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AUSÍAS MARCH
Y SU ÉPOCA.
MONOGRAFÍA ESCRITA
POR
D. JOAQUÍN RUBIÓ Y ORS,
PRESIDENTE DE LA ACADEMIA DE BUENAS LETRAS DE BARCELONA, CORRESPONDIENTE DE LA DE LA HISTORIA, ETC.,
Y PREMIADA EN LOS JUEGOS FLORALES
DE VALENCIA DE 1879.
BARCELONA.
IMPRENTA DE LA VIUDA É HIJOS DE J. SUBIRANA
CALLE DE LA PUERTA FERRISA, NÚM. 16
1882.
ES PROPIEDAD DEL AUTOR.
AUSÍAS MARCH Y SU ÉPOCA.
INTRODUCCIÓN.
Sorpresa no escasa debe causar á quien, al hojear por vez primera la historia de nuestra patria literatura, se encuentra de repente, si es que abre por acaso sus páginas por aquellas en que éste se describe, con el asombroso florecimiento que alcanzó en el período que abraza los dos dilatados reinados de Alfonso V y de Juan II de Aragón, en el cual descuella, á manera de astro de primera magnitud en medio de numeroso grupo de estrellas de luz menos viva, el que fué apellidado por el más fecundo y docto en literarias disciplinas de su época, el marqués de Santillana, «gran trovador y varón de esclarecido ingenio»; el llamado por la mayor parte de los críticos de aquellos y de más cercanos tiempos Petrarca valenciano; el estrenuo y animoso caballero y elegantísimo y por todo extremo sutil poeta Ausías March. ¿De dónde deriva el tal florecimiento, preguntaráse sin duda á sí mismo, si es de los que se placen en remontarse á las causas de los hechos? ¿De qué punto arrancan las raíces que comunicaron su fecundante savia al majestuoso árbol poético, cuyas frondosas ramas se dilatan, embelleciéndolas y ofreciéndoles regalados frutos, por las dos provincias hermanas, Cataluña y Valencia, y en especial, y por más de media centuria, por esta última comarca?
No somos de los que creen que existen en los vastos campos del arte florecimientos aislados, cual en el desierto hállanse oasis completamente rodeados, á modo de islas de verdura, de mares de tostadas é infecundas arenas, por más que reconozcamos la posibilidad, por la historia demostrada, de que á deshora aparezcan, á impulsos de una suprema voluntad creadora, ingenios sobresalientes, en torno de los cuales, y en virtud de la vida que les comunican, brotan y florecen otros, como retoños de un tronco fecundo. Dando de mano á las excepciones, y ateniéndonos á lo común y á lo que puede considerarse casi como ley histórica, es innegable que do quier que se muestra lozana y fecunda, en cualquiera de las ramas del árbol de la belleza, una manifestación, sea cual fuere, del arte, es, no tan sólo porque son á su desenvolvimiento favorables el suelo donde arraiga, y las auras que la mecen, y el calor que la vivifica, sinó porque llegan hasta ella en mayor ó menor abundancia y por más ó menos conocidos canales, y á manera de hilos de fertilizadoras aguas, las influencias de otros florecimientos, ó anteriores ó coetáneos suyos, ya del propio, ya de extraños países. Por esto y porque es poco menos que imposible valorar en su justo precio, ni determinar el carácter verdadero de un período notable ó de una escuela literaria, sin conocer, además del medio ambiente, por decirlo así, bajo cuya más inmediata y directa acción se ha formado, las influencias que más ó menos han contribuido á darle vida é imprimirle el propio sello y especial fisonomía que de las demás escuelas ó períodos literarios le distingue, hemos creido que debíamos, antes de ocuparnos en el que es, con razón, llamado Príncipe de nuestros poetas, y el primero en mérito entre los que versificaron en lengua catalana, bosquejar á grandes rasgos,—y ojalá acertáramos en el desempeño,—los hechos que prepararon el florecimiento en el siglo XV de nuestra poesía, de que fué aquél el más ilustre representante y el más acabado modelo, y las extrañas influencias que más contribuyeron, sin perjudicar en nada su nativa originalidad, á dar á él y á la poesía de su época sello y carácter especiales.
Á principios del siglo XIV fórmase y se desenvuelve allende la cordillera Pirenaica,—que no era entonces, cual lo es ahora, línea divisoria de dos Estados,—más por transformación lenta que por brusco y no esperado nacimiento, una escuela poética que por el lugar donde tuvo su asiento principal, y por la lengua de que se sirve, toma el nombre de tolosano-catalana. Sus nuevos adeptos, que se dan á sí propios el dictado de cultivadores de la muy noble y excelente dama la gaya ciencia, apellidan ya antiguos, anticz[1], á los trovadores, sin embargo que algunos, y entre ellos Guiraldo Riquier de Narbona, cuyas obras, como observa nuestro amigo el señor Milá, señalan la transición entre la anterior poesía feudal y cortesana y la nueva escuela, y que murió en 1294, alcanzan los tiempos inmediatos al establecimiento del gay consistorio tolosano.
No es la ocasión esta de investigar las causas que contribuyeron á que fuesen extinguiéndose sucesivamente, á la manera que se pierden en el espacio las últimas vibraciones de un eco que se aleja, las voces poéticas que por espacio de cerca de dos centurias habían hecho de la Provenza el país del amor y de los cantores, y que prepararon el renacimiento poético de este lado de acá de los Pirineos, que debía subsistir, bien que no siempre con igual esplendor, por espacio de otros dos siglos.
No faltan quienes, obedeciendo á preocupaciones políticas, ó dejándose llevar de manías anticatólicas, atribuyan casi por entero aquel primer hecho á la cruzada contra los albigenses, en la cual no aciertan á ver más que una guerra de religión, y de donde toman pretexto para lanzar sobre la Roma pontificia más groseros insultos y desentonados anatemas que contra la misma arrojó el cínico y licencioso[2] Guillermo Figuera. Al igual de los pájaros que huyen á bandadas de una comarca desolada por repentina inundación, ó de un bosque presa del incendio, abandonaron, según ellos, para siempre los trovadores las antes risueñas campiñas, las florecientes ciudades y las ricas y hospitalarias cortes feudales del Mediodía de Francia, huérfanas éstas de sus antiguos señores, y aquéllas, inundadas de sangre, puestas por la fuerza de las armas bajo el odiado yugo de los Capetos, para ir á exhalar sus tristes desconorts y sus atrevidos serventesios en comarcas más felices y tranquilas. Pero sin desconocer ni negar la parte que en la desaparición en los países de la lengua de oc de la poesía de los trovadores ambulantes y feudales tuvo aquel lamentable suceso, fuerza es reconocer que antes que se sintiesen los efectos de aquella desastrosa guerra, notábanse los síntomas de una próxima decadencia de dicha poesía, por no pocos mirada ya, según el testimonio de Ramon Vidal, con indiferencia; en cuyas producciones había entrado por más el artificio que el arte verdadero; que en algunos de sus géneros había pecado por exceso de monotonía; que había agotado en casi todos, á fuerza de acudir con sobrada frecuencia á ellas, las fuentes de la inspiración, y que habíase hasta cierto punto vulgarizado á puro de ser cultivada por tan crecido número de trovadores, algunos no más que de mediano ingenio, y por muchedumbres de juglares que habían hecho de ella uno como á manera de oficio mecánico y objeto de grangería.
Como quiera que sea, es indudable que la guerra contra los albigenses, sembrando divisiones y odios y siendo ocasión de persecuciones, lo fué en gran parte de que algunos trovadores, más hostiles á la cruzada por lo que de francesa tenía que por lo que tenía de religiosa, y más adictos al bando de los herejes por perversión del sentido moral que por error de la inteligencia, se dispersaran por Aragón y Castilla, en cuyas cortes recibieron no menos generoso é ilustrado hospedaje que lo habían logrado antes en los castillos de los nobles señores de Provenza; siendo esto causa de que se conservara en uno y otro reino como un eco de la antigua poesía trovadoresca; la cual debía ir perdiendo algo de su primitivo carácter, bien que sin desprenderse del todo de ciertos rasgos, que eran como el sello de su viejo abolengo, á medida que iba modificándose bajo la influencia de la nueva escuela nacida á la sombra de los verjeles y al amparo de los magistrados municipales de Tolosa; escuela que era á su vez una derivación, ó por mejor decir, una continuación, aunque algún tanto alterada, de la tradición poética que se conservaba aún, bien que de cada día menos viva, en los países de Occitania.
Sería tomar las cosas de demasiado lejos ocuparnos, en un escrito destinado á dar á conocer á Ausías March y su siglo, en los trovadores que brillaron en la corte de nuestros monarcas-condes de Aragón y Cataluña, en el tiempo que medió entre Alfonso II, el hijo de Berenguer IV y doña Petronila, y don Pedro el Ceremonioso. Los Guillermo de Bergadan, los Hugo de Mataplana, los R. Vidal de Bezalú, los Guillermo de Cervera, los Serverí de Girona y otros deben ser considerados como poetas provenzales, ya que en la lengua y en las formas métricas de éstos escribieron sus versos, por más que hubiesen abierto los ojos á la luz en Cataluña y compuesto aquí sus serventesios, canciones y tenzones. No hay que buscar todavía en sus obras el bell catalanesch de nuestra tierra, que estimaba el buen Muntaner sobre el que se hablaba en los demás dominios de nuestros condes-reyes.
La verdadera poesía catalana debía nacer algo más tarde; y aunque no ha de renegar de su antiguo origen, antes por el contrario se envanecerá en engalanarse con algunas de las más estimadas preseas con que se adornaron los viejos trovadores; y tendrá á orgullo que se le conozca el aire de familia que traerá de aquéllos, es indudable que la influencia á que más ceda, el dejo que más se le pegue, el sello con que más hondamente marque los frutos de su primerizo ingenio, cuando llegue á sazón de producirlos, serán los que reciba de la escuela tolosana, más acomodada, fuerza es decirlo, á su carácter grave y á la índole de su especial juicio;—más inclinado éste á producir los sazonados frutos de la razón que las vistosas flores de la fantasía;—y á su espíritu mucho más práctico que lo fué el de la antigua poesía trovadoresca.
