LA PUCHERA
OBRAS COMPLETAS
DE
D. JOSÉ MARÍA DE PEREDA
OBRAS COMPLETAS
DE
D. JOSÉ M. DE PEREDA
de la Real Academia Española
Tomo XI
LA PUCHERA
SEGUNDA EDICIÓN
MADRID
VIUDA É HIJOS DE MANUEL TELLO
1901
Es propiedad del autor.
I
«RÉ» EN LA ARCILLOSA
Quién de los dos empujó primero, yo no lo sé. Quizás fuera el mar, acaso fuera el río. Averígüelo el geólogo, si es que le importa. Lo indudable es que el empuje fué estupendo, diérale quien le diera; es decir, el río para salir al mar, ó el mar para colarse en la tierra. Mientras el punto se aclara, supongamos que fué el mar, siquiera porque no se conciben tan descomunales fuerzas en un río de quinta clase, que no tiene doce leguas de curso.
¡Labor de titanes! Primero, el peñasco abrupto, recio y compacto de la costa. Allí, á golpe y más golpe, contando por cúmulos de siglos la faena, se abrió al fin ancho boquete, irregular y áspero, como franqueado á empellones y embestidas. Al desquiciarse los peñascos de la ingente muralla, algo cayó hacia afuera que resultó islote mondo y escueto, y más de otro tanto hacia dentro, en dos mitades casi iguales, que vinieron á ser á modo de contrafuertes ó esconzados de la enorme brecha. La labor del intruso para continuar su avance, fué ya menos difícil: sólo se trataba de abrirse paso á través de una sierra agazapada detrás de la barrera de la costa; y forcejeando allí un siglo y otro siglo, buscando á tientas al obstáculo las más blandas coyunturas de su armazón de granito, quedó hecho el cauce, profundo y tortuoso, entre dos altos taludes que el tiempo fué tapizando de césped y bordando de malezas.
Atravesada la sierra, el cauce desembocó en un valle, verde y angosto, encajonado entre ondulantes cerros y colinas, que van escalonándose suavemente y creciendo á medida que se alejan hacia la erguida cordillera que recorta el horizonte con su perfil de jorobas y picachos, de Este á Oeste. Las aguas, detenidas un instante al asomar al valle, como para formar allí un remedo de golfo, corrieron hacia la izquierda, lamiendo por aquel lado las faldas del montecillo que las separaba del mar; después retrocedieron súbitamente, describiendo rápida curva sobre la derecha; se deslizaron mansas, tranquilas y en línea recta, á lo largo del valle hasta dar con otro cerro de escarpada ladera; y arrimaditas á él, continuaron corriendo y abriendo cauce tierra adentro, hasta perderse en un laberinto inextricable, cuyos misterios no había penetrado todavía la luz del sol.
Es posible que en aquellas espesuras toparan con el ocioso río dormitando entre sus cañaverales y bajo su espeso dosel de alisos, madreselvas y avellanos bravíos; pero lo que no tiene duda, porque bien á la vista está, es que desde entonces, por el mismo cauce que llenan y desocupan dos veces cada día las salobres aguas, salen al Atlántico mezcladas con ellas las insípidas del río, que ha bajado, creciendo poco á poco con ayuda de vecinos y despeñándose á menudo, desde sus pobres fuentes escondidas en un repliegue sombrío de las montañas del fondo.
Este cauce, en su parte recta y más larga, y en sentido opuesto á la línea de la costa, tiene dos grandes derivaciones ó caños, que arrancan de él, casi verticalmente, como del tronco las ramas principales; y los caños, á su vez, otras ramificaciones que surcan en varios sentidos la ribera hasta el contorno mismo de la tierra firme: de modo que en las pleamares toda la planicie aparece tijereteada y subdividida en islillas verdes, en las cuales pastan los ganados el sabroso liquen que crece entre apiñados haces de finísimos juncos.
De los dos grandes caños que tiene la ría, es el principal, por ancho, largo y navegable, el llamado la Arcillosa, no sé por qué, pues allí no hay señal de arcilla ni de cosa que se le parezca. El hecho es que se llama así, y que en el pueblo que se desparrama á corta distancia de él, le consideran como su puerto de mar los contados labradores que hacen á pluma y á pelo; quiero decir, que así manejan el dalle y tumban un prado en agosto, como cinglan en la chalana y calan la sereña, ó tienden las redes ó arrastran el retuelle por la canal casi enjuta.
Pasan de diez los pueblos que, más de cerca ó más de lejos, se miran en las aguas de la ría; y el más grande de todos está encaramado, y como á horcajadas, en el mismo perfil de la costa y sobre su curva más alta. Abajo, muy abajo, está la playa, espaciosa, limpia y abrigada, en la cual mueren blandas y rumorosas hasta las enfurecidas olas que momentos antes, y entre bramidos, se estrellaron en las dunas y en los peñascos de la barra, impelidas por el huracán. Este pueblo, sin dejar de ser terrestre, tiene más alientos y caracteres marítimos que los demás ribereños. Cuenta con un buen número de lanchas de altura, y sus pescadores pertenecen, por tanto, á la desdichada legión de «héroes anónimos;» es decir, que son de los valientes que pagan, en la proporción debida, el negro tributo que tan á menudo cobran á los de su oficio las tempestades del Cantábrico. Tiene una delegación, aunque humilde, del ministerio de Marina; y la Hacienda pública su poco de aduana, que, de vez en cuando, aplica sus ociosos aranceles á las heróicas naves que atraviesan la barra y surcan luégo la ría del puerto aquél; al cual puerto, y solamente para los efectos... artísticos de este libro, llamaremos de San Martín, lo mismo que al pueblo á que corresponde; pueblo de notoria importancia en el litoral montañés, á la que no contribuye poco el bien adquirido renombre de su hermosa playa, en la que se zambulle cada verano un buen contingente de la sociedad adinerada, que despuebla, en los meses estivales, por costumbre ó por necesidad, las mejores ciudades del interior de España. Casi, casi, es sitio de moda en el Almanaque del turista.
No lo son, ciertamente, las demás aldeas circunvecinas, ni, en rigor de verdad, echan ellas de menos ese timbre vanaglorioso, porque para nada le necesitan. Cuál, por empingorotada y descubierta á todos los vientos de la rosa; tal, por recogida y acurrucada al socaire de sus arboledas; ésta, por agrupadita y cevil; aquélla, por desperdigada y montuna; la de acá, por «pudiente y hacendosa;» la de allá, por todo lo contrario; la de enfrente, por lindera del camino real, y la del otro lado, por inaccesible y escondida, cada una de ellas, y según propio aserto, con las mozas más garridas, y las mieses más feraces, y las campanas más sonoras, y las fuentes más saludables, y el santo más glorioso, de todas las mozas, de todas las mieses, de todas las campanas, de todas las fuentes de siete leguas á la redonda, y de todos los santos de la cristiandad, se considera como lo mejorcito y más envidiable de España; y en unión de cuanto puede abarcar la vista desde el campanario de la iglesia, el pedazo de tierra más majo de todo el mundo conocido.
Y el caso es que yo mismo ando á dos jemes de creerlo también al pie de la letra, porque verdaderamente es de lo más hermoso que puede imaginarse aquel panorama inundado de luz y de alegría.
Viniendo á lo que importa, ó sea á Robleces, la susodicha aldea que considera á la Arcillosa como su puerto natural y propio, y no sin razón puesto que le pertenece, como el del monte comunal, el usufructo de la mitad de la ribera enclavada en su término, conviene saber por ahora que, después de San Martín, es el pueblo de mayor vecindario entre todos los ribereños; que está dividido en tres barrios, separados entre sí por tres mieses, dos llosas, cuatro camberones hondos y una sierra calva; que del barrio más próximo á la ría y llamado de Las Pozas, seguramente por las que en él abundan en invierno, son los únicos anfibios que cuenta el vecindario de todo el lugar, y que la casuca de Juan Pedro Menocales, más conocido por el Lebrato, el único matriculado en regla que hay entre los contados anfibios, está casi dando con los cimientos en el agua de un canalizo que serpentea hasta aquellos límites de la junquera y arranca del extremo terrestre de la Arcillosa. En ese canalizo, casi en las bardas mismas de su corral, fondea, ó mejor dicho, amarra el Lebrato á un estacón bien clavado en el suelo, su chalana, poco mayor que una masera, y otra embarcación de más humos, que también posee y utiliza en las grandes ocasiones de su arrastrado oficio: una barquía, vieja sí y acribillada de remiendos y tapones, calafateada con trapajos caseros y embadurnada con algo que no tiene ni el negro brillante, ni la correa, ni la impermeabilidad del alquitrán de buena casta; pero, al cabo, una barquía, capaz... de lo que se irá sabiendo poco á poco. Porque en la persona del Lebrato hay algo más de lo que aparentan su pellejo arrugado, su delgadez sarmentosa, su carita risueña y aniñada, y especialmente aquel sobrar de calzones, de chaleco y de camisa por todas partes, como si estas prendas no llevaran dentro más que las ramas torcidas del tísico cerojal en que el viento las zarandea para secarlas cada vez que la cellisca de la ría las empapa sobre el cuerpo de su dueño. Por de pronto, hay, ó más propiamente, había en éste, á la sazón de mi cuento, un hombre que, arrastrado por las exigencias de su deber de matriculado, había corrido mucho mundo y guerreado valerosamente... ¡asómbrese el orbe entero! en Cochinchina, á las órdenes del coronel Palanca. De allí vino á la hora menos pensada con su correspondiente lucro, bien cosido al ceñidor; unas botas de agua, que sólo se calzaba en los días de incienso ó cuando iba á Santander, y un saco inagotable de cuentos y noticias sobre cosas y personas de por allá, que eran el regocijo y el pasmo de todos sus convecinos.
Este Juan Pedro, el Lebrato, tenía un hijo, llamado Pedro Juan, más conocido por el mote de el Josco[1], el cual hijo era en estampa y en carácter todo lo contrario de su padre, es decir, medradote, sombrío de faz, corto de genio y seco y áspero de frase. Vivían y trabajaban juntos, y andaban en todo tan unidos, aunque eran entre sí tan diferentes, como la mar y el cielo ó la noche y el día. El padre era el espíritu, la inteligencia y la palabra; el hijo, la fuerza, la máquina dócil y segura que rechina á ratos por lo mismo que se mueve, pero que no se para mientras la voluntad inteligente no se lo ordena. En un solo trabajo fallaba esta máquina, que jamás se resistía á la voluntad y al ejemplo de Juan Pedro, ni aun cuando éste se jugaba la vida chungueándose con el riesgo mortal, como si se tratara de mojarse el vestido en la canal de la Arcillosa: el trabajo de casarse Pedro Juan con la mujer que le proponía Juan Pedro. ¡Entonces sí que rechinaba la máquina y hasta echaba chispas por todas sus coyunturas! Porque al mandato del padre se oponía tenazmente, no la voluntad ni la inclinación del hijo, pues inclinación á la moza y voluntad para casarse con ella le sobraban, sino la cortedad del genio, que le hacía imposible todo paso directo en aquel sentido. ¡Los había intentado en vano y de propio impulso tantas veces!
Y la mujer era de suma necesidad en aquella casa tan falta de gobierno y del aseo que no pueden tener dos hombres rudos, esclavos además de un incesante trabajo. Pedro Juan tenía una hermana; pero esta hermana estaba casada y llena de familia; y aunque vivía también en Las Pozas, harto tenía que hacer en su propia casa para pensar en el arreglo de la de su padre. Gracias que cada ocho días les lavaba la ropa blanca, y cada quince daba un recorrido á los pobres trastos del hogar, y remendaba lo más apremiante de lo roto, y en los grandes apuros les echaban, ella y «el su hombre,» una mano á las faenas. Y para eso, ¡qué ponderar la ayuda y los ahogos, y qué zamparse la familia entera las hogazas y los torreznos de los pobres solitarios, en un par de comidas y otras tantas cenas!
Con ser tanto lo que ocupaban al padre y al hijo los trabajos de la ría, esto no era para ellos más que lo accesorio, ó «ayuda de costas:» lo principal era la labranza de unas tierras y el cuidado de unos animales. Así andaba en aquella pobre casuca revuelto lo marino con lo campestre: la red con el arado, el remo con el horcón; y en la socarreña adjunta, el aparejo de la barquía sobre la pértiga del carro. Tiempos hubo en que las tierras y el ganado y la casa y cuanto en ella se contenía, fueron de la propiedad del Lebrato, parte de ello por herencia, y el resto adquirido con los doblones venidos de Cochinchina; pero á aquellos tiempos bonancibles y prósperos, sucedieron otros bien adversos; largas y crueles enfermedades que, tras de dejar viudo al pobre hombre, le costaron buenos dineros; plagas que arruinaron las cosechas y diezmaron los ganados; el fisco, que no repara cosa mayor en tales desventuras para llevarse, por buenas ó por malas, lo mejor de la hacienda del atribulado... y lo que de todo esto se sigue por ley fatal de las desdichas humanas; y Juan Pedro tuvo que acudir al anticipo, y después al préstamo con hipoteca; y como cayó en malas manos para todos estos delicados tejemanejes, de la noche á la mañana se vió convertido, de acomodado propietario, en simple y menesteroso rentero de su prestamista, que aún le ponderaba este favor, pues derecho tenía para arrojarle de casa y buscar otro colono para sus tierras y ganados. Convenía el Lebrato en ello; y lejos de amilanarse por tan poca cosa, sin perder su buen humor ni verse un frunce de más ni de menos en sus ojillos risoteros, se lanzaba con doble ahinco á sus bregas de pescador, para sacar de ellas el dinero que le costaban la escasa borona que le nutría el demacrado cuerpo, y los míseros trapos en que le envolvía.
Á Pedro Juan no le alcanzaron más que los tiempos malos; con lo cual y la singular contextura de su naturaleza, se acomodó sin esfuerzo á lo que ellos daban de sí buenamente, que era bien poco y bien arrastrado en su mayor parte.
