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El Paraíso perdido

Nota de transcripción

  • Los errores de imprenta han sido corregidos.
  • La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.
  • Se han desplazado muy ligeramente algunas ilustraciones para que no interrumpan un párrafo.
  • Las notas a pie de página han sido renumeradas y colocadas al final del libro.
  • Las páginas en blanco han sido eliminadas.

EL

PARAÍSO PERDIDO

POR

JOHN MILTON


EL

PARAÍSO PERDIDO

POR

JOHN MILTON,

SEGÚN EL TEXTO DE LAS EDICIONES MÁS AUTORIZADAS

NUEVA TRADUCCIÓN DEL INGLÉS, ANOTADA Y PRECEDIDA DE LA VIDA DEL AUTOR

por

DON CAYETANO ROSELL,

ILUSTRADA POR

GUSTAVO DORÉ

CON CINCUENTA MAGNÍFICAS LÁMINAS GRABADAS SOBRE BOJ


BARCELONA

——

MONTANER Y SIMÓN, EDITORES

CALLE DE CASANOVA, NÚMERO 8

1873.


Esta traducción es propiedad de los editores, quienes perseguirán ante la ley a quien intentare reimprimirla.

Se reservan también los mismos derechos respecto a la ilustración que acompaña a la obra, por ser únicos propietarios de ella en España.


VIDA DE JUAN MILTON

POR

ROBERTO VAUGHAN

En los principios del reinado de Isabel vivía en Holton, pueblo de Oxfordshire, o cerca de él, uno de los mejores hacendados que se llamaba Milton. Parece que un antecesor suyo fue hombre de cierta posición entre las personas visibles de aquella tierra, pero que habiendo abrazado la causa de los vencidos en las guerras de las Rosas, se vio reducido a muy triste condición. El Milton de que hemos hablado envió, sin embargo, a su hijo Juan Milton a educarse en Oxford. El padre se adhirió al partido vencedor antes de la Reforma: el hijo, mientras estaba estudiando en Christchurch, renunció a la fe de sus mayores y se hizo protestante; por lo cual su padre le desheredó, y rompió con él abiertamente.

Pero aunque el joven Milton quedó realmente por este motivo, abandonado, no parece que se desanimara, pues vemos que dejando a Oxford algunos años después, figura en Londres, donde se colocó en casa de un escribano, o curial como decimos ahora, con el propósito de obtener un oficio público. Casose por los años de 1600, y si damos crédito a Philips, nieto de este ciudadano ya establecido, su mujer fue «de la familia de los Castons, originaria del país de Gales;» y siendo esto así, Juan Milton el poeta, como fruto de este matrimonio, debió llevar lo mismo que Shakespeare, algo de sangre céltica en sus venas, y en su ardiente temperamento algo también del fogoso y emprendedor carácter de un pueblo a quien describe «como una antigua y altiva raza,» de cuyas añejas e interesantes ficciones estuvo siempre prendado. Pero Antonio Wood dice, refiriéndose a Aubrey, que conoció aquella familia, que la madre del poeta fue «Sara, de la antigua casa de los Bradshaws.» Nosotros, sin embargo, nos inclinamos a creer que aunque Philips no sea, digámoslo así, testigo tan abonado como Aubrey, no había de haberse equivocado en punto tan peculiar a la historia de la familia, sobre todo habiéndose propuesto escribir la vida de Milton. Mistress Philips, hermana del poeta, indudablemente debía saber cómo se llamaba su madre cuando soltera. Posible es, no obstante, que tanto Philips como Aubrey tengan razón. La abuela de Milton por parte de madre pudo muy bien llamarse Bradshaws, y estar casada con Caston; y siendo así, la relación de los Miltons con los Bradshaws no era quimérica. Además es muy difícil que ni Philips ni Aubrey hubieran tan positivamente afirmado lo que aseguran, sin bastantes pruebas, y en este punto no tenemos necesidad de suponer lo que ellos dan como cierto. Philips, como realista que fue siempre, no se cuidaría de realzar mucho el nombre de Bradshaws, y Aubrey participaría, por la inversa, del mismo sentimiento. Andando el tiempo después de este matrimonio, la casa de los Bradshaws radicó en el Lancashire y Cheshire, en cuyos condados no era raro que emparentasen con los Welsh.

De este matrimonio nacieron seis hijos, tres de los cuales murieron en la infancia; de los otros que quedaron, fue uno Juan el poeta, que nació en Londres, en Bread-Street, el 9 de septiembre de 1608, criándose con una hermana algo mayor en edad que él, y con un hermano que tenía siete años menos. La residencia de esta familia durante los primeros años de Milton fue en el centro de la ciudad, siendo Bread-Street una calle que partía de la de Cheapside. La casa se distinguía de las demás por la enseña o muestra, del Águila desplegando las alas, puesta sobre la puerta, distintivo que en aquellos tiempos, y sobre todo en las casas de negocios, equivalía a lo que los números ahora. Del Bread-Street de las juventudes de Milton no queda el menor vestigio; desapareció completamente de resultas de un gran incendio en 1666; pero se edificaron nuevas casas en los antiguos solares, de manera que la calle quedó la misma; y cuando pasamos por ella cerramos los ojos a las actuales construcciones, y nos figuramos aquellos altos edificios de madera y yeso, pintados muy primorosamente, cuyos pisos bajos, pesados y sombríos, se destinaban a las oficinas, y los superiores para habitación de las familias, aun en el caso, que era lo más común, de que fuesen ricas.

Dice Milton de su padre, con cierto orgullo que le honra mucho, que «era un hombre de la más cabal integridad.» Más adelante añade: «Desde mis primeros años y por la infatigable diligencia y cuidado de mi padre (a quien Dios tenga en el cielo), me ocupé en el estudio de las lenguas y de algunas ciencias, conforme a mi edad, y con varios maestros y profesores, así en mi casa como en las escuelas.» Y por último concluye diciendo: «Mi padre me destinó cuando era pequeño al estudio de las humanidades, y tanto en la escuela de gramática, como en casa, hizo que diariamente se me instruyese.» Sabemos también, porque lo afirman otros, que Milton el padre fue un hombre de grande instrucción, y no solo aficionado a la música, sino excelente compositor. Algunos cantos escritos por él se conservan aún entre nuestra música de iglesia, y en su tiempo se oía también tararear algunos en bocas de las niñeras. Aubrey le califica de «hombre ingenioso,» y su nieto Philips recuerda que a pesar de lo enfrascado que estaba en los negocios, sabía hurtar algún tiempo para distraerse en aquel entretenimiento. Vivió hasta edad muy avanzada, pues contaba al morir ochenta y cuatro años. En cuanto a la compañera que le ayudó a sobrellevar los cuidados de la vida, Milton escribe que «era una excelente madre, conocida en la vecindad por su buena índole y espíritu caritativo.»

El ministro de la parroquia en que estaba comprendida Bread-Street, era hombre de alguna distinción entre el clero puritano, y en casa de Milton reinaban costumbres que no desdecían del sentimiento religioso; sin embargo, no tenemos razón ninguna para suponer que Milton fuese un fanático ni hiciese extremada ostentación de las prácticas piadosas. El espíritu grave y religioso de que tan evidentes muestras dio en sus postreros días, fue característico en él desde sus primeros años; pero el puritanismo que pública y privadamente profesaba no tenía nada de adusto ni repulsivo. Llevaba siempre el cabello largo, de tal manera, que a juzgar por este indicio, más tenía de caballero que de cabeza redonda[1]. Era muy dado a la lectura de Shakespeare, que ni en su lengua ni en ninguna otra podía darse poesía más acomodada a su genio. Pertenecía, en fin, al partido puritano, en cuanto el puritanismo representa la religión y la libertad; pero no iba más allá.

Tenemos datos para asegurar que el talento de Milton comenzó a desarrollarse muy temprano, pues a la edad de diez años, su familia se admiraba ya de que fuese un muchacho tan despierto, y se leían con asombro los versos que ya por entonces componía. En aquellos tiempos religiosos, nada más natural que el propósito de sus padres de que el joven se consagrase a la Iglesia. Milton mismo refiere que tales eran las intenciones que se tenían respecto a él, y que por aquel mismo rumbo se encaminaba su inclinación; y sin duda con esta mira, fue enviado a la escuela de gramática de San Pablo, establecimiento muy floreciente entonces, y distante unos cinco minutos de donde vivía. Cosa de diez años tendría Milton, cuando de la enseñanza doméstica pasó a frecuentar una escuela pública; y el ardor con que se dedicó a los estudios en aquellas aulas, él mismo nos lo encarece. Hablando de las humanidades, por cuyo estudio su padre le sacó de casa, dice: «Con tanto afán las tomé, que desde los doce años no dejaba los libros para acostarme antes de media noche, y esta fue la primera causa de mi padecimiento de la vista, a cuya debilidad natural se unían frecuentes dolores de cabeza; con lo que cada vez más embebecido en el estudio, no lo dejaba de la mano, ni en el aula a que asistía, ni con los maestros que tenía en casa. Luego que hube aprendido varias lenguas y me aficioné algún tanto a las dulzuras de la filosofía, me enviaron a Cambridge.» Esto mismo aseguran Aubrey y Philips, hablando de él, y por su parte lo confirma Wood. Así pasó Milton de la niñez a la juventud, y este tributo de agradecimiento rindió al celo y liberalidad con que su padre fomentó sus buenas disposiciones. Copiaremos aquí las siguientes palabras que dirigió al mismo autor de sus días en una poesía latina: «Cuando por vuestra generosidad saludé la elocuencia de la lengua de Rómulo y las delicias del Lacio, y oí las sublimes palabras que salían de los labios de Jove, proferidas por los griegos magnilocuentes, me previnisteis que añadiese las flores que son ornamento del galo, y el habla que los nuevos italianos, introduciendo barbarismos en su idioma, sacan de su boca degenerada, y los misterios que pronuncia el profeta de Palestina.» ¡Dichoso el joven a quien su padre enriquecía con tales conocimientos, y que tan grata memoria conservaba de la casa en que se educó!

En su vida escolar Milton parece que fue también muy afortunado. Mr. Gill, director a la sazón de la escuela de San Pablo, era un hombre muy apto para la profesión del magisterio, y tenía un hijo que por algún tiempo estuvo de auxiliar en la escuela y con quien Milton contrajo una estrecha amistad. No era seguramente este joven el que Milton hubiera elegido por amigo; no tenía la gravedad que requería aquel cargo, y sus modales bruscos y desconcertados le perjudicaban a él tanto como a su padre; pero teniendo diez años más que Milton, conocía perfectamente los clásicos, había publicado versos griegos y latinos y era tan útil a los jóvenes estudiantes, que Milton años adelante se vio obligado a hablar de él con mucho agradecimiento. Es de suponer que sometiera a la experiencia y criterio del que se consideraba como compañero suyo alguno de sus ensayos en verso, y que le debiese estímulos y ayuda en las dificultades que le ocurrieran.

El 12 de febrero de 1625 entró Milton en el colegio de Cristo, de Cambridge, como «pensionado menor,» que era una posición media entre los estudiantes «aventajados,» que pagaban más, y los «inferiores» que satisfacían menos. Todos recibían la misma educación, pero la diferencia de honorarios que pagaban establecía distinción en sus respectivos privilegios. Los estudiantes y agregados del colegio de Cristo en aquella época venían a ser unos doscientos cincuenta; los de la Universidad se acercaban a tres mil. En el colegio de Cristo el profesor más notable era José Meade, conocido entre los teólogos por su Clavis Apocalyptica y sus estudios en esta materia, y ahora más familiar a los que estudian la Historia de Inglaterra, a causa de sus cartas llenas de noticias y anécdotas de aquel tiempo. Muchas de estas cartas se han impreso poco ha. Meade podía decir con razón: «sé muy bien lo que pasa en el mundo;» y afortunadamente para los que le trataban, su ingenio natural estaba siempre pronto a comunicarles cuanto a fuerza de afanes adquiría. Era, por decirlo así, un periódico ambulante en aquel colegio; y si los que estaban en él ignoraban algo de lo que acontecía en el parlamento, en la corte o fuera de ella, a su poca solicitud debían atribuirlo. Seguros estamos de que Milton no incurriría en tal falta. Otro profesor del colegio de Cristo era Guillermo Chappell que durante algún tiempo fue maestro de Milton. Chappell sabía disputar en latin, según la moda escolástica que privaba aún, con mucha sutileza y facilidad; pero en materias eclesiásticas era de la escuela de Laud, y no parece que poseía las mejores disposiciones para inspirar profundidad e independencia a los entendimientos.

La permanencia de Milton en Cambridge duró por espacio de siete años, desde 1625, en que él tenía diez y siete de edad, hasta 1632 en que cumplió veinte y tres. Bajo el aspecto de los negocios públicos aquellos años fueron memorables. Jacobo I había muerto; Carlos había continuado sus luchas con el Parlamento, y determinádose por fin a dar el arriesgado paso de gobernar a Inglaterra, sin contar con las Asambleas. A la guerra con España se había añadido la de Francia, que después de ocasionar una y otra en el país mil trastornos y calamidades, tuvieron un éxito desgraciado. El duque de Buckingham había caído bajo el puñal de Felton, y el gobierno vino a parar a manos de Carlos y Laud. Resonaban ya en los oídos del pueblo los nombres de los jefes de los Comunes, los Eliots, los Cokes y los Seldens, y la persecución de que eran objeto los hombres de aquella clase excitaba donde quiera murmuraciones de toda especie. Los principales de entre los parlamentarios circulaban mil pronósticos respecto al estado de los negocios, que a la sazón, según decían, no iban tan mal como antes: de todos modos no puede recordarse sin satisfacción que aquellos hombres consignasen la petición de derechos en nuestro código político, como punto que había de hacer época en nuestra historia constitucional.

Los sucesos que en este intervalo ocurrieron en Cambridge, no merecen especial mención. La elección de Buckingham para el cargo de Canciller, secundando los deseos del rey, produjo en la mitad de la Universidad un sentimiento de humillación, y predispuso a la otra a demostraciones de adulación que tuvieron no poco de ridículo. Entonces, o poco después, se verificó la instalación de Su Gracia con todos los honores y oficiosidades que en aquella ocasión parecieron oportunas. Y a consecuencia de esto el Rey y la Reina favorecieron a la Universidad con su visita, haciéndose alarde entonces de un servilismo de fidelidad que no podía engañar a los que veían la realidad de las cosas.

La serie de estudios que se daban cuando Milton estaba en Cambridge, constituía un período de transición entre las antiguas formas de la Edad media, y lo que con el tiempo se había ido progresando. En la enseñanza de las matemáticas, la fama de la Universidad era nula, pues hasta unos treinta años después de haber salido Milton de ella no hubo cátedra particular de aquella ciencia. Explicábanse elementos de geometría, pero se daba el primer lugar a la filología, la teología y la filosofía, refiriéndose principalmente esta última a la lógica y la metafísica. Dábanse las lecciones por profesores de la Universidad, a las que asistían con más o menos asiduidad los estudiantes de los diferentes colegios. El cargo de profesor en estos, aunque se proveía sistemáticamente, no podía sustituir al de los profesores universitarios como en tiempos posteriores. Los estudiantes de cada colegio estaban divididos en secciones, y estas dirigidas respectivamente por distintos profesores. Tanteábase el mérito comparativo de los estudiantes no por medio de los exámenes, como se acostumbra ahora, sino en los certámenes que sostenían aquellos en latin en la capilla del colegio, y estos certámenes en que iban turnando todos, pero no muy a menudo, además de las lecciones que daban con el profesor y las que privadamente estudiaban, venían a completar la rutina que se observaba en la educación universitaria.

Deberíamos suponer, aunque sin testimonio directo para ello, que Milton adquirió crédito en todas las clases con sus profesores, que sostuvo con lucimiento los certámenes de la capilla, y que no se mostró desidioso en su estudio privado. No tenemos, sin embargo, datos auténticos para afirmar nada de esto, pero estamos en libertad de presumirlo, además de que para nosotros es de todo punto evidente. Su sobrino Philips dice que «por su extraordinaria capacidad y por la aplicación que había manifestado en los ejercicios hechos por su grado,» era «querido y admirado de toda la Universidad, especialmente de sus compañeros y las personas de más talento de su casa.» Aubrey afirma que «era un estudiante muy aventajado en la Universidad y desempeñaba allí todos los actos con extraordinario aplauso.» Wood encarece aún más su alabanza, añadiendo que durante sus estudios, tres años antes, y lo mismo en el colegio, «acostumbraba a estarse hasta media noche encima de los libros, lo cual fue la primitiva causa de que sus ojos comenzasen a cegar;» pues «se dedicaba con infatigable empeño al estudio en que tanto aprovechó, y desempeñaba los actos así del colegio como los académicos, con admiración de todo el mundo, siendo además un joven muy virtuoso y sobrio; bien que muy persuadido de lo que era.» En 1642 uno de sus contrincantes le pinta como uno de los que más alborotaban la Universidad, de manera que al fin, «fue expulsado de ella.» Y a esto replica Milton: «Por esta gratuita mentira, que hubiera podido ser creíble en otro tiempo, le doy las gracias, pues me ha dado con ella ocasión para mostrarme públicamente y de todo mi corazón agradecido a las extraordinarias consideraciones que se me guardaron sobre todos mis iguales, y a la benevolencia de todos aquellos hombres tan doctos, profesores del colegio en que viví algunos años, los cuales al salir de allí, después de tomar dos grados, como era costumbre, expresaron de diferentes maneras cuánta mayor satisfacción les hubiera cabido en que hubiera continuado allí, así como por diferentes cartas suyas llenas de afecto y cariñosos recuerdos, antes de aquel tiempo y mucho después, pude convencerme de la singular estimación que me profesaban.» Debe tenerse presente que estas declaraciones se publicaron a los diez años de dejar a Cambridge, cuando los que hubieran podido desmentirlas, si no hubieran sido ciertas, vivían en su mayor parte.

Tiempo había de venir en que Milton se hiciera públicamente partidario del Parlamento, y abogara por las grandes reformas que se habían realizado en la Iglesia y el Estado, sin omitir las universidades; y nada entonces más natural que sus adversarios hubieran recordado su vida universitaria; y dado este caso que podía servir de móvil para promover algún escándalo, no solo lo hubieran promovido muchos, sino complacídose en exagerarlo. Así aconteció, que hallándose Milton en el segundo año, tuvo una disputa con su profesor Chappell en la cual medió el doctor Bainbridge; y el resultado parece fue que se obligó a Milton a ausentarse por algún tiempo, o que él mismo creyó conveniente hacerlo. Pero no duró mucho esta ausencia: ocurrió al terminar la Cuaresma de 1626 y no le ocasionó la pérdida del curso. Al regresar se halló con otro profesor llamado Tovey.

Pero estos hechos han servido de fundamento a algunas suposiciones. El doctor Johnson, consecuente con el espíritu de su crítica respecto a Milton, dice: «Hay motivos para creer que Milton no era mirado en su colegio con mucho afecto. Que no obtuvo distinción alguna, está probado; mas el despego con que se le trató fue algo más que negativo: vergüenza nos da referir lo que tenemos por muy cierto, a saber, que Milton era uno de los peores estudiantes de una Universidad en que se imponía la pública infamia del castigo corporal.» Para nosotros nada más infundado que la primera parte de esta aserción, es decir, que Milton fuese mirado con despego por las personas de su colegio; y en cuanto a la otra insinuación referente al ominoso castigo que pudo imponérsele, es no menos improbable. La única razón aparente que hay para semejante imputación, se encuentra en los manuscritos de Aubrey. Citando como autoridad a Cristóbal Milton, dice el mismo Aubrey que nuestro poeta recibió algunos malos tratos de manos de Chappell; y sobre la expresión «malos tratos» se encuentra interlineada la de «le pegó azotes.» De dónde se sacase este dato, no se sabe; no cabe duda que tanto en Cambridge como en Oxford seguían aplicándose estos castigos infamantes; pero con menos frecuencia que en tiempos antiguos, y sobre todo a jóvenes mayores de diez y seis años. Pues bien: en la primavera de 1626 Milton tenía diez y ocho; así que, examinando el caso imparcialmente, antójasenos que esta es una de tantas invenciones como se echaron a volar contra el escritor que se atrevió a combatir sin miramiento ni reparo alguno las preocupaciones y ruindad de los hombres de aquella época[2].

Lo evidente es que la juventud de Milton, sin afectar pureza, rectitud ni virtudes de ningún otro género, se distinguió por su gravedad y por la castidad de sus costumbres. Pero su gravedad era la que debe tener todo hombre, sin mezcla alguna de intolerancia ni de altivez. En cuanto a su castidad, no solo fue un hecho, sino hecho nacido del convencimiento que aún el hombre más puro estimaría como demasiado ideal y místico para profesado en un mundo como el nuestro. En su opinión la falta de esta virtud era más reprobable en el hombre que en la mujer, porque arguye debilidad de naturaleza en quien debe ser más fuerte y ejercer más dominio sobre sus pasiones. En sus versos a Hobson manifiesta que a veces tenía sus ratos de buen humor, y en la epístola a su amigo Diodati, en la primavera de 1626, confiesa que mientras estuvo en Londres iba alguna vez a las funciones de los teatros. En tiempos posteriores, como le acusasen algunos de sus émulos porque escribía como hombre demasiado familiarizado con los espectáculos escénicos, creyó deber replicar en los siguientes términos: «Pero desde el momento en que se hacía preciso echar mano de los afeites, del peluquín o de la carátula que se ven en las comedias ¿no era extraño que en el colegio hubiera tantos teólogos o aspirantes a teólogos, que subiesen a las tablas y retorciesen y atormentasen sus miembros clericales con todas las livianas posturas y gesticulaciones de los polichinelas, bufones y payasos, prostituyendo la dignidad de aquel ministerio, tuviésenlo o no lo tuvieran, en presencia de los cortesanos y de las damas, de los lacayos y de las doncellas? Allí donde ellos representaban tan sin escrúpulo entre los otros estudiantes mozos, yo era espectador: se creían galanes, y yo los tenía por locos; ellos se divertían así, y yo me reía de ellos; ellos disparataban, y yo pasaba un mal rato; y cuando daban en afectar aticismo, ellos embrollaban un párrafo, y yo los silbaba sin compasión.» Todo parece que se refiere a la gran representación que se dio delante del rey y la reina en Cambridge en 1629. La descripción indica la idea que Milton pudo adquirir del drama, y nos la da asimismo de los estudiantes del colegio de Cristo cuando añade, «con otros estudiantes mozos,» y manifiesta el desagrado con que vio aquella disparatada representación, hasta que por último no pudo reprimirse y soltó una estrepitosa silba.

En resumen, aunque Milton no ejerció el sacerdocio en la Iglesia anglicana, no por eso dejó de considerarse como sacerdote bajo cierto aspecto. El sacerdocio a que aspiraba era el de la poesía; la inspiración que anhelaba era la que recibieron los antiguos profetas, inspiración de que se hacían dignos aun siendo seglares, pero que los elevaba al goce de los títulos más sagrados. En su concepto, un poeta tan excelente como él esperaba que llegaría a ser, debía tener en su carácter algo de divino. El cantor de las Bacanales no era mucho que se confundiera con las Bacantes; pero un poeta que se remonta en su imaginación a cosas celestiales, no puede vagar por la tierra, no puede considerarse como terrestre. El mal inseparable de nuestra naturaleza le da aptitud para pintar el mal; pero si ha nacido para imprimir en los hombres el sentimiento del bien, debe dirigir el vuelo a las sublimes regiones donde el bien impera. En todas las artes los sentimientos verdaderamente religiosos proceden de hombres religiosos también. El genio desprovisto de santidad puede llegar al arca, mas no tocar a ella sin profanarla. Por más que uno se distinga en otros géneros, si carece de facultades especiales para este, jamás conseguirá éxito alguno. En artes, como en religión, el hombre natural no puede tratar de asuntos espirituales.

La doctrina admitida es que los hombres de facultades poéticas o artísticas son seres dotados de grande imaginación y sensibilidad, y por consiguiente se elevarán o descenderán alternativamente a impulsos de su capricho, hallándose aun lo moral y lo religioso sujeto a esta ley de su naturaleza, o más bien a esta falta de toda ley. La vida de Milton no es la única que prueba semejante inconstancia e irregularidad: tan persuadido estaba de este defecto, que a él precisamente debió la profunda convicción que toda la vida le sirvió de norma. Así es que reflexionando sobre esto, escribía: «He llegado a adquirir el convencimiento de que si uno, realizando sus esperanzas, consigue escribir con acierto cosas dignas de loa, debe ser por sí un verdadero poema, es decir, una composición, un dechado de todo lo mejor y más honroso, sin creer que pueda celebrar altos hechos de héroes o pueblos famosos, mientras no lleve en sí la experiencia o la práctica de todo lo que es loable.»

¿Qué extraño, pues, que un joven como el de Cambridge, que pensaba de esta manera, y tan juicioso y firme era en sus propósitos, viviese en cierto modo apartado de todos los demás? ¿Por qué hemos de maravillarnos si se lamentaba de la ausencia de personas que abrigasen estos pensamientos o inclinaciones entre los que se hallaban a su lado[3]? Que la antipatía y reserva consiguientes a tal aislamiento sean prueba evidente de su altiva condición y excesivo amor propio, con razón habrá quien lo presuma. En ciertas situaciones, para hacerse enemigos, no se necesita más que infundir la sospecha de que a todos juzgamos inferiores; y es indudable que por esta causa Milton debió sufrir mucho en los primeros tiempos del colegio. En su aspecto debía sin duda haber algo de altivez, aunque fuese una apariencia que proviniera de otra causa; su amor propio debía ser grande, pero natural, inteligente, el que su inteligencia no le vedaba mostrar, aun proponiéndose no ocultarlo. Su superioridad era tan verdadera, que hubiera sido en él una afectación fingir que no estaba penetrado de ella. Todos saben que por su excelente complexión y la belleza de sus facciones, se le dio alguna vez el nombre de «la señorita del colegio de Cristo.» Pero tampoco se ignora que era diestro en la espada, y Wood afirma que «era de afable semblante, de gallardo y varonil continente, y animoso y resuelto en sus palabras.» Siendo muy joven, empezó el estudio del hebreo. Las primeras poesías que se conservan de su pluma, son una paráfrasis de los salmos 114 y 136. Estos ensayos los hizo, según confesión propia, a los quince años. En ellos se advierte un tono robusto y vigoroso, como el que caracteriza sus escritos posteriores; el que sigue en orden de tiempo pertenece a un año después de su llegada a Cambridge. Es una poesía titulada: «A la muerte de un hermoso niño.» El niño era un hijo de su hermana; los versos manifiestan grande imaginación, y están llenos de conceptos y expresiones de que solo es capaz un verdadero poeta. Hallamos a continuación el «Tiempo de vacaciones,» que se escribió cosa de un año después, y que es sumamente interesante como indicio de la facilidad con que el joven poeta aplicaba la lógica escolástica y el artificio propio de aquel asunto. El himno que viene luego, se titula: «A la mañana del nacimiento de Cristo» y es de muy distinto género; es una exuberante exposición propia de tal asunto, y a juicio de Mr. Hallam, el himno más bello que tiene la lengua inglesa. Se compuso para la Navidad de 1629. Síguense otras composiciones «A la Circuncisión» y «A la Pasión;» pero al llegar al octavo verso de esta última, el poeta no pasó adelante, y algún tiempo después manifestó la razón que tuvo para hacerlo así: «Convencido el autor de que este asunto era muy superior a la edad que entonces tenía, y no estando satisfecho de la manera con que lo empezó, lo dejó interrumpido aquí.» Los críticos han considerado exacto este juicio. Sus diez y seis versos «A Shakespeare» se suponen escritos en una hoja en blanco de un ejemplar de las obras del gran dramático, ejemplar probablemente de la primera edición en folio. En 1632 los hallamos con otros del mismo género al principio de la segunda edición de las mismas obras, pero se imprimieron anónimos; la circunstancia, sin embargo, de su aparición es interesante, por ser los primeros versos de Milton que en concepto nuestro se dieron a la imprenta. Otros escribió por el mismo tiempo al oír una «Música solemne.» Son enteramente del corte de los de Milton.

La marquesa de Winchester era una señora de extremada hermosura, muy querida de todo el mundo por su benevolencia, y respetada por sus relevantes dotes. Una inflamación de la cara que le bajó a la garganta, acabó repentinamente con ella a la sazón que se hallaba en cinta. Fue su muerte muy sentida, y con este motivo escribieron versos laudatorios a su memoria Ben Jonson, Devenant y otros ingenios muy conocidos. Milton insertó también una composición en su corona fúnebre con el título de «Epitafio a la marquesa de Winchester.» De esta composición únicamente diremos que el joven poeta del colegio de Cristo no pudo en esta ocasión competir con los veteranos del arte, concluyendo por añadir el soneto que hizo al entrar en «La edad de los veintitrés años,» sus versos «Al tiempo» y los dirigidos «A Hobson,» para completar el catálogo de las composiciones inglesas más conocidas de Milton durante los siete años que residió en Cambridge.

Pero las latinas que compuso mientras fue estudiante, no deben pasarse por alto; y si ninguna de ellas se dio por entonces a la imprenta, indudablemente consistió en que eran ejercicios de escuela, más bien que primicias de su genio poético.

No debió Milton quedar muy satisfecho de la preparación que recibió en Cambridge; pero recuérdese que Gibbon tampoco tuvo que agradecer mucho en este concepto a la Universidad de Oxford, un siglo después, y que lo mismo puede decirse en nuestros tiempos de un hombre tan eminente como el poeta Wordsworth. La verdad es que en los mejores colegios y en los tiempos más florecientes, el joven cuya educación no pasa de la ayuda que pueden prestarle los profesores, consigue muy poca cosa. Algo ciertamente debió Milton a su maestro Tovey, pero más, inmensamente más al magisterio de la sociedad y de los libros, que fueron los que ejercieron influencia en la voluntaria propensión de su naturaleza. Las inclinaciones que se desarrollan en el alma están más o menos en armonía con las disposiciones de cada cual. Educar el entendimiento, es dar dirección a sus facultades, y donde no hay facultades, mal pueden ser dirigidas. Todo talento privilegiado debe estar convencido de esta verdad; y así sucedió exactamente con el que había de llegar a ser autor del Paraíso perdido.

