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SOTILEZA


OBRAS COMPLETAS
DE
D. JOSÉ MARÍA DE PEREDA


OBRAS COMPLETAS
DE
D. JOSÉ M. DE PEREDA
de la Real Academia Española


Tomo IX
SOTILEZA
CUARTA EDICIÓN


MADRID
VIUDA É HIJOS DE MANUEL TELLO
1906


Es propiedad del autor.


Á

MIS CONTEMPORÁNEOS DE SANTANDER QUE AÚN VIVAN

Así Dios me salve como no he pensado en otros lectores que vosotros al escribir este libro. Y declarado esto, declarado queda, por ende, que á vuestros juicios le someto y que sólo con vuestro fallo me conformo.

Perdone, pues, la crítica oficiosa si, por esta vez, la pierdo el miedo. No se fatigue arrastrando el microscopio y metiendo las pinzas y el escalpelo entre las fibras de estas páginas; déjese, por Dios, de invocar nombres de extranjis para ver á qué obras y de quién de ellos y por dónde arrima mejor la estructura de la mía; no se canse en meterme por los ojos la medida que dan ciertos doctores de allende en el arte de presentar casos y cosas de la vida humana en los libros de imaginación; considere, una vez siquiera, que cada cual en su propia casa, siendo hacendosito y cuidadoso, puede arreglárselas con los recursos que tiene á mano, vivir tan guapamente y campar por sus respetos como el más runflante de sus vecinos, sin copiarle el modo de andar ni pedirle un real prestado, y entienda, por último, que este libro, de la misma veta que algún otro que llegó al mundo con muy buena suerte, y mucho antes de que en España se gastaran mares de tinta en encomiar modelos que ya apestan de tanto no venir al caso los encomios, es como es, no por parecerse á otros en su hechura, sino porque no puede ser de otra manera; porque al fin y á la postre, lo que en él acontece no es más que un pretexto para resucitar gentes, cosas y lugares que apenas existen ya, y reconstruir un pueblo, sepultado de la noche á la mañana, durante su patriarcal reposo, bajo la balumba de otras ideas y otras costumbres arrastradas hasta aquí por el torrente de una nueva y extraña civilización; porque ciertos toques y perfiles, que desde lejos pudieran parecer alardes de sectario de una escuela determinada, no son otra cosa que el jugo y la pimienta del guisado: lo que da el estudio del natural, no lo que se toma de los procedimientos de nadie; lo que pide la verdad dentro de los términos del arte, los cuales han de estar en la mente y en el corazón del artista y no en las cláusulas de los métodos de escribir novelas (que á estos fines iremos á parar extremando otro poquito la pasión por los modelos); porque lo que se busca, en una palabra, es que reaparezcan aquí aquellas generaciones con los mismos cuerpos y almas que tuvieron.

Y tratándose de esto, ¿á quién si no á vosotros, que las conocísteis vivas, he de conceder yo la necesaria competencia para declarar con acierto si es ó no su lengua la que en estas páginas se habla; si son ó no sus costumbres, sus leyes, sus vicios y sus virtudes, sus almas y sus cuerpos los que aquí se manifiestan? ¿Y quién, si no vosotros, podrá suplir con la memoria fiel lo que no puede representarse con la pluma: aquel acento en la dicción pausada, aquel gesto ceñudo sin encono, aquel ambiente salino en la persona, en la voz, en los ademanes y en el vestir desaliñado? Y si con todo esto que yo no puedo representar aquí, porque es empresa superior á las fuerzas humanas, y con lo que os doy representado, resultan completas, acabadas y vivas las figuras, ¿quién, si no vosotros, es capaz de conocerlo? Y si lo conocéis y lo declaráis así, ¿qué aplauso puede resonar al fin de mi tarea, que mejor me cure del espanto de haberla acometido?

Ved aquí por qué doy tanta importancia á vuestro fallo en la ocasión presente, y por qué, y á pesar del grandísimo respeto que yo tengo á la crítica y á sus fueros indiscutibles, he de atreverme esta vez á mirarla sereno cara á cara, por muy ceñuda que me la ponga.

Cierto que las obras de arte ofrecen, amén del aspecto indicado, otros muy principales también y cuya apreciación estética, por ser de sentimiento y no de seco raciocinio, cae bajo la jurisdicción de la crítica, por ignorante que sea en el asunto que haya inspirado la obra juzgada; pero si es cosa resuelta ya, á lo que parece, que en la novela que de seria presuma, no han de admitirse otros horizontes que aquéllos á que estén avezados los ojos de la buena sociedad, si no han de aceptarse como asuntos de importancia otros que los que giren y se desenvuelvan en los grandes centros urbanizados á la moderna; si la levita y el boudoir, y el banquero agiotista, y el político venal, y el joven docto en todas las ciencias, pero desdeñado de la fortuna; el majadero elegante, y el problema del adulterio, y el problema de la prostitución, y el de la virtud con caídas, y tantos otros problemas... y hasta los indecentes galanteos del chulo del Imperial, han de ser los temas obligados de la buena novela de costumbres, ¿cómo he de aspirar yo á la conquista del aplauso general y al veredicto de la crítica militante, con un cuadro de miserias y virtudes de un puñado de gentes desconocidas, con accesorios de poco más ó menos y fondos de la naturaleza, ya en su grandiosa tranquilidad, ya en sus cóleras desatadas?

Y vaya observando el lector distinguido y elegante, cómo, anticipándome á su fallo y acomodándome á su modo de ver y de sentir, confieso humildemente que no aspiro á escribir un libro al gusto de todos, con materiales sacados de las canteras de mi huerto; y cómo me voy aproximando á declarar, si se me aprieta un poco, que importa menos en una estatua la obra del escultor, que la nombradía del monte en que se arrancó la piedra.

Así, pues, y en virtud de esto y de lo otro y de todo lo demás que se entiende sin que yo lo puntualice, decidme vosotros cuando hayáis leído la última palabra de esta novela:—«Choca esos cinco, porque eres de nuestra calle...» y vengan penas después...

Y hasta puede que me atreviera entonces, con los alientos de ese aplauso, contando con que el público me niegue el suyo, á exclamar para mis adentros, puestos los ojos en las desdeñadas páginas del libro:

Pues por más que ustedes digan, no es para todos la tarea de hinchar perros de esta catadura.

Santander, diciembre 1884.

J. M. de Pereda.

Postdata.—Al reimprimir esta novela, año y medio después de agotada la copiosa edición primera (marzo de 1885), lugar era éste bien á propósito, en mi entender, para decir yo cómo respondieron á la precedente dedicatoria los aludidos y hasta los no aludidos en ella; pero como la enumeración de los honores tributados á la humilde callealtera en tantas formas, desde tantas partes y por tantas y tan diversas gentes, pudiera traducirse por la malicia en pueril artificio de vanagloria, quédese, bien á pesar mío, esa cuenta sin ajustar en público, y válgales la advertencia á mis acreedores nobilísimos, por la más solemne declaración de lo muchísimo que les debo.

Junio de 1888.

J. M. de P.

I

CRISÁLIDAS

El cuarto era angosto, bajo de techo y triste de luz; negreaban á partes las paredes, que habían sido blancas, y un espeso tapiz de roña, empedernida casi, cubría las carcomidas tablas del suelo. Contenía una mesa de pino, un derrengado sillón de vaqueta y tres sillas desvencijadas; un crucifijo con un ramo de laurel seco, dos estampas de la Pasión y un rosario de Jerusalén, en las paredes; un tintero de cuerno con pluma de ave, un viejo breviario muy recosido, una carpetilla de badana negra, un calendario y una palmatoria de hoja de lata, encima de la mesa; y, por último, un paraguas de mahón azul con corva empuñadura de asta, en uno de los rincones más obscuros. El cuarto tenía también una alcoba, en cuyo fondo, y por los resquicios que dejaba abiertos una cortinilla de indiana, que no alcanzaba á tapar la menguada puerta, se entreveía una pobre cama, y sobre ella un manteo y un sombrero de teja.

Entre la mesa, las sillas y el paraguas, que llenaban lo mejor de la estancia, y media docena de criaturas haraposas, que arrimadas á la pared, ó aplastando las narices contra la vidriera, ó descoyuntadas entre dos sillas y la mesa, ocupaban casi el resto, trataba de pasearse, con grandísimas dificultades, un cura de sotana remendada, zapatillas de cintos negros y gorro de terciopelo raído. Era alto, algo encorvado, con los ojos demasiado tiernos, de lo cual, por horror á la luz, era obra la encorvadura del cuello; y tenía un poco abultada y rubicunda la nariz, gruesos los labios, áspero y moreno el cutis y negra la dentadura.

Entre todos aquellos granujas no había señal de zapato ni una camisa completa; los seis iban descalzos, y la mitad de ellos no tenían camisa. Alguno envolvía todo su pellejo en un macizo y remendado chaquetón de su padre; pocos llevaban las perneras cabales: el que tenía calzones no tenía chaqueta, y lo único en que iban todos acordes era en la cara sucia, el pelo hecho un bardal y las pantorrillas roñosas y con cabras. El mayor de ellos tendría diez años. Apestaban á perrera.

—Vamos á ver—dijo el cura, dando un coquetazo al del chaquetón, que se entretenía en resobar las narices contra los vidrios del balcón, el cual muchacho era morrudo, cobrizo, bizco y de cabeza descomunal,—¿quién dijo el Credo?

Se volvió el rapaz, después de largar un hilo sutil de saliva á la vidriera por entre dos de sus incisivos, y respondió, encogiéndose de hombros:

—¡Qué sé yo?

—Y ¿por qué no lo sabes, animalejo? ¿Para qué vienes aquí? ¿Cuántas veces te he repetido que los apóstoles? Pero ab asino, lanam... ¿Cuántos Dioses hay?...

—¿Dioses?—repitió el interpelado cruzando los brazos atrás, con lo que vino á quedar en cueros vivos por delante; porque el chaquetón no tenía botones, ni ojales en que prenderlos aunque los hubiera tenido. Reparó el cura en ello y dijo, echando mano á las solapas y cruzando la una sobre la otra:

—¡Tapa esas inmundicias, puerco!... ¿Y los botones?

—No los tengo.

—Los habrás jugado al bote.

—Tenía una [escota] y la perdí esta mañana.

El cura fué á la mesa y sacó del cajón un bramante, con el que á duras penas logró sujetar las dos remendadas delanteras del chaquetón, de modo que taparan las carnes del muchacho. En seguida le repitió la pregunta:

—¿Cuántos Dioses hay?

—Pues habrá—respondió el interpelado, volviendo á cruzar los brazos atrás,—á todo tirar, ocho ó nueve.

¡Resurge de profundis!... ¡Ánimas benditas, qué pedazo de animal!... Y personas ¿cuántas?

Miró el bizco, á su manera, de hito en hito, al cura, que también le miraba á él como podía, y respondió, con todas las señales de estar poseído de la mayor curiosidad:

—¡Personas!... ¿Qué son personas, usté?

—¡San Apolinar bendito!—exclamó el sencillo clérigo haciéndose cruces,—¿con que no sabes qué son personas... lo que es una persona!... Pues ¿qué eres tú?

—¿Yo?... Yo soy [Muergo].

—Ni tanto siquiera, porque los hay en la playa con más entendimiento que tú... ¿Qué son personas?—repitió el cura, encarándose con el muchacho que seguía á Muergo por la derecha, también descamisado, pero con calzones, aunque escasos y malos, menos feo que Muergo y no tan bronco de voz.

Este muchacho, no sabiendo qué responder, miró al más inmediato, el cual miró al que le seguía; y todos fueron mirándose unos á otros, con las mismas dudas pintadas en la cara.

—¿De modo—exclamó entonces el cura, volviendo á encararse con el que seguía á Muergo,—que tampoco sabes qué eres tú?

—¡Eso sí, corflis!—respondió el muchacho, creyendo ver una salida franca para sus apuros.

—Pues ¿qué eres?

[Surbia].

—¡Eso te diera yo para que reventaras, animal!

—Y tú ¿qué eres?—añadió el cura, dirigiéndose á otro, de media camisa, pero sin chaqueta y muy poco pantalón.

