NOTAS DEL TRANSCRIPTOR
El proyecto está dedicado a la memoria de Chris Sapo.
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El criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripción ha sido el de respetar las reglas de la Real Academia Española vigentes cuando la presente edición de esta obra fue publicada. El lector interesado puede consultar el Mapa de Diccionarios Académicos de la Real Academia Española.
En la presente transcripción se adecuó la ortografía de las mayúsculas acentuadas a las reglas indicadas por la RAE, que establecen que el acento ortográfico debe utilizarse, incluso si la vocal acentuada está en mayúsculas.
La cubierta del libro fue agregada por el transcriptor y ha sido añadida al dominio público.
El Índice ha sido reposicionado al principio de la obra.
Se han corregido errores evidentes de puntuación y otros errores tipográficos y de ortografía.
OBRAS COMPLETAS
DE
D. JOSÉ MARÍA DE PEREDA
OBRAS COMPLETAS
DE
D. JOSÉ M. DE PEREDA
de la Real Academia Española
Tomo VI
TIPOS Y PAISAJES
SEGUNDA EDICIÓN
MADRID
VIUDA É HIJOS DE MANUEL TELLO
1897
Es propiedad del autor.
ÍNDICE
| Página | |
| Prólogo, advertencia, preludio... ó lo que ustedes quieran | [5] |
| Dos sistemas | [17] |
| Para ser buen arriero | [49] |
| El buen paño en el arca se vende | [93] |
| La romería del Carmen | [111] |
| Las brujas | [147] |
| Los chicos de la calle | [199] |
| Blasones y talegas | [217] |
| Los baños del Sardinero | [335] |
| Ir por lana | [353] |
| Al amor de los tizones | [395] |
| Un tipo más | [427] |
| Pasa-calle | [461] |
PRÓLOGO,
ADVERTENCIA, PRELUDIO...
Ó LO QUE USTEDES QUIERAN
El asunto es que algunos de mis paisanos, muy pocos, afortunadamente, han creído hallar en más de una página de mis Escenas Montañesas motivo suficiente para que se sobrexcite y alarme su amor patrio; y que yo, que me guardaría muy bien de rebelarme contra el fallo del más incompetente crítico, á quien se le antojase apreciar aún en menos de lo poco que vale mi chirumen, como buen montañés, amante fervorosísimo de mi bella patria, no puedo, ni debo... ni quiero resignarme á no oponer algunos reparos á los escrúpulos patrióticos de los mencionados señores, antes de darles á conocer esta segunda serie de Escenas, en las cuales, juzgándolas con el criterio con que juzgaron á las primeras, han de hallar nuevas causas de resentimiento contra mi pluma, y, por consiguiente, contra la intención que la ha guiado.
El cargo que se me hace (y, por cierto, entre piropos que siento no merecer) es la friolera de haber agraviado á la Montaña, presentando á la faz del mundo muchos de sus achaques peculiares, y hasta en son de burla algunos; es decir, con delectación pecaminosa.
Confieso que no ha podido hacérseme una imputación más cruel, ni más injusta, ni que más me lastime. Cruel, porque lo fuera, aun siendo muy notoria la perversidad del alma de un hijo, acusarle de ser capaz de hallar deleite en burlarse de su propia madre; injusta, por lo que vamos á ver.
De dos maneras puede representarse á los hombres: como son, ó como deben ser. Para lo primero, basta el retratista; para lo segundo, se necesita el pintor de genio, de inspiración creadora. Concedo sin esfuerzo que el mérito de éste es superior, en absoluto, al de aquél; pero que, tratándose de dar á conocer á un individuo, haya de representársele como debe ser y no como es, no lo concedo aunque me aspen.
Retratista yo, aunque indigno, y esclavo de la verdad, al pintar las costumbres de la Montaña, las copié del natural; y como éste no es perfecto, sus imperfecciones salieron en la copia.
Á este modo de pintar es á lo que se ha llamado, por algunos montañeses, delito de lesa patria.
Un pintor del riñón de Castilla se decide un día á copiar en el lienzo á su país; pero tiende por él la vista, y observa que el suelo es árido y monótono; que no le cruza un mal arroyo, ni le sombrea un árbol, ni le limita una montaña; teme que la representación de aquella sábana de tierra calcinada y de cardos agostados infunda un sentimiento de repulsión en el ánimo del observador del cuadro, y que por éste se adquiera mala idea de la poesía del famoso granero de España; y sin pararse en barras, copia, de todo lo que ve, un grupo de casas que no ofrecen mal aspecto, dos recodos de una era, media docena de borregos y una mula, y echa por en medio un río como el Misisipí que baja de unas montañas como los Andes, y adorna las orillas con sauces y naranjos, y tapiza el suelo con flores y césped, y hasta le puebla de zagales, cuyos modelos busca en un abanico. En seguida escribe debajo: «Panorama de Amusco», y expone el paisaje al público como un cuadro de costumbres castellanas. ¿Sería este sistema de retratar la naturaleza más patriótico que el mío? Sería lo que ustedes quieran; pero el sentido común siempre vería en un cuadro tal, con semejante rótulo, un embuste ridículo, una mentira bien ociosa.
Otro caso.—Un señor, que sería el tipo de la hermosura si no tuviera un ojo huero, y una verruga en la nariz, y un lobanillo en la frente, y una cicatriz en los labios, va á retratarse; pero el retratista, por amor al modelo, ó por adularle quizá, no reproduce en el lienzo ni el ojo huero, ni la verruga, ni el lobanillo, ni la cicatriz: antes al contrario, pinta dos ojos como dos luceros, y hasta exagera la corrección de los demás detalles de la cara. Concluida así la obra, quiere sorprender con ella á los deudos y amigos del retratado: examínanla atentamente, admiran todos la belleza del modelo; pero ninguno de ellos le conoce. ¿Puede el retratado, sin ser tonto de remache, deleitarse contemplando la supuesta imagen suya?
Pues bien: supongamos ahora que yo hubiera tenido ingenio bastante para componer un libro de leyendas poéticas y edificantes, llenas de madres resabidas y sentimentales, de padres eruditos y elocuentes, y de hijos galanes, trovadores y sensibles como los pastores de la Galatea; quiero imaginarme que, al pintar el concejo de mi tierra, hubiera arrojado de él al tío Merlín, y puesto por tema de discusión, en vez del que allí se ventiló bajo la impresión de una suspicacia casi estúpida y de una malicia lamentable, tal cual égloga de Virgilio ó artículo del Código penal, como para una asamblea de académicos escrupulosos ó de sabios legisladores; supongamos que, en lugar de exhibir á la familia del tío Nardo vendiendo hasta las tejas para echar á América al niño Andrés con la esperanza de verle tornar un día rico é influyente, sin hacerse cargo de los infinitos ambiciosos montañeses que han perecido hambrientos y abandonados en aquellas regiones, hubiera pintado un indiano poderoso en cada casa, arrojando sin cesar talegas de onzas por la ventana y atando los perros con longaniza; supongamos también que, en vez del sencillo mayorazgo Seturas, hubiera presentado un patriarca venerable explicando, bajo los bardales de una calleja, las maravillas de la botánica y de la astronomía, deteniéndose extáticos, ante la majestad de su palabra, los tardos bueyes, los fieles canes y los rizados borregos; supóngase asimismo que, en lugar de admitir como base del carácter del campesino montañés el puntillo y la suspicacia, causa de tantos males en este país, donde todos los días es una verdad el paso de Las Aceitunas del buen Lope de Rueda, le hubiera poblado de hombres infalibles y longánimos, sin más tribunales que el de la penitencia, ni otras leyes que las del Decálogo; supongamos, además, que, en lugar de Cafetera y de la nuera del tío Bolina y de otros personajes ejusdem farinæ que andan por el libro, hubiera presentado algo parecido á los marineros que bailan en el teatro la tarantela napolitana, y á las bateleras del demi-monde en las regatas del Sena; supongamos, en fin, que yo hubiera sido capaz de crear un país y un paisanaje con todos los primores que caben en la naturaleza y en la humanidad, y de sacar á la plaza pública esa creación con el título de Escenas Montañesas: ¿qué hubieran dicho entonces de ella esos mismos señores á quienes dedico estas líneas? De fijo:—«Hombre, esto es muy bueno sin duda; pero tiene tanto de montañés como nosotros de turcos».
Supongamos, si no, que, sin añadir en el retrato una sola belleza á las que tiene el original, me hubiera limitado á presentar las más libres de toda mácula local y, por ende, semejantes en todo á las de todos los pueblos sometidos al régimen estricto de la nueva civilización. Entonces hubieran dicho mis escrupulosos censores:—«No encontramos en este libro á nuestro vecino, ni á nuestro concejo, ni la escuela en que aprendimos á leer, ni las fiestas de nuestros santos patronos, ni la rioja de nuestras tabernas, ni á los pescadores de nuestra costa, ni el maíz de nuestras mieses, ni las deshojas del maíz, ni el aire, ni el sol de nuestra hermosa campiña... Lo que aquí pasa, pasa también en cualquiera otra provincia de España, y estas costumbres lo mismo pueden llamarse montañesas que palentinas».
Y en ambos casos habrían desdeñado el libro, y éste no hubiera corrido de mano en mano todos los rincones de la Montaña, ni á sus personajes se les hubieran abierto todas las cocinas montañesas, como á gente de la casa, señal infalible de que es bueno el retrato en cuanto al parecido, por más que, como obra mía, no luzca primores de arte.
Pero supongamos ahora, y no es poco suponer (¡y vuelta á las suposiciones!), que los susodichos mis paisanos me conceden que todas las imperfecciones fisonómicas que aparecen en el cuadro existen en el original, y que al copiarle, con la mejor intención del mundo, me limité á cumplir estrictamente mi cometido de retratista escrupuloso; todavía me dicen:—«Si creías que no podía hacerse de la Montaña un retrato de color de rosa, ¿para qué la retrataste? Y si la retrataste, ¿para qué expusiste al público el retrato?».
