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BIBLIOTECA CHILENA

PUBLICADA BAJO LA DIRECCION

DE LOS SEÑORES

LUIS MONTT i J. ABELARDO NUÑEZ.

LASTARRIA.

J. V. LASTARRIA.

J. V. LASTARRIA.

ANTAÑO I OGAÑO.

NOVELAS I CUENTOS

DE

LA VIDA HISPANO-AMERICANA.

EL MENDIGO.—EL ALFEREZ ALONSO DIAZ DE
GUZMAN.—ROSA.—DON GUILLERMO.—EL DIARIO
DE UNA LOCA.—MERCEDES.—UNA HIJA.

1885

SANTIAGO DE CHILE.

SE VENDE EN TODAS LAS LIBRERÍAS DE LA REPÚBLICA.

Es propiedad.

ÍNDICE.

EL MENDIGO.
(1842.)

I.

No ha muchos años, en una tarde de octubre, me paseaba sobre el malecon del Mapocho, gozando de la vista del sinnúmero de paisajes bellos que en aquellos sitios se presentan. La naturaleza en la primavera allí ostenta con profusion todos sus primores, i parece que desarrolla ante nuestros ojos su magnífico panorama, con la complacencia de una madre tierna que presenta sonriéndose un dijecillo al hijo de su amor. El Mapocho ofrece en sus márjenes mil delicias que le hacen recordar a uno con pena aquellas bellas ilusiones que se forma en sus primeros amores: aquí aparece el aspecto duro i melancólico de una ciudad envejecida, cuyos edificios ruinosos están al desplomarse; a lo léjos, una confusa aglomeracion de edificios lucidos, de torres esbeltas i elegantes, i el puente grande del rio que se ostenta majestuosa i soberbiamente sentado sobre sus formidables columnas; allí multitud de grupos de árboles floridos, que a veces se confunden con los lijeros i blancos vapores que se elevan de las aguas; allá interminables corridas de álamos de color de esmeralda, cortadas a trechos por el lánguido sauce i por otros arbolillos que contrastan sus matices verdinegros con el triste amarillo del techo de las chozas. De entre las densas arboledas, se ven salir en direcciones curvas i varias las columnas del humo del hogar; los niños triscan en inocente algazara sobre las arenas del cauce, el pastor desciende con su blanco rebaño por las laderas del San Cristóbal i se pierde de repente tras de las peñas o arbustos que se encuentran al paso; i en medio de estas rústicas escenas, se oye la armonía universal de la naturaleza que se despide de la luz del dia, i que confunde sus ruidos misteriosos a la distancia con el sordo bullicio de la ciudad. ¡Oh encantos del Mapocho! ¡Cuántas veces habeis henchido mi pecho del regocijo mas puro! ¡Cuántas veces habeis ahuyentado de mi corazon penas acerbas! ¡Yo derramaria lágrimas de ternura, si estando separado de mi patria, me asaltara el recuerdo de esas escenas de simple rusticidad en el centro de la cultura de un pueblo!

El sol comenzaba a ocultarse en las colinas de occidente, dibujando en el azulado fondo del cielo diversos copos de luciente nacar, tiñendo de un suave color de rosa las nubecillas que flotaban sobre las faldas de los Andes, i dorando el manto de nieve con que se cubren estos jigantes del mundo, de modo que los hacia aparecer como montañas de oro macizo puestas allí para sustentar el firmamento con sus encumbradas cimas. El aura de la tarde era fresca i aromática, yo dejaba flotar a su impulso mis cabellos i permanecia reclinado sobre la muralla, mirando las corrientes del rio: ellas se llevaban consigo mis pensamientos i mi vista, i se precipitaban bulliciosas hasta estrellarse en esas ruinas adustas que ha dejado en su paso el antiguo tajamar, i que hoi, inmóviles i silenciosas desafian su embate i lo desprecian. Pero aquel momento de delicias en que todo lo sentia, sin pensar en nada, fué mui corto para mí; un hombre se puso a mi lado sin pronunciar una sola palabra i me sacó de mi ensueño: era de grande estatura, aspecto grave, semblante apacible; i melancólico; su barba era larga i blancuzca, sus ojos humildes i hermosos. Vestia una manta larga i gruesa, calzon i media de lana blanca, i en su mano derecha tenia un sombrero de paja burda, en actitud de respeto. Al instante reconocí al misterioso mendigo que recorria todas las tardes aquellos sitios implorando la caridad de los transeuntes, sin desplegar los lábios; no habrá en Santiago quien no le recuerde; apénas hará cinco años que ha desaparecido. Ese hombre atraia poderosamente mi atencion: siempre habia procurado con algunos amigos saber quién era, pero nunca habíamos logrado oirle mas que monosílabos. Entónces traté de trabar con él una conversacion; le dí una moneda i nos cruzamos estas palabras:

—¿Me conoce usted a mí, buen hombre?

—Sí señor, usted siempre me ha hecho bien; me respondió con voz apagada.

—¿Sabe usted cómo me llamo?

—Nó.

—¿I su nombre de usted?, dígamelo, mire que siento ardientes deseos de saber quién es usted, de saber algo sobre su vida. Vamos, hable usted.

Despues de un silencio, durante el cual ví en su rostro cierto aire de ternura, me dijo:

—Soi un antiguo soldado de la patria, me llamo Alvaro de Aguirre; i bajó al suelo sus ojos guarnecidos de una blanca i larga pestaña.

Yo continué haciéndole varias preguntas, i él contestándomelas a medias. Luego que supo por mi nombre quien era mi padre esclamó: ¡Buen señor, siempre me da limosna; estuvimos juntos en el sitio de Rancagua, en una misma trinchera, él era paisano i peleaba como nosotros!—Estas frases pronunciadas con cierto aire de nobleza, me hicieron palpitar el corazon i traté de hacerle conocer el interes que me inspiraba su desgracia, le prometí amistad i conseguí al fin de muchas súplicas que me dijera algo sobre su vida. Marchamos juntos hasta la penúltima pirámide; en su base tomó asiento el mendigo i yo permanecí en pié. La luna principiaba a rayar sobre los Andes, i su luz rielaba sobre las lijeras i bulliciosas aguas del rio, figurando en ellas una prolongada cinta de plata estendida en desórden sobre la arena; todo estaba en calma. El aspecto del mendigo me inspiró veneracion i me causó mil ilusiones misteriosas que pasaron por mi mente con la lijereza de la brisa que lamia el encumbrado follaje de los álamos. Su voz me sacó de mi meditacion, pero no era ya la voz apagada del que sufre, sino firme i sonora, como la del hombre que revela con franqueza su corazon. Principió conmigo una conversacion, la mas interesante que he tenido en mi vida: la rapidez de su narracion i de su lenguaje, me reveló desde luego que no tenia en mi presencia a un hombre comun. A cuantas preguntas le dirijia me respondia entónces con desembarazo i con firmeza; de modo que llegué a creer que aquel era un mendigo supuesto, un personaje mui diferente del personaje que representaba, i me persuadí de que por alguna de aquellas anomalías, tan frecuentes en el mundo, habria llegado este hombre a habituarse a permanecer en una situacion tan despreciable como era la en que se encontraba. Pero esta persuasion me duró poco tiempo, porque luego ví que eran mui naturales i aun comunes los accidentes que le habian precipitado en la desgracia. Voi a tratar de trazar aquí la historia de su vida con el mismo aire i animacion con que él me la refirió, omitiendo detalles, i en frases cortadas como él lo hacia.

II.

«Yo nací en la Serena, dijo, i mi nacimiento causó la muerte de la que me dió la vida; mi padre, que era uno de los comerciantes de mas crédito en aquel pueblo, cuidó esmeradamente de mis primeros años, i me educó sin perdonar sacrificios. Ya habia salido de mi infancia, ya principiaba a sombrearme la barba, cuando me entregó a un amigo suyo, rico mercader de Lima, para que me llevase consigo i me comunicase sus luces i su esperiencia. Yo partí lleno de angustias: el corazon me presajiaba entónces un porvenir de lágrimas i de sangre. ¡Ah! ¡jamas olvidaré el aspecto de mi padre en aquel instante! El anciano desgraciado lloraba como un niño, me estrechaba sobre su pecho i me acariciaba con ternura, dándome consejos i protestándome que me separaba de su lado solo porque deseaba mi felicidad! ¡Padre querido! ¡mil veces te he llorado como ahora i jamas he podido hallar consuelo!....» El mendigo ocultó sollozando su rostro entre sus manos, i despues de un suspiro profundo, continuó: «Ocho años hacia que yo estaba en Lima, cuando supe que mi padre habia muerto, agobiado de pesares a causa del mal estado de sus negocios; sus acreedores se habian repartido de los efectos de su comercio para pagarse; el entierro de su cadáver se hizo de caridad; ¡no tuvo un deudo, un amigo que derramase una lágrima tan solo sobre su sepulcro! ¡Ah! ¡yo debiera haber partido entónces a mi pueblo! pero mil esperanzas vanas me encadenaron en Lima, i me decidí a permanecer allí para siempre. El mercader a quien mi padre me habia encomendado habia muerto tambien, i yo continuaba con su hijo malbaratando el caudal que aquel hombre honrado le formó con tantos sacrificios: ámbos éramos de una edad, i sin guia, sólos en aquella Cápua de la América, nos habíamos lanzado a la disipacion. Nuestros negocios se encontraban en el peor estado, no teníamos crédito, ni avanzábamos en el comercio: un dia de aquellos en que el demonio se apodera del alma para arrancarle la razon i precipitar al hombre en el vicio, mi amigo, Alonso, tomó el dinero que habia en caja i nos encaminamos a casa de su querida, en donde se juntaban de ordinario varios hombres perdidos. Serian las seis de la tarde, en invierno; entramos en silencio hasta una pieza oscura, sin sentir el menor movimiento en toda la habitacion, pero no bien habíamos puesto en ella el pié, cuando oimos palpitante el estallido de un beso lleno de amor, i luego un prolongado suspiro: pedimos luces i al momento sentí que se acercó a mi amigo su querida llenándole de caricias. Al iluminarse la sala, vimos reclinado sobre un canapé a un militar español que en la noche anterior nos habia ganado allí mismo veinte mil duros. Se levantó restregándose las manos i diciéndonos: «¿vienen ustedes a continuar la partida?» i nosotros no le respondimos palabra.

Alonso, que estaba con sus facciones contraidas, se dirijió a él en silencio, como a exijirle una esplicacion, pero a la sazon entraron varios con las mujeres que formaban el embeleso de aquella tertulia. El juego, el ponche i la corrupcion dieron principio; las horas comenzaron a pasar lijeras para todos, pero lentas para mí. Mui tarde era ya, las luces ardian en candiles i a su opaco resplandor continuaban los jugadores su tarea con mas ardor: yo estaba fastidiado i dispuesto a retirarme. Alonso habia perdido todo su dinero, el almacen de su comercio, i hasta su reloj, pero permanecia mirando jugar con su cabeza reclinada sobre el hombro de su querida.

Las mujeres no me habian impresionado aquella noche, yo sentia en mi alma una amargura que me desesperaba. En un momento en que la algazara del desórden habia cedido su lugar al cansancio, se acercó a mí un fraile de la buena muerte, que andaba con una guitarra en la mano, i tomando un aire sério me dijo al oido: «yo no quiero guardar mas un secreto que pesa sobre mi conciencia: sepa usted, don Alvaro, que a su amigo le han ganado mal. Su misma adorada ha facilitado al militar los dados falsos.»

