Nota del Transcriptor:
Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.
Errores obvios de imprenta han sido corregidos.
Páginas en blanco han sido eliminadas.
La portada fue diseñada por el transcriptor y se considera dominio público.


Obras del Dr. D. Jaime Balmes, Pbro.

EL PROTESTANTISMO COMPARADO CON EL CATOLICISMO

EN SUS RELACIONES CON
LA CIVILIZACIÓN EUROPEA

DÉCIMA EDICIÓN

TOMO PRIMERO

BARCELONA
IMPRENTA DEL «DIARIO DE BARCELONA»
CALLE DE LA LIBRETERÍA, N.º 22
1921


ES PROPIEDAD

PRÓLOGO

Entre los muchos y gravísimos males que han sido el necesario resultado de las hondas revoluciones modernas, figura un bien sumamente precioso para la ciencia, y que probablemente no será estéril para el linaje humano: la afición á los estudios que tienen por objeto al hombre y la sociedad. Tan recios han sido los sacudimientos, que la tierra, por decirlo así, se ha entreabierto bajo nuestras plantas; y la inteligencia humana, que poco antes marchaba altiva y desvanecida sobre una carroza triunfal, no oyendo más que vítores y aplausos, y como abrumada de laureles, se ha estremecido también, se ha detenido en su carrera, y, absorta en un pensamiento grave, y dominada por un sentimiento profundo, se ha dicho á sí misma: «¿Quién soy? ¿de dónde salí? ¿cuál es mi destino?» De aquí es que han vuelto á recobrar su alta importancia las cuestiones religiosas: por manera que, mientras se las creía disipadas por el soplo del indiferentismo, ó reducidas á muy pequeño espacio por el sorprendente desarrollo de los intereses materiales, por el progreso de las ciencias naturales y exactas, y por la pujanza siempre creciente de los debates políticos, se ha visto que, lejos de estar ahogadas bajo la inmensa balumba que parecía oprimirlas, se han presentado de nuevo con todo su grandor, con su forma gigantesca, sentadas en la cúspide de la sociedad, con la cabeza en el cielo y los pies en el abismo.

En esta disposición de los espíritus, era natural que llamase su atención la revolución religiosa del siglo xvi; y que se preguntase qué es lo que había hecho esa revolución en pro de la causa de la humanidad. Desgraciadamente se han padecido en esta parte equivocaciones de cuantía; ó bien por mirarse los hechos al través del prisma de las preocupaciones de secta, ó por considerarlos tan sólo por lo que presentaban en su superficie: y así se ha llegado á asegurar que los reformadores del siglo xvi contribuyeron al desarrollo de las ciencias, de las artes, de la libertad de los pueblos, y de todo cuanto se encierra en la palabra civilización, y que así dispensaron á las sociedades europeas un señalado beneficio.

¿Qué dice sobre esto la historia? ¿qué enseña la filosofía? Bajo el aspecto religioso, bajo el social, bajo el político y el literario, ¿qué es lo que deben á la reforma del siglo xvi el individuo y la sociedad? ¿Marchaba bien la Europa bajo la sola influencia del Catolicismo? ¿Éste embargaba en nada el movimiento de la civilización? He aquí lo que me he propuesto examinar en esta obra. Cada época tiene sus necesidades; y fuera de desear que todos los escritores católicos se convenciesen de que una de las más imperiosas en la actualidad, es el analizar á fondo ese linaje de cuestiones: Belarmino y Bossuet trataron las materias conforme á las necesidades de su tiempo; nosotros debemos tratarlas cual lo exigen las necesidades del nuestro. Conozco la inmensa amplitud de las cuestiones que arriba he indicado; y así no me lisonjeo de poder dilucidarlas cual ellas demandan: como quiera, emprendo mi camino con el aliento que inspira el amor á la verdad; cuando mis fuerzas se acaben, me sentaré tranquilo, aguardando que otro que las tenga mayores, dé cumplida cima á tan importante tarea.


CAPITULO PRIMERO

Existe en medio de las naciones civilizadas un hecho muy grave, por la naturaleza de las materias sobre que versa; muy transcendental, por la muchedumbre, variedad é importancia de las relaciones que abarca; interesante en extremo, por estar enlazado con los principales acontecimientos de la historia moderna: este hecho es el Protestantismo.

Ruidoso en su origen, llamó desde luego la atención de la Europa entera, sembrando en unas partes la alarma, y excitando en otras las más vivas simpatías; rápido en su desarrollo, no dió lugar siquiera á que sus adversarios pudiesen ahogarle en su cuna; y, al contar muy poco tiempo desde su aparición, ya dejaba apenas esperanza de que pudiera ser atajado en su incremento, ni detenido en su marcha. Engreído con las consideraciones y miramientos, tomaba bríos su osadía y se acrecentaba su pujanza; exasperado con las medidas coercitivas, ó las resistía abiertamente, ó se replegaba y reconcentraba para empezar de nuevo sus ataques con más furiosa violencia; y de la misma discusión, de las mismas investigaciones críticas, de todo aquel aparato erudito y científico que se desplegó para defenderle ó combatirle, de todo se servía como de vehículo para propagar su espíritu y difundir sus máximas. Creando nuevos y pingües intereses, se halló escudado por protectores poderosos; mientras, convidando con los más vivos alicientes todo linaje de pasiones, las levantaba en su favor, poniéndolas en la combustión más espantosa. Echaba mano alternativamente de la astucia ó de la fuerza, de la seducción ó de la violencia, según á ello se brindaban las varias ocasiones ó circunstancias; y, empeñado en abrirse paso en todas direcciones, ó rompiendo las barreras ó salvándolas, no paraba hasta alcanzar en los países que iba ocupando, el arraigo que necesitaba para asegurarse estabilidad y duración. Logrólo así, en efecto; y, á más de los vastos establecimientos que adquirió y conserva todavía en Europa, fué llevado en seguida á otras partes del mundo, é inoculado en las venas de pueblos sencillos é incautos.

Para apreciar en su justo valor un hecho, para abarcar cumplidamente sus relaciones, deslindándolas como sea menester, señalando á cada una su lugar, é indicando su mayor ó menor importancia, es necesario examinar si sería dable descubrir el principio constitutivo del hecho; ó, al menos, si se puede notar algún rasgo característico, que, pintado por decirlo así en su fisonomía, nos revele su íntima naturaleza. Difícil tarea, por cierto, al tratar de hechos de tal género y tamaño como es el que nos ocupa; ya por la variedad de los aspectos que se ofrecen, ya por la muchedumbre de relaciones que se cruzan y enmarañan. En tales materias, amontónanse con el tiempo un gran número de opiniones, que, como es natural, han buscado todas sus argumentos para apoyarse; y así se encuentra el observador con tantos y tan varios objetos, que se ofusca, se abruma y se confunde: y, si se empeña en mudar de lugar, por colocarse en un punto de vista más á propósito, halla esparcidos por el suelo tanta abundancia de materiales, que le obstruyen el paso, ó, cubriendo el verdadero camino, le extravían en su marcha.

Con sólo dar una mirada al Protestantismo, ora se le considere en su estado actual, ora en las varias fases de su historia, siéntese desde luego la suma dificultad de encontrar en él nada de constante, nada que pueda señalarse como su principio constitutivo: porque, incierto en sus creencias, las modifica de continuo, y las varía de mil maneras; vago en sus miras, y fluctuante en sus deseos, ensaya todas las formas, tantea todos los caminos; y, sin que alcance jamás una existencia bien determinada, sigue siempre con paso mal seguro nuevos rumbos, no logrando otro resultado que enredarse en más intrincados laberintos.

Los controversistas católicos le han perseguido y acosado en todas direcciones; pero, si les preguntáis con qué resultado, os dirán que han tenido que habérselas con un nuevo Proteo, que, próximo á recibir un golpe, le eludía, cambiando de forma. Y en efecto, si se quiere atacar al Protestantismo en sus doctrinas, no se sabe á dónde dirigirse; porque no se sabe nunca cuáles son éstas, y aun él propio lo ignora; pudiendo decirse que bajo este aspecto el Protestantismo es invulnerable, porque invulnerable es lo que carece de cuerpo. Ésta es la razón de no haberse encontrado arma más á propósito para combatirle que la empleada por el ilustre obispo de Meaux: Tú varías, y lo que varía no es verdad. Arma muy temida por el Protestantismo, y, por cierto, digna de serlo; pues que todas las transformaciones que se empleen para eludir su golpe, sólo sirven para hacerle más certero y más recio. ¡Qué pensamiento tan cabal el de ese grande hombre! El solo título de la obra debió hacer temblar á los protestantes: es la Historia de las variaciones; y una historia de variaciones es la historia del error.[1]

Esta variedad, que no debe mirarse como extraña en el Protestantismo, antes sí como natural y muy propia, al paso que nos indica que él no está en posesión de la verdad, nos revela también que el principio que le mueve y le agita, no es un principio de vida, sino un elemento disolvente. Hasta ahora siempre se le ha pedido en vano que asentase en alguna parte el pie, y presentase un cuerpo uniforme y compacto; y en vano será también pedírselo en adelante, porque vano es pedir asiento fijo á lo que está fluctuando en la vaguedad de los aires; y mal puede formarse un cuerpo compacto por medio de un elemento, que tiende de continuo á separar las partes, disminuyendo siempre su afinidad, y comunicándoles nuevas fuerzas para repelerse y rechazarse. Bien se deja entender que estoy hablando del examen privado en materias de fe; ya sea que para el fallo se cuente con la sola luz de la razón, ó con particulares inspiraciones del cielo. Si algo puede encontrarse de constante en el Protestantismo, es este espíritu de examen; es el substituir á la autoridad pública y legítima, el dictamen privado: esto se encuentra siempre junto al Protestantismo, mejor diremos, en lo más íntimo de su seno; éste es el único punto de contacto de todos los protestantes, el fundamento de su semejanza; y es bien notable que se verifica todo esto á veces sin su designio, á veces contra su expresa voluntad.

Pésimo y funesto como es semejante principio, sí al menos los corifeos del Protestantismo le hubieran proclamado como seña de combate, apoyándole, empero, siempre con su doctrina, y sosteniéndole con su conducta, hubieran sido consecuentes en el error, y, al verles caer de precipicio en precipicio, se habría conocido que era efecto de un mal sistema, pero que, bueno ó malo, era al menos un sistema. Pero ni esto siquiera: y, examinando las palabras y hechos de los primeros novadores, se nota que, si bien echaron mano de ese funesto principio, fué para resistir á la autoridad que los estrechaba; pero, por lo demás, nunca pensaron en establecerle completamente. Trataron, sí, de derribar la autoridad legítima, pero con el fin de usurpar ellos el mando; es decir, que siguieron la conducta de los revolucionarios de todas clases, tiempos y países: quieren echar al suelo el poder existente, para colocarse ellos en su lugar. Nadie ignora hasta qué punto llevaba Lutero su frenética intolerancia; no pudiendo sufrir, ni en sus discípulos, ni en los demás, la menor contradicción á cuanto le pluguiese á él establecer, sin entregarse á los más locos arrebatos, sin permitirse los más soeces dicterios. Enrique VIII, el fundador en Inglaterra de lo que se llama independencia del pensamiento, enviaba al cadalso á cuantos no pensaban como él; y á instancias de Calvino fué quemado vivo en Ginebra Miguel Servet.

Llamo tan particularmente la atención sobre este punto, porque me parece muy importante el hacerlo: el hombre es muy orgulloso, y, al oir que se deja como sentado que los novadores del siglo xvi proclamaron la independencia del pensamiento, sería posible que algunos incautos tomaran por aquellos corifeos un secreto interés, mirando sus violentas peroratas como la expresión de un arranque generoso, y contemplando sus esfuerzos como dirigidos á la vindicación de los derechos del entendimiento. Sépase, pues, para no olvidarse jamás, que aquellos hombres proclamaban el principio del libre examen, sólo para escudarse contra la legítima autoridad; pero que en seguida trataban de imponer á los demás el yugo de las doctrinas que ellos habían forjado. Se proponían destruir la autoridad emanada de Dios, y sobre las ruinas de ella establecer la suya propia. Doloroso es el verse precisado á presentar las pruebas de esta aserción: no porque no se ofrezcan en abundancia, sino porque, si se quiere echar mano de las más seguras é incontestables, hay que recordar palabras y hechos que, si bien cubren de oprobio á los fundadores del Protestantismo, tampoco es grato el traerlos á la memoria; porque al pronunciar tales cargos la frente se ruboriza, y al consignarlos en un escrito parece que el papel se mancha.[2]

Mirado en globo el Protestantismo, sólo se descubre en él un informe conjunto de innumerables sectas, todas discordes entre sí, y acordes sólo en un punto: en protestar contra la autoridad de la Iglesia. Ésta es la causa de que sólo se oigan entre ellas nombres particulares y exclusivos, por lo común sólo derivados del fundador de la secta; y que, por más esfuerzos que hayan hecho, no han alcanzado jamás á darse un nombre general, expresivo al mismo tiempo de una idea positiva; de suerte que hasta ahora sólo se denominan á la manera de las sectas filosóficas. Luteranos, calvinistas, zuinglianos, anglicanos, socinianos, arminianos, anabaptistas, y la interminable cadena que podría recordar, son nombres que muestran plenamente la estrechez y mezquindad del círculo en que se encierran sus sectas; y basta pronunciarlos para notar que no hay en ellos nada de general, nada de grande. Á quien conozca medianamente la religión cristiana, parece que esto debería bastarle para convencerse de que estas sectas no son verdaderamente cristianas; pero lo singular, lo más notable, es lo que ha sucedido con respecto á encontrar un nombre general. Recorred su historia, y veréis que tantea varios, pero ninguno le cuadra, en encerrándose en ellos algo de positivo, algo de cristiano; pero, al ensayar uno como recogido al acaso en la Dieta de Espira, uno que en sí propio lleva su condenación, porque repugna al origen, al espíritu, á las máximas, á la historia entera de la religión cristiana; un nombre que nada expresa de unidad, ni de unión; es decir, nada de aquello que es inseparable del nombre cristiano; un nombre que no envuelve ninguna idea positiva, que nada explica, nada determina; al ensayar éste, se le ha ajustado perfectamente, todo el mundo se lo ha adjudicado por unanimidad, por aclamación; y es porque era el suyo: Protestantismo.[3]

En el vago espacio señalado por este nombre, todas las sectas se acomodan, todos los errores tienen cabida: negad con los luteranos el libre albedrío, renovad con los arminianos los errores de Pelagio, admitid la presencia real con unos, desechadla luego con los zuinglianos y calvinistas; si queréis, negad con los socinianos la divinidad de Jesucristo, adheríos á los episcopales ó á los puritanos, daos si os viniera en gana á las extravagancias de los cuáqueros, todo esto nada importa: no dejáis por ello de ser protestantes, porque todavía protestáis contra la autoridad de la Iglesia. Es ése un espacio tan anchuroso, del que apenas podréis salir, por grandes que sean vuestros extravíos: es todo el vasto terreno que descubrís en saliendo fuera de las puertas de la Ciudad Santa.[4]


CAPITULO II

Pero, ¿cuáles fueron las causas de que apareciese en Europa el Protestantismo, y de que tomase tanta extensión é incremento? Digna es, por cierto, tal cuestión de ser examinada con mucho detenimiento, ya por la importancia que encierra en sí propia, ya también porque, llamándonos á investigar el origen de semejante plaga, nos guía al lugar más á propósito para que podamos formarnos una idea más cabal de la naturaleza y relaciones de ese fenómeno, tan observado como mal definido.

Cuando á efecto de la naturaleza y tamaño del Protestantismo se trata de señalarle sus causas, es poco conforme á razón el recurrir á hechos de poca importancia; ya porque lo sean de suyo, ó porque estén limitados á determinados lugares y circunstancias. Es un error el suponer que de causas muy pequeñas pudiesen resultar efectos muy grandes; pues que, si bien es verdad que las cosas grandes tienen á veces su principio en las pequeñas, también lo es que no es lo mismo principio que causa, y que el principiar una cosa por otra, y el ser causada por ella, son expresiones de significado muy diferente. Una leve chispa produce tal vez un espantoso incendio; pero es porque encuentra abundancia de materias inflamables. Lo que es general, ha de tener causas generales; lo que es muy duradero y arraigado, causas muy duraderas y profundas. Ésta es una ley constante, así en el orden moral como en el físico, pero ley cuyas aplicaciones son muy difíciles, particularmente en el orden moral; pues en él á veces están las cosas grandes encubiertas con velos tan modestos, está cada efecto enlazado con tantas causas, y por medio de tan delicadas hebras y tan complicada contextura, que al ojo más atento y perspicaz, ó se le escapa enteramente, ó se le pasa como cosa liviana y de poco resultado, lo que tenía tal vez la mayor importancia é influjo; y, al contrario, andan las cosas pequeñas tan cubiertas de oropel, tan adornadas y relumbrantes, tan acompañadas de ruidoso cortejo, que es muy fácil que engañen al hombre, ya muy propenso de suyo á juzgar por meras apariencias.

Insistiendo en los principios que acabo de asentar, no puedo inclinarme á dar mucha importancia, ni á la rivalidad excitada por la predicación de las indulgencias, ni á las demasías que pudieran cometer en esta materia algunos subalternos; pudo todo esto ser una ocasión, un pretexto, una señal de combate, pero en sí era muy poca cosa para poner en conflagración el mundo. Aunque tal vez sea más plausible, no es, sin embargo, más puesto en razón, el buscar las causas del nacimiento y extensión del Protestantismo en el carácter y circunstancias de los primeros novadores. Pondérase con énfasis la fogosa violencia de los escritos y palabras de Lutero; y hácese notar cuán á propósito eran para inflamar el ánimo de los pueblos, arrastrarlos en pos de los nuevos errores, é inspirarles encarnizado odio contra la Iglesia romana; encarécense no menos la sofística astucia, el estilo metódico, la expresión elegante de Calvino, calidades muy adaptadas para dar alguna aparente regularidad á la informe masa de errores que enseñaban los nuevos sectarios, poniéndola más en estado de ser abrazada por personas de más fino gusto: y á este tenor se van trazando cuadros más ó menos verídicos de los talentos y demás calidades de otros hombres: ni á Lutero, ni á Calvino, ni á ninguno de los principales fundadores del Protestantismo, trato de disputarles los títulos con que adquirieron su triste celebridad; pero me parece que el insistir mucho sobre las calidades personales, y el atribuir á éstas la principal influencia en el desarrollo del mal, es no conocerle en toda su extensión, es no evaluar toda su gravedad, y es, además, olvidar lo que nos ha enseñado la historia de todos los tiempos.

En efecto: si miramos con imparcialidad á aquellos hombres, nada encontraremos en ellos de tan singular que no se halle con igualdad, ó con exceso, en casi todas las cabezas de secta. Sus talentos, su erudición, su saber, todo ha pasado ya por el crisol de la crítica; y, ni entre los católicos ni entre los protestantes, se halla ya nadie instruído é imparcial que no tenga por exageraciones de partido las desmedidas alabanzas que les habían tributado. Bajo todos aspectos, ya se los considera sólo en la clase de aquellos hombres turbulentos, que reunen las circunstancias necesarias para provocar trastornos. Desgraciadamente, la historia de todos tiempos y países y la experiencia de cada día nos enseñan que esos hombres son cosa muy común, y que aparecen dondequiera que una funesta combinación de circunstancias ofrezca ocasión oportuna.

Cuando se ha querido buscar otras causas, que por su extensión é importancia estuvieran más en proporción con el Protestantismo, se han señalado comunmente dos: la necesidad de una reforma, y el espíritu de libertad. «Había muchos abusos, han dicho algunos; se descuidó la reforma legítima, y este descuido provocó la revolución.» «El entendimiento humano estaba en cadenas, han dicho otros; quiso quebrantarlas; y el Protestantismo no fué otra cosa que un esfuerzo extraordinario en nombre de la libertad, un vuelo atrevido del pensamiento humano.» Por cierto que á esas opiniones no puede tachárselas de que señalen causas pequeñas, y cuya influencia se circunscriba á espacio breve; y hasta en ambas se encuentra algo que es muy á propósito para atraerles prosélitos. Ponderando la una la necesidad de una reforma, abre anchuroso campo para reprender la inobservancia de las leyes y la relajación de las costumbres, y esto excita siempre simpatías en el corazón del hombre, indulgente cuando se trata de los deslices propios, pero severo é inexorable con los ajenos; y, pronunciando la otra las deslumbradoras palabras de libertad, de vuelo atrevido del espíritu, puede estar siempre segura de hallar dilatado eco, pues que éste no falta jamás á la palabra que lisonjea el orgullo.

No trato yo de negar la necesidad que á la sazón había de una reforma; convengo en que era necesaria; bastándome para esto el dar una ojeada á la historia, el escuchar los sentidos lamentos de grandes hombres, mirados por la Iglesia como hijos muy predilectos, y sobre todo me basta leer en el primer decreto del Concilio de Trento que uno de los objetos del Concilio era la reforma del clero y del pueblo cristiano; me basta oir de boca del Papa Pío IV, en la confirmación del mismo Concilio, que uno de los objetos para que se había celebrado, era la corrección de las costumbres y el restablecimiento de la disciplina. Sin embargo, y á pesar de todo esto, no puedo inclinarme á dar á los abusos tanta influencia en el nacimiento del Protestantismo como le han atribuído muchos; y, á decir verdad, me parece muy mal resuelta la cuestión, siempre que, para señalar la verdadera causa del mal, se insiste mucho sobre los funestos resultados que habían de traer consigo los abusos; así como, por otra parte, no me satisfacen las palabras de libertad y de atrevido vuelo del pensamiento. Lo diré paladinamente: por más respeto que se merezcan algunos de los hombres que han dado tanta importancia á los abusos; por más consideraciones que tenga á los talentos de otros que han apelado al espíritu de libertad, ni en unos ni en otros encuentro aquel análisis, filosófico é histórico á la par, que no se aparta del terreno de los hechos, sino que los examina y alumbra, mostrando la íntima naturaleza de cada uno, sin descuidar su enlace y encadenamiento.

Se ha divagado tanto en la definición del Protestantismo y en el señalamiento de sus causas, por no haberse advertido que no es más que un hecho común á todos los siglos de la historia de la Iglesia, pero que tomó su importancia y peculiares caracteres de la época en que nació. Con esta sola consideración, fundada en el testimonio constante de la historia, y confirmada por la razón y la experiencia, todo se allana, todo se aclara y explica; nada hemos de buscar en sus doctrinas, ni en sus fundadores, de extraordinario ni singular; porque todo lo que tiene de característico, todo proviene de que nació en Europa, y en el siglo xvi. Desenvolveré este pensamiento, no echando mano de raciocinios aéreos, que sólo estriben en suposiciones gratuitas, sino apelando á hechos que nadie podrá contestar.

Es innegable que el principio de sumisión á la autoridad en materias de fe, ha encontrado siempre mucha resistencia por parte del espíritu humano. No es éste el lugar de señalar las causas de esta resistencia, causas que en el curso de esta obra me propongo analizar; me basta por ahora consignar el hecho, y recordar á quien lo pusiere en duda, que la historia de la Iglesia va siempre acompañada de la historia de las herejías. Conforme á la variedad de tiempos y países, el hecho ha presentado diferentes fases: ora haciendo entrar en torpe mezcolanza el judaísmo y el cristianismo, ora combinando con la doctrina de Jesucristo los sueños de los orientales, ora alterando la pureza del dogma católico con las cavilaciones y sutilezas del sofista griego; es decir, presentando diferentes aspectos, según ha sido diferente el estado del espíritu humano. No ha dejado, empero, este hecho de tener dos caracteres generales, que han manifestado bien á las claras que el origen es el mismo, á pesar de ser tan vario el resultado en su naturaleza y objeto. Estos caracteres son: el odio á la autoridad de la Iglesia y el espíritu de secta.

Bien claro es que, si en cada siglo se había visto nacer alguna secta que se oponía á la autoridad de la Iglesia, y erigía en dogmas las opiniones de sus fundadores, no era regular que dejase de acontecer lo mismo en el siglo xvi; y, atendido el carácter del espíritu humano, me parece que, si el siglo xvi hubiera sido una excepción de la regla general, tendríamos actualmente una cuestión bien difícil de resolver, y sería: ¿cómo fué posible que no apareciese en aquel siglo ninguna secta? Pues bien: una vez nacido en el siglo xvi un error cualquiera, sea cual fuere su origen, su ocasión y pretexto; luego que se haya reunido en torno de la nueva enseña una porción de prosélitos, veo ya al Protestantismo en toda su extensión, en toda su transcendencia, con todas sus divisiones y subdivisiones, con toda su audacia y energía para desplegar un ataque general contra cuantos puntos de dogma y de disciplina se enseñen y observen en la Iglesia. En vez de Lutero, de Zuinglio, de Calvino, poned, si os place, á Arrio, á Nestorio, á Pelagio; en lugar de los errores de aquéllos, enseñad, si queréis, los de éstos: todo será indiferente, porque todo tendrá un mismo resultado. El error excitará desde luego simpatías, encontrará defensores, acalorará entusiastas, se extenderá, se propagará con la rapidez de un incendio, se dividirá luego, y tomarán sus chispas direcciones muy diferentes; todo se defenderá con aparato de erudición y de saber, variarán de continuo las creencias, se formularán mil profesiones de fe, se cambiará ó anonadará la liturgia, y haránse mil trozos los lazos de disciplina: es decir, tendréis el Protestantismo. ¿Y cómo es que en el siglo xvi haya de tomar el mal tanta gravedad, tanta extensión y transcendencia? Porque la sociedad de entonces es muy diferente de todas las anteriores, y lo que en otras épocas pudiera causar un incendio parcial, había de acarrear en ésta una conflagración espantosa. Componíase la Europa de un conjunto de sociedades inmensas que, como formadas en una misma matriz, tenían mucha semejanza en ideas, costumbres, leyes é instituciones; habíase entablado, por consiguiente, entre ellas una viva comunicación, ora excitada por rivalidades, ora por comunidad de intereses; en la generalidad de la lengua latina existía un medio que facilitaba la circulación de toda clase de conocimientos; y, sobre todo, acababa de generalizarse un rápido vehículo, un medio de explotación, de multiplicación y expresión de todos los pensamientos y afectos; un medio que poco antes saliera de la cabeza de un hombre, como un resplandor milagroso preñado de colosales destinos: la imprenta.

Tal es el espíritu humano, tal su volubilidad, tanto el apego que cobra fácilmente á toda clase de innovaciones, tal el placer que siente en abandonar los antiguos rumbos para seguir otros nuevos, que, una vez levantada la enseña del error, era imposible que no se agrupasen muchos en torno de ella. Sacudido el yugo de la autoridad en países donde era tan vasta, tan activa la investigación, donde fermentaban tantas discusiones, donde bullían tantas ideas, donde germinaban todas las ciencias, ya no era dable que el vago espíritu del hombre se mantuviera fijo en ningún punto, y debía por precisión pulular un hormiguero de sectas, marchando cada una por su camino, á merced de sus ilusiones y caprichos. Aquí no hay medio: las naciones civilizadas, ó serán católicas, ó recorrerán todas las fases del error; ó se mantendrán aferradas al áncora de la autoridad, ó desplegarán un ataque general contra ella, combatiéndola en sí misma, y en cuanto enseña ó prescribe. El hombre cuyo entendimiento está despejado y claro, ó vive tranquilo en las apacibles regiones de la verdad, ó la busca desasosegado é inquieto; y como, estribando en principios falsos, siente que no está firme el terreno, que está mal segura y vacilante su planta, cambia continuamente de lugar, saltando de error en error, de abismo en abismo. El vivir en medio de errores, y estar satisfecho de ellos, y transmitirlos de generación en generación, sin hacer modificación ni mudanza, es propio de aquellos pueblos que vegetan en la ignorancia y envilecimiento: allí el espíritu no se mueve, porque duerme.

Colocado el observador en este punto de vista, descubre el Protestantismo tal cual es en sí; y, como domina completamente la posición, ve cada cosa en su lugar, y puede, por tanto, apreciar su verdadero tamaño, descubrir sus relaciones, estimar su influencia, y explicar sus anomalías. Entonces, situados los hombres en su lugar, y comparados con el vasto conjunto de los hechos, aparecen en el cuadro como figuras muy pequeñas, que podrían muy bien ser substituídas por otras, que nada importa que estuvieran un poco más acá, ó un poco más allá; que era indiferente que tuviesen esta ó aquella forma, este ó aquel colorido; y entonces salta á los ojos que el entretenerse mucho en ponderar la energía de carácter, la fogosidad y audacia de Lutero, la literatura de Melanchton, el talento sofístico de Calvino, y otras cosas semejantes, es desperdiciar el tiempo y no explicar nada. Y, en efecto: ¿qué eran todos esos hombres y otros corifeos? ¿tenían, acaso, algo de extraordinario? ¿no eran, por ventura, tales como se los encuentra con frecuencia en todas partes? Algunos de ellos ni excedieron siquiera de la raya de medianos; y de casi todos puede asegurarse que, si no hubieran tenido celebridad funesta, la hubieran tenido muy escasa. Pues ¿por qué hicieron tanto? Porque encontraron un montón de combustible y le pegaron fuego: ya veis que esto no es muy difícil; y, sin embargo, ahí está todo el misterio. Cuando veo á Lutero loco de orgullo, precipitarse en aquellos delirios y extravagancias que tanto lamentaban sus propios amigos; cuando le veo insultar groseramente á cuantos le contradicen, indignarse contra todo lo que no se humilla en su presencia; cuando le oigo vomitar aquel torrente de dicterios soeces, de palabras inmundas, apenas me causa otra impresión que la de lástima: este hombre, que tiene la singular ocurrencia de llamarse Notharius Dei, desvaría, tiene medio perdido el juicio, y no es extraño, porque ha soplado, y con su soplo se ha manifestado un terrible incendio; es que había un almacén de pólvora, y su soplo le ha aproximado una chispa, y el insensato que en su ceguera no lo advierte, dice en su delirio: muy poderoso soy; mirad: mi soplo es abrasador: pone en conflagración al mundo.

Y los abusos ¿qué influencia tuvieron? Si no abandonamos el mismo punto de vista en que nos hemos colocado, veremos que dieron tal vez alguna ocasión, que suministraron algún pábulo, pero que están muy lejos de haber ejercido la influencia que se les ha atribuído, y no es porque trate ni de negarlos, ni de excusarlos; no es porque no haga el debido caso de los lamentos de grandes hombres; pero no es lo mismo llorar un mal, que señalar y analizar su influencia. El varón justo que levanta su voz contra el vicio, el ministro del santuario devorado por el celo de la Casa del Señor, se expresan con acento tan alto y tan sentido, que no siempre sus quejas y gemidos pueden servir de dato seguro para estimar el justo valor de los hechos. Ellos sueltan una palabra que sale del fondo de su corazón; sale abrasada, porque arde en sus pechos el amor, y el celo de la justicia; y viene en pos de ellos la mala fe, interpreta á su maligno talante las expresiones, y todo lo exagera y desfigura.

Sea lo que fuere de todo esto, bien claro es que, ateniéndonos á lo que dejamos firmemente asentado con respecto al origen y naturaleza del Protestantismo, no pueden señalarse como principal causa de él los abusos; y que, cuando más, pueden indicarse como ocasiones y pretextos. Si así no fuere, sería menester decir que en la Iglesia, ya desde su origen, aun en el tiempo de su primitivo fervor, y de su pureza proverbial, tan ponderada por los adversarios, ya había muchos abusos: porque también entonces pululaban de continuo sectas, que protestaban contra sus dogmas, que sacudían su autoridad, y se apellidaban la verdadera Iglesia. Esto no tiene réplica; el caso es el mismo; y si se alegare la extensión que ha tenido el Protestantismo, y su propagación rápida, recordaré que esto se verificó también con respecto á otras sectas; reproduciré lo que decía San Jerónimo de los estragos del arrianismo: Gimió el orbe entero y asombróse de verse arriano. Que, si algo más se quiere citar con respecto al Protestantismo, bastante se lleva evidenciado que lo que tiene de característico, todo lo debe, no á los abusos, sino á la época en que nació.

