EL BUEY SUELTO...
OBRAS COMPLETAS
DE
D. JOSÉ MARÍA DE PEREDA
OBRAS COMPLETAS
DE
D. JOSÉ M. DE PEREDA
de la Real Academia Española
Tomo II
EL BUEY SUELTO...
CUADROS EDIFICANTES DE LA VIDA DE UN SOLTERÓN
TERCERA EDICIÓN
MADRID
VIUDA É HIJOS DE MANUEL TELLO
1899
Es propiedad del autor.
AL SEÑOR
D. M. MENÉNDEZ Y PELAYO
DOCTOR EN FILOSOFÍA Y LETRAS
Aunque tú nos has dicho, y has dicho muy bien, que «el que lanza al mundo un libro con sus tachas buenas ó malas, debe responder de todas, confiéselas ó no[1],» quiero, á buena cuenta y por lo que valga, invocarte por testigo de que al borrajear estos cuadros, casi á tu presencia, no me guió el propósito de resolver en ellos problema alguno, sino el de fantasear sobre un tema determinado, con el mismo derecho que han tenido otros escritores para fantasear con opuesta tendencia; y acusarte después, como te acuso, de haber creído y de seguir creyendo que en este rimero de cuartillas, escritas sin plan meditado y verdaderamente á vuelapluma, hay un libro que debe publicarse, porque, bien leído, no carece de útiles enseñanzas.
[1] Horacio en España. Prólogo.
Esto dicho sin temor de que me desmientas, declaro que, no obstante lo mucho que pesan tus dictámenes sobre mis pareceres, por esta vez, ateniéndome al mío, diametralmente opuesto al tuyo denunciado, quedáranse estos cuadros, como algunos de sus hermanos mayores, sin ver la luz de la imprenta, á no animarme á publicarlos la esperanza de que el lector ha de perdonar las tachas de la obra, en gracia de lo virgen del terreno en que penetra.
La verdad es que no se explica fácilmente cómo en un país en que tantas agudezas y tantas necedades se han escrito y traducido contra la vida conyugal, ni más ni menos que si esto de casarse los hombres con las mujeres y de proceder los hijos de sus padres fuera moda flamante, sujeta á las humanas veleidades, como el capote ruso ó el tupé engomado, no existe un libro en que se narre y puntualice escrupulosamente lo que se divierte un hombre esclavo de las teorías de esos caballeros sublimes, que abominan de las suegras y sueñan con las demasías de los chiquillos, y se pasan la vida haciendo que se ríen de ciertas prosas (sin dejar por eso de aceptar un buen acomodo si se pone á sus alcances), cual si fueran cuerpos santos los suyos, ó no hubieran sido antes cuerpos de mocosos, é hijos de sus madres («muy queridas, santas y veneradas» siempre que las dedican sonetos), á la vez esposas y primero hijas; de la cual madera, á mi entender, se hacen las suegras, y continuarán haciéndose mientras siga de moda la familia honrada.
Pues bien: que al lector se le ocurra alguna reflexión por el estilo después de pasar la vista por este mal ensayo de fisiología celibataria (sigo el tecnicismo al uso), es el único fin á que aspira El buey suelto... al aparecer en las mieses de la república literaria.
Lo serio, lo ingenioso, lo transcendental, el libro, en fin, que se necesita, escríbale quien haya nacido para tan alta empresa.
Entre tanto, hazme la merced de contar estas cosas á quien te diga que valiera más no tocar las castañuelas que tocarlas como yo las he tocado en la presente ocasión, y de aceptar estas páginas como ofrenda que tributa á la gloria más radiante de la Montaña, tu admirador sincero y apasionado amigo
José María de Pereda.
JORNADA PRIMERA
I
EL HOMBRE
Concédame el lector, si mal no le parece, que cuando un hombre ha visto, desde que empezó á serlo, satisfechas como por ensalmo las más comunes y perentorias necesidades de la vida, tiene mucho adelantado para ser egoísta. Lo cual no se opone á que también lo sea el que ha ganado el bien que disfruta, en guerra encarnizada con la suerte.
Querrá decir esto que los egoístas abundan, y que sus especies varían en cada ejemplar. Enhorabuena; pero conviene distinguir de casos para el objeto de estos apuntes.
El que es egoísta porque así le hizo el desdén de la fortuna; el que se consagra al propio regalo como en recompensa de pasadas fatigas, tiene en éstas la disculpa, y perenne deleite en la comparación del presente risueño con el ayer angustioso. De este modo, ni la imaginación le seduce, ni las vacilaciones le marean, ni el vicio le mata, como el vulgo dice de los indecisos que lloran soñados males por exceso de bienes. Lleva su rumbo bien trazado y camina con pie firme, sin el riesgo de tropezar en desengaños, por lo mismo que no se alumbra con ilusiones.
Otra cosa muy distinta es Gedeón, tipo en que se resumen todas las especies de egoístas que no debieran serlo, hasta por razones de egoísmo.
Á estos señores enderezo mi cuento; con vosotros hablo; con vosotros, los que afanados en evitarle desazones á la materia, huís de los más legítimos goces del espíritu; con vosotros los que, pródigos de la hacienda cuando se trata de regalar al cuerpo, sois avaros de ella si el alma os pide un óbolo para adquirir un regocijo; con vosotros, en fin, los que pasáis lo mejor de la vida renegando del matrimonio por molesto y caro, y el resto de ella lamentándoos de no haberos casado á tiempo.
Séame lícito traeros al banquillo y revolver un poco el saco de vuestras culpas; y aquí, donde nadie nos oye, cantaros al oído media docena de verdades; parte mínima de tantas perrerías como venís soltando á cada triquitraque contra la diabólica suegra, la fementida esposa, el crucificado marido, y hasta los mocosos rapazuelos.
Permitidme, pues, este inofensivo desahogo, y oidme la historia del bueno de Gedeón, que si no es la historia de cada uno de vosotros, andará á dos dedos de serlo, y á todos os vendrá como repique en pascua.
Gedeón siguió media carrera en la Universidad, ó no pasó del Instituto de segunda enseñanza, ó no tuvo otra que la que recibió, muy á la fuerza, de un dómine casero. Importa poco este detalle para el punto que se esclarece. Fué hijo único, ó tuvo hermanos: como el lector quiera. Lo cierto es que en su casa reinaba la abundancia, y que él, si no era niño mimado, pecaba con exceso de consentido.
Sabía que al despertarse, á la hora que más le cuadraba, le esperaba el desayuno calentito, al alcance de su mano; que los vestidos que le hacía el sastre, á su capricho, habían de ser pagados, no por él, á la presentación de la cuenta; que si el frío arreciaba, se elevaría convenientemente la temperatura de su gabinete; que si le cansaban las truchas, le darían perdices, y que si tosía más de tres veces, iría á buscarle entre las coberturas de su lecho la azucarada y humeante pócima; sabía, en fin, que dentro del hogar eran sus deseos antes satisfechos que manifestados.
En esta pendiente colocado, en breve llegó á estimar cosas y personas no más que en cuanto podían servir á sus deleites; y si no creyó al mundo hecho para su uso particular, juzgóse venido á él para merecer todas sus comodidades y ninguna de sus molestias... Si no os ofendiérais, célibes de mis entrañas, os diría que era Gedeón el más perfecto modelo de aquellos hombres á quienes llamaba Horacio cerdos de las piaras de Epicuro.
Que era sensual, no hay que decirlo, ni tampoco qué gusanillo le roía con más frecuencia la imaginación. Soñó con el amor perdurable de las mujeres (nótese que no digo de la mujer); y creyendo hacer de su corazón un nido al más puro y noble de los sentimientos, labró en su cabeza templo en que daba culto á los más torpes estímulos de la materia.
Que para alimentar este fuego elegía los combustibles más adecuados á su actividad, también se comprende sin afirmarlo; por lo cual excuso decir que, en punto á literatura, tomaba á pasto cuanto se ha escrito en el género desde la Celestina hasta Mi tío Tomás. Pero algo filósofo también, para contener la imaginación, que pudiera llevarle más allá de lo conveniente, acogíase al llamado eclecticismo de Balzac, y sabía de memoria la Physiologie du mariage, y las Petites misères de la vie conjugale.
Porque es de advertir que Gedeón, á las veces, creía posible realizar sus ilusiones dentro del matrimonio, tomándole, por supuesto, como una fase más de su sibaritismo; como refugio lícito, pero siempre sensual y voluptuoso, de su vida hastiada ya del amor libre. Pensaba en el matrimonio, considerándole sólo como un conjunto de todo lo bueno de él y de fuera de él; es decir, el incentivo constante de la concubina, y la adhesión fiel y desinteresada de la esposa que le tuviera en perpetuo arrullo, sin dudas ni remordimientos.
Como hombre de vehementes caprichos, sentíase arrastrado con violencia hacia ese punto desconocido; pero, egoísta impenitente, huía de él temiendo equivocarse; temor que le aterraba al considerar que en ese terreno, una vez dado el avance, es imposible la retirada.
En tales ocasiones era cuando acudía con más ansia á sus filósofos preferidos, que si no le convencían por completo, dejábanle, por lo menos, sumido en grandes dudas acerca de eso que se llama entre los solterones licenciosos y egoístas, prosa de la vida matrimonial.
En este perpetuo examen de lo conocido y lo desconocido; pasando con su imaginación á cada instante del uno al otro término, como cambia el enfermo de posturas para aliviar sus dolores, no del todo satisfecho de lo que palpaba, y dando un aspecto pavoroso á lo que desconocía, apuntáronle las canas, quizá más que por el peso de los años (aunque ya los contaba por pares de decenas) por la fuerza de sus cavilaciones.
