[AL ÍNDICE]

BIBLIOTECA CALLEJA
PRIMERA SERIE
JOSÉ M.ª SALAVERRÍA
EL POEMA
DE LA PAMPA
OBRAS DE JOSÉ M.ª SALAVERRÍA

EL PERRO NEGRO
(Ensayos).
VIEJA ESPAÑA
(Impresión de Castilla, con un prólogo de Pérez Galdós).
NICÉFORO EL BUENO
(Novela).
LA VIRGEN DE ARÁNZAZU
(Novela).
TIERRA ARGENTINA
(Viajes).
LA SOMBRA DE LOYOLA
(Ensayos).
A LO LEJOS
(Ensayos).
CUADROS EUROPEOS
(Viajes).
ESPÍRITU AMBULANTE
(Ensayos).
LA AFIRMACIÓN ESPAÑOLA
(Ensayos).
EL MUCHACHO ESPAÑOL

JOSÉ M.ª SALAVERRÍA

EL POEMA
DE LA PAMPA

“MARTÍN FIERRO”
Y EL CRIOLLISMO ESPAÑOL
MCMXVIII
CASA EDITORIAL CALLEJA
FUNDADA EN 1876
MADRID
PROPIEDAD
DERECHOS RESERVADO
COPYRIGHT 1918
BY JOSÉ MARÍA SALAVERRÍA
Imp. Martín de los Heros, 65.

CAPÍTULO PRIMERO
Preliminar

NO tiene fácil disculpa el hecho triste, vergonzoso, de la separación intelectual entre las diferentes porciones del mundo castellano, y sobre todo entre España y sus hijas las repúblicas de América. Un siglo de resquemores, tal vez de odios; un largo siglo de mutua incomprensión y mutuo desvío, es un plazo sin duda suficiente largo para pagar culpas antiguas. Es ya hora de que españoles y americanos desistan de anacrónicas actitudes.

Cada vez se acentúa más la corriente de aproximación que arrostran los gobiernos y las entidades comerciales o universitarias. Pero tales corrientes aproximativas resultarán sin bastante suficiencia o eficacia si no les ayuda el interés y el mutuo estudio literario, ejercido con un sentimiento desde luego cordial y una crítica atenta, generosa.

Españoles y americanos no se hallan, al respecto, en el mismo plano de igualdad. Porque aun en los peores trances de desamor o de odio, los americanos han seguido directamente el desarrollo de las letras españolas, gracias al prestigio que las cosas europeas tienen siempre en América, y además por el indudable contenido de la literatura de España y por su superioridad frente a la de América. En cambio, los españoles peninsulares, desde que los virreynatos se alzaron en repúblicas, parece que hubiéramos decidido borrarlos del mapa de nuestra preocupación. Nada de ellos nos ha interesado. ¿Quizás porque, en efecto, nada valía su producción literaria?... Es verdad que los países americanos de nuestra lengua no han creado un Poe, un Emerson, un William James; pero ellos han dado a luz hombres extraordinarios en el orden político, militar y educador; han creado obras, en fin, que a los españoles nos deben preocupar, y yo me adelanto a poner como un tipo de obra curiosísima, altamente excepcional y hondamente española, este libro poemático del Martín Fierro.

Ya quedará tiempo para el comentario de las obras formales y de los autores eminentes de Hispano-América; no faltarán plumas capaces que aborden esa empresa. Yo he preferido acercarme a un libro irregular, sin forma casi, rudimentario probablemente, fruto del ingenio argentino. El poema del Martín Fierro no es popular a la manera anónima de los antiguos poemas europeos; tiene un autor conocido y reciente, que se llama José Hernández. Pero es profunda y particularmente popular, porque está escrito en el habla de las calles y los campos, sin aliño alguno, sin intención de producir efectos desaliñados, ingenuamente, espontáneamente, como un resultado asombroso de la inspiración del pueblo. En tal sentido equivale a un fenómeno, a un acontecimiento literario. Causa asombro, efectivamente, considerar que haya podido escribirse en época bien moderna, en el año 1872, un poema popular que contiene todas las particularidades de las obras míticas y de los libros anónimos, populares. Este raro fenómeno ha de explicarse por el estado primitivo que ofrecía la vida pampeana hasta hace pocos años; y ahora mismo no escasean en la Argentina territorios vírgenes poco menos que inexplorados, donde las gentes se conducen en una forma libre, pintoresca, a espaldas del tumulto de una civilización urbana de carácter súbito e inmigratorio.

Aunque no fuese más que por este último motivo, el Martín Fierro tiene para los españoles un valor muy grande. En sus desaliñados versos se pinta y describe el carácter de la primitiva población argentina, y esa población criolla está ligada a la idiosincrasia española con lazos tan íntimos, que hasta se puede decir que interesa tanto a España como a la Argentina el conocimiento, el estudio, el recuerdo de la auténtica población pampeana. El gaucho no es sólo un ejemplar platense; es también un elemento español, el cual en cierto modo contiene algunas de las más netas o principales características de la gran familia española.

El lector, desde luego, habrá observado en estas líneas la intención de hacer un descubrimiento literario. Ciertamente, se trata aquí de dar a conocer una obra casi del todo desconocida en España; si algún lector culto conoce el Martín Fierro, es a causa de haber visitado la República Argentina. Y como esta ignorancia casi general representa un descrédito, he ahí por lo que me propongo comentar el libro argentino y hacer que los criollos del Plata no acusen a la literatura española de excesivamente exclusivista o desdeñosa.

Repito que el Martín Fierro tiene para España acaso tanto valor como para la Argentina. El héroe del poema es criollo, gaucho puro, con mezcla, por tanto, bastante considerable de sangre india; los hechos que a través de las estrofas se ponen de relieve afectan a la vida de las Pampas y a conflictos territoriales, indígenas, especialmente a la lucha del campo libre y de la ciudad invasora. Pero, con todo, a pesar de su labor localista, los hombres y los conflictos del Martín Fierro tienen estrecha relación con España. La desaparición del gaucho ante el progreso formal de la ciudad cosmopolita, ¿cómo podría ser indiferente para los españoles? Téngase en cuenta que en el fondo de la naturaleza gauchesca palpita el espíritu de la sociedad colonial; rudo, ignorante, agreste como es el gaucho, él contiene en esencia toda la tradición de los conquistadores. Su lenguaje es un prodigio de permanencia prosódica, y hoy mismo se escuchan en plena Pampa voces y refranes que no han sufrido alteración desde el siglo XVI. En cuanto a su sentido religioso y filosófico, su sobriedad, su estoicismo, su socarronería, su valor, su empaque, su fidelidad, su desprendimiento, su mezcla de gracejo y de melancolía, su amor al caballo y al cuchillo, su guitarra y su cigarro... todos estos atributos corresponden a la naturaleza del español. Nosotros no podemos desdeñar, sin grave culpa, la noble, romancesca y extraña figura del gaucho.

Muchas veces se ha ponderado la identidad de raza, idioma y espíritu de España y las naciones de América. ¡Con qué frecuencia, sin embargo, ha sido proclamada esa identidad de labios afuera y como vano recurso retórico! Pero la identidad existe, a pesar de todas las ligerezas retóricas, y no son siempre los oradores a quienes debemos la aproximación hispano-americana; es ella misma quien la consuma. Quiero decir que la hermandad de España y América es fruto de un fatalismo, y se opera en virtud de causas extraordinarias, ineludibles.

La causa principal de que España y América no puedan ser nunca extrañas entre sí, consiste en que América recibió de una vez, rápida y copiosamente y con exclusión de todo agente ajeno, la civilización española. Esta civilización, además, la recibió América en su período más feliz de madurez y de fuerza, cuando el alma española salía depurada y robustecida de una épica prueba de siete siglos; cuando la unidad nacional estaba sellada indisolublemente; cuando el Renacimiento divinizaba la energía; cuando el lenguaje castellano adquiría su plenitud sonora y gramatical; cuando la política tenía un franco sentido expansivo y dominador; cuando el espíritu español no dudaba, sino que afirmaba su gran voluntad de poder.

Finalmente, América recibió la civilización, el idioma, la fe, el ser de España, de aquellos territorios peninsulares que tienen más metida en su alma el vigor castizo de la raza. Los primeros capitanes y pobladores salieron de Extremadura y Andalucía, y ellos infundieron a América su lenguaje, sus costumbres, sus más íntimos matices provinciales. De tal manera, que ahora mismo puede observar el viajero cómo en la modernista Buenos Aires conservan muchas casas el corte de las viviendas andaluzas, y cómo aquellos habitantes, hasta los hijos directos de italiano o de ruso, hablan con el dejo y los provincialismos de Andalucía.

La “solera”, que hace perdurar en los vinos de marca el sabor original, mantiene en el fondo americano el primitivo ser español. Y de este modo, cuando un escritor americano produce una obra sincera, a pesar suyo, y aunque pretendiera haber escrito una obra americana, en realidad escribe un libro español. Tal es el caso de José Hernández, literato argentino, autor del poema Martín Fierro.

José Hernández era un escritor modesto que no pretendía sorprender a París con una nueva tesis literaria. Se limitó a componer un poema, usando directa y felizmente el lenguaje del pueblo. Y sin darse cuenta, por un fenómeno bastante frecuente en literatura, hizo la obra más argentina, más veraz, más feliz de cuantas se han escrito en el país ríoplatense. Y como arrancó sus personajes y sus episodios de la misma entraña americana, sin remedio escribió un libro muy español. En efecto, el Martín Fierro es un romance heroico popular y costumbrista, que en realidad viene a describir la vida del español transplantado a América. El tipo del gaucho, tan americano de suyo, no es otra cosa, si bien se mira, que un español nacido en el clima y el paisaje de la Pampa.

No es fácil determinar el punto de América en que se conserva más pura la tradición de los conquistadores. En Méjico y en Bogotá, en Lima y en Santiago de Chile, el español suele recibir profundas y emocionantes sorpresas al encontrar tantas huellas vivientes de la cultura, el sentimiento y la misma superstición de España. Aquellas ciudades parecen más bien pedazos españoles, transportados íntegramente bajo el cielo americano. Y puede ocurrir que el español de la península encuentre que esos pedazos transportados contengan más sabor españolista, sean más íntima y externamente españoles que la misma España peninsular.

Es seguro que Bogotá y Lima reproducen mejor que Buenos Aires el tipo de la ciudad propiamente española. Henchidas de savia cosmopolita, las poblaciones argentinas de la costa se desprenden cuanto pueden de su sabor colonial; el campo también, en la proximidad de esas poblaciones de aluvión, va perdiendo su primitivo carácter, y al gaucho pintoresco sucede una forma híbrida de farmer vulgar, pedestre y sedentario. Pero hacia el interior tropezamos con un tipo de hombre tan curioso, tan auténticamente españolista, que nos resistimos a llamarle extranjero. El gaucho de antes, el paisano de hoy, tiene bastante más derecho a llamarse español que muchos pobladores de ciertas tierras de España.

El gaucho es un ejemplar de hombre que ha logrado cierta reputación universal. Se le conoce y se le ha comentado en muchos libros, a causa de su carácter, de su excepcionalidad. En esto se parece al español, puesto que el español, en el clima europeo, es un individuo aparte. Los otros países americanos eran generalmente aptos para sostener una población nutrida y sedentaria; el indio de Méjico y del Perú, habituado a un civismo siquiera rudimentario y a los trabajos de una industria y agricultura primitivas, y hechos a la vida comunal y a la obediencia de sus reyezuelos o emperadores, entraron fácilmente en la civilización colonial española y no destacaron mucho su carácter.

Pero en las riberas del Plata, como en los llanos de Venezuela, se formó una población particular, original, producto en gran parte del medio. Los mestizos de español y de indígena hallaron una pradera anchurosa, infinita y desierta, que de algún modo recordaba las planicies españolas. En aquella pradera, los carneros y los caballos se multiplicaron bíblicamente, y surgió ese tipo de pastor heroico que hablaba el idioma de los hidalgos, montaba a lo caballero, manejaba la daga diestra, y todo esto sin perjuicio de una rusticidad de salvaje libre, arisco y puntilloso.

Era yo niño, cuando cayó en mi poder un Viaje alrededor del mundo, escrito por Arago. Al recalar en el estuario del río de la Plata, el sabio escritor francés, con una frivolidad muy francesa, describe la vida del gaucho y borda una serie de fantasías. Pero con todas sus exageraciones, aquel tipo del gaucho me impresionó profundamente y quedó su figura bien grabada en mi memoria.