Lo dicho hasta aquí es bastante para que pueda formarse concepto de la influencia que los abusos pudieron ejercer: pero, como este asunto ha dado tanto que hablar, y prestado origen á muchas equivocaciones, será bien, antes de pasar más adelante, detenerse todavía más en esta importante materia, fijando, en cuanto cabe, las ideas, y separando lo verdadero de lo falso, lo cierto de lo incierto. Que en los siglos medios se habían introducido abusos deplorables, que la corrupción de costumbres era mucha, y que, por consiguiente, era necesaria una reforma, es cierto, indudable. Por lo que toca á los siglos xi y xii, tenemos de esta triste verdad testigos tan intachables como San Pedro Damián, San Gregorio VII y San Bernardo. Algunos siglos después, si bien se habían corregido mucho los abusos, todavía eran de consideración, bastando para convencernos de esta verdad los lamentos de los varones respetables que anhelaban por la reforma; distinguiéndose muy particularmente el cardenal Julián en las terribles palabras con que se dirigía al Papa Eugenio IV, representándole los desórdenes del clero, principalmente del de Alemania. Confesada paladinamente la verdad, pues no creo que la causa del Catolicismo necesite para su defensa del embozo y de la mentira, resolveré en pocas palabras algunas cuestiones importantes.

¿Quién tenía la culpa de que se hubiesen introducido tamaños desórdenes? ¿Era la Corte de Roma? ¿Eran los obispos? Creo que sólo se la debe achacar á la calamidad de los tiempos. Para un hombre sensato bastará recordar que en Europa se habían consumado los hechos siguientes: la disolución del viejo y corrompido imperio romano; la irrupción é inundación de los bárbaros del Norte; la fluctuación y las guerras de éstos entre sí y con los demás pueblos por espacio de largos siglos; el establecimiento y el predominio del feudalismo con todas sus turbulencias y desastres; la invasión de los sarracenos, y su ocupación de una parte considerable de Europa. La ignorancia, la corrupción, la relajación de la disciplina, ¿no debían ser el resultado natural, necesario, de tanto trastorno? La sociedad eclesiástica ¿podía menos de resentirse profundamente de esa disolución, de ese aniquilamiento de la sociedad civil? ¿podía no participar de los males de ese horroroso caos en que se hallaba envuelta la Europa?

¿Faltó nunca en la Iglesia, el espíritu, el deseo, el anhelo de la reforma de los abusos? Se puede demostrar que no. Pasaré por alto los santos varones, que en todos aquellos calamitosos tiempos no dejó de abrigar en su seno; la historia nos los cuenta en número considerable, y de virtudes tan acendradas, que, al paso que contrastaban con la corrupción que les rodeaba, mostraban que no se había apagado en el seno de la Iglesia católica el divino fuego de las lenguas del Cenáculo. Este solo hecho prueba ya mucho; pero prescindiré de él, para llamar la atención sobre otro más notable, menos sujeto á cuestiones, menos tachable de exageración, y que no puede decirse limitado á este ó á aquel individuo, sino que es la verdadera expresión del espíritu que animaba al cuerpo de la Iglesia. Hablo de la incesante reunión de concilios en que se reprobaban y condenaban los abusos, y se inculcaba la santidad de costumbres, y la observancia de la disciplina. Afortunadamente este hecho consolador está fuera de toda duda; está patente á los ojos de todo el mundo, bastando, para convencerse de él, el haber abierto una vez siquiera algún libro de historia eclesiástica, ó alguna colección de concilios. Es sobremanera digno este hecho de llamar la atención, y aun puede añadirse que quizá no se ha advertido toda la importancia que encierra. En efecto: si observamos las otras sociedades, repararemos que, á medida que las ideas ó las costumbres cambian, van modificando rápidamente las leyes; y, si éstas le son muy contrarias, en poco tiempo las hacen callar, las arrollan, las echan por el suelo. Pero en la Iglesia no sucedió así: la corrupción se había extendido por todas partes de una manera lamentable: los ministros de la religión se dejaban arrastrar de la corriente, y se olvidaban de la santidad de su ministerio; pero el fuego santo ardía siempre en el santuario: allí se proclamaba, se inculcaba sin cesar la ley; y aquellos mismos hombres ¡cosa admirable!, aquellos mismos hombres que la quebrantaban, se reunían con frecuencia para condenarse á sí mismos, para afear su propia conducta, haciendo de esta manera más sensible, más público el contraste entre su enseñanza y sus obras. La simonía y la incontinencia eran los dos vicios dominantes; pues bien, abrid las colecciones de los concilios, y por dondequiera los encontraréis anatematizados. Jamás se vió tan prolongada, tan constante, tan tenaz lucha del derecho contra el hecho; jamás, como entonces, se vió por espacio de largos siglos á la ley colocada cara á cara contra las pasiones desencadenadas; y mantenerse allí firme, inmóvil, sin dar un paso atrás, sin permitirles tregua ni descanso hasta haberlas sojuzgado.

Y no fué inútil esa constancia, esa santa tenacidad: y así es que á principios del siglo xvi, es decir, á la época del nacimiento del Protestantismo, vemos que los abusos eran incomparablemente menores, que las costumbres se habían mejorado mucho, que la disciplina había adquirido vigor, y que se la observaba con bastante regularidad. El tiempo de las declamaciones de Lutero no era el tiempo calamitoso llorado por San Pedro Damián y por San Bernardo: el caos se había desembrollado mucho; la luz, el orden y la regularidad se iban difundiendo rápidamente; y, por prueba incontestable de que no yacía en tanta ignorancia y corrupción como se quería ponderar, podía la Iglesia ofrecer una exquisita muestra de hombres tan distinguidos en santidad como brillaron en aquel mismo siglo, y tan eminentes en sabiduría como resplandecieron en el Concilio de Trento. Es menester no olvidar la situación en que se había encontrado la Iglesia; es necesario no perder de vista que las grandes reformas exigen largo tiempo; que estas reformas encontraban resistencia en los eclesiásticos y en los seglares, y que, por haberlas querido emprender con firmeza y constancia Gregorio VII, se ha llegado á tacharle de temerario. No juzguemos á los hombres fuera de su lugar y tiempo; no pretendamos que todo se ajuste á los mezquinos tipos que nos forjamos en nuestra imaginación: los siglos ruedan en una órbita inmensa, y la variedad de circunstancias produce situaciones tan extrañas y complicadas, que apenas alcanzamos á concebirlas.

Bossuet, en su Historia de las variaciones, después de haber hecho una clasificación del diferente espíritu que guiaba á los hombres que habían intentado una reforma antes del siglo xvi, y después de citar las amenazadoras palabras del cardenal Julián, dice: «Así es como, en el siglo xv, ese cardenal, el hombre más grande de su tiempo, deploraba los males, previendo sus funestas consecuencias; de manera que parece haber pronosticado los que Lutero iba á causar á toda la cristiandad, empezando por la Alemania; y no se engañó al creer que el no haber cuidado de la reforma, y el aumento del odio contra el clero, iba á producir una secta más temible para la Iglesia que la de los bohemios.» De estas palabras se infiere que el ilustre obispo de Meaux encontraba una de las principales causas del Protestantismo en no haberse hecho á tiempo la reforma legítima. No se crea, por esto, que Bossuet excuse en lo más mínimo á los corifeos del Protestantismo, ni que trate de poner en salvo las intenciones de los novadores; antes al contrario, los coloca en la clase de los reformadores turbulentos, que, lejos de favorecer la verdadera reforma deseada por los hombres sabios y prudentes, sólo servían para hacerla más difícil, introduciendo con sus malas doctrinas el espíritu de desobediencia, de cisma y de herejía.

Á pesar de la autoridad de Bossuet, no puedo inclinarme á dar tanta importancia á los abusos, que los mire como una de las principales causas del Protestantismo, y no es necesario repetir lo que en apoyo de mi opinión he dicho antes. Pero no será fuera del caso advertir que mal pueden apoyarse en la autoridad de Bossuet los que intenten sincerar las intenciones de los primeros reformadores; pues que el ilustre prelado es el primero en suponerlos altamente culpables, y en reconocer que, si bien existían los abusos, nunca tuvieron los novadores la intención de corregirlos, antes sí de valerse de este pretexto para apartarse de la fe de la Iglesia, substraerse al yugo de la legítima autoridad, quebrantar todos los lazos de la disciplina, é introducir de esta suerte el desorden y la licencia.

Y á la verdad, ¿cómo sería posible atribuir á los primeros reformadores el espíritu de una verdadera reforma, cuando casi todos cuidaron de desmentirlo con su vergonzosa conducta? Si al menos se hubieran entregado á un riguroso ascetismo, si con la austeridad de sus costumbres hubiesen condenado la relajación de que se lamentaban, entonces podríamos sospechar si sus mismos extravíos fueron efecto de un celo exagerado, si fueron arrebatados al mal por un exceso de amor al bien; pero ¿sucedió algo de semejante? Oigamos lo que dice sobre el particular un testigo de vista, un hombre que por cierto no puede ser tildado de fanático, un hombre que guardó con los primeros corifeos del Protestantismo tantas consideraciones y miramientos, que no pocos los han calificado de culpables: es Erasmo, que, hablando con su acostumbrada gracia y malignidad, dice así: «Según parece, la reforma viene á parar á la secularización de algunos frailes, y al casamiento de algunos sacerdotes: y esa gran tragedia se termina, al fin, por un suceso muy cómico, pues que todo se desenlaza, como en las comedias, por un casamiento.»

Esto manifiesta hasta la evidencia cuál era el verdadero espíritu de los novadores del siglo xvi, y que, lejos de intentar la enmienda de los abusos, se proponían más bien agravarlos. En esta parte, la simple consideración de los hechos ha guiado á M. Guizot por el camino de la verdad, cuando no admite la opinión de aquellos que pretenden que «la reforma había sido una tentativa concebida y ejecutada con el solo designio de reconstituir una Iglesia pura, la Iglesia primitiva; ni una simple mira de mejora religiosa, ni el fruto de una utopia de humanidad y de verdad.» (Historia general de la civilización europea, lección 12.)

Tampoco será difícil ahora el apreciar en su justo valor el mérito de la explicación que ha dado de este fenómeno el escritor que acabo de citar. «La reforma, dice M. Guizot, fué un esfuerzo extraordinario en nombre de la libertad, una insurrección de la inteligencia humana.»

Este esfuerzo nació, según el mismo autor, de la vivísima actividad que desplegaba el espíritu humano, y del estado de inercia en que había caído la Iglesia romana: de que á la sazón caminaba el espíritu humano con fuerte é impetuoso movimiento, y la Iglesia se hallaba estacionaria. Ésta es una de aquellas explicaciones que son muy á propósito para granjearse admiradores y prosélitos; porque, colocados los pensamientos en terreno tan general y elevado, no pueden ser examinados de cerca por la mayor parte de los lectores, y, presentados con el velo de una imagen brillante, deslumbran los ojos, y preocupan el juicio.

Como lo que coarta la libertad de pensar, tal como la entiende aquí M. Guizot, y como la entienden los protestantes, es la autoridad en materias de fe, infiérese que el levantamiento de la inteligencia debió ser seguramente contra esa autoridad; es decir, que aconteció la sublevación del entendimiento, porque él marchaba, y la Iglesia no se movía de sus dogmas; ó, por valerme de la expresión de M. Guizot: «la Iglesia se hallaba estacionaria

Sea cual fuere la disposición de ánimo de M. Guizot con respecto á los dogmas de la Iglesia católica, al menos como filósofo debió advertir que andaba muy desacertado en señalar, como particular de una época, lo que para la Iglesia era un carácter de que ella se había glorificado en todos tiempos. En efecto: van ya más de 18 siglos que á la Iglesia se la puede llamar estacionaria en sus dogmas; y ésta es una prueba inequívoca de que ella sola está en posesión de la verdad: porque la verdad es invariable, por ser una.

Si, pues, el levantamiento de la inteligencia se hizo por esta causa, nada tuvo la Iglesia en aquel siglo que no tuviera en todos los anteriores, y no lo haya conservado en los siguientes; nada hubo de particular, nada de característico; nada, por consiguiente, se ha adelantado en la explicación de las causas del fenómeno; y si por esta razón la compara M. Guizot á los gobiernos viejos, ésta es una vejez que la tuvo la Iglesia desde su cuna. Como si M. Guizot hubiese sentido él propio la flaqueza de sus raciocinios, presenta los pensamientos en grupo, en tropel; hace desfilar á los ojos del lector diferentes órdenes de ideas, sin cuidar de clasificaciones, ni deslindes, para que la variedad distraiga y la mezcla confunda. En efecto: á juzgar por el contexto de su discurso, no parece que entienda aplicar á la Iglesia los epítetos de inerte, ni estacionaria con respecto á los dogmas, sino que más bien se deja conjeturar que trata de referirlo á pretensiones bajo el aspecto político y económico; pues, por lo que toca á la tiranía é intolerancia que han achacado algunos á la Corte de Roma, lo rechaza M. Guizot como una calumnia.

Supuesto que en esta parte presenta una incoherencia de ideas que parece no debíamos esperar de su claro entendimiento, incoherencia que á muchos se les haría recio de creer, me es indispensable copiar literalmente sus propias palabras, y en ellas aprenderemos que nada hay más incoherente que los grandes talentos, una vez colocados en una posición falsa.

«Había caído la Iglesia, dice M. Guizot, en un estado de inercia, se hallaba estacionaria: el crédito político de la Corte de Roma se había disminuído mucho: la dirección de la sociedad europea ya no le pertenecía, puesto que había pasado al gobierno civil. Con todo, tenía el poder espiritual las mismas pretensiones que antes; conservaba aún toda su pompa, toda su importancia exterior: sucedíale lo que ha acontecido, más de una vez á los gobiernos viejos y que han perdido su influencia: se dirigían de continuo quejas contra ella, y la mayor parte eran fundadas.» ¿Cómo es posible que M. Guizot no advirtiese que nada señalaba aquí que tuviese relación con la libertad del pensamiento, nada que no fuera de un orden muy diferente? El haberse disminuído el influjo político de la Corte de Roma, y el conservar aún sus pretensiones; el no pertenecerle ya la dirección de la sociedad europea, y el conservar ella su pompa é importancia exterior, ¿significa acaso otra cosa que las rivalidades que pudieron existir con respecto á asuntos políticos? ¿Y cómo pudo olvidar M. Guizot que poco antes había dicho que el señalar como causa del Protestantismo la rivalidad de los soberanos con el poder eclesiástico, no le parecía fundado, ni muy filosófico, ni en correspondiente proporción con la extensión é importancia de este suceso?

Si algunos creyesen que, aun cuando todo esto no tuviera relación directa con la libertad del pensamiento, no obstante, se provocó la sublevación intelectual con la intolerancia que manifestaba á la sazón la Corte de Roma: «No es verdad, les responderá M. Guizot, que en el siglo xvi la Corte de Roma fuese muy tiránica; no es verdad que los abusos, propiamente dichos, fuesen entonces más numerosos y más graves de lo que hasta aquella época habían sido. Al contrario, nunca quizás el gobierno eclesiástico se había mostrado más condescendiente y tolerante, más dispuesto á dejar marchar todas las cosas mientras no se cuestionase sobre su poder, mientras se le reconociesen, aun dejándolos sin ejercicio, los derechos que tenía: mientras se le asegurase la misma existencia, se le pagasen los mismos tributos. De este modo el gobierno eclesiástico hubiera dejado tranquilo al espíritu humano, si el espíritu humano hubiese querido hacer otro tanto con respecto á él.» Es decir, que no parece sino que M. Guizot se olvidó completamente de que asentaba todos esos antecedentes para manifestar que la reforma protestante había sido un grande esfuerzo en nombre de la libertad, un levantamiento de la inteligencia humana; pues que nada nos alega, nada recuerda que se opusiese á esta libertad; y aun si algo pudiera provocar el levantamiento, como habría sido la intolerancia, la crueldad, el no dejar tranquilo al espíritu humano, ya nos ha dicho M. Guizot que el gobierno eclesiástico en el siglo xvi no era tiránico, antes bien era condescendiente, tolerante, y que de su parte hubiera dejado tranquilo al espíritu humano.

Á la vista de tales datos, es evidente que el esfuerzo extraordinario en nombre de la libertad de pensar, es, en boca de M. Guizot, una palabra vaga, indefinible; y, al proferirla, parece que se propuso cubrir con brillante velo la cuna del Protestantismo, aun á expensas de la consecuencia en sus propias opiniones. Desechó las rivalidades políticas y apela luego á ellas; no da importancia á la influencia de los abusos, no los juzga por verdadera causa, y se olvida que en la lección antecedente había asentado que, si se hubiera hecho á tiempo una reforma legal tan oportuna y necesaria, tal vez se hubiera evitado la revolución religiosa: traza un cuadro en que se propone presentar puntos de contraste con esta libertad, quiere alzarse á consideraciones generales, elevadas, que abarquen la posición y las relaciones de la inteligencia, y se detiene en la pompa y aparato exterior, recuerda las rivalidades políticas, y, abatiendo su vuelo, hasta desciende al terreno de los tributos.

Esa incoherencia de ideas, esa debilidad de raciocinio, ese olvido de los propios asertos, sólo podrá parecer extraño á quien esté más acostumbrado á admirar el vuelo de los grandes talentos que á estudiar la historia de sus aberraciones. Cabalmente M. Guizot se hallaba en tal posición, que es muy difícil no equivocarse y deslumbrarse; porque, si es verdad que el caminar rastreramente sobre los hechos individuales trae el inconveniente de circunscribir la vista, y de conducir al observador á la colección de una serie de hechos aislados, más bien que á la formación de un cuerpo de ciencia, también es cierto que, divagando el espíritu por un inmenso espacio donde haya de abarcar muchos y muy variados hechos en todos sus aspectos y relaciones, corre peligro de alucinarse á cada paso; también es cierto que la demasiada generalidad suele rayar en hipotética y fantástica; que no pocas veces, alzándose con inmoderado vuelo el entendimiento para descubrir mejor el conjunto de los objetos, llega á no verlos como son en sí, quizás hasta los pierda enteramente de vista; y por eso es menester que los más elevados observadores recuerden con frecuencia el dicho de Bacón: «no alas, sino plomo».

M. Guizot tenía demasiada imparcialidad para que no pudiese menos de confesar la exageración con que habían sido abultados los abusos; además, tenía mucha filosofía para desconocer que no eran causa suficiente para producir un efecto tamaño; y hasta el sentimiento de su propia dignidad y decoro no le permitió mezclarse con esa turba bulliciosa y descomedida, que clama sin cesar contra la crueldad y la intolerancia; y así es que en esta parte hizo un esfuerzo para hacer justicia á la Iglesia romana. Pero desgraciadamente sus prevenciones contra la Iglesia no le permitieron ver las cosas como son en sí: columbró que el origen del Protestantismo debía buscarse en el mismo espíritu humano; pero, conocedor del siglo en que vive, y, sobre todo, de la época en que hablaba, presintió que, para ser bien acogidos sus discursos, era menester lisonjear al auditorio apellidando libertad; templó con algunas palabras suaves la amargura de los cargos contra la Iglesia, mas procurando luego que todo lo bello, todo lo grande y generoso, estuviera de parte del pensamiento engendrador de la reforma, y que recayesen sobre la Iglesia todas las sombras que habían de obscurecer el cuadro.

Á no ser así, hubiera visto, sin duda, que, si bien la principal causa del Protestantismo se halla en el espíritu humano, no era necesario recurrir á parangones injustos; no hubiera caído en la incoherencia que acabamos de ver; hubiera encontrado la raíz del hecho en el propio carácter del espíritu humano, y hubiera explicado su gravedad y transcendencia, con sólo recordar la naturaleza, posición y circunstancias de las sociedades en cuyo centro apareció. Habría notado que no hubo allí un esfuerzo extraordinario, sino una simple repetición de lo acontecido en cada siglo; un fenómeno común, que tomó un carácter especial, á causa de la particular disposición de la atmósfera que le rodeaba.

Este modo de considerar el Protestantismo como un hecho común, agrandado, empero, y extendido á causa de las circunstancias de la sociedad en que nació, me parece tan filosófico como poco reparado: y así presentaré otra proposición, que nos suministrará juntamente razones y ejemplos. Tal es el estado de las sociedades modernas, de tres siglos á esta parte, que todos los hechos que en ellas se verifiquen, han de tomar un carácter de generalidad, y, por tanto, de gravedad, que los ha de distinguir de los mismos hechos, verificados, empero, en otras épocas en que era diferente el estado de las sociedades. Dando una ojeada á la historia antigua, observaremos que todos los hechos tenían cierto aislamiento, por el cual ni eran tan provechosos cuando eran buenos, ni tan nocivos cuando eran malos. Cartago, Roma, Lacedemonia, Atenas, y todos esos pueblos antiguos, más ó menos adelantados en la carrera de la civilización, siguen cada cual su camino; pero siempre de una manera particular: las ideas, las costumbres, las formas políticas se sucedían unas á otras; pero no se descubre esa influencia de las ideas de un pueblo sobre las ideas de otro pueblo, de las costumbres del uno sobre las costumbres del otro; ese espíritu propagador que tiende á confundirlos á todos en un mismo centro: por manera que, excepto el caso de violenta conmixtión, se conoce muy bien que podrían los pueblos antiguos estar largo tiempo muy cercanos, conservando íntegramente cada uno sus propias fisonomías, sin experimentar á causa del contacto considerables mudanzas.

Observad, empero, cuán de otra manera sucede en Europa: una revolución en un país afecta todos los otros; una idea salida de una escuela pone en agitación á los pueblos, y en alarma á los gobiernos: nada hay aislado; todo se generaliza, todo se propaga, tomando con la misma expansión una fuerza terrible. He aquí por qué no es posible estudiar la historia de un pueblo, sin que se presenten en la escena todos los pueblos; no es posible estudiar la historia de una ciencia, de un arte, sin que se compliquen desde luego cien relaciones con otros objetos que no son ni científicos, ni artísticos: y es porque todos los pueblos se asimilan, todos los objetos se enlazan, todas las relaciones se abarcan y se cruzan; he aquí por qué no hay un asunto en un país en que no tomen interés, y aun parte si es posible, todos los demás; y he aquí por qué, concretándonos á la política, es y será siempre una idea sin aplicaciones la de no intervención; pues no se ha visto jamás que cada cual no procure intervenir en todos los negocios que le interesan.

Estos ejemplos, tomados de los órdenes políticos, literarios y artísticos, me parecen muy á propósito para dar á entender mi idea sobre lo que ha sucedido con respecto al orden religioso; y, si bien despojan al Protestantismo de ese manto filosófico con que se le ha querido cubrir aun en su cuna; si le quitan todo derecho á suponerse como un pensamiento que, lleno de previsión y de proyectos grandiosos, encerraba grandes destinos, tampoco rebajan en nada su gravedad y su extensión, en nada limitan el hecho; antes sí indican la verdadera causa de que se haya presentado con aspecto tan imponente.

Desde el punto de vista que acabo de señalar, todo se descubre en su verdadero tamaño: los hombres apenas figuran, casi desaparecen; los abusos se ofrecen como son: ocasiones y pretextos; los planes vastos, las ideas altas y generosas, los esfuerzos de independencia se reducen á suposiciones arbitrarias; el cebo de las depredaciones, la ambición, las rivalidades de los soberanos, juegan como causas más ó menos influyentes, pero siempre en un orden secundario: ninguna causa se excluye; sólo que se las coloca á todas en su lugar, no se permite la exageración en su influencia, y, señalándose una principal, no deja de mirarse el hecho como de tal naturaleza, que en su nacimiento y desarrollo debieron de obrar un sinnúmero de agentes. Y, cuando se llega á una cuestión capital en la materia; cuando se pregunta la causa del odio, de la exasperación, que han manifestado los sectarios contra Roma; cuando se pregunta si esto no revela algunos grandes abusos de su parte, si no hace sospechar su sinrazón, se puede responder tranquilamente: que siempre se ha visto que las olas en la tormenta braman furiosas contra la roca inmóvil que las resiste.

Tan lejos estoy de atribuir á los abusos la influencia que muchos les han asignado con respecto al nacimiento y desarrollo del Protestantismo, que estoy convencido de que, por más reformas legales que se hubieran hecho, por más condescendiente que se hubiera manifestado la autoridad eclesiástica en acceder á demandas y exigencias de todas clases, hubiera acontecido, poco más ó menos, la misma desgracia.

Es necesario haber reparado bien poco en la extrema inconstancia y movilidad del espíritu humano, y haber estudiado muy poco su historia, para desconocer que era ésta una de aquellas grandes calamidades que sólo Dios, por providencia especial, es bastante á evitarlas.[5]


CAPITULO III

La proposición sentada al fin del capítulo anterior me sugiere un corolario, que, si no me engaño, ofrece una nueva demostración de la divinidad de la Iglesia católica.

Se ha observado como cosa muy admirable la duración de la Iglesia católica por espacio de 18 siglos, y eso á pesar de tantos y tan poderosos adversarios; pero quizá no se ha notado bastante que, atendida la índole del espíritu humano, uno de los grandes prodigios que presenta sin cesar la Iglesia, es la unidad de doctrina en medio de toda clase de enseñanza, y abrigando siempre en su seno un número considerable de sabios.

Llamo muy particularmente sobre este punto la atención de todos los hombres pensadores; y estoy seguro de que, aun cuando yo no acierte á desenvolver cual merece este pensamiento, encontrarán ellos aquí un germen de muy graves reflexiones. Tal vez se acomodará también este modo de mirar la Iglesia, al gusto de ciertos lectores, pues prescindiré enteramente de los caracteres que se rocen con la revelación, y consideraré el Catolicismo, no como religión divina, sino como escuela filosófica.

Nadie que haya saludado la historia de las letras, me podrá negar que, en todos tiempos, haya tenido la Iglesia en su seno hombres ilustres por su sabiduría. En los primeros siglos, la historia de los Padres de la Iglesia es la historia de los sabios de primer orden, en Europa, en África y en Asia; después de la irrupción de los bárbaros, el catálogo de los hombres que conservaron algo del antiguo saber, no es más que un catálogo de eclesiásticos; y, por lo que toca á los tiempos modernos, no es dable señalar un solo ramo de los conocimientos humanos, en que no figuren en primera línea un número considerable de católicos. Es decir, que, de 18 siglos á esta parte, hay una serie no interrumpida de sabios, que son católicos, ó que están acordes en un cuerpo de doctrina formado de la reunión de las verdades enseñadas por la Iglesia católica. Prescindiendo ahora de los caracteres de divinidad que la distinguen, y considerándola únicamente como una escuela, ó una secta cualquiera, puede asegurarse que presenta en el hecho que acabo de consignar, un fenómeno tan extraordinario, que, ni es posible hallarle semejante en otra parte, ni es dable explicarle como comprendido en el orden regular de las cosas.

Seguramente que no es nuevo en la historia del espíritu humano, el que una doctrina, más ó menos razonable, haya sido profesada algún tiempo por un cierto número de hombres ilustrados y sabios: este espectáculo lo hemos presenciado en las sectas filosóficas antiguas y modernas; pero que una doctrina se haya sostenido por espacio de muchos siglos, conservando adictos á ella á sabios de todos tiempos y países, y sabios, por otra parte, muy discordes en sus opiniones particulares, muy diferentes en costumbres, muy opuestos tal vez en intereses y muy divididos por sus rivalidades, este fenómeno es nuevo, es único, sólo se encuentra en la Iglesia católica. Exigir fe, unidad en la doctrina, y fomentar de continuo la enseñanza, y provocar la discusión sobre toda clase de materias; incitar y estimular el examen de los mismos cimientos en que estriba la fe, preguntando para ello á las lenguas antiguas, á los monumentos de los tiempos más remotos, á los documentos de la historia, á los descubrimientos de las ciencias observadoras, á las lecciones de las más elevadas y analíticas; presentarse siempre con generosa confianza en medio de esos grandes liceos donde una sociedad, rica de talentos y de saber, reune como en focos de luz todo cuanto le han legado los tiempos anteriores, y lo demás que ella ha podido reunir con sus trabajos, he aquí lo que ha hecho siempre, y está haciendo todavía, la Iglesia; y, sin embargo, la vemos perseverar firme en su fe, en su unidad de doctrina, rodeada de hombres ilustres, cuyas frentes, ceñidas de los laureles literarios ganados en cien palestras, se le humillan serenas y tranquilas, sin que lo tengan á mengua, sin que crean que deslustren las brillantes aureolas que resplandecen sobre sus cabezas.

Los que miran el Catolicismo como una de tantas sectas que han aparecido sobre la tierra, será menester que busquen algún hecho que se parezca á éste; será menester que nos expliquen cómo la Iglesia puede de continuo presentarnos ese fenómeno, que tan en oposición se encuentra con la innata volubilidad del espíritu humano; será necesario que nos digan cómo la Iglesia romana ha podido realizar este prodigio, y qué imán secreto tiene en sus manos el Sumo Pontífice para que él pueda hacer lo que no ha podido otro hombre. Los que inclinan respetuosamente sus frentes al oir la palabra salida del Vaticano; los que abandonan su propio parecer para sujetarse á lo que les dicta un hombre que se apellida Papa, no son tan sólo los sencillos é ignorantes: miradlos bien: en sus frentes altivas descubriréis el sentimiento de sus propias fuerzas, y en sus ojos vivos y penetrantes veréis que se trasluce la llama del genio que oscila en su mente. En ellos reconoceréis á los mismos que han ocupado los primeros puestos de las academias europeas, que han llenado el mundo con la fama de sus nombres: nombres transmitidos á las generaciones venideras entre corrientes de oro. Recorred la historia de todos los tiempos, viajad por todos los países del orbe, y, si encontráis en ninguna parte un conjunto tan extraordinario, el saber unido con la fe, el genio sumiso á la autoridad, la discusión hermanada con la unidad, presentadle: habréis hecho un descubrimiento importante; habréis ofrecido á la ciencia un nuevo fenómeno que explicar: ¡ah! esto os será imposible, bien lo sabéis; y por esto apelaréis á nuevos efugios, por esto procuraréis obscurecer con cavilaciones la luz de una observación que sugiere á una razón imparcial, y hasta al sentido común, la legítima consecuencia de que en la Iglesia católica hay algo que no se encuentra en otra parte.

«Estos hechos, dirán los adversarios, son ciertos; las reflexiones que sobre ellos se han emitido no dejan de ser deslumbradoras; pero, bien analizada la materia, desaparecerán todas las dificultades que pueden presentarse por la extrañeza que causa el haberse verificado en la Iglesia un hecho que no se ha verificado en ninguna secta. Si bien se mira, cuanto hasta aquí se lleva alegado, sólo prueba que en la Iglesia ha habido siempre un sistema determinado, que, apoyado en un punto fijo, ha podido ser realizado con uniforme regularidad. En la Iglesia se ha conocido que el origen de la fuerza está en la unión, que para esta unión era necesario establecer unidad en la doctrina, y que para conservar esta unidad era necesaria la sumisión á la autoridad. Esto una vez conocido, se ha establecido el principio de sumisión, y se le ha conservado invariablemente: he aquí explicado el fenómeno; en esto no negaremos que haya sabiduría profunda, que haya un plan vasto, un sistema singular; pero nada podréis inferir en pro de la divinidad del Catolicismo.»

Esto es lo que se responderá, porque es lo único que se puede responder; pero fácil es de notar que, á pesar de esa respuesta, queda la dificultad en todo su vigor. Resulta siempre en claro que hay una sociedad sobre la tierra, que por espacio de 18 siglos ha sido siempre dirigida por un principio constante, fijo; una sociedad que ha logrado que se adhiriesen á este principio hombres eminentes de todos tiempos y países, y, por tanto, permanece siempre en pie todo el embarazo que ofrecen á los adversarios las siguientes preguntas: ¿Cómo es que sólo la Iglesia ha tenido este principio? ¿cómo es que á sólo ella se le haya ocurrido tal pensamiento? ¿cómo es que, si ha ocurrido á otra secta, ninguna lo haya podido poner en planta? ¿cómo es que todas las sectas filosóficas hayan desaparecido unas en pos de otras, y la Iglesia no? ¿cómo es que las otras religiones, si han querido conservar alguna unidad, han tenido siempre que huir de la luz, y esquivar la discusión, y envolverse en negras sombras; y la Iglesia haya siempre conservado su unidad, buscando la luz, y no ocultando sus libros, no escaseando la enseñanza, sino fundando por todas partes colegios, universidades y demás establecimientos, donde pudiesen reunirse y concentrarse todos los resplandores de la erudición y del saber?