La retraté, señores míos, cediendo á una tentación más fuerte que mi voluntad: la misma que obliga al poeta á cantar á la naturaleza, y al músico á robarle sus dispersas armonías; impulso irresistible, incontrastable, quizá más que el que lanzó á algunos de vosotros hasta el otro lado del Atlántico en busca de soñados torrentes de acuñadas peluconas. Y le expuse al público, porque no juzgué ni juzgo á ningún español tan mentecato, que sea capaz de creer á su país exento de achaques tan gordos como los que yo cito del mío, ni tan tonto que, si los concediera, se forje la ilusión de que el vecino no los ha visto; le expuse al público, porque muchos de los vicios que pregona apenas excitan la compasión, algunos la risa, y los más el escasísimo interés que haya podido prestarles el esmero, ya que no la destreza del pintor, y porque el más grave de ellos es, á Dios gracias, mucho más leve que el más insignificante de los consignados en la estadística viciosa de cualquier otra provincia de España; le expuse al público como se expone un cuadro de fotografías que ni son obscenas ni injurian á nadie: para que las vea aquel caballero y las juzgue... y las compre, si es posible; le expuse al público, en fin, en la confianza de que, aun en el caso de tropezar con jueces tan aprensivos, tan quisquillosos... tan montañeses como ustedes, podría responder, en abono de mi intención inmejorable:—«Creo, con la mano sobre mi corazón, que exhibiendo resabios y picardías como las de tío Merlín, desdichas y miserias como las de la familia del Tuerto, preocupaciones funestísimas como las de la de tío Nardo, etc., etc., y poniendo á su lado estimables cualidades y méritos que no faltan en otros personajes del libro, se prueba mejor el patriotismo que con ostentosos vanos alardes de tan noble virtud; y que la Montaña perdería menos oyendo á los que, como yo, entre himnos entusiásticos á sus bellezas, dedican una cariñosa censura á muchas de sus curables imperfecciones, que á los que transigen con todas ellas á trueque de que nadie las vea».
En cuanto al estilo más ó menos irónico, más ó menos alegre de la obra, ¡qué diablo! no es ella ninguna colección de elegías ni de sermones de Ánimas; amén de que cada hombre tiene el que Dios le concedió, y yo, al usar el que bajo este título me pertenece, malo y todo, le he creído preferible, por mío, al mejor de los prestados.
Y aquí debiera poner fin á este proemio, asaz enojoso para mí por el fin que lleva; mas no quiero dejar la pluma sin resarcirla del disgusto de escribirle, dedicándola un instante á más placentera ocupación.—Sírvame, pues, en este momento, no del todo inoportuno, para dar un público testimonio de mi gratitud profunda á mi querido amigo Antonio de Trueba, cuyo solo nombre, puesto al frente de mi libro, embelleció sus innumerables defectos al ser admitido, no de mala gana, en la república literaria española; al inimitable autor de las Escenas Matritenses; al insigne poeta y sabio crítico, D. Juan Eugenio Hartzenbusch; al malogrado ingenio que dejó, por huella de su paso por el mundo, el monumento literario Ayer, Hoy y Mañana, y á otros escritores no menos discretos, y á la prensa periódica en general, cuyas felicitaciones conservo como prendas de inestimable valor; no porque de ellas me juzgue digno, sino porque las considero como otras tantas manos cariñosas que estrecharon la mía al acercarme por primera vez á una región donde la censura de los doctos enerva y el desdén mata.
Otra deuda no menos sagrada, que también quiero pagar, tengo con el público, especialmente el de la Montaña, que, aceptando mi buena intención y dispensándome los pecados de inexperiencia ó de incapacidad, acogió las Escenas con una benevolencia que jamás me hubiera atrevido á esperar.
¡Quiera Dios que, al dar á luz esta segunda serie, no se arrepientan, público y escritores, de haberme aplaudido la primera!
Enero de 1871.
DOS SISTEMAS
I
Se fué á la Habana en 1801, en el sollado de un bergantín, entre otros cien muchachos, también montañeses, también pobres y también aspirantes á capitalistas. Unos de la fiebre amarilla, en cuanto llegaron; otros de hambre, otros de pena y otros de fatigas y trabajos más tarde, todos fueron muriendo poco á poco. Él solo, más robusto, más animoso ó más afortunado, logró sobreponerse á cuantos obstáculos se atravesaban delante de sus designios.
Treinta años pasó en la obscuridad de un roñoso tugurio, sin aire, sin descanso, sin libertad y mal alimentado, con el pensamiento fijo constantemente en el norte de sus anhelos. Una sola idea extraña á la que le preocupaba, que con ésta se hubiese albergado en su cerebro, le hubiera quizá separado de su camino.
Creo que fué Balmes quien dijo que el talento es un estorbo cuando se trata de ganar dinero. Nada más cierto. La práctica enseña todos los días que, sin ser un monstruo de fortuna, nadie la conquista luchando á brazo partido con ella, si le distrae de su empeño la más leve preocupación de opuesto género. De aquí que no inspiren compasión los sufrimientos del hombre que aspira á ser rico por el único afán de serlo. En el placer que le causa cada moneda que halla de más en su caja, ¿no está bien remunerado el trabajo que le costó adquirirla? ¡Ay del desdichado que busca el oro como medio de realizar empresas de su ingenio!
No le tenía muy pronunciado el mozo en cuestión, por dicha suya. Así fué que, dándosele una higa porque á sus oídos jamás llegara una palabra de cariño ni á su pecho una pasión generosa, echó un día una raya por debajo de la columna de sus haberes, y se halló dueño absoluto de un caudal limpio, mondo y lirondo, de cincuenta mil duros; sumó después los años que él contaba, y resultaron cuarenta y cinco.
—¡Alto!—se dijo entonces,—reflexionemos ahora.
Y reflexionó.
He aquí la substancia de sus reflexiones:
En la situación en que se hallaba podía dando más amplitud á sus especulaciones, aumentar considerablemente el caudal; pero se exponía también á perderle: además, le habían conocido allí ciruelo, y no le prestarían la consideración á que se juzgaba acreedor. Lo contrario le sucedería en su pueblo natal, donde pasaría por un Nabab, llevándose el respeto y las atenciones de sus paisanos; pero ¡eran éstos tan pobres! Iban á saquearle sin piedad. Por otra parte, habiendo muerto ya sus padres, á quienes en vida socorrió largamente, ¿qué atractivo podían tener para él los bardales de su aldea? Establecerse en Santander ya era distinto: esta ciudad, que al cabo era su país, le brindaba con ocasiones de especular, si quería; de figurar, en primer término, entre los más encopetados señores, y, sobre todo, de casarse con una señorita joven y fina, único lujo de ilusiones que se había permitido su imaginación en los treinta años de cadena, sufridos detrás del mostrador.
Como buen montañés, sentía muy vivo en su pecho el santo amor á la patria, y no vaciló, conste en honra suya, para adoptar una resolución definitiva.
Ésta fué la de trasladarse, por de pronto, á Santander con cuanto le pertenecía; y al efecto, escribió pidiendo los necesarios informes acerca del estado de la plaza.
Ateniéndose con fe á la contestación, que procedía de persona de reconocida formalidad, invirtió su dinero en azúcar y en café; fletó un bergantín, cargóle, y después se embarcó en él, resuelto á hundirse con su caudal en el Océano, si estaba escrito que el fruto de tantas privaciones no había de llegar á seguro puerto.
Pero lejos de hundirse, hizo uno de los viajes más rápidos que se hacían entonces: cincuenta días tardó, nada más, desde el castillo del Morro al de San Martín.
Personas que, al fondear el buque enfrente de la Monja, le vieron de pie sobre la toldilla de popa contemplando afanoso el panorama que se desenvolvía ante sus ojos, aseguran que era bajo de estatura, ancho de espaldas y de pies planos y juanetudos; el color de su cara, moreno pálido y algo reluciente; los pómulos destacados, los ojos pequeños y hundidos, los labios gruesos y mal cerrados, y las cejas espesas; la cabeza, en conjunto, redonda como un queso de Flandes, pero de mayor diámetro que el más grande de éstos; el pelo corto, espeso y áspero; la barba rapada á navaja, menos un mechón, entre mosca y perilla, que le colgaba del labio inferior, y una especie de barboquejo de largos pelos que le defendía el cuello de la camisa de los punzantes cañones de la sobarba. Sobre el pelo llevaba un jipi-japa, y arrollado al pescuezo, un pañuelo de seda de cuadros rabiosos. Vestía levita negra de orleans, y pantalón y chaleco de dril blanco, destacándose sobre el último gruesa cadena de oro, y calzaba holgados zapatos de charol.
Y es cuanto tengo que decir al lector acerca de don Apolinar de la Regatera, desde que salió impúbero de la choza paterna, hasta que llegó de retorno de la Habana, casi viejo, á la bahía de Santander.
Hallábase este mercado á la sazón á plan barrido, como decirse suele, en punto á azúcares y cafés. Súpose en breve lo del arribo de estos artículos por el bergantín fletado por don Apolinar; llovieron demandas sobre éste, y sin dejarle desembarcar siquiera, arrebatáronle el cargamento al precio á que quiso cederle.
De este modo el caudal de Regatera, mejorando, como los vinos, con el mareo, salió de la Habana como un millón, y al desembarcar en el muelle de Santander, apenas podía revolverse en setenta talegas.
El salto, pues, á tierra de don Apolinar, hizo más ruido en el pueblo que el que han hecho en el mundo los saltos más célebres, desde el de Safo en Leúcade hasta el de Alvarado en Méjico y los de Leotard en los trapecios de su invención. Su entrada en Santander, á la vez que un negocio, fué un triunfo. La plaza le saludó con todos los honores, batiendo á su paso el cobre de las cajas más repletas, y abriéndole de par en par salones y gabinetes. El vulgo se conmovió también con tanto ruido, y en mucho tiempo no conoció al afortunado intruso por otro nombre que el de el indiano del azúcar.
II
No era lerdo el tal cuando se trataba del vil ochavo. Aceptó de buena gana la consideración que se le daba por aquella plutocracia de tradicional severidad, y se propuso utilizar el arma para llegar más pronto con su auxilio al fin á que se dirigía.
Merced á tan favorable coyuntura, no tardó en conocer perfectamente el terreno que pisaba.
Santander era una aldea grande, con casas muy viejas y calles muy irregulares, donde el confort no se conocía ni se echaba de menos. Los hombres de quienes tomaba su prestigio é importancia la plaza famosa del mar cántabro, no levantaban media línea más que él, ni procedían de otro origen más preclaro: indianos más ó menos antiguos; sencillos en sus gustos, vulgares en sus formas, afanosos, pero nobles, en su profesión, ricos casi todos, é ignorantes sin casi, como se dejaba ver en la sencillez primitiva de la población cuyo sostén y principal objeto eran ellos mismos. Verdad es que eran muy orgullosos, más que orgullosos, ásperos, desabridos; pero también es cierto que este resabio sólo se dejaba sentir contra la gente de poco más ó menos, y hasta se trocaba en impertinente amabilidad cuando se trataba de un caudal bien cimentado, de lo que podía certificar él mismo.
