JUAN JOSÉ
JUAN JOSÉ
DRAMA EN TRES ACTOS Y EN PROSA
ORIGINAL DE
JOAQUÍN DICENTA
Estrenado con extraordinario éxito en el TEATRO DE LA COMEDIA,
la noche del 29 de Octubre de 1895.
——
TERCERA EDICIÓN
——
MADRID
IMPRENTA DE JOSÉ RODRÍGUEZ
ATOCHA, 100, PRINCIPAL
—
1896
| PERSONAJES | ACTORES | ||
| — | — | ||
| ROSA | Srta. | Martínez. | |
| TOÑUELA | » | Suárez. | |
| ISIDRA | Sra. | Álvarez. | |
| MUJER 1.ª | » | Bermejo. | |
| ÍDEM 2.ª | » | Pérez. | |
| JUAN JOSÉ | Sr. | Thuillier. | |
| PACO | » | Amato. | |
| ANDRÉS | » | Balaguer. | |
| EL CANO | » | Vallés. | |
| IGNACIO | » | Valentín. | |
| PERICO | » | Vilanova. | |
| EL TABERNERO | » | Manso. | |
| UN CABO DE PRESIDIO | » | Urquijo. | |
| BEBEDOR 1.º | » | Vázquez. | |
| ÍDEM 2.º | » | Ruiz Tatay. | |
| Un mozo de taberna.—Bebedores. | |||
Nota. Los Sres. Amato y Manso, al encargarse de papeles inferiores á su significación artística, me han hecho un favor señalado que me complazco en reconocer.
Otra. Cuiden los actores que representen esta obra, de dar á los personajes su verdadero carácter; son obreros, no chulos, y por consiguiente su lenguaje no ha de tener entonación chulesca de ninguna clase.
Esta obra es propiedad de su autor, y nadie podrá, sin su permiso, reimprimirla ni representarla en España y sus posesiones de Ultramar, ni en los países con los cuales se hayan celebrado ó se celebren en adelante tratados internacionales de propiedad literaria.
El autor se reserva el derecho de traducción.
Los comisionados representantes de la Galería Lírico-Dramática, titulada El Teatro, de DON FLORENCIO FISCOWICH, son los exclusivamente encargados de conceder ó negar el permiso de representación y del cobro de los derechos de propiedad.
Queda hecho el depósito que marca la ley.
Á mi madre.
En todas mis penas te he encontrado junto á mí, con los brazos abiertos. Te pago con lo único que tengo. Con la mayor de mis alegrías.
Joaquín.
ACTO PRIMERO
El teatro representa el interior de una taberna de los barrios bajos. Al fondo una puerta de cristales, de dos hojas, con cortinillas en las vidrieras. Al lado derecho de la puerta del fondo, un escaparate con fondo y puertecillas de cristal. En segundo término, á la izquierda, un mostrador de madera, aforrado de zinc en su parte superior y en los bordes; sobre el mostrador, empotrada en él, una cubeta de zinc, de la que arranca una pequeña cañería de fuente, rematada por un tubo de goma. Encima del mostrador, vasos, copas, botellas, frascos llenos de vino y una jarra con tapadera de madera. Entre el mostrador y el escaparate, una trampa practicable que da acceso á la cueva del establecimiento. Á la izquierda del mostrador, entre éste y el escaparate, una puerta que comunica con la cocina.
En primer término, á la izquierda, un velador, en torno del cual, así como en el de tres ó cuatro veladores que ocuparán la escena convenientemente distribuídos, se colocarán taburetes de madera.
Á la derecha, una puerta de cristales con cortinillas encarnadas que da paso á una habitación reservada. Sobre la puerta de la derecha, un reloj de pared. Á lo largo de la pared de la derecha, una estantería de madera pintada, con botellas de varias clases llenas y vacías.
Cuídese mucho de todo lo referente al servicio del vino, enjuague de las copas y demás detalles que se irán marcando en el curso de la representación.
La escena, lo mismo que el escaparate y la habitación reservada, cuando de ella se haga uso, estarán alumbradas por mecheros de gas.
Al levantarse el telón, aparecen en escena cuatro bebedores jugando á las cartas en un velador de segundo término. En un taburete colocado al lado de los jugadores habrá una bandeja con varias copas de vino á medio apurar. El tabernero al lado de los jugadores, mirando el juego.