—Yo soy [Sula],—respondió el interpelado, que era rubio y delgadito, por lo cual descollaba en él, más que en el fondo tostado de sus camaradas, la roña de las carnes.

De esta manera, y tratando de responder á la misma pregunta, fueron diciendo sus motes los otros tres muchachos que había en el cuarto, ó séanse Cole, Guarín y Toletes. Acaso ninguno de ellos conocía su propio nombre de pila.

El cura, que los tenía bien estudiados, no acabó de perder la paciencia por eso. Los descerrajó cuatro improperios y media docena de latines, y después les dijo en santa calma:

—Pero la culpa me tengo yo, que me empeño en varear el árbol, sabiendo que no puede soltar más que bellotas. El que menos de vosotros lleva dos meses asistiendo á esta casa... ¿Á qué, santo nombre de Dios!... Y ¿por qué, Virgen María de las Misericordias!... Pues porque el padre Apolinar es un bragazas que se cae de bueno.

«Pae Polinar, que este hijo está, fuera del alma, hecho una bestia; pae Polinar, que este otro es una cabra montuna... pae Polinar, que esta condenada criatura me quita la vida á disgustos; que yo no puedo cuidar de él; que en la escuela de balde no le hacen maldito el caso... que éste, que el otro, que arriba, que abajo; que usté que lo entiende y para eso fué nacido... que enséñele, que dómele, que desásnele...» Y tres que me ofrecen y cuatro que yo busco, cata la casa llena de muchachos; y aguanta su peste, y explica y machaca... y cébalos para que vuelvan al día siguiente, porque yo sé lo que sucediera de otro modo... y hazlo todo de buena gana, porque esa es tu obligación, pues eres lo que eres, sacerdos Domini nostri Jesuchristi, por lo cual digo con Él: sinite pueros venire ad me; dejad que los niños se acerquen á mí... y ríase usted de la vecina de abajo, y del padre de éste, y de la madre del de más allá, que murmuran y corren y propalan que si salís de mis manos más burros de lo que vinísteis á ellas, como salieron otros muchos que vinieron á mí antes que vosotros... ¡Linguæ corruptæ, carne mísera y concupiscente!... Ríase usted de eso, como yo me río, porque debo reirme... Pero vosotros, alcornoques, más que alcornoques, ¿qué hacéis para corresponder á los esfuerzos del padre Apolinar? ¿Cómo estamos de silabario al cabo de dos meses?... ¡Ni la O, cuerno, ni la O se conoce en estas aulas si os la pinto en la pared! Pues de doctrina cristiana, á la vista está... Y como no quiero enfadarme, aunque motivos había para echaros uno á uno por el balcón abajo... vamos á otra cosa, y alabado sea Dios per omnia sæcula sæculorum, que lo demás es chanfaina.

Tras este desahogo, pasó fray Apolinar, sin dejar de pasearse, casi en redondo, con las manos cruzadas atrás, á lo que él llamaba lo llano y de todos los días: á preguntar á los granujas las oraciones más usuales y sencillas, para que no las olvidaran; lo único que había logrado meterles en la cabeza, aunque no bien ni del todo. Muergo no necesitó remolque más que tres veces en el Ave María; Cole dijo tal cual el Padre nuestro, y el que mejor sabía el Credo, entre todos ellos, no pasó, sin apuntador, del «su único Hijo.»

En vista de lo cual, fray Apolinar no le dió á Sula más que media galleta dulce; un botón del provincial de Laredo á Toletes, y un higo paso á Guarín.

—Del lobo un pelo, hijos—les dijo en seguida el pobre exclaustrado;—otra vez será menos... y peor. Y ahora... ¡hospa, canalla!... Pero aguárdate un poco, Muergo.

Los muchachos, que ya se disponían á salir, se detuvieron. Y dijo el fraile á Muergo, alzándole las haldillas del chaquetón:

—Esto no puede continuar así. Sin camisa, cuando hay chaqueta, vaya con Dios; pero sin calzones... ¿Á dónde han ido á parar los tuyos?

—Los puso antier mi madre á secar en las Higueras,—respondió Muergo á tropezones.

—¿Y no han secado todavía, hombre de Dios?

—Los royó una vaca, mientras mi madre destripaba una merluza que agolía mal.

—¡Castigo de Dios, Muergo; castigo de Dios!—dijo fray Apolinar rascándose el cogote.—Las merluzas que huelen mal, porque están podridas, se tiran á la mar, y no se limpian lejos de las gentes para vendérselas después, á medio precio, á los pobres como yo, que tienen buenas tragaderas. Pero ¿no quedó nada de los calzones, hombre?

—La culera—respondió Muergo,—y esa, en banda.

—Poco es—repuso el exclaustrado, revolviéndose dentro de su ropa, movimiento que era muy habitual en él.—¿Y no hay otros en casa?

—No, señor.

—¿Ni barruntos de dónde puedan venir?

—No, señor.

—¡Cuerno con el hinojo!... Pues así no puedes continuar, porque aun cuando te sobra paño para envolverte, á lo mejor se rompe la [driza]; tú no reparas en ello, y, si reparas, lo mismo te da... De modo que lo de siempre, hijo, lo de siempre: tú, que no puedes, llévame á cuestas, padre Apolinar. ¿No es eso? ¿No es la purísima verdad? ¡Cuerno si lo es!

Muergo se encogió de hombros, y fray Apolinar se metió en la alcoba. Oyósele pujar allá dentro y murmurar entre dientes algunos latinajos; y no tardó en aparecer, alzando la cortina, con un envoltorio negro entre manos, el cual puso en seguida en las de Muergo.

—No son cosa mayor—le dijo;—pero, al fin, son calzones. Dile á tu madre que te los arregle como pueda, y que no los ponga á secar en las Higueras cuando tenga que lavarlos; y si le parecen poco todavía, que se consuele con saber que á la hora presente no los tiene mejores, ni tantos como tú, el padre Apolinar... Con que, ¡vira, canalla, por avante!

Otra vez se revolvió el concurso, gruñendo y respingando como piara de cerdos que huelen el cocino al salir de la pocilga, y se pintaba en todos los roñosos semblantes el ansia de llegar á la escalera para examinar la dádiva de fray Apolinar, la cual conservaba aún el calorcillo que le había chocado á Muergo en ella al entregársela el pobre exclaustrado, cuando se abrió la puerta y se presentaron en el cuarto dos nuevos personajes. El uno era un muchacho frescote, rollizo, de ojos negros, pelo abundante, lustroso y revuelto; boca risueña, redonda barbilla, y dientes y color de una salud de bronce: representaba doce años de edad, y vestía como los hijos de «los señores.»

Traía de la mano á una muchachuela pobre, mucho más baja que él, delgadita, pálida, algo aguileña, el pelo tirando á rubio, dura de entrecejo y valiente de mirada. Iba descalza de pie y pierna, y no llevaba sobre sus carnes, blancas y limpias, en cuanto de ellas iba al descubierto, más que un corto refajo de estameña, ya viejo, ceñido á la flexible cintura sobre una camisita demasiado trabajada por el uso, pero no desgarrada ni pringosa, cualidades que se echaban de ver también en el refajo. Hay criaturas que son limpias necesariamente y sin darse cuenta de ello, lo mismo que les sucede á los gatos. Y no se tache de inadecuada la comparación, pues había algo de este animalejo en lo gracioso de las líneas, en el pisar blando y seguro, y en el continente receloso y arisco de la muchachuela.

En cuanto la vió Muergo, se echó á reir como un estúpido; Cole soltó un taco de los gordos, y Sula otro de los medianos. La recién llegada remedó á Muergo con una risotada falsa, poniendo la cara muy fea, sin hacer caso maldito de los otros dos granujas, ni del mismo padre Apolinar, que alumbró un coquetazo á cada uno de los tres.

—¿Á qué vienen esas risotadas, bestia, y esas palabrotas sucias, puercos?—dijo el fraile mientras largaba los coscorrones.

—Es la callealtera... ¡ju, ju, ju!—respondió Muergo rascándose el cogote machacado por los nudillos de fray Apolinar.

—La conocemos nusotros,—expuso Cole, palpándose la greña.

—Que de poco se ajuega, si no es por Muergo,—añadió Sula.

Muergo volvió á reirse estúpidamente, y la muchacha tornó á hacerle burla.

—¿Y por eso te ríes, ganso?—dijo el fraile, largándole otro coquetazo.—¡Pues el lance es de reir!

—Es callealtera...—repitió Cole,—y estaba hiciendo [barquín-barcón] en una percha que anadaba en la Maruca... Yo y Sula estábamos allí tirándola piedras desde la orilla. Dimpués, allegó Muergo... la acertó con un troncho, y se fué al agua de cabeza.

—¿Quién?—preguntó el fraile.

—Ella—respondió Cole.—Yo pensé que se ajuegaba, porque se iba diendo á pique... Y Muergo se reía.

—Y yo—saltó Sula,—le dije: «¡Chapla, Muergo, tú que anadas bien, y sácala, porque se está ajuegando!» Y entonces se echó al agua y la sacó. Dempués, la ponimos quilla arriba; y á golpes en la espalda, largó por la boca el agua que había embarcao.

—Y eso ¿es verdad, muchacha?—preguntó á ésta el exclaustrado.

—Sí, señor,—respondió la interpelada, sin dejar de remedar á Muergo, que volvió á reir como un idiota.

—Corriente—dijo el exclaustrado.—Pero ¿á qué vienes aquí, y á qué vienes tú, Andresillo, y por qué la traes de la mano? ¿En qué bodegón habéis comido juntos, y qué pito voy á tocar yo en estas aventuras?

—Es callealtera,—respondió muy serio el llamado Andresillo.

—Ya me voy enterando, ¡cuerno!—Tres veces con ésta se me lo ha dicho ya. Y ¿qué hay con eso?

—La conozco del [Muelle-Anaos]—continuó Andrés.—Baja casi todos los días allá.—Yo no sabía lo de la Maruca... ¡que si lo sé! (y enderezó á Muergo un gestecillo avinagrado), porque también conozco á éstos.

—¿Del Muelle-Anaos?—preguntó fray Apolinar, sin pizca de asombro.

—Sí, señor—respondió Andrés.—Van muy á menudo.

—Y él á la Maruca,—añadió Guarín.

—¡Cuerno con el rapaz, y qué veta saca!... Pero vamos al caso. Resulta, hasta ahora, que esta niña es callealtera, y que tú y esta granujería, á pesar de las respectivas vitolas, sois... tal para cual... ¿Y qué más?

—Que esta mañana avisó á mi madre el talayero que quedaba á la vista la Montañesa... y yo salí de casa para ir á San Martín á verla entrar... y llegué al Muelle-Anaos.

—¡Al Muelle-Anaos!... ¿No vivís ya en la calle de San Francisco?

—Sí, señor.

—¡Pues buen camino llevabas para ir á San Martín!

—Iba á ver si estaba allí Cuco y me quería acompañar.

—¡Cuco! ¿También eres amigo de Cuco, de ese raquerazo descortés y grosero, que me canta coplas indecentes en cuanto me columbra de lejos?... ¡Cuerno con la cría!

—Yo nunca le oigo esas cosas... Malo, algo malo es; pero no hace daño á nadie. Anda en el bote del Castrejo, y me enseña á remar, y á echar [coles] y [tapas], y á descansar de espaldas y de pie...

—Sí, y á birlar los puros á tu padre para regalárselos á él; y á correr la escuela, y á andar en las guerras... y á muchas cosas más que me callo... ¡Pues buenas tripas se le pondrían á tu padre si al entrar hoy con la corbeta te veía en las peñas de San Martín en compañía de tan ilustre camarada! ¡Cuerno, recuerno del hinojo!

Andrés se puso muy colorado, y dijo, con la cabeza algo gacha:

—No, señor... Yo no hago nada de eso, pae Polinar.

—¡Como que te vas á confesar conmigo ahora!...—repuso el fraile con mucha sorna.—Pero ¡á mí de esas cosas, Andresillo?... En fin, ya hablaremos de esto en mejor ocasión. Ahora, sigue con el cuento. ¿Qué te dijo Cuco en el Muelle-Anaos?

—Á Cuco no le ví, porque andaba de flete con unos señores. Pero estaba ésta comiendo un zoquete de pan que le habían dado, de pura lástima, unos calafates, y me dijo que había dormido anoche en una [barquía], porque la habían echado de casa.