Yo me quedé pasmado con esta fatal revelacion, i luego que me serené, con mucha calma, me puse junto a la mesa de juego: mi amigo permanecia como he dicho ántes, i aquella mujer perversa lo acariciaba todavía, resbalando una mano suavemente por sus barbas. Estaba yo observándola i tratando de descubrir en su semblante la verdad de la revelacion que acababa de hacerme el fraile; i al fijarme en sus ojos apacibles i bellos, llegué a considerarla incapaz de un crímen. Pero luego la ví hacer un jesto de intelijencia al militar i pasarle unos dados, diciéndole:—«toma, éstos son mejores.» No pude contenerme i esclamé: ¡esos dados son falsos, señora!...—Sí, tiempo ha que yo lo sospechaba, grita Alonso, hundiendo al mismo tiempo su puñal con fuerza en el corazon de su traidora amante. ¡El español se levanta furioso i dirije una pistola al pecho de mi amigo, yo se la arrebato, i éste le deja muerto en el instante mismo con el puñal que le habia servido para principiar su venganza! En aquel momento terrible, todos altercaban en confuso desórden i gritería, i de tal modo se trabó la riña i tanto duró, que la ronda se introdujo, aprehendió a varios allí mismo i entre ellos a mi amigo Alonso. Yo me precipité entre la turba i logré ocultarme en una casa vecina que era de un comerciante con quien habia tenido relaciones.

Quince dias, los mas espantosos de toda mi vida, pasé encerrado en un sótano, que tenia su entrada en el cuarto mismo que habitaba mi salvador i corria hacia una callejuela de la ciudad, por donde habia mucho tráfico i que daba a espaldas del palacio del virei. ¡La oscuridad de aquel sitio inmundo no me dejaba ver siquiera mi propio cuerpo, la humedad trababa mis miembros i penetraba hasta mis huesos, la fetidez me hacia desesperar i correr frenético a los ángulos de aquella prision en busca de aire puro que respirar! Desde ahí percibia yo el bullicio de la calle i hasta las conversaciones de los transeuntes. Un dia sentí gran tropel, voces i gritos confusos; oia tocar la agonía en una iglesia próxima, i de cuando en cuando una lúgubre campanilla precedia el grito de álguien que pedia limosna para el que iban a ajusticiar. ¡Este era Alonso, sí, mi amigo Alonso, que ese dia fué arrastrado a un banquillo, por la piedad del virei, que le habia conmutado la pena de horca a que fué condenado por los jueces. La misma sentencia recayó sobre mí....!

El que me habia salvado la vida completó su favor, haciéndome salir con precaucion para el Alto Perú. ¡Dos años vagué por pueblos estraños, procurándome la subsistencia, unas veces de limosna i otras soportando los trabajos mas duros para comer un pan de maiz humedecido con mis lágrimas! Atravesé el pais hasta llegar a la Rioja, i despues de un sinnúmero de sacrificios i de privaciones, trasmonté los Andes i pude alcanzar a la Serena, ¡mi patria! Entónces desperté como de un letargo, me sentí estenuado, me ví lleno de andrajos, rodado de miseria; ¡pero hubiera gritado como un loco, al reconocer las calles de mi pueblo! ¡Hubiera acariciado con delirio a todos los que encontraba al paso, sin embargo de que ellos ni siquiera me echaban una mirada de compasion! ¡Nadie me conocia, la casa que habité en mis primeros años estaba ocupada por jentes estrañas!

La primera noche que pasé en aquella ciudad deliciosa no tuve donde acojerme: estendí mi manta sobre las losas de una de las puertas del templo de Santo Domingo, i me dormí arrullado por el estruendo de las olas del mar; tuve sueños de ventura, i me desperté, al rayar el sol, riéndome, como si hubiese sido el hombre mas afortunado del mundo. Pero tenia hambre, estaba cubierto de harapos i era preciso pensar en mi situacion; ya me habia puesto en pié para ir a buscar adonde trabajar, cuando se abrieron las puertas de la iglesia. Entré lleno de veneracion i me arrodillé a oir una misa que principiaba. ¡Mi corazon en aquellos momentos fué todo de Dios, me sentia feliz con acercarme a él a pedirle misericordia i amparo! Al acabar su misa el sacerdote, se volvió al pueblo, i con voz trémula i aire apacible, le pidió una oracion implorando el favor de la Vírjen Santísima sobre los desgraciados que acababan de morir en la plaza de Santiago, en defensa del nuevo gobierno que se habia instalado a nombre del rei.

Esta noticia que oia por primera vez, llamó sériamente mi atencion. Salí del templo, llevando en mi corazon el placer que se gusta despues de haberse acercado a Dios, pero lleno de curiosidad por lo que habia oido decir al sacerdote. Me acerqué a una pobre anciana, que tambien salia, para hacerle algunas preguntas; quise reconocer sus facciones, llaméla por su nombre i ella me respondió con sorpresa: no pude contenerme, la abracé i me le dí a conocer. La pobre vieja habia estado al servicio de mi madre, me habia asistido hasta mi partida a Lima. ¡Lloramos juntos en silencio! i cuando pasó nuestra primera ajitacion, me llevó a su casa i me prodigó mil cuidados.

De ella supe cuanto deseaba saber de mi desgraciado padre, cuya memoria no existia ya, sino en uno que otro de los habitantes de aquel pueblo. Supe, ademas, que como ocho meses ántes de mi llegada, se habia cambiado el gobierno del rei en Santiago, por medio de una revolucion que presajiaba muchos desastres.

Algunos dias despues, pude presentarme a varias personas, pero todas me desconocieron; i reflexionando entónces que el hombre, cuando está sumido en la miseria, solo puede confiarse en sus propias fuerzas, principié a trabajar en lo que se me proporcionaba accidentalmente para ganar mi subsistencia i no hacerme tan oneroso a la pobre vieja que me habia facilitado su hogar i su mesa.

Yo sentia que mi juventud se iba apagando i encontraba en mi corazon un vacío que me hacia la vida insoportable. Los recuerdos que asaltaban mi mente eran todos funestos: solo un pensamiento que me habia acompañado en todas mis peregrinaciones me conmovia agradablemente. Pero era una ilusion vaga, como aquellas que le quedan a uno despues de un sueño delicioso, era el recuerdo de un amor inocente i puro que habia dominado mis primeros años.

Mi padre acostumbraba, cuando yo estaba todavía a su lado, visitar todas las noches a una anciana viuda, con quien le ligaba una amistad de muchos años; la anciana tenia una hija, menor que yo, la cual por su pureza i hermosura parecia un ánjel. Todas las noches nos reuníamos: nuestras conversaciones eran inocentes, nuestros juegos tambien lo eran; a veces advertíamos que los dos ancianos nos fijaban sus ojos con placer i se sonreian; nosotros nos ruborizábamos i quedábamos en silencio. Yo no tenia durante el dia otro pensamiento que el de llevar por la noche algun dije a mi amiguita Lucía, o el de aprender algun cuento para referírselo, porque sentia un profundo placer de verla con sus ojos clavados en mí durante mi narracion; sentia necesidad de que me mirase i de mirarla yo tambien...

El amor habia estrechado nuestros corazones i nosotros lo ignorábamos, no hacíamos mas que sentir sus efectos. Este amor fué el que hizo amarga mi separacion de la Serena, ese amor fué el que siempre tuve presente durante mi ausencia, él habia llegado a ser para mí una especie de relijion, que no me atrevia a abjurar, porque temia cometer un crímen, o mas bien porque no podia hacerlo; ese amor era mi vida. Así es que miéntras duró mi mansion en Lima, jamas me atreví a mirar a una mujer, sin que me asaltase el temor de ser infiel a mi Lucía.

A los dos años de mi residencia en aquella ciudad, supe que habia muerto la madre de Lucía, i nunca mas volví a tener de ésta la menor noticia. Sin embargo, todas mis ilusiones le pertenencian; alguna vez me aficioné de tal o cual mujer, porque mi imajinacion me la figuraba parecida en algo a mi Lucía; siempre que me entregaba a las ilusiones, que son tan frecuentes en la juventud, ella era el único término de mi aspiracion; la ausencia me le hacia mas bella, mas anjelical; i como no habia yo tenido otro amor, i mi corazon necesitaba amar, ella ocupaba sola toda mi alma, i por ella sola vivia.

Despues de mi llegada a la Serena, traté de tomar noticias acerca de esta linda niña, pero sin descubrir mi corazon; i la vieja María me hizo saber que la antigua, amiga de mi padre, al tiempo de morir, habia encomendado su hija i todos sus bienes a un español que era mui conocido en aquel pueblo por la orijinalidad de sus costumbres.

Este hombre singular que se llamaba don Gumesindo Saltías, habitaba en una casa aislada, al estremo del poniente de la poblacion, a la orilla de la vega que se dilata hasta la playa: no tenia familia, no se le veia jamas en público, i de los esclavos que le rodeaban, solo uno practicaba las dilijencias que necesitaba en la calle. En esa casa habitaba mi Lucía, i era opinion comun entre todos los de la ciudad que habia enloquecido al poco tiempo despues de muerta su madre, por cuyo motivo jamas se la habia visto por nadie desde aquella época.

Un año empleé practicando las mas prolijas diligencias a fin de ver a mi querida o de saber algunos pormenores mas sobre su suerte, pero nunca pude avanzar mas en mi objeto. Me propuse andar siempre mal traido para no llamar la atencion sobre mí, i tomé la costumbre de dirijirme a la vega, con mi caña de pescar, todas las tardes, apénas terminaba los pocos quehaceres que tenia. Me colocaba al pié de las paredes de la casa de don Gumesindo, i desde ahí estaba en continuo acecho, i siempre sacando con mi anzuelo los camarones de la vega. Desde aquel sitio, que estaba para mí lleno de encantos, presenciaba la caida del sol en los abismos del mar; sus reflejos iluminaban las aguas de tal modo que parecia que iba a hundirse en una inmensa hoguera, cuyas llamas herian la vista, miéntras que el cielo estaba cubierto i matizado de nubes negras i rojas que a veces me arrobaban el alma i me hacian olvidar a la pobre Lucía. De este modo pasaba la tarde i venia la noche a encontrarme en la misma situacion, porque así permanecia horas enteras calculando i buscando modo de conseguir salir de aquella penosa situacion a que me habia reducido mi suerte.

Lo único que me sacaba a veces de mis delirios era una voz vaga i suave que entonaba algunos versos al otro lado de la pared i que yo alcanzaba a percibir, porque ésta tenia en lo mas alto unas aberturas largas i angostas cruzadas de dos barras de hierro mui fornidas. Para mí no habia duda de que aquella era la voz de Lucía, i esta persuasion me daba el consuelo mas grande que en aquellas circunstancias podia esperar.

Mucho tiempo hacia que no recibia mi alma este descanso, cuando una tarde oí patentemente que cantaban estos versos:

Aunque me olvidas, te adoro,

i aunque no me das consuelo,

yo lo tengo porque lloro.

I despues de algunos mas, que no alcancé a percibir sino mui vagamente, oí con mucha claridad estos otros:

No creas que porque sufro,

soi cobarde:

No hai mal que por bien no venga

aunque tarde.

Yo lloraba amargamente al oir estas quejas i me imajinaba ver a Lucía con sus grandes ojos negros cubiertos de lágrimas, sentia que estrechaba mi mano entre las suyas, i mi ilusion llegaba hasta el estremo de persuadirme de que hablaba con ella i de que ¡la poseia para siempre...!

III.

