender las cosas! Entonces, según Vd., la mujer rica no puede hallar sino marido rico. Pues no es así. Todos los días se casan ricas con pobres.

—No: ocurre que señoritas más o menos acaudaladas se unen a pillos bien vestidos, elegantes, instruidos y hasta bien educados; pero no habrá Vd. visto nunca que una señorita rica se case con un hombre digno y verdaderamente pobre.

—Según... Con un pobre, pobre, vamos, que no tenga donde caerse muerto, no.

—Es natural. El oro inspira a la mujer desconfianza de la buena fe del hombre. ¿Quién es capaz de descubrir la verdad en corazón ajeno? Por eso no debe nunca exponerse nadie a que le culpen de ambicioso cuando sólo pretende ser amado.

—Tristes verdades, si lo son, para las ricas.

Quizá nada tuvieran de extraordinario las frases de Pepe, pero ella no había oído nunca hablar así.

Otro día compró Paz para su gabinete un espejo antiguo con marco de talla, una verdadera obra de arte. Hojas de vid, tallos de yedra, flores, acantos, cintas y volutas encerraban la luna de ancho bisel: fue preciso restaurarlo, y cuando acabada la obra lo entregaron, mandó dejarlo en el despacho para que lo viese su padre, y allí lo vio también Pepe al descargarlo los mozos. Ella, con esa alegría infantil de quien ostenta una adquisición nueva, le dijo:

—Mire Vd. mi compra. En todo Madrid no hay otro igual. Y barato. Cinco mil reales.

Pepe, al examinar el espejo, hizo un gesto involuntario.

—¡Qué! ¿Es feo? Luis XV, barroco puro... ¿O le parece a Vd. caro?

—No; es precioso.

—Entonces... ¡Vamos, hombre, hable Vd.! ¿Vale menos de lo que me ha costado?

—Señorita, y ¿con qué título puedo yo permitirme comentar sus actos ni aquilatar sus gustos?

—No se trata de eso. ¿Es que le parece a usted mucho dinero? Cuando yo tengo confianza con Vd., debía Vd. tenerla conmigo.

—El marco es hermoso y vale lo que cuesta.

—No es Vd. sincero.

—¿Por qué, señorita?

—Se lo conozco a Vd. en la cara; sea usted franco, hombre, sea Vd. franco. Le ha parecido a Vd. un despilfarro, ¿verdad?

—¿Y con qué derecho podría yo pensar así?

—Vaya, pues deseo que me lo diga Vd.; le doy a Vd. carta blanca para que hable, vaya, que quiero que hable Vd.

Era un capricho de niña mimada: curiosidad de saber por qué causa lo que a ella le parecía natural producía mala impresión en el prójimo.

—Lo que me ha dicho mi pensamiento—repuso Pepe tímidamente—es que el dinero no tiene igual valor para todos.

—¡Qué modo tan delicado tiene Vd. de decir las cosas!; pero cinco mil reales no son para nadie más que doscientos cincuenta duros.

—Que representan para una familia pobre doscientos cincuenta días de vida.

—En eso tiene Vd. razón. No se debían comprar ciertas cosas mientras hay quien se muere de hambre... pero así está el mundo. Sí, ya lo veo: una locura como esta representa el bienestar de muchos.

—Y a veces, la vida de algunos.

—De modo—siguió Paz—que Vd. es de esos que dicen que todo debía repartirse entre todos.

—No, señorita. Hay males que no tienen remedio. Habría también que repartir el entendimiento y la virtud, y eso es imposible. Yo no he hecho sino pensar que, si a veces la fortuna escoge bien aquellos a quienes favorece, otras, en fuerza de ser ciega, raya en cruel.

—Perdóneme Vd. Conozco que he cometido una torpeza. Pero no toda la culpa es mía.

—¿Por qué, señorita?

—No he debido enseñar a Vd. ese trasto. Por lo que otras veces he oído, su situación, de Vd., dicho sea sin ofenderle, pues en ello no hay injuria, no es nada lisonjera. He hecho mal, he sido indiscreta, ¿verdad?

—Señorita, ¡no se ensañe Vd. conmigo! mis palabras no encerraban la menor censura.

—No, si la mitad de la culpa es de Vd.

—No entiendo.

—La cosa es clara. Usted ha hecho por su ingenio y con su conversación que yo le trate como a un amigo, y me he tomado la libertad de enseñar a Vd. lo que no debía.

—¿Quiere Vd. decir que ha enseñado joyas a un mendigo?

—No, Pepe; eso me lastima.

Paz se dolió de aquella respuesta, y desviando de él la mirada, guardó silencio; mas su actitud y la expresión de su semblante no indicaron enojo, sino amargura. Parecía que quien la había hablado de tal modo tenía autoridad para hacerlo. Pepe dijo sorprendido:

—Perdóneme Vd.; pero el error no es mío. Ha tomado Vd. como grito de la pobreza escarnecida, acaso de una envidia inconsciente lo que ha sido una observación sencillísima. ¿Cómo ha podido Vd. creer que yo me atreviera a tanto? ¿Qué soy para Vd., señorita? Sólo dirigiéndome la palabra me honra Vd. ¿Había de pagarla con descortesía o ligereza?