No parece que Milton se apresuró mucho a seguir su vocación. Tan indeciso estaba en este punto, aun en el postrer año de su permanencia en Cambridge, que un amigo cuyo juicio miraba con alguna deferencia, parece que le reconvino por aquella indecisión. En una carta esmeradamente escrita, trata de vindicarse a sí mismo. Niega que se deje llevar exclusivamente de su amor a la ciencia; y aunque no existieran motivos más poderosos, bastaban las «consideraciones propias y las de familia,» y «las del honor y la reputación,» para tener un eficaz estímulo. Pero el amor de la ciencia, que en sí es tan provechoso, puede infundir tal respeto a lo que debe hacerse, que predisponga a un hombre a arrostrar la nota de ser el último, antes que incurrir en la censura de no haberse preparado suficientemente. Copió para su amigo el soneto que había escrito al entrar «en la edad de veintitrés años,» como una prueba evidente de que no había dejado de pensar en aquel asunto; y el amigo entonces cobró fundadas esperanzas de verle adoptar el estado eclesiástico. Milton no manifestó en esta ocasión repugnancia alguna a hacerse clérigo, pues no tenía necesidad de hacerlo; pero hay razones poderosas para presumir que ya entonces sentía escrúpulos en este particular, pues contaba con motivos bastantes para justificar su conducta sin entrar en los pormenores que Laud y los que le servían de instrumentos se esforzaban en presentar como otros tantos crímenes. Diez años después prescindió ya de reticencias, pues decía, según hemos visto, que sus padres y amigos le destinaban «desde niño» a la Iglesia, y que su inclinación le encaminaba a lo mismo «hasta que entrando en años más maduros y conociendo la tiranía que se había introducido en la Iglesia,» vio claramente «que el que se decidiera a recibir las órdenes, debía suscribir a ser esclavo, y además a pronunciar votos, que a no tener muy ancha la conciencia, equivaldrían a un perjurio o a la ausencia de toda fe.» Creyó pues preferible «guardar un silencio vituperable antes que prometer lo que llevaba en sí la violencia y la falsedad.» Hablaba por consiguiente de sí como de un hombre «excomulgado por los prelados» y a quien en cambio asistía el derecho de criticar lo mismo a la Iglesia que a sus pastores.

Tenemos motivos para creer que hubo algunos momentos en que Milton pensó dedicarse a las leyes; pero sus escritos en prosa y verso antes de dejar a Cambridge, sugirieron a sus amigos la sospecha de que su vocación era escribir poesías que le diesen fama; y tal a no dudarlo era el sueño de su imaginación cuando se dejaba llevar de sus ilusiones. A esta idea fue gradualmente acostumbrando también la prudente sagacidad de su padre. Hízole presente la pasión que este sentía a la música; y ¿qué mucho que hijo de semejante padre se hubiese apasionado por la poesía? Sentía llegar a verse contrariado en esperanzas que tan empeñadas tenían sus aficiones, porque en su concepto las minas de platas del Perú eran nada comparadas con el don de producir versos inmortales. Su padre, hombre generoso y cuerdo, le ayudó a realizar este anhelo con que vivía, coadyuvando a satisfacer esta necesidad de su naturaleza. En tal estado Milton dejó a Cambridge.

Por aquel tiempo el notario se retiró de su oficio, y se estableció en el pueblo de Horton, en Buckinghamshire, con la intención al parecer de acabar sus últimos días en aquel retiro. Cómo se condujo con su hijo durante los cinco postreros años de su vida, él mismo lo declara en pocas palabras. «En la residencia, dice, a donde se retiró para pasar su vejez, tuve tranquilidad bastante para ocupar largo tiempo en el estudio de los autores griegos y latinos, no sin que algunas veces reemplazase el campo por la ciudad, ya con el objeto de comprar libros, ya con el de adquirir algunas nociones de matemáticas y música, que entonces eran todas mis delicias.» En aquellos cinco años escribió Milton su soneto al Ruiseñor, el Allegro y Penseroso, los Arcades, el Comus y el Lycidas. El Ruiseñor está fundado en la credulidad de los campesinos, que suponían, si llegaba a sus oídos el canto de aquel pájaro en la primavera, antes que el del cuclillo, que era señal de prosperidad en amores. En cuanto al Allegro y Penseroso, no necesitamos repetir que figuran entre nuestros primeros idilios poéticos. Los Arcades es una composición incompleta: la parte que falta probablemente estaba en prosa. Harefield, residencia de la distinguida condesa viuda de Derby, donde pasaba la acción de aquel poema dramático, distaba solo unas cuantas millas de Horton; pero no hay razón alguna para suponer que Milton fuese conocido de aquella familia; lo probable es que la composición fue escrita a ruegos de su amigo el músico Enrique Lawes; por lo menos a una excitación semejante no dudamos que se debió el origen del Comus, del que hablaremos en otra parte.

Durante su permanencia en Horton, fue Milton incorporado a la Universidad de Oxford, porque en aquel tiempo la agregación de un estudiante a cualquiera Universidad, le daba derecho para trasladarse a otra y Oxford estaba más próxima a Horton que Cambridge.

En Horton además, y en aquel mismo intervalo, Milton perdió a su excelente madre. «Fue sepultada en el presbiterio de la iglesia parroquial, y al lado de su sepultura asistió Milton y derramó tiernas lágrimas con su desconsolado padre, su hermana y su hermano, al cubrir de tierra el ataúd y dirigir su última mirada a la estrecha mansión en que todos hemos de parar, cumplidos que sean nuestros días.»

Al fin también de aquellos cinco años de Horton, fue cuando Eduardo King, del colegio de Cristo y amigo de Milton, pereció en el canal de San Jorge, suceso que inspiró al poeta el canto con el nombre de Lycidas. El ilustrado joven cuya vida fenecía así a los veinticinco años, se dedicaba a la carrera eclesiástica; y Milton censuraba aquel propósito como para indicar claramente el disgusto con que veía el estado eclesiástico y la esperanza de su amigo de fijar su porvenir en él. Cuando se reimprimió este monólogo en 1645, el autor se atrevió a expresar todo su pensamiento, y así puso la siguiente advertencia a la cabeza de la composición: «En este canto el autor lamenta a su sabio amigo, desgraciadamente ahogado en su travesía de Chester al mar de Irlanda, en 1637: Y con este motivo predice la ruina de nuestro corrompido clero, que se hallaba entonces en su apogeo.» Pero había de trascurrir aún algún tiempo hasta que se cumpliera esta profecía.

Dos cartas de Milton tenemos escritas por aquella época a su amigo Diodati, que nos ponen hasta cierto punto de manifiesto sus costumbres y su vida íntima. Asegura a su amigo que tiene poca destreza para escribir cartas, y que otra de las causas que influían en su negligencia como corresponsal, era su poca habilidad para alternar el trabajo con el descanso porque en su opinión y por lo general, el dedicarse a una cosa debía ser dedicarse a ella sin interrupción hasta dejarla terminada, o hasta que se pudiera tomar algún reposo natural. Que bajo cierto aspecto él no se aventuraría a decir lo que Dios podía no haberle concedido, pero que un don por lo menos le había inspirado, a saber, un ferviente amor a la belleza y un afanoso anhelo de buscarla donde quiera que se encontrase. Que estas eran sus aspiraciones, y que si no las había realizado con éxito proporcionado a sus esperanzas, su postrer esfuerzo debía ser rendir homenaje a aquellos que habían sido más afortunados. Confiesa que con este designio había ido templando sus alas volando despacio, pero confiando hacerlo con algún tino. No debe, sin embargo, suponerse que careciera de toda mira práctica; lejos de eso, tenía intenciones de ocupar algún puesto en un colegio de abogados, y añade que tendría mucho gusto en ver allí a sus amigos y en pasear con ellos las noches de verano por aquellos alrededores.

No creemos fundada la suposición de que obrase a impulsos de este pensamiento; otro fue el que por entonces ocupaba toda su imaginación. Sus estudios le habían sugerido mil ilusiones de lo pasado, juntamente con los recuerdos de los Alpes, la tierra de los Apeninos y los países existentes más allá de estas regiones. ¿Qué cosa más natural que el deseo de recorrer aquellos países, visitar sus antiguas ciudades, y detenerse ante los maravillosos monumentos que en ellos se conservan? La quebrantada salud de su madre le había obligado a aplazar la realización de estos deseos; mas la circunstancia de que a poco de haber muerto, se casó su hermano Cristóbal y pasó a residir en compañía de su padre, parece que le permitió poner por obra aquellos proyectos. Eran costosos porque había resuelto viajar como un caballero, llevando consigo a su criado. Su cariñoso padre es de suponer que contrariase menos aquel propósito que algunos otros; ello es que le dio su consentimiento, y que en mayo de 1638, Milton cruzó el canal haciendo rumbo a París. Había tenido la precaución de procurarse buenas recomendaciones, y una de ellas era la de su distinguido vecino Sir Enrique Wotton, preboste de Eton. Este señor se había proporcionado recientemente un ejemplar del Comus impreso por Enrique Lawes, que le agradó sobremanera. En más de una ocasión había hablado también con el autor, y asegurádole que el placer que tenía en tratarle le hacía esperar que alguna vez beberían una botella juntos, invitándole a «hacer penitencia,» cuando «pudieran reunir cierto número de buenos autores.» En una carta del anciano y cumplido preboste, se lee esta postdata; «Muy señor mío: os envío esta por medio de mi lacayo, para anticiparme a vuestra marcha y deciros lo agradecido que quedo a vuestra fina carta, que he recibido, interrumpiendo mis quehaceres, que no son pocos, y no queriendo valerme del correo ordinario. En cualquiera parte que os establezcáis y de que yo tenga noticia, me alegraré, y aprovecharé la ocasión de discurrir con vos sobre algunas novedades, a fin de mantener viva una amistad que apenas comenzada, se ha interrumpido tan inesperadamente.»

Al llegar a París, una de las personas a quienes Milton iba recomendado le proporcionó una amistosa entrevista con Lord Scudamore, el embajador inglés; y atendiendo a sus distinguidas prendas personales, el joven inglés fue presentado al sabio Hugo Grocio, que estaba entonces de embajador de la reina de Suecia en la corte de Francia. Nada sabemos de lo que pasó en esta entrevista, sino que Grocio dicen que recibió «muy amable su visita,» y que conferenció con él muy prevenido en su favor por su buen aspecto, y por los elogios que de él se le habían hecho. Pero Grocio estaba a la sazón muy ocupado en el ilusorio proyecto de consolidar el protestantismo, uniendo las iglesias episcopales de aquella creencia en Inglaterra, Suecia, Dinamarca y Noruega, prescindiendo de todos los demás protestantes; y si algo se indicó a Milton de tan desvariado proyecto, seguros estamos de que su respuesta no sería muy satisfactoria.

Milton permaneció en París solo unos cuantos días; de aquí se dirigió a Niza, donde se embarcó para Génova y para Liorna. Desde Liorna se encaminó por Pisa a Florencia, y en esta última ciudad se detuvo dos meses. Era entonces Florencia, como siglos atrás había sido, el emporio de la civilización italiana; casi en cada calle tenía una academia o club que se componía de estudiantes, poetas, artistas y sabios asociados voluntariamente; y a favor de las recomendaciones obtenidas en Inglaterra y París, fácilmente fue Milton admitido en las más distinguidas de aquellas sociedades. Para merecer este privilegio, era necesario presentar alguna producción de su pluma, y así lo hizo llevando algunas de las cosas que había escrito en Cambridge, y otras que llevó a cabo con aquel objeto. Hablando correcta y fácilmente el latin y el italiano, podía conversar de igual a igual con sus nuevos amigos, y estas reuniones parece que le fueron sumamente agradables. Cuando generosamente abogaba en tiempos posteriores por la libertad de la imprenta, decía: «Pudiera referir lo que he visto y oído en otros países sujetos a la tiranía de esta especie de inquisición; países en que traté con hombres de gran ciencia, que este honor me dispensaron, los cuales me contemplaban feliz por haber nacido en tierra de libertad filosófica, como suponían que era Inglaterra, al paso que ellos se lamentaban de la servil condición en que vivía la ciencia entre ellos; que esto había eclipsado la gloria de los ingenios italianos, y que nada se había escrito los últimos años en aquel país, sino bajezas y fanfarronadas.» Alternando con personas de esta clase, fue Milton presentado y pudo hablar al gran filósofo de la época.» «Allí, dice, fue donde hallé y visité al famoso Galileo, ya anciano y preso en la Inquisición, por pensar en astronomía de distinto modo que pensaban los franciscanos y dominicos, árbitros de la ciencia.» ¡Milton y Galileo conversando uno con otro, y Galileo en un estado en que el joven temía llegar a verse, privado de la luz, enteramente ciego! Mas por entonces Milton gozaba de la vista, del esplendor del cielo de Italia, y cuando expiraba el día de las brillantes lumbreras que iluminaban así aquellas sabias reuniones y círculos de Florencia, porque es evidente que Milton halló ingreso en los últimos, y que su corazón, por más reservado que fuese, no podía enteramente librarse de la impresión que el encanto de aquellos círculos le causaba. Entre sus composiciones se hallan algunas escritas en Florencia, versos compuestos en su alabanza, y que si no muestran gran genio en sus autores, manifiestan por lo menos muy claramente la extraordinaria admiración que se tributó al de Milton.

Desde Florencia tomó el camino de Roma, dirigiéndose por Siena. En Roma contrajo desde luego amistad con Lucas Holstenio, el conservador de la Biblioteca del Vaticano, sin casi necesidad de recomendación alguna. Holstenio había estudiado tres años en Oxford, hecho que explica en parte la cortés acogida que Milton recordaba con tanto agradecimiento, pero la cortesía se trocó pronto en admiración, así que el bibliotecario descubrió la mucha ciencia de aquel extranjero, y se convenció de la superioridad del que iba a juzgar de sus conocimientos. Tal importancia le concedió, que hizo llegar sus elogios a oídos del cardenal F. Barbarini, pariente y primer ministro del Papa. Pocos días después el cardenal daba un gran concierto, y entre otras muchas personas, invitó al extranjero que tanto había fascinado a Holstenio; con cuya ocasión, dice Milton, el cardenal, saliendo hasta la puerta, «no solo me buscó entre toda aquella multitud, sino que cogiéndome de la mano, me entró dentro con demostraciones las más honrosas.» Todo esto, dijo a su amigo Holstenio, era debido sin duda a sus favores. En casa del cardenal probablemente oyó Milton cantar a Leonora, notable por su juventud y su belleza, y cuya voz y habilidad le daban una celebridad superior a todas. Milton demuestra el entusiasmo que sintió al oír a aquella sirena, dado que escribió no menos que tres composiciones en alabanza de la cantante. Dos romanos, Juan Salsilo y Salvaggi, nombres olvidados ya en nuestro tiempo, pero entonces muy conocidos, compusieron en loor de Milton versos llenos de hipérboles extravagantes; mas los del primero fueron tan estimados del poeta, que al saber más adelante que estaba enfermo, le dirigió una sentida composición en versos latinos.

Pasado que hubo dos meses en estudiar los monumentos de la antigua Roma, y en este íntimo trato con sus actuales moradores, Milton emprendió el viaje a Nápoles. En el camino subió a su carruaje un ermitaño, que demostró ser hombre de alguna cultura literaria, y habiendo quedado prendado del viajero como antes que a él le había sucedido a Holstenio, al llegar a Nápoles vio que un hombre de tanto mérito no podía estar en aquella ciudad sin ser presentado a Manso, marqués de Villa, personaje de gran consideración en aquel país, y Mecenas de los talentos en los demás. Todo el que conozca la triste historia de Torcuato Tasso debe estar familiarizado con el nombre de Juan Bautista Manso, su constante y generoso amigo. Manso rayaba a la sazón en los ochenta años: recibió con mucha finura a Milton, y el resultado de esta entrevista lo dice el hecho de haberse constituido personalmente en guía del joven estudiante por todos los sitios que ofrecían algún interés en Nápoles y sus alrededores. «Yo le merecí, dice Milton, todo el tiempo que permanecí allí las más benévolas atenciones. Me acompañaba a los diferentes puntos de la ciudad, yendo a buscarme al palacio del virrey, y repetidas veces a mi casa para visitarme. Al despedirme, me pidió mil perdones, por no haber podido dispensarme más atenciones como lo deseaba, a causa de no haber disimulado yo mis sentimientos religiosos.» Milton había resuelto al salir de su casa no mezclarse para nada en cuestiones religiosas, a no ser que otros las provocasen; pero esta precaución parece que no fue bastante para preservarle de algunas inconveniencias, a veces hasta peligrosas, pues cuando pensaba volver a Roma, le advirtieron algunos mercaderes de Nápoles, que por ciertas cartas habían sabido lo preparados que estaban contra él los jesuitas ingleses, si otra vez se presentaba en aquella ciudad. Pero tenía que volver, y no hubiera desistido de su vuelta, porque manejaba bien la espada, y nada tenía que temer si se empeñaba un lance de hombre a hombre.

En Nápoles fue donde llegaron a sus oídos graves noticias sobre el conflicto que había surgido en Inglaterra entre el soberano y sus vasallos. Su deseo era haber ido a Sicilia y después a Grecia, pero en virtud de aquellas novedades, escribe: «Consideraba una deshonra que mientras mis compatriotas estaban combatiendo en mi país por la libertad, yo estuviese viajando por el extranjero por mi gusto, y con un objeto puramente intelectual.» Los escoceses habían destruido con incontrastable fuerza todas las innovaciones de Laud y del rey. Inglaterra experimentaba grande simpatía por lo que Escocia había hecho; y si no había comenzado la guerra civil al sur del Tweed, los hombres pensadores la veían como inminente. Próximo a dejar a Nápoles, Milton dirigió a Manso una epístola en hexámetros latinos y en estilo más sublime que cuanto la música de Tasso había inspirado a este en su favor. En contestación Manso envió a su amigo dos copas ricamente trabajadas, y en ellas dos líneas que formaban una expresiva dedicatoria.

«Volví, dice Milton, a Roma, a pesar de lo que se me había dicho. Si alguien me preguntó lo que era yo, no se lo oculté, y si alguien atacó en la ciudad papal la religión ortodoxa, yo como antes, y por espacio de dos meses, la defendí calorosamente.» En Florencia como en Roma reanudó Milton relaciones con sus antiguos amigos, y pasado aquel tiempo, se dirigió por Bolonia y Ferrara a vivir un mes en Venecia. Desde Venecia fue por Verona y Milán, subiendo el monte de San Bernardo, a Ginebra, en la cual ciudad permaneció algunas semanas, hasta que desandando el camino que había llevado, desde París arribó a Inglaterra cuando finalizaba junio, tras una ausencia de «un año y tres meses poco más o menos.» Esta breve relación de sus viajes la hizo cuando la parte que tomó en los negocios públicos le expuso a mil calumnias aventuradas, y por esta razón concluye su resumen con las siguientes palabras: «De nuevo pongo por testigo a Dios de que en todos aquellos puntos donde multitud de cosas se reputan legales, viví libre e incólume de todo libertinaje y vicio, teniendo siempre presente la máxima de que por más que me ocultase a los ojos de los hombres, no dejarían de verme los ojos de Dios.»

Es digno de observarse que todas las poesías que escribió Milton en Italia, así como casi todas sus composiciones de Cambridge, forman graves descripciones. En su noble epístola a Manso no hizo misterio alguno de la idea de escribir un poema épico, y los versos que le dirigían sus amigos de Roma y Florencia, indicaban harto claro que alguna expresión se le había deslizado sobre tal propósito, dado que no desconfiaban de que su genio acometiese alguna obra de aquella naturaleza. En este tiempo, sin embargo, no se le había ocurrido aún tomar por asunto de un libro la pérdida del Paraíso: la historia del rey Arturo y de los caballeros y damas que llenaban su corte caballeresca, fue lo que sugería a su imaginación animados y brillantes cuadros.

Cuando volvió Milton a Inglaterra, su padre había dejado la casa de Horton y trasladádose con su hijo Cristóbal a Reading. Los gastos inevitables en el viaje que había hecho el poeta, no le impidieron comprar gran cantidad de libros, de los cuales unos llevó consigo y otros llegaron después. En realidad no tenemos motivos en que fundarnos para suponer que los recursos con que contaba fueran bastantes para asegurarle una modesta independencia. En carrera comercial no pensaba, y a la vida profesional estaba poco inclinado. Si su buen padre pudo sostenerle en términos de que no tuviera que pensar más que en sus libros y en sus obras literarias, seguros estamos de que lo haría, y parece evidente que en efecto lo hizo.

El primer paso que dio Milton al volver a Londres, fue alquilar parte de una casa en St. Bride’s Churchyard. Allí acomodó sus libros y volvió de nuevo a sus estudios; era esto a fines de 1639. Pero al año siguiente le vemos tomar una «casa con jardín,» es decir, una casa aislada con un jardín alrededor en Aldersgate Street, calle que se describe como una de las más tranquilas y de las más decentes de los arrabales de Londres. Por este tiempo mistress Philips, su hermana, quedó viuda y volvió a casarse. Cuando vivía en St. Bride’s Churchyard, se encargó del cuidado y educación del hijo más joven, mozo de nueve años a la sazón y de grandes esperanzas, y ahora recibió al sobrino más pequeño como pupilo. Habiéndose comprometido a dirigir por sí la educación de aquellos dos sobrinos, vemos que luego se encargó de algunos más, hijos de amigos suyos, de quienes sin duda recibía buenos honorarios por sus servicios.

En este punto de la vida de Milton, Johnson da una completa explicación sobre el ningún afecto que le profesaba. «No permitáis, escribe, que veneremos a Milton; prohibidnos ver con cierta plenitud de satisfacción sus grandes promesas y sus pequeños cumplimientos; hombre que se apresura a volver a su país porque sus compatriotas pelean por su libertad, y cuando llega al lugar de la acción, emplea su patriotismo en una casa de pupilos.» Milton nos dice que resolvió dejar en esta ocasión «el éxito de los asuntos públicos, primero a Dios y después a aquellos a quienes el pueblo había encomendado esta empresa.» Pero los escritos de Milton constituyen su biografía; y si Johnson se hubiera tomado la molestia de leer sus obras en prosa con el cuidado que se merecen, habría fijado su atención en el siguiente pasaje, y no hubiera abusado tanto de su humor satírico: «Confiando en la ayuda de Dios, el pueblo inglés rechazaba la esclavitud con la más justa de las guerras; y aunque yo no reclame parte alguna en la alabanza que le es debida, fácilmente puedo defenderme de la imputación (si alguna de esta naturaleza se me ha hecho) tanto de timidez como de indolencia. Porque si no arrostré las penalidades y riesgos de la guerra, fue porque en otra esfera podía con más eficacia, y con no menos peligro para mí, servir de algo a mis compatriotas y mostrar un espíritu que ni se rendía a la adversidad de la fortuna, ni obraba por vil miedo a la calumnia o a la muerte. Desde que en mis primeros años me consagré a los estudios más liberales, y me sentí más robusto de entendimiento que de cuerpo, siendo extraño a las labores del campo, en que cualquier soldado de vigorosa naturaleza me hubiera fácilmente excedido, recurrí a las armas que yo podía manejar con más efecto, y comprendí que obraba cuerdamente al ejercitar así mis mejores y más poderosas facultades en el servicio de mi país y de su honrosa causa.» Cualquiera otra conducta que hubiera seguido Milton, le hubiera expuesto a menos calumnias que las que arrostraba, siendo un motivo de asombro para él y para todos, que después de tantos peligros no rodase su cabeza en un cadalso para castigo de su temeridad.

Milton se mudó juntamente con sus libros, a St. Bride’s Churchyard, en el otoño de 1639, y de aquí a Aldersgate Street en 1640, y publicó su primer folleto contra el Parlamento y la reforma eclesiástica en 1641. Por espacio de once años siguió Carlos I gobernando a Inglaterra sin contar con el Parlamento, y deliberadamente había suspendido las leyes que a sí mismo se impuso con su juramento al coronarse, y con las solemnes promesas que después hizo de mantenerlas. El fin de todo gobierno es proporcionar seguridad a las personas y propiedades, pero allí no había seguridad posible. El rey esquilmaba a sus súbditos cuanto podía, ejercía en todos los ramos del comercio el monopolio que más le agradaba, y detenía, desterraba o encarcelaba a su antojo a los tildados de descontentos, fuésenlo o no realmente. Nadie estaba seguro, si no alegaba el mérito de la sumisión y del silencio, y nadie era dueño de sí, ni aún con semejantes méritos. En los negocios eclesiásticos predominaba el sistema romano sostenido por Laud, y la única aspiración de sus amigos era suprimir toda oposición y libertad de pensamiento, perpetuar la jerarquía más aferrada a los intereses clericales, imponer el rezo inglés no solo a los ingleses sino a los escoceses, y asimilar el ritual anglicano al romano de tal manera, que apenas se advirtiese entre ellos diferencia alguna. Esta era la política que con relación a la Iglesia miraba Laud como la mejor y más conforme al modo de ver de su soberano.

Pero en 1639 se sublevó la Escocia, reprobando y proscribiendo, en uso de sus fueros, este orden de cosas. Llamó el Rey a sus súbditos ingleses para que le ayudasen a sofocar aquella rebelión; mas la respuesta que le dieron fue que para obtener aquella ayuda, era menester anular las leyes que regían, y conceder la libertad que las mismas leyes otorgaban para corregir tantos abusos y fomentar los intereses de la nación. En 1641 Carlos empleó cuantos recursos creyó oportunos, con la esperanza de orillar así aquellas dificultades, pero en vano. Congregó una asamblea de pares en York; disolvió el Parlamento Corto convocado en la primavera de 1640, y se vio obligado a pasar por la reunión de aquel Largo Parlamento tan memorable, en noviembre del mismo año. Pero aunque en Escocia se había desenvainado la espada contra el gobierno del Rey, ningún golpe le amenazaba aún por parte de Inglaterra; y dado que Milton se hubiera resuelto a esgrimir sus armas en esta contienda, el partido que hubiera podido tomar durante los tres años de su regreso de Italia, era el de emigrar a Escocia, y unirse en aquel reino a la bandera de los insurgentes. En Inglaterra, por aquel tiempo, la oposición se reducía al principio a meras discusiones, y uno y otro partido protestaban contra el pensamiento de emplear otros ningunos medios. Baste esto para aquilatar la justicia de las censuras que en el tono de mofa que hemos visto se permitió Johnson.

Estando en estos preliminares, tuvo Milton ocasión de comprender hasta qué punto influían en los realistas sus preocupaciones y yerros, y cuánto importaba ver si se podría encauzar bien a los mismos parlamentarios, ya que se estaba en los principios de la contienda; lo cual hubiera sido hacedero en el Parlamento, si sus paisanos le hubieran enviado a él; pero en aquellas circunstancias el único medio de poder prestar algún servicio al Estado era la prensa, y sus enemigos se hubieran alegrado mucho de verle comprometido en semejante agresión, y echar mano de las groseras armas que la multitud podía manejar tan bien o mejor que él mismo.

La obra que Milton dio a luz en 1641 se titulaba: De la Reforma en Inglaterra, y de las causas que la han frustrado hasta ahora. Escrito a un Amigo. El autor había manifestado en su Lycidas que la condición de la Iglesia anglicana estaba muy distante de satisfacerle; y véanse las elocuentes palabras con que describe el origen y principios de la Reforma en el siglo XVI: «Mas para no recargar más el cuadro de las iniquidades de la Iglesia, de cómo nacieron y de cómo tomaron cuerpo; cuando recuerdo por fin después de tantos siglos de tinieblas, en que la negra sombra del error ha ocultado todas las estrellas del firmamento de la Iglesia, cómo la brillante y bendita Reforma ahuyentó con el divino poder la negra y pesada noche de la ignorancia y tiranía anti-cristiana, me parece que un nuevo e indecible júbilo debe animar el pecho del que lee u oye, y que el suave placer de ojear el Evangelio debe inundar su alma en celestial fragancia. Entonces se difundió la Sagrada Biblia hasta los últimos rincones de que la profana falsedad y menosprecio la habían arrojado; se abrieron las escuelas; la ciencia divina y humana volvieron sus acentos a las lenguas que habían enmudecido; los príncipes y ciudades se agolparon al punto bajo la nueva bandera de salvación, y los mártires, con la irresistible fuerza de su debilidad, quebrantaron el poder de las tinieblas, y triunfaron de la fiera rabia del antiguo dragón.» De este lenguaje deducirá el lector el fervor y animación de estilo con que está escrito el folleto. El impulso que debió nacer de semejante cambio quedó paralizado; y las causas fueron varias, entre ellas la injusta preferencia que se dio a los obispos, cuya afición a pomposas ostentaciones, consecuencia natural de la falsa posición en que se les colocaba, dícese que los convirtió en grandes corruptores, en vez de ser, como su título lo indica, padres espirituales de la Iglesia.

Esta publicación debió ver la luz a principios de 1641. Fue seguida inmediatamente de otra, La Humilde Manifestación en favor del Episcopado, debida a la pluma de Hall, obispo de Norwich, excitado por el arzobispo Laud para tomar parte en esta cuestión. En respuesta al obispo apareció de allí a poco una obra con el título de Smectymnuus, nombre formado por las iniciales de los cinco teólogos puritanos que se encargaron de escribirla. Esta contra-réplica puso en un conflicto al arzobispo Usler. Milton contestó a la Institución apostólica del Episcopado, escrita por su excelencia, con dos tratados, el uno sobre la Prelacía episcopal, y el otro que se decía Razones del gobierno de la Iglesia. El obispo Hall publicó entonces una defensa de su Manifestación, a la cual tardaron poco en seguirse las Advertencias de Milton. Todos estos escritos aparecieron antes de expirar el año 1641.

Profunda fue sin duda la impresión que produjeron los folletos de Milton. En 1642 se dio a luz un volumen titulado: Modesta Refutación contra un Libelo calumnioso y grosero, el cual se consideró generalmente como debido a la pluma del hijo del obispo Hall. A los infundados ataques que dirigía esta obra contra el carácter privado de Milton, contestó él victoriosamente en su Apología del Smectymnuus.

El éxito de las apasionadas controversias sobre este asunto se vio primero en la expulsión de los obispos de la Cámara de los Lores, y finalmente en la supresión de aquella clase; mas el demostrar hasta qué punto contribuyeron los escritos de Milton a este resultado, haría preciso detenerse en su análisis, y las condiciones de esta breve memoria nos impiden entrar en cuestiones semejantes.

