IMPRESIONES

POESÍAS

DE

JOSÉ CAMPO-ARANA

CON UN PRÓLOGO

DE DON CÁRLOS COELLO

MADRID

LIBRERÍA DE M. MURILLO

CALLE DE ALCALÁ, NÚM. 18
1876

AL EXCMO. SEÑOR

D. FRANCISCO ROMERO Y ROBLEDO

Debo á usted lo poco que soy y atenciones que con nada podré pagarle: por gratitud y por cariño, coloco su nombre al frente de este tomo de poesías.

José Campo-Arana.

Madrid 29 de Diciembre de 1875.


ÍNDICE

PRÓLOGO.

I.

a aparicion de las poesías de Don José Campo-Arana, es una de tantas respuestas victoriosas como la realidad ofrece diariamente á los empeñados en la triste tarea de probar al público que atravesamos un período de paralizacion y esterilidad artística; privando al talento del entusiasmo y de la fé, únicos estímulos que para él dejan á nuestra desangrada patria los que más prosaica y ventajosamente la explotan.

No hay que negarlo; los mercaderes están aposentados en el templo del arte, y el público se hace su primer cómplice concediendo decidida proteccion á todo lo malo y escatimándola á todo lo bueno: lo que vive cuando todo conspira á su muerte, tendrá desgracia sin duda, pero no puede decirse con fundamento que carece de vitalidad.

El arte vive, y vive tan sólo de sí mismo en nuestra sociedad indiferente, aturdida, ávida siempre de sensaciones y embotada para los sentimientos. Nada puede el arte esperar de ella: ella, por el contrario, debe esperarlo todo de él. El arte regenerará á quien le abandona; el arte enseñará á pensar á quien los hechos no inspiran una reflexion; el arte enseñará á sentir á quien las desventuras que directamente no le tocan, arrancan tan pocas lágrimas.

El arte alienta y crece en España como una flor fragante entre pavorosas ruinas; y esto no es menester probarlo: basta con tomarse el sencillo trabajo de verlo.

Nuestros pintores, áun despues de muertos Rosales y Fortuny, hacen el primer papel en los talleres de Roma, en los mercados de París y Lóndres; y si consiguen sobreponerse á las exigencias de una moda estúpida, que tiende á empequeñecer el tamaño y el asunto de sus concepciones, los nombres de Velazquez y Murillo no serán los únicos que pronuncie la posteridad con cariñoso respeto.

La música, desde que Gaztambide, Barbieri y Monasterio echaron sobre sí la difícil tarea de descubrir á nuestro filarmónico pueblo tesoros para él ignorados, ensancha su esfera de accion en España. Marqués coloca sus inspiradas sinfonías, sin extrañeza de nadie, con aprobacion de todos, al lado de las de Mozart y Beethoven, y Arrieta y Caballero engrandecen poco á poco la zarzuela para que, en dia no lejano, la noble aspiracion de la ópera española se convierta en hermosa y firme realidad.

Aunque la escultura no hubiera producido en nuestra época otra cosa que la estátua, tan bien concebida como ejecutada, del torero moribundo, que tanto nos hizo admirar y sentir en la última exposicion, y los nombres de Ponzano, Suñol, los Vallmitjana y tantos otros no gozaran de reputacion europea, aquel atrevido intento, aquella estética innovacion, sería triunfo suficiente para la gloria de la más ingrata de las artes.

En cuanto á la literatura... La grandeza del cuadro impone y espanta, pero su hermosura atrae y hace irresistible el deseo de ensanchar el ánimo con el placer de su descripcion.

En el centro, en la cumbre del lienzo, se destaca una figura amable, sonriente, serena, que goza en vida de la estimacion y de la fama que la muerte concede á tan pocos: es un anciano en cuya mirada brillan juntamente el talento y la bondad con la misma fuerza, en cuya sien los laureles son tantos como las canas venerables: es el autor de Los Amantes de Teruel y de La Ley de raza y de las Fábulas y de Los Cuentos: es D. Juan Eugenio Hartzenbusch. La época literaria que le cuenta dentro de sí, que le mira como su patriarca y áun le ha contemplado recientemente lanzar destellos dulces y puros como los de un sol de primavera en su ocaso, no puede ser acusada de esterilidad; tiene que ser respetada, si no envidiada, de cuantas le sigan en la sucesion de los tiempos.