Y así y con otros trabajillos que no andaban tan á la vista como ello, iban tirando de la vida el padre y el hijo al tener yo el gusto de presentárselos al lector bondadoso, metidos hasta las choquezuelas en la basa de la Arcillosa, cerquita de su empalme con la ría; clavando con picachos de madera la parte inferior de una red que alcanzaba de orilla á orilla; plegando luégo el resto sobre lo clavado en el suelo; afirmándolo allí con cantos sobrepuestos para que no se recelaran los pescados ni la levantara la marea según fuera ésta subiendo, y atando, por último, en lo alto de cada orilla del ancho cauce, las dos cuerdas que arrancaban de los dos extremos de la red oculta. La misma operación hicieron en seguida en los dos únicos portillos de la Arcillosa, que, aunque lejana, tenían comunicación con la gran arteria de la ría. Terminadas estas operaciones, que no duraron menos de dos horas, padre é hijo emprendieron la vuelta á casa, á ratos por el fango del estero, y á ratos por la junquera, según fueran ó no accesibles sin esfuerzo los islotes del atajo.
Mediaba el mes de junio: las mareas eran vivas, el día espléndido, y aquella red, la primera que echaba el Lebrato en el vagar que le ofrecían sus trabajos campestres, entre el resallo y la siega.
Antes de comer lo poco y mal condimentado que les aguardaba arrimado en un pucherete á la lumbre mortecina, ya estaban el padre y el hijo Arcillosa arriba en su chalana, porque la pleamar exacta era á las doce, y había que levantar la red un buen rato antes de iniciarse el descenso de las aguas. Cuando llegó el momento esperado, cada cual haló desde la orilla en que estaba del correspondiente cabo, que volvió á ser amarrado bien tirante á la respectiva estaca, en cuanto la red quedó alzada más de tres palmos sobre la marea; precaución bien tomada, porque el muble no es pez que se deja arrinconar por barreras que puedan franquearse con un salto de una tercia. Levantadas de igual modo las redes en los dos portillos, los rederos se volvieron á casa á zamparse la insípida puchera, en paz y en gracia de Dios, mientras la línea negra que trazaba la red sobre la tersa y brillante superficie de las aguas, advertía á los muchos aficionados del lugar que apercibieran sus morrales y retuelles.
Y no fué desairado el aviso, pues desde más de una hora antes de la bajamar, ya comenzaron á salir de los tres barrios, triscando como potros bravíos, con el morral al costado, el retuelle al hombro, las perneras remangadas hasta las ingles, los pies descalzos, los brazos en cueros vivos y la cabeza hecha un bardal, cerca de dos docenas de mozuelos y más de seis mocetones, que no pararon de correr hasta la casa misma de los rederos, donde tomaban de memoria el número que había de corresponderles en la fila, según el orden en que iban llegando.
Cuando no quedó en la Arcillosa más agua que la contenida en su canal angosta, se formó dentro de ella, y en el orden indicado, la fila, de uno en uno, detrás de los rederos y su familia. Iban, pues, delante de todos, el Lebrato, su hijo y tres nietos. Tenían los rederos ese privilegio en compensación del derecho que asistía á sus convecinos, y no se sabe por qué, para tomar parte en toda pesca preparada de igual modo en la ribera del lugar.
La fila no bajaba de treinta cuando el Lebrato se agazapó y comenzó á andar Arcillosa arriba, á pasos muy cortos y muy lentos, arrastrando al mismo tiempo la mitad del aro de su retuelle por el suelo de la canal; y los que le seguían, imitando su ejemplo, se fueron humillando uno por uno, dando con sus oscilaciones y bamboleos tal aspecto á la procesión, que más parecía revolcarse que caminar. Como el diámetro de los retuelles no era menor que el ancho de la canal, evidente es que cada pescador no podía contar con otros peces que los que se escabulleran, casi de milagro, por los resquicios ó las mallas del retuelle del que le precedía. De este modo, calcúlese lo que le alcanzaría al que formaba en la cola, por cada libra de pescado que embaulara el Lebrato en su morral. Ni los cámbaros llegaban esa vez al retuelle del muchacho que hacía en la procesión el número treinta.
Pues aún hubo aquella tarde quien hizo el de treinta y uno; porque á deshora y cuando ya iba la procesión bien apartada de la orilla, llegó Quilino, un mozo del barrio de la Iglesia que siempre iba el último á todas partes y donde quiera estaba de más; y hasta en negocios de amor (lo único en que acertaba á madrugar como nadie, porque era enamoradote y rijoso como él solo) le dejaban «á resultas» y en «veremos,» como le estaba pasando entonces con Pilara, que no se resolvía á darle el sí en tanto no hablara el Josco que, á lo que parecía, «pensaba en hablar.» Con estas cosas se ponía Quilino que ardía. Llegó á la red echando los hígados por la boca de tanto correr, y muy arremangado de camisa y perneras, pero sin retuelle ni morral: no llevaba más que una talega, como de medio celemín. Se lanzó á la basa, entró en la canal y comenzó á arrastrar la talega, cuya boca mantenía medio abierta con la ayuda de una velorta recién cortada en el camino. Rastreando así con gran dificultad, porque la talega era de lienzo bien tupido y oponía gran resistencia al agua que entraba en ella para no salir si no la echaban por donde había entrado, llegó á la cola de la fila con dos cámbaros chicos, tres esquilas y una zapatera, que resultaron en el fondo de la talega al derramar el agua que contenía.
Relinchaba y reía entonces la gente de la red á más y mejor, porque el Lebrato, contribuyendo sin duda á ello el buen acopio de lobinas, mubles y rodaballos que iban haciendo él y Pedro Juan en sus amplios morrales, estaba en vena, como nunca, de dicharachos, cuentos y chascarrillos graciosos. Y ésta era la salsa que llevaba tanta gente á las redes del Lebrato: la mitad más que á las que echaban en la Arcillosa misma y en el otro estero, llamado la Paserona, el Parrenques ó cualquiera de los otros rederos, harto insípidos y desanimados, del propio barrio de Las Pozas. Ir á la ré del Lebrato, era punto menos que ir á una comedia.
—¿De qué vus riís tanto, chacho?—preguntó Quilino en cuanto se arrimó al colero, que en aquel instante estrenaba el morral con un rodaballo no más grande ni más grueso que un librillo de fumar.
—Del horror de cosas que mos dice tío Lebrato—respondió el del rodaballo chiquitín.—¡Conchis, qué celébre que está hoy!
Y el caso es que la gente aquélla se reía por reir, las más de las veces, porque del quinto de la fila para abajo, ninguno celebraba lo que verdaderamente salía de los labios de Juan Pedro. Como tenía éste poca voz, y en aquellas ocasiones hablaba casi con la boca entre las rodillas, y además sonaban mucho el chocleteo de piernas y retuelles en el agua y el pujar y toser de los que iban cansándose en aquella postura tan incómoda, las palabras del Lebrato, por mucho que éste las esforzara, no eran oídas en toda su claridad más abajo del tercero ó cuarto de la fila; pero como allí se iba, tanto ó más que por la pesca, por oir los relatos de Juan Pedro, era ya cosa convenida que cada frase del redero fuera repetida de trecho en trecho y pasada de boca en boca hasta las orejas del último de la fila; con lo que acontecía que, cuando ésta era larga, al llegar la frase á la mitad del camino, ya no tenía punto de semejanza con la que había salido de la cabecera...
Como sucedió un buen rato después de llegar Quilino á formar la cola. Comenzando á narrar otro suceso de allá, que eran los que más embobaban al auditorio, dijo así Juan Pedro, sin dejar de andar ni de atender á lo que traía entre manos, ni de recomendar á su hijo los pocos peces gordos que se le escapaban por entre los pies ó saltando sobre el aro del retuelle:
—Amigos de Dios: una vez pillamos á un general muy runflante de las fuerzas de los chinos... porque un mandarín echó un bando con cuatro aleluyas... que, por equívoco, le sacaron de las trincheras.
Pues el período éste, emitido á trozos y dando tumbos fila abajo cada uno de ellos, de boca en boca y pescado al oído conforme á las respectivas entendederas, fué llegando á las de Quilino en la siguiente forma:
—«Se ha de ver que Pilarona le dará en resultante con la puerta en los hocicos... porque él no anda allí buscando más que las cuatro alubias y el poco lardo de la puchera.»
En opinión de Quilino, el él del cuento no podía ser otro que el mismo Quilino en cuerpo y alma. Pilara no tenía, que de público se supiera, otro pretendiente declarado que él, Quilino, y otro de intención, pero muy á la vista: el Josco. Tan á la vista, que la misma Pilara le había dicho á él, á Quilino, más de tres veces, que le abría la puerta de su casa «á resultas de lo que Pedro Juan hablara, cuando rompiera á hablar.» De modo y manera que lo del portazo «en los hocicos» se había dicho allí por él, por Quilino, ó por el Josco. Por el Josco no podía ser, porque el dicho venía del Lebrato, y el Lebrato no había de burlarse de su propio hijo delante de tanta gente. Luego era por él, por Quilino; y siendo por él, pasara lo de «la puerta en los hocicos,» porque, al cabo, nadie es onza de oro que á todos guste; pero lo de las cuatro alubias de la puchera, ¿con qué derecho se suponía y se declaraba en público como cosa cierta, siendo en su parecer, en el de Quilino, tan calumniosa?
Todas estas cosas discurrió Quilino, á su manera y en un periquete, en cuanto llegó á su oído la última frase del período copiado, con lo que se puso hecho un veneno; y dando un talegazo furibundo en la basa, pidió cuentas del dicho al mozalbete que se le había endosado, el cual respondió que como se le entregaron le había hecho correr; reclamó entonces á la estafeta inmediata, saliéndose ya para esto de la canal; mas como por allá arriba no se había dicho ni oído cosa semejante á lo que producía la protesta de Quilino, que bailaba de coraje encima de la basa, los treinta de la red le armaron una de risotadas y chiflidos, que temblaba la junquera. Cegóse con ello Quilino, y fuése en derechura hacia el Josco, que era el que más le ofendía allí, no por lo que dijera ni silbara, pues ni desplegó los labios el infeliz, ni con una mala arruga en ellos dió á entender que deseaba reirse de lo que estaba pasando; sino por ser quien era: el mozo de cuya lengua dependía que Pilarona le diera á él ó no le diera «con la puerta en los bocicos.» Pedro Juan podría ser corto para decir á una moza «por ahí te pudras;» pero á dar pronto, bien y á tiempo una castaña á un provocador, y provocador tan mal visto de él como Quilino, que podría ó no podría salirse con la suya en el empeño en que estaba metido, no había maestro que le ganara. De modo que en cuanto vió la actitud de Quilino y sintió que le temblaba un poco la mejilla izquierda, único síntoma que anunciaba en él que se había colmado la medida de su aguante, largó el retuelle y dió el primer avance para salir de la canal; pero lo observó su padre, le cortó el paso con la ayuda de unos cuantos concurrentes, y entre todos ellos le volvieron á su sitio, mientras los restantes de la red daban otra grita al desconcertado retador y le echaban hacia abajo.
Y á esto debió Quilino la fortuna de conservar por entonces todos sus dientes en la boca, y de no haber dejado aquella tarde bien estampada su persona en la basa del estero.
Del cual salió sin detenerse más tiempo que el indispensable para apañar la talega, echando espumas de rabia por la boca, y sacudiendo tan fieros talegazos contra el suelo y hasta contra sus propias zancas cuando no estaban hundidas en él, que al intentar un recuento de sus cámbaros mientras gateaba la sierra, los halló en las honduras del saco hechos una pura papilla. Esto, y el antojársele que ciertos rumores con que de rato en rato le escarbaba los oídos el espirante nordeste (que, por ser de buena casta, había de morir antes que el sol acabara de caer) eran los de la rechifla con que le despedían á él, á Quilino, los de la red, encendió nuevas iras en su pecho; trocó en desatada carrera el paso acelerado que llevaba, y buscó por el callejo más hondo el camino más breve del barrio, decidido á verse con Pilarona y á decirla cuanto antes que, «saliérale pez ú rana, aquello no podía seguir así.»
Entre tanto, los de la Arcillosa, olvidados bien pronto de Quilino con los lances de la pesca y las cosas del Lebrato, continuaban detrás de éste y su familia arrastrando el retuelle, casi siempre vacío; pero con la esperanza de mejorar de suerte más allá. Y así fué, para algunos, al llegar al remate de la canal, punto menos que en seco ya, donde los cautivos peces se habían ido refugiando al buscar una salida que sólo hallaban los que tenían la suerte de caber por las estrechas mallas de la red. Para todos los pescadores hubo algo en aquel sitio; pero tan poca cosa para los más de ellos, que sin las cuchufletas del Lebrato, el lance de Quilino y otras «deversiones de palabra» que allí encontraron, no alcanzara á consolarlos del tiempo que habían perdido, ni del dolor de riñones que les hacía renquear, de vuelta á casa.
II
EL CONFLICTO DE PEDRO JUAN
Mejor aprovechá pudo haber sido la tarde—decía Juan Pedro á su hijo mientras los dos refrescaban el pescado de los respectivos morrales zambulléndole en el agua limpia de la caldera, que para eso habían colocado sobre el poyo del soportal de su casa;—pero otras redes han dado menos, y quizaes la de mañana no dé ni tanto. ¿Te paece que habrá aquí veinte libras?
Pedro Juan dijo con la cabeza que no.
—Ya estaba yo en eso, como lo estoy en que pasan de quince.
Pedro Juan hizo un signo afirmativo.
—Y de deciséis.
Otra afirmación muda del Josco.
—Y de decisiete.
Nueva afirmación muda del susodicho.
—Y de deciocho.
Pedro Juan hizo un gesto que quería decir: «por ahí le andará, sobre poco más ó menos.»
—Esa es la cosa; pero con la ventaja de que las piezas son, por el respetive, de locimiento pa la salida... y abunda más la llubina que el muble, con buen qué de rodaballos... Quiere decirse que, motivao á este particular, no hay que ablandarse en el precio tanto como solemos: bien se puede pedir, uno con otro, á tres reales la libra; y casa por casa y escogido, á treinta cuartos lo que menos.
Pedro Juan hizo otro gesto que significaba: «podrá que sí, ú podrá que no.»