—No se hable más del caso. Lo que quiero, es saber que no le he ofendido a Vd.—Y le tendió amistosamente la mano.

Ambos quedaron perplejos, y desde entonces fueron más reservados uno para con otro. Paz se reconvino mentalmente, pareciéndole que hiriendo a Pepe en el pudor de la pobreza había cometido una acción muy fea. Pepe no acertó a definir lo que sentía.

Sus vidas comenzaban a unirse como en el lecho del río suelen juntarse, arrastrados por la corriente, el grano de arena y la partícula de oro.

VI

Cuando Pepe terminó el trabajo para que fue llamado, dejó de ir a casa de don Luis: algo parecido al miedo le alejaba de allí. La última mañana que estuvo, se marchó aprovechando un momento en que no podían observarle. Preguntáronle sus padres si le habían pagado, y repuso:—«No estaba don Luis; ya le veré en el Senado.» Lo cierto era que, como en casa del señor de Ágreda quien satisfacía todo gasto era Paz, a Pepe le repugnó la idea de que fuese ella quien le pusiera en la mano el puñado de duros ofrecido por su padre. Por primera vez sentía brotar en el fondo del alma la soberbia: un mal impulso era precursor del más noble sentimiento; que así a veces, en el espíritu del hombre, como en la vida de la Naturaleza, precede la sombra al esplendor del día.

Trascurrida una semana sin que Pepe volviese a la casa, Paz se acusó de ello, ya preocupada con aquella desaparición, y pensó en el pobre muchacho cual si fuese un amigo ofendido: se acordó también de que no le había pagado, pero no se le ocurría modo discreto de enviarle el dinero. ¿Por un criado? No acertaba a explicarse la causa, mas por nada del mundo se hubiera valido de tal medio. ¿Escribirle? Al imaginarlo, no fue temor de herirle lo que cruzó por su imaginación, sino algo como miedo vago, pudor mortificado por sí mismo.

Al fin no hizo nada, ni aun se atrevió a hablar a su padre; pero no dejó de pensar en ello, y hubo día en que, al cruzar por el cuarto de los libros, experimentó hastío y tristeza.

Poco a poco la luz se hizo en su alma. Sus oídos, hechos a la lisonja, no escucharon nunca frases que la turbaran; nada la hicieron sentir aquellos hombres que podían desearla como joya colocada al alcance de sus manos, y ahora ella ponía espontáneo y terco empeño en recordar los dichos más sencillos, las más insignificantes galanterías de un pobrete, a quien aterraba un gasto de cinco mil reales. Aquello le parecía unas veces romántico hasta la ridiculez, otros ratos sentía ganas de llorar.

Una mañana de la primavera de 1872—ocho o nueve meses antes de aquella cena en que los padres de Pepe hablaron de la próxima llegada de Tirso—estaban en San Pascual, de Recoletos, tocando a misa de once. El sol iluminaba el césped de los jardinillos, abrillantado por la humedad y oscurecido a trechos por las sombras de las acacias, cuyo aroma embalsamaba el aire. Sobre el azul intenso del cielo destacaban las copas verdinegras de algunos pinos; el ramaje, entre morado y carminoso, de los árboles del amor, fingía detalles de fondo japonés, y de los recuadros encharcados se alzaba el olor penetrante de la tierra mojada. Los niños jugaban en el suelo, esmaltando la arena amarillenta con sus trajecitos de colores claros, o se caían llorando en las socavas de los árboles, mientras las niñeras reían en coro desvergüenzas de algún lacayo. En los bancos, y cada cual con su periódico en la mano, había algunos señores viejos, tipos de militares retirados, de ancianos achacosos que, sacudiendo el entumecimiento del invierno, salían en busca de un rayo de sol tibio. En el aguaducho, cargado de vasos, descollaban el fanal de los azucarillos y la botija con espita, tras cuya gruesa panza se ocultaban el tarro de las guindas y la bandeja de los bollos, en tanto que la aguadora, dando conversación a un guarda, fregaba en el lebrillo las cucharillas de latón. Por el centro del paseo circulaban rápidamente algunos carruajes de caballos briosos y, siguiendo la línea de las sillas de hierro, se veían parados unos cuantos simones con el jamelgo caído el cuello y el cochero tumbado en el pescante deletreando El Cencerro. Al otro lado, los tranvías corrían sobre los railes, obstruidos por carros y camiones, que sus conductores apartaban de la vía renegando al oír el pito de los mayorales, y por la larga acera de piedra, en silencio, paso a paso de arriba a abajo, se aburría autoritariamente la pareja de guardias de orden público, entonces llamados amarillos, sin otro consuelo que echar miradas subversivas a las criadas de buen ver. De las calles vecinas iban llegando recién peinadas y coquetas las señoritas deseosas de que el novio se hiciera el encontradizo, las niñas ávidas de jugar y las mamás cargadas de devocionarios sujetos con gomas encarnadas. Unas caminaban de prisa con la ligereza de la impaciencia, otras cansadas con la gordura de los años; luciendo, según su gusto, primores de elegancia, arreglos de taller casero, rarezas del capricho, exageraciones de la moda, algunas calculada sencillez y todas empeño de agradar. A la misma puerta del templo parábase de cuando en cuando una berlina blasonada, y lentamente se apeaba de ella una dama; cuanto más poderosa menos engalanada, mostrando en los ojos la soñolencia que deja el trasnochar, y en el rostro marchito las huellas ardorosas de la atmósfera de las fiestas. A pasitos rápidos y cortos, inclinado el cuerpo hacia la tierra, con la cabeza baja y la conciencia temerosa del retraso, venían pegadas a las fachadas de las casas las viejecillas de zapatos de cabra y mantón negro, y adelantándose a ellas iban las muchachas devotas que, como ignorando el poder de la juventud, piden incesantemente al cielo dichas que puede darles el mundo. La campana seguía llamándolas con su tañer monótono, y todas entraban como manada al redil: feas, bonitas, ricas, miserables, virtuosas, perdidas, santas, pecadoras, madres, cortesanas, vestales del hogar o sacerdotisas del amor, todas, codeándose, juntas, desaparecían sorbidas por la puerta de la iglesia, levantando al entrar un cortinón más pesado que una losa y dejando entrever rápidamente una atmósfera cargada, sucia, humosa y salpicada por el resplandor amarillo de las velas.