—Y ¿por qué?

—Porque le gusta mucho la bribia, y la pegaron.

—¡Guapamente, cuerno!... ¡Eso es lo que se llama una escuela de órdago para una mujer! ¿Cómo te llamas, hija?

—Silda me llamo,—respondió secamente la interpelada.

—Es callealtera,—añadió Andrés.

—¡Dale, y van cuatro!—exclamó el presbítero.

—No tié padre... ¡ju, ju, ju!—graznó el salvaje Muergo.

La niña le remedó, según costumbre.

—Se ajuegó en San Pedro del Mar en la última [costera] del besugo,—dijo Cole.

—Ni madre tampoco tiene,—añadió Sula.

—La recogió de lástima un callealtero que se llama tío [Mocejón],—expuso Andrés.

—¡Ta, ta, ta, ta!...—exclamó el padre Apolinar al oirlo.—Luego esta muchacha es hija del difunto Mules, viudo hacía dos años cuando pereció este invierno, con aquellos otros infelices... ¡Pues pocos pasos dí yo, en gracia de la Virgen, para que te recogieran en esa casa!... Hija, no te conocía ya. Verdad que no recuerdo haberte visto más de dos veces, y esas mal, como lo veo yo todo con estos pícaros ojos que no quieren ser buenos... Corriente; pero ¿de qué se trata ahora, caballero Andrés?

—Pues yo—respondió éste, dando vueltas á la gorra entre sus manos,—la dije, al oir lo que me contó: «vuélvete á casa.» Y ella me dijo: «si vuelvo me desloman; y no quiero volver por eso.» Y dije yo: «¿qué vas á hacer aquí sola?» Y dijo ella: «lo que hagan otros.» Y yo dije: «puede que no te peguen.» Y dijo ella: «me han pegado muchas veces... todos son malos allí, y por eso me he escapado para no volver.» Y yo, entonces, me acordé de usté, y la dije: «yo te llevaré á un señor que lo arreglará todo, si quieres venir conmigo.» Y ella dijo: «pues vamos.» Y por eso la traje aquí.

Á todo esto, la niña, cuando no hacía gestos á Muergo, recorría con los ojos suelo, muebles y paredes, tan serena y tranquila como si nada tuviera que ver con lo que se trataba allí entre el padre Apolinar y el hijo del capitán de la Montañesa.

—Es decir—exclamó el bendito fraile, cruzándose de brazos delante del protector y de la protegida,—que éramos pocos, y parió mi abuela. ¡Cuerno con las gangas que le caen al padre Apolinar! Desavénganse las familias; descuérnense los matrimonios; escápense los hijos de sus casas; aráñense los dos Cabildos; enamórese Juan sin bragas de Petra con mucha guinda... húndase el pico de Cabarga y ciérrese la boca del puerto... aquí está el padre Apolinar que lo arregla todo, como si el padre Apolinar no tuviera otra cosa que hacer que enderezar lo que otros tuercen, y desasnar bestias como las que me escuchan. Y ¿quién te ha dicho á tí, Andresillo, que basta con querer yo que se recoja á esta muchacha en una casa honrada, para darla por recogida ya? Y ¿qué sabes tú si, aunque eso fuera posible, querría yo hacerlo? ¿No lo hice ya una vez? ¿Ha servido de algo? ¿Me lo han agradecido siquiera? Pues sábete que negocios ajenos matan al alma; y de negocios ajenos estoy yo hasta la corona, ¡hasta la corona, hijo... y más arriba también!... ¡Cuerno con el hinojo de mis pecados!...

Aquí se dió dos vueltas el fraile por el cuarto, mientras las ocho criaturas se miraban unas á otras, ó se desperezaban algunas de ellas, ó se aburrían las más; y después de retorcerse dos veces seguidas dentro del vestido, detúvose delante de Silda y de Andresillo, y les dijo:

—De modo que lo que vosotros queréis es que ahora mismo os acompañe á casa de Mocejón, y le hable al alma y le diga: aquí está el hijo pródigo que vuelve arrepentido al hogar paterno...

—Á mí no—interrumpió Andrés con viveza;—á ésta es á quien ha de acompañar usté. Yo me voy ahora mismo á San Martín á ver entrar á mi padre, que debe estar ya si toca ó llega.

—Y yo me voy contigo—dijo Silda con la mayor frescura.—Me gusta mucho ver entrar esos barcos grandes...

—Entonces, cabra de los demonios—replicóla fray Apolinar, cuadrándose delante de ella,—¿para quién voy á trabajar yo? ¿Qué voy á meterme en el bolsillo con ese mal rato? Si á tí no te importa lo que resulte del paso que me obligáis á dar, ¿qué cuerno me ha de importar á mí?... ¡Pues no voy, ea!

—Á que sí, pae Polinar,—le dijo Andrés, mirándole muy risueño.

—¡Á que no!—respondió el fraile, queriendo ser inexorable.

—Á que sí,—insistió Andrés.

—¡Cuerno!—replicó el otro casi enfurecido,—¡pongo las dos orejas á que no, y á reteque no!

Entonces, como si se hubieran puesto instantáneamente de acuerdo los ocho personajes que le rodeaban, gritaron unísonos y con cuanta voz les cabía en la garganta:

—¡Á que sí!

Y como vieron al fraile rascarse nervioso la cabeza y alumbrar un testarazo á Muergo, lanzáronse todos en tropel á la escalera, que, angosta y carcomida, retemblaba y crujía, y no pararon hasta el portal, donde se examinó el regalo del padre Apolinar.

Después de convenir todos en que no era cosa superior, dijo Andrés á Silda:

—Para cuando volvamos de San Martín, ya habrá estado pae Polinar en casa de tío Mocejón, ó en otra casa... De un brinco subo yo á preguntarle lo que haya pasado. Tú me esperas aquí, y bajo y te lo cuento. No te dé pena, que ya lo arreglaremos entre todos. Ahora, vámonos.

La niña se encogió de hombros, y Muergo, apretándose el nudo de la driza del chaquetón, dijo enseñando los dientes y revirando mucho los ojos:

—Yo voy tamién, en cuanto deje estos calzones á mi madre.

—Y yo tamién,—añadió Sula.

Silda llamó burro á Muergo; Guarín, Cole y los demás dijeron que se iban, quién al Muelle-Anaos, quién á las lanchas, quién á otros quehaceres, y Muergo á dejar los calzones en su casa, y se separaron á buen andar.

* * * * *

Todo esto acontecía en una hermosa mañana del mes de junio, bastantes años... muchos años hace, en una casa de la calle de la Mar, de Santander; de aquel Santander sin escolleras ni ensanches; sin ferrocarriles ni tranvías urbanos; sin la plaza de Velarde y sin vidrieras en los claustros de la catedral; sin hoteles en el Sardinero y sin ferias ni barracones en la Alameda segunda; en el Santander con dársena y con pataches hasta la Pescadería; el Santander del Muelle-Anaos y de la Maruca; el de la Fuente Santa y de la Cueva del tío Cirilo; el de la Huerta de los Frailes en abertal, y del provincial de Burgos envejeciéndose en el cuartel de San Francisco; el de la casa de Botín, inaccesible, sola y deshabitada; el de los Mártires en la Puntida, y de la calle de Tumbatres; el de las gigantillas el día 3 de noviembre, aniversario de la batalla de Vargas, con luminarias y fuegos artificiales por la noche, y de las corridas en que mataba Chabiri, picaba el Zapaterillo, banderilleaba Rechina y capeaba el Pitorro, en la plaza de Botín, con música de los Nacionales; el Santander de los Mesones de Santa Clara, del Peso público y de Mingo, la Zulema y Tumbanavíos; del Chacolí de la Atalaya, y del cuartel del Reganche en la calle de Burgos; del parador de Hormaeche, y de la casa del Navío; el Santander de aquellos muchachos decentes, pero muy mal vestidos, que, con bozo en la cara todavía, jugaban al bote en la plaza Vieja, y hoy comienzan á humillar la cabeza al peso de las canas, obra, tanto como de los años, de la nostalgia de las cosas venerandas que se fueron para nunca más volver; del Santander que yo tengo acá dentro, muy adentro, en lo más hondo de mi corazón, y esculpido en la memoria de tal suerte, que á ojos cerrados me atrevería á trazarle con todo su perímetro, y sus calles, y el color de sus piedras, y el número, y los nombres, y hasta las caras de sus habitantes; de aquel Santander, en fin, que á la vez que motivo de espanto y mofa para la desperdigada y versátil juventud de hogaño, que le conoce de oídas, es el único refugio que le queda al arte cuando con sus recursos se pretende ofrecer á la consideración de otras generaciones algo de lo que hay de pintoresco, sin dejar de ser castizo, en esta raza [pejina] que va desvaneciéndose entre la abigarrada é insulsa confusión de las modernas costumbres.

II

DE LA MARUCA Á SAN MARTÍN

Estaba tentadora la Maruca cuando pasaron junto á ella los cuatro muchachos que se encaminaban á San Martín. Salía el agua á borbotones por el boquerón de la trasera del Muelle, y regueros de espuma iban marcando el creciente nivel de la marea en el muro de la calzada de Cañadío y en la playa de la parte opuesta, cerrada por la fachada de un almacén que aún existe, y un alto y espeso bardal que empalmaba con ella en dirección al Este, espacio ocupado hoy por la casa de los Jardines y la plaza del Cuadro, con cuantos edificios y calles les siguen por el Norte, hasta la pared de la huerta de Rábago. Esto era la Maruca de entonces, que comunicaba con la bahía por el alcantarillón que desembocaba en la punta del Muelle, antro temeroso que muy pocos valientes se habían atrevido á explorar, cabalgando en un madero flotante. Cuco aseguraba haber acometido esta empresa; es decir, entrar por el boquerón de la Maruca y salir por el del Muelle, á media marea; pero tales cosas contaba de tinieblas espesas, de ruidos espantosos, de ratas como cabritos y de ayes lastimeros, como de ánimas en pena, que me han hecho dudar después acá que fuera verdad la hazaña. Meter la cabeza en el negro misterio, pero sin abrir los ojos por no ver horrores, eso lo hicieron muchos, y yo entre ellos; pero lo de Cuco... ¡bah! ¿Por qué no citaba testigos cuando lo afirmaba? Y bien valía la pena de acreditarse así tal empresa, por ser la única que podía, ya que no compararse, ponerse cerca siquiera de otra, tan espantable de suyo, que ni en broma se atrevió entonces ningún muchacho á decir que la hubiera acometido: dar cuatro pasos no más en el antro misterioso que conducía al abismo en cuyo fondo flotaba el barco de piedra en que vinieron á Santander las cabezas de sus patronos, los mártires de Calahorra, San Emeterio y San Celedonio; antro cuya puerta de entrada, baja y angosta, manchada de todo género de inmundicias y cerrada siempre, contemplaban chicos y grandes, con serios recelos, en el muro del Cristo, cerca ya de San Felipe, al pasar por la embovedada calle de los Azogues. Según la versión popular, lo mismo era penetrar allí una persona, que caer destrozada á golpes y desaparecer del mundo para siempre. Se habían dado casos, y nadie los ponía en duda, aunque sobre los quiénes y los cuándos no hubiera toda la claridad que fuera de apetecer.

Repito que estaba tentadora la Maruca para los cuatro chicos que caminaban hacia San Martín.

La marea, á más de dos tercios (y eran vivas á la sazón), y todos los maderos flotando; y además de las perchas de costumbre (porque siempre había allí alguna), dos vigas que no estaban el día antes: dos vigas juntas, amarradas una á otra y fondeadas con un arpón, cerca de la orilla del bardal.

—¡Cosa de nada!—como dijo Andrés respingando de gusto en cuanto las vió;—descalzarme, remangar las perneras hasta los muslos, y en un decir «Jesús,» atracar un poco las vigas, halando del cabo del arpón; saltar encima de ellas, y con el palo que tengo escondido donde yo sé, bien cerca de aquí... ¡Recontra, qué barco más hermoso!... ¡y qué marea!