El fruto principal de mis tareas en un año, habia sido la amistad que me procuré con el negro Luciano, que era el único esclavo de quien don Gumesindo se confiaba. Principié a agasajarle i a captarme su cariño, pero era tanto el poder que sobre su corazon tenia el amo, que aun se recelaba para responderme a las preguntas mas insignificantes que yo le hacia acerca del réjimen de la familia. Al fin de muchos trabajos, logré de él tener algunas nuevas de Lucía, las que no hicieron mas que avivar mi pasion; pero como yo temia todavía del negro, no me atrevia a tentar su fidelidad. Un dia le encontré en la calle i me dijo que buscaba a un carpintero para que acomodase una gran parte que se habia caido del altar del oratorio de su señor, porque el maestro que trabajaba en su casa estaba aquella vez mui enfermo: aprovechando yo la oportunidad, me le ofrecí, i con pocas instancias logré que me diese aquella ganancia. En efecto, busqué algunas herramientas, i aunque no entendia el arte, me atreví a improvisarme carpintero, confiado solo en el amor; i una hora despues estaba a la puerta de don Gumesindo a cuya presencia fuí conducido por Luciano.

Estaba el español recien levantado de siesta, con el gorro calado hasta las cejas, i sentado en un canapé en cuyo brazo tenia apoyado el codo de manera que afirmaba su barba sobre la palma de la mano, abrazándose la garganta entre el índice i el pulgar: su aspecto era el del gato que acecha, por que tenia un ceño terrible. Díjole entre dientes a Luciano que me condujera al oratorio i volviese para tratar. Así lo hicimos i nos ajustamos por un precio mui bajo, quedando de principiar la obra al otro dia. Me retiré con el sentimiento de no haber visto a nadie mas que a don Gumesindo en la casa, i llegué a temer que no me seria posible ver a Lucía, que era el único objeto de mis esfuerzos.

Desde aquel momento no pensé mas que en el modo de dármele a conocer, i al efecto escribí una carta para entregársela al dia siguiente. Un amigo mio, que era un español llamado Laurencio Solis, me sorprendió aquella noche al tiempo de estar trazando en el papel la revelacion de mi amor; i como yo lloraba i escribia a un mismo tiempo, no pude ocultarle mi propósito; a mas de que necesitaba desahogar mi corazon, deseaba tener un amigo que aprobase mis sentimientos, que me ausiliase con su consejo. Desde entónces consideré a Laurencio como un hermano que el cielo me concedia para templar mis amarguras.

Llegó el dia deseado, i al rayar el sol me puse en casa de don Gumesindo, armado con los útiles necesarios para ejecutar la obra i comunicarme con mi querida. Entré temblando a la presencia de este hombre, que entónces me pareció mas terrible que nunca: me dijo sin mirarme i con voz mui entera:

—¿Vienes para el trabajo?

—Sí, señor.

—Pues bien, si no acabas a las diez, puedes pensar en no hacer nada.

—Acabaré ántes, señor.

—¡Eh! ¡qué dócil pareces, bribon! ¿de dónde eres tú?

—De Lima, señor.

—¿Mucho tiempo ha que estás en estos lugares?

—No, señor.

—Pues bien, no tienes mala pinta, anda al trabajo, me replicó hiriéndome con una mirada que acabó de intimidarme.

Al pasar por el cuarto contiguo al oratorio, que comunicaba con el de don Gumesindo, ví a Lucía sentada en el estrado i tejiendo randas en un cojinillo pequeño que apoyaba sobre su rodillas: al verla se me cayeron de la mano las herramientas, ella levantó sus hermosos ojos, los fijó en mí, el cojinillo rodó por la alfombra i la pobre niña quedó con sus lábios entreabiertos i yerta como si hubiese caido un rayo a sus piés. Un grito terrible de don Gumesindo, que me decia:—¡Hola, ya principias con torpezas! me sacó de mi atolondramiento; tomé las herramientas i seguí mi camino.

Dí principio al trabajo sin saber lo que hacia, porque aun podia divisar desde allí a mi ánjel que no se atrevia a levantar los ojos, sin embargo de que don Gumesindo estaba en una posicion desde donde no la veia. Despues de un largo rato me puse a aserrar una tabla enfrente de ella i entoné un yaraví peruano con los versos

Aunque me olvidas, te adoro,

i aunque no me das consuelo,

yo lo tengo, porque lloro.

El ruido de la sierra no dejaba percibir a don Gumesindo la letra de mi canto, pero Lucía la entendió al momento, porque la ví mirarme con sus ojos llenos de lágrimas i suspirar con ternura. En aquel momento delicioso fuí mas feliz que lo he sido en toda mi vida; olvidé mis pesares, i en lugar de llorar me reia como un niño. Luego trajeron a don Gumesindo una gran taza de chocolate, él se desvió un poco de la puerta del oratorio para tomársela al sol, i aprovechando yo aquel momento, saque mi carta i se la tiré a Lucía; ella la recojió i sonriéndose la besó. Volví a aserrar otra tabla i Lucía acercándose a la puerta me dijo en una voz suave i dulce:—«Alvaro, yo no sé leer!».....

Perdí todas mis esperanzas al oir aquella fatal noticia i llegué a desesperar de mi suerte, pero por fortuna llegó entónces Luciano a avisar a su amo que le buscaba el guardian de San Francisco; i don Gumesindo se dirijió a recibirle diciendo a su esclavo: «atiende a ese hombre.»—El español era tan celoso que nunca dejaba entrar a alma nacida a las piezas que comunicaban al segundo patio donde yo estaba trabajando, i por eso acostumbraba recibir a los que le visitaban, que eran dos o tres personas, en un cuarto que estaba cerca de la calle. A él se encaminó don Gumesindo para recibir al guardian.

Luciano, abusando de su confianza conmigo, se introdujo al oratorio a darme conversacion; yo estaba desesperado i no hallaba medio alguno para retirarle, hasta que se me ocurrió decirle que necesitaba fuego para seguir el trabajo; i miéntras se apartó para cumplir mi deseo, Lucía se aproximó a la puerta temblando, pálida como si acabara de cometer un gran crímen, i nos cruzamos estas palabras en voz baja:

—Lucía, ¿me amas todavía?

—¡Jamas te olvidé!

—¿Con que no sabes leer? ¿Cómo podremos comunicarnos? tengo muchas cosas que decirte.....

—No hallo cómo.

—Dime, estas ventanillas que hai en lo alto de la pared del costado de la casa, ¿a dónde caen?

—A la despensa i al cuarto de una esclava negra, que es la única mujer que hai aquí, i la cual me espía i me maltrata mucho.

—¿Pero no podrias subir por la despensa?

—Sí, porque hai algunos trastos grandes que pueden servir para ello, pero tú no podrás alcanzar por la calle.

—Pierde cuidado, nos veremos esta noche.

—No puedo; mañana sí, a media noche.

—¿Me prometes no faltar, Lucía? ¡Dame tu mano.....!

Me dió un sí espresivo, i entónces no ví mas, no sentí mas que su linda mano: maquinalmente la estreché a mis lábios, perdí el sentido; la fiebre me abrasaba el corazon i todos mis miembros perdieron su vigor. En ese instante entró Luciano; Lucía estaba ya en su asiento, i yo permanecia aun lánguido i sin accion para moverme ni hablar una sola palabra.

Desde luego no traté mas que de concluir la obra para retirarme de aquel sitio en donde un momento ántes habria deseado permanecer para siempre: no sé por qué se apoderó de mí una zozobra, una inquietud inesplicable: me parecia que habia sido sorprendido, que me iban a matar i a privarme de asistir a la cita que acababa de darme mi Lucía. En poco tiempo mas, estuve desocupado. Don Gumesindo llegó al oratorio, miró el altar i pasándome el precio de mi trabajo, me dijo: anda con Dios, te has portado..... Al salir, nos correspondimos con Lucía una mirada que significaba mas que cuanto habíamos hablado.

De ahí me fuí lijero a buscar a Laurencio, le describí cuanto habia ocurrido, i obtuve su promesa de ayudarme a trepar hasta la ventanilla por donde habíamos de vernos con mi Lucía.

Para omitir detalles, no quiero demorarme en la descripcion de las infinitas citas que tuve con aquel ánjel en lo sucesivo: yo permanecia horas enteras apegado a la ventanilla por donde nos veíamos, pendiente con una mano de la reja i afianzando los piés en una cuerda que me servia para izarme; pero miéntras estaba con aquella mujer divina no sentia incomodidad alguna, no veia otra cosa que a ella, no oia mas que sus palabras, ni respiraba mas que su aliento. Recíprocamente nos contábamos nuestras desgracias, nos comunicábamos los proyectos que formábamos para salir de tan penoso estado, hablábamos de nuestro amor i nos lisonjeábamos con un porvenir de placer i de ventura: estos coloquios avivaban nuestro fuego, nos consolaban i nos hacian dulces nuestras angustias.

La situacion en que ella se encontraba era desesperante: desde la muerte de su madre, jamas habia pisado el dintel de la puerta de calle de la casa de su tutor. Este jamas le dirijia una palabra, la forzaba a estar todo el dia sola en un cuarto que le servia de prision, sin ver mas que a unos cuantos esclavos que nunca desplegaban los lábios en su presencia; por la noche se ocupaba en rezar con una vieja, que era su espía i la cual ejecutaba fielmente todas las órdenes de tiranía que le daba don Gumesindo. Se veia, en fin, precisada hasta de reservarse de su confesor, que era el capellan de la casa, porque sospechaba que procedia de acuerdo con su tutor.

Yo era el hombre mas feliz, porque en medio de la miseria a que me veia reducido, me sentia adorado por la única mujer que habia ocupado siempre mi corazon; pero la pobreza me condenaba a no ver realizadas jamas mis ilusiones. Ella era rica i tampoco podia disponer de sus riquezas: solo podia llorar conmigo nuestra desventura.

A veces me asaltaba la desconfianza por su amor, porque no hallaba motivo para que una mujer tan bella i de tantas prendas estimables se fijara en un miserable como yo, que para vivir se veia precisado a trabajar de artesano; en un hombre sin porvenir i condenado por su destino a una perpetua desgracia; pero ella me consolaba con sus caricias i me juraba amarme siempre a pesar de todo. A los ocho meses de mantener esta comunicacion, resolvimos fugar de aquel lugar aborrecido i establecernos en otra parte, en donde pudiéramos gozar libremente de nuestra union, i reclamar con el tiempo sus propiedades. Combinamos el plan de nuestra fuga, i a mí me pareció bien consultárselo a Laurencio, el cual se interesó tan vivamente en el buen éxito de la empresa, que prometió acompañarme a donde fuera con mi querida.

Este hombre que me inspiraba tanta confianza i con quien tanto simpatizábamos, corria entónces la misma suerte que yo; era pobre i desvalido. Habia llegado a la Serena casi a un tiempo conmigo, pero se ignoraba de dónde i con qué fin: él decia que habia sido comerciante en su pais i que viniendo al Perú con sus negocios, un naufrajio le redujo a la indijencia. Despues veremos la verdad de este relato.

El dia de la Cruz de Mayo de 1813, debia efectuarse nuestra partida a las dos de la mañana, i Lucía habia de salir vestida de hombre por una alta pared que cerraba por un costado la casa de don Gumesindo. Todo estaba dispuesto, i contábamos entre los preparativos cuatro hermosos caballos, que nos habian costado muchos meses de trabajo a mí i a Laurencio. Amaneció el dia deseado i nosotros estábamos alegres porque no habia obstáculo que no estuviese ya vencido, i teníamos la seguridad de no haber sido descubiertos.