Sin riesgo, pues, de deslucirse, antes con muchas probabilidades de preponderancia, podía terciar como uno de tantos en aquel juego en que, con un poco de serenidad y de prudencia, se ganaba siempre.
Formada su resolución, hizo una visita á su pueblo, distribuyó algunos miles de reales entre sus paisanos, y se volvió á la ciudad donde tan importante papel hacía y quedaba algo que, aparte de su proyecto citado, le escarabajeaba en la mollera y tal vez en el corazón.
Este algo era la sexta hija de un rico colega suyo: una joven blanca como una azucena, fina como una seda y sosa como un espárrago. Vióla don Apolinar cuando su padre le llevó á comer á su casa; halló en ella el tipo de sus ilusiones... y no quiso saber más. Pidió su mano, concediéronsela los papás desde luego, y todos los que querían á la favorecida se alegraron: todos... menos uno. Éste era un joven jurisconsulto, de ingenio nada escaso, que seguía desde mucho atrás las huellas á la beldad en cuestión, habiendo recibido de ella más de tres sonrisas y de trescientas miradas, lo cual no era poco en un carácter semejante. Pero la firma del pobre abogado no se cotizaba en el bolsín, y el padre de su ídolo, que sabía esto... y lo otro también, no sosegaba un punto. Júzguese del placer con que oiría las proposiciones del nuevo pretendiente. En cuanto á la pretendida, no mostró hacia ellas la menor repugnancia; y se explica, aunque parezca que no: era el candidato indiano rico, y los novios de esta madera siempre fueron aquí de moda; y yendo á la moda una mujer, va muy á gusto, aunque lleve á cuestas un borrego.
Casado don Apolinar, alquiló tres partes de una casa próxima al Muelle: el piso principal, el entresuelo y el almacén; el primero para habitación, el segundo para escritorio y el tercero para depósito de mercancías.
El entresuelo es el que nos importa, y éste es el que vamos á examinar, tal cual se hallaba algunos meses después de ingresar el indiano Regatera en el gremio mercantil.
Era un salón angosto, largo y bajo de techo. Á la derecha de la puerta de entrada había un doble atril de castaño; á la izquierda, otro más alto, de pino pintado de color de chocolate; junto al primero, dos banquetas, una forrada de badana verde, con tachuelas doradas alrededor del asiento, y otra sin forrar; junto al segundo, otra banqueta, también de madera limpia, y una especie de facistol de la altura de un hombre: entre los dos atriles, es decir, enfrente de la puerta, una mesa de castaño, rodeada de un listón de media pulgada de alto, y con un agujero grande en un ángulo, el cual agujero servía de boca á una manga de lona que por debajo del tablero de la mesa colgaba hasta cerca del suelo; á un extremo del salón, inmediatamente detrás del banquillo de las tachuelas, una puerta recién hecha, con gruesos clavos de apuntada cabeza, cerrada, sobre dos pernos enormes, con un colosal candado de hierro, amén de la llave que, á juzgar por el tamaño del ojo de la cerradura que se veía debajo de aquél, debía de pesar dos libras cumplidas: cuando esta puerta, siempre por la mano de don Apolinar, se abría rechinando, á la luz de un cabo de vela de sebo que el indiano llevaba á prevención, se distinguía en el centro de una pieza de seis pies en cuadro una mole de hierro que, aplicando á una hoja de cierta guirnalda mal grabada que le servía de adorno, la punta de un clavo trabadero, y después de haber dado seis vueltas á una llave especial y de soltar cuatro candados, se dejaba abrir por la parte superior, mostrando entonces, por entrañas, montones de talegas repletas de oro y cartuchos de todas clases de monedas, menos de cobre, pues éstas yacían en saquillos de arpillera fuera de la caja, aunque dentro de la mazmorra también. Por todo adorno en las paredes del escritorio, había un Plan de matrículas, otro de Señales de la Atalaya, una cuartilla de papel con los Días de correo á la semana, y una percha de cabretón. Añádanse á estos detalles media docena de sillas de perilla, arrimadas á los gruesos muros de la caja, y paren ustedes de contar. La banqueta forrada la ocupaba don Apolinar, y la inmediata su amanuense, á cuyo cargo se hallaban también el copiador de cartas y el de letras, más la presentación y cobro de éstas, sacar el correo, abrir y cerrar el escritorio, correr las hojas, etc., etc. La mesa del centro era para contar dinero, el cual se echaba por el agujero á la manga adyacente, que iba á desembocar al saco, previamente colocado debajo. El otro atril, la banqueta y el facistol correspondiente, eran para el viejo tenedor de libros.
Dos palabras acerca de este tipo, cuyo molde se perdió muchos años hace. Era su cargo el término anhelado de una carrera de treinta años de pinche, durante la cual, como es fácil de comprender, todo se concluía en el aspirante: el humor, el apetito, la salud... todo, menos la paciencia y el pulso. Este hombre no reía, ni hablaba, ni pisaba recio desde el momento en que entraba en el escritorio. Entonces se quitaba á pulso el sombrero, y á pulso le sustituía en la cabeza con un gorro de terciopelo negro; á pulso se ponía los manguitos de percalina; á pulso y con respetuosa parsimonia abría los libros, y á pulso mojaba la pluma, y sentaba las partidas, y ataba y desataba los legajos que le entregaba en silencio el principal, á cuyo cargo estaba la obligación de volverlos á recoger. Ordinariamente no fumaba; pero si tenía este vicio, fumaba cuatro medios cigarrillos al día, dos por la mañana y dos por la tarde, uno de ellos al medio y otro á la conclusión de la tarea, la cual tenía para él términos inalterables. No la cercenaba ni un segundo al empezar; pero si al ser las doce en su reloj de plata, por la mañana, ó las seis por la tarde, le faltaba una palabra, una sola letra para concluir el renglón ó período que escribía, alzaba la pluma, la limpiaba sobre el manguito izquierdo, y así quedaba el asunto hasta la próxima sesión. Ni un instante más ni menos de lo justo; ni una plumada siquiera en asuntos de la jurisdicción de otra mesa. En cuanto á los libros, eran suyos, exclusivamente suyos, y el principal mismo tenía que pedirle por favor que se los abriera para examinar el estado de alguna cuenta. ¿Tocarlos otra mano que la suya? ¡Jamás! La contemplación de aquellas letras perfiladas, de aquellas columnas inmensas de números casi de molde, de aquel rayado azul y rojo, era su orgullo, el único deleite de su alma al abrir las extensas páginas de sus dos infolios de marquilla. Un borrón sobre ellas, y su naturaleza, probada al rigor de un método inalterado de treinta años, se hubiera quebrado como débil caña.
Con un hombre así y los demás elementos materiales inventariados de su escritorio, contaba don Apolinar de la Regatera como auxiliares de su instinto mercantil en la nueva campaña que había abierto.
Los corredores le importunaban poco, pues sabían que de un hombre semejante se sacaba escasa utilidad. Efectivamente: don Apolinar, que no se fiaba ni de su sombra, gustaba de hacer los negocios por su mano; y así, no solamente los discutía á su antojo, sino que, no parándose en la fe de una muestra aislada, iba «á la pila», y allí se hartaba de palpar, oler y paladear el género, hasta que le hallaba á su entera satisfacción. Entonces, si el negocio era de «clavo pasado», le abarcaba solo; pero si presentaba la más pequeña duda, le dividía en lotes, y aplicándose uno á sí mismo, se consagraba una semana á conquistar amigos que cargasen con los restantes, mancomunidad en que él entraba con frecuencia á solicitud de alguno de los mismos reclutados. De este modo, si se perdía, la pérdida no podía ser grande; y si se ganaba, eso más habría en la caja. Ganar poco y á menudo, y abarcar algo menos de lo que se pudiera; pisar sobre terreno conocido, dejando siempre «cubierta la retirada»; llevar á la Habana frutos de Castilla, y á Castilla frutos coloniales, ó vender los unos y los otros en la plaza misma, si se presenta ocasión ventajosa; cobrar en moneda sonante y de buena ley; hundirla en los abismos de la mazmorra... y dejar el mundo y las cosas como se hallasen; y «Antón Perulero, cada cual á su juego, y á Cristo por redentor le crucificaron».
Tales eran sus máximas; tal era su ciencia.
He aquí ahora su estilo:
«Muy señor mío y mi dueño: Por la presente, acúsole recibo de la muy atenta y favorecida del tantos de los corrientes, atento á cuyo contenido diré:
«Fué en mi poder la letra que adjunta acompañaba de su mismo puño, á los ocho días vista y cargo de estos señores Cascarilla Hermanos y Compañía, por valor de
«Rs. 12.576 con 31 mrs. de vellón. Mencionados señores han dicho ser corriente referida letra, por lo que hago á usted abono en su cuenta de expresada cantidad, que en su día, y Dios mediante, será efectiva, sin cuyo requisito valgan en mi favor todas las salvedades de costumbre.
«Subsiguientemente me impongo de que me dice usted: ‘Tal y tal (y copiaba aquí cerca de una carilla de la carta de su corresponsal)’. Á lo que respondo refiriéndome á la mía del tantos, en que decía que: ‘Esto y lo otro (y reproducía íntegro un párrafo de su carta citada)’».
El mercado de caldos sigue encalmado, si bien las aceites arribaron ayer á una poca de estima, motivado á que, como era día de correo, se supo que la cosecha de aceituna en el literal de Sevilla amagaba de malogro.
Azúcares. Este dulce en favor, máximen los mascabados y el blanco Bombita y el Guanaja.
Harinas. Este polvo un tanto desconcertado, según el viso que va presentando la sementera en Castilla, al respective de los últimos temporales.
Por el correo de la próxima semana venidera daré á usted nuevas noticias, si el caso lo requiriese. Por hoy sólo tengo que repetirme de usted, como siempre, y para cuanto guste, suyo afectísimo seguro servidor Q. B. S. M.».
Esto, dictado por don Apolinar, lo escribía su amanuense con la más desastrosa ortografía, sobre un ancho papel verdoso sin membretes ni garambainas.