Lo mismo opinaban Sula y Muergo, y bien le tentaron para que no pasara de allí; pero la fuerza que le movía hacia San Martín era más poderosa que la que trataba de detenerle en la Maruca; y por eso, y porque Silda, acaso recordando el remojón consabido al ver la percha, que ya le había señalado Muergo con sus ojos bizcos y su risa estúpida, le apoyó con vehemencia, fué sordo á las seducciones de sus astrosos compañeros, y ciego á los atractivos que tenía delante.

Así es que duró poco la detención allí, y muy pronto se les vió trepar á los prados en busca del camino de la Fuente Santa. Aunque Andrés había visto, al asomarse al Muelle en sitio conveniente, que aún no se había puesto el gallardete amarillo sobre la bandera azul en el palo de señales de la Capitanía, prueba de que la corbeta avistada no abocaba todavía al puerto, llevaba mucha prisa; porque resuelto á ver la entrada de su padre desde San Martín, creía que andaba el barco más que su pensamiento, y temía llegar tarde.

Mientras caminaba, siempre delante de los demás, éstos le acribillaban á preguntas, ó le detenía alguno de ellos para ver cómo se revolcaba Muergo sobre los prados, ó se bañaba algún chico entre las peñas cercanas á la Cueva del tío Cirilo, ó [rendía la bordada] un patache buscando la salida con viento de proa, ó remedaba Silda el mirar torcido y el reír estúpido de Muergo.

—¡Buenas cosas traerá tu padre!—dijo la muchachuela á Andrés.

—Á veces las trae tal cual,—respondió Andrés sin volver la cara.

—¿Para tí también?

—Y para todos. Una vez me trajo un loro.

—Mejor eran cajetillas,—expuso Sula.

—U jalea,—añadió Muergo.

—Para él las trae á cientos, de Las tres coronas,—dijo Andrés respondiendo á Sula.

—¡Bien sé yo lo que es jalea, puño!—insistió Muergo relamiéndose.—Una vez la caté... ¡ju, ju, ju! Se lo dió á mi madre una señora del Muelle... Yo creo que lo [trincó], ¡ju, ju, ju! Tamién yo se lo trinqué á ella una noche, y me zampé media caja... ¡Puño, qué taringa endimpués que lo supo!

—Puede que tamién traiga mantones de seda—dijo Silda, apretando la jareta de la saya sobre su cintura.—Si trae muchos, guárdame uno, ¿eh, Andrés?

Volvióse éste hacia Silda, asombrado del encargo que acababa de hacerle, y vió á Sula cabeza abajo, agarrado con las manos á la yerba y echando al aire, ora una pierna, ora la otra, pero nunca las dos á la vez. Cabalmente el hacer pinos pronto y bien era una de las grandes habilidades de Andrés. Sintióse picado del amor propio al ver la torpeza de Sula, y alumbrándole un puntapié en el trasero, díjole, para que se enteraran todos los presentes:

—Eso se hace así.

Y en un periquete hizo el pino perfecto, con zapateta y perneo, y la Y, y casi la T, y cuanto podía hacerse, sin ser descoyuntado volatinero, en aquella incómoda postura. Y tanto se zarandeó, animado por el aplauso de Silda y de Muergo, que se le cayó en el prado cuanto llevaba en los bolsillos, lo cual no era mucho: tres cuartos en dos piezas, un pitillo, un cortaplumas con falta de media cacha, y unos papelejos.

En cuanto Muergo vió el pitillo, le echó la zarpa y se apartó un buen trecho; y antes que Andrés hubiera deshecho el pino y recogido del suelo los cuartos, papeles y navaja, ya él había sacado un fósforo de cartón que conservaba en el fondo insondable de un bolsillo de su chaquetón, y resobado el misto contra un morrillo, y encendido el cigarro, y dádole tres chupadas tan enormes, sin soltarle de la boca, y tan bien tapadas, que cuando se le fué encima el hijo del capitán de la Montañesa reclamando á [piña] seca lo que era suyo, Muergo, envuelta en humo la monstruosa cabeza, porque le arrojaba por todos los agujeros de ella y hasta parecía que por las mismas crines de su melena, sólo pudo entregar medio pitillo, y ese puerco y apestando. Así y todo, le consumió Andrés en pocas chupadas, pues si á Sula le vencía en hacer pinos, á [taparlas] no le ganaba Muergo. ¡Como que le había enseñado á fumar Cuco, que era el fumador más tremendo del Muelle-Anaos, lo cual es tanto como decir el fumador más valiente del mundo! Pues todavía alumbró Sula un par de bofetadas buenas á la colilla impalpable que tiró Andrés.

En la Fuente Santa se encaramaron en el pilón y bebieron agua, sin sed los más de ellos, y Silda se lavó las manos y se atusó el pelo. Después echaron por el empinado callejón de la «fábrica de sardinas,» y salieron á los prados de Molnedo. Allí intentó Muergo hacer su poco de pino, quedándose rezagado para que no le vieran la prueba si le salía mal. En la brega para enderezar no más que el tronco sobre la cabeza, pues en cuanto á los pies, no había que pensar en despegarlos del prado, se le volvieron las faldas del chaquetón hasta taparle los ojos. En tan pintoresco trance le hallaron los de sus camaradas, advertidos por Silda, que fué la primera en notar la falta del salvaje rapaz. Llegáronse todos á él muy queditos; y uno con ortigas y otro con una vara, y Silda con la suela entachuelada de un zapato viejo que halló en el prado, le pusieron aquellas nalgas cobrizas, que echaban lumbres.

—¡Págame el tronchazo, animal!—le gritaba Silda mientras le estampaba las tachuelas en el pellejo, cuando le dejaban sitio y ocasión la vara de Andrés y las ortigas de Sula.

Bramidos de ira, y hasta blasfemias, lanzaba Muergo al sentirse flagelado tan bárbaramente; pero sólo cuando imploró misericordia, logró que sus verdugos le dejaran en paz y rascarse á sus anchas las ampollas, que le abrasaban.

Sula, ya que estaba allí, quiso acercarse al Muelluco. Andrés le dijo que hartas detenciones iban ya para la prisa que él llevaba; pero Sula no tomó en cuenta el reparo, y se bajó al Muelluco. En seguida empezó á gritar:

—¡Congrio, qué hermosura!... ¡Cristo, qué marea! ¡Madre de Dios, qué cámbaros!... ¡Atracarvos, congrio!

Y no hubo más remedio que atracarse todos al Muelluco. Buena era, en efecto, la marea, mas no para tan ponderada; y en cuanto á los cámbaros, los pocos que se veían no pasaban de lo regular. Pero Sula estaba en lo suyo, y no podía remediarlo. El sol calentaba bastante; el agua, verdosa y transparente, cubría en aquel sitio más de dos veces, y se podían contar uno á uno los guijarros del fondo.

—Échame dos cuartos, Andrés—le dijo el [raquero], piafando impaciente sobre el Muelluco.—¡Te los saco de un cole!

—No los tengo,—contestó Andrés, que deseaba continuar su camino sin perder un minuto.

—¡Que no los tienes?—exclamó admirado Sula.—¡Y te los cogí yo mesmo del prao cuando te se caeron de la faldriquera endenantes!

Andrés se resistía. Sula apretaba.

—¡Congrio!... ¡Échame tan siquiera el cuarto! ¡Vamos, el cuarto solo, que tamién tienes!... ¡Anda, hombre!... Mira, le engüelves en uno de esos papelucos arrugaos que te metí yo mesmo en la faldriquera...

Y Andrés, que nones. Pero terció Silda á favor del suplicante, y al fin la roñosa moneda, envuelta en un papel blanco, fué echada al agua. Los cuatro personajes de la escena observaron, con suma atención, cómo descendía en rápidos ziszás hasta el suelo, y cómo se metió debajo de un canto gordo, movedizo, pero sin quedar enteramente oculta á la vista.

—¡Cóntrales!—dijo Sula rascándose la cabeza y suspendiendo la tarea, que había comenzado, de quitarse su media camisa sin despedazarla por completo.—¡Puede que haiga pulpe allí!

Cosa que á Muergo le tenía sin cuidado, puesto que, en un abrir y cerrar de ojos, desató el bramante de su cintura; largó el chaquetón que le envolvía hasta cerca de los tobillos, y se lanzó al agua, de cabeza, con las manos juntas por delante. Tan limpio fué el cole, que apenas produjo ruido el cuerpo al caer; y sólo unas burbujitas y una ligera ondulación en la superficie indicaban que por allí se había colado aquel animalote bronceado y reluciente, que buceaba, como una tonina, meciéndose, yendo y viniendo alrededor del canto gordo, con la greña flotante, cual si fuera manojo de [porreto]; se le vió en seguida remover la piedra, mientras sus piernas continuaban agitándose blandamente hacia arriba, coger el blanco envoltorio, llevársele á la boca; invertir su postura con la agilidad de un bonito, y, de dos pernadas y un braceo, aparecer en la superficie con la moneda entre los dientes, resoplando como un hipopótamo de cría.

—¿Echas la mota?—dijo á Andrés después de quitarse el cuarto de la boca, y sosteniéndose derecho en el agua, solamente con la ayuda de las piernas.

—Ni la mota ni un rayo que te parta—respondió Andrés, consumido por la impaciencia.—¡Ni os espero tampoco más!

Y como lo dijo, lo hizo, camino de las Higueras, sin volver atrás la cara.

Cuando la volvió, cerca ya de los prados de San Martín, observó que no le seguía ninguno de sus tres camaradas. En el acto sospechó, no infundadamente, que el cuarto adquirido por Muergo era la causa de la deserción. Sula y la muchacha querrían que se [puliera] en beneficio de todos.

No le pesó verse solo, pues no le hacía mucha gracia andar en sitios públicos con amigos de aquel pelaje.

Menos le pesó cuando al atravesar, por el podrido tablero, el foso del castillo, vió su batería llena de gente que le había precedido á él con el mismo propósito de asistir desde allí á la entrada de la Montañesa; gente que le era bien conocida en su mayor parte, pues había entre ella marinos amigos de su padre, prácticos libres de servicio aquel día, á quienes había visto mil veces, no sólo en el Muelle, sino en su propia casa; el mismo dueño y armador de la corbeta, comerciante rico, que le infundía un respeto de todos los diablos; las mujeres de algunos marineros de ella; el mismísimo don Fernando Montalvo, profesor de náutica, maestro de su padre y de todos los capitanes y pilotos jóvenes de entonces, personaje de proverbial rigidez en cátedra, al cual temía mucho más que al amo de la Montañesa, porque sabía que estaba destinado á caer bajo su férula en día no remoto; Caral, el conserje del Instituto Cántabro, que no perdía espectáculo gratis y al aire libre; su amigo el Conde del Nabo, con su casacón bordado de plata, resto glorioso de no sé qué empleo del tiempo de sus mocedades, y la sempiterna queja de que no le alcanzaba la jubilación para nutrir el achacoso cuerpo, que ya se le quebrantaba por las choquezuelas; don Lorenzo, el cura loco de la calle Alta, tío de un muchacho, amigo de Andrés, que se llamaba Colo y estaba abocado á matricularse en latín, por exigencia y con la protección de aquel energúmeno; Ligo, mozo que iba á hacer ya su segundo viaje de piloto, y á cuya munificencia debía él algunos puñados de picadura... y no pocos coscorrones; Aniceto, el sastre inolvidable; Santoja, el famoso zapatero del portal del marqués de Villatorre... y muchos curiosos más de diversas cataduras; algunos con sus catalejos enfundados, y no pocos con sus sabuesos de caza ó su borreguito domesticado... Porque, en aquel entonces, la entrada de un barco como la Montañesa, de la matrícula de Santander, de un comerciante de Santander, mandado y tripulado por capitán, piloto y marineros de Santander, era un acontecimiento de gran resonancia en la capital de la Montaña, donde no abundaban los de mayor bulto. Además, la Montañesa venía de la Habana, y se esperaban muchas cosas por ella: la carta del hijo ausente; los vegueros de regalo; la caja de dulces surtidos; el sombrero de jipijapa; la letra de 50 pesos; la revista de aquel mercado; las noticias de tal cual persona de dudoso paradero ó de rebelde fortuna, y, cuando menos, las memorias para media población, y algunos indianos de ella, de retorno. La misma curiosidad, y por las mismas razones, excitaban la Perla, la Santander y muy pocas fragatas más de aquellos tiempos. Nadie ignoraba en la ciudad cuándo salían, qué llevaban, á dónde iban ni por dónde andaban, como fuera posible saberlo. Sus capitanes y pilotos eran popularísimos, y sus dichos y sus hechos se grababan en la memoria de todos, como glorias de familia. ¿Quién de los que entonces tuvieran ya uso de razón y vivan hoy, habrá olvidado aquella tarde inverniza y borrascosa, en que, apenas avistada al puerto una fragata, se oyó de pronto el tañido retumbante, acompasado, lento y fúnebre del campanón de los Mártires!