Yo ansiaba por que llegase el momento i me reputaba mui dichoso; pero pasando por la plaza con el objeto de hacer todavía alguna dilijencia, tres soldados me detuvieron i me llevaron a la presencia del juez, que despues de haber sabido mi nombre i mirádome mucho, me remitió a la cárcel con la órden de que me colocaran incomunicado i con una barra de grillos. Al instante temblé i obedecí sin replicar, porque no hubo duda para mí de que habia sido descubierto nuestro plan. La desesperacion se apoderó de mi alma de tal modo, que si el carcelero no me hubiera quitado un puñal que llevaba conmigo, me habria dado la muerte en aquel instante mismo. Pero luego quedé en calma i en una especie de embrutecimiento que no me dejaba pensar, ni siquiera sentir.

Así permanecí dos dias, durante los cuales no ví mas que al carcelero que se acercó a mí dos veces para darme de comer: al tercer dia fuí llevado ante el juez i sufrí un largo interrogatorio sobre si conocia a don Gumesindo, si tenia mui estrecha amistad con el esclavo Luciano i sobre un plan que se decia que yo habia formado con éste para asesinar a su amo. Todo esto contribuia a aumentar mi confusion, i llegué a sospechar que el juez se valia de tales rodeos para desentrañar mejor el rapto de Lucía; pero al salir, ví que entraba tambien a la sala del juez el pobre negro Luciano con grillos i lleno de sangre: despues supe que su señor le habia castigado ferozmente ántes de entregarle a la justicia.

Tres veces mas me llevaron ante el juez en ocho dias que estuve incomunicado, i por los interrogatorios i cargos que me hacian, vine en cuenta de que yo estaba acusado de asesino i de complicidad con Luciano; i supe, con gran sorpresa, que por la noche del dia en que me apresaron habia fugado Lucía de la casa de su tutor. La ajitacion que me causó este accidente, oido de boca del mismo juez, fué tomada por éste como un efecto de mi inocencia en el rapto, i al instante decretó que se me pusiera sin prisiones en el calabozo de los demas presos. Allí encontré a Luciano i a una multitud de facinerosos, cuyo aspecto me dió pavor i me hizo pensar de nuevo en todo el peso de mis desgracias: uno de los presos se acercó a consolarme, otros se reian en mi presencia de mis angustias, i trataban de ridiculizarme con espresiones groseras, segun decian ellos, para darme valor.

Yo no lo tenia, es verdad, ni siquiera para darme a respetar de aquellos malvados. El mas viejo de todos conversaba con Luciano, refiriéndole la vida de don Gumesindo, el cual, segun él decia, habia venido de marinero en un buque español para cumplir la pena a que en su pais fué condenado por varios delitos que cometió. Luciano lo oia con mucha complacencia, i le replicaba que él no tenia mas crímen que el haberle servido con fidelidad desde su niñez. Al fin se acercó a mí el negro, i conversamos acerca de nuestra prision: me dijo que en la tarde del dia anterior al en que me prendieron, su amo habia recibido una carta de un amigo, i luego que la leyó, le habia llamado a su presencia para hacerle algunas preguntas sobre mí, despues de las cuales le maltrató cruelmente hasta dejarle medio muerto i cubierta de heridas la cabeza, por cuyo motivo pasó esa noche i el siguiente dia, que era mártes, postrado en su cama. El miércoles, siendo ya mui tarde, se advirtió que Lucía faltaba de la casa, se la buscó prolijamente; i siendo inútiles todas las pesquisas, su amo enfurecido le habia hecho remitir a la cárcel, en donde se encontraba todavía sin saber a punto fijo de qué delito se le acusaba.

Compasion, i mucha, me inspiró la sencillez del pobre negro, i al hacerle saber la imputacion que se le hacia, le ví llorar, pero sin que su semblante sufriese la menor alteracion: no sé si lloraba de despecho o de pena, lo cierto es que el esclavo tambien era sensible.

Mi amor, la desesperacion que tuve al verme preso, la melancolía en que caí despues, todo se me habia convertido en una aversion, un odio reconcentrado contra todos los hombres; ya no sentia mas que un deseo frenético de vengarme, aun a costa de lo que podia serme mas caro en este mundo i en el otro; sentia a veces un placer inesplicable cuando oia referir escenas de horror, salteos i asesinatos a los que me acompañaban en la prision, i me entretenia en hacerlos hablar sobre sus crímenes, porque este era el único consuelo que tenia.

Despues de vivir un mes en aquella situacion ignominiosa, un dia nos hicieron marchar a varios de los presos para Santiago, permitiéndonos, algunas horas ántes de nuestra partida, hablar con nuestros amigos o parientes. Yo no tuve otra persona que me viese en aquellas circunstancias que la vieja María, la cual me refirió que Laurencio habia andado mui inquieto el dia de mi prision, i que desde entónces no habia vuelto a verle mas, porque se habia huido, llevándose mis caballos i varios otros objetos que me pertenecian. Esta revelacion i la circunstancia de no haberse acercado Laurencio una sola vez a la cárcel desde que entré en ella, me hicieron venir en cuenta de que este infame me habia traicionado huyendo con mi Lucía. Pero no hallaba cómo conciliar una alevosía semejante con el amor i la amistad que me ligaban con ellos: aborrecia, sin embargo, a los hombres, i mi odio me lo pintaba todo como posible. Partí para Santiago sin saber mi destino, pero jurando a cada momento no descansar hasta verter la última gota de sangre de Lucía i de Laurencio i recrearme en su agonía: este era el único deseo, la única esperanza que me daba fuerzas para soportar las fatigas del viaje i los sinsabores de mi triste condicion.

IV.

Despues de un viaje penosísimo, entramos a esta ciudad una noche a fines de junio: era una noche de invierno, hermosa i serena; la luna alumbraba en todo su esplendor, las calles estaban solas i en silencio. Al pasar por el puente, ví por primera vez este rio cubierto en toda su estension de una neblina delgada que me lo hizo aparecer como el mas caudaloso que en mi vida habia visto. Desde aquel paraje divisaba gran parte de los edificios de este pueblo i veia que sobre ellos se alzaban como fantasmas blancas las torres de los templos: al instante me asaltó el recuerdo de Lima i por consiguiente el de mi vida pasada. Maldije de nuevo a los hombres i me resigné a sufrir hasta alcanzar la venganza que tanto ansiaba. Tales fueron los pensamientos que me ocuparon miéntras llegamos a un cuartel en donde nos dieron posada en la cuadra de los reclutas.

Al siguiente dia nos filiaron i nos vistieron como soldados, i esto me causó a mí mas gusto que a todos mis compañeros de infortunio. Con aquella ceremonia principiaba para mí una nueva vida, un porvenir mas halagüeño que el que habia tenido presente miéntras fuí tratado como criminal. Durante los pocos dias que permanecimos en Santiago, practiqué las mas esquisitas dilijencias para descubrir el paradero de Lucía o de Laurencio, pero no pude obtener la menor noticia. Pensé entónces en abandonar furtivamente las filas, con el fin de buscarlos con toda libertad, i solo desistí de este propósito cuando consideré que mas me importaba lidiar contra los enemigos de mi patria i saciar en ellos mi sed de sangre, que perseguir a una mujer que me habia traicionado tan cruelmente. No podia, sin embargo, apartar su imájen de mi corazon; la adoraba con mas vehemencia a cada instante, porque ya me habia acostumbrado a sus caricias, porque ya habia sentido tiernamente correspondido un amor de toda mi vida...

En una de aquellas mañanas hermosas que suele haber en invierno, salió para el Sur la division militar a que yo pertenecia. La calle de nuestro tránsito estaba llena de jentes; por todos lados nos victoreaban, nos dirijian tiernos adioses i de algunos balcones nos arrojaban flores, como para presajiarnos nuestros triunfos; las músicas de la division mezclaban sus sonidos al bullicio popular i entusiasmaban el corazon. Yo marchaba con la mochila a la espalda i el fusil al hombro, pensando ver a cada paso a mi adorada Lucía entre las mujeres que lloraban o reian viendo marchar a la guerra a sus camaradas; pero todo era solo una ilusion. Yo no tenia quien me llorara ni quien me dirijiese siquiera una mirada: era talvez de todos mis compañeros el único hombre desvalido, el único desgraciado, que en aquellos momentos no podia entregarse al entusiasmo que ardia en el pecho de todos.

Al pasar por cada uno de los pueblos del tránsito, se repetia la misma escena, i aprovechándome de los pocos momentos que en ellos permanecíamos, me ocupaba siempre en buscar a Lucía, pero sin obtener jamas el menor dato.

Llegamos por fin a Talca, i entramos por las calles en medio de un pueblo numeroso que nos recibia con aclamaciones de entusiasmo, i allí nos incorporamos al ejército del jeneral Carrera. En pocos dias mas estábamos ya acampados en las cercanías de Chillan i sitiando esta ciudad.

Quiero pasar rápidamente sobre mi vida militar, porque ella pasó tambien sobre mí con la rapidez de un relámpago: de batalla en batalla, marchábamos entónces en una perpetua ajitacion i rodeados de todo jénero de privaciones. Mil veces he oido que el soldado es un vil instrumento que no piensa ni tiene voluntad, pero en aquellos tiempos no era así: todos conocíamos i amábamos la causa por que peleábamos, todos aborrecíamos de muerte a la España i a su reyes, porque se nos habia hecho entender que nos hacian la guerra por esclavizarnos. De otro modo no habriamos arrastrado la muerte, sin mas interes ni esperanza que tener patria i libertad; habriamos pedido pan i dinero, en vez de sufrir el hambre i el frio i de mirar con avidez i con envidia al que tenia algo para llenar sus necesidades. ¡Ah! pasaron para mí aquellos dias de miseria gloriosa, i hoi no me quedan mas que las amarguras de un mendigo. Todos me desprecian i no habrá un hombre siquiera que sospeche que yo derramé mi sangre por la independencia: yo tambien los desprecio a todos, porque lo único que me ha dejado la esperiencia en el corazon es un odio verdadero al mundo. Las interminables desgracias a que me he visto condenado durante treinta años me han dado suficiente fuerza para arrastrarlo todo: estoi resignado con mi suerte i ni los peligros ni la injusticia de los hombres me harán bajar la frente. Pero volvamos a mi vida.

Cuando se habia vuelto a romper la guerra entre nosotros i las tropas del rei, despues de los tratados con Gainza, i se habia celebrado la paz entre los jenerales O'Higgins i Carrera, llegó la division a que yo pertenecia, al pueblo de Rancagua, en donde procuró hacerse fuerte para resistir al enemigo, que marchaba confiadamente con nuevo jeneral i tropas de refresco a tomar posesion de la capital. Aquí vuelven a ligarse mis relaciones con la mujer que por tanto tiempo habia sido objeto único de mi amor i de mi venganza.

Amaneció el dia primero de octubre i nosotros estábamos alegres i con la confianza en el corazon, esperando que las tropas de rei se acercaran a las fortificaciones que se habian formado dentro de las calles de aquella ciudad. Apénas formábamos poco mas de mil hombres i no dudábamos de que venceríamos a los cinco mil que nos mandaba el tirano, porque éramos valientes i peleábamos por la independencia. Todos permanecíamos en nuestros puestos, los jefes recorrian las trincheras exhortándonos i recordándonos la causa que defendíamos; pero lo que mas nos entusiasmaba era el estruendo del ataque que a pocos pasos de allí se habia empeñado entre nuestras guerrillas i el enemigo que se acercaba. La mecha del cañon ardia sobre las trincheras, los soldados en silencio i sobre las armas nos mirábamos como para inspirarnos confianza i valor; las calles estaban solas, i de cuando en cuando se veia atravesar de una casa a otra, algun hombre o mujer que llevaban el pavor pintado en su semblante.