Ignacio y Perico sentados frente al velador de la izquierda. Encima de este velador habrá una botella y dos vasos. Perico tiene un periódico en la mano.
El mozo estará en pie detrás del mostrador.
ESCENA PRIMERA
IGNACIO, PERICO, EL TABERNERO, EL MOZO, BEBEDOR 1.º, BEBEDOR 2.º y DOS BEBEDORES; al final, ANDRÉS
Bebedor 1.º
Envido.
Bebedor 2.º
Diez más.
Bebedor 1.º
¡Órdago!
Bebedor 2.º
Quiero.
Bebedor 1.º
Perder. (Enseñando las cartas.) Duples de reyes y caballos.
Bebedor 2.º
(Tirando las cartas sobre la mesa con despecho.) ¡Qué suerte!... Hay que hablar con Dios pa llevar eso.
Bebedor 1.º
(Tirando una raya con yeso sobre la mesa.) Á dos juegos.
Bebedor 2.º
(Al Mozo.) ¡Chico, media docena! (El Mozo llena unas copas en el mostrador; las coloca en una bandeja y las lleva á donde están los Jugadores. Cada uno de éstos coge una copa. Cuando terminan de beber, el Mozo coloca la bandeja en el taburete y retira la que está sobre el mismo. Llega con ella al mostrador, vacía el sobrante de los vasos en la jarra y enjuaga las copas. Todas estas operaciones las hará mientras sigue el diálogo.)
Bebedor 1.º
(Á otro de los Bebedores.) Tú das.
Perico.
(Leyendo en voz alta el periódico que tiene en la mano y deletreando al leer.) «No... es... posi... ble... sopor... tar... en... si... lencio... la... con... du... ta... de... un... go... bierno... que... así... vi... vio... viola... los... sa... cra... tí... si... mos... de... re... chos... del... ciu... da... dano... Hora... es... ya... de... que... el... noble... pue... blo... es... pañol... pro... tes... te... de... tan... iní... iní... iní... iní... cuos... a... ten... tados... y... salga... á... la... defen... sa... de... la... libertá... y... de... la... patria... escar... escarnecidas... por... los... se... se... secua... secuaces de la reación.» (Deja el periódico y da un puñetazo sobre la mesa.) ¡Pero que ni más ni menos!... Este papel está muy bien. (Á Ignacio.) ¡Hay que echarse á la calle y acabar con el hato de granujas que nos oprime!
Ignacio.
(Con desdén.) ¡Echarse á la calle!... No sería mala primáa.
Perico.
(Con tono de sorpresa.) ¡Primáa!
Ignacio.
Lo que oyes. Soy más viejo y sé más que tú de estas cosas.
Perico.
¿Qué sabes tú?... Vamos á ver.
Ignacio.
¿Qué sé?... También me he echáo á la calle yo; y he andáo á tiro limpio en las barricás y hasta renqueo de un balazo que me atizaron en esta pierna... Pues oye, albañil era y albañil soy; diez reales ganaba y diez reales gano; los que me metieron en el ajo van en coche y yo á pié; ellos sacaron de las barricás una excelencia y yo un mote. Á ellos les llaman el excelentísimo señor don Fulano de Tal, y á mí Ignacio el cojo... Ahí tienes lo que yo he sacáo con echarme á la calle.
Perico.
Pero lo que dice el papel... la libertá, los...
Ignacio.
(Con desdén.) Palabras, música... el tío del higuí. Esas revoluciones de quita á este pa que suba yo, las aprovechan los políticos, los señorones de levita... ¿Son pa ellos? Que las hagan ellos.
Perico.
De modo, que tú...
Ignacio.
¡Como no hallen otro!... Pon que te metes en una trifulca, y pon que ganas y suben los tuyos. Ya están arriba. ¿Y qué? ¿Echarás un kilo más de carne en el puchero al día siguiente?... No. Al día siguiente volverás á morirte de hambre, á trabajar como una bestia, y los que te dijeron: «Ayúdame,» te dirán: ¡Arrima el hombro y revienta, que pa eso has nacido!
Perico.