Durante toda la mañana se estaba renovando aquel público, femenino en su mayoría, y la puerta seguía tragando mujeres para arrojarlas luego a la calle pasados veinte o treinta minutos, al cabo de los cuales se las veía salir abriendo sombrillas o desplegando abanicos, porque la luz del sol las ofendía, acostumbrada ya su retina a la oscuridad de la sagrada cueva.

También entraban algunos hombres; pero el mayor número de ellos permanecía en los jardinillos formando corros, comentando noticias del día acabadas de leer en los periódicos que los vendedores voceaban en torno suyo con los últimos partes del Norte. Hacia la calle de Alcalá se oía el cascabeleo de los ómnibus que iban al apartado de los toros, y andando despacito por el paseo, inundado de sol, venía el borriquillo con sus serones llenos de macetas, escuchándose gritar de rato en rato al mocetón que lo guiaba: el tieestóo de claaveles doobles... Quien se acercase a los corros podía oír fragmentos de conversaciones y notar, tal vez, que algunos de los que hasta allí acompañaron a su mujer o su hija defendían las ideas del siglo con palabras impregnadas de impiedad moderna.

—Las partidas van en aumento.

—Dicen que el Rey se marcha al ejército del Norte.

—Si esto no se sostiene, vamos derechos a Don Carlos.

—Pues crea Vd. que el fanatismo religioso nos envilece ante la Europa culta.

—Yo a quienes tengo miedo es a los republicanos. Vamos derechos a un noventa y tres espantoso.

—Todas las malas pasiones se han abierto camino.

—¡Hasta que se forme una liga de los que tienen que perder!

—¡Cada día un meeting! Estoy de manifestaciones pacíficas hasta por cima de los pelos.

—¡Calle Vd., hombre, por Dios! Eso no es compatible con el gobierno. ¡En tiempo de don Ramón y don Leopoldo no había mitins! Esto se va.

—Pues yo creo que el Rey gana simpatías.

—¿Qué ha de ganar, hombre? ¡Si es extranjero!

—Está Vd. en un error, señor mío: eso no significa nada. La historia demuestra que Carlos I y Felipe V eran también extranjeros.

De un grupo de señoras salían voces atipladas y chillonas: trataban de trapos, modas, chismes y criados.

—Chica, no sabe una qué ponerse: este es del año pasado.

—Pues te sienta muy bien. Mira, mira, allí va la de Rodete. La otra tarde fue de las que estuvieron en la Castellana con mantilla blanca y peineta para hacer rabiar a los Reyes.

—¡Qué porquería! A mí la Reina me da lástima.

—Hija, ¿qué quieres? ¡como la de Rodete fue azafata de doña Isabel! Pues yo he oído que los alfonsinos se mueven mucho:—Y la que esto decía miraba de reojo a un caballero que, sentado en una butaca de hierro, seguía con la vista al grupo de las damas.

Dos pollitas apartadas de sus mamás sostenían, haciendo dengues y mohínes, un diálogo muy vivo.

—¿No entráis?

—No: el padre Enrique dice la misa muy despacio. Además, quiero dar tiempo a que llegue ese. Mamá le deja ya entrar en casa. Está el pobre muchacho que bebe los vientos.

—¿Y el tuyo?

—Este Junio acaba.

—Hija, lo mismo decías hace un año. ¡La carrera que tenga ese!...

—Pues a mí me gusta. ¡Está más cariñoso!

—Chica, con esos trajes de rayas parecen zebras.

—Adiós, que se va mamá con las de Zangolotino!

—Abur, remononísima.

Los sietemesinos, echando humo por la boca y luciendo americanas del verano anterior, parodiaban a don Juan Tenorio.