Después, al visitar la Argentina, y buscando la imagen del gaucho entrevisto en las primeras lecturas infantiles, hube de recibir una pésima explicación: ya no había gauchos en el país... Pero no hay que creer mucho a los criollos que piensan ufanos, ante el esplendor de Buenos Aires, que toda la Argentina es idéntica a la gran metrópoli. Indudablemente, la marea inmigratoria va borrando muchas características criollas; el paisano ya no viste chiripá[1] ni las antiguas botas indígenas. Pero separándose un poco de Buenos Aires, el viajero encuentra unos hombres singulares que son bien parecidos al gaucho tradicional. Unos hombres de hermosa figura, buena talla, rasgos físicos firmes, actitud un tanto grave, color pálido. La sangre india alarga un poco sus ojos hacia las sienes, y agranda las alillas de la nariz, dándoles un aire particular que en el país llaman achinado. En cuanto a la sangre española, andaluza, que llevan en su ser, les proporciona un tono de elegancia corporal, un bello empaque y gracia de los movimientos, una finura en los rasgos. Algo parecido a este ejemplar de hombre son los jíbaros montañeses que yo había contemplado antes en Puerto Rico, aunque aquéllos, por el clima tropical en que viven, sean menos robustos y desenvueltos que el paisano argentino.

Lleva éste, en las comarcas del interior, un pantalón anchísimo como el de los zuavos, sombrero flexible, poncho y cinturón de plata, y porta, cruzado en los riñones, un largo cuchillo que le sirve para carnear[2], y que manejado hábilmente le ayuda a vengar cualquier ofensa o atropello.

El tipo legendario del gaucho se ha convertido en caricatura al contacto del suburbio de Buenos Aires. Toda la nobleza y arrogancia del gaucho pastoril y libre ha derivado en Buenos Aires hacia el tipo repugnante del compadrito[3], especie de chulo, pero más sanguinario y soez que el chulo madrileño; semejante al apache parisiense e hijo de una inmigración poco escogida. Descendiente con frecuencia de napolitanos o calabreses, imita el empaque y la fachenda del paisano antiguo, pero no su nobleza, e introduce en el idioma español, junto con los pintorescos giros criollos, un montón de palabras presidiarias, una hez de voces italianas; una jerga, en fin, de suburbio y de bar cosmopolita, con cadencias de tango obsceno y canallesco.

Las cuitas y las hazañas del gaucho pampeano es lo que narra el Martín Fierro. Para el lector español, la vida de la Pampa debe ser una prolongación de la vida castellana o andaluza. Procuraré describir y comentar lo saliente de este libro singular, añadiendo impresiones, recuerdos y paisajes anotados por mí a lo largo de la hermosa tierra argentina.

CAPÍTULO II
El Argumento

LOS que exigen a la obra literaria un gran número de episodios, bien trabados y tendientes a un fin armónico, en una forma más o menos clásica; los que siguen el precepto francés de orden, redondez y armonía, en el pequeño poema del Martín Fierro hallarán pocos motivos para admirarse. Esta es una obra suelta, libre, un tanto desordenada. Tiene todo el aire de la antigua novela española, y por tanto se reduce a tomar al héroe, situarlo en medio de la vida y hacerle andar. El héroe, en efecto, realiza sus actos como en la misma vida, sin someterse a un plan, un acto tras otro; y cuando el narrador se fatiga, corta el hilo de las aventuras, y el libro ha terminado.

Este libro, en suma, describe la vida azarosa y amarga de un gaucho ríoplatense. El mismo héroe nos cuenta sus antecedentes, su alegre juventud en el pago[4] donde naciera:

Entonces, cuando el lucero
brillaba en el cielo santo,
y los gallos con su canto
décian[5] que el día clareaba,
a la cocina rumbiaba
el gaucho que era un encanto.

Y sentao junto al fogón
a esperar que venga el día,
al cimarrón[6] se prendía
hasta ponerse rechoncho,
mientras su china[7] dormía
tapadita con su poncho.

Y apenas el horizonte
empezaba a coloriar,
los pájaros a cantar
y las gallinas a apiarse[8],
era cosa de largarse
cada cual a trabajar.

Este se ata las espuelas,
se sale el otro cantando;
uno busca un pellón blando,
éste un lazo, otro un rebenque,
y los pingos[9] relichando
los llaman desde el palenque...

Tiene una china que le quiere, o sea una mujer adjunta; tiene dos hijos, y no le falta un buen caballo, el pingo cariñoso y trotador, y algunos útiles de caballería, como son las espuelas grandes de plata, el ceñidor adornado, el lindo poncho y la daga[10] inseparable. Toda esta felicidad se acaba el día en que llega un juez avinagrado, el cual recoge a todo el gauchaje como en una redada y envía a los pobres hombres a la frontera de los indios, para que sirvan de soldados.

Y aquí empiezan los infortunios del gaucho Martín Fierro. Lo hacen soldado; pasa hambre; no cobra nunca la paga entera, y encima de esto tiene que soportar los ataques en masa de la indiada, que acomete más de una vez al fortín[11] de los cristianos.

Y pa mejor de la fiesta,
en esa aflicción tan suma,
vino un indio echando espuma
y con la lanza en la mano,
gritando: “Acabau, cristiano;
metau el lanza hasta el pluma...”

Dios le perdone al salvaje,
las ganas que me tenía;
desaté las tres Marías[12]
y lo engatusé a cabriolas.
¡Pucha![13]. Si no traigo bolas
me achura el indio ese día.

Era el hijo de un cacique,
según yo lo averigüé.
La verdá del caso jué
que me tuvo apuradazo.
Hasta que al fin de un bolazo
del caballo lo bajé.

Ahí no más me tiré al suelo
y lo pisé en las paletas.
Empezó a hacer morisquetas
y a mezquinar la garganta...
Pero hice la obra santa
de hacerle estirar la jeta.

La mala vida de la frontera se le hace tan odiosa a Martín Fierro, que decide marcharse; y como simple desertor vuelve a los poblados. Y estando de fiesta en una pulpería[14], el aguardiente le trastorna el seso, de modo que arma pendencia a un valentón, riñen, y lo deja muerto. Otro día se encara con un negro, mientras rasguea la guitarra, y también riñen, e igualmente lo mata.

Huye, pues, a la ventura, y al escapar se le llena el alma de una desgarradora melancolía.

Vamos, suerte, vamos juntos,
dende que juntos nacimos.
Y ya que juntos vivimos
sin podernos dividir...
yo abriré con mi cuchillo
el camino pa seguir.

Un día le sorprende el piquete de soldados que andaba tras él. Martín Fierro desenvaina su largo cuchillo y vende cara su libertad. Tumba a dos o tres de la policía. Y cuando el peligro es mayor, uno de los soldados, el amigo Cruz, exclama:

... ¡Cruz no consiente
que se cometa el delito
de matar así un valiente!

Y el soldado Cruz, verdadera expresión de hidalguía castellana del antiguo régimen, se pasa al lado del débil. Y entre los dos bravos hacen huir al piquete.

Caminan juntos por la Pampa desierta, hostigados por la civilización. Reducidos al último extremo, expulsados, inadaptados, ¿qué arbitrio tomarán los gauchos cimarrones? Se refugian, pues, en la patria de los indios. Piden hospitalidad en los toldos [15], y aunque los acogen a su amparo, les someten a rigurosa vigilancia y a frecuentes ultrajes. El amigo Cruz cae enfermo, y se muere. Queda Martín Fierro solo, triste, desesperado.

Y cierto día que el héroe sale a vagabundear, descubre que un indiazo está maltratando a una cristiana cautiva. No vacila, seguramente. Un tosco y rudimentario Quijote vela en el fondo del alma de Martín Fierro. Se avalanza, riñe con el indio, suda mucho para vencerlo, y últimamente lo rinde, lo degüella. Toma en el anca a la cautiva, y huyen a todo escape. Llegando a los primeros poblados, la cautiva y su salvador se separan, y Martín Fierro, casi envejecido, retorna a sus lares. Ya la justicia olvidó las cuentas viejas. Martín Fierro busca su casa, y la encuentra rota, sin techo. Su mujer desapareció, y nadie sabe de ella. Sus dos hijos están allí, y al encontrarse cuentan todos sus vidas, sus trabajos... Y esto es todo.

Sí, esto es todo. Pero como en la generalidad de las obras de su género, lo importante del Martín Fierro no consiste en su trabazón ni en la transcendencia de sus episodios; el valor de la obra está en el tono, en el aire libre y primitivo, en la poética o dramática realidad de los pasajes, en el dibujo de los tipos, en la gran ráfaga de vida pampeana que sopla por todos los rudos versos del poema. En tal sentido, el Martín Fierro merece el amor y la importancia que le conceden a última hora las personas más cultas de la Argentina; indudablemente es el libro que con más fuerza y espontaneidad describe la vida de la Pampa, antes de que ésta fuese manoseada por el agio y la inmigración. Y para los españoles que hemos habitado aquel país, y sentimos que en la llanura del Plata se reproduce y continúa el tipo español con todos sus lunares y todas sus bellezas, este libro del Martín Fierro nos sorprende al principio, nos entusiasma después, y al final lo consideramos como una simple prolongación de la literatura y del alma españolas a través del Océano.

CAPÍTULO III
Jactancia y Valentía

CUANDO más recorremos las porciones de este pequeño y curioso mundo, nos convencemos más de la eterna repetición de las cosas, y observamos, en efecto, que los pueblos se prestan unos a otros los usos y las modalidades, y que nada verdaderamente existe de único y de original. Yo he asistido en Guipúzcoa a los torneos de los versolarios, pujando por sobrepasarse en ingenio y agudeza ante un público numeroso y atento, mientras los vasos de sidra corren de mano en mano, y la extraña salmodía con que se acompañan los versos, lejana imitación del canto llano, deja en el aire una sensación de modorra campestre. Esto mismo, con igual carácter e idénticas manifestaciones, lo hallé en la isla de Puerto Rico, donde los jíbaros y negros acostumbran a contender en las pulperías en un monótono recitado de versos que llaman allí décimas. Pues bien, en la Argentina se repite el fenómeno poético-popular.

Hacen en la Pampa el oficio de versolarís unos bardos rústicos que llevan el título de payadores. En las fiestas, en las bodas y los bautizos, en las animadas zambras que siguen a la operación de la hierra o el esquile del ganado, o sencillamente en las noches del sábado rural, solían, y hoy todavía acostumbran en muchos sitios, reunirse algunos de estos payadores, que guitarra en mano y dispuesto el frasco de ginebra, se enzarzan en interminables discreteos versificados. El buen payador, naturalmente, ha de ser un tanto vagabundo, bebedor, enamorado y jaque. Muchas veces, irritado por las burlas del contrincante y no pudiendo sufrir las risas del auditorio, el payador puede ocurrir que se levante, eche a volar la guitarra y proponga al cuchillo la terminación de la fiesta. Esto, como era de esperar, le ocurre con frecuencia al irascible y gallardo Martín Fierro.

En su sangre alienta la tradición fanfarrona y osada, pundonorosa y altiva de un hidalgüelo español del siglo XVI. No le falta ni siquiera el punto necesario de petulancia, y con esto abarca el hispanismo de las dos grandes centurias; frecuentemente habla y se conduce Martín Fierro como un soldando andaluz que ha guerreado en Flandes bajo el reinado de Felipe IV.

El hispanismo, el andalucismo, el casticismo siglos XVI y XVII resalta en Martín Fierro a lo largo de todo el poema; y eso es más notable y guarda más interés, porque su autor Hernández no se propuso ni remotamente lograr este efecto de hispanismo; él quiso hacer un poema de pura esencia argentina, y siendo verdaderamente bien argentinos el poema, los personajes y las acciones, al mismo tiempo resultan fundamentalmente españoles.

Es muy difícil que en otra raza cualquiera el héroe del poema, convertido en narrador de sus hazañas, tome una actitud de reto y provocación. Es verdad que Martín Fierro, al comenzar su relato, usa la forma convencional y común a todas las epopeyas. Invoca, pues, a las deidades divinas, prestadoras de inspiración:

Pido a los santos del cielo
que ayuden mi pensamiento;
les pido en este momento
que voy a cantar mi historia,
me refresquen la memoria
y aclaren mi entendimiento.

Vengan santos milagrosos,
vengan todos en mi ayuda,
que la lengua se me añuda
y se me turba la vista.
Pido a mi Dios que me asista
en una ocasión tan ruda.

Está bien, y así hicieron todos los cultivadores de la épica. Pero antes de todo, Martín Fierro estima necesario precisar su actitud de jaque, inasequible al miedo y al deshonor:

Mas ande otro criollo pasa,
Martín Fierro ha de pasar.
Nada le hace recular,
ni las fantasmas lo espantan.
Y dende que todos cantan,
yo también quiero cantar.

Con la guitarra en la mano
ni las moscas se me arriman;
naides me pone el pie encima,
y cuando el pecho se entona
hago gemir a la prima
y llorar a la bordona.

Yo soy toro en mi rodeo
y torazo en rodeo ajeno;
siempre me tuve por güeno,
y si me quieren probar,
salgan otros a cantar
y veremos quién es menos.

