GRANOS DE ORO

De esta obra se han impreso
cincuenta ejemplares en papel superior,
numerados del 1 al 50.
El precio de cada uno es de
dos pesos oro oficial.

BIBLIOTECA
LA CULTURA CUBANA
DIRIGIDA POR CARLOS DE VELASCO

VOL. I.

GRANOS DE ORO
PENSAMIENTOS SELECCIONADOS EN LAS OBRAS DE
JOSÉ MARTÍ

POR

RAFAEL G. ARGILAGOS

La Habana
Sociedad Editorial Cuba Contemporánea
O'Reilly, 11.
1918

Es propiedad.

Derechos reservados.

Imp. "El Siglo XX" (Tte. Rey, 27), de la Sociedad Editorial Cuba Contemporánea. La Habana.

Yo quiero cuando me muera,

sin patria, pero sin amo,

tener en mi tumba un ramo

de flores y una bandera.

Martí.

NOTA DE LOS EDITORES

La Sociedad Editorial Cuba Contemporánea ha querido que el primer volumen de esta Biblioteca que ahora funda con el título de La Cultura Cubana, a semejanza de la creada bajo el de La Cultura Argentina por el Dr. José Ingenieros en la ciudad de Buenos Aires, sea este libro formado con pensamientos de José Martí.

El joven escritor que ha realizado la paciente y admirable obra de selección reunida en este volumen, Rafael G. Argilagos, presta con ella un indudable gran servicio a las letras patrias, honra la memoria insigne del Maestro y se honra a sí mismo; y aunque tales méritos la recomiendan sobradamente a la consideración del pueblo nuestro, el altísimo respeto y la profunda devoción por Martí, que ella revela, la hacen todavía más digna de atención y realzan su valor. Añádase a todo ello el acendrado sentimiento patrio y el buen gusto literario de que el señor Argilagos da irrefutable y patente prueba con este brillante acopio de Granos de Oro del más subido quilate, y se tendrá por axiomático que el primer volumen con que iniciamos esta Biblioteca merece no sólo el puesto que le damos, sino férvidos aplausos y jubilosa acogida por parte del público lector.

Tarea nada fácil es la de recoger en esta concisa y bella forma toda la copiosa y sutil esencia de un espíritu tan refinado y múltiple como el de Martí; pero si el talento sorprendente del maravilloso cubano supo manifestarse en cien aspectos distintos al escribir acerca de cuanto su fecunda pluma encontró digno de dedicarle algunos instantes de meditación, la perspicaz inteligencia del seleccionador de estos pensamientos ha sabido vencer, por la potente fuerza de la comprensión de aquel espíritu y por el filial cariño a su memoria, los obstáculos que la extensa, compleja y poco difundida obra de Martí le ha presentado. Y los venció con tan singular acierto, que el señor Argilagos deja muy poco, si algo deja, a los futuros escanciadores que pretendan apurar las ánforas donde fué dejando su corazón y su cerebro—alquitarado néctar de sabor y pureza exquisitos—el inolvidable caído en Dos Ríos.

Bien lo dice el ilustre Dr. Enrique José Varona en una expresiva carta que escribió al señor Argilagos, al comenzar la revista Cuba Contemporánea la publicación ordenada de estos pensamientos:

¡Qué gran servicio ha prestado V. no a la gloria, ya excelsa, pero sí al conocimiento de Martí! Los granos que V. ha sacado de la mina inagotable de sus escritos forman una cascada de piedras preciosas, donde muy rara vez se encuentra algún guijarro, como para recordar la ganga nutricia.

Vale, pues, y mucho, este primer volumen que la Biblioteca "La Cultura Cubana" ofrece al público; no ya porque quien ha espigado en los libros de Martí pone de relieve todo, o casi todo, lo mejor de sus catorce volúmenes publicados hasta hoy, sino porque la divulgación del contenido de ellos, en esta forma breve y comprensiva, es altamente útil y contribuye al más amplio y exacto conocimiento de aquel que dijo:

Un libro, aunque sea de mente ajena, parece como cosa nacida de uno mismo, y se siente uno como mejorado y agrandado con cada libro nuevo.

