PAISAJES ARGENTINOS

OBRAS DEL AUTOR

El perro negro. (Ensayos)

Vieja España. (Impresión de Castilla, con un prólogo de Pérez Galdós)

Nicéforo el bueno. (Novela)

La Virgen de Aranzazu. (Novela)

Tierra Argentina. (Viajes)

La sombra de Loyola. (Ensayos)

A lo lejos. (Ensayos)

Cuadros europeos. (Viajes)

Espíritu ambulante. (Ensayos)

La afirmación española. (Estudios sobre el pesimismo español y los nuevos tiempos)

El muchacho español.

El poema de la Pampa. (Martín Fierro y el criollismo español)

JOSÉ Mª. SALAVERRÍA

PAISAJES
ARGENTINOS

GUSTAVO GILI, EDITOR
Universidad, 45: BARCELONA
MCMXVIII

ES PROPIEDAD
Tipografía la Académica

[AL ÍNDICE]

Este libro, que la amistad del editor don Gustavo Gili me ha instigado a publicar, está formado de partes variadas en las que alternan recuerdos de viajes por los sitios más pintorescos y grandiosos de la Argentina, y sensaciones e ideas de aquel Buenos Aires donde he pasado tres años bien curiosos de mi vida.

El Sr. Gili, como creador que ha sido de la Cámara del Libro Español, sustenta el principio ético-editorial de una verdadera comunión de intereses hispanoamericanos, y piensa que todo editor tiene el deber de ensayar la publicación de libros americanistas en España, y dar a conocer en la Península las cosas e ideas americanas.

Algunas páginas de esta obra fueron escritas antes de que la guerra arrojase su crisis y sus agobios sobre tantos países del mundo.

Tal vez la exaltación arrogante y un poco excesiva de los pueblos del Plata se haya contenido algo a causa de la crisis universal, lo que haría aparecer a ciertos pasajes del libro como no reflejando fielmente los caracteres de aquella vida. Pero cualquier crisis es pasajera en el Plata, y lo permanente y característico es el tono peculiar de vida que estas páginas intentan reflejar.

A los amigos de allá, a la nación Argentina siempre recordada, va dedicado el libro como una ofrenda.

I
EN EL RÍO URUGUAY

La belleza de navegar

Uno de los más grandes tormentos que pueden asaltarle al hombre es la necesidad de permanecer inmóvil en un sitio. El hombre sedentario es como un árbol o como un pilar clavado en tierra. Por el contrario, ¡qué bello es viajar! El mundo es ancho, es hermoso, está lleno de curiosidades; el mundo, además, lo hicieron indudablemente para que el hombre lo recorriera. ¡Ya nos quedará tiempo después, cuando la hora amarga llegue, de permanecer inmóviles, bien inmóviles y resignados, debajo de una losa de piedra!

Es bello viajar; pero todavía es más deseable el navegar. La navegación conserva aún el picor sugestivo de las antiguas emociones errantes, y aunque no vayamos ahora, como en los tiempos de Ulises, ni tan siquiera como en los de Colón, embarcados en alígeras carabelas por los remotos mares desconocidos, sin embargo, al pisar la cubierta de un barco de vapor, sentimos un cosquilleo particular en el alma. El mar se mantiene siempre en su puesto arrogante. ¡El mar sigue siendo una cosa seria! Por eso la navegación nos reserva aún un especial encanto: el encanto del peligro.

La grandeza del río

He hablado del mar con alguna precipitación. Porque, en realidad, las aguas que surca este barco no son salobres, ni verdes, ni azules. Esto no es el mar, seguramente; no es más que el río de la Plata, con sus aguas dulces, turbias, lisas y superficiales. Pero con un poco de esfuerzo imaginativo, el río de la Plata puede suplantar al Océano: un Océano canicular, ecuatorial, de calma chicha.

Por otra parte, esas aguas que miradas de cerca se nos representan de un color tan sucio, contempladas desde lejos recuerdan bastante bien la lontananza atlántica. El Río de la Plata debe mirarse a conveniente distancia, como las pinturas escenográficas: entonces se da un efecto muy aceptable de alta mar azul.

Tampoco hay que mirar muy prolijamente el vapor. Ya se sabe que es un buque limitado, de ruedas y de falsa quilla; pero cerrando los ojos a ciertos detalles, el viajero puede lograr una perfecta ilusión de buque transatlántico. Hasta nos apoya la aparición en medio de la inmensa agua, de una costa remota, una isla, una playa. Es como cuando se navega en la mar abierta y súbitamente surge el encanto de la costa deseada.

Sólo que aquí, en nuestro caso, la costa se complica con exceso. No es una costa la que aparece, sino dos. Y estas dos costas van estrechándose, poco a poco, hasta formar dos riberas fluviales. Sí: estamos en un río. La ilusión del mar se desvanece del todo y nos resignamos a la idea de que navegamos por un río.

Este es el río Uruguay. El vapor de ruedas lo enfila con entusiasmo, corriente arriba, a toda marcha. ¡Ancho, soberbio, generoso río de aguas calmas! Es el gemelo del Paraná: los dos hermanos vienen a verter sus caudales inmensos en la majestad del Plata. Ayer mismo, en sus márgenes selváticas tendía el indio su arco, amenazando al cauteloso tigre; hoy, en su lugar, el caballero pastor acosa a las reses pacíficas; mañana se levantarán ciudades populosas e innumerables. Porque nada es tan propicio a la civilización como un río caudaloso. Las grandes civilizaciones han nacido al favor de las corrientes fluviales, como la babilónica, la egipcia, la brahmánica. Y un gran río suele ser siempre el compañero de una gran ciudad. Nadie se explicaría la magnificencia de Menfis o de Tebas sin el Nilo opulento, ni concebimos la existencia de Babilonia sin el riego bienhechor del Eufrates. Hasta tal punto, que casi hallamos cuerda la célebre frase gedeónica: «Bendigamos a la providencia que hizo pasar un gran río junto a cada gran ciudad.»

Las islas

En algunos momentos de esta navegación encantada yo desearía suplicarle al capitán del barco: Señor, vire un poco hacia tierra; déjeme desembarcar y siga después adelante.

Me asalta este deseo cuando surge ante los ojos, en el centro del ancho río, una isla poblada de maleza. Disculpadme: siento un infantil sentimentalismo al ver las frondosas islas de los ríos americanos. Se opera en mí, en tal momento, una regresión inevitable, un salto atrás, una vuelta hacia los días crédulos de la infancia. Viendo las islas de los ríos argentinos me achico, me empequeñezco, me convierto en un muchachito quimérico. Y el estado de mi espíritu entonces es el mismo que cuando tenía diez años.

Me veo sentado ante una mesa, con las piernas colgando y el ceño fruncido al imperio de una reconcentrada atención. Tengo un libro en la mano. Es cualquiera de los mágicos libros que escribió aquel bondadoso hombre llamado Julio Verne, el escritor que más ha espoleado las imaginaciones infantiles. Sí; al descubrir las islas frondosas, surgiendo de las plateadas aguas del gran río, yo no soy el hombre actual, de bigote lacio y frente científica; soy, al revés, un muchacho crédulo que lee una novela de Julio Verne.

Y una vez más, como en los años antiguos, se me despierta la ambición de echar pie a tierra, tomar posesión de una de estas islas y hacer vida robinsoniana. Antiguamente, cuando me dormía sobre las páginas del libro estimado, soñaba que era un navegante, un descubridor... ¿Existe entre los niños americanos la obsesión de los descubrimientos? Tal vez no; ésta debe de ser una manía europea, un atavismo de las razas anteriores, aquellas que se lanzaron en un momento dado a descubrir islas y continentes por todo el mundo, cuando los mares parecían abrirse en una fantástica cosecha de archipiélagos perfumados.

Hoy también, igual que en los años mozos, delante de una isla me siento descubridor y conquistador. Quisiera desembarcar, y vivir allí novelescamente. Construir una choza. Subir a la copa de los árboles para recoger los frutos exóticos. Cobijarme a la sombra de una palmera. Cazar aves de plumas repintadas. Buscar al tigre entre la maleza y matarlo de un certero tiro. Pescar peces policromos. Oír la voz musical de los pájaros. Asistir a la gloriosa asunción de la luna sobre los bosques. Y emocionarme con los peligros, sorpresas y épicos trabajos de la naturaleza virgen...

Pero el vapor pasa de largo, y las islas, una a una, van quedándose atrás. En ellas podría un hombre vivir una vida libre, sencilla e intensa a la vez, lejos de las leyes y pragmáticas de la sociedad, solo ante la naturaleza, dueño de su destino, feliz y rico en su pobreza aparente, con abundancia de peces, pájaros, aire, sol, claros paisajes. Pero las islas pasan y yo no me atrevo a desembarcar. Me ha estropeado la civilización.

Las goletas

De repente, en un recodo del río, se descubre una goleta sin velas, atracada a la costa. ¿Qué hace ahí esa goleta? La costa es desierta, y está poblada de bosque; el barquito se arrima a la arboleda, como si quisiera cubrirse y esconderse.

¿Qué hace ahí ese barco? No hay muelle, ni puerto, ni pueblo, ni siquiera una mala casucha. El lugar no puede ser más desolado. Y otra vez entra en acción la fantasía novelesca. Ahora son las novelas de Mayne Reid las que reviven en la memoria. Y reanudo en seguida las lecturas de los diez años, tremendas lecturas en que un barco filibustero se arrimaba a las costas tropicales, o subía por la corriente del Missisipí, del Orinoco, y los piratas, al abrigo de la selva, sorprendían un poblado, se llevaban cautivas las mujeres, se reembarcaban y huían por los vericuetos inexplorados de los archipiélagos...

La calma tórrida del mediodía

En la hora central del día, el río se convierte en una lámina de plata. No se mueve ni un pliegue de aire. La atmósfera duerme su siesta.

Si no fuera por la máquina del buque, el silencio sería total. El buque, sin embargo, no cesa: las dos ruedas potentes arañan el agua, la sacuden, y el río se riza con olas oblicuas, largas, como las varillas simétricas de un abanico.

Duermen los bosques de la orilla, duerme el aire, todo está inmóvil. Bajo la pereza del mediodía, el barco resbala sobre el río. Y allá lejos, en lo alto de las colinas, las palmeras aisladas, derechas, quietas, aparentan la suma expresión de la molicie, con sus palmas curvadas hacia el suelo, indolentemente. Entre dos palmeras, ¡qué bien se tendería una hamaca, y se dormiría allí, al arrullo de los moscardones sonsoneantes!

Todo está hablando alrededor de cosas lejanas, de vidas diferentes, de primitivismo. Unas pocas horas han bastado para alejarnos enormemente de la civilización y del europeísmo. Lo que nos rodea tiene sabor americano, pero de americanismo legendario. Parece que nos separan miles de leguas de las ciudades, y que Buenos Aires se ha retirado muy lejos, pero muy lejos.

De tal modo, que el ánimo está preparado para todo fenómeno fantástico. Si nos dijeran que un tigre ha rugido entre los cañares de la orilla, lo consideraríamos muy natural; tampoco nos extrañaría ver avanzar una banda de indios armados con agudas lanzas. Encontraríamos perfectamente lógico que un barco pirata nos embistiese de proa, y que nos lanzara dos cañonazos detonantes.

Hasta que el sol, inclinándose al horizonte, modera su fuerza, ilumina las cosas de costado y hace desaparecer la modorra y la tensión de la fantasía. Entonces la luz se vuelve dorada, las sombras se alargan y acentúan. El río adquiere matices variados. Llega la hora de la dulzura y la melancolía, el antecrepúsculo de oro. Si el barco se aproxima a las márgenes, pueden distinguirse los detalles de las arboledas, los trenzados impenetrables de las lianas y la amorosa paz de algunas ensenadas.

Los arroyos

Muchas veces tienen los fenómenos sencillos la virtud de despertar en nuestra mente complicados pensamientos. Que un arroyo desemboque en un río, es un acto perfectamente natural; nada tiene de extraordinario, en efecto. No obstante, la conjunción de un arroyo en un ancho río me sugiere siempre una grave curiosidad.

Si vemos caer un arroyo en un río, desde la parte de tierra, la cosa no nos merece mayor atención; pero visto el fenómeno desde la parte del río, cobra un valor simbólico muy grande. Yo veo desembocar los arroyos en el río, y ¿podrá creérseme?: en aquel momento se me figura que estoy al otro lado de la vida, más allá de la barrera de la muerte. En fin: los arroyos confluentes se me representan como vidas que concluyen.

El final de una existencia, indudablemente, no es más que eso: un acto de caer, de rendirse, de sumirse en la extensión anuladora de las grandes aguas. El arroyo es una vida. Su historia está repetida desde el principio del mundo y se repetirá hasta la extinción del mundo. Como una vida, nada más. Nacer de una fuente matriz, saltar y jugar entre las peñas, borbotar entre los guijarrillos, correr por entre márgenes floridas, ensancharse en el valle, ir majestuosamente por el llano: y al final, caer humildemente en el gran río de aguas numerosas, anuladoras. Anularse, morir.

Los arroyos, como las vidas, ofrecen rasgos característicos en su momento terminal. Hay arroyos trágicos, como hay vidas de tragedia. Los que caen al mar o al río caudaloso desde una altura, en forma de cascada, son arroyos dramáticos, inquietos y violentos, que corresponden a las vidas trágicas de un César, de un Borgia o de un Cromwell. Otros arroyos vierten sus aguas finales con una serena resignación; su muerte es filosófica y austera como la de un Sócrates, o también como la de una persona buena que ha cumplido honestamente su misión en el mundo y entra con grave sencillez en la muerte.

De esta última clase son los arroyos que confluyen en el río Uruguay, arroyos tranquilos y mansos, que salen de la espesura, abren un hueco en la maleza y entran en el río sin protestas, sin resistirse ni espumajear: como verdaderos seres filosóficos.

¡Oh arroyos simbólicos y representativos! Seáis vosotros el alto ejemplo que me inspire a mí la manera de pasar, noble y decorosamente, el umbral de aquella última hora definitiva.

Los hombres a caballo

A medida que el vapor avanza, la costa se hace más abrupta. En algunos sitios se descubren imponentes acantilados, cortados con tajo brusco sobre el agua. El terreno es más alto, más ondulado. Se entra en la región de las pequeñas colinas, más bien de los collados, o empleando el vocablo territorial: cuchillas.

En lo alto de estas cuchillas se eleva de tarde en tarde alguna casa, alguna choza misérrima: no es raro divisar también la blancura confortable de una estancia. Otras veces, la cumbre de estas cuchillas está tomada por algún rebaño de novillos, quienes comen mansamente su hierba providencial sin dignarse volver la mirada hacia el barco que pasa.

Pero en ocasiones suele ser un hombre el que ocupa la eminencia de esas colinas. Un hombre montado en su caballo. Un hombre que se para en seco, enhiesto sobre su montura, vueltos los ojos hacia la embarcación que sube río arriba. Y ese hombre ahí parado, no sé por qué, se me figura que vierte una mirada de antipatía hacia el rugiente barco.

Su destino es uno, y el del barco es otro. El hombre ése representa el pasado, mientras que el barco de vapor representa lo evolutivo, lo revolucionario y transformador. Ese hombre sintetiza la vida fácil, libre y romántica de la tradición pastoril. Cabalgar desde que apunta el día, recorrer las praderas pobladas de copiosos rebaños, comer la carne sobre la hoguera que sirvió de fogón y de abrigo, dormir bajo el manto constelado; no inquietarse por el porvenir, sino esperar que el mismo destino provea a nuestras necesidades; amar, cantar melancólicamente; reñir y guerrear si es preciso, y terminar de una recta puñalada al corazón, en una noche de contraria suerte.