No me hago al lao de la güella
aunque vengan degollando;
con los blandos yo soy blando
y soy duro con los duros,
y ninguno en un apuro
me ha visto andar turtubiando[16].

En el peligro, ¡qué Cristos!,
el corazón se me ensancha,
pues toda la tierra es cancha[17],
y de esto naides se asombre;
el que se tiene por hombre
ande quiera hace pata ancha.

Soy gaucho, y entiendanló[18]
como mi lengua lo explica,
para mí la tierra es chica
y pudiera ser mayor...

Yo no creo que en la literatura española abunden los pasajes representativos y característicos, positivamente raciales, en que se expresen, como en estos versos del Martín Fierro, la ilustre y sincera valentonería, la altivez quisquillosa, el punto de honor y la obsesión de la negra honrilla. Si el carácter histórico español ha sido considerado por los extranjeros como una exaltada soberbia y como un sentimiento en cierto modo místico del honor a lo hidalgo, las palabras fuertes y decididas que pronuncia el héroe Martín Fierro desde el principio son las más representativas y terminantes. El lector español se resiste a creer que esas palabras no hayan sido dichas por un habitante de la propia España. Pero mirando bien, el caso ya no nos parece insólito. Debe recordarse que en el siglo XVI pasaron a América ejemplares auténticos, firmes y sellados de la raíz española; y en el trasplante al otro lado del Atlántico, aquellos españoles se llevaron todo cuanto en ellos era esencial, lo mismo de bueno que de malo. Y aparte unos pocos aspectos de la naturaleza que disienten, todo es en el Martín Fierro perfectamente, y acaso mejoradamente español.

Tiene, por ejemplo, una soberbia xenofobia y un ingenuo desdén para el extranjero, o sea el gringo[19]. Y cuando los conducen a la fuerza en calidad de soldados, Martín Fierro se permite hacer consideraciones graves y pintorescas a propósito de los intrusos que inundan la Pampa.

Yo no sé por qué el Gobierno
nos manda aquí a la frontera
gringada que ni siquiera
se sabe atracar a un pingo.
¡Si creerá al mandar un gringo
que nos manda alguna fiera!

No hacen más que dar trabajo,
pues no saben ni ensillar;
no sirven ni pa carniar[20].
Y yo he visto muchas veces
que ni voltiadas[21] las reses
se les querían arrimar.

Cuando llueve se acoquinan
como perro que oye truenos.
Qué diablos, sólo son güenos
pa vivir entre maricas.
Y nunca se andan con chicas
para alzar ponchos ajenos.

El gaucho castizo siente un desdén varonil por los inmigrantes sedentarios, por los europeos borreguiles, gregarios, que la excesiva civilización hubo de ablandar. El gaucho, como el español, es un hombre sobrio; tiene a menos la glotonería, desdeña el regalo, y considera que ser masculino equivale a ser duro, independiente, valeroso, estoico. En suma, tiene la moral de los pueblos guerreros, y el gaucho, realmente, estaba en constante pie de guerra ante la inminencia de los indios saqueadores. Por otra parte, el gaucho era hijo de padre español. No se le pida, pues, ni voluptuosidad ni glotonerías. Come carne asada y galleta dura, bebe la infusión del mate, y como vicio tiene la ginebra y el cigarro. Si le falta ginebra y tabaco, sufre sin quejarse. Aunque le falte comida, callará dignamente, como un guerrero o un estoico. Desea el lujo, es verdad, pero un lujo personal consistente en arreos de plata para el caballo y bordados calzoncillos para él, cuyos flecos cuelguen bonitamente por debajo del chiripá o calzón holgado. ¡Ya se comprenderá, entonces, que los estadistas y reformadores argentinos tuvieran al gaucho por un elemento inútil para la civilización! Y así ha sido que en la Argentina, durante mucho tiempo, ciertas generaciones de impacientes reformistas procuraron anular, aniquilar en cierto modo al gaucho, como se hizo despiadadamente con el indio, sustituyéndolo por el inmigrante europeo, ese individuo sedentario y blanducho que Martín Fierro execra tanto, sin duda porque presiente que al último necesitarán los gauchos ceder la tierra a los gringos... En los últimos tiempos empiezan a reaccionar los intelectuales más distinguidos frente a esa desmesurada importación de formas y esencias extrañas, pues ven que por querer realizar una gran nación a toda costa, el país se les aumenta efectivamente, pero la patria íntegra y tradicional se les disminuye.

El gaucho Martín Fierro representa, en este sentido, el grito de noble protesta de una patria y de una civilización que no saben resistir, sino alejarse decorosa y orgullosamente. ¡Que irrumpa el gringo blandullón y plebeyo! ¡Que cuente sus monedas, que se afane por vivir a lo burgués y a lo civilizado! El gaucho, encarnado en la persona de Martín Fierro, está hecho para otras empresas

Yo abriré con mi cuchillo
el camino pa seguir...

He ahí, pues, un pionner esforzado, épico, novelesco; supo abrir camino a la civilización, y llevar la cultura europea, todo lo rudimentaria que fuese, a los remotos extremos del desierto. Pero fué un pionner a la española, y por tanto estaba imbuído del espíritu heroico y de cierta noble arbitrariedad quijotesca. El otro pionner, el gringo codicioso, glotón y sedentario, es quien ha vencido al fin y se ha quedado dueño de la tierra.

CAPÍTULO IV
El Escenario de Martín Fierro
EVOCACIÓN QUIJOTESCA

ALGUNA vez me ha ocurrido terminar la velada sobre una página del Martín Fierro; y al día siguiente, en una mañana limpia y luminosa, he ido a mirar, desde la trasera del parque del Retiro, la sublime inmensidad de la llanura castellana. Entonces, espontáneamente, mis labios han repetido los versos del gaucho andante, cuando pinta a su modo la naturaleza de aquella otra llanura, tendida entre los Andes y el Atlántico:

“Todo es cielo y horizonte
en inmenso campo verde.
¡Pobre de aquel que se pierde
o que su rumbo estravea!
Si alguien cruzarlo desea
este consejo recuerde:

Marque su rumbo de día
con toda felicidá;
marche con puntualidá
siguiéndolo con fijeza,
y si duerme, la cabeza
ponga para el lao que va...”

Estos consejos que brinda el gaucho Martín Fierro a los viandantes de la Pampa no son imprescindibles en la llanura de Castilla; las carreteras rayan aquí la inmensa planicie, y la torre de un pueblo asoma de cuando en cuando al borde del horizonte; el peligro de extraviarse no existe. Pero entre Castilla y la Pampa hay de común la soledad, y una especie de sentimiento o angustia del infinito.

De todas suertes, en la Europa occidental ningún otro paisaje se asemeja tanto a la Pampa como la llanura de Castilla.

“Todo es cielo y horizonte
en inmenso campo verde.”

En efecto, desde cualquier extremo de Madrid pueden contemplar los ojos esa inmensidad de cielo, horizonte y campo vacío de que habla el poeta criollo. Por la primavera, cuando verdean las primicias del trigo, los llanos manchegos reproducen aproximadamente una imagen de aquellos otros llanos platenses, rasos y monótonos, sublimes en su religiosa inmensidad. Lo mismo que la planicie argentina, esta llanura castellana está invitando al hombre a las ilimitadas correrías aventureras. Y es ahí, efectivamente, sobre esas tierras infinitas de lejano horizonte, por donde cabalgaron los guerreros de la Reconquista, persiguiendo el rastro de las huestes sarracenas; y es ahí también donde erraba el iluso Don Quijote, tras la huella de sus quimeras geniales.

En la otra llanura hermana y paralela, por los llanos argentinos, el sol americano vió alguna vez a los conquistadores, hijos directos de los soldados de la Reconquista cristiana. Y si no andaba por allá el propio Don Quijote, se veía cuando menos a su pariente. ¿No es el propio Martín Fierro, gaucho alzado y libre, una aproximada imagen quijotesca?...

Conviene realizar todo género de salvedades, y no conceder a las cosas un valor desmesurado. Pero siempre que hayamos investido a Don Quijote de toda su inabordable sublimidad, podremos ceder al gaucho Martín Fierro una cierta aura quijotil, un modo de parecido quijotesco. Acaso el gaucho Martín Fierro parecerá un Quijote plebeyo, humilde, tosco, un Quijote analfabeto y de pulpería; pero cuantas veces releo el poema de José Hernández, sin querer me acuerdo del libro de Cervantes.

La similitud no estriba en el valor literario, puesto que, como calidad y mérito, son dos obras que no pueden compararse. Existe, sin embargo, una relación en el tono, y especialmente en el aire de vagabundaje y andantería aventurera. La vida libre, el impulso errante, el abandono de la propia personalidad al azar del destino, el confiarse a una especie de fatalismo integral, así como el culto del caballo y de la fuerza del acero; todo esto, tan español del siglo XVI, está palpable y continuo en el poema del Martín Fierro.

Véase cualquier pasaje; la raza antigua habla en estos versos:

“Allí pasaron la noche
a la luz de las estrellas,
porque ese es un cortinao
que lo halla uno dondequiera,
y el gaucho sabe arreglarse
como ninguno se arregla.

El colchón son las caronas,
el lomillo es cabecera,
el cojinillo es blandura,
y con el poncho o la jerga
para salvar del rocío
se cubre hasta la cabeza.

Tiene su cuchillo al lado,
pues la precaución es buena;
freno y rebenque a la mano,
y teniendo el pingo cerca...”

Esta es la forma, sin duda, que usaba Don Quijote para pasar las veladas cuando la fuerza del sino le alejaba de algún mesón confortable. “A la luz de las estrellas” es como al hidalgo manchego le placía recostar la frente sobre la almohada de sus sueños. Y bajo el palio del firmamento estrellado, como en la Pampa se reúnen junto al fogón los gauchos, más de una vez solía Don Quijote hacer sus pláticas místico-caballerescas, a propósito, por ejemplo, de la “edad de oro”, mientras los pastores de Sierra Morena, oyéndole respetuosos, engullían la sabrosa cena y apuraban, en vez del mate criollo, el ardiente vino manchego.

Martín Fierro, por tanto, es un personaje literario que cae de lleno en la tradición española. Si le falta talla para acercarse mucho al héroe de Cervantes, merece ser considerado cuando menos como un Quijote disminuído. No es una caricatura de Don Quijote, ni una pretensión francamente quijotesca; pero tiene el aire.

El Quijote, diríamos, de la Pampa, sufre la suerte de su origen. No ha nacido hidalgo, ni tiene del todo limpia la sangre; viene un poco de herejes, de indios cimarrones, y sabe poco o nada de libros, poemas y caballeros. Rústico y primitivo, hijo directo de la Naturaleza y rozado apenas por la blandura y el prestigio de la civilización, ¿cómo exigiríamos a Martín Fierro que se comportase a todas horas como el Caballero de la Triste Figura? Así, pues, en Martín Fierro se opera una mezcla bizarra, y hay en él unas gotas de Don Quijote y un exceso de Sancho Panza.

No está loco a la manera de Don Quijote; sólo consigue estar borracho alguna vez. Entonces busca la pelea y es bravo como nadie; pero no lucha por un ideal de nobleza y de justicia, sino por vulgares motivos de taberna. No obstante, en su alma tosca de primitivo se esconde la virtud esencial de los antepasados, y suele ocurrir que se lance a “desfacer entuertos”, con una actitud propiamente quijotesca; como cuando salva a la mujer cautiva de las garras del salvaje indio, y mata al infame opresor en franca y descomunal pelea.

Es cierto que mata excesivamente. Carece de la espada del caballero, y al acortarse su arma, queda reducida a puñal, y el puñal busca el corazón más directamente.

He aquí el grito que le arranca a su conciencia el excesivo pecado:

“Yo junté las osamentas,
me hinqué y les rece un bendito;
hice una cruz de un palito,
y pedí a mi Dios clemente
me perdonara el delito
de haber muerto tanta gente.”

De estos amargos arrepentimientos estuvo libre Don Quijote, el cual no hay noticia que produjese la muerte más que a unos cándidos y miserables corderos.

LA MADRUGADA EN LA PAMPA ARGENTINA

Yo no podré olvidar nunca la primera visión de la Pampa y el descubrimiento del primer gaucho argentino. Fué durante un viaje largo y monótono, abrumador, desde Buenos Aires a la frontera chilena. Todavía ahora, a través de varios años, conserva mi alma fresco el recuerdo de aquella emoción alboreal, noble y honda emoción de “plena naturaleza”.

Al apuntar la mañana, por la ventanilla del vagón sorprendí el espectáculo anchuroso de la llanura, toda bañada de luz virginal. Era la llanura de siempre, la eterna e invariable Pampa, madre de trigos benéficos y de mugidores novillos, manchada alguna vez por el azul de una laguna, donde los flamencos de pata encogida ocupábanse, cómicamente apostados, en la caza de invisibles insectos.