Al fin de algun tiempo de estar en esta situacion violenta, se rompió el fuego en medio de mil aclamaciones que se ahogaban con el estampido del cañon. En la tarde de aquel dia de gloria i de sangre era ya jeneral la batalla: se peleaba en las trincheras, en las calles, sobre los techos de las casas i hasta desde los árboles de los huertos, en cuyos ramajes estaban los guerreros apiñados, se hacia un fuego, vivo i se combatia con arrojo: por todos puntos ardian las casas de la poblacion, i sus llamas producian un calor abrasador; una nube densa del humo del incendio i del combate pesaba sobre nosotros i nos desesperaba de sofocacion; no teníamos en todo el paraje que ocupábamos una gota de agua para apagar la sed. Al estruendo de las armas se unian los repiques de los campanarios que anunciaban victoria, los ayes de los moribundos i el clamoreo de los soldados i oficiales que se animaban a la pelea.

De repente el cielo nos manda una ráfaga de viento que despeja la atmósfera, nos hace ver la luz del sol i nos deja respirar en libertad. Un grito ronco de ¡viva el jeneral! se hace oir en la primera cuadra que corre desde la plaza por la calle de San Francisco hasta las trincheras en que yo me hallaba; el grito se redobla con entusiasmo i el jeneral O'Higgins se acerca a nosotros montado en un caballo brioso, i con su espada en mano: su semblante estaba tranquilo, pero severo, sus, ojos arrojaban fuego. «Héroes de Rancagua, nos dijo, reconoced por jefe de estas trincheras al capitan Millan, porque es uno de los pocos oficiales valientes que os quedan: los demas han muerto por la patria: imitad su ejemplo...... un momento mas de constancia i de valor nos dará la victoria sobre los esclavos de Fernando».... Nosotros le oimos i dando vivas a la patria i al jeneral, volvimos a la pelea con mas ánimos: el jeneral permaneció con nosotros algunos momentos mas exhortándonos i dirijiéndonos; luego marchó a la plaza entre mil aclamaciones. Los soldados caian a su lado i él despreciaba las balas que cruzaban en todas direcciones.

Al dia siguiente peleábamos todavía con furor, pero los españoles habian ganado mucho terreno, i a veces llegaban hasta las mismas trincheras a buscar una muerte segura a trueque de tomárselas. En una de las salidas que hicimos por la calle de San Francisco a desalojar algunas partidas enemigas que se habian apoderado de las casas vecinas para atacarnos con mas seguridad, tuvimos un encuentro horrible, que fué uno de los mas heróicos de aquel dia.

Eramos poco mas o ménos veinticinco hombres los que salimos de la trinchera a batir una partida de enemigos que, derribando murallas, se habia apoderado de una casa próxima: a la primera descarga nuestra, se replegaron al patio i nos cargaron a la bayoneta; yo descargué mi fusil sobre el oficial que los mandaba, i al verle caer a mis piés, conocí que era Laurencio, el traidor. Me fuí sobre él gritándole: «dónde está Lucía, dímelo ántes de morir,» pero su respuesta fué una mirada aterradora i un suspiro ronco i profundo que exhaló con la vida...... Todos los demas perecieron tambien a nuestras manos i volvimos a nuestro puesto para defender la trinchera. La venganza que Dios me habia preparado para aquel momento terrible acababa de desahogar mi corazon: sentí entónces la necesidad de vivir, i cada vez que me acercaba al parapeto para descargar sobre el enemigo, deseaba que no me tocara alguna de sus balas hasta despues de ver a Lucía, a esa mujer que hasta en medio de las zozobras de una batalla ocupaba mi corazon i me atraia con un poder májico.

En la tarde de aquel dia funesto, el jeneral O'Higgins abandonó la plaza i los españoles entraron en ella haciendo la mas espantosa carnicería; yo me refujié en un templo que estaba próximo a mi puesto, pero a los pocos momentos me sacaron de allí con otros varios prisioneros i nos condujeron a la presencia del jeneral Osorio, i despues a una quinta inmediata donde estaban los equipajes del ejército español. En el patio de esta casa habia varias mujeres que se ocupaban en vendar una herida que tenia en el brazo derecho un oficial realista. Cuando oí que llamaban a este hombre el coronel Lizones, me fijé en él, porque ese era el mismo apellido de aquel a quien dió muerte mi amigo Alonso en Lima, i ¡cuál seria mi sorpresa al ver que su fisonomía era idéntica a la de la víctima de nuestros estravíos!

Luego perdí de vista al coronel, porque nos encerraron en una bodega, donde nos dejaron entregados a las angustias que necesariamente habia de producir en nuestros corazones nuestra triste condicion: yo me recliné sobre el suelo húmedo de aquel calabozo, porque ya no tenia fuerzas para resistir la fatiga del cansancio i la desesperacion que se habia apoderado de mí.

Durante el dia siguiente degollaron en el mismo umbral de la puerta de nuestra prision a varios prisioneros de los que estaban conmigo: yo esperaba i aun deseaba la misma suerte. Llegó la segunda noche i el sueño que en todo ese tiempo me habia abandonado, vino entónces a restablecer mis fuerzas. Hacia mucho tiempo que dormia tranquilamente, cuando oí pronunciar mi nombre a una persona que me habia tomado la mano. Desperté, pero creí que era una ilusion: la luna entraba por la puerta que estaba abierta i a su luz ví que todo parecia en calma i que el centinela dormia profundamente. El que me habia despertado me estrechaba la mano i en silencio me conducia fuera de la prision, pero yo me le resistia lijeramente porque sospechaba que aquello fuera un lazo que se me tendia. Salimos al patio i todavía me condujo a la arboleda sin decirme una palabra, i yo advertia que su mano temblaba i que su respiracion era ajitada.

Al llegar a una de las tapias, me dijo en voz baja: huyamos por aquí, no temas, el centinela que tú has visto durmiendo nos ha favorecido, porque le he comprado; él mismo me designó el lugar en que estabas.

—¿Pero quién eres tú, que tanto muestras interesarte por mí?

—¡Alvaro! ¡no me conoces! Ah; ¡te he ofendido tanto! pero no.... ¡no te ofendí jamas! ¡siempre te he amado!...

Estas palabras, pronunciadas con ardor, me hicieron reconocer a Lucía; olvidé mi resentimiento i la estreché silenciosamente entre mis brazos; pero me duraba aun la emocion de las caricias i permanecíamos trémulos cuando me asaltó el recuerdo de mi agravio.

—¿Por qué me traicionaste, mujer ingrata, esclamé, por qué me has engañado? ¡No huiré contigo jamas, nunca! ¡Deseaba hallarte, solo para vengarme de tí!

—No seas cruel, Alvaro, soi inocente. Huyamos, cuando estés libre sabrás mis desgracias i me harás justicia.

—No, ¿quién me asegura que esta no sea tambien una traicion? Te aborrezco.... Habla, vindícate, si quieres que te siga.

—Ya que te obstinas, óyeme i perdóname. En aquella noche fatal en que fugué con Laurencio de casa de mi tutor, creí que marchaba contigo hasta que la luz del dia vino a revelarme mi error; quise volver sobre mis pasos, pero Laurencio me aseguró que tú vendrias luego a reunirte con nosotros, i que si volvia a mi casa encontraria una muerte segura. De engaño en engaño, me condujo hasta Chillan, en donde se encontraba el ejército español en aquel tiempo, i se presentó al jeneral a dar cuenta de una comision que habia tenido durante su ausencia. Despues he sabido que este hombre era el espía que tenian los realistas para comunicarse con sus partidarios residentes en otros pueblos. Perdida ya la esperanza de volverte a hallar, porque Laurencio me notició que habias muerto, quise separarme de él, pero adonde podria yo ir a encontrar el amparo que necesitaba; sola i desconocida en el mundo, no me quedaba otro refujio que permanecer al lado del único hombre que tenia deber de protejerme, ¡porque él me habia sacado de mi hogar i me habia hecho rendirme a sus deseos....! Si bien no le amaba yo, a lo ménos él era mi cómplice i manifestaba amarme. Despues del sitio de Chillan, le mandaron de guarnicion a la plaza de Colcura, yo le seguí, porque en aquel destierro iba a estar léjos de la guerra, léjos de un ejército, que era testigo de mi deshonra i de mis lágrimas. Allí permanecimos hasta hace un mes que recibió Laurencio la órden de juntarse a su batallon, i bien a mi pesar he vuelto a seguir sus pasos. ¡Pero el cielo principia ya a compadecerse de mí! Laurencio murió ayer en la batalla i hoi te alcancé a ver a tí, mi pobre Alvaro, entre los prisioneros. Desde ese momento, no vacilé ni he descansado hasta prepararlo todo para nuestra fuga; ahora seremos felices, ya no te separarás mas de mí, tú eres mi único apoyo, porque te amo como siempre.........

—Lucía, es verdad que has sido inocente hasta el momento de rendirte a ese hombre perverso que murió ayer a mis manos, porque Dios me le entregó para vengarme; ¡pero ahora eres impura! Faltaste a los juramentos que me hiciste. Yo no puedo partir contigo.

—¡Alvaro, no me abandones!

—Tú me has buscado porque murió Laurencio, no porque me amas.

—¡Dios mio, por qué soi tan desgraciada! ¡Alvaro, perdóname, yo te amo!....

La esplosion de un fusil i el silbido de una bala que pasó por mi oido interrumpió sus palabras. Nos quedamos pasmados, la alarma principió en la quinta, e inmediatamente fuimos conducidos a la presencia del coronel Lizones, que era el jefe de mas graduacion que habitaba aquella casa.

El coronel se habia levantado de su cama envuelto en una capa de grana, i al oir que le decian que yo pretendia fugarme ausiliado por Lucía, esclamó furioso i señalándome a mí:—«¡Sarjento, haga usted que le tiren a ese insurjente cuatro balazos en el momento!....» Lucía se arrojó a sus piés pidiéndole mi perdon i él la escuchaba i la replicaba con una sonrisa de furor:—«ese hombre merece en tu corazon mas que yo, Lucía, i no puede quedar vivo.» Esta le aseguraba lo contrario i le protestaba amarle, porque al pretender salvarme habia sido guiada solamente por la gratitud: «ese pobre soldado, le decia, es inocente, yo le conocí en mi pueblo cuando era niña i le debí servicios, por eso queria ahora restituirle su libertad.»

Ya estaba yo arrodillado esperando que los soldados prepararan las armas que me habian de dar la muerte, cuando oí estas terribles palabras: Lucía, si consientes en ser mañana mismo mi esposa, se salvará el insurjente.—Sí, coronel, a ese precio consiento en ser su esposa de usted. Ya no resistiré mas.—Soldados, gritó Lizones, llevad a ese hombre a su prision.—Nó, repliqué, deseo morir, porque no debo consentir en el sacrificio de esa mujer que me pertenece... Pero ya el coronel no me oia i los soldados me llevaron al calabozo por la fuerza. Yo gritaba frenético i procuraba desprenderme de sus manos, pero ellos me maltrataban i al fin me encerraron violentamente sin tenerme piedad......

V.

Desde aquella escena terrible, estuve privado de mi juicio hasta muchos meses despues. Yo, que habia tenido valor para despreciar la muerte tantas veces en presencia del enemigo, no lo tuve para soportar la desgracia de verme despojar de mi Lucía en el momento mismo de haberla recobrado a fuerza de fatigas i padecimientos. Mi locura me valió la libertad: yo vagaba por las calles cubierto de andrajos, riéndome a veces i otras llorando, pero siempre sin hablar una palabra. ¡Cuando tenia algun intervalo lúcido, consideraba todo el peso de mi desventura i me lastimaba el verme despreciado i aun vejado por todos!