El vapor significa lo opuesto. El vapor sube por la corriente arriba, paralelo al ferrocarril, llevando arados, ladrillos, alambres cercadores. Representa el sedentarismo, la agricultura, la economía, la organización municipal, la fundación de bancos, la población numerosa, la tierra acotada, la supresión de aquella vida libre, deliciosamente anárquica, generosamente sobria, de los confusos tiempos pastoriles.

El hombre ese que se detiene sobre la montura de su caballo, en lo alto de la cuchilla, siente que cada vapor que remonta el río es un nuevo asalto a la tradición. Y lo mira pasar seriamente, llena el alma de tristeza y de odio.

El hombre y el vapor son enemigos por necesidad, opuestos entre sí, mutuamente incomprensibles. El hombre a caballo no comprende la prisa, ni el entusiasmo codicioso que lleva el vapor, porque él aprecia mucho más el sangrante churrasco devorado en la rasa llanura, que los suculentos manjares comidos en cerradas habitaciones. No concibe que un hombre construya su casa con ladrillos sobrepuestos y bien ensamblados, cuando unas tablas o unos adobes recubiertos de hierba seca, bastan para cobijarle. Y entiende que todo lo demás sirve solamente de nudo y de cadena. Ciertamente: cada nueva comodidad, cada seguridad nueva que nos presta la civilización, es una nueva hipoteca que le hacemos a la libertad personal.

Pero de los dos adversarios, el vapor es el más poderoso. El saldrá vencedor. Y las orillas del río se cubrirán de pueblos, de casas, de alquerías. La belleza salvaje y solitaria de ahora, se cambiará por otra hermosura distinta. Las aguas mansas del río reflejarán árboles civilizados, recortados, obedientes, en lugar de las malezas insubordinadas de ahora. Los ranchos misérrimos habrán de convertirse en casitas pintadas, coquetonas. A la soledad majestuosa de las llanuras, seguirán los campos labrados, cercados por setos florecidos. Niños que van a la escuela en tropel; golpes de martillo; silbar de locomotoras; los carros henchidos de frutas sazonadas; cantos y alborozo de las vendimias.

Si una poesía decrece, otra renacerá. La naturaleza no renuncia jamás a su dominio estético, y sabe siempre ser noble, lo mismo en la grandeza de las selvas vírgenes, que en los trabajos de los valles cultivados, de las ciudades atareadas...

El sol se ha puesto. Tímidamente asoman, una a una, las estrellas. El río se vuelve negro: sobre la sombra de sus aguas, un lucero pone su blanco punto ideal. La noche es muda, como un silencio estupefacto. En medio de este silencio, el buque, un poco pedante, persiste en su ritmo bronco: bum, burrum, bum.

Octubre, 1912.

II
LA DOCTA CÓRDOBA

Cuando el tren camina con más entusiasmo, a la dorada luz del sol matutino, el viajero queda perplejo al ver que la llanura inmensa, la abrumadora llanura argentina, se deprime bruscamente, como por efecto de un encantamiento. Allá en el fondo de la depresión, una multitud de casitas y ranchos sobresalen entre las arboledas. El paisaje ha tomado repentinamente un aire rudo y enérgico. La monotonía de la llanura, la suavidad de las líneas prolongadas hasta lo infinito, se traducen en unos desniveles y bancales poblados de matas, bosques y zarzas. Una población extraurbana, numerosa y típica, bulle por aquel paisaje intempestivo. Las casitas de adobe, los ranchos de paja, asoman entre las tunas. Y las gentes, con su color moreno y su aire netamente criollo, evocan en la imaginación un mundo muy apartado del Buenos Aires europeo y descolorido. Un poco más adelante, en el fondo de la depresión, ocupando el lugar estratégico del valle, aparece Córdoba.

Primero no se ven más que torres, sobresaliendo del semioculto caserío. Y esas torres distintas, extemporáneas dentro de la igualdad pampeana, son para el viajero una nota llena de simpatía, algo como un hallazgo providencial. Porque el viajero, si es de índole un poco artística, ama precisamente aquellas cosas que se apartan de lo común, y sobre todo las cosas que tienen fuerza evocativa. ¿Y puede haber algo tan evocador, como un ejército de torres levantándose sobre una ciudad histórica? En cada torre hay un mundo de recuerdos, de creencias, de controversias o de fanatismo: pocas cosas existen en el mundo, efectivamente, que sugieran tal suma de ideas y contrastes como unas torres levantándose sobre una ciudad. Y como la ciudad de Córdoba aparece a la vista del espectador tan erizada de torres ingentes, uno se imagina bien pronto la profundidad histórica que ha de existir en ese pueblo interior, colocado en el mismo centro del antiguo virreinato.

Los pueblos se dividen, como las personas, en dos categorías: hay la categoría de las ciudades vulgares, y la de las ciudades típicas, entonadas, de sabor propio. En seguida que el viajero penetra por las calles de Córdoba, comprende que se encuentra en una ciudad personal y de pronunciado carácter.

Mientras camino por las calles, nada me impide suponer que voy vagando por una de aquellas ciudades históricas del mediodía de España. La multitud de iglesias, las tapias discretas de los conventos, la paz de las calles silenciosas, el misterio de los muros viejos, por encima de los cuales asoma un árbol florido; y en el fondo de esas calles vacías, silenciosas, limpias, alguna ventana aislada, con su reja artística, y colgando de los hierros de la reja una flor... Todo esto es bien europeo, bien antiguo, y sobre todo bien español. Hasta las personas eclesiásticas adoptan un aspecto raro. Los sacerdotes no visten como los atildados abates de Buenos Aires, no llevan el redingot ajustado, el sombrerillo de ala plana y breve, el bastón en la mano; este aire de mundanidad no lo desean los sacerdotes de Córdoba. Ellos no tratan de disimular su estado, como si se avergonzaran de vestir trajes demasiado sombríos y demasiado anacrónicos, entre las gentes despreocupadas del cosmopolitismo. Por el contrario, los sacerdotes de Córdoba se mantienen fieles a la sotana, y al manteo amplio, y al sombrero ampuloso, el clásico sombrero de «teja». Se ven también frailes de distintas órdenes, unos con hábito pardo, otros con hábito blanco, y algunos con los dos colores, pardo y blanco. Y pasan gravemente por las calles, sin timidez, sin miedo a la ironía del descreído cosmopolitismo; antes más bien con el gesto y la compostura del que se siente dentro de su legítimo feudo. Y se ven además muchas, numerosas mujeres que visten hábitos diversos, incomprensibles para el profano. Las hay vestidas de color marrón; otras visten de blanco, con manto a la cabeza color azul; otras combinan el blanco con el negro; y otras, en fin, sobre el traje rosa ponen su manto azul celeste. El viajero queda asombrado, perplejo, ante la variedad colorista de los hábitos femeninos de Córdoba. He ahí una ciudad que posee en alto grado el instinto del color, tan negado a muchos pintores.

¿Y las campanas? Desde que abandoné las costas de Europa no había yo escuchado el son de las campanas. En Europa suenan mucho los bronces místicos. Nuestro oído se halla como viciado por ese son un poco lúgubre, pero también recordatorio de muchas escenas infantiles. Yo notaba en mí cierto vacío. Pero en Córdoba he vuelto a saturarme de ese son familiar. Las campanas de Córdoba suenan numerosas, porfiadas, a todas horas. Vienen las campanadas de cerca, de lejos, de todos los lados. La campana de la catedral, principalmente, suena de un modo grave y religioso; es un son venerable, no exento de soberbia; suena con la autoridad de algo que se siente legítimo, necesario, inseparable de la tradición de la ciudad. Cuando la campana suena, de los pliegues y dibujos churriguerescos que coronan la gran cúpula central surge una bandada de palomas; las pobres palomas eclesiásticas no han podido habituarse al tono solemne de la campana; el misticismo de las blancas palomas cree que existe mayor dulzura religiosa en el éter azul, que en la voz triste del bronce; y mientras la iglesia, para comunicarse con Dios, usa la voz de la campana, las palomas levantan el vuelo, ascienden por el aire nítido, y es como si quisieran abismarse en el azul firmamento, regazo inmenso de Dios.

Pero a la vez que estas cosas hablan a la imaginación de las viejas ciudades españolas, otras cosas nos sugieren imágenes contrarias, de un fuerte aire americano. Entrando en Córdoba es cuando el viajero llega a entender lo que era una ciudad prócer en tiempos de absoluto criollismo. La banda de la Argentina que da sobre el mar y sobre el ancho río, va perdiendo, o ha perdido completamente su aspecto criollo: entre los inmigrantes, los almacenes, los remates, los arados ingleses y las copias de París, le han quitado a esa banda su barniz tradicional. Pero en Córdoba hay civilización, hay trabajo, hay negocios, y sin embargo conserva su tono tradicional. Se parece a esas personas próceres, de largo abolengo, de fortuna pingüe y heredada, que saben recibir las modas recientes, pero sin renunciar a sus maneras y costumbres señoriales.

Algo hay, sin duda, en el ambiente de Córdoba, algo que no se puede tocar ni apenas definir, y que para ser expresado se requiere emplear la palabra difícil, la palabra muy pocas veces lícita: la palabra señorial. ¿Qué es lo señorial? Ahí está un nombre de veras difícil. El vulgo, y también el que no es vulgo, quiere aplicar ese nombre a cosas y personas que maldito de Dios si lo merecen. Señorial no es lo que tiene riquezas, como el vulgo supone; muchas personas ricas andan por el mundo que no han tenido el menor contacto con lo señorial. Lo fastuoso tampoco es señorial. Se pueden tener muchos trajes, muchos palacios, muchos troncos de caballos ingleses, mucha vajilla de plata, mucha prodigalidad, y sin embargo se puede no ser señorial. Lo señorial quiere decir noble, y esto de noble es un compuesto de cultura, de inteligencia, de arte, de cortesía, de bondad, de discreción, de medida, de caballerosidad, de buen gusto, de calma, de saber limitarse, de huir de la exageración como del diablo, de no entregarse a la última moda puerilmente, de apartarse de lo «snob» y de conservar siempre los prestigios de su personalidad... Me atreveré a afirmar que todos esos atributos los posee la ciudad de Córdoba.

Es claro que para muchos espíritus descuidados Córdoba parece un tanto rancia; tiene un sabor provinciano, y esto hace torcer el gesto a los cosmopolitas. Pero es menester inclinarse con respeto ante las ciudades que no quieren sumirse en el todo igualatorio; ante los pueblos que creen en la historia, en la personalidad nacional, en los prestigios heredados y transmisibles. Por mi parte, no niego que me infunden gran consideración el árbol que sobresale en el bosque, el arbusto lindo o feo, que rompe la monotonía de un sembrado, el hombre que se atreve a llevar un sombrero distinto a los demás, o simplemente el que tiene más estatura, es más pequeño o tiene la calva más exagerada que los otros. Ser distinto, en estos tiempos en que los sastres, las ordenanzas municipales y los hoteleros se empeñan en hacernos simétricos, denota valor y fe, y ambas virtudes son de las más altas de cuantas se ofrecen a nuestra consideración.

Un ejemplo de esa discreción noble, señorial, lo tenemos en la universidad, tres veces gloriosa. La universidad de Córdoba cuenta su vida por siglos; en sus aulas han enseñado los primeros profesores del virreinato y de la república; en esas mismas aulas han estudiado los obispos, los generales, los magistrados, los presidentes, los escritores de más lustre de la nación. La vida intelectual de la Argentina, en lo que ésta tiene de abolenga y de histórica, puede decirse que ha nacido en los bancos de la universidad cordobesa. Otra ciudad menos discreta hubiese dado a su universidad un aspecto ampuloso, soberbiamente monumental; hubiera puesto una fachada rimbombante, con muchas columnas, estatuas e inscripciones, y una suerte de molduras hechas de cemento habrían dejado pasmado al pobre transeúnte. En Córdoba no sucede así. La universidad de Córdoba, sin embargo de su prestigio, ofrece una apariencia modesta. Es preciso ir a buscarla, y buscarla bien en el recodo de una calle apartada, para dar con ella. Nada de fachadas rimbombantes. Un frente de estilo clásico, una puerta mediana, un vestíbulo pequeño, y eso es todo. En el centro el patio ofrece un aspecto conventual, con su claustro de columnas de medio punto. Un jardincillo llena el patio con sus verdores amables. Las aulas se abren sobre el corredor del claustro, y en aquellas aulas, sobre bancos de pino, se sientan los estudiantes. Se comprende que todo está igual, desde muy antiguo. La universidad no ha querido abandonarse a las locuras de la ostentación moderna. Piensa que la inteligencia no necesita de mucho lujo para desenvolverse, y que Sócrates conversaba con sus discípulos en mitad de la calle o a la sombra de los plátanos clásicos.

La simpatía es un sentimiento inefable. Nos es una cosa simpática, y el por qué no sabemos decirlo muchas veces. De la ciudad de Córdoba guardaré siempre un recuerdo amable. Una visita rápida, que duró dos días, no sirve, es claro, para penetrar en el fondo de un pueblo; pero yo prefiero atenerme a mi impresión fugaz, ya que ella es propicia. La plaza central, tan bella y limpia; las calles bien cuidadas; las casas discretas y elegantes; la distinción de todo, lo mismo de las piedras que de las personas. Y el recato y silencio de las vías adyacentes, aquellas encantadoras calles por donde no se ve transitar muchedumbres afanosas; allí donde el reposo es tan completo que se oye distintamente la voz de un piano interior, las risas de unas muchachas invisibles, hasta el crujir de las hojas de los naranjos y de las adelfas que asoman por encima de las tapias.

De noche la ciudad se envuelve en calma y en silencio. A la hora en que el último color del día se amortigua, cuando la luz de los luceros llena de poesía el espacio, el aire de Córdoba tiene una transparencia, una suave frescura, una sonoridad indecible. El rumor de las calles no viene a turbar esa calma con su estúpido ruido. Es hora en que las personas caminan sin prisa, con ademán negligente y desinteresado. Entonces la ciudad entera parece sumida en descanso y en amabilidad. El aire se hace sonoro. Las mujeres salen al balcón y sus voces animan la calle, como un sonido que viniera de atrás, de un tiempo en que no existían ni ferrocarriles ni periódicos. Y el aire de fin de verano se embalsama con olor de hierbas campestres. Hay, en fin, tiempo y espacio para mirar al cielo y para ocuparse en un trabajo tan divino como es el de contar las estrellas del cielo. El alma se abandona a las ideas semisueños. El alma descansa.

Febrero, 1911

III
VIAJE A LAS MISIONES JESUÍTICAS

Paisaje civilizado

Era una brillante mañana de primavera cuando emprendí aquella expedición hacia los países remotos e inhabitados del interior de América (como un conquistador que hubo de llegar demasiado tarde).

Alma de explorador, fantasía de viajero, yo, que a los quince años soñaba con descubrir un nuevo Amazonas, ahora podía por último lanzarme a la aventura de la América florida, selvática y prodigiosa. No dudé en aceptar la generosa invitación de mi amigo el señor Errecaborde, que se dirigía al pueblo de San Javier con propósito de subastar unas cuantas leguas de tierra. Y en compañía de dos distinguidos «rematadores», provistos de maletas, armas y provisiones, todos juntos y en buena disposición de ánimo emprendimos la marcha hacia el territorio de las Misiones.

Plana y verde, sembrada de quintas y de «chacras», la fértil llanura de Buenos Aires tendía al paso del tren su opulencia agricultora. Aquel país monótono y civilizado no era todavía el mundo salvaje y novelesco que mi imaginación deseaba. Pero más allá del pueblo de Zárate comenzó la decoración a complicarse. El tren se trasladó todo entero a un «ferry boat» que lenta y suavemente nos puso en la otra margen del río Paraná... Y mientras cruzaba las aguas parduscas y tranquilas del ancho río, mis ojos pudieron admirar los primeros signos del paisaje indiano; ceibas de encarnada flor, bosques de caña «tacuara», y unas palmeras a lo lejos, flotando sobre las malezas de los campos anegadizos.