Sea éste—primero de la serie en que irán apareciendo periódicamente las mejores producciones de los más altos intelectos cubanos que nos han precedido—a manera de escogida flor depositada por los fundadores de la Sociedad Editorial Cuba Contemporánea en la tumba del Prócer; flor la más fragante entre las muchas que a diario pone allí, junto a la bandera de la Patria, el amor de un pueblo agradecido que no le olvida, ni olvida tampoco el deseo tan bellamente formulado por Él en sencillos versos.

La Habana, 1918.

[PROEMIO]

Martí ha sido, es y será, en la radiante constelación de excelsos varones que han dado gloria y fama a Cuba, el más alto prócer.

Él lo fué todo: la fe que salva y alienta, el valor que impone y exalta, el genio que invade y fulgura, el amor que conquista y domina.

Su vida fué el apostolado, el sublime, el grandioso apostolado de la Patria, ante cuya ara sagrada ofrendó los más puros, los más cálidos, los más hermosos efluvios de su alma.

Predicó con la palabra y el ejemplo; y era tal la majestad y tal la grandeza de sus acciones, que las multitudes, acaso adivinándolo divino—Cristo de una nueva doctrina salvadora—, le siguieron a través de su Calvario heroico, ansiosas de compartir con Él los tormentos de sus desvelos patrios.

Caído en Dos Ríos, en lucha denodada y franca contra los enemigos de la Libertad—como predijo y fué su más ardiente aspiración—, surge triunfante en la magnificencia de su vida espiritual; y de nuevo los mismos corazones que ayer se estremecieron a su conjuro y le adoraron con infinita unción, hoy le rinden lauros gloriosos y hacen de sus santas y sabias parábolas como la Biblia que ha de iluminarlos y guiarlos a través del porvenir.

Entre los que ayer veneraron su figura egregia con filial fervor, entre los que hoy han hecho de su memoria un culto y van por los caminos de la Patria redimida repitiendo sus palabras apostólicas, nos encontramos nosotros, acaso de los primeros y más amantes y sinceros de sus discípulos.

Este libro que hoy damos a la publicidad es una buena prueba de ello: aquí están sus mejores pensamientos y sus más tiernas emociones.

Para que la juventud de hoy—la generación que ha de regir mañana los destinos de la Patria—conozca mejor aquella conciencia inmaculada; para que los aprenda de memoria y no los olvide nunca, aquí le regalamos estos aforismos—granos de oro escogidos en la rica, inagotable mina de sus fulgurantes obras.

Provechosa es la lectura de este libro. Él ilustra, consuela, fortalece y guía a los espíritus: los ignorantes, en él escanciarán ciencia noble y sana de la vida; los atormentados encontrarán bálsamo para sus dolorosas lesiones, los descreídos hallarán fe y esperanzas consoladoras, los descarriados verán caminos rectos y luminosos hacia el porvenir.

Léalo la juventud, amorosamente; llévelo consigo, como preciosa joya, sobre su corazón; póngalo al alcance de su mano, junto a su lecho de reposo; y a toda hora, y en todas partes, como si fuera un cántaro de fecundas simientes que volcara sobre surcos abonados, viértalo en los espíritus, con la esperanza de que esas simientes habrán de florecer en no lejano día en abundante raudal de sublimes ejemplos cívicos y patrióticos.

Rafael G. Argilagos.

La Habana, mayo de 1918.

I
Del vol. "Cuba". (Primera Parte.)

I

En la cruz murió el hombre en un día; pero se ha de aprender a morir en la cruz todos los días.

El dolor del presidio es el más rudo, el más devastador de los dolores, el que mata la inteligencia y seca el alma, y deja en ella huellas que no se borrarán jamás.

Dios existe en la idea del bien, que vela el nacimiento de cada ser, y deja en el alma que se encarna en él una lágrima pura. El bien es Dios. La lágrima es la fuente de sentimiento eterno.

Cuando todo se olvida, cuando todo se pierde, cuando en el mar confuso de las miserias humanas el Dios del tiempo revuelve algunas veces las olas y halla las vergüenzas de una nación, no encuentra nunca en ellas la compasión y el sentimiento.

La honra puede ser mancillada. La justicia puede ser vendida. Todo puede ser desgarrado. Pero la noción del bien flota sobre todo, y no naufraga jamás.

Sufrir es morir para la torpe vida por nosotros creada, y nacer para la vida de lo bueno, única vida verdadera.

Sufrir es más que gozar: es verdaderamente vivir.

El que sufre por su patria y vive para Dios, en este u otros mundos tiene verdadera gloria.