—¡Á barco!—exclamaron cientos y cientos de personas que conocían el toque.

—¡La Unión!—añadían consternadas, echándose á la calle, las que aún no habían salido de casa.

Porque no ignoraba nadie, desde por la mañana, que la Unión era la fragata avistada, y que venía corriendo un temporal furioso.

Yo me hallaba en la escuela de Rojí al sonar el campanón, y ninguno preguntó allí «¿qué fragata es esa?» cuando se nos dijo: «¡la Unión se va á las Quebrantas!» Todos la conocíamos, y casi todos la esperábamos. Con decir que en seguida se nos dió suelta, pondero cuanto puede ponderarse la impresión causada en el público por el suceso. Medio pueblo andaba por la calle, y el otro medio se desparramaba desde el castillo de San Martín al del Hano, viendo consternado, primero, cómo se salvaba la tripulación, casi por milagro de Dios, y, después, cómo daba á la costa el hermoso buque, y se despedazaba á los golpes del embravecido mar, y caía sobre sus despojos una nube de aquellos rapaces costeños, de quienes se contaba, y aún se cuenta, que ponían una vela á la Virgen de Latas siempre que había temporal, para que fueran hacia aquel lado los buques que abocaran al puerto.—No cabe en libros lo que se habló en Santander de aquel triste suceso, que hoy no llevaría dos docenas de curiosos al polvorín de la Magdalena. Y aún fué, pasados los años, tema compasible de muchas y muy frecuentes conversaciones; y todavía hoy, como se ve por la muestra, sale á colación de vez en cuando.

Y con esto, vuelvo á las personas que dejamos en San Martín esperando la llegada de la Montañesa.

Á pesar de ser muchas, se hablaba muy poco entre ellas; lo cual acontece siempre que se aguarda un suceso que interesa por igual á todos los circunstantes, ó están las gentes á cielo descubierto, delante de la naturaleza que habla por los codos, sin dejar que nadie meta su cuchara en la conversación... ¡Y qué elocuente estaba aquel día! La mar, verdosa y fosforescente, rizada por una brisa que yo llamaría juguetona, si el término no estuviera tan desacreditado por copleros chirles y por impresionistas cursis, que quizá no han salido nunca de los trigos de tierra adentro; el sol despilfarrando alegre sus haces de luz, que centelleaba entre los pliegues de la bahía y en los rojos traidores arenales de las Quebrantas. Allá, en el fondo del paisaje, los azulados picos de Matienzo y Arredondo, y más cerca, las curvas elevadas y los senos sombríos de la cordillera que iba perfilando la vista desde el cabo Quintres y las lomas de Galizano, hasta los puertos de Alisas y la Cavada, transparentándose en una bruma sutil y luminosa, como velo tejido por hadas con hilos impalpables de rocío; y allí, al alcance de la mano, los cerros del Puntal recibiendo en sus cimientos arenosos los besos amargos de la creciente marea. Por todo ruido, el incesante rumor de las aguas al tenderse perezosas en la playa contigua, ó al mojar con sus rizos, agitados por el aire, las asperezas del peñasco. No se veía el pulmón bastante henchido nunca de aquel ambiente salino, ni la vista se hartaba de aquella luz reverberante, parlanchina y revoltosa, que se columpiaba en la bruma, en las aguas y en las flores.

No sé si irían precisamente por este lado todos los pensamientos de aquellas personas cuando discurrían de una á otra parte por la explanada del castillo, ó se encaramaban en la paredilla del parapeto, ó se tumbaban sobre la yerba de la braña exterior, sin hablar más de tres palabras seguidas y con la vista errabunda por todos los términos del paisaje; pero puede apostarse á que, si por arte de hechicería se les hubiera puesto delante, en lugar del miserable castillejo, los mayores prodigios de la industria humana ó las maravillas de los palacios de Aladino, los hubieran contemplado sin el menor asombro; señal, aunque sin darse cuenta de ello, de que, á sus ojos, valían mucho más las maravillas de la naturaleza. Andrés era el único de los espectadores que no paraba mientes en estas maravillas, ni las hubiera parado tampoco en las de la misma Pari-Banú, si allí se hubiera presentado para transformar de repente el castillo en un alcázar de oro con puertas de esmeraldas. Pensaba en la llegada de su padre, y del barco de su padre, y á lo más, en que toda aquella gente estaba allí para ver eso mismo que tanto le interesaba á él, por ser hijo de quien era; es decir, del héroe de la fiesta. ¡Si estaría hueco y gozoso y preocupado! Ligo le había tomado por su cuenta; y después de andar con él de un lado para otro, haciéndole reir ó ponerse colorado con las cosas que preguntaba al Conde del Nabo sobre la flojedad de sus choquezuelas, ó á Caral acerca de su canoa (sombrero), se habían acomodado juntos en lo más alto y saliente del promontorio.

Al fin, se oyeron muchas voces que exclamaron á un tiempo:

—¡Ahí está!

Y allí estaba, en efecto, la Montañesa, que abocaba [orzando], cargada de trapo hasta los topes, el pabellón ondeando en el [pico de cangreja], y con el práctico á bordo ya, pues que llevaba la lancha al costado. Apenas arribó sobre la Punta del puerto, ya se la vió pasar rascando la Horadada por el Sur del islote, y tomar en seguida, como dócil potro bien regido, el rumbo de la canal. La brisa la empujaba con cariño, y sobre copos de blandos algodones parecían mecerse sus [amuras] poderosas.

Cada movimiento del barco arrancaba un comentario de aplauso á los inteligentes de San Martín, y producía un tumulto en el corazón de Andrés, que era el más interesado de todos en las valentías de la corbeta y en la llegada de su capitán.

Así se fué acercando poco á poco, siguiendo inalterable su derrotero, como quien pisa ya terreno conocido, que es, además, camino de su casa; y tanto y con tal destreza atracaba la costa de los espectadores, que cualquier ojo ducho en estas maniobras hubiera conocido que el práctico que la gobernaba se había propuesto demostrar á los contramaestres de muralla que allí no se trabajaba á lo zapatero de viejo, sino que se hilaba mucho y por lo fino. ¡Y vaya si el tío Cudón, que era el práctico que había tomado á la corbeta en el Sardinero, sabía, como el más guapo, meter como una seda el barco de mayor compromiso!

Y en esto continuaba arribando, con un andar de siete millas; y llegó á oirse el rumor de la estela, y el crujir de la jarcia al rehenchirse la lona, y el resonar de la cadena al ser sacada de sus cajas, y plegadas á proa las brazas suficientes de ella para dar fondo en el momento oportuno; algún espectador creía distinguir caras conocidas sobre el puente; llegó á verse claro y distinto al piloto Sama, sobre el castillo de proa, con sus botas de agua, su chaquetón obscuro y su gorra de galón dorado... y Andrés, exclamando: «¡mírale!» apuntó, con el brazo tendido, á su padre, de pie sobre la toldilla de popa, junto á la rueda del timón, y la diestra en la driza de la bandera, con la cual, momentos después y al hallarse la corbeta casi debajo de la visual de los espectadores de San Martín, respondió á las aclamaciones y saludos de éstos, izándola tres veces seguidas, mientras se llenaba la [borda] de estribor de tripulantes y pasajeros que agitaban al aire sus gorras y jipijapas. Entonces pudieron gozarse á la simple vista todos los detalles de la corbeta... ¡La muy presumida! ¡Cómo había cuidado, antes de abocar al puerto, de sacudirse el polvo del camino y arreglarse todos sus perifollos! Sus bronces parecían oro bruñido; traía las vergas limpias de palletería, y sin sus forros de lona, [burdas] y cantos de cofa; oscilaba en la [batayola] el catavientos de pluma, que sólo se luce en el puerto, y flameaban en los [galopes] de la arboladura la grímpola azul con el nombre del barco en letras blancas; la contraseña de la casa, y la bandera blanca y roja de la matrícula de Santander.

Otra vez saludó el pabellón de la Montañesa, y otra vez más volvieron á cruzarse vítores, hurras y sombreradas entre la gente de á bordo y la de tierra; y como si el barco mismo hubiera participado del sentimiento que movía tantos ánimos, haciendo crujir de pronto todo su aparejo, hundió las amuras en el agua hasta salpicar las anclas, que ya venían preparadas sobre [capón] y [boza], y se tendió sobre el costado de babor, dejando al descubierto en el otro, por encima de las [lumbres de agua], más de una hilada de reluciente cobre.

En esta posición gallarda, meciéndose juguetona en el lecho de hervorosa espuma que ella misma agitaba y producía, se deslizó á lo largo del peñasco, rebasó en un instante del escollo de las Tres hermanas, cargáronse en seguida sus mayores y se arriaron gavias, [foques] y juanetes; y muy poco más allá, á la voz resonante y varonil de ¡fondo! que se dejó oir perceptible y clara sobre el puente, caía un ancla en el agua y se percibía el áspero sonido de los eslabones, al [filar] por el [escobén] más de cuarenta brazas de cadena. Con lo que la airosa corbeta, tras un fuerte estremecimiento, quedó inmóvil sobre las tranquilas aguas del fondeadero de la Osa, como corcel de bríos parado en firme por su jinete á lo mejor de su carrera.

III

DÓNDE HABÍA CAÍDO LA HUÉRFANA DE MULES

Tío Mocejón, el de la calle alta (porque había otro Mocejón más joven en el Cabildo de Abajo), era un marinero chaparrudo, rayano con los sesenta, de color de hígado con grietas, ojos pequeños y verdosos, de bastante barba, casi blanca, muy mal nacida y peor afeitada siempre, y tan recia y arisca como el pelo de su cabeza, en la cual no entraba jamás el peine, y rara, muy rara vez, la tijera. Tenía los andares como todos los de su oficio, torpes y desaplomados; lo mismo que la voz, las palabras y la conversación. El mirar en tierra, obscuro y desdeñoso. En tierra digo, porque en la mar, como andaba en ella, ó por encima ó alrededor de ella venía cuanto en el mundo podía llamarle la atención, ya era otra cosa. El vil interés y el apego instintivo al mísero pellejo le despertaban en el espíritu los cuidados; y no hay como la luz de los cuidados para que echen chispas los ojos más mortecinos. En cuanto á genio, mucho peor que la piel, que la barba, las greñas, los andares y la mirada; no por lo fiero precisamente, sino por lo gruñón, y lo seco, y lo áspero, y lo desapacible. Unos calzones pardos, que al petrificarse con la mugre, el agua de la mar y la brea de la lancha, habían ido tomando la forma de las entumecidas piernas; unos calzones así, atados á la cintura con una correa; unos zapatos bajos, sin tacones ni señal de lustre, en los abotagados pies; un elástico de cobertor, ó manta palentina, sobre la camisa de estopa, y un gorro catalán puesto de cualquier modo encima de las greñas, como trapo sucio tendido en un bardal, componían el sempiterno envoltorio de aquel cuerpo, pasto resignado de la roña, y muy capaz hasta de pactar alianzas con la lepra, pero no de dejarse tocar del agua dulce.

Pues con ser así tío Mocejón, no era lo peor de la casa; porque le aventajaba en todo la [Sargüeta], su mujer, cuyo genio avinagrado y lengua venenosa y voz dilacerante, eran el espanto de la calle, con haber en ella tantas reñidoras de primera calidad. Era más alta que su marido, pero muy delgada, pitarrosa, con hocico de merluza, dientes negros, ralos y puntiagudos; el color de las mejillas, rojo curado; y lo demás de la cara, pergamino viejo; el pecho hundido, los brazos largos; podían contarse los tendones y todos los huesos de sus canillas, siempre descubiertas, y apestaba á [parrocha] desde media legua. Nunca se le conoció otro atalaje que un pañuelo obscuro atado debajo de la barbilla, muy destacado sobre la frente y caído hacia los ojos, para que no los ofendiera la luz; un mantón de lana, también obscuro y también sucio, y hasta remendado, cruzadas sobre el pecho las puntas y amarradas encima de los riñones; un refajo de estameña parda, y en los pies unas chancletas con luces á todos los vientos.