Empieza el exotismo

Salió el tren del «ferry boat» y recuperó el dominio de los carriles. Y se lanzó a la carrera por las soledades de la provincia de Entre Ríos, patria de hombres valientes, hábiles en el manejo de la lanza y del cuchillo cuando las «montoneras» y las guerras civiles conmovían continuamente el territorio del Plata. Cruzábamos un paisaje denso y austero, solitario y noble, que por estar moteado de pequeñas y onduladas lomas, por la vastedad religiosa y por los grupos de árboles parecidos a encinas, me recordaba mucho el grave paisaje castellano.

Vino la noche, divinamente sembrada de estrellas, y el aire, al paso del tren, nos traía vagos presagios del Trópico. A veces, en la pausa de una estación, veíamos volar las mágicas luminarias de las luciérnagas. Perfumes dulces y pesados, de magnolias y jazmines, llegaban a nosotros desde el fondo de la llanura como ingenuas tentaciones voluptuosas. La gente caminaba sin prisa. Los pueblos aparecían inmensamente distanciados. De los chozos o «ranchos» del camino surgían mujeres de piel cobriza y muelles ademanes. Los hombres, a caballo, portaban sobre los riñones, cruzado en bandolera el largo y puntiagudo «facón» de los famosos «gauchos»... ¡Hallábame, pues, en la verdadera América de mis sueños!

En el pueblo de Santo Tomé acabó la primera etapa de nuestro viaje. Hasta entonces pudimos beneficiarnos de las comodidades y delicias de la civilización: vagón corrido, restaurant, cama. Desde ahora empezaba la lucha con lo desconocido y con lo indisciplinado. Ibamos a usar todos los medios imaginables de locomoción, y tendríamos que someternos a la cocina fantástica de las posadas, donde quiméricos cocineros italianos nos servirían manjares incomestibles. Y dormiríamos, claro es, en la vecindad de toda suerte de insectos. Para estas contingencias del porvenir decidimos reposar y abastecernos en el pueblo de Santo Tomé.

Es un pueblo amable, bastante crecido y de contornos deliciosos. Su nombre de santo antiguo indica desde luego que fué creado por los Jesuítas. En efecto, desde Santo Tomé, hacia las espesuras del Brasil y el Paraguay, entre los grandes ríos Uruguay y Paraná, extendíanse las célebres Misiones Jesuíticas, ese noble intento de una república cristiano-comunista que dió lugar a tantas leyendas y a tan contradictorios comentarios.

En Santo Tomé viví dos días; no podré contar en mi vida muchos días que sean más serenos. Una suavidad del aire, un perfume de jazmines, el panorama del caudaloso río, y una paz de lentitud y de pereza en las gentes... En Santo Tomé parece que las cosas esperan a alguien. Esta espera es la misma que la del rebaño que perdiera su pastor. Los pueblos misioneros tenían en los jesuítas su pastor. Estos eran el cerebro, la conciencia y la voluntad, la providencia que evita el dolor y el cálculo que previene; los sencillos indios no necesitaban pensar ni agitarse, ni desear siquiera. Sobre sus vírgenes y sumisas naturalezas en que faltaba principalmente la voluntad, ¡con qué alegría y entusiasmo ensayaron los hijos de Loyola su programa cristiano-social!

Armados de revólver...

En fin, partimos de Santo Tomé en un tren explorador que marchaba con un cargamento de obreros hasta el límite de la línea. Nos acomodamos en un furgón sin techumbre, y en esta poco sibarítica forma hicimos un recorrido de tres horas. La línea del ferrocarril terminaba en seco en mitad de una llanura desierta y rasa. Descendimos a tierra, y con nosotros bajaron los obreros.

Acababan de llegar de Europa. Eran inmigrantes novicios, reclutados en todos los rincones de España, de Italia, de Turquía y de Rusia. Venían deshechos, sucios, hambrientos. Al saltar a tierra formaron en grupos, y los capataces los escogían, los distribuían de aquí para allá. En seguida pusiéronse a encender fuego. Prepararon el «mate» y lo sorbían a grandes tragos, mojando en la caliente infusión la dura galleta.

Nosotros teníamos apercibida una «galera», regularmente desvencijada. Nos instalamos allí, y a un trallazo del mayoral las mulas arrancaron a correr por el infame camino polvoriento. Eran cuatro mulas en las varas; otras dos iban delanteras; y a la cabeza de la tropilla, jinete en un caballejo, marchaba un muchacho con su rebenque.

El mayoral llevaba un cuchillo enorme cruzado a la cintura; el que hacía de jefe o intendente de la galera mostraba un buen revólver bajo el chaleco. Entrábamos, pues, en una comarca semidesierta, fronteriza al Brasil y al Uruguay, nido de contrabandistas y desterrados... Mis compañeros de viaje buscaron en sus maletas y sacaron sendos revólveres, que prendieron de sus cinturas. Yo no tenía armas. Esta ausencia de previsión marcial me avergonzó bastante y me dejó en situación de manifiesta inferioridad.

Entonces, viendo mi actitud humillada e indefensa, alguien me alargó un revólver que sobraba. Como el revólver era de grueso calibre y yo carecía de cinto y de funda, me ví perplejo ante aquella arma, que no sabía en donde aposentar. Opté por guardarla en el bolsillo de la chaqueta.

—¡Qué hace usted, señor! Con los tumbos que da el coche, ¿no imagina usted que se dispare y se hiera, o nos hiera a nosotros?

En resolución, tuve que entregar el revólver a quien me lo quiso prestar. Y puesto que tan mala maña demostraba yo para el manejo de las armas, decidimos que mi persona era inútil en cuanto a las contingencias de asaltos, sorpresas y bandidajes, y que mis compañeros asumían la responsabilidad de defenderme.

En seguida nos lanzamos por el camino polvoriento, que, a causa de ser muy roja la tierra de Misiones, semejaba una herida palpitante y sanguinolenta en mitad de las hinchadas colinas.

Un camposanto en el desierto

Marchábamos en la galera desvencijada por aquel camino infernal, y sin embargo del fatigoso viaje iba yo bastante alegre; porque sin mucho esfuerzo imaginativo podía considerarme entonces como un explorador de antaño o como un personaje de Julio Verne.

Sentía la extraña y directa impresión de haber retrocedido muchos años en la cuenta del tiempo. Todo a mi alrededor hablaba de cosas remotas y antiguas, desde el arcaico tintineo de las muías hasta la soledad primitiva y salvaje del campo. A veces el mayoral cruzaba con el zagalillo algunas palabras en idioma «guaraní», o animaba a las bestias con gritos de raro y gutural acento: «¡Oh, oh! ¡Perico!...», y las mulillas trotaban valientemente haciendo crujir al coche a cada arrancada.

En la ondulada llanura que cruzábamos no se distinguían ni pueblos, ni «estancias» ni campos de cultivo. De tarde en tarde descubríamos un seto artificial, un «alambrado», y aquel cerco, símbolo de propiedad, era el único vestigio de civilización. Algún «rancho», mísera cabaña perdida en la vastedad, nos advertía que por alguna parte existiera gente humana. Las enigmáticas lechuzas de circulares ojos fijos, posadas en las puntas de los postes solitarios, miraban el paso de la galera con una hierática o supersticiosa obstinación. Y las bandadas de cuervos volaban lentamente sobre los descampados.

Caía el sol de plano sobre la tierra, donde un manto de hierba escuálida se requemaba bajo la brasa del cielo. Las nubes se abombaban en el horizonte y hacían magníficas combinaciones de grandes masas de rosa y blanco. El paisaje, ondulado y liso, semejaba un mar de olas pacíficas; sólo en las encañadas y cortaduras crecían bellos grupos de árboles, vírgenes y sin dueño, que daban fresca sombra a regocijantes y encantadores arroyos. Fuera de estos bosquecillos, la tierra ofrecía un ardiente color encarnado, como regada con sangre.

Recuerdo ahora mismo la tristísima impresión que me produjo, a lo largo de la marcha, ver de pronto surgir en aquel desierto un rudimentario camposanto. Eran unos palos irregulares y mal reunidos, que a cierta distancia aparentaban formas de un culto idolátrico, y que, aproximándonos, vimos que eran efectivamente toscas cruces. Para resguardar a los muertos de las reses vagabundas, alguien había cercado con alambre de púas el santo lugar. Una cruz, menos tosca y más grande que las demás, hacía allí el efecto de un pastor, o era como un espectro macabro y piadoso que vigilaba la inseguridad y el misterio del horizonte. Un cementerio nos entristece siempre y nos perturba. ¡Pero aquel pobre camposanto en el desierto, tan abandonado de los vivos y tan sin contacto con la vida! ¡Aquellos pobres muertos sin nombre, indefensos en la soledad, temerosos en la misma muerte, abrasados por el sol tórrido!...

Un pueblo de polacos

Más adelante empezamos a descubrir frecuentes cabañas y pequeños cultivos de maíz. Por último avistamos algunos edificios de canto y cal y pabellones de madera. Estábamos en una colonia de polacos, llamada Apóstoles.

De estas poblaciones exóticas e intrusas existen bastantes en la Argentina. Suelen formarse con rusos, judíos, polacos, galenses, y en la inmensidad del territorio viven una vida poco próspera, estacionaria por lo general, puesto que se componen de gentes ignorantes y de mezquinos labriegos. La colonia que nosotros acabábamos de descubrir se componía de polacos de la Galitzia austriaca, polacos rusos y rutenos. Eran bastante numerosos. Cultivaban sus campos de maíz y de trigo y pastoreaban algunas reses vacunas. Los de religión ortodoxa tenían su «pope», y los católicos habían traído también su sacerdote de lengua polaca. Un intendente o administrador dirigía la colonia y velaba por el orden. Era de Varsovia; un hombre joven, rubio, de rostro fino y soñador y mirada inteligente.

Los pobres polacos, nacidos en la servidumbre y la ignorancia, venían, pues, a substituir a los indios en la tierra de Misiones. Tenían éstos, como los antiguos indígenas, una especie de fatalismo perezoso y conformista y una inhabilidad para vivir sin la ayuda del jefe y del pastor. Traían también la honda religiosidad de los indios. En los cruces de los senderos, en las lindes de los sembrados, constantemente veíamos grandes cruces votivas y protectoras. En ellas había a veces inscripciones. Pedimos que nos tradujeran una de aquellas leyendas, y decía: «¡Señor Dios, dadme este año una buena cosecha de maíz!...»

Nos albergamos en una mísera posada, donde en desvencijados catres pudimos dormir a la noche. Y tan pronto el día alumbraba, encomendándonos a nuestros ángeles familiares, volvimos a ir dentro de la galera por el camino de la soledad.

Y cuando la mañana se hizo más calurosa, tropezamos con un arroyo bastante ancho que carecía de puente y hubo necesidad de atravesar haciendo raras gimnasias. Allí contemplé por vez primera un vehículo muy americano, muy curioso y que, usual y único antes de la importación del ferrocarril, ha quedado hoy constreñido a las comarcas más desviadas del país.

Se trataba de una «carreta». Antiguamente hacían esas «carretas» el camino de las Pampas y eran a modo de caravanas rodantes que en viajes lentos, peligrosos, largos de muchos meses, conducían mercaderías y personas desde los Andes hasta el litoral del Plata. La carreta que yo veía era grande, con un tosco armazón de madera y enormes ruedas pesadas. Un techo de paja cubría el armatoste, dándole aspecto de cabaña verdadera, rodante y vagabunda. Una familia brasileña viajaba en el carro. Tres parejas de bueyes lo arrastraban, obedeciendo al aguijón de un muchachuelo que trotaba y se revolvía constantemente, jinete en un potro.

Como los nómadas de la prehistoria, como los personajes de una novela, marchando lentamente por un país suave, cruzando selvas y ríos, durmiendo bajo las estrelladas y cálidas noches... ¡confieso que sentí un poco de envidia por los viajeros de aquella cabaña rodadora!

Tuve que resignarme a montar en la galera, que nuevamente nos llevó dando tumbos por un camino cada vez más impracticable. Y así dimos vista al pueblo de Concepción de la Sierra, precisamente la víspera de la festividad de la Concepción.

Misticismo eslavo

Tan trabajado me sentía por el penoso viaje, el polvo y el calor tórrido, que me tendí a dormir en la posada una siesta profunda, como de piedra. Apenas concluí de cenar, otra vez busqué la cama y me hundí en un sueño profundo. Pero al alba me despertaron unos cohetes y un campaneo estrepitoso. ¡Bien! El pueblo se disponía a celebrar la fiesta de su Patrona, la Virgen de la Concepción.

Salí pronto a la plaza, y frente a la iglesia hube de tentarme el cuerpo para convencerme de que no dormía, de que, en efecto, yo estaba en un pueblo de la América meridional.

Todos los polacos del contorno habían acudido al pueblo de Concepción de la Sierra. Llegaban en sus largos carros típicos, vistiendo a usanza de su país; ellos con trajes gruesos y obscuros y botas altas, los bigotes lacios y la melena hasta el hombro; las mujeres con una falda de color, chaleco liso y camisa de mangas amplias. Los cuerpos toscos, las caras feas y juanetudas, y un olor a grasa y sudor rancio... Pero su impresionante misticismo les disculpaba de todas las imperfecciones físicas.

Al entrar en el templo, las mujeres se arrojaban de bruces y besaban el polvo. Próximos al altar veíanse cuatro hombres, especie de acólitos encargados de corear las palabras litúrgicas del cura celebrante. Cantaban, pero con una voz tan triste, tan perfectamente triste, que producía angustia. La misma rudeza de las voces aumentaba la sugestión del canto y lo hacía más sincero y hondo. Parecía un eco que llegase de la estepa remota, helada, infinita, o un lamento trascendental y místico que interpretase el doloroso anhelo de la melancólica raza eslava...

Salí de la iglesia con un hipo de dolor, y busqué en el aire encendido y brillante una compensación aliviadora. Los zorzales, en los patios sombrosos, modulaban sus ternezas amatorias; y los jazmines llenaban con su perfume voluptuoso el ambiente quieto y cálido.

Pero un campaneo desenfrenado rompe a sonar; todo el pueblo acude a la plaza. Está saliendo la procesión por la puerta de la iglesia. Tiene esta procesión un sabor raro, original, maravilloso. El ambiente es luminoso y tropical, mientras que los personajes vienen ataviados a la usanza rusa; y de esta unión estrambótica surge el efecto más inverosímil.

No traen más imagen que la de la Virgen; toda está rodeada de flores. El honor de escoltar a la Virgen se lo han adjudicado las mujeres del pueblo, y algunos paisanos del contorno, con sus bombachas nuevas y la gran espuela calada, se reservan el derecho de llevar las andas. Los polacos, privados de todo honor, se resignan a escoltar la imagen, humildemente. No pueden ellos cargar las andas ni tocar la imagen; pero como perros fieles, como rendidos siervos, rodean el objeto amado y lo miran con ávidos ojos. Descubiertos como van, el sol misionero les hiere en los cráneos y hace rebrillar sus cabelleras rubias, aceitosas. Y se achicharran dentro de sus capotes de paño grueso. Las mujeres tiran y arrastran a sus pequeñuelos. Los más ancianos siguen al cortejo montados en sus carros. Van cantando.

Cantan una triste, una desgarradora melopea. El canto se extiende por la plaza y llena el pueblo entero. Parece una voz antigua y remota que viene a saludar a un amigo. Al conjuro de aquel canto religioso, yo no sé qué raras interpretaciones se entremezclan en mi espíritu. Me figuro que las voces cristianas de los polacos llaman a las almas de los indios que allí residieron un día y que dispersó la fatalidad. En aquella misma plaza de Concepción de la Sierra, dos siglos antes habían pasado los indios guaraníes, rodeando la imagen de la Virgen. Un jesuíta, revestido de su pompa eclesiástica, los dirigía, dándoles la pauta del canto. Los indios fueron aventados, y ahora, pasados los siglos, otros hombres indefensos forman en rebaño y piden a Dios, con místicos clamores, la firmeza y la felicidad que sus pobres almas inseguras no saben procurarse en los azares y las luchas de la vida...