Es que... (Entra Andrés por el fondo, desde donde avanza sin ser visto de Ignacio y Perico hasta una distancia suficiente para oir la conversación. El Tabernero se dirige al mostrador y permanece en él.)
Ignacio.
No, Perico, no. Pa luchar por nosotros, pa vengarnos de los que nos explotan, pa eso estoy pronto siempre y te diré, ¡sí! no una, cien veces que me lo preguntes. Por hacer una revolución así, nuestra, de nosotros, sí me echaría yo á la calle, y hasta perdería con gusto las dos piernas.
Andrés.
(Que ha llegado hasta ellos, dice apoyando la mano en el hombro de Ignacio.) Como no las pierdas hasta entonces, irás al cementerio andando.
Ignacio.
¡Eres tú!... ¿Qué dices?
Andrés.
Que me déis una copa, y os dejéis de revoluciones.
Perico.
(Llena un vaso y se lo ofrece á Andrés.) Bebe. (Andrés apura el vaso. Los Jugadores se levantan y se dirigen al mostrador.)
Bebedor 1.º
(Al Tabernero.) ¿Se debe algo?
Tabernero.
Una buena voluntá.
Bebedor 2.º
Échenos usté otras pa irnos. (El Tabernero llena unas copas que beben los otros.)
Perico.
(Á Andrés.) ¿Quieres más?
Andrés.
Venga. (Apura la copa que le da Perico. Salen los Bebedores por el fondo.)
ESCENA II
ANDRÉS, IGNACIO, PERICO, EL TABERNERO y EL MOZO
Ignacio.
(Á Andrés.) Á tí, en diciendo que tienes vino, no te hace falta náa.
Andrés.
Porque el vino es la sola cosa buena de este mundo. Si lo será, que con todo y con lo que echan los taberneros, aún se puede beber.
Tabernero.
(Acercándose á la mesa.) ¡Muchas gracias!
Andrés.
No hay de qué darlas. (Á Ignacio.) Lo que oyes, y lo que yo le decía la primera vez que tuve voto á un caballero que me lo compró en tres pesetas. Allá ustées; de pintor de puertas no he de pasar; conque vengan las tres pesetas y pague usté una copa, y de usté es mi voto y el de mi novia, si sirve, que quizás que sirva.
Ignacio.
¿Y por qué partido votaste?
Andrés.
¡Yo que sé!... Por el partido de las tres pesetas y una copa; maldito si me importaba aquello.
Perico.
¿No?
Andrés.
(Haciendo ademán de morderse la uña del pulgar.) ¡Ni esto!... Yo tengo mi idea. La política, pa los políticos; la mujer, á ratos, y el vino, á cualquier hora.
Tabernero.
Conformes.
Ignacio.
(Al Tabernero.) Faltaría que tú no lo estuvieras.
Andrés.
El vino es el cúralo todo. ¿Que estás cansáo de trabajar? Bajas del andamio, te echas una limpia entre pecho y espalda, y tan guapo. ¿Que tienes penas? ¿Á quién vas á ir con ellas? ¿Á una mujer? Una mujer te las aumenta. ¿Á un amigo? Un amigo las oye si no está de prisa y pára de contar. Al vino, hombre, al vino. Y mejor que al vino, al aguardiente.
Perico.
Si quieres aguardiente, pídelo.
Andrés.
Que lo traigan.
Tabernero.
(Al Mozo.) ¿Oyes, chico? (El Mozo llena unas copas de aguardiente y las lleva á la mesa.)
Andrés.
(Cogiendo una copa.) ¡Vaya por el triple!... (Á Ignacio.) ¿Tú no bebes?
Ignacio.
Aguardiente, no. Me emborracha en seguida.
Andrés.
¡Buen defecto que le pones!... ¿Pa qué bebe uno?... Pa emborracharse. Pues cuanto antes, mejor.
Perico.
Verdad.
Andrés.