No basta decir que hay un sistema, un plan: la dificultad está en la misma existencia de ese sistema, de ese plan; la dificultad está en explicar cómo se han podido concebir y ejecutar. Si se tratase de pocos hombres reunidos en ciertas circunstancias, en determinados tiempos y países, para la ejecución de un proyecto limitado á breve espacio, no habría aquí nada de particular; pero se trata de 18 siglos, se trata de todos los países, de las circunstancias más variadas, más diferentes, más opuestas; se trata de hombres que no han podido avenirse, ni concertarse. ¿Cómo se explica todo esto? Si no es más que un sistema, un plan humano, ¿qué hay de misterioso en esa ciudad de Roma, que así reune en torno suyo á tantos hombres ilustres de todos tiempos y países? Si el Pontífice de Roma no es más que el jefe de una secta, ¿cómo es que de tal modo alcanza á fascinar el mundo? ¿se habría visto jamás un mago que ejecutase extrañeza más estupenda? ¿No hace ya mucho tiempo que se declama contra su despotismo religioso? ¿por qué, pues, no ha habido otro hombre que le haya arrebatado el cetro? ¿por qué no se ha erigido otra cátedra que disputase á la suya la preeminencia, y se mantuviese en igual esplendor y poderío? ¿Es acaso por su poder material? Es muy limitado, y no podría medir sus armas con ninguna potencia de Europa. ¿Es por el carácter particular, por la ciencia, por las virtudes de los hombres que han ocupado el solio pontificio? Pero, ¿cómo es posible que en el espacio de 18 siglos no hayan tenido infinita variedad los caracteres de los Papas, y muy diferentes graduaciones su ciencia y sus virtudes? Á quien no sea católico, á quien no viere en el Pontífice romano al Vicario de Jesucristo, aquella piedra sobre la cual edificó Jesucristo la Iglesia, la duración de su autoridad ha de parecerle el más extraordinario de los fenómenos, ha de ofrecérsele como una de las cuestiones más dignas de proponerse á la ciencia que se ocupa en la historia del espíritu humano la siguiente: ¿cómo es posible que por espacio de tantos siglos haya podido existir una serie no interrumpida de sabios, que no se hayan apartado de la doctrina de la Cátedra de Roma?

Al comparar M. Guizot el Protestantismo con la Iglesia romana, parece que la fuerza de esta verdad conmovía algún tanto su entendimiento, y que los rayos de esta luz introducían el desconcierto en sus observaciones. Oigámosle de nuevo; oigamos á ese escritor cuyos talentos y nombradía habrán deslumbrado en estas materias á aquellos lectores que ni examinan siquiera la solidez de las pruebas, mientras vengan envueltas en hermosas imágenes; á aquellos que aplauden toda clase de pensamientos, mientras desfilen ante sus ojos en un torrente de elocuencia encantadora; que, llenos de entusiasmo por el mérito de un hombre, le escuchan como infalible oráculo, y, mientras blasonan de independencia intelectual, subscriben sin examen á las decisiones de su director, escuchan con sumisión sus fallos, y no se atreven á levantar la frente para pedirle los títulos del predominio. En las palabras de M. Guizot notaremos que sintió, como todos los grandes hombres del Protestantismo, el vacío inmenso que hay en estas sectas, y la fuerza y robustez que entraña la Religión católica; notaremos que no pudo eximirse de la regla general de los grandes ingenios, regla de que son prueba los más explícitos testimonios consignados en los escritos de los hombres más eminentes que ha tenido la reforma protestante. Después de haber notado M. Guizot la inconsecuencia con que precedió el Protestantismo, y su falta de buena organización en la sociedad intelectual, continúa: «No se ha sabido hermanar todos los derechos y necesidades de la tradición con las pretensiones de la libertad. Y eso proviene, sin duda, de que la reforma no ha plenamente comprendido y aceptado, ni sus principios, ni sus efectos.» ¿Qué religión será ésa que ni comprende ni acepta plenamente sus principios, y sus efectos? ¿Salió jamás de boca humana condenación más terminante de la reforma? ¿Cómo podrá pretender el derecho de dirigir ni al hombre ni á la sociedad? ¿Pudo decirse jamás otro tanto de las sectas filosóficas antiguas y modernas? «De ahí ese aire de inconsecuencia, continúa M. Guizot, que ha tenido la reforma, y el espíritu limitado que ha manifestado, circunstancias que han prestado armas y ventajas á sus adversarios. Sabían éstos bien lo que deseaban y lo que hacían; partían de principios fijos, y marchaban hasta sus últimas consecuencias. Nunca ha habido un gobierno más consecuente y sistemático que el de la Iglesia romana.» ¿Y de dónde trae su origen ese sistema tan consecuente? Cuando es tanta la inconstancia y la volubilidad del espíritu del hombre, ¿este sistema, esta consecuencia, estos principios fijos, nada dicen á la filosofía y al buen sentido?

Al reparar en esos terribles elementos de disolución que tienen su origen en el espíritu del hombre, y que tanta fuerza han adquirido en las sociedades modernas; al notar cómo destrozan y pulverizan todas las escuelas filosóficas, todas las instituciones religiosas, sociales y políticas, pero sin alcanzar á abrir una brecha en las doctrinas del Catolicismo, sin alterar ese sistema tan fijo y consecuente, ¿nada se inferirá en favor de la Religión católica? Decir que la Iglesia ha hecho lo que no han podido hacer jamás ninguna escuela, ningún gobierno, ninguna sociedad, ninguna religión, ¿no es confesar que es más sabia que la humanidad entera? Y esto ¿no prueba que no debe su origen al pensamiento del hombre, y que ha bajado del mismo seno del Criador del universo? En una sociedad formada de hombres, en un gobierno manejado por hombres, que cuenta 18 siglos de duración, que se extiende á todos los países, que se dirige al salvaje en sus bosques, al bárbaro en su tienda, al hombre civilizado en medio de las ciudades más populosas; que cuenta entre sus hijos al pastor que se cubre con el pellico, al rústico labrador, al poderoso magnate; que hace resonar igualmente su palabra al oído del hombre sencillo ocupado en sus mecánicas tareas, como al del sabio que, encerrado en su gabinete, está absorto en trabajos profundos; un gobierno como éste, tener, como ha dicho M. Guizot, siempre una idea fija, una voluntad entera, y guardar una conducta regular y coherente, ¿no es su apología más victoriosa, no es su panegírico más elocuente, no es una prueba de que encierra en su seno algo de misterioso?

Mil veces he contemplado con asombro ese estupendo prodigio; mil veces he fijado mis ojos sobre este árbol inmenso que extiende sus ramas desde el Oriente al Occidente, desde el Aquilón al Mediodía: véole cobijando con su sombra á tantos y tan diferentes pueblos, y encuentro descansando tranquilamente debajo de ella la inquieta frente del genio.

En Oriente, en los primeros siglos de haber aparecido sobre la tierra esa religión divina, en medio de la disolución que se había apoderado de todas las sectas, veo que se agolpan para escuchar su palabra los filósofos más ilustres; y en Grecia, en Asia, en los márgenes del Nilo, en todos esos países donde hormigueaba poco antes un sinnúmero de sectas, veo que se levanta de repente una generación de hombres grandes, ricos de erudición, de saber y de elocuencia, y todos acordes en la unidad de la doctrina católica. En Occidente, cuando se va á precipitar sobre el caduco imperio una muchedumbre de bárbaros, que se presentan á lo lejos como una negra nube que asoma en el horizonte preñada de calamidades y desastres, en medio de un pueblo sumergido en la corrupción de costumbres y olvidado completamente de su antigua grandeza, veo á los únicos hombres que pueden apellidarse dignos herederos del nombre romano, buscar un asilo á su austeridad de costumbres en el retiro de los templos, y pedir á la religión sus inspiraciones para conservar el antiguo saber y enriquecerle y agrandarle. Lléname de admiración y asombro el encontrar al talento sublime, al digno heredero del genio de Platón, que, después de haber preguntado por la verdad á todas las escuelas y sectas, después de haber recorrido todos los errores con briosa osadía y con indomable independencia, se siente al fin dominado por la autoridad de la Iglesia, y el filósofo libre se transforma en el grande obispo de Hipona. En los tiempos modernos desfila delante de mis ojos esa serie de hombres grandes que brillaron en los siglos de León X y de Luis XIV; veo perpetuarse esa ilustre raza á través del calamitoso siglo xviii; y en el siglo xix veo que se levantan también nuevos atletas, que, después de haber acosado al error en todas direcciones, van á colgar sus trofeos en la puerta de la Iglesia católica.

¡Qué prodigio es éste! ¡dónde se ha visto jamás una escuela, una secta, una religión semejante! Todo lo estudian, de todo disputan, á todo responden, todo lo saben, pero siempre acordes en la unidad de doctrina, siempre sumisos á la autoridad, siempre inclinando respetuosamente sus frentes, siempre humillándolas en obsequio de la fe; esas frentes donde brilla el saber, donde imprime sus rasgos un sentimiento de noble independencia, de donde salen tan generosos arranques. ¿No os parece descubrir un nuevo mundo planetario, donde globos luminosos ruedan en vastas órbitas por la inmensidad del espacio, pero atraídos por una misteriosa fuerza hacia el centro del sistema? Fuerza que no les permite el extravío, sin quitarles, empero, nada, ni de la magnitud de su mole, ni de la grandiosidad de su movimiento, antes inundándolos de luz, y dando á su marcha una regularidad majestuosa.[6]


CAPITULO IV

Esa idea fija, esa voluntad entera, ese plan tan sabio y constante, ese sistema tan trabado, esa conducta tan regular y coherente, ese marchar siempre con seguro paso hacia objeto y fin determinado, ese admirable conjunto reconocido y confesado por M. Guizot, y que tanto honra á la Iglesia católica, mostrando su profunda sabiduría y revelando la altura de su origen, no ha sido nunca imitado por el Protestantismo, ni en bien, ni en mal; porque, según llevo ya demostrado, no puede presentar un solo pensamiento del que tenga derecho á decir: esto es mío. Se ha querido apropiar el principio de examen privado en materias de fe, y algunos de sus adversarios tal vez no se han resistido mucho á adjudicárselo, por no reconocer en él otro elemento que pudiera llamarse constitutivo; y, además, por reparar que, si de haber engendrado tal principio quisiera gloriarse, sería semejante á aquellos padres insensatos que labran su propia ignominia, haciendo gala de tener hijos de pésima índole, y, díscolos en conducta. Es falso, sin embargo, que tal principio sea hijo suyo; antes al contrario, más bien podría decirse que el principio de examen ha engendrado el Protestantismo, pues que este principio se halla ya en el seno de todas las sectas, y se le reconoce como germen de todos los errores: por manera que, al proclamar los protestantes el examen privado, no hicieron más que ceder á la necesidad que es común á todas las sectas separadas de la Iglesia.

Nada hubo en esto de plan, nada de previsión, nada de sistema: la simple resistencia á la autoridad de la Iglesia envolvía la necesidad de un examen privado sin límites, la erección del entendimiento en juez único; y así fué desde un principio enteramente inútil toda la oposición que á las consecuencias y aplicaciones de tal examen hicieron los corifeos protestantes: roto el dique, no es posible contener las aguas.

«El derecho de examinar lo que debe creerse, dice una famosa dama protestante (De l'Allemagne, par Mad. Staël, 4.e partie, chap. 2), es el principio fundamental del Protestantismo. No lo entienden así los primeros reformadores; creían poder fijar las columnas del espíritu humano en los términos de sus propias luces; pero mal podían esperar que sus decisiones fuesen recibidas como infalibles, cuando ellos negaban este género de autoridad á la Religión católica.» Semejante resistencia por parte de ellos sólo sirvió á manifestar que no abrigaban ninguna de aquellas ideas que, si extravían el entendimiento, muestran al menos en cierto modo la generosidad y nobleza del corazón; y de ellos no podrá decir el entendimiento humano que le descaminasen con la mira de hacerle andar con mayor libertad. «La revolución religiosa del siglo xvi, dice M. Guizot, no conoció los verdaderos principios de la libertad intelectual; emancipaba el pensamiento, y todavía se empeñaba en gobernarlo por medio de la ley.»

Pero en vano lucha el hombre contra la fuerza entrañada por la misma naturaleza de las cosas; en vano fué que el Protestantismo quisiera poner límites á la extensión del principio de examen, y que á veces levantase tan alto la voz, y aun descargase su brazo con tal fuerza, que no parecía sino que trataba de aniquilarle. El espíritu de examen privado estaba en su mismo seno, allí perseveraba, allí se desenvolvía, allí obraba, aun á pesar suyo: no tenía medio el Protestantismo: ó echarse en brazos de la autoridad, es decir, reconocer su extravío, ó dejar al principio disolvente que ejerciera su acción, haciendo desaparecer de entre las sectas separadas hasta la sombra de la religion de Jesucristo, y viniendo á poner el Cristianismo en la clase de las escuelas filosóficas. Dado una vez el grito de resistencia á la autoridad de la Iglesia, pudiéronse muy bien calcular los funestos resultados: fué desde luego muy fácil prever que, desenvuelto, el maligno germen traía consigo la ruina de todas las verdades cristianas. ¿Y cómo era posible que no se desenvolviese rápidamente ese germen, en un suelo donde era tan viva la fermentación? Señalaron á voz en grito los católicos la gravedad é inminencia del riesgo; y en obsequio de la verdad es menester confesar que tampoco se ocultó á la previsión de algunos protestantes. ¿Quién ignora las explícitas confesiones que se oyeron ya desde un principio, y se han oído después, de boca de sus hombres más distinguidos? Los grandes talentos nunca se han hallado bien con el Protestantismo; siempre han encontrado en él un inmenso vacío: y por esta causa se los ha visto propender, ó á la irreligión, ó á la unidad católica.

El tiempo, ese gran juez de todas las opiniones, ha venido á confirmar el acierto de tan tristes pronósticos: y actualmente han llegado ya las cosas á tal extremo, que es necesario, ó estar muy escaso de instrucción, ó tener muy limitados alcances, para no conocer que la Religión cristiana, tal como la explican los protestantes, es una opinión, y no más; es un sistema formado de mil partes incoherentes, y que pone el Cristianismo al nivel de las escuelas filosóficas. Y nadie debe extrañar que parezca aventajarse algún tanto á ellas, y conserve ciertos rasgos que dan á su fisonomía algo que no se encuentra en lo que es puramente excogitado por el entendimiento del hombre; ¿sabéis de dónde nace todo esto? Nace de aquella sublimidad de la doctrina, de aquella santidad de moral, que, más ó menos desfiguradas, resplandecen siempre en todo cuanto conserva algún vestigio de la palabra de Jesucristo. Pero el endeble resplandor que queda luchando con las sombras después que ha desaparecido del horizonte el astro luminoso, no puede compararse con la luz del día; las sombras avanzan, se extienden, y, ahogando el débil reflejo, acaban por sumir la tierra en obscuridad tenebrosa.

Tal es la doctrina del Cristianismo entre los protestantes: con sólo dar una ojeada á sus sectas se conoce que ni son meramente filosóficas, ni tienen los caracteres de religión verdadera: el Cristianismo está entre ellas sin una autoridad, y por esto parece un viviente separado de su elemento, un árbol secado en su raíz; por esto presenta la fisonomía pálida y desfigurada de un semblante que no está ya animado por el soplo de vida. Habla el Protestantismo de la fe, y su principio fundamental la hiere de muerte; ensalza el Evangelio, y el mismo principio hace vacilar su autoridad, pues que le deja abandonado al discernimiento del hombre; y, si pondera la santidad y pureza de Jesucristo, ocurre desde luego que en algunas de las sectas disidentes se le despoja de su divinidad, y que todas podrían hacerlo muy bien, sin faltar al único principio que les sirve de punto de apoyo. Y, una vez negada, ó puesta en duda, la divinidad de Jesucristo, queda, cuando más, colocado en la clase de los grandes filósofos y legisladores, pierde la autoridad necesaria para dar á sus leyes aquella augusta sanción que tan respetables las hace á los mortales, no puede imprimirles aquel sello que tanto las eleva sobre todos los pensamientos humanos, y no se ofrecen ya sus consejos sublimes como otras tantas lecciones que fluyen de los labios de la sabiduría increada.

Quitando al espíritu humano el punto de apoyo de una autoridad, ¿en qué podrá afianzarse? ¿no queda abandonado á merced de sus sueños y delirios? ¿no se le abre de nuevo la tenebrosa é intrincada senda de interminables disputas que condujo á un caos á los filósofos de las antiguas escuelas? Aquí no hay réplica, y en esto andan acordes la razón y la experiencia: substituído á la autoridad de la Iglesia el examen privado de los protestantes, todas las grandes cuestiones sobre la divinidad y el hombre quedan sin resolver; todas las dificultades permanecen en pie; y, flotando entre sombras el entendimiento humano, sin divisar una luz que pueda servirle de guía segura, abrumado por la gritería de cien escuelas que disputan de continuo sin aclarar nada, cae en aquel desaliento y postración en que le había encontrado el Cristianismo, y del que le había levantado á costa de grandes esfuerzos. La duda, el pirronismo, la indiferencia, serán entonces el patrimonio de los talentos más aventajados; las teorías vanas, los sistemas hipotéticos, los sueños, formarán el entretenimiento de los sabios comunes; la superstición y las monstruosidades serán el pábulo de los ignorantes.

Y entonces, ¿qué habría adelantado la humanidad? ¿qué habría hecho el Cristianismo sobre la tierra? Afortunadamente para el humano linaje, no ha quedado la Religión cristiana abandonada al torbellino de las sectas protestantes; y en la autoridad de la Iglesia católica ha tenido siempre anchurosa base donde ha encontrado firme asiento para resistir á los embates de las cavilaciones y errores. Si así no fuera, ¿á dónde habría ya parado? La sublimidad de sus dogmas, la sabiduría de sus preceptos, la unción de sus consejos, ¿serían acaso más que bellos sueños contados en lenguaje encantador por un sabio filósofo? Sí, es preciso repetirlo: sin la autoridad de la Iglesia nada queda de seguro en la fe, es dudosa la divinidad de Jesucristo, es disputable su misión, es decir, que desaparece completamente la Religión cristiana; porque, en no pudiendo ella ofrecernos sus títulos celestiales, en no pudiendo darnos completa certeza de que ha bajado del seno del Eterno, que sus palabras son palabras del mismo Dios, que se dignó aparecer sobre la tierra para la salud de los hombres, ya no tiene derecho á exigirnos acatamiento. Colocada en la serie de los pensamientos puramente humanos, deberá someterse á nuestro fallo como las demás opiniones de los hombres; en el tribunal de la filosofía podrá sostener sus doctrinas como más ó menos razonables, pero siempre tendrá la desventaja de habernos querido engañar, de habérsenos presentado como divina, cuando no era más que humana; y al empezarse la discusión sobre la verdad de su sistema de doctrinas, siempre tendrá en contra de sí una terrible presunción, cual es, el que, con respecto á su origen, habrá sido una impostora.

Gloríanse los protestantes de la independencia de su entendimiento, y achacan á la Religión católica el que viola los derechos más sagrados, pues que, exigiendo sumisión, ultraja la dignidad del hombre. Cuando se declama en este sentido, vienen muy á propósito las exageraciones sobre las fuerzas de nuestro entendimiento, y no se necesita más que echar mano de algunas imágenes seductoras, pronunciando las palabras de atrevido vuelo, de hermosas alas, y otras semejantes, para dejar completamente alucinados á los lectores vulgares.

Goce enhorabuena de sus derechos el espíritu del hombre, gloríese de poseer la centella divina que apellidamos entendimiento, recorra ufano la naturaleza, y, observando los demás seres que le rodean, note con complacencia la inmensa altura á que sobre todos ellos se encuentra elevado; colóquese en el centro de las obras con que ha embellecido su morada, y señale como muestras de su grandeza y poder las transformaciones que se ejecutan dondequiera que estampare su huella, llegando, á fuerza de inteligencia y de gallarda osadía, á dirigir y señorear la naturaleza; mas, por reconocer la dignidad y elevación de nuestro espíritu mostrándonos agradecidos al beneficio que nos ha dispensado el Criador, ¿deberemos llegar hasta el extremo de olvidar nuestros defectos y debilidad? ¿Á qué engañarnos á nosotros mismos, queriendo persuadirnos de que sabemos lo que en realidad ignoramos? ¿Á qué olvidar la inconstancia y volubilidad de nuestro espíritu? ¿Á qué disimularnos que en muchas materias, aun de aquellas que son objeto de las ciencias humanas, se abruma y confunde nuestro entendimiento, y que hay mucho de ilusión en nuestro saber, mucho de hiperbólico en la ponderación de los adelantos de nuestros conocimientos? ¿No viene un día á desmentir lo que asentamos otro día? ¿no viene de continuo el curso de los tiempos burlando todas nuestras previsiones, deshaciendo nuestros planes, y manifestando lo aéreo de nuestros proyectos?

¿Qué nos han dicho en todos tiempos aquellos genios privilegiados á quienes fué concedido descender hasta los cimientos de nuestras creencias, alzarse con brioso vuelo hasta la región de las más sublimes inspiraciones, y tocar, por decirlo así, los confines del espacio que puede recorrer el entendimiento humano? Sí, los grandes sabios de todos tiempos, después de haber tanteado los senderos más ocultos de la ciencia, después de haberse arrojado á seguir los rumbos más atrevidos, que en el orden moral y físico se presentaban á su actividad y osadía en el anchuroso mar de las investigaciones, todos vuelven de sus viajes llevando en su fisonomía aquella expresión de desagrado, fruto natural de muy vivos desengaños; todos nos dicen que se ha deshojado á su vista una bella ilusión, que se ha desvanecido como una sombra la hermosa imagen que tanto los hechizaba; todos refieren que en el momento en que se figuraban que iban á entrar en un cielo inundado de luz, han descubierto con espanto una región de tinieblas, han conocido con asombro que se hallaban en una nueva ignorancia. Y por esta causa todos á una miran con tanta desconfianza las fuerzas del entendimiento, ellos que tienen un sentimiento íntimo que no les deja dudar de que las fuerzas del suyo exceden á las de los otros hombres. «Las ciencias, dice profundamente Pascal, tienen dos extremos que se tocan: el primero es la pura ignorancia natural, en que se encuentran los hombres al nacer; el otro es aquel en que se hallan las grandes almas, que, habiendo recorrido todo lo que los hombres pueden saber, encuentran que no saben nada

El Catolicismo dice al hombre: «Tu entendimiento es muy flaco, y en muchas cosas necesita un apoyo y una guía»; y el Protestantismo le dice: «La luz te rodea, marcha por do quieras, no hay para ti mejor guía que tú mismo». ¿Cuál de las dos religiones está de acuerdo con las lecciones de la más alta filosofía?

Ya no debe, pues, parecer extraño que los talentos más grandes que ha tenido el Protestantismo, todos hayan sentido cierta propensión á la Religión católica, y que no haya podido ocultárseles la profunda sabiduría que se encierra en el pensamiento de sujetar en algunas materias el entendimiento humano al fallo de una autoridad irrecusable. Y en efecto: mientras se encuentre una autoridad que en su origen, en su establecimiento, en su conservación, en su doctrina y conducta, reuna todos los títulos que puedan acreditarla de divina, ¿qué adelanta el entendimiento con no querer sujetarse á ella? ¿qué alcanza divagando á merced de sus ilusiones, en gravísimas materias, siguiendo caminos donde no encuentra otra cosa que recuerdos de extravíos, escarmientos y desengaños?

Si tiene el espíritu del hombre un concepto demasiado alto de sí mismo, estudie su propia historia, y en ella verá, palpará, que, abandonado á sus solas fuerzas, tiene muy poca garantía de acierto. Fecundo en sistemas, inagotable en cavilaciones, tan rápido en conseguir un pensamiento como poco á propósito para madurarle; semillero de ideas que nacen, hormiguean y se destruyen unas á otras, como los insectos que rebullen en un lago; alzándose tal vez en alas de sublime inspiración, y arrastrándose luego como el reptil que surca el polvo con su pecho; tan hábil é impetuoso para destruir las obras ajenas como incapaz de dar á las suyas una construcción sólida y duradera; empujado por la violencia de las pasiones, desvanecido por el orgullo, abrumado y confundido por tanta variedad de objetos como se le presentan en todas direcciones, deslumbrado por tantas luces falsas, y engañosas apariencias; abandonado enteramente á sí mismo, el corazón humano presenta la imagen de una centella inquieta y vivaz, que recorre sin rumbo fijo la inmensidad de los cielos, traza en su vario y rápido curso mil extrañas figuras, siembra en el rastro de su huella mil chispas relumbrantes, encanta un momento la vista con su resplandor, su agilidad y sus caprichos, y desaparece luego en la obscuridad, sin dejar en la inmensa extensión de su camino una ráfaga de luz para esclarecer las tinieblas de la noche.

Ahí está la historia de nuestros conocimientos: en ese inmenso depósito donde se hallan en confusa mezcla las verdades y los errores, la sabiduría y la necedad, el juicio y la locura; ahí se encontrarán abundantes pruebas de lo que acabo de afirmar: ellas saldrán en mi abono, si se quisiera tacharme de haber recargado el cuadro.[7]


CAPITULO V

Tanta verdad es lo que acabo de decir sobre la debilidad del humano entendimiento, que, aun prescindiendo del aspecto religioso, es muy notable que la próvida mano del Criador ha depositado en el fondo de nuestra alma un preservativo contra la excesiva volubilidad de nuestro espíritu; y preservativo tal, que, sin él, hubiéranse pulverizado todas las instituciones sociales, ó, más bien, no se hubieran jamás planteado; sin él, las ciencias no hubieran dado jamás un paso; y, si llegase jamás á desaparecer del corazón del hombre, el individuo y la sociedad quedarían sumergidos en el caos. Hablo de cierta inclinación á deferir á la autoridad; del instinto de fe, digámoslo así; instinto que merece ser examinado con mucha detención, si se quiere conocer algún tanto el espíritu del hombre, estudiar con provecho la historia de su desarrollo y progresos, encontrar las causas de muchos fenómenos extraños, descubrir hermosísimos puntos de vista que ofrece bajo este aspecto la Religión católica, y palpar, en fin, lo limitado y poco filosófico del pensamiento que dirige al Protestantismo.

Ya se ha observado muchas veces que no es posible acudir á las primeras necesidades, ni dar curso á los negocios más comunes, sin la deferencia á la autoridad de la palabra de otros, sin la fe; y fácilmente se echa de ver que, sin esa fe, desaparecería todo el caudal de la historia y de la experiencia; es decir, que se hundiría el fundamento de todo saber.

Importantes como son estas observaciones, y muy á propósito para demostrar lo infundado del cargo que se hace á la Religión católica por sólo exigir fe, no son ellas, sin embargo, las que llaman ahora mi atención, tratando como trato de presentar la materia bajo otro aspecto, de colocar la cuestión en otro terreno, donde ganará la verdad en amplitud é interés, sin perder nada de su inalterable firmeza.

Recorriendo la historia de los conocimientos humanos, y echando una ojeada sobre las opiniones de nuestros contemporáneos, nótase constantemente que, aun aquellos hombres que más se precian de espíritu de examen, y de libertad de pensar, apenas son otra cosa que el eco de opiniones ajenas. Si se examina atentamente ese grande aparato, que tanto ruido mete en el mundo con el nombre de ciencia, se notará que, en el fondo, encierra una gran parte de autoridad; y al momento que en él se introdujera un espíritu de examen enteramente libre, aun con respecto á aquellos puntos que sólo pertenecen al raciocinio, hundiríase en su mayor parte el edificio científico, y serían muy pocos los que quedarían en posesión de sus misterios. Ningún ramo de conocimientos se exceptúa de esta regla general, por mucha que sea la claridad y exactitud de que se gloríe. Ricas como son en evidencia de principios, rigurosas en sus deducciones, abundantes en observaciones y experimentos, las ciencias naturales y exactas, ¿no descansan, acaso, muchas de sus verdades en otras verdades más altas, para cuyo conocimiento ha sido necesaria aquella delicadeza de observación, aquella sublimidad de cálculo, aquella ojeada perspicaz y penetrante, á que alcanza tan sólo un número de hombres muy reducido?

Cuando Newton arrojó en medio del mundo científico el fruto de sus combinaciones profundas, ¿cuántos eran entre sus discípulos los que pudieran lisonjearse de estribar en convicciones propias, aun hablando de aquellos que, á fuerza de mucho trabajo, habían llegado á comprender algún tanto al grande hombre? Habían seguido al matemático en sus cálculos, se habían enterado del caudal de datos y experimentos que exponía á sus consideraciones el naturalista, y habían escuchado las reflexiones con que apoyaba sus aserciones y conjeturas el filósofo: creían de esta manera hallarse plenamente convencidos, y no deber en su asenso nada á la autoridad, sino únicamente á la fuerza de la evidencia y de las razones: ¿sí? Pues haced que desaparezca entonces el nombre de Newton, haced que el ánimo se despoje de aquella honda impresión causada por la palabra de un hombre que se presenta con un descubrimiento extraordinario, y que para apoyarle despliega un tesoro de saber que revela un genio prodigioso; quitad, repito, la sombra de Newton, y veréis que en la mente de su discípulo los principios vacilan, los razonamientos pierden mucho de su encadenamiento y exactitud, las observaciones no se ajustan tan bien con los hechos; y el hombre que se creyera tal vez un examinador completamente imparcial, un pensador del todo independiente, conocerá, sentirá cuán sojuzgado se hallaba por la fuerza de la autoridad, por el ascendiente del genio; conocerá, sentirá que en muchos puntos tenía asenso, mas no convicción, y que, en vez de ser un filósofo enteramente libre, era un discípulo dócil y aprovechado.

Apélese confiadamente al testimonio, no de los ignorantes, no de aquellos que han desflorado ligeramente los estudios científicos, sino de los verdaderos sabios, de los que han consagrado largas vigilias á los varios ramos del saber: invíteselos á que se concentren dentro de sí mismos, á que examinen de nuevo lo que apellidan sus convicciones científicas; y que se pregunten con entera calma y desprendimiento si, aun en aquellas materias en que se conceptúan más aventajados, no sienten repetidas veces sojuzgado su entendimiento por el ascendiente de algún autor de primer orden, y no han de confesar que, si á muchas cuestiones de las que tienen más estudiadas les aplicasen con rigor el método de Descartes, se hallarían con más creencias que convicciones.

Así ha sucedido siempre, y siempre sucederá así: esto tiene raíces profundas en la íntima naturaleza de nuestro espíritu, y, por lo mismo, no tiene remedio. Ni tal vez conviene que lo tenga; tal vez entra en esto mucho de aquel instinto de conservación que Dios con admirable sabiduría ha esparcido sobre la sociedad; tal vez sirve de fuerte correctivo á tantos elementos de disolución como ésta abriga en su seno.

Malo es, en verdad, muchas veces, malo es, y muy malo, que el hombre vaya en pos de la huella de otro hombre; no es raro el que se vean por esta causa lamentables extravíos; pero peor fuera aún que el hombre estuviera siempre en actitud de resistencia contra todo otro hombre para que no le pudiese engañar, y que se generalizase por el mundo la filosófica manía de querer sujetarlo todo á riguroso examen: ¡pobre sociedad entonces! ¡pobre hombre! ¡pobres ciencias, si cundiese á todos los ramos el espíritu de riguroso, de escrupuloso, de independiente examen!

Admiro el genio de Descartes, reconozco los grandes beneficios que ha dispensado á las ciencias; pero he pensado más de una vez que, si por algún tiempo pudiera generalizarse su método de duda, se hundiría de repente la sociedad; y aun entre los sabios, entre los filósofos imparciales, me parece que causaría grandes estragos; por lo menos es cierto que en el mundo científico se aumentaría considerablemente el número de los orates.

Afortunadamente no hay peligro de que así suceda; y, si el hombre tiene cierta tendencia á la locura, más ó menos graduada, también posee un fondo de buen sentido de que no le es posible desprenderse; y la sociedad, cuando se presentan algunos individuos de cabeza volcánica que se proponen convertirla en delirante, ó les contesta con burlona sonrisa, ó, si se deja extraviar por un momento, vuelve luego en sí, y rechaza con indignación á aquellos que la habían descaminado.

Para quien conozca á fondo el espíritu humano, serán siempre despreciables vulgaridades esas fogosas declamaciones contra las preocupaciones del vulgo; contra esa docilidad en seguir á otro hombre, contra esa facilidad en creerlo todo sin haber examinado nada. Como si en esto de preocupaciones, en esto de asentir á todo sin examen, hubiera muchos hombres que no fueran vulgo; como si las ciencias no estuvieran llenas de suposiciones gratuitas; como si en ellas no hubiera puntos flaquísimos sobre los cuales estribamos buenamente, cual en firmísimo é inalterable apoyo.