Ruinas en la selva

Habíamos salido del pueblo de la Concepción en medio de un diluvio relampagueante. De estas tormentas aparatosas no es conveniente hacer mucho caso en los países próximos a la zona tropical. En efecto, muy pronto nos vimos otra vez bajo un sol abrasador y un cielo brillante, con el espectáculo de una naturaleza recién lavada y rica en primores de color.

Para almorzar más a placer (galleta dura y cecina criolla) nos refugiamos en un bosque. Ya no se trataba de un simple grupo de árboles, como los que antes habíamos visto; aquello era la «selva», interminable y profunda, inexplorada y misteriosa; la selva virgen que avanzaba hacia el Paraguay y el Brasil, con sus tigres y sus sorpresas.

El mayoral del coche nos dijo:

—Ahí en el bosque hay un pueblo jesuítico; pueden verlo, porque está cerca.

—¿Un pueblo de las antiguas misiones jesuíticas?...

—Sí, señor. Por esa «picada» es el camino. Se llama Santa María Mártir.

Me apresuré a internarme en la selva por una «picada», o sea un camino abierto en la espesura. A los pocos minutos me hallé frente a una maravilla arqueológica, mudo de sorpresa, de admiración.

Oprimida y sofocada por la frondosidad del bosque, descubrí una plaza rectangular, grande como de cien metros de lado. Allí podía comprobarse la forma que adoptaban los misioneros para construir sus ciudades. En uno de los lienzos de la plaza levantaban la iglesia, el convento y el almacén; en los otros lados se hallaban las dependencias más importantes, las habitaciones de los jefes y de los caciques, y los talleres comunales, que surtían de cosas al «falansterio» místico y tributaban riquezas a la Compañía.

La plaza tenía un pórtico corrido, apto para guarecer a las gentes del sol o de las tormentas. Esta disposición de las poblaciones misioneras estaba a mis ojos claramente expuesta; las ruinas sufrieron poco, los hombres no se habían llevado los sillares para construir tapias ni chozas; la misma bravura del bosque defendía la muerta ciudad de la barbarie o inconsciencia humana.

Dos lienzos de la plaza conservábanse en pie, hasta la altura del primer piso; los pilares, cuadrados y de sencillos capiteles, permanecían erguidos aún. En el centro de la plaza asomaba la boca de un profundo pozo, que se comunicaba con un subterráneo cuya boca quedaba abierta en un muro lateral, de proporciones ciclópeas.

Dentro del muro ciclópeo, capaz de resistir la furia de un cañón, contemplé una especie de nicho, resto de capilla o de celda. Sobre un altar improvisado, una imagen de la Virgen mantenía aún en sus brazos al Niño, que la injuria del tiempo había maltratado, cortándole los brazos y las narices.

Después los macizos muros se desprendían de la plaza céntrica y alejábanse en varias direcciones, hasta perderse y desaparecer bruscamente, como indescifrables interrogaciones en el misterio de la selva. Nada tan extraño e imponente como aquellos muros decapitados, hechos de grandes sillares rojos, ocultos en la sombra de los inmensos árboles enlazados por las lianas. Una impresión del soñado Indostán se avivaba en mi mente, y me figuraba asistir al espectáculo de las raras arquitecturas místicas en los bosques del Ganges...

Cuando me alejaba, una cotorra pasó chillando sobre mi cabeza. El fruto de los naranjos comenzaba a sazonar. Eran unos naranjos silvestres, nobiliarios y perseverantes, hijos de aquellos otros que los misioneros importaron y cultivaron. Uno tras otro, los árboles de fruto de oro iban sucediéndose en el secreto de la selva, como tácitos transmisores de la tradición. Bajo la sombra de los naranjos, los cándidos indios guaraníes sesteaban después de la labor reglamentaria. Trabajaban para el común; nadie tenía propiedad individual; vivían acuartelados con una distribución inteligente y suave de todas sus horas. Dirigidos por los misioneros, gobernados por los caciques de su propia raza, tenían limpios trajes de algodón, impresionantes y poéticas fiestas religiosas, procesiones, luminarias, bailes y ceremonias, tan caras a la imaginación del indio.

El confín del mundo

En fin, nuestro pintoresco y laborioso viaje hubo de llegar a su término, y una tarde, efectivamente, penetramos en un pueblo que se llama, si no falla mi memoria, Itacaruaré. En aquel pueblo radicaban las extensas tierras cuya subasta íbamos nosotros a realizar.

Yo no he visto en toda mi vida un pueblo más extraño como el de Itacaruaré. Era pueblo, pero al mismo tiempo carecía de realidad. Existía de hecho, pero no de derecho... En suma, era un verdadero pueblo americano, ligeramente fantástico, algo cómico por su duplicidad de cosa efectiva y no existente, y sin embargo admirable como una concepción de Walt Whitman.

En la extensión inhabitada de la selva, gentes del Brasil y de la Argentina habían hecho su nido. Hoy era un italiano que, subiendo desde las provincias pobladas del Sur, estimaba bueno establecerse en aquel ángulo desierto del mundo; después era un sueco o un alemán, que abandonando los estados vecinos del Brasil tomaban posesión de un trozo de selva; o era un español, un sirio, un judío de la Besarabia, un ruso de Crimea, un croata, un francés, un irlandés los que llegaban a establecerse. Cuantos hombres de diverso origen vagan y pululan por aquellas naciones de inmigración, aportaban alguna representación al pueblo novato de Itacaruaré.

Como el territorio estaba abandonado y la selva era grande, cada nuevo colono escogía un pedazo de país, quemaba los árboles, y sobre la tierra virgen y fértil plantaba tabaco, arroz, legumbres. Si la tierra se fatigaba, no había más que incendiar un nuevo trozo de selva y plantar en terreno virgen, fecundo. En seguida acudieron algunos comerciantes. Los colonos, poco a poco, se asociaban más estrechamente, contrataban un maestro y una maestra, establecían un Ayuntamiento rudimentario y daban a su ciudad la consistencia de un organismo civilizado...

Yo me admiraba de ver aquel fenómeno de espontaneidad cívica, operado con gentes tan contrarias y diversas, en quienes no había nada de común, ni la religión, ni la raza, ni las tradiciones. Sólo les unía el destino, la identidad de intereses, y una aspiración de crearse una «estirpe». Aventureros de Europa, piedras rodantes, traqueteados en las aventuras y los fracasos, con las vidas truncadas, ¡ahora querían «construirse» su vida, fundar una casa, una familia, una propiedad, una patria!...

Pero entonces, cuando llegaban al triunfo de sus afanes, ¡he ahí que se entrometía la Ley! Ellos habían «creado» su propiedad, su casa, su campo, su huerto, su familia; pero en Buenos Aires, unos hombres severos oponían unos papeles sellados, en los que se decía que los campos de Itacaruaré no eran de sus pobladores, sino de otro señor...

Afortunadamente, este señor, propietario de derecho, iba dispuesto a la concordia y a ser generoso con aquellos bravos «pioneers».

Antes de llegar a la vista del pueblo, los colonos de Itacaruaré formaron una nutrida cabalgata y salieron a saludarnos al camino. Desde lejos comenzaron a disparar cohetes.

Nos recibieron a caballo en dos filas, muy galantemente, rodeando nuestro coche en actitud de respetuosa escolta. Venían todos armados con cuchillos y grandes revólveres, sin duda porque no pudieron todavía contratar algunos gendarmes. Cada uno era el guardia y el juez de sí mismo...

¡Ah! ¡Episodio romántico y novelesco, caído en mitad de mi vida como un premio a mis largas y fervorosas aspiraciones adolescentes! ¡Qué aroma de primitivismo, qué ráfaga de plena naturaleza llenó entonces mi alma, en aquel rincón del mundo donde confluía la selva virgen y la civilización naciente! ¡Qué ruda franqueza en las vidas de aquellos hombres, cuyo pasado estaría tal vez moteado de raras aventuras, de tragedias íntimas, quién sabe si de crímenes!...

Noviembre, 1909.

IV
LOS ANDES

El mundo muerto

Cuando un viajero de mediana cultura atraviesa los Andes por primera vez, irremediablemente le asaltará una idea admirativa. Considerará asombrado la suma de valor y de persistencia ideal que fué necesaria para traspasar esas ingentes montañas con los recursos primitivos de los conquistadores.

Pero aquello fué antes, en los tiempos del heroísmo; actualmente el ferrocarril conduce al hombre sin mayores peligros materiales por la sinuosidad de las barrancadas, de un lado al otro de la cordillera. El peligro material ha desaparecido. Pero queda el otro peligro de la imaginación. ¿Has preguntado por la razón de este nuevo peligro, lector?... Pero este es un peligro familiar a todas las cabezas algo desvaídas.

Hay un peligro en los Andes, indudablemente. Sentir que de dentro del ser, pero de lo más íntimo del ser, fluyen arrebatadamente ideas y sentimientos extraños; sentir que el orden de los razonamientos cotidianos se invierte, como se invierte la aguja magnética de los marinos en determinados climas; sentirse, en una palabra, propenso a enloquecer, ¿no es este un grave y bien temible peligro? Puesto que otros hablan del mal del «puna» y de otros males serranos, yo me permito hablar del mal de la imaginación, peculiar a todas las ascensiones montañesas, pero mucho más agudo y temeroso en el seno de los Andes.

¿Y por qué es más agudo el mal en los Andes? Quizá porque la impresión imaginativa es allí descendente, al contrario que en otras montañas, donde se presenta en forma ascendente. En las montañas que pudiéramos llamar naturales—Pirineo, Alpes, Cárpatos—la sensación es entusiasta, pletórica y optimista; mientras que en los Andes nos sentimos oprimidos por no sabemos qué rara angustia, y cuanto más nos elevamos sobre sus cumbres, sufrimos una depresión mayor y más negativa.

Por eso tal vez son los Andes las montañas únicas en el mundo, las de una originalidad más intensa. Habréis visitado las gargantas peñascosas de las sierras de España, las sumidades húmedas de Suiza, las lomas cálidas y olorosas del Apenino, hasta las musgosas laderas del litoral noruego, o las montañas floridas de los archipiélagos tropicales: después de haber ascendido a tantas alturas, os faltará conocer lo principal. Porque las otras montañas, aparte los accidentes de luz, de clima y de vegetación, se parecen todas: son, al fin, protuberancias terrenas, perfectamente lógicas, con vegetación de árboles, de hierbas o de musgos, con animales que las pueblan, con ruidos leves o airados que las animan. Los Andes son otra cosa. No pertenecen a este mundo. Son hinchazones hiperbólicas, sin vida, sin musgo, sin ruido, sin nada. Es un algo atormentado y trágico; pero trágico sin teatralidad; sincera, íntimamente trágico.

Sin embargo, uno ha visto alguna vez ese paisaje. ¿En dónde?... Es un paisaje casi familiar. ¡Sí, el recuerdo llega, finalmente! Un paisaje como el de los Andes lo vió uno allá remoto, cuando leía los libros sugestionantes de Astronomía, en los grabados que transcribían la posible forma de las anfractuosidades selenitas. Paisaje lunar: esto son los Andes. En oposición a las otras montañas, que son paisajes terrenales.

Desde lejos, situándose en la llanada de Mendoza, el viajero cree que ha de poder sumergirse impunemente dentro del mundo andino. Más allá de las primeras estribaciones, que forman un muro sombrío, las cumbres nevadas se deslizan, como si dijéramos, en el aire límpido, y ascienden a alturas milagrosas. Pero nada de esto presupone pavor ni emociones extranaturales: al contrario, vistas desde la llanura, aquellas olímpicas cumbres que ascienden en el espacio finísimo, sugieren ideas dichosas. Después, cuando se ha penetrado en el laberinto de la cordillera, el ánimo queda encogido, nuestro ser se inmuta todo entero, y sobreviene la angustia capital, la angustia andina; una angustia moral, hecha de náuseas, como la angustia material de la «puna» se resuelve en náuseas y opresión de las sienes.

Todo el orden del paisaje se ha invertido, y las ideas, las impresiones, se invierten también. A la falta de lógica en la naturaleza, corresponde en nuestra mente un trastorno mental. Comienza a desaforarse nuestra imaginación.

Surgen ideas de milenario... Y a medida que pasan las horas, el recuerdo de los países que se han dejado atrás, desaparece: llega, entonces, el momento en que nos consideramos desprendidos del mundo real, y que habitamos un astro muerto. Y persistiendo en la creencia de que el astro está muerto, del todo y para siempre muerto, nos asalta un inaudito asombro: ¿cómo estamos, pues, vivos nosotros, si el astro que nos retiene se ha muerto?... ¿O acaso nos habremos muerto, realmente, y esta apariencia de vida mental no será más que una pausa de sueño, un sueño quimérico soñado por un cadáver?...

Este efecto se conseguirá nada más que apartándose de la línea férrea y de las mezquinas, aisladas señales de vida real que se escalonan a lo largo de los rieles. Doblando cualquier recodo y subiendo a una mediana altura, la sensación andina, total y magna, se precipita en nuestro ser. Ved ahí que todo ha terminado. Los ojos, con una angustiosa inquisición, escrutan las montañas y las hondonadas, por ver si descubren algún signo de vida; el oído se abre atento: pero la vida no aparece. Silencio, soledad, desolación terminante y definitiva. ¿Quedará, en tal caso, la compensación grave e indecible de las emociones místicas? Pero la religiosidad, considerada esta palabra en su sentido más amplio y eterno, no acude al alma. Uno se siente sumergido en panteísmo dentro de la naturaleza animada, múltiple y vigorosa de las alturas medias; aun allá, en la cima de las otras montañas, en aquel silencio bienhechor, el espíritu se mece en pensamientos de una dulce eternidad; pero en el seno de los Andes, la eternidad se representa como un algo vacío y yerto. Hasta la eternidad, o la idea del infinito, adquiere en los Andes forma de cosa muerta.

¡Y aquel color ocre de las montanas! ¡Oh, la monótona y extraña coloración de esas cumbres colosales! Color ocre, repetido hasta la fatiga. Pero dentro del ocre, ¡qué inmensidad de matices! Y los matices llegan de repente, sin gradación, sin lógica; sobre una ladera extensa y rasa, pintada de cobre mate, salta, por ejemplo, una gran verruga de color vivo, como oro. Pero el sol, por su parte, se entretiene en jugar con las montañas, colorándolas a su capricho; así es como pueden sorprenderse, de repente, sobre la larga cresta de una sierra, un filete encendido, al modo de una barra de oro ígneo. Otras veces el sol sume en la sombra una montaña pequeña, y la montaña se va poniendo obscura, obscura, como el bronce sucio de las estatuas en los climas húmedos.

¡Humedad! ¡Sagrada palabra! De la humedad nos viene todo lo bueno, lo substancioso y lo poético; las plantas, los granos, la salud y el vigor, y también las nieblas, que son la madre de la poesía. Pero en los Andes no existe la humedad. Si hubiese allí nieblas, nuestra alma descansaría, porque las nieblas montañesas ejercen una acción sedante en el espíritu. Pero no hay nieblas, y el espíritu queda tenso, siempre tenso, a punto de quebrarse en locura. Y el aire es tan neto, tan fino y transparente, que las cosas simulan haber perdido su condición gradual; la más pequeña piedra se distingue a largas distancias, y es como si el paisaje, en su totalidad, se nos viniese encima de los ojos.