Pa mí, el aguardiente está de non. Porque con esto de la bebida, pasa como en la guerra; lo he visto muchas veces cuando era soldáo. Nos decían los jefes: «¡Á ver, muchachos, hay que tomar esa trinchera!...» Y echábamos por la cuesta arriba con la cabeza gacha y el fusil enristráo, mientras los contrarios nos freían á tiros; y aquí caía uno y allí otro; y luego diez y después veinte, y ¡hala! adelante, siempre adelante; hasta que llegábamos; pero ¡cómo llegábamos!... Chorreando sangre y sudor, y dejando el camino lleno de hombres patas arriba. En cambio, les decían á los artilleros: «¡Abajo esa casa!» y ¡Bum! ¡bum! á los cuatro disparos, la casa hecha cisco. Pues con esto, (Golpeando la mesa con el vaso.) sucede igual. Las botellas de vino, son la infantería; hay que tumbar muchas pa coger la mona; las medias copas de aguardiente, son los artilleros; con pocas basta. Voy á dispararme el primer cañonazo. (Apura la media copa.) ¡Esto es gloria, hombre!
Ignacio.
¿Y Juan José?
Andrés.
Esperándole estoy. Nos ha salido una chapuza, y vamos juntos á arreglarla.
Perico.
¿Sigue con la Rosa?
Andrés.
Y más emperráo cada vez. Ahora somos vecinos; vivimos en el veintitrés, dos puertas más arriba de la taberna. Rosa trabaja con Toñuela. Aquí vendrán á buscarnos en cuanto salgan de la fábrica.
Perico.
¿Conque Rosa...?
Andrés.
Le tiene vuelto el juicio. Lo malo es que él lo ha tomáo por donde quema, y ella...
Ignacio.
Ella, ¿qué?
Andrés.
Ella es como todas las mujeres, mala.
Ignacio.
Como todas, no. Me parece á mí que Toñuela...
Tabernero.
No tendrás queja, Andrés.
Andrés.
Por la presente, no la tengo. Toñuela se sujeta á mí; si hay dos, con dos pasa; si no los hay, pone los pucheros á la funerala, y á esperar otro día; y si se me baja el aguardiente á los déos y si se me suben los déos á la cara de ella, se aguanta y como si tal cosa; pero ya verás cómo á lo mejor sale por peteneras.
Perico.
¡Que tú digas eso!...
Andrés.
No me cogería de susto. En fin, Toñuela es Toñuela, y Rosa...
Ignacio.
¿Qué?
Andrés.
Está echa á otra vida. Mucha juerga y mucho vestido de raso y mucha bota de charol... Lo que tiene siempre una mujer cuando es guapa y tira la vergüenza á la calle. Así es que la viene muy pelo arriba agarrarse al trabajo. Y si le quisiera, menos mal.
Perico.
¿No le quiere?
Andrés.
De capricho no pasa. (Á Ignacio.) Ya sabes cómo se conocieron.
Perico.
¿Cómo?
Andrés.
Rosa estaba de juerga con unos señoritos en una taberna donde entró Juan José, que entonces bebía más que ahora. En cuanto vió aquella cara de cielo, y aquel cuerpo, y aquellos ojazos, y oyó cantar á Rosa con la voz de ángel que Dios la ha dáo, se quedó con tres cuartas de boca abierta. Siguió la broma, y no sé cómo fué, que se emborracharon los señoritos y quisieron pegar á la chica. Allí fué la gorda; Juan José, que ya estaba prendáo de ella, se levantó y dijo: «Á ésta no hay quien la toque.» Total, que se movió el broncazo padre; y como Juan José es de los que empujan, y cuando se arranca se lleva por delante lo que le estorba, echó de la tasca á los señoritos y se quedó solo.
Perico.
¡Bien hecho!
Andrés.
Á ella le gustó aquel desplante, y, lo que pensaría: «Tropecé con mi hombre.» Cerca de un año lo ha estáo creyendo, y ya va pa dos meses que quiere volar por su cuenta.
Perico.
¿Tú, sabes...?
Andrés.
Sé que no falta quién la ronde, y sé que á ella no la parece costal de paja, porque es joven y de posibles, y no le duele tirar cinco duros á tiempo.
Ignacio.
¿Le conoces?
Andrés.
Y tú, y éste. Es Paco.
Ignacio.
¿El maestro de la obra donde trabaja Juan José?
Andrés.
Y si te digo quién trastea á Rosa de parte suya, verás que el caso no es de los buenos pa Juan José.
Perico.
¿Pues quién?....
Andrés.
Quién ha de ser; la infiernacasas de este barrio; La señá Isidra. (Se abre la puerta del fondo y entra por ella Juan José.)