Al lado de D. Juan, y rodeándole con cariño, hay tántos, que nombrarlos á todos, áun teniéndolos presentes, es empresa mayor de lo que parece á primera vista. Ved allí á D. Antonio García Gutiérrez, al ilustre veterano del teatro español, á quien los años parecen rejuvenecer el alma; que todavía dá, que todavía ha de dar muchas obras á la escena que honró con el Trovador y con Juan Lorenzo (drama superior al público que creyó juzgarlo y se condenó á sí mismo), para gloria suya y aliento y enseñanza de la juventud, que reza sus versos como las ancianas las oraciones de sus devocionarios. Ved más allá á Manuel Tamayo y Baus, que no contento con la reputacion que basta á todos los hombres, ha querido conquistar dos, y tomando el pseudónimo de Joaquín Estébanez, ha acometido y llevado á cima con Un drama nuevo la temeraria empresa de eclipsar al autor de Virginia y La Locura de amor. Junto á él y cogidos de sus manos, como un hermano afectuoso el uno, como un maestro y un padre el otro, están Manuel Cañete y D. Aureliano Fernandez-Guerra... Manuel Cañete, el poeta inspirado y elegante, el restaurador de nuestro primitivo teatro, el crítico á quien la fuerza, la violencia del amor á lo bello encarnado en su espíritu, le obliga hasta á ser cruel y despiadado con lo malo; Fernandez-Guerra, el sabio infatigable, el sabio poeta, á quien acusan de soñador en sus juicios los que no comprenden que, á veces, tiene que inventarse cosas que no sepa para estudiarlas, porque cuanto humanamente se puede saber está ya tan bien colocado en su cerebro como los libros en una biblioteca. Esforzad, esforzad la turbada vista y descubrireis más rostros conocidos y simpáticos. Rosell, el docto Rosell, cuya prosa sólo puede rivalizar con sus versos; Escosura, siempre elocuente en sus escritos, siempre chistoso en su conversacion, siempre benévolo con la juventud de que eternamente formará parte; Arteche, el severo, inimitable historiador de la Guerra de la Independencia, el narrador ameno de la vida de Un soldado español de veinte siglos; Valera, el naturalmente correcto autor de Pepita Gimenez; Campoamor, el que hasta nombre ha tenido que inventar para su poesía, tan singular y extraña como avasalladora del ánimo y de la atencion; Oliván, el hablista rival de Cervantes y de Moratin, el que posee en su pluma una varita mágica que hace brotar poéticas flores sobre los problemas económicos y sobre las leyes agrícolas; Balart, el ingenioso crítico que vuelve sobre su olvidada pluma para terror de los poetas chirles, para regocijo de los que arrancan un elogio á su censura severa y sana; Canalejas, el ameno preceptista; Selgas, el incansable rebuscador de retruécanos y paradojas, el terrible censor de las modernas costumbres; Nuñez de Arce, el viril cantor de las angustias de la patria; Silvela, el fino y cáustico Velisla; Frontaura, el ingeniosísimo retratista del pueblo; Luis Guerra, el biógrafo, el vengador del autor insigne de La verdad sospechosa; Castro y Serrano, el que fué á Suez sin moverse de Madrid, el que escribió las Cartas trascendentales, y La Capitana Coock y Las Estanqueras; Alarcon, el Testigo de la guerra de África, el viajero De Madrid á Nápoles... Mil más que convierten el grupo de los escritores que tienen ya basada en sólido cimiento su reputacion, en un inmenso océano de cabezas.

A su lado, y como huyendo avergonzados de la compañía de los demás, nos muestran la espalda los tránsfugas de la literatura; los que van á buscar en la política, más que el nombre que su natural disposicion les brindaba, un descrédito probable por el pronto, y, á la larga, el anatema ó el olvido.

No es insignificante el número de los que en otro extremo del cuadro se impone al cansancio de nuestros ojos con la viveza y animacion de sus figuras. Echegaray, el hombre de ciencia, el político, aparece en primer término al frente de la alborotada multitud de los Zapata, los Herranz, los Sanchez de Castro, Gaspar, Calvo y Revilla, Barrera, Valcárcel, Bustillo, Balaciart, etc., etc., etc., trocando el compás por la pluma, y trasformándose de un golpe en el autor dramático más atrevido de su época.

Vedlos á todos, entusiastas soldados del arte, escalar las ásperas alturas que guian á la cumbre donde se asienta el templo de la Fama, enardecidos por la fé que rebosa en sus almas, por la hermosura de la conquista, y no ménos que por todo eso, por las voces del ilustrado y benévolo Navarrete, del ático Sanchez Perez, del tan discreto como bilioso Revilla, del juicioso y noble García Cadena, del entusiasta Alfonso, del concienzudo Cortázar.

¡Estéril el período literario que atravesamos! ¿Vale la pena tan peregrina acusacion de que nos ocupemos de ella un momento más?

II.

Hace algunos años, ofrecía la Plaza de Santa Ana un aspecto muy distinto del que ahora presenta; y, sin duda porque el que estas líneas escribe la contemplaba entónces con los aduladores ojos de la adolescencia, infinitamente más bello. Verdad es que la fachada del teatro Español no ostentaba los primores del revoque moderno, que confunde en sabrosísimo consorcio los edificios públicos y los platos de huevos moles adornados de clara batida, donde las Góngoras lucen la habilidad de sus manos para delicia de los fieles golosos; verdad es que aquella tierra inculta no se habia engalanado todavía con la improvisada exuberancia de la naturaleza municipal; pero no es ménos cierto que la Plaza de Santa Ana, sin sus tenduchos de madera en que los gorriones morian tan rabiosos y desesperados como Werther, en que los grillos se ensayaban para cantar zarzuela, en que los titís y las cacatúas daban con sus asquerosas miradas y con su coquetismo, abundantes pruebas de que los vicios y flaquezas son lo que más une al hombre con los animales; sin todo eso, repito, la Plaza de Santa Ana será todo lo que se quiera... menos la Plaza de Santa Ana. ¿Quién, cuando muchacho, no se ha extasiado ante aquellos destartalados cajones? ¿Quién, por el módico precio de dos cuartos, no ha comprado, al mismo tiempo que la pobre víctima, el cargo de verdugo, ejercido con tanta inocencia como resolucion? Yo sé de un niño (cuyo nombre reservo para no ofender la modestia y resucitar los remordimientos en quien ya es hoy un hombre muy barbudo y que peina canas); yo sé de un niño que, al cumplir los nueve años, repasó la lista de sus avicidios, y, ménos sanguinario que Tenorio, sintió profundo arrepentimiento y vivo deseo de enmendar de alguna manera sus crímenes, y ya que no pudo decir aquello de