—Hombre, si te encoges tanto, visto está que no; pero como yo creo que no hay razón pa encogerse cuando se hace la cosa en buena concencia y en ley de Dios, como ésta... Más caro vende Perrenques pura metralla, y no falta quien se lo tome; y los demás rederos, allá se le van en humos cuando el caso les llega... y toos lo nesecitan menos que tú y que yo... ¡y con ser quien soy!: el único matriculao que anda en la ría, y más afuera tamién, y con derecho bien notorio de que no anduvieran otros por onde yo ando. Sólo que es uno de esa condición y no quiere guerra con sus convecinos, ni hacer mal á naide no más que por hacerlo... Dirás tú que éstas son coplas, y que más valiera, en ciertos casos, vista la mala ley de otras gentes, hacer con tales y con cuales lo que el de más allá hace con uno... Podrás estar en lo firme; pero yo estoy más á gusto con hacer lo que hago. Cierto que no se engorda con ello; pero se duerme tan guapamente, y no hay ujano que roa en los prefundos cuando más devertío está el hombre, ni pentasma que le espante ni le engurruñe los hígados cuando la triste nesecidá le pone en riesgo de jugarse la vida allá afuera, contra un zoquete de borona... Tú, Pedro Juan, hazte la cuenta de que no hay bien ni mal que cien años dure... y hala pa lante hasta caer de veras; que de caer hemos, igual tú y yo, que semos la miseria andando, que el que tenga los mesmos tesoros del Pirata... ¿Metistes la camá de juncos en el cesto?
Pedro Juan respondió que sí.
—Pos échale haza acá, y trae tamién la triguera pa desapartar lo de costumbre.
Pedro Juan hizo lo que le mandaba su padre; y fué de notarse que al paso que colocó el cesto muy sosegadamente arrimado al poyo, arrojó encima de él la triguera de muy mala gana.
—Convenido, hijo, convenido. Pecao mortal es que aquella boca se los zampe; pero á mal tiempo buena cara: á más de que á eso le tenemos avezao mucho hace, y sabe Dios lo que sería de otro modo.
Casi á tientas, porque era ya de noche y no había otra luz que la que reflejaba la tenue claridad del cielo, comenzó el Lebrato á sacar de la caldera los peces que contenía, para colocarlos uno á uno sobre la carnada del cesto. De paso, y valiéndose para ello, más que de la blancura reluciente del pescado, de la experta sutileza de su tacto de pescador, separaba en la triguera los peces que habían de servir para los fines que se proponía. Cuando Pedro Juan volvió con dos mimbres, que fué á coger de un haz de ellos que guardaba encima de una barrotera del estragal, su padre había apartado las tres lobinas, los cuatro mubles y los dos rodaballos mayores y más lucidos que había en la caldera.
El Josco, sin decir una palabra, se quedó mirando, con muy duro ceño, las nueve hermosas piezas; después eligió las tres más grandes, y las fué ensartando por las agallas en uno de los mimbres, cuyos extremos sobrantes unió muy curiosamente en forma de estrovo. Dió otra zambullida en la caldera á los peces ensartados así, y los dejó blandamente sobre los que había en el cesto. También fué de notar que al ensartar los otros seis escogidos, parecía que los daba de puñaladas con el mimbre cuando le pasaba de las agallas á la boca; que se limitó á dar un nudo muy tosco á las puntas de la vara, y que arrojó la sarta en la triguera sin cansarse en meter antes los peces en el agua. Hecho esto, rascó con las uñas lo mayor del barro seco que aún conservaba pegado á las zancas; se bajó las perneras que tenía arremangadas; las dió unos manotazos hacia los pies; frotó luégo ambas palmas contra las respectivas caderas; lió un pito, echó una yesca, y le encendió; y como quien se dispone á tomar una resolución heróica, restregóse las manos y cogió con cada una de ellas una sarta de pescado.
El Lebrato le miraba de hito en hito y le dejaba hacer sin decirle una palabra. Cuando notó que se iba á largar sin más explicaciones, le habló así:
—¿Por las trazas, lo vas á llevar esta noche? Pensé que lo dejarías pa mañana, de paso que corríamos lo demás, si antes no vienen por ello.
—Es mejor así, ya que hay tiempo y ná que hacer en casa.
—Cierto: las vacas van ya camino del puerto, si es que no han llegado á él; el llar está en punto, y la torta la echaré yo pa cenar cuando güelvas... Pero...
Y como el Lebrato no apartara los ojos de las dos sartas de peces, adivinándole los deseos Pedro Juan, díjole, alzando respectivamente la mano en que estaba la sarta grande y la en que estaba la sarta chica:
—Éstos son pa él, y éstos... pa ella.
—¡Pa ella!... ¡Ah, vamos!... Pero nunca otro tanto hicistes, Pedro Juan. ¿Cómo tan ocurrío por parte de noche?
—Porque los merece... Por eso.
—Bien está; pero la novedá es lo que me pasma. Con ello y con que se te atragante la voluntá...
—Es que he pensao que pué que me atriva mejor así.
—¡Hombre! pues si en unos cuantos peces está y no te fías bastante en esos pocos, llévate el canasto entero y verdadero. Con tal que ello sea...
El Josco, sin aguardar á que su padre acabara de hablar, cogió con una sola mano las dos sartas, salió del portal, y á buen paso tomó la misma senda que había llevado Quilino al caer de la tarde; y también, al llegar á lo alto de la sierra, buscó por el callejo más hondo el camino más breve para ir adonde iba.
Comenzaba á lucir la luna, en el cielo no había una sola nube, y la noche picaba un poco en calurosa; por todo lo cual la gente del barrio andaba á aquellas horas solazándose, tendida sobre las mullidas del corral, murmurando á la puerta de casa, ó de tertulia en la solana, según los gustos ó los medios de cada familia: en cualquiera parte menos en la cocina y en la cama.
Pedro Juan, que al asomar al barrio comenzaba á temer que le faltara resolución para entrar en casa de Pilara con el regalo, por lo mismo que jamás le había hecho otro, tuvo la fortuna de encontrarla junto al goterial, al pasar por allí como pudo pasar otro cualquiera, pues que era camino para ir adonde iba él. Las «buenas noches» se podían dar sin segunda intención al mayor enemigo, cuanto más á una buena moza; y él se las dió á Pilara, casi sin cortarse, y pensando al mismo tiempo que después de dar, por casualidad, las buenas noches á cualquiera, se le puede brindar con todo ó con parte de lo que se lleve en la mano, sin que esto quiera decir más que «lo que de por sí dice ello mesmo.»
Y eso iba á hacer Pedro Juan, cuando notó que en el fondo del soportal había gente; y, por de pronto, se le atascó el brindis en los gañotes. Y uno de los del soportal era «por casualidad» Quilino; Quilino, que no había hallado en casa á Pilara cuando, de vuelta de la ría, con tanto empeño fué buscándola, y acababa de llegar entonces, por tercera vez, y sólo esperaba á tomar resuello sentado sobre el cocino de picar escajos, para saldar sus cuentas con ella delante de toda la familia; porque él era mozo que no se paraba en barras de poco más ó menos, y el saldar cuentas de aquella traza, la comezón que se lo echaba todo á perder. En cuanto vió que la moza daba cara, y cara de risa, á Pedro Juan, que se había plantado delante de ella como caído de las goteras, se levantó del cocino de repente, se dió sendos puñetazos en las nalgas, golpeó la pared con el pajero que se quitó de la cabeza; y después de mirar torcido á la pareja del goterial y de batir mucho las mandíbulas, salió disparado á la corralada, bufando más bien que diciendo, pero de modo que todos lo oyeran:
—¡Recongrio! ¡Esto no se puede aguantar, y aquí va á haber una barbaridá de espanto el día que menos!
El Josco no le hizo caso; pero los demás, incluso Pilara, le rieron de firme la corajina. Lo mismo que en la red; y con sólo caer en ello, iba Quilino que ahumaba por aquellos bardales afuera.
Pedro Juan, escondiéndose, digámoslo así, en aquel poco de algazara que se armó en el portal, atrevióse á decir á la moza, que no le quitaba ojo:
—Paece que se toma la luna, ¿eh?
—Ya se ve que sí—respondió Pilara.—De lo que no cuesta, llenemos la cesta. Y con eso y sin eso se sale una á cielo raso muchas veces, por no ver de cerca lo que hay á subio en el portal.
Que esta saeta iba á Quilino, puede afirmarse; mas que la pescara Pedro Juan, ya es más dudoso, porque lejos de darse por entendido, se quedó hecho un madero. Viéndole así, añadió Pilara partiendo con los dientes pedacitos de un junco de la mullida del corral:
—Muy tarde andas tú por estos barrios. ¿Qué tripa se te ha roto en ellos?
—Pos yo vengo—dijo Pedro Juan,—al auto de llevar esto á ese hombre.
Y señalaba con la mano libre á la mayor sarta de peces.
Pilara se agachó un poco para verlos mejor; y entonces, libre él de los ojos de ella, que tanto le avergonzaban, atrevióse á echarla encima del cogote estas palabras:
—Si tú quisieras quedarte con esto otro... digo, no ofendiendo.
Y señalaba con el dedo á la sarta chica, mientras el corazón le daba en el pechazo cada golpe que le atolondraba.
Palpó la mocetona los peces, que le parecieron de perlas, y estimó la cortesía en mucho más. En prueba de ello, no aguardó á que él le diera la velorta, pues se la quitó de la mano.
—¡Vaya que son cosa güeña!—exclamó Pilara levantando la sarta hasta los ojos.
—Lo mejor que hubo en la ré,—se atrevió á decir Pedro Juan, con un poco de entusiasmo.
Hasta aquí, iba saliéndole á éste tal cual el empeño, y aun entreveía la posibilidad de que, enredándose el tiroteo, llegara él á cantar de plano; pero acertó Pilara á llamar la atención de la gente de su casa, que estaba en el fondo del portal riendo todavía y comentando el berrinche de Quilino; y aquí fué el desmoronarse de golpe el valor de Pedro Juan, el ponerse colorado de vergüenza, el tronarle los oídos y hasta el temblarle las piernas.
—Vaya—dijo resuelto á salvarse en la huida:—á más ver.
Le llamaron desde adentro, le brindaron con un cigarro y un poco de conversación, en muestra siquiera de la estima del regalo, que le pusieron en las nubes... «pior que pior.»
—¡Coles!—pensaba el Josco mientras se apartaba del goterial.—Si entrara, tendría que decir algo, y por ello me lo conocerían; y conociéndomelo entre tantos, me moriría allí mesmo de repente.
Y se alejó algunos pasos de aquella casa en dirección á la otra. Pero iba avergonzado de su propia cobardía y remordido por la pérdida de una ocasión como no volvería á cogerla; y tanto le abrumaron la vergüenza y los remordimientos, que retrocedió decidido á hacer una valentía, costárale lo que le costara.
De dos zancadas se plantó otra vez en el corral, que era abierto; y cubriéndose todo el cuerpo con la esquina de la casa, asomó un poco la cabeza dentro del portal y llamó con voz apagada y algo temblona:
—¡Pilara!
Conocióle ésta y salió corriendo al goterial.
—¿Me llamabas, Pedro Juan?—le preguntó muy afable.
—Pienso que sí,—respondió el Josco atarugado otra vez y empezando á arrepentirse de su valentía.
—Bueno... Pus aquí me tienes.
—Échate un poquitín más á esta banda del esquinazo... ¡Así!... Digo, si no emportuno...
—¿Qué has de emportunar, hombre? ¿Pus á qué estamos unos y otros?
—Eso me paece á mí.
Y como después de estas palabras no rompiera á hablar en un buen rato, le echó un remolque Pilara con estas otras:
—Ahora, tú dirás.
Pero ni por esas se dejaba llevar el mocetón hacia donde sus deseos le empujaban y la misma Pilara pretendía. Juzgaba perdida la ocasión en el último paréntesis de silencio, y sospechaba que había de tomarse á risa su retrasada declaración. Hay hombres así en aquel rústico lugar y en otros harto más cultos, porque en una y otra parte, con calzones de paño pardo ó con levita de sedán, el puntillo exagerado toma á menudo trazas de cobardía; y luégo sucede que al querer conducirse como prudente, es cuando resulta ridículo.
—Conque tú dirás,—repitió Pilara observando que Pedro Juan continuaba callado, pero no en sosiego.
—Pos quería preguntarte—dijo al fin el Josco,—si por casualidá sabes tú... si estará en casa ese hombre.
Sonrióse Pilara y respondió:
—Pienso que sí, porque en la solana le ví endenantes.
—Enestonces... voy pa-llá.
—¿Y eso era todo lo que tenías que decirme, hombre de Dios?—preguntóle la moza con cierto retintín que encendió algo la sangre del encogido redero.
—No, ¡recoles!—contestó éste en el calor del arrechucho, y azotando la esquina de la casa con la sarta de peces.—¡Yo tenía que decirte mucho más!
—Y ¿por qué no lo dices? ¿pa cuándo lo dejas?
—Lo dejo, Pilara... pa cuando me atriva; pa cuando me atriva, ¡coles! ¡Y mira que á la mesma punta de la lengua lo tengo!
—Pos atrívete hombre; atrívete ahora. ¿Qué mejor ocasión?
—¡Que me atriva! ¡Recoles! ¿En qué consiste esto? Yo he mirao treinta veces la muerte cara á cara sin que se me acelere tan siquiera el pulso, ni la color se me cambie, ¡y en esto me desmayo y acongojo! ¡Mal rayo me parta por encogío y por... coles!
Y por no atreverse y por conocerlo y por renegar de sí propio, salió ahumando de la corralada, igual que Quilino, sin despedirse siquiera.
Y era lo más negro para Pedro Juan, que, huyendo de lo que más le atraía, lo llevaba estampado en las mismas niñas de sus ojos. Allí estaba la moza en cuerpo y alma, y allí la veía él con su cara redonda, colorada y fresca; con su mirar parletero y su boca risueña; con sus caderas macizas que retemblaban al andar; con su seno profuso y sus hombros anchos y fornidos; limpia como los oros, y un brazo de mar para el trabajo. Por eso, y no más que por eso, la tenía él pintiparada en los ojos, y más adentro también, y no por el cuarto de casa y la media res y los seis carrucos de tierra que pudieran tocarla «en el día de mañana,» porque su padre lo tenía y era hombre de arreglo que sabría mirar por ello, como había mirado hasta entonces; por eso, por limpia y maja y trabajadora la quería él. ¡No más que por eso! Él no era cubicioso ni cosa alguna que lo pareciera; y por estar bien á la vista, y por no tener vicios y aborrecer el aguardiente y ser apegado al trabajo y fiel de palabra y obra, y algo por ser hijo de quien era, se le abrían las puertas de aquella casa, que estaban cerradas para otros; y el padre le miraba «de buen aquel;» y Pilara no digamos, que «hasta le jalaba de la lengua;» y la madre, poco menos, y los demás, «cuasi pa el cuasi.»