Tabernero.
(Á Andrés.) ¡Chist!... Juan José. (Juan José se dirige hacia el sitio donde está Andrés; el Tabernero se va al mostrador.)
ESCENA III
JUAN JOSÉ, ANDRÉS, IGNACIO, PERICO, EL TABERNERO y EL MOZO
Juan José.
¡Buenas noches!
Andrés.
¿Qué hay?
Juan José.
Lo que hay cuando se trabaja desde las siete de la mañana hasta anochecío: mucho cansancio y mucho sueño. (Se deja caer en uno de los taburetes que hay junto al velador.)
Perico.
(Levantándose.) Y mucha hambre. Por mí lo digo, que ya me está haciendo cosquillas éste. (El estómago.) (Á Ignacio.) ¿Vienes, tú?
Ignacio.
Sí; la vieja tendrá el pucherillo á la lumbre y no es cosa de dejar enfriar las patatas. ¡Valiente cena pa el que llega á su casa destrozáo de fatiga!
Juan José.
Menos mal que lo haya.
Ignacio.
Verdá; porque hasta eso falta muchas veces. (Á Juan José y Andrés.) ¿Os quedáis?
Andrés.
Esperando que den las siete pa ir en busca de Antonio y arreglar la chapuza.
Ignacio.
Á más ver. (Ignacio y Perico se dirigen hacia el fondo, por donde salen, no sin pagar antes al Tabernero.)
Tabernero.
(Al Mozo.) Súbete dos frascos de vino. (El Mozo abre la trampa de la cueva y baja por ella con dos frascos vacíos. Á poco vuelve con ellos, los deja en el mostrador y entra en la cocina. El Tabernero se pone á leer un periódico.)
ESCENA IV
JUAN JOSÉ, ANDRÉS y EL TABERNERO
Andrés.
(Á Juan José.) Bebe. (Alargándole una media copa.)
Juan José.
(Rechazándola con la mano.) No tengo sed. (Queda en silencio, con la cabeza apoyada en la mano.)
Andrés.
¿Qué tienes entonces?
Juan José.
Ya lo he dicho antes. Estoy cansáo.
Andrés.
No es eso.
Juan José.
Lo que te dé la gana. (Con impaciencia y mirando al reloj de pared.) ¡Cuánto tardan!
Andrés.
¡Qué han de tardar, si salen á las siete largas de la fábrica, y necesitan más de un cuarto de hora pa llegar aquí!... Tus celos son los que tienen prisa, y te traen á mal traer. ¡Parece mentira que tú...!
Juan José.
Déjalo estar. No hablemos de ello.
Andrés.
Es pa empezar contigo á trastazos. Estaría bueno que un hombre se acongojase por una mujer. Todas juntas no valen una perra.
Juan José.
¡Qué sabes tú!
Andrés.
Más que tú, que no sabes lo que te pescas porque estás enceláo.
Juan José.
Sí lo estoy, Andrés, y la sangre se me enciende en el cuerpo cuando imagino que Rosa puede dejarme de querer.
Andrés.
¿Y quién te manda imaginarlo?
Juan José.
¡Qué se yo!... Es una idea que se me ha ido metiendo aquí dentro (Señalando la frente.) poco á poco, pero con fuerza, igual que si me la hubiesen claváo á martillazos; y no puedo deshacerme de ella, y me martiriza, y me azuza, y me tiene como sobre carbones encendíos.
Andrés.
Eres un chico de la escuela.
Juan José.
No sé lo que soy; sólo sé lo que me sucede; sólo sé que Rosa no es la misma de antes pa mí. (Con tono sombrío.) Y luego, Paco, ese mozo que no ha tenido más que hacer en el mundo que heredar la parroquia y los dineros de su padre, no la deja ni á sol ni á sombra. Él se figura que no me entero. ¡Sí me entero! (Con acento amenazador.) ¡Que lleve cuidáo!
Andrés.
Serán cavilaciones tuyas.
Juan José.