Y cuando el sol asomó su faz indecisa, la llanura adquirió una gracia juvenil que invitaba a la alegría y al entusiasmo, tal como el mar, con toda su simplicidad y monotonía, suele conmovernos hasta lo más hondo.

Era un mar en sosiego lo que se tendía a mis ojos. Un mar sin complicación, una naturaleza simple, primaria. No había colinas que vinieran a involucrar la línea del horizonte, ni montañas que alterasen con sus crestas sinuosas la serenidad del paisaje; tampoco se veían árboles, ni arroyos, ni menos poblaciones. Parecía que el mundo aquel acabara de surgir, milagrosamente, todo nuevo, todo fresco, lleno de inocencia, de la mente del Creador, a la manera que nos cuentan las páginas bíblicas.

Y en aquella cándida vastedad de tierra verdeante, el tren marchaba veloz, como si él mismo, producto de la más complicada civilización, se sintiera maravillado de correr por un mundo que acababa de surgir a la vida. A lo lejos, como un punto vago, insinuábase una mancha incierta, tal vez una choza, acaso dos sauces melancólicos. El tren avanzó vertiginoso, y la cabaña, con sus dos arbolitos, se pronunciaron claramente a mi vista. Una cabaña bien somera, por lo demás. Su arquitecto no tuvo que macerar mucho la mente para imaginarla y construirla. Componíase de cuatro maderas y un techo de paja. Era una cabaña ingenua, hecho según un plano universal. La misma cabaña del hombre lacustre o del indígena polinesio. Cuatro maderas puestas de pie y un techo pajizo. Y los dos sauces, nada frondosos, encorvaban sus ramas languidecientes sobre la choza, con un amor filial lleno de respeto.

Un hombre a caballo salió de entre los sauces. En la frescura matinal, el hombre aquél cabalgaba con una hidalga prosopopeya, sin apurarse, reposadamente, como quien no siente el acicate de ninguna actividad perentoria. Iba tieso sobre su caballo, noblemente erguido, con rumbo a la inmensidad. Por un momento le distrajo el tren; pero volvió la vista luego, ajeno a la loca carrera del convoy mecánico. Parecía un ser ideal que marchaba a sumergirse en el infinito de luz y en el otro infinito de la llanura. Y, a pesar del vacío y de la soledad del sitio, aquel hombre que cabalgaba noblemente, sin prisa ni afán de ninguna clase, daba la impresión de una felicidad plena, redonda y definitiva. Sino fuera por el jactancioso ruido del tren, oiríanse, de seguro, las voces de su canto. No se concebía a aquel hombre en aquella hora sino cantando.

Reía entre tanto la naturaleza, y cada nimio detalle del paisaje se revestía de una íntima belleza. En el paisaje aquel, tan simple y sobrio, faltaban los elementos teatrales y decorativos. Pero había un amable encanto en la hierba matizada de rocío, en la lechuza que se posaba sobre un poste y abría sus curiosas y atónitas pupilas circulares, en las ovejas que pastaban, en el desbande de las aves azoradas, en la cómica expectación de los novillos ante el paso ruidoso del tren. Y, sobre todo, en la luz purísima que inundaba la llanura, aquella infinita llanura que se abría delante de la imaginación como un concepto casi metafísico de la libertad y de lo inconmensurable.

Y yo pensé: ¿Somos más felices los hombres porque amontonemos mayor número de útiles, de necesidades y de ideas? Aquel rancho[22] perdido en la llanura, aquellos dos sauces, el fogón encendido, la mujer que se queda amamantando a su criatura y el hombre que sale a cabalgar serena y noblemente, ¿no representaban la suma de las cosas y de las emociones que requiere un hombre para sentirse bien dentro del universo y cara a la vida? En aquella cabaña se habían reducido las necesidades hasta el mínimo. Siendo tan pocas las exigencias, el alma, en aquella parquedad de apetitos, debía pensar que el mundo era aún demasiado pródigo. Era la antítesis de la gran metrópoli, de la ciudad insaciable y codiciosa, de la urbe consumida por las pasiones. La ciudad no se satisfacía nunca. Anhelaba siempre más, nuevas formas de placer y de molicie. Las grandes fábricas gemían continuamente para producir los útiles, tan caros a la civilización; los hombres de ciencia alargaban sus vigilias para sorprender una nueva invención; y corrían los barcos y los trenes, acarreando cosas aptas para la molicie del hombre, y las calles se llenaban de fiebre, los Bancos multiplicaban sus negocios, el mundo entero vibraba al conjuro del universal anhelo. Todo para que unos hombres pudieran usar cosas agradables, y todo para que la vida se llenase de complicación. Lujo, vanidad, automóviles, timbres eléctricos, ascensores, teléfonos, bebidas heladas, salsas, especies, vinos espumantes, vestidos de seda, sombreros increíbles. Para satisfacer estas necesidades artificiosas, el mundo llenábase de inquietudes, estallaban las guerras, morían los miserables en los rincones.

En ese rancho perdido en mitad de la llanura ¿qué faltaba? La vida no reclamaba sino tres o cuatro casos simples: un pedazo de carne asada, una infusión de “mate”, y, como lujo, una galleta dura. Quizá un poco de tabaco para las horas de reposo. Y en los días de fiesta, un trago de ginebra. Para dormir, el sagrado suelo. Y en las noches tibias, tener como techumbre el cielo, empavesado de estrellas.

He ahí una razón fundamental: la vida conquistada a bajo precio. Pero la otra razón, la que se apoya sobre los intereses eternos, colectivos, universales, arguye que ese plan de vida es ruinoso, y que al simplificar las necesidades, reduciendo el radio de nuestros deseos, la civilización corre apuro de malograrse. La civilización es un algo supremo, inasequible, imponderable como el mismo Dios. Todos venimos a ofrecernos como servidores de ese fetiche insaciable, y sudamos, padecemos, morimos entre estertores de codicia, de vanidad o de ambición, a la mayor gloria del progreso. Se nos dice que es humillante desertar de nuestro puesto. Y efectivamente cumplimos con nuestro deber.

Por mi parte, yo siento en muchas ocasiones una fuerte intención de desertar. Siempre que me sitúo enfrente de la naturaleza libre, ingenua y pictórica, me asalta el mismo prurito de renunciar a mi corteza urbana, quitarme el uniforme de civilizado, traicionar a la obra del progreso y convertirme en un hombre sencillo.

He pensado seriamente en llegar a poder vivir así, como aquel paisano que a lomo de su potro tordillo salía cantando de mañana por lo ancho de la llanura. Renunciar a los numerosos detalles de la civilización, despreciar la vestidura del placer, la apariencia sonora de la dicha, a cambio de la verdadera felicidad. Reconciliarse con la salud, auténtica madre de la alegría. Ejercitar las funciones corporales con una segura amplitud. Sentir la plena conciencia de la normalidad del ser. Dormir sin achaques, de un largo y robusto tirón. Cabalgar, vencer las dificultades que se oponen al músculo, sudar, beber agua sana a grandes tragos. Respirar el viento sin temor, y agradecerlo más aún cuanto más frío. Ofrecerse al sol sin veladuras ni encogimientos. Recibir el golpe de la lluvia como una caricia. Curtirse la piel, tensa como un pandero. Ver acostarse el sol, sin miedo al mañana. Levantarse con el alba y agradecer con todas las fuerzas del cándido espíritu la gracia de poder vivir un nuevo día...

CAPÍTULO V
El Amor y la Queja

POR las páginas del Martín Fierro corre constantemente un aura de queja y de reproche melancólico, y esto da al poema cierta monotonía, como de cancionero andaluz. Entre el gaucho y el andaluz existen coincidencias de tono y de sentimientos tan marcadas, que otra vez me veré inclinado a insistir sobre el paralelismo de dos pueblos que el Atlántico separa, pero que el origen y el concepto de la vida mantienen siempre unidos.

La queja del gaucho Martín Fierro va dirigida en dos direcciones: el abuso social y los males del amor. En el fondo, sin duda, lo que el poeta Hernández se propuso fué una patética e indignada recusación de los móviles ciudadanos, y del plan abusivo de las ciudades costeñas, como Buenos Aires, que henchidas de elementos inmigrantes, poseídas de un torvo espíritu de presa y con una despiadada prisa por el éxito y por la civilización a ultranza, arremetían contra el gaucho, lo hallaban reacio, lo oprimían y lo expulsaban, arbitraria y brutalmente, de la tierra y del usufructo del país. De modo que el poema del Martín Fierro viene a ser una protesta de la tradición, del argentinismo, de la argentinidad histórica, y en efecto marca la línea que divide las dos épocas: una puramente criolla, con sus luchas políticas, sus violencias y también su generosidad romántica e idealista, su apasionamiento noble; la otra época corresponde al moderno contenido social, en que se ha levantado una nación ágil y ambiciosa, llena de arrivismos y de irreverencias, confuso vientre donde pululan todos los extranjerismos.

Esta defensa del gaucho oprimido y esquilmado forma el motivo del poema. Pero la queja hubiera saltado de cualquier modo, porque la raíz del criollismo pampeano consiste en un acatamiento a la ley de fatalidad, y en una profunda e instintiva comprensión del duro e insuperable destino. El criollo es fatalista como un andaluz; la parte de semitismo que heredara de sus abuelos, se ve todavía corroborada por el fatalismo de las razas indias. Sobre la negrura de su fatalismo, igual que en el alma andaluza; el criollo vierte, a manera de relámpagos, sus chistes y donosidades, su graciosa socarronería.

Las estrofas del Martín Fierro, por tanto, recuerdan directamente las coplas andaluzas de la malagueña. Al comenzar un episodio, en cualquier intervalo de su narración, Martín Fierro lanza al aire libre de la llanura solitaria su queja, que es como una reconvención al destino.

Triste suena mi guitarra,
y el asunto lo requiere;
ninguno alegrías espere
sino sentidos lamentos,
de aquel que en duros tormentos
nace, crece, vive y muere.

Los últimos versos de esta estrofa recuerdan inmediatamente a nuestro Segismundo de “La vida es sueño”. En el poema de Hernández hay otras varias referencias a libros españoles, que iremos anotando después; el Quijote está patente en el Martín Fierro, y la obsesión de Espronceda obsérvase igualmente a lo largo del poema criollo. Los consejos que da el viejo Vizcacha a un hijo de Fierro, son eco demasiado patente de las advertencias que el presidiario hace al héroe de El Diablo Mundo.

La queja del gaucho se parece a la del andaluz; pero si en la copla andaluza palpita frecuentemente la indignación, la violencia o el arrebato pasional, en la estrofa criolla vaga un no sé qué de resignado y suave. Rara vez suena la copla criolla a maldición y a rebeldía, como en el canto andaluz; el gaucho gime con un tono más pasivo, más rendido y caballeresco; hace, frente al desdén de su dama, no como el enamorado andaluz, sino como el enamorado gallego o el galán provenzal.

Yo me atrevo a reproducir, dándole un valor totalmente representativo del carácter sentimental criollo, esta vidalita, muy popular en las tierras del Plata:

Palomita blanca,
vidalitá,
la que yo crié;
salió tan ingrata,
vidalitá,
que voló y se fué...

Toma aquí el sentimiento de un pueblo la expresión más resignada, triste y vagorosa. Apenas si el enamorado osa protestar. Es como si admitiera la ley del destino que convierte a la mujer en cosa deseable, frágil, bella, fácilmente desvanecible. Admite la fatalidad, y como buen fatalista no incurre en la inútil propensión a la ira y los desesperados ultrajes.

Se siente, pues, el gaucho obligado a una actitud de compostura frente al desvío inevitable de la mujer. Y toma la postura del lamento según la buena tradición romántica y caballeresca del galán desgraciado; se refugia, pues, en la queja transcendental, en el suspiro y en el culto ácido de la ausencia. La ausencia, como tema de erotismo desgraciado, llena el fondo del cancionero popular argentino.

La copla andaluza exclama:

Entre Córdoba y Lucena
hay una laguna clara
donde lloraba mis penas
cuando de tí me acordaba.

Pero aun aquí resalta o se entrevé la esperanza de recuperar el amor malogrado, o se presiente la secreta ira del amador que podrá acaso alguna vez ejercitar su derecho a la venganza. El defraudado galán criollo se contenta con gemir:

Palomita blanca,
remonta tu vuelo,
y al bien que yo adoro
dile que me muero...

También Martín Fierro colabora en esta propensión a la queja dulce y al dolor de la ausencia. Azuzado por la justicia, pobre y errante, necesita poner su memoria en la dama de sus pensamientos y canta:

Es triste dejar sus pagos
y largarse a tierra ajena,
llevándose el alma llena
de tormentos y dolores;
mas nos llevan los rigores
como el pampero[23] a la arena.