Y en esto, aquel sér que en el mundo era su providencia, y á cuya sombra vivía él regalón y descuidado, desapareció de la haz de la tierra.
II
EL CASO
Momento solemne fué para Gedeón el en que, por primera vez, se vió solo en el recinto de su hogar; pues aunque en él quedaba siempre la abundancia, ¡era tan duro, tan molesto, tan prosáico eso de administrarla y de atender con ella á las mil necesidades ordinarias de la existencia!...
Por cierto que en aquellos mismos días hizo varias observaciones que no dejaron de asombrarle. Cada vez que se sentaba á la mesa experimentaba dentro de sí algo que no podía explicar bien su egoísmo; algo que pesaba sobre su alma y se la oprimía; y al contemplar vacío el puesto que antes ocupaba la persona en quien apenas se había fijado él por la misma frecuencia con que la veía, parecíale un páramo desierto, con sus fríos y hasta con el silencio pavoroso de las grandes soledades. Observaba que cuando no vivía solo en aquel mismo albergue, no reparó jamás en que, al tornar á él después de sus francachelas y regodeos, sentía un placer tranquilo y consolador; veía la faz del anciano envuelta en serena y misteriosa luz, y hasta el vulgar condumio, servido por tosca cocinera, le gustaba más que los refinados manjares de la fonda; venía á ser, en fin, el hogar doméstico, para él, cuando le buscaba después de las borrascas de sus pasiones, lo que el seguro puerto para la nave batida en el mar por los huracanes.
Al caer en la cuenta de estos fenómenos que había sentido sin fijarse en ellos, en vano trataba Gedeón de explicárselos por causas rigorosamente lógicas.
—«El paladar—pensaba,—se estraga con los mejores guisos, si se los dan muy á menudo; y el espíritu necesita también la variedad en los goces para no hastiarse de ellos. La modesta prosa de mi albergue es todo lo contrario de lo que yo saboreo fuera de él. Por eso, por el contraste, me gustaba el hogar doméstico y cuanto en él hallaba después de las tempestades de mi vida.»
Pero ¿por qué en su nueva situación no le sucedía eso mismo? ¿Por qué hallaba insípidos los manjares de su casa, y en lugar de dilatársele el pecho al atravesar los umbrales de su puerta, se le oprimía el corazón, y el desierto de la mesa se extendía á su gabinete, y notaba la falta de aquella persona hasta en los sitios donde jamás la viera? ¿Qué era y en qué consistía aquello? ¿Existía algo fuera de su sér, que, sin embargo, formaba parte de él; algo indispensable para expansión legítima de su alma? ¿Era acaso que los cuidados domésticos que á la sazón preocupaban al huérfano, le proporcionaban molestias que antes no conocía? ¿Serían estas molestias la causa de su desaliento en el hogar? Y, en este caso, ¿era la falta de un celoso proveedor lo que únicamente le apesadumbraba? Pero entonces, ¿por qué le echaba de menos aun donde nunca le necesitó? ¿Por qué antes le molestaban por impertinentes sus preguntas, aunque se encaminasen á satisfacerle un gusto más, y ahora diera parte de su vida por volver á oir una sola de ellas, aunque fuera para echarle en cara su egoísta ingratitud? ¿Sería cierto que en ese presidio llamado familia por los hombres vulgares, es donde únicamente se encuentra lo que no puede adquirirse con todo el poder de las riquezas, ni entre el vértigo de todos los placeres?
Así, ó por el estilo, le hacía discurrir la elocuencia de los hechos, como en respuesta á la explicación lógica que él se empeñaba en dar á su nuevo y raro modo de sentir; el cual hallazgo, dentro de la casa, le produjo, como dicho queda, no poco asombro, pues jamás se había permitido semejantes debilidades.
Pero tenía hondas raíces en su pecho el amor inconmensurable á la materia; y no pasó la crisis de obligarle á insistir con doble empeño, más bien por distraerse que por decidirse, en sus cavilaciones de costumbre; las cuales, como el lector sabe ya, se reducían á comparar estado con estado, y hacer con la imaginación voluptuosas exploraciones en el campo matrimonial, en su afán de conocerle, por si las circunstancias le llevaban un día á refugiarse en él.
Merece saberse, al pormenor, de qué especie eran esas exploraciones. Comenzaba Gedeón por hacer un recuento de sus haberes; y suponiendo que, aun echando corto, habían de darle, amén de mujer, doble por sencillo, multiplicaba su caudal por 3, y apuntaba el producto como capital de su pertenencia para sostener las cargas de su nuevo estado.
En seguida pensaba en el tipo de la mujer que debía elegir; punto siempre muy grave para él, porque unas por rubias y otras por morenas, unas por rosas y otras por capullos, todas le gustaban, supuesto que todas habían de tener el pie pequeño, el cuello torneado, los ojos lúbricos, el talle flexible... y, además, habían de amarle con delirio.
Sin estas condiciones arquitectónicas y hasta de temperatura, no había que pensar en que Gedeón se decidiera por ninguna; y con ellas, todas le convenían.
Vacilaba largo rato, con los ojos cerrados y la mente perdida en un cúmulo de hipótesis verosímiles, y concluía decidiéndose... por el grupo, por de pronto, y aplazando el cuál de ellas para en su día.
Tenía ya mujer y buena renta: faltábale el nido en que había de pasar la vida como una aurora sin nubes, como un suspiro de amor, sin término ni fatiga.
Por de pronto, entre disfrutar la luna de miel con su paloma bajo los aleros de un hotel fuera de la patria, ó á la sombra del tejado paterno, elegía un término medio que le satisfacía en todos conceptos: para esa ocasión tan solemne tendría él preparado el voluptuoso albergue conyugal.
Y ¿cómo sería ese albergue?
Aquí entraba el lápiz á resolver el problema, no sólo con cifras, sino con dibujos; y comenzaba Gedeón por trazar el plano geométrico de su futura morada. Pero le asaltaba al punto la batallona y compleja cuestión de Balzac: ¿dos gabinetes para los esposos; uno solo con dos camas, ó una cama sola y un solo gabinete?... Nuevas meditaciones, nuevas dudas, y al fin un punto más entre los varios que se quedaban sin resolver por el momento.
Entre tanto, aceptaba los dos gabinetes; pero ¿muy separados ó muy juntos? Lo primero tenía sus ventajas; mas había en contra de ellas ciertos reparos de estética y hasta de higiene y policía doméstica, por razón de distancia y horas intempestivas, muy atendibles... Á todas luces era preferible la contigüidad; y así se trazaban los gabinetes.
Después pensaba en la ornamentación, y calculaba el número de sillones, y la clase y el color de la tapicería; y si el lecho nupcial sería de bronce ó de madera; si las cortinas de éste ó del otro modo; si la luz por la derecha ó por la izquierda; si la alfombra de Persia ó de Cataluña; si en la antecámara pondría, durante la noche, opaco disco ó resplandeciente fanal; si es de más ilusión la media luz que la luz entera, ó si es preferible la obscuridad absoluta.
Después, el tocador de ella: sus mil objetos, untos y perfumes; y el vestíbulo y el estrado... ¡hasta la cocina! todo se apuntaba en minuciosa lista, á todo se le daba precio y para todo alcanzaban las rentas.
Por los pasadizos de aquel plano, realzado con el fuego de la imaginación del dibujante, veía éste pasar la esbelta figura de su mujer, y oía el crujir de la seda de la bata, y por debajo de los pliegues desmayados, distinguía la punta del diminuto pie calzado con artística, leve babucha, y aspiraba el aroma de los rizos cayendo sobre el lascivo cuello... y ¡qué sé yo cuántas cosas más!
Después pensaba en la servidumbre, y formaba el presupuesto de sus gastos domésticos, que nunca excedían á los ingresos.
Establecido ya, trataba de metodizar su vida: qué horas destinaría á los placeres dentro de su casa, y en qué forma; y cuáles para volver á ella, donde le esperarían los brazos de su hermosa compañera, que no podría vivir un instante separada de él; el almuerzo y la comida serían la comida y el almuerzo de dos tórtolas; y la sobremesa y el reposo, un incesante arrullo.
Si él enfermaba (en que enfermase ella no había que pensar) su médico sería el amor, y su medicina, mimos y agasajos... Por supuesto que su enfermedad no pasaría de cierta languidez interesante: nada de secreciones nasales ni otras hediondeces por el estilo...
Así un día, y otro y otro; y los meses y los años: ella cada vez más hermosa y enamorada, y él, que ya tenía canas al hacer este presupuesto, sin una sola arruga, ni un triste destacamento, ni un mal retortijón.
También vislumbraba, entre la penumbra de sus ensueños, algo como la rizada y blonda cabellera, los húmedos y rosados labios, los ojos serenos y el leve talle de una hermosa criatura; pero este sér siempre sonreía, jamás había llorado, ni estado en mantillas, ni alborotado la casa durante lo más acerbo de la dentición; ni su madre le había parido, ni el comadrón la había visitado...
Era, en suma, el cuadro que Gedeón se imaginaba, una primavera perpetua, sin lluvias ni ventiscas.
—¡Si esto fuera posible!—exclamaba, despidiendo centellas por los ojos.—Pero... ¿y la prosa?... ¿y mi libertad perdida?
III
LOS JUECES
En dos épocas de la vida sienten los hombres, con respecto al matrimonio, eso que los célibes recalcitrantes llaman malas tentaciones: la primera, cuando la imaginación, salida apenas del horizonte de la pubertad, lo ve todo de color de rosa. Entonces nos casaríamos todos los hombres si fuéramos dueños de nuestra voluntad y de algunos maravedíes. La segunda, después de trasmontar la cúspide de este sendero espinoso; cuando todavía nos atrevemos á dudar si vamos dando el primer paso del descenso, ó el último de la subida.