No lo son, Andrés no lo son. Hace tiempo que le vengo oservando. La otra mañana me fué Rosa á buscar á la obra, y Paco se puso delante de ella y empezó á soltarle requiebros y pasearle por los ojos sus déos llenos de sortijas, y á decirle, mirando pa mí y como en broma. «¡Qué suerte tienen algunos hombres y qué mal ganáa!...» Ella se reía de oirle, y yo... Yo seguía trabajando mientras bromeaba el señorito, y me fijaba en él, y á la vez que en él, en mi blusa remendáa y en su ropa nueva, en el yeso que había en mis manos y en las sortijas que había en las suyas; y sentí... No sé lo que sentía entonces, pero apreté con rabia el mango del palustre y estuve á punto de meterle por el pecho adelante, aquella herramienta manchada con la cal que nosotros amasamos pa que él se luzca...
Andrés.
(Con zumba.) Haberlo hecho, y después, ¡á presidio!... (Con ironía triste.) Tienes una manera de arreglar las cosas, que da gozo.
Juan José.
(Luego de pasarse la mano por la frente como si quisiera desechar un mal pensamiento.) Yo no soy malo, Andrés; no quiero serlo. Y ocasiones de serlo he tenido, muchas, que á quien lo dejan en la calle sin otro amparo que el de Dios, más cerca le ponen del presidio que de la iglesia. No, no quiero; no he querido ser mal hombre nunca; pero en tocante á Rosa, ¡que no la toquen! ¡que no me la quiten, porque seré peor que malo!... (Con desesperación.) ¡Si ella...!
Andrés.
(Interrumpiéndole.) Á eso voy. Si yo sospechase que me faltaba una mujer, ¿sabes tú lo que haría?
Juan José.
¿Qué?
Andrés.
Lo primero, enterarme si era verdad, que á veces, se le meten á uno los infundios en la sesera porque sí, y cree que un cañamón es una bola del puente de Segovia.
Juan José.
¿Y si era verdad?
Andrés.
¡Si era verdad!...
Juan José.
¿Qué harías?
Andrés.
Muy sencillo. Á él nada; porque bien miráo, nadie tiene la culpa de que sea mala la mujer que vive con uno. Á ella sí; á ella, cogerla por el moño y madurarla las costillas con un garrote, y abrirle la puerta y darle dos patáas y ponerla al fresco y quedarme tan fresco.
Juan José.
¡Yo, dejar á Rosa!...
Andrés.
Si te engañaba, ¿por qué no? ¿Has firmáo escritura pa vivir con ella hasta que te entierren?
Juan José.
No hace falta. En las cosas del querer, se firma con éste; (El corazón.) y cuando éste dice «quiero de veras,» firmáo está pa toda la vida.
Andrés.
(Con tono de broma.) ¡Pocas firmas así he puesto yo! Y luego á borrarlas. Ni señal queda. Antes se borra el querer que la tinta.
Juan José.
Será el tuyo, que el mío no. ¡Dejar yo á mi Rosa!... ¡Perderla! ¡Echarla de aquí!.. (Golpeándose el pecho.) No podría; está muy agarráa y... Yo me entiendo; no sé explicarlo, pero me entiendo... Vamos, que si yo dijese, se acabó Rosa; mi corazón, y mi alma, y todo yo, nos habíamos acabáo con ella.
Andrés.
¡Bah! ¡En seguida me destrozaba yo por ninguna!... Ponte en lo peor, en que la pena sea tan grande que no consigas descuajarla de un tironazo. ¡Á distraerse! ¡qué contra!... No se acabó el mundo por eso. Otros quereres hay y á ellos se coge uno hasta que se le pase la basca.
Juan José.
Tú, sí, porque tienes padres, hermanos, familia que te consuele y te saque las malas ideas del cuerpo. Yo no tengo nada. ¿Padres?.... Dios los dé; no sé quiénes fueron los míos, sólo sé que me tiraron á la calle, mismamente que se tira la basura al arroyo, pa que la recoja el trapero. (Con tristeza profunda.) ¡Debe ser tan bueno tener padres!... Lo veo por tí cuando vas á casa de los tuyos, y la pobre vieja de tu madre se alza de su silla y te mira que parece que se te va á comer con los ojos y te dice: «¡Á ser hombre de bien, Andrés!...» Tú te ríes, como si no te importase verla y oirla; pero en la cara se te conocen que no te cojen el gozo en el cuerpo y la alegría en el corazón.
Andrés.