III
Pasaron muchos años, durante los cuales vió Regatera acrecentarse incesantemente su caudal; y fué dos veces Alcalde, y Cónsul, y hasta Prior del Tribunal de Comercio, y cuanto podía ambicionar entonces, por afán de lustre, un hombre como él. Habíale concedido Dios un hijo, para colmo de su satisfacción; y este hijo, después de ir á la escuela y tomar algunas nociones de latín con los padres Escolapios, fué, velis nolis, cuando tuvo quince años, agregado al atril principal del escritorio, con el objeto de que fuera instruyéndose en el ramo, para que algún día sustituyera á su padre en la dirección de la casa que éste había colocado á tanta altura.
Cuando el chico llegó á cumplir los veinte, pasaba en el ánimo del rico indiano algo que le hacía soñar más de lo conveniente. Oía, aunque muy á lo lejos, ciertos rumores extraños, y aspiraba en el aire reposado y tranquilo de la plaza efluvios de un olor que le era desconocido. Leía que en el extranjero viajaban al vapor hombres y mercancías, y que alguna plaza española se había dejado seducir ya por la tentación innovadora. Verdad es que Santander, excepción hecha de las diligencias que años antes se habían establecido, se hallaba en la misma patriarcal tranquilidad en que la dejó él para ir á América y la halló á su vuelta; que su comercio seguía tan rutinario como entonces; que en su exterioridad no revelaba, ni al más avaro, que servía de albergue á una comunidad de capitalistas cuya justa reputación de tales daba ya la vuelta al mundo; y, en fin, que la procesión de carretas cargadas de harina que diariamente asomaba la cabeza por Becedo, lejos de disminuir en longitud, llegaba con la cola hasta Reinosa; pero que afuera pasaba algo, y algo muy grave, era evidente; que ese algo amenazaba la quietud tradicional de Cantabria, estaba bien á la vista. Y ¿qué sucedería en el caso probable de una invasión? No podía él adivinarlo, porque no conocía al enemigo. Era, pues, indispensable conocerle para resistirle si se podía, ó para aliarse á él si valía la pena; y
—¡Vete con mil demonios á ver qué es eso!—dijo un día á su heredero.
Y éste marchó, bien recomendado, á Francia, Inglaterra y Alemania, á instruirse en todo cuanto cupiera en la jurisdicción de un comerciante «á la extranjera».
Seis años se estuvo por allá el joven Regatera; y á su vuelta, presentándose con patillas muy largas, cuellos hiperbólicos y fumando en pipa, le recibió don Apolinar con una ansiedad indecible. El ruido extraño había ido en ese tiempo creciendo, y los efluvios impregnando toda la atmósfera de la plaza; el enemigo avanzaba rápido y hasta se dejaba ver en ella, y don Apolinar y los suyos eran notoriamente el blanco de la saña del invasor: el terreno se hundía bajo sus pies, y en todas partes estaban estorbando. Como á los cómicos viejos que hacen papeles de galán, se les toleraba á veces en obsequio á lo que habían sido; pero lejos de excitar el entusiasmo sus esfuerzos, inspiraban compasión.
Sus trajes, sus costumbres, su estilo, todo en ellos empezaba á ser raro; y el pueblo mismo, tan fiel hasta entonces á las exigencias del carácter de los viejos señores, ocultaba sus ruinas, lavaba su cara, ensanchaba sus calles y se entregaba alegre y ufano al intruso. Decididamente no era la generación de don Apolinar, encanecida y achacosa, la que había de luchar contra aquel torbellino, ni de soportar siquiera su vertiginoso empuje sin perecer en él. De aquí la ansiedad con que Regatera recibió á su hijo al volver éste de «esos mundos de Dios», como decía el pobre hombre cuando hablaba del paradero del expedicionario.
Ni del polvo del camino, como quien dice, le dejó sacudirse.
—Ésta es mi fortuna limpia y saneada: cinco millones y medio, en buques, mercancías y onzas de oro. No eres lerdo ni calavera; pero de nada servirá tu prudencia si los demás te empujan; no me inspira fe vuestro porvenir, porque eso es más fuerte que todos vosotros; y como sería muy triste que después de pasar la vida amontonando talegas tuviera, de viejo, que comer de limosna, retiro del fondo el pico para mí, y te dejo el resto, que no es flojo. Buen provecho te haga y allá te las arregles, que, al cabo, para tí había de ser.
Dijo don Apolinar, y, enternecido, traspasó á las manos de su hijo el cetro de su dorado imperio.
IV
El modesto escritorio quedó radicalmente transformado desde el momento en que el nuevo jefe de la casa se posesionó de él. La caoba, la gutapercha y el aterciopelado papel sustituyeron al castaño, á la badana y á la deleznable cal de aquellos atriles, banquetas y paredones. Cayeron con estrépito los de la mazmorra, y en vez de la pesada caja que amparaban codiciosos, colocóse en el elegante improvisado gabinete, cerca del boureau señorial, un esbelto cofre-fort. Seis dependientes ágiles, alegres y tan elegantes como el principal, se distribuyeron en las respectivas funciones, incluso la de tenedor de libros, que dejó vacante el viejo de marras, mal avenido con los «títeres intrusos». Barómetros de todas formas, tarifas de vapores y ferrocarriles en dorados marcamentos, y mapas de todas las regiones del mundo, llenaban las paredes; prensas para todo cuanto antes ejecutaba la mano del escribiente ocupaban los rincones, y el voluptuoso sofá tapizado brindaba con su comodidad á cuantos esperaban el pago de una letra ó la contestación de un simple recado. Todas las demás minuciosidades del escritorio guardaban perfecta armonía con este tono. En el gabinete del jefe, pero fuera de su alfombrada tarima, se había colocado una butaca para don Apolinar, que, por afición, por interés propio y por necesidad (pues ya muy viejo y no sabiendo más que ser comerciante, se aburría en todas partes), la ocupaba casi todo el día, durmiendo á ratos, oyendo á veces y preguntando á menudo sobre lo que veía y escuchaba.
Giraba la casa bajo la razón de Hijo de don Apolinar de la Regatera, no por respeto cariñoso á la memoria del padre, sino en consideración al valor que su nombre de guerra tenía en el comercio de España y de toda América.
La calma, la reflexión hasta la pesadez, habían sido la expresión característica del espíritu mercantil del indiano; la vivacidad, la inquietud, la prisa hasta la ligereza, lo eran del de su hijo, como creía observar el primero hasta en los actos más triviales de las tareas del segundo.
—¿Londres?—decía lacónicamente un corredor entrando.
—¿Mucho?—le respondía el joven comerciante sin levantar la vista de su pupitre.
—Setecientas, ocho, once: aceptadas.
—¿Á...?
—Redondo.
—Por París.
—¿Corto?
—Cuarenta.
—¿Vista?
—Fecha.
—¿Cambio?
—Veinte.
—Se andará. ¿Primeras Riosecana y Flor de Arriba?
—¿Para?
—Al quince: á diez y nueve y medio y diez y nueve y cinco octavos. Treinta mil.
—Sobre buena, diez y nueve y diez y nueve y cuartillo; dos meses, dos y medio: tres por ciento.
—Lo veré. ¿Nada más?
—Por aquí no.
Y se iba el agente y no le miraba siquiera el comerciante; y el que había encanecido siéndolo, se quedaba in albis.
En la correspondencia brillaba el propio laconismo. He aquí un modelo de los más explícitos que constaban, á media tinta, en el volumen no sé cuántos del copiador mecánico, ó de prensa:
«Muy S.r/m: En m/poder s/grata 1.° act.l; y silenciando puntos de conformidad, paso á decirle he desplegado de ella £m/0 8d/v c/ Butifarra y C.a, de Barc.na, por
«Rvon. 10.560,86 que, s. m. p., paso al crédito de s/c.
«Impuestos de s/proposición estos Sres. Carpancho Herm.s que examinarán, contestándole directamente s/ particular.
«Para el mercado, me remito á la adjunta Revista, que desearé le aproveche.
De V. af.mo s. s. q. b. s. m.».
Y por firma había llevado esta carta un garabato que lo mismo podía decir Hijo de don Apolinar de la Regatera, que Padre del sacristán de la Parroquia.
No tardó el viejo indiano en advertir que ese sistema eléctrico no era exclusivamente propio de su hijo, sino de toda «la clase», y de que no se aplicaba sólo á los detalles mecánicos del escritorio, sino que servía de base al flamante espíritu mercantil.
Se había hablado tiempo hacía de la necesidad de dotar á Castilla de un puerto de mar, y se había demostrado que este puerto debía ser el de Santander, uniendo la comunicación entre ambas regiones con una línea férrea, en lugar de las tradicionales reatas de mulos y carros del país. El plan era vasto y costosísimo; pero como debía de ser reproductivo en extremo, se había aceptado con regocijo.
Llegó la ocasión de acometer la empresa, y don Apolinar vió con susto á su hijo trocar pilas de reverendas peluconas por algunas resmas de papel pintado. Poco después ofrecían al accionista una prima considerable por la cesión de sus títulos; pero esperando sacar de ellos en el día de mañana utilidades más pingües, desechó la oferta.
El mecanismo de cobros y pagos era engorroso, y el dinero, quieto en la caja, ni estaba seguro ni ganaba; además, el porvenir del comercio eran las sociedades de crédito. En consecuencia se formó una, y de ella fué el principal accionista el hijo de don Apolinar. Con parte de las onzas amontonadas por su padre pagó las acciones, y el resto le envió á la caja de la sociedad, que le abrió en el acto una cuenta corriente. Á los pocos días de cubierto el cupo de la emisión, hubo la indispensable oferta de prima á los tenedores y la consabida resistencia de éstos, en espera siempre de mejor ocasión.
Los desairados en el reparto de las dos gangas anónimas, habiendo tomado ya el gusto al papel, formaron capítulo aparte y echaron á la plaza nuevas resmas de otra sociedad que se creaba para esto y para lo de más allá.
Tragóse también este cebo como pan bendito, cubrióse el cupo en breve, solicitáronse con prima las acciones y quedóse con las muchas que tenía el joven Regatera esperando «el día de mañana».