Lucía habia partido al Perú con su esposo i yo habia perdido para siempre la esperanza de volver a verla siquiera. Pero la fuerza de mi infortunio calmaba poco a poco mis furores i me restituia lentamente a la razon.

Al cabo de dos años, logré enrolarme de marinero en un buque español que partia para el Callao; i despues de una navegacion penosa, llegué a Lima, en donde debia volver a ver a la mujer que tanto habia influido en mis desventuras.

Todavía vivia aquel amigo mio a quien debí el salvarme de la pena que sufrió Alonso ocho años ántes: a él me acojí de nuevo i volví a deberle mil favores. La historia de mis desgracias le interesó en gran manera, i si yo hubiese seguido los saludables consejos con que pretendió volverme a mi estado primitivo i consolarme, no me hallaria ahora soportando la vejez entre las miserias de la indijencia.

El coronel Lizones, el cual supe entónces que no era el mismo rival de Alonso, sino su jemelo, se hallaba en aquella ciudad con Lucía i gozaba de todas las consideraciones a que se habia hecho acreedor por sus victorias en Chile i por su capacidad. Me arredraba la idea de amargar los dias de este hombre, despues de haber contribuido al asesinato de su hermano; i a pesar de mis crueles padecimientos, sin fijarme en que me habia visto reducido a servir a los hombres como esclavo i a sufrir todas las fatigas de un marinero, tan solo por volver a estrechar en mis brazos a una mujer, traté de refrenar mi pasion por ella i me resolví a permanecer con otro nombre por algun tiempo mas en Lima, con solo el objeto de verla una sola vez para consolarme. ¡Qué mas podia hacer yo, que durante toda mi vida habia sido desgraciado! ¡yo, que siempre habia sido contrariado por una fatalidad ciega en mis deseos mas santos i puros, en mis esperanzas mas fundadas!....

Pero mi destino quiso hacerme tocar otra vez la felicidad para arrebatármela luego. Varias veces habia ya recibido el consuelo que deseaba, habia divisado a Lucía en sus balcones, i no me habia contentado con esto, como lo esperaba; sentia tambien necesidad de que ella me viese una vez sola i supiese que yo padecia todavía por amarla.

Un mártes santo por la mañana, pasaba por la calle en que habitaba Lucía, una procesion suntuosa. La jente llenaba toda la carrera i la procesion marchaba con trabajo, abriéndose paso por entre la muchedumbre que se agolpaba silenciosa, a ver las imájenes que se llevaban en las andas. Yo me habia colocado al frente del balcon en que se hallaba Lucía, i en un momento en que se despejó el paraje que ocupaba, la ví fijar sus hermosos ojos en mí: se enrojeció su semblante i permaneció largo tiempo mirándome, como si dudara de lo que veia.

Cuando la procesion pasó, permanecimos todavía en la misma actitud; i entónces ella, como reanimándose, me hizo una seña para que pasara a su habitacion. Marché trémulo a obedecerla, sin pensar en nada i como arrastrado por una fuerza superior e invisible. Llegué a su presencia, quise abrazarla, i al verla muda i séria me contuve; ella me tendió la mano, la estreché a mis lábios i permanecimos algunos momentos en silencio i llorando..... Nuestras lágrimas esplicaron en aquel momento el estado de nuestros corazones.

Al fin nos hablamos, pero no ya con la efusion de ternura que en otros tiempos; el matrimonio habia elevado entre ámbos un muro de hierro. Ella me manifestó que la unia a su esposo un sentimiento no ménos puro que el amor: la gratitud, i que estaba resuelta a respetarle, a serle fiel, como él le era amante. Pero no me atreví a reconvenirla, a recordarle su amor, sus juramentos; le hablé de mis desgracias, de mi fidelidad; i ella, sin conmoverse, sin suspirar siquiera, respondió:—«Alvaro, por amarte, abandoné mis bienes i violé el asilo doméstico; por amarte, sufrí todos los horrores de la guerra, sufrí la pérdida de mi honor i fuí desgraciada; por amarte, en fin, arrastré la muerte, i por salvar tu vida dí mi mano a un hombre que aborrecia; pero era un hombre honrado i virtuoso; déjame serle fiel, déjame cumplir mis deberes. Te he llamado, no para avivar esa pasion funesta que nos ha perdido, sino para servirte, para protejerte en este pueblo estraño en donde talvez no tienes quien te ampare.»

Delirante i ciego de enojo entónces, la ultrajé sin piedad, lloré i aun me arrojé a sus plantas pidiéndole una vez sola su mano para estamparle un beso i separarme de allí para siempre; pero ella me rechazó con indignacion; la ingrata se habia olvidado del pobre soldado, porque su amor habia sido solo una de aquellas ilusiones caprichosas de la juventud de una mujer. Ahora se hallaba rica i elevada a un alto rango i ¡quién era yo para considerarme con derecho a su amor, para pedirle otra cosa que compasion! Pero su compasion me irritó i concebí en el momento la idea de terminar allí mismo una existencia aborrecida: tiré un puñal que llevaba sobre mi corazon, i ella dió voces, creyendo que yo atentaba contra su vida; ¡acudieron en su ausilio, i uno de sus esclavos me hirió i me hizo rodar exánime a los piés de aquella maldita mujer!.... ¡Esta mano mutilada es el recuerdo que me queda de aquel momento de ignominia i de desesperacion!....

Cuando el coronel volvió a su casa, habia sido yo conducido a la cárcel, pero sin sentidos; a pocas horas volví a la vida, ¡mas no a la razon!.... ¡Dejadme, señor, correr un velo sobre lo demas, porque no podria contaros mi vida de entónces, sin volver a la locura! ¡Ah! pero mi locura era el delirio del amor exaltado por la rabia que dejan en el corazon los contrastes. Todos me despreciaban, todos me oprimian: doce años me mantuvieron en San Andres, encerrado en una jaula de hierro, porque no me consideraban sino como un loco; mi locura no inspiraba caridad a nadie, todo el mundo reia de verme delirando por la traicion de una mujer.

I en verdad que tenian razon, porque es mui débil el hombre que delira por lo que sucede a cada paso en esta sociedad de miserias ¿No es verdad, señor, que es mui loco el hombre que delira por el desprecio de una mujer? El tiempo al fin curó mi mal i cuando recobré mi juicio i mi libertad, hallé mis cabellos encanecidos, me ví solo en el mundo, ¡sin patria, sin amigos, sin familia! ¡Es cierto, tenian razon los hombres para reir de un loco que lo perdió todo por una mujer! ¡Yo tambien me hubiera reido! ¿No es verdad que vos no me teneis lástima, señor?....

Hace tres años que llegué aquí, despues de haber hecho por tierra el mismo camino que en otro tiempo para llegar a mi pueblo, i aun cuando siempre me acompañan la miseria i la desgracia, al fin estoi en mi patria: esto me consuela. La viuda de un antiguo camarada me ha acojido: con ella lloro a veces i parto el pan que me dan de limosna: ¡ya veis, señor, que mendigo porque no puedo trabajar, porque soi viejo i mis locuras me hicieron perder el mejor tiempo i tambien una mano! ¡Qué haré ahora sino mendigar i llorar!....»


Los sollozos ahogaron la voz del pobre viejo: ¡yo tambien le acompañé en su llanto! Cuando le ví ya desahogado de la opresion de su corazon, le pregunté por Lucía; i él, con una carcajada satánica i unos ojos de relámpago, me respondió: «se fué a España, señor, con su marido: allá será feliz, ¡miéntras yo soi un mendigo!....» I tomando su palo, marchó a paso acelerado. La luna estaba en la mitad del cielo i toda la naturaleza dormia en calma.....

Algunas veces despues le volví a ver, pero ya hace tiempo que no sé del pobre anciano: habrá muerto quizá, i Lucía habrá llegado sin duda a ser, por su marido, una de las damas de la nobleza de España.

EL ALFEREZ
ALONSO DIAZ DE GUZMAN.

I.

—Concluyamos, doña Ines; en este momento estoi resuelto a no continuar nuestras relaciones: vos podeis ser mas feliz con don Juan de Silva. Os dejaré para siempre, pediré al gobernador que vuelva a agregarme a los tercios del Maestre de Campo Alvaro Nuñez de Pineda i me alejaré de Concepcion: no volveré a veros.

—No os comprendo, Alonso; ayer no mas me jurabais eterno amor i me pedíais esta entrevista para arreglar nuestras bodas. ¿Quereis burlaros de mí?

—Desconfio de vuestro padre: es imposible que consienta en nuestra union. ¿Un caballero del hábito de Santiago querrá unir su hija a un soldado que no tiene mas que su espada?

—¿Vos lo dudais? ¿Acaso con vuestra espada no os habeis conquistado un nombre? ¿Con ella no triunfásteis en los llanos de Puren, i arrancásteis del poder de los infieles nuestra bandera? ¿Quién no se honra hoi dia con vuestra amistad?

—No me atrevo a proponer este asunto a vuestro padre, Ines.

—Se lo propondrá el capitan don Miguel de Erauso; es vuestro protector, es mi amigo i no vacilará en prestarnos este servicio.

—Don Miguel os ama, Ines, i no podrá hacernos el sacrificio de su amor.

—Si tal fuese cierto, confiémonos entónces de mi hermano don Basilio de Rojas, con quien tan estrecha amistad os liga.

—¡Ah! ¡desgraciado de mí! vuestro hermano, Ines, ¡vuestro hermano es un traidor!... ¡Decidme adónde se halla, decídmelo, por Dios!...

—¡Por qué os enfureceis, Alonso mio! Calmaos, mi hermano es fiel amigo vuestro, no os ha hecho ofensa.

—¡Mi amigo! nó: decidme, Ines, ¿don Basilio ama a Anjelina, es verdad?

—Sí, a lo ménos, lo parece.

—I Anjelina le adora, ¿no es verdad?

—Tambien es cierto, mal que os pese, Alonso: vos amais a Anjelina, vos sois el aleve. ¿Por qué me habeis engañado? Los celos os hacen delirar... ¡Dios mio!...

Ines habia caido de rodillas, sin sentido, al pronunciar sus últimas palabras; don Alonso la sostenia i temblaba de furor. Una idea le asalta; medita, i luego deja a Ines reclinada sobre las flores del jardin en que se hallaban i huye precipitadamente, salvando las tapias que lo separaban de la calle.

La luna brillaba en todo su esplendor i daba un matiz plateado a las graciosas nubecillas blancas que flotaban en el horizonte. El bullicioso estrépito de las olas del mar i el ruido de las auras de la noche formaban una armonía misteriosa, que a veces interrumpian los prolongados y melancólicos aullidos de los lobos marinos que retozaban en las peñas de la playa.

La ciudad de Penco estaba quieta i silenciosa. Solo un hombre se divisaba atravesar sus calles con paso presuroso. Era el alferez Alonso Diaz que acababa de abandonar a su querida en un momento supremo, porque estaba dominado de un vértigo espantoso. Él habia concurrido a la cita, por cumplir su palabra de español, pero su corazon de jóven estaba sojuzgado por otra pasion furiosa, i no le era dado halagar siquiera la ternura de Ines, que le amaba con delirio. Largo rato habia batallado por desengañarla; pero ella no podia comprender su lenguaje, porque ya estaba acostumbrada a su amor i fascinada con la seguridad de poseerlo.

Repentinamente se detiene Alonso en las ventanas de una casa contigua a un cuartel: habia en ella gran concurrencia. Las voces de alegría se mezclaban a los dulces preludios de la guitarra, i el tañido de las castañuelas anunciaba que un baile iba a principiar.

Alonso escucha, acecha un momento, i lleno de despecho penetra a lo interior.

—¡Bien venido seas, alferez Diaz! esclaman todos, i unos le abrazan i otros le convidan a beber.