Cuántas veces al cruzar
en esa inmensa llanura,
al verse en tal desventura
y tan lejos de los suyos,
se tira uno entre los yuyos[24]
a llorar con amargura.

En la orilla de un arroyo
solitario lo pasaba,
en mil cosas cavilaba,
y a una güelta repentina
se me hacía ver a mi china
o escuchar que me llamaba.

Nada más justificado que el lamento criollo y ese tópico criollo de la ausencia. Es una melancolía que llamaríamos territorial, topográfica. Y ciertamente, si el gaucho encuentra algunas ocasiones de felicidad, su posición en el mundo le hace apto para la melancolía.

No es que sea sombrío, ni que le falte lo esencial a la vida; en los buenos tiempos de Martín Fierro, y aún ahora generalmente, el paisano[25] dispone de un caballo en que trotar, el amor lo encuentra fácil, un cobertizo y un poncho le son suficientes para cubrirse, y la carne, base casi única de su alimentación, la cobra sin ninguna dificultad. El trabajo es fácil también. Detesta el manejo de la azada y no gusta el oficio de labrador, que abandona a los gringos; pero es insuperable caballista, cuida como nadie de los ganados, sabe esquilar ovejas y domar potros y herrar lindamente, y es inapreciable, insustituible, en una estancia[26]. Bebe, rasguea su guitarra, canta por lo fino. Gallardea en las fiestas, y sobre su dócil caballo, a la madrugada, tendido al galope y con el lazo revoleado diestramente en medio de la manada cerril, siente sin duda el robusto goce de la vida plena, libre y masculina.

Pero delante de sus ojos, ¡cómo es de igual y plana la llanura! He allí un mar de hierba, monótono e inexorable como el Océano. Vagamente llega al alma una tristeza que no es la del marino, porque el marino va, y el gaucho no saldrá nunca de su profunda soledad. El jinete se endereza sobre su corcel, y no columbra nada a lo lejos, ni un pueblo, ni una roca, ni un campanario; acaso una cabaña, sombreada por un sauce llorón, o un ombú[27], el solitario árbol de la Pampa que no forma nunca bosque. Sólo el blanquear de las ovejas, y el mugido de los toros errantes y apaciguados. Un amanecer de oro, un mediodía azul, un crepúsculo lleno de nostalgias. El cielo y la llanura, tan anchos, tan infinitos, concluyen por parecer muros de limitación... Sólo el viento pampero, de largo en largo, brota súbito como del mismo seno de la llanura y hace estremecer los pajonales y retumba siniestra y poderosamente en la infinita soledad del desierto.

CAPÍTULO VI
El Cuchillo del Gaucho

POR entre los versos del Martín Fierro brilla con frecuencia el cuchillo de nuestro gaucho errante, y con esa arma compañera se consuman hazañas increíbles, como el resistir en pleno campo abierto a un pelotón de soldados policiales.

Viajando una vez por la provincia de Entre Ríos, cuyo paisaje algo seco y surcado de pelados oteros recuerda bastante al campo de Castilla, sorprendí un hombre a caballo, verdadera imagen del romancesco tipo del gaucho. Ya no vestía chiripá, pero en su defecto portaba unos anchísimos calzones bombachos, y sobre la erguida cabeza llevaba un sombrero afieltrado, con masculino y coquetón talante. Al girar de espaldas, mostró en el cinto, por la parte de los riñones, cruzado un largo cuchillo de punta sutil. Mientras el tren arrancaba con enfática carrera, el hombre del caballo y del cuchillo se internó serenamente en la llanura, bien tieso en su silla nacional, impasible y orgulloso, como una página del pasado que se vuelve y huye...

He nombrado el cuchillo, y la palabra no es justa del todo. El cuchillo o facón gauchesco era más bien una espada. Sus dimensiones tenían una prudente medida, y si era demasiado largo para cuchillo, quedaba algo corto para llegar a espada. El gaucho no podía llevar una espada al cinto, como un soldado de caballería; su manera violenta y continua de cabalgar, y su deseo de no separarse nunca del arma fiel, le obligó a cortar la espada del caballero o del hidalgo. La cruzó en la cintura, la sujetó a su cuerpo, y así logró convertirla en algo indivisible con su persona.

Al referirme al cuchillo del gaucho hablo en pretérito, porque el arma nacional de los ríoplatenses va desapareciendo, y sólo es usado tal vez en las comarcas desviadas. El europeo ha traído el uso del revólver, arma fácil y expedita que no requiere una maniobra tan complicada como aquel acero filoso, únicamente eficaz cuando la mano, la vista y el corazón del gaucho lo esgrimía en los imponentes entreveros[28].

Tampoco podía el europeo desenvolverse en el seno de la Naturaleza, desafiarla y vencerla como el gaucho. Este hombre primitivo contaba solamente con su voluntad y sus iniciativas. Situado en mitad del desierto, se buscaba un camino, se orientaba por las huellas sutiles de la luz o del color y sabor de las hierbas, y nada quedaba para él sin expresión, desde el vuelo de las aves hasta el mugido de las bestias errabundas. Poco debía contar con la justicia ni con los poderes constituidos; en último caso fiaba a su acero la defensa de su familia y de su prestigio personal. El europeo, debilitado por la civilización, procura reconciliarse con la Naturaleza, y al reñir contra ella no marcha de frente, sino que la soslaya, y pone por medio la mecánica de la industria y la otra mecánica de las leyes colectivas.

Un pueblo entero, libre y robusto, usaba hasta ayer mismo la espada del caballero o del hidalgo, como hace dos o tres siglos la usaban en Europa las gentes nobles. No se olvide que la espada significa libertad, aunque las mentes un poco aturdidas por la democracia tomen esto por una blasfemia. La espada no ha sido nunca negocio de esclavos, porque implica el sentido de la mayor independencia personal. La espada hace sagrado el concepto de la personalidad, y un hombre que la lleva al cinto está significando a todos los otros hombres que su independencia personal comienza desde la misma punta de su espada. Los caballeros del siglo XVI, llevando todos el signo acerado y mortífero de la libertad, por imposición natural interponían entre ellos la virtud más deseable y democrática: el respeto mutuo.

Así Pizarro, detenido en la isla del Gallo por las suspicacias de algunos compañeros, cuando quiso arrastrar su gente a la gran aventura de conquistar el Perú no osó proferir gritos y órdenes de mando, sino que sacó la espada, rayó la tierra con un brusco ademán y empezó: ¡Señores...!

Aquellos hidalgos trajeron la espada a la llanura ríoplatense, y el gaucho, pobre y errante como su progenitor, lleno de sus mismos prejuicios, reacio a la industria, atento al honor y a la libertad más que al ahorro, fué un testamentario y un continuador en América de la tradición castellana. Cuando en la tierra originaria no quedaron hidalgos de espada al cinto, en la Pampa vivía el gaucho una vida hidalguesca, con su caballo y su daga, su puntillo de honor y su aventura.

No; no era para todos el manejo de la daga gauchesca. Nada tan complicado como su esgrima, ni nada tan terrible como un hombre de aquellos cuando enrollaba al brazo el poncho, se quitaba las grandes espuelas y hacía brillar la hoja del cuchillo. A veces las pendencias duraban mucho tiempo, y el sudor bañaba los rostros que la ira hacía enrojecer. Los circunstantes formaban en círculo, y a nadie se le ocurría que podía intervenir en aquel torneo legal y honroso. Juntos los pies de ambos luchadores, casi abrazados los dos, hacían largo tiempo culebrear los aceros, parándose los tajos con el poncho, ladeándose, evitándose como ágiles reptiles. Un chirle en la cara era golpe muy apreciado, y a veces bastaba la herida del rostro para lavar una ofensa. Pero los verdaderamente bravos no se contentaban con tan poco. Martín Fierro era hábil en hundir el cuchillo hasta la empuñadura.

Yo tenía un facón con S[29]
que era de lima de acero;
le hice un tiro, lo quitó
y vino ciego el moreno.

Y en el medio de las aspas
un planazo le asenté,
que lo largué culebriando
lo mesmo que buscapié.

Le coloriaron las motas
con la sangre de la herida,
y volvió a venir furioso
como una tigra parida.

Y ya me hizo relumbrar
por los ojos el cuchillo,
alcanzando por la punta
a cortarme en un carrillo.

Me hirvió la sangre en las venas
y me le afirmé al moreno,
dándole de punta y hacha
pa dejar un diablo menos.

Por fin en una topada
en el cuchillo lo alcé,
y como un saco de güesos
contra un cerco lo largué...

Acabada la riña, Martín Fierro atraviesa por entre los silenciosos espectadores sin volver la mirada, convencido de que nadie habrá de poner una objeción a su terrible y lógico comportamiento.

Limpié el facón en los pastos,
desaté mi redomón,
monté despacio, y salí
al tranco pa el cañadón...

En otro capítulo se verá la forma de pelea y el sentido de la muerte del gaucho.

CAPÍTULO VII
Hazañas y Entreveros

EL uso consumado de la esgrima trae consigo una especie de culto de la serenidad; el esgrimidor, por lo mismo que cuenta con su destreza y quiere atestiguarla, se cuida mucho de mostrar una firme sangre fría al momento de la pelea.

El gaucho hace esgrima desde que nace, y en su mano se convierte el facón en un prodigio. No le gusta, por tanto, combatir de un modo brutal y torpe; estima grato rodear el trance del peligro con el adorno de esas gracias marciales que consisten en jactanciosas actitudes, ademanes despectivos y palabras hirientes. Desde los tiempos del padre Homero, el hombre que fía su riesgo a la entereza de su mano y de su espada ha sentido siempre el trágico placer de irritar, de encolerizar al adversario, y demostrarle cuán poco terror alberga el pecho que se prepara a combatir.

El gaucho es un buen hijo de español, y sufriría mucho si le privaran del ácido y supremo placer de la jactancia varonil frente a la muerte. Ha heredado del andaluz el culto del gesto y la graciosa arrogancia del desplante masculino; antes de herir, se reserva el derecho de lanzar la frase punzante y retadora. Sus riñas suelen tener un prefacio terrible, emocionante, en que los contendientes se atacan con miradas y con palabras frías, con frases de ambiguo sentido, con sonrisas que cortan.

Era natural que en un ambiente así apareciera el tipo del matón. Lo hubo antes, y ahora mismo existe, sobre todo en los suburbios de las grandes poblaciones. Llaman en Buenos Aires orilleros (sin duda por ser vecinos de las orillas urbanas) a unas gentes confusas, bastante híbridas, formadas de todos los restos de población indígena y forastera, con sedimentos criollos y mucha aportación italiana, especialmente de las partes de Nápoles, Calabria y Sicilia. En esta población circundante y procelosa surge con frecuencia el tipo del guapo, del chulo, del apache, que en el lenguaje provincial del país llaman compadrito. Antiguamente se titulaba compadre a secas, y la palabra ha dado origen a un verbo muy usado, compadrear, que significa hacer el gallo, el guapo o el valentón; pero en la chulería arrabalesca, allí como en los bajos fondos sociales europeos, el valentón busca siempre la manera diminutiva o afeminada de mostrar su terrible y repugnante masculinismo. El compadre, pues, se convierte en compadrito, hombre pálido y cruel, apachesco, fríamente sanguinario, portador del revólver o del cuchillo, espejuelo de las infelices y deslumbradas mujeres, y diestro bailador de ese soez tango argentino que, en efecto, los argentinos honrados nunca quisieron bailar, y en Europa lo han bailado las atolondradas señoritas linajudas.

Del gaucho Martín Fierro no se puede decir que sea un compadre militante. Obedece, sí, a la ley de su patria, y tomando un poco más de ginebra se siente algo provocador y demasiadamente dicharachero. Por soltar con exceso la lengua se ve obligado una vez a reñir con un negro, al que tiene la desgracia de rajar el vientre. Son cosas de la fatalidad, que hoy toca a uno y mañana nos escogerá a nosotros. Efectivamente:

Otra vez en un boliche
estaba haciendo la tarde;
cayó un gaucho que hacía alarde
de guapo y de peliador.

A la llegada metió
el pingo hasta la ramada,
y yo sin decirle nada
me quedé en el mostrador.

Era un terne de aquel pago
que naides lo reprendía,
que sus enriedos tenía
con el señor Comendante.

Y como era protegido
andaba muy entonao,
y a cualquiera desgraciao
lo llevaba por delante.

¡Ah, pobre! ¡si él mismo creíba
que la vida le sobraba!
Ninguno diría que andaba
aguaitándolo la muerte.

Sabe ya Martín Fierro, desde la aparición del compadre en la pulpería, que las cosas no podrán ir bien para todos. Antes de que estalle la tormenta, el héroe hace unas cuantas reflexiones filosóficas, seguramente no exentas de curiosidad.