No es aventurado poner el nacimiento de esta nueva escuela, por lo que á Cataluña se refiere, ya que desde ella fué de donde se dilató por las demás comarcas ganadas en el siglo anterior á los musulmanes por la espada del invicto don Jaime el Conquistador, á principios del siglo XIV[3], por más que el período de su mayor florecimiento, en dicha centuria, fuese el del reinado de don Pedro el Ceremonioso, en cuya corte resplandecieron y de cuyos favores disfrutaron poetas de tan alto renombre, entre los nuestros, como Jaime March, el vizconde de Rocaberti y Lorenzo Mallol, que son considerados como maestros en el arte de trovar, y durante cuyo reinado se escribieron algunos de los tratados[4], que fueron como los códigos á cuyas leyes debían someterse y según las cuales eran á la sazón con extremado rigor, bien que con estrecho criterio, juzgados los productos del ingenio. Cábele, sin embargo, á la escuela poética catalana la gloria,—y lo decimos muy alto en honra de nuestra patria y de nuestras letras por los modernos críticos castellanos[5] menos conocidas y estudiadas de lo que debieran serlo,—de que, aunque hija, ó hermana menor, si se quiere, como la llama Milá, de la tolosana, tanto creció y se adelantó pronto á ésta, que en lugar de seguir considerándola como á su maestra, parece que fué á su vez objeto de estudio y de la imitación de sus poetas, sobre todo cuando llegó á su apogeo y brilló en todo su esplendor en el reinado de Alfonso V el Sabio.
No sin fundamento, dado caso que se advierten rasgos especiales y asaz distintos en cada una de ellos, divide el señor Milá en tres períodos la historia de la escuela poética catalana; es á saber, en el que va desde el reinado del Ceremonioso hasta los tiempos en que comenzó á trovar Ausías March; en el que abraza la existencia poética de éste, ó sea en los treinta ó cuarenta años de mediados del siglo XV, que coinciden con el reinado del citado Alfonso V; y por fin, en el que corre entre los últimos tiempos del poeta amante de Teresa y los primeros años de la siguiente centuria.
Distínguese el primero, sobre todo durante una gran parte del siglo XIV, por el más frecuente uso de palabras y formas gramaticales provenzales, especialmente en las obras poéticas, ya que en las prosaicas aparece el catalanesch ó romans más puro y exento de resabios de la lengua de oc; uso que va disminuyendo,—bien que sin desaparecer del todo ni áun en el segundo período, puesto que no es difícil encontrar dejos de provenzalismo hasta en Ausías March,—á medida que se van modificando las formas antiguas, é introduciéndose y generalizándose otras nuevas; y se emplea ya más para las obras en verso la lengua catalana, bajo la influencia de los tratados didácticos acerca del arte de trovar; y empiezan á hacer ley los fallos de nuestro consistorio, más atento por ventura á apuntar los defectos de forma, que al mérito intrínseco de la obra poética. Así, por ejemplo, el mismo Muntaner, dechado en su Crónica del bell catalanesch, de que tan prendado se muestra, provenzaliza cuanto le es dado hacerlo su lenguaje en su Sermó; así se advierte también en aquellos tan conocidos versos de don Pedro:
Vetlan el lit suy 'n un penser cazut, etc.,
en los cuales son poco menos que provenzales la forma métrica y el idioma; y así aparecen, en suma, abundantemente salpicadas de provenzalismo las esparsas de los dos March, Jaime y Pedro, y en especial del primero, de Rocaberti, de Mallol, etc.
Consérvanse también en gran parte de este primer período muchas de las formas métricas más usadas en la antigua escuela trovadoresca. Adviértese, no obstante, en él, á nuestro entender, cierto desvío, no nos atrevemos á afirmar si intencionado ó casual, de las formas de corte más lírico y de mayor artificio á que tan aficionada se mostró la generalidad de los antiguos poetas provenzales, á par que el más común empleo de las coplas, en sus diferentes variedades de croadas, encadenadas, capcaudadas, unissonants, etc., de versos de once sílabas con el acento y pausa en la cuarta. En este mismo período comienza el uso de los endecasílabos libres (estramps), usados más adelante por Ausías March, con más frecuencia quizás que por ninguno de sus contemporáneos, con muy marcada cadencia yámbica, en lo cual cree descubrir nuestro conspicuo crítico, señor Milá, un efecto de la influencia italiana.
Este escritor, que á un sano juicio y á un ojo certero para apreciar las condiciones de una obra artística, reune una gran desconfianza de sí propio, y un temor, muy poco común en literatos de su valer, y en ciertas ocasiones excesivo, de dar fallos que parezcan demasiado absolutos, no atreviéndose á afirmar que existen en el período en que nos ocupamos diferencias literarias entre nuestra escuela y la de los poetas occitánicos, se limita á decir que tal vez podría hallarse alguna distinción literaria entre una y otra. Por de poco peso que sea nuestra autoridad al lado de la suya, no tendríamos inconveniente en dar por cierto que hasta literariamente, y dejando á un lado las diferencias de forma que dejamos apuntadas, se distingue bastante una escuela de la otra, ya en la manera especial de tratar los asuntos, por lo general en la nuestra más grave, más filosófica, permítasenos el vocablo, aunque con ribetes de pedantería, que en la de los trovadores; ya por la mayor pureza de los afectos y el modo de expresarlos, más conforme con los preceptos éticos y con las prescripciones del libro de Las leys d' amor[6], y ora por último por el mayor y más puro sentimiento religioso que se advierte en las obras de este género y hasta en las amorosas de nuestros poetas, que en las de los occitánicos, por más que no se hayan elevado, sinó con rarísimas excepciones, al ideal del mismo.
Como, según dejamos apuntado, es Ausías March, como poeta, el tipo más acabado, la más cabal y genuina representación del carácter distintivo del segundo período, excusamos detenernos en notar las diferencias que le separan del anterior y del que le sigue, ya que se desprenderán,—y allí podrán verlas nuestros lectores,—del estudio y juicio crítico que más adelante hemos de hacer de sus obras.
Por fin, el período tercero y último «se singulariza, añade el mencionado crítico, por la adopción del verso castellano de doce sílabas, la reduplicación de las rimas en las coplas de ocho versos, á la manera de la octava de arte mayor castellana, mostrando además marcados efectos del renacimiento italiano, que se conocen hasta en el compás más yámbico, según queda ya dicho más arriba, del verso de once sílabas, y en una manera de expresarse más culta y latinizada.» Encuéntranse muchas de las obras versificadas en ese último período, después del cual entra la poesía catalana en una época de decadencia que en Valencia, tan fértil en poetas en el anterior, llegó casi hasta la muerte de la misma, en la modesta colección, sin pretensiones de cancionero, titulada Jardinet d' Orats, pequeña ontología de rimadores y prosistas catalanes y valencianos que se guarda en la Biblioteca provincial de Barcelona, y en los libros estampados á últimos del siglo XV y principios del XVI en la ciudad del Cid.
No hemos de poner fin á esta introducción sin advertir á los doctos jurados del tribunal que ha de juzgar este nuestro pobre y desaliñado trabajo, y al público ilustrado á quien por ventura algún día le ofrezcamos, que apartándonos de la costumbre, en Cataluña bastante común, y en Valencia constantemente y casi sin excepción usada, de apellidar lemosina el habla en que escribieron nuestros antiguos poetas, sobre todo los de allende el Ebro, y valenciana y lemosino-valenciana, como lo hace el Sr. Ferrer y Bigué[7], la escuela á que pertenecen los trovadores de la XV centuria, designamos constante y sistemáticamente con el vocablo de catalanas, así la lengua en que nuestros poetas de Cataluña, Mallorca y Valencia compusieron sus trovas, como la escuela á que pertenecen, por todo extremo distinta, como acabamos de ver de la antigua provenzal; ó sea la escuela que floreció en la parte de acá de los Pirineos, nacida y por breve espacio de tiempo educada al calor y en el regazo de la tolosana, y que se desenvolvió bajo la influencia de los tratados sobre el arte de trovar[8], de que dejamos hecha mención, obras en su mayor parte de escritores tolosanos y catalanes; y en no escasa parte por efecto del establecimiento en Barcelona, á imitación del que había sido fundado á principios del siglo XIV en Tolosa, del Consistorio del Gay saber, en el reinado y por órden de don Juan II, el Amador de gentileza.
Y no se crea que nos lleve á usar aquella denominación un mezquino sentimiento de estrecho provincialismo: muévenos por el contrario á hacerlo el amor á la verdad y el deseo de poner las cosas en su verdadero punto y estado. Nosotros que hace un momento decíamos que deben ser considerados como poetas provenzales los trovadores que florecieron en esta nuestra tierra en los tiempos que median desde Alfonso II hasta el reinado de Pedro el del Puñalet, pero que escribieron en provenzal, y que por la forma y el espíritu de sus obras poéticas pertenecen á la escuela trovadoresca, creemos tener derecho á llamar poetas catalanes á los que escribieron al calor de las influencias que dejamos señaladas, en la lengua que fué llevada por la conquista á Mallorca y á Valencia, y tal como en esta parte de la corona aragonesa se hablaba; como nos creemos igualmente autorizados á dar el nombre de escuela tolosano-catalana dentro de cierto período, y de catalana en otro, sin el aditamento del primer calificativo, á la que, acomodándose á nuevas y más locales influencias, se sirvió, depurándolo cada vez más de antiguos resabios de provenzalismo, de aquel idioma.
Sabemos cuándo, por quién y con qué motivo se introdujo aquí la denominación de lemosí para designar el idioma catalán. ¿Mas son razones bastantes para adoptar esta denominación, que ninguna relación tiene ni con el origen, ni con las causas que pudieron modificar nuestra lengua, que aparece ya formada antes que se dejara sentir en nuestras tierras la influencia de la poesía de los trovadores, ni mucho menos con el nombre de ninguna localidad de la patria catalana ni aragonesa, el que Vidal de Besalú la usara por vez primera acaso por respeto á los dos famosos trovadores Bertran de Born y Guillermo de Borneil, llamado este último por Dante antonomásticamente el Lemosí; el que imitando á Vidal la emplearan, á veces obligados por la ley de la rima, algunos de los autores[9] de los nuevos tratados que se compusieron á ejemplo de sus Razós de trobar; que se valieran casi tan sólo de aquel vocablo para designar la lengua catalana Santillana y Villena, á quienes no creemos hacer agravio negándoles que sean autoridades dignas de respeto en estas materias, ya que, en especial el primero, casi únicamente de oidas conocía las obras de los poetas provenzales, franceses ó catalanes que cita[10]; y por último que Jaime Roig aplicara aquel nombre hasta á la tierra de donde era hijo:
Criat en la patria que s' diu limosina
No vol aquest libre mudar son lenguatje?