Todos eran á estimarle allí, y hasta su padre le empujaba hacia ello; y él conocía estas cosas, porque ciego había que ser para no verlas, y lo deseaba más que nadie... ¡Coles, si lo deseaba! ¡Y «con todo y con eso,» llegado el caso de hablar... «lo mesmo que un murio de paré!;» y para ayuda de males, mientras no hablara, aun con saber lo que sabía, hasta las botaratadas de Quilino le amargaban la borona y le quitaban el dormir. Su padre había querido sacarle del ahogo más de dos veces hablando por él; pero él no lo consintió, porque no era «de hombres como Dios manda, consentir que otros arreglen esas cosas.» Y al ver cómo se iban poniendo las suyas y que la paciencia se le acababa, llegaría pronto la necesidad de decidirse á renunciar á ellas, ó de ponerlas en manos de su padre. Y entonces... «¡coles, recoles! ¡otro que tal no se habría visto ni se veía en jamás de los jamases!»
Cavilando de esta suerte y andando á buen andar por los callejos del barrio, llegó á la portalada de «ese hombre.»
III
ADÓNDE FUÉ Á PARAR LA SEGUNDA SARTA DE PECES
Porque la casa de «ese hombre» tenía portalada, y de alto y bien volado tejadillo; y corral con cerca de cal y canto, casi tan alta como la portalada. No era nueva la casa ni tampoco muy vieja, ni tenía escudo de armas sobre el cuadrante incrustado en uno de los esquinales del mediodía, ni en parte alguna de sus fachadas; pero era grande, de dos solanas bien extensas, con buenas cuadras, pajares y graneros; pozo, pila y horno en el corral, y mucho rumor y tufo de ganado al pesebre, que se percibían en cuanto se penetraba en el hondo soportal.
Hasta él llegó el Josco sin detenerse, porque á aquellas horas la portalada no estaba aún cerrada más que con el pestillo, y en la solana que daba al corral no había nadie.
Acercóse á la puerta del estragal, que tenía cerrada la mitad de medio abajo; metió en el vano la cabeza y buena parte del busto, y gritó allí con toda su voz, que no pecaba de suave:
—¡Deo gracias!
—¿Quién llama?—le respondió al momento desde arriba otra voz, por cuyo timbre desagradable no hubiera conocido un extraño si era de hombre ó de mujer.
—¡Gente de paz!—replicó el Josco maquinalmente, y no de muy buena gana, á juzgar por la cara que puso.
—¿Quién es?—volvió á decir la voz de arriba acercándose hasta lo alto de la escalera.
—Yo... Pedro Juan,—respondió la de éste.
—¡Ah... eres tú!—exclamó entonces la otra voz.—Y ¿qué traes, qué traes á estas horas?
—Esto traigo,—respondió ásperamente el Josco, como si desde allá dentro pudiera verse lo que él zarandeaba en la mano.
—Pues ¿qué haces ahí parado? Desdá la estorneja si está echada, y ¡sube, hombre, sube!
—Es que—replicó Pedro Juan,—si me lo tomaran aquí, sería mejor, porque vengo deprisuca y se va hiciendo tarde.
—¡Te digo que subas, y no seas meleno!
Acogió el mozo con un reniego el mandato; y después de golpear la media puerta con los peces, metió el brazo derecho por encima de ella, volvió la estorneja (taravilla) que la mantenía cerrada, y entró. No se veía chispa en el estragal ni en la escalera; subióla á tientas, porque ya la conocía, y en lo alto de ella le esperaba un bulto negro, más negro que la obscuridad, con una mancha blanca á cada lado; el cual bulto le dijo, con la voz de antes:
—Sube, sube... y vente á la cocina á dejar eso... que ya presumo lo que será.
Al llegar Pedro Juan arriba, el bulto negro con las dos manchas blancas se internó en un carrejo obscuro, á cuyo extremo y á la mano derecha se veía un rayo de luz que salía por una puerta. El Josco siguió al bulto, con los brazos extendidos y pisando á plomo por precaución muy cuerda, y así llegaron los dos á la cocina, cuya era la puerta por donde salía el rayo de luz, y en ella entraron.
El bulto negro con manchas blancas resultó ser (no para Pedro Juan, que bien conocido le tenía desde que le oyó hablar, sino para el lector, que se halla en muy distinto caso que el hijo de Juan Pedro); resultó ser, repito, «ese hombre,» el cual estaba en mangas de camisa, como siempre que apretaban un poco los calores; y eso que no era robusto ni joven, sino todo lo contrario, amojamado y sesentón, de poca talla además y algo encorvado; pero como decía Juan Pedro hablando de la madera de este sujeto: «es de la veta del tejo, que una vez que medró, ya no la parte un rayo.» Tenía la boca grande y los ojos chicos, los labios delgados y la mirada sutil y algo truhanesca, lo cual daba al conjunto de su fisonomía una expresión que no resultaba antipática. Entonces llevaba una badila en la mano.
—Recoge esto que trae Pedro Juan—dijo á una mujer, ya bien madura y poco aseada que trajinaba allí, después de mirar bien de cerca y hasta de oler y palpar lo que Pedro Juan traía en una de las manos.—Pero, hombre—añadió en seguida, disponiéndose á recoger él mismo la sarta de pescado,—yo no sé á qué os cansáis en ser tan cumplidos conmigo tú y tu padre. Si ya os he dicho...
—Pues si usté no lo quiere, me lo volveré á llevar,—respondió secamente el mozo, atenazando de nuevo la velorta, que casi estaba ya en manos del sujeto vestido de negro y en mangas de camisa.
—Hombre, no lo digo por tanto—repuso éste, tirando de la velorta y quedándose al fin con ella.—Toma, toma, Romana, hazte cargo de esto; y si puede ser, echa á la sartén el rodaballo para cenar esta misma noche. Cabalmente me alampo yo por los rodaballos... ¡Pues no te digo nada Inés!... Como que voy á llamarla para que lo vea.
Y salió á la puerta de la cocina, gritando allí muy recio, mientras Romana tiraba los peces encima de una mesa:
—¡Inés! ¡Inés!
Luégo, volviendo hacia Pedro Juan, que ya quería largarse de allí, le dijo:
—Aguárdate un poco, hombre; no seas tan súpito. Tú querrás tomar algo.
—No, señor.
—Medio vaso de vino...
—No lo uso: ya lo sabe usté.
—Es verdad... Pues una copa de aguardiente.
—Mucho menos...
—Cierto es también: ya no me acordaba... Pues no sé qué darte, mira.
—Y ¿por qué ha de darme cosa alguna, ni qué cosa he pedido yo?—respondió seca y bruscamente Pedro Juan.—Lo que quiero es volverme á mi casa, si no hago falta aquí, porque ya es tarde.
En esto entró Inés en la cocina. Aunque iba en chancletas y despeinada y con un vestidillo de percal, bastante lacio, y una pañoleta de seda descolorida, echada sobre los hombros de cualquier modo, transcendía desde luégo á buena moza, y lo era de verdad; y observándola mejor, bajo aquel desaliño que acusaba en ella cierta dejadez poco simpática, había algo más que una zafia labradora, aunque no llegara, ni con mucho, á una dama de buena educación. Su cuerpo era esbelto, gallarda y ricamente conformado; sus manos, de la más fina traza, y su cara morena, de menuda y fresca boca, nariz algo aguileña y ojos negros y de mirar perezoso, si no reflejaba en su expresión todo el encanto que suelen dar de sí estas prendas esculturales en otras mujeres, más que en ausencia de vida y de sentimientos, parecía consistir en la falta de asunto en que emplearlos, ó de un hábil artífice que hubiera sabido dar luces á las facetas opacas de aquella piedra tan ricamente formada por la naturaleza.
Pedro Juan la dió las buenas noches con toda la cortesía y la mayor dulzura que cupieron en su rudeza natural, y ella contestó con las mismas palabras y media sonrisa que las sazonó muy sabrosamente.
—¡Mira, mira qué hermosos peces!—le dijo su padre, pues lo era, aunque parezca mentira, el sujeto vestido de negro, en mangas de camisa y con una badila en la mano.
Inés los miró y hasta los fué levantando por la cola uno por uno, muy perezosamente y con cara de disgusto, y repitió los elogios de su padre; y por último (el arrastrado oficio obliga á decirlo todo, aunque mucho de ello se diga de mala gana), se limpió los dedos resobándolos contra su vestido á la altura de las caderas.
Mientras esto acontecía, «ese hombre» preguntaba á Pedro Juan:
—¿Y serán, naturalmente, de la ré de esta tarde?
—De la mesma,—respondió el otro.
—Y ¿qué tal, qué tal ha estado la ré?
—Pos así... tal cual.
—Vamos, una arroba en limpio, como quien dice.
—¡Si ello pasara de media dempués de rebajar eso que está ahí!...
—Echémosle quince libras... Á peseta una con otra, tres duros mal contados... No es cosa mayor; pero tampoco tan mala que digamos para jornal de una tarde. ¿Qué tal andáis ahora de apuros?
—Como siempre... Semos dos á ganar poco, y son los mil y quinientos á jalar de ello... De modo y manera, que con una mano se coge y con otra se da... Conque, á más ver, que es tarde y mi padre me espera.
Y con esta despedida y una cara muy fosca, salió Pedro Juan de la cocina. El padre de Inés le siguió; y al llegar el primero á la puerta de la escalera, le dijo el segundo:
—Lo de los apuros, no lo he dicho por los que pueda tener tu padre conmigo; pero ya que salieron á relucir, bueno sería que le recordaras el olvido en que me tiene tiempo hace sobre ese particular. Los atrasos son como las enfermedades, que si dan en caer unas sobre otras, acaban por matar al enfermo. No te diré que me llame á la parte en esos tres duros de la ré de hoy, aunque bien pudiera; pero si dan en pintar bien las siguientes... en vosotros está el corresponder como es debido, sin que yo lo pida.
No vió el sujeto que así hablaba la impresión que iban haciendo sus palabras en el temperamento bravío del hijo del Lebrato, porque el carrejo continuaba á obscuras; pero, en cambio, sintió retemblar aquella parte de la casa tras una recia patada en el suelo, y oyó que la voz enronquecida é iracunda de Pedro Juan le dijo:
—¡Sin que usté lo pida!... ¿Y qué ha de pedirnos? ¿Qué le queda ya por pedir, ni á nusotros que darle, si no es la pura entraña, coles? ¿Quiérela tamién? Pos pídala por la Josticia, siquiera por ser lo único que tenemos que no sea ya de usté... ¡recoles!
Y se largó escalera abajo, echando por la boca rayos y centellas, á media voz. Al llegar al corral, oyó que le decía el otro desde la solana:
—No seas bruto, Pedro Juan: toma las cosas como es debido, siquiera por la cuenta que os tiene... y dile á tu padre que cuando pueda se dé una vuelta por acá, que tengo que hablarle... ¡No es de eso, hombre, no es de eso! ¡No te encalabrines otra vez! Es cosa muy diferente... Pero que no es de urgencia, que no es de urgencia: cuando buenamente pueda, que lo primero es lo primero... Ahora, á las redes mientras hay mareas al caso y den el jornal, como la de hoy.
Pedro Juan, que se había detenido unos momentos para oir el recado de «ese hombre,» pero sin volver la cara hacia él, por toda respuesta á sus amonestaciones echó á andar hacia la calle, levantó el pestillo, salió; y cerró la portalada con tal ímpetu y estruendo, que tembló el tejadillo y ladraron todos los perros de la vecindad.
Al tomar la calleja de la izquierda, por la cual había venido de casa de Pilara, se encontró tope á tope con el médico don Elías, á quien él estimaba mucho por su «buen genial» y otras prendas que se irán viendo en el curso de este libro. Don Elías, que se perecía por echar un párrafo á cualquier hora y aunque fuera con los jarales del monte en defecto de cosa mejor, y también porque presumió de dónde salía Pedro Juan, le detuvo plantándosele delante con las manos cruzadas sobre los riñones y diciéndole:
—Apuesto una oreja á que sé de dónde vienes... hasta por la cara que traes.
—No está malo de acertar—respondió el Josco, que nunca como en aquella ocasión mereció el mote.—Yo no piso en jamás esta calleja, si no es pa eso... pa quemame la sangre, y pa condename, vamos.
—Te digo, Pedro Juan, que de esa cueva no saca nadie cosa mejor. Yo tenía que verle para un asunto que puede interesarle mucho; y con todo y con ello, hace ya días que lo voy dejando por no tratar con él.
—Pos si se viera usté en nuestro caso, que por buenas ó por malas tuviera que apechar... ¡coles!
—¿Quiere decir que hoy te ha recibido mal?
—Talmente mal, no, señor; pero es lo mesmo en finiquito.
—Entendido; es su modo de ser: ni palabra mala ni obra buena.
—¡Eso... eso mesmo!
—¡Si conoceré yo al Berrugo!—exclamó aquí con fruición el bueno de don Elías, que tenía el prurito de cazar muy largo y aun de entender de todo y de dar siempre en el hito, y especialmente de murmurar hasta de las estrellitas del cielo.—Pero, hombre, lo que parece increíble es que un sujeto de la calidad de ese, consienta lo que consiente en su propia casa y se exponga á lo que se expone...
Y como Pedro Juan no mostrara señales de apurarse por conocer lo que dejaba apuntado don Elías, éste, tras un breve rato de silencio, continuó así:
—Pero, por otra parte, considera uno que esas cosas suceden por permisión de Dios para castigo de ciertos pecados gordos, y ya no hay razón para extrañarse de nada.
Pedro Juan continuaba oyendo y sin decir una palabra.
—Pinto el caso—añadió don Elías, satisfecho con la atención que le consagraba su oyente:—la Galusa[2], esa mujerona que tiene en casa tantos años hace, desde dos ó tres antes que él enviudara de aquella infeliz que valía más que pesaba; y lenguas hay que afirman si ciertos disgustos, emparentados con la sirvienta, tuvieron ó no parte en la viudez. Pero eso, á Dios que lo sabe: el caso es que desde entonces y á creer á las gentes... y lo que á la vista está, esa mujer es la que raja y corta y manda ahí, por encima de la pobre Inés y del mismo Berrugo, que no se deja mandar de Poncio Pilatos. ¿Es esto algo, Pedro Juan? Pues con ser tanto, no vale dos cominos en comparación de lo que ha de verse luégo; porque ya anda, como quien dice, llamando á la portalada, si es que no está mucho más adentro. ¡Eso ha de ser de órdago! ¡El castigo de los castigos!... De manera, hijo, que si la venganza puede consolarte de los agravios ó de los perjuicios que en esa casa se te hayan hecho, vete consolándote ya, porque venganza has de tener, y pronta y bien cumplida.