Todas las grandes ideas tienen su gran Nazareno.

La fraternidad de la desgracia es la fraternidad más rápida.

Ninguna pluma que se inspire en el bien, puede pintar en todo su horror el frenesí del mal.

Cuando todos los pueblos van errados; cuando, o cobardes o indiferentes, cometen o disculpan extravíos, si el último vestigio de energía desaparece, si la última, o quizás la primera expresión de la voluntad guarda torpe silencio, los pueblos lloran mucho, los pueblos expían su falta, los pueblos perecen escarnecidos y humillados, y despedazados, como ellos escarnecieron y despedazaron y humillaron a su vez.

La idea no disculpa nunca el crimen y el refinamiento bárbaro en el crimen.

Si los dolores verdaderamente agudos pueden ser templados por algún goce, sólo puede templarlos el goce de acallar el grito de dolor de los demás. Y si algo los exacerba, los hace terribles, es seguramente la convicción de nuestra impotencia para calmar los dolores ajenos.

El espíritu es Dios mismo. Y ¡cuán descarriados van los pueblos cuando apalean a Dios!

No graba cincel alguno como la muerte los dolores en el alma.

Cuando se ha matado, cada día es de duelo, cada hora es de pavor, cada ser que vive es un remordimiento.

Cuando se ha visto morir, cada recuerdo es una lágrima, y son todas las horas, horas de amor para los que murieron, horas de fe y de esperanza para los que aún luchan en la vida.

Hay un límite al llanto sobre la sepultura de los muertos, y es el amor infinito a la patria y a la gloria que se juraba sobre sus cuerpos, y que no teme ni se abate ni se debilita jamás—porque los cuerpos de los mártires son el altar más hermoso de la honra.

Las madres son amor, no razón; son sensibilidad exquisita y dolor inconsolable.

Es ley de los buenos ir doblando los hombros al peso de los males que redimen.

¡Los redimidos, allá en lo venidero, llevarán a su vez sobre los hombros a los redentores!

Mal puede luego alzarse a hombre el que se educa como a siervo mísero.

Amigos fraternales son los padres: no implacables censores.

Fusta recogerá quien siembra fusta: besos recogerá quien siembra besos.

La única ley de la autoridad es el amor.

Nunca deben los padres abandonar a otros el molde a que acomodan el alma de sus hijos.

Es doble manera de hacer el bien, dar pan al cuerpo y darlo al alma.

Amar puramente es redimirse de terribles sueños.

Amar no es más que el modo de crecer.

Amado será el que ama.

Es ley que las frentes más altas y limpias atraigan sobre sí las piedras que se mueven siempre en las manos débiles o envidiosas.

Merecer la confianza no es más que el deber de continuar mereciéndola.

¡No cabe honor en dejar morir, sin defensa, a aquellos cuyo triunfo nos preparamos, sin embargo, a aprovechar!

El que sabe desdeñar su vida, sabrá siempre honrarla.

Los caudillos nuevos han aprendido de los viejos a pertrecharse de recursos en las bandoleras enemigas.

El deber debe cumplirse sencilla y naturalmente.

El hijo odiará lo que odió el padre.

Las fuerzas que se pierden en lágrimas, hacen falta después para el ardimiento y empuje de la sangre.

Suele el miedo, natural consecuencia de la culpa, animar con color enfermizo las mejillas.

Sólo las virtudes producen en los pueblos bienestar constante y serio.

Tenemos que pagar con nuestros dolores la criminal riqueza de nuestros abuelos.

El espíritu de los muertos pasa a alentar el alma de los vivos.

¡Qué miserable vida la del que concibió un alto empeño, y muere sin lograrlo!

¡Se sale de la tierra tan contento cuando se ha hecho una obra grande!

La sangre de los buenos no se vierte nunca en vano.

Un mal no existe nunca sin causa verdadera.

Ya se han cansado nuestras frentes de que se tome sobre ellas la medida de los yugos,—aunque hay frentes que no se cansan de esto nunca.

Los pueblos que han sido muy criminales, necesitan, para ser felices, lavar con alta grandeza sus pasados crímenes.

Debe hacerse en cada momento lo que en cada momento es necesario.

Aplazar no es nunca decidir.

Adivinar es un deber de los que pretenden dirigir.

Para ir adelante de los demás, se necesita ver más que ellos.