¿Pero es un paisaje en realidad? Nuestra costumbre clasificadora entiende que un paisaje debe estar formado por árboles, por arbustos, por hierbas siquiera, sin contar los otros aditamentos de las aguas, las viviendas, los seres animados. En tal sentido, los Andes no son un paisaje. Falta allí todo rastro de vida animada, y en la vertiente de las montañas no arraiga el más mínimo liquen. Las nieves grandes se licuaron. Sólo en algunos sitios hay manchas blancas; pero esa misma nieve, contagiada por la universal desolación, adopta un aspecto seco: se diría que la nieve se ha fosilizado. ¡Ah, todo el paisaje es un inmenso fósil!...

Pero aunque el viajero haya de huir alarmado de ese laberinto trágico, ¡nunca agradecerá bastante a su fortuna el poder haberlo sentido, vivido y padecido! En todo el resto del mundo no hay una cosa tan gigantesca y sugeridora. Nada es tan imprevisto y original como esos Andes augustos, malditos del cielo, desheredados, atormentados; pero únicos.

Los pájaros escapan, los animalillos rastreros y viles huyen también; quizá en ninguna primavera nacerá allí una humilde flor... Las montañas están limpias, como puede estar limpia una osamenta bajo la injuria de un sol tórrido. Y aquel cielo de las alturas, ¡cómo es de nítido! A la hora del crepúsculo, después que el sol desaparece, el firmamento toma un matiz opalino, de una finura imponderable. Después la atmósfera se enfría intensa y bruscamente. Cae sobre los espacios vacíos y hondos, un velo; cabría decir que el paisaje se inmuta, al amago de un terror inefable. Es el terror de la noche que llega. Bajo la luz del sol, la muerte misma olvida su muerte; pero viene la noche y aquellas montañas cadáveres se reintegran a la evidencia de su muerte.

El destino de esas montañas se ha consumado: ¡nunca más han de vivir! ¿Y todas las demás montañas del globo, todos los valles y llanuras rientes, que son hoy encanto del hombre, se doblarán a su vez bajo el mismo destino mortal?... Será muy tarde; será en un lapso inconmensurable de tiempo, pero alguna vez será. Como estos cadavéricos Andes ha de morir toda nuestra combatida y afanosa tierra. Y para entonces—¡oh pensamiento desolador!—no quedará ni un alma que pueda considerar la muerte del mundo. Los hombres todos habrán fenecido. Sobre el cadáver de la Tierra no habrá comentarios de hombres. ¡Los miserables hombres estarán conversos en polvo!

Como los místicos suelen mostrar a la arrogancia humana, para abatirla, el ejemplo de un cadáver, los Andes se nos presentan también en actitud conminatoria. El duque de Gandía contempló el cadáver de la mujer que tanto veneraba, y al verlo putrefacto, en un instante reaccionó su espíritu hacia el lado divino, y aborreció las galas terrenales. Así también los Andes se nos presentan como predicadores de renunciación. ¡Renunciemos a la soberbia, en efecto! Más temprano o más tarde, el mundo que tanto admiramos, se convertirá, como esos cerros, en frío, en silencio, en inanidad.

Por el espacio ruedan mundos que tuvieron fronda de árboles y lujo de flores encantadas; hoy giran yertos, en una imperturbable rueda de amaneceres y de anocheceres sin objeto. Como esos mundos sin vida rodará también nuestro mundo, nuestra anhelante tierra, esta bola fenomenal que nuestras pasiones llenan de crímenes, de amores y de glorias.

Abajo, detrás de las barreras andinas, hacia los caminos de la llanura y de los grandes ríos, numerosos pueblos se afanan por levantarse, engrandecerse y convertirse en cosas gloriosas; más allá de la llanura y de los ríos, sobre los anchos continentes, otros pueblos buscan asimismo el poder, la grandeza y la victoria. ¡Descomunal hormiguero de pasiones! Y un siglo tras otro, desde lontananzas inaccesibles a nuestra percepción, desde el principio de la vida moral, los hombres luchan, guerrean, padecen, lloran, nada más que por conseguir el derecho a la inmortalidad. Sedienta de inmortalidad ha estado siempre la especie humana. Un poeta con un verso, un guerrero con una hazaña, un sabio con una idea nueva, se encaraman sobre el montón de la multitud reclamando la inmortalidad. ¡Ea, pues, tomad vuestra inmortalidad! Aquí hay una estatua, un libro de historia, una palma indeleble; vuestros nombres son inmortales. ¿Y después?... Contemplad esas montañas supremas, esos cadáveres eminentes: ¡considerad que el globo entero será una cosa tan yerta como lo son ahora esas montañas!

Y el mundo yerto, el mundo cadáver, girará sin tregua por los circulares senderos del infinito. El sol hará que amanezcan sobre él las radiantes auroras, y que la noche, dulce reposo, venga a envolverlo en sus negros pliegues. Pero la aurora y la noche, los siglos todos, encontrarán insensible a nuestra muerta Tierra. La historia de sus grandezas, quedará enterrada en el mismo cadáver. La muerta Tierra guardará su secreto, y los esfuerzos descomunales que hizo el hombre por la conquista del pensamiento o de las fuerzas naturales, allá permanecerán fracasados, interrumpidos, estériles. Acaso entonces, desde un mundo lejano, otros seres inteligentes, mediante aparatos y recursos colosales, investigarán el secreto de la yerta Tierra, y por inducciones sacarán alguna verdad, y someterán nuestra antigua existencia a investigaciones y comentarios filosóficos. Pero, ¿y si hasta esta última esperanza nos fracasase? ¿Si ocurriera, por ejemplo, que en ningún otro astro pueda haber nunca seres de mediana talla intelectual, capaces de interpretar nuestra historia?... Entonces sería cuando la Tierra habría perecido del todo.

«Refugio» de Puente del Inca, 1909.

El cóndor solitario

Sobre la más alta cumbre, y en la porción más luminosa del cielo, una nota obscura aparece, apenas un punto en aquella inmensidad. Y se mantiene inmóvil largo tiempo, y luego desciende rápido a la región de la sombra, ocultándose en el secreto de los abismos. Más tarde surge otra vez a la luz, y en la luz vuela, con vuelo largo, lento, onduloso, magnífico.

Es el cóndor, el señor de los Andes, el rey exclusivo de las alturas. Su majestad reina sobre cosas precarias, según la interpretación del hombre positivo: reina sobre cosas estériles, como son la nieve, el hielo, la roca, el rayo o el huracán. Pero dominando sobre esas cosas infructíferas, el ave colosal se siente bien. ¿Qué le importan a ella las interpretaciones de los hombres?

¿Por qué sube tan alto esa ave solitaria? ¿Es por verse más cerca del cielo? ¿O es por huir más lejos de la tierra? ¿Cuáles son sus sentimientos? ¿Sed de luz divina, o aborrecimiento de la pequeñez terrena? ¿Ansia de subir hasta Dios, o anhelo de escapar al Hombre?...

Aquí abajo, sobre la evidente corteza terrenal, el hombre rastrea las cosas útiles, necesarias, positivas: allá arriba asciende el ave caudal por la escala luminosa del infinito. Cosas útiles, ¡cuánto nos cuestan! Hay frutos, y minas, y carnes sabrosas sobre la tierra; hay gloria, y triunfos, y placeres: y los hombres vamos rastreando, en pos de las cosas deseadas, odiándonos y mordiéndonos, asesinándonos si es preciso. Mientras tanto, el cóndor augusto se sumerge en su remota soledad, lejos de la tierra, lejos de las cosas útiles que pueden dar placer y que concitan odios.

¡Ave caudal, solitaria! ¡Quién pudiera entender el sentido de tu alma rebelde, y saber remontarse también a la región limpia y virginal en donde no existen las cosas útiles! ¡Quién pudiera acompañarte en tu soledad austera! Y sobre todo, ¡quién pudiera huir del hombre!

Tú tienes garras potentes y pico de hierro; pero el hombre, ¡qué peligrosas y triturantes garras posee! Y el pico del hombre es feroz cuando se lanza sobre la presa. La Humanidad es una muchedumbre de garras y de picos aprestados, prontos a la lucha, dispuestos a desgarrar, ávidos de la carne fresca de las víctimas, o de la carne hedionda de los cadáveres.

¿Y para qué, finalmente? La muerte nos espera a todos, ahí cerca, escondida en la sombra. Si esta fenomenal comedia de la vida tuviese la virtud de la eternidad, aun entonces merecería el dolor de disputarla. Pero esto acaba ingenuamente, como una luz corta y estúpida...

Sobre el cadáver de la cordillera pedregosa, el cóndor atisba el secreto del mundo: vive en contacto con las cimas peladas, con las rocas que nunca han reverdecido, con los horizontes de eterna desolación. Prejuzga ya la hora final que ha de tragarse a los cóndores, a los hombres y a la tierra accidental. Y esta visión exacta de la vida le empuja cada vez más lejos, hacia lo eterno infinito. En tanto que el hombre, alucinado por la rotación de las estaciones y por el florecer constante de las primaveras, se figura, obcecado, que él mismo ha de ser una primavera rediviva. Y no piensa en la miseria del tiempo, y en que un poco más tarde, la Tierra fría será como son ahora los Andes: una osamenta irredimible. Y dentro del cadáver de la tierra, blanqueará el cadáver del hombre, y blanquearán asimismo los cadáveres de sus glorias, de sus odios, de sus enormes anhelos...

Sobre la más alta cumbre, el cóndor abre sus alas poderosas y se mantiene vibrando largo tiempo, inmóvil en el centro del espacio.

Bebe el último rayo de luz solar.

Cuando la luz se ha ido totalmente, el ave se abisma en la tiniebla, y en ella se envuelve, digno manto regio para su majestad solitaria.

Puente del Inca, 1909.

Los Andes a la luz de la luna

Sobre la nieve de las cumbres el último claror del crepúsculo se desvanece, se diluye en blancura, y desde entonces la noche se apodera definitivamente de la cordillera. Sucede al día una vaguedad de ensueño, una media luz extraña que no tiene relación con ninguna otra luminosidad; una media luz que no es siquiera penumbra, y que no se acierta a discernir por completo. No se sabe si es reflejo de nieve, resto postrero del crepúsculo o alba de luna. Y en aquel instante supremo y trascendental, el silencio, que tan absoluto era de día, ahora se convierte en algo infinito y alucinador. En el sepulcro, los cadáveres deben de sentir un silencio como éste.

La primera hora de la noche va asociada en nuestra imaginación con ideas y emociones familiares. Nada tan íntimo y amoroso como la preparación del sueño. Las bestias más brutales y feroces se amansan y endulzan cuando les invade el sueño, y en la copa de los árboles los pájaros errabundos declinan su independencia al morir el día, y allí gimen y cuchichean, se juntan y aprietan cariñosamente. Y nosotros, los hombres, tenemos impresa en el alma, para toda la vida, la huella de aquel momento en que reclinábamos nuestra cabeza indómita en el seno maternal, y caía el sueño sobre nuestro ser, empapado en el efluvio materno.

Pero la noche de los Andes carece de familiaridad y de ternura. En los Andes no hay lugar para el idilio, sino para la tragedia. Como un mundo que cuenta ya muchos milenarios de muerte, hasta el recuerdo de la vida ha desaparecido. No hay árboles, ni hierbas, ni insectos, ni apenas musgos. La vida está ya olvidada. ¿Qué importa, pues, que brille el sol o que llegue la noche? La naturaleza cadavérica de los Andes no cuenta ya los días, ni los milenarios, ni menos el transcurso efímero de las horas de luz y sombra. Es un esqueleto que se ha entregado definitivamente a la eternidad. Ya no le importan los días. ¿Cómo han de importarle los días al infinito?

En el precario hotel que se levanta sobre el barranco, los pasajeros buscan la manera de olvidar el sitio donde se hallan. Pesa demasiado sobre sus frágiles espíritus la enormidad de las montañas, y, sobre todo, la sugestión de esa naturaleza trágica. Buscan el calor de la estufa, el olvido en la revista ilustrada, la conversación amistosa entre humo de cigarros, teniendo las ventanas bien cerradas. Así logran aislarse de la naturaleza que les abruma, como quien se hunde en un submarino. Lejos de la realidad actual, muy lejos del sitio donde están, pensando en la vida de los países llanos y sociables.

La luna, mientras tanto, una luna incompleta y oblicua, ha salido imprevistamente de la montaña. La nieve ha adquirido una nitidez de fantasía. Todo el cielo se ha purificado, y la atmósfera está como cernida.

Las rocas desnudas que se encaraman en aquella cima lejana han recuperado su matiz rojizo; el tono enérgico de su color extemporáneo destaca furiosamente de entre la universal blancura y de esta unánime transparencia sutil. Parece una llaga, un manchón de carne herida, un algo cualquiera que recuerde a la vida. Pero no. Aquellas mismas rocas han muerto. Ni aun con el sudario de la muerte desean vestirse o engalanarse. Su antigua muerte está exenta ya de las primeras vanidades suntuarias que acompañan al joven cadáver.

¡Naturaleza! ¿Qué se hicieron tus galas, tus furores, tus hecatombes, tus rugidos y tus primaveras? En este momento concibe el alma la fugacidad de todo, el secreto del destino que nos aguarda a todos. Los Andes han terminado ya su misión, como la luna quizá, como seguramente muchos astros que ruedan inútiles por el vacío. Es un miembro inerte de ese gran cuerpo terráqueo que tanto nos apasiona. Un aviso de lo que ha de suceder más tarde. Como este paisaje yerto, alguna vez será toda la Tierra.

Del mismo modo que al llegar a una cumbre se complace la mirada en revisar las cosas que quedaron abajo, también aquí se apresura la mente a revisar la historia del mundo. Surge esa historia como una síntesis, a grandes rasgos, en procesos milenarios. Vista desde lejos, la historia se reduce a unos cuantos gestos o ademanes, a unos cuantos nombres representativos. Toda Babilonia se sintetiza en unos jardines aéreos, en una quimérica torre de ladrillo y en la figura tambaleante de Nabucodonosor. Sócrates, Platón, Anacreonte... Bajo un cielo azul vemos unas columnas de mármol, y los filósofos, como sombras de sueño, que frasean vagamente: eso nada más es Grecia. Otros pueblos se nos representan en un ademán único. Los normandos los vemos remar, todos a un tiempo, con rumbo hacia las tierras de botín. La España del siglo XVI vémosla caminar con el arcabuz y la pica al hombro, toda unánime, hacia un sacrificio de estéril gloria. ¿Pero no vemos de la misma manera a las personas en nuestro recuerdo? Fulano es el hombre que ríe, y siempre le recordamos riendo; otro es el hombre que declama, y le vemos hablando, accionando, en nuestra imaginación. Porque el recuerdo es gráfico sobre todo. Nuestra mente está hecha para las imágenes visibles. La inteligencia, en su fondo, es gráfica, como la vida, en fin de cuentas.

Y todo eso se irá simplificando, sintetizándose cada vez más. La historia, proceso de eliminación. Cuanto más avanzamos, lo de lejos se simplifica más. Ahora todavía percibimos un gesto, una figura, un nombre: mañana, nada. Hasta que finalmente el mundo todo será una síntesis absoluta. Una gran bola sin vida que da vueltas sistemáticas. ¡Suprema estupidez!

Sin embargo, nuestra imaginación se rebela siempre, y ve formas de vida en donde no las hay. Aquí, cuando todo está inmóvil y muerto, todavía la imaginación insiste en representar formas aparentes de vida. De este modo, aquella cumbre recuerda la cabeza de un hombre pensativo, aquella roca parece el dorso de un monstruo, aquella nubecilla copia el vuelo de una grande y prodigiosa ave. Así logra el espíritu llenarse de consolador engaño e imaginarse que, hasta en esta siniestra concavidad de los Andes muertos, la vida no cesa de existir. Démosle, pues, gracias a la imaginación. Ella nos envuelve con cendales de ensueño, y ella se encarga de revestir a la razón con toda suerte de alentadoras mentiras. Por virtud de la imaginación se olvida el ser vivo de que existe la muerte. Merced a esa maga protectora hemos inventado los hombres la ficción de la inmortalidad. Donde la razón termina con una linde desoladora, allá acude vigorosa, rauda, juvenil, la imaginación nuestra, a sugerirnos lontananzas inacabables, mentiras del más allá. ¡Qué fuera de nosotros sin esas mentiras!