El derecho de posesión y de prescripción es otra de las singularidades que ofrecen las ciencias, y es bien digno de notarse que, sin haber tenido jamás esos nombres, haya sido reconocido este derecho, con tácito, pero unánime, consentimiento. ¿Cómo es esto posible? ¿Cómo? Estudiad la historia de las ciencias, y encontraréis á cada paso confirmada esta verdad. En medio de las eternas disputas que han dividido á los filósofos, ¿cuál es la causa de que una doctrina antigua haya opuesto tanta resistencia á una doctrina nueva, y diferido por mucho tiempo y tal vez impedido completamente su establecimiento? Es porque la antigua estaba ya en posesión, es porque se hallaba robustecida por un derecho de prescripción: no importa que no se usaran esos nombres: el resultado era el mismo; y por esta razón los inventores se han visto muchas veces menospreciados ó contrariados, cuando no perseguidos.

Es preciso confesarlo, por más que á ello se resista nuestro orgullo, y por más que se hayan de escandalizar algunos sencillos admiradores de los progresos de las ciencias: muchos han sido esos progresos, anchuroso es el campo por donde se ha espaciado el entendimiento humano, vastas las órbitas que ha recorrido, y admirables las obras con que ha dado una prueba de sus fuerzas; pero en todas estas cosas hay siempre una buena parte de exageración, hay mucho que cercenar, sobre todo cuando el nombre de ciencia se refiere á las relaciones morales. De semejantes ponderaciones nada puede deducirse para probar que nuestro entendimiento sea capaz de marchar con entera agilidad y desembarazo por toda clase de caminos; nada puede deducirse que contradiga el hecho que hemos establecido de que el entendimiento del hombre está sometido casi siempre, aunque sin advertirlo, á la autoridad de otro hombre.

En cada época se presentan algunos pocos, poquísimos entendimientos privilegiados, que, alzando su vuelo sobre todos los demás, les sirven de guía en las diferentes carreras; precipítase tras ellos una numerosa turba que se apellida sabia, y con los ojos fijos en la enseña enarbolada va siguiendo afanosa los pasos del aventajado caudillo. Y ¡cosa singular! todos claman por la independencia en la marcha, todos se precian de seguir aquel rumbo nuevo, como si ellos le hubieran descubierto, como si avanzaran en él, guiados únicamente por su propia luz é inspiraciones. Las necesidades, la afición ú otras circunstancias nos conducen á dedicarnos á este ó aquel ramo de conocimientos; nuestra debilidad nos está diciendo de continuo que no nos es dada la fuerza creatriz; y, ya que no podemos ofrecer nada propio, ya que nos sea imposible abrir un nuevo camino, nos lisonjeamos de que nos cabe una parte de gloria siguiendo la enseña de algún ilustre caudillo; y, en medio de tales sueños, llegamos tal vez á persuadirnos de que no militamos bajo la bandera de nadie, que sólo rendimos homenaje á nuestras convicciones, cuando en realidad no somos más que prosélitos de doctrinas ajenas.

En esta parte el sentido común es más cuerdo que nuestra enfermiza razón; y así es que el lenguaje (esta misteriosa expresión de las cosas, donde se encuentra tanto fondo de verdad y exactitud sin saber quién se lo ha comunicado) nos hace una severa reconvención por tan orgulloso desvanecimiento; y á pesar nuestro llama las cosas por sus nombres, clasificándonos á nosotros, y á nuestras opiniones, del modo que corresponde, según el autor á quien hemos seguido por guía. La historia de las ciencias ¿es acaso más que la historia de los combates de una escasa porción de aventajados caudillos? Recórranse los tiempos antiguos y modernos, extiéndase la vista á los varios ramos de nuestros conocimientos, y se verá un cierto número de escuelas, planteadas por algún sabio de primer orden, dirigidas luego por otro que por sus talentos haya sido digno de sucederle; y durando así, hasta que, cambiadas las circunstancias, falta de espíritu de vida, muere naturalmente la escuela, ó presentándose algún hombre audaz, animado de indomable espíritu de independencia, la ataca, y la destruye, para asentar sobre sus ruinas la nueva cátedra del modo que á él le viniera en talante.

Cuando Descartes destronó á Aristóteles ¿no se colocó por de pronto en su lugar? La turba de filósofos que blasonaban de independientes, pero cuya independencia era desmentida por el título que llevaban de Cartesianos, eran semejantes á los pueblos que en tiempo de revueltas aclaman libertad, y destronan al antiguo monarca, para someterse después al hombre bastante osado que recoge el cetro y la diadema que yacen abandonados al pie del antiguo solio.

Créese en nuestro siglo, como se creyó en el anterior, que marcha el entendimiento humano con entera independencia; y á fuerza de declamar contra la autoridad en materias científicas, á fuerza de ensalzar la libertad del pensamiento, se ha llegado á formar la opinión de que pasaron ya los tiempos en que la autoridad de un hombre valía algo, y que ahora ya no obedece cada sabio sino á sus propias é íntimas convicciones. Allégase á todo esto que, desacreditados los sistemas y las hipótesis, se ha desplegado grande afición al examen y análisis de los hechos, y esto ha contribuído á que se figuren muchos que, no sólo ha desaparecido completamente la autoridad en las ciencias, sino que hasta ha llegado á hacerse imposible.

Á primera vista, bien pudiera esto parecer verdad; pero, si damos en torno de nosotros una atenta mirada, notaremos que no se ha logrado otra cosa sino aumentar algún tanto el número de los jefes, y reducir la duración de su mando. Éste es verdadero tiempo de revueltas, y tal vez de revolución literaria y científica, semejante en un todo á la política, en que se imaginan los pueblos que disfrutan más libertad, sólo porque ven el mando distribuído en mayor número de manos, y porque tienen más anchura para deshacerse con frecuencia de los gobernantes, haciendo pedazos como á tiranos á los que antes apellidaran padres y libertadores; bien que, después de su primer arrebato, dejan el campo libre para que se presenten otros hombres á ponerles un freno, tal vez un poco más brillante, pero no menos recio y molesto. Á más de los ejemplos que nos ofrecería en abundancia la historia de las letras de un siglo á esta parte, ¿no vemos ahora mismo unos nombres substituídos á otros nombres, unos directores del entendimiento humano substituídos á otros directores?

En el terreno de la política, donde al parecer más debiera campear el espíritu de libertad, ¿no son contados los hombres que marchan al frente? ¿no los distinguimos tan claro como á los generales de ejército en campaña? En la arena parlamentaria ¿vemos acaso otra cosa que dos ó tres cuerpos de combatientes que hacen sus evoluciones á las órdenes del respectivo caudillo con la mayor regularidad y disciplina? ¡Oh! ¡cuán bien comprenderán estas verdades aquellos que se hallan elevados á tal altura! Ellos que conocen nuestra flaqueza, ellos que saben que para engañar á los hombres bastan por lo común las palabras, ellos habrán sentido mil veces asomar en sus labios la sonrisa, cuando, al contemplar engreídos el campo de sus triunfos, al verse rodeados de una turba preciada de inteligente que los admiraba y aclamaba con entusiasmo, habrán oído á algunos de sus más fervientes y más devotos prosélitos cuál blasonaban de ilimitada libertad de pensar, de completa independencia en las opiniones y en los votos.

Tal es el hombre; tal nos le muestran la historia y la experiencia de cada día. La inspiración del genio, esa fuerza sublime que eleva el entendimiento de algunos seres privilegiados, ejercerá siempre, no sólo sobre los sencillos é ignorantes, sino también sobre el común de los sabios, una acción fascinadora. ¿Dónde está, pues, el ultraje que hace á la razón humana la Religión católica, cuando, al propio tiempo que le presenta los títulos que prueban su divinidad, le exige la fe? ¿Esa fe que el hombre dispensa tan fácilmente á otro hombre, en todas materias, aun en aquellas en que más presume de sabio, no podrá prestarla sin mengua de su dignidad á la Iglesia católica? ¿Será un insulto hecho á su razón el señalarle una norma fija, que le asegure con respecto á los puntos que más le importan, dejándole, por otra parte, amplia libertad de pensar lo que más le agrade sobre aquel mundo que Dios ha entregado á las disputas de los hombres? Con esto ¿hace acaso más la Iglesia que andar muy de acuerdo con las lecciones de la más alta filosofía, manifestar un profundo conocimiento del espíritu humano, y librarle de tantos males como le acarrea su volubilidad é inconstancia, su veleidoso orgullo, combinados de un modo extraño con esa facilidad increíble de deferir á la palabra de otro hombre? ¿Quién no ve que con ese sistema de la Religión católica se pone un dique al espíritu de proselitismo que tantos daños ha causado á la sociedad? Ya que el hombre tiene esa irresistible tendencia á seguir los pasos de otro, ¿no hace un gran beneficio á la humanidad la Iglesia católica, señalándole de un modo seguro el camino por donde debe andar, si quiere seguir las pisadas de un Hombre-Dios? ¿No pone de esta manera muy á cubierto la dignidad humana, librando, al propio tiempo, de terrible naufragio los conocimientos más necesarios al individuo y á la sociedad?[8]


CAPITULO VI

En contra de la autoridad que trata de ejercer su jurisdicción sobre el entendimiento, se alegará, sin duda, el adelanto de las sociedades; y el alto grado de civilización y cultura á que han llegado las naciones modernas se producirá como un título de justicia para lo que se apellida emancipación del entendimiento. Á mi juicio, está tan distante esta réplica de tener algo de sólido, está tan mal cimentada sobre el hecho en que pretende apoyarse, que, antes bien, del mayor adelanto de la sociedad debiera inferirse la necesidad más urgente de una regla viva, tal como lo juzgan indispensable los católicos.

Decir que las sociedades en su infancia y adolescencia hayan podido necesitar esa autoridad como un freno saludable, pero que este freno se ha hecho inútil y degradante cuando el entendimiento humano ha llegado á mayor desarrollo, es desconocer completamente la relación que tienen con los diferentes estados de nuestro entendimiento, los objetos sobre que versa semejante autoridad.

La verdadera idea de Dios, el origen, el destino y la norma de conducta del hombre, y todo el conjunto de medios que Dios le ha proporcionado para llegar á su alto fin, he aquí los objetos sobre que versa la fe, y sobre los cuales pretenden los católicos la necesidad de una regla infalible; sosteniendo que, á no ser así, no fuera dable evitar los más lamentables extravíos, ni poner la verdad á cubierto de las cavilaciones humanas.

Esta sencilla consideración bastará para convencer de que el examen privado sería mucho menos peligroso en pueblos poco adelantados en la carrera de la civilización, que no en otros que hayan ya adelantado mucho en ella. En un pueblo cercano á su infancia hay naturalmente un gran fondo de candor y sencillez, disposiciones muy favorables para que recibiera con docilidad las lecciones esparcidas en el Sagrado Texto, saboreándose en las de fácil comprensión, y humillando su frente ante la sublime obscuridad de aquellos lugares que Dios ha querido encubrir con el velo del misterio. Hasta su misma posición crearía en cierto modo una autoridad; pues, como no estuviera aún afectado por el orgullo y la manía del saber, se habría reducido á muy pocos el examinar el sentido de las revelaciones hechas por Dios al hombre, y esto produciría naturalmente un punto céntrico de donde dimanara la enseñanza.

Pero sucede muy de otra manera en un pueblo adelantado en la carrera del saber; porque la extensión de los conocimientos á mayor número de individuos, aumentando el orgullo y la volubilidad, multiplica y subdivide las sectas en infinitas fracciones, y acaba por trastornar todas las ideas, y por corromper las tradiciones más puras. El pueblo, cercano á su infancia, como está exento de la vanidad científica, entregado á sus ocupaciones sencillas, y apegado á sus antiguas costumbres, escucha con docilidad y respeto al anciano venerable que, rodeado de sus hijos y nietos, refiere con tierna emoción la historia y los consejos que él á su vez había recibido de sus antepasados; pero, cuando la sociedad ha llegado á mucho desarrollo; cuando, debilitado el respeto á los padres de familia, se ha perdido la veneración á las canas; cuando nombres pomposos, aparatos científicos, grandes bibliotecas, hacen formar al hombre un gran concepto de la fuerza de su entendimiento; cuando la multiplicación y actividad de las comunicaciones esparcen á grandes distancias las ideas, y haciéndolas fermentar por medio del calor que adquieren con el movimiento, les dan aquella fuerza mágica que señorea los espíritus; entonces es precisa, indispensable, una autoridad, que, siempre viva, siempre presente, siempre en disposición de acudir á donde lo exija la necesidad, cubra con robusta égida el sagrado depósito de las verdades independientes de tiempos y climas, sin cuyo conocimiento flota eternamente el hombre á merced de sus errores y caprichos, y marcha con vacilante paso desde la cuna al sepulcro; aquellas verdades sobre las cuales está sentada la sociedad como sobre firmísimo cimiento; cimiento que, una vez conmovido, pierde su aplomo el edificio, oscila, se desmorona, y se cae á pedazos. La historia literaria y política de Europa de tres siglos á esta parte nos ofrece demasiadas pruebas de lo que acabo de decir, siendo de lamentar que cabalmente estalló la revolución religiosa en el momento en que debía ser más fatal: porque, encontrando á las sociedades agitadas por la actividad que desplegaba el espíritu humano, quebrantó el dique, cuando era necesario robustecerle.

Por cierto que no es saludable apocar en demasía á nuestro espíritu, achacándole defectos que no tenga, ó exagerando aquellos de que en realidad adolece; pero tampoco es conveniente engreirle sobradamente, ponderando más de lo que es justo el alcance de sus fuerzas: esto, á más de serle muy dañoso en diferentes sentidos, es muy poco favorable á su mismo adelanto; y aun, si bien se mira, es poco conforme al carácter grave y circunspecto, que ha de ser uno de los distintivos de la verdadera ciencia. Que la ciencia, si ha de ser digna de este nombre, no ha de ser tan pueril, que se muestre ufana y vanidosa por aquello que en realidad no le pertenece como propiedad suya: es menester que no desconozca los límites que la circunscriben, y que tenga bastante generosidad y candidez para confesar su flaqueza.

Un hecho hay en la historia de las ciencias, que, al propio tiempo que revela la intrínseca debilidad del entendimiento, hace palpar lo mucho que entra de lisonja en los desmedidos elogios que á veces se le prodigan; infiriéndose de aquí cuán arriesgado sea el abandonarle del todo á sí mismo, sin ningún género de guía. Consiste este hecho en las sombras que se van encontrando á medida que nos acercamos á la investigación de los secretos que rodean los primeros principios de las ciencias: por manera que, aun hablando de las que más nombradía tienen por su verdad, evidencia y exactitud, en llegando á profundizar hasta sus cimientos, parece que se encuentra un terreno poco firme, resbaladizo, en términos que el entendimiento, sintiéndose poco seguro y vacilante, retrocede, temeroso de descubrir alguna cosa que lanzara la incertidumbre y la duda sobre aquellas verdades, en cuya evidencia se había complacido.

No participo yo del mal humor de Hobbes contra las matemáticas, y, entusiasta como soy de sus adelantos y profundamente convencido como estoy de las ventajas que su estudio acarrea á las demás ciencias y á la sociedad, mal pudiera tratar, ni de disminuir su mérito, ni de disputarles ninguno de los títulos que las ennoblecen; pero, ¿quién diría que ni ellas se exceptúan de la regla general? ¿faltan acaso en ellas puntos débiles, senderos tenebrosos?

Por cierto que, al exponerse los primeros principios de estas ciencias, consideradas en toda su abstracción, y al deducir las proposiciones más elementales, camina el entendimiento por un terreno llano, desembarazado, donde ni se ofrece siquiera la idea de que pueda ocurrir el más ligero tropiezo. Prescindiré ahora de las sombras que hasta sobre este camino podrían esparcir la ideología y la metafísica, si se presentasen á disputar sobre algunos puntos, aun buscando su apoyo en los escritos de filósofos aventajados; pero, ciñéndonos al círculo en que naturalmente se encierran las matemáticas, ¿quién de los versados en ellas ignora que, avanzando en sus teorías, se encuentran ciertos puntos donde el entendimiento tropieza con una sombra; donde, á pesar de tener á la vista la demostración, y de haberla empleado en todas sus partes, se halla como fluctuante, sintiendo un no sé qué de incertidumbre, de que apenas acierta á darse cuenta á sí propio? ¿Quién no ha experimentado que, á veces, después de dilatados raciocinios, al divisar la verdad, se halla uno como si hubiera descubierto la luz del día, pero después de haber andado largo trecho á obscuras, por un camino cubierto? Fijando entonces vivamente la atención sobre aquellos pensamientos que divagan por la mente como exhalaciones momentáneas, sobre aquellos movimientos casi imperceptibles que en tales casos nacen y mueren de continuo en nuestra alma, se nota que el entendimiento, en medio de sus fluctuaciones, extiende la mano sin advertirlo al áncora que le ofrece la autoridad ajena, y que, para asegurarse, hace desfilar delante de sus ojos la sombra de algunos matemáticos ilustres, y el corazón como que se alegra de que aquello esté ya enteramente fuera de duda, por haberlo visto de una misma manera una serie de hombres grandes. ¿Y qué? ¿se sublevarán tal vez la ignorancia y el orgullo contra semejantes reflexiones? Estudiad esas ciencias, ó, cuando menos, leed su historia, y os convenceréis de que también se encuentran en ellas abundantes pruebas de la debilidad del entendimiento del hombre.

La portentosa invención de Newton y Leibnitz ¿no encontró en Europa numerosos adversarios? ¿no necesitó para solidarse bien, el que pasara algún tiempo, y que la piedra de toque de las aplicaciones viniese á manifestar la verdad de los principios y la exactitud de los raciocinios? ¿y creéis, por ventura, que si ahora se presentara de nuevo esa invención en el campo de las ciencias, hasta suponiéndola pertrechada de todas las pruebas con que se la ha robustecido, y rodeada de aquella luz con que la han bañado tantas aclaraciones; creéis, por ventura, repito, que no necesitaría también de algún tiempo, para que, afirmada, digámoslo así, con el derecho de prescripción, alcanzase en sus dominios la tranquilidad y sosiego de que actualmente disfruta?

Bien se deja sospechar que no les ha de caber á las demás ciencias escasa parte de esa incertidumbre, que trae su origen de la misma flaqueza del espíritu humano; y, como quiera que en cuanto á ellas apenas me parece posible que haya quien trate de contradecirlo, pasaré á presentar algunas consideraciones sobre el carácter peculiar de las ciencias morales.

Tal vez no se ha reparado bastante que no hay estudio más engañoso que el de las verdades morales; y le llamo engañoso, porque, brindando al investigador con una facilidad aparente, le empeña en pasos en que apenas se encuentra salida. Son como aquellas aguas tranquilas que manifiestan poca profundidad, un fondo falso, pero que encierran un insondable abismo. Familiarizados nosotros con su lenguaje desde la más tierna infancia; viendo en rededor nuestro sus continuas aplicaciones; sintiendo que se nos presentan como de bulto, y hallándonos con cierta facilidad de hablar de repente sobre muchos de sus puntos, persuadímonos con ligereza de que tampoco nos ha de ser difícil un estudio profundo de sus más altos principios, y de sus relaciones más delicadas; y ¡cosa admirable! apenas salimos de la esfera del sentido común, apenas tratamos de desviarnos de aquellas expresiones sencillas, las mismas que balbucientes pronunciábamos en el regazo de nuestra madre, nos hallamos en el más confuso laberinto. Entonces, si el entendimiento se abandona á sus cavilaciones; si no escucha la voz del corazón, que le habla con tanta sencillez como elocuencia; si no templa aquella fogosidad que le comunica el orgullo; si con loco desvanecimiento no atiende á lo que le prescribe el cuerdo buen sentido, llega hasta el exceso de despreciar el depósito de aquellas tan saludables como necesarias verdades que conserva la sociedad para irlas transmitiendo de generación en generación; y, marchando solo, á tientas, en medio de las más densas tinieblas, acaba por derrumbarse en aquellos precipicios de extravagancias y delirios de que la historia de las ciencias nos ofrece tan repetidos y lamentables ejemplos.

Si bien se observa, se nota una cosa semejante en todas las ciencias; porque el Criador ha querido que no nos faltaran aquellos conocimientos que nos eran necesarios para el uso de la vida, y para llegar á nuestro destino; pero no ha querido complacer nuestra curiosidad, descubriéndonos verdades que para nada nos eran necesarias. Sin embargo, en algunas materias ha comunicado al entendimiento cierta facilidad que le hace capaz de enriquecer de continuo sus dominios; pero, en orden á las verdades morales, le ha dejado en una esterilidad completa: lo que necesitaba saber, ó se lo ha grabado con caracteres muy sencillos é inteligibles en el fondo de su corazón, ó se lo ha consignado de un modo muy expreso y terminante en el Sagrado Texto, mostrándole una regla fija en la autoridad de la Iglesia, á donde podía acudir para aclarar sus dudas; pero, por lo demás, le ha dejado de manera que, si se trata de cavilar y espaciarse á su capricho, recorre de continuo un mismo camino, lo hace y deshace mil veces; encontrando en un extremo el escepticismo, en el otro la verdad pura.

Algunos ideólogos modernos reclamarán, tal vez, contra reflexiones semejantes, y mostrarán en contra de esta aserción el fruto de sus trabajos analíticos. «Cuando no se había descendido al análisis de los hechos, dirán ellos; cuando se divagaba entre sistemas aéreos, y se recibían palabras sin examen ni discernimiento, entonces pudiera ser verdad todo esto; pero ahora, cuando las ideas de bien y mal moral las hemos aclarado nosotros tan completamente, que hemos deslindado lo que había en ellas de preocupación y de filosofía; que hemos asentado todo el sistema de moral sobre principios tan sencillos, como son el placer y el dolor; que hemos dado en estas materias ideas tan claras, como son las varias sensaciones que nos causa una naranja; ahora, decir todo esto, es ser ingrato con las ciencias; es desconocer el fruto de nuestros sudores.» Ni me son desconocidos los trabajos de algunos nuevos ideólogo-moralistas, ni la engañosa sencillez con que desenvuelven sus teorías, dando á las más difíciles materias un aspecto de facilidad y llaneza, que, al parecer, debe de estar todo al alcance de las inteligencias más limitadas: no es éste el lugar á propósito para examinar esas teorías, esas investigaciones analíticas; observaré, no obstante, que, á pesar de tanta sencillez, no parece que se vaya en pos de ellos ni la sociedad, ni la ciencia; y que sus opiniones, sin embargo de ser recientes, son ya viejas. Y no es extraño, porque fácilmente se había de ocurrir que, á pesar de su positivismo, si puedo valerme de esta palabra, son tan hipotéticos esos ideólogos, como muchos de los antecesores á quienes ellos motejan y desprecian. Escuela pequeña y de espíritu limitado, que, sin estar en posesión de la verdad, no tiene siquiera aquella belleza con que hermosean á otras los brillantes sueños de grandes hombres; escuela orgullosa y alucinada, que cree profundizar un hecho, cuando le obscurece, y afianzarle, sólo porque le asevera; y que, en tratándose de relaciones morales, se figura que analiza el corazón, sólo porque le descompone y diseca.

Si tal es nuestro entendimiento, si tanta es su flaqueza con respecto á todas las ciencias, si tanta es su esterilidad en los conocimientos morales, que no ha podido adelantar un ápice sobre lo que le ha enseñado la bondadosa Providencia, ¿qué beneficio ha hecho el Protestantismo á las sociedades modernas, quebrantando la fuerza de la autoridad, única capaz de poner un dique á lamentables extravíos?[9]


CAPITULO VII

Rechazada por el Protestantismo la autoridad de la Iglesia, y estribando sobre este principio como único cimiento, ha debido buscar en el hombre todo su apoyo; y, desconocido hasta tal punto el espíritu humano, y su verdadero carácter, y sus relaciones con las verdades religiosas y morales, le ha dejado ancho campo para precipitarse, según la variedad de las situaciones, en dos extremos tan opuestos como son el fanatismo y la indiferencia.

Extraño parecerá quizás enlace semejante, y que extravíos tan opuestos puedan dimanar de un mismo origen, y, sin embargo, nada hay más cierto; viniendo en esta parte los ejemplos de la historia á confirmar las lecciones de la filosofía. Apelando el Protestantismo al solo hombre en las materias religiosas, no le quedaban sino dos medios de hacerlo: ó suponerle inspirado del cielo para el descubrimiento de la verdad, ó sujetar todas las verdades religiosas al examen de la razón; es decir, ó la inspiración ó la filosofía. El someter las verdades religiosas al fallo de la razón debía acarrear tarde ó temprano la indiferencia, así como la inspiración particular, ó el espíritu privado, había de engendrar el fanatismo.

Hay en la historia del espíritu humano un hecho universal y constante, y es su vehemente inclinación á imaginar sistemas que, prescindiendo completamente de la realidad de las cosas, ofrezcan tan sólo la obra de un ingenio, que se ha propuesto apartarse del camino común, y abandonarse libremente al impulso de sus propias inspiraciones. La historia de la filosofía apenas presenta otros cuadros que la repetición perenne de este fenómeno; y, en cuanto cabe en las otras materias, no ha dejado de reproducirse, bajo una ú otra forma. Concebida una idea singular, mírala el entendimiento con aquella predilección exclusiva y ciega, con que suele un padre distinguir á sus hijos; y, desenvolviéndola con esta preocupación, amolda en ella todos los hechos, y le ajusta todas las reflexiones. Lo que en un principio no era más que un pensamiento ingenioso y extravagante, pasa luego á ser un germen, del cual nacen vastos cuerpos de doctrina; y, si es ardiente la cabeza donde ha brotado ese pensamiento, si está señoreada por un corazón lleno de fuego, el calor provoca la fermentación, y ésta el fanatismo, propagador de todos los delirios.

Acreciéntase singularmente el peligro cuando el nuevo sistema versa sobre materias religiosas, ó se roza con ellas por relaciones muy inmediatas: entonces las extravagancias del espíritu alucinado se transforman en inspiraciones del cielo; la fermentación del delirio, en una llama divina, y la manía de singularizarse en vocación extraordinaria. El orgullo, no pudiendo sufrir oposición, se desboca furioso contra todo lo que encuentra establecido; é insultando la autoridad, atacando todas las instituciones, y despreciando las personas, disfraza la más grosera violencia con el manto del celo, y encubre la ambición con el nombre del apostolado. Más alucinado á veces que seductor, el miserable maniático llega quizás á persuadirse profundamente de que son verdaderas sus doctrinas, y de que ha oído la palabra del cielo; y, presentando en el fogoso lenguaje de la demencia algo de singular y extraordinario, transmite á sus oyentes una parte de su locura, y adquiere en breve un considerable número de prosélitos. No son, á la verdad, muchos los capaces de representar el primer papel en esa escena de locura; pero, desgraciadamente, los hombres son demasiado insensatos para dejarse arrastrar por el primero que se arroje atrevido á acometer la empresa: pues que la historia y la experiencia harto nos tienen enseñado que, para fascinar un gran número de hombres, basta una palabra, y que, para formar un partido, por malvado, por extravagante, por ridículo que sea, no se necesita más que levantar una bandera.

Ahora que se ofrece la oportunidad, quiero dejar consignado aquí un hecho, que no sé que nadie le haya observado: y es, que la Iglesia en sus combates con la herejía ha prestado un eminente servicio á la ciencia que se ocupa en conocer el verdadero carácter, las tendencias y el alcance del espíritu humano. Celosa depositaria de todas las grandes verdades, ha procurado siempre conservarlas intactas, y, conociendo á fondo la debilidad del humano entendimiento, y su extremada propensión á las locuras y extravagancias, le ha seguido siempre de cerca los pasos, le ha observado en todos sus movimientos, rechazando con energía sus impotentes tentativas, cuando él ha tratado de corromper el purísimo manantial de que era poseedora. En las fuertes y dilatadas luchas que contra él ha sostenido, ha logrado poner de manifiesto su incurable locura, ha desenvuelto todos sus pliegues, y le ha mostrado en todas sus fases: recogiendo en la historia de las herejías un riquísimo caudal de hechos, un cuadro muy interesante donde se halla retratado el espíritu humano en sus verdaderas dimensiones, en su fisonomía característica, en su propio colorido: cuadro de que se aprovechará, sin duda, el genio á quien esté reservada la grande obra que está todavía por hacer: la verdadera historia del espíritu humano.[10]

Tocante á extravagancias y delirios del fanatismo, por cierto que no está nada escasa la historia de Europa de tres siglos á esta parte: monumentos quedan todavía existentes, y por dondequiera que dirijamos nuestros pasos, encontraremos que las sectas fanáticas nacidas en el seno del Protestantismo, y originadas de su principio fundamental, han dejado impresa una huella de sangre. Nada pudieron contra el torrente devastador, ni la violencia de carácter de Lutero, ni los furibundos esfuerzos con que se oponía á cuantos enseñaban doctrinas diferentes de las suyas: á unas impiedades sucedieron presto otras impiedades; á unas extravagancias, otras extravagancias; á un fanatismo, otro fanatismo; quedando luego la falsa reforma fraccionada en tantas sectas, todas á cual más violentas, cuantas fueron las cabezas que á la triste fecundidad de engendrar un sistema reunieron un carácter bastante resuelto para enarbolar una bandera. Ni era posible que de otro modo sucediese, porque, cabalmente, á más del riesgo que traía consigo el dejar solo al espíritu humano encarado con todas las cuestiones religiosas, había una circunstancia que debía acarrear resultados funestísimos: hablo de la interpretación de los Libros Santos encomendada al espíritu privado.

Manifestóse entonces con toda evidencia que el mayor abuso es el que se hace de lo mejor; y que ese libro inefable, donde se halla derramada tanta luz para el entendimiento, tantos consuelos para el corazón, es altamente dañoso al espíritu soberbio, que á la terca resolución de resistir á toda autoridad en materias de fe, añada la ilusoria persuasión de que la Escritura Sagrada es un libro claro en todas sus partes, de que no le faltará en todo caso la inspiración del cielo para la disipación de las dudas que pudieran ofrecerse, ó que recorra sus páginas con el prurito de encontrar algún texto, que, más ó menos violentado, pueda prestar apoyo á sutilezas, cavilaciones, ó proyectos insensatos.

No cabe mayor desacierto que el cometido por los corifeos del Protestantismo, al poner la Biblia en manos de todo el mundo, procurando, al mismo tiempo, acreditar la ilusión de que cualquier cristiano era capaz de interpretarla; no cabe olvido más completo de lo que es la Sagrada Escritura. Bien es verdad que no quedaba otro medio al Protestantismo, y que todos los obstáculos que oponía á la entera libertad en la interpretación del Sagrado Texto eran para él una inconsecuencia chocante, una apostasía de sus propios principios, un desconocimiento de su origen; pero esto es su más terminante condenación; porque, ¿cuáles son los títulos, ni de verdad, ni de santidad, que podrá presentarnos una religión, que en su principio fundamental envuelve el germen de las sectas más fanáticas y más dañosas á la sociedad?

Difícil fuera reunir en breve espacio tantos hechos, tantas reflexiones, tan convincentes pruebas en contra de ese error capital del Protestantismo, como ha reunido un mismo protestante. Es O'Callaghan: y no dudo que el lector me quedará agradecido de que transcriba aquí sus palabras; dice así: «Llevados los primeros reformadores de su espíritu de oposición á la Iglesia romana, reclamaron á voz en grito el derecho de interpretar las Escrituras conforme al juicio particular de cada uno....; pero, afanados por emancipar al pueblo de la autoridad del Pontífice romano, proclamaron este derecho sin explicación ni restricciones, y las consecuencias fueron terribles. Impacientes por minar la base de la jurisdicción papal, sostuvieron sin limitación alguna que cada individuo tiene indisputable derecho á interpretar la Sagrada Escritura por sí mismo; y, como este principio, tomado en toda su extensión, era insostenible, fué menester, para afirmarle, darle el apoyo de otro principio, cual es, que la Biblia es un libro fácil, al alcance de todos los espíritus; que el carácter más inseparable de la revelación divina es una gran claridad: principios ambos, que, ora se les considere aislados, ora unidos, son incapaces de sufrir un ataque serio.