Ni por esas se pintaba el menor signo de curiosidad en la cara del oyente, ni pronunciaba su boca una palabra. Don Elías no se creyó desairado por tan poca cosa; y después de una pausa no muy larga, comenzó á echar el resto de este modo:
—Ya que tanto te pica la curiosidad, y es muy natural que te pique, voy á contarte lo que hay sobre el particular que te anuncio... á condición, por supuesto, de que han de caer mis palabras como en un pozo: ya sabes que no me gusta murmurar de nadie, y no quiero que mañana se diga, sin fundamento ni razón, que me meto en vidas ajenas... Y sábete ahora que de donde le ha de venir al Berrugo el golpe en la misma nuca, es de Marcones... ¿No conoces tú á Marcones el de Lumiacos, de donde es también la Galusa? Bueno: pues Marcones es sobrino carnal de ella, hijo de una hermana casada allí, y bien cargada de familia, por más señas. Este Marcos, ó Marcones, como le llaman las gentes de acá y de allá, por lo grandote que es, desde muchacho tomó en aborrecimiento las labranzas de su casa, propias y en renta, que de todo había allí... cuando había algo, porque á la fecha de hoy, hijo del alma, si no es á préstamo ó en aparcería... requiescat in pace. Volviendo á Marcos, has de saberte que buscando un modo de ganarse la puchera sin quebrantarse los lomos, discurrió estudiar para cura, después de darle el de su lugar medio curso de latín, y de levantarle el falso testimonio de que entraba por él como dedo por la sortija. ¡Bueno estaba el cura para enseñar á nadie lo que no sabía él! Á todo esto, el Marcones era díscolo, rebeldote y soez, como un demonio; y armaba en casa cada catacumba porque tardaban en cumplirle el gusto de irse al seminario, que tiritaba San Pedro... Y aquí es donde se cree que empezó la Galusa á poner en contribución á su amo para suplir lo que no podía dar el pobre padre, ni aun deshaciéndose de lo mejor que tenía y con perjuicio de sus demás hijos. El asunto es que Marcones fué al seminario bien provisto de todo, y que se estuvo por allá dos años. Al cabo de ellos volvió á Lumiacos á pasar unas vacaciones, gordote como un tocino, casi cerrado de barba y empleando más los ojos en mirar á las buenas mozas que en leer los libros sagrados; porque, amigo, el corpazo aquél no se domaba sólo con latines, y Marcones no se apuraba mucho por contrariarle. En esto se le antojó una muchacha de buen ver y mejor hacienda, que conoció en Piñales yendo á la romería de San Pablo; y tira de acá, tira de allá, golpe por aquí y golpe por el otro lado, ella se fué reblandeciendo, porque al fin era hembra; él no se acordaba de los libros de la carrera más que de las nubes de antaño, y la cosa hubiera ido adelante si no la huele á tiempo el padre de la muchacha y la casa con otro más de su gusto, que se presentó de la noche á la mañana. Este golpe descompuso á Marcos, que era y es un saco de iras y rencores; pero como el perdido no era negocio que podía enderezarse con palabrotas fuertes y espumarajos de rabia, mientras le salía otro acomodo con puchera segura, vistióse otra vez el balandrán y se volvió al seminario. Cerca de otros dos años se aguantó en él, sabe Dios cómo, y á expensas de su tía, ó lo que es lo mismo, del Berrugo, que ponía el grito en el cielo á cada sangría que le arrimaba la mujerona esa, pero que al fin pagaba. Lo que tenía que suceder, sucedió. Marcones no podía con la media sotana, porque las carnazas le pedían cosa muy diferente; y un día, bien fuera porque se hartó de aquella cárcel, bien porque le echaran de ella, ó por los dos motivos juntos, pero nunca por las falsedades que él refirió, tomó el trote para Lumiacos, y desde Lumiacos se plantó aquí y tuvo una encerrona larga con su tía. Da aquella encerrona salió amasado lo que después sucedió y lo que está sucediendo á la hora presente, y lo que sucederá en el día de mañana, ó séase que, con el pretexto de ser amoroso sobrino de su tía y muy agradecido á los favores de su amo, dió en entrar en esta casa á menudo, pero con intención bien hecha de ir acercándose á Inés y obligándola poco á poco con la ayuda de la culebrona. Podría el Berrugo conocerlo ó podría no. De cualquier modo, allí estaba la que mandaba en todos para obligarle á que anduvieran las cosas al gusto de ella. Si el Berrugo ha caído en la cuenta de lo que pasa, ó si cayendo entra con todas, no se sabe á punto fijo, como no se sabe tampoco si la pobre Inés ha mirado con buenos ojos á Marcones; pero lo cierto de toda verdad es que no pudiendo Marcones, por el bien parecer, entrar en esa casa tan á menudo como á él le conviene, tomándose por disculpa lo poco diestra que está Inés en primeras letras, ha comenzado él, ó comenzará de un momento á otro, á darle una lección cada día, á propuesta de la culebrona y con consentimiento de todos los demás. La cosa es hecha, como se ve, porque lo que no alcance Marcones de por sí solo, lo alcanzará su tía, que es más sierpe que la del Paraíso terrenal. En casándose Marcones con Inés, que es á lo que se tira, Marcones le buscará el gato al Berrugo, que le tiene bien gordo, ¡pero gordísimo! y dará con él, por escondido que se halle... ¡y figúrate tú, Pedro Juan; figúratelo, si puedes, qué es lo que sucederá con ese gato en tales uñas!... Te digo, Pedro Juan, que aquel día arde esa casa con el Berrugo adentro... si es que no arde también el lugar de punta á punta, con un vecino de las entrañas de Marcones ahito de posibles... Conque ¿te vas enterando? ¿Te parece flojo el lío? ¿Piensas que es cosa de cuidado lo que tiene ya encima de su alma ese sujeto, para martirio propio y consuelo de desplumados por él?
Pedro Juan se encogió de hombros por toda respuesta á estas preguntas y por único comentario á la historia precedente, que de seguro le había parecido demasiado larga y poco interesante, porque su círculo de ideas y de relaciones era limitadísimo.
Sospechándolo por las señales, don Elías quiso rematar su obra con los siguientes pespuntes:
—Por supuesto que yo te entero de esas cosas, tan sabidas de memoria aquí hasta por los chicos de la escuela, porque á tí, metido en tu ría y en las mieses de Las Pozas, maldito si, fuera de Pilara, te importa lo de este barrio dos cominos. Y es bueno saber de todo.
—¡Pilara!... ¡Coles!—exclamó Pedro Juan desperezándose, como si saliera de pronto de una modorra.—¿Y usté qué sabe de eso, don Elías?
—¡Pues no se te conoce que digamos!... ¡y como también tiene la moza pelos en la lengua, gracias á Dios!...
—Pos qué, ¿lo corre ella mesma, don Elías?
—Vaya, vaya: lo que tú buscas es que yo te regale las orejas; pero no estoy de humor de ello. Anda con Dios, que ya es tarde... y punto en boca sobre lo que has oído de la mía.
Y con esto y un golpecito sobre el hombro de Pedro Juan, se despidió de él don Elías y enderezó los pasos hacia su casa.
El Josco, olvidado ya de su escena con el Berrugo y saboreando á su modo el dicho de don Elías sobre los dichos de Pilara, continuó su camino hacia abajo; y en cuanto columbró la casa de la mocetona, echó una relinchada de las más resonantes; y eso que era muy poco dado á estruendos de ninguna especie... Pero como nadie le veía, y además no dejaba de estar contento...
Muy cerca ya del corral, echó otra tan repicoteada como la anterior. Anduvo un poco más y miró hacia el portal. No había nadie allí, y la casa estaba cerrada y en silencio, como todas las del barrio. De pronto oyó un ligero ruido y notó que se abría la ventana de la cocina que caía al soportal.
—¡Coles... si creo que es Pilara que se asoma!—exclamó espantado como si le hubiera salido el lobo en mitad de la calleja.—¿Y qué la digo yo á estas horas y pico á pico los dos solos, si me arrimo allá?... ¡Sí, espérate un poco!...
Y apretó á correr hacia abajo, tapándose las orejas para no oir los carraspeos de la persona que estaba asomada á la ventana. Después le sucedió lo de siempre: que se lamentó de la ocasión desaprovechada, y se avergonzó de su encogimiento, y se denostó á sí mismo con las mayores injurias y los más duros improperios.
IV
«ESE HOMBRE»
«Ese hombre,» llamado así por Pedro Juan; el Berrugo por don Elías... y por todo el pueblo de Robleces cuando él no estaba delante; «don Baltasar» por cualquiera que se le acercaba, y «don Baltasar Gómez de la Tejera» en los sobres de las cartas y en los registros municipales, fué en su niñez Tasarín el de Megañas, quinto ó sexto hijo de un pobre hombre conocido por este mote á causa de ser muy tierno de ojos. El cual Megañas era de lo más menesteroso que había en el lugar. Tasarín, así nombrado por lo menudito y sutil que era de cuerpo, pasaba por muy despabilado y hábil para cuanto no tuviera que ver con el oficio de su padre. Confirmando su buena fama, aprendió pronto y bien cuanto le enseñaron en la escuela, donde ya se manifestó recelosillo y con trastienda; y en cuanto tuvo trece años y hubo reducido á su padre á que, vendiendo el de la vista baja que aún estaba á medio hacer, y buscando de cualquier modo lo restante, le pagara el viaje, montó en el mulo que le correspondía en la recua que á eso se dedicaba entonces, y se largó á Sevilla, sin otro amparo que sus buenos propósitos de hacerse rico de cualquier modo, y la esperanza levísima de que un jándalo pudiente que estaba á la sazón por allá y era natural del mismo Robleces, le buscara una taberna en que acomodarse por de pronto.
Cómo se las compuso Tasarín entonces, cuando aún aquéllos eran tiempos en que la carrera de jándalo tenía aquí muchos golosos, porque daba buenos dineros, nadie lo supo jamás; ni tampoco se supo á ciencia cierta en qué ganó más adelante lo muchísimo que tenía, en opinión de las gentes, ó los «cuatro cuartos para asegurar la puchera,» que, según la afirmación del propio hijo de Megañas, era lo único que había logrado ahorrar, cuando, al cabo de veinte años de ausencia, durante los cuales feneció Megañas tras de su mujer y se fué dispersando ó acabando también el resto de la familia, se presentó en Robleces modestamente vestido y sin pizca de aquella bambolla relumbrante con que solían llegar al pueblo nativo los jándalos montañeses, aunque no trajeran más que lo puesto y lo que decían haber derramado por el camino en onzas de oro y en pañuelos de seda. Lo único que trajo capaz de producir alguna sorpresa en sus contemporáneos, ó (si se me permite la finura) coevos, de su propio lugar, fué una sobrecarga de más de diez años, encima de los que verdaderamente tenía: treinta y cuatro aún no cumplidos, y representaba cuarenta y cinco largos. Fueron también motivo de sorpresa los propósitos que apuntó de enredarse en labranzas y ganaderías, con el fin de sacar el mejor fruto posible á las tierras que desde Sevilla había ido comprando en el lugar. Aquello era «su pobreza; el sudor de tantos años de trabajo, y necesitaba mirar por ello para vivir de ello.» Porque hay que advertir que Baltasar compró muchas tierras en su pueblo: todas cuantas se ponían en venta; y compró también la casa en que había nacido.
Estas compras las hacía, en su nombre, su padre, á quien él enviaba el dinero justo para eso, y un piquillo más como de propina «por la molestia;» pico tan alambicado, que nunca alcanzó á sacar de apuros al pobre hombre, ni mucho menos á curarle del ansia con que al fin se largó á la sepultura: el ansia de verse, siquiera una vez, con un equipo nuevo, «de arriba abajo;» porque siempre quiso la mala suerte de Megañas que cuando tuvo para echarse unos calzones, le faltara la chaqueta, y cuando estrenó zapatos, careciera de sombrero. Aunque no lo lloraban tanto como él, lo mismo les sucedía á todos y á cada uno de los de su casa. La cual casa se reparó, en lo más apremiante, con algo que también vino de Sevilla con ese objeto: de modo que cuando llegó el jándalo á su pueblo, no le faltó donde albergarse por de pronto, aunque estaba ocupada la casa por un aparcero; pues contando con esa venida, se tenía de reserva el cuarto del portal, que nadie había habitado desde que se le tilló el suelo, que antes era de arcilla, y se blanquearon las paredes. Conviene advertir, por si no lo he dicho todavía, que esta casa pertenecía al barrio de Los Castrucos, al Oeste del de la Iglesia, que está entre los dos, quiero decir, entre Los Castrucos y Las Pozas, pero mucho más apartado de éste que de aquél, que allá se le va en altura y en secano. Ahora, no se olvide tampoco que estos tres barrios solos forman la municipalidad de Robleces, como creo que ya se ha declarado.
Pues bueno: por llegar el jándalo éste á su pueblo con mucha fama de rico y negando él que lo fuese ni á cien leguas, cayó en la cuenta de que necesitaba construir una casuca si había de vivir allí medio regularmente, dedicándose á la labranza de las tierras que había comprado, para comer con el jugo que de ella sacara, á fuerza de pulso y de prudente economía, porque la vivienda en que había nacido, bastante milagro hacía con tenerse derecha en virtud de los puntales y reparos con que se la amparó años atrás; y andando en estos propósitos, ó aparentando que los tenía, fué cuando se le llegó el Mayorazgo del barrio de la Iglesia con la pretensión de que le hiciera un anticipo, «con su cuenta y razón.» Entraron ambos en explicaciones; entendiéronse, y ¡adiós proyectos de casa de nueva planta!; porque según se dejaba decir el hijo del difunto Megañas, toda «la miseriuca en efectivo» que tenía disponible, la necesitaba para sacar de ahogos á un amigo. El tal amigo, ó sea el Mayorazgo mencionado, hombre que había poseído las mejores fincas rústicas del pueblo, y aún era dueño de la casa más grande y más ostentosa de todo el barrio de la Iglesia, estaba á la sazón acribillado de deudas y de pleitos; por añadidura, hecho un pellejo ya con madre, y además, amagado de un paralís, y medio idiota. Vivía solo, con un ama de gobierno más embrutecida que él, y acababa de embarcar para América al único pariente cercano que le quedaba en el mundo: un sobrinito de trece años, hijo de una hermana viuda que había muerto seis antes en Nubloso, donde estuvo casada con un tabernero que salió un perdido. Al decir del Mayorazgo, este sacrificio por su sobrino fué «el trago de gracia que le tumbó en el suelo;» y por eso acudía al sevillano, «que debía de tener las onzas á montones,» para que, «por lo que fuera,» le ayudara á ponerse á flote. Y á flote le puso el prestamista; y de tal modo, que á los diez y ocho meses era suya la casa del Mayorazgo, libre y desempeñada. Fortuna para éste que, como si los días de su vida hubieran estado ligados á la suerte de su caudal, con el último vaso de aguardiente adquirido con los últimos ochavos que quedaban en el arca, caía redondo el infeliz, lo mismo que si le hubiera partido un rayo.