—Decidme, Alonso, gritó una voz, ¿no os gusta mas la zambra que la guerra?

—Si no fuera el auditor quien habla así, contestárale de otro modo, replicó Alonso con enfado.

—No os olvideis, Alonso, que tan bien esgrimo la espada como la peñola; i que lo de auditor no me quita lo valiente: pero hoi se trata de divertimos; no sea que nuestro historiador don Basilio de Rojas, que está presente en el fandango, como lo está siempre en la batalla, tenga que engañar a la posteridad diciendo que nosotros solo sabíamos pelear i no galantear. Venga un vaso para Alonso i otro para mí i bebamos por la preciosa Anjelina. Su salero me peta mas que un proceso.

Anjelina, que estaba entónces al lado de don Basilio en la mesa del juego, se levantó graciosamente i tomando otro vaso, acompañó al auditor i al alferez que bebian por ella. El auditor la toma de la mano i pide que se toque un fandango.

Los concurrentes rodean a los danzantes i con movimientos i gritos los animan i celebran.

Alonso se separa i toma el asiento que habia dejado Anjelina. Sus ojos de águila enrojecidos, su aire tétrico i reconcentrado, sus lábios trémulos, su rostro pálido i descarnado, todo anunciaba el furor de que estaba poseido su corazon. Don Basilio le dirijió una mirada cariñosa i echándole sobre los hombros su brazo, continuó apostando a los dados. Alonso pareció mas sereno por un momento: pero volvió a enrojecerse de furia, cuando oyó que Anjelina llamaba la atencion de sus amigos diciéndoles:

—¡Qué os parece, caballeros, don Basilio abrazando a ese alferez, que mas tiene cara de mujer que de guerrero!

—Si son celos, Anjelina, replicó el historiador, retirando su brazo, ven acá i verás que sé abrazar de otro modo a las donosas.

Anjelina le contestó con un desden i se confundió entre la multitud de damas i militares que formaban la tertulia.

Alonso permaneció en silencio i pensativo.

Desde aquel incidente, no hubo tranquilidad para el jóven Rojas: sus miradas estaban fijas en Anjelina i jugaba sin atencion ni gusto. Poco mas permaneció en la mesa, i se levantó a buscar el lado de Anjelina, dejando su lugar al alferez, quien siguió jugando de la misma manera, sin fijarse en lo que hacia, por espiar los movimientos de los dos amantes.

Era ya tarde de la noche, el cansancio iba apagando el bullicio i venciendo al contento; pero don Basilio no dejaba de rogar i de ofrecer sus rendimientos a Anjelina, que se le mostraba cada vez mas desdeñosa.

Al fin álguien repara que una mujer tapada se asomaba solícita a las ventanas: todos se fijan, inquieren, conjeturan; cual la cree una vision, éste mira en ella al demonio disfrazado de viuda, aquel juzga que es el gobernador en persona que los observa, i muchos quieren que sea una querida de alguno de los circunstantes. Esta opinion prevalece i principian las burlas i las bromas.

Alonso se levanta i con tono solemne i maligno esclama:

—Yo os juro, camaradas, que esa mujer es la querida de don Basilio de Rojas; una pobre mujer a quien engaña ese pérfido i cuyos hijos abandona por Anjelina.

Todos quedan estupefactos, i don Basilio duda de lo que oye; pero, incorporándose, rompe el silencio:

—Alonso, no seas majadero: no jures una mentira.

—¡Juro en verdad, señores, es su querida!..

—¡¡Mientes como un cornudo, infame!!—I al decir estas palabras, las espadas de ámbos se cruzan. Las damas gritan, se alarman i huyen en tropel; algunos animan, otros quieren la paz, todos se mezclan, se confunden, suenan las armas i el estrépito de la riña crece por momentos.

Don Basilio cae con el pecho atravesado: todos cargan sobre Alonso; i el auditor don Francisco de Párraga le coje fuertemente por el cuello de la ropilla, diciéndole—¡dáte al rei asesino! El capitan don Miguel de Erauso, que se habia levantado de la carpeta, se acerca a Alonso i le dice en vascuence que procure salvar la vida. El auditor estrecha i clama favor a la justicia; Alonso le tira un golpe de daga, que le atraviesa los carrillos, sin verse por eso libre de sus fuertes puños; tírale otra estocada i el auditor cae sin vida.

Alonso usa entónces de su espada i se abre paso entre todos los que le acosan, hasta la puerta, en donde le dejan solo; huye i toma seguridad en el convento de San Francisco, que estaba inmediato, dejando la consternacion i la muerte en aquel salon en que un momento ántes reinaban el amor i la alegría.

II.

A la sazon estaba abierto el templo, i la campana llamaba a los fieles a la misa del alba. Alonso se introduce precipitado, encuentra al provincial rezando en el presbiterio, se echa a sus piés, la declara su situacion i le pide asilo. El anciano se levanta con gravedad majestuosa, e imponiéndole su manto, le dice:

—Que Dios te perdone, hijo mio, así como el patriarca te defiende de la justicia de los hombres.

I conduciéndole a su celda, se vuelve a su oracion.

Una hora despues, el convento estaba cercado por gran número de las tropas de la guarnicion; i los clarines anunciaban por las calles un bando en que don Alonso García Ramon, gobernador i capitan jeneral del reino i presidente de la Real Audiencia, prometia premio a quien entregase muerto o vivo al alferez Alonso Diaz Ramirez de Guzman; i prohibia, bajo severas penas, que se le diese embarcacion en ningun puerto, ni albergue en ninguna guarnicion, plaza ni presidio, por ser reo de muerte.

A esa hora se hallaba en su palacio el gobernador con su secretario el capitan don Miguel de Erauso, quien escribia i dictaba apresuradamente, interrumpiendo a cada momento su trabajo hondos suspiros que le ahogaban el pecho.

El gobernador se paseaba por la sala i daba repetidas órdenes con voz firme i amargo ceño.

Un oficial avisa desde la puerta que ya esperaban en la antesala todos los testigos i presos que se habian recojido. El trabajo se suspende, i don García se dirije a su secretario:

—¿A quién interrogarás primero, don Miguel?

—A quien vuesa merced me indique, señor. Para mí, que he sido testigo del hecho, no hai necesidad de interrogaciones: el alferez fué provocado i necesitó defenderse como hombre i como caballero.

—Tu amistad te engaña, don Miguel; el alferez ofendió primero al de Rojas, i éste no hizo mas que querer castigar un insulto.

—El de Rojas, señor, cortejaba a la dama de Alonso, miéntras que la suya le espiaba desde afuera. Si se ofendió de que el alferez denunciase el hecho, valiérale mas proceder como quien era, i no enredar la pendencia, que no es de caballeros el reñir entre las damas.

—Anjelina me ha jurado esta mañana que no solo no es la dama de Alonso Diaz, sino que ni siquiera ha cruzado jamas con él una palabra; i Anjelina no miente.

—Anjelina es una mujer liviana, señor.

—Repórtate, don Miguel, que tu cariño al alferez te torna deslenguado.

—Mucho hablais de mi amistad por Alonso, señor, i pienso que me honra el ser amigo con el mas valiente guerrero de nuestros tercios. ¿Quién tiene hazañas como las suyas? ¡quién mas leal, quién mas bravo en la refriega! Mozo imberbe es todavía i cuenta mas glorias que años. Aquí llegó soldado desvalido, como lo sabe vuesa merced, i si yo le tomé en mi compañía i bajo mi amparo, fué porque ademas de sus prendas, hallé que era de mi pueblo i conocia a mi familia. Si esto es una tacha, señor, pondré para borrarla mis largos servicios al rei nuestro amo...

Los ojos del capitan brillaron como de orgullo, i el gobernador, estrechándole la mano, puso fin al diálogo i dió principio a las indagaciones.

Miéntras esto sucedia, los claustros del convento presentaban otra escena: a lo léjos i hundido en un escaño se divisaba al provincial, su capucha calada i sus brazos cruzados sobre el pecho. Alonso estaba a sus piés de rodillas, sin armas i con la cabeza descubierta, confesando sus culpas con fervor.

Don Francisco de Rojas, caballero del hábito de Santiago, miraba al penitente con un aire de melancolía i rabia que daban a su cara una espresion misteriosa; pero sin moverse del poste en que se habia apoyado para esperar la terminacion del acto sagrado.

Alonso recibió la absolucion con su frente reclinada sobre el suelo, besó la manga del sacerdote i se levantó, dirijiéndose al templo con sus ojos humildemente cerrados.

El caballero le sale al encuentro i dándole súbitamente con la punta de su capa un golpe en la cara, esclamó:

—¡Ya sabeis, canalla, para qué os busco!

El primer movimiento de Alonso fué poner mano a la cinta, i hallándose sin armas, se arroja sobre don Francisco, como un tigre furioso, a devorarle. El provincial, que seguia sus pasos, le pone mansamente la mano sobre la cabeza, preguntándole con voz suave:

—¿Qué hicísteis, mancebo, vuestro propósito?....

El alferez suelta su presa, enmudece, baja los ojos i tiembla de rabia i de dolor.....

Don Francisco, libre de su adversario, hace una profunda reverencia al prelado, i con voz trémula i balbuciente,—perdon, padre mio, le dice, este perro es al asesino de mi hijo, el seductor de mi hija, i no puedo lavar mi afrenta sino con mi espada.

—¿Olvidais, señor, que este paraje en que estais, es la casa del Dios que perdona, que da la paz i nos enseña la humildad?

—Nó, mi padre; pero sé que este hombre me debe su sangre i que puedo matarle en donde le halle: ya que su paternidad le ampara, señálemos campo i hora, que yo con mi palabra aseguro su libertad, i juro no ofender la santidad del claustro.

—Yo no me batiré con vos, replicó secamente Alonso.

—¡Porque sois un asesino cobarde! esclamó el caballero.

Alonso se enfurece de nuevo, pero el padre intima a don Francisco que se retire, i conduciendo al penitente al templo, se arrodilla con él i le enseña a pedir misericordia.....

Alonso tenia fijos en la imájen de la Vírjen sus ojos arrasados en lágrimas; las palabras del sacerdote herian su corazon i le llenaban de angustia: un crímen acababa de disipar para siempre la mas bella de sus ilusiones.....

III.

Era el 1º de octubre de 1612: la ciudad de Concepcion ostentaba uno de sus mejores dias. Penco o Concepcion, que era entónces la cabecera de la colonia, estaba situada en la rada que hoi lleva aquel nombre; i sus casas se estendian desde la playa del mar, en la que estaba situada una fortaleza, en el mismo sitio donde hoi se ven las murallas en la que se construyó mas tarde. Al costado sur de la plaza, que aun subsiste, estaba la catedral, i la manzana del frente, al norte, estaba ocupada por el cabildo, palacio del gobernador i el cuartel. Detras del palacio, arroyo de por medio, se hallaba el gran convento de San Francisco, que ocupaba una manzana entera. La poblacion era enteramente española.

Los habitantes, vestidos de gala, llenaban las calles que en aquella mañana se veian adornadas vistosamente con tapices de diversos colores. Un sol apacible de primavera i el aura embalsamada de los contornos, aumentaban el contento, como si la naturaleza misma hubiese querido concurrir a dar la bienvenida al nuevo gobernador don Alonso de Rivera, que entraba en aquellos momentos rodeado de un brillante cortejo de oficiales, entre cuyos penachos i cimeras se hacia notar el modesto sombrero del jesuita Luis Valdivia, el cual traia en las manos, con gran reverencia, los pliegos en que Felipe III proponia la paz al congreso araucano.