Mucho dudamos que los de Valencia, por más que estimen al autor del Libre de consells como poeta, por igual manera que se placen en trocar por el nombre de lemosina el de la lengua que con su independencia de la dominación musulmana les llevó el rey don Jaime, se conformaran hoy con aplicar á su patria, á la rica y fértil tierra que riega el Turia, y cuyas playas platea el mar con sus espumas, el dictado que le daba aquel poeta de patria lemosina; ó lo que es lo mismo, el nombre de una de las más insignificantes comarcas donde se hablaba la lengua de oc, la más apartada de Cataluña, y la que menos derecho tenía á que se designase con su nombre la lengua de los poetas provenzales y catalanes, ya que por espacio de dos centurias,—las del mayor florecimiento de la poesía trovadoresca,—estuvo sometida, como formando parte del riquísimo patrimonio de los Plantagenets, á Inglaterra[11].
El Sr. Milá advierte que el nombre de lemosí fué más usado por las provincias no catalanas, para las cuales debió ser más grato que el de catalán. Si así fuese, si por causas que no queremos averiguar, pero que fácilmente se adivinan, no sonara bien á los oidos de los mallorquines y valencianos, ya que no siempre fueron hermanos nuestros, la denominación de catalana dada á su lengua escrita,—que es en la que aquí únicamente nos ocupamos—, sobre todo refiriéndose á los siglos de su mayor florecimiento, ó sea á los en que el más experto y diligente filólogo no sabría encontrar diferencias verdaderamente léxicas ó gramaticales en el idioma usado por los poetas ó escritores en prosa de Cataluña, Mallorca y Valencia, ¿por qué en vez de la denominación lemosina, sin duda la más impropia que podía adoptarse para significar nuestra lengua, no aceptan la de provenzal-valenciana, ó la de lenguadociano-valenciana, que al menos indicaría, por más que fuese de una manera remota, su filiación de aquella lengua?
Permítannos los escritores y poetas de Valencia que usan el calificativo de escuela lemosino-valenciana que les recordemos que no hubo jamás ninguna escuela poética propia y exclusivamente lemosina; que cuantos críticos dentro y fuera de España se ocupan en la literatura provenzal y en la nuestra, hablan de la escuela de los trovadores, de la tolosana y de la catalano-tolosana, y algunos de la valenciana, pero nunca de aquélla; como también que, rectificando denominaciones impropias, hoy que un más profundo estudio de los hechos y de las cosas tiende á dar á los nombres técnicos su propio y verdadero valor, rechacemos, limitándonos al sujeto que nos ocupa, la calificación de dialectos dada al catalán y valenciano[12], no ya tan sólo por el vulgo de las gentes y por autores hueros y adocenados, sinó hasta por escritores tan eminentes, y por tan graves y discretos críticos como, por ejemplo, el señor don José Amador de los Ríos, y esto en una obra de tanta importancia y valor como lo es su Historia de la literatura española.
Concluiremos protestando una y cien veces más que al hacer esta declaración no ha sido en manera alguna nuestro ánimo herir en lo más mínimo susceptibilidades personales ni locales, sinó tan sólo salir al encuentro á los que extrañasen que no designáramos jamás en este escrito con el nombre de lemosín nuestro idioma, ni de valenciana la escuela de los trovadores que florecieron tanto en Valencia como en Cataluña en la XV centuria, explicándoles los motivos que nos han inducido á obrar de esta suerte. Nuestra divisa como escritores es, según indicamos ya en otro trabajo, el amicus Plauto, sed magis amica veritas. Podremos errar tomando por verdad lo que no es más que su apariencia; pero en este caso podrá decirse de nosotros que rompemos lanzas por un fantasma; jamás que faltamos á sabiendas á las reglas de la justa, ni mucho menos que nos batimos para que ande nuestro humilde nombre en boca de las gentes.
POETAS ANTERIORES Á AUSÍAS MARCH.
Á la manera que el temprano florecimiento de los almendros y la aparición en el mes de Abril de algunas flores primerizas anuncian la llegada de Mayo, y son como el preludio del reinado de las flores que en este afortunado mes cubren los campos con sus perfumados mantos de gayos y bellísimos matices, de igual modo á últimos del siglo XIV y en los albores del XV aparece un buen número de poetas á quienes parecía entrarles, según el dicho de uno de los suyos, deseo de soltar la voz al canto;
Lis prenia talent de cantar,
siendo como anticipado anuncio de la aparición en el cielo de las catalanas letras del estrenuo caballero y elegantísimo poeta Ausías March, y de la muchedumbre de cantores que debían formar su brillante cortejo.
No habría de sernos difícil hallar las causas de aquel dispertamiento de la musa catalana y florecimiento poético, que llega, en el reinado de Alfonso V de Aragón, á emular el de la poesía provenzal en los mejores tiempos de su existencia, y que dejó muy atrás, según en otra parte ya indicábamos, el de su hermana y maestra la escuela tolosana. El ejemplo del Dante y del Petrarca estimulando á nuestros ingenios, si no á igualarles, que esto era empresa por demás difícil, á seguir, siquiera fuese de lejos, sus pisadas; la nueva luz con que bañaban las inteligencias, al paso que adelantaban la hora del nuevo dispertar de su actividad creadora, los albores del renacimiento, que nos venían de Italia por medio de aquellos dos grandes poetas, los cuales parecía como que se proponían satisfacernos por tan generoso modo, como herederos que éramos de los trovadores, las deudas que tenía con ellos contraida su patria, por haber sido cuna de Sordelo, de Alberto de Malespina, de Bonifacio Calvo y otros varios poetas italiano-provenzales[13]; el establecimiento en Barcelona del Consistorio del Gay saber, quien, dando la norma de los certámenes ó justas poéticas que con frecuencia continuaron celebrándose, así en esta ciudad como en Valencia durante el siglo XV, y con menos acierto en sus fallos y menos provecho del arte, ya degenerado, en la siguiente centuria, sirvió, ora por el aparato de que se les rodeaba[14], ora por los públicos honores con que se festejaba á los vencedores[15], de poderoso incentivo á los poetas para consagrarse al culto de la gaya ciencia; y por último, la protección, tan generosa como ilustrada, y no á precio de bajas adulaciones adquirida, con que alentaron nuestros monarcas, desde don Pedro IV hasta don Alfonso V, á los cultivadores de aquella ciencia, habían de ser motivos poderosísimos para que, así como el aire se puebla de alegres golondrinas al retorno del buen tiempo, se poblaran por igual modo de poetas las comarcas donde más se dejaban sentir las bienhechoras influencias de tan potentes estímulos.
Por más que no nos reconozcamos obligados á mencionar, para mejor hacer resaltar la importancia del florecimiento poético de la época que historiamos, los poetas todos pertenecientes á la misma, cuyos nombres, salvándose del olvido, han llegado hasta nosotros, ya porque no cabría tarea tan extensa en los límites estrechos de un trabajo de la índole del nuestro, ya porque no podríamos hacer más que repetir por cuarta ó quinta vez lo que han dicho Balaguer en su Historia de Cataluña, al dar á conocer el famoso Cancionero de Zaragoza, nuestro amigo Milá y Fontanals en su erudita Resenya histórico-crítica dels antichs poetas catalans, y Ferrer y Bigué en su Estudio histórico-crítico de los poetas valencianos en los siglos XIII, XIV y XV[16]; creemos, sin embargo, conveniente á nuestro principal propósito, que es dar á conocer á Ausías March y sus obras; éstas no tan sólo en sí mismas, sinó en relación con las de los poetas de la época en que fueron escritas, apuntar algunas ligeras indicaciones acerca los más notables trovadores que en ella florecieron, unos como precursores ó maestros suyos; como sus compañeros ó discípulos otros que unieron á los de él sus cantos, bien que sin poder levantar, ni de mucho, su voz hasta donde llegó la suya; no pocos, en suma, como sus imitadores después de su fallecimiento. La palmera que luce su gallardo y erguido tronco cuando se la contempla sola y aislada en medio de las arenas del desierto, osténtase más altiva y airosa cuando, mecida por los aires en el bellísimo mar de verdura salpicado de frutos de oro que forma la huerta valenciana, eleva su cabellera por cima de los modestos árboles frutales que crecen á sus plantas. Así aparece también más grande el ingenio de Ausías March, y se le admira más como hombre y como poeta, cuando se le compara con la muchedumbre de éstos, que prepararon, por decirlo así, sus caminos, formaron su cortejo en vida y cantaron aún después de su muerte, á la mayor parte de los cuales, y hasta á los de más ingenio, hubiera podido decir él de su laud lo que Roldán á los paladines de su tiempo de sus armas:
Nessun le muova
Che star non possa con Roldan a pruova.
Sin que podamos precisar el tiempo en que floreció cada uno de los poetas que vamos á nombrar, aparecen en los últimos años del siglo XIV y primeros del XV, entre otros trovadores de menos fama, Mossen Jordi de Sant Jordi, Luis de Vilarasa, Andrés Febrer y los tres March, Jaime, Pedro y Arnaldo, pariente también por ventura este último, y tío y padre los dos primeros de Ausías.
Si bien debió el de Sent Jordi, en no escasa parte, la reputación de que goza al error, harto generalizado entre muchos de los críticos que antes de nuestros tiempos se ocuparon en la historia de las letras catalanas[17], de que hubo tres poetas de aquel apellido, y que aquél, llamado del Rey, fué imitado y hasta en alguno de sus versos traducido por el Petrarca[18], y á los elogios que de él hizo en su famoso Proemio el Marqués de Santillana[19], quien además compuso con motivo de su muerte una obra titulada Coronación[20], merece sin embargo en justicia ocupar, si no el primero, uno de los más preferentes asientos entre los precursores y maestros del amante de Teresa, á quien unas veces se parece y con el cual otras se iguala, aventajándole en la claridad del concepto y acaso en la mayor belleza de la forma poética. Entre las varias composiciones que de este poeta se conocen, que no bajan de quince á diez y seis[21], puede citarse la canción de opósitos (contrastes), mencionada por el citado Marqués de Santillana, y que pudiera creerse haber imitado en más de una ocasión el mismo Ausías March, si no fuera la afición á los antítesis uno de los rasgos característicos de nuestros antiguos trovadores; y la compuesta en estramps, que empieza:
Pus lo front port vostra bella semblança, etc.,
que podría ponerse al lado de las de aquel poeta, sin que el ojo más experto y versado en la lectura de sus esparsas pudiese adivinar que no era obra suya. Véase como muestra la última de sus estancias:
Axi 'm te pres e' liatz en son carçre
Amors ardens com si stes en un coffre,
Tancat jus claus e' tot mon cor fos dintre,
On no pugués mover per null encontre,
Car tant es grans l' amor que us ai è ferme
Que lo meu cor no 's part punt per angoxa,
Bella, de vos, ans esay ferm com torres
En sol amar á vos, blan xa colomba, etc.....