Ignoran los déspotas que el pueblo, la masa adolorida, es el verdadero jefe de las revoluciones.

La libertad cuesta muy cara, y es necesario, o resignarse a vivir sin ella, o decidirse a comprarla por su precio.

Cuando un mal es preciso el mal se hace.

Es menester más valor para sufrir la befa de los déspotas que para arrostrar su empuje en los combates.

Hay gritos que resumen toda una época.

La cesasión de un hecho sólo se determina por la cesasión de las causas que lo produjeron.

A todo cejarán los tristes presos, menos a la ancha puerta que se abre para acelerar su libertad.

El hombre ilustrado padece en la servidumbre política más que el hombre ignorante en la servidumbre de la hacienda.

El dolor es vivo a medida de las facultades del que ha de soportarlo.

Los grandes derechos no se compran con lágrimas sino con sangre.

Las palabras pomposas son innecesarias para hablar de los hombres sublimes.

Los hombres de fuerza original sólo la enseñan íntegra cuando la pueden ejercer sin trabas.

Mejor sirve a la patria quien le dice la verdad y le educa el gusto, que el que exagera el mérito de sus hombres famosos.

Azuzar es el oficio del demagogo, y el del patriota es precaver.

Los servicios pasados apenas son más que la obligación de prestarlos mayores en lo venidero.

A la patria no se le ha de servir por el beneficio que se pueda sacar de ella, sea de gloria o de cualquier otro interés, sino por el placer desinteresado de serle útil.

Ni hay hombres más dignos de respeto que los que no se avergüenzan de haber defendido la patria con honor; ni sujetos más despreciables que los que se valen de las convulsiones públicas para servir, como coquetas, su fama personal o adelantar, como jugadores, su interés privado.

La patria necesita sacrificios. Esfera y no pedestal. Se la sirve, pero no se la toma para servirse de ella.

La revolución es algo más que una de las formas de la evolución, que llega a ser indispensable en las horas de hostilidad esencial, para que en el choque súbito se depuren y acomoden en condiciones definitivas de vida los factores opuestos que se desenvuelven en común.

La palabra ha caído en descrédito, porque los débiles, los vanos y los ambiciosos han abusado de ella.

No es lícito ocasionar trastornos en la política de un pueblo, que es el arte de su conservación y bienestar, con la hostilidad que proviene del sentimiento alarmado o de la antipatía de raza. Pero es lícito, es un deber, inquirir si la unión de un pueblo relativamente inerme con un vecino fuerte y desdeñoso, es útil para su conservación y bienestar.

¿Cuándo se ha levantado una nación con limosneros de derechos?

La patria es dicha de todos, y dolor de todos, y cielo para todos, y no feudo ni capellanía de nadie.

En propagar después del sacrificio el culto de los que supieron inmolarse, hay más honra que en haber ostentado en el sombrero, durante la inmolación, la cinta de hule de los sacrificadores.

El arrepentimiento es un modo de entrar en la virtud.

Hay un campo en que los hombres se dan las manos, que es el de la honradez, donde se respeta, y aun se ama por su virtud, a los adversarios constantes y veraces.

Al hombre honrado no le asusta morir en la oscuridad en el servicio de la patria.

II
Del vol. "Cuba". (Segunda Parte.)

II

La gloria y el triunfo no son más que un estímulo al cumplimiento del deber.

En la vida práctica de las ideas, el poder no es más que el respeto a todas las manifestaciones de la justicia, la voluntad firme ante todos los consejos de la crueldad o del orgullo.

Cuando el acatamiento a la justicia desaparece, y el cumplimiento del deber se desconoce, infamia envuelve el triunfo y la gloria, vida insensata y odiosa vive el poder.

Si la libertad de la tiranía es tremenda, la tiranía de la libertad repugna, estremece, espanta.

La libertad no puede ser fecunda para los pueblos que tienen la frente manchada de sangre.

No se va tranquilo ni seguro por sendas de remordimientos y opresiones.

No ha de ser respetada voluntad que comprima otra voluntad.

Ser injusto es la necesidad de ser maldito.

No entiendo que haya cieno allí donde debe haber corazón.

Sobre cimientos de cadáveres recientes y de ruinas humeantes no se levantan edificios de cordialidad y de paz.

Patria es comunidad de intereses, unidad de tradiciones, unidad de fines, fusión dulcísima y consoladora de amores y esperanzas.