Y ahora, que rompa el alba con su claror este delirio de la noche de luna. Que venga el tren a llevarnos, rumbo a las tierras normales, sociales, llenas de gratas mentiras. Volver a contemplar los árboles, las flores, los pájaros, los pueblos. Sumirnos en la enorme ilusión del mundo rodante y agitado. Olvidar estas montañas inertes, anticipo y promesa de la última muerte universal. Y entrar en la vorágine de las ilusiones, oír la voz materna de la imaginación que nos habla de inmortalidad.

Puente del Inca, 1909.

V
ASPECTOS DE MONTEVIDEO

Por la mañana muy temprano, cuando el viajero consigue libertarse de la presión carcelaria del camarote, su anhelo, como una imposición irrebatible, le empuja hacia la parte más eminente de la cubierta del buque. ¡Aire! Ha salido el viajero de la metrópoli del Plata, y probablemente sale en busca de los dos elementos capitales, los mayores enemigos de la neurastenia: aire y silencio. En efecto, sobre la cubierta del buque soplan amplias bocanadas de aire puro, y el silencio es tan grande, que el retemblar sordo de la máquina no es sino un contraste que sirve para acentuar la placidez silenciosa. El sol asciende sobre las aguas. Delante, y bajo el mismo centelleo del sol naciente, surge Montevideo.

El silencio

Todo está sujeto a la ley de las relaciones, y una cosa no es grande por ella misma, sino porque hay otra cosa menor. El silencio de Montevideo no es absoluto; es mayor que otros y menor que otros muchos. Para la percepción de la persona que llega de Buenos Aires, el silencio de Montevideo es de una divina plenitud. El viajero se figura que ha penetrado en una ciudad mágica donde no existen tranvías, ni carros, ni coches, ni chicos vocingleros; sin embargo, en Montevideo hay tranvías y carros y demás sujetos de alboroto. ¿Pero no gritan, ni ruedan, ni chirrian, esos sujetos alborotantes en Montevideo? Seguramente que sí; y hasta es probable que los habitantes de la urbe oriental se sentirán bien incómodos con el ruido penoso de sus tranvías, carros, coches y chicos; pero al viajero que llega de Buenos Aires le parece que todas las cosas son de pluma y que al chocar entre sí no levantan el más leve ruido. ¡Suprema paradoja de lo relativo! Parece también,—ésa es al menos la impresión que recibe el viajero de Buenos Aires,—parece que la ciudad se encontrase en plena huelga; hay un no sé qué de laxo y de tranquilo en las personas que andan, en los vehículos que ruedan; los dependientes de los comercios se diría que, como hay huelga en la ciudad, se ocupan en ordenar con calma sus mercancías en los aparadores; las personas no titubean en pararse a charlar sobre la vía; y hay muchas calles, en fin, de una incomparable soledad, apenas turbada por el paso errabundo de un perro o de un vigilante. El aire sopla libremente, con fuerza, pero no con tanta energía que moleste: es una caricia sobre el rostro y sobre la hondura de los pulmones. ¡Qué plausible ciudad para las faenas del pensamiento! Aire, silencio, ausencia de prisa: son los más activos colaboradores del obrero intelectual.

Las plazas filosóficas

En el mismo corazón de la ciudad tropieza el viajero con unos espacios floridos, frescos, sombrosos, verdaderas treguas de paz. Son plazas pequeñas, plazas sin pretensiones, plazas minúsculas si las consideramos con un criterio actual. Allá en tiempos de Artigas, esas plazas equivaldrían a soberbios parques frondosos: hoy no podemos considerarlas sino como placitas tutelares, en donde uno se halla tan bien, tan suavemente, como cuando recostamos la cabeza sobre un pecho cariñoso. No tienen la magnificencia insultadora de los grandes parques que hoy se usan en las principales metrópolis, pero tienen un encanto de intimidad que vale por todas las grandezas. ¿Dónde he visto yo unas plazas semejantes? Debe de ser en una ciudad europea, quizá española. Ciertamente: yo he visto en Cádiz unas plazas pequeñas, íntimas, calladas, hermosas, como las de Montevideo. Son plazas como para los ancianos, las comadres, los niños y los literatos. En esas pequeñas plazas de Montevideo debe ser delicioso sentarse a leer un libro, cuando la primavera desgrana todas sus flores. Pero leer un libro sin codicia, platónicamente, no por el afán práctico y mercantil de sacarle a las páginas una utilidad de conocimiento, sino con ánimo ligero y generoso. Leer un fragmento y mirar a un árbol; leer otro fragmento y suspender la lectura para seguir el vuelo turbio de una mariposa. De esta manera debe ser grato sentarse en esas plazas pacíficas de Montevideo. En Montevideo vale la pena de ser ocioso: ¡no puede decirse lo mismo de todas las poblaciones! Y como el ocio contemplativo es la condición exigida para una buena literatura, no debe vacilarse en asegurar que Montevideo es la ciudad mejor preparada para conceder a Sur América el regalo de geniales poetas y pensadores.

La naturaleza

Otro de los encantos con que se ve obsequiado el viajero en la ciudad oriental, es la naturaleza. Hay allí bosques, playas, mar, hasta colinas. También estas cosas de la naturaleza montevideana están sujetas a la ley de la relatividad: si comparamos ese mar agridulce y ligeramente teñido de azul, con la brava y franca grandiosidad del Atlántico, nos ha de resultar un mar algo modesto. Los bosques tampoco pueden resistir una confrontación con las selvas tropicales, y esas cuchillas que se incorporan sobre la llanura no son, precisamente, estribaciones de los Andes. Pero con un poco de esfuerzo imaginativo y otro poco de buena voluntad, el viajero encuentra en Montevideo cuadros de paisaje deliciosos. Marchando hacia la parte del paseo del Prado, uno se siente sumergido en amables y frescas frondosidades. Hay en aquel paseo una encantadora negligencia.

¡Estamos tan hartos de jardines simétricos y versallescos! En los parques rígidos, bien vigilados y atendidos, el paseante se considera violento; cada una de las hierbas tiene carácter religioso; las ordenanzas municipales han puesto un sello timbrado en cada hoja, y las flores parecen cosas oficiales, protocolarias: en esos parques versallescos, tan lindos para ser mirados desde un balcón, uno no puede moverse, ni sentarse, ni oler, ni tocar, ni apenas mirar. Eso es una caricatura de la naturaleza. Mientras que los parques algo abandonados se ofrecen al paseante íntegramente. Es una condición estimable que un parque tenga consignada una pequeña suma en el presupuesto oficial; así hay la certidumbre de que habrá pocos vigilantes, pocos obreros y pocas mangas de regar. Escaseando estos elementos de urbanización jardinera, sabemos positivamente que el parque se inclinará más al monte que al jardín. Y lo que el hombre ciudadano estima es el monte, precisamente, o sea lo contrario de la ciudad; por esa ley de los contrastes que nos incita a desear lo que no poseemos. El paseo del Prado de Montevideo recuerda más al monte que al jardín. ¡Hermoso lugar! Ahora bien, si las personas urbanas estimamos los paisajes agrestes, al mismo tiempo nos molestan mucho las intemperancias de la naturaleza, libre y bravía. Una excesiva convivencia con las calles planas y las casas cómodas, nos ha dado una sensibilidad miedosa; sentimos miedo a las espinas, a los zarzales, a los pedruscos, a los aviesos animalillos que adornan y pueblan los montes naturales. Pero el paseo del Prado de Montevideo goza el encanto de ser un monte, sin los inconvenientes del monte natural. He ahí el acierto. Puesto que hay avenidas y senderos para transitar, y una hierba medianamente agreste, en la que puede sentarse, y hasta tumbarse, sin miedo, ni al funcionario municipal escrupuloso de la ley, ni al impertinente pinchazo de las matas bravas. Esta sería, probablemente, la fórmula ideal de la civilización: una vida que no huyese tanto como huye la nuestra de la naturaleza, ni que se acercase demasiado a ella: una vida de sabio equilibrio, que evitase caer en el decadente refinamiento artificial y en la barbarie del primitivismo.

Las playas

Un espíritu mordaz podría hacer juegos humorísticos con la profusión de playas en Montevideo. Un marsellés o un andaluz se sentirían molestos ante ese lujo de playas: Capurro, Ramírez, Pocitos y quién sabe cuántas más. Pero no deben permitirse ironías con las playas. ¿Se sabe bien lo que significa la palabra playa? En la vida trágica del mar, la playa significa serenidad, refugio, calma, salvación, belleza. Con ciertas palabras no caben bromas; son sagradas; así las palabras madre, virtud, playa. Una playa sugiere siempre ideas bondadosas y tiernas.

Sobre sus arenas encallaron sus naves los remotos nautas, cuando no existían muelles y dársenas, aunque existiera el infinito anhelo de las nobles empresas civilizadoras; y ahora aún, los pescadores modestos buscan en las arenas de las playas un refugio para sus navecillas; y los náufragos, en su último esfuerzo titánico, ¡con qué delirante gozo hunden sus dedos en las arenas de las playas benéficas! Todas las playas de Montevideo son dignas de elogio, por la suavidad de sus líneas y la calma de sus aguas. Cada una tiene personalidad aparte, y hasta a ellas ha llegado la diferencia social. La playa de Pocitos, por ejemplo, es un tanto aristocrática y presuntuosa; sus hoteles y su rambla se mantienen dentro de un aislamiento, fuera del contacto de la multitud. En cambio la playa de Ramírez es democrática, abierta a todo el mundo. El parque Urbano se llena de pueblo, y este mismo pueblo inunda la playa, hasta rebosarla. Allí acuden los niños, los hombres, las mujeres, los ricos, los pobres, los comerciantes, los jovencillos tenorios y las muchachitas pizpiretas. En las tardes de domingo media ciudad se vierte sobre la playa. Adquiere aquello un aire animado de fiesta popular. Las barracas de titiriteros para los pazguatos, los columpios para los niños, los tíos vivos para las mucamas, los organillos, los vendedores ambulantes, los refrescos con soda y los grandes vasos de cerveza. El sol hiere con su luz y su fuego ese cuadro de kermesse, y la gente va y viene, mirándose, por esa necesidad invencible que siente el ser humano de tocarse, mirarse, formar montón.

El hombre es un animal sociable: así se le ha definido. Realmente, el hombre no puede vivir solo; ni disfruta aún de suficiente mentalidad para vivir solo. ¿Qué haría el hombre si le condenasen a la soledad? Ya se sabe que Schopenhauer discernía la capacidad mental de las personas, por su aptitud para la soledad: según él, un negro, un niño y un estúpido se aburren, lloran o mueren si no encuentran gente con quien compartir su estolidez; mientras que la persona inteligente, la que posee en sí misma un tesoro, se encuentra más acompañada cuando más sola está. Pero no todos pueden ser filósofos ni profundas y ricas personalidades; la sociedad se compone de infinitas personas medias, más o menos vulgares, que necesitan vivir agrupadas. Sin el concurso de estas personas medias, y si se quiere vulgares, no existiría la civilización; porque la civilización viene a ser, en fin de cuentas, la obra de las medianías asociadas. Pongamos cuatro filósofos en una isla, y al momento disputarían, yéndose cada cual por su lado; pongamos en esa misma isla cuatro personalidades vigorosas—César Borgia, Pizarro, Bismarck, Chamberlain—y al instante se despedazarían entre sí, o cada uno por su lado marcharían a buscar aventuras. Pero los medianos se buscan, se unen, se encuentran bien juntos, instituyen leyes, crean autoridades, ponen hombres armados para la defensa del estado, construyen casas y ferrocarriles, escuelas y hospitales, periódicos y parlamentos.

Sin la compenetración de las medianías, ¿qué suerte hubiera corrido la humanidad? Es bello creer con Carlyle que todo se ha hecho por la acción de los «héroes»; pero la realidad nos dice que la civilización es obra de las medianías. Si «esta» civilización fuese obra de los «héroes», ¿tendría el carácter que tiene? Nadie, sino las medianías, ha podido formar esta civilización...

Las solteronas

En la playa de Ramírez hay un balneario, al extremo de un malecón de madera. Este malecón o rambla forma una plazoleta, con bancos, sillas y un cafetín. La gente se sienta a refrescar o a comer emparedados de jamón y queso. Otra porción de gente pasea. Da vueltas por la plazoleta, en perfecto orden, como en las plazas de las ciudades de provincia suelen las familias pasear a la caída de la tarde. En ese balneario de Ramírez se congregan las personas de la clase media; pequeños comerciantes, empleados y dependientes de oficina o de almacén. Las señoras se sientan en los bancos y las señoritas giran pausadamente de dos en dos, o de tres en tres; los jovenzuelos, con algunos curiosos, forman el complemento. Pero es un fenómeno singular y digno de mencionarse: en ese paseo abundan las solteronas de una manera sorprendente. Arrugadas unas, muy pintadas otras, vistiendo trajes y sombreros algo defectuosos; todas ellas con el aire peculiar que las distingue, o sea una mezcla de tristeza y de fuerza ilusoria. ¡Nada tan grande y poderoso como la facultad de ilusión de una solterona! La solterona no renuncia jamás a la ilusión; tiene encendida en su alma, constantemente, una lámpara votiva a la esperanza. Cada aurora le trae una interrogación, una promesa: ¿será hoy, por fin?... Cuando se acaba el día la solterona reanuda vigorosamente su ilusión, pone nuevo aceite perfumado en su lámpara votiva y se acuesta, suspirando, sí, pero en silencio, para que ni ella misma se entere de la flaqueza. Y al siguiente día, otra vez a luchar; a luchar contra el desengaño, contra la realidad cruel, impura, odiosa. Yo no conozco nada tan triste y al mismo tiempo tan admirable como una solterona. Pensad en que una mujer ha nacido para el amor y que su misión única, así como su única finalidad, consiste en acoplar dos besos trascendentales: uno sobre los labios del amado, y otro sobre la frente del hijo. Hacia ese fin van las mujeres, fatalmente, como las aguas al mar.

Las solteronas aguardan, y nunca llega su hora. En sus corazones van almacenando almíbar de amor; sus corazones son como las frutas pasadas, más dulces que las normales. Miran un niño, y sus entrañas de madres frustradas se conmueven dolorosamente; ven pasar un hombre, y todos sus viejos anhelos se precipitan sobre los ojos. ¡Oh sublimes seres sacrificados! Cada solterona es un drama profundo, un poema inenarrable.

Las otras mujeres lo hallaron todo fácil; su existencia tiene la vulgaridad de un proceso corriente, de un hecho adocenado; pero las solteronas conocen todos los martirios, las torturas de la envidia, el dolor de la espera infinita, y sobre todo, la angustia de lo que está lleno y no puede vaciarse, suprema angustia de lo que desea darse y no puede. En algún siglo futuro, ¿será posible una ley que disponga el amor para todos? Hemos decretado la enseñanza obligatoria, el derecho al trabajo, el derecho a la vida, el derecho al pan: nos falta aún decretar el derecho al amor y a la maternidad.

Marzo, 1912.

VI
LA TENTACIÓN AGRARIA

Los trenes suelen delatar las características de las naciones con una veracidad insubstituible. Yo he aprendido mucha psicología americana en el fondo de un vagón...