Sin embargo, hay quien asegura que era más llevadera esta mujer inaguantable, que su hija Carpia, moza ya metida en los diez y nueve, tan desaliñada y puerca como su madre, pero más baja de estatura, más morena, más chata, tan recia de voz y tan larga de lengua, y, además, [cancaneada]. Era de oficio sardinera, y cosa de taparse la gente los oídos y los ojos y aun las narices, cuando ella pasaba con el [carpancho] lleno, encima de la cabeza, chorreando la pringue sobre hombros y espaldas, cerniendo el corto y sucio refajo al compás del vaivén chocarrero de sus caderas, y pregonando á gañote limpio la mercancía. Ninguna sardinera ponía la nota final más alta ni tan bien sostenida; se llegaba á perder la esperanza de que aquel grito áspero y penetrante tuviera fin. Pero que algún transeunte le diera á entender esta sospecha con el menor gesto, ó mostrara su desagrado con la más leve palabra; que cualquier fregona inexperta, después de preguntarle desde el balcón de la cocina «¿á cómo?» no replicara á su respuesta, ó replicara con malos modos, ó que después de haber replicado, por ejemplo, «á tres,» y de haber dicho la sardinera «abaja,» la fregona no bajara, ó tardara en bajar... ¡era cuanto había que oir y que ver lo que decía y hacía Carpia entonces, con el carpancho en el suelo en mitad de la calle y la vista unas veces en su agresor, ó en el sitio que éste había ocupado, si se retiró prudente á lo escondido temiendo la granizada, y otras en el primer transeunte que cruzara á su lado, ó en todos los transeuntes, ó en todos los balcones de la calle! Mirándola en aquel trance, se dudaba cuál era en ella más asombroso, entre la palabra, la idea, el gesto, la voz y los ademanes; y todo ello junto parecía imposible que cupiera en una criatura humana, y del mismo sexo en el cual se vinculan el aseo y la vergüenza. Y, sin embargo, Carpia no estaba enfadada de veras: aquello no era más que un ligero desahogo que se permitía entre burlona y despechada; porque cuando se enfadaba, es decir, cuando reñía con todo el ceremonial del caso entre el gremio, que ha llegado á formar escuela, y va á la hora presente en próspera fortuna... ¡Dios de bondad!... En fin, casi tan terrible como su madre, de quien tomó el estilo, ora oyéndola en la vecindad, ora aprendiendo con ella á correr la sardina, llevando por las asas el carpancho entre las dos.

Carpia tenía un hermano llamado Cleto, de menos edad que ella. Salía este hermano más á la casta de su padre que á la de su madre. Era sombrío y taciturno, pero trabajador. Andaba ya á la mar, y no se llevaba bien con su hermana. La daba patadas en la barriga, ó donde la alcanzaba, cuando llegaba el caso de responder á las desvergüenzas de la sardinera.

No sabía hablarla de otro modo.

Esta apreciable familia habitaba el quinto piso de una casa de la calle Alta (acera del Sur) que tenía siete á la vista, y cuya línea de fachada se extendía muy poco más que el ancho de sus balcones de madera. Digo que tenía siete pisos á la vista, porque entre bodega, cabretes, subdivisiones de pisos y buhardillas, llegaban á catorce las habitaciones de que se componía; ó si se quiere de otro modo más exacto, catorce eran las familias que se albergaban allí, cada una en su agujero correspondiente, con sus [artes de pescar], sus ropas de agua, sus cubos llenos de agalla con arena para [macizo], sus astrosos vestidos de diario, y toda la pringue y todos los hedores que estas cosas y personas llevan consigo necesariamente. Cierto que los inquilinos que tenían balcón le aprovechaban para destripar en él la sardina, colgar trapajos, redes, [medio-mundos] y sereñas, y que tenían la curiosidad de arrojar á la calle, ó sobre el primero que pasara por ella, las piltrafas inservibles, como si el goteo de las redes y de los vestidos húmedos no fuera bastante lluvia de inmundicia para hacer temible aquel tránsito á los terrestres que por su desventura necesitaran utilizarle; y en cuanto á los cubiles que no tenían estos desahogaderos, allá se las componían tan guapamente sus habitadores, engendrados, nacidos y criados en aquel ambiente corrompido, cuya peste les engordaba. De todas maneras, ¿cómo remediarlo? No vivían mejor los inquilinos de las casas contiguas y siguientes, ni los de la otra acera, ni todo el Cabildo de Arriba... Lo propio que el de Abajo en las calles de la Mar, del Arrabal y del Medio.

Volviendo á tío Mocejón, añado que era dueño y patrón de una barquía, por lo cual cobraba de la misma dos soldadas y media: una y media por amo, y una por patrón; ó, lo que es lo mismo (para los lectores poco avezados á esta jerga), de todo lo que se pescara, hecho tantas partes como fueran los compañeros de la barquía, se tiraba él dos y media. Procedía de abolengo esta riqueza (mermada en la mitad en manos de Mocejón, puesto que lo heredado por éste fué una lancha); y nadie sabe la importancia que esta propiedad le daba entre todo el Cabildo, en el cual era rarísimo el marinero que tenía una parte pequeña en la embarcación en que andaba; ni lo que influyó en la Sargüeta y en su hija Carpia para que llegaran á ser las más desvergonzadas y temibles reñidoras del Cabildo.

Como tío Mocejón era bastante torpe en números, y se mareaba en pasando la cuenta de la que él pudiera echar por los dedos de la mano, bien agarrados, uno á uno, con la otra, la patrona, es decir, su mujer, era quien cobraba cada sábado el pescado vendido durante la semana al costado de la barquía, al volver ésta de la mar; lances en los cuales había acreditado, principalmente, la Sargüeta, el veneno de su boca, lo resonante de su voz, lo espantoso de su gesto, lo acerado de sus uñas y la fuerza de sus dedos enredados en el bardal de una cabeza de la Pescadería. Por eso, del cepillo de las Ánimas sacara una revendedora los cuartos, si no los tenía preparados el viernes por la noche, antes que pedir á la Sargüeta diez horas de plazo para liquidar su deuda. Aunque patronas se llaman todas las mujeres de los patrones de lancha, cobren ó no por su mano las ventas de la semana, en diciendo «la patrona» del Cabildo de Arriba, ya se sabía que se trataba de la Sargüeta. ¡Qué tal patrona sería!

Ya se irá comprendiendo que no le faltaban motivos á la muchachuela Silda para resistirse á volver á la casa de que huyó. En cuanto á las razones que se tuvieron presentes para que la recogieran en ella cuando se vió huérfana y abandonada en medio de la calle, como quien dice, no fueron otras que la de ser Mocejón marinero pudiente, y además, compadre de Mules, por haber éste sacado de pila al único hijo varón de la Sargüeta. Que costó Dios y ayuda reducir á Mocejón y toda su familia á que se hiciera cargo de la huérfana, no hay necesidad de afirmarlo; ni tampoco que el padre Apolinar y cuantas personas anduvieron con él empeñadas en la misma empresa caritativa, oyeron verdaderos horrores, particularmente de Carpia y de su madre, antes de lograr lo que intentaban; lo cual no aconteció hasta que el Cabildo ofreció á Mocejón una ayuda de costas de vez en cuando, siempre que la huérfana fuera tratada y mantenida como era de esperar. Mocejón quiso, por consejo de su mujer, que la promesa del Cabildo «se firmara en papeles por quien debiera y supiera hacerlo;» pero el Cabildo se opuso á la exigencia; y como ya había más de una familia dispuesta á recoger á Silda por la ayuda de costas ofrecida, sin que se declarara en papeles la oferta, tentóle la codicia á la Sargüeta, convenció á los demás de su casa, contando con que, á un mal dar, del cuero le saldrían las correas á la muchacha, y dióle albergue en su tugurio, y poco más que albergue, y mucho trabajo.

Por de pronto, no hubo cama para ella: verdad que tampoco la tenían Carpia ni su hermano. Allí no había otra cama, propiamente hablando, y por lo que hace á la forma, no á la comodidad ni á la limpieza, que el catre matrimonial, en un espacio reducidísimo, con luz á la bahía, el cual se llamaba sala porque contenía también una mesita de pino, una silla de bañizas, un escabel de cabretón y una estampita de San Pedro, patrono del Cabildo, pegada con pan mascado á la pared. Carpia dormía sobre un jergón medio podrido, en una alcoba obscura con entrada por el [carrejo], y su hermano encima del arcón en que se guardaba todo lo guardable de la casa, desde el pan hasta los zapatos de los domingos. Á Silda se la acomodó en un rincón que formaba el tabique de la cocina con uno de los del carrejo, es decir, al extremo de éste y enfrente de la puerta de la escalera, sobre un montón de redes inservibles, y debajo de un retal de manta vieja. ¡Si la pobre chica hubiera podido llevarse consigo la tarimita, el jergón, las dos medias sábanas y el cobertor raído á que estaba acostumbrada en su casa!... Pero todo ello y cuanto había de puertas adentro, no alcanzó para pagar las deudas de su padre. Después de todo, aunque Silda hubiera llevado su cama á casa de tío Mocejón, se habrían aprovechado de ella Carpia ó su hermano, y, al fin, la misma cuenta le saldría que no teniendo cama propia. No sé si discurría Silda de esta suerte cuando se acostaba sobre el montón de redes viejas del rincón de la cocina; pero es un hecho averiguado que tenderse allí, taparse hasta donde le alcanzaba la media manta, y quedarse dormida como un leño, eran una misma cosa.

Algo más que la cama extrañaba la comida. No era de bodas la de su casa; pero la que había, buena ó mala, era abundante siquiera, porque entre dos solas personas, repartido lo que hay, por poco que sea, toca á mucho á cada una. Luégo, como hija única de su padre, que no se parecía en el genio ni en el arte á Mocejón, era, relativamente, niña mimada; por lo cual, de la parte de Mules siempre salía una buena tajada para aumentar la de su hija; al paso que, desde que vivía con la familia de la Sargüeta, nunca comía lo suficiente para acallar el hambre; y lo poco que comía malo, y nunca cuando más lo necesitaba, y, de ordinario, entre gruñidos é improperios, si no entre pellizcos y soplamocos. Siempre era la última en meter la cuchara común en la tartera de las berzas con alubias y sin carne, y todos los de casa tenían un diente que echaba lumbres; de modo que, por donde ellos habían pasado ya una vez, era punto menos que perder el tiempo intentar el paso. ¡Tenían un arte para cargar la cuchara!... Cada cucharada de Mocejón parecía un carro de yerba. Solamente su mujer le aventajaba, no tanto en cargarla, como en descargarla en su boca, que le salía al encuentro con los labios replegados sobre las mandíbulas angulosas y entreabiertas, y los dientes oblicuos hacia afuera, como puntas de clavos roñosos; luégo... luégo nada, porque nunca pudo averiguar Silda, que no dejaba de ser reparona, si era la boca la que se lanzaba sobre la presa, ó si era la presa la que se lanzaba, desde medio camino, dentro de la boca: ¡tan rápido era el movimiento, tan grande la sima de la boca, tan limpia la dentellada, y tan enorme el tragadero por donde desaparecía lo que un segundo antes se había visto, chorreando caldo, á media cuarta sobre la tartera! No eran tan limpios en el comer Carpia y su hermano, aunque sí tan voraces; pero, lo mismo los hijos que los padres, tenían la buena costumbre, antes de soltar en la tartera la cuchara que acababan de tener en la boca, de darla dos restregoncitos contra los calzones ó contra el refajo, á fin de quitar escrúpulos al que iba á tomar con ella su correspondiente cucharada, por riguroso turno.

Porque Silda no lo hizo así el primer día que comió en aquella casa, la llamó puerca la Sargüeta y le dió Carpia un testarazo.