Los pueblos no se unen sino con lazos de amistad, de fraternidad y de amor.

Imponerse es de tiranos.

Oprimir es de infames.

Sólo obrando con razón perfecta se decide la suerte de los pueblos.

Obedeciendo estrictamente a la justicia se honra a la patria.

Cobarde ha de ser quien por temor no satisfaga la necesidad de su conciencia.

El mejor ciudadano es el que cultiva una extensión mayor de tierra.

La Instrucción acaba lo que la Agricultura empieza.

La instrucción, abriendo a los hombres vastos caminos desconocidos, les inspira el deseo de entrar por ellos.

No teme a los gobernados quien les enseña la manera de gobernar bien.

No puede deshacerse en pocos años el hondo mal en muchos años hecho.

La posibilidad de la exportación despierta el apetito del agricultor: la imposibilidad o dificultad, lo hace desconfiado y perezoso.

La venta es el premio del trabajo: los caminos que facilitan la venta son su estímulo.

Un progreso no es verdad sino cuando invadiendo las masas, penetra en ellas y parte de ellas.

Toda la buena voluntad de un gobernante sería inútil si no lo secundara con vigor e inteligencia la voluntad de los empleados.

Las épocas de reforma no permiten reposo.

Los apóstoles de las nuevas ideas se hacen esclavos de ellas.

El espectáculo de la riqueza excita el esfuerzo humano.

El genio poético es como las golondrinas: posa donde hay calor.

Para rendir tributo ninguna voz es débil.

Para ensalzar a la patria, entre hombres fuertes y leales, son oportunos todos los momentos.

Cuando en los hombres se encarna un grave pensamiento, un firme intento, una aspiración noble y legítima, los contornos del hombre se desvanecen en los espacios sin confines de la idea.

Los derechos se toman, no se piden; se arrancan, no se mendigan.

Hasta los déspotas, si son hidalgos, gustan más del sincero y enérgico lenguaje que de la tímida y vacilante tentativa.

Por sensual queda en desuso la lírica pagana; y la cristiana, que fué hermosa por haber cambiado los humanos el ideal de Cristo, mirado ayer como el más pequeño de los dioses, y amado hoy como el más grande, acaso, de los hombres.

No hay obra permanente, porque las obras de los tiempos de reenquiciamiento y remolde son por esencia mudables e inquietas.

La elaboración del nuevo estado social hace insegura la batalla por la existencia personal y más recios de cumplir los deberes diarios que, no hallando vías anchas, cambian a cada instante de forma y vía, agitados del susto que produce la probabilidad o vecindad de la miseria.

El amor entona cantos fugitivos, mas no produce—por ser sentimiento culminante y vehemente, cuya sensación fatiga y abruma—obras de reposado aliento y laboreo penoso.

Parece profanación dar al Creador de todos los seres, y de todo lo que ha de ser, la forma de uno solo de los seres.

Una gran montaña parece menor cuando está rodeada de colinas.

El genio va pasando de individual a colectivo.

La guerra, antes fuente de gloria, cae en desuso, y lo que pareció grandeza comienza a ser crimen.

La corte, antes albergue de bardos de alquiler, mira con ojos asustados a los bardos modernos, que aunque a veces arriendan la lira, no la alquilan ya por siempre, y aun suelen no alquilarla.

No hay accidente para el espíritu del hombre; no hay más que norte, coronado de luz.

La montaña acaba en pico; en cresta la ola empinada que la tempestad arremolina y echa al suelo; en copa el árbol; y en cima ha de acabar la vida humana.

La batalla está en los talleres; la gloria en la paz; el templo en toda la tierra; el poema en la naturaleza.

No hay más difícil faena que ésta de distinguir en nuestra existencia la vida pegadiza y postadquirida, de la espontánea y prenatural.

Se viene a la vida como cera, y el azar nos vacía en moldes prehechos.

Cuando la vida se asiente, surgirá el Dante venidero, no por mayor fuerza suya sobre los hombres dantescos de ahora, sino por mayor fuerza del tiempo.

¡Qué es el hombre arrogante, sino vocero de lo desconocido, eco de lo sobrenatural, espejo de las luces eternas, copia más o menos acabada del mundo en que vive!

Las convenciones creadas deforman la existencia verdadera, y la verdadera vida viene a ser como corriente silenciosa que se desliza invisible bajo la vida aparente, no sentida a las veces por el mismo en quien hace su obra canto, a la manera con que el Guadiana misterioso corre luengo camino calladamente por bajo de las tierras andaluzas.