Ya tenía el hijo de Megañas ancho y bien oreado albergue. Gastó algunos cuartos más de su ahorrada «miseriuca» en repararle, en afirmar paredes de huertas y corraladas y en mejorar las cuadras y las accesorias que andaban casi por los suelos; y cuando lo tuvo todo á su gusto, comenzó á ocuparse, con empeño inteligente, en realizar los cálculos que tanto habían sorprendido á sus convecinos de Los Castrucos.
Antes de trasladarse el jándalo, llamado ya por algunos don Baltasar, al barrio de la Iglesia, no era sola aquella sorpresa la que el hijo de Megañas les había dado: fué bien pronto público y notorio su menosprecio por las cosas de tejas arriba, con excepción de unas pocas y muy secundarias; y no porque el jándalo alardeara de ello, sino porque no sabía disimularlo ni lo intentaba siquiera. Esta fué la segunda sorpresa; la cual subió de punto cuando le vieron fanáticamente devoto de Santa Bárbara, de San Antonio y de otros santos; fanatismo que no se concebía en un hombre tan descreído en otros puntos mucho más altos. Para entendernos mejor y más pronto: el jándalo Baltasar era un badulaque sin pizca de cultura moral ni intelectual; sin más necesidades en la cabeza ni en el corazón que el sacar todo el partido posible y en beneficio de sus nativas inclinaciones, del mísero pedazo de costra del mundo en que había ejercitado sus artes de explotador insaciable. Era irreligioso, porque la ley de Dios le ataba las manos rapaces y le imponía deberes penosos; pero rezaba á Santa Bárbara porque le librara del rayo que le espantaba; y á San Antonio, para que le hiciera encontrar cuanto se le perdía; y á Santa Rita, para que no se le escapara una deuda que le parecía de cobro imposible. Naturaleza inculta y vulgar, era irreconciliable con el buen sentido y esclavo de todas las supersticiones. Se burlaba del médico, y admiraba al curandero; rechazaba con asco los jarabes de la botica, y se envasaba en el estómago, lleno de fe, las azumbres de inmundicias que le preparara un mendigo piojoso en un caldero indecente. Creía en brujas á puño cerrado, y en la virtud contra ellas del azabache, de los dientes de ajo y de las matas de ruda, y lo llevaba al cuello cosido en un trapajo. Creía también que la villería (comadreja) mataba el ganado de las personas que al topar con ella en un desván no la dijeran: «villería, Dios te bendiga de noche y de día,» y él nunca dejaba de decírselo como la encontrara; consultaba á las adivinas y creía en el zahorí que descubría tesoros, siempre que no se interpusiera paño azul... ¡Oh, el tesoro oculto! Éste era su manía. Estaba al tanto de todos los más famosos en la larga lista de los que no parecen nunca, porque no hay quien dé con ellos ó quien pueda acercarse adonde se ocultan; y entre tanto, él, que antes se dejaba sacar un diente que un ochavo, se dejaba robar por todos los presidiarios que le escribían pidiéndole dinero para los gastos de una empresa de aquella catadura, que había de valerle el oro y el moro. No hay que añadir lo de los días y números aciagos, y las crecientes y menguantes de la luna como factores importantísimos en ciertas ocasiones solemnes de la vida y hasta en el corte de las uñas. Todo esto era la normal en su temperamento de supersticioso. Por lo demás, era suave y hasta persuasivo de palabra; no se encolerizaba nunca, ni reñía con nadie, ni fiscalizaba las casas ajenas, ni siquiera mostraba interés por los asuntos del municipio, aunque hay quien afirma que de todo ello estaba muy bien enterado. Iba á misa cada día de fiesta, y se llevaba bastante bien con el párroco, no obstante las frescas que éste le cantaba por su modo de hablar de ciertas cosas sacratísimas. Vestía muy modestamente y no asomaba á la taberna. De vez en cuando echaba un partido á los bolos, y más á menudo jugaba á la flor de cuarenta con los viejos del barrio, los domingos por la tarde; y esto, mientras vivió como de prestado en su casa de Los Castrucos; porque en cuanto se trasladó á la del difunto Mayorazgo, tal laberinto revolvió en ella de ganado, de sirvientes y hasta de cubas y cuarterolas de vino que trajo de la Nava del Rey y de la Rioja, para vender á los taberneros de las inmediaciones, que no le quedaba un rato libre ni para ir á misa la mayor parte de los días de fiesta.
Y tan retirado andaba del trato con sus convecinos, que muy pocos echaron de ver las largas ausencias que durante dos meses hizo del pueblo; ni estos pocos supieron qué asunto las motivaba, hasta que un domingo, en misa, oyeron leer al párroco la «primera y última» de las proclamas de su proyectado casamiento con una tal Cruz Hormigueros y la Llosa, hija de Juan y de Petra, naturales y vecinos de San Martín de la Barra. Las bodas se celebraron allá, á los pocos días de la proclama; y media semana después llegó el nuevo matrimonio á Robleces y se estableció en la restaurada casona del barrio de la Iglesia, como era de esperar.
Cruz era guapa, muy guapa, y andaría rayando en los veinticinco años. Se fué viendo que además de guapa era dulce de genio, como una cordera, y blanda y compasiva de corazón. Súpose también que si no era de cepa de señores, contaba con un buen qué «para mañana ó el otro,» porque sus padres lo tenían, por lo cual no trabajaban, aunque vigilaban mucho el trabajo que otros hacían para ellos; y habían dado á Cruz una educación á la sombra, si no muy literaria, bastante por lo menos para formar en ella «una hija como es debido» y «una mujer como Dios manda.»
Cómo se fué conduciendo en la vida íntima el hijo del difunto Megañas con una mujer tan excelente; cómo estimó el grosero jándalo las prendas de un carácter como el de Cruz, lo publicaron muy luégo la expresión de pena mezclada de espanto que se pintó en sus ojos, de mirar tan dulce y tan tranquilo antes; el sello angustioso de su boca, tan fresca y tan risueña siempre; la palidez que iba difundiéndose de día en día sobre el arrebol de aquella cara que fué tan saludable; la cabeza inclinada; el paso descuidado y perezoso... Y lo que no publicaron estos síntomas harto significativos, lo declaró la disculpable infidelidad de los sirvientes de la casa. Por ellos se supo que el jándalo se complacía en contrariar todas las inclinaciones y todos los gustos y deseos más nobles de su mujer; la empleaba en los oficios más duros y más viles, y no la permitía dar una limosna á un pobre ni disponer de un maravedí, aun para aquellos menesteres que estaban á cargo de la desdichada. Bien que ella vigilara la cocina y hasta cocinara, y remendara y cosiera y dispusiera el ollón extraordinario para los obreros, cuando los había; pero pagar con su propia mano, ajustar, siquiera, lo que no había en la huerta, en el corral ó en el granero de la casa... ¡de ningún modo!: para eso estaba él allí; él solo, porque lo entendía, y para eso lo había ganado sudando á chorros... Los pobres que llamaran á la puerta, que acudieran á Dios, «si es que le había,» ó que se murieran de hambre... ó que sudaran hieles, como él había sudado para adquirir el mendrugo con que se alimentaba y tenía que llenar la peste de bocas que estaban á su cargo. Esa era la ley, y por eso, y mientras él fuera quien era, no se sentaría nadie á su mesa sin haber ganado antes con su trabajo lo que en ella había de comer.
Y era lo más duro y desconsolador para la pobre Cruz, tan horriblemente sorprendida con aquellos sucesos de que no creyó capaz al zalamero pretendiente, que todas éstas y otras mil cosas las decía y las hacía el marido entre cuchufletas y regorjeos, y hasta pasándole á ella muchas veces la mano por la cara, ó haciendo una zapateta en el aire, ó chasqueando los dedos, como los mozos cuando bailan al uso de la tierra.
Algo de ello transcendió hasta San Martín; y es cosa averiguada que los padres de Cruz vinieron en dos ocasiones á Robleces y trataron de indagar lo que podría haber de cierto en los indicios; pero como Cruz, temiéndose venganzas muy posibles si decía la verdad, alardeaba con sus padres de todo lo contrario, y su marido estaba hecho unas castañuelas, aunque la infeliz lloraba hilo á hilo cuando más ponderaba su ventura, y estaba, ojerosa y descolorida y desencajada, como también andaba ya en «meses mayores,» tomábanse aquellas incongruencias por fenómenos de ese estado, y se volvieron los padres á San Martín, si no convencidos ni contentos, tampoco muy apesadumbrados.
En estas condiciones halló Inés el cuadro de su familia al venir al mundo. Cayó en brazos de su abuela, que estaba allí por previsión muy atinada de su madre no muchas horas antes de serlo; la cual abuela hizo en aquellos días una verdadera razzia en el bien provisto gallinero, sin importarle un ardite la cara que ponía su yerno cada vez que aleteaba una gallina entre las ansias de la muerte. El bautizo no fué muy ostentoso, pero tampoco miserable, gracias á los abuelos que apadrinaron á la recién nacida y argumentaron á su gusto la solemnidad.
Cruz recibió á la hija de sus entrañas como un don que el cielo la enviaba para consuelo de sus tristezas; los dulces deberes de la madre la harían olvidar los martirios de la esposa; las primeras sonrisas, las primeras miradas, hasta los vagidos de aquel ángel de Dios, serían para la mártir luces y melodías celestes que inundarían los ámbitos de la negra cárcel en que su existencia se consumía entre lentos dolores, sin el alivio que presta al sér más infeliz de la tierra la libertad para quejarse de ellos. Y se entregó en cuerpo y alma á aquella santa pasión, que rayó en locura de amor materno. Todos los jugos de su vida le parecieron poco para nutrir á la tierna criatura, y nunca veía llegada la hora de darle por última vez el néctar de su seno. ¡Se regalaba tanto la hermosa niña saboreándole codiciosa, mientras clavaba en los de su madre sus ojos negros y risotones! ¡Hacía unas monadas con aquella boquita, sonriendo y chupando al mismo tiempo! ¡Y cuántas veces la pobre madre, que se extasiaba contemplándola así, regó la carita de ángel con sus lágrimas! ¡Y cómo lo reía la inocente, recibiendo, como tibio rocío que la consolaba, aquellas gotas de hiel destiladas por un corazón que no latía ya sino para ella!
La naturaleza de Cruz, tan combatida por los dolores morales, no pudo triunfar de este gran esfuerzo físico sin padecer un profundo quebranto. Inés era «un rollo de manteca» al terminar su lactancia; pero á expensas de su madre, que quedó herida de muerte desde entonces. Con otro género de vida, con más sosiego y amor en el hogar, con otro marido más racional y menos inhumano, acaso se hubiera repuesto, porque el ambiente puro y santo de la familia obra milagros en las naturalezas, particularmente si son tan agradecidas como lo era la de Cruz; pero en aquella casa, con aquel hombre que si se había modificado algo en las manifestaciones externas de sus resabios ingénitos, porque hasta las bestias se ablandan un poco en presencia de sus hijuelos, era el mismo en lo esencial de su barbarie, todo intento en aquel sentido fué ocioso. Su inapetencia era calificada de melindre, y su debilidad, de holgazanería. ¡Fuera usted á hacer ganas con tales aperitivos, y á adquirir fuerzas con semejantes alientos!
Por fortuna, ó mejor dicho, para menos desgracia de la pobre madre, Inés iba creciendo y esponjándose de día en día; llegó muy pronto á hablar esa media lengua que es el encanto de los niños y la delicia de los padres, y Cruz distraía sus pesadumbres y sus dolores enseñándola á rezar y conversando con ella. Más tarde vino la ardua tarea de educarla. Allí no había modo de hacerlo fuera de casa. Tanto mejor para su madre: ella la enseñaría cuanto sabía. Era poco, pero al fin algo que, cuando menos, serviría como base de lo que pudiera enseñársela después, «si se quería.» Así aprendió Inés á escribir muy mal, á leer medianamente, á sumar y restar á tropezones, el catecismo de punta á cabo, y cuantos rezos y prácticas piadosas saben enseñar como el mejor maestro las madres cristianas.
Entre tanto, los males físicos de Cruz fueron agravándose; su marido despidió al médico que de tarde en tarde la visitaba, y la sometió al tratamiento de un curandero, rozador de oficio, que gozaba gran fama en aquellas aldeas. El rozador se enteró de la enfermedad, no por las explicaciones de la enferma, que no quiso darlas, sino por las de su marido, y dispuso en el acto un cocimiento de rabos de lagarteza (lagartija), moscas de caballo fritas en aceite, y otras cuantas indecencias más, en agua de ruda. Se colaría el cocimiento por una baeta usada (bayeta), y cuanto más usada mejor, y «el resultante se pondría á serenar dos noches á la temperie.» De este resultante tomaría la enferma cosa de cuartillo y medio en ayunas, y como media azumbre entre comida y cena. Y no había que apurarse; porque si el remedio fallaba, tenía él otros de mucha más substancia, que habían hecho milagros y volverían á hacerlos.
Por uno bien manifiesto no reventó la pobre enferma, que tomó la primera dosis de aquella barbaridad por no atreverse á resistir los mandatos de su marido; pero la entraron tales bascas, trasudores y desmayos, que se puso á morir.