Si buena vida os quité,

buena sepultura os dí...

porque los cadáveres se habian extraviado por el garguero del gato de su casa, pidió á su padre (no al padre del gato, al marido de su madre) dinero para comprar todos los billetes de la próxima extraccion de lotería; medio ingenioso que habia imaginado el infante para sacar el premio gordo, comprar con él todos los pájaros de la Plaza de Santa Ana, y en un dia y una hora darles libertad.

¡Dulce, encantadora edad de la infancia, en que lo feo es bonito, toda ambicion posible, y hasta los remordimientos se presentan con forma cómica!

En un ángulo de la plazuela, se alzaba por el año de 1868, y debe alzarse todavía (el regente de la imprenta no me dá tiempo para averiguarlo), una casa de tres pisos y un solo balcon en cada uno, propiedad de una maestra de niñas, que tenia amiga en la calle de Belen, y que, para cierto objeto que más adelante se dirá, cayó en gracia (el cuarto, no la maestra,—esto de escribir de prisa tiene muchos y graves inconvenientes) á unos cuantos jóvenes, escritores unos, que no escribian; estudiantes otros, que no estudiaban, y empleado alguno, que empleaba el tiempo en no asistir á la oficina. Aquel cuarto, tan reducido que bien hubiera podido llamarse ochavo, constaba de un pasillo estrecho, que parecia ancho á fuerza de ser corto, un gabinete donde bien podrian caber seis personas de pié, pero incómodamente, y un balcon á la plaza de los pájaros.

Cuando los mancebos en cuestion se dirigieron á su propietaria y le manifestaron el atrevido pensamiento de alquilarlo, la ilustrada y nariguda maestra de niñas estuvo indecisa largo tiempo: el que ellos tardaron en reunir, escudriñando y vaciando los bolsillos de todos, la escasa cantidad á que montaba el mes adelantado y el de fianza. Sin embargo, sus temores, que entónces ni siquiera sospecharon los inquilinos, eran injustos y probaban que la maestra de niñas sabía más de lo estrictamente necesario para dar buena educacion á unas cuantas señoritas. Aquella habitacion se habia alquilado para trabajar; para,—huyendo de lloros de niños y cánticos de criadas en las respectivas casas de los mozalvetes, y de la inspeccion más bien intencionada que rígida de la familia,—dedicarse á lo que formaba todo su encanto: emborronar cuartillas y hacer artículos que se insertaban de balde en el Cascabel ó en el Museo Universal (y resultaban caros), componer versos indignos hasta de los periódicos de modas, dramas destinados á ser rechazados por todas las empresas, y otras hazañas por el estilo.

¡Cuán dichosa tarde, aquella en que sentados en el suelo al rededor de una silla de Vitoria, ante una humeante ponchera, se inauguró lo que desde luego fué bautizado con el poético nombre de El Nido, y se acordó por unanimidad la conveniencia de amueblarlo... si la próxima sesion habia de levantarse con pantalones completos. Uno llevó las sillas al dia siguiente (¡cuántas noches debió soñar el sillero con que se habia ido á Sevilla!); otro una máquina de café; otro una coleccion de retratos de hombres célebres; otro una pipa para fumar él y llenar el cuarto de peste y de humo, asegurando que así lo calentaba, y otro una estera de verano, aprovechando la circunstancia de ser invierno,—con lo cual lograron hacerse en Diciembre la ilusion de estar en Agosto y llegar á Junio con la estera tan rota, que con barrer un poco quedó hecho el desestero.

La vida de los habitantes del nido era tan dulce como la de todos los que esperan, como la de todos aquellos para quienes en el despacho del teatro de la ilusion no ha aparecido aún el fatídico letrero de «No hay billetes.» Casi todos eran republicanos, y no eran más, porque no habia más que ser; y el único decididamente afiliado en el partido conservador, pensaba con seriedad en la conveniencia de escribir un drama político-filosófico-social probando que los casamientos de Estado son una infamia intolerable, que un rey debe casarse por amor y dar su mano á una fregona de palacio, si ésta, con la bondad de sus prendas y la belleza de su palmito, ha logrado inclinar el ánimo de S.M. desde las ventanas de la régia cámara hasta los respiraderos de las régias cocinas.