Pasados los borrascosos años de 1641 y 1642, hallamos a Milton en sosegada compañía con sus pupilos, o meditando sobre el gran poema que tenía pensado, y de que había anticipadamente hablado con pomposos anuncios en su Apología del Smectymnuus. Recordando los esfuerzos que le costó exponer sus opiniones sobre la educación, naturalmente tenemos curiosidad de ver cómo las pondría en práctica; mas por desgracia los hechos están muy lejos de corresponder a las esperanzas. Debemos suponer que bajo la dirección del autor del Comus y del Allegro y el Penseroso, sus pupilos estarían familiarizados con los más acabados y brillantes modelos que podía ofrecer una biblioteca clásica. No sucede nada de esto. Los libros que debiéramos hallar en primer término, tales como Virgilio, Horacio y Ovidio, ceden el puesto a Lucrecio, Manlio y otros prosistas de los inferiores y menos inteligibles en materia de lenguaje. No se hable de Tácito, de Livio ni de Cicerón. En el curso de autores griegos, no se tropieza con un solo trágico, orador ni aún historiador, a excepción de algunos fragmentos de Jenofonte. La idea de Milton parecía ser que con adquirir el conocimiento de la lengua, la comprensión de sus bellezas vendría por sí. Debemos añadir que los discípulos de este único establecimiento tenían que aprender hebreo y leerlo, comparándolo con el caldeo y el siriaco. No se olvidaban las lenguas modernas; y los domingos, Milton acompañaba la lectura del Nuevo Testamento en griego con oportunas explicaciones, con ciertas teorías de lectura y con algunas ideas respecto a la divinidad.

Johnson pregunta satíricamente, qué grandes hombres produjo aquella «admirable academia.» Un preceptor de enseñanza hubiera debido saber que el que lo es, ha de aspirar a desenvolver la capacidad, y que donde no hay germen alguno de esta capacidad de comprensión, en vano es dirigirse a ella. No dudamos que Milton enseñaría muchas cosas que se pueden aprender en cualquier libro impreso. Un autor que debía pasar por bien informado, dice que puso a sus sobrinos en disposición de interpretar los autores latinos a primera vista en el espacio de doce meses, y que así como era severo bajo un aspecto, bajo otro se mostraba franco y familiar en su conversación con aquellos de cuya educación estaba encargado. Su sobrino Philips añade que si sus pupilos hubieran recibido sus lecciones «con la penetración y profundidad, el ingenio, actividad y sed de saber de que estaba dotado el maestro, hubieran sido unos prodigios de talento y ciencia.» Por este último sabemos además que Milton tenía en este tiempo amigos personales que se contaban entre «los pisaverdes de aquella época,» y que de cuando en cuando se daba a bromear con ellos, haciendo fiesta lo mismo para sus pupilos que para él.

En algunos de estos «alegres días,» como ellos los llamaban, y en otros de alguna más sobriedad, suponemos que Milton hacía lo que hacemos todos, convencido a veces de que un hombre no es bien que esté siempre solo; pero la vida propiamente de calavera, ni en aquella ocasión era compatible con el vivo interés que le inspiraban los asuntos públicos, ni con los propósitos que abrigaba de llegar a ser útil y servir exclusivamente a su país. En aquellos días residía en Forest Hill, unas cuatro millas de Oxford, una familia llamada Powell. Era numerosa, y el cabeza de ella, Ricardo Powell, un magistrado que vivía con el desahogo de persona muy bien acomodada. Antes de que el padre del poeta abandonase a Bread Street, habían existido relaciones y negocios de intereses de alguna cuantía entre él y Powell, y en estos asuntos pecuniarios tuvo Milton alguna intervención directa y legal. Al trasladarse los Milton a Horton, debemos suponer que ambas familias, a causa de la mayor proximidad, se tratarían con más frecuencia; mas sea de esto lo que fuere, sabemos por el sobrino del poeta, entonces en su compañía, que por la pascua de Pentecostés de 1643, «emprendió un viaje por el país, cuyo objeto, o no se sabía, o era con alguno más que un mero pasatiempo. Ello fue que al cabo de un mes, el que salió soltero volvió casado con María, la hija mayor de Ricardo Powell, que entonces era juez de paz en Forest Hill, cerca de Shotover, en Oxfordshire.» Milton tenía que reclamar un dinero de su cuñado al tiempo de su casamiento, y que recibir, creemos que con el importe de su deuda, 1000 libras por vía de dote; pero ni este ni aquella llegó a cobrar jamás, por razones que indicaremos luego.

Entonces se mudó a su nueva casa de Barbican, a la cual llevó a su mujer, acompañándola algunos de sus parientes para pasar las fiestas de la boda, que duraron algunos días, y a que concurrieron también varios amigos de la novia. María Powell es de creer que fuese una joven de bella figura y agradable trato, pero ignoramos si tendría del mismo modo otras buenas cualidades. A las pocas semanas de su llegada a Londres, se recibió una carta invitando a mistress Milton a regresar por breve tiempo a su país; ella se mostró dispuesta a aceptar la invitación, y probablemente la provocaría. Su esposo no puso dificultad en complacerla, pero exigió que no difiriese su regreso más allá del día de San Miguel. San Miguel llegó y la perezosa señora no parecía; Milton escribió una y otra vez, y ninguna de sus cartas mereció respuesta; despachó un propio con este objeto, y parece que se le despidió sin hacerle caso. Nuestro poeta era un hombre profundamente virtuoso: llegó a lisonjearse con la esperanza de que casado sería feliz; pero esta esperanza tardó poco en desvanecerse.

¿A quién debe atribuirse la culpa de semejante desengaño? Los hombres dados a la vida pública pueden ser maridos cariñosos, mas por necesidad tienen que renunciar a la insistencia no interrumpida de su cariño. Las mujeres que se casan con semejantes hombres, deben no solo desear que sus maridos sean personas de suposición, sino apechugar con los inconvenientes que esto trae; y hay pocas mujeres que transijan así consigo mismas. Atendiendo a la vida puramente intelectual a que estaba entregado Milton, a su ardiente temperamento y a la energía de voluntad que le caracterizaban, preciso es confesar que las probabilidades de que hiciese un matrimonio feliz, no eran muy grandes. En favor de María Powell puede alegarse que su familia era de realistas; que en su casa, generalmente bulliciosa, probablemente reinaría mas animación de la acostumbrada por la presencia de los caballeros que en aquel tiempo moraban cerca del Rey en Oxford; y que la transición de la vida doméstica en casa de su padre, a la que tenía con Milton en Barbican, no era para halagarla mucho; pero por otra parte debe considerarse que los principios de Milton y la vehemencia con que los profesaba, eran tan conocidos, que no podían ignorarse en Forest Hill, siendo un error creer que su casa había de ofrecer escenas divertidas, y no ocupaciones formales y severas. En la época de este matrimonio, la fortuna de los Parlamentarios andaba un tanto decaída; para muchos, y especialmente para los partidarios del Rey en Oxford, era más que probable que la balanza se inclinase en favor de los realistas, tanto que el sobrino de Milton, Philips, supone que esta consideración bastó para que la familia tratase de cortar unas relaciones que, según el rumbo que tomaban las cosas, podían llegar a serle perjudiciales. Si esto era realmente la causa que los movía, no necesitamos decir más para encarecer su egoísmo, injusticia y crueldad.

No puede, sin embargo, negarse, a nuestro modo de ver, que tanto Juan Milton como María Powell se equivocaron. El desvío de María Powell a su nuevo estado, parece que consistió no tanto en su amor a las diversiones, dado que su carácter era más flemático que animado, sino en su incapacidad para hacerse agradable a un hombre de talento. Podrá decirse que Milton hubiera debido considerar este defecto de antemano, y abstenerse de contraer tal compromiso, y en este punto la verdad es que no dejó de equivocarse. La familia, con todo, trató de persuadirle de que semejantes genialidades eran naturales en una joven, mayormente tan a los principios, y que poco a poco iría renunciando a ellas. Pero cualesquiera que fuesen los defectos que Milton hallase en su mujer, estaba resuelto a sufrir las consecuencias del paso que había dado. Él no se separó de su esposa: ella fue la que le abandonó, añadiendo al abandono el insulto, no solo por su parte, sino por la de sus amigos.

Debemos recordar que Milton vivió lo bastante para casarse con tres mujeres. Con la segunda fue completamente feliz; el bello soneto que dedicó a su memoria, confirma sin duda esta aserción. Con su tercera esposa pasó los diez últimos años de su vida en la más estrecha unión, y de esto no tendremos la menor duda al ver el magnánimo proceder con que se condujo respecto a María Powell y a sus inconsiderados parientes. A medida que se acercaba a su edad media, fue haciéndose hombre más activo y de más firme resolución, y en sus últimos años abrigó ideas desfavorables a la constancia y bondad de las mujeres. Pero por más arraigada que estuviera en él la opinión de la superioridad que el sexo más fuerte debe ejercer sobre el más débil, el encanto que para él tenía la naturaleza de la mujer, y el homenaje que el hombre debe estar dispuesto a rendirla, se ve cuando pinta a Eva, a la Señora del Comus, y en otros varios de sus escritos. Profesaba evidentemente la opinión de Sheridan, que las mujeres son mucho peores y mucho mejores que los hombres.

Solo ya, y peor que si hubiera estado solo, Milton empezó a idear medios para salir de tan difícil estado. La cuestión se reducía a saber si el matrimonio es un lazo indisoluble, excepto en los casos limitados por las leyes existentes, y la conclusión que dedujo después de mucho estudio y reflexiones, fue que el divorcio podía apoyarse en otros fundamentos que los que a la sazón se tenían por tales. En 1644, al año siguiente de su matrimonio, dirigió al Parlamento un escrito titulado Doctrina y disciplina del divorcio. Halló que la opinión que había concebido sobre esta materia, estaba autorizada por Martin Bucer en una petición dirigida a Eduardo VI, y se contentó con reimprimir el juicio de este reformista, añadiendo un prefacio y una conclusión. Por este tiempo habían cobrado mucho ascendiente los Presbiterianos, y levantaron grandes clamores contra tan nueva doctrina. Intentaron que como desmoralizador de la sociedad, fuese citado Juan Milton a la barra en la Cámara de los lores; pero sus señorías no tomaron la cosa tan a pechos, y el acusado fue honrosamente despedido. En 1645 publicó Milton otro tratado sobre el mismo asunto, titulado Tetrachorden, que era una exposición de los cuatro pasajes principales de la Escritura relativos al particular. Otra publicación se dio a luz en el mismo sentido con el título de Colasterion. Hubo algún escritor anónimo que intentó refutar la Doctrina y disciplina del divorcio, y la última producción de Milton en punto a esta controversia, consistía en una réplica a aquella refutación. Nunca se retractó de las opiniones que había manifestado, y los que las aceptaron fueron por algunos llamados Miltonistas. Lo fundamental de su doctrina era «que por la ley de Moisés, además del adulterio, existían otras razones de divorcio, que debían tener presentes los magistrados cristianos como providencias de justicia, y que no debían contrariarse las palabras de Jesucristo; finalmente, que el prohibir absolutamente toda especie de divorcio, excepto en los casos previstos por Moisés, era contra la razón de la ley. La principal proposición era esta: que siendo la indisposición, la ineptitud o la contrariedad de ánimo producidas por causas inmutables por su naturaleza, un impedimento, que pueden serlo perpetuo para los beneficios más esenciales de la sociedad conyugal, cuales son la tranquilidad y la paz, establecen razón más poderosa de divorcio que el adulterio, con tal que los cónyuges se separen de mutuo consentimiento.»

Pero no fueron estas las únicas publicaciones que salieron de la pluma de Milton durante los dos años en que le vemos separado de su mujer. En 1644, a ruegos de su amigo Hartlib, dio a luz su Tratado sobre educación, que generalmente se ha considerado como una utopía sobre este asunto, porque exige una multitud de conocimientos y de ilustración en la juventud, que solo pueden adquirirse a fuerza de años y de experiencia. Rara vez acontece que los hombres de genio sean buenos preceptores: adquieren fácilmente sus conocimientos, las más veces por intuición, y dan en la pretensión de medir la capacidad de los demás por la suya propia. La lentitud y pasos graduales en que realmente consiste la educación, se reservan a los hombres de más paciencia y por decirlo así, de inferiores facultades. El genio es impetuoso; la rutina igual, lo mismo mañana que hoy, y sabe bien hasta dónde se puede ir y dónde conviene detenerse.

Pero el año en que se publicó el Tratado sobre educación, fue notable por la aparición de una obra de extraordinario mérito, la Areopagítica o Discurso por la libertad de la imprenta, sin restricciones. Dirigió Milton este escrito al Parlamento, que por cierto es de los en prosa el más elocuente, y el que consigna más verdades de perpetua aplicación y máximas más dignas. Los hombres, dice Milton, son virtuosos cuando rechazan el mal por voluntad propia, no cuando se apartan de él por necesidad. «Para mí, añade, no es digna de alabarse la virtud fugitiva y enclaustrada, jamás combatida ni en peligro, que no provoca ni acomete a su adversario, sino que se fortalece en aquellos que conquistan la corona inmortal con mil afanes y fatigas.»

El Parlamento había promulgado una orden para regularizar la imprenta, en que se decía: «Ningún libro, folleto, ni papel, se imprimirá en lo sucesivo, que primero no obtenga la aprobación y licencia de los designados a este fin, o por lo menos de alguno de ellos.» Milton acudió al Parlamento para que examinase de nuevo esta orden, y para recordarle que el someter a un autor a la ignorancia o capricho de los censores, era invención de tiempos modernos, recomendándole también que no diese en la ilusión de suponer que semejante ley bastaría para desterrar de la imprenta los malos libros, pues por el contrario sostenía que sus efectos podían ser «ante todo desalentar a los hombres doctos y ahuyentar la verdad, no solo haciendo inútiles todos nuestros conocimientos, sino imposibilitando cuantos descubrimientos pudieran hacerse en lo sucesivo tanto en lo civil como en lo religioso.» El principio, añade, de poner freno a la imprenta, so pretexto de que no debe difundirse el error, no bastaba para acabar con la controversia, dado que ningún hombre puede refutar un error sin publicar este mismo error para refutarlo. Que no debe castigarse a los malos porque se suponga que son capaces de cometer maldades, sino que debe esperarse a que estas se cometan, y que lo mismo acontecía con los libros. Al discurrir así, Milton deseaba que la licencia absoluta de la imprenta fuese un indicio seguro de libertad, mientras las leyes concernientes a la traición, a la sedición, a la difamación y a la blasfemia no estuviesen más en consonancia con aquel artículo. La licencia para imprimir tal como se concedía, era un fútil privilegio, si el gobierno se reservaba el poder de castigar aquellas faltas como le pluguiese. Al defender Milton que la libertad absoluta de imprenta debía hacerse efectiva, debiera haber llevado su reforma a todos aquellos vicios que pudieran llamarse colaterales; pero estaba aún muy distante el siglo XIX para que se realizase aquella ilusión en nuestra historia.

Milton, sin embargo, tenía muchos amigos, que sabedores de sus ideas en esta vital cuestión, le instaban para que las publicase, y muchos contestaban a sus exageraciones luego que lo ponía por obra. La influencia de aquel germen así defendido en el espíritu de la legislación, si no era del todo decisiva, no dejaba de ser considerable. La acción de los censores durante el Parlamento Largo, quedaba entorpecida y limitada por tan ilustradas opiniones; un funcionario hubo que renunció tan odioso cargo, y en tiempo de Cromwell quedó abolido. Milton defendía y exponía de la siguiente manera sus argumentos y amonestaciones: «Yo no he de ocultar ni a mis amigos ni a mis enemigos lo que por todas partes se dice, que si volvemos a las represiones inquisitoriales y a las licencias, y tenemos miedo de nosotros mismos, y sospechamos de los demás hasta el punto de asustarnos con cada libro, y temblamos ante cualquier papel antes de que sepamos su contenido; si algunos de los que casi se conservan mudos, nos prohíben leerlo todo, excepto lo que a ellos les agrade, no es fácil adivinar que intentan más una segunda tiranía para la ciencia; y en breve quedará fuera de toda duda que los obispos y los clérigos, en el nombre y en los hechos son lo mismo para nosotros.» Pero el poeta se entusiasma con su teoría como con una visión profética. Londres era para él un gran arsenal espiritual, en que se estaban forjando armas de todas especies para llegar a aquel gran resultado. «Me figuro en mi ignorancia una nación noble y poderosa, que sacude el sueño como un hombre vigoroso y rompe sus apretadas ligaduras; se me representa como un águila que ensaya su poderosa juventud, y fija sin deslumbrarse sus ojos en el ardiente sol del mediodía, avivando y purificándose su vista largo tiempo ofuscada en la fuente misma del esplendor celeste; mientras el clamoreo de las aves tímidas y agrupadas, así como de las que apetecen el crepúsculo, revoloteando alrededor y no comprendiendo aquella novedad, predice con sus envidiosos gritos un año de disturbios y divisiones.» Nuestros lectores interpretarán este discurso, y a fuerza de leerlo y analizarlo, adquirirán una impresión exacta del sublime y profético espíritu que en él domina.

En 1645 publicó Milton una colección de sus poemas, incluyendo todos los sonetos que había escrito en el mismo año. Los nuevos sonetos se referían a los clamores que se habían levantado a consecuencia de las publicaciones del autor sobre la cuestión del divorcio, así como los que llevan el nombre de Lorenzo, Ciriaco Skinner y Enrique Lawes, y los de Lady Margarita Ley y Una joven virtuosa. En el prólogo de este tomo, Moseley, el editor, dice: «los poemas de Spencer, en estos ingleses, están imitados de tal manera, que los aventajan en dulzura.»

La joven en cuya alabanza está escrito uno de los nuevos sonetos, suponen que se llamaba miss Davis, a quien Milton, hallándose viudo, empezó a dirigirse con ánimo de hacer de ella una segunda esposa. Esta joven, que se pinta como muy bella y de una familia respetable, parece que dudó antes de contraer semejante vínculo, el cual aunque agradable para ella en más de un sentido, no podía menos de exponerla a murmuraciones y desdenes sociales. Al propio tiempo se verificó un cambio repentino en las circunstancias de Milton, de tal naturaleza, que no dejaba lugar a duda alguna: por el verano de 1645 obtuvieron los Parlamentarios la victoria decisiva de Naseby; la causa realista quedó vencida desde aquel día, y entonces vieron los Powells que la alianza con Milton, no solo era una cosa segura, sino ventajosa. El corazón de María Powell, que es de presumir anduviese en vacilaciones, con el rumor de que su marido solicitaba la mano de otra, no debió quedar muy satisfecho de los nuevos acontecimientos.

En este estado se hallaban las cosas, cuando Milton devolvió una visita a cierto amigo llamado Blackborough, en St. Martin’s-le-Grand. No era Blackborough el único de los amigos de Milton que deseaban dejase a la mujer con quien se había reconciliado, y esta visita dio ocasión para averiguar si podría tener lugar. Mistress Milton tenía su habitación en lo interior de la casa; se presentó repentinamente, se arrojó a los pies de su esposo y le rogó con lágrimas y evocando pasados recuerdos, que no la diese al olvido. Dícese que Milton vaciló al principio, pero cedió por fin; y al declarar que se olvidaba de lo pasado, podemos estar ciertos de que así sucedería: nadie por lo menos duda de que la reconciliación de Adán y Eva por el poeta, fue una viva reminiscencia de los sentimientos que le sugirió esta escena.

Al año siguiente Mr. R. Powell, de Forest Hill, estaba «de guarnición en la ciudad de Oxford, cuando ocurrió su rendición.» En el archivo de los Papeles de Estado hay un documento firmado por el general Fairfax, de 27 de junio de 1646, en que concede a Powell libre salida con sus criados, caballos, armas, efectos y todo lo necesario para dirigirse a Londres o a otro cualquier punto, según lo creyese indispensable. Powell se encaminó con toda su familia a la capital, donde su cuñado, a quien tan bajamente habían insultado y desacreditado, los recibió en su casa y los hospedó en ella por espacio de algunos meses. Pocas semanas después de su llegada, nació el primer hijo de Milton.

El último poema latino de nuestro autor, fue escrito a principios de 1647. Era la Oda a Juan Rouse, el conservador de la Biblioteca Bodleiana. A principios de 1646, murió en su casa el padre de su esposa, y doce meses después falleció también su propio padre, que durante algunos años permaneció tranquilamente en su compañía. Viéndose sucesivamente libre de los individuos que formaban la familia de su mujer, y con la muerte de su padre en mayor independencia de acción, Milton se mudó a poco, en 1647, desde su espaciosa casa de Barbican a otra más pequeña en Holborn. Esta casa de Holborn, dícese que tenía accesorias a Lincoln’s Inn Fields, sitio que en aquel tiempo correspondía a su nombre más que al presente. En la casa de Holborn nació la segunda hija de Milton, María.

En 1648 añadió nueve Salmos a los que ya había traducido. Aquel año fue poco favorable a la tranquilidad de estudio de los ingleses que estaban identificados con los negocios públicos. El partido del Rey quedó derrotado en todas partes. Carlos fue hecho prisionero, primero por los escoceses, después por los presbiterianos ingleses y últimamente por los independientes. Los independientes, y Cromwell en especial, no solo estaban dispuestos a respetar la vida del Rey, sino que, a ser posible, deseaban entrar con él en algún acomodamiento; pero las dilaciones, intrigas y engaños de su Majestad, además de frustrar todo proyecto de aquella especie, indignaron a los hombres que hubieran podido servirle, y convencieron al ejército de que su vida no sería nunca más que un tejido de conspiraciones contra la vida de las personas que se atrevieran a oponerse a su voluntad. ¿Cuáles eran las ideas de Milton respecto a los acontecimientos que podían producir semejante resultado? ¿Dónde se hallaba cuando Carlos compareció ante el Supremo Tribunal de Justicia, y dónde cuando su cabeza, sin corona ya, rodó sobre el cadalso? No lo sabemos; lo que sabemos es que en su opinión, como en la de sus compatriotas en lo general, la guerra empeñada no se había suscitado contra la monarquía. El objeto de la lucha había sido establecer la monarquía sobre una base constitucional compatible con la libertad; fracasado este intento, la alternativa era una república; y cuando esta sobrevino se oía decir a todos: «nosotros no hemos traído esto; ello ha venido por sí; y convencidos como estamos de que hay una voluntad superior a todo nuestro poder, nos conformamos con ella, y en caso necesario demostraremos tener razón suficiente para hacerlo así.» Milton era uno de los que explicaban en estos términos su conducta.

Muerto el Rey, los Presbiterianos prorrumpieron en grandes gritos y fulminaron las más amargas invectivas contra los Independientes, como perpetradores responsables de aquella muerte. Milton que hubiera perdonado esta inculpación a los antiguos realistas o la gente ignorante del pueblo, no podía tolerarla procediendo de aquel partido, y por eso pocas semanas después de la muerte del Rey, publicó su folleto titulado: Procedimiento de los Reyes y los Magistrados, cuyo objeto, según parece, era en cuanto se relacionaba con el castigo impuesto al Rey, «más bien reconciliar los ánimos con aquel hecho, que discutir la legitimidad de la sentencia que se había pronunciado.» El argumento sin embargo, va más allá de lo que indican estas palabras, pues la proposición se encaminaba a probar «que es legal y en todos tiempos se había sostenido que, quien quiera que estuviese en el poder, podía residenciar a un tirano o a un rey perverso, y una vez adquirido el convencimiento de que lo era, deponerle y condenarle a muerte, si los magistrados ordinarios no se resolvían o se negaban a hacerlo.» Después quedó demostrado que los Presbiterianos, tan censurados a la sazón por haber depuesto al Rey, fueron los que no solo le depusieron en el Senado, sino que en el campo alzaron contra él la cuchilla del verdugo. La evidencia de los hechos y la irrebatible lógica de esta publicación, hirieron profundamente a los Presbiterianos, los cuales habían ya denunciado a Milton, y esta vez con mas energía que nunca; pero el objeto del escritor fue no tanto granjearse la voluntad de aquel partido, como reducirle a silencio exponiendo sus debilidades y su falta de sinceridad.

El trabajo de Milton que en el orden de tiempo sigue a este, fueron sus Observaciones sobre los artículos de la paz con los irlandeses rebeldes. Estos artículos redactados por Ormond, el Lord lugarteniente, a nombre del Rey, demostraban que Carlos, faltando a sus más solemnes compromisos, se preparaba a llevar adelante sus intentos con ayuda de los católicos irlandeses, y a favor de cualquiera otra circunstancia de que pudiera aprovecharse. Las firmas que acompañaban a este pacto se habían puesto trece días antes de que el desdichado Rey fuese públicamente ejecutado. «Tal es, dice Milton, los frutos de mis estudios privados, que ofrecí gratuitamente a la Iglesia y al Estado, y por los que recibí por única recompensa la impunidad, aunque estos actos me procuraron la tranquilidad de conciencia y la aprobación de los buenos, poniendo en práctica la libertad de discusión de que yo era tan partidario. Sin trabajo ni merecimiento alguno lograron otros honores y utilidades; pero nadie me vio solicitar cosa alguna para mí mismo ni por medio de mis amigos; ni se me halló jamás en actitud suplicante a las puertas del Senado, ni haciendo la corte a los magnates. Yo acostumbraba a estar retraído en mi casa, donde mis bienes propios, parte de los cuales habían sido secuestrados durante las revueltas civiles, y parte absorbidos por las opresoras contribuciones que había satisfecho, me proporcionaban escasa subsistencia. Cuando me veía libre de estas atenciones, y pensaba que pronto gozaría de un intervalo de paz no interrumpida, volvía mi pensamiento a una historia de mi país que abrazase desde los tiempos primitivos hasta el presente.»

Esta historia inglesa era un asunto muy favorito de Milton, pero no llevó su narración más allá de la conquista. Como historia no tiene mucha importancia; pero como obra en que Milton revela sus pensamientos y su gran inventiva aplicada a una serie dada de sucesos, a pesar de estar formada de fragmentos, no deja de ser interesante. Las comparaciones que hace entre lo pasado y lo presente, aunque entonces parecían inoportunas, son ahora instructivas para nosotros.

Mas había de llegar día en que el hombre que nunca había solicitado nada para sí, fuese elevado a una honrosa posición por la desinteresada munificencia del Estado. El gobierno invitó a Milton a aceptar la plaza de secretario de Lenguas extranjeras. Su último opúsculo había hecho un servicio al país, y su competencia y aptitud para el destino vacante, eran superiores a las de todos los demás a quienes hubiera podido concederse. Era presidente del consejo el gran jurisconsulto Bradshaw, y ya hemos visto que el mismo apellido tenía la madre del poeta; así que Milton aceptó el destino el 13 de marzo de 1649, y dos días después tomó formalmente posesión de él; pero en sus manos de seguro no sería una sine cura.

A juicio de muchos, fue un gran crimen la ejecución del Rey, y teniendo en cuenta sus efectos, fue en verdad un grandísimo error. Por lo demás, era un aviso a las testas coronadas para que no abusasen de su poder, y cualquiera otro recurso que se hubiera empleado, habría ofrecido extraordinarias dificultades. Pero con aquello se había herido profundamente el sentimiento de la nación, y en mucho tiempo no podía ponerse remedio al mal. En este estado la nueva república recibió un gran golpe con la publicación del Eikon Basilike, libro de devoción que se forjó para presentar al último rey como hombre singularmente devoto y santo en todos los actos de su vida privada. A pesar de la dificultad de comunicaciones que había entonces, el libro se propagó por todo el país, agotándose con sorprendente rapidez una edición tras otra. En contestación al Eikon Basilike (La Imagen real), Milton dio a luz uno de sus más doctos escritos, con el título de los Iconoclastas (Los destructores de Imágenes). El objeto de esta publicación era pintar la situación del Parlamento, en oposición al Rey, y demostrar la falsedad de las pretensiones que en favor del segundo se alegaban. Era otra gran Demostración, y no podía menos de ser favorable a la república.

Pero la conducta del Parlamento y el ejército para con el Rey no pareció tan ofensiva en el extranjero como interiormente. A fines del mismo año, Claudio Saumaise, más conocido por Salmasio, publicó su Defensio regia pro Carolo Primo ad Carolum Secundum. El autor de esta obra era un erudito de los más distinguidos, que había logrado gran celebridad, el cual, a vuelta de sus argumentos, defendía resuelta y enfáticamente el derecho divino de los reyes, y apuraba todo su saber para probar que los soberanos ninguna responsabilidad contraen con sus súbditos, sino únicamente con Dios. Semejantes ideas, poco daño podían hacer en Inglaterra, pero realzadas con los abusos que en la república se cometían, fácilmente podían extraviar a los extranjeros.

Tal impresión, sin embargo, produjo aquel escrito, que en enero de 1650 expidió el Consejo una orden para que «Mr. Milton preparase una refutación al libro de Salmasio.» Hecha en efecto esta, se mandó imprimirla, y se acordó dar gracias al autor; y como la obra de Salmasio estaba en latin, en latin también apareció la respuesta, llevando el título de Defensio pro Populo Anglicano.

Gravemente equivocado estaba Salmasio respecto a lo que acontecía en Inglaterra, y por la ligereza y menosprecio con que trataba a las personas que tenía por adversarios, incurrió en mil indiscreciones que hicieron poco favor al concepto de sabio en que se le tenía. Evidentemente nada estaba más lejos de su imaginación, que le saliese al encuentro un antagonista como Milton, rival muy sagaz para descubrir hasta el menor descuido, y una vez descubierto, nada escrupuloso en manifestarlo. Aquel espíritu servil, y la arrogancia e insolencia del tono que se empleaba, eran de tal naturaleza, que Milton no sabía cómo dirigirse a él en términos que pareciesen dignos. Téngase presente que todo el secreto de la oposición consistía en el sarcasmo, el ridículo, y los epítetos más ignominiosos que un inglés podía hallar contra su adversario; la agilidad y el vigor de la lucha traían a la memoria el arte y la impetuosa resolución de un jefe de los antiguos atletas, que se ponía a dirigir la lucha; a cada golpe que se asesta, se convence uno de que el enemigo que está delante no merece piedad alguna, y sin piedad se le tratará. Pero no le cegaba tanto la pasión, que le privase de la lógica, ni le impidiera valerse de las armas que le daba su ciencia.