Hubo también esta vez envidiosos de la suerte de los accionistas primitivos, y «allá va, dijeron, esa lluvia de papeles de una sociedad de crédito que fundamos para explotar aquello, y lo otro y lo de más acá». Y también se cubrió el cupo, y también se ofreció la acostumbrada prima, y también la rehusó nuestro comerciante, metido como el que más en esta cuarta asociación anónima.
Y como al último lo que se buscaba era lisa y llanamente la primada, surgían proyectos de nuevas sociedades detrás de cada esquina, no parándose nadie en el objeto á que decían destinarse, porque no habían de llegar á constituirse siquiera.
Algo de esto quería hacer con las mercancías el hijo de don Apolinar. Agotadas las de su casa y comprometidas las de la plaza, dióse á vender harinas que aún no se habían molido, trigos que no se habían sembrado.
El negocio era bueno si en el día prefijado para la entrega el precio de la mercancía era más bajo que el estipulado; pero si sucedía lo contrario, calculen ustedes lo que podía costarle la arriesgada operación.
Después no se contentó con esto: importándoles á él y al comprador muy poco la formalidad material de la entrega de lo vendido, suponían una á fecha y precio convenidos, y se comprometían á abonarse respectivamente la diferencia de más ó de menos, según que jugaran al alza ó la baja, partiendo del tipo prefijado.
—Pero, hombre—decía en estos casos el viejo Regatera:—para eso, más te valdría jugarlo á una carta ó á cara ó cruz; á lo menos abreviarías la agonía que necesariamente sufres viendo durante meses enteros pender de una casualidad la mitad de tu fortuna.
Y el hijo se sonreía con desdén, y el padre se aterraba.
Porque no perdiendo ripio de cuanto pasaba en su derredor, veía que de aquéllos sus positivos caudales no quedaba ni señal; que su hijo los había trocado por cifras que cada día iban perdiendo una parte considerable de su valor real; que tenía los cartapacios atestados de este papel y de otros, representando grandes sumas sin más garantía que las firmas de los respectivos deudores, tan empapelados con el acreedor de quien ellos, á su vez, tenían no flojo montón de obligaciones; presumía que toda la plaza se hallaba lo mismo, y era evidente para él que una sola piedra que se desprendiese del inseguro edificio le haría desmoronarse hasta los cimientos.
—¿No te asusta esta situación?—decía á su hijo.
—Al contrario: me deleita,—respondía el iluso.
—Pero ¿y tu dinero?
—Aquí está centuplicado.
—En papeles.
—Que valdrán mañana montes de oro; y en prueba de la fe que en ello tengo, acabo de comprar más acciones de la sociedad Tal...
—Acciones que, como todas las que tienes, valen hoy un treinta por ciento menos de lo que te costaron.
—Pero como han de subir necesariamente en su día, compro más para ganar más.
—¿Y si no suben?
—¡Bah!
—Y si concediéndote que se cumplan tus esperanzas, te ocurriese en el ínterin un apuro de los que te acarrean á cada paso tu juego favorito de las diferencias y otros por el estilo, ¿qué sería de tí?
—¿Y los recursos del crédito?
—¡Si tienes echado á la plaza cien veces más del que puedes sufrir!
—Juzgando con el viejo criterio mercantil, yo lo creo.
—¡El viejo criterio!... el viejo... ¡ingratos! ¡El viejo os amontonó esos caudales que apenas veo por ninguna parte; el viejo criterio os legó con ellos un crédito bien fundado, que estáis destruyendo miserablemente!
—Para edificar.
—¿En dónde?
—En todas partes: hemos creado un pueblo, hemos dado la vida al cadáver del país entero.
—Habéis echado la casa por la ventana, y nada más.
—Aun así, por generosa fuera justificable nuestra conducta.
—No hay generosidad en arrojar la hogaza cuando no se está seguro de no tener que salir después á mendigar un mendrugo de ella.
—En todo caso, ¿quién se opone á la corriente?...
—La prudencia, el viejo criterio.
—No pudo resistirla y abandonó el campo.
—Á una generación más joven, para que con sus bríos y nuestra experiencia utilizase lo bueno del actual sistema; no sus errores, no sus delirios. Eso queríamos y eso han hecho los únicos que en este desconcierto que á tí te arrolla, marchan con pie firme al término que se han propuesto.
—Ya veremos qué camino es el mejor, si el de ellos ó el mío.
—Yo lo tengo bien visto ya. El tuyo es el de la perdición; el otro todo lo contrario.
Y en esto, yo no sé qué aires soplaron en Castilla, que, trasponiendo las cumbres de Reinosa, bajaron al valle, y á su contacto se bamboleó la piedra en que espantado pensaba don Apolinar, y todas las del edificio se removieron: todas, menos unas pocas adheridas aún á la argamasa rancia que sabían batir los viejos comerciantes. El temor de una catástrofe produjo un pánico indescriptible. Hasta entonces las de este género se contaban en Santander como hechos fenomenales, y el temor de que pudiera realizarse una quitaba el sueño todavía á los menos aprensivos y más asegurados.
Al mismo tiempo, las cajas de aquellas sociedades que habían de realizar tantos prodigios, lejos de dar, pedían hasta por Dios, para no fenecer de hambre, consumido ya cuanto en ellas se había depositado; suceso que, como es lógico, se dejó sentir en todas las carteras de la plaza, que mermaron en más de tres cuartas partes del valor del papel que atesoraban. Del vacío resultante vino el desequilibrio natural, y, por consiguiente, el desencadenamiento de la tempestad, que á los primeros embates dió en tierra con la vacilante piedra, la cual se llevó consigo cuantas se hallaban en su inmediato contacto. ¡Allí fué el crujir de los dientes y el temblar de la voz y el maldecir de aquel engrudo que ningún apoyo prestaba á los removidos sillares que trataba de sostener; allí fué el buscar el barro que representaba y por el cual se había trocado en mejores días, y allí fué el negarse los que le tenían á dar una mala paletada de él por todo el inútil fascinador amasijo!
Y siempre creciendo el vacío y cada vez más furiosa la tormenta y más desamparado el edificio, crujió todo él y al cabo se desplomó con horrible estrépito, pereciendo entre sus ruinas hasta el último ochavo, y algo más, del hijo de don Apolinar de la Regatera.
Éste, que creyó poder presenciar el desastre con sereno valor, al ver entre sus escombros destacarse incólume la parte que había encomendado su seguridad al viejo cemento, sintió en su pecho tan vivamente la elocuencia del contraste, aquella palpable confirmación de su sistema, que reventó en el acto, de despecho, de pena, de desesperación... y de viejo.
V
Hijo del egoísmo el tal sistema, había reinado muchísimos años sobre la plaza sin extenderla un palmo, sin fijar un adoquín en sus angostas calles y sin salir del paso de sus recuas de mulos; pero atesorando enormes positivos caudales que llevaban la abundancia desde el hogar del propietario al sotabanco del bracero. Hijo el otro del entusiasmo, lanzóse á la calle, destruyó lo viejo, removió la tierra, reparó, creó y combinó; y hubo un instante en que pareció anegarse el país en la abundancia; en que el confort llegó hasta el fregadero, y creyó el más pobre que había caído de pie en mitad de la famosa Jauja; pero no se echó de ver que los recursos que desatentadamente iba creando el delirio de la ambición, no podían con el peso de las necesidades que de los mismos se desprendían; que, como muchas substancias de la naturaleza, el crédito, en dosis prudentes, es elemento de la vida, y en exageradas proporciones tósigo violento; y sucedió el marasmo á la efervescencia, la penuria á la abundancia, el duelo á la alegría y el remordimiento á tanta ilusión deslumbradora.
Sin embargo, pródigo el hijo de don Apolinar, aún le sirve de alivio, en medio de su desgracia, la contemplación de la obra que contribuyó á su ruina, y mira, con cierto orgullo justificable, la parte que de sus actuales bellezas y comodidades le debe su pueblo. Avaro el padre, en idéntica situación, en su tiempo, nada encontraría que poner delante de su imaginación sino el recuerdo desesperante de su perdido tesoro.
Lo cierto es que con los generosos instintos del uno y la reflexiva parsimonia del otro, podía haberse hecho una mezcla de peregrinos resultados; pero también es verdad que si el hombre se colocara una vez siquiera en el justo medio de la razón, esa vez haría traición á una de las más esenciales condiciones de su naturaleza: el equivocarse en la mitad, por lo menos, de todo lo que cavila y ejecuta.
PARA SER BUEN ARRIERO...
(CUADRO QUE PICA EN HISTÓRICO)
I
Blas del Tejo y Paula Turuleque eran de un mismo pueblo de la Montaña, y entrambos huérfanos de padre y madre y hasta de toda clase de parientes. Blas poseía, por herencia, un cierro de ocho carros de tierra y un par de bueyes. Paula era dueña, en igual concepto que Blas, de una casuca con huerto, de dos novillas y de una carreta.
Paula y Blas convinieron un día en que si sus respectivas herencias se convirtieran en una sola propiedad y se añadiesen á ésta algunas reses en aparcería y algunas tierras á renta, se podría pasar con todo ello una vida que ni la del archipámpano de Sevilla.
Y Blas y Paula se casaron para realizar el cálculo; y pronto, como eran honrados, hallaron quien les diera en renta veinte carros de prado y otros tantos de labrantío, más un par de vacas en aparcería.
Blas era gordinflón, bajito, risueño y tan inofensivo como una calabaza.
Paula no era más alta que Blas, y allá se le iba en carnes y en malicias.
Cogían maíz para ocho meses, partían con el amo una novilla cada año, y mataban un cerdo de siete arrobas por Navidad. Paula tenía siempre colgados en la vara, sobre la cama, un jubón de cúbica negra, una saya de estameña del Carmen con randa de panilla, y un pañuelo de espumilla para los días de fiesta. Blas, por su parte, nunca estaba sin unos calzones y una chaqueta de paño fino, y un sombrero serrano para las grandes solemnidades.
Blas no probaba el vino más que para celebrar los días de fiesta, y en estos casos nunca pasaba de medio cuartillo, y Paula se escandalizaba cuando oía decir que algunas de sus vecinas empeñaban sus ropas ó vendían el maíz para beber aguardiente.
Paula y Blas no tenían hijos, ni siquiera trazas de tenerlos, como decía la primera; pero, en cambio, se querían como dos palomos. Juntos iban á trabajar al campo; juntos al mercado cuando le había en la villa inmediata; juntos á misa, y hasta bailaban juntos en el corro más de cuatro veces; pues aunque eran casados eran jóvenes, no debían nada á nadie, tenían buen humor y los hijos no habían de echarles en cara esa pequeña debilidad.