Pero ansí pasa en el mundo,
es ansí la triste vida;
pa todos está escondida
la güena o la mala suerte...

Observad ahora la manera especial de desarrollarse una pendencia entre gauchos:

Se tiró al suelo al dentrar,
le dió un empellón a un vasco,
y me alargó un medio frasco
diciendo: “Beba, cuñao.”
“Por su hermana, contesté,
que por la mía no hay cuidao.”

“¡Ah, gaucho!,” me respondió,
“¿de qué pago será crioyo?
¿Lo andará buscando el hoyo?
¿Deberá tener güen cuero?...
Pero ande bala este toro
no bala ningún ternero.”

Y ya salimos trenzaos,
porque el hombre no era lerdo;
mas como el tino no pierdo
y soy medio ligerón,
le dejé mostrando el sebo
de un revés con el facón.

Pero estas son riñas de uno contra uno, de forma caballeresca popular y muy semejantes a las riñas de otros países. Donde se prueba el valor del gaucho y la potencia de su cuchillo y de su esgrima, es en los entreveros de uno contra muchos, o en la pelea contra un indio armado de boleadoras.

Me encontraba, como digo,
en aquella soledá,
entre tanta oscuridá
echando al viento mis quejas,
cuando el grito del chajá[30]
me hizo parar[31] las orejas.

Como lombriz me pegué
al suelo para escuchar;
pronto sentí retumbar
las pisadas de los fletes[32],
y que eran muchos jinetes
conocí sin cavilar...

Al punto me santigüé
y eché de giñebra un taco;
lo mesmito que el mataco[33]
me arrollé con el porrón.
“Si han de darme pa tabaco,
dije, esta es güena ocasión.”

Me refalé las espuelas
para no peliar con grillos,
me arremangué el calzoncillo
y me ajusté bien la faja;
y en una mata de paja
probé el filo del cuchillo...

Yo quise hacerles saber
que allí se hallaba un varón;
les conocí la intención
y solamente por eso
fué que les gané el tirón,
sin aguardar voz de preso.

“Vos[34] sos un gaucho matrero,”
dijo uno, haciéndose el bueno.
“Vos matastes un moreno
y otro en una pulpería,
y aquí está la polecía
que quiere ajustar tus cuentas.
Te va a alzar por las cuarenta
si te resistís hoy día.”

“No me vengan, contesté,
con relación de difuntos;
esos son otros asuntos;
vean si me pueden llevar,
que yo no me he de entregar
aunque vengan todos juntos.”

Pero no aguardaron más
y se apiaron en montón.
Como a perro cimarrón
me rodiaron entre tantos.
Yo me encomendé a los Santos
y eché mano a mi facón...

¿No es cierto que nos figuramos leer un folletín de Alejandro Dumas o de Fernández y González? Las estupendas luchas que nos describen las novelas de capa y espada, podrán, y tienen de seguro muchas veces, una parte importante de mentira. En nuestro caso no hay exageración, porque los anales de la Pampa están llenos de empresas parecidas, y el honrado José Hernández, además, rehuye siempre las narraciones hiperbólicas. El gaucho Martín Fierro saca fuerzas de flaqueza, y aunque está solo en la inmensidad, frente a varios hombres armados, sin más apoyo que su daga, prefiere morir matando, y no que lo sacrifiquen miserablemente.

Para nuestra pasibilidad de hombres civilizados, urbanos y tímidos, la actitud de un hombre luchando contra muchos nos resulta inverosímil. Pero Martín Fierro no está precisamente solo. A nosotros nos serviría para poco una daga punzante y un cuerpo más o menos dañado de artritismo; en cambio Martín Fierro le saca a su facón imprevistas y maravillosas aptitudes, y cada canto o punto de su daga es un resorte poderosísimo. En cuanto a su cuerpo físico, él se estira y encoge como la goma, salta o se soslaya, se acurruca o se acrecienta, se multiplica verdaderamente. Y hay, además, la astucia.

Es así como un “hombre de guerra”, un guerrero de oficio, ha sido en la Historia una cosa resistente y capaz de proezas increíbles. Los héroes de Homero, por ejemplo, el Aquiles y el Agamenón y el Ayax, eran completos y vigilantes esgrimidores que aterraban a sus enemigos. Cuando leemos en los libros de Caballería que un solo guerrero combatía y derrotaba a innúmeros adversarios, no todo cuanto nos cuentan es mentira. Un guerrero antiguo, por virtud de la esgrima, del oficio y de la especial preparación del alma, valía por muchos hombres juntos. El gendarme, el lansquenete, el suizo, y sobre todo el caballero marcial a lo Rolando, Cid y Gonzalo de Córdoba, hicieron en mucho tiempo imposible la formación de grandes y eficaces ejércitos anónimos, democráticos, al estilo moderno.

Los enemigos de Martín Fierro traen, es verdad, alguna carabina; pero aquellos pobres fusiles de pistón, sobra sin duda de los arsenales europeos, no valen gran cosa.

Y ya vide el fogonazo
de un tiro de carabina;
mas quiso la suerte indina
de aquel maula, que me errase,
y ahí no más lo levantase
lo mesmo que una sardina...

Era tanta la afición
y la angurria[35] que tenían,
que tuítos se me venían
donde yo los esperaba;
uno al otro se estorbaban
y con las ganas no vían.

He aquí ahora que interviene la astucia, puesto que el guerrero ha de ser listo en ardides:

Dos de ellos que traiban sables,
más garifos y resueltos,
en las hilachas envueltos
enfrente se me pararon,
y a un tiempo me atropellaron
lo mesmo que perros sueltos.

Me fuí reculando en falso
y el poncho adelante eché,
y cuando le puso el pie
uno medio chapetón[36],
de pronto le dí el tirón
y de espaldas lo largué...

Pegué un brinco y entre todos
sin miedo me entreveré.
echo ovillo me quedé,
y ya me cargó una yunta[37],
y por el suelo la punta
de mi facón les jugué.

El más engolosinao
se me apió con un hachazo;
se lo quité con el brazo,
de no, me mata los piojos;
y antes de que diera un paso
le eché tierra en los dos ojos.

Y mientras se sacudía
refregándose la vista,
yo me le fuí como lista
y ahí no más me le afirmé,
diciéndole: “Dios te asista”,
y de un revés lo voltié...

En fin, la feroz pelea de uno contra tantos acaba, o se precipita al desenlace, cuando uno de los soldados, el sargento Cruz, se pasa al campo de Martín Fierro, gritando aquella voz quijotesca:

...¡Cruz no consiente
que se cometa el delito
de matar ansí un valiente!

CAPÍTULO VIII
Los Indios

CUANDO un hombre se ponía fuera de la ley, quedábale antiguamente en la Argentina el desesperado recurso de hacerse gaucho matrero, oficio semejante al de nuestro histórico bandido de Sierra Morena. El matrero se contentaba con robar ganado, que vendía a los falaces intermediarios, y vagaba errante por la inmensidad de la llanura, libre y abierta entonces.

Hoy la llanura se ve toda dividida y reglada por fuertes alambrados, que si no impiden las raterías y los vagabundajes, dificultan mucho las antiguas aventuras.

En aquellos tiempos le quedaba todavía otra solución al perseguido por la ley: los indios en sus tolderías reservaban a veces un asilo a los cristianos, en la esperanza de utilizarlos como rehenes o a título de espías. Martín Fierro y el sargento Cruz se marcharon, pues, al país de los indios pampas.

El poema del Martín Fierro, aunque no tiene más que cuarenta años de fecha, guarda un valor inestimable porque describe cuadros y cosas que ya desaparecieron de la Argentina. En aquel país nuevo, en constante evolución, las cosas vienen y van con alucinante rapidez.

Este poema vulgar y sin pretensiones tiene, pues, una importancia grande como documento vivo y veraz. Narra, por ejemplo, la vida de los indios, cuando todavía vagaban los indios feroces y libres en los confines de la misma provincia de Buenos Aires. Y los describe con tal detalle y con tanta realidad, que nosotros, los lectores, podemos asistir a las fiestas y las batallas de aquellos bárbaros, a quienes la civilización no ha podido o no ha querido amansar. En estos momentos los indios feroces, constante alarma de los poblados fronterizos, no existen ya más. Todos han desaparecido.

Permanecen algunas tribus, es cierto, en los territorios meridionales de la Patagonia y en la Tierra de Fuego. Pero son indios nada bravos, entumecidos en su clima implacable, poco numerosos y cada día más mermados ante el avance de la colonización. También existen núcleos de indios salvajes en la zona tórrida del Norte de la República, y aunque más numerosos que los del Sur y bastante crueles y rapaces, nunca forman un grave peligro para la población laboriosa del país. Se sostienen en el casi desierto territorio del Chaco y arman sus tolderías en las riberas del poco conocido Pilcomayo. Se valen de la pesca y la caza para subsistir; a veces arrostran pequeños malones[38] o saqueos sobre los colonos cristianos; otras veces acuden a trabajar por temporadas en los obrajes[39], donde se cortan y preparan grandes cantidades de la madera tintórea llamada quebracho. Los miserables indios reciben por sus trabajos alguna suma, que invierten en armas y en alcohol; con frecuencia son víctimas de la codicia de los capataces, y ellos se vengan en brutales represalias.

Los verdaderos indios, los peligrosos y terribles, eran los pampas. Antiguamente se llamaban querandíes, y ocupaban toda la zona llana de la Argentina, esa infinita pradera verde, limpia de árboles. Los indios del Uruguay, llamados charrúas, no eran menos valerosos y crueles.

Por su crueldad, su valor y su independencia, los indios pampeanos eran, sin duda, de la misma condición y raza que los araucanos. Los primeros conquistadores, cuando pretendieron establecerse en la desembocadura del Plata, soportaron bien pronto los excesos de los indios. Los charrúas, cerca de la actual Montevideo, asaltaron la expedición de Solís y la deshicieron. El capitán Hurtado de Mendoza llegó a la Argentina con un lucido ejército de nobles y buenos soldados, fundaron la ciudad de Buenos Aires, y al poco tiempo, los indios querandíes sitiaron la ciudad, sembraron el hambre en la colonia, y, por último, con flechas encendidas quemaron las casas de madera y paja y abrasaron las mismas naves ancladas sobre la ribera. La expedición fracasó del todo, y hubo de llegar más tarde con nueva gente el capitán Blasco de Garay a reedificar las chozas y el castillo de Buenos Aires. Y desde entonces la civilización ha tenido que bregar continuamente en la Argentina con los fieros e irreductibles indios. Hasta que finalmente, bajo el gobierno del general Roca, se acordó una expedición al desierto, y los indios, implacablemente, fueron exterminados. Las mujeres y los niños que se salvaron de la encerrona ingresaron, por adopción, en la masa de la población civilizada.

Bárbaros y feroces, los indios de la Pampa necesitaron sufrir, en pleno siglo XIX, igual suerte que los pieles rojas. La civilización tiene un fondo de egoísmo inapelable; la civilización ambiciona nuevos territorios, nuevas adquisiciones, y quien se resiste ha de desaparecer. No hicieron otra cosa los españoles del descubrimiento y la conquista. Además de la ambición adquisitiva, los españoles llevaron a América el deber ambicioso de la Religión, de cuya carga estuvieron libres los yanquis y los argentinos. Estos pedían al indio sus tierras feraces, sus minas, sus ríos, y que no molestaran mucho a los colonos; cuando el indio se negó, fué exterminado. En algún trozo de los Estados Unidos, a manera de curiosidades etnográficas, quedan hoy unos pocos pieles rojas; también en la Argentina restan unas docenas de indios pampas, a quienes el Gobierno entrega, a título precario y sin carácter de propiedad absoluta, unas tierras para pastorear.

Los españoles exigían a los indios la sumisión, el oro y las tierras. Si los indios accedían, eran conservados bajo leyes humanas; entraban, asimismo, en la comunidad carnal de los hombres blancos por medio del matrimonio. Si se resistían al dominio del rey o de la Iglesia, eran perseguidos y muertos. Después de largas luchas y persecuciones, los indios podían aspirar a que los españoles les admitieran en el organismo civil de los virreynatos. Es cierto que había las encomiendas y la prestación personal del indio en el trabajo de las minas y la agricultura; ¿pero hoy no existen los obrajes, el alcohol, las persecuciones? ¿No se ha extirpado al indígena de la Nueva Zelandia en nuestro propio tiempo?

Saquear y matar; he aquí el oficio de los indios pampas. Hacían acometidas tumultuosas, que llamaban malones, y cayendo sobre los poblados pacíficos, se llevaban lo que veían a mano: mujeres, niños, comestibles, aperos, rebaños.

Antes de aclarar el día
empieza el indio a aturdir
la pampa con su rugir,
y en alguna madrugada,
sin que sintiéramos nada,
se largaban a invadir.