Ni el supersticioso jándalo se atrevió á insistir en nuevas tentativas, pero trajo un saludador á casa. El saludador, después de reconocer á la enferma, dijo que su virtud sólo alcanzaba á las «llagas corrutas» y á las mordeduras de perro rabioso; pero que probaría con el anseo (vaho de la boca) solamente. Y el pedazo de bruto se hartó de vahar á las narices y boca de la desdichada, vapores de cebolla y aguardiente, que eran el lastre de la cloaca de su estómago; con lo que la enferma pensó fenecer allí mismo de indignación y de asco.
No dando fruto el saludador, vino una curandera. Reconoció á la doliente estirándola los brazos hacia adelante y juntando las manos palma con palma. Vió que los dedos de la una sobresalían algo de los de la otra, y declaró al punto que la señora estaba lijá (lisiada); lo cual consiste, según estas doctoras, en tener desencajados los huesos de la espalda. Había, pues, que encajarlos, y á eso se procedió inmediatamente. Se colocó detrás de Cruz la curandera, después de haberla mandado sentar á la altura conveniente; la agarró por los brazos y cerca de los hombros; tiró hacia sí con toda su fuerza, mientras con una rodilla apretaba en sentido inverso por el espinazo; y de esta suerte estuvo brega que brega hasta que se oyeron crujidos en la armazón de la paciente, más un grito dilacerante que exhaló la infeliz. En aquel crujido «estaba la cencia:» ya estaban «en caja» los huesos. Si para conseguirlo no hubieran bastado las fuerzas de la curandera, se hubiera amarrado á la paciente á los pies de la cama ó á un poste; y tirando unos de los brazos y apretando otros por la espalda, se hubiera logrado también el mismo fin. Eso hay que hacer muy á menudo con los hombres y demás personas «algo duras de gonces.» Hecho el encaje, había que cuidar de que no se deshiciera «de por sí;» y con ese objeto se bizmó á la víctima por el pecho y por la espalda; en seguida, á la cama, y quince días en ella boca arriba y bien alimentada[3].
Por todo este calvario pasó la mártir sin proferir una palabra en son de resistencia; pero toda su abnegación no alcanzó á evitar que cuando el bárbaro marido la mandó levantar, porque «ya estaba curada,» se encontrara sin fuerzas y sin movimiento, y tan dolorida como si tuviera hechos alheña todos los huesos de su tronco.
Sin embargo, no murió de este mal. El negro destino de la infeliz la reservaba para concluir de un golpe mucho más rudo y de una herida mucho más dolorosa. Y ese golpe vino de donde menos podía esperarse. Llegó á servir á la casa una mujer de Lumiacos, joven todavía y no fea, pero dura de genio y de mirar imperioso. Cualquiera hubiera pensado que no paraba tres días una sirvienta así en una casa donde las más humildes y placenteras no podían resistir dos meses la singular tiranía de aquel amo. Pues sucedió todo lo contrario. Sería por artes diabólicas que Romana trajera ocultas y supiera manejar en hora y lugar convenientes; sería porque no hay hombre tan duro y compacto de madera que, bien estudiado, no tenga su veta débil en alguna parte; sería porque hasta las voluntades más enteras se encogen cuando chocan de improviso con otras que no lo son menos; sería por cualquiera de esos misterios ó aberraciones, que no dejan de abundar en la naturaleza humana; sería, en fin, por lo que se quiera ó por lo que se le antoje al escrupuloso lector; pero ello fué que antes de dos meses de su llegada de Lumiacos, la voz de Romana era la que más recio hablaba en la casona del barrio de la Iglesia del pueblo de Robleces; Romana quien corría con todo «por aliviar á la señora de una carga con que ya no podía;» Romana, en fin, el único sér de cuantos comían el pan amargo de don Baltasar, para quien las leyes de este tirano fueran letra muerta, y las punzantes y crueles chanzas, dulzuras, y hasta prodigalidades la ruindad.
Poco á poco la idea de este predominio en un carácter tan grosero como el de Romana, fué dando sus naturales frutos. Maltrataba á la niña Inés por los motivos más leves, y se atrevía con su ama porque defendía á su hija ó no comía de lo que todos, y la daba demasiado que hacer «con sus golosinas de embuste.» Este y otros descomedimientos aún más ofensivos, llegaron á indignar á Cruz, y un día se quejó de ello á su marido delante de la misma criada; pero el marido se puso de parte de la mozona de Lumiacos, sin una mala atenuación, sin la más insignificante salvedad.
¡Éste sí que fué golpe de muerte! La justicia, el decoro, la candad, la conciencia, el pudor... ¡todo lo había pisoteado y escupido aquel bárbaro, y todo lo había arrojado á los pies de la zafia fregona que se regocijaba en ello!
Por este lado vino la muerte, que se llevó á la infeliz madre en breve tiempo á mejor vida, entre el dolor de sus martirios y el espanto de dejar al pedazo de su corazón bajo la tiranía de aquellos desalmados.
V
CONTINUACIÓN DEL ANTERIOR
Hubo terribles peloteras entre los suegros y el yerno: los suegros, porque pedían cuentas de lo que bien á la vista estaba, y el yerno, porque no las quería dar y negaba que hubiera razones para pedírselas; los unos, porque además temblaban por la suerte de la huérfana, y mandaban elegir al otro entre su hija y su criada; el otro, porque le asistía el derecho de quedarse con las dos, y no le reconocía en nadie para inmiscuirse en los negocios de su casa; los de San Martín, hechos un veneno amenazando, y el de Robleces, hiriendo con sus cuchufletas emponzoñadas; al fin, ó porque en el corazón del jándalo, aunque poco y muy escondido, había algo de lo que tanto abunda en el corazón de otros padres, ó porque el miedo al escándalo le intimidara, ó porque en el estado civil en que le había colocado la muerte de su mujer le pareciera más peligrosa que antes su condescendencia absoluta á las imposiciones de su criada, sin declarar que transigía con sus suegros, hizo entender á Romana, en un tono de autoridad que jamás había usado con ella, que la niña Inés era su hija, y que se guardara nadie de negarla el lugar que la correspondía en aquella casa. Protestó la de Lumiacos contra el atrevimiento de su reprensor; pero observándole bien y conociendo que aquella vez daba en duro, abstúvose de golpearle más, para no comprometer lo principal en una brega inútil por lo accesorio.
Después de afirmar así sus derechos, envió á su hija, por una temporada, á San Martín, lo que no dejó de halagar á sus suegros. Estas temporadas se repitieron con frecuencia; y á ello debió la niña la ocasión, si no de mejorar gran cosa, de conservar, por lo menos, lo que la había enseñado su madre, y cultivar un poco su carácter y su inteligencia en el trato y la comunicación con algunas gentes algo más cepilladas que las de su casa de Robleces.
Á todo esto Inés crecía, y sus contornos de niña iban adquiriendo la redondez y la turgencia de las mujeres físicamente precoces. En lo moral adelantaba menos. Era inteligente y hábil, pero se necesitaba ponerla en ocasión de serlo. Dejada á su libre arbitrio, se hallaba más á gusto con las ideas en reposo y la curiosidad adormecida. Como si su espíritu se hubiera empapado en las lobregueces del hogar paterno y en las tristezas y en los desalientos de su madre, en sus ojos negros y bien rasgados rara vez se pintaba la codicia por lo externo, ni en toda ella ese rebosamiento de vida, eso que tiene á todos los niños en constante inquietud por superabundancia de impresiones y de espolazos del deseo: era, pues, una niña perezosa, así de cuerpo como de espíritu, más que por naturaleza, por hábito, capaz de sentir mucho y de pensar risueño, pero con la sensibilidad y el pensamiento impresionados todavía por las arideces y tristezas de otros tiempos. En camino estaba de refrescar sus ideas y de reconstituir su espíritu con las nuevas auras que respiraba tan á menudo en el cariñoso albergue de sus abuelos; pero este camino se le fué cerrando la muerte, que en el transcurso de dos años y antes que ella cumpliera los diez y siete, se llevó á los pobres viejos.
Viviendo ya en Robleces sin la golosina de las escapadas á San Martín, aquélla su malograda reconstitución de espíritu, que parecía una desgracia, fué para Inés un verdadero beneficio del cielo; pues la misma indiferencia que la apartaba de todo interés y cuidado por los negocios domésticos, la salvó de los odios de la criada, que no se avendría jamás, sin algaradas y escándalos, á que nadie la sustituyera en el mangoneo libérrimo que allí ejercía por derecho de conquista. Participando probablemente de estos temores, no mostró el menor empeño su amo por despertar en Inés los deseos de ocupar en la casa el puesto que la correspondía. Antes, y en bien de la paz, halagó su indolente dejadez para que se mantuviera en ella. Después de todo, ¿qué más daba Inés diligente que Inés perezosa, si al cabo no habían de llevársela de casa más que por «afamada» de rica?
Y así pensando el padre, y la criada como se ha visto, y de acuerdo los dos, sin darse mutua cuenta de ello, en halagar las indolencias de Inés para mantenerla en su modorra, de tal arte se arreglaron, que cuando llegó á ser moza, y moza muy garrida de veinte años, tomaba por trabajo molestísimo hasta el de lavarse la cara. Las agujas y la escoba se le caían de las manos, las letras de molde la hacían chiribitas en los ojos, y el tufo de la cocina la mareaba. Salía á la calle lo menos que podía, y no hubiera salido jamás sin el deber de ir á misa cada día de fiesta y la costumbre de confesarse cada seis meses. Se pasaba las horas muertas meciéndose maquinalmente en una silla en la solana y dejando vagar el perezoso espíritu por los tranquilos espacios de su imaginación, olvidada de que vivía en Robleces y de que en Robleces había hombres que parecían bestias, como se lo habían hecho creer los pocos ejemplares en que había fijado, por curiosidad, la vista; persuadida de que, puesta de pie sobre la cúspide de la montaña que tenía enfrente, tocaría el cielo con la cabeza; sin noción alguna de lo grande que era el mundo, ni del imperio que ejercían las mujeres en él; sin la noticia más vaga de lo que eran pasiones, ni el más leve barrunto de las tempestades que cabían en la pequeñez del corazón humano.
Algo se agitaba en el suyo, de vez en cuando, que le hacía latir más de continuo que lo usual; algo bullía en su mente adormecida que le alborotaba las ideas, cuyos choques producían relámpagos que ensanchaban los horizontes limitadísimos de su imaginación; algo que, relacionado vagamente con estos fenómenos, la impresionaba el organismo de modo que sentía en sus ojos hambre de luz, y en toda su alma sed de contemplación y de análisis; impulsos de combatir la lobreguez de su cárcel con el calor de otro fuego que presentía. Entonces pensaba en ser diligente y esmerada y útil, y se avergonzaba de su dejadez nada pulcra. Pero estos arrechuchos pasaban, como sueños de fiebre. Despertaba Inés, y volvía con su memoria fría á lo soñado; mas ¿qué eran en substancia todos aquellos algos, ni qué se le daba á ella porque fueran ó dejaran de ser sensaciones casuales y pasajeras, ó señales de movimientos más hondos? La realidad de su vida era aquel caserón en que ella se había ido formando entre los martirios de su madre, el inclemente, descariñado y repulsivo fisgoneo de su padre, y la tiranía abominable de Romana. Á eso la había amoldado la fuerza irresistible de las cosas. Pudo ser su vida un interminable calvario; por un milagro de Dios iba llevándola adelante sin cruz y sin espinas. ¿Á qué pedir más, ni con qué derecho, ni para qué lo necesitaba? Y aunque lo necesitara y tratara de pedirlo, ¿en dónde... á quién? Y si no lo pedía, ¿de dónde había de venir por obra de caridad lo que no había en todo el espacio que abarcaban sus ojos, ni quién podría sospechar más allá de aquellos reducidos horizontes, que en el caserón de Robleces existía un sér que, de vez en cuando, distraía los ocios de su cerebro cavilando en semejantes locuras?
Con este modo de pensar y de ser, entró en los veintiún años, lo más florido de la vida, aquella mujer de cuya hermosura plástica se han dado las señas dos capítulos más atrás; y por entonces fueron los conciliábulos de Marcones y su tía la Galusa para la conquista del gato de que nos informó don Elías hablando con Pedro Juan, al mismo tiempo que de otros sucesos, de cuya veracidad en todos sus pormenores certifico yo aquí...
Pero, á todo esto, ¿tenía gato aquel hombre, fuera del «pasar» que había heredado de los suegros, y no era suyo, sino de su hija? ¿Quién estaba en lo cierto? ¿Él, que afirmaba cien veces cada día que sólo poseía «cuatro tierrucas y poco más de nada,» ó «todo el mundo,» que le consideraba «podrido de onzas de oro?»
La verdad es que el tal sujeto hacía todo lo posible por justificar con sus actos sus afirmaciones. Vivía hecho un esclavo de sus haciendas, de sus ganados y hasta de sus sirvientes. Comía poco y de prisa, se levantaba con el sol y se acostaba tarde. Cuando no tenía criados á quienes arrear, cuarterolas de vino que vender, faenas que presidir, cuentas que tomar, trabajos, en suma, que reclamaran toda su atención y aun su personal esfuerzo, no sosegaba un instante: en el corral, amontonaba la leña esparcida por el suelo, ó apañaba orcinas (astillas muy menudas) que iba echando en una triguera; en las cuadras, atropaba con una rastrilla los pelos de yerba caídos delante de las pesebreras; en el cercado contiguo á la casa, recogía los cantos arrojados por los chicos, y los volvía á la calleja; esparcía las toperas, espantaba las gallinas, franqueaba las sangrías ó canalitos de riego que estuviesen obstruídos; en el huerto de atrás, sorrapeaba los caminos, inventariaba los pies de berza y perseguía los caracoles; en la cocina, olía lo que se guisaba, daba un vistazo al hornillo de la leña, destapaba el ollón de los criados y sacudía la alcuza junto al oído; en la despensa, revisaba el tocino y los garbanzos, recontaba los huevos y las longanizas, y veía si se conservaban bien tapados los agujeros de los ratones; en el estragal, en la bodega, en el corralón trasero, reconocía los aperos, colgaba los que debieran estar colgados y arrimaba á la pared los que anduvieran por el suelo; echaba pinos en los ojos de las azadas para acuñar los mangos; rascaba el barro seco á los rodales... en fin, no paraba; y tan pronto se le veía en la sala con una rastrilla en la mano, como en la cuadra con el chaleco entre las dos, sin sosiego para vestírsele; y siempre murmurando censuras entre dientes y chanzonetas mordaces, largando tal cual piña por la espalda á este sirviente distraído, ó soltando una desvergüenza á la otra obrera; ponderando el caudal que se despilfarraba en desperdicios, por incuria, y evocando tiempos en los cuales costaban las labores mucho menos y lucían doble más.