Cuando no había olla, cosa que no dejaba de ocurrir á menudo, si abundaban las sardinas, Silda consolaba el hambre con un par de ellas, asadas, con un gramo de sal, encima de las brasas; si no había sardinas ó agujas, ó panchos ó raya, ó cualquier pescado de poca estimación en la plaza (de lo cual le daba la Sargüeta una pizca mal aliñada, ó un par de pececillos crudos), una tira de bacalao ó un arenque, por todo compaño, para el mendrugo de pan de tres días, ó el pedazo de borona, según los tiempos y las circunstancias. Tal era su comida: fácil es presumir cómo serían sus almuerzos y sus cenas.

Entre tanto, tenía que andar en un pie á todo lo que se le mandara, si quería comer eso poco y malo con sosiego; y lo que se le mandaba era demasiado, ciertamente, para una niña como ella. Por de pronto, ayudar á las mujeres de casa, dentro ó alrededor de ella, en el aparejo de la barquía, es decir, componer las redes, secarlas, hacer otro tanto con las velas y con las artes de pescar, etc., etc... Cuando toda la familia, hombres y mujeres, iban á la pesca de bahía, especialmente á la boga (pescado que entonces abundaba muchísimo, y que desapareció por completo años después, debido, según dice la gente de mar, á la escollera de Maliaño, porque precisamente el espacio que ella encierra era donde las bogas tenían su pasto), á la pesca de bahía tenía que ir Silda también, y á trabajar allí, aunque niña, tanto ó más que las mujeres, ó que Carpia, pues la Sargüeta rara vez iba ya á la bahía con su marido; á ella se encomendaba preferentemente la engorrosa tarea de sacar la [ujana], hundiendo en la basa las dos manos, con los dedos extendidos, como las layas de los labradores, y virar luégo la tajada, y deshacerla en pedacitos para dar con las gusanas, que iba echando en una cazuela vieja, ó en una cacerolilla de hoja de lata, con arena en el fondo. Otras veces se la veía con un cestito al brazo, picoteando el suelo con un cuchillo, á bajamar, para dar con las escondidas [amayuelas]; ó en las playas de arena, sacando muergos con un ganchito de alambre. Pero, al cabo, estas tareas y otras semejantes, aunque penosas, sobre todo en invierno, le daban cierta libertad, y á menudo pasaba ratos muy entretenidos con niñas y muchachos de su edad, que también andaban al muergo y á la amayuela y á la gusana y al chicote. Esto fué siempre lo preferible para ella: coger la esportilla y largarse á la Dársena, al arqueo del chicote, de la chapita y del clavo de cobre. Allí conoció á Muergo, y á Sula y á otros muchos raqueros de la calle de la Mar, y, sobre todo, al famoso Cafetera (cuya biografía en libros anda años hace), que, aunque de la calle Alta, no asomaba por ella jamás, y á Pipa y á Michero, y á más de una chicuela que andaban con ellos á todo lo que salía. Siguiendo á esta tropa menuda, se aficionó al Muelle-Anaos y á la vida independiente y divertida que hacía en aquel terreno famoso, en que cada cual campaba por sus respetos, como si estuviera á cien leguas de la población y de todo país civilizado. Insensiblemente fué retardando la hora de volver á casa, y volvía casi siempre con la espuerta vacía. En ocasiones no volvió hasta por la noche; y como lo mismo la sacudían el polvo por faltar una hora que por faltar todo el día, optó serenamente por lo último; y al Muelle-Anaos acudía casi diariamente aunque la mandaran á la Peña del Cuervo, y con los del Muelle-Anaos aprendió á la Maruca. Así la conoció Andrés.

Es de advertir que Silda, aunque asistía á todas las empresas y á todos los juegos de la pillería del Muelle-Anaos, rara vez tomaba parte en ellos más que con la atención; no por virtud seguramente, sino porque era de ese barro: una naturaleza fría y muy metida en sí. Sabía dónde se [ufaba] el cobre y el cacao y el azúcar, y de qué manera, y dónde se vendía impunemente, y á qué precio; sabía dónde se gastaban los cuartos, así adquiridos, en tazas de café con copa, y lo que se daba por un ochavo, y por un cuarto, y por dos cuartos, y hasta por un real; sabía cómo se jugaba al cané... y sabía muchísimas cosas más que se enseñaban en aquella escuela de cuantos vicios pueden arraigar en criaturas vírgenes de toda educación física y moral; pero jamás en su espuerta entró cosa que no pudiera cogerse á vista de todo el mundo; ni vendió en el barracón del tío Oliveros un triste clavo ni una hebra de cáñamo; ni tomó en sus manos un naipe para el cané, ni una piedra en las guerras de Baja-mar entre raqueros y terrestres, ó entre raqueros de la calle Alta y raqueros de la calle de la Mar. Satisfacíase con asistir á todo y enterarse de todo cuanto hacían los pilletes, impávida é insensible, por carácter, como se ha dicho ya, no por virtud.

Andrés tampoco tomaba parte en las empresas raqueriles de los muchachos del Muelle-Anaos; pero sí en sus pedreas, en sus zambullidas, en sus juegos de agilidad, en sus intentos, casi siempre logrados, de atrapar un perro y arrojarle al agua con un canto al pescuezo. Sus diversiones de preferencia allí eran remar con Cuco en su bote, y pescar con un aparejillo que tenía, desde las escaleras del Paredón. Esto le gustaba mucho también á Silda; y en cuanto Andrés calaba la sereña, ya estaba ella á su lado, muy calladita y con los ojos clavados en el aparejo.

—¡Que pican!—solía decir alguna vez que otra, muy por lo bajo, viendo que la sereña se estremecía.

—Es picada falsa,—respondía Andrés sin halar el aparejo.

Y así se pasaban los dos larguísimos ratos. Cuando se trababa algún pancho, Silda ayudaba á Andrés á [encarnar] los anzuelos; y si los panchos eran dos, ella destrababa el uno.

Y á todo esto, calladita, impasible, y siempre con la cara, las manos y los pies limpios como un sol. Era como la señorita de aquella sociedad de salvajes; á Andrés le hacía por eso mismo mucha gracia, y tenía con ella consideraciones y miramientos que jamás usaba con las otras niñas desarrapadas que solían andar por allí. En cambio, ella no mostraba mayor inclinación al vestido y á los modales de Andrés, que á la basura y á la barbarie de los raqueros. Al contrario, el objeto de sus visibles preferencias parecía ser el monstruoso Muergo, el más estúpido, el más feo y el más puerco de todos sus camaradas. Mas estas preferencias no se revelaban en el hecho solo de acercarse á él muy á menudo, pues á otros muchos se acercaba también, siempre que le daba la gana, sino en que con ninguno era tan cariñosa como con Muergo.

—¡Límpiate los mocos y lávate esa cara, cochino!—solía decirle; ó—¿por qué no te esquilan esa greña?... Dile á tu madre que te ponga una camisa.

Entre tantos puercos y descamisados como andaban por allí, solamente se dolía de la roña y de la desnudez de Muergo. Y Muergo correspondía á estas relativas delicadezas de Silda riéndose de ella, dándola una patada, ó arrimándola un tronchazo, como el de la Maruca. ¡Y la preferencia continuaba, por parte de Silda! ¿Por qué razón? Vaya usted á saberlo. Acaso la fuerza del contraste; la misma monstruosidad de Muergo; un inconsciente afán, hijo de la vanidad humana, de domar y tener sumiso lo que parece indómito y rebelde, y de embellecer lo que es horrible; hacer con Muergo lo que algunas mujeres, de las llamadas elegantes en el mundo, hacen con ciertos perros lanudos y muy feos: complacerse en verlos tendidos á sus pies, gruñendo de cariño, muy limpios y muy peinados, precisamente porque son horribles y asquerosos y no debieran estar allí.

Más fácil de explicar es la inclinación de Andrés al Muelle-Anaos y á la pillería que en él imperaba. Hijo de marino y llamado á serlo, los lances de la bahía le tentaban, y el olor del agua salada y el tufillo de las carenas le seducían; y escogió aquel terreno para satisfacer sus apetitos marineros, porque allí había botes de alquiler, y lanchas abandonadas, y barcos en los careneros, y ocasión de bañarse impunemente y en cueros vivos á cualquier hora del día, y correr la escuela, y fumar con entera tranquilidad, y muy principalmente porque otros chicos de su pelaje andaban también por allí muy á menudo: ventajas todas que no podían hallarse reunidas ni en la Dársena ni en los cañones del Muelle. Sólo la Maruca las ofrecía alguna vez; y por eso iba también, de tarde en tarde, á la Maruca.

Por lo que hace á su amistad con los raqueros, no había otro remedio que elegir entre ella y la fatiga de entrar en su terreno por la fuerza de las armas, lo cual era algo pesado y expuesto para hecho diariamente. Por lo común, se hacía la primera vez. Después se firmaban las paces, y se vivía tan guapamente con aquella pillería, cuidando de tenerla engolosinada con cigarros y cualquiera chuchería de la ciudad, especialmente á Cuco, que, por su corpulencia y barbarie, era el más temible en sus bromas, aunque, á su modo, fuera sociable y cariñosote.

Y como Silda iba apegándose más y más á la vida regalona del Muelle-Anaos, y sus ausencias de casa eran más largas cada día, y el Cabildo no parecía acordarse de dar la ofrecida ayuda de costas, y la familia de Mocejón estaba resuelta á no mantener de balde á una chiquilla tan inútil y rebelde, ocurrió una noche lo de la tunda aquélla, que obligó á Silda, que tantas había sufrido ya, á largarse á la calle y á dormir en una barquía, por no querer aceptar la oferta que, al bajar, la hizo al oído el bueno de tío Mechelín, marinero que, con su mujer, tía Sidora, ocupaba la bodega, ó sea la planta baja de la casa.

Y como es preciso hablar algo de esta nueva familia que aparece aquí, y el presente capítulo tiene ya toda la extensión que necesita, quédese para el siguiente, en el cual se tratará de ese asunto... y de otros más, si fuere necesario.

IV

DÓNDE LA DESEABAN

Todo lo contrario de Mocejón y de la Sargüeta, así en lo físico como en lo moral, eran Mechelín y tía Sidora. Mechelín era risueño, de buen color, más bien alto que bajo, de regulares carnes, hablador, y tan comunicativo, que frecuentemente se le veía, mientras echaba una pipada á la puerta de la calle, referir algún lance que él reputaba por gracioso, en voz alta, mirando á los portales ó á los balcones vacíos de enfrente, ó á las personas que pasaban por allí, á faltas de una que le escuchara de cerca. Y él se lo charlaba y él se lo reía, y hasta replicaba, con la entonación y los gestos convenientes, á imaginarias interrupciones hechas á su relato. También era algo caído de cerviz y encorvado de riñones; pero como andaba relativamente aseado, con la cara bastante bien afeitada, las patillas y pelo, grises, no precisamente hechos un bardal, y era tan activo de lengua y tan alegre de mirar, aquellas encorvaduras sólo aparentaban lo que eran: obra de los rigores del oficio, no dejadez y abandono del ánimo y del cuerpo. Entonaba no muy mal, á media voz, algunas canciones de sus mocedades, y sabía muchos cuentos.

Su mujer, tía Sidora, también gastaba ordinariamente muy buen humor. Era bajita y rechoncha; andaba siempre bien calzada de pie y pierna, vestida con aseo, aunque con pobreza, y gastaba sobre el pelo pañuelo á la cofia. Nadie celebraba como ella las gracias de su marido, y cuando la acometía la risa, se reía con todo el cuerpo; pero nada le temblaba tanto al reirse como el pecho y la barriga, que, tras de ser muy voluminosos de por sí, los hacía ella más salientes en tales casos, poniendo las manos sobre las caderas y echando la cabeza hacia atrás. Pasaba por regular curandera, y casi se atrevía á tenerse por buena comadrona.