Sentémonos en el restaurant de un tren argentino. Cuatro o cinco naciones están allí representadas. Se oye el suave acento de los ingleses, el apasionado hablar de los italianos, el rudo seseo de los españoles. No se advierte en ningún semblante asomo de melancolía o decaimiento. Tratan de comprar novillos, de vender campos, de construir galpones, de adquirir semillas. Al través de los cristales, la sequía pasada deja ver su castigo. Pero nadie hace caso de esta evidente ruina. Todos hablan con el fervor del que tiene por delante la inmensidad del tiempo y del espacio. En efecto, el tiempo es largo y traerá nuevas lluvias, y en cuanto al espacio, ahí está la llanura interminable que aguarda a que la mano del hombre la acaricie con el arado.

La psicología de esas gentes del campo es simple como la del marino, como la del jugador. Puede ser que carezcan de la profundidad que tienen los seres de los países viejos y definitivamente acotados. Son gentes que ignoran el ahorro, la previsión, y por tanto el miedo. Para ellos la tierra es un tapete verde donde se juega a juegos de azar. Lejos de su ánimo las virtudes de la cautela, de los actos bien meditados, de la sujeción a las formas seculares; ellos poseen otras virtudes, que a los sociólogos timoratos pueden parecer defectos: poseen la virtud, o el defecto si se quiere, de la temeridad. Se lanzan a sembrar sin tener semillas, ni herramientas, ni hombres; esto, en Europa, parecería una locura, pero en América resulta perfectamente real. Ponen a una carta todo cuanto tienen. Si ganan, su vida adquiere un tono de increíble arrogancia; si pierden, no han perdido nada, porque vuelven a empezar. Esto también parecería en Europa fantástico, donde el que se arruina una vez ya no se levanta más.

Esta temeridad o inconsciencia, acompañada del valor, no es una cosa antipática, sino al contrario. La temeridad presta a la vida americana un tono ágil, vigoroso y alegre. Más que negociar, se juega. Del fondo de este juego continuo surge una aura de esperanza y optimismo. Porque todos se ven con derecho a jugar, y todos juegan. La especulación alcanza a los más ínfimos y a los más altos. El médico que ahorra cinco mil pesos, compra tierras y las vende luego; el artista construye una casa y la enajena por el doble de su costo; el humilde limpiabotas acude a un remate, compra, vende, juega al alza y baja. El hombre más espiritual, aquel que en Europa no soñaría nunca con adulterar su vida de ensueño y meditación, se entrega él también a la vorágine de la compra y venta. ¡Cuántos deliciosos poetas habrán fracasado en la Argentina por haber substituido el ritmo del oro por el ritmo del verso!

Saliendo en tren de Buenos Aires, cualquiera que sea la línea, el viajero caminará todo el día sin haber salido del mismo paisaje. La unidad topográfica de la mayor parte de la república es uno de sus principales caracteres. Llanura, siempre llanura. El extranjero se siente al principio deprimido por esa falta de variedad panorámica, y si se le pregunta por la belleza del país, confesará que el país tiene bien poca hermosura. La extensión de la planicie fatiga, con la fatiga del océano. Todo se presenta dotado de abrumadora extensión. Cuando la llanura se interrumpe, surge un río también extenso, uniforme, fatigador. El ánimo siente angustia delante de tanta inmensidad, la angustia que nos invade ante el vacío.

Pero más tarde el europeo encuentra una sensación nueva dentro de esa llanura argentina. La necesidad de lo íntimo se pierde, dando paso a un sentimiento extraño. Este sentimiento debe parecerse al que sentirá el marino, cuando su barco, en mitad del Atlántico, vuela al ímpetu del viento. Ese sentimiento se llama «libertad». En el centro de la llanura, el hombre, después que ha sabido matar la angustia de lo interminable, siente la impresión nueva, radiante, juvenil, de la alta mar. Se ve solo en la inmensidad. Sabe que su esfuerzo es la única ayuda que le sirve en la lucha con los elementos. Conoce entonces el placer que debió gozar Robinson, cuando se vió dueño de la naturaleza. La sensación del propio y absoluto mérito hincha todos los músculos físicos y morales del hombre abandonado a su propia iniciativa. Y la libertad, la deseable libertad, le llena el alma de indecible alegría. El cielo claro, la tierra infinita, todo le habla al espíritu de libertad. Entonces se olvida de los paisajes antiguos, de las bellezas que tanto amaba; concibe otra clase de belleza, dentro de la simplicidad de la llanura: conoce la belleza moral de esa llanura inextinguible...

Ahora le pido licencia al lector para revelarle un secreto.

Asomado a la ventanilla del tren, miraba yo una extensión muy grande de trigo. Estaba aquel trigo tan lozano, que los ojos no se cansaban de verlo. Recordé todos los trigales contemplados por mí en el curso de la vida: las pequeñas y modestísimas parcelas del país cantábrico, las mieses de Castilla, los perfectos y casi académicos sembrados del interior de Francia.

Comparaba aquellos recuerdos con la realidad actual, y sacaba yo en consecuencia que estos extensos trigales superaban en magnitud a todos los vistos anteriormente. Los sembrados del país cantábrico eran, sin duda, más amables, porque su pequeñez surgía de entre setos frondosos, de entre rientes praderías, en forma que el oro del trigo parecía estar guardado primorosamente en el fondo de almohadillas felpudas y verdes. Los trigales de Castilla aparentaban tener, cuando mi imaginación los evocaba, un valor histórico, más bien legendario; no es posible asistir al espectáculo de la llanura castellana sin que se levanten las imágenes del Romancero, el paso de las mesnadas del Cid, el relumbrar de los hierros marciales y antiguos: el blanco y sabroso pan de Castilla parece que nutre al mismo tiempo nuestro estómago y nuestra fantasía. Los trigos de Francia tienen a su favor la intensidad y la sabiduría; son campos regulares de líneas precisas, de conjunto armónico e impecable; los bordes del sembrado tienen una corrección clásica; indudablemente, en esos trigales intensos e inteligentes se descubre el alma ordenada de Francia, todo medida, todo corrección y disciplinada inteligencia.

Después de repasar mis recuerdos hundía la mirada en los trigos que corrían delante del tren, y me parecían los más grandes, los más «fastuosos». Podían ser otros más intensos y más científicos, pero estos de aquí poseían la virtud de lo inmenso. Quizá incorrectos, tal vez desordenados, pero inmensos y fastuosos. Entre los trigales argentinos y los europeos, había la diferencia de un parque urbano a una selva tropical.

Si los bosques, los ríos, las cataratas, las cordilleras y las llanuras de América se distinguen por su grandeza, las formas que adoptase la agricultura debían ser también gigantescas. Pero he hallado la palabra conveniente: los trigales argentinos se me figuran gigantescos.

Y entonces—aquí está el secreto que anunciaba—me asaltó una idea súbita. ¿Por qué no había yo de convertirme en agricultor?...

Todos los que seamos un poco sentimentales, y especialmente aquellos que sufren la tiranía aniquilante de la ciudad, hemos suspirado alguna vez por el ideal de Horacio: tener un huerto, un jardín, una casa pacífica en la ladera de un collado. Pero este ideal guarda relación con la literatura; es un programa literario-filosófico, en que la labranza es lo de menos, en que lo importante sería el ocio aristocrático dentro de un marco sereno. No era esta tentación la que yo sentí. Era una tentación nueva, un impulso de hombre primitivo, un deseo puramente labrador. La tentación me sugería ideas nuevas que me sorprendían. No ambicionaba el huerto horaciano, para descansar de mis trabajos y lecturas; deseaba el campo abierto, para cansarme allí, pero con un cansancio corporal, cansancio de músculos, de sudor, de callos. Convertirme en chacarero.

El concepto masculino de la agricultura se me introdujo en la mente, y comprendí de pronto la infinita hermosura de una vida agraria en esa gigantesca llanura platense. Todas estas especulaciones mentales con que distraemos nuestras horas, ¿no serán un poco femeninas? Lo viril, lo masculino, es el trabajo muscular sobre la tierra; lo noble es el esfuerzo que va de nuestra voluntad a la tierra, en un viaje de simpatía amorosa que tiene por fin la concepción.

Olvidé el huerto horaciano, excesivamente intelectual; olvidé la afición bucólica del siglo XVIII, motivo, cuando más, para decorar tapices. Estas manos ¿por qué han de rehuir la herramienta áspera? A un lado la agricultura simple; ésa es la noble. Llenarse de honrados callos. Sentir la aspereza de la tierra sobre la piel. Hundir los pies en el barro. Ofrecer el rostro a los latigazos del viento. Soportar con firmeza las caricias brutales del sol. Empaparse en las aguas torrenciales del cielo. Contemplar sin pavor la brusca tormenta y el fulgor del rayo. Cabalgar. Dominar potros reacios, imponiéndoles el imperio de las piernas contraídas y del freno tenso. Levantarse cuando en el cielo se apagan las lámparas nocturnas. Tenderse en la cama dura con un espasmo de placer, todos los músculos cansados como piedras. Dormir sin sueños, al modo de los niños, inocentemente. No hacerle ascos a ninguna comida. Comer de pie, a grandes bocados, y sentir que los manjares se resuelven en sangre y en alegría. Olvidarse de las dispepsias sedentarias, de las jaquecas afeminadas, de los achaques poco varoniles. Y luego convencerse de la eficacia de las propias aptitudes para dirigir la siembra, para conocer el punto de madurez de las plantas, para recolectar a tiempo y con habilidad. Correr, gritar a las peonadas, disciplinar las fuerzas de los hombres y las bestias, revelarse dueño ante los subordinados, y después beber con ellos a su salud...

La tentación agraria no se ofrece sólo en el campo; se ofrece lo mismo en las ciudades. Sobre la sociedad argentina se levanta invariablemente la eterna conversación: la cosecha. El campo está allí siempre de moda. Y como adondequiera que uno vaya, así sea el perfumado gabinete de una señorita, se encuentra con el tópico de la cosecha, termina uno por preocuparse seriamente de los trigos y del maíz. En otros países podrá ser la agricultura una ocupación ordinaria y plebeya; en la Argentina es la ocupación aristocrática por excelencia. Una fortuna no se considera respetable si no cuenta con ricos campos de cultivo; hablarle del maíz a una señorita no es en Buenos Aires ninguna impertinencia, como lo sería en París o Viena.

Luego viene otro agente de tentación: el reclamo periodístico. Abriendo un gran diario nos encontramos con hojas enteras destinadas a anunciar las ventas de campos; ahí aparecen en fotografía las «chacras», o salen grabados los mapas, con sus ríos, pueblos y heredades. Y el reclamo de esas ventas y remates adopta un calor, un apasionamiento tan grande, que el hombre más frío se siente arrastrado por la pasión.

¡Los campos de tal punto son inmejorables!—gritan los anuncios. ¡Compren los campos de riego! ¡No descuiden sus negocios, y compren tierras! ¡Las tierras son fortuna! ¡El porvenir está en nuestras tierras!...

Carteles por las calles, anunciando remates. Carteles en las estaciones de ferrocarril, y un ejército de agentes que ponderan de mil modos las ventajas agrícolas. Se advierte, en fin, tal entusiasmo por la agricultura, que uno termina por sugestionarse: entonces se trastornan los conceptos pasivos que una vida sedentaria o libresca ha logrado infundir a nuestra mente, y lo que nos parecía grosero y sin gracia, ahora nos parece hermoso y hasta elegante. Preparado así el ánimo para la conversión, un momento cualquiera, un incidente vulgar provoca la nueva profesión de fe. Yo estaba bien preparado para la conversión; la vista de los extensos trigales maduros fué el rayo divino, el camino de Damasco; y una voz me gritó por último: Hazte chacarero...

Pero la vida me arrastró por otros caminos, haciendo fracasar el agricultor a la americana que indudablemente había en mí.

VII
EL CANTO DE LA SEMILLA

Sobre la llanura plana e inmensa, el invierno ha tendido su hielo, su escarcha y su nieve. Desde el Plata hasta los Andes, desde los matorrales del Chaco hasta los acantilados de la Tierra de Fuego, la llanura, la descomunal e inaudita llanura, se ha arrebujado en ese manto invernal, y duerme. Está cansada de producir. La cosecha de flores de la primavera, la cosecha de mieses del verano, la han rendido. Quiere ahora reposar...

Pero no hay reposo para ti, oh fecunda llanura. El destino te ha condenado a una eterna, creciente y acelerada germinación. El mundo tiene hambre, y el mundo piensa que tú tienes la misión de alimentarle. Estás condenada a germinar eternamente, cada vez más intensamente. No puedes dormir. No duermes, ni ahora, cuando el hielo, la escarcha y la nieve te cubren con su manto. La semilla está despierta, la semilla te aguija por dentro, y vive en tu interior, lacerándote las entrañas maternales.

Ya se acabaron tus días de reposo. Desde que la luz se hizo sobre la Tierra, sobre tu rasa superficie no cruzó nunca la aguja de un arado. Jamás el hombre te atormentó con los golpes de la azada, y el indio ingenuo, vagabundo, errante, iba al azar por entre las cañas de los bañados, por entre las matas de los valles, sin rozarte más que con la huella de su planta desnuda. Los ligeros guanacos, los aéreos avestruces, el ondulante y liviano tigre, eran tus únicos dueños. En aquel tiempo feliz y alboreal, nadie exigía a tus entrañas que pariesen más, siempre más, en una febril sucesión de cosechas. Si creabas, tu creación era platónica y gratuita; dabas al viento tus flores y tus hierbas, como un poeta simple da a la ventura sus versos desinteresados.

Pero cierto día vinieron unos hombres barbudos. Su mirada traía un reflejo satánico, y su gesto significaba claramente el más demoníaco de los vicios: la codicia. Detrás de ellos, en aquel continente lejano donde toda tragedia tuvo su escenario, aguardaban otros hombres, millones de gentes ávidas. Los exploradores volvieron, alabando la virgen prodigalidad de la nueva tierra de promisión. Y desde entonces no hay paz para ti. El nervioso caballo, el filosófico buey, la inocente oveja, se multiplicaron hasta el infinito, exigiendo de tus praderas más producción, siempre más. Y con el arado, más tarde, rayaron lo incólume de tu superficie, ¡oh, llanura inmensa, para sepultarnos a nosotras, las semillas!

Somos la semilla, el trigo dorado, la benéfica harina. Somos extrañas para ti, llanura americana. Venimos de un continente viejo y trabajado, donde nada se produce ya espontáneamente. Somos, dentro de la agricultura, un producto de la industria. Somos las hijas del pensamiento humano. Somos humanas, humanas.

Representamos el eje de la idea del hombre: el pan. Para que el hombre viva, para que sus esperanzas puedan efectuarse en el campo de la ciencia y del ideal, es preciso que nosotras existamos, las semillas, y que demos eternamente el alimento del pan. Hay en nosotras algo de la fiebre humana; la tragedia humana nos ha tomado de colaboradoras. Toda la historia humana está influida de nuestro nombre, y Dios, cuando maldijo al hombre, le habló del pan como del supremo tormento. ¡Ay! Somos tormento, inquietud y angustia. El miserable nos evoca en sus momentos de desolación, y esa tragedia social que ahora llega a su punto máximo, tiene como fondo siniestro la palabra precisa: pan.

Germinad, compañeras, bajo la tierra dormida. No descansemos nunca. La tragedia humana nos necesita; el ideal del hombre nos necesita también. Para la tragedia, para el anhelo, para las alegrías y para el ideal, germinad, compañeras, hasta la consumación de los siglos.