Asegurar el albedrío humano; dejar a los espíritus su seductora forma propia; no deslucir con la imposición de ajenos prejuicios las naturalezas vírgenes; ponerlas en aptitud de tomar por sí lo útil, sin ofuscarlas, ni impelerlas por una vía marcada: ¡he ahí el único modo de poblar la tierra de la generación vigorosa y creadora que le falta!

Las redenciones han venido siendo teóricas y formales: es necesario que sean efectivas y esenciales.

Ni la originalidad literaria cabe, ni la libertad política subsiste, mientras no se asegure la libertad espiritual.

El primer trabajo del hombre es reconquistarse.

Urge devolver los hombres a sí mismos; urge sacarlos del mal gobierno de la convención que sofoca o envenena sus sentimientos, acelera el despertar de sus sentidos y recarga su inteligencia con un caudal pernicioso, ajeno, frío y falso.

Sólo lo genuino es fructífero.

Sólo lo directo es poderoso.

Lo que otro nos lega es como manjar recalentado.

¡Asesino alevoso, ingrato a Dios y enemigo de los hombres, es el que so pretexto de dirigir a las generaciones nuevas, les enseña un cúmulo aislado y absoluto de doctrinas, y les predica al oído, antes que la dulce plática de amor, el evangelio bárbaro del odio!

Los buenos eslabones dan chispas altas.

Menguada cosa es lo relativo que no despierta el pensamiento de lo absoluto.

Todo ha de hacerse de manera que lleve la mente a lo general y a lo grande.

La filosofía no es más que el secreto de la relación de las varias formas de existencia.

La luz es el gozo supremo de los hombres.

La majestad evoca y pone en pie todo lo majestuoso.

La perfección de la forma se consigue casi siempre a costa de la perfección de la idea.

Señálanse por sus desbordes y turbulencias las obras que arrancan derechamente de lo profundo de las almas magnas.

No hay placer como este de saber de dónde viene cada palabra que se usa, y a cuánto alcanza.

Nada mejor para agrandar y robustecer la mente que el estudio esmerado y la aplicación oportuna del lenguaje.

No han de ser los versos como la rosa centifolia, toda llena de hojas, sino como el jazmín del Malabar, muy cargado de esencias.

El verso, por dondequiera que se quiebre, ha de dar luz y perfume.

Mas ni el vino mejora, luego de hecho, por añadirle alcoholes ni taninos; ni se aquilata el verso, luego de nacido, por engalanarlo con aditamentos y aderezos. Ha de ser hecho de una pieza y de una sola inspiración, porque no es obra de artesano que trabaja a cordel, sino de hombre en cuyo seno anidan cóndores, que ha de aprovechar el aleteo del cóndor.

Caballo de paseo no gana batallas.

No está en el divorcio el remedio de los males del matrimonio, sino en escoger bien la dama y en no cegar a destiempo en cuanto a las causas reales de la unión.

En el pulimento no está la bondad del verso, sino en que nazca alado y sonante.

No se dé por hecho el verso en espera de acabarle luego, cuando aún no esté acabado; que luego se le rematará en apariencia, mas no verdaderamente ni con ese encanto de cosa virgen que tiene el verso que no ha sido sajado ni trastrojado.

Cuando el verso quede por hecho ha de estar armado de todas armas, con coraza dura y sonante, y de penacho blanco rematado el buen casco de acero reluciente.

Quien va en busca de montes, no se detiene a recoger las piedras del camino.

Han de podarse de la lengua poética, como del árbol, todos los retoños entecos, o amarillentos, o mal nacidos, y no dejar más que los sanos y robustos, con lo que, con menos hojas, se alza con más gallardía la rama, y pasea en ella con más libertad la brisa y nace mejor el fruto.

Pulir es bueno, mas dentro de la mente y antes de sacar el verso al labio.

El verso hierve en la mente como en la cuba el mosto.

Saluda el sol y acata al monte.

¿Quién no sabe que la lengua es jinete del pensamiento, y no su caballo?

La imperfección de la lengua humana para expresar cabalmente los juicios, afectos y designios del hombre, es una prueba perfecta y absoluta de la necesidad de una existencia venidera.

El eco en el alma dice cosa más honda que el eco del torrente.