Blas solía decir:—«Yo no sé qué demonches tien esta Paula: ella no es del todo bien encará ni se pasa de lista; pero la verdá es que yo no la cambiaría por la mejor moza del lugar».
Paula decía, á su vez:—«Blas es mal empernao, desconcertao de espalda, pica más en bobo que en otra cosa, y con todo y con eso, la baba se me cae de sastifación cuando le miro».
Blas y Paula se jactaban á cada instante de que jamás había habido entre ellos «un sí ni un no», y era cosa corriente en el lugar que en aquella casa nunca se había oído una disputa, ni había sonado un mal garrotazo, ni se había derramado una lágrima.
Paula no comprendía que en el mundo pudiera nadie ser mucho más feliz que ella; y de fijo hubiera juzgado su felicidad superior á todas las de la tierra, si sus medios le hubieran permitido beber agua con azucarillo y comer bizcochos siempre que se le antojara. Paula, pues, era golosa, pero sin vicio ni cosa que se le pareciera.
Blas no había ocultado nunca á su mujer que envidiaba á todos los hombres que podían, sin arruinarse, beber un cuartillo de vino blanco en cada comida, y echar una siesta de tres ó cuatro horas sobre media docena de colchones, precisamente colchones. Blas, pues, amaba la poltronería y el buen vino, pero sin que la carencia de estos regalos bastara á quitarle su buen humor habitual.
Blas y Paula, en una palabra, eran un matrimonio dichoso, tan dichoso como se puede ser en este pícaro mundo de ambiciones y miserias y donde tan rara es y tan extraña la paz del espíritu.
II
Así estaban las cosas, cuando al salir Blas un día al corral vió que entraba en él un señor, caballero en un rocín, á todos pelos de alquiler, con maleta á la grupa y espolique al costado.
—¿Vive aquí Blas del Tejo?—preguntó á Blas el caballero.
—Para servir á Dios y á usté,—respondió Blas descubriéndose la cabeza y abriendo un palmo de boca y casi otro tanto de ojos y narices.
Apeóse el preguntante; quitó la maleta al jaco; dió unas monedas al espolique, que se largó con el cuadrúpedo haciendo cortesías y muy agradecido, y volvió á preguntar el mismísimo señor al mismísimo Blas:
—¿Se llama tu mujer Paula Turuleque?
—Y además Rodero de la Peña,—gritó Paula, que atisbaba la escena desde el ventanillo de la cocina, saliendo de un brinco al corral.
—Perfectamente—añadió el recién llegado.—Pues yo soy vuestro tío.
—¡Mi tío!—exclamaron admirados Blas y Paula.
—¡Pero, señor—añadió Blas,—si nosotros no tenemos padre ni madre ni perruco que nos ladre!
—¡Se te figurará á tí! Tu mujer debe haber oído hablar á su difunta madre de un hermano...
—Sí, señor—interrumpió precipitadamente Paula:—mi madre (que en gloria esté) me habló muchas veces de un hermano suyo que se fué, de muchachuco, á la otra banda; pero también decía que se había muerto á los pocos años.
—Pues no se murió. Fué, en verdad, un poco ingrato con su patria y su familia durante mucho tiempo; pero, al cabo, pensó en ambas cosas, quiso volver á verlas... y aquí está, aunque con la pena de saber, por informes que ha adquirido oportunamente, que sólo quedas tú de su familia. Conque, con franqueza, ¿me dejáis vivir con vosotros? Ya veo que la casa no es un palacio ni mucho menos; pero como nací en ella, no la cambiaría por el de los reyes de España: además que ya tendremos tiempo de reformarla ó de hacer otra mejor, que todo se consigue cuando hay dinero, y éste, á Dios gracias, no me falta.
Blas y Paula estuvieron á pique de volverse locos de alegría. Á Paula se le nublaron los ojos, le zumbaron los oídos y tuvo un momento de soñar que se elevaba por encima del campanario del lugar sobre una nube de azucarillos claveteada con bizcochos.—Blas, no menos atortolado que su mujer, se imaginó que se hallaba tumbado panza arriba sobre una pila de colchones, y que le caía en la boca un chorro inagotable de vino rancio de la Nava del Rey.
Cuando se le pasó el mareo, apresuróse á coger la maleta que tenía su tío suspendida de una mano; Paula sacó al portal una silla de bañizas, rayada de encarnado y verde, que había en la casa para las grandes ocasiones; sentóse en ella el recién llegado, y los tres, en dulce amor y compaña, comenzaron á departir sobre asuntos del país y de la familia, interrumpiendo Blas de vez en cuando la conversación para quitar, con muchísimo respeto y previa la frase «aguántese y perdone», alguna mancha de polvo ó tal cual película extraña, de la levita de su tío.
Representaba éste sesenta años: era delgado y pálido y bastante encorvado, y había en su fisonomía, bondadosa y noble á todas luces, algo que revelaba padecimientos físicos inveterados. Vestía un traje sencillo, pero rico y bien cortado, y llevaba en la cabeza un sombrero de jipi-japa de anchas alas.
Y por si ustedes no le han conocido bien, entérense del siguiente retrato que de este personaje hizo Blas á sus vecinos al día siguiente de su llegada:
—El hombre pica en vejera, es agobiao de cuerpo, baja la color, muy baja; el ojo penoso y hundío, mucha ojalera, mucha, á manera de cerco ceniciento. Trae un demonches de pajero duro como una peña y blanco que tien que ver, cadena de oro al pescuezo, corbatín de fleque, carranclán más fino que el del señor cura y botas relumbrantes, que se ve la cara en ellas. Es fino de habla y noblote en su genial, y maneja ochentines como agua.
III
Dos meses hacía que el indiano había llegado á casa de sus sobrinos.
Trasladados á ella los equipajes que había dejado en Santander, y hechas algunas reformas indispensables en la habitación que había elegido en la misma casuca, el pobre hombre vivía bastante satisfecho, entregado á los potajes que le disponía su sobrina, si no con gran acierto, con la voluntad y el deseo más nobles del mundo. Los dos esposos comían con él á la mesa y de sus mismos manjares; lo cual no obstante (preciso es confesarlo), siempre se levantaban de ella Blas y Paula un si es no es descontentos y contrariados. El indiano no era goloso ni probaba el vino; por el contrario, se daba como un diablo á los amargos, y, por tanto, comía aceitunas y bebía cerveza por todo regalo. Paula, pues, no veía un azucarillo por un ojo de la cara, ni Blas se hartaba de vino blanco.
Pero, en cambio, tenían unos aperos de labranza nuevos y completos, dos vacas más, otro traje nuevo y fino cada uno, y comían carne y «pan de trigo» todos los días. Debo advertir que Blas, siguiendo aquella famosa máxima del pobre, «antes reventar que sobre», por aprovechar los medios puros que tiraba encendidos el indiano, se había hecho un fumador de gran fuerza, á costa de media docena de horribles mareos que le costó el aprendizaje.
Pues señor, volviendo al indiano, han de saber ustedes que cada día que pasaba le dejaba más flaco y más amarillo, porque el padecimiento que le ocasionaba tal ruinera, una disentería muy vieja y de fatal carácter, lejos de aliviársele con los aires de su tierra, iba caminando con ellos de mal en peor; tan mal, que hasta el mismo Blas entró en cuidado y le dijo un día á Paula que si aquel despeño no se contenía, iba á ir el buen señor á contarlo muy pronto al otro mundo. Y adviertan ustedes que lo mismo que Blas opinaba el médico del pueblo, que asistía al enfermo.
Y tan fundada era esta opinión, que á los pocos días de manifestada por Blas á su mujer, el paciente se halló sin fuerzas para salir de la cama. El médico, al verle así, no se anduvo en chiquitas, y de buenas á primeras le dijo que se preparase en toda regla, porque se las liaba.
Cumplió el indiano, como cristiano viejo que era, con sus deberes religiosos, y previno que quería hacer testamento, por lo cual ordenó que se le trajera un escribano.
Mientras éste llegaba, el mísero paciente aprovechaba la poca tranquilidad de espíritu que tenía para pensar en la distribución que debía hacer de su caudal.
—Pero, señor, ¿á quién se le dejo yo, vamos á ver?—se decía.—Yo no tengo en el mundo más parientes que Paula y su marido, y, en rigor, á ellos les corresponde heredarme; pero ¿qué van á hacer de tanto dinero estas dos bestias? De fijo, dárselo á cuatro pillos que se lo quieran sacar con maña, porque las almas de Dios de Blas y Paula no tienen sentido común. Y si no se lo dejo á ellos, ¿á quién se lo dejo? ¿Á un extraño que tal vez no rece un Padrenuestro por mi alma? No, señor. ¿Á los pobres? Pobres son Paula y Blas, y además sobrinos míos, y me han cuidado con esmero, y me quieren indudablemente. Por otra parte, ¿quién me quita á mí de hacer un legado especial para los pobres, dejando lo demás á mis sobrinos? ¿Y quién sabe si éstos, á pesar de sus cortos alcances, sabrán dar al dinero un buen empleo?...
Y, por último—pensó el enfermo poniendo un gesto como de hiel y vinagre,—¿qué me importa ya que se lleve Pateta ese caudal que, después de haber sudado el quilo para adquirirle, no me sirve para detener un solo instante la muerte que me amenaza? Decididamente va á ser Blas un capitalista y el primer personaje del pueblo.
En esto llegó con tres acólitos el escribano, y bajo su fe testó el enfermo; y tan á tiempo, que acabar de poner la firma en el testamento y estirar la pata, fué todo uno.
Al salir del cuarto el escribano se encontró con Blas que andaba dando vueltas, muy afligido, por el estragal; y entre mil reverencias y sombrero en mano, le dijo:
—Resignación, señor don Blas: los altos juicios de Dios son incomprensibles. Él, que ha llamado á su seno á su señor tío, sabe por qué lo ha hecho. Otro día, cuando usted se halle con ánimo más sosegado, me permitiré anunciarle las últimas disposiciones del finado; disposiciones, señor mío, por las cuales le felicitara de muy buena gana si ellas cupiesen al lado del dolor que le embarga sin arañarse con él. Vuelvo, pues, á aconsejar á usted, mi señor don Blas, resignación y conformidad, y tengo la honra de saludarle hasta los pies.