Primero entierran las prendas
en cuevas como peludos[40],
y aquellos indios cerdudos,
siempre llenos de recelos,
en los caballos en pelos
se vienen medio desnudos.

Para pegar el malón
el mejor flete procuran,
y como es su arma segura
vienen con la lanza sola,
y varios pares de bolas
atados a la cintura...

Se vuelve aquello un incendio
más feo que la mesma guerra;
entre una nube de tierra
se hace allí una mescolanza
de potros, indios y lanzas,
con alaridos que aterran...

Y aquella voz de uno solo,
que empieza con un gruñido,
llega hasta a ser alarido
de toda la muchedumbre.
Y ansí adquieren la costumbre
de pegar esos bramidos.

El gaucho Martín Fierro no conserva buena memoria de los indios. No les concede ninguna cualidad. Su pintura, en fin, es perfectamente contraria a aquel hombre de la Naturaleza que inventara Rousseau y que estuviera en moda hasta acabar el imperio del romanticismo. Nuestro fantástico padre Las Casas, el bueno de Bernardino de Saint Pierre y el mismo Chateaubriand, palidecerían de rubor ante este retrato del indio pampa.

El indio pasa la vida
robando o echao de panza.
La única ley es la lanza
a que se ha de someter.
Lo que le falta en saber
lo suple con desconfianza.

Fuera cosa de engarzarlo
a un indio caritativo.
Es duro con el cautivo,
le dan un trato horroroso.
Es astuto y receloso,
es audaz y vengativo...

Odia de muerte al cristiano,
hace guerra sin cuartel.
Para matar es sin hiel.
Es fiero de condición.
No golpea la compasión
en el pecho del infiel...

Se cruzan por el desierto
como un animal feroz.
Dan cada alarido atroz
que hace erizar los cabellos.
Parece que a todos ellos
los ha maldecido Dios.

Todo el peso del trabajo
lo dejan a las mujeres.
El indio es indio, y no quiere
apiar de su condición.
Ha nacido indio ladrón,
y como indio ladrón muere.

Ahora vamos a reproducir estos versos, que explican simple e ingenuamente una de las características principales del indio americano: la incapacidad para la risa.

El indio nunca se ríe
y el pretenderlo es en vano,
ni cuando festeja ufano
el triunfo en sus correrías.
La risa en sus alegrías
le pertenece al cristiano...

Es verdad; la aptitud para la risa pertenece a la raza blanca, y a esos hermanos inferiores que son los negros. Impasible es el japonés; sombrío y siniestramente grave es el malayo; y el indio americano no acertó nunca a poner risa o amabilidad en sus ídolos; su religión precolombiana era de esencia mortal, sanguinaria, fríamente sacrificadora de víctimas humanas.

Lo distintivo en el indio de América es una como fundamental tristeza, y una casi insensibilidad para el horror de la muerte. De tal modo, que el europeo observa ahora mismo, entre las personas mestizadas de la Argentina, una extraña sobriedad en el reir. En cuanto a la insensibilidad ante la muerte, el europeo nota con extrañeza cuán poco valor tiene allí la vida humana, cuán fácil es allí el homicidio, y qué escaso valor se le otorga al delito de sangre. Los señoritos de la buena sociedad portan en la Argentina, con mucha frecuencia, el revólver bajo el smokin. Cierta vez, en pleno Parlamento, a un senador, al agacharse, se le desprendió el revólver del bolsillo; y los periódicos de la mañana no se indignaron ni un poco, sino que hicieron al efecto alguna broma.

Los indios existen todavía, y existirán siempre en América, bien sea en estado semisalvaje o como adscritos a la civilización. En la Argentina no es menos importante el elemento indio. Cuando se nos habla de una raza blanca y europea en la región platense, debemos entender que se trata de un núcleo inmigrante, puramente moderno y pegadizo, y habitador de las ciudades costeñas. El resto del país, precisamente el país que más motivos tiene para llamarse argentino, está compuesto de gentes mestizas.

Todo el interior de la Argentina, desde Mendoza a Jujuy, desde Catamarca a Corrientes, es de raza hispano-india; en la provincia de Corrientes aún habla hoy el pueblo un idioma aborigen, el guaraní. A esta población mestiza, que a veces tiene más sangre india que española, llaman en el país con el mote de chinos, por sus caracteres especiales, que recuerdan mucho a los de los japoneses: pómulos pronunciados, ojos un tanto oblicuos y color amarillento.

Las familias argentinas de apellido y abolengo español, especialmente aquéllas muy antiguas que proceden de las ciudades interiores, tienen casi siempre los rasgos del mestizo. Los hombres más significados de la Argentina suelen tener igualmente sangre india, como Sarmiento, como Lugones, como Ricardo Rojas.

* * *

Una vez, con motivo de ciertas asonadas que realizaran los indios del Chaco, fué comisionado por el Gobierno argentino el Sr. Lynch Arribálzaga para estudiar aquel problema. El dictamen que presentó dicho señor me produjo mucha curiosidad y lo leí con verdadera emoción.

“El indio no sólo no es agricultor, sino que carece de la noción misma de la propiedad individual, salvo la de los vestidos y utensilios domésticos; el campo, los ríos y los lagos, considerados como territorios de caza y pesca, pertenecen en común a los individuos de cada tribu, dentro de límites convencionales que no pueden ultrapasar los vecinos sin consentimiento. En cuanto a los alimentos, bebidas, etc., el concepto de su propiedad es comunista, a tal punto, que si vuelven con un solo pescado, lo reparten equitativamente entre todos, aunque toquen a bocado por barba. La caza mayor se la dividen sobre el terreno, y es frecuente ver una rueda de salvajes fumando en común un cigarro o una pipa, que pasa por turno de boca en boca.”

Ya se comprende que estos hombres arbitrarios, que carecen de la idea del ahorro y de la propiedad territorial, habían de ser perseguidos sin compasión... ¡Miserables, infelices, odiosos indios!

Habían de ser exterminados sin remedio, porque no querían ahorrar, guardar, aumentar. Porque no saben separar la tierra con hitos y mojones. Porque no sienten la bondad del magno sistema, que consiste en alquilar peones y reservarse el noventa por ciento de los beneficios. No comprenden la sabiduría de guardarse el fruto del trabajo ajeno. Entienden que la libertad es el supremo placer, y que la Naturaleza lo da todo generosamente: peces, aves, frutos, flores y plumas. No son útiles para la civilización, desde el momento que no conciben la necesidad de un portamonedas.

El concepto blanco de la vida está en oposición con el de las razas de color: el sol tropical es el enemigo irreparable. Tienen esas razas un sentido frágil del vivir; por otra parte, la Naturaleza les da lecciones convincentes cada día; conocen, en fin, “la facultad de existir sin esfuerzo”. Frente al salvaje, el blanco marcha bajo la obsesión de reunir, acumular y vencer. El espíritu de acumulamiento forma todo el sentido de nuestra civilización.

Situado en un clima adverso, el blanco siente miedo a la vida. Es el miedo al frío, a la humedad, al hambre, a la casa sin techo; es el miedo al día de mañana, a la incógnita de un mañana atenaceante; por último, el miedo a la vida forma hábitos inconscientes de alquisición. Perfeccionados los medios de adquisición, el hombre civilizado ya no busca lo necesario, sino lo superfluo; necesita adquirir, porque se ha hecho en él un vicio sobremanera incitante. Se crean además necesidades de lujo, de arte, de ostentación y de sensuales delicadezas.

Tiranizado por su pasión, el blanco se abandona a su vida dionisíaca, en que la lucha es suprema ley. Un sabio hebreo lo dejó escrito en palabras imborrables, sobre las páginas insuperables del Eclesiastés: “La vida es una batalla...” Ahí está la síntesis filosófica de nuestra civilización. El indio la rechaza, porque entiende la dicha de otra manera. Se vituperan los procedimientos del hombre de los climas cálidos; pero es porque nos ciega la soberbia de nuestro circunscripto razonamiento. ¿Cómo podemos pedir el mismo esfuerzo, la misma tensión laboriosa a un indígena del Chaco y a un obrero inglés? Este necesita trabajar mucho, porque exige carne, manteca, verduras, patatas, pan, cerveza, tabaco, calefacción, casa abrigada, vestidos de lana, distracciones con que atenuar sus horas de niebla interminable; pero a un hombre de clima cálido le basta un puñado de bananas, un techo de paja y un lienzo que cubra sus vergüenzas. Los que manejan ingenios y obrajes en el norte de la Argentina, gritan porque los obreros se van a media tarea, exigiendo su breve jornal; pero ¿qué ley, humana o divina, puede obligar a un hombre a que trabaje sin cesar todas las jornadas del año, si no tiene necesidad de dinero? Con el dinero que le otorguen después de una faena esforzada, ¿comprará ese hombre alguna cosa de más valor que su muelle y dichosa holganza?...

Por eso hay que aceptar al indio como es, sin exigirle que adopte todas nuestras preocupaciones; siempre será un semicivilizado. Y probablemente serán siempre los países cálidos una especie de “territorios protegidos”. Contra el fatalismo de la Naturaleza es inútil luchar. Los pueblos calientes están condenados a una subordinación; que la subordinación sea lo más humana y dulce posible, es lo que se requiere buscar.

Pero los pueblos codiciosos y septentrionales deben recordar siempre que la civilización, la cultura, las artes y el manejo de la religión y la filosofía, nacieron y prosperaron en las zonas más calientes de la Tierra.

CAPÍTULO IX
Un Duelo con un Salvaje

TAN pronto como Martín Fierro y el sargento Cruz hubieron dado buena cuenta del pelotón de Policía, concertaron dirigirse a la frontera y encomendarse a los indios. Y armándose de valor, los dos camaradas traspasan los límites del país civilizado. El resto de civilidad que existe en sus almas rudas se resuelve en un calofrío de melancolía al cruzar la frontera.

Y cuando la habían pasao
una madrugada clara,
le dijo Cruz que mirara
las últimas poblaciones,
y a Fierro dos lagrimones
le rodaron por la cara...

Los dos camaradas llegan en mal momento al antro de los indios. Los salvajes están preparando un malón a tierra de cristianos, y no bien se presentan los dos intrusos, deciden matarlos.

Se armó un tremendo alboroto
cuando nos vieron llegar;
no podíamos aplacar
tan peligroso hervidero;
nos tomaron por bomberos
y nos quisieron lanciar.

Nos quitaron los caballos
a los muy pocos minutos;
estaban irresolutos;
quién sabe qué pretendían.
Por los ojos nos metían
las lanzas aquellos brutos.

Y dele en su lengüeteo
hacer gestos y cabriolas.
Uno desató las bolas
y se nos vino en seguida.
Ya no creíamos con vida
salvar ni por carambola.

En fin, acude oportunamente un cacique y se les perdona la vida. Los dos amigos quedan incorporados a la tribu. Fabrican un toldo con pieles, se dan mutuamente calor, se cuentan sus cuitas, y soportan como pueden la vigilancia y los ultrajes de los indios. En cuanto a comer, allí nadie regala nada; cada cual se ingenia en la busca y persecución del mantenimiento.

El alimento no abunda
por más empeño que se haga;
lo pasa uno como plaga
ejercitando la industria,
y siempre como la nutria
viviendo a orilla del agua.

En semejante ejercicio
se hace diestro cazador.
Caí el piche engordador,
caí el pájaro que trina;
todo bicho que camina
va a parar al asador.

Pues allí a los cuatro vientos
la persecución se lleva;
naide escapa de la leva,
y dende que el alba asoma
ya recorre uno la loma,
el bajo, el nido y la cueva.

En las sagradas alturas
está el maestro principal,
que enseña a cada animal
a procurarse el sustento,
y le brinda el alimento
a todo ser racional.

Y aves y bichos y peces
se mantienen de mil modos.
Pero el hombre en su acomodo
es curioso de observar;
es el que sabe llorar...
¡y es el que los come a todos!

Pero esta existencia estúpida y relativamente feliz dura poco tiempo. Una plaga de viruela invade la tribu y hace en ella estragos. El sargento Cruz cae con la peste, y a pesar de los cuidados y las lágrimas de Martín Fierro, el pobre apestado entrega su alma.

Todos pueden figurarse
cuánto tuve que sufrir.
Yo no hacía sino gemir,
y aumentaba mi aflicción
no saber una oración
pa ayudarlo a bien morir.

De rodillas a su lado
yo le encomendé a Jesús.
Faltó a mis ojos la luz,
tuve un terrible desmayo.
¡Caí como herido del rayo
cuando lo vi muerto a Cruz!...

Andaba de toldo en toldo
y todo me fastidiaba.
El pesar me dominaba,
y entregao al sentimiento
se me hacía a cada momento
oir a Cruz que me llamaba.