»El juicio privado de Munzer descubrió en la Escritura que los títulos de nobleza y las grandes propiedades son una usurpación impía, contraria á la natural igualdad de los fieles, é invitó á sus secuaces á examinar si no era ésta la verdad del hecho: examinaron los sectarios la cosa, alabaron á Dios, y procedieron en seguida, por medio del hierro y del fuego, á la extirpación de los impíos, y á apoderarse de sus propiedades. El juicio privado creyó también haber descubierto en la Biblia que las leyes establecidas eran una permanente restricción de la libertad cristiana; y heos aquí que Juan de Leyde tira los instrumentos de su oficio, se pone á la cabeza de un populacho fanático, sorprende la ciudad de Múnster, se proclama á sí mismo rey de Sión, toma catorce mujeres á la vez, asegurando que la poligamia era una de las libertades cristianas, y el privilegio de los Santos. Pero, si la criminal locura de los paisanos extranjeros aflige á los amigos de la humanidad y de una piedad razonable, por cierto que no es á propósito para consolarlos la historia de Inglaterra, durante un largo espacio del siglo xvii. En ese período de tiempo, levantáronse una innumerable muchedumbre de fanáticos, ora juntos, ora unos en pos de otros, embriagados de doctrinas extravagantes y de pasiones dañinas, desde el feroz dominio de Fox hasta la metódica locura de Barclay, desde el formidable fanatismo de Cromwell hasta la necia impiedad de Praise-God-Barebones. La piedad, la razón y el buen sentido parecían desterrados del mundo, y se habían puesto en su lugar una extravagante algarabía, un frenesí religioso, un celo insensato: todos citaban la Escritura, todos pretendían haber tenido inspiraciones, visiones, arrobos de espíritu; y, á la verdad, con tanto fundamento lo pretendían unos como otros.

»Sosteníase con mucho rigor que era conveniente abolir el sacerdocio y la dignidad Real; pues que los sacerdotes eran los servidores de Satanás, y los reyes eran los delegados de la Prostituta de Babilonia, y que la existencia de unos y otros era incompatible con el reino del Redentor. Esos fanáticos condenaban la ciencia como invención pagana, y las universidades como seminarios de la impiedad anticristiana. Ni la santidad de sus funciones protegía al obispo, ni la majestad del trono al rey; uno y otro eran objetos de desprecio y de odio, y degollados sin compasión por aquellos fanáticos, cuyo único libro era la Biblia, sin notas ni comentarios. Á la sazón estaba en su mayor auge el entusiasmo por la oración, la predicación y la lectura de los Libros Santos; todos oraban, todos predicaban, todos leían, pero nadie escuchaba. Las mayores atrocidades se las justificaba por la Sagrada Escritura; en las transacciones más ordinarias de la vida se usaba el lenguaje de la Sagrada Escritura; de los negocios interiores de la nación, de sus relaciones exteriores, se trataba con frases de la Escritura; con la Escritura se tramaban conspiraciones, traiciones, proscripciones; y todo era, no sólo justificado, sino también consagrado con citas de la Sagrada Escritura. Estos hechos históricos han asombrado con frecuencia á los hombres de bien, y consternado á las almas piadosas; pero, demasiado embebido el lector en sus propios sentimientos, olvida la lección encerrada en esta terrible experiencia, á saber: que la Biblia, sin explicación, ni comentarios, no es para leída por hombres groseros é ignorantes.

»La masa del linaje humano ha de contentarse con recibir de otro sus instrucciones, y no le es dado acercarse á los manantiales de la ciencia. Las verdades más importantes en medicina, en jurisprudencia, en física, en matemáticas, ha de recibirlas de aquellos que las beben en los primeros manantiales: y, por lo que toca al Cristianismo, en general se ha constantemente seguido el mismo método, y siempre que se le ha dejado hasta cierto punto, la sociedad se ha conmovido hasta sus cimientos

No necesitan comentarios esas palabras de O'Callaghan; y por cierto que no se las podrá tachar ni de hiperbólicas, ni de declamatorias, no siendo más que una sencilla y verídica narración de hechos harto sabidos. El solo recuerdo de ellos debería ser bastante para convencer de los peligros que consigo trae el poner la Sagrada Escritura sin notas ni comentarios en manos de cualquiera, como lo hace el Protestantismo, acreditando en cuanto puede el error de que para la inteligencia del Sagrado Texto es inútil la autoridad de la Iglesia, y que no necesita más todo cristiano que escuchar lo que le dictarán con frecuencia sus pasiones y sus delirios. Cuando el Protestantismo no hubiera cometido otro yerro que éste, bastaría ya para que se reprobase, se condenase á sí propio, pues que no hace otra cosa una religión que asienta un principio que la disuelve á ella misma.

Para apreciar en esta parte el desacierto con que procede el Protestantismo, y la posición falsa y arriesgada en que se ha colocado con respecto al espíritu humano, no es necesario ser teólogo, ni católico; basta haber leído la Escritura, aun cuando sea únicamente con ojos de literato y filósofo. Un libro que, encerrando en breve cuadro el extenso espacio de cuatro mil años, y adelantándose hasta las profundidades del más lejano porvenir, comprende el origen y destinos del hombre y del universo; un libro que, tejiendo la historia particular de un pueblo escogido, abarca en sus narraciones y profecías las revoluciones de los grandes imperios; un libro en que los magníficos retratos donde se presentan la pujanza y el lujoso esplendor de los monarcas de Oriente, se encuentran al lado de la fácil pincelada que nos describe la sencillez de las costumbres domésticas, ó el candor é inocencia de un pueblo en la infancia; un libro donde narra el historiador, vierte tranquilamente el sabio sus sentencias, predica el apóstol, enseña y disputa el doctor; un libro donde un profeta, señoreado por el espíritu divino, truena contra la corrupción y extravío de un pueblo, anuncia las terribles venganzas del Dios de Sinaí, llora inconsolable el cautiverio de sus hermanos y la devastación y soledad de su patria, cuenta en lenguaje peregrino y sublime los magníficos espectáculos que se desplegaron á sus ojos en momentos de arrobo, en que, al través de velos sombríos, de figuras misteriosas, de emblemas obscuros, de apariciones enigmáticas, viera desfilar ante su vista los grandes sucesos de la sociedad y las catástrofes de la naturaleza; un libro, ó más bien un conjunto de libros, donde reinan todos los estilos y campean los más variados tonos, donde se hallan derramadas y entremezcladas la majestad épica y la sencillez pastoril, el fuego lírico y la templanza didáctica, la marcha grave y sosegada de la narración histórica y la rapidez y viveza del drama; un conjunto de libros escritos en diferentes épocas y países, en varias lenguas, en circunstancias las más singulares y extraordinarias, ¿cómo podrá menos de trastrocar la cabeza orgullosa que recorre á tientas sus páginas, ignorando los climas, los tiempos, las leyes, los usos y costumbres; abrumada de alusiones que la confunden, de imágenes que la sorprenden, de idiotismos que la obscurecen; oyendo hablar en idioma moderno al hebreo ó al griego que escribieron allá en siglos muy remotos? ¿Qué efectos ha de producir ese conjunto de circunstancias, creyendo el lector que la Sagrada Escritura es un libro muy fácil, que se brinda de buen grado á la inteligencia de cualquiera, y que, en todo caso, si se ofreciere alguna dificultad, no necesita el que lee de la instrucción de nadie, sino que le bastan sus propias reflexiones, ó concentrarse dentro de sí mismo para prestar atento oído á la celeste inspiración que levantará el velo que encubre los más altos misterios? ¿Quién extrañará que se hayan visto entre los protestantes tan ridículos visionarios, tan furibundos fanáticos?[11]


CAPITULO VIII

Injusticia fuera tachar una religión de falsa, sólo porque en su seno hubieran aparecido fanáticos: esto equivaldría á desecharlas todas; pues que no sería dable encontrar una que estuviese exenta de semejante plaga. No está el mal en que se presenten fanáticos en medio de una religión, sino en que ella los forme, en que los incite al fanatismo, ó les abra para él anchurosa puerta. Si bien se mira, en el fondo del corazón humano hay un germen abundante de fanatismo, y la historia del hombre nos ofrece de ello tan abundantes pruebas, que apenas se encontrará hecho que deba ser reconocido como más indudable. Fingid una ilusión cualquiera, contad la visión más extravagante, forjad el sistema más desvariado; pero tened cuidado de bañarlo todo con un tinte religioso, y estad seguros de que no os faltarán prosélitos entusiastas que tomarán á pecho el sostener vuestros dogmas, el propagarlos, y que se entregarán á vuestra causa con una mente ciega y un corazón de fuego; es decir, tendréis bajo vuestra bandera una porción de fanáticos.

Algunos filósofos han gastado largas páginas en declamar contra el fanatismo, y como que se han empeñado en desterrarle del mundo, ora dando á los hombres empalagosas lecciones filosóficas, ora empleando contra el monstruo toda la fuerza de una oratoria fulminante. Bien es verdad que á la palabra fanatismo le han señalado una extensión tan lata, que han comprendido bajo esta denominación toda clase de religiones; pero yo creo, sin embargo, que, aun cuando se hubieran ceñido á combatir el verdadero fanatismo, habrían hecho harto mejor si, no fatigándose tanto, hubiesen gastado algún tiempo en examinar esta materia con espíritu analítico, tratándola, después de atento examen, sin preocupación, con madurez y templanza.

Por lo mismo que veían que éste era un achaque del espíritu humano, escasas esperanzas podían tener, si es que fueran filósofos cuerdos y sesudos, de que con razones y elocuencia alcanzaran á desterrar del mundo al malhadado monstruo; pues que, hasta ahora, no sé yo que la filosofía haya sido parte á remediar ninguna de aquellas graves enfermedades que son como el patrimonio del humano linaje. Entre tantos yerros como ha tenido la filosofía del siglo xviii, ha sido uno de los más capitales la manía de los tipos: de la naturaleza del hombre, de la sociedad, de todo se ha imaginado un tipo allá en su mente; todo ha debido acomodarse á aquel tipo, y cuanto no ha podido doblegarse para ajustarse al molde, todo ha sufrido tal descarga filosófica, que, al menos, no ha quedado impune por su poca flexibilidad.

¿Pues qué? ¿podrá negarse que haya fanatismo en el mundo? Y mucho. ¿Podrá negarse que sea un mal? Y muy grave. ¿Cómo se podría extirpar? De ninguna manera. ¿Cómo se podrá disminuir su extensión, atenuar su fuerza, refrenar su violencia? Dirigiendo bien al hombre. Entonces, ¿no será con la filosofía? Ahora lo veremos.

¿Cuál es el origen del fanatismo? Antes es necesario fijar el verdadero sentido de esta palabra. Entiéndese por fanatismo, tomado en su acepción más lata, una viva exaltación del ánimo fuertemente señoreado por alguna opinión, ó falsa, ó exagerada. Si la opinión es verdadera, encerrada en sus justos límites, entonces no cabe el fanatismo; y, si alguna vez lo hubiere, será con respecto á los medios que se emplean en defenderla; pero, entonces ya existirá también un juicio errado, en cuanto se cree que la opinión verdadera autoriza para aquellos medios; es decir, que habrá error, ó exageración. Pero, si la opinión fuere verdadera, los medios de defenderla, legítimos, y la ocasión, oportuna, entonces no hay fanatismo, por grande que sea la exaltación del ánimo, por viva que sea la efervescencia, por vigorosos que sean los esfuerzos que se hagan, por costosos que sean los sacrificios que se arrostren; entonces habrá entusiasmo en el ánimo y heroísmo en la acción, pero fanatismo no: de otra manera los héroes de todos tiempos y países quedarían afeados con la mancha de fanáticos.

Tomado el fanatismo con toda esta generalidad, se extiende á cuantos objetos ocupan al espíritu humano; y así hay fanáticos en religión, en política, y hasta en ciencias y literatura; no obstante, el significado más propio de la palabra fanatismo, no sólo atendiendo á su valor etimológico, sino también usual, es cuando se aplica á materias religiosas; y, por esta causa, el solo nombre de fanático, sin ninguna añadidura, expresa un fanático en religión; cuando, al contrario, si se le aplica con respecto á otras materias, debe andar acompañado del apuesto que las califique; así se dice: fanáticos políticos, fanáticos en literatura, y otras expresiones por este tenor.

No cabe duda de que, en tratándose de materias religiosas, tiene el hombre una propensión muy notable á dejarse dominar de una idea, á exaltarse de ánimo en favor de ella, á transmitirla á cuantos le rodean, á propagarla luego por todas partes, llegando con frecuencia á empeñarse en comunicarla á los otros, aunque sea con las mayores violencias.

Hasta cierto punto se verifica también el mismo hecho en las materias no religiosas; pero es innegable que en las religiosas adquiere el fenómeno un carácter que le distingue de cuanto acontece en esfera diferente. En cosas de religión adquiere el alma del hombre una nueva fuerza; una energía terrible, una expansión sin límites; para él no hay dificultades, no hay obstáculos, no hay embarazos de ninguna clase; los intereses materiales desaparecen enteramente, los mayores padecimientos se hacen lisonjeros, los tormentos son nada, la muerte misma es una ilusión agradable.

El hecho es vario, según lo es la persona en quien se verifica, según lo son las ideas y costumbres del pueblo en medio del cual se realiza; pero, en el fondo, es el mismo: examinada la cosa en su raíz, se halla que tienen un mismo origen las violencias de los sectarios de Mahoma, que las extravagancias de los discípulos de Fox.

Acontece en esta pasión lo propio que en las demás, que, si producen los mayores males, es sólo porque se extravían de su objeto legítimo, ó se dirigen á él por medios que no están de acuerdo con lo que dictan la razón y la prudencia; pues que, bien observado, el fanatismo no es más que el sentimiento religioso extraviado; sentimiento que el hombre lleva consigo desde la cuna hasta el sepulcro, y que se encuentra como esparcido por la sociedad, en todos los períodos de su existencia. Hasta ahora ha sido siempre vano el empeño de hacer irreligioso al hombre: uno que otro individuo se ha entregado á los desvaríos de una irreligión completa; pero el linaje humano protesta sin cesar contra ese individuo, que ahoga en su corazón el sentimiento religioso. Como este sentimiento es tan fuerte, tan vivo, tan poderoso á ejercer sobre el hombre una influencia sin límites, apenas se aparta de su objeto legítimo, apenas se desvía del sendero debido, cuando ya produce resultados funestos; pues que se combinan desde luego dos causas muy á propósito para los mayores desastres, como son: absoluta ceguera del entendimiento, y una irresistible energía en la voluntad.

Cuando se ha declamado contra el fanatismo, buena parte de los protestantes y filósofos no se han olvidado de prodigar ese apodo á la Iglesia católica; y por cierto que debieran andar en ello con más tiento, cuando menos en obsequio de la buena filosofía. Sin duda que la Iglesia no se gloriará de que haya podido curar todas las locuras de los hombres, y, por tanto, no pretenderá tampoco que de entre sus hijos haya podido desterrar de tal manera el fanatismo, que, de vez en cuando, no haya visto en su seno algunos fanáticos; pero sí que puede gloriarse de que jamás religión alguna ha dado mejor en el blanco para curar, en cuanto cabe, este achaque del espíritu humano; pudiendo, además, asegurarse que tiene de tal manera tomadas sus medidas, que, en naciendo el fanatismo, le cerca desde luego con un vallado, en que podrá delirar por algún tiempo, pero no producirá efectos de consecuencias desastrosas.

Esos extravíos de la mente, esos sueños de delirio que, nutridos y avivados, con el tiempo arrastran al hombre á las mayores extravagancias, y hasta á los más horrorosos crímenes, apáganse por lo común en su mismo origen, cuando existe en el fondo del alma el saludable convencimiento de la propia debilidad, y el respeto y sumisión á una autoridad infalible; y, ya que á veces no se logre sofocar el delirio en su nacimiento, quédase al menos aislado, circunscrito á una porción de hechos más ó menos verosímiles, pero dejando intacto el depósito de la verdadera doctrina, y sin quebrantar aquellos lazos que unen y estrechan á todos los fieles como miembros de un mismo cuerpo. ¿Se trata de revelaciones, de visiones, de profecías, de éxtasis? Mientras todo esto tenga un carácter privado, y no se extienda á las verdades de fe, la Iglesia, por lo común, disimula, tolera, se abstiene de entrometerse, calla, dejando á los críticos la discusión de los hechos, y al común de los fieles amplia libertad para pensar lo que más les agrade. Pero, si toman las cosas un carácter más grave, si el visionario entra en explicaciones sobre algunos puntos de doctrina, veréis, desde luego, que se despliega el espíritu de vigilancia; la Iglesia aplica atentamente el oído para ver si se mezcla por allí alguna voz que se aparte de lo enseñado por el divino Maestro; fija una mirada observadora sobre el nuevo predicador, por si hay algo que manifieste, ó al hombre alucinado y errante en materias de dogma, ó al lobo cubierto con piel de oveja; y, en tal caso, levanta desde luego el grito, advierte á todos los fieles, ó del error, ó del peligro, y llama con la voz de pastor á la oveja descarriada. Si ésta no escucha, si no quiere seguir más que sus caprichos, entonces la separa del rebaño, la declara como lobo, y, de allí en adelante, el error y el fanatismo ya no se hallan en ninguno que desee perseverar en el seno de la Iglesia.

Por cierto que no dejarán los protestantes de echar en cara á los católicos la muchedumbre de visionarios que ha tenido la Iglesia, recordando las revelaciones y visiones de los muchos Santos que veneramos sobre los altares; echaránnos también en cara el fanatismo: fanatismo que dirán no haberse limitado á estrecho círculo, pues que ha sido bastante á producir los resultados más notables. «Los solos fundadores de las órdenes religiosas, dirán ellos, ¿no ofrecen acaso el espectáculo de una serie de fanáticos que, alucinados ellos mismos, ejercían sobre los demás, con su palabra y ejemplo, la influencia más fascinadora que jamás se haya visto?» Como no es éste el lugar de tratar por extenso el punto de las comunidades religiosas, cosa que me propongo hacer en otra parte de esta obra, me contentaré con observar que, aun dando por supuesto que todas las visiones y revelaciones de nuestros Santos y las inspiraciones del cielo con que se creían favorecidos los fundadores de las órdenes religiosas, no pasaran de pura ilusión, nada tendrían adelantado los adversarios para achacar á la Iglesia católica la nota de fanatismo. Por de pronto, ya se echa de ver que, en lo tocante á visiones de un particular, mientras se circunscriban á la esfera individual, podrá haber allí ilusión, y, si se quiere, fanatismo; pero no será el fanatismo dañoso á nadie, y nunca alcanzará á acarrear trastornos á la sociedad. Que una pobre mujer se crea favorecida con particulares beneficios del cielo, que se figure oir con frecuencia la palabra de la Virgen, que se imagine que confabula con los ángeles, que le traen mensajes de parte de Dios; todo esto podrá excitar la credulidad de unos y la mordacidad de otros; pero á buen seguro que no costará á la sociedad ni una gota de sangre, ni una sola lágrima.

Y los fundadores de las órdenes religiosas ¿qué muestras nos dan de fanatismo? Aun cuando prescindiéramos del profundo respeto que se merecen sus virtudes, y de la gratitud con que debe corresponderles la humanidad por los beneficios inestimables que han dispensado; aun cuando diéramos por supuesto que se engañaron en todas sus inspiraciones, podríamos apellidarlos ilusos, más no fanáticos. En efecto: nada encontramos en ellos, ni de frenesí, ni de violencia; son hombres que desconfían de sí mismos; que, á pesar de creerse llamados por el cielo para algún grande objeto, no se atreven á poner manos á la obra sin haberse postrado antes á los pies del Sumo Pontífice, sometiendo á su juicio las reglas en que pensaban cimentar la nueva orden, pidiéndole sus luces, sujetándose dócilmente á su fallo, y no realizando nada sin haber obtenido su licencia. ¿Qué semejanza hay, pues, de los fundadores de las órdenes religiosas con esos fanáticos que arrastran en pos de sí una muchedumbre de furibundos, que matan, destruyen por todas partes, dejando por doquiera regueros de sangre y de ceniza? En los fundadores de las órdenes religiosas vemos á un hombre que, dominado fuertemente por una idea, se empeña en llevarla á cabo, aun á costa de los mayores sacrificios; pero vemos siempre una idea fija, desenvuelta en un plan ordenado, teniendo á la vista algún objeto altamente religioso y social; y, sobre todo, vemos ese plan sometido al juicio de una autoridad, examinado con madura discusión, y enmendado, ó retocado, según parece más conforme á la prudencia. Para un filósofo imparcial, sean cuales fueren sus opiniones religiosas, podrá haber en todo esto más ó menos ilusión, más ó menos preocupación, más ó menos prudencia y acierto; pero, fanatismo, no, de ninguna manera, porque nada hay aquí que presente semejante carácter.[12]


CAPITULO IX

El fanatismo de secta, nutrido y avivado en Europa por la inspiración privada del Protestantismo, es ciertamente una llaga muy profunda y de mucha gravedad; pero no tiene, sin embargo, un carácter tan maligno y alarmante como la incredulidad y la indiferencia religiosa: males funestos que las sociedades modernas tienen que agradecer en buena parte á la pretendida reforma. Radicados en el mismo principio que es la base del Protestantismo; ocasionados y provocados por el escándalo de tantas y tan extravagantes sectas que se apellidan cristianas, empezaron á manifestarse con síntomas de gravedad ya en el mismo siglo xvi. Andando el tiempo, llegaron á extenderse de un modo terrible, filtrándose en todos los ramos científicos y literarios, comunicando su expresión y sabor á los idiomas, y poniendo en peligro todas las conquistas que en pro de la civilización y cultura había hecho por espacio de muchos siglos el linaje humano.

En el mismo siglo xvi, en el mismo calor de las disputas y guerras religiosas encendidas por el Protestantismo, cundía la incredulidad de un modo alarmante; y es probable que sería más común de lo que aparentaba, pues que no era fácil quitarse de repente la máscara, cuando, poco antes, estaban tan profundamente arraigadas las creencias religiosas. Es muy verosímil que andaría disfrazada la incredulidad con el manto de la reforma; y que, ora alistándose bajo la bandera de una secta, ora pasando á la de otra, trataría de enflaquecerlas á todas para levantar su trono sobre la ruina universal de las creencias.

No es necesario ser muy lógico para pasar del Protestantismo al Deísmo, y de éste al Ateísmo no hay más que un paso; y es imposible que, al tiempo de la aparición de los nuevos errores, no hubiese muchos hombres reflexivos que desenvolviesen el sistema hasta sus últimas consecuencias. La religión cristiana, tal como la conciben los protestantes, es una especie de sistema filosófico más ó menos razonable; pues que, examinada á fondo, pierde el carácter de divina; y, en tal caso, ¿cómo podrá señorear un ánimo que á la reflexión y á las meditaciones reuna espíritu de independencia? Y, á decir verdad, una sola ojeada sobre el comienzo del Protestantismo debía de arrojar hasta el escepticismo religioso á todos los hombres que, no siendo fanáticos, no estaban, por otra parte, aferrados con el áncora de la autoridad de la Iglesia; porque tal es el lenguaje y la conducta de los corifeos de las sectas, que brota naturalmente en el ánimo una vehemente sospecha de que aquellos hombres se burlaban completamente de todas las creencias cristianas; que encubrían su ateísmo ó indiferencia asentando doctrinas extrañas que pudieran servir de enseña para reunir prosélitos; que extendían sus escritos con la más insigne mala fe, encubriendo el pérfido intento de alimentar en el ánimo de sus secuaces el fanatismo de secta.

Esto es lo que dictaba al padre del célebre Montagne el simple buen sentido, pues, aunque sólo alcanzó los primeros principios de la reforma, sabemos que decía: «este principio de enfermedad degenerará en un execrable ateísmo»; testimonio notable, cuya conservación debemos á un escritor que, por cierto, no era apocado ni fanático: á su hijo Montagne. (Ensayos, de Montagne, 1. 2, c. 12.) Tal vez no presagiaría ese hombre, que con tanta cordura juzgaba la verdadera tendencia del Protestantismo, que fuese su hijo una confirmación de sus predicciones; porque es bien sabido que Montagne fué uno de los primeros escépticos, que figuraron con gran nombradía en Europa. Por aquellos tiempos era menester andar con cuidado en manifestarse ateo ó indiferente, aun entre los mismos protestantes; pero, aun cuando sea fácil sospechar que no todos los incrédulos tendrían el atrevimiento de Gruet, por cierto que no ha de costar trabajo el dar crédito al célebre toledano Chacón, cuando, al empezar el último tercio del siglo xvii, decía que la «herejía de los ateístas, de los que nada creen, andaba muy válida en Francia y en otras partes».

Seguían ocupando la atención de todos los sabios de Europa las controversias religiosas, y, entre tanto, la gangrena de la incredulidad avanzaba de un modo espantoso; por manera que, al promediar el siglo xvi, se conoce que el mal se presentaba bajo un aspecto alarmante. ¿Quién no ha leído con asombro los profundos pensamientos de Pascal sobre la indiferencia en materias de religión? ¿quién no ha percibido en ellos aquel acento conmovido, que nace de la viva impresión causada en el ánimo por la presencia de un mal terrible?

Se conoce que á la sazón estaban ya muy adelantadas las cosas, y que la incredulidad se hallaba ya muy cercana á poder presentarse como una escuela que se colocara al lado de las demás que se disputaban la preferencia en Europa. Con más ó menos disfraz habíase ya presentado desde mucho tiempo en el socinianismo; pero esto no era bastante, porque el socinianismo llevaba al menos el nombre de una secta religiosa, y la religión empezaba á sentirse demasiado fuerte para que no pudiera apellidarse ya con su propio nombre.

El último tercio del siglo xvii nos presenta una crisis muy notable con respecto á la religión: crisis que tal vez no ha sido bien reparada, pero que se dió á conocer por hechos muy palpables. Esta crisis fué un cansancio de las disputas religiosas marcada en dos tendencias diametralmente opuestas, y, sin embargo, muy naturales: la una hacia el Catolicismo, la otra hacia el Ateísmo.

Bien sabido es cuánto se había disputado hasta aquella época sobre la religión: las controversias religiosas eran el gusto dominante, bastando decir que no formaban solamente la ocupación favorita de los escolásticos, así católicos como protestantes, sino también de los sabios seculares; habiendo penetrado esa afición hasta en los palacios de los príncipes y reyes. Tanta controversia debía naturalmente descubrir el vicio radical del Protestantismo; y, no pudiendo mantenerse firme el entendimiento en un terreno tan resbaladizo, había de esforzarse en salir de él, ó bien llamando en su apoyo el principio de autoridad, ó bien abandonándose al ateísmo ó á una completa indiferencia. Estas dos tendencias se hicieron sentir de una manera nada equívoca; y así es que, mientras Bayle creía la Europa bastante preparada para que pudiera abrirse ya en medio de ella una cátedra de incredulidad y de escepticismo, se había entablado seria y animada correspondencia para la reunión de los disidentes de Alemania al gremio de la Iglesia católica.

Conocidas son de todos los eruditos las contestaciones que mediaron entre el luterano Molano, abate de Lockum, y Cristóbal, obispo de Tyna, y después de Neustad; y para que no faltase un monumento del carácter grave que habían tomado las negociaciones, se conserva aún la correspondencia motivada por este asunto, entre dos hombres de los más insignes que se contaban en Europa en ambas comuniones: Bossuet y Leibnitz. No había llegado aún el feliz momento, y consideraciones políticas que debieran desaparecer á la vista de tamaños intereses, ejercieron maligna influencia sobre la grande alma de Leibnitz, para que no conservara en el curso de la discusión y de las negociaciones aquella sinceridad y buena fe y aquella elevación de miras con que al parecer había comenzado. Aunque no surtiese buen efecto la negociación, el sólo haberse entablado indica ya bastante que era muy grande el vacío descubierto en el Protestantismo, cuando los dos hombres más célebres de su comunión, Molano y Leibnitz, se atrevían ya á dar pasos tan adelantados: y sin duda debían de ver en la sociedad que los rodeaba abundantes disposiciones para la reunión al gremio de la Iglesia, pues no de otra manera se hubieran comprometido en una negociación de tanta importancia.

Alléguese á todo esto la declaración de la universidad luterana de Helmstad en favor de la religión católica, y las nuevas tentativas hechas á favor de la reunión por un príncipe protestante que se dirigió al Papa Clemente XI, y tendremos vehementes indicios de que la reforma se sentía ya herida de muerte; y que, si obra tan grande hubiese Dios querido que tuviera alguna apariencia de depender en algo de la mano del hombre, tal vez no fuera ya entonces imposible que, á fuerza de la convicción que de lo ruinoso del sistema protestante se habían formado sus sabios más ilustres, se adelantase no poco para cicatrizar las llagas abiertas á la unidad religiosa por los perturbadores del siglo xvi.

Pero el Eterno, en la altura de sus designios, lo tenía destinado de otra manera; y, permitiendo que la corriente de los espíritus tomase la dirección más extraviada y perversa, quiso castigar al hombre con el fruto de su orgullo. No fué la propensión á la unidad la que dominó en el siglo inmediato, sino el gusto por una filosofía escéptica, indiferente con respecto á todas las religiones, pero muy enemiga en particular de la católica. Cabalmente á la sazón se combinaban influencias muy funestas para que la tendencia hacia la unidad pudiese alcanzar su objeto; eran ya innumerables las fracciones en que se habían dividido y subdividido las sectas protestantes: y esto, si bien es verdad que debilitaba al Protestantismo, sin embargo, estando él como estaba difundido por la mayor parte de Europa, había inoculado el germen de la duda religiosa en la sociedad europea; y, como no quedaba ya verdad que no hubiera sufrido ataques, ni cabía imaginar error ni desvarío que no tuviera sus apóstoles y prosélitos, era muy peligroso que cundiera en los ánimos aquel cansancio y desaliento, que viene siempre en pos de los grandes esfuerzos hechos inútilmente para la consecución de un objeto, y aquel fastidio que se engendra con interminables disputas y chocantes escándalos.

Para colmo de infortunio, para llevar al más alto punto el cansancio y fastidio, sobrevino una nueva desgracia, que produjo los más funestos resultados. Combatían con gran denuedo y con notable ventaja los adalides del Catolicismo contra las innovaciones religiosas de los protestantes: las lenguas, la historia, la crítica, la filosofía, todo cuanto tiene de más precioso, de más rico y brillante el humano saber, todo se había desplegado con el mayor aparato en esa gran palestra; y los grandes hombres que por doquiera se veían figurar en los puestos más avanzados de los defensores de la Iglesia católica, parecían consolarla algún tanto de las lamentables pérdidas que le habían hecho sufrir las turbulencias del siglo xvi, cuando he aquí que, mientras estrechaba en sus brazos á tantos hijos predilectos que se gloriaban de este nombre, notó con pasmosa sorpresa que algunos de éstos se le presentaban en ademán hostil, bien que solapado: y al través de palabras mal encubiertas, y de una conducta mal disfrazada, no le fué difícil reparar que trataban de herirla con herida de muerte. Protestando siempre la sumisión y la obediencia, pero sin someterse ni obedecer jamás; resistiendo siempre á la autoridad de la Iglesia, ensalzando, empero, de continuo esa misma autoridad de origen divino; encubriendo sagazmente el odio á todas las leyes é instituciones existentes, con la apariencia del celo por el restablecimiento de la antigua doctrina; zapando los cimientos de la moral, al paso que se mostraban entusiastas encarecedores de su pureza; disfrazando con falsa humildad y afectada modestia la hipocresía y el orgullo, llamando firmeza á la obstinación, y entereza de conciencia á la ceguedad refractaria, presentaban esos rebeldes el aspecto más peligroso que jamás había presentado herejía alguna; y sus palabras de miel, su estudiado candor, el gusto por la antigüedad, el brillo de erudición y de saber, hubieran sido parte á deslumbrar á los más avisados, si desde un principio no se hubiesen distinguido ya los novadores con el carácter eterno é infalible de toda secta de error: el odio á la autoridad.

Luchaban, empero, de vez en cuando, con los enemigos declarados de la Iglesia, defendían con mucho aparato de doctrina la verdad de los sagrados dogmas, citaban con respeto y deferencia los escritos de los Santos Padres, manifestaban acatar las tradiciones y venerar las decisiones conciliares y pontificias; y, teniendo siempre la extraña pretensión de apellidarse católicos, por más que lo desmintieran con sus palabras y conducta; no abandonando jamás la peregrina ocurrencia, que tuvieron desde su principio, de negar la existencia de su secta, ofrecían á los incautos el funesto escándalo de una disensión dogmática, que parecía estar en el mismo seno del Catolicismo. Declarábalos herejes la Cabeza de la Iglesia, todos los verdaderos católicos acataban profundamente la decisión del Vicario de Jesucristo, y de todos los ángulos del orbe católico se levantaba unánimemente un grito que pronunciaba anatemas contra quien no escuchara al sucesor de Pedro; pero ellos, empeñados en negarlo todo, en eludirlo todo, en tergiversarlo todo, mostrábanse siempre como una porción de católicos oprimidos por el espíritu de relajación, de abusos y de intriga.