La defensa de los derechos de la humanidad contra todo género de opresión es siempre justa, y a veces se eleva a una sublimidad que le subyuga a uno con su fuerza y magnificencia. Era natural que una lucha entre dos gigantes como aquellos, llamase la atención de los sabios y de los hombres ilustrados de Europa, porque era espectáculo raro el de aquellos dos combatientes, puesto uno enfrente de otro. Algunos dicen que Milton acabó con su adversario, el cual no volvió a mostrarse lo que antes era, y murió al siguiente año. Otros niegan que fuese así; lo cierto es que semejante acometida no podía menos de ocasionar una gran lesión[4]. Desde entonces variaron mucho los sentimientos del continente, hostiles al Parlamento inglés. La fama de Milton no conoció superior sino en la de Cromwell, y el talento de uno y el poder de otro se creía que eran los que habían elevado a Inglaterra a su nueva posición.

Cuando Milton recibió la orden del Consejo para escribir esta obra, su vista, que hacía diez años iba gradualmente debilitándose, en los dos últimos se aminoró de una manera alarmante. Los médicos a quienes consultó, le previnieron que si se determinaba a emprender aquel trabajo, empeoraría su enfermedad hasta el punto de quedar ciego; a lo cual respondió con la más tranquila resolución: «¡Pues aunque ciegue!» Y cegó, en efecto, como le habían pronosticado; pero en los postreros instantes de su vida era un consuelo para él recordar la causa de aquellas tinieblas que se habían interpuesto entre sus ojos y el mundo visible; diciendo en unos versos: «Ciriaco, en pocos días, estos ojos, antes claros, privados de la luz, han perdido su vista. Me preguntas qué me consuela de tan gran quebranto: la conciencia, amigo mío, de haber perdido mis ojos en el nobilísimo empeño de defender la libertad.»

Ocho años pasaron, y nada más volvió a oírse de la polémica con Salmasio; mas no era creíble que la Defensa del pueblo de Inglaterra, tan celebrada de un extremo a otro de Europa, quedase sin respuesta alguna. Varias se dieron, y no excitaron interés; una que se publicó anónima, la atribuyó Milton al obispo Bramhall; sin embargo, su autor fue un clérigo desconocido llamado Rowland; contra la cual escribió Juan Philips, sobrino de Milton, una réplica que revisó el mismo poeta antes de publicarse.

Hemos visto que en 1649 se mudó Milton de Barbican a Holborn. Al hacerse cargo de su secretaría, pasó a ocupar la habitación que le estaba destinada en Whitehall, mas no sabemos por qué motivo, se le mandó desalojarla algún tiempo después; y en junio de 1651, tomó una linda casa en Petty France, en Westminster, contigua al palacio de lord Scudamore, que daba a St. James Park. Aquí siguió viviendo ocho años, hasta que vino la Restauración.

Como la pérdida de la vista le sobrevino poco a poco, no es fácil determinar con exactitud la época fija en que quedó totalmente ciego. Uno de sus adversarios le supone ya en este estado en 1652. No basta esto para asegurarlo; pero en la réplica que Milton le dirigió, dice lo bastante para dar por acaecida aquella desgracia en el mencionado año.

En una carta escrita a un amigo en setiembre de 1654, cuenta que por espacio de diez años había ido su vista «debilitándose y enturbiándose,» y añade cómo fue perdiéndola, hasta que la luz «se trocó en una oscuridad completa, como la que queda al apagarse una vela.» «Cuando por la mañana, dice, me ponía a leer, según mi costumbre, padecía mucho de los ojos, que me molestaban terriblemente, hasta que con el ejercicio corporal adquirían alguna fuerza. Si miraba a una luz encendida, la veía cercada de un disco luminoso. Una pequeña sombra que me cubría la parte izquierda del ojo izquierdo también, el cual comenzó a resentírseme algunos años antes que el otro, me impedía ver todo lo que había en aquella dirección. Hasta los objetos que tenía enfrente parecían oscurecerse cuando cerraba el ojo derecho, y este fue también durante tres años acabándose lentamente, y pocos meses antes de perder la vista del todo, no sentí novedad alguna; ahora siento como unos densos vapores en la frente y las sienes, que me oprimen y pesan sobre los párpados, sobre todo después de comer, a la caída de la tarde. Ni debo omitir tampoco que antes de quedar totalmente privado de la vista, cuando estaba en la cama y me volvía de uno y otro lado, al cerrar los ojos, me salían de ellos ráfagas lucientes; más adelante, cuando poco a poco fui dejando de distinguir los objetos, parecía que los colores, proporcionalmente turbios y oscuros, saltaban con cierto ímpetu y con una especie de zumbido interior.» Pero después de 1652, estas postreras llamaradas de la luz que se le apagaba, no volvieron a aparecer más.

La única obra en respuesta a su Defensa del pueblo de Inglaterra, sobre la que Milton decidió al fin no guardar silencio, fue una publicación titulada Regii sanguinis clamor ad Cœlum adversus Parricidas Anglicanos (Grito que la sangre real levanta al cielo contra los parricidas ingleses). El autor de esta obra era un tal Pedro Du Moulin, residente en Inglaterra, pero francés de nacimiento. Por él mismo sabemos que el manuscrito fue enviado a Salmasio, y que este encargó la impresión a uno llamado Moore, en latin «Morus,» escocés, que era el director del colegio protestante de Castres, en Languedoc. El libro no lleva más nombre que el del impresor, pero la dedicatoria a Carlos II está firmada por Moro. Milton llegó a entender que Moro había tenido alguna parte en esta obra, y contra él esgrimió la pluma, considerándole su autor; y como el escrito en cuestión estaba lleno de las más duras apreciaciones sobre su carácter privado, Milton aprovechó la ocasión para justificarse de semejantes diatribas, y al propio tiempo para decir al mundo cuál era su juicio respecto al carácter de los hombres que más participación tenían en el origen y conservación de la república inglesa. La importancia biográfica de esta segunda Defensa es muy grande; de modo que en este concepto tenemos mucho que agradecer a la cándida malignidad de los enemigos de nuestro autor. Moro intentó replicar; Milton contestó; a la contra-réplica añadió un suplemento; pero la controversia estaba ya agotada.

En 1653 quedó Milton viudo. Dícese que su esposa murió en su último destierro. Durante los últimos años, cuando estaba engolfado en cuestiones de tanto interés público y atrayéndose la atención de Europa, hay motivos para creer que su situación doméstica no era muy envidiable. Su esposa le había dejado ciego y con tres hijas, la más pequeña de dos años, y la mayor de ocho. Él mismo nos dice que a pesar de los servicios que había hecho a la República, había estado muy lejos de enriquecerse. Sus rentas consistían en el sueldo de secretario, que no llegaba a trescientas libras al año, y en sus recursos propios. En 1655 cuando, ciego ya, tuvo que echar mano de un auxiliar para su cargo, se le dejó reducido el sueldo a ciento cincuenta libras anuales, que se le asignaron como vitalicio. Poco después se nombró a su buen amigo Andrés Marvell como sustituto en su empleo oficial, nombramiento que parece haberse hecho a indicación suya.

Tales eran sus circunstancias personales cuando contrajo segundo matrimonio, y la persona con quien se enlazó fue miss Woodcock, hija del capitán Woodcock, de Hackney. Cómo se condujeron los negocios domésticos de Milton durante los tres últimos años, no está averiguado; pero que quedaron abandonadas las tres hijas, lo cual no hubiera sucedido a tener una madre de no más que regular inteligencia, es muy verosímil. Con Catalina Woodcock vivió Milton tan feliz como no lo había sido hasta entonces, y sus hijas suponemos que empezaron a dar señales de aprovechamiento bajo su dirección; pero este rayo de luz que entró en casa del poeta debía durar muy poco: quince meses después de su matrimonio murió su esposa embarazada, y la criatura no se logró. El sentimiento que tuvo siempre Milton por la pérdida de esta virtuosa señora, la expresó en un bellísimo soneto.

Ocho años fecundos en acontecimientos habían de pasar, antes de que Milton volviera a casarse. El alivio de trabajo que tenía en su cargo de secretario, le dejaba algún tiempo más de que disponer; seguía ocupándose en la Historia de Inglaterra, y ahora dio principio a los apuntes preparatorios para un diccionario latino reformado, y a la reunión de materiales para una obra de Teología; mas poco después de haber enviudado segunda vez, comenzó a pensar en el asunto de la Caída del Hombre para el poema épico que de tiempo atrás meditaba. Según su amigo Aubrey, empezó esta grande obra en 1658, mas en esta época todavía no se consagraba a ella del todo, sino a ratos. En 1658 publicó el manuscrito de la obra de Sir Gualterio Raleigh titulada el Consejo del Gabinete. En 1659 dio su importante tratado de la Potestad civil de los casos eclesiásticos, y un vigoroso opúsculo sobre los medios de suprimir los Jornaleros de la Iglesia. En el mismo año escribió también una carta a un amigo, tocante a los trastornos de la República, y otra al general Monk en favor de una República libre, exponiendo los medios que debían emplearse para asegurarla; pero eran cartas confidenciales y breves que no llegaron a imprimirse. El folleto dado a luz algunos meses después bajo el título de Breve y fácil camino para establecer una República libre, era de más importancia y estaba dirigido a la nación. En este opúsculo recomendaba con mucho empeño la excelencia de una República libre «comparada con los inconvenientes y peligros de la restauración monárquica en aquel país.» Otro fragmento publicó por entonces en contestación a un sermón altamente realista, predicado por un doctor Mateo Griffith, que se decía «Capellán del último Rey.» En estos dos escritos protesta Milton con toda su energía contra el restablecimiento del gobierno de los Estuardos, y en el mismo sentido seguía clamando, cuando los cañones de Dover Castle anunciaban el desembarque de Su Majestad Carlos II; pero la nación no le oía, y la corte y el pueblo se apresuraban a realizar las fatídicas predicciones tantas veces anunciadas por Cromwell, reproducidas por Milton al presente. La parte sensata del país estaba cansada de una guerra de facciones, del desorden que cada vez introducía más profunda perturbación, y anhelaba se realizasen sus esperanzas, fundadas en las prudentes y patrióticas intenciones del Rey proscrito. Aquellas esperanzas iban a salir fallidas; pero la experiencia vino demasiado tarde, y lo hecho ya no podía menos de realizarse.

En los ocho años que precedieron a la Restauración, vivió Milton en su aislado domicilio de Petty France, cerca del centro en que se agitaban todos aquellos años las ruidosas cuestiones suscitadas entre la Iglesia y el Estado. En aquel solía recibir a sus amigos, entre los que nos figuramos oír a Ciriaco Skinner discurrir libremente sobre los últimos debates del Parlamento o del club, y sobre la marcha de los negocios públicos. En el mismo sentido resonaba allí la honrada voz de Andrés Marvell, que a veces hacía también ingeniosas y profundas observaciones críticas acerca de la poesía y de la literatura en general. Allí es de suponer que Roberto Boyle hablase a su ciego amigo de los nuevos experimentos filosóficos, pasando de los misterios de la naturaleza a las religiosas consideraciones que le inspiraba su supremo Autor. Los escritos de Milton prueban las relaciones personales que tenía con los hombres más distinguidos del ejército y del Estado, y que estos acudían de vez en cuando a visitarle. La admiración que causaba su genio, lo mismo que el de Bacon, era mayor entre los extranjeros que entre sus compatriotas, y en esa época, después de Cromwell, el inglés que más llamaba la atención de los primeros, y a quien manifestaban más deseos de conocer, era nuestro autor; por lo que muchos emprendían un viaje y se dirigían a su modesta vivienda solo con este objeto.

Pero todo cambió con la Restauración. Milton debió comprender que su vida no estaba segura; había terminado su carrera política, y no bastaba en lo sucesivo su silencio para preservarle de las consecuencias de lo pasado. Abandonó entonces a Petty France y halló en Bartolomé Close un asilo y un amigo. A la proclamación se siguió su encarcelamiento; pero tenía amigos de influencia deseosos de favorecerle, como su cuñado Sir Tomás Clarges, Morrice, secretario de Estado y primo del general Monk, Andrés Marvell, que era individuo del Parlamento, dos distinguidos realistas, regidores de York, y sobre todo Sir Guillermo Davenant. Aun entre sus enemigos había algunos que consideraban su pérdida de vista con lástima, y su genio con respeto. Hay quien dice que algunos de sus amigos le dieron por muerto, y fingieron hacerle exequias fúnebres para frustrar la persecución del gobierno que andaba en busca suya; pero semejante recurso hubiera parecido sobrado cándido además de no ser creíble que Milton se hubiera prestado a semejante farsa. A ser cierta esta especie, los ingenios de la corte de Carlos no la hubieran dejado dormir tanto tiempo después del suceso.

En junio de 1660 resolvieron los Comunes que los Iconoclastas y su Defensa del Pueblo de Inglaterra se quemasen por mano del verdugo, y así se verificó en el mes de agosto; pero al mismo tiempo se pronunció sentencia de indemnidad, absolviendo de la pena de muerte al autor, aunque algunos meses después, no sabemos por qué causa, le hallamos bajo la vigilancia del macero del Rey. Sin embargo, en breve fue puesto en libertad, castigándole solo a pagar sus alimentos; pago a que resistió con su carácter independiente y resuelto, fundándose en que era excesivo, y se modificó el tanto antes prefijado.

Al dejar la casa de Bartolomé Close, tomó otra en Holborn, cerca de Red Lion Square, de donde a poco se trasladó de nuevo a Jewin Street. Aquí publicó una obra sobre los Accidentes y Gramática de la Lengua Latina, y además los Aforismos del Estado de un manuscrito que dejó Sir Gualterio Raleigh. Debemos añadir que en esta casa de Jewin Street contrajo Milton su tercer matrimonio, mas no parece que fuese con mucha anterioridad a 1664. Su amigo el doctor Paget le recomendó a Isabel, hija de Mr. Roberto Minshull de Wistaston, cerca de Nantwich, en Cheshire, como mujer que podría contribuir a su felicidad, y se verificó este enlace. Tenía entonces Milton cincuenta y seis años, y treinta menos su esposa. Su hija mayor contaba diez y ocho, y la segunda diez y seis.

Permaneció Milton tanto tiempo sin casarse con la esperanza al parecer de que sus hijas adquirieran afición y capacidad para el arreglo de la casa, pero estas esperanzas debieron frustrársele. Milton incurrió al parecer en la falta de haberse conducido con sus hijas no tan dignamente como era de esperar de él; conducta que por una y otra parte dejamos al juicio de los lectores.

A mistress Foster, nieta de Milton, se atribuye la declaración de que su abuelo, además de la aspereza con que trataba a sus hijas, miraba con tal indiferencia su educación, que no quiso que aprendiesen a escribir. La mayor no podía leer por cierto impedimento que tenía en la lengua, pero las otras dos, y Débora la más joven lo dice así, sabían leer en ocho idiomas, entre ellos el griego y el hebreo; pero la ocupación de verse obligadas a leer mucho en estas lenguas, o por lo menos en una que no sabían traducir, debía ser tan desagradable como inútil. El sobrino del poeta, Philips, refiere que luego que las jóvenes concluían esta ocupación, iban todas tres fuera de casa «a aprender algunas labores curiosas y entretenidas, propias de mujeres, especialmente el bordado en plata y oro.» El hecho de que Milton al morir dejó cuanto poseía a su esposa, excepto lo que podían reclamar sus hijas por la parte de su madre, de la familia de los Powells, ha venido a confirmar los desfavorables informes que se tienen en el particular.

En cambio debe recordarse que mistress Foster, la nieta del poeta, no es enteramente digna de crédito, pues la aserción de que Milton no quiso enseñar a sus hijas a escribir, es positivamente falsa, dado que Aubrey afirma ser Débora, la más joven, la amanuense de su padre, y que aprendió latin y a leer griego, es decir, a traducir una lengua y leer otra. Débora además asegura que aunque no fueron a colegio, «aprendían en casa con una maestra que se tomó a este fin.» Esto significa que estaban bajo la dirección de un aya. A este gasto hay que añadir el del aprendizaje del bordado, y la asignación que tuvieron los cuatro o cinco años antes de morir su padre, en que dejaron de formar parte de la casa. Al fin de ese tiempo, dice él que había «gastado la mayor parte de su fortuna en esta atención,» y al mismo tiempo que habían sido «descuidadas y poco afectuosas con él;» que «no le cuidaban estando ciego, ni hacían nada en obsequio suyo;» que «en lugar de servirle de apoyo, que tanto necesitaba, se confabulaban con la criada para sisarle en la compra;» que habían inutilizado algunos de sus libros, y vendido los demás a las prenderas; y que María, la segunda, sabiendo que su padre estaba para casarse, decía que la mejor noticia que podrían darle de él era que había muerto.

La nueva mujer de Milton tenía veinte y seis años de edad cuando se casó, y Aubrey, que la conoció, la pinta como «una bella persona, de carácter bondadoso y dulce.» Por lo que de ella se dice, debemos en efecto presumir que se distinguía por sus atractivos personales. Sábese que profesó a su marido gran respeto; que los versos que se le ocurrían a él de noche, los escribía ella al dictado al siguiente día; que procuraba complacerle en todo, y que de hecho probó ser una excelente señora. Milton mismo confiesa que era una «amante esposa», y su hermano Cristóbal asegura que así como él «se quejaba, aunque sin acritud, de que sus hijas le habían tratado con poco cariño, de su esposa decía que había sido amable y cuidadosa.» Al dejar para ella la propiedad de que podía disponer, que, sin embargo, no le proporcionaba más que los medios de una regular subsistencia, daba a entender que satisfacía una deuda de gratitud. En el convenio últimamente hecho cuando se litigó la herencia, las hijas se contentaron con recibir cien libras cada una por su parte; y al mismo tiempo las mil libras que seguía debiendo la familia de Powell, reconocidas por personas que se obligaban a pagarlas como una deuda legítima, quedaban a las hijas como objeto de reclamación. «Philips cuenta» dice Johnson, «que mistress Milton persiguió a las hijastras en vida de su marido, y las despojó de lo suyo después de muerto;» pero baste decir que Philips nunca dijo semejante cosa, ni es la primera vez que la ojeriza de Johnson le lleva a incurrir en difamaciones de esta naturaleza. La mejora hecha en favor de la viuda, probablemente sugerida por ella misma, es el único cargo que puede hacérsele; y por lo que hace a la persecución que se le atribuye, Débora bien podía dejar su casa, aun recibiendo buen trato, para ser adoptada, como de hecho lo fue, por mistress Merien, mientras sus dos hermanas difícilmente hubieran vivido cinco o seis años al lado de su madrastra, si tan mal se hubiera conducido con ellas. En todo esto, en lo que se dice del proceder de Milton para con sus hijas y su primera mujer, no es fácil asegurar en quién estuvo la falta, pero no creemos aventurar mucho al decir que si él fue culpable con los demás, estos lo fueron en mucho mayor grado para con él.

No siguió viviendo mucho tiempo en Jewin Street; de allí se trasladó, por último, a una casa situada en Artillery Walk, que entonces era una hermosa calle que salía a Bunhill Fields; pero no había residido mucho tiempo en su nueva vivienda, cuando le lanzó de ella la peste, que tan terriblemente invadió la metrópoli en 1655; hubo de refugiarse por algún tiempo en una casa cualquiera de Chalfont, en Buckinghamshire, que había alquilado para él su joven amigo Wood, el Cuáquero. En este tiempo concluyó o dejó casi concluido su Paraíso perdido.

Las primeras noticias que tenemos de que Milton intentase escribir un poema épico, se refieren a la época de su viaje al continente. Los elogios que le tributaron en Florencia, indican que algo de este propósito manifestó a sus amigos de aquella ciudad. En los versos que dirigió a Manso en Nápoles, pocos meses después, explícitamente declara su intención, pero el asunto que entonces le ocupaba, era el Rey Arturo y el espíritu caballeresco de aquellos tiempos. En su tratado del Gobierno de la Iglesia, publicado en 1641, vuelve a hablar de su proyecto, pero es con referencia también al Rey Arturo. No sabemos cuándo o por qué dejó el asunto británico por el bíblico; pero es lo cierto que en 1658 había ya variado de resolución, pues algunos años antes, Philips y otros amigos habían visto fragmentos del poema, especialmente el Apóstrofe de Satán al Sol, que apareció después en el Paraíso perdido. Es por consiguiente de suponer que ocho o diez años antes se ocupaba el poeta en este asunto y estaba más o menos resuelto a escribirlo, y que unos siete años antes de su publicación, era obra que resueltamente traía entre sus manos. La primera forma que pensó dar a su obra, sabido es que era la de un drama; los manuscritos de Milton en Cambridge, nos dan por anteriores dos planes dramáticos sobre la Caída del Hombre, trazados de un modo semejante al de los antiguos misterios; mas por fortuna abandonó aquella idea, en la cual parece que insistió muy poco.

La causa más poderosa que le sugirió tan sublime asunto es probable que dependa de los nuevos pensamientos a que se entregó al regresar a Inglaterra en 1639. Estando aún en Cambridge, el disgusto con que veía el giro dado a los sucesos de la Iglesia anglicana, le apartó del propósito de hacerse clérigo. Su Lycidas manifiesta que pensaba así cuando estaba escribiendo aquel poema; pero su residencia en Horton y su viaje continental comprenden el intervalo que puede decirse más brillante de su vida, y si esta le hubiera sonreído después del mismo modo, es probable que el poema épico hubiera sido el caballeresco. La lucha entre Carlos y el Parlamento, que engendró la guerra civil y las graves cuestiones de la libertad civil y religiosa, absorbieron su atención, y no solo avivaron el espíritu religioso que descubrió en sus primeros años, sino que le arraigaron más en él, y por decirlo así, constituyeron sus ulteriores hábitos.

En otra parte hemos dicho que Milton entregó el manuscrito del Paraíso perdido a Wood en Chalfont, y mencionado también la observación del Cuáquero, amigo del poeta, que quien había escrito el Paraíso perdido, bien podía escribir el Paraíso recobrado, en lo cual alude al poema conocido después con este nombre. Milton volvió a Londres en 1666, probablemente a principios de año. El retraso que experimentó la publicación en 1665 por la peste, continuó en setiembre de 1666 por el gran incendio de Londres, que paralizó, como no podía menos de suceder, toda empresa por parte de los autores y libreros. Pero Milton había escrito la mayor parte, si no todo su Paraíso recobrado, falto de libros en su humilde habitación de Chalfont, así como su gran poema entre las incesantes distracciones producidas por la agitación y los peligros que combatieron a la República los cinco primeros años de su existencia, y entre los temerosos acontecimientos que acompañaron a la Restauración; pero desplegando toda su energía y aliento, se introdujo en la ciudad donde la peste acababa de hacer tantos estragos sin perdonar morada alguna, y donde a consecuencia del incendio, estaban sembradas las calles de ruinas y confusión, con el fin de hallar un librero bastante animoso para emprender la publicación de un poema épico en diez libros.

Halló, sin embargo, Milton el hombre que buscaba en la persona de Samuel Simmons; y todo el mundo sabe los términos del convenio que se realizó entre el poeta y este editor. Al firmarse el contrato recibió el autor cinco libras, y si se vendían los mil trescientos ejemplares de la primera edición, recibiría otras cinco. Si de la segunda edición se despachaba igual número, percibiría la misma suma, y otro tanto de la tercera, en el supuesto de que ninguna edición había de pasar de mil quinientos ejemplares; de manera que la venta de más de cuatro mil ejemplares no produjo al autor más que veinte libras. La primera edición se anunció perfectamente encuadernada y al precio de tres chelines. Milton firmó su convenio con Simmons el 27 de abril de 1667; el 26 de abril de 1669 recibió las segundas cinco libras, habiéndose agotado los mil quinientos ejemplares estipulados de la obra en aquellos dos años. La segunda edición no se imprimió hasta 1674, en que, como ya Milton no vivía, nada pudo recibir; así que todo lo que llegó a sus manos por producto del Paraíso perdido fueron diez libras. La segunda edición se vendió en el espacio de cuatro años, y al imprimir la tercera en 1681, Simmons entregó a la viuda de Milton ocho libras, importe del derecho de autor. Simmons vendió la propiedad al librero Brabazon Aylmer en veinticinco libras, y en 1683, pasó de Aylmer a Jacobo Tonson en precio mucho mayor. En el transcurso de veinte años se publicaron seis ediciones, y se vendieron de siete a ocho mil ejemplares. En 1688 apareció una hermosa edición en folio, bajo los auspicios del gran jurisconsulto whig, lord Somers, y con una lista que excedía de quinientos suscriptores, entre los cuales figuraban los hombres más distinguidos por su posición y su fama literaria: hechos que hacían más honor al público de aquel tiempo que al comercio de librería.

La Historia de Inglaterra de Milton, que tanto le había dado que pensar en ocasiones, no se publicó hasta 1670, pero muy mutilada por el censor, y, según dicen algunos, con intercalaciones posteriores, so pretexto de restablecer los pasajes suprimidos. En 1671 apareció el Paraíso Recobrado, juntamente con el Hércules Sansón. En 1673 el poeta dio a luz su tratado de la Verdadera religión, la herejía, el cisma, la tolerancia, y que medios adecuados debían emplearse contra la preponderancia del Papado. Por aquel tiempo, el país estaba cada vez más alarmado, y no sin razón, por temor de que ascendiese al trono un papista, y por el nuevo ascendiente con que amenazaba el romanismo. Milton excitó a todos los protestantes para hacer causa común contra el enemigo; en el mismo año reimprimió sus primeras poesías con algunas adiciones y correcciones, y su Tratado sobre educación; pero en la puntuación y en algunos otros pormenores, fue esta edición menos esmerada que la primitiva. En 1674, último de su vida, el venerable vate publicó sus Cartas familiares en latin; y una traducción, también en latin, de la Declaración de Poles en favor de Juan III, que se dio en el mismo año, se le atribuyó asimismo.

Durante sus últimos años, Milton sufría mucho de la gota, de cuyas resultas se dice que murió. El 8 de noviembre, a los sesenta y seis años de edad y en su casa de Bunhill Fields, pasó su espíritu a mejor vida. Parece que su muerte tuvo lugar sin que la precediesen grandes síntomas, pero él hacía mucho que tenía el presentimiento de que no estaba lejana y hablaba de ella a su familia con la mayor entereza y serenidad, y sin muestra alguna de temor. Sus restos fueron sepultados al lado de los de su padre, en el presbiterio de San Gil, de Cripplegate. Toland dice que a sus funerales concurrieron «todos los hombres ilustrados y todos sus amigos de Londres, además de una gran concurrencia del vulgo.»

Era Milton de estatura más bien pequeña que alta. La afeminada belleza que le distinguía en su juventud, se convirtió en una regularidad varonil de facciones cuando creció en años. Sus retratos manifiestan que llevaba partido el pelo en mitad de la frente, con melenas que le caían por encima de los hombros; era de color moreno claro, y sus ojos pardos, conservándose naturalmente abiertos aun después de haber quedado ciego. En la flor de su edad tenía el cuerpo erguido y cierto aire de intrepidez. Un clérigo de edad, que le vio en sus últimos años, le pinta en una pequeña habitación, sentado en una silla de brazos, vestido de negro, pálido aunque no cadavérico, con las manos y los dedos hinchados de la gota y untados de greda. Dícese que acostumbraba también a estar sentado con un levitón gris de abrigo a la puerta de su casa, cerca de Bunhill Fields, en los días de gran calor para tomar el fresco, y que allí lo mismo que en la sala, recibía las visitas de las personas distinguidas que iban a verle. No contrajo la gota por entregarse a una vida regalada, dado que una de sus costumbres invariables era la sobriedad. Bebía muy poco vino, y era muy parco en la comida. En sus primeros años abusaba mucho de la vista y de la salud con el trabajo nocturno; en lo sucesivo empleaba la noche de otro modo, acostándose a las nueve y levantándose, en verano a las cuatro, y en el invierno a las cinco. Si no podía levantarse a esta hora, hacía que alguno le leyese, y así que se levantaba, prestaba atención a la lectura de un capítulo de su Biblia hebraica. Seguía estudiando hasta el mediodía; después de dar un corto paseo, comía, tocaba un rato el órgano, y cantaba, o rogaba a su esposa, que tenía muy buena voz, que le acompañase. Volvía luego a sus quehaceres mentales hasta las seis; de las seis a las ocho recibía a las visitas; entre ocho y nueve tomaba una sopa de aceite y un corto alimento, fumaba una pipa, se bebía un vaso de agua, y se retiraba a descansar. Uno de sus biógrafos dice «que era de carácter grave, no melancólico, no lo fue por lo menos hasta la última parte de su vida, ni displicente, ni moroso, ni atrabiliario, sino de ánimo sereno, de ánimo que no descendía a cosas pequeñas.» Aubrey, aunque asegura que era satírico, lo cual no puede dudarse que lo fue en ocasiones oportunas, más adelante añade «que aun durante sus ataques de gota estaba alegre y cantaba.» Por su hija menor sabemos también que «su padre era de un trato delicioso, de una conversación llena de vida, no solo por lo interesante de los asuntos, sino por su natural gracia y finura.» Su vida, que era sencilla y virtuosa, siguió siéndolo hasta el fin.

La mayor parte de los biógrafos de Milton se lamentan de que distrajera su genio por espacio de veinte años de la poesía, y lo dedicara a la política; pero la política que profesaba no era la común; había llegado el tiempo crítico en que era preciso resolver si Inglaterra había de ser libre o no serlo, patria de una enérgica libertad, o triste imitadora de las serviles monarquías del continente. Había allí hombres nacidos, no para servirse a sí propios, sino para servir a su país y a la humanidad. Semejantes hombres pueden arrostrar mil penalidades, y hallar, sin embargo, gusto en la esperanza de que cumplen con un deber; pero estos forman comparativamente un número muy exiguo, y Milton entre estos pocos, figuraba en primera línea. Su poesía hace honor a su genio, y sus servicios como patriota no son menos gloriosos a su dignidad moral. Él mismo nos dice que para proceder de manera que no tuviera que avergonzarse perpetuamente de sí, era indispensable subordinar su amor por la poesía al amor de su país y de la libertad. Para usar de su propio concepto, en aquella contienda secular únicamente ponía la mano izquierda; la derecha, que era por su naturaleza más diestra y vigorosa, hallaba su verdadero empleo en cosas más sublimes. Sin embargo, sus escritos políticos, que podían considerarse como una excepción, constituían un poderoso impulso bajo el aspecto de la libertad general, impulso, que como otros muchos no feneció, según comúnmente se cree, al asomar la Restauración. Sin la revolución de 1640, difícilmente sabríamos lo que había acontecido desde 1688.