Por estas latitudes navegaba la edad de Gedeón cuando notó que le era insoportable la soledad de su casa, y con tanto empeño se entregaba á sus exploraciones por los desconocidos mares del matrimonio.
No diré que se insinuara en él con tanta fuerza como en otro mortal menos egoísta la inclinación al indisoluble vínculo; pero es indudable que el coincidir en ese mismo grado la natural tendencia, su, digámoslo así, punto de sazón, y el repentino cambio en un tan largo como inalterado método de vida, era más que suficiente motivo para obligarle, como le obligó al cabo, á hacer un esfuerzo de raciocinio.
Ni su edad ni sus circunstancias del momento, daban ya espera. Entonces ó nunca. Era preciso examinar con el microscopio de sus conveniencias hasta el último repliegue de sus adentros, para ver, en definitiva, qué había allí que temer ó que esperar. Como buen egoísta, no quería dejar para mañana ni el recelo de haber elegido lo peor por falta de reposado consejo.
Ya se ha visto que en el que á sí propio se pedía, llevaba preparada más de la mitad de su postrera resolución. Y digo que ya se ha visto, porque tomando el punto de vista donde él le tomaba siempre, el resultado no podía variar jamás. Desde aquel punto lo veía todo, todo... menos el matrimonio. ¿Cómo diablos había de llegar á conocerle? Y no conociéndole, ¿cómo había de estudiarle á fondo, según él deseaba?
Por eso no fué larga su meditación; mas como el resultado de ella no le satisfizo por completo, aunque le agradaba no poco, quiso encomendar el resto al dictamen de acreditados peritos en la materia. En desacuerdo con ellos, lícito le era apelar á otros pareceres; en perfecta concordancia, ya no cabían escrúpulos.
Veamos ahora quiénes eran los jueces que iban á entender en tan delicado litigio.
Cada generación que viene al mundo trae un poco de todo, como ustedes saben. De cien muchachos que van juntos á la escuela, hay siquiera diez que entran al mismo tiempo en la Universidad; otros diez que se dispersan por la tierra á correr las aventuras de la suerte; veinte que ahorcaron los libros para meterse, como Fray Gerundio, á predicadores, es decir, á todo aquello para lo cual no sirven; cincuenta que van dejando, uno tras otro, este pícaro destierro; y, finalmente, otros diez que se quedan, en la época crítica de decidirse, como estorninos atolondrados, mirando cómo se dispersa el resto de la banda. De estos diez era Gedeón, y de los mismos, otros tres contemporáneos suyos, ociosos como él, egoístas como él y solterones aún más que él, pues todos le excedían en edad, y particularmente en aversión al matrimonio.
Como contemporáneos, como egoístas y como solterones, los cuatro eran amigos... Entendámonos: paseaban juntos, murmuraban juntos, y juntos estaban siempre en rebelión contra la sociedad entera. Por lo demás, ninguno de ellos hiciera por la vida de los restantes el sacrificio de un cuarto de hora de su reposo. Paseando en ala, como acostumbraban, no se toleraban mutuamente el casual pisotón, ni el choque un tanto violento. Por todo gruñían y á cada instante alborotaban el paseo. Ninguno de los cuatro sabía el modo de vivir de los otros tres; lo único que no ignoraban todos era el pie de que cojeaba cada uno de los demás, porque esto aun en la calle se veía: era el carácter.
Uno era avaro; y el matiz más sobresaliente de los muchos que tenía su odio el matrimonio, se compartía entre lo caro que costaba y el riesgo de llegar á tener herederos forzosos.
Acaso hubiera aceptado la esposa como sirvienta fiel y desinteresada en todo género de faenas; pero la quería joven y de buena estampa, con lo cual no estaba garantido contra el riesgo que temía. De las aseguradas de él por edad, no había que hablarle. De todas maneras, no podía avenirse con el derecho de la mujer á la mitad de los bienes gananciales. El caudal era suyo, y lo suyo lo quería para hacer de ello lo que le diera la gana.
Otro era pulcro, reglamentado y económico. No toleraba en su habitación un mueble fuera de su sitio, ni una hilacha en el suelo, ni una mancha en su vestido; la ventilación era su tema y el cepillo su manía. Apuraba la ropa hasta desecharla por transparente, pero jamás por sucia. Se sentaba ocupando la menor cantidad posible de silla; y para escribir, así sentado, aún encogía las piernas y los dedos de la mano; metía los renglones de su piojosa letra hasta amontonarlos, y todavía cercenaba media pata á cada m y los puntos á las ii. Comía, paseaba y dormía á horas inalterables é inalteradas. No concebía de otro modo la existencia; y como, en su concepto, el matrimonio era el desorden, el despilfarro, el desaseo y una caverna de aires impuros, detestaba el matrimonio con un rencor inconcebible en su aspecto acicalado y hasta risueño... Verdad es que su sonrisa no lo era; más bien lo parecía por la especial disposición de su boca, muy semejante á la de las culebras.
El tercero era celoso, como una bestia en sus períodos álgidos; y porque la humanidad no le mimaba como él creía necesitarlo para sus regodeos brutales, detestaba á la humanidad entera. Bajo siete cerrojos y amarrada á una estaca, y él á su lado con otra en la mano, sospechara de la fidelidad de su mujer, si capaz hubiera sido de atreverse á elegir una, ó el cielo se lo hubiera permitido.
Ya se deja comprender que estas cualidades enumeradas eran el sello distintivo de sus respectivos poseedores, pero nada más: en el fondo del carácter los tres parecían formados en un mismo troquel. Cada uno de ellos creía odiar al matrimonio por distinto lado; pero estas fases de sus odios no pasaban de ser otras tantas manías, ó productos diversos y raquíticos de un mismo suelo árido y estéril.
Los tres carecían de familia ó habían prescindido de ella; los tres ignoraban lo que era el trabajo y la ocupación seria; los tres eran ricos, y cada uno de ellos vivía solo; quién como huésped, quién en casa propia.
No era Gedeón, seguramente, el peor de los cuatro; pues, á lo menos, sentía ciertos deseos, aunque mal entendidos, de explorar otras regiones para variar de clima, señal de que el insano en que habitaba no le satisfacía; era en sus vicios algún tanto artista, y bastante pródigo de su caudal. Con otra educación, acaso hubiera sido hombre de provecho. Los resabios de sus amigos procedían de la madera misma, que se torcía, como se tuerce el roble, porque es roble, aun con la polilla de los tiempos.
Tales eran los jueces á cuyos dictámenes y consejos sometió Gedeón el atisbo de escrúpulo que le quedó, de resultas de sus cavilaciones matrimoniales al entregarse por última vez á ellas.
Olvidábaseme decir que en el pueblo se llamaba á estos cuatro solterones Anás, Caifás, Herodes y Pilatos, aplicándose los nombres al avaro, al celoso, al pulcro y á Gedeón, respectivamente, y no sé por qué.
IV
EL JUICIO
Sereno era, y hasta chancero y zumbón; pero no sin tartamudear más de tres veces, ni sin hacer por cada palabra una salvedad, llegó Gedeón á exponer su tesis al asombrado y adusto tribunal. Verdad es que no pueden escribirse ni pintarse los carraspeos, las interjecciones y los gestos con que, á manera de ortografía, iban los jueces puntualizando los períodos del exponente. Ya no eran caras; era vinagre y rescoldo aquello que le miraba cuando acabó de hablar en éstos ó semejantes términos:
—Tal es el caso, caballeros; y para ponerle á su verdadera luz, acudo á vuestro autorizadísimo dictamen. Necesito que hablemos una vez en serio de eso que se llama matrimonio, con el piadoso fin de ver hasta qué punto le es lícito á un hombre... como nosotros, el pensamiento de casarse. Suponed, pues, ilustres jurados, que habiendo hallado una mujer rica, hermosa, con todas las seducciones imaginables, y educada á mi gusto, me caso mañana con ella...
Aquí fué la explosión de asco, de ira y de horror, todo junto; aquí fué el ponerse aquellas caras como dicen que se pone la del demonio cuando la rocían con una hisopada de agua bendita.
—Supongamos—recalcó el exponente, después de abrir un paréntesis de silencio para que pasara lo más recio de la tempestad;—supongamos, repito, que aprovechando todas esas ventajas, me caso mañana yo: ¿qué me sucederá?
—¡Tu ruína!
—¡Tu muerte!
—¡Tu ignominia!
—Eso no es responder—dijo Gedeón, replicando de una sola vez á las tres feroces respuestas de sus amigos.—Quiero detalles; quiero que discurramos un poco sobre esa prosa y esas cadenas matrimoniales; sobre todo ese conjunto de miserias que, según fama, son inherentes á la vida conyugal. Y esto entendido, vuelvo á preguntaros: ¿qué me sucederá si me caso?
—¿Y qué demonios quieres que te respondamos á una pregunta tan vaga y tan compleja?—contestó el pulcro, rasgando mucho la boca para enseñar todos los dientes.
—Lo que sepáis.
—¡Lo que sepamos! ¿Pues no lo sabes tú como nosotros? ¿No lo sabe todo el mundo de corrido? ¿Hay tema que haya sido más resobado ni más discutido? Pero aunque lo ignorases, ¿cómo narrarte en tan breve tiempo lo que no cabe en libros ni en la memoria humana?
—Si te concretaras á un punto determinado...—añadió el celoso.
—Concretaos vosotros; dividid, por ejemplo, en períodos la epopeya, é id diciéndome, no todo lo que hay, sino lo que más abunda en cada uno de ellos: yo deduciré el resto.