Faltaba ese nuevo escándalo para que acabasen de extraviarse los ánimos, y para que la gangrena fatal que iba cundiendo por la sociedad europea, se desarrollase con la mayor rapidez, presentando los síntomas más terribles y alarmantes. Tanto disputar sobre la religión, tanta muchedumbre y variedad de sectas, tanta animosidad entre los adversarios que figuraban en la arena, debieron por fin disgustar de la religión misma á aquellos que no estaban aferrados en el áncora de la autoridad; y, para que la indiferencia pudiera erigirse en sistema, el ateísmo en dogma y la impiedad en moda, sólo faltaba un hombre bastante laborioso para recoger, reunir y presentar en cuerpo los infinitos materiales que andaban dispersos en tantas obras; que supiera bañarlos con un tinte filosófico acomodado al gusto que empezaba á cundir entonces, comunicando al sofisma y á la declamación aquella fisonomía seductora, aquel giro engañoso, aquel brillo deslumbrador, que aun en medio de los mayores extravíos se encuentran siempre en las producciones del genio. Este hombre se presentó: era Bayle; y el ruido que metió en el mundo su célebre Diccionario, y el curso que tuvo desde luego, manifestaron bien á las claras que el autor había sabido comprender toda la oportunidad del momento.

El Diccionario de Bayle es una de aquellas obras que, aun prescindiendo de su mayor ó menor mérito científico y literario, forman, no obstante, muy notable época; porque se recoge en ellas el fruto de lo pasado y se desenvuelven con toda claridad los pliegues de un extenso porvenir. En tales casos no figura el autor tanto por su mérito, como por haberse sabido colocar en el verdadero puesto para ser el representante de ideas que de antemano estaban ya muy esparcidas en la sociedad, por más que anduvieran fluctuantes, sin dirección fija, como marchando al acaso. El solo nombre del autor recuerda entonces una vasta historia, porque él es la personificación de ellas. La publicación de la obra de Bayle puede mirarse como la inauguración solemne de la cátedra de incredulidad en medio de Europa. Los sofistas del siglo xviii tuvieron á la mano un abundante repertorio para proveerse de toda clase de hechos y argumentos; y, para que nada faltase, para que pudieran rehabilitar los cuadros envejecidos, avivarse los colores anublados, y esparcirse por doquiera los encantos de la imaginación y las agudezas del ingenio; para que no faltara á la sociedad un director que la condujera por un sendero cubierto de flores hasta el borde del abismo, apenas había descendido Bayle al sepulcro, ya brillaba sobre el horizonte literario un mancebo cuyos grandes talentos competían con su malignidad y osadía: era Voltaire.

Necesario ha sido conducir al lector hasta la época que acabo de apuntar, porque tal vez no se hubiera imaginado la influencia que tuvo el Protestantismo en engendrar y arraigar en Europa la irreligión, el ateísmo, y esa indiferencia fatal que tantos daños acarrea á las sociedades modernas. No es mi ánimo el tachar de impíos á todos los protestantes: y reconozco gustoso la entereza y tesón con que algunos de sus sabios más ilustres se han opuesto al progreso de la impiedad. No ignoro que los hombres adoptan á veces un principio cuyas consecuencias rechazan, y que entonces sería una injusticia el colocarlos en la misma clase de aquellos que defienden á las claras esas mismas consecuencias; pero también sé que, por más que se resistan los protestantes á confesar que su sistema conduzca al ateísmo, no deja por ello de ser muy cierto: pueden exigirme que yo no culpe en este punto sus intenciones, mas no quejarse de que haya desenvuelto hasta las últimas consecuencias su principio fundamental, no desviándome nunca de lo que nos enseñan acordes la filosofía y la historia.

Bosquejar, ni siquiera rápidamente, lo que sucedió en Europa desde la época de la aparición de Voltaire, sería trabajo por cierto bien inútil, pues que son tan recientes los hechos y andan tan vulgares los escritos sobre esa materia, que, si quisiera entrar en ella, difícilmente podría evitar la nota de copiante. Llenaré, pues, más cumplidamente mi objeto presentando algunas reflexiones sobre el estado actual de la religión en los dominios de la pretendida reforma.

En medio de tantos sacudimientos y trastornos, en el vértigo comunicado á tantas cabezas, cuando han vacilado los cimientos de todas las sociedades, cuando se han arrancado de cuajo las más robustas y arraigadas instituciones, cuando la misma verdad católica sólo ha podido sostenerse con el manifiesto auxilio de la diestra del Omnipotente, fácil es calcular cuán malparado debe de estar el flaco edificio del Protestantismo, expuesto, como todo lo demás, á tan recios y duros ataques.

Nadie ignora las innumerables sectas que hormiguean en toda la extensión de la Gran Bretaña, la situación deplorable de las creencias entre los protestantes de Suiza, aun con respecto á los puntos más capitales; y, para que no quedase ninguna duda sobre el verdadero estado de la religión protestante en Alemania, es decir, en su país natal, en aquel país donde se había establecido como en su patrimonio más predilecto, el ministro protestante barón de Starch ha tenido cuidado de decirnos que en Alemania no hay ni un solo punto de la fe cristiana que no se vea atacado abiertamente por los mismos ministros protestantes. Por manera que el verdadero estado del Protestantismo me parece viva y exactamente retratado en la peregrina ocurrencia de J. Heyer, ministro protestante: publicó J. Heyer en 1818 una obra que se titula Ojeada sobre las confesiones de fe, y, no sabiendo cómo desentenderse de los embarazos que para los protestantes presenta la adopción de un símbolo, propone un expediente muy sencillo, que, por cierto, allana todas las dificultades, y es: desecharlos todos.

El único medio que tiene de conservarse el Protestantismo, es falsear, en cuanto le sea posible, su principio fundamental; es decir, apartar á los pueblos de la vía del examen, haciendo que permanezcan adheridos á las creencias que se les han transmitido con la educación, y no dejándoles que adviertan la inconsecuencia en que caen, cuando se someten á la autoridad de un simple particular, mientras resisten á la autoridad de la Iglesia católica. Pero no es éste cabalmente el camino que llevan las cosas, y, por más que tal vez se propusieran seguirle algunos de los protestantes, las solas sociedades bíblicas que con un ardor digno de mejor causa trabajan para extender entre todas las clases la lectura de la Biblia, son un poderoso obstáculo para que pueda adormecerse el ánimo de los pueblos. Esta difusión de la Biblia es una perenne apelación al examen particular, al espíritu privado; ella acabará de disolver lo que resta del Protestantismo, bien que, al propio tiempo, prepara tal vez á las sociedades días de luto y de llanto. No se ha ocultado todo esto á los protestantes, y algunos de los más notables entre ellos han levantado ya la voz, y advertido del peligro.[13]


CAPITULO X

Quedando demostrada hasta la evidencia la intrínseca debilidad del Protestantismo, ocurre naturalmente una cuestión: ¿cómo es que, siendo tan flaco por el vicio radical de su constitución misma, no haya desaparecido completamente? Llevando un germen de muerte en su propio seno, ¿cómo ha podido resistir á dos adversarios tan poderosos como la religión católica, por una parte, y la irreligión y el ateísmo, por otra? Para satisfacer cumplidamente á esta pregunta, es necesario considerar el Protestantismo bajo dos aspectos: ó bien en cuanto significa una creencia determinada, ó bien en cuanto expresa un conjunto de sectas, que, teniendo la mayor diferencia entre sí, están acordes en apellidarse cristianas, conservar alguna sombra de cristianismo, desechando, empero, la autoridad de la Iglesia. Es menester considerarle bajo estos dos aspectos, ya que es bien sabido que sus fundadores, no sólo se empeñaron en destruir la autoridad y los dogmas de la Iglesia romana, sino que procuraron también formar un sistema de doctrina que pudiera servir como de símbolo á sus prosélitos. Por lo que toca al primer aspecto, el Protestantismo ha desaparecido ya casi enteramente, ó, mejor diremos, desapareció al nacer, si es que pueda decirse que llegase ni á formarse. Harto queda evidenciada esta verdad con lo que llevo expuesto sobre sus variaciones, y su estado actual en los varios países de Europa; viniendo el tiempo á confirmar cuán equivocados anduvieron los pretendidos reformadores, cuando se imaginaron poder fijar las columnas de Hércules del espíritu humano, según la expresión de una escritora protestante: Madama de Staël.

Y, en efecto, las doctrinas de Lutero y de Calvino, ¿quién las defiende ahora? ¿quién respeta los lindes que ellos prefijaron? Entre todas las Iglesias protestantes, ¿hay alguna que se dé á conocer por su celo ardiente en la conservación de estos ó de aquellos dogmas? ¿cuál es el protestante que no se ría de la divina misión de Lutero, y que crea que el Papa es el Anticristo? ¿Quién entre ellos vela por la pureza de la doctrina? ¿quién califica los errores? ¿quién se opone al torrente de las sectas? ¿El robusto acento de la convicción, el celo de la verdad, se deja percibir ya, ni en sus escritos, ni en sus púlpitos? ¡Qué diferencia tan notable cuando se comparan las Iglesias protestantes con la Iglesia católica! Preguntadla sobre sus creencias, y oiréis de la boca del Sucesor de San Pedro, de Gregorio XVI, lo mismo que oyó Lutero de la boca de León X; y cotejad la doctrina de León X con la de sus antecesores, y os hallaréis conducidos por vía recta, siempre por un mismo camino, hasta los Apóstoles, hasta Jesucristo. ¿Intentáis impugnar un dogma? ¿enturbiáis la pureza de la moral? La voz de los antiguos Padres tronará contra vuestros extravíos; y, estando en el siglo xix, creeréis que se han alzado de sus tumbas los antiguos Leones y Gregorios. Si es flaca vuestra voluntad, encontraréis indulgencia; si es grande vuestro mérito, se os prodigarán consideraciones; si es elevada vuestra posición social, se os tratará con miramiento; pero, si abusando de vuestros talentos queréis introducir alguna novedad en la doctrina, si valiéndoos de vuestro poderío queréis exigir alguna capitulación en materias de dogma, si para evitar disturbios, prevenir escisiones, conciliar los ánimos, demandáis una transacción, ó, al menos, una explicación ambigua: eso no, jamás, os responderá el Sucesor de San Pedro; eso no, jamás: la fe es un depósito sagrado que nosotros no podemos alterar; la verdad es inmutable, es una; y á la voz del Vicario de Jesucristo, que desvanecerá todas vuestras esperanzas, se unirán las voces de nuevos Atanasios, Naciancenos, Ambrosios, Jerónimos y Agustinos. Siempre la misma firmeza en la misma fe, siempre la misma invariabilidad, siempre la misma energía para conservar intacto el depósito sagrado, para defenderle contra los ataques del error, para enseñarle en toda su pureza á los fieles, para transmitirle sin mancha á las generaciones venideras. ¿Será eso obstinación, ceguera, fanatismo? ¡Ah! El transcurso de 18 siglos, las revoluciones de los imperios, los trastornos más espantosos, la mayor variedad de ideas y costumbres, las persecuciones de las potestades de la tierra, las tinieblas de la ignorancia, los embates de las pasiones, las luces de la ciencia, ¿nada hubiera sido bastante para alumbrar esa ceguera, ablandar esa terquedad, enfriar ese fanatismo? Sin duda que un protestante pensador, uno de aquellos que sepan elevarse sobre las preocupaciones de la educación, al fijar la vista en ese cotejo, cuya variedad y exactitud no podrá menos de reconocer, si es que tenga instrucción sobre la materia, sentirá vehementes dudas sobre la verdad de la enseñanza que ha recibido; y que deseará, cuando menos, examinar de cerca ese prodigio que tan de bulto se presenta en la Iglesia católica. Pero volvamos al intento.

Á pesar de la disolución que ha cundido de un modo tan espantoso entre las sectas protestantes, á pesar de que en adelante irá cundiendo todavía más, no obstante, hasta que llegue el momento de reunirse los disidentes á la Iglesia católica, nada extraño es que no desaparezca enteramente el Protestantismo, mirado como un conjunto de sectas que conservan el nombre y algún rastro de cristianas. Para que esto no sucediera así, sería menester, ó que los pueblos protestantes se hundiesen completamente en la irreligión y en el ateísmo, ó bien que ganase terreno entre ellos alguna otra religión de las que se hallan establecidas en otras partes de la tierra. Uno y otro extremo es imposible, y he aquí la causa por que se conserva, y se conservará bajo una ú otra forma, el falso cristianismo de los protestantes, hasta que vuelvan al redil de la Iglesia.

Desenvolvamos con alguna extensión estos pensamientos. ¿Por qué los pueblos protestantes no se hundirán enteramente en la irreligión y en el ateísmo, ó en la indiferencia? Porque todo esto puede suceder con respecto á un individuo, mas no con respecto á un pueblo. Á fuerza de lecturas corrompidas, de meditaciones extravagantes, de esfuerzos continuados, puede uno que otro individuo sofocar los más vivos sentimientos de su corazón, acallar los clamores de su conciencia, y desentenderse de las preciosas amonestaciones del sentido común; pero, un pueblo, no: un pueblo conserva siempre un gran fondo de candor y docilidad, que, en medio de los más funestos extravíos, y aun de los crímenes más atroces, le hace prestar atento oído á las inspiraciones de la naturaleza. Por más corrompidos que sean los hombres en sus costumbres, son siempre pocos los que de propósito han luchado mucho consigo mismos para arrancar de sus corazones aquel abundante germen de buenos sentimientos, aquel precioso semillero de buenas ideas, con que la mano próvida del Criador ha cuidado de enriquecer nuestras almas. La expansión del fuego de las pasiones produce, es verdad, lamentables desvanecimientos, tal vez explosiones terribles; pero, pasado el calor, el hombre vuelve á entrar en sí mismo, y deja de nuevo accesible su alma, á los acentos de la razón y de la virtud. Estudiando con atención á la sociedad, se nota que, por fortuna, es poco abundante aquella casta de hombres que se hallan como pertrechados contra los asaltos de la verdad y del bien; que responden con una frívola cavilación á las reconvenciones del buen sentido; que oponen un frío estoicismo á las más dulces y generosas inspiraciones de la naturaleza, y que ostentan, como modelo de filosofía, de firmeza y de elevación de alma, la ignorancia, la obstinación y la aridez de un corazón helado. El común de los hombres es más sencillo, más cándido, más natural; y, por tanto, mal puede avenirse con un sistema de ateísmo ó de indiferencia. Podrá semejante sistema señorearse del orgulloso ánimo de algún sabio soñador, podrá cundir como una convicción muy cómoda en las disposiciones de la mocedad; en tiempos muy revueltos, podrá extenderse á un cierto círculo de cabezas volcánicas; pero, establecerse tranquilamente en medio de una sociedad, formar su estado normal, eso no sucederá jamás.

No, mil veces no: un individuo puede ser irreligioso; la familia y la sociedad no lo serán jamás. Sin una base donde pueda encontrar su asiento el edificio social, sin una idea grande, matriz, de donde nazcan las de razón, virtud, justicia, obligación, derecho, ideas todas tan necesarias á la existencia y conservación de la sociedad como la sangre y el nutrimiento á la vida del individuo, la sociedad desaparecería; y sin los dulcísimos lazos con que traban á los miembros de la familia las ideas religiosas, sin la celeste harmonía que esparcen sobre todo el conjunto de sus relaciones, la familia deja de existir, ó, cuando más, es un nudo grosero, momentáneo, semejante en un todo á la comunicación de los brutos. Afortunadamente ha favorecido Dios á todos los seres con un maravilloso instinto de conservación, y, guiadas por ese instinto, la familia y la sociedad rechazan indignadas aquellas ideas degradantes, que, secando con su maligno aliento todo jugo de vida, quebrantando todos los lazos y trastornando toda economía, las harían retrogradar de golpe hasta la más abyecta barbarie, y acabarían por dispersar sus miembros, como al impulso del viento se dispersan los granos de arena, por no tener entre sí ni apego ni enlace.

Ya que no la consideración del hombre y de la sociedad, al menos las repetidas lecciones de la experiencia debieran haber desengañado á ciertos filósofos de que las ideas y sentimientos grabados en el corazón por el dedo del Autor de la naturaleza, no son para desarraigados con declamaciones y sofismas; y, si algunos efímeros triunfos han podido alguna vez engreirlos, dándoles exageradas esperanzas sobre el resultado de sus esfuerzos, el curso de las ideas y de los sucesos ha venido luego á manifestarles que, cuando cantaban alborozados su triunfo, se parecían al insensato que se lisonjeara de haber desterrado del mundo el amor maternal, porque hubiese llegado á desnaturalizar el corazón de algunas madres.

La sociedad, y cuenta que no digo el pueblo ni la plebe; la sociedad, si no es religiosa, será supersticiosa; si no cree cosas razonables, las creerá extravagantes; si no tiene una religión bajada del cielo, la tendrá forjada por los hombres; pretender lo contrario, es un delirio; luchar contra esa tendencia, es luchar contra una ley eterna; esforzarse en contenerla, es interponer una débil mano para detener el curso de un cuerpo que corre con fuerza inmensa: la mano desaparece y el cuerpo sigue su curso. Llámesela superstición, fanatismo, seducción, todo podrá ser bueno para desahogar el despecho de verse burlado; pero no es más que amontonar nombres, y azotar el viento.

Siendo, como es, la religión una verdadera necesidad, tenemos ya la explicación de un fenómeno que nos ofrecen la historia y la experiencia, y es que la religión nunca desaparece enteramente; y que, en llegando el caso de una mudanza, las dos religiones rivales luchan más ó menos tiempo sobre el mismo terreno, ocupando progresivamente la una los dominios que va conquistando de la otra. De aquí sacaremos también que, para desaparecer enteramente el Protestantismo, sería necesario que se pusiese en su lugar alguna otra religión; y que, no siendo esto posible durante la civilización actual, á menos que no sea la católica, irán siguiendo las sectas protestantes ocupando con más ó menos variaciones el país que han conquistado.

Y, en efecto, en el estado actual de la civilización de las sociedades protestantes, ¿es acaso posible que ganen terreno entre ellas, ni las necedades del Alcorán, ni las groserías de la idolatría?

Derramado como está el espíritu del Cristianismo por las venas de las sociedades modernas, impreso su sello en todas las partes de la legislación, esparcidas sus luces sobre todo linaje de conocimientos, mezclado su lenguaje con todos los idiomas, reguladas por sus preceptos las costumbres, marcada su fisonomía hasta en los hábitos y modales, rebosando de sus inspiraciones todos los monumentos del genio, comunicado su gusto á todas las bellas artes; en una palabra, filtrado, por decirlo así, el Cristianismo en todas las partes de esa civilización tan grande, tan variada y fecunda de que se glorían las sociedades modernas, ¿cómo era posible que desapareciese hasta el nombre de una religión, que á su venerable antigüedad reune tantos títulos de gratitud, tantos lazos, tantos recuerdos? ¿Cómo era posible que encontrara acogida en medio de las sociedades cristianas ninguna de esas otras religiones, que á primera vista muestran, desde luego, el dedo del hombre; que á primera vista manifiestan como distintivo un sello grosero, donde está escrito degradación y envilecimiento? Aun cuando el principio fundamental del Protestantismo zape los cimientos de la religión cristiana, por más que desfigure su belleza, y rebaje su majestad sublime; sin embargo, con tal que se conserven algunos vestigios de Cristianismo, con tal que se conserve la idea que éste nos da de Dios, y algunas máximas de su moral, estos vestigios valen más, se elevan á mucha mayor altura, que todos los sistemas filosóficos, que todas las otras religiones de la tierra.

He aquí por qué ha conservado el Protestantismo alguna sombra de religión cristiana: no es otra la causa, sino que era imposible que desapareciese del todo el nombre cristiano, atendido el estado de las naciones que tomaron parte en el cisma; y he aquí cómo no debemos buscar la razón en ningún principio de vida entrañado por la pretendida reforma. Añádanse á todo esto los esfuerzos de la política, el natural apego de los ministros á sus propios intereses, el ensanche con que lisonjea al orgullo la falta de toda autoridad, los restos de preocupaciones antiguas, el poder de la educación, y otras causas semejantes, y se tendrá completamente resuelta la cuestión; y no parecerá nada extraño que vaya siguiendo el Protestantismo ocupando muchos de los países en que, por fatales combinaciones, alcanzó establecimiento y arraigo.


CAPITULO XI

No hay mejor prueba de la profunda debilidad entrañada por el Protestantismo, considerado como cuerpo de doctrina, que la escasa influencia que ha ejercido sobre la civilización europea, por medio de sus doctrinas positivas. Llamo doctrinas positivas aquellas en que ha procurado establecer un dogma propio, y de esta manera las distingo de las demás, que podríamos llamar negativas, porque no consisten en otra cosa que en la negación de la autoridad. Estas últimas, como muy conformes á la inconstancia y volubilidad del espíritu humano, han encontrado acogida; pero, las demás, no; todo ha desaparecido con sus autores, todo se ha sepultado en el olvido. Si algo se ha conservado de cristianismo entre los protestantes, ha sido solamente aquello que era indispensable para que la civilización europea no perdiera eternamente su naturaleza y carácter; por manera que aquellas doctrinas que tenían una tendencia demasiado directa á desnaturalizar completamente esa civilización, la civilización las ha rechazado; mejor diremos, las ha despreciado.

Hay en esta parte un hecho muy digno de llamar la atención, y en que, sin embargo, quizás no se haya reparado, y es lo acontecido con respecto á la doctrina de los primeros novadores relativa á la libertad humana. Bien sabido es que uno de los primeros y más capitales errores de Lutero y Calvino consistía en negar el libre albedrío, hallándose consignado esta su funesta enseñanza en las obras que de ellos nos han quedado. Esta doctrina parece que debía conservarse con crédito entre los protestantes, y que debía ser sostenida con tesón, pues que regularmente así acontece cuando se trata de aquellos errores que han servido como de primer núcleo para la formación de una secta. Parece, además, que, habiendo alcanzado el Protestantismo tanta extensión y arraigo en varias naciones de Europa, esa doctrina fatalista debía también influir mucho en la legislación de las naciones protestantes; y ¡cosa admirable! nada de esto ha sucedido; y las costumbres europeas la han despreciado, la legislación no la ha tomado por base, y la sociedad no se ha dejado dominar ni dirigir por un principio que zapaba todos los cimientos de la moral, y que, si hubiese sido aplicado á las costumbres y á la legislación, hubiera reemplazado la civilización y dignidad europeas con la barbarie y abyección musulmana.

Sin duda que no han faltado individuos corrompidos por tan funesta doctrina; sin duda que no han faltado sectas más ó menos numerosas que la han reproducido; y no puede negarse tampoco que sean de mucha consideración las llagas abiertas por ella á la moralidad de algunos pueblos. Pero es cierto también que, en la generalidad de la gran familia europea, los gobiernos, los tribunales, la administración, la legislación, las ciencias, las costumbres, no han dado oídos á esa horrible enseñanza de Lutero, en que se despoja al hombre de su libre albedrío, en que se hace á Dios autor del pecado, en que se descarga sobre el Criador toda la responsabilidad de los delitos de la criatura humana, en que se le presenta como un tirano, pues que se afirma que sus preceptos son imposibles, en que se confunden monstruosamente las ideas de bien y de mal, y se embota el estímulo de toda virtud, asegurando que basta la fe para salvarse, que todas las obras de los justos son pecados.

La razón pública, el buen sentido, las costumbres, se pusieron en este punto de parte del Catolicismo; y los mismos pueblos que abrazaron en teoría religiosa esas funestas doctrinas, las desecharon por lo común en la práctica; porque era demasiado profunda la impresión que en esos puntos capitales les había dejado la enseñanza católica, porque era demasiado vivo el instinto de civilización que de las doctrinas católicas se había comunicado á la sociedad europea. Así fué como la Iglesia católica, rechazando esos funestos errores difundidos por el Protestantismo, preservaba á la sociedad del envilecimiento que consigo traen las máximas fatalistas; se constituía en barrera contra el despotismo, que se entroniza siempre en medio de los pueblos que han perdido el sentimiento de su dignidad; era un dique contra la desmoralización, que cunde necesariamente cuando el hombre se cree arrastrado por la ciega fatalidad, como por una cadena de hierro; así libertaba al espíritu de aquel abatimiento en que se postra cuando se ve privado de dirigir su propia conducta, y de influir en el curso de los acontecimientos. Así fué como el Papa, condenando esos errores de Lutero que formaban el núcleo del naciente Protestantismo, dió un grito de alarma contra una irrupción de barbarie en el orden de las ideas, salvando de esta manera la moral, las leyes, el orden público, la sociedad; así fué como el Vaticano conservó la dignidad del hombre, asegurándole el noble sentimiento de la libertad en el santuario de la conciencia; así fué como la cátedra de Roma, luchando con las ideas protestantes, y defendiendo el sagrado depósito que le confiara el Divino Maestro, era, al propio tiempo, el numen tutelar del porvenir de la civilización.

Reflexionad sobre esas grandes verdades, entendedlas bien vosotros que habláis de las disputas religiosas con esa fría indiferencia, con esos visos de burla y de compasión, como si nunca se tratase de otra cosa que de frivolidades de escuela. Los pueblos no viven de sólo pan; viven también de ideas, de máximas que, convertidas en jugo, ó les comunican grandeza, vigor y lozanía, ó los debilitan, los postran, los condenan á la nulidad y al embrutecimiento. Tended la vista por la faz del globo, recorred los períodos de la historia de la humanidad, comparad tiempos con tiempos, naciones con naciones, y veréis que, dando la Iglesia católica tan alta importancia á la conservación de la verdad en las materias más transcendentales, y no transigiendo nunca en punto á ella, ha comprendido y realizado mejor que nadie la elevada y saludable máxima de que la verdad debe ser la reina del mundo, de que del orden de las ideas depende el orden de los hechos y de que, cuando se agitan cuestiones sobre las grandes verdades, se interesan en esas cuestiones los destinos de la humanidad.

Resumamos lo dicho: el principio esencial del Protestantismo es un principio disolvente: ahí está la causa de sus variaciones incesantes, ahí está la causa de su disolución y aniquilamiento. Como religión particular ya no existe porque no tiene ningún dogma propio, ningún carácter positivo, ninguna economía, nada de cuanto se necesita para formar un ser: es una verdadera negación. Todo lo que se encuentra en él que pueda apellidarse positivo, no es más que vestigios, ruinas; todo está sin fuerza, sin acción, sin espíritu de vida. No puede mostrar un edificio que haya levantado por su mano, no puede colocarse en medio de esas obras inmensas entre las cuales puede situarse con tanta gloria el Catolicismo, y decir: esto es mío. El Protestantismo puede sólo sentarse en medio de espantosas ruinas; y de ellas sí que puede decir con toda verdad: yo las he amontonado.

Mientras pudo durar el fanatismo de esta secta, mientras ardía la llamarada encendida por fogosas declamaciones y avivada por funestas circunstancias, desplegó cierta fuerza que, si bien no manifestaba la verdadera robustez, mostraba al menos la convulsiva energía del delirio. Pero su época pasó, la acción del tiempo ha dispersado los elementos que daban pábulo al incendio; y, por más que se haya trabajado por acreditar la reforma como obra de Dios, no se ha podido encubrir lo que era en realidad: obra de las pasiones del hombre. No deben causarnos ilusión esos esfuerzos que actualmente parece hacer de nuevo: quien obra en ello, no es el Protestantismo en vida; es la falsa filosofía, tal vez la política, quizás el mezquino interés, que toman su nombre, se disfrazan con su manto; y, sabiendo cuán á propósito es para excitar disturbios, provocar escisiones y disolver las sociedades, van recogiendo el agua de los charcos que han quedado manchados con su huella impura, seguros de que será un violento veneno para dar la muerte al pueblo incauto, que llegue á beber de la dorada copa con que pérfidamente se le brinda.

Pero en vano se esfuerza el débil mortal en luchar contra la diestra del Omnipotente. Dios no abandonará su obra; y, por más que el hombre forceje, por más que se empeñe en remedar la obra del Altísimo, no podrá borrar los caracteres eternos que distinguen el error de la verdad. La verdad es de suyo fuerte, robusta: y, como es el conjunto de las mismas relaciones de los seres, enlázase, trábase fuertemente con ellos, y no son parte á desasirla, ni los esfuerzos de los hombres, ni los trastornos de los tiempos. El error, mentida imagen de los grandes lazos que vinculan la completa masa del universo, tiéndese sobre sus usurpados dominios como un informe conjunto de ramos mal trabados que no reciben jamás el jugo de la tierra, que tampoco le comunican verdor y frescura, y sólo sirven de red engañosa tendida á los pasos del caminante.

¡Pueblos incautos! No os seduzcan ni aparatos brillantes, ni palabras pomposas, ni una actividad mentida: la verdad es cándida, modesta y confiada, porque es pura y fuerte; el error es hipócrita y ostentoso, porque es falso y débil. La verdad es una mujer hermosa que desprecia el afectado aliño porque conoce su belleza; el error se atavía, se pinta, violenta su talle porque es feo, descolorido, sin expresión de vida en su semblante, sin gracia ni dignidad en sus formas. ¿Admiráis tal vez su actividad y sus trabajos? Sabed que sólo es fuerte cuando es el núcleo de una facción, ó la bandera de un partido; sabed que entonces es rápido en su acción, violento en sus medios; es un meteoro funesto que fulgura, truena y desaparece, dejando en pos de sí la obscuridad, la destrucción y la muerte; la verdad es el astro del día despidiendo tranquilamente su luz vivísima y saludable, fecundando con suave calor la naturaleza, y derramando por todas partes, vida, alegría y hermosura.


CAPITULO XII

Para apreciar en su justo valor el efecto que pueden producir sobre la sociedad española las doctrinas protestantes, será bien dar una ojeada al actual estado de las ideas religiosas en Europa. Á pesar del vértigo intelectual, que es uno de los caracteres dominantes de la época, es un hecho indudable que el espíritu de incredulidad y de irreligión ha perdido mucho de su fuerza; y que, en la parte que desgraciadamente le queda de existencia, es más bien transformado en indiferentismo, que no conservando aquella índole sistemática de que se hallaba revestido en el pasado siglo. Con el tiempo se gastan todas las declamaciones, los apodos fastidian, las continuas repeticiones fatigan; irrítase el ánimo con la intolerancia y la mala fe de los partidos, descúbrense el vacío de los sistemas, la falsedad de las opiniones, lo precipitado de los juicios, lo inexacto de los raciocinios; andando el tiempo, van publicándose datos que ponen de manifiesto las solapadas intenciones, lo engañoso de las palabras, la mezquindad de las miras, lo maligno y criminal de los proyectos; y al fin restablécese en su imperio la verdad, recobran las cosas sus propios nombres, toma otra dirección el espíritu público; y lo que antes se encontraba inocente y generoso, preséntase como culpable y villano; y, rasgados los fementidos disfraces, muéstrase la mentira, rodeada de aquel descrédito que debiera haber sido siempre su único patrimonio.

Las ideas irreligiosas, como todas aquellas que pululan en sociedades muy adelantadas, no quisieron, ni pudieron mantenerse en el recinto de la especulación, é invadiendo los dominios de la práctica, quisieron señorear todos los ramos de administración y de política. El trastorno que debían producir en la sociedad, debía serles fatal á ellas mismas: porque no hay cosa que ponga más de manifiesto los defectos y vicios de un sistema, y sobre todo que más desengañe á los hombres, que la piedra de toque de la experiencia. Yo no sé qué facilidad tiene nuestro entendimiento para concebir un objeto bajo muchos aspectos, y qué fecundidad funesta para apoyar con un sinnúmero de sofismas las mayores extravagancias; pues que, en tratándose de apelar á la disputa, apenas puede la razón desentenderse de las cavilaciones del sofisma. Pero, en llegando á la experiencia, todo se cambia: el ingenio enmudece, sólo hablan los hechos; y si la experiencia se ha verificado en grande, y sobre objetos de mucho interés ó de alta importancia, difícil es que pueda ofuscarse con especiosas razones la convincente elocuencia de los resultados. Y de aquí es que observamos á cada paso que un hombre que haya adquirido grande experiencia, llega á poseer cierto tacto tan delicado y seguro, que, á la sola exposición de un sistema, señala con el dedo todos sus inconvenientes: la inexperiencia, fogosa y confiada, apela á las razones, al aparato de doctrinas; pero el buen sentido, el precioso, el raro, el inapreciable buen sentido, menea cuerdamente la cabeza, encoge tranquilamente los hombros, y, dejando escapar una ligera sonrisa, abandona seguro sus predicciones á la prueba del tiempo.