Por supuesto que no se trabajaban en su casa todas las tierras que don Baltasar había ido comprando. ¿Ni cómo hubiera sido eso posible, si era suya la tercera parte de las mieses del pueblo? Y sin poderlo remediar el infeliz, porque él no buscaba jamás á los vendedores: al contrario, eran los vendedores los que acudían á él; y no así como quiera, sino metiéndole las tierras por los ojos y rogándole mucho en fuerza de la necesidad. Porque, como él decía en casos tales: «¿Qué demonios he de comprar yo, benditos de pelar, si no tengo un ochavo sobrante después de llenar la tripa á los lobos de mi casa!... ¡Si siempre estoy á la cuarta pregunta; y tan corta es la manta, que si me tapo la cabeza se me descubren los pies!» Y al fin, arañando dos de aquí y cuatro de allá, y haciendo un sacrificio por el gusto de hacer un favor, y perdiendo un poco cada uno, se quedaba con la finca, que no necesitaba.
Lo propio sucedía con los préstamos. Nunca tenía disponible más que lo justo para el último que le pedían; y eso registrando mucho los cajones y hasta la pelusa del bolsillo. De manera que solamente amarrando y amarrando esta condición y la otra garantía, y previéndolo y justipreciándolo todo, podía resolverse á hacer el favor que se solicitaba de él. «¿No veis»—decía con todo el acento y todas las señales de tener razón,—«que en la estrechez en que vivo y con los ahogos que hay en mi casa, uno solo de vosotros que me falte me echa á pique, me hunde para in sæcula sæculorum? Y bueno que el favor se haga; pero no de modo que se salve el favorecido y se pierda el favoreciente.»
De este mal fenecieron para sus propietarios menesterosos, una buena porción de fincas del pueblo de Robleces, entre ellas las del pobre Lebrato. Primero cayeron las tierrucas; después el ganado, que no era mucho, cabeza á cabeza; tras el ganado se fué la casa; y como al ocurrir cada una de estas caídas, ya quedaba preparado; el tropiezo para otra, por aquello de que «quien se ahoga no mira el agua que bebe,» después de la casa fué la barquía, y tras de la barquía la chalana... en fin, hasta las redes. Cierto que todo ello quedó en poder de su primitivo dueño, pero todo y cada cosa pagaba su canon al nuevo posidente; y como los tiempos no iban bien y los cálculos mejor hechos fallan de continuo, el mísero Lebrato, tras de verse desposeído de todo cuanto fué suyo, tenía una deuda constante que nunca lograba saldar, por más esfuerzos que hacían él y su hijo en la tierra y el mar, allí sudando las hieles á chorros, y acá arriesgando la vida muchas veces... porque no había que olvidar que el día en que al «amo,» usando de su derecho, más ó menos puesto en justicia, se le antojara echarlos de casa y reclamar cuanto en ella y fuera de ella era suyo, no les quedaba otro remedio que coger un cesto y echarse á pedir limosna de puerta en puerta. Ahora se traslucirá la razón del regalo de los peces, y lo de las brusquedades de Pedro Juan, que no entendía de contemplaciones ni de perfiles, con su amo.
Decíase que la mano de éste alcanzaba, por idénticos motivos, muy afuera de Robleces; y se citaba el caso, entre otros, de un pobre hidalgo de Campizas, cogido entre las uñas del Berrugo y á punto ya de espirar en ellas.
El cual Berrugo, en el vagar que le dejaban los entretenimientos que se han citado, y cada vez que lo juzgaba de necesidad, se encerraba en el cuarto del portal, que le servía de despacho, y hasta de bodega cuando le convenía; y por lo que allí papeleaba y descubría, sé yo que tenía muchísimo dinero, bien colocado y mejor garantido en Andalucía; dinero que iba aumentando considerablemente de año en año, porque sus productos eran muchos, y poco más de nada lo que de ellos consumía su dueño. Con estas pequeñeces y otros negocios muy emparentados con ellas, tenían que ver las escapadas que de tarde en tarde hacía el Berrugo á la ciudad, por caminos excusados para acreditar su afirmación de que iba á tal ó cual aldea á pedir un favor á un amigo.
Conque ¡vaya si tenía gato, y gato gordo, aquel hombre! ¡y vaya si tenía razón «todo el mundo» para afirmarlo, como lo afirmaba, sin saberlo á ciencia cierta!
Quien lo sabía así, como lo sé yo, era la Galusa; pero, por su desgracia, el tal gato no estaba en onzas de oro y en ochentines, encerrado en botes de hierro, sepultados bajo esta losa, ú ocultos en tal lima del tejado, donde con buena nariz ó con buen arte, se da con ellos desde luégo, ó se desentierran «el día de mañana.» El gato de su amo estaba en especie; y lo que de ello andaba al alcance de su mano, no era de lo que se queda fácilmente entre las uñas, por diestras y afiladas que sean. La Galusa lo conoció muy pronto, y pensó en clavarlas más adentro, para llevarse, no una tira de la piel, sino el animal casi entero. Este propósito, que ya le tuvo desde el punto y hora de enviudar su amo, se enseñoreó de ella con doblado imperio tan pronto como acabó de convencerse de que no eran bastante las migajas de aquella mesa para saciar unos apetitos como los suyos. Pero le salieron erradas estas cuentas, que le parecían tan galanas y hasta muy puestas en razón. Su predominio con el viudo no alcanzaba á tanto como eso. El Berrugo podía tener una debilidad de cierta clase; pero dejarse atar de pies y manos, como su criada pretendía para desplumarle á mansalva... ¡á buena puerta llamaba con su tapujo la culebrona!
Resignóse la Galusa, por no perderlo todo, á quedarse, por entonces, sin lo soñado, y dejó al tiempo que resolviera en definitiva; pero sin soltar la veta por donde tenía cogido á su amo.
Considérese ahora si le parecerían de perlas los proyectos de su sobrino; proyectos que jamás se le habían ocurrido á ella, porque habiendo negado Marcones «por aquéllas que eran cruces» lo de su fracaso con la moza de Piñales, y vuéltose en seguida al seminario, tan fresco, al parecer, como si fuera verdad lo que juraba, creyó su vocación muy decidida; y en este caso, ¿á qué ni para qué echar con las ideas por aquéllos ni por otros derroteros semejantes?
Dueño Marcones de Inés—¡y vaya si la conquistaría por malas ó por buenas en cuanto se le franquearan las puertas de la casa!—lo sería también del gato; y siendo dueño del gato el sobrino, en cambio de la ayuda que la tía le prestara, sacaría ésta una tajada en un dos por tres, como no podía esperarla nunca de su amo, por esclavizado que le tuviera á su yugo.
La dificultad única y por de pronto, consistía en que el Berrugo, que tan á regañadientes había dado dinero, aunque bien poco, para ayudar á Marcones en su carrera, consintiese en verle holgando en su casa después de haber ahorcado los libros. La Galusa se encargó de vencer esta dificultad como mejor supiera y pudiera; y pudo y supo lo bastante para conjurar las iras y resistencias de su amo con un buen trasteo de embustes: al cabo, no se trataba de pedirle dinero ni cosa que lo pareciera, sino de enterarle de que Marcos, por motivos bien ó mal forjados en la inventiva de éste, se había visto obligado á hacer un alto en su carrera; alto que podría durar dos ó tres meses... lo mismo que dos ó tres años.
Ello fué que Marcones, después de hecho este desbroce en el camino de sus intentos, dió en visitar á menudo á su tía; que se pasaba las tardes enteras en la casona de Robleces, «porque»—como decía á su amo la Galusa,—«el pobre muchacho era tan cariñoso y agradecido, y tan apenado se veía por el percance, que en ningún rincón hallaba sosiego sino al lado de su tía y de su generoso protector;» que Marcones trataba de interesar á Inés en sus conversaciones, siempre que podía; que la Galusa sabía dejarse caer á tiempo sobre las indiferencias geniales de Inés, con discretos panerígicos de las prendas del mozón, cuando éste no estaba presente; y por último, que, á pesar de que Inés y Marcones se habían tratado muy poco hasta entonces (porque no fueron muchos los viajes que el segundo hizo á Robleces después de atrapado el auxilio que la Galusa logró arrancar á su amo) y de no haberla caído nunca muy en gracia, no vió con disgusto aquellas largas visitas del de Lumiacos, con las cuales distraía un poco la insulsez enervante de su método de vida. Y es de advertir aquí que Marcones, cuando se empeñaba en ello y no se lo estorbaba la iracundia feroz que le poseía, era dulce de palabra y bondadoso de mirar, y daba á las conversaciones, ya que no gran interés, porque le faltaba ingenio, cierta unción que seducía fácilmente á personas tan desprevenidas é inexpertas como la hija de don Baltasar.
Por el médico don Elías se conocen los principales rasgos del carácter y de la naturaleza física de este mozo. Poco queda que añadir aquí para terminar su retrato de cuerpo y de alma. Aquél era grandote, más por lo macizo y relleno que por lo alto, aunque lo era bastante; relleno y macizo de tal suerte, que en cualquiera porción de él en que se fijara la vista predominaba la curva cerrada, casi hasta la circunferencia; los pies, las manos, los hombros, el pescuezo, la cara: otros tantos círculos mal hechos; bollos híspidos, más chicos ó más grandes; aquí uno por uno, allá sobrepuestos ó acoplados; pero siempre el bollo, particularmente en la cara, que se componía exactamente de dos, uno más pequeño que otro, unidos de golpe, quedando hacia abajo el más grande y correspondiendo las sienes y parte de las orejas á la mayor depresión de los perfiles laterales. Sin embargo, la cara no resultaba fea, porque los ojos eran grandes, negros y expresivos, y la boca y la nariz muy regulares. El color, ordinariamente, moreno limpio, de nariz y mejillas arriba; y de allí para abajo, incluyendo la papada y cuanto se veía del pescuezo, el negro agrisado del cisco, resultante de la gran espesura y fortaleza de su barba rapada. Digo que ordinariamente era moreno limpio su color, porque cada movimiento del ánimo le transformaba en verde bilioso, así como á la habitual dulzura de su mirada, en celaje fulmíneo.
Con ser tan de bulto esta figura, lo primero que un buen observador veía en ella era lo de adentro; y no le ocurría pensar lo que al vulgo de los que miran: «este hombre sería hasta buen mozo si estuviera vestido de claro y no tan relleno,» sino «eso es un odre de iras y concupiscencias.» Era demasiado transparente el cendal para que, sabiendo mirar, no se viera debajo el hervidero de lavas dispuestas á saltar en chorros al primer alfilerazo que se diera allí.
Inés, que era vulgo para mirar como para tantas otras cosas, pensó también de Marcones, oyéndole y observándole despacio y muy de cerca, que con menos carne y con ropa más alegre, podía ser «hasta buen mozo.» Y eso que Marcones se había presentado en Robleces con la menor cantidad posible de seminarista, en lo externo; pero tras de que hay oficios y carreras que imprimen sello indeleble en quien los ejerza ó siga, la secularización del de Lumiacos no podía pasar de ciertos límites si no había de fracasar en la introducción la comedia que se disponía á representar.
Á pesar de esta precaución indispensable, como la paciencia no era la virtud del seminarista, procuraba éste aprovechar bien el tiempo; para abreviar los trámites de su proyectada empresa; y sin descubrir todavía la punta de sus intenciones, preparaba el terreno desplegando ante Inés todo lo que él creía pompa de sus recursos; y ahora con un latín del Doctor angélico, después con la explanación de un punto de moral práctica, luégo con una descarga de apóstrofes contra las malas costumbres del día, otra vez con un himno dulzón á la doncella fuerte, y un catálogo muy encarecido de las prendas que debían poseer los hombres para ser dignos de la amorosa elección de «ciertas mujeres,» lograba producir en el ánimo de la indocta hija de don Baltasar algo de la fascinación que en el del tosco lugareño ejerce el charlatán que traga estopas ardiendo y escupe luégo cintas de colores. Por de pronto le admiraba Inés por lo mucho que sabía y hasta por lo bien que lo charlaba. Después, hay que tener presente que Marcones era la única persona, relativamente culta, que había tratado íntima y familiarmente; que ciertos puntos que Marcones había tocado en sus fogosas homilías sobre determinados movimientos del corazón humano, eran casi los mismos que tantas veces había querido explicarse ella durante los pasajeros arrechuchos de su alma; que el preopinante era vehemente y que se poseía hasta echar lumbre por los ojos cuando, hablando de estas cosas, los clavaba en los serenos y dulces de Inés; que Inés era toda sinceridad y buena fe, al paso que en el otro no había pizca de semejantes ingredientes; y teniendo presentes estas cosas y otras que fácilmente se presumen, no es de extrañar que si la admiración de Inés no pasaba de la sapiencia de Marcones, su curiosidad hallara en la persona del sabio un cebo que no ofrece el hombre que come estopas encendidas, al palurdo que le admira por eso solo.
Desde luégo, en el mucho saber del seminarista halló Inés la medida de su propia ignorancia, y hasta tuvo sus conatos de avergonzarse de ella; no porque sintiera la necesidad de conocer los Lugares teológicos ni la gramática latina, que á desconocer esto no lo llamaba ella ignorancia, sino porque, fuera del catecismo y de escribir desastradamente, no sabía pizca de nada; y esto era demasiado poco saber para la hija de don Baltasar Gómez de la Tejera... ¿Dejó traslucir Inés este pensamiento? ¿Se le adivinó Marcones? ¿Entraba en los planes de éste el acuerdo á que el caso dió lugar? ¿Anduvo en el ajo la Galusa? No se sabe; pero es lo cierto que un día quedó convenido entre Inés y él, con pleno y gustosísimo consentimiento de don Baltasar, que Marcones, tan suelto de pluma y entendido en cuentas, en gramática y en otros ramos de la primera enseñanza, comenzaría á dar lecciones á Inés, tan asidua y provechosamente como el mejor maestro de escuela.
Y henos aquí, aunque no tan pronto como yo había pensado, empalmando el remate de esta digresión indispensable, con los corrientes sucesos de este libro, en el punto en que quedaron al despedirse don Elías de Pedro Juan, después de haber salido éste de casa del Berrugo.