Aunque es poco lo que de Vilarasa conocemos[22], puede colocársele entre los precursores de Ausías, á quien se asemeja igualmente, bien que sin igualarle, en alguna de las estancias de sus cinco baladas, que tenemos por las mejores de sus obras. Merecen citarse la primera copla de su cuarta balada, que es como sigue:
Si com lo flach qui 'n brega no 's estat
Se feng ardit crehent que sia tal,
Mes quant s' i veu en un punt es torbat,
Tal que fugir no 'l sembla cosa mal,
Me pren á mí qu' ans que tal don' amás
Me fou semblant que le-y gosás ben dir,
Mes quant e (es?) loch que la pusch requerir
Li parle d' al è call-me de mon cas.
y algunas de la balada segunda:
Sobres d' amor m' a tret de llibertat, etc.
Sin detenernos á hablar de Lorenzo Mallol, en cuyas obras, no tan ajustadas al carácter que imprimió á las suyas Ausías March, se advierte más el estilo de la poesía trovadoresca, y en cuya lengua, como dijimos en otra parte, se notan más resabios de provenzalismo que en las de otras de sus contemporáneos; ni de Andrés Febrer, de quien únicamente por la autoridad de Santillana, que quizás le confundió con otro poeta de su nombre, real ó supuesto, sabemos «que fizo obras nobles», y al cual sólo citamos y ponemos entre los más distinguidos poetas de su tiempo por su traducción, dada recientemente á la estampa[23], de la Divina Comedia del Dante; ni de Arnau March, de quien no conocemos más que una copla de amores, nos fijaremos en los otros dos trovadores de este apellido, Jaime[24] y Pedro, ya mencionados.
Prescindiendo, para dejársela á la paciente investigación de los eruditos, de la cuestión de si la familia de los March es oriunda de Jaca, según opinan los escritores valencianos, ó de si procede de Cataluña, como, á nuestro entender con más fundamento, suponen algunos biógrafos catalanes de Ausías, á cuya opinión parece inclinarse el docto autor tantas veces citado de la Resenya histórica[25]; de si tuvo ó no su habitual residencia en la capital de Valencia, en lo cual pueden caber algunas dudas respecto de los dos Mossen Pedro y Jaime; y de si este último, autor del Libre de las concordances, dispuesto en 1371 por orden de don Pedro el Ceremonioso[26], y que contribuyó con don Luís de Aversó á la fundación del consistorio del Gay saber de Barcelona, es el mismo, como creemos nosotros, que el miles y diputado general de Cataluña y oficial en la casa del rey que figura en el documento á que hacemos referencia en la nota segunda de la página anterior, y en los que citan Torres Amat en su diccionario[27] y Ferrer en su estudio histórico-crítico[28]; cuestiones de escasísimo interés bajo el punto de vista de la historia literaria para los que opinamos que no existe en la época que reseñamos una escuela valenciana distinta de la catalana; y por los que creemos que la historia de una literatura, cuando en ella no reinan más que un solo gusto, una misma lengua é idéntico carácter, no debe fraccionarse en tantos capítulos como son las comarcas ó ciudades donde florecieron grupos más ó menos numerosos de escritores: prescindiendo, repetimos, de dichas cuestiones, hijas las más veces de un amor propio de localidad exagerado, ó que sirven á lo más para fingir lindes ó fronteras donde ni la geografía ni la historia las han levantado, veamos si cabe señalar la parte de influencia que pudieron ejercer los dos March, padre y tío, en el desenvolvimiento del ingenio poético y en el espíritu y carácter que dominan en las obras de Ausías.
Que la atmósfera de poesía que debió respirar éste desde su infancia en el seno de su propia familia, donde tan ardoroso culto se daba á la ciencia gaya, debía preparar su mente y su fantasía á recibir las inspiraciones de ésta y abrir su corazón á los puros goces de la belleza; que el renombre que como poetas gozaban, y las honrosas distinciones que de sus monarcas y de las damas y demás trovadores de su corte habían de recibir aquéllos debían ser eficacísimos estímulos que le excitasen á seguir sus pasos para por ellos llegar al logro de parecidos honores, ni hay por qué advertirlo ni por qué encarecerlo. Inteligencia asaz menguada, fantasía por demás pobre, corazón por todo extremo frío hubiera debido tener el niño Ausías, si el recuerdo de su tío y el ejemplo y la memoria de su padre, sobrado reciente la de este último en la época en que debió arrojarse á balbucir su primeros versos, no hubiesen encendido en su alma la celeste llama y en su pecho el fuego sagrado de la poesía.
Ello no obstante, si debiésemos señalar la parte de influencia que en el especial sabor y en el carácter de las esparsas del que debía ser el príncipe de nuestros poetas ejercieron las obras poéticas de Jaime y de Pedro, no vacilaríamos en atribuir la mayor y más visible, si vale decirlo así, al segundo. En las escasas muestras de las poesías del primero que han llegado á nosotros, y más que en otra alguna en la Questió sobre lo departiment del estiu e del ivern, nos parece advertir más resabios de la escuela trovadoresca que de la tolosana; sin que por otro lado resalte en la amorosa que pone en boca de una dama que había perdido á su amante, de quien dice:
La qual no crey en lo mon n' agues par,
la suave melancolía, ó si se quiere la tristeza religiosa que se advierte en los cantos de muerte del apasionado amador de Teresa.
Respecto de Pedro, á quien apellida Santillana valiente y noble caballero, ora porque hubo de sobrevivir[29] á su hermano Mossen Jaime, muerto, según se presume, por los años de 1400, ora por el carácter de sus versos, más parecidos á los de su hijo, no vacilamos un punto en considerarle como maestro de éste.
Hé aquí la primera estancia de una de sus obras morales, que como para confirmar el dicho del mencionado Santillana, de que Pedro March «fizo asaz fermosas cosas», copia íntegra el señor Milá[30]:
Al punt c' om naix comence de morir
E morint creix e creixent mor tot dia,
E un pauch moment no cessa de far via,
Ne per menjar ne jaser ne dormir,
Tro per edat more descreix amassa (?)
Tan qu' aysi vay al terme ordenat
Ab dol, ab guaig, ab mal, ab sanitat,
Mas pus avan del terme null hom passa.
COETÁNEOS DE AUSÍAS MARCH
En el transcurso de breves años, ó por ventura en los mismos días, lamentábase Ausías March de que era escaso el número de poetas:
En gran desfals es lo mon de poetes
Per embellir los fets dels que be obren[31],
y declaraba Sors sentirse embarazado por tener que hablar ante la corte poética de Alfonso V,
Car veig m' entorn tan gentil trovador[32].
Si entendía el amante de Teresa hablar de la escasez de los que consagrasen especialmente su numen á divulgar y poner por encima de las nubes los hechos gloriosos de los hombres de su tiempo, por todo extremo justa, mal que nos pese confesarlo, era su queja. Si tan sólo pretendió afirmar que en comparación de otras épocas era la en que él floreció pobre en trovadores, en este caso, más que al dictamen suyo, por de peso que sea, nos inclinamos al del trovador de la corte del conquistador de Nápoles; y á su ejemplo y cual él nos sentimos embarazados, puestos en presencia de la muchedumbre de vates que por aquellos tiempos florecían, para escoger, ya que no sea posible ni necesario á nuestro propósito hablar de todos, los más granados de entre ellos y los que mejor caracterizan la escuela poético-catalana en el que es el segundo y, sin duda alguna, el más fecundo y brillante período de los tres en que dividíamos hace poco dicha escuela.
Y al llegar á este punto, y antes de hablar de dichos poetas y del que es sin disputa el primero y más original de los de la XV centuria, no ya únicamente en nuestro particular Parnaso, sinó hasta en el más fecundo y rico en ingenios de Castilla, parécenos oportuno y á nuestro propósito casi necesario, antes de ocuparnos en Ausías March, y de deducir del estudio y crítica de sus obras el carácter de la escuela á que pertenece y de la cual es la expresión más genuina y el más perfecto representante, según más arriba dejamos indicado, apuntar en breve resumen la naturaleza y principales rasgos de aquella escuela, más que en ninguno de sus períodos, visibles y hondamente marcados, en el que va por pocos momentos á ocuparnos. Y como con más acierto que pudiéramos nosotros lo ha hecho el que es consumado maestro en literarias disciplinas, y en lo que se refiere á las catalanas letras sobresaliente, nuestro estimado amigo el autor de la Breve resenya, tantas veces aludida, nos limitaremos á trasladar aquí, vertido al castellano, el pasaje de ésta que se refiere al sujeto que nos ocupa, seguros de que nos lo han de agradecer nuestros lectores y que ha de ganar no poco en ello esta parte de nuestro trabajo.
«Si hubiésemos de dar una respuesta meditada á quien nos preguntase qué opinamos de la naturaleza y mérito de dicha escuela poética, deberíamos en primer lugar advertir que no era aquella una poesía popular ó natural, sinó una poesía verdaderamente artística, es á saber, que atendía no poco á la habilidad ó maestría de los poetas, ó sea á los primores y á la dificultad en la ejecución y á evitar toda falta, fuese grave ó de escasa monta; por manera que los méritos de las composiciones han de buscarse principalmente en las bellezas de lenguaje y de versificación. Ni pretendemos decir con esto que el lenguaje poético de nuestros trovadores tenga aquella delicadeza del de los provenzales, que le daba muchas veces cierto aire de obra musical, ya que el de aquéllos era, si cabe decirlo así, más tirante (perdónesenos el vocablo) y dispuesto de una manera casi mecánica; pero también es verdad que estaba muy bien ordenado, sujeto á determinado compás y que sabía expresar lo que el poeta quería.»