Así el desgraciado Fierro se lamentaba en su soledad, cuando cierto día...

Sin saber qué hacer de mí
y entregado a mi aflicción,
estando allí una ocasión
del lado que venía el viento,
oí unos tristes lamentos
que llamaron mi atención.

Martín Fierro se acerca al lugar de donde parten los gemidos, y descubre la escena más horripilante. Un indiazo de aquellos estaba maltratando a una cautiva cristiana, en cuyos brazos latía un hijito ensangrentado. El indio, en su furor, había acuchillado a la tierna criatura, y entre golpes de látigo demandaba a la cautiva que le hiciese confesión de sus presuntos manejos de hechicera, porque los indios supersticiosos achacaban la peste de viruela a brujería.

Martín Fierro se presenta, mira la sangre de la sacrificada criatura, ve a la cautiva llorosa, y repentinamente salta en su rudo espíritu el grito de los antepasados. Lo que hay en su sangre de herencia de hidalgo, acude presto y aparece la voluntad quijotesca de defender y vengar a la pobre cautiva.

Yo no sé lo que pasó
En mi pecho en ese instante...

Efectivamente, un impulso sobrenatural, venido del fondo de la raza, toma forma de fatalidad y le induce a proceder como un caballero, sin que ninguna clase de reflexión o cálculo intervenga para nada. Bien, ya ha retado a la fiera. Ahora sólo le queda luchar con un bárbaro enfurecido, cerca de una tribu de salvajes, en mitad del desierto, a espaldas de toda ayuda.

Estaba el indio arrogante
con una cara feroz;
para entendernos los dos
la mirada fué bastante...

Pegó un brinco como un gato
y me ganó la distancia;
aprovechó la ganancia
como fiera cazadora;
desató las boliadoras
y aguardó con vigilancia...

En tamaña incertidumbre,
en trance tan apurado,
no podía, por descontado,
escaparme de otra suerte,
sino dando al indio muerte
o quedando allí estirado.

Y como el tiempo pasaba
y aquel asunto me urgía,
viendo que él no se movía
me fuí medio de soslayo
como a agarrarle el caballo
a ver si se me venía.

Ansí fué, no aguardó más
y me atropelló el salvaje...

En la dentrada no más
me largó un par de bolazos.
Uno me tocó en un brazo,
si me da bien me lo quiebra,
pues las bolas son de piedra
y vienen como balazo.

A la primer puñalada
el pampa se hizo un ovillo;
era el salvaje más pillo
que he visto en mis correrías,
y a más de las picardías
arisco para el cuchillo.

De pronto, cuando el apuro era más grande y menudeaban los bolazos y las embestidas, Martín Fierro tiene la desventura de tropezar con los flecos de su chiripá. Resbala, pues, y cae a tierra. Entonces el indio se avalanza, monta sobre el caído, lo aprieta y lo va a ultimar. Pero la cautiva, entretanto, seguía aterrorizada el curso de la pelea, y he ahí que interviene como el mismo brazo de Dios.

¡Bendito Dios poderoso,
quién te puede comprender,
cuando a una débil mujer
le diste en esta ocasión
la juerza que en un varón
tal vez no pudiera haber!

Esa infeliz tan llorosa
viendo el peligro se anima,
como una flecha se arrima,
y olvidando su aflicción
le pegó al indio un tirón
que me lo sacó de encima...

La pelea continúa con el mismo terrible furor, con el mismo y terrible mudo ensañamiento. El sudor corre mezclado con la sangre. La fatiga aumenta.

Aquel duelo en el desierto
nunca, jamás se me olvida...

Hay un momento en que Martín Fierro logra cortar con el cuchillo una cuerda de las bolas del indio. Se prevale de la ventaja. Además, al indio le ha tocado su vez, y pisando la sangre del niño descuartizado, resbala y cae. Se levanta presto, pero ya Fierro ha conseguido herirle. Las cuchilladas menudean.

Iba conociendo el indio
que tocaban a degüello.
Se le erizaba el cabello
y los ojos revolvía,
los labios se le perdían
cuando iba a tomar resuello...

Al fin de tanto lidiar
en el cuchillo lo alcé;
en peso lo levanté
a aquel hijo del desierto;
ensartado lo llevé,
y allá recién, lo largué
cuando ya lo sentí muerto.

Estas escenas de sangre abundan, como se habrá visto, en todo el poema del Martín Fierro. A nuestro oído de europeos sedentarios llegan esas voces de muerte como algo remoto y antiguo. Se observa sobre todo la especie de impasibilidad ante el hecho sangriento; una manera de enorme y extraño fatalismo frente a la necesidad de matar; y el detalle de los accidentes, de las cuchilladas. Siempre termina la narración de una riña con el dato final: lo alcé en el cuchillo y lo lancé muerto...

La palabra degüello salta asimismo con frecuencia en el poema. El degollar no tiene ya para nosotros sentido ni justificación; si comprendemos el acto de matar, no concebimos la precisión de cortarle a cercén la garganta al enemigo. Pero en tierra de indios sanguinarios, el degüello parece un acto legal y casi imprescindible. Para el salvaje no basta la muerte; su siniestra alma necesita palpar la muerte del adversario, sentir su palpitación agónica, poseer, en una palabra, toda la agonía del enemigo, sus gestos despavoridos, su terror postrero, la sangre que brota a chorros.

Esta costumbre del degüello pasó desde los indios a los cristianos, y en sus mismas guerras civiles, los ríoplatenses acostumbraban a usar el terrible ejercicio de la degollación. Se cuenta que el tirano Rosas no fusilaba a los prisioneros y culpables; los degollaba, sencillamente.

Una vez que Martín Fierro se vió libre de su horroroso peligro, montó en el caballo del indio, dió el suyo a la cautiva, y con las debidas precauciones, a paso de carrera, huyeron de la tribu de los salvajes.

Vagaron por el desierto, llegaron a las primeras poblaciones civilizadas, y allí, portándose otra vez caballerescamente, Martín Fierro se despidió de la cautiva y tomó el rumbo de la tierra natal. Llevaba sobre su conciencia bastantes culpas, le adeudaba a la Justicia bastantes delitos; pero los jueces, en aquellos tiempos, saldaban pronto las cuentas pasadas. Y nuestro héroe se ve exento de toda reclamación. Pero está viejo, pobre, melancólico... Pide noticias de su mujer, y le dicen que ha muerto. Busca a sus hijos, y he ahí que aparecen dos lindos muchachos que le abrazan...

Esta última parte del poema es muy curiosa, porque se dedica a narrar las aventuras y picardías de los muchachos. Está sembrada de sentencias criollas, y por tanto equivale a un refranero popular de la tierra del Plata. Vamos a internarnos en esa pintoresca trama de refranes criollos.

CAPÍTULO X
Refranero Picaresco

LA última parte del Martín Fierro está dedicada a escenas familiares y al tierno reencuentro de los hermanos perdidos. En esta parte del poema popular criollo ya no se narran episodios de sangre, peleas y otros excesos. Pero en medio de las narraciones ingenuamente sentimentales, el tono de picaresca que tiene este libro en todas sus páginas se afirma todavía más en su terminación, gracias a los dichos y refranes que aportan Fierro, sus dos hijos, el primogénito del sargento Cruz y el viejo Vizcacha. Probablemente, el Martín Fierro es el último libro del género picaresco que ha producido la literatura castellana. Y esto es más interesante, porque el autor de este poema rudimentario no era muy culto en letras ni se propuso emular los grandes autores del siglo XVI y el XVII; es la obra espontánea de la raza, que aun transportada a medio distinto y extraño, produce fatalmente estrofas y episodios de puro sabor castizo.

Sucede, pues, que nuestro héroe Martín Fierro regresa a sus pagos. Está un poco viejo y se ocupa en cantar al abrigo de las pulperías, tañendo la guitarra ante un concurso de amigos que escuchan atentos sus aventuras y trabajos. Allí se le unen sus dos hijos. Y cada uno de los muchachos, siguiendo el sistema literario antiguo, narra por su parte las aventuras y desdichas de su vida azarosa.

El hijo más pequeño cuenta cómo quedó abandonado, cuando Fierro fué llevado a servir de recluta en la frontera. La pobre madre murió. Y el muchacho, por una tropelía de la justicia, demasiado frecuente en aquellos climas inseguros, es acusado de haber dado muerte a un boyero, y cae en presidio. El triste mancebo se limita a describir la horrible vida del presidiario. Para un hijo de la naturaleza, hecho a la luz y la libertad, nada debe de haber, en efecto, tan horroroso como el encarcelamiento.

En esa estrecha prisión,
sin poderme conformar,
no cesaba de exclamar:
¡Qué diera yo por tener
un caballo en que montar
y una pampa en que correr!...

También le fatiga y le aterra mucho el silencio mortal de la prisión. Es un silencio que le obsede, que le aturde, que le alucina.

Allí se amansa el más bravo,
allí se dobla el más fuerte.
El silencio es de tal suerte,
que cuando llegue a venir
hasta se le han de sentir
las pisadas a la muerte...

El otro hijo de Martín Fierro tiene algunas cosas más entretenidas que contar. Por lo pronto le recoge a su amparo una tía anciana, cuya amable tutela le permite vivir sin oficio y en perfecto holgazán. Pero la tía muere, y el muchacho queda otra vez desvalido. La amable tía le ha dejado una herencia, consistente en unas tierras y unos rebaños. En esto interviene el juez, y nuevamente la justicia criolla de aquel tiempo hace una de las suyas. En resolución, el chico no puede cobrar la herencia, porque es menor; en cambio le ponen de pupilo bajo la tutoría de un viejo cínico, ladrón, borracho, que responde al apodo de Vizcacha.

El viejo Vizcacha vive como un animal inmundo y ladino. Se dedica a hurtar reses y vender de tapadillo los cueros. Roba todo cuanto se le alcanza, desde una hebilla a una montura. Bebe sin tasa. Y a cambio de otros regalos, le da al chico sapientes consejos de la mejor picaresca.

Debo decir, como paréntesis, que el refranero criollo carece de gran originalidad; los refranes argentinos y generalmente los americanos, en realidad son puramente españoles. Aquellos países han inventado pocas cosas, acaso porque recibieron la civilización, la fe y el lenguaje españoles en su período de mejor madurez. Fuera de los términos o expresiones rigurosamente locales, el idioma se mantiene tan original como cuando llegaron allá los conquistadores. Me refiero, claro es, al idioma del campo y de las ciudades del interior; por desgracia, los escritores criollos cultos siembran su lenguaje de tristes galicismos aprendidos en los volúmenes de 3,50 francos.

Los mismos criollos castizos, cuando más presumen de estar argentinizando, no hacen otra cosa que hispanizar. Suelen darse, al efecto, equivocaciones graciosas; porque ellos piensan que las palabras y refranes que dicen son de pura cepa criolla, cuando son, al contrario, españoles. Esta equivocación, acaso, provendrá de la carencia de continuidad literaria y étnica. Leen los criollos muy escasísima literatura española; por otra parte, ellos ven llegar a los inmigrantes del país vasco, de Galicia, de tierra de Cameros, gentes que hablan un mal castellano, o un castellano incipiente.

El viejo Vizcacha no es ni más ni menos que un pícaro de Mateo Alemán, de Hurtado de Mendoza o de Cervantes. Nada dice que no supieran nuestros clásicos pícaros.

Jamás llegués a parar
adonde veas perros flacos...

El diablo sabe por diablo,
pero más sabe por viejo...

Hacéte amigo del Juez,
no le des de qué quejarse;
y cuando quiera enojarse
vos te debés encoger,
pues siempre es bueno tener
palenque ande ir a rascarse...

Este redomado pillo que llaman Vizcacha parece un ente redivivo, arrancado propiamente del Arenal de Sevilla, del Perchel de Málaga, de las Almadrabas de orilla de la mar. Tiene toda la sorna antigua y racial, un poco disminuído sin duda por la inyección taciturna y sosa del indio. Conserva, aunque un tanto mitigado, el don de la gracia andaluza. Y expresa en sus dichos toda la sutileza filosófica, castizamente hispana, popular; toda la presteza del madrugador; todo el egoísmo experimentado y concienzudo, entre estoico y cristiano, del hombre que se lanza a luchar con jueces prevaricadores y pillos despiertos.

Véanse algunos de sus consejos:

No andés cambiando de cueva,
hacé lo que hace el ratón;
conserváte en el rincón
en que empezó tu existencia;
vaca que cambia querencia
se atrasa en la parición.

Y menudiando los tragos,
aquel viejo como cerro,
—No olvidés, decía, Fierro
que el hombre no debe creer
en lágrimas de mujer
ni en la renguera del perro.

A naides tengás envidia,
es muy triste el envidiar;
cuando veas a otro ganar
a estorbarlo no te metas.
Cada lechón en su teta;
es el modo de mamar...