Nunca había tenido hijos este matrimonio ejemplarmente avenido. Tío Mechelín era compañero en una de las cinco lanchas que había entonces en todo el Cabildo de Arriba, en el cual abundaron siempre más las barquías que las lanchas, y tía Sidora estaba principalmente consagrada al cuidado de su marido y de su casa; á vender, por sí misma, el pescado de su quiñón, cuando no hubiera preferido venderlo al costado de la lancha, y acompañar, á jornal, en la Pescadería, á alguna revendedora de las varias que la solicitaban en sus faenas de pesar, cobrar, etc. El tiempo sobrante le repartía en la vecindad de la calle, recetando cocimientos aquí, restañando heridas allá, cortando un refajo para Nisia ó frunciendo unas mangas para Conce... ó «apañando una criatura» en el trance amargo.

Como no había vicios en casa, ni muchas bocas, tía Sidora y su marido se cuidaban bastante bien, y hasta tenían ahorradas unas monedas de oro, bien envueltas en más de tres papeles, y guardadas en lugar seguro, para «un por si acaso.» Los domingos se remozaban, ella con su saya de mahón azul obscuro; medias, azules también, y zapatos rusos; pañolón de seda negra, con fleco, sobre jubón de paño, y á la cabeza otro pañuelo obscuro. Él, con pantalón acampanado, chaleco y chaqueta de paño negro fino, corbata á la marinera, ceñidor de seda negra y boina de paño azul con larga borla de cordoncillo negro; la cara bien afeitada, y el pelo atusado... hasta donde su aspereza lo consintiera.

Todas estas prendas, más una mantilla de franela con tiras de terciopelo, que usaban las mujeres para los entierros y actos religiosos muy solemnes, las conservaron hasta pocos años há, como traje característico y tradicional, las gentes de ambos Cabildos de [mareantes].

Con una moza del de Abajo llegó á casarse (¡raro ejemplar!) un hermano de Mechelín, que era callealtero, como toda su casta. ¡Bien se lo solfearon deudos, amigos y comadres! «¡Mira que eso va contra lo regular, y no puede parar en cosa buena! ¡Mira que ella tampoco lo es de por suyo ni de casta lo trae!... ¡Mira que Arriba las tienes más de tu parigual y conforme á la ley de Dios, que nos manda que cada pez se mantenga en su playa!... ¡Mira que esto y que lo otro, y mira que por aquí y mira que por allá!»

Y resultó, andando el tiempo, lo anunciado en el Cabildo de Arriba; no, á mi entender, porque la novia fuera del de Abajo, sino porque realmente no era buena «de por suyo,» y se dió á la bebida y á la holganza, hasta que el pobre marido, cargado de pesadumbres y de miseria, se fué al otro mundo de la noche á la mañana, dejando en éste una viuda sin pizca de vergüenza, y un hijo de dos años, que parecía un perro de lanas, de los negros. Mechelín y su mujer amparaban, en cuanto podían, á estos dos seres desdichados; pero al notar que sus socorros, lo mismo en especie que en dinero, los traducía la viuda en aguardiente, dejando arrastrarse por los suelos á la criatura, desnuda, puerca y muerta de hambre, amén de echar pestes contra sus cuñados, por roñosos y manducones, y de que el chicuelo, á medida que crecía, se iba haciendo tan perdido y mucho más soez que su madre, cortaron toda comunicación con sus ingratos parientes. Así pasaron cuatro años, durante los cuales creció el rapaz y llegó á ser el Muergo que nosotros conocemos. Muergo, pues, era sobrino carnal de tío Mechelín, en cuya casa no recordaba haber puesto jamás los pies; y su madre, la [Chumacera], sardinera á ratos, había obtenido por caridad de los que fueron compañeros de lancha de su difunto, la peseta diaria que gana una mujer por el trabajo de madrugar para la compra de [carnada] (cachón, [magano], etc.), para la lancha, á los pescadores ó boteros de la costa de la bahía. El miedo á perder la ganga de la peseta, la obligaba á ser fiel y puntual en este encargo, único que supo desempeñar honradamente en toda su vida.

¡Con cuánto gusto tío Mechelín y su mujer hubieran llevado á su lado al niño, huérfano de tan buen padre, si hubieran creído posible sacar algo, mediano siquiera, de aquella veta montuna y bravía, y muy particularmente sin los riesgos á que les exponía este continuo punto de contacto con la sinvergüenza de su madre! Porque el tal matrimonio se perecía por una criatura de la edad, poco más ó menos, del salvaje sobrino, para que llenara algo la casa, como la llenan los hijos propios, tan deseados de todos los que no los tienen. Así es que cuando comenzaron las negociaciones del padre Apolinar con tío Mocejón para que éste recogiera á Silda en su casa, los ojos se les iban á los inquilinos de la bodega detrás de la niña que jugaba en la calle; y muy tentados estuvieron más de una vez, viendo bajar al fraile de mal humor, á tirarle del manteo para llamarle adentro y decirle por lo bajo:—«Tráigala usté aquí, pae Polinar, que nosotros la recibiremos de balde, y muy agradecidos todavía.»—Pero el acuerdo era cosa del Cabildo, que bien estudiado le tendría; y además, no querían ellos que en casa de Mocejón llegara á creerse que el intento de apandarse «la ayuda de costas» ofrecida, era lo que les movía á recoger á la huérfana.

—¡Cuidao—decía Mechelín á tía Sidora,—que ni pintá en un papel resultara más al respetive de la comenencia!... ¡Finuca y limpia es como una canoa de rey!

—En verdá—añadía tía Sidora,—que pena da considerar la vida que la aguarda allá arriba, si Dios no se pone de su parte.

—¡Uva!—añadía el marido, que usaba esta interjección siempre que, á su entender, un dicho no tenía réplica.

Cuando Silda fué recogida en el quinto piso, tío Mechelín, que la vió subir, dijo á tía Sidora:

—¡Enfeliz!... ¡No tendrás tan buen pellejo cuando abajes!... ¡Y eso que has de abajar pronto!

—Lo mismo creo—respondió la mujer, muy pensativa y con las manos sobre las caderas.—Pero tú y yo, agua que no hemos de beber, dejémosla correr; y la lengua, callada en la boca, que más temo á esa gente de arriba, que á una [galerna] de marzo.

—¡Uva!—concluyó Mechelín con una expresiva cabezada, guiñando un ojo, dándose media vuelta y poniéndose á canturriar una seguidilla, como si no hubiera dicho nada, ó temiera que le pudieran oir los de arriba.

Pero desde aquel momento no perdieron de vista á la pobre huérfana, que, á juzgar por su impasible continente, parecía ser la menos interesada de todos en la vida que arrastraba en el presidio á que se la había condenado, creyendo hacerla un favor. Se condolían mucho de ella, viéndola en los primeros meses, de invierno riguroso, entrar en casa tiritando y amoratada de frío, con el cesto de los muergos al brazo, ó con la cacerola de gusanas entre manos; ó bajar del piso con cardenales en la cara, ó con el pañuelito del cuello por venda sobre la frente. Nunca la vieron llorar ni señales de haber llorado, ni pudieron sorprender entre sus labios una queja. En cambio, la lengua se le saltaba de la boca á tía Sidora con las ganas que tenía de sonsacar pormenores á la niña; pero el miedo que tenía á los escándalos de la familia de Mocejón, la obligaban á contenerse. En ocasiones, al sentir que bajaba Silda, se atravesaba el pescador ó la marinera, á la puerta de la calle, con un zoquete de pan, haciendo que comía de él, pero, en realidad, por tener un pretexto para ofrecérsele.

—¡Bien á tiempo llegas, mujer!—le decía con fingida sorpresa.—Á volver iba al arca este pan, porque no tengo maldita la gana. Si tú le quisieras...

Y se le dejaba entre las manos, preguntándole al oído:

—¿Qué tal andamos hoy de apetito?

—Una cosa regular,—decía la niña, revelando, en el afán con que apretaba el zoquete, las ganas que tenía de devorarle.

Pero no podían conseguir que se detuviera allí un instante, ni que al pasar les dijera una sola palabra de las que ellos querían oir. ¿Era miedo que tenía la niña á las venganzas de sus protectores? ¿Era dureza y frialdad de carácter?

Ellos achacaban la reserva á lo primero, y esta consideración doblaba á sus ojos el valor de las prendas morales de aquella inocente mártir.

Vieron, días andando, cómo ésta volvía tarde á casa, y averiguaron la vida que hacía fuera de ella, y los castigos que se le daban por su conducta, y las veces que había dormido á la intemperie, en el quicio de una puerta ó en el [panel] de una lancha.

—¡Y acabarán con la enfeliz criatura, dispués de perderla!—exclamaba tío Mechelín al hablar de ello.—Tan tiernuca y polida, dela usté carena por la mañana, lapo al megodía y taringa por la noche, con poco de boquiblis, y no digo yo ella, un navío de tres puentes se quebranta... ¡Fuérame yo, en su caso, pa no golver en jamás!

—Como llegará á suceder—añadió la marinera,—si Dios antes no lo remedia. ¡Eso tiene el poner, sin más ni más, la carne en boca de tiburones!

—¡Uva!

Una noche, después de haber resonado hasta en la bodega los horrores que vomitaban en el quinto piso las bocas de la Sargüeta y de Carpia contra la niña, que poco antes había llegado á casa, y dos ayes de una voz infantil, penetrantes, agudos, lamentosos, como si inopinadamente una mano brutal arrancara de un tirón á un cuerpo lleno de salud todas las raíces de la vida; después de haberse asomado á la puerta de cada guarida algún habitante de ella, no obstante lo frecuentes que eran en aquella vecindad, más arriba ó más abajo, las tundas y los alborotos, tío Mechelín y su mujer vieron á Silda que bajaba el último tramo de la escalera con igual aceleramiento que si la persiguieran lobos de rabia. La salieron al encuentro en el portal (tía Sidora con el candil en la mano), y observaron que la niña traía las ropitas en desorden, el pelo enmarañado, los ojos humedecidos, la mirada entre el espanto y la ira, la respiración anhelosa y el color lívido.

—¡Déjeme pasar, tía Sidora!—dijo la niña á la marinera, al ver que ésta le cerraba el camino de la calle.

—Pero ¿aónde vas, enfeliz, á tales horas?—exclamó la mujer de Mechelín, tratando de detenerla.

—Me voy—respondió Silda deslizándose hacia la puerta, no cerrada todavía,—para no volver más. ¡Todos son malos en esa casa!

—¡Métete en la mía, ángel de Dios, siquiera hasta mañana!—dijo el pescador, deteniendo con gran dificultad á la niña.

—¡No, no!—insistió ésta, desprendiéndose de la mano que blandamente la sujetaba,—que está muy cerca de la otra.

Y salió del portal como un cohete.

—¡Pero escucha, alma de Dios!... ¡Pero aguarda, probetuca!...

Así exclamaba tía Sidora viendo desaparecer á Silda en las tinieblas de la calle, sin resolverse á dar dos pasos en ella detrás de la fugitiva; porque el mismo Mechelín, con tener buena vista entre las mejores de los de su oficio, no pudo saber, por ligero que anduvo, si la niña había seguido calle adelante, hacia Rua Mayor, ó había tirado hacia el Paredón, ó por la cuesta del Hospital.

El lector sabe lo que fué de ella aquella noche y á la mañana siguiente, por habérselo oído referir á Andrés y haberla visto, tan descuidada y campante, en casa del padre Apolinar, junto á la Maruca, en la Fuente Santa y en los prados de Molnedo.

No habría llegado á la Maruca con Andrés y su séquito de raqueros, cuando ya el padre Apolinar, con el sombrero de teja caído sobre los ojos, la cabeza muy gacha por miedo á la luz, y los embozos del pelado manteo recogidos entre sus manos cruzadas, restregando alguna vez que otra el cuerpo contra la camisa (si es que no la había dado también, desde que salimos de su casa con el relato) y carraspeando á menudo, atravesaba los Mercados del Muelle con rumbo á la calle Alta.

Sin ser visto ¡cosa rara! de la tía Sidora, cuando menos, pues estaba abierta de par en par la puerta de su bodega, llegó al quinto piso, y llamó con los nudillos de la mano, diciendo al mismo tiempo:

—¡Ave María!

Una voz de mujer respondió una indecencia desde allá dentro; pero con tal dejo, que el exclaustrado, sin soltar de sus manos cruzadas los embozos del manteo, se rascó dos veces seguidas las espaldas, por el procedimiento acostumbrado, y murmuró, después de carraspear: