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TIPOS TRASHUMANTES

CROQUIS A PLUMA

POR

DON JOSÉ MARÍA DE PEREDA


SANTANDER

Imprenta y litografía de J. M. Martínez

SAN FRANCISCO, 15

1877

AL LECTOR.


Los pueblos, como los hombres, tienen dos fisonomías, por lo menos (algunos hombres tienen muchas): la que les es propia por carácter o naturaleza, o, como si dijéramos, la de todos los días, y la de las circunstancias; es decir, la de los días de fiesta.

La que en este concepto corresponde a la perínclita capital de la Montaña, la forma esa muchedumbre que la invade, en cada año, durante los meses del estío, para buscar en ella quién la salud, quién la frescura y el sosiego, ora en las salobres aguas del Cantábrico, ora contemplando y recorriendo el vario paisaje que envuelve a la ciudad, mientras la raza indígena la abandona y se larga por esos valles de Dios ansiando la soledad de la aldea y la sombra de sus castañeras y cajigales.

Para los que solo se fijan en la variedad de matices y en la movilidad de los pormenores, esta fisonomía es híbrida, abigarrada, indefinible e inclasificable.

Para un ojo ducho en el oficio, es todo lo contrario. Hay en ese movimiento vertiginoso, en ese trasiego incesante de gentes exóticas que van y vienen, que suben y bajan, que entran y salen, rasgos, colores y perfiles que sobrenadan siempre, y se reproducen de verano en verano, como el aire de familia en una larga serie de generaciones. ¿No es todo esto una fisonomía como otra cualquiera?

Por tal la juzgo, y muy digna la creo, por ende, de ser registrada en el libro de apuntes de quien se precie de pintor escrupuloso de costumbres montañesas.

Y como quiera que yo, si no tengo mucho de pintor, téngolo de escrupuloso, abro mi librejo, y apunto..., pero, entiéndase bien, sin otro fin que refrescar la memoria del que leyere, y con la formal declaración de que «cuando pinto, no retrato.»

LAS DE CASCAJARES.


No es aristócrata por la sangre, ni siquiera tiene un título nobiliario de los de nuevo cuño; no por haber llegado tarde al reparto de ellos, sino acaso por distinguirse más, llamándose a secas el señor de Cascajares.

El cual es un banquero, o hacendado, o contratista de alto bordo, muy rico, según la fama, que reside en Madrid, en donde, al decir de los que de allá vienen a pasar las vacaciones de verano, habita espléndido palacio en el paseo de Recoletos, o elegante casa en la calle de Alcalá, o en la del Barquillo.

Es diputado a Cortes cuantas veces quiere, y lo quiere casi siempre, porque todos los Gobiernos apoyan su candidatura, en cambio de la decisión con que él aplaude a todos los Gobiernos. Sin embargo, no es hombre político: solo se comunica con los del poder por el ministerio de Hacienda.

Su señora tiene más conexiones e intimidades que él con los altos personajes de la cosa pública. Se tutea con muchos de ellos, aunque tampoco es aficionada a la cábala ni al cabildeo; es decir, que le gusta el personaje por lo que brilla, y nada más.

Tiene tres hijas solteras, y va con ellas al gran mundo. Ni éstas son modelos de hermosura, ni la madre encaja, por ninguna parte que se la mire, en el más modesto de los moldes aristocráticos; pero, así y todo, pasan en la corte por ornamentos distinguidísimos de la alta sociedad. Lo cierto es que los Asmodeos y Pedro Fernández las citan siempre, en sus almibaradas crónicas de Madrid, en el catálogo de las bellas, discretas y elegantes.

Dos hijos varones tienen también los señores de Cascajares. El mayor es diplomático; y aunque rara vez sale de Madrid, siempre se le considera como en activo servicio, para los efectos de la nómina y del escalafón, en una de las embajadas de más categoría. El segundo, que pasa ya de los veinticinco, no se ha decidido aún por la carrera que ha de seguir. Por de pronto asiste con asiduidad al Veloz-Club y al Casino, y sabe poner cien onzas a una sota, sin que le tiemble el pulso.

Toda esta gente, más tres doncellas o camaristas, dos criados para los señoritos, un sotamayordomo, ú hombre de confianza, para el señor, dos lacayitos y un cocinero negro, vienen en el mes de Julio a Santander a habitar un piso amueblado, en la población, que paga el señor de Cascajares a razón de 8.000 reales mensuales, con la obligación de habitarle dos por lo menos, o de pagarle como si le habitara, y de reponer cuanta vajilla, ropa de camas y muebles sufran el menor deterioro en el ínterin.

Día y medio dura la mudanza, desde la estación del ferrocarril a casa, de los mundos, maletas, cajas, baúles, rollos de mantas, bastones y paraguas, que siguen a la familia de Cascajares como la estela al buque. Y se llena de baúles un cuarto del patio, y hay mundos amontonados en las gabinetes, y cajas sobre todos los veladores, y paquetes sobre todas las sillas, y maletas hasta en el mismo salón en que aquellas señoras reciben las visitas.

Tanto es el equipaje y tanta la servidumbre, que la familia no ha podido colocarse en ninguna fonda del Sardinero; y por acordarse tarde, tampoco logró establecerse en uno de aquellos amueblados chalets.

Esto tiene disgustadísimas a las niñas y desazonada a la mamá. Y no es para menos el caso. Las de Himalaya, las de Tenerife, las de Potosí, las de Chimborazo..., en fin, toda la más encumbrada aristocracia está en el Sardinero; y ellas, por consiguiente, sin sociedad. Además, mal alojadas y achicharradas de calor. (El termómetro marca 20° al sol, y cuando ellas salieron de Madrid señalaba 41 a la sombra). Gracias a que han conseguido alquilar por toda la temporada un mal carruaje que las lleva por la mañana al baño y por la tarde a pasear al Sardinero.

Así es que se las ve poco en la calle; y cuando se las ve, se observa que se mueven perezosamente, como buque en calma chicha, y miran tiendas, objetos y personas con gesto de hondo disgusto. Si alguno las saluda al paso, responden con lánguido cabeceo, que más parece desmayo que otra cosa.

Por lo común, se las halla, hechas un racimo y envueltas en transparente bata, sentadas en el mirador.

En esta ocasión y en otras varias del día, nunca les falta en la acera de enfrente una especie de guardia de honor, compuesta de los arrapiezos más encanijados y escrofulosos, pero a la vez más principales, que haya en la población. Allí, los inocentes, se pasan las horas muertas retorciéndose la inverosímil guía del incipiente bigote, exhibiendo, a fuerza de disimuladas contracciones de muñeca, los puños de la camisa, esgrimiendo las solapas de la levita para que se destaque en todo su desarrollo la curva del robusto pecho, y haciendo, en fin, cuantas evoluciones y habilidades pudiera una bestezuela amaestrada por diestro gitano para seducir al incauto feriante.

Ya hemos dicho que las de Cascajares no son bellas; pero que son distinguidas, categoría inventada en estos tiempos democráticos para colocar en ella todo lo que no es vulgo, sin ser aristocracia, no por la sangre, sino por el aire.

El efecto de esta distinción se deja conocer en el pueblo inmediatamente. En esos días es cuando se tropieza uno con alguna indígena que lleva sobre su cuerpo cierta cosa rara que llama nuestra atención; v. gr., un moño encima de los riñones, un pispajo de tul en el cogote, el pelo echado sobre los ojos, o medio vestido azul y medio de color de canario, collar de rollos de canela, o pendientes de melocotón..., cualquiera extravagancia por el estilo.

Si tenemos franqueza para tanto, y la preguntamos, deteniéndola en la calle, qué es aquello, nos responderá sorprendida:

—¿No le hace a Vd. gracia?

—Maldita.

—¡Oh! pues lo llevan mucho las de Cascajares; y en Madrid hace furor.

—¡Hola!

—¿No le gustan a Vd. esas chicas?

—¿Quiénes?

—Las de Cascajares.

—La verdad es que no me han llamado la atención...

—¡Oh! ¡pues son muy distinguidas!

Y no es otra, lector, la razón de que muchos arreos femeniles que te parecen espantapájaros por esas calles de Dios, se consideren, entre las gentes de buena sociedad, como modelos de gracia y bien caer.

¡Lo llevaban las de Cascajares!

Y es de advertir que entre los hombres que se pagan mucho del adorno exterior, sucede lo propio. Tienen también sus Cascajares distinguidos que les hacen zambullirse en unas bragas descomunales; ú oprimir el busto entre las láminas de una levita sin solapas, sin faldones, y hasta sin paño; o la mollera en un cilindro sin alas, o en unas alas sin cilindro.

Volviendo a las de Cascajares, añado que asisten a los bailes campestres, muy elegantes, pero con mal gesto; bailan poco, o no bailan nada. Son las últimas que llegan al salón, y las primeras que se retiran de él.

Y como son tan distinguidas, suspiran muy a menudo por aquel Biarritz de su alma, donde todo es chic y confortable. En cuanto a Santander, no las hace felices.

El diplomático dice «amén» a todos los discursos de sus hermanas, y no se separa de ellas en todo el día. Es autoridad de peso en asuntos de moños y vestidos; y en el ramo de modas en general, bastante más entendido que en los protocolos de la secretaría de su cargo.

Por lo que hace al otro Cascajares, se levanta a las dos de la tarde, come a las seis, se va a la ruleta, si la hay, o a timbirimba más fuerte, que sí la habrá, y no vuelve a casa hasta las tres de la mañana, viendo siempre las estrellas, aunque el cielo esté nublado; porque es de advertir que tropieza mucho en el camino.

En cambio, su papá no tiene más afán que pasear solo por el Alta; y como se acuesta temprano y madruga mucho, sólo ve a su familia a las horas de comer. Sabe que está sin la menor novedad en su importante salud, y no se mete en otras honduras. Lo mismo hace en Madrid.

Y llega a la mitad el mes de septiembre, vuelven a empaquetar los equipajes; y después de haber pagado diez visitas de las veinte que deben, tórnanse a Madrid las de Cascajares, llevándose las maldiciones de las diez familias con quienes quedan en descubierto, y dejando, en cambio, el recuerdo de su distinción entre las señoras pudientes, que las imitan en cuanto les es dable, así en el vestir como en el andar, y entre algunas inocentes cursis que sudan y se desgañitan por remedar sus frescas y turgentes sedas, con marchitos tafetanes y delebles percalinas.

LOS DE BECERRIL.


Dos taleguillos blancos llenos de ropa de muda, unas alforjas atacadas de chorizos y garbanzos, y un paraguas. Este es el equipaje de cada familia al meterse en el tren en la estación más próxima.

Cuando se apean en Santander, el padre carga con las alforjas, amen de la capa que también se echa al hombro; la madre con un taleguillo y la criatura que amamanta; una jovenzuela con el otro talego, y un rapaz de doce años con el paraguas.

Vienen a Santander porque el padre tiene dúlceras en las piernas, y dúlceras en el cuadril de la derecha; la madre, desde el último parto, añudados los gonces de la rodilla izquierda; el mamoncillo no puede echar los últimos dientes de por sí solo; la jovenzuela ha cumplido ya quince años y está pálida como la cera; el rapaz que va para doce, tiene los labios como un embudo y el cuello como un botijo, y le salen ya los lamparones por detrás de las orejas.

Por consejo del médico de Becerril de Campos, vienen a tomar los baños de mar, porque éstos han de curar todas y cada una de las dolencias enumeradas.

Con estas esperanzas y aquel equipaje, y en el orden de formación en que hemos ido citándolos, llegan a la Dársena y echan Muelle adelante con el asombro pintado en los ojos y en la boca.

El molinete que suena; el vapor que cruza la bahía; el ligero esquife que se desliza sobre las aguas, como la golondrina en el espacio; la sardinera que grita su mercancía; el coche que pasa rápido; el carretero que aturde la vecindad con las blasfemias de costumbre; el marcial arreo y las infantiles galas; sedas, tules, libreas y levitas, chaquetas y manteos... Todo esto junto y revuelto, casi en torbellino, que es lo primero con que tropiezan los ojos del viajero que desde la estación del ferrocarril se lanza, de sopetón, al Muelle en una tarde de verano, aturde y deslumbra con sobrado motivo al sedentario y patriarcal lugareño de tierra de Campos.

Pero el coche, y «los señores,» y el soldado, y «las damiselas,» todo, en fin, lo que es terrestre, cabe perfectamente en las presunciones de los de Becerril, y luego dejan de admirarlo. Lo que realmente los fascina, por de pronto y acaba por atontarlos, es lo marítimo. Les faltan ojos para contemplarlo y hasta narices para olerlo.

—Míales, míales, hijo —vocea la madre—. ¿No te lo ecía yo?... Más altos son los palos que el campanario del pueblo.

—¡Pus anda —añade el padre—, con el otro que va río abajo! Mal rayo me parta si no ahúma como si llevara los demonios aentro. ¿Qué tié que ver el tren con esto? ¡Pus ávate con el barquillico que lleva a la zaga!...

—Será la cría, padre —grita el rapaz.

—Puá que, hijo; no te diré yo que no lo sea.

—Y toas estas que están arrimaícas aquí lo paecen tamién... ¡Cristo, cuánta barca!... y allá va una cargá de cubetos... ¿Y dende esta orillica se pescará el fresco?

—¡Otra con el inocente! Eso se pesca en alta mar, borrico.

—¿Pues no es esto la alta mar?

—¡Anda si qué! ¿Pus no oístes a aquel señor que venía en el tren a la vera de tu madre, que esto es el puerto? ¡Qué tié cacer esto pa onde está la alta mar!

—Y ¿onde está esa mar?

—En cuantico alleguemos a casa, di que se ve de golpe.

Y en estas y otras por el estilo, admirando acá, exclamando allá, parándose aquí, retrocediendo en el otro lado, preguntando a este «caballero» y a la otra «buena mujer», llegan a Miranda, en cuyo barrio tienen apalabrada una habitación que les ha buscado otra familia castellana que les precedió en el viaje.

Al ver el mar desde aquellas alturas, los padres se atolondran y los hijos se estremecen, considerando que al día siguiente han de meterse todos ellos en tales honduras.

Como el barrio de Miranda es el que eligen siempre los castellanos, por la doble razón de economía y de proximidad a la playa, tienen ocasión los nuestros de hacer rancho en la misma casa en que viven, con otros paisanos instalados en ella también. De todas maneras —y por eso traen las alforjas llenas de provisiones—, siempre se ajustan sin la comida.

El primer baño no le toman sin grandes recelos, sobresaltos y serias meditaciones: los chicos lloran y los grandes tiemblan de miedo, mucho antes de temblar de frío; pero, al cabo, bien agarrados éstos a las cuerdas, y a empellones los muchachos, van entrando todos poco a poco, hasta que, después de acurrucados, les llega el agua al pescuezo. Es decir, que se quedan a la orilla, donde, al romper las olas, tras de machacarles los cuerpos como mazos de batan, les hacen sorber la arena a carretadas.

En la misma guisa que salieron del tren, exceptuando el detalle de las alforjas, van al baño y vuelven de él: con la propia capa el hombre, las mujeres con los talegos y la criatura, y el rapaz con el paraguas. La capa para arroparse, el paraguas para quitarse el sol el de los lamparones, y los taleguillos para guardar la ropa del baño.

Catorce de a media hora recetó a cada uno el médico de Becerril; pero ellos que traen muy contado el tiempo y el dinero, toman dos cada día, y así despachan en una semana, cuando no en media, echándose en remojo una hora por la tarde y otra por la mañana.

Siempre que no están en el baño, o comiendo, o durmiendo la clásica siesta, se los halla recorriendo las alturas de la costa, metiendo la cabeza en todas las grutas y rendijas de las peñas, y preferentemente escarbando los arenales para acopiar pelegrinas y caracolillos, por cuyas baratijas se perecen.

Antes de volverse a Becerril, o a Frómista, o a Amusco, al pueblo, en fin, de Castilla, del cual procedan, bajan dos veces a la ciudad: una para verla y comprar a la chica unas arracadas de cascaritas, y otra para visitar, por adentro, un vapor-correo, y, si le hubiere en el puerto, un barco de Rey.

Por lo demás, son los bañistas más metódicos y decididos de cuantos se zambullen en el Cántabro. Ni en los días de más resaca perdonan el remojón. De manera que si también en la hidroterapia obra la fe prodigios, estas buenas gentes se vuelven a Becerril tan sanas como corales.

EL EXCELENTÍSIMO SEÑOR.


Una semana antes de suspenderse, por razones de alta temperatura, las sesiones de las Cortes, pronunció un discurso de abierta oposición a la política del Gobierno. Tres días después se trasladó a Santander con su señora, luciendo todavía los tornasoles de la aureola en que le envolvió aquel triunfo parlamentario. No hay que decir si llegaría hueco y espetado, él que, por naturaleza, es grave y repolludo.

Como ni S. E. ni su señora piensan tomar baños de mar, sin duda por aquello de que de cincuenta para arriba, etc..., refrán cuya primera parte les coge por la mitad, no han querido alojarse en el Sardinero; y como tampoco quieren el bullicio y las estrecheces del cuarto de una fonda, se han acomodado en una modesta casa de huéspedes, ocupando la mejor sala con el adjunto gabinete.

Su Excelencia sale a la calle con zapatos de cuero en blanco, sombrero hongo de anchas alas, cómoda y holgada americana, chaleco muy abierto y tirillas a la inglesa.

Siempre camina lento y acompasado, con las manos cruzadas sobre los riñones, y entre las manos la empuñadura de cándida sombrilla. Nunca va solo; generalmente le acompañan cuatro o seis personas de la población, y de sus ideas políticas.

Marchan en ala, y el personaje ocupa el centro de ella.

A cada veinte pasos hace un alto, y el acompañamiento le rodea. Es que va a tocar uno de los puntos graves de su discurso; porque es de advertir que S. E. no gasta menos, ni aun para diario.

Y, en efecto; si un oído indiscreto se acerca entonces al grupo, percibirá estas, ú otras semejantes palabras, dichas en tono campanudo y resonante:

—Porque, señores: los hombres que hemos adquirido la experiencia del gobierno con amargos desengaños, debemos al país toda la verdad, todo el esfuerzo de nuestro patriotismo acrisolado. Por eso, si en el Parlamento, como la Europa ha visto, fui implacable con los hombres de la situación, lo fui mucho más, lo estoy siendo todos los días en el terreno de mis personales relaciones con todos ellos. Momentos antes de salir de Madrid, decía yo al Presidente del Consejo de Ministros: «Esa que ustedes siguen es una política de aventuras; y ciegos están si no ven que con ella está el país al borde de un abismo... El país no quiere utopías; el país quiere hechos prácticos; el país quiere reformas tangibles y beneficiosas; el país quiere economías positivas; y ustedes, para corresponder a sus justos anhelos, le dan la dictadura en Hacienda, el cáos en la política y el desconcierto en todo.»

—¡Bravo! —exclamará aquí uno de los oyentes que más arriman los asombrados ojos a los crespos bigotes del orador—. Y él, ¿qué le respondió a Vd.?

—¿Qué me respondió? —replicará S. E. mirando al interpelante como si fuera a tragársele, y recorriendo luego el grupo con la vista airada, haciéndole desear por un buen rato la respuesta—. Lo de siempre: que el estado del país; que el desbarajuste de las pasadas administraciones; que los compromisos contraídos; que la demagogia; que la revolución latente; que la necesidad de cimentar las instituciones... ¡Farsa, señores, farsa todo!

—¡Pues es claro! —responderá el coro.

Y el orador, después de pasear otra vez la vista por los circunstantes, sin añadir una sola palabra, erguirá la cerviz, fruncirá el ceño, y continuará su paseo.

Y así hasta el infinito.

Por la noche, aquellos mismos complacientes y complacidos caballeros le acompañan al Círculo de Recreo; y dicho se está que le llevan, medio en triunfo, al salón del Senado, venerable mansión donde, al revés de la cárcel del mísero Cervantes, «toda comodidad tiene su asiento y ni el más leve ruido hace su habitación.»

Allí se levantan los más autorizados señores al ver al recién llegado, cédenle la poltrona presidencial; y, alargando tirios y troyanos el pescuezo y los hocicos (intentique ora tenebant, que dijo el otro) dispónense a escuchar, sin perder sílaba, la quincuagésima octava variante sobre el consabido tema...

Que sigue y se reproduce también en el camino del Sardinero, que gusta S. E. de recorrer a pie, muy a menudo.

Y así va corriendo la temporada, salpimentando sus solaces con tal cual visita a éste o al otro personaje que veranea en la playa, o pasa de largo para el extranjero.

Al fin del verano se le lleva un día a ver el Instituto, y otro a la Farola de Cueto, que, por lo visto, es todo lo monumental que aquí tenemos, digno de que lo vean esos señores; y hasta el año que viene, si para entonces no está S. E. en candelero... o en las Marianas, que de todo se ha visto.

Cuando el personaje montó en el coche que le llevó a visitar la Farola, se notó que le acompañaba una señora, sobrado vulgar de aspecto, y nada joven, por las trazas. Aquella señora era la suya; y entonces se la vio en público por primera vez.

Extrañó mucho la gente reparona que un señor de tal fachada y de tantos requilorios, hubiera elegido una compañera de tan vulgar modelo.

Pero estos reparones no reparan que los hombres no nacen para ser personajes como los príncipes para ser reyes; y así les sucede a muchos lo que al cosaco Kalmuff, que «como no esperaba llegar a sargento, descuidó un poco la letra»; es decir, que como al verse abogados sin pleitos, o temporeros de una modesta tesorería de provincia, o alféreces de reemplazo, no pudieron soñar que el viento de una revolución, o los caprichos de la fortuna los colocasen en las mayores alturas del presupuesto, no se les ocurrió entonces tomar una señora de majestuoso porte, para reflejar en ella en el día de la apoteosis los relumbrones del oficio.

Mas a esto dicen también las gentes, que en España todos los hombres, en cuanto llegan a serlo, debieran prepararse para lo más grave, porque parece ser, y varios hechos lo atestiguan, que, por una rara excepción de la naturaleza, todos los españoles servimos para todo.

LAS INTERESANTÍSIMAS SEÑORAS.


Generalmente son dos: rubia la una, morena la otra; pero esbeltas y garridas mozas ambas. Arrastran las sedas y los tules como una tempestad las hojas de otoño. De aquí que unos las crean elegantísimas, y otros charras y amaneradas. Pero lo cierto es que los otros y los unos se detienen para verlas pasar, y las ceden media calle, como cuando pasa el rey.

Como nadie las conoce en el pueblo, las conjeturas sobre procedencia, calidad y jerarquía, no cesan un punto.

El velo fantástico de sus caprichosos sombrerillos, que llevan siempre sobre la cara, es el primer motivo de controversias entre el sexo barbudo. Si aquellos ojos rasgados, y aquellas mejillas tersas, y aquellos labios de rosa que se ven como entre brumas diáfanas, son primores de la naturaleza, o artificios de droguería. Esta es una de las cuestiones. Pero aunque se resolviera en favor de la pintura, no sería un dato; porque ¿qué mujer no se pinta ya?

Otra duda: ¿dónde viven? Se averigua que se hospedaron en una fonda muy conocida, a su llegada a Santander, y que permanecieron en ella tres días, durante los cuales las acompañó por la calle varias veces un inglés cerrado.

Primera deducción: que son inglesas.

A esto replica un curioso que las siguió entonces muy de cerca, que siempre hablaban por señas a su acompañante, y que le decían «aisé» para llamar su atención. Dato feroz: de él se desprende que no son inglesas, ni tienen la más esmerada educación, puesto que usan ese vocablo con que el tosco populacho bautiza a todo extranjero cuando quiere decirle algo.

Pero un joven optimista hace saber que esa palabra es compuesta de dos inglesas, muy usuales en la conversación, y que equivalen a digo yo, o mejor aún, a nuestro familiar oiga usted.

Se desecha el dato desagradable.

Ignorándose dónde viven después que salieron de la fonda, se las sigue discretamente con objeto de averiguarlo. Trabajo inútil. Como si el pueblo fuera para ellas tramoya de magia, desaparecen en el punto y hora que les convienen.

Estas contrariedades excitan doblemente la curiosidad y multiplican la suma de los curiosos y de los admiradores, cuya voracidad fomentan ellas, sin pretenderlo quizá, exhibiéndose con nuevas y más atractivas galas, y más sandunguero garbo.

A todo esto, los que las suponen de solar conocido alegan que las han visto en el teatro, en dos butacas. Pero esto es poco y equívoco.

Otros, de mejor instinto investigador, declaran que las vieron, días antes, salir de la iglesia: este es mejor dato, sin duda.

Pero otro mucho más elocuente se ofrece a los pocos días.

Se las ve en el baile campestre, lo cual, ya lo sabe el lector, constituye aquí casi una ejecutoria de limpia prosapia.

Sin embargo, todavía no resuelve ni aclara nada este dato. Asistieron a la fiesta, aunque con intachable arreo, solas como de costumbre. Se observó que no quisieron bailar, no obstante las muchas invitaciones que otros tantos despreocupados las hicieron. La incipiente juventud no se atrevió a tanto desde que notó que las damas distinguidas las miraban de reojo.

Esto era muy significativo. No pudo averiguarse, por más que se registraron al otro día los billetes de convite entregados al portero del salón, qué socio las había dado la credencial para entrar allí.

Inútil es decir que estas nuevas confusiones excitan más y más el afán de las conjeturas acerca de las desconocidas. Las señoras del pueblo comienzan a ocuparse de ellas con alguna vehemencia, y también se dividen en pareceres.

No falta ya quién asegura que son dos princesas rusas que se han propuesto darse, a todo gusto, un paseo por Europa. Pero como hay también quien afirma que hablan el castellano, y hasta con cierto dejillo andaluz, se conviene en que serán dos sevillanas de buen humor, cuyos maridos llegarán de un momento a otro.

Esta suposición coincide con el aserto de un curioso, de que, según noticia de Pedro, tomada de Juan, que a su vez la tomó de Felipe, las dos incógnitas tienen letra abierta en una casa de comercio, de las más respetables de la plaza.

Y entonces es cuando empieza a vacilar la repugnancia que hacia ellas sentía la femenil sociedad indígena. Y tanto vacila y tanto decae, que si a la sazón no asisten aquellas al más encopetado baile particular, o a la tertulia más entonada, es o porque no ha habido una disculpa para invitarlas, o porque ellas no han querido aceptar la invitación.

Tal sube y baja en el humano criterio el concepto que en él se forjan los hombres... y las mujeres, dejándose seducir por las apariencias.

Un día se observa que al pasar junto a uno de esos forasteros bullidores y omniscientes, en lo que respecta a pueblos, tipos y costumbres, y de quien hablaré al lector más adelante, le sonríen con inusitada familiaridad, a cuyo agasajo corresponde él flagelando el vestido de la rubia con dos golpecitos de bastón.

Entonces se le asedia, se le acosa, se le marea con preguntas de todos los colores.

Asómbrase el interpelado del asombro de los interpelantes, y dales una respuesta brevísima.

—¡No es posible! —se le replica.

—Con verlo basta, caballeros.

Desde el día siguiente se las mira en la calle como a gente conocida, y se observa un hecho bien opuesto a todo lo usual y corriente en el trato social; y es a saber, que a medida que van ellas ensanchando sus relaciones entre los antes codiciosos de sus miradas y preferencias, van éstos escatimándoles sus atenciones en público; es decir, que más se aíslan cuanto más se comunican.

Muy poco tiempo después tiene lugar el completo eclipse de estos dos astros, que aparecieron entre los de primera magnitud.

Y llamo completo al eclipse, porque se necesita un ojo muy avezado a la observación para distinguirlos, de vez en cuando, en las alturas de un palco segundo del teatro, oscurecidos ya por la luz de una candileja; o describiendo, como fuegos fatuos, caprichosos giros y recortes en el Muelle, al desembarcar en él los indianos de un vapor-correo.

UN ARTISTA.


—¿Gusta Vd. que le sirva, cabayero?

—Sí, señor.

—Sírvase Vd. tomar asiento aquí... ¿Qué va a ser?

—¿Cuál?

—Digo si gusta Vd. cortarse, rizarse...

—Quiero que me afeiten.

—Al momento, cabayero... ¿Le gusta a Vd. así el respaldo? ¿Quiere Vd. que le suba..., que le baje?

—No, señor.

—Muy bien. ¿Fría, o caliente?

—Como a Vd. le dé la gana, con tal que me afeite pronto y bien.

—¡Oh! como una seda, cabayero... Un poquito más alta la barbiya, si Vd. gusta... Así... ¿Qué calores tenemos, eh? ¡Cómo se estará asando aquel Madrí!... ¿Hace mucho que no ha estado Vd. por Madrí, cabayero?

—Y ¿qué sabe Vd. si yo he estado allá alguna vez?

—¡Oh! yo le conozco a Vd.

—Pues que sea por muchos años.

—Sí, señor. Cuando vino Vd. a cortarse el pelo anteayer, me lo dijo el chico que le sirvió a Vd.

—Es decir, que es Vd. nuevo en esta peluquería.

—Ocho días hace que llegué de Madrí.

—Como en verano se aumenta la parroquia...

—No, señor: yo he venido de placer; quiero decir, a baños.

—Vamos, afeita Vd. por recreo.

—Hágase Vd. cuenta que sí; porque lo que sucede es de que al saberse que yo había venido, me solicitó el maestro; y yo, por hacerle un favor...

—Ya lo comprendo.

—Como a mí, en dejándome tiempo para bañarme, una hora para el café y otras dos para ir con los amigos al paseo, no me hace falta el resto del día...

—¿Y todos los años viene Vd. a bañarse aquí?

—No, señor. Esta es la primera vez; pero otros amigos de mi arte han venido otros veranos, y me han hablado muy bien de este pueblo. Lo demás, yo siempre he salido a San Sebastián. Hay muy buena sociedad allí.

—De modo que Vd. no piensa quedarse todo el año en esta barbería.

—¡Qué ha dicho Vd! ¡Dejar yo aquel Madrí... Madrí de mi alma!... Desengáñese Vd. cabayero; nosotros, los artistas, acostumbrados a aquel mundo, no servimos para provincias.

—Según eso, nacería Vd. allí.

—Naturalmente, cabayero.

—Lo supongo; y supongo también que será extremada la necesidad que tiene Vd. de los baños de mar, cuando sale Vd. todos los veranos a una miserable provincia para tomarlos.

—Yo le diré a Vd. lo que hay. Mi papá estuvo en Ultramar muchísimo tiempo desempeñando un buen destino, y a los dos años de venir él de allá, nací yo... Por cierto que mi mamá tuvo un parto atroz... ¿Hace daño?

—¿Cuál, hombre?

—La navaja.

—Va «como una seda.»

—Es claro... Pues verasté. Yo me crié muy delicadito, y los médicos decían que unos tumores como puños que me salían en salva la parte, eran escrúfulas, ínticas a las que papá había traído de América.

—Pero las llevaría ya de España.

—No señor, los cogió allá.

—Yo creía que las escrófulas no se adquirían así tan de repente.

—Por eso decían los médicos, cabayero, que cuando las escrúfulas se cogen de golpe y a esa edad, ya no se sueltan; y a más a más se pegan.

—Ya me voy enterando.

—Como que mamá, que nunca las había tenido de joven, se fue a la sepultura llena de ellas... Pues verasté: y criándome yo tan delicadito, dijeron los médicos que necesitaba poco trabajo y mucho baño de mar. Por eso nunca pude ir al colegio; que, por lo demás, mi papá quería que yo estudiara para ingeniero. Pero papá era muy liberal, y murió en la Plaza de la Cebada... de un tiro, cuando la revolución del cincuenta y cuatro. Entonces mi mamá no pudo con el susto, se le metieron en el cuerpo las escrúfulas, y murió también. Quedándome yo huérfano y con pocos recursos, me dediqué a este arte, y con él voy viviendo, gracias a los baños de mar que tomo todos los veranos... ¿Quiere Vd. que le descañone?

—Haga Vd. todo lo de costumbre.

—Y Vd., cabayero, ¿no se da luego una vuelta por Madrí? Conocerá Vd. allí mucha gente.

—No tanta como Vd.

—¡Oh! yo conozco a todo el mundo... Sobre todo, artistas y literatos.

—¡Anda!

—No sé si vendrá este año por aquí Benito.

—¿Qué Benito?

—Galdós.

—Parece que le trata Vd. con mucha confianza.

—Muchísima. Cuando salí de Madrí quedaba él dando las últimas plumeadas a un libro muy bonito que va a publicar en seguida.

—Se le leería a Vd.

—Porque yo no quise que se molestara, no me le leyó; pero hablamos de él, así, por encima.

—Vamos, le gustará su parecer de Vd.

—Aunque yo no debiera decirlo... ¿No ve Vd. que no se riza con nadie más que conmigo?

—Es extraño eso; porque yo juraría que gasta el pelo rapado.

—Efectivamente: pero yo me refería a la barba.

—Siempre se la vi afeitada.

—Pues se la afeito yo, cabayero.

—¡Ah! ya.

—Y la misma intimidad tengo con Adelardo Ayala. Pues ¿y con Campoamor?... El primero que le dio la mano cuando se echó el último dracma suyo, fui yo. «Gracias, chico —me dijo—, y créete que estimo tu enhorabuena como la mejor.»

—De modo que trata Vd. a toda la literatura por debajo de la pata.

—Hágase Vd. cuenta que a toda... ¡Qué chicos! Tienen la gracia de Dios... Pues ahí está Lagartijo que dice en el Imperial a voz en cuello, que la tarde que no estoy yo en la plaza no sabe dar un volapié. ¡Ese sí que tiene sombra!

—¿El Imperial?

—No, señor, Lagartijo... Así decimos en Madrí... Cosas de esos chicos del Gil Blas. Aquí, en provincias, tiene uno que mirarse mucho para hablar, porque enseguida se escama la gente.

—Ya ve Vd., la ignorancia...

—Es natural; porque no están, como uno, al tanto de las cosas del día..., pero allí, aunque no se quiera, hay que estruirse... Misté, cabayero; yo estoy todo el año en la peluquería de Prats, que es la mejor de Madrí. Allí el literato; allí el músico; allí el diputado... Para que Vd. vea: ocho días antes que Salaverría leyera en las Cortes los presupuestos últimos, sabia yo todo aquello del recargo que tanto dio que hablar. Lo mismo me sucedió con lo de los fueros. Así es que yo tengo a montones las papeletas para las trebunas de orden; y si no voy a todas las sesiones, es porque, para mí, todo lo que no sea hablar Emilio, o Roque Barcia...

—De modo que es Vd. de los que llaman «de la cáscara amarga.»

—Pues ahí verá Vd... No, señor. Por de pronto, yo no soy ya hombre de opinión, porque los desengaños me han hecho ateo en política; pero, de estar por alguno, más bien estoy por los de guante blanco, que, al cabo, se peinan y se afeitan, y son, como el otro que dice, parroquianos de uno. Es que esos oradores yo no sé qué tienen para mí. Bien séase que no los entiendo, o que lo dicen con cierto... Vamos, ello es que me llevan detrás, como si me dechizaran... Aquí, en provincias, estarán ustedes poco al tanto de esas cosas.

—Nada, hombre, nada.

—Es natural. Les falta el roce y la... Allí da gusto; de todo se trata y en todo se ilustra la persona... ¿Descañono más?

—Está bastante.

—¿Fría, o caliente?

—De la más fría.

—Tenga Vd. la bondad de ensugarse con esta toballa. Le daré a Vd. unos golpes de peine.

—¿En dónde?

—En el pelo... ¡Oh, cabayero, qué antigua es ya esa moda que Vd. lleva! Ahora, en Madrí, todos los chicos distinguidos llevan el pelo en bandós...

—Sí, ¿eh? Pues deje Vd. lo mío como está, y así seré mucho más distinguido.

—Como Vd. guste, cabayero... ¿Conque también tienen ustedes ya tranvía?

—Así parece.

—Han querido imitar al de Madrí. ¡Aquel sí que es tranvía!

—Mejor que éste, ¿eh?

—¡Qué tiene que ver! Sin embargo, cabayero, para una provincia, éste es todo lo que se puede pedir.

—Ya me hago cargo. Además, aquel recorre sitios más amenos.

—¡Muchísimo más! Recoletos, la calle de Alcalá, la Mayor, Palacio, el barrio de Pozas..., todo Madrí; conque, figúrese Vd.

—Al paso que aquí, Molnedo, San Martín, la Magdalena, el Sardinero...

—Eso es: mucho prado, mucha mar..., rústico todo. Pero no hemos de pedir en una provincia las ventajas de un Madrí. ¡Cuántas tiene Vd. en España todavía mucho más atrasadas que ésta! Pero ya irán ustedes entrando poco a poco. Por de pronto, la buena sociedad madrileña que les visita todos los veranos, ya adorna esto, y algo ilustra. Misté; el domingo fui yo en el tranvía, y se me figuraba que estaba en Madrí. Todos los pasajeros éramos de allá, y todos conocidos. Así es que la gente se nos quedaba mirando cuando nos apeamos.

—¡Qué le parece a Vd.!

—Lo mismo me sucede cuando voy por las mañanas a tomar el baño. Toda la gente que anda por el arenal y por la galería, somos de Madrí. De modo que todo se le vuelve a uno saludar. Le digo a Vd., cabayero, que algunas veces me parece que estoy en el Prao, y me da tristeza.

—¿Por qué, hombre?

—Ya ve Vd. la diferiencia. Cuatro peñascos, un arenal y un poco de agua. Compáreme Vd. esto con aquel gentío de carruajes, con aquellos palacios y aquel vaivién de sociedad, que a veces no cabemos en el salón..., porque, créame Vd., cabayero, aquello es la mar de elegancia... Esto no es decir que el Sardinero sea del todo malo, pues, para una provincia, no puede pedirse más; pero desengáñese Vd., a los que estamos hechos a aquel Madrí... ¡Ay, Madrí de mi alma!... Está Vd. servido, cabayero.

—Muchas gracias, amigo.

—Me alegraré haberle dado gusto.

—Pues vaya Vd. alegrándose.

—Ya lo sabe Vd.; por ahora, desgraciadamente, aquí; desde el mes que viene, calle del Carmen, peluquería de Prats, para cuanto se le ocurra.

—No olvidaré las señas. Conque agur, y aliviarse de las escrúfulas.

—Tantísimas gracias... Beso a Vd. su mano, cabayero.

UN SABIO.


Al siguiente día de su llegada a Santander, o acaso sin sacudirse el polvo del camino, dáse a conocer en tertulias y corrillos diciendo, con la mayor impavidez, que España es un país de estúpidos, y que la capital de la Montaña es el último rincón del país, puesto que no hay un solo montañés que conozca la telematología, ni la filosofía del sentimiento estético en sus relaciones con la actividad del yo pensante, en, dentro, sobre, sobre en y por debajo de la conciencia universal. Pero esta ignorancia no le sorprende en un pueblo en que todavía oyen misa los hombres que se llaman ilustrados, y desconocen a Jeeéguel (muy arrastrada la J) o Hegel, como decimos las personas vulgares.

Y ahora que el lector sabe algo sobre la venida de este huésped, voy a decirle otro poco acerca de su procedencia.

La humana debilidad tiende, por instinto, a lo más cómodo, hacedero y comprensible.

Por eso a los grandes apóstatas, aunque arrastrados a la apostasía por el demonio de la soberbia, o de la codicia, o de la concupiscencia, nunca les han faltado inocentes que formen su cortejo.

Pero llegó el siglo XIX, hijo legítimo de la glacial filosofía del XVIII, y la masa dócil a tantas voluntades durante tantos siglos de controversias y de charlatanes, endurecióse como el mármol, y hasta el más lerdo se convenció de que en estos días esplendorosos, de luz y de pronunciamientos, ya no cabe el cisma, por la sencilla razón de que el que se separa de la verdad católica no es para proclamar otra creencia, sino para dudar de todas; y dudar de todas equivale a carecer de entusiasmo, que es hijo de la fe; y careciendo de fe y de entusiasmo, no cabe la disputa, ni por consiguiente la escuela. Es decir, que los disidentes de la verdad «ya no creen en brujas,» o, hablando más en carácter de época, están «curados de espantos,» en plena despreocupación. Deducción lógica de esto: No puede darse una ocasión que sea menos a propósito que la presente para fundar sectas religiosas y sistemas filosóficos.

Pues bien, lector; en ninguna otra, desde que el mundo es mundo, se han hecho mayores esfuerzos para arrastrar a la razón humana a los extremos que más la repugnan; jamás se ha visto mayor cúmulo de desatinos presentados como armas de seducción, unos en el campo religioso, otros en el filosófico y otros en el de la política; siendo inútil advertir que todas estas agrupaciones, tan diferentes entre sí, coinciden en un punto: el consabido odio a las viejas instituciones y creencias.

Ni de los fundadores, ni de los pontífices, ni de los apóstoles (aunque todo ello suele andar en una sola pieza) de estas doctrinas, ni siquiera de los adeptos que lo sean de veras, voy a ocuparme aquí, gracias a Dios.

Pero es el caso que alrededor de estas colmenas de insípida melaza, bulle de continuo un enjambre de zánganos impresionables, que, so pretexto de un amor desmedido a lo nuevo y a lo fuerte, pero incapaces de elaborar cosa propia, aunque sea mala, van chupando, a hurtadillas, cien desatinos de la filosofía, cincuenta extravagancias de lo religioso y doscientas majaderías de la política; y con estas provisiones en el buche, mal digeridas, así por falta de jugos como por la indigesta condición de lo engullido, échanse zumbando por esos mundos de Dios, y aún pretenden elevar su vuelo hasta las águilas, porque les han dicho que aquello que les nutre el menguado entendimiento se llama ciencia moderna.

Uno de estos sabios es el huésped consabido.

Y ya que tampoco ignoras de dónde viene, continúo leyéndote todas las señas particulares de su pasaporte.

Generalmente es tipo por su figura, o por el corte de su vestido, y joven; porque no se concibe que pueda llegar nadie a la edad de las canas con tantos grillos en la cabeza.

Ni la experiencia, ni la erudición más vasta en el campo de los viejos sistemas, le merecen el menor respeto; porque él ha asistido durante dos meses a una cátedra de filosofía krausista en la universidad de Madrid, y sabe, por boca de uno de los oráculos españoles de esta escuela alemana, que «cada filósofo debe construir su propia ciencia sin necesidad de abrir un libro.» Y tan al pie de la letra ha tomado el consejo, a tal extremo ha llevado el asco a los libros, que ni siquiera conoce la gramática castellana.

Ya hemos visto, al dársele a conocer al lector, qué desparpajo le presta o le infunde esta ilustrada ignorancia; mas como aquella tesis la repite donde quiera que halla tres hombres reunidos, y como no es raro que entre tantos haya muchos a quienes sobre de buen sentido lo que les falte de ciencia moderna, su temporada de verano es una pelea sin tregua ni sosiego.

Porque es de advertir que, aunque de pronto se le escucha como quien oye llover, una vez metido en barro ya no hay paciencia que sufra tantas salpicaduras al sentido común, única ciencia, a mi entender, que se construye sin abrir un libro, por la sencilla razón de que no hay libro que enseñe a construirla cuando Dios ha negado a alguno la materia prima.

Sin este lastre en la cabeza, claro es que, como todo lo henchido de aire, o menos pesado que él, este sabio, no bien se agita un poco, ya está dando tumbos por el espacio y perdiéndose de vista en el infinito. Por eso lo primero que discute, y con doble afán si hay mujeres en el auditorio, es a Dios, es decir, al Dios de las viejas creencias.

Eso de Dios Trino y Uno, tiénelo él por logomaquia.

La conciencia humana no siente este concepto absurdo; la mente, por tanto, no le penetra, no le alcanza.

Entonces es la ocasión de echar atrás las solapas del levisac, poner la cara hosca, y lanzarse sobre los ignorantes con este párrafo que, según el sabio, es claro, perceptible y concluyente:

«Dios es el absoluto ser, en su total unidad e integridad, como lo que es y de lo que es, en la esencial sustantiva unión y composición del ser y del existir, del conocer y del pensar, dándose y determinándose en, dentro y debajo de la unidad, sabiéndose de sí, para sí y consigo, congrua, individual y homogéneamente, antes y sobre toda determinación concreta de la materia caótica en tiempo y espacio, medio en que lo objetivo y lo subjetivo recíprocamente comulgan.»

En seguida apoya su aserto con la autoridad de los santos padres, o pontífices de su iglesia, Krause, Sanz del Río y Salmerón, mira en derredor de sí con cara de lástima, y pasa a otra cosa.

Nada le repugnaba tanto cuando él era católico «por no disgustar a su pobre madre que creía como una inocente todas esas cosas,» como los milagros, lo sobrenatural: y lo del premio y el castigo inmediatos a la muerte del cuerpo, ni más ni menos que si Dios llevara una cuenta corriente a cada una de sus criaturas. Esto es empequeñecer la idea, agraviar a la razón humana que es un destello divino, etc., etc.

Y he aquí que comienza a cantar endechas al espiritismo, de cuya secta se declara partidario y hasta miembro integrante. Y siendo espiritista, cree, por ende, y así lo manifiesta, que los espíritus vagan por el espacio, ramoneando de planeta en planeta, como carneros trashumantes, para purificarse por una serie de trasmigraciones, hasta que Dios los llame junto a sí, después de juzgarlos dignos de Él: cree, por tanto, en los metaespíritus, y que el hombre está en la tierra, de tránsito, procedente ya de otro planeta, o de otra criatura de diferente condición social o naturaleza, y ni siquiera niega que pueda él mismo haber sido asno tiempos atrás, por más que —¡otro contrasentido!— no le guste que se lo llamen. En fin, repugnándole todo lo sobrenatural, y hasta negándolo con indignación, nos cuenta entusiasmado que se pasa las horas muertas hablando mano a mano con el espíritu de Confucio... o con el de Sancho Panza (pues inspirados eruditos hay en la secta que se lo han tragado), si es medium, por su propia virtud, y si no, por el del hermano que la posea; y le cuentan que esto está perdido, y que la Iglesia caerá, y que prevalecerá lo que quieran Bassols, Solanot y otros cuantos apóstoles de la doctrina famosa... Y todo esto y mucho más se lo cuentan en parábolas y rengloncitos entrecortados, que necesitan luego una interpretación no poco ingeniosa.

También en este trance tapa la boca a los incrédulos que se ríen al oírle, con nombres propios. En seguida enjareta una letanía de los más sonados en España entre políticos y militares, los cuales sujetos hacen lo mismo que él, y aliquid amplius, en esas conferencias con los espíritus; cuya prueba, no por ser irrecusable, porque es la pura verdad, levanta un ápice la cuestión ante el testarudo y arranciado sentido común que escucha al sabio; pues se obceca aquel inconquistable tribunal en sostener que en ninguna parte hay reunidas, en menos terreno, más extravagancias, más monomanías, más opuestas condiciones sociales que en un manicomio, y, sin embargo, a nadie se le ha ocurrido tomar por lo serio aquella algarabía de insensatos.