«Nuestra poesía era más obra de estudio y de cabeza que de corazón y de fantasía; lo cual provenía de su propia naturaleza, de la atmósfera en que vivía, del genio pensativo y poco aficionado á flores de los hijos de este país. Han de exceptuarse, sin embargo, de esta regla general muchas composiciones, pues sucedía no pocas veces que la fuerza de los efectos rompía las trabas con que los sujetaban las prácticas de la escuela.»
«Y pasando á ocuparnos, continúa diciendo, en la materia ó argumento de las obras, échase de ver desde luégo, y así en la nuestra como en otras muchas escuelas, que no pocas veces (sobre todo en las amorosas) ocupa el lugar de los verdaderos afectos cierta gentileza cortesana. Y en este punto debemos advertir que si bien doctos escritores han creido, no sin razón, que era preferible aquella gentileza á la expresión de groseros apetitos, propia de los antiguos poetas paganos; y si bien es cierto que los nuestros muéstranse más limpios que los viejos trovadores provenzales, no hay que figurarse por eso que los usos cortesanos anduviesen siempre por el más recto camino, sinó que por el contrario, poco de lo que recogen los historiadores de nuestra literatura puede ofrecerse como modelo á los jóvenes que desean adelantar en el estudio de la gaya ciencia. Por lo que respecta á la parte literaria, no puede negarse que semejante gentileza produjo más abundancia de obras, y muchas asaz elegantes y primorosas; pero también es cierto que multiplicó las de escasa importancia, y los que la ciencia de los retóricos apellida lugares comunes.»
«Por lo que hasta aquí llevamos expuesto, termina diciendo después de haberse ocupado en las especies de poesías más usadas en aquellos tiempos, no es difícil conocer cuál es nuestra opinión acerca de sus méritos, y que ahora más paladinamente manifestaremos. Nuestra escuela tenía los defectos de todas las escuelas de trovadores, y esos defectos procedían del equivocado concepto que se habían formado de la poesía, cuyas fuentes buscaban más bien en una mal entendida ciencia, en ciertas ideas convencionales y en un arte material, que en el peculiar ingenio de cada poeta y en el amor de la natural belleza. Sin embargo, la misma escuela nos ofrece en abundante copia en muchas de sus obras toda clase de primores; juiciosas y graves sentencias; pensamientos con gran maestría expresados; arranques de vivo afecto, lenguaje gentil y elegante y bellezas de ejecución que nos traen á la memoria que era aquella la época del gótico más florido y del comienzo del renacimiento artístico. Y por más que con exceso abundasen ciertos géneros y determinadas materias, y que á causa de leerse juntas muchas obras del mismo tiempo se advierta á veces en algunas sobrada uniformidad, nótase en otras bastante variedad y riqueza. Así es que, tomadas en cuenta todas las circunstancias, no trocaríamos nuestra escuela por ninguna otra de trovadores; y si bien no podemos enorgullecernos de poseer ningún Dante, podemos proclamar algunos nombres, no tan sólo de diestros é ingeniosos versificadores, como Valmanya, Sors, Romeu Lull, Gazull y otros, sinó de verdaderos poetas, tales como Pedro March, maestro en poesía moral, Jordi, autor de algún canto de no escaso precio, Corella, que es quien más se aproxima al estilo de la moderna poesía, y sobre todo Ausías March y Jaime Roig, que nos exigen más detenido estudio[33].»
Que además de los caracteres especiales y de los rasgos fisonómicos que dan determinada y propia vida á la poesía catalana en aquel su segundo período, se revela también en ella, al igual que en el período anterior, la influencia de extrañas literaturas, en especial de la italiana y de la clásica, una y otra más conocidas y estudiadas desde que, á consecuencia de la conquista del reino de Nápoles por Alfonso V, se hicieron más frecuentes las relaciones políticas y literarias entre las comarcas orientales del reino aragonés y la Italia, no hay necesidad de apuntarlo. Y si bien va disminuyendo la influencia de la literatura provenzal y no es tan visible cual en la anterior centuria la de la literatura francesa, en cambio adviértese, sobre todo después de la muerte de Ausías March, ó sea desde la segunda mitad de su siglo, la de la poesía castellana, resultado natural del advenimiento al trono de Aragón de la dinastía de Trastamara y del frecuente trato, en la corte de aquel soberano, de los trovadores de Castilla y catalanes, á quienes por igual prodigaba sus favores, y más adelante de la unión de las dos coronas, aragonesa y castellana, al heredar los estados de su padre D. Juan, Fernando II.
Indicábamos hace un momento lo embarazados que debíamos hallarnos para escoger entre la muchedumbre de poetas de aquel tiempo, de que se conservan obras en los antiguos cancioneros de Paris y Zaragoza, los más notables y que mejor y más claramente caracterizan nuestra escuela poética en el mencionado período. ¿Á quiénes, en efecto, conceder los primeros asientos alrededor de Ausías en el coro de poetas que éste preside y por encima de los cuales tan alto brilla, entre el fecundo Torrella, el grande admirador del amante de Teresa; Leonardo de Sors, en una de cuyas más importantes obras no puede menos de reconocerse la influencia del Dante; los dos Masdovellas; el laureado Antonio Valmanya, en alguna de cuyas rimas se revela no menos conocimiento de las producciones de los grandes maestros de las letras italianas, que de los más señalados poetas de la literatura latina; Johan Fogassot, apasionado admirador del desgraciado príncipe de Viana, en cuya muerte escribió una sentidísima elegía; Fr. Rocaberti, que fué de los poetas de su tiempo el que en su Gloria de amor más de cerca siguió las huellas del autor de la Divina Comedia, imitándole, no ya tan sólo en el carácter alegórico que imprimió á aquella obra, sinó hasta en la forma de sus versos; el fecundísimo Romeu Lull, en quien se ve patente la influencia de Ausías March; Mossen Juan Roig de Corella; Mossen Bernardo Fenollar, Miguel Estela, y otros menos conocidos, y quizás más dignos de serlo, pero cuyas rimas dejaron perderse en el olvido la excesiva modestia de sus autores, ó la ninguna diligencia de sus contemporáneos en recogerlas y trasladarlas á la posteridad?
Aun á riesgo, sin embargo, de que desde el fondo de las ignoradas sepulturas donde yacen, al dispensar, sin quererlo, más honra á unos que á otros y á las obras de aquéllos mayor estima que á la de éstos, nos den voces los agraviados, protestando de la ligereza ó injusticia de nuestros fallos, hemos de hacer especial mención de los que, á nuestro juicio, sean dignos, no ya de compartir con Ausías su fama, ya que á este punto no llegó ninguno de ellos, sinó de que se les saque de la oscuridad ú olvido á que se les ha tenido por los extraños y hasta por los propios, vergüenza causa tener que confesarlo, condenados.
Y empezando por Romeu Lull, sin que se entienda que respecto de él y de los que vayamos sucesivamente citando nos propongamos someternos al orden cronológico, ni menos aún al de su respectivo mérito, imposible aquél hoy por la falta de datos biográficos, y éste, por lo poco que de sus obras sabemos, dificilísimo de fijar; y empezando, repetimos, por Romeu Lull, apenas conocido hasta que el Sr. Milá divulgó los títulos de sus composiciones en su Resenya y que dió á la estampa el Sr. Briz algunas de ellas, religiosas y de amor[34], desde luégo podemos decir en su elogio, que le tenemos, á juzgar por las que de él nos quedan, por uno de los más abundantes poetas y diestros rimadores de su tiempo; y si bien en las poesías de aquel primer género nos parece que se le puede poner por debajo de Corella y de otros poetas de menos renombre, le tenemos por uno de los más afortunados y discretos imitadores de Ausías en las eróticas, y en especial en la que llora la muerte de su amada, á quien apellida alguna vez Arxiu de seny y casi siempre Par e sens par, á la manera que aquél Lir entre carts á la suya: en lo cual y en la afición que muestra á versificar en estramps es imposible no ver claros indicios de haber tomado por modelo al trovador amante de Teresa. Hé aquí como muestra de ello la siguiente estancia:
Vingut es temps que 'n amor daré terme
E mon parlar mudará novell lay
Puys que l'a mort ab s' aspasa tan ferma
Ha convertit tot mon delit en guay.
Mon cant será per tot temps cridar ay
Fins aurá fi ma dolorosa vida;
Ja tarda molt la dolça departida
Que desig tant que no-m par vinga may.
Una composición suya en la cual, desmintiendo que hubiese hablado mal de su querida, pide que caigan sobre él, si no es verdad lo que dice, todo linaje de males, es, según el Sr. Milá, después de otras iguales ó parecidas de Bertran de Born, Petrarca y Mallol, la cuarta y última de su género. Véase su principio:
Si us he mal dit en pensar ni per obre
No 'm do Deu be ni lo que li deman;
Si us he mal dit la casa 'm caigue á sobre;
Si us he mal dit muyra com á dampnat;
Si us he mal dit veurem puga orat
En l' ospital que ja mes lo seny cobre[35].
Bien que separándose á veces del género y del estilo de las obras del príncipe de nuestros poetas, de quien debió ser, sin embargo, grande admirador, dado caso que tiene una llamada Complanta de amor compuesta de trozos suyos, merece citarse entre los que más fama hubieron de lograr en su tiempo, no menos por sus versos que por ser de la servidumbre del príncipe de Viana, á Pedro Torroella, de quien existen varias composiciones en el Cancionero de Paris y hasta veinte y dos en el de Zaragoza. Su obra más notable, y que no carece de importancia literaria, es su Codolada, según la llama Milá, que empieza:
Tant mon voler se 's dat (a) amors,
bastante parecida en su forma al Conhort de F.R. Ferrer, y en la cual introduce como interlocutores hasta veinte y ocho poetas provenzales, castellanos y catalanes. Reservándonos para cuando hablemos de Jaime Roig ocuparnos en este linaje de composiciones, debidas á la influencia de la poesía occitánica, nos limitaremos á advertir aquí que por esta composición, bastante extensa[36], por la obra satírica que empieza:
Doleuvos enamorats
E vestius tots vos de negre
Car jo pens que us pendra febre
Escoltant mes veritats, etc.
y por su poesía castellana, titulada Condició de las donas:
Quien bien amando persigue
Dueny así mesmo destruye, etc.,
es por lo que dejamos de colocarle entre los poetas de la escuela de Ausías, aunque le tengamos por uno de los más notables de su época.
Entre los que de más alto renombre en ella disfrutaron, y á quien uno de sus contemporáneos se adelantó á comparar no menos que á Virgilio, ocupa por ventura el primer lugar el valenciano Mossen Juan Roig de Corella. Si es cierto, como afirma el Sr. Ferrer y Bigué, que sostuvo amistosa correspondencia con el desafortunado príncipe de Viana, quien sobrevivió dos años al que lo fué de nuestros trovadores, bien puede colocársele entre los contemporáneos de éste, por más que alcanzase á ver los albores de la XVI centuria. Maestro en sagrada teología, aunque se revela su afición á las letras clásicas en las obras en prosa, por demás culta y limada, en que trató asuntos mitológicos[37], y que alguna vez como poeta empleara su lira en sujetos profanos, como lo prueban, entre otros, los versos en estramps con que termina la llamada Tragedia de Caldesa[38], no indignos algunos de ellos de figurar al lado de los mejores de Ausías March, fué sin embargo la poesía religiosa la de su especial predilección y en la que dejó la mejor muestra de su ingenio, al par que la más acabada y tierna composición que en dicho género nos ha legado la escuela poética catalana del siglo XV. Nos referimos á la intitulada: Oració á la Senyora Nostra tenint son fill Jesus á la falda devallat de la creu, y de la cual ponemos como muestra su primera estancia:
Ab dolor gran que nostres pits abeura,
E greu dolor qu' el nostre cor esquinsa
Venim á Vos, filla de Deu é mare,
Que nostra carn dels ossos se arranca,
Hi 'l sperit desija l' esser perdre,
Pensant que, mort per nostres grans delictes,
Ver Deu é hom lo fill de Deu é vostre,
Jau tot estés en vostres castes faldes.
No conocemos, fuera de los versos ya citados, ni los demás de que hace mención en su artículo sobre este poeta el señor Ferrer, ni la traducción de la Vida de Jesús, escrita por el Cartujano, ni la de los Salmos, titulada Epsalteri trelladat del llatí en romanç, de que hace mención dicho crítico. Sin embargo, aunque no hubiese escrito más que aquella tan tierna como inspirada oración, que está muy por encima de las muchas poesías que de asunto religioso se escribieron en aquel siglo, nos asociaríamos al parecer de aquel escritor de que «no debe confundirse á Corella con la generalidad de los versificadores, sinó que merece especial mención entre los poetas del siglo de oro de la literatura valenciana.»
Otros varios poetas pudiéramos citar, como Fogassot, Valmanya, que siguieron con más ó menos fortuna el camino trazado por Ausías March, en particular en sus poesías amorosas,—no en su espíritu, que en esto no tuvo quien se le pareciese—sinó en la forma y giro especiales que dió á sus esparsas, y que por lo tanto contribuyeron con su ingenio algunos de ellos, con su numen todos, á dar esplendor y más marcada fisonomía á la escuela poética catalana. Sin embargo, como ni ésta se ofrece bajo un solo aspecto, ni es únicamente la influencia de March la que en ella domina, ya que, según dejamos indicado, muéstrase en la misma la de otras literaturas y la de otros géneros, dejaríamos sin terminar y sólo en una de sus partes bosquejado el cuadro que de aquel período literario estamos con mejor buen deseo que fortuna reseñando, si en otros de sus especiales y también característicos aspectos no nos ocupáramos. Pero como los poetas que más contribuyeron con sus producciones á imprimírselo ó que son la más genuina representación de los mismos, tales como Gazull, Fenollar, y sobre todo Jaime Roig, aunque alcanzaron los tiempos de Ausías, escribieron casi todos en la segunda mitad del siglo XV, y por consiguiente después de la muerte de aquel poeta, hemos creido deber interrumpir aquí por algunos momentos nuestra tarea, para proseguirla en ocasión que consideraremos más oportuna, á fin de ocuparnos ya en la vida y en las obras del inmortal amante y cantor de Teresa.
VIDA Y OBRAS DE AUSÍAS MARCH
Y JUICIO DE ÉSTAS
De pocos ingenios que hayan alcanzado viviendo aún, el renombre del que es objeto de este nuestro estudio, habrá que lamentar más escasez de datos biográficos. Ni los contemporáneos suyos, que le tomaron por guía y modelo como poeta; ni los que después de su muerte le admiraron y reconocieron como maestro; ni los que más tarde, pero en tiempos en que vivían todavía en la memoria de las gentes los recuerdos de los sucesos de su vida, le tradujeron ó le comentaron, nos han dejado más que escasísimos datos acerca de su persona y de sus actos; ni él mismo, cual si creyese que, bastando para inmortalizarle sus poesías, no tenía necesidad para pasar á la posteridad más que de revelar su nombre,
Yo som aquell que 'm dich Ausías March,
se dignó hablar de su persona ni de los hechos de su vida, muy al contrario de lo que acostumbran hacer en nuestros tiempos muchos de los que se dan á sí mismos el nombre de poetas, quienes, atentos en demasía á que las generaciones venideras no ignoren las más insignificantes circunstancias de su existencia, revelan hasta aquellas cosas que, que para honra suya y respeto á la moral, hubieran debido permanecer ocultas. Lo único que en limpio sacamos de la lectura de las melancólicas estancias de Ausías es que, combatido su corazón por dos afectos, como el mar por dos encontrados vientos, acabó por elegir
..... per haber d' amor vida,
aquella en quien cifró todos sus deseos:
Si com la mar se plany greument è crida
Com dos forts vents la baten egualment
Hu de levant é l' altre de ponent
E dura tants fins l' un vent l' ha jaquida
Sa forsa grant per lo mes poderos;
Dos grans desitjs han combatut ma pensa,
Mas lo voler vers un seguir dispensa,
Y yo 'l vos publich amar dretament vos;
(Canto II de amor.—Aixi com cell.)
aquella que, siendo para él cual lirio entre cardos, fué por él amada como no lo ha sido mujer ninguna por otro hombre, y que habiéndole sido arrebatada por la muerte, la lloró con lágrimas cuya amargura templaba á veces la esperanza, no exenta sin embargo de duda, de que en el cielo, donde esperaba reunirse de nuevo con ella, gozaba más puros y duraderos amores.
Omitimos por impertinente y ya gastada la cuestión del origen, de la familia y de la patria de nuestro poeta. Tenemos al abolengo de los Marchs por de origen catalán; pero opinamos que se estableció, aunque por ventura no en todas sus ramas, en Valencia, donde logró heredamientos que le otorgaron don Jaime en tiempo de la conquista, y más tarde y por especial favor otros condes-reyes de Aragón; y por natural de aquel reino, por más que no podamos fijar el lugar de su nacimiento, á Ausías. ¿Cabe, en efecto, disputar la patria que le vió nacer, á quien por tan evidente manera la revela él mismo en sus obras?
La velletat en valencians mal proba,
E no sé com yo fassa obra nova.
(Canto VIII de muerte.—Obrir no puch.)
y si hubiese todavía algún catalán que, por exagerado y mal entendido amor patrio, se empeñara en sostener que lo es de aquel poeta Cataluña, le recordaríamos que Serra y Postius (1671-1748), á quien pocos de los que hoy viven podrán igualar en el amor y entusiasmo por las cosas de su tierra, escribió una disertacioncita encaminada á probar que Ausías no fué hijo de Cervera, ni de Barcelona, sinó que era, aunque de abolengo catalán, valenciano de nacimiento.
Declarábamos hace un momento quién fué su padre. Como hijo suyo le nombra Pedro March en el testamento de que dejamos hecho mérito al hablar de este trovador insigne. Mas ¿en qué año, poco más ó menos, vino al mundo? La mayor parte de sus biógrafos[39] fijan su nacimiento en los primeros años del siglo XV, y á este dictamen parece inclinarse el Sr. Ferrer y Bigné, que es de entre los que conocemos el que más noticias ha logrado reunir acerca de nuestro poeta. Sin embargo, atendida la edad avanzada á que debía haber llegado su progenitor, Mossen Pedro, al tiempo de su muerte, ó sea en 1413 ó 1414, ya que, según se desprende del documento que hace poco citamos, debió haber nacido en el primer tercio del siglo anterior, nos inclinamos á creer que más bien debe colocarse el nacimiento de Ausías en los últimos años del siglo XIV que en los principios del XV. Del primer verso de los dos hace poco citados deducen con razón sus biógrafos que llegó hasta la vejez. ¿Mas quién les ha dicho que aquellos versos fueron escritos en los últimos años de su vida, único caso en que, áun exagerando el significado de aquel vocablo, pudiese Ausías ser tenido como viejo, si en realidad hubiese abierto los ojos á la luz en los albores de la XV centuria? Y si aquellos versos fueron escritos en años anteriores, como cabe suponerlo, encontrándose como se encuentran en uno de sus cantos de muerte, ¿no nos veríamos obligados en este caso á adelantar algunos más la fecha de su nacimiento?
No queda duda que Ausías March siguió la carrera de las armas, y hasta se sospechaba por sus biógrafos que había tomado parte en las guerras de Alfonso V para la conquista del reino de Nápoles. De estrenuo caballero se le califica en el título de sus obras; con Apolo, en sus versos, y con Marte en el ejercicio de las armas se le iguala por Gil Polo en su Canto del Turia:
Ya veo al gran varón que celebrado
Será con clara fama en toda parte,
Que en verso al rojo Apolo está igualado
Y en armas está al par del fiero Marte.
Ausías March, etc.,
y él mismo en sus rimas hace frecuentes alusiones á la vida del soldado y al arte de la guerra. De haber peleado bajo las banderas de aquel insigne monarca tenemos hoy una prueba, á nuestro parecer irrecusable, en un documento que sale también por vez primera á luz en este nuestro trabajo (Apéndice 3), y es una carta dirigida á aquel rey por sus enviados ó embajadores, como á sí mismos se llaman, según parece, á Valencia, á fin de invitar á los nobles de este reino á tomar parte en su expedición contra Nápoles, en la cual escriben que, «habiendo estado en Gandía, no han encontrado quien se haya ofrecido á servirle, más que Mossen Luís de Aragón y Ausías March.» La carta, como puede verse, no lleva fecha y por lo tanto no es dado señalar desde luégo y con certeza en cuál de las expediciones realizadas por aquel monarca tomó nuestro poeta parte. Sin embargo, el estar firmada en Valencia en 1.º de Julio, la indicación que en ella se hace de que debían hallarse á últimos de dicho mes en aquella ciudad los que se comprometiesen á servir en aquella jornada á su soberano, da lugar á sospechar que la expedición para la cual se invitaba á los nobles valencianos á tomar las armas era la que salió en un buen golpe de naves del puerto de Barcelona el 21 de Agosto 1424, cuyas banderas habían sido solemnemente bendecidas en esta ciudad el 4 de Junio, y en celebridad de cuya expedición tuvieron lugar en la plaza del Borne de Barcelona unas justas reales en que tomó parte, como principal mantenedor del campo, el mismo monarca[40].
Mas si tan sólo por congetura, aunque á nuestro entender asaz fundada, se colige del mencionado documento que Ausías March tomó parte en aquella hazaña, en cambio puede deducirse de él con fundamento que debía ser Gandía la residencia habitual de los March, por ventura desde que el Mossen Pedro fué nombrado para desempeñar el cargo de tesorero del duque de aquel título. En dicha ciudad otorgó, como recordarán nuestros lectores, su testamento el citado Mossen Pedro, y ¿quién sabe si en ella ejercía el hijo, después de la muerte del padre, el mismo cargo que había desempeñado éste en la casa de aquel magnate? Ignoramos si los eruditos valencianos han examinado los archivos civil y eclesiástico de aquella ciudad; pero se nos figura que un paciente y concienzudo examen de los mismos había de revelarnos no pocos de los sucesos hasta aquí ignorados de la vida del estrueno caballero y elegantísimo poeta valenciano.
Plácenos figurarnos á Ausías March asistiendo á las mencionadas justas de Barcelona, embarcarse aquí en la flota real, pelear en Napóles á la sombra de las barras aragonesas, acostumbradas entonces á reflejarse triunfantes y á manera de ondulantes listas de oro y rojo en las plateadas olas del Mediterráneo, y tomar parte y ganar fama de animoso en los gloriosos hechos de armas que terminaron con la conquista de la poderosa ciudad reina del Mediodía de Italia. Mas ¿cuánto tiempo permaneció el trovador soldado en aquel bello país de las artes y de las ciencias y en la corte del ilustrado y generoso monarca, donde por espacio de muchos años hallaron espléndido hospedaje toda clase de cultura y los hombres doctos en todo linaje de humanas disciplinas, y que fué uno de los primeros y más brillantes focos del renacimiento; del monarca egregio y valiente, como ninguno de los de su tiempo y cual pocos de las edades pasadas loado en vida y llorado en muerte por la numerosa pleyáde de poetas que á su lado florecieron, y de quien Ausías, en cuyo pecho no había al parecer lugar sinó para el amor de Teresa y para el dolor después que la hubo perdido, escribió que no temía al ensalzarle pecar por exceso en su alabanza:
Pahor no sent que sobre laus me vença
Llohant aquell qui totes lengues llohent,
para celebrar cuyas hazañas le pareció que escaseaban poetas
En gran defals es lo mon de poetes
Per embellir los fets dels que be obren,
y al cual, en suma, consagraba uno de sus cantos, no sabemos si escrito en la corte misma del rey ó después de su vuelta de Italia?
¿Su amor á Teresa prendió en su corazón, mal guardado contra sus tiros, por creer que le sería escudo la santidad del día en que fué herido:
Amor, Amor, lo jorn que l' ignocent
Per be de tots fou posat en lo pal
Vos me ferís, car jo am guardaba mal
Pensant qu' el jorn me fora deffenent,
antes de trocar su lira de trovador por la espada de caballero, ó después que depuesta ésta tornó á descolgar de los venerados muros del paterno hogar el viejo instrumento cuyas cuerdas habían vibrado ya bajo las manos de sus progenitores? Ausías se llevó á su sepulcro, tan ignorado como lo fué su cuna, este otro secreto de la historia de sus amores.
Se ha dicho que Ausías fué amigo, en cuanto pueden serlo quienes han nacido en regio tálamo el uno y de noble alcurnia el otro, de Carlos de Viana, y que éste fué grande admirador del inspirado trovador valenciano. Que pudieron existir cordiales relaciones entre el que fué el rey de los poetas de su siglo y el que, no habiendo logrado ninguna de las dos coronas que llevó su padre y á las cuales su nacimiento le daba derecho, mereció ceñir la de cultivador de las letras ó protector de los ingenios de su tiempo, cosa es por todo extremo creible. Mas si realmente existieron, en ninguna de las obras suyas que han llegado hasta nosotros ha tenido á bien revelárnoslo. ¿En dónde y cuándo nació esa amistad, dado caso, que no negamos ni admitimos como un hecho cierto, que hubiese existido? Si en Nápoles, como por lo general se cree, deberíamos suponer un viaje de Ausías, ya anciano, á la corte de Alfonso el Magnánimo, ó á Sicilia, ó á Mallorca, y en cualquiera de esos supuestos debió ser brevísimo el tiempo que pudo gozar del trato personal y de la estimación del docto y desventurado príncipe, pues éste no pasó á aquel reino hasta 1456, y á las dos islas citadas hasta el 1458 y 1459, que era el mismo en que cerraba Ausías los ojos á la luz en su casa de Valencia.
Como la demasiada claridad perjudica al efecto de ciertos cuadros, cuyo principal mérito consiste en la vaguedad de las líneas y en la delicadeza y suavidad de las tintas, por idéntica manera ofende á veces la fama de ciertos personajes históricos, que parecían más bellos y grandes en medio de las penumbras donde se destacaban y al través de la neblina en que parecían como envueltos, la luz sobrado viva que arrojan sobre ellos y sobre sus hechos los documentos históricos. Tal ha sucedido con nuestro poeta. Mientras no le conocíamos más que por sus sentidísimas esparsas, impregnadas de cierto perfume de melancolía cual el que se exhala de los cipreses que rodean un sepulcro, creimos ver al cantor más apasionado, al par que el más cristiano y casto de los amadores, rodeado, como las figuras de las tablas de la escuela del Angélico, de un nimbo esplendoroso y místico; al cantor que había hecho de su corazón una ara y un incensario de su lira; al trovador que no había visto nunca del amor sinó el espíritu donde reside, jamás la corteza, más ó menos bella, donde está éste encerrado; al vate que, salvos tres ó cuatro cantos en que, cediendo acaso á influencias nada sanas, se había permitido decir mal de las mujeres, no había visto á éstas sinó transfiguradas, por decirlo así, en su amada Teresa. Mas hé aquí que una mano escudriñadora saca de entre el polvo de un archivo documentos hasta ahora ignorados, y muéstrase por ellos el hombre con todas las debilidades, con todas las miserias que son patrimonio de nuestra flaca naturaleza, y al proyectarse la sombra de éste sobre la imagen y el nimbo del poeta, que tan bellos y tan brillantes mostrábanse antes á nuestra vista, pierden parte de su hermosura aquélla, parte de su esplendor el segundo.
¿Fué tan casto el amante de Teresa como de sus cantos parece desprenderse haberlo sido? ¿Las lágrimas de dolor con que riega la sepultura de su amada fueron siempre ofrenda digna de aquella á quien las dedicaba? Por el erudito anotador del Canto del Turia sabíamos ya que Ausías había contraido dos veces matrimonio; la primera con doña Isabel Martorell, de quien enviudó antes de 1437, y la segunda con doña Juana Escorna, que murió también antes que él, aunque se ignora en qué año[41]. De ninguna de las dos logró, según parece, sucesión. ¿En qué época de su vida tuvieron, pues, lugar sus amores con Teresa, en la cual, por platónicos que los supongamos, no fuesen ofensa, si no á la santidad del matrimonio, por lo menos al exclusivo cariño que se deben mutuamente los esposos, ó en que éste no perjudicase á la sinceridad de los sentimientos que en sus versos se revela? Sin embargo, no es esto lo que más daño hace al buen nombre de Ausías como amante y como poeta, dado caso que aquellos amores, aunque llorados, al parecer, toda su vida, pudieron ser una pasión de sus juveniles años; sinó sus relaciones ilícitas con otras mujeres, y entre éstas con una antigua esclava suya (olim sclava mia, dice en su testamento), llamada Marta, de las cuales tuvo cuatro hijos bastardos, tres varones, Juan, Pedro y Felipe, y una hembra, Juana[42].
Después de las escasas noticias que hemos logrado reunir del príncipe de nuestros trovadores, nada más sabemos de él, sinó que fué señor de Benierjó, título que parece haberle sido concedido por Alfonso V; que debió tener su residencia habitual y por ventura su casa solariega en Gandía; que figuró en las Cortes de Valencia de 1446, y en suma que murió en esta ciudad, en la parroquia de Santo Tomás, en la cual poseía también dos casas, un sábado, 3 de Marzo de 1459. Hubo de ser enterrado, según ordenó en su testamento, en lo cimenteri de la Seu de Valencia en lo vas ó capella dels March, en lo claustre de la Seu prop lo capítol; «pero los restos de varón tan insigne, dice el señor Ferrer y Bigné, difícilmente podrían ser hoy encontrados para ocupar el lugar que les corresponde en un panteón de hombres célebres.» Para honra de la bella ciudad que baña el Turia sería de desear que sus hijos pusiesen el mayor empeño posible en descubrir las cenizas del gran poeta y de su padre, que deben hallarse confundidas en un mismo sepulcro, y que les levantaran un monumento en la ciudad donde exhaló aquél su último suspiro.
Como otros muchos ingenios castellanos y catalanes de su tiempo y de los siglos siguientes, Ausías supo unir en amistoso maridaje el ejercicio de las armas y de las letras, y añadir al dictado de «gran trovador,» con que le honra Santillana, el de «valeroso y estrenuo caballero» que le ha dado la posteridad. Despréndese de la lectura de sus obras que debió ser muy versado en filosóficas disciplinas y en humanas letras; que hubo de tener frecuente trato con los poetas latinos, y en especial con Ovidio y Virgilio; que le eran familiares los troveros y los trovadores provenzales y catalanes; que conocía á fondo á los poetas italianos, y entre ellos al Dante, á quien recuerda con frecuencia por la severa concisión y adusta rigidez de su frase, y al Petrarca, á quien, como veremos más adelante, imita en varios pasajes de sus cantos.
Al igual que Horacio pudo Ausías, al legar á la posteridad el volumen de sus estancias, exclamar: Exegi monumentum ære perennius. Hemos acompañado hasta su sepulcro á su autor; detengámonos al pié de ese monumento, que al igual que al erigido por el Venusino ha de vencer en duración el bronce, no tan sólo para admirarlo como poetas, sinó para estudiarlo y examinarlo como críticos, en la seguridad de que subirá de punto nuestro entusiasmo por él, como resaltará más la grandeza y hermosura del mismo cuanto más adentro en su examen y estudio penetremos.
En cuatro grupos han distribuido los editores de March, sin duda acomodando su división á la que hallaron establecida en los más antiguos códices, sus diferentes esparsas, á saber: en cantos de amor, morales, uno espiritual y otros de muerte.
Forman los primeros la parte más extensa é importante de sus obras.
No es fácil tarea juzgar las poesías del eximio vate valenciano, ya que, dominando en ellas por igual manera, y casi podríamos añadir que en idéntica medida, la pasión y la razón, el ardor arrebatado del amante y el frío análisis del filósofo, aquél dando calor, éste adelgazando y como envolviendo en nebulosidades metafísicas sus conceptos, con dificultad puede el crítico dar su fallo sobre el valor de sus versos, sin poner su propio corazón en estado de sentir lo que el autor de éstos sentía, sin preparar su inteligencia para disponerla á comprender lo que la suya pensaba. De no hacerlo así córrese grave riesgo de ver en muchos de sus pensamientos, más que las ideas de un alma que, replegada en sí misma, estudia, escudriña y analiza sus propios afectos, las exageraciones y excentricidades de una mente enferma: porque, como dice él mismo de los primores que amor le revela, son
Tals que 'ls sabents no basten á compendre,
E quan ho dich de mos dits me desmenten
Dant a parer que folles coses parle.
Cant XXL.—Fantasiant, etc.
Así, pues, no perdiendo nunca de vista que sus amorosos conceptos fueron
Sens algun art exits d' hom fora seny,
deponga el que pretenda juzgarlos la inflexible regla y el riguroso compás de la común crítica literaria, útiles á los más para poder apreciar los lunares de expresión ó de forma métrica que deslucen alguna que otra vez sus esparsas; tenga principalmente en cuenta que, alejando, al igual de Horacio, al profano vulgo, ó sea á las ignorantes muchedumbres que pasean los ojos indiferentes sobre los versos de los poetas, como los niños sobre las flores de un jardín, tan sólo para gozar un instante de sus perfumes y olvidarlos en seguida, nuestro trovador invitaba únicamente á la lectura de sus cantos á los que estaban tristes ó á los que hubiesen en algún tiempo experimentado los graves deleites de la tristeza;
Qui no es trist de mos dictats no cur,
O 'n algun temps que sia trist estat;
ó bien á los que, sintiéndose enfermos de alguna pasión, buscasen en dicha lectura su remedio:
E lo qui es de mals passionat
Per ferse trist no cerque loc secur;
Lisca mos dits mostrant pensa torbada.
Cant I.—Qui no es trist, etc.
Hase comparado Ausías March á Petrarca, y no han sido pocos los que han creido haberle juzgado con añadir al nombre del amante de Laura el epíteto de valenciano. Como es más fácil estimar las personas y las cosas por su valor relativo que por el absoluto: como es por punto general más claro y exacto todo juicio que resulta de la comparación por semejanza ó por contraste de un objeto con otros de igual índole, creemos que han de ganar nuestros lectores con que nos aventuremos á formular el juicio que hagamos acerca del que es considerado como el príncipe de nuestros trovadores, comparándole en algunos de sus aspectos con el que lo fué de los líricos italianos.
Que existen algunas semejanzas entre nuestro poeta y Petrarca es un hecho á todas luces evidente. Que se encuentran en las obras del primero pensamientos y versos que hacen que sin querer se vengan á la memoria otros parecidos del segundo, no hay quien, habiendo recorrido las páginas de uno y otro, lo ignore. Pero que el trovador valenciano, aprovechando la circunstancia casual de haberse enamorado, como el italiano, en una iglesia el Viernes Santo, haya celebrado esta circunstancia por igual manera y con palabras muy parecidas á las de éste[43]; que haya destinado nuestro poeta algunos cantos á llorar la pérdida de su amada, cual consagró aquél multitud de sonetos á la muerte de la suya; y que un observador erudito y diligente versado en la lectura de las obras de ambos ingenios pueda apuntar, como con gran diligencia lo hizo el que fué nuestro amigo, señor Amador de los Ríos, varios versos de March que pueden creerse inspirados por otros del amante de Laura, no son, á nuestro parecer, fundamentos bastantes para sobre ellos establecer la semejanza entre uno y otro ingenio, ni deducir que fué el nuestro imitador del italiano.
Cuando de los pormenores en algunos hechos, puramente fortuitos, relativos á la existencia de uno y otro poeta, y de algunas semejanzas, que pueden ser las más de las veces casuales, que se encuentran en el modo de manifestar idénticos afectos, pasamos á examinar cómo uno y otro sintieron el amor y lo expresaron en sus versos, preséntanse á la vista dos amantes, cada uno de los cuales se ha hecho de aquél un ídolo especial y con diferentes atributos, y dos poetas que lo han expresado por muy distinta manera y venerado con diverso culto.
Se ha calificado de platónico el amor puro, casto y respetuoso de Petrarca á la esposa fiel y cariñosa de Hugo de Sade. El honor de caballero y el respeto á la santidad del matrimonio por su parte, y por parte de su querida sus deberes sagrados de esposa y su dignidad altiva de mujer no le permitían tener otro. ¿Sería profanar los calificativos llamar al de Ausías amor cristiano, ó si se quiere, y hasta cierto punto, amor místico? Hé aquí cómo hablaba de él nuestro poeta:
Fantasiant amor á mi descobre
Los grans secrets qu' als pus subtils amaga,
E mon jorn clar al homes es nit fosca,
E visch d' açó que persones no tastan.
Tant en amor l' esperit meu contempla
Que par del tot fora del cos se aparte,
Car mes desigs no son trobats en home,
Si no en tal que la carn punt no 'l torbe.
Y de una manera más clara y expresiva en la siguiente esparsa:
Si com los sants sentints la lum divina
La lum del mon conegueren per ficta,
E menyspreant la gloria mundana
Puig major part de gloria sentien;
Tot en aixi tinch en menyspreu e fástig
Aquells desigs que complits amor minva,
Prenent aquells qui del esperit mouen
Qui no 's lassat ans tot jorn multiplica.
Cant XXI.—Fantasiant, etc.
Hé aquí por cuán discreta manera, hablando de las diferencias que existen entre el lírico italiano y el valenciano, en quienes tanto como dos hombres distintos cree ver dos muy diversos principios, caracteriza Quadrado á uno y otro. «Petrarca, dice, considera el amor en sus efectos; Ausías en su esencia y origen: el uno, distinguiéndolo con dificultad de su amada, sólo lo considera encarnado en sus gentiles miembros; el otro fija en él sus ojos de águila, sorprendiéndolo cara á cara, sin forma alguna, en toda su abstracción: el nombre de Laura se halla en cada verso de su poeta; Ausías una vez sola nombra á Teresa, y áun se ignoraría que fuera ésta su dama, si no viniera á apoyarlo la tradición: el amor de Petrarca tiene arco, venda y saetas; es todavía el amor de Anacreonte, menos sus miradas lúbricas y lo voluble de sus alas; no es el elemento de vida ó muerte, el sol resplandeciente ó la llama infernal que alternativamente ilumina á nuestro trovador[44].» Tan sólo una vez hace aparecer aquel amor Ausías en sus versos para recordar que tiene flechas de oro, plata y plomo, y que después de haber disparado en otros tiempos todas las de aquel primer metal, se quedó una con que le hirió á él:
En aquell temps que primer d' aquest fou Les fletxes d'or amor totes lançá E desmembrat una s'en aturá Ab que 'm ferí.....
Cant LXXII.—O vos mesquins, etc.
En suma, el amor de Petrarca, aunque puro, parece detenerse en las cualidades exteriores de su amada, tal es el placer que halla en describirlas; mientras que el de Ausías sólo aspira á la voluntad
.....qui es en l'arma infinida,
lo cual hace que pueda jactarse de que
.....ço que 'm fa vos amar
No m'entra pas solament per la vista;
y decir á su querida,
Vostre esperit es aquell qui 'm conquista;
y exclamar en suma, ponderando acaso con exceso la pureza de su amor:
Si com Sant Pau Deu li sostregué l'arma
Del cors per que ves divinals misteris,
Car es lo cors del esperit lo carcer,
E tant com viu ab ell es en tenebra,
Axi amor l'esperit meu arrapa
E no hi acull gens maculada pensa,
E per ço sent lo delit que no's cansa,
Si que ma carn lo ver amor no'm torba.
Fantasiant, etc.
De esta diversa manera de comprender y sentir el amor los dos poetas italiano y valenciano ha debido seguirse el diferente modo de describirlo y expresarlo. Abrid por donde queráis las rimas del Petrarca, y encontraréis apenas un soneto en que no os hable de
.....i capei d'oro a l' aura sparsi
Che 'n mille dolci nodi gli avolgea;
ó de
il lampeggiar del angelico viso,
ó bien
.....di quei begli occhi
(ove) il vago lume oltra misura ardea:
que no os diga una y otra vez que,
Non era l' andar suo cosa mortale,
Ma d' angelica forma, e le parole
Sonavan altro che pur voce humana:
que no os pondere por exagerado modo el tormento que le causa su velo, más cruel para el que
Nebbia che 'l ciel cobra e 'l mondo bagni,
y que
.....due begli occhi adombra
E par che dica: Hor ti consuma et pagni;
ó que no recuerde
.....l'aura..... antica, e i dolci colli,
y las
vedove herbe..... et le torbide acque
E il voto e freddo nido in ch' ella giaque;
ó por último en que, confundiendo como en un sér, por la analogía de los vocablos, el laurel (Lauro) y Laura, no ensalce á aquel árbol cual pudiera ensalzar á su propia amada.