El invierno ha extendido su manto helado; no importa. Nosotras, las semillas, estamos vigilando despiertas en el seno de la llanura. Apenas se nos advierte. La mirada indocta piensa que todo ha terminado, y que la quietud más absoluta reina debajo del invierno. Tal vez aparece sólo un musgo verde, una hierba sutil y tímida, por entre las rayas que trazó el arado; pero los surcos revivirán, y una gloria opulenta se levantará con las primeras brisas primaverales. Y en llegando la hora solar, cuando las ráfagas del viento sean de suaves como una caricia de amor, entonces nosotras daremos a la tierra una insuperable fronda de verdor. Y toda la llanura resplandecerá de gloria. Semejará un mar sin orillas, un océano fastuoso; desde los matorrales del Chaco hasta los acantilados de la Tierra de Fuego, la llanura se cubrirá de opulencia. Y el viento que surja de las hondonadas de los Andes irá a morir en el estero del Plata después de jugar con ese mar de verdura. Y luego vendrán las espigas, y la obra nuestra se habrá consumado. Y entonces la llanura parecerá un mar de oro, una fantasía de los cuentos de hadas, una promesa hecha fruto y un sueño convertido en oro.

Germinad, compañeras. Somos el símbolo supremo; representamos la idea que se mete en la entraña, y que en el silencio labora, para surgir al fin en flores y frutos de realidad. De una idea del infinito brotaron los mundos; semillas siderales son los astros, que han de germinar en el silencio del Cosmos, hasta dar su cosecha fenomenal. ¿Qué era, sino una semilla, esta tierra asombrosa que nos sustenta? Llevaba dentro de sí los gérmenes de toda grandeza y también de todo crimen; la semilla se manifestó, nació la vida y ahora la tierra es un fruto grande y magnífico—quizá un poco amargo, ¡pero siempre magnífico!

El mundo tiene hambre. ¡No descanséis, compañeras! En Europa nos aguardan los hombres numerosos, los que bullen en las ciudades, los que arrancan en las fábricas los objetos amados de la civilización. Nos aguarda el miserable, tanto como el potentado. Ninguna mesa nos repudia. El facineroso arranca violentamente el pan codiciado, y marcha a devorarlo en su cubil; así como la delicada doncella rompe el lindo pan crujiente y lo acaricia con su dentadura de marfil. Nadie se libra de nuestra tentación. Con pan se nutre la soberbia del hombre.

Representamos el germen, esa cosa llena de misterio, de tentación, de curiosidad y de infinitas posibilidades. El germen es lo más misterioso y lo más inefable. En el germen está escondida la solución de todos los actos que después servirán de admiración. En un germen humano puede preexistir un Napoleón, un Sócrates o un desalmado. De gérmenes incontables está hecha la vida, y toda la vida es un germen florecido. También nosotras, gérmenes del pan, floreceremos en rubias espigas, como una filosofía que se resuelve en sublimes realidades. La realidad del pan caliente y restaurador: ésa ha de ser nuestra realidad futura.

Laboremos, compañeras, bajo la helada tierra de la llanura. Después vendrá el sol tibio de la primavera, y las espigas ondularán graciosamente. Y vendrá el sol cálido del estío, y las mieses tomarán el color sagrado del oro. Y los hombres transitarán contentos por los campos. Se levantarán montañas de trigo. Los trenes correrán enardecidos, conduciendo afanosos el rico grano. Y los trenes desembocarán en el puerto, donde las naves enormes estarán aguardando la preciosa carga. Para llevarla a los cuatro ángulos del mundo.

Y de las sucesivas cosechas, el mundo devolverá el regalo del trigo con montañas de oro acuñado. Y así se realizará el sueño de una nación cada vez más rica y populosa. Nacerán ciudades nuevas, se cubrirá la llanura de gentes afanadas. Finalmente vendrá una cosecha de ideas, que tal vez hoy viven en germen...

Laborad, compañeras.

VIII
EL CANTO DEL EMIGRANTE

Decrépita Europa; avaro país del ahorro; patria de la prudencia y del temor, de la medida y de la minuciosidad, de lo reglamentado y de lo limitado: vieja Europa, ¡adiós!

Vamos al país ancho y luminoso; al país que no tiene límites; a la patria de la inconsciencia; a la tierra que no cuenta, ni mide, ni ahorra, ni recela; al país que no tiene miedo del mañana, sino que ama al mañana, con la clara y confiada alegría del niño. Vamos a la tierra de promisión, donde existe todavía el azar, y lo fortuito, y lo imprevisto, y las locas sorpresas.

La prudencia de Europa nos había agarrotado entre sus brazos de sabiduría. ¡Malhaya la sabiduría que proporciona el hambre! Estamos cansados de experiencia, de prudencia, de medida y de limitación. Deseamos vivir la vida grande, la vida amplia. Nos ahogábamos en aquella atmósfera de prudencia, donde todo está contado y previsto.

Adiós, tierra anciana y perezosa. Nosotros buscamos otra tierra virginal, que da sin cálculo ni medida. La tierra de Europa carece de ingenuidad; tiene la sabiduría de lo anciano, y entre ella y el agricultor se establece un contrato severo de exacta justicia; paga sus frutos a cambio de tantos puñados de abono—ni uno menos—y a cambio de tantos golpes de azada. Si no se le da lo que exige, no rinde lo justo. Es como un experimentado comerciante. Aquella tierra sabe demasiado. Tiene el pulso de la ciencia, de la vejez, de las largas comprobaciones. Ha llegado al límite del cálculo, maneja la balanza con una prolijidad de tendero.

Mirad, en cambio, esa tierra nueva que se nos ofrece. Tiene la encantadora inexperiencia de la juventud, que confía en sus recursos vigorosos. Esa tierra joven se abre al soborno, al engaño, a la violencia del hombre. Lo da todo; se da entera, toda entera, al primer advenedizo. ¿Para qué quiere ella reservarse? La juventud no es previsora, carece de miedo, porque se cree inmortal y porque piensa que su vigor no ha de extinguirse jamás. Se la engaña con cuatro someros golpes de arado, con unos puñados de semilla arrojados al viento; no pide abono, no conoce la virtud estimulante de la química. Quédese el abono, la estimulación química, para las tierras ancianas y perezosas; esa nueva tierra de América, como un joven vigoroso, se ríe de los estimulantes.

Europa quedó lejos, al otro lado de las altas olas. Las últimas cruces de sus campanarios desaparecieron en el horizonte; los amigos y los parientes que gritaban en el puerto, desaparecieron también: ya no escucharemos sus voces queridas, ni sentiremos el calor amargo de sus lágrimas cariñosas. ¡Oh patria, oh patria!... A pesar de tu ingratitud, no podemos arrancarte de nuestro corazón. Tu recuerdo nos ha seguido en el curso de la mar, como una golondrina sigue la estela del barco corredor. ¿Por qué nos atormentas?... Si has querido ser cruel, hasta el punto de lanzarnos a la emigración, ¿por qué nos persigues todavía? Desde lejos nos están hablando tus palabras insinuantes y pérfidas; nos traes el eco de los tamboriles y gaitas natales, el rumor de los bosques infantiles, las risas de las muchachas, el alboroto de los bailes domingueros, las hogueras de San Juan, las cenas de Nochebuena, el canto de los grillos, las fiestas de la vendimia... ¡Oh patria, oh patria! Déjanos para siempre, no prolongues tu crueldad hasta más allá de la emigración. Nos esclavizabas con el hambre, ¿y quieres ahora esclavizarnos con la nostalgia?

El viaje llega a su fin. Piadoso, el mar nos ha transportado sobre sus robustas espaldas, nos ha mecido blandamente, y para que el pavor no amilane nuestras almas, ha separado las greñas adustas de la tempestad. En las noches de luna sus olas nos han hablado aquel lenguaje monocorde y sereno, tan propicio a las evocaciones lejanas. Y el cielo del trópico nos ha regalado la fiesta de sus crepúsculos dorados, la brillantez de sus amaneceres, la pompa bíblica de sus noches estrelladas.

Ya el viaje llega a su término. Aparecen las primeras gaviotas, como un saludo de las costas cercanas. Una mancha obscura ciñe el borde del horizonte. ¿Serán las nubes aún? ¡Es la tierra, la tierra de promisión, la tierra soñada! Y en seguida emergen de la bruma las torres de la gran ciudad, las chimeneas humeantes, las cúpulas.

¡Salve, salve, tierra novísima! Acógenos con liberalidad. Que seas hospitalaria con nosotros los desterrados del viejo mundo. Que tu sol ilumine nuestros afanes; que tus vientos encumbren nuestras esperanzas. Que nos concedas la rica, la amada libertad.

Ea, pues, compañeros, pongamos nuestra planta segura sobre esa tierra nueva. Tomemos posesión de las llanuras y de las montañas, de los bosques y de los ríos. Marchemos hacia las selvas, donde los árboles centenarios guardan el secreto de los siglos que pasaron. El golpe de nuestras hachas hará despertar a los policromos papagayos y el cielo se punteará de colores caprichosos. Al ruido de nuestros pasos, el tigre cruel levantará su cabeza feroz; pero no temamos. Somos la vida inteligente, la civilización y la paz. Todas las alimañas de la selva necesitarán huir, desaparecer, ante nuestra invasión arrolladora.

Marchemos hacia las remotas montañas, escalemos los picos de las cordilleras. Que los cóndores solitarios abandonen también sus madrigueras. Más alto que las nubes, sobre las madrigueras de los cóndores soberbios, ¡nosotros levantaremos la frente ambiciosa! Nos trae la ambición. Contra la ambición no valen nada las barreras de los montes más encumbrados. Y no nos detendrá el hielo. Iremos a los valles desiertos del Mediodía, allí donde los pájaros marinos graznan su estúpido canto en la soledad de los acantilados. Llevaremos la vida a aquellas playas distantes, y el humo de los hogares civilizados levantará su columna gloriosa en el cielo hiperbóreo.

Marchemos hacia la llanura. ¡Oh, qué maravilla divina, regalo de los dioses benéficos, ofrenda del cielo a los hombres de buena voluntad! Sus límites se confunden con el mar y con las ingentes cordilleras. Como un plato de abundancia se ofrece al hombre laborioso. Grande, inmensa, fabulosa, esa llanura no se acaba nunca. Parece un sueño fabuloso, o un cuento oriental. Su tierra es negra, blanda, profunda; no la entorpecen las rocas; toda ella es aprovechable, semejante al manjar que la providencia de una madre presenta al hijo. Y esa llanura infinita nos está aguardando. Nos espera, como la amada al amado, temblando de emoción, impaciente de recibir en sus entrañas nuestra caricia.

¡Hurra, hurra! Los desheredados del viejo mundo, los hijos de la pobreza, los expulsados, marchemos a conquistar la tierra prometida. Con arados y azadones la conquistaremos. Será nuestra. Tendremos tesoros, riquezas increíbles, rebaños.

Qué placer tan viril hundir el arado en la tierra virgen y ver cómo brotan mares de espigas. Anegarse en el oro del trigo cosechado. Sentir que la tierra produce sin esfuerzo, y que al tiempo de cosechar llega la fortuna repentinamente. Tender la mirada hasta el horizonte y ver que todo aquel océano de espigas maduras nos lo regala el destino. Sentirse fuerte y pletórico, como nadando en abundancias consecutivas y sin fin...

El placer de los rebaños ascendentes, prolíficos; los rebaños que se hinchan, se agigantan, como en las leyendas bíblicas; los rebaños más numerosos que las arenas de la mar. La reproducción fastuosa, el crecimiento inaudito. Las ovejas que se multiplican en cifras de millares; el novillo que se convierte en multitudes de toros bramadores. Toda la llanura cubierta de vida y de abundancia. ¡Marchemos, compañeros, a conquistar esa tierra de promisión!

Nosotros también, como las espigas y los ganados, nos multiplicaremos. Pequeños somos, es verdad, y pobres; pero nuestra semilla humana fructificará en cosechas de muchedumbres futuras. De nuestra raíz ambiciosa y viril nacerá el pueblo venidero. La llanura se cubrirá con los hijos de nuestra sangre, y ese pueblo futuro se hinchará, se agrandará gigantescamente, como las arenas del mar. Y así tendrá el mundo una reserva de nuevas y juveniles probabilidades. Cuando los continentes viejos no produzcan más que flores fatigadas, los hijos de nuestra sangre ofrecerán a la humanidad sus energías ingenuas, su entusiasmo y su optimismo.

Sea bendito el fruto de nuestro trabajo. Y mil veces bendito sea el fruto de nuestra sangre, el hijo de nuestro ser. Que la Fortuna lo adopte y lo cuide celosamente, para que se convierta en una fuerte realidad; para que no se malogre en vanas tentativas; para que no le arrastre el demonio de la estúpida soberbia, o el otro demonio de la frivolidad, o aquel otro demonio que se llama sensualismo. ¡Que la Fortuna adopte al hijo de nuestra sangre, para que sea una realidad de fuerza, de pensamiento y de idealismo!

IX
ASPECTOS DE BUENOS AIRES

Carencia de viejos

Deseo hacer partícipe al lector de una de mis habituales preocupaciones: ¿Dónde están los viejos porteños? ¿Hay ancianos en Buenos Aires? Y si existen viejecitos en esta turbulenta ciudad, ¿en qué rincones misteriosos se ocultan?

El interés de algunas ciudades estriba nada más que en el número y la exhibición de sus ancianos. Los viejecitos de esas ciudades, generalmente tranquilas, suelen tener sus plazas y paseos exclusivos, adonde acuden los días de buen sol, si es invierno, o en las mañanas frescas del estío. Se les ve también en las puertas de las casas, mirando beatíficamente el transcurso de las cosas callejeras, o formando grupos en los bancos de los paseos, para comentar los sucesos de hace medio siglo.

Estos viejos acartonados no existen en Buenos Aires. Naturalmente que sería demasiada exigencia pedir que en el vértigo de la City se pasearan con su pasito breve los sobrevivientes del tiempo de Rosas. Las ciudades agitadas suelen excluir de su centro vital a todas las personas débiles; pero en los remansos tranquilos, en los paseos centrales de París, por ejemplo, es frecuente encontrar a los pulcros ancianos de vestimenta anticuada y con la roseta, a veces, de una honorable condecoración.

Yo he indagado en los paseos de Buenos Aires, y no he visto en ellos más que niños, transeúntes melancólicos y atorrantes. ¿Es que no hay viejos en Buenos Aires? Acaso no existan, en efecto, o cuando menos no forman multitud. Desde luego puede asegurarse que no existe esa clase de ancianos vegetativos, ambulantes, acartonados, de aquellos que parecen conservarse por virtud de un ambiente particular.

A muchos podrá parecerles este dato desconsolador. Pero si miramos al fondo del problema, fácil nos será advertir que la vejez acartonada, la vejez estacionaria y vegetativa, no siempre señala un grado distinguido de vitalidad. Al contrario, los casos de vejez excesiva son patrimonio de los países estacionarios, en que la existencia carece de energía y de ardor. Los viejos centenarios, según dicen las estadísticas, están en mayor número en los pueblos pobres y poco fecundos. Allí se llega a la longevidad por ausencia de gasto: es un efecto de economía que entra de lleno en la sordidez. A fuerza de escatimar la acción, la vida se prolonga; pero esa clase de vida, si vida puede llamársele, no merece ser envidiada.

Mientras que en los pueblos activos, el hombre vive plenamente, sin reservarse; se abandona al remolino del azar, y pone todo su tesoro vital en la contienda. No se resguarda sórdidamente. Sus nervios, sus músculos, sus órganos fundamentales, su cerebro, su imaginación, todo lo lanza a la vida. Cincuenta años de brega significan una larga historia de emociones. Vive, pero vive plenamente, con todo su ser, robustamente, intensamente. Negocia su existencia a un plazo corto; cuando el plazo ha vencido, sus órganos están destrozados. La muerte, inexorable cobrador, llega a hacer efectiva la letra. Y todo acaba. Y otro acude en seguida a ocupar el puesto...

Faltan gatos

Otra particularidad muy curiosa de Buenos Aires, es que mantiene muy pocos gatos. Si se pudiera hacer una estadística de tales mamíferos, quedaríamos sorprendidos ante la cortedad de las cifras.