No es necesario ponderar ahora los resultados que han tenido en la práctica aquellas doctrinas, cuya divisa era la incredulidad; tanto se ha dicho ya sobre esto, que quien emprenda el tocarlo de nuevo, corre mucho riesgo de pasar plaza de insulso declamador. Bastará decir que aun aquellos hombres que por principios, por intereses, recuerdos ú otras causas, como que pertenecen aún al siglo pasado, se han visto precisados á modificar sus doctrinas, á limitar los principios, á paliar las proposiciones, á retocar los sistemas, á templar el calor y el arrebato de las invectivas; queriendo dar una muestra de su aprecio y veneración á aquellos escritores que formaron las delicias de su juventud, dicen con indulgente tono: «que aquellos hombres eran grandes sabios, pero que eran sabios de gabinete»; como si, en tratándose de hechos y de práctica, lo que se llama sabiduría de mero gabinete, no fuese una peligrosa ignorancia.

Como quiera, lo cierto es que de estos ensayos ha resultado el provecho de desacreditarse la irreligión como sistema; y que los pueblos la miran, si no con horror, al menos con desvío y con desconfianza. Los trabajos científicos provocados en todos ramos por la irreligión, que con locas esperanzas había creído que los cielos dejarían de cantar la gloria del Señor, que la tierra desconocería á Aquel que le dió su cimiento, y que la naturaleza toda levantaría su testimonio contra Dios, que le dió el ser y la animó con la vida, han hecho desaparecer el divorcio que, con escándalo, se iba introduciendo entre la religión y las ciencias, y los acentos del antiguo hombre de la tierra de Hus se ha visto que podían resonar sin desdoro del saber en la boca de los sabios del siglo xix. ¿Y qué diremos del triunfo de la religión en todo lo que existe de bello, de tierno y de sublime sobre la tierra? ¡Cuán grande se ha manifestado en este triunfo la acción de la Providencia! ¡Cosa admirable! En todas las grandes crisis de la sociedad, esa mano misteriosa que rige los destinos del universo, tiene como en reserva á un hombre extraordinario; llega el momento, el hombre se presenta, marcha, el mismo no sabe á dónde, pero marcha con paso firme á cumplir el alto destino que el Eterno le ha señalado en la frente.

El ateísmo anegaba á la Francia en un piélago de sangre y de lágrimas, y un hombre desconocido atraviesa en silencio los mares; mientras el soplo de la tempestad despedaza las velas de su navío, él escucha absorto el bramar del huracán, y contempla abismado la majestad del firmamento. Extraviado por las soledades de América, pregunta á las maravillas de la creación el nombre de su autor; y el trueno le contesta en el confín del desierto, las selvas le responden con sordo mugido, y la bella naturaleza, con cánticos de amor y de harmonía. La vista de una cruz solitaria le revela misteriosos secretos, la huella de un misionero desconocido le excita grandes recuerdos que enlazan el nuevo mundo con el mundo antiguo; un monumento arruinado, una choza salvaje, le inspiran aquellos sublimes pensamientos que penetran hasta el fondo de la sociedad y del corazón del hombre. Embriagado con los sentimientos que le ha sugerido la grandeza de tales espectáculos, llena su mente de conceptos elevados, y rebosando su pecho de la dulzura que han producido en él los encantos de tanta belleza, pisa de nuevo el suelo de su patria. ¿Y qué encuentra allí? La huella ensangrentada del ateísmo, las ruinas y cenizas de los antiguos templos, ó devorados por el fuego, ó desplomados á los golpes de bárbaro martillo; sepulcros numerosos que encierran los restos de tantas víctimas inocentes, y que poco antes ofrecieran en su lobreguez un asilo oculto al cristiano perseguido. Nota, sin embargo, un movimiento: ve que la religión quiere descender de nuevo sobre la Francia, como un pensamiento de consuelo, para aliviar un infortunio, como un soplo de vida para reanimar un cadáver; desde entonces oye por todas partes un concierto de célica harmonía; se agitan, rebullen en su grande alma las inspiraciones de la meditación y de la soledad, y enajenado y extático canta con lengua de fuego las bellezas de la religión, revela las delicadas y hermosas relaciones que tiene con la naturaleza, y, hablando un lenguaje superior y divino, muestra á los hombres asombrados la misteriosa cadena de oro que une el cielo con la tierra: era Chateaubriand.

Sin embargo, es preciso confesarlo: un vértigo como se ha introducido en las ideas no se remedia en poco tiempo; y no es fácil que desaparezca sin grandes trabajos la huella profunda que ha debido dejar la irreligión con sus estragos. Los ánimos, es verdad, van cansados del sistema de irreligión; una desazón profunda agita la sociedad; ella ha perdido su equilibrio; la familia ha sentido aflojar sus lazos, y el individuo suspira por un rayo de luz, por una gota de consuelo y esperanza. Pero, ¿dónde hallará el mundo el apoyo que le falta? ¿Seguirá el buen camino, el único, cual es entrar de nuevo en el redil de la Iglesia católica? ¡Ah! Sólo Dios es el dueño de los secretos del porvenir; sólo él mira desplegados con toda claridad delante de sus ojos, los grandes acontecimientos que se preparan sin duda á la humanidad; sólo él sabe cuál será el resultado de esa actividad y energía que vuelve á apoderarse de los espíritus en el examen de las grandes cuestiones sociales y religiosas; sólo él sabe cuál será el fruto que recogerán las generaciones venideras de los triunfos conseguidos por la religión, en las ciencias, en la política, en todos los ramos por donde se explaya el humano entendimiento.

Nosotros, débiles mortales, que, arrastrados rápidamente por el precipitado curso de las revoluciones y trastornos, tenemos apenas el tiempo necesario para dar una fugaz mirada al caos en que está envuelto el país que atravesamos, ¿qué podremos decir que tenga alguna prenda de acierto? Sólo podemos asegurar que la presente es una época de inquietud, de agitación, de transición; que multiplicados escarmientos y repetidos desengaños, fruto de espantosos trastornos y de inauditas catástrofes, han difundido por todas partes el descrédito de las doctrinas irreligiosas y desorganizadoras, sin que por esto haya tomado en su lugar el debido ascendiente la verdadera religión; que el corazón, fatigado de tantos infortunios, se abre de buen grado á la esperanza, sin que el entendimiento deje de contemplar en grande incertidumbre el porvenir, y de columbrar tal vez una nueva cadena de calamidades. Merced á las revoluciones, al vuelo de la industria, á la actividad y extensión del comercio, al adelanto y expansión prodigiosa de la imprenta, á los progresos científicos, á la facilidad, rapidez y amplitud de las comunicaciones, al gusto por los viajes, á la acción disolvente del Protestantismo, de la incredulidad y del escepticismo, presenta en la actualidad el espíritu humano una de aquellas fases singulares, que forman época en su historia.

El entendimiento, la fantasía, el corazón, se hallan en estado de grande agitación, de movilidad, de desarrollo, presentando, al propio tiempo, los contrastes más singulares, las extravagancias más ridículas, y hasta las contradicciones más absurdas.

Observad las ciencias, y, sin notar en su estudio aquellos trabajos prolijos, aquella paciencia incansable, aquella marcha pausada y detenida que caracterizan los estudios de otras épocas, descúbrese, sin embargo, un espíritu de observación, un prurito de generalizar, de alzar las cuestiones á un punto de vista elevado y transcendente, y, sobre todo, un afán de tratar todas las ciencias bajo aquel aspecto en que se divisan los puntos de contacto que entre sí tienen, los lazos que las hermanan, y los canales por donde se comunican recíprocamente la luz.

Las cuestiones de religión, de política, de moral, de legislación, de economía, todas van enlazadas, marchan de frente, dándose al horizonte científico un grandor, una inmensidad, que no había jamás alcanzado. Este adelanto, este abuso, ó este caos, si se quiere, es un dato que no debe despreciarse cuando se estudia el espíritu de la época, cuando se examina su situación religiosa; pues que no es la obra de ningún hombre aislado, no es un efecto casual: es el resultado de un sinnúmero de causas que han conducido la sociedad á este punto; es un grande hecho, fruto de otros hechos; es una expresión del estado intelectual en la actualidad; es un síntoma de fuerzas y de enfermedades, un anuncio de transición y de mudanza, tal vez una señal consoladora, tal vez un funesto presagio. Y ¿quién no ha notado el vuelo que va tomando la fantasía, y la prodigiosa expansión del corazón, en esa literatura tan varia, tan irregular, tan fluctuante, pero, al propio tiempo, tan rica de hermosísimos cuadros, rebosante de sentimientos delicadísimos, y embutida de pensamientos atrevidos y generosos? Dígase lo que se quiera del abatimiento de las ciencias, del decaimiento de los estudios; nómbrense con tono mofador las luces del siglo, vuélvase la vista dolorida hacia tiempos más estudiosos, más sabios, más eruditos; en esto habrá sus verdades, sus falsedades, sus exageraciones, como acontece siempre en declamaciones semejantes; pero no podrá negarse que, sea lo que fuere de la utilidad de sus trabajos, tal vez nunca había desplegado el espíritu humano semejante actividad y energía, tal vez nunca se le había visto agitado con un movimiento tan vivo, tan general, tan variado: tal vez nunca como ahora se habrá deseado, con tan excusable curiosidad é impaciencia, el levantar una punta del velo que encubre un inmenso porvenir.

¿Quién dominará tan opuestos y poderosos elementos? ¿Quién podrá restablecer el sosiego en ese piélago combatido por tantas borrascas? ¿Quién podrá dar unión, enlace, consistencia, para formar un todo compacto, capaz de resistir á la acción de los tiempos? ¿Quién podrá darlo á esos elementos que se rechazan con tanta fuerza, que luchan sin cesar, estallando con detonaciones horrorosas? ¿Será el Protestantismo, con su principio fundamental? ¿Será sentando, difundiendo, acreditando el principio disolvente del espíritu privado en materias religiosas, y realizando este pensamiento con derramar á manos llenas entre todas las clases de la sociedad los ejemplares de la Biblia?

Sociedades inmensas, orgullosas con su poderío, engreídas de su saber, disipadas por los placeres, refinadas con el lujo, expuestas de continuo á la poderosa acción de la imprenta, disponiendo de unos medios de comunicación que hubieran parecido fabulosos á nuestros mayores; donde todas las grandes pasiones encuentran su objeto, todas las intrigas una sombra, toda corrupción un velo, todo crimen un título, todo error un intérprete, todo interés un pábulo; trocados los nombres, socavados los cimientos, cargadas de escarmientos y desengaños, flotando entre la verdad y la mentira con horrorosa incertidumbre, dando de vez en cuando una mirada á la antorcha celestial para seguir sus resplandores, y contentándose luego con fugaces vislumbres, haciendo un esfuerzo para dominar la tormenta, y abandonándose luego á merced de los vientos y de las ondas, presentan las sociedades modernas un cuadro tan extraordinario como interesante, donde pueden campear con toda amplitud y libertad las esperanzas y temores, los pronósticos y conjeturas, pero sin que sea dable lisonjearse de acierto, sin que el hombre sensato pueda tomar más cuerdo partido que esperar en silencio el desenlace que está señalado en los arcanos del Señor, á cuyos ojos están desplegados con toda claridad los sucesos de todos los tiempos, y los futuros destinos de los pueblos.

Pero sí que se alcanza fácilmente que, siendo, como es, el Protestantismo disolvente por su propia naturaleza, nada puede producir en el orden moral y religioso que sea en pro de la felicidad de los pueblos; ya que esta felicidad no es dable que exista estando en continua guerra los entendimientos con respecto á las más altas é importantes cuestiones que ofrecerse puedan al espíritu humano.

Cuando en medio de ese tenebroso caos, donde vagan tantos elementos, tan diferentes, tan opuestos y tan poderosos, que, luchando de continuo, se chocan, se pulverizan y se confunden, busca el observador un punto luminoso de donde pueda venir una ráfaga que alumbre al mundo, una idea robusta que, enfrenando tanto desorden y anarquía, se enseñoree de los entendimientos, y los vuelva al camino de la verdad, ocurre, desde luego, el Catolicismo como el único manantial de tantos bienes; y al ver cuál se sostiene aún con brillantez y pujanza, á pesar de los inauditos esfuerzos que se están haciendo todos los días para aniquilarle, llénase de consuelo el corazón, y, brotando en él la esperanza, parece que le convida á saludar á esa religión divina, felicitándola por el nuevo triunfo que va á adquirir sobre la tierra.

Hubo un tiempo en que, inundada la Europa por una nube de bárbaros, vió desplomarse de un golpe todos los monumentos de la antigua civilización y cultura: los legisladores con sus leyes, el imperio con su brillo y poderío, los sabios con las ciencias, las artes con sus monumentos, todo se hundió; y esas inmensas regiones donde florecían poco antes toda la civilización y cultura que habían adquirido los pueblos por espacio de muchos siglos, viéronse sumidas de repente en la ignorancia y en la barbarie. Pero la brillante centella de luz arrojada sobre el mundo desde la Palestina, continuaba fulgurando aún en medio del caos; en vano se levantó la espesa polvareda que amagaba envolverla en las tinieblas; alimentada por el soplo del Eterno, continuaba resplandeciendo; pasaron los siglos, fué extendiendo su órbita brillante, y los pueblos, que tal vez no pensaban que pudiera servirles de más que de una guía para marchar sin tropiezo por entre la obscuridad, viéronla presentarse como sol resplandeciente, esparciendo por todas partes la luz y la vida.

¿Y quién sabe si en los arcanos del Eterno no le está reservado otro triunfo más difícil, y no menos saludable y brillante? Instruyendo la ignorancia, civilizando la barbarie, puliendo la rudeza, amansando la ferocidad, preservó á la sociedad de ser víctima, tal vez para siempre, de la brutalidad más atroz, y de la estupidez más degradante; pero, ¿qué timbre más glorioso para ella, si, rectificando las ideas, centralizando y purificando los sentimientos, asentando los eternos principios de toda sociedad, enfrenando las pasiones, templando los enconos, cercenando las demasías, y señoreando todos los entendimientos y voluntades, pudiera levantarse como una reguladora universal, que, estimulando todo linaje de conocimientos y adelantos, inspirara la debida templanza á esta sociedad agitada con tanta furia por tan poderosos elementos, que, privados de un punto céntrico y atrayente, la están de continuo amenazando con la disolución y el caos?

No es dado al hombre penetrar en el porvenir; pero el mundo físico se disolvería con espantosa catástrofe, si faltase por un momento el principio fundamental que da unidad, orden y concierto á los variados movimientos de todos los sistemas; y, si la sociedad, llena como está de movimiento, de comunicación y de vida, no entra bajo la dirección de un principio regulador, universal y constante, al fijar la vista sobre la suerte de las generaciones venideras, el corazón tiembla, y la mente se anubla.

Hay, empero, un hecho sumamente consolador, y es el admirable progreso que hace el Catolicismo en varios países. En Francia, en Bélgica se robustece; en el Norte de Europa parece que se le teme, cuando de tal manera se le combate; en Inglaterra, es tanto lo que ha ganado en menos de medio siglo, que sería increíble, si no constara en datos irrecusables; y en sus misiones vuelve á manifestarse tan emprendedor y fecundo, que nos recuerda los tiempos de su mayor ascendiente y poderío.

Y cuando los otros pueblos tienden á la unidad, ¿podría prevalecer el desbarro de que nosotros nos encamináramos al cisma? Cuando los demás pueblos se alegrarían infinito de que subsistiera entre ellos algún principio vital que pudiese restablecerles las fuerzas que les ha quitado la incredulidad, España, que conserva el Catolicismo, y todavía solo, todavía poderoso, ¿admitiría en su seno ese germen de muerte que la imposibilitaría de recobrarse de sus dolencias, que aseguraría, á no dudarlo, su completa ruina? En esa regeneración moral á que aspiran los pueblos, anhelantes por salir de la posición angustiosa en que los colocaron las doctrinas irreligiosas, ¿será posible que no se quiera parar la atención en la inmensa ventaja que la España lleva á muchos de ellos, por ser uno de los menos tocados de la gangrena de la irreligión, y por conservar todavía la unidad religiosa, inestimable herencia de una larga serie de siglos? ¿Será posible que no se advierta lo que puede ser esa unidad, si la aprovechamos cual merece; esa unidad, que se enlaza con todas nuestras glorias, que despierta tan bellos recuerdos, y tan admirablemente podría servir para elemento de regeneración en el orden social?

Si se pregunta lo que pienso sobre la proximidad del peligro, y si las tentativas que están haciendo los protestantes para este efecto, tienen alguna probabilidad de resultado, responderé con alguna distinción. El Protestantismo es profundamente débil, ya por su naturaleza, y, además, por ser viejo y caduco; tratando de introducirse en España, ha de luchar con un adversario lleno de vida y robustez, y que está muy arraigado en el país; y por esta causa, y bajo este aspecto, no puede ser temible su acción. Pero, ¿quién impide que, si llegase á establecerse en nuestro suelo, por más reducido que fuera su dominio, no causara terribles males?

Por de pronto, salta á la vista que tendríamos otra manzana de discordia, y no es difícil columbrar las colisiones que ocasionaría á cada paso. Como el Protestantismo en España, á más de su debilidad intrínseca, tendría la que le causara el nuevo clima en que se hallaría tan falto de su elemento, viérase forzado á buscar sostén arrimándose á cuanto le alargase la mano; entonces es bien claro que serviría como un punto de reunión para los descontentos; y, ya que se apartase de su objeto, fuera cuando menos un núcleo de nuevas facciones, una bandera de pandillas. Escándalos, rencores, desmoralización, disturbios, y quizás catástrofes, he aquí el resultado inmediato, infalible, de introducirse entre nosotros el Protestantismo: apelo á la buena fe de todo hombre que conozca medianamente al pueblo español.

Pero no está todo aquí; la cuestión se ensancha y adquiere una importancia incalculable, si se la mira en sus relaciones con la política extranjera. ¿Qué palanca tendría entonces para causar en nuestra desgraciada patria toda clase de sacudimientos? ¡Oh! ¡y cómo se asiría ávidamente de ella! ¡cómo trabaja quizás para buscar un punto de apoyo! Hay en Europa una nación temible por su inmenso poderío, respetable por su mucho adelantamiento en las ciencias y artes, y que, teniendo á la mano grandes medios de acción por todo el ámbito de la tierra, sabe desplegarlos con una sagacidad y astucia verdaderamente admirables. Habiendo sido la primera de las naciones modernas en recorrer todas las fases de una revolución religiosa y política, y que en medio de terribles trastornos contemplara las pasiones en toda su desnudez, y el crimen en todas sus formas, se aventaja á las otras en el conocimiento de toda clase de resortes; al paso que, fastidiada de vanos nombres, con que en esas épocas suelen encubrirse las pasiones más viles y los intereses más mezquinos, tiene sobrado embotada su sensibilidad para que puedan fácilmente excitarse en su seno las tormentas que á otros países los inundan de sangre y de lágrimas. No se altera su paz interior en medio de la agitación y del acaloramiento de las discusiones; y, aunque no deje de columbrar en un porvenir más ó menos lejano las espinosas situaciones que podrían acarrearle gravísimos apuros, disfruta entre tanto de aquella calma que le aseguran su constitución, sus hábitos, sus riquezas, y sobre todo el Océano que la ciñe. Colocada en posición tan ventajosa, acecha la marcha de los otros pueblos, para uncirlos á su carro con doradas cadenas, si tienen candor bastante para escuchar sus halagüeñas palabras; ó al menos procura embarazar su marcha y atajar sus progresos, en caso de que con noble independencia traten de emanciparse de su influjo. Atenta siempre á engrandecerse por medio de las artes y comercio, con una política mercantil en grado eminente, cubre, no obstante, la materialidad de los intereses con todo linaje de velos; y si bien, cuando se trata de los demás pueblos, es indiferente del todo á la religión é ideas políticas, sin embargo, se vale diestramente de tan poderosas armas para procurarse amigos, desbaratar á sus adversarios, y envolvernos á todos en la red mercantil que tiene de continuo tendida sobre los cuatro ángulos de la tierra.

No es posible que se escape á su sagacidad lo mucho que tendría adelantado para contar á España en el número de sus colonias, si pudiese lograr que fraternizase con ella en ideas religiosas; no tanto por la buena correspondencia que semejante fraternidad promovería entre ambos pueblos, como porque sería éste el medio más seguro para que el español perdiese del todo ese carácter singular, esa fisonomía austera que le distingue de todos los otros pueblos, olvidando la única idea nacional y regeneradora que ha permanecido en pie en medio de tan espantosos trastornos; quedando así susceptible de toda clase de impresiones ajenas, y dúctil y flexible en todos los sentidos que pudiera convenir á las interesadas miras de los solapados protectores.

No lo olvidemos: no hay nación en Europa que conciba sus planes con tanta previsión, que los prepare con tanta astucia, que los ejecute con tanta destreza, ni que los lleve á cabo con igual tenacidad. Como, después de las profundas revoluciones que la trabajaron, ha permanecido en un estado regular desde el último tercio del siglo xvii, y enteramente extraña á los trastornos sufridos en este período por los demás pueblos de Europa, ha podido seguir un sistema de política concertado, así en lo interior como en lo exterior; y de esta manera sus hombres de gobierno han podido formarse más plenamente, heredando los datos y las miras que guiaron á los antecesores. Conocen sus gobernantes cuán precioso es estar de antemano apercibidos para todo evento; y así no descuidan de escudriñar á fondo qué es lo que hay en cada nación que los pueda ayudar ó contrastar; saliendo de la órbita política, penetran en el corazón de la sociedad sobre la cual se proponen influir; y rastrean allí cuáles son las condiciones de su existencia, cuál es su principio vital, cuáles las causas de su fuerza y energía. Era en el otoño de 1805, y daba Pitt una comida de campo, á la que asistían varios de sus amigos. Llególe entre tanto un pliego en que se le anunciaba la rendición de Mack en Ulma con cuarenta mil hombres, y la marcha de Napoleón sobre Viena. Comunicó la funesta noticia á sus amigos, quienes, al oirla, exclamaron: «Todo está perdido, ya no hay remedio contra Napoleón.» «Todavía hay remedio, replicó Pitt; todavía hay remedio si consigo levantar una guerra nacional en Europa, y esta guerra ha de comenzar en España.» «Sí, señores, añadió después, la España será el primer pueblo donde se encenderá esa guerra patriótica, la sola que puede libertar la Europa.»

Tanta era la importancia que daba ese profundo estadista á la fuerza de una idea nacional, tanto era lo que de ella esperaba; nada menos que hacer lo que no podían todos los esfuerzos de todos los gabinetes europeos: derrocar á Napoleón, libertar la Europa. No es raro que la marcha de las cosas traiga combinaciones tales, que las mismas ideas nacionales que un día sirvieron de poderoso auxiliar á las miras de un gabinete, le salgan otro día al paso, y le sean un poderoso obstáculo: y entonces, lejos de fomentarlas y avivarlas, lo que le interesa es sofocarlas. Lo que puede salvar á una nación libertándola de interesadas tutelas, y asegurándole su verdadera independencia, son ideas grandes y generosas, arraigadas profundamente entre los pueblos; son los sentimientos grabados en el corazón por la acción del tiempo, por la influencia de instituciones robustas, por la antigüedad de los hábitos y de las costumbres; es la unidad de pensamiento religioso, que hace de un pueblo un solo hombre. Entonces lo pasado se enlaza con lo presente, y lo presente se extiende á lo porvenir; entonces brotan á porfía en el pecho aquellos arranques de entusiasmo, manantial de acciones grandes; entonces hay desprendimiento, energía, constancia; porque hay en las ideas fijeza y elevación, porque hay en los corazones generosidad y grandeza.

No fuera imposible que en algunos de los vaivenes que trabajan á esta nación desventurada, tuviéramos la desgracia de que se levantasen hombres bastante ciegos para ensayar la insensata tentativa de introducir en nuestra patria la religión protestante. Estamos demasiado escarmentados para dormir tranquilos, y no se han olvidado sucesos que indican á las claras hasta dónde se hubiera ya llegado algunas veces, si no se hubiese reprimido la audacia de ciertos hombres con el imponente desagrado de la inmensa mayoría de la nación. Y no es que se conciban siquiera posibles las violencias del reinado de Enrique VIII; pero sí que podría suceder que, aprovechándose de una fuerte ruptura con la Santa Sede, de la terquedad y ambición de algunos eclesiásticos, del pretexto de aclimatar en nuestro suelo el espíritu de tolerancia, ó de otros motivos semejantes, se tantease con este ó aquel nombre, que eso poco importa, el introducir entre nosotros las doctrinas protestantes.

Y no sería por cierto la tolerancia lo que se nos importaría del extranjero, pues que ésta ya existe de hecho, y tan amplia, que seguramente nadie recela el ser perseguido, ni aun molestado, por sus opiniones religiosas; lo que se nos traería y se trabajaría por plantear, fuera un nuevo sistema religioso, pertrechándole de todo lo necesario para alcanzar predominio, y para debilitar, ó destruir, si fuera posible, el Catolicismo. Y mucho me engaño, si en la ceguedad y rencor que han manifestado algunos de nuestros hombres que se dicen de gobierno, no encontrase en ellos decidida protección el nuevo sistema religioso, una vez le hubiéramos admitido. Cuando se trataría de admitirle, se nos presentaría quizás el nuevo sistema en ademán modesto, reclamando tan sólo habitación, en nombre de la tolerancia y de la hospitalidad; pero bien pronto le viéramos acrecentar su osadía, reclamar derechos, extender sus pretensiones, y disputar á palmos el terreno de la religión católica. Resonaran entonces con más y más vigor aquellas rencorosas y virulentas declamaciones que tan fatigados nos traen por espacio de algunos años; esos ecos de una escuela que delira porque está por expirar. El desvío con que mirarían los pueblos á la pretendida reforma, sería, á no dudarlo, culpado de rebeldía; las pastorales de los obispos serían calificadas de insidiosas sugestiones; el celo fervoroso de los sacerdotes católicos, acusado de provocación sediciosa, y el concierto de los fieles para preservarse de la infección, sería denunciado como una conjuración diabólica, urdida por la intolerancia y el espíritu de partido, y confiada en su ejecución á la ignorancia y al fanatismo.

En medio de los esfuerzos de los unos y de la resistencia de los otros, viéramos más ó menos parodiadas escenas de tiempos que pasaron ya, y, si bien el espíritu de templanza, que es uno de los caracteres del siglo, impediría que se repitiesen los excesos que mancharon de sangre los fastos de otras naciones, no dejarían, sin embargo, de ser imitados. Porque es menester no olvidar que, en tratándose de religión, no puede contarse en España con la frialdad é indiferencia que, en caso de un conflicto, manifestarían en la actualidad otros pueblos: en éstos han perdido los sentimientos religiosos mucho de su fuerza, pero en España son todavía muy hondos, muy vivos, muy enérgicos: y el día que se les combatiera de frente, abordando las cuestiones sin rebozo, sentiríase un sacudimiento tan universal como recio. Hasta ahora, si bien es verdad que en objetos religiosos se han presenciado lamentables escándalos, y hasta horrorosas catástrofes, no ha faltado nunca un disfraz que, más ó menos transparente, encubría, empero, algún tanto la perversidad de las intenciones. Unas veces ha sido el ataque contra esta ó aquella persona, á quien se han achacado maquinaciones políticas; otras contra determinadas clases, acusadas de crímenes imaginarios; tal vez se ha desbordado la revolución, y se ha dicho que era imposible contenerla, y que los atropellamientos, los insultos, los escarnios de que ha sido objeto lo más sagrado que hay en la tierra y en el cielo, eran sucesos inevitables, tratándose de un populacho desenfrenado: aquí mediaba al menos un disfraz, y un disfraz, poco ó mucho, siempre cubre; pero, cuando se viesen atacados de propósito, á sangre fría, todos los dogmas del Catolicismo, despreciados los puntos más capitales de la disciplina, ridiculizados los misterios más augustos, escarnecidas las ceremonias más sagradas; cuando se viera levantar un templo contra otro templo, una cátedra contra otra cátedra, ¿qué sucedería? Es innegable que se exasperarían los ánimos hasta el extremo, y, si no resultaban, como fuera de temer, estrepitosas explosiones, tomarían al menos las controversias religiosas un carácter tan violento, que nos creeríamos trasladados al siglo xvi.

Siendo tan frecuente entre nosotros que los principios dominantes en el orden político sean enteramente contrarios á los dominantes en la sociedad, sucedería á menudo que el principio religioso, rechazado por la sociedad, encontraría su apoyo en los hombres influyentes en el orden político; reproduciéndose con circunstancias agravantes el triste fenómeno, que tantos años ha estamos presenciando, de querer los gobernantes torcer á viva fuerza el curso de la sociedad. Ésta es una de las diferencias más capitales entre nuestra revolución y la de otros países; ésta es la clave para explicar chocantes anomalías: allí las ideas de revolución se apoderaron de la sociedad, y se arrojaron en seguida sobre la esfera política; aquí se apoderaron primero de la esfera política, y trataron en seguida de bajar á la esfera social; la sociedad estaba muy distante de hallarse preparada para semejantes innovaciones, y por esto han sido indispensables tan rudos y repetidos choques.

De esta falta de harmonía ha resultado que el gobierno en España ejerce sobre los pueblos muy escasa influencia, entendiendo por influencia aquel ascendiente moral que no necesita andar acompañado de la idea de la fuerza. No hay duda que esto es un mal, porque tiende á debilitar el poder, necesidad imprescindible para toda sociedad; pero no han faltado ocasiones en que ha sido un gran bien: porque no es poca fortuna, cuando un gobierno es liviano é insensato, el que se encuentre con una sociedad mesurada y cuerda, que, mientras aquél corre á precipitarse desatentado, vaya ésta marchando con paso sosegado y majestuoso. Mucho hay que esperar del buen instinto de la nación española, mucho hay que prometerse de su proverbial gravedad, aumentada además con tanto infortunio; mucho hay que prometerse de ese tino que le hace distinguir también el verdadero camino de su felicidad, y que la vuelve sorda á las insidiosas sugestiones con que se ha tratado de extraviarla. Si van ya muchos años que por una funesta combinación de circunstancias, y por la falta de harmonía entre el orden político y el social, no acierta á darse un gobierno que sea su verdadera expresión, que adivine sus instintos, que siga sus tendencias, que la conduzca por el camino de la prosperidad, esperanza alimentamos de que ese día vendrá, y de que brotarán del seno de esa sociedad, rica de vida y de porvenir, esa misma harmonía que le falta, ese equilibrio que ha perdido. Entre tanto, es altamente importante que todos los hombres que sientan latir en su pecho un corazón español, que no se complazcan en ver desgarradas las entrañas de su patria, se reunan, se pongan de acuerdo, obren concertados para impedir el que prevalezca el genio del mal, alcanzando á esparcir en nuestro suelo una semilla de eterna discordia, añadiendo esa otra calamidad á tantas otras calamidades, y ahogando los preciosos gérmenes de donde puede rebrotar lozana y brillante nuestra civilización remozada, alzándose del abatimiento y postración en que la sumieran circunstancias aciagas.

¡Ah! oprímese el alma con angustiosa pesadumbre, al solo pensamiento de que pudiera venir un día en que desapareciese de entre nosotros esa unidad religiosa, que se identifica con nuestros hábitos, nuestros usos, nuestras costumbres, nuestras leyes; que guarda la cuna de nuestra monarquía en la cueva de Covadonga, que es la enseña de nuestro estandarte en una lucha de ocho siglos con el formidable poder de la Media Luna, que desenvuelve lozanamente nuestra civilización en medio de tiempos tan trabajosos, que acompañaba á nuestros terribles tercios cuando imponían silencio á la Europa, que conduce á nuestros marinos al descubrimiento de nuevos mundos, á dar los primeros la vuelta á la redondez del globo; que alienta á nuestros guerreros al llevar á cabo conquistas heroicas, y que en tiempos más recientes sella el cúmulo de tantas y tan grandiosas hazañas derrocando á Napoleón. Vosotros que con precipitación tan liviana condenáis las obras de los siglos, que con tanta avilantez insultáis á la nación española, que tiznáis de barbarie y obscurantismo el principio que presidió nuestra civilización, ¿sabéis á quién insultáis? ¿sabéis quién inspiró el genio del gran Gonzalo, de Hernán Cortés, de Pizarro, del Vencedor de Lepanto? Las sombras de Garcilaso, de Herrera, de Ercilla, de Fray Luis de León, de Cervantes, de Lope de Vega, ¿no os infunden respeto? ¿Osaréis, pues, quebrantar el lazo que á ellos nos une, y hacernos indigna prole de tan esclarecidos varones? ¿Quisierais separar por un abismo nuestras creencias de sus creencias, nuestras costumbres de sus costumbres, rompiendo así con todas nuestras tradiciones, olvidando los más embelesantes y gloriosos recuerdos, y haciendo que los grandiosos y augustos monumentos que nos legó la religiosidad de nuestros antepasados, sólo permanecieran entre nosotros, como una reprensión la más elocuente y severa? ¿Consentiríais que se cegasen los ricos manantiales á donde podemos acudir para resucitar la literatura, vigorizar la ciencia, reorganizar la legislación, restablecer el espíritu de nacionalidad, restaurar nuestra gloria, y colocar de nuevo á esta nación desventurada en el alto rango que sus virtudes merecen, dándole la prosperidad y la dicha que tan afanosa busca, y que en su corazón augura?