La vida humana no es toda la vida.

La tumba es vía y no término.

La mente no podría concebir lo que no fuera capaz de realizar.

La muerte es júbilo, reanudamiento, tarea nueva.

La vida humana sería una invención repugnante y bárbara si estuviera limitada a la vida en la tierra.

Del sufrimiento, como el halo de la luz, brota la fe en la existencia venidera.

El dolor conforta, acrisola y esclarece.

¿Qué es el poeta sino alimento vivo de la llama con que alumbra?

Más bella es la naturaleza cuando la luz del mundo crece con la de la libertad; y va como empañada y turbia, sin el Sol elocuente de la tierra redimida, ni el júbilo del campo, ni la salud del aire, allí donde los hombres, al despertar cada mañana, ponen la frente al yugo, lo mismo que los bueyes.

Tienen los pueblos, como los hombres, horas de heroica virtud, que suelen ser cuando el alma pública, en la niñez de la esperanza, cree hallar en sus héroes, sublimados con el ejemplo unánime, la fuerza y el amor que han de sacarlo de agonía; o cuando la pureza continua de un alma esencial, despierta, a la hora misteriosa del deber, las raíces del alma pública.

Suele el hombre en los grandes momentos, cuando lo pone por las alturas la nobleza ajena o propia, perder, con la visión de lo porvenir, la memoria minuciosa de lo presente.

Sombra es el hombre, y su palabra como espuma, y la idea es la única realidad.

Sólo ve la luz de un rostro la mujer de repente enamorada.

Las reformas, como el hombre mismo, tienen entrañas de justicia y veleidades de fieras.

Lo justo, a veces, por el modo de defenderlo, parece injusto.

En lo social y político acontece, como en las querellas de gente de mar y de suburbio, que el puñal de ancha hoja con que dirimen sus contiendas de honra, da a éstas semejanza de delito.

De todos los problemas que pasan hoy por capitales, sólo lo es uno; y de tan tremendo modo, que todo tiempo y celo fueran pocos para conjurarlo: la ignorancia de las clases que tienen de su lado la justicia.

La mente humana, artística y aristocrática de suyo, rechaza a la larga y sin gran demora, a poco que se la cultive, cuanta reforma contiene elementos brutales e injustos.

La educación suaviza más que la prosperidad: no esa educación meramente formal, de escasas letras, números dígitos y contornos de tierras, que se da en escuelas demasiado celebradas y en verdad estériles, sino aquella otra más sana y fecunda, no intentada apenas por los hombres, que revela a éstos los secretos de sus pasiones, los elementos de sus males, la relación forzosa de los medios que han de curarlos al tiempo y naturaleza tradicional de los dolores que sufren, la obra negativa y reaccionaria de la ira, la obra segura e incontrastable de la paciencia inteligente.

Por educación se ha venido entendiendo la mera instrucción, y por propagación de la cultura la imperfecta y morosa enseñanza de modos de leer y de escribir.

Definir es salvar.

La verdad, una vez despierta, no vuelve a dormirse.

El espíritu, más vasto que el mar, ni se seca ni se evapora, ni cesa de querer, ni ceja en lo que quiere; y puesto a la conquista de un derecho, mina, como la ola salada del mar mina las rocas, esos derechos de convención fortalecidos por los siglos, y acorazados por pechos que el amor al lujo y el desentendimiento criminal de los dolores ajenos petrifica.

Todos los árboles de la tierra se concentrarán al cabo en uno, que dará en lo eterno suavísimo aroma: ¡el árbol del amor—de tan robustas y copiosas ramas, que a su sombra se cobijarán sonrientes y en paz todos los hombres!

Otro manda, y nosotros andamos.

Cuando una fruta se corrompe, hay que dejarla corromper de un todo, para que con sus acres residuos abone la tierra y salga de ella fruta sana y nueva.

Los pueblos son masas enormes, que de sí propios se mueven, brillan como relámpagos, despréndense como avalancha, desátanse e incendian como el rayo, y cuando dejan caer el alma a sus pies, mientras que arteros envenenadores les llevan a los labios copas henchidas de mieles letárgicas, y joyeros complacientes les llenan el cuerpo femenil de joyas, y descuidadas mozas los coronan de flores, y laxan con besos, ¡pesan, ay! los pueblos, como rocas, o como cadáveres.