Pero nuestro insigne poeta, como se ve en hombres más a propósito que él para las cuestiones de estado, mostraba mayor aptitud para destruir lo malo, que para producir lo bueno que había de sustituirlo. Según la opinión general, Milton era un fervoroso republicano, pero de hecho se inclinaba al gobierno ejercido por los más ilustrados y virtuosos; y la cuestión de si los más sabios y virtuosos se hallan con preferencia en una república, en una oligarquía, en una monarquía, o en todos estos sistemas combinados, era cuestión secundaria que solo concernía a la relación en que se hallan los medios con los fines. Juzgando de la monarquía por lo que casi siempre había sido, o más bien por lo que había sido recientemente en su país, no abrigaba esperanza alguna de salvación por aquel camino. De aquí la gran dificultad que se originaba para averiguar cómo construir la máquina de un gobierno democrático de manera, que ofreciese las mayores ventajas posibles y los menores inconvenientes anejos a esa misma utilidad.

Nada más distante de su pensamiento que la persuasión de que el mejor gobierno fuese el de la muchedumbre. Deseaba que cada pueblo fuese una ciudad, y cada ciudad como Florencia o Venecia, dotada de grandes poderes legislativos y administrativos; sobre estos hubiera establecido, no una cámara de los comunes, sino un gran consejo, de carácter permanente y revestido de la autoridad suprema, y para dar consistencia a este consejo, dice, hubiera «sido bien reformar y perfeccionar las elecciones, no entregándolo todo al tumulto y clamoreo de una multitud ignorante, sino concediendo a los más justamente notables el nombrar a los que quisieran, y además de este número, otros de más selecta procedencia que eligiesen un número menor más rigurosamente; hasta que después de purificar y mejorar por tercera y cuarta vez la elección, quedasen solamente nombrados los que constituyesen el número debido, y resultasen los más dignos por el mayor número de votos.»

Inútil es decir que Milton no conocía la naturaleza humana, pero de estos principios se deduce que le faltó poco para acertar con las tendencias más arraigadas y características del pueblo inglés. Sus instituciones, como todas las de carácter natural y propio, se habían deducido de su vida social. De ninguna de ellas se había echado mano porque únicamente se recomendase por la abstracción de sus teorías o porque en el papel parecieran muy acertadas. Todo dimana de las exigencias, y todo se adopta con tal que se acomode a estas; pero para acomodarlas a la república de Milton, necesitaba la nación olvidarse de casi todas las tradiciones, formas y sentimientos de lo pasado, y reemplazarlos con un orden de cosas que habían de hacerse, mas no con un orden de cosas ya hechas. Exigir una combinación de esta naturaleza de un hombre inteligente, era demasiado; mas exigirlo de un pueblo tan fiel a sus antiguas costumbres como el inglés, no era en manera alguna razonable. Como político, el gran vate proclamaba altas verdades, pero la aplicación de estas verdades a las actuales circunstancias, pedía un pensamiento y un temperamento más flexible que el que Milton podía llevar a la ciencia de la política. Cromwell comprendió que la mayoría de la nación, bajo una u otra forma, era realista, y que dejar la futura suerte del gobierno al sufragio de la nación, equivalía a votar la destrucción de la República. Milton equivocó el concepto de lo que la nación podía hacer y lo que debía ejecutar. Cromwell, que tenía un gran instinto político, vio lo que la nación quería hacer abandonada a sí misma, y procedió con arreglo a este principio.

Por lo que hace a sus creencias religiosas, Milton en lo sustancial no se apartaba de las de su tiempo y su país. La fe de su juventud era la de un puritano, y aunque su piedad participaba de cierta índole libre, resultado natural de su especial inteligencia y modo de ver, nunca dejó de participar, en lo importante al menos, del espíritu y del carácter puritanos. A su muerte dejó dos obras manuscritas, una Historia de Moscovia, publicada poco después, y un Tratado completo de Doctrina Cristiana, que permaneció ignorado hasta que se dio a luz, traducido del latin, en el primer tercio del presente siglo. Verdad es que hasta los cuarenta años próximamente de edad, Milton fue trinitario y calvinista. En punto a la Trinidad, su opinión admitía algunas modificaciones, pero no hay seguridad de esta circunstancia hasta que apareció el Paraíso perdido, es decir, cuando se acercaba a los sesenta años. En este poema hay algunas expresiones oscuras y desusadas sobre las personas que comúnmente se consideran como indistintas, y formando una sola en la Divinidad; en la Doctrina Cristiana, el Hijo se representa como la suprema naturaleza creada, pero creada al fin, y el Espíritu Santo, cuando está representado como una persona, se supone que es el ser más inmediato al Hijo. Debe, sin embargo, advertirse que semejante concepto no afecta en manera alguna a las opiniones de Milton sobre otros puntos teológicos; modificó en esto sus creencias, pero en todo lo demás las conservó inalterables: siguió creyendo en la caída del hombre y en las consecuencias que tuvo respecto al género humano; en la Redención de Cristo, en el perdón por medio de su sacrificio, en la justificación por su Justicia y en el poder regenerador del Espíritu Santo. La Redención, según él, fue concebida por una Trinidad de personas, aunque no iguales entre sí, y por una Trinidad de actos, bien que estos no se produjeran por personas de la misma naturaleza y autoridad.

Los críticos de Milton suelen admirarse de que un drama tan maravilloso como el Paraíso perdido estuviese fundado en datos tan incompletos como los que ofrecen los primeros capítulos del Génesis; pero la verdad es que el poeta no halló los materiales de su obra dentro de aquella pauta: creía, como muchos aventajados críticos creen aún, que la primera parte de la revelación está formalmente expuesta en la última; que el Paraíso perdido no se funda en el Génesis, sino que como la teología del siglo XVII, está únicamente cimentado en la Escritura. Hasta algún tiempo después del en que floreció Milton, casi todos los cristianos, sinceros creyentes, procedían bajo el mismo espíritu.

Se ha alegado como un grave cargo contra Milton que en sus últimos años no se sabe que formase parte de Iglesia alguna, ni profesase una forma dada de culto público; pero los que esta acusación propalan parece que se olvidan de que Milton sostuvo sus controversias eclesiásticas con el gran partido presbiteriano, casi tanto como con la Iglesia de Inglaterra; que en sus últimos años la única Iglesia permitida era esta última; que el haberse afiliado en un culto cualquiera distinto del de esa Iglesia, hubiera equivalido a una violación de la ley y a incurrir en la pena de multa y encarcelamiento. Ciertamente que si se hubiera concedido libertad de cultos, apenas habría hallado Milton iglesia cuyo credo estuviese conforme con el suyo; que concedida semejante libertad, dudamos que hubiera aprovechado la ocasión para valerse de ella. Hombres religiosos hay que convienen en un culto sin estar afiliados en ninguno.

Ya hemos hablado bastante de la crítica del doctor Johnson con respecto a Milton. El autor que no tiene escrúpulo en decir a sus lectores que cree a Milton capaz de forjar una oración para el Eikon Basilike, con el objeto de poder, fundado en ella, acriminar mejor al Rey, se priva de toda autoridad en cuanto se relaciona con la reputación del autor del Paraíso perdido. Mr. De Quincey, aun siendo tory y nada afecto al puritanismo, ha calificado la conducta de Johnson respecto a Milton con frases muy severas, pero que no por eso dejan de ser exactas. «Por lo que hace al doctor Johnson, dice, ¿he de perdonarle yo por la trivial consideración del perjuicio que le irrogue? El doctor Johnson, cuando juzgaba a Milton, obraba con malicia, con falsedad y sin pudor alguno. Era hombre muy tentado de la falsedad, y no tenía la virtud de resistir a la tentación. Lo que hay es que Johnson ni capaz era de comprender a Milton. Johnson tenía su paraíso en las calles de Londres, y no tenía para qué hacer caso del que Milton había creado: para Milton, la religión y el gobierno eran los grandes intereses de la humanidad; para Johnson la religión no tenía más influencia que intimidar y rebajar el alma en lugar de sublimarla e infundir en ella nobilísimas aspiraciones; y en cuanto a gobierno, los hombres debían darse por contentos del que Jorge III tenía la dignación de darles. La naturaleza humana pintada por Johnson es una pobre naturaleza, pobre para este mundo y pobre para el otro; pintada por Milton tiene facultades divinas, y la perfección de que es capaz, y que él reconoce, es la profecía de su destino. Muy bien puede el poeta haberse remontado tanto a las regiones de lo ideal, que se olvidara de cuanto le rodea; pero el moralista que rebaja tanto la actualidad, se priva de la fuerza que puede elevarle hasta lo ideal. Johnson puede analizar y considerar los seres humanos en su vida mundana como ninguno otro hombre, pero seres humanos que puedan alternar con los ángeles, estaba muy lejos de concebirlos. Preferible, infinitamente preferible, es soñar con Milton, a no tener esperanza alguna como Johnson. Pero ¿qué decimos soñar? La fama del poeta es toda una realidad; el mundo celestial en que su espíritu penetró, una realidad todavía más grande, y los principios que de sus labios oímos son los más nobles que han salido jamás del pensamiento humano, y seguirán siéndolo siempre.»

EL PARAÍSO PERDIDO


LIBRO PRIMERO

ARGUMENTO

Este primer libro contiene en breves palabras la exposición o asunto de todo el Poema: la desobediencia del hombre, y como consecuencia de ella, la pérdida del Paraíso donde moraba. Indícase también que el primer móvil de su caída fue la Serpiente, o más bien Satanás, personificado en ella; el cual, rebelándose contra Dios y atrayendo a su partido numerosas legiones de ángeles, fue por disposición divina arrojado del cielo y precipitado con toda su hueste en el profundo abismo. Terminada esta exposición, el poema prescinde de los demás antecedentes, y representa a Satanás con sus ángeles, sumidos ya en el infierno, que se describe aquí, no como si estuviese situado en el centro del mundo (porque debe suponerse que ni el cielo ni la tierra existían aún, y por lo tanto, no podían ser mansión de réprobos), sino en un lugar de extrañas tinieblas, llamado más propiamente caos. Lanzado allí Satanás, con todos los suyos, en medio de un lago ardiente, herido del rayo y anonadado, vuelve por fin en sí como al despertar de un sueño, llama al que yace junto a él y es su segundo en poder y jerarquía, y ambos discurren sobre su miserable estado. Evoca el príncipe infernal a todas sus legiones, hasta entonces tan abatidas como él. Levántanse a su voz unas tras otras: su número, su orden de batallar y sus principales jefes, cuyos nombres son los de los ídolos conocidos después en Canaán y las comarcas circunvecinas. En un discurso que Satanás les dirige, los alienta con la esperanza de recobrar el cielo, anunciándoles por último la creación de un nuevo mundo y de un nuevo ser, conforme a una antigua profecía o tradición que se conserva en el cielo, pues era opinión de algunos Santos Padres que los ángeles existían mucho tiempo antes que este mundo visible. Para averiguar la verdad de esta profecía y lo que en su consecuencia debiera hacerse, junta en consejo a los principales. Resolución que adoptan. El Pandemonium, palacio de Satanás, construido de pronto, surge del abismo, y en él tienen su consejo los próceres infernales.

Canta, celeste Musa, la primera desobediencia del hombre, y el fruto de aquel árbol prohibido, cuyo funesto manjar trajo la muerte al mundo y todos nuestros males, con la pérdida del Edén[5], hasta que un Hombre más grande reconquistó para nosotros la mansión bienaventurada. En la secreta cima del Oreb o del Sinaí[6], tú inspiraste a aquel pastor[7] que fue el primero en enseñar a la escogida grey cómo en su principio salieron del caos los cielos y la tierra; y si te place más la colina de Sión o el arroyo de Siloé[8], que se deslizaba rápido junto al oráculo de Dios, allí invocaré tu auxilio en favor de mi osado canto; que no con débil vuelo pretendo remontarme sobre el monte Aonio[9], al empeñarme en un asunto que ni en prosa ni en verso nadie intentó jamás.

Y tú singularmente ¡oh Espíritu! que prefieres a todos los templos un corazón recto y puro, inspírame tu sabiduría. Tú estabas presente desde el principio, y desplegando como una paloma tus poderosas alas, cubriste el vasto abismo, haciéndole fecundo. Ilumina mi oscuridad; realza y alienta mi bajeza, para que desde la altura de este gran propósito pueda glorificar a la Providencia eterna, justificando las miras de Dios para con los hombres.

Di ante todo, ya que ni la celestial esfera ni la profunda extensión del infierno ocultan nada a tu vista, di qué causa movió a nuestros primeros padres, tan favorecidos del cielo en su feliz estado, a separarse de su Creador e incurrir en la única prohibición que les impuso, siendo señores del mundo todo. ¿Quién fue el primero que los incitó a su infame rebelión? La infernal Serpiente. Ella con su malicia, animada por la envidia y el deseo de venganza, engañó a la Madre del género humano. Por su orgullo había sido arrojada del cielo con toda su hueste de ángeles rebeldes, y con el auxilio de estos, no bastándole eclipsar la gloria de sus próceres, confiaba en igualarse al Altísimo, si el Altísimo se le oponía. Para llevar a cabo su ambicioso intento contra el trono y la monarquía de Dios, movió en el cielo una guerra impía, una lucha temeraria, que le fue inútil. El Todopoderoso le arrojó de la etérea bóveda, envuelto en abrasadoras llamas; y con horrendo estrépito y ardiendo, cayó en el abismo de perdición, para vivir entre diamantinas cadenas y en fuego eterno, él que osó retar con sus armas al Omnipotente.

Nueve veces habían recorrido el día y la noche el espacio que miden entre los hombres, desde que fue vencido con su espantosa muchedumbre, revolcándose en medio del ardiente abismo, aunque conservando su inmortalidad. Condenado quedaba empero a mayor despecho, toda vez que habían de atormentarle el recuerdo de la felicidad perdida y el interminable dolor presente. Dirige en torno funestas miradas, que revelan inmensa pena y profunda consternación, no menos que su tenaz orgullo y el odio más implacable; y abarcando cuanto a los ojos de los ángeles es posible, contempla aquel lugar desierto y sombrío, aquel antro horrible, cerrado por todas partes y encendido como un gran horno. Pero sus llamas no prestan luz, y las tinieblas ofrecen cuanta es bastante para descubrir cuadros de dolor, tristísimas regiones, lúgubre oscuridad, donde la paz y el reposo no pueden morar jamás, donde no llega ni aun la esperanza, que donde quiera existe. Allí no hay más que tormentos sin fin, y un diluvio de fuego alimentado por azufre, que arde sin consumirse.

El Todopoderoso le arrojó de la etérea bóveda...

Tal es el lugar que la Justicia eterna había preparado para aquellos rebeldes; y allí ordenó que estuviera su prisión en las más densas tinieblas, tres veces tan apartada de Dios y de la luz del cielo, cuanto lo está el centro del universo del más lejano polo. ¡Oh! ¡qué diferencia entre esta morada y aquella de donde cayeron!

Presto divisa allí el Arcángel a los compañeros de su ruina, envueltos entre las olas y torbellinos de una tempestad de fuego. Revolcábase también a su lado uno que era el más poderoso y criminal después de él, conocido mucho más tarde en Palestina con el nombre de Belzebú[10]. El gran Enemigo, que así era llamado Satán[11] en el cielo, rompiendo el hosco silencio, con arrogantes palabras comenzó a decir:

«Si tú eres aquel... pero ¡oh! ¡cuán abatido, cuán otro del que, adornado de brillo deslumbrador en los felices reinos de la luz, sobrepujaba en esplendidez a millones de espíritus refulgentes!... Si tú eres aquel a quien una mutua alianza, un mismo pensamiento y resolución, e igual esperanza y audacia para la gloriosa empresa, unieron en otro tiempo conmigo, como nos une ahora una misma ruina... mira desde qué altura y en qué abismo hemos caído por ser Él mucho más prepotente con sus rayos. Pero, ¿quién había conocido hasta entonces la fuerza de sus terribles armas? Y a pesar de ellas, a pesar de cuanto el Vencedor en su potente cólera pueda hacer aún contra mí, ni me arrepiento, ni he decaído, bien que menguada exteriormente mi brillantez, del firme ánimo, del desdén supremo, propios del que ve su mérito vilipendiado, y que me impulsaron a luchar contra el Omnipotente, llevando a la furiosa contienda innumerables fuerzas de espíritus armados, que osaron despreciar su dominación. Ellos me prefirieron, oponiendo a su poder supremo otro contrario; y venidos a dudosa batalla en las llanuras del cielo, hicieron vacilar su trono.

»¿Qué importa perder el campo donde lidiamos? No se ha perdido todo. Con esta voluntad inflexible, este deseo de venganza, mi odio inmortal, y un valor que no ha de someterse ni cede jamás, ¿cómo he de tenerme por subyugado? Ni su cólera ni su fuerza me arrebatarán nunca esta gloria: humillarme y pedir gracia, doblada la rodilla, y acatar un poder, cuyo ascendiente ha puesto en duda poco ha mi terrible brazo, sería una bajeza, una ignominia, más vergonzosa aún que nuestra caída. Y pues, según ley del destino, no pueden perecer la fuerza de los dioses ni la sustancia empírea, y por la experiencia de este gran acontecimiento vemos que nuestras armas no son peores, y que en previsión hemos ganado mucho, podremos resolvernos a empeñar con más esperanza de éxito, por la astucia o por la fuerza, una guerra eterna e irreconciliable contra nuestro gran enemigo triunfante ahora, y que en el colmo de su júbilo impera como absoluto ejerciendo en el cielo su tiranía.»

Así habló el Ángel apóstata, aunque acongojado por el dolor; así se jactaba en alta voz, mas poseído de una desesperación profunda; y de este modo le contestó en seguida su arrogante compañero:

«¡Oh príncipe! ¡oh caudillo de tantos tronos, que bajo tu enseña condujiste a la guerra a los serafines en orden de batalla, y que mostrando tu valor en terribles trances pusiste en peligro al Rey perpetuo del cielo, contrastando su soberano poder, débase este a la fuerza, al acaso o al destino! Harto bien veo y maldigo el fatal suceso de una triste y vergonzosa derrota que nos arrebató el cielo. Todo este poderoso ejército se halla en la más horrible postración, y destruido hasta el punto que pueden estarlo los dioses y las divinas esencias, pues el pensamiento y el espíritu permanecen invencibles, y el vigor se restaura pronto, por más que esté amortiguada nuestra gloria, y que nuestra dichosa condición haya venido al más miserable estado. Pero ¿y si el vencedor (forzoso me es ahora creerle todopoderoso, pues a no serlo, no habría conseguido avasallarnos), si el vencedor nos conserva todo nuestro espíritu y fortaleza para que mejor podamos sufrir y soportar las penas, para aplacar su vengativa cólera, o prestarle un servicio más rudo, esclavos del derecho y de la guerra, y donde más pueda convenirle, aquí, en el corazón del infierno, trabajando en medio del fuego, o sirviéndole de mensajeros en el negro abismo? ¿De qué nos servirá entonces conocer que no ha disminuido nuestra fuerza ni menoscabádose la eternidad de nuestro ser para sufrir un castigo eterno?»

A lo que con estas breves palabras replicó el gran Enemigo:

«Humillado Querubín, vileza es mostrarse débil, bien en las obras, bien en el sufrimiento. Ten por seguro que nuestro fin no consistirá nunca en hacer bien; el mal será nuestra única delicia, por ser lo que contraría la suprema voluntad a que resistimos. Si de nuestro mal procura su providencia sacar el bien, debemos esforzarnos en malograr su empeño, buscando hasta en el bien los medios de hacer el mal; y esto fácilmente podremos conseguirlo, de suerte que alguna vez le enojemos, si no me engaño, y nos sea posible torcer sus profundas miras del punto a que se dirigen. Pero mira. Irritado el vencedor, ha vuelto a convocar en las puertas del cielo a los ministros de su persecución y de su venganza. La lluvia de azufre que lanzó contra nosotros la tempestad, ha allanado la encrespada ola que desde el precipicio del cielo nos recibió al caer; el trueno, en alas de sus enrojecidos relámpagos y con su impetuosa furia ha agotado quizás sus rayos, y no brama ya a través del insondable abismo. No dejemos escapar la ocasión que nos ofrece el descuido o el furor ya saciado de nuestro enemigo. ¿Ves aquella árida llanura, abandonada y agreste, cercada de desolación, sin más luz que la que debe al pálido y medroso resplandor de estas lívidas llamas? Salvémonos allí del embate de estas olas de fuego; reposemos en ella, si le es dado ofrecernos algún reposo; y reuniendo nuestras afligidas huestes, veamos cómo será posible hostigar en adelante a nuestro enemigo, cómo reparar nuestra pérdida, sobreponiéndonos a tan espantosa calamidad, y qué ayuda podremos hallar en la esperanza, si no nos sugiere algún intento la desesperación.»

Así hablaba Satán a su más cercano compañero, con la cabeza fuera de las olas y los ojos centelleantes. De desmesurada anchura y longitud las demás partes de su cuerpo, tendido sobre el lago, ocupaba un espacio de muchas varas. Era su estatura tan enorme, como la de aquel que por su gigantesca corpulencia se designa en las fábulas con el nombre de Titán[12], o hijo de la Tierra, el cual hizo la guerra a Júpiter, y cual la de Briareo[13] o Tifón[14], cuya caverna se hallaba cerca de la antigua Tarso[15]; tan grande como el Leviatán[16], monstruo marino a quien Dios hizo el mayor de todos los seres que nadan en las corrientes del océano. Duerme tranquilo entre las espumosas olas de Noruega, y con frecuencia acaece, según dicen los marineros, que el piloto de alguna barca perdida le toma por una isla, echa el ancla sobre su escamosa piel y amarra a su costado, mientras las tinieblas de la noche cubren el mar, retardando la ansiada aurora. No menos enorme y gigantesco yacía el gran Enemigo encadenado en el lago abrasador; y nunca hubiera podido levantar su cabeza, si por la voluntad y alta permisión del Regulador de los cielos, no hubiera quedado en libertad de llevar a cabo sus perversos designios, para que con sus repetidos crímenes atrajese sobre sí la condenación al fraguar el mal ajeno, y a fin de que en su impotente rabia viese que toda su malicia solo había servido para que brillase más en el hombre, a quien después sedujo, la infinita bondad, la gracia y la misericordia, y en él resaltasen al par su confusión, sus iras y su venganza.

Enderézase de pronto sobre el lago, mostrando su poderoso cuerpo; rechaza con ambas manos las llamas, que abren sus agudas puntas, y que rodando en forma de olas, dejan ver en el centro un horrendo valle; y desplegando entonces las alas, dirige a lo alto su vuelo, y se mece sobre el tenebroso aire, no acostumbrado a semejante peso, hasta que por fin desciende a una tierra árida, si tierra puede llamarse la que está siempre ardiendo con fuego compacto, como el lago con fuego líquido. Tal es el aspecto que presentan, cuando por la violencia de un torbellino subterráneo se desprende una colina arrancada del Peloro[17] o de los costados del mugiente Etna, las combustibles e inflamadas entrañas que, preñadas de fuego, se lanzan al espacio por el violento choque de los minerales y con el auxilio de los vientos, dejando un ardiente vacío envuelto en humo y corrompidos vapores. Semejante era la tierra en que puso Satán las plantas de sus pies malditos. Síguele Belzebú, su compañero, y ambos se vanaglorian de haber escapado de la Estigia por su virtud de dioses, y por haber recobrado sus propias fuerzas, no por la condescendencia del Poder supremo.

Enderézase de pronto sobre el lago, mostrando su poderoso cuerpo...

«¿Es esta la región, dijo entonces el precito Arcángel, este el país, el clima y la morada que debemos cambiar por el cielo, y esta tétrica oscuridad por la luz celeste? Séalo, pues el que ahora es soberano, solo lo que puede disponer y ordenar es lo que contempla justo; lo más preferible es lo que más nos aparte de él; que aunque la razón nos ha hecho iguales, él se nos ha sobrepuesto por la violencia. ¡Adiós, campos afortunados, donde reina la alegría perpetuamente! ¡Salud, mansión de horrores! ¡Salud, mundo infernal! Y tú, profundo Averno, recibe a tu nuevo señor, cuyo espíritu no cambiará nunca, ni con el tiempo ni en lugar alguno. El espíritu vivo en sí mismo, y en sí mismo puede hacer un cielo del infierno, o un infierno del cielo. ¿Qué importa el lugar donde yo resida, si soy el mismo que era, si lo soy todo, aunque inferior a aquel a quien el trueno ha hecho más poderoso? Aquí, al menos, seremos libres, pues no ha de haber hecho el Omnipotente este sitio para envidiárnoslo, ni querrá, por lo tanto, expulsarnos de él; aquí podremos reinar con seguridad, y para mí, reinar es ambición digna, aun cuando sea sobre el infierno, porque más vale reinar aquí, que servir en el cielo. Pero, ¿dejaremos a nuestros fieles amigos, a los partícipes y compañeros de nuestra ruina, yacer anonadados en el lago del olvido? ¿No hemos de invitarlos a que compartan con nosotros esta triste mansión, o a intentar una vez más con nuestras fuerzas reunidas si hay todavía algo que recobrar en el cielo, o más que perder en el infierno?»

Así hablaba Satán; y Belzebú le respondió así: «¡Caudillo de los ínclitos ejércitos, que por nadie sino por el Todopoderoso podían ser vencidos! Si otra vez oyen esa voz, seguro vaticinio de su esperanza en medio de sus temores y peligros, esa voz que ha resonado con tanta frecuencia en los trances más apurados, ya en el crítico momento del combate, o cuando arreciaba la lucha, y que era en todos los conflictos la señal indudable de la victoria, recobrarán de pronto nuevo valor y vida, aunque ahora giman lánguidos y postrados en el lago de fuego, y tan aturdidos y estupefactos como ha poco lo estábamos nosotros. Ni esto es de extrañar, habiendo caído desde tan funesta altura.»

No bien había acabado de decir esto, cuando el réprobo príncipe se dirigió hacia la orilla. Pesado escudo de etéreo temple, macizo, ancho y redondo, pendía de sus espaldas, cubriéndolas con su inmenso disco, semejante a la luna, cuya órbita observa por la noche a través de un cristal óptico el astrónomo toscano, desde la cima del Fiésole[18] o en el valle del Arno, para descubrir nuevas tierras, ríos y montañas en su manchada esfera. La lanza de Satán, junto a la cual parecería una caña el más alto pino cortado en los montes de Noruega para convertirlo en mástil de un gran navío almirante, le ayuda a sostener sus inseguros pasos sobre la ardiente arena, pasos muy diferentes de aquellos con que recorría la azulada bóveda. Una zona tórrida, rodeada de fuego, le martiriza con sus ardores; pero todo lo sufre, hasta que llega por fin a la orilla de aquel inflamado mar.

Detiénese allí, y llama a sus legiones, especie de ángeles degenerados, que yacen en espeso montón, como las hojas de otoño de que están cubiertos los arroyos de Valleumbrosa[19], donde los bosques de Etruria forman elevados arcos de ramaje; o como los juncos flotan dispersos por el agua, cuando Orión[20], armado de impetuosos vientos, combate las costas del mar Rojo; del mar cuyas olas derribaron a Busiris[21] y a la caballería de Menfis, que perseguía con pérfido encono a los moradores de Goshen[22], los cuales vieron desde la segura orilla cubiertas las aguas de enemigas aljabas y ruedas de sus destrozados carros. Así esparcidas, desalentadas y abyectas, llenaban el lago aquellas legiones, asombradas al contemplar su horrible transformación.

Y Satán alzó su voz, de modo que resonó en todos los ámbitos del infierno:

«¡Príncipes, potentados, guerreros, esplendor del cielo, que un día fue vuestro, y que habéis perdido! ¡Que tal estupor se haya apoderado de unos espíritus eternos! ¿O es que habéis elegido este sitio después de las fatigas de la batalla, para dar reposo a vuestro valor, porque tan dulce os es dormir aquí como en los valles del cielo? ¿Habéis jurado acaso adorar al vencedor en esa actitud humilde? Él os contempla ahora, querubines y serafines, revolcándoos en el lago con las armas y banderas destrozadas, hasta que sus alados ministros observen desde las puertas del cielo su ventajosa posición, y bajen para afrentarnos, viéndonos tan amilanados, o para confundirnos con sus rayos en el fondo de este abismo. ¡Despertad: levantaos, o permaneced para siempre envilecidos!»

Oyéronle, y avergonzados, se levantaron, apoyándose sobre un ala, como el centinela que debiendo velar, es sorprendido al dejarse vencer del sueño por su severo jefe, y, soñoliento aún, procura parecer despierto. No ignoraban cuán desgraciada era su situación, ni dejaban de experimentar acerba pena; pero todas aquellas innumerables falanges obedecen al punto a la voz de su general.

Oyéronle, y avergonzados, se levantaron.

Así como, agitando al aire su poderosa vara el hijo de Amram[23], en días aciagos para Egipto, atrajo en alas del viento de oriente la negra nube de langostas que, cayendo como la noche sobre el reino del impío Faraón, ennegrecieron toda la tierra del Nilo; así en innumerable muchedumbre revoloteaban bajo la bóveda del infierno los ángeles protervos, cercados de llamas por todas partes, hasta que, levantando su lanza el gran caudillo como para señalarles el punto adonde habían de dirigir su vuelo, precipitáronse con movimiento uniforme sobre la tierra de endurecido azufre, y ocuparon la llanura toda. No salió nunca multitud tan grande de entre los hielos del populoso Norte, para cruzar el Rin o el Danubio, al arrojarse sus bárbaros hijos como un diluvio sobre el mediodía, y extenderse desde las costas de Gibraltar hasta los arenales de la Libia.

De cada escuadrón y de cada hueste acuden al punto los guías y capitanes adonde se hallaba su supremo jefe. Asemejábanse a los dioses por su estatura y sus formas, superiores a las humanas; príncipes reales, potestades que en otro tiempo ocupaban sus tronos en el cielo, aunque en los anales celestes no se conserve ahora memoria de sus nombres, borrados ya, por su rebelión, del libro de la vida. No habían adquirido aún denominación propia entre los hijos de Eva; pero cuando errantes sobre la tierra, con superior permiso de Dios para probar al hombre, corrompieron a la mayor parte del género humano a fuerza de imposturas, induciéndole a que abandonara a su Criador, a que venerase a los demonios como deidades, y a transformar con frecuencia la gloria invisible de Aquel a quien debían el ser en la imagen de un bruto, para tributarle brillantes cultos de pomposa adoración y oro; entonces fueron conocidos con varios nombres, y en el mundo pagano bajo las formas de varios ídolos.