Blas, que empezaba á pasmarse del señor don que le encajó el escribano, dejó para otra ocasión el cuidado de averiguar el motivo de las dos palabrillas, porque la segunda parte del apóstrofe del oficioso notario dió al traste con su serenidad, y rompió á berrear como un ternero, colándose en seguida en el cuarto de su tío para convencerse de que realmente había espirado. Paula había entrado en él pocos momentos antes que su marido, y también daba el grito que aturdía el barrio. De manera que al reunirse el matrimonio junto á la cama donde se hallaba el aún caliente cadáver del indiano, no parecía sino que se iba á hundir la casa.
Decididamente Blas y Paula habían tomado cariño al buen señor; pero noble y desinteresadamente.—Conste así en elogio de estos dos borregos.
IV
Cuatro días después de este suceso, y cuando ya se hubo honrado y sepultado dignamente al indiano, se leyó solemnemente su testamento en presencia de los herederos. Según él, Blas y Paula quedaban dueños absolutos de todo el caudal del testador, separadas algunas cantidades señaladas por éste para los pobres del lugar, misas por su alma, etc., etc. La tajada que Paula y Blas se llevaban valía la friolera de treinta mil duros.
Al oirlo de boca del escribano, que leía el testamento, los improvisados capitalistas se cayeron de espaldas; y no se murieron de repente, porque no podían comprender entonces lo que aquella cantidad representaba. Todas las ambiciones de su vida juntas no habían pasado de mil reales. Respecto á esta cantidad, sabían cuanto había que saber: lo que abultaba en onzas, en medias onzas, en ochentines, en duros, en pesetas y hasta en monedas de cobre; lo que se podía comprar con ella; en qué monedas cabía en la faltriquera y en qué otras se necesitaba un taleguillo de á maquilero para guardarla, etc., etc. Pero, ¡treinta mil duros! ¿Cuándo habían pensado ellos en semejante cantidad?... qué digo, ¿cuándo la habían mencionado siquiera?
Cuando el escribano los dejó solos y hubieron pasado los efectos más gordos de su sorpresa, los dos cónyuges se dieron á discurrir sobre la enorme cantidad, y trataron de pesarla y de medirla según sus pobres alcances.
—Digo, Paula—exclamaba Blas, rascándose la cabeza y apretando mucho los ojos,—que treinta mil duros deben ser... deben ser... ¡Cá!... ¡una barbaridá de dinero!... Deben ser... Yo creo que no cabrán en la caldera grande, aunque estén en onzas de oro.
—Yo no sé, Blas, si caben ó no caben en la caldera—replicaba Paula verdaderamente fascinada por la idea de semejante masa de riqueza;—lo que sé es que debemos ser muy ricos... ¡horror de ricos!... más ricos que el señor cura, más ricos que el médico, más ricos que ese fachendoso de tabernero que, porque tiene caballo, quiere pisar á too el mundo; más ricos que el alcalde, más ricos que toa la riqueza mesma de cuatro leguas á la reonda. Esto es lo que yo sé, y no quiero saber más.
—¡Calla!—gritó Blas de pronto, dándose en la frente un puñetazo, que á habérsele dado en igual sitio á un becerro, le hubiera dejado redondo;—creo que vamos á saber á punto fijo cuánto abulta ese dinero. Yo voy contando duros uno á uno hasta mil... ¿eh? dempués otra vez uno á uno hasta mil; luegomente uno á uno hasta mil tamién, hasta que haga treinta mil pilas de á mil duros ca una...
—¡Treinta no más, borrico!—contestó Paula dando un puñetazo á su marido.
—Bueno, lo mesmo da: siempre resultará que tenemos una pilá de duros que... ¡María Santísima! se me va la vista sólo de pensar en ella. Paece que la estoy viendo: grande, grande, grande, como... No sé cómo es de grande; pero se me fegura que aunque estemos comiendo duros á pienso too el año, no acabamos con ella... ¡Virgen de la Encarnación del Hijo de Dios y de María Santísima y de toos los santos y santas de la corte celestial!
Y Blas, fuera de sí, comenzó á sacudir puñetazos sobre las ancas de su mujer, que se tumbó boca abajo riéndose á carcajada seca, sin darse cuenta de lo que hacía; arrebato que concluyó por levantarse de repente los dos esposos lanzando berridos y echando cada lagrimón como una manzana carretona.
—¡En buena hora te casaste conmigo, cachorrón!—gritaba Paula entre sollozos y tirones de greñas.
—¡No te cantó mal gallo cuando me engañaste, becerrona!—contestaba Blas sorbiendo sus propias lágrimas y echando al aire la chaqueta y las abarcas.
—¡Anda, marranón!
—¡Anda, jabalina!
Cuando la calma volvió á apoderarse de los desquiciados espíritus de Blas y de Paula, ésta, después de meditar un largo rato, propuso á su marido llamar al maestro de escuela que, como hombre de pluma, era el único que podía sacarlos de aquella obscuridad en que cada vez se extraviaban más.
—¡Defetivamente, canijo!—respondió Blas con entusiasmo.—Vea usté y cómo mil demonios no dimos antes en ello. Y voy á ir yo mesmo por él... aunque, bien mirao, ya no debía andar á recaos como un zarramplín cualsiquiera; pero como entovía no hemos apandao la herencia, no estará del too mal visto lo que voy á hacer.
Y Blas salió del corral afuera como alma que lleva el diablo, mientras su mujer se tendió á la bartola en mitad del estragal, riendo y llorando á la vez de puro gusto.
V
Era el maestro, don Canuto Prosodia, hombre enjuto y pequeño de cuerpo, corto de alcances, aunque él creía lo contrario, y muy largo en adular á todo el que podía dar algo.
Vestía ordinariamente traje obscuro de corte humilde con aspiraciones á más elevado; es decir, gastaba un aparejo que lo mismo podía llamarse gabán corto que chaqueta larga, y llevaba al cuello un corbatín de lana que tiraba á seda. Era gran echador de epístolas los días feriados, y llevaba toda la correspondencia del lugar con los indianos y jándalos ausentes de él. Blasonaba de muy aplomado en sus pareceres, y esto le valía la intervención en todos los picos de las familias del lugar; tenía, en fin, mucha mano con ellas... y mucha cuenta que dar á Dios de los desaguisados que causaba en el vecindario su torpeza ó su malicia. Se la echaba de sobrio, pero yo sé que tomaba cada turca que ardía Troya; sólo que para emborracharse se encerraba en casa.
Prevengo que ninguno de estos pormenores es de absoluta necesidad en la presente historia, y que sólo los he apuntado porque no me gusta presentar á mis lectores un personaje sin decirles lo que es, para que sepan con qué casta de pájaros tienen que codearse.
Pues señor, volviendo á lo que más nos importa, Blas y don Canuto Prosodia llegaron á casa del primero cuando aún Paula no se había levantado del suelo, donde cayó desconcertada por la alegría, al salir su marido en busca del pedagogo.
—¿Mi señora doña Paula está indispuesta?—dijo don Canuto descubriéndose y parándose delante de la mujer de Blas.
—¡Qué endispuesta ni qué canijo!—respondió Paula levantándose de un respingo;—si tengo más salú que Pateta. Lo que yo quiero es saber en un periquete cuánto dinero tenemos, y, sobre too, que no me güelva usté á zamarrear con tanta doña ni tanta jeringa.
—Á todo señor, todo honor—replicó don Canuto doblándose á compás.—Pero dejando este punto por ahora, pasemos al que me trae aquí á solicitud del señor don Blas, que ha tenido la dignación de enterarme por el camino de todo lo necesario para el mejor éxito de mi cometido.
Don Canuto, al decir esto, sacó del bolsillo interior de su chaquetón-gabán un tintero de cuerno y un pliego de papel blanco en ocho dobleces. Destornilló el primero, extrajo del hueco de su cónica tapadera una pluma de ave, limpióla sobre la manga de su brazo izquierdo, llenóla luego de tinta con mucha pulcritud, oprimiendo la parte tallada contra los tintales de algodón que contenía el tintero, desdobló el papel dejándole reducido á cuatro pliegues, sentóse en la silla de bañizas, pidió á Paula la tortera, puso ésta horizontalmente sobre su muslo derecho, y en el suelo y al alcance de su mano el tintero, colocó el papel sobre la tortera y el brazo derecho sobre el papel, pluma en mano, carraspeó dos veces mirando de hito en hito á los dos esposos que acurrucados en el suelo contemplaban en silencio al dómine, jadeando de curiosidad, y con el tono más melifluo y acompasado que pudo, habló lo siguiente:
—Hame dicho el señor don Blas que asciende la herencia de ustedes á la respetabilísima cantidad de treinta mil duros. Apúntolos, pues. Para reducirlos á reales, los multiplico por veinte, ó, lo que es lo mismo, por dos, añadiendo luego un cero á la derecha del producto que esta multiplicación nos arroje. Tenemos, pues, que los treinta mil duros son lo mismo que seiscientos mil reales.
—¡Echa reales!—dijo Blas sobándose las manos.
—¡María Santísima!—exclamó Paula mordiéndose los puños.
—También me ha dicho don Blas—continuó don Canuto,—que esa suma está invertida en América, según reza el testamento, en fincas y empresas á cargo de un apoderado del testador, que cuidará en lo sucesivo de remitir á ustedes los productos de dicho capital, ó el capital mismo si ustedes lo desean. ¿No es esto lo que usted me ha dicho, señor don Blas?
—Hombre, precisamente eso mesmo, no; pero eso es lo que he querío decir.
—Tanto monta.
—Pero señor don Canuto—exclamó Paula con impaciencia,—lo que nusotros queremos saber es cuánto nos corresponde caa día al respetive de esa barbaridá de dinero.
—Á eso vamos, señora mía. Suponiendo que el capital produzca un seis por ciento, rédito que me parece muy conforme con la ley de Dios, ganará en todo un año... ¿Por qué método quieren ustedes que hagamos este cálculo? Tenemos dos: uno que consiste en establecer la siguiente proporción: ciento es á capital, como tanto es á interés, y despejar luego la incógnita, que en el caso presente es el interés, según las reglas establecidas por los autores; y otro, que llamamos abreviado, consistente en...
—Déjeme usté de esas andróminas, señor don Canuto—interrumpió Paula ya quemada,—y sáqueme usté pronto el montante del dinero, aunque lo saque por el satanincas ó por el diaño que cargue con usté y con esa calma condená que se le pasea por los gañotes.