Como cuerpos que ruedan por un plano inclinado, así las ideas justas, por sobre todo obstáculo y valla, llegan a logro.

Una idea justa que aparece, vence.

La herencia estimula a la holganza, al egoísmo y al vicio.

La dote lleva como de la mano la desventura de la mujer y el rebajamiento del hombre.

¿Quién no ha sentido, una vez al menos en la vida, el beso del Apóstol en la frente, y en la mano la espada de batalla?

Quien quiere triunfar en la tierra, ¡ay! no ha de vivir cerca del cielo.

La victoria está hecha de cesiones.

La reacción se extrema siempre en el mismo grado en que se extrema la acción que la provoca: a acción justa, reacción nula; a acción medianamente justa, reacción lenta y blanda; a acción extremadamente injusta, reacción febril y exagerada.

La revolución quiere alas; los gobiernos pies.

Como cada pensamiento trae su molde, cada condición humana trae su expresión propia.

Sobre la tierra no hay más que un poder definitivo; la inteligencia humana.

El derecho mismo, ejercitado por gentes incultas, se parece al crimen.

Los hombres fuertes que se sienten torpes, se abrazan a las rodillas de los hombres inteligentes, como Hércules montuoso a las rodillas mórbidas de Omphala.

La inteligencia da bondad, justicia y hermosura: como un ala, levanta el espíritu; como una corona, hace monarca al que la ostenta; como un crisol, deja al tigre en la taza y da curso feliz a las águilas y a las palomas. Del puñal hace espada; de la exasperación, derecho; del gobierno, éxito; de lo lejano, cercanía.

Al resplandor del derecho, el abuso ceja, como ruin galancete ante el enojo de una dama pura.

Si el derecho se echa encima manto de ira, los mismos que el derecho reconocen se alzarán contra él tristemente, como padre que ata a su hijo loco.

Quien intenta triunfar, no inspire miedo: que nada triunfa contra el instinto de conservación amenazado.

Quien intenta gobernar, hágase digno del gobierno, porque si, ya en él, se le van las riendas de la mano, o de no saber qué hacer con ellas, enloquece, y las sacude como látigos sobre las espaldas de los gobernados, de fijo que se las arrebatan, y muy justamente, y se queda sin ellas por siglos enteros.

La victoria no está sólo en la justicia, sino en el momento y modo de pedirla; no en la suma de armas en la mano, sino en el número de estrellas en la frente.

En toda palabra ha de ir envuelto un acto.

La palabra es una coqueta abominable, cuando no se pone al servicio del honor y del amor.

Prever es el deber de los verdaderos estadistas.

Dejar de prever es un delito público.

Lo que importa no es que nosotros triunfemos, sino que nuestra patria sea feliz.

¿Para qué se es hombre honrado, para qué se es hijo de un pueblo, sino para tener gozo en padecer por él, y en sacrificarle hasta las mismas pasiones grandiosas que nos inspira?

Los libros suelen estorbar para la gloria verdadera.

¡La tiranía no corrompe, sino prepara!

¡Qué cólera la de un pueblo forzado a acorralar su alma!

El que vive de la infamia, o la codea en paz, es un infame.

Ver en calma un crimen, es cometerlo.

No hay más que una gloria cierta, y es la del alma que está contenta de sí.

El vil no es el esclavo, ni el que lo ha sido, sino el que vió este crimen, y no jura, ante el tribunal certero que preside en las sombras, hasta sacar del mundo la esclavitud y sus huellas.

Si entre los cubanos vivos no hay tropa bastante para el honor, ¡qué hacen en la playa los caracoles, que no llaman a guerrear a los indios muertos!

Dos clases de hombres hay: los que andan de pie, cara al cielo, pidiendo que el consuelo de la modestia descienda sobre los que viven sacándose la carne, por pan más o pan menos, a dentelladas, y levantándose, por ir de sortija de brillante, sobre la sepultura de su honra: y otra clase de hombres, que van de hinojos, besando a los grandes de la tierra el manto.

Cuando la grandeza no se puede emplear en los oficios de caridad y creación que la nutren, devora a quien la posee.

¡Pesan mucho sobre el corazón del genio honrado las rodillas de todos los hombres que la doblan!

Sin sonrisa de mujer no hay gloria completa de hombre.

Cuando se escribe con la espada en la historia, no hay tiempo ni voluntad para escribir con la pluma en el papel.

El hombre es superior a la palabra.