CAPITULO XIII

Parangonados ya bajo el aspecto religioso el Catolicismo y el Protestantismo en el cuadro que acabo de trazar, y evidenciada la superioridad de aquél sobre éste, no sólo en lo concerniente á certeza, sino también en todo lo relativo á los instintos, á los sentimientos, á las ideas, al carácter del espíritu humano, será bien entrar ahora en otra cuestión, no más importante por cierto, pero sí menos dilucidada, y en que será preciso luchar con fuertes antipatías, y disipar considerable número de prevenciones y errores. En medio de las dificultades de que está erizada la empresa que voy á acometer, aliéntame una poderosa esperanza, y es que lo interesante de la materia, y el ser muy del gusto científico del siglo, convidará quizás á leer, obviándose de esta manera el peligro que suele amenazar á los que escriben en favor de la religión católica: son juzgados sin ser oídos. He aquí, pues, la cuestión en sus precisos términos: Comparados el Catolicismo y el Protestantismo, ¿cuál de los dos es más conducente para la verdadera libertad, para el verdadero adelanto de los pueblos, para la causa de la civilización?

Libertad: ésta es una de aquellas palabras tan generalmente usadas como poco entendidas; palabras que, por envolver cierta idea vaga muy fácil de percibir, presentan la engañosa apariencia de una entera claridad, mientras que, por la muchedumbre y variedad de objetos á que se aplican, son susceptibles de una infinidad de sentidos, haciéndose su comprensión sumamente difícil. ¿Y quién podrá reducir á guarismo las aplicaciones que se hacen de la palabra libertad? Salvándose en todas ellas una idea que podríamos apellidar radical, son infinitas las modificaciones y graduaciones á que se la sujeta. Circula el aire con libertad; se despejan los alrededores de una planta para que crezca y se extienda con libertad; se mondan los conductos de un regadío para que el agua corra con libertad; al pez cogido en la red, al avecilla enjaulada se los suelta, y se les da libertad; se trata á un amigo con libertad; hay modales libres, pensamientos libres, expresiones libres, herencias libres, voluntad libre, acciones libres; no tiene libertad el encarcelado, carece de libertad el hijo de familia, tiene poca libertad una doncella, una persona casada ya no es libre, un hombre en tierra extraña se porta con más libertad, el soldado no tiene libertad; hay hombres libres de quintas, libres de contribuciones; hay votaciones libres; dictámenes libres, interpretación libre, versificación libre, libertad de comercio, libertad de enseñanza, libertad de imprenta, libertad de conciencia, libertad civil, libertad política, libertad justa, injusta, racional, irracional, moderada, excesiva, comedida, licenciosa, oportuna, inoportuna; mas, ¿á qué fatigarse en la enumeración, cuando es poco menos que imposible el dar cima á tan enfadosa tarea? Pero menester parecía detenerse algún tanto en ella, aun á riesgo de fastidiar al lector; quizás el recuerdo de este fastidio podrá contribuir á grabar profundamente en el ánimo la saludable verdad de que, cuando en la conversación, en los escritos, en las discusiones públicas, en las leyes, se usa tan á menudo esta palabra, aplicándola á objetos de mayor importancia, es necesario reflexionar maduramente sobre el número y naturaleza de ideas que en el respectivo caso abarca, sobre el sentido que la materia consiente, sobre las modificaciones que las circunstancias demandan, sobre las precauciones y tino que las aplicaciones exigen.

Sea cual fuere la acepción en que se tome la palabra libertad, échase de ver que siempre entraña en su significado ausencia de causa que impida ó coarte el ejercicio de alguna libertad: infiriéndose de aquí que, para fijar en cada caso el verdadero sentido de esta palabra, es indispensable atender á la naturaleza y circunstancias de la facultad cuyo uso se quiere impedir ó limitar, sin perder de vista los varios objetos sobre que versa, las condiciones de su ejercicio, como y también el carácter, la eficacia y extensión de la causa que al efecto se empleare. Para aclarar la materia, propongámonos formar juicio de esta proposición: el hombre ha de tener libertad de pensar. Aquí se afirma que al hombre no se le ha de coartar el pensamiento. Ahora bien: ¿habláis de coartación física ejercida inmediatamente sobre el mismo pensamiento? Pues entonces es de todo punto inútil la proposición; porque, como semejante coartación es imposible, vano es decir que no se la debe emplear. ¿Entendéis que no se debe coartar la expresión del pensamiento, es decir, que no se ha de impedir ni restringir la libertad de manifestar cada cual lo que piensa? Entonces habéis dado un salto inmenso, habéis colocado la cuestión en muy diferente terreno; y, si no queréis significar que todo hombre, á todas horas, en todo lugar, pueda decir sobre cualquier materia cuanto le viniere á la mente, y del modo que más le agradare, deberéis distinguir cosas, personas, lugares, tiempos, modos, condiciones, en una palabra, atender á mil y mil circunstancias, impedir del todo en unos casos, limitar en otros, ampliar en éstos, restringir en aquéllos, y así tomaros tan largo trabajo que de nada os sirva el haber sentado, en favor de la libertad del pensamiento, aquella proposición tan general, con toda su apariencia de sencillez y claridad.

Aun penetrando en el mismo santuario del pensamiento, en aquella región donde no alcanzan las miradas de otro hombre, y que sólo está patente á los ojos de Dios, ¿qué significa la libertad de pensar? ¿Es acaso que el pensamiento no tenga sus leyes, á las que ha de sujetarse por precisión, si no quiere sumirse en el caos? ¿Puede despreciar la norma de una sana razón? ¿Puede desoir los consejos del buen sentido? ¿Puede olvidar que su objeto es la verdad? ¿Puede desentenderse de los eternos principios de la moral?

He aquí cómo, examinando lo que significa la palabra libertad, aun aplicándola á lo que seguramente hay de más libre en el hombre, como es el pensamiento, nos encontramos con tal muchedumbre y variedad de sentidos, que nos obligan á un sinnúmero de distinciones, y nos llevan por necesidad á restringir la proposición general, si algo queremos expresar que no esté en contradicción con lo que dictan la razón y el buen sentido, con lo que prescriben las leyes eternas de la moral, con lo que demandan los mismos intereses del individuo, con lo que reclaman el buen orden y la conservación de la sociedad. ¿Y qué no podría decirse de tantas otras libertades como se invocan de continuo, con nombres indeterminados y vagos, cubiertos á propósito con el equívoco y las tinieblas?

Pongo estos ejemplos, sólo para que no se confundan las ideas; porque, defendiendo como defiendo la causa del Catolicismo, no necesito abogar por la opresión, ni invocar sobre los hombres una mano de hierro, ni aplaudir que se huellen sus derechos sagrados. Sagrados, sí; porque, según la enseñanza de la augusta religión de Jesucristo, sagrado es un hombre á los ojos de otro hombre, por su alto origen y destino, por la imagen de Dios que en él resplandece, por haber sido redimido con inefable dignación y amor por el mismo Hijo del Eterno; sagrados declara esa religión divina los derechos del hombre, cuando su augusto Fundador amenaza con eterno suplicio, no tan sólo á quien le matare, no tan sólo á quien le mutilare, no tan sólo á quien le robare, sino ¡cosa admirable! hasta á quien se propasare á ofenderle con solas palabras. «Quien llamare á su hermano fatuo, será reo del fuego del infierno.» (Mat., c. 5, v. 22.) Así hablaba el Divino Maestro.

Levántase el pecho con generosa indignación, al oir que se achaca á la religión de Jesucristo tendencia á esclavizar. Cierto es que, si se confunde el espíritu de verdadera libertad con el espíritu de los demagogos, no se le encuentra en el Catolicismo; pero, si no se quieren trastrocar monstruosamente los nombres, si se da á la palabra libertad su acepción más razonable, más justa, más provechosa, más dulce, entonces la religión católica puede reclamar la gratitud del humano linaje: ella ha civilizado las naciones que la han profesado; y la civilización es la verdadera libertad.

Es un hecho ya generalmente reconocido y paladinamente confesado, que el Cristianismo ha ejercido muy poderosa influencia en el desarrollo de la civilización europea; pero á este hecho no se le da todavía por algunos la importancia que merece, á causa de no ser bastante bien apreciado. Con respecto á la civilización, distínguese á veces el influjo del Cristianismo del influjo del Catolicismo, ponderando las excelencias de aquél y escaseando los encomios á éste; sin reparar que, cuando se trata de la civilización europea, puede el Catolicismo demandar una consideración siempre principal, y, por lo tocante á mucho tiempo, hasta exclusiva, pues que se halló por largos siglos enteramente solo en el trabajo de esa grande obra. No se ha querido ver que, al presentarse el Protestantismo en Europa, estaba ya la obra por concluir; y que con una injusticia é ingratitud que no acierta uno á calificar, se ha tachado al Catolicismo de espíritu de barbarie, de obscurantismo, de opresión, mientras se hacía ostentosa gala de la rica civilización, de las luces y de la libertad que á él principalmente son debidas.

Si no se tenía gana de profundizar las íntimas relaciones del Catolicismo con la civilización europea; si faltaba la paciencia que es menester en las prolijas investigaciones á que tal examen conduce, al menos parecía del caso dar una mirada al estado de los países donde en siglos trabajosos no ejerció la religión católica todo su influjo, y compararlos con aquellos otros en que fué el principio dominante. El Oriente y el Occidente, ambos sujetos á grandes trastornos, ambos profesando el Cristianismo, pero de manera que el principio católico se halló débil y vacilante allí, mientras estuvo robusto y profundamente arraigado entre los occidentales, hubieran ofrecido dos puntos de comparación muy á propósito para estimar lo que vale el Cristianismo sin el Catolicismo, cuando se trata de salvar la civilización y la existencia de las naciones. En Occidente los trastornos fueron repetidos y espantosos, el caos llegó á su complemento, y, sin embargo, del caos han brotado la luz y la vida. Ni la barbarie de los pueblos que inundaron estas regiones y que adquirieron en ellas asiento, ni las furiosas arremetidas del islamismo, aun cuando estaba en su mayor brío y pujanza, bastaron para que se ahogase el germen de una civilización rica y fecunda: en Oriente todo iba envejeciendo y caducando, nada se remozaba, y á los embates del ariete que nada había podido contra nosotros, todo cayó. Ese poder espiritual de Roma, esa influencia en los negocios temporales, dieron por cierto frutos muy diferentes de los que produjeron en semejantes circunstancias sus rencorosos rivales.

Si un día estuviese destinada la Europa á sufrir de nuevo algún espantoso y general trastorno, ó por un desborde universal de las ideas revolucionarias, ó por alguna violenta irrupción del pauperismo sobre los poderes sociales y sobre la propiedad; si ese coloso que se levanta en el Norte en un trono asentado entre eternas nieves, teniendo en su cabeza la inteligencia y en su mano la fuerza ciega, que dispone á la vez de los medios de la civilización y de la barbarie, cuyos ojos van recorriendo de continuo el Oriente, el Mediodía y el Occidente, con aquella mirada codiciosa y astuta, señal característica que nos presenta la historia en todos los imperios invasores; si, acechando el momento oportuno, se arrojase á una tentativa sobre la independencia de la Europa, entonces quizás se vería una prueba de lo que vale en los grandes apuros el principio católico; entonces se palparía el poder de esa unidad proclamada y sostenida por el Catolicismo; entonces, recordando los siglos medios, se vería una de las causas de la debilidad del Oriente y de la robustez del Occidente; entonces se recordaría un hecho que, aunque es de ayer, empieza ya á olvidarse, y es que el pueblo contra cuyo denodado brío se estrelló el poder de Napoleón, era el pueblo proverbialmente católico. Y ¿quién sabe si en los atentados cometidos en Rusia contra el Catolicismo, atentados que ha deplorado en sentido lenguaje el Vicario de Jesucristo; quién sabe si influye el secreto presentimiento, ó quizás la previsión, de la necesidad de debilitar aquel sublime poder, que, en tratándose de la causa de la humanidad, ha sido en todas épocas el núcleo de los grandes esfuerzos? Pero volvamos al intento.

No puede negarse que desde el siglo xvi se ha mostrado la civilización europea muy lozana y brillante, pero es un error atribuir este fenómeno al Protestantismo. Para examinar la influencia y eficacia de un hecho, no se han de mirar tan sólo los sucesos que han venido después de él; se ha de considerar si estos sucesos estaban ya preparados, si son algo más que un resultado necesario de hechos anteriores: conviene no hacer aquel raciocinio que tachan de sofístico los dialécticos: después de esto, luego por esto; post hoc, ergo propter hoc. Sin el Protestantismo, y antes del Protestantismo, estaba ya muy adelantada la civilización europea por los trabajos é influencia de la religión católica; y la grandeza y esplendor que sobrevinieron después, no se desplegaron á causa del Protestantismo, sino á pesar del Protestantismo.

Al extravío de ideas en esta materia ha contribuído no poco el estudio poco profundo que se ha hecho del Cristianismo, el haberse contentado no pocas veces con una mirada superficial sobre los principios de fraternidad que él tanto recomienda, sin entrar en el debido examen de la historia de la Iglesia. Para comprender á fondo una institución, no basta pararse en sus ideas más capitales; es necesario seguirle también los pasos, ver cómo va realizando esas ideas, cómo triunfa de los obstáculos que le salen al encuentro. Nunca se formará concepto cabal sobre un hecho histórico, si no se estudia detenidamente su historia; y el estudio de la historia de la Iglesia católica en sus relaciones con la civilización deja todavía mucho que desear. Y no es que sobre la historia de la Iglesia no se hayan hecho estudios profundos; sino que, desde que se ha desplegado el espíritu de análisis social, no ha sido todavía objeto de aquellos trabajos admirables que tanto la ilustraron bajo el aspecto dogmático y crítico.

Otro embarazo media para que pueda dilucidarse cual conviene esta materia, y es el dar sobrada importancia á las intenciones de los hombres, distrayéndose de considerar la marcha grave y majestuosa de las cosas. Se mide la magnitud y se califica la naturaleza de los acontecimientos por los motivos inmediatos que los determinaron, y por los fines que se proponían los hombres que en ellos intervinieron; y esto es un error muy grave: la vista se ha de extender á mayor espacio y se ha de observar el sucesivo desarrollo de las ideas, el influjo que anduvieron ejerciendo en los sucesos, las instituciones que de ellas iban brotando, pero considerándolo todo como es en sí, es decir, en un cuadro grande, inmenso, sin pararse en hechos particulares, contemplados en su aislamiento y pequeñez. Que es menester grabar profundamente en el ánimo la importante verdad de que, cuando se desenvuelve alguno de esos grandes hechos que cambian la suerte de una parte considerable del humano linaje, rara vez lo comprenden los mismos hombres que en ello intervienen, y que como poderosos agentes figuran: la marcha de la humanidad es un gran drama, los papeles se distribuyen entre los individuos que pasan y desaparecen: el hombre es muy pequeño, sólo Dios es grande. Ni los actores de las escenas de los antiguos imperios de Oriente, ni Alejandro arrojándose sobre el Asia y avasallando innumerables naciones, ni los romanos sojuzgando el mundo, ni los bárbaros derrocando y destrozando el imperio romano, ni los musulmanes dominando el Asia y el África y amenazando la idependencia de Europa, pensaron, ni pensar podían en que sirviesen de instrumento para realizar los destinos cuya ejecución nosotros admiramos.

Quiero indicar con esto que, cuando se trata de civilización cristiana, cuando se van notando y analizando los hechos que señalan su marcha, no es necesario, y muchas veces ni conveniente, el suponer que los hombres que á ella han contribuído de una manera muy principal, conocieran en toda su extensión el resultado de su propia obra; bástale á la gloria de un hombre, el que se le señale como escogido instrumento de la Providencia, sin que sea menester atribuir demasiado á su conocimiento particular, á sus intenciones personales. Basta reconocer que un rayo de luz ha bajado del cielo y ha iluminado su frente; pero no hay necesidad de que él mismo previera que ese rayo reflejando se desparramara en inmensas madejas sobre las generaciones venideras. Los hombres pequeños son comunmente más pequeños de lo que piensan; pero los hombres grandes son á veces más grandes de lo que creen; y es que no conocen todo su grandor, por no saber que son instrumentos de altos designios de la Providencia.

Otra observación debe tenerse presente en el estudio de esos grandes hechos, y es que no se debe buscar un sistema cuya trabazón y harmonía se descubran á la primera ojeada. Preciso es resignarse á sufrir la vista de algunas irregularidades y algunos objetos poco agradables; es menester precaverse contra la pueril impaciencia de querer adelantarnos al tiempo; es indispensable despojarse de aquel deseo, que, más ó menos vivo, nunca nos abandona, de encontrarlo todo amoldado conforme á nuestras ideas, de verlo marchar todo de la manera que más nos agrada. ¿No veis esa naturaleza tan grande, tan variada, tan rica, cómo prodiga en cierto desorden sus productos ocultando inestimables piedras y preciosísimos veneros entre montones de tierra ruda, cuál despliega inmensas cordilleras, riscos inaccesibles, horrendas fragosidades, que contrastan con amenas y espaciosas llanuras? ¿no veis ese aparente desorden, esa prodigalidad, en medio de las cuales están trabajando en secreto concierto innumerables agentes para producir el admirable conjunto que encanta nuestros ojos y admira al naturalista? Pues he aquí la sociedad: los hechos andan dispersos, desparramados acá y acullá, sin ofrecer muchas veces visos de orden ni concierto; los acontecimientos se suceden, se empujan, sin que se descubra un designio; los hombres se aúnan, se separan, se auxilian, se chocan; pero va pasando el tiempo, ese agente indispensable para la producción de las grandes obras, y va todo caminando al destino señalado en los arcanos del Eterno.

He aquí cómo se concibe la marcha de la humanidad, he aquí la norma del estudio filosófico de la historia, he aquí el modo de comprender el influjo de esas ideas fecundas, de esas instituciones poderosas que aparecen de vez en cuando entre los hombres para cambiar la faz de la tierra. En semejante estudio, y cuando se descubre obrando en el fondo de las cosas una idea fecunda, una institución poderosa, lejos de asustarse el ánimo por encontrar alguna irregularidad, se complace y se alienta; porque es excelente señal de que la idea está llena de verdad, de que la institución rebosa de vida, cuando se las ve atravesar el caos de los siglos y salir enteras de entre los más horrorosos sacudimientos. Que estos ó aquellos hombres no se hayan regido por la idea, que no hayan correspondido al objeto de la institución, nada importa, si la institución ha sobrevivido á los trastornos, si la idea ha sobrenadado en el borrascoso piélago de las pasiones. Entonces el mentar las flaquezas, las miserias, la culpa, los crímenes de los hombres, es hacer la más elocuente apología de la idea y de la institución.

Mirados los hombres de esta manera, no se los saca de su lugar propio, ni se exige de ellos lo que racionalmente no se puede exigir. Encajonados, por decirlo así, en el hondo cauce del gran torrente de los sucesos, no se atribuye á su inteligencia ni voluntad, mayor esfera de la que les corresponde: y, sin dejar, por eso, de apreciar debidamente la magnitud y naturaleza de las obras en que tomaron parte, no se da exagerada importancia á sus personas, honrándolas con encomios que no merezcan ó achacándoles cargos injustos. Entonces no se confunden monstruosamente tiempos y circunstancias; el observador mira con sosiego y templanza los acontecimientos que se van desplegando ante sus ojos; no habla del imperio de Carlomagno como hablar pudiera del imperio de Napoleón, ni se desata en agrias invectivas contra Gregorio VII, porque no siguió en su política la misma línea de conducta que Gregorio XVI.

Y cuenta que no exijo del historiador filósofo una impasible indiferencia por el bien y por el mal, por lo justo y lo injusto; cuenta que no reclamo indulgencia para el vicio, ni pretendo que se escaseen los elogios á la virtud; no simpatizo con esa escuela histórica fatalista, que ha vuelto á presentar sobre el mundo el Destino de los antiguos; escuela que, si extendiera mucho su influencia, malograría la más hermosa parte de los trabajos históricos, y ahogaría los destellos de las inspiraciones más generosas. En la marcha de la sociedad veo un plan, veo un concierto, mas no ciega necesidad; no creo que los sucesos se revuelvan y barajen en confusa mezcolanza en la obscura urna del destino, ni que los hados tengan ceñido el mundo con un arco de hierro.

Veo sí una cadena maravillosa tendida sobre el curso de los siglos; pero es cadena que no embarga el movimiento de los individuos ni de las naciones; que, ondeando suavemente, se aviene con el flujo y reflujo demandado por la misma naturaleza de las cosas; que con su contacto hace brotar de la cabeza de los hombres pensamientos grandiosos: cadena de oro que está pendiente de la mano del Hacedor Supremo, labrada con infinita inteligencia y regida con inefable amor.


CAPITULO XIV

¿En qué estado encontró al mundo el Cristianismo? Pregunta es ésta en que debemos fijar mucho nuestra atención, si queremos apreciar debidamente los beneficios dispensados por esa religión divina al individuo y á la sociedad; si deseamos conocer el verdadero carácter de la civilización cristiana.

Sombrío cuadro, por cierto, presentaba la sociedad en cuyo centro nació el Cristianismo. Cubierta de bellas apariencias, y herida en su corazón con enfermedad de muerte, ofrecía la imagen de la corrupción más asquerosa, velada con el brillante ropaje de la ostentación y de la opulencia. La moral sin base, las costumbres sin pudor, sin freno las pasiones, las leyes sin sanción, la religión sin Dios, flotaban las ideas á merced de las preocupaciones, del fanatismo religioso, y de las cavilaciones filosóficas. Era el hombre un hondo misterio para sí mismo, y ni sabía estimar su dignidad, pues que consentía que se le rebajase al nivel de los brutos; ni, cuando se empeñaba en ponderarla, acertaba á contenerse en los lindes señalados por la razón y la naturaleza: siendo á este propósito bien notable que, mientras una gran parte del humano linaje gemía en la más abyecta esclavitud, se exaltasen con tanta facilidad los héroes, y hasta los más detestables monstruos, sobre las aras de los dioses.

Con semejantes elementos debía cundir tarde ó temprano la disolución social; y, aun cuando no hubiera sobrevenido la violenta arremetida de los bárbaros, más ó menos tarde aquella sociedad se hubiera trastornado: porque no había en ella ni una idea fecunda, ni un pensamiento consolador, ni una vislumbre de esperanza que pudiese preservarla de la ruina.

La idolatría había perdido su fuerza: resorte gastado con el tiempo y por el uso grosero que de él habían hecho las pasiones; expuesta su frágil contextura al disolvente fuego de la observación filosófica, estaba en extremo desacreditada; y, si, por efecto de arraigados hábitos, ejercía sobre el ánimo de los pueblos algún influjo maquinal, no era éste capaz ni de restablecer la harmonía de la sociedad, ni de producir aquel fogoso entusiasmo inspirador de grandes acciones: entusiasmo que, en tratándose de corazones vírgenes, puede ser excitado hasta por la superstición más irracional y absurda. Á juzgar por la relajación de costumbres, por la flojedad de los ánimos, por la afeminación y el lujo, por el completo abandono á las más repugnantes diversiones y asquerosos placeres, se ve claro que las ideas religiosas nada conservaban de aquella majestad que notamos en los tiempos heroicos; y que, faltas de eficacia, ejercían sobre el ánimo de los pueblos escaso ascendiente, mientras servían de un modo lamentable como instrumentos de disolución. Ni era posible que sucediese de otra manera: pueblos que se habían levantado al alto grado de cultura de que pueden gloriarse griegos y romanos; que habían oído disputar á sus sabios sobre las grandes cuestiones acerca de la Divinidad y el hombre, no era regular que permaneciesen en aquella candidez que era necesaria para creer de buena fe los intolerables absurdos de que rebosa el paganismo: y, sea cual fuere la disposición de ánimo de la parte más ignorante del pueblo, á buen seguro que lo creyeran cuantos se levantaban un poco sobre el nivel regular, ellos que acababan de oir filósofos tan cuerdos como Cicerón, y que se estaban saboreando en las maliciosas agudezas de sus poetas satíricos.

Si la religión era impotente, quedaba, al parecer, otro recurso: la ciencia. Antes de entrar en el examen de lo que podía esperarse de ella, es necesario observar que jamás la ciencia fundó una sociedad, ni jamás fué bastante á restituirle el equilibrio perdido. Revuélvase la historia de los tiempos antiguos: hallaránse al frente de algunos pueblos hombres eminentes que, ejerciendo un mágico influjo sobre el corazón de sus semejantes, dictan leyes, reprimen abusos, rectifican las ideas, enderezan las costumbres, y asientan sobre sabias instituciones un gobierno, labrando más ó menos cumplidamente la dicha y la prosperidad de los pueblos que se entregaron á su dirección y cuidado. Pero muy errado anduviera quien se figurase que esos hombres procedieron á consecuencia de lo que nosotros llamamos combinaciones científicas: sencillos por lo común, y hasta rudos y groseros, obraban á impulsos de su buen corazón, y guiados por aquel buen sentido, por aquella sesuda cordura que dirigen al padre de familia en el manejo de los negocios domésticos; mas nunca tuvieron por norma esas miserables cavilaciones que nosotros apellidamos teorías, ese fárrago indigesto de ideas que nosotros disfrazamos con el pomposo nombre de ciencia. ¿Y qué? ¿fueron acaso los mejores tiempos de la Grecia aquellos en que florecieron los Platones y los Aristóteles? Aquellos fieros romanos que sojuzgaron el mundo, no poseían, por cierto, la extensión y variedad de conocimientos que admiramos en el siglo de Augusto: y ¿quién trocara, sin embargo, unos tiempos con otros tiempos, unos hombres con otros hombres?

Los siglos modernos podrían también suministrarnos abundantes pruebas de la esterilidad de la ciencia en las instituciones sociales; cosa tanto más fácil de notar, cuando son tan patentes los resultados prácticos que han dimanado de las ciencias naturales. En éstas diríase que se ha concedido al hombre lo que en aquéllas le fué negado; si bien que, mirada á fondo la cosa, no es tanta la diferencia como á primera vista pudiera parecer. Cuando el hombre trata de hacer aplicación de los conocimientos que ha adquirido sobre la naturaleza, se ve forzado á respetarla; y como, aunque quisiese, no alcanzara con su débil mano á causarle considerable trastorno, se limita en sus ensayos á tentativas de poca monta, excitándole el mismo deseo del acierto, á obrar conforme á las leyes á que están sujetos los cuerpos sobre los cuales se ejercita. En las aplicaciones de las ciencias sociales sucede muy de otra manera: el hombre puede obrar directa á inmediatamente sobre la misma sociedad; con su mano puede trastornarla, no se ve por precisión limitado á practicar sus ensayos en objetos de poca entidad y respetando las eternas leyes de las sociedades, sino que puede imaginarlas á su gusto, proceder conforme á sus cavilaciones, y acarrear desastres de que se lamente la humanidad. Recuérdense las extravagancias que sobre la naturaleza han corrido muy válidas en las escuelas filosóficas antiguas y modernas, y véase lo que hubiera sido de la admirable máquina del universo, si los filósofos la hubieran podido manejar á su arbitrio. Por desgracia, no sucede así en la sociedad: los ensayos se hacen sobre ella misma, sobre sus eternas bases, y entonces resultan gravísimos males, pero males que evidencian la debilidad de la ciencia del hombre. Es menester no olvidarlo: la ciencia, propiamente dicha, vale poco para la organización de las sociedades; y en los tiempos modernos, en que tan orgullosa se manifiesta por su pretendida fecundidad, será bien recordarle que atribuye á sus trabajos lo que es fruto del transcurso de los siglos, del sano instinto de los pueblos, y á veces de las inspiraciones de un genio: y ni el instinto de los pueblos, ni el genio, tienen nada de parecido á la ciencia.

Pero, dando de mano á esas consideraciones generales, siempre muy útiles, como que son tan conducentes para el conocimiento del hombre, ¿qué podía esperarse de la falsa vislumbre de ciencia que se conservaba sobre las ruinas de las antiguas escuelas, á la época de que hablamos? Escasos como eran en semejantes materias los conocimientos de los filósofos antiguos, aun de los más aventajados, no puede menos de confesarse que los nombres de Sócrates, de Platón, de Aristóteles, recuerdan algo de respetable; y que, en medio de desaciertos y aberraciones, ofrecen conceptos dignos de la elevación de sus genios. Pero, cuando apareció el Cristianismo, estaban sofocados los gérmenes del saber esparcidos por aquellos grandes hombres: los sueños habían ocupado el lugar de los pensamientos altos y fecundos; el prurito de disputar reemplazaba el amor de la sabiduría, y los sofismas y las cavilaciones se habían substituído á la madurez del juicio y á la severidad del raciocinio. Derribadas las antiguas escuelas, formadas de sus escombros otras, tan estériles como extrañas, brotaba por todas partes cuantioso número de sofistas, como aquellos insectos inmundos que anuncian la corrupción de un cadáver. La Iglesia nos ha conservado un dato preciosísimo para juzgar de la ciencia de aquellos tiempos: la historia de las primeras herejías. Si prescindimos de lo que en ellas indigna, cual es su profunda inmoralidad, ¿puede darse cosa más vacía, más insulsa, más digna de lástima?[14]

La legislación romana, tan recomendable por la justicia y equidad que entraña y por el tino y sabiduría con que resplandece, si bien puede contarse como uno de los más preciosos esmaltes de la civilización antigua, no era parte, sin embargo, á prevenir la disolución de que estaba amenazada la sociedad. Nunca debió ésta su salvación á jurisconsultos; porque obra tamaña no está en la esfera del influjo de la jurisprudencia. Que sean las leyes tan perfectas como se quiera, que la jurisprudencia se haya levantado al más alto punto de esplendor, que los jurisconsultos estén animados de los sentimientos más puros, que vayan guiados por las miras más rectas, ¿de qué servirá todo esto, si el corazón de la sociedad está corrompido, si los principios morales han perdido su fuerza, si las costumbres están en perpetua lucha con las leyes?

Ahí están los cuadros que de las costumbres romanas nos han dejado sus mismos historiadores, y véase si en ellos se encuentran retratadas la equidad, la justicia, el buen sentido, que han merecido á las leyes romanas el honroso dictado de razón escrita.

Como una prueba de imparcialidad, omito de propósito el notar los lunares de que no carece el derecho romano; no fuera que se me achacase que trato de rebajar todo aquello que no es obra del Cristianismo. No debe, sin embargo, pasarse por alto que no es verdad que al Cristianismo no le cupiese ninguna parte en la perfección de la jurisprudencia romana; no sólo con respecto al período de los emperadores cristianos, lo que no admite duda, sino también hablando de los anteriores. Es cierto que algún tiempo antes de la venida de Jesucristo era muy crecido el número de las leyes romanas, y que su estudio y arreglo llamaba la atención de los hombres más ilustres. Sabemos por Suetonio (in Caesa., c. 44) que Julio César se había propuesto la utilísima tarea de reducir á pocos libros lo más selecto y necesario que andaba desparramado en la inmensa abundancia de leyes; un pensamiento semejante había ocurrido á Cicerón, quien escribió un libro sobre la redacción metódica del derecho civil (De iure civili in arte dirigendo), como atestigua Gellio (Noct. Att., l. 1, c. 22); y, según nos dice Tácito (Ann., l. 3, c. 28), este trabajo había también ocupado la atención del emperador Augusto. Esos proyectos revelan ciertamente que la legislación no estaba en su infancia; pero no deja por ello de ser verdad que el derecho romano, tal como le tenemos, es casi todo un producto de siglos posteriores. Varios de los jurisconsultos más afamados, y cuyas sentencias forman una buena parte del derecho, vivían largo tiempo después de la venida de Jesucristo; y las constituciones de los emperadores llevan en su propio nombre el recuerdo de su época.