Todos los habitantes del nido eran críticos entónces (apenas habian escrito nada que valiese algo todavía), y á haberles conocido las empresas, les hubieran prohibido la entrada en sus teatros las noches de estreno. Siempre recordaré (eternamente impreso lo tendrá alguno de aquellos jóvenes... en la mejilla izquierda) el lance acontecido la noche que por primera vez se representó cierta bufonada en el coliseo de Jovellanos. Los carteles anunciaron el desafuero contra el arte, y aquella alborotada juventud se posesionó del centro de la galería baja, dispuesta á vengar las injurias que, no sin razon, daban de antemano por inferidas á su ídolo. El público sensato se mostraba descontento, los alabarderos aplaudian más furiosamente á medida que perdian la esperanza de vencer en aquella jornada, y su jefe, harto ya de oir los dicterios que contra la pieza proferia el más procaz de los habitantes del nido, encaróse con él, y díjole:—«¿Cuántos años tiene usted, caballerito?»—«Quince, para servir á usted,» contestó el interrogado con un aire que desmentia lo compuesto de las palabras.—«Y ¿no le gusta á usted esta obra?» tornó á preguntar el jefe de alabarderos.—«Nó, señor,» tornó á contestar aquél, y añadió acto contínuo:—«Y á usted ¿le agrada?»—«A mí me parece una obra muy aceptable,» repuso el imprudente amigo de la empresa. Nuestro jóven le miró de alto abajo, y exclamó:—«Pues compadre, está usted adelantado, para la edad que tiene!» Frase que le valió un coro de carcajadas de todos los que le rodeaban, un tremendo bofeton del militar-paisano, y la probabilidad de pasar la noche en la prevencion con todos sus compañeros, que salieron bizarramente á su defensa.

Justo es decir que los que en ciertas ocasiones se mostraban implacables, eran cuando se estrenaba una obra de algun autor de merecido crédito, los que con más placer le palmoteaban y con más entusiasmo pedian su nombre.

Las ideas revolucionarias que los dominaban en política, los avasallaban tambien en literatura; y para ellos lo más exagerado era siempre lo mejor.

De resultas de una discusion comparando el romanticismo y el clasicismo, el busto de Molière salió desterrado del nido, y aún me parece leer sobre sus paredes la quintilla escrita con carbon un dia que se recordaron las burlonas censuras de Moratin al autor de La vida es sueño.

Os indignais sin razon

Contra ese ultraje tan ruin;

¿Puede, en ninguna ocasion,

Amenguar un moratin

La gloria de un CALDERON?

Los caractéres de los habitantes del nido, corrian parejas, por lo distintos, con los muebles de la salita. Todos, y esto era lo único en que se parecian, eran aspirantes á escritor; á excepcion de dos, cuyas obras habian sido aplaudidas por el público, y que sin tener en cuenta esa circunstancia, se dignaban mirar como compañeros á los demás. Era el más viejo, y era y es bien jóven aún, uno cuyo nombre es ya garantía para el público que asiste á los estrenos de sus obras, de que va á pasar una noche feliz: tanta es la habilidad con que sabe disponer la sencilla y natural trama de sus piezas: tanta y tan fina es la sal con que sabe aderezarlas y servirlas al público, su infatigable convidado. De mediana estatura, delgado, nervioso, su cabeza ocupaba casi una tercera parte de su cuerpo; quebrado el color, rayando en bilioso, un mechon de alborotados cabellos negros adornaba su despejada frente y entonaba la dureza de líneas de aquella nariz aguileña, de aquellas cejas desiguales que daban sombra á unos ojos en que la impaciencia, la sutilidad y la astucia eran tres amigas que contínuamente caminaban del brazo. ¿No le conoces, lector? ¿No le has visto salir á escena estas noches? Es Miguel Ramos Carrion, el autor de Un sarao y una soirée, y de La gallina ciega, y de Esperanza, y del Cuarto desalquilado, y de Los doce retratos, y de La mamá política, y de una obra que se representará en breve y acabará de consolidar su reputacion.

Miguel ¡quién lo diria conociendo sus obras! era desgraciado: ya no lo es; ya su trabajo basta para sostener las cortas necesidades, la existencia preciosa de su madre, y el recuerdo del tiempo malo sólo puede ser para mi amigo el fondo negro, que no es triste, puesto que hace destacar la claridad del primer término. Miguel, luchando con innumerables contrariedades de todo género, escribia artículos, hacía versos para mil objetos distintos, traducia en tres dias una pieza ó una zarzuela que solia representarse con ajeno nombre, y en vano pedia á los sucesos un momento de tranquilidad para hacer al fin algo más digno de sus envidiables facultades. Sus compañeros del nido se las reconocian á coro, sostenian su fé vacilante, y hoy sienten tanta felicidad por su suerte como orgullo por no haberse equivocado en sus pronósticos.

No puedo dejar de hablar de Ramos sin nombrar al que, unido constantemente á él, lo completa como la postdata á la carta en que falta algo. Me refiero á cierto estudiantillo de taquigrafía, asturiano de profesion, de alma de niño, de corazon de hombre, nacido para tener un amigo, y á quien todos desean tener por tal. Toribio Granda idolatra á Miguel Ramos como la madre quiere á su hijo, y le admira sinceramente y le gruñe sin cesar, y sufre más que él, que es cuanto se puede decir, la noche en que estrenan alguna obra,—obra que la noche del estreno es tan de Toribio como de Miguel;—que tiene tanta influencia sobre Ramos, que, á veces, hasta le hace trabajar.

Al nido pertenecia tambien otro pájaro que despues ha tomado vuelo por las regiones de la política, y sabe Dios hasta dónde llegará. Hasta donde quiera, porque, hoy como entónces, todos sus compañeros reconocen en él más talento que en ninguno y ménos discrecion para emplearlo y convertirlo en otra cosa que en un perro que muerde á su amo. Adolfo Malats era, al formarse el nido, cuando él no habia aún soltado el cascaron, un muchacho rubio, largo, paliducho y ojeroso. En su mirada lánguida se veia contínuamente prematuro cansancio: en su frente cubierta de pelo no se adivinaba la inteligencia, pero allí estaba, y esto es lo principal; en sus labios desdeñosamente plegados, una sonrisa fria helaba de pena á sus amigos, que le miraban harto del mundo sin conocerle, incrédulo sin creerlo él mismo, holgazan con terrible trabajo, murmurador sin interés y perdiendo lastimosamente el tiempo con la serenidad del que se las echa á correr con un chiquillo y le dice:—«Anda, llévame un cuarto de hora de delantera, que yo te alcanzaré ántes de cinco minutos.» Adolfo Malats, la memoria más feliz, el juicio más hábil para tropezar en una cosa con el defecto, la imaginacion más ingeniosa del mundo, uno de los hombres que tienen más talento para encerrar un tomo en una frase, para estarse una semana contando cuentos que nadie sabe, era el año de la fundacion del nido un hombre de mucho talento que no habia encontrado todavía el sentido comun. Hoy sus palabras y su conducta parecen anunciar á la vez el hallazgo. Adolfo Malats era el aficionado á todo (pero el aficionado inofensivo, el que no ejerce); nuestro consultor, el que con un elogio, rarísimo en su boca, nos hacía felices. Hombre de condiciones buenas y malas más diversamente mezcladas, dudo que haya existido jamás; mejor amigo de sus amigos, corazon más noble para gozar con la felicidad ajena, alma más libre (y se comprende bien) de envidia por nadie ni por nada, eso sí puedo afirmar rotundamente que jamás ha existido.

Tipo bien opuesto al de Adolfo, es Andrés Ruigomez, el autor de Silvestre del Todo, que no sé cuándo acabará una preciosa novela de costumbres que en Francia haria su reputacion y su fortuna; que hoy, alejado de la literatura, entregado á las nobles tareas del foro, quizá le reserva la suerte una existencia más desahogada y tranquila que la de sus compañeros, si bien todos éstos la mirarán siempre como propia y creerán que en su querido Andrés han mejorado de fortuna. Andrés era el padre grave de la reunion; el padre grave por la seriedad de su cara, por lo reposado de su voz, por la entonacion verdaderamente forense con que ya entónces explanaba sus originales teorías sobre arte, sobre política, sobre religion y sobre todo. Andrés se las echaba de hombre de mundo, y apenas era hombre mundano; Andrés se las echaba de hombre libre de preocupaciones, y hasta mucho despues de aquellos venturosos dias no ha logrado verse libre de la preocupacion de no tener ninguna; Andrés se las echaba de hombre formal, y él era el único que mientras hablaba conservaba la cara séria, resalte el mejor de sus chistes. Talento sólido y bien nutrido, sagaz observador y pintor felicísimo de costumbres, Andrés Ruigomez hubiera alcanzado en Francia, con aliento para sus primeros pasos y recompensa para sus primeros merecimientos, una reputacion no menor que la de Paul de Kock, á quien vence en la profundidad de las ideas y no cede en la fuerza del chiste.

Tipo bien opuesto tambien al de Adolfo, era el de otro personaje que no quiero bosquejar, para irme directamente á la figura principal de mi cuadro, que tambien se crió al calorcillo del nido: el autor del presente libro, mi querido amigo Campo-Arana.

III.

Don Quijote le llamaban sus compañeros; y hoy, que ya es todo un guapo mozo, no parecerá imprudente confesar que el mote le estaba como anillo al dedo. Y Campo recordaba á D. Quijote por algo más que por lo seco y desgarbado de su cuerpo, lo avellanado del rostro y el rumbo de los bigotes: por lo exaltado de su imaginacion, pronta en hacerle recibir como realidades sus sueños de cada momento, infatigable para persuadirle á creer que está en verso nuestra existencia, contra la opinion de un personaje de comedia del pobre Luis Eguílaz. Campo se ha pasado, y se pasa, y se pasará la vida (porque es el individuo del nido ménos sujeto á cambio), tomando por gigantes los molinos de viento, y por castillo la venta tan justamente antipática á Sancho Panza.

Campo era, de todos sus compañeros, el que ménos versos hacía y el más poeta sin duda alguna. Si el que escribe estos renglones no creyera firmemente que el artista es echado al mundo por Dios, ni más ni ménos que el ave, que siempre encuentra las yerbecillas que han de alimentarla mejor, creeria con no ménos seguridad que Campo-Arana era un talento perdido á quien habian faltado favorables condiciones de desarrollo. Pero quien repare un poco en la vida de los hombres notables que honran á la humanidad, comprende desde luego que Shakespeare, con una vida más tranquila, con una instruccion más sólida, quizás hubiese escrito dramas ménos gigantescos; que Moratin, nacido en el siglo XVII, acaso no hubiera tenido un talento bastante enérgico para salir de la oscuridad; que Hartzenbusch, ménos sabio y despues de arrojar en Los Amantes de Teruel todo lo que un hombre solo puede inventar, acaso hubiese valido ménos, mientras la musa inquieta y viva de Narciso Serra probablemente se habria muerto de fastidio en la fria, aunque sana atmósfera de una biblioteca. Campo es poeta de impresion; ha recibido impresiones, posee el don de expresar de una manera siempre clara y á menudo elegante sus pensamientos: Campo es lo que puede ser. No hay que indignarse con el pez porque no ande, si sabe nadar bien, ni echar en olvido la fábula de Iriarte, que nos presenta al ganso haciendo de todo un poco, y haciéndolo todo como quien era.

Campo no es un sabio; pero con que nadie se lo conozca en sus escritos, con que posea la principal sabiduría del hombre de letras (la de saber bien qué es lo que no sabe, para no hablar de ello), él tiene bastante y el lector de sobra.

Su primer maestro ha sido el mejor: la naturaleza vista á través del sentimiento propio. Algo ha modificado esa espontaneidad la influencia que sobre él ha ejercido la lectura frecuente de los poetas alemanes: influencia ménos perjudicial en Campo que en otros escritores, por ser ménos opuesta á la índole del talento de nuestro autor, á cuyo espíritu soñador y vago ha debido sucederle con las odas y baladas del inmortal autor del incomparable Wallensthein, lo que al viajante que hallándose en tierra extranjera, oye por azar palabras del habla nativa de labios de un natural del país.—Poeta dramático Campo, de no vulgares condiciones, siempre valdrá cien veces más como poeta lírico: así se nos presenta en su primera obra de importancia, el presente tomo de poesías, y así debe juzgársele. Bien ha hecho en bautizarlo con el nombre de Impresiones; difícil sería encontrar otro que le sentára mejor. Porque la poesía de Campo es eminentemente individual, verdaderamente lírica. Así como en el drama el autor no debe aparecer nunca (mas que al final, cuando el público le aclame), el soneto, la oda, la elegía, son como la máscara por que hablaban los actores griegos y latinos con la voz natural, pero aumentada para que llegase á todos los ámbitos del anchuroso coliseo. Las impresiones de Campo-Arana, producirán impresiones en el lector. Casi cuantas contiene el tomo están inspiradas por un suceso real siempre, cuando ménos en la mente del poeta; con lo cual basta para que nazcan con la vida que sólo de la mente del poeta han de recibir. Por eso unas podrán leerse con ménos agrado que otras, pero ninguna con indiferencia: por eso tambien nos sorprenderá la diversidad de su género, nos extrañará y hasta nos disgustará la diversidad, la oposicion de juicios y opiniones que se observa en ellas. Este tomo es la vida de su autor, cuyos sucesos pasan rápidamente á nuestros ojos, como cincuenta figuras distintas se reflejan á la vez una tras otra, en los contínuos, diversos y paralelos espejos de un café. El autor no nos engaña; en su introduccion nos lo dice bien claro: allí hace su programa, y más adelante lo cumple... El lector debe darse por satisfecho: ¿qué más podria pedir un pueblo á su gobierno ó un distrito á su diputado?

He dicho ántes, y vuelvo á afirmarme en ello, que nadie leerá con indiferencia este tomo de poesías. Todos los que han vivido la existencia agitadísima de nuestra sociedad, donde los sentimientos se tropiezan, se chocan, se confunden en el corazon, como la gente á la salida de un teatro, encontrarán aquí á cada paso la expresion exacta y concisa de sus propios sentimientos. Muchos dirán: «¡Qué bien dice el autor lo que tan bien he sentido yo!» Y ¿cómo no ha de apreciar el público un libro que le parecerá escrito por él? Este es, á mi pobre juicio, el triunfo más completo del poeta lírico. Después de publicar Becquer sus admirables Rimas, que han hallado eco en todas las almas, y Nuñez de Arce sus robustas inspiraciones, que ya saben de memoria todas las personas de buen gusto, la poesía que consiste en la pulcritud, en el aseo, por decirlo así, de los versos, ha muerto ya y está enterrada para siempre. En literatura, la forma y el fondo son lo que en la humanidad el cuerpo y el alma; el cuerpo es la hermosura, el alma la bondad, y ésta, sólo ésta, es inmortal. Si aquél sobrevive en las obras del ingenio, es porque todo se vuelve alma en ellas, como en el hombre cuando traspasa el umbral terrible de la insondable eternidad.

¿Será esto querer sostener que las poesías de Campo son perfectas? Nada más léjos de mi ánimo. Acercáranse más á la perfeccion y estarian, tales como son ellas y la índole del talento poético de su autor, más léjos de la belleza artística. El lector encontrará en las Impresiones estilo frecuentemente incorrecto, versos flojos y desaliñados, imprudencias de asunto y de frase, falsedad y contradiccion en los juicios; todo mezclado y compensado con bellezas de primer órden, de esas que saltan á la vista del lector ménos perspicaz, como ciertas mujeres hermosas, de provocativa belleza, se nos entran por los ojos, atrayéndonos con sus miradas.

Campo, que posee una facilidad, á veces lamentable, para expresar sus pensamientos, paga á menudo una licencia poética, que pudiera haberse excusado, con mil primores; á la manera (y perdóneseme lo vulgar de la comparacion por lo que tiene de expresiva), á la manera del niño que promete á su madre no salir de casa en todo el domingo si le perdona media hora de escuela para ir á bañarse al rio con sus compañeros... donde de milagro no se ahoga y de seguro se resfría.

Otra ventaja hay en los versos de Campo: rara vez deja de acudir la inspiracion á su llamada. Para nuestro amigo, es siempre la poesía una amante esposa que se entrega con tranquila felicidad á su marido: nó la pobre mujer que fuerza un soldadote brutal y feroz.

Campo, esto no se puede negar, canta tan á menudo lo que siente como lo que no siente, y creo en conciencia que él mismo no lo distingue: el poeta cantará siempre mejor lo que cree sentir que lo que siente en realidad... ¡Ay! Si expresáramos bien lo que á veces sentimos, ¿qué poeta no sería gran poeta? La verdad del sentimiento no logra nunca salir por entero del corazon: ha echado en él raíces: al exterior brotan únicamente las ramas, ¡y éstas son tales que parecen árboles! Campo escribió indudablemente la hermosa poesía que me hace la honra de dedicarme (una de las más defectuosamente bellas de la coleccion) un dia que habia sostenido una discusion con un clérigo carlista, enterádose del asesinato legal de Reus y leido algun tratado de filosofía alemana...

Pero aquí han terminado mis observaciones sobre su libro. En literatura, divido yo los críticos (¡cuántas veces me han dividido y me dividirán ellos á mí!) en dos clases. Pertenecen á la primera los que acogen sin prevencion, con benevolencia, las primeras obras de un jóven, saben y comprenden lo difícil que es ponerse, sólo ponerse, en el camino de la perfeccion artística, y censuran lo malo sin acritud, ensalzan lo bueno con expansion, y hacen con el principiante en tan difícil carrera lo que el hábil doctor con el enfermo de que se encarga: lo animan, lo confortan, le prescriben el régimen más propio para su restablecimiento, y le hacen confiar en la conquista de la salud.

Pertenecen á la segunda clase, los críticos para quienes todo es malo, para quienes nadie sabe nada, para quienes nadie debe escribir; que vierten hiel sobre las primeras ilusiones de un alumno de las Musas, que mutilan sin piedad sus composiciones, ensañándose en ellas con tanta fé como alevosía, como cristiano contra moro. A éstos no les llamo yo críticos, sino verdugos de los que en tiempos de triste recordacion atenaceaban el cuerpo, sacaban los ojos y cortaban las orejas á los delincuentes... todo con el objeto de decidirlos á la enmienda.

Sin ciencia ni entendimiento para lo primero, me encuentro con demasiado buen corazon para lo segundo, y dejo el libro de mi amigo querido á los que de una clase y de otra no faltan en nuestra república literaria: á los primeros se lo abandono con alegría y confianza; á los segundos... por fuerza se lo entrego.

IV.

Llego aquí fatigado, jadeante, como el que ha hecho una larga jornada, con gusto, pero con precipitacion excesiva, y conozco que he dicho muchas impertinencias, algunas verdades, y varias cosas que podria haber reservado para mejor ocasion... Sin embargo, ya es costumbre (y costumbre mala, de dificilísimo destierro por lo tanto) que al frente de toda nueva publicacion vayan unas cuantas páginas escritas con el objeto de que nadie las lea: Campo ha puesto empeño en que el prólogo de sus versos lleve mi firma; yo he dejado hablar por cuenta propia al corazon y á la fantasía: y comprendiendo, aunque algo tarde, que mi prólogo podria carecer de interés, por lo ménos, una reflexion me consuela de todas las demás. Si el prólogo no se ha de leer, más vale que sea mio que de una persona autorizada.

Cárlos Coello.


INTRODUCCION

MELANCOLÍA.

Yo padezco, lector, frecuentemente,

—sin que sepa la causa verdadera

ni si es cosa del cuerpo ó de la mente,—

una tristeza amarga, que inclemente

me domina, me rinde y desespera.

La sangre que en mis venas comprimida

caminaba en raudal impetüoso,

parece detenerse en su carrera,

y sin calor, sin fuerza, empobrecida,

se desliza con paso perezoso

como si en mí la vida se extinguiera.

La luz no hiere con su lumbre pura

mis ojos apagados

donde ántes su fulgor resplandecía,

y á través de una niebla siempre oscura

miro la alegre claridad del dia.

No hay eco que hasta mí llegue distinto,

ni idea que despierte mi entusiasmo;

no hallo placer que excite en mí el instinto,

ni dolor que me saque del marasmo.

Dios, la gloria, el amor, la patria, el arte,

ídolos de mi ardiente desvarío,

sólo me inspiran pesaroso hastío;

que parece domar mi sér inerte

la calma precursora de la muerte.

Un remedio á mi mal buscando en vano,

ya me siento al piano

y recorro con mano perezosa

las teclas de marfil de uno á otro extremo,

modulando en su marcha caprichosa

extrañas melodías

en las que siempre va del alma parte,

llenas de extravagantes fantasías,

sin hilacion, sin formas y sin arte,

brillantes una vez y otra sombrías;

canto salvaje que mi mente eleva

sin que el arte lo cubra con su manto,

que el viento nunca lleva

á donde yo lo envío;

notas de una oracion ó de un lamento

que nadie escuchar quiere,

y que van á perderse en el vacío

ignoradas y solas,

como el grito del náufrago que muere

en el rumor de las revueltas olas.

Ya el exánime cuerpo abandonando

á la extraña inaccion que le avasalla,

los tristes ojos á la luz cerrando,

sin que la voluntad le oponga valla,

dejo á mi pensamiento libre vuelo;

mas de un sueño imposible en pos se lanza,

y vaga en loco anhelo

de un recuerdo á un dolor ó á una esperanza,

de una idea á otra idea,

sin conseguir hallar lo que desea.

Ya queriendo fijar mi pensamiento,

sobre el blanco papel la mano puesta,

expresar con palabras mi ánsia intento;

y comienzo novelas y canciones,

y poemas, y dramas, y cien cosas

que no pasan jamás de tres renglones.

Fragmentos que conservo en mi cartera,

que leo con el alma estremecida,

porque en esos fragmentos está entera

la historia de mi vida.

Mas todo en vano: ni en los dulces sones

de la rica armonía,

ni en las anchas regiones

donde mi pensamiento desvaría,

llenas de luz, de amor y de belleza,

puedo encontrar alivio á mi tristeza.

Si vuelvo á Dios el ánimo contrito

y piedad de mi pena le demando

con humilde fervor y acento blando,

el aliento maldito

de la duda cobarde y acerada

á envenenar mis pensamientos viene,

y en mis labios detiene

Una oracion apenas comenzada.

Vuelvo entónces los ojos á la tierra

y de mí se apodera horrible espanto

al ver los séres que en su seno encierra.

Unos con rabia atroz, otros con llanto,

alzan al cielo punzador gemido,

y el de unos en el de otros confundido,

en concierto infernal, que crece y crece

como el mar al alzarse enfurecido,

hacen llegar sin tregua hasta mi oido

un grito de dolor que me enloquece.

Por fin, tras largas horas

de ignorado martirio, el mal se aleja

trocándose en hondísima amargura

que ya nunca me deja.

Entónces, á mi afan suelto la llave

y escribo, sin pensar adquirir gloria

ni de fama ó de títulos ansioso,

—que esa ambicion en mí fuera irrisoria.

Escribo, como llora el desgraciado,

como canta el alegre; porque el pecho

es para el hondo sentimiento estrecho

y se desborda el duelo ó la alegría,

ésta con expansiva carcajada,

aquél en una lágrima sombría.

Escribo sin buscar otra ventura,

sin anhelar más precio á mis canciones

que desahogar un poco mi amargura.

No busques pues, lector, en mí al poeta

ni al hablista galano,

ni al pensador severo:

Dios me negó favor tan soberano

y yo que fiel su voluntad venero,

á mi modesta inspiracion me allano.

Dotes tan altas, ni fingirlas puede

el mortal á quien Él no las concede.

Mas no por eso cesará mi canto,

que en el concierto inmenso,

de la tibia mañana

que la dulce y alegre primavera

con aromas y flores engalana,

del grillo entre las yerbas escondido

el ingrato chirrido,

se une al canto de amores regalado

del pardo ruiseñor enamorado,

y al zumbido monótono y constante

del insecto infeliz, el tierno arrullo

de la tórtola amante

y del arroyo el plácido murmullo;

y de unos en la de otros confundida

la voz, ésta apacible, aquélla ingrata,

forman, por atraccion desconocida,

el himno poderoso de la vida

que en los aires fermenta y se dilata.


¿DÓNDE ESTÁ?

¡Oh! sí: para vivir, yo necesito

lucha, esperanza, amor.

Los instantes de dicha y de abandono,

ciclo de la pasion;

la duda inquieta del desden fingido,

tormento abrasador,

que con lágrimas baña las pupilas

y de ira el corazon;

el tembloroso afan de la respuesta

y del primer favor;

el nervioso delirio de los celos,

que turba la razon.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Mas ¿dónde hallar una mujer que sepa

comprender mi dolor?

¿Dónde encontrar una mujer, esclava

del mismo afan que yo?

¿Una no habrá en el mundo que me escuche,

que sienta así el amor?

¿Una no habrá en el mundo, que me quiera

mentir por compasion?


¡SOLO!

Solo... Solo... Siempre solo,

siempre solo con mis penas!

Solo mientras dura el dia,

solo en la noche serena,

solo cuando pienso en Dios,

solo al pensar en la tierra,

solo cuando canto alegre,

y solo con mi tristeza!...

Solo siempre... Mas ¿por qué,

esa soledad eterna?

Es ¡ay Dios! que el alma mia

no ha hallado su compañera,

y siento que me hace falta

la mitad de mi existencia;

es que soy un pobre loco,

ó la humanidad entera

es ménos buena que yo,

y que su maldad me aterra;

es que el mundo me rechaza,

ó que mi alma le desprecia,

porque en él, ¡ay! no ha podido

encontrar su compañera.


Es que yo adoro las lágrimas

y el mundo se rie de ellas;

es que es mi ambicion muy grande

ó que mi alma es muy pequeña:

es que siempre, combatido

por encontradas ideas,

fluctúa mi pensamiento

por que la verdad no encuentra;

es que no tengo la fé

del mártir ni del poeta;

es que todos mis dolores

son despreciables miserias

que no levantan el ánimo

y que las fuerzas enervan;

es que anhelo un imposible,

delirio de mi tristeza;

es que me falta un apoyo

á que asir mi mano trémula;

es ¡ay Dios! que el alma mia

no ha hallado su compañera.


Es que me siento vencido

en esta lucha suprema,

y no hallo un amante seno

donde apoyar mi cabeza,

y á cuyo tibio calor

resuciten mis ideas;

es que veo, á mi pesar,

cerradas todas las puertas,

y sólo me ofrece asilo

la muerte... Quizás en ella,

al otro lado del manto

que la eternidad nos vela,