Don Canuto bajó la cabeza, un si es no es contrariado en su alarde de erudición con la andanada de Paula, y comenzó á hacer números con mucho pulso sobre el papel. Blas y Paula seguían con la vista con ávida curiosidad los giros de la pluma de don Canuto, como si conocieran los guarismos que éste hacía. Al cabo de un cuarto de hora levantó el maestro la cabeza, colocó la pluma sobre la oreja derecha, tomó entre sus manos el papel en que había hecho los cálculos, y dijo á los dos herederos, que seguían arrodillados delante de él y mirándole sin pestañear:
—Importan anualmente los réditos del caudal, al seis por ciento, según hemos convenido, treinta y seis mil reales, que divididos entre trescientos sesenta y cinco días que tiene el año, proporcionan á ustedes un diario de noventa y ocho reales y veinte maravedíes, salvo error de pluma ó suma.
—Y ¿qué es eso de diario, señor maestro?—preguntó Paula.
—Diario, señora mía, es lo mismo que si dijéramos todos los días; más claro: cada veinticuatro horas tienen ustedes una renta de noventa y ocho reales y veinte maravedíes.
—¡Carafle! yo creí que nos correspondía más,—dijo Blas con cierto disgusto, mirando á Paula.
—Yo tamién,—añadió ésta mirando á Blas.
—Pero, señores, reparen ustedes que ese diario procede solamente de las rentas del capital, que siempre queda entero y de ustedes.
—¡Ahhh!!—exclamaron, respirando con placer, los dos bolonios herederos.
—El capital es, como quien dice, una fuente que da cada veinticuatro horas, para ustedes que son dueños de ella, noventa y ocho reales y medio. Claro está que si ustedes no se satisfacen con lo que de la fuente mana espontáneamente, pueden acudir al depósito, zambullir en él la cabeza y darse un atracón hasta que revienten ó hasta que le agoten; resolución que yo no aprobaría, pues esta clase de fuentes, una vez secas, yo no vuelven á dar, por lo general, una mala gota.
—Aguárdese usté y perdone—dijo Paula de repente, cogiendo al maestro por las solapas del chaquetón.—Pinto el caso de que yo tengo una vaca; la ordeño un día, y me echa en la zapita noventa y ocho reales y medio; la ordeño otro día, y me da otro tanto, y todos los días lo mesmo: esta vaca nunca se seca, y además la vaca es mía. ¿No es así el aquél de la herencia?
—Cabalito,—respondió el maestro, desprendiendo, con mucho cuidado, de su gabán-chaqueta las manos de Paula, porque no se llevaran las raídas solapas entre las uñas.
—¡Paula!—gritó Blas entre lloroso y risueño;—espienzo á conocer lo riquísimos que semos, y que he sío un burro pensando que tú eras rematá de bestia. Y usté, señor don Canuto, toque esos cinco y cuente con un vestío de arriba abajo, y con un barril de lo blanco.
—¡Tanta munificencia! ¡Tanta generosidad!... ¡Oh, señor don Blas, yo no merezco semejante agasajo!—replicó el pedagogo plegándose como un libro y relamiéndose de gusto.
—¡Qué comenencia ni qué grandiosidá son esas que usté emperegila!—añadió Paula dando manotadas al aire;—tome lo que le dan sin cirimonia y con toos los sentíos del alma, que usté se lo merece y nusotros podemos darlo... ¡y mucho más, si se mos pone en el testú!
—Seguramente que sí, y sólo con el recurso de la renta; porque si se propusieran ustedes gastar en veinte años, por ejemplo, todo el capital, que no deja de ser plazo respetable, hasta carruaje podrían tener ustedes, y ugieres y saraos, banquetes y justas ó torneos. Acepto, pues, la oferta, aunque conmovido por el reconocimiento. Y con esto no canso más. Terminada mi misión entre ustedes, déjoles entregados á sus risueños cálculos, y vuélvome á buscar á mi dulce amigo, el estudio, que me espera en la lobreguez de mi paupérrima morada. He dicho, y soy de ustedes afectísimo seguro y agradecido servidor que sus pies y manos besa respectivamente.
Y tras esto, salió don Canuto, de espaldas por más señas, dejando más y más aturdidos á los dos herederos con la andanada de carruajes y saraos que les soltó.
Cuando Blas y Paula se quedaron solos, el primero se separó de la segunda tres ó cuatro varas; miróla un rato, y se dió en seguida á bailar y á gritar. Paula hizo lo mismo que su marido. De pronto se paró éste, fijó otra vez su vista en Paula, abrió los brazos y gritó poseído del mayor entusiasmo:
—Paula... ya lo has oído: ¡semos riquísimos! ¿Qué te pide el cuerpo?
—Blas—contestó Paula con iguales ademanes y el mismísimo entusiasmo:—¡muchísimo azucarillo! ¡horror de bizcochos! Y á tí, ¿qué te pide el tuyo?
—Paula, ¡muchísimo colchón! ¡atrocidá de vino blanco!
—¡Pus á ello, Blas!
—¡Á ello, Paula!
VI
Y aquí entra la parte más lastimosa de esta verídica historia.
Han pasado tres años desde la escena que acabo de referir. Blas y Paula no viven ya en la pobre casuca que heredó de su madre la segunda: han comprado un caserón solariego con portalada y solana, y han trasladado á él sus penates. El tal caserón tiene gran corralada y anchas cuadras; pero ni en la primera saltan los terneros, ni en las segundas se oyen los mugidos de las vacas ni las campanillas de los bueyes. Blas, que á veces se la echaba de listo, se había reído en más de una ocasión, desde que supo el cuento de boca del oportunísimo señor cura, de aquél labrador de Castilla que solía decir, pareciéndole muy larga la distancia que mediaba entre su casa y sus haciendas:—«Si por algo deseo ser rico, es por poder ir á caballo á cavar mis tierras».
Cuando Blas y Paula cambiaron de morada, se propusieron cambiar también de costumbres y dedicarse resueltamente á ser señores, y nada más que señores. La casuca quedó, pues, con sus ganados y sus tierras, encomendada á un aparcero, que halló con todo ello el cielo abierto. Los flamantes capitalistas sólo llevaron al caserón sus cuerpos, sus ropas nuevas y los equipajes del indiano. Á Blas le incomodaba hasta el olor del ganado vacuno, y Paula se compadecía de las gentes que tenían, para comer, que sallar maíces bajo los rayos del sol de junio.—«Bastante hemos tirao del mango de la azáa y arrascao las nalgas á las bestias», decía Paula muy á menudo; «y cuando el Señor nos ha puesto en las manos la fortuna, es porque no quiere que trabajemos más».
No se extrañe, pues, el silencio y la soledad que reinan en la nueva morada de nuestros conocidos: bajo sus carcomidos techos y entre la pesadumbre de sus viejos resquebrajados muros, no hay más seres vivientes que Blas y Paula; un criado zurdo y perezoso, pastor de vacas en los malos tiempos de sus actuales amos; un perro holgazán, que lo poco que ladra lo ladra echado, y algunos centenares de ratas y lagartijas.
El mobiliario de la casona se compone de una docena de sillas de perilla, de una gran mesa de nogal, de una cama de lo mismo con un enorme jergón, y otra con seis colchones y una escalera de mano arrimada á ellos. La primera es la de Paula, pues no ha habido fuerzas humanas que la reduzcan á dormir sobre lana.—«En quitándome á mí», decía, «de meter las patas por los ujeros del jergón entre las hojas, no cierro el ojo ni descanso».—Blas era en este punto el viceversa de su mujer: amaba con delirio los colchones, según hemos tenido ocasión de observar; y como eran ricos y podían hacer su santísima voluntad, la una se proveyó de un jergón á su gusto, y el otro se atracó de colchones, hasta el extremo de necesitar una escalera para trepar al último de ellos.
Entre las doce sillas que apenas se ven en el anchísimo salón en que están colocadas, hay un gran armario.
Este armario está dividido, interiormente, en tres departamentos: en el superior hay pan y algunas otras municiones de boca; en el centro, cuatro vasos de á cuartillo y dos grandes envoltorios, uno de azucarillos y otro de bizcochos; por último, en el inferior se guarda, cuidadosamente calzado con tacos de madera, un barrilito de á cántara, con canilla de metal, haciéndole la guardia de honor dos vasos de á cuarterón, ó cortadillos.
Y ahora que conocemos estos detalles de la casa, digamos algo de los que la habitan.
Paula no es ya aquella mozona rechoncha que vendía salud y alegría cuando ustedes la conocieron: está flaca como un espárrago, y vela su morena faz un tinte amarillento que tira á cárdeno; es apagada y triste su mirada, y su voz débil y penosa; anda á cortos pasos, y así y todo, vacilan sus piernas bajo el leve peso del descarnado tronco. No sale de casa más que para ir á misa, y se pasa los días tendida en la solana.
Blas, aunque no más risueño y alegre que su mujer, es físicamente lo contrario de ésta. Ha echado un morrillo como un toro y un vientre que mete miedo. Anda con dificultad por la excesiva gordura de sus muslos, y parece que echa lumbre por los ojos, las mejillas y la punta de la nariz. También sale poquísimo á la calle, y tantas horas como su mujer en la solana, se pasa él tumbado boca arriba encima de los colchones de su cama.
El criado y el perro huelgan siempre, y sólo están alegres cuando están comiendo.
¿Cuáles son las causas que han producido un cambio tan radical y tan rápido en el carácter de nuestros simpáticos amigos Paula y Blas?
Van á conocerlas ustedes.
Al saberse en el pueblo la noticia de que éstos habían heredado al indiano, la mayor parte de los vecinos se sintieron mordidos por el demonio de la envidia, y ya que no podían deshacer con su mala intención lo hecho por la bondad de aquél, decían á cada instante:—«¡Qué lástima de dinero!» Lo cual significa, para todo el que conozca un poco á ciertas gentes: «Les cayó á los herederos la lotería con la guerra que les vamos á armar si no aflojan la mitad de lo heredado». Otra parte del vecindario recibió con indiferencia la noticia; y otra parte, la más pequeña por supuesto, se alegró de buena fe al saber que Paula y Blas habían salido de pobres.
Cuando «se corrió» que éstos habían recibido la primera remesa de fondos, su casa no se pudo cerrar en todo el santo día de Dios.