Dime ¡oh Musa! cuáles eran; quién fue el primero, quién el último, que sacudió el sueño en aquel lago de fuego para acudir al llamamiento de su soberano; cómo los más cercanos a él en dignidad fueron presentándose en la desnuda playa, mientras la confusa multitud aún permanecía alejada.

Los principales eran aquellos que, saliendo del abismo infernal para apoderarse en la tierra de su presa, tuvieron mucho después la audacia de fijar su residencia cerca de la de Dios, y sus altares junto al suyo; dioses adorados entre las naciones vecinas, que se atrevieron a disputar su imperio a Jehová, cuando fulminaba sus rayos desde Sión y asentaba su trono entre los querubines. Hasta en el mismo santuario llegaron no una vez sola a introducirse; y ¡oh abominación! profanaron con un culto maldito las ceremonias sagradas y las fiestas más solemnes, y a la luz de la verdad osaron oponerse con sus tinieblas.

Adelántase primero Moloc, rey horrible[24], manchado con la sangre de los sacrificios humanos y destilando lágrimas paternales, aunque con el estrépito de tambores y timbales no fueran oídos los gritos de los hijos arrojados al fuego para ser después ofrecidos al execrable ídolo. Los Ammonitas le adoraron en la húmeda llanura de Rabba, en Argob y en Basán, hasta las extremas corrientes del Arnón; y no contento con tan dilatado imperio, indujo por medio de engaños al sabio Salomón a que le erigiera un templo frente al de Dios, en el monte del Oprobio[25], consagrándose luego un bosque en el risueño valle de Hinnón[26], llamado desde entonces Tophet y negro Gehenna, verdadero emblema del infierno.

A Moloc seguía Chamós[27], obsceno numen de los hijos de Moab, desde Aroax hasta Nebo y el desierto más meridional de Abarim; en Hesebón y Horonaim, reino de Seón, allende el floreciente valle de Sibma, tapizado de frondosas vides, y en Elealé, hasta el Asfaltite. Llamábase también Péor, cuando en Sittim incitó a los israelitas que bajaban por el Nilo a que le hicieran lúbricas oblaciones, que tantas calamidades les produjeron. De allí propagó sus lascivas orgías hasta el monte del Escándalo, cercano al bosque del homicida Moloc, donde se unieron la disolución y el odio, hasta que el piadoso Josías los desterró al infierno.

Con estas divinidades llegaron aquellas que desde las orillas del antiguo Éufrates hasta la corriente que separa a Egipto de las siriacas tierras, son generalmente conocidas con los nombres de Baal y de Astarot[28], varón el primero y la segunda hembra, pues los espíritus se transforman a su antojo en uno u otro sexo, o se apropian ambos a la vez, porque su esencia es sencilla y pura, que no está enlazada ni sujeta con músculos ni nervios, ni se apoya en la frágil fuerza de los huesos, como nuestra pesada carne, sino que toma la forma que más le place, ancha o estrecha, brillante u opaca, y así pueden realizar sus ilusiones y satisfacer sus afectos de amor o de odio. Por estas divinidades abandonaron a menudo los hijos de Israel a quien les daba vida, dejando de frecuentar su altar legítimo para prosternarse vilmente ante brutales dioses; y a esto se debió que rendidos sus cuellos en lo más recio de las batallas, sirvieran de trofeo a la lanza del enemigo más despreciable.

Tras esta turba de divinidades apareció Astoret[29], a quien los Fenicios llaman Astarté, reina del cielo, con una media luna por corona; a cuya brillante imagen rinden himnos y votos las vírgenes de Sidón, a la luz del astro de la noche. Los mismos cantos resonaban en Sión, donde se elevaba su templo en el monte de la iniquidad, templo que edificó el afeminado rey[30], cuyo corazón, aunque generoso, cedió a los halagos de idólatras hermosuras, e inclinó la frente ante su infame culto.

En seguida iba Tamuz, cuya herida, que se renueva anualmente, congrega en el Líbano a las jóvenes sirias, para dolerse del infortunio del dios; las cuales durante todo un día de verano entonan plegarias amorosas, mientras el río Adonis, deslizándose mansamente de su nativa roca, lleva al mar su purpúrea linfa, que se supone enrojecida con la sangre de Tamuz[31], a consecuencia de su anual herida: amorosa fábula, que comunicó el mismo ardor a las hijas de Sión, cuyas lascivas pasiones condenó Ezequiel bajo el sagrado pórtico, al descubrir en una de sus visiones las negras idolatrías de la infiel Judá.

Veíase en pos al que lloró amargamente cuando al pie del arca cautiva cayó su grosero ídolo mutilado, cortadas cabeza y manos, en el umbral de la puerta de su propio santuario, donde rodaron sus restos con mengua de sus adoradores[32]. Dagón es su nombre, monstruo marino que tiene de hombre la mitad superior del cuerpo y de pescado la inferior; mas a pesar de ello ostentaba un alto templo en Azot, y era temido en toda la costa de Palestina, en Gat, en Ascalón y Ascarón, y hasta en los límites de la frontera de Gaza.

Seguíase Rimmón, cuya deliciosa morada era la bella Damasco, en las fértiles orillas del Abbana y del Farfar, apacibles y cristalinos ríos. También este fue osado contra la casa de Dios: por el leproso que perdió una vez[33], se ganó un rey, a Acaz[34], su imbécil conquistador, a quien apartó del ara del Señor, poniendo en su lugar otra al estilo sirio, sobre la cual depositó Acaz sus impías ofrendas, adorando a los dioses a quienes había vencido.

Aparecieron después en numerosa cohorte aquellos que bajo nombres un día famosos, Osiris, Isis, Orus[35] y su séquito de monstruos y supersticiones, abusaron del fanático Egipto y de sus sacerdotes, los cuales se forjaron divinidades errantes, encubiertas bajo formas de irracionales más bien que de humanas.

Ni se libró Israel de aquel contagio, cuando transformó en oro prestado el becerro de Oreb; crimen en que reincidió un rey rebelde en Betel y en Dan[36], presentando bajo la apariencia de aquel pesado animal a su creador, Jehová, que al pasar una noche por Egipto, aniquiló de un solo golpe a sus primogénitos y a sus rumiantes dioses.

El último fue Belial[37]. Nunca cayó del cielo espíritu más impuro ni más torpemente inclinado al vicio por el vicio mismo. No se elevó en su honor templo alguno ni humeaba ningún altar; pero ¿quién se halla con más frecuencia en los templos y los altares, cuando el sacerdote reniega de Dios, como renegaron los hijos de Elí, que mancharon la casa divina con sus violencias y prostituciones? Reina también en los palacios, en las cortes y en las corrompidas ciudades, donde el escandaloso estruendo de ultrajes y de improperios se eleva sobre las más altas torres; y cuando la noche tiende su manto por las calles, ve vagabundear por ellas a los hijos de Belial, repletos de insolencia y vino. Testigos las calles de Sodoma y la noche de Gabaa[38], cuando fue menester exponer en la puerta hospitalaria a una matrona para evitar rapto más odioso.

Estos eran los principales en grado y poderío; los demás sería prolijo enumerarlos, aunque muy célebres en lejanas regiones: dioses de Jonia a quienes la posteridad de Javán tuvo por tales[39], pero reconocidos como posteriores al cielo y a la tierra, padres de todos ellos. Titán, primer hijo del cielo, con su numerosa prole y su derecho de primogenitura, usurpado por Saturno, más joven que él; del mismo modo a este se lo arrebató el poderoso Júpiter, su propio hijo y de Rea, que fundó en tal usurpación su imperio. Estos dioses, conocidos primero en Creta y en el monte Ida, y después en la nevada cima del frío Olimpo, gobernaron en la región media del aire, su más elevado cielo, o en las rocas de Delfos, o en Dodona, y en toda la extensión de la tierra dórica. Otro huyó con el viejo Saturno por el Adriático a los campos de Hesperia, y por el país de los celtas arribó a las más remotas islas.

Todos estos y más llegaron en tropel, pero con los ojos bajos y llorosos; aunque, a vueltas de su sombrío ceño, se echaba de ver un destello de alegría; que no hallaban a su caudillo desesperado, ni ellos se contemplaban aniquilados, en medio de toda aquella destrucción. Comunicose su esperanza al dudoso gesto de Satán, y recobrando de pronto su acostumbrado orgullo, prorrumpió en recias voces, con entereza más simulada que verdadera, y poco a poco reanimó el desfallecido aliento de los suyos, disipando sus temores.

De repente ordena que al bélico son de trompetas y clarines se enarbole su poderoso estandarte: Azazel, gran querubín, reclama de derecho tan envidiable honor y desenvuelve de la luciente asta la bandera imperial que, enarbolada y tendida al aire, brilla como un meteoro con las perlas y preciosos metales que realzan las armas y trofeos de los serafines. Entre tanto resuenan los ecos marciales del sonoro bronce, a los que responde el ejército todo con un grito atronador, que retumbando en las concavidades del infierno, lleva el espanto más allá del imperio del caos y la antigua noche.

De repente aparecen en medio de las tinieblas diez mil banderas que ondean en los aires ostentando sus orientales colores, y en derredor de ellas un bosque inmenso de lanzas y apiñados cascos. Oprímense los escudos en una línea de impenetrable espesor, y a poco comienzan a moverse los guerreros, formando una perfecta falange, al compás del modo dórico, que resuena en flautas y suaves oboes. Tales eran los acentos que inspiraban a los antiguos héroes armados para el combate, en vez de furor, una noble calma, un valor sereno, que se sobreponía al temor, a la muerte y a la cobardía de la fuga o de una vergonzosa retirada; concierto que con sus acordes religiosos bastaba a tranquilizar el ánimo turbado, a desterrar la angustia, la duda, el temor y el pesar, y a mitigar el sobresalto del corazón así en los hombres como en los dioses.

Unidas así sus fuerzas, y con un pensamiento fijo, marchaban silenciosos los ángeles caídos al son de los dulces instrumentos, que hacían menos dolorosos sus pasos sobre aquel suelo abrasador; y cuando hubieron avanzado todos hasta ponerse al alcance de la vista, se detuvieron, presentando su horrible frente, de espantosa longitud. Brillaban sus armas como las de los antiguos guerreros, y alineados con sus escudos y lanzas, esperaban la orden que debía dictarles el soberano.

Fija Satán su experta vista en las compactas filas; de una ojeada recorre toda la hueste; ve el buen orden de los combatientes, sus semblantes, su estatura como la de los dioses, y calcula por último su número. Dilátase entonces su corazón lleno de orgullo, y se vanagloría al verse tan poderoso, pues desde que fue creado el hombre, no se había reunido fuerza tan formidable. A su lado cualquiera otra sería tan despreciable como los pigmeos de la India que guerrean con las grullas, aun cuando se agregase la raza gigantesca de Flegra[40] con la heroica que luchó delante de Tebas y de Ilión[41], donde por una y otra parte se mezclaban dioses auxiliares; aunque se uniesen aquellos que celebran fábulas y leyendas al hablar del hijo de Utero[42], rodeado de caballeros de la Armórica y de Bretaña; aunque se juntaran, en fin, todos los que después, cristianos o infieles, lidiaron en Aspromonte o Montauban, en Damasco, Marruecos o Trapisonda, o los que Bizerta envió desde la playa africana cuando Carlomagno y sus pares fueron derrotados en Fuenterrabía[43].

Superior aquel ejército de espíritus a todos los de los mortales, observaba a su jefe, que superando a su vez a cuantos le rodeaban por su estatura y lo imperioso de su soberbio aspecto, se elevaba como una torre. No había perdido aún la primitiva belleza de sus formas, ni dejaba de parecer un arcángel destronado, en quien se traslucía aún la majestad de su pasada gloria; era comparable con el sol naciente, cuando sus rayos atraviesan con dificultad la niebla, o cuando, situado a espaldas de la luna, en los sombríos eclipses, difunde un crepúsculo funesto, y atormenta a los reyes con el temor que inspiran sus revoluciones. Así oscurecido, brillaba más el arcángel que todos sus compañeros; pero surcaban su rostro profundas cicatrices causadas por el rayo, y en la inquietud que en sus demacradas mejillas y bajo sus cejas se retrataba, al par que en su intrepidez e indomable orgullo, parecía anhelar el momento de la venganza. Cruel era su mirada, aunque en ella se descubrían indicios de remordimiento y de compasión al fijarla en sus cómplices, en sus secuaces más bien, tan distintos de lo que eran en la mansión bienaventurada, y a la sazón condenados para siempre a ser partícipes de su pena: millones de espíritus que por su falta se hallaban sometidos a los rigores del cielo, expulsados por su rebelión de los resplandores eternos, y que habían mancillado su gloria por permanecerle fieles. Asemejábanse a las encinas del bosque o a los pinos de la montaña, desnudos de su corteza por el fuego del cielo, pero cuyos majestuosos troncos, aunque destrozados, subsisten en pie sobre la abrasada tierra.

Prepárase a hablar Satán, y se inclinan de una a otra ala las dobles filas de sus guerreros, rodeándole en parte todos sus capitanes, a quienes la atención hace enmudecer. Tres veces intenta el Arcángel comenzar, y otras tantas, con mengua de su orgullo, brotan de sus ojos lágrimas como las que pueden verter los ángeles; pero al fin se abren paso las palabras por enmedio de sus suspiros.

«¡Legiones sin cuento de espíritus inmortales! ¡Dioses con quienes solo puede igualarse el Omnipotente! No dejó aquel combate de ser glorioso, por más que el resultado fuese funesto, como lo atestigua este lugar y este terrible cambio sobre el que es odioso discurrir. Pero ¿qué espíritu, por previsor que fuera, y por más que tuviera profundo conocimiento de lo pasado y de lo presente, habría temido que la fuerza unida de tantos dioses, y dioses como estos, llegaría a ser rechazada? ¿Quién podría creer, aun después de nuestra derrota, que todas estas poderosas legiones, cuyo destierro ha dejado desierto el cielo, no volvieran en sí, levantándose a recobrar su primitiva morada? En cuanto a mí, todo el celeste ejército es testigo de que ni los pareceres al mío contrarios, ni los peligros en que me he visto han podido frustrar mis esperanzas; pero Aquel que reinando como monarca en el cielo, había estado hasta entonces seguro sobre su trono, sostenido por una antigua reputación, por el consentimiento o la costumbre, hacía ante nosotros ostentación de su pompa regia, mas nos ocultaba su fuerza, con lo que nos alentó a la empresa que ha sido causa de nuestra ruina. De hoy más sabemos cuál es su poder y cuál el nuestro, de suerte que si no provocamos, tampoco tememos que se nos declare una nueva guerra. El mejor partido que nos resta, es fomentar algún secreto designio para obtener por astucia o por artificio lo que no hemos conseguido por fuerza; para que al fin podamos probarle que el que vence por la fuerza, no triunfa sino a medias de su enemigo. Puede el espacio producir nuevos mundos; y sobre esto circulaba en el cielo ha tiempo un rumor, respecto a que el Omnipotente pensaba crear en breve una generación que sus predilectas miradas contemplarían como igual a la de los hijos del cielo. Contra ese mundo intentaremos acaso nuestra primera agresión, siquiera sea por vía de ensayo; contra ese o cualquiera otro, porque este antro infernal no retendrá cautivos para siempre a los espíritus celestiales, ni estarán sumidos mucho tiempo en las tinieblas del abismo. Tales proyectos, sin embargo, deben madurarse en pleno consejo. Ya no queda esperanza de paz, porque, ¿quién pensaría en someterse? ¡Guerra pues! ¡Guerra franca o encubierta es lo que debemos determinar!»

Dijo, y en muestra de aprobación, levantáronse en alto millones de flamígeras espadas, que desenvainaron los poderosos querubines. Su repentino fulgor ilumina en torno el Infierno; lanzan los demonios gritos de rabia contra el Todopoderoso, y enfurecidos, y empuñando sus armas, golpean los escudos con belicoso estruendo, lanzando un reto a la bóveda celeste.

Elevábase a poca distancia una colina, cuya horrible cima exhalaba sin cesar fuego y columnas de humo, mientras lo restante de la eminencia brillaba con una capa lustrosa, señal indudable de que en sus entrañas se ocultaba una sustancia metálica, producida por el azufre. Por allí en alas del viento se precipita una numerosa falange, semejante a las escuadras de peones que, armados de picos y azadas, se esparcen por los reales para construir una trinchera o levantar un parapeto. Mammón[44] es quien la conduce; Mammón, el menos altivo de los espíritus caídos del cielo, pues aun en este sus miradas y pensamientos se dirigían siempre hacia abajo, admirando más las riquezas del pavimento celestial, donde se pisa el oro, que cuantas cosas divinas o sagradas se gozan en la visión beatífica. Por él primero, y guiados por sus indicaciones, saquearon los hombres el centro de la tierra, y con impías manos arrancaron a su madre las entrañas para apoderarse de tesoros que valdría más estuviesen para siempre ocultos. Abrió en breve la gente de Mammón una ancha brecha en la montaña, y extrajo de sus simas grandes porciones de oro. ¿Por qué hemos de admirarnos de que se produzcan las riquezas en el infierno, si sus senos son los más a propósito para tan precioso tósigo? Los que aquí se vanaglorian de las cosas mortales, y hablan maravillados de Babel y de las obras de los reyes de Menfis, sepan que los más célebres monumentos del poder y del arte humanos quedarían fácilmente eclipsados junto a los que los espíritus réprobos construyen. Ellos fabrican en una hora lo que los reyes, con incesantes trabajos e innumerables brazos, pueden acabar apenas. Cerca de allí, en la llanura, funden otros con arte maravilloso el mineral macizo en inmensos hornillos preparados al efecto, por debajo de los cuales pasa una corriente de fuego líquido que sale del lago, y separa cada especie, sacando las escorias de entre los terrones de oro. Otros, en fin, forman con igual prontitud en la tierra diferentes moldes, y por medio de un admirable artificio llenan cada uno de aquellos profundos huecos con la materia de los ardientes crisoles, del mismo modo que en el órgano, un solo soplo de viento, repartido entre varias series de tubos, produce todas sus armonías.

De repente, al compás de una deliciosa música y dulces cantos, brota de la tierra como vaporosa llama un edificio inmenso, construido como un templo y rodeado de pilastras y columnas dóricas, coronadas por un arquitrabe de oro. No faltaban allí cornisas ni frisos con sus bajos relieves, y la techumbre era de oro cincelado. Ni Babilonia ni la grandiosa Menfis alcanzaron en sus días de gloria semejante magnificencia, para honrar a sus dioses, Belo o Serapis, o para entronizar a sus reyes, cuando el Egipto y la Asiria rivalizaban en riquezas y ostentación.

Queda fija por fin la ascendente mole, ostentando su majestuosa altura; y abriéndose de pronto las puertas de bronce, dejan ver interiormente su vasto espacio, y toda la extensión de su pavimento terso y pulimentado. De la arqueada bóveda penden, por una sutil combinación mágica, varias filas de radiantes lámparas y esplendorosos fanales que, alimentados por la nafta y el asfalto, difunden la luz como los astros de un firmamento. Penetra apresuradamente la multitud en aquel recinto, admirándolo todos, y unos ensalzan la obra, y otros al arquitecto. Diose a conocer su mano en el cielo por la construcción de varias elevadas torres, donde los ángeles que empuñaban cetro tenían su residencia y trono de príncipes. El supremo Soberano los elevó a tal poder, encargándoles que gobernasen las celestiales milicias, cada cual conforme a su jerarquía.

Ni fue el mismo arquitecto desconocido, ni careció de adoradores en la antigua Grecia: los hombres de Ausonia[45] le llamaron Múlciber[46]. Contaba la fábula cómo fue arrojado por la ira de Júpiter, y por encima de los cristalinos muros del cielo, rodando todo un día de estío desde la mañana al medio día y desde el medio día hasta la noche; y al ponerse el sol cayó del zénit, como una estrella volante, en Lemnos, isla del mar Egeo. Referíanlo así los hombres y se equivocaban, pues la caída de Múlciber con su rebelde hueste, tuvo lugar mucho tiempo antes. De nada le valió haber construido elevadas torres en el cielo, ni se salvó a pesar de todas sus máquinas, siendo arrojado de cabeza con su industriosa horda para que construyera en el infierno.

Entre tanto, los heraldos alados, por orden del soberano poder, con imponente aparato y a son de trompetas, proclaman en todo el ejército la convocación de un consejo solemne, que debe reunirse inmediatamente en el Pandemonium, capital de Satán y de sus magnates. Intiman el llamamiento a los más dignos por su clase, o por elección en cada hueste y legión regular, los cuales acuden al instante en grupos de ciento y de mil con su correspondiente séquito. Todas las avenidas están ocupadas, obstruidas las puertas, los espaciosos pórticos del templo, y sobre todo el inmenso salón, semejante a un campo cerrado, donde los bravos campeones acostumbran a cabalgar con todas sus armas ante el trono del Sultán, retando a la caballería pagana a un combate a muerte o a romper lanzas[47]. Bulle apiñado el enjambre de espíritus, así en la tierra como en el aire, agitando sus ruidosas alas. Como en la primavera, cuando se halla el sol en Tauro, hacen las abejas salir en grupos alrededor de la colmena a su populosa prole, y revolotean acá y allá entre las flores húmedas de rocío, o sobre la plancha unida, que forma la explanada de su pajiza ciudadela, cubierta de reciente néctar, y allí discuten y acuerdan sobre sus negocios de Estado; así revoloteaban y se comprimían aquellas numerosas legiones aéreas hasta el momento de darse la voz de alerta.

Intiman el llamamiento a los más dignos por su clase...

Así en innumerable muchedumbre revoloteaban bajo la bóveda del infierno.

Pero ¡oh maravilla! los que antes semejaban superar en altura a los gigantes, hijos de la Tierra, son ahora menores que los enanos más pequeños, amontonándose innumerables en un reducido espacio, parecidos a los pigmeos que se encuentran allende las montañas de la India, o a los duendes que el rezagado campesino ve o imagina ver en sus conciliábulos de media noche, junto al lindero de un bosque o a la orilla de una fuente, mientras sobre su cabeza sigue tranquila la luna su pálido curso, acercándose más a la tierra, y los locuaces espíritus, entregados a sus danzas y juegos, halagan el oído del aldeano, cuyo corazón late a la vez de regocijo y miedo[48].

De este modo aquellos espíritus incorpóreos redujeron su inmensa estatura a las más diminutas formas, y casi todos se hallaron, aunque seguían siendo innumerables, en el salón de aquella corte infernal. Pero más allá, interiormente, en sus verdaderas proporciones, y entre sí muy semejantes, hallábanse reunidos en un sitio retirado los grandes señores seráficos y los querubines; y mil semidioses, sentados en sillas de oro, constituían en secreto cónclave un consejo pleno, en que después de breve silencio, y leída la convocatoria, comenzó la solemne deliberación.

Sobre un trono de excelsa majestad, muy superior en esplendidez...

LIBRO SEGUNDO


ARGUMENTO

Congregado el Consejo, consúltale Satán sobre si deberá aventurarse otra batalla para recobrar el cielo: algunos son de este parecer; mas no todos opinan lo mismo. Prefieren otro recurso indicado antes por Satán, que consiste en averiguar la verdad de aquella profecía o tradición del cielo relativa a otro mundo y otra especie de criaturas, iguales, o no muy inferiores a los ángeles, y que debían crearse por aquel tiempo. Dudan respecto a quién se encargará de tan difícil empresa; pero Satán se ofrece a hacer solo el viaje, y prorrumpen todos en demostraciones de aplauso y júbilo. Terminado así el consejo, retíranse los espíritus por diferentes caminos, para dedicarse a ocupaciones diversas, según las aficiones de cada cual, y para dar tiempo a que vuelva Satanás. Llega este entre tanto a las puertas del infierno, que encuentra cerradas. Refiérese quiénes estaban allí para guardarlas, y cómo, abriéndoselas al fin, le muestran el gran abismo que hay entre el infierno y el cielo. Atraviésalo con gran dificultad, guiado por el Caos, soberano de aquel lugar, hasta que llega a la vista del nuevo mundo que buscaba.

En un trono de excelsa majestad, muy superior en esplendidez a todas las riquezas de Ormuz y de la India[49], y de las regiones en que el suntuoso oriente vierte con opulenta mano sobre sus reyes bárbaros perlas y oro[50], encúmbrase Satán, exaltado por sus méritos a tan impía eminencia; y aunque la desesperación le ha puesto en dignidad tal como no podía esperar, todavía ambiciona mayor altura; y tenaz en su inútil guerra contra los cielos, no escarmentado por el desastre, da rienda así a su altiva imaginación:

«¡Potestades y dominaciones, númenes celestiales! Pues no hay abismo que pueda sujetar en sus antros vigor tan inmortal como el nuestro, aunque oprimido y postrado ahora, no doy por perdido el cielo. Después de esta humillación, se levantarán las virtudes celestes más gloriosas y formidables que antes de su caída, y se asegurarán por sí mismas del temor de una segunda catástrofe. Aunque la justicia de mi derecho y las leyes constantes del cielo me designaron desde luego como vuestro caudillo, lo soy también por vuestra libre elección, y por los méritos que haya podido contraer en el consejo o en el combate; de modo que nuestra pérdida se ha reparado, en gran parte al menos, dado que me coloca en un trono más seguro, no envidiado, y cedido con pleno consentimiento. En el cielo, el que más feliz es por su elevación y su dignidad, puede excitar la envidia de un inferior cualquiera; pero aquí, ¿quién ha de envidiar al que, ocupando el lugar más alto, se halla más expuesto, por ser vuestro antemural, a los tiros del Tonante, y condenado a sufrir lo más duro de estos tormentos interminables? Donde no hay ningún bien que disputar, no puede alzarse en guerra facción alguna, pues nadie reclamará, seguramente, el bienestar del infierno; nadie tiene escasa participación en la pena actual, para codiciar, por espíritu de ambición, otra más grande. Con esta ventaja, pues, para nuestra unión, esta fe ciega e indisoluble concordia, que no se conocerán mayores en el cielo, venimos ya a reclamar nuestra antigua herencia, más seguros de triunfar que si nos lo asegurase el triunfo mismo. Pero cuál sea el medio mejor, si la guerra abierta o la guerra oculta, ahora lo examinaremos: hable quien se sienta capaz de dar consejo.»

Calló Satán, y hallándose inmediato Moloc, rey que empuñaba cetro, se puso en pie. Era el más denodado y soberbio de todos los espíritus que combatieron en el cielo, y su desesperación le comunicaba ahora mayor fiereza. Pretendía ser igual en poderío al Eterno y, antes que reputarse inferior prefería dejar de existir, porque sin este cuidado nada tenía que le intimidase. Menospreciaba a Dios, y el infierno y cuanto hubiese más horroroso que este; y así prorrumpió en los siguientes términos:

«¡Guerra abierta! este es mi parecer. No soy experto en ardides, ni me glorío de tal. Conspiren los que lo necesiten, mas cuando sea necesario, no ahora. ¡Pues qué!, mientras ellos sosegadamente urden sus tramas, ¿han de permanecer en pie y armados millones de espíritus que, ansiando la señal de desplegar sus alas, yacen aquí expatriados del cielo, sin más morada que esta sombría caverna, destierro infame, y prisión de un tirano que reina por nuestra apatía? No; prefiramos armarnos del furor y las llamas del infierno; abrámonos todos a la vez, sobre las elevadas torres del cielo, un camino en que no pueda oponernos resistencia, transformando nuestros tormentos en horribles armas contra el verdugo; que al estrépito de sus poderosos rayos responda nuestro infernal trueno, y vea los relámpagos convertidos en negra y horrorosa llama lanzada con igual rabia contra sus ángeles, y hasta su mismo trono envuelto entre el azufre del Tártaro y el extraño fuego que inventó para atormentarnos. Parecerá acaso difícil y escarpado el camino para escalar con seguro vuelo la altura de enemigo tan poderoso; pero recuerden los que esto crean, si no están aletargados aún con el soñoliento vapor de este lago del olvido, que por nuestro propio impulso nos elevamos a nuestra primitiva morada, y que el bajar y caer son contra nuestra naturaleza; pues cuando últimamente el fiero Enemigo daba sobre nuestra destrozada retaguardia, insultándonos y persiguiéndonos a través del abismo, ¿quién no sintió cuán pesado era nuestro vuelo al sumirnos en este precipicio? El ascender, pues, nos será muy fácil.

»Témese el resultado de provocar a quien es tan fuerte para que imagine en su cólera algún recurso que acabe de aniquilarnos, si es dable en este lugar mayor anonadamiento; pero ¿qué mal más grande que existir aquí privados de todo bien, y condenados a eterna maldición en este antro odioso, donde nos abrasa inextinguible fuego, sin esperanza de ver el fin, esclavos de sus iras, y a merced del látigo inexorable cuando llega la hora de los tormentos[51]? Mayor castigo que el presente sería un extremo tal, que feneceríamos. Pues ¿qué tememos? ¿Por qué vacilamos en excitar su furor postrero, que siendo más violento nos consumirá del todo, reduciendo a la nada nuestra existencia? Preferible es esto a vivir miserables perpetuamente. Y si nuestra naturaleza es en realidad divina y no puede dejar de serlo, nos hallamos en peor condición que si nada fuésemos, y tenemos la prueba de que nuestro poder basta para trastornar el cielo, alarmando con incesantes asaltos aquel trono fatal, aunque inaccesible; lo cual, ya que no victoria, por lo menos será venganza.»

No dijo más; y frunciendo el ceño, brillaron sus ojos en sed de inextinguible venganza y tremenda lid peligrosa para todos los seres inferiores a los dioses. Del lado opuesto se levantó Belial, en ademán más gracioso y menos fiero.

Jamás se vieron privados los cielos de tan hermosa criatura: parecía estar predestinado a las dignidades y los grandes hechos, pero todo era en él ficción y vanidad, por más que destilase maná su lengua, y diera apariencias de cuerdos a los más falsos razonamientos, torciendo y frustrando los consejos más acertados. Era de pensamientos humildes, ingenioso para el vicio, tímido y lento para toda acción generosa; pero sabía halagar los oídos, y con persuasivo acento comenzó así:

«Desde luego ¡oh príncipes! estaría yo por la guerra a muerte, que en aborrecimiento no cedo a nadie, si lo que se alega como suprema razón para resolvernos a una guerra inmediata, no me disuadiera más, y no me pareciese en último resultado de siniestro agüero. El que más se distingue como guerrero, desconfiando de su consejo y su propia fuerza, funda todo su valor en la desesperación, y prefiere un completo aniquilamiento; pero ante todo ¿cómo nos vengaremos? Las torres del cielo están llenas de centinelas armados que hacen imposible todo acceso, y con frecuencia acampan sus legiones al borde del abismo, o con sombrío vuelo exploran por do quiera los reinos de la noche, sin temor a sorpresa alguna; y aun cuando nos abriéramos un camino por la fuerza, aunque todo el infierno se arrojara tras nosotros para oscurecer con sus tinieblas la purísima luz del cielo, permanecería nuestro Enemigo incorruptible sobre su incólume trono, y la sustancia etérea, libre de toda mancha, rechazaría en breve la agresión, sirviendo nuestro fuego para alumbrar su triunfo.

»Una vez repelidos, nuestra última esperanza será el colmo de la desesperación. Y ¿hemos de excitar al poderoso Vencedor a que apure su cólera y acabe con nosotros? ¿Ha de ser el dejar de existir nuestro solo anhelo? ¡Triste remedio! porque ¿quién querría perder, a pesar de cuanto padecemos, este ser inteligente, este pensamiento que abarca toda la eternidad, para perecer sepultados y perdidos en las profundas entrañas de perpetua noche, insensibles a todo y gimiendo en completa inercia? Y ¿quién sabe, dado que esto nos conviniera, si nuestro airado Enemigo podrá y querrá concedernos semejante muerte? Que pueda es dudoso; que no lo consentirá jamás, es seguro. Siendo tan previsor, ¿cómo ha de resolverse a deponer de pronto su ira, simulando impotencia o descuido, para conceder a sus enemigos lo que desean, o aniquilar en su cólera a aquellos a quienes preserva su cólera misma a fin de castigarlos eternamente?

»¿Por qué, pues, vacilamos? dicen los que aconsejan la guerra: estamos condenados, proscritos, destinados a una eterna desgracia. Como quiera que procedamos, ¿qué más podemos sufrir, qué castigo habrá mayor que este? ¿Tan extremo infortunio es por ventura hallarnos aquí sentados y deliberando armados? ¡Ah! cuando huíamos atropelladamente, perseguidos y abrasados por el tremendo rayo del cielo, y suplicábamos al abismo que nos acogiese, parecíanos este infierno un consuelo para nuestras heridas; y cuando nos hallábamos encadenados en el hirviente lago ¿no era seguramente peor nuestra situación? ¿Qué sería si se reanimase el hálito que encendió aquel funesto fuego, comunicándole una intensidad siete veces mayor, y de nuevo nos sumergiese dentro de las llamas, o si la interrumpida venganza del Dominador supremo armase otra vez su encendida diestra para atormentarnos? ¿Qué, si se abriesen los diques de su cólera, y si el firmamento que se extiende sobre el infierno vertiera sobre nuestras cabezas el fuego de sus cataratas, y cuantos horrores nos amenazaban un día con su espantoso castigo? Mientras proyectamos ahora o aconsejamos una gloriosa guerra, quizá se está formando abrasadora tempestad, en que nos veremos envueltos, y clavados sobre las rocas para ser juguete y presa de furiosos torbellinos, o sepultados para siempre y cargados de cadenas en este abrasado océano. A solas entonces con nuestros incesantes gemidos, sin tregua, ni reposo, ni compasión, durante siglos que no es de esperar acaben, ¡cuánto mayor será nuestra desventura! Debo, pues, disuadiros de la guerra así franca como encubierta; porque ¿de qué servirán ni astucia ni fuerza en semejante empeño? ¿Quién burlará la perspicacia de Aquel cuyos ojos lo abarcan todo de una sola mirada? Contemplándonos está desde la altura de los cielos, y menosprecia nuestras inútiles tentativas, dado que su poder es tan omnipotente para resistir a nuestras fuerzas, como para destruir todas nuestras tramas y conatos.

»¿Luego viviremos envilecidos, y aunque hijos del cielo, ultrajados de esta suerte y condenados a destierro, y a sufrir en él estas cadenas y tormentos? Preferible es en mi juicio a otro mal más grande, pues el hado y sus decretos irrevocables nos someten a la voluntad del Vencedor. Fuerza tenemos para sufrir lo mismo que para obrar; la ley que lo ha ordenado así, no es injusta, y esto hubiéramos debido comprender desde el principio, y ser cautos, antes que mover guerra a Enemigo tan poderoso, y cuando su resultado era tan incierto.

»Ríome de los que tan audaces y hábiles son en manejar la lanza, y cuando esta les falta, se amilanan, y temen que sobrevenga lo que saben que ha de sobrevenir: destierro, ignominia, cadenas y castigos, sujeción a que los somete su Vencedor. Tal es ahora nuestra suerte, y si a ella nos sometiésemos resignados, lograríamos quizá desarmar en cierto modo la cólera de nuestro supremo Enemigo; y tal vez hallándonos tan lejos de su presencia e inofensivos, se olvidará de nosotros, ya satisfecho de su justicia; y si su aliento no le incita, se templará el voraz fuego que nos consume; y purificada nuestra esencia, no participará de este vapor mefítico, se habituará a él para no sentirlo, o finalmente modificada y atemperándose a su intensidad y naturaleza, de tal manera se identificará con él que no experimente dolor alguno, convirtiéndose los tormentos en placeres y la oscuridad en luz. ¿Por qué no hemos de esperar en lo que el interminable curso de los días futuros pueda traernos, ni en las alteraciones y cambios en que debemos poner nuestra confianza, pues que nuestra suerte actual, si contraria, no es del todo infeliz, y si infeliz, no llegará al extremo con tal de que no nos hagamos merecedores de mayor desventura nosotros mismos?»

Así Belial, con palabras disfrazadas de razones, aconsejaba un proceder indigno, una vil inacción, pero no la paz. Después de él habló Mammón de esta suerte:

«Moveremos guerra, si la guerra es el mejor consejo, o para destronar al Rey del cielo, o para recobrar nuestros perdidos derechos. Destronarle no lo esperemos, mientras el eterno Destino no ceda al inconstante Acaso y sea el Caos árbitro de nuestra lucha. Si vana es la esperanza de lo uno, no lo será menor la de lo otro; pues de no expulsar al supremo Rey del cielo, ¿qué espacio quedará en este para nosotros? Demos que calmada su ira, y a condición de someternos de nuevo, perdone a todos: ¿con qué ojos le contemplaremos, cuando humillados en su presencia hayamos de recibir sus imperiosas órdenes, glorificar su majestad murmurando himnos, y violentarnos cantando en loor suyo ¡aleluya! mientras él, envidiado soberano, hará ostentación de su regia pompa, y su altar exhalará perfumes de ambrosía y de flores, serviles ofrendas de nuestro culto? Tal será nuestro oficio en el cielo, tales nuestros placeres. ¡Oh! ¡cuán dura será una eternidad empleada en adorar a quien tanto odiamos!

»Rechacemos pues ese espléndido vasallaje que no es dado obtener por fuerza, que aun concedido sería afrentoso, por más que pertenezca al cielo, y busquemos nuestro bien en nosotros mismos, viviendo por nosotros y para nosotros, libres en estos vastos subterráneos, sin depender de voluntad alguna, y prefiriendo tan dura libertad al blando yugo de una pomposa servidumbre. Brillará más radiante nuestro esplendor si sabemos convertir lo pequeño en grande, lo nocivo en útil, la desgracia en prosperidad, y si, do quiera luchando con el mal, trocamos en bienestar el dolor por medio del trabajo y de la paciencia.

»¿Por qué temer estos tenebrosos antros? ¿No se envuelve a veces el omnipotente Señor del cielo entre negras y espesas nubes sin que por eso eclipsen su gloria, y vela su trono con la grandeza de las tinieblas de que, encendido en furor, se lanza el pavoroso trueno, de modo que se asemeja al infierno el cielo? ¿Imita él nuestra oscuridad, y no hemos de poder nosotros cuando nos plazca imitar su luz? No carece este ingrato suelo de ocultos tesoros, de diamantes y oro, ni nosotros de arte para aprovecharnos de su magnificencia: ¿qué tenemos pues que envidiar al cielo? Podrán un tiempo estos mismos suplicios llegar a hacerse nuestro elemento; llegar esas penetrantes llamas a sernos tan benignas como hoy son crueles, y trocarse nuestra naturaleza en la propia de ellas; y esto necesariamente pondrá término a nuestros dolores. Todo, pues, nos invita a preferir pacíficos consejos y establecer un ordenado régimen, adoptando los remedios que más eficaces sean para nuestros presentes males; y en atención a lo que somos y al lugar en que nos hallamos, renunciar por completo a todo intento de guerra. Este es mi parecer.»

No bien acabó de hablar, se suscitó en la asamblea un rumor semejante al que encerrados entre las cóncavas rocas hacen los furiosos vientos, cuando después de combatir el mar toda una noche, adormecen con su ronca cadencia a los marineros, extenuados de cansancio, pero que logran anclar su barca en una bahía pedregosa, pasada la tempestad. Resonaban así los murmullos de aprobación dados a Mammón cuando finalizó su razonamiento aconsejando la paz, porque cualquiera batalla que se empeñase les infundía más espanto que el mismo infierno: tal era el estrago que el rayo y la espada de Miguel habían causado en ellos; deseando no menos fundar aquel otro imperio, que la política y el largo transcurso del tiempo elevarían hasta hacerle competir con el de los cielos.

Esto observado por Belzebú, que después de Satán ocupaba el más alto puesto, levantose con gravedad, y al levantarse, mostraba bien que era una columna de aquel Estado. Grabada llevaba en su frente la meditación que requieren los cargos públicos, y en su majestuoso semblante la sabiduría de un príncipe, por más que hubiese decaído tanto. Severo y enhiesto, ostentaba sus atlánticos hombros, capaces de sostener el peso de las más poderosas monarquías; su mirada imponía atención al auditorio, que permanecía tranquilo, como la noche, o en la estación estival el viento del mediodía. Y arengoles de esta suerte:

«¡Tronos y Potestades imperiales, Virtudes etéreas, celestial Estirpe! ¿Será que renunciemos a estos títulos, trocándolos por el de príncipes del infierno? Sin duda, pues el voto popular se inclina a que permanezcamos aquí para fundar un creciente imperio. ¡Oh desvarío! ¿Podemos ignorar que el Rey del Empíreo nos ha sumido en estos lóbregos calabozos, no para preservarnos de su poderoso brazo, ni para vivir libres de la alta jurisdicción del cielo, en nueva liga contra su trono, sino para mantenernos en la más dura estrechez, aunque alejados de él, y bajo el inevitable yugo que reserva a toda esta cautiva muchedumbre? Porque habéis de tener por cierto que él imperará como primero, como último y único rey, lo mismo en la altura de los cielos que en la profundidad del abismo, dado que nuestra rebelión no ha mermado parte alguna de su soberanía; pero asentará su imperio en el infierno, y nos regirá con cetro de hierro, como rige los cielos con cetro de oro.

»¿A qué, pues, deliberamos sobre la paz ni sobre la guerra? Resolvímonos por esta, y fuimos vencidos con irreparables pérdidas. Nadie ha ofrecido ni puesto condiciones de paz: ¿qué paz ha de concederse a los esclavos, más que una dura prisión, y los rigores y castigos que arbitrariamente se nos impongan? ¿Qué paz hemos de ofrecer sino la que podemos dar, agresiones, odio, invencible aversión y tardía venganza, conspirando siempre para hacer menos glorioso su triunfo al Vencedor y para acibararle en lo posible la satisfacción que en nuestros tormentos experimenta? Ocasión no ha de faltarnos, y no necesitaremos emprender peligrosas expediciones para invadir el cielo, cuyas altas murallas no temen asedios, ni asaltos, ni celada alguna de nuestra parte.

»Empresa más fácil podemos acometer. Una región hay, si no miente antigua y profética tradición del cielo, hay un mundo, dichosa mansión de un ser nuevo llamado Hombre, que por este tiempo ha debido ser creado semejante a nosotros, inferior en poderío y excelencia, pero más favorecido del Hacedor supremo. Declaró su voluntad a los demás dioses, y quedó cumplida en virtud de un juramento que hizo retemblar en torno las bóvedas celestiales. Encaminemos a este fin todos nuestros proyectos; sepamos qué seres habitan ese mundo, cuál es su forma, su naturaleza, su fuerza o debilidad, cuáles sus dotes, y si contra ellos hemos de emplear la astucia o la violencia. Cerrados están los Cielos; domina allí su excelso Árbitro en la seguridad de su propia fuerza; pero acaso se halle situada esa mansión en los postreros límites de su reino; acaso esté confiada su defensa exclusivamente a sus moradores; en cuyo caso podemos intentar con fruto un repentino golpe, ya asolando aquellos lugares con el fuego de nuestro infierno, ya enseñoreándonos de todos como de cosa propia, y expulsando a los débiles que los ocupan, como se nos expulsó a nosotros; y cuando no expulsarlos, atraerlos a nuestro partido, de modo que su Dios los mire como enemigos, y arrepentido de ella, destruya su propia obra. Sería esto más que una vulgar venganza; sería amenguar el placer que le ha causado nuestra derrota; contrariedad tan ingrata para él cuanto satisfactoria para nosotros, porque sus queridos hijos, partícipes de nuestra suerte, maldecirán su frágil origen y lo efímero de su dicha. Ved si es para intentado proyecto tal, o si debemos permanecer aquí sumidos en las tinieblas, y forjándonos a nuestro gusto quiméricas soberanías.»

Tal fue el diabólico consejo de Belzebú, imaginado primeramente y en parte propuesto por Satanás; pues ¿de quién sino del autor de todo mal podía nacer propósito tan malvado, y la idea de pervertir en su raíz a la raza humana, confundiendo la tierra con el infierno en odio de su supremo Autor? Pero este mismo odio había de servir para más realzar su gloria.

Complació sobremanera a las infernales potencias el audaz proyecto; y aprobado que fue por su voto unánime, brillando en los ojos de todos la alegría, renovó Belzebú su discurso en estos términos:

«¡Bien habéis calculado, prudentes dioses; digno fin habéis puesto a tan prolija consulta! Grande como vosotros es vuestra resolución, la cual nos sublimará al más alto punto, acercándonos de nuevo, y a despecho de los hados, a nuestras antiguas sedes, desde estos profundísimos abismos. A la vista de aquellas espléndidas regiones, no lejos de nuestras armas y en una ocasión propicia, quizá logremos recobrar el Empíreo, o cuando menos habitar en una templada zona, donde no huya de nosotros la hermosa luz de los cielos. Los rayos del fúlgido oriente nos librarán de esta oscuridad, y al exhalar su embalsamado perfume el aura apacible y pura, cicatrizará acaso las llagas causadas por este fuego devorador. Ahora bien: ¿a quién enviaremos en busca de esa nueva región? ¿A quién juzgaremos digno de tamaña empresa? ¿Quién aventurará sus vacilantes pasos por tan lóbrego, inmenso e insondable abismo, y hallará la ignorada senda a través de palpables sombras? ¿Quién, sin que se rindan sus alas, sostendrá el vuelo aéreo en los ilimitados espacios del vacío hasta llegar a la afortunada isla? ¿Qué arte, qué fuerza le bastará, ni cómo le será posible salvar con seguridad los apiñados centinelas y las múltiples falanges de ángeles que vigilan en derredor? Necesitará de gran prudencia, y no menos nosotros para elegirle, pues en él recaerá todo el peso, todo el éxito de nuestras últimas esperanzas.»

Concluye así, siéntase, y los oyentes, con atentos ojos, esperan se presente alguno para secundar, contradecir o emprender la peligrosa aventura: todos permanecen quietos y mudos, calculando el riesgo en la profundidad de su pensamiento, y cada cual descubre asombrado su propia desconfianza en el semblante de los demás. Entre los más heroicos campeones que combatieron contra el cielo, no se encontraba ninguno bastante osado que se ofreciera a emprender por sí tan terrible expedición; hasta que Satán, a quien un glorioso renombre encumbraba sobre todos sus compañeros, con la altivez de monarca y el convencimiento de su gran superioridad, reposadamente les habló así:

«¡Oh celestial progenie, tronos empíreos! Con razón guardamos silencio y permanecemos dudosos, aunque no intimidados. Largo y penoso es el camino que desde el infierno conduce a la luz; fuerte es nuestra prisión; nueve veces nos rodea esta inmensa bóveda de fuego violento y destructor, y las encendidas puertas de diamante, que nos oponen tantos estorbos, nos vedan salir de aquí. Salvadas una vez estas, se da en el profundo vacío de informe noche, que amenaza con la total destrucción de su ser al que se sumerja en aquel horroroso abismo. Si se penetra por fin en otro mundo cualquiera, o en una región desconocida ¿qué quedan más que ignorados peligros y la casi imposibilidad de evadirse? No sería yo, sin embargo, digno de este trono, ¡oh espíritus! ni de esta imperial soberanía, ornada de tanto esplendor y armada de tal poder, si las dificultades o peligros de lo que se propone y juzga importante a todos, pudieran retraerme de emprenderlo. ¿Por qué asumir la dignidad regia y no rehusar el cetro, si me negase a aceptar en los riesgos la parte proporcionada a los honores, la cual se debe al que reina con tanta mayor razón cuanto que ocupa más alto grado sobre los otros? Id, pues, espíritus poderosos, que aunque caídos, seguís siendo el terror del cielo; id a ver si en nuestra morada, mientras nos veamos reducidos a ella, hay algo que pueda atenuar nuestra miserable suerte y hacer menos odioso el infierno; si existe algún arbitrio o algún encanto para suspender, frustrar o mitigar los tormentos de esta detestable mansión. No os abandonéis al sueño ante un enemigo que está siempre vigilante; y yo entre tanto, lejos de vosotros, y atravesando un mundo de sombría desolación, procuraré la libertad de todos. En esta empresa no me acompañará nadie.»

Así diciendo, se levantó el monarca, con lo cual prevenía cualquiera réplica; su sagacidad le sugería el temor de que animados otros jefes con su resolución, fuesen a ofrecer entonces, seguros de una negativa, lo que antes los arredraba, pues de este modo llegarían a hacerse rivales suyos en la opinión pública, logrando a poca costa la gran celebridad que él debía adquirir en cambio de infinitos riesgos. Pero aquellos rebeldes temían tanto el empeño como la voz que se lo prohibía; abandonaron, como él, su asiento; y el ruido que hicieron al levantarse todos a la vez, se asemejaba al de un trueno lejano. Inclináronse ante Satán con respetuosa veneración, y le ensalzaron como a un dios igual al Altísimo del cielo. Ni dejaron de encarecer cuán digno era de alabanza el que por la salvación general despreciaba la suya propia, pues aunque espíritus réprobos, no habían perdido enteramente su virtud, como los malvados que en la tierra se jactan de acciones especiosas fundadas en vanagloria, o de una ambición que encubren con cierto color de celo.

Así terminaron sus tristes y dudosos razonamientos, con las esperanzas que les infundía caudillo tan incomparable; al modo que adormecidos los vientos del Norte, al extenderse desde la cima de las montañas las nubes tenebrosas y cubrir la risueña faz del cielo, derraman estas sobre los oscuros campos nieve o torrentes de agua; y si el fulgente sol envía sus destellos desde el ocaso, como una dulce despedida, reviven los campos, renuevan las aves sus gorjeos y prorrumpen las ovejas en alegres balidos que resuenan por valles y colinas. ¡Qué baldón para la humanidad! Únese el demonio en inalterable concordia con su infernal compañero, y entre todos los seres racionales solo los hombres se desavienen entre sí, a pesar de la esperanza que debieran tener en la divina gracia. Dios proclama la paz, y ellos viven, no obstante, dominados por el odio y la enemistad y en perpetua lucha; se mueven crueles guerras y devastan la tierra para destruirse unos a otros, como si no tuvieran, y en esto deberían cifrar su unión, sobrados enemigos en el infierno que día y noche conspiran para su ruina.

Disuelto así el consejo, retiráronse ordenadamente los magnates infernales. Iba en medio el altivo soberano, que parecía por sí solo competidor del cielo, así como en su suprema pompa y majestad, remedo de la de Dios, se mostraba temido emperador del Orco. Rodeábale una cohorte de serafines de fuego que le conducían entre blasonados estandartes y tremendas armas. Mándase pregonar entonces al son de las trompetas reales la decisión del gran senado, y volviéndose prontamente a los cuatro vientos otros tantos querubines, acercan a sus labios los sonoros tubos[52], a cuyas voces responden las de los heraldos. Resuenan unas y otras por los más lejanos ámbitos del abismo, y toda la hueste del infierno acompaña con atronadores gritos sus fervientes aclamaciones.

Ya con mayor sosiego, y en cierto modo reanimada por una esperanza tan falaz como presuntuosa, disuélvese toda aquella multitud, y cada cual sigue diverso rumbo, conforme a su inclinación o a su melancólica incertidumbre, buscando una distracción a sus desesperados pensamientos, o donde entretener las enojosas horas hasta el regreso de su caudillo. Unos, corriendo en veloz carrera por la llanura, otros elevándose en sus alas por los aires, compiten entre sí como en los juegos Olímpicos[53] o en los campos Píticos; otros refrenando sus fogosos corceles, procuran salvar la meta en sus raudos carros, o forman alineados escuadrones. Tal, para escarmiento de las ciudades belicosas, se representan simulados combates en la revuelta extensión del cielo, creyendo verse en las nubes ejércitos que se precipitan a entrar en batalla; y de cada parte se adelantan, lanza en ristre, caballeros aéreos, hasta que cierran una con otra ambas legiones y, al choque de sus armas, parece arder de uno a otro extremo el horizonte. Otros, poseídos de más implacable rabia que Tifeo[54], arrancan peñascos y montañas, y se lanzan por los aires cual torbellinos: apenas puede el infierno resistir tan violento ímpetu. No de otro modo Alcides[55], al volver de Ecalia[56], coronado por la victoria, y al sentir la envenenada túnica, desarraigaba a impulsos de su dolor los pinos de Tesalia y de la cima del Ete[57], arrojando a Licas[58] al mar de Eubea[59]. Más pacíficos otros, retirados a un valle silencioso, cantan al compás de sus arpas, con acentos angelicales, su heroica lid y la desgracia a que les trajo la suerte de las armas, lamentando que el destino triunfe del ánimo denodado por la fuerza o por la fortuna. Arrogantes se mostraban en sus loores; pero su armonía (¿cómo no, si al fin era de espíritus inmortales?) tenía embebecido al infierno, y extática a la muchedumbre que la escuchaba.

Con discursos más dulces todavía, pues la elocuencia deleita el alma y la música los sentidos, retraídos algunos otros en un monte solitario, se entregan a más sublimes pensamientos y a profundos raciocinios sobre la providencia, la presciencia, la voluntad y el destino; por qué es inmutable este, y libre la voluntad y absoluta la presciencia; mas no hallaban solución alguna, perdidos en tan intrincados laberintos. Discuten prolijamente acerca del bien y del mal, la bienaventuranza y la última pena, la pasión y la apatía, la gloria y la abyección: todo ciencia vana, todo falsa filosofía; y sin embargo, comunicaban seductor encanto, aunque pasajero, a su dolor y angustia, infundíanles engañosas esperanzas, o fortificaban con pertinaz paciencia, como con acerada cota, sus corazones endurecidos.

Hay asimismo algunos que congregados en numerosas bandas, se atreven a explorar la dilatada extensión de aquel siniestro mundo, en busca de otro clima que pueda ofrecerles mansión más grata. Dirigen a este fin su vuelo por cuatro puntos distintos, siguiendo las márgenes de los cuatro ríos infernales que vierten sus lúgubres aguas en el inflamado lago: la aborrecida Estigia, de donde el odio mortal procede; el negro y profundo Aqueronte, con su tristeza; el Cocito, así llamado por los lamentos que se oyen en lo interior de sus doloridas ondas, y el feroz Flegetón, que en torrentes de fuego exhala su encendida rabia. A larga distancia de estos fluye lento y silencioso el Leteo, río del olvido, que arrastra su tortuosa corriente, y al que bebe de sus aguas hace olvidar al punto su primitivo estado, y con él la alegría y el pesar, los placeres y los dolores.

Pasado el Leteo, extiéndese un continente helado, sombrío y temeroso, combatido de perpetuas tempestades, huracanes y asolador granizo, que no se liquida en la dura tierra sino que amontonándose en grandes moles, semeja ruinas de antigua fábrica. Allí, cubierta de nieve y hielo, se abre una profunda sima parecida al lago Serbonio, entre Damieta y el monte Casio, donde fueron sepultados ejércitos enteros, donde la crudeza del aire abrasa, y el frío produce igual efecto que el fuego. Allí las furias armadas de garras, cual las harpías, arrastran en sazón oportuna a todos aquellos réprobos, que alternativamente experimentan la dura transición de crudelísimos contrastes, tanto más sensibles, cuanto que se suceden uno a otro. Desde el voraz fuego en que yacen, son transportados a una atmósfera glacial, en que se extingue su dulce calor etéreo, y en la que permanecen algún tiempo inmóviles, ateridos de sus miembros todos, para sufrir después nuevo y abrasador tormento. Cruzan yendo y viniendo el estrecho del Leteo, y cada vez se aumenta más su suplicio y son mayores sus ansias; anhelan tocar con sus labios aquella agua que los incita: una sola gota les daría instantáneamente el dulce olvido de todas sus penas y desventuras; y ¡con cuánta facilidad, teniéndola tan cerca! Pero el destino no lo consiente, y para imposibilitar su deseo, les sale al paso Medusa, con su terrible aspecto de Gorgona. El agua huye por sí misma de toda boca viviente, como huyó algún día de los sedientos labios de Tántalo.

Divagando así perdidas entre mil y mil confusiones, con mortal sobresalto y los ojos desencajados, veían por vez primera las desbandadas legiones su triste suerte, y no les era dable reposo alguno. Salvan oscuros y desiertos valles, regiones donde el dolor impera, montañas alpestres de hielo y fuego, rocas, cavernas, lagos, pantanos, abismos, tinieblas mortíferas, todo un mundo de destrucción, que Dios, maldiciéndole, creó malo, y únicamente bueno para el mal; mundo en que toda vida muere, en que toda muerte vive, y en que la perversa naturaleza engendra seres monstruosos, prodigiosos, abominables, indefinibles, más repugnantes que los que la fábula inventó o concibió el temor; Gorgonas, Hidras y Quimeras espantosas.

Entre tanto, Satán, el enemigo de Dios y el Hombre, llena su mente de ambiciosas imaginaciones, extiende su raudo vuelo, y explora el solitario camino que conduce a las puertas del infierno. Toma unas veces la derecha, otras la opuesta mano; ya se desliza con iguales alas por la superficie del abismo, ya se eleva cual torre aérea hacia la ardiente concavidad del firmamento; y como se descubre en lontananza, surcando el mar, y suspendida al parecer de las nubes, una flota que, a favor de los vientos del equinoccio, se ha dado a la vela en Bengala o en las islas de Ternate y de Tidor[60], de donde los mercaderes extraen sus drogas, y por el rumbo que marca el tráfico cruza el inmenso océano desde Etiopía hasta el Cabo[61], enderezando las proas al polo a pesar de las marejadas y de la noche; tal, contemplado de lejos, parecía el alígero explorador.

Todos los seres imperfectos, verdaderos abortos y monstruos...

Delante de ellas, a uno y otro lado, estaban sentadas...

Divísanse por fin las murallas del infierno, que se elevan hasta sus horribles bóvedas, y las tres triplicadas puertas, formadas por tres planchas de bronce, tres de hierro y tres de diamantina roca, todas impenetrables, todas rodeadas de un valladar de inextinguible fuego. Delante de ellas, a uno y otro lado, estaban sentadas dos formidables figuras; una, de la cabeza a la cintura tenía apariencia de mujer, y mujer bellísima, pero su asqueroso cuerpo era el de una serpiente armada de aguijón mortal y cubierta de anchos y escamosos pliegues. Rodeábanla por la mitad multitud de rabiosos perros que, despidiendo de sus anchas fauces de Cerbero incesantes aullidos, producían horrendo estrépito. Si alguna vez se veían obligados a ocultarse, iban introduciéndose sin dificultad en las entrañas del monstruo, donde tenían seguro asilo, e invisibles allí, proseguían ladrando. Menos aborrecibles eran los que atormentaban a Scila mientras se bañaba en el mar que separa al calabrés de las mugientes costas de Trinacria[62]; ni ofrecía tan horrible aspecto el séquito que acompañaba a la nocturna maga, cuando, cabalgando por los aires, y atraída por el secreto olor de la sangre de algún niño, acudía a los bailes de las brujas de la Laponia, y eclipsaba el resplandor de la Luna con la fuerza de sus encantos[63].

La otra figura, si darse puede este nombre a lo que no tenía forma distinta de miembros, ni articulaciones, o si puede llamarse sustancia a lo que se asemejaba a una sombra, que ambas cosas parecía, negra como la noche, feroz como diez furias, terrible como el infierno, blandía un terrible dardo, y en lo que aparentaba cabeza, tenía algo que representaba como una corona real. Al ir a acercársela Satán, levantose el monstruo de su asiento, avanzó presuroso hacia él, y el infierno retembló con sus pasos. Contemplole con asombro el impávido Enemigo, y se admiró, mas sin arredrarse, porque excepto a Dios y su Hijo, ni respetaba ni temía a ningún ser creado; y con desdeñosa mirada, se anticipó a hablar, diciendo:

«¿De dónde vienes tú? ¿Quién eres, monstruo execrable, que temerario y terrible, osas con tu deforme aspecto oponerte a mi paso en estas puertas? Resuelto estoy a franquearlas, y ten por seguro que no te pediré permiso; retírate, o pagarás cara tu insensatez, hijo del infierno, y aprenderás por experiencia a no competir con los espíritus celestiales.»

A lo que replicó el espectro encendido en cólera:

«¿Eres tú aquel ángel traidor, el primero que infringió la paz y la fe del cielo, respetadas hasta entonces, y el que en su orgullosa rebelión arrastró consigo a la tercera parte de los espíritus celestes conjurados contra el Altísimo? Tú y ellos, desechados de Dios, ¿no estáis condenados por ese crimen a subsistir aquí por toda una eternidad envilecidos y entre tormentos? ¿Te cuentas tú entre los espíritus del cielo, réprobo del infierno? ¿Y prorrumpes en altiveces y arranques de menosprecio aquí, donde impero como soberano, y donde, para mayor confusión tuya, soy tu señor y rey? ¡Atrás, fugitivo impostor, a tus mazmorras! Y pon nuevas alas a tu ligereza, no sea que con un látigo de escorpiones avive tu lentitud, o que al menor impulso de este dardo te sientas sobrecogido de extraño horror, y de angustias que todavía no has experimentado.»

Dijo así el pálido Terror, y así hablando y amenazando, adquirió un aspecto diez veces más repulsivo y espantoso. Por su parte Satán, ardiendo en ira, no daba muestras de temor alguno, semejante a un ardiente cometa que inflama el espacio ocupado por el enorme Serpentario en el cielo ártico, destilando de su hórrida cabellera pestilencia y guerras. Dirígense ambos combatientes un golpe mortal a la cabeza, contando con que no han de tener que repetirlo sus fatales manos, y se provocan con sus miradas; como cuando cargadas con la artillería del cielo, avanzan dos nubes lóbregas mugiendo sobre el mar Caspio, y se colocan frente a frente, hasta que un soplo de viento les da la señal de romper en medio de los aires el cruel combate. Contémplanse los esforzados campeones con ojos tan sombríos, que al fruncir de sus cejas se oscureció el infierno; que tal era su denuedo; pero ni uno ni otro habían de hallar sino una sola vez enemigo más temible[64]. Hubieran llevado a cabo inauditos hechos, con terror del infierno todo, si la del medio cuerpo de serpiente, que estaba sentada junto a la puerta y guardaba la fatal llave, no se hubiera arrojado entre los combatientes, lanzando un espantoso grito. «¡Oh padre! exclamó, ¿qué intentan tus manos contra tu único hijo? ¿Qué furor ¡oh hijo! te impulsa a dirigir tu dardo mortal contra la cabeza de tu padre? ¿Sabes a quién obedeces? A Aquel que sentado en su supremo trono se ríe de ti, porque eres esclavo suyo, porque ejecutarás débilmente cuanto te ordene en su cólera, que él llama justicia; su cólera, que algún día os destruirá a los dos.»

Dijo, y a su voz se detuvo el infernal fantasma, y Satán le respondió de este modo: «Con tu extraño grito y tus palabras no menos extrañas, te has interpuesto aquí de manera, que al suspender su repentino golpe mi brazo, no renuncia a poner por obra lo que ha resuelto. Pero antes deseo saber de ti quién eres, que reúnes esas dos formas, y por qué al encontrarme por vez primera en este valle infernal, me has llamado padre, y dices que es hijo mío ese espectro. Ni te conozco, ni he visto jamás seres tan detestables como sois ambos.»

«Luego ¿ya me has olvidado? replicó ella. ¿Tan horrible parezco ahora a tus ojos, cuando en el cielo me tuviste por tan hermosa? En medio y a la vista de todos los serafines coligados contigo en su atrevida rebelión contra el Rey del cielo, te sobrecogió de pronto un dolor cruel; anublados y desvanecidos tus ojos, se perdieron en las tinieblas, mientras que brotando de tu cabeza una tras otra apiñadas llamas, se abrió profundamente por el lado izquierdo, y semejante a ti en la forma y esplendor, y animada de celestial hermosura, salí de ella en figura de diosa armada. Retrocedieron llenos de admiración todos los espíritus, y me llamaron Pecado, considerándome como un presagio siniestro; pero familiarizados después conmigo, les prendé de suerte que mis gracias seductoras rindieron a los que me miraban con más desvío. Fuiste el primero tú, que contemplando a menudo en mí tu perfecta imagen, te enamoraste de ella, y a solas conmigo gozaste los inefables deleites que engendraron en mis entrañas un nuevo ser. En tanto estalló la guerra: combatiose en los campos del cielo; nuestro poderoso Enemigo alcanzó inmarcesible triunfo (¿qué había de acontecer?), y nuestro partido quedó derrotado en todo el Empíreo. Cayeron nuestras legiones, precipitadas desde las alturas del cielo hasta el fondo de este abismo, y envuelta en su ruina, caí yo también. Entonces me fue entregada esta llave poderosa, con orden de mantener estas puertas cerradas para siempre, para que nadie pueda traspasarlas, si no las abro. Pensativa y sola me senté aquí: durome poco el sosiego, pues fecundado por ti mi vientre, y cercano ya el trance extremo, experimentó movimientos prodigiosos y dolores insoportables. Por fin ese aborrecible vástago que ves, hechura tuya, abriéndose paso violentamente, desgarró mis entrañas, y retorciéndose estas por el miedo y las convulsiones, quedó toda la parte inferior de mi cuerpo desfigurada. Nació ese enemigo mío, nació de mí blandiendo su fatal dardo, que lo destruye todo: y yo hui gritando: ¡Muerte! Estremeciose el infierno al oír este horrible nombre, y en lo mas hondo de sus cavernas se oyó un suspiro que repetía: ¡Muerte! Y yo seguía huyendo, y el espectro corría tras mí, aunque al parecer no tanto encendido en rabia, cuanto en lujuria; y como más ligero que yo, me alcanzó por fin; y sin respeto a mi horror de madre, entre impuros y violentos abrazos engendró conmigo en aquel rapto estos monstruos ladradores, que lanzando continuos aullidos me acosan como ves, y de nuevo los concibo a todas horas, y a todas horas me hacen sentir los dolores de su acerbo parto, porque vuelven a entrar en mi seno cuando les place, y aullando y royendo mis entrañas, que son su alimento, salen de pronto, y me causan tan profundo terror, que no hallo un instante de tregua ni reposo.

»Sentada ante mis ojos, y siempre en frente de mí, mi hija y enemiga, la horrible Muerte, azuza a esos perros, y ya me hubiera devorado, a falta de otra presa, aunque soy su madre, si no supiera que su fin va unido al mío, que yo, en tal caso, sería para ella un bocado amargo, un letal veneno, porque el destino lo ha dispuesto así. Pero te prevengo, padre, que evites la herida de su flecha, y no te lisonjees de que te haga invulnerable esa brillante armadura, por más que sea de etéreo temple, pues nadie, excepto aquel que reina allá arriba, puede despuntar arma tan mortífera.»

Así dijo; y aprovechando el sagaz Enemigo la advertencia, blanda y pausadamente repuso:

«Hija querida, pues me reconoces por tu señor y me muestras a mi bello hijo (prenda amada de los placeres que gozamos allá en el cielo, placeres tan dulces entonces como hoy de triste recuerdo, por la cruel desventura en que impensadamente hemos caído), sabe que no vengo como enemigo, sino para libertaros de esta sombría y horrible mansión de dolor a ti y a él y a toda la hueste de espíritus celestiales que por nuestras justas pretensiones quedaron envueltos en nuestra ruina. Enviado por ellos, emprendo solo este arriesgado viaje y solo me arriesgo por todos. Voy a recorrer con solitarios pasos el insondable abismo; en mi errante peregrinación a través del espacio inmenso, voy en busca de un lugar cuya existencia se ha predicho, y que a juzgar por varias señales, debe haberse creado ya, siendo redondo y vasto. Es una mansión deleitosa, situada en los confines del cielo, y donde habitan seres de reciente origen, destinados acaso a ocupar nuestros asientos vacantes, bien que se los mantenga ahora alejados de ellos por temor de que sobrecargados con una poderosa multitud, ocurran en el cielo nuevas perturbaciones. A averiguar si esta es la causa, u otra más oculta, voy apresuradamente; y una vez sabido el secreto, volveré en breve para trasladaros, a ti y a la Muerte, a una morada donde viviréis entre placeres, donde discurriréis con libre vuelo, invisibles, y respirando los suavísimos vapores de embalsamado ambiente. Allí, para que saciéis sin tasa vuestro apetito, todo será presa vuestra.»

Calló Satán, porque los dos monstruos dieron muestras de suma satisfacción, y la Muerte gesticuló con espantosa sonrisa al saber que aplacaría su hambre regocijándose de la dichosa ocasión que se la preparaba; y no menos complacida su proterva madre, prosiguió diciendo:

«Guardo la llave de este abismo infernal, porque tal es mi privilegio y el mandato del omnipotente Señor del cielo que me ha prohibido abrir estas puertas de diamante. La Muerte está determinada a rechazar toda violencia, segura de no ser vencida por ningún poder viviente; pero ¿debo yo obedecer las órdenes de un tirano que me odia y que me ha sumido en la lobreguez del profundo Tártaro, para desempeñar tan detestable oficio, y he de estar yo, hija del cielo, condenada a perpetua angustia y pena, y a oír aterrada el incesante clamoreo de mis hijos, que se alimentan de mis entrañas? Tú eres mi padre, el autor de mi existencia; tú me has dado el ser: ¿a quién pues debo obedecer y seguir sino a ti? Llévame pronto a ese nuevo mundo de claridad y de ventura, donde en compañía de dioses que gozan tan dulce vida, en voluptuosa paz, y sentada a tu derecha, cual conviene a tu hija y favorita, reine por toda una eternidad.»

Esto diciendo, sacó de su cintura la llave fatal, triste instrumento de todos nuestros males, y arrastrando su monstruoso cuerpo hasta la puerta, alzó sin dilación el enorme rastrillo que solo ella podía levantar, y que no hubieran movido todas las fuerzas del infierno juntas; hizo girar en la cerradura las complicadas guardas de la llave, y descorrió fácilmente las barras y cerrojos de hierro macizo y de dura piedra. Ábrense de improviso las puertas con impetuosa violencia y resonante estrépito, y al rechinar sus goznes produjeron un bronco trueno que retumbó en las más profundas concavidades del Averno.

Abrió las puertas; no estaba en su mano cerrarlas, y quedaron abiertas para siempre. Eran tan anchas, que desplegadas sus alas y banderas, con sus caballos y carros en buen orden, hubiera podido pasar holgadamente todo un ejército por ellas; y como la boca de un horno encendido, vomitaban rojizas llamas y espeso humo.

De repente aparecen ante los ojos de Satán y los dos espectros los secretos del antiguo abismo, sombrío e inmenso océano, sin límites ni dimensiones, donde se pierden la extensión, la profundidad, el tiempo y el espacio; donde la primitiva Noche y el Caos, progenitores de la Naturaleza, viven en eterna discordia, entre el rumor de perpetuas guerras, y sostenidos solo por sus perturbaciones. El calor, el frío, la humedad y la sequía, terribles campeones, se disputan la preferencia, lanzan al combate sus átomos embrionarios los cuales agrupados en diversas tribus alrededor de la bandera de sus legiones, pesada o ligeramente armados, agudos, redondos, rápidos o lentos, pululan en número infinito como las arenas de Barca o del ardiente suelo de Cirene[65], y van arrebatados a tomar parte en la lucha de los vientos; o a servir de contrapeso a sus raudas alas. El que lleva en pos mayor número de átomos, domina por un momento; el Caos impera como árbitro; sus mandatos aumentan más el desorden que le da el cetro, y a falta de él lo gobierna todo el Acaso como ministro supremo.

En aquel hórrido abismo, cuna de la Naturaleza y tal vez su tumba, que no es ni mar, ni tierra, ni aire, ni fuego, sino mezcla de todos estos elementos, los cuales confundidos en sus fecundos gérmenes deben luchar así perpetuamente, a no ser que el Creador Supremo destine sus impuros materiales a la formación de nuevos mundos; en aquel hórrido abismo, al borde del infierno, se detuvo el cauteloso Satán, y le contempló algún tiempo, reflexionando en su viaje, pues no era un pequeño estrecho el que tenía que atravesar. Atruenan sus oídos estrepitosos rumores, no menos violentos, comparando cosas grandes con pequeñas, que los de las tempestades de Belona cuando pone en juego sus destructoras máquinas para arrasar una ciudad fortísima; menor sería el estruendo si se desplomase la celeste bóveda, y los elementos desencadenados arrancaran de su eje a la tierra inmóvil. Satán despliega por fin sus alas, semejantes a dos anchas velas, para emprender su vuelo, y estriba con el pie en la tierra, elevándose entre torbellinos de humo.

Y con cabeza, manos, alas y pies, se sumerge, fluctúa y se arrastra.

Llevado como en un carro de nubes, sigue subiendo audaz por espacio de muchas leguas, pero faltándole de pronto el apoyo, encuentra un inmenso vacío, y sorprendido y agitando en vano sus alas, cae como un plomo a diez mil brazas de profundidad. Aún estaría cayendo, si por una desgraciada casualidad no le hubiera lanzado a otras tantas millas de altura la fuerte explosión de una tempestuosa nube, impregnada de fuego y nitro. Apagose su furor en una sirte esponjosa que no era ni mar ni tierra, y Satán, casi sumergido, atravesó el movedizo promontorio, tan presto a pie como volando. Tuvo entonces que emplear remos y velas; y semejante al grifo que en su alada carrera persigue por desiertos, montañas y valles al arimaspo[66], que ha sustraído sutilmente el oro confiado a su vigilante guarda, así continúa Satán ardorosamente su camino a través de pantanos, precipicios y estrechos, de vapores densos o enrarecidos; y con cabeza, manos, alas y pies, nada, se sumerge, fluctúa, se arrastra y vuela.

Llega, por fin, a sus oídos con sin igual fragor, un extraño y universal clamoreo de sordos sonidos y confusas voces, pero igualmente intrépido, se dirige hacia aquel lado para dar con el poder o espíritu del profundo abismo que resida allí, y preguntarle en qué punto se halla el límite de las tinieblas más próximo a la luz. De repente aparece el trono del Caos, desplegándose su negro e inmenso pabellón sobre un despeñadero de ruinas. La Noche, cubierta de negro manto, se ve asimismo sentada en su trono al lado del Caos; y como anterior a todos los seres, comparte con él el cetro. A su lado se hallan Orco y Ades, y Demogorgón[67], de terrible renombre; después el Rumor y el Acaso, el Tumulto y la Confusión monstruosa, y por último, la Discordia con sus mil bocas distintas. Satán se dirige osado al Caos, y le dice:

«Potestades y espíritus de este profundo abismo, Caos y antigua Noche: sabed que no vengo aquí como espía, con objeto de explorar o sorprender los secretos de vuestro reino; obligado a pasar por este sombrío desierto, a través de vuestro vasto imperio, porque me encamino hacia la luz, solo, sin guía y casi perdido, busco el rumbo más breve para llegar al punto donde vuestras oscuras fronteras se tocan con el cielo. Y si algún otro lugar de vuestro dominio ha sido invadido y ocupado últimamente por el Rey etéreo, salvando estas profundidades allí intentaré llegar. Dirigid mis pasos, que bien encaminados, no será escasa la recompensa que logréis en beneficio de vuestros intereses; no lo será, si arrojado el usurpador de la región perdida, consigo volverla a sus primitivas tinieblas y a vuestro dominio. Este es el objeto de mi presente viaje, y enarbolar de nuevo el estandarte de la antigua Noche. Para vosotros todas las ventajas; ¡yo me contento solo con vengarme!»

Así dijo Satán, y con voz temblorosa y descompuesto semblante le contestó el viejo Anarca: «Te conozco, extranjero; tú eres el poderoso jefe de los ángeles que últimamente se rebelaron contra el Rey del cielo, y que fuiste derrotado. Yo lo vi y lo oí, pues tan numerosa milicia no pudo huir en silencio a través del aterrado abismo, yendo destrozada, perseguida, y más confundida que la misma confusión, mientras las puertas del cielo daban paso a millones de sus huestes victoriosas. Yo he venido a residir en mis fronteras, donde todo mi poder apenas basta para salvar lo poco que me resta, pues también se experimentan aquí vuestras divisiones intestinas, que van mermando los antiguos dominios de la Noche; además de que por una parte el infierno, donde tenéis vuestras prisiones, se ha dilatado en torno bajo mis pies; por otra, ese Paraíso, ese nuevo mundo, están suspendidos sobre mi reino y unidos por una cadena de oro al punto del cielo de donde cayeron precipitadas vuestras legiones. Si queréis encaminaros hacia ese lado, no estáis distante; más cerca os hallaréis del peligro. Id, pues; apresurad la marcha; los despojos, la ruina y el exterminio son mi alimento.»

No dijo más, ni Satán se detuvo a replicar, sino que gozoso de tener próxima una playa en aquel océano, lánzase con nuevo ardor y con nueva fuerza por el inmenso espacio, como una pirámide de fuego. Pugnando con los desencadenados elementos que le rodean por todas partes, prosigue su camino más estrecho, más peligroso que el del navío Argos al cruzar el Bósforo, con mayores riesgos que Ulises cuando al evitar por un lado a Caribdis, vio amenazada su inexperiencia con otro escollo.

Así avanzaba Satán difícil y penosamente; pero una vez que forzó el paso, y más adelante cuando cayó el Hombre (¡extraña novedad!), el Pecado y la Muerte, que seguían las huellas del infernal enemigo, pues tal fue la voluntad del cielo, abrieron ancho camino por el sombrío abismo, cuyo hirviente seno consintió que se echara un puente de asombrosa longitud desde el infierno hasta el orbe exterior de este frágil globo. Por medio de esta fácil comunicación, van y vienen los espíritus perversos, excepto los mortales, para tentar o castigar a aquellos a quienes Dios y los santos ángeles guardan por gracia particular.

Pero ya, por fin, comienza a sentirse la influencia sagrada de la luz, y el alba luminosa envía desde las murallas del cielo un destello al tenebroso seno de la oscura Noche. Aquí tienen principio los más lejanos límites de la naturaleza; retrocede al Caos y se retira de sus defensas como enemigo vencido, con menos estrépito y resistencia, mientras Satán, tranquila y holgadamente, se desliza por las apacibles hondas, guiado de incierta luz, a la manera de un buque combatido por las tempestades, que entra alegremente en el puerto, aunque con sus jarcias y velas despedazadas. Parecido al aire, tiende sus alas a la inmensidad del vacío, contemplando desde lejos y enajenado el empíreo cielo, cuya extensión es tal, que no acierta a distinguir si es cuadrada o circular. Descubre las torres de ópalo; las almenas de brillantes zafiros donde fue un tiempo su patria; ve también junto a la luna, sujeto al extremo de una cadena de oro, aquel mundo suspendido[68], igual a una estrella de la más pequeña magnitud; desde allí, animado por inicua sed de venganza, maldito él, y en maldita hora, aceleró su vuelo.

LIBRO TERCERO


ARGUMENTO

Sentado Dios en su trono, ve a Satán, que vuela hacia el mundo nuevamente creado, y mostrándole a su Hijo, que reside a su diestra, le predice cómo intentará y logrará aquel pervertir al género humano. Pone a salvo de toda imputación su justicia y sabiduría, dado que ha hecho al Hombre libre y capaz de resistir a las tentaciones de su enemigo; y anuncia su designio de perdonarle, atendiendo a que no se dejará llevar de su propia perversidad, como Satán, sino de la seducción de este. El Hijo glorifica al Padre por su bondad, pero Dios declara al propio tiempo que no podrá conceder su gracia al Hombre sin que la justicia divina quede satisfecha, porque al atentar contra su poder, aspirando a la divinidad, se ha hecho reo de muerte con toda su descendencia, y debe morir, a no ser que haya alguien capaz de reparar su culpa, sufriendo el castigo de ella. El Hijo de Dios se ofrece entonces voluntariamente a rescatar al Hombre; acepta el Padre la oferta, ordena su encarnación, y dispone que sea exaltado sobre todo cuanto existe en el cielo y en la tierra. Manda luego a todos sus ángeles que le adoren; obedécenle ellos, y al compás de sus arpas, entonan himnos de gloria en loor del Omnipotente y de su Hijo. Entretanto, desciende Satán a la superficie exterior del globo terráqueo, y divagando por uno y otro punto, llega a un lugar llamado posteriormente el Limbo de la Vanidad. Qué seres y qué cosas se dirigen volando hacia el mismo sitio. Acércase después a las puertas del cielo, y se describen las gradas por donde se sube a él, así como las aguas que corren por encima del firmamento. Pasa Satán a la órbita del Sol, y encuentra a Uriel, rector de aquella esfera; pero antes toma la forma de un ángel inferior, y pretextando un religioso deseo de contemplar el mundo nuevamente creado, y al Hombre colocado por Dios en él, procura averiguar cuál es su morada. Indícasela Uriel, y Satán dirige a ella su vuelo, deteniéndose primeramente en la cima del Nifates.

¡Salve, sagrada luz, hija primogénita del cielo[69] o destello inmortal del eterno Ser! ¿Por qué no he de llamarte así, cuando Dios es luz, y cuando en inaccesible y perpetua luz tiene su morada, y por consiguiente en ti, resplandeciente efluvio de su increada esencia? Y si prefieres el nombre de puro raudal del éter, ¿quién dirá cuál es tu origen, dado que fuiste antes que el sol, antes que los cielos, cubriendo a la voz de Dios, como con un manto, el mundo que salía de entre las profundas y tenebrosas ondas, arrancado al vacío informe e inconmensurable?

Vuelvo ahora a ti nuevamente con más atrevidas alas, dejando el Estigio lago, en cuya negra mansión he permanecido sobrado tiempo. Mientras volaba cruzando tenebrosas regiones y menos sombríos ámbitos, canté el Caos y la eterna Noche en tonos desconocidos a la cítara de Orfeo. Guiado por una musa celestial, osé descender a las profundas tinieblas, y remontarme de nuevo, arduo y penoso empeño. Seguro ya, vuelvo a ti, siento tu influencia vivificadora; pero tú no iluminas estos ojos, que en vano buscan tu penetrante rayo sin descubrir claridad alguna: a tal punto ha consumido sus órbitas invencible mal, o se hallan cubiertas de espeso velo. Mas alentado por el amor que me inspira sagrados cantos, recorro sin cesar los sitios frecuentados por las Musas, las claras fuentes, los umbríos bosques, las colinas que dora el sol; y a ti sobre todo ¡oh Sión! a ti, y a los floridos arroyos que bañan tus santos pies y se deslizan con suave murmullo, me dirijo durante la noche. Ni olvido tampoco a aquellos dos, iguales a mí en desgracia (¡así los igualara en gloria!), el ciego Tamiris y el ciego Meónides[70], ni a los antiguos profetas Tiresias y Fineo[71], deleitándome entonces con los pensamientos que inspiran de suyo armoniosos metros, como el ave vigilante que canta en la oscura sombra, y oculta entre el espeso follaje, hace oír sus nocturnos trinos.

Así con el progreso del año vuelven las estaciones; mas para mí no vuelve jamás el día: no veo los dulces albores de la mañana, ni el crepúsculo de la tarde, ni la flor de la primavera, ni la rosa del estío, ni los rebaños de los prados, ni la faz divina del Hombre. Sumido entre tinieblas y eternas nubes, apartado de las gratas sendas de la vida humana, no me ofrece el libro cuyo estudio es tan interesante, más que una inmensa página en blanco, donde están borradas para mí las obras de la naturaleza, y la sabiduría halla cerrada en uno de mis sentidos la puerta que más fácil entrada le dejaría.

Brilla, pues, dentro de mí con más esplendor ¡oh celeste luz! Ilumina con tus rayos las potencias todas de mi alma; pon ojos en ella; purifica y presérvala de las sombras que la envuelven, para que pueda ver y narrar cosas invisibles a la vista de los mortales.

Desde las cumbres del puro empíreo, donde ocupando su trono, domina sobre las mayores eminencias, inclinó una mirada el omnipotente Padre para contemplar a la vez sus obras y las obras de sus criaturas. Agrupábanse en torno suyo todas las santidades del cielo, como otras tantas estrellas, y se gozaban en su vista con indecible bienaventuranza: a su diestra tenía asiento su único Hijo, radiante imagen de su gloria. Dirigió su vista a la Tierra, fijándola en nuestros dos primeros padres, únicos seres de la especie humana, que colocados en un jardín delicioso, saboreaban inmortales frutos de paz y amor, inalterable paz, amor sin igual en aquella soledad dichosa. Miró después al infierno, y al abismo que le separa del mundo, y vio a Satán volando por la tenebrosa atmósfera, en torno de los límites del cielo, y hacia la región de la Noche, inclinado a posar sus fatigadas alas y su pie impaciente en la árida superficie de este mundo, que le parecía un globo sólido y sin firmamento. Dudaba si era océano u aire aquel espacio; y observándole Dios con la profunda mirada que penetra en el presente, el pasado y el porvenir, dirigió a su Unigénito estas proféticas palabras:

«¿Ves, Hijo mío, el furor de que está poseído nuestro adversario? Ni la estrechez en que se halla, ni las barreras del infierno, ni las cadenas de que está cargado, ni aún el vacío inmenso del abismo bastan para contenerle: tanto le ciega la desesperación de una venganza que recaerá sobre su rebelde cabeza. Rotos ahora los lazos que le oprimían, se acerca al cielo, a la región de la luz, dirigiéndose al mundo nuevamente creado, con el intento de destruir por la fuerza al Hombre que mora allí, o lo que es peor, pervertirle con algún artificioso engaño. Y lo conseguirá; porque atento el Hombre a sus falaces lisonjas, y quebrantado fácilmente mi único mandato, la única prueba que exijo de su obediencia, caerá no solo él, sino toda su infiel progenie.

»¿A quién podrá culpar, a quién más que a sí propio? ¡Ingrato! Le concedí cuanto podía anhelar; le inspiré la justicia, la rectitud, la fuerza para sostenerse, aunque con la libertad para caer; del propio modo creé a todas las potestades y espíritus etéreos, así a los que permanecieron fieles, como a los que se rebelaron, pues libres fueron los unos para sostenerse, los otros para caer. Sin esta libertad, ¿qué prueba sincera hubieran podido dar de verdadera obediencia, de constante fe ni de amor, obrando solo por necesidad, no voluntariamente? ¿De qué alabanza se hubieran hecho merecedores? ¿Qué satisfacción había de causarme semejante obediencia, cuando la voluntad y la razón (que en la razón también hay albedrío), tan vana la una como la otra, privadas ambas de libertad y ambas pasivas, cedieran a la necesidad, no a mi precepto?

»Así creados, y conforme al derecho de que disfrutan, no pueden en justicia acusar a su Hacedor, ni a su naturaleza, ni a su destino, cual si este avasallase su voluntad o dispusiera de ellos por un decreto absoluto o una prevención suprema. Ellos mismos han decidido su rebelión, no yo; yo la tenía prevista, mas semejante previsión no redunda en disculpa suya, que no por haber dejado de preverla hubiera sido menos segura. Así pues, sin que los impulse nadie, sin poder achacarlo al destino, ni a una predestinación inmutable por parte mía, ellos son los que pecan, ellos los autores de su mal, en que caen deliberadamente o por su elección. Libres los he formado; libres deben permanecer hasta que ellos mismos vengan a esclavizarse, pues de otra suerte me sería forzoso cambiar su naturaleza, revocando el supremo decreto, inmutable y eterno, por el cual les fue otorgada su libertad. Ellos solo son la causa de su caída.

»Los primeros culpables cayeron instigados, tentados por sí mismos, y por su propia depravación: el Hombre cae engañado por aquellos rebeldes, y por lo mismo obtendrá gracia; los otros no. Por la misericordia y la justicia triunfará mi gloria así en el cielo como en la tierra: mas la misericordia, desde el principio al fin, será la que resplandezca más.»

Mientras hablaba así Dios, se difundía por todo el cielo un aroma de perfumada ambrosía que comunicaba a los elegidos espíritus de los bienaventurados el inefable gozo de un nuevo júbilo. Mostraba el hijo de Dios la expresión de una gloria sin igual; veíase en él sustancialmente reproducido su Padre en toda su plenitud; y en su rostro aparecían visibles una divina compasión, un amor infinito y una inefable gracia, que le movieron a dirigirse a su Padre, diciendo así:

«¡Oh Padre mío! ¡Cuán misericordiosa es la sentencia que como supremo juez has pronunciado! ¡Que el Hombre obtendrá perdón! Por ella publicarán cielo y tierra tus alabanzas en innumerables himnos y sagrados cánticos, que resonando alrededor de tu trono, para siempre te bendigan. Pero ¿será que el Hombre perezca al fin? ¿Que la última y más amada de tus criaturas, el más joven de tus hijos, sea víctima de un engaño, aunque su propia demencia contribuya a él? Lejos de ti rigor tanto, lejos de ti, Padre mío, que juzgas, y siempre equitativamente, de cuanto has hecho. ¿Conseguirá así sus fines nuestro adversario, frustrando los tuyos y sobreponiéndose su malicia, a tus bondades? ¿Verá satisfecho su orgullo, aunque sujeto a más duras penas, y logrará saciar su venganza, arrastrando consigo al infierno, después de haberla corrompido, a toda la raza humana? ¿Has de destruir tú mismo tu creación, y deshacer por ese enemigo lo que has hecho para tu gloria? Pondríanse entonces en duda tu bondad y tu grandeza, y se negarían una y otra, sin que fuera posible defenderlas.»

«¡Oh hijo mío, en quien tanto se goza mi alma, le replicó el Sumo Hacedor, Hijo de mi seno, mi único Verbo, mi sabiduría, mi más eficaz poder! Conformes están tus palabras con mis pensamientos y con lo que mi eterno designio ha decretado; no perecerá enteramente el Hombre: salvarase el que lo desee, mas no por su voluntad propia, sino por mi gracia libremente concedida. Restableceré de nuevo su degenerada condición, aunque sujeta por el pecado a impuros y violentos deseos, y con mi ayuda podrá otra vez resistir a su mortal enemigo; pero esta ayuda ha de servirle para que sepa a qué extremo ha llegado de degradación, y para que a mí, exclusivamente a mí, sea deudor de su libertad.

»Ya entre todos ellos he escogido a algunos, dignos de mi predilección, porque tal ha sido mi voluntad: los demás oirán mi llamamiento, y serán con frecuencia amonestados para que, reconociendo su iniquidad, se apresuren a aplacar mi indignación y aprovecharse de la gracia con que les brindo. Yo iluminaré cuanto sea necesario la ofuscación de sus sentidos, y ablandaré sus endurecidos corazones para que puedan orar, arrepentirse y prestarme la debida obediencia. A sus ruegos, a su arrepentimiento y sumisión, cuando procedan de un ánimo sincero, ni mis oídos ni mis ojos permanecerán cerrados; les daré por guía y árbitro la conciencia; y si la escuchan y la emplean bien, cada vez alcanzarán más luz, y perseverando hasta el fin, tendrán segura su salvación. Pero nunca disfrutarán de mi inagotable indulgencia ni de mi gracia los que la olviden y menosprecien, sino que se aumentarán en el endurecido su dureza y en el ciego su ceguedad para que tropiecen y caigan en mayor abismo; y solo a estos excluiré de mi misericordia.