Los entusiastas vivas del pueblo se mezclaban al estruendo de la artillería i a los repiques de las campanas, i el Gobernador se hallaba recibiendo en la sala capitular los homenajes del Cabildo, cuando una mujer, cubierta de negro, se abre paso entre la muchedumbre i llega hasta los piés del nuevo gobernador pidiendo gracia.

—Para quién la pedís, hermosa señora, le dice don Alonso, alzándola del suelo cortesmente; i súbito se interpone el caballero de Rojas, quien, reprimiendo la cólera que le domina, aparta a la bella Ines, diciendo:

—¡La pide, señor, para el matador de su hermano, para el asesino de mi hijo!....

El dolor ahoga la voz del anciano, i el silencio sucede por algunos momentos.

El gobernador promete que se hará justicia segun la lei del rei i la de Dios, sin olvidar la intercesion de una dama honesta, que harta razon mostraba tener, cuando pedia perdon para el asesino de su hermano en una ocasion tan solemne.

El anciano Rojas se retiró llevándose a su hija i los regocijos públicos siguieron, contribuyendo no poco a entretener las conversaciones el lance que acababa de suceder en la sala del ayuntamiento.

Luego que terminó la ceremonia, el capitan don Miguel de Erauso, que habia sido ratificado en su puesto de secretario de guerra, instruia a don Alonso de Rivera en todos los pormenores del suceso ocurrido en casa de Anjelina i movia su ánimo en favor del valeroso alferez, que aun permanecia asilado en San Francisco, aunque no en la rigorosa incomunicacion en que permaneció los seis meses que el gobernador don García habia mantenido las guardias que estableció en el convento.

Fué tanto el empeño que el secretario puso por conseguir la libertad de Alonso Diaz, que el capitan jeneral le prometió que pasado algun tiempo le remitiria agregado a los tercios del Tucuman, de donde él venia dejando amigos a quienes podia recomendar al alferez con gran provecho suyo, porque conocia mui de cerca al mancebo i le habia visto combatir a su lado muchas veces con heroismo.

—¡No debemos perder, decia el gobernador, a un soldado que tanto puede servir a la causa del rei i de la relijion!

El alferez en aquellos momentos estaba ignorante de lo que acerca de él pasaba, i sólo, en su celda, se ocupaba en limpiar sus armas i en aderezar sus vestidos, como si se preparara para una funcion. A veces se le oia suspirar, i murmurando algunas palabras, suspendia su ocupacion i se ponia profundamente triste. Luego se arrodillaba, estrechaba fuertemente sus manos sobre el pecho i se veian sus hermosos ojos brillar con lágrimas de dolor. Otras veces empuñaba su espada, la miraba con aire marcial i se reia, como ajitado por el recuerdo de algun triunfo.

En uno de estos delirios se encontraba, a tiempo que el sol poniéndose apénas daba un lijero tinte amarillo a los avellanos que hermoseaban el claustro, cuando el alferez don Juan de Silva se le presentó.

—Dios os guarde, Alonso, amigo.

—El os guarde, don Juan. ¿Habeis avanzado algo?

—Está todo perdido.

—¿Qué habeis hecho? ¡Decidme!

—Desesperado de no poder vencer la pertinacia de doña Ines, i conociendo que es imposible hacerla desatender los consejos de ese demonio de Anjelina, que no se aparta de su lado, desde que matásteis al hermano, me determiné a pedir su mano a don Francisco.

—Sin prepararle de antemano, sin esperar a que yo hablase con doña Ines.... Habeis hecho mal, don Juan, habeis destruido mi plan. Doña Ines habria sido vuestra, si no hubieseis precipitado las cosas.

—¡Qué demonio! Si se me presentó ocasion, ¡cómo no habia de aprovecharla! Esta mañana visité a don Francisco; despues de cierto acontecimiento ocurrido en el Cabildo, de que luego os hablaré, halléle determinado a encerrar a doña Ines en un monasterio i aun tomó allí mismo algunas providencias para verificarlo. Habléle sumisamente i díjele que yo admitia a doña Ines por esposa, si él nos otorgaba su venia; pero me dió una negativa tan furiosa i terminante que no poco pesar me costó reprimirme para rogarle lo mismo i apaciguarle. El me insulta, me veja i por fin me dice que la hija de un Rojas no puede unirse a un canalla, a un perro que desciende de judíos. Mi respuesta se la dí pronto estampándole mi manopla en un carrillo, i el duelo quedó emplazado para esta noche a las once. Eso es todo.

—¡Qué habeis hecho, don Juan!......

—Lo dicho: i vos tendreis que acompañarme al sitio, porque no tengo otro amigo que vos.

—Yo no puedo ser testigo de un duelo en que va a batirse ese anciano a quien tanto debo.

—Si no os parece, no sea; yo me iré solo, que a otro no he de fiar mi lado.

—Reflexionad, don Juan, Ines me ama a mí, al matador de su hermano; su anciano padre es desgraciado por mí.... ¿Deberé yo ausiliar a su contrario?....

—Ya os dije que así sea: no estoi ahora para responder a los argumentos del miedo. Vos me precipitásteis en esto, i yo os perdono aunque me abandoneis, así como perdonaba a doña Ines el que os amase.

—Eso ménos, don Juan, mi pecho no conoció jamas el miedo, i de mí no se dirá que abandoné a un amigo en el peligro. ¡Fuerte es la prueba que voi a daros, pero os la daré. ¡Vive Dios!....

Escandecióse el rostro del jóven i don Juan le estrechó la mano, separándose de él i asegurándole que en su casa le aguardaba.

Una hora despues se veian en un estrecho cuarto, sin tapiz ni muebles, dos hombres sentados alrededor de una mesa de nogal i apurando una bota de un añejo, cuya fragancia trasminaba el aposento. Las oscilaciones del candil que los alumbraba imprimian un aire siniestro a sus fisonomías i retrataban sus formas en jigantescas dimensiones sobre la pared. El uno era corpulento i abundaba de salud; su frente abultada se dilataba hasta la mitad de la cabeza, por falta de cabello; pero a trueque de esto, tenia una barba espesa que sombreaba su roja i espaciosa cara, i el bigote le cubria enteramente la boca. El otro era un jóven de regular estatura, de aire macilento, pelo negro i abundante, pero sin barba; ojos hermosos i de un mirar fogoso i atrevido, nariz corva i pulida boca; está con su codo apoyado en la mesa i la mano en la mejilla, enteramente contraido a la narracion que de sus hechos le hace el primero, cuyo nombre, como sabemos, es don Juan de Silva.

La noche era horriblemente tempestuosa. El mar ajitado mezclaba el prolongado estruendo de sus olas al estampido del trueno que se repetia a cada momento con mas fragor: un viento caliente, anuncio infalible de la tempestad, zumbaba sordamente en los techos i los sacudia a manera de un terremoto. La oscuridad era tan densa que el mundo parecia perdido en un caos insondable i espantoso.

Son las diez: los dos alféreces se levantan, apuran el último trago que les quedaba en la bota, i salen con sus espadas i dagas. No se divisaban en las calles ni edificios ni alma viviente: la poblacion estaba en silencio, porque el repentino cambio del tiempo habia puesto fin a los regocijos de aquel dia.

Llegaron ámbos a un sitio próximo a la ribera del arroyo i allí se pararon: Alonso propuso a su compañero que se pusiera cada uno su pañuelo atado al brazo, para no desconocerse en lo que pudiera ofrecerse, a causa de la oscuridad, i así lo hicieron.

Largo trecho hacia que esperaban, cuando una voz, conocida por la de don Francisco de Rojas, dijo—¡don Juan de Silva!

Don Juan respondió—¡Aquí estoi!

Metieron ámbos mano a las espadas i se embistieron rabiosos, miéntras los dos testigos permanecian quietos en sus puestos. Fueron bregando sin que ninguno cediera al otro, i la luz siniestra del relámpago brillaba en sus espadas i mostraba a cada combatiente la situacion de su adversario.

Un trueno revienta con fragor terrible casi sobre las cabezas de los que reñian, i al mismo tiempo un hondo quejido muestra a Diaz que su amigo estaba herido: púsose luego a su lado, i al punto el otro, al lado del caballero de Rojas: entónces el combate se hizo jeneral, sin que una de las dos parejas estorbase a la otra.

A poco andar, cayeron los dos primeros; i Alonso con su enemigo continuaron tirándose tajos con furor i con destreza. El uno dobla sus rodillas i suelta la espada diciendo:—¡Ah! traidor, ¡que me habeis muerto!

Alonso, que era el vencedor, pregunta ¿quién sois vos?... i el moribundo responde:

—¡Don Miguel de Erauso!...

Los tres caidos pedian a voces confesion, i Alonso, atónito i casi sin sentido, corre a San Francisco, les envia dos relijiosos i se encierra en su celda. Los dos primeros espiraron en el acto i el secretario de guerra fué conducido a casa del gobernador.

Allí se le ofrecieron los ausilios del arte, e inmediatamente se dió principio a la sumaria para indagar quién era el que sobrevivia i someterle a la justicia. El capitan don Miguel lo declaró todo, ménos el nombre de su vencedor. El gobernador increpábale su reserva, pero nada pudo alcanzar.

Así hubiera permanecido libre Alonso, si en un momento de delirio, don Miguel, que porfiaba con el doctor Robledo por que le diese a beber vino, no hubiera esclamado:

—¡Mas cruel sois, doctor, que el alferez Diaz, que me ha herido!

Luego murió, i el gobernador pasó la noche en vela, preparándose para hacer al otro dia la justicia que todos sus oficiales i los principales vecinos le pedian contra el desgraciado Alonso.

IV.

El cadalso está preparado en el centro de la plaza de Concepcion; las tropas lo rodean i un numeroso concurso vaga en silencio por los alrededores. El dia se avanza i el reo todavía no parece.

El gobernador se paseaba pensativo en el salon de su despacho, esperando el resultado de la tercera i última intimacion que habia hecho a frai Francisco de Otárola, provincial de la órden seráfica, para que entregase al reo Alonso Diaz, asilado en su convento. Al fin aparece el oficial mensajero, trayendo por respuesta una redonda negativa del provincial.

El gobernador se hace seguir de su guardia de piqueros i marcha al convento, resuelto a allanarlo para sacar por sus propias manos al reo. Llega; se manda abrir las puertas, le resisten; las hace derribar, penetra con espada en mano i encuentra a la comunidad que le cierra el paso con sus brazos cruzados sobre el pecho i la capucha calada; pretende abrirse paso i los frailes, con tono humilde, le intiman que no volverá a salir Su Merced ni sus tropas, si se atreven a violar su asilo.

En tanto, el provincial contiene al alferez Alonso, que, con espada en mano, quiere él solo impedir la entrada del gobernador; le insta, le ruega que s e salve i que evite una profanacion de la santidad del claustro; i miéntras que su comunidad resiste humildemente en la puerta, el santo prelado consigue, casi por fuerza, que Alonso escale las tapias del jardin i salte a la calle.

Despues de un largo altercado, el Capitan Jeneral, aconsejado por el jesuita Valdivia, se resuelve a respetar la inmunidad eclesiástica, tan consagrada por las leyes de entónces, i se retira confiado en la promesa que le hacen los franciscanos de que el reo será enjuiciado por sus trámites i segun los fueros de la Iglesia.

Alonso perturbado en la calle, penetra en una casa cuyos departamentos le son desconocidos: vaga, largo rato cautelándose, sin encontrar a nadie, i despues entra en una sala cuyas puertas i ventanas estaban entornadas. Una mujer cae exánime gritando ¡el asesino! i otra cubierta de luto se reclina sobre ella a prestarla ausilios....