Indígnale también que existan todavía hombres que se llaman ilustrados sosteniendo que la raza humana, entera y verdadera, procede de Adán. Parécele absurda esta teoría; y buscando otra más verosímil, y hasta solar más noble a la humanidad, agárrase a Darwin, y pónese muy hueco al declarar con este otro sabio que el hombre desciende del mono —cosa que muchos ignorantes no negarían si todos los ejemplares de la especie fueran idénticos al preopinante—. Verdad es que el sustentar esta teoría le permite soltar la palabreja antropiscos o antropoides, que no es despreciable para un sabio de su calibre, y tapar con ella el resuello al que le pregunte por la raza que debió llenar el abismo que separa al cuadrúmano famoso, del más estúpido de los hombres.... Por eso me gustan a mí los sabios (y no aludo ahora al de mi cuento): se tropiezan en sus investigaciones con un abismo sin fondo, y le cubren con una palabra rimbombante; y saltando sobre ella, para no sentir el vértigo que les perdería, siguen adelante tan satisfechos como si la senda no tuviera un bache: todo menos retroceder ante el precipicio, para buscar otro camino más seguro y más frecuentado. Digo esto, porque la tal palabreja es la tapadera que ponen los darwinistas sobre el abismo de su peregrina teoría. ¡Como si el tal abismo no fuera para ellos toda la cuestión!

Volviendo ahora a nuestro sabio, digo que si se logra hacerle descender de esas alturas en que se mece tan a su gusto, y bajar al mundo terreno, se le ve lanzarse rápido sobre la memoria de los grandes hombres; porque ésta es de las águilas que no pierden el tiempo cazando moscas. La calidad del auditorio es lo que menos le importa.

Así, por ejemplo, al primer tratante en caldos que halla a mano, le enreda en una discusión sobre Cervantes.

Concedo —dice el generoso sabio— que no fue el autor del Quijote un hombre enteramente vulgar, teniendo en cuenta la época en que vivió; pero ¿qué materiales dejó preparados para la arquitectónica de la ciencia moderna? ¿No están sus obras impregnadas del estúpido fanatismo religioso? Lo mismo a él que a Calderón les faltó la filosofía de la estética, que les hubiera enseñado lo poco que valían sus creaciones por sí, mediante, en, con relación al idealismo trascendental, en cuanto, sobre, antes y después de.

Por el mismo procedimiento demuestra el idiotismo de Colón, la candorosa ignorancia de Agustín (como no cree en brujas, le suprime la santidad), el espíritu mezquino de Raimundo Lulio, la charlatanería de Balmes, y la sublime metafísica de las coplas de Mingo Revulgo.

Ninguno de estos hombres, ni otros infinitos que cita sin pararse en barras, hicieron cosa alguna en beneficio de la humanidad progresiva; les faltó la gran idea del símbolo, del schema, o séase la gráfica determinación en que la naturaleza y el espíritu se unen en forma de lenteja.

¿Necesito añadir que la aspiración política de este mozo es ir tan lejos como puedan llevarle las corrientes de la idea nueva, o los huracanes de la libertad de su altivo pensamiento?

Así es, en efecto; y conste que, según propia declaración, para colocarse en la senda que necesita su razón sin trabas ni cortapisas, ha comenzado por tomar en una logia masónica el nombre de Wamba, y por jurar, a oscuras, sacrificarse en cuerpo y alma a la voluntad de un superior a quien no conoce, sin que le sea lícito preguntar jamás el por qué ni el para qué de los esfuerzos que se le impongan.

En fin, lector ignorante, después de volcar este ollón de potaje religioso-filosófico-político en plazas, casinos, tiendas y cafés, es cuando el sabio, para rematar la obra, encaja este ribete, pespunteado con aires de protección y tono campanudo:

—Esto se llama, señores, estar penetrado del ideal de la humanidad; esa ciencia sublime, mediante la cual, el hombre, artista de su vida, determinándose en todas las esferas de la actividad, se hace divino en, bajo, mediante Dios.

Mas, a pesar de la sustancia de este luminoso dato, oigo al asombrado lector preguntarme: Pero ¿adónde va ese mozo con semejante galimatías en la cabeza?

¿Adónde va? En Madrid al Ateneo, si hemos de creerle.

En Santander, a lo que hemos visto, a difundir la luz; a tomar el aire... y, aliquando, a la ruleta.

Mañana... (si antes no se cura) al Limbo, que es la mansión adonde van a parar los que en vida tuvieron la enfermedad debajo del pelo.

UN APRENSIVO.


Puede ser de Rioseco, lo mismo que de Palencia o de Zamarramala. No es viejo, ni tampoco joven, ni rubio, ni moreno, ni alto, ni bajo, ni rico, ni pobre. Trajo baúl de cuero peludo y sombrerera de cartón. Hospedóse como pudo, y al día siguiente fue a entregar la carta de crédito que traía, a su orden, contra una casa mercantil de la plaza.

—¿Los señores de Tal y Cual y Compañía?

—Servidores de Vd.

—Tenga Vd. la bondad de enterarse de esta esquelita.

—Cúbrase Vd. y siéntese.

—Muchas gracias.

—¿Quiere Vd. recibir ahora la cantidad que los Sres. Morcajo y Compañía nos mandan poner a su disposición?

—No, señor; iré tomando a cuenta lo que necesite, si a ustedes les parece.

—Como Vd. guste. Y ¿cómo están aquellos señores?

—Tan guapamente... quiero decir, salvo el sobrehueso del D. Atanasio, que no le deja moverse de la silla cuatro años hace.

—Eso es lo peor. ¿Y Vd., a lo que parece, se ha venido por ahí a veranear?

—No fuera malo, señor mío. Por ese solo placer quedárame en casa, que los tiempos no están para moverse de ella. Vengo, créalo Vd., por la necesidad que tengo de tomar los baños.

—¿Y ya está Vd. instalado?

—Sí, señor: ahí paro en cá de un paisano, en Santa Clara. Mucha bestia, mucha mosca y bastante ruido hay; pero como dicen que el olor de la cuadra es bueno para el pecho, no me pesa haber encontrado eso. Yo mejor querría un parador con vistas a la mar alta; pero mire Vd. que llegué a dar hasta doce reales por un cuarto en el Sardinero, y el demontres del posaero se me echó a reír. Conque volvime ahumando a la ciudad, donde pago medio duro. Le digo a Vd. que la vida cuesta aquí un sentido. Pero la pícara necesidad de los baños...

—Pues hombre, el semblante de Vd. revela mucha salud.

—Calle Vd., por Dios, que estoy hecho una carraca vieja... Como que si en este mar no la compongo, no me queda más remedio que la huesera...

—¿Ha tomado Vd. ya algún baño?

—Si llegué ayer, de tardecita; y en un carricoche fui al Sardinero, y en el mismo me volví, ya de noche, cuando vi lo caro que andaba por allí el hospedaje. Ahora vuelvo allá a enterarme de lo tocante al baño; porque pensar que me he de meter yo en lo que no conozco, siquiera de oídas, es pensar los imposibles. Conque, si ustedes no mandan otra cosa, me alegro de verlos tan buenos, reconózcanme por un servidor, y hasta otro día, que algunos he de volver, si Dios quiere y la salud me lo permite.