—Y vendremos á repetir lo que, en fuerza de haberse repetido tanto, pasa en el mundo por catálogo de vulgaridades.
—Pues ese catálogo es, precisamente, lo que yo vengo buscando. Diréisme que en la memoria debo tenerle; pero recordad los expuestos motivos de mi consulta, y comprenderéis por qué necesito que ese resumen pintoresco de vulgaridades aceptadas como razones serias contra
«esa grotesca fusión
que se llama matrimonio,»
sea hecho por vosotros y no por mí; por qué, no debiendo fiarme de la memoria ni de la luz con que habría de guiarla para buscar los hechos vitandos, es indispensable que me los expongáis vosotros, en forma, como quien dice, de ramillete, para que pueda yo olerlos todos de un solo aliento y probar en la intensidad de su veneno el vigor de mi naturaleza y los bríos de mi necesidad. Y con el laudable fin de evitar divagaciones metafísicas y retorceduras de conceptos, vuelvo á presentaros en crudo mi pregunta, que ya lleva marcado el prosáico son de la respuesta: «¿Qué me sucederá si me caso mañana?»
—¡Y dale con el tema! ¿Quieres, con mil demonios, saber lo que te sucederá, por ejemplo, en los primeros días?—dijo echando chispas el acicalado que, según parece, llevaba la voz cantante en aquel estrafalario desconcierto.
—Muchos cantos va á tener la epopeya, á lo que veo,—exclamó sonriendo Gedeón.
—¿Por qué lo dices?
—Por la pequeñez de las partes en que la divides, si he de juzgar por la muestra de «los primeros días.»
—Pues esos días son un período completo, y aun colmado... Los demás ya serán más largos, para desgracia del marido.
—Vaya, pues, por «los primeros días,» y sepamos, por fin, qué me sucederá en ellos.
—Nada que no sea envidiable: sorpresas encantadoras, dulzuras, mimos, arrebatos sublimes... ¡lo más voluptuoso y embriagador que puedas imaginarte!
—Y ¿cuánto dura?—preguntó Gedeón relamiéndose.
—Cuarenta y ocho horas,—respondió secamente el interpelado.
—Me parece mucho,—gruñeron los otros dos jueces.
—¿No me concedéis siquiera una semana?
—Vaya la semana—dijo el atildado,—pues días más ó menos, poco suponen en la eternidad del martirio subsiguiente. Durante esa semana, no existen los suegros ni los cuñados; tu nueva familia es un coro de ángeles que no cesa de cantar tus alabanzas. No hay hombre como tú, ni más amable, ni más ingenioso, ni más bello, ni más digno de ser adorado; y esto, que te lo dice tu mujer á solas entre explosiones de amor, te lo repiten en la casa hasta el gato y el perro, adivinando tus deseos y hartándote de preferencias y mimos. Como no has de vivir con tus suegros eternamente, en estos primeros días empezarás á tratar, si no de separarte, de cuando te separes; y ten por seguro que por diferencias sobre calle, ó piso, ó colores de las tapicerías, ha de asomar la oreja la primera nubecilla en el arrebolado horizonte de tu felicidad.
—Eso suponiendo—añadió el usurero,—que en los pormenores de la dote no haya habido serios altercados.
—Ó que la recién casada—expuso el celoso,—no deje, en la vecindad que abandona, su primer amor.
—Todo es posible—continuó el pulcro;—pero hemos de prescindir de lo eventual y contingente, que no tiene medida, para fijarnos sólo en lo rigorosamente lógico; en lo necesario, en lo infalible. Con esto nos sobra para ganar el pleito. Y prosigo. He supuesto que pasabas la primera semana con la familia de tu mujer, por elegir un motivo, entre los cien mil que existen, para el primer desacuerdo. De todas maneras, en tu casa ó en la ajena, al acabarse esos días, las intimidades matrimoniales han llegado á su grado máximo, y comienzan á caer en desuso ciertas contemplaciones de pura galantería, hasta allí guardadas entre los cónyuges. Nada más natural entonces que la elección de un criado, ó la compra de un mueble, ó la distribución de las horas del día, ú otra pequeñez cualquiera, produzca en tu mujer un serio enojo y en tí un disgusto. Los de esta índole son los que traen á las casas las intervenciones extranjeras, aunque con ramo de oliva; pues la esposa, poco acostumbrada todavía á sufrir contrariedades, necesita murmurar con alguien de las rarezas de su marido, y murmura con su madre, si la tiene, y si no, con sus amigas. Oirás de éstas ó de aquélla tal cual disertación sobre el tema de la tolerancia que deben tener los caballeros con las señoras; verás que en estos conflictos internacionales jamás se te da á tí la razón; te llevarán los demonios cuando consideres que cosas tan fútiles y remediables en casa, son ya del dominio público, y en centuplicado tamaño, por la insensatez de tu mujer; que están tu reposo y la paz de tu casa á merced de la menor divergencia de pareceres entre vosotros dos, y sobre todo, cuando veas que tu esposa se va mostrando tan dispuesta á desechar los tuyos más sensatos, como á aceptar los ajenos más absurdos.
Pasó, pues, el período breve del éxtasis amoroso, y estás de patitas en el primero del martirio. Comparando lo que eres con lo que fuiste poco antes, y temiendo avanzar en el horrible é interminable sendero en que te hallas colocado, haces heróicos esfuerzos en favor de la paz doméstica; te acusas aun de faltas que no has cometido; disculpas todos los resabios de tu mujer, y corriges hasta los más inofensivos de tu carácter. Todavía, y mediante este sistema, disfrutas, de vez en cuando, los breves momentos de placer que dan de sí las reconciliaciones vehementes; y quizá insistiendo en el procedimiento adoptado, y sin más mujeres en el mundo que la tuya, llegaras al fin de la carrera, no sin cruz, pero sin espinas. Mas, en esto, asoman los primeros barruntos de sucesión; y á los tiquis-miquis de todos los días, tienes que añadir las impertinencias propias del estado.
El olor del tabaco la ofende, y no puedes fumar delante de ella; si por no dejar de verla fumas lejos de su presencia, cuando te acercas huele que has fumado, y te rechaza; por evitar este inconveniente dejas de fumar; pero has salido á la calle, has ido al café, has estado, en fin, donde se fuma, y tu ropa huele á tabaco, razón por la cual tampoco puedes aproximarte á su gabinete. Te resignas á no salir de casa por no ahumarte; pero si usas esencias, le repugnan, y si no las usas, hueles á hombre: tampoco entras así.
Entre tanto, la casa está patas arriba, y tu autoridad como la casa, porque la señora come á horas intempestivas las cosas más extravagantes, y tiene ascos y náuseas, y todo lo escupe.—Cuando concluye este período, que es muy largo, empieza otro mucho más divertido: el período de la pesadez, del bamboleo, del malestar, del paseo nocturno entre calles, colgada de tu brazo; del abultamiento de los labios y de las manchas en la cara; de los pies hinchados; el prólogo, en fin, de la nueva y más tremenda etapa, durante la cual no dormirás sueño tranquilo, ni comerás cosa en sazón, ni te pondrás camisa bien planchada; pues todo lo que es orden, paz y sosiego, lo extermina, lo barre la gran catástrofe: con sus preparativos, antes, y hasta mucho después, con su cortejo de horrores y hediondeces. Antes, el hatillo, y la cuna, y los tanteos y probaduras de nodriza, y la novena á San Ramón, y los falsos síntomas siempre á media noche, ó á otras horas tan intempestivas. Después, los jipidos, y la casa á obscuras y en silencio, y el aire corrompido, y el andar en ella todos de puntillas, y el comadrón, y la nodriza, y los pañales, y los recados á la puerta, y la obligación de contestarlos, y la colineta para el cura, y los padrinos, y la comitiva del bautizo, y tú presidiéndola, y los chicos de la calle cantando el ¡pelón!... y hasta el consonante, que es harto más grave, pues no faltará quien te le aplique, aunque la copla se refiera al padrino; y luego las enhorabuenas, y el refresco... ¡y el demonio desencadenado en tu casa!—Después, la cuarentena, y los retortijones de barriga en la criatura, y los vagidos consiguientes, y el cólico de la pasiega, y el riesgo de buscar otra, y las cuentas á puñados, y el dinero tras ellas á carretadas... Por último, el restablecimiento...
—Y, por fin—interrumpió Gedeón, respirando con ansia,—volvemos á aquellos ocho días...
—¡Quiá!—dijo el otro con el gesto y el tono que usarían las víboras, si las víboras hablaran del matrimonio;—aquellos días se fueron para no volver. El primer cuidado de tu esposa al salir de su habitación, es residenciarte por el tiempo en que ella no ha mandado en jefe. Nada se ha hecho á su gusto: el refresco fué mezquino; se quedaron sin dulces esta amiga y el otro pariente; el ruido constante que tú no supiste impedir, no la dejó descansar á su gusto una sola vez; están los suelos mal barridos y los muebles echados á perder; eres un Juan Lanas, y además roñoso y desatento. Por supuesto que tú no has intervenido en nada de lo censurado: desde el momento supremo se apoderó de las llaves y del mando la amiga, ó la vecina de más confianza, si no hay por medio una madre ó una hermana; pero esto no impide que el responsable de todo lo malo, inventado ó cierto, se te haga á tí. Habrá hocico también, y acaso moquiteo, porque no se te vió el pelo cuando ella más gritaba durante el apuro gordo; y si se te vió, porque no te alegras, como debes, al contemplarte reproducido; has estado hasta soez con las visitas, ó has pecado de expresivo con algunas que ella sabe; y luego, porque su mamá, ó su modista, ó su doncella... ó el Peñón de Gibraltar; pues hasta lo más extraño es un motivo serio para darte guerra. Cuando ésta se acaba por cansancio, comienza la criatura á tomar fisonomía y á entretener á su madre con gorgoritos, sin dejar por eso de alborotar la casa con sus lloros. Ahora porque se ríe, después porque tose, luégo porque no mama, y más tarde porque vuelve la leche, allí no se habla más que del muñeco, ni en otra cosa se piensa, así te entre un torozón y te pongas á la muerte...
—Bueno; pero... después...
—Después, volvemos á los ascos del principio, y á los síntomas de marras, y á todas las enumeradas peripecias... Y pasan otra vez, y vuelven de nuevo, y tornan á repetirse, salpimentadas, por supuesto, con un sinnúmero de impertinencias y de contrariedades nuevas, hijas legítimas del cúmulo de necesidades que se van creando en tu casa con cada vástago, y de los resabios que va adquiriendo tu mujer en cada alumbramiento.
—¿Pues no dice la fama que nunca está un hogar más alegre que cuando está lleno de chiquillos?
—¡Oh, es encantador uno de esos cuadros de familia! Aquí una silla rota; allá media vajilla en polvo; el tintero encima de la cama, y las almohadas debajo de la mesa; las botas en la sombrerera, y el sombrero en la cocina; en el ropero la zaga de un coche y la cabeza de Carlo Magno, y medio tambor y un pedazo de corneta; en el cajón de la basura, la estampa que más aprecias cubierta de lamparones y de garabatos; y los papeles importantes de tu cartera, hechos una pelota, y la máquina del reló de tu mujer, en la escalera del desván. Te sientas á la mesa, y empieza lo conmovedor. Antoñito no quiere la sopa si tú no se la das; Pablito, mientras cebas á su hermano, te mete un tenedor por los ojos; Adelita quiere cerezas, y está corriendo el mes de enero; Elisina, después de haber comido las natillas con los dedos, hunde las manos en los bolsillos de tu chaleco blanco; y todos cuatro rompen á llorar poco después, formando el coro más armonioso que hayas oído, sobre el cual se destaca la voz de tu mujer, poniéndote como hoja de perejil, so pretexto de que no sabes hacerte querer ni respetar de tus hijos; tu mujer, que andará ya en meses mayores; de modo, que cuando el último retoño va domesticándose, y se larga la nodriza y se le añade al montón de sus predecesores, viene el nuevo con los consabidos trastornos y las enumeradas desazones.
—Pero, hombre, ¿cuándo concluye... eso?
—Cuando concluyan las gracias y los atractivos de tu mujer; cuando no le queden ojos para mirarte, ni labios para sonreirte, ni dientes para devorarte; cuando no sea más que un catálogo de achaques, envuelto en un retal de pergamino; cuando esté á tu cargo la fatiga de cuidarla, y á las doce de la noche te pida desde su cama el antiespasmódico para el histérico, ó el algodón para los oídos, ó los parches para las sienes; ó se despierte á las tres de la mañana para que le des las friegas en la espalda, ó le pongas las franelas en los riñones; cuando tus hijos crezcan y necesiten el látigo y el colegio, y el uno resulte estúpido, y el otro holgazán, y el tercero un perdido, y la cuarta una tontuela, y te roben y te esquilmen el sastre, y el zapatero, y la modista, y el maestro de música, y el vecino de enfrente, y la vecina de al lado... Y así vas tirando y haciéndote viejo, y notando poco á poco que estorbas en todas partes á tus hijos y á tu mujer, y que tu mujer y tus hijos comienzan á preguntarte cuánto tienes, y á hablarte mucho de cuando tú faltes... ¡á desear que te mueras, hombre, ya que no pueden heredarte en vida!
—¡Pero eso es feroz!
—Pues eso es, amigo, como si dijéramos, lo más llano del camino: los inconvenientes de un matrimonio hecho á pedir del deseo y con el dinero de sobra; ¡imagínate, si puedes, lo que será el matrimonio en peores condiciones; sin las rentas necesarias para cubrir las indispensables exigencias del estado!
—¡Ni el infierno es comparable con ello!—exclamó aquí el avaro.—El escaso caudal se evapora al calor de tantas obligaciones; se va, se va, se va... y se extingue al fin, como la última oscilación de una luz que ha devorado su mecha; y un día, al despertar la familia, quiere comer y no tiene qué, ni con qué comprarlo; pídelo prestado, entre congojas de vergüenza, y se lo dan; pero como no lo devuelve, otro día se lo niegan, por lo cual vende una alhaja, y después los muebles, y, por último, la camisa. Entre tantas angustias y privaciones, las pocas virtudes se avinagran, el pudor se corrompe, los respetos se atropellan; y aquel sentimiento, que antes se llamaba amor entre los cónyuges, no impide ya que el látigo zumbe en la casa, y alboroten el barrio los gemidos, porque es cosa harto sabida que cuando el hambre entra por la puerta, sale el amor por la ventana. Después, la horrible consideración que se hará el marido, entre paliza y moquiteo, de que tenía un caudal con el que, soltero, pudo haber vivido hecho un patriarca, y que cediendo á una falsa vocación de su naturaleza, le partió con una mujer que le llenó de hijos en pago de su generosidad; hijos que fueron otros tantos lobos que ayudaron á su madre á comer en pocos días hasta la piel del incauto borrego; que vió éste desaparecer su propia hacienda sin haberse procurado á cuenta de ella un miserable regodeo, porque toda la necesitaba, y mucho más que hubiera, para tapar aquellas bocas insaciables; para sacrificarlo en aras de esa ridícula debilidad que se llama familia; la misma que, si no lo hubiera comido ayer, lo heredaría mañana, ó lo empleara la mujer, viuda, como cebo para coger otro marido con quien lo gastara escarneciendo la memoria del primero; vivo éste, para que el más bribón de sus hijos lo jugara en tres montones á una sota, ó la madre se lo fuera regalando á su vecino, si le convenía para amante...
—¡Esa es la fija!—gritó entonces el celoso.—Pero tú supones viuda, cuando cae, á la mujer de Gedeón. Yo quiero, y debo, suponerle vivo al ocurrir esa caída, y no acosado el matrimonio por el hambre del segundo ejemplo, sino nadando en la abundancia del primero; porque la mujer peca de vicio, casi siempre, y en las demás ocasiones... porque es mujer... ¡Y en qué condiciones cae la esposa, dioses inmortales! Por de pronto, apenas hay ejemplo de un amante que no valga mucho menos que el marido.—Esto prueba lo que empequeñece y desprestigia al hombre, á los ojos de su mujer, el oficio de casado.—El marido paga, el marido provee, el marido atesta el ropero y abarrota el tocador y colma el bolsillo... pues para el marido las chancletas, la bata sucia, la papalina y el pelo desgreñado; para el amante los perfumes, las batistas, los voluptuosos rizos, la turgente seda, la ceñida bota, la estirada media; para el dueño, toda la prosa, todos los desdenes, todas las frialdades; para el ladrón, todos los encantos de la coquetería y todo el fuego de una pasión tan vehemente como infame. Al marido, á quien se despluma á cada instante, se le tiene por avaro, por incivil y por grosero; el amante, que acaso vive á expensas de las larguezas del marido á quien deshonra, es, en concepto de la esposa, el generoso, el caballero... ¿No es esto infame? ¿No es inicuo? ¿Y no es todavía más inicuo y más infame emplear el propio dinero en adquirir una ignominia semejante? Pues comprar esta ignominia es casarse, Gedeón. Porque todas, todas son iguales... menos las que no sirven para el oficio, por haberles negado sus favores la naturaleza, con ninguna de las cuales has de casarte, pues eres mozo de buen gusto. No tengo más que decirte.
—Ya lo oyes, Gedeón—añadió el atildado célibe, rasgando su boca hasta los oídos, como si tras el gesto se dispusiera á dar el salto alevoso sobre su amigo para hincar en él el diente emponzoñado;—todos, aunque por diferente senda, hemos venido á parar al mismo punto: al presidio del matrimonio, en el cual lo menos que se pierde es la libertad del soltero; esa que nos permite vivir como el ave en el espacio, como el pez en el agua; tener por patria el mundo entero, y por soberano la voluntad; contemplar, en fin, el de la vida, con ojos serenos, sin que nos amarguen aquellos instantes supremos las lágrimas de los que dejamos si nos necesitan en el mundo, ó el regocijo de los que nos heredan; esos tiernísimos pedazos de nuestro corazón, llamados hijos.
—¡Adelante!
—Y ¿para qué?
—¿No tenéis, víboras, más veneno que echar por esas bocas?
—¿Pues no hemos de tener?—respondió el pulcro:—á toneladas te lo diéramos si fuera necesario, y aún no se concluyera; pero nos has pedido muestras de ello, y muestras te hemos dado, y en forma de ramillete, como deseabas. Ahora, huele y revienta.
—Oliéndole estoy, rato hace.
—Y ¿á qué huele?
—¡Á demonios corrompidos!
—Entonces ¿á qué vino la consulta?
—Ya os lo dije: á que me confirmaseis en mis creencias, algún tanto insubordinadas estos días por la loca de la casa, llamada imaginación. Sí, amigos míos y denodados solterones, soy de los vuestros, creo cuanto creéis y detesto cuanto detestáis; el matrimonio es un presidio para el hombre; un presidio completo, pues que le esclaviza y le infama. Niego la paz del hogar, niego el amor, y, sobre todo, la necesidad de los hijos: el uno y las otras no son más que ficciones de la fantasía, cuando no cebos de los maridos para seducir incautos. El hombre, abrumado constantemente por las cargas de la familia, pierde hasta la libertad de ser honrado y el derecho de ser feliz; cuando menos, la ineludible prosa del matrimonio le corrompe, le enerva, le desnaturaliza, le empequeñece. Para cuanto concibe y cuanto emprende fuera del miserable recinto de su hogar, son trabas que le amarran y cortan el vuelo á sus más levantados pensamientos, los hijos y la esposa, que no le quieren más que en cuanto le necesitan. El hombre, pues, para cumplir su verdadero destino, para dar á su cuerpo el regalo que necesita y á su alma la elevación que anhela, tiene que desprenderse de los mezquinos, pero opresores lazos de la familia; ser libre, libre como el pájaro y el viento; y pues, como dice el adagio, el buey suelto bien se lame, suelto quiero morir como he vivido, ya que vuestras sabias advertencias, coincidiendo exactamente con mis doctrinas, me han demostrado que es imposible hallar dentro del matrimonio el voluptuoso edén con que alguna vez soñó mi acalorada fantasía...
Oídas estas palabras, los tres jurados solterones se encogieron de hombros, cual si tuvieran por locura hasta haber puesto el caso en tela de juicio; dióles Gedeón unas palmaditas en la espalda, y se dispersaron los cuatro, tan satisfechos y campantes, como si realmente hubieran tratado la cuestión en serio, y el mundo no fuera otra cosa que un vasto ejido para revolcarse y hozar en él á sus anchas los cerdos de las consabidas piaras.
JORNADA SEGUNDA
I
EL PRIMER PASO
Ya sabe el lector de quién se trata, de dónde viene, de qué madera es y adónde se propone ir el héroe de esta historia que, en rigor, empieza en esta página, y dice así:
Libre Gedeón de malas tentaciones, es decir, exento de los cuidados en que á las veces le ponían, sólo tiene ya que pensar en orientarse y en establecerse.
Por orientarse entiende él hacer con la memoria una excursión por lo pasado, y otra con la fantasía por lo porvenir. Precisamente se halla tomando un respiro en la cumbre del sendero de su vida, y desde ese punto domina lo recorrido con igual facilidad que columbra lo que le queda por andar. Gedeón, en suma, quiere y cree que necesita entrar en cuentas consigo, antes de dar el primer paso conforme al derrotero inalterable que se ha trazado.
Volviendo la vista al dilatado panorama que va dejando atrás, y marcando con la mente los sitios en que ha puesto su planta, ¡qué pobre, qué mezquino le parece lo explorado, comparándolo con lo que tiene sin explorar!... Bien mirado todo, ¿qué ha hecho él hasta entonces más que retozar en mies abierta; herborizar, como si dijéramos, en campo libre?... Si alguna vez saltó cercado ajeno, no pecó el seto de espinoso ni de elevado. Verdad es que las altas cercas que guardaban el regalado fruto, aunque aguzaron su apetito, jamás le movieron el intento del asalto, pues era caballo de buena boca, y todo lo hallaba sabroso siempre que fuera asequible y abundante, y todo le sentaba bien, porque era el hijo de familia, holgado y disoluto y sin pizca de responsabilidad.
¡Pero ahora!... Ahora no le es lícito ni siquiera el pensamiento de que corran los años de su vida, como antes corrieron, en la obscuridad de los portales y en la lobreguez de los callejones extraviados: porque ahora es el amo de su casa, el hombre formal, independiente, rico, y hasta de buen solar, que no solamente puede, sino que debe dar á sus empresas largo vuelo, tan largo como se lo permite el inmenso horizonte que tiene á la vista; y con este fin exornará sus actos con cierta solemnidad y compostura atractivas y de buen tono... ¡Qué vida le espera!
Por lo visto, Gedeón es de los que creen, no sin fundamento, que á los hombres no los hacen los años, sino las circunstancias. Desde el grado de doctor hasta el primer paso que da el doctorado en el ejercicio de su profesión, pueden mediar muy pocas horas; y sin embargo, ¿quién es capaz de conocer, bajo el luengo gabán, el estirado chaleco y las rígidas tirillas del médico ó del jurisconsulto de hoy, al aturdido y desaliñado estudiante de ayer?
La misma razón social que á tanto obliga, impone á Gedeón, que ya se juzga doctorado en la Universidad en que por tantos años cursó la vida airada, el deber de adoptar hábitos de carácter, como otro doctor cualquiera, para ejercer su profesión con fruto y en toda regla... cuando la ejerza; pues, por de pronto, y en atención á que el luto riguroso que viste, si bien le permite divertirse según sus inclinaciones naturales, le prohibe acercarse á los ruidos y á los grandes espectáculos del mundo, tiene que limitarse á un sencillo merodeo alrededor de su casa, como quien dice, y dejar para más adelante las campañas de prueba.
Así se cumple con otro de los deberes que son anejos al derecho de vivir entre gentes civilizadas.
Y hay que convenir en que el tal deber está bien fundado. Bueno que los lutos se arrastren por todas las deshonestidades sociales, porque con ellos no puede uno ir á ninguna parte; pero exponerlos en teatros y tertulias, donde la gente guarda compostura y decoro... ¡no faltaba más! ¡Bonita cara pondría esa señora que se llama sociedad culta, y marca lo que se ha de sentir y lo que se ha de llorar, con centímetros de crespón en el sombrero, ó con varas de velillo delante de los ojos!
Volviendo á Gedeón, digo que discurre, al tenor de lo indicado, larga y detenidamente, acerca de lo que ha sido antes y lo que puede y le toca ser en lo sucesivo, libre de toda vacilación y resuelto á pasar la vida con la mayor suma posible de comodidades y deleites... porque es indudable que eso que él sigue notando todavía dentro de sí y en cuanto le rodea, y que algún inocente predestinado se atrevería á llamar nostalgia de la familia, es un efecto lógico de su nueva situación, y desaparecerá tan pronto como el huérfano se establezca á su gusto, metodice su vida y llene el desierto hogar.
Esta es, por consiguiente, su tarea más perentoria. Afortunadamente, no es difícil.
Por de pronto, y á reserva de cambiar de sistema cuando las circunstancias se lo reclamen, necesita una persona que se encargue de las menudencias domésticas; una mujer de edad, en quien el juicio corra parejas con los años. Pero esta mujer, cuyo destino exclusivo ha de ser el de administradora, no puede ni debe, hasta por razones de estética, estar á su servicio inmediato. Con este último objeto tomará una joven de buen ver y adecuada al caso. En cuanto al prosáico cargo de cocinera, está provisto muchos años há, y no mal del todo, en una buena mujer que continuará desempeñándole.
No hay plazas más solicitadas ni apetecidas que las de sirvientes de un solterón. Las amas de llaves todo lo esperan de él; las jóvenes todo lo creen posible; y ni las unas ni las otras tienen que lidiar con la fiscalización intransigente de la señora de la casa.
Así es que Gedeón recibe las solicitudes á puñados y las recomendaciones por docenas. Puede elegir á su gusto, y así lo hace.
Desde aquel instante, una mujer que ya no ha de cumplir el medio siglo, aseada, enjuta de carnes, á medio encanecer y empezándose á arrugar, y muy hacendosa y previsora, según informes, se encarga de las llaves y recibe con ellas una cantidad de dinero para el gasto menudo durante quince días, concluído lo cual recibirá otro tanto; porque Gedeón no quiere, ni debe, ni sabe ocuparse en todas esas prosáicas menudencias.
El nombre no es enteramente simpático: se llama la señora Braulia; pero ¿qué más da? En cambio, al nacer, fué envuelta en finos pañales: su padre era mayordomo del marqués de las Pesadumbres. Las que le dieron (al mayordomo) una naturaleza enfermiza y una familia demasiado numerosa, trajéronle á menos; y á la muerte del marqués, habiendo suprimido aquella plaza sus herederos, acabóse la vida del mayordomo con esta última pesadumbre. Braulia, entonces, como cada uno de sus hermanos, tuvo que buscarse la vida como mejor pudo: hoy zagaleando criaturas, mañana fregando vasijas y arrimando pucheros á la lumbre, y otro día ascendiendo á doncella de labor y camarera de confianza; pasando, en fin, por todas las fases de la servidumbre doméstica, pero siempre muy honrada y muy querida de sus amos. Túvolos de alto coturno; y al ingresar en casa de Gedeón, desdeñó las ofertas de un banquero de nota. Cree que todas estas vicisitudes le han dado á conocer el mundo palmo á palmo, y á los hombres pelo á pelo.
Aunque á él no venga nunca, así refiere su historia la buena de la señora Braulia.
Menos puntos calza en prosapia, pero nombre más bonito lleva la otra sirvienta. Llámase Solita, y es hija de un remendón con quien no ha vivido desde que supo andar lo bastante para escaparse de casa, en la cual no era posible la existencia con aquel hombre que concluía con todo: con la familia, á palos, y con lo que ganaban, él remendando y su mujer cosiendo, en la taberna.
Huérfana de madre á los pocos años de ponerse á servir, sólo ha logrado verse libre de la tiranía del zapatero, dándole las tres cuartas partes de lo que gana. Á pesar de estos contratiempos, ha llegado á ser una de las doncellas militantes, ó sirvientes, de mejores informes.
Es menudita, limpia como el oro, picaresca de sonrisa, algo remangada de nariz y gruesa de labios; muy negros el pelo y los ojos, aquél abundante y éstos no muy grandes ni rasgados; pequeños los pies, los dientes, las manos y las orejas, y rollizos los brazos, el cuello y las inmediaciones.
En todas estas menudencias repara Gedeón, mientas Solita le cuenta las otras referentes á su historia; porque es natural que un señor bien educado, al recibir en su casa á una muchacha, le pregunte por las generales de la ley, siquiera por preguntar algo; y como Solita es ingenua casualmente, responde cuanto sabe y no la deshonra, porque no la hay en decir la verdad; sobre todo, como ella la dice, fruncidos los ojuelos, entreabiertos los labios, como si quisieran sonreir y enseñar los dientes á un mismo tiempo, una mano en la cintura, la otra doblando y desdoblando un pico del delantal, y la mitad del pie derecho fuera de los pliegues de la falda, llevando el compás del suave balanceo de las redondas caderas.
II
LA PRIMERA CATÁSTROFE
Ya tiene Gedeón cuanto necesita: es decir, quien le administre, quien le sirva y quien le aderece el ordinario sustento.
Ya no reina el vacío en su casa; ya hay ruido y movimiento en ella.
La señora Braulia, como mujer precavida, estudia sin cesar la manera de que en su jurisdicción ande todo conforme con los gustos y deseos de su amo; la cocinera trata de cumplir las órdenes de la señora Braulia, en lo que respecta á su importante ministerio; y en cuanto á Solita, arregla el gabinete como si tuviera hadas en las manos, y es una mariposa alrededor de la mesa: lo mismo maneja platos y cristalería, que un prestidigitador los cubiletes... Alguna vez tropieza con el codo al «señorito,» al mudarle el cubierto, ó le retira el plato sin estar desocupado; pero ¿quién diablos ha de atreverse á reprender tales descuidos, al ver cómo la delincuente ofrece sus disculpas en memoriales de sonrisas que, aun á los ojos del más diestro en semejantes lecturas, tanto picaran en malicia como en rubor?
Es tal el esmero con que se le sirve y se le adivinan los deseos, que en ocasiones creería que algún genio invisible cuida de su casa. No bien hace por ella una breve excursión, ya está arreglado cuanto él desarregló al moverse, sin que se vea la mano que colocó la silla en su sitio, el gabán en el ropero ó el libro en el estante.
Cuando por la noche se retira á descansar, encuentra la luz en su cuarto, el vaso de agua sobre la mesa, y abierta y preparada la cama... Ni un motivo siquiera para romper la monotonía de aquel ordenado silencio con un campanillazo; silencio sólo alterado por la voz de la señora Braulia que, antes de cerrar él la puerta del gabinete, asoma por ella la cabeza para pedirle sus órdenes para el día siguiente y darle las buenas noches.
Por un lado no le desagrada el sistema; pero ¡tiene tanto de uniforme y de misterioso!... Parece que se le ceba, no que se le sirve.
Un hombre como él, que por no poder ir todavía á ninguna parte, vuelve á casa, las más de las noches, hastiado, rendido y de muy mal humor, recibiría como un consuelo media palabra discretamente afectuosa, y un par de sonrisas elocuentes al llegar á su cuarto... Pues no, señor: nadie á la puerta de la escalera, que, al abrirse, cubre á quien le alumbra; nadie en el pasadizo; nadie en el gabinete, y un poco después, menos que nadie, la señora Braulia con su jaculatoria de costumbre. Así es que se acuesta bufando, y sueña con la voz, y con la cara, y con las arrugas de su ama de gobierno.
Y arrancando de aquí el motivo, llega un día en que ésta le parece gazmoña, fisgona y antipática en esencia y presencia.
Entre tanto, apenas conoce el metal de voz de Solita, ni sabe qué color tiene á la luz artificial la única cara decente que hay en la casa.
Así pensando una noche, después de haber despachado con un bufido á la señora Braulia, exclama de repente:
—Y ¿por qué no ha de venir Solita? ¿No mando yo aquí? ¿No ha de tenerse en cuenta mi gusto para todo?
Y cediendo á los ímpetus de su carácter irreflexivo, sacude furioso el cordón de la campanilla, que repiquetea junto á la cocina con estrépito desusado.
—¿Llamaba el señorito?—dice al instante la voz de la señora Braulia, cuya silueta se dibuja confusamente en el angosto hueco de la entreabierta vidriera.
Con lo que Gedeón cae en la cuenta de que ha cometido una majadería; la cual trata de disculpar con otra mayor, mal zurcida y peor hablada.
Al quedarse solo otra vez, reniega de la vieja impertinente, y desea con ansia que llegue el nuevo día para que Solita le sirva el almuerzo: no porque el hambre le atormente ni Solita le preocupe, sino por contemplar otra cara que no sea la sempiterna de la señora Braulia...
Y precisamente ese almuerzo es el elegido por el ama de llaves para acompañar á «su señorito,» puesta de pie á respetable distancia de la mesa, con los brazos cruzados y la vista escudriñadora, tan pronto en los platos, tan pronto en Gedeón, tan pronto en Solita, y cumplir, en la siguiente forma, con lo que ella cree un deber de su cargo de inspectora de la casa, y fiel intérprete de los deseos de su amo:
—¿Le gusta esa salsa al señorito?... Se le puede rebajar un poco la cebolla... ¿Le parece mejor la merluza que el rodaballo?... Esta semana se le ha puesto tres veces lengua estofada, porque ¡hay tan poco en qué elegir!... El solomillo le parecerá á usted algo duro á la vista, pero está tierno como un requesón... Ya le tengo prevenido á la cocinera cómo ha de ponerlo para que se penetre bien... porque no se las puede dejar de la mano... ¡Nada se les ocurre!... ¿Quién le dirá á usted que unos casquitos de porcelana, echados á tiempo en la tartera, reblandecen la misma suela de un zapato?... Ese postre se quemó un poco por debajo, pero no tiene la culpa la cocinera; la tengo yo que le hice y no cargué bastante de manteca las paredes del molde... y puede dispensar el señorito por esta vez... Solita, mude usted ese plato...
Gedeón, que no solamente no se ve libre de la presencia de la abominada dueña, sino que la halla más pegajosa y más impertinente que nunca, cuando no responde con un gruñido á cada uno de estos períodos, da una orden ó hace una pregunta, ó lanza una blandísima mirada á Solita.
En el cual proceder hay para la señora Braulia dos motivos gravísimos de despecho: el desaire notorio que se le hace delante de una inferior jerárquica, y la confirmación de las sospechas que há tiempo la vienen inquietando.
No duda ya que hay en la casa quien priva más que ella con su amo, y que es la razón de la privanza algo físico que la señora Braulia no posee desde muchos años atrás; algo que no se adquiere esmerándose en el cumplimiento del cargo que se desempeña, sino con las gracias que da la naturaleza y roban los tiempos, como á ella se lo robaron para nunca más devolvérselo. Y á la edad de la enjuta ama de llaves se perdona hasta el martirio en cruz, y el tormento de la sed y del frío; pero no se perdona á otra mujer el crimen de que nos venza y nos derrote, y nos desautorice con armas como las de Solita.
Y no perdonar, en tales casos, es pensar en la venganza, si vengarse puede la ofendida, como puede vengarse la señora Braulia.
Es el jefe de la servidumbre de Gedeón, y puede y quiere hacer sentir á «la canalla» todo el peso de su autoridad irritada.
Desde aquel instante ya no vive para servir bien á su amo, sino para desahogar el despecho que la ciega.
Solita, que no ignora el motivo de las flamantes destemplanzas del ama de llaves, sufre las que le alcanzan á ella, hasta con delectación; pues tan grande como el tormento de la derrota en tales lides, es la satisfacción del vencimiento. Pero la aparente insensibilidad, ó el notorio desdén de la doncella, encienden más el fuego de la ira en el pecho de la señora Braulia, que á todo trance quiere víctimas; por lo cual entra con sus huracanes haciendo raccia en la cocina.
De este modo, aquella casa, antes tan tranquila y sosegada, no bien la abandona cada día Gedeón, es una perrera.
—¡Hoy no se han limpiado los polvos!...—¡Esta butaca no está en su sitio!...—Son las once, y falta media casa por arreglar; pero ¡ya se ve! levantándose á las ocho y tardando hora y media en emperijilar un moño postizo y cuatro pingos de moco... ¡Válgame Dios!... ¡Como si fuéramos unas señoras de copete y lo trajéramos desde las envolturas!... ¡Pero no tiene usted la culpa, sino quien alas presta á ciertas mariposas para que tan alto vuelen!... ¡Pues, anda! el gabán del señorito sin cepillar, y las camisolas empolvándose sobre la cama... Deles usted el pie, que ellas se tomarán la mano...—También por este otro lado van las cosas en su punto, gracias á Dios: media hora hace que me está dando la ternera en la nariz. ¿Por qué ha batido usted los huevos antes de que esté hervida la leche?... ¿No ve usted, alma de Lucifer, cómo se está pegando esta compota?... ¡Claro está! como no son ustedes quienes pagan todos estos pecados... ¡Pero desde mañana ha de cumplir en esta casa cada uno con su obligación, ó he de faltar yo á la mía!
Y así por el estilo, zumba y gime la voz de la señora Braulia en salas, pasillos y cocina, como cierzo regañón en casa mal cerrada, sin que le falten por acompañamiento y armonía las cáusticas respuestas de la doncella, ni los descargos irrespetuosos de la cocinera.
Con la cual música los ánimos se enconan de veras, las respectivas obligaciones se descuidan; y al cabo halla Gedeón un día requemada la sopa, cruda la carne, y los postres en salmuera.
Nada dice á Solita, que le sirve; pero llama á la señora Braulia, que no está presente la única vez que debiera estarlo.
—¡Señora—exclama con mal gesto y áspera voz al tenerla delante,—esto no se puede comer!
—Pues crea el señorito que no es culpa mía,—responde el ama de llaves, temblándole la barbilla puntiaguda, pálido el marchito rostro y mirando á Solita con ojos de basilisco.
—Ni yo trato de averiguarlo—replica Gedeón:—lo que me importa es señalar la falta para que la corrija quien debe corregirla.
—¡No es eso tan fácil como al señorito se le figura!
—¡Cómo que no! ¿No basta un poco de vigilancia?
—Ya esperaba yo que el señorito había de echar sobre mí todas las culpas; porque ¡ya se ve!... una no es onza de oro, al paso que otras, con menos méritos... ¡Virgen Santísima!
Y la señora Braulia, después de hacer unos cuantos pucheros, rompe á llorar como si el alma se le escapara por la boca.
Solita entonces, habiéndola contemplado un instante con la boca entreabierta y las cejas fruncidas, suelta los platos que tiene en la mano, llévase á los ojos la servilleta que, á modo de banda, tiene cruzada sobre el pecho, y sale del comedor como un cohete, lanzando el sollozo que pudiera oirse desde la calle.
Momentos después aparece en escena la cocinera con el mandil recogido sobre la cintura, los brazos descubiertos, encendido y reluciente el rostro, como solomillo á medio asar.
—El señorito me hará el favor de decir si en catorce años que llevo en la casa se me ha oído una queja, ni he dejado yo de cumplir con mi deber.
Gedeón está como paleto en comedia de magia, al ver aquellos aspavientos y aquellas apariciones y desapariciones.
—Pero ¿qué es esto?—exclama al fin.
—Que me haga usted el favor de dar la cuenta,—dice la cocinera, rompiendo también á llorar, y arrojando el mandil sobre una silla, como rey que depone su corona.
—Que aquí todas son señoras, y que todas mandan en la casa, menos el amo y yo,—añade la señora Braulia, dejando caer sus huesos sobre la silla inmediata, y llorando á más y mejor.
—Lo que pasa aquí—dice Solita entrando en escena, en ademán airado,—es que no se pueden aguantar los humos de esta señora; y como yo no he venido para servirla á ella, ni para que me quite la salud...
—¡Quéjese usted de mí, relamida! ¡casquivana!
—¿Lo oye usted, señorito? ¡Pues eso no es nada en comparación de lo que suele decirme cuando usted no está delante!
—¡Ni de lo que me dice á mí cada vez que entra en la cocina! ¡No se la puede aguantar!
—¡Mienten ustedes como quienes son, impostoras, mal nacidas!
—¡La mal nacida y la deslenguada será ella!
—¡Y la muy retevieja, desesperada y envidiosa!
—¡Silencio!—grita Gedeón asiendo una ensaladera, dispuesto á estrellarla sobre la más próxima de sus sirvientas.
Pero sólo después de haberse desahogado á sus anchas las tres mujeres, y estado á pique de tirarse de las greñas, y cuando ya el escándalo debe de haberse oído desde el ayuntamiento, logra Gedeón restablecer el silencio en su casa, y la promesa de que, por aquella vez, que es la primera, se olvidarán los mutuos agravios, y volverá cada mochuelo á su olivo, siquiera en obsequio á él, que no tiene otro destino en el mundo que estudiar la manera de pasar la vida sin contrariedades ni desazones.
Pero alea jacta est: aquellas mujeres que se resolvieron á pasar una vez los límites del respeto con sus pertrechos de odios y de antipatías, no pueden retroceder ya; y si no al día siguiente, al otro ó á los pocos más, dan la gran batalla, á cuyo fragor quiébranse cristales y vasijas, y renquean los muebles, y salen asustados á la escalera los vecinos de la casa; y cuando á ella vuelve Gedeón, no tiene otro remedio que licenciar aquella tropa que, como los pretorianos de Roma, ha tomado por oficio la sedición y la indisciplina, y puede, como éstos, llegar á atreverse con el César mismo.
En el alma le duele tener que privarse también de los buenos oficios de Solita; pero Solita no cabe á las órdenes de ninguna quintañona; y, sin esta pantalla, son sus atractivos demasiado peligrosos para un hombre que no quiere sacrificar su independencia á nada ni por nadie.
Lo que fuera de su casa puede ser hasta una ganga para él, dentro de ella sería un enemigo terrible.
Por eso, al pagar con rumbo á su doncella, ni por cumplido la dice que no se marche; lo único á que se atreve es á despedirse de ella «hasta la vista.»
—El mal está—dice al quedarse solo,—en que estas cosas me sucedan ahora; es decir, cuando podía dar comienzo á mis tareas, si estuviera yo establecido á mi gusto. ¡Por vida de las casualidades!...
III
UNA HOMBRADA
Pero las casualidades se repiten tanto como las combinaciones; y las combinaciones que hace Gedeón con su servidumbre no tienen número.
Que ponga arriba lo más viejo, y abajo lo más joven, ó al revés; que todo sea rozagante, ó todo marchito y arrugado; que dé sus preferencias á la más quisquillosa, aunque las merezca menos; que no se las muestre á ninguna; que no se queje aunque halle tachuelas en la sopa y cables en el estofado; que en pro de la paz, en fin, renuncie á todos sus derechos de amo y señor, y dome los naturales ímpetus de su carácter... lo mismo adelanta: más tarde ó más temprano, la guerra civil estalla en su casa, y vuelan los cacharros en la cocina y los pelos en cada rincón; primero en sus ausencias, después á sus propias barbas; porque demostrado está por la experiencia, y al buen sentido se le alcanza sin esfuerzo, que no hay criada de solterón que aguante con paciencia á su lado otra sirvienta.
Lo que á Gedeón sacan de quicio tantas y tan parecidas casualidades, presúmalo el lector.
¡Cómo él, idólatra de la holganza y del regalo, pudo imaginarse, ni en sueños, que tendría que habérselas mano á mano con dueñas y fregatrices á cada hora, ni que habían de correr tiempos en que sólo le dieran, por salsa de su pesebre, alaridos y repelones?
Pero sabrá cortar por lo sano y poner remedio á la plaga, que para eso es libre y soltero.
Bien examinado todo, ¡qué necesidad tiene él de llenar su casa de mujerzuelas frívolas y quisquillosas? ¡Cómo no se le ha ocurrido hasta entonces hacer una hombrada, es decir, barrer de faldas su cocina, y buscar en el otro sexo quien le sirva en paz y bien?
Apuradamente lo que él desea es harto fácil de conseguirse: orden, puntualidad y respeto á su persona. Ya transige con los manjares mal sazonados, con la cama á medio hacer y con las botas deslustradas; pero que se lo tengan todo á punto; que no se invierta en ventilar rencillas miserables el tiempo destinado á servirle, y sobre todo, que no se le complique á él en escandalosas griterías de plazuela. ¡Á qué menos ha de aspirar una persona decente, «libre como el ave en el espacio, como el pez en el agua;» una persona que huye del matrimonio para hacer en todo su gusto y vivir como le dé la gana?
Con tan santos propósitos, échase Gedeón un cocinero y un ayuda de cámara, mozo listo y bien adiestrado en el oficio.
Pero el cocinero, por casualidad, es borracho y goloso y nada limpio, y no conoce cuenta ni razón; roba si le dan mucho dinero; y si se lo tasan, también; compra lo que á él le gusta, y lo guisa como más le agrada: los gustos de su amo no se tienen en cuenta para nada en aquella cocina.
Así y todo, Gedeón come, no cuando tiene ganas, sino cuando ya no las tiene su cocinero.
El cual cobra por mensualidades adelantadas, que es tanto como decir que ahoga toda reprensión en los labios de su amo con anunciarle que se marcha.
El ayuda de cámara no es tan borracho como el cocinero; pero, en cambio, tiene moza, y necesita dos horas cada noche para visitarla, por lo cual hay ocasiones en que se retira á casa más tarde que su amo; y se dan también en las cuales tiene éste que abrirle la puerta, porque el cocinero está roncando ya, ó no quiere levantarse; y gracias si en esos casos no aparece el criado envuelto en la capa ó en el gabán de Gedeón, pues para ambos sirven sus trajes y su calzado.
Lo que sólo sirve para el criado es el dinero que halla en los bolsillos del chaleco de su amo cuando le cepilla la ropa, y los cigarros sobrantes de la petaca olvidada en una levita ó encima de la mesa.
De vez en cuando, tienen mozo y cocinero sus francachelas mientras Gedeón anda soñando con las suyas fuera de casa; pues la verdad es que desde que tales contrariedades domésticas le persiguen, no tiene instante de sosiego ni punto de reposo, y todo lo aplaza para cuando se vea establecido á su gusto.
Entre tanto, si á media noche necesita una taza de te, se la llevan á las dos de la mañana, y el te le sabe á caldo frío, y la taza huele á basura.
Si de caldo la pide al mediodía, el caldo le sabe á aguardiente, y la cuchara á tabaco.
Toda su ropa está sin botones y con los forros descosidos; le faltan las mejores corbatas, y no sabe qué vientos le llevan los pañuelos de batista.
Si por joven despide al ayuda de cámara y toma hombre de más edad, éste tendrá de huraño ó de sucio ó de perezoso lo que el otro tenía de presumido ó de mocero, si es que no peca por esto y por aquello. Y lo que digo del criado digo del cocinero.
De todas maneras, llega un día en que Gedeón, después de haber perdido la paciencia, y con ella el paladar y el estómago y mucho más que no se gusta ni se digiere, pero que se pone ó se vende; después de ver su casa saqueada, y lo que en ella queda sucio, desconcertado y descolorido; después de convencerse de que los últimos criados que toma son los peores y los que más caros le salen, plántalos en la calle y lánzase él más tarde á la misma, dándose á todos los demonios y maldiciendo de la suerte que le hace elegir, en uno y otro sexo, lo más malo que existe en el ramo de sirvientes.